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Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 1)

—Adiós, querida.
—Adiós, cariño.
Alix Martin quedó apoyada contra la acera rústica contemplando la figura de su marido que se alejaba por el camino en dirección al pueblo.
Al fin dobló un recodo y le perdió de vista, pero Alix continuó en la misma posición apartando distraída un mechón de sus preciosos cabellos castaños que le caía sobre la frente.
Alix Martin no era hermosa, ni siquiera bonita, estrictamente hablando; pero su rostro...  el rostro de una mujer que ya había pasado la primera juventud y tenía una expresión radiante, se había dulcificado hasta tal punto que sus antiguos compañeros de trabajo apenas la hubieran reconocido. La señorita Alix King había sido una joven eficiente de modales ligeramente bruscos, muy capaz y segura de sí... que sacaba el menor, no el mayor, partido posible a sus hermosos cabellos castaños. Su boca, de bonita línea, siempre estaba contraída en un gesto severo. Sus ropas fueron siempre limpias y cómodas, pero sin el menor detalle de coquetería.
Alix se había graduado en una escuela muy rígida, y por espacio de quince años, desde los dieciocho a los treinta y tres, se había mantenido (y a su madre inválida durante siete) gracias a su trabajo de taquimecanógrafa; fue la lucha por la vida la que endureció los suaves rasgos de su rostro de niña.
Cierto que tuvo un... novio. Dick Windyford, un compañero de oficina. Siendo una mujer sensata, Alix supo siempre que él la amaba. Exteriormente eran amigos, nada más. Con su sueldo escaso, Dick había tenido que contribuir a la educación de su hermano menor, y por el momento no podía pensar en casarse. Sin embargo, cuando Alix pensaba en el porvenir lo hacía con la certeza de que algún día sería la esposa de Dick. Se querían, o por lo menos eso hubiera dicho ella, pero ambos eran muy sensatos... tenían mucho tiempo por delante y ninguna necesidad de apresurarse. Y así fueron pasando los años.
Y pronto la liberación de aquella penosa vida cotidiana le vino a la joven de la manera más inesperada. Una prima lejana había muerto dejando su dinero a Alix. Varios miles de libras, las suficientes para proporcionarle una renta anual de doscientas. Para Alix aquello era la libertad, la vida, la independencia. Ahora ella y Dick no tendrían que esperar más.
Pero Dick reaccionó de un modo extraño. Nunca había hablado a Alix directamente de su amor, y ahora parecía menos inclinado que nunca. La evitaba, y se hizo reservado y pesimista. Alix no tardó en comprender la razón. Se había convertido en una mujer de posibilidades, y la delicadeza y el orgullo impedían que el correcto Dick la convirtiera en su esposa.
Alix le quiso más que nunca por eso, e incluso se preguntaba si no habría de ser ella quien diera el primer paso, cuando por segunda vez ocurrió lo inesperado.
Conoció a Gerald Martin en casa de unos amigos. Se enamoraron locamente y a la semana estaban prometidos; y la joven, que nunca había creído en «el flechazo», apenas sabía lo que estaba ocurriendo.
Sin querer había encontrado el medio de despertar a su antiguo amor. Dick Windyford se puso furioso al conocer la noticia.
—Ese hombre es completamente desconocido para ti. No sabes nada de él.
—Sé que le quiero.
—¿Cómo puedes saberlo... en una semana?
—Todo el mundo no necesita once años para descubrir que se ha enamorado —replicó Alix furiosa.
Dick se puso lívido.
—Yo te he querido desde que te conocí, y creí que tú también me querías.
Alix fue sincera.
—Yo también lo creí —admitió—. Pero es porque no sabía lo que era el amor verdadero.
Entonces Dick volvió a enfurecerse. Ruegos, súplicas... incluso amenazas contra el hombre que le había suplantado. Alix estaba sorprendida al descubrir aquel volcán oculto bajo el reservado exterior del hombre que creyó conocer tan bien. Y también le asustó un poco. Claro que Dick no podía pensar seriamente lo que estaba diciendo... aquellas amenazas para vengarse de Gerald Martin. Estaba despechado, no era nada más.
Sus pensamientos la habían llevado a recordar aquella entrevista aquella mañana soleada mientras se apoyaba contra la cerca de su casita. Hacía un mes que estaba casada, y era completamente feliz. No obstante, durante la ausencia momentánea de su esposo, que lo era todo para ella, una sombra de esa ansiedad era Dick Windyford.
Por tercera vez desde su matrimonio había soñado lo mismo. El medio ambiente variaba, pero los factores principales eran siempre los mismos. Veía a su esposo muerto y a Dick Windyford de pie a su lado, y ella sabía sin la menor duda que era su mano la que había descargado el golpe fatal.
Pero por terrible que fuera aquélla, aún había algo más horrible todavía... que le parecía horrible al despertar, pero que durante el sueño era para ella algo perfectamente natural e inevitable. Ella, Alix Martin, se alegraba de la muerte de su esposo... alargaba sus manos agradecidas hacia el asesino, e incluso le daba las gracias. El sueño siempre terminaba lo mismo... refugiándose en brazos de Dick Windyford.
Nada dijo de aquel sueño a su esposo, pero le preocupaba más de lo que hubiera querido admitir. ¿Sería un aviso... contra Dick Windyford? ¿Tendría algún poder secreto que trataba de transmitir a través de la distancia?
No sabía gran cosa de hipnotismo, pero había oído muchas veces que las personas pueden ser hipnotizadas contra su voluntad.
El timbre del teléfono sonando en el interior de la casa la sacó de sus pensamientos y yendo hasta la casita lo descolgó. Se tambaleó y tuvo que apoyarse para no caer. ¿Quién dirían ustedes que llamaba?
—Vaya, Alix, ¿qué le ocurre a tu voz? No te hubiera conocido. Soy Dick.
—¡Oh! —dijo Alix—. ¡Oh! ¿Dónde estás?
—En «La Posada del Viajero»... así se llama, ¿no? ¿O es que ni siquiera conoces la existencia de la posada del pueblo? Estoy de vacaciones... y vine a pescar por aquí. ¿Tienes algún inconveniente en que os vaya a ver a vuestra casa esta noche después de cenar?
—No —replicó Alix, tajante—. No debes venir.
Hubo una pausa y luego volvió a dejarse oír la voz de Dick un tanto alterada.
—Perdona —le dijo en tono grave—. No era mi intención molestarte...
Alix se apresuró a rectificar. Claro que debía parecerle extraño su comportamiento. Y lo era. Sus nervios estaban deshechos, pero no era culpa de Dick que ella tuviera aquellos sueños.
—Quise decir que esta noche tenemos un... compromiso —explicó tratando de que su voz sonara lo más natural posible—. ¿Por qué no vienes a cenar mañana?
Pero evidentemente Dick había notado la falta de cordialidad en su invitación.
—Muchísimas gracias —dijo en el mismo tono formal—. Pero tal vez me marche de un momento a otro. Depende de si regresa un compañero mío. Adiós Alix —hizo una pausa y luego agregó en tono distinto—: te deseo mucha suerte, querida.
Alix colgó el aparato con alivio.
—Él no debe venir aquí —se repitió—. No debe venir aquí. ¡Oh! ¡Qué tonta soy! Ponerme tan nerviosa por una tontería. De todas maneras, celebro que no venga.
