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Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 4 y última)

Era una minuciosa descripción anatómica y descriptiva del gran orangután leonado de las islas de la India oriental. La gigantesca estatura, la prodigiosa fuerza y agilidad, la terrible ferocidad y las tendencias imitativas de estos mamíferos son bien conocidas. Instantáneamente comprendí todo el horror del asesinato.

—La descripción de los dedos —dije al terminar la lectura— concuerda exactamente con este dibujo. Solo un orangután, entre todos los animales existentes, es capaz de producir las marcas que aparecen en su diseño. Y el mechón de pelo coincide en un todo con el pelaje de la bestia descrita por Cuvier. De todas maneras, no alcanzo a comprender los detalles de este aterrador misterio. Además, se escucharon dos voces que disputaban y una de ellas era, sin duda, la de un francés.

—Cierto. Y recordará usted que, casi unánimemente, los testigos declararon haber oído decir a esa voz las palabras: «Mon Dieu!». Dadas las circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) acertó al sostener que la exclamación tenía un tono de reproche o reconvención. Sobre esas dos palabras, pues, he apoyado todas mis esperanzas de una solución total del enigma. 

»Un francés estuvo al tanto del asesinato. Es posible —e incluso muy probable— que fuera inocente de toda participación en el sangriento episodio. El orangután pudo habérsele escapado. Quizá siguió sus huellas hasta la habitación; pero, dadas las terribles circunstancias que se sucedieron, le fue imposible capturarlo otra vez. El animal anda todavía suelto. 

»No continuaré con estas conjeturas (pues no tengo derecho a darles otro nombre), ya que las sombras de reflexión que les sirven de base poseen apenas suficiente profundidad para ser alcanzadas por mi intelecto, y no pretenderé mostrarlas con claridad a la inteligencia de otra persona. Las llamaremos conjeturas, pues, y nos referiremos a ellas como tales. Si el francés en cuestión es, como lo supongo, inocente de tal atrocidad, este aviso que dejé anoche cuando volvíamos a casa en las oficinas de Le Monde (un diario consagrado a cuestiones marítimas y muy leído por los navegantes) lo hará acudir a nuestra casa.

Me alcanzó un papel, donde leí:
 

 CAPTURADO.—En el Bois de Boulogne, en la mañana del... (la mañana del asesinato), se ha capturado un gran orangután leonado de la especie de Borneo. Su dueño (de quien se sabe que es un marinero perteneciente a un barco maltés) puede reclamarlo, previa identificación satisfactoria y pago de los gastos resultantes de su captura y cuidado. Presentarse al número... calle... Faubourg Saint-Germain... tercer piso.

—Pero, ¿cómo es posible —pregunté— que sepa usted que el hombre es un marinero y que pertenece a un barco maltés?

—No lo sé —dijo Dupin— y no estoy seguro de ello. Pero he aquí un trocito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasienta condición, debió de ser usado para atar el pelo en una de esas largas queues de que tan orgullosos se muestran los marineros. Además, el nudo pertenece a esa clase que pocas personas son capaces de hacer, salvo los marinos, y es característico de los malteses. 

»Encontré esta cinta al pie de la varilla del pararrayos. Imposible que perteneciera a una de las víctimas. De todos modos, si me equivoco al deducir de la cinta que el francés era un marinero perteneciente a un barco maltés, no he causado ningún daño al estamparlo en el aviso. Si me equivoco, el hombre pensará que me he confundido por alguna razón que no se tomará el trabajo de averiguar. 

»Pero si estoy en lo cierto, hay mucho ganado. Conocedor, aunque inocente de los asesinatos, el francés vacilará, como es natural, antes de responder al aviso y reclamar el orangután. He aquí cómo razonará: «Soy inocente y pobre; mi orangután es muy valioso y para un hombre como yo representa una verdadera fortuna. ¿Por qué perderlo a causa de una tonta aprensión? Está ahí, a mi alcance. Lo han encontrado en el Bois de Boulogne, a mucha distancia de la escena del crimen. ¿Cómo podría sospechar alguien que ese animal es el culpable? 

»La policía está desorientada y no ha podido encontrar la más pequeña huella. Si llegaran a seguir la pista del mono, les será imposible probar que supe algo de los crímenes o echarme alguna culpa como testigo de ellos. Además, soy conocido. El redactor del aviso me designa como dueño del animal. Ignoro hasta dónde llega su conocimiento. Si renuncio a reclamar algo de tanto valor, que se sabe de mi pertenencia, las sospechas recaerán, por lo menos, sobre el animal. Contestaré al aviso, recobraré el orangután y lo tendré encerrado hasta que no se hable más del asunto».

En ese momento oímos pasos en la escalera.

—Prepare las pistolas —dijo Dupin—, pero no las use ni las exhiba hasta que le haga una seña.

La puerta de entrada de la casa había quedado abierta y el visitante había entrado sin llamar, subiendo algunos peldaños de la escalera. Pero, de pronto, pareció vacilar y lo oímos bajar. Dupin corría ya a la puerta cuando advertimos que volvía a subir. Esta vez no vaciló, sino que, luego de trepar decididamente la escalera, golpeó en nuestra puerta.

—¡Adelante! —dijo Dupin con voz cordial y alegre.

El hombre que entró era, con toda evidencia, un marino, alto, robusto y musculoso, con un semblante en el que cierta expresión audaz no resultaba desagradable. Su rostro, muy atezado, aparecía en gran parte oculto por las patillas y los bigotes. Traía consigo un grueso bastón de roble, pero al parecer esa era su única arma. Inclinóse torpemente, dándonos las buenas noches en francés; a pesar de un cierto acento suizo de Neuchâtel, se veía que era de origen parisiense.

—Siéntese usted, amigo mío —dijo Dupin—. Supongo que viene en busca del orangután. Palabra, se lo envidio un poco; es un magnífico animal, que presumo debe de tener gran valor. ¿Qué edad le calcula usted?

El marinero respiró profundamente, con el aire de quien se siente aliviado de un peso intolerable, y contestó con tono reposado:

—No podría decirlo, pero no tiene más de cuatro o cinco años. ¿Lo guarda usted aquí?

—¡Oh, no! Carecemos de lugar adecuado. Está en una caballeriza de la rue Dubourg, cerca de aquí. Podría usted llevárselo mañana por la mañana. Supongo que estará en condiciones de probar su derecho de propiedad.

—Por supuesto que sí, señor.

—Lamentaré separarme de él —dijo Dupin.

—No quisiera que usted se hubiese molestado por nada —declaró el marinero—. Estoy dispuesto a pagar una recompensa por el hallazgo del animal. Una suma razonable, se entiende.

—Pues bien —repuso mi amigo—, eso me parece muy justo. Déjeme pensar: ¿qué le pediré? ¡Ah, ya sé! He aquí cuál será mi recompensa: me contará usted todo lo que sabe sobre esos crímenes en la rue Morgue.

Dupin pronunció las últimas palabras en voz muy baja y con gran tranquilidad. Después, con igual calma, fue hacia la puerta, la cerró y guardó la llave en el bolsillo. Sacando luego una pistola, la puso sin la menor prisa sobre la mesa.

El rostro del marinero enrojeció como si un acceso de sofocación se hubiera apoderado de él. Levantándose, aferró su bastón, pero un segundo después se dejó caer de nuevo en el asiento, temblando violentamente y pálido como la muerte. No dijo una palabra. Lo compadecí desde lo más profundo de mi corazón.

—Amigo mío, se está usted alarmando sin necesidad —dijo cordialmente Dupin—. Le aseguro que no tenemos intención de causarle el menor daño. Lejos de nosotros querer perjudicarlo: le doy mi palabra de caballero y de francés. Estoy perfectamente enterado de que es usted inocente de las atrocidades de la rue Morgue. Pero sería inútil negar que, en cierto modo, se halla implicado en ellas. Fundándose en lo que le he dicho, supondrá que poseo medios de información sobre este asunto, medios que le sería imposible imaginar. 

»El caso se plantea de la siguiente manera: usted no ha cometido nada que no debiera haber cometido, nada que lo haga culpable. Ni siquiera se le puede acusar de robo, cosa que pudo llevar a cabo impunemente. No tiene nada que ocultar ni razón para hacerlo. Por otra parte, el honor más elemental lo obliga a confesar todo lo que sabe. Hay un hombre inocente en la cárcel, acusado de un crimen cuyo perpetrador puede usted denunciar.

Mientras Dupin pronunciaba estas palabras, el marinero había recobrado en buena parte su compostura, aunque su aire decidido del comienzo habíase desvanecido por completo.

—¡Dios venga en mi ayuda! —dijo, después de una pausa—. Sí, le diré todo lo que sé sobre este asunto, aunque no espero que crea ni la mitad de lo que voy a contarle... ¡Estaría loco si pensara que van a creerme! Y, sin embargo, soy inocente, y lo confesaré todo aunque me cueste la vida.

En sustancia, lo que nos dijo fue lo siguiente: poco tiempo atrás, había hecho un viaje al archipiélago índico. Un grupo del que formaba parte desembarcó en Borneo y penetró en el interior a fin de hacer una excursión placentera. Entre él y un compañero capturaron al orangután. Como su compañero falleciera, quedó dueño único del animal. 

Después de considerables dificultades, ocasionadas por la indomable ferocidad de su cautivo durante el viaje de vuelta, logró finalmente encerrarlo en su casa de París, donde, para aislarlo de la incómoda curiosidad de sus vecinos, lo mantenía cuidadosamente recluido, mientras el animal curaba de una herida en la pata que se había hecho con una astilla a bordo del buque. Una vez curado, el marinero estaba dispuesto a venderlo.

