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Allanadores - David Morrell

Sonó un trueno sin que vieran el relámpago. Amanda y Vinnie miraban a Balenger, y le escuchaban horrorizados.

—¿Así que ahora también eres un psicólogo populachero además de un soldado fracasado y un policía mediocre? —preguntó la voz.

—Detective.

Era detective. Supongo que todo lo que investigaste acerca de mí no te llevó a saber qué delitos investigué. También puede que lo ignoraras deliberadamente porque no quisieras pensar en tu problema. Delitos sexuales, Ronnie. Investigaba delitos sexuales. Puedo leerte la mente, colega, y es como una cloaca.

Ronnie. Ese nombre tampoco se le iba de la cabeza a Balenger.

—1968 —dijo Balenger al walkie-talkie—. Hay una foto tuya con Carlisle. Tiene la fecha por detrás: 31 de julio de 1968. Un mes después, Iris McKenzie desapareció. Al final de ese año, Carlisle cerró el hotel, despidió a todo el personal y vivió aquí solo. O puede que no estuviera solo. Ronnie. Ronnie. ¿Por qué me suena ese…?

Balenger pasó las páginas del informe policial, página a página; recordaba algo y lo estaba buscando. Ronnie. Entonces encontró la página y el nombre lo miraba a él. Hizo que se estremeciera.

—Ronald Whitaker.

—¡¿Qué?! —preguntó la voz.

—Ronnie. Ronald. Cuatro de julio de 1968. Ronald Whitaker.

—Cállate —dijo la voz.

Sonó otro trueno.

—Eres Ronald Whitaker.

—Cállate. Cállate.

Entre el ruido de la lluvia, Balenger pudo distinguir el sonido de unos golpes que venía de más abajo. No venía de la trampilla. Venía de más abajo. Balenger abrió el cerrojo de la trampilla y levantó la puerta mientras apuntaba con la pistola. Las gafas le permitieron ver las escaleras teñidas de verde.

—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Ronnie.

Mientras continuaban los violentos golpes, Balenger bajó la escalera y miró a través de la agujereada pared hacia la sala de estar devastada de Danata.

Los golpes venían de la puerta cerrada con barricadas y eran lo suficientemente fuertes como para empujar los muebles que estaban apilados contra ella.

—Tu madre murió —dijo Balenger al walkie-talkie—. Tu padre abusaba de ti.

—¡Te haré tanto daño que me suplicarás que te mate! —gritó Ronnie desde el otro lado de la puerta.

Balenger entró en la sala de estar de Danata y apuntó a la puerta. Habló en voz más baja para que Ronnie creyera que todavía estaba en el ático. Siguió hablando al walkie-talkie.

—Entonces tu padre pensó que ganaría unos dólares a tu costa, y te trajo aquí, al Hotel Paragon, para las fiestas del cuatro de julio, y te alquiló a otro pervertido.

—¡No te escucharé!

—El tío intentó sobornarte con una pelota de béisbol, un guante y un bate. No puedo imaginar lo atroz que debió de ser. Después, tu padre volvió a la habitación con el dinero. Estaba borracho. Se quedó dormido. Lo golpeaste veintidós veces con el bate. Ronnie, si yo hubiera estado en tu lugar, lo habría golpeado cincuenta veces. Cien. No puedo expresar lo mucho que lamento lo que le pasó a ese niño. Me enfurece enormemente pensar en lo que le hicieron. Se me parte el corazón al pensar en la infancia que él no pudo disfrutar.

La lluvia azotaba el edificio. Un trueno hizo que se tambalearan las paredes.

—Sin embargo, odio todo en lo que se convirtió ese niño después, Ronnie.

—¡Me llamo Walter Harrigan!

Balenger disparó hacia la voz. Una vez. Dos. Sus balas atravesaron la madera del centro de la puerta.

Cambió de posición inmediatamente, solo un instante antes de que parte de la pared rugiera y se partiera a causa de dos disparos y los perdigones se dispersaran hacia el ruido de su pistola.

Uno de los perdigones alcanzó a Balenger en el brazo. Balenger hizo caso omiso del dolor y disparó a derecha e izquierda de los agujeros que había en la pared. Cambió de dirección y se dirigió hacia la escalera mientras el rugido de dos disparos más hacía otros dos agujeros en la pared.

A lo lejos, a través de los agujeros de la pared, Balenger pudo oír que Ronnie recargaba su escopeta en la oscuridad.

«¡Maldita sea! ¡He dejado que me engañara! ¡Ha hecho que gaste munición! ¡Solo me quedan cinco disparos más!».

Sonó más ruido en su walkie-talkie.

«¡Ronnie está apuntando hacia el sonido!», se percató Balenger. Mientras sonaba la estática en el walkie-talkie de nuevo, subió por las escaleras. Dos nuevos disparos lanzaron perdigones contra los peldaños de la escalera que él ya había subido.

—No veo la luz de tu casco por los agujeros —dijo la voz desde el walkie-talkie de Balenger—. Ahora lo entiendo. Mientras tus amigos me entretenían, tú bajaste las escaleras y llegaste hasta los cuerpos. Cogiste sus gafas de visión nocturna.

Balenger se preparó para lo peor cuando se encontró delante de la trampilla. Ronnie no podía dispararle allí.

—Encontré los explosivos que metiste debajo de los cuerpos —le dijo Balenger al walkie-talkie.

—Bueno, hay uno que no encontraste —dijo la voz.

