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Más allá del muro del sueño - H. P. Lovecraft

 «Entonces, el sueño se desplegó ante mí».

SHAKESPEARE

 

Con frecuencia me he preguntado si el común de los mortales se habrá parado alguna vez a considerar la enorme importancia de ciertos sueños, así como a pensar acerca del oscuro mundo al que pertenecen. 

Aunque la mayoría de nuestras visiones nocturnas resultan quizás poco más que débiles y fantásticos reflejos de nuestras experiencias de vigilia —a pesar de Freud y su pueril simbolismo—, existen no obstante algunos sueños cuyo carácter etéreo y no mundano no permite una interpretación ordinaria, y cuyos efectos vagamente excitantes e inquietantes sugieren posibles ojeadas fugaces a una esfera de existencia mental no menos importante que la vida física, aunque separada de esta por una barrera infranqueable. 

Mi experiencia no me permite dudar que el hombre, al perder su conciencia terrena, se ve de hecho albergado en otra vida incorpórea, de naturaleza distinta y alejada a la existencia que conocemos, y de la que solo los recuerdos más leves y difusos se conservan tras el despertar. 

De estas memorias turbias y fragmentarias es mucho lo que podemos deducir, aun cuando probar bien poco. Podemos suponer que en la vida onírica, la materia y la vida, tal como se conocen tales cosas en la tierra, no resultan necesariamente constantes, y que el tiempo y el espacio no existen tal como lo entienden nuestros cuerpos de vigilia. 

A veces creo que esta vida menos material es nuestra existencia real, y que nuestra vana estancia sobre el globo terráqueo resulta en sí misma un fenómeno secundario o meramente virtual.

Fue tras un ensueño juvenil colmado de especulaciones de tal clase, al despertar una tarde del invierno de 1900-1901, cuando ingresó en la institución psiquiátrica en la que yo servía como interno, un hombre cuyo caso me ha vuelto a la cabeza una y otra vez. 

Su nombre, según consta en el registro, era Joe Slater, o Slaader, y su aspecto resultaba el del típico habitante de la zona de la montaña Catskill; uno de esos vástagos extraños y repelentes de los primitivos pobladores campesinos, cuyo establecimiento durante tres siglos en esa zona montañosa y poco transitada les ha sumido en una especie de bárbara decadencia, en vez de avanzar al compás de sus iguales, más afortunados, asentados en distritos más populosos. 

Entre esa gente peculiar, que se corresponde con exactitud a los decadentes elementos de la «basura blanca» del Sur, no existen ley ni moral, y su nivel intelectual se halla probablemente por debajo del de cualquier otro grupo de la población nativa americana.

Joe Slater, que llegó a la institución bajo la atenta vigilancia de cuatro policías estatales, y que era descrito como de un carácter sumamente peligroso, no dio, sin embargo, muestras de tal peligrosidad la primera vez que lo vi. 

Aunque muy por encima de la talla media y de fornida constitución, mostraba una absurda apariencia de estupidez inofensiva debido a la mirada de sus ojillos acuosos de azul pálido y somnoliento, su rala, desatendida y jamás afeitada mata de barba amarillenta, y la apatía con que colgaba su grueso labio inferior. Se desconocía su edad, ya que entre su gente no hay registros familiares o lazos estables; pero por su calvicie frontal y por el mal estado de su dentadura, el cirujano le inscribió como hombre de unos cuarenta.

Por los documentos médicos y jurídicos supimos cuanto había recopilado sobre su caso. Este hombre, vagabundo, cazador y trampero, siempre había resultado un extraño a ojos de sus primitivos paisanos. 

Habitualmente solía dormir durante las noches más de lo normal, y tras el despertar acostumbraba a pronunciar palabras desconocidas en una forma tan extraña como para inspirar miedo aun en los corazones de aquella chusma sin imaginación. 

No es que su forma de hablar resultase totalmente insólita, ya que no hablaba sino en la decadente jerga de su entorno; pero el tono y el tenor de sus expresiones poseían una cualidad de misterioso exotismo, y nadie era capaz de escucharlas sin sentir aprensión. 

Él mismo se veía tan aterrado y confuso como su auditorio, y una hora después de despertar había olvidado todo lo dicho, o al menos qué le había llevado a decirlo, volviendo a la bovina y medio amigable normalidad del resto de los montañeses.

Según envejecía Slater, al parecer, sus aberraciones matutinas fueron aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que alrededor de un mes antes de su ingreso en la institución se desencadenó la estremecedora tragedia que había llevado a su arresto por parte de las autoridades. 

Un día, alrededor del mediodía, tras un profundo sueño en el que se había sumido tras una borrachera de whisky, en torno a las cinco de la tarde anterior, el hombre se había levantado con gran brusquedad, prorrumpiendo en aullidos tan terribles y ultraterrenos que atrajeron hasta su cabaña a varios vecinos… una sucia pocilga donde moraba con una familia tan impresentable como él mismo. 

Abalanzándose hacia el exterior, a la nieve, había alzado los brazos para comenzar una serie de saltos hacia el aire, al tiempo que vociferaba su decisión de alcanzar alguna «gran, gran cabaña con resplandores en techo y muros y suelos, y la sonora y extraña música de allá a lo lejos». 

Cuando dos hombres de respetable tamaño intentaron contenerlo, se había debatido con furia y fuerza maníaca, gritando su deseo y su necesidad de encontrar y matar a cierto «ser que brilla, se estremece y ríe». Al fin, tras derribar de momento a uno de quienes le sujetaban con un súbito golpe, se había lanzado sobre el otro en una demoníaca explosión de sed de sangre, vociferando infernalmente que «saltaría alto en el aire y se abriría paso a sangre y fuego entre quienes intentaran detenerlo». 

Familia y vecinos huyeron entonces presos del pánico y, cuando los más valientes regresaron, Slater se había ido, dejando tras de sí una pulpa irreconocible del que fuera un hombre vivo una hora antes. Ningún montañés había osado perseguirlo, y probablemente hubieran acogido con agrado su muerte en el frío; pero cuando varias mañanas más tarde oyeron sus gritos en un barranco lejano, comprendieron que se las había ingeniado de alguna forma para sobrevivir, y que era necesario neutralizarlo de una u otra forma. 

Entonces habían formado una patrulla armada de busca, cuyo propósito (fuera el que fuese) acabó convirtiéndose en pelotón del sheriff cuando uno de los pocas veces bien recibidos policías del estado descubrió casualmente a los buscadores, los interrogó y finalmente se unió a ellos.

Al tercer día hallaron inconsciente a Slater en el hueco de un árbol y lo condujeron a la cárcel más próxima, donde alienistas de Albany lo examinaron apenas recuperó el sentido. Él les contó una historia muy sencilla. Había, dijo, ido a dormir una tarde, hacia el anochecer, tras ingerir gran cantidad de licor. 

Se había despertado para descubrirse plantado, con las manos ensangrentadas, en la nieve ante su cabaña, el cadáver mutilado de su vecino Peter Sladen a los pies. Espantado, había huido a los bosques en un vano esfuerzo para escapar a la imagen de lo que debía tratarse de su propio crimen. 

Aparte de eso no parecía saber nada, sin que el experto examen de sus interrogadores pudiera suministrar hechos adicionales. Esa noche Slater durmió tranquilo y despertó a la mañana siguiente sin otros rasgos particulares que cierta alteración del gesto. 

El doctor Barnard, que mantenía en observación al paciente, creyó descubrir en sus ojos azul pálido cierto brillo de peculiar cualidad, y en los labios fláccidos una tirantez real, aunque casi imperceptible, como de inteligente determinación. Pero al ser interrogado, Slater se refugió en la vacuidad habitual de los montañeses, y tan solo abundaba en lo ya dicho el día anterior.

La tercera mañana tuvo lugar el primero de los ataques mentales del hombre. Tras algunas muestras de intranquilidad durante el sueño, estalló en un ataque tan terrible que se necesitó la fuerza combinada de cuatro hombres para embutirle una camisa de fuerza. 

Los alienistas escucharon con suma atención sus palabras, ya que su curiosidad se veía aguzada hasta un alto grado a través de las sugestivas, aunque en su mayor parte contradictorias e incoherentes, historias de familia y vecinos. Slater deliró alrededor de unos quince minutos, balbuciendo en su dialecto campesino acerca de grandes edificios de luz, océanos de espacio, extrañas músicas y montañas sombrías y valles. 

Pero sobre todo se explayó acerca de alguna entidad misteriosa y brillante que se estremecía, reía y burlaba de él. Esta vasta, vaga entidad, parecía haberle infligido un daño terrible, y su deseo supremo residía en matarla en venganza triunfante. Para lograrlo, decía, debía remontarse a través de abismos de vacío; abrasando cuantos obstáculos se interpusieran a su paso. Ese era su discurso, hasta que cesó de la forma más abrupta. 

El fuego de la locura se esfumó de sus ojos, y con asombro turbio observó a sus interrogadores y les preguntó por qué estaba atado. El doctor Barnard le retiró el arnés de cuero y no se lo colocó hasta la noche, cuando consiguió convencer a Slater de que lo aceptara por propia voluntad, por su propio bien. El hombre ya había admitido que a veces hablaba de forma extraña, aunque no sabía por qué.

En el transcurso de una semana se desencadenaron otros dos ataques, aunque los doctores aprendieron muy poco de ellos. Especularon ampliamente sobre la fuente de las visiones de Slater, ya que, no sabiendo leer ni escribir, y aparentemente nunca habiendo escuchado leyendas o cuentos de hadas, su prodigiosa imaginería resultaba inexplicable. Que no procedía de ningún mito o leyenda quedaba especialmente de manifiesto por el hecho de que aquel desdichado lunático se expresaba acerca de sí mismo tan solo en su sencillo lenguaje. 

Desvariaba sobre cosas que ni entendía ni podía interpretar; cosas que pretendía haber experimentado, pero que no podía haber aprendido a través de cualquier narración normal o coherente. 

