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El sacerdote y su amor - Yukio Mishima

De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es, allí, de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. 

Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Precintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. 

Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles tocan eternamente música sagrada y entonan himnos de alabanza al Tathagata Buda. 

Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. 

Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y Kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. 

Estos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa).

Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. 

El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.

Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. 

No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen.

De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir.

Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia.

En el capítulo de "El Portal de Inspección" se nos enseña que, visto y considerando que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de "imaginación exterior" y, luego, en engrandecerlos continuamente. 

El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes.

A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. 

En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. 

Presumiendo que el yoyana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes.

Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. 

Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro.

La concentración en tales imágenes es conocida como "Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda", y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala.

El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón.

A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. 

Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía nutrir gran seguridad respecto a su futuro.

Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. 

Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal.

Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. 

Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo, estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. 

Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. 

Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud.

En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. 

Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres.

Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente.

Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venia de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente.

Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua.

En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña una dama de la Corte del distrito Kyogoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. 

Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago.

El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse.

Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes.

La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar.

En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas.

Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporario compuesto de carne perecedera. 

Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago, pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. 

El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu.

El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. 

La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda.

Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. 

El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. 

Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse.

Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía.

Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia.

Aun leyendo a los Sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza servía para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían.

Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. 

Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial.

La Gran Concubina Imperial de Kyogoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. 

Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el Sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón.

La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama.

Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. 

El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jodo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los Últimos Días de la Ley y su degeneración.

Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. 

Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible.

El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. 

Tanto más sorprendente era, entonces, el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda.

La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo.

Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro.

Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte, hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. 

Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. 

El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser retribuido.

La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. 

La dama recordó frases tales como "mi amor perdido y sin esperanzas" que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. 

La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento.

A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. 

Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchar sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos.

Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen.

El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro.

La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. 

Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude a las plantas sagradas.

Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación.

El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable.

La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. 

El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza. En saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano.

El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del Lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso.

En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. 

Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago.

Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. 

Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial.

El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. 

Esto le producía una alegría especial, seguramente porque de lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades.

Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial a una criatura de carne y hueso, ni tampoco a una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. 

Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. 

La Gran Concubina Imperial de Kyogoku, se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la Cortesana se volvía. tan grande como el Monte Sumeru.

Cuanto más convertía a su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues la imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. 

Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. 

Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.

Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia.

El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba a su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor.

Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas.

Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado.

Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada.

Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. 

Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos.

La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenia una extraña fascinación.

¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta.

Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente.

Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida.

Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyogoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos.

Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. 

Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura.

Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad.

Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín.

La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuando veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella "desilusión profundamente arraigada" de la que hablan los Sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno.

Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. 

El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así, equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano.

Sin embargo, esta noble dama de Kyogoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad.

"El Gran Sacerdote—se dijo—tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo." Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil.

Cayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos.

La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote.

Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. 

Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente.

El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. 

Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla.

El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso.

La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto?

En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo.

Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada.

Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo.

El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano.

La doncella trasmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros.

La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde afuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones.

Entonces, en la semi penumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llev6 a la frente y a las mejillas.

La Gran Concubina Imperial de Kyogoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas.

Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda.

Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las Kalavinkas. 

Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte—y en aquel momento no dudaba de que así sería—, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote?

Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar.

La Gran Concubina Imperial esperó.

Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada. Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial.

Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyogoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de los Sutras.

 


 

Los ojos hacen algo mas que ver - Isaac Asimov

Después de cientos de billones de años, pensó de súbito de sí mismo como Ames. No la combinación de ondas que a través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí propio. Una clara memoria trajo las ondas sonoras que él no oyó ni pudo oír. 
El nuevo proyecto había estado aguzando su memoria más allá de los más viejos eones. Allanó el vórtice energético que recubría la suma de su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá de las estrellas. 
La señal de respuesta de Brock vino. 
Con seguridad, pensó Ames, él podía hablar con Brock. Con seguridad podía él hablar con cualquiera. 
Los modelos de energía enviados por Brock, comunicaron: 
-¿Te acercas, Ames? 
-Naturalmente. 
-¿Tomarías parte en la contienda? 
-¡Sí! -Las líneas de fuerza de Ames se movieron irregularmente-. He pensado en una forma artística completamente nueva. Algo realmente insólito. 
-¡Qué derroche de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una nueva variante pueda ser concebida tras doscientos billones de años? Nada puede haber que sea nuevo. 
Por un momento Brock quedó fuera de fase y comunicación, y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó la dirección de los pensamientos de otros emanadores mientras lo hacía; captó la poderosa visión de la anchurosa galaxia contra el terciopelo de la nada, y las líneas de fuerza pulsada sin fin por multitudinaria vida energética y discurriendo entre las galaxias. 
-Por favor, Brock -dijo Ames-, absorbe mis pensamientos. No los evites. He estado pensando en manipular la Materia. ¡Imagínate! Una sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Claro que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo 
podía ser de otro modo? ¿No nos enseña esto que debemos planificar la Materia? 
¡La Materia! 
Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como un tinte de disgusto. 
-¿Por qué no? -dijo-. Nosotros mismos fuimos Materia en otro tiempo, mucho tiempo... ¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no erigir objetos en un medio Material, o con formas abstractas, o... escucha, Brock... ¿por qué no construir una imitación nuestra en Materia, una Materia a nuestra imagen y semejanza, tal y como solíamos ser? 
-No recuerdo cómo fuimos -dijo Brock-. Nadie lo recuerda. 
-Yo lo recuerdo -dijo Ames con ímpetu-. No he pensado sino en eso y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre. Dime si obro bien. 
Dímelo. 
-No. Es ridículo. Es... repulsivo. 
-Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos; desde los comienzos pulsamos juntos nuestra energía, desde el momento en que llegamos a ser lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock! 
-De acuerdo, pero rápido. 
Ames no había sentido tal temblor a lo largo de sus líneas de fuerza desde... ¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y obtenía fruto, se atrevería a manipular la Materia en presencia de la reunión de seres Energéticos que durante tanto tiempo esperaban algo nuevo. 
La Materia permanecía raía entre las galaxias, pero Ames la reuniría, la conjuntaría más allá de los años-luz, escogiendo los átomos, dotándola de consistencia y conformándola en sentido ovoide. 
-¿No lo recuerdas, Brock? -preguntó suavemente-. ¿No era algo parecido? 
El vórtice de Brock tembló al entrar en fase. 
-No me obligues a recordar. No recuerdo nada. -Había una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo recuerdo tan claramente como te lo digo ahora. -Esperó y luego continuó-: Mira, ¿recuerdas eso? 
Sobre la cima del ovoide apareció la CABEZA. 
-¿Qué es? -preguntó Brock. 
-La palabra que designa la cabeza. Los símbolos que significan la palabra sonora. 
Dime qué recuerdas, Brock. 
-Hay algo más -dijo Brock con dudas-, algo en medio. -Una forma abultada surgió. 
-¡Sí! -dijo Ames-. ¡Es la nariz!- Y la palabra NARIZ apareció en su lugar-. Y también había ojos en otra parte... OJO IZQUIERDO... OJO DERECHO. 
Ames contempló lo que había conformado, sus líneas de fuerza pulsando lentamente. ¿Estaba seguro de que era así? 
-Boca -dijo luego-, y mandíbula, y nuez de Adán, y clavículas. ¿Cómo si no podrían venir las palabras hasta mi? -Y todo esto apareció en la forma ovoide. 
-No había pensado en estas cosas desde hace cientos de billones de años -dijo Brock-. ¿Por qué haces que las recuerde? ¿Por qué? 
Ames permanecía sumido momentáneamente en sus pensamientos. 
-Algo más. Órganos para oír. Algo para recoger los sonidos. ¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban! 
-iDéjalo estar! gritó Brock-. iOlvídate de los oídosl y todo lo demas! iNo recuerdes! 
¿Qué hay de malo en recordar? -dijo Ames, desconcertado. 
-El exterior no era rugoso y frío como eso, sino cálido y suave. Los ojos respiraban ternura y estaban vivos y los labios de la boca temblaban y eran blandos sobre los míos. -Las líneas de fuerza de Brock golpeaban y se agitaban, golpeaban y se 
agitaban. 
¡Lo lamento! -dijo Ames. ¡Lo lamento! 
-Me has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe amar; esos ojos hacían algo mas que mirar y no había nadie que lo hiciera por mi... 
Con violencia, ella añadió una porción de materia a la rugosa y áspera cabeza y dijo: 
-Ahora, déjalos que lo hagan -y desapareció. 
Y Ames vio y recordó que en otro tiempo, también, fue un hombre. La fuerza de su vórtice partió la cabeza en dos y se lanzó a través de las galaxias siguiendo huellas de la energía de Brock, de vuelta a la infinita amenaza de la vida.  
Y los ojos de la hendida cabeza de Materia todavía centelleaban con lo que Brock había colocado allí en representación de las lágrimas. La cabeza de Materia hizo lo que los seres de energía ya no podían hacer y lloraron por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos que otrora fueron, un trillón de años atrás. 

