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El vínculo - Yu Jae-yong

No creo que sean muchos los que hayan cambiado de trabajo tanto como yo. No me alcanzan los dedos de las manos y de los pies para contarlos. Y, claro está, en todos esos lugares me han pasado infinidad de cosas -cosas extrañas, cosas absurdas, cosas increíbles. Lo que me ocurrió en la casa del señor Chang Hyeon-sam es una de ellas.

Estaba de nuevo sin trabajo ese verano y como al viejo de la inmo­biliaria le dio lástima verme holgazaneando y dando vueltas por allí me hizo señas para que me acercara.

-Oye, Man-bok, ya que estás sin hacer nada, ¿no te gustaría entrar a trabajar en una casa, aunque sea por algunos días? Al menos, te darán de comer.

-¿Se trata de cuidar una casa vacía mientras están de vacaciones?

-No te pases de listo. No intentes juzgar por ti mismo; sólo di si quieres trabajar o no.

Contesté que aceptaría el trabajo con tal de que me dieran de comer por algunos días.

-Ya que dices que vas a aceptar el trabajo, te adelanto que todavía no están determinados con precisión los días que vas a trabajar. Si lle­gas a complacer los gustos del dueño, te podrás quedar varios años.

Añadió que el trabajo consistía en atender a alguien con las dos piernas paralizadas. Pero el asunto era que todo el que entraba a tra­bajar en esa casa no aguantaba mucho tiempo y salía corriendo.

-No sólo te dan de comer y donde dormir, sino que además te proporcionan un buen sueldo. La verdad es que no sé por qué no se quedan más tiempo tratando de complacer al dueño y se precipitan a salir de allí.

A los pocos días de haber enviado a alguien ya le pedían de nuevo que les consiguiera otra persona, porque el anterior ya se había marchado. Supuse que podría ser porque se podían conseguir fácil­mente trabajillos por ahí, ya fuera en fábricas o en construcciones, y también porque trabajar de mozo en una casa ajena no les agradaba para nada.

-Yo también soy malísimo en eso de complacer a alguien.

Yo no tenía talento alguno para percibir los dolores de los demás y satisfacer sus necesidades.

-Eso de complacer a alguien no es gran cosa. Todo lo que tienes que hacer es obedecer dócilmente sus órdenes y, aunque te fastidie o te irrite alguna cosa, te aguantas con mucha paciencia.

Si era eso lo que había que hacer, me sentía más capaz que nadie de lograrlo. Mi única fortuna era mi cuerpo fuerte y la paciencia que tenía.

-De cualquier manera, vete a trabajar a esa casa y si no resistes, te sales así no más. Al fin y al cabo, ¿acaso no eres de esos que abandonan el trabajo fácilmente?

Decía eso porque no estaba bien informado. Es cierto eso de que anduve cambiando de trabajo sin cesar, pero ninguna de las veces fui yo el que lo abandonó. Tampoco se ha dado el caso de que me echa­ran los jefes porque se hubieran disgustado por mi causa. Siempre fue por algo irremediable, como por ejemplo la muerte del patrón, la emi­gración, la bancarrota o que el trabajo en sí tuviera una fecha límite de duración.

Cuando vi por primera vez al señor Chang Hyeon-sam, no tuve la impresión de que fuera él la persona para la que tenía que trabajar. Me parecía que el verdadero jefe iba a aparecer por alguna parte y me diría algo así como:

-Hyeon-sam es mi hijo y te pido que lo atiendas bien.

El señor Chang Hyeon-sam era pequeño y delgado, y estaba sen­tado, totalmente sumergido en su sillón. Su cuello, brazos y piernas, que estaban al descubierto por el calor, eran tan pálidos y delgados que daba lástima verlos. Se veían tan frágiles que causaba la impresión de que incluso le costaba trabajo estar sentado cómodamente en el sillón.

-Señor Lee Man-bok... Tiene usted un nombre muy fácil de memorizar. Pero me pregunto, ¿cuánto tiempo permanecerá en nues­tra casa?

A diferencia de su apariencia física, hablaba con firmeza y en tono solemne. Me enderecé en el asiento. Al escuchar su voz, me pare­ció que el señor Chang Hyeon-sam podría desempeñar muy bien su papel de jefe. Es preferible que un jefe inspire respeto antes que menosprecio.

-Me quedaré hasta que me diga que me vaya porque ya no me necesita.

Lo dije muy respetuosamente, con la cabeza inclinada. Una lige­ra sonrisa, como la sombra de una ondulación, se vislumbró en las comisuras de sus labios, se reflejó en sus ojos por unos momentos y desapareció. Al desaparecer la sonrisa, surgió de sus ojos una luz fría como el hielo.

El señor Chang Hyeon-sam me preguntó de paso: -¿Cuánto le dio al de la inmobiliaria de comisión por conseguirle el trabajo?

-Quedé en invitarle a unas copas cuando recibiera el primer salario. -¡Salario, dice...! Claro que le pagaré su salario. Como estamos a quince de julio, le daré el primer salario el quince de agosto. Téngalo en cuenta. Será una suma con la que, estoy seguro, no se sentirá decepcionado. Pero, ¡quién sabe si el señor Lee Man-bok aguantará hasta tener en sus manos el primer salario!

El resplandor de los ojos del señor Chang Hyeon-sam era muy agudo, como si quisiera penetrar en el fondo de mi corazón. Tenía, además de una voz firme y solemne, unos ojos fríos e incisivos. -Si me considera de alguna utilidad...

No sé por qué pero dejé inconclusa la frase. Quizá por la frialdad en el resplandor de sus ojos; Pensé en las personas que, antes que yo, habían estado aquí algunos días y se habían ido. ¿Se habrían ido por voluntad propia o los habría echado?

-Vamos a ver si el señor Lee Man-bok llega a tener en sus manos el primer salario.

Volvió de nuevo a las comisuras de sus labios y a sus ojos esa sonrisa parecida a la sombra de una ondulación, y desapareció al momento.

En los extremos de sus ojos, de donde se había borrado la sonrisa, se traslucía una mirada gélida como el hielo.

Además del señor Chang Hyeon-sam y yo, estaba la señora Park, una empleada de hogar de unos cincuenta años, que sólo se ocupaba de los quehaceres de la cocina, se movía silenciosamente como si fuera una sombra y no hablaba mucho. La señora Park no molestaba a nadie. El trabajo que yo hacía, tal como me lo habían explicado, era ser­vir de manos y pies, de brazos y piernas al señor Chang Hyeon-sam. 

Lo que en realidad tenía inutilizado era únicamente las dos piernas, pero sus dos manos y brazos sanos también estaban como si permanecieran atados. Había oído decir que cuando a alguien le faltaban fuerzas en las piernas, le aumentaban las de los brazos, pero el señor Chang Hyeon-sam tampoco tenía mucha fuerza en los brazos. Desde que se despertaba por la mañana hasta que se dormía por la noche tenía que estar a su lado, sirviéndole de piernas y brazos.

