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Tres formas de robar un banco - Harold R. Daniels


El manuscrito estaba pulcramente mecanografiado. La cubierta podría haber sido copiada casi palabra por palabra de una de aquellas publicaciones de «Sea un autor», completadas con la pro forma: «Sometido para publicación a sus honorarios usuales.» 

Miss Edwina Martin, asistente del editor de Historias de crimen y descubrimiento, lo leyó primero. Dos cosas le llamaron la atención. Una de ellas era el título: Tres formas de robar un banco. Método 1. La otra era el nombre del autor, Nathan Waite. Miss Martin, que conocía a casi todos los escritores profesionales de historias de crímenes en los Estados Unidos, y que había tratado con la mayor parte de ellos, no reconoció el nombre.

A la carta que acompañaba el manuscrito le faltaba la verborrea usual del escritor hecho y derecho, pero un párrafo situado hacia la mitad de la carta atrajo su atención: «Puede que desee usted cambiar el título, porque lo que hizo Rawlings no fue realmente un robo. De hecho, es probablemente legal. Ahora estoy trabajando en una historia que titularé Tres formas de robar un banco. Método 2. Se la enviaré en cuanto haya terminado de volverla a copiar a máquina. El método 2 es legal casi con toda seguridad. Si desea usted comprobar el método 1, le sugiero que se lo muestre a su propio banquero.»

Según descubrió después, Rawlings era el protagonista de la historia. En cuanto a la propia historia, era cruda y redundante; fallaba en cuanto al desarrollo de los personajes y casi servía únicamente como vehículo para bosquejar el método 1. En cuanto al método, tenía que ver con la extensión del crédito a los poseedores de cuentas corrientes... 

Uno de esos tratos en los que el banco estimula a los poseedores de cuentas corrientes a que extiendan cheques sin tener fondos para cubrirlos. En ese caso, el banco amplía el crédito. No hay papeles, ni notas. (La desconfianza del autor por esta forma comercial aparecía claramente en la historia.)

El primer impulso de miss Martin fue devolver la historia, acompañándola con una amable carta de rechazo. (Nunca utilizaba el inhumano impreso de rechazo.) Pero había algo en la confiada presentación del método que la preocupó. Añadió un memorándum al manuscrito, sujetándolo con un clip, y garabateando un gran signo de interrogación en él, enviándolo después al editor. Lo volvió a recibir al día siguiente, junto con una nota adicional: «Se trata de una terrible tontería, pero el plan parece casi real. ¿Por qué no lo compruebas con Frank Wordell?»

Frank Wordell era uno de los vicepresidentes del banco que trabajaba con el editor de miss Martin. Acordó con él una cita para almorzar, le entregó la carta y el manuscrito, y empezó a corregir unas galeradas mientras él le echaba un vistazo. Levantó la mirada cuando le escuchó respirar. Su rostro mostraba una delicada sombra de color blanco verdoso.

—¿Puede dar resultado? —preguntó.

—No estoy completamente seguro —dijo el vicepresidente con voz temblorosa—. Tendría que saber la opinión de algunas de las personas que trabajan en el departamento de crédito a cuentas corrientes. Pero creo que daría resultado —dudó un momento y añadió—: Dios mío, esto podría costamos varios millones. Escuche... no estaría pensando en publicar esto, ¿verdad? Quiero decir que si esto llega a manos del público...

Miss Martin, que no sentía una gran admiración por la mentalidad bancaria, no quiso comprometerse.

—Necesita ser revisado —dijo—. Aún no hemos tomado una decisión.

El banquero apartó su plato y se inclinó hacia adelante.

—Y él dice que hay otro método, el dos. Si se trata de algo similar a esto podría arruinar todo el negocio bancario —y entonces se le ocurrió un pensamiento—. Y le llama a todo esto Tres formas de robar un banco. Eso significa que debe existir un tercer método. ¡Es terrible! No, no podemos permitir que ustedes publiquen esto, y tenemos que ver a ese hombre inmediatamente.

Aquellas palabras fueron desafortunadas para ser utilizadas con Edwina Martin, que extendió la mano cogiendo la carta y el manuscrito.

—Eso lo tenemos que decidir nosotros —dijo con frialdad.

Sólo después de que él le describiera la destrucción potencial de la economía del país, le permitió llevarse los papeles al banco. El vicepresidente estaba tan trastornado que se olvidó de pagar la cuenta de la comida.

La llamó por teléfono algunas horas después.

—Hemos celebrado una reunión de emergencia —le dijo—. El personal del departamento de crédito a cuentas corrientes dice que el método uno puede dar resultado. También puede ser legal, pero, aun cuando no lo fuera, nos costaría millones de dólares en pleitos. Escuche, miss Martin, queremos que compre usted esa historia y nos asigne el copyright a nosotros. ¿Nos protegería eso contra él e impediría que vendiera la historia a algún otro editor?

—Tal y como está escrita ahora, sí —le dijo—. Pero nadie puede impedirle escribir otra historia utilizando el mismo método —tras recordar que él no había pagado la cuenta de la comida, no sentía ningún deseo especial de cooperar—. De todos modos, no compramos material que no tengamos la intención de publicar.

Pero tras una reunión de emergencia entre un comité de la Asociación Bancaria Municipal, convocada en sesión extraordinaria, y el editor, se decidió comprar la historia de Nathan Waite y depositar el manuscrito en la cámara acorazada más profunda del mayor banco. En interés de la economía nacional.

Miss Martin pensó que «economía» era una palabra muy apropiada. Durante la reunión, un enorme y viejo capitalista, con una riqueza personal que se encontraba en el rango de las decenas de millones, planteó la cuestión del pago a Nathan Waite.

