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Retrato de Emma en el jardín Técnica mixta - Mercedes Abad

Puede que aquel día las cosas no fueran perfectas (de hecho, estoy segura de que no lo eran), pero al menos tenían el detalle de parecerlo. El cielo era de un azul profundo, el vendaval del día anterior había limpiado la atmósfera y el mundo estaba tan resplandeciente como si acabaran de vendérnoslo y la emoción de estrenarlo nos impidiera pensar en lo caros que iban a salirnos los plazos. 

Todas las cosas, de las mayores a las más chicas, daban la impresión de hallarse en estado de gracia. Incluso mi humor, que en los últimos días había atravesado zonas borrascosas, era radiante. Aunque, si he de ser sincera (pero ¿quién coño me obliga a ello, eh, acaso algún sensible lector piensa forzarme a ello pistola en mano?), en la trastienda de mi alma reinaba secretamente, como un monarca clandestino en un país republicano, cierta inquietud. 

Era una inquietud de tamaño más que modesto, una microinquietud infinitesimal en edad protoescolar, pura calderilla a la que las inquietudes gordas miraban por encima del hombro, muy bien, pero allí estaba. Podía ser abolida, eliminada, expulsada del sistema, pero, por supuesto, también podía crecer lo suficiente para mirarme desde la imponente magnitud de una inquietud colosal.

Aun así, yo estaba ferozmente decidida a salvar cualquier obstáculo con tal de que por una vez las cosas salieran no bien, sino superlativamente bien, bestialmente bien, cuasi_obscenamente bien. Abría a menudo la nevera porque examinarla y hacer el recuento de los tesoros que contiene siempre me infunde tranquilidad. 

Lo mejor que produce este podrido mundo estaba en mi nevera: la pasta fresca más exquisita que podía encontrarse en bastantes kilómetros a la redonda, el mejor foie gras, los ingredientes más apetitosos y caros para hacer las ensaladas más sabrosas, los quesos, embutidos y fiambres de mayor calidad, los mariscos y pescados más frescos, así como los vinos más adecuados para acompañar cada cosa, todo estaba allí, y me tranquilizaba verlo y pensar que era mío, que podía hacer con ello lo que me pasara por las narices, incluso tirarlo a la basura si me daba la gana. 

En una ocasión compré montones de comida, aguardé a que se fuera pudriendo, fotografié y filmé el proceso, aceché la aparición de gusanos y moscas, clasifiqué meticulosamente los bichos obtenidos, volví a filmarlos y luego los utilicé en una instalación interactiva titulada Vida después de la muerte, donde, mediante un procedimiento de grabaciones y proyecciones, el público podía asistir virtualmente a su propia muerte y verse a sí mismo enterrado en la tumba (la ilusión era casi perfecta) mientras hordas de distintos insectos devoraban su cuerpo. Cuando se expuso, la instalación provocó cierta alarma social así como el colapso de los servicios de incineración hasta que fue retirada.

El precio de las cosas que se apilaban en mi nevera no importaba, podía permitírmelo. Había vendido unas cuantas piezas, y la penuria, la angustia ante el futuro y la falta de perspectivas eran ya sólo un pálido recuerdo de un pasado extinguido y arqueológicamente observable y clasificable (o tal vez barrido a toda prisa debajo de la alfombra). Una de las piezas que acababa de vender (Mi nevera, mi alma) consistía precisamente en una serie de neveras abiertas y más o menos rebosantes de distintas vituallas, cada una de las cuales componía un retrato bastante preciso de sus propietarios. 

Le puse un precio desorbitado, y esta sencilla estratagema atrajo a un comprador ambicioso, alguien que en cualquier caso no retrocedió ante el complejo mantenimiento que exigía la pieza. Cuanto más irrazonablemente caro es algo, más atractivo resulta para ciertos individuos, yo la primera. De hecho, es casi una verdad de Perogrullo: la dificultad de obtener algo le confiere un atractivo irresistible. Si el foie gras, el caviar, el jamón de Jabugo y los vinos exquisitos no fueran tan caros no tendrían la mitad de interés. 

Lo mismo puede decirse del arte contemporáneo: si no fuera relativamente inaccesible, si uno no tuviera que iniciarse primero en sus misterios para ser capaz de disfrutarlo, perdería buena parte de su poder de fascinación. Vivir en sociedad entraña medirse con los otros, y el arte, los vinos, el sexo y la gastronomía son algunas de las cosas que marcan la diferencia. No digo que no proporcionen placer por sí mismos, pero es obvio que además se erigen en símbolos de otra cosa y que esa función simbólica es a veces la más gratificante.

Cerré la nevera después de inspeccionarla por enésima vez y miré a mi alrededor. Lo que vi no pudo por menos de arrancarme una sonrisa. Había que ser un tarado o tener la sensibilidad en el culo para no darse cuenta de que aquella casa era una obra de arte. 

La había comprado a un precio ridículo cuando sólo era una ruina hincada en lo alto de un promontorio y sepultada bajo toneladas de mugre y telarañas, y ahora todo en ella era singular, todo llevaba mi sello, el peso de mi ego y mi gusto por la provocación, todo estaba milimétricamente pensado para producir asombro, admiración, disgusto, asco, rechinar de dientes, rechazo pacato, algo. 

Como la cena ya estaba casi preparada, excepto en algún detalle nimio de última hora, me serví una copa de vino blanco muy frío y salí al porche a esperar a Emma contemplando la larga y centelleante estela que dibujaba en el mar un sol cada vez más bajo.

No podía decirse que hubiera sido desleal con Emma, aunque no por falta de ganas. Desde que ella se largó tres años atrás a Sídney, Australia, en pleno periodo de enfriamiento de nuestra amistad (o de sobrecarga de los motores por recalentamiento), dejando vacante el puesto de mejor amiga que había ocupado durante una secuencia ininterrumpida de dieciocho años, menos poner un anuncio en la prensa, yo había hecho de todo para sustituirla. El problema es que ninguna de las candidatas examinadas con decreciente entusiasmo dio la talla. 

Me entretuve contándolas y llegué hasta diecisiete. Algunas (como era el caso de Jeanine, Susanna y Pina) valían para el puesto de amiga común y corriente, pero eran poca cosa para calzarse la corona, blandir el cetro de mejor amiga y asentar las posaderas en ese noble trono. Confieso que incluso llegué a encumbrar a Jeanine hasta el trono, pero su reinado no duró más de quince días.

Emma, Em… ma, Eeee… mmmaaaaa. Me dejé cegar por los destellos del agua, que tanto me ayudan a combatir la ansiedad, seguramente porque ralentizan mis pensamientos hasta llevarlos a la epifanía del encefalograma plano, la idílica mente en blanco que persiguen los budistas. 

La luz del crepúsculo me había convertido en algo apenas más humano e intelectualmente competente que uno de los líquenes de color ocre que lamían las piedras del jardín, cuando el ruido de un motor sembró la alarma en mi adormilado sistema.