El señor Chang Hyeon-sam se levantaba de madrugada. Era muy extraño que, sin haber cumplido los treinta años, se levantara tan tem­prano. Yo, como siempre había vivido trabajando en casas ajenas, me había acostumbrado a salir de la cama a las seis de la mañana, pero el señor Chang Hyeon-sam se levantaba una hora antes que yo. Cuando me despertaba, asustado por el sonido estruendoso del timbre instala­do en mi habitación, eran entre las cinco menos veinte y las cinco de la mañana.

Me vestía apresurado y salía de mi pieza con la llave de la habita­ción contigua que tenía guardada debajo de la manta sobre la que dor­mía. La puerta de la habitación del señor Chang Hyeon-sam había que abrirla siempre con llave. La luz de la habitación estaba encendida. Me ponía al lado de su cama y esperaba de pie. Sus riñones debían estar inflamados. Yo sabía lo que debía hacer, pero esperaba las órdenes.

El señor Chang Hyeon-sam decía:

-Orinal.

Levantaba la tapa del orinal, le bajaba el pantalón del pijama, lo llevaba en brazos para sentarlo sobre el orinal, esperaba hasta que terminara de hacer sus necesidades para llevarlo de nuevo a acostar en la cama, tapaba el orinal y regresaba para estar parado, en el mismo sitio, al lado de la cama. Era la hora de dar un paseo por el jardín. Sin embargo, pacientemente, yo esperaba de pie la orden siguiente.

Un día el señor Chang Hyeon-sam dijo con fastidio:

-El orden ya está casi establecido. ¿Es necesario que se lo repita para que se mueva?

-Disculpe.

Le respondí parado, como estaba.

-Parece usted un autómata. Si está dispuesto a servirme como una máquina, me parece estupendo. Es la hora de tomar el aire fresco de la mañana en el jardín.

Habló mirándome con dureza, como si quisiera penetrar en el fondo de mi corazón. No más escuchar la orden, me acerqué y, des­pués de quitarle el pijama y vestirlo con el traje de diario, lo senté en la silla de ruedas. Su cuerpo era tan ligero como una sábana. Cada vez que levantaba ese cuerpo tan liviano sentía que disminuían dentro de mí el miedo y el respeto que me producían el tono de su voz y su fría mirada. 

Con sus propias manos movía las ruedas de la silla e iba, desde la habitación hasta el salón, rodando como un escarabajo. La silla de ruedas se paraba antes de llegar a la puerta principal; le cogía entre mis brazos para trasladarlo a otra silla de ruedas que solía usar al aire libre, colocada al lado de la puerta. Entre la puerta y el jardín había unas escaleras. 

Levantaba con fuerza la silla de ruedas en la que el señor Chang Hyeon-sam estaba sentado y la trasladaba escaleras abajo. El día empezaba a aclarar. Las plantas y árboles del jardín parecían despertarse y bostezar, y se dejaban ver como irguiéndose. El señor Chang Hyeon-sam hacía girar las ruedas y se movía lentamente por el jardín, dos pastores alemanes marchaban junto a él mientras yo rega­ba las plantas y empezaba a hacer la limpieza.

El tiempo que el señor Chang Hyeon-sam pasaba en el jardín antes del desayuno era como una hora y media. Luego lo llevaba al interior de la casa, al cuarto de baño. Se ponía una toalla grande en el cuello, como cuando uno va al barbero, y acercaba la silla hasta el borde del lavabo. La altura del lavabo era la adecuada para usarlo sen­tado en su silla de ruedas. Aun así, la toalla se empapaba totalmente cuando se lavaba la cara. 

Después yo lo llevaba en brazos para ponerlo en la silla del comedor. Era una silla que tenía una traviesa de madera a la altura del pecho para que le sirviera de apoyo cuando inclinaba el cuerpo hacia adelante para comer y también para que se pudiera sos­tener con las manos. Todo estaba arreglado para que el señor Chang Hyeon-sam, que no podía valerse por sí mismo, pudiera moverse con facilidad. 

Parecía un gato cuando estaba comiendo. Picaba la comida, la revolvía y la comía sin ganas. Era como si se comiera el cuenco de arroz a la fuerza, para cumplir una responsabilidad impuesta. Al termi­nar de comer sentía ganas de ir al servicio y decía:

-Ahora me toca el enema.

Yo traía la medicina del armario, el líquido ya estaba diluido en el recipiente. Le introducía la cánula en el ano, le pasaba el líquido muy despacio, lo trasladaba entre mis; brazos y lo sentaba encima del retre­te. A pesar de la cantidad de líquido que tomaba defecaba con dificul­tad. Por su garganta pasaba sin cesar todo tipo de líquidos. 

La batidora zumbaba dando vueltas para hacer zumo de zanahoria, fresa, tomate y, a veces, de ginseng. También era uno de mis quehaceres mirarle el ano para limpiarle con papel higiénico cuando terminaba de hacer sus necesidades. 

Luego trasladaba al señor Chang Hyeon-sam desde el retrete a la mecedora junto a la ventana. La silla de mimbre, aunque era fresca, no le gustaba porque era dura. Permanecía recostado, sumergido totalmente en la mecedora que tenía encima un cojín y un respaldo de verano. Como había defecado hacía unos momentos, su rostro se veía en paz. La empleada de hogar aprovechaba estos momentos para darme alguna tarea o para enviarme a un mandado.

-Joven Lee, ¿podría ayudarme un poco?

La señora Park, de esa manera, se aprovechaba de mí. Me daba tareas, pero lo hacía amablemente. Yo la ayudaba con gusto. Llegaba la hora de la comida. Después de comer, cuando había pasado alrede­dor de una hora, el señor Chang Hyeon-sam se daba un baño. Metía el cuerpo desnudo en la bañera llena de agua tibia. A pesar del calor que hacía, le fastidiaba el agua fría. 

Me daba lástima ver ese cuerpo todo huesudo sin carne en ninguna parte. Tenía vello esparcido por el pubis como un joven adolescente, pero su órgano sexual era diminu­to, como el de un niño. Nunca se lo había visto erecto. 

Al terminar de bañarse, regresaba de nuevo a la mecedora al lado de la ventana y, sen­tado, completamente sumergido en ella, penetraba en la profundidad de la tarde que pasaba lentamente. Junto al señor Chang Hyeon-sam, que a ratos leía y a ratos pensaba, yo esperaba a que me ordenaran algún trabajo o un mandado. La empleada de hogar Park me ponía a trabajar sin cesar. Al rato, se ponía el sol y la brisa de la noche acaricia­ba las hojas de los árboles del jardín.

