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Vampirismo - E. T. A. Hoffmann

El conde Hippolyt acababa de llegar de un larguísimo viaje de lejanas tierras para hacerse cargo de la cuantiosa herencia de su padre, fallecido ya hacía algún tiempo. El castillo familiar estaba ubicado en una de las comarcas más bellas y agradables, y las rentas que producían sus tierras servían sobradamente para contribuir con cuanto fuera necesario a su embellecimiento. 

Todo aquello que el conde vio a lo largo de sus viajes, sobre todo en Inglaterra, y que le había parecido encantador, de buen gusto o suntuoso, deseaba que surgiera ahora, de nuevo, ante sus ojos. Los artesanos, obreros y artistas que consideró necesarios para realizar sus proyectos acudieron a su llamada y, al cabo, comenzó a construirse alrededor del castillo un parque inmenso de gran estilo, que también incluía en su entorno la iglesia, el camposanto y la casa parroquial, las cuales pasarían también a formar parte de aquel bosque artificial. 

El propio conde dirigía las obras, pues poseía suficientes conocimientos como para hacerlo. Tal empeño puso en la tarea que ya había pasado más de un año sin que se le ocurriese seguir el consejo que le diera un anciano tío suyo, de mostrar su luz en la corte y dejarse ver entre las damas casaderas del lugar para que pudiera elegir entre ellas como esposa a la que le pareciera más noble, buena y hermosa de todas. 

Precisamente, una mañana que se hallaba sentado a la mesa de dibujo esbozando el plano de un nuevo edificio, le anunciaron la visita de una anciana baronesa, una pariente lejana de su padre. 

En cuanto Hippolyt oyó el nombre de la baronesa, recordó que su padre había hablado siempre de aquella mujer con la más profunda indignación, e incluso con repugnancia, y que a veces también había advertido a personas que pretendían acercarse a ella que harían mucho mejor si se mantenían alejadas de la baronesa; sin embargo, el buen hombre jamás dio razón alguna que justificase su actitud. 

Si se le preguntaba expresamente acerca de estas razones, el conde solía contestar que existían ciertas cosas sobre las que más valía guardar silencio que hablar. Pero algo se sabía, pues en la corte corrían oscuros rumores sobre un extraño y secreto proceso criminal en el que estaba implicada la baronesa, la cual, separada de su marido y expulsada del lejano lugar donde residía, se había librado de la prisión solo gracias a la benevolencia del príncipe. 

Hippolyt se sintió muy molesto por la presencia de una persona a la que su padre aborrecía, a pesar de que no hubiera conocido las razones de dicho aborrecimiento. La ley de la hospitalidad que, sobre todo allí, en el campo, era algo prioritario, le obligaba a recibir a tan molesta visita. Jamás hubo persona alguna cuya apariencia exterior —y no porque fuera fea— hubiera provocado en el conde un rechazo tal como el que, precisamente, provocó en él la baronesa. 

Al entrar, traspasó al conde con una mirada de fuego, luego bajó los ojos y se disculpó por su visita con expresiones que rayaban en la humildad. Se quejó de que el padre del conde, poseído de un sinfín de extraños prejuicios sobre ella, a los que le habían inducido maliciosamente sus enemigos, la hubiera odiado hasta la muerte y que, sin consideración alguna, la hubiera arrojado a la más amarga miseria. 

Vivía, pues, avergonzándose de su estado y sin recibir ningún tipo de ayuda. Por fin, y de forma inesperada —siguió contando—, había entrado en posesión de una pequeña cantidad de dinero que le permitiera abandonar la corte y refugiarse en una alejada ciudad de provincias. 

No había resistido la tentación de realizar este viaje para conocer al hijo de un hombre al que, a pesar del odio injusto e irreconciliable del que la hacía objeto, sin embargo, ella nunca había dejado de respetar. Fue el emotivo tono de veracidad con que habló la baronesa lo que hizo que el conde se conmoviera, máxime cuando, en vez de contemplar la desagradable faz de aquella mujer, se hallaba inmerso en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba. 

La baronesa guardó silencio; el conde pareció no advertirlo, permanecía mudo. Entonces la anciana se disculpó, ya que, dado lo que significaba para ella estar en aquel lugar, por lo que le imponía e impresionaba, no le había presentado al conde de inmediato, nada más entrar, a su hija Aurelie. 

Solo entonces recuperó el conde la palabra y, rojo como la grana a causa de la confusión que también advirtió en la encantadora jovencita, prometió a la baronesa que tuviera a bien concederle reparar aquello que su padre, solo como causa de un malentendido, pudiera adeudarle, y que él mismo la tomaría de la mano para que entrase en su castillo. 

Para confirmar solemnemente su voluntad, tomó la mano de la baronesa, pero de súbito, la palabra y el aliento se le cortaron: un frío glacial inundó todo su ser. Sintió que unos dedos rígidos como la muerte aferraban su mano, y la alta y huesuda figura de la baronesa, que lo miraba fijamente sin visión alguna en sus ojos, le pareció no ser más que un cadáver repugnante, muy acicalado y vestido con un traje multicolor.

—¡Oh, Dios mío, vaya una fatalidad, precisamente ahora! —exclamó Aurelie, quejándose con voz conmovedora y tiernísima de que su pobre madre se viera atacada repentinamente por una de sus parálisis, añadiendo que tal estado solía curarse en muy poco tiempo, sin necesidad de utilizar remedio alguno.

El conde se soltó con esfuerzo de la mano de la baronesa, pero recuperó todo el fuego de la vida y el deleite del amor en cuanto tomó la mano de Aurelie y, apasionadamente, la apretó contra sus labios.

Apenas llegado a la edad viril, Hippolyt sintió por primera vez toda la fuerza de la pasión, de tal modo que fue incapaz de ocultar sus sentimientos; la manera con que Aurelie parecía mirarle, con toda la gracia de su encantadora inocencia, hizo despertar en él la esperanza de conquistarla. 

Habían pasado algunos minutos cuando la baronesa volvió en sí tras su parálisis e, ignorante por completo del estado del que acababa de salir, aseguró al conde cuánto la honraba la propuesta de invitarla a permanecer una temporada en su castillo y, también, que olvidaba para siempre todas las injusticias que su padre le había hecho. 

Así, se transformó súbitamente la situación hogareña del conde y este tuvo que creer que, gracias a una bondadosa jugada del destino, se le otorgaba la dicha de conducir hasta él a la única persona en el mundo entero a quien más ardientemente podría haber deseado como esposa, la única que podría concederle a su espíritu la dicha más inmensa que cupiera en la existencia terrenal. 

El comportamiento de la anciana baronesa siguió siendo el mismo: se mostraba callada y seria, ensimismada, y cuando se presentaba el momento hacía gala de un carácter dulce y de alguna dicha inocente en su apagado corazón. 

El conde se acostumbró al rostro verdaderamente temible y cadavérico de la baronesa, así como a su figura fantasmal, rasgos que atribuía nada más que a la enfermedad que la afligía; también atribuía a su estado su tendencia al delirio nervioso y al desvarío, que la impulsaban —según había llegado a saber por sus servidores— a dar a menudo paseos nocturnos por el parque, y a encaminarse hasta el cementerio. 

El conde se avergonzaba de que también a él le hubiera afectado tanto el prejuicio de su padre, pero en cuanto a las insistentes advertencias de que le hacía objeto un anciano tío suyo instándole a que superara el sentimiento amoroso que lo embargaba y que rompiese una relación que, tarde o temprano, sería la causa de su desgracia, no llegaban a ejercer en él el más mínimo efecto. 

Convencido vivamente, a su vez, del intenso amor de Aurelie, pidió su mano. Podrá imaginarse con qué alegría aceptó la baronesa tal petición, ya que, al punto, se vio rescatada de la más profunda indigencia para ir a parar a los brazos de la fortuna. 

Tanto la palidez como ese aspecto característico que denota la existencia de una inquebrantable tristeza interior desaparecieron del semblante de Aurelie: la felicidad del amor resplandecía en su mirada y un fresco color rosado lucía en sus mejillas. La mañana del día en el que se iba a celebrar la boda, una estremecedora casualidad vino a contrariar los deseos del conde. 

Habían encontrado a la baronesa caída en el suelo, boca abajo e inerte, en las inmediaciones del cementerio. La habían llevado al palacio, precisamente cuando el conde acababa de despertarse y saboreaba ya las mieles de la felicidad que consideraba alcanzada. 

Creyó que la baronesa había tenido otro de sus acostumbrados ataques repentinos, pero todos los remedios que se utilizaron para intentar devolverla a la vida fueron inútiles: estaba muerta. Aurelie no desahogó su dolor de forma violenta, sino que, sin derramar una sola lágrima, pareció enmudecer y quedar paralizada interiormente a consecuencia del golpe recibido. 