Un enorme ruido sordo sacudió el edificio. Por un momento, Balenger pensó que se trataba de otro trueno. Pero, cuando se tambalearon las paredes, se hizo evidente que el edificio retumbaba desde el interior. Balenger tuvo que sujetarse al borde de la puerta de la trampilla para mantenerse en pie. La onda expansiva le golpeó los oídos.

Amanda gritó desde más arriba.

—¡Aquí! ¡En la sala de vigilancia!

Balenger subió a toda velocidad por la trampilla. Corrió hacia la sala de vigilancia y abrió la trampilla de esa habitación. El humo le hizo toser. Cuando se despejó, las gafas de visión nocturna le permitieron ver que Ronnie había volado la escalera tres pisos más abajo. Los restos de metal se retorcían y balanceaban. Mucho más abajo había llamas.

Balenger cogió el walkie-talkie.

—Si te refieres a la caja de metal que le pusiste a Amanda, ya la encontramos. La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí ahora.

—De todas formas había pensado quemar este lugar mañana. Las monedas no tenían ningún valor para mí.

El brusco cambio de tema hizo que Balenger se preocupara.

—¿Las monedas?

—Una fortuna, pero no las pude utilizar para pagar los impuestos de este lugar —dijo la voz con amargura—. Fui a distintos anticuarios de numismática de diferentes ciudades. Nunca llevé más de dos monedas cada vez. Nunca llevaba las que no valían nada. Pero hay que vender muchas monedas de setecientos dólares para poder pagar cincuenta mil dólares de impuestos sobre bienes inmuebles. Un día, en Filadelfia, un anticuario al que no conocía le echó un vistazo a lo que le ofrecía y me dijo: «Así que usted es el tipo con los double eagle. Los otros anticuarios no paran de hablar de usted». Y esa fue la última moneda que me atreví a vender.

«¿Por qué estará hablando tanto?», se preguntó Balenger. «Está intentando entretenerme y hacer tiempo. ¿Qué se propone?».

De repente, Balenger se acordó de lo que le había dicho a Ronnie unos minutos antes: «La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí abajo». ¡Dios mío! Le he dicho dónde me encuentro.

Balenger se alejó corriendo de la trampilla y se dirigió hacia el dormitorio. Algo exploded detrás de él, pero esta vez no hubo metralla. Lo que la explosión provocó fue un fogonazo de calor que llenó la sala de vigilancia.

«El detonador que había al lado de la trampilla», pensó Balenger. Ronnie lo ha activado a distancia. El humo creció.

Amanda y Vinnie corrieron delante de él. Pero la dirección que tomó Vinnie dejó muy claro que no sabía qué había causado la explosión.

—¡Vinnie, aléjate de…!

En el dormitorio, Vinnie se detuvo y se dio la vuelta.

—¡La trampilla! —gritó Balenger—. ¡Aléjate de…!

Aturdido, Vinnie miró hacia abajo, donde se encontraba.

La trampilla.

El detonador.

La explosión fue pequeña, pero ensordecedora. Hizo que una ráfaga subiera por las piernas de Vinnie. Tenía los vaqueros en llamas. Gritó y cayó al suelo mientras intentaba apagar el fuego a manotazos.

Balenger cogió la colcha de la cama y se la puso en las piernas, en un intento desesperado por apagar las llamas. Vinnie seguía gritando.

Sucesivamente, y con gran rapidez, varios detonadores hicieron explosión por todo el ático. Balenger vio las explosiones y las llamas en la sala de vigilancia y en la de enfermería.

—¡Un extintor! —gritó Amanda—. ¡La cocina! —Corrió a través de la sala de vigilancia esquivando el fuego.

Balenger cogió un jarrón ornamental de un buró y corrió hacia el baño. Giró un grifo del lavabo, pero no salió agua. «¡La electricidad está desconectada! ¡La bomba no funciona!», recordó. Cogió agua de la taza del váter, corrió a la sala de enfermería y tiró el contenido del jarrón encima de las llamas. Un disparo hizo otro agujero en el suelo, pero para entonces Balenger ya estaba corriendo hacia el cuarto de baño de nuevo. Arrancó la tapa del váter y sacó más agua con el jarrón. Esta vez no llegó a entrar en la sala de enfermería, sino que se quedó en el umbral de la puerta y tiró el agua a las llamas desde allí. El fuego silbó y se redujo. Volvió al váter. Cogió toda el agua que pudo y regresó corriendo a la sala de enfermería. Esta vez las llamas se extinguieron cuando tiró el agua.

«No hay más agua. ¿Cómo voy a…?».

Oyó el sonido de un extintor al pulverizar. Era Amanda, que atacaba a las llamas en otra habitación. Pero ella no estaba en el comedor, donde también crecían las llamas. Agua. Hay que encontrar más agua. Miró hacia el ascensor abierto de la sala de ejercicio. Hizo caso omiso del peligro de que Ronnie disparara sobre él de nuevo y corrió hacia el ascensor, donde cogió las cinco botellas de orina que Ronnie le había devuelto para provocarle.

«Gran equivocación, hijo de puta», pensó Balenger mientras tiraba la orina sobre el fuego. El hedor del amoníaco le produjo arcadas. Echó más orina. El fuego crepitaba. Tiró el contenido de la tercera botella. El de la cuarta. El fuego se redujo al empaparse en la orina. La quinta botella logró apagarlo.

Otro disparo atravesó el suelo. Balenger sintió cómo se le clavaba una astilla en la cara mientras corría. Encontró a Amanda en la biblioteca, donde estaba apagando el fuego con el extintor con auténtica desesperación. Corrió hacia la sala de vigilancia, le echó una nube blanca a las llamas y las apagó también. Pero un instante después ya no había más nube: el extintor se había quedado vacío.