Una noche, o más bien una madrugada, en que volvía de una pequeña juerga de marineros, nuestro hombre se encontró con que el orangután había penetrado en su dormitorio, luego de escaparse de la habitación contigua donde su captor había creído tenerlo sólidamente encerrado. Navaja en mano y embadurnado de jabón, habíase sentado frente a un espejo y trataba de afeitarse, tal como, sin duda, había visto hacer a su amo espiándolo por el ojo de la cerradura. 

Aterrado al ver arma tan peligrosa en manos de un animal que, en su ferocidad, era harto capaz de utilizarla, el marinero se quedó un instante sin saber qué hacer. Por lo regular, lograba contener al animal, aun en sus arrebatos más terribles, con ayuda de un látigo, y pensó acudir otra vez a ese recurso. Pero al verlo, el orangután se lanzó de un salto a la puerta, bajó las escaleras y, desde ellas, saltando por una ventana que desgraciadamente estaba abierta, se dejó caer a la calle.

Desesperado, el francés se precipitó en su seguimiento. Navaja en mano, el mono se detenía para mirar y hacer muecas a su perseguidor, dejándolo acercarse casi hasta su lado. Entonces echaba a correr otra vez. Siguió así la caza durante largo tiempo. Las calles estaban profundamente tranquilas, pues eran casi las tres de la madrugada. 

Al atravesar el pasaje de los fondos de la rue Morgue, la atención del fugitivo se vio atraída por la luz que salía de la ventana abierta del aposento de madame L’Espanaye, en el cuarto piso de su casa. Precipitándose hacia el edificio, descubrió la varilla del pararrayos, trepó por ella con inconcebible agilidad, aferró la persiana que se hallaba completamente abierta y pegada a la pared, y en esta forma se lanzó hacia adelante hasta caer sobre la cabecera de la cama. Todo esto había ocurrido en menos de un minuto. Al saltar en la habitación, las patas del orangután rechazaron nuevamente la persiana, la cual quedó abierta.

El marinero, a todo esto, se sentía tranquilo y preocupado al mismo tiempo. Renacían sus esperanzas de volver a capturar a la bestia, ya que le sería difícil escapar de la trampa en que acababa de meterse, salvo que bajara otra vez por el pararrayos, ocasión en que sería posible atraparlo. Por otra parte, se sentía ansioso al pensar en lo que podría estar haciendo en la casa. Esta última reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. 

Para un marinero no hay dificultad en trepar por una varilla de pararrayos; pero, cuando hubo llegado a la altura de la ventana, que quedaba muy alejada a su izquierda, no pudo seguir adelante; lo más que alcanzó fue a echarse a un lado para observar el interior del aposento. Apenas hubo mirado, estuvo a punto de caer a causa del horror que lo sobrecogió. 

Fue en ese momento cuando empezaron los espantosos alaridos que arrancaron de su sueño a los vecinos de la rue Morgue. Madame L’Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones de dormir, habían estado aparentemente ocupadas en arreglar algunos papeles en la caja fuerte ya mencionada, la cual había sido corrida al centro del cuarto. 

Hallábase abierta, y a su lado, en el suelo, los papeles que contenía. Las víctimas debían de haber estado sentadas dando la espalda a la ventana, y, a juzgar por el tiempo transcurrido entre la entrada de la bestia y los gritos, parecía probable que en un primer momento no hubieran advertido su presencia. El golpear de la persiana pudo ser atribuido por ellas al viento.

En el momento en que el marinero miró hacia el interior del cuarto, el gigantesco animal había aferrado a madame L’Espanaye por el cabello (que la dama tenía suelto, como si se hubiera estado peinando) y agitaba la navaja cerca de su cara imitando los movimientos de un barbero. La hija yacía postrada e inmóvil, víctima de un desmayo. 

Los gritos y los esfuerzos de la anciana señora, durante los cuales le fueron arrancados los mechones de la cabeza, tuvieron por efecto convertir los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros llenos de furor. Con un solo golpe de su musculoso brazo separó casi completamente la cabeza del cuerpo de la víctima. La vista de la sangre transformó su cólera en frenesí. 

Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos, saltó sobre el cuerpo de la joven y, hundiéndole las terribles garras en la garganta, las mantuvo así hasta que hubo expirado. Las furiosas miradas de la bestia cayeron entonces sobre la cabecera del lecho, sobre el cual el rostro de su amo, paralizado por el horror, alcanzaba apenas a divisarse. La furia del orangután, que, sin duda, no olvidaba el temido látigo, se cambió instantáneamente en miedo. 

Seguro de haber merecido un castigo, pareció deseoso de ocultar sus sangrientas acciones, y se lanzó por el cuarto lleno de nerviosa agitación, echando abajo y rompiendo los muebles a cada salto y arrancando el lecho de su bastidor. Finalmente se apoderó del cadáver de mademoiselle L’Espanaye y lo metió en el cañón de la chimenea, tal como fue encontrado luego, tomó luego el de la anciana y lo tiró de cabeza por la ventana.

En momentos en que el mono se acercaba a la ventana con su mutilada carga, el marinero se echó aterrorizado hacia atrás y, deslizándose sin precaución alguna hasta el suelo, corrió inmediatamente a su casa, temeroso de las consecuencias de semejante atrocidad y olvidando en su terror toda preocupación por la suerte del orangután. Las palabras que los testigos oyeron en la escalera fueron las exclamaciones de espanto del francés, mezcladas con los diabólicos sonidos que profería la bestia.

Poco me queda por agregar. El orangután debió de escapar por la varilla del pararrayos un segundo antes de que la puerta fuera forzada. Sin duda, cerró la ventana a su paso. Más tarde fue capturado por su mismo dueño, quien lo vendió al Jardin des Plantes en una elevada suma.

Lebon fue puesto en libertad inmediatamente después que hubimos narrado todas las circunstancias del caso —con algunos comentarios por parte de Dupin— en el bureau del prefecto de policía. Este funcionario, aunque muy bien dispuesto hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo el fastidio que le producía el giro que había tomado el asunto, y deslizó uno o dos sarcasmos sobre la conveniencia de que cada uno se ocupara de sus propios asuntos.

—Déjelo usted hablar —me dijo Dupin, que no se había molestado en replicarle—. Deje que se desahogue; eso aliviará su conciencia. Me doy por satisfecho con haberlo derrotado en su propio terreno. De todos modos, el hecho de que haya fracasado en la solución del misterio no es ninguna razón para asombrarse; en verdad, nuestro amigo el prefecto es demasiado astuto para ser profundo. No hay fibra en su ciencia: mucha cabeza y nada de cuerpo, como las imágenes de la diosa Laverna, o, a lo sumo, mucha cabeza y lomos, como un bacalao. Pero después de todo es un buen hombre. Lo estimo especialmente por cierta forma maestra de gazmoñería, a la cual debe su reputación. Me refiero a la manera que tiene de nier ce qui est, et d’expliquer ce qui n’est pas.


 

Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 3)

 He dicho ya que sus caprichos eran muchos y variados, y que je les ménageais (pues no hay traducción posible de la frase). En esta oportunidad Dupin rehusó toda conversación vinculada con los asesinatos, hasta el día siguiente a mediodía. Entonces, súbitamente, me preguntó si había observado alguna cosa peculiar en el escenario de aquellas atrocidades.

Algo había en su manera de acentuar la palabra, que me hizo estremecer sin que pudiera decir por qué.

—No, nada peculiar —dije—. Por lo menos, nada que no hayamos encontrado ya referido en el diario.

—Me temo —repuso Dupin— que la Gazette no haya penetrado en el insólito horror de este asunto. Pero dejemos de lado las vanas opiniones de ese diario. Tengo la impresión de que se considera insoluble este misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus características. 

»La policía se muestra confundida por la aparente falta de móvil, y no por el asesinato en sí, sino por su atrocidad. Está asimismo perpleja por la aparente imposibilidad de conciliar las voces que se oyeron disputando, con el hecho de que en lo alto solo se encontró a la difunta mademoiselle L’Espanaye, aparte de que era imposible escapar de la casa sin que el grupo que ascendía la escalera lo notara. 

»El salvaje desorden del aposento; el cadáver metido, cabeza abajo, en la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana, son elementos que, junto con los ya mencionados y otros que no necesito mencionar, han bastado para paralizar la acción de los investigadores policiales y confundir por completo su tan alabada perspicacia. Han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito con lo abstruso. 

»Pero, justamente a través de esas desviaciones del plano ordinario de las cosas, la razón se abrirá paso, si ello es posible, en la búsqueda de la verdad. En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto «qué ha ocurrido», como «qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente». En una palabra, la facilidad con la cual llegaré o he llegado a la solución de este misterio se halla en razón directa de su aparente insolubilidad a ojos de la policía.

Me quedé mirando a mi amigo con silenciosa estupefacción.

—Estoy esperando ahora —continuó Dupin, mirando hacia la puerta de nuestra habitación— a alguien que, si bien no es el perpetrador de esas carnicerías, debe de haberse visto envuelto de alguna manera en su ejecución. Es probable que sea inocente de la parte más horrible de los crímenes. 

»Confío en que mi suposición sea acertada, pues en ella se apoya toda mi esperanza de descifrar completamente el enigma. Espero la llegada de ese hombre en cualquier momento... y en esta habitación. Cierto que puede no venir, pero lo más probable es que llegue. Si así fuera, habrá que retenerlo. He ahí unas pistolas; los dos sabemos lo que se puede hacer con ellas cuando la ocasión se presenta.

