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Vampirismo - E. T. A. Hoffmann

El conde Hippolyt acababa de llegar de un larguísimo viaje de lejanas tierras para hacerse cargo de la cuantiosa herencia de su padre, fallecido ya hacía algún tiempo. El castillo familiar estaba ubicado en una de las comarcas más bellas y agradables, y las rentas que producían sus tierras servían sobradamente para contribuir con cuanto fuera necesario a su embellecimiento. 

Todo aquello que el conde vio a lo largo de sus viajes, sobre todo en Inglaterra, y que le había parecido encantador, de buen gusto o suntuoso, deseaba que surgiera ahora, de nuevo, ante sus ojos. Los artesanos, obreros y artistas que consideró necesarios para realizar sus proyectos acudieron a su llamada y, al cabo, comenzó a construirse alrededor del castillo un parque inmenso de gran estilo, que también incluía en su entorno la iglesia, el camposanto y la casa parroquial, las cuales pasarían también a formar parte de aquel bosque artificial. 

El propio conde dirigía las obras, pues poseía suficientes conocimientos como para hacerlo. Tal empeño puso en la tarea que ya había pasado más de un año sin que se le ocurriese seguir el consejo que le diera un anciano tío suyo, de mostrar su luz en la corte y dejarse ver entre las damas casaderas del lugar para que pudiera elegir entre ellas como esposa a la que le pareciera más noble, buena y hermosa de todas. 

Precisamente, una mañana que se hallaba sentado a la mesa de dibujo esbozando el plano de un nuevo edificio, le anunciaron la visita de una anciana baronesa, una pariente lejana de su padre. 

En cuanto Hippolyt oyó el nombre de la baronesa, recordó que su padre había hablado siempre de aquella mujer con la más profunda indignación, e incluso con repugnancia, y que a veces también había advertido a personas que pretendían acercarse a ella que harían mucho mejor si se mantenían alejadas de la baronesa; sin embargo, el buen hombre jamás dio razón alguna que justificase su actitud. 

Si se le preguntaba expresamente acerca de estas razones, el conde solía contestar que existían ciertas cosas sobre las que más valía guardar silencio que hablar. Pero algo se sabía, pues en la corte corrían oscuros rumores sobre un extraño y secreto proceso criminal en el que estaba implicada la baronesa, la cual, separada de su marido y expulsada del lejano lugar donde residía, se había librado de la prisión solo gracias a la benevolencia del príncipe. 

Hippolyt se sintió muy molesto por la presencia de una persona a la que su padre aborrecía, a pesar de que no hubiera conocido las razones de dicho aborrecimiento. La ley de la hospitalidad que, sobre todo allí, en el campo, era algo prioritario, le obligaba a recibir a tan molesta visita. Jamás hubo persona alguna cuya apariencia exterior —y no porque fuera fea— hubiera provocado en el conde un rechazo tal como el que, precisamente, provocó en él la baronesa. 

Al entrar, traspasó al conde con una mirada de fuego, luego bajó los ojos y se disculpó por su visita con expresiones que rayaban en la humildad. Se quejó de que el padre del conde, poseído de un sinfín de extraños prejuicios sobre ella, a los que le habían inducido maliciosamente sus enemigos, la hubiera odiado hasta la muerte y que, sin consideración alguna, la hubiera arrojado a la más amarga miseria. 

Vivía, pues, avergonzándose de su estado y sin recibir ningún tipo de ayuda. Por fin, y de forma inesperada —siguió contando—, había entrado en posesión de una pequeña cantidad de dinero que le permitiera abandonar la corte y refugiarse en una alejada ciudad de provincias. 

No había resistido la tentación de realizar este viaje para conocer al hijo de un hombre al que, a pesar del odio injusto e irreconciliable del que la hacía objeto, sin embargo, ella nunca había dejado de respetar. Fue el emotivo tono de veracidad con que habló la baronesa lo que hizo que el conde se conmoviera, máxime cuando, en vez de contemplar la desagradable faz de aquella mujer, se hallaba inmerso en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba. 

La baronesa guardó silencio; el conde pareció no advertirlo, permanecía mudo. Entonces la anciana se disculpó, ya que, dado lo que significaba para ella estar en aquel lugar, por lo que le imponía e impresionaba, no le había presentado al conde de inmediato, nada más entrar, a su hija Aurelie. 

Solo entonces recuperó el conde la palabra y, rojo como la grana a causa de la confusión que también advirtió en la encantadora jovencita, prometió a la baronesa que tuviera a bien concederle reparar aquello que su padre, solo como causa de un malentendido, pudiera adeudarle, y que él mismo la tomaría de la mano para que entrase en su castillo. 

Para confirmar solemnemente su voluntad, tomó la mano de la baronesa, pero de súbito, la palabra y el aliento se le cortaron: un frío glacial inundó todo su ser. Sintió que unos dedos rígidos como la muerte aferraban su mano, y la alta y huesuda figura de la baronesa, que lo miraba fijamente sin visión alguna en sus ojos, le pareció no ser más que un cadáver repugnante, muy acicalado y vestido con un traje multicolor.

—¡Oh, Dios mío, vaya una fatalidad, precisamente ahora! —exclamó Aurelie, quejándose con voz conmovedora y tiernísima de que su pobre madre se viera atacada repentinamente por una de sus parálisis, añadiendo que tal estado solía curarse en muy poco tiempo, sin necesidad de utilizar remedio alguno.

El conde se soltó con esfuerzo de la mano de la baronesa, pero recuperó todo el fuego de la vida y el deleite del amor en cuanto tomó la mano de Aurelie y, apasionadamente, la apretó contra sus labios.

Apenas llegado a la edad viril, Hippolyt sintió por primera vez toda la fuerza de la pasión, de tal modo que fue incapaz de ocultar sus sentimientos; la manera con que Aurelie parecía mirarle, con toda la gracia de su encantadora inocencia, hizo despertar en él la esperanza de conquistarla. 

Habían pasado algunos minutos cuando la baronesa volvió en sí tras su parálisis e, ignorante por completo del estado del que acababa de salir, aseguró al conde cuánto la honraba la propuesta de invitarla a permanecer una temporada en su castillo y, también, que olvidaba para siempre todas las injusticias que su padre le había hecho. 

Así, se transformó súbitamente la situación hogareña del conde y este tuvo que creer que, gracias a una bondadosa jugada del destino, se le otorgaba la dicha de conducir hasta él a la única persona en el mundo entero a quien más ardientemente podría haber deseado como esposa, la única que podría concederle a su espíritu la dicha más inmensa que cupiera en la existencia terrenal. 

El comportamiento de la anciana baronesa siguió siendo el mismo: se mostraba callada y seria, ensimismada, y cuando se presentaba el momento hacía gala de un carácter dulce y de alguna dicha inocente en su apagado corazón. 

El conde se acostumbró al rostro verdaderamente temible y cadavérico de la baronesa, así como a su figura fantasmal, rasgos que atribuía nada más que a la enfermedad que la afligía; también atribuía a su estado su tendencia al delirio nervioso y al desvarío, que la impulsaban —según había llegado a saber por sus servidores— a dar a menudo paseos nocturnos por el parque, y a encaminarse hasta el cementerio. 

El conde se avergonzaba de que también a él le hubiera afectado tanto el prejuicio de su padre, pero en cuanto a las insistentes advertencias de que le hacía objeto un anciano tío suyo instándole a que superara el sentimiento amoroso que lo embargaba y que rompiese una relación que, tarde o temprano, sería la causa de su desgracia, no llegaban a ejercer en él el más mínimo efecto. 

Convencido vivamente, a su vez, del intenso amor de Aurelie, pidió su mano. Podrá imaginarse con qué alegría aceptó la baronesa tal petición, ya que, al punto, se vio rescatada de la más profunda indigencia para ir a parar a los brazos de la fortuna. 

Tanto la palidez como ese aspecto característico que denota la existencia de una inquebrantable tristeza interior desaparecieron del semblante de Aurelie: la felicidad del amor resplandecía en su mirada y un fresco color rosado lucía en sus mejillas. La mañana del día en el que se iba a celebrar la boda, una estremecedora casualidad vino a contrariar los deseos del conde. 

Habían encontrado a la baronesa caída en el suelo, boca abajo e inerte, en las inmediaciones del cementerio. La habían llevado al palacio, precisamente cuando el conde acababa de despertarse y saboreaba ya las mieles de la felicidad que consideraba alcanzada. 

Creyó que la baronesa había tenido otro de sus acostumbrados ataques repentinos, pero todos los remedios que se utilizaron para intentar devolverla a la vida fueron inútiles: estaba muerta. Aurelie no desahogó su dolor de forma violenta, sino que, sin derramar una sola lágrima, pareció enmudecer y quedar paralizada interiormente a consecuencia del golpe recibido. 

El conde temía por su amada y, solo muy dulce y cautelosamente, se atrevió a recordarle su mutuo compromiso y su situación de criatura desamparada que exigía que se tomasen cuanto antes las medidas oportunas y se hiciera lo más conveniente, que habría de ser, a pesar de la muerte de la madre, acelerar todo lo posible el día de su boda. 

Aurelie, llorando desconsoladamente, cayó en brazos del conde, gritando con una voz desgarradora que partía el corazón:

—¡Sí, sí! ¡Por todos los santos! ¡Por la paz de mi alma! ¡Sí!

El conde atribuyó aquel repentino desahogo al amargo pensamiento de que, sola y sin patria, sin saber adónde ir, la joven pensaba que tampoco podía permanecer más tiempo en el castillo en aquella situación sin dañar las normas de la decencia. 

El conde se encargó, pues, de que una anciana y respetable matrona acompañara a Aurelie durante las escasas semanas que faltaban para que llegase la nueva fecha de la boda que, al fin, pudo celebrarse sin que ningún funesto suceso la interrumpiera y que coronó la felicidad de Hippolyt y Aurelie. 

Mientras tanto, Aurelie se hallaba en un estado perpetuo de gran excitación nerviosa. No era el dolor por la pérdida de la madre, no; más bien era una angustia mortal, íntima y sin nombre lo que parecía perseguirla sin cesar. En medio de los más dulces diálogos amorosos se sentía acometida de pronto por un terror repentino, empalidecía como un cadáver y, bañada en lágrimas, caía en brazos del conde aferrándose a él con violencia, como si quisiera impedir que un poder invisible y enemigo la arrebatara y la llevara a la perdición.

—¡No! ¡Nunca, nunca! —exclamaba.

Una vez casada con el conde, pareció desaparecer aquel estado de excitación, así como aquella angustia espantosa. Sin embargo, al conde no le pasaba inadvertido que Aurelie ocultaba algún lacerante secreto que la torturaba, mas le parecía una falta de tacto preguntarle sobre ello mientras durase aquel extraño nerviosismo y ella misma continuara guardando silencio al respecto. 

Pero ahora que su mujer parecía encontrarse un poco mejor, se atrevió a preguntarle con delicadeza cuál era la causa de sus extraños transportes anímicos, asegurándole que sería un gran remedio para ella confiarle a él, a su querido marido, los secretos de su corazón. 

Grande fue el asombro del conde cuando al fin descubrió que solo la infame conducta de la madre constituía la causa de todo aquel dolor que había caído sobre Aurelie.

—¿Hay algo más espantoso que tener que odiar y aborrecer a la propia madre? —exclamó Aurelie.

Por tanto, ni el padre ni el tío se hallaban obcecados por prejuicio alguno, mientras que la baronesa había sabido confundir al conde con su premeditada hipocresía. Hippolyt consideró, pues, un guiño muy favorable del destino para con su felicidad el hecho de que aquella madre malvada hubiera muerto justo el día en que él pensaba casarse. 

No tenía reparo alguno en decirlo; pero Aurelie le explicó que, justo al morir su madre, ella se había sentido de tal modo sobrecogida por oscuros y terribles presentimientos que había sido incapaz de superar la angustia que le provocaron: creía que la muerta volvería de su tumba para arrebatarla de los brazos de su amado y llevársela con ella al abismo. 

Aurelie recordaba —según refirió— muy oscuramente los tiempos de su primera infancia, en los que, una mañana —y sabía que era una mañana porque, justamente, acababa de despertarse— hubo un terrible tumulto en su casa. Las puertas se abrían y se cerraban con violencia y se oían gritos entremezclados de voces desconocidas. 

Al fin, cuando volvió a reinar el silencio en la casa, la niñera tomó a Aurelie de la mano y la condujo a una gran sala en la que había muchas personas reunidas; en el centro, sobre una larga mesa, yacía el cuerpo del hombre que jugaba con ella a menudo y le daba golosinas y al que ella llamaba «papá». Extendió los brazos hacia él y quiso besarlo. 

Aquellos labios, siempre tan cálidos, estaban ahora helados y, Aurelie, sin saber muy bien por qué, comenzó a sollozar violentamente. La niñera la condujo luego a una casa extraña, donde tuvo que permanecer mucho tiempo hasta que, al fin, apareció una mujer que se la llevó con ella en un coche. Era su madre, quien poco después viajó con ella a la corte. 

Aurelie debía de tener unos dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa al que esta pareció recibir con gran alegría y confianza, como si se tratara de un viejo y querido amigo. 

El desconocido comenzó a visitarlas cada vez más a menudo, a la par que enseguida comenzó a variar de forma evidente la situación en la que vivía la baronesa. En vez de habitar en una casa miserable y de vestirse con pobre ropa y alimentarse con mala comida, pudo trasladarse a una hermosa vivienda en la parte más bella de la ciudad y lucir valiosos vestidos; comía y bebía los más ricos manjares con aquel extraño, que era su invitado permanente, y podía permitirse el lujo de asistir a cuantas diversiones y espectáculos públicos ofrecía la corte. 

Aurelie permanecía ajena al influjo de todas esas mejoras de la situación de su madre, que, como era evidente para ella, solo se debían a la mediación del desconocido. La joven se recluía en su habitación mientras la baronesa y el desconocido se apresuraban a salir en busca de diversiones, por lo que se sentía más sola y desamparada que nunca. 

A pesar de que aquel hombre muy bien pudiera contar unos cuarenta años, poseía una apariencia fresca y juvenil, su figura era esbelta y hermosa y habría que añadir que su semblante era bello y masculino. 

Sin embargo, a Aurelie le desagradaba, pues por mucho que él tratara de comportarse con corrección, sus maneras eran torpes, groseras y vulgares. Las miradas que pronto comenzó a dirigir a Aurelie llenaban a esta de un temor inquietante, y le producían una repugnancia cuya causa ni ella misma acertaba a explicarse. 

Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en decirle tan siquiera una palabra a Aurelie sobre el desconocido. Pero un día le dijo su nombre, añadiendo que el barón era muy rico y que, además, se trataba de un pariente lejano. Alabó su figura, sus cualidades, y concluyó preguntándole a Aurelie si le gustaba. 

Aurelie no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un intenso pavor y le dijo que no era más que una pobre necia. Poco después, la baronesa comenzó a mostrarse demasiado amable con Aurelie, tanto como nunca lo había sido. Le regaló hermosos vestidos, toda clase de adornos y complementos de moda, y le permitió asistir a las diversiones sociales. 

El desconocido se esforzaba por hacerse agradable a Aurelie, pero de un modo que solo lograba que su presencia fuera más aborrecible ante los ojos de la muchacha. Mortal fue, sin embargo, el golpe que sufrió su tierna sensibilidad de doncella cuando, a causa de una simple casualidad, la muchacha fue secreto testigo de una indignante y aborrecible escena entre el desconocido y la depravada condesa. 

Cuando, finalmente, unos días después, el desconocido se atrevió, llevado de su ebriedad, a abrazar a Aurelie de una manera que no dejaba ya duda alguna sobre sus intenciones, la joven, en su desesperación, hizo acopio de un vigor casi varonil y lo apartó de sí dándole un empujón que le hizo retroceder mientras ella escapaba y se encerraba en su habitación. 