El señor Chang Hyeon-sam se despertaba de madrugada y se iba a la cama muy temprano. Después de cenar, permanecía como una hora en el jardín y se iba directamente a dormir. Para dormir yo ocu­paba una habitación diferente, pero no por eso se me otorgaba liber­tad. En mi habitación habían instalado un timbre que sonaba estrepi­tosamente. 

Cuando el señor Chang Hyeon-sam, acostado, apretaba el botón situado en la pared, a la cabecera de su cama, el timbre de mi habitación sonaba con tanto estruendo que me rompía el sueño por completo. Me llamaba varias veces en la profundidad de la noche, cuando el mundo entero estaba sumergido en un pacífico sueño. 

Tenía la costumbre de beber agua antes de dormir. Iba a la cama des­pués de tomar dos vasos, de los grandes de cerveza, llenos de zumo hecho en la batidora, cuyo motor producía un gran ruido. Transpira­ba mucho mientras dormía. 

Cuando alguien tan delgado como él suda mucho puede deshidratarse, y al deshidratarse, puede caer en estado de coma. Si entrara en coma durante la noche, mientras dor­mía solo, eso podría significar su muerte. Para prevenir ése desastre, tenía que ingerir líquido. No podía morir así no más, sin tener todavía un descendiente que le heredara. 

Esa cantidad de líquido que ingería, aunque en dos o tres horas lo eliminaba parcialmente con el sudor, hacía que se le hinchara la vejiga. El señor Chang Hyeon-sam alzaba su cabecita para apretar el botón y entonces el timbre de mi habitación empezaba a sonar ruidosamente como si tuviera una pesadilla. Me despertaba asustado, buscaba las llaves debajo de las mantas y salía de mi cuarto. Abría con llave la puerta de su habitación y entraba.

-Orinal-, decía.

Lo levantaba en brazos y lo sentaba en el orinal. Me ponía detrás como respaldo para que no se cayera y escuchaba, reteniendo entre dientes el bostezo que estaba por salir, el chorro de orina que caía den­tro del orinal. Cuando el sonido se detenía y sentía que había derra­mado hasta la última gota, lo cogía en brazos y lo acostaba en la cama.

-Enjuague, por favor, el orinal-, me decía el señor Chang Hyeon-sam.

Me llevaba el orinal, vertía el contenido en el retrete y lo enjuagaba.

-¿Se ha lavado las manos?-, se cercioraba el señor Chang Hyeon-sam.

Regresaba al servicio, me lavaba las manos con jabón desinfectan­te y regresaba.

-Agua-, agregaba echando un vistazo a mis manos.

Sacaba la botella de zumo del frigorífico, llenaba el vaso hasta el borde y lo ayudaba a sentarse. Cogía el vaso y pasaba el zumo por la garganta. Como había expulsado líquido del cuerpo sudando y ori­nando, tenía que reponerlo de nuevo. Cuando sentía que había inge­rido suficiente líquido, me dejaba tranquilo diciéndome:

-Vaya a dormir ya. Cierre la puerta con llave al salir.

Una persona que al despertar a media noche necesita estar una o dos horas dando vueltas y vueltas para dormirse de nuevo o alguien que no puede del todo conciliar el sueño de nuevo, no podría hacerlo. Por suerte, al regresar a mi habitación a acostarme, recobraba el sueño inmediatamente. Podría decir que era la capacidad de adapta­ción que se había establecido en mi cuerpo mientras vivía de un lado para otro, cambiando constantemente de patrón.

En dos o tres horas volvería a hincharse la vejiga del señor Chang Hyeon-sam, apretaría el botón de su cabecera y haría que el timbre se espantara de la pesadilla y sonara estrepitosamente como si estuviera dando alaridos. Me despertaría asustado, iría corriendo a la habitación contigua, le bajaría los pantalones, lo sentaría en el orinal para que hiciera sus necesidades, lo acostaría de nuevo en la cama, enjuaga­ría el orinal, me lavaría las manos con jabón desinfectante, sacaría la botella de zumo para llenar el vaso, presenciaría que el zumo le atrave­sara la garganta y regresaría a mi habitación para recuperar el sueño por tercera vez.

Me despertaba dos o tres veces por noche con el sonido del tim­bre y repetía la faena. Pienso que entre los que habían pasado antes que yo por esta casa y se habían marchado a los pocos días, sin poder aguantar, habría algunos que lo hicieron por no soportar el timbre por la noche. Podría también haber algunos que no soportaron el tra­bajo de meterle en el ano la jeringa para el enema. Habría otros que se habrán enfadado por los trabajos que les daba la empleada de hogar Park, aprovechándose del tiempo libre.

-Señor Man-bok, usted merece una reconsideración-, dijo, al entregarme el sobre con el salario del primer mes.

-¿No he cometido errores que le hayan molestado?-, pregunté humildemente.

-Claro que no. Ha llevado bastante bien el trabajo de servirme de brazos y piernas. Pero, ¿podrá permanecer para recibir el segundo salario?-. Lo dijo con cierto recelo.

-Mi determinación es la misma que cuando le dije que no me iría de aquí hasta que me dijera usted mismo que me fuera porque ya no me necesitaba.

-Si es así, ¿qué le parece si, en vez de darle el salario mensualmente, se lo voy ingresando en una cuenta bancaria a su nombre? Creo que no le vendrá mal por ser todavía soltero-, me preguntó como para verificar mi parecer.

-Me parece muy bien-, le respondí devolviéndole sin más el sobre del salario.

En las comisuras de los labios y en los ojos del señor Chang Hyeon-sam se vislumbró una sonrisa tenue, parecida a una ondula­ción. Sin embargo, incluso después de que se le hubiera borrado la sonrisa, no apareció aquella mirada gélida como el hielo.

El señor Chang Hyeon-sam se mostraba mucho más afectuoso. Además de las órdenes que me daba, me hablaba de diferentes cosas y hasta bromeaba conmigo. Un día me dijo lo siguiente:

-Considerando el hecho de que estamos viviendo así, el señor Man-bok y yo bajo el mismo techo, no hay duda de que tuvimos alguna relación en la vida anterior. Podría ser que en nuestra vida anterior el señor Man-bok no pudiera usar las dos piernas y yo recibiera de él un salario a cambio de ayudarle en sus necesidades.

Acariciando, mis fuertes piernas abrió de nuevo la boca:

-Podría ser que en la vida anterior el señor Man-bok envidiara mis fuertes y enérgicas piernas y con frecuencia las acariciara así con las manos. Pienso que realmente podría haber sido así, ¿no le parece, señor Man-bok?

Yo no le hice mucho caso.

-No, no. A lo mejor, en la vida anterior éramos una misma perso­na, dos almas que habitaban en un mismo cuerpo, y puede que hayan reencarnado en dos personas diferentes. ¿No sería así?

