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Ningún cabo suelto - Miriam Allen Deford

Los dos hombres penetraron silenciosamente en la gran mansión por la puerta de atrás, donde ningún vecino podía verles. No tenían llave de la puerta principal y nadie les habría abierto si hubieran llamado al timbre.

—Está bien —dijo Ferguson—. Nos detenemos un momento y tomamos una o dos copas. ¿Hay algo...?

Girdner le miró fríamente.

—Se trata de un asunto mío. Hazlo una vez más y el trato se habrá roto. Encontraré a alguna otra persona. Iros a vuestra habitación, los dos.

Ella podía llegar en cualquier momento.

Llegaba tarde, como siempre. Girdner hizo una mueca. Llegaba tarde a su propio funeral.

Y también al de su esposo.

Era casi la una de la mañana cuando escuchó su coche. Aquél era el momento más peligroso.

Era una noche oscura, sin luna; él había pensado en todo, como hacía siempre. No encendió la luz del porche, sino que se limitó a abrir la puerta suavemente para permitir que ella entrara. Después, él mismo condujo su coche hacia la parte lateral de la casa, donde los arbustos eran más espesos. Haberle indicado a ella dónde tenía que dejarlo, habría significado una discusión. No tardó en volver y cerró la puerta tras él.

Ella estaba de pie en el vestíbulo, esperando. Y él no le pidió que pasara a la sala de estar.

—¿Está todo preparado? —preguntó ella, con aquel arrogante tono suyo.

—¿Tiene usted todo listo? —devolvió él la pregunta.

Cuando se trataba de arrogancia, podía golpearla hasta arrojarla al suelo.

—¿Se refiere al dinero? —preguntó ella, sonriendo—. Lo he traído. La mitad ahora y la otra mitad... después.  

Girdner se tragó su furia.

—No fue eso lo que acordamos, madame. Está usted comprando algo, y yo lo estoy vendiendo. Si no hubiera usted sabido que yo poseía lo que deseaba y que podía garantizar su entrega, no habría venido a verme. Tengo que pagar a mis hombres mañana por la mañana. Págueme lo que acordamos y habremos terminado.

Ella sacudió la cabeza en un gesto de terquedad. Girdner apretó los puños.

—¿De qué tiene miedo? —preguntó él—. ¿De un chantaje? Soy un comerciante. Una vez vendida mi mercancía ya no tengo nada más que ver con el cliente.

—Usted no..., pero los hombres que ha contratado...

—Esa es exactamente la palabra... los he contratado. Les he contratado ya con anterioridad y, sin duda alguna, les volveré a contratar, a ellos o a otros como ellos. Son técnicos... especialistas. No tienen otro interés que realizar su trabajo y que se les pague por ello.

—Debe recordar, además, que, tanto en mi caso como en el de ellos, cualquier futura insatisfacción hará que quede usted inevitablemente envuelta en ello. Ninguno de nosotros puede acusar al otro sin eso. Eso nos protege a ambos... o a todos nosotros, si así lo prefiere.

De mala gana, ella abrió su bolso de piel de cocodrilo. El contó cuidadosamente el dinero, inspeccionando los billetes para comprobar que no hubiera números seguidos, así como ninguna relación de denominaciones. Después, dejó el fajo descuidadamente sobre la mesa del vestíbulo y volvió a abrir la puerta.

—Buenas noches, madame, y adiós. No encienda las luces de su coche hasta que no llegue a la carretera —sonrió ligeramente y añadió—: Pasado mañana, sus sueños se habrán convertido en realidad. Felicidades.

Cerró y aseguró la puerta una vez ella hubo salido. Permaneció allí, escuchando, hasta que el coche se hubo marchado, recogió después el fajo de billetes, apagó la luz del vestíbulo y subió las escaleras.

Se metió directamente en la cama y durmió profundamente durante ocho horas.

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Dunlap, el sordomudo a quien Girdner había rescatado años antes de los barrios bajos y que ahora le servía con una lealtad servil, preparó el desayuno para Coates y para Ferguson en la cocina. Girdner lo recibió en su habitación, servido en una bandeja. Una vez desayunado, bañado, afeitado y vestido, bajó a su estudio y llamó para que los dos hombres se reunieran con él.

Les observó a ambos con una mirada crítica: Coates, el más alto, estaba tranquilo y taciturno, como siempre, pero Ferguson parecía muy inquieto y preocupado. Girdner tomó nota mental para sustituirle en el próximo contrato. Sin embargo, hoy podría hacerlo; sólo estaba allí como ayudante de Coates y podía confiar en Coates para que siguiera las órdenes e hiciera las cosas de un modo competente, siempre y cuando su paga estuviera segura en su bolsillo.

Había mucho tiempo: James Wardle Blakeney nunca llegaba a su oficina antes de las 11:30 de la mañana.

—Ya sabéis lo que tenéis que hacer —dijo Girdner duramente—. ¿Alguna pregunta?

—Exactamente lo mismo que en el caso de Sánchez, ¿no es verdad? —preguntó nerviosamente Ferguson.

—Completamente diferente al caso de Sánchez —dijo Girdner con energía—. Aquello fue un golpe directo y el resultado fue accidental. En esta ocasión, se nos paga para que provoquemos un accidente.

Ferguson tuvo el mal gusto de reírse disimuladamente. Girdner decidió que, en efecto, tenía que prescindir de él y, desde luego, aquello significaba que tendría que ser eliminado. ¿Cómo se podía haber deteriorado tanto un hombre de su experiencia? Girdner se dio cuenta de que Coates mostraba una expresión ceñuda; probablemente estaba pensando en lo mismo.

—Además —añadió Girdner—, deberías tener mejor sentido y no mencionar asuntos pasados.

—¡Oh, claro, claro! —exclamó Ferguson con nerviosismo.

«Me pregunto —pensó Girdner— si esto le está ocurriendo porque se ha casado. El matrimonio arruina a un buen hombre que desarrolla su clase de trabajo.» Captó deliberadamente la mirada de Coates y, sin que Ferguson se diera cuenta, puso unos cuantos billetes más en uno de los montones que había colocado sobre la mesa. Coates asintió imperceptiblemente.

—Aquí está vuestro dinero —dijo Girdner—. Contadlo y marcharos. Conocéis el plan y tenéis vuestros billetes de avión. ¿Está todo correcto?

—¡Oh, claro, claro! —volvió a exclamar Ferguson, metiéndose su dinero en un bolsillo, sin contarlo.

Coates, por el contrario, los contó cuidadosamente, volvió a asentir con la cabeza y se puso el dinero en la cartera. «Adiós, Ferguson», pensó Girdner; se reuniría con James Wardle Blakeney antes de que hubiera terminado el día.