Y cogiendo un sombrero de paja de encima de una mesa salió de nuevo al jardín deteniéndose ante el nombre grabado en el porche: «Villa Ruiseñor».
—¿Verdad que es un nombre bonito? —le había dicho a Gerald en cierta ocasión antes de casarse y él se rió.
—Eres una mujer de ciudad —le dijo en tono afectuoso—. No creo que hayas oído nunca el canto del ruiseñor. Y me alegro. Los ruiseñores debieran cantar sólo para los enamorados. Ya los oiremos juntos las noches de verano y ante nuestra propia casa.
Y el recuerdo de cómo los había oído, hizo enrojecer de felicidad a Alix de pie ante el umbral de su casita.
Fue Gerald quien encontró «Villa Ruiseñor», contándoselo a Alix con gran entusiasmo. Era lo que necesitaban... una ocasión única... la mejor oportunidad de toda su vida. Y cuando Alix la vio también quedó cautivada. Cierto que su situación era un tanto alejada..., estaba a dos kilómetros del pueblo más cercano..., pero la casa en sí era exquisita, con su aire de cuento, y sus magníficos cuartos de baño, con agua caliente, luz eléctrica y teléfono, que en el acto fue víctima de su encanto. Luego surgió una contrariedad. El propietario, un hombre muy rico que la hizo a su capricho, se negó a alquilarla. Únicamente se encontraba dispuesto a venderla.
Gerald Martin, aunque poseía una buena renta, no estaba en posición de poder tocar el capital. Todo lo que podría ofrecer eran mil libras y el propietario pedía tres. Pero Alix, que estaba enamorada de la casita, acudió en su ayuda. Su capital estaba más disponible, siendo en bonos al portador, y emplearía la mitad en adquirir la casa. Así que «Villa Ruiseñor» pasó a ser suya y ni un solo momento tuvieron que lamentar su elección. Era cierto que el servicio no apreciaba aquella soledad campestre... y en realidad no habían conseguido encontrar criada..., pero Alix, que nunca pudo tener vida de hogar, disfrutaba preparando la comida y cuidando de la casa.
El jardín, exuberante de flores, era atendido por un viejecillo del pueblo que acudía un par de veces por semana, y Gerald Martin, gran aficionado a la jardinería, pasaba en él la mayor parte de su tiempo.
Al dar la vuelta a la casa, Alix se extrañó al ver al viejo jardinero trabajando en los parterres. Estaba sorprendida porque solía ir los lunes y viernes, y aquel día era miércoles.
—Vaya, Jorge, ¿qué está haciendo aquí? —preguntó al acercarse a él.
El viejecito enderezóse con una risita mientras se llevaba la mano a su sombrero.
—Ya pensé que le extrañaría, pero ahí tiene, señora. El viernes es el santo del alcalde, y tenemos fiesta en el pueblo, y yo me dije: ni al señor Martin ni a su buena esposa les importará que por una vez vaya el miércoles en vez del viernes.
—Tiene usted mucha razón —dijo Alix—. Espero que disfrute mucho en la fiesta.
—Sí —repuso Jorge con sencillez—. Es agradable llenar el estómago sabiendo que no es uno el que paga. El alcalde da un té espléndido a todos sus servidores, y además, señora, quise verla antes de su partida para saber qué es lo que hay que plantar. ¿No tiene idea de cuándo volverá poco más o menos?
—Pero si no me marcho.
Jorge la miró extrañado.
—Pero, ¿no se va a Londres mañana?
—No. ¿Cómo se le ha ocurrido pensarlo?
Jorge ladeó la cabeza.
—Ayer tarde me encontré a su esposo en el pueblo y me dijo que usted se iba mañana a Londres, y que no sabía cuándo regresaría.
—Tonterías —dijo Alix, riendo—. No debió entenderlo bien.
De todas maneras se preguntaba qué era lo que le podría haber dicho Gerald para que el viejecillo llegara a semejante error. ¿Ir a Londres? No quería volver a Londres en toda su vida.
—Aborrezco Londres —dijo con voz ronca.
—¡Ah! —repitió Jorge en tono bonachón—. Debí entenderlo mal, y sin embargo, me pareció que estaba bastante claro. Celebro que se quede aquí. No me gusta el ajetreo de las calles y no pienso ir a Londres. Demasiados coches... eso es lo malo de hoy en día. En cuanto alguien tiene automóvil, ya no puede estarse quieto en ninguna parte. El señor Ames, el antiguo propietario de esta casa... era un caballero muy tranquilo hasta que compró uno de esos chismes. No hacía ni un mes que lo tenía cuando se puso en venta esta casa. ¡Con lo que gastó en ella, con tanto cuarto de baño, luz eléctrica y demás! «Nunca recuperará su dinero —le dije—. No todo el mundo tiene afición a lavarse en cada habitación de la casa.» «Pero, Jorge —me dijo—, conseguiré dos mil libras por esta casa, que es lo que me ha costado.» Y las consiguió.
—Consiguió tres mil —dijo Alix, sonriendo.
—Dos mil —repitió Jorge—. Entonces se habló mucho de lo que pedía. Y era una cifra muy alta.
—En realidad fueron tres mil —insistió Alix.
—Las mujeres no entienden nada de números —replicó el jardinero sin dejarse convencer—. No me dirá que el señor Ames tuvo el valor de pedirle tres mil en voz alta.
—A mí no me las pidió —dijo Alix—, sino a mi esposo.
Jorge volvió a inclinarse sobre el parterre.
—El precio fueron dos mil —repitió obstinado.
Alix no se tomó la molestia de discutir con él, y dirigiéndose a otro de los parterres empezó a cortar un ramo de flores. El sol, el perfume de las flores y el ligero zumbido de las abejas contribuían a que el día fuese perfecto.
Cuando se dirigía a la casa con su fragante carga, Alix observó un pequeño objeto verde oscuro que asomaba entre las hojas de una planta. Se agachó para recogerlo viendo que era la agenda de bolsillo de su esposo. Debió caérsele mientras arrancaba las malas hierbas.
La abrió, hojeando su contenido con cierto regocijo. Casi desde el principio de su matrimonio había comprendido que el impulsivo y sentimental Gerald poseía las sorprendentes virtudes de la pulcritud y el orden. Quería que las comidas estuvieran dispuestas a la hora en punto, y siempre planeaba lo que haría al día siguiente con la misma precisión. Aquella mañana, por ejemplo, había anunciado que saldría hacia el pueblo después del desayuno... a las diez y cuarto. Y a esa hora en punto dejaba la casa.
AI repasar la agenda, le divirtió ver que en el día catorce de mayo había anotado: Boda con Alix en San Pedro a las dos y media.
—El grandísimo tonto —murmuró Alix para sí, volviendo las páginas.
De pronto se detuvo.
—Miércoles, dieciocho de junio... vaya, es hoy.
Y en el espacio correspondiente a aquel día estaba escrito con la letra precisa de Gerald: Nueve de la noche. Nada más. ¿Qué era lo que pensaba hacer Gerald a las nueve? Alix sonrió considerando que si aquello ocurriera en una novela, como las que leía a menudo, la agenda hubiera proporcionado alguna revelación sensacional. Seguramente el nombre de otra mujer. Fue volviendo las hojas hacia atrás. Fechas, citas, referencias a tratos de asuntos comerciales, pero un solo nombre de mujer: el suyo.
Sin embargo, mientras guardaba la agenda en su bolsillo y llevaba las flores al interior de la casa, sintió una vaga inquietud. Acudieron a ella las palabras de Dick Windyford como si estuviera allí repitiéndolas: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.»
