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Adiós, Papá - Joe Gores

Bajé del vehículo y me detuve un momento para llevar a mis pulmones el seco y helado aire de Minnesota. El día antes, un autobús me había llevado desde Springfield, Illinois, a Chicago; un segundo autobús me había traído hasta aquí. 

Al pasar ante el ventanal de la estación de autobuses, capté mi reflejo: un hombre alto y duro, con un rostro blanco y feroz, llevando un abrigo que no me venía muy bien. También capté otro reflejo; pero éste casi hizo que se me helara el ánimo: un policía de uniforme. ¿Podrían haberse enterado ya de que había alguien más en aquel coche incendiado?

Entonces, el policía se volvió, metiéndose las manos enguantadas por entre los botones de la chaqueta azul. Y yo volví a respirar de nuevo. Me dirigí rápidamente hacia la parada de taxis. Sólo había dos, esperando. El primero, bajó el cristal de la ventanilla cuando me acerqué.

—¿Conoce el lugar donde vive Miller, al norte de la ciudad? —pregunté.

—Lo conozco —dijo, mirándome por encima—. Cinco dólares... ahora.

Le pagué del dinero que le saqué a un borracho en Chicago y me dejé caer en el asiento de atrás. Mientras hacía avanzar el taxi por la helada Second Street, mis dedos se fueron relajando gradualmente, abandonando su rígida posición crispada. Merecía volver adentro si permitía que un payaso como aquél consiguiera detenerme.

—He oído decir que el viejo Miller está bastante enfermo —dijo el taxista, volviéndose a medias hacia mí para observarme desde la esquina de uno de sus ojos—. ¿Tiene usted algo que ver con él?

—Sí, cosas mías.

Aquello terminó con la conversación. Ya me sentía lo bastante preocupado por la enfermedad de papá, como para permitir que este otro payaso lo supiera; pero eso quizá lo explicaría mi hermano Rod, que era vicepresidente del banco. Observé una gran cantidad de nuevas construcciones y una autopista libre al oeste de la ciudad, con un audaz paso elevado sobre la vieja carretera del condado. Un kilómetro y medio más allá de la nueva subdivisión, donde estaban las ochenta hectáreas de colinas boscosas que conocía tan bien.

Tras mi fuga de la penitenciaría federal de Terre Haute, Indiana, hacía sólo dos días, había atravesado su cordón a través de bosques como ése. Conseguí escapar en uno de los camiones de la prisión, metido en una cuba de bazofia destinada a los cerdos de la prisión. Después, me dirigí directamente hacia el oeste, atravesando la línea divisoria con el estado de Illinois. Siempre suelo sentirme muy bien al aire libre, incluso cuando estoy en la prisión, así es que al amanecer ya estaba en un henil cerca de Paris, Illinois, a unos treinta kilómetros de distancia de la penitenciaría. Uno siempre puede hacer lo que tiene que hacer.

El taxista se detuvo a la entrada del camino privado, mirándolo dubitativamente.

—Escuche, amigo, sé que el camino ha sido arreglado, pero parece que está helado. Si lo intento y me meto en la zanja...

—Está bien, iré andando desde aquí.

Esperé junto a la carretera hasta que se hubo marchado; después dejé que el viento del norte me siguiera, acuciándome a subir la colina con rapidez, y metiéndome en el bosque de árboles deshojados. 

Los cedros que habíamos plantado papá y yo como muro contra el viento, eran muy altos y frondosos; las pisadas de los conejos se habían helado sobre la nieve, bajo la maraña de espinas de los matorrales de frambuesas silvestres. 

Bajo los robles que se elevaban en lo alto de la colina se encontraba la casa de dos pisos, pero en lugar de dirigirme recto hacia ella, di primero un rodeo por las perreras. En ellas, la nieve era profunda y no aparecía pisoteada. Ya no quedaban perros raposeros. En las pequeñas casetas para los pájaros, situadas en el exterior, junto a la ventana de la cocina, tampoco había grano. Llamé al timbre de la puerta principal.

Mi cuñada Edwina, la esposa de Rod, abrió la puerta. Tenía tres años menos que mi hermano, de treinta y cinco, y ya se veía obligada a llevar faja.

—¡Dios mío! —balbució, asombrada—. No esperábamos...

—Mamá escribió diciendo que el viejo estaba enfermo.

Había escrito; muy bien. Tu padre está muy enfermo. No es que te hayas preocupado alguna vez por saber si estamos vivos o muertos... Entonces, Edwina decidió que mi tono de voz le daba algún derecho a indignarse.

—Me asombra que hayas tenido el valor de venir, aunque te hayan dejado bajo palabra o algo así.

Aquello significaba que nadie había aparecido aún por allí, preguntando.

—Si piensas volver a arrastrar el nombre de la familia por el barro...

Pasé junto a ella, entrando en el vestíbulo.

—¿Qué le ocurre al viejo? —pregunté.

Dentro de mí mismo, donde nadie pudiera escucharlo, siempre le llamaba papá.

—Se está muriendo. Eso es lo que le pasa.

Lo dijo con una especie de placer siniestro. Aquello me dolió, pero me limité a lanzar un gruñido y penetré en la sala de estar. Entonces, la vieja llamó desde las escaleras, en el piso de arriba:

—¿Eddy? ¿Qué...? ¿Quién es?

—Sólo es... un vendedor, mamá. Puede esperar hasta que se haya ido el médico.

Médico. Como si un maldito animal se pudiera convertir en médico por sí mismo. Cuando bajó las escaleras, Edwina trató de hacer que se marchara rápidamente, antes de que yo pudiera verle, pero le cogí del brazo en el momento en que se ponía el abrigo.

—Me gustaría hablar un momento con usted, doctor. Sobre el viejo Miller.

Tenía casi un metro ochenta de altura, unos pocos centímetros menos que yo, pero me superaba en casi veinte kilos de peso. Se libró de mi garra.

—Mire, amigo...

Le cogí por las solapas y le zarandeé, lo suficiente para arrancarle un botón del abrigo y casi sacarle las gafas de encima de su nariz. Su rostro enrojeció.

—Soy un viejo amigo de la familia, doctor —dije, señalando con un dedo hacia las escaleras—. ¿Qué está ocurriendo?

Era una estupidez, una maldita estupidez, preguntarle. En cualquier momento, la policía llegaría a la conclusión de que el granjero encontrado en el coche incendiado no era yo. Vertí suficiente gasolina antes de encender la cerilla, para que no quedaran huellas de nada, excepto el zapato que había dejado allí. 

Pero establecerían su identidad mediante pruebas dentales en cuanto tuvieran noticias de su desaparición. Y en cuanto lo hicieran, vendrían por aquí a hacer preguntas, y entonces aquel animal se daría cuenta de quién era yo. Pero quería saber si papá estaba realmente tan mal como me había dicho Edwina y, por otra parte, nunca he sido un hombre paciente.

El animal se arregló el abrigo, esforzándose por recuperar la dignidad perdida.

—El... el juez Miller está muy débil, demasiado débil para moverse. Probablemente, no durará una semana —sus ojos me observaron, en busca de una señal de dolor, pero no hay nada mejor que una penitenciaría federal para aprender a controlarse; desilusionado, añadió—: Sus pulmones. Cuando me llamaron ya era demasiado tarde, claro. Ahora está descansando.

Volví a hacer un gesto con el dedo índice.

—Ya conoce el camino de salida.

Edwina estaba al pie de las escaleras. Su rostro volvía a mostrar indignación. Parece ser una cosa hereditaria en la familia, incluso para los que entran a formar parte de ella por medio del matrimonio. Sólo papá y yo estábamos libres de ello.

—Tu padre está muy enfermo. Te prohíbo...

—Ahórrate esas palabras para Rod; puede que tengan resultado con él.

Ya en la habitación, pude ver el brazo del viejo colgando limpiamente sobre el borde de la cama. El humo del cigarrillo que sostenía entre sus dedos se elevaba hacia el techo, formando una línea azul delgada y oscilante. 

