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Misterio en el Caribe - Agatha Christie

CAPÍTULO XVI
 
MISS MARPLE BUSCA AYUDA

Cualquiera que hubiese visto a aquella dama ya entrada en años que se encontraba frente a su «bungalow» de pie, en actitud meditativa, se habría figurado que pensaba única y exclusivamente en la manera de sacar el máximo fruto posible de la jornada que tenía por delante... ¿Qué hacer? Quizá no fuese mala idea visitar el Castillo de Cliff, o ir a Jamestown... Tampoco era mal plan comer en Penguins Point, o pasar tranquilamente la mañana en la playa...

Pero la dama en cuestión pensaba en aquellos instantes en cosas muy distintas. La verdad era que interiormente había adoptado una actitud militante, una actitud abocada a la acción.

«Es preciso hacer algo», se había dicho.

Además, estaba convencida de que no había tiempo que perder. Era indispensable actuar con toda urgencia. Ahora bien, ¿a quién hubiera podido convencer ella a su vez de que no andaba completamente equivocada?

Con tiempo de sobra se creía capaz de descifrar el enigma que contemplaba por sí misma. Ya había averiguado muchos detalles en relación con aquel. Pero no todos los que precisaba. Y el plazo de tiempo de que disponía era muy breve. Había advertido ya que dentro de aquella isla paradisíaca no contaba con ninguno de sus aliados habituales.

Pensó, apenada, en sus amigos de Inglaterra... En sir Henry Clithering, eternamente dispuesto a escucharla con la mayor indulgencia. En Dermot, su ahijado, quien, a pesar de su alta calificación en Scotland Yard, creía firmemente que cuando miss Marple emitía una opinión esta era merecedora de un detenido análisis porque, normalmente, contenía algo sustancial...

En cambio, ¿qué atención podía prestar a las sugerencias de una anciana dama extranjera aquel policía indígena de la voz melosa que ella conocía? ¿Cabía pensar en el doctor Graham? No. Este no era el hombre que ella necesitaba. Resultaba demasiado suave en sus maneras, demasiado vacilante... No era hombre de vivos reflejos, de rápidas decisiones.

Miss Marple, sintiéndose una humilde delegada del Altísimo, llegó casi a proclamar en alta voz su necesidad de aquellos instantes con bíblicas frases.

—¿Quién vendrá por mí? ¿A quién seré enviada?

El sonido que percibió poco después no fue reconocido instantáneamente por ella como una respuesta a su plegaria... No, no. En absoluto. Mentalmente lo registró como la posible llamada de un hombre, pendiente de su perro.

—¡Eh!

Miss Marple, muy perpleja, prefirió apartar la atención de aquella voz.

—¡Eh!

Ahora el tono era más ronco. Miss Marple echó un vistazo a su alrededor.

—¡Eh! —gritó mister Rafiel impaciente, añadiendo—: ¡Sí, usted...!

A miss Marple le costó trabajo comprender que aquella llamada iba dirigida a ella. Tratábase de un método para establecer comunicación acerca del cual carecía de experiencia. Desde luego, el procedimiento tenía bien poco o nada de cortés. Miss Marple no se ofendió porque nadie se ofendía nunca con mister Rafiel, quien hacía muchas cosas arbitrariamente. La gente le aceptaba como era, igual que si dispusiera de una autorización especial. Miss Marple miró hacia el «bungalow» vecino. El viejo le hizo señas.

—¿Me estaba usted llamando? —inquirió miss Marple.

—Naturalmente que la estaba llamando —respondió mister Rafiel—. ¿A quién cree usted que llamaba si no? ¿A algún gato? Vamos, acérquese.

Miss Marple volvió la cabeza, buscando su bolso, lo cogió y cruzó el espacio que separaba una casita de otra.

—A menos que alguien me ayude, no puedo ir hacia usted —replicó mister Rafiel—, de manera que no hay más remedio que invertir los términos.

—Le comprendo perfectamente, mister Rafiel.

Éste le señaló una silla.

—Siéntese. Quiero charlar con usted. Algo muy extraño está ocurriendo en nuestra isla.

—Así es, en efecto —respondió ella, tomando asiento, de acuerdo con la indicación del anciano.

Impulsada por un hábito muy arraigado, miss Marple sacó del bolso sus agujas y su lana.

—Deje usted su labor a un lado —dijo mister Rafiel—. No puedo soportarla. Me disgustan las mujeres que pasan el tiempo entretenidas con esas tareas. Me sacan de quicio.

Miss Marple volvió a guardar dócilmente sus cosas en el bolso. En su gesto no hubo el menor amago de rebeldía. Antes bien, adoptó el aire de la enfermera dispuesta a tolerar las extravagancias de un enfermo veleidoso.

—Se habla mucho por ahí y apostaría lo que fuese a que usted está al corriente de eso —declaró el anciano—. Y lo que digo ahora de usted hágalo extensivo al canónigo y a su hermana.

—En vista de lo sucedido en el hotel recientemente parece muy natural que la gente formule comentarios de muy diversas clases —alegó miss Marple.

—Veamos... Esa chica nativa es hallada entre unos arbustos, asesinada. Ese incidente quizá no ofrezca nada de particular. Es posible que el hombre que vivía con ella fuese celoso y... También puede ser que anduviera con otra mujer, y la muchacha provocara una riña. Ya sabe usted lo que son estas cosas en el trópico. Algo por este estilo tiene que haber ocurrido. ¿Usted qué opina?

—No por ahí —dijo miss Marple vagamente, moviendo la cabeza.

—Las autoridades adoptan idéntica posición...

—Aquéllas le informarían a usted mejor que a mí siempre —señaló miss Marple.

—Sin embargo, estoy seguro de que usted está más enterada que yo. No en balde ha prestado oídos a cuanto se ha dicho por aquí sobre este asunto.

—Eso es cierto.

—Usted, aparte de eso, tiene poco que hacer, ¿eh?

—No hay otro modo de hacerse con una información de utilidad.

