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El hombre del traje marrón - Agatha Christie

Capítulo XIX

La situación me recordó la Jornada Tercera de los «Peligros de Pamela». ¡Cuántas veces había estado yo sentada en las butacas de seis peniques, comiendo una barra de chocolate y anhelando que me ocurrieran a mí cosas como aquella! Bueno, pues, ya me estaban ocurriendo. Y sin saber por qué, no resultaban tan divertidas como yo me las había imaginado. Está muy bien verlo en la pantalla, y una tiene el consuelo de saber que habrá una Jornada Cuarta. Pero en la vida real nadie podía garantizarme que Anita Aventurera no dejara de existir bruscamente al final de cualquiera de los episodios.

Sí; me encontraba en una situación difícil. Recordé con desagradable claridad todas las cosas que Rayburn me había dicho aquella mañana. «Diga usted la verdad», me había aconsejado. Bueno, pues eso siempre podría hacerlo; pero, ¿me serviría de algo? En primer lugar, ¿se daría crédito a mi relato? ¿Creerían probable o posible que hubiese emprendido aquella loca aventura sin más bases que un pedazo de papel que olía a naftalina? A mí me parecía una cosa completamente increíble. En aquel instante de cordura y serenidad me maldije a mí misma por melodramática e idiota y anhelé el apacible aburrimiento de Little Hampsly.

Todo eso me pasó por la imaginación en mucho menos tiempo del necesario para contarlo. Mi primer movimiento instintivo fue dar un paso atrás y buscar el tirador de la puerta. El hombre se limitó a sonreír.

—Aquí está y aquí se queda —observó.

Hice lo posible por hacer al mal tiempo buena cara.

—Me invitó a venir aquí el Conservador del Museo de la Ciudad de El Cabo. Si he cometido un error...

—¿Un error? ¡Oh, sí! ¡Un error muy grande!

Rió gravemente.

—¿Con qué derecho me detiene? Daré cuenta a la policía...
—Yap, yap, yap... como un perrito faldero —rió.
—Me veo obligada a llegar a la conclusión de que es usted un loco peligroso —anuncié, con frialdad.
—¿De veras?
—Quisiera advertirle que mis amistades están perfectamente enteradas de que he venido aquí. Si no he regresado antes del anochecer, vendrán a buscarme, ¿comprende?
—Conque sus amistades saben que está usted aquí, ¿eh? ¿Qué amistades?

Retada así, calculé rápidamente las probabilidades. ¿Debiera mencionar a sir Eustace? Era un hombre muy conocido y su nombre pudiera influir. Pero si se hallaba en contacto con Pagett pudiera saber que mentía. Más valía no correr el riesgo de mencionar ahora a sir Eustace.

—La señora Blair, por ejemplo. Una amiga mía con quien me alojo.
—No lo creo —anunció el hombre, sacudiendo la anaranjada cabeza—. No la ha visto usted desde esta mañana a las once. Y recibió nuestra nota, pidiéndole que viniese aquí, a la hora de comer.

Por sus palabras comprendí cuán de cerca se habían seguido mis pasos; pero no pensaba rendirme sin luchar.

—Es usted muy listo —dije—. ¿Ha oído hablar alguna vez de cierto invento muy útil que se llama teléfono? La señora Blair me telefoneó cuando descansaba en mi cuarto después de comer. Le dije dónde iba a estar esta tarde.

Con gran satisfacción mía, observé que su rostro reflejaba, durante un instante, cierta preocupación. Era evidente que no había pensado en la posibilidad de que Susana me telefoneara. Lástima que no lo hubiese hecho de verdad.

—Basta de eso —dijo con aspereza, poniéndose en pie.
—¿Qué va usted a hacer de mí? —inquirí, procurando parecer serena aún.
—Meterla donde no pueda hacer daño alguno, si a sus amistades se les ocurre venir a buscarla.

Durante unos segundos, la sangre se me heló en las venas. Pero las palabras que a continuación dijo, me tranquilizaron.

—Mañana tendrá que responder a algunas preguntas, y cuando lo haya hecho, sabremos qué hacer con usted. Y puedo asegurarle, jovencita, que conocemos muchas maneras de hacer hablar a los imbéciles que sean testarudos.

No era muy animador aquello; pero por lo menos me daba tiempo a respirar. Tenía hasta el día siguiente. Aquel hombre no era más que un subordinado, que obedecía órdenes superiores. ¿Era posible que su superior fuese Pagett?

Llamó y se presentaron dos cafres. Me condujeron escalera arriba. A pesar de cuanto forcejeé, me ataron de pies y manos y me amordazaron. La habitación en que me habían metido era una especie de buhardilla, debajo del tejado. Estaba llena de polvo y no parecía haber estado ocupada. El holandés me hizo una reverencia burlona y se retiró cerrando la puerta tras él.

Me hallaba completamente impotente. Por mucho que me retorcí no pude aflojar las ligaduras y la mordaza no me permitía gritar. Si por una casualidad se presentara alguien en la casa, nada podría hacer para llamar la atención. Oí abajo el ruido de una puerta que se cerraba. El holandés había salido, al parecer.

Me enloquecía no poder hacer cosa alguna. Volví a probar mis ligaduras, pero los nudos no cedieron. Me di por vencida al fin y me desmayé o me dormí. Cuando volví a despertar, me dolía todo el cuerpo. La oscuridad era completa ya, y juzgué que estaría muy avanzada la noche, porque la Luna se hallaba muy alta en el firmamento y llenaba con sus rayos la polvorienta claraboya. La mordaza casi me ahogaba y el entumecimiento y el dolor resultaban casi insoportables.

Fue entonces cuando mi mirada se posó sobre el trozo de vidrio que había en un rincón. Un rayo de Luna le daba de lleno y su brillo había llamado mi atención. Al mirarlo, se me ocurrió una idea de esas que se le ocurren a una en momentos difíciles.

No podía mover manos ni piernas; pero suponía que me sería posible rodar. Me puse en movimiento lenta y torpemente. No era fácil. Además de ser extremadamente doloroso, puesto que no podía protegerme el rostro con los brazos, resultaba también muy difícil rodar en una dirección determinada.

La tendencia era rodar en cualquier dirección menos en la que me interesaba. Después de mucho trabajo, sin embargo, llegué al punto que deseaba. El vidrio casi me tocaba las manos.

Aun así, la cosa no resultó fácil. Precisé una eternidad para empujar el vidrio hasta encajarlo de tal suerte contra la pared que pudiera rozar con él las ligaduras. Esta última operación fue tan larga, tan exasperante, que casi perdí toda esperanza. No obstante, acabé cortando las cuerdas que me ataban las manos. Lo demás fue cuestión de tiempo. Una vez hube restablecido la circulación en mis manos dándome masajes en las muñecas, pude quitarme la mordaza. Y cuando hube respirado profundamente un par de veces, me sentí mucho mejor.

No tardé ya en deshacer hasta el último nudo; pero hube de esperar un buen rato antes de poder ponerme en pie. Por fin me erguí, agitando los brazos para restablecer la circulación. Ansiaba, sobre todas las cosas, encontrar algo de comer.

Aguardé cosa de un cuarto de hora para estar segura de que no me abandonarían las fuerzas. Luego, me acerqué a la puerta de puntillas. Como había esperado, no estaba cerrada con llave. La abrí y atisbé con cautela.

Todo estaba silencioso. La luz de la Luna, que se filtraba por una ventana, me permitió ver la escalera cubierta de polvo y sin alfombra. Bajé con sigilo. No se oía ningún ruido. Pero cuando llegué al descansillo de abajo, llegó a mis oídos un débil murmullo de voces. Paré en seco y permanecí inmóvil algún tiempo. Un reloj colgado de la pared señalaba más de medianoche.

Me daba perfecta cuenta de los riesgos que podría correr si bajaba más; pero, al fin venció en mí la curiosidad. Tomando infinitas precauciones me dispuse a explorar. Me deslicé silenciosamente por el último tramo de escalera hasta el cuadrado vestíbulo. Miré a mi alrededor, y contuve el aliento. Un cafre estaba sentado junto a la puerta. No me había visto. No tardé en darme cuenta, por el ritmo de su respiración, que se había dormido.

¿Debía retroceder o seguir adelante? Las voces emanaban del cuarto al que se me condujera a mi llegada. Una de ellas era la del holandés. No pude reconocer la otra, aunque se me antojaba vagamente conocida.

Al fin decidí que era mi deber enterarme de todo lo que fuese posible. Tendría que correr el riesgo de que se despertase el cafre. Crucé silenciosamente el pasillo y me arrodillé junto a la puerta del cuarto. Durante unos instantes no pude oír mejor por ello. Las voces sonaban más altas, pero no lograba distinguir lo que decían.

Apliqué el ojo a la cerradura en lugar del oído. Como había supuesto, uno de los que hablaban era el holandés. El otro hombre se hallaba fuera de mi campo visual.

De pronto se puso en pie para servirse algo de beber. Aun antes de que diera la vuelta comprendí quién era.

¡El señor Chichester!

Ahora empecé a entender las palabras.

—No obstante, es peligroso. ¿Y si sus amistades vinieran a buscarla?

Era el holandés quien hablaba. Chichester le respondió. Ya no usaba su voz de clérigo. Nada de particular tenía, pues, que no la hubiese reconocido.

—Eso es puro bluf. Nadie tiene la menor idea de dónde se encuentra.

Habló con convencimiento.

—Es posible. He investigado el asunto y no tenemos nada que temer. Sea como fuere, las órdenes emanan del «Coronel». Supongo que no querrá usted desobedecerlas...

El holandés soltó una exclamación en su idioma nativo. Juzgué que era una rotunda negativa.

—Pero, ¿por qué no darle un golpe en la cabeza? —gruñó—. Sería más sencillo. El barco está preparado. Se la podría llevar a alta mar.
—Sí —contestó Chichester, pensativo—. Eso es lo que yo haría. Sabe demasiado; de eso no cabe la menor duda. Pero al «Coronel» le gusta trabajar solo, aunque no le consiente a ningún otro que lo haga. (Sus propias palabras parecieron despertar en él algún recuerdo que le molestaba). Deseaba obtener de esta muchacha informes de alguna clase.

Había hecho una pausa antes de decir «informes», y el holandés se agarró a la palabra.