En cuanto abrí los ojos, todas mis células se estremecieron con asombrosa unanimidad. Emma bajaba del coche y, tras cerrar enérgicamente la portezuela y cruzar la cancela, venía hacia mí de forma tan resuelta e inexorable que era obvio que llegaría. De hecho, pisaba tan fuerte como si supiera perfectamente que diecisiete aspirantes a sustituirla habían sido rechazadas una tras otra. Volví a estremecerme, si es que había dejado de hacerlo en algún momento. 

Es curioso: me había pasado los últimos días esperando con impaciente excitación su llegada y ahora que por fin estaba allí, me sorprendí a mí misma deseando con todas mis fuerzas que no llegara nunca, que tardara diez años en cruzar el jardín, que se quedara ahí un rato, donde estaba, en la entrada de mis dominios, petrificada, de modo que yo tuviera un margen de tiempo para superar mi ataque de cobardía. O para salir corriendo.

Entonces, cuando se hallaba a no más de dos o tres zancadas del centro del jardín, cerca del estanque donde flotaba, con el cuerpo asquerosamente hinchado, mi propia versión de Ofelia, Emma, tras una brusca sacudida que resultó un tanto cómica, como si unas riendas invisibles tirasen con repentina fuerza de ella, se quedó extrañamente inmóvil. Ya sé que es difícil de creer, pero lo primero que sentí fue irritación. 

Estaba convencida de que Emma se las había ingeniado para adivinar lo que pasaba por mi cabeza y cumplía mi deseo de verla petrificada con la clara intención de burlarse de mí, de decir la última palabra y ser más que yo. Siempre había tratado de ser más que yo, de ser más que nadie, de encaramarse por encima de los demás, de hacerse notar siempre y en cualquier circunstancia. 

Pero ¿por qué coño tenía que obsesionarme eso a mí? ¿No tenía yo tanta culpa como ella? Al fin y al cabo, tal vez no era sólo la tendencia de Emma a pisotear un poco al resto del mundo sin darse cuenta siquiera, sino también mi mareada proclividad a competir con cualquier bicho viviente y acabar indefectiblemente sintiéndome menos que nadie por el grandioso placer de autofustigarme. 

¿O es que yo también quería pisar a mis congéneres (aunque, a diferencia de Emma, yo sí me daría cuenta) y me fastidiaba que ella fuera la campeona imbatible en esa especialidad? De nuevo, como solía sucederse años atrás, mi propia irritación me irritó a muerte. Por lo visto, hay cosas que nunca cambian, y Emma siempre había tenido la extraña virtud de conseguir que acabara odiándome a mí misma.

Pero, aún cegada por la irritación, caí enseguida en la cuenta de que ocurría algo extraño. La actitud en la que Emma había quedado inmovilizada era sospechosamente dinámica, con el pie de atrás flexionado sin casi tocar el suelo y el cuerpo muy echado hacia delante, de modo que a una persona que no tuviera notables habilidades de mimo o de estatua viviente (y Emma era más bien torpe desde un punto de vista estrictamente psicomotriz) le sería imposible mantenerse en equilibrio y sin moverse más de siete segundos. Me levanté de la tumbona, todavía un poco embotada, y me acerqué a Emma, que seguía congelada en aquella pose absurda, con una sonrisa de oreja a oreja y la mirada chispeante y llena de ironía que constituía su rasgo más característico.

Otro de sus rasgos característicos consistía en prolongar los chistes mucho más allá de lo razonable, lo que les quitaba toda la gracia.

—Venga, tía, déjalo ya —solté casi involuntariamente—. Ya está bien, ¿no?

La sonrisa de oreja a oreja, el pie flexionado y el cuerpo muy echado hacia delante no registraron el menor movimiento ni dieron señal alguna de que su propietaria hubiera oído mis palabras. Espié su pecho, supeditando que la respiración por fuerza había de agitarlo tarde o temprano, pero me equivocaba. La inmovilidad de Emma era tan absoluta que mi irritación dio paso a un pasmo sideral, y el pasmo sideral al pánico.

En arte, la originalidad es el primer mandamiento, así que los artistas tenemos no sólo licencia sino casi la obligación de ahondar en nuestra singularidad. Se supone que trabajamos con eso y que ofrecemos al mundo miradas y puntos de vista insólitos sobre las cosas. Algunos llevan el asunto hasta el extremo de cultivar descaradamente la excentricidad, de modo que a menudo los límites entre extravagancia y locura resultan difusos. 

Por eso uno siempre tiene cierta impresión de cortejar de algún modo la locura, de bordearla y jugar con fuego. Yo siempre he sentido cierto temor a acabar cruzando la frontera. De ahí que ese día mi forma de zafarme del miedo de haberme vuelto completamente loca consistiera en negar la evidencia, puesto que, por otra parte, para mí la evidencia no existe: tiendo a considerar la realidad como un producto de mi imaginación, como una cuestión de perspectiva. 

Por consiguiente, no es de extrañar que diera media vuelta, cruzara la cancela para salir del jardín y me fuera a caminar, dominada a la vez por una considerable confusión mental y una fe ciega en que, a mi regreso, tanto Emma como su coche se habrían desvanecido sin dejar rastro alguno sobre la faz de la tierra. De hecho, durante mi paseo estuve dándole vueltas a la forma de utilizar aquella alucinación como punto de partida para alguna pieza impactante.

No sé si tardé una hora o tardé dos, pero cuando volví el coche de Emma seguía allí, blanco y bastante mugriento, pues ella no es la clase de persona que se preocupa por lavarlo. No me hizo falta mirar al jardín para saber que también Emma seguía en su sitio, plantada en medio del jardín. 

Mientras me acercaba lentamente deseé con todas mis fuerzas que Emma se descongelara, que arrancara a andar, que se moviera, que dijera cualquier estupidez, que se cayera de bruces al suelo. Pero, por lo visto, las Instancias Superiores ya habían dado por terminado su trabajo conmigo. Después de concederme el primer deseo, debían de haberse sentido tan magnánimas que decidieron cerrar la barraca por una temporada.

Cuando llegué junto a ella, decidí recuperar la serenidad y la sensatez. ¿Qué eran esas tonterías de pedir cosas a unas Instancias Superiores en las que ni siquiera creía? Sencillamente, uno no puede creer ciertas cosas, de modo que me dije que por fuerza tenía que haber un truco. 

Un truco endiabladamente ingenioso que planteaba complejos desafíos técnicos, es cierto, pero habida cuenta de que Emma es ingeniera de telecomunicaciones y que además pertenece al tipo de personas capaces de no retroceder ante nada con tal de conseguir lo que quieren, cabían varias explicaciones racionales, todas más o menos fantásticas al mismo tiempo. 

Después de todo, si yo misma había podido crear en un puñado de personas la ilusión casi perfecta de estar metidas en un ataúd bajo tierra mientras los gusanos se afanaban sobre sus restos mortales, ¿por qué no iba Emma a ser capaz de producir un espejismo? Podía, por ejemplo, haberme engatusado con una serie de proyecciones holográficas realizadas desde algún vehículo en marcha y mientras esas imágenes virtuales me distraían a modo de señuelo, varios individuos, ocultos tras esa pantalla virtual, podían muy bien haber colocado aquella escultura hiperrealista en mi jardín. Era una hipótesis plausible. Y el hecho de que yo estuviera medio dormida debió de concurrir a favor de los autores del ingenioso fraude.

