—Veintiocho, treinta y dos, treinta y nueve,
cuarenta y siete, cuarenta y siete, cincuenta y tres, cincuenta y cinco, llevo
cinco; siete, once, diecinueve... —Seguía sumando una factura cuando oyó los
tiros. Sonaron secos, duros, apagados por las alfombras y las paredes.
El señor Dussek levantó la cabeza azorado y
miró hacia el lado de los estampidos. Durante un instante quedó inmóvil y luego
se lanzó hacia fuera. Tomó por el corredor, atravesó dos salas pequeñas y llegó
al salón grande, del frente. A esa hora, con las luces apagadas, con la puerta
de calle entornada, todo estaba en la penumbra. Alcanzó a divisar un bulto
caído en el suelo y le llegó a las narices el olor de la pólvora. En la sala no
había nadie, y la quietud del ambiente hacía el cuadro más impresionante aún.
Con ojos desorbitados, el señor Dussek se
acercó al bulto. Era el de un hombre de edad madura, caído de costado. En la
alfombra comenzaba a ensancharse una mancha oscura. Abrió la cancela de vidrio,
corrió por el corto zaguán que daba hacia la calle, abrió la puerta y se lanzó
despavorido por la vereda, en busca de un agente de policía. Algunos
transeúntes lo miraron, aunque un hombre corriendo por la calle no les llamó
mucho la atención. Con ademanes desordenados y gritos histéricos llamó al
vigilante de la esquina.
—Venga, venga —gritaba agitando los brazos—.
Han matado a un hombre.
El vigilante se dio vuelta y lo miró; luego se
acercó. Echaron a correr por la vereda y llegaron a la casa. Instintivamente,
el vigilante echó mano al silbato y tocó la pitada de auxilio; a esa hora, con
el bullicio del tránsito, era muy improbable que algún otro agente la oyera. Lo
único que consiguió fue que la gente se arremolinara.
Luego entraron. El vigilante se dirigió al
bulto que yacía en el suelo, lo dio vuelta y lo examinó rápidamente. El hombre
estaba exánime y las manchas rojas de las ropas y del suelo se hacían cada vez
más grandes. Luego llamó por teléfono a la comisaría y a la Asistencia Pública.
Algunos curiosos se asomaban ya por la cancela. El agente los echó con dureza y
se plantó delante de ella. Por el momento, no había más que esperar.
El señor Dussek no sabía qué hacer; se paseaba
por el salón, entre los bustos, las cabezas; se detenía delante del muerto —o
del herido, vaya uno a saber—; luego volvía a reanudar la marcha, con todo el
aspecto de un loco. Hasta el pelo se le había desordenado, ese largo mechón
cuidadosamente engominado que daba zigzags por su cabeza tratando, inútilmente,
de ocultar la calva.
El señor Dussek —perdón, Adolfo Dussek, de Hamburgo—, gerente
de la Galería Rosenberg, sucursal argentina, era un hombre regordete, bajo, de
anteojos dorados, de mejillas sonrosadas y mofletudas. Por lo general plácido y
cordial, tenía ahora tal aspecto de susto que hubiera sido muy difícil
reconocerle, de primera intención.
Durante unos minutos, lo único que se agitó en
el salón fue el señor Dussek. El agente se mantenía junto a la puerta, y las
esculturas —ni que decirlo— mantenían su acostumbrada inmovilidad. Las cabezas,
los escorzos, surgían aquí y allá, en la penumbra, sin dar muestras de que el
suceso los afectara. Hasta la estatua que estaba en el centro del salón —una
hermosa figura de muchacha— miraba hacia lo lejos, sin dignarse bajar los ojos
hacia el bulto que yacía a sus pies.
Algunos oficiales de policía irrumpieron en el
salón. Mandaron al agente que se apostara en la puerta de calle y se dirigieron
hacia el bulto; lo examinaron de cerca, sin decir palabra. Casi simultáneamente
sonó en la calle la sirena de la Asistencia Pública. Entraron dos hombres con
guardapolvos. Uno de ellos dio vuelta al bulto, le levantó la cabeza, le alzó
un párpado; luego le tomó el pulso y puso el oído en el pecho.
—Está muerto —dijo—. No hay nada que hacer.
Cubrieron al muerto con una sábana y se
pusieron a esperar al juez de instrucción. Los oficiales de policía se llevaron
adentro al señor Dussek y empezaron a interrogarlo. Este dijo que, como de
costumbre, a eso de las doce y media había apagado las luces del salón y
entornado la puerta. A esa hora se cerraba la Galería hasta las quince y media,
en que volvía a abrirse. Luego se había puesto a ordenar unas cuentas en su
escritorio, cuando oyó los tiros. No había visto a nadie, ni había oído que
alguien hubiera entrado o salido. Como él estaba todavía adentro, no había
creído necesario cerrar con llave la puerta de calle.
