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Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 3)

 He dicho ya que sus caprichos eran muchos y variados, y que je les ménageais (pues no hay traducción posible de la frase). En esta oportunidad Dupin rehusó toda conversación vinculada con los asesinatos, hasta el día siguiente a mediodía. Entonces, súbitamente, me preguntó si había observado alguna cosa peculiar en el escenario de aquellas atrocidades.

Algo había en su manera de acentuar la palabra, que me hizo estremecer sin que pudiera decir por qué.

—No, nada peculiar —dije—. Por lo menos, nada que no hayamos encontrado ya referido en el diario.

—Me temo —repuso Dupin— que la Gazette no haya penetrado en el insólito horror de este asunto. Pero dejemos de lado las vanas opiniones de ese diario. Tengo la impresión de que se considera insoluble este misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus características. 

»La policía se muestra confundida por la aparente falta de móvil, y no por el asesinato en sí, sino por su atrocidad. Está asimismo perpleja por la aparente imposibilidad de conciliar las voces que se oyeron disputando, con el hecho de que en lo alto solo se encontró a la difunta mademoiselle L’Espanaye, aparte de que era imposible escapar de la casa sin que el grupo que ascendía la escalera lo notara. 

»El salvaje desorden del aposento; el cadáver metido, cabeza abajo, en la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana, son elementos que, junto con los ya mencionados y otros que no necesito mencionar, han bastado para paralizar la acción de los investigadores policiales y confundir por completo su tan alabada perspicacia. Han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito con lo abstruso. 

»Pero, justamente a través de esas desviaciones del plano ordinario de las cosas, la razón se abrirá paso, si ello es posible, en la búsqueda de la verdad. En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto «qué ha ocurrido», como «qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente». En una palabra, la facilidad con la cual llegaré o he llegado a la solución de este misterio se halla en razón directa de su aparente insolubilidad a ojos de la policía.

Me quedé mirando a mi amigo con silenciosa estupefacción.

—Estoy esperando ahora —continuó Dupin, mirando hacia la puerta de nuestra habitación— a alguien que, si bien no es el perpetrador de esas carnicerías, debe de haberse visto envuelto de alguna manera en su ejecución. Es probable que sea inocente de la parte más horrible de los crímenes. 

»Confío en que mi suposición sea acertada, pues en ella se apoya toda mi esperanza de descifrar completamente el enigma. Espero la llegada de ese hombre en cualquier momento... y en esta habitación. Cierto que puede no venir, pero lo más probable es que llegue. Si así fuera, habrá que retenerlo. He ahí unas pistolas; los dos sabemos lo que se puede hacer con ellas cuando la ocasión se presenta.

Tomé las pistolas, sabiendo apenas lo que hacía y, sin poder creer lo que estaba oyendo, mientras Dupin, como si monologara, continuaba sus reflexiones. Ya he mencionado su actitud abstraída en esos momentos. Sus palabras se dirigían a mí, pero su voz, aunque no era forzada, tenía esa entonación que se emplea habitualmente para dirigirse a alguien que se halla muy lejos. Sus ojos, privados de expresión, solo miraban la pared.

—Las voces que disputaban y fueron oídas por el grupo que trepaba la escalera —dijo— no eran las de las dos mujeres, como ha sido bien probado por los testigos. Con esto queda eliminada toda posibilidad de que la anciana señora haya matado a su hija, suicidándose posteriormente. Menciono esto por razones metódicas, ya que la fuerza de madame de L’Espanaye hubiera sido por completo insuficiente para introducir el cuerpo de su hija en la chimenea, tal como fue encontrado, amén de que la naturaleza de las heridas observadas en su cadáver excluye toda idea de suicidio. 

»El asesinato, pues, fue cometido por terceros, y a estos pertenecían las voces que se escucharon mientras disputaban. Permítame ahora llamarle la atención, no sobre las declaraciones referentes a dichas voces, sino a algo peculiar en esas declaraciones. ¿No lo advirtió usted?

Hice notar que, mientras todos los testigos coincidían en que la voz más ruda debía ser la de un francés, existían grandes desacuerdos sobre la voz más aguda o —como la calificó uno de ellos— la voz áspera.

—Tal es el testimonio en sí —dijo Dupin—, pero no su peculiaridad. Usted no ha observado nada característico. Y, sin embargo, había algo que observar. Como bien ha dicho, los testigos coinciden sobre la voz ruda. Pero, con respecto a la voz aguda, la peculiaridad no consiste en que estén en desacuerdo, sino en que un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés han tratado de describirla, y cada uno de ellos se ha referido a una voz extranjera. Cada uno de ellos está seguro de que no se trata de la voz de un compatriota. 

»Cada uno la vincula, no a la voz de una persona perteneciente a una nación cuyo idioma conoce, sino a la inversa. El francés supone que es la voz de un español, y agrega que «podría haber distinguido algunas palabras si hubiera sabido español». El holandés sostiene que se trata de un francés, pero nos enteramos de que, como no habla francés, testimonió mediante un intérprete. El inglés piensa que se trata de la voz de un alemán, pero el testigo no comprende el alemán. El español «está seguro» de que se trata de un inglés, pero «juzga basándose en la entonación», ya que no comprende el inglés. El italiano cree que es la voz de un ruso, pero nunca habló con un nativo de Rusia

»Un segundo testigo francés difiere del primero y está seguro de que se trata de la voz de un italiano. No está familiarizado con la lengua italiana, pero al igual que el español, «está convencido por la entonación». Ahora bien: ¡cuán extrañamente insólita tiene que haber sido esa voz para que pudieran reunirse semejantes testimonios! ¡Una voz en cuyos tonos los ciudadanos de las cinco grandes divisiones de Europa no pudieran reconocer nada familiar! 

»Me dirá usted que podía tratarse de la voz de un asiático o un africano. Ni unos ni otros abundan en París, pero, sin negar esa posibilidad, me limitaré a llamarle la atención sobre tres puntos. Un testigo califica la voz de «áspera, más que aguda». Otros dos señalan que era «precipitada y desigual». Ninguno de los testigos se refirió a palabras reconocibles, a sonidos que parecieran palabras.

»No sé —continuó Dupin— la impresión que pudo haber causado hasta ahora en su entendimiento, pero no vacilo en decir que cabe extraer deducciones legítimas de esta parte del testimonio —la que se refiere a las voces ruda y aguda—, suficientes para crear una sospecha que debe de orientar todos los pasos futuros de la investigación del misterio. 

»Digo «deducciones legítimas», sin expresar plenamente lo que pienso. Quiero dar a entender que las deducciones son las únicas que corresponden, y que la sospecha surge inevitablemente como resultado de las mismas. No le diré todavía cuál es esta sospecha. Pero tenga presente que, por lo que a mí se refiere, bastó para dar forma definida y tendencia determinada a mis investigaciones en el lugar del hecho.

»Transportémonos ahora con la fantasía a esa habitación. ¿Qué buscaremos en primer lugar? Los medios de evasión empleados por los asesinos. Supongo que bien puedo decir que ninguno de los dos cree en acontecimientos sobrenaturales. Madame y mademoiselle L’Espanaye no fueron asesinadas por espíritus. Los autores del hecho eran de carne y hueso, y escaparon por medios materiales. ¿Cómo, pues? 

»Afortunadamente, solo hay una manera de razonar sobre este punto, y esa manera debe conducirnos a una conclusión definida. Examinemos uno por uno los posibles medios de escape. Resulta evidente que los asesinos se hallaban en el cuarto donde se encontró a mademoiselle L’Espanaye, o por lo menos en la pieza contigua, en momentos en que el grupo subía las escaleras. Vale decir que debemos buscar las salidas en esos dos aposentos. 

»La policía ha levantado los pisos, los techos y la mampostería de las paredes en todas direcciones. Ninguna salida secreta pudo escapar a sus observaciones. Pero como no me fío de sus ojos, miré el lugar con los míos. Efectivamente, no había salidas secretas. Las dos puertas que comunican las habitaciones con el corredor estaban bien cerradas, con las llaves por dentro. Veamos ahora las chimeneas. 

»Aunque de diámetro ordinario en los primeros ocho o diez pies por encima de los hogares, los tubos no permitirían más arriba el paso del cuerpo de un gato grande. Quedando así establecida la total imposibilidad de escape por las vías mencionadas nos vemos reducidos a las ventanas. Nadie podría haber huido por la del cuarto delantero, ya que la muchedumbre reunida lo hubiese visto. 

»Los asesinos tienen que haber pasado, pues, por las de la pieza trasera. Llevados a esta conclusión de manera tan inequívoca, no nos corresponde, en nuestra calidad de razonadores, rechazarla por su aparente imposibilidad. Lo único que cabe hacer es probar que esas aparentes «imposibilidades» no son tales en realidad.

»Hay dos ventanas en el aposento. Contra una de ellas no hay ningún mueble que la obstruya, y es claramente visible. La porción inferior de la otra queda oculta por la cabecera del pesado lecho, que ha sido arrimado a ella. La primera ventana apareció firmemente asegurada desde dentro. Resistió los más violentos esfuerzos de quienes trataron de levantarla. 

»En el marco, a la izquierda, había una gran perforación de barreno, y en ella un solidísimo clavo hundido casi hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se vio que había un clavo colocado en forma similar; todos los esfuerzos por levantarla fueron igualmente inútiles. La policía, pues, se sintió plenamente segura de que la huida no se había producido por ese lado. Y, por tanto, consideró superfluo extraer los clavos y abrir las ventanas.

»Mi examen fue algo más detallado, y eso por la razón que acabo de darle: allí era el caso de probar que todas las aparentes imposibilidades no eran tales en realidad.

»Seguí razonando en la siguiente forma... a posteriori. Los asesinos escaparon desde una de esas ventanas. Por tanto, no pudieron asegurar nuevamente los marcos desde el interior, tal como fueron encontrados (consideración que, dado lo obvio de su carácter, interrumpió la búsqueda de la policía en ese terreno). Los marcos estaban asegurados. Es necesario, pues, que tengan una manera de asegurarse por sí mismos. 