—Supongo que tenemos que comprarla —gruñó—. ¿Cuánto pagan ustedes por historias de ese tipo?

Miss Martin, sabiendo que el autor nunca había publicado nada y que, por lo tanto, su nombre no era conocido, sugirió una cifra.

—Naturalmente —añadió—, como nunca será publicada no existe tampoco la posibilidad de que sea traducida, de que aparezca en alguna antología, ni de que reciba derechos cinematográficos o de televisión —el capitalista se estremeció—. Así es que creo que sería justo pagar al autor algo más de la cifra usual.

—No, no —protestó el hombre—. No hay ni que pensar en ello. Después de todo, nosotros nunca recuperaremos ese dinero. Y también tendremos que comprar los métodos dos y tres. Piensen en eso. Por otra parte, tenemos que imaginar una forma de evitar que escriba otras historias utilizando los mismos métodos. Por eso, será suficiente con la cifra usual. Nada de extras.

Como había treinta bancos representados en la Asociación y como el gasto que correspondería a cada uno sería inferior a los diez dólares por historia, miss Martin dejó de sentir todo tipo de aprecio por el anciano capitalista.

Aquel mismo día, miss Martin envió una carta y un cheque a Nathan Waite. La carta explicaba que, en aquellos momentos, no se podía determinar una fecha para la publicación, pero que el editor ansiaba leer las historias en las que se explicaban la segunda y la tercera formas de robar un banco. Ella firmó la carta con disgusto. Sabía muy bien que, para un autor novel, el cheque resultaba algo insignificante comparado con la gloria de la publicación de lo escrito. Publicación que nunca se produciría.

Una semana más tarde le llegó una carta y el manuscrito de Tres formas de robar un banco. Método 2. La historia en sí era un desastre, pero el método volvía a parecer convincente. En este caso se trataba de tinta magnética y proceso de datos. Miss Martin acordó una cita con Frank Wordell y le llevó el manuscrito a su oficina. El vicepresidente lo leyó con rapidez y se estremeció.

—Ese hombre es un genio —murmuró—. Evidentemente, posee una excelente formación en el campo bancario...

—¿Qué sabe usted de su formación? —preguntó Edwina.

—¡Oh! —dijo él sin pensárselo mucho—. Le hemos investigado, claro está. Hemos hecho que una de las mejores agencias de detectives del negocio bancario le investigue... ya desde que me enseñó usted aquella primera carta. No pudimos sacar mucho de él.

La voz de miss Martin sonó entonces amenazadoramente:

—¿Quiere darme a entender que investigaron ustedes a míster Waite..., un hombre cuya existencia sólo conocieron a través de su correspondencia con nosotros?

—Claro está —dijo Wordell bastante sorprendido—. Un hombre que posee unos conocimientos tan peligrosos como los que él tiene... No podíamos confiar en que no hiciera nada más que limitarse a escribir historias. ¡Oh, no! Nadie podría detenerle. Trabajó en un banco durante años y años, ya sabe. En una pequeña ciudad de Connecticut. Le despidieron hace un año. Tenían que encontrar un puesto para el sobrino del presidente. Sin embargo, le concedieron una pensión. El diez por ciento de su salario.

—Años y años, dice. ¿Cuántos años?

—¡Oh! No lo recuerdo bien. Tendría que mirar el informe. Creo que veinticinco.

—Naturalmente, entonces no tendría ningún resentimiento por haber sido despedido —dijo ella con sequedad, extendiendo después su mano y diciendo—: Permítame ver de nuevo su carta.

La carta que había acompañado el segundo manuscrito daba cordialmente las gracias al editor por haber aceptado la primera historia, así como por el cheque. Uno de sus párrafos decía: «Supongo que ha comprobado usted el método 1 con su banquero, tal y como le sugerí. Espero que también le mostrará el método 2, sólo para estar seguro de que funcionaría. Tal y como dije en mi primera carta, se trata de un método que es legal casi con toda seguridad.»

—¿Es legal? —preguntó miss Martin.

—Es legal, ¿qué?

—El método dos. El que acaba de leer.

—Digámoslo de este modo. No es ilegal. Para conseguir que fuera ilegal, cada banco que utiliza el proceso de datos tendría que llevar a cabo algunos grandes cambios en sus formas y procedimientos. Se tardaría varios meses en poder hacerlo y, mientras tanto, podríamos perder incluso más millones que con la utilización del método uno. Se trata de algo terrible, miss Martin..., de algo muy terrible.

El método 2 causó un verdadero pánico en los consejos de administración de la Asociación Bancaria Municipal. Se tomó el acuerdo general de comprar inmediatamente la segunda historia y secuestrarla para siempre. 

También se acordó, por consenso general, que como el método 3 podría ser incluso más catastrófico que los dos anteriores, no podrían esperar a recibir más historias de míster Waite. (Miss Martin, que estaba presente en la reunión, preguntó si se elevaría el precio de la segunda historia, teniendo en cuenta el hecho de que míster Waite, tras haber recibido un cheque, ya era un autor profesional. El anciano banquero señaló que la obra de Waite no había sido publicada, de modo que no estaba justificado abonarle un precio mayor por la segunda.)

Se adoptó un plan. Miss Martin invitaría a míster Waite a que viniera desde Connecticut, para mantener una aparente charla entre autor y editor. En realidad, sería conducido ante un comité elegido por la Asociación Bancaria Municipal.

—Tendremos allí a nuestros abogados —dijo el anciano—. Le haremos sentir el temor de Dios. Haremos que nos cuente el método 3. Le pagaremos el precio de otra historia si nos vemos obligados a ello. Después, encontraremos algún modo de hacerle callar.

