Merodeaba por allí un lobo asesino de ovejas,
y el sheriff pescuezo rojo Otis
Pidgeon debía hacer algo al respecto. Se trataba de un gran lobo (todo el mundo
parecía haberlo visto, excepto el sheriff),
y en torno a él circulaban numerosas historias.
La gente decía que era un
gran lobo gris, no castaño, y eso resultaba imposible. Sería necesario ir más
de cien kilómetros hacia el norte para dar con un lobo gris. De modo que la
gente se equivocaba. Sin embargo, era poco probable que errasen acerca de un
asunto tan propio de la región como era un lobo.
Se decía, también, que el gran lobo
pertenecía de seguro a una manada, y que daba la impresión de tener tres
sombras que le seguían. Mas, de ser así, no cabía duda de que las tres eran
nada más que sombras: no dejaban huellas.
Dicho lobo gris ostentaba un tajo blanco en
la corona de su cabeza. Ribaul afirmaba que el lobo pesaría unos cien kilos.
Ribaul era francés, así que el sheriff instantáneamente
dividió por dos esa cifra. En cualquier caso, seguía siendo un lobo enorme.
Aparecía gris, y desaparecía como un fantasma. Daba muerte y se llevaba ovejas.
Royal Parish constituía casi la única
localidad de los alrededores en que se criaban ovejas, y sólo en una pequeña
zona cerca de Yellow Knife. Y precisamente allí se había criado el sheriff
Pidgeon.
Pidgeon era un joven alto y flaco, de ojos
saltones y azules. Un hombre que se ponía blanco ceniza cuando se encolerizaba
o se aterrorizaba o se desconcertaba; podría decirse que enrojecía al blanco.
Nadie más desconfiado que él en Royal Parish; razón por la cual nunca se había
casado ni cortejado a una mujer ni cultivado una amistad íntima; no tenía
depósito bancario, ni había pedido o prestado dinero; tampoco se fiaba de la
suerte o de los hados. Podía considerársele el sheriff adecuado para Royal Parish, pero no para cualquier otro
lugar.
La gente de Royal poseía un azogue muy sucio en el espejo de su alma, y
solamente un hombre desconfiado estaba en condiciones de subsistir en ese
ambiente. Dadas las circunstancias, la desconfianza de Pidgeon se concentraba ahora
en el extraño lobo.
Ragley lo describía de la altura de un caballito
shetland, pero las mentiras de Ragley
siempre fueron de la altitud de un pino joven en medio de un matorral
desolado. Kenrad aseguraba que las orejas del lobo semejaban las de una
pantera, que sus mandíbulas chasqueaban igual que las de los félidos, que tenía
hocico de alce y el modo de andar de un robusto buey.
Pidgeon poseía suficiente
inteligencia para comprender que ningún lobo podía tener ese aspecto, y aun
llevaba su agudeza al punto de atribuir a las palabras de Kenrad una
inconsciente descripción de sí mismo.
Ragley, con sus rasgos y su corazón monstruosamente
móviles, fue quien tuvo una más neta aproximación al lobo. Ragley, viudo con
una hija de trece años, Clela, era un mentiroso contumaz y cultivaba un pequeño
predio en los alrededores.
Sin embargo, fue Ribaul el único que trazó
una imagen del lobo que daba la sensación de que supiera realmente a qué se
parecen los lobos. Ribaul había sido rastreador y domador de animales.
Describió al lobo como inconcebiblemente grande, mas lo hizo con la precisión
de quien conociera perfectamente la anatomía de un lobo.
–Escúcheme, Pidgeon –dijo el almacenero
Scroggins–. Será mejor que atrape a ese lobo asesino de ovejas antes de que
haya un hombre muerto. Esto mismo ocurrió unos kilómetros al sur, y terminó en
el asesinato de un hombre.
–Cualquier cosa puede acabar en el asesinato
de un hombre –repuso Pidgeon–, pero habitualmente es otro hombre y no un lobo
el que le mata.
–Si es que usted sabe dónde está la demarcación
entre ellos, sheriff –tronó
Scroggins–. ¿Me oyó, sheriff? He
dicho: si es que usted sabe dónde está la demarcación entre ellos. Yo llegaría
al fondo del asunto si fuera sheriff durante
quince minutos.
Pidgeon recelaba de todos los presentes en el
almacén: Scroggins, Ragley, Kenrad, Tadler, Corbey, Boston, Danby.
–De acuerdo, Scroggins –le atajó Pidgeon–. Es usted sheriff por quince minutos. Veremos cómo lo hace.
–Basta con que me ponga la insignia y llegaré
al fondo de esto. Libraré a la comarca de esta plaga.
–Usted sabe que la gente votó en contra del
uso de insignia –aclaró Pidgeon–. Nadie recuerda ya al último sheriff que llevó distintivo.
–Anoche desaparecieron ovejas de tres rebaños
más, Pidgeon –dijo Danby.
–Scroggins lo resolverá en quince minutos.
–No sin una insignia. Pero hay algunos cuentos
raros sobre ese lobo.
– ¿Y quién los echa a rodar, Scroggins?–preguntó
Pidgeon.
–Verá, Pidgeon, me parece que el lobo los
está echando a rodar –interrumpió Tadler–. Yo diría que hay un pelo de lobo
detrás de cada uno de esos chismes sobre lobos. Dicen que el lobo no es
exactamente un lobo todo el tiempo. Desaparece de un lugar, y se traslada a
otro terriblemente pronto.
–Sí, está en tres sitios diferentes con demasiada
rapidez para cualquier lobo –dijo Pidgeon.
–Quizá viaje en motocicleta, sheriff –bromeó Ragley.
Pidgeon salió airadamente del almacén de
Scroggins, y se aplicó a la búsqueda del lobo. Bueno, esto es lo que había en
relación con él: dejaba grandes y patentes señales lobunas en el punto de todas
las muertes y robos. Siempre quedaba por lo menos una oveja destrozada. Pero
no había rastros que seguir desde el lugar de una incursión hasta el de otra.
Se extinguían ahí mismo.
Pidgeon condujo su camión de carga por un
camino trasero hasta donde se había producido el ataque contra Tadler, y se
detuvo a un lado de la carretera. El emplazamiento lo componía un hierbazal. Se
le indicó al sheriff dónde fue el
asalto, y, además, le esperaba un perro para guiarlo allí.
–Ah, apenas te han pellizcado, «Little Harry»
–dijo Pidgeon al perro–, no parece que hubieras sostenido una verdadera lucha
con él. Hay el dicho de que un buen perro ovejero da cara a cualquier lobo,
pero nadie lo cree. Un perro lo bastante inteligente para ser un buen perro pastor,
sabe cuándo está en inferioridad de condiciones. ¿Tienes alguna opinión al
respecto, «Little Harry»?
«Little Harry», el perro ovejero, se sentía
avergonzado, aunque él y Pidgeon fueran amigos. Sin embargo, dirigió al sheriff a donde se encontraban el
cadáver de una oveja y las vivas que reposaban a su alrededor. Estas ignoran a
sus congéneres sin vida una vez que se enfrían.
–Muerta con neto estilo de lobo, ¿eh, «Little
Harry»? Y muy poco devorada. Y no hay indicio alguno de las ovejas
desaparecidas. Infierno, «Little Harry», tendrás que hallar el modo de decirme
qué ocurrió aquí.
Había numerosas huellas de un lobo grande,
mas no conducían a ninguna parte.
–Bueno, «Little Harry», ¿qué rumbo tomó?
–preguntó Pidgeon.
«Little Harry» se lo mostró guiándolo a
través de unos pastos en el roquedal, en que no podía quedar impresión de
marcas. Más allá había señales en el fango, y el lobo salía al camino.
–No deja huellas en la carretera –dijo Pidgeon–.
De acuerdo, ¿qué dirección tomó?
«Little Harry» se echó en el suelo, con aire
de haber cumplido todo lo que se le pidiera: no podía exigírsele que fuese más
adelante. Pidgeon dejó al perro, subió a su camioneta y se dirigió hacia el
lugar de la incursión contra Boston, a nueve kilómetros de distancia.
Boston
sufrió la desaparición de trece ovejas, y una fue muerta y parcialmente comida
por un lobo. También aquí todo sucedió cerca del camino, a no mucho andar por
el escabroso terreno.
En eso el lobo se mostró deferente. Había huellas de
varias camionetas: las de Boston, Tadler, Danby y Corbey; vinieron a
investigar al saberse la noticia. Se notaba que otro pesado camión estuvo allí
antes.
Pidgeon conocía el rebaño de Boston, y sabía
que las trece ovejas perdidas eran las mejores. Encontró dos pequeños trozos de
latón y se los metió en el bolsillo. De haber rebuscado, podía hallar más;
bueno, al menos constituían una pequeña parte de la aclaración.
Pidgeon fue luego al lugar de la correría en
perjuicio de Danby, y nuevamente le alegró la
consideración del lobo al atacar junto a la calzada. A unos doce
kilómetros del domicilio de Boston. Antes que él, todos los camiones de ese
grupo de hombres furiosos habían estado allí. ¿También el pesado camión sin
identificar? Imposible asegurarlo.
