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Rincón de la poesía: Credo - Lucía Rivadeneyra

                 Credo

 

El incendio empieza

cuando untado de palabras

te dejas venir

hacia mi cuerpo

palpas        gimes        sueñas

solo entonces

creo en la

                única

firmeza de tu vida

después

llegan los bomberos 

 

En cada cicatriz cabe la vida  p.46 

Rincón de la poesía: Hechos memorables - René Daumal


Acuérdate de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria.
Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.
Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre; acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.
Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.
Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces -querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.
Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de salir de la jaula.
Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar, contigo adentro, cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés ( y los ojos de carne sólo veían un sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te negaba), el grito silencioso "Yo soy" que el hueso oye, por el cual muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo pureza, todo centro, todo pureza salvo tú mismo.
Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.
Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos.
Acuérdate de tu guardián.
Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de que no sabes recordar.
Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.
Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supisteis someteros a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.
Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el cenegal de tu corazón.
Acuérdate de las mañanas en que la gracia era como una vara amenazadora que te conducía, sumiso, a través de tus jornadas, ¡bienaventurado el ganado bajo el yugo!
Y acuérdate de que entre sus dedos entumecidos tu pobre memoria dejó escapar el pez de oro.
Acuérdate de los que te dicen: acuérdate. Acuérdate de la voz que te decía: no caigas. Y acuérdate del placer equívoco de la caída.
Acuérdate, pobre memoria mía, de las dos caras de la medalla. Y de su metal único.

Rincón de la poesía: Espantapájaros 7 - Oliverio Girondo

 ¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor. En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones, de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue, cubierto de flores blancas...
Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso...
Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto. Amor incandescente y amor incauto. Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor. Amor y amor... ¡y nada más que amor!

Rincón de la poesía: Mientras por competir con tu cabello - Luis de Góngora

Mientras por competir con tu cabello,

oro bruñido al sol relumbra en vano,

mientras con menosprecio en medio el llano

mira tu blanca frente el lilio bello;


mientras a cada labio, por cogello,

siguen más ojos que al clavel temprano,

y mientras triunfa con desdén lozano

de el luciente cristal tu gentil cuello;


goza cuello, cabello, labio y frente,

antes que lo que fue en tu edad dorada

oro, lilio, clavel, cristal luciente,


no sólo en plata o víola troncada

se vuelva, mas tú y ello juntamente

en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Rincón de la poesía: Anubis - Elizabeth Barrette

    Anubis es la noche previa al día,
la  sombra oculta de la sabiduría y de la luz, 
de sus ojos suavemente brillantes
que reflejan la luna y las estrellas.

    Anubis es quien los dioses obedecen, 
respetando tanto su ladrido
como su mordisco.
Las palabras mesuradas 
y sus mandíbulas prestas a triturar.
 
    Anubis es el que vigila desde lejos,
el que controla cuando el momento ha llegado
para pesar un alma, y juzgar su vida, como errónea o correcta.
 
    Anubis nos conoce a todos por lo que somos.
Ni nos ama, ni nos odia, tampoco se da un respiro
en su eterno recuento de puntuaciones.

    Él cuida la balanza y de las leyes,
porque él es el chacal que tiene el conocimiento de la justicia.

Rincón de la poesía: Agosto - James Kambos

 Soy el más brillante, el Sol.

Estamos en verano,

mi estación ha empezado.

Cuando las rosas, ya florecidas,

se curvan bajo su propio peso.

Yo asciendo en mi trono,

llevando mi flamígera corona.

Pinto el jardín de tonos brillantes.

Pero hay algo más profundo que también hago: enciendo el amor, la emoción, la pasión;

convierto los pensamientos en actos.

Incluso aún cuando no puedes ver mi dorada esfera, 

en la felicidad, en la tristeza, siempre estoy ahí.

Rincón de la Poesía: Elogio del Vampiro - Vicente Quirarte

[FRAGMENTO]


Para qué perseguirlo,
clavarle una estaca de madera,
condenar de antemano su apetito,
lamentar su presencia en nuestra vida:
el Vampiro no pasa
si nosotros no abrimos la ventana.


