Asesino en la autopista - William P. McGivern (Parte 1)


I

  

Las luces de los faros se avalanzaban sobre él como largas lanzas amarillas. Oscilaron hacia su izquierda, en formación de a tres, cada par de faros siguiendo su propio carril; pero podrían cambiar de dirección en cualquier instante, pensó, dirigiéndose directamente contra su coche. Siempre había un enemigo desconocido al que temer...

Estaba viajando hacia el sur, por la autopista tri-estatal. Nueva York quedaba unos veinte kilómetros atrás. Ahora estaba a salvo, como una unidad inocente y anónima en un vasto complejo de coches y faros encendidos lanzados a gran velocidad. 

Por detrás suyo, el carril se extendía en el retrovisor vacío a lo largo de varios cientos de metros. Por delante, a menos de medio kilómetro, había un restaurante y servicio de gasolinera de Howard Johnson, brillando como un collar de diamantes en la oscuridad.

Apretó los frenos y giró hacia la derecha, deteniéndose en la carretera cubierta de grava que flanqueaba la autopista. Ahora sólo estaba a unos doscientos metros del restaurante.

El tráfico pasaba rápido a su lado, mientras las luces de los faros se fragmentaban en sus gruesas gafas. Hizo parpadear sus grandes ojos. El ruido y el movimiento le confundían..., las ruedas girando, las luces encendidas y los gases de los tubos de escape del rugiente tráfico. Pero entre el estrépito salvaje de la autopista había algo que permanecía intacto: los planes que había hecho. Eran como una roca de propósitos en medio de un mar embravecido e inseguro.

Salió del coche, se quitó el sombrero y el abultado abrigo de lana y los arrojó sobre el asiento de atrás. Después, apagó las luces, sacó la llave de contacto y la arrojó con toda su fuerza hacia los campos negros que bordeaban la autopista. «Que trataran de solucionar aquel rompecabezas», pensó, sonriendo con placer.

Era un hombre bajo y ancho, de estructura pesada y poderosa, con un pelo corto, de color gris acerado, y unos rasgos fuertes y de expresión dura. Al sonreír, sus dientes brillaron en la oscuridad, blancos y pronunciados. Todo lo relacionado con él daba una sensación de resolución y determinación. Todo, excepto sus ojos. Eran unos ojos suaves y claros, y cuando estaba excitado relucían con una especie de expectación y malicia infantil.

A medida que se alejó rápidamente del coche, avanzando poderosamente sus piernas y con los hombros encorvados al viento, sólo fue consciente de dos necesidades. La primera era encontrar otro coche. Aquello era terriblemente importante. Tenía que encontrar otro coche. En segundo lugar, e igualmente importante, sentía la necesidad de beber algo caliente y dulce. Después de lo que había hecho, todo su cuerpo ansiaba el placer tranquilizante de un vaporoso café bien azucarado.

Eran las siete y quince.

El patrullero Dan O'Leary divisó el coche abandonado cinco minutos después, mientras avanzaba junto con el tráfico que se movía en dirección norte. Aceleró para disponer de lugar suficiente para dar la vuelta; después, se metió en la amplia franja de césped que separaba las corrientes de tráfico que iban en dirección norte y sur. 

Cuando la autopista estuvo libre de tráfico, se introdujo en ella y avanzó hacia el sur, hasta llegar donde estaba el coche aparentemente abandonado, aparcando tras él, mientras los faros de su coche patrulla lo bañaban en una luminosidad amarilla. O'Leary tomó el micrófono que estaba colgado en la parte derecha del cuadro de instrumentos e informó al radiofonista del cuartel general de la autopista, situado unos veinticinco kilómetros hacia el sur, en la emisora de Riverhead.

—Patrulla veintiuno, O'Leary. Voy a comprobar un «Buick» aparcado; un sedán del 51, con matrícula de Nueva York.

Repitió los números dos veces y después miró una placa numerada, con indicación de las millas, situada a una docena de metros por detrás del «Buick». En la autopista había postes indicativos de distancia a cada milla, desde la primera salida hasta la última, y O'Leary se había detenido junto a la número 14. Dio esta información al radiofonista y se dirigió hacia el coche, dejando que su mano descansara sobre la culata del revólver.

Esta acción era reflexiva, como resultado del entrenamiento, pensado para que sus respuestas fueran casi instintivas bajo ciertas circunstancias. Raramente se producía algo casual o caprichoso en el desarrollo de su trabajo. Se había detenido detrás del coche aparcado por buenas razones: podía acercarse a él bajo la cobertura de sus propias luces, y tampoco corría el peligro de ser atropellado. 

Su informe al radiofonista también fue cuestión de buen entrenamiento y juicio: si alguien le disparaba, o si el coche se alejaba de él, su descripción estaría en poder de cien patrulleros en cuestión de segundos. Y lo mismo sucedía en cuanto a su revólver; el vehículo parecía vacío, pero O'Leary se aproximó a él preparado para cualquier contingencia. 

Alumbró con su linterna los asientos delanteros y traseros, y notó la existencia del abrigo de lana y del sombrero de fieltro gris. No había ninguna llave en el contacto. Tocó la capota y la notó caliente. Probablemente, se había quedado sin gasolina. Se dirigió hacia atrás para dar un vistazo al portaequipajes.

