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El mensajero de las sombras - David Zurdo

El chapoteo de la cascada subterránea era como un arrullo para los oídos de Miriam. Sólo allí se sentía a salvo, en la profundidad de una galería que, siglos antes, sirvió de conducto de ventilación para una antigua mina romana. Recordaba como si hubiera sido el día antes cuando su madre le mostró por primera vez su acceso, oculto en una pared de roca mediante ramas y arbustos que ella misma había colocado. Nadie en la aldea, salvo su madre, sabía de la existencia de esa entrada. «Si alguna vez te persiguen, escóndete aquí», rememoró las proféticas palabras que le dijo cuando Miriam tenía sólo ocho años. No le preguntó de qué podría verse obligada a huir ni por qué podría necesitar esconderse. A esa edad ya había sentido las miradas recelosas de los aldeanos y el temor que le tenían a su madre, e incluso a ella. 


Había corrido a esconderse en la mina tras huir de la abadía. Estaba hambrienta y tenía frío, pero confiaba en que nadie pudiera encontrarla allí. La oscuridad era total, aunque no le resultaba amenazadora. Al contrario, se sentía protegida dentro de ella, segura. Además, sólo le causaría inquietud ver los maderos colocados por los romanos para apuntalar la galería. El paso de los siglos y la humedad habían hecho estragos en ellos. Muchos estaban medio resquebrajados o peligrosamente torcidos. No tardarían en ceder del todo y hacer que la galería se colapsara, como había ocurrido con la mayoría del resto de la mina. Pero eso ya no le importaba. Había decidido dejar esa aldea en que había pasado toda su vida y probar suerte en cualquier otro lugar. Pensaba que no tenía elección si quería seguir viviendo, o al menos en libertad. 


Antes de marcharse para siempre iría una última vez a su casa. Se daba cuenta del riesgo, pero después de darle muchas vueltas llegó a la conclusión de que era necesario. No poseía casi nada, pero ese poco era todo lo que tenía. No mucho más que algunas ropas y los utensilios con los que hacía sus preparados y trataba de ganarse el pan de cada día. Sin unas y otros, le costaría aún más sobrevivir allá adonde fuera; ni siquiera llegaría a la población más próxima, pues se moriría de frío en el largo y duro camino. 


Se levantó y avanzó a oscuras sin vacilaciones, ayudándose sólo de una mano que iba rozando la pared de roca. Durante diez años se había obligado a memorizar cada recoveco de aquella mina, sus múltiples bifurcaciones, que se adentraban en la montaña y las profundidades de la tierra. Siempre pensó que eso quizá le salvara la vida si alguna vez tenía que huir. 


Redujo el paso al darse cuenta de que se acercaba al pozo, un imponente hueco vertical que se abría más adelante en el suelo. Ni siquiera su madre había sabido decirle qué profundidad tenía. Hacía mucho que se habían desmoronado los escalones de madera que permitían bajar por él a los buscadores de oro romanos. Sólo quedaban sus apoyos de piedra, firmemente insertados en las paredes verticales. De pequeña, Miriam se imaginaba que el pozo era tan hondo que llegaba hasta el mismo Infierno, si es que existía. 


Bordeó el hueco con cuidado, pegándose todo lo posible a la pared.
Nadie acudiría a salvarla si caía en él. Moriría sola y en la más completa oscuridad. Volvió a acelerar el paso y llegó a una nueva bifurcación. La galería de la derecha se sumergía en las entrañas de la mina. Ella tomó la otra, que llevaba al exterior. 

Llegó a la entrada oculta y retiró con cuidado los arbustos que la disimulaban. Ya era de noche, como suponía. Había estado esperándola para no toparse con nadie al regresar a la aldea y su casa. Salió de la mina y volvió a tapar concienzudamente el acceso. Podría haberlo dejado al descubierto, ya que no tenía intenciones de volver a usarlo, pero la costumbre es un tirano difícil de quebrantar. 

Avanzó campo a través mientras le fue posible, antes de verse obligada a tomar el camino hacia la aldea. Las tristes siluetas de las humildes viviendas eran sombras entre sombras. También las cruces que los aldeanos habían puesto por doquier, o pintado en sus puertas con sangre de animales sacrificados a su dios. Pensaban que así alejarían el Mal, pero Miriam sentía que ni todas las cruces del mundo serían capaces de ahuyentar a lo que notaba en cada fibra de su ser desde que cayó la estrella fugaz. 

Recordaba desde siempre ser capaz de percibir cosas que no conseguía explicar. En una ocasión, siendo todavía una cría, le preguntó la razón a su madre. «Eres como yo», fue la respuesta de ella, acompañada de una sonrisa melancólica. Luego le contó una historia sobre los orígenes de su familia y el colgante del que Miriam nunca se desprendía, su talismán. Lo acarició ahora, como entonces, con un gesto mil veces repetido. La historia empezaba más de dos mil años antes, en un lugar llamado Egipto, al otro lado del mundo; eso le dijo su madre. Aunque ya no fuera una niña, a Miriam seguía pareciéndole mágico el nombre de aquellas tierras desconocidas: «Egipto.» Según su madre, en esa época tan antigua había allí un poderoso sacerdote, el más poderoso de todos, a quien respetaba, e incluso temía, el propio faraón. «El faraón era el rey de Egipto, un dios en el cuerpo de un hombre», le explicó. A menudo pedía el consejo del sumo sacerdote, que tenía el poder de entrar en trance invocando al bienhechor dios Bes, y tener visiones de lo que iba a ocurrir. En una de ellas vio que algo terrible pasaría en un futuro muy lejano, un mal inimaginable que llegaría del cielo. 

En su visión aparecía también una mujer, una como ninguna otra, ungida por el propio dios Bes, protector de los malos espíritus. La distinguía una marca roja de nacimiento en su hombro derecho, con la forma de una estrella. «¡¿Como la mía?!», le había preguntado la pequeña Miriam, asombrada. «Como la tuya, así es. Exactamente igual que la tuya», respondió su madre, que tenía una marca idéntica justo en el mismo lugar. «Todas las mujeres de nuestra familia nacen con esa marca, porque todas venimos de aquella mujer egipcia, la que era especial... Como tú eres especial.» El sacerdote hizo un pacto con el dios Bes: entregarle su vida y su espíritu a cambio del de aquellos que morirían a manos de ese mal inimaginable. Durante largos años, buscó por todo Egipto a la mujer con la marca de la estrella. Cuando por fin la encontró, tuvo una hija con ella. Sus futuros descendientes se enfrentarían al mal caído del cielo. Ésa era su misión, su destino. Para protegerlos, fabricó un poderoso amuleto consagrado a Bes. Luego cumplió su parte del pacto, inmolándose a sí mismo al dios. Justo antes de morir, untó el amuleto con su sangre, para volverlo aún más poderoso. «Ese amuleto es el medallón que cuelga de tu cuello. Ha ido pasando de madre a hija desde entonces.» 

Miriam se había preguntado más de una vez si aquella historia era cierta o sólo algo imaginado por su madre. Ella no creía en el Bien y el Mal, ni en dioses ni demonios, sólo en la maldad de la mayoría de los hombres y en la bondad de unos pocos, como aquel fraile y el soldado que la habían salvado. O como el joven fray Alonso, que ahora yacía sin poder mover las piernas y a la espera de la muerte. Trató de advertirle aquel día de que no fuera tras el rastro de la estrella. Presintió que había llevado algo consigo. Algo... malo. No lograba darle un rostro ni una forma, o tan siquiera alguna explicación, pero era real como ella misma. Quizá fuera la propia Muerte, quizá fuera el mal que aquel sacerdote egipcio profetizó. 

Redobló las precauciones cuando llegó a la puerta de su vivienda, situada en el extremo de la aldea. Temía que estuvieran dentro esperándola, y esta vez no habría nadie dispuesto a defenderla. La celosía de la única ventana estaba cerrada. No conseguía recordar si ella la había dejado así o no, pero en cualquier caso le impidió escudriñar el interior de la casa. Pegó el oído a la puerta y escuchó, tratando de captar algún sonido delator. No oyó ninguno, y se sentía expuesta y vulnerable en el exterior, donde podrían verla si alguien se levantaba a hacer sus necesidades o por cualquier otra razón. 

Abrió la puerta y volvió a cerrarla deprisa después de entrar. Notó que había alguien dentro incluso antes de oír a una voz masculina decir: 

—Buenas noches. 

Miriam luchó torpemente con la puerta para intentar volver a abrirla y huir. El hombre fue más rápido y la agarró con fuerza de un brazo. A ella se le escapó un grito de rabia, que él se apresuró a ahogar tapándole la boca. 

—¡Cállate! —rugió el hombre. 

Miriam no se rindió. Clavó los dientes en la mano que la amordazaba y sacudió todo su frágil cuerpo, con codazos y pataleos, hasta que consiguió liberarse. 

Por fin logró abrir la puerta y lanzarse de nuevo a la noche. 

—¡Soy yo! —susurró el hombre a su espalda—. Soy José. 

Eso la hizo detenerse y mirar atrás. 

—¿José? 

—Entra antes de que alguien te vea —respondió el soldado. 

La joven dudó por un momento. Que le hubiera salvado la vida no le bastaba para fiarse de él. Nunca había confiado en nadie, salvo en su madre.
 —¡Entra! —insistió José. 

Lo que terminó de convencerla no fue su vehemencia, sino la nobleza que vio en sus ojos, a pesar de la sangre que le corría por la mano, donde ella lo había mordido sin contemplaciones. 

La puerta se cerró otra vez y el soldado se atrevió a encender una vela. 

—Casi me arrancas el dedo —se quejó, aunque sin rencor. 

Miriam no le pidió disculpas, sin importarle si era lo que él esperaba. José se sentó encima del camastro, como si fuera el dueño de la casa. Ella se mantuvo en pie donde estaba, cerca de la única entrada y dispuesta a huir de nuevo por ella en cuanto lo creyera necesario. 

—¿Qué haces aquí? —le preguntó—. ¿Qué quieres? 

—Estaba esperándote. He pasado horas buscándote por todas partes, hasta que se ha hecho de noche. No soy un hombre muy avispado, pero se me ocurrió que si no habías huido ya, quizá volvieras aquí antes de hacerlo. 

El soldado dio un repaso al interior de la vivienda. Los únicos muebles eran la cama y una alacena desvencijada, donde ella guardaba su escasa ropa, una manta raída y varios cacharros. En el fuego apagado del hogar había sólo unas cuantas perolas y otros utensilios de cocina, todo muy viejo y usado. 

—¿Qué quieres? —repitió Miriam. 

—Fray Gabriel quiere hablar contigo. 

—No tengo nada que decirle. 

Estaba decidida a recoger sus cosas cuanto antes y marcharse, como había planeado. Se puso a buscar dónde meter sus pertenencias. Entonces recordó lo que había guardado en un saco y escondido dentro de uno de los cajones de la alacena. Era un objeto que en realidad no le pertenecía. Lo robó de la abadía la noche en que murió el monje. No estaba donde ella lo había dejado. 

—¿Sabes? —dijo José—. Llevo media noche preguntándome qué es esto... 

Miriam le vio coger un saco del suelo al otro lado de la cama. Justo el mismo saco que ella estaba echando en falta. El soldado lo abrió y extrajo un objeto cúbico, de un negro imposible. 

—Está frío como el demonio —agregó José—. Y que el Diablo me lleve si he visto alguna vez algo parecido. 

—No sé qué es. 

Miriam decía la verdad, pero no toda. El soldado percibió ambas cosas. Se encogió de hombros y comentó: 

—Puede que fray Gabriel lo sepa. O que sea capaz de averiguarlo. Él es un hombre avispado como pocos. 

José volvió a meter el objeto en el saco y a depositarlo en el suelo, lejos de sí. Lo hizo con un movimiento en apariencia casual, pero Miriam juraría que le causaba inquietud. 

—Si no sabes lo que es —dijo el soldado—, al menos sabrás decirme de dónde lo has sacado. 

Miriam seguía teniendo dudas sobre si confiar o no en José. Una parte de ella le decía que podía hacerlo, pero si esa parte se equivocaba y le contaba al soldado toda la verdad, estaría perdida. 

—Si te lo digo, ¿dejarás luego que me vaya? 

—Te doy mi palabra. 