Pronto, los alienistas decidieron que en esos sueños anormales residía la clave del problema; sueños tan vívidos que durante ciertos lapsos de tiempo podían dominar por completo a la mente despierta de ese ser humano, básicamente inferior. Slater fue enjuiciado por homicidio, siguiendo las debidas formalidades, absuelto gracias a su locura y recluido en la institución donde yo prestaba mis modestos servicios.

Ya he admitido ser un incansable especulador sobre la vida onírica, y por eso puede juzgarse con qué impaciencia me lancé al estudio del nuevo paciente apenas tuve pleno conocimiento de los hechos que rodeaban al caso. Parecía sentir alguna simpatía hacia mí, despertada sin duda por el interés, que yo no podía ocultar, así como por el modo amable en que yo lo interrogaba. 

Aunque nunca llegó a reconocerme en el transcurso de sus ataques, en los que yo me veía suspendido sin aliento sobre sus caóticas aunque cósmicas descripciones de su mundo, me reconocía en sus horas tranquilas, cuando podía sentarse junto a su ventana barrada tejiendo cestos de paja y sauce, y quizás añorando una libertad en las montañas que nunca recobraría. Su familia jamás intentó verlo; seguramente habían ya hallado otro cabeza de familia temporal, según las costumbres de esos degenerados montañeses.

Poco a poco comencé a sentir una subyugante admiración por las locas y fantásticas creaciones de Joe Slater. En sí mismo, el personaje era patéticamente inferior, tanto en intelecto como en forma de expresarse; pero sus rutilantes y titánicas visiones, aun cuando descritas en una jerga bárbara y deslabazada, eran sin duda algo que tan solo una mente superior o incluso excepcional podía concebir. 

¿Cómo, me preguntaba a menudo, podía la estulta imaginación de un degenerado de Catskill conjurar visiones cuya sola existencia indicaba la presencia de una chispa oculta de genialidad? ¿Cómo podía aquel gañán de las Chimbambas hacerse siquiera idea de esas regiones resplandecientes de brillos y espacios sobrehumanos sobre los que Slater divagaba durante sus furiosos delirios? 

Cada vez más iba haciéndome a la idea de que, en el penoso individuo que se acurrucaba ante mis ojos, se albergaba el núcleo trastornado de algo que trascendía mi comprensión, algo que se hallaba definitivamente más allá de la comprensión de mis colegas médicos y científicos, más experimentados pero menos imaginativos.

Y a pesar de todo yo no lograba obtener nada definitivo del personaje. El resultado de toda mi investigación residía en que, en un estado de vida onírica semiincorpórea, Slater vagabundeaba o flotaba a través de resplandecientes y prodigiosos valles, praderas, jardines, ciudades y palacios de luz; en una región prohibida y desconocida para el hombre. 

Que allí ya no era un labriego y un degenerado, sino una criatura de vida importante y activa; moviéndose orgullosa y dominante, y tan solo preocupada por cierto enemigo mortal que parecía tratarse de un ser de estructura visible aunque etérea, y que no parecía tener forma humana, ya que Slater jamás se refería a él como hombre, sino como un ser. 

El ser había causado a Slater algún daño odioso, aunque no formulado, del que el maníaco (si de un maníaco se trataba) había jurado vengarse. Por la forma en que Slater se refería a sus relaciones, apostaría a que él mismo y el ser luminoso se habían encontrado en igualdad de condiciones; que en esa existencia onírica el hombre era un ser luminoso de la misma estirpe que su enemigo. Esta impresión se sustentaba en las frecuentes referencias a vuelos por el espacio y a calcinar cuanto se opusiera a su avance. 

Sin embargo, tales conceptos eran formulados mediante rústicas palabras, completamente inadecuadas para expresarlos, algo que me hizo colegir que, si un mundo onírico existía realmente, el lenguaje oral no constituía el medio de transmisión de las ideas. 

¿Podría ser que el alma del durmiente que habitaba ese cuerpo inferior luchase desesperadamente tratando de decir cosas que la simple y titubeante lengua de la torpeza no podía proferir? ¿Estaría quizás frente a emanaciones intelectuales capaces de explicar el misterio, a condición de ser capaz de aprender a descubrirlas y leer en ellas? 

No comenté tales cosas con los viejos médicos, ya que la madurez resulta escéptica, cínica y mal predispuesta a las nuevas ideas. Además, el director de la institución últimamente me había llamado la atención, con sus maneras paternales, acerca de que yo estaba trabajando demasiado y que mi mente necesitaba algún reposo.

Yo había sostenido durante largo tiempo la creencia de que el pensamiento humano consiste básicamente en movimientos atómicos y moleculares, transformables en ondas etéreas de energía radiante, tales como el calor, la luz y la electricidad.

Tal creencia me había llevado muy pronto a contemplar la posibilidad de comunicación telepática o mental a través de aparatos adecuados, y en mis días de universidad había preparado un juego de instrumentos de transmisión y recepción, parecidos en cierta forma a los aparatosos mecanismos utilizados por la telegrafía sin hilos durante aquel tosco periodo previo a la radio. 

Los había probado con un compañero de estudios, pero, al no lograr resultado alguno, pronto los había arrinconado, en compañía de otras extravagancias científicas, con miras a su posible uso futuro. 

Ahora, llevado de mi intenso deseo de penetrar en la vida onírica de Joe Slater, acudí de nuevo a dichos instrumentos y empleé algunos días poniéndolos a punto. En cuanto estuvieron operativos de nuevo, no perdí oportunidad de probarlos. 

A cada ataque de violencia en Slater, acoplaba el transmisor a su frente y el receptor a la mía, realizando delicados ajustes para varias e hipotéticas longitudes de onda de la energía intelectual. Yo tenía muy poca idea de en qué forma las impresiones mentales, de tener lugar la comunicación, despertarían respuesta inteligente en mi cerebro; pero poseía la certeza de que podría detectarlas e interpretarlas. Así que proseguí con mis experimentos, aunque sin informar a nadie de su naturaleza.

Finalmente, todo ocurrió el 21 de febrero de 1901. Años después, mirando atrás, comprendo cuán irreal puede parecer, y a veces me pregunto a medias si el anciano doctor Fenton no tendría razón al achacar todo a mi imaginación sobreexcitada. 

Recuerdo que escuchó con gran amabilidad y paciencia cuanto le conté, pero acto seguido me suministró unos sedantes y dispuso para mí unas vacaciones de medio año que inicié a la semana siguiente. Aquella fatídica noche yo me encontraba agitado y perturbado en grado sumo, ya que, a pesar del excelente trato dispensado, Joe Slater agonizaba sin remisión. 

Quizás se trataba de la perdida libertad de montañés, o quizás el desorden de su cerebro se había vuelto excesivamente acusado para su organismo, perezoso en demasía; en todo caso, la llama de la vida se apagaba en aquel cuerpo degradado. Hacia el final se encontraba adormecido y, al caer la oscuridad, se sumió en un sueño inquieto. 

No le puse camisa de fuerza, tal como solía hacer cuando él iba a dormir, ya que veía que se encontraba demasiado débil como para resultar peligroso, aun si recaía en el desorden mental otra vez antes de expirar. Pero coloqué en su cabeza y la mía los dos terminales de mi «radio cósmica»; buscando, contra cualquier esperanza, lograr un primer y último mensaje del mundo onírico en el escaso tiempo que restaba. 

Con nosotros, en la celda, se encontraba un enfermero; un tipo mediocre que no comprendía el propósito del aparato, ni pensó en cuestionarse mis movimientos. Con el pasar de las horas, vi cómo su cabeza se vencía desmayadamente en el sueño, pero no lo molesté. Yo mismo, acunado por la rítmica respiración del sano y del agonizante, debí comenzar a cabecear poco después.

El sonido de una melodía lírica y extraña fue lo que me despabiló. Acordes, vibraciones y éxtasis armónicos resonaban apasionados por doquier mientras ante mi mirada hechizada se abría el formidable espectáculo de la belleza suprema. Muros, columnas y arquitrabes de fuego viviente llameaban refulgentes en torno al sitio en el que me parecía flotar por los aires, remontándose hasta una bóveda inconmensurablemente alta, de indescriptible esplendor. 

Entremezclado en ese despliegue de espléndida magnificencia, o más bien suplantándolo a veces en una calidoscópica rotación, había destellos de amplias llanuras y valles encantadores, altas montañas y grutas sugerentes, dotados con cualquier adorable atributo de imaginería que mis ojos deslumbrados pudieran concebir, aunque modelado por completo en alguna materia reluciente, etérea, plástica, cuya consistencia parecía tan espiritual como material. 

Según observaba, descubrí que la clave de esta encantadora metamorfosis se hallaba en mi propio cerebro, ya que cada panorama que aparecía ante mí era el que mi voluble mente deseaba contemplar. En estos jardines elíseos yo no resultaba un extraño, ya que cada imagen y sonido me resultaba familiar, tal como fuera durante incontables eones de eternidad en el pasado, tal como sería durante las eternidades del porvenir.

Luego, el aura resplandeciente de mi hermano en la luz se me allegó y mantuvo un coloquio conmigo, alma con alma, en silencio y perfecta comunión de pensamientos. Aquella hora era la de un próximo triunfo, ya que, ¿no iba mi compañero a escapar al fin de una degradante esclavitud transitoria, escapar por siempre y prepararse a perseguir al maldito opresor incluso hasta los supernos campos del éter, sobre los que lanzaría una incendiaria venganza cósmica que haría estremecer a las esferas? 

Flotamos así durante un tiempo, hasta que noté cierta turbiedad y desvanecimiento en los objetos circundantes, como si alguna fuerza me reclamase hacia la tierra… el lugar al que menos deseaba yo ir. El ser cercano a mí parecía sentir asimismo algún cambio, ya que gradualmente llevó su discurso a una conclusión, y él mismo se preparó para abandonar el lugar, esfumándose ante mis ojos de forma algo menos rápida que los demás objetos. 

Cambiamos unos pocos pensamientos más y supe que el ser luminoso y yo éramos reclamados por nuestras ataduras, aunque aquella sería la última vez para mi hermano en la luz. El doliente cascarón planetario hallaría su fin en menos de una hora y mi compañero se vería libre para perseguir al opresor a través de la Vía Láctea y más allá de las últimas estrellas, hasta los mismos confines del universo.