Mientras O'Leary realizaba esta investigación preliminar, el sargento Tonelli, el radiofonista de la emisora de Riverhead comprobaba el número de matrícula que O'Leary le había dado en la lista de vehículos robados. Tonelli, un hombre alto, enjuto, de pelo gris y gruesas cejas blancas, estaba sentado en el centro de una mesa semicircular en la oficina del cuartel general. 

Las fuertes luces del techo sumían toda la habitación en una gran luminosidad, arrojando la oscuridad más allá de las anchas y altas ventanas. El reverbero de luces de la autopista se movía a lo largo del edificio del cuartel general, de tres pisos de altura; seis carriles de tráfico que se movía suavemente en la noche. 

Directamente detrás de Tonelli había una puerta que daba al despacho del capitán Royce. El capitán estaba en su despacho, comprobando ciertos arreglos y planes que había sometido semanas antes al servicio secreto. Los planes habían sido aprobados y ahora les estaba dando un último y cuidadoso vistazo de inspección.

El fichero de vehículos robados se encontraba sobre el aparato de radio, cerca de la gran mano derecha de Tonelli, que recorrió rápidamente las listas, con una eficacia automática, mientras continuaba atendiendo los informes que le llegaban por el micrófono, situado sobre el tablero de mandos. 

El sargento Tonelli era el responsable de aproximadamente una tercera parte de la autopista de ciento sesenta kilómetros de longitud. Esta zona era conocida como cuartel general norte. Otras dos emisoras subsidiarias, la subemisora central y la subemisora sur, se dividían los restantes ciento cinco kilómetros; su responsabilidad quedaba limitada al tráfico y en cualquier otro tipo de cuestiones recibían órdenes del cuartel general y del capitán Royce.

Bajo el control directo del sargento Tonelli había dieciocho coches patrulla, las correspondientes ambulancias, dos camiones, y equipo antiincendios y antidisturbios. En aquellos precisos momentos tenía en su mente una idea exacta e imaginativa de la situación de la autopista; conocía con exactitud la situación de cada coche patrulla y lo que estaba haciendo; conocía la existencia de un «Mercedes-Benz» lanzado a toda velocidad, que estaba siendo perseguido unos dieciséis kilómetros al norte; sabía que se había producido un accidente algo detrás del cambio de dirección 10, y que había afectado a los carriles lento y central; también sabía que Dan O'Leary, coche 21, estaba investigando en aquellos momentos un «Buick» aparcado casi junto al poste indicador 14.

Además de esta actividad rutinaria, el sargento Tonelli estaba considerando ciertos aspectos del problema con que se enfrentaba el capitán Royce. Aquella misma noche, el presidente de Estados Unidos viajaría por la autopista, entrando en convoy en el cambio de dirección 5 y viajando hacia el sur hasta el final de la autopista, recorriendo una distancia aproximada de sesenta y cinco kilómetros. Dentro de una hora, el sargento Tonelli tendría que enviar a aquella zona a algunos de sus coches patrulla, y ahora estaba pensando en la mejor manera de enfrentarse con la desatención que produciría su partida.

Pero, mientras tanto, siguió comprobando la lista de coches robados, una búsqueda que demostró ser inútil.

El patrullero O'Leary regresó a su coche y llamó al cuartel general. Le dijo a Tonelli:

—Coche veintiuno. O'Leary. Parece que el «Buick» se ha quedado sin combustible. El conductor debe haber ido andando hasta la gasolinera de Howard Johnson. Lo comprobaré y veré si necesita ayuda.

—Proceda, veintiuno.

O'Leary condujo hasta la zona de servicio y se detuvo junto a los surtidores de gasolina. Un mozo delgado, de pelo gris, se acercó a su coche. O'Leary bajó la ventanilla.

—Tom, ¿ha venido alguien buscando una lata de gasolina?

—Ni un alma, Dan. Al menos desde esta mañana.

—Está bien, gracias.

O'Leary condujo hasta la zona de aparcamiento que flanqueaba el restaurante. Pensó que el propietario del vehículo inutilizado podría haberse detenido allí para comer algo. O'Leary puso rectos los hombros y se arregló la chaqueta, de color verde oscuro, antes de entrar en el cálido vestíbulo del restaurante, aunque ninguno de aquellos gestos habría sido necesario; su espalda era tan recta como una tabla, y su uniforme estaba arreglado y aparecía inmaculado, desde las brillantes polainas negras hasta el sombrero de ala ancha con el barboquejo fuertemente atado bajo su cuadrada mandíbula. 

O'Leary tenía veintiocho años y poseía una estructura sólida y poderosa; su zancada hubiera agradado a un sargento de instrucción. Casi había un toque de arrogancia en el juego de su cabeza y sus hombros, y manejaba su cuerpo como si se tratara de una máquina que comprendía y en la que confiaba por completo. Tenía un pelo negro corto y unos ojos tan fríos y duros como el mármol, pero había algo de juvenil en la seriedad de su expresión y en el aspecto limpio de su piel, curtida por el viento.

O'Leary disponía de un dato que quizá le ayudara a encontrar al conductor desaparecido: probablemente no llevaba puesto ni el sombrero, ni el abrigo. Se los había dejado en el coche.

Pero la camarera que acompañaba a los clientes hasta las mesas no recordaba haber visto a nadie así.

—Al menos, durante los últimos diez o quince minutos, Dan.

La mujer echó un vistazo por el restaurante, que estaba dividido en dos grandes alas, una a cada lado de una gran fuente de soda y de un centro de servicio al exterior. Las dos zonas estaban llenas de gente; el aire estaba lleno del sonido de las conversaciones, de los cubiertos, y de los platos.

