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El alquimista - H. P. Lovecraft

Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. 

Sus antiguos torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso del invasor.

Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. 

Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora poderosos señores del lugar.

Fue en una de las vastas y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. 

Nunca conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre. 

Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. 

Por entonces, Pierre me había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.

Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo que más llamaban mi atención.

Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. 

A lo que me refiero es a la temprana edad en la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos años. 

En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el increíble relato que tenía ante los ojos.

El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. 

En él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malhadado, debido a su siniestra reputación. 

A pesar de su clase, había estudiado, buscando cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. 

Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las prácticas más odiosas. 

El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.

Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. 

Sin más demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto en vano. 

Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C. 

«Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida  

Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»

Proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche. 

El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban la colina.

El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. 

Pero cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su temprana muerte. 

Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera su infortunado antepasado al morir.

Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. 

Solitario como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación para la extraña maldición que afligía a mi familia. 

En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. 

En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.

Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo enterré, sin ayuda, bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados. 

Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos. 

Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad. Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.

Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con aprensión. 

Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo. Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.

El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados de los antiguos torreones. 

En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance. 

Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. 

Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. 

Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. 

Mis inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que pueda imaginarse. 

Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana. Era un hombre vestido con un casquete y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión. Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca antes viera en un hombre. 

Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. 

Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Por fin, la figura habló con una voz retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. 

Esa aparición hablaba de la maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier. 

Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora el odioso narrador. 

Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su vengativa maldición. 

Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y juventud eternas.

Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años antes con mi antepasado. 

Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el frustrado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.

Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y, recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos pasados desde la época de Charles le Sorcier? 

El peso del espanto, sufrido durante años, desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en una interminable pesadilla. 

Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de la puerta gótica. 

Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. 

Al fondo de la estancia había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del suelo. 

Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca retorcida. 

A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada. Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí estremecer al observarlo.

Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.

—¡Necio! —gritaba—. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE SORCIER!

El Buque Misterioso - H. P. Lovecraft

 The Royal Press, 1902

  

 Capítulo 1

 En la primavera de 1847, el pequeño pueblo de Ruralville se vio sacudido por una general excitación debida a la entrada de un extraño bergantín en el puerto.

No llevaba bandera alguna y todo hacía que resultase de lo más sospechoso.

No tenía nombre. Su capitán se llamaba Manuel Ruello. El interés aumentó, no obstante, Cuando John Griggs desapareció de su casa. Eso ocurrió el 4 de octubre y el 5 el bergantín se había marchado.

 

 Capítulo 2

 El bergantín, al partir, fue interceptado por una fragata de los Estados Unidos y se produjo una lucha tremenda. Cuando terminó, habían perdido a un hombre, llamado Henry Johns.

 

 Capítulo 3

 El bergantín continuó su ruta en dirección a Madagascar, hasta llegar. Los nativos huyeron despavoridos. Cuando volvieron a reunirse al otro lado de la isla, uno de ellos había desaparecido. Su nombre era Dahabea.

 

 Capítulo 4

Al final, se decidió que había que hacer algo. Se ofreció una recompensa de 5.000 libras por la captura de Manuel Ruello, y entonces llegó la impactante noticia de que una nave indescriptible se había hundido en los cayos de Florida.

 

 Capítulo 5

Se envió un buque a La Florida y entonces supieron qué había pasado. En medio del combate, habían botado un submarino y había cogido lo que quería. Y allí estaba, balanceándose tranquilamente en las aguas del Atlántico, cuando alguien dijo: “John Brown ha desaparecido”. Y desde luego que John Brown había desaparecido.

 

 Capítulo 6

El encuentro con el submarino y la desaparición de John Brown provocaron nueva excitación entre la gente, y fue entonces cuando se produjo un nuevo descubrimiento. Pero, para hablar de este, es necesario antes tocar una cuestión geográfica. En el Polo Norte existe un inmenso continente formado por suelo volcánico, una de cuyas partes es accesible a los exploradores. Es la llamada Tierra de Nadie.

 

 Capítulo 7

En el extenso sur de la Tierra de Nadie se descubrió una choza, así como algunos otros signos de habitación humana. Entraron sin dilación y allí encontraron, encadenados al suelo, a Griggs, Johns y Dahabea. Estos tres, después de llegar a Londres, se separaron y se fueron, Griggs a Ruralville Johns a la fragata y Dahabea a Madagascar.

