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Donante - Iban Zaldua

Circunstancias más bien peregrinas me llevaron a hacerme donante de sangre. A Loperena, compañero de cenas y chiquiteo, el médico le recomendó —más bien le ordenó— que se hiciera sacar sangre con cierta regularidad: lo ignoro todo sobre la ciencia de Esculapio, pero recuerdo que el curioso remedio, uno más de entre todo un arsenal, tenía que ver con la extrema obesidad de nuestro amigo, y con el lamentable estado de su hígado. 
 
Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo. 
 
Tratamos de alentarlo como siempre suele hacerse en estos casos: que no pasa nada, si es un pinchacito y se acabó, que no se ha muerto nadie… Inútilmente. Así que decidimos, en un acto de generosidad sin precedentes hacia Loperena y la Humanidad, convertirnos nosotros mismos también en donantes y acompañar al desdichado gordo en su particular calvario. 
 
Los siete —todos menos Juárez, que había tenido hepatitis— nos encaminamos un sábado a la mañana hacia el banco de sangre, sin dejar de hacer chistes y dando palmaditas en el hombro a Loperena, que estaba más blanco que la leche. 
 
Para animarle, quedamos en que luego visitaríamos los bares del barrio y saquearíamos sus reservas de tinto y pinchos. Entre protestas, todos nos comprometimos a invitar. Ni siquiera esto devolvió la vida a los ojos de perro apaleado de Loperena.
 
La sede de la Asociación de Donantes de Sangre se halla en el bajo de un oscuro edificio del Centro, en la calle Lope de Aguirre; como Nazábal, con su habitual pedantería, se encargó de ilustrarnos, ocupaba lo que habían sido las antiguas oficinas de la CNT durante la guerra: los agujeros de bala que tachonaban el dintel y uno de los balcones, rellenos de un mortero que había ennegrecido más que la piedra de la fachada, daban fe de ello. 
 
El interior se correspondía casi exactamente con la lúgubre entrada: una amplia sala con una mesa, tres camillas que parecían sacadas de un compendio decimonónico, varias vitrinas modernistas y gastadas, llenas de frascos, azulejos blancos en el suelo, el techo y las paredes. Lo único anacrónico allí eran las bolsas de plástico para la sangre y las balanzas en el suelo, junto a las camillas. 
 
Nos recibió el doctor Elorza, alto, espigado, calvo, con una mueca de seriedad permanente de esas que uno, por conservar la calma, procura no confundir con la animadversión hacia todo lo que se mueve sobre dos piernas. Ni el marco ni el galeno eran, evidentemente, los más adecuados para que Loperena caminara sin miedo hacia su primera donación, así que —una simple mirada de entendimiento nos bastó— Juancho, Loco y yo decidimos afrontar los primeros el potro de la tortura. 
 
Tras un prolijo y desagradable interrogatorio, una enfermera sin edad nos fue tumbando en las camillas y el doctor, con una mirada casi sádica, fue clavándonos la aguja en la vena y dándonos las instrucciones para que la sangre fluyera a la bolsa. Aunque sólo puedo hablar por mí mismo, estoy seguro de que a los tres nos dolió más de lo que preveíamos, y que nos pareció una experiencia bastante desagradable. 
 
Sin embargo, ante los demás, y sobre todo ante Loperena, evitamos cualquier gesto de disgusto y seguimos bromeando hasta el final. Marcos, Nazábal y Mikel hicieron lo mismo. Loperena no pudo echarse atrás. Aguantó como pudo y, aunque estuvo a punto de marearse, no vomitó. 
 
Todos juntos ya, y acompañados por la enfermera, nos zampamos el bocadillo, bebimos los litros de agua prescritos, recibimos cada uno nuestro carné y salimos para la calle. Era la una y media del mediodía. Fuera porque la sangre que nos habían restado debilitaba nuestro organismo, fuera porque los pinchos que trasegamos no fueron suficientes para hacer base en nuestros estómagos, el caso es que para las dos y cuarto ya estábamos como cubas. 
 
No tuvimos más remedio que quedarnos a comer por la zona, en uno de esos tascuchos con menú de a mil doscientas pesetas que invitan, en los postres, a cantar a coro y a iniciar interminables guerras de pan. La memorable juerga concluyó con los primeros rayos del sol de la mañana siguiente. 
 
No extrañará, por lo tanto, que decidiéramos convertir aquellas donaciones en tradición, en el preludio de largas jornadas de disparates, cánticos y chuletadas que íbamos a perpetrar cada tres o cuatro meses. Así lo decidimos, ya recuperados de la resaca, con un solemne juramento.
 
Como era de esperar, la primera juerga eclipsó a todas las siguientes. Es sabido lo que perduran las tradiciones recién adoptadas en estas circunstancias: dos, tres años, o acaso lo que tarda en deshacerse una cuadrilla. En nuestro caso ambos plazos casi coincidieron. 
 
Habíamos concluido los estudios, conocimos a otras gentes, algunos encontraron trabajo lejos del barrio, la vida nos trazó líneas que se fueron separando en el mapa del tiempo. Yo fui de los que se quedó en la ciudad. Y el único que, una vez cada cuatro meses, siguió acudiendo a donar sangre. Es posible que alguno siguiera haciéndolo, pero no desde luego en aquel local del centro. 
 
La lista de excusas que fueron proporcionando para justificar su deserción es demasiado prolija y la considero innecesaria en este relato. Loperena fue el último en abandonarme. Un día me comunicó que su nuevo médico de cabecera había decidido cambiar radicalmente de tratamiento, aduciendo que, a fin de cuentas, aquellas donaciones de sangre no eran más que una burda variante de las sangrías de antaño. 
 
Todo eso, según Loperena, acompañado de una serie de lindezas sobre su colega que se pagarían a muy buen precio en el Colegio Provincial de Médicos. Pese a los alicientes que rodeaban a las jornadas de donación, Loperena nunca logró sacudirse de encima el malestar que le producían el doctor Elorza y sus agujas. 
 
