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Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 1)

Si ustedes no sienten escrúpulos necios contra el apostar sobre seguro, he ahí una predicción en la que pueden aventurar hasta el último cuarto: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

No me entiendan mal. A mí no se me humedecen los ojos de admiración por la brigada joven de «pantalones tejanos y goma de mascar». A los chavales lo mismo puede ser que los acepte, como que los deje en paz... y suelo preferir lo último. 

No abrigo el menor deseo de que ninguna organización juvenil me tome por una persona muy importante; el parloteo de las voces muchachiles se me antoja mucho más tolerable si sale a través de sendas mordazas, y la idea que tengo de un Movimiento Juvenil ideal es la de que será tanto más ideal cuanto más ligero y constante el paso con que se aleje de mis proximidades.

Pero Roderick... es un caso distinto. He ahí un zagal con algo en el puchero. Tardé cierto tiempo en convencerme del hecho; pero hoy soy un verdadero creyente. ¡Qué me hablen a mí de genio juvenil...! Permitan que se lo explique.

La primera vez que vi al muchacho no supe reconocer el áureo destello del genio. La pura verdad es que mi impresión inicial fue la de que se trataba, pura y simplemente, de un descarado. Por supuesto, las circunstancias en que nos conocimos no eran las más apropiadas para que yo me formase lo que ustedes llamarían una opinión serena, nada tendenciosa...

Vean ustedes, hace muy poco que nos hemos trasladado —Molly y yo— aquí, a los suburbios, y después de haber llevado a cabo la mayor parte de tareas adicionales del interior de nuestra nueva casa, salí a desencadenar el ataque inicial sobre un trecho de césped al que se le había permitido acumular reservas veraniegas detrás de una lozana cosecha primaveral de tropas de asalto de pelargonios.

Como acababa de invertir mi dinero en una nueva y resplandeciente segadora mecánica, la perspectiva de jugar a barbero rasurador de prados no me espantaba. Bien entendido, no me espantó hasta que la emprendí de veras. Entonces descubrí, con gran enojo por mi parte, que ni siquiera una come-hierbas y bebe-gasolina le puede arreglar las trenzas a Mamá Naturaleza si uno no logra, en primerísimo lugar, ponerla en marcha. ¡Y yo no conseguía arrancar el maldito artefacto!

El mecanismo de arranque era lo que me tenía atascado. El librito de instrucciones afirmaba que si yo enrollaba la cuerda A alrededor del volante B y tiraba con fuerza, mis esfuerzos se verían recompensados con un rugido sonoro, reconfortante. Pero yo enrollé y tiré hasta ponerme morado, y negro incluso, de cara, de ánimo y de vocabulario, y lo único que le arrancaba a mi renuente instrumento era un jadeo débil, asmático y momentáneo.

Por consiguiente, me hallaba en el estado de espíritu menos amistoso que imaginarse pueda cuando una sosegada voz muchachil sonó allí, muy cerca:

—Hola, señor. ¿Tratando de poner en marcha la segadora?

El autor de esta pregunta idiota era un jovenzuelo rechoncho, pelirrojo, subido a la escalinata de la casa vecina. Le dirigí una mirada de aborrecimiento.

—¿Quién, yo? Claro que no, hijo mío. Sólo trataba de cultivar un buen apetito. Un problema —comenté en tono cáustico—, que, evidentemente, tú no podrías entender.

La ironía no hizo mella en el chaval, que continuó mordisqueando la esfera —en rápido cuarto menguante— de una manzana con bendita despreocupación. Cuando no quedó casi más que un husito, arrojó el corazón de la fruta a un desventurado petirrojo que andurreaba por nuestros jardines, y volvió a tomar la palabra:

—Porque si lo quiere, no quiere, ya sabe —dijo. Yo medité brevemente la frase. Tiempo perdido.

—¿Lo repites? —sugerí.

—¿Qué dice usted?

—Ese último comentario que has hecho. ¿Qué necesito para descifrarlo? ¿Un libro de claves?

Por un momento fue él quien pareció desconcertado. Luego sonrió.

—Ah, comprendo. He sido un poco nebuloso, ¿verdad? Quise decir —aclaró cuidadosamente—, que si trata de poner la máquina en marcha, no lo hace como debe. Al menos eso es lo que se me figura a mí.

Ya es bastante lamentable que no sepas hacer bien una cosa; pero es peor todavía que un chaval que no tiene ni la cuarta parte de tus años hurgue en tu incompetencia con dedo atormentador. Yo saqué las uñas, dispuesto al ataque, con una sonrisa subyugadora.

—Oye, jefe... —dije.

—Roderick —puntualizó él—. Roderick Fenton.

—Dime, Roderick, ¿cuántos años tienes?

—Ocho —contestó—. Y voy por los nueve.

—Ocho —le corregí—, y vas ya con tiempo prestado. Oye, niño: hay leyes contra los adultos que destrozan menores de edad antes de tiempo. Pero no sé que el Código Penal prohíba que uno tire hacia lo alto un objeto pesado y deje que la ley de la gravedad actúe como suele hacerlo. Es posible que yo no sepa manejar esta máquina; pero creo que, haciendo un esfuerzo decidido, sería capaz de levantarla. De manera que, o cierras esa asquerosa bocina que tienes por boca, o hago que un montón de piezas metálicas, inútiles para cualquier otra finalidad, se desplome sobre tu puchero.

—¡Oh, rediantre! —se quejó el chiquillo—. Si quiere tomárselo así... —Se levantó y cogió con mano aturdida la empuñadura de su puerta—. Yo sólo trataba de serle útil.

—¡Grrr! —proferí con la mayor cortesía.

—Al fin y al cabo, ese motor es de gasolina. Si no abre ese grifito encarnado del tubo de alimentación...

—¡Largo! —bramé, herido hasta lo insoportable. Y se largó. Precipitadamente. La puerta se cerró de golpe tras él. Yo aguardé hasta que la roja niebla que me cubría los ojos se disipó; en ese momento volví a meditar el problema de aquel dolor de cabeza que me costaba cien dólares.

Dos veces más malgasté las energías en el truquito de la cuerda, con resultados tan fútiles como los anteriores. Luego, con rencorosa desgana, hice una pausa y estudié el mecanismo que tenía delante. No faltaba más, allí estaba —tal como había señalado Roderick— un grifito en la base del tubo de alimentación. Lo toqué. Se movió. Murmuré:

—¡Humm! —y dirigí una rápida mirada oblicua a la casa de Roderick. No tenía público alguno. Di un giro de noventa grados a la espita. Luego enrollé, una vez más, la cuerda de arranque alrededor del volante y tiré.

Se oyó una explosión sorda, un rugido y enseguida un clamor trepidante. Los pies se me fueron de debajo del cuerpo mientras la despertada segadora emprendía la marcha a través del prado, llevándome a remolque. Y la hierba verde volaba por todo mi alrededor, por todo mi alrededor...

Un par de noches después, mientras lavábamos en mares de espuma los platos de la comida, mi mujer, alegría de mi vida, me informó:

—Ah, de paso, esta noche vamos a jugar al bridge.

—Estupendo. ¿Con quién?

—Con los vecinos —respondió Molly—. Se llaman Fenton. Ella es muy simpática. Y —añadió pensativamente—, él es físico. Quizá pueda ayudarte a resolver el problema.

Hice una mueca de dolor. Había llegado a la época en que la mención incidental de aquel asunto hacía que mis destrozados nervios vibrasen como una orquesta de cuerda oriental.

—Por favor, cariño —supliqué—, no hablemos de estas cosas ahora, ¿quieres? Las veladas son para descansar y relajarse. Es decir... —todo mi ser se estremeció conmovido por una repentina y negra sospecha—, teóricamente, al menos. ¿Dónde hemos de jugar? ¿Aquí?

—No. En su casa.

—Eso me temía. ¿Antes o después?

—¡Pero, Tom!, ¿de qué estás hablando? ¿Antes o después... de qué?

—Antes o después de que hayan atado a la cama, con cadenas, al odioso monstruo pequeño que tienen por hijo.

—¿Estás hablando de Roddy? ¡Vaya, yo le considero un encanto de muchachito!

—También lo era, no cabe duda —gruñí yo—, Jack el Destripador. No, cariño mío. Por una vez en nuestra existencia de casados, que por todo lo demás ha sido un idilio divino, debo desautorizarte. Queda cancelada la cita. Me niego a poner los pies en la madriguera de aquel ogrito espantoso.

—Pero, Tom, yo he prometido...

—Lo siento.

—Y sería una grosería terrible con...

—Es una pena.

—Y ellos nos están esperando...

—¡No! —dije llana, firme, definitivamente—. ¡De una vez y para siempre, no! Esta noche no me muevo de aquí. ¡Es mi última palabra!

De modo que cosa de una hora después estábamos sentados en la sala de los Fenton, trabando relación con nuestros vecinos. Y debo confesar que, a despecho de mis enmurriadas expectativas, eran una pareja agradable: atractivos, amables e inteligentes. Después de una ronda de vasos de bourbon —Fenton hasta sirvió mi marca preferida— empezamos a tutearnos como viejos amigos.