Los dos hombres abandonaron la casa por la puerta de atrás. Girdner escuchó hasta que oyó cerrarse la puerta y a Dunlap correr el cerrojo. Después, dejando a un lado sus preocupaciones, se reclinó en el sillón y encendió el primer puro del día. Otro buen negocio del que tenía que dejar de preocuparse. «Creo —reflexionó— que me voy a tomar un descanso..., quizá haga un viaje a alguna parte antes de aceptar otro trabajo. No vale la pena ser avaricioso.»

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 De haberle conocido, James Wardle Blakeney habría sabido que tenía varios rasgos comunes con Augustus Girdner: era reservado, orgulloso, independiente, tenaz y puntual. También tenía un buen número de rasgos totalmente diferentes a los de Girdner, pero ésos no tenían ninguna importancia por el momento.

Con objeto de mantenerse en forma —una cuestión de vanidad para un hombre de cuarenta y cuatro años casado con una mujer de veintiséis— había decidido andar el par de kilómetros que separaban su residencia del despacho, cada vez que estaba en la ciudad, e independientemente del tiempo que hiciera, como no fuera un huracán o una ventisca. Siempre seguía el mismo camino, andando con rapidez, sin prestar ninguna atención a todo lo que le rodeaba, dirigiendo su mente hacia los problemas que le esperaban en el despacho.

El gran problema de hoy era la fusión metropolitana. ¿Debía o no debía utilizar aquel chisme nuevo durante el inminente almuerzo-conferencia? ¿Era ético? Los resultados beneficiosos de su utilización, ¿superarían su dudosa propiedad? Pensó en Newnham; era un cliente muy astuto; sin duda alguna, lo habría utilizado de haber sido el primero en conseguirlo. Sí, decidió, lo haría. Se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Resultaba divertido pensar en lo que podía hacer la tecnología en estos tiempos.

En aquel momento, y de un modo muy engorroso, fue abordado por un hombre que venía en dirección opuesta. Le fastidió sobre todo porque no reconoció a aquel hombre pequeño, pulcro y sonriente que se detuvo ante él, extendiéndole la mano en espera de que se la estrechara.

—¡Míster Blakeney! —dijo el hombre, mostrándole sus brillantes dientes—. ¡Qué agradable volverle a ver!

Blakeney se encontraba con mucha gente por cuestiones muy diferentes. No había memoria capaz de recordar todos sus rostros y todos sus nombres. Y, lo que era peor aún, últimamente notaba con disgusto cómo su memoria había ido perdiendo aquella elasticidad de hacía veinte años. Pero el sentido de la amabilidad le impulsó a estrechar la mano tendida hacia él.

—Me alegro de verle... —empezó a decir, confiando en no mostrarse tan abrupto como para ofender a alguien que podía sentir que tenía un cierto derecho a ser recordado.

Pero el hombre pequeño, en lugar de hablar, agarró la mano de Blakeney con una sorprendente fuerza y, para perplejidad y alarma del financiero, le arrastró, como si estuviera tirando de un pez capturado, hacia un coche que se había detenido junto a la acera. 

Antes de que Blakeney pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo —su pensamiento había estado profundamente preocupado por lo que iba a hacer sobre la fusión metropolitana—, otro hombre, alto y fornido, le cogió del otro brazo. Entre los dos, le metieron en el vehículo y en menos de un minuto se encontró tumbado en el suelo del asiento trasero, amordazado, con los ojos vendados, una manta sobre su cuerpo y con los pies del hombre más alto firmemente plantados sobre su espalda. Blakeney se retorció y gorgoteó unos sonidos sin efectividad alguna mientras el coche avanzó tranquilamente por la calle.

Blakeney no tardó en dejar de retorcerse. No cabía la menor duda de que había sido raptado para obtener un rescate; creía que aquella clase de cosas habían dejado de suceder desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero recordó muy bien las crónicas que había leído sobre sucesos similares, comprendiendo que sólo las víctimas que habían mantenido la cabeza fría y habían utilizado su inteligencia fueron las únicas no sólo en salir indemnes de la situación, sino incluso en poder conducir a la policía hacia los criminales lo que, en algunos casos, permitió hasta recuperar el dinero del rescate. Tenía todos los sentidos bloqueados, excepto sus oídos, así es que los podía utilizar.

Sabía la rutina del procedimiento por intuición. Sería llevado a un lugar apartado y oculto, donde le mantendrían incomunicado, mientras los secuestradores enviaban una nota pidiendo el rescate a su esposa, o la llamaban por teléfono, o bien se ponían en contacto con cualquiera de sus socios en los negocios. Probablemente, harían esto último, puesto que Iris no tenía la menor idea de dónde o cómo conseguir la considerable suma que, sin duda alguna, exigirían. Tanto ella como su socio serían advertidos para que no informaran a la policía; pero él temía que lo hicieran así, tratando de ocultarlo. Preferiría que no lo hicieran; a las personas raptadas les pueden suceder cosas muy desagradables si los intermediarios no obedecen las órdenes.

Por el ruido, se dio cuenta de cuándo penetraron en el túnel y de cuándo salieron, y poco después la calzada pavimentada se convirtió en un camino en mal estado y los otros coches que había estado escuchando hasta entonces fueron disminuyendo hasta que el ruido de sus motores desapareció por completo. 

Cerca de toda gran ciudad, y a una distancia fácilmente alcanzable, suelen existir enclaves de zonas no desarrolladas urbanísticamente o abandonadas, a las que nadie suele acudir. Estos hombres eran profesionales; habrían preparado ya algún lugar donde ocultarle. 

Tenía una idea bastante buena de la dirección de donde habían llegado, procedentes de la ciudad, y podía recordar algunos de los puntos por los que había pasado, en una u otra ocasión, con su propio coche. Se imaginaba que en alguno de aquellos lugares debía haber alguna casa abandonada.

Sin lugar a dudas, el vehículo se detuvo... Por lo que había podido apreciar, se trataba de un desvencijado cacharro, lo que volvía a demostrar la experiencia de aquellos criminales; sin duda alguna, lo habían adquirido a buen precio de un lote de vehículos de segunda mano, y todo lo que se le exigía al coche era que los llevara adonde habían llegado y que regresara después, sin él y sin uno de los secuestradores; después, sería abandonado en cualquier calle solitaria. De este modo, no había ninguna complicación con vehículos robados. Con su gran talento para las cuestiones administrativas, Blakeney casi aprobó las disposiciones: eran limpias y similares a cualquier negocio.

—Fuera —dijo el hombre alto del asiento de atrás, apartando los pies del cuerpo de Blakeney, cubierto hasta entonces por la manta.

Fue la primera palabra pronunciada por aquel hombre. Se levantó la manta y Blakeney se arrastró trabajosamente hacia la puerta abierta, poniéndose después en pie sobre el terreno accidentado.