Un choque muy definido separa mi última impresión sobre la evanescente escena de luz de mi despertar repentino y algo avergonzado, así como de mi levantamiento de la silla al ver que la agonizante figura del camastro se removía inquieta. Joe Slater, de hecho, se despertaba, aunque probablemente por última vez. 

Al observarlo más detenidamente, vi que en la superficie de sus mejillas brillaban manchas de color que antes no tenía. Los labios, también, se veían diferentes, firmemente apretados por la fuerza de un carácter más decidido que el que poseyera Slater. 

Finalmente, todo el rostro fue tensándose, y la cabeza giró intranquila, con los ojos cerrados. No desperté al enfermero, sino que reajusté el dispositivo de cabeza, ligeramente desajustado, de mi «radio» telepática, intentando captar cualquier mensaje de partida que pudiera emitir el soñador. Todo a un tiempo, la cabeza giró bruscamente hacia mí y los ojos se abrieron de repente, causándome un gran desasosiego al contemplarlo. 

El hombre que fuera Joe Slater, el degenerado de Catskill, me miraba ahora con ojos luminosos, abiertos de par en par; ojos cuyo azul parecía haberse tornado en más profundo. No resultaban visibles ni manía ni degeneración alguna en tal mirada, y supe sin duda alguna que estaba frente a un rostro tras el que subyacía una mente activa y de primer orden.

En tal tesitura, mi cerebro comenzó a abrirse a una lenta influencia externa que operaba sobre mí. Cerré los ojos para concentrar más mis pensamientos y me vi recompensado por el conocimiento real de que el mensaje mental, por tanto tiempo esperado, llegaba por fin. 

Cada idea transmitida se formaba con rapidez en mi mente y, aun cuando no se utilizaba ningún idioma actual, mi habitual asociación de conceptos y expresiones resultaba tan grande que me parecía recibir el mensaje en inglés vulgar.

Joe Slater está muerto —así me llegó la impactante voz, o el agente de más allá del muro del sueño. Con los ojos abiertos busqué el lecho del dolor, lleno de miedo inexplicable; pero los ojos azules aún me contemplaban calmosos, y las facciones todavía mostraban una inteligencia animada—. Está mejor muerto, ya que no era adecuado para albergar la activa inteligencia de una entidad cósmica. 

Su tosco cuerpo no podía sobrellevar los ajustes necesarios entre la vida etérea y planetaria. Era mucho más que un animal, mucho menos que un hombre, aunque gracias a sus defectos has llegado a descubrirme, ya que, en verdad, las almas cósmicas y planetarias no debieran nunca llegar a encontrarse. 

Fue mi tormento y mi prisión durante cuarenta y dos de vuestros años terrestres. Yo soy una entidad igual a la que tú mismo asumes en la libertad que da el sueño sin sueños. Soy tu hermano de luz y he flotado contigo por los valles resplandecientes. No me está permitido hablarle a tu ser terrestre despierto acerca de tu ser real, pero somos vagabundos de los amplios espacios y viajeros por multitud de eras. 

El año próximo quizás esté morando en el oscuro Egipto que tú llamas antiguo, o en el cruel imperio de Tsan-Chan que se alzará dentro de tres mil años. Tú y yo hemos ido a la deriva entre los mundos que danzan en torno al rojo Arturo y habitado los cuerpos de los filósofos insectoides que se arrastran altaneros sobre la cuarta luna de Júpiter. ¡Cuán pequeño es el conocimiento del ser terrestre sobre la vida y su amplitud! ¡Cuán pequeño debe ser, asimismo, para garantizar su propia tranquilidad! 

Del opresor no puedo hablar. Vosotros, en la Tierra, habéis notado inconscientemente su lejana presencia… vosotros, que sin conocimiento, despreocupados, disteis a su parpadeante faro el nombre de Algoz la estrella del demonio. Es para hallar y vencer al opresor que me he esforzado en vano durante eones, retenido por ataduras corpóreas. 

Esta noche partiré como una Némesis, llevando justa y ardiente venganza cataclísmica. Contémplame en el cielo próximo a la estrella del demonio. No puedo hablar mucho más, ya que el cuerpo de Joe Slater se está volviendo frío y rígido, y el grosero cerebro cesa de vibrar como yo deseo. 

Has sido mi hermano en el cosmos; has sido mi único amigo en este planeta —la única alma en sentirme y buscarme dentro de la repelente forma que yace en este camastro. Volveremos a encontrarnos… quizás en las resplandecientes brumas de la Espada de Orión, quizás en una desierta meseta del Asia prehistórica. Quizás en un sueño esta misma noche, imposible de recordar; quizás en otra forma, en los eones por venir, cuando el sistema solar ya no exista.

En este momento, las ondas mentales cesaron bruscamente y los pálidos ojos del soñador —¿o debo decir el muerto?— comenzaron a vidriarse como los de un pez. Medio sumido en estupor, me acerqué al camastro y tomé su muñeca, pero la descubrí fría, rígida, sin pulso. Las fláccidas mejillas volvieron a palidecer, y los labios tensos se abrieron, descubriendo la repugnante dentadura podrida del degenerado Joe Slater. Me estremecí, pasé una manta sobre aquella cara espantosa y desperté al enfermero. Luego abandoné la celda y volví en silencio a mi cuarto. Necesitaba imperiosa e inexplicablemente dormir un sueño cuyos sueños no debo recordar.

¿El clímax? ¿Qué sencillo relato científico puede alardear de tal efecto retórico? Sencillamente he consignado algunos hechos que yo creo reales, permitiéndoos interpretarlos a vuestro antojo. Como ya he admitido, mi superior, el viejo doctor Fenton, niega la realidad de cuanto he dicho. Afirma que me hallaba colapsado por la tensión nerviosa y sumamente necesitado de las largas vacaciones con sueldo completo que tan generosamente me concedió. 

Jura por su honor profesional que Joe Slater no era sino un paranoico incurable, cuyas fantásticas concepciones debían proceder de la tosca herencia de cuentos populares que circulan aún en la más decadente de las comunidades. 

Todo eso dice… aunque no puedo olvidar lo visto en el cielo tras la noche de Slater. Para evitar que me creáis un testigo parcial, será otra pluma la que de este último testimonio, que quizás pueda suplir el clímax que esperabais. Reseñaré el siguiente informe sobre la estrella Nova Persei, extraído de las notas de esa eminente autoridad astronómica, el profesor Garrett P Serviss.

«El día 22 de febrero de 1901, una nueva y maravillosa estrella fue descubierta por el doctor Anderson, de Edimburgo, no lejos de Algol. Ningún astro era antes visible en ese lugar. En veinticuatro horas, la desconocida había alcanzado brillo suficiente como para opacar Capella. En una semana o dos había aminorado visiblemente, y con el paso de unos pocos meses apenas era visible a simple vista».

 

La estrella - Arthur C. Clarke

     Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creía que el espacio no podía alterar la fe; y lo creía al igual que consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente minada.

Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la cabina sobre el ordenador Mark VI y por primera vez en mi vida me pregunto si no será un símbolo vacuo.

No he hablado con nadie todavía, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos existen para que alguien los observe, registrados como están en millas incontables de cinta magnética y miles de fotografías que llevamos de regreso a la Tierra. 

Otros científicos las interpretarán tan fácilmente como yo; más fácilmente, sin duda. No soy quien para simular la manipulación de la verdad que tan pésimo prestigio proporcionó a mi orden en los días pasados.

La tripulación está ya bastante deprimida; me pregunto cómo se tomarán esta última ironía. Pocos de cuantos la componen tienen una fe religiosa, y, no obstante, no se aprovecharán de esta arma definitiva usándola contra mí; guerra privada, honrada pero fundamentalmente seria, que ha tenido lugar durante todo el trayecto desde que salimos de la Tierra. 

Era divertido tener a un jesuita de Primer Astrofísico. El doctor Chandler, por ejemplo, nunca pudo asimilarlo del todo (¿por qué serán ateos tan notorios los hombres entregados a la medicina?). A veces me encontraba ante el tablero de observación, donde las luces permanecen siempre amortiguadas y el resplandor de las estrellas con gloria inalterada. 

Se me acercaba entonces y se quedaba contemplando el exterior por la gran escotilla oval, mientras los cielos giraban con lentitud en torno de nosotros a medida que la nave se balanceaba de punta a punta con la escora que no nos habíamos molestado en corregir.

–Bueno, padre –acababa diciendo al final–. Esto prosigue una eternidad tras otra; acaso lo hizo Alguien. Sin embargo ¿cómo puede creer usted que ese Alguien ha de tener un interés especial en nosotros y en nuestro miserable mundillo? Esto es lo que no puedo entender –comenzaba entonces la disputa, mientras las estrellas y las nebulosas giraban en derredor de nosotros en silenciosos e infinitos arcos que se abrían del otro lado del plástico de la escotilla de observación.

En mi sentir, era la aparente incongruencia de mi posición lo que, de veras, divertía a la tripulación. En vano argumentaba yo con mis tres artículos en el Diario Astrofísico y mis cinco de Noticias Mensuales de la Real Sociedad Astronómica. Les recordaba que nuestra orden había conseguido no poca fama por sus trabajos científicos. Podíamos quedar pocos ya, pero desde el siglo XVIII habíamos hecho aportaciones a la astronomía y la geofísica que no podían ni siquiera evaluarse.

¿Dará al traste con mil años de historia mi informe sobre la Nebulosa del Fénix? Me temo, empero, que dará al traste con muchas más cosas.

No sé quién bautizó a la nebulosa con ese nombre que tan malo me parece. Si contiene una profecía, ésta no podrá verificarse hasta dentro de mil años. Hasta la palabra «nebulosa» es equívoca, ya que el Fénix es mucho más pequeño que esas magníficas acumulaciones de gas (la materia de las estrellas nonatas) que se esparcen por toda la longitud de la Vía Láctea. En escala cósmica, por supuesto, la Nebulosa del Fénix es una cabeza de alfiler, una tenue cáscara de gas que rodea a una estrella única.

O lo que queda de esa estrella...

