En un lejano país existió hace muchos años una
Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que
quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente
pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y
corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
La oveja negra - Augusto Monterroso
La negra sombra del caballo - Roger Zelazny
En la gran sala de la Casa de la Muerte una sombra enorme se proyecta contra el muro, detrás del trono de Anubis. Podría pensarse que se trata de un motivo decorativo, un alto relieve, un fresco, si no fuera porque es totalmente negra y parece contener en sí misma algo de una profundidad infinita.
Además,
está animada por un imperceptible movimiento.
Se
trata de la sombra de un monstruoso caballo, y de ningún modo se ve afectada
por los estallidos de luz que emiten los dos braseros que arden a una y otra
parte del trono.
No
hay nada en la gran Sala capaz de proyectar una sombra tan grande, pero el que
pudiera haber estado con el oído atento en tal lugar podría haber percibido el
ruido de una respiración ligera. Con cada espiración audible, las llamas se
repliegan, para alzarse a continuación.
Se
desplaza lentamente a través de la sala y vuelve a posarse en el trono,
haciéndose así completamente visible a la mirada a cualquiera que en la Sala
hubiera tenido ojos para ver. Se desplaza sin ruidos y cambia de tamaño y
aspecto y evoluciona. Su contorno hace aparecer una crin, una cola, cuatro
patas con cascos.
Y
luego el ruido de la respiración de nuevo puede oírse, como si se tratase de un
órgano gigantesco.
Se
encabrita y se alza sobre los cuartos traseros, como un hombre, y sus patas delanteras
proyectan la forma de una cruz inclinada.
Se
oye, en la lejanía, un ruido de pasos.
Cuando
Anubis entra, la Sala es invadida por un viento violento que se reabsorbe
súbitamente en una risa burlona y seca.
Se hace el silencio y, entre tanto, el ser cuya cabeza es la de un perro se enfrenta a la sombra que se aposta ante su trono.
El arpa Mágica - Cuento Ruso
Lejos, más allá de los mares azules, de los abismos de fuego, en las tierras de la ilusión, rodeada de hermosos prados, se levantaba una ciudad gobernada por el Zar Umnaya Golova (el sabio) con su Zarina.
Indescriptible fue su alegría cuando les nació una hija, una encantadora Zarevna a quien pusieron por nombre Neotsienaya (la inapreciable) y aun más se alegraron cuando al cabo de un año tuvieron otra hija no menos encantadora a quien llamaron Zarevna Beztsienaya (la sin precio).
En su alegría, el Zar Umnaya Golova quiso celebrar tan fausto acontecimiento con festines en que comió y bebió y se regocijó hasta que vio satisfecho su corazón. Hizo servir a sus generales y cortesanos trescientos cubos de aguamiel para que brindasen y durante tres días corrieron arroyos de cerveza por todo su reino. Todo el que quería beber podía hacerlo en abundancia.
Y cuando se acabaron los festines y regocijos, el Zar Umnaya Golova empezó a preocuparse, pensando en la mejor manera de criar y educar a sus queridas hijas para que llevasen con dignidad sus coronas de oro.
Grandes fueron las precauciones que tomó el Zar con las princesas. Habían de comer con cucharas de oro, habían de dormir en edredones de pluma, se habían de tapar con cobertores de piel de marta y tres doncellas habían de turnarse para espantar las moscas mientras las Zarevnas dormían.
El Zar ordenó a las doncellas que nunca entrase el sol con sus ardientes rayos en la habitación de sus hijas y que nunca cayese sobre ellas el rocío fresco de la mañana, ni el viento les soplase en una de sus travesuras. Para custodia y protección de sus hijas las rodeó de setenta y siete niñeras y setenta y siete guardianes siguiendo los consejos de cierto sabio.
El Zar Umnaya Golova y la Zarina y sus dos hijas vivían juntos y prosperaban. No sé cuantos años transcurrieron, el caso es que las Zarevnas crecieron y se llenaron de hermosura, y empezaron a acudir a la corte los pretendientes.
Pero el Zar no tenía prisa en casar a sus hijas. Pensaba que a un pretendiente predestinado no se le puede evitar ni en un caballo veloz, pero al que no está predestinado no se le puede mantener alejado ni con triple cadena de hierro, y mientras así estaba pensando y ponderando el asunto, le sorprendió un alboroto que puso en conmoción todo el palacio. En el patio se produjo un ruido de gente que corría de un lado a otro. Las doncellas de fuera gritaban, las de dentro chillaban y los guardianes rugían con toda su alma.
El Zar Umnaya Golova salió corriendo a preguntar:
- ¿Qué ha sucedido?
Los setenta y siete guardianes y las setenta y siete damas de compañía cayeron a sus pies gritando:
- ¡Somos culpables! ¡He aquí que las Zarevnas Neotsienaya y Beztsienaya han sido arrebatadas por una ventolera!
Había sucedido una cosa extraña. Las Zarevnas bajaron al jardín imperial a coger unas flores y a comer unas manzanas. De pronto se vio sobre ellas una nube negra que nadie podría decir de dónde venía, sopló con fuerza en los ojos de las mujeres y de los hombres que acompañaban a las princesas y cuando acabaron de restregárselos, las princesas habían desaparecido y no quedaba nada que los ojos pudieran ver ni que los oídos pudieran oír. El Zar Umnaya Golova montó en cólera:
- ¡Os entregaré a todos a una muerte horrible! -gritó.- Moriréis de hambre en las mazmorras. Mandaré que os claven en las puertas. ¡Cómo! ¿Setenta y siete mujeres y setenta y siete hombres no habéis sido bastantes para cuidar de dos Zarevnas?
El Zar estaba triste y afligido, y no comía ni bebía ni dormía; todo le apenaba y era una carga para él; en la corte ya no se celebraban banquetes ni sonaban las notas del violín y de la flauta. Sólo la tristeza y el dolor reinaban en el palacio, acompañados de un silencio ominoso.
Pero pasó el tiempo y con él la melancolía. La vida del hombre es variada como un tapiz bordado de flores oscuras y encendidas. El tiempo siguió andando y a su tiempo nació otro hijo del Zar, pero no mujer, sino varón, y el Zar Umnaya Golova se regocijó grandemente. Llamó a su hijo, Iván y lo rodeó de criados, de maestros, de sabios y de valientes guerreros.
Y el Zarevitz Iván crecía, crecía como crece la masa bien batida cuando se le pone buena levadura. Se le veía crecer de día en día y hasta de hora en hora, y llegó a ser pronto un mozo de extraordinaria belleza y apostura. Sólo una cosa oprimía el corazón de su padre el Zar.
El Zarevitz Iván era bueno y hermoso, pero no tenía valor heroico ni demostraba aficiones belicosas. A sus compañeros ni les cortaba la cabeza ni les quebraba los brazos y piernas, no gustaba de jugar con lanzas ni con armas damasquinas ni espadas de templado acero; no pasaba revista a sus formidables batallones ni mantenía conversación con los generales.
Bueno y hermoso era el Zarevitz. Admiraba a todo el mundo con su sabiduría y su ingenio, pero no más se complacía en tocar el arpa que no necesitaba arpista. Y de tal manera tocaba el Zarevitz Iván, que, al escucharlo, todo el mundo olvidaba todo lo demás. Apenas ponía los dedos en las cuerdas, sacaban éstas tales sonidos, que el auditorio quedaba como embelesado por la melodía y aun los cojos se echaban a bailar de gozo. Eran canciones maravillosas, pero no colmaban el tesoro del Zar ni defendían sus dominios ni destruían a sus enemigos.
Y un día el Zar Umnaya Golova mandó que el Zarevitz compareciese ante su trono y le habló de esta manera:
- Mi querido hijo, eres bueno y hermoso y estoy muy contento de ti. Pero una cosa me duele. No veo en ti el valor de un guerrero ni la destreza de un adalid. No te gusta el chocar de las lanzas ni te atraen las espadas de templado acero. Pero piensa que yo soy viejo y tenemos feroces enemigos que traen la guerra a nuestro país, matarán a nuestros boyardos y guerreros, y a mí y a la Zarina se nos llevará en cautiverio, si tú no sabes defendernos.
El Zarevitz Iván escuchó en silencio las palabras del Zar Umnaya Golova y luego contestó:
- ¡Querido Zar Emperador y Padre! No por la fuerza sino por la astucia se toman las ciudades, no rompiendo lanzas sino poniendo a prueba mi sagacidad saldré victorioso de mis enemigos. ¡Mira! Dicen que a mis dos hermanas se las llevó el viento sin dejar rastro, como si las hubiera cubierto de nieve.