Aplaudí no sin ironía gestual, convencida de que Emma estaría escondida en alguna parte, saboreando el éxito de su performance, y de que no tardaría en hacer acto de presencia. Mientras examinaba la escultura, admirada ante su pasmoso realismo (me gustaba particularmente el bolso de mano de plástico transparente de color rosa chicle en el que se veían las llaves del coche, un paquete de Marlboro Light, un monedero, un plumier, varios papeles más o menos manoseados y una edición de bolsillo de Historia universal de la infamia), un coche se detuvo frente a mi casa, se oyó el ruido de la portezuela al abrirse y cerrarse, el gruñido de la cancela y el crujir de la tierra bajo unos pasos. Esperé a mi visitante sin apartar la vista de la escultura.

—¡Joder! Se parece a ella como si la hubieran clonado —exclamó Agus al llegar a mi lado—. La mismísima Emma con su mismísima sonrisa y enseñando tres dedos de su mismísima barriga. ¡Qué fuerte! ¡Es ab-so-lu-ta-men-te i-dén-ti-ca! Qué mal rollito da, ¿no? ¡Eres un monstruo, una alimaña, un crack! ¡Si hasta parece que la sangre le corra por las venas! ¿La has hecho de memoria o a partir de una foto?

Me quedé mirando a Agus atónita, incapaz de pronunciar palabra durante unos instantes. La expresión de mi rostro debía de contradecir mi alto coeficiente intelectual y mi capacidad de réplica fulminante y por lo general ingeniosa y mordaz, porque Agus me preguntó varias veces qué me pasaba.

—Yo no he hecho nada —logré al fin articular.

—¿Ah, no?

—No tengo nada que ver con esto, te lo juro por mis muertos.

—Lo dices como si fuera un delito sucio y repugnante.

Me sudaba el bigote y la palma de las manos.

—¿Andá, y cómo aterrizó aquí, si puede saberse? —siguió embistiendo Agus.

—Apareció… Sin más, así, de repente —me defendí encogiéndome de hombros.

—¿De repente? Ya…

—Oye —interrumpí con notable brusquedad—. No tengo ganas de hablar de esto. Ningunas ganas, ¿vale?

—No sé qué cojones te pasa, pero cada día estás más chiflada.

A juzgar por su actitud, Agus era inocente. Si alguien me estaba tomando el pelo, él estaba fuera de la conspiración.

No tuve noticias de Emma ni ese día ni los siguientes. Su coche, o esa réplica exacta de su viejo coche blanco y mugriento, permaneció donde estaba, aparcado delante del muro de mi casa, como un recordatorio burlón de aquel desconcertante enigma. 

Cada vez que miraba el mar desde el porche, cada vez que regaba el jardín, cada vez que me sentaba a mirar el crepúsculo, el viejo Seat de Emma se colaba en mi campo visual, por si la estampa de su dueña, petrificada en aquella absurda actitud dinámica, no bastara para sabotear con lenta e insidiosa eficacia mi salud mental. 

Confieso que, aunque el coche estaba cerrado y con todos los seguros echados, hurgué en las cerraduras con una horquilla a modo de ganzúa y no descansé hasta que conseguí abrir una puerta. No sé qué coño esperaba encontrar allí, tal vez algún mensaje o un indicio que me permitiera arrancarle una brizna de sentido al sinsentido, pero todo fue en vano. En cualquier caso, en el interior enrarecido y recalentado por el sol todavía flotaba un intenso, casi putrefacto olor a Excess, el perfume que solía llevar Emma.

Al igual que le había sucedido a Agus, todos los amigos, parientes, marchantes, galeristas, comisarios, colegas, periodistas y demás animales semirracionales que desfilaron por mi casa se deshicieron en alabanzas hacia la Emma petrificada que tomaban por la última de mis instalaciones. Yo estaba que trinaba, con los nervios de punta, más ansiosa que nunca. 

Era como si el mundo entero y sus desorganizados moradores se hubieran puesto de acuerdo por una vez para meterme el dedo en la llaga. Un imbécil, no recuerdo ya quién, llegó incluso a asegurar en pleno delito de clamorosa estulticia que se trataba de mi mejor trabajo hasta entonces. Era inútil repetir una y otra vez, como ya le había dicho a Agus, que aquella estúpida estatua de mierda había aparecido allí un buen día sin que yo tuviera nada que ver en el asunto. 

Decir la pura verdad sin trampa ni maquillaje y que nadie te crea ya es una experiencia desasosegante. Pero decir la pura verdad sin adornos y que todos crean que no es más que la caprichosa ocurrencia de una artista con ganas de llamar la atención o de hacerse la original es un hueso aún más difícil de roer. Claro que cualquiera que repase mi historial de declaraciones a la prensa dirá que me lo he merecido.

El día en que mi marchante vino a decirme que había vendido la pieza de Emma a un conocido coleccionista británico por una cantidad realmente astronómica, perdí los estribos y, tras decirle a gritos que aquello no era una pieza, que no la había hecho yo y que de todos modos no estaba a la venta, lo despaché con cajas destempladas (hecho que probablemente él interpretó como la enésima humorada de una artista temperamental). Mi propia reputación se convertía en una trampa mortal en la que me revolvía inútilmente tratando de escapar.

Poco después de esa escena, me obsesioné con la idea de que Emma me vigilaba en secreto (y se regodeaba en mis tribulaciones) desde la casa vecina a la mía, que de algún modo se las había ingeniado para alquilarla o meterse allí de matute y me espiaba día y noche desde las ventanas. Me resultaba cada vez más difícil hurtarme a la sensación de ser continuamente observada por la mirada irónica de Emma, de modo que, cuando me hallaba en el porche o en el jardín, me volvía bruscamente para descubrirla mirándome, y en alguna ocasión la exhorté a mostrarse increpándola a alaridos. 

En tres ocasiones alcancé incluso a vislumbrar la inconfundible silueta de un cuerpo apartándose con rápidos reflejos de alguna ventana. Hasta que una noche me decidí a entrar en la casa. No habría dado ni diez pasos en el jardín, cuando algún sensor detectó mi presencia y puso en marcha la alarma (lo que, analizado a posteriori, apunta con irrefutable claridad a que la casa estaba vacía). 

Cuando, pasados unos minutos, la policía apareció por allí envuelta en su estrépito habitual de sirenas y chirridos de frenos (la alarma estaba conectada con el cuartelillo más cercano), por fortuna yo ya estaba de vuelta en mi casa. Al día siguiente, después de pasar una de las noches más pesadillescas de toda mi vida, llamé a una agencia inmobiliaria para poner mi casa en alquiler, perder así de vista a Emma y su coche y tratar de frenar de algún modo mi paranoia galopante.

El hecho de que nadie entendiera mi decisión de cambiarme de casa me traía sin cuidado. Yo incluso diría que la incomprensión general me envalentonó y me dio alas y pista de despegue. A medida que pasa el tiempo, soporto mejor la incomprensión, y a veces incluso la encuentro reconfortante y casi deseable. 