El conde temía por su amada y, solo muy dulce y cautelosamente, se atrevió a recordarle su mutuo compromiso y su situación de criatura desamparada que exigía que se tomasen cuanto antes las medidas oportunas y se hiciera lo más conveniente, que habría de ser, a pesar de la muerte de la madre, acelerar todo lo posible el día de su boda. 

Aurelie, llorando desconsoladamente, cayó en brazos del conde, gritando con una voz desgarradora que partía el corazón:

—¡Sí, sí! ¡Por todos los santos! ¡Por la paz de mi alma! ¡Sí!

El conde atribuyó aquel repentino desahogo al amargo pensamiento de que, sola y sin patria, sin saber adónde ir, la joven pensaba que tampoco podía permanecer más tiempo en el castillo en aquella situación sin dañar las normas de la decencia. 

El conde se encargó, pues, de que una anciana y respetable matrona acompañara a Aurelie durante las escasas semanas que faltaban para que llegase la nueva fecha de la boda que, al fin, pudo celebrarse sin que ningún funesto suceso la interrumpiera y que coronó la felicidad de Hippolyt y Aurelie. 

Mientras tanto, Aurelie se hallaba en un estado perpetuo de gran excitación nerviosa. No era el dolor por la pérdida de la madre, no; más bien era una angustia mortal, íntima y sin nombre lo que parecía perseguirla sin cesar. En medio de los más dulces diálogos amorosos se sentía acometida de pronto por un terror repentino, empalidecía como un cadáver y, bañada en lágrimas, caía en brazos del conde aferrándose a él con violencia, como si quisiera impedir que un poder invisible y enemigo la arrebatara y la llevara a la perdición.

—¡No! ¡Nunca, nunca! —exclamaba.

Una vez casada con el conde, pareció desaparecer aquel estado de excitación, así como aquella angustia espantosa. Sin embargo, al conde no le pasaba inadvertido que Aurelie ocultaba algún lacerante secreto que la torturaba, mas le parecía una falta de tacto preguntarle sobre ello mientras durase aquel extraño nerviosismo y ella misma continuara guardando silencio al respecto. 

Pero ahora que su mujer parecía encontrarse un poco mejor, se atrevió a preguntarle con delicadeza cuál era la causa de sus extraños transportes anímicos, asegurándole que sería un gran remedio para ella confiarle a él, a su querido marido, los secretos de su corazón. 

Grande fue el asombro del conde cuando al fin descubrió que solo la infame conducta de la madre constituía la causa de todo aquel dolor que había caído sobre Aurelie.

—¿Hay algo más espantoso que tener que odiar y aborrecer a la propia madre? —exclamó Aurelie.

Por tanto, ni el padre ni el tío se hallaban obcecados por prejuicio alguno, mientras que la baronesa había sabido confundir al conde con su premeditada hipocresía. Hippolyt consideró, pues, un guiño muy favorable del destino para con su felicidad el hecho de que aquella madre malvada hubiera muerto justo el día en que él pensaba casarse. 

No tenía reparo alguno en decirlo; pero Aurelie le explicó que, justo al morir su madre, ella se había sentido de tal modo sobrecogida por oscuros y terribles presentimientos que había sido incapaz de superar la angustia que le provocaron: creía que la muerta volvería de su tumba para arrebatarla de los brazos de su amado y llevársela con ella al abismo. 

Aurelie recordaba —según refirió— muy oscuramente los tiempos de su primera infancia, en los que, una mañana —y sabía que era una mañana porque, justamente, acababa de despertarse— hubo un terrible tumulto en su casa. Las puertas se abrían y se cerraban con violencia y se oían gritos entremezclados de voces desconocidas. 

Al fin, cuando volvió a reinar el silencio en la casa, la niñera tomó a Aurelie de la mano y la condujo a una gran sala en la que había muchas personas reunidas; en el centro, sobre una larga mesa, yacía el cuerpo del hombre que jugaba con ella a menudo y le daba golosinas y al que ella llamaba «papá». Extendió los brazos hacia él y quiso besarlo. 

Aquellos labios, siempre tan cálidos, estaban ahora helados y, Aurelie, sin saber muy bien por qué, comenzó a sollozar violentamente. La niñera la condujo luego a una casa extraña, donde tuvo que permanecer mucho tiempo hasta que, al fin, apareció una mujer que se la llevó con ella en un coche. Era su madre, quien poco después viajó con ella a la corte. 

Aurelie debía de tener unos dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa al que esta pareció recibir con gran alegría y confianza, como si se tratara de un viejo y querido amigo. 

El desconocido comenzó a visitarlas cada vez más a menudo, a la par que enseguida comenzó a variar de forma evidente la situación en la que vivía la baronesa. En vez de habitar en una casa miserable y de vestirse con pobre ropa y alimentarse con mala comida, pudo trasladarse a una hermosa vivienda en la parte más bella de la ciudad y lucir valiosos vestidos; comía y bebía los más ricos manjares con aquel extraño, que era su invitado permanente, y podía permitirse el lujo de asistir a cuantas diversiones y espectáculos públicos ofrecía la corte. 

Aurelie permanecía ajena al influjo de todas esas mejoras de la situación de su madre, que, como era evidente para ella, solo se debían a la mediación del desconocido. La joven se recluía en su habitación mientras la baronesa y el desconocido se apresuraban a salir en busca de diversiones, por lo que se sentía más sola y desamparada que nunca. 

A pesar de que aquel hombre muy bien pudiera contar unos cuarenta años, poseía una apariencia fresca y juvenil, su figura era esbelta y hermosa y habría que añadir que su semblante era bello y masculino. 

Sin embargo, a Aurelie le desagradaba, pues por mucho que él tratara de comportarse con corrección, sus maneras eran torpes, groseras y vulgares. Las miradas que pronto comenzó a dirigir a Aurelie llenaban a esta de un temor inquietante, y le producían una repugnancia cuya causa ni ella misma acertaba a explicarse. 

Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en decirle tan siquiera una palabra a Aurelie sobre el desconocido. Pero un día le dijo su nombre, añadiendo que el barón era muy rico y que, además, se trataba de un pariente lejano. Alabó su figura, sus cualidades, y concluyó preguntándole a Aurelie si le gustaba. 

Aurelie no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un intenso pavor y le dijo que no era más que una pobre necia. Poco después, la baronesa comenzó a mostrarse demasiado amable con Aurelie, tanto como nunca lo había sido. Le regaló hermosos vestidos, toda clase de adornos y complementos de moda, y le permitió asistir a las diversiones sociales. 

El desconocido se esforzaba por hacerse agradable a Aurelie, pero de un modo que solo lograba que su presencia fuera más aborrecible ante los ojos de la muchacha. Mortal fue, sin embargo, el golpe que sufrió su tierna sensibilidad de doncella cuando, a causa de una simple casualidad, la muchacha fue secreto testigo de una indignante y aborrecible escena entre el desconocido y la depravada condesa. 

Cuando, finalmente, unos días después, el desconocido se atrevió, llevado de su ebriedad, a abrazar a Aurelie de una manera que no dejaba ya duda alguna sobre sus intenciones, la joven, en su desesperación, hizo acopio de un vigor casi varonil y lo apartó de sí dándole un empujón que le hizo retroceder mientras ella escapaba y se encerraba en su habitación. 

La baronesa le explicó entonces a Aurelie con toda crudeza y severidad que, como el desconocido era quien mantenía la casa, y como ella no tenía ninguna gana de volver a la miseria anterior, todos sus remilgos y reparos serían inútiles: Aurelie tendría que someterse a la voluntad del desconocido, quien, de lo contrario, había amenazado con abandonarlas a su suerte.

En vez de conmoverse con las súplicas desgarradoras de Aurelie, en vez de compadecerse de sus ardientes lágrimas, la horrible mujer se deshizo en improperios a la vez que reía sarcásticamente y alababa una relación que le brindaría a la joven la posibilidad de disfrutar de todos los placeres de la vida; hablaba con tal desenfreno, mostrando su repugnancia y desprecio por todos los sentimientos de decencia y piedad, burlándose de todo lo que podía considerarse más noble y más sagrado, que provocó verdadero espanto en Aurelie. 

Esta se vio perdida y consideró que su único medio de salvación sería huir sin demora. Aurelie consiguió hacerse con la llave de la puerta principal; hizo un paquete con aquello que consideró de estricta necesidad y, a eso de la medianoche, cuando creyó que su madre ya dormía, se deslizó hasta el vestíbulo, que estaba escasamente iluminado. 

Ya se disponía a traspasarlo muy despacio y sin hacer el más mínimo ruido cuando, de súbito, la puerta de la casa se abrió violentamente y se oyó un ruido de pasos en la escalera. La baronesa se precipitó justo a los pies de Aurelie vestida con una bata pobrísima y sucia, con los brazos y el pecho desnudos, el grisáceo cabello desmadejado, revolviéndose desencajada. Y, tras ella, apareció el desconocido.

—¡Aguarda, infame Satanás, bruja del infierno! ¡Me las pagarás todas juntas! —gritaba.