—¿Informes?
—O algo así.
—«Diamantes» —dije yo para mis adentros.
—Y ahora —continuó Chichester— déme las listas.

Durante un buen rato su conversación me resultó completamente ininteligible. Parecían versar sobre grandes cantidades de legumbres y verduras. Se mencionaron fechas, precios y nombres de varios lugares que yo no conocía. Transcurrió su buena media hora antes de que terminaran de contar y de hacer comprobaciones.

—Muy bien —dijo Chichester. Y se oyó un ruido como el de una silla al arrastrarse por el suelo—. Me las llevaré para que las vea el «Coronel».
—¿Cuándo se marcha usted?
—Mañana por la mañana a las diez bastará.
—¿Quiere ver a la muchacha antes de irse?
—No. Hay órdenes severas de que nadie debe ver a la chica hasta que llegue el «Coronel». ¿Se encuentra bien?
—Me asomé a verla cuando vine a comer. Creo que estaba dormida. ¿Y alimentos?
—Un poco de ayuno no le hará ningún daño. El «Coronel» vendrá aquí mañana por la mañana a una hora u otra. Responderá mejor a las preguntas si tiene hambre. Más vale que no se acerque nadie hasta entonces. ¿Está bien atada?

El holandés se echó a reír.

—¿Qué cree usted?

Los dos rieron. Y yo también, aunque para mis adentros. Luego, comoquiera que los ruidos que se oyeran parecían anunciar que estaba a punto de salir del cuarto, me batí precipitadamente en retirada. Lo hice justamente a tiempo. Al llegar a la escalera, oí abrirse la puerta del vestíbulo. Me retiré prudentemente a la buhardilla, me rodeé el cuerpo con las cuerdas y volví a tirarme en el suelo por si se les ocurría subir a echarme una mirada.

No lo hicieron, sin embargo. Al cabo de una hora, aproximadamente, descendí con cautela la escalera. El cafre de guardia junto a la puerta estaba despierto y tarareaba una canción. Tenía vivos deseos de salir de la casa, pero no veía la forma de conseguirlo.

Acabé teniendo que retirarme a la buhardilla otra vez. Era evidente que el cafre se pasaría la noche allí, vigilando. Permanecí en mi encierro, armándome de paciencia, durante las primeras horas de la mañana, escuchando todos los preparativos. Los hombres desayunaron en el vestíbulo. Empezaba a sentirme enervada. ¿Cómo demonios iba a salir de la casa? ¿Podría?

Me aconsejé a mí misma paciencia. Un paso temerario pudiera echarlo a perder todo. Después del desayuno oí marcharse a Chichester. Con gran alivio mío, el holandés le acompañó.

Aguardé, conteniendo el aliento. Estaban quitando la mesa y haciendo el trabajo de la casa. Por fin, todas las actividades parecieron cesar. Volví a salir de mi guarida. Me deslicé silenciosamente escalera abajo. El vestíbulo estaba desierto. Lo crucé con velocidad de relámpago, abrí la puerta y salí al sol. Bajé corriendo el camino del jardín como si me persiguiera el mismísimo demonio.

Una vez fuera, me puse a caminar de forma normal. La gente me miraba con curiosidad, y no era de extrañar. Debía de llevar los vestidos y la cara cubiertos de polvo de la buhardilla. Por fin llegué a un garaje. Entré.

—He sufrido un accidente —expliqué—. Necesito un coche que me conduzca inmediatamente a Ciudad de El Cabo. He de pillar el vapor para Durban.

No tuve que esperar mucho. Diez minutos más tarde me hallaba camino de Ciudad de El Cabo. Era preciso que me enterara de si Chichester iba a bordo. No me era posible decidir aún si embarcar en él yo también o no; pero a última hora decidí hacerlo. Chichester no sabría que le había visto en el hotelito de Muizenberg. Seguramente prepararía nuevas trampas para cazarme. Pero yo estaría sobre aviso. Y él era el hombre a quien me interesaba seguir, el hombre que andaba buscando los diamantes por cuenta del misterioso «Coronel».

¡Pobres planes míos! Cuando llegué yo al muelle, el Castillo de Kilmorden enfilaba ya con su proa la salida del puerto. Y no tenía yo medio alguno de averiguar si Chichester viajaba a bordo o no.
 
 
Capítulo XX

Me dirigí al hotel. En el saloncillo no había ninguna persona conocida. Subí corriendo la escalera y llamé a la puerta de Susana. Me dijo que entrara. Cuando vio quién era, se me colgó del cuello, así, como suena.

—¡Anita, querida! ¿Dónde ha estado? ¡Me ha tenido la mar de alarmada! ¿Qué ha estado haciendo?
—Corriendo aventuras —repliqué—. Jornada Tercera de «Los Peligros de Pamela».

Le conté toda la historia. Exhaló ella un profundo suspiro cuando terminé.

—¿Por qué han de ocurrirle a usted siempre esas cosas? —exclamó quejumbrosa—. ¿Por qué no me amordaza a mí nadie ni me ata de pies y manos?
—No le gustaría si se lo hiciesen —le aseguré—; y a decir verdad, no tengo tantas ganas ya de correr aventuras como antes. Una pequeña dosis de eso le harta a una para una temporada.

Susana no pareció muy convencida. De haberse pasado una hora o dos atada y amordazada, seguramente hubiera cambiado de opinión. A Susana le gustan las emociones, pero odia las incomodidades.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó.
—No estoy muy segura —le respondí dubitativa—. Usted sigue encargada de ir a Rhodesia, naturalmente, para vigilar a Pagett...
—¿Y usted?

Ahí estaba la dificultad... ¿Habría embarcado Chichester a bordo del Kilmorden o no? ¿Pensaba seguir su plan original de marcha a Durban? La hora en que abandonara Muizenberg parecía insinuar que la contestación a ambas preguntas debía de ser afirmativa. En cuyo caso podría marchar yo a Durban por tren. Estaba segura de que llegaría yo allí antes que el barco. Sin embargo, si le cablegrafiaban a Chichester la noticia de mi huida, y le decían que había salido de Ciudad de El Cabo en dirección a Durban, nada más fácil para él que abandonar el barco en Port Elizabeth o East London y escapárseme así por completo.

El problema era algo complicado.

—Sea como fuere —dije—, nos enteraremos de la hora de salida de los trenes para Durban.
—Y no es demasiado tarde para una taza de té matutina —anunció Susana—. La tomaremos en el saloncillo.

El tren de Durban salía a las ocho y cuarto de la noche, me dijo el conserje. De momento aplacé mi decisión y me reuní con Susana para tomar el té.

—¿Cree usted que podrá reconocer a Chichester otra vez... si lleva un disfraz distinto, quiero decir? —inquirió Susana.

Sacudí la cabeza.

—Desde luego no le conocí cuando le vi disfrazado de camarera ni le hubiese reconocido de no haber sido por el dibujo que usted me hizo.
—Ese hombre es actor de profesión —dijo Susana, pensativa—. Estoy segura de ello. Puede abandonar el barco vestido de obrero o de cualquier cosa, y no conseguirá usted descubrirle.
—Es usted muy consoladora —le repuse.

En aquel momento el coronel Race miró por la puerta ventana y se reunió con nosotras.

—¿Qué hace sir Eustace? —inquirió Susana—. No le he visto por aquí hoy.

Una expresión extraña cruzó el rostro del coronel.

—Tiene preocupaciones que no le dejan tiempo libre.
—Cuéntenos de qué se trata.
—Hablar de eso sería una indiscreción.
—Cuéntenos algo... aunque tenga que inventarlo nada más que para distraernos.
—Bueno, pues, ¿qué diría si le dijese que el famoso «Hombre del traje color castaño» ha viajado en nuestra compañía?
—¿Cómo?

Sentí que la sangre se retiraba de mi rostro y volvía a invadirlo otra vez. Por fortuna, el coronel Race no me estaba mirando.

—Creo que es un hecho. Mientras las autoridades vigilaban todos los puertos para que no pudiese escapar de Inglaterra, consiguió engañar a Pedler para que le trajera aquí como secretario.
—¿El señor Pagett?
—No; Pagett no. El otro. Decía llamarse Rayburn.
—¿Le han detenido? —preguntó Susana.

Por debajo de la mesa me tranquilizó con un apretoncito de manos. Aguardé sin aliento la contestación.

—Parece haber desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra.
—¿Cómo lo ha tomado sir Eustace?
—Lo considera como un insulto personal que le ha inferido el Destino.

Más tarde, aquel mismo día, se presentó una oportunidad de escuchar lo que sir Eustace opinaba del asunto. Un botones portador de una nota nos despertó cuando dormíamos la siesta. Sir Eustace nos suplicaba, con emocionantes palabras, que le concediéramos el honor de tomar el té con él en su gabinete.

El pobre hombre se hallaba en un estado lastimoso. Nos contó sus cuitas animado por los murmullos de simpatía de Susana. (Que sabe hacer esta clase de cosas muy bien).

—Primero, una mujer completamente desconocida tiene la impertinencia de hacerse asesinar en mi casa... nada más que por molestarme, estoy seguro. ¿Por qué en mi casa? ¿Por qué, entre todas las casas de Gran Bretaña, escoger la Casa del Molino? ¿Qué mal le había hecho yo jamás a esa mujer para que fuera a dejarse matar allí?

