INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta banquero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta banquero. Mostrar todas las entradas

Adiós, Papá - Joe Gores

Bajé del vehículo y me detuve un momento para llevar a mis pulmones el seco y helado aire de Minnesota. El día antes, un autobús me había llevado desde Springfield, Illinois, a Chicago; un segundo autobús me había traído hasta aquí. 

Al pasar ante el ventanal de la estación de autobuses, capté mi reflejo: un hombre alto y duro, con un rostro blanco y feroz, llevando un abrigo que no me venía muy bien. También capté otro reflejo; pero éste casi hizo que se me helara el ánimo: un policía de uniforme. ¿Podrían haberse enterado ya de que había alguien más en aquel coche incendiado?

Entonces, el policía se volvió, metiéndose las manos enguantadas por entre los botones de la chaqueta azul. Y yo volví a respirar de nuevo. Me dirigí rápidamente hacia la parada de taxis. Sólo había dos, esperando. El primero, bajó el cristal de la ventanilla cuando me acerqué.

—¿Conoce el lugar donde vive Miller, al norte de la ciudad? —pregunté.

—Lo conozco —dijo, mirándome por encima—. Cinco dólares... ahora.

Le pagué del dinero que le saqué a un borracho en Chicago y me dejé caer en el asiento de atrás. Mientras hacía avanzar el taxi por la helada Second Street, mis dedos se fueron relajando gradualmente, abandonando su rígida posición crispada. Merecía volver adentro si permitía que un payaso como aquél consiguiera detenerme.

—He oído decir que el viejo Miller está bastante enfermo —dijo el taxista, volviéndose a medias hacia mí para observarme desde la esquina de uno de sus ojos—. ¿Tiene usted algo que ver con él?

—Sí, cosas mías.

Aquello terminó con la conversación. Ya me sentía lo bastante preocupado por la enfermedad de papá, como para permitir que este otro payaso lo supiera; pero eso quizá lo explicaría mi hermano Rod, que era vicepresidente del banco. Observé una gran cantidad de nuevas construcciones y una autopista libre al oeste de la ciudad, con un audaz paso elevado sobre la vieja carretera del condado. Un kilómetro y medio más allá de la nueva subdivisión, donde estaban las ochenta hectáreas de colinas boscosas que conocía tan bien.

Tras mi fuga de la penitenciaría federal de Terre Haute, Indiana, hacía sólo dos días, había atravesado su cordón a través de bosques como ése. Conseguí escapar en uno de los camiones de la prisión, metido en una cuba de bazofia destinada a los cerdos de la prisión. Después, me dirigí directamente hacia el oeste, atravesando la línea divisoria con el estado de Illinois. Siempre suelo sentirme muy bien al aire libre, incluso cuando estoy en la prisión, así es que al amanecer ya estaba en un henil cerca de Paris, Illinois, a unos treinta kilómetros de distancia de la penitenciaría. Uno siempre puede hacer lo que tiene que hacer.

El taxista se detuvo a la entrada del camino privado, mirándolo dubitativamente.

—Escuche, amigo, sé que el camino ha sido arreglado, pero parece que está helado. Si lo intento y me meto en la zanja...

—Está bien, iré andando desde aquí.

Esperé junto a la carretera hasta que se hubo marchado; después dejé que el viento del norte me siguiera, acuciándome a subir la colina con rapidez, y metiéndome en el bosque de árboles deshojados. 

Los cedros que habíamos plantado papá y yo como muro contra el viento, eran muy altos y frondosos; las pisadas de los conejos se habían helado sobre la nieve, bajo la maraña de espinas de los matorrales de frambuesas silvestres. 

Bajo los robles que se elevaban en lo alto de la colina se encontraba la casa de dos pisos, pero en lugar de dirigirme recto hacia ella, di primero un rodeo por las perreras. En ellas, la nieve era profunda y no aparecía pisoteada. Ya no quedaban perros raposeros. En las pequeñas casetas para los pájaros, situadas en el exterior, junto a la ventana de la cocina, tampoco había grano. Llamé al timbre de la puerta principal.

Mi cuñada Edwina, la esposa de Rod, abrió la puerta. Tenía tres años menos que mi hermano, de treinta y cinco, y ya se veía obligada a llevar faja.

—¡Dios mío! —balbució, asombrada—. No esperábamos...

—Mamá escribió diciendo que el viejo estaba enfermo.

Había escrito; muy bien. Tu padre está muy enfermo. No es que te hayas preocupado alguna vez por saber si estamos vivos o muertos... Entonces, Edwina decidió que mi tono de voz le daba algún derecho a indignarse.

—Me asombra que hayas tenido el valor de venir, aunque te hayan dejado bajo palabra o algo así.

Aquello significaba que nadie había aparecido aún por allí, preguntando.

—Si piensas volver a arrastrar el nombre de la familia por el barro...

Pasé junto a ella, entrando en el vestíbulo.

—¿Qué le ocurre al viejo? —pregunté.

Dentro de mí mismo, donde nadie pudiera escucharlo, siempre le llamaba papá.

—Se está muriendo. Eso es lo que le pasa.

Lo dijo con una especie de placer siniestro. Aquello me dolió, pero me limité a lanzar un gruñido y penetré en la sala de estar. Entonces, la vieja llamó desde las escaleras, en el piso de arriba:

—¿Eddy? ¿Qué...? ¿Quién es?

—Sólo es... un vendedor, mamá. Puede esperar hasta que se haya ido el médico.

Médico. Como si un maldito animal se pudiera convertir en médico por sí mismo. Cuando bajó las escaleras, Edwina trató de hacer que se marchara rápidamente, antes de que yo pudiera verle, pero le cogí del brazo en el momento en que se ponía el abrigo.

—Me gustaría hablar un momento con usted, doctor. Sobre el viejo Miller.

Tenía casi un metro ochenta de altura, unos pocos centímetros menos que yo, pero me superaba en casi veinte kilos de peso. Se libró de mi garra.