Los ojos del señor Chang Hyeon-sam parecían adormecidos, como si estuviera soñando.

-Puede que haya sido así.

Para cuando llegó la fecha de ingresar en la cuenta el segundo salario, las noches comenzaron a refrescar bastante. Tal vez porque el señor Chang Hyeon-sam sudaba ¡menos, el sonido del timbre a media­noche se redujo de dos o tres veces a una o dos, y en octubre, a una sola vez. Seguía transpirando un; sudor frío y por eso tocaba el timbre al menos una vez, y yo le cambiaba la ropa interior empapada de sudor y le suministraba el líquido que había perdido.

Desde entonces, yo comía en la misma mesa que el señor Chang Hyeon-sam. Un día, al verme devorar ruidosamente la comida, mur­muró para sí:

-En mis tiempos, yo también gozaba de gran apetito.

Al día siguiente dijo que tenía ganas de comer pollo por lo que envió a comprar uno y ordenó que lo cocieran en su caldo. Pensé que hasta el señor Chang Hyeon-sam, que nunca tenía ganas de comer y apenas probaba la comida, al llegar el otoño habría recobrado el ape­tito. Sin embargo, cuando la empleada de hogar Park cocinó el pollo y se lo puso entero en la mesa, probó sólo unos bocados y dejó los pali­llos. Luego, preguntó:

- Señor Man-bok, ¿es usted capaz de comerse el pollo entero de una sola vez?

-Un pollo, después de quitarle los huesos, no es gran cosa-, le respondí muy decididamente.

-Pues entonces, cómaselo. Si no lo hace, le cobro el precio del pollo.

Lo dijo como dándome ánimo. Para mí, no era gran cosa acabár­melo. El pollo se derretía en mi boca. En un abrir y cerrar de ojos, ese pollo grande desapareció, deslizándose dentro de mi estómago.

-Hacía mucho que no comía un pollo tan sabroso-, dijo el señor Chang Hyeon-sam chasqueando la lengua.

-¿Cómo dice que se lo ha comido, si apenas lo ha probado?-, comenté como respondiendo a su broma.

-No es broma. Cuando veo al señor Man-bok comer con tantas ganas, siento como si lo estuviera haciendo yo. Siento el sabor y siento también que se me llena el estómago. No hice más que sonreír.

Desde entonces, el señor Chang Hyeon-sam decía que tenía ganas de comer algo especial, hacía que se lo prepararan en casa u ordenaba que se lo trajeran de algún restaurante, pero apenas lo pro­baba y después de dejar los palillos, al momento, me decía que me lo comiera. 

No que lo sirvieran en un plato aparte; no, decía que comiéra­mos del mismo plato y entonces fingía que lo comía con la cuchara y los palillos y, en realidad, dejaba que me lo comiera yo solo. Se queda­ba observando, tragando saliva, el deleite y la satisfacción con que yo comía, y cuando la comida estaba ya dentro de mi estómago decía como si eructase:

-¡Qué bien he comido! ¡Me siento tan lleno!

-Pero, si sólo ha estado viéndome comer.

-A mí también me parece extraño. Cuando veo comer al señor Man-bok, me da la impresión de que mi cuerpo penetra sin darme cuenta en el cuerpo del señor Man-bok y que su cuerpo y el mío se convierten en uno solo. Siento que formamos un solo cuerpo y que la comida entra por mi boca.

No sólo era con la comida. Un día, el señor Chang Hyeon-sam, después de ver una competición de ciclismo, hizo que me compraran una bicicleta y que yo anduviera en ella. Otro día dijo que quería aprender a conducir y por esa razón, fui con él a la autoescuela y aprendí a conducir.

De esa manera pasó un año y volvió la primavera y, un día, el señor Chang Hyeon-sam me dijo, repentinamente:

-Señor Man-bok ¿podría ir usted en mi lugar a encontrarse con una mujer?'

-¿Que qué?-, pregunté sorprendido.

-Me van a presentar a la que será mi esposa y quisiera que el señor Man-bok fuera en mi lugar.

-Si insiste en que yo vaya en su lugar podría hacerlo, pero... Dejé la frase en suspenso porque a diferencia de otros asuntos, no sabía lo que debía hacer en este caso.

-Pues bien. Entonces, empecemos a hacer los preparativos. Lo dijo muy decididamente, como si ya todo estuviera acordado. El señor Chang Hyeon-sam y yo montamos la silla de ruedas en un taxi y nos fuimos al centro. Entré en una sastrería de alta categoría del cen­tro y en presencia del señor Chang Hyeon-sam, que me observaba sen­tado en su silla de ruedas, me mandé hacer un traje de primera cali­dad. 

Visitamos una zapatería para encargar unos zapatos de primera clase y regresamos a casa, después de pasar por una tienda en la que compramos una camisa, una corbata, un cinturón y otros accesorios, siempre de la mejor calidad.

Por fin, acudí a la cita, estrenando aquel atuendo de la mejor calidad. El señor Chang Hyeon-sam vino detrás y se sentó un tanto ale­jado, desde donde observaba el encuentro que yo sostenía. La mujer era bastante bonita y atractiva. En realidad, si era bonita o fea no me concernía a mí, sino al señor Chang Hyeon-sam, sentado cerca de nosotros. 

Aunque fui presentado ante la familia de la novia con el nom­bre, la edad y la posición del señor Chang Hyeon-sam, no me preocu­paba pensando en lo que haría si se descubría la verdad o si se compli­caba el asunto.

Sin embargo, empezó a entrarme miedo cuando se celebró la ceremonia de compromiso, un mes después de que me presentaran a la novia.

-Si hasta en la ceremonia de compromiso voy yo de novio, ¿no se complicaría el asunto?-, pregunté preocupado.

-No, no, nada de eso. Si el señor Man-bok no va de novio, enton­ces sí que puede complicarse.

Esa fue su respuesta. Por lo tanto, no pude evitar ser el novio en la ceremonia de compromiso. El señor Chang Hyeon-sam participó en aquella formalidad como miembro de la familia del novio, y el sonido que producía la cámara al tomarnos fotos cuando el novio y la novia intercambiamos los regalos, hacía que me diera la impresión de que estaba sumergiéndome en un profundo pozo.

Al regresar de la ceremonia puse delante del señor Chang Hyeon-sam el reloj de pulsera que había recibido como regalo de com­promiso.

-Como lo ha recibido el señor Man-bok, puede usted ponérselo-, comentó devolviéndomelo.

-¿Qué hacemos si se descubre?

Mi voz temblaba.

-No hay de qué preocuparse. Piense que ya no es usted Lee Man-bok sino Chang Hyeon-sam. Ya sea en la ceremonia de compromiso, en la boda o haciendo algo más importante, piense que no es Lee Man-bok quien lo hace, sino Chang Hyeon-sam dentro del cuerpo de Lee Man-bok. Ahora, míreme...