Susana emitió uno de sus murmullos comprensivos otra vez, y sir Eustace prosiguió, con voz más dolida aún:

—Y, por si eso fuera poco, el hombre que la había asesinado tuvo la impertinencia..., la colosal impertinencia..., de agregarse a mí como secretario. ¡Mi secretario, fíjense bien! Estoy ya harto de secretarios. Me niego a soportar más secretarios. O son asesinos ocultos o borrachos y pendencieros. ¿Han visto el ojo que lleva Pagett? Pues claro que lo habrán visto. ¿Cómo puedo andar por ahí con un secretario así? Y tiene la cara de un amarillo feo, por añadidura..., precisamente del color que menos pega con un ojo a la funerala. Para mí se han acabado los secretarios... a menos que encuentre una muchacha. Una muchacha bonita, de ojos líquidos, que me coja de la mano siempre que me vea enfadado. ¿Qué me dice usted, señorita Ana? ¿Quiere aceptar el empleo?
—¿Cuánto tiempo he de tenerle cogida la mano? —pregunté, riendo.
—Todo el santo día —respondió sir Eustace, muy galante.
—No me quedará mucho tiempo para escribir a máquina entonces —le recordé.
—Eso no importa. Todo ese trabajo es idea de Pagett. Me mata a trabajar. Mi único consuelo es que voy a dejarle atrás cuando salga de Ciudad de El Cabo.
—¿Se va a quedar aquí?
—Sí. Se divertirá de lo lindo buscando a Rayburn. Esa clase de trabajo le va a Pagett que ni pintado. Adora las intrigas. Pero le hago la oferta en serio. ¿Quiere acompañarme? La señora Blair es una dueña competente. Y puede usted disponer de medio día de fiesta de vez en cuando para cavar en busca de huesos.
—Muchísimas gracias, sir Eustace —dije, con cautela—. Pero creo que voy a salir para Durban esta noche.
—No sea usted una joven testaruda. No olvide que hay la mar de leones en Rhodesia. Le gustarán los leones. A todas las jóvenes les gustan.
—¿Estarán ensayando saltitos cortos? —le pregunté, riendo—. No, muchas gracias. He de marchar a Durban sin perder tiempo.

Sir Eustace me miró, suspiró profundamente y luego abrió la puerta de la habitación contigua y llamó a Pagett.

—Si ha dormido usted ya la siesta, amigo mío, quizá esté dispuesto a trabajar un poco como variación.

Guy Pagett apareció en el umbral. Nos hizo una reverencia a las dos, dando muestras de un leve sobresalto al verme, y replicó con su melancólica voz:

—He estado escribiendo a máquina esa memoria toda la tarde, sir Eustace.
—Pues deje de escribir a máquina entonces. Vaya a las oficinas del Delegado de Comercio... o a la Delegación de Agricultura... o a la Cámara de Minas... o a uno de esos sitios. Y pídales que me presten una mujer que me acompañe a Rhodesia. Ha de tener ojos de mirada líquida y no tener inconveniente en que le coja yo la mano.
—Bien, sir Eustace. Pediré una taquimecanógrafa competente.
—Pagett es un hombre malintencionado —dijo sir Eustace después de haberse ido el secretario—. Estoy dispuesto a apostar que escogerá una mujer que tenga cara de torta, nada más que por molestarme. Ha de tener los pies bonitos también... Me había olvidado decir eso.

Así a Susana de la mano, excitada, y casi la arrastré hasta su cuarto.

—Ahora, Susana —exclamé—, hemos de hacer planes... y muy aprisa. Pagett se queda en Ciudad de El Cabo. ¿Oyó usted eso?
—Sí. Supongo que eso significa que no podré ir a Rhodesia..., lo que es una verdadera lata, porque quiero ir a Rhodesia. ¡Qué contratiempo!
—Anímese —le dije—. Irá usted. No veo yo cómo iba a volverse atrás en el último instante sin que la cosa pareciese sospechosa. Además, cabe la posibilidad de que sir Eustace llamara de pronto a Pagett y le costaría a usted mucho más trabajo colgarse a él.
—Resultaría muy poco decente —aseguró Susana, con una sonrisa—. Me vería obligada a fingirme locamente enamorada de él para justificarlo.
—Sin embargo, si se encontrara usted allí ya a su llegada, la cosa no podría parecer más natural. Además, no creo que debamos perder de vista a los otros dos por completo.
—Pero, Ana, ¿es posible que desconfíe usted del coronel Race y de sir Eustace?
—Desconfío de todo el mundo —respondí con aire de misterio—. Y si ha leído usted alguna novela detectivesca, Susana, debe saber que el criminal es siempre el hombre que menos parece serlo. Ha habido la mar de criminales gordos y joviales como sir Eustace.
—No puede decirse que el coronel Race sea gordo en realidad ni muy jovial tampoco.
—A veces son delgados y silenciosos —repuse—. No digo que desconfíe seriamente de ninguno de los dos. Pero, después de todo, a la mujer la asesinaron en la casa de sir Eustace.
—Sí, sí... No es preciso que discutamos todo eso otra vez. Le vigilaré, Anita, y si engorda más o se vuelve más alegre, le mandaré a usted un telegrama inmediatamente: «Sir E. se hincha. Altamente sospechoso. Venga sin demora».
—¡Por Dios, Susana! —exclamé—. ¡Parece usted creer que todo esto es un juego!
—Ya lo sé —respondió ella sin inmutarse—. Sí me lo parece. La culpa es suya, Anita. Me ha imbuido de su espíritu de «Corramos una aventura». No se me antoja ni pizca real. Si Clarence supiera que andaba por África siguiendo la pista a criminales peligrosos, le daría un patatús.
—¿Por qué no se lo dice por cable? —pregunté, con sarcasmo.

Pero Susana es incapaz de verle la gracia a nada relacionado con la expedición de un cablegrama. Reflexionó sobre mi proposición con toda la buena fe del mundo.

—Podría hacerlo. Tendría que ser un cable muy largo —se animó enormemente ante semejante posibilidad—. Pero creo que será preferible abstenerse. Los maridos siempre quieren inmiscuirse en las diversiones más inofensivas.
—Bueno —dije, haciendo un resumen de la situación—, usted vigilará a sir Eustace y al coronel Race...
—Sé por qué he de vigilar a sir Eustace —me interrumpió Susana—. Es por su tipo y su humorística conversación. Pero desconfiar del coronel Race se me antoja llevar la cosa a extremos... Le aseguro que sí. Pero ¡si tiene algo que ver con el Servicio Secreto! ¿Sabe usted una cosa, Ana? Creo que lo mejor que podríamos hacer sería confiar en él y contarle toda la historia.

Me opuse vigorosamente a semejante proceder. Reconocí en ello los desastrosos efectos del matrimonio. Cuántas veces no habré oído decir a una mujer inteligente a más no poder: «Edgardo dice...», como quien cita una autoridad incontrovertible. Y eso cuando todo el mundo sabe que Edgardo es un perfecto idiota. Susana, como consecuencia de ser casada, ansiaba buscar el apoyo de un hombre u otro.

No obstante, me prometió fielmente no decirle una palabra al coronel Race y seguimos confeccionando planes.

—Es evidente que he de quedarme yo aquí y vigilar a Pagett y he aquí la mejor manera de hacerlo: he de fingir salir para Durban esta noche, llevándome el equipaje a la estación y todo eso. Pero, en realidad, me iré a cualquier hotelito pequeño de la ciudad. Puedo cambiar un poco de aspecto... llevar un tupé rubio y uno de esos tupidos velos de encaje blanco. Tendré mucha más ocasión de ver lo que hace si me cree lejos de aquí.

Susana se mostró completamente de acuerdo con mi plan. Hicimos todos los preparativos con ostentación. Preguntamos de nuevo la hora a que salía el tren e hicimos el equipaje.

Comimos juntas en el restaurante. El coronel Race no se presentó; pero sir Eustace y Pagett ocupaban su mesa junto a la ventana. Pagett abandonó la mesa a mediados de la comida, cosa que me molestó, porque mi intención era despedirme de él. No obstante, seguramente serviría igual sir Eustace para el caso. Me acerqué a él cuando terminé la cena.

—Adiós, sir Eustace —le dije—. Salgo esta noche para Durban.
—Así había oído decir. No le gustaría a usted que le acompañase, ¿verdad?
—Me encantaría.
—Buena chica. ¿Está usted segura de que no cambiará lo más mínimo de opinión e irá conmigo a buscar leones a Rhodesia?
—Completamente segura.
—Debe de ser la mar de guapo —murmuró sir Eustace, quejumbroso—. Algún jovencito de Durban seguramente que eclipsará por completo los encantos de mi madurez. A propósito, Pagett marcha en el coche dentro de unos minutos. Podría llevarla a usted a la estación.
—Oh, no, gracias —me apresuré a decir—. La señora Blair y yo hemos pedido un taxi ya.

Lo que menos podía desear yo era ir a la estación con Pagett. Sir Eustace me miró con atención.

—Estoy por asegurar que Pagett no es santo de su devoción. No me extraña. ¡Es tan entrometido...! Y va por ahí con cara de mártir mientras, en realidad, está haciendo todo lo posible por molestarme y darme disgustos.
—¿Qué ha hecho ahora? —pregunté, con ansiedad.
—Me ha conseguido una secretaria. ¡Jamás se ha visto mujer igual! Tiene cuarenta años por lo menos; usa gafas y botas; y tiene aire de una eficiencia que acabará matándome. ¡Una completa cara de torta!
—¿No le quiere coger la mano?
—¡Dios quiera que no! —exclamó sir Eustace—. Eso sería ya el colmo. Bueno, adiós, ojos líquidos. Si mato un león no le regalaré a usted la piel... por haber cometido la bajeza de abandonarme.

Me estrechó cordialmente la mano y nos separamos. Susana me estaba aguardando en el vestíbulo. Iba a despedirnos a la estación.

—Pongámonos en marcha enseguida —dijo precipitadamente.

E hizo una señal al conserje para que parara un taxi.
Una voz que sonó a mis espaldas me hizo dar un brinco.

—Perdone, señorita Beddingfeld, pero bajo ahora con un coche. Puedo dejarlas a la señora Blair y a usted en la estación.
—Oh, gracias —me apresuré a decir—; pero no hay necesidad de molestarle. Yo...
—No es molestia, se lo aseguro. Cargue el equipaje, mozo.

No pude hacer nada. Hubiese podido protestar de nuevo; pero el codazo que me dio Susana disimuladamente me advirtió que debía andar con cautela.

—Gracias, señor Pagett —dije con frialdad.

Subimos todos al coche. Cuando bajamos la carretera a gran velocidad hacia la población, me devané los sesos buscando algo que decir. Fue el propio Pagett quien rompió el silencio por fin.

—Le he conseguido una secretaria muy eficiente a sir Eustace —observó—. La señorita Pettigrew.
—No parecía estar muy entusiasmado con ella hace unos instantes —dije yo.

Pagett me miró con frialdad.

—Es una taquimecanógrafa muy hábil —me dijo en tono reprensivo.

Nos paramos delante de la estación. Allí pensé yo que nos dejaría. Me volví hacia él con la mano tendida. Pero no.

—Entraré a despedirme. Son las ocho en punto. Su tren sale dentro de un cuarto de hora.

