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Los tres centavos marcados - Mary Elizabeth Counselman

Todos estuvieron de acuerdo, después que pasó, en que todo el asunto era la idea de una mente retorcida, un ajedrez jugado por un loco, en el que las piezas, en vez de trozos de marfil o de ébano tallados, eran seres humanos.

Lo extraño es que nadie dudara de la autenticidad del "concurso". El público no parece haberlo considerado en ningún momento como la jugarreta de un activo bromista, ni siquiera como una maniobra publicitaria. Jeff Haverty, director del News, propuso la teoría de que el asunto pretendía ser un inteligente, aunque bastante bien planeado experimento psicológico, el cual terminaría con la revela­ción de la identidad de su inventor y una gran carcajada de todo el mundo.

Tal vez lo que dio al hecho tan amplia trascendencia fue el impactante modo de anunciar. Branton, la ciudad sureña de unos 30.000 habitantes donde aconteció el suceso, des­pertó una mañana de abril con todos sus árboles, postes de teléfono, costados de las casas y frentes de las tiendas cubiertos con un extraño cartel. Había veintenas de ellos escritos en papel copia amarillo en una máquina de escribir común. El cartel decía:

"En el curso de este día, 15 de abril, tres monedas de un centavo se deslizarán en los bolsillos de esta ciudad. En cada centavo habrá una marca bien definida. Una es un cuadrado; una es un círculo; y una es una cruz. Estos centavos cambiarán de mano muchas veces, como todas las monedas, y el séptimo día después de este anuncio (el 21 de abril) el poseedor de cada centavo marcado recibirá un regalo.

"El primero: 100.000 dólares en efectivo.

"El segundo: un viaje alrededor del mundo.

"El tercero: la muerte.

"La respuesta a este acertijo se encuentra en las marcas de las tres monedas: círculo, cuadrado y cruz. ¿Cuál de éstas simboliza riqueza? ¿Cuál, el viaje? ¿Cuál, la muerte? La respuesta no es tan obvia.

"Al que encuentre y obtenga el primer centavo, se le enviarán 100.000 dólares sin demora. Al que tenga el segundo centavo, se le dará un pasaje de primera clase en el primer buque de vapor que salga a dar la vuelta al mundo. Pero al poseedor de la tercera moneda marcada se le dará ... muerte. Si teméis que vuestro centavo sea el tercero, deshaceos de él... ¡pero puede que sea el primero o el segundo!

"Mostrad vuestro centavo marcado al director del New el 21 de abril, dando su nombre y dirección. El no sabrá nada sobre este concurso hasta que no lea uno de estos carteles. Se le solicita que publique los nombres de los tres poseedo­res de las monedas el 21 de abril, con la marca de la moneda que cada uno tenga.

"Será inútil marcar una moneda uno mismo, ya que las fechas de las verdaderas monedas serán enviadas al editor Haverty".

Al mediodía todo el mundo había leído la noticia, y la ciudad hervía de agitación. Los cajeros empezaron a revisar el contenido de los cajones de las cajas registradoras. Las manos revolvieron los bolsillos y los monederos. Las tiendas y los bancos se llenaron de clientes que querían cambiar monedas de plata por centavos.

Jeff Haverty fue el blanco de una andanada de pregun­tas, y su edición vespertina apareció con un largo editorial que informaba todo lo que él sabía sobre el misterio, o sea exactamente nada. Esa mañana había llegado una nota con el resto de su correspondencia, una nota sin firma, y escrita a máquina en el mismo papel amarillo, dentro de un simple sobre cuyas estampillas llevaban el sello de esa ciudad. Decía simplemente: "Círculo, 1920. Cuadrado, 1909. Cruz, 1928. Sírvase no revelar estas fechas hasta después del 21 de abril".

Haverty obró de acuerdo con la solicitud, y trató de sacar todo el provecho posible a la historia.

El primer centavo fue encontrado en la calle por un niño pequeño, quien lo llevó de inmediato a su padre. Su padre, a su vez, se deshizo de él rápidamente dándoselo a su peluquero, quien lo pasó en el vuelto a un cliente antes de advertir la profunda cruz grabada en la superficie de la moneda.

El cliente la llevó a su mujer, quien inmediatamente pagó-con ella al almacenero. —¡Es demasiado riesgo, querido! — dijo ella, silenciando las protestas de su cónyuge—. No me gusta la idea de esa amenaza de muerte en el aviso ... y éste debe ser seguramente el tercer centavo. ¿Qué otra cosa podría significar esa pequeña cruz? Cruces sobre tumbas, ¿no ves el significado?

Y al difundirse esta explicación, el centavo marcado con la cruz empezó a cambiar de dueño con creciente rapidez.

Los otros dos centavos aparecieron inesperadamente antes del anochecer, uno marcado con un pequeño cuadra­do perfecto, el otro con un claro círculo.

El centavo marcado con el cuadrado fue descubierto en una máquina automática por el propietario del café La Abe­ja Laboriosa. No había forma de que pudiera haber llegado allí, informó desconcertado, y un poco asustado. Solo cuatro personas, todas ellas viejos clientes, habían estado en el café ese día. Y ninguno de ellos había estado cerca de la máquina automática, ubicada como estaba en el fondo del local, y llena de chicles viejos que, con solo verlos, no merecían un centavo de nadie. Además, el propietario había examinado la máquina por si hubiera alguna moneda la noche anterior y la había dejado vacía cuando la cerró; sin embargo, el centavo marcado con el cuadrado estaba alojado dentro de la máquina automática a la hora de cierre del 15 de abril.

Había mirado fijamente la moneda durante un largo rato antes de darla en el vuelto a una solterona de edad avanzada.

-No vale la pena -murmuró para sí-. Poseo un restau­rante que me da para vivir, y no tengo apuro por hacerme matar, en vista de la remota posibilidad de obtener esos cien mil, o en su lugar ese viaje. ¡No, señor!

La solterona echó una ojeada al centavo marcado, pro­firió un corto chillido ratonil, y lo arrojó al arroyo de la calle como si hubiese sido una tarántula.

— ¡Por Dios! —tembló—. ¡No quiero tener eso en mi cartera!

Pero esa noche soñó con puertos extranjeros, con coolies que chapurreaban una incomprensible lengua, con aletas de barracuda que cortaban la superficie de profundas aguas azules, y con ruinas de antiguas ciudades.

Un trabajador negro levantó el centavo y confió en él durante todo el día, soñando con Harlem, antes de sucum­bir finalmente al temor que lo corroía. Y el centavo marca­do con el cuadrado cambió de dueño una vez más.