Tomé las pistolas, sabiendo apenas lo que hacía y, sin poder creer lo que estaba oyendo, mientras Dupin, como si monologara, continuaba sus reflexiones. Ya he mencionado su actitud abstraída en esos momentos. Sus palabras se dirigían a mí, pero su voz, aunque no era forzada, tenía esa entonación que se emplea habitualmente para dirigirse a alguien que se halla muy lejos. Sus ojos, privados de expresión, solo miraban la pared.

—Las voces que disputaban y fueron oídas por el grupo que trepaba la escalera —dijo— no eran las de las dos mujeres, como ha sido bien probado por los testigos. Con esto queda eliminada toda posibilidad de que la anciana señora haya matado a su hija, suicidándose posteriormente. Menciono esto por razones metódicas, ya que la fuerza de madame de L’Espanaye hubiera sido por completo insuficiente para introducir el cuerpo de su hija en la chimenea, tal como fue encontrado, amén de que la naturaleza de las heridas observadas en su cadáver excluye toda idea de suicidio. 

»El asesinato, pues, fue cometido por terceros, y a estos pertenecían las voces que se escucharon mientras disputaban. Permítame ahora llamarle la atención, no sobre las declaraciones referentes a dichas voces, sino a algo peculiar en esas declaraciones. ¿No lo advirtió usted?

Hice notar que, mientras todos los testigos coincidían en que la voz más ruda debía ser la de un francés, existían grandes desacuerdos sobre la voz más aguda o —como la calificó uno de ellos— la voz áspera.

—Tal es el testimonio en sí —dijo Dupin—, pero no su peculiaridad. Usted no ha observado nada característico. Y, sin embargo, había algo que observar. Como bien ha dicho, los testigos coinciden sobre la voz ruda. Pero, con respecto a la voz aguda, la peculiaridad no consiste en que estén en desacuerdo, sino en que un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés han tratado de describirla, y cada uno de ellos se ha referido a una voz extranjera. Cada uno de ellos está seguro de que no se trata de la voz de un compatriota. 

»Cada uno la vincula, no a la voz de una persona perteneciente a una nación cuyo idioma conoce, sino a la inversa. El francés supone que es la voz de un español, y agrega que «podría haber distinguido algunas palabras si hubiera sabido español». El holandés sostiene que se trata de un francés, pero nos enteramos de que, como no habla francés, testimonió mediante un intérprete. El inglés piensa que se trata de la voz de un alemán, pero el testigo no comprende el alemán. El español «está seguro» de que se trata de un inglés, pero «juzga basándose en la entonación», ya que no comprende el inglés. El italiano cree que es la voz de un ruso, pero nunca habló con un nativo de Rusia

»Un segundo testigo francés difiere del primero y está seguro de que se trata de la voz de un italiano. No está familiarizado con la lengua italiana, pero al igual que el español, «está convencido por la entonación». Ahora bien: ¡cuán extrañamente insólita tiene que haber sido esa voz para que pudieran reunirse semejantes testimonios! ¡Una voz en cuyos tonos los ciudadanos de las cinco grandes divisiones de Europa no pudieran reconocer nada familiar! 

»Me dirá usted que podía tratarse de la voz de un asiático o un africano. Ni unos ni otros abundan en París, pero, sin negar esa posibilidad, me limitaré a llamarle la atención sobre tres puntos. Un testigo califica la voz de «áspera, más que aguda». Otros dos señalan que era «precipitada y desigual». Ninguno de los testigos se refirió a palabras reconocibles, a sonidos que parecieran palabras.

»No sé —continuó Dupin— la impresión que pudo haber causado hasta ahora en su entendimiento, pero no vacilo en decir que cabe extraer deducciones legítimas de esta parte del testimonio —la que se refiere a las voces ruda y aguda—, suficientes para crear una sospecha que debe de orientar todos los pasos futuros de la investigación del misterio. 

»Digo «deducciones legítimas», sin expresar plenamente lo que pienso. Quiero dar a entender que las deducciones son las únicas que corresponden, y que la sospecha surge inevitablemente como resultado de las mismas. No le diré todavía cuál es esta sospecha. Pero tenga presente que, por lo que a mí se refiere, bastó para dar forma definida y tendencia determinada a mis investigaciones en el lugar del hecho.

»Transportémonos ahora con la fantasía a esa habitación. ¿Qué buscaremos en primer lugar? Los medios de evasión empleados por los asesinos. Supongo que bien puedo decir que ninguno de los dos cree en acontecimientos sobrenaturales. Madame y mademoiselle L’Espanaye no fueron asesinadas por espíritus. Los autores del hecho eran de carne y hueso, y escaparon por medios materiales. ¿Cómo, pues? 

»Afortunadamente, solo hay una manera de razonar sobre este punto, y esa manera debe conducirnos a una conclusión definida. Examinemos uno por uno los posibles medios de escape. Resulta evidente que los asesinos se hallaban en el cuarto donde se encontró a mademoiselle L’Espanaye, o por lo menos en la pieza contigua, en momentos en que el grupo subía las escaleras. Vale decir que debemos buscar las salidas en esos dos aposentos. 

»La policía ha levantado los pisos, los techos y la mampostería de las paredes en todas direcciones. Ninguna salida secreta pudo escapar a sus observaciones. Pero como no me fío de sus ojos, miré el lugar con los míos. Efectivamente, no había salidas secretas. Las dos puertas que comunican las habitaciones con el corredor estaban bien cerradas, con las llaves por dentro. Veamos ahora las chimeneas. 

»Aunque de diámetro ordinario en los primeros ocho o diez pies por encima de los hogares, los tubos no permitirían más arriba el paso del cuerpo de un gato grande. Quedando así establecida la total imposibilidad de escape por las vías mencionadas nos vemos reducidos a las ventanas. Nadie podría haber huido por la del cuarto delantero, ya que la muchedumbre reunida lo hubiese visto. 

»Los asesinos tienen que haber pasado, pues, por las de la pieza trasera. Llevados a esta conclusión de manera tan inequívoca, no nos corresponde, en nuestra calidad de razonadores, rechazarla por su aparente imposibilidad. Lo único que cabe hacer es probar que esas aparentes «imposibilidades» no son tales en realidad.

»Hay dos ventanas en el aposento. Contra una de ellas no hay ningún mueble que la obstruya, y es claramente visible. La porción inferior de la otra queda oculta por la cabecera del pesado lecho, que ha sido arrimado a ella. La primera ventana apareció firmemente asegurada desde dentro. Resistió los más violentos esfuerzos de quienes trataron de levantarla. 

»En el marco, a la izquierda, había una gran perforación de barreno, y en ella un solidísimo clavo hundido casi hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se vio que había un clavo colocado en forma similar; todos los esfuerzos por levantarla fueron igualmente inútiles. La policía, pues, se sintió plenamente segura de que la huida no se había producido por ese lado. Y, por tanto, consideró superfluo extraer los clavos y abrir las ventanas.

»Mi examen fue algo más detallado, y eso por la razón que acabo de darle: allí era el caso de probar que todas las aparentes imposibilidades no eran tales en realidad.

»Seguí razonando en la siguiente forma... a posteriori. Los asesinos escaparon desde una de esas ventanas. Por tanto, no pudieron asegurar nuevamente los marcos desde el interior, tal como fueron encontrados (consideración que, dado lo obvio de su carácter, interrumpió la búsqueda de la policía en ese terreno). Los marcos estaban asegurados. Es necesario, pues, que tengan una manera de asegurarse por sí mismos. 

»La conclusión no admitía escapatoria. Me acerqué a la ventana que tenía libre acceso, extraje con alguna dificultad el clavo y traté de levantar el marco. Tal como lo había anticipado, resistió a todos mis esfuerzos. Comprendí entonces que debía de haber algún resorte oculto, y la corroboración de esta idea me convenció de que por lo menos mis premisas eran correctas, aunque el detalle referente a los clavos continuara siendo misterioso. Un examen detallado no tardó en revelarme el resorte secreto. Lo oprimí y, satisfecho de mi descubrimiento, me abstuve de levantar el marco.

»Volví a poner el clavo en su sitio y lo observé atentamente. Una persona que escapa por la ventana podía haberla cerrado nuevamente, y el resorte habría asegurado el marco. Pero, ¿cómo reponer el clavo? La conclusión era evidente y estrechaba una vez más el campo de mis investigaciones. Los asesinos tenían que haber escapado por la otra ventana. 

»Suponiendo, pues, que los resortes fueran idénticos en las dos ventanas, como parecía probable, necesariamente tenía que haber una diferencia entre los clavos, o por lo menos en su manera de estar colocados. Trepando al armazón de la cama, miré minuciosamente el marco de sostén de la segunda ventana. Pasé la mano por la parte posterior, descubriendo en seguida el resorte que, tal como había supuesto, era idéntico a su vecino. Miré luego el clavo. Era tan sólido como el otro y aparentemente estaba fijo de la misma manera y hundido casi hasta la cabeza.

»Pensará usted que me sentí perplejo, pero si así fuera no ha comprendido la naturaleza de mis inducciones. Para usar una frase deportiva, hasta entonces no había cometido falta. No había perdido la pista un solo instante. Los eslabones de la cadena no tenían ninguna falla. Había perseguido el secreto hasta su última conclusión: y esa conclusión era el clavo

»Ya he dicho que tenía todas las apariencias de su vecino de la otra ventana; pero el hecho, por más concluyente que pareciera, resultaba de una absoluta nulidad comparado con la consideración de que allí, en ese punto, se acababa el hilo conductor. «Tiene que haber algo defectuoso en el clavo», pensé. Al tocarlo, su cabeza quedó entre mis dedos juntamente con un cuarto de pulgada de la espiga. El resto de la espiga se hallaba dentro del agujero, donde se había roto. 