Dio instrucciones a los mozos. Yo me quedé inmóvil, impotente, sin atreverme a mirar a Susana. El hombre aquel desconfiaba. Estaba decidido a asegurarse de que me marchaba, en efecto, con aquel tren. ¿Y qué podía hacer yo? Nada. Me vi salir de la estación un cuarto de hora más tarde mientras Pagett me despedía agitando la mano desde el andén. Había sabido cambiar las tortas con mucha habilidad. Además, su trato había cambiado por completo. Me hablaba con una jovialidad que le cuadraba muy mal y que a mí me daba náuseas. El hombre aquel era un hipócrita acabado. Había intentado asesinarme y ahora me colmaba de cumplidos. ¿Se imaginaría ni un solo instante que no le había reconocido aquella noche sobre cubierta? No; era una simple postura, un simulacro que me obligaba a aceptar.

Tan impotente como un cordero, me moví guiada por sus hábiles instrucciones. Me amontonaron el equipaje en el coche-cama. Tenía una cabina doble para mí sola. Eran las 8:12. El tren salía dentro de tres minutos. Pero Pagett no había contado con Susana.

—Va a ser un viaje muy caluroso, Anita —dijo esta de pronto—. Sobre todo cuando pase por Karpo mañana. Lleva usted agua de colonia de lavanda, ¿verdad?

No podía haberme dado una indicación más clara.

—¡Oh! —exclamé, fingiendo consternación—. ¡Me he dejado el agua de colonia sobre el tocador de mi cuarto!

La costumbre que tenía Susana de mandar le sirvió muy bien. Se volvió, imperiosa, hacia Pagett.

—¡Señor Pagett! ¡Pronto! Tiene el tiempo justo. Hay una perfumería casi enfrente de la estación. Es preciso que Ana se lleve el agua de colonia.

El hombre vaciló; pero los autoritarios modales de Susana resultaron irresistibles. Susana es autócrata innata. Pagett obedeció. La señora Blair le siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista.

—¡Pronto, Anita! ¡Apéese por el otro lado... por si acaso no ha ido y nos observa desde el extremo del andén! No se acuerde del equipaje. Puede telegrafiar pidiendo que se lo reexpidan mañana. ¡Oh! ¡Si el tren saliera a la hora en punto...!

Abrí la puerta del otro lado del tren y me apeé. Nadie me observó. Me era posible ver a Susana de pie, donde la había dejado, con la cabeza alzada mirando hacia el tren y hablando, al parecer, conmigo por la ventanilla. Sonó un silbido. El tren arrancó. Entonces oí que alguien corría desesperadamente por el andén. Me oculté en la sombra de un quiosco de libros y atisbé desde allí.

Susana, que había estado agitando un pañuelo en señal de despedida, se volvió.

—Llega usted demasiado tarde, señor Pagett —dijo alegremente—. Se ha ido. ¿Es esta la colonia? ¡Qué lástima que no pensáramos en ella más pronto!

Pasaron cerca de mí al dirigirse a la salida de la estación. Guy Pagett estaba acaloradísimo. Era evidente que había ido a la perfumería y vuelto corriendo desesperadamente.

—¿Quiere que le busque un taxi, señora Blair?

Susana supo desempeñar su papel.

—Si me hace el favor... ¿Quiere usted que le lleve al hotel? ¿Tiene mucho que hacer para sir Eustace? ¡Ojalá hubiese marchado Ana Beddingfeld con nosotros mañana! No me gusta ni pizca que una muchacha joven como ella marche a Durban completamente sola. Pero estaba empeñada en hacerlo. Supongo que habría allí algo que le atraía...

No pude oír más porque habíanse alejado ya demasiado. ¡Hábil Susana! Me había salvado.

Dejé que transcurrieran unos minutos más y luego salí yo de la estación también, casi tropezando, al hacerlo, con un hombre de aspecto desagradable, de nariz muy grande, completamente desproporcionada.


El barón rampante - Italo Calvino

XV

Fue por esa época que, tratando al caballero abogado, Cósimo advirtió algo extraño en su actitud, o mejor dicho, distinto de la normal, fuera más o menos extraño. Como si su aire absorto ya no se debiera a distracción, sino a una idea fija que lo dominaba. Los momentos en que se mostraba locuaz eran ahora más frecuentes, y si antes, insociable como era, nunca ponía los pies en la ciudad, ahora en cambio estaba siempre en el puerto, en los corrillos o sentado en los muelles con los viejos patrones y marineros, comentando las llegadas y las salidas de los bajeles o las fechorías de los piratas.

A cierta distancia de nuestras costas todavía veíanse avanzar los veleros de los piratas de Berbería, fastidiando nuestro comercio. Era una piratería de poca importancia, ya no como en los tiempos en que al toparse con los piratas se acababa esclavo en Túnez o Argel o se perdían nariz y orejas. Ahora, cuando los mahometanos conseguían alcanzar una tartana de Ombrosa, se llevaban la carga: barriles de bacalao, quesos holandeses, balas de algodón, y basta. A veces los nuestros eran más rápidos, se les escapaban, disparaban un tiro de espingarda contra las arboladuras del velero; y los berberiscos respondían escupiendo, con feos ademanes y chillando.

En fin, era una piratería así por las buenas, que aún existía a causa de unos créditos que los pachás de aquellos países pretendían exigir de nuestros negociantes y armadores, ya que —según su parecer— no les habían servido bien unos suministros, o que incluso los habían estafado. Y de este modo trataban de saldar cuentas poco a poco a fuerza de robos, pero al mismo tiempo continuaban las transacciones comerciales, con continuas protestas y discusiones. No había pues interés, ni por una parte ni por otra, en hacerse desaires definitivos; y la navegación estaba llena de inseguridades y riesgos, que nunca, sin embargo, degeneraban en tragedias.

La historia que ahora referiré fue narrada por Cósimo en muchas versiones distintas: me atendré a la más rica en detalles y menos ilógica. Aunque es muy cierto que mi hermano, contando sus aventuras, añadía a su antojo, yo, a falta de otras fuentes, trato siempre de atenerme al pie de la letra a lo que él decía.

Así pues, una vez Cósimo, que al hacer guardia por los incendios había cogido la costumbre de despertarse de noche, vio una luz que bajaba por el valle. La siguió, silencioso por las ramas con sus pasos de gato, y vio a Enea Silvio Carrega que caminaba muy deprisa, con el fez y la cimarra, sosteniendo una linterna.

¿Qué haría dando vueltas a esas horas el caballero abogado, que solía acostarse con las gallinas? Cósimo lo siguió. Tenía cuidado de no hacer ruido, aun sabiendo que su tío, cuando caminaba tan fervorizado, estaba como sordo y veía solo a un palmo de sus narices.

Por caminos y atajos el caballero abogado llegó hasta la orilla del mar, a un trozo de playa pedregosa, y se puso a agitar la linterna. No había luna, en el mar no se conseguía ver nada, salvo el movimiento de la espuma de las olas más próximas. Cósimo estaba sobre un pino, algo lejos de la orilla porque allí al final la vegetación raleaba y ya no era tan fácil llegar por las ramas a todas partes. El caso es que veía perfectamente al viejito con el alto fez en la costa desierta, que agitaba la linterna hacia la oscuridad del mar, y de aquella oscuridad le respondió de pronto otra luz de linterna, cercana, como si la hubiesen encendido entonces, y apareció muy veloz una pequeña embarcación con una vela cuadrada oscura y los remos, distinta de las barcas de aquí, y llegó a la orilla.

A la ondulante luz de las linternas, Cósimo vio hombres con turbante en la cabeza: unos se quedaron en la barca, manteniéndola pegada a la orilla con pequeños golpes de remo; otros bajaron, y llevaban anchos calzones abultados, y relucientes cimitarras enfiladas en la cintura. Cósimo aguzaba ojos y oídos. Su tío y aquellos berberiscos cuchicheaban entre sí, en una lengua que no se entendía, pero que a menudo parecía poderse entender, y que sin duda era la famosa lengua franca. De vez en cuando Cósimo entendía una palabra en nuestra lengua, sobre la que Enea Silvio insistía entremezclándola con otras palabras incomprensibles, y estas palabras nuestras eran nombres de naves, conocidos nombres de tartanas o bergantines pertenecientes a armadores de Ombrosa, o que iban y venían entre nuestro puerto y otros.

¡No había que esforzarse mucho para comprender qué estaba diciendo el caballero! Estaba informando a aquellos piratas de los días de llegada y de salida de las naves de Ombrosa, y de la carga que llevaban, la ruta, las armas que tenían a bordo. Ahora el viejo ya debía haber referido todo lo que sabía porque se volvió y se alejó velozmente, mientras los piratas volvían a subir a la lancha y desaparecían en el mar oscuro. Por la forma tan rápida en que se había desarrollado la conversación se comprendía que debía ser una cosa habitual. ¡Quién sabe cuánto tiempo hacía que las emboscadas berberiscas acontecían siguiendo las informaciones de nuestro tío!

Cósimo se había quedado en el pino, incapaz de separarse de allí, de la playa desierta. Soplaba viento, la ola roía las piedras, el árbol gemía en todas sus junturas y mi hermano entrechocaba los dientes, no por el frío del aire sino por el frío de la triste revelación.

He aquí que aquel viejito tímido y misterioso que nosotros de niños habíamos siempre juzgado desleal y que Cósimo creía haber aprendido poco a poco a apreciar y compadecer, resultaba ser un traidor imperdonable, un hombre ingrato que quería el mal del pueblo que lo había acogido como un desvalido tras una vida de errores... ¿Por qué? ¿Hasta tal punto lo empujaba la nostalgia de aquellas patrias y aquellas gentes donde debía haber sido, por una vez en su vida, feliz? ¿O bien era que incubaba un rencor despiadado contra este país en el que cada bocado debía saberle a humillación? Cósimo se dividía entre el impulso de correr a denunciar los manejos del espía y salvar así las cargas de nuestros negociantes, y el pensamiento del dolor que experimentaría nuestro padre, por ese afecto que inexplicablemente lo ligaba al hermanastro natural. Cósimo se imaginaba la escena: el caballero esposado en medio de los esbirros, entre dos filas de gente de Ombrosa que lo insultaban, y conducido a la plaza, le ponían la soga al cuello, lo ahorcaban... Tras la vela fúnebre a Gian dei Brughi, Cósimo se había jurado a sí mismo que no volvería a estar jamás presente en una ejecución; ¡y ahora le tocaba ser árbitro de la condena a muerte de un allegado!