Tenía la vaga impresión de que había árboles a su alrededor; estaba seguro de que había uno cerca, contra el que terminó por apoyarse hasta que sus brazos y piernas empezaron a dolerle a causa de las espinas. Ahora le llevarían al interior de la casa, que debía estar muy cerca; le introducirían en una habitación oscura, que sería la celda de su prisión hasta que fuera rescatado. Lo que no podía imaginar era que no había ninguna casa en más de un kilómetro a la redonda.

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 —Está bien —dijo Ferguson—. Muévete.

Se estaba dirigiendo a Coates, que dejó de apretar el brazo de Blakeney. Ferguson se metió entre dos pinos bajos en aquel camino abierto en el bosque y apuntó cuidadosamente hacia la nuca de Blakeney.

Blakeney cayó boca abajo, pesadamente, sin un sonido. Hubo una sacudida momentánea y después se quedó quieto.

—Bastante bien, ¿verdad? —preguntó Ferguson echándose a reír.

Era una risa que parecía un gimoteo.

—Tan limpio como un buen silbido —dijo Coates, mostrándose de acuerdo—. He oído decir que siempre lo eres.

Y, ahora, debía tener en cuenta los cambios en el plan original.

Ferguson estaba todo emocionado. Coates le miró con disgusto. Girdner tenía razón: Ferguson había sido un hombre muy útil en su época, pero su época ya había pasado. Ahora se había convertido en una persona de la que se podía prescindir.

—Bien —dijo Ferguson excitadamente—, ahora hazle rodar... es pesado. Le dejaremos la cartera... tienen que encontrar la tarjeta de identidad..., pero un tipo como éste debe llevar bastante dinero encima, y no hay razón alguna para no cogerlo. Será una especie de paga extra —dijo, riéndose disimuladamente.

Cambio de plan número uno: no se debe coger ningún dinero a Blakeney, o la policía sabría que habría habido una tercera persona involucrada. No había tiempo que perder.

Ferguson se colocó el arma en la pistolera y encendió un cigarrillo. Estuvo hablando y moviéndose todo el rato.

—En cuanto hagamos eso, nos metemos en el coche y nos marchamos, ¿eh? Llegamos a la ciudad, dejamos este cacharro donde dijiste y después podemos irnos al aeropuerto por separado. Tú sigues tu camino y yo el mío. ¿Has hecho algún otro trabajo anterior para Girdner?

—Dos veces —contestó Coates—. ¿Y tú?

—Algunas más. Pero nunca nada como esto..., sólo trabajos ordinarios —se echó a reír—. Con éste no hemos perdido el tiempo, ¿verdad? Ese tipo de Girdner... ¡qué cerebro!

—Cierra el pico —dijo Coates.

Una conversación tonta era una de las cosas que más le disgustaban.

Ferguson volvió a reír, y siguió hablando:

—¿Quién va a escuchar, excepto tú y nuestro difunto amigo? ¡Vaya! ¿Sabías que existiera una organización como ésta? ¡Eso sí que es convertirse en una viuda rica de un golpe! Me pregunto cómo pudo ponerse en contacto con Girdner.

—De la misma forma que lo hicimos nosotros —dijo Coates—. Conexiones del sindicato. Ella no es como nosotros, pero, desde luego, tampoco es un ángel. Probablemente, lo tuvo todo planeado desde el principio. Y ahora, si quieres...

—Está bien, está bien. Déjame que recupere la respiración. No hay prisa. ¡Vaya! Supongo que es eso... ¡ella es la mitad de joven que él y dos veces más hermosa! —Ferguson se echó a reír sofocadamente—. Probablemente, él se la encontró en un bar y después ella le atrapó. En el fondo, la admiro. Naturalmente, Girdner tuvo que haber elaborado los detalles con ella; pero todo el asunto... escribir la nota de rescate ella misma... tal y como dictara Girdner. Supongo que fue así. Y él se habrá ocupado de que ella tuviera una máquina de escribir segura, de la que poder desembarazarse luego... Y después, dársela a la bofia, tras haber hecho como si pagara el rescate... y te apuesto a que ha sido una buena suma... Nosotros hemos cobrado bien, pero eso sólo era una pequeña parte del total...

Coates ya había escuchado bastante.

—¡Eh! —gritó duramente—. ¡Mira aquí!

Alarmado, Ferguson se volvió. Instantáneamente, Coates, que tenía el doble de peso y de fuerza, se abalanzó sobre él, al mismo tiempo que Ferguson sacaba el arma de la pistolera —las dos balas debían proceder de la misma arma—, y antes de que el pequeño hombre se hubiera dado cuenta de lo que ocurría, Coates le disparó en la sien, situando el arma lo bastante cerca como para dejar en ella señales de pólvora.

Ferguson se derrumbó de golpe. Hábilmente, Coates soltó la mano del muerto, que empuñaba el arma con fuerza.

No necesitaba limpiar sus huellas..., ni siquiera en el coche; no había tocado nada que pudiera mostrar sus huellas y en cuanto a Ferguson, ya no importaba.

Cambio de plan número dos: no podía llevarse el coche. Sería otra forma de demostrar que una tercera persona había estado involucrada. Bueno, todavía era temprano y no le separaban más de seis o siete kilómetros hasta la próxima parada de autobús en una pequeña ciudad. ¿Le quedaba alguna cosa por hacer?

Sí, la parte del dinero de Ferguson. En realidad, se lo había ganado él, Coates y, por otra parte, resultaría sospechoso dejar allí a Ferguson con tanto dinero.

Lo cogió todo, excepto la suma razonable que se supondría podría llevar una persona como Ferguson. Unió los billetes a los suyos, colocándolos todos en el cinturón preparado para llevar dinero, que había traído para que no le abultara demasiado en los bolsillos. ¿El billete de avión de Ferguson? No, sería mejor dejarlo. Eso les permitiría saber quién fue, antes de identificar incluso sus huellas. Coates se ató los pantalones sobre el cinturón y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no se había olvidado de nada.

Todo estaba bien. Ferguson había comprado el coche; Coates nunca le había visto hasta que se encontraron la noche anterior en la casa de Girdner; así pues, no había nada que pudiera relacionarles a ambos. Sólo una cuestión más: ¿debía acelerar el descubrimiento mediante una llamada telefónica anónima? Girdner había dejado bien claro que el cuerpo de Blakeney debía ser encontrado con rapidez; se tenía que poder disponer de un esposo muerto antes de dar lectura al testamento. Este lugar estaba aislado. ¿Habría por allí cazadores, chicos o excursionistas que pudieran encontrarse con los cuerpos al día siguiente o así? Quizá no.