Mientras se alza por encima de las líneas del espectrofotómetro, la rubensiana pesadez de Loyola parece burlarse de mí. ¿Qué habrías hecho tú, Padre, con este conocimiento que me ha sobrevenido, tan alejado del pequeño Mundo que era todo el Universo que tú conociste? ¿Habría triunfado tu fe en la prueba, como la mía ha fallado ante ella?

Miras en la distancia, Padre, pero por mi parte he ido más allá de lo que pudieras haber imaginado cuando fundaste nuestra orden hace dos mil años. Ninguna otra nave investigadora ha ido tan lejos de la Tierra; nos encontramos en las mismísimas fronteras del Universo explorado. 

Nos propusimos alcanzar la Nebulosa del Fénix, lo conseguimos, y regresamos con el conocimiento sobre nuestros hombros. Desearía liberar mis hombros de esa carga, pero en vano te invoco a través de los siglos y los años luz que se alzan entre nosotros.

Las palabras son transparentes en tu libro de reglas:

AD MAIOREM DEI GLORIAM dice el mensaje, pero se trata de un mensaje en que ya no puedo creer. ¿Habrías seguido creyendo tú de haber visto lo que hemos encontrado?

Por supuesto, sabíamos lo que era la Nebulosa del Fénix. Todos los años, sólo en nuestra galaxia explotaban más de cien estrellas, aumentando durante horas o días su fulgor en miles de veces antes de sumergirse en la muerte y la negrura. Son las novas ordinarias, las consabidas catástrofes del Universo. He registrado los espectrogramas y curvas de luz de docenas de ellas desde que comencé a trabajar en el observatorio lunar.

Pero tres o cuatro veces cada mil años tiene lugar algo distinto junto a lo que hasta una nova palidece con total insignificancia.

Cuando una estrella se convierte en supernova puede, durante un breve instante, apagar el brillo de todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos detectaron una en 1054 sin saber de qué se trataba. Cinco siglos más tarde, en 1572, estalló una supernova en Casiopea con tanto brillo que fue visible a la luz del día. En los mil años transcurridos desde esa fecha han tenido lugar tres explosiones más.

Nuestra misión era visitar los restos de una catástrofe tal para reconstruir los sucesos que la habían precedido y, de ser posible, saber la causa. Nos adentramos con cautela en las capas concéntricas de gas que habían estallado tres mil años antes y que se encontraban todavía en expansión. 

El calor era inmenso y radiaba aún con feroz luz violeta, demasiado tenue empero para hacernos daño. Cuando la estrella explotó, sus estratos exteriores habían irrumpido hacia arriba con velocidad tal que habían salido por completo de su campo de gravitación. 

Hoy forman un caparazón hueco tan grande que puede abarcar mil sistemas solares, rodeando lo que brilla y arde en su centro y que no es sino el objeto fantástico que es ahora la estrella: una masa blanca, más pequeña que la Tierra, pero con un peso un millón de veces mayor.

Las capas de gas brillante nos rodeaban y desvanecían la noche normal de los espacios interestelares. Volamos en el interior de una bomba cósmica que había detonado milenios atrás y cuyos fragmentos incandescentes eran todavía metralla. 

La inmensa escala de la explosión y el hecho de que su onda expansiva hubiera alcanzado ya un volumen de espacio de muchos billones de millas, despojaba a la escena de todo movimiento perceptible. Un ojo desnudo tardaría décadas antes de captar un movimiento en las torturadas espirales de gas; sin embargo, la sensación del estallido lo dominaba todo.

Habíamos comprobado nuestra dirección primaria horas antes y nos encaminábamos despacio a la pequeña estrella que teníamos al frente. Había sido un sol como el nuestro en otro tiempo, pero había despilfarrado en pocas horas la energía que habría mantenido su brillo durante un millón de años. A la sazón se encontraba como un tacaño desplumado que escatimara sus recursos en un intento de reparar su pródiga juventud.

Seriamente, nadie esperaba encontrar planetas. Si alguno había habido antes de la explosión se habría convertido en ráfagas de vapor y su substancia se habría confundido con la estructura de la estrella misma. Pese a todo investigamos rutinariamente, como siempre que nos aproximábamos a un sol desconocido, y dimos con un Mundo diminuto que daba vueltas en torno de la estrella a una distancia inmensa. 

Tenía que haberse tratado del Plutón de aquel desvanecido sistema solar, dando vueltas en las fronteras de la noche. Demasiado lejos del sol central para haber conocido la vida, su distancia misma lo había salvado del destino que sin duda habían seguido todos sus compañeros.

Los fuegos de la explosión habían afectado su capa rocosa y quemado la costra de gas helado que en sus días lo habría cubierto. Aterrizamos y encontramos la bóveda.

Sus constructores habían hecho seguramente lo mismo que habríamos hecho nosotros. La señal monolítica que se erguía sobre la entrada era a la sazón una masa fundida, pero desde que tomamos las primeras fotografías desde lejos supimos que aquello había sido obra de la inteligencia. 

Poco después detectamos la capa de radiactividad que había quedado enterrada en la roca. Aún cuando el pilón que descollaba sobre la Bóveda hubiera sido destruido, esta capa habría permanecido, inmóvil, pero como faro eterno que llamaba a las estrellas. Nuestra nave descendió hacia aquel gigantesco ojo de buey como una flecha corre hacia la diana.

El pilón tenía que haber tenido una milla de altura cuando fue construido, pero a la sazón parecía un cabo de vela que hubiera sido derretido y convertido en amasijo de cera. Nos costó una semana pasar por la capa rocosa fundida, ya que no teníamos las herramientas apropiadas para el caso. 

Nuestro programa original había sido dejado de lado; aquel monumento solitario, que hablaba de un trabajo realizado a una distancia tan grande del sol destruido, sólo podía tener un sentido. Una civilización que había sabido cercana su muerte había alzado su último adiós a la inmortalidad.

Habríamos tardado generaciones enteras en examinar todos los tesoros que encontramos en la Bóveda. Ellos habían tenido mucho tiempo para prepararla, ya que el sol había tenido que dar sus primeros avisos muchos años antes de la explosión final. Todo lo que habían querido preservar, todos los frutos de su genio, lo habían llevado a aquel Mundo distante en los días que habían precedido al fin, esperando que cualquier otra raza los encontrara y no hiciera caso omiso de ellos.

¡Si hubieran tenido un poco más de tiempo! Podían viajar con soltura de un planeta a otro, pero todavía no habían aprendido a salvar los golfos interestelares; y el sistema solar más cercano se encontraba a cien años luz de distancia.

Aun cuando no hubieran sido tan intranquilizadoramente humanos como mostraban sus esculturas, no hubiéramos podido menos que admirarlos y lamentar su destino. Habían dejado miles de registros visuales y máquinas para proyectar éstos, junto con elaboradas instrucciones gráficas de las que no resultaba difícil deducir su lenguaje escrito. 

Examinamos muchos de aquellos registros y revivimos con ellos por vez primera en seis mil años la calidez y hermosura de una civilización que había tenido que ser superior a la nuestra de muchas maneras. Acaso habían dejado memoria sólo de lo mejor. Pero sus mundos eran encantadores y sus ciudades habían sido construidas con una gracia que se relacionaba con la de cualquiera de las nuestras. 

Las contemplamos en pleno funcionamiento y escuchamos su habla musical a través de las centurias. Recuerdo todavía una viva escena: un grupo de niños en un banco de extraña arena azul jugaban con las olas como los niños juegan en la Tierra.

Y hundiéndose en el horizonte, todavía cálido, amable y vitalizador, se encontraba aquel sol que pronto habría de trocarse en traidor y de olvidarse de toda aquella felicidad inocente.

Posiblemente, de no haber estado tan lejos de la Tierra y de no habernos encontrado por ende tan propensos a la soledad, no nos habríamos conmovido tanto. Muchos habíamos visto ruinas de antiguas civilizaciones en otros mundos, pero nunca nos habían afectado tan profundamente.

La tragedia era única. Para una raza, sucumbir y decaer era una cosa, como las naciones y las culturas habían hecho en la Tierra. Pero ser destruida tan completamente en pleno florecimiento, sin dejar supervivientes... ¿cómo podía conciliarse ello con la misericordia de Dios?

Mis colegas me preguntaron esto y les di las respuestas que supe. Acaso tú lo habrías hecho mejor, Pader Loyola, pero nada he encontrado en los Ejercicios Espirituales que pueda servirme. No habían sido malvados; no sé a qué dioses adoraban, si acaso adoraban a alguno. 

Pero los he visto después de muchos siglos y he contemplado durante largos instantes el empeño que pusieron en su último esfuerzo por preservarse mientras ese empeño era iluminado por el sol que estaba amenazado.

Sé las respuestas que me darán mis colegas cuando regrese a la Tierra. Dirán que el Universo no tiene propósito ni plan, puesto que cada año explotan cien soles, en este mismo instante hay una raza en algún lugar del espacio que se encuentra en trance de extinción. Tanto si ha obrado bien como si ha obrado mal en el curso de su existencia, ello no cuenta a la hora definitiva; no hay justicia divina porque no hay Dios.

No obstante, por supuesto, cuanto hemos visto no prueba nada. Quien argumentase así estaría sometido a las leyes de la emoción, no de la lógica. Dios no necesita justificar sus actos ante los hombres. Aquel que hizo el Universo puede destruirlo cuando quiera. Es una arrogancia –peligrosamente próxima a la blasfemia– el decir lo que puede y no puede hacer.

A pesar de los mundos y las civilizaciones incluidas en esta consideración, podría haber aceptado este razonamiento. Pero hay un punto en el que la fe más profunda se resquebraja y, a la sazón, una vez hechos mis cálculos, he alcanzado ese punto.

Antes de llegar a la nebulosa nos era imposible decir cuándo se había producido la explosión. No obstante, a la sazón, gracias a la evidencia astronómica y a los registros encontrados en el planeta superviviente, he podido fechar la catástrofe con precisión. 

