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Xélucha - Matthew Phipps Shiell


«Va en pos de ella… y no lo sabe…»
(De un diario)

¡Hace tres días! Cielos, parece un siglo. Pero estoy conmocionado… mi razón está pervertida. Hace un rato me sumí en un coma que recordaba en todo a un ataque de petit mal. «Tumbas, y gusanos, y epitafios»: esa es la fantasía de mi sueño. A mi edad, con mi físico, ¡camino tambaleándome, como un hombre acabado! Pero todo eso pasará: debo volver en mí… mi razón está pervertida. ¡Hace tres días, y parece un siglo! 

Sentado en el suelo ante una vieja cista llena de cartas, encontré un paquete de las de Cosmo. ¡Vaya, las había olvidado, ya empiezan a amarillear! En verdad, ya no puedo llamarme joven. 

Me quedé allí leyendo, inmóvil, arrebatado por los recuerdos. ¡Pero divagar es perderse!, debo retorcer el cuello a esa mala costumbre, o disponerme a perecer. Una vez más me deslicé por la laberíntica armonía esférica del minueto, y di vueltas con el vals, mientras las llamas alargadas de los candelabros y el mediodía de la bacanal giraban a mi alrededor. 

¡Cosmo era el auténtico zar y marajá de los sibaritas, el Príapo de los détraqués! En cada alcoba inesperada de su villa romana había un diván elevado, con su necesario escabel, flanqueado y endoselado por espejos de oro puro. La tisis le tenía bien atenazado; cuando al fin se recostaba ante la mesa, hasta que entraba en calor, apenas podía levantar su copa de vino. ¡Sus ojos eran como luciérnagas enroscadas, cercadas por un halo de vaporosas emanaciones de fósforo! Se veía a las claras que libraba una lucha desesperada con la Devoradora. 

Pero hasta el final persistió su sonrisa principesca, hasta el final, entre aquella cómica compañía, siguió siendo el director indiscutido del coro de todos los ritos, ¡no diré de Pafos, pero sí de Quemos y Baal-Peor! Cuando se animaba no rehuía la fiesta, el baile, la cámara oscura. 

Aquella cámara, a la que se accedía por un pasadizo secreto, era negra y opaca, de forma circular, circundada enteramente por otomanas de Marruecos; en el aire cálido flotaban perfumes de bálsamos, de bedelio, y se oían leves sones de flauta y dulcémele. Fue allí donde Lucy Hill apuñaló en el corazón a Caccofogo, al confundir la cicatriz que tenía en la espalda con la marca de Soriac. Y allí, en una bañera de malaquita, un día en que había despertado tarde, encontró la princesa Egla a Cosmo tiesamente muerto, sumergido enteramente en el agua del baño.

«¡Pero en nombre de Dios, Mérimée!», me escribía, «¡pensar que Xélucha está muerta! ¡Xélucha! ¿Puede entonces un rayo de luna perecer de supuraciones? ¿Puede el arcoíris ser comido por los gusanos? ¡Ja, ja, ja, ja, ríete conmigo, amigo mío: “elle dérangera l’Enfer”! ¡Pondrá de moda en Tofet el pas de tarentule! ¡Xélucha, la femenina! ¡Xélucha, que recordaba a las espléndidas rameras de la historia! Llora conmigo: manat rara meas lacrima per genas!

Experta como Targelia, culta como Aspasia, púrpura como Semíramis. Comprendía el tabernáculo humano, amigo mío, sus resortes y humores secretos, más íntimamente que cualquier savant de Salamanca. Tarare… ¡pero Xélucha no está muerta! 

La vitalidad no es mortal; no puedes envolver una llama en un sudario. ¡Xélucha! Entonces, ¿dónde está? Transferida, quizá: raptada a una constelación como la hija de Leda. Viajó hasta el Indostán, acompañada por la comitiva y el fasto de una begum, y amenazó con atacar al Emperador de Tartaria. 

Yo hablé de la desolación de Occidente; ella me besó, y prometió regresar. También te mencionó a ti, Mérimée, “su Conquistador”, “Mérimée, el Destructor de Mujeres”. Vaharadas de invernadero se enredaban en su pelo encrespado, mechones esparcidos sobre esa tez de tulita que tú conoces. Disfrazada cap-à-pie tenía, amigo mío, la delicada complexión de una margarita brillantemente reflejada en el ojo del bruto que pace. 
 
Me dijo que un símil de Milton había inflamado durante años la avidez de su mirada: “Las áridas llanuras de Sericana, por donde a favor de la brisa y de las velas caminan los chinos en sus ligeros esquifes de caña”. Me aseguró que yo, y los sabeos, considerábamos erróneamente la Llama el todo del ser, pues la otra mitad de las cosas es la Luz quintaesencial de Aristóteles. 

En la Jerarquía Urania y el libro de Fausto encuentras una compleción: ardiente serafín, querubín lleno de ojos. En Xélucha se combinaban ambos. Reconquistará el Oriente para Dionisio, y volverá. Oí de ella resplandeciente en Delhi, en una carroza tirada por leones. Después ese rumor… probablemente falso. Como Odín, Arturo y los demás, Xélucha… reaparecerá».

Poco después Cosmo se tendió en su balneum de malaquita, y tras cubrirse con el agua como con una manta, se durmió. Yo, en Inglaterra, oí poco sobre Xélucha: primero que estaba viva, luego muerta, luego que había aparecido en la antigua Tadmor del Desierto, que ahora llaman Palmira. 

Tampoco me preocupaba, pues hacía mucho tiempo que Xélucha se había convertido en mi boca en manzanas de Sodoma. Hasta que me senté junto a la cista de cartas y releí la de Cosmo, llevaba años desaparecida de mi memoria activa.

Ya es inveterado en mí el hábito de dormir durante la mayor parte del día, y vagar por la noche a lo largo y ancho de la ciudad bajo la influencia sedante de una tintura que se ha vuelto necesaria para mi vida. Tal existencia de sombra no deja de tener su encanto, y no creo que haya muchas almas que, sometidas a sus condiciones, no dejarían de ganar en elevación y temor reverencial. 

Viajar solo con el Primordial no puede sino ser solemne. La luna tiene el color de la luciérnaga, y la Noche el del sepulcro. Nux lleva en su seno a Tánatos no menos que a Hipnos, y las lágrimas amargas de Isis confluyen en un manantial. A las tres, si pasa un coche de alquiler, el ruido tiene el tono augusto del trueno. 

Una vez, a las dos, junto a una esquina, encontré a un sacerdote sentado, muerto, sonriendo impúdicamente, con las piernas dobladas. Un brazo, apoyado en una rodilla, señalaba hacia arriba con un índice acusador. Mediante una exacta observación descubrí que apuntaba hacia Betelgeuse, la estrella “a” de la lluviosa Orión. Estaba horriblemente hinchado, pues había muerto de hidropesía. Así, en todos los Supremos hay una grotesquerie; y uno de los hijos de la Noche es… Buffo.

En una plaza de Londres que, me imagino, estará desierta incluso de día, oí acercándose el metálico tintineo argentino de unos zapatitos. Eran las tres de una madrugada de invierno, al día siguiente de mi redescubrimiento de Cosmo. Me había detenido junto a una verja, mirando cómo navegaban las nubes guiadas por una luna envuelta en mantos de inclemencia. 

Al volverme vi a una dama menuda, gloriosamente vestida. Había caminado directamente hacia mí. Llevaba descubierta la cabeza, y el pelo encrespado en ondas que se unían formando un moño, tachonado de joyas, en su nuca. En la redundancia abultada de su décolleté recordaba a Parvati, la diosa del amor de la exquisita fantasía de los brahmanes.

Me hizo esta pregunta:

—¿Qué estás haciendo aquí, querido?

Su belleza me espoleaba, y la Noche es bon camarade

Respondí:

—Tomando el sol por medio de la luna.

—Todo eso es brillo prestado —contestó—, lo has sacado de Las flores de Sión del viejo Drummond.

Al recordarla ahora, no puedo decir que esta réplica me asombrara, aunque por supuesto debería haberlo hecho. Dije:

—Te juro por mi alma que no; pero ¿y tú?

—¡Deberías adivinar de dónde vengo yo!

—Estás radiante: vienes de Paz.

—¡Oh, más lejos que eso, hijo mío! Digamos de un baile privado en el Soho.

—¿Sí?… ¿sola?, ¿con este frío?, ¿andando…?

—Bueno, soy vieja, y soy filósofa. Puedo distinguir allí arriba a la Andrómeda que cabalga del Carnero que es su montura. Se equivocan, M’sieur, quienes suponen la existencia de una atmósfera en la cara ancha de la luna. Tengo razones para creer que en Marte habita una raza de párpados transparentes como el cristal, por lo que sus ojos son visibles mientras duermen, y quien los contempla puede ver todos los sueños desplegándose en un diminuto panorama sobre el iris. ¡No puedes imaginarme como una simple fille! Dejar que te acompañen es admitir que eres una mujer, y eso es impropio en la Nada. El joven Enós conduce un équipage à quatre, pero Artemisa «camina» sola. ¡En nombre de Diógenes, apártate de mi luz prestada! Me voy a casa.

—¿Queda lejos?

—Cerca de Piccadilly.

—Pero ¿un coche?

—Yo no voy en coche, gracias. La distancia no es nada. Ven.

Nos pusimos en marcha. Mi acompañante marcó en seguida una distancia entre nosotros, citando de El coadjutor español que los espacios abiertos son enemigos del amor. Los talmudistas, insistió dos veces, sostienen con razón que la mano es la parte más sagrada de la persona, y en ese terreno también me prohibió el contacto por el momento. 

Caminaba con suma rapidez. Yo la seguía. No se veía un alma por ninguna parte. Finalmente llegamos ante la puerta de una mansión en St. James que parecía deshabitada: no se veía ninguna luz, las ventanas no tenían cortinas, y en algunas había carteles con la leyenda SE ALQUILA. 

Sin embargo, mi acompañante subió corriendo las escaleras y, haciéndome una seña, entró en la casa. Yo la seguí, cerré la puerta de golpe y me encontré a oscuras. La oí subir, y al rato una luz difusa procedente de arriba reveló una ancha escalera que se curvaba en su ascenso. En el piso bajo donde estaba yo no había alfombras, ni muebles; el polvo era espeso. Había empezado a subir cuando, para mi sorpresa, reapareció a mi lado y susurró:

—Hasta arriba del todo, querido.

Subió ágilmente delante de mí. Más arriba no pude dudar ya de que la casa estaba vacía, salvo por nosotros. Todo era un vacío lleno de polvo y ecos. Pero en el último piso brotaba luz de una puerta, y entré en un espacioso salón. 

Quedé deslumbrado por el repentino resplandor de la estancia, en medio de la cual había una mesa puesta, cuadrada, opulenta con platos de oro, frutas y fuentes de comida; del techo pendían tres pesadas arañas de luz eléctrica, y me fijé también (lo que resultaba muy bizarre) en un pequeño candelero de latón, con un resto curvo de sebo, que había en la mesa. 

Pero la impresión del conjunto era de una magnificencia no menos que asiria: un diván de marfil, a un lado de la mesa, tenía una cabecera de calcedonia que formaba un mar donde retozaban ictiosaurios de color esmeralda; tapices cobrizos, alternados con espejos, hacían juego con una bóveda de cobre (aunque esta última, según recuerdo ahora, produjo en mi mirada una clara impresión de mugre). 
 
Mi acompañante se reclinó en un diván sigma, elevado a la altura de la mesa a la manera semítica, visible hasta sus chinelas de satén azafrán. Me indicó un asiento al otro lado, cuya incongruencia en medio de aquel esplendor me hizo tanta gracia que nada en el mundo hubiera podido impedirme esbozar una sonrisa: era una mísera silla de madera, y como no tardé en descubrir, con una pata más corta que las otras.

Señaló el vino en una botella negra, y una copa, pero no hizo el menor ademán de beber o comer; se quedó tendida sobre la cadera y el codo, petite, resplandeciente, mirando gravemente hacia arriba. Sin embargo, yo bebí.

—Se ve —dije— que estás cansada.

—¡Bien poco es lo que tú ves! —replicó ella con aire soñador, casi sin mirarme.

—Vaya, ¿así que has cambiado de humor? Estás taciturna.

—Me imagino que nunca habrás visto una tumba-pasadizo escandinava.

—Y arisca.

—¿La has visto?

—¿Una tumba-pasadizo? No.

—¡Merece la pena el viaje! Son cámaras circulares de piedra, cubiertas por túmulos de tierra, con un «pasadizo» de losas que las conecta con el aire exterior. Todo alrededor de la cámara se sientan los muertos, con la cabeza apoyada en las rodillas dobladas, y celebran consejo en silencio.