Bueno, antes de coger el autobús telefonearía a la comisaría central de policía de la ciudad para darles el soplo, y después colgaría. Por su parte, ella llamaría a la policía en cuanto recibiera la nota donde se pedía el rescate, que ella se había dirigido a sí misma; para entonces, todo habría aparecido ya en los periódicos y en la televisión.

Dando un último vistazo a la satisfactoria escena, Coates comenzó a caminar confiadamente por el camino que llevaba hacia la carretera, manteniéndose alerta para ocultarse en cuanto viera pasar a alguien. Pero ningún ser viviente se cruzó con él, excepto un solitario conejo. Si seguía teniendo aquella misma suerte, se encontraría con pocos vehículos en la carretera a aquella hora del día, y si veía venir a alguno empezaría a correr como si estuviera realizando ejercicios gimnásticos. No iba vestido tan elegantemente como Girdner, pero iba vestido lo bastante bien como para ser considerado como un nuevo devoto de la nueva manía del ejercicio de correr al aire libre. En cualquier caso, nadie le confundiría con un secuestrador, ni se pararía para detenerle.

Siguió andando a paso largo, sonriendo al recordar el repentino terror que se reflejó en el rostro de Ferguson un segundo antes de morir. Que la policía tratara ahora de desentrañar el rompecabezas de por qué el secuestrador había matado a su víctima y después, repentinamente, por alguna razón inexplicable, se había suicidado con la misma arma.

Coates se sintió satisfecho de aquel buen trabajo, tan bien hecho. Había sido un trabajo verdaderamente profesional en el que no había quedado ningún cabo suelto.

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 Todo funcionó con exactitud. Iris Blakeney ni siquiera estaba nerviosa. No se puede estar nervioso, al menos cuando todo está a cargo de un empresario como Girdner. Todo lo que tenía que hacer era seguir con exactitud sus instrucciones, y así lo hizo. Al parecer, uno de sus hombres hasta había llamado por teléfono para asegurarse de que el cuerpo del pobre James fuera descubierto con rapidez, y así sucedió, en efecto, antes de que oscureciera aquella misma noche.

Ensayó de nuevo la conmoción y la pena que debía sentir en cuanto supiera las noticias. El teléfono no tardaría en empezar a sonar, y después sería acosada por los periodistas y por los amigos de James y por sus parientes y socios de negocios. Gracias al cielo ella no tenía ninguno. Sólo tendría que pasar una semana o dos de conmoción y fastidio, y después comenzaría su nueva, su maravillosa nueva vida. Sí, ya sonaba el timbre en la puerta principal; se puso en tensión para enfrentarse al primer encuentro, mientras escuchaba a la criada acudir a abrir la puerta.

Dos hombres entraron en la casa. Iban vestidos con ropas civiles, pero, desde luego, ella se dio cuenta de que se trataba de policías.

—¿Tienen ustedes..., tienen ustedes alguna noticia? —preguntó con voz temblorosa, como si no hubiera escuchado las noticias en la televisión.

Escuchó, casi medio desmayada, cómo uno de ellos comenzó a recitar la letanía que precede a todo arresto desde la ley Miranda.

—¡Pero qué diablos...! —empezó a decir, pasando rápidamente de la conmoción a la expresión de rabia.

—Vamos, hermana —dijo fatigadamente uno de los policías—. ¿Sabe lo que encontramos en el bolsillo superior de la chaqueta de su esposo? Uno de esos hermosos y pequeños magnetófonos. Al parecer, cuando cayó al suelo lo activó de algún modo. ¡Y vaya si hay cosas interesantes en esa cinta!

El porquerizo - Hans Christian Andersen

Érase una vez un príncipe que andaba mal de dinero. Su reino era muy pequeño, aunque lo suficiente para permitirle casarse, y esto es lo que el príncipe quería hacer.

Sin embargo, fue una gran osadía por su parte el irse derecho a la hija del Emperador y decirle en la cara: -¿Me quieres por marido?-. Si lo hizo, fue porque la fama de su nombre había llegado muy lejos. Más de cien princesas lo habrían aceptado, pero, ¿lo querría ella?

Pues vamos a verlo.

En la tumba del padre del príncipe crecía un rosal, un rosal maravilloso; florecía solamente cada cinco años, y aun entonces no daba sino una flor; pero era una rosa de fragancia tal, que quien la olía se olvidaba de todas sus penas y preocupaciones. 

Además, el príncipe tenía un ruiseñor que, cuando cantaba, habríase dicho que en su garganta se juntaban las más bellas melodías del universo. Decidió, pues, que tanto la rosa como el ruiseñor serían para la princesa, y se los envió encerrados en unas grandes cajas de plata.

El Emperador mandó que los llevaran al gran salón, donde la princesa estaba jugando a «visitas» con sus damas de honor. Cuando vio las grandes cajas que contenían los regalos, exclamó dando una palmada de alegría:

- ¡A ver si será un gatito! -pero al abrir la caja apareció el rosal con la magnífica rosa.

- ¡Qué linda es! -dijeron todas las damas.

- Es más que bonita -precisó el Emperador-, ¡es hermosa!

Pero cuando la princesa la tocó, por poco se echa a llorar.

- ¡Ay, papá, qué lástima! -dijo-. ¡No es artificial, sino natural!

- ¡Qué lástima! -corearon las damas-. ¡Es natural!

- Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja -, aconsejó el Emperador; y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.

- ¡Superbe, charmant! -exclamaron las damas, pues todas hablaban francés a cual peor.

- Este pájaro me recuerda la caja de música de la difunta Emperatriz -observó un anciano caballero-. Es la misma melodía, el mismo canto.

- En efecto -asintió el Emperador, echándose a llorar como un niño.

- Espero que no sea natural, ¿verdad? -preguntó la princesa.

- Sí, lo es; es un pájaro de verdad -respondieron los que lo habían traído.

- Entonces, dejadlo en libertad -ordenó la princesa; y se negó a recibir al príncipe.

Pero éste no se dio por vencido. Se embadurnó de negro la cara y, calándose una gorra hasta las orejas, fue a llamar a palacio.

- Buenos días, señor Emperador -dijo-. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?

- Bueno -replicó el Soberano-. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos.

Y así el príncipe pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un reducido y mísero cuartucho en los sótanos, junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Pero se pasó el día trabajando, y al anochecer había elaborado un primoroso pucherito, rodeado de cascabeles, de modo que en cuanto empezaba a cocer las campanillas se agitaban, y tocaban aquella vieja melodía:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!

Pero lo más asombroso era que, si se ponía el dedo en el vapor que se escapaba del puchero, enseguida se adivinaba, por el olor, los manjares que se estaban guisando en todos los hogares de la ciudad. ¡Desde luego la rosa no podía compararse con aquello!

