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Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 3 y última)

 

III

«Se ofrece recompensa de quinientas libras a cualquier persona que proporcione información precisa acerca del paradero actual de sir Henry Chalvington, baronet de Methwold Park, Norfolk, a su viejo amigo el coronel Desborough, hotel Morley’s, Charing Cross.»

Eso decía el anuncio que se publicaba a diario en The Times y también en el Galignani y otros periódicos extranjeros. Pero el tiempo fue pasando sin que se recibiera respuesta alguna. 

Con la Navidad a la vuelta de la esquina y la climatología empeorando por momentos, el coronel Desborough contemplaba con creciente intranquilidad su marcha al extranjero, viaje que tenía la determinación de hacer, convencido como estaba de que el baronet se hallaba en algún lugar del continente. 

Desde su regreso a Inglaterra, su salud había experimentado una notable mejoría, y en sus pensamientos ganaba fuerza la idea de que había estado sufriendo de delirios mentales; no obstante, seguía pareciéndole una extraña coincidencia que sir Henry continuara ausente, y aunque ya no era víctima de las apariciones que con tanta frecuencia había experimentado en la India, el coronel estaba más ansioso que nunca por desvelar el misterio, no solo por su bien, sino por el de la propia Mary Chalvington.

Por fin un día recibió una carta del extranjero. Estaba manuscrita en papel muy fino y llevaba matasellos de Niza. La misiva se le antojó misteriosa, puesto que todo parecía relacionado con su búsqueda. Decía que, aunque el remitente no podía proporcionar con exactitud el paradero de sir Henry, sí que creía contar con una pista que contribuiría a localizarlo. El coronel debía acudir en persona al Albergo Aggradevole, en Scarena, cerca de Niza, y preguntar por Carlo.

Entusiasmado por la oportunidad que se le brindaba de obtener una información crucial, el coronel abandonó con gusto la fría y húmeda Inglaterra rumbo a un clima más amable. Scarena, según comprobó, era un pueblecito situado en los Alpes Marítimos, a escasas millas de Niza y en la carretera que llevaba a Turín. 

Desborough no se tomó ni una sola jornada de descanso hasta que no hubo llegado a la posada que tenía como destino, y donde se quedó a pasar la noche. Era un hotelito decente que dependía principalmente de los turistas que iban de camino a Sospello para disfrutar de sus majestuosos paisajes.

Vista la solicitud y obsequiosidad con las que le recibieron el albergatore, su esposa y los sirvientes, el coronel supo sin lugar a duda que lo estaban esperando. No obstante, aguardó hasta acabada la cena para preguntar por el tal Carlo, que resultó ser, tal y como él había anticipado, su anfitrión en persona.

—Sí, signor, yo soy Carlo. A su servicio. Rara vez leo el Galignani, pero las cosas del destino son así. Un día cayó en mis manos un ejemplar del periódico mientras me encontraba en Niza y, al regresar a casa, se lo leí a mi esposa; fue entonces cuando topé con su anuncio. «Yo he oído antes ese nombre —le dije—, pero no recuerdo cuándo.

»Un momento —me dijo ella—. Estaba en el cuaderno que se dejó olvidado el caballero inglés, el que estuvo aquí alojado dos días con su esposa, mira.» Entonces María abrió el scrittoriello y sacó el librito, que es este que ahora tengo el placer de entregarle, signor.

Dicho esto, el posadero tendió a Desborough un cuaderno vulgar y corriente. Manuscrito en la guarda con la inconfundible caligrafía de su viejo amigo se podía leer: «Henry Chalvington, Brook Street, Grosvenor Square».

El cuaderno contenía varias anotaciones, tales como horarios de trenes y de paquebotes. Una de ellas incluso arrancó una lágrima al coronel. Era una nota de un par de líneas tan solo, escrita apresuradamente a lápiz: «Hoy mencionaban a Jack Desborough en una noticia en la que hablaban sobre Simla, debo escribirle».

Eso era todo, aunque, dadas las circunstancias, ¡qué conmovedor!

El albergatore lo observaba visiblemente satisfecho.

—Ahora hábleme de la dama y del caballero que se alojaron en su posada. ¿Cuándo estuvieron aquí?

—El pasado abril, signor —contestó su anfitrión, mientras se arrellanaba con comodidad en una silla—. Llegaron en su propio carruaje. El caballero estaba muy pálido y delgado, y caminaba del brazo del intérprete o sirviente, no sabría decir si era una cosa u otra. Parecía enfermo y llevaba puesto un abrigo de piel, a pesar de que no hacía frío. En cuanto a la dama…, no tengo palabras para describir su belleza, ¡era fabulosa! Se quedaron aquí dos días, signor, e iban de camino a La Chiandola para visitar las cascadas; pero por lo que comentó el hombre que estaba a su servicio, deduje que buscaban una casa donde poder alojarse unos meses por el bien de la salud del caballero. En cualquier caso, cuando se marcharon, se olvidaron de este cuaderno. ¿Le es de alguna utilidad, signor? Si en efecto pertenece a su amigo, haré cuanto esté en mi mano para asistirle en su búsqueda. Debemos atravesar las montañas por Scarena, Sospello, La Chiandola, Saorgio, Tenda, Simone, Savigliano y así hasta Turín, preguntando a diestra y siniestra de la carretera —dijo el anfitrión, mientras pronunciaba con orgullo la retahíla de poblaciones, contándolas con los dedos.

El hombre parecía inteligente, y actuaba de buena fe; la pingüe recompensa seguramente constituyese para él una auténtica fortuna.

Al día siguiente se realizaron a toda prisa los preparativos del viaje, y con unos buenos caballos y una calesa ligera, comenzó la búsqueda. Huelga seguir sus pasos por los lugares citados por el albergatore, donde sus pesquisas obtuvieron más o menos éxito. 

Son tantos los turistas que visitan la zona en esa temporada que, de no haber sido porque el caballero vestía un abrigo de piel y la dama era muy hermosa, con unos ojos espléndidos, los Chalvington habrían pasado casi desapercibidos. No obstante, el rastro moría en la villa de Saorgio, en ninguno de cuyos hoteles recordaba nadie a la pareja.

—Debemos dar media vuelta, signor. Sus amigos nunca llegaron tan lejos —dijo el albergatore.

Así pues, en lugar de seguir la vía principal entre Niza y Turín a través de los Alpes Marítimos, esa carretera magníficamente construida y completada en el transcurso de diecisiete años por orden de Víctor Amadeo, rey de Cerdeña, se desviaron hacia el interior y visitaron las aldeas ribereñas de los arroyos que riegan esta zona del Piamonte. Aunque sin éxito.

Descorazonados por los constantes fracasos, regresaron sobre sus pasos y se dirigieron una vez más a la casa de postas de Simone. Allí, la Carrozza di Viaggio, una suerte de coche de viajeros, se encontraba en ese momento relevando la caballería.

De pronto, Carlo Rigo profirió una exclamación y se apeó de un salto de la calesa.