Sé en qué año llegó a la Tierra la luz despedida por aquel estruendo colosal. Sé con qué brillantez lució en los cielos terrestres la supernova cuyo cadáver relampagueaba mortecinamente tras nuestra nave. Sé también lo que ocasionó un resplandor a poca altura, antes del alba, brillando como un faro en el oriente.

Razonablemente no puede haber dudas; el viejo misterio está resuelto por fin. Sin embargo... Señor, había tantas estrellas que pudiste haber usado...

¿Qué necesidad había de llevar a aquellas gentes a la destrucción y de que el signo de su aniquilación resplandeciese sobre Belén? 

El capitán de la astronave «Polus» - Valentina Zuravleva

Pienso que debería comenzar explicando en unas pocas palabras la razón que me trajo al Archivo Central de Astronáutica. De otro modo, mi historia podría parecer incompleta.

Soy médico de a bordo y he participado en tres expediciones al cosmos. Mi especialidad médica es la psiquiatría: la astropsiquiatría, como se llama hoy. El problema del que me ocupo tuvo su origen hace mucho tiempo, en el decenio comprendido entre 1970 y 1980. 

Entonces el vuelo desde la Tierra a Marte duraba más de un año, y para llegar a Mercurio eran necesarios cerca de dos. Los motores trabajaban sólo en las fases de la partida y de la llegada. Las observaciones astronómicas no se hacían desde los cohetes, sino desde obser­vatorios especiales instalados sobre satélites artificiales. 

¿De qué se ocupaba entonces la tripulación durante los largos meses del viaje? Casi de nada. La forzada inacción causaba agotamientos nerviosos, estados de postración, enfermedades. La lectura y la radio no podían suplir enteramente todas las cosas de que carecían los primeros astronautas. Echaban de menos el trabajo creador al que estaban acostumbrados. 

Fue entonces cuando se pensó en formar las tripulaciones con individuos que tuviesen alguna afición, no importaba cuál, mientras les mantuviese ocupados durante el vuelo. Así surgieron pilotos apasionados por las matemáticas, navegantes que estudiaban antiguos papiros, ingenieros que dedicaban todo su tiempo a la poesía.

En los formularios que los astronautas debían rellenar fue añadido el famoso pun­to 12: «¿Cuál es su hobby?». Sin embargo, los avances en la tecnología de los cohetes pronto proveyó una nueva solución al problema. Los motores iónicos acortaron los viajes entre los planetas a unos pocos días. El punto 12 fue eliminado.

Pocos años después, con la entrada de la humanidad en la época de los vuelos interestelares, el problema reapareció aún más agudo. En efecto, pese a alcanzar casi la velocidad de la luz, los cohetes atomiónicos, que ha­cían el recorrido desde la Tierra hasta las estrellas más cercanas, viajaban durante años. Es verdad que el tiempo disminuía de acuerdo con la elevada velocidad de los cohetes, pero de todos modos los viajes duraban ocho, doce y a veces veinte años...

Se incluyó nuevamente el punto 12 en los certificados de vuelo. En términos de control real del cohete, la tripulación ocupaba no más del 0.001 % del tiempo de vuelo. La TV desaparecía unos pocos días después del lanzamiento, la radio se mantenía durante otro mes. Y quedaban aún años y años por delante...

En aquellos días, los cohetes fueron tripulados por equipos de seis a ocho miembros, no más. Las minúsculas cabinas y un invernadero de 50 metros de longitud eran todo el espacio habitable con el que contaban. Es difícil para nosotros, que viajamos en las confortables naves interestelares de la actualidad, imaginar como podía la gente de aquel tiempo prescindir de gimnasios, piletas de natación, teatros estereofónicos y galerías de paseo.

Pero estoy divagando y aún no he empezado mi his­toria...

No sé, pues aún no he tenido tiempo para localizarlo, quién fue eI diseñador del edificio del Archivo. Pero fue, obviamente un arquitecto excepcional. Talentoso y audaz. El edificio se eleva sobre la ribera de un lago siberiano que se formó veinte años atrás cuando se represó al Ob. El edificio principal se levanta sobre una playa elevada. Desconozco cómo se hizo, pero parece remontarse sobre las aguas, un blanco edificio que se ve como una goleta dispuesta para navegar.

En total hay unas cincuenta personas en el Archivo. Ya me he encontrado con algunos de ellos. La mayoría se encuentra aquí por una breve temporada. Un escritor australiano está recopilando material sobre el primer vuelo interestelar. Un estudiante de Leningrad investiga la historia de Marte. El esquivo indio es un famoso escultor. Dos ingenieros –un hombre joven alto y de rostro recio de Saratov y un pequeño y cortés japonés– están trabajando en conjunto en algún proyecto. De qué clase, no lo sé. El japonés sonríe cortésmente cuando le pregunto al respecto:

–Oh, es una nimiedad. No es merecedor de su atención.

Pero nuevamente me he alejado del tema, cuando debería estar comenzando mi historia.

El punto 12 es el objeto de mi trabajo científico. Y es justamente la historia del punto 12 la que me ha traído aquí, al Archivo Central de Astronáutica.

La misma tarde del día en que llegué, tuve una conversación con el director del Archivo, un hombre joven toda­vía, a quien el estallido del depósito de combustible de un cohete casi había privado de la vista. Llevaba lentes especiales de triple capa y de tinte azulado que le escondían los ojos, por lo que parecía no sonreír nunca.

–Bien –dijo, después de haberme escuchado–, desea usted empezar con el material del sector O–14... Ah, perdone, esta es nuestra clasificación interna y no le dice nada. Me referí a la primera expedición a la estrella de Barnard.

Para vergüenza mía debo confesar que no sabía casi nada de tal expedición.

–Sus vuelos fueron en direcciones diferentes –dijo con un encogimiento de hombros–. Sirius, Procyon y 61 Cygni. Y toda su investigación hasta ahora ha sido en vuelos hacia esas estrellas, ¿no es así?

Me sorprendió que conociera tan bien mi legajo.

–Sí –continuó el director–, la historia de Alexei Za­rubin, comandante de la expedición, resolverá muchas de las cuestiones que le interesan. Dentro de media hora le traerán el material. ¡Buen trabajo!

Tras los lentes azules, los ojos no eran visibles, pero la voz tenía un tono triste.

El material llegó a mi mesa. Los folios estaban amarillentos en algunos lugares, la tinta (entonces escribían con tinta) se había descolorido. Pero su significado no se ha perdido; hay copias infrarrojas de todos los documentos. El papel ha sido cubierto con una película de plástico transparente que se presenta lisa al tacto y resistente.

A través de la ventana puedo ver el mar. Sus rompientes se suceden poderosamente; las olas cru­jían dulcemente sobre la ribera como páginas deshojadas de un libro...

En la época en que fue realizada, la expedición a la estrella de Barnard era una empresa difícil, casi desesperada. Distancia: seis años luz. El cohete debía efectuar la mitad del recorrido en fase de aceleración y la otra mitad en fase de deceleración; aunque este sistema per­mitía alcanzar una velocidad superior a la de la luz, el vuelo de ida y vuelta requería unos catorce años.

Para la tripulación el tiempo aún sería menor y los catorce años se habrían reducido a unos cuarenta meses reales. Un período en sí no excesivamente largo, pero con el peligro de que el motor debía trabajar casi constantemente a pleno régimen durante treinta y ocho meses de los cuarenta.

El cohete no tenía combustible de reserva –un riesgo injustificado, podríamos pensar en la actualidad, pero no había alternativa entonces. La nave no podía cargar más que lo que los ajustadamente calculados tanques de combustibles podían contener. Por lo tanto, cualquier retraso en el trayecto, sería fatal.

Leo el texto de la reunión del comité encargado de escoger la tripulación. Se presentan candidatos y el co­mité los rechaza siempre, porque el vuelo es excepcionalmente difícil, porque el capitán debe ser a la vez un óptimo ingeniero, porque debe reunir una excepcional resistencia, una audacia casi desatinada. Y de pronto, todos asienten.

Vuelvo la página. Empiezan el legajo de servicio del capitán Alexei Zarubin.

Tres páginas más y empiezo a comprender el motivo de que Alexei Zarubin fuese nombrado por unanimidad comandante del «Polus». Era un hombre en el que se asociaban de modo excepcional la fría sabiduría del científico y el fogoso temperamento del luchador. Por ello le habían destinado a las más arriesgadas empresas. Sabía salir de las situaciones más arduas y desespera­das. Era justamente el hombre apto para una expedi­ción que muchos consideraban de antemano condenada al fracaso.

El comité seleccionó al capitán. Siguiendo la tradición, el capitán escogió a su tripulación. Pero lo que Zarubin hizo, difícilmente podría considerarse una selección. Simplemente contactó a cinco astronautas que habían integrado tripulaciones con él con anterioridad y les preguntó si estaban dispuestos a emprender un vuelo peligroso. Con él como capitán aceptaron de inmediato.

Encuentro las fotografías de la tripulación del «Po­lus». Son fotografías en blanco y negro, en dos dimen­siones. El capitán tenía entonces veintiséis años. En la fotografía aparece más viejo: una cara llena, lige­ramente grueso con anchos pómulos, labios fuertemente apretados, nariz aguileña, pelo rizado y seguramente muy suave y ojos extraños. Unos ojos tranquilos, casi perezosos, pero en los que vagaba una luz impertinente, des­carada...

Los restantes astronautas eran aún más jóvenes. Los ingenieros, marido y mujer, estaban fotografiados juntos, volaban siempre juntos. El piloto tenía una mirada absorta de músico. El médico de a bordo era una mucha­cha: quizá yo también tenía aquel aspecto serio en la primera fotografía que me hicieron al ingresar en la Flota Astral. El astrofísico mostraba una mirada obsti­nada sobre un rostro manchado de quemaduras: había realizado con el capitán un aterrizaje forzoso en Dione, satélite de Saturno.

Una expedición a la estrella de Barnard en aquellos días era una aventura peligrosa.

Punto 12 del formulario: hojeo las páginas y veo que las fotografías me han orientado bien. En efecto, el piloto es músico y compositor; la pasión de la muchacha seria es la microbiología, el astrofísico estudia obstina­damente las lenguas, ya posee cinco a la perfección y piensa acometer ahora el latín y el griego antiguo. Los ingenieros, marido y mujer, tienen la misma pasión: el ajedrez, el nuevo ajedrez con dos reinas blancas y dos reinas negras y un tablero de 81 casillas...

