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Vampirismo - E. T. A. Hoffmann

El conde Hippolyt acababa de llegar de un larguísimo viaje de lejanas tierras para hacerse cargo de la cuantiosa herencia de su padre, fallecido ya hacía algún tiempo. El castillo familiar estaba ubicado en una de las comarcas más bellas y agradables, y las rentas que producían sus tierras servían sobradamente para contribuir con cuanto fuera necesario a su embellecimiento. 

Todo aquello que el conde vio a lo largo de sus viajes, sobre todo en Inglaterra, y que le había parecido encantador, de buen gusto o suntuoso, deseaba que surgiera ahora, de nuevo, ante sus ojos. Los artesanos, obreros y artistas que consideró necesarios para realizar sus proyectos acudieron a su llamada y, al cabo, comenzó a construirse alrededor del castillo un parque inmenso de gran estilo, que también incluía en su entorno la iglesia, el camposanto y la casa parroquial, las cuales pasarían también a formar parte de aquel bosque artificial. 

El propio conde dirigía las obras, pues poseía suficientes conocimientos como para hacerlo. Tal empeño puso en la tarea que ya había pasado más de un año sin que se le ocurriese seguir el consejo que le diera un anciano tío suyo, de mostrar su luz en la corte y dejarse ver entre las damas casaderas del lugar para que pudiera elegir entre ellas como esposa a la que le pareciera más noble, buena y hermosa de todas. 

Precisamente, una mañana que se hallaba sentado a la mesa de dibujo esbozando el plano de un nuevo edificio, le anunciaron la visita de una anciana baronesa, una pariente lejana de su padre. 

En cuanto Hippolyt oyó el nombre de la baronesa, recordó que su padre había hablado siempre de aquella mujer con la más profunda indignación, e incluso con repugnancia, y que a veces también había advertido a personas que pretendían acercarse a ella que harían mucho mejor si se mantenían alejadas de la baronesa; sin embargo, el buen hombre jamás dio razón alguna que justificase su actitud. 

Si se le preguntaba expresamente acerca de estas razones, el conde solía contestar que existían ciertas cosas sobre las que más valía guardar silencio que hablar. Pero algo se sabía, pues en la corte corrían oscuros rumores sobre un extraño y secreto proceso criminal en el que estaba implicada la baronesa, la cual, separada de su marido y expulsada del lejano lugar donde residía, se había librado de la prisión solo gracias a la benevolencia del príncipe. 

Hippolyt se sintió muy molesto por la presencia de una persona a la que su padre aborrecía, a pesar de que no hubiera conocido las razones de dicho aborrecimiento. La ley de la hospitalidad que, sobre todo allí, en el campo, era algo prioritario, le obligaba a recibir a tan molesta visita. Jamás hubo persona alguna cuya apariencia exterior —y no porque fuera fea— hubiera provocado en el conde un rechazo tal como el que, precisamente, provocó en él la baronesa. 

Al entrar, traspasó al conde con una mirada de fuego, luego bajó los ojos y se disculpó por su visita con expresiones que rayaban en la humildad. Se quejó de que el padre del conde, poseído de un sinfín de extraños prejuicios sobre ella, a los que le habían inducido maliciosamente sus enemigos, la hubiera odiado hasta la muerte y que, sin consideración alguna, la hubiera arrojado a la más amarga miseria. 

Vivía, pues, avergonzándose de su estado y sin recibir ningún tipo de ayuda. Por fin, y de forma inesperada —siguió contando—, había entrado en posesión de una pequeña cantidad de dinero que le permitiera abandonar la corte y refugiarse en una alejada ciudad de provincias. 

No había resistido la tentación de realizar este viaje para conocer al hijo de un hombre al que, a pesar del odio injusto e irreconciliable del que la hacía objeto, sin embargo, ella nunca había dejado de respetar. Fue el emotivo tono de veracidad con que habló la baronesa lo que hizo que el conde se conmoviera, máxime cuando, en vez de contemplar la desagradable faz de aquella mujer, se hallaba inmerso en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba. 

La baronesa guardó silencio; el conde pareció no advertirlo, permanecía mudo. Entonces la anciana se disculpó, ya que, dado lo que significaba para ella estar en aquel lugar, por lo que le imponía e impresionaba, no le había presentado al conde de inmediato, nada más entrar, a su hija Aurelie. 

Solo entonces recuperó el conde la palabra y, rojo como la grana a causa de la confusión que también advirtió en la encantadora jovencita, prometió a la baronesa que tuviera a bien concederle reparar aquello que su padre, solo como causa de un malentendido, pudiera adeudarle, y que él mismo la tomaría de la mano para que entrase en su castillo. 

Para confirmar solemnemente su voluntad, tomó la mano de la baronesa, pero de súbito, la palabra y el aliento se le cortaron: un frío glacial inundó todo su ser. Sintió que unos dedos rígidos como la muerte aferraban su mano, y la alta y huesuda figura de la baronesa, que lo miraba fijamente sin visión alguna en sus ojos, le pareció no ser más que un cadáver repugnante, muy acicalado y vestido con un traje multicolor.

—¡Oh, Dios mío, vaya una fatalidad, precisamente ahora! —exclamó Aurelie, quejándose con voz conmovedora y tiernísima de que su pobre madre se viera atacada repentinamente por una de sus parálisis, añadiendo que tal estado solía curarse en muy poco tiempo, sin necesidad de utilizar remedio alguno.

El conde se soltó con esfuerzo de la mano de la baronesa, pero recuperó todo el fuego de la vida y el deleite del amor en cuanto tomó la mano de Aurelie y, apasionadamente, la apretó contra sus labios.

Apenas llegado a la edad viril, Hippolyt sintió por primera vez toda la fuerza de la pasión, de tal modo que fue incapaz de ocultar sus sentimientos; la manera con que Aurelie parecía mirarle, con toda la gracia de su encantadora inocencia, hizo despertar en él la esperanza de conquistarla. 

Habían pasado algunos minutos cuando la baronesa volvió en sí tras su parálisis e, ignorante por completo del estado del que acababa de salir, aseguró al conde cuánto la honraba la propuesta de invitarla a permanecer una temporada en su castillo y, también, que olvidaba para siempre todas las injusticias que su padre le había hecho. 

Así, se transformó súbitamente la situación hogareña del conde y este tuvo que creer que, gracias a una bondadosa jugada del destino, se le otorgaba la dicha de conducir hasta él a la única persona en el mundo entero a quien más ardientemente podría haber deseado como esposa, la única que podría concederle a su espíritu la dicha más inmensa que cupiera en la existencia terrenal. 

El comportamiento de la anciana baronesa siguió siendo el mismo: se mostraba callada y seria, ensimismada, y cuando se presentaba el momento hacía gala de un carácter dulce y de alguna dicha inocente en su apagado corazón. 

El conde se acostumbró al rostro verdaderamente temible y cadavérico de la baronesa, así como a su figura fantasmal, rasgos que atribuía nada más que a la enfermedad que la afligía; también atribuía a su estado su tendencia al delirio nervioso y al desvarío, que la impulsaban —según había llegado a saber por sus servidores— a dar a menudo paseos nocturnos por el parque, y a encaminarse hasta el cementerio. 

El conde se avergonzaba de que también a él le hubiera afectado tanto el prejuicio de su padre, pero en cuanto a las insistentes advertencias de que le hacía objeto un anciano tío suyo instándole a que superara el sentimiento amoroso que lo embargaba y que rompiese una relación que, tarde o temprano, sería la causa de su desgracia, no llegaban a ejercer en él el más mínimo efecto. 

Convencido vivamente, a su vez, del intenso amor de Aurelie, pidió su mano. Podrá imaginarse con qué alegría aceptó la baronesa tal petición, ya que, al punto, se vio rescatada de la más profunda indigencia para ir a parar a los brazos de la fortuna. 