Aquel brazo, que una vez había medido a un honrado joven de dieciocho años, y cuyo puño se había descargado un buen número de veces contra mi cabeza, ya ni siquiera podía sostener un cigarrillo en el aire. Aquello me dolió tanto como encontrar a un buen perro tejonero apareándose con un gato.

La vieja se levantó de la silla que estaba al pie de la cama y su rostro empalideció. La rodeé con mis brazos.

—Hola, mamá —la saludé.

La sentí rígida entre mis brazos, pero sabía que no sé apartaría. Al menos no allí, en la habitación de papá.

Al escuchar mi voz, él volvió la cabeza hacia mí. La luz brillaba sobre su sedoso pelo blanco. Sus ojos, translúcidos por la inminencia de la muerte, tenían el puro y pálido azul de las sombras del abedul sobre la nieve fresca.

—Chris —dijo con una voz muy débil—. Esto es el colmo, muchacho... Me alegro de verte.

—Debes alegrarte, maldito holgazán —le dije cariñosamente.

Me quité la chaqueta y la dejé colgada sobre el respaldo de la silla; después me estiré la corbata.

—¿Te parece bonito ser tan holgazán como para permitir la desaparición de los raposeros?

—Ya está bien, Chris —dijo mi madre, tratando de que su voz sonara fría.

—Sólo me quedaré un rato, aquí sentado —dije tranquilamente.

Sabía que mi padre no resistiría demasiado tiempo y que el tiempo que pudiera pasar con él sería el último. Ella se quedó en la puerta, como una sombra oscura e indecisa; después, se volvió y salió silenciosamente, probablemente para llamar por teléfono a Rod, en el banco.

Durante las dos horas siguientes, fui yo quien más habló. Papá se limitó a estar allí, echado, con los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo. Pero después, también él empezó a hablar, recordando la línea de trampas que habíamos puesto entre los dos cuando yo era un niño; el gran macho cabrío de rabo blanco que le siguió a través de los bosques durante la época de celo, hasta que papá le golpeó en el hocico con una rama de árbol. 

Sólo empezamos a sepáranos cuando su consultorio legal terminó por conseguirle el puesto de juez. Supongo que a mis veinte años yo era demasiado salvaje, bastante parecido a lo que él mismo había sido treinta años antes. Sólo que yo seguí avanzando en esa misma dirección.

Hacia las siete de la tarde, mi hermano Rod llamó a la puerta. Salí, cerrando la puerta tras de mí. Rod era aún más alto que yo, ancho y de una poderosa constitución ósea; tenía estructura de atleta. Pero tenía gachas en lugar de dos buenos testículos. Sus ojos eran bastante pálidos y su barbilla muy pequeña, y ni siquiera había jugado al fútbol en la escuela superior.

—Mi esposa me ha informado de la crueldad con que la has tratado —me dijo con su voz más dura—. Lo hemos hablado con mamá y queremos que te marches de aquí esta misma noche. Queremos...

¿quieres? Hasta que se muera, él sigue siendo el dueño de la casa, ¿no es verdad?

Entonces, saltó sobre mí —tratándose de Rod, su mano derecha era como un plomo—. La bloqueé con la palma de la mano abierta. Después, le golpeé con dureza, dos veces, cruzándole la cara, sacudiéndole la cabeza de un lado a otro con los guantazos, y terminando por apretarle contra la pared. 

Pude haberle pegado en la ingle para obligarle a doblarse y después, juntando las manos, haberle dado fuerte en la nuca al mismo tiempo que elevaba mi rodilla hacia su rostro; y sentí deseos de hacerlo. La necesidad de marcharme de allí antes de que vinieran a buscarme me roía el alma como una comadreja atrapada que trata de abrirse camino para quedar libre. Pero, al final, me limité a separarme de él.

—¡Tú...! ¡Tú... animal asesino! —exclamó, llevándose ambas manos a las mejillas, como podría haber hecho cualquier mujer.

Después, sus ojos se abrieron teatralmente, cuando se dio cuenta de lo que ocurría. Estaba extrañado de que hubiera tardado tanto tiempo en advertirlo.

—¡Te has fugado! —espetó, respirando con dificultad—. ¡Escapado! Eres un fugitivo de... la justicia.

—Sí, y voy a seguir siéndolo. Te conozco, muchacho; os conozco a todos. Lo último que quisierais es que la policía me atrape precisamente aquí —traté entonces de dar a mi voz el tono que él solía utilizar—. ¡Oh! ¡El escándalo!

—Pero te estarán siguiendo...

—Creen que he muerto —le dije simplemente—. Iba por una carretera helada, en un coche robado, al sur del estado de Illinois, y tuve un accidente, y el coche se incendió conmigo dentro.

Su voz se hizo casi silenciosa, agobiada por el horror.

—¿Quieres decir... que hay un cuerpo en el coche?

—Eso es.

Sabía lo que estaba pensando, pero no me molesté en contarle la verdad: que el viejo granjero que me estaba llevando a Springfield, porque creía que mis dos dedos extendidos en el interior de mi abrigo eran un revólver, patinó sobre un trozo de carretera helada y el coche salió despedido de la solitaria carretera. 

El viejo quedó empotrado en el volante, así es que me puse sus zapatos y a él le puse uno de los míos. El otro, con mis huellas, lo dejé lo bastante cerca como para que lo encontraran, pero no lo bastante como para que se quemara con el coche. De todos modos, Rod no habría creído la verdad. Si me cogían, ¿quién la creería?

—Tráeme una botella de licor y un cartón de tabaco —le dije—, y asegúrate de que Eddy y mamá mantengan la boca cerrada si alguien pregunta por mí —abrí entonces la puerta para que papá pudiera escucharme—. Bien, gracias, Rod. Me alegro de volver a estar en casa.

La soledad de la penitenciaría hace que uno pueda permanecer despierto con facilidad, o que se quede durmiendo inmediatamente, dependiendo de lo que sea necesario. Permanecí despierto durante las últimas treinta y siete horas que aún vivió mi padre, abandonando la silla que había junto a su cama sólo para ir al lavabo o para escuchar desde las escaleras cada vez que oía sonar el teléfono o el timbre de la puerta. 

En cada una de aquellas ocasiones pensaba: Aquí están. Pero mi buena suerte se mantuvo. Si tardaban lo necesario, podría quedarme hasta que papá muriera; en cuanto eso ocurriera, me dije a mí mismo, seguiría mi camino.

Rod, Edwina y mamá estaban allí, en una esquina de la habitación, con el doctor inmóvil al fondo, para estar seguro de cobrar sus honorarios. Finalmente, papá movió ligeramente un brazo pálido y mamá se sentó rápidamente en el borde de la cama. Era una mujer pequeña, recta y bastante indomable, con un rostro como hecho expresamente para llevar impertinentes. Ni siquiera lloró; su aspecto, por el contrario, parecía bastante luminoso en cierto sentido.

—Coge mi mano, Eileen —dijo papá, deteniéndose para recuperar las fuerzas que necesitaba para volver a hablar—. Coge mi mano. Así no tendré miedo.

Ella le cogió la mano y él casi sonrió y cerró los ojos. Esperamos, escuchando cómo su respiración se hacía lenta, cada vez más lenta, hasta que se detuvo como el reloj de un abuelo que, de pronto, se para. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Les miré a todos, tan blandos, tan poco acostumbrados a la muerte, y me sentí como una marta entre su carnada. Entonces, mamá empezó a sollozar suavemente.

 -.-.-.-.-.-.-.-.-

 Era un día tempestuoso, con ráfagas de viento que arrastraban la nieve. Aparqué el jeep frente a la capilla funeraria y avancé por el resbaladizo camino mientras el viento parecía querer arrancarme el abrigo, diciéndome a mí mismo por enésima vez lo loco que estaba para quedarme allí a asistir al servicio religioso. 

En aquellos momentos, ellos ya tenían que saber que el granjero muerto no era yo; para entonces, algún astuto censor de la prisión tendría que haber recordado la carta de mamá en la que me anunciaba que papá estaba muy enfermo. Hacía ya dos días que había muerto, y yo ya tendría que estar en México. 

