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La bestia se acerca - Margaret Millar

            SE dio la vuelta y vio a Evelyn Merrick acercándosele a través de la recepción, abriéndose paso con dificultad entre la multitud. Ese día, que había cambiado a la señorita Clarvoe, también había hecho lo propio con Evelyn. Ni sonreía ni parecía tan segura de sí misma como cuando se encontraron en la calle. Ahora era una extraña con mala cara y mirada fría que iba vestida de negro, como si estuviese de luto.

            —Veo que has leído mi nota.

            —Sí —dijo la señorita Clarvoe—. Aquí la tengo.

            —Tenemos que hablar.

            —Sí, claro que sí, tengo que averiguar cómo he perdido el día, cómo me han pasado los minutos por encima sin tocarme, como pájaros apresurados. Los minutos del ganso salvaje. Recuerdo que una vez papá nos llevó a cazar, a Evelyn y a mí. Ese día papá se enfadó conmigo porque el calor me dio dolor de cabeza. Dijo que yo era una aguafiestas y una quejica. Y añadió: ¿Por qué no puedes ser como Evelyn?

            —Todo el mundo ha estado muy preocupado por ti —dijo la desconocida—. ¿Dónde te has metido?

            —Ya lo sabes. Lo sabes muy bien. Estaba contigo.

            —¿De qué estás hablando?

            —Hemos ido juntas al campo… a ver los altramuces… Hemos…

            La voz de la extraña era dura y horrenda:

            —Siempre has contado mentiras fantasiosas, Helen, pero esta vez te has superado a ti misma. Hace casi un año que no nos vemos.

            —No intentes negarlo…

            —No intento negarlo. ¡Lo niego!

            —Por favor, no levantes la voz. La gente nos mira. Eso no me conviene: tengo una reputación que proteger, un nombre.

            —Nadie nos está prestando la menor atención.

            —Vaya que sí. Mira, se me han roto las medias, y el abrigo. De ir al campo. Tú no te acuerdas de que hemos ido al campo, juntas, para ver los altramuces. Tropecé con un pedrusco y me caí. —Pero su voz adoptaba un tono interrogativo y sus ojos destilaban incertidumbre y temor—. ¿Te…? ¿Te acuerdas ahora?

            —No hay nada de lo que acordarse.

            —¿Nada?

            —Hace casi un año que no nos vemos, Helen.

            —Pero esta mañana… Esta mañana nos encontramos en la puerta del hotel. Me pediste que te acompañara a tomar una copa, dijiste que ibas de camino a ver a un señor que te haría inmortal, y querías que fuese contigo.

            —Eso no tiene el menor sentido.

            —¡Sí, claro que sí! Hasta me acuerdo del nombre de ese señor. Terola. Jack Terola.

            Evelyn hablaba con voz suave, pero insistente:

            —¿Fuiste a ver a ese hombre, al tal Terola?

            —No lo sé. Creo que… que fuimos las dos, tú y yo. A fin de cuentas, yo no iría sola a un sitio así, y además Terola era amigo tuyo, no mío.

            —Nunca había oído ese nombre. Hasta que he leído los periódicos vespertinos.

            —¿Periódicos?

            —Terola ha sido asesinado hoy, poco antes del mediodía —dijo Evelyn—. Es importante que recuerdes, Helen. ¿Has ido allí esta mañana?

            La señorita Clarvoe se quedó callada, con la cara en blanco.

            —¿Has visto a Terola esta mañana, Helen?

            —Tengo… Tengo que subir.

            —Tenemos que hablar.

            —No. No. Tengo que subir a mi habitación y cerrar con llave para que no entre toda esa fealdad. —Se dio la vuelta y echó a andar hacia el ascensor con los hombros hundidos y las manos en los bolsillos del abrigo, como si quisiera evitar cualquier contacto físico.

            Esperó a que se vaciara uno de los ascensores y luego entró en él y le ordenó al ascensorista que cerrara la puerta de inmediato. El viejo y cansado ascensorista tenía la estatura de un niño, como si los años que había pasado dentro de esa cajita hubiesen detenido su crecimiento. Estaba acostumbrado a las rarezas de la señorita Clarvoe, como subirse sola al ascensor, y en el pasado había recibido muy buenas propinas por tolerarlas.

            Cerró la puerta y, mientras el artefacto iniciaba su ascensión, mantuvo la mirada fija en los botones de los pisos.

            —Hace un día invernal, señorita Clarvoe.

            —No lo sé. Yo he perdido el mío.

            —¿Cómo dice?

            —Que he perdido el día —repuso ella lentamente—. Lo he buscado por todas partes, pero no logro encontrarlo.

            —¿Se… se encuentra bien, señorita Clarvoe?

            —No me llame así.

            —¿Señora…?

            —Llámeme Evelyn.

            —Sí, señora.

            —Venga, dígalo. Adelante. Diga Evelyn.

            —Evelyn —dijo el anciano mientras empezaba a temblar.

            De regreso a su suite, la señorita Clarvoe cerró la puerta y, sin quitarse el abrigo, se abalanzó inmediatamente sobre el teléfono. Mientras marcaba, notaba cómo le crecía la excitación dentro del cuerpo cual lava fundida de un cráter.

            —¿Señora Clarvoe?

            —¿Eres… eres tú, Evelyn?

