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Aire - Andrés Neuman

 Persigo instantes únicos. Algún tiempo sin máscara. Un viaje sin destino.

Aceptarlo. Eso es todo.

Soy paracaidista.

La primera vez que salté, me juré que sería la última. No fui capaz de soportar lo que veía. Después ya no supe vivir sin saltar.

Cuando siento mi materia cortada por el aire y veo la tierra corriendo a mi encuentro, me vuelvo diáfano y cobarde: pido perdón, suplico, hago promesas. Es extraño el estado que uno alcanza al reencontrar, como por vez primera, la firmeza bajo sus pies. Pero uno echa a andar y se retracta. Olvida que ha rogado, que ha temido, y se envilece poco a poco. Así es como vivimos: nos hemos olvidado de la tierra que hay bajo nuestros pies.

Después de la caída, la vida recupera todos sus milagros. Y es fácil olvidarlos. Comenzamos a andar, eso es todo.

Entonces hace falta un nuevo salto. Y otro. Y otro. Y muy pronto lo que uno más anhela es dejarse caer. Soy súbdito del aire. Quién pudiera vivir aterrizando.

Una dicha, me temo, imposible: en cuanto vuelvo al suelo, dejo de arriesgar lo que tanto vale y el bienestar se va desvaneciendo. Así es como vivimos. Viajes. Máscaras. Pero hoy he dado con la solución.

Este es mi instante. Vuelo. Estoy volando. Sólo yo, en estado puro.

Sé que es injusto despreciar la tierra que se pisa. No volveré a hacerlo.

Voy camino de mí, sin ataduras. Falta poco.

Seré leal como los libres.

Libre siempre.

Aire feliz.


Catwings - Úrsula K. Le Guin

 La señora Juana Rayas no podía explicar por qué tenían alas sus cuatro hijos.

—Supongo que el padre fue uno de esos que vuelan mucho de noche —dijo un vecino y se rió con voz burlona, mientras revolvía el volquete.

—Tal vez tienen alas porque, antes de que nacieran, yo soñé que sabía volar, que podía escaparme volando de este barrio —dijo la señora Juana Rayas—. Thelma, tienes la cara sucia; lávate. Rogelio, deja de golpear a Jaime. Jacinta, cuando ronroneas tienes que cerrar un poco los ojos y acariciarme con las patas delanteras; sí, así está mejor. ¿Cómo está la leche esta mañana?

—Muy buena, mamá, gracias —le contestaron los cuatro con alegría.

 Eran buenos hijos y estaban muy bien criados. Pero aunque no lo decía, la señora Rayas estaba muy preocupada por ellos. En realidad vivían en un barrio terrible, que estaba empeorando.

Ruedas de autos y de camiones que pasaban todo el día, basura y más basura en las calles, perros hambrientos, infinidad de zapatos y botas que caminaban, pisaban, pateaban, ningún lugar seguro y tranquilo y cada vez menos para comer.

 La mayoría de los gorriones se había mudado a otros sitios. Las ratas eran feroces y peligrosas; los ratones, astutos y esqueléticos.

Así que las alas de sus hijos eran la menor preocupación de la señora Rayas. Lavaba esas pequeñas alas todos los días y también las caras y las patas y las colas de sus hijos, y de vez en cuando se hacía preguntas sobre las alas pero tenía demasiado trabajo buscando comida y criando a la familia como para pensar mucho en las cosas que no entendía.

Sin embargo, cuando el perro grande persiguió a la pequeña Jacinta, la arrinconó detrás de la basura y se lanzó contra ella con las mandíbulas abiertas y pobladas de dientes blancos, y Jacinta, con un solo maullido desesperado voló y pasó por encima de la cabeza del perro y aterrizó en un tejado, la señora Rayas entendió.

El perro se fue gruñendo con la cola entre las patas.

—Baja ahora, Jacinta —llamó la madre—. Bajen, chicos. Vengan por favor. Quiero hablar con todos.

