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El barón rampante - Italo Calvino

XV

Fue por esa época que, tratando al caballero abogado, Cósimo advirtió algo extraño en su actitud, o mejor dicho, distinto de la normal, fuera más o menos extraño. Como si su aire absorto ya no se debiera a distracción, sino a una idea fija que lo dominaba. Los momentos en que se mostraba locuaz eran ahora más frecuentes, y si antes, insociable como era, nunca ponía los pies en la ciudad, ahora en cambio estaba siempre en el puerto, en los corrillos o sentado en los muelles con los viejos patrones y marineros, comentando las llegadas y las salidas de los bajeles o las fechorías de los piratas.

A cierta distancia de nuestras costas todavía veíanse avanzar los veleros de los piratas de Berbería, fastidiando nuestro comercio. Era una piratería de poca importancia, ya no como en los tiempos en que al toparse con los piratas se acababa esclavo en Túnez o Argel o se perdían nariz y orejas. Ahora, cuando los mahometanos conseguían alcanzar una tartana de Ombrosa, se llevaban la carga: barriles de bacalao, quesos holandeses, balas de algodón, y basta. A veces los nuestros eran más rápidos, se les escapaban, disparaban un tiro de espingarda contra las arboladuras del velero; y los berberiscos respondían escupiendo, con feos ademanes y chillando.

En fin, era una piratería así por las buenas, que aún existía a causa de unos créditos que los pachás de aquellos países pretendían exigir de nuestros negociantes y armadores, ya que —según su parecer— no les habían servido bien unos suministros, o que incluso los habían estafado. Y de este modo trataban de saldar cuentas poco a poco a fuerza de robos, pero al mismo tiempo continuaban las transacciones comerciales, con continuas protestas y discusiones. No había pues interés, ni por una parte ni por otra, en hacerse desaires definitivos; y la navegación estaba llena de inseguridades y riesgos, que nunca, sin embargo, degeneraban en tragedias.

La historia que ahora referiré fue narrada por Cósimo en muchas versiones distintas: me atendré a la más rica en detalles y menos ilógica. Aunque es muy cierto que mi hermano, contando sus aventuras, añadía a su antojo, yo, a falta de otras fuentes, trato siempre de atenerme al pie de la letra a lo que él decía.

Así pues, una vez Cósimo, que al hacer guardia por los incendios había cogido la costumbre de despertarse de noche, vio una luz que bajaba por el valle. La siguió, silencioso por las ramas con sus pasos de gato, y vio a Enea Silvio Carrega que caminaba muy deprisa, con el fez y la cimarra, sosteniendo una linterna.

¿Qué haría dando vueltas a esas horas el caballero abogado, que solía acostarse con las gallinas? Cósimo lo siguió. Tenía cuidado de no hacer ruido, aun sabiendo que su tío, cuando caminaba tan fervorizado, estaba como sordo y veía solo a un palmo de sus narices.

Por caminos y atajos el caballero abogado llegó hasta la orilla del mar, a un trozo de playa pedregosa, y se puso a agitar la linterna. No había luna, en el mar no se conseguía ver nada, salvo el movimiento de la espuma de las olas más próximas. Cósimo estaba sobre un pino, algo lejos de la orilla porque allí al final la vegetación raleaba y ya no era tan fácil llegar por las ramas a todas partes. El caso es que veía perfectamente al viejito con el alto fez en la costa desierta, que agitaba la linterna hacia la oscuridad del mar, y de aquella oscuridad le respondió de pronto otra luz de linterna, cercana, como si la hubiesen encendido entonces, y apareció muy veloz una pequeña embarcación con una vela cuadrada oscura y los remos, distinta de las barcas de aquí, y llegó a la orilla.

A la ondulante luz de las linternas, Cósimo vio hombres con turbante en la cabeza: unos se quedaron en la barca, manteniéndola pegada a la orilla con pequeños golpes de remo; otros bajaron, y llevaban anchos calzones abultados, y relucientes cimitarras enfiladas en la cintura. Cósimo aguzaba ojos y oídos. Su tío y aquellos berberiscos cuchicheaban entre sí, en una lengua que no se entendía, pero que a menudo parecía poderse entender, y que sin duda era la famosa lengua franca. De vez en cuando Cósimo entendía una palabra en nuestra lengua, sobre la que Enea Silvio insistía entremezclándola con otras palabras incomprensibles, y estas palabras nuestras eran nombres de naves, conocidos nombres de tartanas o bergantines pertenecientes a armadores de Ombrosa, o que iban y venían entre nuestro puerto y otros.

¡No había que esforzarse mucho para comprender qué estaba diciendo el caballero! Estaba informando a aquellos piratas de los días de llegada y de salida de las naves de Ombrosa, y de la carga que llevaban, la ruta, las armas que tenían a bordo. Ahora el viejo ya debía haber referido todo lo que sabía porque se volvió y se alejó velozmente, mientras los piratas volvían a subir a la lancha y desaparecían en el mar oscuro. Por la forma tan rápida en que se había desarrollado la conversación se comprendía que debía ser una cosa habitual. ¡Quién sabe cuánto tiempo hacía que las emboscadas berberiscas acontecían siguiendo las informaciones de nuestro tío!

Cósimo se había quedado en el pino, incapaz de separarse de allí, de la playa desierta. Soplaba viento, la ola roía las piedras, el árbol gemía en todas sus junturas y mi hermano entrechocaba los dientes, no por el frío del aire sino por el frío de la triste revelación.