—Bebe vino conmigo, y no seas tan tartárea.

—Ciertamente pareces un necio —contestó con sarcástica frialdad—. ¿No es de lo más romántico? Sabes, datan de la Era Neolítica. A medida que caen los dientes, uno a uno, de las bocas sin labios… quedan recogidos en el regazo. Cuando el regazo adelgaza… ruedan al suelo. A partir de entonces, todo diente que cae en la cámara rompe bruscamente el silencio.

—¡Ja, ja, ja!

—Sí. Es como un lento goteo siglo tras siglo en una profunda cueva subterránea.

—¡Ja, ja! ¡Este vino se sube a la cabeza! Se expresan en un dialecto básicamente dental.

—El simio, por otra parte, lo hace en un lenguaje enteramente gutural.

Un reloj de la calle dio las cuatro. Nuestra conversación avanzaba pesadamente, agujereada por silencios. Las exhalaciones del vino llegaban a mi cerebro; la veía a través de una bruma, dilatándose vagamente, volviendo a encogerse en una delicada forma compacta. Pero todo deseo amoroso se había extinguido en mi interior.

—¿Sabes —preguntó— lo que ha descubierto un niñito en una de las kjökkenmöddings danesas? Algo horrendo. El esqueleto de un pez enorme con facciones…

—Eres sumamente infeliz.

—Cállate.

—Estás llena de zozobra.

—Creo que eres un gran imbécil.

—Te atormenta la desdicha.

—Eres un crío. No tienes ningún instinto del significado de las palabras.

—¡Cómo! ¿No soy un hombre? ¿También yo infeliz, preocupado?

—En realidad no eres nada… hasta que puedas crear.

—¿Crear qué?

—Materia.

—Eso es pretencioso. La materia no puede crearse, ni destruirse.

—En verdad, pues, debes de ser una criatura con un intelecto inusualmente débil. Ahora me doy cuenta. Así, la materia no existe, en realidad no hay nada que pueda llamarse así… es una apariencia, un espectro… salvo los imbéciles, todo escritor de Platón a Fichte ha demostrado eso, de forma voluntaria o involuntaria, para siempre. Crear es producir una impresión de su realidad en los sentidos; destruir es pasar un trapo húmedo por una pizarra cubierta de garabatos.

—Quizá. No me importa. Puesto que nadie puede hacerlo.

—¿Nadie? Tú eres un mero embrión…

—Entonces ¿quién?

—Cualquiera cuyo poder de Voluntad sea equivalente a la fuerza gravitatoria de una estrella de Primera Magnitud.

—¡Ja, ja, ja! Cielos, te gusta ser ocurrente. Entonces, ¿existen voluntades de tamaña magnitud?

—Ha habido tres, los fundadores de religiones. Hubo un cuarto: un zapatero de Herculano cuya voluntad indujo el cataclismo del Vesubio en el año 79, en directa oposición a la gravedad de Sirio. Sabes, hay más famas que las que tú has cantado. Estoy segura de que la mayor parte de los espíritus incorpóreos también…

—¡Cielos, no puedo dejar de pensar que estás llena de dolor! ¡Pobre criatura!, ven, bebe conmigo. El vino es espeso y estimulante. ¿No es setiano? Hace que te balancees y te hinches ante mí, lo juro, como una nube púrpura crepuscular…

—¡Pero eres pura pesantez, eso no lo sabía! ¡No eres un compañero! Todos tus pequeños intereses giran en torno a los centros más bajos.

—Vamos… olvida tus agonías…

—¿Cuál, crees tú, es la parte del cuerpo enterrado que buscan primero los gusanos?

—¡Los ojos!, ¡los ojos!

—Estás horriblemente equivocado… estás tan completamente en la inopia…

—¡Dios mío!

Se había inclinado hacia adelante con tal rabia de contradicción que se acercó mucho a mí. Un vestido suelto de seda ambarina, con anchas mangas, había sustituido su traje de noche, aunque no hubiera sido capaz de decir en qué momento; ahora lo advertí, perplejo, cuando se inclinó para apoyar en la mesa las palmas de las manos. Una ráfaga repentina como de flores de azahar, mezclada con el tenue olor de la mortalidad más que madura para la tumba, llenó mi olfato. Un escalofrío me recorrió la carne.

—Yerras tan garrafalmente…

—Por el amor de Dios…

—¡Estás tan miserablemente engañado! ¡No son para nada los ojos!

—¿Entonces qué, en nombre del cielo?

Un reloj anunció las cinco.

—¡La úvula!, esa pizca de carne mucosa, ya sabes, que pende del paladar por encima de la glotis: devoran el tejido de la piel y la mejilla, o se deslizan por los labios entre los dientes defectuosos, llenando la boca. Van derechos hacia ella: es la deliciae de la bóveda palatina.

Sentí náuseas ante el horror de su interés, su olor y sus palabras. Una indecible sensación de insignificancia, de debilidad, me hizo enmudecer.

—Dices que estoy llena de pesares. Dices que estoy atormentada por la aflicción, que rechino los dientes de angustia. Bueno, eres un crío en intelecto. Usas las palabras sin percatarte de su sentido, como esas mentes en lo que Leibniz llama la «conciencia simbólica». Pero supongamos que sea así…

—Es así.

—No sabes nada.

—Te veo retorcerte y penar. Tus ojos están muy pálidos. Creía que eran de color avellana; ahora tienen el tono azulado de trémulas llamas fosfóricas vistas en la oscuridad.

—Eso no prueba nada.

—Pero el blanco de la esclerótica está teñido de amarillo. Y pareces ensimismada. Dime, por tu alma, ¿por qué pareces tan pálidamente ensimismada? ¿Por qué no puedes hablar de nada que no sea el sepulcro y su podredumbre? Tus ojos me parecen descoloridos por siglos de vigilia, por misterios y milenios de dolor.

—¡El dolor!, ¡qué poco sabes de él! ¡Eres todo aire y palabrería! ¡Nada sabes de su filosofía y su rationale!

—¿Y quién sabe?

—Te daré una pista. El dolor es la subconsciencia en los seres conscientes de la Eternidad, y de la pérdida eterna. Un ínfimo pinchazo de alfiler que ni Peán ni Esculapio ni todos los poderes del cielo y el infierno pueden curar del todo. El cuerpo
consciente es subconsciente de una pérdida eterna, y el «dolor» es su suspiro ante esa tragedia. Así ocurre con todo dolor: cuanto mayor sea, mayor es la pérdida. La más enorme de las pérdidas es, por supuesto, la pérdida del Tiempo. Si pierdes eso, en cualquier medida, te sumerges de golpe en los trascendentalismos, las infinitudes de la Pérdida; si lo pierdes todo…

—¡De qué modo tan disparatado exageras! ¡Ja, ja! Te digo que es la aflicción la que te hace perorar sobre lugares comunes…

—El infierno es el lugar donde un Espíritu claro e ilimitado es subconsciente del Tiempo perdido, donde se retuerce de envidia pensando en el mundo vivo, ¡odiándolo para siempre, y a todos los hijos de la Vida!

—¡Pero domínate! Bebe… te lo ruego… yo te lo ruego… por el amor de Dios… aunque solo sea una vez…

—Precipitarse hacia la trampa… ¡eso es aflicción! Arrojar tu barco contra la roca del faro… ¡eso es Mara! Despertar, y sentir la irrevocable verdad de que fuiste en pos de ella… y los muertos estaban allí… y sus huéspedes estaban en las profundidades del infierno… ¡y no lo sabías!… aunque hubieras podido saberlo. Mira ahí fuera las casas de la ciudad en este día que amanece: te digo que no hay una que no esté habitada por algún alma… que recorre de un lado a otro el viejo teatro de su breve Día… espoleando la imaginación con mil trucos pueriles, semejanzas… engañándose minuciosamente con la fantasía de que todavía vive, de que la oportunidad de la vida no está perdida para siempre, para siempre… pero desgarrada todo el tiempo por memorias latentes del Verano desperdiciado, de la breve luz caduca entre las dos tinieblas eternas… ¡desgarrada, te digo y te grito!… ¡desgarrada, Mérimée, demonio destructor!…

Se había puesto en pie de un salto —ahora me parecía alta— entre el diván y la mesa.

—¡Mérimée! —grité—, ¿mi nombre, ramera, en tu boca maníaca? ¡Por Dios, mujer, me inspiras un terror mortal!

También yo me levanté de un salto, con el pelo erizado por el horror de mis fantasías.

—¿Tu nombre? ¿Puedes creer que ignoro tu nombre, o cualquier otra cosa sobre ti? ¡Mérimée! Vamos, ¿acaso no estabas ayer sentado leyendo sobre mí en una carta de Cosmo?

—Ah-h… —brotó la histeria en sollozos y risas de mis labios resecos—. ¡Ah! ¡Ja, ja! ¡Xélucha! ¡Mi memoria se entumece y agrisalla cada vez más, Xélucha! Apiádate de mí… ¡camino por el mismísimo valle de las sombras!… ¡marchito y senil!… mira mi pelo, Xélucha, mis mechones entrecanos… tembloroso, Xélucha, anublado… ¡No soy el hombre que conociste, Xélucha, en los palacios… de Cosmo! ¡Tú eres Xélucha!

—¡Deliras, pobre gusano! —exclamó ella, la cara retorcida por una especie de malicioso desdén—. Xélucha murió de cólera en Antioquía hace diez años. Yo enjugué la espuma de sus labios. Su nariz experimentó una descomposición verdosa antes del entierro. El ojo izquierdo estaba tan hundido en el cerebro que…

—Tú eres… ¡eres Xélucha! —grité—. Así lo aúllan ahora voces de trueno dentro de mi conciencia… y por Dios santísimo, Xélucha, aunque me apestes con el aliento del infierno que eres, te voy a abrazar… vivo o condenado…

Me abalancé hacia ella. Oí la palabra «¡Loco!», como siseada por las lenguas de diez mil serpientes por toda la estancia; por un momento, ante mis ojos desorbitados, pareció elevarse hasta el techo, expandiéndose, una torre de nubes deshilachadas, y en el preciso instante en que mis brazos se cerraban sobre el vacío, por obra de algún poderoso Behemot, me vi violentamente arrojado contra una pared de la habitación, donde caí sin sentido al suelo.

Desperté cuando el sol concluía ya su descenso hacia la noche, y me quedé mirando apáticamente el techo mugriento, y la sórdida silla, y el candelero de latón, y la botella de la que había bebido. La mesa, de madera de pino y sin mantel, estaba muy sucia. 

Todo tenía el aspecto de llevar así muchos años. Aparte de estas cosas la habitación estaba vacía; aquella visión de lujo se había esfumado en el aire. El recuerdo repentino me iluminó como un fogonazo. A duras penas me puse en pie, salí de la casa y eché a correr tambaleándome, dando alaridos, por las calles crepusculares.

Delfina - Claude Seignolle (Parte 2 y última)

Cuando volví a mirarla de nuevo, me di cuenta hasta qué punto había sufrido por mí. Con las manos adosadas a sus mejillas, Delfina lloraba en su mundo silencioso, como si hubiera estado a punto de perderme para siempre. 

Emocionado, teniendo en mis manos la más tangible de las pruebas de amor, volví precipitadamente hacia ella y me contuve de arrodillarme y besar sus pies, como lo exigía antaño una bárbara costumbre, prueba indefectible de sumisión. Si me lo hubiese pedido, me habría despojado del sol, igual que de la palabra o de mi propia vida, ya que en un instante, Delfina se había convertido en Todo para mí.

Entonces observé algo que creía imposible: vi que Delfina sonreía, y descubrí que hasta entonces yo no había sabido nunca verdaderamente lo que era una sonrisa. Solo creía saberlo. La sonrisa de Delfina era el detalle más precioso que poseía. Aunque hubiera estado triste, aquella sonrisa iluminaría hasta mi último segundo de vida humana.

Pero, al acercarme para admirar mejor aquella sonrisa, la apagué a pesar mío. Comprendiendo la ofensa que ella temía, bajé la cabeza y, para hacerme perdonar, pensé en el vestido que le había comprado. Arranqué el papel que lo envolvía, extendí el vestido y lo dirigí a la luz más cercana. La seda tuvo un brusco reflejo de llama encarnada semimuerta, lo que, quizá, me hizo pasar por el diablo desplegando su potencia astuta y tornasolada.

Delfina no demostró la sorpresa que yo esperaba. Su mirada, ausente de la ropa, me dio a entender que yo era el único regalo que ella deseaba.