 Los cuatro gatitos bajaron hacia el volquete. Jacinta seguía temblando. Los otros ronronearon y se frotaron contra ella hasta que se calmó, y entonces la señora Rayas dijo:

—Chicos, antes de que ustedes nacieran tuve un sueño, y ahora entiendo lo que quiere decir. Éste no es un buen lugar para crecer, y ustedes tienen alas para escaparse volando a otra parte. Yo quiero que lo hagan. Sé que estuvieron practicando. Vi a Jaime volando por encima del callejón anoche, y sí, te vi a ti zambulléndote en picada, Rogelio. Creo que ya están preparados. Quiero que cenen y se vayan muy lejos.

—Pero mamá... —dijo Thelma y se puso a llorar.

—Yo no quiero irme —dijo la señora Rayas—. Yo trabajo aquí. El señor Tomás Gatazo me propuso matrimonio anoche y pienso aceptarlo. No quiero que ustedes, chicos, estén cerca.

Todos los chicos lloraron pero sabían que así debe ser en las familias de los gatos. También se sentían orgullosos de que su madre pensara que ya podían cuidarse solos. Así que cenaron todos juntos del tacho de basura que había tirado el perro. Después, Thelma, Rogelio, Jaime y Jacinta ronronearon sus adioses a su mamá y uno tras otro desplegaron las alas y volaron hacia arriba, por encima del callejón, por encima de los techos, lejos.

La señora Juana Rayas los miró marcharse. Tenía el corazón lleno de miedo y de orgullo.

—Son chicos increíbles, Juana —dijo el señor Tomás Gatazo con su voz suave, profunda.

—Los que vamos a tener juntos también van a ser increíbles, Tomás —dijo la señora Rayas.

Thelma, Rogelio, Jaime y Jacinta volaban y veían abajo los techos y las calles de la ciudad, kilómetro tras kilómetro.

Una paloma vino, se acercó y voló con ellos, mirándolos nerviosa, de vez en cuando, con el ojo chiquito, redondo.

—¿Qué clase de pájaros son ustedes, eh? —preguntó finalmente.

—Palomas pasajeras —dijo Jaime con rapidez.

Jacinta maulló de risa.

La paloma saltó en el aire, la miró con los ojos muy abiertos, después se volvió y se alejó volando en una curva grande y rápida.

—Ojalá pudiera volar así —dijo Rogelio.

—Las palomas son muy tontas —musitó Jaime.

—Pero a mí me duelen las alas —dijo Rogelio, y Thelma agregó:

—A mí también. Aterricemos en alguna parte y descansemos un rato.

La pequeña Jacinta ya estaba bajando en picada hacia el tejado inclinado de una iglesia.

Se aferraron a las estatuas del techo y tomaron un poco de agua de las canaletas.

—Aquí estoy, sentada en la rama del gatopájaro —cantó Jacinta, que se había posado sobre una de las puntas.

—Allá parece diferente —dijo Thelma, señalando con el hocico hacia el oeste—. Parece más suave.

Todos miraron con ansias hacia ese lugar, pero los gatos no ven bien a la distancia.

—Bueno, si es diferente, probemos por ahí —dijo Jaime y salieron volando otra vez. No podían volar sin cansarse; no volaban con facilidad, como las palomas. La señora Rayas siempre se había ocupado de que comieran muy bien y estaban bastante rellenitos, así que tenían que agitar mucho las alas para mantener ese peso por encima del suelo.

Habían aprendido a planear sin agitar las alas, dejando que el viento los sostuviera, aunque para Jacinta era difícil y se tambaleaba mucho cuando lo hacía.

     Después de una hora, aterrizaron en el techo de una fábrica enorme y aunque el aire olía muy mal, durmieron allí por un rato apilados en una suave montañita. Después, cuando cayó la noche, se dieron cuenta de que tenían mucha hambre porque nada abre tanto el apetito como volar. Apenas se despertaron, salieron volando de nuevo.