Era cierto. ¿Qué sabía de él? Al fin y al cabo, Gerald tenía cuarenta años. En todo ese tiempo debía haber habido alguna mujer.
Alix sacudió la cabeza con impaciencia. Nada de entregarse a aquellos pensamientos. Tenía otra preocupación más importante. ¿Debía o no decir a su marido que Dick Windyford había telefoneado?
Cabía la posibilidad de que Gerald le hubiera encontrado en el pueblo, pero en ese caso seguramente lo mencionaría en seguida de llegar y el asunto quedaría fuera de su acción. Y si no..., ¿qué hacer? Alix se daba cuenta de su afán por no decir nada. Gerald siempre se había mostrado amablemente dispuesto hacia el otro. «Pobre diablo —dijo en cierta ocasión—; creo que está tan loco por ti como yo. Qué desagradable debe ser que le rechacen a uno.» No dudaba respecto a los sentimientos de Alix.
Si se lo contaba, estaba segura de que invitaría a Dick Windyford para que fuera a «Villa Ruiseñor». Entonces se enteraría de que Dick mismo lo había propuesto y que ella se negó a que fuera. Y cuando le preguntase por qué lo hizo, ¿qué hacer? ¿Iba a contarle su sueño? Gerald se reiría o... lo que era peor, vería que ella le daba una importancia excesiva, y tal vez pensase... ¡oh, cualquier cosa!
Al final, bastante avergonzada, decidió no decir nada. Era el primer secreto que ocultaba a su esposo y le hizo sentirse intranquila.
Cuando oyó que Gerald regresaba del pueblo, apresuróse a refugiarse en la cocina afanándose en preparar la comida para disimular su turbación.
En seguida comprendió que Gerald no había visto a Dick Windyford e inmediatamente sintióse aliviada y nerviosa a la vez. Ahora sí que le ocultaba algo a su marido, y durante el resto del día estuvo distraída, sobresaltándose al menor ruido, aunque su esposo no pareció observarlo. Él también estaba ensimismado en sus pensamientos y un par de veces tuvo que repetirle alguna observación trivial para que pusiera atención antes de que respondiera.
No fue hasta después de cenar, cuando estaban sentados en el saloncito de estar con las ventanas abiertas para que entrara la suave brisa de la noche con el perfume de los jazmines, cuando Alix recordó la agenda de bolsillo y se dispuso a distraer sus pensamientos.
—Aquí tengo algo que encontré entre las flores —le dijo arrojándosela sobre el regazo.
—Se me cayó en un parterre, ¿eh?
—Sí. Ahora sé todos tus secretos.
—Soy inocente —replicó Gerald, moviendo la cabeza.
—¿Y qué me dices de lo que has anotado para las nueve de la noche?
—¡Oh!, eso... —pareció cortado de momento, y luego sonrió como si aquello le divirtiera—. Es una cita con una chica guapísima, Alix. Tiene el cabello castaño, los ojos azules y se parece muchísimo a ti.
—No comprendo —dijo Alix, fingiendo ponerse seria—. Estás apartándote de la cuestión.
—No. A decir verdad, lo anoté para acordarme de revelar algunos negativos esta noche, y que tú me ayudes.
Gerald Martin era un fotógrafo entusiasta. Poseía una cámara un tanto anticuada, pero con muy buenas lentes, y él mismo revelaba sus placas en un sótano pequeño que había preparado como cuarto oscuro. Nunca se cansaba de retratar a Alix en distintas posiciones.
—¿Y tiene que ser precisamente a las nueve? —dijo Alix.
Gerald pareció algo molesto.
—Mi querida Alix —dijo con cierta tirantez—, siempre hay que buscar una hora precisa para hacer las cosas. Entonces es cuando se puede trabajar como es debido.
Alix permaneció unos instantes observando a su esposo. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo de su butaca y las líneas de su rostro pulcramente afeitado se recortaban contra el fondo oscuro. Y de pronto, por alguna razón desconocida, sintió que la invadía una ola de pánico y antes de poder evitarlo había exclamado:
—¡Oh, Gerald! ¡Ojalá supiera algo más de ti!
Su esposo volvió su rostro asombrado hacia ella.
—Pero, mi querida Alix, si sabes todo lo referente a mí. Te he hablado de mi infancia en Northumberland, de mi vida en África del Sur, y estos últimos diez años en el Canadá que me proporcionaron el éxito.
—¡Oh, los negocios!
Gerald se echó a reír.
—Sé a lo que te refieres... a la parte amorosa. Todas las mujeres sois iguales. Sólo os interesa la cuestión personal.
Alix sintió que se le secaba la garganta mientras murmuraba:
—Bueno, pero debes de haber tenido... amores. Quiero decir... que si yo supiera...
Hubo una pausa de unos minutos. Gerald Martin había fruncido el ceño y la indecisión se reflejaba en su rostro. Cuando habló, fue en tono grave, sin el menor rastro de frivolidad:
—¿Tú crees que tiene gracia el hacer de esposa de Barba Azul? Sí que ha habido mujeres en mi vida. No lo niego. No me creerías si te lo negara. Pero puedo jurarte que ninguna de ellas significó nada para mí.
 Hubo tal sinceridad en su voz que se sintió agradablemente confortada.
—¿Satisfecha, Alix? —le preguntó con una sonrisa. 
Y luego la contempló con cierta curiosidad.
—¿Por qué se te ha ocurrido hablar de esto precisamente esta noche? Nunca lo mencionaste.
Alix se puso en pie y comenzó a pasear inquieta.
—¡Oh! No lo sé —contestó—. Todo el día he estado nerviosa.
—Es curioso —dijo Gerald en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Es muy curioso.
—¿Por qué es curioso?
—Oh, querida, no te pongas así. Sólo digo que es curioso porque por lo general eres siempre tan serena y dulce.
Alix procuró sonreír.
—Hoy todo se confabula para molestarme —confesó—. Incluso el viejo Jorge tenía la ridícula idea de que nos íbamos a Londres. Según él, tú se lo dijiste.
—¿Dónde le viste? —preguntó Gerald, en tono crispado.
—Vino a trabajar hoy en vez del viernes.
—El viejo imbécil —dijo Gerald, enojado.
Alix le miró extrañada. Su esposo tenía el rostro contraído por la ira. Nunca le había visto tan furioso, y al ver su asombro, Gerald hizo un esfuerzo por recuperar el dominio de sí mismo.
—Bueno, es un viejo estúpido —protestó.
—¿Qué le dijiste para que pensara que nos íbamos?
—¿Yo? No le dije nada. A menos... Oh, sí, recuerdo que en broma dije que nos íbamos a Londres a la mañana siguiente, y supongo que lo tomaría en serio. O debió entenderlo mal. Supongo que tú le desengañarías.
Y esperó su respuesta.
—Claro, pero es de esos viejos que cuando se les mete una idea en la cabeza... bueno, no es fácil quitársela.
Y le contó la insistencia del jardinero en la cantidad pedida por la casita.
Gerald guardó silencio unos instantes y luego dijo:
—Ames estaba dispuesto a aceptar dos mil libras en efectivo, y las mil restantes en hipoteca. Supongo que ése será el origen de su error.
—Es muy probable —replicó Alix.
Luego, mirando el reloj, en otro tono:
—Ya debiéramos estar abajo, Gerald. Pasan cinco minutos de la hora fijada.
Una sonrisa muy particular apareció en el rostro de Gerald.
—He cambiado de opinión —dijo tranquilamente—. Esta noche no revelaremos las fotografías.
La mentalidad de la mujer es algo muy curioso. Cuando se acostó aquel miércoles por la noche, Alix sentíase contenta y tranquila. Su felicidad, momentáneamente amenazada, resurgió triunfante como nunca.