Muy agradable todo ello. Muy impermanente. Porque todas las cosas buenas —para recurrir a una frase sobada— han de llegar forzosamente a su fin. Serían las nueve, poco más o menos, cuando la puerta se abrió y entró en el dichoso saloncito, como una mosca en la salsa, Roderick.

—¡Ah! —exclamó—. ¿Invitados? Buenas noches.

Denme un sobresaliente en Esfuerzo. Animado por el espíritu de buena camaradería y las consecuencias de unos generosos tragos de brandy, dominé la repugnancia que me inspiraba el fastidioso zagalillo y eché mano de la parlotería insulsa del vecino cordial.

—Hola, Roddy —le saludé—. ¿Has ido al cine?

La mirada con que me favoreció no era exactamente desdeñosa. Más bien un tanto compasiva.

—No, señor —dijo—. A la biblioteca.

—Roddy —adujo su madre casi en tono de excusa— es un gran aficionado a la lectura.

—¿Andando? —declamé, en una cálida efusión de nostalgia vuelta hacia mis días de colegial—. No se me ocurre nada más agradable que enfrascarse en un buen libro... es decir, para un chico ya un poco crecidito. ¡Oh, sí! ¡La magnífica literatura de la juventud! Te habrás llenado la azotea con las gestas de los grandes paladines, ¿eh, Roddy?

—¿Cómo dice usted, señor? —preguntó el niño con aire inexpresivo.

—Habrás saciado las células grises de sangre, ¿no? Habrás estado leyendo historias de aventuras tremendas en países lejanos. Los Caballeros de la Tabla Redonda, los piratas del Océano Español, los indios desenterrando el hacha guerrera.

—No, señor —replicó Roderick—. He leído a Lobachevsky sobre curvas geométricas.

—¿Eh?

—Y a Riemann. Y a Bolyai. A los geómetras no euclidianos. —El chico se revolvió incómodo, quizá por la aprensión que le causara el verme boquiabierto, con la mandíbula inferior caída—. A mí... a mí las matemáticas me interesan muchísimo —dijo—. ¿A usted no?

Agarré con fuerza el vaso, y el destrozado dominio de mí mismo, y logré soltar una risita que no me asfixió del todo.

—¡Claro que sí! Yo siempre afirmo —dije—, que la mejor manera de abrirse camino en este mundo consiste en tener los pies bien firmes en el suelo y recordar que dos y dos hacen cuatro.

—O, a veces, cien —murmuró Roderick.

—¿Eh?

—En la numeración binaria, bien entendido. Bueno, será mejor que me vaya a la cama. Buenas noches a todos.

Y besó a sus padres, y ellos le besaron a él exactamente igual que si se hubiera tratado de un ser humano. Luego desapareció escaleras arriba. Su padre le seguía con mirada cariñosa.

—Ese chico es algo, ¿eh, Tom? —dijo.

—Sí, en efecto, es algo —reconocí cautelosamente—. Pero ¿qué, exactamente?

—¡Sí, señor! Yo estoy orgullosísimo de mi muchacho. Es todo un pensador. ¿Tengo o no tengo razón?

—¡Usted lo ha dicho! —convine.

Mi jefe de laboratorio es miembro de un trust de cerebros con más grados que un termómetro clínico. Al día siguiente le pregunté:

—Doc, ¿qué es la numeración binaria?

—¡Ah, sí, la numeración binaria! Pues es un sistema de numeración que sólo requiere el empleo de dos cifras, o símbolos, 1 y 0, a diferencia de los diez símbolos del sistema decimal. Muy sencillo, muy eficiente. La cantidad 1 sigue siendo 1; pero 2 se convierte en 10; 3 es 11...

—¿Andando? ¿Dos más dos? ¿No hacen cuatro?

—No. Hacen 100. ¿Por qué? ¿Desde cuándo se interesa por los sistemas de numeración poco utilizados?

—No me intereso. Lo oí mencionar por casualidad.

El jefe sonrió.

—Será mejor que los chicos del gobierno no oigan estas palabras. El único lugar del mundo donde, que yo sepa, se utiliza normalmente la numeración binaria es en las zonas rurales de Rusia. Y este proyecto militar en que estamos trabajando... bueno, ya sabe usted lo desconfiados que son los «federales».

—Sí. Lo sé. ¡Si hasta dejé de emplear la defensa Petroff cuando juego al ajedrez!

—No lo digo incidentalmente, en modo alguno —continuó Doc—. ¿Qué tal le va ese trabajo de investigación?

—¿Quiere la verdad —pregunté—, o que sufra de úlceras?

—¿Tan mal está?

—Peor. Estoy llegando a ninguna parte a gran velocidad. Lo cierto es que estoy tan lejos de una solución ahora como cuando empecé; porque he eliminado una cantidad incalculable de millones de posibilidades.

Doc meneó la cabeza tristemente.

—Es difícil, ya lo sé. Pero ha de haber alguna solución. Usted se da el nombre de químico...

—Yo me he dado todos los nombres menos ese durante los meses últimos.

—Bueno, siga en la brecha. Y si necesita algo, avíseme.

—¡Magnífico! —refunfuñé malhumorado—. ¿Qué surtido tenemos de aspirinas, muñecas de papel y camisas de fuerza?

¿Se figuran quizá que el problema de marras no me tenía preocupado? Piénsenlo mejor. Puedo demostrar que estaba hundido hasta las cejas en la más negra desesperación. Hasta me llevaba el trabajo a casa los fines de semana. Porque estaba que me subía a la parra, y lo mismo estaba el jefe, y lo mismo la compañía por la cual trabajamos ambos. Y no hablemos ya del Tío Sam, que dependía de nuestros esfuerzos por descubrir una solución a su problema.

De modo que un sábado por la tarde yo estaba sentado en mi estudio, enojadamente atareado en la consulta de unos libros especializados, cuando aparecieron a mi vera treinta y tantos kilogramos de fastidio. Era el amigo Roderick.

—Hola, míster Evans —dijo.

Cerré los ojos con la esperanza de que cuando los abriese de nuevo ya se habría marchado. Pero no, continuaba allí, tranquilo y desagradablemente sociable.

—Hola —suspiré—. ¿Querías algo?

—Nada en particular. Sólo he venido a verle. Está leyendo, ¿eh?

Yo levanté unas cejas atónitas al volumen que tenía en las manos.

—¡Vaya, que me cuelguen si no es cierto! —exclamé.

—A mí mi gusta leer —dijo Roderick.

—¿De veras? Recuérdame que debo colgar un rótulo de «No estorben» en mi puerta para tu futura diversión.

—Generalmente libros de ciencia —continuó afablemente—, o de geología, o de psicología, o de historia. ¿Cuál es su personaje histórico favorito?

—El rey Herodes —le respondí—. Oye, Roddy. Estoy ocupadísimo. Si no te importase...

—¿Le molesto?

—No más que una combinación de jaqueca, fiebre del heno y el prurito de siete años. Tengo que terminar un trabajo...

—Papá me dijo que usted era químico —continuó el chaval—. ¿Es cierto?

—Estadísticamente, sí. Éticamente...

—En Oak Ridge había muchos químicos —comentó Roderick—. Es donde nací yo, ya sabe.

—¿Naciste de veras? ¿Aseguras que no te encontraron bajo un pedrusco?

Roderick o no lo entendió o prefirió pasarlo por alto. Y siguió diciendo:

—Tengo una colección de química. La grande. Un centenar de productos químicos y un libro que explica la manera de hacer una multitud de cosas.

—¿Incluso —pregunté, esperanzado—, trinitrotolueno?

—Bah, usted bromea. El trinitrotolueno es peligroso. Pero se sorprendería de la colección de cosas que he preparado con mi juego de productos químicos. Algunas no están en el libro siquiera. Inventé una que resulta curiosa de verdad. Yo la llamo la telaraña mágica. Se...

—Roddy —le dije en tono fatigado—, me encanta saber que te diviertes tanto con tus juguetes, pero no tengo tiempo para hablar de ellos ahora. Como te decía antes, he de terminar un trabajo...

—¿Qué clase de trabajo? —preguntó Roderick.

Suspiré y elegí el camino de la menor resistencia.

—Si te lo digo, ¿te irás a tu casa?

—Pues claro. Si usted quiere que me vaya...

—Muy bien, pues. Aquí está el problema. ¿Sabes que nuestra nación se enfrenta con la posibilidad de otra guerra?

—Naturalmente. Lo sabe todo el mundo.

—¿Y que parte de nuestra campaña de preparación consiste en que armemos a los amigos que tenemos en ultramar?

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Claro. Les enviamos aeroplanos y tanques y cañones...

—En efecto. ¿Y sabes cómo se lo enviamos?

—En barco, principalmente, supongo.

—Exacto. Y ahí es donde empieza el conflicto. Cargamos millares de toneladas de equipo valioso en barcos de transporte y los mandamos a un largo viaje por mar. Debido a su forma y su tamaño, buena parte de ese equipo tiene que hacer la travesía sobre cubierta, expuesto al sol, el hielo, la lluvia y la rociada incesante de agua salada. ¿Y sabes lo que le hace la sal al metal?

—Pues sí. Lo corroe.

