INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta señorita. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta señorita. Mostrar todas las entradas

Misterio en el Caribe - Agatha Christie

CAPÍTULO XVI
 
MISS MARPLE BUSCA AYUDA

Cualquiera que hubiese visto a aquella dama ya entrada en años que se encontraba frente a su «bungalow» de pie, en actitud meditativa, se habría figurado que pensaba única y exclusivamente en la manera de sacar el máximo fruto posible de la jornada que tenía por delante... ¿Qué hacer? Quizá no fuese mala idea visitar el Castillo de Cliff, o ir a Jamestown... Tampoco era mal plan comer en Penguins Point, o pasar tranquilamente la mañana en la playa...

Pero la dama en cuestión pensaba en aquellos instantes en cosas muy distintas. La verdad era que interiormente había adoptado una actitud militante, una actitud abocada a la acción.

«Es preciso hacer algo», se había dicho.

Además, estaba convencida de que no había tiempo que perder. Era indispensable actuar con toda urgencia. Ahora bien, ¿a quién hubiera podido convencer ella a su vez de que no andaba completamente equivocada?

Con tiempo de sobra se creía capaz de descifrar el enigma que contemplaba por sí misma. Ya había averiguado muchos detalles en relación con aquel. Pero no todos los que precisaba. Y el plazo de tiempo de que disponía era muy breve. Había advertido ya que dentro de aquella isla paradisíaca no contaba con ninguno de sus aliados habituales.

Pensó, apenada, en sus amigos de Inglaterra... En sir Henry Clithering, eternamente dispuesto a escucharla con la mayor indulgencia. En Dermot, su ahijado, quien, a pesar de su alta calificación en Scotland Yard, creía firmemente que cuando miss Marple emitía una opinión esta era merecedora de un detenido análisis porque, normalmente, contenía algo sustancial...

En cambio, ¿qué atención podía prestar a las sugerencias de una anciana dama extranjera aquel policía indígena de la voz melosa que ella conocía? ¿Cabía pensar en el doctor Graham? No. Este no era el hombre que ella necesitaba. Resultaba demasiado suave en sus maneras, demasiado vacilante... No era hombre de vivos reflejos, de rápidas decisiones.

Miss Marple, sintiéndose una humilde delegada del Altísimo, llegó casi a proclamar en alta voz su necesidad de aquellos instantes con bíblicas frases.

—¿Quién vendrá por mí? ¿A quién seré enviada?

El sonido que percibió poco después no fue reconocido instantáneamente por ella como una respuesta a su plegaria... No, no. En absoluto. Mentalmente lo registró como la posible llamada de un hombre, pendiente de su perro.

—¡Eh!

Miss Marple, muy perpleja, prefirió apartar la atención de aquella voz.

—¡Eh!

Ahora el tono era más ronco. Miss Marple echó un vistazo a su alrededor.

—¡Eh! —gritó mister Rafiel impaciente, añadiendo—: ¡Sí, usted...!

A miss Marple le costó trabajo comprender que aquella llamada iba dirigida a ella. Tratábase de un método para establecer comunicación acerca del cual carecía de experiencia. Desde luego, el procedimiento tenía bien poco o nada de cortés. Miss Marple no se ofendió porque nadie se ofendía nunca con mister Rafiel, quien hacía muchas cosas arbitrariamente. La gente le aceptaba como era, igual que si dispusiera de una autorización especial. Miss Marple miró hacia el «bungalow» vecino. El viejo le hizo señas.

—¿Me estaba usted llamando? —inquirió miss Marple.

—Naturalmente que la estaba llamando —respondió mister Rafiel—. ¿A quién cree usted que llamaba si no? ¿A algún gato? Vamos, acérquese.

Miss Marple volvió la cabeza, buscando su bolso, lo cogió y cruzó el espacio que separaba una casita de otra.

—A menos que alguien me ayude, no puedo ir hacia usted —replicó mister Rafiel—, de manera que no hay más remedio que invertir los términos.

—Le comprendo perfectamente, mister Rafiel.

Éste le señaló una silla.

—Siéntese. Quiero charlar con usted. Algo muy extraño está ocurriendo en nuestra isla.

—Así es, en efecto —respondió ella, tomando asiento, de acuerdo con la indicación del anciano.

Impulsada por un hábito muy arraigado, miss Marple sacó del bolso sus agujas y su lana.

—Deje usted su labor a un lado —dijo mister Rafiel—. No puedo soportarla. Me disgustan las mujeres que pasan el tiempo entretenidas con esas tareas. Me sacan de quicio.

Miss Marple volvió a guardar dócilmente sus cosas en el bolso. En su gesto no hubo el menor amago de rebeldía. Antes bien, adoptó el aire de la enfermera dispuesta a tolerar las extravagancias de un enfermo veleidoso.

—Se habla mucho por ahí y apostaría lo que fuese a que usted está al corriente de eso —declaró el anciano—. Y lo que digo ahora de usted hágalo extensivo al canónigo y a su hermana.

—En vista de lo sucedido en el hotel recientemente parece muy natural que la gente formule comentarios de muy diversas clases —alegó miss Marple.

—Veamos... Esa chica nativa es hallada entre unos arbustos, asesinada. Ese incidente quizá no ofrezca nada de particular. Es posible que el hombre que vivía con ella fuese celoso y... También puede ser que anduviera con otra mujer, y la muchacha provocara una riña. Ya sabe usted lo que son estas cosas en el trópico. Algo por este estilo tiene que haber ocurrido. ¿Usted qué opina?

—No por ahí —dijo miss Marple vagamente, moviendo la cabeza.

—Las autoridades adoptan idéntica posición...

—Aquéllas le informarían a usted mejor que a mí siempre —señaló miss Marple.

—Sin embargo, estoy seguro de que usted está más enterada que yo. No en balde ha prestado oídos a cuanto se ha dicho por aquí sobre este asunto.

—Eso es cierto.

—Usted, aparte de eso, tiene poco que hacer, ¿eh?

—No hay otro modo de hacerse con una información de utilidad.

—Debo confesarle una cosa... —declaró mister Rafiel, estudiando detenidamente a miss Marple—. He incurrido en un error con respecto a usted. Yo no suelo equivocarme con la gente. Usted no es como yo me la imaginé en un principio... Estaba pensando en todos los rumores puestos en circulación con motivo de la muerte del comandante Palgrave. Usted cree que fue asesinado, ¿verdad?

—Mucho me temo que sí —contestó miss Marple.

—Yo estoy absolutamente convencido de ello.

Miss Marple contuvo el aliento.

—Es una respuesta categórica la suya, ¿no le parece?

—Sí que lo es —reconoció el viejo—. Se la debo a Daventry. No estoy traicionando ninguna confidencia porque al final habrá de ser conocido el resultado de la autopsia. Usted le dijo a Graham algo; este se fue a ver a Daventry; Daventry visitó al administrador; la Brigada de Investigación Criminal fue informada oportunamente... Luego convinieron todos que existían algunas cosas nada claras en la muerte del pobre Palgrave. Optaron por desenterrar el cadáver de este y echarle un vistazo, a fin de averiguar a qué causas obedeció la muerte.