Una oveja estaba muerta y en parte devorada,
y se informó de la desaparición de otras nueve. Y había un perro muerto; éste,
al menos, enfrentó al lobo, aunque sin suerte. «Dandy George» era un animal
muy grande; algo de mayor tamaño le causó la muerte.
Pidgeon no encontró trozos de latón y no intentó
buscarlos. Sólo había huellas de lobo alrededor de la oveja muerta (en
abundancia, como si se las imprimiera a propósito), y del perro muerto
(escasamente discernibles en el suelo rocoso, como si el lugar no lo hubiera
elegido el lobo). Pidgeon halló otras señales. El lobo se había ido por el
camino.
–Uno de esos sujetos dijo que quizá el lobo
usara una motocicleta –murmuró Pidgeon–. No es así, pero tal vez usó un camión.
Ese lobo lleva en sí mucho de humano.
Hay muy pocos lobos que maten a una oveja, se
pongan de pie y maten a varias más con un rifle y luego las transporten
limpiamente cargándolas, no arrastrándolas.
Pidgeon fue en busca de Ribaul, el vagabundo
francés, que ocasionalmente se convertía en su ayudante.
Ribaul había empezado a enmendarse varios
meses atrás, cuando Pidgeon tuvo razones para encerrarlo en su pequeña cárcel.
Ribaul vivía en una choza sobre la áspera tierra perteneciente a un granjero
francés.
Poco después del arresto, Pidgeon dio a Ribaul empleo circunstancial y
el derecho a residir en la localidad. Ribaul era un hombre diestro y un gran
patán con la cabeza cual una patata gigante. Era fuerte como una mula, y si se
le sobrecargaba de trabajo, se rehusaba igual que una mula. Pero Ribaul sabía
seguir un rastro hábilmente.
–¡Granizo del cielo! –maldijo el sheriff Pidgeon–. ¡Tú, loco de cara
gorda!
Ribaul, con un ligero codazo sobre el brazo
de Pidgeon, le hizo errar el tiro; demasiado tarde ya para volver a disparar: el
lobo se había escapado... y así son los trabajos nocturnos.
–Tú, loco francés pies planos, será mejor que
me des una buena razón para lo que has hecho.
–No, razón no, señor Pidgeon, sólo una idea
–dijo el grandulón Ribaul con voz leve.
–Tenía un disparo perfecto. ¿Por qué he tenido
que fallar a causa de un loco?
Esto sucedía exactamente después del alba,
unas dieciocho horas más tarde de que Pidgeon pidiera a Ribaul que le ayudase a
rastrear al lobo. Todo ese tiempo se ocuparon en su objetivo. Ribaul sabía
seguir la pista, pero sus métodos incluían un montón de añagazas. Anduvieron
de una parte a otra por el confín occidental de la comarca. El viento sopló
fuerte desde el este, y Ribaul juraba que podía oler el tufo de un lobo en un
radio de un kilómetro.
–De este modo trabajan los animales de raza,
señor Pidgeon –dijo–. Huella y contrahuella, hasta que usted capta el olor.
Entonces se le acerca. Al pasar del otro lado, usted lo pierde nuevamente. Es
la ocasión de encajonarlo.
–Tú no eres un sabueso, Ribaul, aunque por
los ojos y la papada...
–Yo no puedo percibir un olor tan pronto como
un buen perro, pero sé mejor que él cómo arrimarme al lobo cuando lo tengo
cerca. Soy más inteligente que muchos perros.
Bueno, quizá lo fuera, quizá no. Tenían al
lobo encajonado unas horas antes del anochecer; no debían acercársele más, y
su trampa era una doble porción de tierra, mil acres salvajes, muy fragosos.
–A veces el lobo tiene seguidores –explicó
Ribaul–, otros tres lobos que le escoltan de cerca; otras veces sólo son
sombras. Y hay un hombre que en ocasiones lleva tres seguidores. Serán hombres
por un momento, y luego serán nada más que sombras.
–Tonterías, Ribaul –respondió Pidgeon.
Caminaron y volvieron a caminar, siempre a
barlovento del lobo. Ribaul galopaba, y a Pidgeon se le hacía penoso mantenerse
a su lado.
–Cruzamos muchas veces el mismo campo,
Ribaul. ¿Estás seguro de que nos encontramos sobre él?
–El lobo también se mueve. Es inteligente.
Empezó a moverse hace un par de horas.
Recorrían un claro de la sierra semejante al
lomo de un cerdo, cuando Ribaul se detuvo.
–El olor del lobo se ha desvanecido por completo,
señor Pidgeon –dijo.
–¿Cómo pudo suceder eso, Ribaul?
–Yo mismo temo preguntármelo. Ahora tengo un
olor... No sé de qué manera expresarlo. Lo que ahora siento no es olor a lobo
sino a hombre.
–¡Bien, Ribaul, diablo quebrantanueces! ¡Vamos
tras el hombre, entonces!
Fueron en pos de él. Pero es más arduo perseguir
a un hombre que a un lobo: no emana un olor tan intensamente acre. Pidgeon y
Ribaul se separaron en un cono de roca rodeado de pinos jóvenes, un lugar en
que dormían los cuervos. Ribaul lo circundó por el norte. Pidgeon, por el sur.
Pidgeon oyó que Ribaul silbaba y le gritó que se callase. Después ya no le oyó
más.
Pidgeon entraba en el estrechamiento de un
cruce, medio kilómetro más lejos, cuando captó un olor: no de hombre, de lobo.
¡Y fuerte!
–¡Ribaul, por aquí! –llamó Pidgeon. Entre los
matorrales había algo grande y bajo, pesado, gris, con un destello blanco–.
¡Ribaul, por aquí! –clamó otra vez Pidgeon.
Imposible dispararle: la cosa se movía con
mucha frecuencia y a bastante distancia. Y no se la veía con claridad.
–¡Ribaul, loco, deja ese camino!
Ribaul llegó del norte saliendo de una maraña
de rocas y malezas.
–¡Está entre los matorrales justo más allá de
nosotros, Ribaul! –exclamó Pidgeon–. ¡Hasta yo puedo notar el olor a lobo desde
aquí!
–Sí, ha vuelto a cambiar; ahora es lobo. Le
he observado durante un largo rato. De nuevo es lobo, pero por un instante
pareció ser otra cosa.
–¿Qué quieres decir, franchute?
–Es difícil distinguir el aspecto exterior de
una cosa entre los matorrales.
Marcharon, pues, tras el animal, y no
volvieron a perderlo, mas sin conseguir una posición adecuada para disparar
sobre la astuta bestia. Fue una fallida, destrozapiés, aburrida cacería de diez
horas.
No ofrecía dificultad el seguimiento, aun en la obscuridad: un lobo gris
que a veces despedía un resplandor blanco en la noche clara. En una docena de
oportunidades estuvieron a punto de tirar con acierto, pero la fiera se les
escurría y necesitaban volver a localizarla.
No es que se desplazara con rapidez, pero era
infatigable y los obligó a una tenaz persecución casi toda la noche. De vez en
cuando, como de mutuo acuerdo, ambas
partes se tendían a descansar.
El lobo,
con el destello blanco coronando su cabeza, estaba constantemente visible, y
los hombres nunca le perdieron de vista en la latiente obscuridad. Pidgeon le
vio de cerca sólo una vez, y la mirada del lobo se le antojó lanzada por los
ojos de un hombre.
–Esto es muy raro, Ribaul –dijo Pidgeon–. Un
lobo que viaja en camión y carga con un rifle no es la clase de lobo que uno
se encuentra todos los días.
–Solamente una clase especial de lobo puede
hacer eso. Y me niego a decir cómo se le llama.
–Si no quieres bajar la vista y darte con el
lado malo del cañón del rifle de un sheriff
bizco, será mejor que lo digas. ¿Qué clase de lobo podría hacer eso?
–Un loup-garou.
–¿Cuál es el nombre en inglés?
–No lo sé. Nunca lo oí en inglés.
Reanudaron la persecución, porque ya finalizaba
la noche. Pidgeon, valiéndose de Ribaul como de su mano izquierda, trabajando
con un objetivo definido, acosó al lobo contra la amplia y clara cuesta que le
era imposible evitar. Y entonces Ribaul, que debería encontrarse alejado unos
cien metros, codeó el brazo de Pidgeon. El tiro fue alto, y el lobo escapó.
–¡ Ribaul, maldito idiota! Si tienes alguna
idea, mejor que sea buena.
–Señor Pidgeon, me avergüenza decirle qué
fue.
–¡Has hecho que pierda el lobo! ¿Por qué?
¿Por qué?
–De pronto se me ocurrió pensar que no es
completamente un lobo. Miré sus ojos y el resplandor sobre su cabeza, y dudé
si era un lobo o un hombre. Si usted le hubiera matado y se tratara de un
hombre, la situación sería engorrosa.
–Ribaul, ¿no pudiste ver qué era?
–Vi cada pelo de él, inclusive las palpitaciones
de su pescuezo. Pero se parecía a un hombre que yo conozco. Es un hombre a
veces. Es el loup-garou.
–Dime qué es eso, Ribaul, o con dificultades
o sin ellas, mataré a un hombre ahora mismo.