Tanto la palidez como ese aspecto característico que denota la existencia de una inquebrantable tristeza interior desaparecieron del semblante de Aurelie: la felicidad del amor resplandecía en su mirada y un fresco color rosado lucía en sus mejillas. La mañana del día en el que se iba a celebrar la boda, una estremecedora casualidad vino a contrariar los deseos del conde. 

Habían encontrado a la baronesa caída en el suelo, boca abajo e inerte, en las inmediaciones del cementerio. La habían llevado al palacio, precisamente cuando el conde acababa de despertarse y saboreaba ya las mieles de la felicidad que consideraba alcanzada. 

Creyó que la baronesa había tenido otro de sus acostumbrados ataques repentinos, pero todos los remedios que se utilizaron para intentar devolverla a la vida fueron inútiles: estaba muerta. Aurelie no desahogó su dolor de forma violenta, sino que, sin derramar una sola lágrima, pareció enmudecer y quedar paralizada interiormente a consecuencia del golpe recibido. 

El conde temía por su amada y, solo muy dulce y cautelosamente, se atrevió a recordarle su mutuo compromiso y su situación de criatura desamparada que exigía que se tomasen cuanto antes las medidas oportunas y se hiciera lo más conveniente, que habría de ser, a pesar de la muerte de la madre, acelerar todo lo posible el día de su boda. 

Aurelie, llorando desconsoladamente, cayó en brazos del conde, gritando con una voz desgarradora que partía el corazón:

—¡Sí, sí! ¡Por todos los santos! ¡Por la paz de mi alma! ¡Sí!

El conde atribuyó aquel repentino desahogo al amargo pensamiento de que, sola y sin patria, sin saber adónde ir, la joven pensaba que tampoco podía permanecer más tiempo en el castillo en aquella situación sin dañar las normas de la decencia. 

El conde se encargó, pues, de que una anciana y respetable matrona acompañara a Aurelie durante las escasas semanas que faltaban para que llegase la nueva fecha de la boda que, al fin, pudo celebrarse sin que ningún funesto suceso la interrumpiera y que coronó la felicidad de Hippolyt y Aurelie. 

Mientras tanto, Aurelie se hallaba en un estado perpetuo de gran excitación nerviosa. No era el dolor por la pérdida de la madre, no; más bien era una angustia mortal, íntima y sin nombre lo que parecía perseguirla sin cesar. En medio de los más dulces diálogos amorosos se sentía acometida de pronto por un terror repentino, empalidecía como un cadáver y, bañada en lágrimas, caía en brazos del conde aferrándose a él con violencia, como si quisiera impedir que un poder invisible y enemigo la arrebatara y la llevara a la perdición.

—¡No! ¡Nunca, nunca! —exclamaba.

Una vez casada con el conde, pareció desaparecer aquel estado de excitación, así como aquella angustia espantosa. Sin embargo, al conde no le pasaba inadvertido que Aurelie ocultaba algún lacerante secreto que la torturaba, mas le parecía una falta de tacto preguntarle sobre ello mientras durase aquel extraño nerviosismo y ella misma continuara guardando silencio al respecto. 

Pero ahora que su mujer parecía encontrarse un poco mejor, se atrevió a preguntarle con delicadeza cuál era la causa de sus extraños transportes anímicos, asegurándole que sería un gran remedio para ella confiarle a él, a su querido marido, los secretos de su corazón. 

Grande fue el asombro del conde cuando al fin descubrió que solo la infame conducta de la madre constituía la causa de todo aquel dolor que había caído sobre Aurelie.

—¿Hay algo más espantoso que tener que odiar y aborrecer a la propia madre? —exclamó Aurelie.

Por tanto, ni el padre ni el tío se hallaban obcecados por prejuicio alguno, mientras que la baronesa había sabido confundir al conde con su premeditada hipocresía. Hippolyt consideró, pues, un guiño muy favorable del destino para con su felicidad el hecho de que aquella madre malvada hubiera muerto justo el día en que él pensaba casarse. 

No tenía reparo alguno en decirlo; pero Aurelie le explicó que, justo al morir su madre, ella se había sentido de tal modo sobrecogida por oscuros y terribles presentimientos que había sido incapaz de superar la angustia que le provocaron: creía que la muerta volvería de su tumba para arrebatarla de los brazos de su amado y llevársela con ella al abismo. 

Aurelie recordaba —según refirió— muy oscuramente los tiempos de su primera infancia, en los que, una mañana —y sabía que era una mañana porque, justamente, acababa de despertarse— hubo un terrible tumulto en su casa. Las puertas se abrían y se cerraban con violencia y se oían gritos entremezclados de voces desconocidas. 

Al fin, cuando volvió a reinar el silencio en la casa, la niñera tomó a Aurelie de la mano y la condujo a una gran sala en la que había muchas personas reunidas; en el centro, sobre una larga mesa, yacía el cuerpo del hombre que jugaba con ella a menudo y le daba golosinas y al que ella llamaba «papá». Extendió los brazos hacia él y quiso besarlo. 

Aquellos labios, siempre tan cálidos, estaban ahora helados y, Aurelie, sin saber muy bien por qué, comenzó a sollozar violentamente. La niñera la condujo luego a una casa extraña, donde tuvo que permanecer mucho tiempo hasta que, al fin, apareció una mujer que se la llevó con ella en un coche. Era su madre, quien poco después viajó con ella a la corte. 

Aurelie debía de tener unos dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa al que esta pareció recibir con gran alegría y confianza, como si se tratara de un viejo y querido amigo. 

El desconocido comenzó a visitarlas cada vez más a menudo, a la par que enseguida comenzó a variar de forma evidente la situación en la que vivía la baronesa. En vez de habitar en una casa miserable y de vestirse con pobre ropa y alimentarse con mala comida, pudo trasladarse a una hermosa vivienda en la parte más bella de la ciudad y lucir valiosos vestidos; comía y bebía los más ricos manjares con aquel extraño, que era su invitado permanente, y podía permitirse el lujo de asistir a cuantas diversiones y espectáculos públicos ofrecía la corte. 

Aurelie permanecía ajena al influjo de todas esas mejoras de la situación de su madre, que, como era evidente para ella, solo se debían a la mediación del desconocido. La joven se recluía en su habitación mientras la baronesa y el desconocido se apresuraban a salir en busca de diversiones, por lo que se sentía más sola y desamparada que nunca. 

A pesar de que aquel hombre muy bien pudiera contar unos cuarenta años, poseía una apariencia fresca y juvenil, su figura era esbelta y hermosa y habría que añadir que su semblante era bello y masculino. 

Sin embargo, a Aurelie le desagradaba, pues por mucho que él tratara de comportarse con corrección, sus maneras eran torpes, groseras y vulgares. Las miradas que pronto comenzó a dirigir a Aurelie llenaban a esta de un temor inquietante, y le producían una repugnancia cuya causa ni ella misma acertaba a explicarse. 

Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en decirle tan siquiera una palabra a Aurelie sobre el desconocido. Pero un día le dijo su nombre, añadiendo que el barón era muy rico y que, además, se trataba de un pariente lejano. Alabó su figura, sus cualidades, y concluyó preguntándole a Aurelie si le gustaba. 

Aurelie no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un intenso pavor y le dijo que no era más que una pobre necia. Poco después, la baronesa comenzó a mostrarse demasiado amable con Aurelie, tanto como nunca lo había sido. Le regaló hermosos vestidos, toda clase de adornos y complementos de moda, y le permitió asistir a las diversiones sociales. 