»
La fractura era muy antigua, pues los bordes aparecían herrumbrados, y parecía haber sido hecho de un martillazo, que había hundido parcialmente la cabeza del clavo en el marco inferior de la ventana. Volví a colocar cuidadosamente la parte de la cabeza en el lugar de donde la había sacado, y vi que el clavo daba la exacta impresión de estar entero; la fisura resultaba invisible. Apretando el resorte, levanté ligeramente el marco; la cabeza del clavo subió con él, sin moverse de su lecho. Cerré la ventana, y el clavo dio otra vez la impresión de estar dentro.

»Hasta ahora, el enigma quedaba explicado. El asesino había huido por la ventana que daba a la cabecera del lecho. Cerrándose por sí misma (o quizá ex profeso) la ventana había quedado asegurada por su resorte. Y la resistencia ofrecida por este había inducido a la policía a suponer que se trataba del clavo, dejando así de lado toda investigación suplementaria.

»La segunda cuestión consiste en el modo del descenso. Mi paseo con usted por la parte trasera de la casa me satisfizo al respecto. A unos cinco pies y medio de la ventana en cuestión corre una varilla de pararrayos. Desde esa varilla hubiera resultado imposible alcanzar la ventana, y mucho menos introducirse por ella. 

»Observé, sin embargo, que las persianas del cuarto piso pertenecen a esa curiosa especie que los carpinteros parisienses denominan ferrades; es un tipo rara vez empleado en la actualidad, pero que se ve con frecuencia en casas muy viejas de Lyon y Bordeaux. Se las fabrica como una puerta ordinaria (de una sola hoja, y no de doble batiente), con la diferencia de que la parte inferior tiene celosías o tablillas que ofrecen excelente asidero para las manos. En este caso las persianas alcanzan un ancho de tres pies y medio. 

»Cuando las vimos desde la parte posterior de la casa, ambas estaban entornadas, es decir, en ángulo recto con relación a la pared. Es probable que también los policías hayan examinado los fondos del edificio; pero, si así lo hicieron, miraron las ferrades en el ángulo indicado, sin darse cuenta de su gran anchura; por lo menos no la tomaron en cuenta. Sin duda, seguros de que por esa parte era imposible toda fuga, se limitaron a un examen muy sumario. 

»Para mí, sin embargo, era claro que si se abría del todo la persiana correspondiente a la ventana situada sobre el lecho, su borde quedaría a unos dos pies de la varilla del pararrayos. También era evidente que, desplegando tanta agilidad como coraje, se podía llegar hasta la ventana trepando por la varilla. Estirándose hasta una distancia de dos pies y medio (ya que suponemos la persiana enteramente abierta), un ladrón habría podido sujetarse firmemente de las tablillas de la celosía. 

»Abandonando entonces su sostén en la varilla, afirmando los pies en la pared y lanzándose vigorosamente hacia adelante habría podido hacer girar la persiana hasta que se cerrara; si suponemos que la ventana estaba abierta en este momento, habría logrado entrar así en la habitación.

»Le pido que tenga especialmente en cuenta que me refiero a un insólito grado de vigor, capaz de llevar a cabo una hazaña tan azarosa y difícil. Mi intención consiste en demostrarle, primeramente, que el hecho pudo ser llevado a cabo; pero, en segundo lugar, y muy especialmente, insisto en llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi sobrenatural, de ese vigor capaz de cosa semejante.

»Usando términos judiciales, usted me dirá sin duda que para «redondear mi caso» debería subestimar y no poner de tal modo en evidencia la agilidad que se requiere para dicha proeza. Pero la práctica de los tribunales no es la de la razón. Mi objetivo final es tan solo la verdad. Y mi propósito inmediato consiste en inducirlo a que yuxtaponga la insólita agilidad que he mencionado a esa voz tan extrañamente aguda (o áspera) y desigual sobre cuya nacionalidad no pudieron ponerse de acuerdo los testigos y en cuyos acentos no se logró distinguir ningún vocablo articulado.

Al oír estas palabras pasó por mi mente una vaga e informe concepción de lo que quería significar Dupin. Me pareció estar a punto de entender, pero sin llegar a la comprensión, así como a veces nos hallamos a punto de recordar algo que finalmente no se concreta. Pero mi amigo seguía hablando.

—Habrá notado usted —dijo— que he pasado de la cuestión de la salida de la casa a la del modo de entrar en ella. Era mi intención mostrar que ambas cosas se cumplieron en la misma forma y en el mismo lugar. Volvamos ahora al interior del cuarto y examinemos lo que allí aparece. Se ha dicho que los cajones de la cómoda habían sido saqueados, aunque quedaron en ellos numerosas prendas. Esta conclusión es absurda. No pasa de una simple conjetura, bastante tonta por lo demás. ¿Cómo podemos asegurar que las ropas halladas en los cajones no eran las que estos contenían habitualmente? 

»Madame L’Espanaye y su hija llevaban una vida muy retirada, no veían a nadie, salían raras veces, y pocas ocasiones se les presentaban de cambiar de tocado. Lo que se encontró en los cajones era de tan buena calidad como cualquiera de los efectos que poseían las damas. Si un ladrón se llevó una parte, ¿por qué no tomó lo mejor... por qué no se llevó todo? En una palabra: ¿por qué abandonó cuatro mil francos en oro, para cargarse con un hato de ropa? El oro fue abandonado. 

»La suma mencionada por monsieur Mignaud, el banquero, apareció en su casi totalidad en los sacos tirados por el suelo. Le pido, por tanto, que descarte de sus pensamientos la desatinada idea de un móvil, nacida en el cerebro de los policías por esa parte del testimonio que se refiere al dinero entregado en la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que esta (la entrega del dinero y el asesinato de sus poseedores tres días más tarde) ocurren a cada hora de nuestras vidas sin que nos preocupemos por ellas. 

»En general, las coincidencias son grandes obstáculos en el camino de esos pensadores que todo lo ignoran de la teoría de las probabilidades, esa teoría a la cual los objetivos más eminentes de la investigación humana deben los más altos ejemplos. En esta instancia, si el oro hubiese sido robado, el hecho de que la suma hubiese sido entregada tres días antes habría constituido algo más que una coincidencia. Antes bien, hubiera corroborado la noción de un móvil. 

»Pero, dadas las verdaderas circunstancias del caso, si hemos de suponer que el oro era el móvil del crimen, tenemos entonces que admitir que su perpetrador era lo bastante indeciso y lo bastante estúpido como para olvidar el oro y el móvil al mismo tiempo.

»Teniendo, pues, presentes los puntos sobre los cuales he llamado su atención —la voz singular, la insólita agilidad y la sorprendente falta de móvil en un asesinato tan atroz como este—, echemos una ojeada a la carnicería en sí. Estamos ante una mujer estrangulada por la presión de unas manos e introducida en el cañón de la chimenea con la cabeza hacia abajo. 

»Los asesinos ordinarios no emplean semejantes métodos. Y mucho menos esconden al asesinado en esa forma. En el hecho de introducir el cadáver en la chimenea admitirá usted que hay algo excesivamente inmoderado, algo por completo inconciliable con nuestras nociones sobre los actos humanos, incluso si suponemos que su autor es el más depravado de los hombres. Piense, asimismo, en la fuerza prodigiosa que hizo falta para introducir el cuerpo hacia arriba, cuando para hacerlo descender fue necesario el concurso de varias personas.

»Volvámonos ahora a las restantes señales que pudo dejar ese maravilloso vigor. En el hogar de la chimenea se hallaron espesos (muy espesos) mechones de cabello humano canoso. Habían sido arrancados de raíz. Bien sabe usted la fuerza que se requiere para arrancar en esa forma veinte o treinta cabellos. Y además vio los mechones en cuestión tan bien como yo. Sus raíces (cosa horrible) mostraban pedazos del cuero cabelludo, prueba evidente de la prodigiosa fuerza ejercida para arrancar quizá medio millón de cabellos de un tirón. 

»La garganta de la anciana señora no solamente estaba cortada, sino que la cabeza había quedado completamente separada del cuerpo; el instrumento era una simple navaja. Lo invito a considerar la brutal ferocidad de estas acciones. No diré nada de las contusiones que presentaba el cuerpo de madame L’Espanaye. Monsieur Dumas y su valioso ayudante, monsieur Etienne, han decidido que fueron producidas por un instrumento contundente, y hasta ahí la opinión de dichos caballeros es muy correcta. 

»El instrumento contundente fue evidentemente el pavimento de piedra del patio, sobre el cual cayó la víctima desde la ventana que da sobre la cama. Por simple que sea, esto escapó a la policía por la misma razón que se les escapó el ancho de las persianas: frente a la presencia de clavos se quedaron ciegos ante la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas alguna vez.

»Si ahora, en adición a estas cosas, ha reflexionado usted adecuadamente sobre el extraño desorden del aposento, hemos llegado al punto de poder combinar las nociones de una asombrosa agilidad, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grotesquerie en el horror por completo ajeno a lo humano, y una voz de tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada de todo silabeo inteligible. ¿Qué resultado obtenemos? ¿Qué impresión he producido en su imaginación?

Al escuchar las preguntas de Dupin sentí que un estremecimiento recorría mi cuerpo.

—Un maníaco es el autor del crimen —dije—. Un loco furioso escapado de alguna maison de santé de la vecindad.

