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El barón rampante - Italo Calvino

XV

Fue por esa época que, tratando al caballero abogado, Cósimo advirtió algo extraño en su actitud, o mejor dicho, distinto de la normal, fuera más o menos extraño. Como si su aire absorto ya no se debiera a distracción, sino a una idea fija que lo dominaba. Los momentos en que se mostraba locuaz eran ahora más frecuentes, y si antes, insociable como era, nunca ponía los pies en la ciudad, ahora en cambio estaba siempre en el puerto, en los corrillos o sentado en los muelles con los viejos patrones y marineros, comentando las llegadas y las salidas de los bajeles o las fechorías de los piratas.

A cierta distancia de nuestras costas todavía veíanse avanzar los veleros de los piratas de Berbería, fastidiando nuestro comercio. Era una piratería de poca importancia, ya no como en los tiempos en que al toparse con los piratas se acababa esclavo en Túnez o Argel o se perdían nariz y orejas. Ahora, cuando los mahometanos conseguían alcanzar una tartana de Ombrosa, se llevaban la carga: barriles de bacalao, quesos holandeses, balas de algodón, y basta. A veces los nuestros eran más rápidos, se les escapaban, disparaban un tiro de espingarda contra las arboladuras del velero; y los berberiscos respondían escupiendo, con feos ademanes y chillando.

En fin, era una piratería así por las buenas, que aún existía a causa de unos créditos que los pachás de aquellos países pretendían exigir de nuestros negociantes y armadores, ya que —según su parecer— no les habían servido bien unos suministros, o que incluso los habían estafado. Y de este modo trataban de saldar cuentas poco a poco a fuerza de robos, pero al mismo tiempo continuaban las transacciones comerciales, con continuas protestas y discusiones. No había pues interés, ni por una parte ni por otra, en hacerse desaires definitivos; y la navegación estaba llena de inseguridades y riesgos, que nunca, sin embargo, degeneraban en tragedias.

La historia que ahora referiré fue narrada por Cósimo en muchas versiones distintas: me atendré a la más rica en detalles y menos ilógica. Aunque es muy cierto que mi hermano, contando sus aventuras, añadía a su antojo, yo, a falta de otras fuentes, trato siempre de atenerme al pie de la letra a lo que él decía.

Así pues, una vez Cósimo, que al hacer guardia por los incendios había cogido la costumbre de despertarse de noche, vio una luz que bajaba por el valle. La siguió, silencioso por las ramas con sus pasos de gato, y vio a Enea Silvio Carrega que caminaba muy deprisa, con el fez y la cimarra, sosteniendo una linterna.

¿Qué haría dando vueltas a esas horas el caballero abogado, que solía acostarse con las gallinas? Cósimo lo siguió. Tenía cuidado de no hacer ruido, aun sabiendo que su tío, cuando caminaba tan fervorizado, estaba como sordo y veía solo a un palmo de sus narices.

Por caminos y atajos el caballero abogado llegó hasta la orilla del mar, a un trozo de playa pedregosa, y se puso a agitar la linterna. No había luna, en el mar no se conseguía ver nada, salvo el movimiento de la espuma de las olas más próximas. Cósimo estaba sobre un pino, algo lejos de la orilla porque allí al final la vegetación raleaba y ya no era tan fácil llegar por las ramas a todas partes. El caso es que veía perfectamente al viejito con el alto fez en la costa desierta, que agitaba la linterna hacia la oscuridad del mar, y de aquella oscuridad le respondió de pronto otra luz de linterna, cercana, como si la hubiesen encendido entonces, y apareció muy veloz una pequeña embarcación con una vela cuadrada oscura y los remos, distinta de las barcas de aquí, y llegó a la orilla.

A la ondulante luz de las linternas, Cósimo vio hombres con turbante en la cabeza: unos se quedaron en la barca, manteniéndola pegada a la orilla con pequeños golpes de remo; otros bajaron, y llevaban anchos calzones abultados, y relucientes cimitarras enfiladas en la cintura. Cósimo aguzaba ojos y oídos. Su tío y aquellos berberiscos cuchicheaban entre sí, en una lengua que no se entendía, pero que a menudo parecía poderse entender, y que sin duda era la famosa lengua franca. De vez en cuando Cósimo entendía una palabra en nuestra lengua, sobre la que Enea Silvio insistía entremezclándola con otras palabras incomprensibles, y estas palabras nuestras eran nombres de naves, conocidos nombres de tartanas o bergantines pertenecientes a armadores de Ombrosa, o que iban y venían entre nuestro puerto y otros.

¡No había que esforzarse mucho para comprender qué estaba diciendo el caballero! Estaba informando a aquellos piratas de los días de llegada y de salida de las naves de Ombrosa, y de la carga que llevaban, la ruta, las armas que tenían a bordo. Ahora el viejo ya debía haber referido todo lo que sabía porque se volvió y se alejó velozmente, mientras los piratas volvían a subir a la lancha y desaparecían en el mar oscuro. Por la forma tan rápida en que se había desarrollado la conversación se comprendía que debía ser una cosa habitual. ¡Quién sabe cuánto tiempo hacía que las emboscadas berberiscas acontecían siguiendo las informaciones de nuestro tío!

Cósimo se había quedado en el pino, incapaz de separarse de allí, de la playa desierta. Soplaba viento, la ola roía las piedras, el árbol gemía en todas sus junturas y mi hermano entrechocaba los dientes, no por el frío del aire sino por el frío de la triste revelación.