—Debo confesarle una cosa... —declaró mister Rafiel, estudiando detenidamente a miss Marple—. He incurrido en un error con respecto a usted. Yo no suelo equivocarme con la gente. Usted no es como yo me la imaginé en un principio... Estaba pensando en todos los rumores puestos en circulación con motivo de la muerte del comandante Palgrave. Usted cree que fue asesinado, ¿verdad?

—Mucho me temo que sí —contestó miss Marple.

—Yo estoy absolutamente convencido de ello.

Miss Marple contuvo el aliento.

—Es una respuesta categórica la suya, ¿no le parece?

—Sí que lo es —reconoció el viejo—. Se la debo a Daventry. No estoy traicionando ninguna confidencia porque al final habrá de ser conocido el resultado de la autopsia. Usted le dijo a Graham algo; este se fue a ver a Daventry; Daventry visitó al administrador; la Brigada de Investigación Criminal fue informada oportunamente... Luego convinieron todos que existían algunas cosas nada claras en la muerte del pobre Palgrave. Optaron por desenterrar el cadáver de este y echarle un vistazo, a fin de averiguar a qué causas obedeció la muerte.

—¿Anduvieran qué es lo que encontraron? —preguntó miss Marple.

—Descubrieron que le había sido administrada una dosis mortal de un producto cuyo nombre solo es capaz de pronunciarlo bien un médico. Por lo que yo recuerdo suena como di-cloro-hexagonaletilcarbenzol. Por supuesto, esa no es su denominación. Puedo decir que me he aprendido la música, pero no la letra. El médico del servicio policíaco utilizó esa palabra, u otra semejante, para que nadie supiera tanto como él. Lo más probable es que la droga lleve un nombre muy corriente, que se llame Evipan, Veronal o Jarabe de Easton... Algo así, en fin. Con la denominación oficial se chasca a los hombres de leyes. Bueno, el caso es que una pequeña dosis del producto es capaz de causar la muerte. Los síntomas que se presentan son los mismos que sufren los sujetos que padecen de hipertensión... agravada por el descuido y la afición al alcohol y a las veladas alegres. Por eso, al empezar toda la historia de la muerte de Palgrave la gente acogió esta como algo natural, sin recelos. Todos exclamaron: «¡Pobre viejo!», apresurándose a darle cristiana sepultura. Ahora los investigadores dudan de que tuviera el menor indicio de tensión. ¿Le confesó a usted algo en tal sentido el comandante?

—No.

—¡Exacto! Y, no obstante, todo el mundo dio eso por descontado.

—Me parece que el comandante Palgrave habló con algunas personas de eso.

—¡Bah! Es como cuando la gente ve fantasmas —manifestó mister Rafiel—. Jamás da uno con el tipo que afirme haberse encontrado frente al duende de turno. Siempre acaba por ser un primo, en segundo grado, de una tía, un amigo de esta o un amigo de otro amigo. Todo el mundo pensó en la hipertensión porque en el dormitorio de la víctima fue hallado un frasco de tabletas, un preparado que acostumbran recetar los médicos a los pacientes aquejados de esa enfermedad. Ahora llegamos al punto más interesante de la cuestión... Yo creo que la muchacha indígena fue asesinada por haber dicho que las tabletas podían haber sido colocadas en el estante del lavabo de Palgrave no por este, sino por otra persona. El frasco de tabletas lo había visto antes, en la habitación de un individuo llamado Greg...

—El señor Dyson padece de hipertensión. Su esposa lo declaró así —apuntó miss Marple.

—Repito: su frasco fue dejado en la habitación de Palgrave para sugerir su enfermedad y hacer aparecer su muerte como natural.

—Exacto. Luego se puso en circulación, hábilmente, un cuento: Palgrave dijo allí que padecía de tensión arterial... Bueno, ya lo sabe usted, resulta bastante fácil difundir un rumor. Sí, muy fácil. Yo he tenido ocasión de comprobarlo más de una vez prácticamente.

—No lo dudo, miss Marple.

—Solo se requiere una leve murmuración en un par de puntos estratégicos. Nunca se afirma que la información fue lograda personalmente. Hay que decir, por ejemplo, que la señora B le dijo al coronel C, que según la opinión de X, etc. Las noticias son, invariablemente, de segunda, de tercera, ¡hasta de cuarta mano!, por lo que es imposible averiguar de quién partió el rumor. ¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que es factible eso! Después la gente repite ante nuevas personas la habladuría, que se propaga, que se amplía incluso, que corre con la velocidad de un reguero de pólvora.

—Aquí, entre nosotros, debe haber alguien de cuya inteligencia no cabe dudar —declaró mister Rafiel, pensativo.

—Sí, tiene usted razón.

—Victoria Johnson debió ver algo, debió descubrir algún secreto importante. Supongo que luego pensaría en hacer chantaje.

—Tal vez no llegara siquiera a eso. En estos hoteles grandes las doncellas se enteran de cosas que determinados huéspedes no quieren que se divulguen. Con tal motivo, menudean por parte de aquellos las propinas espléndidas y hasta los presentes en metálico. Es posible que la chica no advirtiera de buenas a primeras la importancia de su hallazgo o descubrimiento.

—El caso es que lo único que ha sacado en limpio de este asunto ha sido una puñalada en la espalda —señaló mister Rafiel brutalmente.

—Sí. Evidentemente existe alguien interesado en que no hablara.

—De acuerdo. Ahora veamos qué piensa usted de todo esto.

Miss Marple miró con un gesto de extrañeza a su interlocutor.

—¿Por qué está usted empeñado en creer que yo poseo más información que usted?

—Bueno. Es probable que ande equivocado... De todos modos, lo que a mí me interesa es apreciar sus ideas acerca de lo que usted conoce.

—Pero... ¿con qué fin?

—Aquí no puede uno hacer muchas cosas... aparte de dedicarse a ganar dinero.

Miss Marple no pudo disimular su sorpresa.

—Habla usted de dedicarse a ganar dinero... ¿Aquí?