Le felicité sinceramente, pero no advertí rastros de alegría —ni siquiera de alivio— en su mirada. Me lo explicó: el nuevo médico le había impuesto un régimen muy estricto. Después de realizar mi donación —la solidaridad de Loperena no llegó hasta el punto de acompañarme aquel día—, decidimos celebrarlo por todo lo alto en el Felipe: marmitako, pencas rellenas, gorrín, repostería variada, café, puro y pacharán. 
 
Todo ello regado con un par de botellas de Viña Ardanza de 1973 que elevaron la cuenta —y nuestra moral— como la espuma. Pero no nos importó. Loperena lo dejó muy claro: «Esta es la última. Mañana mismo empiezo con el régimen».
 
No sé por qué seguí donando. Local y empleados me resultaban desagradables, las satisfacciones que me proporcionaba el hecho de perder medio litro de sangre cada cuatro meses eran intangibles y —cavilaba— lo que sobra en esta provincia son donantes de sangre. Eso decían las estadísticas, por lo menos: cuando empecé a ir solo me sorprendió no coincidir nunca con nadie. ¿Por qué me empeñaba en ir, entonces? ¿Era, acaso, una forma de tranquilizar mi conciencia, de decirme que ya hacía —y, además, gratis— lo suficiente por la Humanidad? ¿Mi coartada para afrontar la vida con un mínimo de hipocresía? ¿Era la Asociación de Donantes de Sangre —a cuyas reuniones jamás acudía— lo mismo que el Movimiento de Objeción de Conciencia para Nazábal, la Asociación para la Protección de Nuestro Patrimonio Industrial para Marcos, el sindicato para Juancho? Lo ignoro. Creo que actuaba movido por una suerte de premonición. Esperaba a Milagros.
 
El hecho es que, tres sábados al año, allí me tenían, listo para vaciar mis venas. El doctor Elorza nunca llegó a tutearme, ¡faltaría más! Cuando traspasaba la puerta y le saludaba me solía atravesar con una mirada cansada, como si anduviera cargado de trabajo, agobiado por las masas de donantes. 
 
Nunca encontré a nadie allí. Después celebrábamos el ritual mecánicamente: me hacía las mismas preguntas, yo daba las mismas respuestas, me tumbaba en la camilla más alejada, me pinchaba, volvía a su escritorio y a partir de entonces era su casi muda ayudante la que se ocupaba de todo: vigilar la oscilación de la balanza, decidir cuándo había suficiente sangre en la bolsa, cortar el flujo, aplicarme el algodón en el pinchazo y recitarme, siempre con la misma voz monocorde: «Ahora apriete fuerte hasta que deje de manar sangre». 
 
Ni siquiera llegué a saber su nombre. Después de aquello, me bajaba la manga y, ya sin ayuda, me encaminaba a los sofás de la entrada, bebía medio litro de agua, ojeaba algunas revistas y deglutía un bocadillo de —parece difícil de creer— excelente salchichón. Siempre había cuatro o cinco más preparados en la mesilla, y más de una vez estuve tentado de pedirles permiso para repetir. 
 
Pero algo en el silencio de aquella amplia sala me lo impedía siempre también. Quizá fuera el recuerdo del brillo extraño que asomaba a los ojos de Elorza cada vez que extraía la aguja de su protector de plástico y miraba mi brazo buscando el punto exacto. No logré acostumbrarme.
 
Un sábado, nada más entrar, me di cuenta de que las cosas habían cambiado, y mucho, en el último cuatrimestre. Mamparas de color salmón dividían el espacio que antes ocupaba la gran sala, de manera que la entrada se reducía a un hall bastante pequeño, aunque coqueto. De las paredes originales no habían podido arrancar aquellos horribles azulejos, pero las habían cubierto con pósters y reproducciones de pinturas impresionistas que les daban otro aire. 
 
La mesa de oficina había sido sustituida por un mostrador tras el cual una vivaracha enfermera, que enseguida me dijo que se llamaba Merche, pedía los datos, rebuscaba en el fichero y conducía al donante a una pequeña sala de espera donde —y aquí venía la sorpresa— la doctora en medicina general Milagros Rotaeche cumplimentaba, con una amabilidad inusitada, el cuestionario de rigor. 
 
Ella fue la que me informó del cese del doctor Elorza y de cómo ella se había hecho con el puesto. Todo eso sin dejar de sonreír. Puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que es una hermosa mujer, morena, de ojazos verdes y largas pestañas, y con una sonrisa que no abandona su boca en ningún momento: creo que fue ese rasgo, en contraste quizás con la actitud de Elorza, lo que me cautivó. 
 
Sospeché, con una mezcla de horror y satisfacción, que por fin habían descubierto los experimentos secretos que sin duda realizaba el doctor Elorza y se hallaba expiando sus crímenes en alguna institución penitenciaria; no he sabido hasta mucho después que se enroló en una misión de Medicus Mundi con destino a Ruanda, donde por lo visto realizó durante dos años una labor más que meritoria. 
 
Salió hasta en el semanal de El País. Tengo que confesar que la noticia me ha contrariado un tanto, pero en aquel entonces di gracias al Señor —las sigo dando— por el cambio y por el castigo que por sus crímenes contra la Humanidad se merecía Elorza. Pero sobre todo por el cambio.
 
La doctora Rotaeche era además encantadora, atenta e inteligente. Su conversación no decaía nunca y suponía una delicia estar con ella. Si no tenía mucho trabajo se quedaba junto a mí durante la extracción, y hablábamos de cualquier cosa. La verdad, era ella la que más hablaba, porque yo no tenía mucho que decir. 
 