El desconocido se esforzaba por hacerse agradable a Aurelie, pero de un modo que solo lograba que su presencia fuera más aborrecible ante los ojos de la muchacha. Mortal fue, sin embargo, el golpe que sufrió su tierna sensibilidad de doncella cuando, a causa de una simple casualidad, la muchacha fue secreto testigo de una indignante y aborrecible escena entre el desconocido y la depravada condesa. 

Cuando, finalmente, unos días después, el desconocido se atrevió, llevado de su ebriedad, a abrazar a Aurelie de una manera que no dejaba ya duda alguna sobre sus intenciones, la joven, en su desesperación, hizo acopio de un vigor casi varonil y lo apartó de sí dándole un empujón que le hizo retroceder mientras ella escapaba y se encerraba en su habitación. 

La baronesa le explicó entonces a Aurelie con toda crudeza y severidad que, como el desconocido era quien mantenía la casa, y como ella no tenía ninguna gana de volver a la miseria anterior, todos sus remilgos y reparos serían inútiles: Aurelie tendría que someterse a la voluntad del desconocido, quien, de lo contrario, había amenazado con abandonarlas a su suerte.

En vez de conmoverse con las súplicas desgarradoras de Aurelie, en vez de compadecerse de sus ardientes lágrimas, la horrible mujer se deshizo en improperios a la vez que reía sarcásticamente y alababa una relación que le brindaría a la joven la posibilidad de disfrutar de todos los placeres de la vida; hablaba con tal desenfreno, mostrando su repugnancia y desprecio por todos los sentimientos de decencia y piedad, burlándose de todo lo que podía considerarse más noble y más sagrado, que provocó verdadero espanto en Aurelie. 

Esta se vio perdida y consideró que su único medio de salvación sería huir sin demora. Aurelie consiguió hacerse con la llave de la puerta principal; hizo un paquete con aquello que consideró de estricta necesidad y, a eso de la medianoche, cuando creyó que su madre ya dormía, se deslizó hasta el vestíbulo, que estaba escasamente iluminado. 

Ya se disponía a traspasarlo muy despacio y sin hacer el más mínimo ruido cuando, de súbito, la puerta de la casa se abrió violentamente y se oyó un ruido de pasos en la escalera. La baronesa se precipitó justo a los pies de Aurelie vestida con una bata pobrísima y sucia, con los brazos y el pecho desnudos, el grisáceo cabello desmadejado, revolviéndose desencajada. Y, tras ella, apareció el desconocido.

—¡Aguarda, infame Satanás, bruja del infierno! ¡Me las pagarás todas juntas! —gritaba.

La agarró del cabello y la arrastró hasta el centro de la estancia, y allí comenzó a azotarla de manera frenética con una gruesa fusta. La baronesa chillaba y gritaba de miedo de forma espantosa; Aurelie, a punto de perder la razón, corrió a la ventana y comenzó a gritar pidiendo ayuda. Dio la casualidad de que en aquellos momentos pasaba por allí una patrulla de policía que inmediatamente irrumpió en la casa.

—¡Cogedle! —gritó la baronesa, ebria de furia y dolor, a los soldados—. ¡Cogedle! ¡Sujetadle bien! ¡Mirad su espalda! Él es…

—¡Ajá! ¡Por fin te tenemos, Urian! —exclamó jubiloso el sargento de policía, al mando de la patrulla, en cuanto la baronesa hubo pronunciado aquel nombre.

Y sujetándolo entre todos fuertemente, y a pesar de los esfuerzos que el desconocido hacía por desasirse, terminaron por llevárselo. Las intenciones de fuga de Aurelie, sin embargo, no pasaron inadvertidas para la baronesa. Se apresuró, pues, a tomar bruscamente del brazo a Aurelie y a arrojarla dentro de su habitación, y luego, cerrando la puerta con llave, la dejó allí encerrada sin dirigirle una sola palabra. 

A la mañana siguiente la baronesa salió de la casa y no regresó hasta por la noche, mientras que Aurelie, encerrada en su cuarto como en una celda, sin ver ni hablar con nadie, tuvo que pasar allí el día entero sin comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. La baronesa se asomaba a verla de vez en cuando; mirándola con ojos de furia, parecía que estuviese dudando sobre qué decisión tomar, hasta que una tarde recibió unas cartas cuyo contenido pareció agradarle.

—Estúpida criatura, tú tienes la culpa de todo, pero ya está bien; solo desearía que no cayera sobre ti el temible castigo que el malvado espíritu te ha destinado.

Así le habló la baronesa a Aurelie; más tarde, volvió a mostrarse amable con ella, y Aurelie, como el infame desconocido había desaparecido, ya no pensó más en fugarse y disfrutó de mayor libertad.

Había transcurrido ya algún tiempo cuando, una tarde en la que Aurelie se hallaba sentada a solas en su cuarto, oyó un gran alboroto en la calle. La doncella apareció corriendo y le contó que se trataba del traslado del hijo del verdugo, quien, ya una vez, tras haber sido marcado al fuego por robo y asesinato, al ser conducido a la cárcel había logrado escapar a sus guardianes. 

Aurelie vaciló y, acometida por una terrible sospecha, se dirigió a la ventana; en efecto, no se había equivocado: era el desconocido, que, rodeado por gran cantidad de guardias, pasaba por allí en aquellos instantes, bien encadenado, en un carro que le conducía al cadalso donde habría de cumplirse su sentencia. 

Aurelie se dejó caer medio desvanecida en una butaca después de que la furibunda mirada de aquel tipo se encontrara con la suya y este alzara un brazo con el puño apretado, en un gesto amenazador hacia la ventana donde ella se encontraba.

Todavía pasaba la baronesa mucho tiempo fuera de casa, pero nunca llevaba con ella a Aurelie; por eso, la vida de la muchacha, ensombrecida por todas aquellas consideraciones sobre el terrible destino que la aguardaba, sobre un peligro que se cernía sobre ella y que podía asaltarla en cualquier momento llevándola a la perdición, etcétera, se volvía cada vez más triste y aburrida. 

Por la doncella, quien precisamente había sido contratada tras lo ocurrido aquella noche terrible, supo Aurelie que la gente comentaba que la baronesa había sido amante de aquel villano, pero que también en la corte todo el mundo sentía compasión de ella por haber sido tan ingenua y haberse dejado engañar de una manera tan tonta. Sin embargo, Aurelie sabía demasiado bien cómo habían sido en realidad las cosas. 

Le parecía imposible que al menos los policías que habían detenido al desconocido en casa de la baronesa y que habían podido presenciar cómo ella le llamó por su nombre y les hizo observar la marca de fuego en la espalda como signo inequívoco de su crimen, no hubieran quedado convencidos de lo bien que aquella mujer conocía al hijo del verdugo. 

Ahora bien, la doncella refería además otro tipo de rumores en los que se aludía a una severa investigación de los tribunales que incluso había estado a punto de costarle el arresto a la baronesa, puesto que el infame criminal, el hijo del verdugo, había declarado unas cosas muy extrañas respecto a ella.

Enseguida comprendió Aurelie que, tras lo ocurrido a su madre, esta no podría permanecer ni un minuto más en la corte. Finalmente, la baronesa se vio obligada a abandonar aquel lugar en el que constantemente se veía asediada por sospechas aún no confirmadas y huyó a una comarca lejana. Aquel viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos relatado.

Aurelie debería, pues, sentirse muy feliz al librarse así de sus temores; sin embargo, se sintió profundamente aterrada al recordar las palabras que le había dirigido su madre, cuando la muchacha se creyó a salvo de ellos:

—¡Tú eres mi desgracia, maldito engendro del infierno! Pero ya te atrapará mi maldición cuando a mí me lleve una muerte súbita y tú estés disfrutando de tu añorada dicha. En las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás…

Aquí, Aurelie Se a
no pudo ya continuar. rrojó al pecho del conde y le pidió la absolviese de tener que repetir las palabras que había pronunciado la baronesa llevada de su furia demencial. Se sentía destrozada al recordar esas espantosas amenazas proferidas por aquella madre investida de poderes infernales, sobre todo porque preveía que podrían hacerse realidad. 

