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El burgomaestre embotellado - Emite Erckmann

Siempre profesé una gran estima e incluso una cierta veneración por el noble vino del Rhin; es espumoso como el champaña, entona como el borgoña, endulza la garganta como el Burdeos, posibilita la imaginación como los licores de España, nos vuelve sentimentales como el Lacryma Christi; en fin, por encima de todo, hace soñar, extiende ante nuestros ojos el amplio campo de la fantasía.

En 1846, hacia el fin del otoño, decidí ir en peregrinación a Johannisberg. Montado en un pobre rocín de hundidos costados, había colocado dos botijos de hojalata en sus amplias cavidades intercostales y viajaba por pequeñas etapas.

¡Qué espectáculo tan fantástico es la vendimia! Uno de mis botijos estaba siempre vacío, el otro siempre lleno; cuando dejaba un viñedo, siempre había otro en perspectiva. Mi única pena era no poder compartir este placer con un verdadero entendido.

Un atardecer, cuando el sol ya había desaparecido, aunque todavía lanzaba algunos rayos perdidos por entre las anchas hojas de vid, oí el trotar de un caballo tras de mí. Me aparté ligeramente a la izquierda para dejarle paso y ¡cuál no sería mi sorpresa al reconocer a mi amigo Hippel, que al verme, me saludó alegremente!

Ya conocéis a Hippel: su nariz carnosa, su boca especial para la degustación, su vientre de tres pisos. Parecía el buen Sileno persiguiendo al dios Baco. Nos abrazamos con entusiasmo.

Hippel viajaba con el mismo objetivo que yo: distinguido catador, quería determinar su opinión sobre el matiz de ciertos viñedos, que siempre le habían dejado algunas dudas. Proseguimos juntos el viaje.

Hippel estaba eufórico; planificó nuestro itinerario por los viñedos de Rheingau. De vez en cuando nos deteníamos para abrazar a nuestros botijos y para escuchar el silencio reinante.

Ya había caído la noche cuando llegamos a un pequeño albergue situado en la vertiente de la colina. Desmontamos. Hippel dio un vistazo por una ventanilla que estaba casi al nivel del suelo: sobre una mesa brillaba una lámpara, al lado de la lámpara dormía una vieja.

—¡Abrid! —gritó mi compañero—, ¡abrid, abuela!

La vieja se estremeció, se levantó y, cuando llegó a la ventana, apoyó su arrugado rostro contra uno de los cristales. Parecía una de esas antiguas vidrieras flamencas en las que el ocre y el bistre se disputan la presencia.

Cuando la vieja sibila nos distinguió, esbozó una sonrisa y nos abrió la puerta.

—Entrad, señores —dijo con una voz trémula—; voy a despertar a mi hijo, sed bienvenidos.

—Celemín para nuestros caballos y una buena cena para nosotros —gritó Hippel.

—Bien, bien —dijo la vieja, apresurándose.

Salió dando pequeños pasitos y la oímos subir una escalera más carcomida que la escalera de Jacob.

Permanecimos unos minutos en una sala baja, cuya atmósfera estaba viciada. Hippel corrió a la cocina y volvió para comunicarme que había constatado la existencia de varios cuartos de tocino en la chimenea.

—Cenaremos —dijo frotándose el abdomen—. Sí, cenaremos.

Las tablas rechinaron por encima de nuestras cabezas y, casi al mismo tiempo, un vigoroso joven, vestido con un simple pantalón, desnudo de tórax, los cabellos desmelenados, abrió la puerta, dio cuatro pasos y salió sin dirigirnos la palabra.

La vieja encendió fuego y la manteca empezó a freírse en la paella.

La cena fue servida. Pusieron sobre la mesa un jamón escoltado por dos botellas: una de vino tinto y otra de vino blanco.

—¿Cuál de las dos prefieren? —preguntó la posadera.

—Hay que verlo —contestó Hippel, ofreciendo su vaso a la vieja, que le sirvió vino tinto.

También llenó mi vaso. Lo saboreamos: era un vino áspero y fuerte. Tenía un gusto muy especial, ¡como un perfume de verbena, de ciprés! Bebí algunas copas y una profunda tristeza se apoderó de mí. Por el contrario, Hippel chasqueó la lengua con expresión satisfecha.

—¡Extraordinario! —dijo—. ¡Extraordinario! ¿De dónde lo sacáis, abuela?

—De un viñedo vecino —dijo la vieja, con una extraña sonrisa.

—Extraordinario viñedo —prosiguió Hippel, y se llenó la copa de nuevo.

Me pareció que bebía sangre.

—¿Pero qué cara pones, Ludwig? —me dijo—. ¿Te ocurre algo?

—No —contesté—, pero no me gusta el vino tinto.