—Claro, que puede haber entrado mientras estaba acomodando a alguien —añadió la camarera.

—¿Podría haber encontrado una mesa él solo?

—No, cuando todo está tan lleno como ahora. Pero quizá haya marchado al mostrador del servicio al exterior.

—Gracias. Lo comprobaré.

O'Leary esperó pacientemente en el mostrador mientras la camarera tomaba un pedido de hamburguesas, patatas fritas, leche y café a un joven que parecía vagamente desconcertado por plantearle tantos problemas. Sonrió nerviosamente mirando a O'Leary y dijo:

—Los niños son demasiado pequeños para traerlos aquí. Jugarían con los menús y con los vasos de agua, en lugar de comer. Mi esposa piensa que es mejor alimentarles en el coche.

—Probablemente, ella sabe lo que se hace —observó O'Leary—. De todos modos, comer en un coche es algo bastante excitante para los pequeños.

—Sí, les entusiasma.

El joven parecía tranquilizado por el aire comprensivo de O'Leary. Cuando se marchó con un paquete lleno de comida, O'Leary preguntó a la camarera si había servido recientemente a un hombre que no llevara ni sombrero, ni abrigo.

—No lo creo. Dan —era una mujer joven, sencilla y rolliza, con unos ojos castaños de mirar suave. Se llamaba Millie—. ¿Cómo es que no llevaba puesto el abrigo?

—Lo dejó en su coche, que está parado a unos doscientos metros de aquí, probablemente porque se quedó sin gasolina. Supongo que pensó que no se helaría en ese tiempo.

Hasta entonces todo había sido una tarea de investigación rutinaria, un pequeño escape al trabajo normal de O'Leary como vigilante del tráfico en la autopista, cazando a los que alcanzaban grandes velocidades, vigilando para descubrir a conductores que parecieran fatigados o perdidos, arrestando a los autoestopistas, o asistiendo a los conductores en cualquier clase de problemas que pudieran tener. 

Un coche al que se le había terminado la gasolina, un propietario al que no se encontraba por el momento; eso era todo. Podía estar en el lavabo, o se podía haber detenido en la oficina de la gasolinera para comprar cigarrillos o para hacer una llamada telefónica. No había ninguna ley que le prohibiera hacer estas cosas. Pero O'Leary deseaba encontrarle y hacer que su vehículo volviera a funcionar. La seguridad de la autopista dependía de un tráfico que se moviera con fluidez; cualquier vehículo detenido resultaba peligroso.

—¿Quieres una taza de café? —le preguntó la camarera.

—No, gracias, Millie.

Sabía que aquella noche habría poco tiempo para tomar café. El aire, frío y húmedo, amenazaba lluvia y eso significaba todos los riesgos de un tráfico espeso y de unas difíciles condiciones para conducir. También estaba lo del convoy; todos los patrulleros de la autopista habían sido alertados con respecto a aquella responsabilidad.

Pero en aquel momento se produjo una interrupción que apartó la mente de O'Leary de su perdido conductor; una mujer de pelo negro se acercó a Millie y dijo, jadeante:

—¿Te ha dicho Dan algo sobre la encantadora noche que está pasando hoy?

—Vamos, Sheila —dijo O'Leary, pasándose un dedo bajo el cuello de la camisa.

—Esta noche y todas las noches —dijo Sheila con un suspiro de envidia, que O'Leary supo que era tan sincero como las expresiones de culpa y contrición de casi todos los que superaban los límites de velocidad—. ¿Sabes una cosa, Millie? —siguió diciendo Sheila—. Dan y yo teníamos una cita el pasado martes y antes de irnos a casa me llevó a Leonard's Hill. Podíamos ver la autopista debajo de nosotros, los faros brillando como largas cadenas de diamantes en la oscuridad. ¿Y sabes lo que me dijo?

—¡Vamos, Sheila! —volvió a rogar O'Leary en vano.

—Me dijo que amaba la autopista. ¿No es una suerte para él? Noche tras noche se encuentra cerca de su verdadero amor..., ciento sesenta kilómetros de asfalto.

—Es de hormigón —dijo O'Leary tristemente.

Sabía que era una cuestión que ya habían tratado, pero le disgustaba todo tipo de inexactitudes con respecto a la autopista, ya fueran grandes o pequeñas. El hecho era que amaba aquellos ciento sesenta kilómetros de hormigón. Y la otra noche, sentado en la oscuridad en compañía de Sheila, le había parecido natural expresar con palabras aquel pensamiento. ¿Acaso era un tonto por eso? ¿Y por qué ella le hacía sentirse tan desamparado y vulnerable? 

La punta de su cabeza apenas si le llegaba a los hombros, y él podía elevar sus cincuenta kilos en el aire con la misma facilidad con que habría levantado a un niño, pero aquellas cosas no representaban ninguna diferencia: se sentía torpe e inepto con ella, inducido a hablar de cualquier tontería por algo intangible y misterioso que emanaba de la personalidad de la mujer. No se trataba simplemente de belleza, y él lo sabía. 

Como irlandés que era, también era un poeta y aunque apreciaba sus ojos verdes y su cuerpo elegantemente delgado, su corazón y su alma respondían a algo más que a aquellas atracciones físicas. Había alrededor de ella una cierta calidad de gracia y fortaleza, una fibra de acero y de música que impregnaban todo su ser, y como consecuencia de todo esto —«y porque soy un tonto», pensó— había revelado sus sentimientos ante ella, aquella noche, mientras estaban sentados, observando el tráfico en la autopista.