El conde consoló a su mujer lo mejor que pudo sin tener en cuenta el gélido terror que a él mismo le acometía. No tuvo más remedio que confesarse a sí mismo, cuando ya estuvo algo más calmado, que aquella profunda repugnancia que le producía la baronesa, aun estando ya muerta, había arrojado una negra sombra sobre su vida, velando así un tanto la claridad anterior que siempre la había caracterizado.

Poco tiempo después, Aurelie comenzó a cambiar de manera notable. Mientras que la palidez de su semblante y la mirada perdida y lánguida de sus ojos parecían denotar que estaba acometida por alguna enfermedad, su ser inquieto, inconstante y temeroso evidenciaba de nuevo la existencia interior de algún oscuro secreto que la trastornaba. 

Huía incluso de su marido, se encerraba en su gabinete o buscaba refugio en los lugares más recónditos del parque; cuando se la volvía a ver, sus ojos llorosos, los rasgos demacrados de su rostro, indicaban los espantosos sufrimientos de su interior torturado. 

En vano insistió el conde en buscar la causa del estado en que se hallaba su esposa; de la desesperación inconsolable en la que cayó solo pudo sacarle la sospecha de un famoso médico que atribuyó aquella hipersensibilidad de la condesa, aquellos amenazadores cambios de ánimo, a un supuesto estado de buena esperanza, que había de traer la felicidad al matrimonio. 

El propio médico, mientras comía con el conde y la condesa, no tuvo reparo alguno en gastar todo tipo de bromas sobre aquel estado de buena esperanza. La condesa las escuchaba sin hacer ningún caso, pero su atención se avivó cuando el médico se refirió a los extraordinarios caprichos por los que solían verse acometidas las mujeres embarazadas y a los cuales les era imposible resistirse a pesar del detrimento que pudiera sufrir su propia salud, e incluso la del niño que llevaban en su seno. 

La condesa hizo muchas preguntas al médico, y este no se cansó de hablarle de sus experiencias e incluso de narrarle algunos casos muy graciosos.

—Sin embargo —aseguró el médico—, se han dado ejemplos de caprichos anormales, a causa de los que alguna mujer se vio abocada a realizar hechos terribles. Así, la mujer de un herrero se sintió desbordada por un deseo tan grande de comer la carne de su marido que no paró hasta que, una noche en que el herrero llegó borracho a casa, cayó sobre él con un enorme cuchillo de cocina y lo hirió de tal manera que el pobre hombre expiró a las pocas horas.

Apenas pronunció el médico estas palabras, la condesa cayó desvanecida en el sillón, y solo con muchos cuidados pudo sobreponerse después al ataque de nervios que siguió al desvanecimiento. El médico comprendió que había obrado con suma inconsciencia al relatar aquel suceso horrible en presencia de una mujer tan extremadamente delicada e impresionable.

Sin embargo, aquella crisis pareció haber sido beneficiosa para el estado de la condesa, pues, tras ella, se tranquilizó un poco; ahora bien, la extraña rigidez de su ser, el tétrico brillo de sus ojos y aquella palidez cada vez más acusada de su piel, sembraron de nuevo la duda y la inquietud en el conde acerca del estado de su esposa. 

Lo más inexplicable de todo lo que le ocurría a la condesa era que no comía en absoluto y que, además, sentía repugnancia de las viandas que se le ofrecían, sobre todo de la carne; en tales circunstancias, tenía que abandonar la mesa cuando ya no podía contener los síntomas de su aborrecimiento. 

Toda la sabiduría del médico resultó inútil, y ni las más cariñosas admoniciones ni los lamentos del marido ni nada en el mundo pudo hacer que la condesa tomase ni una sola gota de medicina. 

Como transcurrieron semanas e incluso meses sin que la condesa ingiriese bocado alguno y resultaba por tanto un misterio cómo sustentaba su vida, el médico opinó finalmente que en aquel caso entraba en juego algo que se hallaba fuera del ámbito de acción del conocimiento de cualquier ciencia humana y abandonó el castillo pretextando una nimiedad. 

Perfectamente pudo notar el conde que la situación de su mujer le había parecido a aquel acreditado médico demasiado misteriosa e inquietante como para insistir más en hallarle una solución y quedarse para ser testigo de una enfermedad sin fundamento en la que él ya no podía ayudar a la paciente de ninguna manera. Podrá imaginarse el estado anímico en el que quedó Hippolyt. Sin embargo, aún le aguardaba algo más.

Precisamente en aquella época se le ocurrió a un viejo y fiel sirviente del conde descubrirle a su amo, en un momento en que lo encontró a solas, que la condesa abandonaba todas las noches el castillo y que no regresaba hasta el alba. El conde sintió un escalofrío. 

Solo entonces reparó en que aquel sueño tan antinatural, que desde hacía algún tiempo le sobrevenía diariamente a eso de la medianoche, podía deberse a cualquier tipo de narcótico que le administrara la condesa para, de ese modo, poder abandonar la habitación que, contrariando las costumbres elegantes, compartía con su esposo, sin que él lo notara. Los más negros presentimientos, las más terribles sospechas, se adueñaron del alma del conde. 

Pensó en aquella madre demoníaca, cuyas costumbres quizá se reprodujeran ahora en su hija; en algún repugnante adulterio; en aquel tipo infame, hijo del verdugo… A la noche siguiente, pues, tendría que desvelársele el espantoso secreto, único motivo del mal inexplicable de su esposa.

La condesa tenía la costumbre de preparar ella misma el té que su marido tomaba por las noches, retirándose una vez que se lo había servido. Aquella vez, el conde no ingirió ni una sola gota; según su costumbre, leyó en la cama antes de dormirse y, como esperaba, no le acometió hacia la medianoche esa terrible necesidad de dormir a la que ya se había acostumbrado; no obstante, hizo como si así fuera y se recostó sobre los almohadones fingiendo que se hallaba profundamente dormido. 

Muy despacio y sin hacer ningún ruido, la condesa abandonó su lecho, se acercó al de Hippolyt, le alumbró el rostro, y se deslizó fuera de la habitación. El corazón del conde latía con inusitada violencia; saltó de la cama, se echó un abrigo por encima y salió sigilosamente en pos de su mujer. Era una noche muy clara, de luna, de modo que aunque Aurelie caminaba muy deprisa y le llevaba una considerable ventaja, el conde podía distinguir muy bien desde lejos su figura, vestida con un camisón blanco. 

Atravesando el parque, la condesa llegó al cementerio; una vez allí, desapareció tras el muro. Hippolyt se apresuró a seguirla entrando por la puerta de aquel lugar, que se hallaba abierta. Allí pudo observar, a la luz de la luna, un círculo de espantosas figuras espectrales. 

Viejas medio desnudas, con los cabellos desmadejados y dispuestas en círculo, se agachaban en el suelo: en el centro yacía el cadáver de un ser humano que devoraban con ansias de lobo. ¡Aurelie estaba entre ellas! Instigado por un frenético terror, el conde huyó de allí, corriendo irreflexivamente, inflamado de un miedo mortal, anegado por todos los espantos del infierno a través de los senderos del parque, hasta que, ya al alba, bañado en sudor, se halló de nuevo ante la puerta del castillo. 

Sin voluntad alguna, incapaz de pensar de forma clara y racional, subió a gran velocidad la escalera y atravesó corriendo las habitaciones hasta llegar a la alcoba. Allí yacía la condesa, entregada, al parecer, a un sueño dulce y tranquilo. 

