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Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 2)

 Pero la noche del día siguiente, comprendió que ciertas fuerzas ocultas la iban minando interiormente. Dick Windyford no había vuelto a telefonear y, sin embargo, percibía su influencia. No cesaba de recordar sus palabras: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.» Y con ellas el recuerdo del rostro de su marido acudía a su memoria diciéndole: «¿Tú crees que tiene gracia hacer de esposa de Barba Azul?» ¿Por qué había dicho eso? ¿Qué quiso decir con aquellas palabras?
Hubo una advertencia en ellas... una amenaza. Era como si le hubieran dicho: «Sería mejor que no te metieras en mi vida privada, Alix. Podrías llevarte un disgusto si lo hicieras.» Cierto que pocos minutos después le juraba que no hubo otra mujer en su vida que le importase..., pero Alix trató en vano de recordar aquella sensación que le diera de sinceridad. ¿Acaso no estaba obligado a jurárselo?
El viernes por la mañana Alix estaba convencida de que había habido otra mujer en la vida de Gerald... algo semejante a la cámara de Barba Azul y que luchaba por ocultárselo. Sus celos, tardos en despertar, se hicieron desenfrenados.
¿Es que acaso debía encontrarse con una mujer aquella noche a las nueve? ¿Habría inventado la historia del revelado de las fotografías en el apuro del momento? Con una extraña sensación de sobresalto Alix comprendió que desde que encontrara su agenda de bolsillo había vivido atormentada. Y eso que no había nada en ella. Eso era lo más irónico del caso.
Tres días antes hubiera jurado conocer perfectamente a su esposo, y ahora le parecía un extraño del que nada sabía. Recordó su enojo irrazonable contra el pobre Jorge, tan contrario a su acostumbrado buen carácter. Un pequeño detalle, tal vez, pero demostraba que en realidad desconocía al nombre que era su marido.
Alix necesitaba adquirir varias cosas para el fin de semana y por la tarde sugirió que ella podría ir al pueblo a buscarlas, mientras Gerald se ocupaba del jardín, pero ante su sorpresa se opuso resueltamente a su plan e insistió en ir él para que Alix se quedara en casa. Alix viose obligada a dejarle hacer su voluntad, pero su insistencia le había sorprendido. ¿Por qué aquel afán de evitar a toda costa que fuera al pueblo?
Y de pronto, la explicación que dejaba todo en claro: ¿No era posible que, a pesar de no decirle nada, Gerald hubiera encontrado a Dick Windyford en el pueblo? Sus propios celos, dormidos durante la época de su matrimonio, sólo habían surgido después. ¿No podría haberle ocurrido lo mismo a Gerald? ¿Acaso no estaría tratando de impedir que volviera a ver a Dick Windyford? Esa explicación coincidía tan bien con los hechos, y confortó tanto a Alix, que la abrazó con todo entusiasmo.
Sin embargo, cuando pasó la hora del té, estaba inquieta y enferma de impaciencia, luchando contra una tentación que la asaltaba desde la marcha de Gerald. Por fin, tranquilizando su conciencia con la excusa de que la habitación necesitaba una buena limpieza, subió al despacho de su marido con un sacudidor del polvo para justificarse.
—Si pudiera estar segura —se repetía—. Si pudiera estar completamente segura.
En vano se decía que cualquier cosa comprometedora habría sido destruida años atrás. Pero los hombres guardan algunas veces la prueba más condenatoria llevados de un sentimentalismo exagerado.
Al fin Alix sucumbió, y con las mejillas arreboladas por la vergüenza de su acción, fue revisando todos los paquetes de cartas y documentos, abriendo todos los cajones, y examinando incluso los bolsillos de los trajes de su marido. Sólo dos cajones se le resistieron: el último cajón de la cómoda, y el de la parte izquierda del escritorio estaban cerrados con llave. Pero ahora Alix era ya capaz de cualquier cosa, y estaba convencida de que en uno de ellos encontraría alguna prueba de la existencia de aquella mujer del pasado de su marido que la obsesionaba.
Recordó que Gerald había dejado sus llaves olvidadas sobre el aparador, y yendo a buscarlas las fue probando una por una. La tercera entraba en la cerradura del cajón del escritorio, que Alix se apresuró a abrir. Había un talonario de cheques y una cartera bien provista de billetes, y en el fondo un paquete de cartas atado con una cinta.
Respirando afanosamente, Alix lo desató, y luego un intenso rubor cubrió su rostro mientras dejaba las cartas de nuevo en el interior del cajón, y volvía a cerrarlo. Porque aquellas cartas eran suyas, las que escribiera a Gerald Martin antes de casarse con él.
Dirigióse a la cómoda, impulsada más por el deseo de no dejar nada por registrar, que por la esperanza de encontrar lo que buscaba. Sentíase avergonzada y convencida de la locura de su obsesión.
Ante su contrariedad ninguna de las llaves de Gerald abría el cajón. Sin desanimarse, Alix se fue en busca de otra serie de llaves, y al fin la llave del guardarropa pudo abrirlo, pero en su interior no había más que un rollo de recortes de periódicos manchados y descoloridos por el tiempo.
Alix exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, fue revisando los recortes para saber qué es lo que había interesado tanto a su marido como para guardar aquel paquete polvoriento. Casi todos eran de periódicos americanos, de varios años atrás, y trataban del proceso de un famoso estafador y bígamo, Carlos LeMaitre. LeMaitre era considerado sospechoso de haber dado muerte a varias mujeres. Se había encontrado un esqueleto enterrado debajo del suelo de una de las casas que había alquilado, y la mayoría de las mujeres con las que «contrajo matrimonio» desaparecieron sin dejar rastro.
El se había defendido contra las acusaciones con habilidad consumada, con la ayuda de uno de los abogados de más talento de los Estados Unidos. El veredicto escocés «Absuelto por falta de pruebas» hubiera sido más apropiado al caso, pero en su defecto, se le consideró «Inocente» de la culpa capital, aunque le sentenciaron a un largo período de cárcel por los otros cargos presentados contra él.
Alix recordaba la sensación que produjo aquel caso, y también la que causó la huida de LeMaitre unos tres años más tarde. No volvieron a detenerle. La personalidad de aquel hombre y su extraordinario atractivo para las mujeres fueron comentados extensamente en los periódicos, junto con un resumen de la excitabilidad que demostró en el juzgado, sus protestas apasionadas, y sus repentinos colapsos debidos a su corazón débil, aunque algunos lo atribuyeron a sus facultades dramáticas.
Venía una fotografía suya en uno de los recortes que Alix tenía en la mano y la estudió con cierto interés... un caballero de luenga barba con aspecto de catedrático. Le recordaba a alguien, pero de momento no supo precisar quién era ese alguien. No imaginaba que Gerald se interesase por los crímenes y procesos famosos, aunque sabía que era el entretenimiento predilecto de muchos hombres.
¿A quién le recordaba aquella cara? De pronto, sobresaltada, comprendió que al propio Gerald. Aquellas cejas y aquellos ojos tenían un gran parecido con los suyos. Tal vez conservase aquellos recortes por esa razón. Sus ojos leyeron el párrafo que aparecía junto al retrato. Al parecer se encontraron ciertas notas en la agenda de bolsillo del acusado que coincidían con las fechas en que se deshizo de sus víctimas. Luego, una mujer había identificado al prisionero por una cicatriz que tenía en la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma de la mano.
Alix dejó caer los papeles de entre sus manos nerviosas mientras se tambaleaba. En la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma, Gerald tenía una pequeña cicatriz.
Todo giraba a su alrededor. Después le pareció tener de pronto aquella absoluta certeza. ¡Gerald Martin era Carlos LeMaitre! Lo sabía y lo aceptaba con la velocidad del relámpago. Fragmentos sueltos acudían a su memoria, como las piezas de un rompecabezas que van tomando forma.
El dinero pagado por la casa... su dinero... únicamente su dinero. Los bonos al portador que confiara a su custodia. Incluso su sueño tenía ahora significado. En lo más profundo de su ser, su subconsciente siempre había temido a Gerald Martin y deseado escapar de él y para ello su otro yo pedía ayuda a Dick Windyford. Por eso también aceptó la verdad con tanta facilidad, y sin dudas ni vacilaciones. Ella iba a ser pronto otra de las víctimas de LeMaitre... quizá muy pronto.
Casi se le escapa un grito, al recordar lo anotado en la agenda. Miércoles a las nueve de la noche. Con lo fácil que era levantar las baldosas del sótano. En cierta ocasión ya había enterrado a una de sus víctimas en un sótano. Todo lo tenía planeado para la noche del miércoles, ¡pero escribirlo de antemano con aquella tranquilidad... era una locura! No, era lógico. Gerald tomaba siempre nota de sus compromisos... y para él un crimen era una cuestión de negocios como cualquier otra.
Pero, ¿qué la salvó? ¿Qué es lo que pudo salvarla? ¿Por qué se arrepentiría en el último momento? Sí... como un rayo le vino la respuesta. El viejo Jorge. Ahora le resultaba comprensible el enojo incontenible de su esposo. Sin duda había preparado el terreno diciendo a todo el mundo que encontraba que se iban a Londres al día siguiente. Luego Jorge fue a trabajar inesperadamente y al hablarle de Londres, ella había desmentido la historia. Era demasiado arriesgado deshacerse de ella aquella noche, exponiéndose a que el jardinero repitiera su conversación. ¡Pero había escapado de milagro! De no haber mencionado aquel asunto tan trivial... Alix se estremeció.
Pero no había tiempo que perder. Tenía que huir en seguida... antes de que él regresara. Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo que aquel hombre. Apresuróse a guardar de nuevo el rollo de recortes de periódicos en el cajón, y lo cerró.
Y entonces se quedó como si se hubiera convertido en estatua de piedra. Había oído el chirrido de la cerca. Su esposo había regresado ya.
Por un momento Alix continuó inmóvil; luego yendo de puntillas hasta la ventana atisbo tras el amparo de la cortina.
Sí, era su marido, que sonriendo para sí tarareaba una tonadilla. En la mano llevaba algo que casi paralizó el corazón de la aterrorizada Alix: una azada nueva.
Alix se dijo instintivamente: Iba a ser esta noche. Pero le quedaba una oportunidad. Gerald, todavía tarareando había ido dando la vuelta a la casa.
Va a dejarla en el sótano... preparada, pensó Alix con un escalofrío.
Sin vacilar un momento echó a correr escaleras abajo y salió de la casa, pero en el preciso momento que atravesaba la puerta, su esposo hizo su aparición por un lado de la casa.
—Hola —le dijo—. ¿A dónde vas tan de prisa?
Alix procuró desesperadamente parecer tranquila. De momento había perdido su oportunidad, pero si tenía cuidado de no despertar sus sospechas volvería a tenerla más tarde. Incluso ahora mismo, tal vez.
—Iba a ir paseando hasta el extremo del prado —dijo con voz que le sonó débil e insegura a sus propios oídos.
—Muy bien —replicó Gerald—. Te acompañaré.
—No... por favor, Gerald. Estoy nerviosa... me duele la cabeza... preferiría ir sola.
Él la miró fijamente y Alix creyó ver el recelo en sus ojos.
—¿Qué te ocurre, Alix? Estás pálida... temblorosa.
—No es nada —se esforzó por sonreír—. Me duele la cabeza, eso es todo. Un paseo me sentará bien.
—Bueno, es inútil que digas que no te acompañe —declaró Gerald riendo—. Iré contigo quieras o no.
Alix no se atrevió a insistir más. Si sospechara que sabía...
Con un esfuerzo procuró recuperar algo de su habitual tranquilidad. No obstante, se daba cuenta de que él la miraba de reojo de cuando en cuando, como si no estuviera satisfecho y no hubiese acallado sus sospechas.
Cuando regresaron a la casa, él insistió en que debía acostarse, y le trajo agua de colonia para mojar sus sienes. Fue, como siempre, el esposo atento y solícito, y no obstante, Alix sentíase tan indefensa como si estuviera atada de pies y manos en el interior de una trampa.