El sol desapareció. Las luces de la ciudad llegaron hasta ellos; largos hilos y cadenas de luces que se extendían hacia la oscuridad. Hacia esa oscuridad volaron, y cuando abajo y alrededor sólo quedó una luz que parpadeaba sobre la colina, descendieron suavemente desde el aire y aterrizaron en el suelo.

Un suelo suave, extraño. El único suelo que ellos conocían era el pavimento, el asfalto, el cemento. Lo que tocaban era todo nuevo: polvo, tierra, hojas muertas, pasto, ramitas, hongos, gusanos. Y tenía un olor muy pero muy interesante. Un arroyuelo corría cerca. Oyeron la canción del agua y fueron a beber porque tenían mucha sed. Cuando terminó, Rogelio se quedó acurrucado en la orilla con el hocico casi en el agua y los ojos muy abiertos, mirando.

—¿Qué es eso que hay en el agua? —susurró.

Los otros se le acercaron y miraron. Lo único que distinguían era algo que se movía, a la luz de las estrellas, un parpadeo plateado, un brillo. La garra de Rogelio salió disparada...

—Creo que es la cena —dijo.

Después de cenar, se acurrucaron juntos otra vez bajo un arbusto y se durmieron. Pero cada tanto, primero Thelma, después Rogelio, luego Jaime y por último la pequeña Jacinta, levantaban la cabeza, abrían un ojo, escuchaban un momento, siempre en guardia. Sabían que estaban en un lugar mucho mejor que el callejón, pero también sabían que todo lugar es peligroso, sea uno pez o gato. Incluso si uno es un gato con alas.

 —Es totalmente injusto —chilló el tordo.

—¡Injusto! —estuvo de acuerdo el pinzón.

—¡Intolerable! —aulló la urraca.

—No veo por qué —dijo el ratón—. Ustedes siempre tuvieron alas. Ahora las tienen ellos. Yo no veo nada injusto.

Los peces del arroyo no dijeron nada. Los peces nunca hablan. Hay muy poca gente que sepa lo que piensan los peces sobre la injusticia o sobre cualquier otra cosa.

—Yo estaba trayendo una ramita al nido esta mañana y un gato, sí, un gato voló hacia abajo, un gato voló hacia abajo desde la Casa Roble, y sonrió en el aire —dijo el tordo y todos los otros pájaros cantores exclamaron:

—¡Impresionante! ¡Nunca se vio nada igual! ¡No está permitido!

—¿Por qué no cavan algunos túneles? —dijo el ratón y se fue al trotecito.

Los pájaros tenían que aprender a convivir con los gatitos voladores. En realidad, la mayor parte de los pájaros estaba más asustada y furiosa que en peligro, pues volaban mucho mejor que Rogelio, Thelma, Jacinta y Jaime.

Las plumas de los pájaros nunca se enredaban en las ramas de los pinos.

Los pájaros nunca se golpeaban contra los troncos de los árboles y, cuando los perseguían, podían escaparse volando más rápido o con alguna otra pirueta evasiva.

Pero estaban alarmados por sus hijitos y tenían razón. En esa época del año, muchos pájaros tenían huevos en los nidos; cuando se abriera el cascarón de los polluelos, ¿cómo harían los pájaros para salvar a sus pichones de los gatos que volaban y podían posarse en las ramas más finas o entre las hojas más tupidas de los árboles?

 A Lechuza le llevó un tiempo entender eso. Lechuza no piensa rápido. Bien tarde en la primavera, una noche, cuando estaba mirando con cariño a sus dos nuevas lechucitas, vio a Jaime volando cerca, cazando murciélagos. Y pensó lentamente:

—Esto no va...

 Y abrió con suavidad sus grandes alas grises y voló en silencio detrás de Jaime, con las garras abiertas.

Los gatitos voladores habían anidado en un agujero del tronco de un viejo roble, por encima del nivel del coyote y el zorro, un agujero demasiado pequeño para que pudieran entrar los mapaches. Thelma y Jacinta estaban lavándose el cuello y hablando de las aventuras del día cuando oyeron un llantito lastimoso al pie del árbol.