—Cierto. De manera que para proteger nuestro equipo tenemos que recubrirlo con alguna sustancia que resista los elementos. He ahí mi tarea. Encontrar una sustancia adecuada.

—Pero ¡si ya tienen materiales así! —comentó Roderick—. Yo he visto fotografías...

—Cierto. Pero ninguna de las sustancias protectoras actuales resulta satisfactoria. O bien son viscosas y pegajosas, o bien forman una costra dura, gomosa, que cuesta horas y horas de fatiga quitarla. Pasamos días y días aplicando las sustancias protectoras y semanas y semanas quitándolas. Los soldados que deberían estar haciendo maniobras militares para ejercitarse tienen que pasarse una infinidad de horas en la dura tarea de limpiar el engrasado equipo cuando llega a su destino. Y si no crees que esa tarea es pesada, pregúntaselo a cualquier soldado raso que haya desembalado y limpiado una caja de rifles, simplemente...

—Entonces usted trata de encontrar...

—Un compuesto sencillo y barato que se pueda aplicar rápidamente, que salvaguarde el material que se transporta y luego, al final del trayecto, se pueda eliminar con gran facilidad. Una sustancia elusiva —suspiré—. Y que acaso no exista. Y ahora, hijito, yo he cumplido ya mi parte de lo pactado. Te toca, pues, cumplir la tuya.

—¿Eh? —dijo Roderick distraídamente.

—Fuera —ordené yo, empujándole suavemente hacia la puerta—. No creas que no ha sido un placer verte, porque no lo ha sido. Vuelve otro día; pero no demasiado pronto.

Roderick preguntó plañideramente:

—Bueno, diantre, no es preciso que empuje, ¿verdad que no? Míster Evans...

—¿Ahora qué, hombrecito?

—¿Le sabría mal que utilizara su segadora de césped?

—Me figuro que no. Pero cuídala bien, ¿eh? Ese trasto cuesta mucho dinero.

—Claro que sí —prometió—. Tendré cuidado. Gracias.

 

(CONTINUARÁ...) 

Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 2)

