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Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 1)

La canción que cantaban las sirenas, o el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura.

Sir Thomas Browne

. 


Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Solo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce. 


Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. 

Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan solo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como si se tratara del análisis par excellence. 

Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. 

No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prologar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. 

En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que solo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si esta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. 

Como los movimientos posibles no solo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.

Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Obvio resulta que (si los jugadores tienen fuerza pareja) solo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. 

Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.

Hace mucho que se ha reparado en el whist por su influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y hombres del más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando de lado, por frívolo, al ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. 

El mejor ajedrecista de la cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia en el whist implica la capacidad para triunfar en todas aquellas empresas más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. 

Cuando digo eficiencia, aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas las posibilidades mediante las cuales se puede obtener legítima ventaja. Estas últimas no solo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas. 

Observar con atención equivale a recordar con claridad; en ese sentido, el ajedrecista concentrado jugará bien al whist, en tanto que las reglas de Hoyle (basadas en el mero mecanismo del juego) son comprensibles de manera general y satisfactoria. Por tanto, el hecho de tener una memoria retentiva y guiarse por «el libro» son las condiciones que por regla general se consideran como la suma del buen jugar. 

Pero la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas. Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá sus compañeros hacen lo mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. 

Lo necesario consiste en saber qué se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni tampoco, dado que su objetivo es el juego, rechaza deducciones procedentes de elementos externos a este. 

Examina el semblante de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus oponentes. Considera el modo con que cada uno ordena las cartas en su mano; a menudo cuenta las cartas ganadoras y las adicionales por la manera con que sus tenedores las contemplan. 

Advierte cada variación de fisonomía a medida que avanza el juego, reuniendo un capital de ideas nacidas de las diferencias de expresión correspondientes a la seguridad, la sorpresa, el triunfo o la contrariedad. 

Por la manera de levantar una baza juzga si la persona que la recoge será capaz de repetirla en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por la manera con que se arrojan las cartas sobre el tapete. Una palabra casual o descuidada, la caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente ansiedad o negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas, con el orden de su disposición, el embarazo, la vacilación, el apuro o el temor... 

Todo ello proporciona a su percepción, aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la realidad del juego. Jugadas dos o tres manos, conoce perfectamente las cartas de cada uno, y desde ese momento utiliza las propias con tanta precisión como si los otros jugadores hubieran dado vuelta a las suyas.

El poder analítico no debe confundirse con el mero ingenio, ya que si el analista es por necesidad ingenioso, con frecuencia el hombre ingenioso se muestra notablemente incapaz de analizar. La facultad constructiva o combinatoria por la cual se manifiesta habitualmente el ingenio, y a la que los frenólogos (erróneamente, a mi juicio) han asignado un órgano aparte, considerándola una facultad primordial, ha sido observada con tanta frecuencia en personas cuyo intelecto lindaba con la idiotez, que ha provocado las observaciones de los estudiosos del carácter. 

Entre el ingenio y la aptitud analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la imaginación, pero de naturaleza estrictamente análoga. En efecto, cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.

El relato siguiente representará para el lector algo así como un comentario de las afirmaciones que anteceden.

Mientras residía en París, durante la primavera y parte del verano de 18..., me relacioné con un cierto C. Auguste Dupin. Este joven caballero procedía de una familia excelente —y hasta ilustre—, pero una serie de desdichadas circunstancias lo habían reducido a tal pobreza que la energía de su carácter sucumbió ante la desgracia, llevándolo a alejarse del mundo y a no preocuparse por recuperar su fortuna. 

Gracias a la cortesía de sus acreedores le quedó una pequeña parte del patrimonio, y la renta que le producía bastaba, mediante una rigurosa economía, para subvenir a sus necesidades, sin preocuparse de lo superfluo. Los libros constituían su solo lujo, y en París es fácil procurárselos.

Nuestro primer encuentro tuvo lugar en una oscura librería de la rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos anduviéramos en busca de un mismo libro —tan raro como notable— sirvió para aproximarnos. Volvimos a encontrarnos una y otra vez. Me sentí profundamente interesado por la menuda historia de familia que Dupin me contaba detalladamente, con todo ese candor a que se abandona un francés cuando se trata de su propia persona. 

Me quedé asombrado, al mismo tiempo, por la extraordinaria amplitud de su cultura; pero, sobre todo, sentí encenderse mi alma ante el exaltado fervor y la vívida frescura de su imaginación. Dado lo que yo buscaba en ese entonces en París, sentí que la compañía de un hombre semejante me resultaría un tesoro inestimable, y no vacilé en decírselo. 

Quedó por fin decidido que viviríamos juntos durante mi permanencia en la ciudad, y, como mi situación financiera era algo menos comprometida que la suya, logré que quedara a mi cargo alquilar y amueblar —en un estilo que armonizaba con la melancolía un tanto fantástica de nuestro carácter— una decrépita y grotesca mansión abandonada a causa de supersticiones sobre las cuales no inquirimos, y que se acercaba a su ruina en una parte aislada y solitaria del Faubourg Saint-Germain.

Si nuestra manera de vivir en esa casa hubiera llegado al conocimiento del mundo, este nos hubiera considerado como locos —aunque probablemente como locos inofensivos—. Nuestro aislamiento era perfecto. No admitíamos visitantes. El lugar de nuestro retiro era un secreto celosamente guardado para mis antiguos amigos; en cuanto a Dupin, hacía muchos años que había dejado de ver gentes o de ser conocido en París. Solo vivíamos para nosotros.

Una rareza de mi amigo (¿qué otro nombre darle?) consistía en amar la noche por la noche misma; a esta bizarrerie, como a todas las otras, me abandoné a mi vez sin esfuerzo, entregándome a sus extraños caprichos con perfecto abandono. 

La negra divinidad no podía permanecer siempre con nosotros, pero nos era dado imitarla. A las primeras luces del alba, cerrábamos las pesadas persianas de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías que, fuertemente perfumadas, solo lanzaban débiles y mortecinos rayos. Con ayuda de ellas ocupábamos nuestros espíritus en soñar, leyendo, escribiendo o conversando, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. 

Salíamos entonces a la calle tomados del brazo, continuando la conversación del día o vagando al azar hasta muy tarde, mientras buscábamos entre las luces y las sombras de la populosa ciudad esa infinidad de excitantes espirituales que puede proporcionar la observación silenciosa.

En esas oportunidades, no dejaba yo de reparar y admirar (aunque dada su profunda idealidad cabía esperarlo) una peculiar aptitud analítica de Dupin. Parecía complacerse especialmente en ejercitarla —ya que no en exhibirla— y no vacilaba en confesar el placer que le producía. 

Se jactaba, con una risita discreta, de que frente a él la mayoría de los hombres tenían como una ventana por la cual podía verse su corazón y estaba pronto a demostrar sus afirmaciones con pruebas tan directas como sorprendentes del íntimo conocimiento que de mí tenía. 

En aquellos momentos su actitud era fría y abstraída; sus ojos miraban como sin ver, mientras su voz, habitualmente de un rico registro de tenor, subía a un falsete que hubiera parecido petulante de no mediar lo deliberado y lo preciso de sus palabras. Al observarlo en esos casos, me ocurría muchas veces pensar en la antigua filosofía del alma doble, y me divertía con la idea de un doble Dupin: el creador y el analista.

No se suponga, por lo que llevo dicho, que estoy circunstanciando algún misterio o escribiendo una novela. Lo que he referido de mi amigo francés era tan solo el producto de una inteligencia excitada o quizá enferma. Pero el carácter de sus observaciones en el curso de esos períodos se apreciará con más claridad mediante un ejemplo.

Errábamos una noche por una larga y sucia calle, en la vecindad del Palais Royal. Sumergidos en nuestras meditaciones, no habíamos pronunciado una sola sílaba durante un cuarto de hora por lo menos. Bruscamente, Dupin pronunció estas palabras:

—Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés.

—No cabe duda —repuse inconscientemente, sin advertir (pues tan absorto había estado en mis reflexiones) la extraordinaria forma en que Dupin coincidía con mis pensamientos. Pero, un instante después, me di cuenta y me sentí profundamente asombrado.

—Dupin —dije gravemente—, esto va más allá de mi comprensión. Le confieso sin rodeos que estoy atónito y que apenas puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que haya sabido que yo estaba pensando en...?

Aquí me detuve, para asegurarme sin lugar a dudas de si realmente sabía en quién estaba yo pensando.

—En Chantilly —dijo Dupin—. ¿Por qué se interrumpe? Estaba usted diciéndose que su pequeña estatura le veda los papeles trágicos.

Tal era, exactamente, el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex remendón de la rue Saint-Denis que, apasionado por el teatro, había encarnado el papel de Jerjes en la tragedia homónima de Crébillon, logrando tan solo que la gente se burlara de él.

—En nombre del cielo —exclamé—, dígame cuál es el método... si es que hay un método... que le ha permitido leer en lo más profundo de mí.

En realidad, me sentía aún más asombrado de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—El frutero —replicó mi amigo— fue quien lo llevó a la conclusión de que el remendón de suelas no tenía estatura suficiente para Jerjes et id genus omne.

—¡El frutero! ¡Me asombra usted! No conozco ningún frutero.

—El hombre que tropezó con usted cuando entrábamos en esta calle... hará un cuarto de hora.

Recordé entonces que un frutero, que llevaba sobre la cabeza una gran cesta de manzanas, había estado a punto de derribarme accidentalmente cuando pasábamos de la rue C... a la que recorríamos ahora. Pero me era imposible comprender qué tenía eso que ver con Chantilly.