Carta a mi hermana - Sivela Tanit

¿Por qué no respondes? ¿Por qué me ignoras? ¿Qué te agravió?

Recuerdo cuando me llevabas a las plazas a comer helado; con el poquito dinero que ganabas, hacías un esfuerzo y me llevabas lejos, a una plaza bonita y nueva, y nos comprabas helados. Yo veía tus ojos orgullosos de podernos dar ese lujo.

Recuerdo cuando salía a las canchas a andar en bicicleta y me ayudabas a que no me cayera; también jugábamos a la pelota. Por ti aprendí a jugar voleibol y fui muy buena en la secundaria.

Recuerdo que me ayudabas a hacer las maquetas que tanto amaban pedir las maestras en la primaria. A veces, la tarea era titánica para mí, que nací sin habilidades manuales, y tú las terminabas y sacabas la mejor calificación.

Recuerdo que me enseñaste a iluminar; eso era algo que me gustaba hacer mucho y estabas contenta. Me explicabas la teoría de los colores y yo me divertía aprendiendo cómo, al mezclarlos adecuadamente, se hacían otros tantos.

Recuerdo los pequeños sacrificios que hacías por mí, para que mamá y papá no se enojaran tanto conmigo cuando fallaba al cumplir con sus reglas (estúpidas). Vivimos muchas cosas juntas.

Recuerdo cuando nació tu bebé, recuerdo cuando se murió tu relación, recuerdo cuando conociste al muchacho que me amaba y recuerdo cómo decidiste ser una viuda sin casarte. Y ahora no me hablas; eso me duele, ¿sabes?, que no me hables.

Mamá lo era todo para ti. Ahora que me ignoras, recuerdo que me cuidaste para que mamá tuviera tiempo de ser una buena esclava para papá: para mantener económicamente a su marido, para aprender un oficio, para cocinar, lavar, aprender a sobrevivir.

Cuando mamá se fue, cansada de todo, y nos dejó con papá, fue un golpe que no pudiste superar. Y nos quedamos a cuidar al hombre que se deshizo de mamá. No pudiste irte con ella porque a mamá no le dio tiempo de despedirse de ti, pero siempre te sentiste culpable de que ella se marchara.

Ahora vives con papá y yo me salí, me fui lejos; pero siempre quise que nos habláramos, pero dejaste de hacerlo y no entiendo por qué. ¿Será que te enteraste de que estoy con mamá? ¿Será envidia? ¿Será tristeza? ¿Será resignación? Quizá la respuesta sea muy simple: nunca me amaste. Ahora creo que entiendo: solo fui la carga que le quitaste a mamá para que tú la pudieras tener toda, toda para ti sola.

Esta vez es la última vez que te escribo, hermanita. Mamá dice que ya no te ruegue, y tiene razón. Yo estoy con mamá y eso te ha de carcomer las entrañas. Me da risa pensar que, si no fuera porque hice enfurecer a papá, jamás habría encontrado a mamá.

Ahora las dos estamos juntas; lo único que no me gusta es que, aunque nos apretamos entre nosotras, tenemos frío, porque papá nos cobijó con la tierra húmeda y pesada del llano.

Adiós, hermanita. Al final, yo fui la que me quedé con mamá.


El cuento de la serpiente verde - Johann Wolfgang von Goethe (Parte 2)

En una verdosa glorieta, a la sombra de un bello conjunto de variados árboles, a la primera vista hechizó, como de costumbre, los ojos, el oído y el corazón de la mujer, que se acercó encantada jurándose a ella misma que la beldad se había hecho más hermosa todavía durante su ausencia. Ya desde lejos la buena mujer, saludándola y elogiándola, exclamó ante la más amable de todas las doncellas:

–¡Qué dicha veros! ¡Qué celestial diafanidad esparce vuestra presencia en torno vuestro! ¡Qué grácil se ve vuestra lira apoyada en vuestro regazo! ¡Cuán delicadamente la ciñen vuestros brazos, qué añoranza parece tener por vuestro pecho y qué tiernamente se escucha bajo el tacto de vuestros finos dedos! ¡Tres veces dichoso el mancebo al que prometisteis tomar su lugar!