—En cierto sentido —dijo Dupin—, su idea no es inaplicable. Pero, aun en sus más salvajes paroxismos, las voces de los locos jamás coinciden con esa extraña voz escuchada en lo alto. Los locos pertenecen a alguna nación, y, por más incoherentes que sean sus palabras, tienen, sin embargo, la coherencia del silabeo. Además, el cabello de un loco no es como el que ahora tengo en la mano. Arranqué este pequeño mechón de entre los dedos rígidamente apretados de *madame* L’Espanaye. ¿Puede decirme qué piensa de ellos?

—¡Dupin... este cabello es absolutamente extraordinario...! ¡No es cabello humano! —grité, trastornado por completo.

—No he dicho que lo fuera —repuso mi amigo—. Pero antes de que resolvamos este punto, le ruego que mire el bosquejo que he trazado en este papel. Es un facsímil de lo que en una parte de las declaraciones de los testigos se describió como «contusiones negruzcas, y profundas huellas de uñas» en la garganta de mademoiselle L’Espanaye, y en otra (declaración de los señores Dumas y Etienne) como «una serie de manchas lívidas que, evidentemente, resultaban de la presión de unos dedos».

»Notará usted —continuó mi amigo, mientras desplegaba el papel— que este diseño indica una presión firme y fija. No hay señal alguna de deslizamiento. Cada dedo mantuvo (probablemente hasta la muerte de la víctima) su terrible presión en el sitio donde se hundió primero. Le ruego ahora que trate de colocar todos sus dedos a la vez en las respectivas impresiones, tal como aparecen en el dibujo.

Lo intenté sin el menor resultado.

—Quizá no estemos procediendo debidamente —dijo Dupin—. El papel es una superficie plana, mientras que la garganta humana es cilíndrica. He aquí un rodillo de madera, cuya circunferencia es aproximadamente la de una garganta. Envuélvala con el dibujo y repita el experimento.

Así lo hice, pero las dificultades eran aún mayores.

—Esta marca —dije— no es la de una mano humana.

—Lea ahora —replicó Dupin— este pasaje de Cuvier. 

 

(CONTINUARÁ...) 

Antonio - Iban Zaldua

Antonio se dispone a preparar la cena, y lo cierto es que no hay muchas posibilidades: huevos fritos o tortilla francesa. Es incapaz de pensar en algo más complicado que eso, y además no le queda una maldita lata en el armario, así que mañana no tendrá más remedio que bajar al ultramarinos de la esquina a enfadarse con la señora Juliana, que siempre le mira como a un réprobo o a un pecador. 

Con el disgusto esculpido en la cara, coge cuatro huevos, cierra el refrigerador e insulta silenciosamente a su mujer, que parece contemplar sus movimientos desde la silla de ruedas verde descolorida. Antonio la remira y piensa por enésima vez en el accidente que la confinó en su parálisis total; nunca se supo si por culpa suya o del conductor que les embistió de frente y afortunadamente murió en el acto. 

Solo Antonio, y acaso Mercedes, saben la verdad, y tuerce el gesto al recordarlo, con lo que su cara adquiere unos casi inverosímiles rasgos de deformidad. Es ahora cuando decide insultar en voz alta a Mercedes: aunque en el pabellón de parapléjicos le aseguraron que podía oír, él nunca ha estado convencido del todo, pues nada de lo que le dice hace mella en su sonrisa beatífica, altera la mirada perdida de sus ojos casi vidriosos, o hace palidecer la expresión como de triunfo en su rostro. ¡Hija de puta!, y se siente más tranquilo así. En esa cosa que se llama Mercedes todo sigue igual.

Retorna a los huevos, que ha dejado balanceándose sobre un plato hondo, aún no muy decidido por una u otra alternativa. Los deposita sobre el mármol negro y toma uno, lo casca con un exquisito cuidado delator de su impericia supina, y deja que el contenido se extienda lentamente por el plato, procurando que la yema no se rompa, por si acaso. Huevos fritos. 

Saca la sartén del horno y vierte en ella el poco aceite sucio que guarda en una lata, añadiendo algo más del de la botella de girasol, que también se acaba. Acordarse apuntar lista compra, mierda. El encendedor automático de la cocina hace años que no funciona, así que debe recurrir a la caja de cerillas. Tampoco quedan muchas, así que aprovecha para encenderse un Ducados, pese a que sabe lo mucho que le molesta a Mercedes que fume. O lo que le molestaba, pues ahora no se queja ni dice nada.

Bien es verdad que al principio, poco después del accidente, las cosas fueron más fáciles para Antonio, que casi casi piensa: «Para los dos». El seguro lo cubrió casi todo, aún no había problemas con el trabajo y, aunque no tenía noción alguna de cómo llevar a buen término las labores del hogar, o quizás precisamente por eso, apareció Marta a echarles un cable. 

Sí, le ayudó bastante. Mucho, se corrige al tiempo que abre un poco más la espita del gas butano y el fuego aumenta, a ver si se calienta de una maldita vez el aceite. Antes de aquello, claro, Mercedes lo hacía casi todo. Merche… Antonio no puede evitar una sonrisa amarga y arroja a la sartén una miga de pan de ayer para comprobar cómo va: le gustan los huevos hechos en aceite muy caliente. Marta fue su salvación, sí. 

Resultaba un tanto ridícula, enfundada en aquel peto de pana y sin maquillarse jamás, esforzándose en conservar aquel aspecto mustio, de ejercicio espiritual postconciliar. Pero nadie podía decir que no fuera útil, amén de silenciosa, para un hombre que, como Antonio, jamás en la vida se había hecho una cena, o barrido una habitación: preparaba exquisitos platos, dejaba la casa como los chorros del oro, fregaba los cacharros sin perdonar rastro de grasa, y bajaba ella misma las bolsas de basura, a las que Antonio no tenía más que esbozar un nudo. 

Todo ello, por supuesto, en un santiamén y prodigando muestras de refinada educación. Cada mañana, además, vestía y peinaba a su hermana, le aplicaba con algodoncitos agua de lavanda por los distintos vericuetos de su piel, limpiaba la silla de ruedas. La dejaba radiante, casi guapa. No como ahora. Por todo lo anterior, se comprende que Antonio pronto se acostumbrara a ella, y también que casi llegara a olvidarla.

Había algo en que no podía sustituir a Mercedes, claro está. Pero solo al principio. Los primeros meses. Doce años ya… Seis, siete acaso desde que Marta, tan sigilosamente como vino, se fue no se sabe adónde… y la miga de pan empieza a agitarse en el aceite turbio, asfixiada. Antonio no puede evitar volver a mirarla, raquítica, amarillenta, aplastada contra el respaldo de plástico sucio, la sonrisa estúpida hinchándole la cara. 

Había dejado de desearla hacía tiempo —¿desde antes del accidente?, se consuela—, y ya no dormían juntos. Él mismo se encargaba de acostarla, unas veces antes, otras veces más tarde, en la habitación que hubieran destinado a los niños. 

Después de la fuga de Marta, frecuentó ciertos clubes acortinados, algunas pensiones de mala muerte, güiskerías de reputación oscura. Pero de un tiempo a esta parte se traía las putas a casa, y seguía sin tener la seguridad de si Mercedes se daba cuenta o no. 

Como tampoco la tuvo cuando Marta, para ser fiel a la verdad. La cama crujía. Gemían y gritaban sin recato. Les pagaba más si lo hacían así. Y el cuarto de Mercedes era el contiguo. Todo inútil: los días transcurrían iguales, ella no se alteraba.

Y Antonio sigue con la vista fija en ella, no se percata de que el aceite está casi hirviendo y humea ya. Pero no puede apartarla de su mirada, aunque sus pensamientos estén más allá. El negocio va de mal en peor. El equipo, colista. Las medicinas están cada día más caras. El barrio da pena, y la casa también. Todo de mal en peor, sí, puede que precisamente desde que Marta se fue. 

Desde entonces Antonio ha tenido que aprender a hacérselo todo él mismo, y no muy bien, sobre todo al principio. Aún no ha conseguido planchar una sola camisa, y su ropa arrugada lo delata continuamente, dondequiera que vaya. No le preocupa. No tanto, al menos, como sus deudas en el juego. En fin, quién sabe cuál fue la razón, pero un día Marta decidió lo que decidió y se marchó sin decir ni mu, no sin antes haber abandonado en el fregadero la vajilla de la cena y la del desayuno, toda junta, sin hacer. 

Aquellos días no había cruzado con ella más palabras de las pocas habituales, que no pasaban, por otra parte, de los saludos rituales, algunos por favores, y los correlativos gracias y de nadas. Como todas las noches anteriores, habían hecho, sepulcralmente, el amor, y no había sido especialmente brutal, no lo creía, al menos: tal y como lo había aceptado la primera vez, en silencio, se dejó desnudar, abrazar y embestir, sin queja y sin expresión. 

En cualquier caso, aunque Antonio no esté seguro más que de eso, sabe que así puede fechar con aproximada exactitud el arranque de su decadencia. La cocina siempre sucia. La comida escasa y progresivamente reducida a huevos y chuletas de cerdo. El parqué llenándose de polvo. Los chirridos de la silla de ruedas. Los balances que no cuadran, el almacén, el expediente, las colas del INEM. 

La sombra perpetuamente esquinada de Mercedes. Los acreedores que apremian, las cartas de la caja de ahorros. La cara, la sonrisa inalterable de Mercedes. La basura hediendo durante días, antes de que se le ocurra sacarla. El vino de brik. La mueca de Mercedes.