He aquí que aquel viejito tímido y misterioso que nosotros de niños habíamos siempre juzgado desleal y que Cósimo creía haber aprendido poco a poco a apreciar y compadecer, resultaba ser un traidor imperdonable, un hombre ingrato que quería el mal del pueblo que lo había acogido como un desvalido tras una vida de errores... ¿Por qué? ¿Hasta tal punto lo empujaba la nostalgia de aquellas patrias y aquellas gentes donde debía haber sido, por una vez en su vida, feliz? ¿O bien era que incubaba un rencor despiadado contra este país en el que cada bocado debía saberle a humillación? Cósimo se dividía entre el impulso de correr a denunciar los manejos del espía y salvar así las cargas de nuestros negociantes, y el pensamiento del dolor que experimentaría nuestro padre, por ese afecto que inexplicablemente lo ligaba al hermanastro natural. Cósimo se imaginaba la escena: el caballero esposado en medio de los esbirros, entre dos filas de gente de Ombrosa que lo insultaban, y conducido a la plaza, le ponían la soga al cuello, lo ahorcaban... Tras la vela fúnebre a Gian dei Brughi, Cósimo se había jurado a sí mismo que no volvería a estar jamás presente en una ejecución; ¡y ahora le tocaba ser árbitro de la condena a muerte de un allegado!

Durante toda la noche se atormentó con ese pensamiento, y continuó durante todo el día siguiente, pasando furiosamente de una rama a otra, pateando, levantándose con los brazos, dejándose deslizar por los troncos, como siempre hacía cuando era presa de una preocupación. Finalmente, tomó la decisión: escogería un camino intermedio: asustar a los piratas y al tío, a fin de conseguir que interrumpieran su malvada relación sin necesidad de que interviniese la justicia. Se apostaría en aquel pino por la noche, con tres o cuatro fusiles cargados (ya se había hecho con todo un arsenal, para las diferentes necesidades de la caza); cuando el caballero se encontrara con los piratas, empezaría a disparar tiro tras tiro haciendo silbar las balas sobre sus cabezas. Al oír aquellas descargas, piratas y tío escaparían cada uno por su cuenta. Y el caballero, que no era ciertamente un hombre audaz, con la sospecha de haber sido reconocido y con la certeza de que ya se vigilaban aquellas citas de la playa, se guardaría mucho de volver a aproximarse a las tripulaciones mahometanas.

En efecto, Cósimo, con los fusiles apuntados, esperó en el pino un par de noches. Y no pasó nada.

A la tercera noche, aparece el viejito del fez que trotaba tropezando en las piedras de la orilla; tras hacer señales con la linterna fondeaba la barca de los marineros con turbante.

Cósimo estaba preparado con el dedo en el gatillo, pero no disparó. Porque esta vez todo era distinto. Después de una breve conversación, dos de los piratas que estaban en la orilla hicieron una señal a la barca, y los otros empezaron a descargar cosas: barriles, cajas, balas, sacos, damajuanas, angarillas llenas de quesos. No había una sola barca, había muchas, todas cargadas, y una hilera de porteadores con turbante apareció por la playa, precedida por nuestro tío natural que los guiaba con su carrerita vacilante, hasta una gruta entre las peñas. Allí los moros depositaron todas aquellas mercancías, sin duda fruto de sus últimas piraterías.

¿Por qué los traían a la orilla? Fue fácil, después, reconstruir lo ocurrido: como el velero berberisco tenía que echar ancla en uno de nuestros puertos (para algún asunto legal, de los que siempre se producían entre ellos y nosotros en medio de los actos de rapiña), y como tenía que sujetarse al registro aduanero, había que esconder las mercancías robadas en un lugar seguro, para después recogerlas al regreso. Así la nave también habría dado pruebas de que era ajena a los últimos robos y consolidaría las normales relaciones comerciales con el país.

Todos estos manejos se supieron claramente después. De momento Cósimo no se entretuvo en plantearse preguntas. Había un tesoro de piratas escondido en una gruta, los piratas volvían a subir a las barcas y lo dejaban allí: había que apoderarse de él lo más pronto posible. Durante un momento mi hermano pensó en ir a despertar a los comerciantes de Ombrosa que debían de ser los legítimos propietarios de las mercancías. Pero enseguida se acordó de sus amigos carboneros que pasaban hambre en el bosque con sus familias. No lo dudó: corrió por las ramas hacia los lugares donde, en torno a las grises plazuelas de tierra apisonada, los bergamascos dormían en toscas cabañas.

—¡Pronto! ¡Venid todos! ¡He descubierto el tesoro de los piratas!

Bajo las cortinas y el follaje de las cabañas se oyeron resoplidos, toses, maldiciones, y finalmente exclamaciones de asombro, preguntas:

—¿Oro? ¿Plata?

—No lo he visto muy bien... —dijo Cósimo—. ¡Por el olor, diría que hay gran cantidad de bacalao curado y de queso de oveja!

Ante estas palabras, se levantaron todos los hombres del bosque. Quien tenía escopetas cogía escopetas, los demás hachetas, asadores, palas, pero sobre todo se llevaron consigo recipientes para meter las cosas, hasta las deformadas cestas del carbón y los negros sacos. Arrancó una gran procesión —«¡Hurra! ¡Arre!»—, incluso las mujeres bajaban con cestas vacías a la cabeza, y los niños encapuchados con sacos, sosteniendo las antorchas. Cósimo los precedía de pino de bosque en olivo, de olivo en pino marítimo.

Ya estaban a punto de doblar por el espolón de rocas detrás del cual se abría la gruta, cuando en la cima de una retorcida higuera apareció la blanca sombra de un pirata, alzó la cimitarra y aulló la voz de alarma. Cósimo en pocos saltos estuvo en una rama encima de él y le asestó la espada en los riñones, hasta que aquel se echó abajo por el acantilado.

En la gruta había una reunión de jefes piratas. (Cósimo, antes, con el ir y venir de la descarga, no había advertido que se habían quedado allí.) Oyen el grito del centinela, salen y se ven rodeados por aquella horda de hombres y mujeres con el rostro sucio de hollín, encapuchados con sacos y armados de palas. Alzan las cimitarras y se lanzan para abrirse paso. —«¡Hurra! ¡Arre! — ¡Inshallah!»— Comenzó la batalla.