—¿Anduvieran qué es lo que encontraron? —preguntó miss Marple.

—Descubrieron que le había sido administrada una dosis mortal de un producto cuyo nombre solo es capaz de pronunciarlo bien un médico. Por lo que yo recuerdo suena como di-cloro-hexagonaletilcarbenzol. Por supuesto, esa no es su denominación. Puedo decir que me he aprendido la música, pero no la letra. El médico del servicio policíaco utilizó esa palabra, u otra semejante, para que nadie supiera tanto como él. Lo más probable es que la droga lleve un nombre muy corriente, que se llame Evipan, Veronal o Jarabe de Easton... Algo así, en fin. Con la denominación oficial se chasca a los hombres de leyes. Bueno, el caso es que una pequeña dosis del producto es capaz de causar la muerte. Los síntomas que se presentan son los mismos que sufren los sujetos que padecen de hipertensión... agravada por el descuido y la afición al alcohol y a las veladas alegres. Por eso, al empezar toda la historia de la muerte de Palgrave la gente acogió esta como algo natural, sin recelos. Todos exclamaron: «¡Pobre viejo!», apresurándose a darle cristiana sepultura. Ahora los investigadores dudan de que tuviera el menor indicio de tensión. ¿Le confesó a usted algo en tal sentido el comandante?

—No.

—¡Exacto! Y, no obstante, todo el mundo dio eso por descontado.

—Me parece que el comandante Palgrave habló con algunas personas de eso.

—¡Bah! Es como cuando la gente ve fantasmas —manifestó mister Rafiel—. Jamás da uno con el tipo que afirme haberse encontrado frente al duende de turno. Siempre acaba por ser un primo, en segundo grado, de una tía, un amigo de esta o un amigo de otro amigo. Todo el mundo pensó en la hipertensión porque en el dormitorio de la víctima fue hallado un frasco de tabletas, un preparado que acostumbran recetar los médicos a los pacientes aquejados de esa enfermedad. Ahora llegamos al punto más interesante de la cuestión... Yo creo que la muchacha indígena fue asesinada por haber dicho que las tabletas podían haber sido colocadas en el estante del lavabo de Palgrave no por este, sino por otra persona. El frasco de tabletas lo había visto antes, en la habitación de un individuo llamado Greg...

—El señor Dyson padece de hipertensión. Su esposa lo declaró así —apuntó miss Marple.

—Repito: su frasco fue dejado en la habitación de Palgrave para sugerir su enfermedad y hacer aparecer su muerte como natural.

—Exacto. Luego se puso en circulación, hábilmente, un cuento: Palgrave dijo allí que padecía de tensión arterial... Bueno, ya lo sabe usted, resulta bastante fácil difundir un rumor. Sí, muy fácil. Yo he tenido ocasión de comprobarlo más de una vez prácticamente.

—No lo dudo, miss Marple.

—Solo se requiere una leve murmuración en un par de puntos estratégicos. Nunca se afirma que la información fue lograda personalmente. Hay que decir, por ejemplo, que la señora B le dijo al coronel C, que según la opinión de X, etc. Las noticias son, invariablemente, de segunda, de tercera, ¡hasta de cuarta mano!, por lo que es imposible averiguar de quién partió el rumor. ¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que es factible eso! Después la gente repite ante nuevas personas la habladuría, que se propaga, que se amplía incluso, que corre con la velocidad de un reguero de pólvora.

—Aquí, entre nosotros, debe haber alguien de cuya inteligencia no cabe dudar —declaró mister Rafiel, pensativo.

—Sí, tiene usted razón.

—Victoria Johnson debió ver algo, debió descubrir algún secreto importante. Supongo que luego pensaría en hacer chantaje.

—Tal vez no llegara siquiera a eso. En estos hoteles grandes las doncellas se enteran de cosas que determinados huéspedes no quieren que se divulguen. Con tal motivo, menudean por parte de aquellos las propinas espléndidas y hasta los presentes en metálico. Es posible que la chica no advirtiera de buenas a primeras la importancia de su hallazgo o descubrimiento.

—El caso es que lo único que ha sacado en limpio de este asunto ha sido una puñalada en la espalda —señaló mister Rafiel brutalmente.

—Sí. Evidentemente existe alguien interesado en que no hablara.

—De acuerdo. Ahora veamos qué piensa usted de todo esto.

Miss Marple miró con un gesto de extrañeza a su interlocutor.

—¿Por qué está usted empeñado en creer que yo poseo más información que usted?

—Bueno. Es probable que ande equivocado... De todos modos, lo que a mí me interesa es apreciar sus ideas acerca de lo que usted conoce.

—Pero... ¿con qué fin?

—Aquí no puede uno hacer muchas cosas... aparte de dedicarse a ganar dinero.

Miss Marple no pudo disimular su sorpresa.

—Habla usted de dedicarse a ganar dinero... ¿Aquí?

—Si usted quiere, desde ese mismo hotel es posible enviar diariamente media docena de cables cifrados. Así es como yo me divierto.

—¿Cursa usted apuestas? —inquirió miss Marple dudosa, en el tono de quien se expresa en un idioma extraño.

—Algo por el estilo —manifestó mister Rafiel—. Enfrento mi talento con el de otros hombres. Lo malo es que esto no me ocupa mucho tiempo. He aquí la razón de que me haya interesado por lo sucedido en este mundillo del «Golden Palm». Ha conseguido picar mi curiosidad. Palgrave pasaba buena parte de su tiempo hablando con usted. No todo el mundo tiene la misma disposición para encajar un «rollo», miss Marple. ¿En qué se ocupaba normalmente?

—Me refería cosas de su juventud, de sus viajes...

—Estoy seguro de que era así. Y de que la mayor parte de sus relatos resultarían pesadísimos. Además, habría que oírlos las veces que a él se le antojaran...

—Los hombres, cuando envejecen, se vuelven así, me parece.

Mister Rafiel se irritó.

—Yo no voy por ahí contando cuentos a nadie, miss Marple. Continúe. Todo empezó con una de las historias de Palgrave, ¿no?

—Me dijo que conocía a un asesino. En realidad, nada hay de especial en esto... Me imagino que casi todo el mundo ha pasado por una cosa semejante.

—No comprendo lo que quiere decir.

—Me explicaré. Si usted mira hacia atrás, mister Rafiel, fijando la atención en determinados acontecimientos de su vida, recordará ocasiones en que alguien, sin más ni más, ha prorrumpido descuidadamente unas frases como estas: «¡Oh, sí! Conocía muy bien a Fulano de Tal... Murió de repente. Se dijo por unos y por otros que fue envenenado por su esposa, pero yo aseguraría que solo hubo habladurías...» ¿Verdad que sí ha oído a alguien expresarse en tales términos?