La pregunta 12 también halla respuesta en el formu­lario del capitán. Su pasión extraña, única, excepcional; nunca me había topado con nada semejante. Desde pequeño, el capitán se deleita con la pintura: es natural considerando que su madre era pintora. Pero el capitán no pinta, no, se interesa por otra cosa. Sueña con descubrir los secretos de la Edad Media, con recuperar la composición de sus colores, sus mezclas. Y hace investigaciones químicas, siempre con la obstinación del científico y el temperamento del artista.

Seis hombres, seis caracteres diferentes, seis destinos distintos. Pero la pauta viene marcada por el capitán. Los demás le quieren, tienen fe en él, le imitan. Y por eso todos saben ser tranquilos, imperturbables y desen­frenadamente audaces.

Partida. El «Polus» apunta hacia la estrella de Bar­nard. El reactor atómico lanza por las toberas oleadas de iones invisibles... El cohete está en fase de acelera­ción, se nota continuamente la sobrecarga. Durante los primeros momentos es difícil caminar, difícil trabajar. El médico hace observar con severidad el régimen establecido. Los astronautas se acostumbran a las condi­ciones del vuelo. Se ordena la estiba y se instala el radiotelescopio. Empieza la vida normal. El control del reactor, de los instrumentos, de los mecanismos, requiere poco tiempo. 

Cuatro horas al día son obligatorias para las respectivas especializaciones; el resto del tiempo es libre y cada cual lo emplea como quiere. La muchacha seria lee ávidamente textos de microbiología. El piloto ha compuesto una canción y todos los tripulantes la cantan. Los dos ingenieros pasan largas horas ante el tablero, el astrofísico lee a Plutarco en su lengua original...

Hay breves entradas en la bitácora de la nave: El vuelo se desarrolla normalmente. El reactor y los mecanismos operan correctamente. El ánimo de todos es elevado. Luego, de pronto, una entrada angustiada: Las telecomunicaciones han terminado. El cohete ahora está fuera de alcance. Ayer vimos la última transmisión de televisión desde la Tierra. ¡Cuán duro es ver romperse otro vínculo! Días más tarde dos líneas más: He mejorado la antena de recepción de radio. Espero que sea capaz de continuar recepcionando las transmisiones durante unos siete u ocho días más. Y fueron tan felices como podían serlo al funcionar la radio por otros doce días.

El cohete vuela hacia la estrella de Barnard aumen­tando progresivamente su velocidad. Los meses pasan. El reactor atómico funciona tal como estaba previsto. El consumo de combustible es el calculado, ni un miligramo más.

La catástrofe vino de improviso. Durante el octavo mes de vuelo se verificó una variación en el régimen de trabajo del reactor con el consi­guiente aumento del consumo de combustible. En el diario de a bordo apareció una breve anotación: No sabemos la causa de tal reacción accesoria.

Fuera, el mar levanta la voz. El viento es más fuerte y las olas ya no rozan como páginas de un libro, rebu­fan impacientes batiendo la costa. Oigo la risa de una mujer. No, no puedo, no debo distraerme. Me parece estar viendo a aquellos hombres en el cohete. Ahora ya los conozco y puedo imaginar todo lo que ha sucedido. Quizá me equivoque en algún detalle, pero, ¿qué importa? Pero no, estoy segura de que no me equivocaré ni siquiera en los detalles. Tengo el convencimiento de que los hechos se desarrollaron así:

En la retorta colocada sobre la espita hervía un líquido obscuro. Vapores negruzcos recorrían el serpentín para terminar en el condensador. El capitán examinaba atentamente un tubo de ensayo que contenía un polvo rojo obscuro. Se abrió la puerta. La llama del quemador tem­bló. El capitán se volvió. En la entrada se hallaba el ingeniero.

El ingeniero estaba turbado. Era un hombre que sabía controlarse, aunque su voz traicionaba su turbación. Una voz extraña, sonora, desacostumbradamente firme. El ingeniero intentaba mantener la calma, pero no lo conseguía.

–Siéntate, Nikolai –el capitán le acercó una bu­taca–. He hecho estos cálculos ayer y he obtenido el mismo resultado. Ven, siéntate.

–¿Qué haremos?

El capitán miró el reloj.

–¿Hacer? Faltan cincuenta y cinco minutos para la cena. Te­nemos tiempo de discutirlo. Avisa a todos, por favor.

–Muy bien –contestó mecánicamente el ingeniero–. Se lo diré a todos. Sí, se lo diré.

No comprendía la tranquilidad del capitán. La velocidad del «Polus» aumentaba segundo a segundo y había que tomar inmediatamente una decisión.

–Mira –explicó el capitán, acercándole el tubo de ensayo–. Seguramente te interesará. Es cinabrio. Un color endia­bladamente seductor. Pero suele obscurecerse a la luz... Ya lo he encontrado: todo el secreto está en el grado de dispersión...

Y se extendió en una disertación acerca de cómo había conseguido obtener un cinabrio estable a la luz. El ingeniero le escuchó con impaciencia, atormentando la probeta con las manos, y con los ojos fijos en el reloj de la pared: treinta segundos, la velocidad había aumen­tado en dos kilómetros por segundo; un minuto más y habría aumentado otros cuatro kilómetros por segundo...

–Me voy –dijo por fin–, debo advertir a los otros. Mientras descendía la escalerita comprendió de pron­to que no tenía prisa, ya no contaba los segundos.

El capitán cerró la puerta de la cabina, introdujo distraídamente el tubo de ensayo en el trípode y pensó con una sonrisa: El pánico es como una reacción en cade­na. Todo lo que le es extraño, lo retrasa... El zumbido del sistema de enfriamiento del reactor llenó sus oídos. Los motores funcionaban a pleno acelerando el vuelo del «Polus».

Diez minutos después, el capitán bajó al salón. Cinco personas le saludaron poniéndose en pie. Y por el modo de levantarse, por el hecho de que todos llevaban el uniforme de los astronautas, cosa que sucedía raras veces y sólo en las ocasiones solemnes, el capitán comprendió que ya no era necesario explicar la situación.

–Bueno –murmuró–, parece que sólo yo me he olvidado de ponerme el uniforme...

Nadie sonrió.

–Sentémonos –indicó el capitán–. Consejo de gue­rra. Como está prescripto, que hable primero el más joven: Lenocka, ¿qué debemos hacer? ¿Qué piensa de la situación?

La muchacha contestó con toda seriedad:

–Soy médico, Alexei Pavlovic, y nuestro problema es, ante todo, técnico. Permítame expresar mi opinión después.

El capitán asintió con la cabeza.

–De acuerdo. Eres la más brillante entre nosotros, Lena. Y, como mujer, la más astuta también. Hablarás cuando estés lista para expresar tu opinión.

La chica no dijo nada.

–Bien –continuó el capitán–, Lena hablará más tarde. Oigamos a Sergei.

El astrofísico abrió los brazos.

–Tampoco concierne a mi especialidad. No tengo una opinión bien definida, pero sé que el combustible debería bastar para alcanzar la estrella de Barnard. ¿Por qué volver a mitad de camino?

–¿Por qué? –repitió, a su vez, el capitán–. Porque desde allí ya no podríamos volver. Desde la mitad del trayecto, sí; desde la estrella de Barnard, no.

–No lo comprendo –insistió el astrofísico, pensativo–. ¿Por qué no? Nos vendrían a buscar. Verán que no volveremos y vendrán por nosotros. La astronáutica está en continuo desarrollo.

–Si –contestó, riendo, el capitán–. Pero hará falta tiempo... Por lo tanto, es usted del parecer de conti­nuar..., ¿no es así? Bueno. Ahora usted, Georgi. ¿Entra el asunto dentro de su especialidad?

El piloto saltó en pie, separando la butaca.

–Siéntese –ordenó el capitán–. Siéntese y hable con calma. No salte. ¿Y bien?

–¡No debemos volver! –el piloto casi gritaba–. Hay que seguir adelante... ¡Adelante a través de lo imposible! ¿Cómo podemos pensar en volver? Sabíamos que la expedición era muy difícil. Lo sabíamos, ¿no? Y ahora, en cuanto surge la primera dificultad, ¡se habla de volver! ¡No, no, adelante!

–Adelante a través de lo imposible –murmuró el capitán–. Bien dicho... ¿Qué opinan los ingenieros? ¿Nina Vladimirovna? ¿Nikolai?

El ingeniero miró a su mujer. Esta hizo un gesto y él tomó la palabra. Habló con calma, como si pensase en voz alta.

–Nuestro vuelo a la estrella de Barnard es una ex­pedición científica. Si entre todos podemos saber algo nuevo, si hacemos algún descubrimiento, nuestro esfuer­zo habrá sido útil. Pero este esfuerzo sólo será verdaderamente útil si nuestro descubrimiento es conocido por otros hombres, por la Humanidad. 

Si llegamos hasta la estrella de Barnard y luego no es posible volver atrás, ¿qué valor tendrán nuestros descubrimientos? Sergei ha dicho que al final alguien nos vendrá a recoger. Lo admito. Pero entonces, el mérito será suyo, de quienes ven­gan a recogernos. ¿Qué méritos tendremos nosotros? ¿Qué hará por la Humanidad nuestra expedición?... 

En una palabra, sólo produciremos molestias. Sí, molestias. En la Tierra esperarán nuestro regreso, y lo harán en vano. Si volvemos inmediatamente, la pérdida de tiem­po se reducirá al mínimo. Partirá una nueva expedición. Quizá seamos nosotros mismos. Habremos perdido, eso si, algunos años. Pero, por el contrarío, proporcionaremos a la Tierra el material recogido. Pero ahora no tenemos esa posibilidad... ¿Continuar? ¿Para qué? Nina y yo nos oponemos. Hay que volver en el acto.

Siguió un largo silencio. Luego, la muchacha preguntó:

–¿Qué piensa usted, capitán?

Zarubin sonrió con tristeza.

