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Un señor muy viejo con unas alas enormes - Gabriel García Márquez

Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. 

El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. 

La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.

Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. 

Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. 

Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. 

Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.

—Es un ángel —les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.

Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. 

Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A medianoche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. 

Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en alta mar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.

El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. 

Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo.

Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. 

Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. 

Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. 

Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. 

Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que este escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.

Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. 

Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.

Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. 

Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. 

En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.

El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. 

Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. 

Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. 

Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. 

La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. 

Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. 

Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.

El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. 

Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. 

Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.

Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no solo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. 

Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. 

Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. 

Además, los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas.  

Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. 

Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.

Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. 

Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. 

El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva.  

Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. 

El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. 

El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. 

Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.

Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. 

Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. 

Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. 

Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y solo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. 

Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.

Sin embargo, no solo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. 

Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. 

Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. 

Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura.  

Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. 

Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.



Rincón de la Poesía: Ángel de alas amarillas - Sivela Tanit

Vuela ángel de palabras tristes,
lava mis angustias con tus lágrimas,
con tu aliento sana los desgarros de mi espíritu
que surgen al caminar por la vida;
borra el dolor, la traición, la ira...
sopla suave sobre mi corazón.
 
No permitas que huyan mis sueños,
mi esperanza y todo lo que Soy.
 
Vuela ángel de alas amarillas, 
llévate mi cobardía e indecisión,
arranca la raíz de la duda
y vierte de la pasión su licor.
 
Ángel mío que vives de palabras tristes 
Concédeme que el afligido suspiro mio,
no me regrese a la agonía.
Si abrazas mi desgracia y depresión
tendré un leve suspiro de valor.
 
Hoy vivo fragmentada en el desamparo
mi cabeza de piedra necesita el batir de tus alas,
¡libérame del peso, el agobio y la asfixia!
 
Si te alejas con las palabras tristes
con las espinas de mi vida
y las desilusiones del presente,
tendré la fuerza del combate
levantarme y mirar de frente al terror.
 
Permíteme un segundo, un respiro de mi aflicción
me aferraré a la audacia, a la esperanza
al merecimiento de lo mejor.
Sé, con la oportunidad de ese instante,
que mi brazo será una espada,
mis piernas una fortaleza, mi mente la ligereza,
mi espíritu el vigor.
 
Veré a la vida de frente, 
a ella le gritaré que no le tengo miedo,
que puedo soportar sus infortunios,
porque tu Ángel mío de palabras tristes
te has llevado lo que hoy es agonía
y volveré a ser todo lo que Soy.

Rincón de la Poesía: El ángel y el vampiro - Leopoldo Alas

Pasé la vida entre vampiros y ángeles, 

librando con paciencia los unos mi energía,

los otros trasvolando mis días más sentidos.

Todos los trances de luz fueron suyos:

el ángel los del cuerpo, los del alma al vampiro.

Al sol como en las sombra estuve ciego

y en el tránsito hacia el cenit, perdido. 

Confundí las alas blancas con las capas negras.

Gusté besando al ángel, los labios del vampiro. 

Siempre acudí a la cita con lo eterno.

Cada vez que llamó, me encontraba.

Unas veces hermoso y otras veces oscuro,

el timbre de su voz me subyugaba,

la miel de su sonrisa me encendía,

y bailábamos juntos, el ángel o el vampiro

y yo que nunca supe muy bien con quien bailaba.

Catwings - Úrsula K. Le Guin

 La señora Juana Rayas no podía explicar por qué tenían alas sus cuatro hijos.

—Supongo que el padre fue uno de esos que vuelan mucho de noche —dijo un vecino y se rió con voz burlona, mientras revolvía el volquete.

—Tal vez tienen alas porque, antes de que nacieran, yo soñé que sabía volar, que podía escaparme volando de este barrio —dijo la señora Juana Rayas—. Thelma, tienes la cara sucia; lávate. Rogelio, deja de golpear a Jaime. Jacinta, cuando ronroneas tienes que cerrar un poco los ojos y acariciarme con las patas delanteras; sí, así está mejor. ¿Cómo está la leche esta mañana?