Llama a todos tus príncipes, tus héroes, tus fornidos generales, y ordénales que vayan en busca de mis hermanas, las Zarevnas. Que lleven sus espadas damasquinas, sus lanzas de hierro, sus veloces flechas y sus innumerables soldados, y si alguno de ellos te hace este servicio, dale mi imperio y ponme a sus órdenes como marmitón para limpiarle los platos y como bufón para divertirle.
Pero si ninguno de ellos puede hacerte este servicio, confíamelo a mí y verás que mi inteligencia y mi ingenio son más agudos que una hoja damasquina y más fuertes que una lanza de acero.
Las palabras del Zarevitz agradaron al Zar. Llamó a sus boyardos, a sus generales y a sus fuertes y poderosos campeones y les dijo:
- ¿Hay alguno entre vosotros, mis boyardos, mis guerreros, mis fuertes y poderosos campeones, que se sienta lo bastante héroe para ir a buscar a mis hijas? Al que las traiga le permitiré elegir a la que más le guste para esposa, y con ella le daré la mitad de mi imperio.
Los boyardos, los generales, los campeones se miraron entre sí, escondiéndose el uno tras el otro, y ninguno de ellos osó contestar. Entonces, el Zarevitz Iván se inclinó ante su padre y dijo:
- ¡Mi querido padre y emperador! Si nadie se presta a hacerte tan pequeño servicio, dame tu bendición y partiré en busca de mis hermanas, sin que me prometas ningún galardón que me sirva de estimulo.
- ¡Perfectamente! -contestó el Zar Umnaya Golova.- Yo te bendigo. Llévate, además de mi bendición, plata, oro y piedras preciosas, y si necesitas soldados, toma cien mil jinetes y cien mil infantes.
- No me hace falta ni plato ni oro, ni jinetes ni infantes, ni el caballo del campeón ni su espada ni su lanza. Me llevaré la melodioso arpa que toca sola y nada más. Y tú, mi Zar soberano, espérame tres años, y si en el transcurso del cuarto no llego, elige mi sucesor.
Entonces, el Zarevitz Ivan recibió la bendición de su padre, oral y por escrito, se encomendó a Dios, se puso el arpa bajo el brazo y emprendió el camino en dirección adonde sus ojos lo guiaron. ¿Dónde había de ir en busca de sus hermanas? Fue cerca y fue lejos, para arriba y para abajo. La historia de sus andanzas pronto está contada, pero no tan pronto se hace como se dice.
El Zarevitz Iván caminaba siempre hacia delante, anda que andarás, anda que andarás, y mientras viajaba tocaba el arpa. Apenas rompía el día se levantaba y reanudaba la marcha, adelante, siempre adelante; al caer la noche se acostaba en el césped bajo el inmenso techo del cielo brillante de estrellas. Y por fin llegó a una espesa selva.
El Zarevitz Iván oyó enormes crujidos en lo más espeso de esta selva, como si alguien aplastase los árboles: tan grande era el ruido que se oía.
- ¿Qué será? -pensó.- Sea lo que fuere, nadie puede morir dos veces.
Y sus ojos se abrieron de horror al ver a dos demonios de la selva que estaban peleándose. El uno descargaba sobre el otro una encina arrancada de cuajo, mientras éste se servía como de arma hiriente de un pino de diez metros de largo, y los dos se acometían con toda su diabólica fiereza.
El Zarevitz Iván se les acercó con el arpa y empezó a tocar una danza. Los demonios dejaron la pelea al momento y se pusieron a ejecutar una danza diabólica que pronto se convirtió en un zapateado tan entusiasta y formidable, que hasta el firmamento se estremecía. Tanto y tanto bailaron, que al fin se les debilitaron las piernas y cayeron rodando por el suelo. Entonces, el Zarevitz les habló así:
- Vamos a ver: ¿por qué reñíais? Sois demonios de la selva y hacéis tonterías como si fueseis simples mortales. ¡Y eso, hijos míos, no está bien!
Entonces, uno de los demonios le dijo:
- ¿Cómo no hemos de reñir? ¡Atiende y juzga entre nosotros! Caminábamos juntos y hemos encontrado una cosa. Yo he dicho: "esto es mío", pero éste ha dicho "esto es mío". Hemos tratado de dividirlo y no hemos podido.
- ¿Y qué encontrasteis? -preguntó el Zarevitz Iván.
- Un pequeño mantel con pan y sal, unas botas que andan solas y un gorro invisible. ¿Quieres comer y beber? Pues extiende el mantel y doce jóvenes y doce doncellas te servirán aguamiel y todos los manjares que quieras. Y si alguien te persigue, no tienes más que ponerte las botas que andan solas y andarás siete verstas de un solo tranco. ¿Qué siete? más de catorce verstas puedes andar de un solo tranco, de modo que ni un pájaro puede volar más rápido ni el viento puede alcanzarte. Y si te amenaza algún peligro inevitable, te pones el gorro invisible y desapareces por completo, de modo que ni los perros pueden olerte.
- ¡No sé por qué habéis de reñir por tan poca cosa! ¿Queréis que yo sea juez en este pleito?
Los demonios de la selva accedieron y el Zarevitz Iván les dijo:
- ¡Bueno! Corred hasta el sendero que pasa junto al bosque y el primero que llegue se llevará el mantel, las botas y el gorro.
- ¡Caramba! -exclamaron los demonios. ¡Eso es hablar con sentido común! Tú guarda el tesoro y nosotros correremos.
Echaron a correr a cuál podía más, de modo que sólo se les veían los talones, hasta que desaparecieron entre los árboles. Pero el Zarevitz Iván no esperó su regreso. Se calzó las botas, se encasquetó el gorro, y con el mantel bajo el brazo se disipó como el humo. Los demonios de la selva volvieron corriendo y no pudieron hallar el lugar donde el Zarevitz había de esperarles.
Entretanto, Iván el Zarevitz, a grandes zancadas salió del bosque y vio correr a los demonios por delante y por detrás de él, tratando inútilmente de descubrirlo por el olfato, hasta que empezaron a retorcerse las manos desesperadamente.
Iván el Zarevitz continuó su viaje a grandes trancos hasta que salió a campo llano. Ante él se abrían tres caminos y en la encrucijada se movía una choza dando vueltas sobre su pata de gallina.
- ¡Izbuchka! ¡Izbuchka! -le dijo el Zarevitz. ¡Vuélvete de espalda al bosque y de cara a mí!
Entonces el Zarevitz penetró en la choza y dentro estaba Baba Yaga(*) pata de hueso.
- ¡Uf! ¡uf! ¡uf! -dijo Baba Yaga.- Hasta hoy, un ruso era algo que mis ojos no habían visto y que mis oídos no habían oído, y ahora se aparece uno ante mis propios ojos! ¿A qué has venido, buen joven?
- ¡Oh, abuela despiadada! -le dijo el Zarevitz Iván.- Lo primero que habrías de hacer es alimentarme bien; después pregunta lo que quieras.
Baba Yoga se levantó en un abrir y cerrar de ojos, encendió su pequeña estufa, alimentó bien a Iván el Zarevitz y luego le preguntó:
- ¿Adónde vas, buen joven, y cuál es tu camino?
- Voy en busca de mis hermanas, la Zarevna Neotsienaya y la Zarevna Beztsienaya. Y ahora, querida abuelita, dime, si lo sabes, qué camino he de tomar y dónde las encontraré.
- ¡Sé dónde vive la Zarevna Neotsienaya! -dijo Baba Yaga.- Has de tomar el camino de en medio, si quieres llegar hasta ella; pero vive en el palacio de piedra blanca de su marido, el Monstruo de la Selva. El camino es tan largo como malo y aunque llegaras al palacio de nada te valdría, pues el Monstruo de la Selva te devorará.
- Bien, abuelita, tal vez se quede con las ganas. ¡Un ruso es un mal hueso y Dios no querrá dárselo a comer a un cerdo como ése! ¡Hasta la vista y gracias por tu pan y por tu sal!
El Zarevitz se alejó de la choza y he aquí que en medio de la llanura se destacó blanco y deslumbrante el palacio de piedra del Monstruo de la Selva. Iván se acercó y se encaminó a la puerta, y en la puerta halló un diablillo que le dijo:
- ¡No se puede pasar!
- ¡Abre amigo -replicó Iván el Zarevitz,- y te daré un trago de vodka!