La agarró del cabello y la arrastró hasta el centro de la estancia, y allí comenzó a azotarla de manera frenética con una gruesa fusta. La baronesa chillaba y gritaba de miedo de forma espantosa; Aurelie, a punto de perder la razón, corrió a la ventana y comenzó a gritar pidiendo ayuda. Dio la casualidad de que en aquellos momentos pasaba por allí una patrulla de policía que inmediatamente irrumpió en la casa.

—¡Cogedle! —gritó la baronesa, ebria de furia y dolor, a los soldados—. ¡Cogedle! ¡Sujetadle bien! ¡Mirad su espalda! Él es…

—¡Ajá! ¡Por fin te tenemos, Urian! —exclamó jubiloso el sargento de policía, al mando de la patrulla, en cuanto la baronesa hubo pronunciado aquel nombre.

Y sujetándolo entre todos fuertemente, y a pesar de los esfuerzos que el desconocido hacía por desasirse, terminaron por llevárselo. Las intenciones de fuga de Aurelie, sin embargo, no pasaron inadvertidas para la baronesa. Se apresuró, pues, a tomar bruscamente del brazo a Aurelie y a arrojarla dentro de su habitación, y luego, cerrando la puerta con llave, la dejó allí encerrada sin dirigirle una sola palabra. 

A la mañana siguiente la baronesa salió de la casa y no regresó hasta por la noche, mientras que Aurelie, encerrada en su cuarto como en una celda, sin ver ni hablar con nadie, tuvo que pasar allí el día entero sin comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. La baronesa se asomaba a verla de vez en cuando; mirándola con ojos de furia, parecía que estuviese dudando sobre qué decisión tomar, hasta que una tarde recibió unas cartas cuyo contenido pareció agradarle.

—Estúpida criatura, tú tienes la culpa de todo, pero ya está bien; solo desearía que no cayera sobre ti el temible castigo que el malvado espíritu te ha destinado.

Así le habló la baronesa a Aurelie; más tarde, volvió a mostrarse amable con ella, y Aurelie, como el infame desconocido había desaparecido, ya no pensó más en fugarse y disfrutó de mayor libertad.

Había transcurrido ya algún tiempo cuando, una tarde en la que Aurelie se hallaba sentada a solas en su cuarto, oyó un gran alboroto en la calle. La doncella apareció corriendo y le contó que se trataba del traslado del hijo del verdugo, quien, ya una vez, tras haber sido marcado al fuego por robo y asesinato, al ser conducido a la cárcel había logrado escapar a sus guardianes. 

Aurelie vaciló y, acometida por una terrible sospecha, se dirigió a la ventana; en efecto, no se había equivocado: era el desconocido, que, rodeado por gran cantidad de guardias, pasaba por allí en aquellos instantes, bien encadenado, en un carro que le conducía al cadalso donde habría de cumplirse su sentencia. 

Aurelie se dejó caer medio desvanecida en una butaca después de que la furibunda mirada de aquel tipo se encontrara con la suya y este alzara un brazo con el puño apretado, en un gesto amenazador hacia la ventana donde ella se encontraba.

Todavía pasaba la baronesa mucho tiempo fuera de casa, pero nunca llevaba con ella a Aurelie; por eso, la vida de la muchacha, ensombrecida por todas aquellas consideraciones sobre el terrible destino que la aguardaba, sobre un peligro que se cernía sobre ella y que podía asaltarla en cualquier momento llevándola a la perdición, etcétera, se volvía cada vez más triste y aburrida. 

Por la doncella, quien precisamente había sido contratada tras lo ocurrido aquella noche terrible, supo Aurelie que la gente comentaba que la baronesa había sido amante de aquel villano, pero que también en la corte todo el mundo sentía compasión de ella por haber sido tan ingenua y haberse dejado engañar de una manera tan tonta. Sin embargo, Aurelie sabía demasiado bien cómo habían sido en realidad las cosas. 

Le parecía imposible que al menos los policías que habían detenido al desconocido en casa de la baronesa y que habían podido presenciar cómo ella le llamó por su nombre y les hizo observar la marca de fuego en la espalda como signo inequívoco de su crimen, no hubieran quedado convencidos de lo bien que aquella mujer conocía al hijo del verdugo. 

Ahora bien, la doncella refería además otro tipo de rumores en los que se aludía a una severa investigación de los tribunales que incluso había estado a punto de costarle el arresto a la baronesa, puesto que el infame criminal, el hijo del verdugo, había declarado unas cosas muy extrañas respecto a ella.

Enseguida comprendió Aurelie que, tras lo ocurrido a su madre, esta no podría permanecer ni un minuto más en la corte. Finalmente, la baronesa se vio obligada a abandonar aquel lugar en el que constantemente se veía asediada por sospechas aún no confirmadas y huyó a una comarca lejana. Aquel viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos relatado.

Aurelie debería, pues, sentirse muy feliz al librarse así de sus temores; sin embargo, se sintió profundamente aterrada al recordar las palabras que le había dirigido su madre, cuando la muchacha se creyó a salvo de ellos:

—¡Tú eres mi desgracia, maldito engendro del infierno! Pero ya te atrapará mi maldición cuando a mí me lleve una muerte súbita y tú estés disfrutando de tu añorada dicha. En las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás…

Aquí, Aurelie Se a
no pudo ya continuar. rrojó al pecho del conde y le pidió la absolviese de tener que repetir las palabras que había pronunciado la baronesa llevada de su furia demencial. Se sentía destrozada al recordar esas espantosas amenazas proferidas por aquella madre investida de poderes infernales, sobre todo porque preveía que podrían hacerse realidad. 

El conde consoló a su mujer lo mejor que pudo sin tener en cuenta el gélido terror que a él mismo le acometía. No tuvo más remedio que confesarse a sí mismo, cuando ya estuvo algo más calmado, que aquella profunda repugnancia que le producía la baronesa, aun estando ya muerta, había arrojado una negra sombra sobre su vida, velando así un tanto la claridad anterior que siempre la había caracterizado.

Poco tiempo después, Aurelie comenzó a cambiar de manera notable. Mientras que la palidez de su semblante y la mirada perdida y lánguida de sus ojos parecían denotar que estaba acometida por alguna enfermedad, su ser inquieto, inconstante y temeroso evidenciaba de nuevo la existencia interior de algún oscuro secreto que la trastornaba. 

Huía incluso de su marido, se encerraba en su gabinete o buscaba refugio en los lugares más recónditos del parque; cuando se la volvía a ver, sus ojos llorosos, los rasgos demacrados de su rostro, indicaban los espantosos sufrimientos de su interior torturado. 

En vano insistió el conde en buscar la causa del estado en que se hallaba su esposa; de la desesperación inconsolable en la que cayó solo pudo sacarle la sospecha de un famoso médico que atribuyó aquella hipersensibilidad de la condesa, aquellos amenazadores cambios de ánimo, a un supuesto estado de buena esperanza, que había de traer la felicidad al matrimonio. 

El propio médico, mientras comía con el conde y la condesa, no tuvo reparo alguno en gastar todo tipo de bromas sobre aquel estado de buena esperanza. La condesa las escuchaba sin hacer ningún caso, pero su atención se avivó cuando el médico se refirió a los extraordinarios caprichos por los que solían verse acometidas las mujeres embarazadas y a los cuales les era imposible resistirse a pesar del detrimento que pudiera sufrir su propia salud, e incluso la del niño que llevaban en su seno. 

La condesa hizo muchas preguntas al médico, y este no se cansó de hablarle de sus experiencias e incluso de narrarle algunos casos muy graciosos.

—Sin embargo —aseguró el médico—, se han dado ejemplos de caprichos anormales, a causa de los que alguna mujer se vio abocada a realizar hechos terribles. Así, la mujer de un herrero se sintió desbordada por un deseo tan grande de comer la carne de su marido que no paró hasta que, una noche en que el herrero llegó borracho a casa, cayó sobre él con un enorme cuchillo de cocina y lo hirió de tal manera que el pobre hombre expiró a las pocas horas.

Apenas pronunció el médico estas palabras, la condesa cayó desvanecida en el sillón, y solo con muchos cuidados pudo sobreponerse después al ataque de nervios que siguió al desvanecimiento. El médico comprendió que había obrado con suma inconsciencia al relatar aquel suceso horrible en presencia de una mujer tan extremadamente delicada e impresionable.

Sin embargo, aquella crisis pareció haber sido beneficiosa para el estado de la condesa, pues, tras ella, se tranquilizó un poco; ahora bien, la extraña rigidez de su ser, el tétrico brillo de sus ojos y aquella palidez cada vez más acusada de su piel, sembraron de nuevo la duda y la inquietud en el conde acerca del estado de su esposa. 

Lo más inexplicable de todo lo que le ocurría a la condesa era que no comía en absoluto y que, además, sentía repugnancia de las viandas que se le ofrecían, sobre todo de la carne; en tales circunstancias, tenía que abandonar la mesa cuando ya no podía contener los síntomas de su aborrecimiento. 