  

Capítulo 8

Pero el misterio de John Brown seguía sin resolver, por lo que se mantuvo una estricta vigilancia sobre el puerto de Tierra de Nadie, y cuando el buque submarino llegó, y los piratas, uno por uno, y encabezados por Manuel Ruello, abandonaron el barco, fueron reducidos por la fuerza de las armas. Tras la lucha, Brown fue rescatado.

 

 Capítulo 9

Griggs fue recibido regiamente en Ruralville y se dio una cena en honor de Henry Johns, Dahabea llegó al rey de Madagascar y Brown a capitán de su barco. 

El Visitante del Cementerio - J. Vernon Shea

 

Los que iban a visitarle por primera vez siempre tenían dificultad en localizar las señas de Elmer Harrod, pues aunque su calle estaba a escasa distancia de una de las grandes arterias de la ciudad, un grupo de abetos obstruía parcialmente la entrada. Un gran cartel, CALLE SIN SALIDA, desalentaba, además, a entrar, aparentemente contrarrestado por una pequeña flecha que temblaba al viento, con esta leyenda: CEMENTERIO VIEJO DE DETHSHILL.

A pesar de la señal indicadora, no habla acceso para coches ni peatones, ni tampoco casa para un vigilante. Uno tenía que saltar por encima de una pequeña cerca de piedra, ya que ésta era la parte posterior del cementerio. El cementerio propiamente dicho hacía tiempo que no se utilizaba por estar ocupado todo el terreno. El último entierro había tenido lugar hacía más de cincuenta años.

Las autoridades de la ciudad se ocupaban poco de la conservación de este cementerio. Hacía doce años habían tratado de abrir una calle por allí, pero el proyecto levantó tal clamor, dado que suponía la profanación de una tierra sagrada, que tuvieron que abandonarlo. Después de ganar el pleito, los defensores del histórico cementerio olvidaron pronto el asunto. 

Ahora, sus calles interiores se hallaban en tal estado de abandono, con la maleza susurrando triunfante por encima del hormigón agrietado, que habría sido imposible transitarlas en coche. Incluso el camino de tierra que circunvalaba e1 cementerio por el exterior y cruzaba sus calles en diversos puntos estaba abandonado, pues los caballos se comportaban de un modo extraño al pasar por él, dando saltos y sorteando obstáculos invisibles.

La calle de Harrod desembocaba al pie de la cuesta. Harrod tenía pocos vecinos, aunque un cierto número de casas de su alrededor, ruinosas, desmoronadas y abandonadas hacía mucho tiempo, ofrecían su precaria protección a los vagabundos. La casa de Harrod estaba al final de la calle, pegada a la cerca del cementerio. Era un edificio declaradamente de época victoriana, con cúpula, azotea, gabletes y demás aditamentos. Su ampulosidad encantaba a la acusada vena histriónica de Harrod, y era la única razón de que la comprara. De no haber estado dotada de tales detalles góticos, Harrod habría considerado necesario añadírselos.

Harrod se jactaba incluso de que la casa contenía un pasadizo secreto, aunque nunca lo enseñó a sus invitados, «de otro modo ya no sería secreto». Sus invitados sospechaban que eran fantasías propias de él -Harrod lo exageraba siempre todo-, pero era completamente cierto.

Harrod había descubierto el pasadizo de la manera más extraña. Poco después de instalarse en la casa habla tenido un sueño; un sueño turbador en el que le habían llamado de noche para asistir a un singular ritual; había bajado al sótano y, como si estuviese muy familiarizado, había presionado en cierto lugar de la pared, y luego se había introducido por un pasadizo que se había abierto repentinamente. El sueño terminaba aquí, antes de averiguar adónde conducía el pasadizo ni por qué había sido llamado. Por la mañana volvió a la pared del sótano, juzgando que hacía una tontería, buscó un resorte oculto... y lo encontró.

El pasadizo, había descubierto, consistía en un túnel excavado en la tierra.

Parecía adentrarse kilómetros y kilómetros, húmedo y cubierto de telarañas, sin que pareciese tener fin, con invisibles respiraderos que permitían que circulase un poco de aire. A lo largo del recorrido, había anillas fijas en las paredes para sostener antorchas; y a juzgar por el suelo -que no era exactamente de tierra apisonada, sino de algún material desgastado-, se notaba que habían pasado muchos pies por este camino. Ni aun el haz de luz era capaz de penetrar todas las cavidades que desembocaban en el pasadizo, pero al parecer no contenían nada de interés; ni siquiera huesos y cráneos, que era lo que casi había esperado encontrar. El túnel era lo bastante ancho y alto como para que pudiesen apresurarse a acudir varias personas.