            —Por supuesto que sí. Le he hecho otro favor.

            —Te lo ruego, ten compasión.

            —No gimotee. Lo odio. Odio a los lloricas.

            —Evelyn…

            —Solo quería decirle que ya le he encontrado a Helen. La tengo encerrada en su habitación del hotel, sana y salva.

            —¿Se encuentra bien?

            —No se preocupe, que yo la cuido. Soy la única que sabe cómo tratarla. Se ha portado muy mal y necesita un poco de disciplina. Cuenta mentiras, ¿sabe usted?, unas mentiras espantosas, así que tendré que darle una buena lección, como a los demás.

            —Déjame hablar con Helen.

            —Oh, no. Ahora mismo no puede hablar. No le toca. Tenemos que turnarnos, ¿sabe usted? Es muy molesto, porque Helen no me cede el turno de manera voluntaria, así que tengo que adelantarme a ella para poder hablar. Se sentía débil a causa del accidente y le dolía la cabeza, así que me he podido hacer con el mando. Yo me encuentro bien. Yo nunca estoy enferma. Eso se lo dejo a ella. Todas esas cosas sórdidas, como estar enferma o envejecer, se las dejo a ella. Yo solo tengo veintiún años, mientras que esa cacatúa ya pasa de los treinta…

             

            * * *

              

            Evelyn Merrick estaba esperando a Blackshear en el hall cuando este apareció al cabo de veinte minutos.

            —He llegado en cuanto he podido —dijo Blackshear—. ¿Dónde está Helen?

            —Encerrada en su habitación. La seguí para intentar hablar con ella, pero no hizo caso de mis llamadas. Así que me quedé pegada a la puerta y la oí hablar ahí dentro.

            —¿Qué estaba haciendo?

            —Ya lo sabe, señor Blackshear. Se lo he dicho cuando le he llamado. Estaba hablando por teléfono, utilizando mi nombre, imitando mi voz, haciéndose pasar por mí.

            Blackshear puso mala cara:

            —Ojalá eso fuera todo, un jueguecito infantil, una broma.

            —¿De qué se trata?

            —Sufre una extraña forma de locura, señorita Merrick, la enfermedad que yo pensaba que tenía usted. Un médico lo llamaría personalidad múltiple. Puede que un cura lo considerara posesión demoníaca. Helen Clarvoe está poseída por un demonio que la obliga a hacerse pasar por usted.

            —¿Y por qué habría de tomarla conmigo?

            —¿Está dispuesta a ayudarme a descubrirlo?

            —No lo sé. ¿Qué tengo que hacer?

            —Subamos a su habitación para hablar con ella.

            —No nos dejará entrar.

            —Hay que intentarlo —dijo Blackshear—. Me temo que eso es todo lo que puedo hacer por Helen, intentarlo. Intentarlo, fracasar y volverlo a intentar.

            Tomaron el ascensor hasta la tercera planta y recorrieron el largo pasillo enmoquetado que conducía a la suite de la señorita Clarvoe. La puerta estaba cerrada y atrancada y no salía ninguna luz de las rendijas, pero Blackshear podía oír hablar a una mujer en el interior. No era la voz de Helen, cansada, ausente; era una voz fuerte, dura y aguda, como la de una colegiala.

            Golpeó decididamente la puerta con los nudillos y gritó:

            —¿Helen? Déjame entrar.

            —Lárguese, viejo imbécil, y déjenos en paz.

            —¿Estás ahí, Helen?

            Mira en qué lío me has metido. Me ha encontrado. Eso es lo que querías, ¿verdad? Siempre has estado celosa de mí, siempre has querido que desapareciera de tu vida. Pues ya lo has logrado, al llamar a ese tal Blackshear y a la policía para que me persigan como a una delincuente común. Yo no soy una delincuente común. Todo lo que le hice a Terola fue tocarle con las tijeras para darle una pequeña lección. ¿Cómo iba a saber yo que tenía la piel más blanda que la mantequilla? Un hombre normal no habría ni sangrado, de lo delicado que fue el pinchazo. No es culpa mía si ese pobre idiota se murió. Pero la policía no me creerá. Tengo que esconderme aquí contigo. Solas tú y yo, ¿qué te parece? Pongo a Dios por testigo de que si yo lo puedo soportar, tú también. Eres un aburrimiento, vieja amiga, eso no me lo negarás. Igual tengo que salir de vez en cuando para divertirme un poco.

            Blackshear pensó en seguir gritando, pero las palabras se le murieron de desesperación en la garganta: Lucha, Helen. Defiéndete. Plántale cara. Se puso a aporrear la puerta con los puños.

            ¿Lo estás oyendo? Intenta echar la puerta abajo para llegar hasta su cariñito. ¿No es enternecedor? No se imagina la cantidad de puertas que tendrá que derribar; esta solo es la primera. Hay cien más, pero ese cretino lamentable de ahí fuera cree que puede lograrlo con sus puños. Qué tío tan gracioso. Dile que si no se marcha nunca te volverá a ver viva. Venga. Habla. ¡Habla, arpía inmunda!

            Una pausa. Acto seguido, la voz de Helen, un suspiro hecho jirones:

            —Señor Blackshear, Paul, váyase.

            —Resiste, Helen. Voy a ayudarte.

            —Váyase, váyase.