–Oh, parte del tiempo es un lobo, y después
hombre. Si me equivoco, seré el causante de que usted perdiera un lobo. Si no,
le habré salvado de matar a un hombre.
–Déjalo correr. Puesto que la mayor parte de
la noche nos impuso su táctica, seguramente estaremos cerca de su madriguera.
–Es improbable que un animal macho necesite
guarecerse en esta época del año; simplemente se echa en cualquier lugar sobre
las rocas heladas.
–Averiguaremos dónde. Tomaré el callejón. Tú
ve por la espesura. Te demostraré que no soy tan mal rastreador.
Y Pidgeon no resultó un mal rastreador. Halló
muy pronto profundas y firmes huellas: le erizaba el pelo de la nuca,
produciéndole picazón, la sensación de que el lobo dejaba señales adrede para
que las siguieran. Semiescondido tras un arbusto en el sendero de roca justo
encima del callejón, se encontraba un viejo camión grande.
«¡Ah, el transporte exclusivo del lobo!», se
dijo Pidgeon con una burlona sonrisa interior.
Había humedad en el camino, y el lobo, a juzgar
por sus huellas, era muy pesado. Debía de pesar más de sesenta kilos. ¿Y quién oyó nunca de un lobo de ese
tamaño? El camino se estrechaba bruscamente, y el lobo no se salía de él. En la
suave arena de un blanco calizo se imprimían las huellas de lobo más grandes y
claras que se hayan visto.
Arrastrando los pies en una desmañada marcha,
el lobo marcaba la pata trasera delante de la huella de la anterior. La huella
delantera mostraba cinco dedos, y la trasera, cuatro (uno de los dedos
posteriores es rudimentario y no deja señal). La garra delantera es siempre más
ancha, casi tanto como la de un puma.
Alboreaba, y ésta era la hora más fría de las
veinticuatro.
Pata delantera, pata trasera izquierda; pata
delantera, pata trasera derecha, se encontró canturreando Pidgeon. Pata
delantera, pata trasera izquierda, pata delantera, pata trasera derecha... ¡Y
así terminaba la secuencia!
Cesaba completamente. Pidgeon se quedó tieso
y cerró los ojos por un instante. Ninguna experiencia anterior le había
preparado para esto.
«La luz es aún muy débil, y, además, estoy
cansado», se dijo. Pero se mentía. Debatió consigo mismo un momento, y luego
recobró el rastro.
Bueno, que fuese una pata trasera, es un modo
de decir. En otras circunstancias, no tendría nada de terrorífico una impresión
tan bien conocida. Pero ésta no era la de un lobo. Ni la siguiente, ni la
otra. Los vestigios de lobo se habían convertido en señales de hombre. Bueno,
en algún lugar del mundo habría de haber una solución para este enredo.
Pidgeon siguió las huellas humanas hasta donde
el callejón se interrumpía en una extensión rocosa que imposibilitaba el
rastreo. Llamó a Ribaul. El francés vino desde una alta espesura. Ribaul
escuchó todo con aguda mirada, y sacudió la cabeza.
–¿Estuvo Jules Lamotte aquí con usted? –preguntó
a Pidgeon–. ¿Cómo es que yo no le he visto?
–No veo a Lamotte desde hace varias semanas
–dijo Pidgeon, penosamente–. No le vi ni una docena de veces en mi vida. Apenas
le conozco. ¿Son ésas sus huellas? Creo que vive cerca de aquí. Debe de
haberlas dejado ayer, durante su labor normal.
–Vive cerca de aquí –contestó Ribaul–. Y sus
huellas no se estamparon ayer, sino hace pocos minutos.
–No le vi, Ribaul. ¿Qué clase de hombre es en
realidad?
–Tiene una risa peluda.
–Eso no es un delito, si bien podría serlo.
¿Y qué más?
–Es un hombre que posee carne de carnero y no
cuida ovejas. Y ahora hemos llegado a su residencia.
Jules Lamotte era un hombre corpulento, de
hocico agudo, con un sorprendente manchón blanco en su pelo gris-ratón. Se
encontró con Pidgeon y Ribaul a la entrada de su cocina.
–Son bien venidos a medias –espetó–. ¿Mataron
al lobo?
–No; se nos ha escapado –respondió Pidgeon–.
¿No nos ha visto a nosotros ni al lobo? Rastreamos huellas de usted, frescas,
precisamente donde perdimos las del lobo.
–No salí de mi casa anoche, ni esta mañana.
–Entonces alguien estuvo usando sus pies –le
desafió Ribaul.
–¿Qué? ¿Ambos? –replicó Lamotte, con un toque
de áspero humor.
–Sí. O los cuatro –dijo Ribaul.
–¿Puede usted explicarme qué quiere decir
este tipo, sheriff? –preguntó
Lamotte.
–Ribaul cree que usted es un loup-garou. Entiendo que eso es
francés.
–Eso es un cuento infantil, y no
necesariamente francés –replicó Lamotte–. ¡Madelon, prepara desayuno para dos
recién llegados! ¡Madelon! ¿Me oyes?
–Oigo –gritó ella desde dentro, y acudió a la
cocina–. Oh, para ellos –dijo–. De acuerdo.
Nunca antes Pidgeon había visto a la esposa
de Lamotte. Era una mujer de buen aspecto. Dispuso un pesado desayuno de campo
y se sentaron ante él.
–¿Cómo se explica que usted tenga carne de
carnero, Lamotte? –preguntó Pidgeon–. No sabía que usted criara ovejas.
–No crío. ¿Cómo es que tengo café, si no poseo
plantación?
–¿Quiénes son los tres hombres de la pintura
en la pared? –interrogó Pidgeon.
Lamotte le miró confundido.
–Oh, son mis hermanos, supongo –respondió.
¿Por qué un hombre diría «mis hermanos, supongo»?
El cuadro presentaba a tres barbudos que guardaban parecido con Jules Lamotte.
–Se dice que dejó usted su antiguo domicilio
a causa de dificultades.
–Ni siquiera saben la situación de mí antigua
residencia –contestó Lamotte–. Sin embargo, tienen cierta razón. Un hombre
asentado no muda de morada en mitad de su vida si todo marcha bien.
–El suyo es uno de los predios en que el lobo
no ha molestado, Lamotte.
–¿Qué podría hacer aquí? Yo cultivo grano y
crío ganado vacuno, no ovejas.
–Lamotte, durante la noche o al amanecer,
¿oyó algo?
–A ustedes dos, en las rocas de por allí,
charlando quedamente.
Comieron tortillas y bebieron un corto whisky
matinal, y el matrimonio no los trató con mucha animosidad.
–¿Es suyo ese camión del pastizal de las rocas?
–preguntó Pidgeon.
–Sí, aunque rara vez lo uso.
–¿Lo utiliza alguien?
–¿Por qué usaría nadie ese enorme camión viejo?
–¿Tiene usted algún enemigo, Lamotte?
–Sí, eso creo. O un amigo que pretende matarme.
–¿Me dirá quién?
–No. Es un asunto privado. Son ustedes bien
venidos. Voy a ver un ternero.
Lamotte salió de la casa, con un andar
rígido, como si le dolieran los tobillos.
–Mi marido les mintió –dijo Madelon Lamotte
poco después de que Jules marchara–. Dijo
que no había salido de casa anoche. Sin embargo, ayer estuvo fuera toda la
noche. Regresó aturdido, y quedó así hasta que ustedes llegaron. Creo que no
se siente bien, inclusive que no está cuerdo. Supone que posee dos naturalezas
diferentes.
–¿Qué dos naturalezas, señora Lamotte?
–preguntó Pidgeon.
Pero Jules Lamotte volvió y Madelon no explicó
qué había querido decir.
Más tarde en ese día, habiendo dormido unas
horas, Pidgeon se hizo con cierto equipo y condujo y caminó hasta el último
callejón que había rastreado la noche anterior. ¡Cómo se exaltó en el lugar en
que las huellas cambiaban! ¡Qué pequeña danza frenética había bailado!
Mas todo se encontraba tal como lo recordaba.
Allí estaban las huellas de lobo; y luego las de hombre; no cambió el final de
las del primero ni el principio de las del segundo. Si las unas no se
convirtieran en las otras sin transición, entonces la evidencia no tendría
sentido.
Pidgeon las fotografió desde varios ángulos, pensando que los
distintos sombreados dirían algo. También tomó fotos y huellas de los
neumáticos del pesado camión de Jules Lamotte. Después condujo hasta Yellow
Knife y fue al almacén.
Todos estaban allí: Scroggins, el almacenero,
Kenrad, Ragley, Tadler, Corbey, Boston, Danby. El almacén era el casino, el
lugar en que se conversaba y se jugaba al dominó y a las damas.
–He salido con el rastreador francés tras el
lobo –anunció Pidgeon.
–Le ayudaremos a desollarlo –gruñó Tadler–.
Háganos ver cuan grande es verdaderamente.
–No podré desollarlo hasta que lo mate. Le
disparé una vez, y Ribaul me hizo errar el tiro.
–¿Por qué hizo tal cosa? –preguntó el almacenero
Scroggins.
–Me explicó que era un loup-garou, y que si lo mataba estaría matando a un hombre.