»La conclusión no admitía escapatoria. Me acerqué a la ventana que tenía libre acceso, extraje con alguna dificultad el clavo y traté de levantar el marco. Tal como lo había anticipado, resistió a todos mis esfuerzos. Comprendí entonces que debía de haber algún resorte oculto, y la corroboración de esta idea me convenció de que por lo menos mis premisas eran correctas, aunque el detalle referente a los clavos continuara siendo misterioso. Un examen detallado no tardó en revelarme el resorte secreto. Lo oprimí y, satisfecho de mi descubrimiento, me abstuve de levantar el marco.

»Volví a poner el clavo en su sitio y lo observé atentamente. Una persona que escapa por la ventana podía haberla cerrado nuevamente, y el resorte habría asegurado el marco. Pero, ¿cómo reponer el clavo? La conclusión era evidente y estrechaba una vez más el campo de mis investigaciones. Los asesinos tenían que haber escapado por la otra ventana. 

»Suponiendo, pues, que los resortes fueran idénticos en las dos ventanas, como parecía probable, necesariamente tenía que haber una diferencia entre los clavos, o por lo menos en su manera de estar colocados. Trepando al armazón de la cama, miré minuciosamente el marco de sostén de la segunda ventana. Pasé la mano por la parte posterior, descubriendo en seguida el resorte que, tal como había supuesto, era idéntico a su vecino. Miré luego el clavo. Era tan sólido como el otro y aparentemente estaba fijo de la misma manera y hundido casi hasta la cabeza.

»Pensará usted que me sentí perplejo, pero si así fuera no ha comprendido la naturaleza de mis inducciones. Para usar una frase deportiva, hasta entonces no había cometido falta. No había perdido la pista un solo instante. Los eslabones de la cadena no tenían ninguna falla. Había perseguido el secreto hasta su última conclusión: y esa conclusión era el clavo

»Ya he dicho que tenía todas las apariencias de su vecino de la otra ventana; pero el hecho, por más concluyente que pareciera, resultaba de una absoluta nulidad comparado con la consideración de que allí, en ese punto, se acababa el hilo conductor. «Tiene que haber algo defectuoso en el clavo», pensé. Al tocarlo, su cabeza quedó entre mis dedos juntamente con un cuarto de pulgada de la espiga. El resto de la espiga se hallaba dentro del agujero, donde se había roto. 

»
La fractura era muy antigua, pues los bordes aparecían herrumbrados, y parecía haber sido hecho de un martillazo, que había hundido parcialmente la cabeza del clavo en el marco inferior de la ventana. Volví a colocar cuidadosamente la parte de la cabeza en el lugar de donde la había sacado, y vi que el clavo daba la exacta impresión de estar entero; la fisura resultaba invisible. Apretando el resorte, levanté ligeramente el marco; la cabeza del clavo subió con él, sin moverse de su lecho. Cerré la ventana, y el clavo dio otra vez la impresión de estar dentro.

»Hasta ahora, el enigma quedaba explicado. El asesino había huido por la ventana que daba a la cabecera del lecho. Cerrándose por sí misma (o quizá ex profeso) la ventana había quedado asegurada por su resorte. Y la resistencia ofrecida por este había inducido a la policía a suponer que se trataba del clavo, dejando así de lado toda investigación suplementaria.

»La segunda cuestión consiste en el modo del descenso. Mi paseo con usted por la parte trasera de la casa me satisfizo al respecto. A unos cinco pies y medio de la ventana en cuestión corre una varilla de pararrayos. Desde esa varilla hubiera resultado imposible alcanzar la ventana, y mucho menos introducirse por ella. 

»Observé, sin embargo, que las persianas del cuarto piso pertenecen a esa curiosa especie que los carpinteros parisienses denominan ferrades; es un tipo rara vez empleado en la actualidad, pero que se ve con frecuencia en casas muy viejas de Lyon y Bordeaux. Se las fabrica como una puerta ordinaria (de una sola hoja, y no de doble batiente), con la diferencia de que la parte inferior tiene celosías o tablillas que ofrecen excelente asidero para las manos. En este caso las persianas alcanzan un ancho de tres pies y medio. 

»Cuando las vimos desde la parte posterior de la casa, ambas estaban entornadas, es decir, en ángulo recto con relación a la pared. Es probable que también los policías hayan examinado los fondos del edificio; pero, si así lo hicieron, miraron las ferrades en el ángulo indicado, sin darse cuenta de su gran anchura; por lo menos no la tomaron en cuenta. Sin duda, seguros de que por esa parte era imposible toda fuga, se limitaron a un examen muy sumario. 

»Para mí, sin embargo, era claro que si se abría del todo la persiana correspondiente a la ventana situada sobre el lecho, su borde quedaría a unos dos pies de la varilla del pararrayos. También era evidente que, desplegando tanta agilidad como coraje, se podía llegar hasta la ventana trepando por la varilla. Estirándose hasta una distancia de dos pies y medio (ya que suponemos la persiana enteramente abierta), un ladrón habría podido sujetarse firmemente de las tablillas de la celosía. 

»Abandonando entonces su sostén en la varilla, afirmando los pies en la pared y lanzándose vigorosamente hacia adelante habría podido hacer girar la persiana hasta que se cerrara; si suponemos que la ventana estaba abierta en este momento, habría logrado entrar así en la habitación.

»Le pido que tenga especialmente en cuenta que me refiero a un insólito grado de vigor, capaz de llevar a cabo una hazaña tan azarosa y difícil. Mi intención consiste en demostrarle, primeramente, que el hecho pudo ser llevado a cabo; pero, en segundo lugar, y muy especialmente, insisto en llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi sobrenatural, de ese vigor capaz de cosa semejante.

»Usando términos judiciales, usted me dirá sin duda que para «redondear mi caso» debería subestimar y no poner de tal modo en evidencia la agilidad que se requiere para dicha proeza. Pero la práctica de los tribunales no es la de la razón. Mi objetivo final es tan solo la verdad. Y mi propósito inmediato consiste en inducirlo a que yuxtaponga la insólita agilidad que he mencionado a esa voz tan extrañamente aguda (o áspera) y desigual sobre cuya nacionalidad no pudieron ponerse de acuerdo los testigos y en cuyos acentos no se logró distinguir ningún vocablo articulado.

Al oír estas palabras pasó por mi mente una vaga e informe concepción de lo que quería significar Dupin. Me pareció estar a punto de entender, pero sin llegar a la comprensión, así como a veces nos hallamos a punto de recordar algo que finalmente no se concreta. Pero mi amigo seguía hablando.

—Habrá notado usted —dijo— que he pasado de la cuestión de la salida de la casa a la del modo de entrar en ella. Era mi intención mostrar que ambas cosas se cumplieron en la misma forma y en el mismo lugar. Volvamos ahora al interior del cuarto y examinemos lo que allí aparece. Se ha dicho que los cajones de la cómoda habían sido saqueados, aunque quedaron en ellos numerosas prendas. Esta conclusión es absurda. No pasa de una simple conjetura, bastante tonta por lo demás. ¿Cómo podemos asegurar que las ropas halladas en los cajones no eran las que estos contenían habitualmente? 

»Madame L’Espanaye y su hija llevaban una vida muy retirada, no veían a nadie, salían raras veces, y pocas ocasiones se les presentaban de cambiar de tocado. Lo que se encontró en los cajones era de tan buena calidad como cualquiera de los efectos que poseían las damas. Si un ladrón se llevó una parte, ¿por qué no tomó lo mejor... por qué no se llevó todo? En una palabra: ¿por qué abandonó cuatro mil francos en oro, para cargarse con un hato de ropa? El oro fue abandonado. 

»La suma mencionada por monsieur Mignaud, el banquero, apareció en su casi totalidad en los sacos tirados por el suelo. Le pido, por tanto, que descarte de sus pensamientos la desatinada idea de un móvil, nacida en el cerebro de los policías por esa parte del testimonio que se refiere al dinero entregado en la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que esta (la entrega del dinero y el asesinato de sus poseedores tres días más tarde) ocurren a cada hora de nuestras vidas sin que nos preocupemos por ellas. 

»En general, las coincidencias son grandes obstáculos en el camino de esos pensadores que todo lo ignoran de la teoría de las probabilidades, esa teoría a la cual los objetivos más eminentes de la investigación humana deben los más altos ejemplos. En esta instancia, si el oro hubiese sido robado, el hecho de que la suma hubiese sido entregada tres días antes habría constituido algo más que una coincidencia. Antes bien, hubiera corroborado la noción de un móvil. 

»Pero, dadas las verdaderas circunstancias del caso, si hemos de suponer que el oro era el móvil del crimen, tenemos entonces que admitir que su perpetrador era lo bastante indeciso y lo bastante estúpido como para olvidar el oro y el móvil al mismo tiempo.

»Teniendo, pues, presentes los puntos sobre los cuales he llamado su atención —la voz singular, la insólita agilidad y la sorprendente falta de móvil en un asesinato tan atroz como este—, echemos una ojeada a la carnicería en sí. Estamos ante una mujer estrangulada por la presión de unas manos e introducida en el cañón de la chimenea con la cabeza hacia abajo. 

»Los asesinos ordinarios no emplean semejantes métodos. Y mucho menos esconden al asesinado en esa forma. En el hecho de introducir el cadáver en la chimenea admitirá usted que hay algo excesivamente inmoderado, algo por completo inconciliable con nuestras nociones sobre los actos humanos, incluso si suponemos que su autor es el más depravado de los hombres. Piense, asimismo, en la fuerza prodigiosa que hizo falta para introducir el cuerpo hacia arriba, cuando para hacerlo descender fue necesario el concurso de varias personas.

»Volvámonos ahora a las restantes señales que pudo dejar ese maravilloso vigor. En el hogar de la chimenea se hallaron espesos (muy espesos) mechones de cabello humano canoso. Habían sido arrancados de raíz. Bien sabe usted la fuerza que se requiere para arrancar en esa forma veinte o treinta cabellos. Y además vio los mechones en cuestión tan bien como yo. Sus raíces (cosa horrible) mostraban pedazos del cuero cabelludo, prueba evidente de la prodigiosa fuerza ejercida para arrancar quizá medio millón de cabellos de un tirón. 

»La garganta de la anciana señora no solamente estaba cortada, sino que la cabeza había quedado completamente separada del cuerpo; el instrumento era una simple navaja. Lo invito a considerar la brutal ferocidad de estas acciones. No diré nada de las contusiones que presentaba el cuerpo de madame L’Espanaye. Monsieur Dumas y su valioso ayudante, monsieur Etienne, han decidido que fueron producidas por un instrumento contundente, y hasta ahí la opinión de dichos caballeros es muy correcta. 