—Si usted quiere, desde ese mismo hotel es posible enviar diariamente media docena de cables cifrados. Así es como yo me divierto.

—¿Cursa usted apuestas? —inquirió miss Marple dudosa, en el tono de quien se expresa en un idioma extraño.

—Algo por el estilo —manifestó mister Rafiel—. Enfrento mi talento con el de otros hombres. Lo malo es que esto no me ocupa mucho tiempo. He aquí la razón de que me haya interesado por lo sucedido en este mundillo del «Golden Palm». Ha conseguido picar mi curiosidad. Palgrave pasaba buena parte de su tiempo hablando con usted. No todo el mundo tiene la misma disposición para encajar un «rollo», miss Marple. ¿En qué se ocupaba normalmente?

—Me refería cosas de su juventud, de sus viajes...

—Estoy seguro de que era así. Y de que la mayor parte de sus relatos resultarían pesadísimos. Además, habría que oírlos las veces que a él se le antojaran...

—Los hombres, cuando envejecen, se vuelven así, me parece.

Mister Rafiel se irritó.

—Yo no voy por ahí contando cuentos a nadie, miss Marple. Continúe. Todo empezó con una de las historias de Palgrave, ¿no?

—Me dijo que conocía a un asesino. En realidad, nada hay de especial en esto... Me imagino que casi todo el mundo ha pasado por una cosa semejante.

—No comprendo lo que quiere decir.

—Me explicaré. Si usted mira hacia atrás, mister Rafiel, fijando la atención en determinados acontecimientos de su vida, recordará ocasiones en que alguien, sin más ni más, ha prorrumpido descuidadamente unas frases como estas: «¡Oh, sí! Conocía muy bien a Fulano de Tal... Murió de repente. Se dijo por unos y por otros que fue envenenado por su esposa, pero yo aseguraría que solo hubo habladurías...» ¿Verdad que sí ha oído a alguien expresarse en tales términos?

—Es posible, no sé... Claro que nunca hablando en serio, naturalmente.

—El comandante Palgrave gozaba lo suyo refiriendo aquella historia. Eso es lo que yo pienso. Afirmaba poseer una instantánea fotográfica en la que se veía la figura de un asesino. Se proponía enseñármela..., pero no lo hizo.

—¿Por qué?

—Porque en el instante preciso vio algo, o alguien, mejor dicho. Se puso muy encarnado y tornó a guardar la fotografía en su cartera de bolsillo, pasando a hablar de otro asunto.

—¿A quién vio?

—Eso me ha dado no poco que pensar —declaró miss Marple—. Yo me hallaba sentada junto a mi «bungalow» y él se había acomodado casi enfrente de mí. Sea lo que sea lo que viese hubo de distinguirlo mirando por encima de mi hombro.

—Alguien avanzaba entonces por el camino de la playa a espaldas de usted, hacia la derecha, procedente de la escollera y el aparcamiento de coches...

—Sí.

—¿Divisó usted a alguien en ese camino a que he aludido?

—Por él avanzaba la señora Dyson con su marido y también los señores Hillingdon.

—¿No vio a nadie más?

—No... Desde luego, su «bungalow» caería asimismo dentro de su campo visual...

—¡Ah! Entonces nos vemos obligados a incluir otra pareja en el grupo: Esther Walters y Jackson, mi ayuda de cámara. ¿Le parece bien? Cualquiera de los dos, supongo, pudo salir del «bungalow» y volver a entrar inmediatamente sin que usted lo advirtiera.

—Quizá... Yo no miré enseguida.

—Tenemos a los Dyson, los Hillingdon, Esther y Jackson... Uno de ellos es el criminal. También podría ser agregado yo a esa lista —dijo mister Rafiel.

Miss Marple sonrió levemente al oír sus últimas palabras.

—Palgrave se refirió a un asesino, concretamente, ¿no? ¿A un hombre, verdad?

—Sí.

—Perfectamente. Eso nos obliga a prescindir de Evelyn Hillingdon, de Lucky y de Esther Walters. Así, pues, el criminal, suponiendo que todas las insensateces e hipótesis anteriores sean ciertas, hay que buscarlo entre Dyson, Hillingdon y mi querido Jackson, el individuo de las buenas palabras...

—Se ha olvidado de usted mismo —señaló miss Marple.

Mister Rafiel no hizo el menor caso de su malintencionada observación.

—No diga cosas que pueden irritarme... —se limitó a indicar a miss Marple—. Le confesaré algo que me produce una gran extrañeza y en la cual usted no ha reparado, creo. Si el asesino era uno de esos tres hombres, ¿por qué diablos no lo reconoció Palgrave antes? Todos se habrían visto infinidad de veces a lo largo de las dos semanas precedentes. ¿No le parece que eso no tiene sentido?

—Sí, sí puede tenerlo —opinó miss Marple.

—Explíqueme eso.

—Ciñéndonos a la historia referida por Palgrave hemos de tener en cuenta que aquel no había visto jamás al hombre de la fotografía. El relato le fue hecho al comandante por un médico. Este le regaló la instantánea a título de curiosidad. Es posible que Palgrave la mirase con atención cuando fue puesta en sus manos, pero luego se la guardaría en la cartera, entre otros papeles, convertida en un recuerdo más. Ocasionalmente, quizá, mostraría la cartulina a aquel que escuchase su historia... Otra cosa, mister Rafiel: no sabemos de cuándo data. A mí no me facilitó ninguna indicación en este aspecto. Quiero decir que es posible que llevase años contando su historia. Algunos de sus relatos referentes a la caza de tigres son de veinte años atrás.

—Podían serlo, dada su avanzada edad —comentó mister Rafiel.

—En consecuencia, yo no creo ni por un momento que el comandante Palgrave identificara el rostro del hombre de la fotografía con el de otro que se enfrentara con él casualmente. Lo que a mí me parece que ocurrió, estoy casi completamente segura de ello, es que al sacar la instantánea de su cartera estudió la faz del personaje instintivamente, encontrándose al levantar la vista con otra igual, o muy semejante, cuyo dueño se aproximaba a él, hallándose en tal momento el desconocido a una distancia de tres o cuatro metros...