Ni por un momento la dejó sola. Fue con ella a la cocina ayudándola a preparar la cena. Apenas podía tragar bocado, pero se esforzó en comer, e incluso parecer alegre y natural. Ahora se daba cuenta de que luchaba por su vida. Estaba a solas con aquel hombre, a varios kilómetros de distancia de la civilización, completamente a su merced. Su única oportunidad era aplacar sus sospechas para que la dejara sola unos momentos... los suficientes para llegar al teléfono del recibidor para pedir ayuda. Aquélla era su única esperanza. Si se decidía a huir, la alcanzaría antes de que pudiera llegar al pueblo.
Una esperanza momentánea la animó al recordar cómo había abandonado su plan la otra noche. ¿Y si le dijera que Dick Windyford iba a ir a verles aquella noche?
Las palabras temblaban en sus labios... pero se apresuró a rechazarlas. Aquel nombre no perdería su segunda oportunidad. Había tal determinación bajo su calma aparente que le daba náuseas. Sólo conseguiría precipitar su crimen. La mataría en seguida, y luego con toda tranquilidad telefonearía a Dick Windyford con cualquier excusa para que no fuera. ¡Oh!, si Dick fuera a verles aquella noche. Si Dick...
Una idea acudió a su mente y miró de soslayo a su esposo por temor a que pudiera adivinar sus pensamientos, y mientras formaba su plan, sintió renacer su valor mostrándose tan natural que ella misma se maravilló. Gerald estaba ahora completamente tranquilizado.
Alix preparó el café y lo llevó ahora al porche, donde solían sentarse las noches cálidas.
—A propósito —dijo Gerald de pronto—, más tarde revelaremos esas fotografías.
Alix sintió que un escalofrío recorría su cuerpo, pero replicó con naturalidad:
—¿No puedes hacerlo solo? Estoy dormida y muy cansada esta noche.
—No tardaremos mucho —sonrió—, y te aseguro que luego no te sentirás cansada.
Aquellas palabras parecieron divertirle. Alix se estremeció. Ahora, o nunca podría llevar a cabo su plan.
Se puso en pie.
—Voy a telefonear al carnicero —anunció tranquilamente.
—¿Al carnicero? ¿A estas intempestivas horas de la noche?
—Tonto, ya sé que la tienda está cerrada pero él está en la casa. Mañana es sábado y quiero que me traiga unos filetes de ternera bien temprano, antes de que se los lleve otra. El viejo haría cualquier cosa por mí.
Y entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras ella. Oyó a Gerald que decía: «No cierres la puerta», y Alix replicó con ligereza: «Así no entrarán los mosquitos. Aborrezco los mosquitos. ¿Tienes miedo de que le haga el amor al carnicero, tonto?»
Una vez en el interior de la casa cogió el teléfono y dio el número de la «Posada del Viajero». Le dieron comunicación en seguida.
—¿El señor Windyford está todavía ahí? ¿Podría hablar con él?
Entonces el corazón le dio un vuelco. La puerta acababa de abrirse y su marido entraba en el recibidor.
—Vete, Gerald —le dijo mimosa—. No me gusta que me escuchen cuando hablo por teléfono.
Él se limitó a echarse a reír mientras se sentaba en una silla.
—¿Seguro que telefoneas al carnicero? —le preguntó.
Alix estaba desesperada. Su plan había fracasado. Dentro de unos instantes, Dick Windyford estaría al teléfono. ¿Se arriesgaría a gritar pidiendo ayuda? ¿Comprendería lo que quería decirle antes de que Gerald le arrebatara el aparato? ¿O creería únicamente que se trataba de una broma?
Y luego mientras nerviosa movía la clavija que permite que la voz se oiga o no en el extremo del hilo, se le ocurrió otra idea.
«Será fácil —pensó—. Tendré que procurar no perder la cabeza y escoger las palabras apropiadas y no desfallecer ni un momento, pero creo que podré hacerlo.»
Y en aquel momento oyó la voz de Dick Windyford.
Alix tomó aliento. Luego conectó la clavija de comunicación con firmeza.
—Aquí la señora Martin... de «Villa Ruiseñor». Por favor, venga (cerró la clavija) mañana por la mañana y tráigame seis filetes de ternera bien hermosos (volvió a dar la comunicación). Es muy importante. (Cerró.) Muchísimas gracias, señor Hexworthy, espero que no le haya molestado llamando tan tarde, pero en realidad el tener esos filetes el sábado (abrió) es cuestión de vida o muerte... (cerró). Muy bien... mañana por la mañana... (abrió), cuanto antes...
Volvió a dejar el teléfono en la horquilla y miró a su esposo respirando trabajosamente.
—De manera que es así como hablas con el carnicero ¿eh? —dijo Gerald.
—Estrategia femenina —dijo Alix en tono ligero.
Rebosaba excitación. Gerald no había sospechado nada, y sin duda Dick iría aunque no hubiese comprendido.
Pasaron al saloncito y Alix encendió la luz. Gerald la observaba.
—Pareces muy contenta ahora —le dijo mirándola con curiosidad.
—Sí —repuso Alix—; ya no me duele la cabeza.
Ocupó la butaca acostumbrada y su esposo fue a sentarse frente a ella. Estaba salvada. Eran sólo las ocho y veinticinco, y mucho antes de las nueve Dick habría llegado.
—No me ha gustado mucho el café de hoy —se quejó Gerald—. Es muy amargo.
—Es que he comprado una clase nueva. Si no te gusta no volveré a comprarlo, querido.
Alix, cogiendo su labor, empezó a coser. Confiaba plenamente en su propia habilidad para representar el papel de esposa solícita. Gerald leyó varias páginas de su libro y luego mirando el reloj dejó la novela.
—Las ocho y media. Es hora de bajar al sótano y empezar a trabajar.
A Alix se le cayó la labor de las manos.
—¡Oh! Aún no. Esperemos hasta las nueve.
—No, pequeña, es la hora que he fijado. Así podrás acostarte más pronto.
—Pero yo prefiero esperar hasta las nueve.
—Las ocho y media —insistió Gerald—. Ya sabes que cuando fijo una hora me gusta atenerme a ella. Vamos, Alix. No quiero esperar ni un minuto más.
Alix le miró, y a pesar suyo sintió que el terror la invadía. Gerald se había quitado la máscara y se retorcía las manos; los ojos le brillaban de excitación, y se pasaba continuamente la lengua por los labios resecos. Ya no se esforzaba por disimular su nerviosismo.
Alix pensó «Es cierto... no puede esperar... está como loco...».
Se acercó a ella y cogiéndola por los hombros la obligó a ponerse en pie.
—Vamos, pequeña... o te llevaré a rastras.
Su tono era alegre, pero había tal ferocidad en el fondo que Alix quedó como paralizada. Con un esfuerzo supremo logró desasirse yendo a apoyarse contra la pared. Estaba impotente. No podía escapar... ni hacer nada... él se iba acercando.
—Ahora, Alix...
—No..., no.
Lanzó un grito alargando las manos en un gesto de impotencia para impedir que se le acercara.
—Gerald... basta... tengo algo que decirte... tengo que confesarte una cosa...
Él no se detuvo.
—¿Confesar qué? —preguntó con curiosidad.
—Sí; que confesar —continuó ella desesperada, procurando mantener su atención—. Es algo que debiera haberte dicho antes.
En el rostro de Gerald apareció una mirada de desprecio. El encanto estaba roto.
—Un antiguo amor, supongo —se burló.
—No —dijo Alix—. Es otra cosa. Supongo que tú lo llamarías... sí... un crimen.
En el acto vio que había pulsado la cuerda oportuna, y que de nuevo era dueña de su interés. Eso le devolvió el valor sintiéndose dueña absoluta de la situación en aquel preciso momento.
—Será mejor que vuelvas a sentarte —le dijo tranquila.
Ella fue a ocupar su butaca, e incluso se detuvo para recoger la labor, aunque tras su calma aparente estaba inventando a toda prisa, ya que la historia que iba a contarle debía mantener su atención hasta que llegara la ayuda.
—Te dije —empezó— que había sido taquimecanógrafa durante quince años, y eso no es del todo cierto. Hubo dos intervalos. El primero tuvo lugar cuando yo tenía veintidós años. Conocía a un hombre ya mayor, dueño de una pequeña fortuna. Se enamoró de mí y me pidió que fuera su esposa. Acepté y nos casamos —hizo una pausa—. Yo le induje a que asegurara su vida en mi favor.
Vio que el interés de su esposo iba en aumento y continuó con más seguridad.
—Durante la guerra trabajé por algún tiempo en el Dispensario de un hospital. Allí manejé toda clase de drogas y venenos. Sí, venenos.
Volvió a detenerse. Ahora Gerald estaba ya sumamente interesado, no cabía duda. Al asesino le atraen los crímenes. Ella había jugado aquella carta y ganado. Echó una ojeada al reloj. Eran las nueve menos veinticinco.
—Existe un veneno.... es un polvito blanco. Una porción insignificante significa la muerte. ¿Entiendes tú de venenos, quizá?
Hizo la pregunta con cierta precipitación. Si la respuesta era afirmativa tendría que ir con cuidado.
—No —respondió Gerald—. Sé muy poco de eso.
Exhaló un suspiro de alivio. Así sería más fácil.
—Pero habrás oído hablar de heroscina, ¿verdad? Es una droga que actúa igual, pero que no deja rastro. Cualquier médico extendería un certificado de defunción por fallo cardíaco. Robé una pequeña cantidad y la conservo en mi poder.
Hizo una pausa midiendo sus fuerzas.
—Continúa —dijo Gerald.
—No. Tengo miedo. No puedo decírtelo. Otro día.
—Ahora —replicó él impaciente—. Quiero saberlo.
—Llevábamos casados un mes. Yo me portaba muy bien con mi marido, era muy amable y solícita, y él hablaba muy bien de mí a todos los vecinos. Todos sabían lo buena esposa que era. Yo misma le preparaba el café todas las noches. Y un día, cuando estábamos solos, puse en su taza un poquitín del alcaloide mortal.
Alix hizo una pausa y enhebró la aguja con gran parsimonia. Ella, que nunca había hecho teatro, en aquellos momentos rivalizaba con la mejor actriz del mundo, representando el papel de envenenadora a sangre fría.
—Fue muy sencillo. Yo le observaba. De pronto empezó a faltarle la respiración y el aire. Yo abrí la ventana. Luego dijo que no podía moverse de su butaca... y, al cabo de poco murió.
Se detuvo sonriendo. Eran las nueve menos cuarto. No tardaría en llegar.
—¿A cuánto ascendía la prima del seguro? —preguntóle Gerald.
—A unas dos mil libras. Especulé con ellas y perdí. Por eso tuve que volver a trabajar en la oficina, pero nunca tuve intención de seguir allí mucho tiempo. Entonces conocí a otro hombre. En la oficina conservé mi nombre de soltera, y él no supo que había estado casada. Éste era más joven, bien parecido, y gozaba de buena posición económica. Nos casamos en Sussex. La ceremonia fue sencilla. No quiso asegurar su vida, pero desde luego hizo testamento a mi favor. Le gustaba que yo le preparara el café, igual que a mi primer mando —Alix sonrió al añadir con sencillez—. Sé hacerlo muy bien.
Luego continuó:
—Yo tenía varios amigos en el pueblecito donde vivíamos, y se compadecieron mucho de mí cuando una noche después de cenar mi esposo falleció repentinamente de un colapso. No me gustó el médico. No creo que sospechara de mí, pero desde luego le sorprendió mucho la repentina muerte de mi esposo. Aún no sé por qué volví a la oficina. Supongo que por costumbre. Mi segundo esposo me dejó unas cuatro mil libras. No especulé con ellas esta vez. Las invertí. Luego...
Pero fue interrumpida. Gerald con el rostro congestionado y ahogándose, la señaló angustiado con el dedo índice.
—¡El café... Dios mío! ¡El café!
Ella le miró sorprendida.
—Ahora comprendo por qué estaba tan amargo. Eres un demonio, me has envenenado.
Sus manos se asieron a los brazos del sillón y parecía dispuesto a saltar sobre ella.
—Me has envenenado.
Alix se había ido alejando hasta la chimenea y aterrorizada se disponía a negarlo... cuando lo pensó mejor. Iba a lanzarse sobre ella, y reuniendo todo su valor le miró retadoramente y con firmeza.
—Sí —le dijo—. Te he envenenado, y el veneno ya empieza a hacer su efecto. Ya no puedes moverte del sillón... no puedes moverte...
Si pudiera mantenerle allí... por lo menos unos minutos...
¡Ah! ¿Qué era aquello? Pasos en el camino. El chirrido de la cerca... más pisadas... y la puerta del recibidor que se abría...
—No puedes moverte —repitió.
Luego pasó corriendo ante él, yendo a refugiarse en los brazos de Dick Windyford.
—¡Dios mío! —exclamó.
Luego volvióse al hombre que le acompañaba, un policía alto y fornido vestido de uniforme y le dijo:
—Vaya a ver lo que ha ocurrido en esa habitación.
Y tendiendo cuidadosamente a Alix en el diván se inclinó sobre ella.
—Mi pequeña —murmuró—. Pobrecita. ¿Qué es lo que te han estado haciendo?
Alix cerró los ojos y sus labios pronunciaron su nombre.
Dick despertó de sus sueños de felicidad cuando el policía fue a tocarle en el brazo.
—En esta habitación no hay más que un hombre sentado en una butaca. Parece como si acabara de sufrir un ataque y...
—¿Sí?
—Bueno, señor... está muerto.
Se sobresaltaron al oír la voz de Alix diciendo como en sueños:
—Y al cabo de poco —dijo como si estuviera repitiendo algo—, murió.