La baronesa le explicó entonces a Aurelie con toda crudeza y severidad que, como el desconocido era quien mantenía la casa, y como ella no tenía ninguna gana de volver a la miseria anterior, todos sus remilgos y reparos serían inútiles: Aurelie tendría que someterse a la voluntad del desconocido, quien, de lo contrario, había amenazado con abandonarlas a su suerte.

En vez de conmoverse con las súplicas desgarradoras de Aurelie, en vez de compadecerse de sus ardientes lágrimas, la horrible mujer se deshizo en improperios a la vez que reía sarcásticamente y alababa una relación que le brindaría a la joven la posibilidad de disfrutar de todos los placeres de la vida; hablaba con tal desenfreno, mostrando su repugnancia y desprecio por todos los sentimientos de decencia y piedad, burlándose de todo lo que podía considerarse más noble y más sagrado, que provocó verdadero espanto en Aurelie. 

Esta se vio perdida y consideró que su único medio de salvación sería huir sin demora. Aurelie consiguió hacerse con la llave de la puerta principal; hizo un paquete con aquello que consideró de estricta necesidad y, a eso de la medianoche, cuando creyó que su madre ya dormía, se deslizó hasta el vestíbulo, que estaba escasamente iluminado. 

Ya se disponía a traspasarlo muy despacio y sin hacer el más mínimo ruido cuando, de súbito, la puerta de la casa se abrió violentamente y se oyó un ruido de pasos en la escalera. La baronesa se precipitó justo a los pies de Aurelie vestida con una bata pobrísima y sucia, con los brazos y el pecho desnudos, el grisáceo cabello desmadejado, revolviéndose desencajada. Y, tras ella, apareció el desconocido.

—¡Aguarda, infame Satanás, bruja del infierno! ¡Me las pagarás todas juntas! —gritaba.

La agarró del cabello y la arrastró hasta el centro de la estancia, y allí comenzó a azotarla de manera frenética con una gruesa fusta. La baronesa chillaba y gritaba de miedo de forma espantosa; Aurelie, a punto de perder la razón, corrió a la ventana y comenzó a gritar pidiendo ayuda. Dio la casualidad de que en aquellos momentos pasaba por allí una patrulla de policía que inmediatamente irrumpió en la casa.

—¡Cogedle! —gritó la baronesa, ebria de furia y dolor, a los soldados—. ¡Cogedle! ¡Sujetadle bien! ¡Mirad su espalda! Él es…

—¡Ajá! ¡Por fin te tenemos, Urian! —exclamó jubiloso el sargento de policía, al mando de la patrulla, en cuanto la baronesa hubo pronunciado aquel nombre.

Y sujetándolo entre todos fuertemente, y a pesar de los esfuerzos que el desconocido hacía por desasirse, terminaron por llevárselo. Las intenciones de fuga de Aurelie, sin embargo, no pasaron inadvertidas para la baronesa. Se apresuró, pues, a tomar bruscamente del brazo a Aurelie y a arrojarla dentro de su habitación, y luego, cerrando la puerta con llave, la dejó allí encerrada sin dirigirle una sola palabra. 

A la mañana siguiente la baronesa salió de la casa y no regresó hasta por la noche, mientras que Aurelie, encerrada en su cuarto como en una celda, sin ver ni hablar con nadie, tuvo que pasar allí el día entero sin comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. La baronesa se asomaba a verla de vez en cuando; mirándola con ojos de furia, parecía que estuviese dudando sobre qué decisión tomar, hasta que una tarde recibió unas cartas cuyo contenido pareció agradarle.

—Estúpida criatura, tú tienes la culpa de todo, pero ya está bien; solo desearía que no cayera sobre ti el temible castigo que el malvado espíritu te ha destinado.

Así le habló la baronesa a Aurelie; más tarde, volvió a mostrarse amable con ella, y Aurelie, como el infame desconocido había desaparecido, ya no pensó más en fugarse y disfrutó de mayor libertad.

Había transcurrido ya algún tiempo cuando, una tarde en la que Aurelie se hallaba sentada a solas en su cuarto, oyó un gran alboroto en la calle. La doncella apareció corriendo y le contó que se trataba del traslado del hijo del verdugo, quien, ya una vez, tras haber sido marcado al fuego por robo y asesinato, al ser conducido a la cárcel había logrado escapar a sus guardianes. 

Aurelie vaciló y, acometida por una terrible sospecha, se dirigió a la ventana; en efecto, no se había equivocado: era el desconocido, que, rodeado por gran cantidad de guardias, pasaba por allí en aquellos instantes, bien encadenado, en un carro que le conducía al cadalso donde habría de cumplirse su sentencia. 

Aurelie se dejó caer medio desvanecida en una butaca después de que la furibunda mirada de aquel tipo se encontrara con la suya y este alzara un brazo con el puño apretado, en un gesto amenazador hacia la ventana donde ella se encontraba.

Todavía pasaba la baronesa mucho tiempo fuera de casa, pero nunca llevaba con ella a Aurelie; por eso, la vida de la muchacha, ensombrecida por todas aquellas consideraciones sobre el terrible destino que la aguardaba, sobre un peligro que se cernía sobre ella y que podía asaltarla en cualquier momento llevándola a la perdición, etcétera, se volvía cada vez más triste y aburrida. 

Por la doncella, quien precisamente había sido contratada tras lo ocurrido aquella noche terrible, supo Aurelie que la gente comentaba que la baronesa había sido amante de aquel villano, pero que también en la corte todo el mundo sentía compasión de ella por haber sido tan ingenua y haberse dejado engañar de una manera tan tonta. Sin embargo, Aurelie sabía demasiado bien cómo habían sido en realidad las cosas. 

Le parecía imposible que al menos los policías que habían detenido al desconocido en casa de la baronesa y que habían podido presenciar cómo ella le llamó por su nombre y les hizo observar la marca de fuego en la espalda como signo inequívoco de su crimen, no hubieran quedado convencidos de lo bien que aquella mujer conocía al hijo del verdugo. 

Ahora bien, la doncella refería además otro tipo de rumores en los que se aludía a una severa investigación de los tribunales que incluso había estado a punto de costarle el arresto a la baronesa, puesto que el infame criminal, el hijo del verdugo, había declarado unas cosas muy extrañas respecto a ella.

Enseguida comprendió Aurelie que, tras lo ocurrido a su madre, esta no podría permanecer ni un minuto más en la corte. Finalmente, la baronesa se vio obligada a abandonar aquel lugar en el que constantemente se veía asediada por sospechas aún no confirmadas y huyó a una comarca lejana. Aquel viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos relatado.

Aurelie debería, pues, sentirse muy feliz al librarse así de sus temores; sin embargo, se sintió profundamente aterrada al recordar las palabras que le había dirigido su madre, cuando la muchacha se creyó a salvo de ellos:

—¡Tú eres mi desgracia, maldito engendro del infierno! Pero ya te atrapará mi maldición cuando a mí me lleve una muerte súbita y tú estés disfrutando de tu añorada dicha. En las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás…

Aquí, Aurelie Se a
no pudo ya continuar. rrojó al pecho del conde y le pidió la absolviese de tener que repetir las palabras que había pronunciado la baronesa llevada de su furia demencial. Se sentía destrozada al recordar esas espantosas amenazas proferidas por aquella madre investida de poderes infernales, sobre todo porque preveía que podrían hacerse realidad. 

El conde consoló a su mujer lo mejor que pudo sin tener en cuenta el gélido terror que a él mismo le acometía. No tuvo más remedio que confesarse a sí mismo, cuando ya estuvo algo más calmado, que aquella profunda repugnancia que le producía la baronesa, aun estando ya muerta, había arrojado una negra sombra sobre su vida, velando así un tanto la claridad anterior que siempre la había caracterizado.

Poco tiempo después, Aurelie comenzó a cambiar de manera notable. Mientras que la palidez de su semblante y la mirada perdida y lánguida de sus ojos parecían denotar que estaba acometida por alguna enfermedad, su ser inquieto, inconstante y temeroso evidenciaba de nuevo la existencia interior de algún oscuro secreto que la trastornaba. 

Huía incluso de su marido, se encerraba en su gabinete o buscaba refugio en los lugares más recónditos del parque; cuando se la volvía a ver, sus ojos llorosos, los rasgos demacrados de su rostro, indicaban los espantosos sufrimientos de su interior torturado. 

En vano insistió el conde en buscar la causa del estado en que se hallaba su esposa; de la desesperación inconsolable en la que cayó solo pudo sacarle la sospecha de un famoso médico que atribuyó aquella hipersensibilidad de la condesa, aquellos amenazadores cambios de ánimo, a un supuesto estado de buena esperanza, que había de traer la felicidad al matrimonio. 

El propio médico, mientras comía con el conde y la condesa, no tuvo reparo alguno en gastar todo tipo de bromas sobre aquel estado de buena esperanza. La condesa las escuchaba sin hacer ningún caso, pero su atención se avivó cuando el médico se refirió a los extraordinarios caprichos por los que solían verse acometidas las mujeres embarazadas y a los cuales les era imposible resistirse a pesar del detrimento que pudiera sufrir su propia salud, e incluso la del niño que llevaban en su seno. 

La condesa hizo muchas preguntas al médico, y este no se cansó de hablarle de sus experiencias e incluso de narrarle algunos casos muy graciosos.

—Sin embargo —aseguró el médico—, se han dado ejemplos de caprichos anormales, a causa de los que alguna mujer se vio abocada a realizar hechos terribles. Así, la mujer de un herrero se sintió desbordada por un deseo tan grande de comer la carne de su marido que no paró hasta que, una noche en que el herrero llegó borracho a casa, cayó sobre él con un enorme cuchillo de cocina y lo hirió de tal manera que el pobre hombre expiró a las pocas horas.

Apenas pronunció el médico estas palabras, la condesa cayó desvanecida en el sillón, y solo con muchos cuidados pudo sobreponerse después al ataque de nervios que siguió al desvanecimiento. El médico comprendió que había obrado con suma inconsciencia al relatar aquel suceso horrible en presencia de una mujer tan extremadamente delicada e impresionable.

Sin embargo, aquella crisis pareció haber sido beneficiosa para el estado de la condesa, pues, tras ella, se tranquilizó un poco; ahora bien, la extraña rigidez de su ser, el tétrico brillo de sus ojos y aquella palidez cada vez más acusada de su piel, sembraron de nuevo la duda y la inquietud en el conde acerca del estado de su esposa. 

Lo más inexplicable de todo lo que le ocurría a la condesa era que no comía en absoluto y que, además, sentía repugnancia de las viandas que se le ofrecían, sobre todo de la carne; en tales circunstancias, tenía que abandonar la mesa cuando ya no podía contener los síntomas de su aborrecimiento. 

Toda la sabiduría del médico resultó inútil, y ni las más cariñosas admoniciones ni los lamentos del marido ni nada en el mundo pudo hacer que la condesa tomase ni una sola gota de medicina. 

Como transcurrieron semanas e incluso meses sin que la condesa ingiriese bocado alguno y resultaba por tanto un misterio cómo sustentaba su vida, el médico opinó finalmente que en aquel caso entraba en juego algo que se hallaba fuera del ámbito de acción del conocimiento de cualquier ciencia humana y abandonó el castillo pretextando una nimiedad. 

Perfectamente pudo notar el conde que la situación de su mujer le había parecido a aquel acreditado médico demasiado misteriosa e inquietante como para insistir más en hallarle una solución y quedarse para ser testigo de una enfermedad sin fundamento en la que él ya no podía ayudar a la paciente de ninguna manera. Podrá imaginarse el estado anímico en el que quedó Hippolyt. Sin embargo, aún le aguardaba algo más.

Precisamente en aquella época se le ocurrió a un viejo y fiel sirviente del conde descubrirle a su amo, en un momento en que lo encontró a solas, que la condesa abandonaba todas las noches el castillo y que no regresaba hasta el alba. El conde sintió un escalofrío. 

Solo entonces reparó en que aquel sueño tan antinatural, que desde hacía algún tiempo le sobrevenía diariamente a eso de la medianoche, podía deberse a cualquier tipo de narcótico que le administrara la condesa para, de ese modo, poder abandonar la habitación que, contrariando las costumbres elegantes, compartía con su esposo, sin que él lo notara. Los más negros presentimientos, las más terribles sospechas, se adueñaron del alma del conde. 

Pensó en aquella madre demoníaca, cuyas costumbres quizá se reprodujeran ahora en su hija; en algún repugnante adulterio; en aquel tipo infame, hijo del verdugo… A la noche siguiente, pues, tendría que desvelársele el espantoso secreto, único motivo del mal inexplicable de su esposa.

La condesa tenía la costumbre de preparar ella misma el té que su marido tomaba por las noches, retirándose una vez que se lo había servido. Aquella vez, el conde no ingirió ni una sola gota; según su costumbre, leyó en la cama antes de dormirse y, como esperaba, no le acometió hacia la medianoche esa terrible necesidad de dormir a la que ya se había acostumbrado; no obstante, hizo como si así fuera y se recostó sobre los almohadones fingiendo que se hallaba profundamente dormido. 

Muy despacio y sin hacer ningún ruido, la condesa abandonó su lecho, se acercó al de Hippolyt, le alumbró el rostro, y se deslizó fuera de la habitación. El corazón del conde latía con inusitada violencia; saltó de la cama, se echó un abrigo por encima y salió sigilosamente en pos de su mujer. Era una noche muy clara, de luna, de modo que aunque Aurelie caminaba muy deprisa y le llevaba una considerable ventaja, el conde podía distinguir muy bien desde lejos su figura, vestida con un camisón blanco. 

Atravesando el parque, la condesa llegó al cementerio; una vez allí, desapareció tras el muro. Hippolyt se apresuró a seguirla entrando por la puerta de aquel lugar, que se hallaba abierta. Allí pudo observar, a la luz de la luna, un círculo de espantosas figuras espectrales. 

Viejas medio desnudas, con los cabellos desmadejados y dispuestas en círculo, se agachaban en el suelo: en el centro yacía el cadáver de un ser humano que devoraban con ansias de lobo. ¡Aurelie estaba entre ellas! Instigado por un frenético terror, el conde huyó de allí, corriendo irreflexivamente, inflamado de un miedo mortal, anegado por todos los espantos del infierno a través de los senderos del parque, hasta que, ya al alba, bañado en sudor, se halló de nuevo ante la puerta del castillo. 

Sin voluntad alguna, incapaz de pensar de forma clara y racional, subió a gran velocidad la escalera y atravesó corriendo las habitaciones hasta llegar a la alcoba. Allí yacía la condesa, entregada, al parecer, a un sueño dulce y tranquilo. 

El conde quiso convencerse de que todo había sido una repugnante pesadilla —aunque no podía ignorar el paseo nocturno, del que daba prueba su abrigo, húmedo de rocío de la mañana— o, por lo menos, una burla de los sentidos que le había asustado mortalmente. Sin esperar a que despertara la condesa, abandonó la habitación, se vistió y montó a caballo. 

El paseo que dio aquella hermosa mañana a través de aromáticos arbustos, de entre los que parecía saludarle el canto matutino de los vivaces pajarillos, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y mucho más tranquilo, regresó al castillo. 

Pero cuando ambos, el conde y la condesa, se hallaron sentados a la mesa y aquella diera grandes muestras de repugnancia al serle presentada la carne cocinada, pretendiendo por ello, como tantas veces, levantarse y abandonar el comedor, se hizo evidente con toda crudeza en el alma del conde la verdad de lo que había sucedido la noche anterior. 