Mi trabajo, en la sección de contabilidad de una sucursal de la caja de ahorros provincial, no daba para grandes aventuras; mis recuerdos de juventud, de puro felices, se me antojaban insulsos; mis vacaciones en Cuba —desde que empecé a trabajar he ido cuatro veces, cada verano—, eran más bien inconfesables, pese a que eran lo más excitante en una vida que se reducía a un eterno paseo entre la oficina y el apartamento. 
 
Milagros —enseguida si insistió en tratarme de tú— opinaba sobre todo lo divino y lo humano con una soltura envidiable, de esas que arrastran: yo mismo me sorprendí, en más de una ocasión, proporcionándole mi punto de vista sobre cuestiones que en la vida me habían interesado, o sobre las que nunca me habría atrevido a discutir. 
 
Aquellos ratos, desgraciadamente, no fueron tan abundantes como yo hubiera deseado. La voz corrió y los miembros de la Asociación de Donantes acudieron como moscas. Nunca había visto el local tan concurrido: hubo sábados en que tuve que volverme a casa sin haber cumplido con mi deber. Una vez en la sala, donde habían colocado dos camillas más, amén de una televisión, todos nos disputábamos los favores de Milagros. 
 
Al principio creí ser el preferido, pero casi estoy convencido de que a todos nos ocurría lo mismo. Durante un año entero me devoraron los celos: ¿acaso no pasaba unos minutos más con esa foca sebosa de Rodríguez Rezola, un carnicero que contaba chistes sin cesar, y no precisamente de los mejores? 
 
Pero no, luego volvía junto a mí, introducía aquella suave aguja bajo mi piel, acariciaba mi hombro, me preguntaba por el trabajo, me tranquilizaba. Mes tras mes, esperaba aquellos sábados con ansiedad. Más de una vez me planteé si podría verla fuera de aquel local, si me atrevería a invitarla a salir, o algo así. Nunca lo intenté: algo más fuerte que mi deseo me detenía. Como si la imagen de Milagros fuera de aquel local me pareciera irreal. Como si no pudiera tomar cuerpo en otro sitio que no fuera aquel escenario. Ahora sé que no tiene por qué ser así.
 
Milagros era, además, una médico muy preparada. Pronto nos enteramos —todo se llega a saber en los círculos devotos— de que había sido la primera de su promoción, y de que había publicado artículos en las revistas más importantes de la especialidad. 
 
Reputada experta en hematología, ella misma nos confesó que estaba perfeccionando un preparado con el que queremos conseguir que la sangre de los donantes recuperara más rápidamente los elementos que se perdían con la transfusión. No podíamos estar más de acuerdo con su línea de investigación: si tenía éxito el ritmo de donaciones se aceleraría y habría más sangre para transfusiones y, lo más importante, podríamos acudir cada menos tiempo a visitar la sede de la Asociación. A visitar a Milagros. 
 
Su sueño, me confesó un día, era la producción artificial de sangre, pero no confiaba en lograrlo aún, dados los escasos medios de que disponía. Por eso había optado por perfeccionar el funcionamiento de la mejor máquina de producir sangre que la naturaleza había creado. Y me acarició la cabeza.
 
Cuando, tímidamente, nos propuso formar parte de su experimento, dudo que nadie se negara a probar aquel brebaje rosa que Merche nos iba a servir después de cada donación, junto al agua y el bocadillo. Nos dijo que íbamos a ser famosos y que nuestros nombres aparecerían en el artículo que sin duda le publicarían en el Scientific American. Eso, por lo menos. 
 
A partir de ese momento empezamos a ser citados más a menudo. Primero cada tres meses, luego cada dos, y a partir de ahí Milagros fue bajando una semana a cada visita. Mi vida se convirtió en una delicia, al menos en parte. No sólo porque acudía al local de la Asociación de Donantes de Sangre más a menudo, sino también porque pasaba más tiempo allí. 
 
Efectivamente, el revitalizador de Milagros, por lo visto, no sólo lograba acelerar la recuperación de los elementos que perdía la sangre del donante, sino que lograba triplicar el ritmo de reproducción de la propia masa sanguínea, con lo que, nos comunicó, podríamos donar más sangre cada vez. 
 
La perspectiva de pasar ratos más largos junto a Milagros me sedujo —nos sedujo— sin remedio. Casi se convirtió en una competición entre los habituales. Subimos de medio litro a tres cuartos, de ahí al litro y algunos llegamos al techo de litro y medio por donación, con descansos de tres semanas entre una sesión y la siguiente.
 
Evidentemente, cada día que pasaba me sentía más débil. No puedo decir que me importara mucho. Nunca he sido muy dado a tomar el sol, pero la imagen que cada mañana me devolvía el espejo me decía a las claras que mi piel había perdido cualquier vestigio de color que alguna vez hubiera tenido. 
 
Perdí el apetito, adelanté y empecé a llegar tarde al trabajo. Siempre he sido puntual, y nunca antes se me habían pegado las sábanas. Pero ahora subía a casa y no sentía más que ganas de dormir, acudía al trabajo y me entraba sueño frente al ordenador. No, ni se me ocurrió preocuparme. 
 
Milagros nos hacía chequeos antes y después de cada sesión, nos tomaba la tensión, realizaba complicadas pruebas con muestras de nuestra orina y casi siempre proclamaba que estábamos estupendos; a algunos les prescribía unas vitaminas, «una ayudita», como ella solía decir, pero poco más. 
 
Un día, nada más llegar a la oficina, me desmayé. El médico diagnosticó anemia con complicaciones —la lista es demasiado larga—, y me dio a entender que tenía la sangre tan debilitada que lamentaba hasta haberme extraído la muestra. Me dio baja para un mes, que tenía que pasar en la cama. Ni se me ocurrió comentarle nada de los experimentos de Milagros. 
 