Le dijeron al señor Dussek que estaba
detenido; y a decir verdad, por el aspecto despavorido que presentaba, parecía
el asesino. Fue palpado de armas y llevado a la comisaría por un agente.
Lo difícil fue poder salir. A esa hora
transita por la calle Florida un mundo de gente, y ya toda la cuadra parecía el
centro de una manifestación política. A duras penas pudo el señor Dussek ser
sacado, y subido a un auto de la policía.
Poco después, por orden del juez de
instrucción, el bulto fue levantado y llevado en una camilla hasta la
ambulancia. La policía inició un minucioso registro del local. Hasta los bustos
y los cuerpos fueron levantados de sus pedestales y examinados por dentro, pero
inútilmente se buscó el arma. La pesquisa más cuidadosa no dio resultado
alguno. Sólo se hallaron objetos personales del señor Dussek, algunos no muy
recomendables; pero, como no hacen al caso, no es menester detallarlos.
Tres artistas exponían sus obras en ese
momento en la Galería Rosenberg: en las dos salas interiores, un paisajista y
un grabador; en la sala grande del frente, el escultor Bronzini exponía
cabezas, algunos estudios, torsos y tres figuras de tamaño natural. Todo esto
fue revuelto, como ya dijimos, y puesto patas arriba, pero nada se pudo hallar.
La identificación del muerto se hizo
inmediatamente. No sólo llevaba consigo su cédula, sino también tarjetas y
cantidad de documentos personales. Resultó ser una persona sumamente conocida
en el mundo de los negocios y de las finanzas: el señor Luis Milani, director
de la compañía de seguros “La Mutual”.
Pudo también reconstruirse perfectamente el
empleo que había hecho el señor Milani del que debía ser el último día de su
vida. Estuvo en su despacho toda la mañana, atendiendo los asuntos de rutina de
la compañía. A eso de las once y media recibió un llamado telefónico de su
amigo Carlos Paglioretti —la telefonista le reconoció la voz— diciéndole que
estaba con dos amigos en el “grill” del Plaza, y que se reuniera con ellos para
tomar algo y conversar. El director resolvió rápidamente algunas cuestiones y
cerró con llave los cajones de su escritorio. Dio órdenes a su secretaria y le
dijo que volvería a eso de las tres; después salió.
Momentos después llegaba al Plaza. Buscó a su
amigo y lo encontró conversando animadamente con los otros, alrededor de una
mesa. Paglioretti los presentó. Milani estuvo cordial con todos. No sólo
conocía a aquél de tiempo atrás, sino que en ese momento lo necesitaba como
agente de enlace o algo así. No podía decirse que “La Mutual” anduviera mal, o
que se encontrara en dificultades; los negocios se mantenían firmes, pero el
rubro de los seguros se mostraba cada día más incierto.
Existía la perspectiva
de una crisis o de que el Gobierno, como lo había anunciado varias veces,
oficializara las compañías y se hiciera cargo de los seguros en todo el país.
El plan que Milani quería llevar a la práctica consistía en derivar hacia la
capitalización o la financiación de construcciones colectivas; pero para ello
necesitaba nuevos capitales, y aquí entraba a tallar Paglioretti.
Aunque durante la tertulia no se habló para
nada de negocios, Milani tuvo la clara impresión de que los otros dos tenían
alguna relación oculta con la gestión en que estaba empeñado. Su aspecto no le
resultó grato. Uno de ellos —Rívoli o Rígoli, Milani no entendió bien— era un
hombre pequeño, vestido con llamativa elegancia, de una insoportable
vulgaridad, que denunciaba a la legua al advenedizo, al recién subido. El otro
era un chinazo gordo, callado, no acostumbrado todavía a su traje nuevo, a
quien Paglioretti dio un nombre ridículo, Crisanto Rodríguez, o algo por el
estilo.
Conversaron de bueyes perdidos, y a
eso de las doce y media Milani se despidió, después de convenir entrevistarse
nuevamente con ellos. Salió del Plaza y tomó por Florida, para ir a almorzar al
Jockey. Al pasar frente a la Galería Rosenberg vio en el cartel el nombre de
Bronzini y se acordó que tenía interés en ver sus esculturas. (Sobre su
escritorio se encontró el último suplemento dominical de “La Prensa”, con la
reproducción de las obras del escultor.)