»El instrumento contundente fue evidentemente el pavimento de piedra del patio, sobre el cual cayó la víctima desde la ventana que da sobre la cama. Por simple que sea, esto escapó a la policía por la misma razón que se les escapó el ancho de las persianas: frente a la presencia de clavos se quedaron ciegos ante la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas alguna vez.

»Si ahora, en adición a estas cosas, ha reflexionado usted adecuadamente sobre el extraño desorden del aposento, hemos llegado al punto de poder combinar las nociones de una asombrosa agilidad, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grotesquerie en el horror por completo ajeno a lo humano, y una voz de tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada de todo silabeo inteligible. ¿Qué resultado obtenemos? ¿Qué impresión he producido en su imaginación?

Al escuchar las preguntas de Dupin sentí que un estremecimiento recorría mi cuerpo.

—Un maníaco es el autor del crimen —dije—. Un loco furioso escapado de alguna maison de santé de la vecindad.

—En cierto sentido —dijo Dupin—, su idea no es inaplicable. Pero, aun en sus más salvajes paroxismos, las voces de los locos jamás coinciden con esa extraña voz escuchada en lo alto. Los locos pertenecen a alguna nación, y, por más incoherentes que sean sus palabras, tienen, sin embargo, la coherencia del silabeo. Además, el cabello de un loco no es como el que ahora tengo en la mano. Arranqué este pequeño mechón de entre los dedos rígidamente apretados de *madame* L’Espanaye. ¿Puede decirme qué piensa de ellos?

—¡Dupin... este cabello es absolutamente extraordinario...! ¡No es cabello humano! —grité, trastornado por completo.

—No he dicho que lo fuera —repuso mi amigo—. Pero antes de que resolvamos este punto, le ruego que mire el bosquejo que he trazado en este papel. Es un facsímil de lo que en una parte de las declaraciones de los testigos se describió como «contusiones negruzcas, y profundas huellas de uñas» en la garganta de mademoiselle L’Espanaye, y en otra (declaración de los señores Dumas y Etienne) como «una serie de manchas lívidas que, evidentemente, resultaban de la presión de unos dedos».

»Notará usted —continuó mi amigo, mientras desplegaba el papel— que este diseño indica una presión firme y fija. No hay señal alguna de deslizamiento. Cada dedo mantuvo (probablemente hasta la muerte de la víctima) su terrible presión en el sitio donde se hundió primero. Le ruego ahora que trate de colocar todos sus dedos a la vez en las respectivas impresiones, tal como aparecen en el dibujo.

Lo intenté sin el menor resultado.

—Quizá no estemos procediendo debidamente —dijo Dupin—. El papel es una superficie plana, mientras que la garganta humana es cilíndrica. He aquí un rodillo de madera, cuya circunferencia es aproximadamente la de una garganta. Envuélvala con el dibujo y repita el experimento.

Así lo hice, pero las dificultades eran aún mayores.

—Esta marca —dije— no es la de una mano humana.

—Lea ahora —replicó Dupin— este pasaje de Cuvier. 

 

(CONTINUARÁ...) 

Accidente - Agatha Christie

 —Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
 
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. 
 
Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. «Hay que actuar según la información recibida»... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
 
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
 
—Nunca pude olvidar una cara —repetía satisfecho—. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
 
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
 
—Ha pasado mucho tiempo —dijo con voz débil.
—Nueve años —replicó Evans con la precisión de siempre—. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
—Vagamente.
—Anthony resultó ser un consumidor de arsénico —dijo Evans—, y por eso la absolvieron.
—Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
—Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
—Entonces —replicó Haydock—, no veo por qué ha de preocuparse.
—¿Quién se preocupa?
—Yo creía que usted.
—En absoluto.
—El caso pasó a la historia —continuó el capitán—. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
—Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto —intervino Evans.
—Ya sabe a lo que me refiero —dijo el capitán Haydock irritado—. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
—Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
—Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
—Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
—¡Hola, hola, hola! —dijo—. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
—Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
—Bien —dijo tranquilo—; no es asunto nuestro.
—No estoy tan seguro.
—Pero, seguramente...
—Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
—Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
—Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
—Y desde luego no lo sabrá por mí —dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
—Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. «H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas.»
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
—¿Y bien?
—Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
—Es una idea horrible.
—¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
—Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
—Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
—No pensará...
—Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
—Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
—Ni yo tampoco —repuso Evans con pesar.
—Yo de usted dejaría las cosas tal como están —dijo el capitán Haydock—. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
—He hecho algunas inversiones poco acertadas —le explicó—, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
—¿Ella no se opuso? —preguntó Evans—. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
—¡Oh!, Margarita es muy práctica —repuso Merrowdene sonriendo—. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
—...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
—¿Eh...? ¿Qué es eso? —preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
—Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
—Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
—Sí.
—En ese caso —dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta—, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. «Deje las cosas como están», le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida. 
—Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene —dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
—Estoy buscando a mi esposo —dijo tranquila—. ¿Le ha visto por aquí? 
—La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
—¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció. 
—Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto. 
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
—Tenemos un té chino muy especial —explicó—. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto. 
—Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
—Lo siento, querida —dijo el profesor disculpándose—. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
—Cualquier día nos envenenarás a todos —dijo su esposa sonriendo—Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo. 
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
—Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
—Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el «accidente»? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el «accidente» él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser «demasiado pronto». Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
—Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
—Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
—¿Y bien? —dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
—Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
—A su salud y a la de su esposo —brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
—Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
—Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...

Amenazada - Raúl Garbantes

             Julia no respondía el teléfono y Hans se culpaba por no haberle mostrado el dibujo del cuarto de Gail. Ella hubiese sabido que su novio era el autor y, aunque en ese momento no entendiera el valor de esa información, tal vez él lo hubiese visto claro entonces. Al menos lo hubiese considerado sospechoso. Pensaba que era ella, que Julia era el detonante de su violencia de una forma que aún no comprendía; pero ahora lo importante era detener a Frank Gunn y evitar su muerte.

             Anne se acercó a donde estaban Hans y Juliet porque notó que algo grave pasaba. Venía con un vaso desechable en la mano que antes había contenido el espumante de la celebración.

             —Anne, el asesino no es Alan Gunn, es su hijo. De alguna manera lo culpó y quiere que su padre pague por lo que le hizo a su madre. Así como también seguramente quería que Gerard Bau y Otto Dupont pagaran lo que hacían, y en parte por eso debió asesinar a Gail, aunque en ese caso quizá había algo más. Algo que ella hizo o dijo y que lo sacó de sus casillas. De allí la importancia de comprender el primer delito, y por eso no me he cansado de decirlo y escribirlo en todos los informes y todos los seminarios. Ahora no puedo explicarte mejor, pero necesito que ordenes a una unidad que vaya a casa de Julia Stein. Tienes que confiar en mí —le pidió.

             —Está bien. Mandaré a alguien ahora mismo —dijo Anne entre asombrada y obediente. Si alguien como Hans Freeman hablaba con tal convicción, ella debía prestarle atención.

             Pero Hans no se quedó tranquilo, porque necesitaba saber que Julia Stein estaba bien. Juliet le había dado el número telefónico de la Dirección de Servicios Sociales del ayuntamiento, donde trabajaba, y decidió llamar de una vez. Había que ubicarla lo más rápido posible y alertarla.

             —Necesito comunicarme con Julia Stein —dijo a la persona al otro lado de la línea cuando logró la comunicación.

             Una voz sumamente chillona le informó que Stein ya no trabajaba allí y que, aunque debía cumplir un preaviso, no había aparecido desde ayer. Preguntó por algún compañero cercano a la chica y lo pusieron en comunicación con Madison Cooper. Esta le dijo que Julia se había mudado con «el amor de su vida», con su novio Frank Gunn y le dio la dirección de su casa.

             Él cortó la llamada y pensó que se le estaba acabando el tiempo, y que debía ir de inmediato a casa de Frank Gunn. Pero en ese momento Juliet lo abordó con unos papeles en la mano y le dijo que Jobs había encontrado ADN en una de las cuerdas junto a los restos de carbón.

             —Dice que cree que alguien lloró y que las lágrimas arrastraron partículas de carbón que seguramente estaban en su cara y se depositaron en un finísimo pliegue frontal de la cuerda.

             —¡Era él! ¿Por qué no pude verlo? Le debió haber resultado muy sencillo inculpar al padre porque solo tenía que escoger víctimas específicas y matarlas de noche, cuando supiese que él estaría solo y sin coartada. Se debe haber colado en la casa de Alan y buscó en los recibos del servicio de fumigación. Además, dejó los recibos a simple vista para cuando nosotros lo visitáramos, y todo convenientemente acomodado en la casa vacía de Park City para que no dudáramos ni un segundo de quién era el autor de los asesinatos. Las mujeres le recordaban a su madre, y por eso lloró. Por eso no quería mirar sus caras; eran un sacrificio necesario para que atrapáramos a los hombres crueles como su padre. Siempre se pensó superior, con más sensibilidad y con otra naturaleza. Y la verdad es que lo preparó todo muy bien. Hasta debió perseguir y atacar a Miriam Clark para que dijeran que la habían visto antes con él. De seguro sabía que Julia estaba vigilándolo… —le dijo a Juliet y comenzó a correr.

             Cuando estaba cruzando la puerta de salida del Departamento, Cotten se dio de bruces con él. Venía emocionado.

             —¡Tienes que ver esto! Unos chicos grabaron un video casero en una de las viviendas vecinas a la de Elaine Perales y en un segmento se puede ver a un hombre joven llevar a una mujer en silla de ruedas. Un hombre que no es Alan Gunn, aunque tiene cierto parecido con él, pero es más joven y camina de manera diferente. No habían dicho nada porque les apenaba el contenido del video.

             Anne escuchó las palabras de Cotten porque venía siguiendo a Hans para acompañarlo, y, actuando con efectividad, ordenó enseguida a cuatro agentes que la siguieran.

             —Se acabó la fiesta, señores.

             Debían ir a apresar a Frank Gunn. Ya poco le importaba lo que dirían al otro día la prensa por haber detenido primero al hombre equivocado.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

              

             Cuando volví a tener consciencia, me vi atada a la cama. Estaba muerta de miedo. Él me miraba sentado en el sillón rojo.