–Y yo digo que mate a eso de cualquier modo –intervino Tadler–. Líbrese del lobo, no
importa en qué se convierta. Digo que mate inclusive a todos los hombres que
se parezcan un poquito a un lobo.
–Entonces tendré que disparar contra varios
de los presentes –dijo Pidgeon.
–Son principalmente los franceses quienes se
vuelven lobos –puntualizó Ragley–. Son supersticiosos, creen en esas patrañas.
En Beauregard Parish hubo un gran lobo con una mirada extraña y una estrella
blanca en la cabeza.
Pidgeon se sobresaltó. ¿Sabría Ragley que el
lobo que les preocupaba poseía una extraña mirada y una mancha blanca en la
cabeza? Otro hombre había entrado en el almacén silenciosamente.
Pidgeon no miró a su alrededor, pero supo que
se trataba del hombre de la mirada extraña en los ojos y la señal blanca en la
cabeza. Esa fue también la impresión de varias personas que se encontraban de
pie fuera del almacén.
–Cuando un hombre se convierte en lobo, lo
difícil es enderezar el hueso del tobillo –explicó Corbey, un viejo timador
astuto, que estaba a punto de enrollar la lengua alrededor de algo sabroso–.
Duele el tobillo. Vea usted, lo que sería la rodilla de un lobo, tiene su
ángulo opuesto al de la de un hombre, y corresponde realmente al del hueso del
tobillo humano, no al de la rodilla. La rodilla del lobo está oculta en el
anca. Cuando un hombre se vuelve lobo, el hueso de su tobillo crece unos veinte
centímetros. Si da usted con uno que suela transformarse, ha de ser un
individuo con frecuentes dolores de tobillos.
»El resto es fácil. Si observa una conversión
alguna vez, verá qué hábilmente lo hace. Primero ablanda su cráneo, y parte de
éste se mueve hacia adelante y parte hacia atrás. Luego sus ojos se sitúan,
rodando sobre sí mismos, a los lados de la cabeza; aguza el hocico, y todo lo demás. Entonces se desliza hasta caer a
gatas como si se desgoznase. Y para hacer salir el pelo de su escondite,
empieza a estremecerse... Después de eso, le falta una sola cosa para ser un
lobo completo.
Bueno, alguien tenía que preguntar qué faltaba.
–¿Qué es lo que necesita para convertirse totalmente
en lobo, una vez que se ha puesto a gatas y saca el pelo de su escondite?
–preguntó Pidgeon.
–La cola –dijo Corbey, pasándose la lengua
por los labios–. Suena como un corcho al quitarlo de la botella. La cola es
también lo último que hace desaparecer. Al cabo de unas pocas transformaciones,
hombre en lobo, lobo en hombre, la cola permanece... Sostengo, sheriff, que es posible comprobar este
dato.
¿A qué quería llegar Corbey? Una lóbrega luz
flotaba en el almacén. Minuto a minuto se percibía más intensamente una
especie de almizclada excitación que comenzaba a manifestarse. Algo
amenazaba... ésta era la clase de cosas que aquellos tipos raros se traían
entre manos.
–Señores, esto ya debe ser un esfuerzo comunitario
–cacareaba Corbey–. Sheriff, hemos de
reunir a los hombres del vecindario sin excepción y hacerlos desnudar. ¡Uno de
ellos tiene cola!
¡Brillantes mastines! ¿Estaría Corbey tomándole
el pelo? Demonio, ¿nunca estallarían las risas? ¿Qué les impedía el regocijo
clamoroso? Tal vez uno o dos vibraran un poco, pero jamás se daban a la risa
abierta. Todos mantenían su seriedad y su cara larga.
–Sheriff,
creo que su deber es dar el ejemplo –dijo Ragley, broncamente.
–Bájese los pantalones, sheriff –ladró Boston–. Tenemos que mirarlo primero a usted.
¿Hablaban en serio aquellos tipos? Se mostraban
casi sanguinarios en la intensa ferocidad que los poseía.
–No he de ser el primero –afirmó Pidgeon–.
Tengo privilegios. Seré el último.
–No dejaremos a nadie en paz hasta que sea
examinado y certificada su inocencia –declaró ásperamente el almacenero
Scroggins, y sacó un arma larga de detrás del mostrador–. ¿Quién será el que en
primer término pruebe virilmente que no es el lobo?
–Diablos, seré yo –renegó Ragley.
No era hombre de echarse atrás. Dejó caer sus
pantalones. La revisión fue minuciosa. Vestido o desnudo, Ragley exhibía
formas curiosas; torpemente articulado, con puntas y protuberancias aquí y
allí. Pero no tenía cola.
–Tú, muchacho. –Scroggins llamó a un chico de
once años que fisgoneaba desde fuera–. Esto es una reunión sólo para hombres.
Muchacho, ve y convoca a todos los adultos de la vecindad. Diles que vengan al
almacén y los revisaremos en seguida.
–¿Para qué?
–Diles que estamos a punto de echarle el
guante al lobo y que vamos a descubrir quién tiene cola.
El chico partió corriendo.
Boston deslizó sus pantalones. Sin cola. Entonces,
como el desbordamiento de una presa, se produjo una súbita inundación de
pantalones y monos que caían. Ya llegaban nuevas personas. Unos treinta de los
más valientes de Royal Parish dejaron caer sus pantalones en treinta segundos.
Corto de vista, uno de los principales inspectores, Tadler, precisaba acercarse
mucho para efectuar su tarea a conciencia: a cada uno lo retuvo hasta sentirse
seguro. Ninguna cola en el grupo. Entró Ribaul.
–Ribaul, ¿tienes cola? –le fulminó Scroggins,
arma en mano.
–No. Nunca aprendí la manera de hacerme
crecer una.
Ribaul se sometió cuando le explicaron todo.
Nunca tuvo cola alguna.
–Y ahora usted, sheriff Pidgeon –dijo Scroggins con su voz de cañón de arma.
–Esto no está sucediendo. No puede estar
sucediendo –gimió Pidgeon.
Pero se sometió; fue el más vergonzoso momento
de su vida. Y para desilusión de muchos, no tenía cola. Habían hecho tanta
alharaca para nada.
–¿Y qué espera usted? –preguntó Ragley al
robusto francés que se encontraba allí de pie, el hombre de los ojos extraños y
la mancha blanca en la cabeza, llamado Jules Lamotte.
–Tabaco, sal, café, alcohol de friegas,
clavos, varias cosas –dijo Lamotte–. He perdido mucho tiempo. Cesad en esos
juegos por ahora.
–¿Y qué te parece un poco de carne de carnero,
franchute? –preguntó el almacenero Scroggins.
–No, tengo abundancia de carne de carnero
–dijo Lamotte.
Scroggins, con el arma al brazo, atendió el
pedido que el francés traía escrito en un papel.
–¿Por qué no te bajas los pantalones como un
hombre honesto, franchute? –interrogó Ragley–. ¿No se te ocurrió la idea? ¿No
nos has oído ni visto?
La forma de reír de Lamotte pareció una explosión,
como risa de lobo, una risa peluda. En la salida esperaban a Lamotte tres
hombres corpulentos. Pidgeon imaginó que serían los del cuadro de la cocina
de Lamotte. El francés cogió sus cosas.
–¿Para qué es el alcohol de friegas? –le preguntó
Ragley.
–Tengo los tobillos doloridos –dijo tranquilamente
Jules Lamotte–. Siempre me duelen los tobillos.
Lamotte los dejó, saliendo con su dolorido andar.
Y si tenía cola, continuaba dentro de sus pantalones cuando partió.
Pidgeon siguió con la vista a Lamotte.
Entonces tuvo una sorpresa. Lamotte caminaba solo: los tres hombres no lo
acompañaban ya, y no había lugar alguno al que pudieran haber ido.
Pidgeon marchó afuera. Unas travesías más allá
se encontró con Clela Ragley, la joven hija del tosco Ragley, y le habló
brevemente. Ella tenía una idea referente a usar un cebo para lobos. Pidgeon
continuó con otras cosas. Aún podía resolver aquello. Tras haber hecho el
necio un par de veces, resultaba más fácil. Así es que cometió una nueva
necedad después del obscurecer.
Pidgeon se topó con Clela Ragley por el camino
en la cerrazón de esa noche. Ella penetró en la escabrosa doble sección de
tierra que parecía ser el dominio del lobo. Y Pidgeon la siguió a unos
cincuenta metros.
Y el lobo estaba allí. ¡Gatos trementinados
si estaba allí! Todo el aire estaba impregnado de lobo. Pidgeon tenía el viento
a favor, y ahora se movía hacia el lobo. Se encontraba muy cerca y a Clela le
daba el viento en contra. Ella esperó en el claro, y Pidgeon aguardó a ver qué
sucedía.
Llevaba un rifle reclinado en el codo, y se preguntaba qué haría si
aparecía un hombre y no un lobo. A Pidgeon le acometió nuevamente la sensación
de que el escenario era fraguado, de que la fiera anunciaba su presencia con
tanta fuerza adrede. ¿Quién ponía un cebo a quién?
El lobo salió de las rocas y se dirigió a
Clela. Hubo confusión, porque el animal parecía tener tres sombras siguiéndolo.