José no se llevó la mano al pecho ni hizo otro gesto ampuloso al decirlo. Nada que adornara su juramento para hacerlo parecer más férreo o convincente. 

—Está bien. Yo estuve en la abadía la noche en que murió aquel monje, Olegario. Quiero decir que estaba dentro de la abadía, en el mismo establo donde murió. 

Si al soldado le sorprendió esa revelación, no lo dejó traslucir. 

—Continúa. 

—Ese día, al atardecer, cayó algo del cielo. Pasó por encima de la abadía y se estrelló contra el otro lado del valle. Uno de los monjes, fray Alonso, fue a ver lo que era... No debió hacerlo —añadió sin pretenderlo, porque eso podría conducir a nuevas preguntas que no deseaba responder. 

—En la aldea me han hablado de esa bola de fuego... 

—Fray Alonso estaba como un lunático cuando salió a buscar dónde había caído. Nevaba mucho y empezaba a anochecer. Supongo que por eso el prior y otros monjes fueron tras él. No sé qué encontró ni qué le pasó, pero su caballo acabó muerto y él dejó de poder mover las piernas. Vi al prior y a los otros volver a la abadía. Fray Alonso casi no podía mantenerse sobre el caballo. Entonces supe que algo le había pasado. 

Miriam detuvo su historia. Ahora llegaba la parte que no quería contar, la que podría hacer que acabara enjaulada para siempre o incluso muerta. Y además iba a revelarle a un extraño la existencia del único lugar del mundo donde se sentía segura. 

—Sigue, te lo ruego. No tienes nada que temer de mí. 

—Hay una mina —soltó sin más, desarticuladamente—, una mina que dicen que fue de los romanos. La conocen todos en la aldea, pero creen que ya no hay forma de entrar en ella. Se equivocan. La entrada principal y todas las otras se derrumbaron hace mucho, antes de que existiera la aldea o hasta la abadía. Pero queda una entrada abierta, que mi madre conocía, aunque nunca he sabido cómo llegó a descubrirla. Desde entonces ha sido un secreto que he guardado sólo para mí. 

—Hasta ahora —comentó José, limitándose a atestiguar ese hecho. No había presunción alguna en sus palabras. 

—Hasta ahora, así es... Una de las galerías de la mina lleva a una entrada secreta dentro de la abadía. —Eso sí llamó la atención del soldado, que se puso más erguido—. Tampoco sé quién la construyó. Mi madre no estaba segura, pero pensaba que habían sido los romanos, y que conectaba con una fortificación que se dice que tenían donde está ahora la abadía. 

»Luego la aprovecharon los primeros monjes, como una forma de escapar si hacía falta. Ellos tenían que conocerla, porque la galería da a la cripta que hay debajo de la iglesia. 

—¿Y nadie la ha descubierto hasta ahora? 

—No lo sé. Espero que no. La entrada está en el sepulcro del patrón de la abadía. Dentro del sepulcro. 

—¿Está vacío? 

—Sí. Imagino que a nadie se le habrá ocurrido abrir nunca la losa que lo tapa. Pesa mucho menos de lo que parece y debajo hay un túnel estrecho que conduce a la mina. 

—Y tú entraste por él la noche en que mataron a ese monje, ¿no es así? ¿Para qué? 

—Intento usar la entrada lo menos posible, pero llevaba tres días sin comer. Todo lo que había en mi huerta se ha helado, en invierno es difícil encontrar en el campo algo que echarse a la boca, y cada vez me tienen todos más miedo... Casi nadie viene ya a mí para que los ayude a cambio de una hogaza de pan o un poco de leche. 

—¿No tienes a nadie que cuide de ti? ¿Un padre, una madre, algún otro familiar? 

—He aprendido a cuidar de mí misma. Mi madre murió, y también los familiares de que sabía. A mí padre no llegué a conocerle. Mi madre me contó que era un forastero, un hombre del norte de paso por la aldea, que la dejó preñada y se marchó. 

—¿Y entras en la abadía para robar comida? 

—Sólo cuando no me queda más remedio. Los monjes son los únicos a los que les sobra. Y, gracias a esa entrada, es más fácil robársela a ellos que a otros. Nadie ha notado nunca mis robos, o al menos nunca me han acusado de ellos. 

—¿Qué pasó la noche en que mataron a Olegario? 

—Entré en la mina y llegué a la entrada secreta de la abadía. 

—La que da al sepulcro del santo.
Miriam asintió. 

—Los monjes estaban celebrando en la iglesia el oficio de completas. —Con el tiempo, había aprendido la rutina diaria de la abadía. Tenía buenas razones para ello—. Siempre entro después de ese oficio, porque es cuando se van todos a acostar. Tuve que esperar a que acabara para salir. 

Se estremeció un poco al recordarse encerrada dentro del sepulcro de piedra, donde apenas cabía a pesar de su cuerpo menudo. No había nada en esta vida que odiara y temiera más que verse encerrada. 

Temía también siempre el momento de salir del falso sepulcro, que hubiera alguien fuera y la descubriera, aunque nunca se había encontrado con nadie dentro de la cripta. Estaba por debajo del altar y el suelo de la iglesia, y conectaba con ella mediante unos estrechos escalones en curva. Eso impedía ver el interior de la cripta a no ser que alguien bajara hasta ella. Además la protegía una verja cerrada con llave. Su madre le había dado una copia. 

Miriam siguió contando su historia. 

—Salí de la iglesia y fui al establo. 

—¿Estaba allí Olegario? 

—No, todavía no. Cuando yo entré estaba vacío. 

—¿Viste a alguien más? 

—No había nadie en la iglesia ni el patio. Y Olegario tampoco debía haber aparecido. A esa hora deberían estar todos los monjes en el dormitorio... Cogí una gallina del gallinero y le partí el cuello para llevármela. Hice unas marcas en la tierra para que pensaran que había sido un zorro. No iba a coger nada más, créeme. Sólo esa gallina, que me daría para comer durante más de una semana. 

»Entonces vi unas alforjas de cuero finamente repujadas. Pensé que alguien de la ciudad podría pagarme un buen dinero por ellas, con el que podría comprar comida para varios meses. Pero no las robé. Sabía que no podía llevármelas, porque llamaría demasiado la atención que desaparecieran. Dentro de las alforjas estaba eso. 

Miriam señaló el saco que contenía el objeto negro. No le contó a José que un estremecimiento feroz le sacudió el cuerpo la primera vez que lo vio, ni que la atrajo como la luz de los candiles a las polillas. Ni que se dijo que también ella quizá acabara quemándose, pero lo cogió de todos modos y lo metió dentro del saco de trigo donde ahora estaba. 

—Iba a marcharme ya cuando oí que alguien entraba en el establo —siguió—. Me escondí detrás de unos fardos, pero había dejado olvidada la gallina en el suelo. No sé si Olegario llegó a verla, porque salí por una ventana. 

—¿No sabes cómo murió? 
—Le oí gritar. Fue un grito que helaba la sangre... Y luego perdí los sentidos. 

—¿Que perdiste los sentidos? 

—Fue más bien como si estuviera soñando despierta. Como una pesadilla, pero no la recuerdo. —La expresión de Miriam se volvió distante y asustada, sumida en aquel recuerdo—. Sólo me acuerdo de estar en mitad del patio cuando salí de aquella horrible pesadilla. Nunca he sentido tanto miedo... Volví corriendo a la cripta y a casa. Al día siguiente me enteré de que habían matado a Olegario. 

—¿Y tampoco había nadie allí, aparte de él y tú, cuando le oíste gritar? 

—No había nadie más. 

El soldado se revolvió, incómodo. No le gustaban los misterios ni las muertes que no tuvieran la simple explicación del acero de una espada o la punta de una flecha. 

—¿Ahora vas a dejar que me marche? —le preguntó Miriam—... Deberíais iros también, tú y el fraile. Y todos los de la aldea y la abadía. Intentad convencerles, quizá a vosotros os presten oídos. Este lugar está ahora maldito. 

El soldado se puso en pie y se le acercó. Ella retrocedió un paso. 

—¿Cómo lo sabes? ¿Eres de verdad una bruja? 

Los ojos verdes de Miriam refulgieron con ira antes de contestar. 

—¡¿Una bruja?! ¡Eso piensan! ¡Todos ellos! Pero piden mi ayuda cuando sus mujeres no consiguen quedarse preñadas o cuando a sus hombres no se les levanta el colgajo que tienen entre las piernas. Yo... 

Se calló sin terminar lo que iba a decir. Su madre le había enseñado que las personas como ellas sólo podían sobrevivir si no llamaban la atención más de lo necesario, si se mantenían calladas. Y ella ya había hablado de más. 

—Yo no necesito tu ayuda —afirmó José—. No quiero dejar preñada a ninguna mujer y mi colgajo se levanta como el sol cada mañana. 

Ella se fijó en la expresión socarrona de aquel joven apuesto y valiente. Le había salvado la vida sin conocerla y ni siquiera se lo había agradecido. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió. 

El soldado levantó la mano que Miriam le había mordido y colocó delicadamente dos dedos sobre esa sonrisa. El primer instinto de la joven fue apartar el rostro, pero luego lo volvió hacia él para mirarlo cara a cara. Agarró la mano de José, enorme entre las suyas, y recorrió sus propios labios con los dedos de él, todavía extendidos, y la giró para acariciarse la mejilla con el dorso. Él llevó por sí mismo la mano a la otra mejilla. Miriam cerró los ojos, y abrió los labios apenas un suspiro ante el contacto de la piel encallecida del soldado. 
José empezó a aflojar el cordón que ceñía bajo el cuello el sayo de Miriam. Era de una lana burda y mal tejida, y la única ropa que la cubría. Debajo sólo estaba su cuerpo esbelto y desnudo. Por él resbaló el sayo hasta caer al suelo, a sus pies. El soldado contempló su vulnerable desnudez a la luz de la vela. La marca de nacimiento de su hombro, el pelo negro, los ojos intensamente verdes, la piel blanca, los senos pequeños y firmes, la curva de su vientre y sus caderas, el fruto prohibido de Miriam. 

—Qué hermosa eres —susurró, creyendo que lo había dicho sólo dentro de su cabeza. 

Se desnudó él también, de forma atropellada y sin dejar de mirarla. Después la cogió en brazos. Ella le permitió que lo hiciera. La llevó hasta la cama en un abrazo apretado, piel contra piel, carne contra carne, compartiendo y transmitiendo su tibieza, su deseo. 

Sintió un placer como nunca antes había sentido cuando José entró en ella, una unión como nunca creyó que fuera posible sentir. 

Miriam contempló al soldado, que dormía profundamente después de su encuentro carnal. Estaba desnudo, encima de la sábana. Quiso taparlo, pero sólo tenía una manta e iba a necesitarla para el camino. Apartó la vista para fijarse en el bulto que formaban sus pertenencias. Todo lo que tenía, su vida entera, cabía en un saco tan menudo... 

Rodeó la cama y se agachó junto al otro saco, donde estaba el objeto negro. Llegó a estirar la mano hacia él, pero se obligó a retirarla como si fuera a meterla en el fuego. No lo abrió para ver el objeto por última vez, por más tentada que se sintiera a hacerlo. Volvería a hechizarla como había hecho en la abadía, y no quería llevárselo consigo. Rogó, no sabía a quién, para que lo destruyeran. 

Se inclinó levemente sobre la cama y el soldado. 

—Márchate, José —susurró—. Haz que se marchen todos. 

Cogió el bulto con sus enseres y salió otra vez a la noche, sin hacer el menor ruido. Suspiró al dejar atrás las últimas casas de la aldea, no porque previera una futura añoranza, sino de puro alivio. En el descampado que se abría delante, el frío era cruel y la noche parecía más oscura de lo que debía ser. Y más despiadada. 

«Te espera un mundo duro, hija mía, pero yo cuidaré de ti», pensó, con una determinación salvaje. La semilla que el soldado había puesto dentro de ella iba a germinar y darle un hijo. Una hija. Lo supo con toda certeza, sin saber el porqué. 

Siguió caminando y llegó al humilladero sin cruz. Su cuerpo se tensó de repente en un espasmo atroz. El saco se soltó de sus manos, que se abrieron en una garra. Quiso gritar pero no pudo. Era incapaz de moverse. 

