INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta zarina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta zarina. Mostrar todas las entradas

La zarina - Ellen Alpsten

 Sacrificamos reses, horneamos pan y fermentamos cerveza delante de las murallas de Astracán. Los comerciantes rusos, que se sentían protegidos por nuestra presencia, nos mandaron melones, manzanas, melocotones, albaricoques y uva. En el asfixiante calor de julio, cerca de veintitrés mil soldados de a pie se unieron a nosotros en nuestra marcha hasta Derbent, en el mar Caspio. Desde allí, más de cien mil hombres nos siguieron hacia el interior del país. Pero el cansancio, el calor, el hambre y la sed hacían estragos en nuestras filas, y nuestras provisiones eran demasiado escasas para todos nosotros, aunque hiciéramos cuatro partes con cada ración, pues una de nuestras doce gabarras de carga se había hundido durante una tormenta en el mar Caspio. Felten y yo supervisamos la matanza de miles de caballos famélicos. Fue horrible, pero gracias a su carne nuestros hombres recuperaron las fuerzas necesarias para continuar hasta Bakú.
Al atardecer, después de haber visitado a los últimos hombres con insolación y quemaduras solares, pedí que me enviaran al barbero de Pedro.
—¿Qué puedo hacer por vos, mi zarina? ¿Necesitáis polvos de talco para el cuerpo? Aún me queda algo. Por desgracia, sin embargo, vuestro perfume de Grasse se ha evaporado —dijo dando ávidos sorbos a la jarra de leche agria fría que le había ofrecido.
—Nada de eso, maestro. Córtame el pelo —le ordené.
—¿Disculpad, mi zarina?
Comprendí que, en su opinión, una mujer sin una larga y espesa melena no era una mujer.
—Con este sol y este calor, el pelo solo es un fastidio. Me arde la cabeza. Adelante, córtamelo. —Tras dudar unos instantes, el barbero se levantó y fue a coger la jarra de agua—. No —decidí—. El agua es demasiado valiosa. Córtamelo en seco, tal cual. —Sus dedos palparon mi cuero cabelludo—. Sin miedo —lo animé sonriéndole en el espejo.
Me levantó las trenzas y me puso la navaja en la nuca. Sentí la frescura de la afilada hoja y, al cabo de un momento, empecé a oír los chasquidos que producía al cortar los mechones, que iban cayendo al suelo de tierra de la tienda. Finalizada su tarea, el barbero limpió la navaja y volvió a guardarla en su estuche. Como una mujer de las montañas, me puse un pañuelo alrededor de la cabeza rapada a modo de turbante, lo que me permitiría pasar el día entero en el exterior, con las tropas.
Esa noche, Pedro estaba tan ensimismado que ni siquiera reparó en mi cambio de aspecto.
—No podemos reemprender la marcha hacia Bakú, matka —murmuró. Parecía agotado—. Los hombres no soportarían los treinta días de caminata. Volveremos a Astracán —decidió—. Llegaré junto a María a tiempo para el nacimiento del zarévich.
—¡Por el zarévich y su madre, la princesa Cantemir! —dije alzando mi copa, y me la bebí de un trago.

En la casa de Astracán reinaba un silencio sepulcral. No había niños jugando en la azotea ni mujeres sentadas en cojines en el patio, charlando y tomando té. Los sirvientes no corrían de aquí para allá haciendo tintinear las campanillas de plata que adornaban sus tobillos. Tampoco había el menor rastro de la fiel guardia moldava que escoltaba a la princesa.
Pedro y yo entramos a caballo en el umbrío patio, seguidos por nuestro cocinero Felten y dos enanos montados en asnos. Los pájaros cruzaban el aire sobre nuestras cabezas y agitaban las hojas de las moreras. El agua de la fuente caía en una pila adornada con piedras pintadas; en su interior, los peces de colores zigzagueaban bajo la superficie, cubierta de algas. En una esquina, se veían parrillas sobre montones de ceniza fría.
—¿Hola? —llamó Pedro, pero no hubo respuesta.
Bajé del caballo y me acerqué a la fuente. Pese al hedor del agua, me mojé la cara para quitarme la suciedad y el sudor de la larga cabalgada. De pronto, me sentí observada. Alcé la cabeza hacia la galería. ¿Había visto una figura envuelta en un velo esconderse detrás de una columna?
Pedro se apeó a su vez.
—¿María? —gritó, y entró en la casa.
Mientras lo seguía a través de las habitaciones en penumbra, sus pasos resonaban en mi corazón. Empujó la puerta del dormitorio en el que tan afectuosamente se había despedido de la princesa hacía tan solo unas semanas. El fuerte tufo a sudor y alcanfor me dejó sin respiración. Pedro resopló y se tapó la boca y la nariz. Miré a mi alrededor: el diván estaba cubierto de kilims y cojines revueltos, y, en una mesita baja con incrustaciones de marfil, había una bandeja de plata con una taza de té de menta. Introduje el dedo en el líquido, cubierto por una película aceitosa; estaba frío. Vi prendas de seda esparcidas por el suelo de mármol y, delante de un biombo, un cuenco lleno de una sustancia viscosa y amarillenta. En la cama, las sucias sábanas se arrastraban por el suelo, como si alguien las hubiera apartado a toda prisa para saltar fuera de ella. Respirando con dificultad, Pedro llamó de nuevo:
—¡María! ¿Dónde estás, amor mío?