El centavo marcado con el círculo fue advertido por primera vez en una pila de monedas por un pagador del Crédito Agrario.

—Recibimos monedas marcadas de vez en cuando -di­jo—. No reparé en ésta en forma especial; puede que haya estado aquí desde hace días.

La introdujo contento en su bolsillo; pero a la mañana siguiente descubrió, con profundo desaliento, que se la había dado a alguien sin darse cuenta.

—¡Yo quería conservarla! —suspiró—. ¡Para bien o para mal!

Miró ceñudamente las pilas de monedas de algún otro que estaban frente a él, y se preguntó furtivamente cuántos pagadores escaparon realmente alguna vez con efectos robados.

Un vendedor de fruta había recibido el centavo. Clavó la mirada en él con duda. —Tal vez me traigas ese dinero, ¿eh?— Lo mostró a su gorda y pringosa esposa, quien hizo el signo de los cuernos contra el "mal de ojo".

—¡Arrójalo! —ordenó ella con voz chillona—. ¡Trae mala suerte!

Su esposo se encogió de hombros y tiró la moneda marcada con el círculo a la calle. Un niño harapiento se abalan­zó sobre ella y salió corriendo a comprar un pan de regaliz. Y el centavo marcado con el círculo cambió de dueño una vez más, agarrado por dedos codiciosos, mirado fijamente por ojos hartos de escándalos familiares, cedido una vez más por la fuerza del miedo.

Los que entraban en la breve posesión de alguna de las tres monedas eran irritados por el freno y el estímulo dados por consejos antagónicos.

—¡Guárdalo!— recomendaban algunos—. ¡Piensa! ¡Puede significar un viaje alrededor del mundo! ¡París! ¡China! ¡Londres! Oh, ¿por qué no lo habré conseguido yo?

—¡Deshazte de ella! —advertían otros—. Tal vez sea el tercer centavo; no se puede adivinar. ¡Quizá los símbolos no significan lo que parecen, y el del cuadrado es el centavo de la muerte! ¡Yo, en tu lugar, lo tiraría!

—¡No! ¡No! —gritaban otros aún—. ¡Quédate con él! ¡Puede darte 100.000 dólares! ¡Cien mil dólares! ¡En esta época! ¡Pero, amigo, si serías lo mismo que un millonario!

El significado de los tres símbolos estaba en boca de todos, y ninguno coincidía con su vecino en la solución del acertijo.

—Es tan simple como engañar a una criatura ... —decla­raba un hombre—. El círculo representa el globo. El centavo del viaje, ¿lo ves?

—No, no. La cruz tiene ese significado. "Cruzar" los mares, ¿comprendes? Una especie de juego de palabras. El círculo significa dinero, la forma de una moneda, ¿entiendes?

—¿Y el cuadrado?

—Una tumba. La fosa cuadrada para un ataúd, ¿lo ves? La muerte. Es muy simple. ¡Ojalá pudiera apoderarme del centavo con el círculo!

—¡Estás loco! El de la cruz es el de la muerte; todos lo dicen. Y, créeme, ¡todos se están deshaciendo de él apenas lo reciben! Puede ser algún tipo de broma ... sin ningún peligro ... ¡pero yo no quisiera ser el poseedor de ese cen­tavo marcado con la cruz cuando, el 21 de abril, la lista esté por todos lados!

—Yo lo guardaría y esperaría, hasta que los otros dos hubieran recibido lo propio. Entonces, ¡si el mío resultara ser el malo, lo tiraría! —decía engreídamente un hombre.

—Pero él no pagará completamente hasta que no se le haya dado cuenta de los tres centavos, no lo creo —le res­pondía otro—. Y quizá la promesa no se mantenga después del 21 de abril: ¡y tú estarías perdiendo cien mil dólares o un viaje por el mundo sólo porque te asusta enterarte de ello!

—Es un gran riesgo, amigo —murmuraba el otro—.Pero, francamente, no me gustaría probar suerte. ¡El podría darme su tercer regalo!

"El" era la forma en que todos designaban al descono­cido inventor del concurso; aunque, por supuesto, no había ningún indicio ni de su sexo ni de su identidad.

—Debe ser rico —decían algunos— para ofrecer premios tan caros.

—¡Y loco!- fulminaban otros, al amenazar con matar al tercero. ¡Nunca se saldrá con la suya!

—Pero inteligente —admitían otros empero— para idear todo este asunto. Sea quien fuere, conoce la naturaleza hu­mana. Me siento inclinado a coincidir con Haverty: es solo una especie de experimento psicológico. El trata de saber si el deseo de viajar o la codicia del dinero son más fuertes que el miedo a la muerte.

—¿Crees que tenga la intención de pagar todo?

—¡Eso está por verse!

Al sexto día, Branton había alcanzado un grado de excitación casi próximo a la histeria. Nadie podía trabajar sin preguntarse sobre el resultado de la fantástica prueba al día siguiente.

Se sabía que un repartidor de almacén tenía la moneda marcada con el cuadrado, porque había estado jactándose de su indiferencia respecto de si el cuadrado representaba o no una sepultura abierta. Exhibía el centavo sin reserva, haciendo bromas sobre lo que tenía intención de hacer con sus cien mil dólares; pero en la mañana del último día per­dió el valor. Al ver a una mendiga ciega acurrucada en su esquina predilecta entre dos comercios, pasó cerca de ella y dejó caer subrepticiamente la moneda de un centavo en su caja de lápices.

—¡Yo lo tenía! —se lamentó a un amigo después de llegar al almacén—. Lo tenía aquí mismo en mi bolsillo ano­che, ¡y ahora no está! Mira, tengo un agujero en el maldito bolsillo; ¡el centavo debe haberse caído!

También se sabía quién tenía el centavo marcado con el círculo. Un joven dependiente de una fuente de soda, que tenía la clase de sonrisa fácil que gustan ver los clientes del otro lado del mostrador de mármol, había descubierto la moneda y la había sacado del cajón de la caja, alegrándose de su buena fortuna.

—Bud Skinner tiene el centavo con el círculo —se decían unos a otros, entre ansiosos y alegres—. Espero que el mu­chacho gane el viaje por el mundo: ¡le agradaría tanto! Parece hallar tanto placer en vivir; ¡es un pecado que tenga que vivir siempre en este oscuro pueblo!

Finalmente se encontró al que tenía el centavo marcado con la cruz. —¡Garitón ... pobre diablo! -murmuraba la gente en voz baja-. La muerte sería una suerte para él. Me asombra que no se haya pegado un tiro ante esto. Creo que simplemente le falta valor para hacerlo.

