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El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 5)

 

Lotario apareció en el cenador y Clara tuvo que contarle lo que había sucedido; como amaba a su hermana con toda su alma, cada una de sus quejas caía como una chispa en su interior de tal modo que el disgusto que llevaba en su corazón desde hacía tiempo contra el visionario Nataniel se transformó en una cólera terrible. 

Corrió tras él y le reprochó con tan duras palabras su loca conducta para con su querida hermana, que el fogoso Nataniel contestó de igual manera. Los insultos de fatuo, insensato y loco, fueron contestados por los de desgraciado y vulgar. El duelo era inevitable.

Decidieron batirse a la mañana siguiente detrás del jardín y conforme a las reglas académicas, con afilados floretes. Se separaron sombríos y silenciosos. Clara había oído la violenta discusión, y al ver que el padrino traía los floretes al atardecer, presintió lo que iba a ocurrir.

Llegados al lugar del desafío se quitaron las levitas en medio de un hondo silencio, e iban a abalanzarse uno sobre otro con los ojos relampagueantes de ardor sangriento cuando apareció Clara en la puerta del jardín. Separándolos, exclamó entre sollozos:
—¡Locos, salvajes, tendrán que matarme a mí antes que uno de ustedes caiga! ¿Cómo podría seguir viviendo en este mundo si mi amado matara a mi hermano o mi hermano a mi amado?

Lotario dejó caer el arma y bajó los ojos en silencio; pero Nataniel sintió renacer dentro de sí toda la fuerza de su amor hacia Clara de la misma manera que lo había sentido en los hermosos días de la juventud. El arma homicida cayó de sus manos y se arrojó a los pies de Clara diciendo:
—¿Podrás perdonarme alguna vez tú, mi querida Clara, mi único amor? ¿Podrás perdonarme, querido hermano Lotario?

Lotario se conmovió al ver el profundo dolor de su amigo. Derramando abundantes lágrimas se abrazaron los tres y se juraron permanecer unidos por el amor y la fidelidad.

A Nataniel le pareció haberse librado de una pesada carga que lo oprimía, como si se hubiera liberado de un oscuro poder que amenazaba todo su ser. Permaneció aún durante tres felices días junto a sus bienamados hasta que regresó a G., donde debía permanecer un año más antes de volver para siempre a su ciudad natal.

A la madre de Nataniel se le ocultó todo lo referente a Coppelius, pues sabían que no podía pensar sin horror en aquel hombre a quien, al igual que Nataniel, culpaba de la muerte de su esposo.

¡Cuál no sería la sorpresa de Nataniel cuando, al llegar a su casa en G., vio que esta había ardido entera, y que sólo quedaban de ella los muros y un montón de escombros! El fuego había comenzado en el laboratorio del químico, situado en el piso bajo. 

Varios amigos que vivían cerca de la casa incendiada habían conseguido entrar valientemente en la habitación de Nataniel, situada en el último piso, y salvar sus libros, manuscritos e instrumentos, que trasladaron a otra casa donde alquilaron una habitación en la que Nataniel se instaló. 

No se dio cuenta al principio de que el profesor Spalanzani vivía enfrente, y no llamó especialmente su atención observar que desde su ventana podía ver el interior de la habitación donde Olimpia estaba sentada a solas. Podía reconocer su silueta claramente, aunque los rasgos de su cara continuaban borrosos. 

Pero acabó por extrañarse de que Olimpia permaneciera en la misma posición, igual que la había descubierto la primera vez a través de la puerta de cristal, sin ninguna ocupación, sentada junto a la mesita, con la mirada fija, invariablemente dirigida hacia él; tuvo que confesarse que no había visto nunca una belleza como la suya, pero la imagen de Clara seguía instalada en su corazón, y la inmóvil Olimpia le fue indiferente, y sólo de vez en cuando dirigía una mirada furtiva por encima de su libro hacia la hermosa estatua, eso era todo.

Un día estaba escribiendo a Clara cuando llamaron suavemente a la puerta. Al abrirla, vio el repugnante rostro de Coppola. Nataniel se estremeció; pero recordando lo que Spalanzani le había dicho de su compatriota Coppola y lo que le había prometido a su amada en relación con el Hombre de Arena, se avergonzó de su miedo infantil y reunió todas sus fuerzas para decir con la mayor tranquilidad posible:
—No compro barómetros, amigo, así que ¡váyase!