El suelo entró en erupción a causa de otro disparo, pero para entonces Balenger ya había llevado a Amanda al dormitorio. Se agacharon al lado de Vinnie contra la pared exterior. En teoría, ese era el sitio más seguro, encima del salón de Danata, cuya puerta seguía tapada por la barricada. El humo se movía a su alrededor. Los vaqueros carbonizados de Vinnie se le pegaban a las piernas. Tenía la piel ennegrecida y le supuraba líquido. Quemaduras de tercer grado. Balenger había visto muchas en Irak.

—Duele —dijo Vinnie.

Balenger sabía que a Vinnie le iba a doler mucho más cuando sus nervios se recuperaran del shock. Muy pronto estaría agonizando.

—¡Duele! —A pesar del tinte verde de las gafas de visión nocturna de Balenger, la cara de Vinnie tenía un color ceniciento.

—Lo sé —dijo Balenger—. ¿Puedes andar?

—Solo hay una manera de saberlo. —Con un gesto de dolor, Vinnie le hizo una seña a Balenger para que le ayudara a ponerse en pie.

Pero Vinnie tenía las piernas hinchadas. Sus rodillas se negaban a doblarse. El poner peso en ellas le hacía contener la respiración del dolor. Balenger temía que se desmayara.

—Vale. No es buena idea. —Balenger le ayudó a ponerse en el suelo de nuevo.

—Amanda. —A Balenger le sorprendió que todavía sostuviera en su mano el extintor vacío—. Ve a la sala de vigilancia sin hacer ruido y tira el extintor lo más lejos que puedas. A la biblioteca si puedes. Pero espera a que yo llegue a la puerta de la sala de enfermería.

—¿Qué vas a…?

—Ayudarle con el dolor.

Balenger se dirigió hacia la derecha, hacia la sala de enfermería. Las velas que allí había brillaban tenuemente y estaban rodeadas de humo. Asintió hacia Amanda, quien tiró el extintor en dirección contraria, hacia la biblioteca. En cuanto oyó el golpe contra el suelo, que distraería a Ronnie, Balenger entró en la sala de enfermería y metió la mano por el cristal roto de la puerta del armario de las medicinas. Cogió una jeringuilla y un vial de morfina y corrió a toda velocidad al dormitorio, justo antes de que más perdigones atravesaran el suelo.

Se arrodilló junto a Vinnie.

—Te voy a poner lo suficiente como para aminorar el dolor, pero no como para dejarte inconsciente.

Vinnie asintió y se mordió el labio.

—Date prisa y hazlo de una vez.

Balenger le descubrió la muñeca a Vinnie y le puso la inyección.

La cara de Vinnie seguía rígida por el dolor. Muy despacio, el dolor desapareció.

—Sí.


La cólera de García Leguineche - Mercedes Abad

García Leguineche, calificado repetidas veces en el pasado reciente por la crítica como «sin duda el escritor más brillante de su generación», está furioso. Más furioso de lo que recuerda haberlo estado jamás. Tan furioso que probablemente alguien que solo lo conociera por las fotos que aparecen en la prensa o por las de las solapas de sus libros, donde siempre procura lucir media sonrisa traviesa e irónica, no lo reconocería. Con el ceño fruncido, chispas en los ojos, los labios apretados en un rictus belicoso que le tuerce la boca y las aletas de la nariz dilatadas como las de un toro a punto de embestir, parece bastante menos atractivo que en las fotos.

La anciana que pasa junto a él mientras busca histéricamente en los bolsillos de su chaqueta de cuero no solo no ha reconocido «al valor más indiscutible e indiscutido del panorama de las letras actuales» (y por lo tanto no va a saludarlo con efusiva y perruna devoción y arrastrarlo hasta la librería más próxima para comprar un libro suyo y rogarle que se lo dedique), sino que incluso aprieta el paso, diciéndose para sus adentros que los jóvenes de hoy en día tienen cada vez peor catadura. Es obvio que la buena mujer no vio ayer a García Leguineche en el informativo de la tele que se emite en una franja horaria de máxima audiencia.

—Me cago en la leche —dice en voz bajita el escritor sin duda más brillante de su generación después de sacar su móvil, marcar un número y descubrir que su editora comunica.

Mientras espera a que su editora esté en condiciones de ponerse al teléfono, García Leguineche, conocido del uno al otro confín por su prosa vigorosa y vivaz, su estilo punzante, musculoso y mordaz, se encamina a grandes zancadas hacia una librería situada dos calles más allá.

A poco que se tomase la molestia de levantar la cabeza, la cajera de la librería, la séptima que García Leguineche visita esta mañana, reconocería al autor de Una patada en el culo, la obra sin duda más celebrada y mejor acogida de los últimos dos años. Pero está demasiado ocupada garabateando con febril concentración Dios sabe qué en un cuaderno de espiral para registrar algo de lo que la realidad produce incesantemente a su alrededor. Mientras la joven sigue inmersa en sus absorbentes asuntos, García Leguineche recorre la librería de cabo a rabo, buscando con cierto frenesí entre los expositores donde se hallan las últimas novedades.

—Me cago en la leche, me cago en la leche, me cago en la leche, me va a oír esa zorra —murmura entre dientes cada vez más cabreado el insigne ganador del Premio de la Crítica 2002, cuyo jurado alabó el estilo directo y sin concesiones de Una patada en el culo, así como la ambición de una novela descamada que «ofrece una lúcida mirada panorámica sobre la sociedad contemporánea».