Pero, de algún modo, marcharme así no me parecía completo. O quizá me estaba engañando a mí mismo, quizá se trataba simplemente de aquella vieja necesidad de conservar la autoridad; eso es siempre lo que pierde a tipos como yo.

Desde una cierta distancia, parecía papá, pero de cerca se podían ver los cosméticos, mientras que su cuello tenía un tamaño tres veces superior al normal. Sentí su mano: era la mano de una estatua, nada familiar excepto por las uñas gruesas y ligeramente curvadas hacia abajo.

Rod se acercó a mí por detrás y me dijo, en un tono de voz que sólo yo pude escuchar:

—Después de hoy, quiero que nos dejes solos. Quiero que salgas de mi casa.

—¿No te da vergüenza, hermano? —gruñí—. ¿También quieres que me marche antes de haber leído el testamento?

Seguimos al coche fúnebre, a un adecuado paso de funeral, y a través de las calles nevadas. Los enterradores arrastraron suavemente el pesado féretro sobre rodillos engrasados; después lo colocaron sobre unas cintas y lo fueron descolgando sobre la tumba abierta. 

La nieve se arremolinaba y azotaba los rostros, cayendo de un cielo gris, fundiéndose al contacto con el metal y formando pequeños riachuelos a los lados.

Me marché cuando el predicador inició su sermón, impulsado por la necesidad de moverme, de alejarme de allí, pero también por otra urgencia que me acosaba. Quería sacar algo de la casa, antes de que llegaran todas aquellas afligidas personas, dispuestas a comer y a engullir. 

Las armas y las municiones habían sido desterradas al garaje, pues Rod nunca había disparado un arma en su vida; pero era fácil rescatar la hermosa y pequeña pistola del calibre 22 con el cilindro largo. 

Papá y yo habíamos pasado cientos de horas con aquel arma, de modo que la culata tenía un contacto suave y el azulado se había ido perdiendo del metal que había estado expuesto a toda clase de tiempo.

Poniendo el jeep a toda velocidad, avancé rápidamente entre los árboles, hasta llegar a un corte situado entre las colinas; después, seguí a pie por entre el oscurecido bosque. Me moví lentamente, evocando recuerdos de Corea para neutralizar la helada mordedura de la nieve a través del calzado. 

Observé un destello de color pardo cuando una liebre de cola blanca corrió a toda velocidad, mortalmente asustada, dirigiéndose hacia una podrida pila de leña que yo mismo había apilado años antes. Mi golpe le dio en el espinazo, paralizándole las patas traseras. La liebre se sacudió y se revolvió hasta que le rompí la nuca con el canto de mi mano.

La dejé allí y seguí avanzando, bajando hacia el pequeño triángulo pantanoso que había entre las colinas. Estaba oscureciendo muy rápidamente cuando di una patada contra el montón de hierbas. Finalmente, se desplegó en semicírculo el amplio plumaje, mientras la larga cola se agitaba y las achaparradas alas del faisán se esforzaban por elevar su pesado cuerpo. 

Estaba empezando a levantarse, justo un poco a mi derecha, y yo disponía de todo el tiempo del mundo. Me balanceé un poco hacia ese lado, sabiendo que me encontraba en una posición perfecta para abatirle, estrujándole por el cuello, antes de que diera el salto.

Les llevé hacia el jeep. En el pico del faisán había una pequeña mancha de sangre, y el conejo aún estaba caliente bajo las patas delanteras. Ya estaba utilizando las luces de posición cuando aparqué en el curvado camino del cementerio. 

Aún no habían empezado a echar tierra sobre el féretro, y la nieve había formado una suave capa blanca sobre él. Coloqué el conejo y el faisán sobre él y me quedé allí, de pie, durante un minuto o dos, sin moverme. El viento tuvo que haber sido muy fuerte porque sentía cómo las lágrimas me quemaban en las mejillas.

Adiós, papá. Adiós al resplandor de los ciervos en el cinturón boscoso que rodea el riachuelo. Adiós a la caza de patos reales que caían al fondo del río. Adiós al humo de la madera y al licor añejo junto a la luz del fuego y a todas las cosas que hicieron de ti una parte de mí. La parte que nadie podrá obtener nunca.

Me volví, para dirigirme hacia el jeep... y me detuve de pronto, aterrorizado. Ni siquiera les había escuchado acercarse. Eran cuatro y habían estado esperando pacientemente, como pagando así sus respetos a la muerte. En cierto sentido lo estaban haciendo: para ellos, aquel granjero muerto en el coche incendiado era el asesinato número uno. 

Me puse en tensión y mi mente se dirigió hacia la pistola de calibre 22, cuya presencia en el bolsillo de mi abrigo no era conocida por ellos. Sí. Sólo que aquel arma no tenía mayor poder de detención que el ladrido de un perro. Si papá hubiera preferido tener armas de un calibre algo mayor... Pero no las tenía.

Muy lentamente, como si de repente los brazos se me hubieran hecho enormemente pesados, levanté las manos por encima de mi cabeza.

Asesino en la autopista - William P. McGivern (Parte 1)


I

  

Las luces de los faros se avalanzaban sobre él como largas lanzas amarillas. Oscilaron hacia su izquierda, en formación de a tres, cada par de faros siguiendo su propio carril; pero podrían cambiar de dirección en cualquier instante, pensó, dirigiéndose directamente contra su coche. Siempre había un enemigo desconocido al que temer...

Estaba viajando hacia el sur, por la autopista tri-estatal. Nueva York quedaba unos veinte kilómetros atrás. Ahora estaba a salvo, como una unidad inocente y anónima en un vasto complejo de coches y faros encendidos lanzados a gran velocidad. 

Por detrás suyo, el carril se extendía en el retrovisor vacío a lo largo de varios cientos de metros. Por delante, a menos de medio kilómetro, había un restaurante y servicio de gasolinera de Howard Johnson, brillando como un collar de diamantes en la oscuridad.

Apretó los frenos y giró hacia la derecha, deteniéndose en la carretera cubierta de grava que flanqueaba la autopista. Ahora sólo estaba a unos doscientos metros del restaurante.

El tráfico pasaba rápido a su lado, mientras las luces de los faros se fragmentaban en sus gruesas gafas. Hizo parpadear sus grandes ojos. El ruido y el movimiento le confundían..., las ruedas girando, las luces encendidas y los gases de los tubos de escape del rugiente tráfico. Pero entre el estrépito salvaje de la autopista había algo que permanecía intacto: los planes que había hecho. Eran como una roca de propósitos en medio de un mar embravecido e inseguro.

Salió del coche, se quitó el sombrero y el abultado abrigo de lana y los arrojó sobre el asiento de atrás. Después, apagó las luces, sacó la llave de contacto y la arrojó con toda su fuerza hacia los campos negros que bordeaban la autopista. «Que trataran de solucionar aquel rompecabezas», pensó, sonriendo con placer.

Era un hombre bajo y ancho, de estructura pesada y poderosa, con un pelo corto, de color gris acerado, y unos rasgos fuertes y de expresión dura. Al sonreír, sus dientes brillaron en la oscuridad, blancos y pronunciados. Todo lo relacionado con él daba una sensación de resolución y determinación. Todo, excepto sus ojos. Eran unos ojos suaves y claros, y cuando estaba excitado relucían con una especie de expectación y malicia infantil.

A medida que se alejó rápidamente del coche, avanzando poderosamente sus piernas y con los hombros encorvados al viento, sólo fue consciente de dos necesidades. La primera era encontrar otro coche. Aquello era terriblemente importante. Tenía que encontrar otro coche. En segundo lugar, e igualmente importante, sentía la necesidad de beber algo caliente y dulce. Después de lo que había hecho, todo su cuerpo ansiaba el placer tranquilizante de un vaporoso café bien azucarado.

Eran las siete y quince.