—Es posible, no sé... Claro que nunca hablando en serio, naturalmente.

—El comandante Palgrave gozaba lo suyo refiriendo aquella historia. Eso es lo que yo pienso. Afirmaba poseer una instantánea fotográfica en la que se veía la figura de un asesino. Se proponía enseñármela..., pero no lo hizo.

—¿Por qué?

—Porque en el instante preciso vio algo, o alguien, mejor dicho. Se puso muy encarnado y tornó a guardar la fotografía en su cartera de bolsillo, pasando a hablar de otro asunto.

—¿A quién vio?

—Eso me ha dado no poco que pensar —declaró miss Marple—. Yo me hallaba sentada junto a mi «bungalow» y él se había acomodado casi enfrente de mí. Sea lo que sea lo que viese hubo de distinguirlo mirando por encima de mi hombro.

—Alguien avanzaba entonces por el camino de la playa a espaldas de usted, hacia la derecha, procedente de la escollera y el aparcamiento de coches...

—Sí.

—¿Divisó usted a alguien en ese camino a que he aludido?

—Por él avanzaba la señora Dyson con su marido y también los señores Hillingdon.

—¿No vio a nadie más?

—No... Desde luego, su «bungalow» caería asimismo dentro de su campo visual...

—¡Ah! Entonces nos vemos obligados a incluir otra pareja en el grupo: Esther Walters y Jackson, mi ayuda de cámara. ¿Le parece bien? Cualquiera de los dos, supongo, pudo salir del «bungalow» y volver a entrar inmediatamente sin que usted lo advirtiera.

—Quizá... Yo no miré enseguida.

—Tenemos a los Dyson, los Hillingdon, Esther y Jackson... Uno de ellos es el criminal. También podría ser agregado yo a esa lista —dijo mister Rafiel.

Miss Marple sonrió levemente al oír sus últimas palabras.

—Palgrave se refirió a un asesino, concretamente, ¿no? ¿A un hombre, verdad?

—Sí.

—Perfectamente. Eso nos obliga a prescindir de Evelyn Hillingdon, de Lucky y de Esther Walters. Así, pues, el criminal, suponiendo que todas las insensateces e hipótesis anteriores sean ciertas, hay que buscarlo entre Dyson, Hillingdon y mi querido Jackson, el individuo de las buenas palabras...

—Se ha olvidado de usted mismo —señaló miss Marple.

Mister Rafiel no hizo el menor caso de su malintencionada observación.

—No diga cosas que pueden irritarme... —se limitó a indicar a miss Marple—. Le confesaré algo que me produce una gran extrañeza y en la cual usted no ha reparado, creo. Si el asesino era uno de esos tres hombres, ¿por qué diablos no lo reconoció Palgrave antes? Todos se habrían visto infinidad de veces a lo largo de las dos semanas precedentes. ¿No le parece que eso no tiene sentido?

—Sí, sí puede tenerlo —opinó miss Marple.

—Explíqueme eso.

—Ciñéndonos a la historia referida por Palgrave hemos de tener en cuenta que aquel no había visto jamás al hombre de la fotografía. El relato le fue hecho al comandante por un médico. Este le regaló la instantánea a título de curiosidad. Es posible que Palgrave la mirase con atención cuando fue puesta en sus manos, pero luego se la guardaría en la cartera, entre otros papeles, convertida en un recuerdo más. Ocasionalmente, quizá, mostraría la cartulina a aquel que escuchase su historia... Otra cosa, mister Rafiel: no sabemos de cuándo data. A mí no me facilitó ninguna indicación en este aspecto. Quiero decir que es posible que llevase años contando su historia. Algunos de sus relatos referentes a la caza de tigres son de veinte años atrás.

—Podían serlo, dada su avanzada edad —comentó mister Rafiel.

—En consecuencia, yo no creo ni por un momento que el comandante Palgrave identificara el rostro del hombre de la fotografía con el de otro que se enfrentara con él casualmente. Lo que a mí me parece que ocurrió, estoy casi completamente segura de ello, es que al sacar la instantánea de su cartera estudió la faz del personaje instintivamente, encontrándose al levantar la vista con otra igual, o muy semejante, cuyo dueño se aproximaba a él, hallándose en tal momento el desconocido a una distancia de tres o cuatro metros...

—Efectivamente. Su razonamiento es muy atinado.

—Palgrave se quedó desconcertado —prosigió diciendo miss Marple—. Entonces se guardó a toda prisa la cartulina en la cartera, comenzando a hablar en voz alta de otra cosa.

—Por supuesto, aquella primera impresión no podía darle seguridades de ningún género —aventuró mister Rafiel.

—No. Pero más adelante, en cuanto se encontrara a solas, se pondría a examinar atentamente la fotografía, tratando de llegar a una conclusión: ¿había dado con una faz semejante o bien el hombre de carne y hueso que acababa de ver era el individuo de la fotografía?

Mister Rafiel reflexionó unos segundos. Luego movió la cabeza expresivamente.

—Aquí se ha deslizado algún error. La idea es inadecuada, absolutamente inadecuada. Él le estaba hablando a usted en voz alta, ¿no?

—Sí —respondió miss Marple—. Acostumbraba siempre a levantar la voz.

—Es cierto. Por consiguiente, cualquiera que se hubiera acercado a ustedes habría podido oírlo.

—Me imagino que su vozarrón era audible en bastantes metros a la redonda.

Mister Rafiel hizo otro movimiento denegatorio de cabeza.

—Es fantástico, demasiado fantástico —manifestó aquel—. ¿Quién no se echaría a reír al conocer tal historia? Aquí tenemos a un tipo ya entrado en años refiriendo un cuento que a su vez le fue relatado, mostrando a continuación una fotografía en la que aparece un individuo que tuvo que ver con un crimen cometido años atrás. Un año o dos, pongamos. ¿Cómo diablos va a preocupar eso al sujeto en cuestión? No existen pruebas... Hay, todo lo más, habladurías, circulando por diversos sitios, una historia de tercera mano. Incluso hubiera podido admitir la semejanza, comentando despreocupadamente: «Pues es verdad que me parezco a ese de la fotografía, tiene gracia. Qué coincidencia, ¿eh?» Nadie hubiera aceptado la sugerencia de Palgrave en serio. El hombre no tiene por qué temer nada, absolutamente nada. De haberse formalizado una acusación hubiera podido reírse de ella tranquilamente. ¿Por qué demonios decidió asesinar a Palgrave? Me parece un crimen innecesario. Piense en eso...

—Ya pienso, ya, en ese extremo —replicó miss Marple—. Y por tal motivo no puedo estar de acuerdo con usted. He ahí la causa de que yo me encuentre tan nerviosa, tan desasosegada. Hasta tal punto es cierto esto, que anoche no llegué a pegar un ojo.