Durante toda la noche se atormentó con ese pensamiento, y continuó durante todo el día siguiente, pasando furiosamente de una rama a otra, pateando, levantándose con los brazos, dejándose deslizar por los troncos, como siempre hacía cuando era presa de una preocupación. Finalmente, tomó la decisión: escogería un camino intermedio: asustar a los piratas y al tío, a fin de conseguir que interrumpieran su malvada relación sin necesidad de que interviniese la justicia. Se apostaría en aquel pino por la noche, con tres o cuatro fusiles cargados (ya se había hecho con todo un arsenal, para las diferentes necesidades de la caza); cuando el caballero se encontrara con los piratas, empezaría a disparar tiro tras tiro haciendo silbar las balas sobre sus cabezas. Al oír aquellas descargas, piratas y tío escaparían cada uno por su cuenta. Y el caballero, que no era ciertamente un hombre audaz, con la sospecha de haber sido reconocido y con la certeza de que ya se vigilaban aquellas citas de la playa, se guardaría mucho de volver a aproximarse a las tripulaciones mahometanas.

En efecto, Cósimo, con los fusiles apuntados, esperó en el pino un par de noches. Y no pasó nada.

A la tercera noche, aparece el viejito del fez que trotaba tropezando en las piedras de la orilla; tras hacer señales con la linterna fondeaba la barca de los marineros con turbante.

Cósimo estaba preparado con el dedo en el gatillo, pero no disparó. Porque esta vez todo era distinto. Después de una breve conversación, dos de los piratas que estaban en la orilla hicieron una señal a la barca, y los otros empezaron a descargar cosas: barriles, cajas, balas, sacos, damajuanas, angarillas llenas de quesos. No había una sola barca, había muchas, todas cargadas, y una hilera de porteadores con turbante apareció por la playa, precedida por nuestro tío natural que los guiaba con su carrerita vacilante, hasta una gruta entre las peñas. Allí los moros depositaron todas aquellas mercancías, sin duda fruto de sus últimas piraterías.

¿Por qué los traían a la orilla? Fue fácil, después, reconstruir lo ocurrido: como el velero berberisco tenía que echar ancla en uno de nuestros puertos (para algún asunto legal, de los que siempre se producían entre ellos y nosotros en medio de los actos de rapiña), y como tenía que sujetarse al registro aduanero, había que esconder las mercancías robadas en un lugar seguro, para después recogerlas al regreso. Así la nave también habría dado pruebas de que era ajena a los últimos robos y consolidaría las normales relaciones comerciales con el país.

Todos estos manejos se supieron claramente después. De momento Cósimo no se entretuvo en plantearse preguntas. Había un tesoro de piratas escondido en una gruta, los piratas volvían a subir a las barcas y lo dejaban allí: había que apoderarse de él lo más pronto posible. Durante un momento mi hermano pensó en ir a despertar a los comerciantes de Ombrosa que debían de ser los legítimos propietarios de las mercancías. Pero enseguida se acordó de sus amigos carboneros que pasaban hambre en el bosque con sus familias. No lo dudó: corrió por las ramas hacia los lugares donde, en torno a las grises plazuelas de tierra apisonada, los bergamascos dormían en toscas cabañas.

—¡Pronto! ¡Venid todos! ¡He descubierto el tesoro de los piratas!

Bajo las cortinas y el follaje de las cabañas se oyeron resoplidos, toses, maldiciones, y finalmente exclamaciones de asombro, preguntas:

—¿Oro? ¿Plata?

—No lo he visto muy bien... —dijo Cósimo—. ¡Por el olor, diría que hay gran cantidad de bacalao curado y de queso de oveja!

Ante estas palabras, se levantaron todos los hombres del bosque. Quien tenía escopetas cogía escopetas, los demás hachetas, asadores, palas, pero sobre todo se llevaron consigo recipientes para meter las cosas, hasta las deformadas cestas del carbón y los negros sacos. Arrancó una gran procesión —«¡Hurra! ¡Arre!»—, incluso las mujeres bajaban con cestas vacías a la cabeza, y los niños encapuchados con sacos, sosteniendo las antorchas. Cósimo los precedía de pino de bosque en olivo, de olivo en pino marítimo.

Ya estaban a punto de doblar por el espolón de rocas detrás del cual se abría la gruta, cuando en la cima de una retorcida higuera apareció la blanca sombra de un pirata, alzó la cimitarra y aulló la voz de alarma. Cósimo en pocos saltos estuvo en una rama encima de él y le asestó la espada en los riñones, hasta que aquel se echó abajo por el acantilado.

En la gruta había una reunión de jefes piratas. (Cósimo, antes, con el ir y venir de la descarga, no había advertido que se habían quedado allí.) Oyen el grito del centinela, salen y se ven rodeados por aquella horda de hombres y mujeres con el rostro sucio de hollín, encapuchados con sacos y armados de palas. Alzan las cimitarras y se lanzan para abrirse paso. —«¡Hurra! ¡Arre! — ¡Inshallah!»— Comenzó la batalla.

Los carboneros eran más, pero los piratas iban mejor armados. Por lo que sabemos para luchar contra las cimitarras no hay nada mejor que las palas. ¡Dang! ¡Dang!, y aquellas hojas de Marruecos se retiraban todas dentadas. Las escopetas, en cambio, tronaban y humeaban y después nada más. También algunos de los piratas (oficiales, se ve) tenían fusiles muy bonitos en apariencia, todos damascados; pero en la gruta los pedernales habían cogido humedad y no salía el tiro. Los carboneros más despabilados trataban de aturdir a los oficiales piratas con golpes de pala en la cabeza para quitarles sus fusiles. Pero con aquellos turbantes, a los berberiscos cada golpe les llegaba amortiguado como a través de un cojín; era mejor dar rodillazos en el estómago, porque llevaban desnudo el ombligo.

En vista de que lo único que no faltaba eran piedras, los carboneros empezaron a tirar pedradas. Los moros, entonces, a pedradas también. Con las piedras, finalmente, la batalla tomó un aspecto más ordenado, pero como los carboneros tendían a entrar en la gruta, cada vez más atraídos por el olor de bacalao que emanaba de ella, y los berberiscos tendían a escapar hacia la chalupa que había quedado en la orilla, entre las dos partes faltaban grandes razones para enfrentarse.

En cierto momento, por parte bergamasca se produjo un asalto que les abrió la entrada de la gruta. Por parte mahometana aún resistían bajo una granizada de pedradas, cuando vieron que el camino hacia el mar estaba libre. ¿Para qué resistían, pues? Mejor izar la vela e irse.

Alcanzada la navecilla, tres piratas, todos nobles oficiales, soltaron la vela. Con un salto desde un pino próximo a la orilla, Cósimo se lanzó al mástil, se agarró al durmiente de la verga, y allí arriba, sujetándose con las rodillas desenvainó la espada. Los tres piratas alzaron las cimitarras. Mi hermano, con sablazos a diestra y siniestra, los tenía en jaque a los tres. La barca, todavía atracada, se inclinaba ora a un lado ora a otro. Salió la luna en ese momento y relampaguearon la espada dada por el barón a su hijo y las hojas mahometanas. Mi hermano se deslizó por el palo y hundió la espada en el pecho de un pirata que cayó por la borda. Rápido como una lagartija, volvió a subir defendiéndose con dos quites de los sablazos de los otros, luego volvió a dejarse caer y traspasó al segundo, subió de nuevo, tuvo una breve escaramuza con el tercero y con otro de sus deslizamientos lo atravesó.

Los tres oficiales mahometanos estaban tendidos medio en el agua medio fuera con la barba llena de algas. Los otros piratas, en la entrada de la gruta, estaban desfallecidos por las pedradas y golpes de pala. Cósimo, todavía encaramado al árbol de la barca, miraba triunfante alrededor, cuando de la gruta salió disparado, furioso como un gato con fuego en la cola, el caballero abogado, que había estado escondido allí hasta entonces. Corrió por la playa con la cabeza gacha, dio un empujón a la barca separándola de la orilla, saltó a ella y agarrando los remos se puso a moverlos con todas sus fuerzas, bogando mar adentro.

—¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Estáis loco? —decía Cósimo agarrado a la verga—. ¡Volved a la orilla! ¿Adónde vamos?

Pero nada. Estaba claro que Enea Silvio Carrega quería llegar hasta las naves piratas para ponerse a salvo. Ahora su felonía estaba irremediablemente descubierta y si se quedaba en la orilla acabaría sin duda en el patíbulo. De modo que remaba y remaba, y Cósimo, aunque todavía se hallaba con la espada desenvainada en la mano y el viejo estaba desarmado y era débil, no sabía qué hacer. En el fondo, ser violento con su tío le disgustaba, y además para alcanzarlo habría tenido que bajar del palo, y la pregunta de si bajar a una barca equivalía a bajar al suelo o de si ya no había derogado sus leyes interiores al saltar de un árbol con raíces a un árbol de nave, era demasiado complicada para formulársela en ese momento. O sea que no hacía nada; se había acomodado en la verga, una pierna a un lado y otra al otro del palo, y se alejaba sobre las olas, mientras un leve viento henchía la vela, y el viejo no dejaba de remar.

Oyó un ladrido. Tuvo un estremecimiento de gozo. El perro Óptimo Máximo, al que durante la batalla había perdido de vista, estaba allí acurrucado en el fondo de la barca, y meneaba el rabo como si nada ocurriese. Luego, pues, reflexionó Cósimo, no había por qué desanimarse tanto: estaba en familia, con su tío, con su perro, iba en barca, lo que después de tantos años de vida arbórea era una distracción placentera.

Había luna en el mar. El viejo estaba ya cansado. Remaba con dificultad, y lloraba, y empezó a decir:

—Ah, Zaira... Ah, Alá, Alá, Zaira... Ah, Zaira, inshallah...

—o sea que, inexplicablemente, hablaba en turco, y repetía y repetía entre sollozos este nombre de mujer, que Cósimo nunca había oído.

—¿Qué decís, caballero? ¿Qué os pasa? ¿Adónde vamos? —preguntaba.

—Zaira... Ah, Zaira... Alá, Alá —se quejaba el viejo.