—Se lo explicaré —me dijo Dupin, en quien no había la menor partícula de charlatanerie— y, para que pueda comprender claramente, remontaremos primero el curso de sus reflexiones desde el momento en que le hablé hasta el de su choque con el frutero en cuestión. Los eslabones principales de la cadena son los siguientes: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro, la estereotomía, el pavimento, el frutero.

Pocas personas hay que, en algún momento de su vida, no se hayan entretenido en remontar el curso de las ideas mediante las cuales han llegado a alguna conclusión. Con frecuencia, esta tarea está llena de interés, y aquel que la emprende se queda asombrado por la distancia aparentemente ilimitada e inconexa entre el punto de partida y el de llegada.

¡Cuál habrá sido entonces mi asombro al oír las palabras que acababa de pronunciar Dupin y reconocer que correspondían a la verdad!

—Si no me equivoco —continuó él—, habíamos estado hablando de caballos justamente al abandonar la rue C... Este fue nuestro último tema de conversación. Cuando cruzábamos hacia esta calle, un frutero que traía una gran canasta en la cabeza pasó rápidamente a nuestro lado y le empujó a usted contra una pila de adoquines correspondiente a un pedazo de la calle en reparación. 

»
Usted pisó una de las piedras sueltas, resbaló, torciéndose ligeramente el tobillo; mostró enojo o malhumor, murmuró algunas palabras, se volvió para mirar la pila de adoquines y siguió andando en silencio. Yo no estaba especialmente atento a sus actos, pero en los últimos tiempos la observación se ha convertido para mí en una necesidad.

»Mantuvo usted los ojos clavados en el suelo, observando con aire quisquilloso los agujeros y los surcos del pavimento (por lo cual comprendí que seguía pensando en las piedras), hasta que llegamos al pequeño pasaje llamado Lamartine, que con fines experimentales ha sido pavimentado con bloques ensamblados y remachados. 

»Aquí su rostro se animó y, al notar que sus labios se movían, no tuve dudas de que murmuraba la palabra “estereotomía”, término que se ha aplicado pretenciosamente a esta clase de pavimento. Sabía que para usted sería imposible decir “estereotomía” sin verse llevado a pensar en átomos y pasar de ahí a las teorías de Epicuro; ahora bien, cuando discutimos no hace mucho este tema, recuerdo haberle hecho notar de qué curiosa manera —por lo demás desconocida— las vagas conjeturas de aquel noble griego se han visto confirmadas en la reciente cosmogonía de las nebulosas; comprendí, por tanto, que usted no dejaría de alzar los ojos hacia la gran nebulosa de Orión, y estaba seguro de que lo haría. 

»Efectivamente, miró usted hacia lo alto y me sentí seguro de haber seguido correctamente sus pasos hasta ese momento. Pero en la amarga crítica a Chantilly que apareció en el Musée de ayer, el escritor satírico hace algunas penosas alusiones al cambio de nombre del remendón antes de calzar los coturnos, y cita un verso latino sobre el cual hemos hablado muchas veces. Me refiero al verso:

Perdidit antiquum litera prima sonum.


»Le dije a usted que se refería a Orión, que en un tiempo se escribió Urión; y dada cierta acritud que se mezcló en aquella discusión, estaba seguro de que usted no la había olvidado. Era claro, pues, que no dejaría de combinar las dos ideas de Orión y Chantilly. Que así lo hizo, lo supe por la sonrisa que pasó por sus labios. 

»Pensaba usted en la inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento había caminado algo encorvado, pero de pronto le vi erguirse en toda su estatura. Me sentí seguro de que estaba pensando en la diminuta figura de Chantilly. Y en este punto interrumpí sus meditaciones para hacerle notar que, en efecto, el tal Chantilly era muy pequeño y que estaría mejor en el Théâtre des Variétés. 

 

(CONTINUARÁ...) 

 


Vera la Vagabunda - Margaret Atwood

Vera era una niña vivaz de cabellos volubles y verdes ojos. Al venir a la vida, a sus valientes y bondadosos padres se los llevó volando un violento vendaval.

Voluntariosa, Vera viajó aquí y viajó allá. Llevaba un viejo vestido muy voluminoso y cavilaba sobre si volvería a verlos.

«Volved, volved, volando en avión o navegando en velero», se desvivía.

Un día vislumbró en la vía un aviso que decía: SE BUSCA (nadie lo había revisado y había varias barbaridades). Vera vio:

"Se Vusca. Birujo el Brujo y su vil Varita del Viento. Causa de Vendavales y Ventoleras. Vivo o Muerto"

—Vaya —aventuró Vera—. ¿Vendavales? ¿Ventoleras?

A veces, si le entraba hambre, Vera revolvía en la basura de un bar que vendía verduras y víveres en estado vomitivo y vertían en un cubo las sobras. Ella las devoraba sin vergüenza.

Una vez, a la vuelta del bar, Vera se volvió al percibir una voz débil y vacilante.

—Una verdurita, por voluntad.

—¿Eres un tejón, por ventura? —vaticinó Vera.

—Qué va. Soy una marmota verdadera.

—¡Pero si las marmotas comen madera!

—Esas verduras son igual de duras.

Vera le dio una vulgar endivia babeada. —¡Vaya! —vaciló la marmota—. Bueno, las he visto más viles.

—Vámonos —bramó Vera, y se desvanecieron en las sombras, cabizbajas. Convinieron conversar en voz baja para evitar que los del bar las vieran y buscaran venderles las sobras vomitivas que habían vertido en el cubo de basura.

—¿Por qué has venido a este pueblo en vez de vivir en el bosque? —buscó saber Vera.

—En el bosque había víboras y lobos. Era verdaderamente bestial. Quise ver qué vida había más allá y me vine, pero he visto que aquí en el pueblo abundan los buitres, los vampiros, los vendedores y bastantes bestias más. Varias veces me he visto en apuros.

—Eres bonito y valeroso —dijo Vera mientras vagaban por barrios vandalizados, entre bolsas de basura avivadas por el viento—. Voy a llamarte Valentín.

—Vale, vale —vociferó la marmota, saltando al interior del viejo y voluminoso abrigo de Vera.

Era viernes cuando Vera y Valentín vagaban voluntariosos por la vía y avistaron el vagón de una carreta tirada por varios caballos veloces. En un lado se veía biselado con verbo verde muy vivo y cursivo:

"Viuda Verruga. Lavandería Vintage" 

Vieron que los observaba una vieja con una nariz voluminosa, un ojo vago de vista vacía, varias verrugas no muy bonitas y cejas de vetusto líder soviético. Vestía un abrigo abultado a prueba de bomba y botas de lluvia rellenas con viejas vendas y virutas de papel de envolver. En una mano venosa llevaba un látigo de vértigo.

—¿Por qué vagas cabizbaja por entre los cubos de basura? —berreó la viuda Verruga.

—A mis valientes y bondadosos padres se los llevó volando un violento vendaval —la informó Vera. En el interior de su voluminoso abrigo, Valentín observaba ojo avizor.

—¡Una vagabunda! ¡Pues aviada vas! ¡Ven con la viuda Verruga! —rebufó la vieja, y la subió al vagón sin que Vera pudiera decirle: «¡Ni hablar!».

La viuda Verruga embutió a Vera en una banasta, y con su látigo de vértigo avivó a los caballos, que avanzaron a toda velocidad. —¡Vuelva!

¡Vuelva! —bramó Vera, pero la viuda Verruga no vaciló—. Valentín, ¿qué vamos a hacer? —dijo en voz baja.

—He vivido peores vicisitudes —bisbiseó Valentín, sobrado.

Vera observó por un agujero de la banasta. Abandonaron la vía, el barrio y el vecindario, y ahora vagaban por un bosque donde los vientos bramaban y los lobos los imitaban. Se aventuraron por un verdadero vergel de violetas y verónicas y aroma a vainilla.

Por fin, atravesaron una verja y avanzaron veloces por una vía sobre la que era visible: "Viuda Verruga y su lavandería vintage. Lava y lava, más blanco que el blanco".

—¡BASTA! —bramó la viuda Verruga, y los caballos, reventados, se detuvieron—. Bienvenida a mi lavandería vintage, Vera.

Y la lanzó por un tobogán por el que Vera bajó a velocidad vertiginosa. Al fin se vio cubierta de agua enjabonada en una habitación desvencijada con una sola ventanita.

—¡Vaya con la vieja! —bramó Vera.

—Vaya, vaya —corroboró Valentín, a quien Verruga no había visto porque se ocultaba en el interior del voluminoso abrigo de Vera.

—Valentín, estoy bien agobiada. No vaticino nada bueno para nuestro bienestar. —Pero Valentín, abrumado, no la escuchaba.

Mientras Vera se lamentaba y desvivía bajo la ventanita, el viento soplaba y la Luna brillaba. Se vio vencida por el sueño y no pudo conservar la vigilia.

Cuando volvió a abrir los ojos, la avivó el barullo de las aves del bosque y el vergel tras la verja. Se encontraba abrumada.

—¿Dónde estoy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?

—De lo demás tú verás, pero estás en la lavandería vintage de la vieja Verruga. —Vio que varias voces la avisaban.

¡Vaya sobresalto! Resultaba que la vieja habitación no estaba tan vacía.

—¿Quiénes sois vosotros? ¿De qué vais? —preguntó a los tres niños que la observaban vacilantes.

—Somos Vernon, Virgil y Victor, vagabundos —vociferaron a la vez y a una voz.

Vera, boquiabierta, oyó que a los padres valientes y bondadosos de los tres se los había llevado volando un violento vendaval, y que la vieja Verruga los había volcado en su tobogán vertiginoso.

—Vaya con la vieja —volvió a bramar Vera.

La puerta se abrió con revuelo, y allí estaba la viuda Verruga, alzando al vuelo su látigo en dibujos vertiginosos.