—Sobre gustos no hay disputas —observó Hippel; luego vació la botella y comenzó a golpear la mesa—. ¡Del mismo —gritó—, siempre del mismo, y, sobre todo, nada de mezclas, guapa posadera! ¡Yo sé lo que hago! ¡Mil diablos!, este vino me reanima, es un vino generoso.

Hippel se apoyó en el respaldo de su silla. Me pareció que su cara se descomponía. De un trago vacié la botella de vino blanco y la alegría volvió a mi ser. La preferencia de mi amigo por el vino tinto me pareció ridícula, pero excusable.

Continuamos bebiendo hasta la una de la madrugada; él, tinto, y yo, blanco.

¡La una de la madrugada! Es la hora en que da audiencia la señora Fantasía. Los caprichos de la imaginación extienden sus diáfanas vestiduras bordadas con cristal y azur, como las de la mosca, las del escarabajo y las de la damita de las aguas durmientes.

¡La una! Es el momento en que la música celestial acaricia el oído del soñador, sopla en su interior la armonía de las esferas invisibles. Entonces trota el ratoncillo, la lechuza extiende sus alas de plumón y pasa silenciosa por encima de nuestras cabezas.

—La una —le dije a mi compañero—, hay que acostarse si queremos marcharnos mañana.

Hippel se levantó tambaleándose.

La vieja nos condujo a una habitación con dos camas y nos deseó un feliz sueño.

Nos desnudamos; yo fui el último en acostarme para apagar la luz. Apenas me había acostado, Hippel ya dormía profundamente; su respiración parecía el soplo de la tempestad. No pude dormir: mil sombras extrañas daban vueltas a mi alrededor; los gnomos, los diablillos, las brujas de Walpurgis ejecutaban en el techo sus danzas cabalísticas. ¡Curiosos efectos del vino blanco!

Me levanté, encendí la lámpara y, atraído por una invencible curiosidad, me acerqué a la cama de Hippel. Su cara estaba roja, su boca abierta, la sangre agitaba sus tímpanos, sus labios se movían como si quisiera hablar. Mucho rato permanecí inmóvil cerca de él; habría querido escrutar con la mirada al fondo de su alma; pero el sueño es un misterio impenetrable que, como la muerte, guarda sus secretos.

Tan pronto la cara de Hippel expresaba terror, como tristeza o melancolía; a veces se contraía, como si fuera a llorar. Esta bondadosa cara, hecha para reír a carcajadas, tenía un extraño aspecto bajo la impresión del dolor.

¿Qué ocurría al fondo de este abismo? Veía claramente algunas olas subir a la superficie, pero ¿de dónde provenían estas profundas conmociones? De repente, el durmiente se levantó, sus párpados se abrieron y vi que sus ojos estaban en blanco. Todos los músculos de su cara temblaron, su boca pareció querer proferir un grito de horror; luego volvió a caer y oí un lamento.

—¡Hippel! ¡Hippel! —comencé a gritar, y le lancé un jarro de agua por la cara.

Se despertó.

—¡Ah! —dijo—. ¡Loado sea el Señor, era un sueño! Mi querido Ludwig, te agradezco que me hayas despertado.

—Está muy bien, pero ahora me contarás lo que estabas soñando.

—Sí..., mañana... Déjame dormir..., tengo sueño.

—Hippel, eres un ingrato; mañana lo habrás olvidado por completo.

—¡Pardiez! —repitió—. Tengo sueño..., no puedo más... Déjame... ¡Déjame!

No pensaba dejarlo dormir.

—Hippel, volverás a soñar lo mismo y esta vez te abandonaré sin misericordia.

Estas palabras produjeron un efecto instantáneo.

—¡Volver a soñar lo mismo! —gritó, saltando de la cama—. ¡Rápido, mis ropas, mi caballo, me voy! ¡Esta casa está embrujada! Tienes razón, Ludwig; el diablo vive entre esas paredes. ¡Marchémonos!

Se vistió precipitadamente. Cuando acabó, le detuve.

—Hippel —le dije—, ¿por qué huimos? Son las tres de la mañana, nos conviene dormir.

Abrí la ventana y el aire fresco que penetró en la habitación disipó todos los temores. Apoyado al borde de la ventana, me explicó lo que sigue:

—Ayer hablamos de los más famosos viñedos de Rheingau —me dijo—. Aunque jamás haya recorrido esta región, mi espíritu pensaba en ello, y el fuerte vino que bebimos dio un sombrío color a mis ideas. Lo más sorprendente es que en mi sueño yo creía ser el burgomaestre de Welche (pueblo vecino) y me identificaba hasta tal punto con este personaje, que podría describirlo como si se tratara de mí mismo. Este burgomaestre era un hombre de altura media y casi tan corpulento como yo; llevaba un vestido con grandes faldones que tenía botones de cobre; a lo largo de sus piernas había otra hilera de botones de forma piramidal. Un tricornio cubría su calva cabeza; en fin, era un hombre de una gravedad estúpida, que sólo bebía agua, apreciaba únicamente el dinero y no pensaba más que en aumentar sus propiedades.