–Creo que nuestros ingenieros tienen razón. Las bellas palabras sólo son palabras. Y el buen sentido, la lógica, el cálculo, están de parte de los ingenieros. Hemos venido a hacer descubrimientos. Si la Tierra no tiene noticia de ellos, no valdrán nada. Nikolai tiene razón, toda la razón.

El capitán se levantó y atravesó pesadamente la cabina. Era difícil caminar. La sobrecarga tres veces ma­yor, provocada por la aceleración del cohete, dificultaba los movimientos.

–Cabe también la espera de un socorro –continuó–. Quedan dos soluciones. La primera es volver a la Tierra; la segunda es alcanzar la estrella de Barnard..., y luego, regresar de algún modo. Regresar, pese a la pérdida de combustible.

–¿Cómo? –preguntó el ingeniero.

Zarubin se acercó a la butaca, se sentó e hizo una pausa antes de contestar.

–No lo sé. Pero tenemos tiempo. Para llegar a la estrella de Barnard aun faltan once meses. Si ustedes deciden que volvamos ahora, lo haremos. Pero si creen que durante esos once meses yo puedo pensar, inventar, descubrir alguna cosa que nos permita resolver esta si­tuación, entonces..., ¡adelante a través de lo imposible! Esto es todo, amigos.. ¿Qué les parece? ¿Lenocka?

La muchacha le miró con malicia.

–Como todos los hombres, es usted muy listo. Apostaría algo a que ya tiene preparada alguna solución.

El capitán soltó una carcajada.

–¡Perdería! Aún no he encontrado nada. Pero lo en­contraré, estoy seguro.

–Lo creemos. Estamos convencidos de ello –el in­geniero calló un momento–. Aunque no puedo imaginar cómo saldremos de este embrollo. Nos queda el dieciocho por ciento del carburante. El dieciocho por ciento, en vez del cincuenta... Pero después de lo que ha dicho, capitán, es suficiente. Vamos a la estrella de Barnard. Como dice Georgei, ¡adelante a través de lo imposible!

...Las ventanas se abren sin ruido. El viento vuelve las páginas, atraviesa la habitación, llenándola con el fresco olor del mar. Ese olor es algo maravilloso. En los cohetes no existe. Los acondicionadores depuran el aire, mantienen la humedad necesaria, la temperatura conveniente. Pero el aire acondicionado no tiene sabor, como el agua destilada. 

Se han probado muchas veces generadores de olores artificiales, pero hasta ahora sin resultados satisfactorios. El olor común del aire terres­tre es demasiado complejo y no es fácil reproducirlo. Ahora, por ejemplo... Siento el olor del mar, de las hú­medas hojas otoñales, de perfumes apenas perceptibles. A veces, cuando el viento se hace más fuerte, percibo el olor de la tierra y hasta el débil perfume de los colores.

El viento vuelve las páginas... ¿Con qué contaría el capitán? Soy médico, he volado y sé que no suceden milagros. Cuando el «Polus» llegase a la estrella de Bar­nard, sólo le quedaría el dieciocho por ciento de com­bustible. El dieciocho en vez del cincuenta...

A la mañana siguiente rogué al director que me ense­ñase los cuadros de Zarubin.

–Hay que subir arriba –explicó–. ¿Ya lo ha leído todo?

Escuchó mi respuesta y asintió con la cabeza.

–Lo comprendo. Yo también lo pensaba. Desde aquel momento, la historia empieza a tener un carácter excep­cional. Sí, el capitán asumió una gran responsabilidad...

Calló durante largo rato, mordiéndose los labios. Luego se levantó y se ajustó las gafas.

–Bueno, vamos.

El director cojeaba. Recorrimos lentamente los corredores del Archivo.

–Leerá otras cosas sobre el particular –dijo el director–. Si no me equivoco, segundo volumen, página cien y siguientes. Zarubin quería descubrir el secreto de los maestros italianos del Renacimiento. A partir del siglo XVIII empezó la decadencia de la pintura al óleo, desde el punto de vista de la técnica de los colores, quiero decir. Muchas cosas se consideraron irremedia­blemente perdidas. Los pintores ya no sabían obtener colores luminosos y al mismo tiempo persistentes. Particularmente, en lo que respecta al celeste y al azul. Za­rubin...

Los cuadros de Zarubin estaban reunidos en una es­trecha galería inundada de sol. Lo primero que me llamó la atención fue que cada uno de los cuadros de Zarubin estaban pintados de un solo color: rojo, azul, verde...

–Son estudios para probar los colores –explicó el director–. Aquí hay uno, Estudio en tonos azules. Ul­tramarino.

En un cielo azul volaban juntas dos delicadas figuras humanas, un hombre y una mujer. Todo estaba pintado en azul. Pero nunca había visto una tan infinita variedad de matices. El cielo aparecía nocturno, azul obscuro en el extremo izquierdo inferior del cuadro y transparente, saturado por el aire ardiente del mediodía, en el ángulo opuesto. En los hombres, las alas formaban un mosaico de tonos azules, celestes, violetas. Los colores eran unas veces elásticos, claros, luminosos; otras veces, dulces, tenues, transparentes. En comparación, el estudio de Degas Las bailarinas azules hubiera parecido un cuadro mortecino, pobre en colores.

Admiré luego otros cuadros. Estudio en tonos rojos dos soles escarlatas en un planeta desconocido, un caos de sombras y penumbras desde el rojo sangre hasta el rosa luminoso. Estudio en tonos ocres: amontonamien­tos de rocas obscuras, severas. Estudio en tonos verdes: un bosque irreal, mágico...

–Zarubin fantaseaba –dijo el director–. Al princi­pio pretendía probar los colores. Pero después...

El director calló. Miré los azules, impenetrables cristales de sus gafas.

–Siga leyendo –dijo, por fin, en voz baja–. Luego le enseñaré los demás cuadros. Entonces comprenderá...

Leo con la mayor rapidez posible. Intento fijar las cosas principales y adelante, adelante...

El «Polus» continuó su viaje. La velocidad del cohete alcanzó el límite máximo y los motores empezaron a trabajar en régimen de deceleración. A juzgar por las breves notas de la bitácora, todo seguía normal­mente, ninguna avería, ninguna enfermedad. Nadie recordaba al capitán la promesa hecha. Zarubin estaba, como siempre, tranquilo, seguro de sí mismo y alegre. Como antes, dedicaba mucho tiempo a la tecnología de los colores y pintaba estudios...

¿Cuáles fueron sus pensamiento cuando estaba sólo en su cabina? Ni la bitácora de la nave, ni el diario del navegante dan ninguna respuesta. Pero hay un documento interesante. El informe de los ingenieros acerca del desperfecto del sistema de enfriamiento, en claro y conciso lenguaje encrespado con tecnicismos. Pero entre líneas leo: Si has cambiado de opinión, amigo, esto te permitirá rectificar tu posición sin menoscabo... Y lo dispuesto por el capitán: Bien, haremos las reparaciones sobre un planeta de la estrella de Barnard, que significa: No, amigos, yo no he cambiado mi decisión.

El cohete alcanzó la estrella de Barnard diecinueve meses después de su partida. Cerca de la débil estrella rosada se descubrió un planeta, de dimensiones casi idénticas a las de la Tierra, pero cubierto de hielos. El «Polus» se preparó a posarse sobre él. El flujo de iones emitido por las toberas del cohete fundió los hielos y el primer intento no tuvo éxito. El capitán escogió otro punto, con el mismo resultado... Por fin, tras seis tenta­tivas, se encontró bajo el hielo una roca granítica.

Desde ese día las anotaciones en el libro de bitácora se hicieron en tinta roja. De esta manera se registraban tradicionalmente los descubrimientos.

El planeta estaba muerto. Su atmósfera estaba com­puesta casi exclusivamente de oxígeno puro, pero no se encontró ni un ser viviente ni una planta. El termómetro señalaba cincuenta grados bajo cero. Planeta inerte –estaba escrito en el diario del piloto–; pero, en cam­bio, ¡qué estrella! ¡qué diluvio de descubrimientos!...

Sí, un diluvio de descubrimientos. Incluso hoy, cuando la ciencia de la estructura y evolución de las estrellas ha experimentado grandes avances, los descubrimientos hechos por la expedición del «Polus» en muchos aspectos no han perdido nada de su valor. El estudio de la envoltura gaseosa de las enanas rosadas tipo Barnard se considera aún como un clásico científico.

El libro de bitácora... El informe científico. El manuscrito del astrofísico con la paradójica hipótesis sobre la evolución es­telar..., y, por fin, lo que yo buscaba: la orden de regreso dada por el capitán. No doy crédito a mis ojos y repaso rápidamente las páginas. Una anotación en el diario del navegante. Ahora lo creo; sé que sucedió así.

Un día, Zarubin dijo:

–Hay que regresar.

Los cinco hombres miraron a Zarubin en silencio. Se oía el tic-tac de los relojes...

–Tenemos que volver –repitió el capitán–. Ya sa­bemos que nos queda el dieciocho por ciento del com­bustible. Pero hay una solución. Ante todo, aligerar el cohete. Debemos eliminar todo el equipo eléctrico con excepción de los instrumentos de corrección –vio que el piloto quería decir algo y le detuvo con un gesto–. Hay que hacerlo así. Los instrumentos, los mamparos interiores de los depósitos vacíos, y algunas de las secciones del invernadero. No es eso todo. El mayor consumo de combustible es debido a la pequeña aceleración de los primeros meses de vuelo. Ha­brá que resignarse a los inconvenientes: el «Polus» de­berá partir con una aceleración plena de 12 g en lugar de tres...

–Con una aceleración semejante, será imposible guiar el cohete –objetó el ingeniero–. El piloto no podrá...

–Ya lo sé –le interrumpió con dureza el capitán–. La dirección, durante los primeros meses, será dada desde aquí, desde este planeta. Aquí se quedará un hom­bre. ¡Silencio! Recuérdenlo, no hay otra solución y se hará así. Sigamos. Nina Vladimirovna y Nikolaj no pueden quedarse, esperan un niño. Sí, lo sé. Lenocka es medico, debe partir. Sergei es el astrofísico, y también debe partir. Georgei es demasiado excitable. Por eso me quedaré yo. ¡Silencio he dicho!