He aquí que aquel viejito tímido y misterioso que nosotros de niños habíamos siempre juzgado desleal y que Cósimo creía haber aprendido poco a poco a apreciar y compadecer, resultaba ser un traidor imperdonable, un hombre ingrato que quería el mal del pueblo que lo había acogido como un desvalido tras una vida de errores... ¿Por qué? ¿Hasta tal punto lo empujaba la nostalgia de aquellas patrias y aquellas gentes donde debía haber sido, por una vez en su vida, feliz? ¿O bien era que incubaba un rencor despiadado contra este país en el que cada bocado debía saberle a humillación? Cósimo se dividía entre el impulso de correr a denunciar los manejos del espía y salvar así las cargas de nuestros negociantes, y el pensamiento del dolor que experimentaría nuestro padre, por ese afecto que inexplicablemente lo ligaba al hermanastro natural. Cósimo se imaginaba la escena: el caballero esposado en medio de los esbirros, entre dos filas de gente de Ombrosa que lo insultaban, y conducido a la plaza, le ponían la soga al cuello, lo ahorcaban... Tras la vela fúnebre a Gian dei Brughi, Cósimo se había jurado a sí mismo que no volvería a estar jamás presente en una ejecución; ¡y ahora le tocaba ser árbitro de la condena a muerte de un allegado!

Durante toda la noche se atormentó con ese pensamiento, y continuó durante todo el día siguiente, pasando furiosamente de una rama a otra, pateando, levantándose con los brazos, dejándose deslizar por los troncos, como siempre hacía cuando era presa de una preocupación. Finalmente, tomó la decisión: escogería un camino intermedio: asustar a los piratas y al tío, a fin de conseguir que interrumpieran su malvada relación sin necesidad de que interviniese la justicia. Se apostaría en aquel pino por la noche, con tres o cuatro fusiles cargados (ya se había hecho con todo un arsenal, para las diferentes necesidades de la caza); cuando el caballero se encontrara con los piratas, empezaría a disparar tiro tras tiro haciendo silbar las balas sobre sus cabezas. Al oír aquellas descargas, piratas y tío escaparían cada uno por su cuenta. Y el caballero, que no era ciertamente un hombre audaz, con la sospecha de haber sido reconocido y con la certeza de que ya se vigilaban aquellas citas de la playa, se guardaría mucho de volver a aproximarse a las tripulaciones mahometanas.

En efecto, Cósimo, con los fusiles apuntados, esperó en el pino un par de noches. Y no pasó nada.

A la tercera noche, aparece el viejito del fez que trotaba tropezando en las piedras de la orilla; tras hacer señales con la linterna fondeaba la barca de los marineros con turbante.

Cósimo estaba preparado con el dedo en el gatillo, pero no disparó. Porque esta vez todo era distinto. Después de una breve conversación, dos de los piratas que estaban en la orilla hicieron una señal a la barca, y los otros empezaron a descargar cosas: barriles, cajas, balas, sacos, damajuanas, angarillas llenas de quesos. No había una sola barca, había muchas, todas cargadas, y una hilera de porteadores con turbante apareció por la playa, precedida por nuestro tío natural que los guiaba con su carrerita vacilante, hasta una gruta entre las peñas. Allí los moros depositaron todas aquellas mercancías, sin duda fruto de sus últimas piraterías.

¿Por qué los traían a la orilla? Fue fácil, después, reconstruir lo ocurrido: como el velero berberisco tenía que echar ancla en uno de nuestros puertos (para algún asunto legal, de los que siempre se producían entre ellos y nosotros en medio de los actos de rapiña), y como tenía que sujetarse al registro aduanero, había que esconder las mercancías robadas en un lugar seguro, para después recogerlas al regreso. Así la nave también habría dado pruebas de que era ajena a los últimos robos y consolidaría las normales relaciones comerciales con el país.

Todos estos manejos se supieron claramente después. De momento Cósimo no se entretuvo en plantearse preguntas. Había un tesoro de piratas escondido en una gruta, los piratas volvían a subir a las barcas y lo dejaban allí: había que apoderarse de él lo más pronto posible. Durante un momento mi hermano pensó en ir a despertar a los comerciantes de Ombrosa que debían de ser los legítimos propietarios de las mercancías. Pero enseguida se acordó de sus amigos carboneros que pasaban hambre en el bosque con sus familias. No lo dudó: corrió por las ramas hacia los lugares donde, en torno a las grises plazuelas de tierra apisonada, los bergamascos dormían en toscas cabañas.

—¡Pronto! ¡Venid todos! ¡He descubierto el tesoro de los piratas!

Bajo las cortinas y el follaje de las cabañas se oyeron resoplidos, toses, maldiciones, y finalmente exclamaciones de asombro, preguntas:

—¿Oro? ¿Plata?

—No lo he visto muy bien... —dijo Cósimo—. ¡Por el olor, diría que hay gran cantidad de bacalao curado y de queso de oveja!

Ante estas palabras, se levantaron todos los hombres del bosque. Quien tenía escopetas cogía escopetas, los demás hachetas, asadores, palas, pero sobre todo se llevaron consigo recipientes para meter las cosas, hasta las deformadas cestas del carbón y los negros sacos. Arrancó una gran procesión —«¡Hurra! ¡Arre!»—, incluso las mujeres bajaban con cestas vacías a la cabeza, y los niños encapuchados con sacos, sosteniendo las antorchas. Cósimo los precedía de pino de bosque en olivo, de olivo en pino marítimo.

Ya estaban a punto de doblar por el espolón de rocas detrás del cual se abría la gruta, cuando en la cima de una retorcida higuera apareció la blanca sombra de un pirata, alzó la cimitarra y aulló la voz de alarma. Cósimo en pocos saltos estuvo en una rama encima de él y le asestó la espada en los riñones, hasta que aquel se echó abajo por el acantilado.