Ante sus ojos, la autopista era una creación fascinante, una fabulosa arteria que unía tres poderosos Estados, un brillante complejo de tráfico sobre ruedas, de cambios de sentido y carriles que cada día del año permitían que un cuarto de millón de personas llegaran sanas y salvas a sus hogares y a sus oficinas. «Considéralo», le había pedido, sin darse cuenta de que ella estaba sonriendo ante los rasgos juveniles y limpios de su rostro Y aquello había sucedido la cuarta vez que salieron juntos. 

Ella no era una camarera regular, sino que sólo trabajaba algunas noches y fines de semana para pagarse el último curso en la Universidad. Su cuarta cita y probablemente la última, pensó él, porque fue entonces cuando empezó a hablar a quienes traspasan los límites de velocidad.

Como corolario lógico a su afectividad por la autopista, se hallaba su disgusto hacia todos aquellos que abusaban de sus privilegios; y en esta lista se encontraban en primer lugar quienes infringían las normas sobre límites de velocidad. O'Leary siempre había pensado de ellos que eran personas pequeñas, de ojos astutos, aunque el último al que había multado parecía un profesional de la lucha libre. 

Estas personas consideraban la autopista como un desafío, y a los patrulleros como a sus enemigos naturales. No tenían cerebro suficiente como para darse cuenta de que los controles y las seguridades, el radar y los coches de policía no identificados sólo habían sido puestos en servicio para asegurar su protección. En lugar de comprenderlo así actuaban como niños malhumorados y sigilosos, comportándose adecuadamente sólo mientras el ojo paterno estuviera vigilándoles. 

O'Leary sabía muy bien cuáles eran los resultados; había estado docenas de veces en la escena de los accidentes, con los gemidos de los agonizantes en sus oídos, viendo las retorcidas formas del acero y de los vidrios rotos y la terrible variedad de contorsiones que podían asumir los cuerpos humanos tras haberse empotrado contra el hormigón a una velocidad de ciento quince kilómetros por hora.

Se sentía bastante fuerte en estas cuestiones y había intentado que Sheila comprendiera sus convicciones; pero tras haber terminado su monólogo con un interesante recital de diversas estadísticas, se volvió para encontrarla tranquilamente dormida, con unas sombras como violetas bajo sus ojos, manteniendo aún el más amable trazo de sonrisa en sus labios.

Millie se había vuelto para atender a otro cliente. Una mujer acompañada de dos niños estaba tratando de captar la atención de Sheila. O'Leary se ajustó el sombrero y la cinta del barboquejo. Después dijo, tranquilamente y con formalidad:

—Simplemente quiero que comprendas...

Pero ella no le dejó terminar.

—Lo comprendo —dijo, sonriéndole—. No pude resistir tomarte un poco el pelo. Lo siento —movió un azucarero que estaba sobre el mostrador y sus dedos tocaron su mano—. No fue muy amable por mi parte.

—¿Te parece bien el próximo sábado? —preguntó él, sonriendo con alivio y placer—. ¿A la misma hora?

—Me gustaría.

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 El hombre que había abandonado el «Buick» veinte minutos antes estaba de pie en las sombras del aparcamiento, observando a O'Leary y a la camarera de pelo negro. Se dio cuenta con placer de que todo era como una película: el gran ventanal del local y la gente tras él, fuertemente perfilada por la brillante luz del restaurante. Una película muda, claro. No podía escuchar lo que estaban diciendo, pero podía ver sus gestos, expresiones y las sonrisas que surgían y desaparecían de sus labios.

Pensó que no estaban hablando de trabajo, y bebió deliberadamente un gran sorbo del café caliente y bien azucarado que tenía en el vaso de plástico. Pero aquel patrullero tan alto había estado muy ocupado hasta que apareció aquella chica delgada, de pelo negro. Había hablado con el mozo en los surtidores de gasolina. Después se había metido en el restaurante y había estado hablando con una de las camareras y más tarde con aquella rubia de mirada estúpida que trabajaba en el mostrador de servicio al exterior. 

Era un hombre sano y eficiente. El hombre que observaba a través de la ventana lo había visto todo. Pero ahora, la actitud del patrullero había cambiado. Él y la chica se estaban sonriendo el uno al otro, tratando de ser impersonales, desde luego, enmascarando sus sentimientos; pero aquello le parecía evidente, asquerosamente evidente, al hombre que bebía su café dulce en el oscuro aparcamiento. 

El hombre se llamaba Harry Bogan y a pesar de su irritación ante la actitud íntima de aquellos dos, se sentía agradecido de que no estuvieran hablando de lo que a él no le interesaba. Lo que le interesaba al patrullero, claro. Porque Bogan había comprado su café y su salchicha precisamente a aquella mujer delgada, de pelo negro. Y el patrullero no se lo había preguntado; aquello era evidente.

Sin su abrigo, Bogan tenía frío. Pero permaneció de pie, inmóvil en las sombras hasta que el patrullero se apartó del mostrador enviando hacia la chica una última y rápida mirada y un suave saludo. Después, Bogan se movió a lo largo del aparcamiento, deteniéndose silenciosamente en el hueco dejado entre dos coches. 