—Muy buena, mamá, gracias —le contestaron los cuatro con alegría.

 Eran buenos hijos y estaban muy bien criados. Pero aunque no lo decía, la señora Rayas estaba muy preocupada por ellos. En realidad vivían en un barrio terrible, que estaba empeorando.

Ruedas de autos y de camiones que pasaban todo el día, basura y más basura en las calles, perros hambrientos, infinidad de zapatos y botas que caminaban, pisaban, pateaban, ningún lugar seguro y tranquilo y cada vez menos para comer.

 La mayoría de los gorriones se había mudado a otros sitios. Las ratas eran feroces y peligrosas; los ratones, astutos y esqueléticos.

Así que las alas de sus hijos eran la menor preocupación de la señora Rayas. Lavaba esas pequeñas alas todos los días y también las caras y las patas y las colas de sus hijos, y de vez en cuando se hacía preguntas sobre las alas pero tenía demasiado trabajo buscando comida y criando a la familia como para pensar mucho en las cosas que no entendía.

Sin embargo, cuando el perro grande persiguió a la pequeña Jacinta, la arrinconó detrás de la basura y se lanzó contra ella con las mandíbulas abiertas y pobladas de dientes blancos, y Jacinta, con un solo maullido desesperado voló y pasó por encima de la cabeza del perro y aterrizó en un tejado, la señora Rayas entendió.

El perro se fue gruñendo con la cola entre las patas.

—Baja ahora, Jacinta —llamó la madre—. Bajen, chicos. Vengan por favor. Quiero hablar con todos.

 Los cuatro gatitos bajaron hacia el volquete. Jacinta seguía temblando. Los otros ronronearon y se frotaron contra ella hasta que se calmó, y entonces la señora Rayas dijo:

—Chicos, antes de que ustedes nacieran tuve un sueño, y ahora entiendo lo que quiere decir. Éste no es un buen lugar para crecer, y ustedes tienen alas para escaparse volando a otra parte. Yo quiero que lo hagan. Sé que estuvieron practicando. Vi a Jaime volando por encima del callejón anoche, y sí, te vi a ti zambulléndote en picada, Rogelio. Creo que ya están preparados. Quiero que cenen y se vayan muy lejos.

—Pero mamá... —dijo Thelma y se puso a llorar.

—Yo no quiero irme —dijo la señora Rayas—. Yo trabajo aquí. El señor Tomás Gatazo me propuso matrimonio anoche y pienso aceptarlo. No quiero que ustedes, chicos, estén cerca.

Todos los chicos lloraron pero sabían que así debe ser en las familias de los gatos. También se sentían orgullosos de que su madre pensara que ya podían cuidarse solos. Así que cenaron todos juntos del tacho de basura que había tirado el perro. Después, Thelma, Rogelio, Jaime y Jacinta ronronearon sus adioses a su mamá y uno tras otro desplegaron las alas y volaron hacia arriba, por encima del callejón, por encima de los techos, lejos.

La señora Juana Rayas los miró marcharse. Tenía el corazón lleno de miedo y de orgullo.

—Son chicos increíbles, Juana —dijo el señor Tomás Gatazo con su voz suave, profunda.

—Los que vamos a tener juntos también van a ser increíbles, Tomás —dijo la señora Rayas.

Thelma, Rogelio, Jaime y Jacinta volaban y veían abajo los techos y las calles de la ciudad, kilómetro tras kilómetro.

Una paloma vino, se acercó y voló con ellos, mirándolos nerviosa, de vez en cuando, con el ojo chiquito, redondo.

—¿Qué clase de pájaros son ustedes, eh? —preguntó finalmente.

—Palomas pasajeras —dijo Jaime con rapidez.

Jacinta maulló de risa.

La paloma saltó en el aire, la miró con los ojos muy abiertos, después se volvió y se alejó volando en una curva grande y rápida.

—Ojalá pudiera volar así —dijo Rogelio.

—Las palomas son muy tontas —musitó Jaime.