Apresurarse..., pues notaba una sensación de urgencia en el túnel. La gente que había pasado por aquí no había caminado morosamente. Incluso Harrod sentía premura por llegar al final. Pero acababa inesperadamente en una pared lisa. No torcía ni a un lado ni a otro, y aunque recorrió repetidamente con el haz de luz toda la superficie, no pudo descubrir señal alguna de interruptor ni botón. Al pegar el oído a la pared, le pareció oír al otro lado un rugido distante, como de oleaje; pero él sabía muy bien que eso no podía ser, pues la casa estaba a kilómetros de distancia del mar.

En los días siguientes, Harrod hizo muchas excursiones al túnel, pero no consiguió pasar del muro. Sin embargo, tras una nueva exploración, descubrió que uno de los nichos tenía una salida que no había advertido, una prolongación del túnel que conducía hacia arriba, y siguiendo por ella, llegó a un rincón apartado, detrás de un mausoleo del viejo cementerio de Dethshill.

Tal vez fue este descubrimiento lo que hizo que aumentase su interés por el cementerio. El cementerio viejo de Dethshill tenía muy pocos visitantes. A veces Harrod veía, desde el mirador de su casa, a algún anciano buscando trabajosamente la tumba de algún antepasado, o a algún anticuario con su cámara fotográfica andando de aquí para allá en busca de alguna lápida especialmente vieja, o a algún joven estudiante de arte con idea de sacar copia de alguna curiosa inscripción. 

De vez en cuando, una pareja de enamorados concertaba allí su cita; los vagabundos guisaban sus breves comidas en pequeñas fogatas; y los niños nuevos de la vecindad trepaban encantados sobre su cerca, asombrados ante tantos acres de terreno donde jugar. Pero ni siquiera durante el día se demoraban demasiado. Pronto se retiraban ligeramente asustados.

El cementerio había tenido en la ciudad larga fama de lugar poco agradable, y su reputación no mejoró precisamente cuando Harrod descubrió, al año de estar viviendo en la casa, junto a una de sus calles, el cadáver de un vagabundo. Le habían degollado hacía poco con algo muy afilado. Posiblemente, el crimen había sido cometido por otro vagabundo, por venganza, o tal vez era obra de algún animal de gran tamaño. Comunicó su descubrimiento a las autoridades; vino la policía, realizó una rápida inspección y se llevaron el cadáver rápidamente.

En el cementerio proliferaban los árboles; descendían hasta el valle para beber del serpenteante riachuelo y subían decididamente laderas arriba. Crecían en espesor, empujándose con las ramas unos a otros en su lucha por el espacio vital, tan juntos que ni aun a mediodía lograba el sol penetrar completamente entre sus copas; de modo que cuando Harrod se tendía bajo uno de ellos, el sol no era más que un temblor en el cielo.

Podría pensarse que con tal abundancia de árboles, el cementerio bulliría con los cantos de los pájaros, pero Harrod no había oído ni visto jamás un solo pájaro allí. Sin embargo, el cementerio no estaba nunca tranquilo: había un constante rumor de crujidos o ruidos furtivos; aunque Harrod no había sorprendido aún a ninguna bestezuela, ni siquiera a una rata almizclera en el riachuelo, o a un nervioso ratón de campo. Tal vez no era él buen observador, aunque cuando se detenía a mirar una inscripción y oía un chasquido de ramas tras él, por muy rápido que se volviese nunca descubría nada.

Hay algo misterioso en las espesuras que no dejan filtrar el sol, en las que reina una sensación de crepúsculo aun en pleno mediodía; y Harrod, atraído, volvía una y otra vez al lugar, sólo con idea de sorprender a lo que fuera que acechase entre los árboles. Pero por mucho que esforzaba sus ojos, y volvía la cabeza inesperadamente, o mantenía la mirada fija en el suelo para levantarla de pronto, no lograba descubrir ni una sola vez a ningún ser vigilándole, ni siquiera un ciervo asomando su hocico inquisitivo. No había nada más que árboles y espacios entre ellos y hojas agitadas por el viento.

Y los árboles tenían aspecto de bosque primitivo, como quizá lo tuviera esta región antes de aparecer el hombre. Estos bosques no querían visitantes, y Harrod sentía que era un intruso.

Pero él tenía que entrometerse, pues lo llevaba en su sangre, como el actor que se siente impulsado a actuar en el escenario a oscuras de un teatro vacío.