Se comió su salchicha a grandes y codiciosos bocados, saboreando el ligero picor de la mostaza en su lengua y arrojando finalmente al suelo el plato de plástico, ya vacío. Después, se terminó el café, elevando el vaso para permitir que bajara hasta su boca un pequeño hilillo de azúcar líquida. Dejó caer el vaso a sus pies y dio un profundo suspiro de satisfacción. El azúcar o la miel solían hacerle sentirse agradecido y en paz consigo mismo.

Observó las puertas del restaurante mientras se ponía un par de guantes de cuero negro sobre sus manos gruesas y musculares. Sus ojos estaban llenos de excitación. Se relamió con gusto cuando encontró un pequeño grano de azúcar en sus labios. Su lengua se movió diestramente llevando el pequeño punto dulce a su boca.

Bogan no tuvo que esperar mucho tiempo. Al cabo de unos pocos segundos un hombre rechoncho y ya entrado en años llegó corriendo a lo largo de la línea de coches aparcados, registrándose los bolsillos en busca de las llaves. Bogan cambió ligeramente su posición, acercándose a las sombras más profundas, hasta que sólo sus gruesas gafas brillaron en la oscuridad, manteniéndose firme y vigilante, como los ojos de un gato al acecho.

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O'Leary regresó a su coche patrulla e informó al cuartel general. El sargento Tonelli le dijo:

—El capitán Royce quiere hablar con usted, O'Leary. Manténgase a la escucha.

La voz del capitán era dura y metálica, y tan impresionante como un disparo de pistola.

—O'Leary, ¿ha visto al hombre que abandonó ese «Buick»?

—No, señor. He hablado con los mozos de la gasolinera y con las camareras del restaurante. Probablemente no lleva puesto ni el sombrero, ni el abrigo... Eso era todo lo que tenía para buscarle.

—Vuelva a ese coche. No permita que nadie se le acerque. El teniente Trask y los hombres del laboratorio van para allá. Ese «Buick» fue utilizado en un doble asesinato en Nueva York, no hace más de una hora. ¡Muévase, O'Leary!

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El teniente Andy Trask era un hombre de baja estatura y muscular, con unos hombros que se abombaban impresionantemente contra su chaqueta negra. A los cuarenta y cinco años, el teniente era un verdadero modelo en tonos sombríos: rostro amplio y curtido, ojos de color pardo y pelo negro que sólo durante los últimos años había empezado a adquirir un tono plateado a lo largo de las sienes. 

Mientras los técnicos del laboratorio empezaban a trabajar en el vehículo, registrando el portaequipajes y la guantera, buscando huellas digitales y haciendo fotografías, Trask le contó a O'Leary la información que había recibido el cuartel general en una alarma tri-estatal procedente de Nueva York.

—No tenemos otra descripción del asesino, excepto que es corpulento y que llevaba un abrigo de lana de color claro y un sombrero gris. Esto es lo que hizo: hacia las seis y media de esta tarde penetró en una pequeña tienda de muebles de la Tercera Avenida, en Manhattan, y disparó y mató a los propietarios, un joven matrimonio apellidado Swanson. No se trató de un robo; simplemente los mató y se marchó. 

El «Buick» pertenece a un droguero que lo había aparcado a media manzana de distancia de la tienda de muebles, dejando puesta la llave de contacto. Una anciana que vive en un apartamento al otro lado de la calle vio cómo el asesino salía corriendo de la tienda; pero es una anciana inválida que no tiene teléfono.

»La dueña de la casa tardó media hora en llegar, pues, al igual que todo el vecindario, se encontraba en la calle hablando sobre lo que había ocurrido. Así pues, media hora más tarde, la inválida contó su historia. Describió las ropas que llevaba el tipo y el número de matrícula del "Buick". 

Pero para entonces, el asesino ya había atravesado el túnel de Lincoln y se había adentrado en la autopista —Trask se volvió y señaló al "Buick" con el pulgar—. Ahora, ha abandonado este trasto y lo más probable es que esté buscando otro. Le tenemos que encontrar antes de que pueda hacer daño a alguna otra persona.

—Ahora ni siquiera disponemos de descripción —dijo lentamente O'Leary—. Se ha desembarazado del abrigo y del sombrero gris. No tenemos ninguna pista. A estas alturas ya puede haber vuelto a la autopista en otro coche —miró impotentemente hacia la corriente de tráfico que rodaba suavemente ante él—. Puede ser cualquier coche, teniente. 

Con un revólver puede haberse introducido en un autobús lleno de escolares. O subir a un coche con un pequeño grupo familiar y aparentar ser el inocente y viejo tío Fred. Puede estar en un camión o en un tráiler, manteniendo el cañón de su pistola contra la cabeza de una mujer, mientras su esposo le conduce fuera de la autopista. Es como buscar fantasmas con los ojos vendados.

La radio del coche negro y convencional de Trask hizo sonar entonces una aguda señal. Trask se introdujo en el asiento delantero y cogió el receptor. Escuchó durante unos segundos, frunciendo el ceño y después dijo:

—Recibido Nos ponemos a trabajar en ello.

Volvió a colgar el receptor y miró incisivamente a O'Leary.

—Usted mismo lo ha dicho, Dan. Ya ha vuelto a la autopista. En el Howard Johnson hay un hombre muerto, y un espacio vacío donde estaba aparcado su coche. Vamos.