Lleno de furia, saltó de su asiento y, con voz terrible, gritó:

—¡Maldito engendro del diablo! ¡Ya sé por qué te repugna la comida civilizada! ¡En las tumbas es donde pastas, mujer endemoniada!

Mas en cuanto el conde hubo pronunciado estas palabras, la condesa se abalanzó sobre él lanzando un terrible alarido y, con la furia de una hiena, le clavó sus dientes en el pecho. Hippolyt logró desasirse de aquella loca, que cayó al suelo y expiró entre horribles convulsiones.

Tras estos terribles sucesos, el conde enloqueció.

Las avispas - Walter Beckers

En una tranquila mañana de verano, me paseaba al azar, tenía la convicción de que buscaba algo. Era una mañana de agosto, pura y soleada. Un viernes, según creo recordar, tal como intentaban sugerirme los ondulantes brezos. 
 
Caminaba por un sendero de hojas muertas, en dirección al cementerio del pueblo. Sorbía con indolencia el ambiente, contemplando la lejana cima de los árboles y la cúpula que formaban en un abrazo impuesto por el viento. Una naturaleza viva. 

Por un segundo, una naturaleza revoltosa y cómplice de un romanticismo indomable; poco después, una ternura alegre procedente de un misterio de cambiantes luminosidades. Alegría de vivir, que hace vivir. Fantasma en busca de reposo. Ir y venir. El ensueño de una mujer sensual.


Vacilé un momento a la entrada del cementerio. Salía un anciano conduciendo su bicicleta con la mano derecha mientras que, en la otra mano, llevaba fuertemente asida una pala. Cambiamos un saludo con la cabeza. Con rostro melancólico, pasó ante mí.

Entré en el cementerio. Ahora me encontraba solo en medio de toda clase de multitudes. Multitud de muertos. Multitud de huesos. Multitud de recuerdos. Multitud de presencias. Multitud de almas...

El silencio se me adhería a la piel. Algunos pájaros temerarios revoloteaban entre los pinos infinitos y los cipreses perdidos. Estilizadas ramas de árbol eran agitadas por el viento apático. Respiraba el olor a tierra mojada, con su humedad aún no perdida del alba. Vivía conscientemente esta paz.

Súbitamente, me hizo volver a la realidad el rodar de un automóvil sobre la grava. El ruido del motor y el escape de gases malolientes diluyó mi descanso.

Corto intermedio. El automóvil pronto desapareció y disfruté, de nuevo, intensamente de la soledad, de la luz y del silencio que me tomaba por confidente.

Una avispa se posó en mi mano, después en mi cabeza. Otra avispa revoloteaba a mi alrededor. ¿Acaso esperaba el permiso para aterrizar? Las cacé a ambas.

Una de las tumbas atrajo de un modo especial mi atención. Se trataba de una losa de piedra totalmente recubierta por una hiedra dominante, insistente. No había en esta losa fúnebre nada más que una mano tallada con indiferencia quién sabe cuándo. Las verdes garras se habían apoderado de este rincón en el que dormía un muerto desconocido. ¿Una mujer? ¿Un niño? ¿Un anciano, quizá?

Una tumba anónima. La exuberante vegetación que la rodeaba por completo ya se extendía hacia la tumba contigua, una pequeña tumba de granito gris. Todavía era legible su inscripción:

J. M. – MUERTO POR LA PATRIA

Otra tumba contigua ofrecía una inscripción parecida:

L. P. – MUERTO POR LA PATRIA

También ésta se hallaba abandonada, olvidada. Pero en ella, no obstante, no había hiedra. Tan sólo malas hierbas.

Observé nuevamente la tumba anónima. Mi mente se torturaba. ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Desde cuánto tiempo?

Vi cómo la hiedra, hinchada de mágica savia, crecía desafiando al cielo. Los tallos más altos ya no tenían soporte. De todos modos no parecían necesitarlo: se encaramaban desafiando todas las leyes naturales, hasta llegar a proteger totalmente las tumbas. Un cielo verde. ¿Qué había ocurrido?

El silencio me tomó por confidente. Un soplo. Un soplo celestial esparcido por el viento.

10 de mayo de 1940. Llamado a filas, como tantos otros belgas. Había cumplido los veinte años el 4 de abril. Jamás llegué a ver el campo de batalla. Tampoco mis dos compañeros lo habían visto. Ninguno de los tres tuvimos ocasión de disparar un fusil. 

Una tonta historia, en una mañana de mayo del 40, en el patio interior del cuartel. Los alemanes habían invadido nuestro país. Se comentaba el acontecimiento mientras esperábamos la orden de marcha. Y entonces aparecieron aviones en el cielo. Volaban alrededor del cuartel. Primero creímos que eran belgas pero, súbitamente, se precipitaron contra nosotros como avispas. Ruido seco e implacable de ametralladoras. Los tres fallecimos en el patio interior.


Bruscamente, las palabras del silencio, demasiado ligeras, levantaron el vuelo sin que yo llegara a comprenderlas. Algunos segundos después regresó la voz:

¿POR QUÉ DURA TODAVÍA ESTA GUERRA? Nuevamente, el viento se impuso al silencio.

Esperé algunos segundos a que la voz volviera a hablarme. En vano. Me incliné hacia la tumba anónima.

Una vez más tuve que cazar algunas avispas. Terrible. Se diría que intentaban distraer mi meditación. ¿O quizá tenían intención de cazarme ellas a mí? Tuve dificultad en mantenerlas alejadas.

Entonces, y sólo entonces, percibí un grueso tronco de árbol en medio de la tumba. ¿Cómo era posible que no lo hubiera observado antes? No tuve tiempo de concentrarme sobre este problema. El campanario del pueblo dio las once. Once sonoros y agudos golpes. Cuando el último ya agonizaba, me sentí súbitamente arrancado de mi contemplación.

Allí donde, instantes antes, acababa de ver un tronco de árbol, había una masa negra, zumbando sonoramente. El zumbido que me sacara de mi ensimismamiento torturaba ahora mis sienes. Por encima, alrededor de la tumba, volaban algunos centenares de pequeños insectos negros y amarillos. Obedeciendo alguna orden imperceptible, se precipitaron como una escuadrilla perfectamente formada. El avispero se había elevado en su totalidad.

Respiré profundamente y miré a mi alrededor. Estaba solo en el cementerio. Con los nervios alterados, encendí un cigarrillo. Pasó todo tan rápidamente que no tuve ocasión de sentir temor alguno. Ahora la reacción me paralizaba. Y después, a continuación, la respuesta.

Esta ya se encontraba en la última frase que me había traído el indiscreto cierzo. Esta planta. Esta guerra que persistía, sin tener fin. Ahora ya lo sabía. Supe que incluso las cosas inanimadas tienen una segunda existencia, una metempsicosis insospechada. Sin este postulado, no podía explicarme nada: ¿acaso estas avispas fueron «Stukas», años atrás? Todavía ahora volvían a atacar a sus víctimas en medio de su reposo.

Pensé de nuevo en el tronco de árbol. Por más que fijaba mi atención, no lograba percibir nada que se pareciese, ni aun remotamente, a un tronco de árbol sobre la tumba desconocida. De paso, observé una vez más las otras dos tumbas: «J. M. y L. P., muertos por la Patria». Me parecieron inmutables.

Incluso en condiciones normales, las avispas me ponen enfermo. Era imposible, por lo tanto, pedir ahora a mi mente que razonara los hechos. Abandoné el cementerio.

El anciano volvía a mi encuentro, llevando su bicicleta con una mano y sosteniendo la pala con la otra. Detuve el paso. Él se paró cerca de la entrada y me observó nuevamente con atención. Y su mirada parecía contener toda la angustia de aquellas losas. Nos saludamos al igual que cómplices que mantienen un espantoso secreto.

Percibí que aún estaba allí, mirándome. Ya no me dejé llevar por el ensueño de los árboles y por su poesía. Ya no pensaba más que en esta mirada que me buscaba. Tras recorrer una distancia de veinte metros, encendí un cigarrillo y aproveché mis movimientos para volverme, del modo más natural posible, hacia el misterioso anciano.

Ya no estaba allí.

No obstante, percibía aún su mirada fija en mi espalda. Me fui de prisa, más solo que nunca.

La Casa Croglin - Augustus Hare

El Capitán Fisher también nos contó esta extraordinaria historia, conectada con su propia familia.

"Fisher", dijo el capitán, "puede sonar a un nombre muy plebeyo, pero su familia es de muy antigua estirpe, y por varios cientos de años poseyeron un muy curioso lugar en Cumberland, que tenía el extraño nombre de 'casa Croglin'.

La gran característica de la casa era que nunca, en ningún período de su larga existencia, ha habido más que un alto, aunque siempre tuvo una terraza desde la cual grandes terrenos se extendían hacia donde había una iglesia, y desde donde se tenía una gran vista.

Cuando, a lo largo de los años, los Fisher acrecentaron en la Casa Croglin su fortuna y familia, no quisieron cambiar las características del lugar añadiendo otra torre a la casa, y se marcharon hacia el sur, para residir en Thorncombe, cerca de Guildford, dejando la Casa Croglin.

Los Fisher fueron extremadamente afortunados con sus inquilinos, dos hermanos y una hermana. Ellos escucharon sus encomiables palabras acerca de todos los cuartos. 

Sus inquilinos vecinos eran todos buenos y gentiles, les dieron una gran bienvenida. Por su parte, los nuevos inquilinos se vieron muy a gusto en la nueva residencia. Era como que la Casa Croglin había sido hecha para ellos. 

El invierno pasó felizmente para los nuevos habitantes de Croglin, quienes compartían con todos los pequeños placeres sociales del distrito, y se hacían de este modo muy populares. Al siguiente verano, hubo un día, muy particular, que hizo un calor terrible, insoportable. 

Los hermanos estaban echados bajo un árbol, con sus libros, ya que hacía demasiado calor para llevar a cabo cualquier tarea física. Ellos habían cenado temprano, y luego de la cena se sentaron en el porche, disfrutando del aire fresco que trajo la noche, y mientras miraban la puesta del sol, y la salida de la luna sobre las copas de los árboles que separaban los campos del cementerio de la iglesia, con unas nubes bañadas de plata como fondo.

Cuando se separaron por la noche, cada uno se retiró a su habitación en la planta baja (ya que, como dije, no había escaleras en esa casa), la hermana sintió que el calor era tan intenso que no podía dormir y, habiendo trabado su ventana, no había cerrado los postigos —ya que en tan tranquilo lugar no era necesario— y, apoyada en sus almohadones, aún se quedó mirando la maravillosa y espléndida belleza de esa noche de verano.

Gradualmente se percató de dos luces, dos luces que parpadeaban, en la zona de los árboles que separaban el jardín de los campos de la iglesia; y, a medida que su vista se prendó de ellas, las vio emerger y componerse en una sustancia oscura, algo horrible, que parecía a cada momento acercarse más y más, aumentando en tamaño y sustancia a medida que se aproximaba. 

Durante algunos momentos se perdía entre las sombras que se extendían por el jardín, desde los árboles, y luego volvía a emerger, más grande que antes, y aún avanzando. Mientras observaba, el más incontrolable horror se apoderó de ella. Intentó salir de ahí, pero la puerta estaba cerrada y la ventana también, y aun así la cosa se acercaba a ella. Trató de gritar, pero su voz estaba como paralizada, su lengua pegada al paladar.

Repentinamente, ella nunca pudo explicarlo por qué, el terrible objeto pareció volverse sobre un lado, como si fuera a rodear la casa y, después de todo, no viniera por ella. Inmediatamente ella saltó de la cama y acometió contra la puerta; y mientras trataba de destrabarla comenzó a escuchar scratch, scratch, scratch, contra la ventana, y vio un horrible rostro marrón con ojos ardientes que la miraba. Aterrorizada, regresó a la cama, pero la criatura continuaba rascando la ventana, scratch, scratch, scratch

Sintió una especie de alivio cuando se convenció de que la ventana estaba bien cerrada desde el interior. Súbitamente el rasqueteo cesó, y se escuchó una especie de sonido como de picotazo. Luego, en su agonía, ¡se dio cuenta de que la criatura estaba picando la unión de los vidrios! El ruido continuó, y un panel de vidrio cayó dentro de la habitación. 

Luego el largo y huesudo dedo de la criatura ingresó y giró la manija de la ventana. La misma se abrió, y la criatura entró en la habitación, y el terror de la chica fue tan intenso que no pudo gritar, y la criatura entrelazó sus largos dedos en el cabello de ella y comenzó a arrastrarla por la cama. En esta situación violenta se hirió la gola.

Cuando pasó esto, su voz se liberó, y pegó un grito, un alarido con todas sus fuerzas. Sus hermanos se despertaron y salieron de inmediato de sus cuartos, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Fueron a buscar un atizador, rompieron la cerradura y entraron. 

Entonces la criatura ya había escapado por la ventana, y la chica estaba sangrando por una herida que se había hecho en la garganta, y yacía inconsciente a un lado de la cama. Un hermano persiguió a la criatura, que corría con grandes zancadas bajo la luz de la luna, hasta que desapareció sobre la pared de los límites del camposanto de la iglesia. 

El hermano regresó al lado de su hermana, que estaba siendo atendida por el otro hermano. Ella estaba malherida, y estuvo por morir; pero era de disposición fuerte, no se dejaba llevar por el romance o la superstición, y cuando volvió en sí, dijo: 'Lo que pasó fue muy extraordinario, y estoy muy herida. Me parece inexplicable, pero por supuesto habrá una explicación, y tenemos que encontrarla. Debe ser que algún lunático ha escapado de un asilo y ha venido hasta aquí'. 

La herida se curó, y ella se recompuso, pero el doctor que fue a atenderla no podía creer que se hubiese recuperado de tan terrible shock tan fácilmente, e insistió en que ella tenía que cambiar de paisaje; así que su hermano la llevó a Suiza. 

Siendo una chica sensible, cuando fue al extranjero se interesó por las novedades del país en que estaba, secó plantas, hizo dibujos, escaló montañas y, cuando llegó el otoño, fue quien urgió a sus hermanos a regresar a Croglin. 'La tenemos desde hace siete años', dijo, 'y solo hemos estado allí uno; y siempre hemos tenido dificultades para encontrar casas con solamente un alto, así que será mejor que regresemos. Los lunáticos no se escapan todos los días'. Y como ella los urgió, sus hermanos no quisieron nada mejor, y la familia regresó a Cumberland. 

Ya que no había escaleras en la casa, les fue difícil hacer grandes cambios en su disposición. La hermana ocupó la misma habitación, aunque jamás volvió a dejar abiertos los postigos. Los hermanos tomaron la habitación opuesta a la de su hermana, y siempre tenían pistolas cargadas consigo.

El invierno pasó de lo más pacífica y felizmente. En el mes de marzo la hermana se despertó una noche por un sonido que le recordó el scratch, scratch, scratch, sobre el vidrio de la ventana. Y mirando a la ventana, pudo ver claramente, en el panel superior, el mismo rostro marrón, horripilante y arrugado, con ojos brillantes, mirándola fijamente. 

Esta vez gritó tan fuerte como pudo. Sus hermanos salieron del cuarto, con sus armas en la mano, por la puerta principal y vieron que la criatura estaba huyendo por el jardín. 

Uno de los hermanos hizo fuego y le dio en una pierna, pero la cosa siguió corriendo hacia la pared de la iglesia, donde desapareció dentro de una bóveda que perteneció a una familia que habíase extinguido hacía mucho tiempo. 

Al siguiente día los hermanos llamaron a todos los inquilinos de Croglin y fueron a abrir la bóveda. Una horrible escena se reveló. La bóveda estaba repleta de cajones; todos estaban rotos y sus contenidos horriblemente despedazados y desfigurados, esparcidos en todo el piso del lugar. 