Mister Rafiel escrutó su rostro.

—Veamos qué es lo que está pasando por su cabeza en estos momentos...

—Es posible que esté equivocada —manifestó miss Marple, vacilando.

—Es lo más probable —confirmó mister Rafiel, con su habitual falta de cortesía—. De todos modos, déjeme oír lo que ha estado usted madurando a lo largo de las horas de la madrugada.

—Existiría un móvil perfectamente fundamentado si...

—Si... ¿qué?

—Si dentro de poco, dentro de muy poco tiempo, tenía que haber otro asesinato.

Mister Rafiel reflexionó. Luego intentó ponerse más cómodo en su silla.

—Acláreme eso.

—¡Oh! ¡Soy tan torpe a la hora de dar explicaciones! —Miss Marple hablaba atropelladamente y con alguna incoherencia. Tenía las mejillas arreboladas—. Supongamos que alguien había planeado cometer un crimen. Usted recordará que en su historia el comandante Palgrave se refirió a un hombre cuya esposa murió en misteriosas circunstancias. Más adelante, transcurrido cierto tiempo hubo otro crimen que presentaba idénticas características. Un hombre que llevaba otro apellido estaba casado con una mujer que falleció en condiciones parecidas y el doctor que contaba esto le identificó como el mismo sujeto pese a haber cambiado de nombre. Bueno. Todo indica, ¿verdad?, que el criminal pertenecía al tipo de los que repiten sus procedimientos...

—Sí. Se encuentran antecedentes de aquel, tanto en la literatura como en la realidad. Continúe.

—Yo entiendo —prosigió miss Marple—, de acuerdo con lo que he leído y oído asegurar, que cuando un hombre comete una acción de esta clase y todo le sale bien por vez primera se siente inclinado a la repetición. Ve por todos lados facilidades; se tiene por un ser inteligente. Así es como llega a la segunda edición de su «hazaña». Al final aquello se convierte en un hábito. Elige en cada ocasión escenarios diferentes, adoptando otros nombres. Pero sus crímenes presentan muchos datos semejantes. Así es como yo opino, aunque muy bien pudiera estar equivocada...

—Por un lado admite tal posibilidad y por otro no cree en ella —subrayó con brusquedad el astuto mister Rafiel.

Miss Marple continuó hablando, sin comentar las anteriores palabras.

—De darse dichas circunstancias, de tener ese individuo hechos todos sus preparativos con el fin de cometer un crimen aquí mediante el cual aspiraba a desembarazarse de otra esposa, siendo el mismo el que hacía el número tres o el cuatro, hay que pensar que la historia referida por el comandante cobraba una singular importancia. ¿Cómo iba a tolerar el principal interesado que fuesen puestas de relieve a cada paso ciertas similitudes? Así han sido capturados algunos delincuentes. Las circunstancias en que se cometió un crimen llaman, por ejemplo, la atención de alguien que se apresura a comparar aquellas con las de otro caso acerca del cual existen abundantes informes, contenidos en una serie de recortes periodísticos. ¿Comprende ya por qué el desconocido criminal no puede consentir que, teniendo su acción minuciosamente planeada y a punto de ser llevada a la práctica, vaya el comandante Palgrave por ahí, refiriendo despreocupadamente su historia y mostrando la pequeña fotografía?

Miss Marple hizo una pausa al llegar aquí, dirigiendo una mirada suplicante a mister Rafiel, quien seguía escuchando con atención, antes de agregar:

—En esas condiciones usted comprenderá que es preciso que actúe con rapidez, con la mayor rapidez posible.

—En efecto —contestó el anciano—. Aquella misma noche, ¿eh?

—Eso es.

—Un trabajo algo precipitado, pero factible —manifestó mister Rafiel—. No hay más que poner las tabletas en la habitación de Palgrave, extender el rumor acerca de su enfermedad y añadir una leve cantidad de esa endiablada droga cuyo nombre tiene, más o menos, una docena de sílabas, al famoso «ponche de los colonos»...

—En efecto... Pero eso ha pasado ya. No tenemos por qué preocuparnos por ello. Es el futuro lo que cuenta ahora. Eliminado el comandante Palgrave, destruida la fotografía, ese hombre seguirá adelante con su plan, llevando a cabo el asesinato proyectado.

De los labios de mister Rafiel se escapó un silbido.

—Ha pensado usted detenidamente en esto, ¿eh?

Miss Marple asintió. Con voz firme, casi dictatorial, nada acostumbrada en ella, dijo:

—Tenemos que impedir que suceda eso, mister Rafiel. Tiene usted que impedirlo.

—¿Yo? —inquirió el viejo, atónito—. ¿Por qué yo?

—Porque usted es un hombre rico e importante —dijo miss Marple—. La gente se inclinará a hacer lo que usted diga o sugiera. De mí no harían el menor caso. Todos afirmarían que soy una vieja dada a idear fantasías.

—Y puede que tuvieran razón —manifestó mister Rafiel con su brusquedad de siempre—. Claro que en este caso demostrarían ser unos necios. Yo me inclinaría a pensar que no habría ni una sola persona que la creyese con cerebro suficiente para discurrir como lo ha hecho. Razona usted, en verdad, de una manera muy lógica. Son pocas las mujeres capaces de acometer con éxito tal empresa —mister Rafiel, incómodo, se agitó penosamente en su silla—. ¿Dónde diablos se encontrarán Esther y Jackson? Necesito cambiar de posición. No. No lograremos nada con que usted intente ayudarme. Le faltan a usted fuerzas para eso. No sé qué es lo que se propondrá esa pareja dejándome aquí solo.

—Iré en su busca.

—Usted no va a ir a ninguna parte. Se quedará aquí, conmigo. Trataremos los dos de descifrar el enigma. ¿Quién es el asesino? ¿El brillante Greg? ¿El silencioso Edward Hillingdon? ¿Jackson, mi querido servidor? Uno de los tres tiene que ser, ¿no?

La perfecta señorita - Patricia Highsmith

Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta señorita desde que nació. Lo decían todos los que la habían visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dormía cuando debía dormir. Al despertar, sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue facilísimo enseñarle las buenas costumbres higiénicas y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. 

A continuación, aprendió a leer cuando apenas tenía dos años. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres años empezó a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo enseñó su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolvía en la etiqueta como un pato en el agua.

— Gracias, lo he pasado maravillosamente —-decía con locuacidad, a los cuatro años, inclinándose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volvía a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. 

Cuidaba muchísimo su pelo y sus uñas. Nunca estaba sucia, y cuando veía a otros niños corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cayéndose y pelándose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. 

Thea era hija única. Otras madres más ajetreadas, con dos o tres vástagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complacía también con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.

Entre los contemporáneos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez años, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorría la urbanización en patines o bicicleta. 

Era una típica urbanización de clase media. Pero si un niño no participaba en las partidas de «póker loco» que tenían lugar en el garage de algunos de los padres, o en las correrías sin destino por las calles residenciales, ese niño no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.