—Pero a mí me duelen las alas —dijo Rogelio, y Thelma agregó:

—A mí también. Aterricemos en alguna parte y descansemos un rato.

La pequeña Jacinta ya estaba bajando en picada hacia el tejado inclinado de una iglesia.

Se aferraron a las estatuas del techo y tomaron un poco de agua de las canaletas.

—Aquí estoy, sentada en la rama del gatopájaro —cantó Jacinta, que se había posado sobre una de las puntas.

—Allá parece diferente —dijo Thelma, señalando con el hocico hacia el oeste—. Parece más suave.

Todos miraron con ansias hacia ese lugar, pero los gatos no ven bien a la distancia.

—Bueno, si es diferente, probemos por ahí —dijo Jaime y salieron volando otra vez. No podían volar sin cansarse; no volaban con facilidad, como las palomas. La señora Rayas siempre se había ocupado de que comieran muy bien y estaban bastante rellenitos, así que tenían que agitar mucho las alas para mantener ese peso por encima del suelo.

Habían aprendido a planear sin agitar las alas, dejando que el viento los sostuviera, aunque para Jacinta era difícil y se tambaleaba mucho cuando lo hacía.

     Después de una hora, aterrizaron en el techo de una fábrica enorme y aunque el aire olía muy mal, durmieron allí por un rato apilados en una suave montañita. Después, cuando cayó la noche, se dieron cuenta de que tenían mucha hambre porque nada abre tanto el apetito como volar. Apenas se despertaron, salieron volando de nuevo.

El sol desapareció. Las luces de la ciudad llegaron hasta ellos; largos hilos y cadenas de luces que se extendían hacia la oscuridad. Hacia esa oscuridad volaron, y cuando abajo y alrededor sólo quedó una luz que parpadeaba sobre la colina, descendieron suavemente desde el aire y aterrizaron en el suelo.

Un suelo suave, extraño. El único suelo que ellos conocían era el pavimento, el asfalto, el cemento. Lo que tocaban era todo nuevo: polvo, tierra, hojas muertas, pasto, ramitas, hongos, gusanos. Y tenía un olor muy pero muy interesante. Un arroyuelo corría cerca. Oyeron la canción del agua y fueron a beber porque tenían mucha sed. Cuando terminó, Rogelio se quedó acurrucado en la orilla con el hocico casi en el agua y los ojos muy abiertos, mirando.

—¿Qué es eso que hay en el agua? —susurró.

Los otros se le acercaron y miraron. Lo único que distinguían era algo que se movía, a la luz de las estrellas, un parpadeo plateado, un brillo. La garra de Rogelio salió disparada...

—Creo que es la cena —dijo.

Después de cenar, se acurrucaron juntos otra vez bajo un arbusto y se durmieron. Pero cada tanto, primero Thelma, después Rogelio, luego Jaime y por último la pequeña Jacinta, levantaban la cabeza, abrían un ojo, escuchaban un momento, siempre en guardia. Sabían que estaban en un lugar mucho mejor que el callejón, pero también sabían que todo lugar es peligroso, sea uno pez o gato. Incluso si uno es un gato con alas.

 —Es totalmente injusto —chilló el tordo.

—¡Injusto! —estuvo de acuerdo el pinzón.

—¡Intolerable! —aulló la urraca.

—No veo por qué —dijo el ratón—. Ustedes siempre tuvieron alas. Ahora las tienen ellos. Yo no veo nada injusto.

Los peces del arroyo no dijeron nada. Los peces nunca hablan. Hay muy poca gente que sepa lo que piensan los peces sobre la injusticia o sobre cualquier otra cosa.

—Yo estaba trayendo una ramita al nido esta mañana y un gato, sí, un gato voló hacia abajo, un gato voló hacia abajo desde la Casa Roble, y sonrió en el aire —dijo el tordo y todos los otros pájaros cantores exclamaron:

—¡Impresionante! ¡Nunca se vio nada igual! ¡No está permitido!

—¿Por qué no cavan algunos túneles? —dijo el ratón y se fue al trotecito.