Cuando el alba ya se insinuaba, Delfina regresó a la entrada de su calle. Una vez allí, y por primera vez, pareció fijarse en los descarnados edificios. Me lo indicó con tal gesto de resignación que, para consolarla, volví a ofrecerle por segunda vez el vestido, como algo de un valor eterno. Lo observó con inquietud, pero no se quedó con él, no quiso aceptarlo. ¿Acaso observé en aquel gesto que temía aceptarlo? Ya no me acuerdo de ello. ¡Oh, si lo hubiera sabido!

Luego se alejó de mí, apartándose un poco, como a disgusto. La calle desierta me la quitó lentamente. Me fijé en la puerta que la acogía, luego ya no la vi más. Deseando seguir a su lado, me dirigí hacia aquella puerta. Entré, y en la oscuridad, la llamé desesperadamente. ¿Pero cómo iba ella a poder responderme si era muda? Deposité el vestido en algo que parecía un nicho. Cuando salí a la calle, me tambaleé bajo el efecto de un brusco pesar.

Me acosté apesadumbrado por sentimientos confusos y me dormí de inmediato para despertarme por la noche, ya que mi amor por Delfina me había desposado con las tinieblas. No quise moverme, ni siquiera respirar, como si, habiéndome construido pacientemente sobre el cuerpo el vertiginoso castillo de cartas de todas mis esperanzas, temiese que el menor de mis impulsos para consolidarlo aún más no lo destruyese para siempre. Y la angustia, cómplice de coyunturas amenazadoras, sumergió mi espíritu...

Finalmente, después de levantarme me dirigí a la ventana, para observar el río de la noche. Sus aguas me parecieron tan atormentadas, como removidas por un invisible vidueño, que me vestí y me dirigí a toda prisa a la rue Saint-Martin con el fin de eliminar el terrible peligro que según mis presentimientos amenazaba a Delfina.

Apenas apercibí la entrada de la rue Maubée, me paré en seco, dominado por la emoción... Una alta empalizada la bloqueaba, poniendo un muro de madera ante la libertad de Delfina.

Entonces pensé en el otro extremo de la calle. Si Delfina no podía salir por aquí, iría forzosamente al otro lado. Asimismo, temiendo perderla por culpa de mis vacilaciones, eché a correr, le di la vuelta a todo el barrio, y, casi sin aliento, me encontré ante otro obstáculo, tan implacable como el anterior. 

Precipitándome sobre él, me puse a darle fuertes golpes con los hombros, hasta que empecé a sentir un fuerte dolor en todos mis músculos. El obstáculo resistía. Encontré un intersticio. Mis dedos se deslizaron por él, crujieron con rabia. Tiré con todas mis fuerzas y, desplazando unos clavos mohosos, conseguí finalmente arrancar una de las planchas de madera. Me deslicé entonces por el estrecho pasaje, desgarrando mi ropa. 

Con mis gritos llamando a Delfina rompí el silencio de aquella calle prisionera, sin comprender que eran estériles. Mis pies tropezaron con unas herramientas que habían dejado abandonadas en el suelo. Caminé sorteando toda clase de obstáculos, pisoteando trozos de vidrios de botellas rotas, pero, preocupado por la suerte de aquella a la que amaba, no pensé inmediatamente en la destrucción de la rue Maubée.

Al llegar al inmueble de Delfina, entré en él. Las vigas que habían caído del techo llenaban los pasillos, oponiéndose a mi paso. Me puse a gritar, pero inmediatamente el silencio hostil apagó mis gritos. Me puse a llorar y mis lágrimas se trenzaron con mi voz. Entonces esas lágrimas, mojando las plumas de los grandes pájaros que eran mis llamadas, hicieron que estos fuesen incapaces de echar a volar desde mis labios... 

Delfina no podía oírme, y esto hizo que me sintiera derrotado a muerte. Me coloqué delante de aquella puerta de todas mis esperanzas, convertida –lo sentía en lo más profundo de mí– en la de mi desesperanza. El suelo me acogió con dureza. ¿Dónde estaban las dulces huellas dejadas por los pies desnudos de Delfina?

El alba me sorprendió allí, envuelto en un profundo sopor con la cabeza sobre la acera, las mejillas mojadas por las lágrimas, la mirada fija como la de una bestia que ha perdido su amo, pero que permanece fiel a él en su vana espera. Y aquel alba que, cada mañana, yo había asociado a la tristeza de nuestra separación, creyéndola siempre compasiva, me demostró que ella solo era el impasible germen del día anunciando sin piedad el final de mis sueños... 

Entonces me fue desvelada la verdadera realidad de la calle Maubée, ruina naciente ya sangrada en vida. Con los alerones arrancados, los techos yacían en el suelo, torcidos. Los pisos superiores habían sido desmantelados. Se sentía una prisa de acabar cuanto antes, de desarraigarla y de olvidarla para siempre.

¿Delfina? ¿Dónde se habría marchado al verse expulsada...? Me levanté, pero, semejante a un mendigo al que ahora me parecía, no pude hacerlo completamente. Con la espalda pegada al muro, no podía siquiera moverme.

A las ocho, las empalizadas fueron levantadas por unos obreros que, riendo y hablando en voz alta, entraron en la martirizada calle. Eran los obreros que iban a demolerla. Uno de ellos me vio. Inmediatamente se acercó a mí haciendo grandes gestos. Creo que me trató de loco indicándome hacia una gran piedra que había quedado en equilibrio en el reborde de una ventana justamente encima de mí. Luego me gritó que si quería suicidarme solo tenía que quedarme donde estaba.

Miré hacia la piedra y anhelé con fervor su caída.

Los obreros me obligaron a abandonar aquel sitio. No quise ceder. Entonces me insultaron, sin saber que insultaban a un amor martirizado; me cogieron brutalmente, sin saber tampoco que había que cogerme con delicadeza como un cuerpo herido. Opuse resistencia, pero aquellos hombres que estaban acostumbrados a derribar las murallas más rebeldes, supieron manejar sin esforzarse mis débiles fuerzas de adolescente. 

Me arrastraron hasta la rue Saint-Martin donde me abandonaron, tirado entre dos camiones que habían venido a cargar los escombros de la demolida calle. Pronto se formó alrededor de mí un grupo de curiosos y unas rameras se inclinaron sobre mi cuerpo. Al ver aquellos rostros embadurnados de polvo como la mentira, volví a sentirme dominado por las pesadillas. Luego oí a una de ellas: «A esta edad solo puede tratarse de un gamberro...»

Me levanté y me fui. Titubeando de vergüenza tanto como de pesar, comencé a andar como un borracho, aunque estaba embriagado de una especie atroz de borrachera. Para reconfortarme un poco, me dirigí al café de enfrente. Era el café de mis felices esperas, por lo que no me atreví a entrar en él. Volví a marcharme. La gente me siguió, esperando ver una graciosa exhibición de borracho incapaz de aguantar el alcohol ingerido, cuando en realidad era la desesperación lo que yo no podía soportar...

Llegada la noche, regresé a la rue Saint-Martin. Reinaba el silencio, lo preciso para el milagro apetecido. Pero, por superstición, temiendo que implorándola yo la contrariaría, no la deseé. Me limité solamente a apoyar mi frente, luego mis labios, contra la madera de la empalizada. Allí estaba, vencido, deshecho de mí mismo. 

Besé amargamente el obstáculo rugoso como si Delfina se encontrase detrás de él, y como si, de los dos, fuese yo el prisionero, y ella mi visitante provista de toda la inmensa libertad sin límite de la rue Maubée.

Luego, comprendiendo que ningún milagro podía ya producirse, me alejé sin volver la vista atrás y rehice el camino de Delfina hasta el puente de Notre-Dame, rozando las fachadas tal como ella lo hacía, imaginando que la seguía, invisible delante de mí. 

Mucho me habría agradado haberme acordado de otros detalles de ella: aquellos temores que yo quería entonces sentir dentro de mí mismo. Por eso hice un esfuerzo, traté de experimentarlos, pero solo la pena nacía en mí: aquel dolor que la felicidad teme.

Queriendo evadirme de mi pesar, soñé con tanta necesidad que me sorprendió sobre el puente de Notre-Dame otra alba repentina, descubriendo el río que se deslizaba bajo mis pies. Fue entonces cuando el señor Baucaire me vino a la memoria. Solo él podía ayudarme. ¿Acaso no poseía el duplicado de la llave que yo había perdido?

Inmediatamente me dirigí a su casa. Vivía en la rue de Vaugirard, en aquel lejano distrito decimoquinto sin carácter, en el tercer piso de un edificio vulgar y corriente. Toqué el timbre con impaciencia. Primero brevemente, luego sin soltar el pulsador. Como no oía ningún ruido, temí que ya no viviera allí, y que, perdiéndole a él, perdía a Delfina definitivamente. 

Entonces me di cuenta en qué medida aquel hombre a quien yo consideraba equívoco se me había convertido en algo precioso e indispensable. Al fin escuché un ruido de pasos. El pomo de la puerta giró; y al entreabrirse, me dejó ver al señor Baucaire en pijama, y con un aspecto sumamente desconfiado y de un humor desagradable. 

Al reconocerme, no tuvo aquel impulso que yo esperaba cándidamente de él. Por el contrario, creí comprender que, no solo mi visita le sorprendía, sino que incluso le molestaba. Dudó antes de permitirme pasar, pero no me ofreció la acogida de su salón recibidor. ¿Por qué dirigió él la cabeza varias veces en aquella dirección? ¿Por qué miraba yo también hacia allí?

Entonces observé, echadas sobre un sillón, las anticuadas ropas de Delfina. La impresión que recibí fue tal, que, para huir de un insoportable dolor, retrocedí y salí corriendo enloquecido.

Mi confusión no me abandonó hasta que llegué al pasillo de entrada del inmueble donde mis sollozos me detuvieron. Me pegué contra uno de los muros sucios y quedé, brazos abiertos, como para ser crucificado allí en el acto. Y así fue... 

Sintiendo en mi carne aquellos agudos dolores que me daban la sensación de ser clavado vivo, apretando contra el muro mi rostro igualmente perforado por mis lágrimas, la imagen de Delfina, desnuda, sucia, penetraba de esta forma en mi carne. «¿Por qué, Delfina? –suplicaba yo–. ¿Por qué?...»

¡Delfina se había burlado de mí! Delfina despreciable, disponible para el primero que llegase, pero negándose a mí que, en un impulso de cariño, le había ofrecido mi amor joven y puro, y sus frutos, reservados para todos nuestros deseos. 

Sufriendo peor dolor que si se hubiera perdido realmente, volvía incesantemente a ver sus ropas deshechas y, sin cesar también, sentía otro atroz recuerdo: Baucaire apretándola entre sus brazos... ocultándola en su casa, al lado de él, quizá dichosa durante dos noches... dos días, mientras que durante ese mismo tiempo a mí su desaparición me torturaba. 

Bruscamente, para apagar mi sed de odio, bebí de un trago el ácido brebaje de los celos. Todo tenía una explicación: yo no me había equivocado, Baucaire conocía ya a Delfina y yo había hablado demasiado de ella..., había dicho demasiado de aquella vida interior de Delfina que él seguramente ignoraba. Asimismo, como hombre conquistador, había deseado para él aquella mujer maravillosa. 

Ella era su víctima, se había dejado atrapar en su tela de araña... Delfina no podía consentir aquello... el culpable era Baucaire... toda aquella maquinación venía de él... la inocente era Delfina... Baucaire era un parásito que había que destruir... Delfina era Delfina.

Volví a casa de Baucaire, subí las escaleras empujado por la cólera y me puse a golpear repetidamente la puerta. Esta vez Baucaire acudió inmediatamente. Se me presentó ya afeitado y vestido. ¿Cuánto tiempo había yo permanecido desamparado mientras creía que le había despertado hacía unos instantes? Inmediatamente pensé que, considerándose una vez más importunado en su propia casa, iba a echarme a la calle, pero me recibió sin que el tono de su voz denunciase la menor agresividad.

Después de un instante de duda, súbitamente calmado, entré en su casa, emocionado como si hubiera conseguido convencerle para que me dejase ver por última vez a Delfina, solo el tiempo necesario para curar mi locura.

–¿Qué es lo que le ha pasado hace unos instantes? –me preguntó con tal aplomo que deduje que estaba acostumbrado a esa clase de situaciones.

La puerta del salón estaba cerrada. Me fijé en ella con todas mis fuerzas, intensamente, con intención de abrirla.

–Pensé que se había vuelto loco –añadió Baucaire, sin parecer fijarse en la atención que yo dirigía hacia aquella habitación, donde él recelaba la prueba de la presencia de Delfina.