En la gruta había una reunión de jefes piratas. (Cósimo, antes, con el ir y venir de la descarga, no había advertido que se habían quedado allí.) Oyen el grito del centinela, salen y se ven rodeados por aquella horda de hombres y mujeres con el rostro sucio de hollín, encapuchados con sacos y armados de palas. Alzan las cimitarras y se lanzan para abrirse paso. —«¡Hurra! ¡Arre! — ¡Inshallah!»— Comenzó la batalla.

Los carboneros eran más, pero los piratas iban mejor armados. Por lo que sabemos para luchar contra las cimitarras no hay nada mejor que las palas. ¡Dang! ¡Dang!, y aquellas hojas de Marruecos se retiraban todas dentadas. Las escopetas, en cambio, tronaban y humeaban y después nada más. También algunos de los piratas (oficiales, se ve) tenían fusiles muy bonitos en apariencia, todos damascados; pero en la gruta los pedernales habían cogido humedad y no salía el tiro. Los carboneros más despabilados trataban de aturdir a los oficiales piratas con golpes de pala en la cabeza para quitarles sus fusiles. Pero con aquellos turbantes, a los berberiscos cada golpe les llegaba amortiguado como a través de un cojín; era mejor dar rodillazos en el estómago, porque llevaban desnudo el ombligo.

En vista de que lo único que no faltaba eran piedras, los carboneros empezaron a tirar pedradas. Los moros, entonces, a pedradas también. Con las piedras, finalmente, la batalla tomó un aspecto más ordenado, pero como los carboneros tendían a entrar en la gruta, cada vez más atraídos por el olor de bacalao que emanaba de ella, y los berberiscos tendían a escapar hacia la chalupa que había quedado en la orilla, entre las dos partes faltaban grandes razones para enfrentarse.

En cierto momento, por parte bergamasca se produjo un asalto que les abrió la entrada de la gruta. Por parte mahometana aún resistían bajo una granizada de pedradas, cuando vieron que el camino hacia el mar estaba libre. ¿Para qué resistían, pues? Mejor izar la vela e irse.

Alcanzada la navecilla, tres piratas, todos nobles oficiales, soltaron la vela. Con un salto desde un pino próximo a la orilla, Cósimo se lanzó al mástil, se agarró al durmiente de la verga, y allí arriba, sujetándose con las rodillas desenvainó la espada. Los tres piratas alzaron las cimitarras. Mi hermano, con sablazos a diestra y siniestra, los tenía en jaque a los tres. La barca, todavía atracada, se inclinaba ora a un lado ora a otro. Salió la luna en ese momento y relampaguearon la espada dada por el barón a su hijo y las hojas mahometanas. Mi hermano se deslizó por el palo y hundió la espada en el pecho de un pirata que cayó por la borda. Rápido como una lagartija, volvió a subir defendiéndose con dos quites de los sablazos de los otros, luego volvió a dejarse caer y traspasó al segundo, subió de nuevo, tuvo una breve escaramuza con el tercero y con otro de sus deslizamientos lo atravesó.

Los tres oficiales mahometanos estaban tendidos medio en el agua medio fuera con la barba llena de algas. Los otros piratas, en la entrada de la gruta, estaban desfallecidos por las pedradas y golpes de pala. Cósimo, todavía encaramado al árbol de la barca, miraba triunfante alrededor, cuando de la gruta salió disparado, furioso como un gato con fuego en la cola, el caballero abogado, que había estado escondido allí hasta entonces. Corrió por la playa con la cabeza gacha, dio un empujón a la barca separándola de la orilla, saltó a ella y agarrando los remos se puso a moverlos con todas sus fuerzas, bogando mar adentro.

—¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Estáis loco? —decía Cósimo agarrado a la verga—. ¡Volved a la orilla! ¿Adónde vamos?

Pero nada. Estaba claro que Enea Silvio Carrega quería llegar hasta las naves piratas para ponerse a salvo. Ahora su felonía estaba irremediablemente descubierta y si se quedaba en la orilla acabaría sin duda en el patíbulo. De modo que remaba y remaba, y Cósimo, aunque todavía se hallaba con la espada desenvainada en la mano y el viejo estaba desarmado y era débil, no sabía qué hacer. En el fondo, ser violento con su tío le disgustaba, y además para alcanzarlo habría tenido que bajar del palo, y la pregunta de si bajar a una barca equivalía a bajar al suelo o de si ya no había derogado sus leyes interiores al saltar de un árbol con raíces a un árbol de nave, era demasiado complicada para formulársela en ese momento. O sea que no hacía nada; se había acomodado en la verga, una pierna a un lado y otra al otro del palo, y se alejaba sobre las olas, mientras un leve viento henchía la vela, y el viejo no dejaba de remar.

Oyó un ladrido. Tuvo un estremecimiento de gozo. El perro Óptimo Máximo, al que durante la batalla había perdido de vista, estaba allí acurrucado en el fondo de la barca, y meneaba el rabo como si nada ocurriese. Luego, pues, reflexionó Cósimo, no había por qué desanimarse tanto: estaba en familia, con su tío, con su perro, iba en barca, lo que después de tantos años de vida arbórea era una distracción placentera.

Había luna en el mar. El viejo estaba ya cansado. Remaba con dificultad, y lloraba, y empezó a decir:

—Ah, Zaira... Ah, Alá, Alá, Zaira... Ah, Zaira, inshallah...