Toda la sabiduría del médico resultó inútil, y ni las más cariñosas admoniciones ni los lamentos del marido ni nada en el mundo pudo hacer que la condesa tomase ni una sola gota de medicina. 

Como transcurrieron semanas e incluso meses sin que la condesa ingiriese bocado alguno y resultaba por tanto un misterio cómo sustentaba su vida, el médico opinó finalmente que en aquel caso entraba en juego algo que se hallaba fuera del ámbito de acción del conocimiento de cualquier ciencia humana y abandonó el castillo pretextando una nimiedad. 

Perfectamente pudo notar el conde que la situación de su mujer le había parecido a aquel acreditado médico demasiado misteriosa e inquietante como para insistir más en hallarle una solución y quedarse para ser testigo de una enfermedad sin fundamento en la que él ya no podía ayudar a la paciente de ninguna manera. Podrá imaginarse el estado anímico en el que quedó Hippolyt. Sin embargo, aún le aguardaba algo más.

Precisamente en aquella época se le ocurrió a un viejo y fiel sirviente del conde descubrirle a su amo, en un momento en que lo encontró a solas, que la condesa abandonaba todas las noches el castillo y que no regresaba hasta el alba. El conde sintió un escalofrío. 

Solo entonces reparó en que aquel sueño tan antinatural, que desde hacía algún tiempo le sobrevenía diariamente a eso de la medianoche, podía deberse a cualquier tipo de narcótico que le administrara la condesa para, de ese modo, poder abandonar la habitación que, contrariando las costumbres elegantes, compartía con su esposo, sin que él lo notara. Los más negros presentimientos, las más terribles sospechas, se adueñaron del alma del conde. 

Pensó en aquella madre demoníaca, cuyas costumbres quizá se reprodujeran ahora en su hija; en algún repugnante adulterio; en aquel tipo infame, hijo del verdugo… A la noche siguiente, pues, tendría que desvelársele el espantoso secreto, único motivo del mal inexplicable de su esposa.

La condesa tenía la costumbre de preparar ella misma el té que su marido tomaba por las noches, retirándose una vez que se lo había servido. Aquella vez, el conde no ingirió ni una sola gota; según su costumbre, leyó en la cama antes de dormirse y, como esperaba, no le acometió hacia la medianoche esa terrible necesidad de dormir a la que ya se había acostumbrado; no obstante, hizo como si así fuera y se recostó sobre los almohadones fingiendo que se hallaba profundamente dormido. 

Muy despacio y sin hacer ningún ruido, la condesa abandonó su lecho, se acercó al de Hippolyt, le alumbró el rostro, y se deslizó fuera de la habitación. El corazón del conde latía con inusitada violencia; saltó de la cama, se echó un abrigo por encima y salió sigilosamente en pos de su mujer. Era una noche muy clara, de luna, de modo que aunque Aurelie caminaba muy deprisa y le llevaba una considerable ventaja, el conde podía distinguir muy bien desde lejos su figura, vestida con un camisón blanco. 

Atravesando el parque, la condesa llegó al cementerio; una vez allí, desapareció tras el muro. Hippolyt se apresuró a seguirla entrando por la puerta de aquel lugar, que se hallaba abierta. Allí pudo observar, a la luz de la luna, un círculo de espantosas figuras espectrales. 

Viejas medio desnudas, con los cabellos desmadejados y dispuestas en círculo, se agachaban en el suelo: en el centro yacía el cadáver de un ser humano que devoraban con ansias de lobo. ¡Aurelie estaba entre ellas! Instigado por un frenético terror, el conde huyó de allí, corriendo irreflexivamente, inflamado de un miedo mortal, anegado por todos los espantos del infierno a través de los senderos del parque, hasta que, ya al alba, bañado en sudor, se halló de nuevo ante la puerta del castillo. 

Sin voluntad alguna, incapaz de pensar de forma clara y racional, subió a gran velocidad la escalera y atravesó corriendo las habitaciones hasta llegar a la alcoba. Allí yacía la condesa, entregada, al parecer, a un sueño dulce y tranquilo. 

El conde quiso convencerse de que todo había sido una repugnante pesadilla —aunque no podía ignorar el paseo nocturno, del que daba prueba su abrigo, húmedo de rocío de la mañana— o, por lo menos, una burla de los sentidos que le había asustado mortalmente. Sin esperar a que despertara la condesa, abandonó la habitación, se vistió y montó a caballo. 

El paseo que dio aquella hermosa mañana a través de aromáticos arbustos, de entre los que parecía saludarle el canto matutino de los vivaces pajarillos, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y mucho más tranquilo, regresó al castillo. 

Pero cuando ambos, el conde y la condesa, se hallaron sentados a la mesa y aquella diera grandes muestras de repugnancia al serle presentada la carne cocinada, pretendiendo por ello, como tantas veces, levantarse y abandonar el comedor, se hizo evidente con toda crudeza en el alma del conde la verdad de lo que había sucedido la noche anterior. 

Lleno de furia, saltó de su asiento y, con voz terrible, gritó:

—¡Maldito engendro del diablo! ¡Ya sé por qué te repugna la comida civilizada! ¡En las tumbas es donde pastas, mujer endemoniada!

Mas en cuanto el conde hubo pronunciado estas palabras, la condesa se abalanzó sobre él lanzando un terrible alarido y, con la furia de una hiena, le clavó sus dientes en el pecho. Hippolyt logró desasirse de aquella loca, que cayó al suelo y expiró entre horribles convulsiones.

Tras estos terribles sucesos, el conde enloqueció.

El ojo sin párpado - Philarète Chasles

«¡Hallowe'en!, ¡Hallowe'en! –gritaban todos–. Esta noche es la noche santa, la bella noche de las hadas y de los demonios de las aguas. ¡Carrick!, y tú, Colean, ¿venís? Están todos los campesinos de Carrick–Border, nuestras Megs y nuestras Jeannies también vendrán. Traeremos buen whisky en botijos de estaño, cerveza humeante y el sabroso parritch (gachas de avena). Hace buen tiempo; la luna brillará; ¡camaradas, jamás las ruinas de Cassilis–Downans habrán visto un grupo más alegre!»

Así hablaba Jock Muirland, granjero, viudo, joven todavía. Como la mayor parte de los campesinos de Escocia era teólogo, tenía sensibilidad poética, gran bebedor y, sin embargo, muy austero. Le rodeaban Muidock, Will Lapraik y Tom Dickat. Sostenían esta conversación cerca del pueblo de Cassilis.

Sin duda ustedes no deben saber en qué consiste Hallowe'en: es la noche de las hadas y se celebra a mediados de agosto. Entonces se consulta al brujo del pueblo; todos los duendes bailan sobre los brezos, atraviesan los campos, y cabalgan sobre los pálidos rayos de luna. Es el carnaval de los genios y de los gnomos. 

Durante esta noche todas las grutas, todas las rocas, celebran su baile y su fiesta, no hay flor que no se balancee al soplo de una sílfide, ni mujer que no cierre cuidadosamente su puerta, por miedo a que un spunkie se lleve la comida de mañana y sacrifique a sus travesuras la comida de los niños que duermen abrazados en la misma cuna.

Esta era la noche solemne, mezclada de caprichos fantásticos y un secreto terror, que iba a celebrarse en las colinas de Cassilis. Imaginaos un terreno montañoso, ondulado como el mar, cuyas numerosas colinas están tapizadas de un césped verde y brillante; a lo lejos, sobre un escarpado pico, los muros almenados de un castillo en ruinas, cuya capilla, desprovista de techumbre, se ha conservado casi intacta y proyecta sus afinadas columnas, esbeltas como el ramaje desnudo en invierno. 

La tierra no es fecunda en este cantón. La dorada retama sirve de escondite a la liebre. El hombre que solo conoce el poder supremo en la desolación y el terror, ve estas estériles tierras como marcadas por el mismo sello de la divinidad. La fecunda e inmensa buena voluntad del Altísimo no nos inspira demasiada gratitud: lo que de él veneramos es su castigo y su rigor. 

Los spunkies danzaban sobre el menudo césped de Cassilis; y la luna, ya en el cielo, se veía grande y roja a través de la vidriera rota del gran portal de la capilla. Parecía estar suspendida como una gran rosácea amaranta, sobre la que se dibujaba un trozo de trébol de piedra truncada. Los spunkies bailaban.

¡El spunkie! Es una cabeza de mujer, blanca como la nieve, con largos cabellos ardientes. Dos bellas alas, ropajes sostenidos por finísimas y elásticas fibras se unen, no a la espalda, sino a los blancos y delgados brazos a los que contornean. El 
spunkie es hermafrodita; une a su rostro femenino la elegancia esbelta y frágil de la primera adolescencia viril. El spunkie solo lleva por vestido sus alas, tejido fino y desliado, suave y apretado, impenetrable y ligero, como las alas de un murciélago. Una sombra negruzca, fundida en púrpura azulada, parpadea sobre este vestido natural que se repliega alrededor del spunkie en reposo, como un estandarte alrededor del bastón que lo sostiene. Largos filamentos, que parecen acero bruñido, sostienen los velos con los que el spunkie se abriga; garras de acero arman sus extremos. Desdichada la mujer que se aventure por la noche cerca del pantano donde permanece acurrucado, o por el bosque que suele recorrer.