            ¿Oyes eso, don Juan? Que te vayas, dice. Don Juan. Dios, qué divertido. Menudo romance tenías, ¿eh, Helen? ¿De verdad creías que alguien se podía enamorar de ti, vieja bruja? Vete a consultar la bola de cristal, grajo. Se echó a reír. El sonido subía y bajaba, como el de una sirena anunciando un desastre con sus alaridos; y de repente, se hizo el silencio, como si todo en la noche contuviera el aliento.

            Blackshear pegó la boca a la rendija de la puerta y dijo:

            —Helen, escúchame.

            —Lárgate.

            —Abre la puerta. Evelyn Merrick está aquí conmigo.

            —Embustero.

            —Abre la puerta y compruébalo por ti misma. Tú no eres Evelyn. Evelyn está aquí a mi lado.

            —¡Mentiroso, mentiroso, mentiroso!

            —Por favor, Helen, déjanos entrar para que te podamos ayudar… Dígale algo, señorita Merrick.

            —No te estamos engañando —dijo Evelyn—. Te aseguro que soy yo, Helen.

            —¡Embusteros!

            Pero el cerrojo hizo un clic y la cadena se deslizó y, lentamente, la puerta se abrió y asomó el rostro atormentado de la señorita Clarvoe. Se dirigió a Blackshear con esos labios pálidos que sufrían lo suyo para dar forma a las palabras:

            —Helen no está aquí. Se ha ido. Es vieja, está enferma y tiene tantas desgracias que solo quiere que la dejen en paz.

            —Escúchame, Helen —dijo Blackshear—. Tú no eres vieja ni estás enferma…

            —Yo no. Pero ella sí. Te estás confundiendo. Yo soy Evelyn. Y estoy bien. Tengo veintiún años. Soy guapa. Soy popular. Me divierto mucho. Nunca me canso ni me pongo enferma. Voy a ser inmortal. —Se interrumpió de repente, con los ojos clavados en Evelyn Merrick, sintiendo al mismo tiempo fascinación y repulsión—. Y esta chica… ¿quién es?

            —Ya lo sabes, Helen. Es Evelyn Merrick.

            —Una impostora es lo que es. Deshazte de ella. Dile que se vaya.

            —Muy bien —dijo Blackshear con preocupación—. De acuerdo. —Se volvió hacia Evelyn—. Más vale que baje y llame a un médico.

            La señorita Clarvoe vio alejarse a Evelyn por el pasillo y meterse en el ascensor.

            —¿Para qué habría de llamar a un médico? ¿Está enferma?

            —No.

            —Entonces, ¿para qué llamar a un médico si no está enferma? —Y añadió malhumorada—: No me gustas gran cosa. Eres un viejo taimado. Eres demasiado mayor para mí. No te molestes en rondarme. Solo tengo veintiuno. Y un centenar de novios…

            —Helen, por favor.

            —No me llames así, no pronuncies ese nombre. Yo no soy Helen.

            —Sí que lo eres. Eres Helen y no quiero que seas nadie más. Me gustas tal como eres. Y les gustarás a otros, si se lo permites. Les gustarás tal como eres, te querrán por ti misma, Helen.

            —¡No! ¡Yo no soy Helen ni quiero serlo! ¡La odio!

            —Helen es una chica estupenda —dijo Blackshear con suavidad—. Es inteligente y sensible, sí, y también guapa.

            —¿Guapa? ¿Esa cacatúa? ¿Esa bruja? ¿Esa arpía inmunda?

            Intentó cerrar la puerta, pero Blackshear se lo impidió con todo su peso. Ella soltó la puerta y reculó por la habitación, con una mano a la espalda, como una niña ocultando un objeto prohibido. Pero Blackshear ya sabía lo que escondía. Podía ver su imagen en el espejo redondo que había sobre la mesita del teléfono.

            —Deja el abrecartas, Helen. Vuélvelo a poner sobre el escritorio, que es donde tiene que estar. Tienes mucha fuerza, podrías hacer daño a alguien sin querer… Por cierto, ¿cómo conociste a Terola?

            —En un bar. Se estaba tomando una copa, me miró y se enamoró de mí a primera vista. Les pasa a muchos. No pueden evitarlo. Es por este magnetismo que tengo. ¿No lo notas?

            —Sí, sí, lo noto. Deja el cuchillo, Helen.

            —¡No soy Helen! Soy Evelyn. Dilo. Di que soy Evelyn.

            Se la quedó mirando, sin decir nada, y de repente ella se dio la vuelta y echó a correr hacia el espejo. Pero el rostro que vio no era el suyo. No era ni siquiera una sola cara, sino docenas, dando vueltas sin parar… Evelyn, Douglas, Blackshear, Verna, Terola, su padre, la señorita Hudson, Harley Moore, el recepcionista y el viejecito del ascensor… Todas esas caras giraban como una noria y, mientras lo hacían, movían la boca y berreaban palabras: ¿Qué te pasa, nena, estás loca? Siempre has contado unas mentiras muy fantasiosas. Qué pena que no tuviésemos una hija como Evelyn. No se puede hacer un bolso de seda con una piel de cerdo. ¿Por qué no puedes ser más como Evelyn?

            Las voces se disiparon, se detuvo la inmensa noria y solo quedó un rostro en el espejo. Era el suyo, así como la boca que se movía también lo era, y las palabras que salían de ella eran pronunciadas por su propia voz:

            —Que Dios me ayude.