—Efectivamente. Su razonamiento es muy atinado.

—Palgrave se quedó desconcertado —prosigió diciendo miss Marple—. Entonces se guardó a toda prisa la cartulina en la cartera, comenzando a hablar en voz alta de otra cosa.

—Por supuesto, aquella primera impresión no podía darle seguridades de ningún género —aventuró mister Rafiel.

—No. Pero más adelante, en cuanto se encontrara a solas, se pondría a examinar atentamente la fotografía, tratando de llegar a una conclusión: ¿había dado con una faz semejante o bien el hombre de carne y hueso que acababa de ver era el individuo de la fotografía?

Mister Rafiel reflexionó unos segundos. Luego movió la cabeza expresivamente.

—Aquí se ha deslizado algún error. La idea es inadecuada, absolutamente inadecuada. Él le estaba hablando a usted en voz alta, ¿no?

—Sí —respondió miss Marple—. Acostumbraba siempre a levantar la voz.

—Es cierto. Por consiguiente, cualquiera que se hubiera acercado a ustedes habría podido oírlo.

—Me imagino que su vozarrón era audible en bastantes metros a la redonda.

Mister Rafiel hizo otro movimiento denegatorio de cabeza.

—Es fantástico, demasiado fantástico —manifestó aquel—. ¿Quién no se echaría a reír al conocer tal historia? Aquí tenemos a un tipo ya entrado en años refiriendo un cuento que a su vez le fue relatado, mostrando a continuación una fotografía en la que aparece un individuo que tuvo que ver con un crimen cometido años atrás. Un año o dos, pongamos. ¿Cómo diablos va a preocupar eso al sujeto en cuestión? No existen pruebas... Hay, todo lo más, habladurías, circulando por diversos sitios, una historia de tercera mano. Incluso hubiera podido admitir la semejanza, comentando despreocupadamente: «Pues es verdad que me parezco a ese de la fotografía, tiene gracia. Qué coincidencia, ¿eh?» Nadie hubiera aceptado la sugerencia de Palgrave en serio. El hombre no tiene por qué temer nada, absolutamente nada. De haberse formalizado una acusación hubiera podido reírse de ella tranquilamente. ¿Por qué demonios decidió asesinar a Palgrave? Me parece un crimen innecesario. Piense en eso...

—Ya pienso, ya, en ese extremo —replicó miss Marple—. Y por tal motivo no puedo estar de acuerdo con usted. He ahí la causa de que yo me encuentre tan nerviosa, tan desasosegada. Hasta tal punto es cierto esto, que anoche no llegué a pegar un ojo.

Mister Rafiel escrutó su rostro.

—Veamos qué es lo que está pasando por su cabeza en estos momentos...

—Es posible que esté equivocada —manifestó miss Marple, vacilando.

—Es lo más probable —confirmó mister Rafiel, con su habitual falta de cortesía—. De todos modos, déjeme oír lo que ha estado usted madurando a lo largo de las horas de la madrugada.

—Existiría un móvil perfectamente fundamentado si...

—Si... ¿qué?

—Si dentro de poco, dentro de muy poco tiempo, tenía que haber otro asesinato.

Mister Rafiel reflexionó. Luego intentó ponerse más cómodo en su silla.

—Acláreme eso.

—¡Oh! ¡Soy tan torpe a la hora de dar explicaciones! —Miss Marple hablaba atropelladamente y con alguna incoherencia. Tenía las mejillas arreboladas—. Supongamos que alguien había planeado cometer un crimen. Usted recordará que en su historia el comandante Palgrave se refirió a un hombre cuya esposa murió en misteriosas circunstancias. Más adelante, transcurrido cierto tiempo hubo otro crimen que presentaba idénticas características. Un hombre que llevaba otro apellido estaba casado con una mujer que falleció en condiciones parecidas y el doctor que contaba esto le identificó como el mismo sujeto pese a haber cambiado de nombre. Bueno. Todo indica, ¿verdad?, que el criminal pertenecía al tipo de los que repiten sus procedimientos...

—Sí. Se encuentran antecedentes de aquel, tanto en la literatura como en la realidad. Continúe.

—Yo entiendo —prosigió miss Marple—, de acuerdo con lo que he leído y oído asegurar, que cuando un hombre comete una acción de esta clase y todo le sale bien por vez primera se siente inclinado a la repetición. Ve por todos lados facilidades; se tiene por un ser inteligente. Así es como llega a la segunda edición de su «hazaña». Al final aquello se convierte en un hábito. Elige en cada ocasión escenarios diferentes, adoptando otros nombres. Pero sus crímenes presentan muchos datos semejantes. Así es como yo opino, aunque muy bien pudiera estar equivocada...

—Por un lado admite tal posibilidad y por otro no cree en ella —subrayó con brusquedad el astuto mister Rafiel.

Miss Marple continuó hablando, sin comentar las anteriores palabras.

—De darse dichas circunstancias, de tener ese individuo hechos todos sus preparativos con el fin de cometer un crimen aquí mediante el cual aspiraba a desembarazarse de otra esposa, siendo el mismo el que hacía el número tres o el cuatro, hay que pensar que la historia referida por el comandante cobraba una singular importancia. ¿Cómo iba a tolerar el principal interesado que fuesen puestas de relieve a cada paso ciertas similitudes? Así han sido capturados algunos delincuentes. Las circunstancias en que se cometió un crimen llaman, por ejemplo, la atención de alguien que se apresura a comparar aquellas con las de otro caso acerca del cual existen abundantes informes, contenidos en una serie de recortes periodísticos. ¿Comprende ya por qué el desconocido criminal no puede consentir que, teniendo su acción minuciosamente planeada y a punto de ser llevada a la práctica, vaya el comandante Palgrave por ahí, refiriendo despreocupadamente su historia y mostrando la pequeña fotografía?