Antonio vuelve a mascullar otro juramento, sin apenas alzar el tono. Baja el fuego por fin, y casca el otro huevo en el plato. A continuación, los vierte en la sartén con la mala fortuna de casi siempre. La yema de uno de los dos se rompe al contacto con el aceite, se desparrama, forma una corola anaranjada que se endurece y blanquea por momentos. La otra, puede que por simpatía, explota también. El siguiente par le saldrá mejor, por supuesto. En todo caso, una vez más, huevos espachurrados. Para Mercedes, claro. Los buenos se los comerá él.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 2)

Dilvish centró de nuevo su atención en la cena. Una nueva pregunta de vez en cuando mantenía al marino hablando de sus viajes. Por el rabillo del ojo, Dilvish vio muestras de creciente exasperación por parte de Oele, pero ella parecía contenerse siempre que él la veía preparada para hacer callar al capitán. 

Luego Dilvish dedujo de la dirección de sus sonrisas que Reena parecía escucharle con creciente fascinación, incluso olvidando su cena; y las sonrisas del marino obtenían respuesta. Dilvish miró a Oele y ella enarcó una ceja. Dilvish se encogió de hombros.

De pronto todos los rasgos de Oele eran sumamente bellos y deseables. Mucho más que instantes antes. Dilvish reconoció la sensación, aunque el conocimiento no desmereció lo más mínimo la impresión. Hechizo. Él lo había experimentado años antes en su patria. Ella estaba realzando su atractivo natural mediante medios mágicos. Sin embargo, el hechizo solo duró un momento, se apagó y dejó a la mujer igual que antes. ¿Cuál era su propósito?, se preguntó Dilvish. ¿Una promesa? ¿Una invitación?

Cuando terminaron de cenar, Oele se puso en pie y clavó los ojos en Dilvish.

—Venid a bailar conmigo —dijo.

Dilvish se levantó y caminó junto a la mesa hacia la parte despejada en el extremo de la sala próxima a los músicos. Mientras andaba, vio que Reena y Reynar se ponían igualmente de pie.

Cogió a Oele de la mano y empezó a seguir el ritmo, majestuoso, lento. Era una variación de una música que había aprendido hacía tiempo, y rápidamente captó el ritmo. Oele se movía con enorme gracia, y siempre que le miraba, sonreía, y parecía estar un poco más cerca.

—Vuestra esposa es muy encantadora —dijo Oele.

—No es mi esposa —replicó Dilvish—. Estoy escoltándola hasta una ciudad del sur.

—¿Y después?

—Me dedicaré al asunto que he mencionado antes. No tengo deseo alguno de exponer a otra persona al peligro.

—Interesante —dijo Oele, alejándose otra vez. La siguiente vez que estuvo de cara a Dilvish, agregó—: Deduzco que no os gusta mucho hablar de estas cosas, pero ¿sois cazador de demonios? ¿Podéis dominarlos?

Dilvish escrutó el rostro femenino, pero no dedujo nada.

—Sí —dijo por fin—. Tengo cierta experiencia en ese campo.

Tras algunos compases más, Dilvish preguntó:

—¿Por qué?

—Si logriais vincular a vuestra voluntad a un demonio realmente fuerte —dijo ella—, ¿no os podría hacer un buen servicio en esta lucha contra vuestro mago?

—Posiblemente —replicó Dilvish, levantando y bajando la mano de su pareja.

Oele le rozó con el cuerpo.

—Sería preferible —prosiguió ella— dominar a ese demonio a que él os dominara a vos, darle órdenes sin tener que pagar antes... ¿No os parece?

Dilvish asintió.

—Lo mismo ocurre con la mayoría de siervos y servicios, ¿no lo creéis así? —dijo Dilvish.

—Naturalmente —convino Oele. Y añadió—: Tengo a un demonio de esas características...

—¿Aquí? ¿En el castillo? —Dilvish estuvo a punto de pararse.

Oele meneó la cabeza.

—Cerca.

—¿Y queréis que yo lo someta?

—Sí.

—¿Conocéis su nombre?

—No. ¿Es importante saberlo?

—Es esencial. Había supuesto que sabíais algo de estos asuntos...

—¿Por qué?

—Tenéis algo que revela cierta relación con fuerzas de esa naturaleza.

—Pago por mis poderes, pero no los comprendo. Estoy harta de pagar. Si averiguo el nombre, ¿dominaréis al diablo y os quedaréis conmigo?

—¿Y Reena?

—Habéis dicho que ella no es importante, que pronto os despediréis de ella...

—No he dicho que ella no sea importante. ¿Qué me decís de Reynar?

—Él no es importante.

Dilvish guardó silencio durante varios compases.

—Si solamente deseáis libraros de vuestro demonio, quizá pueda conseguirlo sin saber el nombre —dijo finalmente Dilvish.

—No deseo librarme de él. Deseo tener total control sobre él.

—No estoy muy seguro de que vuestro demonio sea tan beneficioso para mí, pero si supierais el nombre podríais convencerme para que me quede un poco más de tiempo y vea qué puedo hacer por vos.

Oele estuvo apretada a él un instante.

—Me encantará convenceros —dijo—. Quizá mañana mismo. 

Sus manos se alzaron y cayeron de nuevo. Dilvish miró a Reena y a Reynar. Parecían estar hablando, pero no consiguió oír lo que decían.

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Al incorporarse tras una reverencia siguiendo el compás, Reena observó la dirección de la mirada de su pareja y sonrió.

—¡Ah, señora! Estáis a punto de estallar en ese vestido —dijo él—. Es una pena que no estemos solos en alguna parte, donde el asunto podría proseguirse hasta su adecuada conclusión.

—¿Desde cuándo conocéis a Oele? —preguntó Reena, todavía sonriente.

—Desde hace algunas semanas.

—Los hombres raramente son modelos de lealtad —dijo Reena—. Pero aun así, es poco tiempo para apasionarse...

—Bien, la verdad es que... —La expresión de Reynar cobró seriedad. Apartó los ojos de los pechos de Reena y miró a Oele—. No tengo motivo para mentir a una desconocida. Ella es encantadora y vivaracha, pero me causa un poco de miedo. ¿Sabéis que es hechicera?

—Absurdo —dijo Reena—. Ella no ha respondido a ninguno de los signos de reconocimiento comunes en la profesión cuando los he hecho ante sus ojos.

—¿Vos? —dijo Reynar, con los ojos muy abiertos—. ¡No lo creo!

Reena hizo un gesto y la sala desapareció. Estaban bailando en fosforescentes cavernas, con impresionantes estalagmitas alzándose como columnas por todas partes. Momentos después estaban dando vueltas en blancas arenas del verde fondo de un océano, con brillantes corales y más brillantes peces en todos los rincones. 

También esta escena se esfumó en un instante, siendo sustituida por la oscuridad salpicada de estrellas del espacio exterior, lejos de cualquier habitación humana. Igual que gigantes, igual que dioses, Reena y el marino recorrieron las constelaciones, en silencio, siguiendo los omnipresentes compases del baile. 

La mano de la mujer pasó como un lento y fulgurante cometa ante los ojos de Reynar. Habían vuelto a la sala iluminada por el fuego del hogar y las velas; seguían bailando sin haber perdido el ritmo un solo instante.

—Afirmo que vuestra esposa no es una hechicera —dijo Reena—. Yo lo habría sabido.

—Entonces, ¿qué es? —preguntó el marino—. Sé que ella dispone de ciertos poderes. Ha dejado sin sentido a varios hombres con un solo gesto. Ha llenado mis puños de oro cuando no había oro en ningún sitio.

—Ese oro se convertirá en piedras y polvo —dijo Reena.

—En ese caso me alegra haberlo gastado rápidamente —replicó Reynar—. Será mejor que eluda a ciertas personas la próxima vez que pase por allí. Pero si eso no es magia, ¿qué es?

—La magia —replicó Reena— es un arte. Requiere considerable estudio y disciplina. En general hay que esforzarse un período bastante largo incluso para obtener el nivel relativamente modesto que yo poseo. Pero hay otras rutas para alcanzar el poder mágico. Una persona puede nacer con aptitudes naturales y crear muchos efectos sin instrucción. Pero esto es brujería muy sencilla, y tarde o temprano, a menos que se tenga mucha fortuna o se muestre gran cuidado, esa persona se encuentra en dificultades por falta de conocimientos de las leyes propias de los fenómenos. Pero no creo que este sea el caso de vuestra esposa. Un mago suele llevar una señal identificadora visible para otros compañeros de profesión.

—¿Cuál, pues, es su secreto?

—Quizás extraiga su poder directamente de un ser mágico al que ella domina o sirve.

Los ojos de Reynar se abrieron desmesuradamente y miraron de nuevo a Oele. El marino se humedeció los labios y asintió.

—Creo que es eso —dijo. Y agregó—: Decidme, ¿es transferible ese poder? ¿Puede compartirse?

—Sí, por supuesto —respondió Reena—. Es posible. El otro también sería un siervo... o compartiría el dominio, esas son las posibilidades.

—¿Hay algún riesgo en ello?

—Bien... tal vez. Hay tantos detalles que no entiendo en esa situación... Pero ¿por qué querría ella compartir su poder? Yo no lo haría.

Reynar desvió la mirada.

—Tal vez tenga una opinión demasiado elevada sobre mí mismo —dijo por fin—. ¿Cuánto tiempo estaréis aquí?

—Nos iremos por la mañana.

—¿A dónde os dirigís?

—Hacia el sur.

—¿Es vuestra misión de venganza?

Reena hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No es mi misión. Es la de él. Yo iniciaré una nueva vida, quizás en Tooma. Él continuará. No creo que pueda convencerlo para que no lo haga... o de lo contrario lo haría.