He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo con una expresión de contento en su rostro; pues también ella sabía la canción del "Querido Agustín". Era la única que sabía tocar, y lo hacía con un solo dedo.

- ¡Es mi canción! -exclamó-. Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.

Tuvo que ir una de las damas, pero antes se calzó unos zuecos.

- ¿Cuánto pides por tu puchero? -preguntó.

- Diez besos de la princesa -respondió el porquerizo.

- ¡Dios nos asista! -exclamó la dama.

- Éste es el precio, no puedo rebajarlo -, observó él.

- ¿Qué te ha dicho? -preguntó la princesa.

- No me atrevo a repetirlo -replicó la dama-. Es demasiado indecente.

- Entonces dímelo al oído -. La dama lo hizo así.

- ¡Es un grosero! -exclamó la princesa, y siguió su camino; pero a los pocos pasos volvieron a sonar las campanillas, tan lindamente:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!

- Escucha -dijo la princesa-. Pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.

- Muchas gracias -fue la réplica del porquerizo-. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.

- ¡Es un fastidio! - exclamó la princesa -. Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.

Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.

¡Dios santo, cuánto se divirtieron! Toda la noche y todo el día estuvo el puchero cociendo; no había un solo hogar en la ciudad del que no supieran lo que en él se cocinaba, así el del chambelán como el del remendón. Las damas no cesaban de bailar y dar palmadas.

- Sabemos quien comerá sopa dulce y tortillas, y quien comerá papillas y asado. ¡Qué interesante!

- Interesantísimo -asintió la Camarera Mayor.

- Sí, pero de eso, ni una palabra a nadie; recordad que soy la hija del Emperador.

- ¡No faltaba más! -respondieron todas-. ¡Ni que decir tiene!

El porquerizo, o sea, el príncipe -pero claro está que ellas lo tenían por un porquerizo auténtico- no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses y danzas conocidos desde que el mundo es mundo.

- ¡Oh, esto es soberbio! -exclamó la princesa al pasar por el lugar.

- ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?

- Pide cien besos de la princesa -fue la respuesta que trajo la dama de honor que había entrado a preguntar.

- ¡Este hombre está loco! -gritó la princesa, echándose a andar; pero se detuvo a los pocos pasos-. Hay que estimular el Arte -observó-. Por algo soy la hija del Emperador. Dile que le daré diez besos, como la otra vez; los noventa restantes los recibirá de mis damas.

- ¡Oh, señora, nos dará mucha vergüenza! -manifestaron ellas.

- ¡Ridiculeces! -replicó la princesa-. Si yo lo beso, también podéis hacerlo vosotras. No olvidéis que os mantengo y os pago-. Y las damas no tuvieron más remedio que resignarse.

- Serán cien besos de la princesa -replicó él- o cada uno se queda con lo suyo.

- Poneos delante de mí -ordenó ella; y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla.

- ¿Qué alboroto hay en la pocilga? -preguntó el Emperador, que acababa de asomarse al balcón. Y, frotándose los ojos, se caló los lentes-. Las damas de la Corte que están haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.

Y se apretó bien las zapatillas, pues las llevaba muy gastadas.

¡Demonios, y no se dio poca prisa!

Al llegar al patio se adelantó callandito, callandito; por lo demás, las damas estaban absorbidas contando los besos, para que no hubiese engaño, y no se dieron cuenta de la presencia del Emperador, el cual se levantó de puntillas.

- ¿Qué significa esto? -exclamó al ver el besuqueo, dándole a su hija con la zapatilla en la cabeza cuando el porquerizo recibía el beso número ochenta y seis.

- ¡Fuera todos de aquí! -gritó, en el colmo de la indignación. Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.

Y he aquí a la princesa llorando, y al porquerizo regañándole, mientras llovía a cántaros.

- ¡Ay, mísera de mí! -exclamaba la princesa-. ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!

Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe, tan hermoso y gallardo, que la princesa no tuvo más remedio que inclinarse ante él.

- He venido a decirte mi desprecio -exclamó él-. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, y, en cambio, besaste al porquerizo por una bagatela. ¡Pues ahí tienes la recompensa!

Y entró en su reino y le dio con la puerta en las narices. Ella tuvo que quedarse fuera y ponerse a cantar:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!

Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 1)