La ronda de los 
spunkies empezaba en las riberas del Don, cuando el alegre grupo seguido por mujeres, niños y niñas, se acercó. Los duendes desaparecieron de inmediato. Sus enormes alas, desplegadas a la vez, obscurecieron el aire. Parecían una bandada de pájaros levantando el vuelo súbitamente de entre los rosales espinosos. Por unos momentos se veló la claridad de la luna; Muirland y sus compañeros se detuvieron.

–¡Tengo miedo! –dijo una niña.
–¡Bah! –contestó el granjero–. Son pájaros salvajes que levantan el vuelo.
–Muirland –le dijo el joven Colean en tono de reproche–, vas a acabar mal, no crees en nada.
–Quememos nuestras nueces, rompamos las avellanas –prosiguió Muirland, ignorando los reproches de su camarada–; sentémonos y vaciemos nuestras cestas. Aquí tenemos un refugio ideal; la roca nos protege; el césped nos ofrece una mullida cama. El gran diablo no perturbará mis pensamientos, que saldrán de estos botijos y de estas botellas.
–Pero los bogillies (
Espíritus de los bosques) y los brownillies (Espíritus de las landas) pueden encontrarnos aquí –dijo tímidamente una joven.
–El cranreuch (
Viento del norte) se los lleve –interrumpió Muirland–. Rápido, Lapraik, enciende cerca de la roca un fuego de hojas muertas y ramaje; calentaremos el whisky; y si las chicas quieren saber qué marido el buen Dios o el diablo les reserva, tenemos con qué satisfacerlas; Borne Lesley ha traído espejos, avellanas, grano de lino, platos y mantequilla. Muchachas, ¿no es todo lo que necesitan para sus ceremonias?
–Sí, sí –respondieron las jóvenes.
–Pero ante todo, bebamos –prosiguió el granjero, quien, por su carácter dominante, su fortuna, su bodega bien provista, su granero abarrotado de trigo y sus conocimientos agrícolas, había adquirido una cierta autoridad en el cantón.

Ya saben, amigos lectores, que de todos los países del mundo, Escocia es el que posee las clases inferiores mejor instruidas, pero más supersticiosas. Preguntarle a Walter Scott, este sublime campesino escocés, que debe su grandeza a esta facultad que recibió de Dios de representar simbólicamente la idiosincrasia nacional. 

En Escocia, se cree en todos los gnomos, y se discuten, en las cabañas, temas de la más abstracta filosofía. La noche de Hallowe'en está especialmente consagrada a la superstición. Entonces nos reunimos para vislumbrar el futuro. Los ritos necesarios para obtener este resultado son conocidos e inviolables. No hay religión más estricta en su cumplimiento. 

Era sobre todo esta ceremonia llena de expectativas, en la que cada uno es a la vez sacerdote y brujo, la que los habitantes de Cassilis consideraban como el final de su excursión y la distracción de su noche. Esta magia rústica posee un encanto difícil de expresar. Para decirlo de algún modo, nos detenemos en el punto límite entre la poesía y la realidad; nos comunicamos con las fuerzas infernales, sin renegar por ello de Dios; los objetos más vulgares se transmutan en objetos sagrados y mágicos; sobre una espiga de trigo y una hoja de sauce creamos esperanzas y temores. 

De acuerdo a la costumbre no se inician los sortilegios de Hallowe'en, hasta la medianoche, cuando consideran que toda la atmósfera está invadida por seres sobrenaturales, y en la que no solo los spunkies, principales actores del drama, sino también todos los batallones de la magia escocesa tomen posesión de sus dominios. 

Nuestros campesinos, reunidos desde las nueve, pasarán el tiempo cantando estas viejas y deliciosas baladas en las que un lenguaje melancólico e inseguro se combina tan bien con el ritmo brusco, con una melodía que desciende de cuarta en cuarta por medio de extraños intervalos, con un singular empleo del género cromático. 

Las chicas, con sus abigarradas capas escocesas y sus vestidos de sarga, de una impecable limpieza; las mujeres, con la sonrisa en los labios; los niños, ataviados con estas preciosas fajas rojas atadas a la rodilla que les sirve a la vez de liga y de adorno; los jóvenes, cuyos corazones latían más aprisa a medida que se acercaba el momento misterioso en que iba a ser consultado el destino; uno o dos viejos a quienes la sabrosa cerveza les devolvía la alegría de su juventud, formaban un grupo muy interesante, que Wilkie habría querido pintar, y que en Europa haría felices a todas las almas todavía accesibles, entre tantas emociones febriles, a las delicias de un sentimiento verdadero y profundo.

Muirland se abandonaba sobre todo a la ruidosa alegría que burbujeaba con la espesa espuma de la cerveza, y se comunicaba a todos los auditores.

Era uno de esos hombres a quienes la vida no logra dominar; y utilizan su poderosa inteligencia para luchar contra viento y marea. Una chica del cantón, que había unido su destino al de Muirland, murió al dar a luz a los dos años de matrimonio y este había jurado no volver a casarse jamás. Ningún habitante del pueblo ignoraba las causas de la muerte de Tuilzie; fueron los celos de Muirland. 

Tuilzie, delicada criatura, tenía apenas diecisiete años, cuando se casó con el granjero. Ella lo amaba y desconocía la violencia de su alma y el furor que era capaz de contener, el tormento diario que era capaz de infligir a sí misma y a las demás. Jock Muirland era celoso; la ingenua ternura de su joven compañera no le tranquilizaba. 

Un día, en pleno invierno, le hizo viajar a Edimburgo, para arrancarla de las supuestas seducciones de un joven laird (Terrateniente) a quien se le había antojado pasar la mala estación en su campiña. Todos los amigos del granjero, e incluso el cura, no dejaban de advertirle; él solo respondía que amaba ardientemente a Tuilzie y que se consideraba el juez más apropiado para determinar lo que podía contribuir a la felicidad de su matrimonio. 

Bajo el techo rústico de Jock, se oían a menudo quejas, gritos, sollozos; el hermano de Tuilzie había venido para exponer a su cuñado que había adoptado una conducta inexcusable; como consecuencia de este hecho se produjo una encendida discusión; la joven mujer languidecía por momentos. Al fin la pena que la consumía le ocasionó la muerte. 

Muirland cayó en una profunda desesperación que duró varios años; pero como en este mundo todo pasa, a pesar de su juramento de permanecer viudo, fue lentamente olvidando a la persona de quien él había sido un involuntario verdugo. Las mujeres, que durante muchos años lo despreciaron, lo perdonaron al fin, y la noche de Hallowe'en le volvía a encontrar tal como antes había sido, alegre, cáustico, divertido, buen bebedor y fecundo en maravillosos cuentos, en bromas rústicas, en altisonantes refranes que animaban la reunión nocturna y contagiaban su buen humor. 

Ya se habían agotado la mayor parte de las viejas leyendas tradicionales, cuando dieron las doce de la noche y propagaron a lo lejos el eco de sus vibraciones. Habían bebido mucho. Ahora llegaba el momento de las acostumbradas supersticiones. Todo el mundo excepto Muirland, se levantó.

–¡Busquemos el 
kail, busquemos el kail! –gritaron todos...

Hombres y mujeres se esparcieron por los campos, y volvieron uno tras otro con una raíz cada uno, arrancada del suelo: era el 
kail. Se trata de arrancar de cuajo la primera planta que uno se encuentra a sus pies; si la raíz está derecha, vuestra mujer o vuestro marido tendrán buena planta y belleza; si la raíz está torcida os casaréis con una persona contrahecha. Si queda tierra entre los filamentos, vuestro matrimonio será fecundo y feliz; si por el contrario, está desprovista de pelos y es pequeña, vuestro matrimonio durará muy poco. 

Imaginad las risas, el alegre tumulto, las bromas campesinas a las que da lugar esta búsqueda conyugal; se empujaban, se atropellaban precipitadamente, comparando los resultados de sus investigaciones; incluso los niños tenían su kail.

–¡Pobre Will Haverel! –exclamó Muirland, mirando la raíz que traía entre manos un muchacho–, tu mujer será tuerta, tu 
kail se parece a la cola de mi cerdo.

Luego se sentaron en corro, y cada uno probó el sabor de su raíz; cuando es amarga indica un mal marido; si es dulzona un marido imbécil; y en caso de ser olorosa, un esposo de buen humor. A esta gran ceremonia le sucedió la de tap–pickle. Las chicas deben recoger con los ojos vendados tres espigas de trigo cada una; si el grano que corona la espiga falta en una de ellas, no cabe la menor duda de que el futuro marido no le perdonará una sola ligereza cometida antes de las nupcias. 