Pero Coppola, entrando en la habitación, le dijo con voz ronca, mientras su boca se contraía en una odiosa sonrisa y sus pequeños ojos brillaban bajo unas largas pestañas grises:
—¡Eh, no barómetros, no barómetros! ¡También tengo bellos ojos…, bellos ojos!

Nataniel, espantado, exclamó:
—¡Maldito loco! ¡Cómo puedes tú tener ojos! ¡Ojos!… ¡Ojos!…

Al instante puso Coppola a un lado los barómetros y empezó a sacar del inmenso bolsillo de su levita lentes y gafas que iba dejando sobre la mesa.
—Gafas para poner sobre la nariz. Esos son mis ojos, ¡bellos ojos! —y, mientras hablaba, seguía sacando más y más gafas, tantas que empezaron a brillar y a lanzar destellos sobre la mesa.

Miles de ojos centelleaban y miraban fijamente a Nataniel, pero él no podía apartar su mirada de la mesa, y Coppola continuaba sacando cada vez más gafas y cada vez eran más terribles las encendidas miradas que disparaban sus rayos sangrientos en el pecho de Nataniel.

Este, sobrecogido de terror, gritó:
—¡Detente, hombre maldito! —cogiéndolo del brazo en el momento en que Coppola hundía de nuevo su mano en el bolsillo para sacar más lentes, por más que la mesa estuviera ya cubierta de ellas.

Coppola se separó de él suavemente con una sonrisa forzada, diciendo:
—¡Ah, no son para usted, pero aquí tengo bellos prismáticos! —y recogiendo los lentes empezó a sacar del inmenso bolsillo prismáticos de todos los tamaños.

En cuanto todas las gafas estuvieron guardadas Nataniel se tranquilizó, y acordándose de Clara se dio cuenta de que el horrible fantasma sólo estaba en su interior, ya que Coppola era un gran mecánico y óptico, y en modo alguno el doble del maldito Coppelius. 

Por otra parte, las lentes que
Coppola había extendido sobre la mesa no tenían nada de particular, y menos de fantasmagórico, por lo que Nataniel decidió, para reparar su extraño comportamiento, comprarle alguna cosa. Escogió unos pequeños prismáticos muy bien trabajados, y, para probarlos, miró a través de la ventana. 

Nunca en su vida había utilizado unos prismáticos con los que pudieran verse los objetos con tanta claridad y pureza. Involuntariamente miró hacia la estancia de Spalanzani. Olimpia estaba sentada, como de costumbre, ante la mesita, con los brazos apoyados y las manos cruzadas.

Por primera vez podía Nataniel contemplar la belleza de su rostro. Sólo los ojos le parecieron algo fijos, muertos. Sin embargo, a medida que miraba más y más a través de los prismáticos le parecía que los ojos de Olimpia irradiaban húmedos rayos de luna. Creyó que ella veía por primera vez y que sus miradas eran cada vez más vivas y brillantes. Nataniel permanecía como hechizado junto a la ventana, absorto en la contemplación de la belleza celestial de Olimpia…

Un ligero carraspeo lo despertó como de un profundo sueño. Coppola estaba detrás de él:
—Tre Zechini. Tres ducados.

Nataniel, que había olvidado al óptico por completo, se apresuró a pagarle:
—¿No es verdad? ¡Buenos prismáticos, buenos prismáticos! —decía Coppola con su repugnante voz y su odiosa sonrisa.
—Sí, sí —respondió Nataniel contrariado—. Adiós, querido amigo. 

Coppola abandonó la habitación, no sin antes lanzar una mirada de reojo sobre Nataniel, que lo oyó reír a carcajadas al bajar la escalera.
—Sin duda —pensó Nataniel— se ríe de mí porque he pagado los prismáticos más caros de lo que valen.

Mientras decía estas palabras en voz baja le pareció oír en la habitación un profundo suspiro que le hizo contener la respiración sobrecogido de espanto. Se dio cuenta de que era él mismo quien había suspirado así.

«Clara tenía razón —se dijo a sí mismo— al considerarme un visionario, pero lo absurdo, más que absurdo, es que la idea de haber pagado a Coppola los prismáticos más caros de lo que valen me produzca tal terror, y no encuentro cuál puede ser el motivo».