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El cuerpo del hombre muerto había sido descubierto por una joven pareja que regresaba a su coche después de cenar. La mujer casi se cayó al tropezar con sus piernas. Su esposo encendió el mechero para ver lo que sucedía. Entonces, ella empezó a gritar, llevándose las dos manos a la boca, y su esposo corrió hacia las grandes luces del restaurante, pidiendo auxilio a gritos.

El sargento Tonelli recibió el informe del asesinato a través del propio director del restaurante de Howard Johnson, y lo transmitió inmediatamente al teniente Trask. Envió a Trask y a O'Leary al restaurante y después envió la información al centro de comunicaciones del cuartel general de la policía estatal, en Darmouth. 

Aquél era el centro nervioso de una red de comunicaciones que comprendía a todos los coches patrulla, emisoras y subemisoras dentro de la organización de la policía estatal. Además, estaba conectado mediante una línea maestra con las facilidades de comunicación de seis estados colindantes; en situaciones de emergencia, Darmouth podía alertar a todos los recursos de los departamentos de policía desde Maine a Carolina del Sur, y enviar sus señales a lo largo de toda la costa del Atlántico Norte.

El teniente Biersby estaba de servicio en el centro de comunicaciones cuando el mensaje del sargento Tonelli llegó a su despacho. Biersby, pequeño, rollizo y metódico, se dirigió sin ninguna prisa evidente hacia una habitación exterior donde una docena de empleados civiles, bajo la supervisión de policías estatales, trabajaban en baterías de teletipos y radiotransmisores.

El talento especial del teniente Biersby era su buen juicio; cada mensaje que salía de su oficina requería prioridad, y era su responsabilidad establecer el orden cronológico de precedencia que se tenía que dar a miles de alertas e informes que llegaban a la oficina durante cada turno de ocho horas. 

Era esencial que se produjera una suave fluidez de información, basada en la importancia relativa que se diera a tal información; los lapsos de juicio podrían atascar las facilidades mecánicas y cargar los ya sobrecargados departamentos de policía con detalles e informes triviales.

Mientras el teniente Biersby se dirigía hacia un operador de teletipo, considero los hechos: un asesino andaba perdido por la autopista; un hombre no totalmente identificado que había asesinado a dos personas en Nueva York y a otra en el aparcamiento del Howard Johnson número 1 en dirección sur. 

Resultaba razonable pensar que había matado a la tercera persona para apoderarse de otro coche. Pero cabía otra posibilidad que tampoco se le escapó al teniente; el asesino podía haber abandonado la autopista a pie. Esto sería algo difícil, pues la autopista estaba protegida por una valla de tres metros de altura, construida en parte para evitar que los autoestopistas penetraran en la zona. Sin embargo, un hombre fuerte y ágil podría hacerlo.

Así pues, mientras Biersby avanzaba los ocho metros que separaban su despacho del teletipo, tomó la decisión de alertar a todo oficial de policía que se encontrara a cien kilómetros a la redonda del lugar donde había sido abandonado el «Buick». Si el asesino había dejado la autopista a pie, se encontraría dentro de ese círculo. 

Todos los autoestopistas, personas que estuvieran rondando o que parecieran sospechosas, serían detenidas para proceder a su investigación. Biersby pensó que esto quizá era una precaución rutinaria y que probablemente no daría resultado alguno; porque su juicio, que era una mezcla de experiencia, instinto y vagos presentimientos que nunca había logrado poder analizar, le decía que el asesino todavía estaba en la autopista. Viajando seguro a través de la noche, un hombre anónimo, en un coche anónimo, perdido en las brillantes corrientes de tráfico.

Entonces, le dijo al operador del teletipo:

—Mensaje especial. Envíelo inmediatamente.

El hombre muerto aparentaba unos sesenta años, era pequeño, tenía el pelo gris y parecía respetable; sus ropas eran de buena calidad, y en el ojal de la solapa brillaba un emblema masónico. Había sido estrangulado, y su rostro aparecía horriblemente deformado. Estaba echado en el suelo, en una posición fetal, en un espacio de aparcamiento vacío que parecía como un diente vacío en la quijada de coches negros aparcados. Cerca de una de sus manos extendidas, había un vaso de café vacío y uno de los pequeños platos de plástico que se utilizaban para servir patatas fritas o salchichas de Frankfurt. No se encontró ninguna identificación en sus ropas; sus bolsillos habían sido vaciados por completo.

Había llegado una ambulancia, y los dos internos estaban examinando el cuerpo a la luz de la linterna del teniente Trask. Tres coches patrulla blancos y azules bloqueaban la zona inmediata, con sus faros giratorios rojos oscilando en la oscuridad; los patrulleros se habían apostado por toda la zona del aparcamiento para mantener en movimiento el tráfico. Una multitud se había reunido frente al restaurante para observar la actividad de la policía.

Dan O'Leary estaba detrás de Trask, con el ceño fruncido y mirando hacia el espacio vacío del aparcamiento. Cuando Trask se volvió, apartándose del cuerpo, O'Leary le tocó el brazo.

—Tengo una idea —dijo—. Es evidente que el asesino se llevó el coche que estaba aparcado aquí. Bueno, quizá podamos conseguir una idea de cómo era ese coche por la gente que ha aparcado a su lado. Probablemente, llegaron después, pues sus coches todavía están aquí. Quizá puedan...

—Sí —dijo Trask, cortándole rápidamente—. Haga que esa gente venga aquí. Rápido.