«Sí –pensé para mí–, estoy loco... y voy a demostrárselo inmediatamente.»

Y, no pudiendo esperar más, me dirigí hacia la puerta del salón. De un violento empujón la abrí de par en par. Las ropas de Delfina aún seguían allí.

Me amparé de mi bien de nuevo hallado. Lo apreté posesivamente contra mi pecho. Enterré en él mi rostro y respiré ávidamente Delfina sin preocuparme de Baucaire. Este momento valía por sí mismo todas las horas de alegría de toda mi vida, vivida y por vivir. Era la primera vez que yo abrazaba a Delfina... 

Una vez pasada esta breve exaltación, me fijé cuán fría y seca estaba la tela. Ninguno de los olores que yo esperaba aspirar emanaba de ella. Solamente hallé ese característico olor de moho que los años incrustan en los tejidos abandonados. Asombrado, miré a Baucaire. 

En mi ciega rivalidad creí leer en su expresión una fría amenaza. Entonces, me precipité a la habitación vecina. Estaba vacía. Todas las demás habitaciones me ofrecieron, una por una, la ausencia de Delfina. Cuando volví al salón, Baucaire acababa de doblar las ropas y las ponía cuidadosamente sobre el sillón. Afectó una sorpresa que me pareció sincera.

–Bueno, hijo mío –me dijo con impaciencia–, ¿me quiere explicar lo que le sucede? Fíjese en qué estado se encuentra...

Y entonces, a la fuerza, me hizo situar frente a un espejo. Le dejé que me mostrase a mí mismo, y descubrí hasta qué punto mi enloquecimiento exterior era parecido a aquel que yo sentía interiormente. No me contemplé mucho tiempo en el espejo y le supliqué que me confesara dónde tenía oculta a Delfina.

–¿Delfina? –repitió él con un asombro total.

–Y sobre todo no me diga –le dije, acordándome de su conducta la primera vez que nos encontramos– que no la conoce, pues aquí está su vestido..., su corsé..., su delantal...

Y, como un inspector de policía mostrando las sucesivas pruebas de culpabilidad, se las señalé una por una sin pensar que ella podría haber huido usando el vestido rojo.

–¿Pero es que acaso sabe usted exactamente lo que me está enseñando? –exclamó Baucaire.

A su defensa le faltaba habilidad, y un ligero esbozo de sonrisa acabó por revelarme su culpabilidad. Recibí muy mal aquella actitud y me tuve que sentar en el sillón, apretando contra mi cuerpo los vestidos de Delfina. Viendo esto, Baucaire se enfadó de repente, obligándome a levantarme para coger la ropa con sumo cuidado, lo que testimoniaba una auténtica adoración. 

Me arrancó con tanta delicadeza el único bien que me quedaba de Delfina que no supe disculparme. La dulzura, la ternura diría yo, que puso a continuación en doblar aquellas prendas, acabó por trastornarme del todo. No podía ser más que la actitud de un hombre que gozaba en prolongar los ritos del amor incluso después de la marcha de la mujer.

–Su ciencia –me dijo al fin con ironía– es mucho más sutil que la mía...

Creyendo conocer entonces sus lazos con Delfina, pensé que Baucaire iba a echarme a la calle diciéndome al mismo tiempo una palabra malsonante. Pero no fue aquella su intención...

–...Porque –continuó– usted afirma conocer a la propietaria de estas ropas, mientras que nadie en el mundo, por mucha voluntad que pusiera en ello, podría hacerlo.

Únicamente, a pesar de esta denegación, su mano, acariciando la falda de Delfina, desmentía sus palabras. Asimismo, el hecho de que continuase poseyéndola de esta forma bajo mis propios ojos, hizo que a duras penas pudiese yo contener mis lágrimas. Baucaire se dio cuenta de ello y, compadecido sin duda, se esforzó en consolarme. 

Voluble, muy generoso en los detalles, me explicó que la víspera, cuando unos obreros demolían una habitación de un viejo inmueble de la rue Maubée, habían descubierto una alcoba que se hallaba desde hacía mucho tiempo, quizá un siglo, condenada, emparedada... y habían encontrado aquellas prendas femeninas que yo veía allí, conservadas en perfecto estado gracias al cierre hermético del lugar. 

Baucaire había llegado justo en el momento en que los obreros se disponían a tirar, como si fueran vulgares harapos, aquellos preciosos testimonios del pasado. En una palabra, empleando su habitual talento, quiso hacerme pasar por frías piezas de museo estos humildes testimonios de Delfina. 

Concluyó diciéndome cuán cándido y pretencioso era yo al afirmarle que aquellas ropas pertenecían a una... Delfina. Únicamente un probable ser venido del otro mundo, habiéndose escapado de aquella alcoba cerrada herméticamente, habría podido vestir aquellas ropas. Y como esto, a menos que se soñara, era imposible... luego...

El hecho de que me tratase casi de mentiroso hizo que inmediatamente le afirmara que no solo había visto a Delfina vestida de esta forma, bien viva, sino que además, en varias ocasiones, habíamos paseado juntos, sintiendo cada uno de nosotros una alegría realmente verdadera y compartida. 

Y, para demostrarle mejor aún la existencia de Delfina, le detallé los rasgos de su rostro, los impulsos de su caminar, su fidelidad a un trayecto determinado, lo mismo que las inquietudes que ella siempre demostraba. Pero, pensando que esta revelación podría perjudicarme, no le precisé los lugares donde ella sentía aquellos incomprensibles temores...

Baucaire no trató abiertamente de reírse de mí. Me escuchó, con los párpados entornados, y reconoció que yo ya le había hablado anteriormente de aquella Delfina con cierta convicción. Luego, con una gravedad pontificante, me pidió que le precisara ciertas fases de este extraño fenómeno visual. 

Con toda intención, Baucaire se apoyaba en cada palabra, separándolas, dándoles un sentido que me fue de lo más desagradable. De haber sido médico, habría actuado de la misma forma para establecer su diagnóstico. Dándome cuenta de que estaba en contra de mí, busqué otra defensa mucho más convincente, cuando volví a percibir el olor a moho de aquellas ropas, insidiosamente presentadas por Baucaire, imponiéndose a mi olfato. Me incliné de nuevo sobre las ropas de Delfina y aspiré el polvoriento olor. Pero, en lugar de embriagarme y de reconfortarme, ello trastornó e hizo más confusos mis pensamientos.

Baucaire siguió con sus comentarios. Entonces, como si estuviese bajo los efectos de alguna droga sutil, mi espíritu se dispersó. Me pareció que la voz de Baucaire se alejaba de mí. Pronto se me hizo lejana, pero atrozmente persuasiva. 

Baucaire me decía que volviera a casa, que reposara, que me olvidara de toda aquella historia de Delfina, que yo favorecía demasiado vehemente mis alucinaciones, cuyo efecto a la larga podía ser dañino y llevarme lejos, que muchos cerebros privilegiados, habiéndose arriesgado en aquel juego, habían acabado en la locura total, y oí cómo Baucaire mencionaba el nombre de un poeta que yo veneraba...

Me encontré acostado en mi cama, incapaz del menor movimiento, alma y miembros como apresados por un resistente hilo negro. ¿De qué forma había podido yo regresar a casa? Fui incapaz de acordarme de ello. Me parecía que había cesado momentáneamente de vivir, con mi cuerpo girando durante horas enteras, insensible a una nada vertiginosa.

Entonces me esforcé en acordarme de una mano dulce, la única que podía haberme guiado a través de aquel vacío total. Una débil mano tibia que me hacía falta absolutamente...

Fui aquella clase de enfermo sin mal aparente, postrado en una inquietante languidez cuya causa todos ignoraban. Pero, aunque inmóvil, representaba en crueles pesadillas un papel activo y desesperante que creía realmente vivir.

Llamaba a Delfina, pero ella nunca llegaba a unirse a mí... Trataba de huir de Baucaire, pero él no quería dejarme... Luego los veía a los dos juntos, cogiéndose por el brazo o por el talle, riéndose de la comedia que hacían: ella, ocultándose de mí, y él, pretendiendo que ella no existía...

En ciertos momentos unos obreros entraban en mi habitación ruidosamente. A golpe de maza derribaban las paredes y descubrían secretas alcobas que desconocía. Yo los alentaba, pues sabía que en una de ellas se ocultaba Delfina, momificada por ellos, viva aún para mí. Derribaban alcoba tras alcoba, penetraban tan al fondo de la casa que oía sus ruidos multiplicarse como bajo la bóveda de un túnel infinito. Y aquellos sonidos no eran otra cosa que las sordas palpitaciones de mi corazón...

Me agoté en vano, volvía una y otra vez a caer sobre mi cama, donde me contraía sobre mi cuerpo. Olía su olor muerto. Reagrupé tenazmente mis fuerzas; conseguí levantar mis párpados... Pero siempre era para volver a ver a Baucaire enseñándome sus vestidos vacíos, emanando el aliento mohoso de los años. Baucaire se convertía en esfinge de mármol; incapaz de la menor palabra de aliento, precisamente él que me había irónicamente planteado el enigma de Delfina...

Cuando pensaba que ya no volvería a escucharla, me llegaba el dulce murmullo de unos ligeros pies desnudos caminando. Era ella... Veía revolotear su falda, ligera. Su corsé se hinchaba. Pero no tenía ni brazos ni piernas ni cabeza... Era una Delfina vacía que Baucaire, sarcástico, agitaba delante de mi mirada desencantada... 

Traté rápidamente de taparme los oídos con el fin de que su risa torturante, que yo presentía cercana, no me llegase. Pero ya estaba dentro de mi cabeza y allí explotaba con tanta más fuerza que, para impedir que huyera, cerré la boca para que nadie creyera que era mía.

O bien, Delfina se ponía de pie delante de mí, tendiéndome sus brazos. No era posible cualquier duda, era realmente ella, más bonita que nunca, plena de vida, ardiente, deseable... Me levanté de prisa y, en el momento en que iba a alcanzarla, Baucaire, disfrazado de Arlequín, me rechazaba para demostrarme que solo era un frágil maniquí de cartón pintado, vulnerable al menor choque. 

Y luego me recordaba que estábamos en la época del Carnaval... Que había que festejarlo dignamente porque, sin mascarada, la vida no era posible. Me aplicaba a la fuerza sobre el rostro una máscara tan grotesca que la pobre Delfina de cartón huía inmediatamente, asustada...

Luego yo era aquel dichoso prometido impaciente, esperando a Delfina al pie del altar de la iglesia de Saint-Merri. Como tardaba en llegar, salía a la calle para ver si la divisaba. Entonces veía una multitud de gentes. Me acercaba a ver qué era aquello y sorprendía a Baucaire esforzándose en vender en subasta pública, a mis hilarantes invitados, el vestido de Delfina. 

Yo me indignaba, y mis amigos, enfadados, me abandonaban, dejándome solo con Baucaire, el cual decía al sacerdote que su presencia se debía a que yo había cambiado de opinión y ya no me casaba: ya no quería desposarme con Delfina, ya no la amaba... En tono protector, me consolaba dándome grandes golpes en la espalda. La sangre me subía a la cabeza, y lloraba yo sangre...

Sin cesar, él se marchaba golpeando la puerta. Pero yo sabía que no había abandonado la cabecera de mi cama y que, siempre allí, se reía de mi calvario...

Pasé una semana con esta locura interior que me pareció durar una noche pero que, para mis afligidos parientes, pareció un año entero. Luego todo se calló en mí. Volviendo a la realidad, la hallé peor aún, pues estaba vacía de Delfina...

¡Delfina, tan dulce, tan incapaz de la menor maldad, me había hecho conocer sin quererlo todas las penas humanas!

No pudiendo soportar esta desgarrante soledad, volví a casa de Baucaire y, a pesar del riesgo de nuevas explicaciones capaces de aumentar más aún mi desesperación, me alegré de verlo. Al igual que el insecto sin defensa acude a la llama de la que debería huir pero que le fascina irresistiblemente, los trastornadores propósitos de aquel hombre me cegaban y me atraían al brasero de un vivo tormento.

Me recibió con diligencia y, con una sonrisa, me hizo pasar a su despacho. Una vez allí, me indicó un sillón. Adivinando en él la tenacidad de un verdugo seguro de su papel, tomé asiento dócilmente como si lo hiciera en una silla de tortura. Baucaire se sentó enfrente de mí, detrás de su mesa de trabajo y me dijo con una voz pausada de misterio: «He trabajado para usted...» Pero yo entendí: «...contra usted». 