—Mire, amigo...

Le cogí por las solapas y le zarandeé, lo suficiente para arrancarle un botón del abrigo y casi sacarle las gafas de encima de su nariz. Su rostro enrojeció.

—Soy un viejo amigo de la familia, doctor —dije, señalando con un dedo hacia las escaleras—. ¿Qué está ocurriendo?

Era una estupidez, una maldita estupidez, preguntarle. En cualquier momento, la policía llegaría a la conclusión de que el granjero encontrado en el coche incendiado no era yo. Vertí suficiente gasolina antes de encender la cerilla, para que no quedaran huellas de nada, excepto el zapato que había dejado allí. 

Pero establecerían su identidad mediante pruebas dentales en cuanto tuvieran noticias de su desaparición. Y en cuanto lo hicieran, vendrían por aquí a hacer preguntas, y entonces aquel animal se daría cuenta de quién era yo. Pero quería saber si papá estaba realmente tan mal como me había dicho Edwina y, por otra parte, nunca he sido un hombre paciente.

El animal se arregló el abrigo, esforzándose por recuperar la dignidad perdida.

—El... el juez Miller está muy débil, demasiado débil para moverse. Probablemente, no durará una semana —sus ojos me observaron, en busca de una señal de dolor, pero no hay nada mejor que una penitenciaría federal para aprender a controlarse; desilusionado, añadió—: Sus pulmones. Cuando me llamaron ya era demasiado tarde, claro. Ahora está descansando.

Volví a hacer un gesto con el dedo índice.

—Ya conoce el camino de salida.

Edwina estaba al pie de las escaleras. Su rostro volvía a mostrar indignación. Parece ser una cosa hereditaria en la familia, incluso para los que entran a formar parte de ella por medio del matrimonio. Sólo papá y yo estábamos libres de ello.

—Tu padre está muy enfermo. Te prohíbo...

—Ahórrate esas palabras para Rod; puede que tengan resultado con él.

Ya en la habitación, pude ver el brazo del viejo colgando limpiamente sobre el borde de la cama. El humo del cigarrillo que sostenía entre sus dedos se elevaba hacia el techo, formando una línea azul delgada y oscilante. 

Aquel brazo, que una vez había medido a un honrado joven de dieciocho años, y cuyo puño se había descargado un buen número de veces contra mi cabeza, ya ni siquiera podía sostener un cigarrillo en el aire. Aquello me dolió tanto como encontrar a un buen perro tejonero apareándose con un gato.

La vieja se levantó de la silla que estaba al pie de la cama y su rostro empalideció. La rodeé con mis brazos.

—Hola, mamá —la saludé.

La sentí rígida entre mis brazos, pero sabía que no sé apartaría. Al menos no allí, en la habitación de papá.

Al escuchar mi voz, él volvió la cabeza hacia mí. La luz brillaba sobre su sedoso pelo blanco. Sus ojos, translúcidos por la inminencia de la muerte, tenían el puro y pálido azul de las sombras del abedul sobre la nieve fresca.

—Chris —dijo con una voz muy débil—. Esto es el colmo, muchacho... Me alegro de verte.

—Debes alegrarte, maldito holgazán —le dije cariñosamente.

Me quité la chaqueta y la dejé colgada sobre el respaldo de la silla; después me estiré la corbata.

—¿Te parece bonito ser tan holgazán como para permitir la desaparición de los raposeros?

—Ya está bien, Chris —dijo mi madre, tratando de que su voz sonara fría.

—Sólo me quedaré un rato, aquí sentado —dije tranquilamente.

Sabía que mi padre no resistiría demasiado tiempo y que el tiempo que pudiera pasar con él sería el último. Ella se quedó en la puerta, como una sombra oscura e indecisa; después, se volvió y salió silenciosamente, probablemente para llamar por teléfono a Rod, en el banco.

Durante las dos horas siguientes, fui yo quien más habló. Papá se limitó a estar allí, echado, con los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo. Pero después, también él empezó a hablar, recordando la línea de trampas que habíamos puesto entre los dos cuando yo era un niño; el gran macho cabrío de rabo blanco que le siguió a través de los bosques durante la época de celo, hasta que papá le golpeó en el hocico con una rama de árbol. 

Sólo empezamos a sepáranos cuando su consultorio legal terminó por conseguirle el puesto de juez. Supongo que a mis veinte años yo era demasiado salvaje, bastante parecido a lo que él mismo había sido treinta años antes. Sólo que yo seguí avanzando en esa misma dirección.

Hacia las siete de la tarde, mi hermano Rod llamó a la puerta. Salí, cerrando la puerta tras de mí. Rod era aún más alto que yo, ancho y de una poderosa constitución ósea; tenía estructura de atleta. Pero tenía gachas en lugar de dos buenos testículos. Sus ojos eran bastante pálidos y su barbilla muy pequeña, y ni siquiera había jugado al fútbol en la escuela superior.

—Mi esposa me ha informado de la crueldad con que la has tratado —me dijo con su voz más dura—. Lo hemos hablado con mamá y queremos que te marches de aquí esta misma noche. Queremos...

¿quieres? Hasta que se muera, él sigue siendo el dueño de la casa, ¿no es verdad?

Entonces, saltó sobre mí —tratándose de Rod, su mano derecha era como un plomo—. La bloqueé con la palma de la mano abierta. Después, le golpeé con dureza, dos veces, cruzándole la cara, sacudiéndole la cabeza de un lado a otro con los guantazos, y terminando por apretarle contra la pared. 

Pude haberle pegado en la ingle para obligarle a doblarse y después, juntando las manos, haberle dado fuerte en la nuca al mismo tiempo que elevaba mi rodilla hacia su rostro; y sentí deseos de hacerlo. La necesidad de marcharme de allí antes de que vinieran a buscarme me roía el alma como una comadreja atrapada que trata de abrirse camino para quedar libre. Pero, al final, me limité a separarme de él.