Miss Marple hizo una pausa al llegar aquí, dirigiendo una mirada suplicante a mister Rafiel, quien seguía escuchando con atención, antes de agregar:

—En esas condiciones usted comprenderá que es preciso que actúe con rapidez, con la mayor rapidez posible.

—En efecto —contestó el anciano—. Aquella misma noche, ¿eh?

—Eso es.

—Un trabajo algo precipitado, pero factible —manifestó mister Rafiel—. No hay más que poner las tabletas en la habitación de Palgrave, extender el rumor acerca de su enfermedad y añadir una leve cantidad de esa endiablada droga cuyo nombre tiene, más o menos, una docena de sílabas, al famoso «ponche de los colonos»...

—En efecto... Pero eso ha pasado ya. No tenemos por qué preocuparnos por ello. Es el futuro lo que cuenta ahora. Eliminado el comandante Palgrave, destruida la fotografía, ese hombre seguirá adelante con su plan, llevando a cabo el asesinato proyectado.

De los labios de mister Rafiel se escapó un silbido.

—Ha pensado usted detenidamente en esto, ¿eh?

Miss Marple asintió. Con voz firme, casi dictatorial, nada acostumbrada en ella, dijo:

—Tenemos que impedir que suceda eso, mister Rafiel. Tiene usted que impedirlo.

—¿Yo? —inquirió el viejo, atónito—. ¿Por qué yo?

—Porque usted es un hombre rico e importante —dijo miss Marple—. La gente se inclinará a hacer lo que usted diga o sugiera. De mí no harían el menor caso. Todos afirmarían que soy una vieja dada a idear fantasías.

—Y puede que tuvieran razón —manifestó mister Rafiel con su brusquedad de siempre—. Claro que en este caso demostrarían ser unos necios. Yo me inclinaría a pensar que no habría ni una sola persona que la creyese con cerebro suficiente para discurrir como lo ha hecho. Razona usted, en verdad, de una manera muy lógica. Son pocas las mujeres capaces de acometer con éxito tal empresa —mister Rafiel, incómodo, se agitó penosamente en su silla—. ¿Dónde diablos se encontrarán Esther y Jackson? Necesito cambiar de posición. No. No lograremos nada con que usted intente ayudarme. Le faltan a usted fuerzas para eso. No sé qué es lo que se propondrá esa pareja dejándome aquí solo.

—Iré en su busca.

—Usted no va a ir a ninguna parte. Se quedará aquí, conmigo. Trataremos los dos de descifrar el enigma. ¿Quién es el asesino? ¿El brillante Greg? ¿El silencioso Edward Hillingdon? ¿Jackson, mi querido servidor? Uno de los tres tiene que ser, ¿no?

Adiós, Papá - Joe Gores

Bajé del vehículo y me detuve un momento para llevar a mis pulmones el seco y helado aire de Minnesota. El día antes, un autobús me había llevado desde Springfield, Illinois, a Chicago; un segundo autobús me había traído hasta aquí. 

Al pasar ante el ventanal de la estación de autobuses, capté mi reflejo: un hombre alto y duro, con un rostro blanco y feroz, llevando un abrigo que no me venía muy bien. También capté otro reflejo; pero éste casi hizo que se me helara el ánimo: un policía de uniforme. ¿Podrían haberse enterado ya de que había alguien más en aquel coche incendiado?

Entonces, el policía se volvió, metiéndose las manos enguantadas por entre los botones de la chaqueta azul. Y yo volví a respirar de nuevo. Me dirigí rápidamente hacia la parada de taxis. Sólo había dos, esperando. El primero, bajó el cristal de la ventanilla cuando me acerqué.

—¿Conoce el lugar donde vive Miller, al norte de la ciudad? —pregunté.

—Lo conozco —dijo, mirándome por encima—. Cinco dólares... ahora.

Le pagué del dinero que le saqué a un borracho en Chicago y me dejé caer en el asiento de atrás. Mientras hacía avanzar el taxi por la helada Second Street, mis dedos se fueron relajando gradualmente, abandonando su rígida posición crispada. Merecía volver adentro si permitía que un payaso como aquél consiguiera detenerme.

—He oído decir que el viejo Miller está bastante enfermo —dijo el taxista, volviéndose a medias hacia mí para observarme desde la esquina de uno de sus ojos—. ¿Tiene usted algo que ver con él?

—Sí, cosas mías.

Aquello terminó con la conversación. Ya me sentía lo bastante preocupado por la enfermedad de papá, como para permitir que este otro payaso lo supiera; pero eso quizá lo explicaría mi hermano Rod, que era vicepresidente del banco. Observé una gran cantidad de nuevas construcciones y una autopista libre al oeste de la ciudad, con un audaz paso elevado sobre la vieja carretera del condado. Un kilómetro y medio más allá de la nueva subdivisión, donde estaban las ochenta hectáreas de colinas boscosas que conocía tan bien.

Tras mi fuga de la penitenciaría federal de Terre Haute, Indiana, hacía sólo dos días, había atravesado su cordón a través de bosques como ése. Conseguí escapar en uno de los camiones de la prisión, metido en una cuba de bazofia destinada a los cerdos de la prisión. Después, me dirigí directamente hacia el oeste, atravesando la línea divisoria con el estado de Illinois. Siempre suelo sentirme muy bien al aire libre, incluso cuando estoy en la prisión, así es que al amanecer ya estaba en un henil cerca de Paris, Illinois, a unos treinta kilómetros de distancia de la penitenciaría. Uno siempre puede hacer lo que tiene que hacer.

El taxista se detuvo a la entrada del camino privado, mirándolo dubitativamente.

—Escuche, amigo, sé que el camino ha sido arreglado, pero parece que está helado. Si lo intento y me meto en la zanja...

—Está bien, iré andando desde aquí.

Esperé junto a la carretera hasta que se hubo marchado; después dejé que el viento del norte me siguiera, acuciándome a subir la colina con rapidez, y metiéndome en el bosque de árboles deshojados. 