Se hubo acercado al pronunciar estas palabras; la hermosa Azucena abrió los ojos, dejó caer sus manos y replicó:

–¡No me entristezcas con importunos elogios! Eso sólo me hace sentir más honda mi desdicha. Mira, aquí a mis pies está el pobre canario muerto. Acostumbraba posarse sobre mi lira y, gracias a mi esmero en su educación, evitaba tocarme. Hoy, después de haberme reconfortado del sueño, al comenzar una serena canción matinal y al escucharle a mi pequeño cantarín, más alegre que nunca, sus armoniosos trinos, un azor se lanzó por encima de mi cabeza. 

Mi pobre animalillo, asustado, se refugió dentro de mi pecho y en ese instante sentí los últimos estertores de la vida que lo abandonaba. Cierto que tocado por mi mirada, el criminal caminó desfalleciente al borde del agua, pero ¡de qué pudo servirme su castigo! Mi adorado está muerto y su tumba solamente hará crecer más los tristes abrojos de mi jardín.

–¡Animaos, hermosa Azucena! –exclamó la mujer, secándose una lágrima que el relato de la infeliz doncella le había provocado–. ¡Esforzaos! Mi edad puede mostraros que debéis moderar vuestra tristeza y considerar la desdicha más grande como un indicio de la más grande fortuna, pues ya ha de ser el tiempo. 

Y en verdad –continuó la anciana– muy revuelto anda el Mundo. ¡Ved tan sólo mi mano, qué negra se ha puesto! ¡En verdad que está mucho más pequeña y debo darme prisa antes de que desaparezca completamente! ¿Por qué debería mostrarme tan complaciente ante esos fuegos fatuos? ¿Por qué debía yo encontrarme con el gigante y por qué debía de meter mi mano en el río? ¿No me podéis dar una col, una alcachofa y una cebolla? De ese modo, se los llevaré al río y mi mano se pondrá blanca como antes, de manera que la podré poner casi al lado de la vuestra.

–Coles y cebollas podríais aún encontrarlas en cualquier sitio, pero en vano buscaréis alcachofas. Todas las plantas de mi jardín no tienen ni pétalos ni frutos pero cada ramita que quiebro y planto en la tumba de un ser querido reverdece de inmediato y rápidamente crece. 

Por desgracia, he visto crecer todos estos grupos de matorrales y florestas. Las umbelas de estos pinos, los obeliscos de estos cipreses, los colosos de encinos y hayas, todos, fueron ramas diminutas plantadas por mi mano como tristes monumentos en un suelo normalmente infértil.

La vieja había prestado poca atención a este discurso mientras sólo observaba su mano, la cual, en presencia de la hermosa Azucena, se volvía más y más negra y parecía disminuir a cada minuto. Quería tomar su cesto y estaba a punto de irse cuando sintió que había olvidado lo mejor. En seguida extrajo al dogo convertido y lo colocó sobre el prado, no lejos de la hermosa mujer. 

–Mi marido –dijo la vieja– os manda este presente. Sabéis que podéis revivir esta piedra preciosa apenas la toquéis. Este bueno y fiel animalillo os dará con seguridad mucha alegría, y la tristeza de que yo lo haya perdido puede aligerarse con la idea de que vos lo poseéis.

La hermosa Azucena miró con placer al manso animal y, según podía apreciarse, con admiración.

–Coinciden muchos signos que me inspiran gran esperanza –dijo ella–. Pero ¡ay!, ¿no es acaso una locura propia de nuestra naturaleza que cuando coinciden muchas desgracias nos imaginemos que lo mejor está cerca?

 

¿Cómo han de ayudarme tantos buenos signos?

¿El ave muerta, la negra mano de mi amiga?

¿El dogo convertido en joya tiene así su fiel imagen?

¿Acaso no me lo ha enviado la lámpara?

Alejada del dulce gozo humano,

estoy por cierto hermanada a la desdicha.

¡Ay! ¿Por qué no está el templo junto al río?

¿Por qué el puente no está todavía construido?

 

Con cierta impaciencia había escuchado la mujer estos versos que la hermosa Azucena había acompañado con los agradables sonidos de su lira y que a cualquier otro hubiera encantado. Apenas quiso retirarse cuando de nuevo le fue impedido por la llegada de la serpiente verde. Ésta había escuchado los últimos versos de la canción, por lo que al momento, llena de confianza, le infundió coraje.

–¡La profecía del puente se ha cumplido! –exclamó–. Preguntad tan sólo a esta buena mujer qué hermoso se muestra el arco en este momento. Lo que normalmente era jaspe opaco, lo que sólo era prasio a través del cual la luz atravesaba cuando mucho sus bordes, se ha vuelto ahora una transparente joya. Ningún berilo es tan claro y ninguna esmeralda tiene tan hermoso color.

–En tal caso os deseo suerte –dijo Azucena–, mas perdonadme si no creo cumplida aún la profecía. Sobre el elevado arco de vuestro puente sólo pueden pasar peatones, y se nos ha prometido que pasarán caballos y carros y viajeros de todas clases, yendo y viniendo al mismo tiempo sobre el puente. ¿No se os ha profetizado acerca de los grandes pilares que se levantarán desde el río mismo?

La vieja había clavado en todo momento su mirada sobre la mano; en ese instante interrumpió la conversación y se despidió ceremoniosamente.

–Aguarda un momento más –dijo la hermosa Azucena– y lleva a mi pobre canario. Ruega a la lámpara que lo convierta en un hermoso topacio. Yo lo quiero revivir con mis manos y él, junto con vuestro buen Mops, serán mi mejor esparcimiento; pero ¡apresúrate lo más que puedas!, pues con la puesta del Sol una insoportable descomposición atacará al pobre animal y desgarrará para siempre el conjunto de su hermosa figura.

La anciana colocó el diminuto cadáver entre tiernas hojas dentro del cesto y se retiró a toda prisa. 

–Sea lo que fuere –dijo la serpiente, continuando la conversación interrumpida–, el templo está construido.

–Pero aún no está en el río –replicó la hermosa mujer.