Se le quedaron los ojos en blanco y el mundo a su alrededor desapareció. Vio en su lugar el interior de la iglesia de la abadía, con la misma claridad diáfana que si estuviera en ella: la vela del sagrario, sus figuras de santos y mártires, el gran crucifijo tras el altar, que tanta inquietud le provocaba. 

Soñaba otra vez despierta, como le había ocurrido en la noche de la muerte de Olegario. Y en su pesadilla sintió un miedo negro y profundo inundándole el alma. Había alguien más allí... un fraile. 

—No, no vengas —susurró, aterrorizada—. ¡No entres!... ¡DIOOOS! 

Se desplomó en la tierra helada. Sus ojos desencajados podían ver de nuevo el camino y el humilladero. Se echó las manos a la garganta. Luchaba para robar un poco de aire. El horror la asfixiaba. Por fin logró engullir una bocanada de aire helado. Su cuerpo se sacudía, en el suelo, temblando de arriba abajo. 

Deseó con todas su fuerzas no recordar nada de lo que había visto, como la última vez. 

Pero su deseo no se cumplió. 

Las tres sombras del lobo - R.A. Lafferty

Merodeaba por allí un lobo asesino de ovejas, y el sheriff pescuezo rojo Otis Pidgeon debía hacer algo al respecto. Se trataba de un gran lobo (todo el mundo parecía haberlo visto, excep­to el sheriff), y en torno a él circulaban nume­rosas historias. 

La gente decía que era un gran lobo gris, no castaño, y eso resultaba imposible. Sería necesario ir más de cien kilómetros hacia el norte para dar con un lobo gris. De modo que la gente se equivocaba. Sin embargo, era poco probable que errasen acerca de un asunto tan propio de la región como era un lobo.

Se decía, también, que el gran lobo pertenecía de seguro a una manada, y que daba la impresión de tener tres sombras que le seguían. Mas, de ser así, no cabía duda de que las tres eran nada más que sombras: no dejaban huellas.

Dicho lobo gris ostentaba un tajo blanco en la corona de su cabeza. Ribaul afirmaba que el lobo pesaría unos cien kilos. Ribaul era francés, así que el sheriff instantáneamente dividió por dos esa cifra. En cualquier caso, seguía siendo un lobo enorme. Aparecía gris, y desaparecía como un fantasma. Daba muerte y se llevaba ove­jas.

Royal Parish constituía casi la única localidad de los alrededores en que se criaban ovejas, y sólo en una pequeña zona cerca de Yellow Knife. Y precisamente allí se había criado el sheriff  Pidgeon.

Pidgeon era un joven alto y flaco, de ojos saltones y azules. Un hombre que se ponía blanco ceniza cuando se encolerizaba o se aterrorizaba o se desconcertaba; podría decirse que enrojecía al blanco. 

Nadie más desconfiado que él en Royal Parish; razón por la cual nunca se había casado ni cortejado a una mujer ni cultivado una amis­tad íntima; no tenía depósito bancario, ni había pedido o prestado dinero; tampoco se fiaba de la suerte o de los hados. Podía considerársele el sheriff adecuado para Royal Parish, pero no para cualquier otro lugar. 

La gente de Royal poseía un azogue muy sucio en el espejo de su alma, y solamente un hombre desconfiado estaba en con­diciones de subsistir en ese ambiente. Dadas las circunstancias, la desconfianza de Pidgeon se con­centraba ahora en el extraño lobo.

Ragley lo describía de la altura de un caba­llito shetland, pero las mentiras de Ragley siem­pre fueron de la altitud de un pino joven en me­dio de un matorral desolado. Kenrad aseguraba que las orejas del lobo semejaban las de una pantera, que sus mandíbulas chasqueaban igual que las de los félidos, que tenía hocico de alce y el modo de andar de un robusto buey.

Pidgeon poseía suficiente inteligencia para comprender que ningún lobo podía tener ese aspecto, y aun lleva­ba su agudeza al punto de atribuir a las palabras de Kenrad una inconsciente descripción de sí mismo.

Ragley, con sus rasgos y su corazón monstruo­samente móviles, fue quien tuvo una más neta aproximación al lobo. Ragley, viudo con una hija de trece años, Clela, era un mentiroso contumaz y cultivaba un pequeño predio en los alrededo­res.

Sin embargo, fue Ribaul el único que trazó una imagen del lobo que daba la sensación de que supiera realmente a qué se parecen los lo­bos. Ribaul había sido rastreador y domador de animales. Describió al lobo como inconcebible­mente grande, mas lo hizo con la precisión de quien conociera perfectamente la anatomía de un lobo.

–Escúcheme, Pidgeon –dijo el almacenero Scroggins–. Será mejor que atrape a ese lobo asesino de ovejas antes de que haya un hombre muerto. Esto mismo ocurrió unos kilómetros al sur, y terminó en el asesinato de un hombre.

–Cualquier cosa puede acabar en el asesinato de un hombre –repuso Pidgeon–, pero habitualmente es otro hombre y no un lobo el que le mata.

–Si es que usted sabe dónde está la demarca­ción entre ellos, sheriff –tronó Scroggins–. ¿Me oyó, sheriff? He dicho: si es que usted sabe dón­de está la demarcación entre ellos. Yo llegaría al fondo del asunto si fuera sheriff durante quince minutos.

Pidgeon recelaba de todos los presentes en el almacén: Scroggins, Ragley, Kenrad, Tadler, Corbey, Boston, Danby.

–De acuerdo, Scroggins –le atajó Pidgeon–. Es usted sheriff por quince minutos. Veremos cómo lo hace.

–Basta con que me ponga la insignia y llegaré al fondo de esto. Libraré a la comarca de esta plaga.

–Usted sabe que la gente votó en contra del uso de insignia –aclaró Pidgeon–. Nadie recuer­da ya al último sheriff que llevó distintivo.

–Anoche desaparecieron ovejas de tres reba­ños más, Pidgeon –dijo Danby.

–Scroggins lo resolverá en quince minutos.

–No sin una insignia. Pero hay algunos cuen­tos raros sobre ese lobo.

– ¿Y quién los echa a rodar, Scroggins?–pre­guntó Pidgeon.

–Verá, Pidgeon, me parece que el lobo los está echando a rodar –interrumpió Tadler–. Yo diría que hay un pelo de lobo detrás de cada uno de esos chismes sobre lobos. Dicen que el lobo no es exactamente un lobo todo el tiempo. Desaparece de un lugar, y se traslada a otro te­rriblemente pronto.

–Sí, está en tres sitios diferentes con dema­siada rapidez para cualquier lobo –dijo Pidgeon.

–Quizá viaje en motocicleta, sheriff –bromeó Ragley.

Pidgeon salió airadamente del almacén de Scroggins, y se aplicó a la búsqueda del lobo. Bueno, esto es lo que había en relación con él: dejaba grandes y patentes señales lobunas en el punto de todas las muertes y robos. Siempre que­daba por lo menos una oveja destrozada. Pero no había rastros que seguir desde el lugar de una in­cursión hasta el de otra. Se extinguían ahí mismo.

Pidgeon condujo su camión de carga por un camino trasero hasta donde se había producido el ataque contra Tadler, y se detuvo a un lado de la carretera. El emplazamiento lo componía un hierbazal. Se le indicó al sheriff dónde fue el asal­to, y, además, le esperaba un perro para guiarlo allí.

–Ah, apenas te han pellizcado, «Little Harry» –dijo Pidgeon al perro–, no parece que hubie­ras sostenido una verdadera lucha con él. Hay el dicho de que un buen perro ovejero da cara a cualquier lobo, pero nadie lo cree. Un perro lo bastante inteligente para ser un buen perro pas­tor, sabe cuándo está en inferioridad de condi­ciones. ¿Tienes alguna opinión al respecto, «Little Harry»?

«Little Harry», el perro ovejero, se sentía aver­gonzado, aunque él y Pidgeon fueran amigos. Sin embargo, dirigió al sheriff a donde se encontraban el cadáver de una oveja y las vivas que reposaban a su alrededor. Estas ignoran a sus congé­neres sin vida una vez que se enfrían.

–Muerta con neto estilo de lobo, ¿eh, «Little Harry»? Y muy poco devorada. Y no hay indicio alguno de las ovejas desaparecidas. Infierno, «Lit­tle Harry», tendrás que hallar el modo de decirme qué ocurrió aquí.

Había numerosas huellas de un lobo grande, mas no conducían a ninguna parte.

–Bueno, «Little Harry», ¿qué rumbo tomó? –preguntó Pidgeon.

«Little Harry» se lo mostró guiándolo a través de unos pastos en el roquedal, en que no podía quedar impresión de marcas. Más allá había seña­les en el fango, y el lobo salía al camino.

–No deja huellas en la carretera –dijo Pid­geon–. De acuerdo, ¿qué dirección tomó?

«Little Harry» se echó en el suelo, con aire de haber cumplido todo lo que se le pidiera: no po­día exigírsele que fuese más adelante. Pidgeon dejó al perro, subió a su camioneta y se dirigió hacia el lugar de la incursión contra Boston, a nueve kilómetros de distancia. 

Boston sufrió la desaparición de trece ovejas, y una fue muerta y parcialmente comida por un lobo. También aquí todo sucedió cerca del camino, a no mucho andar por el escabroso terreno. 

En eso el lobo se mos­tró deferente. Había huellas de varias camione­tas: las de Boston, Tadler, Danby y Corbey; vi­nieron a investigar al saberse la noticia. Se nota­ba que otro pesado camión estuvo allí antes.

Pidgeon conocía el rebaño de Boston, y sabía que las trece ovejas perdidas eran las mejores. Encontró dos pequeños trozos de latón y se los metió en el bolsillo. De haber rebuscado, podía hallar más; bueno, al menos constituían una pe­queña parte de la aclaración.

Pidgeon fue luego al lugar de la correría en perjuicio de Danby, y nuevamente le alegró la  consideración del lobo al atacar junto a la cal­zada. A unos doce kilómetros del domicilio de Boston. Antes que él, todos los camiones de ese grupo de hombres furiosos habían estado allí. ¿También el pesado camión sin identificar? Im­posible asegurarlo.

Una oveja estaba muerta y en parte devorada, y se informó de la desaparición de otras nueve. Y había un perro muerto; éste, al menos, enfren­tó al lobo, aunque sin suerte. «Dandy George» era un animal muy grande; algo de mayor tamaño le causó la muerte.

Pidgeon no encontró trozos de latón y no in­tentó buscarlos. Sólo había huellas de lobo alre­dedor de la oveja muerta (en abundancia, como si se las imprimiera a propósito), y del perro muerto (escasamente discernibles en el suelo ro­coso, como si el lugar no lo hubiera elegido el lo­bo). Pidgeon halló otras señales. El lobo se había ido por el camino.

–Uno de esos sujetos dijo que quizá el lobo usara una motocicleta –murmuró Pidgeon–. No es así, pero tal vez usó un camión. Ese lobo lleva en sí mucho de humano.

Hay muy pocos lobos que maten a una oveja, se pongan de pie y maten a varias más con un ri­fle y luego las transporten limpiamente cargán­dolas, no arrastrándolas.

Pidgeon fue en busca de Ribaul, el vagabundo francés, que ocasionalmente se convertía en su ayudante.

Ribaul había empezado a enmendarse varios meses atrás, cuando Pidgeon tuvo razones para encerrarlo en su pequeña cárcel. Ribaul vivía en una choza sobre la áspera tierra perteneciente a un granjero francés. 

Poco después del arresto, Pidgeon dio a Ribaul empleo circunstancial y el derecho a residir en la localidad. Ribaul era un hombre diestro y un gran patán con la cabeza cual una patata gigante. Era fuerte como una mula, y si se le sobrecargaba de trabajo, se rehu­saba igual que una mula. Pero Ribaul sabía se­guir un rastro hábilmente.

–¡Granizo del cielo! –maldijo el sheriff Pid­geon–. ¡Tú, loco de cara gorda!

Ribaul, con un ligero codazo sobre el brazo de Pidgeon, le hizo errar el tiro; demasiado tar­de ya para volver a disparar: el lobo se había escapado... y así son los trabajos nocturnos.

–Tú, loco francés pies planos, será mejor que me des una buena razón para lo que has hecho.

