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Polaris - H. P. Lovecraft

A través de la ventana norte de mi estancia, la estrella Polar refulge con luz extraordinaria. En las espantosas horas de negrura brilla en ese lugar. Y durante el otoño, cuando los vientos del norte maldicen y gimotean, y los árboles tornados en rojo del pantano se susurran cosas entre sí, en las tempranas horas de madrugada bajo la luna menguante y cornuda, me siento en el alféizar y observo a esa estrella. 

Justo debajo titila la brillante Casiopea con el pasar de las horas, mientras el Carro se alza con pesadez entre los árboles envueltos en brumas del pantano, que el viento nocturno hace balancear. 

Justo antes del alba, Arturo parpadea rubicunda sobre el cementerio del altozano y la Cabellera de Berenice reluce furiosa a lo lejos, sobre el misterioso oriente; pero aún la estrella Polar continúa en el mismo sitio de la negra bóveda, parpadeando odiosa como un malsano ojo vigilante que pugnara por transmitir algún extraño mensaje, aunque sin recordar nada excepto que tenía un mensaje que transmitir. A veces, cuando está nublado, puedo dormir.

Recuerdo a la perfección la noche de la gran Aurora, cuando sobre el pantano bailaban los alucinantes reflejos de luz demoníaca. Tras los destellos llegaron las nubes, y entonces pude conciliar el sueño.

Y fue bajo una luna cornuda y menguante cuando divisé por primera vez la ciudad. Se hallaba silenciosa y somnolienta, en una extraña meseta de un collado entre dos extraños picos. De espantable mármol eran sus muros y torres, sus columnas, cúpulas y pavimentos. 

En las calles marmóreas se alzaban columnas de mármol con los remates tallados en imágenes de solemnes hombres barbados. La atmósfera resultaba cálida y calmosa. Y arriba, apenas a diez grados del cenit, resplandecía la vigilante estrella Polar. Contemplé durante largo rato la ciudad, pero el día no llegaba. 

Cuando el rojizo Aldebarán, que fulguraba a baja altura sin llegar a ponerse jamás, se había arrastrado una cuarta parte del camino en torno al horizonte, atisbé luz y movimiento en las calles y las casas. Gentes de vestiduras extrañas, nobles y familiares a un tiempo, salían a las calles y bajo la luna cornuda y menguante los hombres hablaban con sensatez en una lengua que me resultaba familiar, aun cuando era diferente a cualquier idioma que hubiera conocido antes. Y cuando el rojo Aldebarán se hubo deslizado más de la mitad del camino alrededor del horizonte, retornaron la oscuridad y el silencio.

Al despertar, ya no fui el mismo. En mi memoria se había grabado la visión de la ciudad y en mi espíritu se alzaba otra reminiscencia, aún más vaga, de cuya naturaleza entonces no me hallaba muy seguro. En adelante, durante las noches nubladas en las que podía dormir, atisbé con frecuencia la ciudad; a veces bajo esa luna cornuda y menguante, y en ocasiones bajo los rayos amarillos de un sol que no se ponía pero que rotaba lentamente alrededor del horizonte. Y en las noches despejadas la estrella Polar acechaba como no lo hiciera nunca antes.

De forma gradual, comencé a preguntarme cuál sería mi sitio en esa ciudad de la extraña meseta entre extraños picos. Alegre al principio de contemplar la escena como observador incorpóreo y omnipresente, comencé luego a ansiar el definir mi relación con ella, y medir mis talentos entre los graves personajes que platicaban a diario en la plaza pública. Me decía: «Esto no es un sueño, ¿por qué medio podré probar su superior realidad sobre esta otra de la casa de piedra y ladrillo al sur del siniestro pantano y el cementerio del altozano, donde la estrella Polar escudriña a través de mi ventana norte cada noche?».

Una noche, mientras escuchaba la discusión en la gran plaza de múltiples estatuas, percibí un cambio y noté que tenía al fin forma corpórea. Pero yo no era forastero en las calles de Olathoé, que se alza en la meseta de Sarkis, entre los picos Noton y Kadiphonek. Era mi amigo Alos quien hablaba, y su alocución era agradable a mi espíritu, pues se trataba del discurso de un hombre cabal y un patriota. 

Esa noche habían llegado nuevas sobre la caída de Daiko y sobre el avance de los Inutos; demonios amarillos, achaparrados, infernales, que cinco años atrás llegaran del oeste ignoto para devastar los confines de nuestro reino, y que acabaron sitiando nuestras ciudades. 

Habiéndose apoderado de las fortalezas al pie de las montañas, ahora gozaban de paso franco a la meseta, a no ser que cada ciudadano pudiera hacerles frente con la fuerza de diez hombres. Ya que las rechonchas criaturas eran duchas en las artes guerreras y carecían del escrupuloso honor que disuadía a nuestros hombres altos y de ojos grises de Lomar de lanzarse a una conquista despiadada.

Mi amigo Alos era el jefe de todas las fuerzas de la meseta, y en sus manos estaba la última esperanza de nuestra patria. En esta ocasión hablaba de los peligros que habría que afrontar, y exhortaba a los hombres de Olathoé, los más bravos de entre los lomarios, a mantener las tradiciones de sus antepasados, quienes al verse obligados a emigrar al sur de Zobna ante el avance de los hielos (tal como nuestros descendientes habrán algún día de huir de la tierra de Lomar) arrojaron valerosa y victoriosamente ante sí a los peludos y brazilargos caníbales Gnophekehs que se interponían en su camino. 

A mí, Alos me había denegado el alistamiento, ya que era enfermizo y propenso a una extraña debilidad ante cualquier tensión y esfuerzo. Pero mis ojos eran los más agudos de la ciudad a pesar de las horas que cada día empleaba en el estudio de los manuscritos Pnakoticos y la sabiduría de los Padres Zobnarianos; por lo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacción, me otorgó el empeño que resultaba el penúltimo en importancia. Me envió a la torre de vigilancia de Thapnen, donde serviría con los ojos a nuestro ejército. De intentar los inutos conquistar la ciudadela a través del pico Noton, sorprendiendo así a la guarnición, debía encender el fuego que pondría sobre aviso a los soldados de guardia, salvando así a la ciudad de un inmediato desastre.

A solas ascendí la torre, ya que hasta el último hombre era necesario en los desfiladeros de abajo. Mi cerebro se veía dolorosamente ofuscado por la excitación y la fatiga, ya que no había dormido en muchos días; aunque mi propósito se mantenía firme, porque amaba a mi tierra natal de Lomar, así como a la ciudad de mármol de Olathoé, ubicada entre los picos Noton y Kadiphonek.