             —Maté a Gail el mismo día que nosotros tuvimos el problema, cuando supe que te había perdido. Gail era muy entrometida y me sacó de mis casillas. Ese día me dijo que hablaría contigo, pues estaba segura de que yo no te convenía. Me dijo que tú no serías capaz de darte cuenta de la realidad que te rodea, del peligro de mi yo violento. No podía dejar que te alejara de mí. Entonces la cité en aquella calle oscura y la molí a golpes. Eso fue después de pegarte a ti, pero sabes que eso lo hice sin querer. Creo que quedaste allí inconsciente un tiempo y luego saliste corriendo y no volví a verte. Seguramente tienes vagos recuerdos de aquella noche. También creo que si te hubiesen preguntado si yo estaba contigo cuando mataron a Gail, en caso de que yo hubiese necesitado una coartada y si los policías no hubiesen sido tan idiotas, habrías dicho que sí. Después de todo, estoy seguro de que no recuerdas lo que sucedió con claridad porque después de correr debiste haberte desmayado. Después de matar a Gail pensé que podría usar su muerte para vengarme de mi padre. Era una buena idea que lo culparan a él, porque era el verdadero responsable de que te perdiera; por esa parte del repulsivo Alan Gunn que yo llevaba adentro en ese momento, y que me hizo lanzarte aquella botella a la cabeza.

             Se quitó los lentes y los limpió, y luego se los volvió a poner como si lo que estuviese confesando fuese una cosa menor.

             —Junto con Otto Dupont, Gerard Bau y su despreciable hijo, mi padre cometía actos espantosos, pero nunca se atrevieron a asesinar a nadie. Depravados, yo sí soy un verdadero hombre y crucé el umbral. Su castigo por despreciarme era que los culparan del asesinato de Gail —dijo y destilaba mucha rabia en esas palabras finales.

             Comencé a pensar que me iba golpear, porque no sabía en ese momento lo que estaba sintiendo por mí: ¿odio?, ¿amor?, ¿posesión?

             —No me mires así, como si fuera un monstruo. ¡Tú no! Tú sabes que no lo soy —me gritó y no pudo contener las lágrimas.

             Yo me decía a mí misma que no podía caer en estado de pánico total porque eso empeoraría la situación. Pero verlo llorando como un ser enloquecido y capaz de cualquier cosa me hacía ahogarme de miedo.

             Después se secó las lágrimas que ya le bañaban toda la cara enrojecida.

             —De todas maneras, Gail buscaba dinero a costa de lo que fuera y descubrió lo que hacían Gerard, Otto y mi padre. Ella era muy inteligente y ambiciosa. El próximo paso que daría sería comenzar a pedirles cosas, a sacar algún beneficio de ellos. Gail era una vulgar oportunista, aunque nunca la viste así. Al principio pensé que era mi amiga, pero luego comenzó a criticarme, y odio que me critiquen. Hasta le regalé uno de mis mejores dibujos, ya que de verdad creí que era una aliada; pero solo quería separarnos, y para hacerlo fingía estar cerca de mí y de ti. En cambio, tú eres perfecta, tan fantástica y hermosa…

             Cuando dijo eso me acarició el brazo y continuó esa caricia hasta mi mano. Sentí una aterradora cosquilla y estuve a punto de gritar, pero pensé que si lo hacía, podría amordazarme.

             —Mi padre es un ser lleno de podredumbre, así como lo era Richard y como tantos otros, pero he sabido vengarme de ellos con paciencia. Que la estúpida Policía no llegara a sospechar de ellos con la muerte de Gail y despacharan los hechos culpando a los adictos de la zona, no es mi culpa, sino de ellos, que son unos idiotas.

             Me armé de valor e intenté concentrarme en lo que debía hacer para salvarme, y decidí hablarle.

             —¿Has asesinado a esas tres mujeres? ¿Fuiste tú? —le pregunté, y no pude contenerme más y comencé a llorar.

             Él respondió como esperaba que lo hiciera, me dijo que sí y que lo había hecho por mi culpa. Porque yo estaba avanzando mucho en la relación con Jimmy Randall.

             —Siempre te he vigilado, amor, muy de cerca, y he tolerado tus noviazgos porque habían sido cortos y tenía la seguridad de que algún día volverías. Pero entonces, cuando estuve seguro de que habías terminado con «tu amado Jimmy», volví a verte con él en el Otelo, superando todos tus récords de permanencia con alguien. Y para colmo, yo había buscado que me vieras esa noche, y me dejaste solo para irte con Randall. Eso me dolió mucho, Julie. Llega un momento en que uno no quiere esperar más y tiene que actuar de manera diferente para conseguir lo que quiere, lo que importa. Tuve que tomar medidas drásticas. Entonces decidí acabar con mi padre de una vez por todas porque él era el único culpable de que te hubiese perdido. Tuve mucho miedo porque pensé que te irías con Jimmy, y la rabia, Julie, la rabia contra mi padre fue brillante, enorme, y me ha hecho un asesino perfecto. La misma rabia que sentí cuando golpeaba a Gail. ¿Has visto el cuadro en la sala?, ¿el rojo, negro y blanco? Me recuerda cómo quedó el cuerpo de Gail cuando terminé con ella. Si lo piensas bien, esos son los colores que llevamos dentro.

             Yo tenía las manos atadas a la cabecera de la cama. Y los pies también estaban atados, juntos. Solo sentía mis lágrimas calientes caer y resbalar sobre la cara y la presión muy fuerte en la cabeza. Inspiré profundo porque sentía que mis pulmones se estaban quedando sin aire, tal vez por la posición de mis brazos o por la desesperación de saberme atrapada y a merced de un loco asesino que yo había querido. Porque eso era a fin de cuentas Frank. La verdad era que siempre fue el sádico homicida de Wichita.

             Algo me dijo que debía quedarme tranquila y continuar callada, escuchándolo.

             —Entonces haría algo aún más radical; mataría a varias mujeres que pudiesen relacionar sin ninguna duda con mi padre. Tengo llaves de la furgoneta de papá, de la casa vieja de Park City y de su horrible casa actual. El muy estúpido ni siquiera se daba cuenta de que tomaba su furgoneta algunas noches. He podido matarlo yo mismo, pero me pareció más adecuado verlo preso hasta el final de sus días, y vender su asqueroso Fairlane y destruirle la vida poco a poco como él lo hizo con mamá. Estaba convencido de que al final, en la cárcel, se hubiese ahorcado con unas sábanas al menor descuido. Fue un golpe de suerte que compartieras con Freeman el vuelo a Wichita, y que pudieras ver la foto de Gail en su poder. Eso me hizo más fáciles y rápidas las cosas. Tengo que reconocer que la inteligencia de Freeman era clave para mi plan. Porque necesitaba que notaran la similitud entre los lugares de las manchas de la ropa de Gail y de las perforaciones de los otros cuerpos. Necesitaba que alguien inteligente participara de la investigación, y ese fue Hans Freeman.

             Cuando dijo eso, me acarició la cara y me besó. Pensé en morderlo, pero no lograría nada y era mejor mostrarme dócil. Sentí sus labios y la humedad, que me resultó inmunda. Luego se separó de mí y volvió a sentarse en el sillón.

             —Aparecí en casa de Megan con el uniforme de la empresa que ella conocía, convenciéndola de que había un error en el recibo. Después fue Alice y de último Elaine. Ella era hermosa, se parecía un poco a mamá. Casi perfecta, pero no como tú. Cuando una mujer vivía sola, mi padre tenía el pésimo gusto de escribir notas en las copias de los recibos a pie de página; me refiero a notas morbosas sobre ellas. Él siempre fue muy grosero y ordinario, distinto a mí. Esas mujeres solas eran el blanco perfecto. En un descuido les inyecté esto —dijo mostrándome una jeringa y una aguja larga que tomó de la mesita de noche.

             Fue cuando comencé a dudar de mi cordura. ¿En qué momento la había puesto allí? Sería que me había desmayado en el taller porque tampoco recordaba cuando me amarró. A uno se le nublan los recuerdos en situaciones como esas. Lo mismo me pasó la noche que me atacó y asesinó a Gail. Supongo que en algún momento lo recordaré todo.

             Frank continuaba hablando y yo lo oía en medio de un ataque de náuseas.

             —Las drogué y las llevé a Park City y las asfixié. Perforarlas en los mismos lugares donde papá fracturó a mamá fue algo que no pude evitar hacer, porque soy un artista, tú lo sabes más que nadie. Lo mismo hice con el cuerpo de Gail...

             Comenzaron a dolerme con intensidad los brazos y no veía la manera de escaparme de Frank. Y lo más desesperante era que no se callaba y continuaba explicándome con detalles cómo había cometido esos actos atroces y sus perversas motivaciones. ¿Y qué iba a hacer con esa aguja? En ese momento estuve segura de que iba a asesinarme de la misma manera que a las otras chicas. Tal vez luego me vestiría con uno de los trajes que hizo a mi medida y me dejaría acostada en su cama, y sin pies para que yo también volara.

             —Aquella noche que nos vimos en el bar no fue casualidad, lo que pasa es que tú has resultado ser muy crédula y confiada. No sé cómo no te diste cuenta de que te perseguí todos los días, que tengo registrada en mi mente cada vez que saliste de fiesta, cada novio, cada noche en tu apartamento. Una tarde entré en él y copié la llave de la puerta. He estado allí muchas veces sentado en tu sofá, como aquella vez que te fuiste de viaje con la buena Madi y con el imbécil de Jimmy. Pensé en acabar con él, pero no tuve necesidad de hacerlo, porque después de que maté a Elaine Perales y te llamé, lo supe. Supe por tu tono de voz que ya no estaban juntos. Y después fuiste a verme al trabajo y entonces sentí que al fin lo había logrado: habías vuelto a mí, y esta vez sería duradero. Siempre te he vigilado, hasta cuando Albert MacArthur te persiguió.

             Pedía que todo fuera una de mis pesadillas. Porque esas cosas retorcidas que decía eran lo peor que había escuchado en mi vida.

             Se volvió a acercar y me besó, pero esta vez lo rechacé sin poder evitarlo. Entonces esperé un golpe como reacción, pero él se quedó muy quieto, se alejó, se quitó los lentes y los limpió con el borde de su camisa, y volvió a ponérselos. Y solo entonces gritó y luego tumbó lo que había sobre la mesita de noche. Pegó un puñetazo a la cama junto a mi cara, levantó la mano para golpearme y yo cerré los ojos porque no podía defenderme. Solo esperé, y la espera me pareció eterna, pero no sentí nada. Entonces abrí los ojos y lo vi mirándome, con el brazo detenido en medio camino.