–No, razón no, señor Pidgeon, sólo una idea –dijo el grandulón Ribaul con voz leve.

–Tenía un disparo perfecto. ¿Por qué he te­nido que fallar a causa de un loco?

Esto sucedía exactamente después del alba, unas dieciocho horas más tarde de que Pidgeon pidiera a Ribaul que le ayudase a rastrear al lobo. Todo ese tiempo se ocuparon en su objetivo. Ri­baul sabía seguir la pista, pero sus métodos incluían un montón de añagazas. Anduvieron de una parte a otra por el confín occidental de la comarca. El viento sopló fuerte desde el este, y Ribaul juraba que podía oler el tufo de un lobo en un radio de un kilómetro.

–De este modo trabajan los animales de raza, señor Pidgeon –dijo–. Huella y contrahuella, hasta que usted capta el olor. Entonces se le acerca. Al pasar del otro lado, usted lo pierde nuevamente. Es la ocasión de encajonarlo.

–Tú no eres un sabueso, Ribaul, aunque por los ojos y la papada...

–Yo no puedo percibir un olor tan pronto como un buen perro, pero sé mejor que él cómo arrimarme al lobo cuando lo tengo cerca. Soy más inteligente que muchos perros.

Bueno, quizá lo fuera, quizá no. Tenían al lobo encajonado unas horas antes del anochecer; no de­bían acercársele más, y su trampa era una do­ble porción de tierra, mil acres salvajes, muy fra­gosos.

–A veces el lobo tiene seguidores –explicó Ribaul–, otros tres lobos que le escoltan de cer­ca; otras veces sólo son sombras. Y hay un hom­bre que en ocasiones lleva tres seguidores. Serán hombres por un momento, y luego serán nada más que sombras.

–Tonterías, Ribaul –respondió Pidgeon.

Caminaron y volvieron a caminar, siempre a barlovento del lobo. Ribaul galopaba, y a Pidgeon se le hacía penoso mantenerse a su lado.

–Cruzamos muchas veces el mismo campo, Ribaul. ¿Estás seguro de que nos encontramos so­bre él?

–El lobo también se mueve. Es inteligente.

Empezó a moverse hace un par de horas.

Recorrían un claro de la sierra semejante al lomo de un cerdo, cuando Ribaul se detuvo.

–El olor del lobo se ha desvanecido por com­pleto, señor Pidgeon –dijo.

–¿Cómo pudo suceder eso, Ribaul?

–Yo mismo temo preguntármelo. Ahora ten­go un olor... No sé de qué manera expresarlo. Lo que ahora siento no es olor a lobo sino a hom­bre.

–¡Bien, Ribaul, diablo quebrantanueces! ¡Va­mos tras el hombre, entonces!

Fueron en pos de él. Pero es más arduo perse­guir a un hombre que a un lobo: no emana un olor tan intensamente acre. Pidgeon y Ribaul se separaron en un cono de roca rodeado de pinos jóvenes, un lugar en que dormían los cuervos. Ribaul lo circundó por el norte. Pidgeon, por el sur. Pidgeon oyó que Ribaul silbaba y le gritó que se callase. Después ya no le oyó más.

Pidgeon entraba en el estrechamiento de un cruce, medio kilómetro más lejos, cuando captó un olor: no de hombre, de lobo. ¡Y fuerte!

–¡Ribaul, por aquí! –llamó Pidgeon. Entre los matorrales había algo grande y bajo, pesado, gris, con un destello blanco–. ¡Ribaul, por aquí! –cla­mó otra vez Pidgeon.

Imposible dispararle: la cosa se movía con mucha frecuencia y a bastante distancia. Y no se la veía con claridad.

–¡Ribaul, loco, deja ese camino!

Ribaul llegó del norte saliendo de una mara­ña de rocas y malezas.

–¡Está entre los matorrales justo más allá de nosotros, Ribaul! –exclamó Pidgeon–. ¡Hasta yo puedo notar el olor a lobo desde aquí!

–Sí, ha vuelto a cambiar; ahora es lobo. Le he observado durante un largo rato. De nuevo es lobo, pero por un instante pareció ser otra cosa.

–¿Qué quieres decir, franchute?

–Es difícil distinguir el aspecto exterior de una cosa entre los matorrales.

Marcharon, pues, tras el animal, y no volvieron a perderlo, mas sin conseguir una posición ade­cuada para disparar sobre la astuta bestia. Fue una fallida, destrozapiés, aburrida cacería de diez horas. 

No ofrecía dificultad el seguimiento, aun en la obscuridad: un lobo gris que a veces despe­día un resplandor blanco en la noche clara. En una docena de oportunidades estuvieron a pun­to de tirar con acierto, pero la fiera se les escu­rría y necesitaban volver a localizarla.

No es que se desplazara con rapidez, pero era infatigable y los obligó a una tenaz persecución casi toda la noche. De vez en cuando, como de  mutuo acuerdo, ambas partes se tendían a descansar. 

El  lobo, con el destello blanco coronando su cabeza, estaba constantemente visible, y los hombres nunca le perdieron de vista en la la­tiente obscuridad. Pidgeon le vio de cerca sólo una vez, y la mirada del lobo se le antojó lanzada por los ojos de un hombre.

–Esto es muy raro, Ribaul –dijo Pidgeon–. Un lobo que viaja en camión y carga con un ri­fle no es la clase de lobo que uno se encuentra todos los días.

–Solamente una clase especial de lobo puede hacer eso. Y me niego a decir cómo se le llama.

–Si no quieres bajar la vista y darte con el lado malo del cañón del rifle de un sheriff bizco, será mejor que lo digas. ¿Qué clase de lobo po­dría hacer eso?

–Un loup-garou.

–¿Cuál es el nombre en inglés?

–No lo sé. Nunca lo oí en inglés.

Reanudaron la persecución, porque ya finali­zaba la noche. Pidgeon, valiéndose de Ribaul como de su mano izquierda, trabajando con un objetivo definido, acosó al lobo contra la amplia y clara cuesta que le era imposible evitar. Y entonces Ribaul, que debería encontrarse alejado unos cien metros, codeó el brazo de Pidgeon. El tiro fue alto, y el lobo escapó.

–¡ Ribaul, maldito idiota! Si tienes alguna idea, mejor que sea buena.

–Señor Pidgeon, me avergüenza decirle qué fue.

–¡Has hecho que pierda el lobo! ¿Por qué?

¿Por qué?

–De pronto se me ocurrió pensar que no es completamente un lobo. Miré sus ojos y el res­plandor sobre su cabeza, y dudé si era un lobo o un hombre. Si usted le hubiera matado y se tra­tara de un hombre, la situación sería engorrosa.

–Ribaul, ¿no pudiste ver qué era?

–Vi cada pelo de él, inclusive las palpitacio­nes de su pescuezo. Pero se parecía a un hombre que yo conozco. Es un hombre a veces. Es el loup-garou.

–Dime qué es eso, Ribaul, o con dificultades o sin ellas, mataré a un hombre ahora mismo.

–Oh, parte del tiempo es un lobo, y después hombre. Si me equivoco, seré el causante de que usted perdiera un lobo. Si no, le habré salvado de matar a un hombre.

–Déjalo correr. Puesto que la mayor parte de la noche nos impuso su táctica, seguramente es­taremos cerca de su madriguera.

–Es improbable que un animal macho nece­site guarecerse en esta época del año; simple­mente se echa en cualquier lugar sobre las rocas heladas.

–Averiguaremos dónde. Tomaré el callejón. Tú ve por la espesura. Te demostraré que no soy tan mal rastreador.

Y Pidgeon no resultó un mal rastreador. Halló muy pronto profundas y firmes huellas: le eri­zaba el pelo de la nuca, produciéndole picazón, la sensación de que el lobo dejaba señales adrede para que las siguieran. Semiescondido tras un arbusto en el sendero de roca justo encima del callejón, se encontraba un viejo camión grande.

«¡Ah, el transporte exclusivo del lobo!», se dijo Pidgeon con una burlona sonrisa interior.

Había humedad en el camino, y el lobo, a juz­gar por sus huellas, era muy pesado. Debía de pe­sar más de sesenta kilos. ¿Y quién oyó nunca de un lobo de ese tamaño? El camino se estrechaba bruscamente, y el lobo no se salía de él. En la suave arena de un blanco calizo se imprimían las huellas de lobo más grandes y claras que se ha­yan visto.

Arrastrando los pies en una desmañada marcha, el lobo marcaba la pata trasera delante de la huella de la anterior. La huella delantera mostraba cinco dedos, y la trasera, cuatro (uno de los dedos posteriores es rudimentario y no deja señal). La garra delantera es siempre más ancha,  casi tanto como la de un puma.

Alboreaba, y ésta era la hora más fría de las veinticuatro.

Pata delantera, pata trasera izquierda; pata delantera, pata trasera derecha, se encontró can­turreando Pidgeon. Pata delantera, pata trasera izquierda, pata delantera, pata trasera derecha... ¡Y así terminaba la secuencia!

Cesaba completamente. Pidgeon se quedó tie­so y cerró los ojos por un instante. Ninguna ex­periencia anterior le había preparado para esto.

«La luz es aún muy débil, y, además, estoy cansado», se dijo. Pero se mentía. Debatió con­sigo mismo un momento, y luego recobró el ras­tro.

Bueno, que fuese una pata trasera, es un mo­do de decir. En otras circunstancias, no tendría nada de terrorífico una impresión tan bien cono­cida. Pero ésta no era la de un lobo. Ni la si­guiente, ni la otra. Los vestigios de lobo se habían convertido en señales de hombre. Bueno, en al­gún lugar del mundo habría de haber una solu­ción para este enredo.

Pidgeon siguió las huellas humanas hasta don­de el callejón se interrumpía en una extensión ro­cosa que imposibilitaba el rastreo. Llamó a Ribaul. El francés vino desde una alta espesura. Ribaul escuchó todo con aguda mirada, y sacudió la cabeza.

–¿Estuvo Jules Lamotte aquí con usted? –pre­guntó a Pidgeon–. ¿Cómo es que yo no le he visto?

–No veo a Lamotte desde hace varias semanas –dijo Pidgeon, penosamente–. No le vi ni una docena de veces en mi vida. Apenas le conoz­co. ¿Son ésas sus huellas? Creo que vive cerca de aquí. Debe de haberlas dejado ayer, durante su labor normal.

–Vive cerca de aquí –contestó Ribaul–. Y sus huellas no se estamparon ayer, sino hace pocos minutos.

–No le vi, Ribaul. ¿Qué clase de hombre es en realidad?

–Tiene una risa peluda.

–Eso no es un delito, si bien podría serlo. ¿Y qué más?

–Es un hombre que posee carne de carnero y no cuida ovejas. Y ahora hemos llegado a su residencia.

Jules Lamotte era un hombre corpulento, de hocico agudo, con un sorprendente manchón blan­co en su pelo gris-ratón. Se encontró con Pidgeon y Ribaul a la entrada de su cocina.

–Son bien venidos a medias –espetó–. ¿Ma­taron al lobo?

–No; se nos ha escapado –respondió Pid­geon–. ¿No nos ha visto a nosotros ni al lobo? Rastreamos huellas de usted, frescas, precisa­mente donde perdimos las del lobo.

–No salí de mi casa anoche, ni esta mañana.

–Entonces alguien estuvo usando sus pies –le desafió Ribaul.

–¿Qué? ¿Ambos? –replicó Lamotte, con un toque de áspero humor.

–Sí. O los cuatro –dijo Ribaul.

–¿Puede usted explicarme qué quiere decir este tipo, sheriff? –preguntó Lamotte.

–Ribaul cree que usted es un loup-garou. En­tiendo que eso es francés.

–Eso es un cuento infantil, y no necesariamente francés –replicó Lamotte–. ¡Madelon, prepara desayuno para dos recién llegados! ¡Madelon! ¿Me oyes?

–Oigo –gritó ella desde dentro, y acudió a la cocina–. Oh, para ellos –dijo–. De acuerdo.

Nunca antes Pidgeon había visto a la esposa de Lamotte. Era una mujer de buen aspecto. Dispuso un pesado desayuno de campo y se sen­taron ante él.

–¿Cómo se explica que usted tenga carne de carnero, Lamotte? –preguntó Pidgeon–. No sa­bía que usted criara ovejas.