Y, mostrándome unos papeles amontonados al alcance de su mano, añadió como si estuviera presentándome a alguien: «Delfina...» Su énfasis tenía una seguridad de procurador poseedor de una requisitoria inobjetable. No me había equivocado: Baucaire empezaba ya a cortarme en carne viva. Me fue tan insoportable que, bajando la cabeza como bajo el tormento de un dolor, me creí aún sometido a los efectos de mi anterior pesadilla.

Me dijo que mi caso era mucho más apasionante de lo que había pensado al principio. La sinceridad de mi comportamiento, y los detalles que yo había dado, concordaban con indiscutibles documentos: coincidencias y fechas, todo se compaginaba perfectamente. 

Empecé a parlotear, apoyado en una sólida erudición. Lo escuché, debilitado por un amor lentamente dispersado por dudas nocivas que, avanzando dentro de mí, habían llegado a hacerme dudar entre rechazar o admitir sus afirmaciones. 

Baucaire se sentía tan a gusto en su papel de hombre competente que no pensó ni por un instante que enfrente de él temblaba una esperanza que otras palabras habrían podido, sin grandes concesiones, salvar de una vez por todas... Evocó las extraordinarias posibilidades de la clarividencia. 

Aquellas características insospechadas que activan de repente la extrasensibilidad de la materia y permiten asombrosas percepciones visuales capaces de traspasar murallas y siglos... Y luego me describió el itinerario de Delfina con tal precisión que solo los dones que acababa de evocar podían habérselo dado a conocer a distancia... a menos que la hubiera seguido.

Baucaire me precisó los lugares, me indicó la duración y la importancia de los obstáculos que ella solo veía, deteniéndola primeramente a treinta metros de la rue de Maubée... luego diez metros después... y, sucesivamente, otras tres veces antes de llegar a la rue du Cloître-Saint-Merri... después en el ángulo norte de la iglesia... Después, Delfina se alejaba de las fachadas actuales de la rue Saint-Martin... En ese lugar ella aligeraba el paso... En otro sitio, por el contrario, lo disminuía...

Estupefacto, me creí de repente en presencia de un mago quitándose al fin la máscara.

Continuando sin la menor equivocación, llegó al quai de Gesvres y, con algunas palabras más violentas, me dijo el curso súbito que hacía Delfina hasta llegar al centro del pont Notre-Dame.

–De modo que –afirmó Baucaire– ella se detenía ocho veces antes de alcanzar el Sena... ¿Tengo razón?

Asentí con un apenas perceptible movimiento de cabeza. Aquella cifra era exacta.

–Créame –continuó Baucaire–, le hacía falta cierto valor para alcanzar el centro del puente. La más mínima duda y habría sido fatal para ella... Pero, tranquilícese, usted personalmente no tenía nada que temer...

Al oír aquellas palabras me levanté súbitamente y le supliqué que me dijera qué peligros amenazaban a Delfina en aquel lugar. Se lo imploré, dispuesto a creer cualquier mentira. Cogiendo un espeso papel amarillento, envuelto en tela y enrollado, lo extendió ante mis ojos con verdadero deleite. Era un viejo plano de París.

Entonces leí las fechas: 27, 28 y 29 de julio... Revolución... Vi aquellas calles cortadas por numerosas barricadas: adoquines y carretas obstruyendo las arterias parisienses afectas de una violenta crisis de euforia revolucionaria, generalizada hasta lo increíble... Baucaire deslizó lentamente su dedo sobre la rue Saint-Martin y señaló una por una las ocho barricadas que la obstruían, lo que explicaba la marcha temerosa de Delfina. 

Luego me indicó las cruces rojas, las cuales simbolizaban las algaradas de los ciudadanos armados amenazando la calzada entre estos obstáculos que la fraccionaban en múltiples pequeñas revoluciones locales. Y el dedo llegó al pont Notre-Dame, defendido por un cañón realista que, situado a la entrada de la rue Saint-Martin, en poder de los insurrectos, había lanzado su metralla de muerte y cuyo soplo, sobre el plano, estaba marcado con una larga raya de lápiz púrpura... Triunfador sin modestia, Baucaire marcó un silencio para dejar caminar entre nosotros el galope de aquella mortandad... Por un instante me pareció oír el galopar de la Muerte.

–Esta pieza de artillería –continuó Baucaire– disparaba contra todo lo que se movía, y sus servidores no querían en modo alguno a las jóvenes ciudadanas que lograban distraer su atención y alcanzaban el centro del puente, donde, al abrigo de la inmensa pompa entonces construida y adosada a él, se ocultaban unos ciudadanos que los amenazaban por la retaguardia... En fin, y para nuestro agrado y la lógica de vuestra historia de amor, pongamos que en aquella época su heroína ha sido a menudo olvidada por su destino o, si lo prefiere, abandonada entre la vida y la muerte. Todo es posible dentro de lo imposible y nuestra imaginación está aquí para facilitar la credibilidad de todas las fantasías que podrían venirnos a la mente. Añadamos solamente, puesto que aquí tenemos las pruebas, que esta Delfina ha conseguido siempre pasar desapercibida en todos sus recorridos, salvando la vida gracias a sus vestidos de aspecto sombrío...

Y bruscamente, Baucaire me tendió un grabado de la época.

–Y ahora –me dijo–, puesto que usted es el único que la ha visto, quizá podría decirme si la reconoce...

No pude contener una violenta exclamación. ¡Eran las formas, la silueta de Delfina! Como estaba dibujada de espalda, no pude ver su rostro, pero lo recreé en un instante.

–Hace algunos años –continuó Baucaire, persuasivo– usted vio la reproducción de este grabado en un libro de Historia, lo mismo que la de este plano asombroso. Tanto la una como la otra os impresionaron, y luego se olvidó de ellas. Pero aquellas imágenes permanecieron en su inconsciente. Un cambio de situación y de ambiente las ha reanimado, proyectándolas desde su espíritu a la vida corriente, haciéndole un incauto de sí mismo...

Trastornado, ya no le escuchaba. Veía netamente a Delfina perseguida por los sublevados. Su noche estriada por unas balas ariscas que buscaban su presa. Comprendí al fin sus temores ante aquella despiadada matanza, y comprendí que, de nosotros dos, el solitario era yo... 

Volví a pensar en las palabras de Baucaire: «Ella solo salvó su vida gracias a estos vestidos sombríos...» Entonces, violentamente, carne de mi carne, raíz en mí, sentí a Delfina dentro de mí como jamás la sintiera. Ella continuaba viviendo y aquel Satán de Baucaire había estado a punto de que yo la abandonara justo en el momento en que mi traidor regalo la hacía peligrar haciéndola vulnerable a otros peligros mucho más reales que aquellos que él acababa de sugerirme. Conseguí deshacerme de la nociva hipnosis en la que Baucaire se deleitaba encerrándome y salí corriendo para ir a salvar a la pobre Delfina en peligro.

Yo sabía que no había soñado a Delfina; no se recibe un amor tan grande de la nada... La nada no puede dar más que nada, y, además, la forma aguda que adoptaba repentinamente mi tormento me confirmaba su real existencia. En cuanto al peligro que ella corría, mi angustia me lo sugería cercano y actuante. 

Volví a subir a disgusto, llegando hasta la rue Maubée. La noche se ajustaba a su caos de piedras hundidas. Con el corazón oprimido, recorrí los restos de aquella calle, pero comprendí amargamente que Delfina no volvería nunca más a aquel lugar... que yo debía buscarla en otro sitio.

Me aparté de aquella desolación en que se había convertido la rue Maubée, en otros tiempos abra de Delfina, y descendí por la rue Saint-Martin escrutando al pasar los menores recovecos. La noche se endurecía a medida que yo avanzaba. Me tropezaba con ella sin comprender que ya la impotencia me frenaba de ese modo. 

Tenso, me estremecí sin cesar ante la imprecisa pero tenaz llamada de Delfina, y, al mismo tiempo, me hallaba acribillado hasta en mi alma por las disimuladas amenazas que corrían, paralelas a mi búsqueda, e iban, ellas también, a su encuentro. Busqué en vano el fanal de seda que la dirigía hacia un destino que yo sentía implacable, y yo quería sacrificarme para salvar a Delfina, con el fin de que ella pudiera vivir en este mundo las dulzuras de la inocencia. 

Pero, pensando en la idea de que mi muerte, ofrecida por su vida, la haría para siempre desgraciada, unas lágrimas acudieron a mis ojos que solo calmó el pensamiento de que nosotros podríamos quizá tener la suerte de morir juntos.

Cada vez más angustiado, atravesé varias veces el pont Notre-Dame, vacío. Subí hasta el estrechamiento de la vieja rue Saint-Martin, también vacía. Y, como la ciudad permanecía silenciosa, padecí todas las torturas de la desesperación.

De repente, la apercibí...

...Distinguí allí a Delfina, dirigiéndose hacia el Sena, que acababa yo de abandonar... Ella salía de la oscuridad que servía de fachada a la plaza de Saint-Jacques. Era ella, no tenía la menor duda... La reconocí en primer lugar por aquel color vivo que yo había deseado imprudentemente para ella, y que se había convertido en la única tonalidad que mi mirada era capaz de detectar; y, además, por el grito que surgió de mi boca y que se perdió en la noche hostil.

Me lancé rápidamente hacia ella, pero, a pesar de mi certeza de poder al fin unirme a su persona, mi alegría fue incapaz de centellear y tuve la atroz impresión de no entrever más que lo inaccesible... No me engañaba. Pronto, en lugar de hacerme avanzar, mis esfuerzos me detuvieron. Martirizado, impotente, vi a Delfina acercarse al muelle. Corrió hacia el centro del puente donde por primera vez habíamos dejado agitarse juntas y por ellas mismas las chispas de nuestro amor. 

Aligeré mi paso, pero ella se resistía... Delfina era visible, hasta el extremo que solo se veía a ella, confiada en aquella noche que ya no la protegía más. Forcé mis piernas a detenerse, pero estas se oponían. Allá, Delfina era el blanco de todas las amenazas... Corrí inmediatamente hacia ella sin poder alcanzarla con el fin de poner mi cuerpo ante el suyo y protegerla eficazmente. 

Con todas mis fuerzas, le grité que huyera rápidamente de aquel lugar que yo sabía nefasto para ella. Grité más aún, como si pudiera realmente oírme mejor, y la sentía tan presente, pensando por su parte intensamente en mí, que creía alcanzarla con mis inútiles llamadas, multiplicadas a riesgo de alertar y de provocar la fatalidad. Ni siquiera me di cuenta de que entre nosotros existía su infranqueable silencio.

¿Me oía ella? Deteniéndose a la entrada del puente, se volvió en mi dirección y se inmovilizó, espantosamente vulnerable... En una fría y agresiva pesadilla, me pareció que mis pies y mis piernas penetraban en una capa de barro que, cómplice del destino de Delfina, se espesaba, reteniéndome allí como a designio, lejos de ella... Lloré sobre unas palabras de amor que yo murmuraba con tanto ardor que tuve la sensación de que ella me las cogía tiernamente, una a una, en sus labios...

Fui sacado de mi desesperación por unos repentinos ruidos de motor. No lejos de Delfina dos vehículos se cruzaron. Hubo algo así como unas salvas... Fui alcanzado inmediatamente en pleno pecho, y aquella raíz viva de carne que yo sabía que era la de Delfina, se enganchó más violentamente en mí, como si la forzaran a abandonarme y ella se negase. Luego me fue arrancada... lentamente arrancada... En su lugar se hizo un vacío que se llenó de sombríos dolores. Anonadado, me hundí en el barro que me retenía en aquel sitio. No había ningún barro...

Cuando, algunos instantes después, me levanté, el silencio estaba de nuevo allí, Delfina, aquella mancha en el suelo...

Al verla así, quedé libre del barro. Reemprendí mi camino. Llegado al puente, tropecé con unos hombres ajenos a nuestro drama. Inflexibles, no quisieron dejarme que me acercara a Delfina, inanimada y tan cercana.

Le pegué a uno de ellos. Me sujetaron y, a pesar del desorden en el que se encontraba mi mente, pude enterarme de que una joven transeúnte acababa de ser matada por una bala perdida.

Pusieron sobre unas angarillas aquel débil y joven cuerpo de mujer, envuelto en mi vestido rojo. Con las sacudidas que le daban mientras la transportaban, sus pies desnudos se balanceaban...

Delfina - Claude Seignolle (Parte 1)

Vagaba sin rumbo por la rue Saint-Martin. Debían de ser las tres de la madrugada y ya se vislumbraban las primeras luces del alba. El agresivo calor de julio atormentaba a París. No sentía el más mínimo deseo de dormir, y, por una vez, la noche parecía ofrecérseme tal como yo la deseaba. 