—¿Quién es Zaira, caballero? ¿Os creéis que vais junto a Zaira por aquí?

Y Enea Silvio Carrega decía que sí con la cabeza, y hablaba turco entre lágrimas, y le gritaba a la luna ese nombre.

Sobre esta Zaira, la mente de Cósimo empezó enseguida a cavilar. Quizá estaba a punto de desvelársele el secreto más profundo de aquel hombre esquivo y misterioso. Si el caballero, al dirigirse a la nave pirata, pretendía alcanzar a esta Zaira, debía pues tratarse de una mujer que estaba allá, en aquellos países otomanos. Quizá toda su vida había estado dominada por la nostalgia de esta mujer, quizá era ella la imagen de felicidad perdida que él perseguía criando abejas o proyectando canales. Quizá era una amante, una esposa que había tenido allá abajo, en los jardines de aquellos países de ultramar, o, más verosímilmente, una hija, una hija suya que no veía desde niña. A fin de dar con ella debía haber intentado durante años relacionarse con alguna de las naves turcas o moriscas que iban a parar a nuestros puertos, y finalmente debían haberle dado noticias suyas. Quizá había sabido que era esclava, y para rescatarla le habían propuesto informarles sobre los viajes de las tartanas de Ombrosa. O bien era el precio que tenía que pagar para ser admitido entre ellos y embarcarse para el país de Zaira.

Ahora, desenmascarada su intriga, se veía constreñido a huir de Ombrosa, y aquellos berberiscos ya no podían negarse a llevarlo consigo y conducirlo junto a ella. En sus palabras jadeantes y entrecortadas se mezclaban acentos de esperanza, de súplica, e incluso de miedo: miedo de que todavía no fuese esta la ocasión, de que todavía alguna desgracia tuviera que separarlo del ser querido.

Ya no conseguía dar impulso con los remos, cuando se acercó una sombra, otra lancha berberisca. Quizá desde la nave habían oído el ruido de la batalla en la orilla, y mandaban exploradores.

Cósimo resbaló hasta la mitad del palo, para que lo ocultase la vela. El viejo, en cambio, comenzó a gritar en lengua franca que lo recogieran, que lo llevasen a la nave, y extendía los brazos. Fue oído, en efecto: dos jenízaros con turbante, en cuanto estuvo al alcance de la mano, lo agarraron por los hombros, lo levantaron ligero como era, y lo arrastraron a su barca. Aquella en la que estaba Cósimo, de rebote fue apartada, la vela cogió viento, y así mi hermano, que ya se veía muerto, se salvó de ser descubierto.

Alejándose con el viento, a Cósimo le llegaban de la lancha pirata voces como de un altercado. Una palabra, dicha por los moros, que sonó parecida a «¡Marrano!», y la voz del viejo que se oía repetir como un idiota: «¡Ah, Zaira!», no dejaban lugar a dudas sobre la acogida que le habían dispensado al caballero. Sin duda lo consideraban responsable de la emboscada de la gruta, de la pérdida del botín, de la muerte de los suyos; lo acusaban de haberlos traicionado... Se oyó un grito, una zambullida, después silencio; a Cósimo le vino el recuerdo, nítido como si lo oyera, de la voz de su padre cuando gritaba: «¡Enea Silvio! ¡Enea Silvio!», persiguiendo a su hermano natural por el campo; y escondió el rostro en la vela.

Volvió a subir a la verga, para ver adónde estaba yendo la barca. Algo flotaba en medio del mar como transportado por una corriente: un objeto, una especie de boya, pero una boya con cola... Le dio de lleno un rayo de luna, y vio que no era un objeto sino una cabeza, una cabeza con un fez con borla, y reconoció el rostro vuelto al revés del caballero abogado que miraba con su habitual aire asustado, la boca abierta, y de la barba para abajo todo el resto estaba en el agua y no se veía, y Cósimo gritó:

—¡Caballero! ¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Por qué no subís? ¡Agarraos a la barca! ¡Ahora os ayudo a subir! ¡Caballero!

Pero su tío no respondía: flotaba, flotaba, mirando hacia arriba con aquel ojo aterrado que parecía que no viese nada. Y Cósimo dijo:

—¡Venga, Óptimo Máximo! ¡Tírate al agua! ¡Coge al caballero por el cogote! ¡Sálvalo! ¡Sálvalo!

El perro obediente se zambulló, trató de aferrar por el cogote al viejo, no lo consiguió, lo cogió por la barba.

—¡He dicho por el cogote, Óptimo Máximo! —insistió Cósimo, pero el perro levantó la cabeza por la barba y la empujó hasta el borde de la barca, y se vio que de cogote ya no había, no había ni cuerpo ni nada, había solo una cabeza, la cabeza de Enea Silvio Carrega cortada de un golpe de cimitarra.

Misterio en el Caribe - Agatha Christie

CAPÍTULO XVI
 
MISS MARPLE BUSCA AYUDA

Cualquiera que hubiese visto a aquella dama ya entrada en años que se encontraba frente a su «bungalow» de pie, en actitud meditativa, se habría figurado que pensaba única y exclusivamente en la manera de sacar el máximo fruto posible de la jornada que tenía por delante... ¿Qué hacer? Quizá no fuese mala idea visitar el Castillo de Cliff, o ir a Jamestown... Tampoco era mal plan comer en Penguins Point, o pasar tranquilamente la mañana en la playa...

Pero la dama en cuestión pensaba en aquellos instantes en cosas muy distintas. La verdad era que interiormente había adoptado una actitud militante, una actitud abocada a la acción.

«Es preciso hacer algo», se había dicho.

Además, estaba convencida de que no había tiempo que perder. Era indispensable actuar con toda urgencia. Ahora bien, ¿a quién hubiera podido convencer ella a su vez de que no andaba completamente equivocada?

Con tiempo de sobra se creía capaz de descifrar el enigma que contemplaba por sí misma. Ya había averiguado muchos detalles en relación con aquel. Pero no todos los que precisaba. Y el plazo de tiempo de que disponía era muy breve. Había advertido ya que dentro de aquella isla paradisíaca no contaba con ninguno de sus aliados habituales.

Pensó, apenada, en sus amigos de Inglaterra... En sir Henry Clithering, eternamente dispuesto a escucharla con la mayor indulgencia. En Dermot, su ahijado, quien, a pesar de su alta calificación en Scotland Yard, creía firmemente que cuando miss Marple emitía una opinión esta era merecedora de un detenido análisis porque, normalmente, contenía algo sustancial...

En cambio, ¿qué atención podía prestar a las sugerencias de una anciana dama extranjera aquel policía indígena de la voz melosa que ella conocía? ¿Cabía pensar en el doctor Graham? No. Este no era el hombre que ella necesitaba. Resultaba demasiado suave en sus maneras, demasiado vacilante... No era hombre de vivos reflejos, de rápidas decisiones.

Miss Marple, sintiéndose una humilde delegada del Altísimo, llegó casi a proclamar en alta voz su necesidad de aquellos instantes con bíblicas frases.

—¿Quién vendrá por mí? ¿A quién seré enviada?

El sonido que percibió poco después no fue reconocido instantáneamente por ella como una respuesta a su plegaria... No, no. En absoluto. Mentalmente lo registró como la posible llamada de un hombre, pendiente de su perro.

—¡Eh!

Miss Marple, muy perpleja, prefirió apartar la atención de aquella voz.

—¡Eh!

Ahora el tono era más ronco. Miss Marple echó un vistazo a su alrededor.

—¡Eh! —gritó mister Rafiel impaciente, añadiendo—: ¡Sí, usted...!

A miss Marple le costó trabajo comprender que aquella llamada iba dirigida a ella. Tratábase de un método para establecer comunicación acerca del cual carecía de experiencia. Desde luego, el procedimiento tenía bien poco o nada de cortés. Miss Marple no se ofendió porque nadie se ofendía nunca con mister Rafiel, quien hacía muchas cosas arbitrariamente. La gente le aceptaba como era, igual que si dispusiera de una autorización especial. Miss Marple miró hacia el «bungalow» vecino. El viejo le hizo señas.

—¿Me estaba usted llamando? —inquirió miss Marple.

—Naturalmente que la estaba llamando —respondió mister Rafiel—. ¿A quién cree usted que llamaba si no? ¿A algún gato? Vamos, acérquese.

Miss Marple volvió la cabeza, buscando su bolso, lo cogió y cruzó el espacio que separaba una casita de otra.

—A menos que alguien me ayude, no puedo ir hacia usted —replicó mister Rafiel—, de manera que no hay más remedio que invertir los términos.

—Le comprendo perfectamente, mister Rafiel.

Éste le señaló una silla.

—Siéntese. Quiero charlar con usted. Algo muy extraño está ocurriendo en nuestra isla.

—Así es, en efecto —respondió ella, tomando asiento, de acuerdo con la indicación del anciano.

Impulsada por un hábito muy arraigado, miss Marple sacó del bolso sus agujas y su lana.

—Deje usted su labor a un lado —dijo mister Rafiel—. No puedo soportarla. Me disgustan las mujeres que pasan el tiempo entretenidas con esas tareas. Me sacan de quicio.

Miss Marple volvió a guardar dócilmente sus cosas en el bolso. En su gesto no hubo el menor amago de rebeldía. Antes bien, adoptó el aire de la enfermera dispuesta a tolerar las extravagancias de un enfermo veleidoso.

—Se habla mucho por ahí y apostaría lo que fuese a que usted está al corriente de eso —declaró el anciano—. Y lo que digo ahora de usted hágalo extensivo al canónigo y a su hermana.

—En vista de lo sucedido en el hotel recientemente parece muy natural que la gente formule comentarios de muy diversas clases —alegó miss Marple.

—Veamos... Esa chica nativa es hallada entre unos arbustos, asesinada. Ese incidente quizá no ofrezca nada de particular. Es posible que el hombre que vivía con ella fuese celoso y... También puede ser que anduviera con otra mujer, y la muchacha provocara una riña. Ya sabe usted lo que son estas cosas en el trópico. Algo por este estilo tiene que haber ocurrido. ¿Usted qué opina?

—No por ahí —dijo miss Marple vagamente, moviendo la cabeza.

—Las autoridades adoptan idéntica posición...

—Aquéllas le informarían a usted mejor que a mí siempre —señaló miss Marple.