–No crío. ¿Cómo es que tengo café, si no po­seo plantación?

–¿Quiénes son los tres hombres de la pintu­ra en la pared? –interrogó Pidgeon.

Lamotte le miró confundido.

–Oh, son mis hermanos, supongo –respon­dió.

¿Por qué un hombre diría «mis hermanos, su­pongo»? El cuadro presentaba a tres barbudos que guardaban parecido con Jules Lamotte.

–Se dice que dejó usted su antiguo domicilio a causa de dificultades.

–Ni siquiera saben la situación de mí antigua residencia –contestó Lamotte–. Sin embargo, tienen cierta razón. Un hombre asentado no mu­da de morada en mitad de su vida si todo mar­cha bien.

–El suyo es uno de los predios en que el lobo no ha molestado, Lamotte.

–¿Qué podría hacer aquí? Yo cultivo grano y crío ganado vacuno, no ovejas.

–Lamotte, durante la noche o al amanecer, ¿oyó algo?

–A ustedes dos, en las rocas de por allí, char­lando quedamente.

Comieron tortillas y bebieron un corto whisky matinal, y el matrimonio no los trató con mu­cha animosidad.

–¿Es suyo ese camión del pastizal de las ro­cas? –preguntó Pidgeon.

–Sí, aunque rara vez lo uso.

–¿Lo utiliza alguien?

–¿Por qué usaría nadie ese enorme camión vie­jo?

–¿Tiene usted algún enemigo, Lamotte?

–Sí, eso creo. O un amigo que pretende ma­tarme.

–¿Me dirá quién?

–No. Es un asunto privado. Son ustedes bien venidos. Voy a ver un ternero.

Lamotte salió de la casa, con un andar rígido, como si le dolieran los tobillos.

–Mi marido les mintió –dijo Madelon Lamot­te poco después de que Jules marchara–. Dijo que no había salido de casa anoche. Sin embar­go, ayer estuvo fuera toda la noche. Regresó atur­dido, y quedó así hasta que ustedes llegaron. Creo que no se siente bien, inclusive que no está cuer­do. Supone que posee dos naturalezas diferentes.

–¿Qué dos naturalezas, señora Lamotte? –preguntó Pidgeon.

Pero Jules Lamotte volvió y Madelon no ex­plicó qué había querido decir.

Más tarde en ese día, habiendo dormido unas horas, Pidgeon se hizo con cierto equipo y con­dujo y caminó hasta el último callejón que había rastreado la noche anterior. ¡Cómo se exaltó en el lugar en que las huellas cambiaban! ¡Qué pe­queña danza frenética había bailado!

Mas todo se encontraba tal como lo recorda­ba. Allí estaban las huellas de lobo; y luego las de hombre; no cambió el final de las del prime­ro ni el principio de las del segundo. Si las unas no se convirtieran en las otras sin transición, en­tonces la evidencia no tendría sentido. 

Pidgeon las fotografió desde varios ángulos, pensando que los distintos sombreados dirían algo. También tomó fotos y huellas de los neumáticos del pesado ca­mión de Jules Lamotte. Después condujo hasta Yellow Knife y fue al almacén.

Todos estaban allí: Scroggins, el almacenero, Kenrad, Ragley, Tadler, Corbey, Boston, Danby. El almacén era el casino, el lugar en que se con­versaba y se jugaba al dominó y a las damas.

–He salido con el rastreador francés tras el lobo –anunció Pidgeon.

–Le ayudaremos a desollarlo –gruñó Tad­ler–. Háganos ver cuan grande es verdadera­mente.

–No podré desollarlo hasta que lo mate. Le disparé una vez, y Ribaul me hizo errar el tiro.

–¿Por qué hizo tal cosa? –preguntó el alma­cenero Scroggins.

–Me explicó que era un loup-garou, y que si lo mataba estaría matando a un hombre.

–Y yo digo que mate a eso de cualquier modo –intervino Tadler–. Líbrese del lobo, no impor­ta en qué se convierta. Digo que mate inclusive a todos los hombres que se parezcan un poqui­to a un lobo.

–Entonces tendré que disparar contra varios de los presentes –dijo Pidgeon.

–Son principalmente los franceses quienes se vuelven lobos –puntualizó Ragley–. Son supers­ticiosos, creen en esas patrañas. En Beauregard Parish hubo un gran lobo con una mirada extraña y una estrella blanca en la cabeza.

Pidgeon se sobresaltó. ¿Sabría Ragley que el lobo que les preocupaba poseía una extraña mi­rada y una mancha blanca en la cabeza? Otro hombre había entrado en el almacén silenciosa­mente.

Pidgeon no miró a su alrededor, pero supo que se trataba del hombre de la mirada extraña en los ojos y la señal blanca en la cabeza. Esa fue también la impresión de varias personas que se encontraban de pie fuera del almacén.

–Cuando un hombre se convierte en lobo, lo difícil es enderezar el hueso del tobillo –explicó Corbey, un viejo timador astuto, que estaba a punto de enrollar la lengua alrededor de algo sabroso–. Duele el tobillo. Vea usted, lo que se­ría la rodilla de un lobo, tiene su ángulo opuesto al de la de un hombre, y corresponde realmente al del hueso del tobillo humano, no al de la ro­dilla. La rodilla del lobo está oculta en el anca. Cuando un hombre se vuelve lobo, el hueso de su tobillo crece unos veinte centímetros. Si da us­ted con uno que suela transformarse, ha de ser un individuo con frecuentes dolores de tobillos.

»El resto es fácil. Si observa una conversión alguna vez, verá qué hábilmente lo hace. Prime­ro ablanda su cráneo, y parte de éste se mueve hacia adelante y parte hacia atrás. Luego sus ojos se sitúan, rodando sobre sí mismos, a los lados de la cabeza; aguza el hocico, y todo lo demás. Entonces se desliza hasta caer a gatas como si se desgoznase. Y para hacer salir el pelo de su escondite, empieza a estremecerse... Después de eso, le falta una sola cosa para ser un lobo com­pleto.

Bueno, alguien tenía que preguntar qué fal­taba.

–¿Qué es lo que necesita para convertirse to­talmente en lobo, una vez que se ha puesto a gatas y saca el pelo de su escondite? –preguntó Pidgeon.

–La cola –dijo Corbey, pasándose la lengua por los labios–. Suena como un corcho al qui­tarlo de la botella. La cola es también lo último que hace desaparecer. Al cabo de unas pocas transformaciones, hombre en lobo, lobo en hom­bre, la cola permanece... Sostengo, sheriff, que es posible comprobar este dato.

¿A qué quería llegar Corbey? Una lóbrega luz flotaba en el almacén. Minuto a minuto se perci­bía más intensamente una especie de almizcla­da excitación que comenzaba a manifestarse. Algo amenazaba... ésta era la clase de cosas que aque­llos tipos raros se traían entre manos.

–Señores, esto ya debe ser un esfuerzo comu­nitario –cacareaba Corbey–. Sheriff, hemos de reunir a los hombres del vecindario sin excep­ción y hacerlos desnudar. ¡Uno de ellos tiene cola!

¡Brillantes mastines! ¿Estaría Corbey tomán­dole el pelo? Demonio, ¿nunca estallarían las ri­sas? ¿Qué les impedía el regocijo clamoroso? Tal vez uno o dos vibraran un poco, pero jamás se daban a la risa abierta. Todos mantenían su seriedad y su cara larga.

Sheriff, creo que su deber es dar el ejemplo –dijo Ragley, broncamente.

–Bájese los pantalones, sheriff –ladró Bos­ton–. Tenemos que mirarlo primero a usted.

¿Hablaban en serio aquellos tipos? Se mostra­ban casi sanguinarios en la intensa ferocidad que los poseía.

–No he de ser el primero –afirmó Pidgeon–. Tengo privilegios. Seré el último.

–No dejaremos a nadie en paz hasta que sea examinado y certificada su inocencia –declaró ásperamente el almacenero Scroggins, y sacó un arma larga de detrás del mostrador–. ¿Quién será el que en primer término pruebe virilmen­te que no es el lobo?

–Diablos, seré yo –renegó Ragley.

No era hombre de echarse atrás. Dejó caer sus pantalones. La revisión fue minuciosa. Vesti­do o desnudo, Ragley exhibía formas curiosas; torpemente articulado, con puntas y protuberan­cias aquí y allí. Pero no tenía cola.

–Tú, muchacho. –Scroggins llamó a un chico de once años que fisgoneaba desde fuera–. Esto es una reunión sólo para hombres. Muchacho, ve y convoca a todos los adultos de la vecindad. Diles que vengan al almacén y los revisaremos en seguida.

–¿Para qué?

–Diles que estamos a punto de echarle el guante al lobo y que vamos a descubrir quién tiene cola.

El chico partió corriendo.

Boston deslizó sus pantalones. Sin cola. En­tonces, como el desbordamiento de una presa, se produjo una súbita inundación de pantalones y monos que caían. Ya llegaban nuevas personas. Unos treinta de los más valientes de Royal Parish dejaron caer sus pantalones en treinta segundos.

Corto de vista, uno de los principales inspectores, Tadler, precisaba acercarse mucho para efectuar su tarea a conciencia: a cada uno lo retuvo has­ta sentirse seguro. Ninguna cola en el grupo. En­tró Ribaul.

–Ribaul, ¿tienes cola? –le fulminó Scroggins, arma en mano.

–No. Nunca aprendí la manera de hacerme crecer una.

Ribaul se sometió cuando le explicaron todo. Nunca tuvo cola alguna.

–Y ahora usted, sheriff Pidgeon –dijo Scrog­gins con su voz de cañón de arma.

–Esto no está sucediendo. No puede estar sucediendo –gimió Pidgeon.

Pero se sometió; fue el más vergonzoso mo­mento de su vida. Y para desilusión de muchos, no tenía cola. Habían hecho tanta alharaca para nada.

–¿Y qué espera usted? –preguntó Ragley al robusto francés que se encontraba allí de pie, el hombre de los ojos extraños y la mancha blanca en la cabeza, llamado Jules Lamotte.

–Tabaco, sal, café, alcohol de friegas, clavos, varias cosas –dijo Lamotte–. He perdido mucho tiempo. Cesad en esos juegos por ahora.

–¿Y qué te parece un poco de carne de car­nero, franchute? –preguntó el almacenero Scroggins.

–No, tengo abundancia de carne de carnero –dijo Lamotte.

Scroggins, con el arma al brazo, atendió el pedido que el francés traía escrito en un papel.

–¿Por qué no te bajas los pantalones como un hombre honesto, franchute? –interrogó Ra­gley–. ¿No se te ocurrió la idea? ¿No nos has oí­do ni visto?

La forma de reír de Lamotte pareció una ex­plosión, como risa de lobo, una risa peluda. En la salida esperaban a Lamotte tres hombres cor­pulentos. Pidgeon imaginó que serían los del cua­dro de la cocina de Lamotte. El francés cogió sus cosas.

–¿Para qué es el alcohol de friegas? –le pre­guntó Ragley.

–Tengo los tobillos doloridos –dijo tranqui­lamente Jules Lamotte–. Siempre me duelen los tobillos.

Lamotte los dejó, saliendo con su dolorido an­dar. Y si tenía cola, continuaba dentro de sus pantalones cuando partió.

Pidgeon siguió con la vista a Lamotte. Entonces tuvo una sorpresa. Lamotte caminaba solo: los tres hombres no lo acompañaban ya, y no había lugar alguno al que pudieran haber ido.

Pidgeon marchó afuera. Unas travesías más allá se encontró con Clela Ragley, la joven hija del tosco Ragley, y le habló brevemente. Ella te­nía una idea referente a usar un cebo para lo­bos. Pidgeon continuó con otras cosas. Aún po­día resolver aquello. Tras haber hecho el necio un par de veces, resultaba más fácil. Así es que cometió una nueva necedad después del obscure­cer.

Pidgeon se topó con Clela Ragley por el cami­no en la cerrazón de esa noche. Ella penetró en la escabrosa doble sección de tierra que parecía ser el dominio del lobo. Y Pidgeon la siguió a unos cincuenta metros.