—¡Tú...! ¡Tú... animal asesino! —exclamó, llevándose ambas manos a las mejillas, como podría haber hecho cualquier mujer.

Después, sus ojos se abrieron teatralmente, cuando se dio cuenta de lo que ocurría. Estaba extrañado de que hubiera tardado tanto tiempo en advertirlo.

—¡Te has fugado! —espetó, respirando con dificultad—. ¡Escapado! Eres un fugitivo de... la justicia.

—Sí, y voy a seguir siéndolo. Te conozco, muchacho; os conozco a todos. Lo último que quisierais es que la policía me atrape precisamente aquí —traté entonces de dar a mi voz el tono que él solía utilizar—. ¡Oh! ¡El escándalo!

—Pero te estarán siguiendo...

—Creen que he muerto —le dije simplemente—. Iba por una carretera helada, en un coche robado, al sur del estado de Illinois, y tuve un accidente, y el coche se incendió conmigo dentro.

Su voz se hizo casi silenciosa, agobiada por el horror.

—¿Quieres decir... que hay un cuerpo en el coche?

—Eso es.

Sabía lo que estaba pensando, pero no me molesté en contarle la verdad: que el viejo granjero que me estaba llevando a Springfield, porque creía que mis dos dedos extendidos en el interior de mi abrigo eran un revólver, patinó sobre un trozo de carretera helada y el coche salió despedido de la solitaria carretera. 

El viejo quedó empotrado en el volante, así es que me puse sus zapatos y a él le puse uno de los míos. El otro, con mis huellas, lo dejé lo bastante cerca como para que lo encontraran, pero no lo bastante como para que se quemara con el coche. De todos modos, Rod no habría creído la verdad. Si me cogían, ¿quién la creería?

—Tráeme una botella de licor y un cartón de tabaco —le dije—, y asegúrate de que Eddy y mamá mantengan la boca cerrada si alguien pregunta por mí —abrí entonces la puerta para que papá pudiera escucharme—. Bien, gracias, Rod. Me alegro de volver a estar en casa.

La soledad de la penitenciaría hace que uno pueda permanecer despierto con facilidad, o que se quede durmiendo inmediatamente, dependiendo de lo que sea necesario. Permanecí despierto durante las últimas treinta y siete horas que aún vivió mi padre, abandonando la silla que había junto a su cama sólo para ir al lavabo o para escuchar desde las escaleras cada vez que oía sonar el teléfono o el timbre de la puerta. 

En cada una de aquellas ocasiones pensaba: Aquí están. Pero mi buena suerte se mantuvo. Si tardaban lo necesario, podría quedarme hasta que papá muriera; en cuanto eso ocurriera, me dije a mí mismo, seguiría mi camino.

Rod, Edwina y mamá estaban allí, en una esquina de la habitación, con el doctor inmóvil al fondo, para estar seguro de cobrar sus honorarios. Finalmente, papá movió ligeramente un brazo pálido y mamá se sentó rápidamente en el borde de la cama. Era una mujer pequeña, recta y bastante indomable, con un rostro como hecho expresamente para llevar impertinentes. Ni siquiera lloró; su aspecto, por el contrario, parecía bastante luminoso en cierto sentido.

—Coge mi mano, Eileen —dijo papá, deteniéndose para recuperar las fuerzas que necesitaba para volver a hablar—. Coge mi mano. Así no tendré miedo.

Ella le cogió la mano y él casi sonrió y cerró los ojos. Esperamos, escuchando cómo su respiración se hacía lenta, cada vez más lenta, hasta que se detuvo como el reloj de un abuelo que, de pronto, se para. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Les miré a todos, tan blandos, tan poco acostumbrados a la muerte, y me sentí como una marta entre su carnada. Entonces, mamá empezó a sollozar suavemente.

 -.-.-.-.-.-.-.-.-

 Era un día tempestuoso, con ráfagas de viento que arrastraban la nieve. Aparqué el jeep frente a la capilla funeraria y avancé por el resbaladizo camino mientras el viento parecía querer arrancarme el abrigo, diciéndome a mí mismo por enésima vez lo loco que estaba para quedarme allí a asistir al servicio religioso. 

En aquellos momentos, ellos ya tenían que saber que el granjero muerto no era yo; para entonces, algún astuto censor de la prisión tendría que haber recordado la carta de mamá en la que me anunciaba que papá estaba muy enfermo. Hacía ya dos días que había muerto, y yo ya tendría que estar en México. 

Pero, de algún modo, marcharme así no me parecía completo. O quizá me estaba engañando a mí mismo, quizá se trataba simplemente de aquella vieja necesidad de conservar la autoridad; eso es siempre lo que pierde a tipos como yo.

Desde una cierta distancia, parecía papá, pero de cerca se podían ver los cosméticos, mientras que su cuello tenía un tamaño tres veces superior al normal. Sentí su mano: era la mano de una estatua, nada familiar excepto por las uñas gruesas y ligeramente curvadas hacia abajo.

Rod se acercó a mí por detrás y me dijo, en un tono de voz que sólo yo pude escuchar:

—Después de hoy, quiero que nos dejes solos. Quiero que salgas de mi casa.

—¿No te da vergüenza, hermano? —gruñí—. ¿También quieres que me marche antes de haber leído el testamento?

Seguimos al coche fúnebre, a un adecuado paso de funeral, y a través de las calles nevadas. Los enterradores arrastraron suavemente el pesado féretro sobre rodillos engrasados; después lo colocaron sobre unas cintas y lo fueron descolgando sobre la tumba abierta. 

La nieve se arremolinaba y azotaba los rostros, cayendo de un cielo gris, fundiéndose al contacto con el metal y formando pequeños riachuelos a los lados.

Me marché cuando el predicador inició su sermón, impulsado por la necesidad de moverme, de alejarme de allí, pero también por otra urgencia que me acosaba. Quería sacar algo de la casa, antes de que llegaran todas aquellas afligidas personas, dispuestas a comer y a engullir. 