Pidgeon vio su pelambrera antes de distinguir sus formas. Iba concretándose
el sentimiento de amenaza, de asesinato. Pidgeon divisó la mancha blanca de su
cabeza antes de poder discriminar algo más. El lobo se irguió, y sus tres
sombras hicieron lo mismo.
Y la sorpresa de Pidgeon no tuvo límites al
ver ahora un hombre sobre dos piernas, si bien no amenguó en nada su fiereza ni
su hirsutez. Era el lobuno Jules Lamotte con un rifle al brazo. ¡Oh, esa corona
blanca en la cabeza!
Pidgeon aprestó su propio rifle cuando oyó repentinamente
la voz bronca de Jules. Observó que Clela llevaba la mano a la boca y vacilaba,
temblando como un cordero estacado al sereno. Mataría a Lamotte sí tocaba a
la muchacha. ¡Hombre o lobo, le mataría!
Lamotte se aproximó a la muchacha, y Pidgeon
pudo ver que los ojos de Clela se dilataban hasta parecer grandes bolas
blancas. Entonces, súbitamente, se disipó la tensión.
–Este es un lugar muy áspero para frecuentarlo
de noche, jovencita –dijo Lamotte, con una voz sin matices–. Su padre no se
preocupará porque usted ande fuera, pero debe cuidarse. Casi le disparo. Podía
no haberme cerciorado. Vaya al camino, jovencita, y sígalo hasta su casa. No la
perderé de vista mientras marche. Ah, veo que no soy necesario. ¿No es el sheriff quien se desliza tan torpe y
pesadamente detrás de mí?
–Soy el sheriff,
Lamotte –dijo Pidgeon–. Y usted, ¿qué hace aquí?
–Recorriendo mis propias tierras. Es todo lo
que usted debe saber. ¿Y usted? –Lamotte parecía tener sombríos guardaespaldas
con él. No para verlos ahora, sin embargo, y con seguridad, no para
olfatearlos como a hombres o lobos. Su presencia era extrasensorial, o
excitaba la imaginación.
–Estoy cazando a un hombre lobo –respondió
Pidgeon–. A lo mejor no me equivocaría si lo hiciera.
–Y también a mí me faltó poco para matar –exclamó
Lamotte–, y usted me interrumpió. Sí, usted estaba muy cerca del hombre lobo, sheriff. Tanto como yo. Pero esta vez
fueron usted y la muchacha quienes me golpearon el codo y me impidieron tirar.
¿Por qué caza usted con un agneau?
–¿Con qué?
–Con un corderito estacado al sereno. ¿Así es
como caza usted a un hombre lobo?
Al día siguiente se conoció más evidencia contra
Jules Lamotte. Ribaul se presentó al sheriff
Pidgeon con Madelon Lamotte.
–¡Señor Pidgeon, señor Pidgeon! –llamó Ribaul
desde afuera.
Ribaul jamás golpeaba la puerta. Conservaba
la costumbre campesina de detenerse frente a la casa y llamar. Pidgeon les
abrió.
–Aquí estoy. Adelante.
–La dejaré con usted –dijo Ribaul, y salió.
–Es sólo para hablar con usted un rato –explicó
Madelon, ya dentro.
Era muy bella para ser una campesina, y su
cabello era de un color nogal brillante.
–Espero que pueda decirme algo que aclare las
cosas.
–No. Lo que diré no aclarará nada. Atará todo
en nudos de serpientes. Es posible que esté loca, sheriff. Si es así, encarcéleme en seguida. Mejor estar encerrada o
loca, que destrozada o muerta. Pero no soy egoísta: pienso en mi marido. Por mí
misma no me preocupa demasiado enloquecer, ni siquiera morir.
En todo está el
lobo. Lo que bebo o como, contiene al lobo. Le encuentro en todas partes, le
veo en nuestro corral y en nuestra casa. ¡Pero espere! Antes de continuar
hablando, prométame que no le matará.
–¿Que no mate al lobo?
–No; a mi marido, Jules. Prométame no matarle.
–No prometo nada. Dígame lo que vino a decirme.
–Veo al lobo en nuestro corral. Llamo a gritos
a mi marido. Cuando llega, el lobo se ha ido, y él me dice que sólo lo imaginé.
Entonces vuelvo a verlo y digo: «¡Mira, Jules, mira!» Pero ahora es mi marido
quien se ha ido.
–¿Nunca se presentan los dos simultáneamente?
–Nunca. Y Jules dice que no ha visto al lobo,
pero yo le vi una docena de veces. Jules sale por la noche. ¡Oh, si yo supiera
adonde va! Entonces huelo al lobo fuertemente todo el tiempo, ¡en mi propia
casa! Ayer estuve cara a cara con el lobo en la habitación que llamamos
despensa refrescante.
Chillé, corrí a mi cuarto y bloqueé la puerta con un
baúl. Me eché en la cama aterrorizada. Yo soy campesina. He visto lobos. A
otro le hubiera ahuyentado como a un perro grande. Ese no es como los otros. Le
oigo jadear ante mi puerta, andar de aquí para allá. Sus dientes raspan las
vigas de la puerta, y que parecen astillarse y romperse. Entonces siento un
cambio, como si fuera dos cosas a la vez.
»Luego abrió la puerta como sí el baúl fuese
un juguete, y entró. Se detuvo junto a mi cama, y mi susto era tan grande que
ni siquiera abrí los ojos. "Mi pobre Madelon", dijo mi marido, porque
era él quien estaba allí de pie. "¿Qué te asusta? ¿Has vuelto a soñar con
el lobo?"
»Allí está mi marido, y no hay lobo. "Le
he visto, Jules, en esta misma casa", digo. "Sabes que es
imposible", me dice Jules y me consuela. Pero cuando le miré, vi algo que
me dejó helada. Su mano izquierda sólo empezaba a revertirse en mano. Las
garras iban ocultándose y los dedos salían. La parte más recia del pelo iba
desapareciendo. Un momento antes no era mano. ¿Es posible esto?
–No –dijo Pidgeon–. Mas, ¿qué era posible?
Señora Lamotte, ¿teme usted a su marido?
–No cuando es mi marido. Sólo cuando es el
lobo.
–Regrese y quédese con él hoy y esta noche.
Dígale que no salga de casa por ninguna razón. Si el lobo sale al sereno esta
noche, lo mataremos. Y si al acorralarlo se convierte en hombre, le mataremos
igual.
Ella se fue. El retuvo la imagen de su porte
y su belleza, y particularmente lo aturdido de su estado. Pidgeon habría
querido preguntarle una cosa más.
Pero ¿de qué manera preguntarle a una mujer
si su marido tiene cola?
Algo más tarde, Clela Ragley visitó al sheriff.
–Ahora tengo pruebas seguras –anuncié–. Jules
Lamotte es el lobo.
–¿Tienes algo que realmente valga la pena?
¿Algo tangible?
–Para mí es tangible. Soñé con el lobo y el
hombre antes del amanecer. Jules era el hombre y venía hacia mí. A medida que
se me aproximaba, Jules iba siendo el lobo. Me clavó esos terribles dientes
en el hombro, y menos mal que me desperté a tiempo, si no me hubiera asesinado.
–¡Clela, tú, bruja de media pinta! ¡Nunca crecerás!
Quiero evidencia concreta.
–¿Es esto lo que usted llama concreto? –preguntó
ella.
Se lo enseñó con un movimiento brusco; Pidgeon
se estremeció; vacilaba en determinar si la propia Clela o las terribles
heridas le produjeron ese efecto. El hombro que dejó al descubierto la chaqueta
al caer, se veía mordido y magullado brutalmente. Profundas y desgarradas
mordeduras, ahora lívidas, dos de un tipo y una de otro. Podían haber sido
mortales.
–Clela, ¿dónde te has hecho eso? –preguntó
Pidgeon, confuso.
–Se lo he dicho –respondió.
Pidgeon se negaba a aceptarlo. Cerró sus oídos
a aquellas tonterías. Clela decía algo más, pero él sólo oyó el final.
–Después de que le mate, sheriff –estaba diciendo–, córtele la cabeza y tráigale acá y compruebe
si se adapta a los mordiscos. De esa forma no quedarán dudas.
El lobo había vuelto a atacar la noche antes,
y se habían perdido muchas ovejas. Así que esta vez habría que darle caza.
–¿Por qué hace esas muescas en el plomo de
sus balas? –le preguntó Ribaul a Pidgeon antes de salir.
–Porque deseo saber qué tiros disparo
–contestó Pidgeon–. Quiero tenerlo claro.
Marcharon tras el lobo al caer la noche, cuatro
de ellos en grupo: Ribaul, Ragley, Pidgeon y Kenrad. Los cuatro hombres sabían
rastrear. Conocían el terreno, y conocían a los animales.
–Ribaul, oí que estuviste con un circo –dijo
Ragley–. Oí que pagaban para verte y pensaban que eras un nuevo tipo de animal.
–¿Estuviste con un circo, Ribaul? –preguntó
Pidgeon–. ¿Cómo lo supo Ragley?
–Anduve con un circo. No estaba en
exhibición. Trabajaba. Cuidaba animales, y había domado a varios, incluyendo a
un oso.