Tini - Eduardo Wilde


-¿Cómo va la enferma? - dijo el médico, entrando a una pieza en la que varias personas hablaban en voz baja.

-No está bien - contestó una de ellas.

-Perfectamente - repuso el doctor y penetró con precaución en la habitación contigua, que era un espacioso dormitorio, bien amueblado y dotado de cortinas dobles, alfombras blandas y lujosos adornos.

Una lámpara opaca alumbraba escasamente con su luz indecisa el aposento, cuya atmósfera denunciaba la presencia de perfumes y la per­manencia de personas cuidadas; había olor a recinto habitado por dama distinguida.

La enferma se hallaba acostada de espaldas, en un lecho limpio y acomodado.

Su semblante estaba pálido, sus labios algo descoloridos. Una cofia blanca aprisionaba sus cabellos, una bata bordada cubría su pecho; sus manos finas, blancas y suaves salían de entre un capullo de encajes que parecían un montón de espuma. Había en su persona un poco de esa coquetería permitida que tienen todas las muje­res de buena cuna y que ostentan aun cuando estén enfermas.

El doctor, mirando fijamente a la dama y to­mándole la mano, medio en uso de su profesión, medio en forma de saludo, preguntó:

-¿Cómo ha pasado el día la señora?

-Mal, doctor, he sufrido mucho; me duele todo; deme algo que me calme : ¡qué falta de compasión venir a esta hora!

-Señora, la mejor visita se deja para el últi­mo, como los postres. Es necesario buscar la es­tética aun en el desempeño de los más dolorosos deberes.

-Usted tiene siempre disculpas.

-Y usted jamás tiene necesidad de ellas. -Cúreme y le perdonaré su indolencia. -Usted será atendida con toda la prolijidad de que yo soy capaz.

En seguida hizo un interrogatorio detenido y explicó sus prescripciones.

Junto a la cama de la enferma, recientemente madre, había una cuna y en ella dormía sus pri­meros días un niño robusto, envuelto en mil bordados.

El médico se acercó a él y después de obser­varlo un rato, dijo:

-¡Será un famoso guardia nacional si la na­turaleza lo permite!

-Si Dios quiere, diga, doctor -objetó la dama.

-Bien, si Dios quiere ; en materia de creen­cias, tengo las de mis enfermas distinguidas.

El doctor se retiró, y la madre del niño se quedó reflexionando en el correctivo puesto por su médico al augurio relativo al recién nacido.

La enferma se restableció pronto, y el niño durmió mucho, lloró poco y se alimentó a satis­facción en los días y los meses siguientes.

La madre lo cuidaba con esmero, no se sepa­raba de él durante el día y todas las noches se sentaba en la cama para mirarlo largo tiempo.

Cuando el niño suspiraba, la madre se sentía agitada, y cada tos y cada estremecimiento del pequeñuelo querido, producía una alarma, pues el augurio del doctor con su correctivo, trotaba con singular insistencia, durante las largas horas de vigilia, en la cabeza de la madre.

Mientras tanto, el objeto de tales inquietudes continuaba durmiendo sus días enteros y sus noches completas. Cuando no dormía, tomaba el pecho. ¡Jamás se vio niño más dedicado a esas dos ocupaciones!

A los diez meses dijo: mamá; la casa se puso en revolución. Después dijo: papá; un criado corrió a buscar al aludido a su escritorio para anunciarle la gracia. Más tarde se paró y dio algunos pasos, estirando los brazos para aga­rrar las manos que le ofrecían.

En estos primeros ensayos recibió el nombre de Tini.

¿Qué quería decir Tini? Nadie lo supo; pero el apodo se quedó como nombre.

Tini comenzó a caminar y a conversar.

Se dio muchos golpes y dijo mil barbaridades graciosísimas y comprometedoras. Por ejemplo llamaba papá a todo el que veía con barba larga y su verdadero padre sólo obtuvo el titulo legí­timo a través de un montón de juguetes y cara­melos regalados.

Tini era muy lindo; lo pedían del barrio para mirarlo y más de una vez, en sus excursiones, hizo de las suyas.

Un día Tini estuvo de mal humor; su mamá dio por causa que tenía la boca caliente y que apretaba las encías.

Con este motivo los dedos de todos los habi­tantes masculinos y femeninos de la casa, entraron en la boca de Tini, hasta que el índice del papá, sucio del tabaco, descubrió un conato de dentadura.

Tini echó un diente, no sin un gran conflicto en el barrio y serias consultas al médico.

Escenas análogas se repitieron durante algún tiempo, y Tini presentó por fin una dentadura de ratón, chiquita, cortante, graciosa, que se mostraba sobre todo seductora en las sonrisas de su boca rosada.

Inútil es añadir que de allí en adelante Tini obtuvo el privilegio de morder los dedos que se aventuraban en exploraciones peligrosas, y de desblocar todos los pedazos de carne que le caían a la mano. Solía también mascar las cabezas de los soldados de palo que le compraban; tales atentados motivaban invariablemente una visita médica.