—¡Ahí! ¡Ahí! —gritó el posadero preso de una gran agitación—. ¡El abrigo! ¡El abrigo del caballero! —Y corrió hasta el costado del carruaje, que era la diligencia que cubría el trayecto entre Tenda y Sospello.

El cochero, que llevaba puesto el abrigo en cuestión y sostenía un enorme látigo en la mano, aguardaba sentado en el pescante a que atasen los caballos frescos a las varas. Era inconfundiblemente italiano, y no mostró la menor sorpresa cuando el albergatore exclamó:

—¡Cospetto! ¿De dónde has sacado ese abrigo?

Los dos hombres entablaron una animada charla. Desborough esperó hasta que el posadero regresó radiante de satisfacción.

Signor —gritó—, asunto solucionado. Nicolo es un hombre muy respetable; lleva conduciendo la carrozza los diez últimos años. Me ha dicho que compró ese abrigo hace un mes para protegerse de los fuertes vientos que nos azotan en estos parajes en primavera y en invierno. Estaba colgado de la puerta de Isacco el Judío, en Sospello.

—Entonces vayamos a ver a ese tal Isacco —dijo el coronel.

De nuevo se adentraron en la pequeña población. Isacco era un anciano de fino rostro aguileño y venerable barba blanca que podría haber pasado perfectamente por uno de los patriarcas. El hombre les proporcionó con gusto la información que buscaban. El abrigo se lo había traído a su tienda, ocho meses atrás, el sirviente del caballero inglés que había adquirido Villa Cipresso. Sus señores se trasladaban a Nápoles, y no iban a necesitar el abrigo.

¿Y dónde estaba Villa Cipresso? A escasas millas de allí, en los castañares, o eso creía.

Una vez averiguada la dirección, avanzar fue sencillísimo. Contrataron a un postillón que conocía la localidad para que condujera al coronel y a su acompañante hasta la casa al día siguiente, pues ya era tarde para hacerlo en ese momento. La villa se encontraba a unas once millas de distancia y tan rodeada de árboles que era imposible de discernir hasta que uno no se topaba con ella. 

El paraje era precioso, pero la casa era una construcción solitaria y descuidada. Las malas hierbas y las zarzas habían invadido los caminos y los arriates de flores; y las ventanas estaban tapiadas con tablones. El ruido del carruaje atrajo a la puerta a una anciana, que se mostró asombrada por su llegada. Alta, morena, surcada de arrugas y vestida con ropas andrajosas, se quedó plantada en el umbral como petrificada, mirando a los visitantes con ojos desorbitados.

—¿Es esto Villa Cipresso? —preguntó Carlo Rigo.

—Sí —contestó la anciana.

—¿Está aquí sir Henry Chalvington? —inquirió el coronel.

El efecto que causó en ella esta pregunta fue del todo inesperado. Levantó los brazos por encima de la cabeza, dejó escapar un gemido y, alejándose a toda prisa por un pasadizo de piedra, se metió en un cuarto y se encerró pasando la llave por dentro.

—Está asustada —dijo Desborough—. ¿Es posible que viva aquí sola? La casa parece vacía.

El posadero fue hasta la puerta, llamó y le habló con suavidad para que se tranquilizase, pero ella no contestó. Solo se oían sus gemidos, como si la mujer sufriese un gran pesar.

El coronel y su acompañante inspeccionaron la casa. No era grande, su mobiliario era muy sencillo y estaba claro que se encontraba deshabitada. No hallaron ni un solo libro ni pedazo de papel que pudiera aportar alguna pista sobre quiénes habían sido los últimos ocupantes de aquellas estancias.

El postillón desató los caballos y los condujo hasta el establo vacío y descuidado; los únicos seres vivos con los que se topó por el camino fueron unas pocas aves de corral famélicas que vagaban por el patio. El coronel Desborough se dio una vuelta por los jardines, que estaban invadidos de enormes chumberas asilvestradas y falsos pimenteros de aspecto desaliñado.

Había fuentes ornamentales resecas, mirtos y otros arbustos plantados en tupidos macizos, y altos cipreses oscuros que daban una apariencia sombría y melancólica al lugar. Bordeaba el jardín un bosque de alcornoques, y más allá de esta pantalla de árboles, bloqueando la vista, se alzaba la majestuosa mole de los Alpes, como diciendo: «No os aventuraréis más allá».

Entre tanto, pareció que la curiosidad de la mujer vencía a su miedo inicial, y tras mantener Carlo Rigo una conversación con ella desde el otro lado de la puerta, la convenció para que saliese y preparase un almuerzo con los refrigerios que habían traído consigo, cosa que hizo con avidez, puesto que estaba hambrienta. Pero a todas sus preguntas respondió negando con la cabeza, resistiéndose a darles cualquier información.

—Pasaremos aquí la noche —dijo el coronel con gravedad—. Tengo que saber más antes de marcharme, y lo haré.

Al caer la tarde, él y el albergatore volvieron a darse un paseo por el jardín. El sol se había puesto detrás de las montañas y todo estaba teñido de una preciosa luz violácea, esa que se conoce como arrebol. ¡Qué soledad! Las sombras del ocaso se intensificaron cuando se adentraron en un claro rodeado de cipreses.

—¡Mire, mire, signor! —gritó Carlo—. ¡Ahí está el caballero inglés!

Al escuchar estas palabras, Desborough alzó la vista ilusionado. Allí delante, a escasos pasos de él, se erguía más nítida que nunca la figura de su amigo; pálido, encanecido, inmóvil, su silueta claramente recortada contra el fondo oscuro de los árboles verdes.

—¿Por qué nos pide que nos acerquemos? ¿Por qué señala al suelo? ¡Oh! ¡Ha desaparecido! —gritó espantado el italiano.

El coronel intentó hablar, pero no daba con las palabras. Buscó apoyo en un árbol y, preso de la agitación, se enjugó la frente.

—Entonces ¿lo ha visto usted también? —le preguntó a Rigo cuando consiguió recuperar el habla—. ¿Con absoluta claridad?

—¿Al caballero inglés? Sí, signor.

—Gracias a Dios —exclamó Desborough retirándose el sombrero en un gesto de reverencia—. ¡No estoy loco!

—No lo entiendo, signor —dijo el desconcertado posadero.

—No —respondió el coronel—, no puede entenderlo; porque ese a quien acabamos de ver no es un habitante de este mundo. Hagámonos con picos y palas… ¡Creo que bajo ese parche de hierba yace enterrado sir Henry Chalvington!

¡Qué extraña revelación! ¡Qué cadena de acontecimientos, aparentemente fortuitos, había guiado al coronel Desborough hasta ese preciso lugar, donde estaba predestinado a resolver un misterio y reparar una gran injusticia! Pues fue allí, bajo la grisácea luz crepuscular, donde exhumaron lo que quedaba de Henry Chalvington. ¿Lo habían asesinado?