Ella misma se había encargado de subrayar que aquello era un secreto entre nosotros, que en el mundo de la investigación hay muchas envidias y muchos desaprensivos dispuestos a robar descubrimientos que no les pertenecen. Nunca dudamos de su buena fe, ni de sus revisiones. Confiábamos en Milagros.
 
Aquella baja, qué duda cabe, me salvó la vida. A la segunda semana ya estaba algo mejor, y pude empezar a leer los periódicos que, a regañadientes, me subía un vecino. La noticia apareció un lunes. Los titulares de los diferentes diarios no podían ser más expresivos: «LO MATÓ PARA EXTRAERLE TODA SU SANGRE», «HORRIBLE ASESINATO», «EL LOCAL DE LOS HORRORES», «LA VAMPIRESA DE LA CALLE LOPE DE AGUIRRE». Y continuaron los días siguientes: «MÁS CUERPOS EN LA TRASTIENDA DEL LOCAL», «SED DE SANGRE», «LA DOCTORA ROTAECHE INGRESA EN PRISIÓN», «DIMISIONES EN LA ASOCIACIÓN DE DONANTES DE SANGRE», «POSIBLE IMPLICACIÓN DEL DIRECTOR DE OSAKIDETZA», etc. 
 
La policía dio con el caso casi por casualidad, mientras investigaba la desaparición de Rodríguez Rezola que, como todos los carniceros, tenía dinero y sólidas relaciones. A algún espabilado se le ocurrió que acudía con demasiada asiduidad al local de Donantes y mientras hacían una pregunta por aquí, manoseaban un aparatito por allá, algún agente abrió la puerta del depósito y se topó con el cuerpo —por decir algo— de Rodríguez Rezola, convertido en un saco de piel y huesos apenas reconocible. 
 
El forense no encontró en su cuerpo, casi momificado, ni una gota de sangre. Lo mismo puede decirse de los otros cuatro cuerpos que hallaron bajo el suelo de aquella habitación; publicaron sus fotos y he de decir que los conocía a casi todos: mis antiguos rivales. El famoso preparado resultó estar compuesto básicamente de sirope de granadina. 
 
Merche, la enfermera, por lo visto, no sabía nada. La policía vino a visitarme una semana después de la detención de Milagros. Confirmé punto por punto las declaraciones de los demás testigos. Sin embargo no quise ponerle una denuncia. No he debido ser el único, porque los policías no insistieron. Ni siquiera parecieron sorprenderse.
 
Por suerte, los periodistas no me molestaron. No hubiera sabido qué contarles. El caso de la doctora Rotaeche fue, como era de esperar, un duro golpe para la Asociación Provincial de Donantes de Sangre: las estadísticas de este último año son elocuentes. Incluso han cambiado de sede, pero no parece que les haya servido de mucho. 
 
Yo, desde luego, no he vuelto a donar, y no conozco el nuevo local. Nunca lo conoceré. No es por lo que nos ocurrió. Sé que si voy no encontraré a Milagros allí, y eso es suficiente. No sería lo mismo. He intentado conseguir un permiso para visitarla en la cárcel, pero no me lo han concedido. 
 
Razones de seguridad, añaden. Me han dicho que probablemente pueda cuando la sentencia sea firme. Incluso un vis a vis; eso sería estupendo. Esperaré. Vaya que si esperaré. Me da un poco de lástima, claro. Todo este tiempo. Con la sed que estará pasando, la pobre.

Tres formas de robar un banco - Harold R. Daniels


El manuscrito estaba pulcramente mecanografiado. La cubierta podría haber sido copiada casi palabra por palabra de una de aquellas publicaciones de «Sea un autor», completadas con la pro forma: «Sometido para publicación a sus honorarios usuales.» 

Miss Edwina Martin, asistente del editor de Historias de crimen y descubrimiento, lo leyó primero. Dos cosas le llamaron la atención. Una de ellas era el título: Tres formas de robar un banco. Método 1. La otra era el nombre del autor, Nathan Waite. Miss Martin, que conocía a casi todos los escritores profesionales de historias de crímenes en los Estados Unidos, y que había tratado con la mayor parte de ellos, no reconoció el nombre.

A la carta que acompañaba el manuscrito le faltaba la verborrea usual del escritor hecho y derecho, pero un párrafo situado hacia la mitad de la carta atrajo su atención: «Puede que desee usted cambiar el título, porque lo que hizo Rawlings no fue realmente un robo. De hecho, es probablemente legal. Ahora estoy trabajando en una historia que titularé Tres formas de robar un banco. Método 2. Se la enviaré en cuanto haya terminado de volverla a copiar a máquina. El método 2 es legal casi con toda seguridad. Si desea usted comprobar el método 1, le sugiero que se lo muestre a su propio banquero.»

Según descubrió después, Rawlings era el protagonista de la historia. En cuanto a la propia historia, era cruda y redundante; fallaba en cuanto al desarrollo de los personajes y casi servía únicamente como vehículo para bosquejar el método 1. En cuanto al método, tenía que ver con la extensión del crédito a los poseedores de cuentas corrientes... 

Uno de esos tratos en los que el banco estimula a los poseedores de cuentas corrientes a que extiendan cheques sin tener fondos para cubrirlos. En ese caso, el banco amplía el crédito. No hay papeles, ni notas. (La desconfianza del autor por esta forma comercial aparecía claramente en la historia.)

El primer impulso de miss Martin fue devolver la historia, acompañándola con una amable carta de rechazo. (Nunca utilizaba el inhumano impreso de rechazo.) Pero había algo en la confiada presentación del método que la preocupó. Añadió un memorándum al manuscrito, sujetándolo con un clip, y garabateando un gran signo de interrogación en él, enviándolo después al editor. Lo volvió a recibir al día siguiente, junto con una nota adicional: «Se trata de una terrible tontería, pero el plan parece casi real. ¿Por qué no lo compruebas con Frank Wordell?»