Hablaba mirándome fijamente, con unos ojos penetrantes. Le miré también con la misma intensidad.

Tuve la impresión de que, de pronto, mi cuerpo era absorbido por sus ojos y que se unía en uno solo con el cuerpo del señor Chang Hyeon-sam. Cerré los ojos.

Un mes después me casé con aquella mujer. Fuimos de luna de miel y la primera noche, abracé su cuerpo desnudo y juntamos nues­tras carnes, repitiéndome constantemente: soy Chang Hyeon-sam, no Lee Man-bok, sino Chang Hyeon-sam.

Esa extraña vida matrimonial se extendió por un año. Tuve un hijo. El apellido del niño, siguiendo al señor Chang, era Chang y el nombre también se lo puso él. En el registro civil, el señor Chang Hyeon-sam y mi mujer eran cónyuges, por lo que mi hijo lo era de Chang Hyeon-sam y de mi mujer.

Tres meses después del nacimiento del niño murió la madre por complicaciones posteriores al parto. Aunque no hubiera sido nada grato para la fallecida, después de haber superado la tristeza por su muerte, empecé a recuperar mi propia persona.

Sentía que la muerte de la mujer me había salvado de la oscura cárcel en la que me encontraba.

Un día, el señor Chang Hyeon-sam me dijo:

-Deseo que vaya a mi pueblo natal y se ocupe de los sepulcros de mis antepasados.

Me dio un mes de vacaciones para que al regreso hiciera un viaje turístico. A mi hijo lo cuidaría una niñera y ya tenían a la persona que ayudaría al señor Chang Hyeon-sam en mi ausencia. Emprendí el viaje alegremente.

Cuando regresé al cabo del mes, la familia del señor Chang Hyeon-sam se había mudado. Me esperaba la libreta de ahorros que marcaba los ingresos mensuales de mi salario de todo ese tiempo y una carta en la que me decía que la casa la había registrado a mi nombre. 

Repentinamente me asaltó la soledad. Bajo aquella soledad todo mi cuerpo quedó invadido por la dolorosa añoranza de mi hijo. De haber­lo querido, fácilmente podría conseguir su nueva dirección.

Sin embargo, sumergiendo mi cuerpo en la silla mecedora, junto a la ventana en la que el señor Chang Hyeon-sam solía sentarse para ver el jardín, contuve el impulso de salir en busca de ellos. El verano comenzaba a madurar en el jardín.

La tienda mágica - Wells H G

 Había visto varias veces la Tienda Mágica desde lejos; había pasado una o dos veces por delante del escaparate, donde se podían contemplar pequeños objetos mágicos: bolas mágicas, gallinas mágicas, conos maravillosos, muñecas ventrílocuas, material para el truco del cesto, barajas que parecían corrientes, y todo ese tipo de cosas; pero nunca se me había pasado por la cabeza entrar, hasta que un día, sin previo aviso, Gip me cogió del dedo y me arrastró hasta el escaparate, y se comportó de tal forma que no me quedó más remedio que entrar con él. A decir verdad, no pensaba que estuviera en ese lugar –era una fachada de dimensiones modestas en Regent Street, entre una tienda de cuadros y un establecimiento donde salen los polluelos de las incubadoras patentadas–, pero el hecho es que estaba allí. Creía que se encontraba más cerca de Circus, o por la esquina de Oxford Street, incluso en Holborn; siempre estaba en la acera de enfrente y un tanto inaccesible, como si su situación fuera un espejismo; pero estaba allí en ese momento, sin ningún género de dudas, y la gruesa yema del dedo de Gip hacía un ruido sobre el cristal.

–Si fuera rico –dijo Gip, mientras señalaba con un dedo el «huevo que desaparece»– me compraría esto. Yeso –refiriéndose a la «muñeca que llora, muy humana»–, y esto –señalando una cosa misteriosa que se llamaba, según se leía en una elegante tarjeta: «Compra uno y asombra a tus amigos»–. Cualquier cosa –añadió– puede desaparecer bajo uno de estos conos. Lo he leído en un libro. Y allí, papá, está el «medio penique que desaparece»... sólo que lo han puesto de esa forma para que no podamos ver cómo se hace.

Gip, un niño encantador que había heredado la educación de su madre, no tenía intención de entrar en la tienda ni de molestar en absoluto; pero me llevó del dedo inconscientemente hasta la puerta y dio a entender su interés de una forma clara.

–Eso –dijo, y señaló la «botella mágica».

–¿Y si la tuvieras? –le dije.

Cuando oyó esta pregunta prometedora, me miró con un resplandor repentino en los ojos.

–Se lo enseñaría a Jessie –dijo, pensando como siempre en los demás.

–Quedan menos de cuatro meses para tu cumpleaños, Gibbles –dije, y puse la mano en el picaporte.

No respondió, pero su mano me apretó más el dedo, y así entramos en la tienda.

No era una tienda común; era una tienda mágica, y el entusiasmo y la precipitación que Gip habría mostrado de tratarse de meros juguetes, no se manifestó en esta ocasión. Dejó que el peso de la conversación recayera sobre mí.

Era una tienda pequeña, estrecha y con poca luz; el timbre de la puerta volvió a sonar con una nota de dolor cuando la cerramos. Durante un momento estuvimos solos y pudimos contemplar lo que había a nuestro alrededor. Había un tigre de papier–maché sobre la vitrina que cubría el mostrador, un tigre grave, de ojos bondadosos que movía la cabeza rítmicamente; había varias esferas de cristal, una mano de porcelana que sostenía cartas mágicas, un surtido de peceras mágicas de varios tamaños, un sombrero mágico impúdico que mostraba sin vergüenza sus resortes. En el suelo había espejos mágicos: uno te alargaba y estrechaba, otro te aumentaba la cabeza y te hacía desaparecer las piernas, y otro te hacía pequeño y gordo como un tonelete. Cuando nos estábamos riendo de esto, llegó el que, según creí, era el encargado de la tienda.

Fuera quien fuera, estaba detrás del mostrador; era un hombre cetrino, moreno, extraño, con una oreja más grande que otra y un mentón como la punta de una bota.

–¿En qué puedo servirles? –dijo extendiendo sus dedos largos y mágicos sobre la vitrina.

Y así, con un susto, fue como le conocimos.

–Quiero comprar a mi pequeño algún truco sencillo de prestidigitación –dije.

–¿Un juego de manos? –preguntó–. ¿Mecánico? ¿Casero?

–Algo divertido –dije.

–¡Hum! –dijo el dependiente, y se rascó la cabeza como si reflexionara. Entonces sacó claramente de la cabeza una bola de cristal–. ¿Algo así? –dijo, y nos la acercó.

Lo que hizo fue sorprendente. Había visto el truco infinidad de veces en algún espectáculo –forma parte del repertorio habitual de los prestidigitadores–, pero no esperaba verlo allí.