—No, no —gritó la anciana, arrodillándose a sus pies—. No lo suponga, ni lo piense siquiera, el inglés falleció de muerte natural. Tras adquirir esta villa, él y su esposa vinieron a ver qué muebles podían necesitar. Habían viajado desde Niza, él parecía enfermo y débil. Tres días después de su llegada, se encontraba sentado a la mesa, cenando, cuando cayó hacia atrás de repente… ¡muerto! Es la verdad, se lo juro. La dama estaba aterrada, al igual que el sirviente que los acompañaba. «Escuche —me dijo—, de sabérseme viuda seré una mujer pobre. ¡Pero mientras se suponga a mi marido con vida seguiré siendo rica! Lo mantendremos en secreto… Podemos enterrarle bajo los cipreses, y yo me encargaré de que no le falte a usted nada. Siga viviendo aquí; dispondrá de dinero siempre y cuando no hable.» Entonces el signor Texere, el sirviente, cavó la tumba y lo depositamos ahí, ¡pobre inglese!

»La señora y su asistente se marcharon. Al principio me enviaban dinero, no mucho, pero el suficiente para cubrir mis necesidades. De un tiempo a esta parte han dejado de hacerlo. Y yo me muero de hambre. ¿Por qué razón voy a seguir manteniendo el secreto? Roto el pacto, puedo contarlo todo. Pero, signor, le juro que no fue asesinato. Yo estaba en el comedor sirviendo la cena cuando él se cayó de la silla, muerto. Fue su corazón. Esa expresión de su cara ya la había visto antes en la de uno de mis hijos cuando falleció de la misma dolencia.

Una vez más la escena se traslada a la residencia de Eastern Terrace, en Brighton. Lady Chalvington, suntuosamente ataviada en un brocado dorado, estaba a punto de salir para el teatro cuando le anunciaron que el coronel Desborough y el señor Bruce deseaban verla. Y eran sin duda estos dos caballeros, acompañados de Blencoe y un agente de policía vestido de paisano, quienes aguardaban en el vestíbulo.

Lady Chalvington entró en la biblioteca, adonde la habían hecho pasar aquellos visitantes tan poco gratos.

—No alcanzo a imaginar cuál puede ser el propósito de su visita, caballeros —exclamó con altivez, al cruzar el umbral—. Los negocios se tratan por las mañanas, señor Bruce.

—Esto es mucho más que una visita de negocios, señora —contestó el coronel—. Venimos a informarla de que los restos de su difunto marido han sido hallados y trasladados a Inglaterra para que reciban cristiana sepultura.

Por un instante, la culpable se quedó paralizada; luego, corrió hasta la puerta y, ya estaba cruzando el vestíbulo, cuando se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Blencoe le había cortado el paso.

—¡Deténganla! ¡Detengan a lady Chalvington! —gritó el coronel.

—¡Lady Chalvington! —bramó Blencoe, agarrándola del brazo—. Aquí no hay ninguna lady Chalvington. Confieso con vergüenza y repugnancia que esta mujer es mi esposa, Harriet Lemoine, y que ese hombre —dijo señalando a Texere, que acababa de entrar en escena— es su hermano, un falsificador, jugador y estafador que vivió en mi casa, haciendo de la noche día y del día noche. 

Fue para huir de semejante esposa, y para cortar de raíz con su detestable estirpe por lo que me marché a la India. Esta mujer ni mucho menos estaba casada con sir Henry. Puedo demostrar que su identidad es la de la chica con la que contraje matrimonio en la iglesia de St. Pancras hace ya ocho años.

Seis semanas después de tan repentino desenlace, el coronel Desborough entró en la sala de la residencia de Brook Street con un aspecto más fortalecido y saludable del que había ofrecido durante prácticamente los doce últimos meses, si bien seguía todavía muy afectado por la tensión nerviosa a la que había estado sometido. 

Conjurada la aparición, había experimentado una mejoría en su estado de ánimo y recuperado también su acostumbrada buena salud; aunque, posiblemente, conservara ya para el resto de su vida ese talante mucho más circunspecto y grave que le confería el saber que se había comunicado de algún modo con el mundo de los espíritus; un mundo al que apenas había dedicado un solo pensamiento hasta entonces, pero en el que ahora creía y al que respetaba con veneración, habiendo llegado a la conclusión de que, en determinadas circunstancias, esa clase de revelaciones eran posibles.

Mary Chalvington, vestida de luto, se acercó a recibirle, tan blanca y frágil como una azucena.

—Sí —dijo él—, vengo a despedirme. El Crocodile parte de Southampton mañana mismo.

—¡Oh! —exclamó Mary—. ¿Qué voy a hacer cuando se marche? Es usted mi mejor y único amigo. ¿Qué será de esta huérfana a la que ha rescatado de una servidumbre peor que la muerte? ¿Por qué no quiere quedarse en Inglaterra?

—Porque no hay lazos que me aten a este lugar. Soy un hombre solitario.

—¿Y es eso necesario? —preguntó la joven con delicadeza, en voz baja.

El coronel la miró y a continuación empezó a pasearse por la estancia de forma agitada.

—Si yo creyera… —dijo, y se detuvo—. Si osara… Pero casi te doblo en edad, querida mía; ¿cómo pedirte semejante sacrificio?

—No sería un sacrificio —murmuró Mary—, ¡sería la felicidad!

El coronel Desborough nunca regresó a la India.

La ausencia del señor Glass - G. K. Chesterton


La sala de consulta del doctor Orion Hood, el eminente criminólogo y especialista en ciertos trastornos morales, estaba frente al mar, en Scarborough, y tenía una serie de puertas-ventana, amplias y luminosas, por las que se veía el mar del Norte como una infinita muralla exterior de mármol azul verdoso. 

En esa zona, el mar tenía algo de la monotonía de un friso de ese color. Y la propia sala estaba organizada según un or­den inflexible, semejante, en cierto modo, al orden inflexible del mar. No debe dedu­cirse de ello que excluyera del lugar el lujo o incluso la poesía. Ambos estaban presen­tes, en el sitio que les correspondía. Pero uno sentía que nunca se les permitía dejar su lugar. 

El lujo estaba presente: en una me­sa especial había ocho o diez cajas de ciga­rros de la mejor calidad, pero colocados con deliberación, de manera que los más fuertes estaban siempre más próximos a la pared y los más suaves más cerca de la ventana. Tres frascos con tres clases diferentes de licor, todos ellos excelentes, permane­cían siempre en esa mesa representativa del lujo. Pero las personas imaginativas sostienen que el whisky, el coñac y el ron pare­cían estar siempre a la misma altura. 

La poesía estaba presente: el rincón izquierdo de la habitación estaba cubierto con estan­tes en los que se alojaba una colección tan completa de los clásicos ingleses como la que, en el rincón derecho de la habitación, representaba a los fisiólogos ingleses y ex­tranjeros. Pero si uno sacaba de su fila, un volumen de Chaucer o de Shelley, su ausen­cia producía un efecto irritante, como una mella en los incisivos de una persona. Uno no podría decir que los libros no se leían nunca; probablemente sí se leían, pero da­ban la sensación de estar encadenados a sus lugares, como las Biblias en las viejas iglesias. 