El diablillo se bebió la vodka, mas no por eso abrió la puerta. Entonces Iván el Zarevitz dio la vuelta al palacio y resolvió subir por la pared.
Empezó a trepar, bien ajeno a la trampa en que iba a caer, pues en lo alto de las paredes habían extendido unos alambres, y apenas tocó el Zarevitz con el pie uno de estos alambres, todas las campanillas se pusieron a tocar. Iván el Zarevitz miró a ver si venía alguien y, en efecto, su hermana la Zarevna Neotsienaya salió a la galería y dijo, sorprendida:
- ¿Pero eres tú, mi querido hermano, Iván el Zarevitz?
Y los dos hermanos se abrazaron cariñosamente.
- ¿Dónde te esconderé para que el Monstruo de la Selva no te vea? -dijo la Zarevna.- Porque sin duda se presentará enseguida.
- No sé dónde, pues no soy un alfiler,
Y aun estaban hablando, cuando se produjo un ruido como de tempestad que hizo retemblar el palacio, y apareció el Monstruo de la Selva; pero Iván el Zarevitz se puso el gorro mágico y se hizo invisible. Y el Monstruo de la Selva dijo:
- ¿Quién te ha venido a ver trepando por el muro?
- No me ha venido a ver nadie -contestó la Zarevna Neotsienaya,- pero tal vez los gorriones han pasado volando y habrán tocado los alambres con las alas.
- ¡Buenos gorriones! ¡Me parece que huelo carne de ruso!
- ¡Qué antojos te dan! ¡No haces más que correr por el mundo oliendo carne humana y aun querrías olerla en tu palacio!
- No te disgustes, Zarevna Neotsienaya, no quiero turbar tu felicidad; pero tengo hambre y me gustaría comerme a este desconocido -dijo el Monstruo de la Selva. Pero Iván el Zarevitz se quitó el gorro invisible e inclinándose ante el hambriento, dijo:
- ¿Para qué me quieres comer? ¿No ves que soy un hueso duro que se te indigestaría? Será preferible que me permitas obsequiarte con un almuerzo como nunca en tu vida lo has comido. ¡Sólo has de ir con cuidado de no tragarte la lengua!
Y esto dicho, extendió el mantel y al momento aparecieron los doce mancebos y las doce damiselas que sirvieron al Monstruo de la Selva todos los manjares que apetecía. El Monstruo lo devoraba todo sin descanso. Luego bebió y volvió a tragar hasta que se hartó tanto, que no pudo moverse del puesto y allí mismo se quedó dormido.
- Hasta la vista, mi querida hermana -dijo entonces el Zarevitz Iván;- pero antes dime: ¿sabes dónde vive nuestra hermana la Zarevna Beztsienaya?
- Lo sé -contestó la Zarevna Neotsienaya. Para llegar a ella has de atravesar el gran Océano, pues vive en el vórtice con su esposo el Monstruo del Mar; el camino es muy penoso. ¡Has de nadar mucho, muchísimo, y si llegas, de nada te servirá, porque te devorará el monstruo!
- Bueno -dijo el Zarevitz Iván,- tal vez trate de hincarme el diente, pero se convencerá de que soy un bocado muy difícil de tragar. ¡Hasta la vista, hermana!
Iván el Zarevitz se alejó a grandes zancadas y llegó al gran Océano. En la orilla había una embarcación como las que usan los rusos para pescar, los obenques y aparejos eran de recio esparto y las velas de un fino tejido de fibras; las mismas maderas de la nave no estaban unidas con clavos sino sujetas con corteza de abedul. En esta embarcación, los marineros se apercibían a darse a la mar con rumbo a la isla de Roca Salada.
- ¿Queréis llevarme con vosotros? -les pidió el Zarevitz Iván.- No os pagaré el pasaje, pero os contaré tales cuentos, que no notaréis las fatigas del viaje.
La tripulación accedió y partieron, navegando más allá de la isla Roca Salada. El Zarevitz contaba cuentos y la navegación transcurría del modo más agradable para los marineros. De pronto, cuando menos lo esperaban, se levantó una tempestad, retumbó el trueno y la nave empezó a zozobrar.
- ¡Ay! exclamó la tripulación.- ¡En mala hora escuchamos a este excelente narrador! ¡Ya no volveremos a ver a nuestras queridas familias, sino que descenderemos al fondo voraginoso del Océano! No nos queda otro remedio que pagar tributo al Monstruo del Mar. ¡Echemos suertes y así descubriremos al culpable!
Echaron suertes y le tocó al Zarevitz Iván.
- ¡Me resigno a la suerte que me ha tocado, hermanos! -dijo el Zarevitz Iván.- Os agradezco el pan y la sal que me habéis dado. ¡Adiós, y no volváis a pensar más en mí!
Entonces cogió las botas que andaban solas, el mantel prodigioso, el gorro invisible, y el arpa que tocaba por sí misma, y los marineros levantaron al joven y lo arrojaron a los torbellinos de la vorágine. Enseguida se calmó el mar, la nave siguió su curso y el Zarevitz Iván descendió como una llave al fondo, y se encontró en los mismos salones del magnífico palacio del Monstruo del Mar. Este ocupaba el trono al lado de la Zarevna Beztsienaya, y el Monstruo del Mar dijo:
- ¡Hace mucho tiempo que no como carne cruda y mira por dónde se viene a las manos! ¡Salud, amigo! Acércate y veré si empiezo por los pies o por la cabeza.
Entonces el Zarevitz Iván dijo que era el hermano de la Zarevna Beztsienaya, y que entre la buena gente no existía la mala costumbre de comerse unos a otros.
- ¡Eso es demasiada insolencia! -chilló el Monstruo del Mar.- ¿Cómo se atreve a obligarnos a que aceptemos las costumbres de otra gente?
Iván el Zarevitz vio que el asunto presentaba mal cariz, y cogiendo el arpa prodigiosa empezó a tocar un aire tan melancólico, que el Monstruo del Mar puso una cara amarga y empezó a lanzar suspiros que parecían martillazos sobre un yunque, y lloró y se quejó como si se hubiera tragado una aguja, y cuando el Zarevitz Iván entonó la canción que empieza: "Que dé vuelta a la mesa la copa de la alegría", hasta las salas pusieron los brazos en jarras y se echaron a bailar.
El Monstruo del Mar daba tales vueltas, que no tenía espacio suficiente, taconeaba, castañeteaba con los dedos, hacía tales visajes, girando los ojos, que todos los peces se agruparon para verlo y por poco se mueren de risa. El Monstruo del Mar se divirtió a más no poder y por fin dijo.
- Hubiera sido un pecado devorar a este joven. Quédate aquí, serás nuestro huésped y vivirás con nosotros. ¿Quieres? ¡Tenemos toda clase de arenques, esturiones, besugos y percas! ¡Siéntate a la mesa, come, bebe y alégrate, mi querido huésped!
El Zarevitz Iván se sentó pues, con su hermana y el Monstruo del Mar y los tres comieron, bebieron y se alegraron. Una ballena ejecutó una danza alemana, los arenques cantaron dulces melodías y las carpas tocaron varios instrumentos. Después de la comida, el Monstruo del Mar se fue a dormir y la Zarevna Beztsienaya dijo:
- Querido hermano, ¡qué contenta estoy de tenerte por huésped! ¡Pero ay! ¡que no durará mucho mi alegría! Cuando se despierte el Monstruo del Mar te devorará si está de mal humor.
- Dime, hermanita: ¿cómo puedo salvar a mi hermana Neotsienaya del Monstruo de la Selva y a ti del Monstruo del Mar?
- Si quieres, puedes probarlo; pero te prevengo que es algo muy difícil. Al otro lado del gran Océano hay un imperio donde reina, no un Zar, sino una Zaresa llamada Zardoncella. Si puedes llegar hasta allí y entrar en su jardín cercado, la Zardoncella te tomaría por consorte, y sólo ella puede librarnos y devolvernos a nuestros padres. Pero lo malo es que tiene una guardia muy severa y que no permite a nadie cruzar la orilla, una guardia muy pertrechada de cañones y lanzas, y de cada lanza cuelga una cabeza perteneciente a cada uno de los pretendientes que fueron a cortejar a la Zardoncella. Zares, zarevitches, reyes, príncipes, guerreros poderosos fueron con sus ejércitos y con sus naves y no pudieron cumplir sus propósitos; todos dejaron la cabeza en la punta de una lanza.
- No importa -dijo el Zarevitz Iván.- ¿Por qué temer? Los designios de la Providencia son terribles, y la misericordia de Dios es infinita. Dime cómo se llega a los dominios de la Zardoncella.