Pero mientras estaba en la estancia superior de la torre, observé a la cornuda luna menguante, roja y siniestra, estremeciéndose entre los vapores que pendían sobre el lejano valle de Banof. Y, a través de una abertura en el techo, resplandecía la pálida estrella Polar, agitándose como si estuviera viva, espiándome como un demonio tentador. Creo que su espíritu me susurraba malvados consejos, arrastrándome a una traidora somnolencia con una promesa condenadamente rítmica que se repetía una y otra vez.

 «Duerme, vigía, hasta que las esferas

Veintiséis mil años

Hayan girado, y yo tornado

Al sitio donde ahora fulguro.

Otras estrellas en su momento se alzarán

En el eje de los cielos;

Astros que alivien y astros que bendigan

Con dulce olvido:

Tan solo al final de mi giro

El pasado vendrá a tocar a tu puerta».

 

Me debatí en vano contra el sopor, tratando de interconectar esas extrañas palabras con alguna de las tradiciones celestes conocidas en los manuscritos Pnakóticos. La cabeza, pesada y vacilante, se me venció sobre el pecho y, al mirar de nuevo, lo hice entre sueños; con la estrella Polar burlándose de mí a través de una ventana, sobre los árboles horriblemente oscilantes de un onírico pantano. Y aún sueño.

En mi vergüenza y desesperación a veces grito frenéticamente, implorando a las criaturas de ensueño que me rodean que me despierten, no sea que los inutos se escabullan por el desfiladero al pie del pico Noton y se apoderen por sorpresa de la ciudadela; pero tales criaturas son demonios, ya que se ríen de mí y me dicen que estoy soñando. Se mofan mientras duermo, y los achaparrados enemigos amarillos pueden estar mientras deslizándose en silencio hacia nosotros. 

He fallado en mi deber y traicionado a la marmórea ciudad de Olathoé; he fallado a Alos, mi amigo y comandante. Pero todavía esas sombras del sueño me escarnecen. Dicen que no existe tierra de Lomar, salvo en mi imaginación, que en aquellas tierras donde la estrella Polar brilla alta y el rojo Aldebarán repta a ras de horizonte no existe sino hielo y nieve desde hace milenios, y que ningún hombre mora allí excepto achaparradas criaturas amarillas consumidas por el frío que se hacen llamar «esquimales».

Y mientras escribo en mi culpable agonía, frenético por salvar la ciudad cuyo peligro crece a cada momento, tratando de espantar en vano ese antinatural sueño de una casa de piedra y ladrillo al sur de un siniestro pantano y un cementerio en un bajo altozano, la estrella Polar, maligna y monstruosa, me acecha desde la negra bóveda; parpadeando odiosa como un malsano ojo vigilante que pugnara por transmitirme algún extraño mensaje, aunque sin recordar nada excepto que tenía un mensaje que transmitir.


Historia del demoniaco pacheco - Jan Potocki


 —Nací en Córdoba, donde mi padre vivía en una situación más que holgada. Mi madre murió hace tres años. Mi padre pareció primero echarla mucho de menos, pero, al cabo de algunos meses, con ocasión de un viaje que hizo a Sevilla, se enamoró allí de una joven viuda, llamada Camila de Tormes. Esa persona no gozaba de muy buena reputación, y varios de los amigos de mi padre trataron de alejarlo de su trato; mas, a pesar de las molestias que ellos se tomaron, la boda se celebró dos años después de la muerte de mi madre. La ceremonia se hizo en Sevilla, y, al cabo de unos cuantos días, mi padre volvió a Córdoba, con Camila, su nueva mujer, y una hermana de Camila, llamada Inesilla.

»Mi nueva madrastra respondió perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella, y sus comienzos en la casa consistieron en querer inspirarme amor. No lo consiguió. Me enamoré, sin embargo, pero fue de su hermana Inesilla. Mi pasión no tardó en hacerse tan fuerte que fui a arrojarme a los pies de mi padre y le pedí la mano de su cuñada.

»Mi padre me hizo levantar, bondadosamente, y me dijo:

»—Hijo mío, te prohíbo pensar en esa boda, te lo prohíbo por tres razones. Primera: pecaría contra la gravedad el que te convirtieras, en cierto modo, en cuñado de tu padre. Segunda: los santos cánones de la Iglesia no aprueban esta clase de matrimonios. Tercera: no quiero que te cases con Inesilla.

»Mi padre, tras comunicarme estas tres razones, me volvió la espalda y se marchó.

»Yo me retiré a mi habitación, donde me abandoné a la desesperación.

»Mi madrastra, a la que mi padre informó en seguida de lo que había ocurrido, vino a verme y me dijo que no tenía por qué afligirme, ya que, si no podía convertirme en marido de Inesilla, sí podía en cambio ser su cortejo, es decir, su amante, y que ella hacía del asunto cosa propia; pero, al mismo tiempo, me declaró el amor que sentía por mí, e hizo valer el sacrificio al que se sometía al cederme a su hermana. Demasiado oído presté yo a aquellas palabras que halagaban mi pasión, pero Inesilla era tan recatada que me parecía imposible que se la pudiera impulsar algún día a responder a mi amor.

»Por entonces, mi padre se decidió a hacer el viaje a Madrid, con la intención de solicitar la plaza de corregidor de Córdoba, y se llevó consigo a su mujer y su cuñada. Su ausencia había de ser sólo de dos meses, pero aquel plazo me pareció muy largo, porque estaba lejos de Inesilla.

»Cuando los dos meses estaban a punto de haber transcurrido, recibí carta de mi padre, ordenándome que saliera a su encuentro en la Venta Quemada, en la entrada de Sierra Morena. No me hubiera arriesgado fácilmente a pasar por Sierra Morena algunas semanas antes, pero precisamente acababan de ahorcar a los dos hermanos de Zoto. Su banda estaba dispersada, y los caminos se consideraban bastante seguros.

»Salí pues de Córdoba hacia las diez de la mañana, y fui a pernoctar en Andújar, en la posada de uno de los hospederos más parlanchines que hay en Andalucía. Ordené allí una cena abundante, comí una parte, y guardé el resto para el viaje.

»El día siguiente comí en Los Alcornoques con lo que me había guardado de la víspera, y aquella misma noche llegué a la Venta Quemada. No encontré allí a mi padre, pero, como en su carta me ordenaba que lo esperase, decidí hacerlo, de tanta mejor gana cuanto que me encontraba en una hospedería espaciosa y cómoda. El hospedero era entonces un tal González de Murcia, bastante buen hombre, aunque un poco fanfarrón; no se abstuvo de prometerme una cena digna de un grande de España. Mientras él se ocupaba de prepararla, fui a dar un paseo por a orilla del Guadalquivir, y, al volver a la hospedería, encontré esperándome una cena que, en efecto, no era mala.

