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Rincón de la Poesía: Ángel de alas amarillas - Sivela Tanit

Vuela ángel de palabras tristes,
lava mis angustias con tus lágrimas,
con tu aliento sana los desgarros de mi espíritu
que surgen al caminar por la vida;
borra el dolor, la traición, la ira...
sopla suave sobre mi corazón.
 
No permitas que huyan mis sueños,
mi esperanza y todo lo que Soy.
 
Vuela ángel de alas amarillas, 
llévate mi cobardía e indecisión,
arranca la raíz de la duda
y vierte de la pasión su licor.
 
Ángel mío que vives de palabras tristes 
Concédeme que el afligido suspiro mio,
no me regrese a la agonía.
Si abrazas mi desgracia y depresión
tendré un leve suspiro de valor.
 
Hoy vivo fragmentada en el desamparo
mi cabeza de piedra necesita el batir de tus alas,
¡libérame del peso, el agobio y la asfixia!
 
Si te alejas con las palabras tristes
con las espinas de mi vida
y las desilusiones del presente,
tendré la fuerza del combate
levantarme y mirar de frente al terror.
 
Permíteme un segundo, un respiro de mi aflicción
me aferraré a la audacia, a la esperanza
al merecimiento de lo mejor.
Sé, con la oportunidad de ese instante,
que mi brazo será una espada,
mis piernas una fortaleza, mi mente la ligereza,
mi espíritu el vigor.
 
Veré a la vida de frente, 
a ella le gritaré que no le tengo miedo,
que puedo soportar sus infortunios,
porque tu Ángel mío de palabras tristes
te has llevado lo que hoy es agonía
y volveré a ser todo lo que Soy.

Vivo sin ella - Sivela Tanit

El mundo está lleno de corazones rotos, los sentimientos fueron lastimados a diferente nivel e intensidad. Lo que me lleva a preguntarme ¿El fallecimiento de la propia madre crea un corazón roto? Dos respuestas: si o no (si es que no me encuentro con alguna mente que le gusta complicarse la vida y decir: tal vez), esa decisión se lo dejo a mi amable lector.

Cuando recibí la noticia del deceso de mi madre, el mundo que estaba a mi alrededor dejó de girar, sentí una regresión a cuando era pequeña y me tapaba con la cobija para alejar los miedos de la noche. Sólo que ahora esa cobija, por más que intenté ponérmela, no evitó su ausencia.

La llamada de su fallecimiento me tomó por sorpresa, ella se estaba restableciendo de una operación de cadera, se le dio de alta y su recuperación era positiva. Yo ya no vivía con mi mamá, recuerdo que la visité un lunes y “la llamada” fue el jueves. Es un sentimiento aterrador, mis pensamientos se paralizaron, actuaba por instinto, todo lo hice cómo autónoma.

Mi esposo me ayudó a llegar a mi casa, me ha acompañado todo el proceso. En casa pude ver a mi madre y despedirme de ella. Cuando regresé al departamento de mi esposo, nos acostamos a dormir por horas. Me sentía cansada. Entonces ocurrió que negué el dolor, me concentré en mis estudios porque no quería perder mi beca por promedio. La pesadilla llegó cuando me gradué.

Allí me di cuenta que todo lo había hecho mal, vivía la muerte de mi madre cada día, pero evité el dolor. Y cuando ya no tuve en qué entretenerme… cayó dentro de mi cuerpo y mente todo un bloque de demencia, me sentí desolada y desamparada.

Estudios de tanatología mencionan que no hay un tiempo límite para regresar a un equilibrio emocional después de una pérdida. Sin embargo, si hacen mención de situaciones que pueden ser más sanas que otras.

Conocí a una persona que negó la existencia de su madre: tiró, arrinconó, regaló todas las cosas que pertenecían a ella, todo durante los primeros diez días de la muerte. Hay otra persona que tiene todas las cosas de su madre y no puede tomarlas, usarlas o verlas sin llorar, aún después de cuatro años.

Sólo un experto tanatólogo puede aconsejar sobre las reacciones de cada uno. Yo sólo soy una mujer que perdió a su madre. No obstante, busco llenar esa sensación de desamparo con amor y confianza en mi persona: escribo, medito e ilumino, busco espacios para consentirme en cuerpo y mente, para irme reconstruyendo. Considero que ese es mi proceso de sanación.

La extraño, mi madre daba buenos consejos;  tenía muy buena sazón, echo de menos su comida, ese sabor es irremplazable; me gustaba escuchar sus historias de niña y la relación con su mamá; también tenía la habilidad casi mágica de hacer que el gasto le durara y podía ahorrar pese a la escases económica; pero lo que más admiraba de ella es que siempre tenía las palabras certeras para el momento preciso, eso es lo que hoy, más le envidio.

La extraño, pero el dolor por ella no es tan profundo ni agudo comparado a la noticia de su muerte. No siento que haya llegado al equilibrio emocional, y no me apresuro a llegar, porque cada día de mi vida es una (cruel) lección donde tengo que aprender a vivir sin mi madre.