»Al ponerme el vestido del burgomaestre, también había tomado su carácter. Me hubiera despreciado a mí mismo, Ludwig, si me hubiera reconocido. ¡El cretino burgomaestre que era! ¿No es mejor vivir alegremente y burlarse del futuro, que amontonar escudo sobre escudo y destilar bilis? Pero es igual... Heme aquí, burgomaestre.

»Me levanto de la cama y la primera cosa que me inquieta es saber si los obreros trabajan en mi viña. Para desayunar como un mendrugo de pan. ¡Un mendrugo de pan! ¡Hay que ser roñoso, avaro! Yo que me zampo mi costilla y me bebo una botella todas las mañanas. En fin, es igual; tomo, es decir, el burgomaestre coge un mendrugo de pan y se lo mete en el bolsillo. Recomienda a su vieja sirvienta fregar la habitación y preparar la comida para las once; carne de cocido y patatas, creo. ¡Una comida bien pobre! No importa... Sale.

»Podría descubrirte el camino, la montaña —me dijo Hippel—. Los veo con toda claridad. ¿Es posible que un hombre en sus sueños pueda imaginarse un paisaje de este modo? Veía campos, jardines, prados, viñedos. Pensaba: "Esta es de Pedro; esta otra de Jaime, esta de Enrique"; y me detenía ante algunas de estas parcelas y me decía: "¡Diantre, los tréboles de Jacobo están soberbios!". Y más lejos: "¡Diantre! Esta fanega de viña me iría de perlas". Pero ya entonces empecé a notar una especie de adormecimiento, un dolor de cabeza indefinible. 
 
»Apuré el paso. De pronto, salió el sol y el calor se hizo excesivo. Yo seguía un sendero que trepaba a través de las viñas, por la vertiente de la colina. Este sendero concluía en los escombros de un viejo castillo y detrás veía mis cuatro fanegas. Me daba prisa en llegar. Estaba muy acalorado al penetrar en las ruinas y me detuve para tomar aliento: la sangre se agolpaba en mis oídos y el corazón saltaba en mi pecho, como el martillo golpea al yunque. El sol era de fuego. Quise reemprender mi camino; pero de repente fui alcanzado como por un golpe de maza y caí detrás de un trozo de muralla y me di cuenta de que había sufrido un ataque de apoplejía.

»Entonces la desesperación se apoderó de mí. "Estoy muerto —me dije—, el dinero que guardé con tantos esfuerzos, los árboles que cultivé con tanto cuidado, la casa que construí, todo perdido, todo pasa a mis herederos. Estos miserables, a los que no les hubiera dado ni un kreutzer, se enriquecerán a expensas mías. ¡Oh, traidores, estaréis contentos con mi desgracia..., cogeréis las llaves de mi bolsillo, os repartiréis mis bienes, gastaréis mi oro... Y yo... yo... asistiré a este saqueo! ¡Qué espantoso suplicio!".

»Noté cómo mi alma salía del cadáver, pero permaneció de pie a su lado. Esta alma de burgomaestre vio que su cadáver tenía la cara azul y las manos amarillas. Como hacía mucho calor y un sudor de muerto le surcaba la frente, grandes moscas se posaron en el rostro; una entró en la nariz..., ¡el cadáver no se movió! ¡Muy pronto toda la cara estuvo llena de ellas y el alma desolada no pudo espantarlas!

»Estaba allí..., allí..., durante minutos que contaba como siglos: empezaba su infierno.

»Pasó una hora y el calor aumentaba: ¡ni un soplo de aire, ni una nube! Al fondo de las ruinas apareció una cabra; pastaba en la tierra las hierbas salvajes que crecían en medio de los escombros. Al pasar cerca de mi pobre cuerpo, dio un brinco de lado; luego volvió, abrió sus grandes ojos con inquietud, olió los alrededores y prosiguió su caprichoso camino por la cornisa de un torreón. Un joven pastor que la descubrió corrió para llevársela, pero al ver el cadáver lanzó un grito y huyó a toda velocidad en dirección al pueblo.

»Pasó otra hora, lenta como la eternidad. Al fin se oyó un ruido de pasos detrás del recinto y mi alma vio trepar lentamente..., lentamente... al juez de paz, seguido de su secretario y de muchas otras personas. Les reconocí a todos. Al verme, exclamaron:

»—¡Es nuestro burgomaestre!