Los carboneros eran más, pero los piratas iban mejor armados. Por lo que sabemos para luchar contra las cimitarras no hay nada mejor que las palas. ¡Dang! ¡Dang!, y aquellas hojas de Marruecos se retiraban todas dentadas. Las escopetas, en cambio, tronaban y humeaban y después nada más. También algunos de los piratas (oficiales, se ve) tenían fusiles muy bonitos en apariencia, todos damascados; pero en la gruta los pedernales habían cogido humedad y no salía el tiro. Los carboneros más despabilados trataban de aturdir a los oficiales piratas con golpes de pala en la cabeza para quitarles sus fusiles. Pero con aquellos turbantes, a los berberiscos cada golpe les llegaba amortiguado como a través de un cojín; era mejor dar rodillazos en el estómago, porque llevaban desnudo el ombligo.

En vista de que lo único que no faltaba eran piedras, los carboneros empezaron a tirar pedradas. Los moros, entonces, a pedradas también. Con las piedras, finalmente, la batalla tomó un aspecto más ordenado, pero como los carboneros tendían a entrar en la gruta, cada vez más atraídos por el olor de bacalao que emanaba de ella, y los berberiscos tendían a escapar hacia la chalupa que había quedado en la orilla, entre las dos partes faltaban grandes razones para enfrentarse.

En cierto momento, por parte bergamasca se produjo un asalto que les abrió la entrada de la gruta. Por parte mahometana aún resistían bajo una granizada de pedradas, cuando vieron que el camino hacia el mar estaba libre. ¿Para qué resistían, pues? Mejor izar la vela e irse.

Alcanzada la navecilla, tres piratas, todos nobles oficiales, soltaron la vela. Con un salto desde un pino próximo a la orilla, Cósimo se lanzó al mástil, se agarró al durmiente de la verga, y allí arriba, sujetándose con las rodillas desenvainó la espada. Los tres piratas alzaron las cimitarras. Mi hermano, con sablazos a diestra y siniestra, los tenía en jaque a los tres. La barca, todavía atracada, se inclinaba ora a un lado ora a otro. Salió la luna en ese momento y relampaguearon la espada dada por el barón a su hijo y las hojas mahometanas. Mi hermano se deslizó por el palo y hundió la espada en el pecho de un pirata que cayó por la borda. Rápido como una lagartija, volvió a subir defendiéndose con dos quites de los sablazos de los otros, luego volvió a dejarse caer y traspasó al segundo, subió de nuevo, tuvo una breve escaramuza con el tercero y con otro de sus deslizamientos lo atravesó.

Los tres oficiales mahometanos estaban tendidos medio en el agua medio fuera con la barba llena de algas. Los otros piratas, en la entrada de la gruta, estaban desfallecidos por las pedradas y golpes de pala. Cósimo, todavía encaramado al árbol de la barca, miraba triunfante alrededor, cuando de la gruta salió disparado, furioso como un gato con fuego en la cola, el caballero abogado, que había estado escondido allí hasta entonces. Corrió por la playa con la cabeza gacha, dio un empujón a la barca separándola de la orilla, saltó a ella y agarrando los remos se puso a moverlos con todas sus fuerzas, bogando mar adentro.

—¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Estáis loco? —decía Cósimo agarrado a la verga—. ¡Volved a la orilla! ¿Adónde vamos?

Pero nada. Estaba claro que Enea Silvio Carrega quería llegar hasta las naves piratas para ponerse a salvo. Ahora su felonía estaba irremediablemente descubierta y si se quedaba en la orilla acabaría sin duda en el patíbulo. De modo que remaba y remaba, y Cósimo, aunque todavía se hallaba con la espada desenvainada en la mano y el viejo estaba desarmado y era débil, no sabía qué hacer. En el fondo, ser violento con su tío le disgustaba, y además para alcanzarlo habría tenido que bajar del palo, y la pregunta de si bajar a una barca equivalía a bajar al suelo o de si ya no había derogado sus leyes interiores al saltar de un árbol con raíces a un árbol de nave, era demasiado complicada para formulársela en ese momento. O sea que no hacía nada; se había acomodado en la verga, una pierna a un lado y otra al otro del palo, y se alejaba sobre las olas, mientras un leve viento henchía la vela, y el viejo no dejaba de remar.

Oyó un ladrido. Tuvo un estremecimiento de gozo. El perro Óptimo Máximo, al que durante la batalla había perdido de vista, estaba allí acurrucado en el fondo de la barca, y meneaba el rabo como si nada ocurriese. Luego, pues, reflexionó Cósimo, no había por qué desanimarse tanto: estaba en familia, con su tío, con su perro, iba en barca, lo que después de tantos años de vida arbórea era una distracción placentera.

Había luna en el mar. El viejo estaba ya cansado. Remaba con dificultad, y lloraba, y empezó a decir:

—Ah, Zaira... Ah, Alá, Alá, Zaira... Ah, Zaira, inshallah...

—o sea que, inexplicablemente, hablaba en turco, y repetía y repetía entre sollozos este nombre de mujer, que Cósimo nunca había oído.

—¿Qué decís, caballero? ¿Qué os pasa? ¿Adónde vamos? —preguntaba.

—Zaira... Ah, Zaira... Alá, Alá —se quejaba el viejo.

—¿Quién es Zaira, caballero? ¿Os creéis que vais junto a Zaira por aquí?

Y Enea Silvio Carrega decía que sí con la cabeza, y hablaba turco entre lágrimas, y le gritaba a la luna ese nombre.

Sobre esta Zaira, la mente de Cósimo empezó enseguida a cavilar. Quizá estaba a punto de desvelársele el secreto más profundo de aquel hombre esquivo y misterioso. Si el caballero, al dirigirse a la nave pirata, pretendía alcanzar a esta Zaira, debía pues tratarse de una mujer que estaba allá, en aquellos países otomanos. Quizá toda su vida había estado dominada por la nostalgia de esta mujer, quizá era ella la imagen de felicidad perdida que él perseguía criando abejas o proyectando canales. Quizá era una amante, una esposa que había tenido allá abajo, en los jardines de aquellos países de ultramar, o, más verosímilmente, una hija, una hija suya que no veía desde niña. A fin de dar con ella debía haber intentado durante años relacionarse con alguna de las naves turcas o moriscas que iban a parar a nuestros puertos, y finalmente debían haberle dado noticias suyas. Quizá había sabido que era esclava, y para rescatarla le habían propuesto informarles sobre los viajes de las tartanas de Ombrosa. O bien era el precio que tenía que pagar para ser admitido entre ellos y embarcarse para el país de Zaira.