–Aún reposa en las profundidades de la Tierra –dijo la serpiente–. Yo he visto a los reyes y he hablado con ellos.

–Pero ¿cuándo se levantarán? –preguntó Azucena.

La serpiente replicó:

–Escuché las grandes palabras resonar dentro del templo: “El tiempo ha llegado”.

Una agradable alegría se extendió por el rostro de la beldad:

–Pues hoy escuché –dijo ella– las venturosas palabras por segunda ocasión. ¿Cuándo llegará el día que las escuche por tercera vez?

Se levantó y, de inmediato, detrás de un matorral, surgió una encantadora muchacha que recibió de sus manos la lira. A ésta la siguió otra que plegó el catrecillo tallado en marfil, en el cual había estado sentada Azucena, y bajo su brazo tomó el plateado almohadón. 

Una tercera, que llevaba una gran sombrilla bordada con perlas, se presentó en espera de que Azucena llegara a necesitarla en caso de hacer su paseo. Eran estas tres muchachas de una expresión incomparablemente bella y encantadora y, sin embargo, tan sólo resaltaba la belleza de Azucena de modo que cada una terminó por reconocer que no podían compararse con ella. 

Mientras tanto, la hermosa Azucena había observado con placer al magnifico perro. Se inclinó hacia él, lo tocó y, en ese instante, se levantó de un salto. Se volvió vivazmente, corrió de un lado a otro y por último se arrojó sobre su bienhechora saludándola de la manera más amable. Ella lo tomó en sus brazos y lo estrechó contra su pecho.

–¡Qué frío estás! Y aunque sólo anida en ti la mitad de la vida, eres bienvenido. Te quiero amar tiernamente, jugar contigo, mimarte y estrecharte con todas mis fuerzas cerca de mi corazón.

En ese momento lo soltó, lo alejó de sí, volvió a llamarlo, jugó con él y corretearon inocente y vivazmente sobre el prado, de tal manera que había que ver su alegría con nuevo encanto y participar de ella, al igual que un momento después su tristeza había afluido a todos los corazones.

Esa alegría, esos graciosos juegos fueron interrumpidos por la llegada del joven triste. Se aproximó de la manera como ya lo hemos visto; sólo que el calor del día parecía haberlo fatigado todavía más, y ante la presencia de su amada empalidecía más a cada instante. Llevaba el azor en su mano, posado tranquilamente, como una paloma, dejando caer sus alas.

–No es amable –exclamó Azucena, dirigiéndose a él– que traigas ante mi vista el odioso animal, el monstruo que ha matado a mi pequeño cantarín.

–¡No riñas a la infeliz ave! –replicó el joven–. Acúsate más bien a ti misma y al destino, y concédeme que permanezca en compañía de mi hermano de miserias.

Mientras tanto, el perro no cesaba de importunar a la beldad, a lo cual ella le correspondía con las muestras más cariñosas. Palmeó sus manos a fin de apartarlo; después al punto se dirigió para atraerlo de nuevo. Intentaba cogerlo cuando él huía y ahuyentarlo cuando intentaba acercarse a ella. 
 
El joven observaba en silencio y con creciente disgusto. Pero finalmente, como ella tomara en sus brazos al feo animalillo, que a él le parecía del todo horrible, lo apretara contra su blanco regazo y besara su negro hocico con sus celestiales labios, se le agotó por completo la paciencia y exclamó, lleno de desesperación:

–¿Es que debo yo, tal vez para siempre y por un triste destino, vivir privado de tu presencia, de ti, por cuya causa he perdido todo, incluso a mí mismo, ver ante mis ojos que una criatura tan antinatural te provoque alegría, que gane tu afecto y pueda disfrutar de tu abrazo? ¿Debo ir vagando por más tiempo de un lado a otro y completar el triste círculo cruzando el río de una a otra de sus orillas? 

No. Aún palpita una chispa del antiguo heroísmo en mi pecho. ¡Que en este momento se levante crepitante por última vez! Si piedras pueden reposar en tu seno, entonces que me convierta en piedra; si tu tacto mata, entonces quiero morir en tus manos.

Dijo estas palabras con ademanes vehementes; el azor voló de su mano, pero él se arrojó hacia la hermosa muchacha cuando ella alzó sus manos para detenerlo y, con horror, sintió ella la adorada carga en su seno. Con un grito retrocedió y el encantador mancebo se desplomó desde la altura de sus brazos.

¡La desgracia había ya sucedido! La dulce Azucena estaba de pie, inmóvil, mirando absorta el cadáver inánime. El corazón parecía paralizársele dentro del pecho y sus ojos estaban sin lágrimas. En vano el doguillo intentaba atraerla con movimientos amistosos; para ella todo el Mundo había muerto con él. En su muda desesperación no buscó ayuda pues ya no esperaba ninguna.

Por el contrario, la serpiente se movió con la mayor presteza; parecía tener en mente una forma de salvarlo y, en efecto, sus extraños movimientos servían al menos para impedir de momento las inminentes terribles consecuencias de la desgracia. Con su flexible cuerpo describió un amplio circulo en torno al cadáver, tomó la punta de su cola con los colmillos y se mantuvo inmóvil.

Poco después apareció una de las más hermosas doncellas de Azucena que traía consigo el catrecillo de marfil e instó a la beldad, con gestos amables, a que se sentara; poco después llegó la segunda de ellas, que llevaba un velo rojo que colocó sobre la cabeza de su señora, ornamentándola más que cubriéndola; la tercera le dio la lira y, apenas había ella tomado el precioso instrumento y arrancado algunos tonos a las cuerdas, cuando la primera regresó con un redondo y claro espejo, se sentó ante la beldad, captó sus miradas y le presentó la imagen más agradable que podía hallarse en la Naturaleza. 

El dolor acrecentaba su hermosura, el velo, sus encantos, la lira, su gracia; y cuanto más deseaba uno ver cambiar su triste situación, tanto más deseaba uno mantener su imagen tal y como aparecía en esos momentos.

Con una muda mirada hacia el espejo, tan pronto como arrancaba sonidos melodiosos, su dolor parecía aumentar y las cuerdas respondían vehementemente a su lamento. Varias veces hizo el intento de cantar, pero la voz se le quebraba; pronto su dolor se disolvió en lágrimas, las doncellas la tomaron del brazo en su ayuda, la lira cayó de su falda. Apenas tomó la solícita sierva el instrumento, lo puso a su lado.