Oímos un ruido y nos volvimos. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando vi salir de detrás del biombo a una mujer cubierta con un grueso velo.
—Estoy aquí, mi zar —dijo con voz ronca. La tela amortiguaba su voz. Cuando Pedro se acercó a ella, aliviado, e intentó levantarle el velo, la mujer le agarró la muñeca—. Déjalo. Puedo hacerlo yo. Ya me he acostumbrado —dijo con amenazadora calma.
Retrocedí hacia la oscuridad. Mi pulso se aceleró cuando María Cantemir arrojó el velo al suelo y se mostró desnuda bajo la implacable luz de la mañana. Ahogando un grito de espanto, Pedro dio un paso atrás. Al ver lo que Yakovlena había hecho, yo también estuve a punto de gritar.
La viruela había devastado el hermoso cuerpo de la princesa de Moldavia. Sus dorados cabellos habían desaparecido, a excepción de unos cuantos mechones enmarañados, y su cuero cabelludo estaba cubierto de costras y manchas oscuras. Tenía la tez cenicienta y las facciones, tan delicadas antaño, salpicadas de profundas cicatrices. Sus carnosos y seductores labios se habían transformado en dos finas franjas exangües que apenas cubrían las desdentadas encías. La enfermedad también se había ensañado con el resto de su cuerpo; los pechos le colgaban marchitos sobre las costillas, que se le marcaban bajo la piel. El mal seguía atacando sus brazos, cuyas pústulas se rascaba mecánicamente, y la amarillenta piel sobre los largos huesos de sus piernas también estaba cubierta de arañazos.
—¿Qué te ha pasado, María? Nuestro hijo… —empezó a decir Pedro mirándole el vientre.
Me mordí el labio y apreté los puños. María tenía el vientre liso. Había perdido el hijo que esperaba de mi esposo, el hijo que habría puesto fin a mi felicidad y a la vida tal como la conocía. Pedro estaba atónito, como fulminado por un rayo. De pronto, la princesa se abalanzó hacia mí como un gato salvaje. Uno de los soldados consiguió sujetarla, pero ella se debatió con rabia, escupiéndole e intentando morderle.
—Llevaos al zar de aquí —ordené con voz firme—. Su Majestad no debe contraer la viruela.
Felten y los soldados arrastraron a Pedro fuera de la habitación. Al llegar a la puerta, mi marido se volvió, y vi la expresión de puro terror de sus ojos: no miraban a María, solo me miraban a mí. ¿Qué veían? A una mujer alta y fuerte con el pelo tan corto como las espinas de un cardo, a la madre de sus hijos, su compañera desde hacía tantos años, la emperatriz de su reino. Me dejaba al cargo.
—Inmovilízala —ordené fríamente al soldado, que cogió una de las sábanas y la rodeó con ella. Me acerqué. Había ganado la partida que María creía tan fácil—. ¿Qué os ha pasado, princesa? —le pregunté sarcásticamente—. ¿Y al zarévich? Teníamos tantas esperanzas puestas en ese niño… ¡Qué desgracia! ¡Quién iba a decir que la viruela hacía estragos también aquí, en Astracán?
María me escupió, y tuve que apartarme para esquivar su ponzoñosa saliva.
—¡Sois un demonio! Sé que me infectó vuestra sirvienta. Me hizo una sangría, y luego tuve fiebre y me puse enferma. ¡Vos sois la culpable! —gritó, pero los sollozos ahogaron su voz—. Mi hijo habría gobernado Rusia…
—No malgastéis el aliento —respondí—. Esto es menos de lo que merecéis. Si fue Yakovlena, la torturaremos hasta que confiese. ¿Dónde está?
María Cantemir soltó un chillido e intentó golpearme de nuevo, pero el soldado la inmovilizó.
—Huyó cuando enfermé, como todo el mundo. Parí un niño muerto, sola. Nadie quiso ayudarme. ¡Miradme! —gritó.
—Es lo que estoy haciendo —repliqué—. ¿Acaso vos no pensabais acabar conmigo? ¿No queríais lograr que me expulsaran y me olvidaran?
El soldado la arrojó al suelo y se limpió las manos con una mezcla de repulsión y temor. Luego, abandonamos la habitación a toda prisa. Los gritos y las maldiciones de María Cantemir resonaban siniestramente en la galería abovedada mientras nos alejábamos.
Pedro ya había regresado al barco. El patio estaba vacío. Cerré la casa y me guardé la llave en el bolsillo, del que no volvería a sacarla. Con la ayuda de Volinski, contraté a una anciana a la que ordené que introdujera comida y agua por la trampilla de la puerta de entrada, como si tuviera que alimentar a un gato. Si veía los cuencos intactos durante varios días, debía prender fuego a la casa.
Sin embargo, esperaba que María Cantemir viviera aún muchos años. 