Las armas y las municiones habían sido desterradas al garaje, pues Rod nunca había disparado un arma en su vida; pero era fácil rescatar la hermosa y pequeña pistola del calibre 22 con el cilindro largo. 

Papá y yo habíamos pasado cientos de horas con aquel arma, de modo que la culata tenía un contacto suave y el azulado se había ido perdiendo del metal que había estado expuesto a toda clase de tiempo.

Poniendo el jeep a toda velocidad, avancé rápidamente entre los árboles, hasta llegar a un corte situado entre las colinas; después, seguí a pie por entre el oscurecido bosque. Me moví lentamente, evocando recuerdos de Corea para neutralizar la helada mordedura de la nieve a través del calzado. 

Observé un destello de color pardo cuando una liebre de cola blanca corrió a toda velocidad, mortalmente asustada, dirigiéndose hacia una podrida pila de leña que yo mismo había apilado años antes. Mi golpe le dio en el espinazo, paralizándole las patas traseras. La liebre se sacudió y se revolvió hasta que le rompí la nuca con el canto de mi mano.

La dejé allí y seguí avanzando, bajando hacia el pequeño triángulo pantanoso que había entre las colinas. Estaba oscureciendo muy rápidamente cuando di una patada contra el montón de hierbas. Finalmente, se desplegó en semicírculo el amplio plumaje, mientras la larga cola se agitaba y las achaparradas alas del faisán se esforzaban por elevar su pesado cuerpo. 

Estaba empezando a levantarse, justo un poco a mi derecha, y yo disponía de todo el tiempo del mundo. Me balanceé un poco hacia ese lado, sabiendo que me encontraba en una posición perfecta para abatirle, estrujándole por el cuello, antes de que diera el salto.

Les llevé hacia el jeep. En el pico del faisán había una pequeña mancha de sangre, y el conejo aún estaba caliente bajo las patas delanteras. Ya estaba utilizando las luces de posición cuando aparqué en el curvado camino del cementerio. 

Aún no habían empezado a echar tierra sobre el féretro, y la nieve había formado una suave capa blanca sobre él. Coloqué el conejo y el faisán sobre él y me quedé allí, de pie, durante un minuto o dos, sin moverme. El viento tuvo que haber sido muy fuerte porque sentía cómo las lágrimas me quemaban en las mejillas.

Adiós, papá. Adiós al resplandor de los ciervos en el cinturón boscoso que rodea el riachuelo. Adiós a la caza de patos reales que caían al fondo del río. Adiós al humo de la madera y al licor añejo junto a la luz del fuego y a todas las cosas que hicieron de ti una parte de mí. La parte que nadie podrá obtener nunca.

Me volví, para dirigirme hacia el jeep... y me detuve de pronto, aterrorizado. Ni siquiera les había escuchado acercarse. Eran cuatro y habían estado esperando pacientemente, como pagando así sus respetos a la muerte. En cierto sentido lo estaban haciendo: para ellos, aquel granjero muerto en el coche incendiado era el asesinato número uno. 

Me puse en tensión y mi mente se dirigió hacia la pistola de calibre 22, cuya presencia en el bolsillo de mi abrigo no era conocida por ellos. Sí. Sólo que aquel arma no tenía mayor poder de detención que el ladrido de un perro. Si papá hubiera preferido tener armas de un calibre algo mayor... Pero no las tenía.

Muy lentamente, como si de repente los brazos se me hubieran hecho enormemente pesados, levanté las manos por encima de mi cabeza.

Tres formas de robar un banco - Harold R. Daniels


El manuscrito estaba pulcramente mecanografiado. La cubierta podría haber sido copiada casi palabra por palabra de una de aquellas publicaciones de «Sea un autor», completadas con la pro forma: «Sometido para publicación a sus honorarios usuales.» 

Miss Edwina Martin, asistente del editor de Historias de crimen y descubrimiento, lo leyó primero. Dos cosas le llamaron la atención. Una de ellas era el título: Tres formas de robar un banco. Método 1. La otra era el nombre del autor, Nathan Waite. Miss Martin, que conocía a casi todos los escritores profesionales de historias de crímenes en los Estados Unidos, y que había tratado con la mayor parte de ellos, no reconoció el nombre.

A la carta que acompañaba el manuscrito le faltaba la verborrea usual del escritor hecho y derecho, pero un párrafo situado hacia la mitad de la carta atrajo su atención: «Puede que desee usted cambiar el título, porque lo que hizo Rawlings no fue realmente un robo. De hecho, es probablemente legal. Ahora estoy trabajando en una historia que titularé Tres formas de robar un banco. Método 2. Se la enviaré en cuanto haya terminado de volverla a copiar a máquina. El método 2 es legal casi con toda seguridad. Si desea usted comprobar el método 1, le sugiero que se lo muestre a su propio banquero.»

Según descubrió después, Rawlings era el protagonista de la historia. En cuanto a la propia historia, era cruda y redundante; fallaba en cuanto al desarrollo de los personajes y casi servía únicamente como vehículo para bosquejar el método 1. En cuanto al método, tenía que ver con la extensión del crédito a los poseedores de cuentas corrientes... 

Uno de esos tratos en los que el banco estimula a los poseedores de cuentas corrientes a que extiendan cheques sin tener fondos para cubrirlos. En ese caso, el banco amplía el crédito. No hay papeles, ni notas. (La desconfianza del autor por esta forma comercial aparecía claramente en la historia.)

El primer impulso de miss Martin fue devolver la historia, acompañándola con una amable carta de rechazo. (Nunca utilizaba el inhumano impreso de rechazo.) Pero había algo en la confiada presentación del método que la preocupó. Añadió un memorándum al manuscrito, sujetándolo con un clip, y garabateando un gran signo de interrogación en él, enviándolo después al editor. Lo volvió a recibir al día siguiente, junto con una nota adicional: «Se trata de una terrible tontería, pero el plan parece casi real. ¿Por qué no lo compruebas con Frank Wordell?»