Un ataúd solo permanecía intacto. Ellos levantaron la tapa del mismo y ahí estaba, marrón, reseco, arrugado, momificado, pero aún entero, la misma horripilante figura que se veía por la ventana de Croglin, con la marca de un reciente disparo en la pierna; y ellos hicieron lo único que podía hacerse para destruir a un vampiro: lo quemaron".

El fantasma solo llama una vez - Jane Sherrod Singer

Lea este relato desde el punto de vista que más convenga a su fantasía. Si es un admirador de Alfred Hitchcock, es posible que su extraño final le haga reír entre dientes. Pero si, por el contrario, está usted de acuerdo con Shakespeare en aquello de que «existen más cosas en el cielo y en la tierra... que las que pueda imaginar nuestra mente», entonces permítame que me apresure a asegurarle que este caso real fue investigado y debidamente reconocido como auténtico por miembros de la Sociedad Británica para la Investigación Psíquica.

Aquellos lectores amantes de indagar sucesos inexplicables en el reino de lo sobrenatural deben hacer una pausa para reflexionar..., y aquellos otros que deseen relajarse con la lectura del siguiente relato deben ser precavidos con algunas páginas capaces de poner los cabellos de punta.

Los hechos registrados, acaecidos el 26 de mayo de 1897, y recogidos por sir Anthony Wister, son los siguientes:

Dado que soy una persona de espíritu metódico y lógico, he decidido empezar por el principio de esta cadena de sucesos en vez de sobrecoger inicialmente al lector con aquellos detalles ambientales y terroríficos que se presentaron, por desgracia, casi al final de la muy corta vida de Ernest Melbourne.

Para ser un conservador, Ernest era, a sus veinticinco años, un joven de acentuada personalidad. Me imagino que algunos lo describirían como un poco petimetre, pero yo, en cambio, más bien admiraba su melindrosa forma de vestir y su inmaculado acicalamiento, sobre todo después de llegar a conocerlo profundamente como amigo. 
 
Dado que pertenecíamos al mismo club, a menudo estábamos juntos, y como los dos nos interesábamos más por la gente, la conversación y las ideas, que por aquellos juegos aburridos y silenciosos como el ajedrez y el whist, solíamos enfrascarnos en profundas y eruditas conversaciones.

En muchos sentidos éramos muy parecidos y, sin embargo, demasiado diferentes. Ernest era un gran aficionado a la música, lo mismo que yo, pero su entusiasmo no pasaba la frontera de la admiración, mientras que yo, por el contrario, me había visto obligado a sujetar un violín bajo mi beligerante y poco colaboradora barbilla como parte de mi educación juvenil. 
 
Ernest era un gran connaisseur de excelentes manjares y exquisitos vinos, aunque esta cualidad era más bien una pasión que había aprendido y cultivado, mientras que mis gustos en este aspecto no pasaban de simples inclinaciones a la buena cocina. 
 
En resumen, gracias a su inteligencia, espíritu observador, jactancia e incluso astucia, Ernest Melbourne se elevó de un nivel social bastante bajo, empleando las más sutiles maquinaciones, hasta llegar al mismo círculo social en el que yo me introduje sin desearlo, como uno de los derechos de mi noble cuna.

A excepción de nuestra ascendencia y tradiciones familiares, ambos teníamos muchas cosas en común, incluyendo el hecho de que nos comportamos una vez, sólo una vez, como unos insoportables tumbacuartillos. 
 
Sin revelar el nombre de la dama, Ernest me contó con amargura que había abandonado a una linda muchacha que lo amaba profundamente, después de haber abusado ignominiosamente de su generoso cuerpo. Se trataba de una camarera que trabajaba en la taberna de su padre. 
 
De los detalles de esta historia me enteré una noche en que ambos habíamos bebido más de la cuenta y en la que me contó, además, cómo había ascendido de su bajo estrato social hasta nuestra clase de élite. 
 
Impresionado por aquella confidencia de mi amigo, que demostraba su confianza en mí, yo también le revelé un secreto, es decir, que había roto el compromiso que mi padre arreglara para casarme con una duquesa, tan bella y encantadora que muy a menudo era invitada al Palacio de Buckingham. 
 
Después de un espantoso, aunque justo, altercado con mi padre, me marché de la casa solariega, mientras que la que debía haber sido mi esposa abandonó Inglaterra para ir a mitigar su desilusión y su dolor en los Alpes suizos.

El único motivo que me lleva a mencionar mi vergonzosa conducta es el de exponer otra razón por la que Ernest y yo nos hicimos tan íntimos amigos, unidos por tan dispares historias, secretos y admiración recíproca: él apreciaba mi privilegiada situación en la vida, y yo le ayudé en su tenaz y acertada aspiración de ingresar en mi estrato social.

Recuerdo perfectamente los sucesos que se desarrollaron poco antes de aquella horrible noche del 26 de mayo, ya que el día 24, Ernest y yo comimos en el club, mientras refunfuñábamos de aquella eterna llovizna que mantenía a toda Inglaterra húmeda, fría y mojada; luego nos enfrascamos en una conversación en la que discutimos acaloradamente.

El tema de la misma era demasiado trivial. Un amigo común, aunque considero más justo el llamarle una amistad casual, había muerto, y nuestra discusión estribaba en si debíamos o no arriesgarnos a asistir a sus funerales y agarrar un resfriado. Durante nuestra conversación intercambiamos nuestras posiciones como dos niños en el juego del columpio. 
 
Según mi punto de vista, sostenía que debíamos a sir Gilbert nuestro último homenaje, mientras Ernest argumentaba que odiaba los funerales, fueran en el sitio que fuesen, pero sobre todo en Kensington. Dio a entender que había una cierta razón.

Luego, una vez que hubo paladeado su pierna de cordero fuertemente condimentada, dulcificó su voz e insistió en que debíamos asistir al funeral. Confieso sinceramente que me encolericé, ya que al comprobar los astutos razonamientos de mi amigo no pude dominar mis nervios. 
 
Era obvio que Ernest, por otra parte, se daba cuenta de que mucha gente importante asistiría a aquel funeral y tendría la oportunidad de codearse con aristócratas, y conquistar así otro puesto más dentro de la alta sociedad británica.

Por un instante lo aborrecí, ya que pretendía aprovecharse de un funeral en beneficio suyo; pero cuando salimos del club aquella noche, volvimos a ser tan amigos como siempre. Al final nos pusimos de acuerdo en que Ernest asistiría al funeral a pesar de su aversión por la fría y oscura iglesia de Kensington y su húmedo cementerio, en el que las tumbas estaban cubiertas de losas de mármol negro, y en las que se podían leer los hechos importantes llevados a cabo en vida por sus fenecidos y actuales ocupantes.

Pero incluso en el cementerio de Kensington había cierta discriminación social entre su inmóvil población de cadáveres, ya que los condes y los duques, los ricos banqueros y los poderosos industriales, se hallaban en suntuosos panteones familiares a ambos lados de la puerta principal de la iglesia, mientras que, en la parte posterior de la misma, bien ocultos por una empalizada, se hallaba el último lugar de reposo de las almas menos importantes; quizá no menos en el sentido de la humanidad, pero sí ciertamente en cuanto a su posición social, prestigio y la suficiente cantidad de dinero como para reposar en un panteón bajo una marmórea losa sepulcral exquisitamente esculpida y engalanada.

El 26 de mayo fue una jornada tan miserable como lo habían sido los diez fríos y húmedos días anteriores. Por ello me quedé en casa no sin cierto regocijo, ordené a Hugh, mi ayuda de cámara, que me trajera la merienda con una buena taza de hirviente té indio, y comencé a leer las tediosas cláusulas del testamento de mi padre. 
 
En ese momento, acudió a mi mente la imagen del pobre Ernest, saludando y haciendo reverencias, siendo presentado a personas importantes de la aristocracia, y fijándose cuidadosamente, muy cuidadosamente, en sus rostros, con el fin de poder recordarlos en una futura gala de ópera o de teatro. 
 
A lo mejor Ernest estaba, en aquel preciso instante, besándole la mano a alguna hermosa y joven duquesa que, quizá, en un día no muy lejano, le aportaría una rica dote y un tierno cariño de esposa. «Pues no me importa si Ernest se divierte en este momento —pensé—, al menos, mañana no tendré un fastidioso resfriado y una roja nariz goteando moco»; y arrojé otro tronco al fuego de la chimenea.

Alrededor de las cinco de la tarde, el cielo parecía tan plomizo como en pleno invierno. Hugh me sirvió mi tradicional copa de jerez y le volví a repetir mis instrucciones de que pensaba cenar en mi biblioteca.

La cena fue más bien ligera, y la intranquilidad empezó a adueñarse de mi mente. Traté de leer un libro, pero las palabras carecían de significado. Entonces pensé en relajarme, ya que recordaba que esta práctica, tan recomendada por los médicos, estaba muy indicada en los momentos de tensión nerviosa.

Como solía hacer en aquellas tardes en que me quedaba en casa, me puse mi horrible pero confortable batín de lana, me calcé unas cómodas zapatillas de cuero que en otras ocasiones mi mayordomo había intentado tirar a la basura, lamenté no tener un mastín para que se acostara junto a mi chimenea, a mis pies, y me puse a cargar una pipa con refinado y amoroso cuidado.

Debía haberme quedado adormecido con el libro en mi regazo, cuando Hugh me despertó para anunciarme que me llamaban por teléfono. Perezosamente cogí el aparato.

Una voz frenética al otro extremo del hilo me dijo que acudiera inmediatamente, que era muy urgente. No había un minuto que perder. Mi amigo, Ernest Melbourne, se hallaba al borde de la muerte. En realidad, continuó diciéndome aquella voz desconocida para mí, está economizando el aire que respira en un esfuerzo para mantenerse vivo hasta su llegada.

Rápidamente me puse el primer traje que encontré a mano, alquilé un taxi y me dirigí a toda prisa al elegante piso de Ernest. La puerta me fue abierta por uno de mis antiguos criados, Stephen, el cual se hallaba extremadamente aturrullado hasta el punto de parecer enloquecido.

—Sir Anthony —me dijo, hecho un manojo de nervios—, es espantoso, es horriblemente espantoso. Me temo que no llegará a tiempo.

—Tranquilízate, querido Stephen —le dije, tratando de que hablara en voz baja—. Cualquier cosa que haya ocurrido, por favor, ten la bondad de mantenerte en tu sano juicio. Vamos, condúceme inmediatamente al lado de míster Melbourne.

El tono severo que empleé calmó algo a Stephen, pero cuando me conducía hacia el salón biblioteca, me empujó de pronto y rudamente hacia un lado. Me sorprendí ante aquella extraña conducta de mi excriado, pero luego comprendí que lo que pretendía era que yo no pisara una serie de huellas barrosas que conducían a la estancia donde se hallaba mi amigo.

Ernest estaba acostado en un diván. Aunque en su rostro no había ninguna señal de violencia, me costó trabajo reconocerle. Incluso hoy día me es difícil describir la transformación que se había operado en sus facciones.

Sus ojos, que generalmente miraban a todas partes plenos de curiosidad, estaban paralizados, fijos en un punto del techo, como si pendieran de él mediante dos cuerdas. Su sonrosada piel que yo, como pálido londinense, en ciertas ocasiones había envidiado en secreto, se había disuelto en un gris de cal apagada. Venas azules sobresalían en sus manos, muñecas y garganta, y morados verdugones cubrían sus sienes. Su lengua pendía grotescamente a un lado de su boca abierta.

Haciendo un esfuerzo para dominar mi repugnancia, me acerqué a él y le dije todo aquello que suele decirse en estos casos. «Aquí me tienes... ¿Qué te ha sucedido...? Ánimo, hombre. Vamos, cuéntame lo que te ha pasado...»

Ernest reaccionó lentamente. Un indefinido fulgor apareció en sus ojos. Después de varios intentos, al final estuvo en condiciones de hablarme de forma que yo pudiera entenderle.

—Anthony —murmuró—, debes escucharme..., pero, sobre todo, debes creer en mí, debes creerme.

Luego permaneció en silencio, sofocado, tosió y trató de incorporarse. Cogí una almohada y se la puse a la espalda, mientras le decía en voz baja a Stephen que fuera inmediatamente a buscar un médico. La retirada del criado fue sumamente ruidosa, pues tropezó con una silla y se cayó al suelo. Pero Ernest se hallaba muy lejos de la realidad para darse cuenta de ello.

Me senté cerca de mi amigo, mostrándome tan afectivo como un elefante macho intentando cuidar una liebre herida. Yo sabía que Ernest no debía agotarse hablándome, pero eran tan intensos los pensamientos que en aquellos instantes torturaban su mente que no tuve más remedio que permitírselo.

—Anthony —murmuró Ernest—, debo ser breve. Me queda muy poco tiempo de vida. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Y, en nombre de Dios, créeme.

Después de una breve pausa, continuó.

—Fui al funeral de sir Gilbert. Fue espantoso. Tú sabías que yo no quería ir, pero no sabías por qué. Gladys, el amor del que renegué, la chica a quien abandoné, yace en una tumba del cementerio de Kensington... Estaba aún lloviendo cuando sacaron el ataúd de sir Gilbert de la iglesia. Permanecí allí mojado y helado de frío. De repente, guiado por los remordimientos o quizá empujado por el mismo demonio, me hallé explorando el cementerio, pisando aquel terreno sucio y fangoso, buscando algo, una flor de lis, una rosa, algo que fuera bello, fresco y joven. De pronto vi un seto vallado en el que había una entrada que daba a otro cementerio en el que las losas sepulcrales estaban muy cerca unas de otras... Anthony, ¿me estás escuchando?

Alargué mi mano y le cogí la suya, pero, no queriendo distraer sus pensamientos, permanecí en silencio. Vi que el rostro de Ernest se relajaba, cerró la boca y un alarmante color de cera se extendió por su piel. Después de unos instantes continuó.

—Empujado por una fuerza misteriosa, me dirigí a la tumba más insignificante, más raída, más pobre de todas. La losa sepulcral ostentaba el número 298, y gotas de lluvia caían al suelo desde el punto en el que estaba esculpido el nombre de Gladys Moore..., mi Gladys que tanto me había amado hace muchos años.

Evidentemente, comprendía el dolor y la pena de Ernest, sin embargo, me parecía imposible que la vista de la tumba de su querida Gladys hubiera podido causarle aquel espantoso daño físico. Ernest continuó hablando, pero cada vez más rápido, como si considerara que el tiempo estaba en contra de su reserva vital y de su monólogo.

—El temor más espantoso se apoderó de mí. Mi primer impulso fue sacar inmediatamente el ataúd de aquel lugar tan deprimente y colocarlo en aquella parte del cementerio reservada a la gente ilustre para que así la tumba de mi Gladys ocupase el mejor sitio de todos; pero este noble pensamiento se me borró en el acto para ser sustituido por otro: si la gente llegara a enterarse de mis antiguas relaciones amorosas con una tabernera, todos mis proyectos se vendrían a tierra, todo aquello por lo que había luchado durante toda mi vida quedaría arruinado.

Un suspiro estremeció el cuerpo de mi amigo. Después de una pausa, Ernest continuó:

—Cuando regresé a casa, Stephen me sirvió la comida. No tenía apetito, por lo que le ordené que retirara los platos, limitándome a beber tres copas de oporto. Creo que me quedé dormitando durante varias horas. Cuando me desperté, tuve la sensación de haber sido drogado, o sometido a un trance hipnótico. Luego sentí la necesidad de telefonear a alguien. ¡Cogí el aparato y marqué el 298 de Kensington! Después de un corto tiempo, una voz de mujer contestó. Sonaba como si estuviera muy lejos, aunque sus palabras eran perfectamente audibles. La voz dijo: «Oh, amor mío, qué gentil has sido en telefonearme. He estado mucho tiempo esperando esta llamada. Iré inmediatamente a verte».