Los cedros que habíamos plantado papá y yo como muro contra el viento, eran muy altos y frondosos; las pisadas de los conejos se habían helado sobre la nieve, bajo la maraña de espinas de los matorrales de frambuesas silvestres. 

Bajo los robles que se elevaban en lo alto de la colina se encontraba la casa de dos pisos, pero en lugar de dirigirme recto hacia ella, di primero un rodeo por las perreras. En ellas, la nieve era profunda y no aparecía pisoteada. Ya no quedaban perros raposeros. En las pequeñas casetas para los pájaros, situadas en el exterior, junto a la ventana de la cocina, tampoco había grano. Llamé al timbre de la puerta principal.

Mi cuñada Edwina, la esposa de Rod, abrió la puerta. Tenía tres años menos que mi hermano, de treinta y cinco, y ya se veía obligada a llevar faja.

—¡Dios mío! —balbució, asombrada—. No esperábamos...

—Mamá escribió diciendo que el viejo estaba enfermo.

Había escrito; muy bien. Tu padre está muy enfermo. No es que te hayas preocupado alguna vez por saber si estamos vivos o muertos... Entonces, Edwina decidió que mi tono de voz le daba algún derecho a indignarse.

—Me asombra que hayas tenido el valor de venir, aunque te hayan dejado bajo palabra o algo así.

Aquello significaba que nadie había aparecido aún por allí, preguntando.

—Si piensas volver a arrastrar el nombre de la familia por el barro...

Pasé junto a ella, entrando en el vestíbulo.

—¿Qué le ocurre al viejo? —pregunté.

Dentro de mí mismo, donde nadie pudiera escucharlo, siempre le llamaba papá.

—Se está muriendo. Eso es lo que le pasa.

Lo dijo con una especie de placer siniestro. Aquello me dolió, pero me limité a lanzar un gruñido y penetré en la sala de estar. Entonces, la vieja llamó desde las escaleras, en el piso de arriba:

—¿Eddy? ¿Qué...? ¿Quién es?

—Sólo es... un vendedor, mamá. Puede esperar hasta que se haya ido el médico.

Médico. Como si un maldito animal se pudiera convertir en médico por sí mismo. Cuando bajó las escaleras, Edwina trató de hacer que se marchara rápidamente, antes de que yo pudiera verle, pero le cogí del brazo en el momento en que se ponía el abrigo.

—Me gustaría hablar un momento con usted, doctor. Sobre el viejo Miller.

Tenía casi un metro ochenta de altura, unos pocos centímetros menos que yo, pero me superaba en casi veinte kilos de peso. Se libró de mi garra.

—Mire, amigo...

Le cogí por las solapas y le zarandeé, lo suficiente para arrancarle un botón del abrigo y casi sacarle las gafas de encima de su nariz. Su rostro enrojeció.

—Soy un viejo amigo de la familia, doctor —dije, señalando con un dedo hacia las escaleras—. ¿Qué está ocurriendo?

Era una estupidez, una maldita estupidez, preguntarle. En cualquier momento, la policía llegaría a la conclusión de que el granjero encontrado en el coche incendiado no era yo. Vertí suficiente gasolina antes de encender la cerilla, para que no quedaran huellas de nada, excepto el zapato que había dejado allí. 

Pero establecerían su identidad mediante pruebas dentales en cuanto tuvieran noticias de su desaparición. Y en cuanto lo hicieran, vendrían por aquí a hacer preguntas, y entonces aquel animal se daría cuenta de quién era yo. Pero quería saber si papá estaba realmente tan mal como me había dicho Edwina y, por otra parte, nunca he sido un hombre paciente.

El animal se arregló el abrigo, esforzándose por recuperar la dignidad perdida.

—El... el juez Miller está muy débil, demasiado débil para moverse. Probablemente, no durará una semana —sus ojos me observaron, en busca de una señal de dolor, pero no hay nada mejor que una penitenciaría federal para aprender a controlarse; desilusionado, añadió—: Sus pulmones. Cuando me llamaron ya era demasiado tarde, claro. Ahora está descansando.

Volví a hacer un gesto con el dedo índice.

—Ya conoce el camino de salida.

Edwina estaba al pie de las escaleras. Su rostro volvía a mostrar indignación. Parece ser una cosa hereditaria en la familia, incluso para los que entran a formar parte de ella por medio del matrimonio. Sólo papá y yo estábamos libres de ello.

—Tu padre está muy enfermo. Te prohíbo...

—Ahórrate esas palabras para Rod; puede que tengan resultado con él.

Ya en la habitación, pude ver el brazo del viejo colgando limpiamente sobre el borde de la cama. El humo del cigarrillo que sostenía entre sus dedos se elevaba hacia el techo, formando una línea azul delgada y oscilante. 

Aquel brazo, que una vez había medido a un honrado joven de dieciocho años, y cuyo puño se había descargado un buen número de veces contra mi cabeza, ya ni siquiera podía sostener un cigarrillo en el aire. Aquello me dolió tanto como encontrar a un buen perro tejonero apareándose con un gato.

La vieja se levantó de la silla que estaba al pie de la cama y su rostro empalideció. La rodeé con mis brazos.

—Hola, mamá —la saludé.

La sentí rígida entre mis brazos, pero sabía que no sé apartaría. Al menos no allí, en la habitación de papá.

Al escuchar mi voz, él volvió la cabeza hacia mí. La luz brillaba sobre su sedoso pelo blanco. Sus ojos, translúcidos por la inminencia de la muerte, tenían el puro y pálido azul de las sombras del abedul sobre la nieve fresca.

—Chris —dijo con una voz muy débil—. Esto es el colmo, muchacho... Me alegro de verte.

—Debes alegrarte, maldito holgazán —le dije cariñosamente.

Me quité la chaqueta y la dejé colgada sobre el respaldo de la silla; después me estiré la corbata.

—¿Te parece bonito ser tan holgazán como para permitir la desaparición de los raposeros?