El vínculo - Yu Jae-yong

No creo que sean muchos los que hayan cambiado de trabajo tanto como yo. No me alcanzan los dedos de las manos y de los pies para contarlos. Y, claro está, en todos esos lugares me han pasado infinidad de cosas -cosas extrañas, cosas absurdas, cosas increíbles. Lo que me ocurrió en la casa del señor Chang Hyeon-sam es una de ellas.

Estaba de nuevo sin trabajo ese verano y como al viejo de la inmo­biliaria le dio lástima verme holgazaneando y dando vueltas por allí me hizo señas para que me acercara.

-Oye, Man-bok, ya que estás sin hacer nada, ¿no te gustaría entrar a trabajar en una casa, aunque sea por algunos días? Al menos, te darán de comer.

-¿Se trata de cuidar una casa vacía mientras están de vacaciones?

-No te pases de listo. No intentes juzgar por ti mismo; sólo di si quieres trabajar o no.

Contesté que aceptaría el trabajo con tal de que me dieran de comer por algunos días.

-Ya que dices que vas a aceptar el trabajo, te adelanto que todavía no están determinados con precisión los días que vas a trabajar. Si lle­gas a complacer los gustos del dueño, te podrás quedar varios años.

Añadió que el trabajo consistía en atender a alguien con las dos piernas paralizadas. Pero el asunto era que todo el que entraba a tra­bajar en esa casa no aguantaba mucho tiempo y salía corriendo.

-No sólo te dan de comer y donde dormir, sino que además te proporcionan un buen sueldo. La verdad es que no sé por qué no se quedan más tiempo tratando de complacer al dueño y se precipitan a salir de allí.

A los pocos días de haber enviado a alguien ya le pedían de nuevo que les consiguiera otra persona, porque el anterior ya se había marchado. Supuse que podría ser porque se podían conseguir fácil­mente trabajillos por ahí, ya fuera en fábricas o en construcciones, y también porque trabajar de mozo en una casa ajena no les agradaba para nada.

-Yo también soy malísimo en eso de complacer a alguien.

Yo no tenía talento alguno para percibir los dolores de los demás y satisfacer sus necesidades.

-Eso de complacer a alguien no es gran cosa. Todo lo que tienes que hacer es obedecer dócilmente sus órdenes y, aunque te fastidie o te irrite alguna cosa, te aguantas con mucha paciencia.

Si era eso lo que había que hacer, me sentía más capaz que nadie de lograrlo. Mi única fortuna era mi cuerpo fuerte y la paciencia que tenía.

-De cualquier manera, vete a trabajar a esa casa y si no resistes, te sales así no más. Al fin y al cabo, ¿acaso no eres de esos que abandonan el trabajo fácilmente?

Decía eso porque no estaba bien informado. Es cierto eso de que anduve cambiando de trabajo sin cesar, pero ninguna de las veces fui yo el que lo abandonó. Tampoco se ha dado el caso de que me echa­ran los jefes porque se hubieran disgustado por mi causa. Siempre fue por algo irremediable, como por ejemplo la muerte del patrón, la emi­gración, la bancarrota o que el trabajo en sí tuviera una fecha límite de duración.

Cuando vi por primera vez al señor Chang Hyeon-sam, no tuve la impresión de que fuera él la persona para la que tenía que trabajar. Me parecía que el verdadero jefe iba a aparecer por alguna parte y me diría algo así como:

-Hyeon-sam es mi hijo y te pido que lo atiendas bien.