Experimentaba, debido a la proximidad de su casa, un sentimiento de propiedad sobre el cementerio, y se sentía vivamente contrariado los raros días en que alguien entraba a pasear por allí.

La casa de Harrod resultaba familiar a miles de telespectadores, ya que en su programa, Harrod aparecía frecuentemente delante de ella, con alguna de sus horrendas caracterizaciones. Otras veces la cámara se detenía morosamente en alguna de sus singularidades arquitectónicas -la gárgola del tejado era el motivo favorito-, y finalmente descubría a Harrod en su biblioteca, en medio de su impresionante colección de libros fantásticos. 

Harrod sonreía al espectador, quizá acariciaba su falsa barba, y señalaba con el dedo algún libro que podía tener alguna relación con la película que iban a pasar. Con voz ampulosa, aflautada, contaba la historia del vampiro u hombre-lobo o ghoul, mientras se iniciaba el filme.

Porque la especialidad de Harrod -y su medio de vida- era presentar películas de miedo, cuanto más viejas y gastadas mejor, para una audiencia de televisión predominantemente juvenil. 

Sabía que los jóvenes seguían su programa –eso decía él al menos-, no por fingidos escalofríos, sino por los sardónicos comentarios con que empedraba él la acción de la película. Comentaba destructivamente la actuación, la calidad del guión y las evidentes falsedades de los decorados, y «animaba» a los actores: «Adelante, Bela, enseña ahora tus colmillos.» «Será mejor que no entre ahí, señora.» «Malo tú también.» Harrod se mostraba sordo para los entusiastas de las películas de horror que le llamaban por teléfono para sugerirle que dejase las películas en paz. Una vez que se hartaron, cualquier filme fue bueno para sus dardos.

Con el paso de los años, el cementerio fue ejerciendo progresivamente una suerte de fascinación sobre Harrod. Escondía un misterio que él estaba decidido a penetrar. Durante un tiempo, abrigó la sospecha de que alguien - no de sus vecinos, quizá, o de sus telespectadores- había tomado la costumbre de gastarle bromas. Algunas veces, durante una misma noche, podía ver parpadear luces en el interior del cementerio, pero cuando iba a investigar, no encontraba prueba alguna de la presencia de nadie.

A veces se oían leves rumores de viento, como sonidos susurrantes o agudos, que resultaban horribles e infinitamente estremecedores, y cuando los oía, sentía que su corazón dejaba de latir, y en ese momento nada habría sido capaz de hacerle entrar en el cementerio.

Harrod dijo a sus amistades que el cementerio le recordaba el decorado de una película. Cuando la niebla se remansaba en el valle y las lápidas asomaban tétricamente al sesgo, uno medio esperaba ver salir al conde Drácula a cumplir una misión nocturna. Ciertas zonas del cementerio podían pasar aceptablemente por páramos Brontë. 

Al principio, Harrod había disfrutado dejándose fotografiar delante de tales fondos -su álbum de recortes estaba repleto de instantáneas suyas con disfraces horripilantes-, pero al cabo de cierto tiempo empezó a comprender que todo eso estaba muy bien para divertirse en el cementerio, pero que había estado desestimando unas posibilidades verdaderamente explotables.

Confeccionó pequeños guiones para películas de televisión y reclutó la ayuda de algunos estudiantes de la Miskatonic University para que desempeñasen los papeles. Y comenzó a oírse en el cementerio el desusado bullicio de los equipos de la cámara en acción. Los actores se metían en ambiente con facilidad. No era difícil expresar asombro y horror en este ambiente macabro, sobre todo cuando parecía que el cementerio mismo deseaba cooperar. 

Cuando pasaban las tomas del día, a todos les daba la sensación de que aparecían cosas que ellos no recordaban haber filmado: densas sombras amenazadoras que parecían alargarse para atrapar a los actores, una especie de vaga impresión de cosas incomprensibles al margen de la acción, bancos de bruma que oscurecían la pantalla momentáneamente, cielos muchísimo más sombríos de lo que la imaginación sería capaz de representar. 

Y la banda sonora tenía grabadas muchísimas más cosas de lo que los técnicos del sonido habían contado: no era la clase de cosas que molestan a los equipos de Hollywood, como el zumbido de los insectos o el rugido de los aviones, sino ruidos completamente acordes con el talante del filme; era una serie realmente inspirada de susurros y crujidos furtivos. La banda sonora, de hecho, estaba tan repleta que Harrod decidió prescindir del usual (y costoso) fondo de música electrónica. Incluir la música sería recargar la cinta demasiado.