Y el lobo estaba allí. ¡Gatos trementinados si estaba allí! Todo el aire estaba impregnado de lobo. Pidgeon tenía el viento a favor, y ahora se movía hacia el lobo. Se encontraba muy cer­ca y a Clela le daba el viento en contra. Ella esperó en el claro, y Pidgeon aguardó a ver qué sucedía.

Llevaba un rifle reclinado en el codo, y se preguntaba qué haría si aparecía un hombre y no un lobo. A Pidgeon le acometió nuevamente la sensación de que el escenario era fraguado, de que la fiera anunciaba su presencia con tanta fuerza adrede. ¿Quién ponía un cebo a quién?

El lobo salió de las rocas y se dirigió a Clela. Hubo confusión, porque el animal parecía tener tres sombras siguiéndolo. Pidgeon vio su pelam­brera antes de distinguir sus formas. Iba concre­tándose el sentimiento de amenaza, de asesinato. Pidgeon divisó la mancha blanca de su cabeza antes de poder discriminar algo más. El lobo se irguió, y sus tres sombras hicieron lo mismo.

Y la sorpresa de Pidgeon no tuvo límites al ver ahora un hombre sobre dos piernas, si bien no amenguó en nada su fiereza ni su hirsutez. Era el lobuno Jules Lamotte con un rifle al brazo. ¡Oh, esa corona blanca en la cabeza!

Pidgeon aprestó su propio rifle cuando oyó re­pentinamente la voz bronca de Jules. Observó que Clela llevaba la mano a la boca y vacilaba, tem­blando como un cordero estacado al sereno. Ma­taría a Lamotte sí tocaba a la muchacha. ¡Hom­bre o lobo, le mataría!

Lamotte se aproximó a la muchacha, y Pidgeon pudo ver que los ojos de Clela se dilataban hasta parecer grandes bolas blancas. Entonces, súbita­mente, se disipó la tensión.

–Este es un lugar muy áspero para frecuentar­lo de noche, jovencita –dijo Lamotte, con una voz sin matices–. Su padre no se preocupará porque usted ande fuera, pero debe cuidarse. Casi le disparo. Podía no haberme cerciorado. Vaya al camino, jovencita, y sígalo hasta su casa. No la perderé de vista mientras marche. Ah, veo que no soy necesario. ¿No es el sheriff quien se des­liza tan torpe y pesadamente detrás de mí?

–Soy el sheriff, Lamotte –dijo Pidgeon–. Y usted, ¿qué hace aquí?

–Recorriendo mis propias tierras. Es todo lo que usted debe saber. ¿Y usted? –Lamotte pare­cía tener sombríos guardaespaldas con él. No pa­ra verlos ahora, sin embargo, y con seguridad, no para olfatearlos como a hombres o lobos. Su pre­sencia era extrasensorial, o excitaba la imagina­ción.

–Estoy cazando a un hombre lobo –respon­dió Pidgeon–. A lo mejor no me equivocaría si lo hiciera.

–Y también a mí me faltó poco para matar –exclamó Lamotte–, y usted me interrumpió. Sí, usted estaba muy cerca del hombre lobo, sheriff. Tanto como yo. Pero esta vez fueron usted y la muchacha quienes me golpearon el codo y me impidieron tirar. ¿Por qué caza usted con un agneau?

–¿Con qué?

–Con un corderito estacado al sereno. ¿Así es como caza usted a un hombre lobo?

Al día siguiente se conoció más evidencia con­tra Jules Lamotte. Ribaul se presentó al sheriff Pidgeon con Madelon Lamotte.

–¡Señor Pidgeon, señor Pidgeon! –llamó Ri­baul desde afuera.

Ribaul jamás golpeaba la puerta. Conservaba la costumbre campesina de detenerse frente a la casa y llamar. Pidgeon les abrió.

–Aquí estoy. Adelante.

–La dejaré con usted –dijo Ribaul, y salió.

–Es sólo para hablar con usted un rato –ex­plicó Madelon, ya dentro.

Era muy bella para ser una campesina, y su cabello era de un color nogal brillante.

–Espero que pueda decirme algo que aclare las cosas.

–No. Lo que diré no aclarará nada. Atará todo en nudos de serpientes. Es posible que esté loca, sheriff. Si es así, encarcéleme en seguida. Mejor estar encerrada o loca, que destrozada o muerta. Pero no soy egoísta: pienso en mi marido. Por mí misma no me preocupa demasiado enloquecer, ni siquiera morir. 

En todo está el lobo. Lo que bebo o como, contiene al lobo. Le encuentro en todas partes, le veo en nuestro corral y en nuestra casa. ¡Pero espere! Antes de continuar hablando, prométame que no le matará.

–¿Que no mate al lobo?

–No; a mi marido, Jules. Prométame no ma­tarle.

–No prometo nada. Dígame lo que vino a de­cirme.

–Veo al lobo en nuestro corral. Llamo a gri­tos a mi marido. Cuando llega, el lobo se ha ido, y él me dice que sólo lo imaginé. Entonces vuel­vo a verlo y digo: «¡Mira, Jules, mira!» Pero ahora es mi marido quien se ha ido.

–¿Nunca se presentan los dos simultánea­mente?

–Nunca. Y Jules dice que no ha visto al lobo, pero yo le vi una docena de veces. Jules sale por la noche. ¡Oh, si yo supiera adonde va! Entonces huelo al lobo fuertemente todo el tiempo, ¡en mi propia casa! Ayer estuve cara a cara con el lobo en la habitación que llamamos despensa refres­cante. 

Chillé, corrí a mi cuarto y bloqueé la puer­ta con un baúl. Me eché en la cama aterroriza­da. Yo soy campesina. He visto lobos. A otro le hubiera ahuyentado como a un perro grande. Ese no es como los otros. Le oigo jadear ante mi puer­ta, andar de aquí para allá. Sus dientes raspan las vigas de la puerta, y que parecen astillarse y romperse. Entonces siento un cambio, como si fuera dos cosas a la vez.

»Luego abrió la puerta como sí el baúl fuese un juguete, y entró. Se detuvo junto a mi cama, y mi susto era tan grande que ni siquiera abrí los ojos. "Mi pobre Madelon", dijo mi marido, porque era él quien estaba allí de pie. "¿Qué te asusta? ¿Has vuelto a soñar con el lobo?"

»Allí está mi marido, y no hay lobo. "Le he visto, Jules, en esta misma casa", digo. "Sabes que es imposible", me dice Jules y me consuela. Pero cuando le miré, vi algo que me dejó helada. Su mano izquierda sólo empezaba a revertirse en mano. Las garras iban ocultándose y los dedos salían. La parte más recia del pelo iba desapareciendo. Un momento antes no era mano. ¿Es po­sible esto?

–No –dijo Pidgeon–. Mas, ¿qué era posible? Señora Lamotte, ¿teme usted a su marido?

–No cuando es mi marido. Sólo cuando es el lobo.

–Regrese y quédese con él hoy y esta noche. Dígale que no salga de casa por ninguna razón. Si el lobo sale al sereno esta noche, lo matare­mos. Y si al acorralarlo se convierte en hombre, le mataremos igual.

Ella se fue. El retuvo la imagen de su porte y su belleza, y particularmente lo aturdido de su estado. Pidgeon habría querido preguntarle una cosa más.

Pero ¿de qué manera preguntarle a una mujer si su marido tiene cola?

Algo más tarde, Clela Ragley visitó al sheriff.

–Ahora tengo pruebas seguras –anuncié–. Jules Lamotte es el lobo.

–¿Tienes algo que realmente valga la pena? ¿Algo tangible?

–Para mí es tangible. Soñé con el lobo y el hombre antes del amanecer. Jules era el hombre y venía hacia mí. A medida que se me aproxima­ba, Jules iba siendo el lobo. Me clavó esos terri­bles dientes en el hombro, y menos mal que me desperté a tiempo, si no me hubiera asesinado.

–¡Clela, tú, bruja de media pinta! ¡Nunca cre­cerás! Quiero evidencia concreta.

–¿Es esto lo que usted llama concreto? –pre­guntó ella.

Se lo enseñó con un movimiento brusco; Pid­geon se estremeció; vacilaba en determinar si la propia Clela o las terribles heridas le produjeron ese efecto. El hombro que dejó al descubierto la chaqueta al caer, se veía mordido y magullado bru­talmente. Profundas y desgarradas mordeduras, ahora lívidas, dos de un tipo y una de otro. Po­dían haber sido mortales.

–Clela, ¿dónde te has hecho eso? –preguntó Pidgeon, confuso.

–Se lo he dicho –respondió.

Pidgeon se negaba a aceptarlo. Cerró sus oí­dos a aquellas tonterías. Clela decía algo más, pero él sólo oyó el final.

–Después de que le mate, sheriff –estaba di­ciendo–, córtele la cabeza y tráigale acá y com­pruebe si se adapta a los mordiscos. De esa for­ma no quedarán dudas.

El lobo había vuelto a atacar la noche antes, y se habían perdido muchas ovejas. Así que esta vez habría que darle caza.

–¿Por qué hace esas muescas en el plomo de sus balas? –le preguntó Ribaul a Pidgeon antes de salir.

–Porque deseo saber qué tiros disparo –contestó Pidgeon–. Quiero tenerlo claro.

Marcharon tras el lobo al caer la noche, cua­tro de ellos en grupo: Ribaul, Ragley, Pidgeon y Kenrad. Los cuatro hombres sabían rastrear. Co­nocían el terreno, y conocían a los animales.

–Ribaul, oí que estuviste con un circo –dijo Ragley–. Oí que pagaban para verte y pensaban que eras un nuevo tipo de animal.

–¿Estuviste con un circo, Ribaul? –pregun­tó Pidgeon–. ¿Cómo lo supo Ragley?

–Anduve con un circo. No estaba en exhibición. Trabajaba. Cuidaba animales, y había do­mado a varios, incluyendo a un oso.

–¿Tuviste un lobo amansado? –preguntó Ra­gley.

–No. No hay nada parecido a un lobo do­mado.

–¿Por qué llevas tú la estaca y el mazo, Ribaul? –quiso saber Kenrad–. ¿La idea es tuya o del sheriff?

–¿Qué importa? El dice que no hace daño tenerlas, con tal que sea yo el que las lleva.

–Tendrás que cazar al lobo, Ribaul. Las tie­nes para dejarlo muerto.

El lobo merodeaba por allí seguramente en una amplia área. Durante largo rato permaneció inmóvil. Les esperaba. Luego, como por una deci­sión repentina, comenzó a moverse. Lo mismo hicieron los hombres, ahora con absoluta fir­meza.

Cazaban sin perros, y pronto estuvieron sobre el lobo, más próximos de lo que lo estarían con perros. Tenían a la bestia encerrada en la mis­ma doble sección de tierra escabrosa en que Pid­geon y Ribaul la encajonaran anteriormente.

Bajo la clara luz de la luna, lo tenían cogido. Si saliera al espacio abierto, se expondría, contra la ladera de la colina, a un disparo fácil. Si con­tinuaba en el matorral, lo sacarían a golpes. Si buscaba escondrijo en otra parte, encenderían fuego y lo obligarían a salir. Era grande y peli­groso, pero lo tenían acorralado.

Acosado, el lobo se detuvo de repente en la colina y se volvió haciéndoles frente abiertamen­te. Y sus tres sombras se volvieron también. Era del tamaño de un puma adulto. Pesaba más de ochenta kilos. De los pelos erizados de su cogote chispeaba fuego, como se dice que ocurre a un lince perseguido. Mostraba su alta mancha blan­ca y sus ojos humanos y les miraba con odio fe­bril.

Sin duda, Ribaul y Ragley aborrecieron dejar­lo pasar. Pero este caso era del sheriff, y suyo fue el disparo. El sheriff Pidgeon dio al lobo certe­ramente, justo al borde de aquella mancha blan­ca en la cabeza.

–Ahora se convertirá en hombre –dijo Ribaul–. Observen si se transforma mientras mue­re, y si comienza a temblar. Ello demostrará que es un loup-garou.

Pero no se transformó. Había sido un lobo y lo era aún.

–Está muerto –dijo Pidgeon–. Eso conjura a un fantasma; para mí, al menos.

–Aquí están la maza y la estaca –habló Ribaul–. Úselas, sheriff.

–¿Realmente crees en esto, Ribaul? –pregun­tó Pidgeon.

–¿En que si usted atraviesa con la estaca el corazón del lobo queda definitivamente muerto? Sí, lo creo.