El señor Chang Hyeon-sam era pequeño y delgado, y estaba sen­tado, totalmente sumergido en su sillón. Su cuello, brazos y piernas, que estaban al descubierto por el calor, eran tan pálidos y delgados que daba lástima verlos. Se veían tan frágiles que causaba la impresión de que incluso le costaba trabajo estar sentado cómodamente en el sillón.

-Señor Lee Man-bok... Tiene usted un nombre muy fácil de memorizar. Pero me pregunto, ¿cuánto tiempo permanecerá en nues­tra casa?

A diferencia de su apariencia física, hablaba con firmeza y en tono solemne. Me enderecé en el asiento. Al escuchar su voz, me pare­ció que el señor Chang Hyeon-sam podría desempeñar muy bien su papel de jefe. Es preferible que un jefe inspire respeto antes que menosprecio.

-Me quedaré hasta que me diga que me vaya porque ya no me necesita.

Lo dije muy respetuosamente, con la cabeza inclinada. Una lige­ra sonrisa, como la sombra de una ondulación, se vislumbró en las comisuras de sus labios, se reflejó en sus ojos por unos momentos y desapareció. Al desaparecer la sonrisa, surgió de sus ojos una luz fría como el hielo.

El señor Chang Hyeon-sam me preguntó de paso: -¿Cuánto le dio al de la inmobiliaria de comisión por conseguirle el trabajo?

-Quedé en invitarle a unas copas cuando recibiera el primer salario. -¡Salario, dice...! Claro que le pagaré su salario. Como estamos a quince de julio, le daré el primer salario el quince de agosto. Téngalo en cuenta. Será una suma con la que, estoy seguro, no se sentirá decepcionado. Pero, ¡quién sabe si el señor Lee Man-bok aguantará hasta tener en sus manos el primer salario!

El resplandor de los ojos del señor Chang Hyeon-sam era muy agudo, como si quisiera penetrar en el fondo de mi corazón. Tenía, además de una voz firme y solemne, unos ojos fríos e incisivos. -Si me considera de alguna utilidad...

No sé por qué pero dejé inconclusa la frase. Quizá por la frialdad en el resplandor de sus ojos; Pensé en las personas que, antes que yo, habían estado aquí algunos días y se habían ido. ¿Se habrían ido por voluntad propia o los habría echado?

-Vamos a ver si el señor Lee Man-bok llega a tener en sus manos el primer salario.

Volvió de nuevo a las comisuras de sus labios y a sus ojos esa sonrisa parecida a la sombra de una ondulación, y desapareció al momento.

En los extremos de sus ojos, de donde se había borrado la sonrisa, se traslucía una mirada gélida como el hielo.

Además del señor Chang Hyeon-sam y yo, estaba la señora Park, una empleada de hogar de unos cincuenta años, que sólo se ocupaba de los quehaceres de la cocina, se movía silenciosamente como si fuera una sombra y no hablaba mucho. La señora Park no molestaba a nadie. El trabajo que yo hacía, tal como me lo habían explicado, era ser­vir de manos y pies, de brazos y piernas al señor Chang Hyeon-sam. 

Lo que en realidad tenía inutilizado era únicamente las dos piernas, pero sus dos manos y brazos sanos también estaban como si permanecieran atados. Había oído decir que cuando a alguien le faltaban fuerzas en las piernas, le aumentaban las de los brazos, pero el señor Chang Hyeon-sam tampoco tenía mucha fuerza en los brazos. Desde que se despertaba por la mañana hasta que se dormía por la noche tenía que estar a su lado, sirviéndole de piernas y brazos.

El señor Chang Hyeon-sam se levantaba de madrugada. Era muy extraño que, sin haber cumplido los treinta años, se levantara tan tem­prano. Yo, como siempre había vivido trabajando en casas ajenas, me había acostumbrado a salir de la cama a las seis de la mañana, pero el señor Chang Hyeon-sam se levantaba una hora antes que yo. Cuando me despertaba, asustado por el sonido estruendoso del timbre instala­do en mi habitación, eran entre las cinco menos veinte y las cinco de la mañana.

Me vestía apresurado y salía de mi pieza con la llave de la habita­ción contigua que tenía guardada debajo de la manta sobre la que dor­mía. La puerta de la habitación del señor Chang Hyeon-sam había que abrirla siempre con llave. La luz de la habitación estaba encendida. Me ponía al lado de su cama y esperaba de pie. Sus riñones debían estar inflamados. Yo sabía lo que debía hacer, pero esperaba las órdenes.

El señor Chang Hyeon-sam decía:

-Orinal.

Levantaba la tapa del orinal, le bajaba el pantalón del pijama, lo llevaba en brazos para sentarlo sobre el orinal, esperaba hasta que terminara de hacer sus necesidades para llevarlo de nuevo a acostar en la cama, tapaba el orinal y regresaba para estar parado, en el mismo sitio, al lado de la cama. Era la hora de dar un paseo por el jardín. Sin embargo, pacientemente, yo esperaba de pie la orden siguiente.

Un día el señor Chang Hyeon-sam dijo con fastidio:

-El orden ya está casi establecido. ¿Es necesario que se lo repita para que se mueva?

-Disculpe.

Le respondí parado, como estaba.

-Parece usted un autómata. Si está dispuesto a servirme como una máquina, me parece estupendo. Es la hora de tomar el aire fresco de la mañana en el jardín.

Habló mirándome con dureza, como si quisiera penetrar en el fondo de mi corazón. No más escuchar la orden, me acerqué y, des­pués de quitarle el pijama y vestirlo con el traje de diario, lo senté en la silla de ruedas. Su cuerpo era tan ligero como una sábana. Cada vez que levantaba ese cuerpo tan liviano sentía que disminuían dentro de mí el miedo y el respeto que me producían el tono de su voz y su fría mirada. 

Con sus propias manos movía las ruedas de la silla e iba, desde la habitación hasta el salón, rodando como un escarabajo. La silla de ruedas se paraba antes de llegar a la puerta principal; le cogía entre mis brazos para trasladarlo a otra silla de ruedas que solía usar al aire libre, colocada al lado de la puerta. Entre la puerta y el jardín había unas escaleras. 

Levantaba con fuerza la silla de ruedas en la que el señor Chang Hyeon-sam estaba sentado y la trasladaba escaleras abajo. El día empezaba a aclarar. Las plantas y árboles del jardín parecían despertarse y bostezar, y se dejaban ver como irguiéndose. El señor Chang Hyeon-sam hacía girar las ruedas y se movía lentamente por el jardín, dos pastores alemanes marchaban junto a él mientras yo rega­ba las plantas y empezaba a hacer la limpieza.