El conde quiso convencerse de que todo había sido una repugnante pesadilla —aunque no podía ignorar el paseo nocturno, del que daba prueba su abrigo, húmedo de rocío de la mañana— o, por lo menos, una burla de los sentidos que le había asustado mortalmente. Sin esperar a que despertara la condesa, abandonó la habitación, se vistió y montó a caballo. 

El paseo que dio aquella hermosa mañana a través de aromáticos arbustos, de entre los que parecía saludarle el canto matutino de los vivaces pajarillos, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y mucho más tranquilo, regresó al castillo. 

Pero cuando ambos, el conde y la condesa, se hallaron sentados a la mesa y aquella diera grandes muestras de repugnancia al serle presentada la carne cocinada, pretendiendo por ello, como tantas veces, levantarse y abandonar el comedor, se hizo evidente con toda crudeza en el alma del conde la verdad de lo que había sucedido la noche anterior. 

Lleno de furia, saltó de su asiento y, con voz terrible, gritó:

—¡Maldito engendro del diablo! ¡Ya sé por qué te repugna la comida civilizada! ¡En las tumbas es donde pastas, mujer endemoniada!

Mas en cuanto el conde hubo pronunciado estas palabras, la condesa se abalanzó sobre él lanzando un terrible alarido y, con la furia de una hiena, le clavó sus dientes en el pecho. Hippolyt logró desasirse de aquella loca, que cayó al suelo y expiró entre horribles convulsiones.

Tras estos terribles sucesos, el conde enloqueció.

El vínculo - Yu Jae-yong

No creo que sean muchos los que hayan cambiado de trabajo tanto como yo. No me alcanzan los dedos de las manos y de los pies para contarlos. Y, claro está, en todos esos lugares me han pasado infinidad de cosas -cosas extrañas, cosas absurdas, cosas increíbles. Lo que me ocurrió en la casa del señor Chang Hyeon-sam es una de ellas.

Estaba de nuevo sin trabajo ese verano y como al viejo de la inmo­biliaria le dio lástima verme holgazaneando y dando vueltas por allí me hizo señas para que me acercara.

-Oye, Man-bok, ya que estás sin hacer nada, ¿no te gustaría entrar a trabajar en una casa, aunque sea por algunos días? Al menos, te darán de comer.

-¿Se trata de cuidar una casa vacía mientras están de vacaciones?

-No te pases de listo. No intentes juzgar por ti mismo; sólo di si quieres trabajar o no.

Contesté que aceptaría el trabajo con tal de que me dieran de comer por algunos días.

-Ya que dices que vas a aceptar el trabajo, te adelanto que todavía no están determinados con precisión los días que vas a trabajar. Si lle­gas a complacer los gustos del dueño, te podrás quedar varios años.

Añadió que el trabajo consistía en atender a alguien con las dos piernas paralizadas. Pero el asunto era que todo el que entraba a tra­bajar en esa casa no aguantaba mucho tiempo y salía corriendo.

-No sólo te dan de comer y donde dormir, sino que además te proporcionan un buen sueldo. La verdad es que no sé por qué no se quedan más tiempo tratando de complacer al dueño y se precipitan a salir de allí.

A los pocos días de haber enviado a alguien ya le pedían de nuevo que les consiguiera otra persona, porque el anterior ya se había marchado. Supuse que podría ser porque se podían conseguir fácil­mente trabajillos por ahí, ya fuera en fábricas o en construcciones, y también porque trabajar de mozo en una casa ajena no les agradaba para nada.

-Yo también soy malísimo en eso de complacer a alguien.

Yo no tenía talento alguno para percibir los dolores de los demás y satisfacer sus necesidades.

-Eso de complacer a alguien no es gran cosa. Todo lo que tienes que hacer es obedecer dócilmente sus órdenes y, aunque te fastidie o te irrite alguna cosa, te aguantas con mucha paciencia.

Si era eso lo que había que hacer, me sentía más capaz que nadie de lograrlo. Mi única fortuna era mi cuerpo fuerte y la paciencia que tenía.

-De cualquier manera, vete a trabajar a esa casa y si no resistes, te sales así no más. Al fin y al cabo, ¿acaso no eres de esos que abandonan el trabajo fácilmente?

Decía eso porque no estaba bien informado. Es cierto eso de que anduve cambiando de trabajo sin cesar, pero ninguna de las veces fui yo el que lo abandonó. Tampoco se ha dado el caso de que me echa­ran los jefes porque se hubieran disgustado por mi causa. Siempre fue por algo irremediable, como por ejemplo la muerte del patrón, la emi­gración, la bancarrota o que el trabajo en sí tuviera una fecha límite de duración.

Cuando vi por primera vez al señor Chang Hyeon-sam, no tuve la impresión de que fuera él la persona para la que tenía que trabajar. Me parecía que el verdadero jefe iba a aparecer por alguna parte y me diría algo así como:

-Hyeon-sam es mi hijo y te pido que lo atiendas bien.

El señor Chang Hyeon-sam era pequeño y delgado, y estaba sen­tado, totalmente sumergido en su sillón. Su cuello, brazos y piernas, que estaban al descubierto por el calor, eran tan pálidos y delgados que daba lástima verlos. Se veían tan frágiles que causaba la impresión de que incluso le costaba trabajo estar sentado cómodamente en el sillón.

-Señor Lee Man-bok... Tiene usted un nombre muy fácil de memorizar. Pero me pregunto, ¿cuánto tiempo permanecerá en nues­tra casa?

A diferencia de su apariencia física, hablaba con firmeza y en tono solemne. Me enderecé en el asiento. Al escuchar su voz, me pare­ció que el señor Chang Hyeon-sam podría desempeñar muy bien su papel de jefe. Es preferible que un jefe inspire respeto antes que menosprecio.

-Me quedaré hasta que me diga que me vaya porque ya no me necesita.

Lo dije muy respetuosamente, con la cabeza inclinada. Una lige­ra sonrisa, como la sombra de una ondulación, se vislumbró en las comisuras de sus labios, se reflejó en sus ojos por unos momentos y desapareció. Al desaparecer la sonrisa, surgió de sus ojos una luz fría como el hielo.

El señor Chang Hyeon-sam me preguntó de paso: -¿Cuánto le dio al de la inmobiliaria de comisión por conseguirle el trabajo?

-Quedé en invitarle a unas copas cuando recibiera el primer salario. -¡Salario, dice...! Claro que le pagaré su salario. Como estamos a quince de julio, le daré el primer salario el quince de agosto. Téngalo en cuenta. Será una suma con la que, estoy seguro, no se sentirá decepcionado. Pero, ¡quién sabe si el señor Lee Man-bok aguantará hasta tener en sus manos el primer salario!

El resplandor de los ojos del señor Chang Hyeon-sam era muy agudo, como si quisiera penetrar en el fondo de mi corazón. Tenía, además de una voz firme y solemne, unos ojos fríos e incisivos. -Si me considera de alguna utilidad...

No sé por qué pero dejé inconclusa la frase. Quizá por la frialdad en el resplandor de sus ojos; Pensé en las personas que, antes que yo, habían estado aquí algunos días y se habían ido. ¿Se habrían ido por voluntad propia o los habría echado?

-Vamos a ver si el señor Lee Man-bok llega a tener en sus manos el primer salario.

Volvió de nuevo a las comisuras de sus labios y a sus ojos esa sonrisa parecida a la sombra de una ondulación, y desapareció al momento.

En los extremos de sus ojos, de donde se había borrado la sonrisa, se traslucía una mirada gélida como el hielo.

Además del señor Chang Hyeon-sam y yo, estaba la señora Park, una empleada de hogar de unos cincuenta años, que sólo se ocupaba de los quehaceres de la cocina, se movía silenciosamente como si fuera una sombra y no hablaba mucho. La señora Park no molestaba a nadie. El trabajo que yo hacía, tal como me lo habían explicado, era ser­vir de manos y pies, de brazos y piernas al señor Chang Hyeon-sam. 