—Adiós, querida.
—Adiós, cariño.
Alix Martin quedó apoyada contra la acera rústica contemplando la figura de su marido que se alejaba por el camino en dirección al pueblo.
Al fin dobló un recodo y le perdió de vista, pero Alix continuó en la misma posición apartando distraída un mechón de sus preciosos cabellos castaños que le caía sobre la frente.
Alix Martin no era hermosa, ni siquiera bonita, estrictamente hablando; pero su rostro...  el rostro de una mujer que ya había pasado la primera juventud y tenía una expresión radiante, se había dulcificado hasta tal punto que sus antiguos compañeros de trabajo apenas la hubieran reconocido. La señorita Alix King había sido una joven eficiente de modales ligeramente bruscos, muy capaz y segura de sí... que sacaba el menor, no el mayor, partido posible a sus hermosos cabellos castaños. Su boca, de bonita línea, siempre estaba contraída en un gesto severo. Sus ropas fueron siempre limpias y cómodas, pero sin el menor detalle de coquetería.
Alix se había graduado en una escuela muy rígida, y por espacio de quince años, desde los dieciocho a los treinta y tres, se había mantenido (y a su madre inválida durante siete) gracias a su trabajo de taquimecanógrafa; fue la lucha por la vida la que endureció los suaves rasgos de su rostro de niña.
Cierto que tuvo un... novio. Dick Windyford, un compañero de oficina. Siendo una mujer sensata, Alix supo siempre que él la amaba. Exteriormente eran amigos, nada más. Con su sueldo escaso, Dick había tenido que contribuir a la educación de su hermano menor, y por el momento no podía pensar en casarse. Sin embargo, cuando Alix pensaba en el porvenir lo hacía con la certeza de que algún día sería la esposa de Dick. Se querían, o por lo menos eso hubiera dicho ella, pero ambos eran muy sensatos... tenían mucho tiempo por delante y ninguna necesidad de apresurarse. Y así fueron pasando los años.
Y pronto la liberación de aquella penosa vida cotidiana le vino a la joven de la manera más inesperada. Una prima lejana había muerto dejando su dinero a Alix. Varios miles de libras, las suficientes para proporcionarle una renta anual de doscientas. Para Alix aquello era la libertad, la vida, la independencia. Ahora ella y Dick no tendrían que esperar más.
Pero Dick reaccionó de un modo extraño. Nunca había hablado a Alix directamente de su amor, y ahora parecía menos inclinado que nunca. La evitaba, y se hizo reservado y pesimista. Alix no tardó en comprender la razón. Se había convertido en una mujer de posibilidades, y la delicadeza y el orgullo impedían que el correcto Dick la convirtiera en su esposa.
Alix le quiso más que nunca por eso, e incluso se preguntaba si no habría de ser ella quien diera el primer paso, cuando por segunda vez ocurrió lo inesperado.
Conoció a Gerald Martin en casa de unos amigos. Se enamoraron locamente y a la semana estaban prometidos; y la joven, que nunca había creído en «el flechazo», apenas sabía lo que estaba ocurriendo.
Sin querer había encontrado el medio de despertar a su antiguo amor. Dick Windyford se puso furioso al conocer la noticia.
—Ese hombre es completamente desconocido para ti. No sabes nada de él.
—Sé que le quiero.
—¿Cómo puedes saberlo... en una semana?
—Todo el mundo no necesita once años para descubrir que se ha enamorado —replicó Alix furiosa.
Dick se puso lívido.
—Yo te he querido desde que te conocí, y creí que tú también me querías.
Alix fue sincera.
—Yo también lo creí —admitió—. Pero es porque no sabía lo que era el amor verdadero.
Entonces Dick volvió a enfurecerse. Ruegos, súplicas... incluso amenazas contra el hombre que le había suplantado. Alix estaba sorprendida al descubrir aquel volcán oculto bajo el reservado exterior del hombre que creyó conocer tan bien. Y también le asustó un poco. Claro que Dick no podía pensar seriamente lo que estaba diciendo... aquellas amenazas para vengarse de Gerald Martin. Estaba despechado, no era nada más.
Sus pensamientos la habían llevado a recordar aquella entrevista aquella mañana soleada mientras se apoyaba contra la cerca de su casita. Hacía un mes que estaba casada, y era completamente feliz. No obstante, durante la ausencia momentánea de su esposo, que lo era todo para ella, una sombra de esa ansiedad era Dick Windyford.
Por tercera vez desde su matrimonio había soñado lo mismo. El medio ambiente variaba, pero los factores principales eran siempre los mismos. Veía a su esposo muerto y a Dick Windyford de pie a su lado, y ella sabía sin la menor duda que era su mano la que había descargado el golpe fatal.
Pero por terrible que fuera aquélla, aún había algo más horrible todavía... que le parecía horrible al despertar, pero que durante el sueño era para ella algo perfectamente natural e inevitable. Ella, Alix Martin, se alegraba de la muerte de su esposo... alargaba sus manos agradecidas hacia el asesino, e incluso le daba las gracias. El sueño siempre terminaba lo mismo... refugiándose en brazos de Dick Windyford.
Nada dijo de aquel sueño a su esposo, pero le preocupaba más de lo que hubiera querido admitir. ¿Sería un aviso... contra Dick Windyford? ¿Tendría algún poder secreto que trataba de transmitir a través de la distancia?
No sabía gran cosa de hipnotismo, pero había oído muchas veces que las personas pueden ser hipnotizadas contra su voluntad.
El timbre del teléfono sonando en el interior de la casa la sacó de sus pensamientos y yendo hasta la casita lo descolgó. Se tambaleó y tuvo que apoyarse para no caer. ¿Quién dirían ustedes que llamaba?
—Vaya, Alix, ¿qué le ocurre a tu voz? No te hubiera conocido. Soy Dick.
—¡Oh! —dijo Alix—. ¡Oh! ¿Dónde estás?
—En «La Posada del Viajero»... así se llama, ¿no? ¿O es que ni siquiera conoces la existencia de la posada del pueblo? Estoy de vacaciones... y vine a pescar por aquí. ¿Tienes algún inconveniente en que os vaya a ver a vuestra casa esta noche después de cenar?
—No —replicó Alix, tajante—. No debes venir.
Hubo una pausa y luego volvió a dejarse oír la voz de Dick un tanto alterada.
—Perdona —le dijo en tono grave—. No era mi intención molestarte...
Alix se apresuró a rectificar. Claro que debía parecerle extraño su comportamiento. Y lo era. Sus nervios estaban deshechos, pero no era culpa de Dick que ella tuviera aquellos sueños.
—Quise decir que esta noche tenemos un... compromiso —explicó tratando de que su voz sonara lo más natural posible—. ¿Por qué no vienes a cenar mañana?
Pero evidentemente Dick había notado la falta de cordialidad en su invitación.
—Muchísimas gracias —dijo en el mismo tono formal—. Pero tal vez me marche de un momento a otro. Depende de si regresa un compañero mío. Adiós Alix —hizo una pausa y luego agregó en tono distinto—: te deseo mucha suerte, querida.
Alix colgó el aparato con alivio.
—Él no debe venir aquí —se repitió—. No debe venir aquí. ¡Oh! ¡Qué tonta soy! Ponerme tan nerviosa por una tontería. De todas maneras, celebro que no venga.