«¡Oh, Nelly, oh, Nelly!, tus tres espigas carecían todas de tap–pickle, nadie te va a librar de las bromas. Es cierto que durante la misma víspera el granero de reserva había sido testigo de una larga conversación entre tú y Robert Luath.»

Muirland las miraba sin mezclarse activamente en sus juegos.

–¡Las avellanas, las avellanas! –gritaron.

Se sacó de una cesta una bolsa llena de avellanas y todos se acercaron al fuego que no habían dejado de mantener encendido. La luna brillaba pura y casi radiante. Cada uno tomó su avellana. Este sortilegio es célebre y venerado. Se distribuyen por parejas; se da a la avellana que cada uno ha cogido su propio nombre y al mismo tiempo se meten en el fuego la avellana bautizada con el nombre de la novia y la propia. 

Si las dos avellanas se queman lentamente una al lado de la otra, la unión será larga y tranquila; si las avellanas se rompen y se separan al quemarse; desgracia y separación en el matrimonio. A menudo es la chica quien se encarga de disponer en el fuego el doble símbolo al que está ligada toda su alma; y ¡cuál no será su tristeza cuando se da este divorcio, y cuando su futuro marido se aparta chispeando de su compañera!

Daban la una y todavía los campesinos no se habían cansado de consultar sus místicos oráculos. El terror y la fe que se mezclaban en estos sortilegios les conferían un nuevo atractivo. Los spunkies volvían a moverse por entre los juncos agitados. Las chicas temblaban. La luna, en lo alto del firmamento, se cubría con una nube. Se hizo la ceremonia de la maceta, la de la candela apagada, la de la manzana, grandes conjuraciones que no voy a descubrir. Willie Maillie, una de las muchachas más bonitas, sumergió tres veces su brazo en las aguas del Don, exclamando: 

–¡Mi futuro esposo, marido mío que todavía no existe!, ¿dónde está? Ahí tienes mi mano.

Tres veces había repetido el sortilegio, cuando la oyeron proferir un pavoroso grito.

–¡Dios mío!, el 
spunkie ha cogido mi mano –gritó.

Todo el mundo se precipitó a su alrededor, y todos temblaban, excepto Muirland. Maillie mostró su mano ensangrentada; los jueces de ambos sexos, a quienes una larga experiencia les confería habilidad en la interpretación de estos oráculos, convinieron sin vacilar que el arañazo no lo habían provocado, como afirmaba Muirland, las puntas de un junco espinoso, sino que el brazo de la chica presentaba realmente las huellas de las afiladas garras del 
spunkie. Todo el mundo reconoció que Maillie estaba amenazada por esta experiencia con tener en el futuro un marido celoso. El granjero viudo consideró que había bebido un poco más de lo conveniente.

–¡Celoso!, ¡celoso! –se exclamó.

Creyó ver en esta explicación de sus compañeros una alusión malintencionada a su propia historia.

–Yo –continuó Muirland vaciando un botijo de estaño lleno de whisky hasta los bordes–, preferiría mil veces casarme con el 
spunkie que volverme a casar. Yo he sabido en qué consiste vivir encadenado; preferiría permanecer encerrado en una botella herméticamente cerrada, con un mono, un gato o un verdugo por compañero. 

Yo estuve celoso de mi pobre Tuilzie: tal vez me haya equivocado; pero ¿cómo, os lo pregunto, no estar celoso?, ¿cuál es la mujer que no exige una continua vigilancia? No dormía por las noches, no la dejaba ni un solo momento en todo el día, no cerraba el ojo ni un instante. Los asuntos de mi mujer iban mal; todo languidecía. La misma Tuilzie palidecía ante mis ojos. ¡Que el matrimonio se vaya a los mil diablos!

Unos reían, los otros, escandalizados, se callaban. Quedaba todavía el último y el más temido de los sortilegios: la ceremonia del espejo. Uno se sitúa con una vela en la mano, ante un pequeño espejo; tres veces se sopla sobre el cristal, y tres veces se limpia repitiendo: «¡Aparece, marido mío!» o «¡Aparece, esposa mía!» Entonces, por encima del hombro izquierdo de la persona que consulta el destino, aparece claramente una cara que se refleja en el espejo; es la de la compañera o el marido invocado.

Nadie se atrevía, después del ejemplo de Maillie, a provocar a los poderes sobrenaturales. El espejo y la vela estaban en el suelo sin que nadie pensara utilizarlos para el sortilegio. El Don murmuraba entre los rosales; un largo trazo de plata, que temblaba sobre sus lejanas olas, era, ante los ojos de los campesinos, el rastro centelleante de los 
spunkies o espíritus de las aguas; la yegua de Muirland, su pequeña yegua de Highland de negra cola y blanco pecho rechinaba con todas sus fuerzas, signo evidente de que le rondaba un mal espíritu. 

El viento refrescaba; los tallos de los juncos balanceados provocaban un triste y largo murmullo; todas las mujeres empezaban a hablar del regreso; tenían muy buenas razones, reprimendas a sus maridos y a sus hermanos, consejos de salud para sus padres y una elocuencia doméstica a la que nosotros, reyes de la naturaleza y del mundo, nos resistimos en muy pocas ocasiones.

–¡Y bien! ¿Quién de vosotros se presentará ante el espejo? –preguntó Muirland.

Nadie respondió.

–Tienen muy poco valor –prosiguió–. El soplar del viento los hace temblar como al sauce. En cuanto a mí que jamás pienso coger mujer, como todos saben, porque quiero dormir, y como mis párpados no quieren cerrarse desde que me convierto en marido, me es absolutamente imposible empezar el sortilegio. Acaso piensan como yo.

Al fin, como nadie quería coger el espejo, Jock Muirland lo cogió.

–Yo voy a darles el ejemplo.

Entonces tomó sin vacilar el espejo fatal; fue encendida la vela y repitió bravamente el sortilegio.

–¡Aparece pues, esposa mía! –gritó Muirland.

Inmediatamente una cara pálida, cubierta de una cabellera rubia leonada, apareció sobre la espalda de Muirland. Se estremeció, se volvió para asegurarse de que ninguna de las muchachas del cantón estaba detrás suyo para simular la aparición. 

Pero nadie habría osado parodiar al espectro; y aunque el espejo se había roto al escaparse de la mano del granjero y caer al suelo, la misma cabeza blanca permanecía en su espalda, la misma cabellera ardiente: Muirland profirió un horrible grito y cayó de bruces en el suelo.

Hubieran visto a los habitantes del pueblo correr por todos lados, como las hojas esparcidas por el viento; sobre este lugar donde habían llevado a cabo hacía tan solo unos instantes sus diversiones rústicas, solo quedaron los despojos de la fiesta, el fuego apagado, los vasos y botijos vacíos y Muirland acostado sobre el césped. 

Los spunkies y sus acólitos regresaban con furia, y la tempestad que se preparaba en la atmósfera mezclaba con su canto sobrenatural este largo silbido que los escoceses designan de una manera tan pintoresca con el nombre de Sugh. Muirland, incorporándose, volvió a mirar sobre su espalda: siempre la misma cara. Esta sonreía al campesino, pero no decía nada y Muirland no podía adivinar si esta cabeza pertenecía a un cuerpo humano, pues solo se le aparecía cuando se volvía. 

Su lengua se paralizó, quedó adherida a su paladar. Intentó hablar con el ser infernal y probó en vano resucitar su valentía; cada vez que veía estos rasgos pálidos y los ardientes bucles, se estremecía de la cabeza a los pies. Empezó a correr con la idea de librarse de su acólito. Había desatado su pequeña yegua blanca y se disponía a poner el pie en el estribo cuando intentó todavía una última experiencia. ¡Terror!, siempre la misma cabeza, convertida en su inseparable compañera. 

Estaba atada a su espalda, como estas cabezas aisladas cuyo perfil los escultores góticos ponían a veces en lo alto de una columna o en el ángulo de una cornisa. La pobre Meg, la yegua del granjero, relinchaba con todas sus fuerzas y mediante frecuentes coces manifestaba cómo repercutía en ella el terror de su pobre dueño. 

El spunkie (pues debía ser uno de estos habitantes de los juncos quien perseguía al granjero), cada vez que Muirland se volvía, le miraba con dos ojos llameantes, de un azul profundo, sobre los que ninguna ceja dibujaba su sombra y ningún párpado velaba la insoportable claridad. Metió las dos espuelas; la misma curiosidad le empujaba constantemente a saber si su perseguidora estaba allí; esta no le abandonaba; en vano lanzó su yegua al galope, en vano el brezo y las montañas desaparecían y huían bajo el paso del animal; Muirland ya no sabía qué camino seguía, ni hacia dónde le conducía la pobre Meg. 