–¿Quién nos trae al hombre de la lámpara antes de que el Sol desaparezca? –siseó suave pero comprensiblemente la serpiente. 

Las muchachas se miraron entre sí y las lágrimas de Azucena fueron en aumento. En ese instante, la mujer del cesto regresó, desalentada.

–¡Estoy perdida e inválida! –exclamó ella–. ¡Mirad cómo mi mano casi ha desaparecido! Ni el barquero ni el gigante me quieren transportar porque aún soy deudora del agua; en vano he ofrecido cien coles y cien cebollas: no quieren más que tres piezas y ninguna alcachofa puede encontrarse en esta región.

–Olvidad vuestra pena –dijo la serpiente– y tratad, de ayudar aquí. Tal vez al mismo tiempo se os pueda ayudar. Apresuraos todo lo que podáis para encontrar a los fuegos fatuos; aún queda suficiente luz para verlos pero tal vez podáis escuchar sus risas y su alboroto. Si ellos se apresuran, el gigante os llevará todavía al otro lado del río y entonces podréis encontrar al hombre de la lámpara y enviarlo aquí.

La mujer corrió tan aprisa como pudo y la serpiente parecía esperar el regreso de ambos con la misma impaciencia que Azucena.

El rayo del Sol poniente doraba por desgracia ya tan sólo la punta más alta de los árboles y de la maleza, y largas sombras se extendían sobre el lago y los prados; la serpiente se movía con impaciencia y Azucena se deshacía en lágrimas.

En ese trance, la serpiente miraba en torno suyo pues temía a cada momento que el Sol se ocultase, que la podredumbre penetrase en el círculo mágico y atacara inconteniblemente al apuesto mancebo. Por fin, vio en lo alto del cielo al azor con su purpúreo plumaje y cuyo pecho reflejaba los últimos rayos del Sol. Se estremeció de alegría ante la buena señal; y no se equivocaba pues poco después vio al hombre de la lámpara deslizarse por encima del lago como si patinara.

La serpiente no cambió de posición pero Azucena se puso de pie y le gritó:

–¿Qué buen espíritu te envía en este momento en que te deseamos y necesitamos tanto?

–El espíritu de mi lámpara me impulsa –replicó el viejo–, y el azor me condujo hasta aquí. Mi lámpara chisporrotea cuando alguien me necesita y yo solamente busco la señal en el cielo; cualquier ave o meteoro me señala la dirección o el sentido hacia donde debo dirigirme. 

¡Estad tranquila, bella doncella! Yo no sé si puedo ayudar, uno solo no ayuda sino el que se une en la hora precisa con muchos. Dejadnos diferir y esperad. Mantén tu circulo cerrado –continuó, dirigiéndose a la serpiente y sentándose al lado suyo, sobre un montículo de tierra y alumbrando el cuerpo muerto.

–¡Traed también al buen canario y colocadlo dentro del círculo!

Las muchachas tomaron del cesto el pequeño cadáver que la vieja había dejado allí y obedecieron a la voz del hombre.

Mientras tanto, el Sol se había ocultado y, a medida que la obscuridad aumentaba, no sólo la serpiente y la lámpara del hombre comenzaron a resplandecer, cada quien a su modo, sino que también el velo de Azucena despedía una tenue luz que coloreaba sus pálidas mejillas y su vestido blanco como una tierna aurora de una gracia infinita. Uno al otro se miraron intercambiando miradas en una muda contemplación; preocupación y tristeza estaban apaciguadas por una firme esperanza.

Por ello, no parecía menos gratificante mirar a la vieja en compañía de los vivaces fuegos, quienes entre tanto debían haber gastado mucho pues se habían puesto extremadamente magros, a pesar de lo cual se comportaban de lo más comedidos frente a la princesa y las demás doncellas. Con entero aplomo y locuaz expresividad dijeron cosas bastante vulgares; se mostraron sobre todo muy receptivos, especialmente ante el encanto que el reluciente velo expandía sobre Azucena y sus acompañantes. 
 
Las mujeres bajaron modestamente sus miradas y el elogio de su belleza en verdad las embellecía. Todo el Mundo estaba contento, tranquilo, excepto la anciana. Pese a que su marido afirmaba que su mano no podía disminuir más mientras estuviese expuesta a la luz de la lámpara, ella aseguró más de una vez que, de continuar así, ese noble miembro desaparecería del todo antes de la medianoche.

El viejo de la lámpara había escuchado atentamente la conversación de los fuegos fatuos y estaba contento de que Azucena se hubiera distraído y alegrado con esa conversación. Y, en efecto, llegó la medianoche, no se sabía cómo. El viejo miró las estrellas y entonces comenzó a decir:

–Estamos reunidos en la feliz hora, desempeñe cada quien su trabajo, cada uno cumpla con su obligación y una felicidad colectiva disolverá los pesares de cada quien al igual que la desgracia de todos consume las alegrías de cada uno.

Después de dichas estas palabras, surgió un maravilloso barullo pues todos los presentes hablaron por sí mismos y expresaron en voz alta lo que tenían que hacer; sólo las tres doncellas permanecían en silencio, vencidas por el sueño; una al lado de la lira, la otra a la vera del parasol y la tercera junto al catrecillo, y no se les podía tomar a mal pues era ya tarde. Los flamígeros jóvenes, después de breves galanterías que también habían dedicado a las siervas, habían acabado por referirse a Azucena como la más hermosa.

El anciano dijo al azor:

–Toma el espejo y con los primeros rayos del Sol alumbra a las durmientes y despiértalas desde la altura con el reflejo de la luz.

La serpiente comenzó a agitarse, deshizo el círculo y se movió en grandes ondulaciones hacia el río. Los fuegos fatuos le siguieron con la mayor ceremonia de modo que podía uno considerarlos como las llamas más serias. La anciana y su marido tomaron el cesto, cuya tenue luz no se había advertido hasta ese momento, lo estiraron por ambos lados hasta hacerlo más y más grande y resplandeciente; en seguida introdujeron el cadáver del mancebo y colocaron el canario en su pecho. 

El cesto se elevó en el aire y flotó sobre la cabeza de la vieja, quien siguió el camino de los fuegos fatuos. La bella Azucena tomó al perrillo entre sus brazos y siguió a la anciana; el hombre de la lámpara cerraba el séquito mientras la región estaba iluminada de la más extraña manera por estas diversas luces.