El tiempo que el señor Chang Hyeon-sam pasaba en el jardín antes del desayuno era como una hora y media. Luego lo llevaba al interior de la casa, al cuarto de baño. Se ponía una toalla grande en el cuello, como cuando uno va al barbero, y acercaba la silla hasta el borde del lavabo. La altura del lavabo era la adecuada para usarlo sen­tado en su silla de ruedas. Aun así, la toalla se empapaba totalmente cuando se lavaba la cara. 

Después yo lo llevaba en brazos para ponerlo en la silla del comedor. Era una silla que tenía una traviesa de madera a la altura del pecho para que le sirviera de apoyo cuando inclinaba el cuerpo hacia adelante para comer y también para que se pudiera sos­tener con las manos. Todo estaba arreglado para que el señor Chang Hyeon-sam, que no podía valerse por sí mismo, pudiera moverse con facilidad. 

Parecía un gato cuando estaba comiendo. Picaba la comida, la revolvía y la comía sin ganas. Era como si se comiera el cuenco de arroz a la fuerza, para cumplir una responsabilidad impuesta. Al termi­nar de comer sentía ganas de ir al servicio y decía:

-Ahora me toca el enema.

Yo traía la medicina del armario, el líquido ya estaba diluido en el recipiente. Le introducía la cánula en el ano, le pasaba el líquido muy despacio, lo trasladaba entre mis; brazos y lo sentaba encima del retre­te. A pesar de la cantidad de líquido que tomaba defecaba con dificul­tad. Por su garganta pasaba sin cesar todo tipo de líquidos. 

La batidora zumbaba dando vueltas para hacer zumo de zanahoria, fresa, tomate y, a veces, de ginseng. También era uno de mis quehaceres mirarle el ano para limpiarle con papel higiénico cuando terminaba de hacer sus necesidades. 

Luego trasladaba al señor Chang Hyeon-sam desde el retrete a la mecedora junto a la ventana. La silla de mimbre, aunque era fresca, no le gustaba porque era dura. Permanecía recostado, sumergido totalmente en la mecedora que tenía encima un cojín y un respaldo de verano. Como había defecado hacía unos momentos, su rostro se veía en paz. La empleada de hogar aprovechaba estos momentos para darme alguna tarea o para enviarme a un mandado.

-Joven Lee, ¿podría ayudarme un poco?

La señora Park, de esa manera, se aprovechaba de mí. Me daba tareas, pero lo hacía amablemente. Yo la ayudaba con gusto. Llegaba la hora de la comida. Después de comer, cuando había pasado alrede­dor de una hora, el señor Chang Hyeon-sam se daba un baño. Metía el cuerpo desnudo en la bañera llena de agua tibia. A pesar del calor que hacía, le fastidiaba el agua fría. 

Me daba lástima ver ese cuerpo todo huesudo sin carne en ninguna parte. Tenía vello esparcido por el pubis como un joven adolescente, pero su órgano sexual era diminu­to, como el de un niño. Nunca se lo había visto erecto. 

Al terminar de bañarse, regresaba de nuevo a la mecedora al lado de la ventana y, sen­tado, completamente sumergido en ella, penetraba en la profundidad de la tarde que pasaba lentamente. Junto al señor Chang Hyeon-sam, que a ratos leía y a ratos pensaba, yo esperaba a que me ordenaran algún trabajo o un mandado. La empleada de hogar Park me ponía a trabajar sin cesar. Al rato, se ponía el sol y la brisa de la noche acaricia­ba las hojas de los árboles del jardín.

El señor Chang Hyeon-sam se despertaba de madrugada y se iba a la cama muy temprano. Después de cenar, permanecía como una hora en el jardín y se iba directamente a dormir. Para dormir yo ocu­paba una habitación diferente, pero no por eso se me otorgaba liber­tad. En mi habitación habían instalado un timbre que sonaba estrepi­tosamente. 

Cuando el señor Chang Hyeon-sam, acostado, apretaba el botón situado en la pared, a la cabecera de su cama, el timbre de mi habitación sonaba con tanto estruendo que me rompía el sueño por completo. Me llamaba varias veces en la profundidad de la noche, cuando el mundo entero estaba sumergido en un pacífico sueño. 

Tenía la costumbre de beber agua antes de dormir. Iba a la cama des­pués de tomar dos vasos, de los grandes de cerveza, llenos de zumo hecho en la batidora, cuyo motor producía un gran ruido. Transpira­ba mucho mientras dormía. 

Cuando alguien tan delgado como él suda mucho puede deshidratarse, y al deshidratarse, puede caer en estado de coma. Si entrara en coma durante la noche, mientras dor­mía solo, eso podría significar su muerte. Para prevenir ése desastre, tenía que ingerir líquido. No podía morir así no más, sin tener todavía un descendiente que le heredara. 

Esa cantidad de líquido que ingería, aunque en dos o tres horas lo eliminaba parcialmente con el sudor, hacía que se le hinchara la vejiga. El señor Chang Hyeon-sam alzaba su cabecita para apretar el botón y entonces el timbre de mi habitación empezaba a sonar ruidosamente como si tuviera una pesadilla. Me despertaba asustado, buscaba las llaves debajo de las mantas y salía de mi cuarto. Abría con llave la puerta de su habitación y entraba.

-Orinal-, decía.

Lo levantaba en brazos y lo sentaba en el orinal. Me ponía detrás como respaldo para que no se cayera y escuchaba, reteniendo entre dientes el bostezo que estaba por salir, el chorro de orina que caía den­tro del orinal. Cuando el sonido se detenía y sentía que había derra­mado hasta la última gota, lo cogía en brazos y lo acostaba en la cama.

-Enjuague, por favor, el orinal-, me decía el señor Chang Hyeon-sam.

Me llevaba el orinal, vertía el contenido en el retrete y lo enjuagaba.

-¿Se ha lavado las manos?-, se cercioraba el señor Chang Hyeon-sam.

Regresaba al servicio, me lavaba las manos con jabón desinfectan­te y regresaba.

-Agua-, agregaba echando un vistazo a mis manos.

Sacaba la botella de zumo del frigorífico, llenaba el vaso hasta el borde y lo ayudaba a sentarse. Cogía el vaso y pasaba el zumo por la garganta. Como había expulsado líquido del cuerpo sudando y ori­nando, tenía que reponerlo de nuevo. Cuando sentía que había inge­rido suficiente líquido, me dejaba tranquilo diciéndome:

-Vaya a dormir ya. Cierre la puerta con llave al salir.