El doctor Hood trataba su bibliote­ca privada como si fuera una biblioteca pú­blica. Y si esta estricta rigidez científica alcanzaba incluso a los estantes cargados de poemas y de baladas y a las mesas colma­das de bebida y tabaco, no hace falta decir que esa santidad pagana protegía aún más los otros estantes que contenían la bibliote­ca del especialista y las otras mesas que sos­tenían los frágiles e incluso etéreos instru­mentos químicos o mecánicos.

El doctor Orion Hood paseaba arriba y abajo por su consulta, limitado -como di­cen las geografías escolares- al este por el mar del Norte y al oeste por las apretadas hi­leras de su biblioteca sociológica y crimino­lógica. Iba vestido de terciopelo, como un ar­tista, pero sin nada del descuido propio de los artistas. Tenía muchas canas, pero su pe­lo era espeso y saludable: su rostro, aunque delgado, era de expresión optimista y alerta.

Todo lo que se refería a él y a su habita­ción indicaba algo a la vez rígido e inquie­to, como ese gran mar nórdico junto al cual (por puras razones higiénicas) había cons­truido su hogar.

El destino, que estaba de ánimo jocoso, empujó la puerta e introdujo en ese largo y estricto aposento, flanqueado por el mar, a alguien que era quizá lo más violentamente opuesto a él y a su dueño. 

En respuesta a una invitación breve pero educada, la puer­ta se abrió hacia dentro y apareció, con tor­pe caminar, una figurita informe, que pare­cía encontrar su propio sombrero y su pro­pio paraguas tan inmanejables como una enorme cantidad de equipaje. 

El paraguas era un bulto negro, vulgar y en pésimo esta­do; el sombrero era de ala ancha y curva, clerical, pero de un tipo poco frecuente en Inglaterra. El hombre, era la encarnación misma de la humildad y el desvalimiento.

  El médico contempló al recién llegado con sorpresa contenida, parecida a la que habría mostrado si algún animal marino de gran tamaño, pero inofensivo, se hubiera arrastrado hasta su habitación. El recién lle­gado contempló al médico con esa expre­sión sonriente, pero jadeante, que caracteri­za a una corpulenta mujer de la limpieza que acaba de lograr meterse en un ómni­bus. 

    Es una espléndida combinación de sa­tisfacción social propia y de apariencia físi­ca desordenada. Se le cayó el sombrero a la alfombra y el pesado paraguas se le escurrió entre las rodillas, con un golpe sordo. El hombrecillo se lanzó a recoger el primero y se agachó para recuperar el segundo, mien­tras con una sonrisa inocente en su redonda faz decía lo siguiente:

-Me llamo Brown. Le ruego que me disculpe. He venido por el asunto de los MacNab. Me he enterado de que usted ayu­da a menudo a gente con problemas seme­jantes. Discúlpeme si me equivoco.

Para entonces, ya había recuperado des­mañadamente el sombrero e hizo una bre­ve inclinación de cabeza sobre él, a modo de saludo, como si así todo quedara perfec­tamente en orden.

-Creo que no le comprendo -replicó el científico, con frialdad-. Me temo que se ha equivocado usted de despacho. Yo soy el doctor Hood y mi trabajo es casi en­teramente literario y educativo. Es cierto que algunas veces la policía me ha consul­tado en casos de especial dificultad e im­portancia, pero...

-Oh, esto es algo de la mayor impor­tancia -interrumpió el hombrecito llama­do Brown-. Imagínese, su madre no deja que se prometan en matrimonio. -Y se echó hacia atrás en la butaca con la más ra­diante expresión de racionalidad.

Las cejas del doctor Hood estaban frun­cidas sombríamente, pero, bajo ellas, los ojos brillaban con un fulgor que podía ser fruto de la ira o de la diversión.

-Pues sigo sin entender del todo -dijo.

-Mire usted: quieren casarse -aclaró el hombre del sombrero clerical-. Maggie Mac­Nab y el joven Todhunter quieren casarse. ¿Y qué puede haber más importante que eso?

Los triunfos científicos del gran Orion Hood lo habían privado de muchas cosas, unos decían que de la salud, otros que de Dios; pero no le habían despojado total­mente del sentido del absurdo. Y ante la úl­tima apelación del ingenuo cura, se le esca­pó una risa ahogada y se dejó caer en una silla, adoptando una actitud irónica, de mé­dico llamado a consulta.

-Señor Brown -dijo gravemente-: ha­ce catorce años y medio que se me pidió que atendiera personalmente un problema particu­lar. Y entonces el caso era un intento de enve­nenar al presidente francés en un banquete ofrecido por un alcalde. 

Entiendo que ahora se trata de si una amiga de usted, llamada Maggie, es la prometida adecuada para un amigo de ella llamado Todhunter. Pues bien, señor Brown, soy un deportista. Me haré cargo del caso. Daré a la familia MacNab el mejor con­sejo que pueda, tan bueno como el que di a la República francesa y al Rey de Inglaterra; no, mejor: catorce años mejor. No tengo nada más que hacer esta tarde. Cuénteme su historia.

El curita llamado Brown le dio las gra­cias calurosamente, pero con la misma y peculiar sencillez. Era más bien como si diera las gracias a un desconocido, en un salón para fumadores, por haberse tomado la molestia de pasarle las cerillas en vez de estar dando las gracias (y a los efectos, así era) al conservador de los Kew Gardens por acompañarle a un prado a encontrar un tré­bol de cuatro hojas. Sin apenas una pausa tras su cálido agradecimiento, el hombreciIlo empezó su relato:

    -Le dije que mi nombre era Brown y así es, en efecto. Soy el cura de la Iglesia ca­tólica que me imagino habrá usted visto al otro lado de esas calles dispersas que hay a las afueras de la ciudad, hacia el norte. 

   En la última y más apartada de esas calles que corre paralela al mar como un muelle, hay un miembro de mi parroquia, una viuda lla­mada MacNab, una mujer muy honrada pe­ro de genio bastante vivo. Tiene una hija y alquila habitaciones, y entre ella y los hués­pedes bueno, me imagino que habría mucho que decir de ambas partes. 

    En estos momentos tiene sólo un huésped, el joven llamado Todhunter. Pero ha dado bastante más que hacer que todos los anteriores, porque quiere casarse con la hija.

-Y la hija -preguntó el doctor Hood, enormemente divertido, aunque lo oculta­ra-, ¿qué es lo que quiere?

-¡Pues casarse con él! -exclamó el padre Brown, enderezándose en el asiento, con vehemencia-. Esa es la horrible com­plicación.

-Es, en verdad, un enigma espantoso -dijo el doctor Hood.

-El joven James Todhunter -continuó el clérigo- es un muchacho muy serio, por lo que yo sé. Pero el caso es que nadie co­noce mucho de él. Es un tipo bajito, de tez oscura, alegre, ágil como un mono, comple­tamente afeitado como un actor y servicial como un cortesano fiel. Parece tener una buena cantidad de dinero, pero nadie sabe en qué trabaja. 