El adorado y consentido Tini era sublime de impertinente, y sus audacias increíbles para de­cir las cosas más crudas con el mayor aplomo, sólo tenían su explicación en su inocencia sin­gular respecto a las conveniencias sociales.

Verdad es que cuando comenzó a hablar con metáforas inteligibles, y a encontrar símiles, sólo tenía dos años y medio.

A pesar de sus franquezas y paradojas, Tini gozaba del cariño de todos, y niños, mujeres, viejos y jóvenes se disputaban su amistad y sus caricias.

Su cara y su cuerpo eran una perfección, su carne era la más fresca de la naturaleza, su piel la más blanca, sus muslos duros y llenos, sus manos blandas, chicas, finas, con los dedos do­blados hacia el dorso.

¡Qué cabeza! ¡qué pelo! ¡qué ojos y qué boca! ¡Si daba ganas de comérselo a besos!, como de­cían las muchachas más expresivas del barrio.

La boca, principalmente, era una delicia; tenía gusto a leche con azúcar y causaba el tormento de su dueño quien, tras de cada beso, se limpiaba los labios con el brazo en prueba de disgusto.

Toda su ropa se parecía a él y lo recordaba sus botines sobre todo, eran adorables; gastados en el talón, algo torcidos y rotos a la altura del dedo grande, eran toda una historia de las mil ambulancias infantiles de su dueño.

Al mirarlos tirados en cualquier parte, la ima­ginación los rellenaba con el piececito del niño, y uno veía asomar su dedito rosado por el agu­jero de la punta.

Tini progresaba diariamente y su inteligencia tomaba formas caprichosas y trascendentales.

A la edad de cuatro años emprendió una refor­ma capital de la gramática, y atacó, desde luego, los verbos irregulares con un encarnizamiento incomparable.

No decía "hecho" por nada de este mundo, sino "hacido"; el verbo "jugar" en su presente de indicativo, era para él como sigue

Yo jugo,/ vos jugás,/ él juga,/ nosotros juga­mos,/ ustedes jugara,/ ellos también jugara.

En efecto, ya que el verbo no es "juegar" sino "jugar". Tini tenía razón contra la Academia, que permite una barbaridad tan inútil.

 

Pasando los días, llegó un cumpleaños de Tini; varias aves fueron muertas y preparadas para la comida; los parientes recibieron su invitación oportuna. El niño anduvo tras de las personas que se ocupaban de los preparativos, pero con cierta indolencia que no le era habitual.

En la mesa estuvo caído, descontento y ha­ciendo esfuerzos el pobrecito, por ser cariñoso con los que lo festejaban. Pidió levantarse antes de los postres y sin atreverse a abandonar la agradable compañía, buscó un término medio entre sus deseos y su malestar, acostándose en un sofá.

La mamá comenzó a inquietarse, aun cuando se explicaba el caimiento del niño por lo agitado del día y por el cansancio consiguiente. . .

Las visitas se despidieron; Tini puso su mejilla o su boca, según el grado de afección, pata: que fuera besada, y ganó pronto su camita, en la que se durmió en el acto.

Su sueño no fue tranquilo; la respiración pa­recía anhelosa; silbaba mucho por la nariz y se daba vuelta con frecuencia. Una mano sana pues­ta sobre la frente de Tini, habría notado un li­gero aumento de calor.

El silencio se había hecho en la casa, pero había un sitio en que comenzaba a levantarse una tormenta: el corazón de la madre. Hubo unos ojos que no se cerraron y un cuerpo estre­mecido que se revolvía en el lecho sin encontrar reposo.

A eso de las doce de la noche una figura fan­tástica proyectaba su sombra en las paredes.

La madre se había levantado y se acercaba en puntas de pies a la cama del niño.

Si yo fuera pintor y quisiera pintar un cuadro que representara la fórmula de todas las inquie­tudes humanas, pintaría una madre en camisa, con una vela en la mano, observando el sueño de su hijo, cuando teme que le sobrevenga alguna enfermedad. ¡Cuánta preocupación di­señarían sus facciones! ¡cuánta zozobra y ternura mostraría su semblante! ¡cuánto temor descontado sobre la previsión de una fu­tura desgracia!

La madre de Tini parecía la imagen del dolor la ansiedad. Estuvo un rato mirando a su hijo, suspiró profundamente y se retiró con un millar de desdichas engastadas en el alma.

Tini se despertó de repente y quiso quejarse, cuando le sobrevino una tos ronca y repetida.

Cien voces dijeron crup en el oído de la madre, los ecos repitieron crup, las sombras de las cor­tinas, de las molduras y de los adornos de la ha­bitación, proyectadas por la luz escasa de la lám­para, escribieron epitafios sobre los muros; la palabra crup se difundió por toda la casa, llenó la atmósfera, penetró en los últimos resquicios y heló las entrañas de la pobre madre.

Crup, dijeron los ruidos misteriosos de la no­che; crup, decía el viento que soplaba sus lamen­tos por las rendijas de las puertas; crup, repetían los cascos de los caballos que pasaban de tiempo en tiempo, arrastrando los pesados coches por las calles silenciosas ; crup, decían la péndola del reloj y el crujido de los muebles; crup, crup, murmuraba el roer de los ratones tras de los zócalos de las piezas; crup, secreteaban las hojas de los árboles que se mecían en los patios ; crup, gritaban las veletas de los edificios vecinos, ¡y hasta las estrellas que chispeaban en los cielos, mandando su luz temblorosa a través de los vi­drios, parecían encender sus cirios para velar el cuerpo de un ángel muerto de crup!

Crup, dijeron las aves que pasaban en banda­das y los aleteos de los pájaros en sus jaulas; crup, pronunciaban las olas que chocaban en las costas; crup, vociferaban los golpes en las puer­tas de los habitantes retardados ; crup, roncaban las voces de los ebrios en las calles, y crup, crup, preludiaban los músicos ambulantes que busca­ban un pan y un cobre martirizando sus instrumentos en la noche callada.

Cuando todo en la naturaleza hubo dicho crup, la madre de Tini dio un grito estridente, desesperado, y saliendo de su cama se paró rígida en medio de la habitación.

La casa se puso en movimiento, todos sus ha­bitantes se levantaron y corrían desatinados de un lado a otro. Se mandó en busca del médico; éste llegó pronto y observó al niño con profunda atención, con mirada intensa, con imperturbable quietud. 

La madre buscaba adivinar en el sem­blante del doctor su pensamiento; pero éste se guardó bien de darle formas por temor de que sus aprensiones fueran traducidas; su fisonomía no dijo nada, su actitud dijo reserva; pero los la­tidos de su corazón se perturbaron más de un momento en su ritmo vitalicio.

Tini miraba atónito la escena, y con cariño y curiosidad a su amigo el doctor.

Había en la cara del niño algo extraño ; su expresión era entre seria y triste; no demostra­ba dolor, pero alejaba la idea de bienestar; alguna sombra rara, indecisa, alarmante, se pa­seaba por su rostro pálido.

La noche se pasó en zozobras y cuidados; el niño dormitaba de tiempo en tiempo; el médico observaba los progresos del mal y propinaba él mismo sus inciertos remedios. La tos ronca del pequeño enfermo se repetía con más frecuencia; sus palabras, antes tan graciosas y sonoras, sa­lían oscuras y veladas de su garganta.

-¡Mamá! -decía, estirando sus bracitos re­dondos -, no me duele nada, no llores -. Pero su inquietud mostraba su mal y su respiración parecía un suspiro continuado. La madre se aho­gaba, los sirvientes lloraban, el luto y la tristeza se esparcía por toda la casa.

Al otro día un pequeño alivio se inició.

Tini pidió sus juguetes predilectos: su tambor, su corderito, su polichinela y sus soldados. Pron­to se cansó de acariciarlos, sin embargo, y los empujó al borde de la cama, como si le incomo­daran: sólo el polichinela, con sus platillos le­vantados, obtuvo el privilegio de acostarse a su lado.

Más tarde la respiración se hizo anhelosa, vol­vió la inquietud; hubo varios accesos ligeros de sofocación; el llanto apareció de nuevo en todos los ojos, varios médicos examinaron a Tini y él soportó con mansedumbre angelical aquellas molestas investigaciones. Después, como quien pen­sara que todo era inútil, al ver acercarse a los médicos armados de cuchara, instrumento al cual ya miraba con horror, se daba vuelta desesperado y gritaba con voz ronca y lastimera " ¡Basta, mamá!"

El corazón de la madre se desgarraba, sus lágrimas corrían a torrentes y con su mano tem­blorosa apartaba la del médico que iba a martiri­zar a su hijo.

Nunca mayor dolor penetró en pecho humano, jamás zozobra igual desgarró más cruelmente las entrañas de mujer alguna.

Se habló de peligro inminente, de remedios he­roicos y de operación; pero la confianza, esa tabla de salvación de todos los infortunados de la tierra, había desaparecido de todos los pechos.

Las conversaciones se pararon, las comunica­ciones intelectuales no tuvieron ya más expresión que la mirada, y los ojos investigadores no hacían más que preguntas sin esperanza, ni obtenían más que respuestas dolorosas.

A la noche siguiente, la operación fue deci­dida.

El cuerpo de la madre, desarticulado y dese­cho, fue arrancado de la habitación donde Tini tramitaba sus momentos de vida.

-¡Pobre Tini !

Con sus ojos abiertos desmesuradamente y su rostro asombrado, fue colocado sobre una mesa con la cabeza echada hacia atrás y el cuello tendido.

El doctor, sin mirar la cara de su tierno már­tir, pues no habría podido mirarla sin vacilar, hizo rápidamente una herida en el sitio elegi­do...; se oyó un estertor de agonía... -¡Muer­to! - gritaron los asistentes... La sangre co­rrió mansamente por los lados del cuello del niño...; los médicos, silenciosos, no se inquie­taron; en la herida se colocó una cánula por la que se proyectó con violencia un montón de sangre y de espuma. Tini, desesperado, se sentó llevándose las manos al cuello: ¡quiso gritar y no pudo! ¡no tenía voz! Su mirada fue, sin em­bargo, más inteligente, respiró mejor y su débil cuerpecito se extendió de nuevo sobre su lecho de tortura.