El dueño del centavo marcado con la cruz sonreía amargamente: - ¡Espero que este pequeño símbolo maldito signifique lo que todos creen que significa! -confiaba a un amigo.

Por fin llegó el día tan ansiosamente esperado. Una multitud se agolpó en la calle frente a las oficinas del diario para ver cuando los poseedores de las tres monedas marcadas mostraran a Haverty sus centavos y le dieran sus nom­bres para que los publicara. Para provecho de los curiosos, el director fue al encuentro del trío en la vereda del edifi­cio, a fin de que todos pudieran verlos.

La edición vespertina difundió las fotografías de las tres personas, con el nombre, la dirección, y la marca del centavo de cada uno debajo de cada fotografía. Branton leyó ... y contuvo la respiración.

En la mañana del 22 de abril, la vieja mendiga ciega se sentó en el lugar de costumbre, meditando sobre la agita­ción del día anterior, cuando varias personas la habían llevado —lo sabía por el olor a pescado del mercado situado al otro lado de la calle— a las oficinas del diario: Allí alguien había preguntado su nombre y muchas otras cosas enigmá­ticas que la habían aturdido hasta el punto que casi rompió a llorar.

— ¡Déjenme sola! —había murmurado—. Solo pido comi­da suficiente para no morir de hambre, y un lugar para dormir. ¿Por qué me llevan a empujones de ese modo y me gritan? ¡Déjenme volver a mi esquina! No me gusta toda esta confusión y rareza que no puedo ver; ¡me da miedo!

Entonces le habían dicho algo acerca de un centavo marcado que habían encontrado en el plato que tenía para la limosna, y otras cosas sobre una gran cantidad de dinero y algún peligro inminente que la amenazaba. Estaba contenta cuando la llevaron de vuelta a su sitio entre dos comercios.

Ahora, cuando estaba sentada en su lugar acostumbrado, dormitando cómodamente y susurrando un poco bajo su respiración, un papel cayó revoloteando en su falda. Palpó el rígido rectángulo, se dio cuenta de que era un sobre, y llamó a su lado a un transeúnte. *

-¿Puede abrirme esto, por favor? —le pidió-. ¿Es una carta? Léamela.

El hombre desgarró el sobre y frunció el ceño: —Es una nota -le dijo-. Escrita a máquina, y sin firma. Solo dice: ¿qué demonios? Solo dice: "Los cuatro rincones del mun­do son exactamente los mismos". Y ... ¡eh! ¡Mire esto! ... Oh, lo siento; olvidé que usted es ... ¡Es un pasaje en un buque de vapor para un viaje alrededor del mundo! Dígame, ¿no tenía usted uno de los centavos marcados?

La ciega hizo, soñolienta, una seña afirmativa con la cabeza. —Sí, el del cuadrado, decían —suspiró débilmente-. Esperaba poder ganar el dinero o ... lo otro, para no tener que mendigar nunca más.

-Bueno, aquí está su pasaje.

El hombre se lo extendió con vacilación: —¿No lo quie­re? -le preguntó al ver que ella no hacía ademán de tomarlo.

—No —dijo ásperamente la ciega-. ¿De qué me serviría?

Tomó el pasaje con súbita rabia, y lo hizo pedazos.

Casi a la misma hora, Kenneth Carlton recibía del carte­ro un abultado sobre de papel manila. Frunció el ceño al mirar de soslayo el sello local sobre las estampillas. Su amigo Evans se encontraba junto a él, aún más pálido que Carlton.

-¡Ábrelo!  ¡Ábrelo! —le pidió con ahínco-. Léelo ... ¡No, no lo abras, Ken, tengo miedo! Después de todo ... es una terrible manera de morirse. Sin saber de dónde va a venir el golpe, y ...

Carlton soltó una macabra risita, al desgarrar el pesado sobre. —Es la mejor ocasión que he tenido en años, Jim. ¡Estoy contento! Contento, Jim, ¿me oyes? Será rápido, espero ... e indoloro. Me pregunto qué es esto. ¿Un trata­do sobre cómo volarse la tapa de los sesos? —hizo caer el contenido de la carta sobre la mesa y luego, después de un instante, comenzó a reír .... tristemente ... horriblemente.

Su amigo clavó la vista en el pequeño montón de frágiles billetes, todos de una denominación mayor que todos los que él había visto en su vida. —¡El dinero! ¡Ganaste los cien mil, Ken! No puedo creer ..., —se interrumpió abrup­tamente para arrebatar un trozo de papel amarillo de entre los billetes: —"La riqueza es la cruz más grande que un hombre puede llevar" —leyó en voz alta las palabras escritas a máquina—. No tiene sentido ... ¿la riqueza? Enton­ces ... ¿la marca de la cruz significaba riqueza? No entiendo.

Estalló la risa de Carlton: —Tiene sagacidad, ese tipo ... ¡quienquiera que sea! Hay una sutil ironía en eso, Jim ... por ser la riqueza una carga en vez de la bendición que la mayor parte de la gente cree. Supongo que en eso tiene razón. Pero me pregunto, ¿sabrá qué papel realmente iróni­co juega este acto de su pequeña obra? Cien mil dólares para un hombre con ... cáncer. Bien, Jim, tengo un mes o menos para gastarlo en ... ¡un condenado mes más para sufrir antes de que todo haya terminado!

Su terrible risa estalló nuevamente, hasta que su amigo tuvo que taparse los oídos con las manos, para no oírlo.

Pero la parte más extraña de todo el asunto fue la muerte de Bud Skinner. Un momento antes de la hora de mayor afluencia, a mediodía, había encontrado un pequeño paquete, dirigido a él, en un mostrador del fondo del local. Desgarró ansiosamente el papel de envolver marrón, con una docena de amigos, poco más o menos, apiñados a su alrededor.

Lo que encontró fue una caja de plata curiosamente labrada. Oprimió el botón con dedos temblorosos y levantó la tapa hacia atrás. Un instante después su rostro adoptó una extraña expresión ... y se deslizó sin hacer ruido hasta el piso embaldosado del local.

La subsiguiente investigación policial no reveló absolutamente nada, excepto que el joven Skinner había sido enve­nenado con crotalina —veneno de serpiente— administrada por medio del pinchazo de un alfiler en el dedo pulgar cuando oprimió la trampa del botón de la cajita de plata. Esto, y la nota dactilografiada que había en la caja, por lo demás vacía: "La vida termina donde empezó ... en ninguna parte", fue todo lo que encontraron como explica­ción de la muerte del dependiente. Tampoco se reveló nunca más algo acerca del misterioso concurso de los tres centavos marcados, que probablemente estén todavía en circulación en algún lugar de los Estados Unidos.