Ahora, desenmascarada su intriga, se veía constreñido a huir de Ombrosa, y aquellos berberiscos ya no podían negarse a llevarlo consigo y conducirlo junto a ella. En sus palabras jadeantes y entrecortadas se mezclaban acentos de esperanza, de súplica, e incluso de miedo: miedo de que todavía no fuese esta la ocasión, de que todavía alguna desgracia tuviera que separarlo del ser querido.

Ya no conseguía dar impulso con los remos, cuando se acercó una sombra, otra lancha berberisca. Quizá desde la nave habían oído el ruido de la batalla en la orilla, y mandaban exploradores.

Cósimo resbaló hasta la mitad del palo, para que lo ocultase la vela. El viejo, en cambio, comenzó a gritar en lengua franca que lo recogieran, que lo llevasen a la nave, y extendía los brazos. Fue oído, en efecto: dos jenízaros con turbante, en cuanto estuvo al alcance de la mano, lo agarraron por los hombros, lo levantaron ligero como era, y lo arrastraron a su barca. Aquella en la que estaba Cósimo, de rebote fue apartada, la vela cogió viento, y así mi hermano, que ya se veía muerto, se salvó de ser descubierto.

Alejándose con el viento, a Cósimo le llegaban de la lancha pirata voces como de un altercado. Una palabra, dicha por los moros, que sonó parecida a «¡Marrano!», y la voz del viejo que se oía repetir como un idiota: «¡Ah, Zaira!», no dejaban lugar a dudas sobre la acogida que le habían dispensado al caballero. Sin duda lo consideraban responsable de la emboscada de la gruta, de la pérdida del botín, de la muerte de los suyos; lo acusaban de haberlos traicionado... Se oyó un grito, una zambullida, después silencio; a Cósimo le vino el recuerdo, nítido como si lo oyera, de la voz de su padre cuando gritaba: «¡Enea Silvio! ¡Enea Silvio!», persiguiendo a su hermano natural por el campo; y escondió el rostro en la vela.

Volvió a subir a la verga, para ver adónde estaba yendo la barca. Algo flotaba en medio del mar como transportado por una corriente: un objeto, una especie de boya, pero una boya con cola... Le dio de lleno un rayo de luna, y vio que no era un objeto sino una cabeza, una cabeza con un fez con borla, y reconoció el rostro vuelto al revés del caballero abogado que miraba con su habitual aire asustado, la boca abierta, y de la barba para abajo todo el resto estaba en el agua y no se veía, y Cósimo gritó:

—¡Caballero! ¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Por qué no subís? ¡Agarraos a la barca! ¡Ahora os ayudo a subir! ¡Caballero!

Pero su tío no respondía: flotaba, flotaba, mirando hacia arriba con aquel ojo aterrado que parecía que no viese nada. Y Cósimo dijo:

—¡Venga, Óptimo Máximo! ¡Tírate al agua! ¡Coge al caballero por el cogote! ¡Sálvalo! ¡Sálvalo!

El perro obediente se zambulló, trató de aferrar por el cogote al viejo, no lo consiguió, lo cogió por la barba.

—¡He dicho por el cogote, Óptimo Máximo! —insistió Cósimo, pero el perro levantó la cabeza por la barba y la empujó hasta el borde de la barca, y se vio que de cogote ya no había, no había ni cuerpo ni nada, había solo una cabeza, la cabeza de Enea Silvio Carrega cortada de un golpe de cimitarra.

Misterio en el Caribe - Agatha Christie

CAPÍTULO XVI
 
MISS MARPLE BUSCA AYUDA

Cualquiera que hubiese visto a aquella dama ya entrada en años que se encontraba frente a su «bungalow» de pie, en actitud meditativa, se habría figurado que pensaba única y exclusivamente en la manera de sacar el máximo fruto posible de la jornada que tenía por delante... ¿Qué hacer? Quizá no fuese mala idea visitar el Castillo de Cliff, o ir a Jamestown... Tampoco era mal plan comer en Penguins Point, o pasar tranquilamente la mañana en la playa...

Pero la dama en cuestión pensaba en aquellos instantes en cosas muy distintas. La verdad era que interiormente había adoptado una actitud militante, una actitud abocada a la acción.

«Es preciso hacer algo», se había dicho.

Además, estaba convencida de que no había tiempo que perder. Era indispensable actuar con toda urgencia. Ahora bien, ¿a quién hubiera podido convencer ella a su vez de que no andaba completamente equivocada?

Con tiempo de sobra se creía capaz de descifrar el enigma que contemplaba por sí misma. Ya había averiguado muchos detalles en relación con aquel. Pero no todos los que precisaba. Y el plazo de tiempo de que disponía era muy breve. Había advertido ya que dentro de aquella isla paradisíaca no contaba con ninguno de sus aliados habituales.

Pensó, apenada, en sus amigos de Inglaterra... En sir Henry Clithering, eternamente dispuesto a escucharla con la mayor indulgencia. En Dermot, su ahijado, quien, a pesar de su alta calificación en Scotland Yard, creía firmemente que cuando miss Marple emitía una opinión esta era merecedora de un detenido análisis porque, normalmente, contenía algo sustancial...

En cambio, ¿qué atención podía prestar a las sugerencias de una anciana dama extranjera aquel policía indígena de la voz melosa que ella conocía? ¿Cabía pensar en el doctor Graham? No. Este no era el hombre que ella necesitaba. Resultaba demasiado suave en sus maneras, demasiado vacilante... No era hombre de vivos reflejos, de rápidas decisiones.

Miss Marple, sintiéndose una humilde delegada del Altísimo, llegó casi a proclamar en alta voz su necesidad de aquellos instantes con bíblicas frases.

—¿Quién vendrá por mí? ¿A quién seré enviada?