Y cogiendo un sombrero de paja de encima de una mesa salió de nuevo al jardín deteniéndose ante el nombre grabado en el porche: «Villa Ruiseñor».
—¿Verdad que es un nombre bonito? —le había dicho a Gerald en cierta ocasión antes de casarse y él se rió.
—Eres una mujer de ciudad —le dijo en tono afectuoso—. No creo que hayas oído nunca el canto del ruiseñor. Y me alegro. Los ruiseñores debieran cantar sólo para los enamorados. Ya los oiremos juntos las noches de verano y ante nuestra propia casa.
Y el recuerdo de cómo los había oído, hizo enrojecer de felicidad a Alix de pie ante el umbral de su casita.
Fue Gerald quien encontró «Villa Ruiseñor», contándoselo a Alix con gran entusiasmo. Era lo que necesitaban... una ocasión única... la mejor oportunidad de toda su vida. Y cuando Alix la vio también quedó cautivada. Cierto que su situación era un tanto alejada..., estaba a dos kilómetros del pueblo más cercano..., pero la casa en sí era exquisita, con su aire de cuento, y sus magníficos cuartos de baño, con agua caliente, luz eléctrica y teléfono, que en el acto fue víctima de su encanto. Luego surgió una contrariedad. El propietario, un hombre muy rico que la hizo a su capricho, se negó a alquilarla. Únicamente se encontraba dispuesto a venderla.
Gerald Martin, aunque poseía una buena renta, no estaba en posición de poder tocar el capital. Todo lo que podría ofrecer eran mil libras y el propietario pedía tres. Pero Alix, que estaba enamorada de la casita, acudió en su ayuda. Su capital estaba más disponible, siendo en bonos al portador, y emplearía la mitad en adquirir la casa. Así que «Villa Ruiseñor» pasó a ser suya y ni un solo momento tuvieron que lamentar su elección. Era cierto que el servicio no apreciaba aquella soledad campestre... y en realidad no habían conseguido encontrar criada..., pero Alix, que nunca pudo tener vida de hogar, disfrutaba preparando la comida y cuidando de la casa.
El jardín, exuberante de flores, era atendido por un viejecillo del pueblo que acudía un par de veces por semana, y Gerald Martin, gran aficionado a la jardinería, pasaba en él la mayor parte de su tiempo.
Al dar la vuelta a la casa, Alix se extrañó al ver al viejo jardinero trabajando en los parterres. Estaba sorprendida porque solía ir los lunes y viernes, y aquel día era miércoles.
—Vaya, Jorge, ¿qué está haciendo aquí? —preguntó al acercarse a él.
El viejecito enderezóse con una risita mientras se llevaba la mano a su sombrero.
—Ya pensé que le extrañaría, pero ahí tiene, señora. El viernes es el santo del alcalde, y tenemos fiesta en el pueblo, y yo me dije: ni al señor Martin ni a su buena esposa les importará que por una vez vaya el miércoles en vez del viernes.
—Tiene usted mucha razón —dijo Alix—. Espero que disfrute mucho en la fiesta.
—Sí —repuso Jorge con sencillez—. Es agradable llenar el estómago sabiendo que no es uno el que paga. El alcalde da un té espléndido a todos sus servidores, y además, señora, quise verla antes de su partida para saber qué es lo que hay que plantar. ¿No tiene idea de cuándo volverá poco más o menos?
—Pero si no me marcho.
Jorge la miró extrañado.
—Pero, ¿no se va a Londres mañana?
—No. ¿Cómo se le ha ocurrido pensarlo?
Jorge ladeó la cabeza.
—Ayer tarde me encontré a su esposo en el pueblo y me dijo que usted se iba mañana a Londres, y que no sabía cuándo regresaría.
—Tonterías —dijo Alix, riendo—. No debió entenderlo bien.
De todas maneras se preguntaba qué era lo que le podría haber dicho Gerald para que el viejecillo llegara a semejante error. ¿Ir a Londres? No quería volver a Londres en toda su vida.
—Aborrezco Londres —dijo con voz ronca.
—¡Ah! —repitió Jorge en tono bonachón—. Debí entenderlo mal, y sin embargo, me pareció que estaba bastante claro. Celebro que se quede aquí. No me gusta el ajetreo de las calles y no pienso ir a Londres. Demasiados coches... eso es lo malo de hoy en día. En cuanto alguien tiene automóvil, ya no puede estarse quieto en ninguna parte. El señor Ames, el antiguo propietario de esta casa... era un caballero muy tranquilo hasta que compró uno de esos chismes. No hacía ni un mes que lo tenía cuando se puso en venta esta casa. ¡Con lo que gastó en ella, con tanto cuarto de baño, luz eléctrica y demás! «Nunca recuperará su dinero —le dije—. No todo el mundo tiene afición a lavarse en cada habitación de la casa.» «Pero, Jorge —me dijo—, conseguiré dos mil libras por esta casa, que es lo que me ha costado.» Y las consiguió.
—Consiguió tres mil —dijo Alix, sonriendo.
—Dos mil —repitió Jorge—. Entonces se habló mucho de lo que pedía. Y era una cifra muy alta.
—En realidad fueron tres mil —insistió Alix.
—Las mujeres no entienden nada de números —replicó el jardinero sin dejarse convencer—. No me dirá que el señor Ames tuvo el valor de pedirle tres mil en voz alta.
—A mí no me las pidió —dijo Alix—, sino a mi esposo.
Jorge volvió a inclinarse sobre el parterre.
—El precio fueron dos mil —repitió obstinado.
Alix no se tomó la molestia de discutir con él, y dirigiéndose a otro de los parterres empezó a cortar un ramo de flores. El sol, el perfume de las flores y el ligero zumbido de las abejas contribuían a que el día fuese perfecto.
Cuando se dirigía a la casa con su fragante carga, Alix observó un pequeño objeto verde oscuro que asomaba entre las hojas de una planta. Se agachó para recogerlo viendo que era la agenda de bolsillo de su esposo. Debió caérsele mientras arrancaba las malas hierbas.
La abrió, hojeando su contenido con cierto regocijo. Casi desde el principio de su matrimonio había comprendido que el impulsivo y sentimental Gerald poseía las sorprendentes virtudes de la pulcritud y el orden. Quería que las comidas estuvieran dispuestas a la hora en punto, y siempre planeaba lo que haría al día siguiente con la misma precisión. Aquella mañana, por ejemplo, había anunciado que saldría hacia el pueblo después del desayuno... a las diez y cuarto. Y a esa hora en punto dejaba la casa.
AI repasar la agenda, le divirtió ver que en el día catorce de mayo había anotado: Boda con Alix en San Pedro a las dos y media.
—El grandísimo tonto —murmuró Alix para sí, volviendo las páginas.
De pronto se detuvo.
—Miércoles, dieciocho de junio... vaya, es hoy.
Y en el espacio correspondiente a aquel día estaba escrito con la letra precisa de Gerald: Nueve de la noche. Nada más. ¿Qué era lo que pensaba hacer Gerald a las nueve? Alix sonrió considerando que si aquello ocurriera en una novela, como las que leía a menudo, la agenda hubiera proporcionado alguna revelación sensacional. Seguramente el nombre de otra mujer. Fue volviendo las hojas hacia atrás. Fechas, citas, referencias a tratos de asuntos comerciales, pero un solo nombre de mujer: el suyo.
Sin embargo, mientras guardaba la agenda en su bolsillo y llevaba las flores al interior de la casa, sintió una vaga inquietud. Acudieron a ella las palabras de Dick Windyford como si estuviera allí repitiéndolas: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.»