La brujería en Gales - Mary Lewes

 Por extraordinario que parezca en estos tiempos realistas, las «brujas» y los «hechiceros» profesionales, según creo, ni mucho menos han desaparecido de las regiones rurales más remotas de Gales, aunque, por supuesto, su número, ya reducido, disminuye de día en día. Además, es muy difícil tener noticias suyas, puesto que rara vez dan pruebas de su talento. Pero no cabe duda de que pueden encontrarse con facilidad ejemplos no muy antiguos —quizá incluso actuales— de personas enfermas que consultaron con el hechicero local como último recurso cuando el tratamiento del médico tradicional había fallado.

Sea cual sea la cualidad o atributo propios de los hechiceros y las brujas, se decía a veces que era exclusivo de ciertas familias. En una aldea que quedaba a pocos kilómetros de mi casa, había una familia «de brujas»; es decir, que siempre había en ella uno u otro miembro que afirmaba tener poderes «de bruja».

La creencia en la relación entre brujas y liebres estaba muy extendida. Addison la menciona en uno de sus ensayos al hablar de una vieja bruja llamada Moll White: «Si una liebre logra escapar de forma sorprendente de unos perros de caza, el cazador maldice a Moll White […]. He visto cómo, en una ocasión así, el amo de una jauría mandaba a uno de sus criados a comprobar si Moll White había salido aquella mañana».

No solo se creía que las brujas se transformaban en liebres, sino que Elias Owen, en su Welsh Folk-lore [Folclore galés], nos cuenta que, en su época, los ancianos de Gales creían que las brujas, por medio de encantamientos, podían transformar a otras personas en animales. Recoge el caso de un hombre, en el vecindario de Ystrad Meurig (Cardiganshire), al que convirtieron en liebre mediante brujería. Refiere también el caso de una mujer de Gales del Norte que sabía, antes de que nadie se lo dijera, que cierta persona acababa de morir. El clérigo del distrito le preguntó cómo podía tener conocimiento de la muerte de aquel vecino si nadie la había informado y no había ido a su casa. Su respuesta fue: «Lo sé porque vi a una liebre venir desde la casa y cruzar el camino delante de mí». Evidentemente, la mujer había relacionado la aparición de la liebre con la muerte del hombre.

Se aprecia en esta historia un rastro de la creencia, imperante antiguamente en algunas partes de Gales, en la transfiguración de las almas, según la cual el alma que abandona el cuerpo del difunto se aloja en el de un animal.

Pero es probable que en toda Gales se tuviese a la liebre por una especie de heraldo de la muerte. Se dice que este animal era muy utilizado por los druidas en sus profecías, que hacían a partir de la interpretación de sus movimientos cuando arrancaban a correr. Así pues, es muy probable que la atmósfera incómoda que parece rodear a esta criatura inofensiva en todos los países celtas tenga su origen en su vínculo con los lejanos misterios druidas.

Antiguamente, las brujas galesas solían lanzar hechizos a animales y vecinos que las molestaban. Si la víctima era una vaca, enfermaba sin motivo aparente, dejaba de dar leche y, a menos que se rompiese el hechizo, moría. El efecto de la brujería en un cerdo consistía en una extraña locura, una especie de ataque; y también en este caso las consecuencias eran fatales si no se evitaba con un contrahechizo. No hace mucho, un recopilador de folclore citó uno de estos hechizos en un periódico local: «A una vieja bruja que vivía cerca de Llangadock (en Carmarthenshire), en una ocasión en que había embrujado a un cerdo, la obligaron después a “desembrujar” al animal. Ella puso la mano en el lomo del cerdo, y dijo: “Duwa’th gadwo i’th berchenog (Dios te guarde para tu dueño)”», lo que se antoja una forma dócil de calmar a un cerdo enloquecido.

A unos dos kilómetros y medio de mi casa, vivía una famosa bruja. Era conocida como Mary Perllan Peter, pues el nombre de su casa, situada en lo más profundo de un frondoso barranco —u hondonada, como solemos llamarlo aquí en Cardiganshire—, era Perllan Peter. Esta forma de ponerle nombre a la gente es habitual en Gales, donde la variedad de apellidos entre el campesinado tiende a ser muy limitada, con preferencia por los Jones, Davies, Evans, etc. De tal modo que el nombre de pila de la persona, seguido del de su casa, resulta mucho más distintivo que un apellido que seguramente coincide con el de un tercio de la región. Así pues, la bruja era «Mary del Huerto de Peter» (porque perllan significa «huerto», si bien nunca supe quién era Peter), y no cabe duda de que tenía grandes poderes, como demostrarán las siguientes historias.

Un día le pidió a un vecino que le trajera un poco de trigo que le hacía falta, y el hombre accedió a regañadientes, pues el sendero que llevaba hasta la casa era muy escarpado y no resultaba nada fácil bajarlo con una pesada carga de trigo. Se le cayó un poco por el camino, y Mary se enfadó mucho y farfulló amenazas delante de sus amigas cuando se marchó. Cuando él volvió a su casa y fue al establo, cuál no sería su sorpresa al ver a su pequeña yegua «sentada como un cerdo» sobre su grupa y mirando al frente con los ojos desorbitados. Se acercó a ella y tiró del cabestro para intentar ponerla de pie, pero no lo consiguió; el animal parecía incapaz de moverse. Entonces el hombre, muy asustado, se acordó de las amenazas de la bruja, pues no tenía ninguna duda de que la yegua estaba hechizada. Así que ordenó que hicieran venir a Mary para que rompiera el hechizo y, cuando esta llegó, fue derecha hacia el animal; «Moron fach[32] (¿Qué te pasa?)», fue lo único que dijo, y la yegua se puso en pie de un salto, tan sana y briosa como siempre.

En otra ocasión, Mary Perllan Peter fue al molino de un pueblo vecino para moler algo de trigo. El molinero realizó el trabajo con mucha lentitud, hasta tal punto que Mary acabó irritándose y maldijo el molino. Con lo cual, un momento después este empezó a girar en sentido contrario, y así continuó hasta que lograron aplacar a la bruja y rompió el hechizo.

Estos casos los relató un primo de Mary llamado John Pwllglas, quien, al parecer, creía sinceramente en el asombroso poder de su prima.

En Cardiganshire, como en otras muchas regiones rurales, se ha creído siempre con firmeza que, cuando la mantequilla no cuaja el día de batir la nata, es porque la nata o la mantequera han sido embrujadas. Había muchos remedios para este contratiempo: uno consistía en colgar una rama de serbal encima de la puerta de la lechería, y otro, en meter un cuchillo en la mantequera, pues todas las brujas, igual que las hadas, odian el hierro.