Al pasarlas en los estudios de televisión, estas cintas impresionaron considerablemente a las agencias publicitarias; y los filmes constituyeron la base para el spot que ofrecieron a Harrod. Tras una secuencia introductoria en la que Harrod emprendía el camino hacia la ladera salpicada de lápidas, mientras los árboles se inclinaban bajo el viento y parecían estirarse para agarrarle, la película de horror que seguía parecía doblemente coherente, y las bromas de Harrod más divertidas. 

El sospechaba -aunque no quería reconocerlo- que algunas de estas escenas pretendidamente genuinas habían sido trucadas por los estudiantes de la Miskatonic cuando él volvía la espalda, pues pensar de otro modo que estas tomas no ensayadas y estos sonidos fuesen completamente auténticos, era una posibilidad demasiado escalofriante para soportarla demasiado tiempo.

Así pues, su memoria no le permitía descansar. Recordaba que una vez, al marcharse el personal de las cámaras, bajó él a dar su acostumbrado paseo por el cementerio y experimentó casi inmediatamente un cambio en el ambiente. 

Se sintió vigilado..., vigilado de una manera claramente hostil. Era como si hubiera traicionado una confianza. Y cuando reparó en las inmundicias dejadas por la compañía -colillas aplastadas en el suelo, vasos de papel con un poco de café aún, bombillas de flash gastadas, hierba pisoteada, rayaduras en las lápidas, huellas dejadas por el equipo de las cámaras- comprendió por qué el ambiente era tan activamente hostil. 

Había una quietud en el aire como expectante. Al pasar bajo un árbol una rama se estiró como a punto de agarrarle del cuello. El cementerio viejo de Dethshill no tenía guardián; y se sintió un poco estúpido cuando se puso a reparar el daño lo mejor que podía, recogiendo la basura en un montón y yendo a su casa por cajas de cartón para retirarla; pero tenía la concreta sensación de que su presencia no sería bien acogida hasta tanto no hiciese al menos un esfuerzo en favor del cementerio.

Es cierto que el cementerio no adoptaba siempre un aire tan antipático, de otro modo no se habría sentido inclinado a visitarlo tan frecuentemente. Había días espléndidos, días de primavera y verano, en que el cementerio parecía de humor apacible, como un tigre lavándose al sol. Jamás había flores en las tumbas, naturalmente, pero durante los meses cálidos, la misma naturaleza aportaba sus ramilletes de flores silvestres. 

Incluso una ladera amarilla con dientes de león al sol es una alegría para la vista, y la luz suave que a veces se filtraba entre los árboles y salpicaba el suelo del cementerio parecía casi benigna. Y abajo, en el riachuelo, e1 agua que gorgoteaba entre las rocas fingía formar rápidos. A veces, un enorme gato de piel moteada caminaba a cierta distancia, por encima de la cerca de piedra, y parecía a punto de aventurarse a entrar, pero en el último momento se lo pensaba mejor, y saltaba al exterior apresuradamente.

En aquellos días, Harrod pensó por primera vez en llevarse algo para leer al cementerio, y a partir de entonces le acompañaba siempre un libro o una revista.

Tenía que elegir su lectura cuidadosamente, pues había encontrado que sus escritores favoritos, como Jane Austen y Peacock, por ejemplo, desentonaban inmediatamente con su entorno. Después descubrió que, en cambio, cuando se tendía sobre una lápida a leer, incluso la historia más artificiosa de revista barata parecía ganar validez. 

Se dio cuenta de que tal comportamiento era pura baladronada por parte suya, pero le producía un delicioso cosquilleo. Una vez, un niño se extravió por el cementerio, y se lo encontró envuelto en una capa (parte de su disfraz de Drácula) y adormilado sobre una lápida. La criatura, sobresaltada, salió gritando y gritando, y sus gritos hacían reír a Harrod en complacido recuerdo.

Pero leer en el cementerio viejo de Dethshill por la noche, con una potente luz enfocada sobre las páginas de Blackwood o de Machen, era lo más emocionante de todo. Normalmente, elegía los mejores cuentos de horror para estas excursiones nocturnas, a veces casi temeroso de volver la página porque la frase que acababa de leer había sido puntuada por un ruido completamente indefinible...

Había hecho calor durante el día, pero ahora la crudeza del aire de la noche presagiaba la proximidad del invierno. Harrod se levantó el cuello del gabán alrededor de la cara. El cementerio estaba singularmente tranquilo; lo único que se oía eran los crujidos de las hojas secas bajo sus pisadas.