El sonido que percibió poco después no fue reconocido instantáneamente por ella como una respuesta a su plegaria... No, no. En absoluto. Mentalmente lo registró como la posible llamada de un hombre, pendiente de su perro.

—¡Eh!

Miss Marple, muy perpleja, prefirió apartar la atención de aquella voz.

—¡Eh!

Ahora el tono era más ronco. Miss Marple echó un vistazo a su alrededor.

—¡Eh! —gritó mister Rafiel impaciente, añadiendo—: ¡Sí, usted...!

A miss Marple le costó trabajo comprender que aquella llamada iba dirigida a ella. Tratábase de un método para establecer comunicación acerca del cual carecía de experiencia. Desde luego, el procedimiento tenía bien poco o nada de cortés. Miss Marple no se ofendió porque nadie se ofendía nunca con mister Rafiel, quien hacía muchas cosas arbitrariamente. La gente le aceptaba como era, igual que si dispusiera de una autorización especial. Miss Marple miró hacia el «bungalow» vecino. El viejo le hizo señas.

—¿Me estaba usted llamando? —inquirió miss Marple.

—Naturalmente que la estaba llamando —respondió mister Rafiel—. ¿A quién cree usted que llamaba si no? ¿A algún gato? Vamos, acérquese.

Miss Marple volvió la cabeza, buscando su bolso, lo cogió y cruzó el espacio que separaba una casita de otra.

—A menos que alguien me ayude, no puedo ir hacia usted —replicó mister Rafiel—, de manera que no hay más remedio que invertir los términos.

—Le comprendo perfectamente, mister Rafiel.

Éste le señaló una silla.

—Siéntese. Quiero charlar con usted. Algo muy extraño está ocurriendo en nuestra isla.

—Así es, en efecto —respondió ella, tomando asiento, de acuerdo con la indicación del anciano.

Impulsada por un hábito muy arraigado, miss Marple sacó del bolso sus agujas y su lana.

—Deje usted su labor a un lado —dijo mister Rafiel—. No puedo soportarla. Me disgustan las mujeres que pasan el tiempo entretenidas con esas tareas. Me sacan de quicio.

Miss Marple volvió a guardar dócilmente sus cosas en el bolso. En su gesto no hubo el menor amago de rebeldía. Antes bien, adoptó el aire de la enfermera dispuesta a tolerar las extravagancias de un enfermo veleidoso.

—Se habla mucho por ahí y apostaría lo que fuese a que usted está al corriente de eso —declaró el anciano—. Y lo que digo ahora de usted hágalo extensivo al canónigo y a su hermana.

—En vista de lo sucedido en el hotel recientemente parece muy natural que la gente formule comentarios de muy diversas clases —alegó miss Marple.

—Veamos... Esa chica nativa es hallada entre unos arbustos, asesinada. Ese incidente quizá no ofrezca nada de particular. Es posible que el hombre que vivía con ella fuese celoso y... También puede ser que anduviera con otra mujer, y la muchacha provocara una riña. Ya sabe usted lo que son estas cosas en el trópico. Algo por este estilo tiene que haber ocurrido. ¿Usted qué opina?

—No por ahí —dijo miss Marple vagamente, moviendo la cabeza.

—Las autoridades adoptan idéntica posición...

—Aquéllas le informarían a usted mejor que a mí siempre —señaló miss Marple.

—Sin embargo, estoy seguro de que usted está más enterada que yo. No en balde ha prestado oídos a cuanto se ha dicho por aquí sobre este asunto.

—Eso es cierto.

—Usted, aparte de eso, tiene poco que hacer, ¿eh?

—No hay otro modo de hacerse con una información de utilidad.

—Debo confesarle una cosa... —declaró mister Rafiel, estudiando detenidamente a miss Marple—. He incurrido en un error con respecto a usted. Yo no suelo equivocarme con la gente. Usted no es como yo me la imaginé en un principio... Estaba pensando en todos los rumores puestos en circulación con motivo de la muerte del comandante Palgrave. Usted cree que fue asesinado, ¿verdad?

—Mucho me temo que sí —contestó miss Marple.

—Yo estoy absolutamente convencido de ello.

Miss Marple contuvo el aliento.

—Es una respuesta categórica la suya, ¿no le parece?

—Sí que lo es —reconoció el viejo—. Se la debo a Daventry. No estoy traicionando ninguna confidencia porque al final habrá de ser conocido el resultado de la autopsia. Usted le dijo a Graham algo; este se fue a ver a Daventry; Daventry visitó al administrador; la Brigada de Investigación Criminal fue informada oportunamente... Luego convinieron todos que existían algunas cosas nada claras en la muerte del pobre Palgrave. Optaron por desenterrar el cadáver de este y echarle un vistazo, a fin de averiguar a qué causas obedeció la muerte.

—¿Anduvieran qué es lo que encontraron? —preguntó miss Marple.

—Descubrieron que le había sido administrada una dosis mortal de un producto cuyo nombre solo es capaz de pronunciarlo bien un médico. Por lo que yo recuerdo suena como di-cloro-hexagonaletilcarbenzol. Por supuesto, esa no es su denominación. Puedo decir que me he aprendido la música, pero no la letra. El médico del servicio policíaco utilizó esa palabra, u otra semejante, para que nadie supiera tanto como él. Lo más probable es que la droga lleve un nombre muy corriente, que se llame Evipan, Veronal o Jarabe de Easton... Algo así, en fin. Con la denominación oficial se chasca a los hombres de leyes. Bueno, el caso es que una pequeña dosis del producto es capaz de causar la muerte. Los síntomas que se presentan son los mismos que sufren los sujetos que padecen de hipertensión... agravada por el descuido y la afición al alcohol y a las veladas alegres. Por eso, al empezar toda la historia de la muerte de Palgrave la gente acogió esta como algo natural, sin recelos. Todos exclamaron: «¡Pobre viejo!», apresurándose a darle cristiana sepultura. Ahora los investigadores dudan de que tuviera el menor indicio de tensión. ¿Le confesó a usted algo en tal sentido el comandante?

—No.

—¡Exacto! Y, no obstante, todo el mundo dio eso por descontado.