—¡Jaime! —exclamó Jacinta.

Él estaba acurrucado entre los arbustos, todo lastimado, todo sangrante; arrastraba una de las alas por el suelo.

—Fue Lechuza —dijo cuando sus hermanas lo ayudaron a subir despacio por el tronco del árbol hasta el agujero que era su hogar—. Me escapé justo a tiempo. Ella me atrapó pero yo la arañé y tuvo que soltarme durante un momento.

Y justo en ese instante, llegó Rogelio y se metió a tropezones en el nido con los ojos redondos y negros y llenos de miedo.

—¡Me persigue! —exclamó—. ¡Lechuza!

 Todos lavaron las heridas de Jaime hasta que se durmió.

—Ahora sabemos cómo se sienten los pájaros chiquitos —dijo Thelma, con amargura.

—¿Qué va a hacer Jaime? —susurró Jacinta—. ¿Podrá volar de nuevo alguna vez?

—Será mejor que no vuele nunca —dijo una voz suave, grande, del otro lado de la puerta. Lechuza estaba sentada ahí, esperando.

 Los gatitos se miraron unos a otros. No dijeron ni una sola palabra hasta que llegó la mañana.

Apenas salió el sol, Thelma se asomó afuera. Lechuza ya no estaba.

—Pero va a volver esta noche —dijo Thelma.

Desde ese día, tuvieron que cazar de día y esconderse en el nido toda la noche porque Lechuza piensa despacio pero piensa mucho.

Jaime estuvo enfermo muchos días. No podía cazar. Cuando se recuperó, estaba muy flaco y no podía volar mucho porque el ala izquierda le había quedado dura y lastimada.

Nunca se quejaba. Se quedaba sentado horas junto al arroyo, con las alas plegadas, pescando. Los peces tampoco se quejaron. Los peces nunca se quejan.

Una noche a principios del verano, los gatitos estaban todos acurrucados en su agujero, cansados y algo tristes. Una familia de mapaches discutía en voz muy alta en el árbol de al lado. Thelma no había encontrado nada para comer en todo el día, excepto una musaraña que le había provocado una gran indigestión. 

Un coyote le había robado a Rogelio el ratón de campo que había estado a punto de cazar esa tarde. La pesca de Jaime tampoco había sido buena. La Lechuza seguía volando junto a ellos con alas silenciosas, sin decir nada.

Dos mapaches jóvenes del árbol de al lado habían empezado a pelearse y se insultaban y se gritaban. Los otros mapaches continuaron la pelea y chillaron y se arañaron y se dijeron palabras fuertes.

—Me siento otra vez en el viejo callejón —hizo notar Jaime.

 —¿Te acuerdas de los Zapatos? —preguntó Jacinta, con voz soñadora. Estaba bastante regordeta, tal vez porque era tan chiquita. Su hermana y sus hermanos se habían puesto flacos y desprolijos.

—Sí —dijo Jaime—. A mí me corrió un Zapatos una vez.

—¿Te acuerdas de las Manos? —preguntó Rogelio.

—Sí —dijo Thelma—. Una Manos me agarró una vez. Cuando yo era muy chiquita.

—¿Y qué te hizo... la Manos? —preguntó Jacinta.

—Me apretó. Me dolía. Y la Manos gritaba: "¡Alas! ¡Alas! ¡Tiene Alas!", gritaba siempre eso con una voz muy tonta. Y me apretaba.

—¿Y qué hiciste?

—La mordí —dijo Thelma, con cierto orgullo—. La mordí y me soltó y yo corrí otra vez hacia mamá, detrás del volquete. Entonces todavía no sabía volar.

—Yo vi una hoy —dijo Jacinta.

—¿Una qué? ¿Una Manos? ¿Un Zapatos? —dijo Thelma.

—¿Un ser humano? —dijo Jaime.

—¿Un ser humano? —dijo Rogelio.

—Sí —dijo Jacinta—. Y sé que la cosa también me vio a mí.