Frank Wordell era uno de los vicepresidentes del banco que trabajaba con el editor de miss Martin. Acordó con él una cita para almorzar, le entregó la carta y el manuscrito, y empezó a corregir unas galeradas mientras él le echaba un vistazo. Levantó la mirada cuando le escuchó respirar. Su rostro mostraba una delicada sombra de color blanco verdoso.

—¿Puede dar resultado? —preguntó.

—No estoy completamente seguro —dijo el vicepresidente con voz temblorosa—. Tendría que saber la opinión de algunas de las personas que trabajan en el departamento de crédito a cuentas corrientes. Pero creo que daría resultado —dudó un momento y añadió—: Dios mío, esto podría costamos varios millones. Escuche... no estaría pensando en publicar esto, ¿verdad? Quiero decir que si esto llega a manos del público...

Miss Martin, que no sentía una gran admiración por la mentalidad bancaria, no quiso comprometerse.

—Necesita ser revisado —dijo—. Aún no hemos tomado una decisión.

El banquero apartó su plato y se inclinó hacia adelante.

—Y él dice que hay otro método, el dos. Si se trata de algo similar a esto podría arruinar todo el negocio bancario —y entonces se le ocurrió un pensamiento—. Y le llama a todo esto Tres formas de robar un banco. Eso significa que debe existir un tercer método. ¡Es terrible! No, no podemos permitir que ustedes publiquen esto, y tenemos que ver a ese hombre inmediatamente.

Aquellas palabras fueron desafortunadas para ser utilizadas con Edwina Martin, que extendió la mano cogiendo la carta y el manuscrito.

—Eso lo tenemos que decidir nosotros —dijo con frialdad.

Sólo después de que él le describiera la destrucción potencial de la economía del país, le permitió llevarse los papeles al banco. El vicepresidente estaba tan trastornado que se olvidó de pagar la cuenta de la comida.

La llamó por teléfono algunas horas después.

—Hemos celebrado una reunión de emergencia —le dijo—. El personal del departamento de crédito a cuentas corrientes dice que el método uno puede dar resultado. También puede ser legal, pero, aun cuando no lo fuera, nos costaría millones de dólares en pleitos. Escuche, miss Martin, queremos que compre usted esa historia y nos asigne el copyright a nosotros. ¿Nos protegería eso contra él e impediría que vendiera la historia a algún otro editor?

—Tal y como está escrita ahora, sí —le dijo—. Pero nadie puede impedirle escribir otra historia utilizando el mismo método —tras recordar que él no había pagado la cuenta de la comida, no sentía ningún deseo especial de cooperar—. De todos modos, no compramos material que no tengamos la intención de publicar.

Pero tras una reunión de emergencia entre un comité de la Asociación Bancaria Municipal, convocada en sesión extraordinaria, y el editor, se decidió comprar la historia de Nathan Waite y depositar el manuscrito en la cámara acorazada más profunda del mayor banco. En interés de la economía nacional.

Miss Martin pensó que «economía» era una palabra muy apropiada. Durante la reunión, un enorme y viejo capitalista, con una riqueza personal que se encontraba en el rango de las decenas de millones, planteó la cuestión del pago a Nathan Waite.

—Supongo que tenemos que comprarla —gruñó—. ¿Cuánto pagan ustedes por historias de ese tipo?

Miss Martin, sabiendo que el autor nunca había publicado nada y que, por lo tanto, su nombre no era conocido, sugirió una cifra.

—Naturalmente —añadió—, como nunca será publicada no existe tampoco la posibilidad de que sea traducida, de que aparezca en alguna antología, ni de que reciba derechos cinematográficos o de televisión —el capitalista se estremeció—. Así es que creo que sería justo pagar al autor algo más de la cifra usual.

—No, no —protestó el hombre—. No hay ni que pensar en ello. Después de todo, nosotros nunca recuperaremos ese dinero. Y también tendremos que comprar los métodos dos y tres. Piensen en eso. Por otra parte, tenemos que imaginar una forma de evitar que escriba otras historias utilizando los mismos métodos. Por eso, será suficiente con la cifra usual. Nada de extras.

Como había treinta bancos representados en la Asociación y como el gasto que correspondería a cada uno sería inferior a los diez dólares por historia, miss Martin dejó de sentir todo tipo de aprecio por el anciano capitalista.

Aquel mismo día, miss Martin envió una carta y un cheque a Nathan Waite. La carta explicaba que, en aquellos momentos, no se podía determinar una fecha para la publicación, pero que el editor ansiaba leer las historias en las que se explicaban la segunda y la tercera formas de robar un banco. Ella firmó la carta con disgusto. Sabía muy bien que, para un autor novel, el cheque resultaba algo insignificante comparado con la gloria de la publicación de lo escrito. Publicación que nunca se produciría.

Una semana más tarde le llegó una carta y el manuscrito de Tres formas de robar un banco. Método 2. La historia en sí era un desastre, pero el método volvía a parecer convincente. En este caso se trataba de tinta magnética y proceso de datos. Miss Martin acordó una cita con Frank Wordell y le llevó el manuscrito a su oficina. El vicepresidente lo leyó con rapidez y se estremeció.

—Ese hombre es un genio —murmuró—. Evidentemente, posee una excelente formación en el campo bancario...

—¿Qué sabe usted de su formación? —preguntó Edwina.

—¡Oh! —dijo él sin pensárselo mucho—. Le hemos investigado, claro está. Hemos hecho que una de las mejores agencias de detectives del negocio bancario le investigue... ya desde que me enseñó usted aquella primera carta. No pudimos sacar mucho de él.

La voz de miss Martin sonó entonces amenazadoramente:

—¿Quiere darme a entender que investigaron ustedes a míster Waite..., un hombre cuya existencia sólo conocieron a través de su correspondencia con nosotros?