—¡Basta de berrear, vulgares vagabundos, y a trabajar! —vociferó.

—No te muevas —avisó Vera al bulto que se agitaba en el bolsillo de su voluminoso abrigo. La marmota evitó los movimientos bruscos.

Vera vio que en las paredes había vistosos dibujos de avispas, vacas, aves, víboras y venados. La vieja les sirvió varias viandas robadas del vertedero, como vejiga de vencejo, varitas de gaviota, bananas con puré de verduras, babosa invertebrada en vinagre, y un buen vaso de un brebaje verdoso con sabor a las violetas del vergel y vestigios de vainilla.

Ni bien acabaron, la vieja Verruga los obligó a trabajar y trabajar lavando vestidos y bufandas y abrigos reversibles y levitas en las voluminosas bañeras de agua jabonosa de la lavandería vintage. 

No paraban hasta que el agua los calaba y caían reventados de lavar y lavar más blanco que el blanco, y entonces debían ir a verter barriles de agua jabonosa y volver a buscar agua limpia, doblar los vestidos para hacerlos agradables a la vista y devolverlos a sus bolsas vacías. Era brutal.

—¡Trabajad, vagos! —bramaba la vieja Verruga, que a veces asomaba el látigo al vuelo por la ventanita—. ¡Dejad los blancos más blancos que el blanco u os daré un varapalo! —Y les daba con una vara y un bastón en los brazos mientras ellos lloraban y lloraban. Vera acababa verdaderamente vapuleada.

De noche volvían a recibir víveres y viandas de bajo valor nutritivo, y de nuevo a la habitación desvencijada con la ventanita, y vuelta a empezar.

—Es una vieja vacaburra —berreó Vernon.

—Una víbora —abundó Virgil—. ¡Voto a bríos!

—¿Será una vampira? —vaciló Victor, que vomitaba bilis.

—Vale, vale, pero lávate bien la boca —volvió Virgil.

—Bueno. —Victor babeó avergonzado.

—Es vil y avariciosa —Vernon vilipendió a la vieja—. Y avara: tiene una verdadera fortuna en billetes y bonos del Estado. ¡A ver!, como no abona sueldos… Nos envenena a base de varitas de babosa invertebrada, nos conserva reventados y debilitados de alivio, y ella devora vieiras y caviar en valiosa vajilla de Sèvres, servidos con buenos vinos de uvas variopintas.

—¡Esas verduras vencidas suyas que nos da sí que son vintage! —Virgil avivó la invectiva—. Nunca vamos a volver a la civilización, al pueblo, al barrio. Habría que atravesar la verja, el vergel y el bosque atiborrado de lobos salvajes.

—Barrunto que en verdad no es una vulgar vieja. ¡Es una bruja! —caviló Vera.

—Vas por buena vía. —Valentín, la marmota, asomó la cabeza por el bolsillo del voluminoso abrigo de Vera, tenía los bigotes cubiertos de polvo (Valentín, no Vera).

—¡Valentín! —se asombró Vera—. ¡Has vuelto! ¿Con qué has estado bregando? ¿Qué es de tu vida?

Valentín abrió la boca y mostró bien los incisivos.

—Si en una cosa somos virgueras las marmotas es en cavar.

—¿Has cavado un buen túnel para huir a toda velocidad? ¡Qué buena nueva! —se maravilló Vera.

—La verdad, he visto nuevas mucho más buenas —reveló Valentín.

—¡Marmota valerosa, bienvenida! —convinieron a la vez Vernon, Virgil y Victor.

—La verdad —dijo Valentín—, esta lavandería vintage no me convencía. Y la vieja Verruga es una babosa.

Antes de salir volando, los vagabundos trabaron la puerta con una vara que Valentín había roído; así, la vieja Verruga no vería que no estaban. O eso esperaban.

Se abrieron paso bajo tierra por el hoyo cavado por Valentín en el barro, hasta acabar bajo la verja, al otro lado.

—¡VIVA! —vitoreó Victor cuando la hubo atravesado.

—Vigilemos por si las moscas —avisó Virgil.

—Si vemos el vagón, debemos robarlo —caviló Victor, que bebía los vientos por los caballos.

—Y si yo tuviese alas volaría —valoró Vernon. —Si yo tuviese un avión, también volaría —convino Virgil.

—Si yo tuviese una bazuca, lo volaría todo —aventuró Vera.

—Qué bestia —rio Valentín.

Se abrieron paso por entre el barro del vergel, pero al alcanzar un árbol vieron dos eventos notables.

La viuda Verruga pasó en su vagón, avivando a los caballos, que casi volaban de tan veloces que iban.

Y los lobos salvajes vinieron del bosque.

—¡Pero bueno! —bramó Vernon, al borde del llanto—. Ya barruntaba yo que estamos acabados.

—Voy a hablar con los lobos —dijo Valentín—. Son salvajes pero sabios y valoran la libertad.

—Y se ventilan a las marmotas en un abrir y cerrar de boca —le avisó Victor.

—No si al hablarles usas su palabra clave. He vivido en el bosque y los he vigilado. Sus aullidos, llevados por el viento, volaban por entre el aire viciado y acababan en mis oídos avizores.

Y así, Valentín fue a hablar, valeroso, con el lobo más viejo y sabio, que movió el bigote, conmovedor.

—La viuda Verruga no es buena —valoró—. La verdad, hay quienes darían la vida por verla en la tumba. Nos vino a vender que le abriéramos paso en el bosque a cambio de sabrosas viandas como caviar del Caspio y vino del bueno, pero no ha validado sus bravatas. ¡Y cómo abusa de los vagabundos! No tiene vergüenza. La abatiremos a bofetadas.

Pero el vagón desbocado los había alcanzado.

—¡A un lado, lobos volubles! —bramó la viuda Verruga. Los caballos bufaban, reventados—. ¡Y vosotros, vagabundos, al vagón u os vareo! ¡No os conviene desobedecer!

Los lobos se volvieron hacia el vagón y se percibió un violento revuelo. Se abalanzaron salivando sobre la vieja y la sostuvieron por los brazos. Ella blandió su látigo, se liberó y corrió hacia la verja con los lobos a su vera, aullando a todo volumen. Una vez la alcanzaron, por suerte poco vieron los vagabundos de la brutal venganza de los lobos salvajes.

Apenas que su abrigo abultado se abría y sus botas de lluvia salían volando y… por fin, la vieja quedó como vino al mundo, y Vera, boquiabierta, vio que no era una viuda, ni siquiera una vieja: ¡la viuda Verruga era un hombre!, lleno de vello abundante y varonil.

—Vaya, vaya —observó el lobo más viejo, que había visto el aviso de SE BUSCA—. ¡Si es el brujo Birujo, dueño de la vil varita del viento, causa de vendavales y ventoleras, vestido de vieja lavandera como un cobarde! ¡El brujo avejentado que una vez hizo que el viento nos volara los bisoñés!

—Avejentado, sí, pero a veces peligroso —se avanzó el brujo, aunque avergonzado por haber quedado al descubierto (en varios sentidos).

—Sí, bueno, ya ves qué miedo —se burló el lobo viejo—. Vigilad con el látigo, en verdad es su varita —avisó a los valientes vagabundos, y volvió a Birujo—. Se ve que en vez de caviar del Caspio y vino del bueno, hemos obtenido bistecs de brujo —bromeó, babeando.

—¡Vale ya! —bramó el brujo Birujo—. ¡Ved qué invitación más ventajosa, ventajosa y vinculante! ¡Devorad a esos desvergonzados vagabundos y a la malvada marmota y os obsequiaré con viandas como nunca habéis visto o saboreado! ¡Vaca! ¡Vicuñas! ¡Bivalvos!

—O te devoramos a ti —le devolvió el lobo viejo—. Como vosotros veáis —avisó a los vagabundos—. Obedeceremos vuestra voluntad.

—¡Nuestro verdadero deseo es ver de nuevo a nuestros sabios y bondadosos padres, desvanecidos por este brujo en diversos vendavales! —vociferó Vera—. ¡Nos volvió vagabundos para obligarnos a trabajar en su lavandería vintage toda la vida!

—Ya basta de vareos y vapuleos —convino Vernon.

—Y basta de lavar y lavar —abundó Virgil.

—Y liberad a los caballitos del vagón —abogó Victor.

—¿Y bien? —bramó el lobo viejo al brujo Birujo—. ¿Haces volver los vendavales o te hacemos una lobo-tomía?

El brujo supo ver que lo habían vencido. Hizo vibrar su látigo que en verdad era una varita, lo alzó en volandas y le dio vueltas y vueltas en el vacío…

… hasta que entre volutas de nubes y vientos revueltos volvieron a revelarse los individuos varios que se habían desvanecido.

—¡Vera! ¡Vernon! ¡Victor! ¡Virgil! —balaron, conmovidos.

—¡BIEEEN! ¡BRAVO, BRAVO! —celebraron los vagabundos.

—Valentín, eres voluptuoso y salvavidas. —Vera abrazó a la veleidosa marmota. Los caballos vitorearon y los lobos hicieron varias volteretas.

—Bien está lo que bien acaba —valoró el lobo viejo.

—He visto celebraciones más vistosas —balbució Valentín.

—Bueno, volvamos a nuestras vidas de antes del vendaval —invitaron las sabias y valientes madres de los previamente vagabundos—. Nos ventilaremos varios volovanes de avellana.

—Servidos con un buen vino —bisbisearon los padres.

Los lobos celebraron el evento devorando todas las viandas del brujo Birujo.

Los caballitos se fueron a vivir con Victor.

Valentín visita a Vera cada viernes en la ventana de su habitación. Ha hecho buenas migas con la madre de Vera, que le ha obsequiado con un abrigo viejo pero también voluminoso.