–Que alguien averigüe de dónde proviene ese ruido infernal –barbotó Pidgeon–, y que le pon­ga fin.

Desde el momento en que al lobo le alcanzó el disparo, resonaba un gemido espantoso.

Pidgeon orientó la estaca de madera de arce sobre el pecho de la bestia exactamente detrás y debajo de la paletilla delantera, a fin de atrave­sarle el corazón, o al menos fingir que lo hacía. Era un animal muy resistente y le dio bastante trabajo. Pero la estaca estaba aguzada como sólo puede estarlo la dura madera de arce. Estacar al lobo vino a ser como un orgasmo para todos los hombres.

–Quedará muerto ahora –dijo Ragley.

–Entonces, ¿por qué no cesa ese condenado ruido si el lobo está muerto? –rugió Pidgeon.

El sonido provenía de la casa de Jules Lamotte. Los pies de Pidgeon reconocieron la aproxima­ción antes que sus ojos. Pidgeon había matado al lobo a menos de doscientos metros de la casa. Se dirigieron allá.

La puerta de la cocina se encontraba abierta, y se veía luz dentro. Madelon Lamotte estaba de pie en el pasillo con el cabello flotante. El ruido infernal era su chillido. Y proseguía más y más, helando la sangre.

Pidgeon entró primero, pálido y entre un loco alboroto, como si todos los objetos del corral cayeran en tropel en la obscura cocina.

–¡Señora Lamotte! ¿Qué ocurre, por el amor de Dios? Señora...

Pero el sheriff Pidgeon no terminó la frase, ni recorrió todo el pasillo. Retrocedió vacilante, con la visión enrojecida. Se derrumbó, enloque­cido y agotado.

–¡Asesino! –aulló Madelon Lamotte–. ¡Asesi­nó a mi marido! ¡Yo...!

Pidgeon se levantó aturdido, buscando la puer­ta, y le alcanzó un segundo impacto sonoro y otro gemido desgarrador. Madelon le clavaba las garras como una leona y le arañaba sangrienta­mente cada vez que él oscilaba. Le derribó dos veces. Estuvo a punto de arrancarle la cabeza y parte de la piel de su rostro quedó bajo las uñas de ella.

Ragley y Kenrad la contuvieron con esfuerzo. El agudo grito decayó hasta una serie de ridículos sollozos.

–¿Qué es esto? –gritó Pidgeon–. ¡Sujétenla, diablos!

No se percataba de cuan duramente le había herido. Apenas podía ver.

–¡Usted, sheriff, maldita víbora! ¡Usted ma­tó a mi marido! –aulló Madelon–. Mátenme pronto, hombres, pero déjenme dos segundos con ese imbécil de cara blancuzca. Veremos quién mata a quién...

Ragley ya la había inmovilizado, y Kenrad en­tró en la casa para ver qué había ocurrido. No tuvo que profundizar mucho.

–Aquí, sheriff –llamó–. En la habitación fue­ra de la cocina, aquí. Es peor de lo que usted su­pone.

Pidgeon se adentró más. Jules Lamotte yacía muerto en esa pequeña habitación con piso de tierra que llamaban despensa refrescante. Le ha­bía alcanzado un tiro en la cabeza, justo al borde de aquella mancha blanca tan semejante a la del lobo.

Lo que resultaba más sobrenaturalmente horri­ble era que Jules Lamotte tenía el pecho atrave­sado por una estaca que se hundía en el suelo. Y Madelon aún barbotaba furia en la cocina. Pa­recía inútil discutir con ella en ese estado, pero era necesario intentarlo.

–Dígame quién ha hecho esto, señora Lamotte –comenzó el sheriff Pidgeon.

–¡Usted, vil cerdo, usted lo ha hecho! ¡Empalador hipócrita, usted asesinó a mi marido! Jus­tamente en esa habitación. Le disparó y clavó una estaca en su corazón. ¡Déjeme a ese sheriff, hom­bre!

–No pude ser yo –protestó débilmente Pid­geon–. ¡Ragley, sujétela! ¿Dónde está Ribaul?

–Pero si permanecí aquí todo el tiempo –Ri­baul lanzó de golpe las palabras–. Dejadme, yo la sujetaré. Tengo un método para animales sal­vajes. No se me escapará.

Volviendo a la despensa refrescante, Pidgeon se abalanzó sobre el cadáver de Jules Lamotte e hizo una cosa ilegal, atroz, realmente una locu­ra. Kenrad y Ragley procuraron detenerlo, pero estaba desenfrenado. 

Obrando febrilmente comen­zó a hurgar dentro de la cabeza de Lamotte con una navaja. Buscaba la bala que había matado al hombre. Asió un cuchillo de carnicero de la pared de la despensa y lo usó como palanca y cuña. El proyectil había destrozado el hueso en un ángulo y se adentraba escasamente en la caja craneana. Pidgeon lo extrajo y lo sostuvo en la mano.

–Es mi disparo –masculló Pidgeon–. Yo mar­qué mis balas antes de salir esta noche. Quería saber con seguridad a qué tiraba.

–Bueno, entonces no hay duda de que le dis­paró a éste –dijo Ragley–. Evidentemente, mató a Jules Lamotte.

Pidgeon abandonó la casa de Lamotte y volvió con Ragley y Kenrad al lugar de la muerte del lobo. Pidgeon se paseaba de aquí para allá, y los otros dos le miraban confusos.

–¿Qué estamos buscando? –preguntó Ragley.

–¡El sitio en que el lobo fue muerto! –dijo Pidgeon frenéticamente.

–Estamos de pie sobre el lugar, sheriff. Estas son marcas de pisadas. Este es el agujero donde su estaca atravesó al lobo y penetró en la tierra. Enjugue la sangre de sus ojos, sheriff. Ella estuvo a punto de arrancárselos con sus garras.

–¿Pero dónde está el lobo? –preguntó Pid­geon aturdido.

–Sheriff, ¿está loco? –exclamó Ragley–. Us­ted vio a Lamotte muerto. ¿Cómo puede el lobo estar aquí y allá? Lamotte era el lobo. Ahora La­motte es el lobo muerto.

–No; un lobo es un lobo, y un hombre es un hombre –insistió Pidgeon–. Tiene que haber un lobo muerto por aquí.

–Lo averiguará mañana, sheriff –sugirió Ra­gley–. Será otra vez un día caluroso. Dé a ese sol siete u ocho horas sobre este pasto en la roca, y podrá hallar al lobo si está aquí. Los cuervos darán vueltas por el aire sobre donde esté para lanzarse a devorarlo. Un lobo muerto madura al sol, caso de estar aquí. Pero no está. Todos nos­otros sabemos quién mató al lobo y al hombre con un mismo disparo. Podemos decir que ésta fue una noche muy especial.

Bueno, un hombre había muerto de un tiro, y Pidgeon mismo era el sospechoso de Pidgeon. Pero ¿por qué, dejando las historias sobrenatu­rales de lado, alguien querría matar a Jules Lamotte?

Posiblemente por sus monedas de oro. Era probable que Lamotte no poseyera ninguna, pero una de las habladurías le atribuía pilas de ellas escondidas. O quizá su atractiva esposa. Desde que la vio furiosa, Pidgeon supo que Madelon alentaba tanto fuego como para incitar a un hom­bre al crimen.

O Lamotte quizá fue asesinado porque en rea­lidad robaba las ovejas de los granjeros. Sobra­dos datos parecían indicarlo así. Pero ¿por qué  Lamotte no había sido asesinado de un modo ra­cional?

–¿Dónde está el lobo? –se interrogaba Pid­geon–. ¿Dónde mi maza que clavó la estaca... o estacas? ¿Por qué fue disparada una sola de mis balas marcadas? Oh, ahora recuerdo la maza.

Le dijeron a Pidgeon que su maza, pasada por alto en un principio, fue hallada en el suelo de la despensa refrescante, exactamente al lado del cadáver de Lamotte.

En la cálida tarde del nuevo día, Pidgeon se puso a observar a los cuervos. El sol debía de haber hecho su trabajo. El lobo, si todavía se en­contraba en el pastizal de la roca, habría madu­rado ya. Un par de cuervos giraban sobre donde debía hallarse. Sin embargo, no lo bastante cerca. Más bien parecía que merodeaban sobre la casa de Lamotte.

Dos de los cuervos estaban en el aire, y dos abajo, posados en los aleros de un cobertizo a menos de tres metros de la cocina de Lamotte. Contemplaban con lúgubre intensidad esa parte de la casa llamada despensa refrescante, donde Jules Lamotte (aún no removido, porque en la co­marca los engranajes giraban lentamente) yacía muerto. Sentíase un penetrante olor a lobo y a hombre mezclado. Ragley había dicho: «Lamotte es ahora el lobo muerto». ¿Había sido honrado Lamotte?

Ragley, Scroggins y varios más salieron de la casa de Lamotte. Pidgeon sabía que Scroggins actuaba en su condición de juez de instrucción, y que los otros habían depuesto como testigos jurados.

–Pidgeon, me alegra que esté aquí –dijo Scroggins–. Hemos decidido que sería mejor que usted se arreste a sí mismo por el asesinato de Jules Lamotte, y designar un sheriff interino para que maneje las cosas.

–No, no haré eso –dijo Pidgeon.

–Decidimos que, en caso de que usted se ne­gara a nuestra propuesta, se envíe en busca del sheriff más próximo para que venga y lo arreste. ¿Quién sería?

–El sheriff  Bartholdy, de Calvados Parish, del otro lado del río. Creo que iré y conversaré con él ahora mismo.

Pidgeon cruzó el río y fue a Calvados Parish. Llegó a la casa de Bartholdy, entró, y halló al hombre. El sheriff Bartholdy hizo un gesto de bienvenida, y salió de la habitación. Regresó con dos botellas de vino blanco, una lata de lombrices, un cubo con pececillos de río y dos cañas de pescar. Llevó todo a la camioneta de Pidgeon. Los dos hombres subieron, y Pidgeon condujo hasta un buen lugar sobre las rojas orillas del río Rojo. Pescaban allí.

–No sé si has oído sobre esto, pero se pro­dujo un insólito asesinato en mi distrito –dijo Pidgeon finalmente.

–Quita tu sedal del agua –pidió el sheriff  Bartholdy–. Nadie puede atender a dos cosas a la vez. Bebe un trago de vino. Esto aguza el inge­nio. Cuéntame. ¿Quién fue asesinado?

Pidgeon habló acerca del asesinato de Jules Lamotte. Bartholdy conocía a Lamotte de antiguo. Pidgeon se refirió a las coincidencias de pesadilla, las historias del loup-garou, huellas de lobo, ove­jas muertas, cacerías de colas, murmuraciones de jóvenes esposas, balas marcadas, un disparo de rifle y una estaca atravesando al lobo, un hombre atravesado por un disparo y una estaca... distin­tas cosas.

–¿Y todo eso? –preguntó Bartholdy enton­ces–. ¿Cuáles son los aspectos confusos que men­cionaste? ¿Por qué no arrestas, sencillamente, a los dos asesinos?

–¡Es que todo es confuso en este asunto, Bar­tholdy! –exclamó Pidgeon–. El hombre muerto que yo no pude haber matado. Su corazón atra­vesado por una estaca que yo no pude haber cla­vado. Mi propia bala marcada en su cabeza. Sien­do francés, debes de ser supersticioso. 

Así es que pienso que entenderás los asuntos fantásticos del caso. La tontería del ser humano que se transfor­ma en lobo, quiero decir, y todo lo demás, y el lobo convertido en hombre.

–¿Estás fuera de tus cabales, Pidgeon? Jamás oí tales insensateces.

–Te dije que había un lobo, y había un hom­bre.

–No me refiero a eso. Tú dijiste: «Siendo francés, debes de ser supersticioso». No debes de estar en tu sano juicio para decir una cosa como ésa. No puede haber un francés supersticioso más de lo que puede haber agua seca o caballos ver­des. Piensa detenidamente sobre las posibles contradicciones de eso. Entonces tus pequeños pro­blemas se resolverán solos.

Pidgeon meditó un buen rato acerca de las im­plicaciones.

–¿Ni un poquito supersticioso, Bartholdy? –preguntó en seguida–. ¿Ni un poquito?