- Es una temeridad emprender ese viaje. No obstante voy a darte mi apreciado esturión. Él te llevará sobre sus lomos y mi pez espada, con su nariz larga, correrá ante vosotros mostrándoos el camino.
Los hermanos se despidieron y el Zarevitz Iván a caballo sobre el esturión, emprendió el viaje siguiendo al veloz pez espada. Llegaron a un paraje poblado de cangrejos que saludaron al Zarevitz Iván con sus bigotes y tocaron los tambores con sus pinzas para que los pececillos se apartasen del paso. Pero el mar no es lo mismo que la tierra enjuta. Allí no había ni hierbas ni arbustos donde agarrarse, el camino era resbaladizo, tan resbaladizo como la grasa, y el Zarevitz Iván se iba deslizando, deslizando. Entonces se puso el gorro invisible y vio que los guardianes de la Zardoncella abrían unos ojos desmesurados y miraban lejos, sin ver lo que sucedía ante sus mismos narices, y siguieron afilando sus espadas y aguzando sus lanzas. Llegó a la orilla sin contratiempo, el esturión lo dejó en el muelle, y despidiéndose de él con una reverencia, se volvió al agua. El Zarevitz Iván atravesó por entre la guardia con paso firme y penetró en el jardín prohibido corno si fuera el amo y señor, se paseó por los senderos que serpenteaban entre frutales y comió de las manzanas sabrosísimas y transparentes que allí se criaban.
El Zarevitz parecía encantado y como perdido en aquel jardín delicioso, hasta que vio veinte palomas blancas que volaban en dirección a un estanque. Apenas se posaron en tierra se transformaron en otras tantas doncellas hermosas como los estrellas del cielo y de tez tan fina y blanca como la leche, y entre ellas se paseaba la Zardoncella como un pavo real, diciendo:
- ¡Qué calor hace, amigas! ¡El sol arde como un horno! Tomemos un baño, que aquí nadie puede vernos. Es tan numerosa la guardia que vigila la costa, que ni una mosca podría pasar sin ser observada.
- ¿Que no puede pasar una mosca? Ved qué mosca tan grande ha pasado inadvertida para tu guardia -dijo el Zarevitz Iván, quitándose el gorro invisible e inclinándose ante la Zardoncella.
La Zardoncella y sus compañeras, como hacen las muchachas sorprendidas en la intimidad, se pusieron a chillar y hubieran emprendido veloz carrera; pero estaban tan aturdidas, que no acertaron más que a mirar al joven como quien no quiere, con el disimulo que les permitía su confusión.
- Zardoncella y amables damiselas -dijo el Zarevitz Iván,- ¿qué teméis de mí? No soy un oso que venga a morderos, y a ninguna de vosotros arrebataré el corazón contra su voluntad; pero si está aquí la novia que el cielo me tiene destinada, ha de saber que yo soy su prometido.
La Zardoncella, encarnada como una amapola, alargó su blanca mano al Zarevitz Iván y dijo:
- ¡Salud, bondadoso joven! Ignoro si eres zar, zarevitz, rey o príncipe; pero ya que te presentas de tan cortés manera, te consideraremos nuestro huésped y te trataremos como a un buen amigo. Muchos pretendientes han venido con el propósito de arrebatar mi corazón con violencia, cosa imposible desde que el mundo es mundo. ¡Ven a mis salones de piedra blanca y a mis aposentos de cristal!
Toda la nación se enteró al momento de que su Zarevna, la Zardoncella, había tomado un novio de su propia voluntad y acudieron en bandadas los jóvenes y los ancianos o celebrar el acontecimiento con gran regocijo. La Zardoncella ordenó que se abriesen sus reales bodegas a todos los concurrentes y que se les permitiera tocar tambores, guitarras y violines, y al día siguiente se celebraron grandes fiestas y conciertos durante el banquete de la boda. Tres días duraron los festines y tres semanas las fiestas y regocijos, y entonces el Zarevitz Iván habló a su consorte de librar a sus hermanas del poder del Monstruo de la Selva y del Monstruo del Mar.
- Mi querido esposo, Iván el Zarevitz -le dijo ella,- ¿qué no haría yo por ti? Manda a buscar a mi magistrado el erizo y a mi escribano el gorrión y que envíen ucases al Monstruo de la Selva y al Monstruo del Mar ordenándoles que dejen en libertad a las hermanas del Zarevitz Iván, si no quieren que los haga prender y los condene a una muerte horrible.
El magistrado erizo y el escribano gorrión redactaron los ucases y los mandaron por mensajeros. El Monstruo de la Selva y el Monstruo del Mar no pudieron oponerse y dejaron en libertad a la Zarevna Neotsienaya y a la Zarevna Beztsienaya. Y el Zarevitz Iván escribió a su padre el Zar Umnaya Golova, la siguiente carta:
"Ya ves, oh, Soberano Zar, que no sólo con la fuerza y el valor sino con astucia e ingenio pueden vencerse todas las dificultades, y el arpa mágica es a veces más útil que una hoja damasquina, aunque de nada serviría si quisiera uno hacerla tocar a latigazos. Ven a verme, querido padre, y sé mi huésped, y viviré contigo y con mi esposa y mis hermanas. Ya tengo preparado un gran banquete para celebrar tu llegada, y deseo que vivas muchos años".
Y el Zarevitz Iván pasó una vida feliz, rica y próspera. Vivió muchos años y su reinado fue glorioso. En cierta ocasión yo fui su huésped y me trató a cuerpo de rey.
La satanista - Mary Crawford Fraser
El mensaje que Léonie recibió de Yolanda no era muy explícito, pero algo en el tono le produjo un escalofrío mientras se dirigía apresuradamente a casa de su amiga. Nada más entrar, esta la llevó de inmediato a la sala de estar, cerró la puerta y la sentó de un empujón en el sofá.
—No me tomes por loca, Léonie —empezó a decir Yolanda con gran energía—, pero ha llegado el momento de que responda a toda la confianza que me has brindado con tu sincera amistad. Y voy a hacerlo ahora mismo. Ahora mismo… —repitió, dándose la vuelta y acercándose a una alta lámpara de pie—. ¿Puedes venir aquí, por favor? Quiero que me desabroches el corpiño. No te asustes, pero haz lo que te pido.
Léonie se levantó y la siguió, como sumida en un trance, con esa pasividad impuesta por la extraña ineluctabilidad de la acción y petición de su amiga.
—Yolanda, querida, ¿es absolutamente necesario? —fue lo único que preguntó—. En ese caso, lo haré.
Solo una vez, cuando la blusa de seda se abrió y mostró un poco de ropa interior blanca, titubeó Léonie, presa de una terrible desazón que le obligó a apartar la mirada.
—Yolanda, ¿estás segura? —le preguntó en tono de súplica—. Puede haber cosas que… que tal vez lamentes después.
—No… —respondió su amiga, con tan firme determinación que a Léonie no le quedó más remedio que ceder. La nuca de la muchacha, curvada con indómita docilidad, como si esperase un golpe mortal, así como sus dos manos, con las que se sujetaba la falda por ambos lados con furiosa resolución, expresaban una orden que no podía ser desobedecida—. Vamos, Léonie. No lo hagas más difícil de lo que ya es.
Léonie obedeció. Aflojó los bordes del cambray bordado y los separó, dejando al descubierto la piel blanca como la leche de debajo de los omóplatos; y entonces, sobrecogida por otra cosa que había revelado el movimiento de sus dedos, se inclinó hacia delante bajo la luz de la lámpara y soltó un grito de horror.
—Ah, ¿ya lo has visto? —dijo Yolanda con un suspiro, relajando su cuerpo—. Entonces vuelve a taparlo, por favor. Ahora ya puedo contarte lo que espero no tener que contarle nunca a nadie más; excepto a un sacerdote, algún día, cuando haya disfrutado de mi ración de felicidad en este mundo y esté cansada del amor… suponiendo que eso pueda llegar a suceder. Vamos, Léonie, dime, ¿todavía te extraña que sea tan celosa de mi feminidad que prefiera reservarle mi vida al amor y la confianza de un hombre antes que perderla, quizá, y su amor con ella, para conseguir mi salvación?
Léonie, demasiado repugnada y perpleja por lo que había visto para elaborar siquiera una frase completa, solo acertó a decir unas pocas palabras inconexas con las que quiso expresarle una tierna compasión, mientras volvía a abrochar las delicadas prendas para ocultar lo que había herido tan hondamente su imaginación.