—Claro está —dijo Wordell bastante sorprendido—. Un hombre que posee unos conocimientos tan peligrosos como los que él tiene... No podíamos confiar en que no hiciera nada más que limitarse a escribir historias. ¡Oh, no! Nadie podría detenerle. Trabajó en un banco durante años y años, ya sabe. En una pequeña ciudad de Connecticut. Le despidieron hace un año. Tenían que encontrar un puesto para el sobrino del presidente. Sin embargo, le concedieron una pensión. El diez por ciento de su salario.

—Años y años, dice. ¿Cuántos años?

—¡Oh! No lo recuerdo bien. Tendría que mirar el informe. Creo que veinticinco.

—Naturalmente, entonces no tendría ningún resentimiento por haber sido despedido —dijo ella con sequedad, extendiendo después su mano y diciendo—: Permítame ver de nuevo su carta.

La carta que había acompañado el segundo manuscrito daba cordialmente las gracias al editor por haber aceptado la primera historia, así como por el cheque. Uno de sus párrafos decía: «Supongo que ha comprobado usted el método 1 con su banquero, tal y como le sugerí. Espero que también le mostrará el método 2, sólo para estar seguro de que funcionaría. Tal y como dije en mi primera carta, se trata de un método que es legal casi con toda seguridad.»

—¿Es legal? —preguntó miss Martin.

—Es legal, ¿qué?

—El método dos. El que acaba de leer.

—Digámoslo de este modo. No es ilegal. Para conseguir que fuera ilegal, cada banco que utiliza el proceso de datos tendría que llevar a cabo algunos grandes cambios en sus formas y procedimientos. Se tardaría varios meses en poder hacerlo y, mientras tanto, podríamos perder incluso más millones que con la utilización del método uno. Se trata de algo terrible, miss Martin..., de algo muy terrible.

El método 2 causó un verdadero pánico en los consejos de administración de la Asociación Bancaria Municipal. Se tomó el acuerdo general de comprar inmediatamente la segunda historia y secuestrarla para siempre. 

También se acordó, por consenso general, que como el método 3 podría ser incluso más catastrófico que los dos anteriores, no podrían esperar a recibir más historias de míster Waite. (Miss Martin, que estaba presente en la reunión, preguntó si se elevaría el precio de la segunda historia, teniendo en cuenta el hecho de que míster Waite, tras haber recibido un cheque, ya era un autor profesional. El anciano banquero señaló que la obra de Waite no había sido publicada, de modo que no estaba justificado abonarle un precio mayor por la segunda.)

Se adoptó un plan. Miss Martin invitaría a míster Waite a que viniera desde Connecticut, para mantener una aparente charla entre autor y editor. En realidad, sería conducido ante un comité elegido por la Asociación Bancaria Municipal.

—Tendremos allí a nuestros abogados —dijo el anciano—. Le haremos sentir el temor de Dios. Haremos que nos cuente el método 3. Le pagaremos el precio de otra historia si nos vemos obligados a ello. Después, encontraremos algún modo de hacerle callar.

Miss Martin, su superior y el editor terminaron por aceptar este plan a regañadientes. Ella casi deseo haber rechazado simplemente el primer manuscrito que Nathan Waite le envió. Pero lo que más le dolía era la actitud adoptada por los banqueros. Bajo su punto de vista, Nathan Waite no era más que un criminal común.

Llamó a Nathan Waite a su casa de Connecticut y le invitó a venir a verles. Decidió por su cuenta que la Asociación Bancaria Municipal pagaría los gastos, fueran cuales fuesen los pasos que tuviera que dar para conseguirlo.

A través del teléfono, la voz del hombre sonó sorprendentemente joven y sólo daba una ligera impresión de acento yanqui:

—Supongo que tengo mucha suerte al poder vender una historia tras otra. Le estoy muy agradecido, miss Martin. Y tendré un gran placer en ir a verla. Supongo que querrá usted hablar sobre la próxima historia.

Sintió cómo se rebelaba su conciencia, pero, a pesar de todo, contestó:

—Bien, sí, míster Waite. Los métodos uno y dos fueron tan inteligentes que existe un gran interés en conocer el tercer método.

—Llámeme simplemente Nate, señorita. Y ahora quisiera decirle algo sobre ese tercer método: no existe la menor duda de que es legal. La única cuestión que se puede plantear es si se trata de un método honesto. Me refiero al compararlo con los métodos uno y dos. Y hablando de los dos primeros métodos, ¿comprobó usted su eficacia con su banquero? Supongo que le habrá mostrado el método uno antes de comprar la historia. Me estaba preguntando si se sorprendió al conocer el segundo método.

—¡Oh! Quedó bastante impresionado —se limitó a decir.

—Entonces, creo que se sentirá realmente interesado por conocer el tercer método.

Acordaron detalles sobre su visita, para dos días después, y colgaron el teléfono.

-.-.-.-.-.-.-.- 

Míster Waite se presentó en el despacho de miss Martin exactamente a la hora acordada. Se trataba de un hombre pequeño, ya entrado en sus cincuenta, con un pelo blanco reluciente ligeramente elevado en una parte, a la moda antigua. Su rostro estaba bronceado, proporcionándole un fondo muy efectivo para sus agudos ojos azules. Se inclinó con una encantadora cortesía que hizo a miss Martin sentirse como una Judas. Ella se levantó y, saliendo desde detrás de su mesa, se adelantó hacia él.

—Míster Waite... —empezó a decir.

—Nate.

—Está bien, Nate. Me siento muy disgustada con todo este asunto, y ni siquiera sé cómo se nos ha obligado a entrar en él. Nate, no compramos sus historias con la intención de publicarlas. Para ser honesta..., y creo que ya es hora de serlo, las historias son malas. Las compramos porque el banco... los bancos más bien, nos pidieron que lo hiciéramos así. Temen que si las historias llegan a publicarse, la gente empezaría a utilizar sus métodos.

