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Óscar - Amparo Dávila


La joven dio la contraseña al empleado y esperó pacientemente a que le entregaran su equipaje. Se sentó en una banca y encendió un cigarrillo, tal vez el último que iba a fumar durante el tiempo que pasara con su familia. Sus ojos revisaban cuidadosamente el local tratando de descubrir si, en esos años de ausencia, había habido algún cambio. Pero todo estaba igual. Sólo ella había cambiado, y bastante. 

Recordó cómo iba arreglada cuando se fue a la capital: el vestido largo y holgado, la cara lavada y con su cola de caballo, zapatos bajos y medias de algodón... Ahora traía un bonito suéter negro, una falda bien cortada y angosta, pegada al cuerpo, zapatillas negras y gabardina beige; pintada con discreción y peinada a la moda, era una muchacha atractiva, guapa, ella lo sabía; es decir, lo fue descubriendo a medida que aprendió a vestirse y a arreglarse... El empleado le llevó sus dos maletas y le dijo:

—Si usted quiere, el coche del correo la puede llevar al pueblo, sólo cobra dos pesos, porque el camión tarda mucho en pasar.

La muchacha tomó asiento junto al gordo chofer del correo y le dio la dirección de su casa.

—¿A la casa de don Carlos Román? — preguntó sonriente el chofer—. Yo toco con él en la banda municipal los domingos en la tarde, y después lo acompaño hasta su casa. Si me permite voy a detenerme en el correo a dejar el saco de la correspondencia, no me tardo nada.

El hombre entró a la oficina de correos con el saco de la correspondencia casi vacío. Ella pudo ver desde allí la vieja parroquia del pueblo con sus esbeltas torres, la Plaza de Armas con su quiosco y sus bancas de fierro y, al lado de la parroquia, la notaría de su padre. Sin duda estaba ahora inclinado sobre algún papel de oficio, escribiendo con pluma de manguillo sus letras tan bonitas y uniformes.

La muchacha pagó al chofer los dos pesos convenidos y se quedó un momento, antes de decidirse a tocar, contemplando la casa del notario, su propia casa. Viniendo de la capital parecía pequeña y modesta, pero allí era una buena casa pues tenía dos pisos y un sótano, cualidades raras en el pueblo. La pintura se veía maltratada, las ventanas y la puerta descoloridas, sin duda hacía tiempo que no se preocupaban por la casa. Tocó por fin la puerta y esperó, mientras el corazón le latía apresuradamente.

— ¡Mónica! —gritó al verla Cristina y la estrechó cariñosamente. Los pasos de alguien que llegaba las hicieron separarse, y Mónica corrió a abrazar a su madre, a aquella mujercita flaca, de rostro ceniciento y ojos hundidos y sin brillo. Al abrazarla, Mónica se dio cuenta de la extremada delgadez de la mujer, de su rostro tan marchito y acabado, y se apretó a ella con ternura y dolor.

—¡Qué bueno que regresaste, hija! —decía la madre mientras se limpiaba una lágrima.

—¿Y papá? ¿Y Carlos?

—Papá está en la notaría, y Carlos sigue en la escuela. Ahora tiene a los niños de quinto.

-¿Y... Óscar...?

—Como siempre —dijo lacónicamente la mujer y suspiró. Su rostro parecía en ese momento más ceniciento y sus ojos más hundidos.

Al entrar a la recámara que había compartido con Cristina, durante tantos años, Mónica sintió remordimientos y dolor de haber dejado a su hermana languideciendo, consumiéndose en aquel encierro, y no habérsela llevado con ella cuando se fue a la capital. La habitación estaba igual: las dos camas de latón con sus colchas tejidas de hilaza blanca, nítidas y estiradas, como acabadas de poner; el viejo ropero de madera de ojo de pájaro que ellas habían heredado de la abuela; el tocador con su plancha de mármol, y el aguamanil y la jarra de porcelana; el buró con su candelero dorado y su vela lista para ser encendida, y el florero con jazmines que Cristina había cortado para recibirla sabiendo cuánto le gustaba su perfume.