Conozco una casa de la que, hace unos años, la lechera se marchó en un acceso de furia. Nunca habían tenido ninguna dificultad en la preparación de la mantequilla en esa lechería en concreto, que funcionaba con gran eficiencia, pero, por extraño que parezca, desde la semana en que Jane la lechera se marchó, no había forma de cuajar la mantequilla.

Batir la nata era una tarea que en primavera se empezaba de buena mañana y duraba horas: todos los de la casa hacían turnos en la manivela, y por fin, hacia el mediodía, la renuente mantequilla se dignaba aparecer. Pero ¡qué mantequilla! Aquello era incomible, y esa situación se prolongó varias semanas; no era una cuestión de temperatura, ni de constancia en la tarea de batido, y los expertos en preparación de mantequilla no lograban dar con ninguna otra razón que explicase el sorprendente comportamiento de la nata. Por supuesto, todos los vecinos decían que Jane había embrujado la mantequera al marcharse; no soy capaz de dar una explicación, pero lo cierto es que, al cabo de cinco o seis semanas, y sin causa aparente, la mantequilla empezó de repente a cuajarse bien de nuevo, es de suponer que porque el «hechizo» había terminado.

En cierta ocasión en que fui a pasar unos días en Aberdovey, observé una depresión con forma extraña en la colina que había detrás de la escuela y, cuando pregunté, me dijeron que se llamaba Tumba de la Bruja, y que, al parecer, habían quemado allí a una bruja y enterrado después sus cenizas en el mismo lugar. El antiguo prado comunal se encontraba en el pequeño altiplano donde estaba la «tumba», así que, si se había quemado a alguien alguna vez, muy probablemente habría sido allí.

Esta es la única leyenda que he oído hasta ahora sobre brujas maltratadas en Gales. Creo que, a diferencia de lo ocurrido en otras regiones, en el Principado nunca se ha molestado mucho a las brujas y los hechiceros, sino que más bien se les temía y se les buscaba. La bruja quemada en Aberdovey, si hemos de dar crédito a la leyenda, fue quizá víctima de la terrible oleada de quemas y persecuciones que arrasó Gran Bretaña y el continente en los siglos XVII y XVIII.

La práctica de realizar hechizos con hilo estaba, según he podido averiguar, muy arraigada en la región de Aberdovey, si bien ya se ha abandonado casi por completo. Otra creencia extendida en la zona es la de la «mantequilla de bruja». Se trata de un tipo de hongo que se agita y tiembla cuando lo tocas. Trae muy mala suerte encontrárselo, pues significa que estás embrujado. El remedio consiste en coger un poco con mucho cuidado y clavarle agujas. Estas agujas remorderán la conciencia de quien te haya embrujado y conseguirán que retire el hechizo.

Llegó a mis oídos una curiosa historia sobre un capitán de barco de Aberdovey cuyo jardín estaba infestado de gusanos, lo que, según él, era resultado de un hechizo lanzado por una bruja a la que había ofendido.

Los «hechiceros» parecen haber florecido desde tiempos inmemoriales en Gales, donde cada población tenía antaño su dyn hysbys[33]. Se dice que si había tantos era por la supersticiosa práctica, extendida entre la ignorante población rural, de «sacrificar niños al Diablo» con la finalidad de convertirlos en «hechiceros». El reverendo Rees Pritchard, de Llaydovery, en un cántico contra los «prestidigitadores», alude a esta horrible costumbre:

Tynnu’r plentyn trwy ben crwcca.

Neu trwy’r fflam ar nos f’lamgaua,

a’u rhoi ymhinny felyn uchel,

yw offrumm plant i Gythraul.

Que significa: «Obligar a un niño a pasar por un aro de fuego en Halloween, y llevarlo al granero del molino para zarandearlo, es la forma de sacrificarlo al Maligno».

Creo que el primer paso de los descritos —es decir, obligarlo a pasar por un aro— podría hacer referencia a la costumbre galesa de hacer pasar a niños delicados por un fresno talado para curarlos de raquitismo u otras dolencias. Conozco a una persona que pasó por esta experiencia de pequeño, pero en su caso no cabe duda de que la intención fue únicamente curativa, y nada tuvo que ver en ello la devoción al Maligno. Sin embargo, en la época del vicario Pritchard —hace unos trescientos años, más o menos—, existían en el país, con toda certeza, muchos vestigios de creencias que han desaparecido desde entonces; del mismo modo que otras están desapareciendo poco a poco hoy en día y, a menos que los interesados en este tipo de cosas tomen nota de ellas, se perderán para las futuras generaciones.

Ni que decir tiene que el príncipe de Gales de los magos era Merlín, de quien todavía se cuentan maravillosos relatos y leyendas entre los vecinos de Carmarthen, el pueblo donde se supone que nació el gran astrólogo y adivino. Todavía se conserva una profecía suya en galés en la que predice el intento de desembarco de los franceses en Fishguard, y cómo lord Cawdor se encargaría de frustrarlo; se trata de un texto muy curioso, pero no aburriré a los lectores con más citas en lengua vernácula.

Se dice que Merlín profetizó también la inundación de Carmarthen, un desastre que, afortunadamente, no ha sucedido todavía[34].

Dejemos atrás la enigmática personalidad del gran mago, junto con otras muchas luces menos brillantes que le siguieron, y volvamos a tiempos históricos, donde encontramos numerosos ejemplos de «hechiceros» famosos, de quienes podría decirse que, en términos generales, su influencia entre la gente era beneficiosa, y su talento parecía más inclinado a la bondad que a la maldad. Un mago de Gales del Norte al que llamaban Mochyn y Nant y que murió hace unos cien años causaba pavor entre los malhechores de la región por el asombroso conocimiento que poseía de todos sus delitos, por muy en secreto que los cometiesen. De Quincey visitó una vez a Mochyn y Nant, y ofrece un divertido relato de la experiencia en sus Confesiones.

La siguiente historia, rescatada de entre mis notas, ilustra a la perfección el tipo de asunto sobre el que estos videntes eran consultados siempre.

Un caballero de Denbigshire perdió una gran copa de plata de gran valor, una reliquia familiar desde hacía varias generaciones. Después de indagar a conciencia totalmente en vano, decidió poner el asunto en manos de Robin Ddu, el mago. Robin fue a la casa solariega y, después de ponerse su gorro rojo en la cabeza, hizo llamar a los criados para que se presentaran ante él y les aseguró que encontraría al ladrón antes de medianoche. Todos negaron haber robado la copa. «En ese caso —dijo Robin—, puesto que sois inocentes, no tendréis inconveniente en que os haga una prueba mágica». Ordenó entonces que pusieran un gallo joven debajo de una olla en la despensa, y les dijo a todos los criados que frotasen la olla con las dos manos. Si alguno de ellos era culpable, el gallo cacarearía mientras el ladrón frotase el recipiente. Cuando todos hubieron pasado por la despensa, el mago ordenó que le enseñasen las manos, y advirtió que las del mayordomo estaban limpias. Su conciencia le había impedido tocar la olla. Robin lo acusó del robo, y el mayordomo lo reconoció, y al final la copa le fue restituida a su propietario.