—o sea que, inexplicablemente, hablaba en turco, y repetía y repetía entre sollozos este nombre de mujer, que Cósimo nunca había oído.

—¿Qué decís, caballero? ¿Qué os pasa? ¿Adónde vamos? —preguntaba.

—Zaira... Ah, Zaira... Alá, Alá —se quejaba el viejo.

—¿Quién es Zaira, caballero? ¿Os creéis que vais junto a Zaira por aquí?

Y Enea Silvio Carrega decía que sí con la cabeza, y hablaba turco entre lágrimas, y le gritaba a la luna ese nombre.

Sobre esta Zaira, la mente de Cósimo empezó enseguida a cavilar. Quizá estaba a punto de desvelársele el secreto más profundo de aquel hombre esquivo y misterioso. Si el caballero, al dirigirse a la nave pirata, pretendía alcanzar a esta Zaira, debía pues tratarse de una mujer que estaba allá, en aquellos países otomanos. Quizá toda su vida había estado dominada por la nostalgia de esta mujer, quizá era ella la imagen de felicidad perdida que él perseguía criando abejas o proyectando canales. Quizá era una amante, una esposa que había tenido allá abajo, en los jardines de aquellos países de ultramar, o, más verosímilmente, una hija, una hija suya que no veía desde niña. A fin de dar con ella debía haber intentado durante años relacionarse con alguna de las naves turcas o moriscas que iban a parar a nuestros puertos, y finalmente debían haberle dado noticias suyas. Quizá había sabido que era esclava, y para rescatarla le habían propuesto informarles sobre los viajes de las tartanas de Ombrosa. O bien era el precio que tenía que pagar para ser admitido entre ellos y embarcarse para el país de Zaira.

Ahora, desenmascarada su intriga, se veía constreñido a huir de Ombrosa, y aquellos berberiscos ya no podían negarse a llevarlo consigo y conducirlo junto a ella. En sus palabras jadeantes y entrecortadas se mezclaban acentos de esperanza, de súplica, e incluso de miedo: miedo de que todavía no fuese esta la ocasión, de que todavía alguna desgracia tuviera que separarlo del ser querido.

Ya no conseguía dar impulso con los remos, cuando se acercó una sombra, otra lancha berberisca. Quizá desde la nave habían oído el ruido de la batalla en la orilla, y mandaban exploradores.

Cósimo resbaló hasta la mitad del palo, para que lo ocultase la vela. El viejo, en cambio, comenzó a gritar en lengua franca que lo recogieran, que lo llevasen a la nave, y extendía los brazos. Fue oído, en efecto: dos jenízaros con turbante, en cuanto estuvo al alcance de la mano, lo agarraron por los hombros, lo levantaron ligero como era, y lo arrastraron a su barca. Aquella en la que estaba Cósimo, de rebote fue apartada, la vela cogió viento, y así mi hermano, que ya se veía muerto, se salvó de ser descubierto.

Alejándose con el viento, a Cósimo le llegaban de la lancha pirata voces como de un altercado. Una palabra, dicha por los moros, que sonó parecida a «¡Marrano!», y la voz del viejo que se oía repetir como un idiota: «¡Ah, Zaira!», no dejaban lugar a dudas sobre la acogida que le habían dispensado al caballero. Sin duda lo consideraban responsable de la emboscada de la gruta, de la pérdida del botín, de la muerte de los suyos; lo acusaban de haberlos traicionado... Se oyó un grito, una zambullida, después silencio; a Cósimo le vino el recuerdo, nítido como si lo oyera, de la voz de su padre cuando gritaba: «¡Enea Silvio! ¡Enea Silvio!», persiguiendo a su hermano natural por el campo; y escondió el rostro en la vela.

Volvió a subir a la verga, para ver adónde estaba yendo la barca. Algo flotaba en medio del mar como transportado por una corriente: un objeto, una especie de boya, pero una boya con cola... Le dio de lleno un rayo de luna, y vio que no era un objeto sino una cabeza, una cabeza con un fez con borla, y reconoció el rostro vuelto al revés del caballero abogado que miraba con su habitual aire asustado, la boca abierta, y de la barba para abajo todo el resto estaba en el agua y no se veía, y Cósimo gritó:

—¡Caballero! ¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Por qué no subís? ¡Agarraos a la barca! ¡Ahora os ayudo a subir! ¡Caballero!

Pero su tío no respondía: flotaba, flotaba, mirando hacia arriba con aquel ojo aterrado que parecía que no viese nada. Y Cósimo dijo:

—¡Venga, Óptimo Máximo! ¡Tírate al agua! ¡Coge al caballero por el cogote! ¡Sálvalo! ¡Sálvalo!

El perro obediente se zambulló, trató de aferrar por el cogote al viejo, no lo consiguió, lo cogió por la barba.

—¡He dicho por el cogote, Óptimo Máximo! —insistió Cósimo, pero el perro levantó la cabeza por la barba y la empujó hasta el borde de la barca, y se vio que de cogote ya no había, no había ni cuerpo ni nada, había solo una cabeza, la cabeza de Enea Silvio Carrega cortada de un golpe de cimitarra.

La novia del espectro - William Harrison Ainsworth

El Castillo de Hernswolf, a fines del año 1655, era el centro de la moda y la alegría. El barón del mismo nombre era el más poderoso noble en Alemania, e igualmente celebrado por los logros patrióticos de sus hijos, y la belleza de su única hija. 

El Estado de Hernswolf, que estaba situado en el centro de la Selva Negra, le había sido otorgado por la nación en reconocimiento a uno de sus ancestros, y pasado de mano en mano con otras posesiones hereditarias a la familia del dueño actual. 