—Cristina, hermana, ¡cómo te he extrañado, no sabes cuánto! —Y era sincera Mónica. En ese momento supo claramente que había extrañado a Cristina más que a nadie: la familia, la casa, el pueblo, todo era Cristina: esbelta, pálida, callada siempre, hacendosa y sufrida, resignada.

—Y yo, ¡no te puedes imaginar, cuánto! —y sus ojos se empañaron—, Sólo me consolaba pensando que volverías, pero, ¿te vas a quedar?, ¿no te vas a volver a ir?

—Ya platicaremos, Cristina.

—Tienes razón. Voy a ayudar a mamá a terminar de hacer la comida, descansa un poco, te ves fatigada.

Mónica se miró en el espejo del tocador-lavabo. Tenía razón Cristina, se veía fatigada y lo estaba. El temor a enfrentarse con todos los de la familia, la había puesto muy nerviosa y tensa. Pero era preciso correr el riesgo porque necesitaba mucho el afecto y la cercanía de los suyos. 

Empezó a sacar la ropa de las maletas y a colgar sus vestidos en el viejo ropero, al lado de los de Cristina. Aquellas prendas allí colgadas, unas al lado de otras, hablaban claramente de las dos mujeres que las usaban y del medio en que se movían.

Como a las dos de la tarde llegaron el padre y el hermano. El recibimiento fue cortés, pero frío. Mónica no había esperado nada distinto. Inmediatamente después de lavarse las manos se sentaron a la mesa. El padre rezó una breve oración, como acostumbraba hacerlo, y comenzaron a comer. 

Qué buena le supo a Mónica la comida de su casa, hecha con tanto cuidado y esmero por su madre. Poco se hablaba durante las comidas, al padre le molestaba y lo ponía de mal humor. Mónica le observaba, de reojo, en realidad casi no había cambiado, tal vez estaba algo más grueso y más calvo, pero continuaba igual de callado y metódico, de bueno y ordenado; con su servilleta puesta desde el cuello seguía sorbiendo la sopa, como siempre lo había hecho. 

En la otra cabecera de la mesa la madre servía la comida en silencio. "Ella no sólo ha cambiado", se dijo Mónica, "se acabó por completo". Enflaquecida en extremo, con la cara afilada y cenicienta y los ojos hundidos y sin brillo, más que un ser humano parecía una sombra dolorosa. 

Cristina, agobiada por el silencio, la soledad y la desesperanza, era una joven vieja, una flor marchita. Y Carlos, abstraído, encerrado en sí mismo, se veía más grande, representaba más edad que la que tenía. Mónica sintió una gran ternura y mucho dolor por todos ellos y gusto también por haber regresado. Un ruido, como de trastos que caen por el suelo, hizo estremecer a Mónica. Los demás se miraron sin asombro.

—Ya debe de haber terminado de comer —dijo la madre levantándose de la mesa. Salió apresuradamente y desapareció por la puerta que conducía al sótano. A los cuantos minutos regresó trayendo una charola con pedazos de platos y vasos. Jadeaba un poco y su rostro tenía un leve color.

—Está muy nervioso, creo que es por... —y sus ojos se fijaron en Mónica—. Deberías darle algo, papá.

El padre terminó de comer rápidamente, se limpió la boca con la servilleta, sirvió un poco de agua en un vaso y se dirigió al sótano. El hermano se levantó de la mesa, cogió unos libros y se marchó.

Al día siguiente de su llegada Mónica comenzó a hacer la parte de los quehaceres de la casa que le correspondía, como antes de que se marchara para la capital. La misma rutina de siempre: a las seis y media de la mañana se levantaban; la madre daba de comer a los pájaros y limpiaba las jaulas; las dos hermanas ponían la mesa del comedor y preparaban el desayuno, y a las ocho se sentaban todos a la mesa. 

Pero antes se le llevaba el desayuno a Óscar porque pasaba el día de muy mal humor si no era atendido primero y él, desde el sótano, tenía gran conocimiento de los ruidos de la casa y de las horas; sabía cuándo se levantaban, cuándo entraban a la cocina, cuándo salían, todo. 