—Venga, joder, ponte al teléfono de una puta vez —no se recata de soltar García Leguineche en voz más o menos baja mientras tamborilea con los dedos sobre una pila de libros cuyo ejemplar superior ha vuelto boca abajo para impedir que proclame su título y el nombre de su autor. En vista de que la editora sigue comunicando, la gran esperanza blanca de la literatura se dirige hacia la cajera, que sigue inmersa en lo que escribe.

—Perdona, ¿podrías decirme dónde puedo encontrar ejemplares de Pútridas patrias? —pregunta el escritor sin duda más brillante de su generación en un tono que alarmaría a cualquiera que no estuviera tan absorto como lo está la joven cajera escribiendo lo que tanto podría ser la lista de la compra como un brote creativo, un poema, un diario personal, una novela tal vez.

—¿Eeeh? —La expresión con que la muchacha acompaña el rebuzno es la de quien regresa de mala gana de los remotos confines de una lejana galaxia.

—Perdona que te moleste, pero supongo que te pagan para atender a pelmazos como yo —mientras García Leguineche habla, la cajera abre desmesuradamente los ojos, única señal de que sigue con vida—, así que lo mejor será que muevas tu celulítico culo lleno de granos y me enseñes dónde están los ejemplares de Pútridas patrias.

—¿Putriqué? —pregunta ella como si de verdad se hubiera propuesto pisotear el ego del laureado escritor que no conoce rival entre las apretadas filas de su generación.

Pútridas patrias. Pútridas patrias. ¿Necesitas que te lo repita un par de veces más para que tu velocísimo y eficaz cerebro procese la información?

—No. Pero el libro que usted dice aún no nos ha llegado. —De algún modo, la cajera se las ha ingeniado para que la andanada sarcástica de García Leguineche le resbale.

—¿Pútridas patrias no os ha llegado?

—No, ya se lo he dicho —la muchacha sigue hablando como si él fuera transparente.

—¿Estás segura?

—Más segura imposible.

A García Leguineche le parece que la cajera parodia adrede un anuncio televisivo de compresas por el mero placer de irritarlo y, por un momento, da la impresión de estar a punto de abalanzarse sobre ella para abofetearla, una posibilidad que a ella sigue sin afectarle en absoluto. Como mínimo, la estampa que ofrece al mundo es la de una displicencia sin fisuras.

El autor cuya primera novela fue saludada por los críticos con todo tipo de alharacas dos años atrás sale de la librería a paso ligero mientras hace una nueva tentativa por hablar con su editora, esta vez con éxito.

—¿Sí?

¿Por qué tiene García Leguineche la impresión de que también ella anda con la cabeza en las nubes?

—Lucy, soy García Leguineche. ¿Se puede saber por qué mi novela no está en las librerías?

—¿Cómo dices?

—Mi no-ve-la, Lucy, no es-tá en las li-bre-rí-as —García Leguineche espera a que esta compleja información se abra paso entre las células grises de su editora.

—¿Tu novela? ¿Tu novela no está en las librerías? —Se produce un silencio durante el que el escritor sin duda más ambicioso y brillante de su generación se dice que tal vez Lucy haya pasado una noche turbulenta—. ¿Por qué lo dices?

—Porque esta mañana ya me he metido en siete librerías y mi novela no estaba en ninguna, ni en las grandes superficies ni en las modestas librerías independientes. ¿Me oyes? Pútridas patrias no está en las putas librerías.

—¡Imposible! El… eee…, ¿cómo se llama?, el… No encuentro la palabra. ¡Dios mío! Eee… ¡Ya lo tengo! El distribuidor, eso, el distribuidor me garantizó que ayer estaría en todas partes.

—Pues no está. ¿Me quieres decir para qué coño pierdo el tiempo saliendo en la tele, en un programa de máxima audiencia y toda la mandanga, si la puta novela no está en las librerías?

—No te preocupes.

De nuevo García Leguineche tiene la sensación de que ella está como ausente, con los pensamientos puestos quién sabe dónde.

—¿Que no me preocupe? ¿Sabes cuántas ventas estamos perdiendo?

—Oye, ahora mismo llamo al distribuidor y enseguida te digo algo. Si es verdad lo que cuentas, se le va a caer el pelo.

Cuando la comunicación se corta, el tipo cuyo primer libro fue saludado como «el debut espectacular de un escritor de raza» decide que necesita tomarse una copa. Algo fuerte y capaz de subirle el ánimo de un patadón. Un whisky, dos. Por suerte, en esa mierda de ciudad hay infinidad de bares. Cuanto mayor es la densidad de gente desgraciada por metro cuadrado, más bares suele haber. «Salen a tu encuentro, te tienden los brazos», piensa García Leguineche en un arrebato lírico.

Sin embargo, no se puede decir que el bar que García Leguineche elige estuviera reclamando ardientemente su presencia. Por algún motivo inexplicable, ver al camarero, que escribe acodado en la barra completamente ajeno a la llegada del escritor cuyo primer libro fue recibido por algunos como «sin duda el mayor acontecimiento literario del año», le resulta muy deprimente. Su propia reacción se le antoja a García Leguineche desmesurada y grotesca, pero para entonces ya ha dado media vuelta y salido del bar. ¿Qué sentido tiene deprimirse al ver a un tipo enfrascado escribiendo algo, sin duda la lista de pedidos a los proveedores? Ninguno. Desde luego, no piensa contárselo a nadie, aunque ese es el tipo de experiencia que luego utiliza como material de inspiración.