—Me parece que el comandante Palgrave habló con algunas personas de eso.

—¡Bah! Es como cuando la gente ve fantasmas —manifestó mister Rafiel—. Jamás da uno con el tipo que afirme haberse encontrado frente al duende de turno. Siempre acaba por ser un primo, en segundo grado, de una tía, un amigo de esta o un amigo de otro amigo. Todo el mundo pensó en la hipertensión porque en el dormitorio de la víctima fue hallado un frasco de tabletas, un preparado que acostumbran recetar los médicos a los pacientes aquejados de esa enfermedad. Ahora llegamos al punto más interesante de la cuestión... Yo creo que la muchacha indígena fue asesinada por haber dicho que las tabletas podían haber sido colocadas en el estante del lavabo de Palgrave no por este, sino por otra persona. El frasco de tabletas lo había visto antes, en la habitación de un individuo llamado Greg...

—El señor Dyson padece de hipertensión. Su esposa lo declaró así —apuntó miss Marple.

—Repito: su frasco fue dejado en la habitación de Palgrave para sugerir su enfermedad y hacer aparecer su muerte como natural.

—Exacto. Luego se puso en circulación, hábilmente, un cuento: Palgrave dijo allí que padecía de tensión arterial... Bueno, ya lo sabe usted, resulta bastante fácil difundir un rumor. Sí, muy fácil. Yo he tenido ocasión de comprobarlo más de una vez prácticamente.

—No lo dudo, miss Marple.

—Solo se requiere una leve murmuración en un par de puntos estratégicos. Nunca se afirma que la información fue lograda personalmente. Hay que decir, por ejemplo, que la señora B le dijo al coronel C, que según la opinión de X, etc. Las noticias son, invariablemente, de segunda, de tercera, ¡hasta de cuarta mano!, por lo que es imposible averiguar de quién partió el rumor. ¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que es factible eso! Después la gente repite ante nuevas personas la habladuría, que se propaga, que se amplía incluso, que corre con la velocidad de un reguero de pólvora.

—Aquí, entre nosotros, debe haber alguien de cuya inteligencia no cabe dudar —declaró mister Rafiel, pensativo.

—Sí, tiene usted razón.

—Victoria Johnson debió ver algo, debió descubrir algún secreto importante. Supongo que luego pensaría en hacer chantaje.

—Tal vez no llegara siquiera a eso. En estos hoteles grandes las doncellas se enteran de cosas que determinados huéspedes no quieren que se divulguen. Con tal motivo, menudean por parte de aquellos las propinas espléndidas y hasta los presentes en metálico. Es posible que la chica no advirtiera de buenas a primeras la importancia de su hallazgo o descubrimiento.

—El caso es que lo único que ha sacado en limpio de este asunto ha sido una puñalada en la espalda —señaló mister Rafiel brutalmente.

—Sí. Evidentemente existe alguien interesado en que no hablara.

—De acuerdo. Ahora veamos qué piensa usted de todo esto.

Miss Marple miró con un gesto de extrañeza a su interlocutor.

—¿Por qué está usted empeñado en creer que yo poseo más información que usted?

—Bueno. Es probable que ande equivocado... De todos modos, lo que a mí me interesa es apreciar sus ideas acerca de lo que usted conoce.

—Pero... ¿con qué fin?

—Aquí no puede uno hacer muchas cosas... aparte de dedicarse a ganar dinero.

Miss Marple no pudo disimular su sorpresa.

—Habla usted de dedicarse a ganar dinero... ¿Aquí?

—Si usted quiere, desde ese mismo hotel es posible enviar diariamente media docena de cables cifrados. Así es como yo me divierto.

—¿Cursa usted apuestas? —inquirió miss Marple dudosa, en el tono de quien se expresa en un idioma extraño.

—Algo por el estilo —manifestó mister Rafiel—. Enfrento mi talento con el de otros hombres. Lo malo es que esto no me ocupa mucho tiempo. He aquí la razón de que me haya interesado por lo sucedido en este mundillo del «Golden Palm». Ha conseguido picar mi curiosidad. Palgrave pasaba buena parte de su tiempo hablando con usted. No todo el mundo tiene la misma disposición para encajar un «rollo», miss Marple. ¿En qué se ocupaba normalmente?

—Me refería cosas de su juventud, de sus viajes...

—Estoy seguro de que era así. Y de que la mayor parte de sus relatos resultarían pesadísimos. Además, habría que oírlos las veces que a él se le antojaran...

—Los hombres, cuando envejecen, se vuelven así, me parece.

Mister Rafiel se irritó.

—Yo no voy por ahí contando cuentos a nadie, miss Marple. Continúe. Todo empezó con una de las historias de Palgrave, ¿no?

—Me dijo que conocía a un asesino. En realidad, nada hay de especial en esto... Me imagino que casi todo el mundo ha pasado por una cosa semejante.

—No comprendo lo que quiere decir.

—Me explicaré. Si usted mira hacia atrás, mister Rafiel, fijando la atención en determinados acontecimientos de su vida, recordará ocasiones en que alguien, sin más ni más, ha prorrumpido descuidadamente unas frases como estas: «¡Oh, sí! Conocía muy bien a Fulano de Tal... Murió de repente. Se dijo por unos y por otros que fue envenenado por su esposa, pero yo aseguraría que solo hubo habladurías...» ¿Verdad que sí ha oído a alguien expresarse en tales términos?

—Es posible, no sé... Claro que nunca hablando en serio, naturalmente.

—El comandante Palgrave gozaba lo suyo refiriendo aquella historia. Eso es lo que yo pienso. Afirmaba poseer una instantánea fotográfica en la que se veía la figura de un asesino. Se proponía enseñármela..., pero no lo hizo.

—¿Por qué?

—Porque en el instante preciso vio algo, o alguien, mejor dicho. Se puso muy encarnado y tornó a guardar la fotografía en su cartera de bolsillo, pasando a hablar de otro asunto.

—¿A quién vio?