Lo que en realidad tenía inutilizado era únicamente las dos piernas, pero sus dos manos y brazos sanos también estaban como si permanecieran atados. Había oído decir que cuando a alguien le faltaban fuerzas en las piernas, le aumentaban las de los brazos, pero el señor Chang Hyeon-sam tampoco tenía mucha fuerza en los brazos. Desde que se despertaba por la mañana hasta que se dormía por la noche tenía que estar a su lado, sirviéndole de piernas y brazos.

El señor Chang Hyeon-sam se levantaba de madrugada. Era muy extraño que, sin haber cumplido los treinta años, se levantara tan tem­prano. Yo, como siempre había vivido trabajando en casas ajenas, me había acostumbrado a salir de la cama a las seis de la mañana, pero el señor Chang Hyeon-sam se levantaba una hora antes que yo. Cuando me despertaba, asustado por el sonido estruendoso del timbre instala­do en mi habitación, eran entre las cinco menos veinte y las cinco de la mañana.

Me vestía apresurado y salía de mi pieza con la llave de la habita­ción contigua que tenía guardada debajo de la manta sobre la que dor­mía. La puerta de la habitación del señor Chang Hyeon-sam había que abrirla siempre con llave. La luz de la habitación estaba encendida. Me ponía al lado de su cama y esperaba de pie. Sus riñones debían estar inflamados. Yo sabía lo que debía hacer, pero esperaba las órdenes.

El señor Chang Hyeon-sam decía:

-Orinal.

Levantaba la tapa del orinal, le bajaba el pantalón del pijama, lo llevaba en brazos para sentarlo sobre el orinal, esperaba hasta que terminara de hacer sus necesidades para llevarlo de nuevo a acostar en la cama, tapaba el orinal y regresaba para estar parado, en el mismo sitio, al lado de la cama. Era la hora de dar un paseo por el jardín. Sin embargo, pacientemente, yo esperaba de pie la orden siguiente.

Un día el señor Chang Hyeon-sam dijo con fastidio:

-El orden ya está casi establecido. ¿Es necesario que se lo repita para que se mueva?

-Disculpe.

Le respondí parado, como estaba.

-Parece usted un autómata. Si está dispuesto a servirme como una máquina, me parece estupendo. Es la hora de tomar el aire fresco de la mañana en el jardín.

Habló mirándome con dureza, como si quisiera penetrar en el fondo de mi corazón. No más escuchar la orden, me acerqué y, des­pués de quitarle el pijama y vestirlo con el traje de diario, lo senté en la silla de ruedas. Su cuerpo era tan ligero como una sábana. Cada vez que levantaba ese cuerpo tan liviano sentía que disminuían dentro de mí el miedo y el respeto que me producían el tono de su voz y su fría mirada. 

Con sus propias manos movía las ruedas de la silla e iba, desde la habitación hasta el salón, rodando como un escarabajo. La silla de ruedas se paraba antes de llegar a la puerta principal; le cogía entre mis brazos para trasladarlo a otra silla de ruedas que solía usar al aire libre, colocada al lado de la puerta. Entre la puerta y el jardín había unas escaleras. 

Levantaba con fuerza la silla de ruedas en la que el señor Chang Hyeon-sam estaba sentado y la trasladaba escaleras abajo. El día empezaba a aclarar. Las plantas y árboles del jardín parecían despertarse y bostezar, y se dejaban ver como irguiéndose. El señor Chang Hyeon-sam hacía girar las ruedas y se movía lentamente por el jardín, dos pastores alemanes marchaban junto a él mientras yo rega­ba las plantas y empezaba a hacer la limpieza.

El tiempo que el señor Chang Hyeon-sam pasaba en el jardín antes del desayuno era como una hora y media. Luego lo llevaba al interior de la casa, al cuarto de baño. Se ponía una toalla grande en el cuello, como cuando uno va al barbero, y acercaba la silla hasta el borde del lavabo. La altura del lavabo era la adecuada para usarlo sen­tado en su silla de ruedas. Aun así, la toalla se empapaba totalmente cuando se lavaba la cara. 

Después yo lo llevaba en brazos para ponerlo en la silla del comedor. Era una silla que tenía una traviesa de madera a la altura del pecho para que le sirviera de apoyo cuando inclinaba el cuerpo hacia adelante para comer y también para que se pudiera sos­tener con las manos. Todo estaba arreglado para que el señor Chang Hyeon-sam, que no podía valerse por sí mismo, pudiera moverse con facilidad. 

Parecía un gato cuando estaba comiendo. Picaba la comida, la revolvía y la comía sin ganas. Era como si se comiera el cuenco de arroz a la fuerza, para cumplir una responsabilidad impuesta. Al termi­nar de comer sentía ganas de ir al servicio y decía:

-Ahora me toca el enema.

Yo traía la medicina del armario, el líquido ya estaba diluido en el recipiente. Le introducía la cánula en el ano, le pasaba el líquido muy despacio, lo trasladaba entre mis; brazos y lo sentaba encima del retre­te. A pesar de la cantidad de líquido que tomaba defecaba con dificul­tad. Por su garganta pasaba sin cesar todo tipo de líquidos. 

La batidora zumbaba dando vueltas para hacer zumo de zanahoria, fresa, tomate y, a veces, de ginseng. También era uno de mis quehaceres mirarle el ano para limpiarle con papel higiénico cuando terminaba de hacer sus necesidades. 

Luego trasladaba al señor Chang Hyeon-sam desde el retrete a la mecedora junto a la ventana. La silla de mimbre, aunque era fresca, no le gustaba porque era dura. Permanecía recostado, sumergido totalmente en la mecedora que tenía encima un cojín y un respaldo de verano. Como había defecado hacía unos momentos, su rostro se veía en paz. La empleada de hogar aprovechaba estos momentos para darme alguna tarea o para enviarme a un mandado.

-Joven Lee, ¿podría ayudarme un poco?

La señora Park, de esa manera, se aprovechaba de mí. Me daba tareas, pero lo hacía amablemente. Yo la ayudaba con gusto. Llegaba la hora de la comida. Después de comer, cuando había pasado alrede­dor de una hora, el señor Chang Hyeon-sam se daba un baño. Metía el cuerpo desnudo en la bañera llena de agua tibia. A pesar del calor que hacía, le fastidiaba el agua fría. 

Me daba lástima ver ese cuerpo todo huesudo sin carne en ninguna parte. Tenía vello esparcido por el pubis como un joven adolescente, pero su órgano sexual era diminu­to, como el de un niño. Nunca se lo había visto erecto. 

Al terminar de bañarse, regresaba de nuevo a la mecedora al lado de la ventana y, sen­tado, completamente sumergido en ella, penetraba en la profundidad de la tarde que pasaba lentamente. Junto al señor Chang Hyeon-sam, que a ratos leía y a ratos pensaba, yo esperaba a que me ordenaran algún trabajo o un mandado. La empleada de hogar Park me ponía a trabajar sin cesar. Al rato, se ponía el sol y la brisa de la noche acaricia­ba las hojas de los árboles del jardín.

El señor Chang Hyeon-sam se despertaba de madrugada y se iba a la cama muy temprano. Después de cenar, permanecía como una hora en el jardín y se iba directamente a dormir. Para dormir yo ocu­paba una habitación diferente, pero no por eso se me otorgaba liber­tad. En mi habitación habían instalado un timbre que sonaba estrepi­tosamente. 

Cuando el señor Chang Hyeon-sam, acostado, apretaba el botón situado en la pared, a la cabecera de su cama, el timbre de mi habitación sonaba con tanto estruendo que me rompía el sueño por completo. Me llamaba varias veces en la profundidad de la noche, cuando el mundo entero estaba sumergido en un pacífico sueño. 