—Malas, dice usted —dijo él, frunciendo el ceño—. Me siento muy desilusionado al escuchar eso. Pensé que la que escribí sobre el método dos no era tan mala.

Ella puso la mano sobre su brazo, en un gesto de simpatía y le miró, viendo que estaba sonriendo.

—Claro que son malas —dijo él—. Las escribí así deliberadamente. Le apuesto a que es algo casi tan duro como escribir bien. Así que los bancos han pensado que los métodos darían resultado, ¿eh? No me sorprende. He pensado mucho en esos métodos.

—Aún están más interesados en conocer el tercero —dijo ella—. Quieren entrevistarse con usted esta tarde y discutir la adquisición de su próxima historia. En realidad, quieren pagarle para que no la escriba, o para que escriba cualquier otra cosa —añadió.

—No será una gran pérdida para el mundo literario. ¿Con quién nos entrevistaremos? ¿Con la Asociación Bancaria Municipal? ¿Con un viejo tipo que tiene el aspecto de un cocodrilo?

Miss Edwina Martin tuvo la sensación de que allí se había desarrollado un complot; había leído miles de historias de detectives para no darse cuenta. Retrocedió y miró al hombre.

—Usted conocía todo esto —le acusó.

—No todo —dijo él, sacudiendo la cabeza—. Pero lo planeé así de algún modo. Y me pareció que todo estaba saliendo tal y como lo planeé cuando ellos acudieron a una agencia de detectives para investigarme.

—No consiguieron nada haciéndolo —dijo ella airadamente—. Y quiero que sepa que nosotros no tuvimos nada que ver con eso. Ni siquiera lo supimos hasta más tarde. Y no voy a acudir con usted a esa entrevista. Me lavo las manos de todo este asunto. Que sean ellos mismos los que le compren su próxima historia.

—Deseo que venga —dijo él—. Puede divertirse mucho.

Ella se mostró de acuerdo, con la condición de que él pidiera más dinero del que su editor le habría pagado.

—También había planeado pedir un poco más —le dijo—. Sobre todo al ver que están tan interesados en conocer el tercer método.

Mientras almorzaban, le contó algo sobre su carrera como empleado de banco y bastante más sobre su vida en una pequeña ciudad de Connecticut. Ella se enteró así de que este hombre sencillo, de palabras simples, era un matemático aficionado de considerable reputación. Era una autoridad en cuestiones de cibernética y un respetado astrónomo.

Mientras tomaban el café explicó algo sobre su filosofía personal.

—No me enfadé cuando el banco me despidió —dijo—. El nepotismo siempre se infiltra entre nosotros. Supongo que podría haber llegado a ser un magnate en el banco de una gran ciudad. Pero estaba contento de vivir adecuadamente, lo que me permitía hacer las cosas que realmente me gustaban. Soy básicamente un perezoso. Mi esposa murió unos años después de nuestra boda, y no apareció nadie que me estimulara más de lo que yo mismo deseaba.

«Por otra parte, hay algo especial en un pequeño banco de una pequeña ciudad. Sabe uno los problemas de todo el mundo, tanto económicos como de otro tipo, y de vez en cuando puede romper las reglas para ayudar a uno o a otro. A su manera, el banquero es un personaje casi tan importante como el médico del pueblo —se detuvo un momento y continuó después—: Pero ahora ya no es así. Ahora todo está reglamentado, computarizado y deshumanizado. No tiene uno un banquero en el viejo sentido de la palabra. Se tiene más bien un ejecutivo de finanzas que es cada vez más una parte de una gran empresa, y que tiene que responder ante un consejo de directores. Se ve obligado a trabajar de acuerdo con una serie de estrictas reglas que no le permiten atender ningún tipo de factores humanos.

Miss Martin, fascinada, hizo una seña, pidiendo más café.

—Como hacer una hoja de depósito, por ejemplo —siguió diciendo él—. Se solía acudir al banco, se rellenaba la hoja indicando el nombre y dirección y la cantidad que se deseaba depositar. Eso hacía que un hombre se sintiera bien, y también era algo bueno para él. «Mi nombre es John Doe y he ganado este dinero, y vivo en tal sitio y quiero que ahorre esta cantidad de dinero para mí.» Y uno le lleva el dinero al cajero y se pasa un rato hablando con el cliente.

Nate se puso azúcar en el café y siguió hablando:

—No tardará mucho tiempo en desaparecer la figura del cajero. Ya ahora no puede uno rellenar una hoja de depósito en la mayor parte de los bancos. Le envían a uno una tarjeta computarizada, con su nombre y número. Todo lo que uno tiene que hacer es indicar la fecha y la cantidad. El dinero que se ahorran en pagar a los empleados se lo gastan en imbéciles anuncios por televisión. Fue precisamente uno de esos anuncios televisados lo que me inspiró para escribir estas historias.

—Nate, usted nos utilizó —dijo miss Martin, sonriendo por un momento—. Pero aun cuando les venda la historia sobre el tercer método, eso no hará daño más que a sus sentimientos. El dinero no saldrá de sus bolsillos y ni siquiera unos cuantos miles de dólares significarán mucho para ellos.

—Lo importante —dijo él con suavidad—, es obligarles a que se den cuenta de que cualquier sistema mecánico inventado por el hombre, puede ser vencido por el hombre. Si consigo que se den cuenta de que el elemento humano no puede ser despreciado, me sentiré satisfecho. Y ahora, creo que deberíamos acudir ya a esa reunión.

Miss Martin, que se había sentido preocupada por Nathan Waite, sintió de repente una gran confianza. Nate era capaz de vencer en un encuentro con una docena de viejos capitalistas.

-.-.-.-.-.-.-.-.- 

 Les esperaba un comité formado por doce miembros de la Asociación Bancaria Municipal, dirigido por el anciano, y flanqueado por una docena de abogados. Nathan Waite hizo una inclinación de cabeza cuando entró en la sala donde estaba reunido el comité. El anciano preguntó:

—¿Es usted Waite?