»Después de comer le dije a González que me hiciera la cama. Entonces vi que se turbaba, y me dijo algunas cosas que no tenían demasiado sentido. Finalmente me confesó que la hospedería estaba frecuentada por fantasmas, que él y su familia pasaban todas las noches en una granjita junto al río, y añadió que, si yo quería dormir allí también, me haría preparar una cama junto a la suya.

»Esta propuesta me pareció muy fuera de lugar. Le dije que se fuera a dormir donde quisiera, y que lo único que tenía que hacer era mandarme a mi gente. González me obedeció y se retiró, meneando la cabeza y encogiéndose de hombros.

»Mis criados llegaron al poco rato. También ellos habían oído hablar de fantasmas y quisieron convencerme de pasar la noche en la granja. Acogí sus consejos con cierta brutalidad, y les ordené que me prepararan la cama en la misma habitación donde había cenado. 

Me obedecieron, aunque a regañadientes, y, cuando la cama estuvo hecha, me conjuraron una vez más, con lágrimas en los ojos, para que fuera a dormir a la granja. Me impacienté seriamente con sus invocaciones, y me permití ciertas demostraciones que los pusieron en fuga; y, como no tenía la costumbre de hacerme desvestir por mi gente, prescindí fácilmente de ellos para acostarme. 

A todo eso, mis criados habían sido más atentos de lo que yo merecía por mis modales con ellos: habían dejado junto a mi cama una vela encendida, otra de recambio, dos pistolas, y unos cuantos volúmenes cuya lectura podía mantenerme despierto; pero lo cierto es que había perdido el sueño.

»Pasé un par de horas leyendo y revolviéndome en la cama alternativamente. Luego oí el sonido de una campana o un reloj que daba las doce de la medianoche. Aquello me sorprendió, ya que no había oído sonar las demás horas. Al poco rato se abrió la puerta, y vi entrar a mi madrastra. Iba en camisón de noche y llevaba en la mano un candelero. Se me acercó de puntillas y con un dedo en los labios, como imponiéndome silencio. Luego colocó su candelero en mi mesilla de noche, se sentó en mi cama me tomó la mano, y me habló en estos términos:

»—Mi querido Pacheco, he aquí el momento en que puedo proporcionarte los placeres que te tengo prometidos. Hace una hora que hemos llegado a esta taberna. Tu padre se ha ido a dormir a la granja, pero yo, al saber que tú estabas aquí, he obtenido permiso para pasar aquí la noche con mi hermana Inesilla. Ella te espera, y está dispuesta a no negarte nada; pero he de comunicarte las condiciones que he puesto para tu felicidad. Tú amas a Inesilla, y yo te amo. Y no puede ser que, de los tres, dos sean felices a expensas del tercero. Quiero que una sola cama nos sirva a todos esta noche. Ven.

»Mi madrastra no me dejó tiempo de contestarle; me tomó de la mano y me condujo de corredor en corredor hasta que llegamos ante una puerta, por el ojo de cuya cerradura se puso a mirar.

»Cuando hubo mirado lo suficiente, me dijo:

»—Todo marcha bien, ve tú mismo.

»Ocupé su puesto en la cerradura, y vi, efectivamente, a la encantadora Inesilla en la cama; ¡pero qué lejos estaba del recato que siempre le había visto! La expresión de sus ojos, su respiración agitada, la animación de su tez, su actitud, todo en ella dejaba ver que esperaba a un amante.

»Camila, tras dejarme mirar a conciencia, me dijo:

»—Mi querido Pacheco, quédate en esta puerta; cuando llegue el momento, vendré a avisarte.

»Cuando hubo entrado, volví a aplicar el ojo a la cerradura, y vi mil cosas que me cuesta contar. Primero Camila se desnudó, bastante exactamente; luego, metiéndose en la cama de su hermana, le dijo:

»—Mi pobre Inesilla, ¿estás segura de querer tener un amante? Pobre niña, no sabes el daño que te hará. Primero, te abatirá, te pisoteará, y luego, te aplastará, te desgarrará.

»Cuando Camila consideró que su alumna estaba lo bastante adoctrinada, vino a abrirme la puerta, me llevó a la cama, y se acostó con nosotros.

»¿Qué os diré de aquella noche fatal? Agoté las delicias y los crímenes. Largo rato combatí contra el sueño y la naturaleza para prolongar otro tanto mis deleites infernales. Por fin me dormí, y desperté, la mañana siguiente, debajo de la horca de los hermanos Zoto, acostado entre sus infames cadáveres.

El ermitaño interrumpió en este punto al demoníaco, y me dijo:

—Decidme, hijo mío, ¿qué os parece? Supongo que os hubiera dado un miedo terrible encontraros acostado entre dos cadáveres.

—Padre le respondí—, me ofendéis. Un gentilhombre no debe tener miedo nunca, y menos todavía cuando tiene el honor de ser capitán de los Guardias Valones.

—Pero, hijo mío —insistió el ermitaño—, ¿habíais oído contar jamás que semejante aventura le hubiera ocurrido a alguien?

Titubeé un instante, y luego le contesté:

—Padre, si esta aventura le ha ocurrido al señor Pacheco, también puede haberle ocurrido a otros; podré juzgar mejor si accedéis a ordenarle que prosiga su relato.

El ermitaño se volvió hacia el poseso y le dijo:

—¡Pacheco, Pacheco! En nombre de tu redentor, te ordeno que prosigas tu relato.

Pacheco profirió un aullido espantoso y continuó en estos términos:

—Estaba medio muerto cuando me alejé de la horca. Me arrastré sin saber hacia dónde. Finalmente encontré a unos viajeros que se apiadaron de mí y me llevaron de nuevo a la Venta Quemada. Encontré al tabernero y a mi gente muy inquietos por mí. Les pregunté si mi padre había dormido en la granja. Me contestaron que no había llegado nadie.

»No pude soportar el quedarme más tiempo en la Venta, y reemprendí el camino de Andújar. No llegué hasta después de ponerse el sol. La posada estaba llena; me prepararon una cama en la cocina y me acosté, pero no conseguí dormirme, ya que me era imposible alejar de mi mente los horrores de la noche anterior.

»Había dejado una vela encendida encima del fogón de la cocina. De repente, se apagó, y sentí en seguida una especie de escalofrío mortal que me heló la sangre en las venas.

«Alguien tiró de mi manta, luego oí una vocecilla que decía:

»—Soy Camila, tu madrastra; tengo frío, corazoncito, hazme sitio debajo de tu manta.

»Luego, otra voz dijo:

»—Yo soy Inesilla. Déjame entrar en tu cama. Tengo frío, tengo frío.

»Luego sentí que una mano helada me cogía por debajo del mentón. Hice acopio de todas mis fuerzas y dije, en voz alta.