El patrullero Dan O'Leary divisó el coche abandonado cinco minutos después, mientras avanzaba junto con el tráfico que se movía en dirección norte. Aceleró para disponer de lugar suficiente para dar la vuelta; después, se metió en la amplia franja de césped que separaba las corrientes de tráfico que iban en dirección norte y sur. 

Cuando la autopista estuvo libre de tráfico, se introdujo en ella y avanzó hacia el sur, hasta llegar donde estaba el coche aparentemente abandonado, aparcando tras él, mientras los faros de su coche patrulla lo bañaban en una luminosidad amarilla. O'Leary tomó el micrófono que estaba colgado en la parte derecha del cuadro de instrumentos e informó al radiofonista del cuartel general de la autopista, situado unos veinticinco kilómetros hacia el sur, en la emisora de Riverhead.

—Patrulla veintiuno, O'Leary. Voy a comprobar un «Buick» aparcado; un sedán del 51, con matrícula de Nueva York.

Repitió los números dos veces y después miró una placa numerada, con indicación de las millas, situada a una docena de metros por detrás del «Buick». En la autopista había postes indicativos de distancia a cada milla, desde la primera salida hasta la última, y O'Leary se había detenido junto a la número 14. Dio esta información al radiofonista y se dirigió hacia el coche, dejando que su mano descansara sobre la culata del revólver.

Esta acción era reflexiva, como resultado del entrenamiento, pensado para que sus respuestas fueran casi instintivas bajo ciertas circunstancias. Raramente se producía algo casual o caprichoso en el desarrollo de su trabajo. Se había detenido detrás del coche aparcado por buenas razones: podía acercarse a él bajo la cobertura de sus propias luces, y tampoco corría el peligro de ser atropellado. 

Su informe al radiofonista también fue cuestión de buen entrenamiento y juicio: si alguien le disparaba, o si el coche se alejaba de él, su descripción estaría en poder de cien patrulleros en cuestión de segundos. Y lo mismo sucedía en cuanto a su revólver; el vehículo parecía vacío, pero O'Leary se aproximó a él preparado para cualquier contingencia. 

Alumbró con su linterna los asientos delanteros y traseros, y notó la existencia del abrigo de lana y del sombrero de fieltro gris. No había ninguna llave en el contacto. Tocó la capota y la notó caliente. Probablemente, se había quedado sin gasolina. Se dirigió hacia atrás para dar un vistazo al portaequipajes.

Mientras O'Leary realizaba esta investigación preliminar, el sargento Tonelli, el radiofonista de la emisora de Riverhead comprobaba el número de matrícula que O'Leary le había dado en la lista de vehículos robados. Tonelli, un hombre alto, enjuto, de pelo gris y gruesas cejas blancas, estaba sentado en el centro de una mesa semicircular en la oficina del cuartel general. 

Las fuertes luces del techo sumían toda la habitación en una gran luminosidad, arrojando la oscuridad más allá de las anchas y altas ventanas. El reverbero de luces de la autopista se movía a lo largo del edificio del cuartel general, de tres pisos de altura; seis carriles de tráfico que se movía suavemente en la noche. 

Directamente detrás de Tonelli había una puerta que daba al despacho del capitán Royce. El capitán estaba en su despacho, comprobando ciertos arreglos y planes que había sometido semanas antes al servicio secreto. Los planes habían sido aprobados y ahora les estaba dando un último y cuidadoso vistazo de inspección.

El fichero de vehículos robados se encontraba sobre el aparato de radio, cerca de la gran mano derecha de Tonelli, que recorrió rápidamente las listas, con una eficacia automática, mientras continuaba atendiendo los informes que le llegaban por el micrófono, situado sobre el tablero de mandos. 

El sargento Tonelli era el responsable de aproximadamente una tercera parte de la autopista de ciento sesenta kilómetros de longitud. Esta zona era conocida como cuartel general norte. Otras dos emisoras subsidiarias, la subemisora central y la subemisora sur, se dividían los restantes ciento cinco kilómetros; su responsabilidad quedaba limitada al tráfico y en cualquier otro tipo de cuestiones recibían órdenes del cuartel general y del capitán Royce.

Bajo el control directo del sargento Tonelli había dieciocho coches patrulla, las correspondientes ambulancias, dos camiones, y equipo antiincendios y antidisturbios. En aquellos precisos momentos tenía en su mente una idea exacta e imaginativa de la situación de la autopista; conocía con exactitud la situación de cada coche patrulla y lo que estaba haciendo; conocía la existencia de un «Mercedes-Benz» lanzado a toda velocidad, que estaba siendo perseguido unos dieciséis kilómetros al norte; sabía que se había producido un accidente algo detrás del cambio de dirección 10, y que había afectado a los carriles lento y central; también sabía que Dan O'Leary, coche 21, estaba investigando en aquellos momentos un «Buick» aparcado casi junto al poste indicador 14.

Además de esta actividad rutinaria, el sargento Tonelli estaba considerando ciertos aspectos del problema con que se enfrentaba el capitán Royce. Aquella misma noche, el presidente de Estados Unidos viajaría por la autopista, entrando en convoy en el cambio de dirección 5 y viajando hacia el sur hasta el final de la autopista, recorriendo una distancia aproximada de sesenta y cinco kilómetros. Dentro de una hora, el sargento Tonelli tendría que enviar a aquella zona a algunos de sus coches patrulla, y ahora estaba pensando en la mejor manera de enfrentarse con la desatención que produciría su partida.

Pero, mientras tanto, siguió comprobando la lista de coches robados, una búsqueda que demostró ser inútil.

El patrullero O'Leary regresó a su coche y llamó al cuartel general. Le dijo a Tonelli:

—Coche veintiuno. O'Leary. Parece que el «Buick» se ha quedado sin combustible. El conductor debe haber ido andando hasta la gasolinera de Howard Johnson. Lo comprobaré y veré si necesita ayuda.

—Proceda, veintiuno.

O'Leary condujo hasta la zona de servicio y se detuvo junto a los surtidores de gasolina. Un mozo delgado, de pelo gris, se acercó a su coche. O'Leary bajó la ventanilla.

—Tom, ¿ha venido alguien buscando una lata de gasolina?

—Ni un alma, Dan. Al menos desde esta mañana.

—Está bien, gracias.

O'Leary condujo hasta la zona de aparcamiento que flanqueaba el restaurante. Pensó que el propietario del vehículo inutilizado podría haberse detenido allí para comer algo. O'Leary puso rectos los hombros y se arregló la chaqueta, de color verde oscuro, antes de entrar en el cálido vestíbulo del restaurante, aunque ninguno de aquellos gestos habría sido necesario; su espalda era tan recta como una tabla, y su uniforme estaba arreglado y aparecía inmaculado, desde las brillantes polainas negras hasta el sombrero de ala ancha con el barboquejo fuertemente atado bajo su cuadrada mandíbula. 

O'Leary tenía veintiocho años y poseía una estructura sólida y poderosa; su zancada hubiera agradado a un sargento de instrucción. Casi había un toque de arrogancia en el juego de su cabeza y sus hombros, y manejaba su cuerpo como si se tratara de una máquina que comprendía y en la que confiaba por completo. Tenía un pelo negro corto y unos ojos tan fríos y duros como el mármol, pero había algo de juvenil en la seriedad de su expresión y en el aspecto limpio de su piel, curtida por el viento.

O'Leary disponía de un dato que quizá le ayudara a encontrar al conductor desaparecido: probablemente no llevaba puesto ni el sombrero, ni el abrigo. Se los había dejado en el coche.

Pero la camarera que acompañaba a los clientes hasta las mesas no recordaba haber visto a nadie así.

—Al menos, durante los últimos diez o quince minutos, Dan.

La mujer echó un vistazo por el restaurante, que estaba dividido en dos grandes alas, una a cada lado de una gran fuente de soda y de un centro de servicio al exterior. Las dos zonas estaban llenas de gente; el aire estaba lleno del sonido de las conversaciones, de los cubiertos, y de los platos.

—Claro, que puede haber entrado mientras estaba acomodando a alguien —añadió la camarera.