Al llegar a casa, le sorprende ver el coche de su mujer, que a esas horas tendría que estar en el trabajo. «¿Se habrá puesto enferma?», piensa con una punzada de culpabilidad el hombre cuya primera novela ha sido calificada como «sin duda un libro de lectura indispensable para estar al tanto de las últimas corrientes de la literatura actual». Quizá le haya contagiado parte de su propia ansiedad ante la publicación de Pútridas patrias, piensa García Leguineche.

Pero Olivia no está en la habitación, sino en su estudio. Inclinada sobre su mesa de trabajo, escribe a mano en un cuaderno con expresión de profundo ensimismamiento. Tan enfrascada se halla en lo que escribe que García Leguineche tiene que carraspear para anunciar su presencia. Ella se pone roja como la grana y se apresura a meter el cuaderno en un cajón del escritorio, como una chiquilla a quien acabaran de pillar en falta.

«Decididamente», se dice García Leguineche mientras besa a su mujer, «este es un día extraño. ¿Qué coño está pasando aquí?».

El pitido del móvil interrumpe el curso de sus pensamientos. Es Lucy, su editora.

—Lo siento, tenías razón. Tu libro aún no ha llegado a las librerías —dice ella en un tono que le parece a García Leguineche estudiadamente contrito y poco sincero.

—¿Desde cuándo te dedicas a constatar la evidencia?

—Oye, tranquilízate. La distribución se hará hoy mismo. Gumucio me lo ha prometido. Le he insistido en que es el libro más esperado de la temporada.

—¿De la temporada? ¡Hace dos años que todo el mundo espera otro libro mío! ¡Los críticos se están mordiendo las uñas de impaciencia en sus despachos, Lucy! Los lectores se relamen de antemano…

—Claro, por supuesto.

—Y ¿se puede saber por qué Gumucio no distribuyó el libro cuando tenía que hacerlo?

—Un rapto de inspiración, ya sabes que a veces es una dueña despótica.

—¿De qué coño hablas?

—Está escribiendo una novela.

—¿El distribuidor?

—Sí, pensaba que te lo había comentado. Y parece que está ya a un puñado de páginas del final, de modo que sería cruel por nuestra parte tratarlo con demasiada dureza. Nosotros no podemos dejar de entender lo que le ocurre, ¿no te parece?

—Vaya…

—Oye, tengo que dejarte. Tu madre llegará de un momento a otro.

—¿Mi madre? ¿Quieres decir mi madre? ¿La mujer que me trajo al mundo?

—Tu madre, sí. La misma que viste y calza.

El uso de esa expresión le pareció a García Leguineche particularmente desafortunado, en parte porque, después de oírla, su imaginación se obstinó en desnudar y volver a vestir rápidamente a su madre, a pesar de lo cual entrevió sus pechos caídos, que provocaron en él una honda tristeza.

—Y ¿qué tiene que ver mi madre contigo?

—¿Que qué tiene que ver? ¿No lo sabes?

—¿Saber qué?

—¡No me lo puedo creer! ¡No sabes nada! ¿No sabes que tu madre nos trajo hace unos meses el manuscrito de una novela magnífica? ¿No te lo dijo ella? Deberías ir a verla más a menudo, hijo descastado.

—¿No estarás tú también escribiendo una novela? —preguntó después de un largo y embarazoso silencio el escritor más ensalzado por la crítica en los últimos dos años.

—¿Yo? ¡No! ¿Qué te lo hace pensar?

—Nada. Olvídalo, era una tontería.

—¿Así que no sabías lo de tu madre? ¡Es increíble! ¡Y pensar que estuvimos a punto de acelerar la publicación para que la novela de tu madre coincidiera con la tuya y poder promocionarlas juntas!

Al colgar el teléfono, durante unos instantes García Leguineche tiene una súbita y nítida visión apocalíptica del mundo como un lugar donde de pronto todo se detiene (centrales eléctricas, nucleares, compañías de gas y de comunicaciones, cementeras, laboratorios farmacéuticos, aeropuertos, comisarías, parques de bomberos, parlamentos, administraciones, hospitales, edificios en construcción, escuelas, medios de comunicación), porque todos, unos tecleando a mayor o menor velocidad, otros garabateando en hojas de papel, escriben ensimismados algo que muy bien podría convertirse de forma inminente en el «debut más impresionante de esta temporada».


La bestia se acerca - Margaret Millar

            SE dio la vuelta y vio a Evelyn Merrick acercándosele a través de la recepción, abriéndose paso con dificultad entre la multitud. Ese día, que había cambiado a la señorita Clarvoe, también había hecho lo propio con Evelyn. Ni sonreía ni parecía tan segura de sí misma como cuando se encontraron en la calle. Ahora era una extraña con mala cara y mirada fría que iba vestida de negro, como si estuviese de luto.

            —Veo que has leído mi nota.

            —Sí —dijo la señorita Clarvoe—. Aquí la tengo.

            —Tenemos que hablar.

            —Sí, claro que sí, tengo que averiguar cómo he perdido el día, cómo me han pasado los minutos por encima sin tocarme, como pájaros apresurados. Los minutos del ganso salvaje. Recuerdo que una vez papá nos llevó a cazar, a Evelyn y a mí. Ese día papá se enfadó conmigo porque el calor me dio dolor de cabeza. Dijo que yo era una aguafiestas y una quejica. Y añadió: ¿Por qué no puedes ser como Evelyn?