Si hubiera palabras en algún idioma para des­cribir el momento en que la madre de Tini volvió a ver a su hijo operado, yo intentaría bosquejar la escena, medir la duración de los abrazos infi­nitos, contar las caricias imprudentes, desespe­radas y dementes, numerar los besos, recoger los suspiros y mostrar la tensión del llanto sujeto tras de los párpados por la intensidad de senti­mientos contradictorios.

Pero no hay tales palabras. La naturaleza ha puesto la expresión de los inmensos dolores fuera del alcance del lenguaje articulado, entregándo­sela a la música y a la pintura. Para sentir no basta entender, es necesario oír y ver.

El padre de Tini se paseaba en las habitaciones sin preguntar, sin hablar, sin escuchar, con­ sumiéndose en el incendio de su tormento in­terno.

Cuando se organizó la asistencia consiguiente la operación ; cuando los médicos se retira­ron; cuando la casa volvió a su monotonía de dolores, las horas continuaron pasando, marca­das por la indiferencia de los relojes y los con­flictos de las curaciones.

El sueño había huido de todos los cerebros; los practicantes que cuidaban al niño, camina­ban cautelosamente por la pieza : ¡el menor rui­do era una sorpresa! ¡la menor palabra un so­bresalto!

La niñera de Tini, sentada a los pies de la cama, ocultaba su rostro entre sus manos y escondía su dolor anónimo y menospreciado co­mo todo pesar de sirviente. ¡Su Tini, su adora­do Tini, no la hablaba, no la veía, no le estiraba los brazos como lo hacía siempre!

El día pasaba silencioso y la noche tristísima. La cabeza de Tini esparcía sus rulos de oro sobre la almohada mojada, y su pobre cerebro, envenenado por la enfermedad, comenzaba ya a enloquecerse y a mostrar a su conciencia desorientada, las fantasías del otro mundo con los detalles de éste, ¡mezclados, tergiversados, increíbles!

Cuando la aurora apuntaba, su luz indecisa, gris primero, blanca después, pasaba por los postigos entreabiertos y, advirtiendo a la lám­para que su tarea penosa de alumbrar durante la noche había concluido, iba a herir la pupila del niño con sus caricias cristalinas y sus besos transparentes.

Hacía frío en la alcoba; la luz del día traía horripilaciones del horizonte, sus rayos ba­ñados en las aguas de los mares, helaban con su lujo de vida los corazones de cuantos pre­senciaban aquellos preparativos de tragedia, tras de una noche de desvelo.

¡Qué días y qué noches tan tristes se pasaba en el lúgubre aposento! ¡qué horas tan largas y tan desiertas! El silencio parecía el acompaña­miento solemne del pesar que extendía sus alas sombrías, y los ruidos inciertos, uno que otro crujido de muebles, alguna ligera oscilación de las puertas sobre sus goznes, el estallido de una burbuja de aceite en la pequeña lámpara o el choque repentino de algún insecto atolondrado contra las paredes, eran interrupciones sin ca­dencia que tomaban las proporciones atronado­ras de una explosión en las soledades de aquel mar de aflicciones.

Los espejos parecían meditar melancólicamen­te sobre las imágenes deslustradas que refleja­ban; los armarios entreabiertos, dejaban ver en su fondo semioscuro, las ropas ajusticiadas, cu­yos cadáveres colgaban de las perchas; las cor­tinas diseñaban en los muros figuras fantásticas, y las molduras y los adornos proyectaban sombras de caras grotescas o de esfinges extrañas, sobre las cuales se fijaba con tenacidad la ima­ginación apesadumbrada de las personas que hacían su guardia a la cabecera de Tini.

Una mosca grande, impertinente, exótica, de­safiaba a veces las persecuciones más bien com­binadas de los asistentes, y con una insistencia digna de mejor propósito, daba vuelta zumban­do alrededor de todas las cabezas, inquietándolas con su aleteo sonoro y musical; de repente se paraba, luego comenzaba de nuevo su prolija tarea; se alejaba, volvía, se asentaba en un obje­to, se levantaba y repetía su paseo circular mo­dulando sus óperas abstrusas, hasta que tomaba rumbo hacia una puerta y se escapaba satisfecha, como si acabara de encantar a su auditorio.

La atmósfera del aposento quedaba cargada con el bordoneo del insecto y parecía mantener en conserva algún mensaje lamentable, dicho por una comadre mal intencionada.

Y luego continuaban los silencios y los ruidos, las luces y las sombras, las caras y las esfinges, aterrorizando la imaginación y girando lastimeramente en torno del niño enfermo.

¡Pobre Tini! Entre un letargo y otro letargo él veía cambiarse los personajes de la escena: unos entraban, otros salían, algunos permane­cían estáticos y serios como senadores petrifi­cados, o bailaban contradanzas haciendo figuras al compás de una música que no se oía.  

Los ruidos de las calles comenzaban luego a amontonarse en la atmósfera y penetraban poco a poco hasta la cama de Tini, solitarios primero, juntos y en tropel después, hasta que su número y su mezcla producía un rumor uniforme, monó­tono, sin articulación ni timbre.

El farol del patio, que había mirado con su ojo amarillo durante toda la noche a través de las persianas el doliente cuadro, urgido por ta economía doméstica y la competencia insosteni­ble de la luz solar, se vio obligado a dejar de pestañear con su gas a medio foco, y sus fajas penumbradas, que desde las paredes del cuarto acompañaban a los veladores, se borraron de gol­pe, dejando en ellos la tristeza de una innovación.

Y a la plácida aurora, y al sol naciente y a los nublados de la tarde, sucedían el crepúsculo, la oscuridad de la noche, la semiluz de las estrellas o la serena reflexión de la luna que con su cara bruñida se levantaba lentamente hacia los cielos.

Las horas pasaban unas tras otras, con su número de orden a la espalda, en series por docenas, marcadas como camisas de gente me­tódica y llevándose al infinito las desgracias que sucedieron en ellas, sin dar vuelta jamás la cara, para mirar la mísera tarea de sus compañeras; las horas pasaban prendidas las unas a los fal­dones de las otras, con su paso uniforme, como soldados de teatro, sin pararse ni acabarse ja­más.

La número seis o siete de la segunda serie, que había visto esconderse el sol tras de los edi­ficios, con su cara roja como la de un enfermo de escarlatina, entraba en el cuarto de Tini en­vuelta en el crepúsculo, a pedir que encendieran las luces y pusieran un punto brillante en el vaso de aceite, donde iba a navegar toda la noche un disco de porcelana con una mecha mi­croscópica.

Los ojos de Tini, medio empañados ya, veían los círculos difusos de aquella luz clandestina que alargaba y acortaba sus rayos, en un eterno juego sin consecuencia y sin destino.

 Los ruidos de la calle se hacían cada vez más raros y se presentaban más separados. La voz de los vendedores se alejaba; el fragor de los vehículos disminuía y sólo de tiempo en tiempo, un coche apurado atronaba los aires raspando el pavimento.

Ruidos, luces, olores, todo llegaba a Tini como si viniera de otro mundo, y su cabeza desvanecida poblaba de fantasías increíbles ese cosmos de sensaciones.

Los médicos entraban, observaban, conversa­ban, ordenaban y salían silenciosos.

Sólo uno, el de la casa, se quedaba más tiempo junto a la cama de Tini. Su jovialidad había desaparecido, su ciencia había medido el abismo y su corazón de hombre se impresionaba ante aquella desolación inevitable.

-¡Doctor,. mi hijo se muere! - le decía la madre de Tini -. "Se mueren, repercutía como un eco en el pecho del médico, pero sus labios no pro­ferían una palabra.

Tini ya no conocía, su cerebro preparaba voluptuosidades de otro mundo; sus rulos continuaban esparcidos sobre la almohada y sólo la cánula, sujeta a su garganta, daba indicios de vida, roncando flemas y sosteniendo artificialmente una existencia que se extinguía.

Por fin sus manos comenzaron a enfriarse; pequeñas esferitas de sudor helado brotaron en su rostro pálido, un movimiento convulsivo pa­reció iniciarse; hubo un momento de quietud extrema... Tini hizo un esfuerzo supremo para incorporarse: no pudo. Abrió sus grandes ojos, miró fijamente la luz de la lámpara, estiró los brazos hacia su mamá y los dejó caer de nuevo; la cánula dio su último ronquido y...

 

 

¡Las horas continuaron pasando con su núme­ro de orden, marcadas coño camisas de gente metódica!...

¡Es una felicidad morirse en la estación de las flores! El cajón de Tini iba literalmente cubierto de ellas y la mano callosa del sepulturero, des­hizo más de una corona al tratar de llenar su función municipal.

¡Y qué bueno es vivir en un pueblo donde hay carruajes de todas clases y de todos precios empresarios de diligencias, de ómnibus y de co­ches fúnebres; de coches fúnebres, sobre todo para casados, para solteros, para viejos y para niños!

¡Qué gran ventaja poder llevar un buen acom­pañamiento y que hasta los caballos y los vehícu­los se vistan de luto o se adornen con penachos blancos! ¡Cómo retrata esto los sentimientos hu­manos! ¡Un llamador con tules negros, un cuadro de Mesfitófeles cubierto de marino, una vela de estearina con corbata oscura, y hasta las teteras con capuchón de duelo, con la expresión más seria del pesar por la pérdida de un deudo!

Las teteras principalmente, ¡qué té tan amar­go hacen cuando están de luto! Y si ustedes vie­ran con qué desgano comen su limosna de pasto averiado los caballos de las cocherías cuando vuelven del cementerio, comprenderían la aflic­ción que los oprime y se explicarían el aspecto dolorido que ofrecen cuando cojean su trote de alquiler, balanceando sus penachos por las calles y caminando sin ojos delante de un catafalco con ruedas.

Y los cocheros sentimentales de los acompaña­mientos, que han aprendido a afligirse por el fallecimiento de todos los desconocidos, o por la tarea monótona de transportarlos por el mismo camino y con el mismo paso, ¡qué pesar insólito manifiestan en sus sombreros abollados y sus guantes de algodón, mientras metodizan su mar­cha, gestionando la última cuenta de su patrón, tras del deudor que llevan a enterrar, junto con las coronas de siemprevivas marcadas con una calumnia de terciopelo negro que dice:

"¡Eterno recuerdo!"