Los pájaros tenían que aprender a convivir con los gatitos voladores. En realidad, la mayor parte de los pájaros estaba más asustada y furiosa que en peligro, pues volaban mucho mejor que Rogelio, Thelma, Jacinta y Jaime.

Las plumas de los pájaros nunca se enredaban en las ramas de los pinos.

Los pájaros nunca se golpeaban contra los troncos de los árboles y, cuando los perseguían, podían escaparse volando más rápido o con alguna otra pirueta evasiva.

Pero estaban alarmados por sus hijitos y tenían razón. En esa época del año, muchos pájaros tenían huevos en los nidos; cuando se abriera el cascarón de los polluelos, ¿cómo harían los pájaros para salvar a sus pichones de los gatos que volaban y podían posarse en las ramas más finas o entre las hojas más tupidas de los árboles?

 A Lechuza le llevó un tiempo entender eso. Lechuza no piensa rápido. Bien tarde en la primavera, una noche, cuando estaba mirando con cariño a sus dos nuevas lechucitas, vio a Jaime volando cerca, cazando murciélagos. Y pensó lentamente:

—Esto no va...

 Y abrió con suavidad sus grandes alas grises y voló en silencio detrás de Jaime, con las garras abiertas.

Los gatitos voladores habían anidado en un agujero del tronco de un viejo roble, por encima del nivel del coyote y el zorro, un agujero demasiado pequeño para que pudieran entrar los mapaches. Thelma y Jacinta estaban lavándose el cuello y hablando de las aventuras del día cuando oyeron un llantito lastimoso al pie del árbol.

—¡Jaime! —exclamó Jacinta.

Él estaba acurrucado entre los arbustos, todo lastimado, todo sangrante; arrastraba una de las alas por el suelo.

—Fue Lechuza —dijo cuando sus hermanas lo ayudaron a subir despacio por el tronco del árbol hasta el agujero que era su hogar—. Me escapé justo a tiempo. Ella me atrapó pero yo la arañé y tuvo que soltarme durante un momento.

Y justo en ese instante, llegó Rogelio y se metió a tropezones en el nido con los ojos redondos y negros y llenos de miedo.

—¡Me persigue! —exclamó—. ¡Lechuza!

 Todos lavaron las heridas de Jaime hasta que se durmió.

—Ahora sabemos cómo se sienten los pájaros chiquitos —dijo Thelma, con amargura.

—¿Qué va a hacer Jaime? —susurró Jacinta—. ¿Podrá volar de nuevo alguna vez?

—Será mejor que no vuele nunca —dijo una voz suave, grande, del otro lado de la puerta. Lechuza estaba sentada ahí, esperando.

 Los gatitos se miraron unos a otros. No dijeron ni una sola palabra hasta que llegó la mañana.

Apenas salió el sol, Thelma se asomó afuera. Lechuza ya no estaba.

—Pero va a volver esta noche —dijo Thelma.

Desde ese día, tuvieron que cazar de día y esconderse en el nido toda la noche porque Lechuza piensa despacio pero piensa mucho.

Jaime estuvo enfermo muchos días. No podía cazar. Cuando se recuperó, estaba muy flaco y no podía volar mucho porque el ala izquierda le había quedado dura y lastimada.

Nunca se quejaba. Se quedaba sentado horas junto al arroyo, con las alas plegadas, pescando. Los peces tampoco se quejaron. Los peces nunca se quejan.

Una noche a principios del verano, los gatitos estaban todos acurrucados en su agujero, cansados y algo tristes. Una familia de mapaches discutía en voz muy alta en el árbol de al lado. Thelma no había encontrado nada para comer en todo el día, excepto una musaraña que le había provocado una gran indigestión. 

Un coyote le había robado a Rogelio el ratón de campo que había estado a punto de cazar esa tarde. La pesca de Jaime tampoco había sido buena. La Lechuza seguía volando junto a ellos con alas silenciosas, sin decir nada.