—Eso me ha dado no poco que pensar —declaró miss Marple—. Yo me hallaba sentada junto a mi «bungalow» y él se había acomodado casi enfrente de mí. Sea lo que sea lo que viese hubo de distinguirlo mirando por encima de mi hombro.

—Alguien avanzaba entonces por el camino de la playa a espaldas de usted, hacia la derecha, procedente de la escollera y el aparcamiento de coches...

—Sí.

—¿Divisó usted a alguien en ese camino a que he aludido?

—Por él avanzaba la señora Dyson con su marido y también los señores Hillingdon.

—¿No vio a nadie más?

—No... Desde luego, su «bungalow» caería asimismo dentro de su campo visual...

—¡Ah! Entonces nos vemos obligados a incluir otra pareja en el grupo: Esther Walters y Jackson, mi ayuda de cámara. ¿Le parece bien? Cualquiera de los dos, supongo, pudo salir del «bungalow» y volver a entrar inmediatamente sin que usted lo advirtiera.

—Quizá... Yo no miré enseguida.

—Tenemos a los Dyson, los Hillingdon, Esther y Jackson... Uno de ellos es el criminal. También podría ser agregado yo a esa lista —dijo mister Rafiel.

Miss Marple sonrió levemente al oír sus últimas palabras.

—Palgrave se refirió a un asesino, concretamente, ¿no? ¿A un hombre, verdad?

—Sí.

—Perfectamente. Eso nos obliga a prescindir de Evelyn Hillingdon, de Lucky y de Esther Walters. Así, pues, el criminal, suponiendo que todas las insensateces e hipótesis anteriores sean ciertas, hay que buscarlo entre Dyson, Hillingdon y mi querido Jackson, el individuo de las buenas palabras...

—Se ha olvidado de usted mismo —señaló miss Marple.

Mister Rafiel no hizo el menor caso de su malintencionada observación.

—No diga cosas que pueden irritarme... —se limitó a indicar a miss Marple—. Le confesaré algo que me produce una gran extrañeza y en la cual usted no ha reparado, creo. Si el asesino era uno de esos tres hombres, ¿por qué diablos no lo reconoció Palgrave antes? Todos se habrían visto infinidad de veces a lo largo de las dos semanas precedentes. ¿No le parece que eso no tiene sentido?

—Sí, sí puede tenerlo —opinó miss Marple.

—Explíqueme eso.

—Ciñéndonos a la historia referida por Palgrave hemos de tener en cuenta que aquel no había visto jamás al hombre de la fotografía. El relato le fue hecho al comandante por un médico. Este le regaló la instantánea a título de curiosidad. Es posible que Palgrave la mirase con atención cuando fue puesta en sus manos, pero luego se la guardaría en la cartera, entre otros papeles, convertida en un recuerdo más. Ocasionalmente, quizá, mostraría la cartulina a aquel que escuchase su historia... Otra cosa, mister Rafiel: no sabemos de cuándo data. A mí no me facilitó ninguna indicación en este aspecto. Quiero decir que es posible que llevase años contando su historia. Algunos de sus relatos referentes a la caza de tigres son de veinte años atrás.

—Podían serlo, dada su avanzada edad —comentó mister Rafiel.

—En consecuencia, yo no creo ni por un momento que el comandante Palgrave identificara el rostro del hombre de la fotografía con el de otro que se enfrentara con él casualmente. Lo que a mí me parece que ocurrió, estoy casi completamente segura de ello, es que al sacar la instantánea de su cartera estudió la faz del personaje instintivamente, encontrándose al levantar la vista con otra igual, o muy semejante, cuyo dueño se aproximaba a él, hallándose en tal momento el desconocido a una distancia de tres o cuatro metros...

—Efectivamente. Su razonamiento es muy atinado.

—Palgrave se quedó desconcertado —prosigió diciendo miss Marple—. Entonces se guardó a toda prisa la cartulina en la cartera, comenzando a hablar en voz alta de otra cosa.

—Por supuesto, aquella primera impresión no podía darle seguridades de ningún género —aventuró mister Rafiel.

—No. Pero más adelante, en cuanto se encontrara a solas, se pondría a examinar atentamente la fotografía, tratando de llegar a una conclusión: ¿había dado con una faz semejante o bien el hombre de carne y hueso que acababa de ver era el individuo de la fotografía?

Mister Rafiel reflexionó unos segundos. Luego movió la cabeza expresivamente.

—Aquí se ha deslizado algún error. La idea es inadecuada, absolutamente inadecuada. Él le estaba hablando a usted en voz alta, ¿no?

—Sí —respondió miss Marple—. Acostumbraba siempre a levantar la voz.

—Es cierto. Por consiguiente, cualquiera que se hubiera acercado a ustedes habría podido oírlo.

—Me imagino que su vozarrón era audible en bastantes metros a la redonda.

Mister Rafiel hizo otro movimiento denegatorio de cabeza.

—Es fantástico, demasiado fantástico —manifestó aquel—. ¿Quién no se echaría a reír al conocer tal historia? Aquí tenemos a un tipo ya entrado en años refiriendo un cuento que a su vez le fue relatado, mostrando a continuación una fotografía en la que aparece un individuo que tuvo que ver con un crimen cometido años atrás. Un año o dos, pongamos. ¿Cómo diablos va a preocupar eso al sujeto en cuestión? No existen pruebas... Hay, todo lo más, habladurías, circulando por diversos sitios, una historia de tercera mano. Incluso hubiera podido admitir la semejanza, comentando despreocupadamente: «Pues es verdad que me parezco a ese de la fotografía, tiene gracia. Qué coincidencia, ¿eh?» Nadie hubiera aceptado la sugerencia de Palgrave en serio. El hombre no tiene por qué temer nada, absolutamente nada. De haberse formalizado una acusación hubiera podido reírse de ella tranquilamente. ¿Por qué demonios decidió asesinar a Palgrave? Me parece un crimen innecesario. Piense en eso...

—Ya pienso, ya, en ese extremo —replicó miss Marple—. Y por tal motivo no puedo estar de acuerdo con usted. He ahí la causa de que yo me encuentre tan nerviosa, tan desasosegada. Hasta tal punto es cierto esto, que anoche no llegué a pegar un ojo.