Al brujo Birujo los lobos le arrebataron la varita y la abandonaron en el vergel, entre las violetas y las verónicas. Lo obligaron a volver a la lavandería vintage de la viuda Verruga…

… donde hubo de vivir y laborar entre barriles y baldes de agua jabonosa mientras lavaba incansable más blanco que el blanco.


El monje negro - Anton Chéjov (Parte 1)

1

Andrei Vasilievich Kovrin, Magíster, estaba agotado, tenía los nervios deshechos. No hacía nada por seguir el tratamiento médico. Algunas veces, mientras tomaba una copa con su amigo el doctor, este le aconsejaba pasar una temporada en el campo, mejor dicho, toda la primavera y el verano, pero Andrei nunca le hacía caso. Pocos días después, recibió una extensa carta de Tania Pesotski, que le invitaba a pasar unos días en la casa de su padre en Borisovka. Kovrin decidió ir.

Pero antes de hacerlo –era el mes de abril– se marchó a su tierra nativa, Kovrinka, y pasó allí tres semanas en absoluta soledad. Cuando llegó el buen tiempo, se dirigió a la casa de campo de su antiguo tutor y pariente, Pesotski, el famoso horticultor ruso. Desde Kovrinka a Borisovka había una distancia de unos setenta y cuatro kilómetros, y el viaje en la magnífica y cómoda calesa a lo largo de aquellos caminos, tan excelentes durante la primavera, prometía ser muy placentero.

La casa de Pesotski, en Borisovka, era muy grande, con una fachada repleta de columnas y adornada con esculturas de leones, a las que se les estaba cayendo el estuco. En la entrada principal había un sirviente de librea. El viejo parque, lúgubre y oscuro, era de estilo inglés, y se extendía desde la mansión hasta el río en una distancia de un kilómetro, donde terminaba en un talud arcilloso cubierto de pinos, cuyas raíces desnudas parecían garras peludas. 

Más abajo se deslizaba un arroyuelo solitario, y el murmullo de sus aguas rivalizaba con el trinar de los pájaros. En una palabra, todo invitaba al visitante a sentarse y escribir una balada. Pero los jardines y los huertos, que junto con los viveros ocupaban una extensión de unos ochenta acres, inspiraban sensaciones muy distintas. Incluso durante el mal tiempo eran esplendorosos y alegres. Aquellas hermosas rosas, los lirios, camelias, tulipanes y tantas plantas floridas de toda clase y colores nunca habían sido contempladas por los ojos de Kovrin. 

La primavera acababa de comenzar, y las variedades de flores exóticas aún estaban protegidas por campanas de cristal, pero a simple vista se veía que pronto brotarían por todas partes, formando un imperio de delicadas sombras. Pero lo más encantador de todo este esplendoroso cuadro era contemplar, en las primeras horas de la mañana, las gotas cristalinas de rocío sobre los pétalos y hojas de aquella exuberante vegetación.

Durante su infancia la parte decorativa del jardín, llamada despectivamente por Pesotski «el estercolero», había producido en Kovrin una impresión fabulosa. ¡Cuántos milagros de arte, cuántas estudiadas monstruosidades, cuántas burlas de la Naturaleza! Los espalderos de árboles frutales, ese peral que parecía un álamo de forma piramidal, aquellas encinas y tilos de abundante follaje, las bóvedas formadas por los manzanos, todo tenía el sello característico del dominio de la floricultura de que hacía gala su amigo Pesotski; incluso en los ciruelos estaba grabada la fecha 1862, para conmemorar el año en que su amigo se consagró al arte del cultivo de plantas y flores. 

Había también unas hileras de árboles erectos, simétricos, cuyos troncos se alzaban verticales como palmeras, pero que, vistos de cerca, resultaban ser árboles vulgares. Pero lo que más alegría y vida daba a los jardines y huertos era el constante quehacer de los jardineros de Pesotski. Desde el alba hasta la puesta del sol, aquellos hombres parecían infatigables y activas hormigas, trabajando entre los árboles, arbustos y planteles, unos regando, otros excavando la tierra, otros sembrando.

Kovrin llegó a Borisovka a las nueve. Encontró a Tania y a su padre muy alarmados. Aquella noche clara y estrellada predecía que habría una helada, y el jefe de los jardineros, Iván Karlich, se había ido al pueblo, por lo que no tenían a ningún responsable en quien confiar. Durante la cena sólo se habló de la inminente helada; y se decidió que Tania no se acostaría, sino que permanecería despierta hasta la una de la madrugada. Iría a inspeccionar los jardines para ver si todo estaba en orden, mientras que Igor Semionovich, por su parte, se levantaría a las tres de la madrugada o quizá aún más temprano.

Kovrin estuvo con Tania toda la noche, y al llegar las doce, la acompañó al jardín. El aire tenía un olor muy fuerte, como si estuviera ardiendo. En el huerto más grande, llamado «huerta comercial», ya que cada año producía millares de rublos de beneficios a Igor Semionovich, había una fina y negra capa de estiércol que cubría todas las hojas jóvenes, con el fin de salvar las plantas. 

Los árboles estaban alineados como jugadores de ajedrez en rectas hileras, como filas de soldados; y esta pedante regularidad, junto con el peso de la uniformidad, hacía parecer monótono y fastidioso al jardín. Kovrin y Tania se movían de un lado para otro, arriba y abajo, por los senderos y por todos los vericuetos del jardín, comprobando el buen estado del estiércol, las pajas y las coberturas de parihuelas. 

En raras ocasiones se encontraron con los trabajadores, que se movían como sombras entre aquella humareda. Sólo los cerezos, los ciruelos y algunos manzanos estaban floreciendo, pero el jardín entero se hallaba envuelto en aquella densa humareda producida por el estiércol fermentado, causa por la cual Kovrin sólo se halló en condiciones de poder respirar aire puro al llegar a los viveros.

–Me acuerdo de que, cuando era niño –dijo Kovrin–, siempre me hacía estornudar el humo, pero no comprendo cómo puede salvar a las plantas de la helada.

–El humo es un buen sustituto cuando no hay nubes –respondió Tania.

–¿Para qué quiere las nubes?

–Cuando el tiempo es nuboso y suave no se producen las heladas mañaneras.

–¿Es cierto eso?

Kovrin se echó a reír y cogió de la mano a Tania. Su rostro serio, frío; sus finas y negras cejas; el rígido cuello de su chaqueta, que le dificultaba girar la cabeza; su vestido bien arropado para defenderse del helado rocío; y toda su figura, esbelta y ligera le agradaban mucho.

–¡Santo cielo, cuánto ha crecido esta criatura! –dijo Kovrin–. La última vez que estuve aquí, hace unos cinco años, era usted aún una niña. Era delgada, de piernas largas y desaliñada, y yo siempre me estaba metiendo con usted. ¡Cuánto cambió en cinco años!

–Sí, cinco años –repitió Tania–. ¡Muchas cosas han pasado desde entonces! Dígame con sinceridad, Andrei –continuó ella, mirándole burlonamente–, ¿cree que durante todos estos cinco años se ha olvidado de nosotros? No sé cómo me he atrevido a hacerle esta pregunta. Además, después de todo, usted es un hombre libre de hacer lo que quiera, de llevar la vida que desee. Sí, tiene que ser de este modo; es natural. Pero, de todas formas, quiero que sepa una cosa: hayan cambiado o no sus relaciones con mi familia con el paso de los años, en esta casa se le considera como un miembro más. Tenemos derecho a ello.

–Estoy completamente convencido de que así me consideran, Tania –respondió Kovrin.

–¿Palabra de honor?

–Palabra de honor.

–Antes me di cuenta de que se sorprendió al ver tantas fotografías suyas en nuestro hogar –prosiguió Tania–. Sin embargo, bien sabe cuánto le adora mi padre, cuánto le estima. Usted es un erudito, no un hombre vulgar y corriente. Sí, se ha labrado una brillante carrera. Pues bien, mi padre cree que a él le debe usted su triunfo. ¡Deje que siga creyéndolo!

Empezaba a amanecer. Cambió la tonalidad del cielo, y el follaje y las nubes comenzaron a mostrarse cada vez más claros. Los ruiseñores empezaron a cantar y procedente de los campos llegó el grito de las codornices.

–Ya es hora de irnos a la cama –dijo Tania–. Además, también hace mucho frío.

Luego se acercó a Kovrin, le cogió la mano y dijo:

–Gracias, Andrei, por haber venido. En este lugar no estamos acostumbrados a los grandes sucesos. Aquí la vida transcurre apacible y monótonamente, sin ningún acontecimiento descollante. Siempre los jardines, sólo los jardines y nada más que jardines. Sí, una existencia muy monótona. Bosques, madera, camuesas, cardos lecheros, esquejes, podar, hacer injertos, trasplantar... Toda nuestra vida se limita a esto, ni siquiera soñamos con otra cosa que no sea manzanas y peras. Desde luego, todo esto es muy útil y muy bueno, pero algunas veces no puedo resistir la tentación de desear un cambio en mi vida. Recuerdo aquella época en que usted solía visitarnos, cuando venía a pasar aquí las vacaciones, cómo cambiaba toda la casa; parecía más fresca, más alegre, como si alguien hubiese quitado las telas que cubrían los muebles. Yo era entonces una niña, pero comprendía...