Era una mansión almenada, de estilo gótico, construida acorde a la moda de la época, en el más grandioso estilo arquitectónico, y consistía principalmente de oscuros corredores ventosos, y habitaciones tapizadas en forma de bóveda, magníficas en su tamaño por cierto, pero que poco satisfacían las necesidades de confort, dada la circunstancia extrema de su lúgubre magnitud. 

Un oscuro bosquecillo de pinos y fresnos de montaña rodeaban el castillo por todos lados, y proyectaban un aspecto tenebroso alrededor de la escena, la que rara vez era animada por la alegre luz del sol. 

Las campanas del Castillo repicaron en un alegre tañido ante la cercanía del crepúsculo invernal, y el guardián se apostó con su séquito en la galería de almenas, para anunciar el arribo de los visitantes que habían sido invitados a compartir las diversiones que reinaban entre las paredes. 

Lady Clotilda, la única hija del Barón, recién había cumplido sus diecisiete años, y se había invitado a un brillante auditorio para celebrar el cumpleaños. Las grandes habitaciones abovedadas habían sido abiertas para la recepción de los numerosos invitados, y el alborozo de la tarde apenas había comenzado cuando el reloj de la torre comenzó sus repiques con solemnidad inusual, e inmediatamente un forastero alto, vestido con un traje negro, hizo su aparición en el salón de baile. Se inclinó cortésmente a uno y otro lado, pero fue recibido por todos con la más estricta reserva. 

Nadie sabía quien era ni de donde venía, pero era evidente por su apariencia, que era un noble de primer rango, y aunque su presentación fue aceptada con recelo, fue tratado por todos con respeto. Se dirigió particularmente a la hija del Barón, y era tan inteligente en sus comentarios, tan jovial en sus salidas, y tan fascinante en su discurso, que rápidamente interesó los sentimientos de su joven y sensible oyente. 

Finalmente, luego de alguna vacilación por parte del anfitrión, quien, con el resto de los visitantes, era incapaz de acercarse al extraño con indiferencia, fue invitado a permanecer unos pocos días en el castillo, invitación que fue alegremente aceptada. 

Cuando cundió el silencio de la noche y todos se hubieron retirado a descansar, la monótona y pesada campana se oyó oscilando a uno y otro lado en la torre gris, aunque era apenas un aliento para mover los árboles del bosque. 

Muchos de los invitados, cuando se encontraron la mañana siguiente en la mesa del desayuno, aseguraron que hubo sonidos de la música más celestial, mientras que la mayoría persistieron en afirmar que habían oído ruidos horribles, provenientes, al parecer, de la habitación ocupada en aquel momento por el extraño. 

Este pronto hizo, sin embargo, su aparición en el círculo del desayuno, y cuando se hizo alusión a las circunstancias de la noche precedente, una oscura sonrisa de significado inexpresable jugueteó en sus lóbregas facciones. Y luego recayó en una expresión de las más profunda melancolía. 

Dirigió su conversación principalmente a Clotilda, y cuando habló de los diferentes climas que había visitado, de las soleadas regiones de Italia, donde los simples hálitos de la fragancia de las flores, y la brisa del verano suspiran sobre una tierra de dulces, cuando le habló de esos países deliciosos, donde la sonrisa del día se hunde en la blanda belleza de la noche, y la hermosura del cielo nunca es oscurecida ni por un instante, provocó lágrimas sentimentales en su hermosa oyente, y por primera vez ella lamentó nunca haber salido de su hogar. 

Los días se sucedieron, y a cada momento aumentó el fervor de los inexpresables sentimientos que le inspiraba el extraño. El nunca habló de amor, pero se veía en su lenguaje, en sus maneras, en los insinuantes tonos de su voz, en la suavidad de su sonrisa, y cuando comprobó que había tenido éxito en infundir en ella sentimientos favorables, una mueca del más diabólico significado apareció por un instante, y murió luego en su oscuro semblante. 

Cuando la veía en compañía de sus padres, era al mismo tiempo respetuoso y sumiso, y era únicamente cuando estaba solo con ella, en su paseo a través de los oscuros recovecos del bosque, que asumía el aspecto del más apasionado admirador. 

Mientras estaba sentado una tarde con el Barón en la habitación revestida en madera de la biblioteca, sucedió que la conversación giró hacia un tema sobrenatural. El extraño permaneció reservado y misterioso durante la discusión, pero cuando el Barón en una forma jocosa negó la existencia de espíritus, e imitó satíricamente su apariencia, sus ojos brillaron con un fulgor sobrenatural, y su forma pareció dilatarse aún más de sus dimensiones naturales. 

Cuando la conversación hubo cesado, se produjo una pavorosa pausa de pocos segundos y se escuchó un coro de armonía celestial sonando a través del oscuro bosque. Todos se extasiaron de gozo, pero el extraño estaba perturbado y lúgubre, miraba a su noble anfitrión con compasión, y algo parecido a una lágrima cruzó sus ojos. 

Después del lapso de unos pocos segundos, la música agonizó suavemente en la distancia, y todo se serenó como antes. Poco después el Barón dejó la estancia, y fue seguido casi inmediatamente por el extraño. 

No había estado ausente mucho tiempo, cuando se oyó un ruido horrible, como el de una persona en agonía de muerte, y el Barón fue descubierto muerto extendido a lo largo de los corredores. Su semblante estaba convulsionado de dolor, y el apretón de una mano era visible en su garganta ennegrecida. 