Mister Rafiel escrutó su rostro.

—Veamos qué es lo que está pasando por su cabeza en estos momentos...

—Es posible que esté equivocada —manifestó miss Marple, vacilando.

—Es lo más probable —confirmó mister Rafiel, con su habitual falta de cortesía—. De todos modos, déjeme oír lo que ha estado usted madurando a lo largo de las horas de la madrugada.

—Existiría un móvil perfectamente fundamentado si...

—Si... ¿qué?

—Si dentro de poco, dentro de muy poco tiempo, tenía que haber otro asesinato.

Mister Rafiel reflexionó. Luego intentó ponerse más cómodo en su silla.

—Acláreme eso.

—¡Oh! ¡Soy tan torpe a la hora de dar explicaciones! —Miss Marple hablaba atropelladamente y con alguna incoherencia. Tenía las mejillas arreboladas—. Supongamos que alguien había planeado cometer un crimen. Usted recordará que en su historia el comandante Palgrave se refirió a un hombre cuya esposa murió en misteriosas circunstancias. Más adelante, transcurrido cierto tiempo hubo otro crimen que presentaba idénticas características. Un hombre que llevaba otro apellido estaba casado con una mujer que falleció en condiciones parecidas y el doctor que contaba esto le identificó como el mismo sujeto pese a haber cambiado de nombre. Bueno. Todo indica, ¿verdad?, que el criminal pertenecía al tipo de los que repiten sus procedimientos...

—Sí. Se encuentran antecedentes de aquel, tanto en la literatura como en la realidad. Continúe.

—Yo entiendo —prosigió miss Marple—, de acuerdo con lo que he leído y oído asegurar, que cuando un hombre comete una acción de esta clase y todo le sale bien por vez primera se siente inclinado a la repetición. Ve por todos lados facilidades; se tiene por un ser inteligente. Así es como llega a la segunda edición de su «hazaña». Al final aquello se convierte en un hábito. Elige en cada ocasión escenarios diferentes, adoptando otros nombres. Pero sus crímenes presentan muchos datos semejantes. Así es como yo opino, aunque muy bien pudiera estar equivocada...

—Por un lado admite tal posibilidad y por otro no cree en ella —subrayó con brusquedad el astuto mister Rafiel.

Miss Marple continuó hablando, sin comentar las anteriores palabras.

—De darse dichas circunstancias, de tener ese individuo hechos todos sus preparativos con el fin de cometer un crimen aquí mediante el cual aspiraba a desembarazarse de otra esposa, siendo el mismo el que hacía el número tres o el cuatro, hay que pensar que la historia referida por el comandante cobraba una singular importancia. ¿Cómo iba a tolerar el principal interesado que fuesen puestas de relieve a cada paso ciertas similitudes? Así han sido capturados algunos delincuentes. Las circunstancias en que se cometió un crimen llaman, por ejemplo, la atención de alguien que se apresura a comparar aquellas con las de otro caso acerca del cual existen abundantes informes, contenidos en una serie de recortes periodísticos. ¿Comprende ya por qué el desconocido criminal no puede consentir que, teniendo su acción minuciosamente planeada y a punto de ser llevada a la práctica, vaya el comandante Palgrave por ahí, refiriendo despreocupadamente su historia y mostrando la pequeña fotografía?

Miss Marple hizo una pausa al llegar aquí, dirigiendo una mirada suplicante a mister Rafiel, quien seguía escuchando con atención, antes de agregar:

—En esas condiciones usted comprenderá que es preciso que actúe con rapidez, con la mayor rapidez posible.

—En efecto —contestó el anciano—. Aquella misma noche, ¿eh?

—Eso es.

—Un trabajo algo precipitado, pero factible —manifestó mister Rafiel—. No hay más que poner las tabletas en la habitación de Palgrave, extender el rumor acerca de su enfermedad y añadir una leve cantidad de esa endiablada droga cuyo nombre tiene, más o menos, una docena de sílabas, al famoso «ponche de los colonos»...

—En efecto... Pero eso ha pasado ya. No tenemos por qué preocuparnos por ello. Es el futuro lo que cuenta ahora. Eliminado el comandante Palgrave, destruida la fotografía, ese hombre seguirá adelante con su plan, llevando a cabo el asesinato proyectado.

De los labios de mister Rafiel se escapó un silbido.

—Ha pensado usted detenidamente en esto, ¿eh?

Miss Marple asintió. Con voz firme, casi dictatorial, nada acostumbrada en ella, dijo:

—Tenemos que impedir que suceda eso, mister Rafiel. Tiene usted que impedirlo.

—¿Yo? —inquirió el viejo, atónito—. ¿Por qué yo?

—Porque usted es un hombre rico e importante —dijo miss Marple—. La gente se inclinará a hacer lo que usted diga o sugiera. De mí no harían el menor caso. Todos afirmarían que soy una vieja dada a idear fantasías.

—Y puede que tuvieran razón —manifestó mister Rafiel con su brusquedad de siempre—. Claro que en este caso demostrarían ser unos necios. Yo me inclinaría a pensar que no habría ni una sola persona que la creyese con cerebro suficiente para discurrir como lo ha hecho. Razona usted, en verdad, de una manera muy lógica. Son pocas las mujeres capaces de acometer con éxito tal empresa —mister Rafiel, incómodo, se agitó penosamente en su silla—. ¿Dónde diablos se encontrarán Esther y Jackson? Necesito cambiar de posición. No. No lograremos nada con que usted intente ayudarme. Le faltan a usted fuerzas para eso. No sé qué es lo que se propondrá esa pareja dejándome aquí solo.

—Iré en su busca.

—Usted no va a ir a ninguna parte. Se quedará aquí, conmigo. Trataremos los dos de descifrar el enigma. ¿Quién es el asesino? ¿El brillante Greg? ¿El silencioso Edward Hillingdon? ¿Jackson, mi querido servidor? Uno de los tres tiene que ser, ¿no?