            La memoria la apuñaló con terribles certezas. Recordaba los bares, las cabinas telefónicas, las carreras, las calles desconocidas. Recordaba a Terola y el aspecto extraño e incrédulo que tenía justo antes de morir, así como el olor acre del café requemándose en el hornillo. Recordaba haber retirado los billetes de su propio clip y pensar luego que se los habían robado. Recordaba a aquel gato de callejón, los rayos del aire nocturno, el sabor de la lluvia, el joven que se reía porque ella era a prueba de agua…

            —Dame el cuchillo, Helen.

            Podía ver a Blackshear en el espejo, acercándose de manera lenta y prudente, como un cazador con la bestia a la vista.

            —No pasa nada, Helen. No te excites. Todo va a salir bien.

            Hizo una pausa. Y acto seguido volvió a hablar en un tono suave y persuasivo. Sobre médicos y hospitales y reposo y cuidados y el futuro. Siempre el futuro, como si fuese algo concreto y tangible, redondo y rosado como una manzana.

            Contempló en el espejo la bola de cristal y vio su futuro: las noches emponzoñadas por el recuerdo, los días corroídos por el deseo.

            —Solo es cuestión de tiempo, Helen. Te recuperarás.

            —Cállate —sentenció ella—. Eso es mentira.

            Observó el cuchillo que tenía en la mano y le pareció que solo él decía la verdad, que era su último y definitivo amigo.

            Hundió el cuchillo en el suave hueco de su garganta. No sintió dolor, solo una leve sorpresa ante lo bonita que era la sangre, como lazos brillantes e inacabables que nunca más serían atados.  

El Pescador - John Langan

 Dan frunció el ceño y entreabrió la boca, con todos esos colmillos curvos que se replegaron un momento después.
—Tú me hiciste esto —dijo, con la boca ya despejada—. Lo que
soy es fruto de tus propias manos.
De manera inesperada, una ola de compasión amenazó con
cubrirme por completo. Me la tragué.
—Lo que tú eres es el resultado de tus propias acciones —le
solté—. Ahora vete.
—No es tan sencillo —replicó Dan—. He recorrido un largo
trecho para verte, Abe, un camino increíblemente largo. No puedes pedirme que me vaya a los dos segundos de haber venido.
—No creo que las reglas de la hospitalidad sean extensibles a
los monstruos —repuse.
—Abe —dijo Dan, con la cara transfigurándose en un semblante inhumano—, estás empezando a herir mis sentimientos.
—Dan —exclamé—, vete de aquí.
Cualesquiera que fueran las palabras que intentaba articular no conseguían emerger de su boca por la presión de los colmillos. Su habla se volvió gutural, un ruido áspero y chirriante que me rasgaba los oídos. Se me nubló la vista por un instante y algo amenazó con salir a la luz, una figura enorme que, de algún modo, estaba en el mismo lugar que Dan. Él entró en la cocina, levantando una mano en cuyos dedos habían brotado garras. Empuñé el espray de aceite y apreté el botón. Un delgado cono de aceite presurizado siseó en el aire hacia él. Por el camino, rozó la punta de las velas que estaban sobre la mesa y se convirtió en una lengua de fuego. El torso y la cabeza de Dan se vieron envueltos en llamas amarillas y naranjas.
Entre alaridos, se tambaleó hacia atrás mientras yo vaciaba en él el resto de mi lanzallamas improvisado. La cocina se llenó de luz y calor. Me protegí la cara con el brazo, mientras que, con la mano libre, palpaba la encimera buscando algo más que me sirviera para poder seguir rociándole a través del fuego de las velas.
No tenía por qué haberme molestado. Con los brazos en alto,
Dan salió corriendo de la casa, atravesando la puerta mosquitera y emergiendo al patío de atrás, desde donde dio un salto al agua circundante. Aunque juraría que no podía tener más allá de cuarenta o cincuenta centímetros de profundidad, el agua se lo tragó por completo lanzando después al aire una gran columna rumorosa de humo pestilente justo por donde se había zambullido. Yo lo había seguido pisándole los talones, con una lata de pintura pulverizada en la mano que esperaba que fuera inflamable. Cuando comprobé que no resurgía, dejé la lata en el patio y, de repente, mareado hasta casi desmayarme, me desplomé contra el suelo. Durante lo que acaso fuera mucho tiempo permanecí allí, con el corazón galopando en cada latido y la cabeza dándome vueltas sin parar.
Cuando el pulso se me había estabilizado a un trote, me obligué a ponerme de pie. El quemador de la estufa portátil seguía encendido.
Por muy absurdo que fuera, me moría de hambre, pero aun así
crucé el patio y apagué el gas. Hice un alto para examinar hasta dónde llegaba el agua oscura de detrás de mi casa por si había alguna otra señal de Dan. Ninguna que yo pudiera ver.
Lo cual no significa que el agua viniera con las manos vacías.
Por el contrario, a medida que mis ojos se acostumbraban a la
noche, comprobé que el agua corría atestada de cosas, abarrotada de una serie de formas cuya fisonomía mi vista estaba a punto de descifrar. Cuando lo hizo, lo que reconocí me devolvió adentro de la casa, donde cerré con llave la puerta de atrás. Pasé el resto de la noche en la habitación de arriba, con la puerta también cerrada, la cama y el tocador apoyados contra ella. No dormí nada. A la mañana siguiente, cuando los ayudantes del sheriff se detuvieron en un bote para ofrecerme la oportunidad de ponerme a salvo, subí a bordo con lágrimas en los ojos, algo que quise atribuir a la edad. Lo que vi en el agua fue lo que me forzó a contar esta historia, a tener que vérmelas con su extraña y enredada peripecia. No sé muy bien qué más me queda por hacer con ella, salvo confesaros qué es lo que vi en el agua.
Gente: filas y filas de personas arrastradas por la corriente, la mayoría sumergidas hasta los hombros, algunas hasta la barbilla, unas pocas hasta los ojos. No pude adivinar cuántas eran, porque se extendían hasta la más honda oscuridad. Todos tenían la piel demacrada, el cabello lacio, los ojos relucientes de oro. No tardé mucho en distinguir a Marie entre la muchedumbre, más lejos de lo que habría supuesto. Su semblante era inexpresivo, como el de los niños que fluían a ambos lados de ella. Una muchacha y un muchacho, en esa etapa intermedia en que la infancia empieza a dar un paso a la adolescencia. Tenían las bocas abiertas y, en ellas, vislumbré unas hileras de dientes afilados. En sus ojos no asomaba la más mínima chispa de inteligencia. Tenían —me figuré— la nariz de mi madre.