Tenía la costumbre de beber agua antes de dormir. Iba a la cama des­pués de tomar dos vasos, de los grandes de cerveza, llenos de zumo hecho en la batidora, cuyo motor producía un gran ruido. Transpira­ba mucho mientras dormía. 

Cuando alguien tan delgado como él suda mucho puede deshidratarse, y al deshidratarse, puede caer en estado de coma. Si entrara en coma durante la noche, mientras dor­mía solo, eso podría significar su muerte. Para prevenir ése desastre, tenía que ingerir líquido. No podía morir así no más, sin tener todavía un descendiente que le heredara. 

Esa cantidad de líquido que ingería, aunque en dos o tres horas lo eliminaba parcialmente con el sudor, hacía que se le hinchara la vejiga. El señor Chang Hyeon-sam alzaba su cabecita para apretar el botón y entonces el timbre de mi habitación empezaba a sonar ruidosamente como si tuviera una pesadilla. Me despertaba asustado, buscaba las llaves debajo de las mantas y salía de mi cuarto. Abría con llave la puerta de su habitación y entraba.

-Orinal-, decía.

Lo levantaba en brazos y lo sentaba en el orinal. Me ponía detrás como respaldo para que no se cayera y escuchaba, reteniendo entre dientes el bostezo que estaba por salir, el chorro de orina que caía den­tro del orinal. Cuando el sonido se detenía y sentía que había derra­mado hasta la última gota, lo cogía en brazos y lo acostaba en la cama.

-Enjuague, por favor, el orinal-, me decía el señor Chang Hyeon-sam.

Me llevaba el orinal, vertía el contenido en el retrete y lo enjuagaba.

-¿Se ha lavado las manos?-, se cercioraba el señor Chang Hyeon-sam.

Regresaba al servicio, me lavaba las manos con jabón desinfectan­te y regresaba.

-Agua-, agregaba echando un vistazo a mis manos.

Sacaba la botella de zumo del frigorífico, llenaba el vaso hasta el borde y lo ayudaba a sentarse. Cogía el vaso y pasaba el zumo por la garganta. Como había expulsado líquido del cuerpo sudando y ori­nando, tenía que reponerlo de nuevo. Cuando sentía que había inge­rido suficiente líquido, me dejaba tranquilo diciéndome:

-Vaya a dormir ya. Cierre la puerta con llave al salir.

Una persona que al despertar a media noche necesita estar una o dos horas dando vueltas y vueltas para dormirse de nuevo o alguien que no puede del todo conciliar el sueño de nuevo, no podría hacerlo. Por suerte, al regresar a mi habitación a acostarme, recobraba el sueño inmediatamente. Podría decir que era la capacidad de adapta­ción que se había establecido en mi cuerpo mientras vivía de un lado para otro, cambiando constantemente de patrón.

En dos o tres horas volvería a hincharse la vejiga del señor Chang Hyeon-sam, apretaría el botón de su cabecera y haría que el timbre se espantara de la pesadilla y sonara estrepitosamente como si estuviera dando alaridos. Me despertaría asustado, iría corriendo a la habitación contigua, le bajaría los pantalones, lo sentaría en el orinal para que hiciera sus necesidades, lo acostaría de nuevo en la cama, enjuaga­ría el orinal, me lavaría las manos con jabón desinfectante, sacaría la botella de zumo para llenar el vaso, presenciaría que el zumo le atrave­sara la garganta y regresaría a mi habitación para recuperar el sueño por tercera vez.

Me despertaba dos o tres veces por noche con el sonido del tim­bre y repetía la faena. Pienso que entre los que habían pasado antes que yo por esta casa y se habían marchado a los pocos días, sin poder aguantar, habría algunos que lo hicieron por no soportar el timbre por la noche. Podría también haber algunos que no soportaron el tra­bajo de meterle en el ano la jeringa para el enema. Habría otros que se habrán enfadado por los trabajos que les daba la empleada de hogar Park, aprovechándose del tiempo libre.

-Señor Man-bok, usted merece una reconsideración-, dijo, al entregarme el sobre con el salario del primer mes.

-¿No he cometido errores que le hayan molestado?-, pregunté humildemente.

-Claro que no. Ha llevado bastante bien el trabajo de servirme de brazos y piernas. Pero, ¿podrá permanecer para recibir el segundo salario?-. Lo dijo con cierto recelo.

-Mi determinación es la misma que cuando le dije que no me iría de aquí hasta que me dijera usted mismo que me fuera porque ya no me necesitaba.

-Si es así, ¿qué le parece si, en vez de darle el salario mensualmente, se lo voy ingresando en una cuenta bancaria a su nombre? Creo que no le vendrá mal por ser todavía soltero-, me preguntó como para verificar mi parecer.

-Me parece muy bien-, le respondí devolviéndole sin más el sobre del salario.

En las comisuras de los labios y en los ojos del señor Chang Hyeon-sam se vislumbró una sonrisa tenue, parecida a una ondula­ción. Sin embargo, incluso después de que se le hubiera borrado la sonrisa, no apareció aquella mirada gélida como el hielo.

El señor Chang Hyeon-sam se mostraba mucho más afectuoso. Además de las órdenes que me daba, me hablaba de diferentes cosas y hasta bromeaba conmigo. Un día me dijo lo siguiente:

-Considerando el hecho de que estamos viviendo así, el señor Man-bok y yo bajo el mismo techo, no hay duda de que tuvimos alguna relación en la vida anterior. Podría ser que en nuestra vida anterior el señor Man-bok no pudiera usar las dos piernas y yo recibiera de él un salario a cambio de ayudarle en sus necesidades.

Acariciando, mis fuertes piernas abrió de nuevo la boca:

-Podría ser que en la vida anterior el señor Man-bok envidiara mis fuertes y enérgicas piernas y con frecuencia las acariciara así con las manos. Pienso que realmente podría haber sido así, ¿no le parece, señor Man-bok?

Yo no le hice mucho caso.

-No, no. A lo mejor, en la vida anterior éramos una misma perso­na, dos almas que habitaban en un mismo cuerpo, y puede que hayan reencarnado en dos personas diferentes. ¿No sería así?

Los ojos del señor Chang Hyeon-sam parecían adormecidos, como si estuviera soñando.

-Puede que haya sido así.

Para cuando llegó la fecha de ingresar en la cuenta el segundo salario, las noches comenzaron a refrescar bastante. Tal vez porque el señor Chang Hyeon-sam sudaba ¡menos, el sonido del timbre a media­noche se redujo de dos o tres veces a una o dos, y en octubre, a una sola vez. Seguía transpirando un; sudor frío y por eso tocaba el timbre al menos una vez, y yo le cambiaba la ropa interior empapada de sudor y le suministraba el líquido que había perdido.

Desde entonces, yo comía en la misma mesa que el señor Chang Hyeon-sam. Un día, al verme devorar ruidosamente la comida, mur­muró para sí:

-En mis tiempos, yo también gozaba de gran apetito.

Al día siguiente dijo que tenía ganas de comer pollo por lo que envió a comprar uno y ordenó que lo cocieran en su caldo. Pensé que hasta el señor Chang Hyeon-sam, que nunca tenía ganas de comer y apenas probaba la comida, al llegar el otoño habría recobrado el ape­tito. Sin embargo, cuando la empleada de hogar Park cocinó el pollo y se lo puso entero en la mesa, probó sólo unos bocados y dejó los pali­llos. Luego, preguntó:

- Señor Man-bok, ¿es usted capaz de comerse el pollo entero de una sola vez?

-Un pollo, después de quitarle los huesos, no es gran cosa-, le respondí muy decididamente.