Con tantas hojas caídas, las ramas destacaban de manera exagerada, y cada silueta retorcida sorprendía como acabada de pintar. Los árboles parecían agrupados con menos intimidad, permitiendo con su desnudez que la luna penetrase hasta el suelo del cementerio.

Pero la luz de la luna no daba calor. Se oscureció con el paso repentino de una nube, cosa que hizo que Harrod levantara la vista. La escena era tan evocadora de un centenar de películas de horror que Harrod rió entre dientes involuntariamente y alzó la cabeza burlonamente y aulló en hábil imitación del Hombre Lobo.

La burla estaba fuera de lugar, pensó súbitamente Harrod. Sintió un picor en la piel. El cementerio era sensiblemente consciente de su presencia. Tenía la inquietante sensación de ser vigilado. Medio esperaba que saliese tanteando de entre los arbustos el tentáculo de algún monstruo extraterrestre.

La hierba del sendero no había sido segada desde tiempo inmemorial, y le llegaba más arriba de las rodillas, y las hojas parecían cortarle con sus dientes serrados. El viento comenzó a soplar con fuerza, y una ráfaga movió las puntas de las hierbas como marcando el paso de algún animal.

Tropezó y casi cayó sobre una tumba semioculta por la maleza. Apartó la bierba y enfocó su linterna a la inscripción. «OBEDIAH CARTER», leyó. Las fechas estaban casi borradas por el tiempo, pero por lo que pudo descifrar, eran 179-, 187-.

Había cierto número de tumbas con el apellido Carter, parte de una familia de armadores en un tiempo floreciente. ¿No había conocido en su juventud a un tal Randolph Carter, a quien le sucedió un horripilante incidente en un cementerio como éste?

El cementerio viejo de Dethshill conocía indudablemente muchas historias de ese género. Harrod se había preguntado a menudo cómo fueron los rostros de las gentes que ahora moraban aquí en soledad. Rostros duros, puritanos evidentemente; o trastornados, dementes. Rostros de pesadilla...

La tumba de Obediah Carter estaba demasiado ahogada por la maleza para su gusto, y siguió andando. Había pasado por aquí docenas de veces y, sin embargo, a la luz de la luna, tenía todo un aspecto extrañamente distinto, y las tumbas aparecían ante sus ojos en lugares donde no recordaba que estuvieran, y el camino serpeaba en curvas inesperadas. Antes de lo que había calculado, llegó al lugar que él llamaba la Hoya de las Brujas, su punto de destino.

Era un paraje donde los árboles y los arbustos habían sido apartados como por la mano de un gigantesco jardinero, un lugar que tenía tosca forma de círculo, donde la tierra parecía tan negra y desolada como la de un bosque quemado, aunque nadie recordaba que hubiese habido ahí ningún incendio. Quizá un siglo antes había servido de punto de reunión para un aquelarre donde las brujas quemaran ofrendas sacrificiales a su dios el cabrón negro.

El lugar estaba bordeado de abetos que se alzaban como centinelas, los árboles más altos del cementerio; y poco más allá se apretujaban los robles, los sauces y los arces como queriendo asomarse. 

Las lápidas del círculo interior parecían seguir un orden olvidado ya en el tiempo. Harrod sospechaba que si alguien corriese las lápidas de las principales tumbas unos centímetros aquí y allá, podría formarse un pentáculo perfecto. Y no hacía falta mucha imaginación para representarse a un grupo de brujas y hechiceros sentados sobre las losas de sus tumbas, vigilándole; en efecto, Harrod había filmado precisamente esta escena aquí.

Él mismo había sido la víctima sacrificial de la película, pues con su cuerpo más bien rollizo y su pinta de atildado sibarita, era el más indicado.

Consideraba que había realizado una buena actuación, desorbitando los ojos de terror y tartamudeando al hablar.

Harrod se acomodó lo mejor que pudo en su habitual postura sobre la tumba de Jeremy Kent, y abrió el libro enfocando el haz de luz de su poderosa linterna sobre las páginas, aunque la luna bañaba la escena con tanta claridad que casi podía prescindirse de luz artificial. 

El mármol de la lápida estaba completamente frío por el relente de la noche, y al cabo de un rato esta frialdad comenzó a penetrar en sus nalgas, aun a pesar de su gabán. Sus dedos se le quedaban tan tiesos y torpes que apenas podía pasar las páginas.