»—¡Satán, retírate!

«Entonces, las vocecillas me dijeron:

»—¿Por qué nos echas? ¿No eres acaso nuestro maridito? Tenemos frío. Vamos a hacer un poco de fuego.

»En efecto, vi al poco rato arder una llama en el hogar de la cocina. Se hizo más clara, y vi, no a Inesilla y Camila, sino a los dos hermanos de Zoto, colgados en la chimenea.

»Aquella visión me puso fuera de mí. Salí de la cama. Salté por la ventana y me eché a correr por el campo. Hubo un momento en que me felicité por haber escapado a tantos horrores, pero al volverme vi que los dos hermanos me seguían. Me eché a correr de nuevo, y vi que los ahorcados quedaban rezagados. Pero mi alegría no duró mucho. Aquellos detestables seres se pusieron a avanzar a volteretas, y en un instante me alcanzaron. Seguí corriendo; pero al final las fuerzas me abandonaron.

»Entonces sentí que uno de los ahorcados me asía por el talón del pie izquierdo. Quise librarme de él, pero el otro ahorcado me cerró el paso. Se plantó delante mío, con unos ojos aterradores y sacando una lengua que era roja como hierro recién sacado del fuego. Pedí misericordia. Pero en vano. Con una mano me asió del cuello, y con la otra me arrancó el ojo que me falta. En el vacío dejado por mi ojo metió su lengua ardiente. Me lamió con ella el cerebro, y me hizo rugir de dolor.

«Entonces, el otro ahorcado, que me tenía asido por la pierna izquierda, quiso también dar empleo a sus garras. Primero empezó por hacerme cosquillas en la planta del pie que me tenía agarrado. Luego, aquel monstruo arrancó la piel del pie, separó todos sus nervios, los dejó al descubierto, y quiso tocar en ellos como en un instrumento musical; pero como yo no emitía ningún sonido que le proporcionara placer, hundió el pulgar en mi corva, pellizcó los tendones, y se puso a retorcerlos, tal como se hace cuando se afina un arpa. 

Finalmente, se puso a tocar con mi pierna, que usaba a modo de salterio. Yo oía su risa diabólica. Mientras el dolor me arrancaba mugidos aterradores, los aullidos del infierno les hacían coro. Pero cuando llegué hasta oír el rechinar de dientes de los condenados, me pareció que todas y cada una de mis fibras quedaban trituradas por sus dientes. Por fin perdí el conocimiento.

»El día siguiente, unos pastores me encontraron en pleno campo y me trajeron a esta ermita. Aquí he confesado mis pecados, y he encontrado al pie de la cruz algún alivio a mis males.

En este punto, el demoníaco profirió un aullido espantoso y se calló.

Entonces, el ermitaño tomó la palabra y me dijo:

—Joven, ya veis cuál es el poder de Satán; rezad y llorad. Pero es tarde. Debemos separarnos. No os propongo que durmáis en mi celda, porque Pacheco suelta durante la noche unos gritos que podrían incomodaros. Id a acostaros en la capilla. Allí estaréis bajo la protección de la cruz, que triunfa de los demonios.

Contesté al ermitaño que me acostaría donde me dijera. Llevamos a la capilla un pequeño catre de tijera. Me acosté en él, y el ermitaño me deseó las buenas noches.

Cuando me quedé solo, me volvió a la mente el relato de Pacheco. Encontraba en él mucha coincidencia con mis propias aventuras, y seguía pensando en ello cuando oí las campanadas de medianoche. No sabía si era el ermitaño el que las daba, o si era una vez más asunto de fantasmas. Entonces oí rascar en mi puerta. Fui hacia allí y pregunté:

—¿Quién anda ahí?

Una vocecilla me respondió:

—Tenemos frío, abridnos, somos vuestras mujercitas.

—¡Oh, claro, malditos ahorcados! —les contesté—. Volved a vuestra horca y dejadme dormir.

Entonces, la vocecilla me dijo:

—Te burlas de nosotros porque estás en una capilla, pero a ver si te atreves a salir.

—Allá voy —les repuse, acto seguido.

Fui a por mi espada y traté de salir, pero me encontré con que la puerta estaba cerrada. Así se lo dije a los fantasmas, que no me contestaron. Fui a acostarme y dormí hasta el día.

El arpa Mágica - Cuento Ruso

Lejos, más allá de los mares azules, de los abismos de fuego, en las tierras de la ilusión, rodeada de hermosos prados, se levantaba una ciudad gobernada por el Zar Umnaya Golova (el sabio) con su Zarina. 

Indescriptible fue su alegría cuando les nació una hija, una encantadora Zarevna a quien pusieron por nombre Neotsienaya (la inapreciable) y aun más se alegraron cuando al cabo de un año tuvieron otra hija no menos encantadora a quien llamaron Zarevna Beztsienaya (la sin precio). 

En su alegría, el Zar Umnaya Golova quiso celebrar tan fausto acontecimiento con festines en que comió y bebió y se regocijó hasta que vio satisfecho su corazón. Hizo servir a sus generales y cortesanos trescientos cubos de aguamiel para que brindasen y durante tres días corrieron arroyos de cerveza por todo su reino. Todo el que quería beber podía hacerlo en abundancia.

Y cuando se acabaron los festines y regocijos, el Zar Umnaya Golova empezó a preocuparse, pensando en la mejor manera de criar y educar a sus queridas hijas para que llevasen con dignidad sus coronas de oro. 

Grandes fueron las precauciones que tomó el Zar con las princesas. Habían de comer con cucharas de oro, habían de dormir en edredones de pluma, se habían de tapar con cobertores de piel de marta y tres doncellas habían de turnarse para espantar las moscas mientras las Zarevnas dormían. 

El Zar ordenó a las doncellas que nunca entrase el sol con sus ardientes rayos en la habitación de sus hijas y que nunca cayese sobre ellas el rocío fresco de la mañana, ni el viento les soplase en una de sus travesuras. Para custodia y protección de sus hijas las rodeó de setenta y siete niñeras y setenta y siete guardianes siguiendo los consejos de cierto sabio.

El Zar Umnaya Golova y la Zarina y sus dos hijas vivían juntos y prosperaban. No sé cuantos años transcurrieron, el caso es que las Zarevnas crecieron y se llenaron de hermosura, y empezaron a acudir a la corte los pretendientes. 

Pero el Zar no tenía prisa en casar a sus hijas. Pensaba que a un pretendiente predestinado no se le puede evitar ni en un caballo veloz, pero al que no está predestinado no se le puede mantener alejado ni con triple cadena de hierro, y mientras así estaba pensando y ponderando el asunto, le sorprendió un alboroto que puso en conmoción todo el palacio. En el patio se produjo un ruido de gente que corría de un lado a otro. Las doncellas de fuera gritaban, las de dentro chillaban y los guardianes rugían con toda su alma.