— No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos —les dijo a sus padres.

— Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros —dijo un niño de diez años en una de las clases de Historia del padre de Thea.

El padre de Thea, Ted, enseñaba en una escuela de la zona. Hacía mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero había mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para él. ¿Cómo era posible que él, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?

— Las niñas nacen mujeres —dijo Margot, la madre de Thea—. Los niños no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las niñas ya tienen un carácter de mujer.

— Pero eso no es tener carácter —dijo Ted—. Eso es ser intrigante. El carácter se forma con el tiempo. Como un árbol.

Margot sonrió, tolerante, y Ted tuvo la impresión de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era supersónica.

Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contemporáneos. Había contado una mentira sobre otra niña, en relación con un niño, y la chiquilla había llorado y casi tuvo una depresión nerviosa. 

Ted no podía recordar los detalles, aunque sí había comprendido la historia cuando la oyó por primera vez, resumida por Margot. Thea había logrado echarle toda la culpa a la otra niña. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.

— Lo que pasa es que ella no es una golfilla —dijo Margot—. Además, puede jugar con Craig, así que no está sola.

Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. De lo que Ted no se dio cuenta al principio es de que Craig estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde, Ted observó cómo uno de los chicos de la urbanización hacía un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.

— ¡Gusano! —respondió Craig inmediatamente.

Luego echó a correr, por si el chico le perseguía, pero el otro se limitó a volverse y decir:

— ¡Eres un mierda, igual que Thea!

No era la primera vez que Ted oía tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las oía con frecuencia y quedó impresionado.

— Pero, ¿qué hacen solos, Thea y Craig? —le preguntó a su mujer.

— Oh, dan paseos. No sé —dijo Margot—. Supongo que Craig está enamorado de ella.

Ted ya lo había pensado. Thea poseía una belleza de cromo que le garantizaría el éxito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no tenía ningún temor de que hiciera nada indecente, porque pertenecía al tipo de las provocativas y básicamente puritanas.

A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavación de un refugio subterráneo con túnel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban allí en bicicleta, se ocultaban detrás de unos arbustos cercanos y espiaban riéndose por lo bajo. 

Más o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo leña y preparando patatas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig tenían la intención de esperar hasta que la excavación y la decoración estuvieran terminadas y luego se proponían destruirlo todo.

Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurrió lo que ellos llamaban «un nuevo juego de pelota», que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumpleaños en determinada fecha, y por favor, díselo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. 

Entonces Thea y Craig se escondieron detrás de los setos y observaron a sus compañeros del colegio presentándose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sentía cada vez más violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sabía nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer tenía dinero, todos los chicos habían pensado pasar una tarde estupenda.

Cuando el túnel, la cueva, las chimeneas y las hornacinas para las velas estuvieron acabadas, Thea y Craig fingieron tener dolor de tripas un día, en sus respectivas casas, y no fueron al colegio. Por previo acuerdo se escaparon y se reunieron a las once de la mañana en sus bicicletas. Fueron al refugio y se pusieron a saltar al unísono sobre el techo del túnel hasta que se hundió. 

Entonces rompieron las chimeneas y esparcieron la leña tan cuidadosamente recogida. Incluso encontraron la reserva de patatas y sal y la tiraron en el bosque. Luego regresaron a casa en sus bicicletas.

Dos días más tarde, un jueves que era día de clases, Craig fue encontrado a las cinco de la tarde detrás de unos olmos en el jardín de los Knobel, muerto a puñaladas que le atravesaban la garganta y el corazón. 

También tenía feas heridas en la cabeza, como si le hubiesen golpeado repetidamente con piedras ásperas. Las medidas de las puñaladas demostraron que se habían utilizado por lo menos siete cuchillos diferentes.

Ted se quedó profundamente impresionado. Para entonces ya se había enterado de lo del túnel y las chimeneas destruidas. Todo el mundo sabía que Thea y Craig habían faltado al colegio el martes en que había sido destrozado el túnel. Todo el mundo sabía que Thea y Craig estaban constantemente juntos. 

Ted temía por la vida de su hija. La policía no pudo acusar de la muerte de Craig a ninguno de los miembros de la pandilla, y tampoco podían juzgar por asesinato u homicidio a todo un grupo. La investigación se cerró con una advertencia a todos los padres de los niños del colegio.

— Sólo porque Craig y yo faltáramos al colegio ese mismo día no quiere decir que fuésemos juntos a romper ese estúpido túnel —le dijo Thea a una amiga de su madre, que era madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea mentía como un consumado bribón. A un adulto le resultaba difícil desmentirla.

Así que para Thea la edad de las pandillas —a su modo— terminó con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el coqueteo, oportunidades de traiciones y de intrigas, y un constante río, siempre cambiante, de jóvenes entre dieciséis y veinte años, algunos de los cuales no le duraron más de cinco días.

Dejemos a Thea a los quince años, sentada frente a un espejo, acicalándose. Se siente especialmente feliz esta noche porque su más próxima rival, una chica llamada Elizabeth, acaba de tener un accidente de coche y se ha roto la nariz y la mandíbula y sufre lesiones en un ojo, por lo que ya no volverá a ser la misma. 

Se acerca el verano, con todos esos bailes en las terrazas y fiestas en las piscinas. Incluso corre el rumor de que Elizabeth tendrá que ponerse la dentadura inferior postiza, de tantos dientes como se rompió, pero la lesión del ojo debe ser lo más visible. En cambio Thea escapará a todas las catástrofes. Hay una divinidad que protege a las perfectas señoritas como Thea.

Óscar - Amparo Dávila


La joven dio la contraseña al empleado y esperó pacientemente a que le entregaran su equipaje. Se sentó en una banca y encendió un cigarrillo, tal vez el último que iba a fumar durante el tiempo que pasara con su familia. Sus ojos revisaban cuidadosamente el local tratando de descubrir si, en esos años de ausencia, había habido algún cambio. Pero todo estaba igual. Sólo ella había cambiado, y bastante. 

Recordó cómo iba arreglada cuando se fue a la capital: el vestido largo y holgado, la cara lavada y con su cola de caballo, zapatos bajos y medias de algodón... Ahora traía un bonito suéter negro, una falda bien cortada y angosta, pegada al cuerpo, zapatillas negras y gabardina beige; pintada con discreción y peinada a la moda, era una muchacha atractiva, guapa, ella lo sabía; es decir, lo fue descubriendo a medida que aprendió a vestirse y a arreglarse... El empleado le llevó sus dos maletas y le dijo:

—Si usted quiere, el coche del correo la puede llevar al pueblo, sólo cobra dos pesos, porque el camión tarda mucho en pasar.

La muchacha tomó asiento junto al gordo chofer del correo y le dio la dirección de su casa.