Jeremy Kent. Era un nombre agradable, inofensivo. Pero en la tradición local, Jeremy Kent era considerado hechicero o brujo, posiblemente dirigente de un conventículo. La lápida atestiguaba que había muerto a principios de la década de los treinta, y había sido un hombre hermoso de ojos azules y fríos. 

Las leyendas en torno a Kent eran sumamente interesantes, y desde hacía mucho Harrod tenía proyectado hacer una película de duración normal sobre su vida, en cuanto dispusiera del capital necesario. Pero ¿cómo podría filmar la escena en que Jeremy Kent arrancaba el corazón palpitante del cuerpo de un niño?

Jeremy Kent no había muerto de muerte natural. Las furiosas gentes del pueblo habían tomado el caso en sus manos. Pero si Harrod se ceñía a una fidelidad histórica en este asunto, la escena sería muy semejante a las de Frankenstein y de una docena de películas de horror más. Posiblemente, pensaba Harrod, podía aparecérsele Kent en venganza celestial.

Se quedó pensando en Kent, como si no deseara continuar la lectura del relato de Lovecraft, desde el punto en que lo había dejado la noche anterior. Pues el solitario de Providence había llegado desagradablemente cerca de la realidad. 

El cementerio viejo de Dethshill era como un plagio de sus páginas, y este claro que Harrod había bautizado con el nombre de la Hoya de las Brujas encajaba demasiado en una obra lovecraftiana, y Jeremy Kent difería bien poco de los perversos personajes de Lovecraft. 

Era casi como si Lovecraft hubiese visitado este lugar; y teniendo en cuenta sus dilatados vagabundeos arqueológicos por la región, no era improbable que hubiese efectuado tal visita.

Lo más turbador había sido el sueño. Es bien sabido que H.P. Lovecraft había tenido gran cantidad de sueños realmente inquietantes, aterradores dislocaciones del tiempo y el espacio, pesadillas tan completas y coherentes en sí mismas, que con frecuencia había podido pasarlas prácticamente sin alteración alguna a las páginas impresas. Sus sueños no tenían esa fortuita falta de lógica que caracteriza al sueño normal, sino que, concedido su supuesto fantástico, eran de un realismo angustiante.

La historia que Harrod había estado leyendo la noche anterior, sospechaba él, había tenido asimismo su génesis en uno de los sueños de Lovecraft. Era un relato tan inquietante que Harrod no había parado de pensar en él toda la noche; de modo que no era sorprendente que cuando finalmente se quedó dormido, se encontrara reviviendo dicha historia.

Con una diferencia: que el elemento local del relato había sido reemplazado por la propia casa de Harrod. El formaba parte de un grupo de figuras encapuchadas, con ropas propias de otra época bajo los capuchones, que iban presurosas por el pasadizo secreto que había descubierto. 

Habían cogido las antorchas que sostenían las anillas de los muros y avanzaban de tres en fondo. Cuando llegaron al muro final, no vacilaron: el que abría la marcha insertó los dedos en unas muescas de la base de la pared y tiró hacia arriba, y un instante después la pared se levantó como la puerta de un garaje.

De detrás de la pared brotó una súbita bocanada de aire frío, y Harrod entró con el grupo en una gruta cuya inmensidad producía vértigo, una caverna mal iluminada de paredes rezumantes de limo. Una luz verdosa revelaba que el agua se hallaba sólo a unos centenares de metros de sus pies, agua de caverna, aparentemente con salida al mar, al otro lado de las rocas que se veían a lo lejos. Lo curioso era que Harrod sabía al mismo tiempo que era un sueño, y pugnaba por despertar. 

Al llegar aquí debió de haber un lapso en blanco en el desarrollo del sueño, porque lo que venía a continuación era que participaba, juntamente con el grupo, en una especie de ceremonia en la orilla del lago subterráneo, entonando un conjuro incoherente:

-¡Ia! ¡Ia! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah-nagl fhtagn!

Seguidamente, en el sueño, hubo una respuesta a esa llamada. Pero su memoria se negaba a recordar los detalles de la criatura que surgió entonces a la superficie, un ser de tamaño descomunal, con unos tentáculos increíblemente grandes...

Afortunadamente, el sueño había terminado en ese momento. Por la mañana, Harrod se había sentido tan alterado que su espíritu se había rebelado ante la idea de bajar al pasadizo para confirmar que la pared se corría hacia arriba como en el sueño; el pensamiento de que podía ver nuevamente la caverna era demasiado para la paz de su espíritu.

Por suerte, le habían pedido más tarde un trabajo para el estudio, y había estado ocupado casi todo el día preparando el guión. Pero ahora, al leer las páginas del relato de Lovecraft, el sueño monstruoso volvía a importunarle...