Miré asombrado a Ernest. La habitación pareció llenarse de repente de un aire viscoso y estancado. Sentí que se me contraía la piel y se erizaban mis cabellos cuando oí aquel horroroso relato. Ernest movía la cabeza a un lado y otro sobre la almohada, como tratando de luchar con aquellos pensamientos que torturaban su mente.

—Me senté en el sillón y esperé —continuó mi amigo—. ¿Esperar qué? No lo sabía en aquel momento. Entonces oí que la puerta principal se abrió completamente, a pesar de que Stephen siempre la tenía cerrada. Las cortinas empezaron a agitarse como la vela de un barco, al mismo tiempo que una corriente de aire helado penetraba en mi habitación. Luego sentí un penetrante olor de moho, de tierra y de humedad. Vestida de blanco, llegó ella...

La voz de Ernest se quebró. Su rostro se volvió azulado; empezó a dar boqueadas; sus ojos se revolvieron. Como nunca había visto morir a nadie, me sentí estupefacto, fascinado, profundamente asustado, incapaz de gritar pidiendo auxilio. Su cuerpo se puso tieso y luego cayó hacia atrás. Cogí mi pañuelo y cerré cuidadosamente aquellos ojos fijos y brillantes.

Entonces llamé..., bueno, temo que empecé a gritar llamando a Stephen. El rostro de este reflejaba palpablemente su aflicción y ansiedad. Le rogué que telefoneara a un médico y a la policía.

Mientras esperaba al lado de mi amigo muerto, me puse a observar cuidadosamente la habitación.

En línea directa desde la puerta al sillón favorito de Ernest estaban aquellas huellas fangosas de pasos que Stephen me había impedido pisar hacía unos instantes. Me levanté para estudiarlas más cuidadosamente. Entonces vi horrorizado que en las pelusas de la alfombra que cubría el suelo de madera, estaban grabadas las huellas inconfundibles de unos zapatos de mujer.

Míster George - Stephen Grendon

Ahora que los rayos del sol de última hora de la tarde caían oblicuamente sobre el prado, Priscilla cogió las flores que había reunido y ató el ramillete con una cinta azul. Unió al mismo el billete que había escrito, se arrimó el ramillete al cuerpo y anduvo de puntillas hasta la puerta de su cuarto. La abrió. De abajo subían unas voces. Pero ellos estaban fuera, en la parte de atrás, y no la oirían salir de casa. Que luego la vieran regresar, no importaba. Cerró la puerta detrás de sí y dirigió su robusta persona de cinco añitos hacia la alfombrada escalera, que bajó, y hacia la puerta, y fuera de la casa.

El cobrador del tranvía la reconoció. Inclinando el mostachudo rostro sobre ella, le preguntó:

—¿Solita, miss Priscilla?

—Sí, señor.

—Oh, y está oscureciendo casi. ¿Va muy lejos?

—Oh, no. Voy a ver a míster George. El hombre parecía angustiado. Tenía una sonrisa pálida, delgada. Y no dijo nada más.

El tranvía seguía su camino con un ruido metálico. Priscilla sabía que el cobrador le indicaría dónde tenía que apearse; y, no obstante, iba contando las manzanas de casas: la segunda que encontraría era aquélla donde vivía Renshaws; la siguiente, que era la de Burton; la de los solares sin edificar; y, por fin, después de tres manzanas en las que no vivía ningún conocido suyo —siete manzanas en total— el cobrador le dijo que había llegado a su parada.

—Sí, señor. Lo sé. Gracias —respondió ella. La niña sonrió al empleado y bajó. El hombre la siguió con la mirada, atormentado, y meneó la cabeza.

—¿Qué será de ella con tantos buitres como la rodean? —le preguntó al aire, poblado de motitas de polvo.

Durante el camino, Priscilla había sentido cierta inquietud al pensar en la gran puerta de reja de hierro; pero, como todavía no eran las seis, estaba abierta. La cruzó, pues, y se fue directamente al lugar donde se hallaba míster George. No había nada donde poner las flores; de modo que las dejó allí, donde míster George las tuviera que ver forzosamente. No estaba demasiado segura acerca de míster George. 

Últimamente había muchas cosas que la desconcertaban. No entendía el comportamiento de míster George, ni por qué se había marchado y la había dejado sola con los primos de su madre, los cuales, comprendía ella con el instinto infalible de los niños, no la amaban como la había amado míster George, ni como, más anteriormente todavía, la amó su madre, que también se había marchado.

Priscilla sacó el billete y lo colocó de modo que él hubiera de verlo, necesariamente. Al marcharse, miró atrás varias veces para ver si míster George había llegado ya; pero las flores continuaban allí, intactas, y entre ellas resaltaba la blancura del papel de notas. El ramillete lo formaban julianas de olor, nomeolvides y rosas, flores a la moda antigua, de las que gustaban a míster George. 

Pero míster George no vino; no se le veía cuando la niña llegó a la puerta. Con una última, lánguida mirada, Priscilla salió a la calle y anduvo hasta la esquina para esperar el tranvía, empezando a preguntarse ya si ellos habrían notado su ausencia.

Pero no; no la habían notado. Continuaban hablando cuando entró sigilosamente en la casa; aunque ahora uno de ellos estaba en el comedor, y todos levantaban un poco la voz..., aunque no lo suficiente para que se les pudiera oír más allá del vestíbulo de entrada. 

La niña se había quedado inmóvil, completamente silenciosa, escuchando. Aunque las dos mujeres y el hombre —hermanos los tres— eran primos de su madre, Priscilla los consideraba tíos suyos. Las mujeres estaban en la cocina, y tío Laban en el comedor. Tío Laban iba diciendo:

—Lo que tienes de malo, tú, Virginia, es que careces de sentido del refinamiento, careces de tacto. Sólo piensas en el dinero; lo quieres, y no te importa la manera de conseguirlo.

—Ella es lo único que se interpone entre el dinero y nosotros. Y tú lo sabes tan bien como yo.

—Ahora que George ya no está —puntualizó Laban.

—Sí —admitió Virginia.

Adelaide soltó una risita nerviosa.

—A veces me pregunto qué relación habría entre ellos —reanudó Virginia—. ¿Eran amantes?

—No importa.

—Claro que importa —adujo Addie—. Quizá si pudiéramos demostrar que ella es hija de George...

Laban chasqueó la lengua con aire impaciente.

—No tiene nada que ver con el caso, y no importa. El testamento de Cissie está clarísimo, y no importa si Priscilla es o no es de George, o de Henry, ni importaría siquiera que no fuese de Cissie. El testamento disponía que George podía continuar aquí, en casa de Cissie, hasta que quisiera irse...

—O falleciese —interrumpió Virginia.

—No seas desagradable —cortó secamente Laban—. Y la casa, los terrenos y todo el dinero...

—¡Trescientos mil dólares! —suspiró Adelaide.

—...Pertenecen a Priscilla.

—Te dejas la parte más importante —señaló Virginia—. Detrás de Priscilla, venimos nosotros.

—Di, más bien, estamos aquí.

—Ah, sí —comentó Adelaide con amargura—, tal como hemos estado siempre. A costa siempre de la generosidad de otros.

—¿Y qué te importa eso? —inquirió Laban, enojadizo—. Tenemos en nuestras manos el gobierno de la casa, y casi, casi, el de su cuenta bancaria.

—Yo lo quiero abiertamente, sin restricciones —dijo Virginia.

—Bah, estás representando una comedia —dijo Laban—. Pero comprendo que tramas algo. Eso de dejar que los criados se vayan unos tras otros...

—Eran criados de Cissie, no míos.

—Pero no has colocado a otros en sus puestos.

—No. Ya lo pensaré. ¿Has puesto la mesa?

—Sí.

—Ve a llamar a la niña.

Priscilla huyó sin ruido escaleras arriba, a fin de estar preparada cuando tío Laban la llamase.

Cuando el ocaso era más bien noche, Canby, que hacía su recorrido habitual, vio algo blanco que revoloteaba al otro lado de la reja de la puerta. Cumpliendo rutinariamente con su deber, entró a ver qué era aquello. Sacó el billetito, echó sobre el mismo el chorro de luz de la linterna para enterarse de los detalles más necesarios y a su debido tiempo entregó el billete en el cuartelillo del barrio.

El capitán lo leyó:

«Querido míster George: Tenga la bondad de regresar. Queremos que viva otra vez con nosotros. Tenemos espacio de sobra. Simplemente, suba al tranvía y coja la dirección este. La casa está tal como usted la dejó; sólo que ahora ya no florecen los rosales.»

—¿No había ninguna firma?

—Ninguna. Estaba allí, simplemente, sobre la tumba, con unas flores. Las flores las he dejado. Era la tumba de un tal George Newell. Murió hace cosa de un mes. Tenía cincuenta y un años.

—Parece letra de niña. Dáselo a Orlo Ward... Es la clase de material que le conviene para The New Yorker.

El viejo reloj del vestíbulo, que había pertenecido al abuelo Dedman, estuvo hablando toda la noche. Míster George decía que la madre de Priscilla se acordaba de su modo de hablar. El reloj solía decir: «Cis-sie, Cis-sie, Cis-sie, ¡Duér-me-te ya, Cis-sie!» una y otra y otra vez, hasta que se dormía. A Priscilla se le antojaba que ahora el reloj le hablaba a ella en los mismos términos. Pero no tenía sueño. 

Tendida en la cama, escuchaba todos los sonidos que producía la antigua casa. Lamentaba su suerte, ahora que habían despedido a la cocinera —la última persona que le era simpática— y que todos los demás de la casa le tenían antipatía. Lo notaba por su manera de mirarla, por su manera de hablarle, y sobre todo, lo percibía intuitivamente. ¡Si al menos regresase míster George! 

Desde el día que míster George se quejó de que no se sentía bien, ya nada volvió a ser como era después de la muerte de su madre. Aquel día, al cabo de un rato de no sentirse bien, míster George la llamó, y cuando la tuvo a la vera de la cama le dijo:

—Ahora sé buena, Priscilla. Y, acuérdate, si te pasa algo, acude a Laura. —(Laura tenía algo que ver con míster George, como lo había tenido con su madre. Aunque no era, como los Leckett, una pariente directa de ambos.)

El murmullo de voces discurría por el vestíbulo. Virginia Leckett se estaba peinando el cabello en el cuarto de su hermano. Laban se había acostado ya.

—Y si a ella le ocurriese algo, ¿verdad que no habría ningún problema para que entrásemos nosotros en posesión de la herencia? —preguntaba.

—Cuando menos me lo has preguntado diez veces, lo juraría —respondió el hombre.

—¿Lo habría? —insistió la mujer.

—¿Cómo podría haberlo? No tiene ningún otro pariente.

—Es lo que yo pensaba.

—Sin embargo, está más sana que una ternera.

—Oh, siempre puede ocurrir algo.

—¿Qué puede ocurrir?

—Nunca se sabe, Laban.

—Me pones los nervios de punta, Virginia.

—Mira cómo se fue George.

—Bueno, no esperarás que Priscilla contraiga una enfermedad cardíaca.

—Eso es lo que dijo el doctor.

—Y lo que creía, además.

—Pero se podía provocar. Hay cosas que producen ataques cardíacos.

—Sería mejor que no dijeras esas cosas, Virginia.

—¿Sí?

—¡Sí!

—De todas formas —continuó ella, hablando más aprisa—, si le sucediera algo a Priscilla..., ¡piénsalo un momento, nada más, ¡trescientos mil dólares! ¡Laban..., piensa en lo que harías con tu parte! ¡Y yo! Mira, podría irme a Europa.

—Pero no irás. ¿Por qué no dejas de atormentarte con ese dinero? Está fuera de tu alcance.

—¿De veras?

—Será mejor que te vayas a tu cuarto.

Las pisadas de Virginia vinieron por el vestíbulo, parándose ante la puerta de Priscilla. «No la dejes entrar. Dios mío», pidió la niña con confianza suprema. Virginia siguió por el vestíbulo, y ahora el murmullo de voces salía, distante, de la habitación de Adelaide. Así sucedía y volvía a suceder multitud de noches, desde que míster George se marchara. 

A veces, Priscilla pensaba que tía Virginia era la persona a quien odiaba más; pero luego se acordaba de que mamá solía decirle que no odiase a nadie porque el odio perjudica más al que lo concibe que al odiado... y una cosa así. Sea como fuere, Priscilla no se fiaba de tía Virginia. Tampoco se fiaba de tía Adelaide, ni de tío Laban; pero la mayor desconfianza se la inspiraba tía Virginia. No comprendía lo que quería decir mamá cuando le explicaba a míster George:

—Los compadezco. ¡Son tan mezquinos, tan provincianos! Cuando tenían dinero habrían podido ir a París, a Viena... Pero no, tuvieron que invertirlo en acciones poco seguras a fin de ganar más dinero, y lo perdieron todo. ¡Pobrecillos!

El reloj decía:

—Pris-sie, Pris-sie, Pris-sie. Duér-me-te ya, Pris-sie.

—No tengo sueño —respondió Priscilla en la oscuridad.

La casa se acostaba, gimiendo y crujiendo. En alguna parte goteaba una espita, y empujada por el viento, fuera, una rama del cedro de la esquina noroeste de la casa llamaba de vez en cuando a la pared. El reloj seguía hablando con su ruidoso tictac, tictac, tictac. Fuera, los tranvías seguían circulando, traqueteantes, aunque cada vez en menor número, a medida que avanzaba la noche. 

Priscilla continuaba pensando, casi soñando, en mamá y en míster George, y en cómo vivían hacía menos de un año, cuando se encontraban allá donde estaba el océano y ella jugaba todo el día en la arena, mientras la tos de mamá empeoraba día tras día, y míster George se volvía triste y callado, y el viento parecía soplar cada vez más frío hasta que los despidió para aquí, a esta casa de la calle Elm, donde había nacido mamá. 

Parecía haber pasado tiempo, mucho, muchísimo tiempo. El tiempo parecía extenderse hasta enormes lejanías a ambos lados de ella, y se sentía perdida, extraviada lejos de mamá y míster George; y la playa arenosa y los trenes —¡tantos trenes!—, y los extraños y pequeños carruajes de aquellos lugares del otro lado del océano, y los barcos, y...

Pero ahora le venía el sueño, y alguien entró por la puerta y se inclinó sobre ella y le susurró:

—Duérmete ya, Priscilla.

—Está bien, míster George —respondió ella.

Por la mañana, Priscilla, que se levantaba con el sol, cogió a Celine, la mayor, en edad, de sus muñecas, que era su favorita porque vino de Arles, donde la compraron mamá y míster George, que habían abandonado París para pasar unas deliciosas vacaciones en dicha ciudad, y se fue a jugar en el pabellón del té del extremo del jardín, y se sentó a la sombra fresca de las hayas que se inclinaban sobre aquel refugio. 

Mucho antes de que ninguna otra persona de la casa hubiera abandonado el lecho, Priscilla había llegado a puerto con Celine. Tenía la costumbre de sostener largas conversaciones con Celine, una muñeca descarada y curiosa a la vez, con un aire exótico y raro, y, en momentos delicados, no demasiado locuaz, diciendo siempre lo más justo y acertado.

Esta mañana Celine estaba sentada en su sitio habitual, enfrente de Priscilla, quien iba disponiendo lo necesario para el té mientras iba hablando. ¿Había pasado una buena noche Celine, o acaso volvía a tener las piernas cruzadas bajo el cuerpo? ¿Preferiría Celine azúcar o limón en el té, o ambas cosas a la vez, o acaso le gustara más beberlo, como se debe, sin nada en absoluto? 