O'Leary tomó nota de la matrícula de los coches que había aparcados a ambos lados del lugar vacío, y corrió hacia el restaurante.

El coche situado a la izquierda era un sedán «Plymouth», cuyo propietario resultó ser un delgado joven con gafas de montura de cuerno y un nervioso tartamudeo. La propietaria del coche de la derecha era una mujer de edad media, de aspecto pacífico, con esa clase de actitud que parece profundizarse aún más en condiciones de tensión.

El teniente Trask, dándose cuenta de que sus memorias podían salirse de onda como consecuencia de la prisa y la presión, perdió unos pocos segundos encendiendo un cigarrillo. Después, dijo tranquilamente:

—Estamos intentando conseguir una descripción del coche que fue robado de este espacio hace aproximadamente quince minutos. Estaba aquí cuando ustedes llegaron. Ustedes aparcaron a su lado. Ahora, tómense su tiempo, ¿recuerdan alguna cosa de ese coche? ¿Algún detalle?

—Yo te... tenía prisa —dijo el joven, tartamudeando—. Se supone que debo estar en Cantonville a las ocho y media. Sólo me paré a to... tomar una taza de café. No pe... pensé en otra cosa.

—Bueno, yo puedo recordar que era grande —dijo la mujer, con una impecable seguridad—. La parte posterior sobresalía, así es que tuve que hacer dos intentos antes de aparcar mi coche.

Sus recuerdos fueron llegando lentamente, a trozos. El joven recuperó un poco su compostura y mencionó detalles del parachoques; la mujer recordó algo sobre las luces y el parachoques y los dos se mostraron de acuerdo en que se trataba de un combinable; finalmente, después de lo que pareció una interminable indecisión, determinaron el color: o bien blanco o amarillo claro. Trask miró a O'Leary.

—¿Y bien?

—Si están en lo cierto, se trata de un combinable «Edsel» —dijo O'Leary—. No puede ser otra cosa.

—¿A qué distancia está la próxima salida?

—A cuarenta y cinco kilómetros —contestó O'Leary—. Y sólo hace veinte minutos que se ha marchado. Posiblemente, no podrá conseguirlo. Y será fácil de identificar en un combinable «Edsel». Un «Ford», un «Chevrolet» o un «Plymouth» serían otra cuestión.

—Informe a su radiofonista —dijo Trask y O'Leary ya se dirigía corriendo a su coche.

En el cuartel general, el capitán Royce, oficial más antiguo al mando de la autopista, estaba detrás del sargento Tonelli comprobando los informes que llegaban desde las salidas y las patrullas. Durante la última media hora, la actividad de la oficina había aumentado mucho, se había ordenado a todos los patrulleros libres de servicio que acudieran a la autopista, y se habían enviado patrullas antidisturbios a las subemisoras central y sur.

Royce tenía unos cincuenta años, era alto y poseía una estructura poco densa; en sus rasgos fuertemente marcados había una expresión de madura tozudez. Como regla general, en su actitud no solía percibirse ninguna idea de tensión o impaciencia, pero ahora, mientras llenaba una pipa y encendía una cerilla, sus duros ojos grises se veían ensombrecidos por un ceño ansioso.

Hacía media hora que había llegado el informe del patrullero O'Leary. Al cabo de treinta segundos, la autopista se había convertido en una trampa de ciento sesenta kilómetros; todas las patrullas habían sido alertadas; en todas las salidas se habían dado instrucciones para que observaran el combinable «Edsel». Pero hasta entonces no había rastro del asesino. 

Los coches patrulla habían detenido a tres «Edsel», pero en cada uno de los casos, sus pasajeros quedaron fuera de toda sospecha: unas jóvenes universitarias; un tejano con su esposa y cuatro hijos, y cuatro monjas carmelitas que eran conducidas a la velocidad permitida en el estado por un chófer negro, ya entrado en años.

Royce miró el gran reloj que había en la pared, sobre la mesa del radiofonista. Eran las ocho y diez. El convoy presidencial entraría en la autopista a las nueve cuarenta. En sólo noventa minutos...

El sargento Tonelli levantó la mirada hacia él y dijo:

—El patrullero O'Leary pide permiso para hablar con usted, señor.

—¿Dónde está?

—En la salida doce.

Estaba situada a cuarenta y cinco kilómetros del Howard Johnson número 1. Por aquel entonces, el asesino podía estar varios kilómetros más allá; hacia más de cuarenta y cinco minutos que había salido del Howard Johnson.

—Hablaré con él en mi despacho —dijo Royce, dirigiéndose hacia su despacho a grandes zancadas.

Cuando descolgó el receptor, vio que había empezado a llover; la autopista brillaba bajo las ventanas y podía ver el extenso relucir del agua sobre el hormigón y el brillo distorsionado de largas columnas de faros.

—Aquí el capitán Royce. ¿Qué ocurre, O'Leary?

—Sólo esto, señor: ha tenido tiempo de salir por la doce o por la once..., si es que está pensando en salir de la autopista.

—¿Qué quiere decir con ese si? ¿En qué otra cosa puede estar pensando si no en salir?

—Cometió un error al llevarse un «Edsel» blanco. Quizá se dio cuenta de ello. También se lo llevó del centro de una serie de coches aparcados, lo que nos dio una pista sobre él. Quizá también se haya dado cuenta de eso. Por eso supongo que no tratará de salir de la autopista con ese coche. Creo que tratará de deshacerse del «Edsel» antes de intentar salir.

—Espere un momento.