—Oh, mi pobre niña, ¡mi pobre niña! —tartamudeó, mientras las lágrimas la cegaban de tal modo que apenas veía nada—. Mi pobre Yolanda, ¿quién te ha podido hacer una maldad así?
Cuando acabó de abrochársela de nuevo, besó la blusa, movida por un acceso de ternura, como si quisiera restañar así la herida que ocultaba.
Yolanda se dio la vuelta entonces, soltó la cola de su vestido, que se había enrollado en las muñecas, y alzó la vista con una deslumbrante sonrisa, como un alma que se hubiera librado de los grilletes de la fatiga y el dolor físico.
—No sufras, mi dulce Léonie; el dolor ha desaparecido ya —dijo—. Nunca volverá a torturarme ni a avergonzarme. Volvamos al sofá y te contaré lo que no te he contado nunca: cómo he llegado a ser lo que soy. No creo que me lleve mucho tiempo.
Con la barbilla apoyada en las manos, y los codos descansando en sus rodillas cruzadas, Yolanda miraba fijamente el fuego en busca de fragmentos esparcidos de su memoria para unirlos de nuevo antes de dar comienzo a su historia. Al cabo de un momento, sin cambiar de posición, dijo:
—Ahora que lo pienso, Léonie, esta es la primera vez que te hablo de mi vida antes de conocerte. De eso hace cinco años. ¿Por qué nunca me has preguntado nada sobre mí?
—Y ¿qué derecho tenía, Yolanda? Tú estuviste dispuesta a aceptarme sin condiciones, ¿cómo podía yo hacer otra cosa? Me sentí atraída por ti desde el principio; la noche en que fuimos las dos únicas personas en abandonar la reunión de la logia romana antes de… antes de la inconcebible parte del ceremonial. Supe al instante que estabas allí por lo mismo que yo, por miedo a ellos, y lo lamenté por ti. Ni siquiera sabía tu nombre, ¿te acuerdas?, y yo te dije el mío cuando salíamos de allí juntas. Nunca me preguntaste por qué me había unido a ellos, y a mí nunca se me ocurrió preguntártelo a ti. Las dos sufríamos porque nos despreciábamos y nos avergonzábamos de nosotras mismas, y con eso me bastaba.
Yolanda le puso una mano en la rodilla como si tocase algo sagrado, con suavidad, prolongando la caricia unos segundos.
—Gracias por todo lo que has significado para mí desde entonces —continuó—. Y gracias por no preguntarme nunca por qué estaba donde me encontraste la primera vez, Léonie. Pero ahora, como te decía, ha llegado el momento de contártelo. Si es posible, me gustaría que pensaras en mí con un poco de compasión, aun cuando parezca que solo merezco repulsa. ¡Bien sabe Dios que daría cualquier cosa por reconciliarme con Él!…
»Pues bien, todo comenzó el día que nací —prosiguió—. Se esperaba que fuera un niño, ya sabes, pero no era más que una niña. Así que lo tuve todo en contra desde el principio. Y el hecho de no tener ni hermanos ni hermanas no mejoró en absoluto las cosas.
»A veces pienso que, en ciertos casos, si los niños pudieran ser apartados por completo de sus padres y educados por otras personas que no esperasen obtener provecho alguno de ellos, hasta que fueran lo suficientemente mayores para disponer de su propia armadura moral, sería mejor para todas las partes, tanto para los padres como para los hijos.
»No llegaste a conocer a mi madre, porque yo no quise. Me daba miedo que pudiera enseñarte incluso a ti, en aquellos últimos años de su vida, a mirarme como si yo fuera algo que no conviniera tocar sin guantes.
—¡Yolanda! ¿Tu propia madre? Pero…
—Intenta no interrumpirme si puedes evitarlo, Léonie… aunque lo que vas a escuchar bastará para obligarte a guardar silencio. Quiero ser lo más justa posible al hablar de mi madre. Le causé una herida, y no estaba en su naturaleza perdonar heridas. Era una mujer desgraciada, además, en muchos sentidos. No practicaba religión alguna, y la sola mención de otra vida bastaba para que montase en cólera, porque implicaba la idea de la muerte y… y de la claudicación ante una providencia con la que nunca estuvo dispuesta a reconciliarse, en venganza por la crueldad con que, a su modo de ver, la había tratado. Nunca he conocido a nadie a quien la idea de morir le suscitase tanto odio y tan horrible amargura; era una monomanía, una obsesión.
»He hablado de una herida que le había causado. Es fácil de entender. En primer lugar, como te he dicho, que yo fuera una niña en vez de un niño le supuso una amarga decepción, porque ya se había hecho a la idea de tener un hijo que cosechase los beneficios de la carrera política de mi padre; y, en segundo lugar, a raíz de mi nacimiento perdió la salud y la belleza. Hasta entonces había sido una de las mujeres más hermosas de su época; cuando su fortaleza y su belleza la abandonaron, no le quedó nada, tal y como lo veía ella, por lo que vivir. Me atrevo a decir que, de tanto mortificarse dándole vueltas a esta pérdida, con el paso del tiempo su cabeza acabó profundamente afectada. En cualquier caso, así prefiero pensarlo ahora, en favor del recuerdo que guardo de ella. Se sentía demasiado infeliz, humillada y amargada para conservar la cordura.
»Ojalá hubiera sido capaz de juzgarla con tanta benevolencia cuando aún estaba viva.
»Jamás me hablaba con amabilidad si podía evitarlo. Tenía que guardar las apariencias en público, por supuesto, pero no me besó ni una sola vez, ni entró nunca en mi dormitorio, cuando aún era una niña pequeña, para darme las buenas noches. Pero si alguna vez tengo la oportunidad de darle las buenas noches a un hijo mío…
Hizo una pausa antes de continuar.
—Cuando yo tenía unos doce años, y ella se dio cuenta de que iba a ser una joven atractiva, las cosas se volvieron tan monstruosas que la gente empezó a percatarse, hasta que finalmente mi padre me mandó un par de años a un colegio de monjas en el sur, en Milán. Creo que tenía miedo de que ella me hiciese algo y se armase un escándalo. En cualquier caso, me tuvo alejada de casa todo el tiempo que le permitió la decencia. Ni siquiera me dejó volver a pasar las vacaciones hasta que pensó, supongo, que había tenido tiempo de superar su desagrado por mí; si bien es cierto que hacía el esfuerzo de viajar él solo a Milán dos veces al año para llevarme a pasar un mes o seis semanas a Candenabia o Mentone. Siempre fue amable conmigo. Cuando yo ya me había convertido en una muchacha atractiva, presumía de hija delante de cualquier amigo que se encontraba en los hoteles. Ellos me hacían los cumplidos más tontos para complacerle (no todos de buen gusto, por cierto), pero yo los agradecía igual.
»Antes de ir al colegio, la religión no había significado para mí, en ningún sentido, lo que significa para la mayoría de los niños: una especie de guardería o cuarto de juegos espiritual. No era más que media hora en la iglesia una vez a la semana (papá siempre insistía en que fuera, a pesar de que a él no lo veían por allí ni en pintura) y cuatro o cinco minutos arrodillada a solas todas las mañanas, rezándole a no sabía muy bien qué. No tenía a nadie que me estimulase, como a otros niños, para mirar las cosas desde una perspectiva religiosa; nadie que me escuchase rezar mis oraciones y me hablase de Dios y del ángel de la guarda.
»Las monjas de Milán hicieron cuanto estaba en su mano para interesarme por las cosas que significaban tanto para ellas. Pero era demasiado tarde para influirme con sus métodos; no encontraron cimientos sobre los que levantar nada, aunque, insisto, hicieron lo que pudieron. Me confirmaron y se encargaron de que recibiese mi primera comunión como es debido; después, no pudieron más que tratarme como a las otras niñas, protegiéndome de cualquier daño mientras estuviese a su cuidado. Lo único que me aportó mi estancia allí, aparte de una educación muy esmerada, fue la acendrada convicción de que Dios intervenía en los asuntos cotidianos. No se trataba ni mucho menos de amor a Dios, pues en mí no había sitio para el amor (en todo caso para la admiración); era solo eso: una convicción inquietante y pertinaz, más rebelde que dócil. Seguro que entiendes que yo pensara que las monjas se lo tomaban todo demasiado en serio, mientras que oía a papá hablar con sus amigos sobre lo que él llamaba “la lamentable estrechez de miras y la falta de generosidad del actual sistema de la Iglesia”. Yo veía que era un gran hombre, un personaje importante, y que ellas, en cambio, eran solo mujeres sin su conocimiento del mundo ni su energía ni su inteligencia.