Que lo entiendan a uno es algo que sólo los débiles necesitan y, por otra parte, corre el peligro de reblandecer el cerebro, sobre todo cuando esa comprensión viene envuelta en elogios. No es bueno darse excesivas facilidades. La incomprensión, por el contrario, mantiene la musculatura cerebral en tensión y el espíritu alerta, belicoso, en estado permanente de sublevación, a salvo de la pereza mental, uno de los mayores peligros que se ciernen sobre los seres humanos en general y los artistas en particular.

Al principio de estar instalada en mi nuevo dúplex del centro de la ciudad, el trajín de la mudanza y de la organización de la nueva vivienda y el nuevo taller me tuvieron lo bastante ocupada como para estar a salvo de ciertos pensamientos. Pero no es tan fácil dar el esquinazo a una obsesión. Por un lado, luchaba por olvidar lo que había visto y no pensar en ello, pero por otro me devanaba los sesos tratando desesperadamente de sacar algo en limpio. 

A veces me sorprendía reflexionando acerca de los medios técnicos que me habían permitido ver con toda claridad a Emma atravesando el jardín. Tomaba notas, hacía bocetos, me despertaba sobresaltada en mitad de la noche y garabateaba febriles hipótesis, me despeñaba en conjeturas, verosímiles algunas, descabelladas las más. Con todo, lo que arrojaba sobre mí el mayor saldo de inquietud era que después de tres meses Emma siguiera sin dar señales de vida. Ni una carta, ni un correo electrónico, ni una llamada telefónica, nada. 

Aquello olía raro porque ni la paciencia ni el silencio después de una hazaña correspondían a su estilo, más bien proclive al exhibicionismo narcisista y a un desmedido afán de protagonismo. Pese a que me había propuesto no dar señales de estar perdiendo el control (pues estaba segura de que Emma jugaba conmigo, que se mantenía al acecho en alguna parte, espiando mis reacciones para reaparecer cuando le diera la gana, reírse de mí y ganarme una vez más la partida), empecé a hacer ciertas pesquisas. Lo que averigüé no era muy alentador. 

En Sídney, Australia, nadie sabía dónde estaba o, mejor dicho, nadie se preguntaba dónde se había metido. Lo único que sabían era que dejó su apartamento tres meses atrás para regresar a su país. Y allí suponían todos que estaba. Nadie daba la impresión de estar inquieto, ni parecía que Emma hubiera dejado tras de sí algún novio ni alguna mejor amiga de nuevo cuño con quien se comunicara con cierta frecuencia desde su partida, de modo que su rastro se perdía por completo.

El azar vino en mi ayuda en forma de una oportuna exposición en Nueva York para cuya realización tenía que pasar más de dos meses allí. Pensé que poner el océano Atlántico de por medio me vendría bien, y así fue. Volví con los pensamientos ventilados y con la cuenta corriente tan obscenamente hinchada como la ubre de una vaca antes de ordeñarla. 

Por primera vez en bastante tiempo, tenía la sensación de ser casi feliz, es decir, lo máximo a lo que, en mi opinión, puede aspirar uno en este mundo. Casi feliz como era, dos días después de mi regreso, en la inauguración de una nueva galería me precipité en brazos de un tipo (también lo habría hecho de ser muy desgraciada). Él no quiso que fuéramos a mi casa. A mí me pareció bien dejarme arrastrar a la suya, porque siempre he creído que una se compromete menos si la obra se desarrolla en casas ajenas. 

Tuve un presentimiento cuando el tipo dejó la autovía y enfiló cierta carretera que yo conocía casi de memoria, curvas y socavones incluidos. Supongo que en ese preciso instante podía haberle pedido que fuéramos a un hotel. Podía haber fingido un súbito capricho, podía haber disfrazado el asunto de juego, me sobra imaginación para eso. 

Sin embargo, una extraña y morbosa curiosidad me impelía a dejarme llevar, a tragarme las circunstancias tal como vinieran, sin intervenir, sin tratar de impedir nada, tan pasiva como un florero chino, pero mucho menos decorativa. Me limitaba a escudriñar mis sentimientos, que eran tan turbulentos como los de una asesina que, después de evitar cuidadosamente volver a la casa donde cometió el crimen, se lía sin saberlo con el nuevo propietario.

¿Era una coincidencia perversa que el primer hombre con quien me disponía a acostarme después de mi regreso viviera precisamente en mi casa y me devolviera a aquello de lo que había huido? Bien pensado, no dejaba de ser lógico que quien alquilase una casa como aquella estuviera relacionado de un modo u otro con el mundo del arte. 

Y, si estaba relacionado con el mundo del arte, tampoco era tan descabellado que hubiéramos coincidido en una inauguración, pero aun así se trataba de la coincidencia más insidiosa de todas las insidiosas coincidencias que el Diablo y sus secuaces llevaban toda la vida sembrando en mi camino. 

Sea como fuere, lo primero que hice cuando el tipo estacionó el coche detrás del Seat cada vez más mugriento de Emma, fue buscar la escultura con la vista. Si el azar me trae de vuelta, pensé, aquí estoy, sacando pecho. Sin embargo, aunque aquélla era mi casa, no había ni rastro de la escultura de Emma. Creo que no tardé ni tres segundos en perder los estribos.

—¿Qué coño has hecho con ella?

El tipo se limitó a mirarme sin entender todavía por qué se había disipado el clima de complicidad erótica ni cómo era posible que aquella tormenta se le hubiera echado encima sin un solo presagio de borrasca inminente.

—La escultura del jardín —me apresuré a aclarar—. ¿Podrías decirme qué coño has hecho con mi escultura?

—¿La escultura? ¿Eres la dueña de…? Yo no sabía…

—¿Se la has vendido a alguien? ¿Qué coño has hecho con ella?

—Tranquilízate, por favor. Hace tres minutos estábamos tan tranquilos, riéndonos…

—Me importa un rábano lo que hiciéramos hace tres minutos, pero ahora vas a decirme qué has hecho con mi escultura.

—Está en el vertedero.

—¿Qué dices?

—Olía. Tranquilízate, por favor… —Por un momento, pensé que el olor al que aquel tipo se refería era el perfume que Emma solía utilizar con profusión—. No sé cuándo empezó a oler, sería hace un par o tres de semanas, pero cada vez apestaba más. Venían moscas, era asqueroso. Si lo hubieras visto y, si, sobre todo, lo hubieras olido, no me lo reprocharías.

—Llévame al vertedero. Ahora —me sentí obligada a puntualizar tras unos instantes de silencio al ver la expresión del tipo.

Tres días después volvía a estar instalada en la casa del acantilado y Emma presidía de nuevo el jardín y, por extensión, la casa entera. Un taxidermista, a quien le conté que aquélla era mi particular versión de El retrato de Dorian Gray, me ayudó a tratarla para frenar el proceso de descomposición, y una vez tratada la encerré en un cubículo de vidrio rodeado de cuatro aspersores, uno en cada esquina, que vaporizan Excess mientras por unos pequeños altavoces acoplados al cubículo se oye cantar a Lou Reed muy bajito She’s my best friend, she understands me when I am feeling down, down, down, down, down, down. Como corresponde a una mejor amiga absorbente como ella, a quien se halla en mi casa le resulta casi imposible sustraerse a su influjo, tanto visual como olfativo.