—¿Podría haber encontrado una mesa él solo?

—No, cuando todo está tan lleno como ahora. Pero quizá haya marchado al mostrador del servicio al exterior.

—Gracias. Lo comprobaré.

O'Leary esperó pacientemente en el mostrador mientras la camarera tomaba un pedido de hamburguesas, patatas fritas, leche y café a un joven que parecía vagamente desconcertado por plantearle tantos problemas. Sonrió nerviosamente mirando a O'Leary y dijo:

—Los niños son demasiado pequeños para traerlos aquí. Jugarían con los menús y con los vasos de agua, en lugar de comer. Mi esposa piensa que es mejor alimentarles en el coche.

—Probablemente, ella sabe lo que se hace —observó O'Leary—. De todos modos, comer en un coche es algo bastante excitante para los pequeños.

—Sí, les entusiasma.

El joven parecía tranquilizado por el aire comprensivo de O'Leary. Cuando se marchó con un paquete lleno de comida, O'Leary preguntó a la camarera si había servido recientemente a un hombre que no llevara ni sombrero, ni abrigo.

—No lo creo. Dan —era una mujer joven, sencilla y rolliza, con unos ojos castaños de mirar suave. Se llamaba Millie—. ¿Cómo es que no llevaba puesto el abrigo?

—Lo dejó en su coche, que está parado a unos doscientos metros de aquí, probablemente porque se quedó sin gasolina. Supongo que pensó que no se helaría en ese tiempo.

Hasta entonces todo había sido una tarea de investigación rutinaria, un pequeño escape al trabajo normal de O'Leary como vigilante del tráfico en la autopista, cazando a los que alcanzaban grandes velocidades, vigilando para descubrir a conductores que parecieran fatigados o perdidos, arrestando a los autoestopistas, o asistiendo a los conductores en cualquier clase de problemas que pudieran tener. 

Un coche al que se le había terminado la gasolina, un propietario al que no se encontraba por el momento; eso era todo. Podía estar en el lavabo, o se podía haber detenido en la oficina de la gasolinera para comprar cigarrillos o para hacer una llamada telefónica. No había ninguna ley que le prohibiera hacer estas cosas. Pero O'Leary deseaba encontrarle y hacer que su vehículo volviera a funcionar. La seguridad de la autopista dependía de un tráfico que se moviera con fluidez; cualquier vehículo detenido resultaba peligroso.

—¿Quieres una taza de café? —le preguntó la camarera.

—No, gracias, Millie.

Sabía que aquella noche habría poco tiempo para tomar café. El aire, frío y húmedo, amenazaba lluvia y eso significaba todos los riesgos de un tráfico espeso y de unas difíciles condiciones para conducir. También estaba lo del convoy; todos los patrulleros de la autopista habían sido alertados con respecto a aquella responsabilidad.

Pero en aquel momento se produjo una interrupción que apartó la mente de O'Leary de su perdido conductor; una mujer de pelo negro se acercó a Millie y dijo, jadeante:

—¿Te ha dicho Dan algo sobre la encantadora noche que está pasando hoy?

—Vamos, Sheila —dijo O'Leary, pasándose un dedo bajo el cuello de la camisa.

—Esta noche y todas las noches —dijo Sheila con un suspiro de envidia, que O'Leary supo que era tan sincero como las expresiones de culpa y contrición de casi todos los que superaban los límites de velocidad—. ¿Sabes una cosa, Millie? —siguió diciendo Sheila—. Dan y yo teníamos una cita el pasado martes y antes de irnos a casa me llevó a Leonard's Hill. Podíamos ver la autopista debajo de nosotros, los faros brillando como largas cadenas de diamantes en la oscuridad. ¿Y sabes lo que me dijo?

—¡Vamos, Sheila! —volvió a rogar O'Leary en vano.

—Me dijo que amaba la autopista. ¿No es una suerte para él? Noche tras noche se encuentra cerca de su verdadero amor..., ciento sesenta kilómetros de asfalto.

—Es de hormigón —dijo O'Leary tristemente.

Sabía que era una cuestión que ya habían tratado, pero le disgustaba todo tipo de inexactitudes con respecto a la autopista, ya fueran grandes o pequeñas. El hecho era que amaba aquellos ciento sesenta kilómetros de hormigón. Y la otra noche, sentado en la oscuridad en compañía de Sheila, le había parecido natural expresar con palabras aquel pensamiento. ¿Acaso era un tonto por eso? ¿Y por qué ella le hacía sentirse tan desamparado y vulnerable? 

La punta de su cabeza apenas si le llegaba a los hombros, y él podía elevar sus cincuenta kilos en el aire con la misma facilidad con que habría levantado a un niño, pero aquellas cosas no representaban ninguna diferencia: se sentía torpe e inepto con ella, inducido a hablar de cualquier tontería por algo intangible y misterioso que emanaba de la personalidad de la mujer. No se trataba simplemente de belleza, y él lo sabía. 

Como irlandés que era, también era un poeta y aunque apreciaba sus ojos verdes y su cuerpo elegantemente delgado, su corazón y su alma respondían a algo más que a aquellas atracciones físicas. Había alrededor de ella una cierta calidad de gracia y fortaleza, una fibra de acero y de música que impregnaban todo su ser, y como consecuencia de todo esto —«y porque soy un tonto», pensó— había revelado sus sentimientos ante ella, aquella noche, mientras estaban sentados, observando el tráfico en la autopista.

Ante sus ojos, la autopista era una creación fascinante, una fabulosa arteria que unía tres poderosos Estados, un brillante complejo de tráfico sobre ruedas, de cambios de sentido y carriles que cada día del año permitían que un cuarto de millón de personas llegaran sanas y salvas a sus hogares y a sus oficinas. «Considéralo», le había pedido, sin darse cuenta de que ella estaba sonriendo ante los rasgos juveniles y limpios de su rostro Y aquello había sucedido la cuarta vez que salieron juntos. 

Ella no era una camarera regular, sino que sólo trabajaba algunas noches y fines de semana para pagarse el último curso en la Universidad. Su cuarta cita y probablemente la última, pensó él, porque fue entonces cuando empezó a hablar a quienes traspasan los límites de velocidad.

Como corolario lógico a su afectividad por la autopista, se hallaba su disgusto hacia todos aquellos que abusaban de sus privilegios; y en esta lista se encontraban en primer lugar quienes infringían las normas sobre límites de velocidad. O'Leary siempre había pensado de ellos que eran personas pequeñas, de ojos astutos, aunque el último al que había multado parecía un profesional de la lucha libre. 

Estas personas consideraban la autopista como un desafío, y a los patrulleros como a sus enemigos naturales. No tenían cerebro suficiente como para darse cuenta de que los controles y las seguridades, el radar y los coches de policía no identificados sólo habían sido puestos en servicio para asegurar su protección. En lugar de comprenderlo así actuaban como niños malhumorados y sigilosos, comportándose adecuadamente sólo mientras el ojo paterno estuviera vigilándoles. 

O'Leary sabía muy bien cuáles eran los resultados; había estado docenas de veces en la escena de los accidentes, con los gemidos de los agonizantes en sus oídos, viendo las retorcidas formas del acero y de los vidrios rotos y la terrible variedad de contorsiones que podían asumir los cuerpos humanos tras haberse empotrado contra el hormigón a una velocidad de ciento quince kilómetros por hora.

Se sentía bastante fuerte en estas cuestiones y había intentado que Sheila comprendiera sus convicciones; pero tras haber terminado su monólogo con un interesante recital de diversas estadísticas, se volvió para encontrarla tranquilamente dormida, con unas sombras como violetas bajo sus ojos, manteniendo aún el más amable trazo de sonrisa en sus labios.

Millie se había vuelto para atender a otro cliente. Una mujer acompañada de dos niños estaba tratando de captar la atención de Sheila. O'Leary se ajustó el sombrero y la cinta del barboquejo. Después dijo, tranquilamente y con formalidad:

—Simplemente quiero que comprendas...

Pero ella no le dejó terminar.