Se dio la alarma instantáneamente, el castillo fue revisado en todas direcciones, pero el extraño no fue vuelto a ver. El cuerpo del Barón, mientras tanto, fue calladamente entregado a la tierra, y el recuerdo de su horrenda transacción, recordado solo como una cosa que una vez fue. 

Luego de la partida del extraño, quien ciertamente había fascinado sus sentimientos en extremo, los ánimos de la gentil Clotilda evidentemente declinaron. Ella amaba caminar tarde y temprano en los senderos que él había frecuentado una vez, para recordar sus últimas palabras; detenerse en su dulce sonrisa; y deambular por el sitio donde ella había hablado de amor con él una vez. 

Evitaba toda sociedad, y nunca parecía estar contenta sino cuando estaba sumida en la soledad de su cuarto. Era entonces cuando descargaba su aflicción en lágrimas; y el amor que su orgullo de doncella disimulaba modestamente en público, explotaba en los momentos de privacidad. Tan bella, y aún tan resignada en su justo luto, que parecía ya un ángel liberado de las redes del mundo, preparada para realizar su vuelo al cielo. 

Ella estaba una tarde de verano vagando por el sitio aislado que había elegido como lugar favorito, lentas pisadas avanzaron hacia ella. Se dio vuelta, y para su infinita sorpresa descubrió al extraño. Él dio un paso alegremente a su lado, y comenzó una animada conversación. "Cuando partiste," exclamó la niña alborozada, "pensé que toda la alegría se había fugado para siempre de mi lado, pero ahora regresaste y, ¿no deberíamos estar contentos de nuevo?" 

"Contentos" replicó el extraño, con una desdeñosa explosión de sarcasmo, "podré alguna vez ser feliz de nuevo, podré, pero disculpa la agitación, mi amor, y atribúyelo al placer que experimento al encontrarte. ¡Oh! Tengo tantas cosas que contarte, ¡sí! Y muchas palabras afectuosas que recibir, ¿no es así, cariño? Ven, dime la verdad, ¿no has estado feliz en mi ausencia? ¡No! Lo veo en esos ojos hundidos, en ese semblante pálido, que el pobre vagabundo había cobrado al menos algún leve interés en el corazón de su amada. 

He deambulado por otros climas, he visto otras naciones, me he encontrado con otras damas, hermosas y exitosas, pero no he encontrado sino un ángel, y ella está aquí ante mí. Acepta esta simple ofrenda de mi afecto, queridísima," continuó el extraño, arrancando una rosa de su tallo, "es hermosa como las flores silvestres que adornan tu pelo, y dulce como el amor que te tengo." 

"Es dulce, por cierto," replicó Clotilda, "pero su dulzura tiene corta vida, como el amor manifestado por el hombre. Que no sea este, entonces, el tipo de tu afecto, tráeme la delicada siempreverde, la dulce flor que florece durante todo el año, y yo diré, mientras la enrollo en mi pelo: ‘Las violetas han florecido y muerto, las rosas han florecido y decaído, pero la siempreverde todavía está joven, ¡y así es el amor de mí corazón!’ 

Tu no podrás abandonarme. Yo no vivo sino en tí, tú eres mi esperanza, mis pensamientos, mi existencia misma. Y si te pierdo, pierdo mi todo. Yo no era sino una solitaria flor silvestre en la tierra salvaje de la naturaleza, hasta que tú me transplantaste a un suelo más amigable, y puedes ahora romper el corazón tierno al que enseñaste primero a brillar con pasión." 

"No hables de ese modo," contestó el extraño, se me desgarra el alma misma al escucharte, déjame, olvídame, evítame para siempre, o sobrevendrá tu ruina eterna. Yo soy una cosa abandonada de Dios y el hombre, y tú no ves sino el corazón lastimado que late apenas dentro de esta móvil masa deforme; deberías escapar de mí, como si fuera una víbora en tu camino. Aquí está mi corazón, amor, siente qué frío está, no tiene pulso que delate su emoción, porque todo está helado y muerto como los amigos que alguna vez conocí." 

"Tú eres infeliz, amor, y tu pobre Clotilda estará para socorrerte. Piensas que puedo abandonarte en tu desgracia. ¡No! Deambularé contigo a través del mundo entero, y seré tu sirviente, tu esclava, si eso es lo que quieres. Yo te protegeré de las noches frías, y que el viento no sople demasiado fuerte en tu cabeza desprotegida. Yo te defenderé de la tormenta que aúlle alrededor, y aunque el mundo consagre tu nombre al escarnio, aunque los amigos se separaren, y se unan mustios en la tumba, habrá un corazón tierno que te ame mejor en tu desgracia, y te valore, y aún te bendiga". 

Ella se detuvo, y sus ojos azules se bañaron en lágrimas, mientras se volvía resplandeciente de afecto hacia el extraño. Él desvió su cabeza de su mirada, y una sonrisa sardónica de la más oscura, la más mortífera malicia cruzó sobre su delicado semblante. 

En un instante, la expresión declinó, su vidriosa vista fija retomó su frío sobrenatural, y se volvió una vez más hacia su acompañante. "Es la hora del crepúsculo," exclamó, "la hora suave, la más hermosa, cuando los corazones de los amantes están felices, y la naturaleza sonríe en armonía con sus sentimientos, pero para mí ya no sonreirá más, antes de que mañana amanezca yo estaré muy lejos de la casa de mi amada, de las escenas que mi corazón atesora, como en un sepulcro. ¿Pero debo dejarte a ti, queridísima flor silvestre, para ser presa de un torbellino, víctima de la explosión de la montaña?" 