–Está muy bien –dije riéndome.

–¿Verdad? –dijo el dependiente.

Gip alargó la mano para coger la bola, pero sólo encontró una mano vacía.

–Está en tu bolsillo –dijo el dependiente, ¡y allí estaba!

–¿Cuánto cuesta? –pregunté.

–Las bolas de cristal no cuestan nada –dijo el dependiente con cortesía–. Las conseguimos gratis –añadió sacando una del codo.

Volvió a sacar otra de la nuca y la dejó junto a la anterior en el mostrador. Gip miró su bola de cristal con prudencia, después dirigió una mirada de interrogación hacia las dos que estaban en el mostrador y, finalmente, examinó con sus ojos redondos al dependiente, que sonrió.

–Puedes quedarte con estas también –dijo el dependiente–, y, si no te importa, con una que saque de mi boca. ¡Así!

Gip me pidió consejo con la mirada y luego, en profundo silencio, se guardó las cuatro bolas, estrechó de nuevo mi dedo tranquilizador y se dio ánimos para presenciar el siguiente acontecimiento.

–Conseguimos todos nuestros pequeños trucos de esta forma –observó el dependiente.

Me reí como el que sigue una broma.

–En lugar de ir al distribuidor –dije–. Evidentemente, así sale más barato.

–En cierto modo –dijo el dependiente–. A fin de cuentas acabamos pagándolos, pero no tanto... como la gente supone... Nuestros trucos más importantes y los suministros diarios de las demás cosas que queremos los sacamos de ese sombrero... Y usted sabe, señor, si me permite decírselo, que no hay un almacén de venta al por mayor de artículos mágicos genuinos. No sé si ha reparado en nuestro rótulo: La Tienda de Magia Genuina.

Sacó una tarjeta comercial de su mejilla y me la entregó.

–Genuina –dijo, acompañando la palabra con el movimiento de un dedo–. No hay ningún tipo de engaño –añadió.

Parecía que estaba llevando la broma demasiado lejos.

Se volvió hacia Gip con una sonrisa extraña.

–Mira, tú eres un Buen Muchacho.

Me sorprendió que supiera esto, pues, en beneficio de su disciplina, lo manteníamos en secreto incluso en casa; pero Gip recibió la frase con impávido silencio y mantuvo la mirada firme sobre el dependiente.

–Sólo los Niños Buenos logran pasar por esa puerta.

Y, a modo de ejemplo, llegó hasta nosotros un golpeteo en la puerta y se pudo oír débilmente una vocecita que gritaba:

–¡Papá! ¡Papá! ¡Quiero entrar ahí, papá! ¡Quiero entrar ahí!

Luego se oyó la voz de un angustiado padre que trataba de consolarle y tranquilizarle:

–Está cerrado, Edward –dijo.

–Pero no lo está –dije.

–Sí, señor –dijo el dependiente–. Siempre está cerrado para esa clase de niños.

Mientras hablaba vislumbramos al niño: una carita blanca, pálida de comer dulces y chucherías, y deformada por las malas pasiones; un pequeño egoísta inexorable que daba patadas al cristal encantado.

–No servirá de nada –dijo el comerciante cuando me dirigí hacia la puerta, movido por mi natural amabilidad.

Al poco tiempo se llevaron al niño mimado, que no paraba de berrear.

–¿Cómo logra hacer eso? –dije respirando un poco más libremente.

–¡Magia! –dijo el dependiente, moviendo la mano descuidadamente, y, de pronto... surgieron chispas de diversos colores de sus dedos y se desvanecieron en las sombras de la tienda.

–Antes de entrar decías –dijo dirigiéndose a Gip– que querías una de nuestras cajas «compra una y asombra a tus amigos».

–Sí –dijo Gip, después de haberse dado ánimos.

–Está en tu bolsillo.

E inclinándose sobre el mostrador –tenía un cuerpo increíblemente largo–, este asombroso personaje mostró el artículo como suelen hacerlo los prestidigitadores.

–Papel –dijo, y sacó una hoja del sombrero vacío–. Cuerda.

Y su boca se convirtió en una caja de cuerdas, de la cual sacó una tira interminable que rompió con los dientes cuando terminó de atar el paquete... y, después –eso me pareció a mí–, se tragó el ovillo. Luego encendió una vela en la nariz de una de las muñecas ventrílocuas, puso uno de sus dedos (que se había puesto rojo como el lacre) en el fuego, y selló el paquete.

–Luego estaba el «huevo que desaparece» –observó.

Sacó uno de mi chaqueta y lo empaquetó, así como el «niño que llora, muy humano». Cuando estaban listos, yo entregaba los paquetes a Gip, que los estrechaba contra el pecho.

Habló muy poco, pero sus ojos eran elocuentes, al igual que la fuerza con que sostenía los paquetes. Gip era el escenario de emociones indescriptibles. Estas eran magia auténtica.

Luego, sobresaltado, descubrí algo que se movía dentro de mi sombrero, algo suave e inquieto. Me quité el sombrero rápidamente y una paloma irritada –un cómplice, sin duda– saltó, corrió por el mostrador, y creo que se metió en una caja de cartón, detrás del tigre de papier–maché.

–¡Qué horror! –dijo el dependiente, quitándome el sombrero con destreza–. ¡Vaya pájaro descuidado! ¡Mira que anidar en cualquier parte!

Sacudió mi sombrero y en su mano abierta aparecieron dos o tres huevos, una canica grande, un reloj, media docena de las inevitables bolas de cristal, y más y más papel arrugado y estrujado, mientras hablaba sin parar de cómo la gente se olvida de cepillar los sombreros por dentro, así como por fuera; lo decía con mucha educación, pero refiriéndose a mí.

–Se acumulan todo tipo de cosas, señor... No me refiero a usted en particular, por supuesto... Casi todos los clientes... Es asombroso todo lo que llevan encima...

El papel arrugado crecía y ondeaba en el mostrador, cada vez en mayor cantidad, hasta que casi ocultó al dependiente, hasta que lo ocultó por completo, y su voz seguía y seguía.

–Ninguno de nosotros sabe lo que puede ocultar la buena apariencia de un ser humano, señor. No somos mejores que fachadas encaladas, sepulcros blanqueados...

Su voz se paró exactamente igual que cuando se golpea el gramófono del vecino con un ladrillo bien dirigido: el mismo silencio instantáneo. El crujido del papel cesó, todo quedó en silencio.

–¿Ha terminado con mi sombrero? –dije al cabo de un rato.

Pero no hubo respuesta.

Miré a Gip y Gip me miró a mí; allí estaban nuestras imágenes deformadas en los espejos mágicos: extrañas, graves, inmóviles...

–Creo que nos vamos a ir –dije–. ¿Nos puede decir cuánto es todo esto...?