Las siguientes historias, que me han llegado por la mejor de las fuentes, nos llevan al concejo de Llanfihangel-Geneurglyn, en Cardiganshire, y el John Price que se menciona vivía hace muy pocos años y, que yo sepa, sigue vivo.

Había un hombre en el pueblo de Llanfihangel que tenía una vaca enferma. No conseguía averiguar lo que le ocurría al animal, y al final, desesperado, fue a consultar a John Price, el hechicero, que vivía en Llanbadarn-fawr, a solo unos kilómetros. John afirmó de inmediato que la vaca estaba embrujada.

—Porque, como puedes ver —dijo—, tiene todos los dientes flojos.

—Caray, y ¿quién le habrá hecho eso? —preguntó el granjero.

—No lo sé —le respondió el hechicero—, pero sí puedo decirte que la persona que la ha embrujado ha visitado tu casa hoy.

No dijo nada más, y el granjero se marchó corriendo a su casa.

Fue a examinar la boca de la vaca sin perder un instante y, en efecto, todos los dientes estaban flojos. A continuación le preguntó a su mujer:

—¿Quién ha venido hoy?

—Nadie —respondió ella—, excepto… —y dijo el nombre de una pobre muchacha que iba de vez en cuando a buscar trabajo. Así supo el granjero quién había hechizado a su vaca, que, dicho sea de paso, se recuperó.

En el mismo distrito de Llanfihangel había un niño muy enfermo; tan enfermo, de hecho, que los médicos lo habían desahuciado. El padre fue en secreto a consultar a John Price, quien afirmó que el niño estaba embrujado pero se recuperaría; y así fue.

Conozco a un hombre que era vicario de este distrito cuando se dieron estos dos casos, y fue él quien los puso por escrito. Ahora es vicario de un distrito en el norte de Pembrokeshire.

Cerca de Borth (en la costa, a poca distancia de Aberystwyth), vivía en una granja otro hechicero al que se le consultaba a menudo. Llegó a mis oídos el caso de una joven que estaba enferma, y su familia pensaba que la habían embrujado, conque la llevaron al hechicero, quien les dijo que, cuando volviesen a casa, la primera persona que se encontrasen por el camino sería la «bruja» que le había echado el maleficio. Salieron hacia su casa, y no habían avanzado mucho cuando ¿a quién se cruzaron sino a un pobre anciano inofensivo que, como bien sabían ellos, no podía ser el responsable de aquella maldad? Así pues, volvieron a toda prisa a contárselo al hechicero, quien les respondió con calma:

—No ha sido él, sino su hermano fallecido. Y la muchacha no se pondrá bien hasta que el cuerpo de ese hombre se descomponga. —Es decir, al cabo de unos veinte años.

La historia no aclara si la familia creyó al mago en esta ocasión, pero la persona que me habló de él dijo que tenía muchos clientes, y que una de sus habilidades consistía en escribir «conjuros» para que la gente los llevase encima.

Por los días en que me hablaron de este mago, mi informador me preguntó si alguna vez había oído algo sobre el «vicario Pritchard de Pwllheli» (ya fallecido), quien en su época fue un conocido ahuyentador de fantasmas, y cuya fama aún perdura en Merionethshire, pues estaba muy solicitado en todo el país cada vez que un espectro molesto incordiaba. Provisto de una vela y un libro, al modo ortodoxo, le decía al fantasma:

—¿Me prometes que dejarás de perturbar esta casa mientras dure esta vela?

El espíritu lo prometía encantado, pensando que no tendría que esperar más que una o dos horas. Pero el vicario apagaba al momento la llama y metía la vela en una caja de plomo, la cerraba herméticamente y la enterraba bajo un árbol, donde sigue hoy en día, y el fantasma no puede seguir haciendo daño.

La mayoría de los lectores me perdonará esta digresión irrelevante por el ejemplo que supone de un clérigo más o menos moderno actuando como ahuyentador profesional de fantasmas.

El relato que sigue, sobre una bruja de Pembrokeshire, me lo mandó un viejo amigo hace algunos años, y es preferible reproducirlo aquí con sus propias palabras, cambiando tan solo los nombres personales por sus iniciales.

Estuve en Carmarthen la semana pasada, y volví en compañía del archidiácono H. y el señor H. W. En Whitland, un médico local entró en el compartimento; yo no lo conocía, pero ellos sí, y esto es lo esencial de lo que nos contó: vivía cerca de la abadía de Whitland una famosa bruja. La casa de esa mujer se vendió, y quien la compró fue un cuñado del narrador de la historia. Un guardabosques del señor Z., el propietario de la abadía, entró en la casita de la bruja. Ella se enfadó mucho y anunció que ajustaría cuentas con todos los implicados. Lo que ocurrió fue lo siguiente: la mujer del guardabosques se convirtió en madre (el narrador atendió el parto), y el niño nació con un número anómalo de extremidades, y murió. El cuñado del médico se vio aquejado de repente por una misteriosa enfermedad mientras se vestía una mañana, y tuvo que guardar cama durante mucho tiempo. El médico perdió una vaca, dos caballos y una cerda.

Estos sucesos causaron un gran revuelo, e incluso el señor Z. estaba preocupado. Era un poco supersticioso y estaba impaciente por que el médico le sacase sangre a la bruja colocando la hoja de un cortaplumas entre el dedo índice y el pulgar de tal modo que sobresaliese lo justo para hacerla sangrar sin producirle una herida grave. El médico dijo que no estaba dispuesto a hacerlo, porque ¡la mujer lo denunciaría por agresión!

Cuando se le requirió, el médico atendió a la bruja, pero por nada del mundo se habría atrevido a presentarle la factura.

Si los hechos relatados anteriormente son ciertos, sin duda presentan un ejemplo extraordinario de «malevolencia»: un poder que desde hace siglos se cree que poseen unas pocas personas de voluntad férrea y disposición malvada, y que inspira un miedo tan antiguo como la humanidad, aún latente, como hemos visto, entre la población rural de regiones remotas de este y otros muchos países.