»El médico se acercó a mi cuerpo y espantó las moscas, que volaron dando vueltas como un enjambre. Miró, levantó un brazo ya tieso y dijo con indiferencia:

»—Nuestro burgomaestre ha muerto de un ataque de apoplejía; debe estar aquí desde la mañana. Nos lo llevaremos de aquí, y es mejor enterrarlo cuanto antes, pues este calor precipita la descomposición.

»—Entre nosotros —dijo el secretario—, la comunidad no pierde gran cosa. Era un avaro, un imbécil; no entendía nada de nada.

»—Sí —añadió el juez, y parecía criticarlo todo—. No es de extrañar, los necios se creen siempre listos.

»—Será necesario avisar a los porteadores —prosiguió el médico—; su carga será pesada, este hombre tenía más tripa que cerebro.

»—Voy a redactar el acta de defunción. ¿A qué hora fijamos su muerte? —preguntó el secretario.

»—Pon descaradamente que ha muerto a las cuatro.

»—El avaro —dijo un campesino— iba a espiar a sus obreros para tener el pretexto de requisarles algún dinero al final de la semana. —Luego, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando al cadáver, dijo—: Y bien, burgomaestre, ¿de qué te sirve ahora haber exprimido al pobre mundo? La muerte te ha llevado igualmente.

»—¿Qué es lo que lleva en su bolsillo? —preguntó otro.

»Sacó mi mendrugo de pan.

»—Eso era su desayuno.

»Todos estallaron en risas.

»Hablando de esta manera, la comitiva se dirigió hacia la salida de las ruinas. Mi pobre alma todavía pudo oírles unos minutos; el ruido cesó poco a poco. Me quedé con la soledad y el silencio.

»Las moscas volvieron a miles.

»No sabría decir cuánto tiempo pasó —prosiguió Hippel—, pues en mi sueño los minutos no tenían fin. Al cabo de un rato llegaron los porteadores, maldijeron al burgomaestre al levantar su cadáver. El alma del pobre hombre les siguió, sumida en un inexpresable dolor. Bajé de nuevo el camino por el que había venido, pero esta vez veía mi cuerpo transportado ante mí en una camilla. Cuando llegamos a mi casa, encontré a mucha gente que me esperaba; ¡reconocí a mis primos y a mis primas hasta la cuarta generación! Dejaron la camilla en el suelo y todos se acercaron para observarme.

»—Es él, sin duda —decía uno.

»—Está bien muerto —decía otro.

»Mi sirvienta también se acercó y, juntando las manos con un aire patético, exclamó:

»—¿Quién podía prever esta desgracia? Un hombre gordo y vigoroso, de buen aspecto. ¡No somos nada!

»Fue una verdadera oración fúnebre. Me trasladaron a una habitación y me colocaron sobre un lecho de paja. Cuando uno de mis primos sacó las llaves de mi bolsillo, quise gritar de rabia. Desgraciadamente, las almas no tienen voz; en fin, mi querido Ludwig, vi cómo abrían mi escritorio, cómo contaban mi dinero, valoraban mis pagarés, sellaban documentos; vi cómo mi sirviente sacaba de un escondite mis mejores vestidos; y, aunque la muerte me libraba de todas las necesidades, no pude evitar sentir hasta los ochavos que me quitaban.  
 
»Me desnudaron, me vistieron con una camisa larga, me metieron entre cuatro tablas y asistí a mis propios funerales. Cuando me bajaron a la fosa, me invadió la desesperación: ¡todo estaba perdido! Fue entonces cuando me despertaste, Ludwig; todavía me parece oír la tierra encima de mi ataúd.

Hippel se calló y vi cómo se estremecía.

Permanecimos mucho tiempo meditabundos, sin intercambiar una palabra; el canto del gallo nos advirtió que la noche se acababa, las estrellas parecieron borrarse ante la proximidad del día. Otros gallos lanzaban al espacio sus penetrantes gritos y se contestaron de una granja a otra. Un perro guardián salió de su caseta para hacer su ronda matinal; luego una alondra, todavía soñolienta, gorjeó algunas notas de su alegre cantar.

—Hippel —dije a mi compañero—, ya es hora de marcharse si queremos aprovechar el fresco.

—Es cierto —me dijo—, pero, ante todo, hay que comer algo.

Bajamos; el posadero estaba vistiéndose. Cuando se hubo puesto la camisa, nos sirvió los restos de nuestra comida; llenó uno de mis botijos de vino blanco y el otro de vino tinto, herró las dos monturas y nos deseó un buen viaje.

Todavía no estábamos a media legua del albergue cuando mi amigo Hippel, siempre sediento, tomó un trago de vino tinto.

—¡Brrr! —hizo como si tuviera vértigo—. ¡Mi sueño, mi sueño de la noche!

Lanzó su caballo al trote para escapar de esta visión, que se manifestaba por extrañas expresiones en su rostro; lo seguí de lejos, mi pobre rocinante reclamaba mejores modales.