Un súbito golpe de viento alborotó las páginas que leía, y casi le arrancó el libro de las manos. Cesó, con un gemido. Una quietud sobrevino en el claro. Los abetos del círculo, que habían estado agitándose y temblando como un perro que se sacude el agua, se quedaron ahora estatuariamente inmóviles.

Reinaba demasiado silencio. Movido de un impulso repentino, cuyo origen no podía adivinar, Harrod volvió al libro de Lovecraft, pasó las hojas hasta que encontró lo que buscaba. Se envolvió con el gabán, se puso de pie como en un escenario, y con gran afectación histriónica declamó lo mejor que pudo:

-¡Ia! ¡Ia! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah-nagl fhtagn!

Palideció la luna. Se acumularon las sombras allí donde antes no las había, en una súbita suspensión de luz que emborronó los árboles y las hierbas altas. Las sombras parecieron avanzar.

Harrod parpadeó y se frotó los ojos para limpiarlos de asperezas granulares. No, no era su imaginación. Las sombras estaban allí, en cierto modo, más sólidas que las que había un momento antes, formando una falange de tinieblas.

Un frío de hielo le recorrió la espina dorsal. Las sombras estaban allí cerca, Ahora se habían detenido, pero no se habían retirado; estaban inmóviles, y miraban a Harrod y esperaban.

La oscuridad desapareció de la faz de la luna, y surgió de nuevo la luz en el cielo, y un torrente de claridad cayó sobre el círculo de abetos.

Y aparecieron seres en el cielo, allá por encima de los árboles; con rostros de gigantescas dimensiones, remotamente humanoides, y un tumultuoso agitarse de miembros no humanos que sugerían tentáculos.

Estaban allí, con ojos rapaces, pero parecía que su atención no se había centrado aún sobre Harrod; buscaban en el suelo como el pájaro busca insectos.

Harrod dejó escapar un gemido, y trató de ocultarse, arrojándose de la lápida y arañando en la grava con las manos.

Posiblemente, el movimiento de sus pies disparó algún mecanismo, pues al acurrucarse junto a la lápida oyó un crujido, como de protesta de goznes, que elevaron un sonoro estrépito en el aire de la noche; y la losa que acababa de dejar comenzó a levantarse lentamente ante sus ojos.

Y entonces vio Harrod que la losa ocultaba unos peldaños, una escalera que descendía en la tierra, de la que brotaba una bocanada de aire viciado y pestilente.

Al mirar aterrado hacia la escalera, se dio cuenta de que la luz disminuía fuera del límite de su campo visual, y alzando los ojos, vio que la luna se había alejado del claro, y que las sombras se habían aproximado y le rodeaban en un círculo infranqueable, con pequeños puntitos luminosos como ojos.

La pálida luz no llegaba a definir sus formas. No eran en absoluto fantasmales, ni mucho menos transparentes, sino más bien concentraciones de oscuridad.

Oyó como un levísimo susurro, casi por debajo del límite de lo audible, que fue aumentando gradualmente hasta convertirse en un cuchicheo cavernoso. Provenía del pasadizo subterráneo.

No había nadie allí debajo, que él supiese. No podía haberlo. Y sin embargo, siguió mirando aterrado hacia la escalera, como esperando de un momento a otro la aparición de una figura envuelta en un sudario; posiblemente, con unos fríos ojos azules...

El susurro creció, se hizo insistente, urgente. Y se convirtió en una voz fría y antigua e indeciblemente corrompida. Y entonces comenzó a distinguir las palabras:

-Baja, Harrod, baja.

El cementerio viejo de Dethshill se ve poco frecuentado, y transcurrió mucho tiempo hasta que una pareja de enamorados, alejándose del camino principal, casi tropezó con un cuerpo. Estaba tan descompuesto que fue preciso recurrir a una comprobación dental para identificarlo como el desaparecido Elmer Harrod.

De haber sobrevivido Harrod, habría cortado la escena por demasiado horrorosa para sus telespectadores. Porque tenía la cabeza casi enteramente arrancada del cuerpo, y se adhería a él tan sólo por algunos jirones de carne putrefacta. 

Su boca estaba abierta en un perpetuo alarido, y los ojos, casi fuera de sus órbitas, expresaban demasiado horror para contemplarlos mucho tiempo. El cadáver era difícilmente reconocible como humano: estaba casi vuelto del revés, y algún animal había andado mordisqueándolo.