 Pero la noche del día siguiente, comprendió que ciertas fuerzas ocultas la iban minando interiormente. Dick Windyford no había vuelto a telefonear y, sin embargo, percibía su influencia. No cesaba de recordar sus palabras: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.» Y con ellas el recuerdo del rostro de su marido acudía a su memoria diciéndole: «¿Tú crees que tiene gracia hacer de esposa de Barba Azul?» ¿Por qué había dicho eso? ¿Qué quiso decir con aquellas palabras?
Hubo una advertencia en ellas... una amenaza. Era como si le hubieran dicho: «Sería mejor que no te metieras en mi vida privada, Alix. Podrías llevarte un disgusto si lo hicieras.» Cierto que pocos minutos después le juraba que no hubo otra mujer en su vida que le importase..., pero Alix trató en vano de recordar aquella sensación que le diera de sinceridad. ¿Acaso no estaba obligado a jurárselo?
El viernes por la mañana Alix estaba convencida de que había habido otra mujer en la vida de Gerald... algo semejante a la cámara de Barba Azul y que luchaba por ocultárselo. Sus celos, tardos en despertar, se hicieron desenfrenados.
¿Es que acaso debía encontrarse con una mujer aquella noche a las nueve? ¿Habría inventado la historia del revelado de las fotografías en el apuro del momento? Con una extraña sensación de sobresalto Alix comprendió que desde que encontrara su agenda de bolsillo había vivido atormentada. Y eso que no había nada en ella. Eso era lo más irónico del caso.
Tres días antes hubiera jurado conocer perfectamente a su esposo, y ahora le parecía un extraño del que nada sabía. Recordó su enojo irrazonable contra el pobre Jorge, tan contrario a su acostumbrado buen carácter. Un pequeño detalle, tal vez, pero demostraba que en realidad desconocía al nombre que era su marido.
Alix necesitaba adquirir varias cosas para el fin de semana y por la tarde sugirió que ella podría ir al pueblo a buscarlas, mientras Gerald se ocupaba del jardín, pero ante su sorpresa se opuso resueltamente a su plan e insistió en ir él para que Alix se quedara en casa. Alix viose obligada a dejarle hacer su voluntad, pero su insistencia le había sorprendido. ¿Por qué aquel afán de evitar a toda costa que fuera al pueblo?
Y de pronto, la explicación que dejaba todo en claro: ¿No era posible que, a pesar de no decirle nada, Gerald hubiera encontrado a Dick Windyford en el pueblo? Sus propios celos, dormidos durante la época de su matrimonio, sólo habían surgido después. ¿No podría haberle ocurrido lo mismo a Gerald? ¿Acaso no estaría tratando de impedir que volviera a ver a Dick Windyford? Esa explicación coincidía tan bien con los hechos, y confortó tanto a Alix, que la abrazó con todo entusiasmo.
Sin embargo, cuando pasó la hora del té, estaba inquieta y enferma de impaciencia, luchando contra una tentación que la asaltaba desde la marcha de Gerald. Por fin, tranquilizando su conciencia con la excusa de que la habitación necesitaba una buena limpieza, subió al despacho de su marido con un sacudidor del polvo para justificarse.
—Si pudiera estar segura —se repetía—. Si pudiera estar completamente segura.
En vano se decía que cualquier cosa comprometedora habría sido destruida años atrás. Pero los hombres guardan algunas veces la prueba más condenatoria llevados de un sentimentalismo exagerado.
Al fin Alix sucumbió, y con las mejillas arreboladas por la vergüenza de su acción, fue revisando todos los paquetes de cartas y documentos, abriendo todos los cajones, y examinando incluso los bolsillos de los trajes de su marido. Sólo dos cajones se le resistieron: el último cajón de la cómoda, y el de la parte izquierda del escritorio estaban cerrados con llave. Pero ahora Alix era ya capaz de cualquier cosa, y estaba convencida de que en uno de ellos encontraría alguna prueba de la existencia de aquella mujer del pasado de su marido que la obsesionaba.
Recordó que Gerald había dejado sus llaves olvidadas sobre el aparador, y yendo a buscarlas las fue probando una por una. La tercera entraba en la cerradura del cajón del escritorio, que Alix se apresuró a abrir. Había un talonario de cheques y una cartera bien provista de billetes, y en el fondo un paquete de cartas atado con una cinta.
Respirando afanosamente, Alix lo desató, y luego un intenso rubor cubrió su rostro mientras dejaba las cartas de nuevo en el interior del cajón, y volvía a cerrarlo. Porque aquellas cartas eran suyas, las que escribiera a Gerald Martin antes de casarse con él.
Dirigióse a la cómoda, impulsada más por el deseo de no dejar nada por registrar, que por la esperanza de encontrar lo que buscaba. Sentíase avergonzada y convencida de la locura de su obsesión.
Ante su contrariedad ninguna de las llaves de Gerald abría el cajón. Sin desanimarse, Alix se fue en busca de otra serie de llaves, y al fin la llave del guardarropa pudo abrirlo, pero en su interior no había más que un rollo de recortes de periódicos manchados y descoloridos por el tiempo.
Alix exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, fue revisando los recortes para saber qué es lo que había interesado tanto a su marido como para guardar aquel paquete polvoriento. Casi todos eran de periódicos americanos, de varios años atrás, y trataban del proceso de un famoso estafador y bígamo, Carlos LeMaitre. LeMaitre era considerado sospechoso de haber dado muerte a varias mujeres. Se había encontrado un esqueleto enterrado debajo del suelo de una de las casas que había alquilado, y la mayoría de las mujeres con las que «contrajo matrimonio» desaparecieron sin dejar rastro.
El se había defendido contra las acusaciones con habilidad consumada, con la ayuda de uno de los abogados de más talento de los Estados Unidos. El veredicto escocés «Absuelto por falta de pruebas» hubiera sido más apropiado al caso, pero en su defecto, se le consideró «Inocente» de la culpa capital, aunque le sentenciaron a un largo período de cárcel por los otros cargos presentados contra él.
Alix recordaba la sensación que produjo aquel caso, y también la que causó la huida de LeMaitre unos tres años más tarde. No volvieron a detenerle. La personalidad de aquel hombre y su extraordinario atractivo para las mujeres fueron comentados extensamente en los periódicos, junto con un resumen de la excitabilidad que demostró en el juzgado, sus protestas apasionadas, y sus repentinos colapsos debidos a su corazón débil, aunque algunos lo atribuyeron a sus facultades dramáticas.
Venía una fotografía suya en uno de los recortes que Alix tenía en la mano y la estudió con cierto interés... un caballero de luenga barba con aspecto de catedrático. Le recordaba a alguien, pero de momento no supo precisar quién era ese alguien. No imaginaba que Gerald se interesase por los crímenes y procesos famosos, aunque sabía que era el entretenimiento predilecto de muchos hombres.
¿A quién le recordaba aquella cara? De pronto, sobresaltada, comprendió que al propio Gerald. Aquellas cejas y aquellos ojos tenían un gran parecido con los suyos. Tal vez conservase aquellos recortes por esa razón. Sus ojos leyeron el párrafo que aparecía junto al retrato. Al parecer se encontraron ciertas notas en la agenda de bolsillo del acusado que coincidían con las fechas en que se deshizo de sus víctimas. Luego, una mujer había identificado al prisionero por una cicatriz que tenía en la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma de la mano.
Alix dejó caer los papeles de entre sus manos nerviosas mientras se tambaleaba. En la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma, Gerald tenía una pequeña cicatriz.
Todo giraba a su alrededor. Después le pareció tener de pronto aquella absoluta certeza. ¡Gerald Martin era Carlos LeMaitre! Lo sabía y lo aceptaba con la velocidad del relámpago. Fragmentos sueltos acudían a su memoria, como las piezas de un rompecabezas que van tomando forma.
El dinero pagado por la casa... su dinero... únicamente su dinero. Los bonos al portador que confiara a su custodia. Incluso su sueño tenía ahora significado. En lo más profundo de su ser, su subconsciente siempre había temido a Gerald Martin y deseado escapar de él y para ello su otro yo pedía ayuda a Dick Windyford. Por eso también aceptó la verdad con tanta facilidad, y sin dudas ni vacilaciones. Ella iba a ser pronto otra de las víctimas de LeMaitre... quizá muy pronto.
Casi se le escapa un grito, al recordar lo anotado en la agenda. Miércoles a las nueve de la noche. Con lo fácil que era levantar las baldosas del sótano. En cierta ocasión ya había enterrado a una de sus víctimas en un sótano. Todo lo tenía planeado para la noche del miércoles, ¡pero escribirlo de antemano con aquella tranquilidad... era una locura! No, era lógico. Gerald tomaba siempre nota de sus compromisos... y para él un crimen era una cuestión de negocios como cualquier otra.
Pero, ¿qué la salvó? ¿Qué es lo que pudo salvarla? ¿Por qué se arrepentiría en el último momento? Sí... como un rayo le vino la respuesta. El viejo Jorge. Ahora le resultaba comprensible el enojo incontenible de su esposo. Sin duda había preparado el terreno diciendo a todo el mundo que encontraba que se iban a Londres al día siguiente. Luego Jorge fue a trabajar inesperadamente y al hablarle de Londres, ella había desmentido la historia. Era demasiado arriesgado deshacerse de ella aquella noche, exponiéndose a que el jardinero repitiera su conversación. ¡Pero había escapado de milagro! De no haber mencionado aquel asunto tan trivial... Alix se estremeció.
Pero no había tiempo que perder. Tenía que huir en seguida... antes de que él regresara. Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo que aquel hombre. Apresuróse a guardar de nuevo el rollo de recortes de periódicos en el cajón, y lo cerró.
Y entonces se quedó como si se hubiera convertido en estatua de piedra. Había oído el chirrido de la cerca. Su esposo había regresado ya.
Por un momento Alix continuó inmóvil; luego yendo de puntillas hasta la ventana atisbo tras el amparo de la cortina.
Sí, era su marido, que sonriendo para sí tarareaba una tonadilla. En la mano llevaba algo que casi paralizó el corazón de la aterrorizada Alix: una azada nueva.
Alix se dijo instintivamente: Iba a ser esta noche. Pero le quedaba una oportunidad. Gerald, todavía tarareando había ido dando la vuelta a la casa.
Va a dejarla en el sótano... preparada, pensó Alix con un escalofrío.
Sin vacilar un momento echó a correr escaleras abajo y salió de la casa, pero en el preciso momento que atravesaba la puerta, su esposo hizo su aparición por un lado de la casa.
—Hola —le dijo—. ¿A dónde vas tan de prisa?
Alix procuró desesperadamente parecer tranquila. De momento había perdido su oportunidad, pero si tenía cuidado de no despertar sus sospechas volvería a tenerla más tarde. Incluso ahora mismo, tal vez.
—Iba a ir paseando hasta el extremo del prado —dijo con voz que le sonó débil e insegura a sus propios oídos.
—Muy bien —replicó Gerald—. Te acompañaré.
—No... por favor, Gerald. Estoy nerviosa... me duele la cabeza... preferiría ir sola.
Él la miró fijamente y Alix creyó ver el recelo en sus ojos.
—¿Qué te ocurre, Alix? Estás pálida... temblorosa.
—No es nada —se esforzó por sonreír—. Me duele la cabeza, eso es todo. Un paseo me sentará bien.
—Bueno, es inútil que digas que no te acompañe —declaró Gerald riendo—. Iré contigo quieras o no.
Alix no se atrevió a insistir más. Si sospechara que sabía...
Con un esfuerzo procuró recuperar algo de su habitual tranquilidad. No obstante, se daba cuenta de que él la miraba de reojo de cuando en cuando, como si no estuviera satisfecho y no hubiese acallado sus sospechas.
Cuando regresaron a la casa, él insistió en que debía acostarse, y le trajo agua de colonia para mojar sus sienes. Fue, como siempre, el esposo atento y solícito, y no obstante, Alix sentíase tan indefensa como si estuviera atada de pies y manos en el interior de una trampa.
Ni por un momento la dejó sola. Fue con ella a la cocina ayudándola a preparar la cena. Apenas podía tragar bocado, pero se esforzó en comer, e incluso parecer alegre y natural. Ahora se daba cuenta de que luchaba por su vida. Estaba a solas con aquel hombre, a varios kilómetros de distancia de la civilización, completamente a su merced. Su única oportunidad era aplacar sus sospechas para que la dejara sola unos momentos... los suficientes para llegar al teléfono del recibidor para pedir ayuda. Aquélla era su única esperanza. Si se decidía a huir, la alcanzaría antes de que pudiera llegar al pueblo.