Entre una cosa y otra, ha pasado el tiempo. La verdad es que la escultura de Emma, con la que cada día hablo más, me hace mucha compañía. A veces tengo incluso la impresión de que estoy más cerca que nunca de mi amiga. Aunque, por supuesto, aún espero que Emma aparezca el día menos pensado y se lleve su mugriento coche al desguace.


Pigmalión - Leopoldo Hurtado


—Veintiocho, treinta y dos, treinta y nueve, cuarenta y siete, cuarenta y siete, cincuenta y tres, cincuenta y cinco, llevo cinco; siete, once, diecinueve... —Seguía sumando una factura cuando oyó los tiros. Sonaron secos, duros, apagados por las alfombras y las paredes.

El señor Dussek levantó la cabeza azorado y miró hacia el lado de los estampidos. Durante un instante quedó inmóvil y luego se lanzó hacia fuera. Tomó por el corredor, atravesó dos salas pequeñas y llegó al salón grande, del frente. A esa hora, con las luces apagadas, con la puerta de calle entornada, todo estaba en la penumbra. Alcanzó a divisar un bulto caído en el suelo y le llegó a las narices el olor de la pólvora. En la sala no había nadie, y la quietud del ambiente hacía el cuadro más impresionante aún.

Con ojos desorbitados, el señor Dussek se acercó al bulto. Era el de un hombre de edad madura, caído de costado. En la alfombra comenzaba a ensancharse una mancha oscura. Abrió la cancela de vidrio, corrió por el corto zaguán que daba hacia la calle, abrió la puerta y se lanzó despavorido por la vereda, en busca de un agente de policía. Algunos transeúntes lo miraron, aunque un hombre corriendo por la calle no les llamó mucho la atención. Con ademanes desordenados y gritos histéricos llamó al vigilante de la esquina.

—Venga, venga —gritaba agitando los brazos—. Han matado a un hombre.

El vigilante se dio vuelta y lo miró; luego se acercó. Echaron a correr por la vereda y llegaron a la casa. Instintivamente, el vigilante echó mano al silbato y tocó la pitada de auxilio; a esa hora, con el bullicio del tránsito, era muy improbable que algún otro agente la oyera. Lo único que consiguió fue que la gente se arremolinara.

Luego entraron. El vigilante se dirigió al bulto que yacía en el suelo, lo dio vuelta y lo examinó rápidamente. El hombre estaba exánime y las manchas rojas de las ropas y del suelo se hacían cada vez más grandes. Luego llamó por teléfono a la comisaría y a la Asistencia Pública. Algunos curiosos se asomaban ya por la cancela. El agente los echó con dureza y se plantó delante de ella. Por el momento, no había más que esperar.

El señor Dussek no sabía qué hacer; se paseaba por el salón, entre los bustos, las cabezas; se detenía delante del muerto —o del herido, vaya uno a saber—; luego volvía a reanudar la marcha, con todo el aspecto de un loco. Hasta el pelo se le había desordenado, ese largo mechón cuidadosamente engominado que daba zigzags por su cabeza tratando, inútilmente, de ocultar la calva. 

El señor Dussek —perdón, Adolfo Dussek, de Hamburgo—, gerente de la Galería Rosenberg, sucursal argentina, era un hombre regordete, bajo, de anteojos dorados, de mejillas sonrosadas y mofletudas. Por lo general plácido y cordial, tenía ahora tal aspecto de susto que hubiera sido muy difícil reconocerle, de primera intención.

Durante unos minutos, lo único que se agitó en el salón fue el señor Dussek. El agente se mantenía junto a la puerta, y las esculturas —ni que decirlo— mantenían su acostumbrada inmovilidad. Las cabezas, los escorzos, surgían aquí y allá, en la penumbra, sin dar muestras de que el suceso los afectara. Hasta la estatua que estaba en el centro del salón —una hermosa figura de muchacha— miraba hacia lo lejos, sin dignarse bajar los ojos hacia el bulto que yacía a sus pies.

Algunos oficiales de policía irrumpieron en el salón. Mandaron al agente que se apostara en la puerta de calle y se dirigieron hacia el bulto; lo examinaron de cerca, sin decir palabra. Casi simultáneamente sonó en la calle la sirena de la Asistencia Pública. Entraron dos hombres con guardapolvos. Uno de ellos dio vuelta al bulto, le levantó la cabeza, le alzó un párpado; luego le tomó el pulso y puso el oído en el pecho.

—Está muerto —dijo—. No hay nada que hacer.

Cubrieron al muerto con una sábana y se pusieron a esperar al juez de instrucción. Los oficiales de policía se llevaron adentro al señor Dussek y empezaron a interrogarlo. Este dijo que, como de costumbre, a eso de las doce y media había apagado las luces del salón y entornado la puerta. A esa hora se cerraba la Galería hasta las quince y media, en que volvía a abrirse. Luego se había puesto a ordenar unas cuentas en su escritorio, cuando oyó los tiros. No había visto a nadie, ni había oído que alguien hubiera entrado o salido. Como él estaba todavía adentro, no había creído necesario cerrar con llave la puerta de calle.

Le dijeron al señor Dussek que estaba detenido; y a decir verdad, por el aspecto despavorido que presentaba, parecía el asesino. Fue palpado de armas y llevado a la comisaría por un agente.

Lo difícil fue poder salir. A esa hora transita por la calle Florida un mundo de gente, y ya toda la cuadra parecía el centro de una manifestación política. A duras penas pudo el señor Dussek ser sacado, y subido a un auto de la policía.

Poco después, por orden del juez de instrucción, el bulto fue levantado y llevado en una camilla hasta la ambulancia. La policía inició un minucioso registro del local. Hasta los bustos y los cuerpos fueron levantados de sus pedestales y examinados por dentro, pero inútilmente se buscó el arma. La pesquisa más cuidadosa no dio resultado alguno. Sólo se hallaron objetos personales del señor Dussek, algunos no muy recomendables; pero, como no hacen al caso, no es menester detallarlos.

Tres artistas exponían sus obras en ese momento en la Galería Rosenberg: en las dos salas interiores, un paisajista y un grabador; en la sala grande del frente, el escultor Bronzini exponía cabezas, algunos estudios, torsos y tres figuras de tamaño natural. Todo esto fue revuelto, como ya dijimos, y puesto patas arriba, pero nada se pudo hallar.

La identificación del muerto se hizo inmediatamente. No sólo llevaba consigo su cédula, sino también tarjetas y cantidad de documentos personales. Resultó ser una persona sumamente conocida en el mundo de los negocios y de las finanzas: el señor Luis Milani, director de la compañía de seguros “La Mutual”.

Pudo también reconstruirse perfectamente el empleo que había hecho el señor Milani del que debía ser el último día de su vida. Estuvo en su despacho toda la mañana, atendiendo los asuntos de rutina de la compañía. A eso de las once y media recibió un llamado telefónico de su amigo Carlos Paglioretti —la telefonista le reconoció la voz— diciéndole que estaba con dos amigos en el “grill” del Plaza, y que se reuniera con ellos para tomar algo y conversar. El director resolvió rápidamente algunas cuestiones y cerró con llave los cajones de su escritorio. Dio órdenes a su secretaria y le dijo que volvería a eso de las tres; después salió.