Royce miró rápidamente el mapa de la autopista que cubría una de las paredes de su despacho. Las salidas estaban marcadas y numeradas en rojo, los restaurantes de la cadena Howard Johnson en verde. El capitán Royce se dio cuenta instantáneamente de lo que quería decir O'Leary... antes de la salida 12 había otro restaurante Howard Johnson, así como una zona de servicio, designada con el nombre de Howard Johnson número 2; sólo estaba situada a diecinueve kilómetros de la número 1. El asesino podría haber conducido solamente desde la número 1 a la 2 en sólo quince minutos, y con cierta comodidad... y haber encontrado otro coche.

—O'Leary, regrese inmediatamente a la número 2. Tonelli le informará.

Harry Bogan había actuado tal y como había supuesto O'Leary, conduciendo el combinable «Edsel» sólo hasta el Howard Johnson número 2 y abandonándolo después en la zona de aparcamiento. Ahora, estaba de pie en las sombras, observando la actividad alrededor de los surtidores de gasolina; era una figura rechoncha, pero fuerte y poderosa; la luz relucía en sus gruesas gafas y el viento, cargado de lluvia, movía las puntas enhiestas de su corte de pelo gris. 

Estaba sonriendo débilmente, con los labios ligeramente curvados y sus grandes ojos apacibles llenos de excitación. Ahora, la policía estaría buscándole en las salidas. Lo sabía. Los largos coches patrulla de color azul y blanco alineados como gatos hambrientos ante la ratonera. Esperando hincar el diente.

Bogan sabía que había cometido un error al llevarse el combinable «Edsel» de color blanco, pero no había tenido tiempo para elegir. Lo importante podría ser más perspicaz. Tenía exigencias especiales y estaba dispuesto a esperar hasta que quedaran satisfechas. 

El tiempo ya no era importante, y en eso radicaba su seguridad. La policía pensaría que él estaba frenético, listo para precipitarse hacia cualquier salida a la primera señal de peligro. Pero no era así. La sensación de poder y control envió un fuerte destello de calor a través de su cuerpo.

Escuchó entonces el diáfano grito de la sirena a su derecha; el sonido iba aumentando y disminuyendo como el aullido de un animal. En la autopista, vio la luz giratoria roja de un coche de la policía avanzando a gran velocidad por los ordenados carriles de tráfico. Y escuchó otras sirenas aproximándose por su izquierda. 

El primer coche patrulla hizo un giro en forma de U, atravesando la franja de césped que dividía la autopista y terminando por introducirse en la zona de servicio del restaurante. Un mozo procedente de la gasolinera se detuvo a pocos pasos de Bogan para observar al coche patrulla, que pasó junto a los surtidores y se detuvo de un modo experto en la zona de aparcamiento situada frente a las luces del restaurante.

Bogan se sintió contento.

—Parece llevar mucha prisa, ¿verdad? —dijo.

El mozo miró hacia el lugar de donde había salido la voz de Bogan, pero sólo vio un cuerpo abultado semioculto entre las sombras.

—Así parece —admitió.

Bogan reconoció al patrullero; era el mismo que había estado sonriéndole a la camarera del pelo negro a la que él le había comprado el café y el frankfurt. El poderle observar corriendo a lo largo de la fila de coches aparcados, dio a Bogan una curiosa sensación de placer.

—Bueno —dijo el mozo—, ése va más seguro conduciendo a ciento sesenta que la mayor parte de la gente a ochenta. Es Dan O'Leary y puede manejar muy bien ese cacharro.

El mozo regresó a los surtidores y Bogan continuó su paciente examen de los coches que se alineaban esperando ser atendidos. No tardó en encontrar lo que deseaba, un sedán «Ford» poco llamativo, conducido por un joven con gafas de montura de cuerno. 

Bogan supuso que se trataba de un estudiante universitario, al darse cuenta de que llevaba una corbata de lazo y un pelo rubio muy bien cortado. Este sería estupendo. El coche era como uno cualquiera de los miles que rodaban por la autopista, y el joven parecía inteligente. Eso era importante. Había muchas cosas que explicar, y resultaría agotador tener que explicárselas a un tonto.

Para entonces ya habían llegado otros dos coches patrulla. Los patrulleros se habían unido al llamado O'Leary, según pudo ver Bogan. Y O'Leary estaba ya ante el «Edsel» blanco, inspeccionándolo con su linterna. Bogan rió suavemente. Se creían muy listos. Pero no eran más que unos pomposos tontos, que se pavoneaban con sus uniformes y sus revólveres. 

No consiguieron ninguna información del gran combinable blanco. Lo había aparcado él mismo, y nadie le vio salir de él. Podían desmontarlo si querían, y no conseguirían nada. No tenían forma alguna de identificarle, ningún modo de saber en qué clase de coche podría él estar ahora.

El joven estaba pagando ahora el combustible que había pedido, y Bogan se movió lentamente, saliendo de las sombras. Se dio cuenta de que aquello requeriría una buena sincronización de tiempo. El mozo entregó al joven su cambio y se dirigió después al siguiente coche, que esperaba en la fila. El joven subió el cristal de su ventanilla y puso en marcha el motor.

Bogan abrió la puerta justo en el momento en que el coche empezaba a moverse. Se deslizó en el asiento de delante, y mostró su revólver al joven.

—Y ahora, vamos —dijo tranquilamente—. Tenemos un bonito viaje que hacer. 

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