–Ni un poquito –respondió Bartholdy–. Pue­de haber franceses estúpidos, o que roben ove­jas, o que amen a las esposas de otros hombres. Puede haber franceses malvados. Pero no puede haber franceses supersticiosos.

–Si eso es así, entonces no vivo en la clase de mundo que yo suponía.

–No; no exactamente la misma clase, Pid­geon.

Pidgeon pensó lo referente a las implicaciones algo más. Luego se puso de pie con un suspiro.

–Nunca me gustaron estas cosas –dijo–, pero me parece que haré mejor yendo a efectuar los arrestos.

Así, el sheriff Pidgeon regresó a Royal Parish y arrestó a Ribaul y a Madelon Lamotte por el asesinato de Jules Lamotte.

–¿Cómo te diste cuenta, Pidgeon? –preguntó Ragley mientras ellos dos y Clela Ragley camina­ban por el pasto de la roca en la zona de los su­cesos–. Verificación perfecta, ¿eh?

–Todo, excepto las tres sombras –dijo Pidgeon–. Siempre hubo tres sombras del lobo, y de Lamotte. Yo no las entiendo. En cuanto al resto, bueno, he aquí cómo lo hice. Un par de esos individuos pensaban que éramos fácil presa de engaño zorruno. Y por pensar así, serán colgados. ¿Quién era suficientemente lúcido con respecto a la superstición para inculcar superstición en nosotros? Tenía que ser francés. Mira, Ragley, los franceses no son supersticiosos; nosotros lo somos.

»Seguro que lo somos. ¿Cómo un pescuezo rojo va a obtener algún sabor de la vida si no la salpica con un poco de superstición? Los franceses usan ajo. Sí, puedo entender que ellos no necesiten ser supersticiosos.

»Así, Ragley, si todo indica que algo que está sucediendo no puede suceder, entonces pregunto: ¿quién está tratando de convencemos de que su­cede? De modo que, si las historias son mentira, escojo las informaciones que harán salir a la luz un montón de cosas.

–¿Las historias de quién son ésas?

–La de Madelon Lamotte. Y la de Ribaul.

–Ella le dio a usted algunos datos, sheriff.

–Ella me dio un par de datos tan convincen­tes que...

–Yo siempre digo que es un error que un hombre joven sea sheriff –dijo Clela, de trece años–. Es demasiado fácil ser envuelto por muje­res dadas a las fantasías.

–Por lo tanto, retrocedí un poco, Ragley; me pregunté quién dio inicio a todas esas historias de hombre-lobo. Ribaul, él fue. Y Madelon alimen­tó amablemente el fuego. Yo mismo vi las huellas de lobo transformarse en huellas humanas, pero, ¿quién me indujo a tal fascinación?

–¿Cómo imprimió Ribaul las huellas, Pidgeon? Eso es un enredo.

–No sé. Tan sólo sonríe (con su cuello en un lazo sonríe) y dice: «Un truco, señor Pidgeon, un truco». Pero con un lobo domado bajo su control, y fornido como es, pudo llegar hasta el lugar, dar un salto hasta el callejón y cargarlo sobre sus es­paldas, o algo así. 

Esas huellas se hicieron más temprano, cuando el callejón estaba muy húmedo; Ribaul me hizo creer que eran más recientes. Y la choza de Ribaul se encontraba en la tierra fan­gosa de Lamotte, muy cerca. Ocultó al lobo allí. No es de extrañar que ese hedor a lobo nos aco­metiera tan fuertemente cuando nos aproximába­mos. Fue Ribaul, ese viejo farsante de circo domador de animales. Mintió cuando dijo que a un lobo no se le domaba.

–Pero, sheriff, Ribaul no es tan inteligente como para tramar todo eso.

–No lo es. Madelon, sí. Ribaul poseía un lobo domado, pero Ribaul era el lobo domado de Ma­delon Lamotte. El año pasado siguió a Madelon y Jules desde el sur río arriba, y conspiró con Madelon para asesinar a Jules. 

Madelon quería al joven Ribaul, y Ribaul deseaba la granja, el dine­ro, y a Madelon. Ribaul hacía un excelente nego­cio matando ovejas mientras tendía la trampa para Jules y para el pueblo de Yellow Knife. Aca­rreaba las ovejas muertas en el viejo camión de Lamotte, y todas las sospechas recaían sobre Ju­les. Dio a Madelon dos ovejas, y ella no le diría a Jules de dónde las había sacado. Pero eso fue cuando Jules comenzó a salir a cazar hombres por la noche. El lobo se lanzaba al cuello de una oveja en cada domicilio, y comía un poco de su lomo.

–¿Cuándo mató Ribaul a Jules?

–Madelon fue quien mató a su marido en la cama. Después lo vistió y lo arrastró hasta la des­pensa refrescante.

–¿Cómo utilizaron su bala marcada?

–Ribaul era mi ayudante y tenía acceso a mis cosas. Vio que yo marcaba el plomo. Marcó uno casi en la misma forma y lo sustituyó por uno de los míos. Puedo reconocer ahora, aunque con difi­cultad, el que tiene su muesca.

–¿Y qué hay acerca de la estaca?

–Ribaul cortó dos estacas de madera de arce muy semejantes. Le dio una a Madelon junto con la bala marcada. Las marcas de la maza no sig­nifican nada. Alguien me indujo a notar las seña­les de la maza con más precisión que lo necesa­rio. La madera de arce se astilla un poquito, pero no se marca a fondo. La mancha en la cabeza del lobo era una falsificación. Ribaul debía de reno­varla en cada ocasión, pero sabía cómo hacerlo de modo que apareciera igual que la mancha de Lamotte. Y todos los lobos miran con ojos huma­nos: fíjate cuando atrapes uno. 

Nos sorprende cada vez que lo vemos, y después lo olvidamos. Yo ya le había dicho a Ribaul que me proponía herir al lobo justo en el borde de la marca blanca, y él sabe que soy un buen tirador. Madelon no nece­sitaba serlo para disparar sobre Jules a una dis­tancia muy corta. Madelon estaba atenta a mi disparo, y lanzó ese chillido para alejarnos del lobo, de manera que Ribaul pudiera quitarlo del camino.

–¿Cuándo descubrió que el lobo estaba en ese cobertizo?

–Demonios, persisto en ver tres sombras que nos persiguen, inclusive ahora. No puede ser sim­plemente imaginación. Oh, lo descubrí bastante tarde. Debía de haberlo sabido ese mediodía en que los cuervos estaban en los aleros. Notaba el olor de hombre maduro y de lobo adulto a la vez, pero yo pensé que era de hombre Lobo.

Sheriff, ¿para qué usaba Lamotte tanto al­cohol de friegas?

–Como él dijo, le dolían los tobillos. No por transformarse en lobo, claro. Creo que la expli­cación de Corbey detallando el decurso del cam­bio fue tomada en préstamo de un relato de Ri­baul. Y éste sabía que a Jules le dolían los to­billos.

–Entonces, eso es todo, en lo que concierne al caso.

–Sí. Pero no puedo hallar una explicación a las sombras del lobo, o a las de Jules Lamotte. Madelon afirma que Jules no tenía hermanos ni parientes, que no existían tales tres hombres en la vecindad, ni tal pintura en la pared de la co­cina. Bueno, ahora no está allí, y no consigo hallarla. Y hay otro cabo suelto, y usted o su hijo tienen la respuesta. Clela, ¿de dónde sacaste esas terribles heridas de dientes?

–Se lo he dicho una vez. Dije: ¿por qué no corta la cabeza de Jules y me la trae? Entonces veremos si los dientes coinciden con las marcas. Corte la cabeza del lobo y tráigala también. Me gusta tener un montón de cabezas rodando en torno a mí.

–Oh, eso, sheriff. Le diré, Clela es una joven violenta y en ocasiones se ve atormentada por un tipo especial de espectros –dijo Ragley–. Casi todas esas apariciones sólo pellizcan, dejan moraduras, pero Clela es más impetuosa y posee espectros más arrebatados. Los demonios particulares que se le aparecen la fustigan a veces brutalmente. Esto les ocurre a todas las mujeres de nuestra familia. Se le pasará en uno o dos años: igual que a las otras.

–Ragley, eres un mentiroso profesional, pero a veces...

–¿...no puede estar seguro de que estoy mintiendo? Y nunca se puede estar cierto de cuándo lo hace Clela. Dejémoslo así.

–Oh, eso es verdad –dijo Clela–. Como sus tres sombras. Son reales también.

Ragley y Clela, ambos riendo, dejaron al sheriff y se volvieron a su casa. Y el sheriff Pidgeon caminó solo... durante unos breves momentos. A poco rato tres hombres peludos caminaban junto a él. Pidgeon se puso nervioso al verles.

–¿Qué andan haciendo ustedes tres por aquí –les preguntó Pidgeon– ¿Cuándo regresaron?

–Acudimos al entierro de nuestros hermanos Jules –respondió uno de los hombres.

–Pero ustedes no se encontraban en el servicio. Y no estuvieron junto a la tumba.

–Sí. Estuvimos en los dos lugares.

–Madelon dice que no existen tres hombres como ustedes –exclamó Pidgeon imprecando in­teriormente para anular su existencia.

–Madelon está muerta en este momento en la cárcel –dijo el portavoz de los tres–, con mar­cas de hombre y de lobo en la garganta. Muere por esa mentira y por otras cosas. No se ha de re­negar de nosotros.

Uno de los hombres se puso a andar a gatas. Se transformó rápidamente. Sí, el relato era cier­to. La cola apareció al final, y sonó como el des­corchar de una botella. El nerviosismo de Pidgeon iba en aumento mientras marchaba con dos extraños hombres y un extraño lobo por la velluda luz del día del sendero de rocas de Jules Lamotte.

–Ustedes son los trozos perdidos –dijo Pid­geon–. Ribaul explicó la mayoría de los detalles, pero no les explicó a ustedes. Dijo que no creía en esa clase de sombras.

–En este momento, también Ribaul está muer­to en la cárcel, por un poco de hombre y un poco de lobo. Ha muerto por su incredulidad, y por otras cosas..

–¿Por qué otras cosas? –preguntó Pidgeon con cierta audacia.

–Por saber demasiado y por no saber bastante –dijo el hablador. Otro de los hombres se agachó y siguió andando. Se transfiguró velozmente. Sí, se estiraban terriblemente los huesos del tobillo. Sí, hacía salir de su escondite los pelos, estreme­ciéndose con movimientos convulsivos. Sí, la cola apareció al final. Pidgeon temblaba como un árbol que cobrara vida palpitante, entretanto marchaba junto a un extraño hombre y a dos extraños lo­bos.

–Ah, aquí les dejo –dijo Pidgeon–. Tengo algunos asuntos por aquella dirección.

–Déjenos tanto como quiera –dijo el hom­bre–, pero sus pies seguirán nuestro curso –Y los pies de Pidgeon continuaron el curso del hombre y los lobos. Entonces supo que todo había terminado para él.

–¿Por qué? –deseó saber–. ¿Por qué yo?

–Como ocurre con Ribaul, usted sabe demasiado y no lo bastante. Y nos agrada trabajar de a tres.

–Bueno; entonces, ¿cómo lo harán, como hombres o como lobos? –Pidgeon preguntaba tiritando. Y sus pies no corrían.

–Ah, hallarán dos hendeduras de un tipo y una de otro en usted –explicó el hombre, y se abalanzó sobre el cuello de Pidgeon con largos y desgarradores dientes.

Pidgeon quedó tendido en tierra, y los dos lobos se movieron encima de él, consumando la tarea. El último hombre peludo, chorreando sangre de Pidgeon, se puso a gatas y se les unió. Y vuelto, Pidgeon observó la transmutación con indiferencia, tal como a su muerte acercándosele.

¡El horrible alargamiento de los huesos de los tobillos, el ablandamiento del cráneo con una parte cayendo adelante y la otra atrás, los ojos dando vueltas a los lados de la cabeza, el estremecimiento que sacaba al exterior los pelos de lobo, todo lo que marca la transición de hombre a bestia!

Y ahora sólo faltaba una cosa para que la tercera de las espectrales personas-sombra se convirtiera en un lobo completo. Pero la visión y la vida de Pidgeon ya estaban ofuscadas, y jamás alcanzó a ver la aparición de la cola.