A las ocho y media se iba Carlos a la escuela y el padre, un poco más tarde, a abrir la notaría. Entonces las tres mujeres limpiaban la casa cuidadosamente. Cristina se encargaba de arreglar la cocina y de lavar la loza, la madre sacudía la sala y el comedor y Mónica se dedicaba a las recámaras y al baño. 

Mientras la madre salía a hacer la compra para la comida, las muchachas barrían y trapeaban el patio y el zaguán. Después, cuando la mujer regresaba con el mandado, Cristina le ayudaba a preparar la comida y a arreglar la mesa y Mónica lavaba la ropa sucia. En aquella casa siempre había algo que hacer: al terminar de comer se levantaba la mesa y la cocina, se remendaba y planchaba la ropa, y sólo después de la cena, cuando ya todo estaba recogido y acomodado, y el padre se ponía a estudiar en el violonchelo las piezas que se tocaban en la serenata de los domingos y el hermano corregía los trabajos de sus alumnos, las tres mujeres hacían alguna labor de tejido o de bordado.

Desde el sótano Óscar manejaba la vida de aquellas gentes. Así había sido siempre, así continuaría siendo. Comía primero que nadie y no permitía que nadie probara la comida antes que él. Lo sabía todo, lo veía todo. Movía la puerta de fierro del sótano con furia, y gritaba cuando algo no le parecía. 

Por las noches les indicaba con ruidos y señales de protesta cuando ya quería que se acostaran, y muchas veces también la hora de levantarse. Comía mucho, con voracidad y sin gusto, con las manos, grotescamente. A la menor cosa que le incomodaba aventaba los platos con todo y comida, se golpeaba contra las paredes y cernía la puerta. Raras veces permanecía silencioso, siempre estaba monologando entre dientes palabras incomprensibles. 

Cuando todos se habían retirado a sus habitaciones Óscar salía del sótano. Sacaba entonces el agua del pozo y regaba las macetas cuidadosamente y, si estaba enojado, las rompía estrellándolas contra el piso; pero el día siguiente había que reponer todas las macetas rotas, pues él no soportaba que disminuyeran, siempre tenía que haber el mismo número de macetas. Cuando terminaba de regar las macetas entraba a la casa y subía la escalera que conducía a las habitaciones. 

Hacia la media noche se escuchaba el crujir de la vieja madera de la escalera bajo el tremendo peso de Óscar. A veces abría la puerta de una de las recámaras y tan sólo se asomaba, volvía a cerrar la puerta y se regresaba al sótano. Pero otras veces entraba a todos los cuartos y se acercaba hasta las camas y allí se quedaba un rato, inmóvil, observando, y sólo su brusca y fuerte respiración rompía el silencio de la noche. 

Nadie se movía entonces, todos permanecían rígidos y paralizados ante su presencia, pues con Óscar nunca se sabía qué podía suceder. Después, en silencio, salía de la habitación, bajaba pesadamente la escalera y entraba al sótano a acostarse. 

En aquella casa nadie había dormido jamás tranquila ni normalmente, su sueño era ligero, atento siempre al menor ruido. Pero, nadie se quejaba nunca, resignados ante lo irremediable, aceptaban su cruel destino y lo padecían en silencio. En los días de luna llena Óscar aullaba como un lobo todo el tiempo del plenilunio y se negaba a comer.

Podía decirse que la familia Román era una de las familias más acomodadas del pueblo: tenían casa propia y grande, una notaría, un hijo maestro de escuela y, sin embargo, apenas les alcanzaba el dinero que el padre y el hijo ganaban para solventar los gastos de aquella casa; es decir, los muchos gastos que originaba Óscar. 

Con bastante frecuencia había que reponer cinco, diez, muchas macetas, y ni qué decir de la loza, continuamente se compraban platos, tazas, vasos, y además la ropa que desgarraba y hacía jirones: camisas, pantalones, sábanas, colchas, cobertores; también destrozaba sillas y muebles y, agregado a todo esto, las medicinas que constantemente se le administraban y que eran bastante caras.