—Lo comprendo —dijo, sonriéndole—. No pude resistir tomarte un poco el pelo. Lo siento —movió un azucarero que estaba sobre el mostrador y sus dedos tocaron su mano—. No fue muy amable por mi parte.

—¿Te parece bien el próximo sábado? —preguntó él, sonriendo con alivio y placer—. ¿A la misma hora?

—Me gustaría.

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 El hombre que había abandonado el «Buick» veinte minutos antes estaba de pie en las sombras del aparcamiento, observando a O'Leary y a la camarera de pelo negro. Se dio cuenta con placer de que todo era como una película: el gran ventanal del local y la gente tras él, fuertemente perfilada por la brillante luz del restaurante. Una película muda, claro. No podía escuchar lo que estaban diciendo, pero podía ver sus gestos, expresiones y las sonrisas que surgían y desaparecían de sus labios.

Pensó que no estaban hablando de trabajo, y bebió deliberadamente un gran sorbo del café caliente y bien azucarado que tenía en el vaso de plástico. Pero aquel patrullero tan alto había estado muy ocupado hasta que apareció aquella chica delgada, de pelo negro. Había hablado con el mozo en los surtidores de gasolina. Después se había metido en el restaurante y había estado hablando con una de las camareras y más tarde con aquella rubia de mirada estúpida que trabajaba en el mostrador de servicio al exterior. 

Era un hombre sano y eficiente. El hombre que observaba a través de la ventana lo había visto todo. Pero ahora, la actitud del patrullero había cambiado. Él y la chica se estaban sonriendo el uno al otro, tratando de ser impersonales, desde luego, enmascarando sus sentimientos; pero aquello le parecía evidente, asquerosamente evidente, al hombre que bebía su café dulce en el oscuro aparcamiento. 

El hombre se llamaba Harry Bogan y a pesar de su irritación ante la actitud íntima de aquellos dos, se sentía agradecido de que no estuvieran hablando de lo que a él no le interesaba. Lo que le interesaba al patrullero, claro. Porque Bogan había comprado su café y su salchicha precisamente a aquella mujer delgada, de pelo negro. Y el patrullero no se lo había preguntado; aquello era evidente.

Sin su abrigo, Bogan tenía frío. Pero permaneció de pie, inmóvil en las sombras hasta que el patrullero se apartó del mostrador enviando hacia la chica una última y rápida mirada y un suave saludo. Después, Bogan se movió a lo largo del aparcamiento, deteniéndose silenciosamente en el hueco dejado entre dos coches. 

Se comió su salchicha a grandes y codiciosos bocados, saboreando el ligero picor de la mostaza en su lengua y arrojando finalmente al suelo el plato de plástico, ya vacío. Después, se terminó el café, elevando el vaso para permitir que bajara hasta su boca un pequeño hilillo de azúcar líquida. Dejó caer el vaso a sus pies y dio un profundo suspiro de satisfacción. El azúcar o la miel solían hacerle sentirse agradecido y en paz consigo mismo.

Observó las puertas del restaurante mientras se ponía un par de guantes de cuero negro sobre sus manos gruesas y musculares. Sus ojos estaban llenos de excitación. Se relamió con gusto cuando encontró un pequeño grano de azúcar en sus labios. Su lengua se movió diestramente llevando el pequeño punto dulce a su boca.

Bogan no tuvo que esperar mucho tiempo. Al cabo de unos pocos segundos un hombre rechoncho y ya entrado en años llegó corriendo a lo largo de la línea de coches aparcados, registrándose los bolsillos en busca de las llaves. Bogan cambió ligeramente su posición, acercándose a las sombras más profundas, hasta que sólo sus gruesas gafas brillaron en la oscuridad, manteniéndose firme y vigilante, como los ojos de un gato al acecho.

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O'Leary regresó a su coche patrulla e informó al cuartel general. El sargento Tonelli le dijo:

—El capitán Royce quiere hablar con usted, O'Leary. Manténgase a la escucha.

La voz del capitán era dura y metálica, y tan impresionante como un disparo de pistola.

—O'Leary, ¿ha visto al hombre que abandonó ese «Buick»?

—No, señor. He hablado con los mozos de la gasolinera y con las camareras del restaurante. Probablemente no lleva puesto ni el sombrero, ni el abrigo... Eso era todo lo que tenía para buscarle.

—Vuelva a ese coche. No permita que nadie se le acerque. El teniente Trask y los hombres del laboratorio van para allá. Ese «Buick» fue utilizado en un doble asesinato en Nueva York, no hace más de una hora. ¡Muévase, O'Leary!

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El teniente Andy Trask era un hombre de baja estatura y muscular, con unos hombros que se abombaban impresionantemente contra su chaqueta negra. A los cuarenta y cinco años, el teniente era un verdadero modelo en tonos sombríos: rostro amplio y curtido, ojos de color pardo y pelo negro que sólo durante los últimos años había empezado a adquirir un tono plateado a lo largo de las sienes. 

Mientras los técnicos del laboratorio empezaban a trabajar en el vehículo, registrando el portaequipajes y la guantera, buscando huellas digitales y haciendo fotografías, Trask le contó a O'Leary la información que había recibido el cuartel general en una alarma tri-estatal procedente de Nueva York.

—No tenemos otra descripción del asesino, excepto que es corpulento y que llevaba un abrigo de lana de color claro y un sombrero gris. Esto es lo que hizo: hacia las seis y media de esta tarde penetró en una pequeña tienda de muebles de la Tercera Avenida, en Manhattan, y disparó y mató a los propietarios, un joven matrimonio apellidado Swanson. No se trató de un robo; simplemente los mató y se marchó. 

El «Buick» pertenece a un droguero que lo había aparcado a media manzana de distancia de la tienda de muebles, dejando puesta la llave de contacto. Una anciana que vive en un apartamento al otro lado de la calle vio cómo el asesino salía corriendo de la tienda; pero es una anciana inválida que no tiene teléfono.

»La dueña de la casa tardó media hora en llegar, pues, al igual que todo el vecindario, se encontraba en la calle hablando sobre lo que había ocurrido. Así pues, media hora más tarde, la inválida contó su historia. Describió las ropas que llevaba el tipo y el número de matrícula del "Buick". 

Pero para entonces, el asesino ya había atravesado el túnel de Lincoln y se había adentrado en la autopista —Trask se volvió y señaló al "Buick" con el pulgar—. Ahora, ha abandonado este trasto y lo más probable es que esté buscando otro. Le tenemos que encontrar antes de que pueda hacer daño a alguna otra persona.

—Ahora ni siquiera disponemos de descripción —dijo lentamente O'Leary—. Se ha desembarazado del abrigo y del sombrero gris. No tenemos ninguna pista. A estas alturas ya puede haber vuelto a la autopista en otro coche —miró impotentemente hacia la corriente de tráfico que rodaba suavemente ante él—. Puede ser cualquier coche, teniente. 

Con un revólver puede haberse introducido en un autobús lleno de escolares. O subir a un coche con un pequeño grupo familiar y aparentar ser el inocente y viejo tío Fred. Puede estar en un camión o en un tráiler, manteniendo el cañón de su pistola contra la cabeza de una mujer, mientras su esposo le conduce fuera de la autopista. Es como buscar fantasmas con los ojos vendados.

La radio del coche negro y convencional de Trask hizo sonar entonces una aguda señal. Trask se introdujo en el asiento delantero y cogió el receptor. Escuchó durante unos segundos, frunciendo el ceño y después dijo:

—Recibido Nos ponemos a trabajar en ello.

Volvió a colgar el receptor y miró incisivamente a O'Leary.

—Usted mismo lo ha dicho, Dan. Ya ha vuelto a la autopista. En el Howard Johnson hay un hombre muerto, y un espacio vacío donde estaba aparcado su coche. Vamos.

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El cuerpo del hombre muerto había sido descubierto por una joven pareja que regresaba a su coche después de cenar. La mujer casi se cayó al tropezar con sus piernas. Su esposo encendió el mechero para ver lo que sucedía. Entonces, ella empezó a gritar, llevándose las dos manos a la boca, y su esposo corrió hacia las grandes luces del restaurante, pidiendo auxilio a gritos.