—Míster Waite —dijo Nate con tranquilidad. Un joven abogado, vestido con un impecable traje gris, habló:

—Se trata de esas historias que usted escribió y por las que nosotros hemos pagado. ¿Se da cuenta de que sus llamados métodos son ilegales?

—Mire, hijo mío, ayudé a redactar las leyes bancarias de mi estado, y de vez en cuando realizo algún que otro trabajo para el Consejo de la Reserva Federal. Me sentiría muy contento de poder discutir sobre leyes bancarias con usted.

Un abogado más maduro dijo con agudeza:

—Cállate, Andy —después, volviéndose a Nate, añadió—: Míster Waite, no sabemos si sus dos primeros métodos son criminales o no. Sabemos, sin embargo, que llevar adelante un caso de este tipo nos costaría una gran cantidad de dinero y muchos problemas y, mientras tanto, si el método uno o el dos cayera en manos del público, podría causar un daño y unas pérdidas incalculables. Quisiéramos tener ciertas seguridades de que eso no ocurrirá.

—Han adquirido ustedes las historias en las que se describen los dos primeros métodos. Generalmente, soy considerado como un hombre honorable. Tal y como miss Martin puede afirmar, no volveré a utilizar esas mismas historias.

El del traje gris dijo cínicamente:

—Puede que no lo haga esta semana. Pero ¿y a la semana que viene? Cree usted habernos puesto entre la espada y la pared...

—Dije que te callaras, Andy —espetó furiosamente el abogado de mayor edad; después, volviéndose hacia Nate, siguió—: Yo soy Peter Hart. Le ruego disculpe a mi colega. Acepto el hecho de que es usted un hombre honorable, míster Waite.

El anciano banquero les interrumpió:

—No le preocupe eso. ¿Qué ocurre con el tercer método..., la tercera forma de robar un banco? ¿Es tan sutil como las dos primeras?

—Tal y como le dije a miss Martin —dijo Nate suavemente—, la palabra «robo» es inapropiada para este caso. Los métodos uno y dos no son éticos, quizá sean ilegales, porque son métodos para conseguir dinero de un banco. Pero el método tres es legal fuera de toda sombra de duda. Tienen mi palabra de que es así.

Doce banqueros y doce abogados comenzaron a hablar simultáneamente. El anciano calmó el furor levantando una mano.

—¿Quiere usted decir que dará tan buen resultado como los dos primeros métodos?

—Estoy absolutamente seguro de ello.

—Entonces, se lo compraremos. El mismo precio que por las dos historias primeras, y ni siquiera tendrá que escribirla. Díganos simplemente cuál es el tercer método. Y le daremos quinientos dólares si nos promete que nunca escribirá otra historia.

El anciano se dejó caer hacia atrás, abrumado por su propia generosidad. Peter Hart parecía estar disgustado.

Nathan Waite sacudió su cabeza.

—Tengo aquí un documento —dijo—. Ha sido redactado por el mejor abogado de mi estado, especializado en contratos. Es un buen amigo mío. Me gustaría que míster Hart le diera un vistazo. En él se dice que su Asociación me pagará 25.000 dólares al año durante el resto de mi vida y que, posteriormente, los pagos seguirán efectuándose a perpetuidad a varias organizaciones de caridad que serán citadas en mi testamento.

Bedlam desató su furia. Miss Martin se sintió entusiasmada y captó una sonrisa de admiración en el rostro de Peter Hart.

Nate esperó pacientemente a que se hubiera disipado la conmoción causada por sus palabras. Cuando pudo ser escuchado, dijo:

—Resulta una cantidad demasiado elevada para ser pagada por una simple historia. Así pues, y tal como específica el contrato, trabajaré como asesor de la Asociación Bancaria Municipal... en un cargo que pueden llamar consejero en relaciones humanas. Es un título que suena muy bien. Evidentemente, al ser consejero estaré demasiado ocupado como para escribir más historias de este tipo. Eso también está especificado en el contrato.

El abogado del traje gris se levantó, solicitando la atención de todos.

—¿Qué pasa con el método tres? ¿Se explica en el contrato? ¡Tenemos que conocer el tercer método!

—Se lo contaré —asintió Nate—, en cuanto hayan firmado ese contrato.

Peter Hart levantó la mano, solicitando silencio.

—Si quiere usted esperar en la antesala, míster Waite, nos gustaría discutir entre nosotros las condiciones del contrato.

Nate abandonó la sala, acompañado por miss Martin.

—Estuvo usted tremendo —dijo ella—. ¿Cree que estarán de acuerdo?

—Estoy seguro de que lo aprobarán. Pueden discutir sobre la cláusula séptima... porque me da derecho a aprobar o rechazar todos los anuncios comerciales bancarios que se emitan por televisión. Pero están tan asustados con respecto al tercer método —dijo, brillándole los ojos—, que hasta se mostrarán dispuestos a aceptar eso.

Cinco minutos más tarde, Peter Hart les llamó para que se presentaran ante un sumiso grupo de miembros del comité.

—Hemos decidido que la Asociación necesita con urgencia un consejero en relaciones humanas —dijo—. Míster Graves —añadió, indicando hacia el derrotado anciano— y yo mismo hemos firmado en nombre de la Asociación Bancaria Municipal. A propósito, el contrato está maravillosamente redactado... no existe la menor posibilidad de hallar un hueco legal en él. Sólo tiene que firmarlo usted mismo.

El del traje gris volvió a levantarse.

—Espere un minuto —dijo—. Todavía no nos ha dicho cuál es el tercer método.

Nate extendió su mano para coger el contrato.

—¡Oh, sí! —exclamó, casi murmurando, y después de haberlo firmado, añadió—: Tres formas de robar un banco. Método 3. Bien, se trata de algo bastante simple: éste es el tercer método.