Los pájaros cantaban, porque el jardín rodeado de árboles era como un oasis en el centro de la ciudad, y siete manzanas de casas significaban ya un largo vuelo hasta los árboles del cementerio; de manera que iban y venían todo el día entero, y emitían unos ruidos íntimos en los matorrales que rodeaban el pabelloncito del té.

Celine le respondía con mucho tino.

Pero esta mañana se le notaba algo raro a la muñeca, y al poco rato Priscilla empezó a mirarla como con unos ojos nuevos. Se le antojaba que Celine hacía un gran esfuerzo por decirle algo, una cosa suya propia, que no había salido primero de ella misma, de Priscilla.

—Ten cuidado —parecía decirle—. Vigila.

Tan real parecía la voz de Celine, que Priscilla miró a su alrededor, momentáneamente alarmada. Pero no había nadie.

—¿De quién he de tener cuidado? —preguntó en un susurro.

—¡De ellos! —respondió Celine. «¡Pero qué voz tan rara para una muñeca!», pensó Priscilla.

Luego miró muy disimuladamente a todo su entorno, hacia todos los costados de la casita del té. ¡Conocía aquella voz! Sí, la conocía, ciertamente. Era la de míster George... y entraba muy en su modo de ser el fingir que se trataba de la voz de Celine.

La niña se puso a palmear y gritó alegremente:

—¡Salga, salga de donde sea que esté, míster George!

No salió nadie.

—Por favor, míster George.

Una paloma de luto arrullaba.

—No me atormente.

Nadie respondió.

La niña miró a Celine; pero la muñeca seguía tan tranquila como siempre. Priscilla volvió la cabeza para mirar a lo lejos.

—Vigila —repitió Celine, con la voz de míster George.

La niña dio media vuelta, mirando hacia todas partes.

—Le encontraré —gritó—. ¡Sí, sí, le encontraré! —Y se lanzó hacia las matas, atisbando en esta dirección y en la otra, con tal violencia que los pájaros se quedaban mudos, salvo por un arrendajo azul que lanzaba gritos de advertencia contra aquella niña que invadía todos los rincones del jardín.

—¿Qué diablos hace aquella niña? —inquirió Adelaide desde la ventana.

—¿Qué? —preguntó Virginia, embutiéndose dentro del anticuado vestido, delante del espejo.

—Pues, que no para de correr y correr alrededor de la casita del té. Parece como si buscara algo. O a alguien.

—Las niñas tienen, a veces, compañeras de juego imaginarias.

—Es una idea loca, Ginny. ¡Pero se me ha ocurrido!

Virginia la miró. A veces aquella cabeza excesivamente grande sobre aquel cuerpo bajo y delgado producía una idea meritoria, a juicio de Virginia.

—¿De qué se trata ahora, Addie?

Adelaide la miró entornando los ojos.

—¿Supones que sería posible... hacerla declarar..., pues, no exactamente loca, sino...?

—Oh, no; no serviría. Hay muchísimos otros medios. Un veneno lento, por ejemplo.

—No seas grosera, Virginia —dijo Laban desde el umbral—. Por amor de Dios, ¿no vamos a desayunar? Si os empeñáis en despedir a la cocinera, ha de haber alguien en esta casa dispuesto a encargarse de las tareas ordinarias.

—Ya vamos —respondió Virginia—. ¿Ves lo que está haciendo Priscilla?

Laban fue hacia la ventana y miró al exterior. Al cabo de un rato, dijo:

—Parece estar conversando.

—Ah, sí, con la muñeca. Ya me fijé —dijo Virginia.

—No, no es con la muñeca.

—¿No? ¿Está sola?

—Sí. Está de espaldas a la muñeca, ni siquiera la mira.

—Adelaide, ¿quieres ir a llamarla para el desayuno? —dijo Virginia, volviéndose. Y cuando Adelaide estuvo fuera, reprendió a Laban—: No me gusta que me llamen «grosera», Laban.

El hombre se encogió de hombros. Había estado pensando en lo que podía heredar si le ocurría algo a Priscilla; Virginia había sembrado en terreno fértil.

—Pues, no lo seas —replicó—. ¿Qué crees que pensaría la gente si la niña muriese así? Al fin y al cabo, las cláusulas del testamento de Cissie no son un secreto hermético. La gente se formularía preguntas. Finalmente, el veneno se puede detectar... hasta el más desconocido. Del cual tú no dispondrías, a fin de cuentas.

—Si eres capaz de idear algo mejor, ¿por qué no lo imaginas?

—Tendría que sufrir algún accidente, o algo que lo pareciese, al menos. Hace unos días leí algo en el Sun acerca de un accidente que les costó la vida a dos niños. Jugaban en el ático, y se encerraron ellos mismos dentro de un baúl. Murieron asfixiados. Es una cosa que podría ocurrir fácilmente, ya sabes. ¿Quién podría demostrar lo contrario? En cambio, el veneno implica ciertos factores químicos y fisiológicos a los que no se puede hacer contar una versión distinta de los hechos verdaderos.

Adelaide regresó con la respiración bastante alterada.

—Compañeros de juego imaginarios, ¿no? La niña dice que George está ahí fuera, en alguna parte, escondiéndose de ella. Dice que ha hablado con ella.

Virginia sonrió.

—Eso equivale a plasmar su deseo más íntimo en una fantasía que pueda vivir. Es el colmo de la imaginación. ¿Qué le ha dicho George?

—No me lo ha contado.

—¿Está Priscilla aquí ya?

—Ahora viene.

—Veremos.

Priscilla entró y se sentó a la mesa. Todavía no estaba puesta. La niña aguardó, fijándose en aquellas tres personas: tío Laban, gordo, con aire jovial, excepto por la boca, blanda y carnosa, y los ojos, pequeños y negros; tía Adelaide, con su grotesca cabezota, tan pesada que siempre se le balanceaba un poco; tía Virginia con la delgada línea de la boca y los duros ojos azules. 

Todos vestían de negro: Adelaide con tela de tafetán; Virginia, de brocado, y Laban, de paño fino. En este momento los tres estaban ocupados, cada uno a su manera: Laban con el periódico de la mañana, Adelaide correteando para poner la mesa, Virginia preparando el desayuno.

A Priscilla le resultaba difícil permanecer quieta en la silla, porque estaba convencida de que míster George se había deslizado dentro de la casa junto con ella y en aquellos mismos instantes estaba escondido en algún punto de la habitación. 

Los ojos de la niña saltaban inquisitivamente para este lado y para el otro; Priscilla esperaba que, en cualquier momento, míster George saldría de su escondite. Pero no sucedió nada, y entretanto Adelaide había traído todos los platos y al final vinieron ella y Virginia trayendo huevos, tocino y tostadas, y un vaso de leche para Priscilla. Todos se sentaron, y Laban dejó el periódico.

—¿Con quién hablabas en el pabellón del té, Priscilla? —preguntó Virginia.

—Con Celine —contestó Priscilla, sin apartar los labios del vaso de leche, que había empezado a beberse.

—¿Con quién más? —preguntó Laban. No hubo respuesta.

—¿Con quién más?, te he preguntado.

Priscilla movió la cabeza negativamente.

—A mí me lo has dicho —recordó Adelaide.

—Con míster George —dijo Priscilla.

—¡Vaya! ¿Andrés qué te ha dicho? —preguntó Virginia.

Priscilla volvió a menear la cabeza.

—Contéstame.

La niña continuó en silencio. Virginia se dirigió a los otros:

—Ya veis, es imaginación.

—Regresó anoche. Yo se lo pedí —explicó la niña.

Adelaide soltó una risita, Virginia le dirigió una mirada rápida, enojada. Laban carraspeó y fijó la atención en el tocino y los huevos.

Nadie preguntó nada más. Cada uno se absorbía en sus propios pensamientos. Priscilla continuaba esperando, secretamente, que míster George apareciese de pronto y los dejase sorprendidos a todos. Adelaide pensaba en la habilidad que tienen los niños para jugar solos. Virginia contemplaba el cuadro de ellos tres solos en la casa —su casa— sin Priscilla. 

Laban pensaba que no convenía retrasar las cosas; los accidentes no aguardaban el momento oportuno. Además, la idea de poder disponer de cien mil dólares completamente suyos para hacer con ellos lo que mejor le pareciera había crecido desmesuradamente y ahora se levantaba delante de los ojos de su imaginación como una montaña inmensa de libertad condensada, abriéndole el mundo como nunca lo hubiera tenido abierto. Mientras se terminaba el desayuno, miraba a Priscilla, que también había terminado ya, y le sonreía.

—¿Adónde se ha ido George? —preguntó.

La niña quedó desarmada.

—Creo que está escondido.

—Apuesto a que sé dónde se esconde —continuó Laban—. ¿Quieres que vayamos a verlo?

—Oh, sí, quiero.

Laban apartó la silla y se levantó.

—Ven, pues.

—Dispénsenme —dijo Priscilla a las dos mujeres.

Salieron al vestíbulo, Priscilla cogida de la mano del hombre.

—Sé exactamente dónde ha de estar —decía Laban, conduciéndola hacia las escaleras.

—¿Arriba?

—En el ático. Aquello está oscuro.

Para Laban, las tinieblas del ático se resolvían en una especie de embudo en la salida del cual se levantaba el baúl de marinero, medio vacío, no lejos de la cima de las escaleras. Tío Laban empezó a recorrer el borde exterior del embudo, moviendo objetos y mirando detrás de ellos. Priscilla corría de acá para allá; pero a cada pocos segundos se paraba y le preguntaba insistentemente a la enmohecida media luz:

—¿Míster George?

—Le encontraremos —contestaba cada vez Laban, con nerviosa cordialidad. Tenía las manos pegajosas, un sudor frío le cubría la frente cada vez más a medida que se iban acercando al baúl.

El baúl era grande y muy pesado; una vez dentro, a Priscilla le sería completamente imposible levantar la tapa, aun en el caso de que el broche no quedara cerrado. Toda la oscuridad del ático, que era grande y llegaba hasta las mansardas de la vieja casa, parecía converger sobre el baúl. Dos veces Priscilla se detuvo casi a su vera.

—No está aquí —dijo al final.

—Apuesto a que sí —aseguró Laban—. Hay un sitio más, bastante grande para esconderle. Ahí mismo.

Laban se inclinó y levantó la pesada tapa. El baúl era tan profundo que Priscilla casi habría cabido dentro, de pie, si bien las cosas que contenía disminuían un poco esta profundidad. El hombre miraba a la niña por el rabillo del ojo. Priscilla parecía como hipnotizada, puesta casi de puntillas para contemplar la oscura barriga de aquel mueble.

—Eso está demasiado oscuro para que yo pueda verle, aunque estuviera aquí —dijo Laban—. Acaso se haya escondido debajo de la ropa. Métete dentro y búscale.

La niña dio dos pasos adelante; pero oyó que alguien le decía:

—No, Priscilla.

—¡Oh! —exclamó palmeteando—. ¡Es míster George!

—¿Qué? —Laban preguntó, sobresaltado.

—Está aquí, por alguna parte. Le he oído.

Laban la miraba, pasmado y maravillado por la singular imaginación de la niña. Luego dijo:

—Apuesto a que está escondido debajo de esas ropas. Métete dentro y sorpréndele, Pris.

La niña meneó la cabeza negativamente.

—Míster George me dice que no me meta.

Una especie de exasperación se apoderaba del tío Laban, que se arrodilló al lado del baúl.

—Mira —dijo—, yo levantaré la tapa. —Y empujó un grueso libro, verticalmente, entre la tapa y el baúl—. Yo estaré aquí, por si sale.

Priscilla meneó la cabeza.

—Mire usted —dijo.

Laban cavilaba febrilmente. Si lograba persuadir a la niña de que se colocara a su lado, le sería muy fácil hacerla caer dentro del baúl, sin necesidad de forcejeos que luego pudieran mostrar una magulladura en la delicada carne.

—Ven y ayúdame —dijo, inclinándose para atisbar en la oscuridad.

Priscilla se acercó.

Pero cuando ya casi estaba junto a él, algo la detuvo, una cosa que parecía una mano invisible que la sujetara por la espalda. Una cosa alta y negra tomó forma —una forma oscura— al lado del hombre que esperaba, arrodillado, a la niña; una cosa que se inclinó y sacó el libro que sostenía la tapa del baúl; una cosa que empujó la tapa para abajo con poderoso impacto, sobre el cuello de Laban Leckett.

El sujeto cogido en la trampa emitió un grito ahogado, se encorvó horriblemente y quedó inerte, después de patalear un poco.

—Vete, Priscilla. Vete abajo, ahora.

—Sí, míster George.

Priscilla salió, obedientemente, del ático, bajó las escaleras y volvió a la casita del té, donde se sentó y se lo contó todo, muy animada, a Celine.

Virginia estaba junto a la ventana, mirando al exterior con los ojos entornados y una sonrisa de mofa en la cara.

—Lo sabía —comentó volviendo un poco la cabeza hacia Adelaide—. Laban nunca ha sido un hombre de verdad. Le ha faltado valor.

Al día siguiente del entierro, Laura Craig vino de visita. Lo mismo que las hermanas Leckett, Laura Craig tenía unos cincuenta años y pico; pero parecía muchísimo más joven. Vestía bien, pues tenía dinero y sabía gastarlo, bien enterada de que el dinero es un medio y no un fin en sí mismo. Había sido una auténtica belleza, y seguía siendo guapa de verdad; en aspecto y figura había una diferencia como de la noche al día entre ella y sus anfitrionas; porque Laura era una fiesta de color y de joyas, contrastando con la vulgaridad casi ofensiva de las otras.

—He quedado muy sorprendida al leer lo de Laban —dijo sin preámbulos—. Lo he leído esta misma mañana. Estuve en Connecticut y lamento no haber podido asistir a los funerales. Pero ¿cómo pudo suceder una cosa así?

—La tapa del baúl pesaba mucho —dijo Virginia, apresurándose a dar la explicación antes de que Adelaide pudiera despegar los labios—. Supongo que Laban fue descuidado.

—¡Qué espantoso! —exclamó Laura—. Pero ¿qué estaba buscando?

Virginia encogió los hombros y enarcó las cejas.

—Algo de nuestro padre, pensamos —dijo Adelaide—. Era el baúl de nuestro padre, ¿sabes? La última vez que prestó servicio fue cuando nuestro padre visitó la Exposición de St. Louis.

—Encontramos al pobre Laban por pura casualidad —añadió Virginia—. Por fin notamos su ausencia, y nos pusimos a buscarle. Hacía mucho rato que había fallecido. Daba horror..., la tapa del baúl había caído con tanta fuerza que casi le cortó la cabeza. Hemos destruido el baúl, naturalmente.

—Me lo figuro —dijo Laura.

La conversación derivó muy cortésmente hacia Priscilla, y al poco rato la propia Priscilla bajaba hasta la puerta de reja con Laura Craig, a la cual también llamaba «tía». Las hermanas Leckett permanecían detrás de las cortinas de las ventanas para asegurarse de que Priscilla no se entretuviera demasiado rato con aquella mujer, que, sabían ellas, había venido primordialmente a comprobar si la niña estaba bien.

—Confiemos que no le contará nada de sus absurdas fantasías —dijo Virginia con tono acerbo.

—Tú le prohibiste que las mencionara nunca más.

—Oh, sí, ya lo sé... Pero los niños no hacen caso de las prohibiciones. ¿Olvidará algún día a George Newell? Me gustaría saberlo.

—Poco importa que lo olvide, o que no —dijo Adelaide, riendo entre dientes.