Los tres centavos marcados - Mary Elizabeth Counselman

Todos estuvieron de acuerdo, después que pasó, en que todo el asunto era la idea de una mente retorcida, un ajedrez jugado por un loco, en el que las piezas, en vez de trozos de marfil o de ébano tallados, eran seres humanos.

Lo extraño es que nadie dudara de la autenticidad del "concurso". El público no parece haberlo considerado en ningún momento como la jugarreta de un activo bromista, ni siquiera como una maniobra publicitaria. Jeff Haverty, director del News, propuso la teoría de que el asunto pretendía ser un inteligente, aunque bastante bien planeado experimento psicológico, el cual terminaría con la revela­ción de la identidad de su inventor y una gran carcajada de todo el mundo.

Tal vez lo que dio al hecho tan amplia trascendencia fue el impactante modo de anunciar. Branton, la ciudad sureña de unos 30.000 habitantes donde aconteció el suceso, des­pertó una mañana de abril con todos sus árboles, postes de teléfono, costados de las casas y frentes de las tiendas cubiertos con un extraño cartel. Había veintenas de ellos escritos en papel copia amarillo en una máquina de escribir común. El cartel decía:

"En el curso de este día, 15 de abril, tres monedas de un centavo se deslizarán en los bolsillos de esta ciudad. En cada centavo habrá una marca bien definida. Una es un cuadrado; una es un círculo; y una es una cruz. Estos centavos cambiarán de mano muchas veces, como todas las monedas, y el séptimo día después de este anuncio (el 21 de abril) el poseedor de cada centavo marcado recibirá un regalo.

"El primero: 100.000 dólares en efectivo.

"El segundo: un viaje alrededor del mundo.

"El tercero: la muerte.

"La respuesta a este acertijo se encuentra en las marcas de las tres monedas: círculo, cuadrado y cruz. ¿Cuál de éstas simboliza riqueza? ¿Cuál, el viaje? ¿Cuál, la muerte? La respuesta no es tan obvia.

"Al que encuentre y obtenga el primer centavo, se le enviarán 100.000 dólares sin demora. Al que tenga el segundo centavo, se le dará un pasaje de primera clase en el primer buque de vapor que salga a dar la vuelta al mundo. Pero al poseedor de la tercera moneda marcada se le dará ... muerte. Si teméis que vuestro centavo sea el tercero, deshaceos de él... ¡pero puede que sea el primero o el segundo!

"Mostrad vuestro centavo marcado al director del New el 21 de abril, dando su nombre y dirección. El no sabrá nada sobre este concurso hasta que no lea uno de estos carteles. Se le solicita que publique los nombres de los tres poseedo­res de las monedas el 21 de abril, con la marca de la moneda que cada uno tenga.

"Será inútil marcar una moneda uno mismo, ya que las fechas de las verdaderas monedas serán enviadas al editor Haverty".

Al mediodía todo el mundo había leído la noticia, y la ciudad hervía de agitación. Los cajeros empezaron a revisar el contenido de los cajones de las cajas registradoras. Las manos revolvieron los bolsillos y los monederos. Las tiendas y los bancos se llenaron de clientes que querían cambiar monedas de plata por centavos.

Jeff Haverty fue el blanco de una andanada de pregun­tas, y su edición vespertina apareció con un largo editorial que informaba todo lo que él sabía sobre el misterio, o sea exactamente nada. Esa mañana había llegado una nota con el resto de su correspondencia, una nota sin firma, y escrita a máquina en el mismo papel amarillo, dentro de un simple sobre cuyas estampillas llevaban el sello de esa ciudad. Decía simplemente: "Círculo, 1920. Cuadrado, 1909. Cruz, 1928. Sírvase no revelar estas fechas hasta después del 21 de abril".

Haverty obró de acuerdo con la solicitud, y trató de sacar todo el provecho posible a la historia.