El sargento Tonelli recibió el informe del asesinato a través del propio director del restaurante de Howard Johnson, y lo transmitió inmediatamente al teniente Trask. Envió a Trask y a O'Leary al restaurante y después envió la información al centro de comunicaciones del cuartel general de la policía estatal, en Darmouth. 

Aquél era el centro nervioso de una red de comunicaciones que comprendía a todos los coches patrulla, emisoras y subemisoras dentro de la organización de la policía estatal. Además, estaba conectado mediante una línea maestra con las facilidades de comunicación de seis estados colindantes; en situaciones de emergencia, Darmouth podía alertar a todos los recursos de los departamentos de policía desde Maine a Carolina del Sur, y enviar sus señales a lo largo de toda la costa del Atlántico Norte.

El teniente Biersby estaba de servicio en el centro de comunicaciones cuando el mensaje del sargento Tonelli llegó a su despacho. Biersby, pequeño, rollizo y metódico, se dirigió sin ninguna prisa evidente hacia una habitación exterior donde una docena de empleados civiles, bajo la supervisión de policías estatales, trabajaban en baterías de teletipos y radiotransmisores.

El talento especial del teniente Biersby era su buen juicio; cada mensaje que salía de su oficina requería prioridad, y era su responsabilidad establecer el orden cronológico de precedencia que se tenía que dar a miles de alertas e informes que llegaban a la oficina durante cada turno de ocho horas. 

Era esencial que se produjera una suave fluidez de información, basada en la importancia relativa que se diera a tal información; los lapsos de juicio podrían atascar las facilidades mecánicas y cargar los ya sobrecargados departamentos de policía con detalles e informes triviales.

Mientras el teniente Biersby se dirigía hacia un operador de teletipo, considero los hechos: un asesino andaba perdido por la autopista; un hombre no totalmente identificado que había asesinado a dos personas en Nueva York y a otra en el aparcamiento del Howard Johnson número 1 en dirección sur. 

Resultaba razonable pensar que había matado a la tercera persona para apoderarse de otro coche. Pero cabía otra posibilidad que tampoco se le escapó al teniente; el asesino podía haber abandonado la autopista a pie. Esto sería algo difícil, pues la autopista estaba protegida por una valla de tres metros de altura, construida en parte para evitar que los autoestopistas penetraran en la zona. Sin embargo, un hombre fuerte y ágil podría hacerlo.

Así pues, mientras Biersby avanzaba los ocho metros que separaban su despacho del teletipo, tomó la decisión de alertar a todo oficial de policía que se encontrara a cien kilómetros a la redonda del lugar donde había sido abandonado el «Buick». Si el asesino había dejado la autopista a pie, se encontraría dentro de ese círculo. 

Todos los autoestopistas, personas que estuvieran rondando o que parecieran sospechosas, serían detenidas para proceder a su investigación. Biersby pensó que esto quizá era una precaución rutinaria y que probablemente no daría resultado alguno; porque su juicio, que era una mezcla de experiencia, instinto y vagos presentimientos que nunca había logrado poder analizar, le decía que el asesino todavía estaba en la autopista. Viajando seguro a través de la noche, un hombre anónimo, en un coche anónimo, perdido en las brillantes corrientes de tráfico.

Entonces, le dijo al operador del teletipo:

—Mensaje especial. Envíelo inmediatamente.

El hombre muerto aparentaba unos sesenta años, era pequeño, tenía el pelo gris y parecía respetable; sus ropas eran de buena calidad, y en el ojal de la solapa brillaba un emblema masónico. Había sido estrangulado, y su rostro aparecía horriblemente deformado. Estaba echado en el suelo, en una posición fetal, en un espacio de aparcamiento vacío que parecía como un diente vacío en la quijada de coches negros aparcados. Cerca de una de sus manos extendidas, había un vaso de café vacío y uno de los pequeños platos de plástico que se utilizaban para servir patatas fritas o salchichas de Frankfurt. No se encontró ninguna identificación en sus ropas; sus bolsillos habían sido vaciados por completo.

Había llegado una ambulancia, y los dos internos estaban examinando el cuerpo a la luz de la linterna del teniente Trask. Tres coches patrulla blancos y azules bloqueaban la zona inmediata, con sus faros giratorios rojos oscilando en la oscuridad; los patrulleros se habían apostado por toda la zona del aparcamiento para mantener en movimiento el tráfico. Una multitud se había reunido frente al restaurante para observar la actividad de la policía.

Dan O'Leary estaba detrás de Trask, con el ceño fruncido y mirando hacia el espacio vacío del aparcamiento. Cuando Trask se volvió, apartándose del cuerpo, O'Leary le tocó el brazo.

—Tengo una idea —dijo—. Es evidente que el asesino se llevó el coche que estaba aparcado aquí. Bueno, quizá podamos conseguir una idea de cómo era ese coche por la gente que ha aparcado a su lado. Probablemente, llegaron después, pues sus coches todavía están aquí. Quizá puedan...

—Sí —dijo Trask, cortándole rápidamente—. Haga que esa gente venga aquí. Rápido.

O'Leary tomó nota de la matrícula de los coches que había aparcados a ambos lados del lugar vacío, y corrió hacia el restaurante.

El coche situado a la izquierda era un sedán «Plymouth», cuyo propietario resultó ser un delgado joven con gafas de montura de cuerno y un nervioso tartamudeo. La propietaria del coche de la derecha era una mujer de edad media, de aspecto pacífico, con esa clase de actitud que parece profundizarse aún más en condiciones de tensión.

El teniente Trask, dándose cuenta de que sus memorias podían salirse de onda como consecuencia de la prisa y la presión, perdió unos pocos segundos encendiendo un cigarrillo. Después, dijo tranquilamente:

—Estamos intentando conseguir una descripción del coche que fue robado de este espacio hace aproximadamente quince minutos. Estaba aquí cuando ustedes llegaron. Ustedes aparcaron a su lado. Ahora, tómense su tiempo, ¿recuerdan alguna cosa de ese coche? ¿Algún detalle?

—Yo te... tenía prisa —dijo el joven, tartamudeando—. Se supone que debo estar en Cantonville a las ocho y media. Sólo me paré a to... tomar una taza de café. No pe... pensé en otra cosa.

—Bueno, yo puedo recordar que era grande —dijo la mujer, con una impecable seguridad—. La parte posterior sobresalía, así es que tuve que hacer dos intentos antes de aparcar mi coche.

Sus recuerdos fueron llegando lentamente, a trozos. El joven recuperó un poco su compostura y mencionó detalles del parachoques; la mujer recordó algo sobre las luces y el parachoques y los dos se mostraron de acuerdo en que se trataba de un combinable; finalmente, después de lo que pareció una interminable indecisión, determinaron el color: o bien blanco o amarillo claro. Trask miró a O'Leary.

—¿Y bien?

—Si están en lo cierto, se trata de un combinable «Edsel» —dijo O'Leary—. No puede ser otra cosa.

—¿A qué distancia está la próxima salida?

—A cuarenta y cinco kilómetros —contestó O'Leary—. Y sólo hace veinte minutos que se ha marchado. Posiblemente, no podrá conseguirlo. Y será fácil de identificar en un combinable «Edsel». Un «Ford», un «Chevrolet» o un «Plymouth» serían otra cuestión.

—Informe a su radiofonista —dijo Trask y O'Leary ya se dirigía corriendo a su coche.

En el cuartel general, el capitán Royce, oficial más antiguo al mando de la autopista, estaba detrás del sargento Tonelli comprobando los informes que llegaban desde las salidas y las patrullas. Durante la última media hora, la actividad de la oficina había aumentado mucho, se había ordenado a todos los patrulleros libres de servicio que acudieran a la autopista, y se habían enviado patrullas antidisturbios a las subemisoras central y sur.