Miss Martin, su superior y el editor terminaron por aceptar este plan a regañadientes. Ella casi deseo haber rechazado simplemente el primer manuscrito que Nathan Waite le envió. Pero lo que más le dolía era la actitud adoptada por los banqueros. Bajo su punto de vista, Nathan Waite no era más que un criminal común.

Llamó a Nathan Waite a su casa de Connecticut y le invitó a venir a verles. Decidió por su cuenta que la Asociación Bancaria Municipal pagaría los gastos, fueran cuales fuesen los pasos que tuviera que dar para conseguirlo.

A través del teléfono, la voz del hombre sonó sorprendentemente joven y sólo daba una ligera impresión de acento yanqui:

—Supongo que tengo mucha suerte al poder vender una historia tras otra. Le estoy muy agradecido, miss Martin. Y tendré un gran placer en ir a verla. Supongo que querrá usted hablar sobre la próxima historia.

Sintió cómo se rebelaba su conciencia, pero, a pesar de todo, contestó:

—Bien, sí, míster Waite. Los métodos uno y dos fueron tan inteligentes que existe un gran interés en conocer el tercer método.

—Llámeme simplemente Nate, señorita. Y ahora quisiera decirle algo sobre ese tercer método: no existe la menor duda de que es legal. La única cuestión que se puede plantear es si se trata de un método honesto. Me refiero al compararlo con los métodos uno y dos. Y hablando de los dos primeros métodos, ¿comprobó usted su eficacia con su banquero? Supongo que le habrá mostrado el método uno antes de comprar la historia. Me estaba preguntando si se sorprendió al conocer el segundo método.

—¡Oh! Quedó bastante impresionado —se limitó a decir.

—Entonces, creo que se sentirá realmente interesado por conocer el tercer método.

Acordaron detalles sobre su visita, para dos días después, y colgaron el teléfono.

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Míster Waite se presentó en el despacho de miss Martin exactamente a la hora acordada. Se trataba de un hombre pequeño, ya entrado en sus cincuenta, con un pelo blanco reluciente ligeramente elevado en una parte, a la moda antigua. Su rostro estaba bronceado, proporcionándole un fondo muy efectivo para sus agudos ojos azules. Se inclinó con una encantadora cortesía que hizo a miss Martin sentirse como una Judas. Ella se levantó y, saliendo desde detrás de su mesa, se adelantó hacia él.

—Míster Waite... —empezó a decir.

—Nate.

—Está bien, Nate. Me siento muy disgustada con todo este asunto, y ni siquiera sé cómo se nos ha obligado a entrar en él. Nate, no compramos sus historias con la intención de publicarlas. Para ser honesta..., y creo que ya es hora de serlo, las historias son malas. Las compramos porque el banco... los bancos más bien, nos pidieron que lo hiciéramos así. Temen que si las historias llegan a publicarse, la gente empezaría a utilizar sus métodos.

—Malas, dice usted —dijo él, frunciendo el ceño—. Me siento muy desilusionado al escuchar eso. Pensé que la que escribí sobre el método dos no era tan mala.

Ella puso la mano sobre su brazo, en un gesto de simpatía y le miró, viendo que estaba sonriendo.

—Claro que son malas —dijo él—. Las escribí así deliberadamente. Le apuesto a que es algo casi tan duro como escribir bien. Así que los bancos han pensado que los métodos darían resultado, ¿eh? No me sorprende. He pensado mucho en esos métodos.

—Aún están más interesados en conocer el tercero —dijo ella—. Quieren entrevistarse con usted esta tarde y discutir la adquisición de su próxima historia. En realidad, quieren pagarle para que no la escriba, o para que escriba cualquier otra cosa —añadió.

—No será una gran pérdida para el mundo literario. ¿Con quién nos entrevistaremos? ¿Con la Asociación Bancaria Municipal? ¿Con un viejo tipo que tiene el aspecto de un cocodrilo?

Miss Edwina Martin tuvo la sensación de que allí se había desarrollado un complot; había leído miles de historias de detectives para no darse cuenta. Retrocedió y miró al hombre.

—Usted conocía todo esto —le acusó.

—No todo —dijo él, sacudiendo la cabeza—. Pero lo planeé así de algún modo. Y me pareció que todo estaba saliendo tal y como lo planeé cuando ellos acudieron a una agencia de detectives para investigarme.

—No consiguieron nada haciéndolo —dijo ella airadamente—. Y quiero que sepa que nosotros no tuvimos nada que ver con eso. Ni siquiera lo supimos hasta más tarde. Y no voy a acudir con usted a esa entrevista. Me lavo las manos de todo este asunto. Que sean ellos mismos los que le compren su próxima historia.

—Deseo que venga —dijo él—. Puede divertirse mucho.

Ella se mostró de acuerdo, con la condición de que él pidiera más dinero del que su editor le habría pagado.

—También había planeado pedir un poco más —le dijo—. Sobre todo al ver que están tan interesados en conocer el tercer método.

Mientras almorzaban, le contó algo sobre su carrera como empleado de banco y bastante más sobre su vida en una pequeña ciudad de Connecticut. Ella se enteró así de que este hombre sencillo, de palabras simples, era un matemático aficionado de considerable reputación. Era una autoridad en cuestiones de cibernética y un respetado astrónomo.

Mientras tomaban el café explicó algo sobre su filosofía personal.

—No me enfadé cuando el banco me despidió —dijo—. El nepotismo siempre se infiltra entre nosotros. Supongo que podría haber llegado a ser un magnate en el banco de una gran ciudad. Pero estaba contento de vivir adecuadamente, lo que me permitía hacer las cosas que realmente me gustaban. Soy básicamente un perezoso. Mi esposa murió unos años después de nuestra boda, y no apareció nadie que me estimulara más de lo que yo mismo deseaba.

