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La leyenda de Sleepy Hollow - Washington Irving (Parte 1)

Era una tierra plácida de inquieta y dulce fantasía, en la que brotaban sueños ante los ojos entornados y fantásticos castillos en las nubes que pasaban, las que jamás huyen de un cielo de verano. Castillo de la Indolencia   Encontrada entre los papeles del difunto Diedrich Knickerbocker          En lo más profundo de una de las inmensas ensenadas de playas que el Hudson acaricia en sus orillas orientales, se produce un enorme ensanchamiento al que los viejos marinos holandeses llamaron en tiem­pos Tappan Zee; para navegarlo, recogían las velas prudentemente mientras invocaban a San Nicolás.         Justo allí se alza una pequeña aldea con su puerto recoleto, a la que algunos dan el nombre de Greensburg, pero a la que la mayoría de la gente llama Tarry  Town. Recibió este nombre, por lo que sabemos, en tiempos antiguos; se lo dieron las bue­nas mujeres de un villorrio vecino, pues era en las tabernas de Tarry Town d...

Dulces para esa dulzura - Robert Bloch

Irma no tenía figura de bruja. Tenía unos rasgos menudos, regulares, un cutis melocotón y crema, ojos azules, y cabello rubio, casi ceniciento. Además, era una niñita de ocho años. —¿Por qué la fastidia así? —sollozaba miss Pall—. De este modo le vino la idea, al principio: porque él la llama brujita. Sam Steever acomodó nuevamente la voluminosa barriga en el crujiente sillón giratorio y plegó las gordas manos sobre el regazo. Su adiposa máscara de abogado permanecía impasible; pero estaba bastante afligido. Las mujeres como miss Pall no deberían sollozar nunca. Las gafas les resbalan, la delgada nariz se les encoge, los arrugados párpados se les enrojecen y el lacio cabello se les desordena. —Por favor, domínese —invitaba Sam Steever—. Quizá si discutiéramos ese asunto, desde el principio hasta el fin, de una manera sensata... —¡No me importa! —miss Pall se sorbía las lágrimas—. Yo no vuelvo allá. No lo soporto. Y a fin de cuentas, tampoco puedo hacer nada. Aquel hombre es...