—Sin embargo, estoy seguro de que usted está más enterada que yo. No en balde ha prestado oídos a cuanto se ha dicho por aquí sobre este asunto.

—Eso es cierto.

—Usted, aparte de eso, tiene poco que hacer, ¿eh?

—No hay otro modo de hacerse con una información de utilidad.

—Debo confesarle una cosa... —declaró mister Rafiel, estudiando detenidamente a miss Marple—. He incurrido en un error con respecto a usted. Yo no suelo equivocarme con la gente. Usted no es como yo me la imaginé en un principio... Estaba pensando en todos los rumores puestos en circulación con motivo de la muerte del comandante Palgrave. Usted cree que fue asesinado, ¿verdad?

—Mucho me temo que sí —contestó miss Marple.

—Yo estoy absolutamente convencido de ello.

Miss Marple contuvo el aliento.

—Es una respuesta categórica la suya, ¿no le parece?

—Sí que lo es —reconoció el viejo—. Se la debo a Daventry. No estoy traicionando ninguna confidencia porque al final habrá de ser conocido el resultado de la autopsia. Usted le dijo a Graham algo; este se fue a ver a Daventry; Daventry visitó al administrador; la Brigada de Investigación Criminal fue informada oportunamente... Luego convinieron todos que existían algunas cosas nada claras en la muerte del pobre Palgrave. Optaron por desenterrar el cadáver de este y echarle un vistazo, a fin de averiguar a qué causas obedeció la muerte.

—¿Anduvieran qué es lo que encontraron? —preguntó miss Marple.

—Descubrieron que le había sido administrada una dosis mortal de un producto cuyo nombre solo es capaz de pronunciarlo bien un médico. Por lo que yo recuerdo suena como di-cloro-hexagonaletilcarbenzol. Por supuesto, esa no es su denominación. Puedo decir que me he aprendido la música, pero no la letra. El médico del servicio policíaco utilizó esa palabra, u otra semejante, para que nadie supiera tanto como él. Lo más probable es que la droga lleve un nombre muy corriente, que se llame Evipan, Veronal o Jarabe de Easton... Algo así, en fin. Con la denominación oficial se chasca a los hombres de leyes. Bueno, el caso es que una pequeña dosis del producto es capaz de causar la muerte. Los síntomas que se presentan son los mismos que sufren los sujetos que padecen de hipertensión... agravada por el descuido y la afición al alcohol y a las veladas alegres. Por eso, al empezar toda la historia de la muerte de Palgrave la gente acogió esta como algo natural, sin recelos. Todos exclamaron: «¡Pobre viejo!», apresurándose a darle cristiana sepultura. Ahora los investigadores dudan de que tuviera el menor indicio de tensión. ¿Le confesó a usted algo en tal sentido el comandante?

—No.

—¡Exacto! Y, no obstante, todo el mundo dio eso por descontado.

—Me parece que el comandante Palgrave habló con algunas personas de eso.

—¡Bah! Es como cuando la gente ve fantasmas —manifestó mister Rafiel—. Jamás da uno con el tipo que afirme haberse encontrado frente al duende de turno. Siempre acaba por ser un primo, en segundo grado, de una tía, un amigo de esta o un amigo de otro amigo. Todo el mundo pensó en la hipertensión porque en el dormitorio de la víctima fue hallado un frasco de tabletas, un preparado que acostumbran recetar los médicos a los pacientes aquejados de esa enfermedad. Ahora llegamos al punto más interesante de la cuestión... Yo creo que la muchacha indígena fue asesinada por haber dicho que las tabletas podían haber sido colocadas en el estante del lavabo de Palgrave no por este, sino por otra persona. El frasco de tabletas lo había visto antes, en la habitación de un individuo llamado Greg...

—El señor Dyson padece de hipertensión. Su esposa lo declaró así —apuntó miss Marple.

—Repito: su frasco fue dejado en la habitación de Palgrave para sugerir su enfermedad y hacer aparecer su muerte como natural.

—Exacto. Luego se puso en circulación, hábilmente, un cuento: Palgrave dijo allí que padecía de tensión arterial... Bueno, ya lo sabe usted, resulta bastante fácil difundir un rumor. Sí, muy fácil. Yo he tenido ocasión de comprobarlo más de una vez prácticamente.

—No lo dudo, miss Marple.

—Solo se requiere una leve murmuración en un par de puntos estratégicos. Nunca se afirma que la información fue lograda personalmente. Hay que decir, por ejemplo, que la señora B le dijo al coronel C, que según la opinión de X, etc. Las noticias son, invariablemente, de segunda, de tercera, ¡hasta de cuarta mano!, por lo que es imposible averiguar de quién partió el rumor. ¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que es factible eso! Después la gente repite ante nuevas personas la habladuría, que se propaga, que se amplía incluso, que corre con la velocidad de un reguero de pólvora.

—Aquí, entre nosotros, debe haber alguien de cuya inteligencia no cabe dudar —declaró mister Rafiel, pensativo.

—Sí, tiene usted razón.

—Victoria Johnson debió ver algo, debió descubrir algún secreto importante. Supongo que luego pensaría en hacer chantaje.

—Tal vez no llegara siquiera a eso. En estos hoteles grandes las doncellas se enteran de cosas que determinados huéspedes no quieren que se divulguen. Con tal motivo, menudean por parte de aquellos las propinas espléndidas y hasta los presentes en metálico. Es posible que la chica no advirtiera de buenas a primeras la importancia de su hallazgo o descubrimiento.

—El caso es que lo único que ha sacado en limpio de este asunto ha sido una puñalada en la espalda —señaló mister Rafiel brutalmente.

—Sí. Evidentemente existe alguien interesado en que no hablara.

—De acuerdo. Ahora veamos qué piensa usted de todo esto.

Miss Marple miró con un gesto de extrañeza a su interlocutor.

—¿Por qué está usted empeñado en creer que yo poseo más información que usted?

—Bueno. Es probable que ande equivocado... De todos modos, lo que a mí me interesa es apreciar sus ideas acerca de lo que usted conoce.

—Pero... ¿con qué fin?

—Aquí no puede uno hacer muchas cosas... aparte de dedicarse a ganar dinero.

Miss Marple no pudo disimular su sorpresa.

—Habla usted de dedicarse a ganar dinero... ¿Aquí?

—Si usted quiere, desde ese mismo hotel es posible enviar diariamente media docena de cables cifrados. Así es como yo me divierto.

—¿Cursa usted apuestas? —inquirió miss Marple dudosa, en el tono de quien se expresa en un idioma extraño.

—Algo por el estilo —manifestó mister Rafiel—. Enfrento mi talento con el de otros hombres. Lo malo es que esto no me ocupa mucho tiempo. He aquí la razón de que me haya interesado por lo sucedido en este mundillo del «Golden Palm». Ha conseguido picar mi curiosidad. Palgrave pasaba buena parte de su tiempo hablando con usted. No todo el mundo tiene la misma disposición para encajar un «rollo», miss Marple. ¿En qué se ocupaba normalmente?

—Me refería cosas de su juventud, de sus viajes...

—Estoy seguro de que era así. Y de que la mayor parte de sus relatos resultarían pesadísimos. Además, habría que oírlos las veces que a él se le antojaran...

—Los hombres, cuando envejecen, se vuelven así, me parece.

Mister Rafiel se irritó.

—Yo no voy por ahí contando cuentos a nadie, miss Marple. Continúe. Todo empezó con una de las historias de Palgrave, ¿no?

—Me dijo que conocía a un asesino. En realidad, nada hay de especial en esto... Me imagino que casi todo el mundo ha pasado por una cosa semejante.

—No comprendo lo que quiere decir.

—Me explicaré. Si usted mira hacia atrás, mister Rafiel, fijando la atención en determinados acontecimientos de su vida, recordará ocasiones en que alguien, sin más ni más, ha prorrumpido descuidadamente unas frases como estas: «¡Oh, sí! Conocía muy bien a Fulano de Tal... Murió de repente. Se dijo por unos y por otros que fue envenenado por su esposa, pero yo aseguraría que solo hubo habladurías...» ¿Verdad que sí ha oído a alguien expresarse en tales términos?

—Es posible, no sé... Claro que nunca hablando en serio, naturalmente.

—El comandante Palgrave gozaba lo suyo refiriendo aquella historia. Eso es lo que yo pienso. Afirmaba poseer una instantánea fotográfica en la que se veía la figura de un asesino. Se proponía enseñármela..., pero no lo hizo.

—¿Por qué?

—Porque en el instante preciso vio algo, o alguien, mejor dicho. Se puso muy encarnado y tornó a guardar la fotografía en su cartera de bolsillo, pasando a hablar de otro asunto.

—¿A quién vio?

—Eso me ha dado no poco que pensar —declaró miss Marple—. Yo me hallaba sentada junto a mi «bungalow» y él se había acomodado casi enfrente de mí. Sea lo que sea lo que viese hubo de distinguirlo mirando por encima de mi hombro.

—Alguien avanzaba entonces por el camino de la playa a espaldas de usted, hacia la derecha, procedente de la escollera y el aparcamiento de coches...

—Sí.

—¿Divisó usted a alguien en ese camino a que he aludido?

—Por él avanzaba la señora Dyson con su marido y también los señores Hillingdon.

—¿No vio a nadie más?

—No... Desde luego, su «bungalow» caería asimismo dentro de su campo visual...

—¡Ah! Entonces nos vemos obligados a incluir otra pareja en el grupo: Esther Walters y Jackson, mi ayuda de cámara. ¿Le parece bien? Cualquiera de los dos, supongo, pudo salir del «bungalow» y volver a entrar inmediatamente sin que usted lo advirtiera.

—Quizá... Yo no miré enseguida.

—Tenemos a los Dyson, los Hillingdon, Esther y Jackson... Uno de ellos es el criminal. También podría ser agregado yo a esa lista —dijo mister Rafiel.

Miss Marple sonrió levemente al oír sus últimas palabras.

—Palgrave se refirió a un asesino, concretamente, ¿no? ¿A un hombre, verdad?

—Sí.

—Perfectamente. Eso nos obliga a prescindir de Evelyn Hillingdon, de Lucky y de Esther Walters. Así, pues, el criminal, suponiendo que todas las insensateces e hipótesis anteriores sean ciertas, hay que buscarlo entre Dyson, Hillingdon y mi querido Jackson, el individuo de las buenas palabras...