«Por otra parte, hay algo especial en un pequeño banco de una pequeña ciudad. Sabe uno los problemas de todo el mundo, tanto económicos como de otro tipo, y de vez en cuando puede romper las reglas para ayudar a uno o a otro. A su manera, el banquero es un personaje casi tan importante como el médico del pueblo —se detuvo un momento y continuó después—: Pero ahora ya no es así. Ahora todo está reglamentado, computarizado y deshumanizado. No tiene uno un banquero en el viejo sentido de la palabra. Se tiene más bien un ejecutivo de finanzas que es cada vez más una parte de una gran empresa, y que tiene que responder ante un consejo de directores. Se ve obligado a trabajar de acuerdo con una serie de estrictas reglas que no le permiten atender ningún tipo de factores humanos.

Miss Martin, fascinada, hizo una seña, pidiendo más café.

—Como hacer una hoja de depósito, por ejemplo —siguió diciendo él—. Se solía acudir al banco, se rellenaba la hoja indicando el nombre y dirección y la cantidad que se deseaba depositar. Eso hacía que un hombre se sintiera bien, y también era algo bueno para él. «Mi nombre es John Doe y he ganado este dinero, y vivo en tal sitio y quiero que ahorre esta cantidad de dinero para mí.» Y uno le lleva el dinero al cajero y se pasa un rato hablando con el cliente.

Nate se puso azúcar en el café y siguió hablando:

—No tardará mucho tiempo en desaparecer la figura del cajero. Ya ahora no puede uno rellenar una hoja de depósito en la mayor parte de los bancos. Le envían a uno una tarjeta computarizada, con su nombre y número. Todo lo que uno tiene que hacer es indicar la fecha y la cantidad. El dinero que se ahorran en pagar a los empleados se lo gastan en imbéciles anuncios por televisión. Fue precisamente uno de esos anuncios televisados lo que me inspiró para escribir estas historias.

—Nate, usted nos utilizó —dijo miss Martin, sonriendo por un momento—. Pero aun cuando les venda la historia sobre el tercer método, eso no hará daño más que a sus sentimientos. El dinero no saldrá de sus bolsillos y ni siquiera unos cuantos miles de dólares significarán mucho para ellos.

—Lo importante —dijo él con suavidad—, es obligarles a que se den cuenta de que cualquier sistema mecánico inventado por el hombre, puede ser vencido por el hombre. Si consigo que se den cuenta de que el elemento humano no puede ser despreciado, me sentiré satisfecho. Y ahora, creo que deberíamos acudir ya a esa reunión.

Miss Martin, que se había sentido preocupada por Nathan Waite, sintió de repente una gran confianza. Nate era capaz de vencer en un encuentro con una docena de viejos capitalistas.

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 Les esperaba un comité formado por doce miembros de la Asociación Bancaria Municipal, dirigido por el anciano, y flanqueado por una docena de abogados. Nathan Waite hizo una inclinación de cabeza cuando entró en la sala donde estaba reunido el comité. El anciano preguntó:

—¿Es usted Waite?

—Míster Waite —dijo Nate con tranquilidad. Un joven abogado, vestido con un impecable traje gris, habló:

—Se trata de esas historias que usted escribió y por las que nosotros hemos pagado. ¿Se da cuenta de que sus llamados métodos son ilegales?

—Mire, hijo mío, ayudé a redactar las leyes bancarias de mi estado, y de vez en cuando realizo algún que otro trabajo para el Consejo de la Reserva Federal. Me sentiría muy contento de poder discutir sobre leyes bancarias con usted.

Un abogado más maduro dijo con agudeza:

—Cállate, Andy —después, volviéndose a Nate, añadió—: Míster Waite, no sabemos si sus dos primeros métodos son criminales o no. Sabemos, sin embargo, que llevar adelante un caso de este tipo nos costaría una gran cantidad de dinero y muchos problemas y, mientras tanto, si el método uno o el dos cayera en manos del público, podría causar un daño y unas pérdidas incalculables. Quisiéramos tener ciertas seguridades de que eso no ocurrirá.

—Han adquirido ustedes las historias en las que se describen los dos primeros métodos. Generalmente, soy considerado como un hombre honorable. Tal y como miss Martin puede afirmar, no volveré a utilizar esas mismas historias.

El del traje gris dijo cínicamente:

—Puede que no lo haga esta semana. Pero ¿y a la semana que viene? Cree usted habernos puesto entre la espada y la pared...

—Dije que te callaras, Andy —espetó furiosamente el abogado de mayor edad; después, volviéndose hacia Nate, siguió—: Yo soy Peter Hart. Le ruego disculpe a mi colega. Acepto el hecho de que es usted un hombre honorable, míster Waite.

El anciano banquero les interrumpió:

—No le preocupe eso. ¿Qué ocurre con el tercer método..., la tercera forma de robar un banco? ¿Es tan sutil como las dos primeras?

—Tal y como le dije a miss Martin —dijo Nate suavemente—, la palabra «robo» es inapropiada para este caso. Los métodos uno y dos no son éticos, quizá sean ilegales, porque son métodos para conseguir dinero de un banco. Pero el método tres es legal fuera de toda sombra de duda. Tienen mi palabra de que es así.

Doce banqueros y doce abogados comenzaron a hablar simultáneamente. El anciano calmó el furor levantando una mano.

—¿Quiere usted decir que dará tan buen resultado como los dos primeros métodos?

—Estoy absolutamente seguro de ello.

—Entonces, se lo compraremos. El mismo precio que por las dos historias primeras, y ni siquiera tendrá que escribirla. Díganos simplemente cuál es el tercer método. Y le daremos quinientos dólares si nos promete que nunca escribirá otra historia.

El anciano se dejó caer hacia atrás, abrumado por su propia generosidad. Peter Hart parecía estar disgustado.