Una esperanza momentánea la animó al recordar cómo había abandonado su plan la otra noche. ¿Y si le dijera que Dick Windyford iba a ir a verles aquella noche?
Las palabras temblaban en sus labios... pero se apresuró a rechazarlas. Aquel nombre no perdería su segunda oportunidad. Había tal determinación bajo su calma aparente que le daba náuseas. Sólo conseguiría precipitar su crimen. La mataría en seguida, y luego con toda tranquilidad telefonearía a Dick Windyford con cualquier excusa para que no fuera. ¡Oh!, si Dick fuera a verles aquella noche. Si Dick...
Una idea acudió a su mente y miró de soslayo a su esposo por temor a que pudiera adivinar sus pensamientos, y mientras formaba su plan, sintió renacer su valor mostrándose tan natural que ella misma se maravilló. Gerald estaba ahora completamente tranquilizado.
Alix preparó el café y lo llevó ahora al porche, donde solían sentarse las noches cálidas.
—A propósito —dijo Gerald de pronto—, más tarde revelaremos esas fotografías.
Alix sintió que un escalofrío recorría su cuerpo, pero replicó con naturalidad:
—¿No puedes hacerlo solo? Estoy dormida y muy cansada esta noche.
—No tardaremos mucho —sonrió—, y te aseguro que luego no te sentirás cansada.
Aquellas palabras parecieron divertirle. Alix se estremeció. Ahora, o nunca podría llevar a cabo su plan.
Se puso en pie.
—Voy a telefonear al carnicero —anunció tranquilamente.
—¿Al carnicero? ¿A estas intempestivas horas de la noche?
—Tonto, ya sé que la tienda está cerrada pero él está en la casa. Mañana es sábado y quiero que me traiga unos filetes de ternera bien temprano, antes de que se los lleve otra. El viejo haría cualquier cosa por mí.
Y entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras ella. Oyó a Gerald que decía: «No cierres la puerta», y Alix replicó con ligereza: «Así no entrarán los mosquitos. Aborrezco los mosquitos. ¿Tienes miedo de que le haga el amor al carnicero, tonto?»
Una vez en el interior de la casa cogió el teléfono y dio el número de la «Posada del Viajero». Le dieron comunicación en seguida.
—¿El señor Windyford está todavía ahí? ¿Podría hablar con él?
Entonces el corazón le dio un vuelco. La puerta acababa de abrirse y su marido entraba en el recibidor.
—Vete, Gerald —le dijo mimosa—. No me gusta que me escuchen cuando hablo por teléfono.
Él se limitó a echarse a reír mientras se sentaba en una silla.
—¿Seguro que telefoneas al carnicero? —le preguntó.
Alix estaba desesperada. Su plan había fracasado. Dentro de unos instantes, Dick Windyford estaría al teléfono. ¿Se arriesgaría a gritar pidiendo ayuda? ¿Comprendería lo que quería decirle antes de que Gerald le arrebatara el aparato? ¿O creería únicamente que se trataba de una broma?
Y luego mientras nerviosa movía la clavija que permite que la voz se oiga o no en el extremo del hilo, se le ocurrió otra idea.
«Será fácil —pensó—. Tendré que procurar no perder la cabeza y escoger las palabras apropiadas y no desfallecer ni un momento, pero creo que podré hacerlo.»
Y en aquel momento oyó la voz de Dick Windyford.
Alix tomó aliento. Luego conectó la clavija de comunicación con firmeza.
—Aquí la señora Martin... de «Villa Ruiseñor». Por favor, venga (cerró la clavija) mañana por la mañana y tráigame seis filetes de ternera bien hermosos (volvió a dar la comunicación). Es muy importante. (Cerró.) Muchísimas gracias, señor Hexworthy, espero que no le haya molestado llamando tan tarde, pero en realidad el tener esos filetes el sábado (abrió) es cuestión de vida o muerte... (cerró). Muy bien... mañana por la mañana... (abrió), cuanto antes...
Volvió a dejar el teléfono en la horquilla y miró a su esposo respirando trabajosamente.
—De manera que es así como hablas con el carnicero ¿eh? —dijo Gerald.
—Estrategia femenina —dijo Alix en tono ligero.
Rebosaba excitación. Gerald no había sospechado nada, y sin duda Dick iría aunque no hubiese comprendido.
Pasaron al saloncito y Alix encendió la luz. Gerald la observaba.
—Pareces muy contenta ahora —le dijo mirándola con curiosidad.
—Sí —repuso Alix—; ya no me duele la cabeza.
Ocupó la butaca acostumbrada y su esposo fue a sentarse frente a ella. Estaba salvada. Eran sólo las ocho y veinticinco, y mucho antes de las nueve Dick habría llegado.
—No me ha gustado mucho el café de hoy —se quejó Gerald—. Es muy amargo.
—Es que he comprado una clase nueva. Si no te gusta no volveré a comprarlo, querido.
Alix, cogiendo su labor, empezó a coser. Confiaba plenamente en su propia habilidad para representar el papel de esposa solícita. Gerald leyó varias páginas de su libro y luego mirando el reloj dejó la novela.
—Las ocho y media. Es hora de bajar al sótano y empezar a trabajar.
A Alix se le cayó la labor de las manos.
—¡Oh! Aún no. Esperemos hasta las nueve.
—No, pequeña, es la hora que he fijado. Así podrás acostarte más pronto.
—Pero yo prefiero esperar hasta las nueve.
—Las ocho y media —insistió Gerald—. Ya sabes que cuando fijo una hora me gusta atenerme a ella. Vamos, Alix. No quiero esperar ni un minuto más.
Alix le miró, y a pesar suyo sintió que el terror la invadía. Gerald se había quitado la máscara y se retorcía las manos; los ojos le brillaban de excitación, y se pasaba continuamente la lengua por los labios resecos. Ya no se esforzaba por disimular su nerviosismo.
Alix pensó «Es cierto... no puede esperar... está como loco...».
Se acercó a ella y cogiéndola por los hombros la obligó a ponerse en pie.
—Vamos, pequeña... o te llevaré a rastras.
Su tono era alegre, pero había tal ferocidad en el fondo que Alix quedó como paralizada. Con un esfuerzo supremo logró desasirse yendo a apoyarse contra la pared. Estaba impotente. No podía escapar... ni hacer nada... él se iba acercando.
—Ahora, Alix...
—No..., no.
Lanzó un grito alargando las manos en un gesto de impotencia para impedir que se le acercara.
—Gerald... basta... tengo algo que decirte... tengo que confesarte una cosa...
Él no se detuvo.
—¿Confesar qué? —preguntó con curiosidad.
—Sí; que confesar —continuó ella desesperada, procurando mantener su atención—. Es algo que debiera haberte dicho antes.
En el rostro de Gerald apareció una mirada de desprecio. El encanto estaba roto.
—Un antiguo amor, supongo —se burló.
—No —dijo Alix—. Es otra cosa. Supongo que tú lo llamarías... sí... un crimen.
En el acto vio que había pulsado la cuerda oportuna, y que de nuevo era dueña de su interés. Eso le devolvió el valor sintiéndose dueña absoluta de la situación en aquel preciso momento.
—Será mejor que vuelvas a sentarte —le dijo tranquila.
Ella fue a ocupar su butaca, e incluso se detuvo para recoger la labor, aunque tras su calma aparente estaba inventando a toda prisa, ya que la historia que iba a contarle debía mantener su atención hasta que llegara la ayuda.
—Te dije —empezó— que había sido taquimecanógrafa durante quince años, y eso no es del todo cierto. Hubo dos intervalos. El primero tuvo lugar cuando yo tenía veintidós años. Conocía a un hombre ya mayor, dueño de una pequeña fortuna. Se enamoró de mí y me pidió que fuera su esposa. Acepté y nos casamos —hizo una pausa—. Yo le induje a que asegurara su vida en mi favor.
Vio que el interés de su esposo iba en aumento y continuó con más seguridad.
—Durante la guerra trabajé por algún tiempo en el Dispensario de un hospital. Allí manejé toda clase de drogas y venenos. Sí, venenos.
Volvió a detenerse. Ahora Gerald estaba ya sumamente interesado, no cabía duda. Al asesino le atraen los crímenes. Ella había jugado aquella carta y ganado. Echó una ojeada al reloj. Eran las nueve menos veinticinco.
—Existe un veneno.... es un polvito blanco. Una porción insignificante significa la muerte. ¿Entiendes tú de venenos, quizá?
Hizo la pregunta con cierta precipitación. Si la respuesta era afirmativa tendría que ir con cuidado.
—No —respondió Gerald—. Sé muy poco de eso.
Exhaló un suspiro de alivio. Así sería más fácil.
—Pero habrás oído hablar de heroscina, ¿verdad? Es una droga que actúa igual, pero que no deja rastro. Cualquier médico extendería un certificado de defunción por fallo cardíaco. Robé una pequeña cantidad y la conservo en mi poder.
Hizo una pausa midiendo sus fuerzas.
—Continúa —dijo Gerald.
—No. Tengo miedo. No puedo decírtelo. Otro día.
—Ahora —replicó él impaciente—. Quiero saberlo.
—Llevábamos casados un mes. Yo me portaba muy bien con mi marido, era muy amable y solícita, y él hablaba muy bien de mí a todos los vecinos. Todos sabían lo buena esposa que era. Yo misma le preparaba el café todas las noches. Y un día, cuando estábamos solos, puse en su taza un poquitín del alcaloide mortal.
Alix hizo una pausa y enhebró la aguja con gran parsimonia. Ella, que nunca había hecho teatro, en aquellos momentos rivalizaba con la mejor actriz del mundo, representando el papel de envenenadora a sangre fría.
—Fue muy sencillo. Yo le observaba. De pronto empezó a faltarle la respiración y el aire. Yo abrí la ventana. Luego dijo que no podía moverse de su butaca... y, al cabo de poco murió.
Se detuvo sonriendo. Eran las nueve menos cuarto. No tardaría en llegar.
—¿A cuánto ascendía la prima del seguro? —preguntóle Gerald.
—A unas dos mil libras. Especulé con ellas y perdí. Por eso tuve que volver a trabajar en la oficina, pero nunca tuve intención de seguir allí mucho tiempo. Entonces conocí a otro hombre. En la oficina conservé mi nombre de soltera, y él no supo que había estado casada. Éste era más joven, bien parecido, y gozaba de buena posición económica. Nos casamos en Sussex. La ceremonia fue sencilla. No quiso asegurar su vida, pero desde luego hizo testamento a mi favor. Le gustaba que yo le preparara el café, igual que a mi primer mando —Alix sonrió al añadir con sencillez—. Sé hacerlo muy bien.
Luego continuó:
—Yo tenía varios amigos en el pueblecito donde vivíamos, y se compadecieron mucho de mí cuando una noche después de cenar mi esposo falleció repentinamente de un colapso. No me gustó el médico. No creo que sospechara de mí, pero desde luego le sorprendió mucho la repentina muerte de mi esposo. Aún no sé por qué volví a la oficina. Supongo que por costumbre. Mi segundo esposo me dejó unas cuatro mil libras. No especulé con ellas esta vez. Las invertí. Luego...
Pero fue interrumpida. Gerald con el rostro congestionado y ahogándose, la señaló angustiado con el dedo índice.
—¡El café... Dios mío! ¡El café!
Ella le miró sorprendida.
—Ahora comprendo por qué estaba tan amargo. Eres un demonio, me has envenenado.
Sus manos se asieron a los brazos del sillón y parecía dispuesto a saltar sobre ella.
—Me has envenenado.
Alix se había ido alejando hasta la chimenea y aterrorizada se disponía a negarlo... cuando lo pensó mejor. Iba a lanzarse sobre ella, y reuniendo todo su valor le miró retadoramente y con firmeza.
—Sí —le dijo—. Te he envenenado, y el veneno ya empieza a hacer su efecto. Ya no puedes moverte del sillón... no puedes moverte...
Si pudiera mantenerle allí... por lo menos unos minutos...
¡Ah! ¿Qué era aquello? Pasos en el camino. El chirrido de la cerca... más pisadas... y la puerta del recibidor que se abría...
—No puedes moverte —repitió.
Luego pasó corriendo ante él, yendo a refugiarse en los brazos de Dick Windyford.
—¡Dios mío! —exclamó.
Luego volvióse al hombre que le acompañaba, un policía alto y fornido vestido de uniforme y le dijo:
—Vaya a ver lo que ha ocurrido en esa habitación.
Y tendiendo cuidadosamente a Alix en el diván se inclinó sobre ella.
—Mi pequeña —murmuró—. Pobrecita. ¿Qué es lo que te han estado haciendo?
Alix cerró los ojos y sus labios pronunciaron su nombre.
Dick despertó de sus sueños de felicidad cuando el policía fue a tocarle en el brazo.
—En esta habitación no hay más que un hombre sentado en una butaca. Parece como si acabara de sufrir un ataque y...
—¿Sí?
—Bueno, señor... está muerto.
Se sobresaltaron al oír la voz de Alix diciendo como en sueños:
—Y al cabo de poco —dijo como si estuviera repitiendo algo—, murió.