Momentos después llegaba al Plaza. Buscó a su amigo y lo encontró conversando animadamente con los otros, alrededor de una mesa. Paglioretti los presentó. Milani estuvo cordial con todos. No sólo conocía a aquél de tiempo atrás, sino que en ese momento lo necesitaba como agente de enlace o algo así. No podía decirse que “La Mutual” anduviera mal, o que se encontrara en dificultades; los negocios se mantenían firmes, pero el rubro de los seguros se mostraba cada día más incierto. 

Existía la perspectiva de una crisis o de que el Gobierno, como lo había anunciado varias veces, oficializara las compañías y se hiciera cargo de los seguros en todo el país. El plan que Milani quería llevar a la práctica consistía en derivar hacia la capitalización o la financiación de construcciones colectivas; pero para ello necesitaba nuevos capitales, y aquí entraba a tallar Paglioretti.

Aunque durante la tertulia no se habló para nada de negocios, Milani tuvo la clara impresión de que los otros dos tenían alguna relación oculta con la gestión en que estaba empeñado. Su aspecto no le resultó grato. Uno de ellos —Rívoli o Rígoli, Milani no entendió bien— era un hombre pequeño, vestido con llamativa elegancia, de una insoportable vulgaridad, que denunciaba a la legua al advenedizo, al recién subido. El otro era un chinazo gordo, callado, no acostumbrado todavía a su traje nuevo, a quien Paglioretti dio un nombre ridículo, Crisanto Rodríguez, o algo por el estilo.

Conversaron de bueyes perdidos, y a eso de las doce y media Milani se despidió, después de convenir entrevistarse nuevamente con ellos. Salió del Plaza y tomó por Florida, para ir a almorzar al Jockey. Al pasar frente a la Galería Rosenberg vio en el cartel el nombre de Bronzini y se acordó que tenía interés en ver sus esculturas. (Sobre su escritorio se encontró el último suplemento dominical de “La Prensa”, con la reproducción de las obras del escultor.) 

La puerta estaba entornada; la empujó y entró despacio. Un chico que estaba parado enfrente declaró después que había visto salir un hombre, vestido de gris o de oscuro —no recordaba bien—, que había caminado de prisa por Florida y doblado por Paraguay hacia el río.

Los tres contertulios se quedaron en el “grill”. Después, Paglioretti se despidió; dijo que era el cumpleaños de su mujer y que tenía que ir a almorzar a su casa. Los otros, después de un rato, también salieron y tomaron por Florida. Al acercarse a la Galería Rosenberg advirtieron el gentío y tomaron prudentemente por la vereda de enfrente. De la Galería sacaban una camilla y la metían en una ambulancia. Varios agentes de policía contenían al público.

*  *  *

Lo que desde un principio confundió a la policía no fue tanto la falta de pistas, para dar con el asesino, como la abundancia de éstas. Cada detalle suministró el hilo de una pesquisa, y hubo que hacer innumerables averiguaciones. Pero todas ellas condujeron a una vía muerta.

Quien más indicios procuró fue el propio Milani. Una somera indagación de su vida dio detalles interesantes. Por lo pronto, se supo que tenía dos casas, y en cada una de ellas mujer e hijos, que ninguna relación tenían entre sí. El suceso dio motivo a que se conocieran e intimaran. 

Las dos viudas —llamémoslas así —se unieron en la desgracia y se ofrecieron para coadyuvar en la pesquisa, pero poco es lo que pudieron aportar. Salió también a relucir una liaison anterior con una mujer del ambiente artístico, pero ya había muerto y poco o nada se sacó de ello.

Cuando se revisaron los cajones de su escritorio, la caja de hierro y la del Banco, se reunió un material que hubiera sido muy interesante para un estudio de costumbres —o de malas costumbres—, pero nada que arrojara alguna luz sobre el crimen. 

Los cajones de su escritorio fueron vaciados uno por uno, y revisados por los pesquisas. Durante un momento, cierta fotografía de mujer estuvo peligrosamente cerca de la página en rotograbado de un suplemento dominical, pero los de la policía —por suerte— estuvieron demasiado atareados para constatar el extraordinario parecido de algunas figuras. 

Durante unos segundos, dos reproducciones muy se­mejantes estuvieron una junto a otra, y un hombre corrió inminente peligro de pudrirse toda su vida en la cárcel; pero el empleado hizo un montón de todos los papeles y los apiló a un costado del mue­ble. Cada uno de estos papeles significó una maraña difícil de descifrar, y parecía que a cada momento se estaba sobre la pista del criminal, pero todo, luego, se desvanecía como por encanto. Para colmo, los diarios mantenían pendiente al público acerca de la pesquisa y de las peripecias de la investigación.

El tal Paglioretti también tuvo muy ocupada a la policía durante un tiempo. Para empezar, no pudo dar ninguna explicación satisfactoria de su reciente y cuantiosa fortuna. Por último, hubo de confesar que la debía a negociados, a especulaciones tortuosas y a negocios de agio en la bolsa negra. 

Sus relaciones turbias y nada recomendables con Milani parecieron, por un tiempo, orientar la indagación, pero Paglioretti pudo probar que se había retirado del Plaza después de la hora del crimen y que no tenía nada que ver con él. Por otra parte, aunque Milani mantenía el control de la mayoría de las acciones de “La Mutual” y Paglioretti era su posible sucesor, este interés y esta rivalidad no pasó de ser una presunción en su contra. De allí no se pudo pasar.

Los otros dos compinches tampoco salieron bien parados, aunque sólo desde el punto de vista moral. La justicia les sacó los trapitos al sol, pero ellos lograron escapar de sus garfios. El tal Rígoli resultó un truhán de opereta, aparentemente sospechoso, pero en el fondo un infeliz. No era más que el testaferro de Paglioretti para sus negocios sucios; el otro, Crisanto Rodríguez, resultó no ser más que un provinciano rico, dueño de vastísimos campos por el norte, atraído por el cebo de los negocios suntuosos.

Otros muchos testigos desfilaron: el escultor Bronzini y los otros expositores, quienes poco es lo que pudieron decir acerca de la concurrencia a la exposición; el personal de la oficina —empleados, telefonistas, ascensoristas, porteros, etc.—, el personal de servicio, amigos y conocidos que no hicieron más que complicar las cosas sin aportar nada útil.

Quedaba el pobre señor Dussek, que seguía detenido e incomunicado, en su calidad de casi testigo presencial del crimen. El señor Dussek revivió, poco más o menos, los días de sus pasadas andanzas con la Gestapo, pero nada se le pudo probar que indujera a sospechar la mínima relación con el crimen. 

Después de dos meses de encierro tuvo que ser puesto en libertad y sobreseído. Los diarios dejaron por fin de ocuparse del crimen, y la policía, desorientada, confió en que el azar y el tiempo le trajeran el esclarecimiento deseado.

*  *  *

El señor Dussek estaba en su escritorio arreglando papeles cuando oyó pasos en el corredor. Levantó la vista y se encontró con el escultor Bronzini.

Se dieron cordialmente la mano.

—Venía a felicitarlo —le dijo éste—, por la feliz terminación de sus penurias. Nunca hemos dudado un minuto, ni yo ni todos los que lo conocemos, de que usted fuera inocente.