Tenía dieciocho años y mi juventud exigía de mí vivir la vida intensamente. Mi meta no era llegar al límite de mis fuerzas, sino simplemente errar en busca de aventuras.

¿Adónde me dirigía? Nunca lo supe, pero yo iba..., y, al mismo tiempo que disipaba mis temores, este acto me permitía descubrir los ritos de la noche en la que yo penetraba con fervor, como si fuera una religión secreta defendida por un laberinto de preciosos extravíos. 

Desprovisto de misterio, así lo buscaba yo, igual que un pobre expone su indigencia a la generosidad del azar. E incluso hoy, cada vez que lo evoco, el recuerdo de aquella noche me desgarra como si ella siguiera viviendo en mí, celosa hasta el extremo de querer torturarme cada vez que intento decir lo que yo sé de ella...

Estaba atento, con el corazón y el aliento a disposición de lo inesperado, cuando sentí la presencia muy neta de algo. Un ruido cercano atrajo inmediatamente mi atención. Entonces apareció una adolescente que luego se alejó por la rue Saint-Martin. La seguí a distancia. Rozaba tan fielmente las fachadas desiguales de las casas que por un momento supuse que se trataba de una ciega que se paseaba sin tropezar en aquella noche, clara para ella, pero mucho más confusa para un vidente. 

Pero ciertos movimientos demasiado precisos me desengañaron muy pronto. Aligeraba el paso cuando los muros ventrudos la empujaban a la fuerza hacia la calzada, caminaba más lentamente frente a los recovecos que parecían retenerla por unos instantes.

Una vez que llegó a la altura de la rue Saint-Merri, se detuvo, y con la espalda apoyada en una puerta cerrada, permaneció en actitud expectante. Luego, levantándose sobre las puntas de los pies, pareció que trataba de buscar un obstáculo invisible... Y al ver perfilarse su fina silueta, me sedujo en un instante.

No habiendo descubierto ninguno de los peligros que parecía temer, reemprendió la marcha, empleando las mismas e inútiles precauciones, ya que nosotros dos éramos los únicos noctámbulos en aquella calle desierta. 

De este modo continuó, interrumpiendo muchas veces su meticulosa marcha antes y después de cruzar esas callejuelas medievales que inundaban el barrio de Saint-Merri, que aún se mantenía intacto. 

Hoy día, demolido por completo, ya no es más que un cráter abierto, bordeado por unos inmuebles que, acostumbrados a una asfixia secular, se ahogan ante tanto espacio.

La joven paseante se detenía, miraba ansiosamente a su alrededor, y siempre mi imaginación se esforzaba vanamente en llenar el vacío de la calle con terribles pero imposibles amenazas. En aquel claroscuro, la semioscuridad velaba a la desconocida sin poder ocultármela a la vista. Sus formas eran esbeltas, pero no delgadas. 

Cada vez que pasaba ante una luz, su sombra renacía, se deslizaba alrededor de ella, y en el solo tiempo necesario para que yo pudiera experimentar un breve placer, sus caderas se ensanchaban al proyectarse su sombra en el suelo. Y estos múltiples detalles, bien patentes o vaporosos, reales o imaginarios, que a menudo no se suele volver a encontrar ante una circunstancia idéntica, lo mismo que la suavidad de su armonioso caminar, me acariciaban y ayudaban a afianzar más aún mi encantamiento.

Sus cabellos estaban recogidos sobre su nuca en un pesado y abundante moño. De lejos, no pude reprimir el impulso de soltarlos, y mis dedos se entregaron a ágiles intentos de trenzarlos en el vacío. Su larga falda oscura se hallaba cubierta con un delantal de color claro cuyas cintas se cruzaban sobre sus hombros, descendiendo luego hasta la cintura, que apretaban con un ligero abrazo. 

La joven tenía ese aspecto anticuado que tienen algunas criadas pueblerinas, alejadas entonces del alcance de la moda. Pero esto no afectaba en nada el atractivo que yo encontraba en ella. Al observar todos estos detalles, al sentir en mí la influencia de sus encantos, gacela a la que nada aparentemente acosaba, el placer del cazador surgió en mí: cogerla viva. En ningún momento llegué a valorar la posibilidad de que solo fuera un anzuelo tendido por el hampa nocturna, a la que mi excesiva curiosidad había acabado por irritar.

Al imaginar de pronto que yo podía estar siguiendo a una ardiente muchacha que acababa de despedirse de su enamorado, un deseo malvado me estremeció: ver surgir al padre autoritario que, temiendo por su hija los efectos de una noche embriagadora, la castigaría y la apartaría para siempre de un rival del que, ya entonces, sentía yo celos. 

Así ocurre: los amores milagrosos de la adolescencia crecen muy rápidamente; de inmediato echan raíces, tronco y follaje... Pero las lianas y los parásitos se apoderan del mismo modo de ellos.

Cuando hubo cruzado la rue des Lombards, a aquella hora desierta, privada de la habitual concurrencia de prostitutas que se ofrecen y de hombres que van por ellas, prosiguió decididamente su camino y se dirigió a aquella parte más aireada de la rue Saint-Martin, ensanchada hasta el Sena a finales del pasado siglo. 

Una vez allí, su conducta se hizo aún más incomprensible para mí. Así como había procurado, hasta entonces, ocultarse y desconfiar de todo, en aquel lugar se exponía deliberadamente a todos los riesgos posibles. Caminaba a la vista de todos, fuera de la acera, a muchos metros de las fachadas y, llegada a la rue de Rivoli, no se detuvo ni siquiera un solo instante, la atravesó lentamente, despreocupándose del peligro real de ser atropellada por un vehículo. Al llegar a la avenida Victoria, disminuyó aún más su paso. Luego, bruscamente, se echó a correr, atravesó el quai de Gesvres y entró en el pont Notre-Dame rozando el parapeto.

Inmediatamente imaginé un acto de desesperación, una zambullida fatal. Corrí rápido hacia ella con el fin de sujetarla antes de que fuese demasiado tarde. Pero al llegar a la mitad del puente se detuvo en seco, y en aquella posición miró fijamente hacia el pont au Change. 

Estuve a punto de chocar con ella. La joven se volvió rápidamente hacia mí, pero no se atrevió a mirarme. En ese momento me sentí descorazonado como aquel cazador seguro de sí mismo –según la fantasía que yo había elaborado–, y que se encuentra, por su torpeza, descubierto y, a su vez, convertido en la pieza de caza. Embarazoso, confuso, solo pude pronunciar palabras tontas.

Alzando su rostro, la joven me mostró su dulce mirada, y el maravilloso efecto que me produjo me impidió seguir hablando. ¡Sus ojos! ¡Oh, sus ojos!... No me castigó con ninguna malicia irónica. Me miró solamente y, al mismo tiempo que me causaba una profunda y silenciosa sorpresa, dejó generosamente que mi admiración se reflejase en su límpida mirada.

Iba a disculparme y a iniciar una conversación que deseaba con mayor intensidad que nunca, pero la joven no me dio tiempo para hacerlo. Colocando de repente las manos sobre sus orejas, tuvo un sobresalto. Sus ojos se ensombrecieron y reflejaron un violento terror...

A pesar de mi asombro, me volví e hice frente a ese peligro que la desconocida acababa de descubrir. Pero no alcancé a ver ni a entender nada. Contenidas por el quai de Gesvres, las fauces de la rue Saint-Martin, reptil roto e incrustado en la carne apergaminada de la ciudad vieja, permanecían abiertas apaciblemente en aquella noche diluida por el alba.

Miré de nuevo a la desconocida. Ahora aplicaba sus manos a la boca como para modular un grito, pero ya no reflejaba terror en su mirada... y creí leer en ella su agradecimiento como si, durante algún momento, yo la hubiese protegido. Entonces se estableció entre nosotros una extraña y vertiginosa comunión. 

Sonriéndole, volví a contemplarla, empujado por una necesidad tan intensa de ella, que se vio obligada a bajar la cabeza, sin duda para ocultar esa gran timidez que sienten las jóvenes cuando, creyéndose incapaces de lograr nunca emocionar a un muchacho, manifiestan un exagerado pudor cuando se les presenta la prueba súbita de lo contrario.

Empecé a observarla con esa euforia que se siente al obtener un éxito inesperado. Los pómulos, anchos, daban la impresión de que su boca y su mentón fueran más estrechos. Largas pestañas orlaban sus ojos, animados de una intensa transparencia. Sus cabellos, recogidos en aquel moño ya familiar, se escapaban en dispersos mechones rebeldes, uno de los cuales se deslizaba a lo largo de su mejilla, haciéndome tentar aquel gesto que yo no osaba... 

La luz difusa hacía parecer su piel de color ocre, pero, yo no sé por qué, bajo aquella máscara ardiente y artificial, me la imaginaba pálida y fresca como debe de serlo el alma de la noche. La joven era más fascinante que perfecta; más extraña y misteriosa que bella.

Huyendo de la atracción de su mirada, hábil trampa que me tentaba sin cesar, aprecié más atentamente la finura de su nariz casi infantil y la gracia de su cuello, pivote palpitante de aquel rostro en flor. Le calculé la edad de la primera florescencia, aquellos dieciséis años que mis dieciocho tomaron inmediatamente bajo su protección, sin duda porque la sonrisa parecía ser un don que le había sido negado por la vida.

A pesar de su profunda tristeza, sus rasgos me colmaron con un sordo placer. Pero su vestimenta, debo confesarlo, me desconcertó. ¿Cómo era posible que a la edad en que las jovencitas se creen princesas, esta podía acordar sus gustos con unas ropas tan anticuadas? Aquella falda y aquel delantal, severos ambos, de tosco algodón oscuro, que, ajustados a su cintura, acentuaban la delgadez de su talle, pero ocultaban rodillas y pantorrillas como en una misión formal de decencia. Sus pies estaban descalzos.

Consternado, comprobé hasta qué extremo sus ropas estaban ajadas, pero esto no me hizo alejarme de ella. Al contrario, me acerqué y, ocultando mi asombro, le pregunté qué era lo que la había asustado.

No pareció entenderme y me miró con intensidad. Su cabeza se inclinaba ligeramente a un lado, igual que esos gatos que, no pudiendo comprender nuestros propósitos, esperan otra cosa mucho más tangible que las meras palabras. Tendí mi mano hacia la suya. Ella me la negó. Luego, para hacerme comprender que no debía tocarla, dio unos pasos hacia atrás.

¿Por qué hizo aquel movimiento? ¿Por qué motivos no me respondía? Desilusionado, bajando el tono de mi voz que entristecí a propósito, le pregunté si le desagradaba mi compañía, sabiendo bien que mintiendo diría que sí.

Fue entonces cuando, al estudiar los movimientos precisos de sus labios y el fulgor reavivado de su mirada, comprendí que era muda..., que no era yo el que le había dicho lo que sentía, sino ella, quien, desde el primer momento de nuestro encuentro, me había acogido inmediatamente en el fondo de su corazón, quien me había dirigido luminosas palabras con sus ardientes ojos, pero que yo no había visto en todo ello más que los centelleantes y únicos reflejos de mi propio deseo de ella. Al comprender todo esto, no quise que interpretase mi segunda confusión como compasión por ella. 

Me volví, y a pesar de mi firme deseo de quedarme, me alejé, mal aconsejado por mi inexperta adolescencia en actitudes compasivas. Pero de no haber sido por no querer herirla, la hubiera cogido en mis brazos y, abrazándola con todas mis fuerzas, le habría dicho: «Ahora que nos hemos conocido, seré yo quien hable por ti...». ¡Me marché involuntariamente!

Inmediatamente vino ella a mi lado, caminando junto a mí, y una borrasca de alegría hizo vacilar el ritmo de mi corazón.

Pero no me atrevía a tocarla.

Cuando nos disponíamos a atravesar el quai de Gesvres, se acercó más a mí. Vi que temblaba, como si se hubiese apoderado de su cuerpo una fiebre repentina. Dándome cuenta de que su inexplicable miedo volvía a apoderarse de ella, empecé a hacer gestos de aspecto belicoso con el fin de demostrarle que estando presente nadie se atrevería a asustarla. 

La joven se calmó, y al observar en su mirada una imperceptible señal de agradecimiento, entendí con cuánta facilidad sabía ya comprenderla. Le respondí a su modo, con una suave caída de párpados. De esta forma intercambiamos un nuevo acuerdo.