Por lo tanto, la señora Mac­Nab, que es dada al pesimismo, está completamente segura de que se trata de algo horrible y probablemente relacionado con la dinamita. La dinamita debe ser de no muy buena clase y no ruidosa, porque el pobre muchacho se limita a encerrarse varias ho­ras al día y estudiar algo, tras la puerta cerra­da con llave. 

El afirma que su encierro es temporal y está justificado y promete expli­carlo todo antes de la boda. Eso es todo lo que se sabe con certeza, pero la señora MacNab le contará muchas cosas de las que ella está segura. Ya sabe usted cómo surgen las historias cuando sólo hay ignorancia. 

Hay historias de dos voces a las que se oye hablar en la habitación, aunque, cuando se abre la puerta, Todhunter está siempre solo. Hay historias de un misterioso hombre alto con sombrero de copa, que una vez salió de entre la bruma marina procedente, al pare­cer, del propio mar, caminando sin ruido a través de la arena, y que atravesó el peque­ño jardín trasero, al crepúsculo, hasta que se le oyó hablando con el huésped, por la ven­tana abierta. La conversación parece que terminó en pelea. Todhunter cerró violenta­mente la ventana, y el hombre del sombrero de copa desapareció de nuevo entre la bru­ma del mar. La familia cuenta esta historia con la mayor de las perplejidades. 

Pero yo creo, en realidad, que la señora MacNab prefiere su propia versión original: que el Otro Hombre (o lo que sea) sale todas las noches del arcón de la esquina, que siempre está cerrado con llave; por lo tanto, ya ve us­ted cómo esta puerta cerrada de Todhunter se convierte en la puerta de todas las fanta­sías y monstruosidades de "Las mil y una no­ches". 

Y, sin embargo, ahí está el muchacho, con su respetable chaqueta negra, tan exac­to e inocente como un reloj de salón. Paga su renta con puntualidad y es prácticamente abstemio. No se cansa nunca de entretener a los niños durante horas y horas, del modo más amable. Además, y eso es lo más im­portante de todo, goza de todas las simpatías de la hija mayor, que está dispuesta a casar­se con él mañana mismo.

El hombre que se ocupa de teorías de largo alcance siente siempre un placer especial en aplicarlas a cualquier asunto trivial. El gran especialista, una vez que hubo decidido mostrarse bondadoso con la sim­plicidad del sacerdote, lo hizo de la mane­ra más generosa. Se acomodó en su sillón y empezó a hablar con el tono de un profesor algo distraído:

   -Incluso en un asunto mínimo, lo me­jor es buscar las principales tendencias de la Naturaleza. Una flor concreta puede no estar muerta al principio del invierno, pero las flores mueren en general en esas fechas; un guijarro concreto puede no mojarse con la marea, pero la marea sube. 

    Para el ojo científico, toda la historia humana es una serie de movimientos colectivos, destruc­ciones o migraciones, como la matanza de moscas en invierno o el regreso de los pája­ros en la primavera. 

    Ahora bien, el hecho básico de toda la historia es la Raza. La Ra­za produce la religión, la Raza genera gue­rras legales y éticas. No hay ejemplo más fuerte que el del absurdo e ingenuo linaje, en camino de desaparición, al que común­mente llamamos linaje celta, al cual perte­necen sus amigos los MacNab. 

  Pequeños, morenos, soñadores e inestables, aceptan fácilmente las explicaciones supersticiosas de cualquier hecho, igual que todavía acep­tan (discúlpeme por decirlo), la supersticio­sa explicación de todos los incidentes que usted y su iglesia representan. No es nada extraordinario que esa gente, con el mar la­mentándose detrás de ellos y la Iglesia (per­dóneme de nuevo) zumbando delante, den rasgos fantásticos a los que probablemente no son más que hechos normales. 

   Usted, con sus pequeñas responsabilidades parro­quiales, sólo ve a esta señora MacNab en concreto, aterrada con la historia de las dos voces y el hombre alto que viene del mar. Pero el hombre dotado de imaginación científica ve, por así decir, los clanes ente­ros de los MacNab, esparcidos por todo el mundo, tan iguales en su manifestación úl­tima como una bandada de pájaros. Ve mi­les de señoras MacNab en miles de casas, dejando caer su gotita de morbosidad en las tazas de té de sus amigas; ve...

Antes de que el científico pudiera termi­nar su frase, se oyó llamar fuera de nuevo, más impacientemente que la primera vez. Alguien con faldas crujientes caminaba con precipitación por el pasillo y la puerta se abrió dejando ver a una joven, decorosa­mente vestida pero con aspecto nervioso y el rostro rojo por la prisa. Tenía el pelo ru­bio, alborotado por el viento marino, y ha­bría sido realmente hermosa si sus pómu­los, como es típico de los escoceses, no hu­bieran sido un poquito demasiado altos y sonrosados. Su disculpa fue casi tan brusca como una orden.

-Lamento interrumpirle -dijo-, pero tenía que seguir al padre Brown, sin falta; se trata de un asunto de vida o muerte.

El padre Brown empezó a ponerse en pie con cierta agitación.

-Pero ¿qué ha ocurrido, Maggie? -dijo.

-Han asesinado a James, por lo que pue­do deducir -respondió la joven, respirando todavía agitadamente tras la carrera-. Ese in­dividuo, Glass, ha estado otra vez con él. Los oí hablando a través de la puerta, con toda claridad. Dos voces distintas, porque James habla bajo, con un tono gutural y la otra voz era aguda y temblorosa.

-¿Ese individuo Glass? -repitió per­plejo el cura.

-Sé que se llama Glass -respondió la joven con tono muy impaciente-, lo oí a través de la puerta. Estaban peleándose, por cuestiones de dinero, creo, porque oí a Ja­mes decir una y otra vez: "Muy bien, señor Glass" o "No, señor Glass" y luego "Dos o tres, señor Glass". Pero estamos hablando demasiado. Debe usted venir inmediata­mente y quizá lleguemos a tiempo.

-Pero ¿a tiempo para qué? -preguntó el doctor Hood, que había estado observan­do a la joven con gran interés-. ¿Qué pasa con ese señor Glass y sus problemas mone­tarios que impulsan a tal urgencia?

-Traté de echar la puerta abajo y no pude -respondió bruscamente la joven-. Entonces corrí al patio trasero y logré subir al alféizar de la ventana de la habitación. Estaba bastante oscuro y parecía no haber nadie, pero juro que vi a James tirado en un rincón, como si estuviera drogado o lo hu­bieran estrangulado.

    -Esto es algo muy serio -dijo el padre Brown, recogiendo sus escurridizos para­guas y sombrero y poniéndose en pie-. De hecho yo estaba exponiendo sus problemas a este caballero y su opinión...