Tengo delante los cálculos hechos por Zarubin. Soy médico y no todo lo veo claro. Pero no resulta difícil comprender que son irreprochables. El cohete se aligera hasta el desmantelamiento, se fuerza al máximo la aceleración de salida. La mayor parte del invernadero se dejó sobre el planeta, lo que incidió severamente sobre las raciones de los astronautas. Se suprime el sistema de alimen­tación de emergencia, consistente en dos microrreacto­res; se desmonta casi toda la instalación electrónica. Si durante el viaje sucede algo imprevisto, el cohete ni siquiera podrá volver a la estrella de Barnard. Riesgo al cubo –escribió el navegante en su diario; y abajo–: Pero para el que se queda, el riesgo será diez, cien veces mayor.

Zarubin tendría que esperar catorce años. Únicamen­te hasta entonces otro cohete podría ir a recogerlo. Catorce años solo sobre un planeta hostil, cubierto de hielo...

Más cálculos. La energía era lo primero. Tenía que alcanzar para el periodo de control del cohete desde el planeta y para los catorce largos años posteriores. Y de nuevo sin margen para emergencia.

Una fotografía del habitáculo del capitán, cons­truido con las secciones del invernadero. A tra­vés de las paredes transparentes se ven las instalacio­nes electrónicas, los microrreactores. Sobre el techo, las antenas del mando a distancia. En torno a ella, un de­sierto de hielo. En el cielo gris, cubierto por una densa bruma, salta la luz fría de la estrella de Barnard. Un disco cuatro veces más grande que el Sol, pero apenas más luminoso que la Luna.

Hojeo con nerviosismo el libro de bitácora. Está todo: las instrucciones del capitán, los acuerdos relati­vos al enlace por radio durante los primeros días de vuelo, la lista de los objetos dejados al capitán... Y luego, de pronto, una palabra: Lanzamiento.

Siguen anotaciones extrañas. Parecen escritas por un niño, las líneas son irregulares, las letras aparecen de­formadas. Es el efecto de la aceleración a 12 g.

Consigo leerlas con dificultad. La primera anotación:

Todo bien. ¡Maldita aceleración! Nuestra visión está severamente velada...

Dos días después:

Acelerando según lo calculado. Imposible caminar, debemos arrastrarnos...

Una semana más tarde:

Es duro, muy... (tachado). El reactor trabaja a pleno régimen.

Dos folios del diario de a bordo están en blanco. Sobre el tercero, manchado de tinta, consta la siguiente observación:

El control a distancia se debilita. Hay algún obstáculo en la trayectoria de las emisiones. Esto... (tachado). Es el fin.

Pero al final de la página hay otra, escrita con mano más firme:

El control desde el planeta ha sido restaurado. El indicador de potencia se mantiene en cuatro unidades. El capitán está entregando toda la energía de sus microrreactores y nosotros no podemos impedírselo. Se sacrifica...

Cierro el libro de bitácora. Ahora sólo puedo pensar en Zarubin. No esperaba, sin duda, que se estropease el control a distancia.

Se oye el pitido de la señal de alarma del indicador. La temblorosa aguja se detiene en el cero. La emisión de energía ha encontrado un obstáculo y el control a distancia deja de responder rápidamente.

El capitán se halla de pie ante la pared transparente. El opaco sol escarlata se oculta en el horizonte. Las tinieblas se van condensando sobre la llanura hela­da. El viento levanta la nieve, mezclándola y elevándola hacia el tenebroso cielo gris-rojizo.

La señal de alarma del indicador suena con insisten­cia. La pequeña cantidad de energía emitida no es suficiente para mantener el control sobre el cohete. Zarubin observa el ocaso de la estrella de Barnard. Tras su espalda se encienden febrilmente lamparitas en el panel del piloto electrónico.

El disco purpúreo-rojizo desaparece rápidamente bajo el horizonte. Durante un segundo brillan infinitos rayos escarlata, al ser refractados los últimos rayos por el terreno helado. Luego cae la noche.

Zarubin se acerca al panel de los instrumentos y desconecta la señal del indicador. La aguja deja de moverse. Luego gira la rueda del re­gulador de potencia. El invernadero se inunda con el ronroneo de los motores del sistema de enfriamiento. Gira el volante hasta el tope; pasa detrás del cuadro, quita el limitador y da otras dos vueltas completas al volante. El ronroneo se transforma en un estridente, vibrante, y estruendoso bramido.

El capitán se vuelve hacia la pared y se hunde en el banco. Le tiemblan las manos. Toma un pañuelo y se seca la fren­te. Apoya la mejilla contra la pared fría.

Ahora aguarda a que las nuevas superpoderosas señales alcancen al cohete y retornen.

Y espera.

Espera, perdida toda noción del tiempo, mientras braman los microrreactores, llevados casi hasta un régimen de explosión; los motores del sistema de refrigeración gimen, silban. Se estremecen las frágiles paredes...

El capitán espera.

Finalmente, algo lo fuerza a levantarse y a acercarse al panel de los instrumentos. La aguja del indicador ha vuelto a normal. Ahora hay suficiente potencia para controlar el cohete. Zarubin sonríe débilmente, dice: –¡Vaya!–, y echa una mirada al indicador de consumo. La energía gastada supera en ciento cuarenta veces la cantidad prevista en el cálculo.

Aquella noche, el capitán no duerme. Compila un nuevo programa para el piloto electrónico. Hay que corregir la desvia­ción provocada por la interrupción en el enlace.

El viento empuja olas de nieve sobre la llanura. Una tenue aurora boreal fulgura en el horizonte.

Los microrreactores chillan furiosamente, irradiando al espacio la energía que ha sido cuidadosamente calculada para durar ca­torce años... Habiendo cargado el programa en el equipo electrónico, el capitán hace una fatigada recorrida de su alojamiento. Sobre el techo transparente brillan las estrellas. El capitán se apoya en el cuadro de instrumentos y mira al cielo. En algún punto lejano el «Polus» volvía a tomar velocidad y se dirigía con seguridad hacia la Tierra.

... Era muy tarde, pero, pese a todo, fui a ver al di­rector. Recordaba que me había hablado de otros cua­dros de Zarubin.

El director no dormía.

–Sabía que iba a venir –me dijo, poniéndose rápidamente las gafas–. Vamos, es en la próxima puerta.

En la habitación contigua, iluminada con lámparas fluorescentes, estaban colgados dos cuadros de tamaño medio. En un primer momento creí que el director se había equivocado. Me parecía que Zarubin nunca pintaría cuadros semejantes. No se asemejaban en nada a los que había visto durante el día, no eran estudios de colores ni temas fantásticos. Eran dos paisajes comunes. Uno representaba una calle y un árbol; el otro, el borde de un bosque.

–Sí, son de Zarubin –afirmó el director, como si hubiese adivinado mis pensamientos–. Se quedó allí, ya lo sabe. Sí, fue una solución dura, pero, de todos modos, una solución. Hablo como astronauta, como ex astronauta –el director se ajustó las gafas azules y guardó silencio–. Y luego Zarubin hizo..., ya sabe... En cuatro semanas suministró una energía calculada para catorce años. Corrigió las desviaciones, devolvió al «Polus» a su ruta exacta. Y cuando el cohete alcanzó la velocidad in­ferior a la de la luz, y empezó la fase de deceleración, la tripulación recuperó el gobierno de la nave. Pero los microrreactores de Zarubin ya no producían energía. Todo había terminado... Fue entonces cuando Zarubin pintó estos cuadros... Amaba a la Tierra, la vida...

Un cuadro representaba una calle, una calle en cuesta en el centro de un pueblo. A un lado de la calle, una poderosa encina retorcida, pintada al estilo de Jules Dubre de la escuela de Barbizon: chaparra, nudosa, llena de vida y de fuerza. El viento empuja nubes despeinadas. En la cuneta lateral descansa una gran piedra, y parece como si un momento antes algún viandante se hubiese sentado en ella... Cada detalle está pintado con cariño, con amor, con una riqueza poco común de colo­res y matices.

El otro cuadro no está terminado. Representa un bos­que en primavera. Todo él está saturado de luz, de calor... Sorprendentes tonalidades doradas... Zarubin co­nocía el alma de los colores.

–Yo traje estos cuadros a la Tierra –dijo el director, casi en un murmullo.

–¿Usted?

–Sí.

 Su voz era triste, como sí traicionase un sentimiento de culpa.

–El material que ha examinado no tiene conclusión. El resto se refiere a otras expediciones El «Polus» llegó a la Tierra y en el acto fue enviada una expedición de socorro. Se hizo todo lo que podía acortar el vuelo. La tripulación aceptó volar bajo 6 g. Llegaron al planeta pero no encontraron el invernadero. Tomaron riesgos tremendos y retornaron con las manos vacías. Luego, muchos años más tarde, fui enviado yo. Durante el viaje tuvimos una avería. Allí... –el di­rector levantó una mano hasta sus lentes–. Pero llega­mos. Y encontramos el invernadero y los cuadros... También encontramos una nota del capitán...

–¿Qué decía?

–Sólo unas palabras: “adelante, a través de lo imposible”.

Miramos los cuadros en silencio. De pronto, me di cuenta de que Zarubin los pintó de memoria. Había hielo a todo su alrededor, iluminado por el diabólico resplandor rojizo de la estrella de Barnard. Y en su paleta él mezclaba colores cálidos y soleados... En el punto 12 él pudo haber escrito, con toda verdad: Yo estoy interesado en amar apasionadamente la Tierra, su vida, su gente.

Los desiertos corredores del Archivo están calmos y en silencio. Las ventanas están abiertas, la brisa marina agita las pesadas cortinas. Las rompientes se lanzan en obstinada cadencia. Parecen susurrar: hacia adelante a través de lo imposible. Una pausa, otra ola y un susurro: Hacia adelante [Forward]... Y otra pausa...

Yo deseo replicar a las olas: Sí, hacia adelante, sólo hacia adelante, siempre hacia adelante.