             Le pedí que me soltara para demostrarle que no me importaba lo que había hecho, que lo entendía por completo y que yo en su lugar habría hecho lo mismo, porque más de una vez quise matar a mi hermano, incluso a mi madre. Le dije que quería abrazarlo y besarlo. No sé de dónde saqué la fuerza para decir todo eso, pero supongo que las ganas de sobrevivir nos hacen extrañarnos de lo que somos capaces.

             Frank dudó, pero luego cayó en mi trampa y me soltó las amarras.

             Estaba teniendo una nueva oportunidad y no podía desperdiciarla. Lo abracé y besé con intensidad, y luego con la mano derecha tomé una lámpara de bronce que había sobre la mesa de noche, y que quedó en pie a pesar del ataque de furia que él desató antes. Quería buscar la jeringuilla, pero me pareció más difícil encontrarla, y no tenía tiempo. Le golpeé la cabeza lo más fuerte que pude. Vi en cámara lenta cómo la sangre le iba cubriendo parte del rostro y el pelo, y también vi sus ojos brillantes llenos de furia mirándome.

             No perdió la conciencia y yo aún no había podido levantarme de la cama. Luchamos. Recuerdo golpes y rasguños y la idea fija en mi mente sobre la necesidad de ganarle. Me empujó y caí por completo sobre el colchón, me agarró las muñecas y las presionó con una fuerza bestial que nunca pensé que llegaría a tener. Grité y le pedí que me soltara, pero sabía que no iba a hacerlo. Al final logró dominarme. Comprendí que había perdido y me quedé quieta. Frank me miró. La sangre había manchado los lentes y su imagen era pavorosa porque estaba transformado en otra persona. Era realmente escalofriante.

             Volvió a amarrarme, esta vez haciéndome daño. Se fue y regresó gritando y llevando entre las manos una bolsa plástica. Intenté convencerlo nuevamente de que no lo hiciera, pero no tenía esperanzas de lograrlo porque sabía que era mi fin. Me puso la bolsa en la cabeza y la anudó en el cuello. Fue cuando comencé a ahogarme y a sentir lo mismo que sintieron Megan, Alice y Elaine antes que yo.

 


Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 4)

         17

La señora Warwick guardó silenció unos instantes antes de responder con tono brusco:

-Voy a hacerle una pregunta, señor Stark­wedder. ¿Puede entender que una persona que haya concebido una vida se sienta con el derecho de acabar con esa vida?

Starkwedder se paseó por la habitación pen­sando en esas palabras hasta que finalmente de­claró:

-Se conocen casos de madres que han matado a sus hijos, sí, pero suele ser por alguna razón sórdida (un seguro, por ejemplo) o quizá tienen ya dos o tres hijos y no quieren los problemas de otro niño. -Se volvió hacia ella-: ¿Le beneficia económicamente la muerte de Richard?

-No.

Starkwedder asintió.

-Disculpe mi franqueza -comenzó, pero la señora Warwick le interrumpió al preguntar con aspereza:

-¿Comprende lo que intento decirle?

-Creo que sí. Dice que es posible que una mujer mate a su hijo. -Se dirigió al sofá y se in­clinó sobre él-. Y usted me está diciendo, para ser más exactos, que mató a su hijo. ¿Es sólo una teoría? ¿Debo entender que se trata de un hecho?

-No estoy confesando nada -respondió la señora Warwick-. Simplemente estoy mos­trándole cierto punto de vista. Es posible que surja una emergencia cuando yo ya no esté aquí para solucionarla. Si ello sucediera, quiero que tenga esto y que lo utilice. -Sacó un sobre del bolsillo y se lo tendió.

Starkwedder lo tomó no sin puntualizar:

-Todo esto me parece muy bien, pero yo tampoco estaré aquí. Regreso a Abadan para continuar con mi trabajo.

Ella hizo un ademán, como si considerara insignificante la objeción.

-Supongo que no estará desconectado de la civilización -comentó-. Habrá periódicos, ra­dio y otras cosas en Abadan.

-Sí -convino-, disponemos de todos esos lujos occidentales.

-Entonces guarde ese sobre. ¿Ve a quién está dirigido?

El echó un vistazo.

-Al comisario. -Se acercó al sillón-. Pero no tengo muy claro qué tiene usted en mente.

Para ser mujer, sabe guardar muy bien un secre­to porque, o bien cometió el asesinato usted mis­ma o sabe quién lo hizo. Se trata de eso, ¿verdad?

Ella apartó la mirada al responder:

-No es mi intención discutir este asunto. Él se sentó en el sillón.

-Aun así -insistió-, me gustaría saber qué tiene en mente.

-Me temo que no se lo voy a decir. Como usted bien dice, soy una mujer que sabe guardar bien un secreto.

Starkwedder decidió cambiar de táctica y dijo:

-El asistente, el hombre que cuidaba de su hijo... -Hizo una pausa como si intentara re­cordar su nombre.

-Angell -le dijo la señora Warwick-. ¿Qué sucede con él?

-¿Es de su agrado?

-No, la verdad es que no -respondió-. Pero es eficiente, y Richard no era una persona fácil de tratar.

-Supongo que no. Pero Angell lo soporta­ba todo, ¿no es así?

-Valía la pena -fue la seca respuesta de la señora Warwick.

Starkwedder se incorporó y comenzó a pa­searse por el estudio. Después se volvió hacia la señora Warwick para obtener más información.

-¿Tenía Richard algo contra él?

-¿Algo contra él? ¿Qué quiere decir? Ah, ya veo; ¿me pregunta si Richard sabía algo que pudiera perjudicar a Angell?

-Sí, eso quiero decir. ¿Tenía algún tipo de control sobre él?

La señora Warwick reflexionó un instante antes de responder:

-No, creo que no.

-Me estaba preguntando...

-Se pregunta si Angell mató a mi hijo. Lo dudo, lo dudo mucho.

-Ya veo que no le convence esta teoría -comentó él-. Es una lástima, pero así es.

La señora Warwick se puso en pie: -Gracias, señor Starkwedder, ha sido usted muy amable. -Y le tendió la mano.

Divertido por su actitud brusca, él le estre­chó la mano. A continuación se acercó a la puer­ta y la abrió. La señora Warwick salió por ella y Starkwedder la cerró. Con una sonrisa, se dirigió al escabel. Vaya, ¡que me zurzan!, pensó mien­tras contemplaba el sobre de nuevo. ¡Menuda mujer!

La señorita Bennett entró en el estudio. Starkwedder introdujo apresurado el sobre en un bolsillo mientras ella cerraba la puerta tras de sí y se acercaba al sofá. Parecía disgustada y preo­cupada.

-¿Qué le ha contado? -preguntó. Sorprendido, él intentó ganar tiempo.

-¿Qué quiere decir? -respondió.

-La señora Warwick, ¿qué le ha dicho? A fin de evitar una respuesta directa, Stark­wedder simplemente respondió:

-Parece disgustada.

-Claro que lo estoy -replicó-. Sé de lo que esa mujer es capaz.

Starkwedder miró al ama de llaves con dete­nimiento antes de preguntar:

-¿De qué es capaz? ¿De asesinato?

La señorita Bennett dio un paso en su direc­ción.

-¿Es eso lo que ha intentado que usted cre­yera? Pues no es cierto.

-Bueno, uno nunca puede estar seguro; después de todo, podría ser verdad.

-Pero no es así -insistió ella.

-¿Cómo puede saberlo?

-Lo sé. ¿Acaso cree que hay algo que yo no sepa de las personas de esta casa? Hace años que trabajo para ellos -se sentó en el sillón-, y los aprecio mucho a todos.

-¿Incluido el difunto Richard Warwick? La señorita Bennett parecía ensimismada, pero contestó.

-Solía apreciarle... hace tiempo.

Hubo un silencio. Starkwedder, sentado en el escabel, la contempló antes de murmurar: -Prosiga.

-Cambió -dijo ella-. Se le torció el carácter, cambió totalmente, a veces podía ser un de­monio.

-Sí, parece que todos están de acuerdo en eso.

-Pero si le hubiera conocido antes... Starkwedder la interrumpió:

-Yo no creo que las personas cambien.

-Richard sí -insistió ella.

-No es así -le contradijo él. Se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación-. Creo que se equivoca, estoy convencido de que siem­pre tuvo un demonio en su interior. Yo diría que era una de esas personas que necesitaba ser feliz y tener éxito, porque si no era así... Esas perso­nas esconden su verdadera personalidad todo el tiempo que sea necesario hasta conseguir lo que quieren pero, en el fondo, esa veta mezquina siempre está allí. -Se volvió hacia la señorita Bennett-. Apostaría a que su crueldad siempre estuvo allí. Seguramente era un bravucón en el colegio. Resultaba atractivo para las mujeres, como es natural, pues a éstas les atraen los tipos duros. Yo diría que la caza mayor era una vía de escape para su sadismo. -Starkwedder señaló los trofeos de caza que colgaban de la pared y se acercó a los ventanales.

»Richard Warwick debió de ser un gran egoísta -continuó-. Esa es la impresión que tengo por la forma en que todos hablan de él. Disfrutaba haciéndose pasar por un hombre bondadoso, generoso, con éxito, encantador y todo lo demás. Pero esa veta cruel estaba allí, y cuando tuvo el accidente se arrancó la másca­ra y pudieron verle como era en realidad.

La señorita Bennett se puso en pie.

-No creo que sea asunto suyo -exclamó indignada-. Usted es un extraño y no sabe nada.

-Quizá no, pero he oído muchas cosas -objetó Starkwedder-. Por algo, todo el mun­do acude a mí.

-Sí, supongo que sí. De hecho, aquí estoy yo hablando con usted, ¿verdad? -reconoció-. Eso es porque no nos atrevemos a hablar entre nosotros. -Le miró con expresión suplicante-. Ojalá no tuviera que marcharse.

Starkwedder sacudió la cabeza.

-Realmente no he ayudado en nada, lo úni­co que hice fue entrar y descubrir el cadáver.