            —Todo el mundo ha estado muy preocupado por ti —dijo la desconocida—. ¿Dónde te has metido?

            —Ya lo sabes. Lo sabes muy bien. Estaba contigo.

            —¿De qué estás hablando?

            —Hemos ido juntas al campo… a ver los altramuces… Hemos…

            La voz de la extraña era dura y horrenda:

            —Siempre has contado mentiras fantasiosas, Helen, pero esta vez te has superado a ti misma. Hace casi un año que no nos vemos.

            —No intentes negarlo…

            —No intento negarlo. ¡Lo niego!

            —Por favor, no levantes la voz. La gente nos mira. Eso no me conviene: tengo una reputación que proteger, un nombre.

            —Nadie nos está prestando la menor atención.

            —Vaya que sí. Mira, se me han roto las medias, y el abrigo. De ir al campo. Tú no te acuerdas de que hemos ido al campo, juntas, para ver los altramuces. Tropecé con un pedrusco y me caí. —Pero su voz adoptaba un tono interrogativo y sus ojos destilaban incertidumbre y temor—. ¿Te…? ¿Te acuerdas ahora?

            —No hay nada de lo que acordarse.

            —¿Nada?

            —Hace casi un año que no nos vemos, Helen.

            —Pero esta mañana… Esta mañana nos encontramos en la puerta del hotel. Me pediste que te acompañara a tomar una copa, dijiste que ibas de camino a ver a un señor que te haría inmortal, y querías que fuese contigo.

            —Eso no tiene el menor sentido.

            —¡Sí, claro que sí! Hasta me acuerdo del nombre de ese señor. Terola. Jack Terola.

            Evelyn hablaba con voz suave, pero insistente:

            —¿Fuiste a ver a ese hombre, al tal Terola?

            —No lo sé. Creo que… que fuimos las dos, tú y yo. A fin de cuentas, yo no iría sola a un sitio así, y además Terola era amigo tuyo, no mío.

            —Nunca había oído ese nombre. Hasta que he leído los periódicos vespertinos.

            —¿Periódicos?

            —Terola ha sido asesinado hoy, poco antes del mediodía —dijo Evelyn—. Es importante que recuerdes, Helen. ¿Has ido allí esta mañana?

            La señorita Clarvoe se quedó callada, con la cara en blanco.

            —¿Has visto a Terola esta mañana, Helen?

            —Tengo… Tengo que subir.

            —Tenemos que hablar.

            —No. No. Tengo que subir a mi habitación y cerrar con llave para que no entre toda esa fealdad. —Se dio la vuelta y echó a andar hacia el ascensor con los hombros hundidos y las manos en los bolsillos del abrigo, como si quisiera evitar cualquier contacto físico.

            Esperó a que se vaciara uno de los ascensores y luego entró en él y le ordenó al ascensorista que cerrara la puerta de inmediato. El viejo y cansado ascensorista tenía la estatura de un niño, como si los años que había pasado dentro de esa cajita hubiesen detenido su crecimiento. Estaba acostumbrado a las rarezas de la señorita Clarvoe, como subirse sola al ascensor, y en el pasado había recibido muy buenas propinas por tolerarlas.

            Cerró la puerta y, mientras el artefacto iniciaba su ascensión, mantuvo la mirada fija en los botones de los pisos.

            —Hace un día invernal, señorita Clarvoe.

            —No lo sé. Yo he perdido el mío.

            —¿Cómo dice?

            —Que he perdido el día —repuso ella lentamente—. Lo he buscado por todas partes, pero no logro encontrarlo.

            —¿Se… se encuentra bien, señorita Clarvoe?

            —No me llame así.

            —¿Señora…?

            —Llámeme Evelyn.

            —Sí, señora.

            —Venga, dígalo. Adelante. Diga Evelyn.

            —Evelyn —dijo el anciano mientras empezaba a temblar.

            De regreso a su suite, la señorita Clarvoe cerró la puerta y, sin quitarse el abrigo, se abalanzó inmediatamente sobre el teléfono. Mientras marcaba, notaba cómo le crecía la excitación dentro del cuerpo cual lava fundida de un cráter.

            —¿Señora Clarvoe?

            —¿Eres… eres tú, Evelyn?

            —Por supuesto que sí. Le he hecho otro favor.

            —Te lo ruego, ten compasión.

            —No gimotee. Lo odio. Odio a los lloricas.

            —Evelyn…

            —Solo quería decirle que ya le he encontrado a Helen. La tengo encerrada en su habitación del hotel, sana y salva.

            —¿Se encuentra bien?

            —No se preocupe, que yo la cuido. Soy la única que sabe cómo tratarla. Se ha portado muy mal y necesita un poco de disciplina. Cuenta mentiras, ¿sabe usted?, unas mentiras espantosas, así que tendré que darle una buena lección, como a los demás.

            —Déjame hablar con Helen.

            —Oh, no. Ahora mismo no puede hablar. No le toca. Tenemos que turnarnos, ¿sabe usted? Es muy molesto, porque Helen no me cede el turno de manera voluntaria, así que tengo que adelantarme a ella para poder hablar. Se sentía débil a causa del accidente y le dolía la cabeza, así que me he podido hacer con el mando. Yo me encuentro bien. Yo nunca estoy enferma. Eso se lo dejo a ella. Todas esas cosas sórdidas, como estar enferma o envejecer, se las dejo a ella. Yo solo tengo veintiún años, mientras que esa cacatúa ya pasa de los treinta…

             

            * * *

              

            Evelyn Merrick estaba esperando a Blackshear en el hall cuando este apareció al cabo de veinte minutos.