Sin embargo, apenas llegamos a la parte estrecha de la rue Saint-Martin, la joven volvió otra vez a pegarse a las fachadas mientras caminaba, y deteniéndose en los mismos lugares que antes, demostró aquellos temores que su mirada se esforzaba en hacerme compartir. Luego, pensando que había llegado el momento favorable, reemprendió de prisa la marcha invitándome a seguirla con un gesto imperativo. Y cuando no podía yo caminar tan de prisa, me daba cuenta de cómo mi despreocupación le producía una brutal consternación.

Nos cruzamos con un noctámbulo que no se fijó ni siquiera en mi compañera. Pero, sin embargo, se dedicó a observarme con un invisible estupor. No le di ninguna importancia a este encuentro. Pese a que, más adelante, en ciertos momentos en que mi espíritu se hallaba perplejo, aquel encuentro me venía a la mente como un testimonio que quería imponerse por sí mismo.

Cuando llegamos a la rue Maubée, la desconocida se detuvo, y con una simple inclinación de cabeza, me indicó que había llegado a su destino y que debíamos separarnos.

Profundamente apenado, pensando que jamás volvería a verla, sentí una especie de escalofrío en mis hombros. Fue como si, habiéndome cubierto con el suave armiño del amor, ella me lo quitase de repente, dejándome totalmente desnudo, sin tener siquiera el consuelo de conocer su nombre. Pero uno de los muros cercanos, mejor iluminado, me sugirió el medio de descubrirlo. Recogiendo una piedra puntiaguda del suelo, escribí el mío en el yeso poroso y sucio...

Ella lo leyó..., me miró profundamente..., dudó; luego, recogiendo también una piedra, grabó el suyo haciendo un esfuerzo, escribiendo torpes letras de colegiala, generosas en curvas temblorosas. Yo las descifraba a medida que iba escribiéndolas como embrujado por el hilo de un viejo encaje, destinado a unirnos definitivamente el uno al otro.

Y después de una breve pero expresiva mirada que me reveló su alegría, la joven me abandonó sin el menor ruido.

Permanecí mucho tiempo en aquel sitio, sin moverme, como si ella acabara de llevarse mi vida.

El alba acabó por diluir la noche.

Al llegar a casa, me puse a analizar la historia de mi amor, y, queriendo conservar hasta el más mínimo detalle del mismo, decidí encerrarme en mi habitación. Con el fin de aislarme de la existencia banal de cada día, extendí los visillos, cerré las ventanas y corrí las cortinas con esa prisa que suele emplearse cuando se quiere impedir la huida de algo muy valioso.

Cuando hube reconquistado un trozo puro de aquella noche generosa que me había hecho saborear el más vivificante de los alimentos que pueda exigir un alma juvenil carente de ternura, me eché completamente vestido en mi cama, y, cogiendo mi almohada, la apreté con fuerza. Luego la abracé con dulzura, como si ella fuese realmente mi conquista finalmente complaciente... 

El calor de mis labios ávidos comunicándose a la tela hizo que insensiblemente yo sintiera la ilusión de una verdadera y palpitante presencia. Pronto estuve riéndome a carcajadas con Delfina. Y su risa, que incluso de haber estado ella presente no habría conseguido hacer vibrar, la inventé y la recibí como si fuera realmente la suya.

Así me la imaginé, amorosa tal como yo la anhelaba. Acunado por su amor fluyente y refluyente, me quedé dormido bajo sus besos. Aquel sueño me resultaba imprescindible como a un niño mimado...

Al despertarme al día siguiente, me encontré dominado por una inquietud hostil. Después de haberme embriagado, el amor se había convertido en veneno. La imagen de Delfina se impulsó súbitamente exagerada en su dolorosa realidad. Solo entonces comprendí cuán triste estaba ella. 

Me la imaginé cuando caminaba –su «fuga», pensé yo entonces–, obligada a rozar las paredes con el fin de no ser descubierta por aquel «algo» que la amenazaba. Recordé sus numerosas paradas, sus prolongados momentos de inquieto acecho y traté de explicarme aquel espanto que ella había sentido cuando se hallaba sobre el puente.

¡Delfina perseguida, acosada!... Delfina, princesa metamorfoseada en moza rústica, a la cual yo otorgaba al mismo tiempo pobreza y belleza hasta lo imposible... ¡Delfina desgraciada! ¡Y pensar que yo, por experimentar celos injustificados, le había atribuido un padre abusivo!... De repente la imaginé con padres brutales, abofeteándola por su primera sonrisa, aquella que ella me dedicaba y que acababa torpemente de dejar escapar, pecado visible de su nuevo gozo.

Entonces me levanté, y maldiciéndome por no haberla alejado de un martirio seguro, juré defenderla.

Había que salvar a Delfina... ¿Podía existir una misión más anhelada para mí?

Regresé inmediatamente al lugar donde nos habíamos despedido y apenas divisé a lo lejos la entrada de aquella calle angosta, asfixiada entre los flancos descalabrados de sus edificios desigualmente panzudos, sentí una sorda opresión... Contaminada por un barrio gangrenado, aquella calle debía, con su descalabro, herir el orgullo de la Villa de París. 

Asimismo temí que, al juzgarla como una calle vergonzosa, la destruyeran ante mis ojos y a Delfina con ella. Desconcertante premonición que en este instante recuerdo, una más entre otras, justas o falsas, que yo debía sentir a continuación en aquel lento desgarramiento de mi propia persona.

Penetré en aquella callejuela con tanta necesidad de provocar el milagro anhelado que murmuré una larga y fervorosa oración compuesta únicamente con el nombre de Delfina. Y esta humilde petición levantó una invisible pero ardiente hilera de cirios tan luminosos como las secretas pero radiantes palabras que ella había pronunciado.

Mi presentimiento tenía motivos para ser verdadero. Como con tantas otras callejuelas viejas de aquel barrio, un mandamiento judicial de destrucción había sido promulgado. Desprovista de sus habitantes, la sorprendí en ropas mortuorias. Con el bastón de mando en la mano, los verdugos debían llegar de un momento a otro para destruirla, ladrillo por ladrillo.

Ante este pensamiento, ello fue como si me arrancaran a Delfina, única víctima posible, y fuesen a mortificarla, esta vez en público, permaneciendo yo allí impotente. Corrí inmediatamente hacia el edificio adonde ella se había dirigido al separarse de mí. Encontré un pasillo sombrío. Un olor ácido de suciedad me sofocó, y su tufo de muerte en potencia me forzó a acelerar mi búsqueda. 

Recorrí todos los pisos. Empujé obedientes puertas que, sin pudor, exponían a mi vista miserables habitaciones desnudas: cubiles de muros roídos dejando ver con complacencia sus llagas íntimas, como hacen algunos leprosos resignados. Y mi espíritu, alejándose de mi cuerpo, visitaba los lugares más herméticos a mis miradas. 

Todo mi ser se encontraba en desorden. Impulsado por ilusorias señales de vida que me atraían constantemente, yo obedecía, y, cada vez, mi decepción valoraba la amplitud de una pérdida irreparable. Solo quedaba la única realidad de aquellos lugares, los crujidos de los vidrios rotos y los trozos de yeso caídos al suelo.

Después de haber inspeccionado todos los rincones, subí al techo. Allí quedé deslumbrado por un sol agresivo cuya exuberancia no reconocí. Escruté en la sombra de las chimeneas con la ilusión de encontrar allí a Delfina, pequeño animalito amenazado, acurrucado en uno de estos últimos refugios. Pero ella no se había escondido allí..., ni nadie que me hubiera consolado hablándome simplemente de ella. Así, por primera vez, debía aceptar su pérdida.

Permanecí inmóvil, desesperado, cuando de pronto la voz de un hombre lanzó bruscamente su ironía en mi silencio.

«No hay nada interesante en este lugar –dijo, en tono burlón–, y aunque esta mugrienta casa sea de un bello estilo, ya no tiene ningún valor...»

Me di vuelta, sobresaltado.

El hombre que apercibí entonces reía sin que su risa esbozase sobre su rostro la menor muestra de alegría. Su risa era lisa y fría. Incluso el aspecto irrisorio de su busto rígido que surgía por una claraboya del techo, y parecía de una marioneta, no produjo ningún efecto en mí. Estaba yo muy lejos de sospechar el papel que iba a representar en mi vida. A menudo se es ciego delante de nuestros más importantes socios... 

Demostrando gran agilidad, el desconocido tomó pie sobre el tejado y me dio la impresión de sorprender a un personaje pintado demostrando una repentina infidelidad a su cuadro. Impresión que permanecía en el ambiente de este singular encuentro... Después de haberse quitado rápidamente el polvo de los codos y de las rodillas, se acercó a mí. 

Entonces mi atolondramiento, cobarde cómplice que me había impulsado a llegar hasta allí, en los bienes pertenecientes a otro, me abandonó. Volví a la realidad de las circunstancias y me dispuse a esperar una justa reprimenda. Pero, en contra de lo que yo esperaba, el hombre me tendió una mano cordial, y cogiendo la mía, me sacó de un sonambulismo despierto. «Me llamo Baucaire», dijo presentándose a sí mismo, en un tono refinado, como si estuviera recibiéndome en un salón palaciego. Su seguridad en sí mismo vino a aumentar más aún mi confusión.

Era inexpresivo su rostro, profunda la mirada, sombría la vestimenta y negra su cabellera. Al contemplarlo, me vino a la mente la imagen de un rapaz enflaquecido por cuarenta años de avaricia insatisfecha. Sin embargo, a pesar de estas primeras impresiones que me aconsejaban desconfiar de él, presté generosidad y comprensión a este desconcertante personaje. Su desenvoltura me hizo pensar en que tenía que ser una persona influyente en aquellos lugares. La casa debía de ser suya y, quizá, toda la calle.

Angustiado por saber, le atribuí todos los poderes, empezando, desde luego, por aquel de decirme dónde podía encontrar a Delfina y quién era ella. Pero pronto perdió todo su prestigio al decirme su simple condición de contable en un almacén de textiles al por mayor en el barrio de Sentier, muy cercano de allí. No fui un incauto ante esta modestia forzada, dándome cuenta de que en realidad él se consideraba mucho más importante. Asimismo, la vulgaridad de su modo de hablar como también su facultad de seducción, me disgustaron.

Sacando varios planos de uno de sus bolsillos, me enseñó unos esbozos de proyectos arquitecturales hechos por él y destinados, según me dijo con suficiencia, a ilustrar el libro que estaba preparando sobre el Viejo París a punto de demoler. Me descubrió la riqueza de otras viejas calles, las del Marais, por ejemplo. Luego, pasando del entusiasmo al desprecio, me habló de la miseria de aquella en la que nos encontrábamos y que era mi amiga. 

Glorificó los dorados de las demás, que me eran indiferentes, y denigraba el tugurio bastardo de esta que yo amaba. Mientras escuchaba sus razonamientos, yo despreciaba, a mi vez, todas las demás calles y ennoblecía esta, lamentando que Delfina no pudiera aparecer de repente, para desmentir siquiera sobre un punto a este falso entendido. 

Pero me abstuve de brindarle ayuda, dado el partido que tomaba aquel hombre en contra de «nuestra» calle, lo que me hacía temer que de igual modo juzgaría mi conquista, despojándomela de todo valor.

Cuando nos despedimos, me entregó su tarjeta personal. Me invitó a ir a visitarle a su casa. Tenía mucho interés en ofrecerme una de sus obras, sobre las que había hablado mucho. A decir verdad, me encontraba simpático y quizá inteligente, sin duda porque mi silencio le había permitido presumir de persona erudita.

Al bajar las escaleras, no pensaba en lo extraño de nuestro encuentro. Incluso bien pronto olvidé al señor Baucaire. Ya en la calle, me sentí de nuevo enteramente poseído por Delfina, y, acordándome de nuestro pacto de alianza muda, me dirigí hacia la fachada de la casa que fue testigo de la misma. Pero una vez allí, justo en el lugar donde escribimos nuestros nombres, un obrero acababa de hacer un boquete a grandes golpes de pico para colocar el sujetador de un andamio... Nuestros dos nombres no eran ya más que yeso cubierto de polvo.

Aquella misma tarde, mucho antes de que la noche se desplegase en el cielo, esperaba yo a Delfina sentado detrás de los cristales del café que se hallaba enfrente de su calle. Observaba con tanta atención que los ángulos agudos de los dos inmuebles de entrada se grabaron en mis ojos. 

Se superponían estos en el cristal de mi vaso cuando al dirigir mi mirada allí lo cogía para beber sin sed un pequeño sorbo de bebida que iba reduciendo cada vez más como si mi agotamiento total debiese significar mi marcha y el final de mis esperanzas.