Salió el sol, una tintura pálida y rosada invadió el azul sombrío del cielo; las estrellas se perdieron en medio de esta luz deslumbrante como una grava de perlas en las profundidades del mar.

A los primeros rayos de la mañana, Hippel detuvo su caballo y me esperó.

—No sé —me dijo— qué siniestras ideas me vienen a la mente. Este vino tinto debe tener alguna extraña virtud: agrada a mi garganta, pero ataca a mi cerebro.

—Hippel —le contesté—, no hay que disimular que algunos licores encierran los principios de la fantasía e incluso de la fantasmagoría. He visto entristecer a personas alegres, idiotizar a gente inteligente y viceversa, después de algunas copas de vino en el estómago. Es un profundo misterio; ¿qué ser insensato se atrevería a poner en duda este poder mágico del alcohol? ¿No es el cetro de una fuerza superior, incomprensible, ante la cual debemos inclinar la cabeza, ya que todos sufrimos a veces su influencia divina o infernal?

Hippel reconoció la fuerza de mis argumentos y permaneció en silencio, como perdido en inmensos pensamientos.

Andábamos por un estrecho sendero que serpentea por los bordes del Queich. Los pájaros dejaban oír su gorgojeo, la perdiz lanzaba su grito gutural, escondiéndose bajo las anchas hojas de la vid. El paisaje era magnífico; el riachuelo murmuraba huyendo a través de pequeñas torrenteras. A derecha e izquierda se extendían colinas cargadas de soberbias cosechas.

Nuestro camino formaba un recodo en la vertiente de la colina. De repente, mi amigo Hippel se quedó inmóvil, la boca abierta, las manos abiertas en actitud de estupor; luego, raudo como una flecha, se volvió para huir, pero yo agarré su caballo por la rienda.

—¡Hippel! ¿Qué te sucede? —le grité—. ¿Es que Satán te ha tendido una emboscada? ¿O es que el ángel de Balaam ha hecho brillar su espada ante tus ojos?

—¡Déjame! —decía debatiéndose—. ¡Mi sueño! ¡Es mi sueño!

—Vamos, cálmate, Hippel; el vino tinto encierra, sin duda, propiedades perjudiciales; toma un trago de este otro, es un jugo generoso que aparta los siniestros pensamientos del cerebro humano.

Bebió ávidamente; este licor bienhechor restableció el equilibrio entre sus facultades.

Arrojamos al camino este vino rojo que se había vuelto negro como la tinta; formó grandes burbujas al penetrar en la tierra y me pareció oír como unos sordos mugidos, voces confusas, suspiros, pero tan débiles que parecía que saliesen de una lejana comarca y que nuestros oídos no las podían percibir, sólo las fibras más íntimas del corazón. Era el último suspiro de Abel, cuando su hermano lo derribó sobre la hierba y la tierra se abrevó con su sangre.

Hippel estaba demasiado emocionado para darse cuenta de este fenómeno, pero a mí me afectó profundamente. Al mismo tiempo vi a un pájaro negro que salía de un matorral y se escapó profiriendo un chillido de terror.

—Siento —dijo entonces Hippel— que dos principios contradictorios luchan en mi ser: el negro y el blanco, el principio del mal y el principio del bien. ¡Sigamos!

Proseguimos el camino.

—Ludwig —continuó muy pronto mi amigo—, en este mundo ocurren cosas tan extrañas, que el espíritu debe humillarse temblando. Tú sabes que jamás he recorrido esta región. Bien: ayer sueño y hoy veo con mis propios ojos la fantasía del sueño erigirse ante mí; mira este paisaje, es el mismo que vi durante mi sueño. Aquí están las ruinas del viejo castillo donde tuve el ataque de apoplejía. 
 
Aquí está el sendero que recorrí y ahí abajo se encuentran mis cuatro fanegas de viña. No hay un árbol, un arroyo, un matorral que no reconozca como si los hubiese visto mil veces. Cuando demos la vuelta a este recodo del camino veremos al fondo del valle el pueblo de Welche: la segunda casa a la derecha es la del burgomaestre; posee cinco ventanas en la parte alta de la fachada, cuatro abajo y la puerta. 
 
A la izquierda de mi casa, es decir, de la casa del burgomaestre, verás un hórreo, una caballeriza. Es allí donde guardaba mis animales. Detrás, en un pequeño patio, bajo un amplio tenducho, se encuentra un lagar con dos caballos. En fin, mi querido Ludwig, tal como soy, ahí me tienes resucitado. 
 
El pobre burgomaestre te mira con mis ojos, te habla por mi boca y, si no me acordara de que antes de ser burgomaestre, roñoso, avaro, rico propietario, fui Hippel, el vividor, dudaría en decir quién soy yo, pues lo que veo me recuerda otra existencia, otras costumbres, otras ideas.