—Se ha olvidado de usted mismo —señaló miss Marple.

Mister Rafiel no hizo el menor caso de su malintencionada observación.

—No diga cosas que pueden irritarme... —se limitó a indicar a miss Marple—. Le confesaré algo que me produce una gran extrañeza y en la cual usted no ha reparado, creo. Si el asesino era uno de esos tres hombres, ¿por qué diablos no lo reconoció Palgrave antes? Todos se habrían visto infinidad de veces a lo largo de las dos semanas precedentes. ¿No le parece que eso no tiene sentido?

—Sí, sí puede tenerlo —opinó miss Marple.

—Explíqueme eso.

—Ciñéndonos a la historia referida por Palgrave hemos de tener en cuenta que aquel no había visto jamás al hombre de la fotografía. El relato le fue hecho al comandante por un médico. Este le regaló la instantánea a título de curiosidad. Es posible que Palgrave la mirase con atención cuando fue puesta en sus manos, pero luego se la guardaría en la cartera, entre otros papeles, convertida en un recuerdo más. Ocasionalmente, quizá, mostraría la cartulina a aquel que escuchase su historia... Otra cosa, mister Rafiel: no sabemos de cuándo data. A mí no me facilitó ninguna indicación en este aspecto. Quiero decir que es posible que llevase años contando su historia. Algunos de sus relatos referentes a la caza de tigres son de veinte años atrás.

—Podían serlo, dada su avanzada edad —comentó mister Rafiel.

—En consecuencia, yo no creo ni por un momento que el comandante Palgrave identificara el rostro del hombre de la fotografía con el de otro que se enfrentara con él casualmente. Lo que a mí me parece que ocurrió, estoy casi completamente segura de ello, es que al sacar la instantánea de su cartera estudió la faz del personaje instintivamente, encontrándose al levantar la vista con otra igual, o muy semejante, cuyo dueño se aproximaba a él, hallándose en tal momento el desconocido a una distancia de tres o cuatro metros...

—Efectivamente. Su razonamiento es muy atinado.

—Palgrave se quedó desconcertado —prosigió diciendo miss Marple—. Entonces se guardó a toda prisa la cartulina en la cartera, comenzando a hablar en voz alta de otra cosa.

—Por supuesto, aquella primera impresión no podía darle seguridades de ningún género —aventuró mister Rafiel.

—No. Pero más adelante, en cuanto se encontrara a solas, se pondría a examinar atentamente la fotografía, tratando de llegar a una conclusión: ¿había dado con una faz semejante o bien el hombre de carne y hueso que acababa de ver era el individuo de la fotografía?

Mister Rafiel reflexionó unos segundos. Luego movió la cabeza expresivamente.

—Aquí se ha deslizado algún error. La idea es inadecuada, absolutamente inadecuada. Él le estaba hablando a usted en voz alta, ¿no?

—Sí —respondió miss Marple—. Acostumbraba siempre a levantar la voz.

—Es cierto. Por consiguiente, cualquiera que se hubiera acercado a ustedes habría podido oírlo.

—Me imagino que su vozarrón era audible en bastantes metros a la redonda.

Mister Rafiel hizo otro movimiento denegatorio de cabeza.

—Es fantástico, demasiado fantástico —manifestó aquel—. ¿Quién no se echaría a reír al conocer tal historia? Aquí tenemos a un tipo ya entrado en años refiriendo un cuento que a su vez le fue relatado, mostrando a continuación una fotografía en la que aparece un individuo que tuvo que ver con un crimen cometido años atrás. Un año o dos, pongamos. ¿Cómo diablos va a preocupar eso al sujeto en cuestión? No existen pruebas... Hay, todo lo más, habladurías, circulando por diversos sitios, una historia de tercera mano. Incluso hubiera podido admitir la semejanza, comentando despreocupadamente: «Pues es verdad que me parezco a ese de la fotografía, tiene gracia. Qué coincidencia, ¿eh?» Nadie hubiera aceptado la sugerencia de Palgrave en serio. El hombre no tiene por qué temer nada, absolutamente nada. De haberse formalizado una acusación hubiera podido reírse de ella tranquilamente. ¿Por qué demonios decidió asesinar a Palgrave? Me parece un crimen innecesario. Piense en eso...

—Ya pienso, ya, en ese extremo —replicó miss Marple—. Y por tal motivo no puedo estar de acuerdo con usted. He ahí la causa de que yo me encuentre tan nerviosa, tan desasosegada. Hasta tal punto es cierto esto, que anoche no llegué a pegar un ojo.

Mister Rafiel escrutó su rostro.

—Veamos qué es lo que está pasando por su cabeza en estos momentos...

—Es posible que esté equivocada —manifestó miss Marple, vacilando.

—Es lo más probable —confirmó mister Rafiel, con su habitual falta de cortesía—. De todos modos, déjeme oír lo que ha estado usted madurando a lo largo de las horas de la madrugada.

—Existiría un móvil perfectamente fundamentado si...

—Si... ¿qué?

—Si dentro de poco, dentro de muy poco tiempo, tenía que haber otro asesinato.

Mister Rafiel reflexionó. Luego intentó ponerse más cómodo en su silla.

—Acláreme eso.

—¡Oh! ¡Soy tan torpe a la hora de dar explicaciones! —Miss Marple hablaba atropelladamente y con alguna incoherencia. Tenía las mejillas arreboladas—. Supongamos que alguien había planeado cometer un crimen. Usted recordará que en su historia el comandante Palgrave se refirió a un hombre cuya esposa murió en misteriosas circunstancias. Más adelante, transcurrido cierto tiempo hubo otro crimen que presentaba idénticas características. Un hombre que llevaba otro apellido estaba casado con una mujer que falleció en condiciones parecidas y el doctor que contaba esto le identificó como el mismo sujeto pese a haber cambiado de nombre. Bueno. Todo indica, ¿verdad?, que el criminal pertenecía al tipo de los que repiten sus procedimientos...

—Sí. Se encuentran antecedentes de aquel, tanto en la literatura como en la realidad. Continúe.

—Yo entiendo —prosigió miss Marple—, de acuerdo con lo que he leído y oído asegurar, que cuando un hombre comete una acción de esta clase y todo le sale bien por vez primera se siente inclinado a la repetición. Ve por todos lados facilidades; se tiene por un ser inteligente. Así es como llega a la segunda edición de su «hazaña». Al final aquello se convierte en un hábito. Elige en cada ocasión escenarios diferentes, adoptando otros nombres. Pero sus crímenes presentan muchos datos semejantes. Así es como yo opino, aunque muy bien pudiera estar equivocada...

—Por un lado admite tal posibilidad y por otro no cree en ella —subrayó con brusquedad el astuto mister Rafiel.

Miss Marple continuó hablando, sin comentar las anteriores palabras.

—De darse dichas circunstancias, de tener ese individuo hechos todos sus preparativos con el fin de cometer un crimen aquí mediante el cual aspiraba a desembarazarse de otra esposa, siendo el mismo el que hacía el número tres o el cuatro, hay que pensar que la historia referida por el comandante cobraba una singular importancia. ¿Cómo iba a tolerar el principal interesado que fuesen puestas de relieve a cada paso ciertas similitudes? Así han sido capturados algunos delincuentes. Las circunstancias en que se cometió un crimen llaman, por ejemplo, la atención de alguien que se apresura a comparar aquellas con las de otro caso acerca del cual existen abundantes informes, contenidos en una serie de recortes periodísticos. ¿Comprende ya por qué el desconocido criminal no puede consentir que, teniendo su acción minuciosamente planeada y a punto de ser llevada a la práctica, vaya el comandante Palgrave por ahí, refiriendo despreocupadamente su historia y mostrando la pequeña fotografía?

Miss Marple hizo una pausa al llegar aquí, dirigiendo una mirada suplicante a mister Rafiel, quien seguía escuchando con atención, antes de agregar:

—En esas condiciones usted comprenderá que es preciso que actúe con rapidez, con la mayor rapidez posible.

—En efecto —contestó el anciano—. Aquella misma noche, ¿eh?

—Eso es.

—Un trabajo algo precipitado, pero factible —manifestó mister Rafiel—. No hay más que poner las tabletas en la habitación de Palgrave, extender el rumor acerca de su enfermedad y añadir una leve cantidad de esa endiablada droga cuyo nombre tiene, más o menos, una docena de sílabas, al famoso «ponche de los colonos»...

—En efecto... Pero eso ha pasado ya. No tenemos por qué preocuparnos por ello. Es el futuro lo que cuenta ahora. Eliminado el comandante Palgrave, destruida la fotografía, ese hombre seguirá adelante con su plan, llevando a cabo el asesinato proyectado.

De los labios de mister Rafiel se escapó un silbido.

—Ha pensado usted detenidamente en esto, ¿eh?

Miss Marple asintió. Con voz firme, casi dictatorial, nada acostumbrada en ella, dijo:

—Tenemos que impedir que suceda eso, mister Rafiel. Tiene usted que impedirlo.

—¿Yo? —inquirió el viejo, atónito—. ¿Por qué yo?

—Porque usted es un hombre rico e importante —dijo miss Marple—. La gente se inclinará a hacer lo que usted diga o sugiera. De mí no harían el menor caso. Todos afirmarían que soy una vieja dada a idear fantasías.

—Y puede que tuvieran razón —manifestó mister Rafiel con su brusquedad de siempre—. Claro que en este caso demostrarían ser unos necios. Yo me inclinaría a pensar que no habría ni una sola persona que la creyese con cerebro suficiente para discurrir como lo ha hecho. Razona usted, en verdad, de una manera muy lógica. Son pocas las mujeres capaces de acometer con éxito tal empresa —mister Rafiel, incómodo, se agitó penosamente en su silla—. ¿Dónde diablos se encontrarán Esther y Jackson? Necesito cambiar de posición. No. No lograremos nada con que usted intente ayudarme. Le faltan a usted fuerzas para eso. No sé qué es lo que se propondrá esa pareja dejándome aquí solo.

—Iré en su busca.

—Usted no va a ir a ninguna parte. Se quedará aquí, conmigo. Trataremos los dos de descifrar el enigma. ¿Quién es el asesino? ¿El brillante Greg? ¿El silencioso Edward Hillingdon? ¿Jackson, mi querido servidor? Uno de los tres tiene que ser, ¿no?