–¿Tuviste un lobo amansado? –preguntó Ragley.
–No. No hay nada parecido a un lobo domado.
–¿Por qué llevas tú la estaca y el mazo,
Ribaul? –quiso saber Kenrad–. ¿La idea es tuya o del sheriff?
–¿Qué importa? El dice que no hace daño
tenerlas, con tal que sea yo el que las lleva.
–Tendrás que cazar al lobo, Ribaul. Las tienes
para dejarlo muerto.
El lobo merodeaba por allí seguramente en una
amplia área. Durante largo rato permaneció inmóvil. Les esperaba. Luego, como
por una decisión repentina, comenzó a moverse. Lo mismo hicieron los hombres,
ahora con absoluta firmeza.
Cazaban sin perros, y pronto estuvieron sobre
el lobo, más próximos de lo que lo estarían con perros. Tenían a la bestia
encerrada en la misma doble sección de tierra escabrosa en que Pidgeon y
Ribaul la encajonaran anteriormente.
Bajo la clara luz de la luna, lo tenían
cogido. Si saliera al espacio abierto, se expondría, contra la ladera de la
colina, a un disparo fácil. Si continuaba en el matorral, lo sacarían a
golpes. Si buscaba escondrijo en otra parte, encenderían fuego y lo obligarían
a salir. Era grande y peligroso, pero lo tenían acorralado.
Acosado, el lobo se detuvo de repente en la
colina y se volvió haciéndoles frente abiertamente. Y sus tres sombras se
volvieron también. Era del tamaño de un puma adulto. Pesaba más de ochenta
kilos. De los pelos erizados de su cogote chispeaba fuego, como se dice que
ocurre a un lince perseguido. Mostraba su alta mancha blanca y sus ojos
humanos y les miraba con odio febril.
Sin duda, Ribaul y Ragley aborrecieron dejarlo
pasar. Pero este caso era del sheriff, y
suyo fue el disparo. El sheriff Pidgeon
dio al lobo certeramente, justo al borde de aquella mancha blanca en la
cabeza.
–Ahora se convertirá en hombre –dijo Ribaul–.
Observen si se transforma mientras muere, y si comienza a temblar. Ello
demostrará que es un loup-garou.
Pero no se transformó. Había sido un lobo y
lo era aún.
–Está muerto –dijo Pidgeon–. Eso conjura a un
fantasma; para mí, al menos.
–Aquí están la maza y la estaca –habló
Ribaul–. Úselas, sheriff.
–¿Realmente crees en esto, Ribaul? –preguntó
Pidgeon.
–¿En que si usted atraviesa con la estaca el
corazón del lobo queda definitivamente muerto? Sí, lo creo.
–Que alguien averigüe de dónde proviene ese
ruido infernal –barbotó Pidgeon–, y que le ponga fin.
Desde el momento en que al lobo le alcanzó el
disparo, resonaba un gemido espantoso.
Pidgeon orientó la estaca de madera de arce
sobre el pecho de la bestia exactamente detrás y debajo de la paletilla
delantera, a fin de atravesarle el corazón, o al menos fingir que lo hacía.
Era un animal muy resistente y le dio bastante trabajo. Pero la estaca estaba
aguzada como sólo puede estarlo la dura madera de arce. Estacar al lobo vino a
ser como un orgasmo para todos los hombres.
–Quedará muerto ahora –dijo Ragley.
–Entonces, ¿por qué no cesa ese condenado
ruido si el lobo está muerto? –rugió Pidgeon.
El sonido provenía de la casa de Jules
Lamotte. Los pies de Pidgeon reconocieron la aproximación antes que sus ojos.
Pidgeon había matado al lobo a menos de doscientos metros de la casa. Se
dirigieron allá.
La puerta de la cocina se encontraba abierta,
y se veía luz dentro. Madelon Lamotte estaba de pie en el pasillo con el
cabello flotante. El ruido infernal era su chillido. Y proseguía más y más,
helando la sangre.
Pidgeon entró primero, pálido y entre un loco
alboroto, como si todos los objetos del corral cayeran en tropel en la obscura
cocina.
–¡Señora Lamotte! ¿Qué ocurre, por el amor de
Dios? Señora...
Pero el sheriff
Pidgeon no terminó la frase, ni recorrió todo el pasillo. Retrocedió
vacilante, con la visión enrojecida. Se derrumbó, enloquecido y agotado.
–¡Asesino! –aulló Madelon Lamotte–. ¡Asesinó
a mi marido! ¡Yo...!
Pidgeon se levantó aturdido, buscando la puerta,
y le alcanzó un segundo impacto sonoro y otro gemido desgarrador. Madelon le
clavaba las garras como una leona y le arañaba sangrientamente cada vez que él
oscilaba. Le derribó dos veces. Estuvo a punto de arrancarle la cabeza y parte
de la piel de su rostro quedó bajo las uñas de ella.
Ragley y Kenrad la contuvieron con esfuerzo.
El agudo grito decayó hasta una serie de ridículos sollozos.
–¿Qué es esto? –gritó Pidgeon–. ¡Sujétenla,
diablos!
No se percataba de cuan duramente le había
herido. Apenas podía ver.
–¡Usted, sheriff,
maldita víbora! ¡Usted mató a mi marido! –aulló Madelon–. Mátenme pronto,
hombres, pero déjenme dos segundos con ese imbécil de cara blancuzca. Veremos
quién mata a quién...
Ragley ya la había inmovilizado, y Kenrad entró
en la casa para ver qué había ocurrido. No tuvo que profundizar mucho.
–Aquí, sheriff
–llamó–. En la habitación fuera de la cocina, aquí. Es peor de lo que
usted supone.
Pidgeon se adentró más. Jules Lamotte yacía
muerto en esa pequeña habitación con piso de tierra que llamaban despensa
refrescante. Le había alcanzado un tiro en la cabeza, justo al borde de
aquella mancha blanca tan semejante a la del lobo.
Lo que resultaba más sobrenaturalmente horrible
era que Jules Lamotte tenía el pecho atravesado por una estaca que se hundía
en el suelo. Y Madelon aún barbotaba furia en la cocina. Parecía inútil
discutir con ella en ese estado, pero era necesario intentarlo.
–Dígame quién ha hecho esto, señora Lamotte
–comenzó el sheriff Pidgeon.
–¡Usted, vil cerdo, usted lo ha hecho!
¡Empalador hipócrita, usted asesinó a mi marido! Justamente en esa habitación.
Le disparó y clavó una estaca en su corazón. ¡Déjeme a ese sheriff, hombre!
–No pude ser yo –protestó débilmente Pidgeon–.
¡Ragley, sujétela! ¿Dónde está Ribaul?
–Pero si permanecí aquí todo el tiempo –Ribaul
lanzó de golpe las palabras–. Dejadme, yo la sujetaré. Tengo un método para
animales salvajes. No se me escapará.
Volviendo a la despensa refrescante, Pidgeon
se abalanzó sobre el cadáver de Jules Lamotte e hizo una cosa ilegal, atroz,
realmente una locura. Kenrad y Ragley procuraron detenerlo, pero estaba
desenfrenado.
Obrando febrilmente comenzó a hurgar dentro de la cabeza de
Lamotte con una navaja. Buscaba la bala que había matado al hombre. Asió un cuchillo
de carnicero de la pared de la despensa y lo usó como palanca y cuña. El
proyectil había destrozado el hueso en un ángulo y se adentraba escasamente en
la caja craneana. Pidgeon lo extrajo y lo sostuvo en la mano.
–Es mi disparo –masculló Pidgeon–. Yo marqué
mis balas antes de salir esta noche. Quería saber con seguridad a qué tiraba.
–Bueno, entonces no hay duda de que le disparó
a éste –dijo Ragley–. Evidentemente, mató a Jules Lamotte.
Pidgeon abandonó la casa de Lamotte y volvió
con Ragley y Kenrad al lugar de la muerte del lobo. Pidgeon se paseaba de aquí
para allá, y los otros dos le miraban confusos.
–¿Qué estamos buscando? –preguntó Ragley.
–¡El sitio en que el lobo fue muerto! –dijo
Pidgeon frenéticamente.
–Estamos de pie sobre el lugar, sheriff. Estas son marcas de pisadas.
Este es el agujero donde su estaca atravesó al lobo y penetró en la tierra.
Enjugue la sangre de sus ojos, sheriff. Ella
estuvo a punto de arrancárselos con sus garras.
–¿Pero dónde está el lobo? –preguntó Pidgeon
aturdido.
–Sheriff,
¿está loco? –exclamó Ragley–. Usted vio a Lamotte
muerto. ¿Cómo puede el lobo estar aquí y allá? Lamotte era el lobo. Ahora Lamotte es el lobo muerto.
–No; un lobo es un lobo, y un hombre es un
hombre –insistió Pidgeon–. Tiene que haber un lobo muerto por aquí.
–Lo averiguará mañana, sheriff –sugirió Ragley–. Será otra vez un día caluroso. Dé a ese
sol siete u ocho horas sobre este pasto en la roca, y podrá hallar al lobo si
está aquí. Los cuervos darán vueltas por el aire sobre donde esté para lanzarse
a devorarlo. Un lobo muerto madura al sol, caso de estar aquí. Pero no está.
