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Mostrando las entradas etiquetadas como volar

Aire - Andrés Neuman

 Persigo instantes únicos. Algún tiempo sin máscara. Un viaje sin destino. Aceptarlo. Eso es todo. Soy paracaidista. La primera vez que salté, me juré que sería la última. No fui capaz de soportar lo que veía. Después ya no supe vivir sin saltar. Cuando siento mi materia cortada por el aire y veo la tierra corriendo a mi encuentro, me vuelvo diáfano y cobarde: pido perdón, suplico, hago promesas. Es extraño el estado que uno alcanza al reencontrar, como por vez primera, la firmeza bajo sus pies. Pero uno echa a andar y se retracta. Olvida que ha rogado, que ha temido, y se envilece poco a poco. Así es como vivimos: nos hemos olvidado de la tierra que hay bajo nuestros pies. Después de la caída, la vida recupera todos sus milagros. Y es fácil olvidarlos. Comenzamos a andar, eso es todo. Entonces hace falta un nuevo salto. Y otro. Y otro. Y muy pronto lo que uno más anhela es dejarse caer. Soy súbdito del aire. Quién pudiera vivir aterrizando. Una dicha, me temo, imposible: en cu...

Catwings - Úrsula K. Le Guin

  La señora Juana Rayas no podía explicar por qué tenían alas sus cuatro hijos. —Supongo que el padre fue uno de esos que vuelan mucho de noche —dijo un vecino y se rió con voz burlona, mientras revolvía el volquete. —Tal vez tienen alas porque, antes de que nacieran, yo soñé que sabía volar, que podía escaparme volando de este barrio —dijo la señora Juana Rayas—. Thelma, tienes la cara sucia; lávate. Rogelio, deja de golpear a Jaime. Jacinta, cuando ronroneas tienes que cerrar un poco los ojos y acariciarme con las patas delanteras; sí, así está mejor. ¿Cómo está la leche esta mañana? —Muy buena, mamá, gracias —le contestaron los cuatro con alegría.   Eran buenos hijos y estaban muy bien criados. Pero aunque no lo decía, la señora Rayas estaba muy preocupada por ellos. En realidad vivían en un barrio terrible, que estaba empeorando. Ruedas de autos y de camiones que pasaban todo el día, basura y más basura en las calles, perros hambrientos, infinidad de zapatos y bo...

Sennin - Ryunosuke Akutagawa

 Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.   Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba filmando su larga pipa de bambú:   - Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin.[1]¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?   El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.   - ¿No me oyó usted, señor Empleado? dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?   - Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comer...