Solo tenía una idea en la cabeza, el spunkie, su compañero de ruta, o mejor su compañera, pues esta cara femenina tenía la malicia y la delicadeza propias de una joven de dieciocho años. La bóveda del cielo se cubría de espesas nubes que la disminuían por momentos. Jamás ningún pobre pecador se encontró solo y lanzado en medio de la campiña en una más satánica obscuridad. 

El viento soplaba como si quisiera despertar a los muertos; caía la lluvia diagonalmente empujada por la fuerza de la tormenta. Los rápidos fulgores del relámpago desaparecían devorados por las tenebrosas nubes que sobre ellos se cernían, de las que surgían largos, profundos y pesados mugidos. 

¡Pobre Muirland!, tu sombrero azul escocés, abigarrado de rojo, cayó, y no te atreviste a volverte para recogerlo. La tempestad redobló su furor; el Don desbordó de su cauce; y Muirland, después de galopar durante una hora, reconoció con dolor que volvía al mismo lugar del que había partido. 

La iglesia en ruinas de Cassilis se alzaba ante él; se hubiera dicho que el incendio abrasaba los restos de sus viejas pilastras; las llamas surgían por todas sus desiguales oberturas; las esculturas aparecían con toda su delicadeza sobre un fondo de lúgubres claridades. 

Meg no quería avanzar; pero el granjero, cuya razón ya no dirigía sus actos, y que creía notar esta terrorífica cara apoyada en sus hombros, hundía con tanta fuerza las espuelas en los flancos del pobre animal, que al fin cedió, a pesar suyo, a la violencia que se le imponía.

–Jock –dijo una voz dulce–, dejarás de tener miedo.

¿Se imaginan el profundo terror del desgraciado Muirland?

–Cásate conmigo –repetía el 
spunkie.

Mientras tanto huían hacia la catedral en llamas. Muirland, frenado en su carrera por las mutiladas columnas y los santos de piedra derribados, bajó de su montura; durante la noche había bebido tanto vino, cerveza y aguardiente, cabalgando tan extrañamente, que acabó por acostumbrarse a este estado de excitación sobrenatural; nuestro granjero entró con pie firme en la nave sin bóveda de la que surgían estos fuegos infernales.

El espectáculo que le sorprendió no lo había visto nunca. Un personaje agachado en medio de la nave sostenía, sobre su curvada espalda, una vasija octogonal de la que surgía una llama verde y roja. El altar mayor estaba cargado de sus viejos ornamentos religiosos. Demonios de ardientes cabelleras que se erizaban sobre sus cabezas estaban de pie sobre el altar en el lugar de los cirios. 

Todas las formas grotescas e infernales que la imaginación del pintor y el poeta han soñado se apresuraban, corrían, volaban, se balanceaban, se movían, se contorneaban de mil extrañas maneras. Las sillas del coro de los canónigos estaban ocupadas por graves personajes que conservaban los vestidos en perfecto estado. Pero sobre sus vestimentas se dibujaban manos de esqueletos, y de sus ojos socavados no salía resplandor alguno.

No diré, ya que el lenguaje humano es insuficiente, qué clase de incienso se quemaba en esta iglesia, ni qué abominable parodia de los santos misterios representaban los demonios. Cuarenta de estos duendes, encarnados en la antigua galería que en otros tiempos había sostenido el órgano de la catedral, tenían en sus manos gaitas escocesas de diversas dimensiones. 

Un enorme gato negro, sentado sobre un trono compuesto de una docena de estos señores, daba el tono con un prolongado maullido. La sinfonía infernal hacía vibrar los restos de las semiderruidas bóvedas y provocaba de vez en cuando la caída de escombros. 

Entre medio de este tumulto había bellas skelpies de rodillas; las habrían tomado por maravillosas vírgenes, si no fuera porque la cola demoníaca asomaba levantando las puntas de sus blancos vestidos; y más de cincuenta spunkies, con las alas extendidas o replegadas, bailando o en reposo. 

En las tumbas de los santos dispuestas simétricamente alrededor de la nave, había féretros abiertos, en los que el muerto, sobre un blanco sudario, aparecía con el cirio fúnebre en la mano. En cuanto a las reliquias sostenidas en el atrio, no me detendré a describirlas. 

Todos los crímenes cometidos en Escocia desde veinte años atrás habían acudido para preparar la iglesia en poder de los diablos. Allí habrían visto la cuerda del ahorcado, el cuchillo del asesino, el espantoso resto del aborto y los trazos del incesto. Habrían visto los corazones de los malvados ennegrecidos en el vicio y blancos cabellos paternos todavía colgantes de la hoja del puñal del parricida.

Muirland se detuvo, se volvió; la cara compañera de su camino continuaba allí. Uno de los monstruos encargados del servicio infernal lo tomó de la mano; él no opuso resistencia. Le condujeron al altar, siguió a su guía. Estaba dominado, sus fuerzas le habían abandonado. Todos se arrodillaron. Él se arrodilló. Cantaron extraños himnos, él nada escuchó; y permaneció allí, estupefacto, petrificado, esperando su suerte. 

Ahora los cantos infernales se hacían más ruidosos; los spunkies encargados del cuerpo de baile rodaban con más rapidez en su ronda infernal; las gaitas sonaban, chillaban, gritaban y silbaban con renovada vehemencia. Muirland volvió la cabeza para examinar su fatal hombro sobre el que un incómodo huésped había elegido domicilio.

–¡Ah! –exclamó, suspirando de satisfacción.

La cabeza había desaparecido.

Pero cuando su mirada deslumbrada y perdida se fijó sobre los objetos que le rodeaban, fue grande su sorpresa cuando vio, cerca de sí, de rodillas en un féretro, a una chica cuyo rostro era el mismo que el del fantasma que le había perseguido. 

Una camiseta escocesa de fino lino gris le cubría apenas hasta el muslo. Se le insinuaban los graciosos pechos y mostraba su blanca espalda, sobre la que caían dorados cabellos hasta el seno virginal que, debido a la ligereza de la ropa, se apercibía con toda su belleza. Muirland estaba conmovido; estas formas tan hermosas y delicadas contrastaban con todas las repugnantes apariciones que le rodeaban. 

El esqueleto que parodiaba la misa tomó con sus encorvados dedos la mano de Muirland y la unió a la de la chica; y este creyó sentir al abrazar a su extraña novia, la fina mordedura que el pueblo atribuye a las garras del spunkie. Esto ya era demasiado; cerró los ojos y se desmayó. 

Cuando aún no había logrado recuperar su lucidez, le pareció adivinar que manos infernales le volvían a poner sobre la fiel yegua que le había esperado a la puerta de la catedral; pero sus sentidos eran muy vagos, sus sensaciones indistintas.

Una noche así, como es evidente, dejó su huella en nuestro granjero; se despertó tal como uno se despertaría después de un letargo y quedó muy sorprendido al enterarse de que desde hacía unos días se había casado, que después de la noche de Hallowe'en había viajado hacia las montañas, de las que había traído una joven esposa, quien, en efecto, estaba a su lado en el lecho hereditario de su mujer.

Se frotó los ojos creyendo que soñaba, luego ya sin dudar, quiso contemplar a la que había elegido, ahora convertida en señora Muirland. Era por la mañana. ¡Qué bella era!, ¡qué dulce luz irradiaban sus prolongadas miradas!, ¡qué esplendor en sus ojos! No obstante, Muirland estaba sorprendido del extraño resplandor que emanaba de esos mismos ojos. 

Se acercó. Cosa extraña, su mujer, al menos así lo creía, no tenía párpados; grandes orbes de un azul obscuro se dibujaban bajo el arco negro de unas cejas de una curvatura admirablemente delicada. Muirland suspiró: el vago recuerdo del spunkie, de su carrera nocturna y de su terrible boda en la catedral, se le presentó súbitamente ante sí.

Al examinar con más detalles a su nueva esposa, creyó observar en ella todos los rasgos característicos de este ser sobrenatural, solo que un poco modificados, disimulados. Los dedos de la joven mujer eran largos y delgados, sus uñas blancas y afiladas; su rubia cabellera caía hasta el suelo. 

Permaneció como vencido por un profundo sueño. Sin embargo, todos sus vecinos le explicaron que la familia de su mujer residía en los Highlands; que justo al concluir la boda había cogido ardientes fiebres; que no era de extrañar que no tuviera ningún recuerdo de la ceremonia, ya que estaba enfermo, pero que pronto se encontraría bien con su nueva mujer, pues era guapa, dulce y buena ama de casa.

–¡Pero no tiene párpados! –exclamó Muirland.

La gente se le reía en las narices, pretendían que todavía le perseguían las fiebres; nadie, salvo el granjero, había notado esta extraña particularidad.

Llegó la noche; para Muirland era la noche de bodas, pues hasta este momento solo había sido marido formalmente. La belleza de su mujer le había conmovido, aunque según él, no tuviera párpados. Se prometió pues afrontar con resolución su propio terror, y por lo menos aprovecharse del singular favor que el cielo o el infierno le enviaba. 