-Ha sufrido un cambio considerable - dijo con preocupación el científico-. No creo que esta joven sea tan céltica como había supuesto. Como no tengo otra cosa que hacer, me pondré el sombrero y los acompañaré.

Unos minutos después, los tres se acer­caban al final de la triste calle de los Mac­Nab, la joven con paso firme y sin aliento como un montañero, el criminólogo con pa­sos largos y elegantes que recordaban la agi­lidad de un leopardo y el cura con un trote enérgico, totalmente carente de elegancia. 

El aspecto de esta zona de las afueras de la ciudad no dejaba de justificar las alusiones del médico a actitudes y ambientes desola­dos. Las casas dispersas estaban cada vez más alejadas unas de otras, en una línea in­terrumpida a lo largo de la costa; la tarde iba cayendo con una penumbra prematura y parcialmente lívida; el mar era de un púrpu­ra turbio y producía un murmullo amenaza­dor. 

En el descuidado jardín trasero de los MacNab, que bajaba hacia la arena, había dos árboles negros con aspecto de no brotar nunca, que parecían manos de demonios le­vantadas con expresión de asombro. Al co­rrer calle abajo para recibirlos con las delga­das manos en alto, en un gesto similar, y su rostro impetuoso en la sombra, la señora MacNab se parecía también un poco a un demonio. 

El médico y el sacerdote apenas replicaron a su estridente reiteración del re­lato de la joven, con detalles más perturbadores de su propia cosecha, a las promesas de venganza alternativamente dirigidas con­tra el señor Glass por asesinato y contra el señor Todhunter por haber sido asesinado, o contra este último por haberse atrevido a querer casarse con su hija y no haber vivido para hacerlo.         

 Atravesaron el estrecho pasillo de la parte delantera de la casa hasta llegar a la puerta del huésped en la parte trasera y allí, el doctor Hood, con la habilidad de un viejo detective, dio un golpe seco y logró abrir la puerta.

Se encontraron con una catástrofe silen­ciosa. Nadie que la viera, aunque sólo fuese un segundo, podría dudar de que la habita­ción había sido el escenario de alguna impactante pelea entre dos personas o quizá más. Había naipes dispersos sobre la mesa o desparramados por el suelo, como si se hu­biera interrumpido una partida. Copas de vi­no en una mesita auxiliar y una tercera, he­cha trizas, como una estrella de cristal, so­bre la alfombra. 

A pocos pies de ella había lo que parecía un cuchillo largo o una espa­da corta, recta, pero con un puño muy ador­nado y pintado. Su hoja apagada recibía un brillo grisáceo de la deprimente ventana que había detrás, por la que se veían los negros árboles contra la plomiza línea del mar. Un sombrero de copa había rodado hacia el ex­tremo opuesto de la habitación, como si al­guien se lo acabara justo de quitar, tanto que uno tenía casi la impresión de que seguía ro­dando. 

Y detrás de él, en la esquina, tirado como una bolsa de patatas, pero atado co­mo un baúl facturado, yacía el señor James Todhunter, con una bufanda tapándole la boca y seis o siete cuerdas anudadas en tor­no a los codos y los tobillos. Sus ojos casta­ños estaban llenos de vida y se volvieron ha­cia ellos con expresión alerta.

El doctor Orion Hood se detuvo un ins­tante sobre el felpudo y se empapó de toda la escena de silenciosa violencia. Luego atravesó con rapidez la alfombra, recogió el sombrero de copa y lo puso gravemente so­bre la cabeza del todavía cautivo Todhun­ter. Era demasiado ancho para él, tanto, que casi se deslizó hasta los hombros.

    -El sombrero del señor Glass -dijo el médico, volviendo con él y observando el interior con una lupa de bolsillo.

¿Cómo explicar la ausencia del señor Glass y la presencia del sombrero del señor Glass? Porque el señor Glass no es una per­sona descuidada con su ropa. Este sombre­ro tiene estilo y ha sido cepillado y lustrado sistemáticamente, aunque no es muy nue­vo. Un viejo dandy, diría yo.

-Pero ¡por Dios! -exclamó la señorita MacNab-. ¿Por qué no lo desata usted an­tes que nada?

-Digo "viejo" con intención, aunque no con certeza -continuó el comentaris­ta-. Es posible que mi razón para usar esa palabra pueda parecer algo atrevida. El pe­lo de los seres humanos empieza a caer en diversos grados, pero casi siempre cae en pequeña cantidad y con la lupa debería ver los pocos pelos que se depositan en un sombrero que se ha usado recientemente. 

Este sombrero no tiene ningún pelo, lo que me hace pensar que el señor Glass es calvo. Ahora bien, cuando este dato se une a la voz aguda y temblorosa que la señorita MacNab describió tan atinadamente (pa­ciencia, señorita, paciencia), cuando uni­mos la cabeza sin pelo al tono de voz co­mún en situaciones de ira senil, pienso que podemos deducir que se trata de alguien entrado en años. 

Sin embargo, era proba­blemente vigoroso y, casi con toda seguri­dad, de elevada estatura. Podría fiarme has­ta cierto punto de la historia de su aparición anterior ante la ventana, en la que se le des­cribía como un hombre alto con sombrero de copa, pero creo que tenemos indicios más certeros. Esta copa de vino ha saltado en pedazos por toda la habitación, pero uno de los trozos está en la repisa superior de la chimenea. No podría encontrarse allí si la copa se le hubiera caído a alguien re­lativamente bajo como el señor Todhunter.

-A propósito -dijo el padre Brown-, ¿no convendría que desatáramos al señor Todhunter?

-Lo que nos enseñan las copas no ter­mina aquí -continuó el especialista-. Pue­do decir inmediatamente que es posible que el individuo llamado Glass fuera calvo o ner­vioso, más a causa de su carácter disipado que por la edad. 

El señor Todhunter, como ya se ha dicho, es un caballero tranquilo y aus­tero, prácticamente abstemio. Estos naipes y estas copas de vino no forman parte de sus hábitos normales; han sido sacados para un invitado especial. Pero, además, podemos ir aún más lejos. El señor Todhunter puede te­ner o no tener un juego de copas de vino, si bien no parece poseer vino alguno. ¿Qué era, entonces, lo que debían contener estos recipientes? Yo sugeriría inmediatamente un coñac o whisky, quizá de clase extra, proce­dente de un frasco de bolsillo del señor Glass. 

Así tenemos el retrato del individuo o por lo menos, del tipo al que pertenece: alto, entrado en años, a la moda, pero algo ajado, ciertamente aficionado al juego y a los lico­res fuertes y quizá demasiado aficionado a ellos. El señor Glass es un caballero conoci­do en los grupos sociales marginales.

-Escúcheme -exclamó la joven-, si no me deja usted pasar para desatarlo, sal­dré corriendo y llamaré a gritos a la policía.

  -No le aconsejaría a usted, señorita MacNab -dijo gravemente el doctor Hood-, que tenga tanta prisa en hacer ve­nir a la policía. Padre Brown, le ruego fer­vorosamente que controle usted a su reba­ño, tanto por el bien del mismo como por el mío. Bien, ya hemos visto algo del aspecto y la condición del señor Glass. 