"No, no nos separaremos," replicó la apasionada niña, "donde tú vayas, yo iré, tu casa será mi casa, y tu Dios será mi Dios." 

"Promételo, promételo" volvió a la carga el extraño, mientras la aferraba de la mano. "Promételo por el espantoso juramento que yo te dictaré". 

Entonces él le pidió que se arrodillara, y sosteniendo su mano derecha en una actitud amenazante hacia el cielo, y arrojando hacia atrás sus oscuros rizos negros, exclamó en amargas imprecaciones con la espantosa sonrisa de un demonio encarnado: "Que las maldiciones de un Dios ofendido", gritó, "te persigan, te aferren en la tempestad y en la calma, en el día y en la noche, en la enfermedad y en el pesar, en la vida y en la muerte, si te desviaras de la promesa que has hecho aquí de ser mía. ¡Qué los espíritus oscuros de los condenados al Infierno aúllen en tus oídos los coros malditos de los demonios, que el aire torture tu seno con las llamas inextinguibles del infierno! ¡Qué tu alma sea como el lazareto de la corrupción, donde el fantasma del placer ausente sea venerado, como en una tumba: dónde el gusano de las cien cabezas nunca muere, donde el fuego nunca se extingue! ¡Qué el espíritu del demonio controle tu mente, y proclame a tu paso: ‘ESTA ES LA ABANDONADA DE DIOS Y DEL HOMBRE’, qué espantosos espectros te persigan en la noche, qué tus amigos más queridos desciendan a la tumba día a día, y los maldigas en su aliento moribundo! ¡Qué todo aquello más horrible en la naturaleza humana, más solemne que el lenguaje pueda enmarcar, o los labios puedan pronunciar, que esto, y más que esto, sea tu parte eterna, si violases el juramento que aquí has hecho!". 

Él se detuvo, apenas sabiendo lo que ella hizo, la niña aterrorizada accedió al horrendo juramento, y prometió fidelidad eterna a aquel que sería su señor de allí en adelante. "Los espíritus de los condenados, te agradecen por tu ayuda," gritó el extraño, "he cortejado bravamente a mi bella novia. Ella es mía, mía para siempre. Si, cuerpo y alma son míos, míos en la vida y míos en la muerte. ¿Por qué lloras mi dulzura, antes de que haya pasado la luna de miel? ¡Por qué! Ciertamente tienes motivo para sollozar: pero cuando próximamente nos encontremos deberemos firmar el contrato nupcial". 

Luego imprimió un frío saludo en la mejilla de su joven novia, y amortiguando los horrores impronunciables de su semblante, le pidió que lo encontrara a las ocho esa misma noche en la capilla adyacente al castillo de Hernswolf. Ella se volvió hacia él con un suspiro ardiente, como implorando su protección, pero el extraño se había ido. 

Al entrar en el Castillo, se la observaba afectada por la más profunda melancolía. Sus parientes se esforzaron en vano para acertar con la causa de su desconsuelo, pero el tremendo juramento que había prestado había paralizado completamente sus facultades, y estaba temerosa de traicionarse aún por la más leve entonación de su voz, o la menor variación en la expresión de su semblante. 

Cuando la noche hubo concluido, la familia se retiró a descansar, pero Clotilda, que era incapaz de reposar, dada la agitación de su ánimo, pidió que la dejaran sola en la biblioteca contigua a su habitación. 

Todo era ahora noche profunda, cada sirviente se había retirado a descansar hacía largo tiempo, y el único sonido que se podía percibir era el tétrico lamento del perro guardián cuando aullaba a la luna. 

Clotilda permaneció en la biblioteca en actitud de profunda meditación. La lámpara que ardía sobre la mesa, donde ella estaba sentada, agonizaba, y el extremo inferior de la habitación estaba ya más que oscuro a medias. El reloj de la esquina norte del Castillo repicó la hora a las doce, y el sonido hizo eco de manera lúgubre en la solemne quietud de la noche. 

De pronto el picaporte de la puerta de roble del extremo más lejano de la habitación se levantó suavemente, y una figura pálida, ataviada con las vestimentas de la tumba, avanzó lentamente por la habitación. Ningún sonido anticipaba su aproximación, mientras se movía con pasos silenciosos hacia la mesa donde estaba ubicada la dama. 

Al principio ella no lo percibió, hasta que sintió una mano helada de muerte aferrar rápidamente la suya, y oyó murmurar una solemne voz en su oído, "Clotilda." Ella levantó la vista, una figura oscura estaba parada a su lado, intentó gritar, pero su voz era desigual al esfuerzo empleado; su vista estaba fija, como si fuera magia, en la forma en que, lentamente removía el atuendo que ocultaba su semblante, y revelaba los ojos lívidos y forma esquelética de su padre. 

Parecía contemplarla con pena y sentimiento, y exclamó melancólicamente: "Clotilda, los vestidos y los sirvientes están listos, la campana de la iglesia ha repicado, y el sacerdote está en el altar, pero ¿dónde está la novia comprometida? Hay una habitación para ella en la tumba, y mañana ella estará conmigo." 

"¿Mañana?" vaciló la niña distraída, "los espíritus del infierno deben haberlo registrado, y mañana el enlace debe ser cancelado." La figura se detuvo, retirándose lentamente, y pronto se perdió en la oscuridad de la distancia. 

La mañana, noche, llegó, y cuando el reloj de la sala marcó las ocho, Clotilda estaba en su camino a la capilla. Era una noche oscura y sombría. Espesas masas de nubes oscuras navegaban a través del firmamento, y el rugido del viento hacía eco horriblemente entre los árboles del bosque. 