El Zar Umnaya Golova salió corriendo a preguntar:

- ¿Qué ha sucedido?

Los setenta y siete guardianes y las setenta y siete damas de compañía cayeron a sus pies gritando:

- ¡Somos culpables! ¡He aquí que las Zarevnas Neotsienaya y Beztsienaya han sido arrebatadas por una ventolera!

Había sucedido una cosa extraña. Las Zarevnas bajaron al jardín imperial a coger unas flores y a comer unas manzanas. De pronto se vio sobre ellas una nube negra que nadie podría decir de dónde venía, sopló con fuerza en los ojos de las mujeres y de los hombres que acompañaban a las princesas y cuando acabaron de restregárselos, las princesas habían desaparecido y no quedaba nada que los ojos pudieran ver ni que los oídos pudieran oír. El Zar Umnaya Golova montó en cólera:

- ¡Os entregaré a todos a una muerte horrible! -gritó.- Moriréis de hambre en las mazmorras. Mandaré que os claven en las puertas. ¡Cómo! ¿Setenta y siete mujeres y setenta y siete hombres no habéis sido bastantes para cuidar de dos Zarevnas?

El Zar estaba triste y afligido, y no comía ni bebía ni dormía; todo le apenaba y era una carga para él; en la corte ya no se celebraban banquetes ni sonaban las notas del violín y de la flauta. Sólo la tristeza y el dolor reinaban en el palacio, acompañados de un silencio ominoso.

Pero pasó el tiempo y con él la melancolía. La vida del hombre es variada como un tapiz bordado de flores oscuras y encendidas. El tiempo siguió andando y a su tiempo nació otro hijo del Zar, pero no mujer, sino varón, y el Zar Umnaya Golova se regocijó grandemente. Llamó a su hijo, Iván y lo rodeó de criados, de maestros, de sabios y de valientes guerreros. 

Y el Zarevitz Iván crecía, crecía como crece la masa bien batida cuando se le pone buena levadura. Se le veía crecer de día en día y hasta de hora en hora, y llegó a ser pronto un mozo de extraordinaria belleza y apostura. Sólo una cosa oprimía el corazón de su padre el Zar. 

El Zarevitz Iván era bueno y hermoso, pero no tenía valor heroico ni demostraba aficiones belicosas. A sus compañeros ni les cortaba la cabeza ni les quebraba los brazos y piernas, no gustaba de jugar con lanzas ni con armas damasquinas ni espadas de templado acero; no pasaba revista a sus formidables batallones ni mantenía conversación con los generales. 

Bueno y hermoso era el Zarevitz. Admiraba a todo el mundo con su sabiduría y su ingenio, pero no más se complacía en tocar el arpa que no necesitaba arpista. Y de tal manera tocaba el Zarevitz Iván, que, al escucharlo, todo el mundo olvidaba todo lo demás. Apenas ponía los dedos en las cuerdas, sacaban éstas tales sonidos, que el auditorio quedaba como embelesado por la melodía y aun los cojos se echaban a bailar de gozo. Eran canciones maravillosas, pero no colmaban el tesoro del Zar ni defendían sus dominios ni destruían a sus enemigos.

Y un día el Zar Umnaya Golova mandó que el Zarevitz compareciese ante su trono y le habló de esta manera:

- Mi querido hijo, eres bueno y hermoso y estoy muy contento de ti. Pero una cosa me duele. No veo en ti el valor de un guerrero ni la destreza de un adalid. No te gusta el chocar de las lanzas ni te atraen las espadas de templado acero. Pero piensa que yo soy viejo y tenemos feroces enemigos que traen la guerra a nuestro país, matarán a nuestros boyardos y guerreros, y a mí y a la Zarina se nos llevará en cautiverio, si tú no sabes defendernos.

El Zarevitz Iván escuchó en silencio las palabras del Zar Umnaya Golova y luego contestó:

- ¡Querido Zar Emperador y Padre! No por la fuerza sino por la astucia se toman las ciudades, no rompiendo lanzas sino poniendo a prueba mi sagacidad saldré victorioso de mis enemigos. ¡Mira! Dicen que a mis dos hermanas se las llevó el viento sin dejar rastro, como si las hubiera cubierto de nieve. 

Llama a todos tus príncipes, tus héroes, tus fornidos generales, y ordénales que vayan en busca de mis hermanas, las Zarevnas. Que lleven sus espadas damasquinas, sus lanzas de hierro, sus veloces flechas y sus innumerables soldados, y si alguno de ellos te hace este servicio, dale mi imperio y ponme a sus órdenes como marmitón para limpiarle los platos y como bufón para divertirle. 

Pero si ninguno de ellos puede hacerte este servicio, confíamelo a mí y verás que mi inteligencia y mi ingenio son más agudos que una hoja damasquina y más fuertes que una lanza de acero.

Las palabras del Zarevitz agradaron al Zar. Llamó a sus boyardos, a sus generales y a sus fuertes y poderosos campeones y les dijo:

- ¿Hay alguno entre vosotros, mis boyardos, mis guerreros, mis fuertes y poderosos campeones, que se sienta lo bastante héroe para ir a buscar a mis hijas? Al que las traiga le permitiré elegir a la que más le guste para esposa, y con ella le daré la mitad de mi imperio.

Los boyardos, los generales, los campeones se miraron entre sí, escondiéndose el uno tras el otro, y ninguno de ellos osó contestar. Entonces, el Zarevitz Iván se inclinó ante su padre y dijo:

- ¡Mi querido padre y emperador! Si nadie se presta a hacerte tan pequeño servicio, dame tu bendición y partiré en busca de mis hermanas, sin que me prometas ningún galardón que me sirva de estimulo.

- ¡Perfectamente! -contestó el Zar Umnaya Golova.- Yo te bendigo. Llévate, además de mi bendición, plata, oro y piedras preciosas, y si necesitas soldados, toma cien mil jinetes y cien mil infantes.

- No me hace falta ni plato ni oro, ni jinetes ni infantes, ni el caballo del campeón ni su espada ni su lanza. Me llevaré la melodioso arpa que toca sola y nada más. Y tú, mi Zar soberano, espérame tres años, y si en el transcurso del cuarto no llego, elige mi sucesor.

Entonces, el Zarevitz Ivan recibió la bendición de su padre, oral y por escrito, se encomendó a Dios, se puso el arpa bajo el brazo y emprendió el camino en dirección adonde sus ojos lo guiaron. ¿Dónde había de ir en busca de sus hermanas? Fue cerca y fue lejos, para arriba y para abajo. La historia de sus andanzas pronto está contada, pero no tan pronto se hace como se dice. 