-¿No fue Laura quien descubrió a Richard? -repuso la señorita Bennett. Y añadió-: ¿O es que Laura y usted...?

 

18

Starkwedder miró a la señorita Bennett y sonrió.

-Es usted muy astuta -observó.

Ella clavó los ojos en él. -Usted la ayudó, ¿verdad? -preguntó con tono acusador.

Starkwedder se alejó de ella. -Se está imaginando cosas -respondió.

-No, no es así. Quiero que Laura sea feliz, no sabe cuánto lo deseo.

Starkwedder se volvió hacia ella y exclamó:

-Maldita sea, yo también.

Ella le miró sorprendida.

-En ese caso, tengo que... tengo -dijo Starkwedder, que había posado la vista en la te­rraza por casualidad y había descubierto al joven Jan con una pistola en la mano; indicó al ama que guardara silencio. Se acercó a los ventanales, abrió la puerta y gritó-: ¿Qué estás haciendo?

En ese instante, la señorita Bennett vio a Jan en el jardín blandiendo una pistola. Corrió hacia los ventanales y gritó:

Jan, ¡dame esa arma!

Pero Jan salió corriendo mientras gritaba:

-¡Ven a buscarla!

La señorita Bennett corrió tras él, gritando desesperada:

-Jan! ¡Jan!

En ese momento entró Laura en la habita­ción.

-¿Dónde está el inspector? -preguntó. Starkwedder negó con la cabeza. Laura se acercó a él.

-Michael, tienes que escucharme -le im­ploró-, Julian no ha matado a Richard.

-¿Es eso cierto? -respondió Starkwedder con frialdad-. Te lo ha dicho él, ¿no es así?

-No me crees, pero es cierto -replicó ella con tono desesperado.

-Eso significa que tú le crees.

-No. Sé que es verdad -replicó Laura-. Verás, él pensaba que yo había matado a Ri­chard.

-No me sorprende -repuso él con morda­cidad-. También lo creía yo, ¿no?

Laura pareció todavía más desesperada al in­sistir:

-Él pensaba que yo había matado a Ri­chard, era incapaz de asimilarlo, le hacía... le hacía verme de una manera diferente.

Starkwedder la observó con frialdad.

-Pero, cuando pensaste que había sido él quien había matado a Richard ¡ni te inmutaste! -Starkwedder sonrió-. ¡Las mujeres son maravillosas! -murmuró. Se acercó al sofá y se apoyó en el brazo-. ¿Qué es lo que hizo que Farrar se perjudicara a sí mismo dicien­do que estuvo aquí anoche? ¿No me digas que se debe a un puro y simple amor a la verdad?

-Fue Angell -respondió Laura-. Angell vio, o dice haber visto, a Julian aquí.

-Sí -comentó él con una risita amarga-, creí detectar cierto hedor a chantaje; es un mal bicho ese Angell.

-Dice que vio a Julian justo después del dis­paro. ¡Estoy asustada! El círculo se está estre­chando, tengo miedo.

Starkwedder la cogió por los hombros.

-No tienes por qué estar asustada -le ase­guró-, todo saldrá bien.

Laura sacudió la cabeza.

-No es verdad -gimió.

-Todo saldrá bien, créeme -insistió sacu­diéndola ligeramente por los hombros.

Ella le observó con ojos inquisidores. -¿Sabremos alguna vez quién mató a Ri­chard? -preguntó.

Starkwedder la miró sin responder. Se acer­có a los ventanales y contempló el jardín.

-Tu señorita Bennett está segura de cono­cer todas las respuestas.

-Siempre está segura de todo, pero a veces se equivoca -replicó Laura.

Starkwedder vislumbró algo en el exterior e hizo señas a Laura para que se acercara. Ella co­rrió hacia él y tomó la mano que le tendía.

-Mira, Laura -exclamó observando el jar­dín-. ¡Me lo imaginaba!

-¿Qué sucede?

-¡Sssh! -le advirtió.

En ese preciso instante entró la señorita Ben­nett desde el pasillo.

-¡Señor Starkwedder! -dijo-. ¡Vaya a la siguiente habitación, el inspector está allí! ¡Rá­pido!

Starkwedder y Laura salieron al pasillo. Tan pronto como se hubieron marchado, la señorita Bennett se dirigió al jardín, donde la luz del día comenzaba a desvanecerse.

-Vamos, Jan -llamó-, no juegues más. ¡Entra!

 

19

La señorita Bennett esperó a Jan junto a los ventanales. Jan entró con aspecto iracundo y triunfante a la vez, y con una pistola en la mano.

-Veamos, Jan, ¿de dónde has sacado eso? -preguntó ella.

-Te creías muy lista, ¿eh, Benny? -respon­dió él, beligerante-. Muy lista porque habías guardado las pistolas de Richard allí, bajo llave. -Señaló el pasillo con un gesto-. Pero encontré una llave que abría el armario de las pistolas. Ahora tengo una pistola, igual que Richard. Ten­dré muchas pistolas y dispararé a cosas. -Alzó la que llevaba y apuntó a la señorita Bennett, que se estremeció-. Ten cuidado, Benny -conti­nuó con una risita-, quizá te dispare.

Ella intentó no parecer demasiado asustada mientras decía con el tono más suave de que era capaz:

_ Tú no harías una cosa semejante, Jan. Sé que no lo harías.

Él continuó apuntándola, pero después bajó el arma.

La señorita Bennett se relajó levemente y tras una pausa, Jan exclamó con dulzura y cierta ansiedad:

-No, no lo haría. Claro que no lo haría. -Después de todo, tú no eres un niño insensato -dijo ella con tono tranquilizador-.

Ahora eres un hombre, ¿verdad?

Jan esbozó una amplia sonrisa. Se acercó al escritorio y se sentó en la silla.

-Sí, soy un hombre -convino-. Ahora que Richard ha muerto, soy el hombre de la casa.

-Por eso sé que no me matarías. Sólo matarías a un enemigo.

-Exacto -exclamó él entusiasmado. Escogiendo sus palabras con cuidado, la se­ñorita Bennett dijo:

-Durante la guerra, si pertenecías a la Re­sistencia y matabas a un enemigo hacías una muesca en la culata de tu arma.

-¿Ah, sí? -respondió Jan examinando la pistola-. ¿Eso hacían? -Miró a la señorita Bennett emocionado-. ¿Había personas que te­nían muchas muescas?

-Sí. Había personas que tenían bastantes muescas.

Jan soltó una carcajada de satisfacción. -¡Qué divertido! -exclamó.

-Claro que a algunas personas no les gusta matar, pero a otras sí.

-A Richard le gustaba.

-Sí, a Richard le gustaba matar cosas -reconoció ella. Se alejó de él con gesto tranquilo y agregó- A ti también te gusta matar cosas, ¿verdad, Jan?

El sacó una navaja del bolsillo y comenzó a grabar una muesca en la pistola.

-Matar es emocionante -comentó con cierta irritación.

La señorita Bennett lo miró.

-Tú no querías que Richard te enviara lejos de aquí, ¿verdad, Jan? -preguntó con voz queda.

-Dijo que lo haría -respondió Jan vehe­mente-. ¡Era un monstruo!

La señorita Bennett se situó detrás de la silla de Jan.

-Una vez dijiste a Richard -le recordó- que le matarías si te enviaba fuera.

-¿Ah, sí? -respondió él con indiferencia.

-¿Pero no le mataste? -preguntó ella ento­nando las palabras como si fueran un media pre­gunta.

-No, no le maté.

-Fue algo cobarde por tu parte.

-¿Ah, sí? -preguntó Jan con un brillo ma­licioso en los ojos.

-Sí, creo que sí, decir que le ibas a matar y luego no hacerlo... -La señorita Bennett caminaba alrededor del escritorio pero tenía los ojos clavados en la puerta-. Si alguien me amenazara con mandarme fuera querría matarle, y lo haría.

-¿Quién dice que no lo hice? -respondió Jan-. Quizá sí fui yo.

-Ah, no, seguro que no fuiste tu -dijo ella desdeñosa-. Sólo eres un niño, no te hubieras atrevido.

Jan se levantó de la silla.

-¿Crees que no me hubiera atrevido? -chi­lló-. ¿Es eso lo que crees?

-Claro que lo creo. -Parecía estar provo­cándolo de forma deliberada-. Está claro que nunca te hubieras atrevido a matar a Richard, para eso tendrías que ser muy valiente y ma­duro.

Jan le dio la espalda y se acercó a los venta­nales.

-Tú no lo sabes todo, Benny -dijo, heri­do-. No, Benny, no lo sabes todo.

-¿Hay alguna cosa que no sepa? ¿Te estás burlando de mí, Jan? -La señorita Bennett aprovechó ese momento para abrir ligeramente la puerta. Jan se encontraba junto a los ventanales, desde donde un haz de luz del sol poniente iluminaba la habitación.

-Sí, me estoy burlando de ti -le gritó-. Y lo hago porque soy mucho más listo que tú.

Jan se volvió y la señorita Bennett dio un respingo involuntario. -Sé cosas que tú no sabes -agregó él.

-¿Qué sabes tú que yo no sepa? -pregun­tó ella intentando no sonar demasiado ansiosa.

Jan no respondió, simplemente esbozó una sonrisa misteriosa al tiempo que se sentaba en el escabel. Ella se acercó a él.

-¿No me lo vas a decir? -preguntó de nue­vo con tono persuasivo-. ¿No me vas a confiar tu secreto?

Jan se apartó de ella.

-Yo no confío en nadie -respondió con acritud.

-Me pregunto si es cierto que has sido muy listo.

Jan soltó una risita nerviosa.

-Empiezas a darte cuenta de lo listo que soy -le dijo.

Ella le miró con expresión especulativa.

-Quizá haya muchas cosas que desconozco sobre ti -convino.

-Muchas -le aseguró Jan-. Y yo sé mu­chas cosas de todos los demás, pero no siempre las cuento. A veces me levanto por la noche y deambulo por la casa, veo muchas cosas y encuentro muchas cosas, pero no las aireo.

Con aire de complicidad, ella preguntó:

-¿Tienes algún gran secreto ahora?

Jan pasó una pierna por encima del escabel y se sentó a horcajadas.

-¡Un gran secreto! -exclamó encantado-.

Te asustarías si lo supieras -agregó con una risa casi histérica.