Todos nosotros sabemos quién mató al lobo y al hombre con un mismo disparo.
Podemos decir que ésta fue una noche muy especial.
Bueno, un hombre había muerto de un tiro, y
Pidgeon mismo era el sospechoso de Pidgeon. Pero ¿por qué, dejando las
historias sobrenaturales de lado, alguien querría matar a Jules Lamotte?
Posiblemente por sus monedas de oro. Era
probable que Lamotte no poseyera ninguna, pero una de las habladurías le
atribuía pilas de ellas escondidas. O quizá su atractiva esposa. Desde que la
vio furiosa, Pidgeon supo que Madelon alentaba tanto fuego como para incitar a
un hombre al crimen.
O Lamotte quizá fue asesinado porque en realidad
robaba las ovejas de los granjeros. Sobrados datos parecían indicarlo así.
Pero ¿por qué Lamotte no había sido
asesinado de un modo racional?
–¿Dónde está el lobo? –se interrogaba Pidgeon–.
¿Dónde mi maza que clavó la estaca... o estacas? ¿Por qué fue disparada una sola
de mis balas marcadas? Oh, ahora recuerdo la maza.
Le dijeron a Pidgeon que su maza, pasada por
alto en un principio, fue hallada en el suelo de la despensa refrescante,
exactamente al lado del cadáver de Lamotte.
En la cálida tarde del nuevo día, Pidgeon se
puso a observar a los cuervos. El sol debía de haber hecho su trabajo. El lobo,
si todavía se encontraba en el pastizal de la roca, habría madurado ya. Un
par de cuervos giraban sobre donde debía hallarse. Sin embargo, no lo bastante
cerca. Más bien parecía que merodeaban sobre la casa de Lamotte.
Dos de los cuervos estaban en el aire, y dos
abajo, posados en los aleros de un cobertizo a menos de tres metros de la
cocina de Lamotte. Contemplaban con lúgubre intensidad esa parte de la casa
llamada despensa refrescante, donde Jules Lamotte (aún no removido, porque en
la comarca los engranajes giraban lentamente) yacía muerto. Sentíase un
penetrante olor a lobo y a hombre mezclado. Ragley había dicho: «Lamotte es
ahora el lobo muerto». ¿Había sido honrado Lamotte?
Ragley, Scroggins y varios más salieron de la
casa de Lamotte. Pidgeon sabía que Scroggins actuaba en su condición de juez de
instrucción, y que los otros habían depuesto como testigos jurados.
–Pidgeon, me alegra que esté aquí –dijo
Scroggins–. Hemos decidido que sería mejor que usted se arreste a sí mismo por
el asesinato de Jules Lamotte, y designar un sheriff interino para que maneje las cosas.
–No, no haré eso –dijo Pidgeon.
–Decidimos que, en caso de que usted se negara
a nuestra propuesta, se envíe en busca del sheriff
más próximo para que venga y lo arreste. ¿Quién sería?
–El sheriff Bartholdy, de Calvados Parish, del otro
lado del río. Creo que iré y conversaré con él ahora mismo.
Pidgeon cruzó el río y fue a Calvados Parish.
Llegó a la casa de Bartholdy, entró, y halló al hombre. El sheriff Bartholdy hizo un gesto de bienvenida, y salió de la
habitación. Regresó con dos botellas de vino blanco, una lata de lombrices, un
cubo con pececillos de río y dos cañas de pescar. Llevó todo a la camioneta de
Pidgeon. Los dos hombres subieron, y Pidgeon condujo hasta un buen lugar sobre
las rojas orillas del río Rojo. Pescaban allí.
–No sé si has oído sobre esto, pero se produjo
un insólito asesinato en mi distrito –dijo Pidgeon finalmente.
–Quita tu sedal del agua –pidió el sheriff
Bartholdy–. Nadie puede atender a dos cosas a la vez. Bebe un trago
de vino. Esto aguza el ingenio. Cuéntame. ¿Quién fue asesinado?
Pidgeon habló acerca del asesinato de Jules
Lamotte. Bartholdy conocía a Lamotte de antiguo. Pidgeon se refirió a las
coincidencias de pesadilla, las historias del loup-garou, huellas de lobo, ovejas muertas, cacerías de colas,
murmuraciones de jóvenes esposas, balas marcadas, un disparo de rifle y una
estaca atravesando al lobo, un hombre atravesado por un disparo y una estaca...
distintas cosas.
–¿Y todo eso? –preguntó Bartholdy entonces–.
¿Cuáles son los aspectos confusos que mencionaste? ¿Por qué no arrestas,
sencillamente, a los dos asesinos?
–¡Es que todo
es confuso en este asunto, Bartholdy! –exclamó Pidgeon–. El hombre muerto
que yo no pude haber matado. Su corazón atravesado por una estaca que yo no
pude haber clavado. Mi propia bala marcada en su cabeza. Siendo francés,
debes de ser supersticioso.
Así es que pienso que entenderás los asuntos
fantásticos del caso. La tontería del ser humano que se transforma en lobo,
quiero decir, y todo lo demás, y el lobo convertido en hombre.
–¿Estás fuera de tus cabales, Pidgeon? Jamás
oí tales insensateces.
–Te dije que había un lobo, y había un hombre.
–No me refiero a eso. Tú dijiste: «Siendo
francés, debes de ser supersticioso». No debes de estar en tu sano juicio para
decir una cosa como ésa. No puede haber un francés supersticioso más de lo que
puede haber agua seca o caballos verdes. Piensa detenidamente sobre las
posibles contradicciones de eso. Entonces tus pequeños problemas se
resolverán solos.
Pidgeon meditó un buen rato acerca de las implicaciones.
–¿Ni un poquito supersticioso, Bartholdy?
–preguntó en seguida–. ¿Ni un poquito?
–Ni un poquito –respondió Bartholdy–. Puede
haber franceses estúpidos, o que roben ovejas, o que amen a las esposas de
otros hombres. Puede haber franceses malvados. Pero no puede haber franceses
supersticiosos.
–Si eso es así, entonces no vivo en la clase
de mundo que yo suponía.
–No; no exactamente la misma clase, Pidgeon.
Pidgeon pensó lo referente a las
implicaciones algo más. Luego se puso de pie con un suspiro.
–Nunca me gustaron estas cosas –dijo–, pero
me parece que haré mejor yendo a efectuar los arrestos.
Así, el sheriff
Pidgeon regresó a Royal Parish y arrestó a Ribaul y a Madelon Lamotte por
el asesinato de Jules Lamotte.
–¿Cómo te diste cuenta, Pidgeon? –preguntó
Ragley mientras ellos dos y Clela Ragley caminaban por el pasto de la roca en
la zona de los sucesos–. Verificación perfecta, ¿eh?
–Todo, excepto las tres sombras –dijo
Pidgeon–. Siempre hubo tres sombras del lobo, y de Lamotte. Yo no las entiendo.
En cuanto al resto, bueno, he aquí cómo lo hice. Un par de esos individuos pensaban
que éramos fácil presa de engaño zorruno. Y por pensar así, serán colgados.
¿Quién era suficientemente lúcido con respecto a la superstición para inculcar
superstición en nosotros? Tenía que ser francés. Mira, Ragley, los franceses no
son supersticiosos; nosotros lo somos.
»Seguro que lo somos. ¿Cómo un pescuezo rojo
va a obtener algún sabor de la vida si no la salpica con un poco de
superstición? Los franceses usan ajo. Sí, puedo entender que ellos no necesiten
ser supersticiosos.
»Así, Ragley, si todo indica que algo que
está sucediendo no puede suceder, entonces pregunto: ¿quién está tratando de
convencemos de que sucede? De modo que, si
las historias son mentira, escojo las informaciones que harán salir a la luz un
montón de cosas.
–¿Las historias de quién son ésas?
–La de Madelon Lamotte. Y la de Ribaul.
–Ella le dio a usted algunos datos, sheriff.
–Ella me dio un par de datos tan convincentes
que...
–Yo siempre digo que es un error que un
hombre joven sea sheriff –dijo Clela,
de trece años–. Es demasiado fácil ser envuelto por mujeres dadas a las
fantasías.
–Por lo tanto, retrocedí un poco, Ragley; me
pregunté quién dio inicio a todas esas historias de hombre-lobo. Ribaul, él
fue. Y Madelon alimentó amablemente el fuego. Yo mismo vi las huellas de lobo
transformarse en huellas humanas, pero, ¿quién me indujo a tal fascinación?
–¿Cómo imprimió Ribaul las huellas, Pidgeon?
Eso es un enredo.
–No sé. Tan sólo sonríe (con su cuello en un
lazo sonríe) y dice: «Un truco, señor Pidgeon, un truco». Pero con un lobo
domado bajo su control, y fornido como es, pudo llegar hasta el lugar, dar un
salto hasta el callejón y cargarlo sobre sus espaldas, o algo así.
Esas
huellas se hicieron más temprano, cuando el callejón estaba muy húmedo; Ribaul
me hizo creer que eran más recientes. Y la choza de Ribaul se encontraba en la
tierra fangosa de Lamotte, muy cerca. Ocultó al lobo allí. No es de extrañar
que ese hedor a lobo nos acometiera tan fuertemente cuando nos aproximábamos.