—Ya está bien, Chris —dijo mi madre, tratando de que su voz sonara fría.

—Sólo me quedaré un rato, aquí sentado —dije tranquilamente.

Sabía que mi padre no resistiría demasiado tiempo y que el tiempo que pudiera pasar con él sería el último. Ella se quedó en la puerta, como una sombra oscura e indecisa; después, se volvió y salió silenciosamente, probablemente para llamar por teléfono a Rod, en el banco.

Durante las dos horas siguientes, fui yo quien más habló. Papá se limitó a estar allí, echado, con los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo. Pero después, también él empezó a hablar, recordando la línea de trampas que habíamos puesto entre los dos cuando yo era un niño; el gran macho cabrío de rabo blanco que le siguió a través de los bosques durante la época de celo, hasta que papá le golpeó en el hocico con una rama de árbol. 

Sólo empezamos a sepáranos cuando su consultorio legal terminó por conseguirle el puesto de juez. Supongo que a mis veinte años yo era demasiado salvaje, bastante parecido a lo que él mismo había sido treinta años antes. Sólo que yo seguí avanzando en esa misma dirección.

Hacia las siete de la tarde, mi hermano Rod llamó a la puerta. Salí, cerrando la puerta tras de mí. Rod era aún más alto que yo, ancho y de una poderosa constitución ósea; tenía estructura de atleta. Pero tenía gachas en lugar de dos buenos testículos. Sus ojos eran bastante pálidos y su barbilla muy pequeña, y ni siquiera había jugado al fútbol en la escuela superior.

—Mi esposa me ha informado de la crueldad con que la has tratado —me dijo con su voz más dura—. Lo hemos hablado con mamá y queremos que te marches de aquí esta misma noche. Queremos...

—¿Tú quieres? Hasta que se muera, él sigue siendo el dueño de la casa, ¿no es verdad?

Entonces, saltó sobre mí —tratándose de Rod, su mano derecha era como un plomo—. La bloqueé con la palma de la mano abierta. Después, le golpeé con dureza, dos veces, cruzándole la cara, sacudiéndole la cabeza de un lado a otro con los guantazos, y terminando por apretarle contra la pared. 

Pude haberle pegado en la ingle para obligarle a doblarse y después, juntando las manos, haberle dado fuerte en la nuca al mismo tiempo que elevaba mi rodilla hacia su rostro; y sentí deseos de hacerlo. La necesidad de marcharme de allí antes de que vinieran a buscarme me roía el alma como una comadreja atrapada que trata de abrirse camino para quedar libre. Pero, al final, me limité a separarme de él.

—¡Tú...! ¡Tú... animal asesino! —exclamó, llevándose ambas manos a las mejillas, como podría haber hecho cualquier mujer.

Después, sus ojos se abrieron teatralmente, cuando se dio cuenta de lo que ocurría. Estaba extrañado de que hubiera tardado tanto tiempo en advertirlo.

—¡Te has fugado! —espetó, respirando con dificultad—. ¡Escapado! Eres un fugitivo de... la justicia.

—Sí, y voy a seguir siéndolo. Te conozco, muchacho; os conozco a todos. Lo último que quisierais es que la policía me atrape precisamente aquí —traté entonces de dar a mi voz el tono que él solía utilizar—. ¡Oh! ¡El escándalo!

—Pero te estarán siguiendo...

—Creen que he muerto —le dije simplemente—. Iba por una carretera helada, en un coche robado, al sur del estado de Illinois, y tuve un accidente, y el coche se incendió conmigo dentro.

Su voz se hizo casi silenciosa, agobiada por el horror.

—¿Quieres decir... que hay un cuerpo en el coche?

—Eso es.

Sabía lo que estaba pensando, pero no me molesté en contarle la verdad: que el viejo granjero que me estaba llevando a Springfield, porque creía que mis dos dedos extendidos en el interior de mi abrigo eran un revólver, patinó sobre un trozo de carretera helada y el coche salió despedido de la solitaria carretera. 

El viejo quedó empotrado en el volante, así es que me puse sus zapatos y a él le puse uno de los míos. El otro, con mis huellas, lo dejé lo bastante cerca como para que lo encontraran, pero no lo bastante como para que se quemara con el coche. De todos modos, Rod no habría creído la verdad. Si me cogían, ¿quién la creería?

—Tráeme una botella de licor y un cartón de tabaco —le dije—, y asegúrate de que Eddy y mamá mantengan la boca cerrada si alguien pregunta por mí —abrí entonces la puerta para que papá pudiera escucharme—. Bien, gracias, Rod. Me alegro de volver a estar en casa.

La soledad de la penitenciaría hace que uno pueda permanecer despierto con facilidad, o que se quede durmiendo inmediatamente, dependiendo de lo que sea necesario. Permanecí despierto durante las últimas treinta y siete horas que aún vivió mi padre, abandonando la silla que había junto a su cama sólo para ir al lavabo o para escuchar desde las escaleras cada vez que oía sonar el teléfono o el timbre de la puerta. 

En cada una de aquellas ocasiones pensaba: Aquí están. Pero mi buena suerte se mantuvo. Si tardaban lo necesario, podría quedarme hasta que papá muriera; en cuanto eso ocurriera, me dije a mí mismo, seguiría mi camino.

Rod, Edwina y mamá estaban allí, en una esquina de la habitación, con el doctor inmóvil al fondo, para estar seguro de cobrar sus honorarios. Finalmente, papá movió ligeramente un brazo pálido y mamá se sentó rápidamente en el borde de la cama. Era una mujer pequeña, recta y bastante indomable, con un rostro como hecho expresamente para llevar impertinentes. Ni siquiera lloró; su aspecto, por el contrario, parecía bastante luminoso en cierto sentido.

—Coge mi mano, Eileen —dijo papá, deteniéndose para recuperar las fuerzas que necesitaba para volver a hablar—. Coge mi mano. Así no tendré miedo.