»Después de volver con él a casa, lo cierto es que las cosas fueron al principio un poco mejor de como habían sido antes. Tenía la impresión, y yo por entonces era lo suficientemente perspicaz para darme cuenta de esas cosas, de que mi madre me tenía bastante miedo (aunque me equivocaba en una cosa: a quien le tenía miedo era a papá), y no me pasaba desapercibido que se esforzaba mucho, cuando estábamos los tres juntos, por hacerle creer que sus sentimientos por mí habían cambiado. Pero yo ponía buen cuidado en no quedarme a solas con ella. No me cabía la menor duda de que su desagrado era muy superior a sus fuerzas, y de que, si se presentaba la oportunidad, se adueñaría de ella. Fue entonces cuando empecé a odiarla de veras: a odiar su maldad, la fealdad subyacente en todo lo que me decía y me hacía siempre que papá tenía un ojo puesto en nosotras dos.
»Durante esas primeras semanas, observé mis deberes religiosos de forma un tanto mecánica, pero me molestaba que interfirieran de modo intolerable con mi odio a mi madre. Recuerdo que una noche, cuando llegué a lo de “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos…”, etc., sencillamente no fui capaz de decirlo. No pude continuar. Tuve que ponerme de pie y quedarme allí plantada, enfurecida por la injusticia de aquella petición. “No tienes derecho a pedirme eso; yo no soy quien la ha ofendido. ¿Por qué tengo que mentir? No lo haré, ¡no lo haré! ¿Por qué Te pones de su parte? ¿Qué daño os he hecho nunca a Ti o a ella?”.
La nota de resentimiento que se apreciaba en su tono, incluso ahora, mientras revivía de nuevo aquel espantoso momento a través de sus nítidos recuerdos, era más de lo que Léonie podía soportar sin conmoverse.
—¡Yolanda, no! —gritó—. Fue hace mucho tiempo… Y ¡tú no eras más que una niña! No desentierres el pasado. ¡Piensa en lo que tienes que decirme y continúa!
—Tienes razón, Léonie —replicó la voz mágica—. El pasado descansará relativamente en paz en su tumba a partir de esta noche. Pero por esta vez debes permitirte mirarlo. Desde ese día hasta hace cuatro años, cuando nos dejó mi madre, no recé ni una sola vez. Como he dicho, no era capaz. Desde entonces, he rezado, por ella y por mí; no muy a menudo, me temo, ni de la forma más ortodoxa, pero he rezado pese a todo. Y sabes que nunca he sido capaz de perder mi fe.
»Después de aquella noche, fue como si mis palabras hubieran desatado los poderes oscuros en la casa. No pasaba ni un solo día, ni una sola hora, sin que tuviera la impresión de que el espíritu del odio estaba a punto de escapar al control de mi madre; incluso el aire, denso y viciado, parecía anunciarlo, y por las noches nunca me acostaba sin pasar el pestillo de mi habitación. Supe así lo que era el miedo. Pero ese miedo solo sirvió para fortalecer mi obstinación contra la sumisión y el perdón; contra pedir perdón y misericordia para conseguir la victoria sobre mí misma. Fue entonces cuando empecé (de forma inconsciente, pues ni siquiera había oído hablar de esas cosas) a deambular por la frontera del territorio que ellos tienen bajo su dominio.
»He de decirte que fue por aquellos días cuando a una doncella, Rosina Delré, se le encargó la tarea de cuidar de mí y de mi ropa.
—¡Esa criatura! —estalló Léonie.
—Bueno, ahora ya está muerta, así que intentemos no pensar en ella con demasiada severidad; además, estaba sinceramente arrepentida al final. Hasta entonces yo apenas la había visto unas pocas veces. Era muy rápida y discreta haciendo lo que tenía que hacer; pero la sorprendí una o dos veces mirándome como si quisiera decirme algo pero no estuviera segura de cómo me lo tomaría. Tenía la impresión de que sentía pena por mí, y estuve tentada de tomarla como confidente y aliada (la soledad empezaba a hacérseme insoportable), pero no me decidía, y tuve la boca cerrada hasta que, por fin, las circunstancias me empujaron a contárselo todo.
Hizo otra pausa, con el fin de cerciorarse de su propio valor antes de continuar.
—Una mañana, hacia el final de aquel verano, yo estaba en el jardín con papá cuando llegó un telegrama para él en el que se le informaba de que debía marcharse de inmediato a Monza.
»Se habían producido allí grandes inundaciones, y se requería su ayuda para coordinar las medidas de socorro. Los ríos se habían desbordado por las lluvias torrenciales, a pesar de que en casa llevábamos semanas sin ver una gota de lluvia y el calor era asfixiante.
»Cogió el primer tren después del mediodía, y yo me quedé sola con mi madre y los criados; ¡puedes hacerte una idea de cómo me sentía ante semejante perspectiva!
»Cómo mi madre y yo fuimos capaces de sobrevivir a la comida es algo que no puedo explicarte. Fue como comer con un gato grande y artero; sus ojos, aunque nunca me miraban directamente, tampoco llegaban a perderme de vista. Parecía que estaba continuamente midiendo su fuerza y la mía. Sin embargo, solo habló una vez, para decirle al mayordomo que esa tarde no estaría disponible para nadie.
»Cuando estábamos terminando de comer, la ira y la expectación que sentía eran tales que habría sido capaz de pegarle. Recuerdo perfectamente lo mucho que deseaba que ella hiciera o dijera algo que me provocase y me hiciera perder el control. Pero se limitaba a seguir comiendo y bebiendo del mismo modo deliberado y cruel; apenas comía, pero bebía sin parar… hasta que algo que apenas parecía humano me miró a través de sus ojos.
»Supe que el momento que tanto había temido aquellas tres semanas, pero que para entonces esperaba ya con impaciencia, estaba muy cerca.
»Después de comer, mi madre salió del comedor y fue al estudio, al otro lado del vestíbulo; mi intención era dejarla allí sola y subir a mi habitación, pero se dio la vuelta y me detuvo.
»“¿Dónde vas?”, me preguntó. Nos habíamos quedado solas, y la puerta del comedor estaba cerrada. “A mi cuarto”, le dije. Me percaté de que me temblaba la voz por la ira y los nervios, y vi que ella también se había dado cuenta, y que había estado esperando algo así, porque tragó saliva un par de veces y rompió a reír con una especie de regocijo ante mi aire indefenso.
»Al verla reír, todo empezó a darme vueltas en medio de una neblina rojiza. No pude hacer otra cosa que agarrarme a la barandilla de la escalera hasta que me recuperé del mareo, y me di cuenta de que me estaba ordenando que hiciera algo.
»“¿Me has oído?”, preguntó, con una voz que era apenas un susurro, y, cuando negué con la cabeza, me cogió por los hombros y me condujo hasta la puerta del estudio. Estaba tan aturdida, tan poco preparada para aquel odio terrible que se me había echado encima, que la dejé hacer lo que quiso; apenas podía tenerme en pie, cuánto menos reunir valor para plantarle cara.
»Abrió de golpe la puerta del estudio y se separó de mí de forma tan repentina que, al intentar recuperarme, tropecé y caí hacia delante contra el gran escritorio de papá, que ocupaba el centro de la estancia. Me di con la cabeza en la esquina de la mesa, y el golpe me dejó un poco atontada… O eso creo, al menos, pues solo guardo un recuerdo muy vago de lo que ocurrió a continuación.
»Debí de pasarme varios minutos tirada en el suelo, hasta que empecé a preguntarme tontamente qué hacía tumbada ni más ni menos que en la moqueta del estudio, con la blusa subida hasta las muñecas a plena luz del día. Al principio pensé que debía de tratarse de una pesadilla y decidí despertarme, así que intenté ponerme de pie, pero me vi empujada de nuevo contra el suelo y oí la voz de mi madre repitiendo una y otra vez: “¡Vas a gritar! ¡Vas a gritar!”. Fue entonces cuando me acordé de todo, y (Léonie, intenta ponerte en mi lugar) me mordí la mano para evitar satisfacerla. Empezaba a recobrar los sentidos… pero no voy a hablar de eso. Lo has visto con tus propios ojos. Sigo sin saber con certeza lo que utilizó. Sospecho que fue algo de metal; hasta entonces ella había llevado siempre una chateleine con una larga cadena, que no he vuelto a ver desde entonces. Al fin conseguí levantarme, pero ella estaba demasiado agotada para hacer otra cosa que no fuera derrumbarse en la silla más cercana, riéndose y cantando como una loca.