La puerta estaba entornada; la empujó
y entró despacio. Un chico que estaba parado enfrente declaró después que había
visto salir un hombre, vestido de gris o de oscuro —no recordaba bien—, que
había caminado de prisa por Florida y doblado por Paraguay hacia el río.
Los tres contertulios se quedaron en el “grill”.
Después, Paglioretti se despidió; dijo que era el cumpleaños de su mujer y que
tenía que ir a almorzar a su casa. Los otros, después de un rato, también
salieron y tomaron por Florida. Al acercarse a la Galería Rosenberg advirtieron
el gentío y tomaron prudentemente por la vereda de enfrente. De la Galería
sacaban una camilla y la metían en una ambulancia. Varios agentes de policía
contenían al público.
*
* *
Lo que desde un principio confundió a la
policía no fue tanto la falta de pistas, para dar con el asesino, como la
abundancia de éstas. Cada detalle suministró el hilo de una pesquisa, y hubo
que hacer innumerables averiguaciones. Pero todas ellas condujeron a una vía
muerta.
Quien más indicios procuró fue el propio
Milani. Una somera indagación de su vida dio detalles interesantes. Por lo
pronto, se supo que tenía dos casas, y en cada una de ellas mujer e hijos, que
ninguna relación tenían entre sí. El suceso dio motivo a que se conocieran e
intimaran.
Las dos viudas —llamémoslas así —se unieron en la desgracia y se
ofrecieron para coadyuvar en la pesquisa, pero poco es lo que pudieron aportar.
Salió también a relucir una liaison anterior con una mujer del ambiente
artístico, pero ya había muerto y poco o nada se sacó de ello.
Cuando se revisaron los cajones de su
escritorio, la caja de hierro y la del Banco, se reunió un material que hubiera
sido muy interesante para un estudio de costumbres —o de malas costumbres—,
pero nada que arrojara alguna luz sobre el crimen.
Los cajones de su escritorio
fueron vaciados uno por uno, y revisados por los pesquisas. Durante un momento,
cierta fotografía de mujer estuvo peligrosamente cerca de la página en
rotograbado de un suplemento dominical, pero los de la policía —por suerte—
estuvieron demasiado atareados para constatar el extraordinario parecido de
algunas figuras.
Durante unos segundos, dos reproducciones muy semejantes
estuvieron una junto a otra, y un hombre corrió inminente peligro de pudrirse
toda su vida en la cárcel; pero el empleado hizo un montón de todos los papeles
y los apiló a un costado del mueble. Cada uno de estos papeles significó una
maraña difícil de descifrar, y parecía que a cada momento se estaba sobre la
pista del criminal, pero todo, luego, se desvanecía como por encanto. Para
colmo, los diarios mantenían pendiente al público acerca de la pesquisa y de
las peripecias de la investigación.
El tal Paglioretti también tuvo muy ocupada a
la policía durante un tiempo. Para empezar, no pudo dar ninguna explicación
satisfactoria de su reciente y cuantiosa fortuna. Por último, hubo de confesar
que la debía a negociados, a especulaciones tortuosas y a negocios de agio en
la bolsa negra.
Sus relaciones turbias y nada recomendables con Milani
parecieron, por un tiempo, orientar la indagación, pero Paglioretti pudo probar
que se había retirado del Plaza después de la hora del crimen y que no tenía
nada que ver con él. Por otra parte, aunque Milani mantenía el control de la
mayoría de las acciones de “La Mutual” y Paglioretti era su posible sucesor,
este interés y esta rivalidad no pasó de ser una presunción en su contra. De
allí no se pudo pasar.
Los otros dos compinches tampoco salieron bien
parados, aunque sólo desde el punto de vista moral. La justicia les sacó los
trapitos al sol, pero ellos lograron escapar de sus garfios. El tal Rígoli
resultó un truhán de opereta, aparentemente sospechoso, pero en el fondo un
infeliz. No era más que el testaferro de Paglioretti para sus negocios sucios;
el otro, Crisanto Rodríguez, resultó no ser más que un provinciano rico, dueño
de vastísimos campos por el norte, atraído por el cebo de los negocios
suntuosos.
Otros muchos testigos desfilaron: el escultor
Bronzini y los otros expositores, quienes poco es lo que pudieron decir acerca
de la concurrencia a la exposición; el personal de la oficina —empleados,
telefonistas, ascensoristas, porteros, etc.—, el personal de servicio, amigos y
conocidos que no hicieron más que complicar las cosas sin aportar nada útil.