Frank Wordell era uno de los vicepresidentes del banco que trabajaba con el editor de miss Martin. Acordó con él una cita para almorzar, le entregó la carta y el manuscrito, y empezó a corregir unas galeradas mientras él le echaba un vistazo. Levantó la mirada cuando le escuchó respirar. Su rostro mostraba una delicada sombra de color blanco verdoso.

—¿Puede dar resultado? —preguntó.

—No estoy completamente seguro —dijo el vicepresidente con voz temblorosa—. Tendría que saber la opinión de algunas de las personas que trabajan en el departamento de crédito a cuentas corrientes. Pero creo que daría resultado —dudó un momento y añadió—: Dios mío, esto podría costamos varios millones. Escuche... no estaría pensando en publicar esto, ¿verdad? Quiero decir que si esto llega a manos del público...

Miss Martin, que no sentía una gran admiración por la mentalidad bancaria, no quiso comprometerse.

—Necesita ser revisado —dijo—. Aún no hemos tomado una decisión.

El banquero apartó su plato y se inclinó hacia adelante.

—Y él dice que hay otro método, el dos. Si se trata de algo similar a esto podría arruinar todo el negocio bancario —y entonces se le ocurrió un pensamiento—. Y le llama a todo esto Tres formas de robar un banco. Eso significa que debe existir un tercer método. ¡Es terrible! No, no podemos permitir que ustedes publiquen esto, y tenemos que ver a ese hombre inmediatamente.

Aquellas palabras fueron desafortunadas para ser utilizadas con Edwina Martin, que extendió la mano cogiendo la carta y el manuscrito.

—Eso lo tenemos que decidir nosotros —dijo con frialdad.

Sólo después de que él le describiera la destrucción potencial de la economía del país, le permitió llevarse los papeles al banco. El vicepresidente estaba tan trastornado que se olvidó de pagar la cuenta de la comida.

La llamó por teléfono algunas horas después.

—Hemos celebrado una reunión de emergencia —le dijo—. El personal del departamento de crédito a cuentas corrientes dice que el método uno puede dar resultado. También puede ser legal, pero, aun cuando no lo fuera, nos costaría millones de dólares en pleitos. Escuche, miss Martin, queremos que compre usted esa historia y nos asigne el copyright a nosotros. ¿Nos protegería eso contra él e impediría que vendiera la historia a algún otro editor?

—Tal y como está escrita ahora, sí —le dijo—. Pero nadie puede impedirle escribir otra historia utilizando el mismo método —tras recordar que él no había pagado la cuenta de la comida, no sentía ningún deseo especial de cooperar—. De todos modos, no compramos material que no tengamos la intención de publicar.

Pero tras una reunión de emergencia entre un comité de la Asociación Bancaria Municipal, convocada en sesión extraordinaria, y el editor, se decidió comprar la historia de Nathan Waite y depositar el manuscrito en la cámara acorazada más profunda del mayor banco. En interés de la economía nacional.

Miss Martin pensó que «economía» era una palabra muy apropiada. Durante la reunión, un enorme y viejo capitalista, con una riqueza personal que se encontraba en el rango de las decenas de millones, planteó la cuestión del pago a Nathan Waite.

—Supongo que tenemos que comprarla —gruñó—. ¿Cuánto pagan ustedes por historias de ese tipo?

Miss Martin, sabiendo que el autor nunca había publicado nada y que, por lo tanto, su nombre no era conocido, sugirió una cifra.

—Naturalmente —añadió—, como nunca será publicada no existe tampoco la posibilidad de que sea traducida, de que aparezca en alguna antología, ni de que reciba derechos cinematográficos o de televisión —el capitalista se estremeció—. Así es que creo que sería justo pagar al autor algo más de la cifra usual.

—No, no —protestó el hombre—. No hay ni que pensar en ello. Después de todo, nosotros nunca recuperaremos ese dinero. Y también tendremos que comprar los métodos dos y tres. Piensen en eso. Por otra parte, tenemos que imaginar una forma de evitar que escriba otras historias utilizando los mismos métodos. Por eso, será suficiente con la cifra usual. Nada de extras.

Como había treinta bancos representados en la Asociación y como el gasto que correspondería a cada uno sería inferior a los diez dólares por historia, miss Martin dejó de sentir todo tipo de aprecio por el anciano capitalista.

Aquel mismo día, miss Martin envió una carta y un cheque a Nathan Waite. La carta explicaba que, en aquellos momentos, no se podía determinar una fecha para la publicación, pero que el editor ansiaba leer las historias en las que se explicaban la segunda y la tercera formas de robar un banco. Ella firmó la carta con disgusto. Sabía muy bien que, para un autor novel, el cheque resultaba algo insignificante comparado con la gloria de la publicación de lo escrito. Publicación que nunca se produciría.

Una semana más tarde le llegó una carta y el manuscrito de Tres formas de robar un banco. Método 2. La historia en sí era un desastre, pero el método volvía a parecer convincente. En este caso se trataba de tinta magnética y proceso de datos. Miss Martin acordó una cita con Frank Wordell y le llevó el manuscrito a su oficina. El vicepresidente lo leyó con rapidez y se estremeció.

—Ese hombre es un genio —murmuró—. Evidentemente, posee una excelente formación en el campo bancario...

—¿Qué sabe usted de su formación? —preguntó Edwina.

—¡Oh! —dijo él sin pensárselo mucho—. Le hemos investigado, claro está. Hemos hecho que una de las mejores agencias de detectives del negocio bancario le investigue... ya desde que me enseñó usted aquella primera carta. No pudimos sacar mucho de él.

La voz de miss Martin sonó entonces amenazadoramente:

—¿Quiere darme a entender que investigaron ustedes a míster Waite..., un hombre cuya existencia sólo conocieron a través de su correspondencia con nosotros?