El arpa Mágica - Cuento Ruso

Lejos, más allá de los mares azules, de los abismos de fuego, en las tierras de la ilusión, rodeada de hermosos prados, se levantaba una ciudad gobernada por el Zar Umnaya Golova (el sabio) con su Zarina. 

Indescriptible fue su alegría cuando les nació una hija, una encantadora Zarevna a quien pusieron por nombre Neotsienaya (la inapreciable) y aun más se alegraron cuando al cabo de un año tuvieron otra hija no menos encantadora a quien llamaron Zarevna Beztsienaya (la sin precio). 

En su alegría, el Zar Umnaya Golova quiso celebrar tan fausto acontecimiento con festines en que comió y bebió y se regocijó hasta que vio satisfecho su corazón. Hizo servir a sus generales y cortesanos trescientos cubos de aguamiel para que brindasen y durante tres días corrieron arroyos de cerveza por todo su reino. Todo el que quería beber podía hacerlo en abundancia.

Y cuando se acabaron los festines y regocijos, el Zar Umnaya Golova empezó a preocuparse, pensando en la mejor manera de criar y educar a sus queridas hijas para que llevasen con dignidad sus coronas de oro. 

Grandes fueron las precauciones que tomó el Zar con las princesas. Habían de comer con cucharas de oro, habían de dormir en edredones de pluma, se habían de tapar con cobertores de piel de marta y tres doncellas habían de turnarse para espantar las moscas mientras las Zarevnas dormían. 

El Zar ordenó a las doncellas que nunca entrase el sol con sus ardientes rayos en la habitación de sus hijas y que nunca cayese sobre ellas el rocío fresco de la mañana, ni el viento les soplase en una de sus travesuras. Para custodia y protección de sus hijas las rodeó de setenta y siete niñeras y setenta y siete guardianes siguiendo los consejos de cierto sabio.

El Zar Umnaya Golova y la Zarina y sus dos hijas vivían juntos y prosperaban. No sé cuantos años transcurrieron, el caso es que las Zarevnas crecieron y se llenaron de hermosura, y empezaron a acudir a la corte los pretendientes. 

Pero el Zar no tenía prisa en casar a sus hijas. Pensaba que a un pretendiente predestinado no se le puede evitar ni en un caballo veloz, pero al que no está predestinado no se le puede mantener alejado ni con triple cadena de hierro, y mientras así estaba pensando y ponderando el asunto, le sorprendió un alboroto que puso en conmoción todo el palacio. En el patio se produjo un ruido de gente que corría de un lado a otro. Las doncellas de fuera gritaban, las de dentro chillaban y los guardianes rugían con toda su alma.

El Zar Umnaya Golova salió corriendo a preguntar:

- ¿Qué ha sucedido?

Los setenta y siete guardianes y las setenta y siete damas de compañía cayeron a sus pies gritando:

- ¡Somos culpables! ¡He aquí que las Zarevnas Neotsienaya y Beztsienaya han sido arrebatadas por una ventolera!

Había sucedido una cosa extraña. Las Zarevnas bajaron al jardín imperial a coger unas flores y a comer unas manzanas. De pronto se vio sobre ellas una nube negra que nadie podría decir de dónde venía, sopló con fuerza en los ojos de las mujeres y de los hombres que acompañaban a las princesas y cuando acabaron de restregárselos, las princesas habían desaparecido y no quedaba nada que los ojos pudieran ver ni que los oídos pudieran oír. El Zar Umnaya Golova montó en cólera:

- ¡Os entregaré a todos a una muerte horrible! -gritó.- Moriréis de hambre en las mazmorras. Mandaré que os claven en las puertas. ¡Cómo! ¿Setenta y siete mujeres y setenta y siete hombres no habéis sido bastantes para cuidar de dos Zarevnas?

El Zar estaba triste y afligido, y no comía ni bebía ni dormía; todo le apenaba y era una carga para él; en la corte ya no se celebraban banquetes ni sonaban las notas del violín y de la flauta. Sólo la tristeza y el dolor reinaban en el palacio, acompañados de un silencio ominoso.

Pero pasó el tiempo y con él la melancolía. La vida del hombre es variada como un tapiz bordado de flores oscuras y encendidas. El tiempo siguió andando y a su tiempo nació otro hijo del Zar, pero no mujer, sino varón, y el Zar Umnaya Golova se regocijó grandemente. Llamó a su hijo, Iván y lo rodeó de criados, de maestros, de sabios y de valientes guerreros. 

Y el Zarevitz Iván crecía, crecía como crece la masa bien batida cuando se le pone buena levadura. Se le veía crecer de día en día y hasta de hora en hora, y llegó a ser pronto un mozo de extraordinaria belleza y apostura. Sólo una cosa oprimía el corazón de su padre el Zar. 