Royce tenía unos cincuenta años, era alto y poseía una estructura poco densa; en sus rasgos fuertemente marcados había una expresión de madura tozudez. Como regla general, en su actitud no solía percibirse ninguna idea de tensión o impaciencia, pero ahora, mientras llenaba una pipa y encendía una cerilla, sus duros ojos grises se veían ensombrecidos por un ceño ansioso.

Hacía media hora que había llegado el informe del patrullero O'Leary. Al cabo de treinta segundos, la autopista se había convertido en una trampa de ciento sesenta kilómetros; todas las patrullas habían sido alertadas; en todas las salidas se habían dado instrucciones para que observaran el combinable «Edsel». Pero hasta entonces no había rastro del asesino. 

Los coches patrulla habían detenido a tres «Edsel», pero en cada uno de los casos, sus pasajeros quedaron fuera de toda sospecha: unas jóvenes universitarias; un tejano con su esposa y cuatro hijos, y cuatro monjas carmelitas que eran conducidas a la velocidad permitida en el estado por un chófer negro, ya entrado en años.

Royce miró el gran reloj que había en la pared, sobre la mesa del radiofonista. Eran las ocho y diez. El convoy presidencial entraría en la autopista a las nueve cuarenta. En sólo noventa minutos...

El sargento Tonelli levantó la mirada hacia él y dijo:

—El patrullero O'Leary pide permiso para hablar con usted, señor.

—¿Dónde está?

—En la salida doce.

Estaba situada a cuarenta y cinco kilómetros del Howard Johnson número 1. Por aquel entonces, el asesino podía estar varios kilómetros más allá; hacia más de cuarenta y cinco minutos que había salido del Howard Johnson.

—Hablaré con él en mi despacho —dijo Royce, dirigiéndose hacia su despacho a grandes zancadas.

Cuando descolgó el receptor, vio que había empezado a llover; la autopista brillaba bajo las ventanas y podía ver el extenso relucir del agua sobre el hormigón y el brillo distorsionado de largas columnas de faros.

—Aquí el capitán Royce. ¿Qué ocurre, O'Leary?

—Sólo esto, señor: ha tenido tiempo de salir por la doce o por la once..., si es que está pensando en salir de la autopista.

—¿Qué quiere decir con ese si? ¿En qué otra cosa puede estar pensando si no en salir?

—Cometió un error al llevarse un «Edsel» blanco. Quizá se dio cuenta de ello. También se lo llevó del centro de una serie de coches aparcados, lo que nos dio una pista sobre él. Quizá también se haya dado cuenta de eso. Por eso supongo que no tratará de salir de la autopista con ese coche. Creo que tratará de deshacerse del «Edsel» antes de intentar salir.

—Espere un momento.

Royce miró rápidamente el mapa de la autopista que cubría una de las paredes de su despacho. Las salidas estaban marcadas y numeradas en rojo, los restaurantes de la cadena Howard Johnson en verde. El capitán Royce se dio cuenta instantáneamente de lo que quería decir O'Leary... antes de la salida 12 había otro restaurante Howard Johnson, así como una zona de servicio, designada con el nombre de Howard Johnson número 2; sólo estaba situada a diecinueve kilómetros de la número 1. El asesino podría haber conducido solamente desde la número 1 a la 2 en sólo quince minutos, y con cierta comodidad... y haber encontrado otro coche.

—O'Leary, regrese inmediatamente a la número 2. Tonelli le informará.

Harry Bogan había actuado tal y como había supuesto O'Leary, conduciendo el combinable «Edsel» sólo hasta el Howard Johnson número 2 y abandonándolo después en la zona de aparcamiento. Ahora, estaba de pie en las sombras, observando la actividad alrededor de los surtidores de gasolina; era una figura rechoncha, pero fuerte y poderosa; la luz relucía en sus gruesas gafas y el viento, cargado de lluvia, movía las puntas enhiestas de su corte de pelo gris. 

Estaba sonriendo débilmente, con los labios ligeramente curvados y sus grandes ojos apacibles llenos de excitación. Ahora, la policía estaría buscándole en las salidas. Lo sabía. Los largos coches patrulla de color azul y blanco alineados como gatos hambrientos ante la ratonera. Esperando hincar el diente.

Bogan sabía que había cometido un error al llevarse el combinable «Edsel» de color blanco, pero no había tenido tiempo para elegir. Lo importante podría ser más perspicaz. Tenía exigencias especiales y estaba dispuesto a esperar hasta que quedaran satisfechas. 

El tiempo ya no era importante, y en eso radicaba su seguridad. La policía pensaría que él estaba frenético, listo para precipitarse hacia cualquier salida a la primera señal de peligro. Pero no era así. La sensación de poder y control envió un fuerte destello de calor a través de su cuerpo.

Escuchó entonces el diáfano grito de la sirena a su derecha; el sonido iba aumentando y disminuyendo como el aullido de un animal. En la autopista, vio la luz giratoria roja de un coche de la policía avanzando a gran velocidad por los ordenados carriles de tráfico. Y escuchó otras sirenas aproximándose por su izquierda. 

El primer coche patrulla hizo un giro en forma de U, atravesando la franja de césped que dividía la autopista y terminando por introducirse en la zona de servicio del restaurante. Un mozo procedente de la gasolinera se detuvo a pocos pasos de Bogan para observar al coche patrulla, que pasó junto a los surtidores y se detuvo de un modo experto en la zona de aparcamiento situada frente a las luces del restaurante.

Bogan se sintió contento.

—Parece llevar mucha prisa, ¿verdad? —dijo.

El mozo miró hacia el lugar de donde había salido la voz de Bogan, pero sólo vio un cuerpo abultado semioculto entre las sombras.

—Así parece —admitió.

Bogan reconoció al patrullero; era el mismo que había estado sonriéndole a la camarera del pelo negro a la que él le había comprado el café y el frankfurt. El poderle observar corriendo a lo largo de la fila de coches aparcados, dio a Bogan una curiosa sensación de placer.

—Bueno —dijo el mozo—, ése va más seguro conduciendo a ciento sesenta que la mayor parte de la gente a ochenta. Es Dan O'Leary y puede manejar muy bien ese cacharro.

El mozo regresó a los surtidores y Bogan continuó su paciente examen de los coches que se alineaban esperando ser atendidos. No tardó en encontrar lo que deseaba, un sedán «Ford» poco llamativo, conducido por un joven con gafas de montura de cuerno. 

Bogan supuso que se trataba de un estudiante universitario, al darse cuenta de que llevaba una corbata de lazo y un pelo rubio muy bien cortado. Este sería estupendo. El coche era como uno cualquiera de los miles que rodaban por la autopista, y el joven parecía inteligente. Eso era importante. Había muchas cosas que explicar, y resultaría agotador tener que explicárselas a un tonto.

Para entonces ya habían llegado otros dos coches patrulla. Los patrulleros se habían unido al llamado O'Leary, según pudo ver Bogan. Y O'Leary estaba ya ante el «Edsel» blanco, inspeccionándolo con su linterna. Bogan rió suavemente. Se creían muy listos. Pero no eran más que unos pomposos tontos, que se pavoneaban con sus uniformes y sus revólveres. 

No consiguieron ninguna información del gran combinable blanco. Lo había aparcado él mismo, y nadie le vio salir de él. Podían desmontarlo si querían, y no conseguirían nada. No tenían forma alguna de identificarle, ningún modo de saber en qué clase de coche podría él estar ahora.

El joven estaba pagando ahora el combustible que había pedido, y Bogan se movió lentamente, saliendo de las sombras. Se dio cuenta de que aquello requeriría una buena sincronización de tiempo. El mozo entregó al joven su cambio y se dirigió después al siguiente coche, que esperaba en la fila. El joven subió el cristal de su ventanilla y puso en marcha el motor.

Bogan abrió la puerta justo en el momento en que el coche empezaba a moverse. Se deslizó en el asiento de delante, y mostró su revólver al joven.

—Y ahora, vamos —dijo tranquilamente—. Tenemos un bonito viaje que hacer.