El primer centavo fue encontrado en la calle por un niño pequeño, quien lo llevó de inmediato a su padre. Su padre, a su vez, se deshizo de él rápidamente dándoselo a su peluquero, quien lo pasó en el vuelto a un cliente antes de advertir la profunda cruz grabada en la superficie de la moneda.

El cliente la llevó a su mujer, quien inmediatamente pagó-con ella al almacenero. —¡Es demasiado riesgo, querido! — dijo ella, silenciando las protestas de su cónyuge—. No me gusta la idea de esa amenaza de muerte en el aviso ... y éste debe ser seguramente el tercer centavo. ¿Qué otra cosa podría significar esa pequeña cruz? Cruces sobre tumbas, ¿no ves el significado?

Y al difundirse esta explicación, el centavo marcado con la cruz empezó a cambiar de dueño con creciente rapidez.

Los otros dos centavos aparecieron inesperadamente antes del anochecer, uno marcado con un pequeño cuadra­do perfecto, el otro con un claro círculo.

El centavo marcado con el cuadrado fue descubierto en una máquina automática por el propietario del café La Abe­ja Laboriosa. No había forma de que pudiera haber llegado allí, informó desconcertado, y un poco asustado. Solo cuatro personas, todas ellas viejos clientes, habían estado en el café ese día. Y ninguno de ellos había estado cerca de la máquina automática, ubicada como estaba en el fondo del local, y llena de chicles viejos que, con solo verlos, no merecían un centavo de nadie. Además, el propietario había examinado la máquina por si hubiera alguna moneda la noche anterior y la había dejado vacía cuando la cerró; sin embargo, el centavo marcado con el cuadrado estaba alojado dentro de la máquina automática a la hora de cierre del 15 de abril.

Había mirado fijamente la moneda durante un largo rato antes de darla en el vuelto a una solterona de edad avanzada.

-No vale la pena -murmuró para sí-. Poseo un restau­rante que me da para vivir, y no tengo apuro por hacerme matar, en vista de la remota posibilidad de obtener esos cien mil, o en su lugar ese viaje. ¡No, señor!

La solterona echó una ojeada al centavo marcado, pro­firió un corto chillido ratonil, y lo arrojó al arroyo de la calle como si hubiese sido una tarántula.

— ¡Por Dios! —tembló—. ¡No quiero tener eso en mi cartera!

Pero esa noche soñó con puertos extranjeros, con coolies que chapurreaban una incomprensible lengua, con aletas de barracuda que cortaban la superficie de profundas aguas azules, y con ruinas de antiguas ciudades.

Un trabajador negro levantó el centavo y confió en él durante todo el día, soñando con Harlem, antes de sucum­bir finalmente al temor que lo corroía. Y el centavo marca­do con el cuadrado cambió de dueño una vez más.

El centavo marcado con el círculo fue advertido por primera vez en una pila de monedas por un pagador del Crédito Agrario.

—Recibimos monedas marcadas de vez en cuando -di­jo—. No reparé en ésta en forma especial; puede que haya estado aquí desde hace días.

La introdujo contento en su bolsillo; pero a la mañana siguiente descubrió, con profundo desaliento, que se la había dado a alguien sin darse cuenta.

—¡Yo quería conservarla! —suspiró—. ¡Para bien o para mal!

Miró ceñudamente las pilas de monedas de algún otro que estaban frente a él, y se preguntó furtivamente cuántos pagadores escaparon realmente alguna vez con efectos robados.

Un vendedor de fruta había recibido el centavo. Clavó la mirada en él con duda. —Tal vez me traigas ese dinero, ¿eh?— Lo mostró a su gorda y pringosa esposa, quien hizo el signo de los cuernos contra el "mal de ojo".

—¡Arrójalo! —ordenó ella con voz chillona—. ¡Trae mala suerte!

Su esposo se encogió de hombros y tiró la moneda marcada con el círculo a la calle. Un niño harapiento se abalan­zó sobre ella y salió corriendo a comprar un pan de regaliz. Y el centavo marcado con el círculo cambió de dueño una vez más, agarrado por dedos codiciosos, mirado fijamente por ojos hartos de escándalos familiares, cedido una vez más por la fuerza del miedo.

Los que entraban en la breve posesión de alguna de las tres monedas eran irritados por el freno y el estímulo dados por consejos antagónicos.

—¡Guárdalo!— recomendaban algunos—. ¡Piensa! ¡Puede significar un viaje alrededor del mundo! ¡París! ¡China! ¡Londres! Oh, ¿por qué no lo habré conseguido yo?

—¡Deshazte de ella! —advertían otros—. Tal vez sea el tercer centavo; no se puede adivinar. ¡Quizá los símbolos no significan lo que parecen, y el del cuadrado es el centavo de la muerte! ¡Yo, en tu lugar, lo tiraría!

—¡No! ¡No! —gritaban otros aún—. ¡Quédate con él! ¡Puede darte 100.000 dólares! ¡Cien mil dólares! ¡En esta época! ¡Pero, amigo, si serías lo mismo que un millonario!

El significado de los tres símbolos estaba en boca de todos, y ninguno coincidía con su vecino en la solución del acertijo.

—Es tan simple como engañar a una criatura ... —decla­raba un hombre—. El círculo representa el globo. El centavo del viaje, ¿lo ves?

—No, no. La cruz tiene ese significado. "Cruzar" los mares, ¿comprendes? Una especie de juego de palabras. El círculo significa dinero, la forma de una moneda, ¿entiendes?