—Claro está —dijo Wordell bastante sorprendido—. Un hombre que posee unos conocimientos tan peligrosos como los que él tiene... No podíamos confiar en que no hiciera nada más que limitarse a escribir historias. ¡Oh, no! Nadie podría detenerle. Trabajó en un banco durante años y años, ya sabe. En una pequeña ciudad de Connecticut. Le despidieron hace un año. Tenían que encontrar un puesto para el sobrino del presidente. Sin embargo, le concedieron una pensión. El diez por ciento de su salario.

—Años y años, dice. ¿Cuántos años?

—¡Oh! No lo recuerdo bien. Tendría que mirar el informe. Creo que veinticinco.

—Naturalmente, entonces no tendría ningún resentimiento por haber sido despedido —dijo ella con sequedad, extendiendo después su mano y diciendo—: Permítame ver de nuevo su carta.

La carta que había acompañado el segundo manuscrito daba cordialmente las gracias al editor por haber aceptado la primera historia, así como por el cheque. Uno de sus párrafos decía: «Supongo que ha comprobado usted el método 1 con su banquero, tal y como le sugerí. Espero que también le mostrará el método 2, sólo para estar seguro de que funcionaría. Tal y como dije en mi primera carta, se trata de un método que es legal casi con toda seguridad.»

—¿Es legal? —preguntó miss Martin.

—Es legal, ¿qué?

—El método dos. El que acaba de leer.

—Digámoslo de este modo. No es ilegal. Para conseguir que fuera ilegal, cada banco que utiliza el proceso de datos tendría que llevar a cabo algunos grandes cambios en sus formas y procedimientos. Se tardaría varios meses en poder hacerlo y, mientras tanto, podríamos perder incluso más millones que con la utilización del método uno. Se trata de algo terrible, miss Martin..., de algo muy terrible.

El método 2 causó un verdadero pánico en los consejos de administración de la Asociación Bancaria Municipal. Se tomó el acuerdo general de comprar inmediatamente la segunda historia y secuestrarla para siempre. 

También se acordó, por consenso general, que como el método 3 podría ser incluso más catastrófico que los dos anteriores, no podrían esperar a recibir más historias de míster Waite. (Miss Martin, que estaba presente en la reunión, preguntó si se elevaría el precio de la segunda historia, teniendo en cuenta el hecho de que míster Waite, tras haber recibido un cheque, ya era un autor profesional. El anciano banquero señaló que la obra de Waite no había sido publicada, de modo que no estaba justificado abonarle un precio mayor por la segunda.)

Se adoptó un plan. Miss Martin invitaría a míster Waite a que viniera desde Connecticut, para mantener una aparente charla entre autor y editor. En realidad, sería conducido ante un comité elegido por la Asociación Bancaria Municipal.

—Tendremos allí a nuestros abogados —dijo el anciano—. Le haremos sentir el temor de Dios. Haremos que nos cuente el método 3. Le pagaremos el precio de otra historia si nos vemos obligados a ello. Después, encontraremos algún modo de hacerle callar.

Miss Martin, su superior y el editor terminaron por aceptar este plan a regañadientes. Ella casi deseo haber rechazado simplemente el primer manuscrito que Nathan Waite le envió. Pero lo que más le dolía era la actitud adoptada por los banqueros. Bajo su punto de vista, Nathan Waite no era más que un criminal común.

Llamó a Nathan Waite a su casa de Connecticut y le invitó a venir a verles. Decidió por su cuenta que la Asociación Bancaria Municipal pagaría los gastos, fueran cuales fuesen los pasos que tuviera que dar para conseguirlo.

A través del teléfono, la voz del hombre sonó sorprendentemente joven y sólo daba una ligera impresión de acento yanqui:

—Supongo que tengo mucha suerte al poder vender una historia tras otra. Le estoy muy agradecido, miss Martin. Y tendré un gran placer en ir a verla. Supongo que querrá usted hablar sobre la próxima historia.

Sintió cómo se rebelaba su conciencia, pero, a pesar de todo, contestó:

—Bien, sí, míster Waite. Los métodos uno y dos fueron tan inteligentes que existe un gran interés en conocer el tercer método.

—Llámeme simplemente Nate, señorita. Y ahora quisiera decirle algo sobre ese tercer método: no existe la menor duda de que es legal. La única cuestión que se puede plantear es si se trata de un método honesto. Me refiero al compararlo con los métodos uno y dos. Y hablando de los dos primeros métodos, ¿comprobó usted su eficacia con su banquero? Supongo que le habrá mostrado el método uno antes de comprar la historia. Me estaba preguntando si se sorprendió al conocer el segundo método.

—¡Oh! Quedó bastante impresionado —se limitó a decir.

—Entonces, creo que se sentirá realmente interesado por conocer el tercer método.

Acordaron detalles sobre su visita, para dos días después, y colgaron el teléfono.

-.-.-.-.-.-.-.- 

Míster Waite se presentó en el despacho de miss Martin exactamente a la hora acordada. Se trataba de un hombre pequeño, ya entrado en sus cincuenta, con un pelo blanco reluciente ligeramente elevado en una parte, a la moda antigua. Su rostro estaba bronceado, proporcionándole un fondo muy efectivo para sus agudos ojos azules. Se inclinó con una encantadora cortesía que hizo a miss Martin sentirse como una Judas. Ella se levantó y, saliendo desde detrás de su mesa, se adelantó hacia él.

—Míster Waite... —empezó a decir.

—Nate.

—Está bien, Nate. Me siento muy disgustada con todo este asunto, y ni siquiera sé cómo se nos ha obligado a entrar en él. Nate, no compramos sus historias con la intención de publicarlas. Para ser honesta..., y creo que ya es hora de serlo, las historias son malas. Las compramos porque el banco... los bancos más bien, nos pidieron que lo hiciéramos así. Temen que si las historias llegan a publicarse, la gente empezaría a utilizar sus métodos.