No sin escasa admiración, el grupo, al llegar al río, vio elevarse un arco precioso sobre el mismo, encima del cual la serpiente bienhechora les preparó un camino esplendoroso. Si durante el día uno había admirado las transparentes gemas de las que se apreciaba estar construido el puente, entonces durante la noche se admiraba uno de su resplandeciente hermosura. 

En la parte superior el claro círculo se destacaba del obscuro cielo, mientras que en la parte inferior refulgían vivos destellos hacia el centro mostrando la cambiante solidez de la construcción. La comitiva atravesó con lentitud y el barquero, que miraba a lo lejos desde su choza, contemplaba con admiración el círculo resplandeciente y las extrañas luces que por encima del mismo se agitaban.

Apenas llegaron a la otra orilla cuando el arco comenzó a balancearse de un modo singular

al aproximarse el agua ondulante. Poco después la serpiente se arrastraba por tierra, el cesto se asentó en el suelo y la serpiente volvió a cerrar su circulo; el anciano se inclinó ante ella y dijo:

–¿Qué has decidido?

–Sacrificarme antes de que me sacrifiquen –replicó la serpiente–. Prométeme que no vas a dejar en tierra una sola piedra.

El anciano se lo prometió y dijo después a la bella Azucena:

–¡Posa tu mano izquierda sobre la serpiente y la derecha sobre tu amado!

Azucena se arrodilló y tocó de ese modo a la serpiente y al cadáver. En ese instante, éste pareció retornar a la vida; se agitó dentro del cesto e incluso se incorporó para sentarse. Azucena lo quiso abrazar pero el viejo la retuvo; así, ayudó al mancebo a levantarse sosteniéndolo cuando salía del cesto y del círculo.

El joven estaba de pie, el canario revoloteaba en su hombro; había de nuevo vida en ambos pero el espíritu aún no había retornado. El apuesto mancebo tenía los ojos abiertos pero no veía, al menos parecía mirar todo sin interés alguno y, apenas se hubo moderado un tanto la admiración ante este fenómeno, se hizo notar la extraña manera en que se había transformado la serpiente. 

Su esbelto y hermoso cuerpo se había descompuesto en miles y miles de refulgentes piedras preciosas; la vieja, que al descuido quiso tomar su cesto, había tropezado con ellas y no se vio más la figura de la serpiente; tan sólo un hermoso círculo de resplandecientes gemas quedó sobre la hierba.

El anciano dio indicios de meterlas en el cesto, a lo cual su esposa tuvo que ayudarle. Ambos llevaron luego el cesto hacia la orilla, en un sitio elevado, y él arrojó toda la carga al río no sin el disgusto de su mujer y de las demás doncellas, a quienes les hubiera gustado elegir algunas para sí. Las gemas, como resplandecientes y fulgurantes estrellas, nadaron entre el oleaje y no podía distinguirse si se perdían a lo lejos o se sumergían.

–Señores míos –dijo el anciano encarecidamente a los fuegos fatuos–, en adelante voy a enseñaros el camino abriendo el paso; mas esperamos vuestra preciosa ayuda para franquearnos la puerta del sagrado recinto, por la cual tenemos que entrar esta vez y que nadie más que vosotros puede abrir.

Los fuegos fatuos se inclinaron cortésmente y se quedaron detrás. El anciano avanzó con la lámpara al interior de la caverna, que se abrió delante suyo. El joven, casi mecánicamente, le siguió; silenciosa e insegura, Azucena se mantuvo a cierta distancia detrás suyo, la vieja no quería quedarse atrás y alargó su mano para que la luz de la lámpara de su marido pudiera alumbrarla sin sombra alguna. Cerraron entonces los fuegos fatuos el séquito inclinando una hacia otra las puntas de sus llamas como si conversaran.

No habían andado mucho tiempo cuando el cortejo se halló delante de un gran portal de bronce cuyas hojas estaban cerradas con una cerradura de oro. Al momento, el anciano llamó a los fuegos fatuos quienes no vacilaron en consumir con sus llamas más punzantes la cerradura.

El bronce crujió cuando el portón saltó de pronto y aparecieron en el interior del recinto sagrado las dignas imágenes de los reyes, iluminadas por las luces que atravesaban desde el exterior. Todos y cada uno se inclinaron ante los venerables monarcas y especialmente los fuegos fatuos no escasearon en retorcidas genuflexiones.

Después de una pausa, el rey de oro preguntó:

–¿De donde venís?

–Del Mundo –contestó el viejo.

–¿A dónde vais? –preguntó el rey de plata.

–Al Mundo –dijo el viejo.

–¿Qué queréis de nosotros? –preguntó el rey de bronce.

–Os queremos acompañar –dijo el viejo.

El rey mixto estaba a punto de comenzar a hablar cuando el rey de oro dijo a los fuegos fatuos, quienes se le habían acercado demasiado:

–¡Alejaos de mí; mi oro no es para vuestro paladar!

En esto se dirigieron al de plata y se estrecharon a él; su traje relucía hermoso bajo los destellos dorados.

–Vosotros sois bienvenidos –dijo él–, pero yo no os puedo alimentar: ¡llenaos afuera y traedme vuestra luz! –se alejaron y caminaron en silencio pasando por donde estaba el rey de cobre, que parecía no haberlos notado, y se dirigieron hacia el rey mixto.

–¿Quién dominará el Mundo? –exclamó éste con voz tartamudeante.

–Quien está en sus pies –contestó el viejo.

–¡Ese soy yo! –dijo el rey mixto.

–Eso se manifestará –dijo el viejo–, pues el tiempo ha llegado.

La hermosa Azucena se echó al cuello del anciano y lo besó muy cordialmente.

–Santo padre –dijo ella–, mil veces te agradezco pues por tercera vez escucho estas palabras enteramente proféticas.

Apenas hubo exclamado lo anterior cuando se apoyó más fuertemente en el viejo pues el piso comenzó a vacilar bajo sus pies; la vieja y el joven se tomaron también el uno al otro; sólo los ágiles fuegos fatuos no se daban cuenta de nada.

Se podía sentir claramente que todo el templo se movía como un navío que se alejara suavemente fuera del puerto después de levar anclas; las profundidades de la Tierra parecían abrirse ante él al momento en que cruzaba. No chocó contra nada, ninguna roca se interpuso en su camino.

Durante unos instantes pareció caer una lluvia fina; el anciano sostuvo a la hermosa Azucena más fuertemente y le dijo:

–Estamos debajo del río y pronto habremos llegado a nuestro destino.