Tania siguió hablando durante cierto tiempo, expresando sus sentimientos y recuerdos. De repente a la mente de Kovrin vino la idea de que era muy posible que durante aquel verano se sentiría tan atraído hacia aquella criatura vivaraz y parlanchina, que podía llegar a enamorarse de ella. Dadas las circunstancias, nada más natural y posible. Aquel pensamiento le agradó y divirtió, y mientras dirigía su mirada hacia Tania, a su mente acudieron aquellos versos de Pushkin:


                        Oniegin, no ocultaré
                   que amo a Tatiana locamente


Cuando llegaron a la mansión, Igor Semionovich ya se había levantado. Kovrin no sentía ningún deseo de dormir; se puso a hablar con el anciano, y volvió con él al jardín. Igor Semionovich era alto, ancho de hombros y grueso. Padecía de dificultad respiratoria, y sin embargo, caminaba a un paso tan rápido, que era difícil seguirle de cerca. La expresión de su rostro era siempre la de un hombre preocupado, como si pensase que de retrasarse un minuto en hacer las cosas, todo el mundo se vendría abajo.

–Y ahora, hermano, le voy a revelar un misterio –dijo Igor, deteniéndose para recuperar el aliento–. En la superficie de la tierra, como puede ver, hay escarcha, está helada, pero eleve el termómetro unas yardas y verá que hay calor... ¿A qué se debe este misterio?

–Confieso que no lo sé –dijo Kovrin, riendo.

–¡No! Usted no puede saberlo todo. El cerebro más privilegiado de todo el mundo no puede comprender todo. ¿Todavía sigue estudiando filosofía?

–Sí –respondió Kovrin–; siempre estoy estudiando filosofía y psicología.

–¿Y no se aburre?

–Al contrario, no puedo vivir sin ello.

–Alabado sea Dios –respondió Semionovich, mientras se retorcía las puntas de su poblado bigote–. Alabado sea Dios; sí, todo eso le será útil en la vida... Me alegro mucho, hermano, muchísimo...

De repente se calló y se puso a escuchar. Sus facciones se endurecieron, echó a correr por el sendero y pronto desapareció entre los árboles, en medio de una nube de polvo y arena.

–¿Quién ha sido el que ha trabado este caballo al árbol? –gritó con voz desesperada–. ¿Quién de ustedes, ladrones y asesinos, se atrevió a atar este caballo al manzano? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Arruinado, destruido, estropeado! ¡El jardín está arruinado, el jardín está destruido! ¡Oh, Dios mío!

Cuando regresó junto a Kovrin, su rostro reflejaba una expresión de lástima e impotencia.

–¿Qué se puede hacer con esta clase de gente? –le preguntó a Kovrin con voz quejumbrosa, mientras se retorcía las manos–. Anoche Stepka trajo una carga de abono y dejó atado al pobre animal al árbol. Y lo ató con tanta fuerza que ha producido unos daños irreparables en la corteza del manzano. ¿Qué se puede hacer con hombres de esta calaña? Acabo de hablarle y se ha limitado a bajar los ojos a tierra, igual que un estúpido. ¡Este miserable debería ser ahorcado!

Cuando al fin se calmó, abrazó a Kovrin y le besó en la mejilla.

–Bueno, ¡bendito sea Dios...! ¡Bendito sea Dios! –murmuró–. Me alegro de que haya llegado, hermano Kovrin. No tengo palabras para expresarle lo contento que estoy porque vino a vernos, gracias.

Luego, con la misma expresión ansiosa, y caminando con paso rápido, se puso a dar vueltas por todo el jardín, enseñando a Kovrin los naranjos, los viveros de temperatura constante, los cobertizos y dos colmenas a las que describió como el milagro del siglo.

A medida que caminaban, el sol empezó a despuntar, iluminando el jardín y calentando la tierra y el aire. Cuando Kovrin pensó que si aquel hermoso sol se mostraba ya a principios de la primavera, dedujo los numerosos días soleados y felices que le esperaban durante todo un largo verano. Y de repente experimentó la misma alegría y felicidad que sintiera durante su infancia en aquel jardín. 

Entonces se sintió dominado por una profunda emoción y abrazó al anciano, besándole con ternura. Ambos se dirigieron a la casa y tomaron té en antiguas tazas de porcelana de China, además de galletas y crema; y esto también le recordó a Kovrin sus días de infancia y juventud. Durante aquel pequeño ágape, las reminiscencias brotaron en la mente de ambos hombres, y un sentimiento de intensa felicidad inundó sus corazones.

Esperó a que Tania se despertase, y después de tomar café con ella, se fue a pasear al jardín. Luego se dirigió a su habitación y se puso a trabajar. Leyó con atención, tomando notas de todo lo que creía importante. Sólo levantaba la vista cuando creía sentir la necesidad de mirar a través de la ventana o contemplar las rosas, frescas aún por el rocío, colocadas en un florero sobre su mesa. Kovrin creyó sentir por un instante que todas las venas de su cuerpo temblaban de alegría.

II

Pero en el campo, Kovrin siguió con aquella nerviosa e intranquila vida que había llevado en la ciudad. Leía y escribía mucho, estudió lengua italiana, y cuando salía a dar un paseo, al rato ya pensaba en regresar y ponerse a trabajar. Dormía tan poco que todo el mundo en la casa estaba desconcertado; si alguna vez, por pura casualidad, descansaba media hora durante el día, por la noche no podía hacerlo. Sin embargo, al día siguiente de estas involuntarias vigilias, se sentía alegre y dinámico.

Hablaba mucho, bebía vino y fumaba caros puros. A menudo, casi todos los días, algunas muchachas de las casas de los alrededores venían a la mansión de Vasilievich, tocaban el piano con Tania y cantaban. Algunas veces también venía un vecino, un hombre joven, quien tocaba muy bien el violín. Kovrin oía con agrado su música y canciones, pero había llegado a un extremo en que todo aquello le abrumaba; tanto, que algunas veces sus ojos se cerraban involuntariamente, adormilándose.

Una tarde, después de la hora del té, se sentó en la terraza para dedicarse a la lectura. Mientras, en el salón, Tania, una amiga soprano, otra contralto y el ya citado violinista, ensayaban la conocida serenata de Braga. Kovrin atendió a la letra, y aunque esta era en ruso, no logró entender su significado. Al final dejó el libro, se puso a escuchar con atención y logró comprenderla. 

Una chica de imaginación febril oyó durante la noche unos sonidos misteriosos en su jardín; un sonido tan maravilloso y extraño que se vio forzada a admitir su armonía y «santidad», que para nosotros los mortales son incomprensibles; luego aquellos sones se elevaron al cielo, desapareciendo. Kovrin despertó. Se dirigió al salón y luego al vestíbulo, donde comenzó a pasearse.

Cuando cesó la música, cogió de la mano a Tania y la llevó a la terraza.

–Durante todo el día –le dijo Kovrin– he tenido metida en la cabeza una extraña leyenda. No sé si la he leído o se la he escuchado contar a alguien; no lo recuerdo. Se trata de una leyenda muy curiosa, aunque no muy coherente. Antes de contársela, quiero advertirle de que no está muy clara. Hace mil años, un monje, vestido de negro, erraba por unos parajes solitarios, no sé si en Siria o en Arabia. A unas millas de distancia de aquel lugar unos pescadores vieron a otro monje negro caminando lentamente sobre la superficie del agua de un lago. El segundo monje era un espejismo. 

-Tenga usted en cuenta que las leyendas prescinden de las leyes de la óptica, como es lógico, y escuche lo que viene a continuación. Del primer espejismo se produjo otro espejismo; del segundo espejismo se produjo un tercero, de forma que la imagen del Monje Negro se refleja eternamente desde un estrato de la atmósfera a otro. En cierta ocasión fue visto en África, luego en la India, en otra ocasión en España, luego en el extremo norte. Al fin, se eclipsó de la atmósfera de la Tierra, pero nunca se presentaron las condiciones necesarias como para que desapareciera del todo. 

-Quizá hoy sea visto en Marte o en la constelación de la Cruz del Sur. Ahora bien, la esencia de todo esto, su verdadero meollo, por emplear esta palabra vulgar, radica en una profecía que sostiene que exactamente mil años después de que el monje se retirara a aquellos parajes desiertos, el espejismo volverá a ser captado en la atmósfera de la Tierra y se mostrará a todos los hombres del mundo. Este plazo de mil años, según mis cálculos, está a punto de expirar. Según la leyenda, debemos ver al Monje Negro hoy o mañana.

–Es una historia muy extraña –dijo Tania, a quien no le había agradado.

–Pero lo más sorprendente de todo –dijo Kovrin riéndose– es que no recuerdo cómo esta leyenda se me ha metido en la cabeza. ¿La he leído? ¿Me la han contado? ¿Se trata simplemente de un sueño? No lo sé. Pero me interesa. Durante todo el día no he podido pensar en otra cosa; la tengo clavada en la mente.

Kovrin se despidió de Tania, quien regresó al salón, y salió de la casa para pasear por entre los planteles de flores del jardín, meditando sobre aquella extraña leyenda. El sol acababa de ponerse. Las flores recién regadas emanaban un fuerte y delicado aroma. En la mansión, la música había comenzado a sonar de nuevo, y a la distancia, el violín parecía producir el efecto de una voz humana. Mientras forzaba su memoria para recordar cómo había llegado a conocer aquella leyenda, Kovrin, ensimismado, paseaba por el parque, sin darse cuenta de que caminaba en dirección a la orilla del riachuelo.

Descendió por un sendero repleto de raíces al descubierto, espantando las agachadizas y poniendo en fuga a dos patos. En las ramas oscuras de los pinos se reflejaban los últimos rayos del sol. Kovrin pasó al otro lado del riachuelo. Ahora, delante de él, se extendía un hermoso y extenso campo cubierto de centeno. En todo lo que alcanzaba su vista no se veía un alma viviente; y le pareció que aquel sendero debía conducirle a una región enigmática e inexplorada donde aún quedaba el resplandor del sol.