»La dejé allí; y yo, tal como iba, salí al vestíbulo y subí a mi dormitorio. Dio la casualidad de que no me encontré con ningún criado, pero no creo que me hubiera preocupado si así hubiera sido. En mi cabeza solo había sitio para una idea, la de que, en adelante, me atrevería a pensar sin la sensación de que iba a perder la cabeza si lo hacía. Ten en cuenta que acababa de cumplir catorce años; no era más que una niña por edad, pero mi corazón y mi determinación eran de mujer, y no precisamente de una bondadosa.
»Cuando entré en mi habitación, vi a alguien inclinado sobre la cómoda, guardando ropa de cama. Era Rosina. Sin pensarlo un segundo, me arrojé a sus brazos y me aferré a ella, hundiendo mi cara en su hombro, para que no pudiera ver que estaba a punto de ceder al dolor y estallar en llanto. No dijo nada; se limitó a dejar que la abrazase, sin intentar inmiscuirse en mis esfuerzos por respirar (pues algo parecía estar asfixiándome) hasta que, cuando empecé a decirle lo que había ocurrido, me hizo sentarme en la cama y cerró la puerta con pestillo.
»Aun sabiendo lo malvada que ha sido, Léonie, nunca olvidaré lo que hizo por mí; si hubiera sido su propia hija, no podría haberme tratado con más ternura; durante todo el tiempo que estuvo bañándome y vistiéndome, no dejó de intentar consolarme, cubriéndome de apelativos cariñosos y de lágrimas.
»No tardé en contarle toda la desgraciada historia. Cuando llegué a los sucesos de las últimas tres semanas, y a cómo me había resultado imposible rezar mis oraciones, Rosina pareció de pronto embargada por el entusiasmo, por así decirlo (no sé de qué otra forma llamarlo), y empezó a besarme como si sintiera un gran alivio.
»—Sé lo que sientes —dijo—. Pero no estás sola. ¿Crees que eres la única que ha comprendido la injusticia y la crueldad de la vida? Ya lo creo que no; hay miles como nosotros, un ejército. Te unirás a nosotros y te consolaremos. Como a todos los demás, también a ti te han atiborrado de mentiras, las viejas mentiras de los sacerdotes, que no soportan que alguien se libere de ellos y de su Dios, su Jehová. ¿Te gustaría ser feliz, ser libre, libre para amar y para odiar? ¿Ser capaz de reírte de la tiranía de eso que llaman religión, para ser lo que la naturaleza quería que fueras, fiel únicamente a sus leyes y a ti misma?
»Tuve la impresión de que decía aquello como si lo hubiera memorizado de un libro, lo que otorgaba a sus palabras un peso y una autoridad de las que habrían carecido si hubieran salido simplemente de una campesina inculta como ella. Como bien sabes, acerté de pleno.
»—Sí —dije, tan entusiasmada como ella—. Eso es lo que quiero: libertad para ser yo misma y hacer lo que me plazca. Pero ¿cómo se consigue eso? No soy más que una chiquilla, y tengo que hacer lo que me dicen; ir a la iglesia y fingir que me gusta.
»Como es lógico, me resulta imposible acordarme, palabra por palabra, de lo que pasó exactamente entre nosotras. Pero intentaré reconstruirlo lo mejor que pueda.
»—Es verdad —respondió—, tienes que fingir, pero, al fin y al cabo, es lo que hacemos la mayoría. Es inevitable. Debes aceptarlo como parte de tu venganza contra todo lo que te ha engañado y hecho daño: los sacerdotes y su Dios, quienes te han obligado, intentando obtener de ti, por medio de la fuerza y el engaño, una adoración contra la que se subleva todo tu ser. Pero, si prometes guardar el secreto, te enseñaré a derrotarlos.
»Le prometí hacer todo lo que me dijera, y continuó:
»—En primer lugar, ¿crees en Lucifer, el arcángel que prefirió renunciar al Cielo que a su orgullo?
»—Sí —dije—, supongo que sí.
»Entonces me expuso el plan muy hábilmente, siempre con artera elocuencia, como si repitiese una lección aprendida; el plan elaborado por ellos y su credo del triunfo final de Lucifer sobre Dios, así como su explicación de por qué Lucifer era todopoderoso y estaba siempre dispuesto a recompensar a sus servidores, no con las promesas de placeres indeterminados del Cielo cristiano, sino con bienes tangibles de este mundo.
»—Los propios sacerdotes —dijo— lo reconocen en su Biblia, donde cuentan cómo Lucifer cogió a su Cristo “y lo condujo a la cima de una alta montaña, y le mostró todos los reinos del mundo en un instante; y le dijo: Te daré el poder y la gloria de todos ellos; pues a mí me han sido entregados, y a quien yo quiera se los daré. Así pues, si te postras ante mí, todo será tuyo”.
—Ah, ¡cuántas veces he oído hablar de ellos! —exclamó Léonie—. ¡La vieja historia… sin el contexto!
—Sí, ahora sabemos cómo hay que leerlo en verdad; pero entonces era distinto. Me quedé atónita ante aquel mar de posibilidades que desplegó ante mí. No obstante, algo en mi interior pareció resistirse durante un tiempo a aprovecharlas y disfrutar de ellas; pero, finalmente, la resistencia fue quebrándose poco a poco. Cuando Rosina me vio titubear, se marchó un segundo y volvió con un libro, una copia de los poemas de Carducci. Lo abrió y me mostró aquel himno espantoso; supongo que lo conoces:
Salute, O Satana, O Ribellione,
O Forza vindice della Ragione,
Sacri à te salgano gl’incensi e i voti,
Hai vinto il Geova de i Sacerdoti!
—Sí, lo conozco —dijo Léonie—. ¡Pobrecilla Yolanda! ¿Cómo no ibas a caer?
—Yo había conocido a Carducci cuando estaba con papá, y le había oído hablar de la «humanidad» y del «progreso» y de la «hermandad universal del hombre». Había oído a papá mostrarse de acuerdo con él, y aquel recuerdo puso en cierto modo un sello de autoridad en los versos abominables de Carducci, dotándolos de un poder que no habrían tenido de otra forma.
»Los leí una y otra vez. Aunque no podía evitar sentirme horrorizada por su blasfemia, me daba cuenta de que mis únicas opciones eran suscribirla o recoger otra vez mi carga de donde la había dejado; mi carga de lealtad al cristianismo. Como seguía dudando, Rosina fingió enfadarse conmigo y me arrebató el libro de las manos.
»—Si tienes miedo de los sacerdotes, vuelve con ellos —dijo—. Si eres tan cobarde como para dejarte castigar como un animal, no es asunto mío. ¡Siento haberte ofrecido ayuda!
»Y así, se marchó y me dejó a solas con mis pensamientos.
»Pasaron las horas, y nadie vino a verme. No se oía nada, excepto algún que otro trueno a través de las ventanas abiertas de la habitación (la misma que sigo utilizando en casa, y que da a los jardines). Conforme pasaba el tiempo, fue oscureciendo hasta que apenas pude distinguir el tocador entre las ventanas. Te doy estos detalles para que entiendas lo que estaba pasando allí sola; la penumbra y la soledad que me rodeaban eran exactamente las mismas que llevaba dentro de mí.
»Cuanto más oscurecía a mi alrededor, más oscuros eran mis pensamientos, hasta que el último atisbo de luz pareció abandonarlos. Mientras esto ocurría, y yo me decía que nada me privaría de mi odio, y que preferiría perder mi alma que perdonar a mi madre por lo que me había hecho, la habitación se iluminó de pronto por una luz que bailaba y se movía entre la cama y la ventana, para a continuación desaparecer, dejándolo todo más oscuro que antes.
»No eran más que relámpagos, por supuesto, pero para mí fue como si mi elección se hubiera anotado y registrado sin posibilidad de vuelta atrás. Pero, aunque estaba convencida, la idea no tuvo efecto en mí, si no fue para endurecer mi determinación de no permitir que nada me privase de mi odio. Estaba demasiado orgullosa de él incluso para levantarme y cerrar la ventana contra la tormenta que empezaba a colarse rugiendo en mi interior. Además, no había día que no me despertase con la impresión de que mi cuerpo estaba ardiendo.
»No pasó mucho tiempo antes de oír cómo se abría la puerta de nuevo. Rosina había vuelto, y me traía algo de comida.