    ¿Cuáles son las cosas principales que se saben del señor Todhunter? Son sustancialmente tres: que es ahorrativo, que es más o menos rico y que tiene un secreto. Ahora bien, es evidente que aquí nos encontramos con los tres ras­gos básicos del hombre bueno, objeto de un chantaje. Y sin duda alguna es igual de evidente que la desgastada elegancia, las costumbres disipadas y la estridente irrita­ción del señor Glass son los rasgos incon­fundibles del tipo de hombre que lo somete a chantaje. 

    Aquí tenemos las dos figuras tí­picas de una tragedia de dinero oculto: por un lado, un hombre respetable con un secreto; por el otro, el buitre de los barrios de moda con olfato para descubrir un secreto. Estos dos hombres se han reunido hoy aquí y se han peleado, a golpes y con un arma desnuda.

-¿Le va a quitar usted las cuerdas? - insistió tercamente la joven.

El doctor Hood volvió a colocar cuida­dosamente el sombrero de copa sobre la mesa auxiliar y se acercó al cautivo. Lo es­tudió atentamente, incluso moviéndolo un poco y volviéndolo a medias por los hom­bros, pero se limitó a responder:

-No. Creo que estas cuerdas están muy bien hasta que sus amigos policías traigan las esposas.

El padre Brown, que había estado mi­rando aburridamente la alfombra, levantó su redonda cara y preguntó:

-¿Qué quiere usted decir?

El científico había tomado una extraña daga de la alfombra y la examinó con suma atención al tiempo que respondía:

-Dado que hemos encontrado al señor Todhunter atado, ustedes llegan a la conclu­sión de que el señor Glass lo ha atado y lue­go, me imagino, ha huido. Hay cuatro obje­ciones a esta tesis: la primera, ¿por qué un caballero tan presumido como nuestro ami­go Glass olvidaría su sombrero, si se fue por propia voluntad? Segunda -continuó, diri­giéndose hacia la ventana-, esta es la úni­ca salida y está cerrada por dentro. Tercera, esta hoja tiene una diminuta mancha de sangre en la punta, pero el señor Todhunter no presenta ninguna herida. 

El señor Glass se fue herido, vivo o muerto. Agreguemos a todo ello esta probabilidad fundamental: es mucho más probable que la persona chan­tajeada trate de matar a su víctima y no que el chantajista trate de matar la gallina de los huevos de oro. Esta es, creo yo, una rela­ción bastante compleja del caso.

 -Pero ¿y las cuerdas? -preguntó el cu­ra, cuyos ojos muy abiertos expresaban una admiración bastante vacua.

-Ah, las cuerdas -dijo el experto con un tono curioso-. La señorita MacNab in­sistía en saber por qué no liberé al señor Todhunter de sus ataduras. Pues bien, se lo diré. No lo hice porque el señor Todhunter puede librarse de ellas en el momento en que quiera hacerlo.

-¿Qué? -exclamó su auditorio con di­ferentes tonos de asombro.

-He observado los nudos del señor Todhunter -reiteró con calma Hood-. Da la casualidad de que entiendo algo de nu­dos; son toda una rama de la ciencia crimi­nal. Cada uno de esos nudos lo ha hecho él mismo y podría deshacerlos; ninguno de ellos podría haber sido hecho por un ene­migo que de verdad quisiera inmovilizarlo. 

Todo este asunto de las cuerdas es una astu­ta maniobra para hacernos creer que es víc­tima de una pelea, en vez del desdichado Glass, cuyo cadáver bien puede estar ocul­to en el jardín o escondido en la chimenea.

    Se produjo un silencio más bien depri­mente; la habitación iba oscureciéndose, las ramas de los árboles del jardín, castiga­das por el mar, parecían más delgadas y más oscuras que nunca; sin embargo, seme­jaban estar más cerca de la ventana. 

    Uno podía casi imaginar que esos monstruos marinos como los kraken o las saepias, pó­lipos serpenteantes que se habían arrastrado fuera del mar para ver el fin de esta trage­dia, del mismo modo que él, el malvado y la víctima de ella -el terrible hombre del sombrero de copa- se había arrastrado un día desde el mar. Todo el aire estaba carga­do de un clima de chantaje, que es la cosa humana más morbosa, porque es un delito que encubre otro delito. Un esparadrapo negro sobre una herida negra.

El rostro del curita católico que, gene­ralmente, tenía una expresión agradable e incluso cómica, se había fruncido de pron­to, en forma curiosa. No era la curiosidad inexpresiva de su primer candor. Era más bien la curiosidad creadora que acomete a un hombre que empieza a descubrir algo.

-Repítalo, por favor -dijo con tono sencillo y preocupado- ¿quiere usted decir que Todhunter puede atarse y desatarse él solo?

-Eso es lo que quiero decir -dijo el médico.

-¡Dios mío! -exclamó Brown de re­pente-. ¿Podría tratarse de eso?

Cruzó la habitación como un conejo y miró con nuevo interés la cara parcialmen­te cubierta del cautivo. Luego volvió su pro­pio rostro, bastante tonto, hacia los otros y exclamó con cierta excitación:

-¡Pues sí, es eso! ¿No lo ven ustedes en su cara? ¡Pero mírenle los ojos!

Tanto el profesor como la joven siguie­ron la dirección de su mirada. Y aunque la amplia bufanda negra cubría completamen­te la mitad inferior del rostro de Todhunter, sí se dieron cuenta de que había algo in­quieto e intenso en la parte superior.

-La verdad es que los ojos tienen algo raro -exclamó la joven, muy conmovida­. ¡Son ustedes unos brutos! ¡Estoy convenci­da de que le duele algo!

-Eso no lo creo -dijo el doctor Hood-. Los ojos tienen ciertamente una ex­presión singular. Pero yo interpretaría esas arrugas de la frente más bien como la mani­festación de una ligera anormalidad psico­lógica del tipo...

-¡Oh, que tontería! -exclamó el pa­dre Brown-. ¿No ven ustedes que se está riendo?

-¿Riendo? -repitió sobresaltado el mé­dico-, pero ¿de qué diablos puede reírse?

-Bueno -replicó el reverendo Brown en tono de disculpa-, para no andarme con rodeos, yo creo que se ríe de usted. Y la verdad es que yo también me siento inclinado a reírme un poco de mí mismo, ahora que ya sé de qué se trata.

-¿Ahora que sabe usted qué? -pre­guntó Hood, algo molesto.

-Ahora que sé la profesión del señor Todhunter -replicó el cura.

El padre Brown iba de un lado para otro por la habitación, mirando los distintos ob­jetos, con lo que parecía una mirada vacua, y luego invariablemente rompía a reír con una risa igualmente vacua, proceso muy ás­pero para los que tenían que contemplarlo. 