No mucho después creyeron estar en calma pero se equivocaban: el templo se elevaba.

Entonces surgió un ruido extraño por encima de sus cabezas. Tablas y vigas, en relación amorfa, comenzaron a oprimir hacia adentro ruidosamente y en dirección a la abertura de la cúpula. Azucena y la anciana saltaron a un lado, el hombre de la lámpara sujetó al mancebo y lo detuvo en su sitio. La pequeña choza del barquero –pues era ésta a la que el templo, al elevarse, había separado de la tierra y había acogido– descendió lentamente cubriendo al joven y al viejo.

Las mujeres gritaban mientras el templo se sacudía como un navío que chocase insospechadamente contra la costa. Angustiadas, las mujeres erraban bajo el crepúsculo en torno de la choza. La puerta estaba cerrada y nadie escuchaba sus toquidos. Llamaron más fuerte y no fue poco su asombro cuando al final la madera comenzó a resonar. 

Por la fuerza de la lámpara encerrada, la choza se había convertido desde dentro en plata. No pasó mucho tiempo cuando incluso cambió su figura, pues el noble metal abandonó las eventuales formas de las tablas, de los pilares y de las vigas y se extendió hasta formar un precioso edificio de un refinado trabajo. Había ahora un pequeño y hermoso templo en medio del grande o, más bien, un altar digno de un templo.

Por una escalera que ascendía desde el interior, el noble mancebo trepó hacia lo alto, el hombre de la lámpara le alumbró y otro, que parecía apoyarlo, apareció vestido en un traje blanco y corto con un ramo de plata en la mano; podía inmediatamente reconocerse en él al barquero, el anterior habitante de la choza transformada.

La bella Azucena trepó por las escaleras exteriores que conducían del templo hacia el altar; pero aún tenía que mantenerse alejada de su amado. La anciana, cuya mano se había vuelto más pequeña mientras la lámpara se mantuvo oculta, exclamo:

–¿Debo finalmente ser infeliz? ¿No hay manera de salvar mi mano con tantos milagros que suceden?

Su marido le señaló el portón abierto y le dijo:

–¡Mira, está amaneciendo! ¡Date prisa y báñate en el río!

–¡Vaya consejo! –exclamó ella–; ¡parece que debo ponerme toda negra y desaparecer del todo pues no he pagado todavía mi deuda!

–Ve –dijo el anciano– y sígueme. Todas las deudas están pagadas.

Fue la vieja corriendo y, en ese momento, la luz del Sol naciente apareció en la cúspide de la cúpula. El anciano se colocó entre el joven y la doncella y exclamó en voz alta:

–Son tres los que dominan la tierra: la Sabiduría, el Esplendor y el Poder.

A la primera palabra se levantó el rey de oro, a la segunda el de plata y a la tercera, lentamente, se puso en pie el de bronce al momento en que el rey mixto se sentó, aturdido de pronto.

Quien lo vio no podía apenas contenerse de risa a pesar del solemne momento pues no se sentaba ni se acostaba ni tampoco se apoyaba, sino que se había desplomado como una masa amorfa.

Los fuegos fatuos, que hasta entonces se habían ocupado de él, se hicieron a un lado. Parecían volver a estar, no obstante su palidez a la luz matinal, bien alimentados y de buenas llamas; habían lamido diestramente con sus agudas lenguas las doradas vetas de la colosal imagen. Los irregulares y vacíos espacios que se habían creado, permanecieron abiertos durante algún tiempo y la figura se mantuvo en su posición anterior. 
 
Pero cuando, finalmente, las vetas más tiernas fueron también consumidas la imagen se derrumbó y, por desgracia, precisamente en aquellas partes que se mantienen enteras cuando el hombre se sienta. En cambio, las articulaciones, que debían haberse doblado, se mantenían firmes. Quien no fuera capaz de reírse tenía que apartar su mirada; la combinación entre forma y masa resultaba repugnante a la vista.

El hombre de la lámpara condujo entonces al apuesto joven, aunque con la mirada aún fija durante el descenso del altar, clavada directamente en el rey de bronce. A los pies del poderoso príncipe se hallaba, dentro de su funda, una espada sobre el piso. El mancebo se la ciñó.

–¡La espada en la izquierda, la derecha libre! –exclamó el poderoso rey.

Entonces caminaron en dirección del rey de plata, quien inclinó su cetro hacia el joven. Este lo tomó con la izquierda; con agradable voz, le dijo el rey:

–¡Pastoread las ovejas!

Cuando llegaron ante el rey de oro, éste le colocó al joven la corona de encinas con gesto paternal, con el que le daba la bendición, y dijo:

–¡Reconoced lo más elevado!

El viejo había observado en todos sus detalles al joven durante esta celebración. Después de ceñirse la espada elevó su pecho, sus brazos se movieron y sus pies pisaron con más firmeza; tomando el cetro con la mano, la fuerza parecía suavizarse y volverse más poderosa en virtud de un encanto indescriptible; pero cuando la corona de encinas engalanó sus rizos, los rasgos de su rostro se avivaron, sus ojos brillaron con una indescriptible espiritualidad y la primera palabra en su boca fue:

“¡Azucena!”

–¡Querida Azucena! –exclamó él al correr a su lado subiendo las escaleras de plata, pues ella había observado sus pasos desde el pináculo del altar–. ¡Querida Azucena! ¿Qué mejor cosa puede desear un hombre dotado de todo que la inocencia y el callado afecto que tu pecho me ofrece...? ¡Oh, mi amigo! –continuó, dirigiéndose hacia el viejo y mirando a las tres imágenes sagradas–. Magnifico y seguro es el reino de nuestros padres pero has olvidado la cuarta fuerza que domina al Mundo desde sus orígenes del modo más general y seguro: el poder del Amor.

Con estas palabras se echó al cuello de la hermosa joven; había tirado el velo y sus mejillas se coloreaban del más hermoso e imperecedero rubor.

Entonces el anciano dijo, sonriente:

–El amor no gobierna pero nos templa, que es mejor.

En medio de esta solemnidad, felicidad y encanto no se habían percatado de que el día había nacido plenamente y, de golpe, les impresionaron aquellos objetos totalmente inesperados por entre el portón abierto. 
 