El señor Dussek sonrió detrás de sus anteojos.

—Yo tampoco he dudado nunca —dijo, e invitó al escultor a sentarse—. Pero han sido largos estos dos meses —añadió, y quedó un rato en silencio—. Hablando de otra cosa, ¿cómo le fue con su exposición?

—Magníficamente. Fue una romería; todo el mundo quería ver la sala, no por los trabajos, claro está, sino por el crimen; y eso que cometieron la tontería de lavar la alfombra

—¿Vendió mucho?

—Prácticamente, todo. Ahora ya tengo la clave del éxito; cada vez que haga mis exposiciones trataré de que se cometa un crimen.

—¿Vendió la “Flora” también?

—La “Flora”, no.

—¿A pesar del ofrecimiento que le hicieron del Museo de Bellas Artes?

—A pesar de ese ofrecimiento.

—Me lo figuraba.

—¿Por qué se lo figuraba?

El señor Dussek no contestó. Después de un instante, dijo:

—Y si yo le ofreciera comprársela, ¿me la vendería?

—Esa figura no la vendo, Dussek, por todo el oro del mundo.

Dussek miró al escultor con sus ojillos risueños.

—Lo comprendo —dijo al cabo—. Es lo mejor que usted ha hecho. Es el trabajo de un maestro, en toda la extensión de la palabra. Pero es curioso que no haya querido cederla al Museo. ¿Quizá tiene para usted algún otro valor que no sea el exclusivamente artístico?

—Quizá...

—Me parece que recuerdo a esa modelo. Creo haberla visto alguna vez por aquí. Además, usted me ha mostrado una serie de dibujos y esbozos preparatorios; debe ser una mujer encantadora. ¿La conoce usted bien, Bronzini?

—La conocía. Ya murió —dijo Bronzini en voz baja.

El señor Dussek siguió hablando como para sí:

—¡Qué magnífica figura! Tengo aquí el recorte del suplemento donde salió reproducida, Y no me canso de contemplarla. La calidad del modelo, la vibración del busto bajo el chal que lo cubre, la perfección de los brazos, la forma en que están equilibradas las líneas, todo, me parece magistral. —Buscó entre unos papeles y quedó mirando una figura...— Con unos años menos, yo también me hubiera animado a cometer cualquier atrocidad por ella...

_¿Qué quiere usted decir?

—Quiero decir, mi querido Bronzini, que yo también me he ocupado de este enigma, Y que tengo mi hipótesis, mi hipótesis particular sobre el criminal.

—¿Cómo así?

Dussek quedó un instante en silencio. Luego dijo en voz baja:

—En estos dos meses de cárcel he meditado mucho sobre este suceso. Un poco por matar horas perdidas, otro poco por instinto de salvación. Era el primer interesado en que el crimen se aclarara cuanto antes.

—¿Y qué ha descubierto?

—Eran largas las horas en la celda —continuó Dussek sin contestar la pregunta—. E infinidad de veces me he preguntado cómo y con qué fin pudo cometerse el crimen. No sabía nada de la víctima, ni tenía noticia de su existencia; pero poco a poco he ido concretando una hipótesis.

Bronzini lo miró interrogativo.

—Sí, como le digo— continuó Dussek—, no sabía si tenía enemigos y si alguien deseaba matarlo. Pero me he leído un montón de diarios, y despacio, despacio, he ido atando cabos hasta hacer me una idea de lo que ocurrió.

—¿Y qué cree usted que ocurrió?

—Para decírselo en pocas palabras, tengo la impresión de que Milani cayó en una trampa... —Hizo un paréntesis, miró de soslayo con sus ojillos a Bronzini, y continuó—: Si alguien deseaba matar a Milani, el salón, a esa hora, se prestaba admirablemente. 

La víctima estaba sola y el asesino pudo ultimarla tranquilamente, y luego huir sin peligro. Pero, para aprovechar esa oportunidad, era menester que el asesino hubiera seguido a la víctima, y no hubo nadie que siguiera a Milani. ¡El asesino estaba aquí adentro, Bronzini! Pudo haber entrado por casualidad, aprovechando la puerta entornada. 

El chico —ese chico que estaba aquí enfrente y que vio entrar a Milani— ha declarado que no vio a nadie detrás de él y que, por el contrario, alguien que no era Milani salió apresuradamente instantes después. ¿Qué hacía ese hombre aquí sino esperar a la víctima, y no a una víctima cualquiera, sino precisamente a él? ¿Cómo podía saber ese hombre que Milani entraría a la casa de exposición? ¿Y cómo pudo esconderse aquí sin que yo, que había apagado las luces y entornado la puerta, lo viera? Ese fue el enigma que me planteé en la cárcel. Y después de mucho pensar, he llegado a una solución...

—¿Cuál es la solución?

—Yo no soy un detective, Bronzini. No soy más que un pobre comerciante, vapuleado por la policía de dos continentes. Pero, quizá por motivos profesionales, me intereso mucho por las cosas del arte. Créame, su exposición ha sido magnífica, pero nada de ella ha sido comparable a esa “Flora”. He repasado una por una las fotografías del catálogo, y cada vez me convenzo más de que fue esa figura la que sirvió de cebo.

—¿De cebo?

—Sí. Se me ocurre que el asesino no conocía al hombre a quien deseaba matar, que tenía algún viejo y tremendo rencor contra alguien a quien deseaba individualizar a toda costa. Milani, al enfrentarse a la “Flora”, debió haber hecho algún gesto, pronunciado una palabra que lo delató. Y entonces el hombre, agazapado en la sombra, no titubeó: tuvo la súbita intuición de que ésa era la persona a quien buscaba y disparó contra ella.

—Todo eso es muy hipotético —dijo Bronzini con aire de duda—. ¿Cómo podía saber el asesino... el hombre, digamos, que Milani visitaría la exposición, y cómo podía saber que era él a quien buscaba?

—Todo eso ya lo he pensado —dijo Dussek—. He tenido muchas horas para pensarlo. En realidad, creo que no necesitaba descubrir a su hombre en ese instante; podía saber muy bien que el objeto de su venganza, o de su rencor, o de su odio —qué sé yo—, era precisamente Milani, y al verlo allí pudo ese odio exacerbarse. 

Y en cuanto a su visita a la exposición, recuerdo que la noticia de la misma se publicó en todos los diarios, y que varias esculturas salieron reproducidas en el suplemento de “La Prensa”. Precisamente tengo aquí el recorte de “Flora”... ¡Qué hermosura! —dijo, contemplándola una vez más—. Sería cuestión de saber —agregó al cabo de un instante—, si Milani tuvo algo que ver, alguna vez, con esta muchacha. Eso le sería muy fácil averiguarlo a la policía. En ese caso, estaríamos casi sobre la pista del criminal.

Bronzini levantó la cabeza.

—¿Piensa usted —preguntó después de un momento— comunicar su hipótesis a la policía?

—Quizá —contestó Dussek sin mirarlo— quizá...

—En ese caso, puede agregar algo más: que Milani fue un perfecto canalla, y que Flora ya está vengada. Ahora lo que venga no me importa.