Tini, ¿ dónde estás? Cuando corre una estrella por los cielos y cae para hundirse en los mares, ¿tú viajas en ella? Cuando las hojas de los árbo­les de tu casa hablan en voz baja con el viento, ¿dicen algo de ti? Cuando mi corazón se oprime al ver un niño rubio como tú, ¿es tu mano peque­ña la que me lo aprieta desde el otro mundo? Cuando se evaporan las lágrimas que tu muerte ha hecho derramar sobre la tierra, ¿el pesar que disuelven llega hasta ti? ¿Dónde estás, dime? ¿Habré de morirme para verte?

¡Pobre Tini! Las flores de su cajón se han secado hace tiempo, las letras de su nombre se han carcomido, todo está viejo a su lado, pero el sepulcro que tiene en el seno materno se conserva nuevo y perfumado.

Su pelo está en muchos relicarios, su ropa está guardada cuidadosamente y uno de sus botincitos extraviado que ha sido descubierto en una cómoda antigua, un año después de no haber ya tal Tini sobre la tierra, ha producido una escena conmovedora y dolorosa; la imaginación de la madre lo ha llenado con el pie de Tini, y la ni­ñera asegura que, al ver esa reliquia, ha visto al mismo Tini con el botín amoldado, duro y torci­do, mostrando su dedo rosado por el agujero de la punta.

Sus juguetes yacen escondidos; el polichinela se ha quedado en el fondo de un mueble con los brazos tiesos y los platillos levantados; el tambor y los soldados están rotos y ¡ya ningún niño ju­gará con ellos!

El arpa Mágica - Cuento Ruso

Lejos, más allá de los mares azules, de los abismos de fuego, en las tierras de la ilusión, rodeada de hermosos prados, se levantaba una ciudad gobernada por el Zar Umnaya Golova (el sabio) con su Zarina. 

Indescriptible fue su alegría cuando les nació una hija, una encantadora Zarevna a quien pusieron por nombre Neotsienaya (la inapreciable) y aun más se alegraron cuando al cabo de un año tuvieron otra hija no menos encantadora a quien llamaron Zarevna Beztsienaya (la sin precio). 

En su alegría, el Zar Umnaya Golova quiso celebrar tan fausto acontecimiento con festines en que comió y bebió y se regocijó hasta que vio satisfecho su corazón. Hizo servir a sus generales y cortesanos trescientos cubos de aguamiel para que brindasen y durante tres días corrieron arroyos de cerveza por todo su reino. Todo el que quería beber podía hacerlo en abundancia.

Y cuando se acabaron los festines y regocijos, el Zar Umnaya Golova empezó a preocuparse, pensando en la mejor manera de criar y educar a sus queridas hijas para que llevasen con dignidad sus coronas de oro. 

Grandes fueron las precauciones que tomó el Zar con las princesas. Habían de comer con cucharas de oro, habían de dormir en edredones de pluma, se habían de tapar con cobertores de piel de marta y tres doncellas habían de turnarse para espantar las moscas mientras las Zarevnas dormían. 

El Zar ordenó a las doncellas que nunca entrase el sol con sus ardientes rayos en la habitación de sus hijas y que nunca cayese sobre ellas el rocío fresco de la mañana, ni el viento les soplase en una de sus travesuras. Para custodia y protección de sus hijas las rodeó de setenta y siete niñeras y setenta y siete guardianes siguiendo los consejos de cierto sabio.

El Zar Umnaya Golova y la Zarina y sus dos hijas vivían juntos y prosperaban. No sé cuantos años transcurrieron, el caso es que las Zarevnas crecieron y se llenaron de hermosura, y empezaron a acudir a la corte los pretendientes. 

Pero el Zar no tenía prisa en casar a sus hijas. Pensaba que a un pretendiente predestinado no se le puede evitar ni en un caballo veloz, pero al que no está predestinado no se le puede mantener alejado ni con triple cadena de hierro, y mientras así estaba pensando y ponderando el asunto, le sorprendió un alboroto que puso en conmoción todo el palacio. En el patio se produjo un ruido de gente que corría de un lado a otro. Las doncellas de fuera gritaban, las de dentro chillaban y los guardianes rugían con toda su alma.

El Zar Umnaya Golova salió corriendo a preguntar:

- ¿Qué ha sucedido?

Los setenta y siete guardianes y las setenta y siete damas de compañía cayeron a sus pies gritando:

- ¡Somos culpables! ¡He aquí que las Zarevnas Neotsienaya y Beztsienaya han sido arrebatadas por una ventolera!

Había sucedido una cosa extraña. Las Zarevnas bajaron al jardín imperial a coger unas flores y a comer unas manzanas. De pronto se vio sobre ellas una nube negra que nadie podría decir de dónde venía, sopló con fuerza en los ojos de las mujeres y de los hombres que acompañaban a las princesas y cuando acabaron de restregárselos, las princesas habían desaparecido y no quedaba nada que los ojos pudieran ver ni que los oídos pudieran oír. El Zar Umnaya Golova montó en cólera:

- ¡Os entregaré a todos a una muerte horrible! -gritó.- Moriréis de hambre en las mazmorras. Mandaré que os claven en las puertas. ¡Cómo! ¿Setenta y siete mujeres y setenta y siete hombres no habéis sido bastantes para cuidar de dos Zarevnas?

El Zar estaba triste y afligido, y no comía ni bebía ni dormía; todo le apenaba y era una carga para él; en la corte ya no se celebraban banquetes ni sonaban las notas del violín y de la flauta. Sólo la tristeza y el dolor reinaban en el palacio, acompañados de un silencio ominoso.

Pero pasó el tiempo y con él la melancolía. La vida del hombre es variada como un tapiz bordado de flores oscuras y encendidas. El tiempo siguió andando y a su tiempo nació otro hijo del Zar, pero no mujer, sino varón, y el Zar Umnaya Golova se regocijó grandemente. Llamó a su hijo, Iván y lo rodeó de criados, de maestros, de sabios y de valientes guerreros. 

Y el Zarevitz Iván crecía, crecía como crece la masa bien batida cuando se le pone buena levadura. Se le veía crecer de día en día y hasta de hora en hora, y llegó a ser pronto un mozo de extraordinaria belleza y apostura. Sólo una cosa oprimía el corazón de su padre el Zar. 

El Zarevitz Iván era bueno y hermoso, pero no tenía valor heroico ni demostraba aficiones belicosas. A sus compañeros ni les cortaba la cabeza ni les quebraba los brazos y piernas, no gustaba de jugar con lanzas ni con armas damasquinas ni espadas de templado acero; no pasaba revista a sus formidables batallones ni mantenía conversación con los generales. 

Bueno y hermoso era el Zarevitz. Admiraba a todo el mundo con su sabiduría y su ingenio, pero no más se complacía en tocar el arpa que no necesitaba arpista. Y de tal manera tocaba el Zarevitz Iván, que, al escucharlo, todo el mundo olvidaba todo lo demás. Apenas ponía los dedos en las cuerdas, sacaban éstas tales sonidos, que el auditorio quedaba como embelesado por la melodía y aun los cojos se echaban a bailar de gozo. Eran canciones maravillosas, pero no colmaban el tesoro del Zar ni defendían sus dominios ni destruían a sus enemigos.

Y un día el Zar Umnaya Golova mandó que el Zarevitz compareciese ante su trono y le habló de esta manera:

- Mi querido hijo, eres bueno y hermoso y estoy muy contento de ti. Pero una cosa me duele. No veo en ti el valor de un guerrero ni la destreza de un adalid. No te gusta el chocar de las lanzas ni te atraen las espadas de templado acero. Pero piensa que yo soy viejo y tenemos feroces enemigos que traen la guerra a nuestro país, matarán a nuestros boyardos y guerreros, y a mí y a la Zarina se nos llevará en cautiverio, si tú no sabes defendernos.

El Zarevitz Iván escuchó en silencio las palabras del Zar Umnaya Golova y luego contestó:

- ¡Querido Zar Emperador y Padre! No por la fuerza sino por la astucia se toman las ciudades, no rompiendo lanzas sino poniendo a prueba mi sagacidad saldré victorioso de mis enemigos. ¡Mira! Dicen que a mis dos hermanas se las llevó el viento sin dejar rastro, como si las hubiera cubierto de nieve. 

Llama a todos tus príncipes, tus héroes, tus fornidos generales, y ordénales que vayan en busca de mis hermanas, las Zarevnas. Que lleven sus espadas damasquinas, sus lanzas de hierro, sus veloces flechas y sus innumerables soldados, y si alguno de ellos te hace este servicio, dale mi imperio y ponme a sus órdenes como marmitón para limpiarle los platos y como bufón para divertirle. 

Pero si ninguno de ellos puede hacerte este servicio, confíamelo a mí y verás que mi inteligencia y mi ingenio son más agudos que una hoja damasquina y más fuertes que una lanza de acero.

Las palabras del Zarevitz agradaron al Zar. Llamó a sus boyardos, a sus generales y a sus fuertes y poderosos campeones y les dijo:

- ¿Hay alguno entre vosotros, mis boyardos, mis guerreros, mis fuertes y poderosos campeones, que se sienta lo bastante héroe para ir a buscar a mis hijas? Al que las traiga le permitiré elegir a la que más le guste para esposa, y con ella le daré la mitad de mi imperio.

Los boyardos, los generales, los campeones se miraron entre sí, escondiéndose el uno tras el otro, y ninguno de ellos osó contestar. Entonces, el Zarevitz Iván se inclinó ante su padre y dijo:

- ¡Mi querido padre y emperador! Si nadie se presta a hacerte tan pequeño servicio, dame tu bendición y partiré en busca de mis hermanas, sin que me prometas ningún galardón que me sirva de estimulo.

- ¡Perfectamente! -contestó el Zar Umnaya Golova.- Yo te bendigo. Llévate, además de mi bendición, plata, oro y piedras preciosas, y si necesitas soldados, toma cien mil jinetes y cien mil infantes.

- No me hace falta ni plato ni oro, ni jinetes ni infantes, ni el caballo del campeón ni su espada ni su lanza. Me llevaré la melodioso arpa que toca sola y nada más. Y tú, mi Zar soberano, espérame tres años, y si en el transcurso del cuarto no llego, elige mi sucesor.