El tema de las brujas nos lleva de forma natural a los extraordinarios remedios que prescribían a menudo y a los antiguos herbolarios hasta llegar a los albores del pasado siglo, o después incluso. Todavía puede encontrarse a gente que visita y consulta a los herboristas, encontrándolos a veces escondidos en tendejones oscuros y polvorientos de callejuelas apartadas del centro, o viviendo, solos por lo general, en apartadas casitas de campo cerca de algún bosque o páramo en remotas zonas rurales. Y no hay duda de que algunas de las mixturas que prescriben estos «herboristas» modernos son efectivas y están preparadas hoy en día a partir de productos alimenticios comunes y plantas más o menos saludables y totalmente inofensivas. Es improbable, por ejemplo, que un herbolario del siglo XX le venda lombrices secas a un paciente como remedio para los ataques, o le recomiende aceite de lombriz para tratar los nervios y «aliviar el dolor de las articulaciones». Y, aunque se recetasen estos remedios, nadie en su sano juicio se tomaría algo tan nauseabundo.

Sin embargo, hace poco más de un siglo, no solo era habitual encontrar en las prescripciones de «hechiceros» y herbolarios cosas así de desagradables, sino que hay razones fundadas para creer que ingredientes que hoy se nos antojan espantosos eran ingeridos con docilidad y fe ciega en su eficacia por personas cultivadas, no solo por las clases ignorantes y menos exigentes.

Me prestaron en una ocasión un libro antiguo y curioso; se titulaba A General Dispensatory [Farmacopea general], del doctor R. Brookes, y la fecha de publicación era 1753. Había una larga lista, ordenada alfabéticamente, de toda la materia medica utilizada en el siglo XVIII, y algunas de esas «materias» eran de lo más extrañas. Una buena parte del recetario consistía en preparaciones a partir de varios tipos de piedra; de estas, las principales eran la piedra de águila, la piedra de judío, la de bezoar y la de sangre. El bezoar se extraía de ciertas especies de «cabra montés, llamada por algunos “capricarva” […]. Se trata de un animal muy medroso al que le encanta la montaña y rara vez desciende a la llanura […]. Se ensalza el uso de las piedras como antídoto contra toda suerte de venenos, plagas, enfermedades contagiosas, fiebres malignas; contra la viruela y el sarampión»…

Estas piedras se molían y se administraban en polvos. Otras se aplicaban externamente frotando la parte afectada. Me consta que hay una piedra en Cardiganshire, del tamaño de una canica grande, que era utilizada antiguamente para curar el bocio; se les prestaba a los afectados por esta dolencia para que la frotasen contra su cuello. Su actual propietaria, una dama anciana, conoce casos en los que la piedra, sin la menor duda, curó esta enfermedad en otros tiempos. Al parecer, existe la creencia de que dicha piedra está relacionada de algún modo con una serpiente, si bien nadie recuerda la naturaleza exacta de esa relación. Pero es muy probable que se la conociera en tiempos remotos como piedra de serpiente, y que se creyera que había sido extraída de la cabeza de una serpiente; pues en Gales se pensaba que ese tipo de piedras se encontraban a veces en la cabeza de sapos y víboras, y que estaban dotadas de maravillosos poderes mágicos y curativos.

La piedra de sangre, por supuesto, se ha utilizado desde tiempos inmemoriales para detener hemorragias, y otro remedio para lo mismo era el hueso o «piedra» sacado de la cabeza de un manatí o vaca marina. Llevar pelo de liebre en el bolsillo prevenía el ardor de estómago. Otro remedio «de bolsillo» era una patata para el reumatismo, y tengo constancia de que se confiaba en él hasta hace muy poco tiempo. Por lo visto, los ojos de cangrejo —probablemente secados y en polvo— eran una medicina popular; se decía que la mandíbula de lucio tenía propiedades muy parecidas a las de los ojos de cangrejo, pero resultaban más «eficaces para la pleuresía y la neumonía». El ámbar gris, quemado y reducido a polvo, se echaba en un calientaplatos, y el humo se inhalaba para detener las hemorragias nasales. Este precioso producto marino se llevaba a modo de amuleto contra las brujas, el mal de ojo[35] y la ceguera.

El caldo de caracoles se consideraba un gran remedio rural para la tisis antiguamente. Culpeper, en su libro Herbal, da una receta para prepararlo. «Se lavan los caracoles con su concha, a continuación se rompe la concha y se hierven en agua mineral, pero sin quitar la espuma, pues esta se irá depositando en el fondo por sí sola, y el caldo resultante, tomado como una bebida normal, es un remedio excelente para la tisis». El «agua de caracol» también se prescribe para la misma enfermedad; era una mixtura verdaderamente espantosa, pues, además de «dos kilos de caracoles de jardín», incluía hiedra picada, pata de potro, escabiosa, pulmonaria, verdolaga, ambrosía, verónica, sangre de cerdo castrado y vino blanco, hojas secas de tabaco, orozuz, elecampana, orris, semillas de algodón, semillas de anís, azafrán, rosas rojas, violetas y flores de borraja; se dejaba macerando tres días y después se destilaba. Uno se pregunta si el desdichado paciente que ingería esta decocción tenía la menor idea de lo que estaba tragando. Un pulmón de zorro desecado y convertido en jarabe, así como succionar el extremo de un palo de regaliz, eran también «remedios de acción rápida en tísicos».

Las natillas, o el trigo hervido hasta crear una gelatina, eran otro remedio rural para la tisis, especialmente en Gales, donde los ancianos también ensalzaban las virtudes de la infusión de ortigas, «muy buena para el pecho» y para dolencias varias.

Una decocción de semillas de ortiga se suponía que curaba la rabia, pero no era el único remedio aconsejado para esta temida enfermedad. Una que encontré en un recetario manuscrito muy antiguo, bajo el encabezamiento «Para la mordedura de un perro rabioso», era sencilla en extremo: «Pelar una cebolla, mezclarla con miel y sal y aplicar en la herida». Frotar con cebolla una picadura de abeja o avispa proporciona sin duda un alivio inmediato, pero cuesta imaginar que pueda hacer mucho para contrarrestar el veneno mortal de la rabia. La raíz de hepática —lichen caninus— se consideraba infalible para curar o prevenir en el caso de mordedura de perro rabioso. Hay que mezclar la hepática molida con pimienta negra, y el paciente «debe perder entre doscientos cincuenta y trescientos mililitros de sangre, para después tomar dos gramos y medio del polvo todas las mañanas en ayunas, durante cuatro mañanas seguidas, con un cuarto de litro de leche de vaca tibia; a continuación ha de meterse en una bañera con agua fría, en un manantial o en un río a primera hora de la mañana, antes de desayunar, durante cuarenta días seguidos, sumergiéndose por completo; pero no debe permanecer allí con la cabeza fuera del agua más de medio minuto, si el agua está muy fría».