Quedaba el pobre señor Dussek, que seguía
detenido e incomunicado, en su calidad de casi testigo presencial del crimen.
El señor Dussek revivió, poco más o menos, los días de sus pasadas andanzas con
la Gestapo, pero nada se le pudo probar que indujera a sospechar la mínima
relación con el crimen.
Después de dos meses de encierro tuvo que ser puesto en
libertad y sobreseído. Los diarios dejaron por fin de ocuparse del crimen, y la
policía, desorientada, confió en que el azar y el tiempo le trajeran el
esclarecimiento deseado.
*
* *
El señor Dussek estaba en su escritorio
arreglando papeles cuando oyó pasos en el corredor. Levantó la vista y se
encontró con el escultor Bronzini.
Se dieron cordialmente la mano.
—Venía a felicitarlo —le dijo éste—, por la
feliz terminación de sus penurias. Nunca hemos dudado un minuto, ni yo ni todos
los que lo conocemos, de que usted fuera inocente.
El señor Dussek sonrió detrás de sus anteojos.
—Yo tampoco he dudado nunca —dijo, e invitó al
escultor a sentarse—. Pero han sido largos estos dos meses —añadió, y quedó un
rato en silencio—. Hablando de otra cosa, ¿cómo le fue con su exposición?
—Magníficamente. Fue una romería; todo el
mundo quería ver la sala, no por los trabajos, claro está, sino por el crimen;
y eso que cometieron la tontería de lavar la alfombra
—¿Vendió mucho?
—Prácticamente, todo. Ahora ya tengo la clave
del éxito; cada vez que haga mis exposiciones trataré de que se cometa un
crimen.
—¿Vendió la “Flora” también?
—La “Flora”, no.
—¿A pesar del ofrecimiento que le hicieron del
Museo de Bellas Artes?
—A pesar de ese ofrecimiento.
—Me lo figuraba.
—¿Por qué se lo figuraba?
El señor Dussek no contestó. Después de un
instante, dijo:
—Y si yo le ofreciera comprársela, ¿me la
vendería?
—Esa figura no la vendo, Dussek, por todo el
oro del mundo.
Dussek miró al escultor con sus ojillos
risueños.
—Lo comprendo —dijo al cabo—. Es lo mejor que
usted ha hecho. Es el trabajo de un maestro, en toda la extensión de la
palabra. Pero es curioso que no haya querido cederla al Museo. ¿Quizá tiene
para usted algún otro valor que no sea el exclusivamente artístico?
—Quizá...
—Me parece que recuerdo a esa modelo. Creo
haberla visto alguna vez por aquí. Además, usted me ha mostrado una serie de
dibujos y esbozos preparatorios; debe ser una mujer encantadora. ¿La conoce
usted bien, Bronzini?
—La conocía. Ya murió —dijo Bronzini en voz
baja.
El señor Dussek siguió hablando como para sí:
—¡Qué magnífica figura! Tengo aquí el recorte
del suplemento donde salió reproducida, Y no me canso de contemplarla. La
calidad del modelo, la vibración del busto bajo el chal que lo cubre, la
perfección de los brazos, la forma en que están equilibradas las líneas, todo,
me parece magistral. —Buscó entre unos papeles y quedó mirando una figura...—
Con unos años menos, yo también me hubiera animado a cometer cualquier
atrocidad por ella...
_¿Qué quiere usted decir?
—Quiero decir, mi querido Bronzini, que yo
también me he ocupado de este enigma, Y que tengo mi hipótesis, mi hipótesis
particular sobre el criminal.
—¿Cómo así?
Dussek quedó un instante en silencio. Luego
dijo en voz baja:
—En estos dos meses de cárcel he meditado
mucho sobre este suceso. Un poco por matar horas perdidas, otro poco por
instinto de salvación. Era el primer interesado en que el crimen se aclarara
cuanto antes.
—¿Y qué ha descubierto?
—Eran largas las horas en la celda —continuó
Dussek sin contestar la pregunta—. E infinidad de veces me he preguntado cómo y con qué fin pudo cometerse el crimen.
No sabía nada de la víctima, ni tenía noticia de su existencia; pero poco a
poco he ido concretando una hipótesis.
Bronzini lo miró interrogativo.
—Sí, como le digo— continuó Dussek—, no sabía
si tenía enemigos y si alguien deseaba matarlo. Pero me he leído un montón de diarios, y
despacio, despacio, he ido atando cabos hasta hacer me una idea de lo que
ocurrió.
—¿Y qué cree usted que ocurrió?