«¡Qué lugar más tranquilo y bucólico! –pensó para sí–. Tengo la impresión de que en este instante todo el mundo me contempla desde arriba, esperando que yo descubra algo importante.»

Una ráfaga de aire dobló los tallos verdes de los centenos. De nuevo sopló el viento, pero esta vez con más fuerza, rivalizando con el suave murmullo de las hojas de los pinos. Kovrin se detuvo asombrado. En el horizonte, como un ciclón o una tromba de agua, algo negro, alto, se elevó del suelo. Sus formas eran indefinidas; pero, después de fijarse con atención en aquella cosa tan extraña, Kovrin se dio cuenta de que no estaba fija al suelo, sino que se movía a una velocidad increíble, en dirección a él. 

Y a medida que se acercaba, se hacía cada vez más y más pequeña. Involuntariamente, Kovrin se echó a un lado del sendero para dejarla pasar. Pasó ante él un monje vestido de negro, de cabellos grises y cejas negras, con las manos cruzadas sobre el pecho. Caminaba sobre el duro suelo con los pies descalzos. Una vez que se hubo alejado unos veinte metros, el monje volvió el rostro hacia Kovrin, le hizo una señal con la cabeza, y le sonrió con bondad. Su rostro delgado estaba pálido como la cera. Luego, a medida que se alejaba, empezó a aumentar de tamaño, cruzó el río caminando sin hundirse sobre su superficie, y atravesó sin ruido alguno el muro de piedra caliza, desapareciendo como el humo.

–Ahora comprendo –dijo Kovrin para sí– que la leyenda tenía su fundamento.

Regresó a la casa sin intentar siquiera explicarse este extraño fenómeno, pero vanagloriándose de haber visto no sólo sus ropas negras, sino su fino y pálido rostro, y la fija mirada de sus ojos.

En el parque y en los jardines de la mansión, los visitantes se paseaban tranquilamente; en el interior la música seguía sonando. De modo que sólo él había visto al Monje Negro. Sintió un inmenso deseo de contar a Tania y a Igor Semionovich lo que había visto con sus propios ojos, pero desistió al pensar que lo interpretarían como una alucinación. 

Se unió a aquella alegre compañía, rió, bebió y bailó una mazurca dominado por una inmensa alegría interna. Pero lo más curioso de todo fue que tanto Tania como los demás invitados creyeron ver en su rostro una expresión de éxtasis, lo que encontraron muy divertido.

III

Cuando terminó la cena y todos se hubieron marchado, subió a su habitación y se echó en el diván. Había decidido reflexionar sobre el monje, aclarar aquel extraño misterio; mas en aquel instante, Tania entró en su habitación, interrumpiendo sus proyectos.

–Aquí te traigo, Andrei –le dijo Tania–, los artículos de mi padre... Son muy interesantes. Mi padre escribe muy bien.

–¡Espléndida idea! –exclamó Igor Semionovich, que entró tras ella en la habitación de Kovrin–. Ahora bien, no le haga caso a esta bella muchacha. Aunque puede leerlos si desea dormirse: constituyen un espléndido soporífero.

–Pues según mi opinión –respondió Tania–, estos artículos son magníficos. Le agradeceré, querido Andrei, que los lea, y luego convenza a mi padre para que escriba con más frecuencia. Es capaz de escribir un tratado entero de jardinería.

Igor Semionovich se echó a reír, pero luego se disculpó amablemente, alabó las cualidades de su viejo amigo y dando la razón a su hija:

–Si desea leer esos artículos, querido Andrei –dijo Igor–, le aconsejo que comience con los documentos sobre Gauche y los artículos rusos, pues de otro modo no podrá entenderlos. Antes de precipitarse en valorar mis palabras, le aconsejo que las sopese detenidamente. Aunque no creo que le interesen. Bueno, ya es hora de irse a la cama, querida Tania, pues anoche dormiste muy poco.

Tania salió de la habitación. Igor Semionovich se sentó en un extremo del sofá y exclamó:

–Ah, hermano mío... Ve que escribo artículos, y exhibo en exposiciones e incluso a veces gano medallas... Pesotski, dicen ellos, tiene unas manzanas tan gordas como su cabeza; Pesotski ha hecho una gran fortuna con sus jardines y huertas... En una palabra: «Kochubei es rico y glorioso». Pero mucho me agradaría preguntarle cuál será el final de todo esto. No se trata de mis jardines y viveros; ya sé que son espléndidos, auténticos modelos entre todos los de la región. Aunque también debo confesar que me siento orgulloso de que sean en realidad una institución completa de gran importancia política, y otro paso hacia una nueva era en la agricultura rusa, como asimismo en su industria. Pero todo esto, ¿para qué? ¿Con qué fin? ¿Cuál es la meta final de una vida consagrada a mejorar la agricultura, las flores, las plantas, todo lo relacionado con la tierra?

–Esa pregunta tiene una respuesta muy fácil.

–No me refiero a ese sentido. Lo que quiero saber es qué ocurrirá con mis jardines el día en que muera. Tal como están las cosas, puedo asegurarle que todo se vendría abajo si algún día yo faltara. El secreto no radica en que los jardines son grandes y en que tengo muchos trabajadores bajo mis órdenes, sino en el hecho de que adoro el trabajo, ¿me comprende? Lo quiero quizá más que a mí mismo. ¡Míreme! Trabajo desde que sale el sol hasta que se pone. Todo lo hago con mis propias manos. Siembro, trasplanto, riego, hago injertos, todo está hecho por mí. Cuando alguien trata de ayudarme me siento celoso, y me vuelvo irritable hasta el extremo de parecerle rudo a muchas personas. 

-El verdadero secreto radica en el amor, en el ojo del amo que engorda al caballo, y en estar pendiente de todo y de todos. Por eso, cuando voy a visitar a un amigo y charlamos media hora ante un buen vaso de vino, mi imaginación está en los jardines, y temo que algo pueda sucederles durante mi ausencia. Suponga que me muero mañana, ¿quién se ocupará de todo esto?, ¿quién hará el trabajo? ¿Los jefes jardineros? ¿Los trabajadores? Puede usted creerme si le digo, mi querido amigo, que todas mis preocupaciones no se centran en estas personas, sino en la idea de que esto vaya a manos extrañas el día en que yo muera.

–Pero, mi querido amigo –respondió Kovrin–, está Tania; supongo que no desconfiará de ella. Ella ama y sabe llevar esta clase de trabajo.

–Sí, Tania ama y comprende este trabajo; sabe llevarlo mejor que un ingeniero agrónomo del Ministerio de Agricultura. Si después de mi muerte yo estuviera seguro de que todo iría a parar a sus manos, de que ella sola sería la dueña y directora de todo esto, no me importaría nada, moriría a gusto. Pero suponga por un momento –Dios no lo quiera– que se casa. He aquí lo que me atormenta y mortifica, lo que me hace pasar las noches sin pegar los ojos. Porque al casarse, lo lógico es que tenga hijos y que se preocupe más de ellos que de los jardines y viveros. Eso es lo malo. Pero hay algo que temo más aún: que se case con uno de esos individuos que van en busca de una buena dote, que no tienen escrúpulos y gastan el dinero a manos llenas, y que al cabo de un año se haya ido al diablo lo que tanto me ha costado ganar durante años de sacrificio y trabajo. En un negocio como este, una mujer es el azote de Dios.

Igor Semionovich permaneció callado durante unos instantes, moviendo la cabeza de arriba abajo repetidas veces. Luego continuó:

–Quizá me considere usted un egoísta, pero no quiero que Tania se case. Me da miedo. ¿Se ha fijado en esos jóvenes que acuden constantemente a esta casa a visitarla, bajo la excusa de organizar veladas musicales? Todos vienen a lo mismo: a pescar una buena dote. Sobre todo está ese joven del violín, que no le quita la vista de encima. Pero tampoco yo se la quito a él. Me consta que Tania nunca se casaría con él, pero no puedo remediarlo, desconfío mucho... En resumen, hermano, soy un hombre de carácter, y sé lo que debo hacer.

Igor Semionovich se levantó y paseó por la habitación. Se veía que tenía algo muy importante que decir, algo muy serio, pero, por lo visto, no encontraba las palabras exactas para expresarlo.

–Le quiero y le aprecio mucho –prosiguió Igor– y por ello creo que debo hablarle francamente y sin rodeos. En cualquier asunto de suma gravedad o importancia, siempre acostumbro decir lo que pienso, huyendo de toda mistificación. Por consiguiente, debo decirle que es usted el único hombre con el que no me importaría que Tania se casara. Es inteligente, tiene buen corazón, y me consta que no consentirá que todo esto que he labrado con mis propias manos se malogre estérilmente. Más aún, le quiero como si fuera mi propio hijo, y estoy orgulloso de usted. De modo que si usted y Tania... empezaran un romance amoroso que acabara en matrimonio, créame que merecería todas mis bendiciones. Sí, me consideraría el hombre más feliz del mundo. Se lo digo en la cara, sin rodeos, como corresponde a un hombre honrado.

Kovrin sonrió. Igor Semionovich abrió la puerta y se dispuso a abandonar la habitación, pero se detuvo en el umbral:

–Y si usted y Tania llegasen a tener un hijo, haría de él el mejor horticultor. Pero esto, de momento, es una mera hipótesis. Buenas noches.

Cuando Kovrin quedó solo, se instaló cómodamente en un sillón y se puso a leer los artículos de su huésped. El primero de ellos se titulaba "Cultivo intermedio", el segundo, "Unas cuantas palabras en respuesta a las observaciones del señor Z... sobre el tratamiento de las tierras de jardín", y el tercero, "Más sobre los injertos". Los demás artículos venían a ser lo mismo. Pero todos reflejaban desazón e irritabilidad. Incluso una simple hoja con el mero título pacífico "Los manzanos rusos" exhalaba irritabilidad. 