Fue Ribaul, ese viejo farsante de circo domador de animales. Mintió cuando dijo
que a un lobo no se le domaba.
–Pero, sheriff,
Ribaul no es tan inteligente como para tramar todo eso.
–No lo es. Madelon, sí. Ribaul poseía un lobo
domado, pero Ribaul era el lobo domado de
Madelon Lamotte. El año pasado siguió a Madelon y Jules desde el sur río
arriba, y conspiró con Madelon para asesinar a Jules.
Madelon quería al joven
Ribaul, y Ribaul deseaba la granja, el dinero, y a Madelon. Ribaul hacía un
excelente negocio matando ovejas mientras tendía la trampa para Jules y para
el pueblo de Yellow Knife. Acarreaba las ovejas muertas en el viejo camión de
Lamotte, y todas las sospechas recaían sobre Jules. Dio a Madelon dos ovejas,
y ella no le diría a Jules de dónde las había sacado. Pero eso fue cuando Jules
comenzó a salir a cazar hombres por la noche. El lobo se lanzaba al cuello de
una oveja en cada domicilio, y comía un poco de su lomo.
–¿Cuándo mató Ribaul a Jules?
–Madelon fue quien mató a su marido en la
cama. Después lo vistió y lo arrastró hasta la despensa refrescante.
–¿Cómo utilizaron su bala marcada?
–Ribaul era mi ayudante y tenía acceso a mis
cosas. Vio que yo marcaba el plomo. Marcó uno casi en la misma forma y lo
sustituyó por uno de los míos. Puedo reconocer ahora, aunque con dificultad,
el que tiene su muesca.
–¿Y qué hay acerca de la estaca?
–Ribaul cortó dos estacas de madera de arce
muy semejantes. Le dio una a Madelon junto con la bala marcada. Las marcas de
la maza no significan nada. Alguien me indujo a notar las señales de la maza
con más precisión que lo necesario. La madera de arce se astilla un poquito,
pero no se marca a fondo. La mancha en la cabeza del lobo era una
falsificación. Ribaul debía de renovarla en cada ocasión, pero sabía cómo
hacerlo de modo que apareciera igual que la mancha de Lamotte. Y todos los
lobos miran con ojos humanos: fíjate cuando atrapes uno.
Nos sorprende cada
vez que lo vemos, y después lo olvidamos. Yo ya le había dicho a Ribaul que me
proponía herir al lobo justo en el borde de la marca blanca, y él sabe que soy
un buen tirador. Madelon no necesitaba serlo para disparar sobre Jules a una
distancia muy corta. Madelon estaba atenta a mi disparo, y lanzó ese chillido
para alejarnos del lobo, de manera que Ribaul pudiera quitarlo del camino.
–¿Cuándo descubrió que el lobo estaba en ese
cobertizo?
–Demonios, persisto en ver tres sombras que
nos persiguen, inclusive ahora. No puede ser simplemente imaginación. Oh, lo
descubrí bastante tarde. Debía de haberlo sabido ese mediodía en que los
cuervos estaban en los aleros. Notaba el olor de hombre maduro y de lobo adulto
a la vez, pero yo pensé que era de hombre Lobo.
–Sheriff,
¿para qué usaba Lamotte tanto alcohol de friegas?
–Como él dijo, le dolían los tobillos. No por
transformarse en lobo, claro. Creo que la explicación de Corbey detallando el
decurso del cambio fue tomada en préstamo de un relato de Ribaul. Y éste
sabía que a Jules le dolían los tobillos.
–Entonces, eso es todo, en lo que concierne
al caso.
–Sí. Pero no puedo hallar una explicación a
las sombras del lobo, o a las de Jules Lamotte. Madelon afirma que Jules no
tenía hermanos ni parientes, que no existían tales tres hombres en la vecindad,
ni tal pintura en la pared de la cocina. Bueno, ahora no está allí, y no consigo
hallarla. Y hay otro cabo suelto, y usted o su hijo tienen la respuesta. Clela,
¿de dónde sacaste esas terribles heridas de dientes?
–Se lo he dicho una vez. Dije: ¿por qué no
corta la cabeza de Jules y me la trae? Entonces veremos si los dientes coinciden
con las marcas. Corte la cabeza del lobo y tráigala también. Me gusta tener un
montón de cabezas rodando en torno a mí.
–Oh, eso, sheriff.
Le diré, Clela es una joven violenta y en ocasiones se ve atormentada por
un tipo especial de espectros –dijo Ragley–. Casi todas esas apariciones sólo
pellizcan, dejan moraduras, pero Clela es más impetuosa y posee espectros más
arrebatados. Los demonios particulares que se le aparecen la fustigan a veces
brutalmente. Esto les ocurre a todas las mujeres de nuestra familia. Se le
pasará en uno o dos años: igual que a las otras.
–Ragley, eres un mentiroso profesional, pero
a veces...
–¿...no puede estar seguro de que estoy
mintiendo? Y nunca se puede estar cierto de cuándo lo hace Clela. Dejémoslo
así.
–Oh, eso es verdad –dijo Clela–. Como sus
tres sombras. Son reales también.
Ragley y Clela, ambos riendo, dejaron al sheriff y se volvieron a su casa. Y el sheriff Pidgeon caminó solo... durante
unos breves momentos. A poco rato
tres hombres peludos caminaban junto a él. Pidgeon se puso nervioso al verles.
–¿Qué andan haciendo ustedes tres por aquí
–les preguntó Pidgeon– ¿Cuándo regresaron?
–Acudimos al entierro de nuestros hermanos
Jules –respondió uno de los hombres.
–Pero ustedes no se encontraban en el
servicio. Y no estuvieron junto a la tumba.
–Sí. Estuvimos en los dos lugares.
–Madelon dice que no existen tres hombres
como ustedes –exclamó Pidgeon imprecando interiormente para anular su
existencia.
–Madelon está muerta en este momento en la
cárcel –dijo el portavoz de los tres–, con marcas de hombre y de lobo en la
garganta. Muere por esa mentira y por otras cosas. No se ha de renegar de
nosotros.
Uno de los hombres se puso a andar a gatas.
Se transformó rápidamente. Sí, el relato era cierto. La cola apareció al final,
y sonó como el descorchar de una botella. El nerviosismo de Pidgeon iba en
aumento mientras marchaba con dos extraños hombres y un extraño lobo por la
velluda luz del día del sendero de rocas de Jules Lamotte.
–Ustedes son los trozos perdidos –dijo Pidgeon–.
Ribaul explicó la mayoría de los detalles, pero no les explicó a ustedes. Dijo
que no creía en esa clase de sombras.
–En este momento, también Ribaul está muerto
en la cárcel, por un poco de hombre y un poco de lobo. Ha muerto por su
incredulidad, y por otras cosas..
–¿Por qué otras cosas? –preguntó Pidgeon con
cierta audacia.
–Por saber demasiado y por no saber bastante
–dijo el hablador. Otro de los hombres se agachó y siguió andando. Se
transfiguró velozmente. Sí, se estiraban terriblemente los huesos del tobillo.
Sí, hacía salir de su escondite los pelos, estremeciéndose con movimientos
convulsivos. Sí, la cola apareció al final. Pidgeon temblaba como un árbol que
cobrara vida palpitante, entretanto marchaba junto a un extraño hombre y a dos
extraños lobos.
–Ah, aquí les dejo –dijo Pidgeon–. Tengo
algunos asuntos por aquella dirección.
–Déjenos tanto como quiera –dijo el hombre–,
pero sus pies seguirán nuestro curso –Y los pies de Pidgeon continuaron el
curso del hombre y los lobos. Entonces supo que todo había terminado para él.
–¿Por qué? –deseó saber–. ¿Por qué yo?
–Como ocurre con Ribaul, usted sabe demasiado
y no lo bastante. Y nos agrada trabajar de a tres.
–Bueno; entonces, ¿cómo lo harán, como
hombres o como lobos? –Pidgeon preguntaba tiritando. Y sus pies no corrían.
–Ah, hallarán dos hendeduras de un tipo y una
de otro en usted –explicó el hombre, y se abalanzó sobre el cuello de Pidgeon
con largos y desgarradores dientes.
Pidgeon quedó tendido en tierra, y los dos
lobos se movieron encima de él, consumando la tarea. El último hombre peludo,
chorreando sangre de Pidgeon, se puso a gatas y se les unió. Y vuelto, Pidgeon observó la
transmutación con indiferencia, tal como a su muerte acercándosele.
¡El horrible alargamiento de los huesos de
los tobillos, el ablandamiento del cráneo con una parte cayendo adelante y la
otra atrás, los ojos dando vueltas a los lados de la cabeza, el estremecimiento
que sacaba al exterior los pelos de lobo, todo lo que marca la transición de
hombre a bestia!
Y ahora sólo faltaba una cosa para que la
tercera de las espectrales personas-sombra se convirtiera en un lobo completo.
Pero la visión y la vida de Pidgeon ya estaban ofuscadas, y jamás alcanzó a ver
la aparición de la cola.