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La estrella - Arthur C. Clarke

       Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creía que el espacio no podía alterar la fe; y lo creía al igual que consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente minada. Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la cabina sobre el ordenador Mark VI y por primera vez en mi vida me pregunto si no será un símbolo vacuo. No he hablado con nadie todavía, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos existen para que alguien los observe, registrados como están en millas incontables de cinta magnética y miles de fotografías que llevamos de regreso a la Tierra.  Otros científicos las interpretarán tan fácilmente como yo; más fácilmente, sin duda. No soy quien para simular la manipulación de la verdad que tan pésimo prestigio proporcionó a mi orden en los días pasados. La tripulación está ya bastante deprimida; me pregunto cómo se tomarán es...

El capitán de la astronave «Polus» - Valentina Zuravleva

Pienso que debería comenzar explicando en unas pocas palabras la razón que me trajo al Archivo Central de Astronáutica. De otro modo, mi historia podría parecer incompleta. Soy médico de a bordo y he participado en tres expediciones al cosmos. Mi especialidad médica es la psiquiatría: la astropsiquiatría, como se llama hoy.  El problema del que me ocupo tuvo su origen hace mucho tiempo, en el decenio comprendido entre 1970 y 1980.  Entonces el vuelo desde la Tierra a Marte duraba más de un año, y para llegar a Mercurio eran necesarios cerca de dos. Los motores trabajaban sólo en las fases de la partida y de la llegada. Las observaciones astronómicas no se hacían desde los cohetes, sino desde obser­vatorios especiales instalados sobre satélites artificiales.  ¿De qué se ocupaba entonces la tripulación durante los largos meses del viaje? Casi de nada. La forzada inacción causaba agotamientos nerviosos, estados de postración, enfermedades. La lectura y la radio no podían s...

La música de las estrellas - Valentina Zuravleva

Había una calma insólita en aquella víspera de Año Nuevo. Las nubes que se habían cernido sobre la ciudad el día antes, se abrían ahora lentamente como las cortinas de un teatro y descubrían un cielo estrellado. Los abetos se alzaban rectos e inmóviles, plateados por la nieve, como una guardia de honor que esperaba el nuevo año a lo largo de las murallas del Kremlin. De cuando en cuando una débil ráfaga arrancaba a las ramas unos copos de nieve que caían sobre los transeúntes. Pero las gentes no prestaban atención al encanto de la noche. Tenían demasiada prisa. El Año Nuevo llegaría dentro de media hora. El río de hombres y mujeres, ruidoso y excitado, cargado con cajas y paquetes, se movía más y más rápidamente. Sólo un hombre parecía no tener prisa. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, y miraba con ojos atentos y brillantes por debajo del ala del sombrero. Muchos de los que iban en la marea humana reconocían en seguida aquella cara delgada y la barba corta y ...