Igor Semionovich comenzaba este trabajo con las palabras «Audi alteram partem», y lo finalizaba con estas otras: «Sapienti sat»; pero entre las dos pacíficas frases latinas se desgranaba un torrente de palabras agrias, dirigidas contra «la aprendida ignorancia de nuestros modernos horticultores que observan a la madre Naturaleza desde sus sillones en la Academia de Ciencias Naturales», y contra el señor Gauche «cuya fama está basada en la admiración de los profanos en la materia de agricultura y dilettanti». También había un párrafo en el que Igor censuraba a aquella gente por castigar a un pobre muerto de hambre a causa de robar unas cuantas frutas en un huerto, destrozando sus espaldas a latigazos.

–Admito que estos artículos son muy buenos –dijo Kovrin para sí–, incluso excelentes, pero también veo que revelan a su autor como un hombre de temperamento duro y de lanza en ristre. Supongo que será igual en todas partes; en todas las carreras, los hombres de ideas geniales son siempre personas muy nerviosas, y víctimas de esta especie de exaltada sensibilidad. Supongo que tiene que ser así.

Pensó en Tania, tan orgullosa de los artículos de su padre, y luego en Igor Semionovich. Tania, pequeña, pálida, ligera, con sus clavículas visibles, con aquellos ojazos tan grandes que parecían estar siempre escudriñando algo. Igor Semionovich, con sus apresurados y pequeños pasos. Volvió a pensar en Tania, tan inclinada a hablar constantemente, tan amante de dialogar y discutir con todos, siempre acompañando la más insignificante frase con gestos y gesticulaciones. En cuanto a si era nerviosa, pues sí, estaba seguro de que lo era en grado sumo.

Kovrin se puso a leer otra vez, pero como no se enteraba de nada de lo que se exponía en aquellos artículos de Semionovich, los tiró al suelo. Aún perduraba en todo su ser la agradable emoción con que había bailado la mazurca y oído aquella música. Todo ello hizo acudir a su mente numerosos pensamientos. Meditó sobre lo que le había ocurrido en el campo de centeno. Si él había visto a solas aquel extraño y misterioso monje, debería estar enloquecido o enfermo, al punto de llegar a padecer alucinaciones. Aquel pensamiento le espantó, pero no por mucho tiempo.

Se sentó en el diván y apoyó la cabeza en sus manos, y se dispuso a gozar pensando en el extraño suceso del que había sido testigo durante la tarde. No podía comprenderlo, pero todo su ser se llenó de gozo. Se levantó y dio algunos pasos por su habitación, disponiéndose a iniciar su trabajo. Pero lo que leía en los libros ya no le satisfacía. Ahora sólo deseaba pensar en algo inmenso, vasto, infinito. Después, Kovrin se desnudó y se acostó, pensando que haría bien en descansar después de las emociones sentidas durante el día. Cuando al final oyó a Igor Semionovich dirigirse a trabajar al jardín, llamó a un criado y le ordenó que trajera una botella de vino. Bebió varios vasos; el vino le atontó y se quedó dormido. 


IV

Igor Semionovich y Tania discutían con frecuencia y se decían uno al otro duras palabras. Aquella mañana habían tenido un altercado, y Tania, después de haber estado llorando, se refugió en su habitación y se negó a bajar a desayunar y a almorzar. Pero Igor era testarudo. Al principio no hizo ningún caso de la conducta de su hija y se marchó con aire digno y solemne, como queriendo dar a entender a todo el mundo que era un hombre de ideas fijas, y que para él la justicia y el orden eran lo primero en la vida, lo más importante de todo. Pero Igor era incapaz de mantener aquella actitud durante mucho tiempo, pues idolatraba a Tania.

No comió nada a la hora de cenar y, durante todo el día, su mente había estado torturada por aquel suceso. Al final no pudo aguantar más y, después de un profundo «¡Dios mío!» que le brotó de lo más hondo de su corazón, se dirigió a la habitación de Tania y golpeó con suavidad la puerta, mientras gritaba con toda dulzura, casi tímidamente:

–¡Tania! ¡Tania!

A través de la puerta llegó una voz llorosa, pero firme y decidida:

–¡Déjame en paz...!, te lo ruego.

Los incidentes sentimentales entre padre e hija repercutían no sólo entre los habitantes de la casa, sino incluso entre todos los trabajadores de las plantaciones. Kovrin, como era usual en él, permaneció enfrascado en su trabajo, pero al final no pudo soportar más la situación y decidió intervenir como mediador entre padre e hija, y dispersar aquella nube negra que se había interpuesto entre ambos seres, tan queridos para él. Sin dudarlo un instante más, se dirigió a la puerta de Tania, la golpeó y fue recibido.

–Vamos, vamos, querida Tania, esto no está bien –empezó a decir en broma, pero dulcemente, mientras contemplaba aquel rostro femenino cubierto de lágrimas–. No es para tanto. Después de todo, son discusiones que se presentan todos los días, en todas las casas. Vamos, querida Tania, hay que saber perdonar. ¿De acuerdo?

–Es que usted no sabe cuánto me tortura –y al decir esto, una lluvia de lágrimas brotó de sus hermosos y grandes ojazos–. Siempre me está atormentando –continuó, mientras se retorcía las manos–. Nunca he dicho nada que pudiera ofenderle. En este caso, sólo me limité a decir que era innecesario mantener tantos trabajadores, pues resultaba un gasto que se podía evitar con facilidad. Me limité simplemente a decir que lo que había que hacer era contratar trabajadores por horas. Usted sabe que esos hombres no han hecho nada durante toda la semana. Yo... lo único que le dije fue esto. Y entonces se puso a gritarme como un energúmeno, diciéndome un montón de cosas, todas ofensivas, profundamente insultantes. Y todo por nada.

–Bueno, no hay que preocuparse por eso –trató de calmarla Kovrin–. Ha estado gritando, chillando, llorando, pataleando: ya es suficiente, ¿no le parece? No puede seguir así todo el día, no sería justo. Sabe que su padre, más que quererla, la adora, la idolatra.

–Mi padre ha arruinado toda mi vida –dijo Tania entre sollozos–. Durante toda mi existencia sólo he oído insultos de sus labios, y sufrido afrenta tras afrenta. Mi padre me considera como algo superfluo en su propia casa. ¡Pues que se quede con su casa! Mañana me marcho de ella. Él es el único responsable de mi marcha. Sí, mañana me iré de este lugar y me pondré a estudiar para luego conseguir un empleo. ¡Que se quede con su dichosa casa!

–Vamos, Tania, vamos, no se ponga así –dijo Kovrin–. Vamos, deje de llorar. Le diré lo que pienso: tanto el uno como el otro son irritables, impulsivos y, si quiere que le diga toda la verdad, los dos están equivocados; sí, los dos, pues exageran las cosas más nimias. Vamos, ya me encargaré yo de que hagan las paces.

Durante todo este tiempo, Kovrin estuvo hablando con un tono persuasivo y suave, pero Tania seguía llorando, encogiéndose de hombros ante todo lo que él le decía, y retorciéndose las manos como si hubiera sufrido un verdadero infortunio. Kovrin trató de hacerle comprender que exageraba la cosa más de lo que debía. Le parecía mentira que por una cosa tan banal aquella criatura quisiera amargarse todo el día y quizá toda su existencia. 
 
Mientras la consolaba, pensó que excepto Tania y su padre, no había nadie en el mundo que le quisiera tanto; y que de no haber sido por ellos, él, que había quedado huérfano durante su tierna infancia, habría pasado el resto de su existencia sin una caricia, sin palabras de consuelo, y sin ese cariño que sólo pueden dar las personas que son de nuestra misma sangre. 
 
Pero también percibió que sus desequilibrados e irritados nervios estaban reaccionando como magnetos a los gritos y sollozos de aquella testaruda muchacha. Se dio cuenta de que nunca podría amar a una mujer robusta y saludable, fresca y sonrosada; pero le conmovía aquella Tania pálida, débil y desgraciada.

Kovrin sentía un gran placer al contemplar sus cabellos sedosos y sus redondeados hombros. Se acercó más a ella y le apretó la mano, mientras con su pañuelo enjugaba las lágrimas que se deslizaban por las sonrosadas mejillas. Por fin, Tania dejó de llorar. Pero siguió quejándose de su padre, censurando su conducta hacia ella, lamentándose de la vida que llevaba en aquella casa, tratando de que Kovrin comprendiese la situación en que se hallaba. 
 
Luego, poco a poco, empezó a sonreír, mientras afirmaba solemnemente que Dios la había castigado dándole aquel carácter tan impulsivo. Y al fin se echó a reír como una loca, se calificó a sí misma de atolondrada e inconsecuente y salió corriendo de la habitación.

Instantes después, Kovrin se dirigió al jardín. Igor Semionovich y Tania, como si nada hubiese pasado, paseaban abrazados por el césped, comiendo pan de centeno y sal. Ambos tenían mucha hambre.

Satisfecho por su papel de intermediario pacificador, Kovrin se dirigió al parque. Mientras se hallaba sentado en un banco, oyó el ruido de un carricoche y la risa de una mujer. De inmediato pensó que aquello significaba que llegaban nuevos visitantes. 
 
Las sombras cubrieron el jardín, y a lo lejos se podía oír algo confusamente la música de un violín, las risas de las mujeres y el alborozado jolgorio de los jóvenes participantes en aquella fiesta. Estos detalles le hicieron recordar al Monje Negro, pues fue en idénticas circunstancias cuando lo vio por primera vez. ¿A qué país, a qué planeta, habría ido aquel absurdo efecto óptico?