—¿Te persiguió?

—¿Te pateó?

—¿Te tiró cosas?

—No. Solamente se quedó ahí y me miró volar. Y se le pusieron los ojos redondos, como los nuestros.

 —Mamá decía siempre que si uno encontraba una clase buena de Manos, nunca tendría que cazar de nuevo. Pero si encontraba una mala, sería peor que encontrarse con muchos perros, eso decía —hizo notar Thelma, pensativa.

—Creo que éste es el tipo correcto —dijo Jacinta.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Rogelio, con una voz que sonaba parecida a la de su madre.

—Porque corrió y volvió con un plato lleno de cena —dijo Jacinta—. Y lo puso en ese tronco cortado grande que hay al borde del campo, el campo donde asustamos a las vacas ese día, ya sabes. Y después se alejó bastante y se quedó ahí, y lo único que hacía era mirarme. Así que yo volé y me comí la cena. Era una cena interesante. Como la que a veces teníamos en el callejón, pero más fresca. Y —agregó Jacinta, que sonaba como su madre—, yo pienso volver ahí mañana y ver qué hay en el tronco.

—Ten cuidado, Jacinta Rayas —dijo Thelma, que sonaba todavía más como su madre.

     Al día siguiente, cuando Jacinta fue al gran tronco cortado al borde del campo de pastoreo de las vacas, en un vuelo muy bajo y muy cuidadoso, encontró un plato de lata con pedacitos de carne y alimento para gatos esperándola. 

    La nena de la granja que estaba más allá de la colina también la esperaba, sentada a unos veinte metros del tronco cortado, muy quieta. Se llamaba Susana Marón y tenía ocho años. Vio cómo Jacinta salía volando del bosque, flotaba como un picaflor gordo sobre el tronco, después se posaba, plegaba las alas con cuidado y comía. Susana Marón retuvo el aliento. Se le pusieron los ojos redondos.

Al día siguiente, cuando Jacinta y Rogelio salieron volando del bosque y revolotearon sobre el tronco cortado con mucha cautela, Susana estaba sentada a unos quince metros y junto a ella estaba su hermano de doce años, Javier, que no le había creído ni una sola palabra ese cuento de los gatos que volaban. Ahora también él tenía los ojos perfectamente redondos y retenía el aliento.

Jacinta y Rogelio bajaron a comer.

—No dijiste que eran dos —susurró Javier en el oído de su hermana.

Jacinta y Rogelio estaban sentados sobre el tronco lamiéndose los bigotes después de comer.

—No dijiste que eran dos —le susurró Rogelio a su hermana.

—¡No sabía! —dijeron las dos hermanas en un susurro—. Ayer había uno. Pero son lindos, ¿no?

 Al día siguiente, Javier y Susana pusieron dos platos de lata sobre el tronco y se sentaron a unos diez pasos, en el pasto, a esperar.

Jacinta vino volando con valentía desde el bosque y aterrizó sobre el tronco. Rogelio la seguía. Después...

—Ah, mira —susurró Susana.

Después, llegó Thelma, que volaba muy despacio, con una expresión de disgusto en la cara. Y al final...

—¡Mira, mira! —susurró Susana.

Al final, llegó Jaime, volando bajo y mal. Aleteó sobre el tronco, aterrizó encima y empezó a comer. Y comió y comió y comió. Hasta le gruñó una vez a Thelma, que inmediatamente se fue al otro plato.

Los dos chicos miraron a los cuatro gatos con alas.

Jacinta, que ya estaba llena, se lavó la cara y miró a los chicos.

Thelma terminó el último pedacito de alimento para gatos, se lavó la mano izquierda y miró a los chicos.

De pronto, levantó vuelo desde el tronco y fue directamente hacia ellos.

Los dos chicos se agacharon cuando la gata les pasó por encima.

Ella dio una vuelta en el aire sobre las dos cabezas y después volvió al tronco.

—Una prueba —explicó a Jacinta, Jaime y Rogelio.