Escucha su canción,
no sólo desde el páramo o el bosque:
en el agua turquesa de los trópicos,
en los cuartos de hoteles,
en la tela de loro del mercado,
dondequiera que el hombre reconoce
el brillo de otro cuerpo y necesita
el marfil del Vampiro en su garganta.
 

Inocente, el Vampiro:
le decimos que es cruel cuando nos hiere,
e invocamos a Dios cuando el diluvio
que nuestra propia sangre ha conjurado
mantiene a la deriva hasta los muebles,
a pesar de las leyes y de Newton.


El Vampiro es tan bello
que el azogue se niega a reflejarlo.
Si su sombra te alcanza,
olvidarán tu nombre los espejos,
pero hallarás un eco en la hermosura
de quien has elegido como doble.
Quisiera amar la luz pero ya sabe
que el amor sabe a sombra perseguida,
al vahído final de los ahorcados,
a todo lo que termina en arrebato.
 

Ábrele tu ventana.
Cuando pruebes su vino,
sentirás que la vida se prolonga
y el agua de sus copas es de vidrio.
Acepta sus mentiras:
nunca estarás más vivo que en sus brazos.

 

Rincón de la Poesía: Julio - James Kambos

Soy la fuerza de la vida en su momento culminante.

Soy el dador de todo lo que busca.

Mis días de maduración han llegado y te sustentaré durante el año que vendrá.

Tú creíste en mí y cultivaste tus campos. 

Ahora, los cultivos están altos bajo la luz solar.

Doy calor al maíz de los campos.

Silenciosamente, hincho las hortalizas.

Los hermosos días de la cosecha son míos.

Perfumo el aire con lavanda y tomillo.

Los brotes delicados de Mayo hace tiempo que desaparecieron; son un recuerdo, mientras canto la canción del verano.

Rincón de la Poesía: Julio - James Kambos

 Soy la fuerza de la vida en su momento culminante.

Soy el dador de todo lo que busca. 

Mis días de maduración han llegado y te sustentaré durante el año que vendrá.

Tú creíste en mí y cultivaste tus campos.

Ahora, los cultivos están altos bajo la luz solar.

Doy calor al maíz de tus campos.

Silenciosamente, hincho las hortalizas. 

Los hermosos días de la cosecha son míos.

Perfumo el aire con lavanda y tomillo.

Los brotes delicados de Mayo hace tiempo que desaparecieron; son un recuerdo, mientras canto la canción del verano.

Rincón de la Poesía: Soy - El Anima Texto medieval

    Soy la flor del campo y el lirio del valle. 
    Soy la madre del buen amor y del miedo y del saber y de la santa esperanza…      
    Soy la mediadora de los elementos, y hago que unos y otros se pongan de acuerdo; convierto lo caliente en frío y viceversa, y lo que es áspero lo suavizo… 
    Soy la ley en el sacerdote y la palabra en el profeta y el consejo en el sabio. Mataré y daré vida y no hay nadie que escape de mi mano.

Rincón de la Poesía: El ángel y el vampiro - Leopoldo Alas

Pasé la vida entre vampiros y ángeles, 

librando con paciencia los unos mi energía,

los otros trasvolando mis días más sentidos.

Todos los trances de luz fueron suyos:

el ángel los del cuerpo, los del alma al vampiro.

Al sol como en las sombra estuve ciego

y en el tránsito hacia el cenit, perdido. 

Confundí las alas blancas con las capas negras.

Gusté besando al ángel, los labios del vampiro. 

Siempre acudí a la cita con lo eterno.

Cada vez que llamó, me encontraba.

Unas veces hermoso y otras veces oscuro,

el timbre de su voz me subyugaba,

la miel de su sonrisa me encendía,

y bailábamos juntos, el ángel o el vampiro

y yo que nunca supe muy bien con quien bailaba.