—Para decírselo en pocas palabras, tengo la
impresión de que Milani cayó en una trampa... —Hizo un paréntesis, miró de
soslayo con sus ojillos a Bronzini, y continuó—: Si alguien deseaba matar a
Milani, el salón, a esa hora, se prestaba admirablemente.
La víctima estaba
sola y el asesino pudo ultimarla tranquilamente, y luego huir sin peligro.
Pero, para aprovechar esa oportunidad, era menester que el asesino hubiera
seguido a la víctima, y no hubo nadie que siguiera a Milani. ¡El asesino estaba
aquí adentro, Bronzini! Pudo haber entrado por casualidad, aprovechando la
puerta entornada.
El chico —ese chico que estaba aquí enfrente y que vio entrar
a Milani— ha declarado que no vio a nadie detrás de él y que, por el contrario,
alguien que no era Milani salió apresuradamente instantes después. ¿Qué hacía
ese hombre aquí sino esperar a la víctima, y no a una víctima cualquiera, sino
precisamente a él? ¿Cómo podía saber ese hombre que Milani entraría a la casa
de exposición? ¿Y cómo pudo esconderse aquí sin que yo, que había apagado las
luces y entornado la puerta, lo viera? Ese fue el enigma que me planteé en la
cárcel. Y después de mucho pensar, he llegado a una solución...
—¿Cuál es la solución?
—Yo no soy un detective, Bronzini. No soy más
que un pobre comerciante, vapuleado por la policía de dos continentes. Pero,
quizá por motivos profesionales, me intereso mucho por las cosas del arte.
Créame, su exposición ha sido magnífica, pero nada de ella ha sido comparable a
esa “Flora”. He repasado una por una las fotografías del catálogo, y cada vez
me convenzo más de que fue esa figura la que sirvió de cebo.
—¿De cebo?
—Sí. Se me ocurre que el asesino no conocía al
hombre a quien deseaba matar, que tenía algún viejo y tremendo rencor contra
alguien a quien deseaba individualizar a toda costa. Milani, al enfrentarse a
la “Flora”, debió haber hecho algún gesto, pronunciado una palabra que lo
delató. Y entonces el hombre, agazapado en la sombra, no titubeó: tuvo la
súbita intuición de que ésa era la persona a quien buscaba y disparó contra
ella.
—Todo eso es muy hipotético —dijo Bronzini con
aire de duda—. ¿Cómo podía saber el asesino... el hombre, digamos, que Milani
visitaría la exposición, y cómo podía saber que era él a quien buscaba?
—Todo eso ya lo he pensado —dijo Dussek—. He
tenido muchas horas para pensarlo. En realidad, creo que no necesitaba
descubrir a su hombre en ese instante; podía saber muy bien que el objeto de su
venganza, o de su rencor, o de su odio —qué sé yo—, era precisamente Milani, y
al verlo allí pudo ese odio exacerbarse.
Y en cuanto a su visita a la
exposición, recuerdo que la noticia de la misma se publicó en todos los
diarios, y que varias esculturas salieron reproducidas en el suplemento de “La
Prensa”. Precisamente tengo aquí el recorte de “Flora”... ¡Qué hermosura!
—dijo, contemplándola una vez más—. Sería cuestión de saber —agregó al cabo de
un instante—, si Milani tuvo algo que ver, alguna vez, con esta muchacha. Eso
le sería muy fácil averiguarlo a la policía. En ese caso, estaríamos casi sobre
la pista del criminal.
Bronzini levantó la cabeza.
—¿Piensa usted —preguntó después de un
momento— comunicar su hipótesis a la policía?
—Quizá —contestó Dussek sin mirarlo— quizá...
—En ese caso, puede agregar algo más: que
Milani fue un perfecto canalla, y que Flora ya está vengada. Ahora lo que venga
no me importa.
Dussek se levantó de su sillón y le puso una
mano sobre el hombro.
—Mi querido Bronzini —le dijo, saboreando la
escena como si fuera espectador de la misma—. Mañana me embarco para Hamburgo.
No he tenido suerte en este país, y, por mal que me vaya por allá, no me va a
ir peor que aquí. Usted es para mí el primer escultor de la Argentina y
tiene toda una vida de triunfos por delante.
Sólo quiero pedirle un favor —agregó—. Aquí tiene mi dirección en
Hamburgo —y le alcanzó una
tarjeta—. Cuando tenga tiempo, sáquele un calco a la cabeza de la “Flora” y mándemelo. Yo también
estoy enamorado de esa figura. ¿Fuma usted?
Y le ofreció su cigarrera con gesto
amistoso.