Tini - Eduardo Wilde


-¿Cómo va la enferma? - dijo el médico, entrando a una pieza en la que varias personas hablaban en voz baja.

-No está bien - contestó una de ellas.

-Perfectamente - repuso el doctor y penetró con precaución en la habitación contigua, que era un espacioso dormitorio, bien amueblado y dotado de cortinas dobles, alfombras blandas y lujosos adornos.

Una lámpara opaca alumbraba escasamente con su luz indecisa el aposento, cuya atmósfera denunciaba la presencia de perfumes y la per­manencia de personas cuidadas; había olor a recinto habitado por dama distinguida.

La enferma se hallaba acostada de espaldas, en un lecho limpio y acomodado.

Su semblante estaba pálido, sus labios algo descoloridos. Una cofia blanca aprisionaba sus cabellos, una bata bordada cubría su pecho; sus manos finas, blancas y suaves salían de entre un capullo de encajes que parecían un montón de espuma. Había en su persona un poco de esa coquetería permitida que tienen todas las muje­res de buena cuna y que ostentan aun cuando estén enfermas.

El doctor, mirando fijamente a la dama y to­mándole la mano, medio en uso de su profesión, medio en forma de saludo, preguntó:

-¿Cómo ha pasado el día la señora?

-Mal, doctor, he sufrido mucho; me duele todo; deme algo que me calme : ¡qué falta de compasión venir a esta hora!

-Señora, la mejor visita se deja para el últi­mo, como los postres. Es necesario buscar la es­tética aun en el desempeño de los más dolorosos deberes.

-Usted tiene siempre disculpas.

-Y usted jamás tiene necesidad de ellas. -Cúreme y le perdonaré su indolencia. -Usted será atendida con toda la prolijidad de que yo soy capaz.

En seguida hizo un interrogatorio detenido y explicó sus prescripciones.

Junto a la cama de la enferma, recientemente madre, había una cuna y en ella dormía sus pri­meros días un niño robusto, envuelto en mil bordados.

El médico se acercó a él y después de obser­varlo un rato, dijo:

-¡Será un famoso guardia nacional si la na­turaleza lo permite!

-Si Dios quiere, diga, doctor -objetó la dama.

-Bien, si Dios quiere ; en materia de creen­cias, tengo las de mis enfermas distinguidas.

El doctor se retiró, y la madre del niño se quedó reflexionando en el correctivo puesto por su médico al augurio relativo al recién nacido.

La enferma se restableció pronto, y el niño durmió mucho, lloró poco y se alimentó a satis­facción en los días y los meses siguientes.

La madre lo cuidaba con esmero, no se sepa­raba de él durante el día y todas las noches se sentaba en la cama para mirarlo largo tiempo.

Cuando el niño suspiraba, la madre se sentía agitada, y cada tos y cada estremecimiento del pequeñuelo querido, producía una alarma, pues el augurio del doctor con su correctivo, trotaba con singular insistencia, durante las largas horas de vigilia, en la cabeza de la madre.

Mientras tanto, el objeto de tales inquietudes continuaba durmiendo sus días enteros y sus noches completas. Cuando no dormía, tomaba el pecho. ¡Jamás se vio niño más dedicado a esas dos ocupaciones!

A los diez meses dijo: mamá; la casa se puso en revolución. Después dijo: papá; un criado corrió a buscar al aludido a su escritorio para anunciarle la gracia. Más tarde se paró y dio algunos pasos, estirando los brazos para aga­rrar las manos que le ofrecían.

En estos primeros ensayos recibió el nombre de Tini.

¿Qué quería decir Tini? Nadie lo supo; pero el apodo se quedó como nombre.

Tini comenzó a caminar y a conversar.

Se dio muchos golpes y dijo mil barbaridades graciosísimas y comprometedoras. Por ejemplo llamaba papá a todo el que veía con barba larga y su verdadero padre sólo obtuvo el titulo legí­timo a través de un montón de juguetes y cara­melos regalados.

Tini era muy lindo; lo pedían del barrio para mirarlo y más de una vez, en sus excursiones, hizo de las suyas.

Un día Tini estuvo de mal humor; su mamá dio por causa que tenía la boca caliente y que apretaba las encías.

Con este motivo los dedos de todos los habi­tantes masculinos y femeninos de la casa, entraron en la boca de Tini, hasta que el índice del papá, sucio del tabaco, descubrió un conato de dentadura.

Tini echó un diente, no sin un gran conflicto en el barrio y serias consultas al médico.

Escenas análogas se repitieron durante algún tiempo, y Tini presentó por fin una dentadura de ratón, chiquita, cortante, graciosa, que se mostraba sobre todo seductora en las sonrisas de su boca rosada.

Inútil es añadir que de allí en adelante Tini obtuvo el privilegio de morder los dedos que se aventuraban en exploraciones peligrosas, y de desblocar todos los pedazos de carne que le caían a la mano. Solía también mascar las cabezas de los soldados de palo que le compraban; tales atentados motivaban invariablemente una visita médica.

El adorado y consentido Tini era sublime de impertinente, y sus audacias increíbles para de­cir las cosas más crudas con el mayor aplomo, sólo tenían su explicación en su inocencia sin­gular respecto a las conveniencias sociales.

Verdad es que cuando comenzó a hablar con metáforas inteligibles, y a encontrar símiles, sólo tenía dos años y medio.

A pesar de sus franquezas y paradojas, Tini gozaba del cariño de todos, y niños, mujeres, viejos y jóvenes se disputaban su amistad y sus caricias.

Su cara y su cuerpo eran una perfección, su carne era la más fresca de la naturaleza, su piel la más blanca, sus muslos duros y llenos, sus manos blandas, chicas, finas, con los dedos do­blados hacia el dorso.

¡Qué cabeza! ¡qué pelo! ¡qué ojos y qué boca! ¡Si daba ganas de comérselo a besos!, como de­cían las muchachas más expresivas del barrio.

La boca, principalmente, era una delicia; tenía gusto a leche con azúcar y causaba el tormento de su dueño quien, tras de cada beso, se limpiaba los labios con el brazo en prueba de disgusto.

Toda su ropa se parecía a él y lo recordaba sus botines sobre todo, eran adorables; gastados en el talón, algo torcidos y rotos a la altura del dedo grande, eran toda una historia de las mil ambulancias infantiles de su dueño.

Al mirarlos tirados en cualquier parte, la ima­ginación los rellenaba con el piececito del niño, y uno veía asomar su dedito rosado por el agu­jero de la punta.

Tini progresaba diariamente y su inteligencia tomaba formas caprichosas y trascendentales.

A la edad de cuatro años emprendió una refor­ma capital de la gramática, y atacó, desde luego, los verbos irregulares con un encarnizamiento incomparable.

No decía "hecho" por nada de este mundo, sino "hacido"; el verbo "jugar" en su presente de indicativo, era para él como sigue

Yo jugo,/ vos jugás,/ él juga,/ nosotros juga­mos,/ ustedes jugara,/ ellos también jugara.

En efecto, ya que el verbo no es "juegar" sino "jugar". Tini tenía razón contra la Academia, que permite una barbaridad tan inútil.

 

Pasando los días, llegó un cumpleaños de Tini; varias aves fueron muertas y preparadas para la comida; los parientes recibieron su invitación oportuna. El niño anduvo tras de las personas que se ocupaban de los preparativos, pero con cierta indolencia que no le era habitual.

En la mesa estuvo caído, descontento y ha­ciendo esfuerzos el pobrecito, por ser cariñoso con los que lo festejaban. Pidió levantarse antes de los postres y sin atreverse a abandonar la agradable compañía, buscó un término medio entre sus deseos y su malestar, acostándose en un sofá.

La mamá comenzó a inquietarse, aun cuando se explicaba el caimiento del niño por lo agitado del día y por el cansancio consiguiente. . .

Las visitas se despidieron; Tini puso su mejilla o su boca, según el grado de afección, pata: que fuera besada, y ganó pronto su camita, en la que se durmió en el acto.

Su sueño no fue tranquilo; la respiración pa­recía anhelosa; silbaba mucho por la nariz y se daba vuelta con frecuencia. Una mano sana pues­ta sobre la frente de Tini, habría notado un li­gero aumento de calor.

El silencio se había hecho en la casa, pero había un sitio en que comenzaba a levantarse una tormenta: el corazón de la madre. Hubo unos ojos que no se cerraron y un cuerpo estre­mecido que se revolvía en el lecho sin encontrar reposo.

A eso de las doce de la noche una figura fan­tástica proyectaba su sombra en las paredes.

La madre se había levantado y se acercaba en puntas de pies a la cama del niño.