-¿De verdad? ¿De verdad me asustaría? ¿Tendría miedo de ti? -inquirió mientras se si­tuaba delante de Jan y le miraba fijamente.

Él alzó la vista. La expresión de júbilo se des­vaneció de su rostro y su voz sonó muy seria cuando respondió:

-Sí, tendrías mucho miedo de mí.

Ella continuó estudiándole con deteni­miento.

-No sabía cómo eras en realidad, Jan -reconoció-. Ahora empiezo a comprenderlo.

Los cambios de humor de Jan comenzaban a ser más pronunciados, y con tono desquiciado exclamó:

-En realidad nadie sabe nada de mí ni de las cosas que puedo hacer. El tonto de Richard sen­tado siempre allí disparando a los pájaros... Nunca pensó que alguien le dispararía a él, ¿verdad?

-No -respondió ella-, ése fue su error. Jan se levantó.

-Sí, ése fue su error -convino-. Pensaba que podía echarme de aquí, pero le di una lec­ción.

-¿Ah, sí? ¿Cómo?

Jan la miró con picardía, guardó silencio y fi­nalmente dijo:

-No te lo voy a decir.

-Dímelo, Jan- suplicó ella.

-No. -Se acercó al sillón y se subió enci­ma, con la pistola apoyada en la mejilla-. No, no se lo voy a decir a nadie.

La señorita Bennett se acercó a él.

-Quizá tengas razón -le dijo-. Quizá pueda adivinar lo que hiciste, pero no voy a de­cirlo, porque es tu secreto, ¿no es así?

-Sí, es mi secreto -respondió él mientras se levantaba y comenzaba a caminar nervioso por la habitación-. Nadie sabe cómo soy -exclamó alterado-. Soy peligroso, más vale que tengan cuidado, soy peligroso.

La señorita Bennett le dedicó una mirada triste.

-Richard no sabía lo peligroso que eras -dijo-, debió de sorprenderse mucho.

Jan regresó junto al sillón y la observó con detenimiento.

-Sí, sí que se sorprendió -convino-. Puso cara rara y cuando acabó todo, inclinó la cabeza hacia adelante, había sangre, y no se movía. ¡Le enseñé una lección! Ahora ya no me enviará fuera.

Jan fue hasta un extremo del sofá y se sentó mientras movía la pistola de un lado a otro de­lante de la señorita Bennett, que intentaba conte­ner las lágrimas.

-¡Mira! -exclamó Jan-. Mira, ¿ves? He hecho una muesca en la pistola. -Le dio unos golpecitos con la navaja.

-¡Vaya! -exclamó ella al tiempo que se acercaba a él-. ¡Qué emocionante! -Intentó coger la pistola de la mano tendida de Jan, pero él la apartó.

-¡Ah, no! ¡Eso sí que no! -gritó mientras se incorporaba con rapidez-. Nadie me va a quitar mi pistola. Si la policía intenta arrestarme, les dispararé.

-No será necesario hacer eso -le aseguró la señorita Bennett-. Eres tan listo que jamás sospecharán de ti.

-¡La policía es tonta! ¡La policía es tonta! -gritó Jan jubiloso-. ¡Richard es tonto! -Mien­tras blandía el arma ante la figura imaginaria de Richard vio que se abría la puerta. Con una exclamación de alarma, huyó deprisa hacia el jardín.

La señorita Bennett se derrumbó llorando sobre el sofá en el momento en el que el inspec­tor Thomas entró en la habitación seguido del sargento Cadwallader.

 

20

 

-¡Tras él! ¡Rápido! -gritó el inspector al sargento al irrumpir en el estudio.

El sargento salió corriendo a la terraza mien­tras Starkwedder entraba desde la puerta del pa­sillo seguido de Laura, que fue a otear el jardín. Angell fue el siguiente en aparecer y también se acercó a los ventanales. Detrás de él llego la señora Warwick, que permaneció de pie, erguida, en el umbral de la puerta.

El inspector Thomas se volvió hacia la seño­rita Bennett.

-Vamos, vamos... -la tranquilizó-. No se ponga así, lo ha hecho muy bien.

Con voz entrecortada, ella respondió:

-Lo sabía desde el principio. Conozco a Jan mejor que nadie, sabía que Richard le estaba em­pujando demasiado lejos, y sabía que Jan se esta­ba volviendo peligroso.

-Jan! -exclamó Laura. Exhaló un suspiro de aflicción y murmuró-: No, no..., Jan no.

-Se acercó a la silla del escritorio y se sentó-. No puedo creerlo -dijo con voz entrecortada.

La señora Warwick fulminó a la señorita Bennett con la mirada y con desdén le dijo:

-¿Cómo has podido, Benny? Pensé que al menos tú serías fiel.

La respuesta de ella fue desafiante:

-Hay ocasiones en que la verdad es más im­portante que la lealtad. Ustedes no veían, ningu­no de ustedes, que Jan se estaba volviendo peli­groso, es un chico encantador, muy dulce, pero... -Embargada por el dolor, no pudo con­tinuar.

La señora Warwick avanzó con pasos lentos hasta el sillón, donde se sentó y permaneció con la mirada ausente.

El inspector, con tono pausado, completó la frase de la señorita Bennett:

-Pero hay veces en las que, al superar deter­minada edad, se vuelven peligrosos porque ya no comprenden lo que hacen, no disponen del juicio ni el control de un adulto. -Se acercó a la señora Warwick y le dijo-: No se preocupe, señora, me ocuparé de que le traten con considera­ción, creo que podrá establecerse con facilidad que no era responsable de sus acciones, lo cual significa que se le confinará en un lugar confor­table; usted sabe que esto hubiera sucedido pronto de todos modos. -Y tras estas palabras salió de la habitación.

-Sí, ya sé que tienes razón -reconoció la señora Warwick-. Disculpa, Benny. Dices que nadie más sabía que era peligroso, pero no es cierto. Yo lo sabía pero era incapaz de hacer nada al respecto.

-Alguien tenía que hacer algo -respondió Benny.

Se hizo el silencio en la habitación, pero la tensión aumentó mientras esperaban a que el sargento Cadwallader regresara con Jan.

Sin embargo, a un centenar de metros de la casa, junto a la carretera sobre la que poco a poco se cernía la niebla, tenía lugar una dramáti­ca escena. El sargento había acorralado a Jan frente a un muro, pero éste blandía el arma sin dejar de gritar:

-¡No se acerque, nadie me va a encerrar, le voy a disparar, no bromeo, no le tengo miedo a nadie!

El sargento se detuvo a unos seis metros de Jan.

-Vamos, muchacho -dijo con tono per­suasivo-, nadie va a hacerte daño, pero las pis­tolas son muy peligrosas. Dámela y regresa conmigo a la casa. Podrás hablar con tu familia, ellos te ayudarán.

El sargento avanzó unos pasos hacia el joven, que comenzó a gritar con histerismo.

-¡Lo digo en serio, le dispararé, no me im­portan los policías, usted no me asusta!

-Claro que no, no tienes por qué tener mie­do de mí, jamás te haría daño. Regresa conmigo a la casa, vamos.

Dio un paso más pero Jan levantó el arma y disparó dos veces. Erró el primer tiro pero el segundo alcanzó a Cadwallader en la mano iz­quierda. El sargento gimió de dolor pero se abalanzó sobre Jan y le derribó. Durante el for­cejeo, el arma se disparó accidentalmente cuando apuntaba al pecho de Jan, que soltó un grito y enmudeció.

Horrorizado, el sargento se inclinó sobre él, incrédulo.

-Oh, no -murmuró-. Pobre muchacho, ¡no! No puedes estar muerto. Por favor, Señor... -Le tomó el pulso y meneó la cabeza.

Se puso en pie y se alejó unos pasos. Sólo en­tonces notó que la mano le sangraba a borboto­nes. Se la envolvió con un pañuelo y corrió de regreso a la casa, sujetándose el brazo izquierdo al tiempo que gemía de dolor.

Llegó a la puerta de la terraza tambaleán­dose.

-¡Señor! -gritó mientras el inspector y los demás acudían corriendo a su encuentro.

-¿Qué diablos ha sucedido?

Con respiración entrecortada, el sargento respondió:

-Tengo que contarle algo terrible. Starkwedder le ayudó a entrar y, con pasos vacilantes, el sargento se sentó en el escabel. El inspector se acercó a su lado.

-¡Su mano! -exclamó.

-Yo me ocupo de eso -murmuró Stark­wedder al tiempo que cogía el brazo de Cadwa­llader, retiraba el pañuelo manchado de sangre, sacaba el suyo del bolsillo y le envolvía la mano.

-Se estaba formando una capa de niebla -comenzó a explicar Cadwallader-. Era difícil ver con claridad. Me disparó en la carretera cerca del bosquecillo.

Laura, con expresión horrorizada, se dirigió a los ventanales.

-Me disparó dos veces -dijo el sargento-, y la segunda me alcanzó en la mano.

La señorita Bennett se llevó la mano a la boca.

-Intenté arrancarle la pistola -continuó el sargento-, pero me vi limitado por la mano...

-¿Y qué sucedió? -le instó el inspector.

-Tenía el dedo en el gatillo -agregó el sar­gento-, y se disparó. La bala le atravesó el cora­zón. Está muerto.

 

21

Las palabras del sargento Cadwallader fueron recibidas con un sombrío silencio. Laura se sentó en la silla del escritorio y clavó los ojos en el suelo. La señora Warwick inclinó la cabeza y se apoyó en el bastón. Starkwedder comenzó a pasearse por la habitación.

-¿Está seguro de que ha muerto? -pre­guntó el inspector.

-Lo estoy -respondió el sargento-. Po­bre muchacho, me gritaba desafiante mientras disparaba, como si disfrutara con ello.

El inspector se dirigió a los ventanales.

-¿Dónde está? -inquirió.

-Le acompañaré para mostrárselo -contestó el sargento mientras se levantaba.

-No, usted se queda aquí -le ordenó su superior.

-Me encuentro bien -insistió el sargen­to-, puedo aguantar hasta que regresemos a co­misaría. -Salió a la terraza tambaleándose, se volvió hacia los presentes con expresión com­pungida y murmuró-: «Uno no debería tener miedo cuando está muerto.» Es de Alexander Pope. -El sargento sacudió la cabeza y se alejó con pasos lentos.

El inspector se volvió hacia la señora War­wick y el resto de los presentes.