Entonces, el Zarevitz Ivan recibió la bendición de su padre, oral y por escrito, se encomendó a Dios, se puso el arpa bajo el brazo y emprendió el camino en dirección adonde sus ojos lo guiaron. ¿Dónde había de ir en busca de sus hermanas? Fue cerca y fue lejos, para arriba y para abajo. La historia de sus andanzas pronto está contada, pero no tan pronto se hace como se dice. 

El Zarevitz Iván caminaba siempre hacia delante, anda que andarás, anda que andarás, y mientras viajaba tocaba el arpa. Apenas rompía el día se levantaba y reanudaba la marcha, adelante, siempre adelante; al caer la noche se acostaba en el césped bajo el inmenso techo del cielo brillante de estrellas. Y por fin llegó a una espesa selva.

El Zarevitz Iván oyó enormes crujidos en lo más espeso de esta selva, como si alguien aplastase los árboles: tan grande era el ruido que se oía.

- ¿Qué será? -pensó.- Sea lo que fuere, nadie puede morir dos veces.

Y sus ojos se abrieron de horror al ver a dos demonios de la selva que estaban peleándose. El uno descargaba sobre el otro una encina arrancada de cuajo, mientras éste se servía como de arma hiriente de un pino de diez metros de largo, y los dos se acometían con toda su diabólica fiereza. 

El Zarevitz Iván se les acercó con el arpa y empezó a tocar una danza. Los demonios dejaron la pelea al momento y se pusieron a ejecutar una danza diabólica que pronto se convirtió en un zapateado tan entusiasta y formidable, que hasta el firmamento se estremecía. Tanto y tanto bailaron, que al fin se les debilitaron las piernas y cayeron rodando por el suelo. Entonces, el Zarevitz les habló así:

- Vamos a ver: ¿por qué reñíais? Sois demonios de la selva y hacéis tonterías como si fueseis simples mortales. ¡Y eso, hijos míos, no está bien!

Entonces, uno de los demonios le dijo:

- ¿Cómo no hemos de reñir? ¡Atiende y juzga entre nosotros! Caminábamos juntos y hemos encontrado una cosa. Yo he dicho: "esto es mío", pero éste ha dicho "esto es mío". Hemos tratado de dividirlo y no hemos podido.

- ¿Y qué encontrasteis? -preguntó el Zarevitz Iván.

- Un pequeño mantel con pan y sal, unas botas que andan solas y un gorro invisible. ¿Quieres comer y beber? Pues extiende el mantel y doce jóvenes y doce doncellas te servirán aguamiel y todos los manjares que quieras. Y si alguien te persigue, no tienes más que ponerte las botas que andan solas y andarás siete verstas de un solo tranco. ¿Qué siete? más de catorce verstas puedes andar de un solo tranco, de modo que ni un pájaro puede volar más rápido ni el viento puede alcanzarte. Y si te amenaza algún peligro inevitable, te pones el gorro invisible y desapareces por completo, de modo que ni los perros pueden olerte.

- ¡No sé por qué habéis de reñir por tan poca cosa! ¿Queréis que yo sea juez en este pleito?

Los demonios de la selva accedieron y el Zarevitz Iván les dijo:

- ¡Bueno! Corred hasta el sendero que pasa junto al bosque y el primero que llegue se llevará el mantel, las botas y el gorro.

- ¡Caramba! -exclamaron los demonios.­ ¡Eso es hablar con sentido común! Tú guarda el tesoro y nosotros correremos.

Echaron a correr a cuál podía más, de modo que sólo se les veían los talones, hasta que desaparecieron entre los árboles. Pero el Zarevitz Iván no esperó su regreso. Se calzó las botas, se encasquetó el gorro, y con el mantel bajo el brazo se disipó como el humo. Los demonios de la selva volvieron corriendo y no pudieron hallar el lugar donde el Zarevitz había de esperarles. 

Entretanto, Iván el Zarevitz, a grandes zancadas salió del bosque y vio correr a los demonios por delante y por detrás de él, tratando inútilmente de descubrirlo por el olfato, hasta que empezaron a retorcerse las manos desesperadamente.

Iván el Zarevitz continuó su viaje a grandes trancos hasta que salió a campo llano. Ante él se abrían tres caminos y en la encrucijada se movía una choza dando vueltas sobre su pata de gallina.

- ¡Izbuchka! ¡Izbuchka! -le dijo el Zarevitz.­ ¡Vuélvete de espalda al bosque y de cara a mí!

Entonces el Zarevitz penetró en la choza y dentro estaba Baba Yaga(*) pata de hueso.

- ¡Uf! ¡uf! ¡uf! -dijo Baba Yaga.- Hasta hoy, un ruso era algo que mis ojos no habían visto y que mis oídos no habían oído, y ahora se aparece uno ante mis propios ojos! ¿A qué has venido, buen joven?

- ¡Oh, abuela despiadada! -le dijo el Zarevitz Iván.- Lo primero que habrías de hacer es alimentarme bien; después pregunta lo que quieras.

Baba Yoga se levantó en un abrir y cerrar de ojos, encendió su pequeña estufa, alimentó bien a Iván el Zarevitz y luego le preguntó:

- ¿Adónde vas, buen joven, y cuál es tu camino?

- Voy en busca de mis hermanas, la Zarevna Neotsienaya y la Zarevna Beztsienaya. Y ahora, querida abuelita, dime, si lo sabes, qué camino he de tomar y dónde las encontraré.

- ¡Sé dónde vive la Zarevna Neotsienaya! -dijo Baba Yaga.- Has de tomar el camino de en medio, si quieres llegar hasta ella; pero vive en el palacio de piedra blanca de su marido, el Monstruo de la Selva. El camino es tan largo como malo y aunque llegaras al palacio de nada te valdría, pues el Monstruo de la Selva te devorará.

- Bien, abuelita, tal vez se quede con las ganas. ¡Un ruso es un mal hueso y Dios no querrá dárselo a comer a un cerdo como ése! ¡Hasta la vista y gracias por tu pan y por tu sal!

El Zarevitz se alejó de la choza y he aquí que en medio de la llanura se destacó blanco y deslumbrante el palacio de piedra del Monstruo de la Selva. Iván se acercó y se encaminó a la puerta, y en la puerta halló un diablillo que le dijo:

- ¡No se puede pasar!

- ¡Abre amigo -replicó Iván el Zarevitz,- y te daré un trago de vodka!

El diablillo se bebió la vodka, mas no por eso abrió la puerta. Entonces Iván el Zarevitz dio la vuelta al palacio y resolvió subir por la pared.

Empezó a trepar, bien ajeno a la trampa en que iba a caer, pues en lo alto de las paredes habían extendido unos alambres, y apenas tocó el Zarevitz con el pie uno de estos alambres, todas las campanillas se pusieron a tocar. Iván el Zarevitz miró a ver si venía alguien y, en efecto, su hermana la Zarevna Neotsienaya salió a la galería y dijo, sorprendida:

- ¿Pero eres tú, mi querido hermano, Iván el Zarevitz?

Y los dos hermanos se abrazaron cariñosamente.

- ¿Dónde te esconderé para que el Monstruo de la Selva no te vea? -dijo la Zarevna.- Porque sin duda se presentará enseguida.

- No sé dónde, pues no soy un alfiler,

Y aun estaban hablando, cuando se produjo un ruido como de tempestad que hizo retemblar el palacio, y apareció el Monstruo de la Selva; pero Iván el Zarevitz se puso el gorro mágico y se hizo invisible. Y el Monstruo de la Selva dijo:

- ¿Quién te ha venido a ver trepando por el muro?

- No me ha venido a ver nadie -contestó la Zarevna Neotsienaya,- pero tal vez los gorriones han pasado volando y habrán tocado los alambres con las alas.

- ¡Buenos gorriones! ¡Me parece que huelo carne de ruso!

- ¡Qué antojos te dan! ¡No haces más que correr por el mundo oliendo carne humana y aun querrías olerla en tu palacio!

- No te disgustes, Zarevna Neotsienaya, no quiero turbar tu felicidad; pero tengo hambre y me gustaría comerme a este desconocido -dijo el Monstruo de la Selva. Pero Iván el Zarevitz se quitó el gorro invisible e inclinándose ante el hambriento, dijo:

- ¿Para qué me quieres comer? ¿No ves que soy un hueso duro que se te indigestaría? Será preferible que me permitas obsequiarte con un almuerzo como nunca en tu vida lo has comido. ¡Sólo has de ir con cuidado de no tragarte la lengua!

Y esto dicho, extendió el mantel y al momento aparecieron los doce mancebos y las doce damiselas que sirvieron al Monstruo de la Selva todos los manjares que apetecía. El Monstruo lo devoraba todo sin descanso. Luego bebió y volvió a tragar hasta que se hartó tanto, que no pudo moverse del puesto y allí mismo se quedó dormido.

- Hasta la vista, mi querida hermana -dijo entonces el Zarevitz Iván;- pero antes dime: ¿sabes dónde vive nuestra hermana la Zarevna Beztsienaya?

- Lo sé -contestó la Zarevna Neotsienaya. ­Para llegar a ella has de atravesar el gran Océano, pues vive en el vórtice con su esposo el Monstruo del Mar; el camino es muy penoso. ¡Has de nadar mucho, muchísimo, y si llegas, de nada te servirá, porque te devorará el monstruo!

- Bueno -dijo el Zarevitz Iván,- tal vez trate de hincarme el diente, pero se convencerá de que soy un bocado muy difícil de tragar. ¡Hasta la vista, hermana!

Iván el Zarevitz se alejó a grandes zancadas y llegó al gran Océano. En la orilla había una embarcación como las que usan los rusos para pescar, los obenques y aparejos eran de recio esparto y las velas de un fino tejido de fibras; las mismas maderas de la nave no estaban unidas con clavos sino sujetas con corteza de abedul. En esta embarcación, los marineros se apercibían a darse a la mar con rumbo a la isla de Roca Salada.

- ¿Queréis llevarme con vosotros? -les pidió el Zarevitz Iván.- No os pagaré el pasaje, pero os contaré tales cuentos, que no notaréis las fatigas del viaje.