—¿A la casa de don Carlos Román? — preguntó sonriente el chofer—. Yo toco con él en la banda municipal los domingos en la tarde, y después lo acompaño hasta su casa. Si me permite voy a detenerme en el correo a dejar el saco de la correspondencia, no me tardo nada.

El hombre entró a la oficina de correos con el saco de la correspondencia casi vacío. Ella pudo ver desde allí la vieja parroquia del pueblo con sus esbeltas torres, la Plaza de Armas con su quiosco y sus bancas de fierro y, al lado de la parroquia, la notaría de su padre. Sin duda estaba ahora inclinado sobre algún papel de oficio, escribiendo con pluma de manguillo sus letras tan bonitas y uniformes.

La muchacha pagó al chofer los dos pesos convenidos y se quedó un momento, antes de decidirse a tocar, contemplando la casa del notario, su propia casa. Viniendo de la capital parecía pequeña y modesta, pero allí era una buena casa pues tenía dos pisos y un sótano, cualidades raras en el pueblo. La pintura se veía maltratada, las ventanas y la puerta descoloridas, sin duda hacía tiempo que no se preocupaban por la casa. Tocó por fin la puerta y esperó, mientras el corazón le latía apresuradamente.

— ¡Mónica! —gritó al verla Cristina y la estrechó cariñosamente. Los pasos de alguien que llegaba las hicieron separarse, y Mónica corrió a abrazar a su madre, a aquella mujercita flaca, de rostro ceniciento y ojos hundidos y sin brillo. Al abrazarla, Mónica se dio cuenta de la extremada delgadez de la mujer, de su rostro tan marchito y acabado, y se apretó a ella con ternura y dolor.

—¡Qué bueno que regresaste, hija! —decía la madre mientras se limpiaba una lágrima.

—¿Y papá? ¿Y Carlos?

—Papá está en la notaría, y Carlos sigue en la escuela. Ahora tiene a los niños de quinto.

-¿Y... Óscar...?

—Como siempre —dijo lacónicamente la mujer y suspiró. Su rostro parecía en ese momento más ceniciento y sus ojos más hundidos.

Al entrar a la recámara que había compartido con Cristina, durante tantos años, Mónica sintió remordimientos y dolor de haber dejado a su hermana languideciendo, consumiéndose en aquel encierro, y no habérsela llevado con ella cuando se fue a la capital. La habitación estaba igual: las dos camas de latón con sus colchas tejidas de hilaza blanca, nítidas y estiradas, como acabadas de poner; el viejo ropero de madera de ojo de pájaro que ellas habían heredado de la abuela; el tocador con su plancha de mármol, y el aguamanil y la jarra de porcelana; el buró con su candelero dorado y su vela lista para ser encendida, y el florero con jazmines que Cristina había cortado para recibirla sabiendo cuánto le gustaba su perfume.

—Cristina, hermana, ¡cómo te he extrañado, no sabes cuánto! —Y era sincera Mónica. En ese momento supo claramente que había extrañado a Cristina más que a nadie: la familia, la casa, el pueblo, todo era Cristina: esbelta, pálida, callada siempre, hacendosa y sufrida, resignada.

—Y yo, ¡no te puedes imaginar, cuánto! —y sus ojos se empañaron—, Sólo me consolaba pensando que volverías, pero, ¿te vas a quedar?, ¿no te vas a volver a ir?

—Ya platicaremos, Cristina.

—Tienes razón. Voy a ayudar a mamá a terminar de hacer la comida, descansa un poco, te ves fatigada.

Mónica se miró en el espejo del tocador-lavabo. Tenía razón Cristina, se veía fatigada y lo estaba. El temor a enfrentarse con todos los de la familia, la había puesto muy nerviosa y tensa. Pero era preciso correr el riesgo porque necesitaba mucho el afecto y la cercanía de los suyos. 

Empezó a sacar la ropa de las maletas y a colgar sus vestidos en el viejo ropero, al lado de los de Cristina. Aquellas prendas allí colgadas, unas al lado de otras, hablaban claramente de las dos mujeres que las usaban y del medio en que se movían.

Como a las dos de la tarde llegaron el padre y el hermano. El recibimiento fue cortés, pero frío. Mónica no había esperado nada distinto. Inmediatamente después de lavarse las manos se sentaron a la mesa. El padre rezó una breve oración, como acostumbraba hacerlo, y comenzaron a comer. 

Qué buena le supo a Mónica la comida de su casa, hecha con tanto cuidado y esmero por su madre. Poco se hablaba durante las comidas, al padre le molestaba y lo ponía de mal humor. Mónica le observaba, de reojo, en realidad casi no había cambiado, tal vez estaba algo más grueso y más calvo, pero continuaba igual de callado y metódico, de bueno y ordenado; con su servilleta puesta desde el cuello seguía sorbiendo la sopa, como siempre lo había hecho. 

En la otra cabecera de la mesa la madre servía la comida en silencio. "Ella no sólo ha cambiado", se dijo Mónica, "se acabó por completo". Enflaquecida en extremo, con la cara afilada y cenicienta y los ojos hundidos y sin brillo, más que un ser humano parecía una sombra dolorosa. 

Cristina, agobiada por el silencio, la soledad y la desesperanza, era una joven vieja, una flor marchita. Y Carlos, abstraído, encerrado en sí mismo, se veía más grande, representaba más edad que la que tenía. Mónica sintió una gran ternura y mucho dolor por todos ellos y gusto también por haber regresado. Un ruido, como de trastos que caen por el suelo, hizo estremecer a Mónica. Los demás se miraron sin asombro.

—Ya debe de haber terminado de comer —dijo la madre levantándose de la mesa. Salió apresuradamente y desapareció por la puerta que conducía al sótano. A los cuantos minutos regresó trayendo una charola con pedazos de platos y vasos. Jadeaba un poco y su rostro tenía un leve color.

—Está muy nervioso, creo que es por... —y sus ojos se fijaron en Mónica—. Deberías darle algo, papá.

El padre terminó de comer rápidamente, se limpió la boca con la servilleta, sirvió un poco de agua en un vaso y se dirigió al sótano. El hermano se levantó de la mesa, cogió unos libros y se marchó.

Al día siguiente de su llegada Mónica comenzó a hacer la parte de los quehaceres de la casa que le correspondía, como antes de que se marchara para la capital. La misma rutina de siempre: a las seis y media de la mañana se levantaban; la madre daba de comer a los pájaros y limpiaba las jaulas; las dos hermanas ponían la mesa del comedor y preparaban el desayuno, y a las ocho se sentaban todos a la mesa. 

Pero antes se le llevaba el desayuno a Óscar porque pasaba el día de muy mal humor si no era atendido primero y él, desde el sótano, tenía gran conocimiento de los ruidos de la casa y de las horas; sabía cuándo se levantaban, cuándo entraban a la cocina, cuándo salían, todo. 

