Credo
El incendio empieza
cuando untado de palabras
te dejas venir
hacia mi cuerpo
palpas gimes sueñas
solo entonces
creo en la
única
firmeza de tu vida
después
llegan los bomberos
En cada cicatriz cabe la vida p.46
Credo
El incendio empieza
cuando untado de palabras
te dejas venir
hacia mi cuerpo
palpas gimes sueñas
solo entonces
creo en la
única
firmeza de tu vida
después
llegan los bomberos
En cada cicatriz cabe la vida p.46
Acuérdate
de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto olor se
arrastra por tu memoria.
Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo
quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.
Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te
arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre;
acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.
Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un
velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los
animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.
Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces -querías ver,
te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.
Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de
salir de la jaula.
Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado
ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar,
contigo adentro, cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido,
repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos
innumerables, el tiempo se cerraba al revés ( y los ojos de carne sólo veían un
sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el
ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te
negaba), el grito silencioso "Yo soy" que el hueso oye, por el cual
muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a
cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo
pureza, todo centro, todo pureza salvo tú mismo.
Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver
hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser
aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.
Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier
modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo
tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus
andrajos.
Acuérdate de tu guardián.
Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras
conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del
hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus
sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de
que no sabes recordar.
Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te
trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.
Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas
de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supisteis someteros a su
fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.
Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no
hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el
cenegal de tu corazón.
Acuérdate de las mañanas en que la gracia era como una vara amenazadora que te
conducía, sumiso, a través de tus jornadas, ¡bienaventurado el ganado bajo el
yugo!
Y acuérdate de que entre sus dedos entumecidos tu pobre memoria dejó escapar el
pez de oro.
Acuérdate de los que te dicen: acuérdate. Acuérdate de la voz que te decía: no
caigas. Y acuérdate del placer equívoco de la caída.
Acuérdate, pobre memoria mía, de las dos caras de la medalla. Y de su metal
único.
Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
de el luciente cristal tu gentil cuello;
goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,
no sólo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.Soy el más brillante, el Sol.
Estamos en verano,
mi estación ha empezado.
Cuando las rosas, ya florecidas,
se curvan bajo su propio peso.
Yo asciendo en mi trono,
llevando mi flamígera corona.
Pinto el jardín de tonos brillantes.
Pero hay algo más profundo que también hago: enciendo el amor, la emoción, la pasión;
convierto los pensamientos en actos.
Incluso aún cuando no puedes ver mi dorada esfera,
en la felicidad, en la tristeza, siempre estoy ahí.
Soy la fuerza de la vida en su momento culminante.
Soy el dador de todo lo que busca.
Mis días de maduración han llegado y te sustentaré durante el año que vendrá.
Tú creíste en mí y cultivaste tus campos.
Ahora, los cultivos están altos bajo la luz solar.
Doy calor al maíz de los campos.
Silenciosamente, hincho las hortalizas.
Los hermosos días de la cosecha son míos.
Perfumo el aire con lavanda y tomillo.
Los brotes delicados de Mayo hace tiempo que desaparecieron; son un recuerdo, mientras canto la canción del verano.
Soy la fuerza de la vida en su momento culminante.
Soy el dador de todo lo que busca.
Mis días de maduración han llegado y te sustentaré durante el año que vendrá.
Tú creíste en mí y cultivaste tus campos.
Ahora, los cultivos están altos bajo la luz solar.
Doy calor al maíz de tus campos.
Silenciosamente, hincho las hortalizas.
Los hermosos días de la cosecha son míos.
Perfumo el aire con lavanda y tomillo.
Los brotes delicados de Mayo hace tiempo que desaparecieron; son un recuerdo, mientras canto la canción del verano.
Pasé la vida entre vampiros y ángeles,
librando con paciencia los unos mi energía,
los otros trasvolando mis días más sentidos.
Todos los trances de luz fueron suyos:
el ángel los del cuerpo, los del alma al vampiro.
Al sol como en las sombra estuve ciego
y en el tránsito hacia el cenit, perdido.
Confundí las alas blancas con las capas negras.
Gusté besando al ángel, los labios del vampiro.
Siempre acudí a la cita con lo eterno.
Cada vez que llamó, me encontraba.
Unas veces hermoso y otras veces oscuro,
el timbre de su voz me subyugaba,
la miel de su sonrisa me encendía,
y bailábamos juntos, el ángel o el vampiro
y yo que nunca supe muy bien con quien bailaba.