El Zarevitz Iván era bueno y hermoso, pero no tenía valor heroico ni demostraba aficiones belicosas. A sus compañeros ni les cortaba la cabeza ni les quebraba los brazos y piernas, no gustaba de jugar con lanzas ni con armas damasquinas ni espadas de templado acero; no pasaba revista a sus formidables batallones ni mantenía conversación con los generales. 

Bueno y hermoso era el Zarevitz. Admiraba a todo el mundo con su sabiduría y su ingenio, pero no más se complacía en tocar el arpa que no necesitaba arpista. Y de tal manera tocaba el Zarevitz Iván, que, al escucharlo, todo el mundo olvidaba todo lo demás. Apenas ponía los dedos en las cuerdas, sacaban éstas tales sonidos, que el auditorio quedaba como embelesado por la melodía y aun los cojos se echaban a bailar de gozo. Eran canciones maravillosas, pero no colmaban el tesoro del Zar ni defendían sus dominios ni destruían a sus enemigos.

Y un día el Zar Umnaya Golova mandó que el Zarevitz compareciese ante su trono y le habló de esta manera:

- Mi querido hijo, eres bueno y hermoso y estoy muy contento de ti. Pero una cosa me duele. No veo en ti el valor de un guerrero ni la destreza de un adalid. No te gusta el chocar de las lanzas ni te atraen las espadas de templado acero. Pero piensa que yo soy viejo y tenemos feroces enemigos que traen la guerra a nuestro país, matarán a nuestros boyardos y guerreros, y a mí y a la Zarina se nos llevará en cautiverio, si tú no sabes defendernos.

El Zarevitz Iván escuchó en silencio las palabras del Zar Umnaya Golova y luego contestó:

- ¡Querido Zar Emperador y Padre! No por la fuerza sino por la astucia se toman las ciudades, no rompiendo lanzas sino poniendo a prueba mi sagacidad saldré victorioso de mis enemigos. ¡Mira! Dicen que a mis dos hermanas se las llevó el viento sin dejar rastro, como si las hubiera cubierto de nieve. 

Llama a todos tus príncipes, tus héroes, tus fornidos generales, y ordénales que vayan en busca de mis hermanas, las Zarevnas. Que lleven sus espadas damasquinas, sus lanzas de hierro, sus veloces flechas y sus innumerables soldados, y si alguno de ellos te hace este servicio, dale mi imperio y ponme a sus órdenes como marmitón para limpiarle los platos y como bufón para divertirle. 

Pero si ninguno de ellos puede hacerte este servicio, confíamelo a mí y verás que mi inteligencia y mi ingenio son más agudos que una hoja damasquina y más fuertes que una lanza de acero.

Las palabras del Zarevitz agradaron al Zar. Llamó a sus boyardos, a sus generales y a sus fuertes y poderosos campeones y les dijo:

- ¿Hay alguno entre vosotros, mis boyardos, mis guerreros, mis fuertes y poderosos campeones, que se sienta lo bastante héroe para ir a buscar a mis hijas? Al que las traiga le permitiré elegir a la que más le guste para esposa, y con ella le daré la mitad de mi imperio.

Los boyardos, los generales, los campeones se miraron entre sí, escondiéndose el uno tras el otro, y ninguno de ellos osó contestar. Entonces, el Zarevitz Iván se inclinó ante su padre y dijo:

- ¡Mi querido padre y emperador! Si nadie se presta a hacerte tan pequeño servicio, dame tu bendición y partiré en busca de mis hermanas, sin que me prometas ningún galardón que me sirva de estimulo.

- ¡Perfectamente! -contestó el Zar Umnaya Golova.- Yo te bendigo. Llévate, además de mi bendición, plata, oro y piedras preciosas, y si necesitas soldados, toma cien mil jinetes y cien mil infantes.

- No me hace falta ni plato ni oro, ni jinetes ni infantes, ni el caballo del campeón ni su espada ni su lanza. Me llevaré la melodioso arpa que toca sola y nada más. Y tú, mi Zar soberano, espérame tres años, y si en el transcurso del cuarto no llego, elige mi sucesor.

Entonces, el Zarevitz Ivan recibió la bendición de su padre, oral y por escrito, se encomendó a Dios, se puso el arpa bajo el brazo y emprendió el camino en dirección adonde sus ojos lo guiaron. ¿Dónde había de ir en busca de sus hermanas? Fue cerca y fue lejos, para arriba y para abajo. La historia de sus andanzas pronto está contada, pero no tan pronto se hace como se dice. 

El Zarevitz Iván caminaba siempre hacia delante, anda que andarás, anda que andarás, y mientras viajaba tocaba el arpa. Apenas rompía el día se levantaba y reanudaba la marcha, adelante, siempre adelante; al caer la noche se acostaba en el césped bajo el inmenso techo del cielo brillante de estrellas. Y por fin llegó a una espesa selva.