—Malas, dice usted —dijo él, frunciendo el ceño—. Me siento muy desilusionado al escuchar eso. Pensé que la que escribí sobre el método dos no era tan mala.

Ella puso la mano sobre su brazo, en un gesto de simpatía y le miró, viendo que estaba sonriendo.

—Claro que son malas —dijo él—. Las escribí así deliberadamente. Le apuesto a que es algo casi tan duro como escribir bien. Así que los bancos han pensado que los métodos darían resultado, ¿eh? No me sorprende. He pensado mucho en esos métodos.

—Aún están más interesados en conocer el tercero —dijo ella—. Quieren entrevistarse con usted esta tarde y discutir la adquisición de su próxima historia. En realidad, quieren pagarle para que no la escriba, o para que escriba cualquier otra cosa —añadió.

—No será una gran pérdida para el mundo literario. ¿Con quién nos entrevistaremos? ¿Con la Asociación Bancaria Municipal? ¿Con un viejo tipo que tiene el aspecto de un cocodrilo?

Miss Edwina Martin tuvo la sensación de que allí se había desarrollado un complot; había leído miles de historias de detectives para no darse cuenta. Retrocedió y miró al hombre.

—Usted conocía todo esto —le acusó.

—No todo —dijo él, sacudiendo la cabeza—. Pero lo planeé así de algún modo. Y me pareció que todo estaba saliendo tal y como lo planeé cuando ellos acudieron a una agencia de detectives para investigarme.

—No consiguieron nada haciéndolo —dijo ella airadamente—. Y quiero que sepa que nosotros no tuvimos nada que ver con eso. Ni siquiera lo supimos hasta más tarde. Y no voy a acudir con usted a esa entrevista. Me lavo las manos de todo este asunto. Que sean ellos mismos los que le compren su próxima historia.

—Deseo que venga —dijo él—. Puede divertirse mucho.

Ella se mostró de acuerdo, con la condición de que él pidiera más dinero del que su editor le habría pagado.

—También había planeado pedir un poco más —le dijo—. Sobre todo al ver que están tan interesados en conocer el tercer método.

Mientras almorzaban, le contó algo sobre su carrera como empleado de banco y bastante más sobre su vida en una pequeña ciudad de Connecticut. Ella se enteró así de que este hombre sencillo, de palabras simples, era un matemático aficionado de considerable reputación. Era una autoridad en cuestiones de cibernética y un respetado astrónomo.

Mientras tomaban el café explicó algo sobre su filosofía personal.

—No me enfadé cuando el banco me despidió —dijo—. El nepotismo siempre se infiltra entre nosotros. Supongo que podría haber llegado a ser un magnate en el banco de una gran ciudad. Pero estaba contento de vivir adecuadamente, lo que me permitía hacer las cosas que realmente me gustaban. Soy básicamente un perezoso. Mi esposa murió unos años después de nuestra boda, y no apareció nadie que me estimulara más de lo que yo mismo deseaba.

«Por otra parte, hay algo especial en un pequeño banco de una pequeña ciudad. Sabe uno los problemas de todo el mundo, tanto económicos como de otro tipo, y de vez en cuando puede romper las reglas para ayudar a uno o a otro. A su manera, el banquero es un personaje casi tan importante como el médico del pueblo —se detuvo un momento y continuó después—: Pero ahora ya no es así. Ahora todo está reglamentado, computarizado y deshumanizado. No tiene uno un banquero en el viejo sentido de la palabra. Se tiene más bien un ejecutivo de finanzas que es cada vez más una parte de una gran empresa, y que tiene que responder ante un consejo de directores. Se ve obligado a trabajar de acuerdo con una serie de estrictas reglas que no le permiten atender ningún tipo de factores humanos.

Miss Martin, fascinada, hizo una seña, pidiendo más café.

—Como hacer una hoja de depósito, por ejemplo —siguió diciendo él—. Se solía acudir al banco, se rellenaba la hoja indicando el nombre y dirección y la cantidad que se deseaba depositar. Eso hacía que un hombre se sintiera bien, y también era algo bueno para él. «Mi nombre es John Doe y he ganado este dinero, y vivo en tal sitio y quiero que ahorre esta cantidad de dinero para mí.» Y uno le lleva el dinero al cajero y se pasa un rato hablando con el cliente.

Nate se puso azúcar en el café y siguió hablando:

—No tardará mucho tiempo en desaparecer la figura del cajero. Ya ahora no puede uno rellenar una hoja de depósito en la mayor parte de los bancos. Le envían a uno una tarjeta computarizada, con su nombre y número. Todo lo que uno tiene que hacer es indicar la fecha y la cantidad. El dinero que se ahorran en pagar a los empleados se lo gastan en imbéciles anuncios por televisión. Fue precisamente uno de esos anuncios televisados lo que me inspiró para escribir estas historias.

—Nate, usted nos utilizó —dijo miss Martin, sonriendo por un momento—. Pero aun cuando les venda la historia sobre el tercer método, eso no hará daño más que a sus sentimientos. El dinero no saldrá de sus bolsillos y ni siquiera unos cuantos miles de dólares significarán mucho para ellos.

—Lo importante —dijo él con suavidad—, es obligarles a que se den cuenta de que cualquier sistema mecánico inventado por el hombre, puede ser vencido por el hombre. Si consigo que se den cuenta de que el elemento humano no puede ser despreciado, me sentiré satisfecho. Y ahora, creo que deberíamos acudir ya a esa reunión.

Miss Martin, que se había sentido preocupada por Nathan Waite, sintió de repente una gran confianza. Nate era capaz de vencer en un encuentro con una docena de viejos capitalistas.

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 Les esperaba un comité formado por doce miembros de la Asociación Bancaria Municipal, dirigido por el anciano, y flanqueado por una docena de abogados. Nathan Waite hizo una inclinación de cabeza cuando entró en la sala donde estaba reunido el comité. El anciano preguntó:

—¿Es usted Waite?