»—Aquí tienes, para que comas algo —dijo—. Debes de tener hambre. Cerraré las ventanas y encenderé las velas. ¿Quieres que hablemos mientras cenas? Tu madre no nos molestará; ya me he encargado de eso. Tiene demasiado miedo a que tu padre llegue a enterarse para hacer nada más.
»Pero lo único que yo quería era beber, pues me ardía la garganta. Rosina se percató enseguida de que tenía fiebre y se aprovechó. Me dio un poco de vino y agua y me dijo que me lo bebiera poco a poco. Entonces me preguntó si seguía teniendo miedo de ser libre.
»A partir de ese momento, no me quedó ni un ápice de voluntad, y Rosina parecía hacer lo que quería conmigo.
»No desaprovechaba ninguna oportunidad para sermonearme; cuando pienso en la extraordinaria astucia con que lo orquestó todo, no deja de asombrarme; cualquier circunstancia era buena para afianzar su argumento y convertirme en su esclava.
»Empezó por alabar mi belleza. Habló de amor (me niego a incluso a pensar en cómo hablaba de él) y dijo que los sacerdotes y la Iglesia eran sus enemigos, y que, como yo era cristiana, me lo prohibirían. Después, dedicó un buen rato a trabajar mi odio contra mi madre por su crueldad conmigo, y en atizar todo mi resentimiento contra Dios, hasta que por fin vio que estaba lista para cualquier cosa y que nada, por muy antinatural o repulsivo que fuera, me parecería excesivo. Me obligó a repetir con ella el himno de Carducci (para entonces me resultaba muy fácil) y a continuación me pidió que dijera que yo pertenecía a Lucifer. Por algún motivo, yo no quería hacerlo, pero me obligó.
»—Dilo. Dilo: “Ahora pertenezco a Lucifer, no a los sacerdotes”. Quiero oír cómo lo dices.
»Cuando lo hice, me dijo que tendría que demostrarlo prestándole un pequeño servicio a mi nuevo amo.
»—¿De qué se trata? —pregunté.
»—Nada difícil o peligroso —respondió—. Está relacionado simplemente con la hostia que los sacerdotes te dan al “tomar la comunión”, como lo llaman ellos. En vez de tragártela, como tienes costumbre de hacer, debes guardártela la próxima vez y dármela.
»Mientras decía esto, se inclinó sobre mí y acercó tanto sus ojos a los míos que no pude siquiera cerrarlos, solo mirar los suyos. Había perdido todo deseo de pensar por mí misma. Solo quería lo que ella quería, y dije: “De acuerdo”, porque no era capaz de pensar en otra cosa que decir.
Yolanda hizo una pausa para mirar el pequeño reloj en la repisa de la chimenea. Se estaba haciendo tarde, por lo que se dio prisa en terminar su relato.
—Unos diez días después, cuando me hube recuperado lo suficiente para ir a comulgar otra vez —prosiguió—, fui a la catedral con Rosina, que no se separó de mi lado, ni siquiera en el comulgatorio. Después de la misa, volvimos a casa juntas y subimos a mi habitación, donde cogí lo que ella quería de mi pañuelo y se lo di, sin mirarlo siquiera; eso seguía resultándome imposible.
»Sin embargo, pasó casi un mes hasta que logré convencerla de que me presentara a esos otros (ellos) de los que me había hablado tanto. Durante todo ese tiempo, siempre que tenía oportunidad de estar conmigo a solas, me hablaba de la felicidad de los satanistas, y de su espléndida libertad para divertirse a su gusto. Me dio también algunos libros (unos libros horribles con ilustraciones) que me obligaba a guardar bajo llave en mi habitación. Al principio no me atrevía más que a mirarlos; ¡con solo tocarlos sentía la necesidad de lavarme las manos! Durante días me dio vergüenza mirarme en los espejos.
»Pero, poco a poco, me acostumbré a la idea de querer leerlos (solo tenía catorce años, Léonie, que no se te olvide), y mi curiosidad me ganó la batalla, así que los leí. Desde entonces he tenido que pelear contra el efecto que tuvieron en mi cerebro.
»Lo que me parece asombroso es que no sea peor de lo que soy, y que aquellos libros no liquidasen mi alma del todo. Pero sí consiguieron algo que Rosina iba buscando al dármelos: labraron mi imaginación y la prepararon para recibir la realidad de ellos y de sus bárbaras atrocidades (la misa negra y todo lo demás) de un modo que ella sabía muy bien que no habría logrado por medio de las palabras. ¡Ese fue mi noviciado!
»Por fin, cuando pensó que me había curtido lo suficiente para soportarlo, me llevó con ella, un viernes por la noche, a aquella casa horrible que tú y yo conocemos tan bien… ¡por desgracia!
»Imagina mi sorpresa cuando, después de que Rosina diera la contraseña y nos dejaran entrar, me encontré delante de Botti, ¡el hombre que había conocido toda mi vida como nuestro viejo médico! Parecía sentirse a sus anchas, y nos guio hasta el piso de arriba, ya sabes, donde hablaron un buen rato de lo que me sucedería si alguna vez los traicionaba, y también a mi padre. Después tuve que hacer un juramento y firmar con mi nombre, y a continuación volvimos a bajar al vestíbulo, donde abrieron la puerta que daba a la capilla: la puerta al infierno.
»No hace falta que intente describirte lo que siguió, Léonie. La primera bocanada ponzoñosa de los braseros; el hedor a hierbajos quemados; la abominable caricatura del crucifijo; la grotesca monstruosidad de Botti con su birrete y los cuernos rojos de búfalo, y su vestimenta con el repugnante bordado en la espalda; el tremendo golpe que aquella primera misa negra asesta a la inteligencia.
»Cuando llegó la parte en la que Botti consagraba la Sagrada Hostia y se la tiraba a los miserables que andaban a la rebatiña por conseguirla, me puse enferma (literalmente), y Rosina tuvo que sacarme de allí.
»Creo que estaba preocupada, incluso entonces, porque no fuese capaz de callarme y buscase consuelo en mi padre o en un sacerdote, y me repitió las amenazas de Botti hasta que volvió a confiar en mí, y a asegurarse de que le tenía mucho más miedo a él que a ninguna otra cosa.
»Pero nunca he sido capaz de asistir a una misa negra sin tener que cerrar los ojos cuando llegaba el momento de la horrible consagración. Y, una vez acabada, jamás he permitido, gracias a Dios, que me retuvieran allí más de un segundo; si alguien lo hubiera intentado, lo habría matado antes que soportarlo. Desde que soy adulta, nunca he entrado en esa casa sin un arma; me crees, ¿verdad, Léonie?
Léonie alzó la vista rápidamente.
—Nunca he creído otra cosa, Yolanda.
Los ojos de Léonie se posaron en la cara pálida de su amiga y recorrieron después su bien proporcionada figura, que temblaba con la energía de su atractivo. Entonces los bajó de nuevo y se quedó callada.
—Además —continuó Yolanda—, hay algo que no te he contado. He encontrado una solución.
—¿Una solución?
—Un término medio, para no tener que pecar como antes. Durante los últimos meses he estado…
—Ya, claro, ¿qué has estado haciendo, Yolanda? ¿Has evitado el pecado principal? Es decir, ¿acaso no has estado haciendo tratos con ellos todo este tiempo?
—No sé qué dirás cuando te lo cuente —respondió la joven—. Se trata de lo siguiente: ni una sola hostia de las que le he dado a Botti últimamente había sido consagrada. ¿No te das cuenta? He robado las que no habían sido consagradas todavía, por la noche, de donde las tienen guardadas en la sacristía de la catedral…
—¿Qué quieres que te diga, Yolanda? ¡Es todo espantoso…, odioso!
—Pero no veo qué otra cosa puedo hacer. Al menos no es tan feo como robar las hostias consagradas en la comunión o del tabernáculo.
Para sorpresa de Yolanda, sin embargo, Léonie no hizo el menor esfuerzo por discutir con ella, sino que volvió a guardar silencio durante un rato, como si estuviera en íntima comunión consigo misma y pensando en otro asunto.
—Yolanda, querida —dijo por fin—, quiero que sepas que, en todo lo que pueda ayudarte, lo haré encantada. Pero nos enfrentamos a las fuerzas del mal, y nuestra tarea no será fácil. Tiemblo al pensar en el futuro.
Dicho esto, Léonie cayó de rodillas y comenzó a rezar para que les fueran concedidas la sabiduría y la fortaleza necesarias para salir indemnes de lo que se encontrasen en el camino, y vencer a lo que las acechaba en la oscuridad de la noche…