Otro curioso específico para la rabia lo menciona Iolo Morganwg en su Diario de 1802. Mientras paseaba en dirección a Llanfernach, en North Pembrokeshire, se encontró con un hombre «que cargaba con una piedra por aquella región, que él llamaba Llysfaen. La raspaba con un cuchillo para conseguir polvo y lo vendía a unos cinco chelines la onza como remedio infalible para la rabia canina. Decía que aquella piedra solo podía conseguirse en la montaña después de una tormenta eléctrica, y que no todos eran capaces de encontrarla. Yo le aseguré que no era más que alabastro de Glamorganshire, pero me sorprendió oír a mucha gente afirmar con rotundidad que habían visto con sus propios ojos cómo esos polvos curaban la rabia en perros y en personas, después de haberlos tomado con leche nueve días seguidos, durante los cuales eran la única bebida y también el único alimento».

Un método mucho más drástico que el arriba mencionado para tratar a pacientes con rabia lo cita la señora Trevelyan como un remedio que antiguamente gozaba de gran popularidad en toda la costa de Gales. A la persona que había sido mordida se la llevaba en barco al mar. «Antes de nada, se la ataba con firmeza de pies y manos, y, cuando ya estaba a cierta distancia de la costa, dos hombres la sumergían en el agua tres veces. En cada ocasión, al hombre, o mujer, si ese era el caso, se le preguntaba si había tenido suficiente. Pero, justo cuando abría la boca para responder, lo hundían de nuevo. La zambullida se repetía nueve veces, haciendo una pausa cada tres para darle al paciente la oportunidad de tomar aire. La impresión o el miedo temporal producido por las zambullidas, y la cantidad de agua tragada, obraban su efecto».

La recurrencia del número nueve en muchas de estas viejas recetas resulta llamativa, y pone de manifiesto que estos tratamientos rudimentarios escondían un significado místico en el que residía el poder «curativo», y que posiblemente seguía curando a los que los utilizaban con fe mucho después de que ese significado cayera en el olvido.

Verdaderamente asombrosos eran algunos de los remedios prescritos para «la enfermedad que te derrumba», como se conocía a la epilepsia. Ya he mencionado el uso de lombrices en polvo, pero también se tomaban decocciones de madera y hojas de muérdago; y la pezuña de alce, bien llevándola en un anillo, bien raspada e ingerida, era una recomendación habitual. «Pero —aclara una autoridad en la materia— tiene que ser la pezuña de la pata trasera derecha». Con más fervor aún se creía en el poder curativo de un polvo hecho a partir de cráneos humanos, un ingrediente repugnante que figura en una receta que tengo para «los ataques convulsivos». «Tómese cinabrio nativo, raíces de peonía macho y un preparado de cráneo humano, treinta gramos de cada cosa; azúcar blanco y sal de ámbar, dos gramos de cada; mézclese todo y divídase en cuarenta y ocho partes iguales. Esta es la receta del doctor Pughe».

Se consideraban especialmente valiosos los cráneos de quienes habían sufrido una muerte violenta, y las cabezas de los delincuentes se compraban con avidez por este motivo. El hígado de erizo, secado, pulverizado y bebido con vino, era otro específico para la epilepsia.

Las víboras eran muy apreciadas como medicina en varias partes del país, y, preparadas de diversas formas, se tomaban con gran fe. La antigua farmacopea citada más arriba dice: «La carne de víbora se considera un fantástico reconstituyente, muy balsámica, enemiga de toda malignidad y excelente para purificar la sangre, razón por la que se prescribe para alargar la vida y contrarrestar venenos».

He leído una vieja receta para preparar «caldo de víbora», que incluye pollo además de serpiente; solo cabe esperar, pues, que el sabor predominante fuera el del ave y no el de la sierpe.

No parece del todo descabellado que haya varias hierbas que posean propiedades terapéuticas para mejorar la visión; la eufrasia se utilizaba mucho a tal objeto. Pero cuesta creer que comer crías de golondrina, algo que se recomendaba también, pudiera beneficiar en algo a los ojos, a menos que los polluelos se tomasen acompañados de una ingente cantidad de fe.

En algunos distritos, se creía que llevar un sapo desecado en el sobaco prevenía la fiebre. A los pobres animalillos los metían vivos en una vasija de barro y los secaban poco a poco en un horno con calor moderado hasta que estaban listos para reducirlos a polvo. El mismo procedimiento se seguía con las abejas; y una antigua receta dice: «Quemar hasta reducir a cenizas y convertirlas en sosa, y de pelo se cubrirá la cabeza calva que se lave con ella».

Un extraño remedio para la ictericia consistía en rebozar con mantequilla una araña viva hasta formar una píldora y tragársela. Muy recientemente leí en el periódico el caso de un niño al que habían encontrado con una araña encerrada en una nuez que, a su vez, llevaba colgada del cuello con el propósito de curarse de tos ferina. Pero lo llevaba a modo de amuleto, por supuesto; un tipo de remedio que, según parece, gozará de popularidad mientras el mundo siga girando.

Las bebidas dietéticas eran un recurso frecuente de los médicos poco profesionales de las zonas rurales, y seguro que pueden encontrarse recetas para su preparación en alguno de esos singulares «libros caseros» que atesoran las viejas casas solariegas. Tuve la oportunidad de hojear uno de ellos, y di con una receta para la preparación de una «bebida dietética» compuesta por no menos de diecinueve ingredientes, en su mayoría hierbas, tales como saúco menor, celidonia, retama negra, aro, verónica, ajenjo, eufrasia, etcétera, etcétera, hasta llenar «dos cubos y medio de bebida». Siento lástima por la pobre víctima que tuviera que empezar el día bebiéndose una taza de tan nauseabunda mixtura.

En el Cardiganshire actual, se cree que una decocción de zuzón silvestre es excelente para el reumatismo; y otra de ajo se recomienda para «la indigestión». Me consta que en ese mismo condado se aplican hojas de zarzamora para curar úlceras; se trata de un remedio muy antiguo, y su supervivencia es interesante. Como también lo es que en la parroquia de Talybont, en North Cardiganshire, haya una familia que posee una receta para la cura de la erisipela, la cual ha alcanzado una fama considerable en la zona, pero cuyo secreto no conoce nadie más que ellos.

Ese punto de secretismo es una característica común a casi todos estos «remedios» rurales; vestigio sin duda de la antigua creencia de que, para que un tratamiento médico funcione, debe estar envuelto en misterio.