Nathan Waite sacudió su cabeza.

—Tengo aquí un documento —dijo—. Ha sido redactado por el mejor abogado de mi estado, especializado en contratos. Es un buen amigo mío. Me gustaría que míster Hart le diera un vistazo. En él se dice que su Asociación me pagará 25.000 dólares al año durante el resto de mi vida y que, posteriormente, los pagos seguirán efectuándose a perpetuidad a varias organizaciones de caridad que serán citadas en mi testamento.

Bedlam desató su furia. Miss Martin se sintió entusiasmada y captó una sonrisa de admiración en el rostro de Peter Hart.

Nate esperó pacientemente a que se hubiera disipado la conmoción causada por sus palabras. Cuando pudo ser escuchado, dijo:

—Resulta una cantidad demasiado elevada para ser pagada por una simple historia. Así pues, y tal como específica el contrato, trabajaré como asesor de la Asociación Bancaria Municipal... en un cargo que pueden llamar consejero en relaciones humanas. Es un título que suena muy bien. Evidentemente, al ser consejero estaré demasiado ocupado como para escribir más historias de este tipo. Eso también está especificado en el contrato.

El abogado del traje gris se levantó, solicitando la atención de todos.

—¿Qué pasa con el método tres? ¿Se explica en el contrato? ¡Tenemos que conocer el tercer método!

—Se lo contaré —asintió Nate—, en cuanto hayan firmado ese contrato.

Peter Hart levantó la mano, solicitando silencio.

—Si quiere usted esperar en la antesala, míster Waite, nos gustaría discutir entre nosotros las condiciones del contrato.

Nate abandonó la sala, acompañado por miss Martin.

—Estuvo usted tremendo —dijo ella—. ¿Cree que estarán de acuerdo?

—Estoy seguro de que lo aprobarán. Pueden discutir sobre la cláusula séptima... porque me da derecho a aprobar o rechazar todos los anuncios comerciales bancarios que se emitan por televisión. Pero están tan asustados con respecto al tercer método —dijo, brillándole los ojos—, que hasta se mostrarán dispuestos a aceptar eso.

Cinco minutos más tarde, Peter Hart les llamó para que se presentaran ante un sumiso grupo de miembros del comité.

—Hemos decidido que la Asociación necesita con urgencia un consejero en relaciones humanas —dijo—. Míster Graves —añadió, indicando hacia el derrotado anciano— y yo mismo hemos firmado en nombre de la Asociación Bancaria Municipal. A propósito, el contrato está maravillosamente redactado... no existe la menor posibilidad de hallar un hueco legal en él. Sólo tiene que firmarlo usted mismo.

El del traje gris volvió a levantarse.

—Espere un minuto —dijo—. Todavía no nos ha dicho cuál es el tercer método.

Nate extendió su mano para coger el contrato.

—¡Oh, sí! —exclamó, casi murmurando, y después de haberlo firmado, añadió—: Tres formas de robar un banco. Método 3. Bien, se trata de algo bastante simple: éste es el tercer método.

Los tres centavos marcados - Mary Elizabeth Counselman

Todos estuvieron de acuerdo, después que pasó, en que todo el asunto era la idea de una mente retorcida, un ajedrez jugado por un loco, en el que las piezas, en vez de trozos de marfil o de ébano tallados, eran seres humanos.

Lo extraño es que nadie dudara de la autenticidad del "concurso". El público no parece haberlo considerado en ningún momento como la jugarreta de un activo bromista, ni siquiera como una maniobra publicitaria. Jeff Haverty, director del News, propuso la teoría de que el asunto pretendía ser un inteligente, aunque bastante bien planeado experimento psicológico, el cual terminaría con la revela­ción de la identidad de su inventor y una gran carcajada de todo el mundo.

Tal vez lo que dio al hecho tan amplia trascendencia fue el impactante modo de anunciar. Branton, la ciudad sureña de unos 30.000 habitantes donde aconteció el suceso, des­pertó una mañana de abril con todos sus árboles, postes de teléfono, costados de las casas y frentes de las tiendas cubiertos con un extraño cartel. Había veintenas de ellos escritos en papel copia amarillo en una máquina de escribir común. El cartel decía:

"En el curso de este día, 15 de abril, tres monedas de un centavo se deslizarán en los bolsillos de esta ciudad. En cada centavo habrá una marca bien definida. Una es un cuadrado; una es un círculo; y una es una cruz. Estos centavos cambiarán de mano muchas veces, como todas las monedas, y el séptimo día después de este anuncio (el 21 de abril) el poseedor de cada centavo marcado recibirá un regalo.

"El primero: 100.000 dólares en efectivo.

"El segundo: un viaje alrededor del mundo.

"El tercero: la muerte.

"La respuesta a este acertijo se encuentra en las marcas de las tres monedas: círculo, cuadrado y cruz. ¿Cuál de éstas simboliza riqueza? ¿Cuál, el viaje? ¿Cuál, la muerte? La respuesta no es tan obvia.

"Al que encuentre y obtenga el primer centavo, se le enviarán 100.000 dólares sin demora. Al que tenga el segundo centavo, se le dará un pasaje de primera clase en el primer buque de vapor que salga a dar la vuelta al mundo. Pero al poseedor de la tercera moneda marcada se le dará ... muerte. Si teméis que vuestro centavo sea el tercero, deshaceos de él... ¡pero puede que sea el primero o el segundo!

"Mostrad vuestro centavo marcado al director del New el 21 de abril, dando su nombre y dirección. El no sabrá nada sobre este concurso hasta que no lea uno de estos carteles. Se le solicita que publique los nombres de los tres poseedo­res de las monedas el 21 de abril, con la marca de la moneda que cada uno tenga.