-Pues entonces, cómaselo. Si no lo hace, le cobro el precio del pollo.

Lo dijo como dándome ánimo. Para mí, no era gran cosa acabár­melo. El pollo se derretía en mi boca. En un abrir y cerrar de ojos, ese pollo grande desapareció, deslizándose dentro de mi estómago.

-Hacía mucho que no comía un pollo tan sabroso-, dijo el señor Chang Hyeon-sam chasqueando la lengua.

-¿Cómo dice que se lo ha comido, si apenas lo ha probado?-, comenté como respondiendo a su broma.

-No es broma. Cuando veo al señor Man-bok comer con tantas ganas, siento como si lo estuviera haciendo yo. Siento el sabor y siento también que se me llena el estómago. No hice más que sonreír.

Desde entonces, el señor Chang Hyeon-sam decía que tenía ganas de comer algo especial, hacía que se lo prepararan en casa u ordenaba que se lo trajeran de algún restaurante, pero apenas lo pro­baba y después de dejar los palillos, al momento, me decía que me lo comiera. 

No que lo sirvieran en un plato aparte; no, decía que comiéra­mos del mismo plato y entonces fingía que lo comía con la cuchara y los palillos y, en realidad, dejaba que me lo comiera yo solo. Se queda­ba observando, tragando saliva, el deleite y la satisfacción con que yo comía, y cuando la comida estaba ya dentro de mi estómago decía como si eructase:

-¡Qué bien he comido! ¡Me siento tan lleno!

-Pero, si sólo ha estado viéndome comer.

-A mí también me parece extraño. Cuando veo comer al señor Man-bok, me da la impresión de que mi cuerpo penetra sin darme cuenta en el cuerpo del señor Man-bok y que su cuerpo y el mío se convierten en uno solo. Siento que formamos un solo cuerpo y que la comida entra por mi boca.

No sólo era con la comida. Un día, el señor Chang Hyeon-sam, después de ver una competición de ciclismo, hizo que me compraran una bicicleta y que yo anduviera en ella. Otro día dijo que quería aprender a conducir y por esa razón, fui con él a la autoescuela y aprendí a conducir.

De esa manera pasó un año y volvió la primavera y, un día, el señor Chang Hyeon-sam me dijo, repentinamente:

-Señor Man-bok ¿podría ir usted en mi lugar a encontrarse con una mujer?'

-¿Que qué?-, pregunté sorprendido.

-Me van a presentar a la que será mi esposa y quisiera que el señor Man-bok fuera en mi lugar.

-Si insiste en que yo vaya en su lugar podría hacerlo, pero... Dejé la frase en suspenso porque a diferencia de otros asuntos, no sabía lo que debía hacer en este caso.

-Pues bien. Entonces, empecemos a hacer los preparativos. Lo dijo muy decididamente, como si ya todo estuviera acordado. El señor Chang Hyeon-sam y yo montamos la silla de ruedas en un taxi y nos fuimos al centro. Entré en una sastrería de alta categoría del cen­tro y en presencia del señor Chang Hyeon-sam, que me observaba sen­tado en su silla de ruedas, me mandé hacer un traje de primera cali­dad. 

Visitamos una zapatería para encargar unos zapatos de primera clase y regresamos a casa, después de pasar por una tienda en la que compramos una camisa, una corbata, un cinturón y otros accesorios, siempre de la mejor calidad.

Por fin, acudí a la cita, estrenando aquel atuendo de la mejor calidad. El señor Chang Hyeon-sam vino detrás y se sentó un tanto ale­jado, desde donde observaba el encuentro que yo sostenía. La mujer era bastante bonita y atractiva. En realidad, si era bonita o fea no me concernía a mí, sino al señor Chang Hyeon-sam, sentado cerca de nosotros. 

Aunque fui presentado ante la familia de la novia con el nom­bre, la edad y la posición del señor Chang Hyeon-sam, no me preocu­paba pensando en lo que haría si se descubría la verdad o si se compli­caba el asunto.

Sin embargo, empezó a entrarme miedo cuando se celebró la ceremonia de compromiso, un mes después de que me presentaran a la novia.

-Si hasta en la ceremonia de compromiso voy yo de novio, ¿no se complicaría el asunto?-, pregunté preocupado.

-No, no, nada de eso. Si el señor Man-bok no va de novio, enton­ces sí que puede complicarse.

Esa fue su respuesta. Por lo tanto, no pude evitar ser el novio en la ceremonia de compromiso. El señor Chang Hyeon-sam participó en aquella formalidad como miembro de la familia del novio, y el sonido que producía la cámara al tomarnos fotos cuando el novio y la novia intercambiamos los regalos, hacía que me diera la impresión de que estaba sumergiéndome en un profundo pozo.

Al regresar de la ceremonia puse delante del señor Chang Hyeon-sam el reloj de pulsera que había recibido como regalo de com­promiso.

-Como lo ha recibido el señor Man-bok, puede usted ponérselo-, comentó devolviéndomelo.

-¿Qué hacemos si se descubre?

Mi voz temblaba.

-No hay de qué preocuparse. Piense que ya no es usted Lee Man-bok sino Chang Hyeon-sam. Ya sea en la ceremonia de compromiso, en la boda o haciendo algo más importante, piense que no es Lee Man-bok quien lo hace, sino Chang Hyeon-sam dentro del cuerpo de Lee Man-bok. Ahora, míreme...

Hablaba mirándome fijamente, con unos ojos penetrantes. Le miré también con la misma intensidad.

Tuve la impresión de que, de pronto, mi cuerpo era absorbido por sus ojos y que se unía en uno solo con el cuerpo del señor Chang Hyeon-sam. Cerré los ojos.

Un mes después me casé con aquella mujer. Fuimos de luna de miel y la primera noche, abracé su cuerpo desnudo y juntamos nues­tras carnes, repitiéndome constantemente: soy Chang Hyeon-sam, no Lee Man-bok, sino Chang Hyeon-sam.

Esa extraña vida matrimonial se extendió por un año. Tuve un hijo. El apellido del niño, siguiendo al señor Chang, era Chang y el nombre también se lo puso él. En el registro civil, el señor Chang Hyeon-sam y mi mujer eran cónyuges, por lo que mi hijo lo era de Chang Hyeon-sam y de mi mujer.

Tres meses después del nacimiento del niño murió la madre por complicaciones posteriores al parto. Aunque no hubiera sido nada grato para la fallecida, después de haber superado la tristeza por su muerte, empecé a recuperar mi propia persona.

Sentía que la muerte de la mujer me había salvado de la oscura cárcel en la que me encontraba.

Un día, el señor Chang Hyeon-sam me dijo:

-Deseo que vaya a mi pueblo natal y se ocupe de los sepulcros de mis antepasados.

Me dio un mes de vacaciones para que al regreso hiciera un viaje turístico. A mi hijo lo cuidaría una niñera y ya tenían a la persona que ayudaría al señor Chang Hyeon-sam en mi ausencia. Emprendí el viaje alegremente.

Cuando regresé al cabo del mes, la familia del señor Chang Hyeon-sam se había mudado. Me esperaba la libreta de ahorros que marcaba los ingresos mensuales de mi salario de todo ese tiempo y una carta en la que me decía que la casa la había registrado a mi nombre. 

Repentinamente me asaltó la soledad. Bajo aquella soledad todo mi cuerpo quedó invadido por la dolorosa añoranza de mi hijo. De haber­lo querido, fácilmente podría conseguir su nueva dirección.

Sin embargo, sumergiendo mi cuerpo en la silla mecedora, junto a la ventana en la que el señor Chang Hyeon-sam solía sentarse para ver el jardín, contuve el impulso de salir en busca de ellos. El verano comenzaba a madurar en el jardín.