El Zarevitz Iván oyó enormes crujidos en lo más espeso de esta selva, como si alguien aplastase los árboles: tan grande era el ruido que se oía.

- ¿Qué será? -pensó.- Sea lo que fuere, nadie puede morir dos veces.

Y sus ojos se abrieron de horror al ver a dos demonios de la selva que estaban peleándose. El uno descargaba sobre el otro una encina arrancada de cuajo, mientras éste se servía como de arma hiriente de un pino de diez metros de largo, y los dos se acometían con toda su diabólica fiereza. 

El Zarevitz Iván se les acercó con el arpa y empezó a tocar una danza. Los demonios dejaron la pelea al momento y se pusieron a ejecutar una danza diabólica que pronto se convirtió en un zapateado tan entusiasta y formidable, que hasta el firmamento se estremecía. Tanto y tanto bailaron, que al fin se les debilitaron las piernas y cayeron rodando por el suelo. Entonces, el Zarevitz les habló así:

- Vamos a ver: ¿por qué reñíais? Sois demonios de la selva y hacéis tonterías como si fueseis simples mortales. ¡Y eso, hijos míos, no está bien!

Entonces, uno de los demonios le dijo:

- ¿Cómo no hemos de reñir? ¡Atiende y juzga entre nosotros! Caminábamos juntos y hemos encontrado una cosa. Yo he dicho: "esto es mío", pero éste ha dicho "esto es mío". Hemos tratado de dividirlo y no hemos podido.

- ¿Y qué encontrasteis? -preguntó el Zarevitz Iván.

- Un pequeño mantel con pan y sal, unas botas que andan solas y un gorro invisible. ¿Quieres comer y beber? Pues extiende el mantel y doce jóvenes y doce doncellas te servirán aguamiel y todos los manjares que quieras. Y si alguien te persigue, no tienes más que ponerte las botas que andan solas y andarás siete verstas de un solo tranco. ¿Qué siete? más de catorce verstas puedes andar de un solo tranco, de modo que ni un pájaro puede volar más rápido ni el viento puede alcanzarte. Y si te amenaza algún peligro inevitable, te pones el gorro invisible y desapareces por completo, de modo que ni los perros pueden olerte.

- ¡No sé por qué habéis de reñir por tan poca cosa! ¿Queréis que yo sea juez en este pleito?

Los demonios de la selva accedieron y el Zarevitz Iván les dijo:

- ¡Bueno! Corred hasta el sendero que pasa junto al bosque y el primero que llegue se llevará el mantel, las botas y el gorro.

- ¡Caramba! -exclamaron los demonios.­ ¡Eso es hablar con sentido común! Tú guarda el tesoro y nosotros correremos.

Echaron a correr a cuál podía más, de modo que sólo se les veían los talones, hasta que desaparecieron entre los árboles. Pero el Zarevitz Iván no esperó su regreso. Se calzó las botas, se encasquetó el gorro, y con el mantel bajo el brazo se disipó como el humo. Los demonios de la selva volvieron corriendo y no pudieron hallar el lugar donde el Zarevitz había de esperarles. 

Entretanto, Iván el Zarevitz, a grandes zancadas salió del bosque y vio correr a los demonios por delante y por detrás de él, tratando inútilmente de descubrirlo por el olfato, hasta que empezaron a retorcerse las manos desesperadamente.

Iván el Zarevitz continuó su viaje a grandes trancos hasta que salió a campo llano. Ante él se abrían tres caminos y en la encrucijada se movía una choza dando vueltas sobre su pata de gallina.

- ¡Izbuchka! ¡Izbuchka! -le dijo el Zarevitz.­ ¡Vuélvete de espalda al bosque y de cara a mí!

Entonces el Zarevitz penetró en la choza y dentro estaba Baba Yaga(*) pata de hueso.

- ¡Uf! ¡uf! ¡uf! -dijo Baba Yaga.- Hasta hoy, un ruso era algo que mis ojos no habían visto y que mis oídos no habían oído, y ahora se aparece uno ante mis propios ojos! ¿A qué has venido, buen joven?

- ¡Oh, abuela despiadada! -le dijo el Zarevitz Iván.- Lo primero que habrías de hacer es alimentarme bien; después pregunta lo que quieras.

Baba Yoga se levantó en un abrir y cerrar de ojos, encendió su pequeña estufa, alimentó bien a Iván el Zarevitz y luego le preguntó:

- ¿Adónde vas, buen joven, y cuál es tu camino?

- Voy en busca de mis hermanas, la Zarevna Neotsienaya y la Zarevna Beztsienaya. Y ahora, querida abuelita, dime, si lo sabes, qué camino he de tomar y dónde las encontraré.

- ¡Sé dónde vive la Zarevna Neotsienaya! -dijo Baba Yaga.- Has de tomar el camino de en medio, si quieres llegar hasta ella; pero vive en el palacio de piedra blanca de su marido, el Monstruo de la Selva. El camino es tan largo como malo y aunque llegaras al palacio de nada te valdría, pues el Monstruo de la Selva te devorará.