Contadas eran las visitas que se recibían en la casa del notario, tan sólo algunos familiares o amigos muy íntimos cuyas voces Óscar conocía muy bien, desde pequeño, los cuales iban muy de tiempo en tiempo a saludarlos y a tomar un chocolate mientras platicaban un rato a la caída de la tarde. Una persona desconocida nunca hubiera podido entrar en aquella casa, Óscar no lo hubiera soportado ni tolerado. 

Las mujeres sólo salían a lo indispensable: el mandado, las varias compras, la misa de los domingos y alguna vez entre la semana al Rosario, algún pésame o entierro, algo verdaderamente muy especial, pues estas cosas lo excitaban sobremanera, él no admitía nada que rompiera o alterase el ritmo y la rutina de su vida y de sus hábitos. Cuando ellas salían, el padre o el hermano se quedaban en la casa porque Óscar temía a la soledad hasta un punto increíble y conmovedor y, además, existía el peligro de que pudiera escaparse.

Mónica había perdido la costumbre de acostarse temprano y pasaba largas horas despierta escuchando la leve respiración de Cristina y pensando en tantas y tantas cosas, hasta que oía las sordas pisadas de Óscar. Entonces Mónica se quedaba muy quieta y cerraba los ojos para que él creyera que dormía. Óscar permanecía junto a su cama algunos minutos, que a Mónica le parecían interminables, eternos. Iba todas las noches a observarla, tal vez extrañado de verla de nuevo allí o queriendo cerciorarse de si era ella. Los años vividos en la ciudad la habían hecho olvidar aquella pesadilla que no terminaba nunca.

Ese día, seis de agosto, Óscar había estado insoportable desde el amanecer. Una de las medicinas que tomaba, y que lo tranquilizaba bastante, se encontraba agotada y el médico la había suplido con otra, que no le surtía gran efecto. Durante horas había estado gritando, aullando, vociferando, rompiendo todo lo que tenía a su alcance en el sótano, moviendo con furia la puerta de fierro cerrada con candado, aventando los muebles contra ella. 

Había botado la charola del desayuno, la de la comida; no oía ni atendía a nadie. "Óscar está peor que nunca", dijo la madre cuando llegaron a comer su marido y su hijo. "Yo no sé qué vamos a hacer", seguía diciendo la mujer y se apretaba las manos, agobiada por la angustia: "se ha negado a comer, lo ha roto todo..."

Sin decir una palabra más se sentaron a la mesa, entre aquel insoportable ruido y gritos y aullidos y carcajadas; abatidos por aquella tortura que les estrujaba el alma. La madre se limpiaba con los dedos, las lágrimas que no lograba contener. Ni siquiera se escuchaba ahora el acostumbrado sonido que hacía el padre al sorber el caldo.

—Se ha negado a probar bocado, no quiso desayunar ni comer —volvió a decir la madre, como si no lo hubiera comentado ya cuando llegaron el notario y su hijo.

—Ha despedazado todo lo que ha podido —comentó Cristina.

—Creo que sería conveniente ir a avisarle al doctor del estado en que se encuentra —dijo Carlos.

La angustia había logrado romper aquel silencio que el padre había impuesto en las comidas, durante tantos años.

—si será prudente aumentarle la dosis

—pero... a lo mejor...

—¡qué hacer, Dios mío, qué hacer!

—yo creo que es efecto de la luna

—o de la canícula

—sólo Dios sabe, ¡sólo Dios sabe!

—ésta es la peor de las crisis

—tiene los ojos enrojecidos y como saltados

—se ha golpeado mucho y sangrado

—ha estado tratando de abrir el candado

—yo creo que la medicina lo ha puesto así

—a veces los médicos no saben ni qué recetan

—estaba tan calmado, tan bien

—ayer estuvo cantando, la misma canción  todo el día y toda la noche, pero cantaba

—sí, pero, anoche  rompió todas las macetas

—¡ay Dios mío, Dios mío!

—dicen que hay un yerbero en Agua Prieta que es muy bueno

—a veces son puros charlatanes que roban tiempo y dinero —intervino el padre—, yo creo que lo mejor será inyectarlo y que se duerma, ojalá y cuando despierte ya haya pasado la crisis, voy a preparar la jeringa. —Y se levantó de la mesa.