El Zarevitz Iván caminaba siempre hacia delante, anda que andarás, anda que andarás, y mientras viajaba tocaba el arpa. Apenas rompía el día se levantaba y reanudaba la marcha, adelante, siempre adelante; al caer la noche se acostaba en el césped bajo el inmenso techo del cielo brillante de estrellas. Y por fin llegó a una espesa selva.

El Zarevitz Iván oyó enormes crujidos en lo más espeso de esta selva, como si alguien aplastase los árboles: tan grande era el ruido que se oía.

- ¿Qué será? -pensó.- Sea lo que fuere, nadie puede morir dos veces.

Y sus ojos se abrieron de horror al ver a dos demonios de la selva que estaban peleándose. El uno descargaba sobre el otro una encina arrancada de cuajo, mientras éste se servía como de arma hiriente de un pino de diez metros de largo, y los dos se acometían con toda su diabólica fiereza. 

El Zarevitz Iván se les acercó con el arpa y empezó a tocar una danza. Los demonios dejaron la pelea al momento y se pusieron a ejecutar una danza diabólica que pronto se convirtió en un zapateado tan entusiasta y formidable, que hasta el firmamento se estremecía. Tanto y tanto bailaron, que al fin se les debilitaron las piernas y cayeron rodando por el suelo. Entonces, el Zarevitz les habló así:

- Vamos a ver: ¿por qué reñíais? Sois demonios de la selva y hacéis tonterías como si fueseis simples mortales. ¡Y eso, hijos míos, no está bien!

Entonces, uno de los demonios le dijo:

- ¿Cómo no hemos de reñir? ¡Atiende y juzga entre nosotros! Caminábamos juntos y hemos encontrado una cosa. Yo he dicho: "esto es mío", pero éste ha dicho "esto es mío". Hemos tratado de dividirlo y no hemos podido.

- ¿Y qué encontrasteis? -preguntó el Zarevitz Iván.

- Un pequeño mantel con pan y sal, unas botas que andan solas y un gorro invisible. ¿Quieres comer y beber? Pues extiende el mantel y doce jóvenes y doce doncellas te servirán aguamiel y todos los manjares que quieras. Y si alguien te persigue, no tienes más que ponerte las botas que andan solas y andarás siete verstas de un solo tranco. ¿Qué siete? más de catorce verstas puedes andar de un solo tranco, de modo que ni un pájaro puede volar más rápido ni el viento puede alcanzarte. Y si te amenaza algún peligro inevitable, te pones el gorro invisible y desapareces por completo, de modo que ni los perros pueden olerte.

- ¡No sé por qué habéis de reñir por tan poca cosa! ¿Queréis que yo sea juez en este pleito?

Los demonios de la selva accedieron y el Zarevitz Iván les dijo:

- ¡Bueno! Corred hasta el sendero que pasa junto al bosque y el primero que llegue se llevará el mantel, las botas y el gorro.

- ¡Caramba! -exclamaron los demonios.­ ¡Eso es hablar con sentido común! Tú guarda el tesoro y nosotros correremos.

Echaron a correr a cuál podía más, de modo que sólo se les veían los talones, hasta que desaparecieron entre los árboles. Pero el Zarevitz Iván no esperó su regreso. Se calzó las botas, se encasquetó el gorro, y con el mantel bajo el brazo se disipó como el humo. Los demonios de la selva volvieron corriendo y no pudieron hallar el lugar donde el Zarevitz había de esperarles. 

Entretanto, Iván el Zarevitz, a grandes zancadas salió del bosque y vio correr a los demonios por delante y por detrás de él, tratando inútilmente de descubrirlo por el olfato, hasta que empezaron a retorcerse las manos desesperadamente.

Iván el Zarevitz continuó su viaje a grandes trancos hasta que salió a campo llano. Ante él se abrían tres caminos y en la encrucijada se movía una choza dando vueltas sobre su pata de gallina.

- ¡Izbuchka! ¡Izbuchka! -le dijo el Zarevitz.­ ¡Vuélvete de espalda al bosque y de cara a mí!

Entonces el Zarevitz penetró en la choza y dentro estaba Baba Yaga(*) pata de hueso.

- ¡Uf! ¡uf! ¡uf! -dijo Baba Yaga.- Hasta hoy, un ruso era algo que mis ojos no habían visto y que mis oídos no habían oído, y ahora se aparece uno ante mis propios ojos! ¿A qué has venido, buen joven?

- ¡Oh, abuela despiadada! -le dijo el Zarevitz Iván.- Lo primero que habrías de hacer es alimentarme bien; después pregunta lo que quieras.

Baba Yoga se levantó en un abrir y cerrar de ojos, encendió su pequeña estufa, alimentó bien a Iván el Zarevitz y luego le preguntó:

- ¿Adónde vas, buen joven, y cuál es tu camino?

- Voy en busca de mis hermanas, la Zarevna Neotsienaya y la Zarevna Beztsienaya. Y ahora, querida abuelita, dime, si lo sabes, qué camino he de tomar y dónde las encontraré.

- ¡Sé dónde vive la Zarevna Neotsienaya! -dijo Baba Yaga.- Has de tomar el camino de en medio, si quieres llegar hasta ella; pero vive en el palacio de piedra blanca de su marido, el Monstruo de la Selva. El camino es tan largo como malo y aunque llegaras al palacio de nada te valdría, pues el Monstruo de la Selva te devorará.

- Bien, abuelita, tal vez se quede con las ganas. ¡Un ruso es un mal hueso y Dios no querrá dárselo a comer a un cerdo como ése! ¡Hasta la vista y gracias por tu pan y por tu sal!

El Zarevitz se alejó de la choza y he aquí que en medio de la llanura se destacó blanco y deslumbrante el palacio de piedra del Monstruo de la Selva. Iván se acercó y se encaminó a la puerta, y en la puerta halló un diablillo que le dijo:

- ¡No se puede pasar!

- ¡Abre amigo -replicó Iván el Zarevitz,- y te daré un trago de vodka!

El diablillo se bebió la vodka, mas no por eso abrió la puerta. Entonces Iván el Zarevitz dio la vuelta al palacio y resolvió subir por la pared.

Empezó a trepar, bien ajeno a la trampa en que iba a caer, pues en lo alto de las paredes habían extendido unos alambres, y apenas tocó el Zarevitz con el pie uno de estos alambres, todas las campanillas se pusieron a tocar. Iván el Zarevitz miró a ver si venía alguien y, en efecto, su hermana la Zarevna Neotsienaya salió a la galería y dijo, sorprendida:

- ¿Pero eres tú, mi querido hermano, Iván el Zarevitz?

Y los dos hermanos se abrazaron cariñosamente.