Se sentó de nuevo para terminar la carta a Clara, pero una mirada hacia la ventana le hizo ver que Olimpia aún estaba allí sentada, y al instante, empujado por una fuerza irresistible, cogió los prismáticos de Coppola y ya no pudo apartarse de la seductora mirada de Olimpia hasta que vino a buscarlo su amigo Segismundo para asistir a clase del profesor Spalanzani.

A partir de aquel día la cortina de la puerta de cristal estuvo totalmente echada, por lo que no pudo ver a Olimpia, y los dos días siguientes tampoco la encontró en la habitación, si bien apenas se apartó de la ventana mirando a través de los prismáticos. Al tercer día estaba la ventana cerrada. Lleno de desesperación y poseído de delirio y ardiente deseo, salió de la ciudad. 

La imagen de Olimpia flotaba ante él en el aire, aparecía en cada arbusto y lo miraba con ojos radiantes desde el claro riachuelo. El recuerdo de Clara se había borrado, sólo pensaba en Olimpia y gemía y sollozaba:
—Estrella de mi amor, ¿por qué te has alzado para desaparecer súbitamente y dejarme en una noche oscura y desesperada?

Cuando Nataniel volvió a su casa observó una gran agitación en la de Spalanzani. Las puertas estaban abiertas, y unos hombres metían muebles; las ventanas del primer piso estaban abiertas también, y unas atareadas criadas iban y venían mientras carpinteros y tapiceros daban golpes y martilleaban por toda la casa. 

Nataniel, asombrado, se detuvo en mitad de la calle. Segismundo se le acercó sonriente y le dijo:
—¿Qué me dices de nuestro viejo amigo Spalanzani?
Nataniel aseguró que no podía decir nada, puesto que nada sabía de él, y que le sorprendía bastante que aquella casa silenciosa y sombría se viera envuelta en tan gran tumulto y actividad. 

Segismundo le dijo entonces que al día siguiente daba Spalanzani una gran fiesta con concierto y baile a la que estaba invitada media universidad. Se rumoreaba que Spalanzani iba a presentar por primera vez a su hija Olimpia, que hasta entonces había mantenido oculta, con extremo cuidado, a las miradas de todos. 

Nataniel encontró una invitación, y, con el corazón palpitante, se encaminó a la hora fijada a casa del profesor, cuando empezaban a llegar los carruajes y resplandecían las luces de los adornados salones. La reunión era numerosa y brillante. Olimpia apareció ricamente vestida, con un gusto exquisito. Todos admiraron la perfección de su rostro y de su talle. 

La ligera inclinación de sus hombros parecía estar causada por la oprimida esbeltez de su cintura de avispa. Su forma de andar tenía algo de medido y de rígido. Causó mala impresión a muchos, y fue atribuida a la turbación que le causaba tanta gente.

El concierto empezó. Olimpia tocaba el piano con una habilidad extrema, e interpretó un aria con voz tan clara y penetrante que parecía el sonido de una campana de cristal. Nataniel estaba fascinado; se encontraba en una de las últimas filas y el resplandor de los candelabros le impedía apreciar los rasgos de Olimpia. Sin ser visto, sacó los lentes de Coppola y miró a la hermosa Olimpia. 

¡Ah!… entonces sintió las miradas anhelantes que ella le dirigía, y que a cada nota le acompañaba una mirada de amor que lo atravesaba ardientemente. Las brillantes notas le parecían a Nataniel el lamento celestial de un corazón enamorado, y cuando finalmente la cadencia del largo trino resonó en la sala, le pareció que un brazo ardiente lo ceñía; extasiado, no pudo contenerse y exclamó en voz alta:
—¡Olimpia!

Todos los ojos se volvieron hacia él. Algunos rieron. El organista de la catedral adoptó un aire sombrío y dijo simplemente:
—Bueno, bueno.
El concierto había terminado y el baile comenzó. «¡Bailar con ella…, bailar con ella!», era ahora su máximo deseo, su máxima aspiración, pero ¿cómo tener el valor de invitarla a ella, la reina de la fiesta?

Sin saber ni él mismo cómo, se encontró junto a Olimpia, a quien nadie había sacado aún; cuando comenzaba el baile, y después de intentar balbucir algunas palabras, tomó su mano. La mano de Olimpia estaba helada y él se sintió atravesado por un frío mortal. La miró fijamente a los ojos, que irradiaban amor y deseo, y al instante le pareció que el pulso empezaba a latir en su fría mano y que una sangre ardiente corría por sus venas. 