Trató de acordarse de aquella vez en que lo vio en el campo de centeno, detrás de los pinos situados en ese instante frente a él. De repente, y precisamente de los mismos pinos, emergió un hombre de mediana estatura, que caminaba lentamente sin hacer el más mínimo ruido. Sus cabellos grises estaban descubiertos, iba vestido de negro y tenía los pies descalzos como un mendigo. Su pálido y cadavérico rostro estaba cubierto de manchas negras. 
 
Después de saludarle con una gentil inclinación de cabeza, el extranjero o mendigo se dirigió al banco y se sentó en él. Kovrin se dio cuenta de inmediato de que era el Monje Negro. Durante un instante ambos se miraron; Kovrin, asombrado, pero el monje bondadosamente, aunque con una expresión taimada y astuta en su rostro.

–Pero si es un espejismo –dijo Kovrin–, ¿cómo es que está aquí, y cómo se sienta en este banco? Esto no está de acuerdo con la leyenda.

–Es lo mismo –respondió el monje con tono suave, volviendo su rostro hacia Kovrin–. La leyenda, el espejismo, yo mismo, todo no es más que el fruto de su imaginación exaltada. Yo soy un fantasma.

–¿Es decir –respondió Kovrin– que no existe?

–Piense lo que quiera –respondió el monje, sonriendo burlonamente–. Yo existo en su imaginación, y dado que su imaginación forma parte de la Naturaleza, es evidente que yo debo existir en la Naturaleza.

–Veo que su rostro demuestra inteligencia y distinción –dijo Kovrin–. Sin embargo, tengo la extraña impresión de que usted ha vivido más de mil años. No creía que mi imaginación fuera capaz de crear tal fenómeno. ¿Por qué me mira con tanto arrobamiento? ¿Acaso está satisfecho de haberme encontrado? ¿Le agrada mi persona?

–Sí; ya que es uno de los pocos a los que se puede llamar con toda justicia «un elegido de Dios». Usted siempre sirve y obedece a la verdad eterna. Sus pensamientos, sus intenciones, su elevada formación científica, su vida entera están marcados con el sello de la divinidad, una impronta celestial. Estas características están reservadas a lo racional y hermoso, es decir, al Eterno.

–Se refiere usted a la verdad eterna. Por consiguiente, ¿puede ser accesible y necesaria la verdad eterna para los hombres si no existe la vida eterna?

–Existe una vida eterna –respondió el monje.

–Por la forma en que me habla veo que cree en la inmortalidad de los hombres.

–Desde luego. A vosotros, los hombres, os espera un maravilloso y grandioso futuro. Y cuantos más hombres como usted tenga el mundo, más pronto llegará. Sin ustedes, ministros de los más altos principios, que viven libre y honradamente, la humanidad no sería nada; desarrollándose en su orden natural, debería esperar el fin de su vida terrena. 
 
-Pero usted ha acelerado en miles de años la llegada de este maravilloso futuro existente dentro del reino de la eterna verdad: y este es el grandioso servicio que ha sabido llevar a cabo. Usted lleva dentro de su ser aquella bendición de Dios que descansa sobre la gente buena, sobre los hombres de corazón limpio y puro.

–¿Y cuál es el objetivo de la vida eterna? –preguntó cada vez más intrigado Kovrin.

–El mismo que el de toda vida. La verdadera felicidad radica en el conocimiento, y la vida eterna presenta innumerables e inextinguibles fuentes de conocimientos. Fue en este sentido que Jesucristo dijo: «En la casa de mi Padre existen muchas moradas...»

–No puede hacerse una idea –respondió Kovrin– de la alegría tan grande que siento al oírle decir esas hermosas palabras.

–Me congratulo de ello.

–Sin embargo –respondió Kovrin– tengo la plena certeza de que apenas se marche, me veré atormentado por la incertidumbre en cuanto a su realidad. Usted es un fantasma, una alucinación. ¿Quiere decir que estoy físicamente enfermo, que mi estado no es normal?

–¿Y qué si lo está? Eso no debe preocuparle. Usted está enfermo porque ha sometido a una tensión excesiva sus poderes, porque ha ofrendado su salud en sacrificio a una idea, y está cerca el día en que sacrificará no solamente esto, sino también su vida. ¿Qué más puede desear? Es a lo que aspira todo ser noble y puro.

–Pero si estoy físicamente enfermo, ¿cómo puedo confiar en mí mismo?

–¿Y cómo sabe que todos los hombres geniales en quienes ha creído todo el mundo no han visto también visiones? Ser un genio es análogo a la demencia. Créame, las personas saludables y normales no son más que hombres ordinarios, vulgares, corrientes; un rebaño de ganado. Los temores a las enfermedades nerviosas, agotamiento y decrepitud sólo pueden tenerlos aquellos cuyos ideales en esta vida se basan en el presente; ese es el rebaño.

–Sin embargo –dijo Kovrin–, los romanos tenían por ideal aquello de mens sana in corpore sano.

–Todo lo que dijeron los romanos y los griegos no era verdad. Exaltaciones, aspiraciones, excitaciones, éxtasis, todas esas cosas que distinguen a los profetas, poetas y mártires de los hombres ordinarios, son incompatibles con la vida animal, es decir, con la salud física. Se lo repito, si quiere ser un hombre saludable y normal únase al rebaño.

–¡Qué extraño es que usted repita ahora cosas que yo pensé en tantas ocasiones! –dijo Kovrin–. Parece como si me hubiera estado espiando y hubiera llegado a enterarse de mis pensamientos secretos. Pero no hablemos de mí. ¿Qué me quiso decir con las palabras «verdad eterna»?

El monje no respondió. Kovrin le miró, pero no pudo ver su rostro. Sus formas se nublaron y desaparecieron; su cabeza y sus brazos se esfumaron; su cuerpo empezó a hacerse difuso, y llegó finalmente a confundirse con las sombras del crepúsculo.

–La alucinación se ha marchado –dijo riéndose Kovrin–. Es una verdadera lástima.

Volvió a la mansión, feliz y satisfecho. Lo que le había dicho el Monje Negro no sólo había halagado su amor propio, sino su espíritu, y todo su ser. ¡Qué ideal más glorioso era ser el elegido, ser ministro de la verdad eterna, poder formar en las filas de aquellos que se apresuraron durante cientos de años en entrar en el reino de Cristo, de aquellos que se sacrificaron para que la Humanidad fuese mejor, y se viera libre de pecado y de sufrimientos, el consagrarlo todo a un ideal, juventud, fuerza, salud, ¡morir por el bienestar de todos! 
 
Y cuando le vino a la mente su pasado, una vida casta y pura, consagrada completamente al trabajo, recordó todo lo que había aprendido y lo que había enseñado y, al final, tuvo que admitir que lo que le había dicho el Monje Negro no era más que la pura verdad. No, el monje aquel no había exagerado nada.

Atravesando el parque, corriendo a su encuentro, se acercaba Tania. Llevaba un vestido distinto al que le había visto la última vez.

–¿Ya regresó? –le gritó entusiasmada, pero con cierto asombro en su cristalina voz–. Estuvimos buscándole por todas partes... ¿Pero qué le ha ocurrido? –preguntó sorprendida, mirándole fijamente a los ojos, unos ojos en los que había un extraño y misterioso reflejo–. Le encuentro muy extraño.

–Estoy muy satisfecho, querida Tania –repuso Kovrin, mientras le ponía una mano sobre los hombros–. Bueno, en realidad, estoy más que satisfecho: ¡soy feliz! Tania, no encuentro las palabras exactas para decirte lo muy querida que eres para mí. Sí, Tania, estoy muy satisfecho; no puedes hacerte una idea de ello.

Besó ardorosamente sus manos, y continuó:

–Acabo de vivir los momentos más maravillosos, más felices, más encantadores de toda mi vida; algo que es imposible que pueda sucederle a un hombre sobre esta superficie terráquea... Pero no te lo puedo contar todo, ya que me tomarías por un loco, o te negarías a creerme. Deja que te hable de tu persona. Tania, te quiero. No sabes durante cuánto tiempo te he querido. El estar cerca de ti, el verte diez veces al día, ha llegado a convertirse en una necesidad para mí. No sé cómo voy a poder vivir sin ti cuando regrese a casa.

–No te creo –respondió Tania–. Estoy segura de que te olvidarás de nosotros a los dos días. Somos gente modesta, y tú eres un gran hombre.

–Estoy hablando en serio, Tania –le contestó Kovrin–. ¡Te llevaré conmigo! ¿Qué me contestas? ¿Vendrás conmigo? ¿Serás mía?

–¿Pero qué tonterías estás diciendo, Andrei? –dijo Tania, tratando de reír. Pero la risa no brotó de sus labios; en su lugar, se ruborizó. Empezó a respirar aceleradamente, y luego se puso a caminar con paso rápido por el parque–. No pienso, nunca he pensado en esto, nunca pensé que podría ocurrir esto –continuó Tania, juntando las manos como en un acto de desesperación.

Kovrin se acercó más a ella, y con aquella misma expresión extraña en su rostro, trató de convencerla, diciéndole apasionadamente:

–Yo anhelo un amor que tome posesión de todo mi ser, de toda mi alma; ¡y ese amor sólo tú puedes dármelo. ¡Soy feliz! ¡Cuán feliz soy!

Tania estaba asombrada y confusa, y no sabía qué decir. Fue tanta la emoción que le produjeron las palabras de Kovrin que parecía haber envejecido diez años. Pero Kovrin la vio más hermosa que nunca, y, arrastrado por la pasión que le dominaba, gritó como en éxtasis:

–¡Qué hermosa eres, querida Tania!

 
(CONTINUARÁ...)