Se rió mucho ante el sombrero, aun más an­te la copa rota, pero la sangre en la punta de la espada le produjo convulsiones in­controlables de hilaridad. Luego se volvió hacia el médico, que protestaba.

-Doctor Hood -exclamó con entu­siasmo-, ¡es usted un gran poeta! Ha crea­do de la nada, un ser inexistente. ¡Cuánto más propio de un dios es eso que si hubie­ra usted descubierto los hechos puros y sim­ples! En verdad, los hechos puros y simples son bastante vulgares y cómicos compara­dos con su explicación.

-No tengo la menor idea de a qué se refiere usted -dijo con bastante altivez el doctor Hood-. Mis hechos son todos inevitables, aunque necesariamente incomple­tos. Quizá se puede dejar un lugar a la in­tuición (o a la poesía si prefiere usted ese término), pero sólo porque los detalles correspondientes no pueden comprobarse de momento. En ausencia del señor Glass...

-Eso es, eso es -dijo el curita, asin­tiendo con entusiasmo-. Esa es la primera idea que hay que retener: la ausencia del señor Glass. ¡Ese señor está extremadamen­te ausente! Me imagino -añadió con aire reflexivo- que nunca hubo nadie más au­sente que el señor Glass.

-¿Quiere usted decir que está ausente de la ciudad? -preguntó el médico.

-Quiero decir que está ausente de to­das partes -respondió el padre Brown-. Está ausente de la naturaleza de las cosas, por así decir.

-¿Quiere usted decir de verdad -pre­guntó el especialista, con una sonrisa- que no existe tal persona?

El cura hizo un gesto de asentimiento. -La verdad es que es una lástima -dijo.

Orion Hood se echó a reír con tono des­preciativo.

-Bien -dijo-, antes de pasar a las ciento una pruebas restantes, tomemos la primera que encontramos; el primer hecho con el que nos topamos cuando entramos en esta habitación. Si no hay ningún señor Glass, ¿de quién es este sombrero?

-Es del señor Todhunter -replicó el padre Brown.

-Pero no es de su talla -exclamó im­paciente Hood-. No podría usarlo.

El padre Brown sacudió la cabeza con inefable suavidad y respondió:

-Yo nunca dije que pudiera usarlo. Di­je que era su sombrero. O, si usted insiste en el matiz, que es un sombrero de su propiedad.

-¿Y cuál es el matiz? -preguntó con ligero desprecio el criminólogo.

-Señor mío -exclamó el paciente hombrecito, con la primera manifestación de algo parecido a la impaciencia-, si va usted a la sombrerería más próxima verá que, en la lengua común, hay una diferen­cia entre el sombrero de un hombre y los sombreros que son de su propiedad.

-Pero un sombrerero -protestó Hood- puede sacar dinero de sus existencias de sombreros nuevos. ¿Qué podría sacar Todhunter de este único sombrero viejo?

-Conejos -replicó inmediatamente el padre Brown.

-¿Qué? -exclamó el doctor Hood.

-Conejos, cintas, caramelos, peces de colores, serpentinas -dijo el reverendo se­ñor, con rapidez-. ¿No se dio usted cuen­ta de todo cuando vio las cuerdas falsas? Igual ocurre con la espada. El señor Todhunter no tiene ni un rasguño sobre él, como usted dice; pero tiene un rasguño den­tro de él, si no me explico mal.

-¿Quiere usted decir dentro de la ropa? -preguntó severamente la señora MacNab.

-No quiero decir dentro de la ropa del señor Todhunter -respondió el padre Brown-. Quiero decir dentro del señor Todhunter.

-Pero ¿qué demonios quiere usted decir?

   -El señor Todhunter explicó plácida­mente el padre Brown- está aprendiendo a ser un mago profesional, así como un prestidigitador, un ventrílocuo y un experto en los trucos con cuerdas. Lo de la magia ex­plica el sombrero. No tiene rastros de pelo, no porque haya sido usado por el prematu­ramente calvo señor Glass sino porque nun­ca ha sido usado. 

    La prestidigitación expli­ca las tres copas, que Todhunter estaba aprendiendo a tirar al aire y recogerlas en rotación. Pero, como aún no es un experto, estrelló una de ellas contra el techo. 

    Y la prestidigitación explica también la espada, que el señor Todhunter, por deber profesio­nal, debía tragar. Pero nuevamente, mien­tras practicaba, se arañó ligeramente la garganta por dentro, con el arma. De ahí que tenga una herida dentro de él, aunque estoy seguro (por su expresión) de que no es gra­ve. 

    Estaba ensayando también el truco de soltarse de las cuerdas, como los hermanos Davenport, y estaba justo a punto de libe­rarse cuando todos irrumpimos en la habi­tación. Los naipes, por supuesto, son para juegos malabares también, y están dispersos por el suelo porque acababa de practicar uno de esos trucos que consiste en lanzar­los por los aires. 

    Se limitaba a guardar en secreto su oficio porque tenía que encubrir sus trucos, como cualquier otro mago. Pero el mero hecho de que algún paseante ocio­so con sombrero de copa hubiera observa­do una vez por la ventana y hubiera sido alejado con gran indignación bastó para ponernos a todos sobre una falsa pista de fantasía y hacernos pensar que toda su vida estaba dominada por el fantasma del señor Glass, con su sombrero de copa.

-Pero ¿y lo de las dos voces? -pregun­tó sorprendida Maggie.

-¿No ha oído usted nunca a un ventrí­locuo? -preguntó el padre Brown-. ¿No sabe usted que primero hablan con su voz natural y luego se contestan a sí mismos con esa voz estridente, temblorosa y artifi­cial que oyó usted?

Hubo un largo silencio y el doctor Hood contempló al hombrecito que había habla­do, con una sonrisa cínica y atenta.

-Es usted ciertamente muy ingenioso -dijo-. No podía haberse hecho mejor en un libro. Pero hay una parte del señor Glass que no ha logrado usted explicar y es su nombre. La señorita MacNab oyó clara­mente cómo lo llamaba así el señor Todhunter.

El reverendo padre Brown se echó a reír puerilmente.

-¡Ah, bueno! -dijo-. Eso es lo más tonto de esta historia absurda. Cuando nuestro amigo malabarista tiraba tres copas a un tiempo, las contaba a medida que las recogía y también comentaba en voz alta si no lograba asirlas. Lo que en realidad decía es: "Uno, dos y tres, fallé; uno, dos: fallé". Y así sucesivamente.

Hubo un segundo de inmovilidad en la habitación y luego, todos a una, se echaron a reír, mientras la figura que yacía en el rin­cón se desataba alegremente de las cuerdas y las dejaba caer con elegancia. 

Luego, avanzando hasta el centro de la habitación, con una reverencia sacó del bolsillo un gran cartel impreso en azul y rojo, que anunciaba que Zaladin, el Mejor Mago, Contorsionista, Ventrílocuo y Canguro Hu­mano del Mundo presentaría una serie completamente nueva de Números en el Pabellón Imperial, Scarborough, el lunes próximo, a las ocho en punto.