"Será inútil marcar una moneda uno mismo, ya que las fechas de las verdaderas monedas serán enviadas al editor Haverty".

Al mediodía todo el mundo había leído la noticia, y la ciudad hervía de agitación. Los cajeros empezaron a revisar el contenido de los cajones de las cajas registradoras. Las manos revolvieron los bolsillos y los monederos. Las tiendas y los bancos se llenaron de clientes que querían cambiar monedas de plata por centavos.

Jeff Haverty fue el blanco de una andanada de pregun­tas, y su edición vespertina apareció con un largo editorial que informaba todo lo que él sabía sobre el misterio, o sea exactamente nada. Esa mañana había llegado una nota con el resto de su correspondencia, una nota sin firma, y escrita a máquina en el mismo papel amarillo, dentro de un simple sobre cuyas estampillas llevaban el sello de esa ciudad. Decía simplemente: "Círculo, 1920. Cuadrado, 1909. Cruz, 1928. Sírvase no revelar estas fechas hasta después del 21 de abril".

Haverty obró de acuerdo con la solicitud, y trató de sacar todo el provecho posible a la historia.

El primer centavo fue encontrado en la calle por un niño pequeño, quien lo llevó de inmediato a su padre. Su padre, a su vez, se deshizo de él rápidamente dándoselo a su peluquero, quien lo pasó en el vuelto a un cliente antes de advertir la profunda cruz grabada en la superficie de la moneda.

El cliente la llevó a su mujer, quien inmediatamente pagó-con ella al almacenero. —¡Es demasiado riesgo, querido! — dijo ella, silenciando las protestas de su cónyuge—. No me gusta la idea de esa amenaza de muerte en el aviso ... y éste debe ser seguramente el tercer centavo. ¿Qué otra cosa podría significar esa pequeña cruz? Cruces sobre tumbas, ¿no ves el significado?

Y al difundirse esta explicación, el centavo marcado con la cruz empezó a cambiar de dueño con creciente rapidez.

Los otros dos centavos aparecieron inesperadamente antes del anochecer, uno marcado con un pequeño cuadra­do perfecto, el otro con un claro círculo.

El centavo marcado con el cuadrado fue descubierto en una máquina automática por el propietario del café La Abe­ja Laboriosa. No había forma de que pudiera haber llegado allí, informó desconcertado, y un poco asustado. Solo cuatro personas, todas ellas viejos clientes, habían estado en el café ese día. Y ninguno de ellos había estado cerca de la máquina automática, ubicada como estaba en el fondo del local, y llena de chicles viejos que, con solo verlos, no merecían un centavo de nadie. Además, el propietario había examinado la máquina por si hubiera alguna moneda la noche anterior y la había dejado vacía cuando la cerró; sin embargo, el centavo marcado con el cuadrado estaba alojado dentro de la máquina automática a la hora de cierre del 15 de abril.

Había mirado fijamente la moneda durante un largo rato antes de darla en el vuelto a una solterona de edad avanzada.

-No vale la pena -murmuró para sí-. Poseo un restau­rante que me da para vivir, y no tengo apuro por hacerme matar, en vista de la remota posibilidad de obtener esos cien mil, o en su lugar ese viaje. ¡No, señor!

La solterona echó una ojeada al centavo marcado, pro­firió un corto chillido ratonil, y lo arrojó al arroyo de la calle como si hubiese sido una tarántula.

— ¡Por Dios! —tembló—. ¡No quiero tener eso en mi cartera!

Pero esa noche soñó con puertos extranjeros, con coolies que chapurreaban una incomprensible lengua, con aletas de barracuda que cortaban la superficie de profundas aguas azules, y con ruinas de antiguas ciudades.

Un trabajador negro levantó el centavo y confió en él durante todo el día, soñando con Harlem, antes de sucum­bir finalmente al temor que lo corroía. Y el centavo marca­do con el cuadrado cambió de dueño una vez más.

El centavo marcado con el círculo fue advertido por primera vez en una pila de monedas por un pagador del Crédito Agrario.

—Recibimos monedas marcadas de vez en cuando -di­jo—. No reparé en ésta en forma especial; puede que haya estado aquí desde hace días.

La introdujo contento en su bolsillo; pero a la mañana siguiente descubrió, con profundo desaliento, que se la había dado a alguien sin darse cuenta.

—¡Yo quería conservarla! —suspiró—. ¡Para bien o para mal!

Miró ceñudamente las pilas de monedas de algún otro que estaban frente a él, y se preguntó furtivamente cuántos pagadores escaparon realmente alguna vez con efectos robados.

Un vendedor de fruta había recibido el centavo. Clavó la mirada en él con duda. —Tal vez me traigas ese dinero, ¿eh?— Lo mostró a su gorda y pringosa esposa, quien hizo el signo de los cuernos contra el "mal de ojo".

—¡Arrójalo! —ordenó ella con voz chillona—. ¡Trae mala suerte!

Su esposo se encogió de hombros y tiró la moneda marcada con el círculo a la calle. Un niño harapiento se abalan­zó sobre ella y salió corriendo a comprar un pan de regaliz. Y el centavo marcado con el círculo cambió de dueño una vez más, agarrado por dedos codiciosos, mirado fijamente por ojos hartos de escándalos familiares, cedido una vez más por la fuerza del miedo.

Los que entraban en la breve posesión de alguna de las tres monedas eran irritados por el freno y el estímulo dados por consejos antagónicos.

—¡Guárdalo!— recomendaban algunos—. ¡Piensa! ¡Puede significar un viaje alrededor del mundo! ¡París! ¡China! ¡Londres! Oh, ¿por qué no lo habré conseguido yo?