- ¿Dónde te esconderé para que el Monstruo de la Selva no te vea? -dijo la Zarevna.- Porque sin duda se presentará enseguida.

- No sé dónde, pues no soy un alfiler,

Y aun estaban hablando, cuando se produjo un ruido como de tempestad que hizo retemblar el palacio, y apareció el Monstruo de la Selva; pero Iván el Zarevitz se puso el gorro mágico y se hizo invisible. Y el Monstruo de la Selva dijo:

- ¿Quién te ha venido a ver trepando por el muro?

- No me ha venido a ver nadie -contestó la Zarevna Neotsienaya,- pero tal vez los gorriones han pasado volando y habrán tocado los alambres con las alas.

- ¡Buenos gorriones! ¡Me parece que huelo carne de ruso!

- ¡Qué antojos te dan! ¡No haces más que correr por el mundo oliendo carne humana y aun querrías olerla en tu palacio!

- No te disgustes, Zarevna Neotsienaya, no quiero turbar tu felicidad; pero tengo hambre y me gustaría comerme a este desconocido -dijo el Monstruo de la Selva. Pero Iván el Zarevitz se quitó el gorro invisible e inclinándose ante el hambriento, dijo:

- ¿Para qué me quieres comer? ¿No ves que soy un hueso duro que se te indigestaría? Será preferible que me permitas obsequiarte con un almuerzo como nunca en tu vida lo has comido. ¡Sólo has de ir con cuidado de no tragarte la lengua!

Y esto dicho, extendió el mantel y al momento aparecieron los doce mancebos y las doce damiselas que sirvieron al Monstruo de la Selva todos los manjares que apetecía. El Monstruo lo devoraba todo sin descanso. Luego bebió y volvió a tragar hasta que se hartó tanto, que no pudo moverse del puesto y allí mismo se quedó dormido.

- Hasta la vista, mi querida hermana -dijo entonces el Zarevitz Iván;- pero antes dime: ¿sabes dónde vive nuestra hermana la Zarevna Beztsienaya?

- Lo sé -contestó la Zarevna Neotsienaya. ­Para llegar a ella has de atravesar el gran Océano, pues vive en el vórtice con su esposo el Monstruo del Mar; el camino es muy penoso. ¡Has de nadar mucho, muchísimo, y si llegas, de nada te servirá, porque te devorará el monstruo!

- Bueno -dijo el Zarevitz Iván,- tal vez trate de hincarme el diente, pero se convencerá de que soy un bocado muy difícil de tragar. ¡Hasta la vista, hermana!

Iván el Zarevitz se alejó a grandes zancadas y llegó al gran Océano. En la orilla había una embarcación como las que usan los rusos para pescar, los obenques y aparejos eran de recio esparto y las velas de un fino tejido de fibras; las mismas maderas de la nave no estaban unidas con clavos sino sujetas con corteza de abedul. En esta embarcación, los marineros se apercibían a darse a la mar con rumbo a la isla de Roca Salada.

- ¿Queréis llevarme con vosotros? -les pidió el Zarevitz Iván.- No os pagaré el pasaje, pero os contaré tales cuentos, que no notaréis las fatigas del viaje.

La tripulación accedió y partieron, navegando más allá de la isla Roca Salada. El Zarevitz contaba cuentos y la navegación transcurría del modo más agradable para los marineros. De pronto, cuando menos lo esperaban, se levantó una tempestad, retumbó el trueno y la nave empezó a zozobrar.

- ¡Ay! exclamó la tripulación.- ¡En mala hora escuchamos a este excelente narrador! ¡Ya no volveremos a ver a nuestras queridas familias, sino que descenderemos al fondo voraginoso del Océano! No nos queda otro remedio que pagar tributo al Monstruo del Mar. ¡Echemos suertes y así descubriremos al culpable!

Echaron suertes y le tocó al Zarevitz Iván.

- ¡Me resigno a la suerte que me ha tocado, hermanos! -dijo el Zarevitz Iván.- Os agradezco el pan y la sal que me habéis dado. ¡Adiós, y no volváis a pensar más en mí!

Entonces cogió las botas que andaban solas, el mantel prodigioso, el gorro invisible, y el arpa que tocaba por sí misma, y los marineros levantaron al joven y lo arrojaron a los torbellinos de la vorágine. Enseguida se calmó el mar, la nave siguió su curso y el Zarevitz Iván descendió como una llave al fondo, y se encontró en los mismos salones del magnífico palacio del Monstruo del Mar. Este ocupaba el trono al lado de la Zarevna Beztsienaya, y el Monstruo del Mar dijo:

- ¡Hace mucho tiempo que no como carne cruda y mira por dónde se viene a las manos! ¡Salud, amigo! Acércate y veré si empiezo por los pies o por la cabeza.

Entonces el Zarevitz Iván dijo que era el hermano de la Zarevna Beztsienaya, y que entre la buena gente no existía la mala costumbre de comerse unos a otros.

- ¡Eso es demasiada insolencia! -chilló el Monstruo del Mar.- ¿Cómo se atreve a obligarnos a que aceptemos las costumbres de otra gente?

Iván el Zarevitz vio que el asunto presentaba mal cariz, y cogiendo el arpa prodigiosa empezó a tocar un aire tan melancólico, que el Monstruo del Mar puso una cara amarga y empezó a lanzar suspiros que parecían martillazos sobre un yunque, y lloró y se quejó como si se hubiera tragado una aguja, y cuando el Zarevitz Iván entonó la canción que empieza: "Que dé vuelta a la mesa la copa de la alegría", hasta las salas pusieron los brazos en jarras y se echaron a bailar. 

El Monstruo del Mar daba tales vueltas, que no tenía espacio suficiente, taconeaba, castañeteaba con los dedos, hacía tales visajes, girando los ojos, que todos los peces se agruparon para verlo y por poco se mueren de risa. El Monstruo del Mar se divirtió a más no poder y por fin dijo.

- Hubiera sido un pecado devorar a este joven. Quédate aquí, serás nuestro huésped y vivirás con nosotros. ¿Quieres? ¡Tenemos toda clase de arenques, esturiones, besugos y percas! ¡Siéntate a la mesa, come, bebe y alégrate, mi querido huésped!

El Zarevitz Iván se sentó pues, con su hermana y el Monstruo del Mar y los tres comieron, bebieron y se alegraron. Una ballena ejecutó una danza alemana, los arenques cantaron dulces melodías y las carpas tocaron varios instrumentos. Después de la comida, el Monstruo del Mar se fue a dormir y la Zarevna Beztsienaya dijo:

- Querido hermano, ¡qué contenta estoy de tenerte por huésped! ¡Pero ay! ¡que no durará mucho mi alegría! Cuando se despierte el Monstruo del Mar te devorará si está de mal humor.