Ella alcanzó el lugar fijado, una figura la estaba esperando, esta avanzó, y descubrió los rasgos del extraño. "¡Por qué!" Está bien, mi novia," exclamó con una risa sardónica, "y bien voy a recompensar tu cariño. Sígueme." Avanzaron juntos en silencio a través de las ventosas naves de la capilla, hasta que alcanzaron el cementerio contiguo. Aquí se detuvieron por un instante, y el extraño, en un tono suave, dijo, "Solamente una hora más, y la lucha quedará atrás. Y aún este corazón de malicia encarnada puede sentir, cuando se consagra un espíritu tan joven, tan puro a la tumba. Pero debe, debe ser," prosiguió, "como si la memoria de su amor pasado se precipitase en su mente, porque el demonio al cual obedezco lo ha deseado así. Pobre niña, te estoy conduciendo a tus nupcias, pero el sacerdote estará muerto, tus padres los esqueletos descompuestos que se desmoronan en pilas alrededor, y los testigos de nuestra unión, los gusanos perezosos que se regocijan en los huesos cariados de los muertos. Ven, mi joven novia, el sacerdote está impaciente por su víctima." 

Mientras avanzaban, una débil luz azul se movía velozmente delante de ellos, y exhibió en el extremo del cementerio los portales de una cripta. Estaba abierta, y entraron en ella en silencio. El viento cavernoso se precipitó a través de la lúgubre residencia de la muerte, y por todos lados se apilaban los restos descompuestos de los féretros, los que caían pieza por pieza encima de la húmeda... 

Cada paso que daban era sobre un cuerpo muerto, y los huesos blanqueados rechinaban horriblemente bajo sus pies. En el centro de la bóveda se levantaba una pila de esqueletos sin enterrar, sobre la que estaba sentada, una figura tan horrenda aún para ser concebida por la imaginación más oscura. 

Mientras se aproximaban a ella, el hueco de la cripta resonó con una carcajada infernal, y cada cadáver descompuesto pareció cobrar una vida perversa. El extraño hizo una pausa, y luego aferró a su víctima con la mano, estalló un suspiro desde su corazón. Una lágrima resplandeció en su ojo. No fue sino por un instante, la figura frunció horriblemente el entrecejo ante su vacilación, y agitó su mano descarnada. 

El extraño avanzó, hizo ciertos círculos místicos en el aire, articuló palabras misteriosas, e hizo una pausa, desaforado por el terror. Súbitamente levanto su voz y exclamó salvajemente: "Esposa del espíritu de la oscuridad, unos pocos momentos son todavía tuyos, para que puedas saber a quién te has encomendado. Yo soy el espíritu imperecedero del miserable a quien maldijo el Salvador en la cruz. Me miró en la última hora de su existencia, y esa Mirada aún no ha transcurrido, porque yo estoy maldito en toda la Tierra. Estoy eternamente condenado al infierno y debo abastecer el paladar de mi maestro hasta que el mundo sea abrasado tal y como un pergamino, y los cielos y la tierra hayan muerto. Yo soy aquel al que debes haber leído, y aquel de cuyas proezas has oído. Un millón de almas me ha condenado mi maestro a atrapar, y cuando mi pena sea cumplida, yo conoceré el reposo de la tumba. Tú eres la milésima alma que he atrapado. Te he visto en tu hora de pureza, y te he marcado de inmediato para mi casa. Tu padre al que mate por su temeridad, y permití que te advirtiera de tu destino: y yo mismo he sido seducido por tu inocencia. ¡Ha! El hechizo trabaja briosamente, y tú pronto lo verás, mi dulce, a quien has encadenado tu eterno destino, porque mientras las estaciones se muevan en su curso natural, mientras los relámpagos destellen, y los truenos rujan, tu pena será eterna. Mira abajo y vé a lo que estás destinada." 

Ella miró, la bóveda se abrió en mil distintas direcciones, la tierra bostezó en pedazos, y el rugido de aguas potentes se oyó. Un océano viviente de fuego derretido brilló en el abismo debajo de ella, y se mezcló con los alaridos de los condenados al infierno, y los gritos triunfantes de los demonios, representaban un horror más horrible que la imaginación. 

Diez millones de almas estaban retorciéndose en las llamas ardientes, y mientras las oleadas hirvientes los lanzaban violentamente contra las rocas ennegrecidas e inflexibles, maldecían con blasfemias desesperadas, y cada maldición hacía eco con los truenos. 

El extraño se precipitó hacia su víctima. Por un instante la sostuvo sobre la vista llameante, mirando tiernamente en su cara y sollozó como si fuera un niño. Eso no fue sino un impulso momentáneo, nuevamente la aferró en sus brazos, la arrojó violentamente con furia, y mientras su última mirada de partida se fundía con bondad en su rostro, vociferó con fuerza: "No es mío el crimen, pero la religión que tú profesas, ¿no dice que hay un fuego de eternidad preparado para las almas de los malvados, y no has incurrido tú en sus tormentos?" 

Ella, pobre niña, no escuchó, no hizo caso de los gritos del blasfemador. Su delicada forma rebotó de roca en roca, sobre oleadas, y sobre espuma, mientras sentía, que el océano se zamarreaba como si estuviera victorioso de recibir su alma, y mientras ella se hundía profundamente en la fosa ardiente, diez mil voces reverberaron desde el fondo del abismo, "¡Espíritu del mal! Aquí hay ciertamente una eternidad de tormentos preparada para ti, porque aquí el gusano nunca muere, y el fuego nunca se extingue."