Dos mapaches jóvenes del árbol de al lado habían empezado a pelearse y se insultaban y se gritaban. Los otros mapaches continuaron la pelea y chillaron y se arañaron y se dijeron palabras fuertes.

—Me siento otra vez en el viejo callejón —hizo notar Jaime.

 —¿Te acuerdas de los Zapatos? —preguntó Jacinta, con voz soñadora. Estaba bastante regordeta, tal vez porque era tan chiquita. Su hermana y sus hermanos se habían puesto flacos y desprolijos.

—Sí —dijo Jaime—. A mí me corrió un Zapatos una vez.

—¿Te acuerdas de las Manos? —preguntó Rogelio.

—Sí —dijo Thelma—. Una Manos me agarró una vez. Cuando yo era muy chiquita.

—¿Y qué te hizo... la Manos? —preguntó Jacinta.

—Me apretó. Me dolía. Y la Manos gritaba: "¡Alas! ¡Alas! ¡Tiene Alas!", gritaba siempre eso con una voz muy tonta. Y me apretaba.

—¿Y qué hiciste?

—La mordí —dijo Thelma, con cierto orgullo—. La mordí y me soltó y yo corrí otra vez hacia mamá, detrás del volquete. Entonces todavía no sabía volar.

—Yo vi una hoy —dijo Jacinta.

—¿Una qué? ¿Una Manos? ¿Un Zapatos? —dijo Thelma.

—¿Un ser humano? —dijo Jaime.

—¿Un ser humano? —dijo Rogelio.

—Sí —dijo Jacinta—. Y sé que la cosa también me vio a mí.

—¿Te persiguió?

—¿Te pateó?

—¿Te tiró cosas?

—No. Solamente se quedó ahí y me miró volar. Y se le pusieron los ojos redondos, como los nuestros.

 —Mamá decía siempre que si uno encontraba una clase buena de Manos, nunca tendría que cazar de nuevo. Pero si encontraba una mala, sería peor que encontrarse con muchos perros, eso decía —hizo notar Thelma, pensativa.

—Creo que éste es el tipo correcto —dijo Jacinta.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Rogelio, con una voz que sonaba parecida a la de su madre.

—Porque corrió y volvió con un plato lleno de cena —dijo Jacinta—. Y lo puso en ese tronco cortado grande que hay al borde del campo, el campo donde asustamos a las vacas ese día, ya sabes. Y después se alejó bastante y se quedó ahí, y lo único que hacía era mirarme. Así que yo volé y me comí la cena. Era una cena interesante. Como la que a veces teníamos en el callejón, pero más fresca. Y —agregó Jacinta, que sonaba como su madre—, yo pienso volver ahí mañana y ver qué hay en el tronco.

—Ten cuidado, Jacinta Rayas —dijo Thelma, que sonaba todavía más como su madre.

     Al día siguiente, cuando Jacinta fue al gran tronco cortado al borde del campo de pastoreo de las vacas, en un vuelo muy bajo y muy cuidadoso, encontró un plato de lata con pedacitos de carne y alimento para gatos esperándola. 

    La nena de la granja que estaba más allá de la colina también la esperaba, sentada a unos veinte metros del tronco cortado, muy quieta. Se llamaba Susana Marón y tenía ocho años. Vio cómo Jacinta salía volando del bosque, flotaba como un picaflor gordo sobre el tronco, después se posaba, plegaba las alas con cuidado y comía. Susana Marón retuvo el aliento. Se le pusieron los ojos redondos.

Al día siguiente, cuando Jacinta y Rogelio salieron volando del bosque y revolotearon sobre el tronco cortado con mucha cautela, Susana estaba sentada a unos quince metros y junto a ella estaba su hermano de doce años, Javier, que no le había creído ni una sola palabra ese cuento de los gatos que volaban. Ahora también él tenía los ojos perfectamente redondos y retenía el aliento.

Jacinta y Rogelio bajaron a comer.

—No dijiste que eran dos —susurró Javier en el oído de su hermana.

Jacinta y Rogelio estaban sentados sobre el tronco lamiéndose los bigotes después de comer.