La tripulación accedió y partieron, navegando más allá de la isla Roca Salada. El Zarevitz contaba cuentos y la navegación transcurría del modo más agradable para los marineros. De pronto, cuando menos lo esperaban, se levantó una tempestad, retumbó el trueno y la nave empezó a zozobrar.

- ¡Ay! exclamó la tripulación.- ¡En mala hora escuchamos a este excelente narrador! ¡Ya no volveremos a ver a nuestras queridas familias, sino que descenderemos al fondo voraginoso del Océano! No nos queda otro remedio que pagar tributo al Monstruo del Mar. ¡Echemos suertes y así descubriremos al culpable!

Echaron suertes y le tocó al Zarevitz Iván.

- ¡Me resigno a la suerte que me ha tocado, hermanos! -dijo el Zarevitz Iván.- Os agradezco el pan y la sal que me habéis dado. ¡Adiós, y no volváis a pensar más en mí!

Entonces cogió las botas que andaban solas, el mantel prodigioso, el gorro invisible, y el arpa que tocaba por sí misma, y los marineros levantaron al joven y lo arrojaron a los torbellinos de la vorágine. Enseguida se calmó el mar, la nave siguió su curso y el Zarevitz Iván descendió como una llave al fondo, y se encontró en los mismos salones del magnífico palacio del Monstruo del Mar. Este ocupaba el trono al lado de la Zarevna Beztsienaya, y el Monstruo del Mar dijo:

- ¡Hace mucho tiempo que no como carne cruda y mira por dónde se viene a las manos! ¡Salud, amigo! Acércate y veré si empiezo por los pies o por la cabeza.

Entonces el Zarevitz Iván dijo que era el hermano de la Zarevna Beztsienaya, y que entre la buena gente no existía la mala costumbre de comerse unos a otros.

- ¡Eso es demasiada insolencia! -chilló el Monstruo del Mar.- ¿Cómo se atreve a obligarnos a que aceptemos las costumbres de otra gente?

Iván el Zarevitz vio que el asunto presentaba mal cariz, y cogiendo el arpa prodigiosa empezó a tocar un aire tan melancólico, que el Monstruo del Mar puso una cara amarga y empezó a lanzar suspiros que parecían martillazos sobre un yunque, y lloró y se quejó como si se hubiera tragado una aguja, y cuando el Zarevitz Iván entonó la canción que empieza: "Que dé vuelta a la mesa la copa de la alegría", hasta las salas pusieron los brazos en jarras y se echaron a bailar. 

El Monstruo del Mar daba tales vueltas, que no tenía espacio suficiente, taconeaba, castañeteaba con los dedos, hacía tales visajes, girando los ojos, que todos los peces se agruparon para verlo y por poco se mueren de risa. El Monstruo del Mar se divirtió a más no poder y por fin dijo.

- Hubiera sido un pecado devorar a este joven. Quédate aquí, serás nuestro huésped y vivirás con nosotros. ¿Quieres? ¡Tenemos toda clase de arenques, esturiones, besugos y percas! ¡Siéntate a la mesa, come, bebe y alégrate, mi querido huésped!

El Zarevitz Iván se sentó pues, con su hermana y el Monstruo del Mar y los tres comieron, bebieron y se alegraron. Una ballena ejecutó una danza alemana, los arenques cantaron dulces melodías y las carpas tocaron varios instrumentos. Después de la comida, el Monstruo del Mar se fue a dormir y la Zarevna Beztsienaya dijo:

- Querido hermano, ¡qué contenta estoy de tenerte por huésped! ¡Pero ay! ¡que no durará mucho mi alegría! Cuando se despierte el Monstruo del Mar te devorará si está de mal humor.

- Dime, hermanita: ¿cómo puedo salvar a mi hermana Neotsienaya del Monstruo de la Selva y a ti del Monstruo del Mar?

- Si quieres, puedes probarlo; pero te prevengo que es algo muy difícil. Al otro lado del gran Océano hay un imperio donde reina, no un Zar, sino una Zaresa llamada Zardoncella. Si puedes llegar hasta allí y entrar en su jardín cercado, la Zardoncella te tomaría por consorte, y sólo ella puede librarnos y devolvernos a nuestros padres. Pero lo malo es que tiene una guardia muy severa y que no permite a nadie cruzar la orilla, una guardia muy pertrechada de cañones y lanzas, y de cada lanza cuelga una cabeza perteneciente a cada uno de los pretendientes que fueron a cortejar a la Zardoncella. Zares, zarevitches, reyes, príncipes, guerreros poderosos fueron con sus ejércitos y con sus naves y no pudieron cumplir sus propósitos; todos dejaron la cabeza en la punta de una lanza.

- No importa -dijo el Zarevitz Iván.- ¿Por qué temer? Los designios de la Providencia son terribles, y la misericordia de Dios es infinita. Dime cómo se llega a los dominios de la Zardoncella.

- Es una temeridad emprender ese viaje. No obstante voy a darte mi apreciado esturión. Él te llevará sobre sus lomos y mi pez espada, con su nariz larga, correrá ante vosotros mostrándoos el camino.

Los hermanos se despidieron y el Zarevitz Iván a caballo sobre el esturión, emprendió el viaje siguiendo al veloz pez espada. Llegaron a un paraje poblado de cangrejos que saludaron al Zarevitz Iván con sus bigotes y tocaron los tambores con sus pinzas para que los pececillos se apartasen del paso. Pero el mar no es lo mismo que la tierra enjuta. Allí no había ni hierbas ni arbustos donde agarrarse, el camino era resbaladizo, tan resbaladizo como la grasa, y el Zarevitz Iván se iba deslizando, deslizando. Entonces se puso el gorro invisible y vio que los guardianes de la Zardoncella abrían unos ojos desmesurados y miraban lejos, sin ver lo que sucedía ante sus mismos narices, y siguieron afilando sus espadas y aguzando sus lanzas. Llegó a la orilla sin contratiempo, el esturión lo dejó en el muelle, y despidiéndose de él con una reverencia, se volvió al agua. El Zarevitz Iván atravesó por entre la guardia con paso firme y penetró en el jardín prohibido corno si fuera el amo y señor, se paseó por los senderos que serpenteaban entre frutales y comió de las manzanas sabrosísimas y transparentes que allí se criaban.

El Zarevitz parecía encantado y como perdido en aquel jardín delicioso, hasta que vio veinte palomas blancas que volaban en dirección a un estanque. Apenas se posaron en tierra se transformaron en otras tantas doncellas hermosas como los estrellas del cielo y de tez tan fina y blanca como la leche, y entre ellas se paseaba la Zardoncella como un pavo real, diciendo:

- ¡Qué calor hace, amigas! ¡El sol arde como un horno! Tomemos un baño, que aquí nadie puede vernos. Es tan numerosa la guardia que vigila la costa, que ni una mosca podría pasar sin ser observada.

- ¿Que no puede pasar una mosca? Ved qué mosca tan grande ha pasado inadvertida para tu guardia -dijo el Zarevitz Iván, quitándose el gorro invisible e inclinándose ante la Zardoncella.

La Zardoncella y sus compañeras, como hacen las muchachas sorprendidas en la intimidad, se pusieron a chillar y hubieran emprendido veloz carrera; pero estaban tan aturdidas, que no acertaron más que a mirar al joven como quien no quiere, con el disimulo que les permitía su confusión.

- Zardoncella y amables damiselas -dijo el Zarevitz Iván,- ¿qué teméis de mí? No soy un oso que venga a morderos, y a ninguna de vosotros arrebataré el corazón contra su voluntad; pero si está aquí la novia que el cielo me tiene destinada, ha de saber que yo soy su prometido.

La Zardoncella, encarnada como una amapola, alargó su blanca mano al Zarevitz Iván y dijo:

- ¡Salud, bondadoso joven! Ignoro si eres zar, zarevitz, rey o príncipe; pero ya que te presentas de tan cortés manera, te consideraremos nuestro huésped y te trataremos como a un buen amigo. Muchos pretendientes han venido con el propósito de arrebatar mi corazón con violencia, cosa imposible desde que el mundo es mundo. ¡Ven a mis salones de piedra blanca y a mis aposentos de cristal!

Toda la nación se enteró al momento de que su Zarevna, la Zardoncella, había tomado un novio de su propia voluntad y acudieron en bandadas los jóvenes y los ancianos o celebrar el acontecimiento con gran regocijo. La Zardoncella ordenó que se abriesen sus reales bodegas a todos los concurrentes y que se les permitiera tocar tambores, guitarras y violines, y al día siguiente se celebraron grandes fiestas y conciertos durante el banquete de la boda. Tres días duraron los festines y tres semanas las fiestas y regocijos, y entonces el Zarevitz Iván habló a su consorte de librar a sus hermanas del poder del Monstruo de la Selva y del Monstruo del Mar.

- Mi querido esposo, Iván el Zarevitz -le dijo ella,- ¿qué no haría yo por ti? Manda a buscar a mi magistrado el erizo y a mi escribano el gorrión y que envíen ucases al Monstruo de la Selva y al Monstruo del Mar ordenándoles que dejen en libertad a las hermanas del Zarevitz Iván, si no quieren que los haga prender y los condene a una muerte horrible.

El magistrado erizo y el escribano gorrión redactaron los ucases y los mandaron por mensajeros. El Monstruo de la Selva y el Monstruo del Mar no pudieron oponerse y dejaron en libertad a la Zarevna Neotsienaya y a la Zarevna Beztsienaya. Y el Zarevitz Iván escribió a su padre el Zar Umnaya Golova, la siguiente carta:

"Ya ves, oh, Soberano Zar, que no sólo con la fuerza y el valor sino con astucia e ingenio pueden vencerse todas las dificultades, y el arpa mágica es a veces más útil que una hoja damasquina, aunque de nada serviría si quisiera uno hacerla tocar a latigazos. Ven a verme, querido padre, y sé mi huésped, y viviré contigo y con mi esposa y mis hermanas. Ya tengo preparado un gran banquete para celebrar tu llegada, y deseo que vivas muchos años".

Y el Zarevitz Iván pasó una vida feliz, rica y próspera. Vivió muchos años y su reinado fue glorioso. En cierta ocasión yo fui su huésped y me trató a cuerpo de rey.