Una persona que al despertar a media noche necesita estar una o dos horas dando vueltas y vueltas para dormirse de nuevo o alguien que no puede del todo conciliar el sueño de nuevo, no podría hacerlo. Por suerte, al regresar a mi habitación a acostarme, recobraba el sueño inmediatamente. Podría decir que era la capacidad de adapta­ción que se había establecido en mi cuerpo mientras vivía de un lado para otro, cambiando constantemente de patrón.

En dos o tres horas volvería a hincharse la vejiga del señor Chang Hyeon-sam, apretaría el botón de su cabecera y haría que el timbre se espantara de la pesadilla y sonara estrepitosamente como si estuviera dando alaridos. Me despertaría asustado, iría corriendo a la habitación contigua, le bajaría los pantalones, lo sentaría en el orinal para que hiciera sus necesidades, lo acostaría de nuevo en la cama, enjuaga­ría el orinal, me lavaría las manos con jabón desinfectante, sacaría la botella de zumo para llenar el vaso, presenciaría que el zumo le atrave­sara la garganta y regresaría a mi habitación para recuperar el sueño por tercera vez.

Me despertaba dos o tres veces por noche con el sonido del tim­bre y repetía la faena. Pienso que entre los que habían pasado antes que yo por esta casa y se habían marchado a los pocos días, sin poder aguantar, habría algunos que lo hicieron por no soportar el timbre por la noche. Podría también haber algunos que no soportaron el tra­bajo de meterle en el ano la jeringa para el enema. Habría otros que se habrán enfadado por los trabajos que les daba la empleada de hogar Park, aprovechándose del tiempo libre.

-Señor Man-bok, usted merece una reconsideración-, dijo, al entregarme el sobre con el salario del primer mes.

-¿No he cometido errores que le hayan molestado?-, pregunté humildemente.

-Claro que no. Ha llevado bastante bien el trabajo de servirme de brazos y piernas. Pero, ¿podrá permanecer para recibir el segundo salario?-. Lo dijo con cierto recelo.

-Mi determinación es la misma que cuando le dije que no me iría de aquí hasta que me dijera usted mismo que me fuera porque ya no me necesitaba.

-Si es así, ¿qué le parece si, en vez de darle el salario mensualmente, se lo voy ingresando en una cuenta bancaria a su nombre? Creo que no le vendrá mal por ser todavía soltero-, me preguntó como para verificar mi parecer.

-Me parece muy bien-, le respondí devolviéndole sin más el sobre del salario.

En las comisuras de los labios y en los ojos del señor Chang Hyeon-sam se vislumbró una sonrisa tenue, parecida a una ondula­ción. Sin embargo, incluso después de que se le hubiera borrado la sonrisa, no apareció aquella mirada gélida como el hielo.

El señor Chang Hyeon-sam se mostraba mucho más afectuoso. Además de las órdenes que me daba, me hablaba de diferentes cosas y hasta bromeaba conmigo. Un día me dijo lo siguiente:

-Considerando el hecho de que estamos viviendo así, el señor Man-bok y yo bajo el mismo techo, no hay duda de que tuvimos alguna relación en la vida anterior. Podría ser que en nuestra vida anterior el señor Man-bok no pudiera usar las dos piernas y yo recibiera de él un salario a cambio de ayudarle en sus necesidades.

Acariciando, mis fuertes piernas abrió de nuevo la boca:

-Podría ser que en la vida anterior el señor Man-bok envidiara mis fuertes y enérgicas piernas y con frecuencia las acariciara así con las manos. Pienso que realmente podría haber sido así, ¿no le parece, señor Man-bok?

Yo no le hice mucho caso.

-No, no. A lo mejor, en la vida anterior éramos una misma perso­na, dos almas que habitaban en un mismo cuerpo, y puede que hayan reencarnado en dos personas diferentes. ¿No sería así?

Los ojos del señor Chang Hyeon-sam parecían adormecidos, como si estuviera soñando.

-Puede que haya sido así.

Para cuando llegó la fecha de ingresar en la cuenta el segundo salario, las noches comenzaron a refrescar bastante. Tal vez porque el señor Chang Hyeon-sam sudaba ¡menos, el sonido del timbre a media­noche se redujo de dos o tres veces a una o dos, y en octubre, a una sola vez. Seguía transpirando un; sudor frío y por eso tocaba el timbre al menos una vez, y yo le cambiaba la ropa interior empapada de sudor y le suministraba el líquido que había perdido.

Desde entonces, yo comía en la misma mesa que el señor Chang Hyeon-sam. Un día, al verme devorar ruidosamente la comida, mur­muró para sí:

-En mis tiempos, yo también gozaba de gran apetito.

Al día siguiente dijo que tenía ganas de comer pollo por lo que envió a comprar uno y ordenó que lo cocieran en su caldo. Pensé que hasta el señor Chang Hyeon-sam, que nunca tenía ganas de comer y apenas probaba la comida, al llegar el otoño habría recobrado el ape­tito. Sin embargo, cuando la empleada de hogar Park cocinó el pollo y se lo puso entero en la mesa, probó sólo unos bocados y dejó los pali­llos. Luego, preguntó:

- Señor Man-bok, ¿es usted capaz de comerse el pollo entero de una sola vez?

-Un pollo, después de quitarle los huesos, no es gran cosa-, le respondí muy decididamente.

-Pues entonces, cómaselo. Si no lo hace, le cobro el precio del pollo.

Lo dijo como dándome ánimo. Para mí, no era gran cosa acabár­melo. El pollo se derretía en mi boca. En un abrir y cerrar de ojos, ese pollo grande desapareció, deslizándose dentro de mi estómago.

-Hacía mucho que no comía un pollo tan sabroso-, dijo el señor Chang Hyeon-sam chasqueando la lengua.

-¿Cómo dice que se lo ha comido, si apenas lo ha probado?-, comenté como respondiendo a su broma.

-No es broma. Cuando veo al señor Man-bok comer con tantas ganas, siento como si lo estuviera haciendo yo. Siento el sabor y siento también que se me llena el estómago. No hice más que sonreír.

Desde entonces, el señor Chang Hyeon-sam decía que tenía ganas de comer algo especial, hacía que se lo prepararan en casa u ordenaba que se lo trajeran de algún restaurante, pero apenas lo pro­baba y después de dejar los palillos, al momento, me decía que me lo comiera. 