Ella le cogió la mano y él casi sonrió y cerró los ojos. Esperamos, escuchando cómo su respiración se hacía lenta, cada vez más lenta, hasta que se detuvo como el reloj de un abuelo que, de pronto, se para. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Les miré a todos, tan blandos, tan poco acostumbrados a la muerte, y me sentí como una marta entre su carnada. Entonces, mamá empezó a sollozar suavemente.

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 Era un día tempestuoso, con ráfagas de viento que arrastraban la nieve. Aparqué el jeep frente a la capilla funeraria y avancé por el resbaladizo camino mientras el viento parecía querer arrancarme el abrigo, diciéndome a mí mismo por enésima vez lo loco que estaba para quedarme allí a asistir al servicio religioso. 

En aquellos momentos, ellos ya tenían que saber que el granjero muerto no era yo; para entonces, algún astuto censor de la prisión tendría que haber recordado la carta de mamá en la que me anunciaba que papá estaba muy enfermo. Hacía ya dos días que había muerto, y yo ya tendría que estar en México. 

Pero, de algún modo, marcharme así no me parecía completo. O quizá me estaba engañando a mí mismo, quizá se trataba simplemente de aquella vieja necesidad de conservar la autoridad; eso es siempre lo que pierde a tipos como yo.

Desde una cierta distancia, parecía papá, pero de cerca se podían ver los cosméticos, mientras que su cuello tenía un tamaño tres veces superior al normal. Sentí su mano: era la mano de una estatua, nada familiar excepto por las uñas gruesas y ligeramente curvadas hacia abajo.

Rod se acercó a mí por detrás y me dijo, en un tono de voz que sólo yo pude escuchar:

—Después de hoy, quiero que nos dejes solos. Quiero que salgas de mi casa.

—¿No te da vergüenza, hermano? —gruñí—. ¿También quieres que me marche antes de haber leído el testamento?

Seguimos al coche fúnebre, a un adecuado paso de funeral, y a través de las calles nevadas. Los enterradores arrastraron suavemente el pesado féretro sobre rodillos engrasados; después lo colocaron sobre unas cintas y lo fueron descolgando sobre la tumba abierta. 

La nieve se arremolinaba y azotaba los rostros, cayendo de un cielo gris, fundiéndose al contacto con el metal y formando pequeños riachuelos a los lados.

Me marché cuando el predicador inició su sermón, impulsado por la necesidad de moverme, de alejarme de allí, pero también por otra urgencia que me acosaba. Quería sacar algo de la casa, antes de que llegaran todas aquellas afligidas personas, dispuestas a comer y a engullir. 

Las armas y las municiones habían sido desterradas al garaje, pues Rod nunca había disparado un arma en su vida; pero era fácil rescatar la hermosa y pequeña pistola del calibre 22 con el cilindro largo. 

Papá y yo habíamos pasado cientos de horas con aquel arma, de modo que la culata tenía un contacto suave y el azulado se había ido perdiendo del metal que había estado expuesto a toda clase de tiempo.

Poniendo el jeep a toda velocidad, avancé rápidamente entre los árboles, hasta llegar a un corte situado entre las colinas; después, seguí a pie por entre el oscurecido bosque. Me moví lentamente, evocando recuerdos de Corea para neutralizar la helada mordedura de la nieve a través del calzado. 

Observé un destello de color pardo cuando una liebre de cola blanca corrió a toda velocidad, mortalmente asustada, dirigiéndose hacia una podrida pila de leña que yo mismo había apilado años antes. Mi golpe le dio en el espinazo, paralizándole las patas traseras. La liebre se sacudió y se revolvió hasta que le rompí la nuca con el canto de mi mano.

La dejé allí y seguí avanzando, bajando hacia el pequeño triángulo pantanoso que había entre las colinas. Estaba oscureciendo muy rápidamente cuando di una patada contra el montón de hierbas. Finalmente, se desplegó en semicírculo el amplio plumaje, mientras la larga cola se agitaba y las achaparradas alas del faisán se esforzaban por elevar su pesado cuerpo. 

Estaba empezando a levantarse, justo un poco a mi derecha, y yo disponía de todo el tiempo del mundo. Me balanceé un poco hacia ese lado, sabiendo que me encontraba en una posición perfecta para abatirle, estrujándole por el cuello, antes de que diera el salto.

Les llevé hacia el jeep. En el pico del faisán había una pequeña mancha de sangre, y el conejo aún estaba caliente bajo las patas delanteras. Ya estaba utilizando las luces de posición cuando aparqué en el curvado camino del cementerio. 

Aún no habían empezado a echar tierra sobre el féretro, y la nieve había formado una suave capa blanca sobre él. Coloqué el conejo y el faisán sobre él y me quedé allí, de pie, durante un minuto o dos, sin moverme. El viento tuvo que haber sido muy fuerte porque sentía cómo las lágrimas me quemaban en las mejillas.

Adiós, papá. Adiós al resplandor de los ciervos en el cinturón boscoso que rodea el riachuelo. Adiós a la caza de patos reales que caían al fondo del río. Adiós al humo de la madera y al licor añejo junto a la luz del fuego y a todas las cosas que hicieron de ti una parte de mí. La parte que nadie podrá obtener nunca.

Me volví, para dirigirme hacia el jeep... y me detuve de pronto, aterrorizado. Ni siquiera les había escuchado acercarse. Eran cuatro y habían estado esperando pacientemente, como pagando así sus respetos a la muerte. En cierto sentido lo estaban haciendo: para ellos, aquel granjero muerto en el coche incendiado era el asesinato número uno. 

Me puse en tensión y mi mente se dirigió hacia la pistola de calibre 22, cuya presencia en el bolsillo de mi abrigo no era conocida por ellos. Sí. Sólo que aquel arma no tenía mayor poder de detención que el ladrido de un perro. Si papá hubiera preferido tener armas de un calibre algo mayor... Pero no las tenía.

Muy lentamente, como si de repente los brazos se me hubieran hecho enormemente pesados, levanté las manos por encima de mi cabeza.