- Dime, hermanita: ¿cómo puedo salvar a mi hermana Neotsienaya del Monstruo de la Selva y a ti del Monstruo del Mar?

- Si quieres, puedes probarlo; pero te prevengo que es algo muy difícil. Al otro lado del gran Océano hay un imperio donde reina, no un Zar, sino una Zaresa llamada Zardoncella. Si puedes llegar hasta allí y entrar en su jardín cercado, la Zardoncella te tomaría por consorte, y sólo ella puede librarnos y devolvernos a nuestros padres. Pero lo malo es que tiene una guardia muy severa y que no permite a nadie cruzar la orilla, una guardia muy pertrechada de cañones y lanzas, y de cada lanza cuelga una cabeza perteneciente a cada uno de los pretendientes que fueron a cortejar a la Zardoncella. Zares, zarevitches, reyes, príncipes, guerreros poderosos fueron con sus ejércitos y con sus naves y no pudieron cumplir sus propósitos; todos dejaron la cabeza en la punta de una lanza.

- No importa -dijo el Zarevitz Iván.- ¿Por qué temer? Los designios de la Providencia son terribles, y la misericordia de Dios es infinita. Dime cómo se llega a los dominios de la Zardoncella.

- Es una temeridad emprender ese viaje. No obstante voy a darte mi apreciado esturión. Él te llevará sobre sus lomos y mi pez espada, con su nariz larga, correrá ante vosotros mostrándoos el camino.

Los hermanos se despidieron y el Zarevitz Iván a caballo sobre el esturión, emprendió el viaje siguiendo al veloz pez espada. Llegaron a un paraje poblado de cangrejos que saludaron al Zarevitz Iván con sus bigotes y tocaron los tambores con sus pinzas para que los pececillos se apartasen del paso. Pero el mar no es lo mismo que la tierra enjuta. Allí no había ni hierbas ni arbustos donde agarrarse, el camino era resbaladizo, tan resbaladizo como la grasa, y el Zarevitz Iván se iba deslizando, deslizando. Entonces se puso el gorro invisible y vio que los guardianes de la Zardoncella abrían unos ojos desmesurados y miraban lejos, sin ver lo que sucedía ante sus mismos narices, y siguieron afilando sus espadas y aguzando sus lanzas. Llegó a la orilla sin contratiempo, el esturión lo dejó en el muelle, y despidiéndose de él con una reverencia, se volvió al agua. El Zarevitz Iván atravesó por entre la guardia con paso firme y penetró en el jardín prohibido corno si fuera el amo y señor, se paseó por los senderos que serpenteaban entre frutales y comió de las manzanas sabrosísimas y transparentes que allí se criaban.

El Zarevitz parecía encantado y como perdido en aquel jardín delicioso, hasta que vio veinte palomas blancas que volaban en dirección a un estanque. Apenas se posaron en tierra se transformaron en otras tantas doncellas hermosas como los estrellas del cielo y de tez tan fina y blanca como la leche, y entre ellas se paseaba la Zardoncella como un pavo real, diciendo:

- ¡Qué calor hace, amigas! ¡El sol arde como un horno! Tomemos un baño, que aquí nadie puede vernos. Es tan numerosa la guardia que vigila la costa, que ni una mosca podría pasar sin ser observada.

- ¿Que no puede pasar una mosca? Ved qué mosca tan grande ha pasado inadvertida para tu guardia -dijo el Zarevitz Iván, quitándose el gorro invisible e inclinándose ante la Zardoncella.

La Zardoncella y sus compañeras, como hacen las muchachas sorprendidas en la intimidad, se pusieron a chillar y hubieran emprendido veloz carrera; pero estaban tan aturdidas, que no acertaron más que a mirar al joven como quien no quiere, con el disimulo que les permitía su confusión.

- Zardoncella y amables damiselas -dijo el Zarevitz Iván,- ¿qué teméis de mí? No soy un oso que venga a morderos, y a ninguna de vosotros arrebataré el corazón contra su voluntad; pero si está aquí la novia que el cielo me tiene destinada, ha de saber que yo soy su prometido.

La Zardoncella, encarnada como una amapola, alargó su blanca mano al Zarevitz Iván y dijo:

- ¡Salud, bondadoso joven! Ignoro si eres zar, zarevitz, rey o príncipe; pero ya que te presentas de tan cortés manera, te consideraremos nuestro huésped y te trataremos como a un buen amigo. Muchos pretendientes han venido con el propósito de arrebatar mi corazón con violencia, cosa imposible desde que el mundo es mundo. ¡Ven a mis salones de piedra blanca y a mis aposentos de cristal!

Toda la nación se enteró al momento de que su Zarevna, la Zardoncella, había tomado un novio de su propia voluntad y acudieron en bandadas los jóvenes y los ancianos o celebrar el acontecimiento con gran regocijo. La Zardoncella ordenó que se abriesen sus reales bodegas a todos los concurrentes y que se les permitiera tocar tambores, guitarras y violines, y al día siguiente se celebraron grandes fiestas y conciertos durante el banquete de la boda. Tres días duraron los festines y tres semanas las fiestas y regocijos, y entonces el Zarevitz Iván habló a su consorte de librar a sus hermanas del poder del Monstruo de la Selva y del Monstruo del Mar.

- Mi querido esposo, Iván el Zarevitz -le dijo ella,- ¿qué no haría yo por ti? Manda a buscar a mi magistrado el erizo y a mi escribano el gorrión y que envíen ucases al Monstruo de la Selva y al Monstruo del Mar ordenándoles que dejen en libertad a las hermanas del Zarevitz Iván, si no quieren que los haga prender y los condene a una muerte horrible.

El magistrado erizo y el escribano gorrión redactaron los ucases y los mandaron por mensajeros. El Monstruo de la Selva y el Monstruo del Mar no pudieron oponerse y dejaron en libertad a la Zarevna Neotsienaya y a la Zarevna Beztsienaya. Y el Zarevitz Iván escribió a su padre el Zar Umnaya Golova, la siguiente carta:

"Ya ves, oh, Soberano Zar, que no sólo con la fuerza y el valor sino con astucia e ingenio pueden vencerse todas las dificultades, y el arpa mágica es a veces más útil que una hoja damasquina, aunque de nada serviría si quisiera uno hacerla tocar a latigazos. Ven a verme, querido padre, y sé mi huésped, y viviré contigo y con mi esposa y mis hermanas. Ya tengo preparado un gran banquete para celebrar tu llegada, y deseo que vivas muchos años".

Y el Zarevitz Iván pasó una vida feliz, rica y próspera. Vivió muchos años y su reinado fue glorioso. En cierta ocasión yo fui su huésped y me trató a cuerpo de rey.