En este punto pedimos al lector la concesión de todos los privilegios de la historia y pasar rápidamente por encima de los acontecimientos de esta noche: no diremos hasta qué punto la bella Spellie (este era su nombre) parecía todavía más bella con sus nocturnos atuendos.

Muirland se despertó, soñando que una sutil claridad solar inundaba la habitación baja en la que estaba el lecho nupcial. Deslumbrado por estos ardientes rayos, se levantó sobresaltado y vio los centelleantes ojos de su mujer mirándolo con ternura.

–¡Demonios! –exclamó–, realmente mi sueño es una injuria a su belleza.

Abandonó su sueño y dijo a Spellie mil cosas amables y tiernas, a las que la joven de las montañas respondió lo mejor que pudo. Spellie no había dormido en toda la noche.

«¿Cómo podrá dormir? –se preguntaba Muirland–. Pues no tiene párpados».

Y su peor espíritu volvía a caer en un abismo de meditaciones y de temores. Salió el sol. Muirland estaba pálido y fatigado; la granjera tenía los ojos luminosos como nunca. Pasaron la mañana paseándose por las orillas del Don. La joven esposa era tan bella que su marido, a pesar de su sorpresa y la fiebre que lo poseía, no pudo dejar de sentir admiración al contemplarla.

–Jock –le dijo esta–, te quiero tanto como querías a Tuilzie; tengo envidia de todas las muchachas de los alrededores, de tal forma que mira bien lo que haces, amigo mío. Seré celosa, os vigilaré de cerca.

Los besos de Muirland sellaron estas palabras; entretanto se sucedieron las noches y en medio de cada noche, los resplandecientes ojos no dejaban dormir al granjero; sus fuerzas sucumbían.

–Pero, querida –preguntó Jock a su mujer–, ¿es que no duermes nunca?

–¡Dormir yo!

–Sí, dormir. Tengo la impresión de que desde que nos hemos casado, no habéis dormido ni un instante.

–En mi familia, no se duerme nunca.

De las orbes azuladas de la muchacha emanaban rayos más ardientes.

–¡No duerme! –exclamó desesperado el granjero–, ¡no duerme!

Cayó vencido y aterrorizado sobre la almohada.

–¡No tiene párpados, no duerme! –repetía.

–No me canso de mirarte –contestó Spellie–, y de esta forma, te podré vigilar mejor.

Pobre Muirland. Los extraordinarios ojos de su mujer no le daban un momento de reposo; eran, como dicen los poetas, como astros eternamente alumbrados para deslumbrarle. En el cantón se compusieron más de treinta baladas dirigidas a los bellos ojos de Spellie. 

En cuanto a Muirland, un buen día desapareció. Tres meses habían pasado; el suplicio que había sufrido el granjero lo llevó a la desesperación, había agotado sus fuerzas; le parecía que aquella mirada de fuego le quemaba. Si volvía a los campos, si se quedaba en casa, si iba a la iglesia, siempre el mismo rayo terrible cuya presencia y esplendor penetraban hasta el fondo de su ser y le hacían temblar de horror. Acabó por detestar el sol, por huir del día.

El mismo suplicio que había sufrido la pobre Tuilzie se había convertido en el suyo; en vez de la inquietud moral que durante su primer matrimonio le había transformado en verdugo de su joven mujer, y a la que los hombres le dan el nombre de celos, se encontraba bajo la inquisición física e ineluctable de un ojo que nunca se cerraba: eran los celos también, pero convertidos en una imagen palpable, la inquisición convertida en tipo. 

Abandonó su granja, sus dominios, cruzó el mar y se hundió en los bosques de América septentrional, donde muchos hombres de su país habían fundado viviendas y construido tranquilamente su cabaña. Las sabanas de Ohio le ofrecían un seguro asilo, por lo menos así lo creía; prefería su pobreza, la vida de colono, la serpiente escondida en los espesos matorrales, una alimentación salvaje e insegura, a su casa de Escocia, bajo la que el ojo celoso y siempre abierto centelleaba para su tormento. 

Después de pasar un año en esta soledad, acabó por bendecir su suerte: al menos había encontrado la calma en el seno de esta naturaleza fecunda. No tenía la más mínima relación con Gran Bretaña, por miedo a tener noticias de su mujer; a veces, en sus sueños todavía veía aquel ojo abierto, aquel ojo sin párpado y se despertaba sobresaltado; pero este era todo el sufrimiento que tenía que soportar; se aseguró de que la vigilante y temida pupila ya no estaba cerca de él, no le penetraba, no lo devoraba con sus insoportables rayos y volvía a dormirse feliz.

Los narragansetts, tribu vecina de su vivienda, habían tomado por sachem o jefe a Massasoit, viejo enfermo y de pacífico carácter y con el que Jock Muirland estableció excelentes relaciones, al darle aguardiente, que él sabía destilar. Massasoit enfermó; su amigo Muirland le visitó en su choza.

Imaginen un wigwam indio, cabaña en punta, con un agujero por el que sale el humo; en medio de este humilde palacio, un fuego encendido; sobre las pieles de búfalo, extendidas por el suelo, el viejo jefe enfermo; a su alrededor los principales sagamores del cantón, chillando, gritando, llorando y haciendo tal ruido, que en vez de curar al enfermo hubieran enfermado a cualquiera en perfecta salud. 

Un powwow o médico indio dirigía el coro y la lúgubre danza. Resonaban los ecos vecinos por el ruido que provocaba esta extraña ceremonia: eran las oraciones públicas ofrecidas a las divinidades del país.

Seis muchachas se ocupaban de frotar los miembros desnudos y fríos del viejo: una de ellas, bastante guapa, de apenas dieciséis años, lloraba mientras cumplía este oficio. El sentido común del escocés le hizo ver que todo este aparato médico solo conseguiría la muerte de Massasoit; por su cualidad de europeo y blanco, pasaba por médico innato y se aprovechó de la autoridad que este título le confería, hizo salir a todos los vociferantes y se acercó al sachem.

–¿Quién se acerca? –preguntó el viejo.
–Jock, el hombre blanco.
–¡Oh! –respondió el sachem, tendiéndole su esquelética mano–, ya no nos veremos más, Jock.

Jock, aunque no tenía conocimientos médicos, se dio cuenta sin dificultades de que no tenía más que una indigestión; le socorrió, ordenó que todos se callaran, le puso a dieta, luego le cocinó un excelente potaje escocés, que el viejo tomó como medicina. 

En fin, que en tres días, Massasoit había vuelto a la vida; los gritos y los bailes de nuestros indios volvieron a empezar, pero estos himnos salvajes manifestaban alegría y gratitud. Massasoit hizo sentar a Jock en su cabaña, le dio a fumar de su calumet, y le presentó a su hija, la más joven y bonita de las que Muirland había visto en la cabaña.

–Tú no posees squaw –le dijo el viejo guerrero–, toma a mi hija y honra mis canas.

Jock tembló; se acordó de Tuilzie y Spellie, pensó hasta qué punto había fracasado en el matrimonio. No obstante, la joven 
squaw era dulce, ingenua, obediente. Una boda en los desiertos se lleva a cabo con muy pocas ceremonias; tiene escasas consecuencias funestas para un europeo. Jock se resignó, y la bella Anauket no le dio ningún motivo para arrepentirse de su elección.

Ocho días después de la boda, los dos, en una bella mañana de otoño, habían embarcado por el Ohio. Jock llevaba su fusil de caza. Anauket, acostumbrada a estas excursiones que componen toda la vida salvaje, ayudaba y servía a su marido. El tiempo era magnífico; las orillas de este hermoso río ofrecían a los amantes lugares encantadores. 

Jock había cobrado buenas piezas. Una pintada de brillantes alas hirió su mirada; apuntó, la hirió, y el pájaro, herido de muerte, cayó gimiendo, entre los espesos matorrales. Muirland no estaba dispuesto a perder una pieza tan magnífica; amarró su barca y corrió en busca del resultado de su conquista. 

Había chafado inútilmente varios matorrales y su obstinación de escocés le sumergía y hundía cada vez más en la espesura del bosque. Pronto se encontró rodeado de árboles de altas copas y en el centro de uno de estos espacios verdes naturales que se encuentran en las selvas de América, cuando un resplandor atravesó el follaje y llegó hasta él. Se estremeció: este rayo le quemaba; esta luz insoportable le obligaba a bajar la vista.

El ojo sin párpado estaba allí, vigilante y eterno.

Spellie había cruzado el mar; había encontrado el rastro de su marido y le seguía la pista; había mantenido su palabra y sus temibles celos abrumaban a Muirland con justos reproches. 

Corrió hacia la ribera, perseguido por el ojo sin párpado, vio el oleaje claro y puro del Ohio y enloquecido por el terror se precipitó en él. Este fue el fin de Jock Muirland. Está consagrado en una leyenda escocesa, y las mujeres la cuentan a su modo. Afirman que es una alegoría y que el «ojo sin párpado» es el ojo siempre abierto de la mujer celosa, el más terrible de los suplicios.