—Silencio, Adelaide. —Virginia suspiró—. ¿Qué pudo suceder allá arriba? ¡Laban nunca fue descuidado!

—Ya sabes qué dijo la niña.

—¡Bah, Addie! ¡Un fárrago de sombras y George y tonterías! ¿Crees de veras que George ronda por la casa? ¡Vaya cuento ridículo!

Adelaide resopló un poco y se apartó de la ventana.

—De todos modos, no puede negarse que la muerte de Laban aumenta en cincuenta mil dólares la fortuna de cada una de nosotras... Después de Priscilla, claro está.

—¿Cómo puedes decir una cosa así, Addie? —reprendió vivamente Virginia.

Adelaide se volvió.

—¿Que cómo puedo decir qué?

—Lo que acabas de decir sobre la muerte de Laban.

—Yo no he dicho nada sobre la muerte de Laban.

Virginia se volvió, irritada.

—¡Vaya, Addie! Lo he oído yo. No quieras negarlo.

—¿Has perdido el seso, Ginny? No he despegado los labios. ¿Qué has imaginado que oías ahora?

—Has dicho que la muerte de Laban aumenta en cincuenta mil dólares la fortuna de cada una de nosotras.

—¡Jamás dije nada semejante!

—¡Que sí!

—¡Que no! En todo caso, esa idea se te habría ocurrido a ti mucho antes de que yo la hubiera soñado siquiera. —Con aire meditativo, añadió—: Sin embargo, es cierto, ¿verdad que sí?

Virginia no dijo nada. Algo le roía continuamente la conciencia, y era el saber que si le pasaba algo a Adelaide antes de fallecer Priscilla, ella, Virginia, heredaría los trescientos mil dólares, sin necesidad de repartírselos con nadie. Un poco trastornada, se olvidó de Priscilla y Laura Craig, que recibían el sol de la tarde junto a la puerta de entrada y se apartó de la ventana. Estaba prendida en una red de codicia y deseos contrapuestos.

La rama del cedro golpeaba la pared de la casa una vez por cada cinco tictacs del viejo reloj del vestíbulo. Priscilla contaba en la oscuridad y comunicaba sus hallazgos a Celine, a quien había permitido, aquella noche, que compartiese su cama. A continuación se puso a contar las veces que el grifo dejaba caer una gota. Aunque descubrió que le resultaba casi imposible, porque el ruido de las gotas al caer nunca era demasiado claro ni seguro. 

Además, se oían otros sonidos vivos en las tinieblas de la antigua casona. El postigo del ático había quedado suelto; crujía y daba golpes, empujado por el viento. Algo se escabulló por el vestíbulo. Priscilla comprendió que era, nuevamente, tía Adelaide; al cabo de unos momentos las voces de las dos hermanas formaban un murmullo que se sumaba a las otras voces de la noche.

En el cuarto de su hermana, Adelaide se acercaba con paso nervioso al lecho.

—Es inútil que me digas que me ha engañado la imaginación, Virginia. Sé que he visto algo. Esta ha sido la tercera vez, y nunca oí decir que las alucinaciones vinieran de tres en tres.

—¿Y qué ha sido esta vez? Prueba de expresarte de un modo coherente, Addie.

—Una sombra en el vestíbulo, en la cima de las escaleras.

—Si no estuvieras tan pagada de tus ojos, creo que un oculista y unas gafas eliminarían la sombra.

—Yo estaba quieta. La sombra se movía. Era un hombre. —Ahora las palabras le salían más aprisa—. ¿Piensas que yo quería verle? ¿Lo piensas? ¡Porque si lo piensas, estás loca! Quiero marcharme de esta casa. ¡La odio! La he odiado toda la vida..., desde que tuvimos que venir a vivir en ella como «invitadas» de Cissie.

—También la odio yo. Ten paciencia, nada más, Addie. Se necesita tiempo.

—¡Sí, siempre esperando! —Se volvió y se inclinó sobre Virginia, y bajó la voz instintivamente—. Se me ha ocurrido una cosa. Ya sabes lo que decía Laban de los accidentes. Me he fijado en cómo se columpia. Es un columpio terriblemente pesado, y cuando George se lo construyó reforzó el asiento de roble con hierro. Si ella saltara demasiado pronto y no se apartase con bastante presteza... y si el columpio le diera un golpe... Yo creo que podría suceder.

—O se podría hacer de modo que sucediera —añadió en voz baja Virginia—. Piensa en esto ahora, Addie, y no en absurdas alucinaciones. Y, por amor de Dios, no digas a nadie que te parece ver hombres en las escaleras... ¡Ya sabes lo que pensaría la gente!

El reloj del abuelo Dedman decía:

—Pris-sie, Pris-sie, Pris-sie. Duér-me-te ya, Pris-sie. —Esta vez la rama de cedro llamó en la palabra «duerme».

Priscilla se metió más adentro de las sábanas y se volvió hacia Celine.

—¿Tienes sueño, Celine? —le preguntó.

Celine, siempre complaciente, hizo un signo negativo.

Tía Adelaide volvía a cruzar sigilosamente el vestíbulo, de regreso a su habitación. Priscilla sabía que sus tías tenían que explicarse cosas que no querían que ella oyera. A veces se preguntaba de qué podrían estar hablando; pero no le importaba que la ignorasen. Tampoco le importaba que escucharan las conversaciones que sostenía con Celine. O con míster George.

La niña se incorporó sobre los codos y fijó la mirada en la oscuridad del cuarto. Del exterior entraba muy poca luz; los espesos árboles cerraban el paso a todos los rayos de la farola de la calle, excepto a dos, pequeñitos. Uno de estos dos daba sobre la pared de enfrente, cerca de la puerta; el otro hería el espejo, donde se reflejaba como una confusa abertura hacia otro mundo remoto donde reinaba el día.

—Míster George, ¿está aquí? —susurróle a la oscuridad.

—Sí, Priscilla.

La respuesta venía, al parecer, de todo su alrededor y de dentro de ella misma a la vez. La niña no la ponía en duda.

—Por favor, venga a un sitio donde pueda verle.

Una parte de las tinieblas de junto a la puerta se separó y se deslizó hacia la cama; aquella sombra cruzó la luz, pero no cerró su paso hacia el espejo ni hacia la puerta; no proyectaba sombra alguna porque ella era, precisamente, una sombra. Luego se detuvo sobre la cama, se condensó sobre un costado de la misma y se sentó allí. Priscilla no veía nada raro en ello. Se sentía reconfortada.

—Dale las buenas noches a míster George, Celine —pidió.

Envuelta en su bata, Laura Craig escribía al hermano de George Newell, que vivía en Londres, a hora muy avanzada y estando todo en silencio, excepto por el zumbido de vida de la ciudad, el vasto rugido subterráneo, sofocado por la noche, el susurro de millones de criaturas caminando inexorablemente del nacimiento hacia la muerte, como el sonido del girar de la Tierra. Escribía aprisa. Las palabras le salían con facilidad, porque las llevaba encerradas dentro desde hacía tiempo...

«...Creo que no cabe la menor duda y que Priscilla es hija de George. Tiene su misma expresión en los ojos; un detalle que no se notaba hace poco tiempo, pero que ahora se va acentuando. Y piensa continua, obsesionadamente en él. No sé si eso es bueno. Me figuro que George pensaría que no, si siguiera con vida. Aunque le tenía una devoción total a la niña, como tú sabes, muchos creíamos que era por Cissie y su lenta agonía. Lo que realmente importa, creo yo, es que hay que hallar la manera de separar a Priscilla de los Leckett. 

Pertenecen, indiscutiblemente, al siglo diecinueve, y llevan esa clase de vida represiva que resulta en verdad más perversa y peor que el desenfreno descarado. Quiero decir que, en realidad, siempre les irritó la compasión que inspiraban a Cissie, así como sus bondades, que nunca merecieron. Su compañía no le conviene a Priscilla, aunque encontré a la niña notablemente segura de sí misma, lo cual se deberá probablemente a que la dejan sola a su antojo continuamente. Lo cual tampoco es bueno, y creo que a ti tampoco te lo parecerá. 

La niña ha tenido tiempo para forjarse las más extrañas fantasías. Por ejemplo, está convencida de que George se encuentra todavía en la casa. Dice que George empujó la tapa del baúl sobre el cuello de Laban. Eso es absurdo, por supuesto, es la fantasía más loca de todas las fantasías..., aunque por lo que yo sé dicha tapa causó más destrozos en el cuello de Laban de los que hubiera debido causar si hubiese caído por su propio peso. 

Hay algo muy raro en todo esto, y no te sorprenderá nada el saber que he empezado a plantearme algunas preguntas sobre la defunción de George, además. Al fin y al cabo no tenía el corazón tan mal. Yo le vi tres días antes de su muerte, y me dijo que su estado parecía haber mejorado bastante con la vida sedentaria. Debo confesar que los Leckett me causan la peor impresión que puedas imaginarte: los considero egoístas, avaros, perezosos y malos; en fin, una gente que detrás de su respetabilidad, a la antigua usanza, son capaces de cualquier cosa, de todo...»

El verano iba transcurriendo, y como se hacía cada vez más bochornoso, Priscilla pasaba más tiempo en el patio. Por la mañana, su rutina continuaba inalterable. Bajaba a la casa del té antes del desayuno y volvía a ella después de desayunar. A veces recibía billetitos y regalos de Laura Craig, y a continuación tía Virginia y tía Adelaide la fastidiaban a preguntas. 

La niña no podía saber que las dos mujeres estaban ansiosas por enterarse de si le había contado algo a Laura Craig, y como no entendía el verdadero blanco al que apuntaban las preguntas, no las contestaba bien. Inconscientemente, desplegaba un juego de esgrima con ellas, las esquivaba. Aunque no lo comprendiese, tenía conciencia de la aversión que inspiraba a las dos hermanas; pero esto no la inquietaba, con tal de que no le infligieran otro castigo que la mala fe de sus palabras o su comportamiento con ella.

Por las tardes trabajaba en el jardincito particular que las mujeres le habían permitido conservar en un rincón. Más tarde se retiraba a la parte umbría del prado cerrado donde el columpio colgaba de una rama de una encina añosa. Era capaz de pasarse horas enteras columpiándose. 

Desde la cima del arco que describía, podía contemplar la calle y, de vez en cuando, veía pasar el tranvía. El columpiarse le daba una sensación de libertad salvaje, le hacía creer que se había escapado, lejos de aquella casa y aquellas mujeres, que había regresado a un mundo de árboles verdes, sol y pájaros, similar al tiempo dichoso que había pasado en París y en Sorrento, y en las playas de Florida, cuando todavía estaban juntos los tres: mamá, míster George y ella. 

Nunca se cansaba de darse impulso con las regordetas piernas hasta que alcanzaba la altura necesaria para mirar, y le alegraba que nadie le dijera nunca que ya había bastante. Incluso, de vez en cuando, tía Adelaide venía a empujarla, y así todavía resultaba mejor.

Aquella tarde de agosto tía Adelaide volvió a salir.

—Hoy saltaré de más alto aún —dijo Priscilla.

Incitada por tía Adelaide, había aprendido lo divertido que era saltar del columpio en marcha, para volar por el aire, podríamos decir, bajo su propio impulso.

Tía Adelaide sonreía.

Era un día nublado; la lluvia parecía inminente. Los pájaros permanecían quietos, callados, y Celine continuaba sentada a sus anchas, y olvidada, en la casita del té. No hacía viento, y las hojas de la encina descendían, cargadas de un olor penetrante sobre aquel rincón del prado, escondiendo la mayor parte del cielo y protegiéndolas de los ojos curiosos de los vecinos.

—Saltaré desde allá arriba —decía Priscilla.

—No, es demasiado alto.

—Puedo hacerlo, tía Adelaide.

—No, Priscilla, es demasiado alto. Podrías romperte una pierna u otra cosa. Piensa, son casi dos metros de altura.

Priscilla insistía:

—Sí, sí, puedo saltar desde tan alto.

—No —dijo tía Adelaide secamente—. Sólo puedes saltar de una altura así.

—Pues la última vez salté desde allá arriba.

—Es igual, con lo que yo te digo hay bastante.

Adelaide lo había calculado detenidamente. Priscilla saltaba como agachándose; luego se erguía, se volvía y echaba a correr para subir de nuevo al columpio. Si en esta carrera de regreso se la detenía en el punto preciso y se la distraía, llamándole la atención sobre otra cosa, el columpio le daría un golpe mortal en la nuca. 

Precisamente porque la niña le recordaba a Cissie, a quien de pequeña había envidiado siempre por su hermosura, tan en contraste con la cabezota demasiado grande que ella tenía, Adelaide odiaba a Priscilla, y le parecía que lo más importante del mundo era desfigurar aquella cabecita adorable, porque así, en cierto modo, sería como si desfigurase la cabeza, más bonita aún, que tenía Cissie. Oscuramente, lograría una especie de compensación por la anormalidad de la suya propia. Para ella esto importaba mucho más que el dinero, en el que tanto soñaba Virginia.

—Al menos para empezar, ya es bastante alto —corrigió tía Adelaide.

—Saltaré más tarde, pues.

—Veremos. Vamos, sube.

Priscilla subió al columpio y Adelaide se puso a empujarla lenta, pero continuamente. El arco del columpio aumentaba. Ahora Priscilla podía ver ya lo más alto de la pared; ahora ya podía mirar por encima; ahora se hallaba arriba, en medio del aire de agosto, casi rozando las hojas, inhalando profundamente el aroma del árbol cada vez que llegaba bajo sus hojas. 

Y el tranvía iba viniendo, clanc-clanc por la esquina y se acercaba a la casa, y Priscilla podía verlo desde los dos extremos del arco. Siempre tenía la esperanza de que el cobrador la vería a ella, para poder saludarlo con la mano; pero nunca la vio. Había demasiado espesor de ramas y hojas, y el hombre no solía levantar la vista de los raíles. Adelaide dejó de empujarla y retrocedió un par de pasos.

—Ahora quédate sentada —dijo.

—Ya lo estoy —respondió Priscilla.

El columpio empezó a perder fuerza; el arco disminuía. Priscilla bajaba de aquel cielo de follaje, bajaba del paraíso un poco más cada vez. Priscilla se alejaba de un pájaro, un cardenal, que cantaba arriba en la encina, de regreso hacia tía Adelaide, que esperaba para coger el columpio apenas hubiera saltado.

—Voy a saltar ahora.

—Todavía no.

Esperó un momento.

—Ahora, pues.

—Todavía no.

La niña aguardó un poco más y el columpio trazó otro pequeño arco descendente.

—Ahora —dijo Priscilla, y saltó, levantando los brazos como un pájaro y volando hacia el suelo como un pajarillo blanco. Aterrizó con las piernas elásticamente dobladas y se enderezó de un salto.

—¡Oh, qué divertido! —gritó, volviéndose para correr hacia tía Adelaide, que continuaba quieta, sosteniendo el columpio con la mano muy por encima de la cabeza.

—¡Oh, mira..., un cardenal! —gritó tía Adelaide, señalando en dirección a la pared.

Priscilla se paró y se volvió prestamente.

Tía Adelaide tiró del pesado columpio con toda su fuerza. La curva salía matemática; el columpio golpearía a la niña en el occipucio inmediatamente después de haber llegado al punto más bajo del arco, y aplastaría y destrozaría para siempre aquella hermosa cabecita tan parecida a la de Cissie, aquella cabeza tan bella comparada con la suya propia. La mujer dio dos pasos al frente, con el fingido grito de horror iniciándose ya en su garganta... y tartamudeó.

El columpio se detuvo a un centímetro de la cabeza de la niña.