No que lo sirvieran en un plato aparte; no, decía que comiéra­mos del mismo plato y entonces fingía que lo comía con la cuchara y los palillos y, en realidad, dejaba que me lo comiera yo solo. Se queda­ba observando, tragando saliva, el deleite y la satisfacción con que yo comía, y cuando la comida estaba ya dentro de mi estómago decía como si eructase:

-¡Qué bien he comido! ¡Me siento tan lleno!

-Pero, si sólo ha estado viéndome comer.

-A mí también me parece extraño. Cuando veo comer al señor Man-bok, me da la impresión de que mi cuerpo penetra sin darme cuenta en el cuerpo del señor Man-bok y que su cuerpo y el mío se convierten en uno solo. Siento que formamos un solo cuerpo y que la comida entra por mi boca.

No sólo era con la comida. Un día, el señor Chang Hyeon-sam, después de ver una competición de ciclismo, hizo que me compraran una bicicleta y que yo anduviera en ella. Otro día dijo que quería aprender a conducir y por esa razón, fui con él a la autoescuela y aprendí a conducir.

De esa manera pasó un año y volvió la primavera y, un día, el señor Chang Hyeon-sam me dijo, repentinamente:

-Señor Man-bok ¿podría ir usted en mi lugar a encontrarse con una mujer?'

-¿Que qué?-, pregunté sorprendido.

-Me van a presentar a la que será mi esposa y quisiera que el señor Man-bok fuera en mi lugar.

-Si insiste en que yo vaya en su lugar podría hacerlo, pero... Dejé la frase en suspenso porque a diferencia de otros asuntos, no sabía lo que debía hacer en este caso.

-Pues bien. Entonces, empecemos a hacer los preparativos. Lo dijo muy decididamente, como si ya todo estuviera acordado. El señor Chang Hyeon-sam y yo montamos la silla de ruedas en un taxi y nos fuimos al centro. Entré en una sastrería de alta categoría del cen­tro y en presencia del señor Chang Hyeon-sam, que me observaba sen­tado en su silla de ruedas, me mandé hacer un traje de primera cali­dad. 

Visitamos una zapatería para encargar unos zapatos de primera clase y regresamos a casa, después de pasar por una tienda en la que compramos una camisa, una corbata, un cinturón y otros accesorios, siempre de la mejor calidad.

Por fin, acudí a la cita, estrenando aquel atuendo de la mejor calidad. El señor Chang Hyeon-sam vino detrás y se sentó un tanto ale­jado, desde donde observaba el encuentro que yo sostenía. La mujer era bastante bonita y atractiva. En realidad, si era bonita o fea no me concernía a mí, sino al señor Chang Hyeon-sam, sentado cerca de nosotros. 

Aunque fui presentado ante la familia de la novia con el nom­bre, la edad y la posición del señor Chang Hyeon-sam, no me preocu­paba pensando en lo que haría si se descubría la verdad o si se compli­caba el asunto.

Sin embargo, empezó a entrarme miedo cuando se celebró la ceremonia de compromiso, un mes después de que me presentaran a la novia.

-Si hasta en la ceremonia de compromiso voy yo de novio, ¿no se complicaría el asunto?-, pregunté preocupado.

-No, no, nada de eso. Si el señor Man-bok no va de novio, enton­ces sí que puede complicarse.

Esa fue su respuesta. Por lo tanto, no pude evitar ser el novio en la ceremonia de compromiso. El señor Chang Hyeon-sam participó en aquella formalidad como miembro de la familia del novio, y el sonido que producía la cámara al tomarnos fotos cuando el novio y la novia intercambiamos los regalos, hacía que me diera la impresión de que estaba sumergiéndome en un profundo pozo.

Al regresar de la ceremonia puse delante del señor Chang Hyeon-sam el reloj de pulsera que había recibido como regalo de com­promiso.

-Como lo ha recibido el señor Man-bok, puede usted ponérselo-, comentó devolviéndomelo.

-¿Qué hacemos si se descubre?

Mi voz temblaba.

-No hay de qué preocuparse. Piense que ya no es usted Lee Man-bok sino Chang Hyeon-sam. Ya sea en la ceremonia de compromiso, en la boda o haciendo algo más importante, piense que no es Lee Man-bok quien lo hace, sino Chang Hyeon-sam dentro del cuerpo de Lee Man-bok. Ahora, míreme...

Hablaba mirándome fijamente, con unos ojos penetrantes. Le miré también con la misma intensidad.

Tuve la impresión de que, de pronto, mi cuerpo era absorbido por sus ojos y que se unía en uno solo con el cuerpo del señor Chang Hyeon-sam. Cerré los ojos.

Un mes después me casé con aquella mujer. Fuimos de luna de miel y la primera noche, abracé su cuerpo desnudo y juntamos nues­tras carnes, repitiéndome constantemente: soy Chang Hyeon-sam, no Lee Man-bok, sino Chang Hyeon-sam.

Esa extraña vida matrimonial se extendió por un año. Tuve un hijo. El apellido del niño, siguiendo al señor Chang, era Chang y el nombre también se lo puso él. En el registro civil, el señor Chang Hyeon-sam y mi mujer eran cónyuges, por lo que mi hijo lo era de Chang Hyeon-sam y de mi mujer.

Tres meses después del nacimiento del niño murió la madre por complicaciones posteriores al parto. Aunque no hubiera sido nada grato para la fallecida, después de haber superado la tristeza por su muerte, empecé a recuperar mi propia persona.

Sentía que la muerte de la mujer me había salvado de la oscura cárcel en la que me encontraba.

Un día, el señor Chang Hyeon-sam me dijo:

-Deseo que vaya a mi pueblo natal y se ocupe de los sepulcros de mis antepasados.

Me dio un mes de vacaciones para que al regreso hiciera un viaje turístico. A mi hijo lo cuidaría una niñera y ya tenían a la persona que ayudaría al señor Chang Hyeon-sam en mi ausencia. Emprendí el viaje alegremente.

Cuando regresé al cabo del mes, la familia del señor Chang Hyeon-sam se había mudado. Me esperaba la libreta de ahorros que marcaba los ingresos mensuales de mi salario de todo ese tiempo y una carta en la que me decía que la casa la había registrado a mi nombre. 

Repentinamente me asaltó la soledad. Bajo aquella soledad todo mi cuerpo quedó invadido por la dolorosa añoranza de mi hijo. De haber­lo querido, fácilmente podría conseguir su nueva dirección.

Sin embargo, sumergiendo mi cuerpo en la silla mecedora, junto a la ventana en la que el señor Chang Hyeon-sam solía sentarse para ver el jardín, contuve el impulso de salir en busca de ellos. El verano comenzaba a madurar en el jardín.