–¡Oiga! –dije con voz más bien fuerte–. Quiero la cuenta y mi sombrero, por favor.

Creo que alguien sorbió por las narices detrás del mostrador.

–Miremos detrás del mostrador, Gip –dije–. Creo que nos está tomando el pelo.

Llevé a Gip alrededor del tigre que meneaba la cabeza. Y ¿qué creéis que había detrás del mostrador? ¡Nadie, absolutamente nadie! Sólo mi sombrero tirado en el suelo y un típico conejo de prestidigitador, blanco y con orejas romas, sumido en sus meditaciones y con un aspecto tan estúpido y apocado como sólo los conejos de los prestidigitadores pueden tenerlo. Recogí mi sombrero y el conejo se apartó de mi camino arrastrando los pies.

–Papá –dijo Gip, susurrando débilmente.

–¿Qué pasa, Gip? –dije.

–Me gusta esta tienda, papá.

«A mí también me gustaría –me dije para mis adentros– si el mostrador no se hubiera alargado de repente, impidiéndonos el paso hacia la puerta.»

Pero no quise llamar la atención de Gip sobre esto.

–¡Miz, miz! –dijo alargando la mano hacia el conejo cuando pasó arrastrándose por delante de nosotros–. ¡Conejito, haz un truco a Gip! –y le siguió con la mirada hasta que se introdujo por una puerta que un momento antes no estaba allí.

Luego, esta puerta se abrió de par, y el hombre que tenía una oreja más grande que la otra apareció de nuevo. Todavía sonreía, pero cruzó una mirada entre divertida y desafiante.

–Seguro que querrá ver la sala de exposiciones, señor –dijo con cierta cortesía.

Gip tiró de mi dedo en dirección a la sala. Miré hacia el mostrador y volví a encontrarme con la mirada del dependiente. Estaba empezando a pensar que la magia era demasiado genuina.

–No tenemos mucho tiempo –dije.

Pero, sin saber cómo, nos encontramos en la sala antes de que terminara de decir esto.

–Todos los artículos son de la misma calidad –dijo el dependiente frotándose las manos–, y esta calidad es la mejor. Aquí no hay nada que no sea magia genuina, y todo totalmente garantizado. ¡Perdón, señor!

Sentí que tiraba de algo que se pegaba a la manga de mi chaqueta; entonces vi que agarraba a un inquieto demonio rojo por el rabo –la pequeña criatura mordía, luchaba e intentaba cogerle la mano–, y en seguida lo tiró descuidadamente detrás de un mostrador. Sin duda esa cosa era sólo una figura de goma retorcida pero, ¡a primera vista...! Su gesto era exactamente el de un hombre que tiene entre las manos un pequeño bicho que muerde. Miré a Gip, pero estaba mirando a un caballo mágico de madera. Me alegró que no hubiera visto esa cosa.

–Oiga –dije en voz baja, dirigiendo la mirada hacia Gip y el demonio–, ¿no tendrá muchas cosas de ese tipo por aquí, verdad?

–¡Ninguna de esas es nuestra! Seguramente la trajo usted –dijo el dependiente en voz baja y con una sonrisa más deslumbrante que nunca–. ¡Es asombroso lo que la gente puede llevar encima sin darse cuenta! ¿Ves algo que te agrade por aquí? –preguntó a Gip.

Allí había muchas cosas que agradaban a Gip.

Se volvió hacia el sorprendente comerciante con una mezcla de confianza y respeto.

–¿Es eso una espada mágica? –dijo.

–Una espada de juguete mágica. No se dobla, ni se rompe, ni corta los dedos. Al que la lleva, le hace invencible en la lucha contra cualquiera que tenga menos de diez y ocho años. Cuestan desde media corona a siete y seis peniques, según el tamaño. Estas panoplias son para jóvenes caballeros andantes, y muy útiles: escudo de seguridad, sandalias para andar velozmente, yelmo que hace invisible.

–¡Oh, papá! –exclamó sofocado.

Traté de averiguar lo que costaban, pero el dependiente no me hizo ni caso. Había cogido a Gip; había conseguido que se soltara de mi dedo; se había embarcado en la explicación de sus artículos y nada era capaz de pararle. Poco después observé, desconfiado y celoso, que Gip había cogido el dedo de esta persona como solía hacerlo conmigo. Sin duda el tipo era interesante, pensé, y tenía un lote de cosas curiosamente trucadas, realmente cosas muy bien trucadas, sin embargo...

Deambulaba detrás de ellos, casi sin hablar, pero sin perder de vista al prestidigitador. Al fin y al cabo, Gip se lo estaba pasando bien, y, cuando llegara la hora de irnos, no tendríamos ningún problema en hacerlo.

Aquella sala de exposiciones era larga y laberíntica, una galería interrumpida por mostradores y columnas, con arcos que llevaban a otras secciones donde vendedores del aspecto más extraño ganduleaban y te observaban, y también había espejos y cortinas turbadores. Tan turbadores eran, en efecto, que al cabo de un rato no fui capaz de distinguir la puerta por donde habíamos entrado.

El dependiente enseñó a Gip unos trenes que no eran de vapor, ni de cuerda, y que corrían con solo dar la señal; después, algunas cajas muy valiosas de soldados que tomaban vida en cuanto quitabas la tapa y decías... Yo no tengo un oído muy fino y sólo aprecié que se trataba de un sonido producido al retorcer la lengua; pero Gip, que tiene el oído de su madre, lo cazó al vuelo.

–¡Bravo! –dijo el dependiente, metiendo los soldados en la caja sin mucha ceremonia y dándosela a Gip–. ¡Ahora! –añadió, y en un momento Gip les había dado vida de nuevo.

–¿Se llevan esta caja? –preguntó el dependiente.

–Nos la llevamos –dije– sólo si usted no nos cobra todo su valor, en caso contrario habría que ser un magnate...

–¡No, hombre! ¡No! –exclamó el dependiente y volvió a recoger los soldaditos, cerró la tapa, agitó la caja en el aire y ¡zas!... ya estaba envuelta, atada y... ¡el nombre completo y la dirección de Gip escritos en el papel.

El dependiente se rió de mi asombro.

–Esto es magia auténtica –dijo–, real.

–Es demasiado auténtica para mi gusto –repetí.

Después de esto continuó haciendo trucos a Gip, extraños trucos, aunque más extraña era la forma de realizarlos. Se los explicaba, se los enseñaba por delante y por detrás, y el niño, encantador, inclinaba la cabeza con aire de inteligencia.

Yo no prestaba la atención necesaria.

–¡Eh, presto! –dijo el dependiente mágico.

–¡Eh, presto! –repitió la voz clara y débil del niño.