Si yo fuera pintor y quisiera pintar un cuadro que representara la fórmula de todas las inquie­tudes humanas, pintaría una madre en camisa, con una vela en la mano, observando el sueño de su hijo, cuando teme que le sobrevenga alguna enfermedad. ¡Cuánta preocupación di­señarían sus facciones! ¡cuánta zozobra y ternura mostraría su semblante! ¡cuánto temor descontado sobre la previsión de una fu­tura desgracia!

La madre de Tini parecía la imagen del dolor la ansiedad. Estuvo un rato mirando a su hijo, suspiró profundamente y se retiró con un millar de desdichas engastadas en el alma.

Tini se despertó de repente y quiso quejarse, cuando le sobrevino una tos ronca y repetida.

Cien voces dijeron crup en el oído de la madre, los ecos repitieron crup, las sombras de las cor­tinas, de las molduras y de los adornos de la ha­bitación, proyectadas por la luz escasa de la lám­para, escribieron epitafios sobre los muros; la palabra crup se difundió por toda la casa, llenó la atmósfera, penetró en los últimos resquicios y heló las entrañas de la pobre madre.

Crup, dijeron los ruidos misteriosos de la no­che; crup, decía el viento que soplaba sus lamen­tos por las rendijas de las puertas; crup, repetían los cascos de los caballos que pasaban de tiempo en tiempo, arrastrando los pesados coches por las calles silenciosas ; crup, decían la péndola del reloj y el crujido de los muebles; crup, crup, murmuraba el roer de los ratones tras de los zócalos de las piezas; crup, secreteaban las hojas de los árboles que se mecían en los patios ; crup, gritaban las veletas de los edificios vecinos, ¡y hasta las estrellas que chispeaban en los cielos, mandando su luz temblorosa a través de los vi­drios, parecían encender sus cirios para velar el cuerpo de un ángel muerto de crup!

Crup, dijeron las aves que pasaban en banda­das y los aleteos de los pájaros en sus jaulas; crup, pronunciaban las olas que chocaban en las costas; crup, vociferaban los golpes en las puer­tas de los habitantes retardados ; crup, roncaban las voces de los ebrios en las calles, y crup, crup, preludiaban los músicos ambulantes que busca­ban un pan y un cobre martirizando sus instrumentos en la noche callada.

Cuando todo en la naturaleza hubo dicho crup, la madre de Tini dio un grito estridente, desesperado, y saliendo de su cama se paró rígida en medio de la habitación.

La casa se puso en movimiento, todos sus ha­bitantes se levantaron y corrían desatinados de un lado a otro. Se mandó en busca del médico; éste llegó pronto y observó al niño con profunda atención, con mirada intensa, con imperturbable quietud. 

La madre buscaba adivinar en el sem­blante del doctor su pensamiento; pero éste se guardó bien de darle formas por temor de que sus aprensiones fueran traducidas; su fisonomía no dijo nada, su actitud dijo reserva; pero los la­tidos de su corazón se perturbaron más de un momento en su ritmo vitalicio.

Tini miraba atónito la escena, y con cariño y curiosidad a su amigo el doctor.

Había en la cara del niño algo extraño ; su expresión era entre seria y triste; no demostra­ba dolor, pero alejaba la idea de bienestar; alguna sombra rara, indecisa, alarmante, se pa­seaba por su rostro pálido.

La noche se pasó en zozobras y cuidados; el niño dormitaba de tiempo en tiempo; el médico observaba los progresos del mal y propinaba él mismo sus inciertos remedios. La tos ronca del pequeño enfermo se repetía con más frecuencia; sus palabras, antes tan graciosas y sonoras, sa­lían oscuras y veladas de su garganta.

-¡Mamá! -decía, estirando sus bracitos re­dondos -, no me duele nada, no llores -. Pero su inquietud mostraba su mal y su respiración parecía un suspiro continuado. La madre se aho­gaba, los sirvientes lloraban, el luto y la tristeza se esparcía por toda la casa.

Al otro día un pequeño alivio se inició.

Tini pidió sus juguetes predilectos: su tambor, su corderito, su polichinela y sus soldados. Pron­to se cansó de acariciarlos, sin embargo, y los empujó al borde de la cama, como si le incomo­daran: sólo el polichinela, con sus platillos le­vantados, obtuvo el privilegio de acostarse a su lado.

Más tarde la respiración se hizo anhelosa, vol­vió la inquietud; hubo varios accesos ligeros de sofocación; el llanto apareció de nuevo en todos los ojos, varios médicos examinaron a Tini y él soportó con mansedumbre angelical aquellas molestas investigaciones. Después, como quien pen­sara que todo era inútil, al ver acercarse a los médicos armados de cuchara, instrumento al cual ya miraba con horror, se daba vuelta desesperado y gritaba con voz ronca y lastimera " ¡Basta, mamá!"

El corazón de la madre se desgarraba, sus lágrimas corrían a torrentes y con su mano tem­blorosa apartaba la del médico que iba a martiri­zar a su hijo.

Nunca mayor dolor penetró en pecho humano, jamás zozobra igual desgarró más cruelmente las entrañas de mujer alguna.

Se habló de peligro inminente, de remedios he­roicos y de operación; pero la confianza, esa tabla de salvación de todos los infortunados de la tierra, había desaparecido de todos los pechos.

Las conversaciones se pararon, las comunica­ciones intelectuales no tuvieron ya más expresión que la mirada, y los ojos investigadores no hacían más que preguntas sin esperanza, ni obtenían más que respuestas dolorosas.

A la noche siguiente, la operación fue deci­dida.

El cuerpo de la madre, desarticulado y dese­cho, fue arrancado de la habitación donde Tini tramitaba sus momentos de vida.

-¡Pobre Tini !

Con sus ojos abiertos desmesuradamente y su rostro asombrado, fue colocado sobre una mesa con la cabeza echada hacia atrás y el cuello tendido.

El doctor, sin mirar la cara de su tierno már­tir, pues no habría podido mirarla sin vacilar, hizo rápidamente una herida en el sitio elegi­do...; se oyó un estertor de agonía... -¡Muer­to! - gritaron los asistentes... La sangre co­rrió mansamente por los lados del cuello del niño...; los médicos, silenciosos, no se inquie­taron; en la herida se colocó una cánula por la que se proyectó con violencia un montón de sangre y de espuma. Tini, desesperado, se sentó llevándose las manos al cuello: ¡quiso gritar y no pudo! ¡no tenía voz! Su mirada fue, sin em­bargo, más inteligente, respiró mejor y su débil cuerpecito se extendió de nuevo sobre su lecho de tortura.

Si hubiera palabras en algún idioma para des­cribir el momento en que la madre de Tini volvió a ver a su hijo operado, yo intentaría bosquejar la escena, medir la duración de los abrazos infi­nitos, contar las caricias imprudentes, desespe­radas y dementes, numerar los besos, recoger los suspiros y mostrar la tensión del llanto sujeto tras de los párpados por la intensidad de senti­mientos contradictorios.

Pero no hay tales palabras. La naturaleza ha puesto la expresión de los inmensos dolores fuera del alcance del lenguaje articulado, entregándo­sela a la música y a la pintura. Para sentir no basta entender, es necesario oír y ver.

El padre de Tini se paseaba en las habitaciones sin preguntar, sin hablar, sin escuchar, con­ sumiéndose en el incendio de su tormento in­terno.

Cuando se organizó la asistencia consiguiente la operación ; cuando los médicos se retira­ron; cuando la casa volvió a su monotonía de dolores, las horas continuaron pasando, marca­das por la indiferencia de los relojes y los con­flictos de las curaciones.

El sueño había huido de todos los cerebros; los practicantes que cuidaban al niño, camina­ban cautelosamente por la pieza : ¡el menor rui­do era una sorpresa! ¡la menor palabra un so­bresalto!

La niñera de Tini, sentada a los pies de la cama, ocultaba su rostro entre sus manos y escondía su dolor anónimo y menospreciado co­mo todo pesar de sirviente. ¡Su Tini, su adora­do Tini, no la hablaba, no la veía, no le estiraba los brazos como lo hacía siempre!

El día pasaba silencioso y la noche tristísima. La cabeza de Tini esparcía sus rulos de oro sobre la almohada mojada, y su pobre cerebro, envenenado por la enfermedad, comenzaba ya a enloquecerse y a mostrar a su conciencia desorientada, las fantasías del otro mundo con los detalles de éste, ¡mezclados, tergiversados, increíbles!

Cuando la aurora apuntaba, su luz indecisa, gris primero, blanca después, pasaba por los postigos entreabiertos y, advirtiendo a la lám­para que su tarea penosa de alumbrar durante la noche había concluido, iba a herir la pupila del niño con sus caricias cristalinas y sus besos transparentes.

Hacía frío en la alcoba; la luz del día traía horripilaciones del horizonte, sus rayos ba­ñados en las aguas de los mares, helaban con su lujo de vida los corazones de cuantos pre­senciaban aquellos preparativos de tragedia, tras de una noche de desvelo.