—Tengo miedo, papá —dijo la madre acercándose a su esposo y tomándolo de un brazo—, mucho miedo.

 —Ya lo he inyectado en otras ocasiones y no ha pasado nada, tranquilízate mujer, ten calma.

—Ya está lista la lámpara —dijo Carlos. Y los dos hombres bajaron al sótano. Las mujeres se quedaron allí, inmóviles y mudas, como tres estatuas.

Gritos inarticulados, ruidos de lucha, de golpes, de cuerpos que caen, gemidos, exclamaciones... De pronto todo cesó, sólo se oían las respiraciones jadeantes de los dos hombres, que bañados en sudor salían del sótano, agotados y maltrechos como si hubieran luchado con una fiera.

Aquel tremendo esfuerzo fue excesivo para el cansado corazón del notario, que se paró de pronto, al día siguiente, cuando se encontraba copiando una escritura en su Protocolo. Ya estaba muerto cuando lo llevaron a su casa. Lo velaron en la sala toda la noche. A pesar de ser un hombre tan querido y respetado en el pueblo, sólo pudieron asistir al velorio los pocos familiares y amigos que frecuentaban a los Román y cuyas voces Óscar conocía. 

El dolor de la familia fue enorme, destrozados por la pena permanecieron todo el tiempo junto a su muerto llorando en silencio. Al día siguiente fue el entierro después de la misa de cuerpo presente, y a la parroquia y al cementerio sí asistió todo el pueblo. Sus compañeros de la banda municipal lo despidieron tocándole sus valses favoritos: Morir por tu amor y Tristes jardines.

Desde ese día en que murió don Carlos Román empeoró la vida de aquellas gentes: la casa con sus crespones negros en la puerta y en las ventanas, las ventanas entrecerradas, las mujeres enlutadas, silenciosas, ensimismadas o ausentes, especialmente la madre que más que un ser vivo parecía un espíritu, una figura fantasmal o la sombra de otro cuerpo, y Carlos, cabizbajo, amordazado por la angustia y el sufrimiento, sabiéndose caminar en un callejón sin salida, acorralado, sin encontrar ni solución ni esperanza para aquel infortunio, que venían padeciendo y arrastrando penosamente a través de la vida. La fatalidad se imponía y eran sus víctimas, sus presas, no había salvación.

A la semana de haber muerto el notario la madre cayó enferma, un día no se levantó más aquella mujer que se había consumido por completo. Y ni siquiera el médico podía entrar a la casa a recetarla, Óscar no lo hubiera permitido. Carlos le informaba diariamente cómo se encontraba su madre y compraba las medicinas que ordenaba. Pero todo esfuerzo era inútil, aquella vida se apagaba lentamente, sin una queja ni un lamento. Pasaba el día entero sumida en un profundo sopor, sin moverse, sin hablar, yéndose.

Pocos días vivió la madre, sólo un suspiro y nada más; ni estertores, ni convulsiones, ni estremecimientos, ni gritos de dolor, nada, solamente un suspiro y se fue a seguir al compañero con quien había compartido la vida y la desdicha. Fue velada en el mismo lugar donde lo había sido don Carlos, enterrada también junto a él. Esa noche, la del entierro, Óscar la pasó en la recámara vacía aullando y rechinando los dientes.

Siguieron pasando los días de aquel verano luminoso y perfumado, días largos, noches interminables, los tres hermanos encerrados dentro de sí mismos, sin atreverse a hablar, a comunicarse, tan ensimismados y huecos como si los pensamientos y las palabras se les hubieran extraviado o se los hubieran llevado los que se fueron. Cada domingo, después, de asistir a misa, Cristina y Mónica iban al cementerio a llevarles flores a sus queridos muertos. 

Carlos se quedaba en la casa cuidando a Óscar. Por la tarde se sentaban las dos hermanas a tejer junto a la ventana de la sala, y desde allí miraban pasar la vida, como los prisioneros a través de los barrotes de su celda. Carlos aparentaba leer y se mecía en la mecedora de bejuco, donde su padre dormía unas breves siestas antes de irse a tocar a las serenatas de la Plaza de Armas.