En realidad, a mí me distraían otras cosas. Me estaba afectando la extraordinaria rareza de aquel lugar, que aparecía, por decirlo así, inundado de una atmósfera de extravagancia. Incluso había algo extraño en la instalación; en el techo, en el suelo, en las sillas colocadas al azar. Tuve la extraña sensación de que, cuando no las miraba directamente, se inclinaban, se movían y jugaban silenciosamente al escondite detrás de mí. La cornisa tenía un adorno sinuoso con máscaras, que parecían demasiado expresivas para ser sólo de yeso.

Entonces, uno de los vendedores de aspecto extraño atrajo mi atención. Estaba a cierta distancia de mí, y, evidentemente, no se daba cuenta de mi presencia... Veía, a través de un arco, casi todo su cuerpo, sobre una pila de juguetes; el vendedor se inclinaba indolentemente sobre una columna, haciendo muecas horribles. Hacía una mueca especialmente horrible con la nariz. Lo hacía sólo porque parecía aburrido y quería divertirse a sí mismo. Cuando empezaba, tenía la nariz chata y redonda; luego, la extendía rápidamente como un telescopio, la estiraba, y cada vez se hacía más delgada, hasta que parecía un látigo largo, rojo y flexible. ¡Parecía una cosa de pesadilla! La agitaba y la lanzaba como un pescador lanza su caña.

Lo primero que pensé fue que Gip no tenía que verle. Me volví y le vi totalmente absorto con el dependiente y sin pensar en nada malo. Ambos cuchicheaban y me miraban. Gip estaba de pie sobre un taburete y el dependiente sostenía una especie de gran tambor con la mano.

–¡Vamos a jugar al escondite, papá! –gritó Gip–. Tú te quedas.

Y antes de que pudiera hacer algo para evitarlo, el dependiente había puesto el gran tambor sobre Gip.

En seguida me di cuenta de lo que iba a pasar.

–¡Quite eso inmediatamente! –grité–. Va a asustar al niño. ¡Quítelo!

El dependiente de orejas desiguales lo hizo sin decir una palabra y me acercó el gran cilindro para que viera que estaba vacío. ¡Y el taburete también estaba vacío! ¿Había desaparecido también mi hijo en ese instante...?

Tal vez conozcan esa cosa siniestra que surge como una mano de la nada y oprime el corazón. Saben que destruye el yo habitual y le deja a uno tenso y cauto, ni lento ni precipitado, ni enfadado ni temeroso. Eso me sucedió a mí.

Me acerqué al risueño dependiente y di una patada a su taburete.

–¡Ya está bien de locuras! –dije–. ¿Dónde está mi hijo?

–¿Ve? –dijo, mientras mostraba el interior del taburete–. Aquí no hay engaño...

Alargué la mano para agarrarle, pero se escabulló con un hábil movimiento. Intenté agarrarle otra vez, pero se apartó de mí y empujó una puerta para escapar.

–¡Alto! –grité, y se rió mientras se alejaba.

Me precipité tras él, en medio de una oscuridad total.

¡Plaf!

–¡Válgame Dios! ¡No le he visto venir, señor!

Me encontraba en Regent Street y había chocado con un trabajador de aspecto amable; un poco más allá estaba Gip, que parecía algo perplejo. Me disculpé, y entonces Gip se volvió y caminó hacia mí con una sonrisa brillante, como si se hubiera perdido por un momento.

¡Y llevaba cuatro paquetes en los brazos!

Al instante estrechó mi dedo entre su mano.

Estuve un segundo sin saber qué hacer. Miré alrededor para ver la puerta de la tienda mágica, pero... ¡no estaba allí! No había puerta, ni tienda... nada, sólo la pilastra corriente que se encuentra entre la tienda donde venden cuadros y el escaparate de los pollos...

Hice lo único que podía hacerse ante semejante confusión mental. Fui derecho al bordillo y levanté el paraguas para parar un coche.

–¡Coche! –dijo Gip exultante.

Le ayudé a montar; recordé mi dirección con dificultad y por fin monté yo también. Algo extraño se manifestó en un bolsillo de mi chaqueta; metí la mano y descubrí una bola de cristal. Con un gesto de petulancia la tiré a la calle.

Gip no dijo nada.

Durante un rato ninguno de los dos habló.

–¡Papa! –dijo Gip al fin–. ¡Esa era una auténtica tienda!

Esto me llevó a considerar el problema de la impresión que le podía haber producido todo aquello. No parecía que le hubiera afectado nada, y de momento se encontraba bien. No estaba trastornado, ni asustado, sino tremendamente satisfecho por lo bien que se lo había pasado aquella tarde y por los cuatro paquetes que llevaba en los brazos.

¡Diablos! ¿Qué podría haber en los paquetes?

–¡Hum! –dije–. Los niños pequeños no pueden ir a tiendas así todos los días.

Escuchó estas palabras con su estoicismo acostumbrado y, por un momento, lamenté ser su padre y no su madre para poder besarle allí inmediatamente, coram publico, en el coche. Al fin y al cabo, pensé, no había salido tan mal la cosa.

Pero hasta que no abrimos los paquetes, no empecé a sentirme realmente tranquilo. Tres de ellos contenían cajas de soldados, soldados de plomo totalmente normales, pero de tan buena calidad que Gip olvidó que estos paquetes habían sido originariamente trucos mágicos, de una clase única y genuina. El cuarto contenía un gatito, un gatito blanco de carne y hueso, con excelente salud, carácter y apetito.

Cuando abrimos los paquetes, sentí un alivio provisional. Estuve dando vueltas por el cuarto del niño durante horas y horas...

Esto sucedió hace seis meses. Y ahora estoy empezando a pensar que todo está en orden. El gatito sólo tiene la magia que es natural a todos los gatos, y los soldados parecen una compañía tan disciplinada como cualquier coronel podría desear. ¿Y Gip...?

Los padres inteligentes comprenderán que debo conducirme con suma cautela con él.

Pero un día me atreví a preguntarle:

–¿Te gustaría que tus soldados tomasen vida, Gip, y que marcharan ellos solos?

–Los míos lo hacen –dijo Gip–. Sólo tengo que decir una palabra que sé antes de abrir la tapa.

–¿Y marchan solos?

–Claro que sí, papá. No me gustarían si no lo hicieran.

No mostré ningún signo de sorpresa improcedente; desde entonces he tenido ocasión de sorprenderle una o dos veces con los soldados fuera de la caja, pero hasta ahora no los he visto comportarse de una manera mágica...

Es algo difícil de explicar.

Existe también un problema económico. Tengo la incurable costumbre de pagar todas las facturas. He subido y bajado Regent Street varias veces buscando esa tienda. Me inclino a pensar, en efecto, que esta cuestión de honor ha sido satisfecha, y que, como conocen el nombre y la dirección de Gip, puedo esperar perfectamente que esas personas, sean quienes sean, envíen la factura a su debido tiempo.