—¿Y el cuadrado?

—Una tumba. La fosa cuadrada para un ataúd, ¿lo ves? La muerte. Es muy simple. ¡Ojalá pudiera apoderarme del centavo con el círculo!

—¡Estás loco! El de la cruz es el de la muerte; todos lo dicen. Y, créeme, ¡todos se están deshaciendo de él apenas lo reciben! Puede ser algún tipo de broma ... sin ningún peligro ... ¡pero yo no quisiera ser el poseedor de ese cen­tavo marcado con la cruz cuando, el 21 de abril, la lista esté por todos lados!

—Yo lo guardaría y esperaría, hasta que los otros dos hubieran recibido lo propio. Entonces, ¡si el mío resultara ser el malo, lo tiraría! —decía engreídamente un hombre.

—Pero él no pagará completamente hasta que no se le haya dado cuenta de los tres centavos, no lo creo —le res­pondía otro—. Y quizá la promesa no se mantenga después del 21 de abril: ¡y tú estarías perdiendo cien mil dólares o un viaje por el mundo sólo porque te asusta enterarte de ello!

—Es un gran riesgo, amigo —murmuraba el otro—.Pero, francamente, no me gustaría probar suerte. ¡El podría darme su tercer regalo!

"El" era la forma en que todos designaban al descono­cido inventor del concurso; aunque, por supuesto, no había ningún indicio ni de su sexo ni de su identidad.

—Debe ser rico —decían algunos— para ofrecer premios tan caros.

—¡Y loco!- fulminaban otros, al amenazar con matar al tercero. ¡Nunca se saldrá con la suya!

—Pero inteligente —admitían otros empero— para idear todo este asunto. Sea quien fuere, conoce la naturaleza hu­mana. Me siento inclinado a coincidir con Haverty: es solo una especie de experimento psicológico. El trata de saber si el deseo de viajar o la codicia del dinero son más fuertes que el miedo a la muerte.

—¿Crees que tenga la intención de pagar todo?

—¡Eso está por verse!

Al sexto día, Branton había alcanzado un grado de excitación casi próximo a la histeria. Nadie podía trabajar sin preguntarse sobre el resultado de la fantástica prueba al día siguiente.

Se sabía que un repartidor de almacén tenía la moneda marcada con el cuadrado, porque había estado jactándose de su indiferencia respecto de si el cuadrado representaba o no una sepultura abierta. Exhibía el centavo sin reserva, haciendo bromas sobre lo que tenía intención de hacer con sus cien mil dólares; pero en la mañana del último día per­dió el valor. Al ver a una mendiga ciega acurrucada en su esquina predilecta entre dos comercios, pasó cerca de ella y dejó caer subrepticiamente la moneda de un centavo en su caja de lápices.

—¡Yo lo tenía! —se lamentó a un amigo después de llegar al almacén—. Lo tenía aquí mismo en mi bolsillo ano­che, ¡y ahora no está! Mira, tengo un agujero en el maldito bolsillo; ¡el centavo debe haberse caído!

También se sabía quién tenía el centavo marcado con el círculo. Un joven dependiente de una fuente de soda, que tenía la clase de sonrisa fácil que gustan ver los clientes del otro lado del mostrador de mármol, había descubierto la moneda y la había sacado del cajón de la caja, alegrándose de su buena fortuna.

—Bud Skinner tiene el centavo con el círculo —se decían unos a otros, entre ansiosos y alegres—. Espero que el mu­chacho gane el viaje por el mundo: ¡le agradaría tanto! Parece hallar tanto placer en vivir; ¡es un pecado que tenga que vivir siempre en este oscuro pueblo!

Finalmente se encontró al que tenía el centavo marcado con la cruz. —¡Garitón ... pobre diablo! -murmuraba la gente en voz baja-. La muerte sería una suerte para él. Me asombra que no se haya pegado un tiro ante esto. Creo que simplemente le falta valor para hacerlo.

El dueño del centavo marcado con la cruz sonreía amargamente: - ¡Espero que este pequeño símbolo maldito signifique lo que todos creen que significa! -confiaba a un amigo.

Por fin llegó el día tan ansiosamente esperado. Una multitud se agolpó en la calle frente a las oficinas del diario para ver cuando los poseedores de las tres monedas marcadas mostraran a Haverty sus centavos y le dieran sus nom­bres para que los publicara. Para provecho de los curiosos, el director fue al encuentro del trío en la vereda del edifi­cio, a fin de que todos pudieran verlos.

La edición vespertina difundió las fotografías de las tres personas, con el nombre, la dirección, y la marca del centavo de cada uno debajo de cada fotografía. Branton leyó ... y contuvo la respiración.

En la mañana del 22 de abril, la vieja mendiga ciega se sentó en el lugar de costumbre, meditando sobre la agita­ción del día anterior, cuando varias personas la habían llevado —lo sabía por el olor a pescado del mercado situado al otro lado de la calle— a las oficinas del diario: Allí alguien había preguntado su nombre y muchas otras cosas enigmá­ticas que la habían aturdido hasta el punto que casi rompió a llorar.

— ¡Déjenme sola! —había murmurado—. Solo pido comi­da suficiente para no morir de hambre, y un lugar para dormir. ¿Por qué me llevan a empujones de ese modo y me gritan? ¡Déjenme volver a mi esquina! No me gusta toda esta confusión y rareza que no puedo ver; ¡me da miedo!