Ante una gran plaza rodeada de columnas se hallaba el vestíbulo, en cuyos confines se apreciaba un largo y hermoso puente que cruzaba el río sobre innumerables arcos; estaban amplia y hermosamente instalados en ambos lados para sus viajeros, con pasillos arqueados en los cuales ya se hallaban congregados muchos miles de ellos, que cruzaban afanosamente de un lado a otro. 
 
El gran camino central se animaba con el paso de rebaños, mulas, jinetes y carros que, en ambos lados, fluctuaban en corrientes sin estorbarse. Todos parecían admirarse ante la comodidad y el lujo, y el nuevo rey y su esposa estaban encantados con el movimiento y la vida de este gran pueblo, al igual que su mutuo amor los hacía felices.

–¡Honrad la memoria de la serpiente! –dijo el hombre de la lámpara–. Le debéis la vida, tu pueblo le debe el puente por el cual las dos orillas se unen y se vivifican como pueblos. Aquellas resplandecientes gemas que están en el agua, los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este hermoso puente. Sobre ellos ella misma se edificó y sola se mantendrá.

Quisieron reclamarle la aclaración de este maravilloso secreto cuando cuatro hermosas jóvenes entraron en el portón del templo. Por la lira, la sombrilla y el catrecillo podían reconocerse en seguida a las acompañantes de Azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres, era una desconocida que andaba corriendo con ellas a través del templo, bromeando como entre hermanas y subiendo las escaleras de plata.

–¿En el futuro me vas a creer más, querida esposa? –dijo el hombre de la lámpara a esta hermosa mujer–. ¡Que tú y toda criatura que se baña esta mañana en el río se llene de dicha y prosperidad!

La rejuvenecida y embellecida anciana, de cuyas formas no quedaba ni rastro, abrazó con revividos y juveniles brazos al hombre de la lámpara, que recibía complaciente sus caricias.

–Si te parezco demasiado viejo –dijo él, sonriendo– entonces puedes escoger a otro esposo. Desde hoy, ningún matrimonio es válido si no se contrae de nuevo.

–Es que no sabes –replicó ella– que tú también te has vuelto más joven.

–Me alegra si a tus ojos parezco un gallardo mancebo. Yo acepto de nuevo tu mano y viviré con gusto junto a ti durante el siguiente milenio.

La reina le dio la bienvenida a su nueva amiga y descendió con ella y sus demás compañeras de juegos mientras el rey, en medio de los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba con atención el vívido gentío de su pueblo.

Pero no duró mucho su satisfacción; advirtió un objeto que durante un momento le provocó disgusto. El gigante, que parecía aún no haberse reincorporado de su siesta matinal, se tambaleaba a través del puente y causaba allí mismo gran desorden. Como siempre, se había levantado somnoliento pensando en bañarse en la conocida bahía del río. En vez de ésta, se encontró con tierra firme y caminó a tientas sobre el ancho empedrado del puente. 

Si bien entró entre personas y animales de la más torpe manera, era sin embargo ciertamente admirada su presencia por todos sin resentirse nadie de ella. Pero, cuando el Sol le pegó en los ojos y él levantó las manos para restregárselos, la sombra de sus inmensos puños pasó tan enérgica y torpemente detrás de él que personas y animales se derrumbaron en grandes masas, sufriendo daños y corriendo peligro de ser arrojados al río.

El rey, al ver este desaguisado, dirigió su mano instintivamente hacia su espada pero se contuvo y miró con tranquilidad primero su cetro, después la lámpara y por último el remo de sus acompañantes. 

–Adivino tus pensamientos –dijo el hombre de la lámpara–, pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes contra este débil. ¡Estate tranquilo! Está causando daño por última vez y, por fortuna, se ha apartado de nosotros.

Mientras tanto, el gigante se había acercado más, había bajado sus manos admirado por lo que veían sus asombrados ojos; no hizo más daño y, boquiabierto, entró en el vestíbulo.

Caminaba hacia la puerta del templo cuando fue atrapado en medio del vestíbulo. Estaba erecto como un colosal e inmenso obelisco de piedra de un bermejo esplendor y su sombra mostraba las horas hechas en marquetería en forma de un círculo trazado en torno suyo sobre el piso, no con números sino en nobles y simbólicas imágenes.

No fue poca la alegría del rey al ver la utilidad de la sombra del gigante ni poca la sorpresa de la reina al subir con sus doncellas desde el altar, ornamentado con exagerado lujo, cuando vio hacia el puente.

Mientras tanto, el pueblo se había apretujado, detrás del gigante, siguiéndolo; y como éste se mantuviese quieto, lo rodearon admirando su transformación. La multitud partió de aquí hacia el templo, que hasta entonces parecieron advertir, y se multiplicaron junto a la puerta.

El azor volaba en ese momento en lo alto de la cúpula; con el espejo, captó la luz del Sol y la reflejó sobre el grupo, que estaba de pie en lo alto del altar. El rey, la reina y sus acompañantes parecían iluminados por un celeste resplandor dentro de la bóveda crepuscular del templo y el pueblo se arrodilló inclinando la cabeza. Cuando se hubo recuperado y reincorporado la muchedumbre, el rey descendió con los suyos dentro del altar para caminar, a través de pasadizos secretos, hacia su palacio. 

Y el pueblo se dispersó dentro del templo para satisfacer su curiosidad. Contemplaba, con arrobo y respeto, a los tres reyes erguidos, pero estaba tanto más ávido de saber qué bulto se ocultaba bajo el tapiz, dentro del cuarto nicho; pues quien haya sido, una modestia benévola había extendido un precioso manto sobre el rey caído y que ningún ojo pudo traspasar con la mirada ni mano alguna tiene permitido quitar.

El pueblo no hubiera. encontrado fin a su admiración y contemplación y la masa que continuaba entrando se hubiera aplastado dentro del templo si su atención no hubiera sido atraída de nuevo hacia la gran plaza.

Inesperadamente, cayeron del aire monedas de oro, resonando sobre las baldosas de mármol; los más cercanos se lanzaron a fin de apoderarse de ellas; aisladamente se repitió ese milagro, es decir, aquí y allí. Se comprende que los fuegos fatuos se daban otra vez gusto y malgastaban de manera alegre el oro de los miembros del rey caído. 

Ávidamente, el pueblo corrió durante algún tiempo de un lado a otro, se desgarró e incluso se desmoralizó debido a que cesaron de caer más monedas. Por último, poco a poco fue dispersándose, siguió su camino y, hasta hoy en día, el puente pulula de viajeros y el templo es el más visitado de toda la Tierra.