—No dijiste que eran dos —le susurró Rogelio a su hermana.

—¡No sabía! —dijeron las dos hermanas en un susurro—. Ayer había uno. Pero son lindos, ¿no?

 Al día siguiente, Javier y Susana pusieron dos platos de lata sobre el tronco y se sentaron a unos diez pasos, en el pasto, a esperar.

Jacinta vino volando con valentía desde el bosque y aterrizó sobre el tronco. Rogelio la seguía. Después...

—Ah, mira —susurró Susana.

Después, llegó Thelma, que volaba muy despacio, con una expresión de disgusto en la cara. Y al final...

—¡Mira, mira! —susurró Susana.

Al final, llegó Jaime, volando bajo y mal. Aleteó sobre el tronco, aterrizó encima y empezó a comer. Y comió y comió y comió. Hasta le gruñó una vez a Thelma, que inmediatamente se fue al otro plato.

Los dos chicos miraron a los cuatro gatos con alas.

Jacinta, que ya estaba llena, se lavó la cara y miró a los chicos.

Thelma terminó el último pedacito de alimento para gatos, se lavó la mano izquierda y miró a los chicos.

De pronto, levantó vuelo desde el tronco y fue directamente hacia ellos.

Los dos chicos se agacharon cuando la gata les pasó por encima.

Ella dio una vuelta en el aire sobre las dos cabezas y después volvió al tronco.

—Una prueba —explicó a Jacinta, Jaime y Rogelio.

—Si lo hace de nuevo —dijo Javier a Susana—, no la atrapes. Eso la asustaría.

 —¿Crees que soy estúpida? —le siseó Susana.

Se quedaron sentados, muy quietos. Los gatos también se quedaron sentados, no se movían. Las vacas comían pasto muy cerca. El sol brillaba.

—Mish —dijo Susana con una voz suave, aguda—. Mish, miiiisssh, mish, mish, gatito, mishito con alas, gatito con alas, alagato...

Jacinta saltó del tronco al aire, dio una vuelta entera boca abajo por encima de Susana y aterrizó sobre su hombro. Se sentó ahí, se aferró con fuerza y ronroneó en la oreja de Susana.

—Yo nunca, nunca, nunca te voy a atrapar ni ponerte en una jaula ni hacerte nada que tú no quieras que te haga —le dijo Susana a Jacinta—. Te lo prometo. Javier, tú también.

—Rrr —dijo Jacinta.

—Yo también te lo prometo. Y nunca le vamos a contar esto a nadie —dijo Javier casi con ferocidad—. ¡Nunca! Porque... ya sabes cómo es la gente. Si la gente los ve...

—Lo prometo —dijo Susana, y ella y Javier se dieron la mano para sellar la promesa.

Rogelio voló con gracia y aterrizó en el hombro de Javier.

—Rrrr —dijo Rogelio.

—Podrían vivir en el viejo granero —dijo Susana—. Ahí nunca entra nadie. Solamente nosotros. Y está ese palomar cerca del techo, con todos esos agujeros en la pared por donde entraban y salían las palomas.

—Podemos llevar paja ahí arriba y hacerles un buen lugar para dormir.

—Rrrr —dijo Rogelio. 

Con suavidad, con dulzura, Javier levantó la mano y acarició a Rogelio entre las alas.

—Aaah —dijo Jaime, que estaba mirando. Saltó del tronco y fue trotanto hacia los chicos. Se sentó cerca de los zapatos de Susana. Con suavidad, con dulzura, Susana se estiró y acarició a Jaime bajo el mentón y entre las orejas.

—Rrrr —dijo Jaime y babeó un poco el zapato de Susana.

—¡Ah, bueno! —dijo Thelma, que había terminado con lo que quedaba de la carne fría. Se alzó por el aire, voló con gran dignidad, se sentó en la falda de Javier y dijo:

—Rrr, rrr, rrr.

—Ah, Javier —susurró Susana—, tienen las alas tan suaves...

—Ah, Jaime —susurró Jacinta—, tienen las manos tan dulces.