¡Qué días y qué noches tan tristes se pasaba en el lúgubre aposento! ¡qué horas tan largas y tan desiertas! El silencio parecía el acompaña­miento solemne del pesar que extendía sus alas sombrías, y los ruidos inciertos, uno que otro crujido de muebles, alguna ligera oscilación de las puertas sobre sus goznes, el estallido de una burbuja de aceite en la pequeña lámpara o el choque repentino de algún insecto atolondrado contra las paredes, eran interrupciones sin ca­dencia que tomaban las proporciones atronado­ras de una explosión en las soledades de aquel mar de aflicciones.

Los espejos parecían meditar melancólicamen­te sobre las imágenes deslustradas que refleja­ban; los armarios entreabiertos, dejaban ver en su fondo semioscuro, las ropas ajusticiadas, cu­yos cadáveres colgaban de las perchas; las cor­tinas diseñaban en los muros figuras fantásticas, y las molduras y los adornos proyectaban sombras de caras grotescas o de esfinges extrañas, sobre las cuales se fijaba con tenacidad la ima­ginación apesadumbrada de las personas que hacían su guardia a la cabecera de Tini.

Una mosca grande, impertinente, exótica, de­safiaba a veces las persecuciones más bien com­binadas de los asistentes, y con una insistencia digna de mejor propósito, daba vuelta zumban­do alrededor de todas las cabezas, inquietándolas con su aleteo sonoro y musical; de repente se paraba, luego comenzaba de nuevo su prolija tarea; se alejaba, volvía, se asentaba en un obje­to, se levantaba y repetía su paseo circular mo­dulando sus óperas abstrusas, hasta que tomaba rumbo hacia una puerta y se escapaba satisfecha, como si acabara de encantar a su auditorio.

La atmósfera del aposento quedaba cargada con el bordoneo del insecto y parecía mantener en conserva algún mensaje lamentable, dicho por una comadre mal intencionada.

Y luego continuaban los silencios y los ruidos, las luces y las sombras, las caras y las esfinges, aterrorizando la imaginación y girando lastimeramente en torno del niño enfermo.

¡Pobre Tini! Entre un letargo y otro letargo él veía cambiarse los personajes de la escena: unos entraban, otros salían, algunos permane­cían estáticos y serios como senadores petrifi­cados, o bailaban contradanzas haciendo figuras al compás de una música que no se oía.  

Los ruidos de las calles comenzaban luego a amontonarse en la atmósfera y penetraban poco a poco hasta la cama de Tini, solitarios primero, juntos y en tropel después, hasta que su número y su mezcla producía un rumor uniforme, monó­tono, sin articulación ni timbre.

El farol del patio, que había mirado con su ojo amarillo durante toda la noche a través de las persianas el doliente cuadro, urgido por ta economía doméstica y la competencia insosteni­ble de la luz solar, se vio obligado a dejar de pestañear con su gas a medio foco, y sus fajas penumbradas, que desde las paredes del cuarto acompañaban a los veladores, se borraron de gol­pe, dejando en ellos la tristeza de una innovación.

Y a la plácida aurora, y al sol naciente y a los nublados de la tarde, sucedían el crepúsculo, la oscuridad de la noche, la semiluz de las estrellas o la serena reflexión de la luna que con su cara bruñida se levantaba lentamente hacia los cielos.

Las horas pasaban unas tras otras, con su número de orden a la espalda, en series por docenas, marcadas como camisas de gente me­tódica y llevándose al infinito las desgracias que sucedieron en ellas, sin dar vuelta jamás la cara, para mirar la mísera tarea de sus compañeras; las horas pasaban prendidas las unas a los fal­dones de las otras, con su paso uniforme, como soldados de teatro, sin pararse ni acabarse ja­más.

La número seis o siete de la segunda serie, que había visto esconderse el sol tras de los edi­ficios, con su cara roja como la de un enfermo de escarlatina, entraba en el cuarto de Tini en­vuelta en el crepúsculo, a pedir que encendieran las luces y pusieran un punto brillante en el vaso de aceite, donde iba a navegar toda la noche un disco de porcelana con una mecha mi­croscópica.

Los ojos de Tini, medio empañados ya, veían los círculos difusos de aquella luz clandestina que alargaba y acortaba sus rayos, en un eterno juego sin consecuencia y sin destino.

 Los ruidos de la calle se hacían cada vez más raros y se presentaban más separados. La voz de los vendedores se alejaba; el fragor de los vehículos disminuía y sólo de tiempo en tiempo, un coche apurado atronaba los aires raspando el pavimento.

Ruidos, luces, olores, todo llegaba a Tini como si viniera de otro mundo, y su cabeza desvanecida poblaba de fantasías increíbles ese cosmos de sensaciones.

Los médicos entraban, observaban, conversa­ban, ordenaban y salían silenciosos.

Sólo uno, el de la casa, se quedaba más tiempo junto a la cama de Tini. Su jovialidad había desaparecido, su ciencia había medido el abismo y su corazón de hombre se impresionaba ante aquella desolación inevitable.

-¡Doctor,. mi hijo se muere! - le decía la madre de Tini -. "Se mueren, repercutía como un eco en el pecho del médico, pero sus labios no pro­ferían una palabra.

Tini ya no conocía, su cerebro preparaba voluptuosidades de otro mundo; sus rulos continuaban esparcidos sobre la almohada y sólo la cánula, sujeta a su garganta, daba indicios de vida, roncando flemas y sosteniendo artificialmente una existencia que se extinguía.

Por fin sus manos comenzaron a enfriarse; pequeñas esferitas de sudor helado brotaron en su rostro pálido, un movimiento convulsivo pa­reció iniciarse; hubo un momento de quietud extrema... Tini hizo un esfuerzo supremo para incorporarse: no pudo. Abrió sus grandes ojos, miró fijamente la luz de la lámpara, estiró los brazos hacia su mamá y los dejó caer de nuevo; la cánula dio su último ronquido y...

 

 

¡Las horas continuaron pasando con su núme­ro de orden, marcadas coño camisas de gente metódica!...

¡Es una felicidad morirse en la estación de las flores! El cajón de Tini iba literalmente cubierto de ellas y la mano callosa del sepulturero, des­hizo más de una corona al tratar de llenar su función municipal.

¡Y qué bueno es vivir en un pueblo donde hay carruajes de todas clases y de todos precios empresarios de diligencias, de ómnibus y de co­ches fúnebres; de coches fúnebres, sobre todo para casados, para solteros, para viejos y para niños!

¡Qué gran ventaja poder llevar un buen acom­pañamiento y que hasta los caballos y los vehícu­los se vistan de luto o se adornen con penachos blancos! ¡Cómo retrata esto los sentimientos hu­manos! ¡Un llamador con tules negros, un cuadro de Mesfitófeles cubierto de marino, una vela de estearina con corbata oscura, y hasta las teteras con capuchón de duelo, con la expresión más seria del pesar por la pérdida de un deudo!

Las teteras principalmente, ¡qué té tan amar­go hacen cuando están de luto! Y si ustedes vie­ran con qué desgano comen su limosna de pasto averiado los caballos de las cocherías cuando vuelven del cementerio, comprenderían la aflic­ción que los oprime y se explicarían el aspecto dolorido que ofrecen cuando cojean su trote de alquiler, balanceando sus penachos por las calles y caminando sin ojos delante de un catafalco con ruedas.

Y los cocheros sentimentales de los acompaña­mientos, que han aprendido a afligirse por el fallecimiento de todos los desconocidos, o por la tarea monótona de transportarlos por el mismo camino y con el mismo paso, ¡qué pesar insólito manifiestan en sus sombreros abollados y sus guantes de algodón, mientras metodizan su mar­cha, gestionando la última cuenta de su patrón, tras del deudor que llevan a enterrar, junto con las coronas de siemprevivas marcadas con una calumnia de terciopelo negro que dice:

"¡Eterno recuerdo!"

Tini, ¿ dónde estás? Cuando corre una estrella por los cielos y cae para hundirse en los mares, ¿tú viajas en ella? Cuando las hojas de los árbo­les de tu casa hablan en voz baja con el viento, ¿dicen algo de ti? Cuando mi corazón se oprime al ver un niño rubio como tú, ¿es tu mano peque­ña la que me lo aprieta desde el otro mundo? Cuando se evaporan las lágrimas que tu muerte ha hecho derramar sobre la tierra, ¿el pesar que disuelven llega hasta ti? ¿Dónde estás, dime? ¿Habré de morirme para verte?

¡Pobre Tini! Las flores de su cajón se han secado hace tiempo, las letras de su nombre se han carcomido, todo está viejo a su lado, pero el sepulcro que tiene en el seno materno se conserva nuevo y perfumado.

Su pelo está en muchos relicarios, su ropa está guardada cuidadosamente y uno de sus botincitos extraviado que ha sido descubierto en una cómoda antigua, un año después de no haber ya tal Tini sobre la tierra, ha producido una escena conmovedora y dolorosa; la imaginación de la madre lo ha llenado con el pie de Tini, y la ni­ñera asegura que, al ver esa reliquia, ha visto al mismo Tini con el botín amoldado, duro y torci­do, mostrando su dedo rosado por el agujero de la punta.

Sus juguetes yacen escondidos; el polichinela se ha quedado en el fondo de un mueble con los brazos tiesos y los platillos levantados; el tambor y los soldados están rotos y ¡ya ningún niño ju­gará con ellos!