Todo ocurrió como Hippel me lo había predicho; vimos el pueblo desde lejos, al fondo de un soberbio valle, entre dos ricos viñedos, las casas diseminadas por los bordes del río; la segunda a la derecha era la del burgomaestre.

A todos los individuos que nos encontramos, Hippel tuvo el vago recuerdo de haberles conocido; algunos le parecieron incluso tan familiares, que estuvo a punto de llamarlos por su propio nombre; pero la palabra se le quedaba en la boca, no la podía apartar de otros recuerdos. Por otra parte, al ver la indiferencia con que nos recibían, Hippel se dio cuenta de que era un desconocido y de que su cara enmascaraba por completo la difunta alma del burgomaestre.

Nos detuvimos en un albergue que mi amigo me indicó como el mejor del pueblo, pues lo conocía de muchos años. Nueva surprise: la patrona del albergue era una gruesa comadre, viuda desde hacía mucho tiempo, y a la que el burgomaestre había deseado para segundas nupcias.

Hippel sintió un incontenible deseo de estar a su lado, pues todas sus viejas simpatías afloraron a la vez. No obstante, logró dominarse: el verdadero Hippel combatía las tendencias matrimoniales del burgomaestre. Se limitó a pedirle solamente, con la mayor amabilidad que pudo, una buena comida y el mejor vino de la comarca.

Cuando estuvimos en la mesa, una natural curiosidad llevó a Hippel a informarse de lo que había ocurrido en el pueblo después de su muerte.

—Señora —dijo a nuestra patrona con una aduladora sonrisa—, ¿debisteis conocer sin duda al antiguo burgomaestre de Welche?

—¿Es el que murió hace tres años de un ataque de apoplejía? —preguntó.

—Precisamente —contestó mi amigo, mirando con curiosidad a la señora.

—¡Sí, le conocí! —exclamó la comadre—, era un viejo roñoso que quería casarse conmigo. Si hubiera sabido que moriría tan pronto hubiese aceptado. Me propuso una donación mutua al último superviviente.

Esta respuesta desconcertó un poco a mi querido Hippel; el amor propio del burgomaestre había sido terriblemente ofendido. No obstante, se contuvo:

—Es decir, que no lo amabais, señora.

—¡Cómo es posible amar a un hombre tan feo, sucio, asqueroso, roñoso y avaro!

Hippel se levantó para mirarse en el espejo. Al ver sus carrillos llenos y rollizos, se sonrió a sí mismo y volvió a colocarse ante un pollito, que se puso a despedazar.

—De hecho —dijo—, el burgomaestre podía ser feo, asqueroso; esto no prueba nada en mi contra.

—¿Son ustedes parientes suyos? —preguntó, muy sorprendida, la patrona.

—¡No, no le conocí jamás! Sólo digo que algunos son feos y otros guapos; porque tenga la nariz situada en la mitad de la cara como vuestro burgomaestre, esto no prueba que uno se le parezca.

—¡Oh, no! —dijo la comadre—. No poseéis ningún rasgo de su familia.

—Por otra parte —prosiguió mi amigo—, yo no soy avaro, lo que demuestra que no soy vuestro burgomaestre. Traed dos botellas del mejor vino que tengáis.

La dama salió y aproveché esta ocasión para advertir a Hippel de que no se metiera en estas conversaciones que podrían traicionar su incógnito.

—¿Por quién me tomas, Ludwig? —exclamó, furioso—. Debes saber que yo soy tan burgomaestre como tú y la prueba es que mis papeles están en regla.

Sacó su pasaporte. La patrona volvía.

—Señora —dijo—, ¿es que vuestro burgomaestre se parecía a esta descripción? —Leyó—: "Frente mediana, gruesa nariz, labios espesos, ojos grises, estatura alta, cabellos castaños".

—Más o menos —dijo la patrona—, salvo que era calvo.

Hippel se pasó la mano por sus cabellos, exclamando:

—¡El burgomaestre era calvo y nadie osará afirmar que yo soy calvo!

La patrona creyó que mi amigo estaba loco, pero como se levantó después de pagar la cuenta, no dijo nada. Cuando llegó a la entrada, Hippel se volvió hacia mí y dijo con brusquedad:

—¡Marchémonos!

—Un instante, querido amigo —le contesté—. Primero me conducirás al cementerio donde está enterrado el burgomaestre.

—¡No! —exclamó—. ¡No, jamás! ¿Quieres arrojarme a las garras de Satán? Yo, ¿¡de pie sobre mi propia tumba!? Sería contrario a todas las leyes de la naturaleza. ¿No te das cuenta, Ludwig?