- Bien, abuelita, tal vez se quede con las ganas. ¡Un ruso es un mal hueso y Dios no querrá dárselo a comer a un cerdo como ése! ¡Hasta la vista y gracias por tu pan y por tu sal!

El Zarevitz se alejó de la choza y he aquí que en medio de la llanura se destacó blanco y deslumbrante el palacio de piedra del Monstruo de la Selva. Iván se acercó y se encaminó a la puerta, y en la puerta halló un diablillo que le dijo:

- ¡No se puede pasar!

- ¡Abre amigo -replicó Iván el Zarevitz,- y te daré un trago de vodka!

El diablillo se bebió la vodka, mas no por eso abrió la puerta. Entonces Iván el Zarevitz dio la vuelta al palacio y resolvió subir por la pared.

Empezó a trepar, bien ajeno a la trampa en que iba a caer, pues en lo alto de las paredes habían extendido unos alambres, y apenas tocó el Zarevitz con el pie uno de estos alambres, todas las campanillas se pusieron a tocar. Iván el Zarevitz miró a ver si venía alguien y, en efecto, su hermana la Zarevna Neotsienaya salió a la galería y dijo, sorprendida:

- ¿Pero eres tú, mi querido hermano, Iván el Zarevitz?

Y los dos hermanos se abrazaron cariñosamente.

- ¿Dónde te esconderé para que el Monstruo de la Selva no te vea? -dijo la Zarevna.- Porque sin duda se presentará enseguida.

- No sé dónde, pues no soy un alfiler,

Y aun estaban hablando, cuando se produjo un ruido como de tempestad que hizo retemblar el palacio, y apareció el Monstruo de la Selva; pero Iván el Zarevitz se puso el gorro mágico y se hizo invisible. Y el Monstruo de la Selva dijo:

- ¿Quién te ha venido a ver trepando por el muro?

- No me ha venido a ver nadie -contestó la Zarevna Neotsienaya,- pero tal vez los gorriones han pasado volando y habrán tocado los alambres con las alas.

- ¡Buenos gorriones! ¡Me parece que huelo carne de ruso!

- ¡Qué antojos te dan! ¡No haces más que correr por el mundo oliendo carne humana y aun querrías olerla en tu palacio!

- No te disgustes, Zarevna Neotsienaya, no quiero turbar tu felicidad; pero tengo hambre y me gustaría comerme a este desconocido -dijo el Monstruo de la Selva. Pero Iván el Zarevitz se quitó el gorro invisible e inclinándose ante el hambriento, dijo:

- ¿Para qué me quieres comer? ¿No ves que soy un hueso duro que se te indigestaría? Será preferible que me permitas obsequiarte con un almuerzo como nunca en tu vida lo has comido. ¡Sólo has de ir con cuidado de no tragarte la lengua!

Y esto dicho, extendió el mantel y al momento aparecieron los doce mancebos y las doce damiselas que sirvieron al Monstruo de la Selva todos los manjares que apetecía. El Monstruo lo devoraba todo sin descanso. Luego bebió y volvió a tragar hasta que se hartó tanto, que no pudo moverse del puesto y allí mismo se quedó dormido.

- Hasta la vista, mi querida hermana -dijo entonces el Zarevitz Iván;- pero antes dime: ¿sabes dónde vive nuestra hermana la Zarevna Beztsienaya?

- Lo sé -contestó la Zarevna Neotsienaya. ­Para llegar a ella has de atravesar el gran Océano, pues vive en el vórtice con su esposo el Monstruo del Mar; el camino es muy penoso. ¡Has de nadar mucho, muchísimo, y si llegas, de nada te servirá, porque te devorará el monstruo!

- Bueno -dijo el Zarevitz Iván,- tal vez trate de hincarme el diente, pero se convencerá de que soy un bocado muy difícil de tragar. ¡Hasta la vista, hermana!

Iván el Zarevitz se alejó a grandes zancadas y llegó al gran Océano. En la orilla había una embarcación como las que usan los rusos para pescar, los obenques y aparejos eran de recio esparto y las velas de un fino tejido de fibras; las mismas maderas de la nave no estaban unidas con clavos sino sujetas con corteza de abedul. En esta embarcación, los marineros se apercibían a darse a la mar con rumbo a la isla de Roca Salada.

- ¿Queréis llevarme con vosotros? -les pidió el Zarevitz Iván.- No os pagaré el pasaje, pero os contaré tales cuentos, que no notaréis las fatigas del viaje.

La tripulación accedió y partieron, navegando más allá de la isla Roca Salada. El Zarevitz contaba cuentos y la navegación transcurría del modo más agradable para los marineros. De pronto, cuando menos lo esperaban, se levantó una tempestad, retumbó el trueno y la nave empezó a zozobrar.

- ¡Ay! exclamó la tripulación.- ¡En mala hora escuchamos a este excelente narrador! ¡Ya no volveremos a ver a nuestras queridas familias, sino que descenderemos al fondo voraginoso del Océano! No nos queda otro remedio que pagar tributo al Monstruo del Mar. ¡Echemos suertes y así descubriremos al culpable!

Echaron suertes y le tocó al Zarevitz Iván.

- ¡Me resigno a la suerte que me ha tocado, hermanos! -dijo el Zarevitz Iván.- Os agradezco el pan y la sal que me habéis dado. ¡Adiós, y no volváis a pensar más en mí!

Entonces cogió las botas que andaban solas, el mantel prodigioso, el gorro invisible, y el arpa que tocaba por sí misma, y los marineros levantaron al joven y lo arrojaron a los torbellinos de la vorágine. Enseguida se calmó el mar, la nave siguió su curso y el Zarevitz Iván descendió como una llave al fondo, y se encontró en los mismos salones del magnífico palacio del Monstruo del Mar. Este ocupaba el trono al lado de la Zarevna Beztsienaya, y el Monstruo del Mar dijo:

- ¡Hace mucho tiempo que no como carne cruda y mira por dónde se viene a las manos! ¡Salud, amigo! Acércate y veré si empiezo por los pies o por la cabeza.

Entonces el Zarevitz Iván dijo que era el hermano de la Zarevna Beztsienaya, y que entre la buena gente no existía la mala costumbre de comerse unos a otros.

- ¡Eso es demasiada insolencia! -chilló el Monstruo del Mar.- ¿Cómo se atreve a obligarnos a que aceptemos las costumbres de otra gente?

Iván el Zarevitz vio que el asunto presentaba mal cariz, y cogiendo el arpa prodigiosa empezó a tocar un aire tan melancólico, que el Monstruo del Mar puso una cara amarga y empezó a lanzar suspiros que parecían martillazos sobre un yunque, y lloró y se quejó como si se hubiera tragado una aguja, y cuando el Zarevitz Iván entonó la canción que empieza: "Que dé vuelta a la mesa la copa de la alegría", hasta las salas pusieron los brazos en jarras y se echaron a bailar. 

El Monstruo del Mar daba tales vueltas, que no tenía espacio suficiente, taconeaba, castañeteaba con los dedos, hacía tales visajes, girando los ojos, que todos los peces se agruparon para verlo y por poco se mueren de risa. El Monstruo del Mar se divirtió a más no poder y por fin dijo.

- Hubiera sido un pecado devorar a este joven. Quédate aquí, serás nuestro huésped y vivirás con nosotros. ¿Quieres? ¡Tenemos toda clase de arenques, esturiones, besugos y percas! ¡Siéntate a la mesa, come, bebe y alégrate, mi querido huésped!

El Zarevitz Iván se sentó pues, con su hermana y el Monstruo del Mar y los tres comieron, bebieron y se alegraron. Una ballena ejecutó una danza alemana, los arenques cantaron dulces melodías y las carpas tocaron varios instrumentos. Después de la comida, el Monstruo del Mar se fue a dormir y la Zarevna Beztsienaya dijo:

- Querido hermano, ¡qué contenta estoy de tenerte por huésped! ¡Pero ay! ¡que no durará mucho mi alegría! Cuando se despierte el Monstruo del Mar te devorará si está de mal humor.

- Dime, hermanita: ¿cómo puedo salvar a mi hermana Neotsienaya del Monstruo de la Selva y a ti del Monstruo del Mar?

- Si quieres, puedes probarlo; pero te prevengo que es algo muy difícil. Al otro lado del gran Océano hay un imperio donde reina, no un Zar, sino una Zaresa llamada Zardoncella. Si puedes llegar hasta allí y entrar en su jardín cercado, la Zardoncella te tomaría por consorte, y sólo ella puede librarnos y devolvernos a nuestros padres. Pero lo malo es que tiene una guardia muy severa y que no permite a nadie cruzar la orilla, una guardia muy pertrechada de cañones y lanzas, y de cada lanza cuelga una cabeza perteneciente a cada uno de los pretendientes que fueron a cortejar a la Zardoncella. Zares, zarevitches, reyes, príncipes, guerreros poderosos fueron con sus ejércitos y con sus naves y no pudieron cumplir sus propósitos; todos dejaron la cabeza en la punta de una lanza.

- No importa -dijo el Zarevitz Iván.- ¿Por qué temer? Los designios de la Providencia son terribles, y la misericordia de Dios es infinita. Dime cómo se llega a los dominios de la Zardoncella.

- Es una temeridad emprender ese viaje. No obstante voy a darte mi apreciado esturión. Él te llevará sobre sus lomos y mi pez espada, con su nariz larga, correrá ante vosotros mostrándoos el camino.