—En otras palabras, ¿seguiréis vuestro propio camino dentro de poco?

La comisura derecha de los labios de Reena se estrechó.

—Así parece.

—Supongamos —dijo Reynar—, supongamos que los dos abandonamos a nuestra pareja y huimos juntos. Tengo un barco, y me dirigiría hacia el sur si partiera de repente. Hay muchos puertos extraños e interesantes. Habría excitación, nuevas comidas, baile... y por supuesto mi estupenda compañía.

Reena se sorprendió al notar que se ruborizaba.

—Pero si acabamos de conocernos —dijo—. Apenas os conozco. Yo...

—Los dos estamos en el mismo caso, y admito que soy un diablo impulsivo. Pero siempre me he portado bien con mis mujeres, mientras hemos estado juntos.

Reena se echó a reír.

—Es un poco repentino, pero gracias de todas formas. Además —dijo Reena—, me asusta bastante el mar.

Reynar meneó la cabeza.

—Tenía que intentarlo, ya que sois lo más encantador que he visto en mi vida. Si cambiáis de opinión mientras todavía estéis en situación de hacer algo al respecto, recordad que estoy titubeando aquí debido a mi miedo. Vuestra decisión será la mía.

—Me siento halagada —dijo Reena—, y eso podría ser divertido durante algún tiempo, pero no. Tendréis que tomar vuestra decisión solo.

—En ese caso, pretendo dejar seguir las cosas —dijo Reynar— y ver qué pasa. Las ganancias podrían ser grandes pese a todo.

—Puedo imaginar esas cosas —contestó Reena— y os deseo suerte. ¿Cuándo?

Reynar miró hacia la ventana, donde era visible un pálido fulgor.

—La luna está saliendo —replicó.

—Lo sospechaba.

—¿Cómo?

—Por vuestros actos, vuestras emociones.

—Bien, ¿hay algún consejo que podáis ofrecerme, ya que estáis familiarizada con estos asuntos?

Reena le miró a los ojos.

—Marchaos —le dijo—. Volved a vuestro barco, al mar. Olvidad esto.

—He llegado muy lejos —respondió el marino.

Reena extendió la mano y rozó con las puntas de los dedos la frente de Reynar mientras la música acercaba a ambos.

—La marca de la muerte empieza a asomar ya en vuestra frente. Haced lo que os digo.

Reynar sonrió maliciosamente.

—Sois una dama encantadora, y quizás un poco celosa de vuestros poderes... o teméis que yo pueda obtener algunos. Como he dicho, he llegado muy lejos, y tengo un buen viento a favor. Es la disposición de las velas lo que más preocupa.

—En ese caso —replicó Reena—, solo puedo ofreceros un consejo general: recelad de lo que os ofrezcan de comer o de beber.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Reynar sonrió de nuevo.

—Después de una cena como esta, eso no será problema. Os recordaré, y tal vez nos unamos pese a todo.

Reena se sonrojó por segunda vez y desvió la mirada.

Más tarde, cuando la música cesó, Reynar la cogió de la mano y la llevó a la mesa para una dulce y última ronda de vino.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

Cuando terminaron y se retiraron, Dilvish notó un tirón en la manga mientras seguía a los otros fuera del comedor. Al volverse vio que era el viejo que había estado sentado junto al fuego.

—Buenas noches —dijo Dilvish.

—Buenas noches, caballero. Decidme, ¿vais a partir ahora?

Dilvish respondió negativamente con la cabeza.

—Pasaremos la noche aquí y partiremos por la mañana. ¿Deseabais viajar con nosotros?

—No, simplemente repetir mi advertencia.

—¿Qué sabéis que yo no sepa? —preguntó Dilvish.

—No soy filósofo para responder a esa pregunta —afirmó el anciano. Cogió su bastón, dio media vuelta y salió renqueando hacia la cocina.

... Allí estaba Jelerak, inclinado sobre el sacrificio. Dilvish avanzó hacia él, espada en mano, dando patadas a artilugios mágicos, maldiciendo, corriendo en socorro de la víctima. Pero ya no estaba corriendo. Notó que sus extremidades se hacían más pesadas, y sus movimientos más lentos. Al mirar los ojos llenos de odio de la sombría silueta que se cernía ante él, vio su propio puño cerrado, de un blanco anormal, convertido en algo similar a piedra en respuesta a las secas palabras que habían invocado las fuerzas que caían sobre él como un torrente, constriñendo sus entrañas, disminuyendo los latidos de su corazón... Dilvish se tambaleó, se detuvo y quedó totalmente entumecido... con excepción de su columna vertebral, que parecía estar en llamas. Algo estaba retorciendo su conciencia, y una suave voz parloteante le llegó a la cabeza entre un sonido igual que el del viento enfurecido. Era como si estuvieran arrancándole de su cuerpo...

Estaban sacudiéndole. Dilvish alzó las manos y las bajó otra vez. El pánico comenzó a ceder cuando comprendió que se hallaba en la cama.

—No pasa nada —estaba diciendo Reena—. Un sueño, un mal sueño... No pasa nada.

—Sí —dijo por fin Dilvish, frotándose los ojos—. Sí...

Bajó las manos y dio una palmada en el muslo de Reena.

—Gracias —dijo—. Siento haberte despertado.

—Vuelve a dormir —respondió la joven.

—¿Qué es eso?

—¿Qué?

—A la derecha —dijo Dilvish en voz baja—. Mira la puerta.

Hubo una larga pausa.

—No la veo...

—Yo tampoco.

Dilvish bajó los pies al suelo, se levantó y cruzó la habitación. Se detuvo cerca del lugar donde debía estar la puerta. Extendió la mano, tocó la pared y la apretó. Pasó las puntas de los dedos por la piedra. Fue de un rincón al otro.

—No es una ilusión de la oscuridad —dijo—. No hay puerta.

—¿Magia? —dijo Reena—. ¿Obra de albañilería?

—No puedo saberlo, y no tiene importancia —replicó Dilvish—. De todos modos, estamos prisioneros. Levántate y vístete. Prepara tus cosas.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Voy a intentar salir de aquí.

Cruzó la habitación hacia la estrecha ventana.

—¡Espera! ¿Estás seguro de que eso sería prudente, aunque descubras una forma?

—Sí —replicó él—. Cuando alguien me hace su prisionero, estoy seguro de que es preferible no seguir siéndolo.

—Pero nadie ha intentado causarnos daño...

—Todavía no —dijo Dilvish—. No comprendo tus intenciones.

—Podría ser más peligroso salir que estar aquí.

—¿Por qué dices eso?

—Algo está pasando afuera esta noche. Algo peligroso, lo deduzco de... mi conversación con Reynar. Me siento segura aquí. ¿Por qué no aguardamos... hasta que amanezca?

—Nadie va a controlarme —afirmó Dilvish— si puedo hacer algo al respecto.

Asomó la cabeza por la estrecha ventana.

—¡Black! —gritó—. ¡Te necesito! ¡Estamos encerrados en esta habitación! ¡Acércate!

Hubo movimiento en el pozo de sombra situado abajo, a la derecha. Con la luz de la luna convirtiendo sus ojos en fuego, la oscura silueta de caballo dio varios pasos y se detuvo. De pronto echó hacia atrás la cabeza y emitió un gemido que obligó a Dilvish a alejarse de la abertura.

—¡Black! ¿Qué ocurre? ¿Cuál es el problema? —gritó.

—Me he quemado —sonó la réplica—. Alguien me ha rodeado. ¿Puedes librarme de eso desde allí?

—No lo creo. Espera un momento.

Dilvish volvió la cabeza hacia la cama.

—Alguien ha cercado a Black... —empezó a decir.

—Lo he oído —repuso Reena—. Yo no puedo liberarlo desde aquí.

—Perfectamente.

Dilvish encontró su ropa y comenzó a vestirse.

—¿Qué piensas hacer?

—Va a ser un buen estrujón, pero creo que podré salir por esa ventana.

—Hay losas ahí abajo.

Dilvish cogió una manta y la anudó al pilar más próximo de la cama.

—Disponemos de suficientes sábanas para llegar bastante abajo y saltar. Coge la palangana y mójalas todas. Así serán más resistentes. Pero no creo que la cama pueda moverse... No, no puede moverse.

Terminó de atar las sábanas y se echó al hombro el cinto con la espada. Levantó la mojada cuerda y la lanzó por la ventana.

—Bien. Me voy ahora —dijo. De una patada acercó una banqueta a la ventana y se subió encima—. Prepárate. Volveré pronto a buscarte.

—¿Pero cómo...?

—Hazlo.

Dilvish ya estaba introduciéndose poco a poco por la ventana. Tuvo que detenerse para quitarse la espada del hombro. Sostuvo el arma en una mano y la cuerda de sábanas en la otra. Se detuvo de nuevo, sacó aire de sus pulmones y siguió impeliéndose hacia la izquierda, poco a poco, notando el roce de la piedra en su espina dorsal. 

Tras expeler más aire, continuó deslizándose hacia un lado y su esternón también rozó muy despacio la parte más estrecha de la ventana. Un frío viento nocturno acometió su cara cuando salió y volvió a ponerse la espada al hombro. Cogió la cuerda con ambas manos e inició el descenso.

Sus botas elfas encontraron puntos de apoyo en lugares donde otro calzado habría resbalado. Muy inclinado, con los brazos en tensión, se apoyó en la pared mientras bajaba. Se detuvo para enjugarse las manos una a una, ya que su peso arrancaba humedad de la tirante ropa. Miró hacia arriba una vez y hacia abajo en varias ocasiones. La luna, que ascendía hacia el centro del cielo, creaba una lechosa película en el silencioso patio y en el granuloso muro que estaba descendiendo.