            —He llegado en cuanto he podido —dijo Blackshear—. ¿Dónde está Helen?

            —Encerrada en su habitación. La seguí para intentar hablar con ella, pero no hizo caso de mis llamadas. Así que me quedé pegada a la puerta y la oí hablar ahí dentro.

            —¿Qué estaba haciendo?

            —Ya lo sabe, señor Blackshear. Se lo he dicho cuando le he llamado. Estaba hablando por teléfono, utilizando mi nombre, imitando mi voz, haciéndose pasar por mí.

            Blackshear puso mala cara:

            —Ojalá eso fuera todo, un jueguecito infantil, una broma.

            —¿De qué se trata?

            —Sufre una extraña forma de locura, señorita Merrick, la enfermedad que yo pensaba que tenía usted. Un médico lo llamaría personalidad múltiple. Puede que un cura lo considerara posesión demoníaca. Helen Clarvoe está poseída por un demonio que la obliga a hacerse pasar por usted.

            —¿Y por qué habría de tomarla conmigo?

            —¿Está dispuesta a ayudarme a descubrirlo?

            —No lo sé. ¿Qué tengo que hacer?

            —Subamos a su habitación para hablar con ella.

            —No nos dejará entrar.

            —Hay que intentarlo —dijo Blackshear—. Me temo que eso es todo lo que puedo hacer por Helen, intentarlo. Intentarlo, fracasar y volverlo a intentar.

            Tomaron el ascensor hasta la tercera planta y recorrieron el largo pasillo enmoquetado que conducía a la suite de la señorita Clarvoe. La puerta estaba cerrada y atrancada y no salía ninguna luz de las rendijas, pero Blackshear podía oír hablar a una mujer en el interior. No era la voz de Helen, cansada, ausente; era una voz fuerte, dura y aguda, como la de una colegiala.

            Golpeó decididamente la puerta con los nudillos y gritó:

            —¿Helen? Déjame entrar.

            —Lárguese, viejo imbécil, y déjenos en paz.

            —¿Estás ahí, Helen?

            Mira en qué lío me has metido. Me ha encontrado. Eso es lo que querías, ¿verdad? Siempre has estado celosa de mí, siempre has querido que desapareciera de tu vida. Pues ya lo has logrado, al llamar a ese tal Blackshear y a la policía para que me persigan como a una delincuente común. Yo no soy una delincuente común. Todo lo que le hice a Terola fue tocarle con las tijeras para darle una pequeña lección. ¿Cómo iba a saber yo que tenía la piel más blanda que la mantequilla? Un hombre normal no habría ni sangrado, de lo delicado que fue el pinchazo. No es culpa mía si ese pobre idiota se murió. Pero la policía no me creerá. Tengo que esconderme aquí contigo. Solas tú y yo, ¿qué te parece? Pongo a Dios por testigo de que si yo lo puedo soportar, tú también. Eres un aburrimiento, vieja amiga, eso no me lo negarás. Igual tengo que salir de vez en cuando para divertirme un poco.

            Blackshear pensó en seguir gritando, pero las palabras se le murieron de desesperación en la garganta: Lucha, Helen. Defiéndete. Plántale cara. Se puso a aporrear la puerta con los puños.

            ¿Lo estás oyendo? Intenta echar la puerta abajo para llegar hasta su cariñito. ¿No es enternecedor? No se imagina la cantidad de puertas que tendrá que derribar; esta solo es la primera. Hay cien más, pero ese cretino lamentable de ahí fuera cree que puede lograrlo con sus puños. Qué tío tan gracioso. Dile que si no se marcha nunca te volverá a ver viva. Venga. Habla. ¡Habla, arpía inmunda!

            Una pausa. Acto seguido, la voz de Helen, un suspiro hecho jirones:

            —Señor Blackshear, Paul, váyase.

            —Resiste, Helen. Voy a ayudarte.

            —Váyase, váyase.

            ¿Oyes eso, don Juan? Que te vayas, dice. Don Juan. Dios, qué divertido. Menudo romance tenías, ¿eh, Helen? ¿De verdad creías que alguien se podía enamorar de ti, vieja bruja? Vete a consultar la bola de cristal, grajo. Se echó a reír. El sonido subía y bajaba, como el de una sirena anunciando un desastre con sus alaridos; y de repente, se hizo el silencio, como si todo en la noche contuviera el aliento.

            Blackshear pegó la boca a la rendija de la puerta y dijo:

            —Helen, escúchame.

            —Lárgate.

            —Abre la puerta. Evelyn Merrick está aquí conmigo.

            —Embustero.

            —Abre la puerta y compruébalo por ti misma. Tú no eres Evelyn. Evelyn está aquí a mi lado.

            —¡Mentiroso, mentiroso, mentiroso!

            —Por favor, Helen, déjanos entrar para que te podamos ayudar… Dígale algo, señorita Merrick.

            —No te estamos engañando —dijo Evelyn—. Te aseguro que soy yo, Helen.

            —¡Embusteros!

            Pero el cerrojo hizo un clic y la cadena se deslizó y, lentamente, la puerta se abrió y asomó el rostro atormentado de la señorita Clarvoe. Se dirigió a Blackshear con esos labios pálidos que sufrían lo suyo para dar forma a las palabras:

            —Helen no está aquí. Se ha ido. Es vieja, está enferma y tiene tantas desgracias que solo quiere que la dejen en paz.