Inmensa se veía la luna esa noche de plenilunio en agosto, había hecho bastante calor durante el día y continuaba aún en la noche, apenas si se soportaba una sábana sobre el cuerpo. Óscar aullaba como siempre lo hacía en las noches de luna llena y nadie lograba conciliar el sueño, aullaba y rompía macetas, subía y bajaba las escaleras, vociferaba, aullaba, gritaba, subía y bajaba... Agobiados por el calor que había aumentado fueron dejándose caer poco a poco en el sueño, en un sueño rojo, ardiente como una llamarada abrasadora, que los envolvía, hasta que llegó la tos, una tos seca y obstinada que los despertó. 

Con ojos desorbitados contemplaron las lenguas de fuego que llegaban ya hasta las habitaciones subiendo desde la planta baja, y el humo denso y asfixiante que los hacía toser, llorar, toser, y los aullidos de Óscar, que estaba sin duda abajo en el sótano, aullidos y carcajadas, carcajadas de júbilo como nunca las habían oído, y las llamas entrando, casi alcanzándolos. 

No podían perder tiempo, la escalera había sido devorada por el fuego, sólo quedaban las ventanas. Anudando sábanas Carlos bajó a Cristina, después a Mónica y por último él se descolgó. Cuando Carlos tocó pisó la casa estaba completamente invadida por las llamas que salían por las ventanas, por la puerta, por todos lados. Aún se escuchaban las carcajadas de Óscar cuando los tres tomados de la mano, empezaron a caminar hacia la salida del pueblo. Ninguno volvió la cabeza para mirar por última vez la casa incendiada.

La chica más guapa de la ciudad - Charles Bukowski

 Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: "No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas... todo fachada y nada dentro..." Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban de locura.

Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.

Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.

- ¿Tomas algo?
- Claro, ¿Por qué no?

No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión, Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.

- ¿Crees que soy bonita?- preguntó.
- Sé, desde luego. Pero hay algo más... algo más que tu apariencia...
- La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?
- Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.

Ella me miró y se echó a reír.

- ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?

Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.

-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.
- ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.
- Será mejor que la controles -me dijo el encargado.
- No te preocupes -dije yo.
- Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que querrá con ella
- No -dije-, a mí me duele.
- ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?
- Sí, me duele, de veras.
- De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo

Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.
Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:
- ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
- Por la mañana -dije, y me di la vuelta.

Por la mañana me levanté, hice un par cafés y le llevé uno a la cama.
Se echó a reír.

- Eres el primer hombre que conozco que ha querido hacerlo por la noche.
- No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.
- No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.

Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandeciente, toda resplandor... Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.

- Ven, amor.

Fui.

Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.

- ¿Cómo te llamas? -pregunté.
- ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.

Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.

- Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.

Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.

- ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
- Lo sabía.

Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.

Telefoneo una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.

- Esos hijos de puta - decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.
- La culpa la tienes tú por aceptar la copa
- Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.
- A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.

Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.

- Vaya, cabrón, has vuelto.

Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.

- Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza....
- No, no seas tonto, es la moda.
- Estas chiflada.
- Te he echado de menos -dijo
- ¿Hay otro?
- No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.
- Sácate esos alfileres.
- No, es la moda.
- Me hace muy desgraciado.
- ¿Estás seguro?
- Sí, mierda, estoy seguro.

Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.

- Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.
- Vale -dije-, tengo mucha suerte.
- No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.
- Gracias.

Tomamos otra copa.

- ¿Qué andas haciendo? -preguntó.
- Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
- A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.
- No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.
- Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso

Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.

Fuimos a casa y abrir una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa... de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi... Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.

- Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama
- Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?

La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:

- Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
- Sí -dije-, no puedo parar de reír... Cass, zorra, te amo... deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.

Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.

Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.

- ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!

Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente "NO". La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.

Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dio el encargado.

- Siento lo de tu amiga.
- ¿El qué? -pregunté.
- Lo siento. ¿No lo sabías?
- No
- Suicidio, la enterraron ayer
- ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?
- La enterraron las hermanas
- ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?
- Se cortó el cuello.
- Ya. Dame otro trago.

Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel "NO". Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿Por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.

Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé "¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!".

Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.