—¡Deshazte de ella! —advertían otros—. Tal vez sea el tercer centavo; no se puede adivinar. ¡Quizá los símbolos no significan lo que parecen, y el del cuadrado es el centavo de la muerte! ¡Yo, en tu lugar, lo tiraría!

—¡No! ¡No! —gritaban otros aún—. ¡Quédate con él! ¡Puede darte 100.000 dólares! ¡Cien mil dólares! ¡En esta época! ¡Pero, amigo, si serías lo mismo que un millonario!

El significado de los tres símbolos estaba en boca de todos, y ninguno coincidía con su vecino en la solución del acertijo.

—Es tan simple como engañar a una criatura ... —decla­raba un hombre—. El círculo representa el globo. El centavo del viaje, ¿lo ves?

—No, no. La cruz tiene ese significado. "Cruzar" los mares, ¿comprendes? Una especie de juego de palabras. El círculo significa dinero, la forma de una moneda, ¿entiendes?

—¿Y el cuadrado?

—Una tumba. La fosa cuadrada para un ataúd, ¿lo ves? La muerte. Es muy simple. ¡Ojalá pudiera apoderarme del centavo con el círculo!

—¡Estás loco! El de la cruz es el de la muerte; todos lo dicen. Y, créeme, ¡todos se están deshaciendo de él apenas lo reciben! Puede ser algún tipo de broma ... sin ningún peligro ... ¡pero yo no quisiera ser el poseedor de ese cen­tavo marcado con la cruz cuando, el 21 de abril, la lista esté por todos lados!

—Yo lo guardaría y esperaría, hasta que los otros dos hubieran recibido lo propio. Entonces, ¡si el mío resultara ser el malo, lo tiraría! —decía engreídamente un hombre.

—Pero él no pagará completamente hasta que no se le haya dado cuenta de los tres centavos, no lo creo —le res­pondía otro—. Y quizá la promesa no se mantenga después del 21 de abril: ¡y tú estarías perdiendo cien mil dólares o un viaje por el mundo sólo porque te asusta enterarte de ello!

—Es un gran riesgo, amigo —murmuraba el otro—.Pero, francamente, no me gustaría probar suerte. ¡El podría darme su tercer regalo!

"El" era la forma en que todos designaban al descono­cido inventor del concurso; aunque, por supuesto, no había ningún indicio ni de su sexo ni de su identidad.

—Debe ser rico —decían algunos— para ofrecer premios tan caros.

—¡Y loco!- fulminaban otros, al amenazar con matar al tercero. ¡Nunca se saldrá con la suya!

—Pero inteligente —admitían otros empero— para idear todo este asunto. Sea quien fuere, conoce la naturaleza hu­mana. Me siento inclinado a coincidir con Haverty: es solo una especie de experimento psicológico. El trata de saber si el deseo de viajar o la codicia del dinero son más fuertes que el miedo a la muerte.

—¿Crees que tenga la intención de pagar todo?

—¡Eso está por verse!

Al sexto día, Branton había alcanzado un grado de excitación casi próximo a la histeria. Nadie podía trabajar sin preguntarse sobre el resultado de la fantástica prueba al día siguiente.

Se sabía que un repartidor de almacén tenía la moneda marcada con el cuadrado, porque había estado jactándose de su indiferencia respecto de si el cuadrado representaba o no una sepultura abierta. Exhibía el centavo sin reserva, haciendo bromas sobre lo que tenía intención de hacer con sus cien mil dólares; pero en la mañana del último día per­dió el valor. Al ver a una mendiga ciega acurrucada en su esquina predilecta entre dos comercios, pasó cerca de ella y dejó caer subrepticiamente la moneda de un centavo en su caja de lápices.

—¡Yo lo tenía! —se lamentó a un amigo después de llegar al almacén—. Lo tenía aquí mismo en mi bolsillo ano­che, ¡y ahora no está! Mira, tengo un agujero en el maldito bolsillo; ¡el centavo debe haberse caído!

También se sabía quién tenía el centavo marcado con el círculo. Un joven dependiente de una fuente de soda, que tenía la clase de sonrisa fácil que gustan ver los clientes del otro lado del mostrador de mármol, había descubierto la moneda y la había sacado del cajón de la caja, alegrándose de su buena fortuna.

—Bud Skinner tiene el centavo con el círculo —se decían unos a otros, entre ansiosos y alegres—. Espero que el mu­chacho gane el viaje por el mundo: ¡le agradaría tanto! Parece hallar tanto placer en vivir; ¡es un pecado que tenga que vivir siempre en este oscuro pueblo!

Finalmente se encontró al que tenía el centavo marcado con la cruz. —¡Garitón ... pobre diablo! -murmuraba la gente en voz baja-. La muerte sería una suerte para él. Me asombra que no se haya pegado un tiro ante esto. Creo que simplemente le falta valor para hacerlo.

El dueño del centavo marcado con la cruz sonreía amargamente: - ¡Espero que este pequeño símbolo maldito signifique lo que todos creen que significa! -confiaba a un amigo.

Por fin llegó el día tan ansiosamente esperado. Una multitud se agolpó en la calle frente a las oficinas del diario para ver cuando los poseedores de las tres monedas marcadas mostraran a Haverty sus centavos y le dieran sus nom­bres para que los publicara. Para provecho de los curiosos, el director fue al encuentro del trío en la vereda del edifi­cio, a fin de que todos pudieran verlos.

La edición vespertina difundió las fotografías de las tres personas, con el nombre, la dirección, y la marca del centavo de cada uno debajo de cada fotografía. Branton leyó ... y contuvo la respiración.

En la mañana del 22 de abril, la vieja mendiga ciega se sentó en el lugar de costumbre, meditando sobre la agita­ción del día anterior, cuando varias personas la habían llevado —lo sabía por el olor a pescado del mercado situado al otro lado de la calle— a las oficinas del diario: Allí alguien había preguntado su nombre y muchas otras cosas enigmá­ticas que la habían aturdido hasta el punto que casi rompió a llorar.