También Nataniel sentía en su interior una ardorosa voluptuosidad. Rodeó la cintura de la hermosa Olimpia y cruzó con ella la multitud de invitados. Creía haber bailado acompasadamente, pero la rítmica regularidad con que Olimpia bailaba y que algunas veces lo obligaba a detenerse, le hizo observar enseguida que no seguía los compases. 

No quiso bailar con ninguna otra mujer, y hubiera matado a cualquiera que se hubiese acercado a Olimpia para solicitar un baile. Si Nataniel hubiera sido capaz de ver algo más que a Olimpia, no habría podido evitar alguna pelea, pues murmullos burlones y risas apenas sofocadas se escapaban de entre los grupos de jóvenes, cuyas curiosas miradas se dirigían a Olimpia sin que se pudiera saber por qué.

Excitado por la danza y por el vino, había perdido su natural timidez. Sentado junto a Olimpia y con su mano entre las suyas, le hablaba de su amor exaltado e inspirado con palabras que nadie, ni él ni Olimpia, habría podido comprender. O quizá Olimpia sí, pues lo miraba fijamente a los ojos y de vez en cuando suspiraba:
—¡Ah…, ah…, ah…!
A lo que Nataniel respondía:
—¡Oh, mujer celestial, divina criatura, luz que se nos promete en la otra vida, alma profunda donde todo mi ser se mira…! —y cosas parecidas.

Pero Olimpia suspiraba y contestaba sólo:

—¡Ah…, ah…!

El profesor Spalanzani pasó varias veces junto a los felices enamorados y les sonrió con satisfacción. Aunque Nataniel se encontraba en un mundo distinto, le pareció como si de pronto oscureciera en casa del profesor Spalanzani. Miró a su alrededor y observó espantado que las dos últimas velas se consumían y estaban a punto de apagarse. Hacía tiempo que el baile y la música habían cesado.

Amor y muerte - Sivela Tanit

Cae la briza de tus rezos en mi cuerpo , tus lágrimas con como lluvia que apaga mi último sol, bajo la esquelética caja con mis restos y tus manos nunca dejarán de tocar mi recuerdo...

Estas frases las escribí en un tiempo donde perdí a mi hija, cuando ella se va y tu mundo se derrumba, cuando no te queda nada de ella más que una foto que se seca y algo que usaba siempre. 
El corazón es simple y los recuerdos duros, sin embargo, a pesar del dolor... ya no lloro como antes, pero sigo sintiendo su ausencia.

Vivo sin ella - Sivela Tanit

El mundo está lleno de corazones rotos, los sentimientos fueron lastimados a diferente nivel e intensidad. Lo que me lleva a preguntarme ¿El fallecimiento de la propia madre crea un corazón roto? Dos respuestas: si o no (si es que no me encuentro con alguna mente que le gusta complicarse la vida y decir: tal vez), esa decisión se lo dejo a mi amable lector.

Cuando recibí la noticia del deceso de mi madre, el mundo que estaba a mi alrededor dejó de girar, sentí una regresión a cuando era pequeña y me tapaba con la cobija para alejar los miedos de la noche. Sólo que ahora esa cobija, por más que intenté ponérmela, no evitó su ausencia.

La llamada de su fallecimiento me tomó por sorpresa, ella se estaba restableciendo de una operación de cadera, se le dio de alta y su recuperación era positiva. Yo ya no vivía con mi mamá, recuerdo que la visité un lunes y “la llamada” fue el jueves. Es un sentimiento aterrador, mis pensamientos se paralizaron, actuaba por instinto, todo lo hice cómo autónoma.

Mi esposo me ayudó a llegar a mi casa, me ha acompañado todo el proceso. En casa pude ver a mi madre y despedirme de ella. Cuando regresé al departamento de mi esposo, nos acostamos a dormir por horas. Me sentía cansada. Entonces ocurrió que negué el dolor, me concentré en mis estudios porque no quería perder mi beca por promedio. La pesadilla llegó cuando me gradué.

Allí me di cuenta que todo lo había hecho mal, vivía la muerte de mi madre cada día, pero evité el dolor. Y cuando ya no tuve en qué entretenerme… cayó dentro de mi cuerpo y mente todo un bloque de demencia, me sentí desolada y desamparada.