A las ocho y media se iba Carlos a la escuela y el padre, un poco más tarde, a abrir la notaría. Entonces las tres mujeres limpiaban la casa cuidadosamente. Cristina se encargaba de arreglar la cocina y de lavar la loza, la madre sacudía la sala y el comedor y Mónica se dedicaba a las recámaras y al baño. 

Mientras la madre salía a hacer la compra para la comida, las muchachas barrían y trapeaban el patio y el zaguán. Después, cuando la mujer regresaba con el mandado, Cristina le ayudaba a preparar la comida y a arreglar la mesa y Mónica lavaba la ropa sucia. En aquella casa siempre había algo que hacer: al terminar de comer se levantaba la mesa y la cocina, se remendaba y planchaba la ropa, y sólo después de la cena, cuando ya todo estaba recogido y acomodado, y el padre se ponía a estudiar en el violonchelo las piezas que se tocaban en la serenata de los domingos y el hermano corregía los trabajos de sus alumnos, las tres mujeres hacían alguna labor de tejido o de bordado.

Desde el sótano Óscar manejaba la vida de aquellas gentes. Así había sido siempre, así continuaría siendo. Comía primero que nadie y no permitía que nadie probara la comida antes que él. Lo sabía todo, lo veía todo. Movía la puerta de fierro del sótano con furia, y gritaba cuando algo no le parecía. 

Por las noches les indicaba con ruidos y señales de protesta cuando ya quería que se acostaran, y muchas veces también la hora de levantarse. Comía mucho, con voracidad y sin gusto, con las manos, grotescamente. A la menor cosa que le incomodaba aventaba los platos con todo y comida, se golpeaba contra las paredes y cernía la puerta. Raras veces permanecía silencioso, siempre estaba monologando entre dientes palabras incomprensibles. 

Cuando todos se habían retirado a sus habitaciones Óscar salía del sótano. Sacaba entonces el agua del pozo y regaba las macetas cuidadosamente y, si estaba enojado, las rompía estrellándolas contra el piso; pero el día siguiente había que reponer todas las macetas rotas, pues él no soportaba que disminuyeran, siempre tenía que haber el mismo número de macetas. Cuando terminaba de regar las macetas entraba a la casa y subía la escalera que conducía a las habitaciones. 

Hacia la media noche se escuchaba el crujir de la vieja madera de la escalera bajo el tremendo peso de Óscar. A veces abría la puerta de una de las recámaras y tan sólo se asomaba, volvía a cerrar la puerta y se regresaba al sótano. Pero otras veces entraba a todos los cuartos y se acercaba hasta las camas y allí se quedaba un rato, inmóvil, observando, y sólo su brusca y fuerte respiración rompía el silencio de la noche. 

Nadie se movía entonces, todos permanecían rígidos y paralizados ante su presencia, pues con Óscar nunca se sabía qué podía suceder. Después, en silencio, salía de la habitación, bajaba pesadamente la escalera y entraba al sótano a acostarse. 

En aquella casa nadie había dormido jamás tranquila ni normalmente, su sueño era ligero, atento siempre al menor ruido. Pero, nadie se quejaba nunca, resignados ante lo irremediable, aceptaban su cruel destino y lo padecían en silencio. En los días de luna llena Óscar aullaba como un lobo todo el tiempo del plenilunio y se negaba a comer.

Podía decirse que la familia Román era una de las familias más acomodadas del pueblo: tenían casa propia y grande, una notaría, un hijo maestro de escuela y, sin embargo, apenas les alcanzaba el dinero que el padre y el hijo ganaban para solventar los gastos de aquella casa; es decir, los muchos gastos que originaba Óscar. 

Con bastante frecuencia había que reponer cinco, diez, muchas macetas, y ni qué decir de la loza, continuamente se compraban platos, tazas, vasos, y además la ropa que desgarraba y hacía jirones: camisas, pantalones, sábanas, colchas, cobertores; también destrozaba sillas y muebles y, agregado a todo esto, las medicinas que constantemente se le administraban y que eran bastante caras.

Contadas eran las visitas que se recibían en la casa del notario, tan sólo algunos familiares o amigos muy íntimos cuyas voces Óscar conocía muy bien, desde pequeño, los cuales iban muy de tiempo en tiempo a saludarlos y a tomar un chocolate mientras platicaban un rato a la caída de la tarde. Una persona desconocida nunca hubiera podido entrar en aquella casa, Óscar no lo hubiera soportado ni tolerado. 

Las mujeres sólo salían a lo indispensable: el mandado, las varias compras, la misa de los domingos y alguna vez entre la semana al Rosario, algún pésame o entierro, algo verdaderamente muy especial, pues estas cosas lo excitaban sobremanera, él no admitía nada que rompiera o alterase el ritmo y la rutina de su vida y de sus hábitos. Cuando ellas salían, el padre o el hermano se quedaban en la casa porque Óscar temía a la soledad hasta un punto increíble y conmovedor y, además, existía el peligro de que pudiera escaparse.

Mónica había perdido la costumbre de acostarse temprano y pasaba largas horas despierta escuchando la leve respiración de Cristina y pensando en tantas y tantas cosas, hasta que oía las sordas pisadas de Óscar. Entonces Mónica se quedaba muy quieta y cerraba los ojos para que él creyera que dormía. Óscar permanecía junto a su cama algunos minutos, que a Mónica le parecían interminables, eternos. Iba todas las noches a observarla, tal vez extrañado de verla de nuevo allí o queriendo cerciorarse de si era ella. Los años vividos en la ciudad la habían hecho olvidar aquella pesadilla que no terminaba nunca.

Ese día, seis de agosto, Óscar había estado insoportable desde el amanecer. Una de las medicinas que tomaba, y que lo tranquilizaba bastante, se encontraba agotada y el médico la había suplido con otra, que no le surtía gran efecto. Durante horas había estado gritando, aullando, vociferando, rompiendo todo lo que tenía a su alcance en el sótano, moviendo con furia la puerta de fierro cerrada con candado, aventando los muebles contra ella. 

Había botado la charola del desayuno, la de la comida; no oía ni atendía a nadie. "Óscar está peor que nunca", dijo la madre cuando llegaron a comer su marido y su hijo. "Yo no sé qué vamos a hacer", seguía diciendo la mujer y se apretaba las manos, agobiada por la angustia: "se ha negado a comer, lo ha roto todo..."

Sin decir una palabra más se sentaron a la mesa, entre aquel insoportable ruido y gritos y aullidos y carcajadas; abatidos por aquella tortura que les estrujaba el alma. La madre se limpiaba con los dedos, las lágrimas que no lograba contener. Ni siquiera se escuchaba ahora el acostumbrado sonido que hacía el padre al sorber el caldo.

—Se ha negado a probar bocado, no quiso desayunar ni comer —volvió a decir la madre, como si no lo hubiera comentado ya cuando llegaron el notario y su hijo.

—Ha despedazado todo lo que ha podido —comentó Cristina.