            —Escúchame, Helen —dijo Blackshear—. Tú no eres vieja ni estás enferma…

            —Yo no. Pero ella sí. Te estás confundiendo. Yo soy Evelyn. Y estoy bien. Tengo veintiún años. Soy guapa. Soy popular. Me divierto mucho. Nunca me canso ni me pongo enferma. Voy a ser inmortal. —Se interrumpió de repente, con los ojos clavados en Evelyn Merrick, sintiendo al mismo tiempo fascinación y repulsión—. Y esta chica… ¿quién es?

            —Ya lo sabes, Helen. Es Evelyn Merrick.

            —Una impostora es lo que es. Deshazte de ella. Dile que se vaya.

            —Muy bien —dijo Blackshear con preocupación—. De acuerdo. —Se volvió hacia Evelyn—. Más vale que baje y llame a un médico.

            La señorita Clarvoe vio alejarse a Evelyn por el pasillo y meterse en el ascensor.

            —¿Para qué habría de llamar a un médico? ¿Está enferma?

            —No.

            —Entonces, ¿para qué llamar a un médico si no está enferma? —Y añadió malhumorada—: No me gustas gran cosa. Eres un viejo taimado. Eres demasiado mayor para mí. No te molestes en rondarme. Solo tengo veintiuno. Y un centenar de novios…

            —Helen, por favor.

            —No me llames así, no pronuncies ese nombre. Yo no soy Helen.

            —Sí que lo eres. Eres Helen y no quiero que seas nadie más. Me gustas tal como eres. Y les gustarás a otros, si se lo permites. Les gustarás tal como eres, te querrán por ti misma, Helen.

            —¡No! ¡Yo no soy Helen ni quiero serlo! ¡La odio!

            —Helen es una chica estupenda —dijo Blackshear con suavidad—. Es inteligente y sensible, sí, y también guapa.

            —¿Guapa? ¿Esa cacatúa? ¿Esa bruja? ¿Esa arpía inmunda?

            Intentó cerrar la puerta, pero Blackshear se lo impidió con todo su peso. Ella soltó la puerta y reculó por la habitación, con una mano a la espalda, como una niña ocultando un objeto prohibido. Pero Blackshear ya sabía lo que escondía. Podía ver su imagen en el espejo redondo que había sobre la mesita del teléfono.

            —Deja el abrecartas, Helen. Vuélvelo a poner sobre el escritorio, que es donde tiene que estar. Tienes mucha fuerza, podrías hacer daño a alguien sin querer… Por cierto, ¿cómo conociste a Terola?

            —En un bar. Se estaba tomando una copa, me miró y se enamoró de mí a primera vista. Les pasa a muchos. No pueden evitarlo. Es por este magnetismo que tengo. ¿No lo notas?

            —Sí, sí, lo noto. Deja el cuchillo, Helen.

            —¡No soy Helen! Soy Evelyn. Dilo. Di que soy Evelyn.

            Se la quedó mirando, sin decir nada, y de repente ella se dio la vuelta y echó a correr hacia el espejo. Pero el rostro que vio no era el suyo. No era ni siquiera una sola cara, sino docenas, dando vueltas sin parar… Evelyn, Douglas, Blackshear, Verna, Terola, su padre, la señorita Hudson, Harley Moore, el recepcionista y el viejecito del ascensor… Todas esas caras giraban como una noria y, mientras lo hacían, movían la boca y berreaban palabras: ¿Qué te pasa, nena, estás loca? Siempre has contado unas mentiras muy fantasiosas. Qué pena que no tuviésemos una hija como Evelyn. No se puede hacer un bolso de seda con una piel de cerdo. ¿Por qué no puedes ser más como Evelyn?

            Las voces se disiparon, se detuvo la inmensa noria y solo quedó un rostro en el espejo. Era el suyo, así como la boca que se movía también lo era, y las palabras que salían de ella eran pronunciadas por su propia voz:

            —Que Dios me ayude.

            La memoria la apuñaló con terribles certezas. Recordaba los bares, las cabinas telefónicas, las carreras, las calles desconocidas. Recordaba a Terola y el aspecto extraño e incrédulo que tenía justo antes de morir, así como el olor acre del café requemándose en el hornillo. Recordaba haber retirado los billetes de su propio clip y pensar luego que se los habían robado. Recordaba a aquel gato de callejón, los rayos del aire nocturno, el sabor de la lluvia, el joven que se reía porque ella era a prueba de agua…

            —Dame el cuchillo, Helen.

            Podía ver a Blackshear en el espejo, acercándose de manera lenta y prudente, como un cazador con la bestia a la vista.

            —No pasa nada, Helen. No te excites. Todo va a salir bien.

            Hizo una pausa. Y acto seguido volvió a hablar en un tono suave y persuasivo. Sobre médicos y hospitales y reposo y cuidados y el futuro. Siempre el futuro, como si fuese algo concreto y tangible, redondo y rosado como una manzana.

            Contempló en el espejo la bola de cristal y vio su futuro: las noches emponzoñadas por el recuerdo, los días corroídos por el deseo.

            —Solo es cuestión de tiempo, Helen. Te recuperarás.

            —Cállate —sentenció ella—. Eso es mentira.

            Observó el cuchillo que tenía en la mano y le pareció que solo él decía la verdad, que era su último y definitivo amigo.

            Hundió el cuchillo en el suave hueco de su garganta. No sintió dolor, solo una leve sorpresa ante lo bonita que era la sangre, como lazos brillantes e inacabables que nunca más serían atados.