—Si lo hace de nuevo —dijo Javier a Susana—, no la atrapes. Eso la asustaría.

 —¿Crees que soy estúpida? —le siseó Susana.

Se quedaron sentados, muy quietos. Los gatos también se quedaron sentados, no se movían. Las vacas comían pasto muy cerca. El sol brillaba.

—Mish —dijo Susana con una voz suave, aguda—. Mish, miiiisssh, mish, mish, gatito, mishito con alas, gatito con alas, alagato...

Jacinta saltó del tronco al aire, dio una vuelta entera boca abajo por encima de Susana y aterrizó sobre su hombro. Se sentó ahí, se aferró con fuerza y ronroneó en la oreja de Susana.

—Yo nunca, nunca, nunca te voy a atrapar ni ponerte en una jaula ni hacerte nada que tú no quieras que te haga —le dijo Susana a Jacinta—. Te lo prometo. Javier, tú también.

—Rrr —dijo Jacinta.

—Yo también te lo prometo. Y nunca le vamos a contar esto a nadie —dijo Javier casi con ferocidad—. ¡Nunca! Porque... ya sabes cómo es la gente. Si la gente los ve...

—Lo prometo —dijo Susana, y ella y Javier se dieron la mano para sellar la promesa.

Rogelio voló con gracia y aterrizó en el hombro de Javier.

—Rrrr —dijo Rogelio.

—Podrían vivir en el viejo granero —dijo Susana—. Ahí nunca entra nadie. Solamente nosotros. Y está ese palomar cerca del techo, con todos esos agujeros en la pared por donde entraban y salían las palomas.

—Podemos llevar paja ahí arriba y hacerles un buen lugar para dormir.

—Rrrr —dijo Rogelio. 

Con suavidad, con dulzura, Javier levantó la mano y acarició a Rogelio entre las alas.

—Aaah —dijo Jaime, que estaba mirando. Saltó del tronco y fue trotanto hacia los chicos. Se sentó cerca de los zapatos de Susana. Con suavidad, con dulzura, Susana se estiró y acarició a Jaime bajo el mentón y entre las orejas.

—Rrrr —dijo Jaime y babeó un poco el zapato de Susana.

—¡Ah, bueno! —dijo Thelma, que había terminado con lo que quedaba de la carne fría. Se alzó por el aire, voló con gran dignidad, se sentó en la falda de Javier y dijo:

—Rrr, rrr, rrr.

—Ah, Javier —susurró Susana—, tienen las alas tan suaves...

—Ah, Jaime —susurró Jacinta—, tienen las manos tan dulces.

Sennin - Ryunosuke Akutagawa

 Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.
  Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba filmando su larga pipa de bambú:
  - Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin.[1]¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?
  El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.
  - ¿No me oyó usted, señor Empleado? dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?
  - Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá...
  Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:
  - Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionadamente, si no lo cumple.
  Frente a su argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:
 - Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-; pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.
  Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa, y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.
  Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:
  - Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?
  Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.
 - Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.
 - ¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.
  El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.
  Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:
  - Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?
  La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:
  - Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.
  Esta frase hizo callar a su marido.
  A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:
  - Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.
  - Bien, señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero... justamente lo que sentía en ese instante.
  - Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?
  - Sí, señora, con tal de serlo.
  - Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.
  - ¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.
  - Pero -añadió ella-, durante veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?
  - Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.
  De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años, que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo; tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.
  Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.
  Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.
  - Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-, ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?
  - Y ahora, ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír la petición. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabia respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.
  - Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.
  La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:
  - Muy bien, entonces se lo enseñaré yo; pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.
  - Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.
  - Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.
  Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.
  - Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.
  De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.
  - Ahora suelte la mano derecha.
  Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.
  - Suelte también la mano izquierda.
  - Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido, atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.
  - En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?
  En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego... y luego... Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.
  - Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.
  Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.

[1]  Según la tradición china, el Sennin es un ermitaño sagrado que vive en el corazón de una montaña, y que tiene poderes mágicos, como el de volar cuando quiere y disfrutar de una extrema longevidad.