—Creo que sería conveniente ir a avisarle al doctor del estado en que se encuentra —dijo Carlos.

La angustia había logrado romper aquel silencio que el padre había impuesto en las comidas, durante tantos años.

—si será prudente aumentarle la dosis

—pero... a lo mejor...

—¡qué hacer, Dios mío, qué hacer!

—yo creo que es efecto de la luna

—o de la canícula

—sólo Dios sabe, ¡sólo Dios sabe!

—ésta es la peor de las crisis

—tiene los ojos enrojecidos y como saltados

—se ha golpeado mucho y sangrado

—ha estado tratando de abrir el candado

—yo creo que la medicina lo ha puesto así

—a veces los médicos no saben ni qué recetan

—estaba tan calmado, tan bien

—ayer estuvo cantando, la misma canción  todo el día y toda la noche, pero cantaba

—sí, pero, anoche  rompió todas las macetas

—¡ay Dios mío, Dios mío!

—dicen que hay un yerbero en Agua Prieta que es muy bueno

—a veces son puros charlatanes que roban tiempo y dinero —intervino el padre—, yo creo que lo mejor será inyectarlo y que se duerma, ojalá y cuando despierte ya haya pasado la crisis, voy a preparar la jeringa. —Y se levantó de la mesa.

—Tengo miedo, papá —dijo la madre acercándose a su esposo y tomándolo de un brazo—, mucho miedo.

 —Ya lo he inyectado en otras ocasiones y no ha pasado nada, tranquilízate mujer, ten calma.

—Ya está lista la lámpara —dijo Carlos. Y los dos hombres bajaron al sótano. Las mujeres se quedaron allí, inmóviles y mudas, como tres estatuas.

Gritos inarticulados, ruidos de lucha, de golpes, de cuerpos que caen, gemidos, exclamaciones... De pronto todo cesó, sólo se oían las respiraciones jadeantes de los dos hombres, que bañados en sudor salían del sótano, agotados y maltrechos como si hubieran luchado con una fiera.

Aquel tremendo esfuerzo fue excesivo para el cansado corazón del notario, que se paró de pronto, al día siguiente, cuando se encontraba copiando una escritura en su Protocolo. Ya estaba muerto cuando lo llevaron a su casa. Lo velaron en la sala toda la noche. A pesar de ser un hombre tan querido y respetado en el pueblo, sólo pudieron asistir al velorio los pocos familiares y amigos que frecuentaban a los Román y cuyas voces Óscar conocía. 

El dolor de la familia fue enorme, destrozados por la pena permanecieron todo el tiempo junto a su muerto llorando en silencio. Al día siguiente fue el entierro después de la misa de cuerpo presente, y a la parroquia y al cementerio sí asistió todo el pueblo. Sus compañeros de la banda municipal lo despidieron tocándole sus valses favoritos: Morir por tu amor y Tristes jardines.

Desde ese día en que murió don Carlos Román empeoró la vida de aquellas gentes: la casa con sus crespones negros en la puerta y en las ventanas, las ventanas entrecerradas, las mujeres enlutadas, silenciosas, ensimismadas o ausentes, especialmente la madre que más que un ser vivo parecía un espíritu, una figura fantasmal o la sombra de otro cuerpo, y Carlos, cabizbajo, amordazado por la angustia y el sufrimiento, sabiéndose caminar en un callejón sin salida, acorralado, sin encontrar ni solución ni esperanza para aquel infortunio, que venían padeciendo y arrastrando penosamente a través de la vida. La fatalidad se imponía y eran sus víctimas, sus presas, no había salvación.

A la semana de haber muerto el notario la madre cayó enferma, un día no se levantó más aquella mujer que se había consumido por completo. Y ni siquiera el médico podía entrar a la casa a recetarla, Óscar no lo hubiera permitido. Carlos le informaba diariamente cómo se encontraba su madre y compraba las medicinas que ordenaba. Pero todo esfuerzo era inútil, aquella vida se apagaba lentamente, sin una queja ni un lamento. Pasaba el día entero sumida en un profundo sopor, sin moverse, sin hablar, yéndose.

Pocos días vivió la madre, sólo un suspiro y nada más; ni estertores, ni convulsiones, ni estremecimientos, ni gritos de dolor, nada, solamente un suspiro y se fue a seguir al compañero con quien había compartido la vida y la desdicha. Fue velada en el mismo lugar donde lo había sido don Carlos, enterrada también junto a él. Esa noche, la del entierro, Óscar la pasó en la recámara vacía aullando y rechinando los dientes.

Siguieron pasando los días de aquel verano luminoso y perfumado, días largos, noches interminables, los tres hermanos encerrados dentro de sí mismos, sin atreverse a hablar, a comunicarse, tan ensimismados y huecos como si los pensamientos y las palabras se les hubieran extraviado o se los hubieran llevado los que se fueron. Cada domingo, después, de asistir a misa, Cristina y Mónica iban al cementerio a llevarles flores a sus queridos muertos. 

Carlos se quedaba en la casa cuidando a Óscar. Por la tarde se sentaban las dos hermanas a tejer junto a la ventana de la sala, y desde allí miraban pasar la vida, como los prisioneros a través de los barrotes de su celda. Carlos aparentaba leer y se mecía en la mecedora de bejuco, donde su padre dormía unas breves siestas antes de irse a tocar a las serenatas de la Plaza de Armas.

Inmensa se veía la luna esa noche de plenilunio en agosto, había hecho bastante calor durante el día y continuaba aún en la noche, apenas si se soportaba una sábana sobre el cuerpo. Óscar aullaba como siempre lo hacía en las noches de luna llena y nadie lograba conciliar el sueño, aullaba y rompía macetas, subía y bajaba las escaleras, vociferaba, aullaba, gritaba, subía y bajaba... Agobiados por el calor que había aumentado fueron dejándose caer poco a poco en el sueño, en un sueño rojo, ardiente como una llamarada abrasadora, que los envolvía, hasta que llegó la tos, una tos seca y obstinada que los despertó. 

Con ojos desorbitados contemplaron las lenguas de fuego que llegaban ya hasta las habitaciones subiendo desde la planta baja, y el humo denso y asfixiante que los hacía toser, llorar, toser, y los aullidos de Óscar, que estaba sin duda abajo en el sótano, aullidos y carcajadas, carcajadas de júbilo como nunca las habían oído, y las llamas entrando, casi alcanzándolos. 

No podían perder tiempo, la escalera había sido devorada por el fuego, sólo quedaban las ventanas. Anudando sábanas Carlos bajó a Cristina, después a Mónica y por último él se descolgó. Cuando Carlos tocó pisó la casa estaba completamente invadida por las llamas que salían por las ventanas, por la puerta, por todos lados. Aún se escuchaban las carcajadas de Óscar cuando los tres tomados de la mano, empezaron a caminar hacia la salida del pueblo. Ninguno volvió la cabeza para mirar por última vez la casa incendiada.