Dussek se levantó de su sillón y le puso una mano sobre el hombro.

—Mi querido Bronzini —le dijo, saboreando la escena como si fuera espectador de la misma—. Mañana me embarco para Hamburgo. No he tenido suerte en este país, y, por mal que me vaya por allá, no me va a ir peor que aquí. Usted es para mí el primer escultor de la Argentina y tiene toda una vida de triunfos por delante. Sólo quiero pedirle un favor —agregó—. Aquí tiene mi dirección en Hamburgo —y le alcanzó una tarjeta—. Cuando tenga tiempo, sáquele un calco a la cabeza de la “Flora” y mándemelo. Yo también estoy enamorado de esa figura. ¿Fuma usted?

Y le ofreció su cigarrera con gesto amistoso.

La oveja negra - Augusto Monterroso

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Chac Mool - Carlos Fuentes

Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por el sudor de la cocina tropical, bailar el sábado de gloria en La Quebrada y sentirse «gente conocida» en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien, pero ahora, a los cuarenta y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, y a medianoche, un trecho tan largo! Frau Müller no permitió que se velara —cliente tan antiguo— en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido en su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos a la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos; el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos de lonas , para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.

Salimos de Acapulco todavía en la brisa. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Con el desayuno de huevos y chorizo, abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico viejo; cachos de la lotería; el pasaje de ida —¿sólo de ida?—, y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.

Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómito, y cierto sentimiento natural de respeto a la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría —sí, empezaba con eso— nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá, sabría por qué fue declinando, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni «Sufragio Efectivo». Por qué, en fin, fue corrido, olvidada la pensión, sin respetar los escalafones.

«Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros —de hecho librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían la baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos (quizá los más humildes) llegarían muy alto, y aquí, en la escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas, modernizadas —también, como barricada de una invasión, la fuente de sodas— y pretendí leer expedientes. Vi a muchos, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían, o no me querían reconocer. A lo sumo —uno o dos— una mano gorda y rápida en el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo, mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé de los expedientes. Desfilaron los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando, y al cabo, quién sabrá a dónde fueron a parar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera. Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? No dejaba, en ocasiones, de asaltarme el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la vista a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.»

«Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta: en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si no fuera mexicano, no adoraría a Cristo, y —No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adores a un Dios, muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?… Figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos de caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y en todo México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.

»Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas del arte indígena mexicano. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala, o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.

»Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch…!»

«Hoy, domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga para convencer a los turistas de la autenticidad sangrienta de la escultura.

»El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol, vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho en la oscuridad del sótano, como simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco exactamente vertical a la escultura, que recortaba todas las aristas, y le daba una expresión más amable a mi Chac Mool. Habrá que seguir su ejemplo.»

«Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina, y se desbordó, corrió por el suelo y llegó hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron; y todo esto en día de labores, me ha obligado a llegar tarde a la oficina.»

«Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.»

«Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé que eran ladrones. Pura imaginación.»

«Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlos, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.»

«El plomero no viene, estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.»

«Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a un apartamento, y en el último piso, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero no puedo dejar este caserón, ciertamente muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana, pero que es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una casa de decoración en la planta baja.»

«Fui a raspar la lama del Chac Mool con una espátula. El musgo parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No era posible distinguir en la penumbra, y al dar fin al trabajo, con la mano seguí los contornos de la piedra. Cada vez que repasaba el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he puesto encima unos trapos, y mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.»

«Los trapos están en el suelo. Increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido, pero no vuelve a la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, lo aprieto como goma, siento que algo corre por esa figura recostada… Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.»

«Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina; giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es imaginación, o delirio, o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.»

Hasta aquí, la escritura de Filiberto era la vieja, la que tantas veces vi en memoranda y formas, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:

«todo es tan natural; y luego, se cree en lo real… pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta de rojo el agua… Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?… Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué…? Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí, y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en un caracol. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy: era movimiento, reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o la muerte que llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad que sabíamos estaba allí, mostrenca, y que debe sacudirnos para hacerse viva y presente. Creía, nuevamente, que era imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un Dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir… No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volví a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.

Casi sin aliento encendí la luz.

Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaban los dos ojillos, casi bizcos, muy pegados a la nariz triangular. Los dientes inferiores, mordiendo el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casquetón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia la cama; entonces empezó a llover.»

Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del director, y rumores de locura y aun robo. Esto no lo creí. Sí vi unos oficios descabellados, preguntando al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, lo habían enervado. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:

«Chac Mool puede ser simpático cuando quiere… un glu-glu de agua embelesada… Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales, el castigo de los desiertos; cada planta arranca su paternidad mítica: el sauce, su hija descarriada; los lotos, sus mimados; su suegra: el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las chanclas flamantes de ancianidad. Con risa estridente, el Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon, y puesto, físicamente, en contacto con los hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y la tempestad, natural; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado al escondite es artificial y cruel. Creo que nunca lo perdonará el Chac Mool. Él sabe de la inminencia del hecho estético.

He debido proporcionarle sapolio para que se lave el estómago que el mercader le untó de ketchup al creerlo azteca. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tláloc, y, cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsitvos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, en mi cama.»

«Ha empezado la temporada seca. Ayer, desde la sala en que duermo ahora, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí y entreabrí la puerta de la recámara: el Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño… Luego bajó jadeante y pidió agua; todo el día tiene corriendo las llaves, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido no empapar la sala más.» [1]

«El Chac Mool inundó hoy la sala. Exasperado, dije que lo iba a devolver a la Lagunilla. Tan terrible como su risilla —horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o animal— fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de brazaletes pesados. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era distinta: yo dominaría al Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez —¿quién lo dijo?— es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta… Ha tomado mi ropa, y se pone las batas cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, por siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme. Mientras no llueva —¿y su poder mágico?— vivirá colérico o irritable.»

Hoy descubrí que en las noches el Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una canción chirriona y anciana, más vieja que el canto mismo. Luego, cesa. Toqué varias veces a su puerta, y cuando no me contestó, me atreví a entrar. La recámara, que no había vuelto a ver desde el día en que intentó atacarme la estatua, está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.»

«Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; ha hecho que telefonee a una fonda para que me traigan diariamente arroz con pollo. Pero lo sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará; también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas… Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada, y quise gritar.»

«Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse en piedra otra vez. He notado su dificultad reciente para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, y parece ser, de nuevo un ídolo. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiera arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables en que relataba viejos cuentos; creo notar un resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: se está acabando mi bodega; acaricia la seda de las batas; quiere que traiga una criada a la casa; me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Creo que el Chac Mool está cayendo en tentaciones humanas, incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado. Pero también, aquí, puede germinar mi muerte: el Chac no querrá que asista a su derrumbe, es posible que desee matarme.»

«Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para adquirir trabajo, y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Necesito asolearme, nadar, recuperar fuerza. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo el Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.»

Aquí termina el diario de Filiberto. No quise volver a pensar en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo psicológico. Cuando a las nueve de la noche llegamos a la terminal, aún no podía concebir la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y desde allí ordenar su entierro.

Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata; su cara, polveada, quería cubrir las arrugas; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.

—Perdone… no sabía que Filiberto hubiera…

—No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.