Entonces le habían dicho algo acerca de un centavo marcado que habían encontrado en el plato que tenía para la limosna, y otras cosas sobre una gran cantidad de dinero y algún peligro inminente que la amenazaba. Estaba contenta cuando la llevaron de vuelta a su sitio entre dos comercios.

Ahora, cuando estaba sentada en su lugar acostumbrado, dormitando cómodamente y susurrando un poco bajo su respiración, un papel cayó revoloteando en su falda. Palpó el rígido rectángulo, se dio cuenta de que era un sobre, y llamó a su lado a un transeúnte. *

-¿Puede abrirme esto, por favor? —le pidió-. ¿Es una carta? Léamela.

El hombre desgarró el sobre y frunció el ceño: —Es una nota -le dijo-. Escrita a máquina, y sin firma. Solo dice: ¿qué demonios? Solo dice: "Los cuatro rincones del mun­do son exactamente los mismos". Y ... ¡eh! ¡Mire esto! ... Oh, lo siento; olvidé que usted es ... ¡Es un pasaje en un buque de vapor para un viaje alrededor del mundo! Dígame, ¿no tenía usted uno de los centavos marcados?

La ciega hizo, soñolienta, una seña afirmativa con la cabeza. —Sí, el del cuadrado, decían —suspiró débilmente-. Esperaba poder ganar el dinero o ... lo otro, para no tener que mendigar nunca más.

-Bueno, aquí está su pasaje.

El hombre se lo extendió con vacilación: —¿No lo quie­re? -le preguntó al ver que ella no hacía ademán de tomarlo.

—No —dijo ásperamente la ciega-. ¿De qué me serviría?

Tomó el pasaje con súbita rabia, y lo hizo pedazos.

Casi a la misma hora, Kenneth Carlton recibía del carte­ro un abultado sobre de papel manila. Frunció el ceño al mirar de soslayo el sello local sobre las estampillas. Su amigo Evans se encontraba junto a él, aún más pálido que Carlton.

-¡Ábrelo!  ¡Ábrelo! —le pidió con ahínco-. Léelo ... ¡No, no lo abras, Ken, tengo miedo! Después de todo ... es una terrible manera de morirse. Sin saber de dónde va a venir el golpe, y ...

Carlton soltó una macabra risita, al desgarrar el pesado sobre. —Es la mejor ocasión que he tenido en años, Jim. ¡Estoy contento! Contento, Jim, ¿me oyes? Será rápido, espero ... e indoloro. Me pregunto qué es esto. ¿Un trata­do sobre cómo volarse la tapa de los sesos? —hizo caer el contenido de la carta sobre la mesa y luego, después de un instante, comenzó a reír .... tristemente ... horriblemente.

Su amigo clavó la vista en el pequeño montón de frágiles billetes, todos de una denominación mayor que todos los que él había visto en su vida. —¡El dinero! ¡Ganaste los cien mil, Ken! No puedo creer ..., —se interrumpió abrup­tamente para arrebatar un trozo de papel amarillo de entre los billetes: —"La riqueza es la cruz más grande que un hombre puede llevar" —leyó en voz alta las palabras escritas a máquina—. No tiene sentido ... ¿la riqueza? Enton­ces ... ¿la marca de la cruz significaba riqueza? No entiendo.

Estalló la risa de Carlton: —Tiene sagacidad, ese tipo ... ¡quienquiera que sea! Hay una sutil ironía en eso, Jim ... por ser la riqueza una carga en vez de la bendición que la mayor parte de la gente cree. Supongo que en eso tiene razón. Pero me pregunto, ¿sabrá qué papel realmente iróni­co juega este acto de su pequeña obra? Cien mil dólares para un hombre con ... cáncer. Bien, Jim, tengo un mes o menos para gastarlo en ... ¡un condenado mes más para sufrir antes de que todo haya terminado!

Su terrible risa estalló nuevamente, hasta que su amigo tuvo que taparse los oídos con las manos, para no oírlo.

Pero la parte más extraña de todo el asunto fue la muerte de Bud Skinner. Un momento antes de la hora de mayor afluencia, a mediodía, había encontrado un pequeño paquete, dirigido a él, en un mostrador del fondo del local. Desgarró ansiosamente el papel de envolver marrón, con una docena de amigos, poco más o menos, apiñados a su alrededor.

Lo que encontró fue una caja de plata curiosamente labrada. Oprimió el botón con dedos temblorosos y levantó la tapa hacia atrás. Un instante después su rostro adoptó una extraña expresión ... y se deslizó sin hacer ruido hasta el piso embaldosado del local.

La subsiguiente investigación policial no reveló absolutamente nada, excepto que el joven Skinner había sido enve­nenado con crotalina —veneno de serpiente— administrada por medio del pinchazo de un alfiler en el dedo pulgar cuando oprimió la trampa del botón de la cajita de plata. Esto, y la nota dactilografiada que había en la caja, por lo demás vacía: "La vida termina donde empezó ... en ninguna parte", fue todo lo que encontraron como explica­ción de la muerte del dependiente. Tampoco se reveló nunca más algo acerca del misterioso concurso de los tres centavos marcados, que probablemente estén todavía en circulación en algún lugar de los Estados Unidos.