— ¡Déjenme sola! —había murmurado—. Solo pido comi­da suficiente para no morir de hambre, y un lugar para dormir. ¿Por qué me llevan a empujones de ese modo y me gritan? ¡Déjenme volver a mi esquina! No me gusta toda esta confusión y rareza que no puedo ver; ¡me da miedo!

Entonces le habían dicho algo acerca de un centavo marcado que habían encontrado en el plato que tenía para la limosna, y otras cosas sobre una gran cantidad de dinero y algún peligro inminente que la amenazaba. Estaba contenta cuando la llevaron de vuelta a su sitio entre dos comercios.

Ahora, cuando estaba sentada en su lugar acostumbrado, dormitando cómodamente y susurrando un poco bajo su respiración, un papel cayó revoloteando en su falda. Palpó el rígido rectángulo, se dio cuenta de que era un sobre, y llamó a su lado a un transeúnte. *

-¿Puede abrirme esto, por favor? —le pidió-. ¿Es una carta? Léamela.

El hombre desgarró el sobre y frunció el ceño: —Es una nota -le dijo-. Escrita a máquina, y sin firma. Solo dice: ¿qué demonios? Solo dice: "Los cuatro rincones del mun­do son exactamente los mismos". Y ... ¡eh! ¡Mire esto! ... Oh, lo siento; olvidé que usted es ... ¡Es un pasaje en un buque de vapor para un viaje alrededor del mundo! Dígame, ¿no tenía usted uno de los centavos marcados?

La ciega hizo, soñolienta, una seña afirmativa con la cabeza. —Sí, el del cuadrado, decían —suspiró débilmente-. Esperaba poder ganar el dinero o ... lo otro, para no tener que mendigar nunca más.

-Bueno, aquí está su pasaje.

El hombre se lo extendió con vacilación: —¿No lo quie­re? -le preguntó al ver que ella no hacía ademán de tomarlo.

—No —dijo ásperamente la ciega-. ¿De qué me serviría?

Tomó el pasaje con súbita rabia, y lo hizo pedazos.

Casi a la misma hora, Kenneth Carlton recibía del carte­ro un abultado sobre de papel manila. Frunció el ceño al mirar de soslayo el sello local sobre las estampillas. Su amigo Evans se encontraba junto a él, aún más pálido que Carlton.

-¡Ábrelo!  ¡Ábrelo! —le pidió con ahínco-. Léelo ... ¡No, no lo abras, Ken, tengo miedo! Después de todo ... es una terrible manera de morirse. Sin saber de dónde va a venir el golpe, y ...

Carlton soltó una macabra risita, al desgarrar el pesado sobre. —Es la mejor ocasión que he tenido en años, Jim. ¡Estoy contento! Contento, Jim, ¿me oyes? Será rápido, espero ... e indoloro. Me pregunto qué es esto. ¿Un trata­do sobre cómo volarse la tapa de los sesos? —hizo caer el contenido de la carta sobre la mesa y luego, después de un instante, comenzó a reír .... tristemente ... horriblemente.

Su amigo clavó la vista en el pequeño montón de frágiles billetes, todos de una denominación mayor que todos los que él había visto en su vida. —¡El dinero! ¡Ganaste los cien mil, Ken! No puedo creer ..., —se interrumpió abrup­tamente para arrebatar un trozo de papel amarillo de entre los billetes: —"La riqueza es la cruz más grande que un hombre puede llevar" —leyó en voz alta las palabras escritas a máquina—. No tiene sentido ... ¿la riqueza? Enton­ces ... ¿la marca de la cruz significaba riqueza? No entiendo.

Estalló la risa de Carlton: —Tiene sagacidad, ese tipo ... ¡quienquiera que sea! Hay una sutil ironía en eso, Jim ... por ser la riqueza una carga en vez de la bendición que la mayor parte de la gente cree. Supongo que en eso tiene razón. Pero me pregunto, ¿sabrá qué papel realmente iróni­co juega este acto de su pequeña obra? Cien mil dólares para un hombre con ... cáncer. Bien, Jim, tengo un mes o menos para gastarlo en ... ¡un condenado mes más para sufrir antes de que todo haya terminado!

Su terrible risa estalló nuevamente, hasta que su amigo tuvo que taparse los oídos con las manos, para no oírlo.

Pero la parte más extraña de todo el asunto fue la muerte de Bud Skinner. Un momento antes de la hora de mayor afluencia, a mediodía, había encontrado un pequeño paquete, dirigido a él, en un mostrador del fondo del local. Desgarró ansiosamente el papel de envolver marrón, con una docena de amigos, poco más o menos, apiñados a su alrededor.

Lo que encontró fue una caja de plata curiosamente labrada. Oprimió el botón con dedos temblorosos y levantó la tapa hacia atrás. Un instante después su rostro adoptó una extraña expresión ... y se deslizó sin hacer ruido hasta el piso embaldosado del local.

La subsiguiente investigación policial no reveló absolutamente nada, excepto que el joven Skinner había sido enve­nenado con crotalina —veneno de serpiente— administrada por medio del pinchazo de un alfiler en el dedo pulgar cuando oprimió la trampa del botón de la cajita de plata. Esto, y la nota dactilografiada que había en la caja, por lo demás vacía: "La vida termina donde empezó ... en ninguna parte", fue todo lo que encontraron como explica­ción de la muerte del dependiente. Tampoco se reveló nunca más algo acerca del misterioso concurso de los tres centavos marcados, que probablemente estén todavía en circulación en algún lugar de los Estados Unidos.