Cogido en una oscura, oscilante sombra que parecía pender del árbol, el columpio se levantó rápidamente y desapareció en la copa de la encina. Luego volvió a salir, descendiendo con fuerza y rapidez increíbles, apartado de Priscilla, derechamente hacia Adelaide, la cual se quedó paralizada por el miedo en plena trayectoria de aquella especie de proyectil. La pesada tabla reforzada con hierro chocó contra la sien de la mujer, la cual cayó al suelo sin despegar los labios, mientras la niña seguía buscando al pájaro en vano con la mirada.

Priscilla dio media vuelta y vio a la mujer caída allí.

—¡Tía Adelaide! —gritó.

Tía Virginia salió de la casa y vino gritando:

—¡Addie! ¡Addie!

—Vete a tu cuarto, Priscilla. —La voz que daba esta orden venía en un susurro de las hojas de la encina, movidas por el viento que se estaba levantando; manaba del umbrío corazón del árbol y descendía alrededor de Priscilla como una capa, para esconder de su vista la destrozada cabeza y la sangre del suelo, así como la figura de tía Virginia, arrodillándose como loca junto al cadáver de Adelaide.

—Está bien, míster George —contestó Priscilla.

Cuando la niña estaba acostada ya, tía Virginia entró en la habitación. Se acercó y se sentó en el borde de la cama, a su lado. El empresario de pompas fúnebres había venido y se había marchado hacía largo rato, y unos periodistas habían venido y se habían marchado también.

—Cuéntame cómo ha sido, Priscilla.

—No lo sé.

—¿Por qué eres tan terca?

—No lo sé. Ella me ha dicho que mirase el cardenal. Yo he probado de verle; pero no he podido. Cuando me he vuelto, ya estaba en el suelo.

—¿Y qué más?

—Nada, excepto que míster George me ha dicho que me fuese a mi cuarto.

—¿George?

—Sí.

—¿Le has visto?

—No.

—¿No qué?

—No, tía Virginia.

—¿Cómo sabes que era George?

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Le he oído. —Hablaba en tono resentido, sin comprender por qué tía Virginia insistía de aquella manera—. Además, míster George me habla todas las noches, antes de dormirme.

Tía Virginia estaba pálida y sombría. Una comisura de los labios se le contraía nerviosamente; los ojos se le entornaban. Las manos, cerradas, reposaban sobre las rodillas. En lo más profundo de su ser albergaba un miedo que la hacía temblar, una certidumbre insistente que ella rechazaba con feroz decisión.

—Eres una niña mala —exclamó—. ¿Qué te dice?

Priscilla, ofendida, movió la cabeza negativamente.

—Respóndeme.

Priscilla no dijo nada.

—¡Priscilla!

Ninguna respuesta.

Desconcertada y colérica, Virginia se levantó y salió de la habitación. Al llegar a la puerta hizo girar el interruptor de la luz.

Priscilla esperó hasta estar segura de que tía Virginia se había marchado; luego se levantó en la oscuridad y buscó la muñeca. Se acercó de nuevo a la cama con ella y la abrigó bien. Después fue de puntillas hasta la puerta y la abrió un poquitín. 

Tía Virginia había bajado al piso inferior; al oído de Priscilla llegaba una especie de arañazo continuo. Tía Virginia estaba escribiendo algo; naturalmente, estaría anotando lo que le había pasado a Adelaide. Priscilla cerró la puerta sin ruido y volvió de puntillas a la cama, se acostó y se arrimó bien a Celine.

Todos los sonidos íntimos de la vieja casona penetraban a hurtadillas en la habitación, trayéndole sosiego. El columpiarse la cansaba siempre y, aunque aquella tarde no se hubiera columpiado tanto como de costumbre, estaba cansada igualmente. Se adormiló, pero no se durmió del todo. Aguardaba confiadamente la llegada de míster George.

Terminada la carta, Virginia Leckett apagó la lámpara y se quedó parada un momento para habituarse a la oscuridad. Luego subió las escaleras, sin luz alguna. Ante la puerta de Priscilla, se detuvo.

¿Qué era lo que se oía dentro? ¿Voces, o una sola voz?

Escuchó.

—¿Por qué no se pone nunca en un sitio donde pueda verlo mejor, míster George?

Virginia no oyó ninguna respuesta.

—¿Duerme usted ahí, junto a la puerta, míster George?

No se oyó nada.

—Está bien, míster George.

A continuación, el silencio.

Sin hacer ruido, Virginia abrió la puerta y miró adentro de la habitación. La cama era una figura espectral allá, cerca de la ventana, y la niña, un bulto oscuro en ella. En el cuarto no había sino oscuridad... y más oscuridad. ¿Era una ilusión de los sentidos aquella sombra, grande, pesada, que le parecía divisar junto a la cama? ¿Sí? ¿O no? Virginia miraba intensamente. La misma fijeza de la mirada la engañaba; los rayos de luz que venían de la calle parecían danzar; brillaban a través de la sombra apostada al costado de la cama. Virginia cerró los ojos y apretó bien los párpados; luego los abrió de pronto. Nada había cambiado.

Virginia se retiró, cerrando la puerta y apoyando la espalda contra ella.

Al cabo de un momento se dio cuenta, viva, amedrentadoramente, de una amenaza apostada al otro lado de aquella puerta, de un peligro terrible que la acechaba. Era un peligro intangible; pero tanto más espantoso a causa de esta misma intangibilidad. Virginia se apartó de la puerta y se quedó plantada en medio del vestíbulo. Virginia se dominó, con aire sombrío. Se encontraba demasiado cerca de la meta para dejarse asustar por la imaginación. Volvió junto a la puerta una vez más y la empujó con toda la longitud de su cuerpo. Al otro lado había algo, una cosa que acechaba, que esperaba. La mujer cerró los puños en un gesto de desafío y se fue a su cuarto.

Allí estuvo, sentada, largo rato, tratando de colegir qué había sido lo que se apoderó tan vivamente de su imaginación, tratando de unir, de combinar los sucesos del mundo de Priscilla, y acordándose en todo momento del hecho destacado de que ahora, muerta Adelaide, ella sería la heredera única de los trescientos mil dólares tan pronto como Priscilla falleciese. Eso significaba tener el mundo al alcance de la mano, significaba independencia, seguridad, libertad para toda la vida.

Era tarde cuando volvieron del entierro. Virginia había tenido el buen sentido económico de contratar un coche para que las llevara al cementerio; pero no para el regreso. Regresaron en tranvía. La presencia de Laura Craig en la ceremonia había irritado a Virginia, la cual ahora se mostraba desacostumbradamente seca con Priscilla. 

Reconocía que a Laura le habría gustado tener el gobierno de la niña; sabía que Laura quería de veras a la pequeña, y esto la irritaba, no por un sentimento de posesión contrariado, sino, sencillamente, porque si a Priscilla le ocurría algo, Laura Craig se encargaría de que hubiera quien empezase a formular preguntas. Era raro que no lo hubiera hecho ya en el caso de George Newell.

Cuando entró en el vestíbulo, a más de media tarde, Virginia creyó ver una persona de pie junto al comienzo de las escaleras; pero en aquel momento Priscilla echó a correr dando un leve grito, y ella la siguió con los ojos mientras la niña se dirigía hacia las escaleras y las subía. Cuando volvió a mirar al punto de antes, ya no había nada. No obstante, la atormentaba la frecuencia cada vez mayor de aquello que sólo podía ser ilusiones de los sentidos.

Fue a guardar el abrigo y el sombrero, de excelente calidad, y entró en la cocina a preparar algo para la cena. La rutinaria tarea de preparar una comida le hizo olvidar las ilusiones citadas, y sólo pensaba en cuánto debería esperar para desembarazarse de Priscilla y entrar en el mundo nuevo tanto tiempo soñado.

Priscilla entró, despojada del vestido bueno y sencillamente ataviada con uno estampado.

—¿No le ha visto, tía Virginia?

—¿A quién había de ver?

—A míster George. Cuando hemos entrado, estaba plantado ahí, realmente, de veras.

Virginia se dominó a tiempo, cuando iba a dar un cachete a la pequeña. La estuvo mirando fríamente largo rato, antes de ser capaz de tomar la palabra.

—No quiero oír ese nombre nunca más, ¿entiendes?

—Sí, tía Virginia. No es preciso que grite.

—¡Yo no grito!

Su propia voz volvía a sus oídos después de rebotar en las paredes, estridente, ronca, desagradable, hasta que el sonido disminuyó y se disolvió en el silencio de la cocina; un silencio que se levantaba como una montaña entre la niña de ojos brillantes, curiosos, y la mujer enojada y amedrentada.

Pasó el verano y vino el otoño, con las lluvias.

En octubre, Virginia Leckett ya no pudo dominarse más. Se le estaba acabando la paciencia. Hasta la necesidad de demostrar un poco de interés superficial por la niña se le antojaba cada vez más difícil, especialmente cuando se acordaba de que sólo aquella criatura se interponía entre ella y la fortuna que, por estas fechas, consideraba ya, sin el menor reparo, hubiera debido pertenecerle desde el primer momento.

Había elaborado un plan para provocar lo que había de ser un accidente fatal que sufriría Priscilla. No era un plan original. Virginia había observado que la pequeña tenía la costumbre de cruzar corriendo el vestíbulo superior y continuar corriendo por las escaleras, a pesar de ser bastante empinadas. Había de resultar tarea sencilla el colocar un alambre delgado, a unos quince centímetros del suelo, poco más o menos, en la cima de las escaleras. Y Priscilla habría de tropezar con él, forzosamente. La caída escaleras abajo quizá no la matase; pero había buenas posibilidades de que sí.

Una noche, Virginia esperó hasta que Priscilla se hubo retirado a su cuarto. Luego subió prestamente hasta la cima de las escaleras y ató el alambre a los pilares que se levantaban allí. En seguida, pasando sucesivamente los pies por encima de la trampa, bajó a toda prisa hasta el comienzo de las escaleras.

—¡Priscilla! —llamó—. ¡Baja en seguida... corriendo!

Desde donde estaba, distinguía el delgado alambre, porque se reflejaba en él un poco de luz que subía de abajo. Para Priscilla sería completamente invisible.

La puerta de la habitación de la niña se abrió.

—¿Me llamaba, tía Virginia?

—Sí. ¡Baja, rápido!

La niña echó a correr por el vestíbulo.

Virginia esperaba, boquiabierta, mirando, agitándose en su interior una especie de vehemencia animal.

Pero al llegar a la cima de las escaleras, Priscilla se detuvo. Una especie de escalofrío de horror paralizaba el cuerpo de Virginia, que veía una sombra oscura, conocida, reteniendo a la niña con un brazo tenue, mientras con el otro desataba el alambre de los pilares. Sólo cuando el alambre estuvo fuera del camino de la niña, permitió la sombra que Priscilla reanudase la marcha.

La pequeña bajó.

—¿Qué pasa, tía Virginia?

A esta se le trababa la lengua.

—Yo te he dicho... que bajaras... aprisa. ¿Qué te retuvo?

—Ha sido él.

—¿Quién?

—Usted ya sabe quién. Usted me dijo que no volviera a pronunciar nunca más su nombre.

Un áspero chorro de carcajadas brotó de los secos labios de Virginia, que se inclinó y cogió a la niña de la mano.

—Ven —dijo—. Vamos a verlo.

La mujer subía las escaleras, forzándose, empujándose a sí misma en cada peldaño, de modo que Priscilla iba siempre un poco más adelante. Fueron directamente a la habitación de la pequeña. Virginia se paró en el umbral.

—Aquí no hay nadie más que nosotras —dijo—. ¿No lo ves?

Priscilla miró hacia todas partes.

—Él sabe esconderse en cualquier sitio —aseguró.

Virginia la zarandeó.

—¿Me oyes? Aquí no hay nadie más que nosotras. Repítelo tal como lo digo yo.

—Usted me hace daño.

—¡Repítelo! —insistió Virginia con voz furiosa.

—Aquí no hay nadie más que nosotras —repitió Priscilla, asustada ya.

—En esta casa no hay nadie sino nosotras —continuó Virginia, levantando la voz—. Dilo. Vamos..., dilo.

—En esta casa no hay nadie sino nosotras —dijo Priscilla. Después de inspirar profundamente, tuvo el coraje de añadir—: Y míster George.

En un acceso de rabia y frustración, Virginia pegó a Priscilla sin misericordia, hasta que la niña se le escapó y corrió a esconderse debajo de la cama. Respirando fatigosamente, Virginia salió de la habitación, cuya puerta cerró ruidosamente, y se recostó contra ella para escuchar. A las tinieblas del vestíbulo sólo llegaban los sollozos de la niña.

—¿Estás preparada, Virginia?

La mujer se volvió prestamente.

Allí, tan cerca que casi habría podido tocarla, se elevaba una cosa oscura que le hablaba con la voz de George Newell, una horrible oscuridad con poder de percepción y sin sustancia, que exudaba una aversión bastante grande como para acelerarle el pulso en un galope de terror. La maligna sombra levantó un brazo para cogerla.

Virginia chilló y se dio a la fuga.

Corría más velozmente todavía que antes hacia las escaleras.

Entonces vio, aunque demasiado tarde, que el alambre volvía a estar en su puesto. Tropezó con él y salió despedida escaleras abajo como una muñeca de trapo, mientras la sombra se paraba a desatar nuevamente el alambre.

Después de unos momentos de incertidumbre, Priscilla fue hasta la abierta puerta del cuarto y se detuvo en el umbral.

—¿Tía Virginia? —preguntó, dirigiéndose a las tinieblas.

—Priscilla.

—Diga, míster George.

—Priscilla, vete a casa de Laura. Dile que tía Virginia ha caído por las escaleras y se ha desnucado. Ahora vivirás con Laura.

—Sí, míster George. ¿Vendrá usted también?

—No. Me marcho lejos, y esta vez para siempre. A menos que me necesites.

—¡Oh, no se vaya, míster George!

—Recoge tus cosas y vete a casa de Laura, Priscilla.

Obedientemente, la niña se volvió a su cuarto y sacó a Celine de la cama. Le puso el sombrero a la muñeca; luego se puso el suyo propio. El reloj del abuelo Dedman decía:

—Pris-sie, Pris-sie, Pris-sie. Duér-me-te ya, Pris-sie. —Y a continuación dio diez sombríos aldabonazos que se propagaron por la casa como un toque de rebato.

Priscilla salió de la habitación, bajó las escaleras y rodeó con cuidado a tía Virginia, temiendo que en cualquier instante aquella horrible masa inerte pudiera ponerse en pie bruscamente y le volviera a pegar. Al llegar a la puerta de la calle se volvió un instante y fijó una mirada valiente en la oscuridad.

—Adiós, míster George —dijo.

Creyó escuchar una respuesta; pero no estaba segura. Quizá fuera el reloj del abuelo Dedman con un último:

—Pris-sie —cargado de reproches.

La niña subió al tranvía en la esquina.

—¿Va sola, miss Priscilla? —preguntó el cobrador—. ¿A estas horas de la noche?

—Sí, señor.

—¿Se ha escapado?

—Oh, no. Tengo que trasladarme a otra parte. —Con aire grave, le dio la dirección.

—¡Caramba, eso cae por la otra parte de la ciudad! ¿En qué estará pensando aquella mujer para dejarla ir sola?

Enfadado, tocó la campanilla para detener a un taxi que pasaba, bajó del tranvía con la niña, la subió al taxi y dio instrucciones claras y concretas al taxista.

Pálido el semblante, Laura Craig escuchó el relato de Priscilla y, acto seguido, fue a descolgar el teléfono y marcó el número de la casa de los Leckett. Priscilla escuchó largo rato las llamadas del timbre. Pero, naturalmente, nadie respondía. Con lo cual comprendió que míster George también se había marchado ya, como todos los demás.