-No puedo decirle cuánto lo siento, pero quizá fuera la mejor solución -dijo antes de se­guir al sargento al jardín.

La señora Warwick le observó mientras se alejaba.

-¡La mejor solución! -exclamó con furia y desesperación a la vez.

-Sí -suspiró la señorita Bennett-, es lo mejor. Ahora es libre, pobre muchacho. -Se acercó a la señora Warwick y la ayudó a levan­tarse-. Vamos, querida, esto ha sido demasiado para usted.

La mujer la miró.

-Iré... iré a recostarme -murmuró mien­tras la señorita Bennett la acompañaba a la puer­ta. Starkwedder extrajo un sobre del bolsillo v se lo entregó a la señora Warwick.

-Creo que es mejor que le devuelva esto -comentó.

Ella se volvió hacia él.

-Sí -respondió-, ya no será necesario.

La señora Warwick y la señorita Bennett abandonaron la habitación. Starkwedder estaba a punto de cerrar la puerta detrás de ellas cuando se percató de la presencia de Angell junto a los ventanales. El asistente se acercó a Laura, que estaba sentada frente al escritorio.

-Si me lo permite, señora, quisiera decirle cuánto lo siento. Si puedo hacer cualquier cosa, sólo tiene que...

Sin alzar la vista, Laura repuso:

-No precisamos más de su ayuda, Angell. Recibirá un cheque por sus servicios y quisiera que abandonara esta casa hoy mismo.

-Sí, señora. Gracias -contestó Angell sin mostrar ningún sentimiento, y abandonó el es­tudio.

Oscurecía en la habitación y los últimos rayos de sol proyectaban sombras sobre las paredes. Starkwedder miró a Laura.

-¿No vas a denunciarle por chantaje?

-No -replicó ella con languidez.

-Es una lástima. -Starkwedder se acer­có-. Supongo que será mejor que me marche. Voy a despedirme. -Se detuvo un instante pero Laura no se volvió hacia él-. No sufras demasiado -agregó.

-Pues sí -respondió Laura con emoción.

-¿Porque le querías? -preguntó Stark­wedder.

Laura lo miró.

-Sí, y porque ha sido por mi culpa. Richard tenía razón, tendríamos que haber enviado al pobre Jan a algún lugar, encerrarlo allí donde no pudiera hacer daño a nadie. Fui yo la que no lo permití, así que por mi culpa asesinó a Richard.

-Vamos, Laura, no dramatices -respondió Starkwedder con sequedad-. Richard murió porque se lo merecía; podría haberse mostrado amable con el muchacho, ¿no? No te tortures, lo que tienes que hacer ahora es ser feliz, feliz por siempre jamás, como dicen los cuentos.

-¿Feliz? ¿Con Julian? -contestó ella con amargura-. ¡No sé cómo! Ya no es lo mismo.

-¿Quieres decir entre Farrar y tú?

-Sí, cuando pensaba que Julian había matado a Richard las cosas no cambiaron para mí, seguía queriéndole igual. -Hizo una pausa antes de continuar-. Incluso estaba dispuesta a decir que lo había hecho yo.

-Lo sé. Qué ingenua. ¡Cómo les gusta a las mujeres hacerse las mártires!

-Pero cuando Julian pensó que lo había hecho yo -prosiguió con vehemencia-, cambió su actitud hacia mí por completo. Es cierto que intentó comportarse con decencia y no incriminarme, pero eso es todo. -Se sentó en el escabel con desilusión-. Ya no me quería.

Starkwedder se acercó a ella.

-Mira -dijo-, los hombres y las mujeres no reaccionan de la misma manera. Los hombres son más sensibles y las mujeres más duras. Un hombre no puede tomarse un asesinato a la ligera pero, al parecer, una mujer sí. Lo cierto es que si un hombre comete un asesinato por una mu­jer, la mujer le apreciará más, pero un hombre es diferente.

Laura lo miró.

-Tú no sentiste lo mismo -comentó-cuando pensaste que yo había matado a Richard. Me ayudaste.

-Eso fue diferente. -Starkwedder parecía desconcertado-. Tenía que ayudarte.

¿Por qué? -preguntó Laura.

El no contestó de inmediato. Después, con voz queda, dijo:

-Todavía quiero ayudarte.

-¿No te das cuenta de que volvemos a en­contrarnos en el punto de partida? En cierta ma­nera fui yo quien mató a Richard porque... porque me obcequé con el tema de Jan.

Starkwedder se sentó en el escabel junto a ella.

-Eso es lo que te corroe por dentro, ¿no es así? -preguntó-. Saber que Jan mató a Ri­chard, pero no tiene por qué ser necesariamente cierto.

Laura le lanzó una mirada escrutadora.

-¿Cómo puedes decir eso? -repuso-. Yo lo oí, todos lo oímos, Jan lo confesó, alardeó de ello.

-Es cierto. Sí, lo sé, pero ¿cuánto sabes acerca del poder de la sugestión? Tu querida señorita Bennett jugó con Jan muy bien, consiguió que se alterara (no puede negarse que el muchacho era muy influenciable), y le agradaba la idea, como a muchos adolescentes, de tener poder, in­cluso de ser un asesino. Benny le colocó el an­zuelo delante y él lo mordió. Había matado a Ri­chard y había grabado una muesca en la pistola, así que era un héroe. -Se incorporó-. Pero tú no sabes, nadie sabe, si lo que dijo era verdad.

-¡Dios Santo! ¡Pero si disparó al sargento!

-Sí, realmente era un asesino en potencia -reconoció Starkwedder-. Es posible que dis­parara a Richard, pero no puedes estar segura, quizá... quizá fue otra persona.

Ella le miró incrédula.

-Pero ¿quién?

Starkwedder reflexionó un instante.

-La señorita Bennett, quizá -sugirió mien­tras se sentaba en el sillón-. Después de todo, os tiene mucho aprecio. Quizá pensó que sería lo mejor para todos. Quizá incluso la señora Warwick, o tu amante Julian, que después fingió pensar que lo habías hecho tú, una estrategia muy inteligente que te embaucó por completo.

Laura se levantó.

-Realmente no crees lo que estás diciendo -le recriminó-, sólo intentas consolarme. El la miró con exasperación.

-Mi querida amiga, cualquiera pudo haber disparado a Richard, incluso MacGregor.

-¿MacGregor? Pero si está muerto.

-Claro que está muerto. Tenía que estarlo. -Se dirigió hacia un extremo del sofá-. Mira, voy a demostrarte cómo pudo haber sido MacGregor el asesino. Digamos que decidiera matar a Richard en venganza por el accidente en el que falleció su hijo. -Starkwedder se sentó en el brazo del sofá-. Pues bien, primero tiene que desprenderse de su propia identidad. No debía de ser difícil para él fingir su fallecimiento en al­gún lugar remoto de Alaska. Le costaría algo de dinero y algún testimonio falso, es obvio, pero estas cosas pueden arreglarse. Después cambia de nombre y se forja una nueva identidad en otro país, con otro trabajo.

Laura le contempló antes de sentarse en el si­llón. Cerró los ojos y respiró hondo, luego los abrió y le miró de nuevo.

Starkwedder continuó con su especulación.

-Se mantiene al día de lo que sucede aquí. Sabe que abandonaban Norfolk y que venían a esta parte del mundo. Comienza a elaborar un plan. Se afeita la barba, se tiñe el pelo y todas esas cosas. Entonces, en una noche de bruma se dirige aquí. Digamos que todo sucedió así. -Starkwedder se incorporó y se dirigió a los ventanales-. Imagi­nemos que MacGregor dice a Richard: «Tengo una pistola y tú también. Contemos hasta tres y disparemos los dos. He venido a vengar la muerte de mi hijo.»

Laura le contempló horrorizada.

-¿Sabes? -continuó él-, no creo que tu marido fuera tan buen deportista como piensas. Tal vez no hubiera esperado a contar hasta tres. Dices que tenía muy buena puntería, pero esta vez falló, y la bala salió por aquí -hizo un ade­mán mientras salía a la terraza- hacia el jardín, donde hay multitud de balas. Pero MacGregor no yerra el tiro: dispara y lo mata. -Starkwedder regresó a la habitación-. Deja caer la pistola junto al cuerpo, toma la de Richard, sale por el ventanal y regresa después.

-¿Regresa? ¿Por qué regresa?

El la contempló unos segundos sin respon­der. Después, tomando aliento, dijo:

-¿No te lo imaginas?

Laura lo miró sorprendida y sacudió la ca­beza.

-No, no tengo ni idea -replicó. Starkwedder continuó mirándola fijamente. Luego dijo:

-Bien, supón que MacGregor tiene un acci­dente con el coche y no puede huir. ¿Qué más puede hacer? Sólo una cosa: venir a la casa y descubrir el cuerpo.

-Hablas... -dijo Laura con voz entrecortada- hablas como si supieras exactamente lo que sucedió.

Starkwedder fue incapaz de contenerse.

-¡Claro que lo sé! -exclamó con vehemen­cia-. ¿No lo comprendes? ¡Yo soy MacGregor! -Y se apoyó contra las cortinas al tiempo que sacudía la cabeza con desesperación.

Laura se levantó con expresión incrédula. Se acercó a él, incapaz de comprender el significado de sus palabras.

-Tú... -murmuró-, tú...

Starkwedder se acercó a ella con lentitud.

-Jamás pensé que sucedería esto -le dijo con voz entrecortada por la emoción-. Quiero decir, encontrarte a ti y descubrir que me impor­tabas y que... ¡Dios mío! ¡Es inútil! -Mientras ella le miraba aturdida, Starkwedder tomó su mano y la besó en la palma-. Adiós, Laura -dijo con brusquedad.

Salió por el ventanal y desapareció en medio de la niebla. Laura corrió tras él gritando:

-¡Espera! ¡Espera! ¡Vuelve!

La niebla formaba volutas y la sirena de Bris­tol comenzó a sonar.

-¡Vuelve, Michael! ¡Vuelve! -No obtuvo respuesta-. ¡Vuelve, Michael! ¡Regresa, te lo suplico! ¡Tú también me importas!

Laura escuchó con atención, pero sólo dis­tinguió el motor de un coche que arrancaba y se alejaba.

La sirena de niebla continuó sonando mien­tras ella se dejaba caer contra la ventana y rom­pía a llorar.

  

FIN