Su intención al llegar al extremo de la cuerda era quedar suspendido con los brazos estirados antes de soltarse para saltar el resto de la distancia. No obstante, sus manos resbalaron antes de poder llegar a esa posición. Al caer de espaldas, notó un tirón que enderezaba su cuerpo, cambiando su posición respecto al suelo; sus botas encantadas recurrieron a las fuerzas necesarias para asegurar una caída de pie.

Dilvish dobló las rodillas. Se lanzó hacia adelante para dar vueltas en cuanto se produjo el contacto, pero aun así sus tobillos sufrieron un fuerte estremecimiento al tocar la dura superficie.

Se levantó rápidamente y se colocó el cinto de la espada de una forma más tradicional. Miró alrededor, atento durante unos instantes a cualquier indicación de inminente peligro. Aparte del viento y de su jadeante respiración, empero, no oyó nada. Como tampoco vio nada extraordinario. Atravesó el patio raudamente y se detuvo ante Black.

—¿Quién lo ha hecho? —preguntó.

—No lo sé. Ni siquiera me di cuenta de que estaba inmovilizado hasta que traté de moverme. De haber sabido lo que pasaba, no habría aguardado a que ellos completaran la trampa. Puedo refrescarte la memoria si no recuerdas el procedimiento de liberación...

—Precisa demasiado tiempo —dijo Dilvish—. Dado que yo puedo hacer algunas cosas que tú no puedes, me limitaré a romper el círculo y sacarte de ahí.

—Será doloroso. Es muy fuerte.

Dilvish se echó a reír en voz baja.

—Pase lo que pase, me he sentido peor otras veces.

Dilvish avanzó, sintiendo primero un cosquilleo, luego un fuerte dolor al acercarse a su montura. Se detuvo un momento y el dolor alcanzó un angustioso máximo, como si todo su cuerpo ardiera por dentro y por fuera, y la cabeza le dio vueltas. Después, la angustia comenzó a ceder. Dilvish extendió los brazos y tocó a Black con ambas manos.

—He disipado la peor parte —dijo, y montó—. ¡Vamos!

Black empezó a moverse. Hubo una sensación de cosquilleo, y después se encontraron cruzando el patio, en dirección a la entrada principal. Momentos más tarde la habían atravesado.

—¡Sube esa escalera! —dijo Dilvish, y Black se lanzó hacia adelante, haciendo resonar sus cascos—. Cuando llegues arriba, a la derecha. Luego subes por la otra escalera.

Grandes candelabros flamearon al pasar Black, los tapices se agitaron, las armas colgadas resonaron en las paredes de piedra.

—Gira a la derecha aquí... en lo alto de la segunda escalera. Gira otra vez... a la derecha. Despacio ahora... Cerca del centro del corredor. ¡Para!

Dilvish desmontó y se acercó a la pared. Apoyó las palmas en ella.

—Era aquí —dijo—. Justo aquí... la puerta. ¡Reena!

—Sí —dijo alguien, débilmente, al otro lado de la pared.

—No sé qué han hecho con la puerta —dijo Dilvish—. Pero necesitamos otra.

—Tengo la impresión —dijo lentamente Black— de que la original continúa aquí, en alguna parte... que estabais atrapados por una ilusión. Pero solo es una impresión, y ahora no puedo detectarla. De modo que partiremos de la nada, por así decirlo.

Black se encabritó, formando una sombra gigantesca. Al hacerlo, se produjo el primer silencio desde la entrada en el edificio. En medio del silencio, más allá de él, Dilvish creyó oír voces y pasos en las cercanías de la escalera. Pero no se veía a nadie, y momentos más tarde el silencio más cercano quedó roto: las patas de Black descendieron para golpear la pared.

Dilvish se apartó, ya que fragmentos de piedra salieron volando por el pasillo. Black estaba ya empinándose otra vez. Su segundo golpe arrancó chispas de la piedra. La tercera vez que arremetió contra la pared apareció una grieta.

Un grupo de criados, con bastones en las manos, entró en el pasillo. Se detuvieron mientras Black se erguía y golpeaba de nuevo. La mujer, Andra, se adelantó y habló con Dilvish.

—¡Dijisteis que el animal metálico no se movería! —exclamó.

—...Y hablaba en serio... hasta que fui hecho prisionero —respondió Dilvish.

Black se lanzó de nuevo contra la pared. La piedra se destrozó y cayó. Apareció un agujero del tamaño de una cabeza.

Al cabo de unos instantes de vacilación, los sirvientes, cuatro hombres y dos mujeres, siguieron acercándose. Dilvish sacó la espada. El siguiente asalto de Black a la pared triplicó el tamaño de la brecha.

Dilvish avanzó hacia los criados. Bajó la punta de la espada y la arrastró por el suelo.

—Haré pedazos a la primera persona que cruce esta línea —afirmó.

Detrás de él hubo otro estruendo y el ruido de más piedras que caían. Los que avanzaban dudaron, se detuvieron. El siguiente golpe de Black pareció hacer temblar el castillo entero.

—He acabado —dijo lacónicamente Black, apartándose del boquete.

—¿Reena? —inquirió Dilvish, sin apartar los ojos de sus murmurantes adversarios.

—Sí. —La voz de la mujer era clara y próxima.

—Monta —dijo Dilvish—. Nos vamos de aquí.

—Sí.

Dilvish oyó los movimientos detrás de él. Luego la sombra de Black se deslizó hacia adelante. Dilvish volvió la cabeza y montó rápidamente detrás de Reena.

—¡Será mejor que os apartéis de nuestro camino! —anunció—. ¡Vamos a pasar por en medio!

Blandió la espada.

—Llévanos fuera —dijo a Black, y el caballo metálico avanzó.

Las seis figuras se apretaron a la pared para dejar pasar a Black. Tenían sus armas dispuestas, pero no hicieron tentativa alguna de usarlas. Todos tenían un semblante inexpresivo y contemplaban el pasillo lleno de polvo. Dilvish también miró atrás cuando Black hizo el primer giro hacia la escalera. La puerta había reaparecido, medio metro más allá de la nueva abertura en la pared.

Momentos más tarde estaban bajando la escalera. Nada obstruía su camino. Salieron de la fortaleza y encontraron el patio vacío. Al cruzarlo, vieron que el rastrillo estaba levantado.

—Qué extraño... —observó Dilvish, señalando la entrada.

—Tal vez —dijo Reena mientras Black apretaba el paso para atravesar la entrada—. He traído tu capa...

—Quédatela hasta que estemos más lejos. Black, cuando llegues a la senda de ayer, gira a la izquierda.

—Los caballos... —dijo Reena—. Las demás cosas...

—No pienso volver a por ellas.

Black inició el ascenso bajo la luna llena. Los fríos vientos azotaron al grupo, y muy lejos una criatura ladró, aulló y guardó silencio. Reena volvió la cabeza hacia el castillo una sola vez, se estremeció y reposó en el círculo de los brazos de Dilvish.

—Vas a morir, ¿sabes? —dijo—. Él te matará. No tienes ninguna posibilidad.

—¿Quién? —dijo Dilvish.

—Jelerak. Es imposible que puedas destruir a alguien como él.

—Seguramente —dijo Dilvish—. Pero he de intentarlo.

—¿Por qué?

—Él ha hecho mucho daño y hará más a menos que alguien lo detenga.

Llegaron a la senda y Black fue hacia la izquierda, todavía subiendo.

—Siempre ha existido mal en el mundo y siempre existirá. ¿Por qué has de ser tú quien lo purgue?

—Porque he visto la malicia de él mucho más cerca que cualquier ser viviente.

—Y yo también. Pero sé que no se puede hacer nada.

—Diferimos —replicó Dilvish.

—No creo que te impulse el deseo de que el mundo sufra un buen cambio. Es odio y venganza.

—También es eso.

—Solo eso, creo yo.

Dilvish guardó silencio unos instantes.

—Tal vez tengas razón —dijo por fin—. Me gusta creer que hay algo más que eso. Pero supongo que podrías tener razón.

—Eso te pervertirá y te destrozará, suponiendo que él no acabe contigo. Quizá lo ha hecho ya.

—De momento necesito eso. Me sirve. Es un estímulo. Cuando la finalidad desaparezca, ese impulso desaparecerá también.

—Mientras tanto, tienes pocas oportunidades de cualquier otra cosa... Como amor.

Dilvish se irguió ligeramente.

—Tengo oportunidades de experimentar otras sensaciones, pero de momento debo subordinarlas a lo principal.

—Si te pidiera que te quedaras conmigo, ¿lo harías?

—Algún tiempo, supongo.

—¿Pero solo algún tiempo?

—Eso es lo único que cualquier persona puede prometer.

—Supongamos que te pido que me lleves contigo.

—Diría que no.

—¿Por qué? Podrías ser de cierta ayuda.

—No te pondría en peligro. Como he dicho, puedo experimentar otras sensaciones.

Reena apoyó la cabeza un momento en el bíceps de Dilvish.

—Aquí tienes la capa —dijo por fin—. Hace frío. Debemos estar muy lejos...

—Para, Black. Para un momento.

Black aflojó el paso.

Había visto danzar a Oele ante el Diablo con una creciente sensación de pánico, allí ante el oscuro montón de piedras con la daga de plata en lo alto, con la copa aferrada en su mano, observando el brillante dibujo que aparecía en el suelo alrededor de la bailarina, sintiendo el frío viento.

—Bébelo todo —le había dicho ella—. Es parte del ritual.

 

 

(CONTINUARÁ...)