Los hermanos se despidieron y el Zarevitz Iván a caballo sobre el esturión, emprendió el viaje siguiendo al veloz pez espada. Llegaron a un paraje poblado de cangrejos que saludaron al Zarevitz Iván con sus bigotes y tocaron los tambores con sus pinzas para que los pececillos se apartasen del paso. Pero el mar no es lo mismo que la tierra enjuta. Allí no había ni hierbas ni arbustos donde agarrarse, el camino era resbaladizo, tan resbaladizo como la grasa, y el Zarevitz Iván se iba deslizando, deslizando. Entonces se puso el gorro invisible y vio que los guardianes de la Zardoncella abrían unos ojos desmesurados y miraban lejos, sin ver lo que sucedía ante sus mismos narices, y siguieron afilando sus espadas y aguzando sus lanzas. Llegó a la orilla sin contratiempo, el esturión lo dejó en el muelle, y despidiéndose de él con una reverencia, se volvió al agua. El Zarevitz Iván atravesó por entre la guardia con paso firme y penetró en el jardín prohibido corno si fuera el amo y señor, se paseó por los senderos que serpenteaban entre frutales y comió de las manzanas sabrosísimas y transparentes que allí se criaban.

El Zarevitz parecía encantado y como perdido en aquel jardín delicioso, hasta que vio veinte palomas blancas que volaban en dirección a un estanque. Apenas se posaron en tierra se transformaron en otras tantas doncellas hermosas como los estrellas del cielo y de tez tan fina y blanca como la leche, y entre ellas se paseaba la Zardoncella como un pavo real, diciendo:

- ¡Qué calor hace, amigas! ¡El sol arde como un horno! Tomemos un baño, que aquí nadie puede vernos. Es tan numerosa la guardia que vigila la costa, que ni una mosca podría pasar sin ser observada.

- ¿Que no puede pasar una mosca? Ved qué mosca tan grande ha pasado inadvertida para tu guardia -dijo el Zarevitz Iván, quitándose el gorro invisible e inclinándose ante la Zardoncella.

La Zardoncella y sus compañeras, como hacen las muchachas sorprendidas en la intimidad, se pusieron a chillar y hubieran emprendido veloz carrera; pero estaban tan aturdidas, que no acertaron más que a mirar al joven como quien no quiere, con el disimulo que les permitía su confusión.

- Zardoncella y amables damiselas -dijo el Zarevitz Iván,- ¿qué teméis de mí? No soy un oso que venga a morderos, y a ninguna de vosotros arrebataré el corazón contra su voluntad; pero si está aquí la novia que el cielo me tiene destinada, ha de saber que yo soy su prometido.

La Zardoncella, encarnada como una amapola, alargó su blanca mano al Zarevitz Iván y dijo:

- ¡Salud, bondadoso joven! Ignoro si eres zar, zarevitz, rey o príncipe; pero ya que te presentas de tan cortés manera, te consideraremos nuestro huésped y te trataremos como a un buen amigo. Muchos pretendientes han venido con el propósito de arrebatar mi corazón con violencia, cosa imposible desde que el mundo es mundo. ¡Ven a mis salones de piedra blanca y a mis aposentos de cristal!

Toda la nación se enteró al momento de que su Zarevna, la Zardoncella, había tomado un novio de su propia voluntad y acudieron en bandadas los jóvenes y los ancianos o celebrar el acontecimiento con gran regocijo. La Zardoncella ordenó que se abriesen sus reales bodegas a todos los concurrentes y que se les permitiera tocar tambores, guitarras y violines, y al día siguiente se celebraron grandes fiestas y conciertos durante el banquete de la boda. Tres días duraron los festines y tres semanas las fiestas y regocijos, y entonces el Zarevitz Iván habló a su consorte de librar a sus hermanas del poder del Monstruo de la Selva y del Monstruo del Mar.

- Mi querido esposo, Iván el Zarevitz -le dijo ella,- ¿qué no haría yo por ti? Manda a buscar a mi magistrado el erizo y a mi escribano el gorrión y que envíen ucases al Monstruo de la Selva y al Monstruo del Mar ordenándoles que dejen en libertad a las hermanas del Zarevitz Iván, si no quieren que los haga prender y los condene a una muerte horrible.

El magistrado erizo y el escribano gorrión redactaron los ucases y los mandaron por mensajeros. El Monstruo de la Selva y el Monstruo del Mar no pudieron oponerse y dejaron en libertad a la Zarevna Neotsienaya y a la Zarevna Beztsienaya. Y el Zarevitz Iván escribió a su padre el Zar Umnaya Golova, la siguiente carta:

"Ya ves, oh, Soberano Zar, que no sólo con la fuerza y el valor sino con astucia e ingenio pueden vencerse todas las dificultades, y el arpa mágica es a veces más útil que una hoja damasquina, aunque de nada serviría si quisiera uno hacerla tocar a latigazos. Ven a verme, querido padre, y sé mi huésped, y viviré contigo y con mi esposa y mis hermanas. Ya tengo preparado un gran banquete para celebrar tu llegada, y deseo que vivas muchos años".

Y el Zarevitz Iván pasó una vida feliz, rica y próspera. Vivió muchos años y su reinado fue glorioso. En cierta ocasión yo fui su huésped y me trató a cuerpo de rey.