A medianoche, el dueño del café me echó. Luego apagó las luces de su establecimiento, privando a la calle de aquella iluminación que llegaba hasta la acera de enfrente. La oscuridad se hizo más patente. El silencio se espesaba al fin. Mi corazón comenzó a latir rápidamente y ya no tuve el suficiente sosiego como para moderar mi impaciencia. De pronto me di cuenta de que el tiempo corría demasiado rápidamente. Entonces temí que el alba, al acercarse y borrar la noche, borrase también a Delfina.

La primera hora la pasé acurrucado en el portal de una puerta, preso de un atroz desaliento. La segunda, Dios escuchó mis súplicas. Mucho antes de la tercera, el diablo hubiera podido, sin necesidad de insistir, cambiar mi alma por un encuentro con Delfina, por un solo encuentro, por muy breve que hubiera sido.

Finalmente, un pajarillo valiente le silbó a la noche agonizante. Mis párpados me pesaban, marcando un insoportable segundo de angustia. Y ella salió de la callejuela muerta... Delfina había venido, y todo en mí se tranquilizó. Era como si yo no hubiera jamás padecido durante aquella angustiosa espera. Unas lágrimas, miel de mi alegría, brotaron inmediatamente de mis ojos y perfumaron mis mejillas. Delfina había aparecido y los milagros empezaban a florecer.

Pero pronto una viva decepción arañó mi corazón: Delfina no se detuvo para buscar mi presencia con la misma avidez que yo lo hiciera. Reemprendió su mismo caminar ansioso, mostrándose solamente fiel a la rue Saint-Martin.

Tan desgraciado como un animal azotado de esperanzas rechazadas, la seguí a distancia, y comprendí de qué forma sufren las bestias hambrientas de aquella ternura que les es rechazada porque se supone que no serán capaces de paladear su sabor. 

Cuando recuperé mi valor, la alcancé y me puse enfrente de ella. Sorprendida, Delfina se paró llevándose las manos a la garganta. Luego, con un gesto rápido, me ordenó esconderme con ella en el portal de la iglesia de Saint-Merri, delante de la cual nos encontrábamos.

¿Qué podía favorecerme más? Puesto que el juego del amor y el de Delfina así lo querían, me refugié allí, muy junto a ella, demostrándole un perfecto estremecimiento de temor. Y, como me contemplaba tan tiernamente como yo a ella, desgrané suavemente las tres sílabas de su nombre: Del-fi-na. Lo hice con tanto cariño que leyó en mis labios tres otros sones mucho más radiantes. Dije Del-fi-na, y, dichosa pero sin la menor sonrisa, me mostró que entendía Te-quie-ro...

Jamás tuve que bendecir con tanto entusiasmo la característica de un nombre que podía interpretarse con tan bello significado. Luego quise preguntarle sobre estos extremos que tanto me inquietaban el corazón. Desgraciadamente, bien pronto comprendí que había sobrevalorado mi nueva ciencia. 

Mis gestos la despistaban y mis señales hacia la calzada despertaban cada vez el terror en su mirada. Para calmarla y que pudiese superar aquellos temores imaginarios, traté, creyéndome hábil juglar, de dar a mis tres únicas sílabas mucho más sentido del que podían demostrar, lamentando que Delfina no pudiera comprender otras palabras mucho más maravillosas... Volvía sin cesar a los tres sones mágicos, tratando a veces de darles el sentido de por-siem-pre, y ello diciéndole simplemente: Del-fi-na. 

Entonces, al ver brillar su mirada al pronunciar yo esta palabra, me sentí un experto artesano tallando con la herramienta más rudimentaria, faceta por faceta, un diamante en bruto. De esta forma conseguí poco a poco hacer irradiar su sol interior. Y aquella noche, me ingenié de modo que, dándole el placer de mi compañía, Delfina no se marchase lejos.

El alba estuvo a punto de sorprendernos. Apercibiéndola de repente, Delfina se puso muy nerviosa y partió tan rápidamente que a duras penas pude alcanzarla. Solo se volvió cuando estuvo a punto de desaparecer en su calle, enviándome un beso del fondo de su corazón, el primero, que yo recibí gozosamente en los labios... 

El haber conseguido por fin una prenda de amor suya me contuvo, pues de lo contrario, a riesgo de traicionar la confianza que se debe al amor, la habría seguido mucho más lejos en su secreto.

Por la tarde, me dirigí a la rue Maubée con el fin de no impacientarme. Erré en su agrio día pensando en la noche futura, aún tan lejana, esforzándome en sorprender una traición de la presencia de Delfina. Pero todo seguía apagado y muerto. Una vez más la busqué y una vez más encontré al señor Baucaire. Apenas me vio, me mostró sus dibujos: «¿Nada valioso, verdad?», me gritó al verme.

Su frase me hirió, pero me mostré amable con él, ya que, al dignarse eliminar los enjutos restos de aquella calle, él le reconocía tácitamente cierto valor. Entonces me fijé en su sobria elegancia que la víspera, en el tejado, me pasó inadvertida, dejándome seducir, lo que sin embargo me había prometido a mí mismo no aceptar jamás.

Al verme tan feliz, me dirigió un cordial saludo, deseando conocer la razón de tanta felicidad por mi parte. El hecho de que quisiera escucharme precisamente en un momento en que yo sentía la necesidad de confiarme a alguien, hizo que me resultara agradable. De modo que, no ocultando por más tiempo mi dicha, le confesé con ardor la existencia de Delfina y mi amor por ella. 

Le hablé de Delfina y de sus motitas rojizas que revoloteaban en sus ojos azules. Le hablé también de su invisible sonrisa, solamente comparable a los reflejos del oro y las piedras preciosas que adornan el interior inaccesible de los mausoleos inviolables. Seguí hablándole de ella, y, a medida que le contaba tantas cosas, la mirada del señor Baucaire se hacía cómplice. 

Quizá Delfina no fuese una desconocida para él, y si él me dejaba hablar de ella sin interrumpirme, era solamente por enterarse de lo que ignoraba de la misma. Yo no sé hasta qué punto los adultos pueden envidiar la suerte de la juventud y sus fáciles conquistas.

Confuso, empecé por calmar la intensidad de mi admiración. Luego disminuí ciertos rasgos que anteriormente había coloreado en demasía. Finalmente, oculté a Delfina tras un velo de banalidades y la encerré en un cofre hermético a la avidez del señor Baucaire. 

A bocajarro le pregunté súbitamente si la conocía. Mi pregunta le hizo casi sobresaltarse. «¿Conocerla yo? –dijo secamente–. En absoluto.» Y girando rápidamente sobre sus talones, el señor Baucaire se marchó inmediatamente.

Extrañado al principio por el tono de su respuesta, no tardé mucho tiempo en comprender que el señor Baucaire mentía. Sin duda alguna él conocía a Delfina, aquella linda muchacha que en vano buscaba yo de día. Traté de darle alcance, pero había desaparecido.

El hecho de que Baucaire compartiese conmigo el conocimiento de Delfina no me hacía menos preciosa a esta última, pero el que me la hubiese hecho describir hasta aquel extremo, forzándome a un acto deshonesto hacia una muda confianza, me agobió. Todo lo que yo le había dicho era la verdad, pero eso pertenecía a ella y a mí únicamente. 

Me sentía culpable como si, habiéndome convertido en su amante, hubiese entregado, con complacencia, al primer extraño hasta sus más íntimas quejas amorosas... La adolescencia es así, dotada de una pureza que amenaza incesantemente las fiebres adultas. 

Sin embargo, yo no sentía ninguno de los tormentos de los celos. Para experimentar ese sentimiento me hacía falta una prueba de la que, por lo demás, no vislumbraba ni su posibilidad: el señor Baucaire seduciendo a Delfina... Hacía falta tener mucha sensibilidad para conseguirlo, y él no la tenía... Amar el silencio, cosa que él detestaba.

Un viento tenaz de amor barriendo mi cielo era suficiente para eliminar la menor nube, y si persistía, yo la ignoraba hasta el punto de no verla. Así pensaba yo de Baucaire, y, de nuevo, mi alegría inundó los grandes espacios azules. 

Entonces, para que Delfina no pudiera escapárseme, decidí marcarla con un signo visible de posesión: un ligero vestido de color rojo ardiente que podría verse desde cualquier lugar del mundo; una bata de seda púrpura que, aferrándose inmediatamente a mi mirada, me arrastraría detrás de ella con la facilidad de una ágil llama.

Los escaparates me llamaban. No tenía más remedio que hacerles caso, ya que debía tener el honor de vestir a Delfina. Solo mi juventud, tan valiente en sus deseos, se mostró torpe y bien tímida cuando al encontrar el rojo más bello capaz de atravesar la más espesa de las noches, doblé el difícil cabo representado por la puerta de la tienda de ropas femeninas. 

Me pareció que iba a inmiscuirme en un juego de muchachas estrictamente prohibido a los jóvenes, y que, hiriendo mi orgullo, iban a rogarme que saliera inmediatamente después de haberme arrancado la promesa de no volver a entrar en la tienda. Sin embargo, y por el contrario, acogieron mi visita y mi deseo sin mostrar la menor sorpresa. Yo no sabía aún que, sin el hombre, aquel juego no tendría ninguna razón de ser.

Señalé al vestido que deseaba, de corte perfecto, escotado y corto, exactamente lo que necesitaba. Me lo trajeron y esta fácil conquista me inundó de un placer hasta aquel momento desconocido para mí. No me atreví a tocar inmediatamente la tela. Fue necesario que la vendedora me invitase a ello. Entonces lo hice con tanto pudor como dulzura. Al primer contacto con la tela, me estremecí como si hubiese tocado a Delfina en su carne...

Debo decir con cuánta prisa entré en mi casa y cerré con llave la puerta de mi habitación, como si se tratase de un rapto. ¡Delfina estaba en mis manos! Con temblores de fervor, desplegué la ropa de ardiente fuego a la mirada, tan dulce al tacto, y la extendí sobre mi cama como si fuera un cuerpo ágil y complaciente. Acaricié el vestido y me estremecí. 

Mis manos redujeron su talle al de un esbelto manojo de rosas, desprovisto de espinas. Caí de rodillas ante la forma de Delfina, al fin dócil, y abracé hasta saciarme aquella piel de seda. Le murmuré una oración reservada a nosotros dos: la elegía de todo lo que tenía que decirle y que jamás lograría hacerle escuchar. Luego, me acosté junto a ella.

Aquella noche, frente a su calle, la impaciencia por ofrecerle el vestido rojo que yo calentaba contra mi pecho hizo aún más angustiosa mi espera. Sin embargo, de haber permanecido tranquilo, habría podido al fin preguntarme con lucidez sobre la anormal y breve vida nocturna de Delfina. Pero hoy día reconozco que el amor, si no nos ahorra las más ínfimas confusiones, se abstiene algunas veces de sugerirnos las peores. 

Apoyado en el muro donde habíamos escrito nuestros nombres en juramento de fidelidad, no pensé siquiera en su desaparición. Ahora sabía que estaban grabados en nuestros corazones, allí donde ningún pico podría destruirlos, a menos que nos destruyesen a nosotros mismos.

Finalmente, de modo confuso, la calle muerta, fuente de silencio, me atrajo por ese violento silencio que yo conocía bien puesto que era el de Delfina. Avancé, inmediatamente cogido, absorbido por la felicidad que, de repente, surgió de la penumbra.

Delfina me vio en el acto, pero, al verme tan cerca, hizo un pequeño retroceso. Temiendo que se marchara, contuve el impulso que me lanzaba hacia ella. Entonces, penetrando con su mirada dentro de mí mismo, sus ojos me calmaron, y cien años habrían podido pasar junto a mí sin que yo los sintiera, para a continuación resurgir de entre ellos, muertos, mis dieciocho años perfumados por la admiración que sentía hacia Delfina, mi sortilegio.

No tuve tiempo de entregarle mi regalo. Recobrando su temor, segura de mi fidelidad, Delfina me condujo detrás de ella, en su extraño caminar, y, según su costumbre ya tan familiar para mí, hizo una primera parada a algunos metros de la rue Maubée. 

Una vez más traté de adivinar cuál era la amenaza que ella temía, y, no pudiendo distinguir nada, como siempre, decidí liberarla de aquel espanto. Pero, adivinando mis pensamientos, Delfina se volvió y, poniendo un dedo en sus labios, me previno de hacerlo. 

Esta vez, no teniendo en cuenta sus temores, fui decididamente hasta el centro de la calzada y atravesé sin inconvenientes el invisible peligro. Una vez hecho esto sin la menor ironía, me incliné hacia ella ofreciéndole esta fácil victoria sobre un adversario tan temible.


CONTINUARÁ...