Estudios de tanatología mencionan que no hay un tiempo límite para regresar a un equilibrio emocional después de una pérdida. Sin embargo, si hacen mención de situaciones que pueden ser más sanas que otras.

Conocí a una persona que negó la existencia de su madre: tiró, arrinconó, regaló todas las cosas que pertenecían a ella, todo durante los primeros diez días de la muerte. Hay otra persona que tiene todas las cosas de su madre y no puede tomarlas, usarlas o verlas sin llorar, aún después de cuatro años.

Sólo un experto tanatólogo puede aconsejar sobre las reacciones de cada uno. Yo sólo soy una mujer que perdió a su madre. No obstante, busco llenar esa sensación de desamparo con amor y confianza en mi persona: escribo, medito e ilumino, busco espacios para consentirme en cuerpo y mente, para irme reconstruyendo. Considero que ese es mi proceso de sanación.

La extraño, mi madre daba buenos consejos;  tenía muy buena sazón, echo de menos su comida, ese sabor es irremplazable; me gustaba escuchar sus historias de niña y la relación con su mamá; también tenía la habilidad casi mágica de hacer que el gasto le durara y podía ahorrar pese a la escases económica; pero lo que más admiraba de ella es que siempre tenía las palabras certeras para el momento preciso, eso es lo que hoy, más le envidio.

La extraño, pero el dolor por ella no es tan profundo ni agudo comparado a la noticia de su muerte. No siento que haya llegado al equilibrio emocional, y no me apresuro a llegar, porque cada día de mi vida es una (cruel) lección donde tengo que aprender a vivir sin mi madre.

Ensayo a mi madre - Sivela Tanit

Mi madre fue la mujer más maravillosa del mundo. Puedo comenzar así, pero yo sé que no es cierto, porque la madre de cada uno de nosotros fue la más maravillosa del mundo. Así que seré más realista y quiero aprovechar que tengo la capacidad de describir a mi madre en una sola palabra: aguantadora (para bien y para mal).

Aguantó decepciones, dolores, partos, amenazas, miedos, pérdidas, a sus hijos, un matrimonio que torció su camino, un marido irresponsable, trabajar toda su vida, el amor de sus hijos, el amor de sus nietos, su cansancio, su vejez, sus enfermedades… el peso del mundo.

Mi madre fue un enorme bloque, siempre de pie, firme y en sus momentos de flaqueza, (pues fue una persona muy sensible) sólo se rajaba ese bloque, a veces se le caían moronas y se convertían en guijarros que su enorme orgullo hacía a un lado, a veces, ese mismo orgullo recogía los guijarritos y los pegaba con saliva, de regreso a su gran monolítico bloque.

A veces nos contaba sobre su infancia, y me encantaba oírla porque ella, era una gran narradora, su voz y sus flexiones en la voz hacían que sus palabras fueran interesantes. Recuerdo que una ocasión, para la escuela me dejaron de tarea escribir una historia familiar, de mi madre yo recordaba dos o tres historias muy interesantes, así que fui a la cocina y le pedí que me las contara, así lo hizo, recuerdo que tomé nota  hasta copie algunas de sus expresiones. Y cuando leía mis apuntes, su voz quedó allí, tatuado en mi cerebro y taladrado en mi memoria auditiva. Ella estaba allí.

Desde niña siempre la vi como una mujer firme y fuerte, sólo es hasta ahora de adulta, que me doy cuenta que en realidad era una mujer frágil y sensible, a quien las circunstancias de la vida la llevaron a tornarse en lo que yo conocí. Mis hermanas mayores, me imagino, conocieron más a mi madre. Quizás ellas vieron más esa parte sensible, yo no. A mí me tocó vivir la madre luchona, trabajadora, madre soltera con un marido inútil, me tocó vivir el enojo, la decepción. Siempre pienso que cada uno de mis hermanos y hermanas tuvo una madre diferente.

De la biografía de mi madre sólo tengo lo que ella me contó, no tengo tíos o parientes a quienes pudiera preguntarle sobre ella. A mi abuela materna María no la conocí, murió quizá cerca de nueve años antes de que yo naciera, mi abuelo materno Víctor falleció aproximadamente 35 años después que mi abuela. Por supuesto que lo conocí, pero nunca me aproximé a él. Tengo dos tíos vivos mayores que mi madre, pero con una se rompió la relación hace tanto que en realidad es una completa desconocida, mi tío, el mayor de los hermanos es muy grande de edad y divaga enormemente. De mi tío sólo puedo citar un adjetivo para mi madre: Era una cabrona. Una sentencia dura, tajante e inamovible. 