Era cierto. ¿Qué sabía de él? Al fin y al cabo, Gerald tenía cuarenta años. En todo ese tiempo debía haber habido alguna mujer.
Alix sacudió la cabeza con impaciencia. Nada de entregarse a aquellos pensamientos. Tenía otra preocupación más importante. ¿Debía o no decir a su marido que Dick Windyford había telefoneado?
Cabía la posibilidad de que Gerald le hubiera encontrado en el pueblo, pero en ese caso seguramente lo mencionaría en seguida de llegar y el asunto quedaría fuera de su acción. Y si no..., ¿qué hacer? Alix se daba cuenta de su afán por no decir nada. Gerald siempre se había mostrado amablemente dispuesto hacia el otro. «Pobre diablo —dijo en cierta ocasión—; creo que está tan loco por ti como yo. Qué desagradable debe ser que le rechacen a uno.» No dudaba respecto a los sentimientos de Alix.
Si se lo contaba, estaba segura de que invitaría a Dick Windyford para que fuera a «Villa Ruiseñor». Entonces se enteraría de que Dick mismo lo había propuesto y que ella se negó a que fuera. Y cuando le preguntase por qué lo hizo, ¿qué hacer? ¿Iba a contarle su sueño? Gerald se reiría o... lo que era peor, vería que ella le daba una importancia excesiva, y tal vez pensase... ¡oh, cualquier cosa!
Al final, bastante avergonzada, decidió no decir nada. Era el primer secreto que ocultaba a su esposo y le hizo sentirse intranquila.
Cuando oyó que Gerald regresaba del pueblo, apresuróse a refugiarse en la cocina afanándose en preparar la comida para disimular su turbación.
En seguida comprendió que Gerald no había visto a Dick Windyford e inmediatamente sintióse aliviada y nerviosa a la vez. Ahora sí que le ocultaba algo a su marido, y durante el resto del día estuvo distraída, sobresaltándose al menor ruido, aunque su esposo no pareció observarlo. Él también estaba ensimismado en sus pensamientos y un par de veces tuvo que repetirle alguna observación trivial para que pusiera atención antes de que respondiera.
No fue hasta después de cenar, cuando estaban sentados en el saloncito de estar con las ventanas abiertas para que entrara la suave brisa de la noche con el perfume de los jazmines, cuando Alix recordó la agenda de bolsillo y se dispuso a distraer sus pensamientos.
—Aquí tengo algo que encontré entre las flores —le dijo arrojándosela sobre el regazo.
—Se me cayó en un parterre, ¿eh?
—Sí. Ahora sé todos tus secretos.
—Soy inocente —replicó Gerald, moviendo la cabeza.
—¿Y qué me dices de lo que has anotado para las nueve de la noche?
—¡Oh!, eso... —pareció cortado de momento, y luego sonrió como si aquello le divirtiera—. Es una cita con una chica guapísima, Alix. Tiene el cabello castaño, los ojos azules y se parece muchísimo a ti.
—No comprendo —dijo Alix, fingiendo ponerse seria—. Estás apartándote de la cuestión.
—No. A decir verdad, lo anoté para acordarme de revelar algunos negativos esta noche, y que tú me ayudes.
Gerald Martin era un fotógrafo entusiasta. Poseía una cámara un tanto anticuada, pero con muy buenas lentes, y él mismo revelaba sus placas en un sótano pequeño que había preparado como cuarto oscuro. Nunca se cansaba de retratar a Alix en distintas posiciones.
—¿Y tiene que ser precisamente a las nueve? —dijo Alix.
Gerald pareció algo molesto.
—Mi querida Alix —dijo con cierta tirantez—, siempre hay que buscar una hora precisa para hacer las cosas. Entonces es cuando se puede trabajar como es debido.
Alix permaneció unos instantes observando a su esposo. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo de su butaca y las líneas de su rostro pulcramente afeitado se recortaban contra el fondo oscuro. Y de pronto, por alguna razón desconocida, sintió que la invadía una ola de pánico y antes de poder evitarlo había exclamado:
—¡Oh, Gerald! ¡Ojalá supiera algo más de ti!
Su esposo volvió su rostro asombrado hacia ella.
—Pero, mi querida Alix, si sabes todo lo referente a mí. Te he hablado de mi infancia en Northumberland, de mi vida en África del Sur, y estos últimos diez años en el Canadá que me proporcionaron el éxito.
—¡Oh, los negocios!
Gerald se echó a reír.
—Sé a lo que te refieres... a la parte amorosa. Todas las mujeres sois iguales. Sólo os interesa la cuestión personal.
Alix sintió que se le secaba la garganta mientras murmuraba:
—Bueno, pero debes de haber tenido... amores. Quiero decir... que si yo supiera...
Hubo una pausa de unos minutos. Gerald Martin había fruncido el ceño y la indecisión se reflejaba en su rostro. Cuando habló, fue en tono grave, sin el menor rastro de frivolidad:
—¿Tú crees que tiene gracia el hacer de esposa de Barba Azul? Sí que ha habido mujeres en mi vida. No lo niego. No me creerías si te lo negara. Pero puedo jurarte que ninguna de ellas significó nada para mí.
 Hubo tal sinceridad en su voz que se sintió agradablemente confortada.
—¿Satisfecha, Alix? —le preguntó con una sonrisa. 
Y luego la contempló con cierta curiosidad.
—¿Por qué se te ha ocurrido hablar de esto precisamente esta noche? Nunca lo mencionaste.
Alix se puso en pie y comenzó a pasear inquieta.
—¡Oh! No lo sé —contestó—. Todo el día he estado nerviosa.
—Es curioso —dijo Gerald en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Es muy curioso.
—¿Por qué es curioso?
—Oh, querida, no te pongas así. Sólo digo que es curioso porque por lo general eres siempre tan serena y dulce.
Alix procuró sonreír.
—Hoy todo se confabula para molestarme —confesó—. Incluso el viejo Jorge tenía la ridícula idea de que nos íbamos a Londres. Según él, tú se lo dijiste.
—¿Dónde le viste? —preguntó Gerald, en tono crispado.
—Vino a trabajar hoy en vez del viernes.
—El viejo imbécil —dijo Gerald, enojado.
Alix le miró extrañada. Su esposo tenía el rostro contraído por la ira. Nunca le había visto tan furioso, y al ver su asombro, Gerald hizo un esfuerzo por recuperar el dominio de sí mismo.
—Bueno, es un viejo estúpido —protestó.
—¿Qué le dijiste para que pensara que nos íbamos?
—¿Yo? No le dije nada. A menos... Oh, sí, recuerdo que en broma dije que nos íbamos a Londres a la mañana siguiente, y supongo que lo tomaría en serio. O debió entenderlo mal. Supongo que tú le desengañarías.
Y esperó su respuesta.
—Claro, pero es de esos viejos que cuando se les mete una idea en la cabeza... bueno, no es fácil quitársela.
Y le contó la insistencia del jardinero en la cantidad pedida por la casita.
Gerald guardó silencio unos instantes y luego dijo:
—Ames estaba dispuesto a aceptar dos mil libras en efectivo, y las mil restantes en hipoteca. Supongo que ése será el origen de su error.
—Es muy probable —replicó Alix.
Luego, mirando el reloj, en otro tono:
—Ya debiéramos estar abajo, Gerald. Pasan cinco minutos de la hora fijada.
Una sonrisa muy particular apareció en el rostro de Gerald.
—He cambiado de opinión —dijo tranquilamente—. Esta noche no revelaremos las fotografías.
La mentalidad de la mujer es algo muy curioso. Cuando se acostó aquel miércoles por la noche, Alix sentíase contenta y tranquila. Su felicidad, momentáneamente amenazada, resurgió triunfante como nunca.

(CONTINUARA...)