—Míster Waite —dijo Nate con tranquilidad. Un joven abogado, vestido con un impecable traje gris, habló:

—Se trata de esas historias que usted escribió y por las que nosotros hemos pagado. ¿Se da cuenta de que sus llamados métodos son ilegales?

—Mire, hijo mío, ayudé a redactar las leyes bancarias de mi estado, y de vez en cuando realizo algún que otro trabajo para el Consejo de la Reserva Federal. Me sentiría muy contento de poder discutir sobre leyes bancarias con usted.

Un abogado más maduro dijo con agudeza:

—Cállate, Andy —después, volviéndose a Nate, añadió—: Míster Waite, no sabemos si sus dos primeros métodos son criminales o no. Sabemos, sin embargo, que llevar adelante un caso de este tipo nos costaría una gran cantidad de dinero y muchos problemas y, mientras tanto, si el método uno o el dos cayera en manos del público, podría causar un daño y unas pérdidas incalculables. Quisiéramos tener ciertas seguridades de que eso no ocurrirá.

—Han adquirido ustedes las historias en las que se describen los dos primeros métodos. Generalmente, soy considerado como un hombre honorable. Tal y como miss Martin puede afirmar, no volveré a utilizar esas mismas historias.

El del traje gris dijo cínicamente:

—Puede que no lo haga esta semana. Pero ¿y a la semana que viene? Cree usted habernos puesto entre la espada y la pared...

—Dije que te callaras, Andy —espetó furiosamente el abogado de mayor edad; después, volviéndose hacia Nate, siguió—: Yo soy Peter Hart. Le ruego disculpe a mi colega. Acepto el hecho de que es usted un hombre honorable, míster Waite.

El anciano banquero les interrumpió:

—No le preocupe eso. ¿Qué ocurre con el tercer método..., la tercera forma de robar un banco? ¿Es tan sutil como las dos primeras?

—Tal y como le dije a miss Martin —dijo Nate suavemente—, la palabra «robo» es inapropiada para este caso. Los métodos uno y dos no son éticos, quizá sean ilegales, porque son métodos para conseguir dinero de un banco. Pero el método tres es legal fuera de toda sombra de duda. Tienen mi palabra de que es así.

Doce banqueros y doce abogados comenzaron a hablar simultáneamente. El anciano calmó el furor levantando una mano.

—¿Quiere usted decir que dará tan buen resultado como los dos primeros métodos?

—Estoy absolutamente seguro de ello.

—Entonces, se lo compraremos. El mismo precio que por las dos historias primeras, y ni siquiera tendrá que escribirla. Díganos simplemente cuál es el tercer método. Y le daremos quinientos dólares si nos promete que nunca escribirá otra historia.

El anciano se dejó caer hacia atrás, abrumado por su propia generosidad. Peter Hart parecía estar disgustado.

Nathan Waite sacudió su cabeza.

—Tengo aquí un documento —dijo—. Ha sido redactado por el mejor abogado de mi estado, especializado en contratos. Es un buen amigo mío. Me gustaría que míster Hart le diera un vistazo. En él se dice que su Asociación me pagará 25.000 dólares al año durante el resto de mi vida y que, posteriormente, los pagos seguirán efectuándose a perpetuidad a varias organizaciones de caridad que serán citadas en mi testamento.

Bedlam desató su furia. Miss Martin se sintió entusiasmada y captó una sonrisa de admiración en el rostro de Peter Hart.

Nate esperó pacientemente a que se hubiera disipado la conmoción causada por sus palabras. Cuando pudo ser escuchado, dijo:

—Resulta una cantidad demasiado elevada para ser pagada por una simple historia. Así pues, y tal como específica el contrato, trabajaré como asesor de la Asociación Bancaria Municipal... en un cargo que pueden llamar consejero en relaciones humanas. Es un título que suena muy bien. Evidentemente, al ser consejero estaré demasiado ocupado como para escribir más historias de este tipo. Eso también está especificado en el contrato.

El abogado del traje gris se levantó, solicitando la atención de todos.

—¿Qué pasa con el método tres? ¿Se explica en el contrato? ¡Tenemos que conocer el tercer método!

—Se lo contaré —asintió Nate—, en cuanto hayan firmado ese contrato.

Peter Hart levantó la mano, solicitando silencio.

—Si quiere usted esperar en la antesala, míster Waite, nos gustaría discutir entre nosotros las condiciones del contrato.

Nate abandonó la sala, acompañado por miss Martin.

—Estuvo usted tremendo —dijo ella—. ¿Cree que estarán de acuerdo?

—Estoy seguro de que lo aprobarán. Pueden discutir sobre la cláusula séptima... porque me da derecho a aprobar o rechazar todos los anuncios comerciales bancarios que se emitan por televisión. Pero están tan asustados con respecto al tercer método —dijo, brillándole los ojos—, que hasta se mostrarán dispuestos a aceptar eso.

Cinco minutos más tarde, Peter Hart les llamó para que se presentaran ante un sumiso grupo de miembros del comité.

—Hemos decidido que la Asociación necesita con urgencia un consejero en relaciones humanas —dijo—. Míster Graves —añadió, indicando hacia el derrotado anciano— y yo mismo hemos firmado en nombre de la Asociación Bancaria Municipal. A propósito, el contrato está maravillosamente redactado... no existe la menor posibilidad de hallar un hueco legal en él. Sólo tiene que firmarlo usted mismo.

El del traje gris volvió a levantarse.

—Espere un minuto —dijo—. Todavía no nos ha dicho cuál es el tercer método.

Nate extendió su mano para coger el contrato.

—¡Oh, sí! —exclamó, casi murmurando, y después de haberlo firmado, añadió—: Tres formas de robar un banco. Método 3. Bien, se trata de algo bastante simple: éste es el tercer método.