La infancia de mi madre es desde mi perspectiva y jugando a los adjetivos inapelables: incomprendida. Por supuesto, que yo no tengo más que la referencia de mi madre, no puedo confirmar si era así o no. Esto nace por una enfermedad física que ella presentaba. Comentaba que de la nada, estando parada se desvanecía. Desmayada. Los doctores nunca supieron darle nombre a su padecimiento, sólo decía que no tenía nada. Y así con la nada siguió creciendo y desmayándose, por precaución no la dejaban salir mucho.

Una vez nos contó que se desmayó y su familia llegó a pensar que seguramente estaba fingiendo, así que la nalguearon, pero hablo de las nalgadas del siglo XX, fuertes, firmes, con la mano marcada en los glúteos. Para su sorpresa no se despertó, así que decidieron que ella no fingía. Por supuesto que se despertó y entonces sí sintió el residuo de esos golpes. Y aquí es donde yo pienso que la ignorancia es brutal, después de fallecida mi madre, descubrimos que ella padecía una enfermedad hereditaria llamada Síndrome Síncope Congénito. Lo cual, a su vez, me sorprende, porque su corazón aguantó cuatro partos, una operación de cadera, varias caídas fuertes, huesos fracturados y simbólicamente su corazón roto.

También nos contaba de los deberes que le correspondían, lavar el patio todos los días, asear la casa y vivir con la diabetes de mi abuela, mi abuelo fue un personaje deambulante, se convirtió en pastelero y consiguió un trabajo en Ferrocarriles Nacionales, por lo tanto viajaba mucho al año. Era un hombre trabajador y responsable, pero a veces se iba por meses y no enviaba dinero a su casa, entonces estaban en apuros económicos para pagar la renta y comer.

Una de mis historia favoritas era que a su casa llegaba de visita una ancianita blanca como la nieve, peinada con su larga trenza blanca, era pariente de mi abuela, llegaba de Michoacán y les llevaba suficiente pinole para llenar una olla tamalera. A mi madre le gustaba el pinole y lo llevaba a su escuela, allí sus compañeras le pedían y a ella se le ocurrió venderlo, ponía un poco en pequeños cucuruchos y lo daba a 5 centavos, esto pasaba por la década de 1950. Con el dinero que ganaba compraba timbres con los que llenaba una planilla, era algo que se acostumbraba en su escuela, eso lo hacía con la maestra, al final del año escolar se les daba a los padres el dinero que habían ahorrado en todo el curso escolar.

Con la venta del pinole pudo comprar muchos timbres, cuando terminó su curso la maestra no le quiso dar el dinero a mi mamá, dijo que era mucho y tenía que dárselo a sus papás. Mi madre obedeció, mi abuela estaba escéptica, no se explicaba cómo era posible que por unos cuentos pesos la hicieran ir. Su sorpresa fue enorme cuando la felicitaron porque su hija era una excelente ahorradora. Llegó a juntas algo así como 20 pesos (casi millonarios) por supuesto que cuando le preguntaron a mi mamá de dónde había salido todo… pues ya no había nada de pinole para cocinar.

La escuela a la que fue mi madre todavía existe, es la Primaria Benito Juárez ubicada en Jalapa 272, colonia Roma Sur. Asistía por la tarde y nos describía que estaba dividida en dos secciones, una para niños y otra para niñas. Una reja los separaba. Decía que ella llevaba una pequeña canasta y a veces las de sexto grado la usaban como correo entre ellas y los muchachos, le daban las cartas que escondía en su canastita y con su manita las pasaba entre la reja, mi madre les cobraba con dulces u otra cosa esos favores.

Mi madre siempre me pareció muy astuta y hábil en el comercio, entre otras cosas. No sé bien que habrá pasado con aquellas habilidades, cuando uno está fuera del contexto de la vida se le hace muy fácil ver todo el éxito que la persona pudo llegar a tener, pero no es fácil tener esa capacidad estando sus zapatos. Extraño a mi madre, cada día desde su fallecimiento la extraño. Con todo y sus defectos la echo de menos. Mi madre no fue maravillosa, ella simplemente fue un humano que me enseñó de límites, cambios, errores, aciertos. Ella sólo fue una persona aguantadora.