—Cálmate, Hippel —le dije—. En este momento estás bajo el poder de potencias invencibles. Han extendido sobre ti sus finísimas redes, tan transparentes que nadie es capaz de verlas. Hay que hacer un esfuerzo para destruirlas, hay que restituir el alma del burgomaestre, y esto sólo es posible en la tumba. ¿Querrías ser tú el ladrón de esta pobre alma? Sería un robo manifiesto; conozco demasiado bien tu delicadeza para suponerte capaz de una infamia tal.

Estos irrevocables argumentos le decidieron.

—Bueno —dijo—, tendré el valor de hollar estos restos de los que llevo la mitad más pesada. Dios no quiera que me sea imputado un robo tal. Sígueme, Ludwig, te conduciré allí.

Andaba a pasos rápidos, precipitados, con su sombrero en la mano, los cabellos al viento, agitando los brazos, arrugando las piernas, como un desgraciado que cumple su último acto de desesperación y él mismo se anima para no desfallecer.

Primero cruzamos muchas callejuelas, luego el puente de un molino, cuya pesada rueda rompía la blanca capa de espuma; luego seguimos un sendero que recorría una pradera y llegamos, al fin, detrás del pueblo, cerca de un muro bastante alto, cubierto de musgo y clemátides. Era el cementerio.

En uno de los ángulos se levantaba el osario; en el otro, una casita rodeada de un pequeño jardín.

Hippel se lanzó hacia la casita. Allí estaba el sepulturero; a lo largo de los muros había coronas de siemprevivas. El sepulturero estaba esculpiendo una cruz; su trabajo le absorbía hasta tal punto, que se levantó muy sobresaltado cuando entró Hippel. Mi compañero le miró de una manera que le debió asustar, pues durante unos minutos permaneció sobrecogido.

—Buen hombre —le dije—, condúzcanos a la tumba del burgomaestre.

—Es inútil —dijo Hippel—. Sé dónde está.

Y sin esperar la respuesta, abrió la puerta que daba al cementerio y empezó a correr como un loco, saltando por encima de las tumbas y gritando:

—¡Es aquí... aquí... ya hemos llegado!

Evidentemente estaba poseído por el espíritu del mal, pues derribó a su paso una cruz blanca. ¡La cruz de una criatura! El sepulturero y yo le seguíamos de lejos.

El cementerio era bastante grande. Hierbas espesas, de un verde sombrío, se elevaban a tres pies del suelo. Los cipreses arrastraban por el suelo sus largas cabelleras; pero lo primero que me sorprendió fue un enrejado adosado al muro cubierto de una magnífica parra tan cargada de uvas, que los racimos caían unos sobre otros.

Andando, le dije al sepulturero:

—Aquí tenéis una viña que debe daros mucho dinero.

—¡Oh, señor! —dijo en un tono dolorido—, esta viña no me da gran cosa. Nadie quiere mi uva; lo que viene de la muerte vuelve a la muerte.

Miré a ese hombre. Tenía la mirada falsa, una sonrisa diabólica contraía sus labios y sus mejillas. No creí lo que decía.

Llegamos ante la tumba del burgomaestre; estaba cerca del muro. Ante ella había un enorme cepo de viña, lleno de jugo y que parecía saciado como una boa. Sus raíces debían penetrar hasta el fondo de los ataúdes, disputando su presa a los gusanos. Además, sus racimos eran de un rojo violeta, mientras que los de los otros eran de un blanco ligeramente rojizo.

Hippel, apoyado en la vid, parecía más calmado.

—Usted no come de esta uva —le dije al sepulturero—, pero la vende.

Palideció negando con la cabeza.

—La vende al pueblo de Welche, y hasta puedo nombrarle el albergue donde se bebe vuestro vino —exclamé—. Es el albergue de la Flor de lis.

El sepulturero se estremeció. Hippel quería lanzarse al cuello de este miserable; fue necesaria mi intervención para evitar que lo descuartizara.

—Malvado —le dijo—, me has hecho beber el alma del burgomaestre. ¡He perdido mi personalidad!

Pero, de repente, una idea luminosa acudió a su mente, se volvió hacia el muro y se puso en la célebre postura del Manneken Pis brabanzón.

—¡Loado sea el Señor! —dijo, volviéndose hacia mí—. He devuelto a la tierra la quintaesencia del burgomaestre. Me he librado de un peso enorme.

Una hora más tarde proseguíamos nuestro camino y mi amigo Hippel había recobrado su alegría natural.

Berenice - Edgar Allan Poe


Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas.

(Ebn Zaiat)

 

La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como el arco iris, sus colores son tan variados como los de este, a la vez tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país torres más venerables que las de mi sombría y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes detalles —en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la naturaleza muy peculiar de los libros— hay elementos suficientes para justificar esta creencia.

Los recuerdos de mi niñez se relacionan con esta mansión y con sus libros. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y tristes; un recuerdo que no puedo marginar; una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también por la imposibilidad de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.


Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza. Suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro. Yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras.

¡Berenice! —invoco su nombre—, ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos. ¡Oh encantadora y fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces... entonces todo es misterio y terror, y una historia que no se debe contar. La enfermedad —una enfermedad mortal— cayó sobre ella como el simún y, mientras yo la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su mente y en su carácter. Yo ya no la reconocía como Berenice.


Mi propia enfermedad crecía con extrema rapidez, asumiendo un carácter monomaníaco. Consistía en una morbosa irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención.

Reflexionar largas, infatigables horas con la atención fija en alguna nota trivial de un libro; estar absorto durante buena parte de un día de verano en una sombra extraña sobre el tapiz; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una lámpara; repetir monótonamente una palabra común hasta que el sonido dejaba de suscitar en mi mente alguna idea... Estas eran algunas de las extravagancias provocadas por mi estado.

Fiel a su propio carácter, mi trastorno se recreaba en los cambios producidos en la constitución física de Berenice. En los días más brillantes de su belleza incomparable, no la amé. Mis sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones siempre venían de la mente. La veía no como una moradora de la tierra, sino como su abstracción; no como algo para admirar, sino para analizar. Y ahora, cuando se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, yo palidecía en su presencia.


Una tarde de invierno, vi a Berenice ante mí. Su delgadez era extrema. Mi ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro. Sus labios se entreabrieron y, en una sonrisa de expresión peculiar, los dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto!

De los desordenados aposentos de mi cerebro no se podía apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mella en sus bordes que no se grabara en mi memoria. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes. Los anhelaba con un deseo frenético. Llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Sentí que solo su posesión me podría devolver la paz.


Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror. Una criada, deshecha en lágrimas, me dijo que Berenice ya no existía. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana y, al caer la noche, ya estaba enterrada.

Me encontré sentado en la biblioteca, solo. Sabía que era medianoche. El recuerdo del intervalo desde la puesta del sol estaba lleno de un horror vago y ambiguo. En la mesa, a mi lado, había una pequeña caja que pertenecía al médico de la familia. ¿Por qué me estremecí al fijarme en ella?

Sonó un suave golpe en la puerta. Un criado entró de puntillas, pálido como un habitante de una tumba. Con voz quebrada, me habló de un grito salvaje que había turbado el silencio de la noche, de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que ¡aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía!

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contesté nada. Me tomó la mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a una pala que había en la pared. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla; se me escapó de las manos y se rompió en pedazos al caer al suelo.

Y entre estos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo.

En el bosque - Ryunosuke Akutagawa

  DECLARACIÓN DEL LEÑADOR INTERROGADO POR EL OFICIAL DE INVESTIGACIONES

DE LA KEBUSHI

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la víctima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese pa­raje de la carretera.

 

 

DECLARACIÓN DEL MONJE BUDISTA INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. El marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mu­jer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su cara. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien ar­mado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras para expresarlo...

 

DECLARACIÓN DEL SOPLÓN INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mis­mas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. 

Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él el que mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo.

No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.


 

DECLARACION DE UNA ANCIANA INTERROGADA

POR EL MISMO OFICIAL

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehiro Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba ese destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus palabras.

 

CONFESION DE TAJOMARU

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como la que ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras que voso­tros matáis por medio del poder, del dinero, y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matáis vosotros, la  sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la habéis matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta, me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa iró­nica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar al hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia... Luego... ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo espe­raba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en prác­tica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. 

Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su ma­rido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. 

Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría cos­tado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan fu­rioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conse­guí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. 

Y la escuché decir, entrecorta­damente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. 

Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mu­jer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. 

No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resis­tido más de veinte... (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada.

¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

 

CONFESION DE UNA MUJER QUE FUE AL TEMPLO DE KIYOMIZU

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instinti­vamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. 

En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposi­bilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera, ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia. El bandido había desaparecido, y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentí en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante, me aproximé a mi marido, y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situa­ción horrible en que me encuentro, ya no podré seguir con­tigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte. Has sido testigo de mi ver­güenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal.

Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. 

Después... ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podría hacer. Aunque yo... yo... (Estalla en sollozos.)

 

LO QUE NARRÓ EL ESPÍRITU POR LABIOS DE UNA BRUJA

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No le escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. 

Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. El le decía: «Ahora que tu cuerpo fue manci­llado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos.

Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¿Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado? Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Má­talo! ¡Acaba con él!». 

Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible? ¿Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas? Palabras que... (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas, hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.)  

Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone, ¿no tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza? ¿Quieres que la mate? ...».

Solamente por esta actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla.

Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que mur­muraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba ¡Ah, ese silencio! 

Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo del sol que desaparecía... Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. 

En aquel mo­mento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar...