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La renta espectral - Henry James (Parte 2)

Durante varios días, pregunté discretamente a varias personas de confianza si conocían a un tal capitán Diamond. Ninguna de ellas había oído hablar nunca de él. De repente caí en la cuenta de que disponía de una fuente donde podría informarme, quizá, sobre el extraño viejecillo. 

Aquella excelente persona me había obsequiado en su mesa en numerosas ocasiones, y solía dispensar su hospitalidad a los estudiantes, a veces durante toda una semana. Tenía una hermana, tan bondadosa como él, de una conversación tan amena y variada que era un verdadero placer hablar con ella. 

Era conocida como miss Deborah, una vieja criada en el sentido más amplio del término. Tenía el cuerpo deforme y nunca salía de su casa; se pasaba todo el día sentada junto a la ventana, entre una jaula de pájaros y una maceta de flores, haciendo pequeñas labores en tela —unas misteriosas bandas y volantes—. Me constaba que era una virtuosa con la aguja, pues sus trabajos eran pagados a muy alto precio en toda la comarca. 

Por lo demás, era una mujer observadora en extremo, y no se le escapaba ningún detalle de todo lo que pasaba dentro y fuera de su casa. Le gustaba charlar con quienes le eran simpáticos. En efecto, nada le agradaba más que el que una persona —sobre todo si era un estudiante de teología— se sentara a su lado junto a la ventana y conversara con ella durante veinte minutos.

«¿Y qué, amigo mío, cuál es la última monstruosidad en crítica sobre los textos bíblicos?», acostumbraba decir siempre esta buena señora, pues se horrorizaba al comprobar que aquella época se caracterizaba por su extremado racionalismo. Pero, en su fuero interno, aquella excelente dama era un auténtico filósofo, y me constaba que era más racionalista que cualquiera de nosotros. 

Estaba seguro de que, si se lo hubiera propuesto, habría planteado más de una pregunta a problemas a los que, a la mayoría de los estudiantes de teología, nos habría costado trabajo responder. Desde su ventana se dominaba todo el pueblo, o más bien todo el campo. Se enteraba de todo lo que pasaba mientras cosía junto a su soleada ventana, hamacándose en una pequeña mecedora. 

Era la primera en enterarse de cualquier cosa y la última en olvidarla. Conocía todos los chismorreos del pueblo y sabía muchas cosas de gente que nunca había visto siquiera. Cuando en cierta ocasión le pregunté cómo sabía tantas cosas, me contestó: «¡Oh, es que estoy siempre mirando!»

—Solo tiene usted que observar detenidamente todo lo que sucede a su alrededor —me dijo—, y con ello ya tiene bastante, no importa dónde se encuentre. La única cosa que necesita es tener algo con qué comenzar; lo demás ya viene rodando; una cosa conduce a otra, y todo está vinculado. Enciérreme usted en una habitación oscura, y a la media hora podré decirle cuáles son las partes más oscuras de la misma. Y después de esto, soy capaz de indicarle, si me da tiempo, lo que cenará esta noche el presidente de los Estados Unidos de América.

En cierta ocasión, con el fin de halagarla, hice el siguiente comentario:

—Sus observaciones son tan finas como sus agujas, y sus conclusiones tan hermosas como sus bordados.

Inútil decir que miss Deborah conocía la historia del capitán Diamond. Se había hablado mucho de él hacía ya bastantes años, pero el capitán sobrevivió al escándalo en que se vio envuelto su nombre.

—¿Qué escándalo fue ese? —le pregunté.

—Mató a su hija.

—¿Mató a su propia hija? —exclamé horrorizado—. ¿Cómo lo hizo?

—¡Oh, no fue con una pistola, ni con un puñal, ni con una dosis de arsénico! La mató con su lengua. ¡Ya conoce usted lo que es la lengua de un humano! El capitán Diamond la imprecó con algún horrible juramento... y pocos días después, moría su hija.

—¿Qué hizo su hija?

—Recibió en su casa a un joven que la amaba —contestó miss Deborah bajando la voz—, y a quien su padre había prohibido la entrada.

—¿La casa? —murmuré—. ¡Ah, sí! Esa casa que está en las afueras del pueblo, a dos o tres millas de aquí, en el cruce solitario de un camino.

Miss Deborah levantó inmediatamente sus ojos, mientras cortaba el hilo con sus dientes.

—¿Conoce usted esa casa? —preguntó.

—Un poco —repuse—. La he visto. Pero quiero que me cuente más cosas.

Mas al oír mis palabras, miss Deborah adoptó un mutismo muy impropio en ella, una mujer tan charlatana.

—¿Me promete que no me calificará de supersticiosa si le digo una cosa? —dijo miss Deborah.

—¿Supersticiosa usted? Vamos, por Dios, es la persona más sensata que he conocido en toda mi vida.

—Pues bien, cada paño tiene su descosido, y cada aguja su grano de moho. Si he de ser sincera, no me gusta hablar de esa casa; no, no me gusta.

—Hágalo, por favor —respondí—; no puede imaginarse lo mucho que ha excitado mi curiosidad.

—Sí, ya lo veo, no hace falta que me lo diga, pero me pone nerviosa referirme a este tema.

—¿Qué daño puede hacerle el hablar de una cosa como esta? —contesté, animándola a proseguir.

—A una amiga mía le hizo mucho daño —respondió miss Deborah, moviendo la cabeza.

—¿Qué hizo su amiga?

—Me contó el secreto del capitán Diamond, quien le había advertido que no se lo dijera a nadie. El capitán estimaba mucho a esta amiga mía y por ello le hizo aquella confidencia. Le previno que si lo divulgaba, desobedeciendo su advertencia, algo horriblemente espantoso le sucedería.

—¿Y qué le pasó a su amiga?

—Murió.

—Todos somos mortales, mi querida amiga. ¿Acaso le hizo ella alguna promesa?

—Mi amiga no se tomó en serio las palabras del capitán, no creyó en ellas. Me contó toda la historia con pelos y detalles, y tres días después se le inflamaron los pulmones. Un mes después, aquí, junto a esta misma ventana, le cosí la mortaja. Desde entonces, no he vuelto a referirme a esa historia.

—¿Era una historia muy extraña? —pregunté.

—Sí, era muy extraña, muy misteriosa, pero, a la vez, algo ridícula. Sí, se trataba de un relato que hacía reír y estremecerse al mismo tiempo. Pero no pienso decirle nada. Estoy segura de que, si se la contara, me pincharía con la aguja en un dedo y a la semana siguiente moriría de tétanos.

Al oír sus palabras, consideré que no debía insistir más, me despedí de ella y me marché. Pero cada dos o tres días venía a visitarla después de la comida de mediodía, y me sentaba junto a su mecedora. No hice más alusiones al capitán Diamond, limitándome a cortar trocitos de tela con sus tijeras. Hasta que un día, miss Deborah me dijo que tenía mal aspecto y que estaba muy pálido, preguntándome si me encontraba enfermo.

—Sí, lo estoy: me estoy muriendo de curiosidad —repuse, con cierta astucia—. He perdido por completo el apetito, y hoy aún no he comido.

—Pues acuérdese de la esposa de Barba Azul —dijo, con cierta ironía en sus palabras.

Como miss Deborah permanecía callada, me levanté con aire melodramático y me dirigí hacia la salida, dándole las buenas tardes. Pero al abrir la puerta, la señora me llamó e indicó con un gesto la silla que acababa de abandonar.

—Nunca he tenido un corazón duro —dijo—. Vamos, siéntese y le contaré toda la historia. Y de este modo, si hay que morir, lo haremos los dos juntos.

En breves palabras me contó lo que sabía del secreto del capitán Diamond.

—Era un hombre muy duro, y aunque amaba con locura a su hija, su voluntad era ley. Había escogido un marido para ella, comunicándole su elección. Su madre había muerto, y ambos vivían solos en aquella casa, que había aportado como dote su difunta esposa; el capitán no tenía un céntimo. Después de casarse, ambos se vinieron a vivir a esa mansión, y el capitán se dedicó a sus tierras. 

El pobre enamorado de su hija era un joven de Boston, con un bigote de puntas. Una tarde llegó de improviso el capitán y los encontró juntos; con feos modales expulsó al joven de la casa y luego imprecó a la pobre chica con un terrible juramento. Pero el joven se volvió y le gritó al capitán que su hija era su esposa. 

Luego, dirigiéndose a ella, le exigió que corroborara lo que acababa de decir, pero la joven, aterrorizada, dijo que no era cierto. Entonces el capitán, enfurecióse más aún, repitió su maldición, la echó de la casa y la repudió para siempre. Luego el capitán se marchó del lugar.

Cuando regresó unas horas más tarde, encontró su hogar vacío. Sobre la mesa había una nota del joven enamorado, la que le decía que había matado a su hija, repetía una vez más que era su esposa y que se había reservado el derecho de enterrarla él mismo, por lo que se había llevado su cuerpo en un calesín. 

El capitán Diamond escribió una carta diciéndole que no creía que su hija estuviera muerta, pero que de todos modos, para él, sí lo estaba. Una semana más tarde, a eso de la medianoche, el capitán vio el fantasma. Supongo que entonces se convenció de su muerte. El espíritu reapareció varias veces, y, finalmente, frecuentó con regularidad la mansión. Esto amargó la vida del capitán, y la pasión que siempre había sentido por su hija dio paso a una gran pesadumbre y profunda aflicción. 

Al fin decidió abandonar el lugar, tratando de alquilarlo o venderlo, pero como la historia se había hecho del dominio público y algunas personas sostenían que habían visto al fantasma de su hija, y otras historias a cada cual más tétrica, nadie se atrevió a cerrar trato. 

Aquella casa, junto con las tierras, eran los únicos bienes que poseía el capitán, por lo que, si no podía venderlos ni alquilarlos, como tampoco habitar en ellos, no le quedaba otra alternativa que vivir de las limosnas.

Pero el fantasma de su hija no tuvo piedad de su padre, igual que él nunca la tuvo de ella y de su enamorado. Durante seis meses el capitán ocupó aquella casa mortificado por las frecuentes visitas del espectro de su hija, pero al fin ya no pudo soportarlo más. Cogió su vieja capa azul, recogió las cosas más imprescindibles y decidió acabar sus días mendigando su pan. Cuando se disponía a abandonar la casa, el fantasma de su hija cedió y le hizo una proposición. 

«Déjame la casa —dijo—; la he marcado con las tristes huellas de mi desgraciado destino. Márchate y vete a vivir a otro sitio. Mas para que tengas dinero con el cual subsistir, yo seré tu inquilina, dado que nadie se atreve a serlo, y te pagaré una renta por su alquiler». ¡Una renta espectral! Entonces el fantasma fijó una cantidad. El anciano la aprobó, y cada trimestre va a la casa a recogerla.

Me eché a reír al escuchar este relato, mas también debo confesar que me estremecí, ya que aquello corroboraba lo que había observado con mis propios ojos. ¿Acaso no había sido testigo de aquellas visitas trimestrales del capitán Diamond? 

Desde luego, yo no había visto al espectral inquilino contar el dinero y entregárselo a su padre, pero sí había visto cómo el anciano, al salir de la casa, ocultaba una bolsa de dinero en uno de los bolsillos de su raída capa azul. No dije nada de todo esto a miss Deborah, ya que temía que, de hacerlo, se horrorizaría. Así pues, decidí esperar a resolver todo este misterioso asunto, y luego tener el placer personal de relatárselo todo a la anciana señora.

—¿No tenía más bienes el capitán? —pregunté—. Otros medios de subsistencia, quiero decir.

—Nada en absoluto. No contaba con nada, absolutamente nada, excepto la renta que paga el espectro de su hija. ¡Una casa embrujada, habitada por un fantasma, es una propiedad de mucho valor!

—¿Con qué clase de moneda —pregunté sonriéndome— paga el fantasma?

—Con auténticas monedas de oro y plata de los Estados Unidos. Este dinero solo tiene una peculiaridad: está acuñado en una fecha anterior a la muerte de su hija. Como verá —prosiguió miss Deborah—, es una extraña mezcla de materia y espíritu.

—¿Es dadivoso el fantasma? ¿Es muy alta la renta que le paga al capitán?

—No lo sé; debe ser una buena cantidad, ya que el capitán Diamond vive con holgura, tiene una casita al borde del río con un jardín en la parte posterior, fuma todas las pipas que quiere y nunca le faltan unos chelines para tomarse sus buenas jarras de cerveza. En ese lugar está pasando los años que le restan de vida, con una sirvienta negra que hace las faenas hogareñas. 

Hace algunos años acostumbraba visitar con frecuencia el pueblo, donde era una persona conocida por todo el mundo, pese a que la mayoría de la gente conocía su triste leyenda. Pero últimamente se encerró en su casita, como un caracol en su concha, y allí pasa los días, sentado junto a la chimenea, olvidado por todos los habitantes del pueblo. Pero creo que su conducta presente obedece más bien a que ya ha entrado en esa edad de la chochería, a la que todos llegaremos cuando tengamos sus años. 

En lo que respecta a sus facultades físicas, estoy convencida de que aún tiene la suficiente agilidad y fuerza como para caminar hasta su vieja mansión y recoger, cada trimestre, la renta del fantasma. Aunque también es cierto, según creo recordar, que una de las condiciones que el espectro de su hija le impuso, el día que llegaron a aquel acuerdo, era que debía ir personalmente a recoger el dinero.

Aquella confesión por parte de la anciana señora no nos trajo ninguna desgracia. Los días pasaban y miss Deborah continuaba junto a su soleada ventana, cosiendo y chismorreando, sin que le acaeciera ningún maléfico percance. 

A mí tampoco me ocurrió cosa alguna por haber oído aquel secreto, pues seguí con mi vida usual sin que nada misterioso y dañino me sucediera. Volví a visitar el cementerio más de una vez, pero siempre me llevaba la desilusión de no encontrar al viejo capitán Diamond. 

Sin embargo, al final una idea luminosa cruzó por mi mente, fruto de mis observaciones: el anciano acostumbraba ir a recoger su renta al fin de cada trimestre. Y como la vez que le vi fue el 31 de diciembre, estaba seguro de que la próxima sería el último día de marzo. Esa fecha estaba ya cercana.

Cumplido el término, me dirigí a la vieja mansión y me oculté entre los arbustos, esperando verle aparecer de un momento a otro. Había escogido la hora del crepúsculo, ya que aquella fue la oportunidad en que lo vi llegar la primera vez. No me equivoqué en mis suposiciones. 

Llevaba ya cierto tiempo esperando, cuando de repente se presentó de la misma manera que la primera vez que le vi. Avanzó hacia la casa con idénticas precauciones, se detuvo ante la puerta, hizo las reverencias, y luego penetró en el interior. 

Una luz apareció en cada rendija de las persianas, y, una vez más, volví a abrir aquella ventana baja, tal como lo hiciera antes. De nuevo contemplé la gran sombra reflejada en la pared, inmóvil, solemne. Pero no vi nada más. Al fin, el hombre reapareció, hizo las reverencias de siempre, y desapareció en el oscuro camino, mientras yo permanecía escondido.

Un día, pasado ya un mes desde este incidente, volví a encontrarme con el capitán Diamond en el cementerio de Mount Auburn. El aire estaba saturado del característico aroma primaveral; los pájaros habían regresado y piaban en las ramas de los árboles en flor, mientras el suave viento del oeste murmuraba entre las hojas de los arbustos. 

El anciano capitán se hallaba sentado en un banco, de cara al sol, envuelto en su vieja capa azul, y apenas me acerqué a él, me reconoció de inmediato. Me recibió con un gesto de cabeza idéntico al que se da al verdugo para que decapite a un reo, pero, en el fondo, intuí que se alegraba de volver a encontrarme.

—He venido muchas veces por aquí con el fin de poder verle —dije después de saludar cortésmente—. ¿No frecuenta usted este lugar?

—¿Qué desea de mí? —preguntó.

—Gozar del placer de su amena conversación —repuse con dulzura, al darme cuenta del tono de su voz—. Fue tan grato oírle la última vez que nos vimos, que siempre he guardado la esperanza de volver a encontrarle.

—¿Le pareció divertida mi conversación?

—Interesante, muy interesante.

—¿No pensó que era un viejo chiflado?

—¿Chiflado...? Mi querido señor, permítame que proteste por esa idea descabellada que...

—Soy el hombre más cuerdo del mundo —repuso el viejo capitán Diamond—. Ya sé que esto es lo que suelen decir todos los locos, pero, por suerte o por desgracia, no pueden probarlo. ¡Yo, sí puedo!

—Le creo —respondí con aire de persona plenamente convencida de lo que le dicen—. Pero me gustaría saber cómo se demuestra tal cosa.

Permaneció silencioso durante un instante.

—Se lo diré. Una vez cometí, sin intención, un crimen, un gran crimen. Ahora estoy pagando la penitencia a la que he consagrado lo que me resta de vida. Pero no escondo la cara, hago frente a la realidad de las cosas de la vida. No me he desentendido de mi delito, no lo he apartado de mi mente, ni he tratado de huir. La penitencia es terrible, pero la he aceptado tal como es. ¡He sido un verdadero filósofo! 

Si fuese católico, me habría metido a monje y habría pasado el resto de mi vida haciendo penitencia y orando; mas esto no es un castigo, sino una evasión; esto es huir de la dura y cruel realidad. Podía haberme pegado un tiro en la cabeza y hacer pedazos mi cerebro, o torturarme hasta enloquecer. No lo hice, ni lo haré. 

Sé enfrentarme a los hechos y aceptar sus consecuencias. Y estas, en mi caso, son horrorosas. Pero las he aceptado hasta el día de hoy, y las admitiré hasta mi muerte. Esto es lo que debo hacer. Por lo menos así lo considero. Es muy lógico.

—Admirablemente lógico —le respondí—. Pero despierta mi curiosidad y mi compasión.

—Sobre todo su compasión, ¿no es así? —dijo el viejo capitán—. Sí, ya lo veo en su mirada.

—Perdóneme, pero es comprensible mi postura: si supiera con exactitud qué es lo que le hace sufrir a lo mejor ya no le compadecería.

—Se lo agradezco mucho, pero no necesito su piedad; no me serviría de nada. Y ahora le voy a decir una cosa, pero no por mi bien, sino por el suyo. Sí, no ponga usted esa cara, pues le hablo con mucha seriedad.

El anciano hizo una pausa y miró alrededor suyo, como si temiera que alguien estuviera escuchando. Esperé ansiosamente su revelación, pero me desilusionó.

—¿Sigue usted estudiando teología?

—Sí, claro que sí —repuse en un tono de voz que reflejaba mi desencanto—. Es una cosa que no se puede aprender en seis meses.

—Yo pienso lo contrario —respondió—, ya que he observado que solo confía en lo que dicen los libros. Hay un refrán que dice: «Un grano de experiencia vale más que una tonelada de conceptos». ¿Conoce usted este adagio? Yo soy un gran teólogo.

—Ah, veo que ha tenido experiencias en el terreno teológico —contesté con amable sonrisa.

—Usted habrá leído mucho sobre la inmortalidad del alma, y ha estudiado las teorías de Jonathan Edwards y del doctor Hopkins sobre este mismo tema, llegando a la conclusión, después de analizar capítulo por capítulo, de que todo ello es cierto. Pero esto lo sabe usted porque lo ha leído en los libros. ¡Pero yo lo he visto con estos ojos; lo he tocado con estas manos!

Al llegar a este punto de la conversación, el capitán Diamond elevó de repente sus viejos y nudosos puños y los chocó con violencia el uno contra el otro. Luego, más calmado, prosiguió hablándome.

—Esto es mucho mejor que las teorías, mas he pagado un precio muy alto por saberlo. Sí, hace bien en aprenderlo en los libros; evidentemente, es lo mejor. Es usted un chico muy bueno, y estoy seguro, hijo mío, de que nunca tendrá un crimen sobre sus espaldas.

Le contesté, con cierta fatuidad juvenil, que, como todo ser humano, tendría mis pasiones, mis flaquezas, pero que estaba convencido de que nunca llegaría a cometer un crimen, máxime si estudiaba teología.

—Lo creo —me respondió—, pues tiene un carácter muy bueno. Yo también lo tengo ahora. Pero hubo una época de mi vida en que fui un hombre muy brutal; sí, muy brutal. Creo que tengo el deber de decirle que existe mucha maldad en este mundo. ¡Maté a mi propia hija!

—¿Que mató a su propia hija?

—La hundí en la madre tierra de un golpe y allí la dejé morir. Pero no pudieron ahorcarme porque no la golpeé con mi mano. La maté con horribles y condenables palabras. Los jueces no podían ahorcarme por esto. ¡Estas son las leyes maravillosas de nuestra amada patria! Pues bien, mi querido amigo, yo puedo garantizar que el alma es inmortal en lo que respecta a mi hija. Tenemos una cita para encontrarnos cuatro veces al año, aunque el resto del tiempo no la veo.

—¿Nunca le ha perdonado?

—Lo ha hecho de la misma manera en que perdonan los ángeles. Y esto es lo que más me tortura y enloquece. Siempre me mira con ojos tiernos y dulces, como un angelito de los cielos. Preferiría que me clavase un cuchillo en el corazón a soportar esta tortura. Dios mío. Dios mío.

Y al decir estas palabras, el capitán Diamond inclinó la cabeza sobre su bastón, profundamente abatido, apoyando la frente sobre las manos cruzadas.

Aquella escena me impresionó y emocionó, y sentí una imperiosa necesidad de hacer más inquisiciones sobre su triste situación. Antes de que pudiera formular las preguntas que bullían en mi cerebro, el capitán se levantó, y se puso su vieja capa raída. Era evidente que no estaba acostumbrado a desahogarse con nadie, ni a confesar aquellos penosos recuerdos que día y noche mortificaban su alma. Ello me hizo sentir una gran lástima por el pobre anciano.

—Perdóneme —dijo—, pero ahora tengo que marcharme, es decir, arrastrarme con este bastón por ese duro camino de la vida que aún me queda por recorrer.

—¿Puedo confiar —pregunté, inquieto— en que nos volveremos a ver en este lugar?

—Mi joven amigo, tenga en cuenta que soy un anciano decrépito y sin fuerzas. Este sitio está muy lejos de mi residencia. Debo reservar mi energía para ir a otro lugar. A veces me paso semanas enteras sentado junto a la chimenea, fumando mi pipa en un viejo aunque confortable sillón. Pero me gustaría volverle a ver.

Al llegar a este punto el viejecillo enmudeció, me dirigió una mirada fría y bondadosa al mismo tiempo, y añadió, emocionado:

—Algún día, quizá, me encontraré en condiciones de poner mi mano sobre el hombro de un joven honesto y decente como usted... Si un hombre es capaz de tener un amigo, ello significa que ha ganado algo, que ha hecho una gran conquista. ¿Cuál es su nombre?

Tenía yo en mi bolsillo un libro pequeño, los Pensamientos de Pascal, en cuya contraportada estaban escritos mi nombre y mi dirección. Lo saqué y se lo entregué a mi viejo amigo.

—Le ruego que acepte este libro. Es una de las obras que más me han gustado de todas las que he leído. Su lectura le dirá algo sobre mí.

El anciano capitán lo cogió, lo hojeó con lentitud, y luego me miró a los ojos, mientras decía:

—No soy un gran lector, pero no puedo rechazar el primer regalo que he recibido desde que me ocurrió aquella tragedia... Es probable que este sea el último obsequio que reciba en lo que me queda de vida. Gracias, mi joven amigo; no sabe cuánto se lo agradezco.

Y echó a andar con mi pequeño libro en sus manos.

Durante muchos días estuve sin verlo, imaginándolo sentado junto a la chimenea en su viejo sillón, con su pipa en la boca y leyendo mi librito. Al final se presentó la oportunidad de volver a encontrarme con él, ya que era el último día de junio, es decir, el término de otro trimestre, y, con toda seguridad, iría a la vieja mansión a recoger la renta del espectro. 

Durante el mes de junio, el sol tarda mucho en ocultarse, por lo que estaba impaciente. Por fin, hacia la hora del crepúsculo de un hermoso día de verano, me dirigí hacia la casa del capitán Diamond. Todo era verde alrededor de la mansión antigua, excepto el marchito jardín en la parte posterior. Mas aquellas tristeza y soledad en que estaba envuelta cuando la vi por primera vez bajo un cielo gris y frío de diciembre continuaban allí. 

Cuando me acerqué a la casa, comprobé que había fallado en mis propósitos, pues tenía pensado llegar antes que el capitán y rogarle que me dejara entrar con él. Esta vez el anciano se me había adelantado y ya se veía luz a través de las rendijas de las ventanas. Consideré incorrecto molestarle penetrando furtivamente por aquella ventana baja, por lo que decidí esperar a que saliera de la mansión. Al cabo de unos instantes se apagaron todas las luces, se abrió la puerta y apareció el capitán Diamond. 

Aquella tarde no hizo ninguna reverencia al salir de la casa, por la sencilla razón de que, cuando se disponía a hacerlo, vio a su joven amigo plantado ante la puerta de la mansión, en actitud correcta pero firme y decidida. Se detuvo en seco, me miró, y esta vez su rostro de mal cariz estuvo en consonancia con la imprevista situación.

—Sabía que estaba usted aquí —me dijo—. Vine a propósito.

El capitán parecía abatido, desilusionado, y miraba alrededor de la casa como si temiera algo.

—Le pido perdón —dije— si he pecado de atrevimiento, pero fue usted mismo, como recordará, quien me alentó con sus palabras y sus teorías.

—¿Cómo sabía que estaba aquí?

—Pura deducción. Usted me contó una mitad de su historia y yo adiviné la otra. Soy una persona muy observadora, y me di cuenta de las extrañas características de esta casa en cierta ocasión que pasé por aquí. Sí, me pareció una mansión encantada, que encerraba algún misterio, quiero decir. Cuando me dijo que había visto unos espíritus, deduje que solo podría haber sido en este extraño lugar.

—Ya veo que es un joven muy inteligente. ¿Anda qué le trae por aquí?

Debía eludir esta pregunta.

—Pues verá usted. Acostumbro venir muy a menudo por este lugar. Me gusta contemplar la misteriosa y antigua mansión. En una palabra, me fascina.

—Pues yo no veo nada de agradable en esta casa —dijo, mientras se volvía y contemplaba la parte exterior del edificio.

Era evidente que al capitán le era indiferente la apariencia exterior de la morada, a pesar de su aire misterioso. Esta extraña actitud suya, considerando que en aquel momento nos encontrábamos en casi plena oscuridad, hizo que yo sintiera vagos escrúpulos y cierta aprensión.

—Estaba ilusionado con ver el interior de esta casa. Pensé que lo encontraría aquí y que me dejaría entrar. Siempre he conservado la esperanza de poder ver lo mismo que usted.

El anciano pareció alarmarse al oír mis palabras, pero su rostro permaneció rígido, inmutable. Luego me puso una mano en el hombro, diciendo:

—¿Sabe acaso lo que yo veo?

—¿Cómo podría saberlo? La única forma de comprobar las cosas es, como usted ya dijo en cierta ocasión, mediante la experiencia... Deseo tener esa experiencia. Por favor, abra la puerta y déjeme entrar.

Los ojos del capitán Diamond brillaron bajo sus tupidas cejas negras, y después de contener la respiración por unos segundos, intentó disculparse por no poder complacerme. Luego se echó a reír, y su rostro adoptó una forma grotesca, como si se hubiera vuelto loco.

—¿Dejarle que entre en la casa? ¿Conmigo? Mi querido y joven amigo, no entraría en esa casa antes del tiempo que tengo concertado con el espectro de mi hija ni por una suma mil veces mayor a la que ella me da cada trimestre. Yo convine con el espíritu de mi hija que solo vendría a recoger la renta cuatro veces al año, al final de cada trimestre; solo en esas oportunidades.

Acto seguido, el anciano capitán Diamond metió la mano en uno de los bolsillos del raído manto y me enseñó un montoncito de monedas, envuelto en la punta de un viejo pañuelo de seda.

—Es muy pequeña la cantidad de dinero que me entrega, pero no deseo más, si para ello tengo que entrar de nuevo en la casa.

—La primera vez que tuve el honor de hablar con usted —le contesté rápidamente—, me dijo que la cosa no era tan terrible.

—Tampoco lo digo ahora —respondió enfurecido el capitán—; pero es muy desagradable.

La forma en que pronunció este adjetivo me hizo dudar. Mientras meditaba, oí como un murmullo en una de las persianas, acompañado de un tenue movimiento. Levanté la cabeza en el acto, pero no vi nada; todo seguía inmóvil y silencioso. El capitán, mientras tanto, también había estado reflexionando. De repente, se volvió hacia mí, e indicándome la casa dijo:

—Lo he pensado mejor: si desea entrar solo, puede hacerlo.

—¿Me esperará aquí?

—Sí; no creo que tarde mucho en salir.

—Pero es que la casa está completamente a oscuras. Usted llevaba una luz cuando entró.

El capitán Diamond introdujo la mano en uno de los bolsillos de la capa y, después de hurgar durante unos instantes, sacó algunos fósforos y me dijo:

—Tome esto. Cuando entre, encontrará dos candelabros con cirios sobre la mesa del vestíbulo. Enciéndalos, cójalos en la mano y... ¡adelante!

—¿Andó adónde me dirijo?

—A cualquier parte..., a todas partes. Ya se encargará el espectro de encontrarle.

 

 

(CONTINUARÁ...) 

Los amotinados de la Bounty - Julio Verne

Capítulo I

El abandono

 

Ni el menor soplo de aire, ni una onda en la superficie del mar, ni una nube en el cielo. Las espléndidas constelaciones del hemisferio austral se destacan con una pureza incomparable. 

Las velas de la Bounty cuelgan a lo largo de los mástiles, el barco está inmóvil y la luz de la Luna, que se va perdiendo ante las primeras claridades del alba, ilumina el espacio con un fulgor indefinible. 

La Bounty, velero de doscientas quince toneladas con una tripulación compuesta por cuarenta y seis hombres, había zarpado de Spithead, el 23 de diciembre de 1787, bajo las ordenes del capitán Bligh, un rudo pero experimentado marinero, quien había acompañado al capitán Cook en su último viaje de exploración. 

La misión especial de la Bounty consistía en transportar a las Antillas el árbol del pan, que tan profusamente crece en el archipiélago de Taití. Después de una escala de seis meses en la bahía de Matavai, William Bligh, luego de haber cargado el barco con un millar de estos árboles, había zarpado con rumbo a las Indias occidentales, después de una corta estancia en las Islas de los Amigos.

Muchas veces, el carácter receloso y violento del capitán había ocasionado más de un incidente desagradable entre algunos de los oficiales y él. Sin embargo, la tranquilidad que reinaba a bordo de la Bounty, al salir el sol, el 28 de abril de 1789, no parecía presagiar los graves sucesos que iban a ocurrir. Todo parecía en calma, cuando de repente una insólita animación se propaga por todo el navío. Algunos marineros se acercan, intercambian dos o tres palabras en baja voz, y luego desaparecen rápidamente.

¿Es el relevo de la guardia de la mañana? ¿Algún accidente imprevisto se ha producido a bordo?

–Sobre todo no hagan ruido, mis amigos –dijo Fletcher Christian, el segundo de la Bounty–. Bob cargue su pistola, pero no tire sin mi orden. Churchill, tome su hacha y destruya la cerradura del camarote del capitán. Una última recomendación: ¡Le necesito vivo!

Seguido por una decena de marineros armados de sables, machetes y pistolas, Christian se dirigió al entrepuente, luego de haber dejado a dos centinelas custodiando los camarotes de Stewart y Peter Heywood, el contramaestre y el guardiamarina de la Bounty. Se detuvo ante la puerta del camarote del capitán.

–Adelante, muchachos –dijo– ¡derríbenla con los hombros!.

La puerta cedió bajo una vigorosa presión y los marineros se precipitaron al camarote.

Sorprendidos primero por la oscuridad, y quizás luego pensando en la gravedad de sus actos, tuvieron un momento de vacilación.

–¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¿Quién se atreve a...? –exclamó el capitán mientras se bajaba de su catre.

–¡Silencio, Bligh! –contestó Churchill–. ¡Silencio y no intentes resistirte, o te amordazo!

–Es inútil vestirse –agregó Bob–. ¡Siempre tendrás buen aspecto, aún cuando te colguemos del palo de mesana!

–¡Ata sus manos por detrás de su espalda, Churchill –dijo Christian–, y súbele hacia el puente!

–Los capitanes más terribles se convierten en poco peligrosos, una vez que uno conoce como tratarles –observó John Smith, el filósofo del grupo–.

Entonces el grupo, sin preocuparse de despertar a los marineros de la última guardia, aún dormidos, subieron la escalera y reaparecieron sobre el puente. Era un motín con todas las de la ley. Sólo uno de los oficiales de a bordo, Young, un guardiamarina, había hecho causa común con los amotinados.

En cuanto a los hombres de la tripulación, los vacilantes habían cedido por el momento a la dominación, mientras los otros, sin armas y sin jefe, permanecían como espectadores del drama que iba a tener lugar ante sus ojos.

Todos estaban en el puente, formados en silencio. Observaban el aplomo de su capitán que, medio desnudo, avanzaba con la cabeza alta por el medio de aquellos hombres acostumbrados a temblar ante él.

–Bligh –dijo Christian, duramente–, queda destituido de su mando.

–No reconozco su derecho... –contestó el capitán.

–No perdamos el tiempo en protestas inútiles –exclamó Christian interrumpiendo a Bligh. Soy, en este momento, la voz de toda la tripulación de la Bounty. Apenas habíamos zarpado de Inglaterra, cuando ya tuvimos que soportar sus insultantes sospechas, sus procedimientos brutales. 

Cuando digo nosotros, me refiero tanto a los oficiales como a los marineros. ¡No sólo nunca pudimos obtener la satisfacción de ver cumplidas nuestras demandas, sino que siempre las rechazaba con desprecio! ¿Somos acaso perros, para ser injuriados en todo momento? ¡Canallas, bandidos, mentirosos, ladrones! ¡No había expresión grosera que no nos dirigiese! ¡En verdad, sería necesario no ser un hombre para soportar tal tipo de vida! 

Y yo, yo que soy su compatriota, yo que conozco su familia, yo que he navegado dos veces bajo sus órdenes, ¿me ha respetado? ¿No me acusó ayer nuevamente, de haberle robado unas miserables frutas? ¡Y los hombres! Por una pequeñez, ¡los grilletes! Por una nimiedad, ¡veinticuatro azotes! ¡Pues bien! ¡Todo se paga en este mundo! ¡Fue muy liberal con nosotros, Bligh! ¡Ahora es nuestro turno! ¡Sus injurias, sus injusticias, sus dementes acusaciones, sus torturas morales y físicas con las que ha agobiado a su tripulación desde hace más de un año y medio, las va a expiar, y a expiarlas duramente! Capitán, ha sido juzgado por aquéllos a los cuales ha ofendido y usted ha sido condenado ¿No es así, camaradas?

–¡Sí, sí, que muera! –exclamaron la mayoría de los marineros, mientras amenazaban a su capitán.

–Capitán Bligh –continuó Christian–, algunos me han hablado de suspenderle en el aire, sujetado por el extremo de una cuerda; otros propusieron desgarrarle la espalda con el gato de las nueve colas, hasta que la muerte sobreviniera. Les faltó imaginación. Yo encontré algo mejor que eso. Además, usted no ha sido el único culpable aquí. Aquéllos que siempre han ejecutado sus órdenes fielmente, por crueles que fuesen, estarían desesperados de estar bajo mi mando. Ellos merecen ir junto a usted donde el viento los lleve. ¡Que traigan la chalupa!

Un murmullo de desaprobación acogió las últimas palabras de Christian que no pareció preocuparse mucho por la reacción de los marineros. El capitán Bligh, al cual estas amenazas no llegaron a perturbar, se aprovechó de un momento de silencio para tomar la palabra.

–Oficiales y marineros –dijo con voz firme–, en mi calidad de oficial de la marina real, y capitán de la Bounty, protesto contra el tratamiento que se me quiere dar. Si desean quejarse sobre la manera en que he ejercido mi mandato, pueden juzgarme en una corte marcial. 

Pero no han pensado, probablemente, en la gravedad del acto que ustedes van a ejecutar. ¡Atentar contra el capitán es rebelarse contra la ley, imposibilitar vuestro regreso a la patria, ser considerados piratas¡ ¡Más tarde o más temprano les sobrevendrá la muerte ignominiosa, la muerte que se le depara a los traidores y los rebeldes! ¡En el nombre del honor y la obediencia que me juraron, les pido que cumplan su deber!

–Nosotros sabemos perfectamente a lo que nos exponemos –respondió Churchill.

–¡Suficiente! ¡Suficiente! –gritaron a coro los hombres de la tripulación, preparándose para pasar de las palabras a los hechos.

–¡Bien –dijo Bligh–, si necesitan a una víctima, ese soy yo, pero yo solamente! ¡Aquellos compañeros que ustedes condenan junto conmigo, sólo ejecutaron mis órdenes!

La voz del capitán fue ahogada por un concierto de vociferaciones. Bligh tuvo que renunciar a la idea de poder conmover a estos corazones que se habían convertido en despiadados.

Mientras, se habían tomado todas las medidas necesarias para que las órdenes de Christian fuesen ejecutadas.

Sin embargo, un intenso debate había surgido entre el segundo a bordo y algunos de los amotinados que querían abandonar en el mar al capitán Bligh y a sus compañeros sin darles un arma y sin apenas dejarles una onza de pan. 

Algunos –y esta era la opinión de Churchill– manifestaron que el número de los que tenían que abandonar la nave no era lo suficientemente considerable. Era necesario deshacerse también de aquellos hombres que al no haber intervenido directamente en la rebelión, no estaban seguro de sus opiniones. 

No se podría contar con aquellos que se contentaban con aceptar los hechos consumados. En cuanto a él, aún sentía en su espalda los dolores provocados por los azotes recibidos al haber tratado de desertar en Taití. ¡La mejor, la más rápida forma de curarse, sería entregándole al capitán a él!... ¡Él sabría como tomar venganza por su propia mano!

–¡Hayward! ¡Hallett! –gritó Christian, dirigiéndose a dos de los oficiales, sin tener en cuenta las observaciones de Churchill–, desciendan a la chalupa.

–¿Que le hice, Christian, para que usted me trate así? – dijo Hayward. ¡Es a la muerte a la que me envía!

–¡Las recriminaciones son inútiles! ¡Obedezca, o si no!... Fryer, embarque usted también.

Pero estos oficiales, en lugar de dirigirse hacia la chalupa, se acercaron al capitán Bligh, y Fryer que parecía ser el más determinado de todos se dirigió hacia él diciéndole:

–¿Capitán, quiere usted intentar retomar el barco? Nosotros no tenemos arma alguna, es cierto, pero estos amotinados sorprendidos no podrán resistir. ¡Si algunos de nosotros resulta muerto, eso no importaría! ¡Se puede intentar! ¿Qué le parece?

Ya los oficiales habían tomado las disposiciones necesarias para lanzarse contra los amotinados, que estaban ocupados en desmontar las chalupas, cuando Churchill, a quien esta conversación por rápida que fuera, no se le había escapado, les rodeó con varios hombres bien armados y les obligó a embarcar.

–¡Millward, Muspratt, Birket, y ustedes –dijo Christian mientras se dirigía a algunos de los marineros que no habían tomado parte en el motín–, vayan al entrepuente y escojan lo que consideren más útil! ¡Ustedes acompañarán al capitán Bligh! ¡Tú, Morrison, vigila a estos tunantes! Purcell, tome sus herramientas de carpintero. Se las permito llevar. Dos mástiles con sus velas, algunos clavos, una sierra, un pequeño pedazo de lona, cuatro pequeños envases que contenían unos ciento veinticinco litros de agua, ciento cincuenta libras de galleta, treinta y dos libras de carne de cerdo salada, seis botellas de vino, seis botellas de ron y la caja de licores del capitán. Esto fue todo lo que los abandonados pudieron llevar.  Además llevaban dos o tres sables viejos, pero se les negó llevar cualquier tipo de armas de fuego.

–¿Dónde están Heywood y Steward? –preguntó Bligh, cuando se encontraba en la chalupa– ¿Ellos también me traicionaron?.

Ellos no le habían traicionado, pero Christian había decidido dejarlos a bordo. El capitán tuvo un momento de desaliento y de debilidad perfectamente perdonable, que no duró mucho tiempo.

–¡Christian –dijo–, le doy mi palabra de honor de olvidarme de todo lo que ha ocurrido, si usted renuncia a su abominable proyecto! ¡Se lo imploro, piense en mi mujer y mi familia! ¡Muerto yo, qué será de todos los míos!

–Si usted hubiera tenido honor –respondió Christian–, las cosas no habrían llegado a este punto. ¡Si usted hubiera pensado más a menudo en su mujer, en su familia, en las mujeres y en las familias de los otros, usted no habría sido tan duro, tan injusto con todos nosotros!

A su turno, el excapitán, en el momento de embarcar, estaba intentando convencer a Christian.

Era en vano.

–Hace mucho tiempo que sufro –contestó este último con amargura–. ¡No sabe cuales han sido mis torturas! ¡No! ¡Esto no podía durar un día más. Además, usted no ignora que durante todo el viaje, yo, el segundo al mando de este navío, he sido tratado como un perro! Sin embargo, al separarme del capitán Bligh, al que probablemente no volveré a encontrar jamás, deseo, por una cuestión de misericordia, no quitarle toda esperanza de salvación. ¡Smith! ¡Desciende al camarote del capitán y trae su vestimenta, su diario y su cartera. Además, entrégale mis tablas náuticas y mi propio sextante. ¡Tendrá la oportunidad de poder salvar a sus compañeros y salir del apuro él mismo!

Las órdenes de Christian fueron ejecutadas, no sin antes generar alguna protesta.

–¡Y ahora, Morrison, suelte la amarra –gritó el segundo de a bordo devenido primero–, y que Dios vaya con ustedes!

Mientras que los amotinados con sus irónicas expresiones despedían al capitán Bligh y a sus infelices compañeros, Christian, apoyado en la borda, no podía quitar los ojos de la chalupa que se alejaba. Este bravo oficial, de conducta, hasta entonces fiel y franca, había merecido los elogios de todos los capitanes a los cuales había servido y ahora se había convertido en el jefe de una banda de piratas. No estaría permitido para él volver a ver a su vieja madre, ni a su novia, ni las playas de la isla de Man, su patria. ¡Su autoestima había caído en un profundo vacío, deshonrada a los ojos de todos! ¡El castigo seguía ya a la falta!

 

Capítulo II

Los abandonados

 

Con sus dieciocho pasajeros, oficiales y marineros y las escasas provisiones que contenía, la chalupa que transportaba a Bligh estaba tan cargada, que apenas sobresalía unas quince pulgadas sobre el nivel del mar. Con una longitud de veintiún pies y un ancho de seis, la chalupa parecía estar especialmente apropiada para el servicio de la Bounty; pero, para contener una tripulación tan numerosa, para hacer un viaje un poco largo, era difícil encontrar alguna embarcación más detestable.

Los marineros, confiados en la energía y la habilidad del capitán Bligh y de los oficiales que compartían su misma suerte, remaban vigorosamente, haciendo avanzar a la chalupa rápidamente sobre las olas del mar. Bligh no tenía dudas sobre la conducta a seguir. Era necesario, en primer lugar, volver lo antes posible a la isla Tofoa que era la más cercana del grupo de las islas de los Amigos, de la cual habían salido algunos días antes; allí era necesario recolectar los frutos del árbol del pan, renovar la provisión de agua y luego dirigirse a Tonga-Tabú. Probablemente se podrían abastecer de provisiones en cantidades suficientes como para intentar la travesía hasta los establecimientos holandeses de Timor, si, debido a la hostilidad de los indígenas, no pudieran hacer escala en algunos de los innumerables archipiélagos existentes en esa ruta.

El primer día transcurrió sin incidentes y al anochecer fueron avistadas las costas de Tofoa. Desafortunadamente, la costa era tan rocosa y la playa tenía tantos escollos, que no era posible desembarcar de noche por ese lugar. Era necesario esperar al próximo día.

Bligh, a menos que hubiera una necesidad apremiante, no quería consumir las provisiones de la chalupa. Por tanto, era necesario que la isla alimentara a sus hombres y a él. Pero esto parecía ser algo difícil, ya que al desembarcar no encontraron rastro alguno de habitantes. Algunos, sin embargo, no demoraron en aparecer, y al ser bien recibidos, llegaron otros, que les ofrecieron un poco de agua y algunas nueces de coco.

La turbación de Bligh era grande. ¿Qué decirles a estos indígenas que ya habían comerciado con la Bounty durante su última escala? Antes que nada, lo que más importaba era ocultarles la verdad con el objetivo de no destruir el prestigio que los extranjeros habían adquirido en estas islas. ¿Decirles que venían en busca de provisiones y que la tripulación del barco los esperaban de vuelta? ¡Imposible! ¡La Bounty no era visible, incluso ni desde la más alta de las colinas! ¿Decirles que la nave había naufragado y que ellos eran los únicos sobrevivientes? Era quizás lo más verosímil. Quizás esto les conmovería y les animaría a completar las provisiones de la chalupa. Bligh se decidió por esta última explicación, sabiendo que era peligrosa, y se puso de acuerdo con sus hombres de manera que todos contaran la misma historia.

Mientras los indígenas escuchaban la narración, no eran visibles en ellos ni señales de alegría ni signos de tristeza. Su cara sólo expresaba un profundo asombro y fue imposible conocer cuáles eran sus verdaderos pensamientos.  El 2 de mayo, la cantidad de indígenas provenientes de otras partes de la isla aumentó de una manera considerable y Bligh pronto comenzó a notar que sus intenciones eran hostiles. Algunos trataron de varar la embarcación en la playa y sólo se retiraron ante las enérgicas demostraciones del capitán que les amenazaba con su machete. Mientras esto ocurría, algunos de los hombres que Bligh había enviado en busca de provisiones, regresaban con tres galones de agua.

El momento de abandonar esta isla inhospitalaria había llegado. Al atardecer, todos estaban listos, aún cuando no sería fácil llegar hasta la chalupa. La playa estaba cubierta por una gran cantidad de indígenas que hacían chocar entre sí algunas piedras, que estaban listas para ser lanzadas. Por tanto, era necesario que la chalupa estuviera cerca de la playa y disponible en el momento en que los hombres estuvieran listos para embarcar. Los ingleses, seriamente preocupados por la actitud hostil de los indígenas, se dirigieron a la playa, rodeados por doscientos salvajes, que sólo esperaban una señal para comenzar el ataque. 

Sin embargo, afortunadamente, todos habían embarcado en la chalupa y fue entonces cuando uno de los marineros, llamado Bancroft, tuvo la fatal idea de regresar a la playa para recoger un objeto olvidado. En un instante, este imprudente fue rodeado y recibido por los indígenas con una andanada de piedras, sin que sus compañeros, que no poseían armas de fuego, pudieran rescatarlo. Además, en ese propio momento, también ellos comenzaron a ser atacados con una lluvia de piedras.

–¡Adelante, muchachos –gritó Bligh–, de prisa, a los remos y remen fuerte!

Los indígenas, entonces, se adentraron en el mar y comenzaron a lanzar una andanada de piedras sobre la embarcación. Algunos hombres fueron heridos. Pero Hayward, recogió una de las piedras que habían caído dentro de la chalupa y se la lanzó a uno de los asaltantes en medio de los dos ojos. El indígena cayó de espaldas dando un gran grito, al cual respondieron los hurras de los ingleses. Su infortunado camarada había sido vengado.

Mientras tanto, varias canoas aparecieron de inmediato en la playa y comenzó la caza. Esta persecución podía haber terminado en una lucha en la cual su resultado no parecía ser el más exitoso. Fue entonces cuando el oficial mayor de la tripulación tuvo una idea luminosa. Sin sospechar que estaba imitando a Hipómenes en su lucha con Atalanta, se despojó de su chaqueta y la lanzó al mar. Los indígenas, a la vista de una posible presa, se detuvieron para recogerla, y esto tiempo fue aprovechado por la chalupa para doblar la punta de la bahía.

Mientras, la noche había caído y los indígenas, ya sin esperanzas, abandonaron la persecución de la chalupa.

Esta primera tentativa de desembarco no había tenido un resultado feliz y la opinión de Bligh era la de no volver a intentarlo.

–Ha llegado el momento de tomar una decisión –dijo –. Los sucesos ocurridos en Tofoa volverán a ocurrir, probablemente, en Tonga-Tabú, y en cualquier lugar donde pretendamos entrar. Numéricamente débiles y sin armas de fuego, estaremos absolutamente a merced de los indígenas. Sin objetos de intercambio, no podemos comprar provisiones y nos es imposible conseguirlas mediante la fuerza. Por tanto sólo dependemos de nuestros propios recursos. Sin embargo, ustedes conocen, amigos míos, tan bien como yo, cuán miserables son ellos. ¿No es mejor conformarse con lo que tenemos y no arriesgar, en cada desembarco, la vida de muchos de nosotros? 

Sin embargo, no quiero ocultarles el horror de nuestra situación. ¡Para llegar a Timor, tendremos que viajar unas mil doscientas millas y tendremos que contentarnos diariamente con una onza de galleta y un cuarto de pinta de agua! Este es el precio de la salvación, contando además que encontraré en ustedes la más absoluta obediencia. ¡Respóndanme sin segundas intenciones! ¿Están de acuerdo en llevar esta empresa hacía delante? ¿Juran ustedes obedecer mis órdenes, cualquiera que ellas sean? ¿Prometen someterse sin protestar a estas privaciones?

–¡Sí, sí, lo juramos! –exclamaron a una sola voz los compañeros de Bligh.

–¡Mis amigos –dijo el capitán–, es necesario también olvidar nuestros recíprocos resentimientos, nuestras antipatías y nuestros odios, en una palabra, sacrificar nuestros rencores personales al interés de todos, que es lo que debe guiarnos!

–Lo prometemos.

–Si ustedes cumplen su palabra –agregó Bligh–, y si fuera necesario sabré como obligarles a cumplirla, respondo de nuestra salvación.

La chalupa puso entonces rumbo al oeste-noroeste. El viento, que soplaba fuerte, desató una gran tormenta en la noche del 4 de mayo. Las olas eran tan altas, que la embarcación desaparecía entre ellas y parecía no poder sostenerse a flote. El peligro aumentaba a cada instante. Empapados y helados, los pobres desgraciados, aquel día, solo tuvieron para reconfortarse una copa de ron y la cuarta parte del fruto de un árbol del pan casi podrido.

Al siguiente día y durante los días siguientes, la situación no cambió. La embarcación pasó en medio de innumerables islas, en las cuales se divisaban algunas piraguas.

¿Estaban éstas preparadas para darles caza, o para traficar? Debido a la duda, hubiera sido imprudente haberse detenido. Además la chalupa, cuyas velas se hinchaban debido al fuerte viento, pronto se alejaba a una buena distancia. El 9 de mayo, se desató una terrible tormenta. El trueno y los relámpagos se sucedían sin interrupción. La lluvia caía con tanta fuerza, que las más violentas tormentas de nuestros climas no pudieran dar una idea exacta de la magnitud de esta. 

Era imposible que la ropa se secara. Bligh, entonces, tuvo la idea de mojar sus vestimentas con el agua del mar y llenarlas de sal, con el propósito de devolver a la piel, el calor quitado por la lluvia. Sin embargo, estas torrenciales lluvias que causaron tantos sufrimientos al capitán y a sus compañeros, les salvaron de una de las torturas más horribles, las torturas de la sed, que un insoportable calor hubiera pronto provocado. El 17 de mayo, en la mañana, luego de una espantosa tormenta, las lamentaciones llegaron a ser unánimes.

–¡No tendremos fuerzas para llegar a Nueva Holanda! –exclamaron los pobres desgraciados. Calados por la lluvia, agotados por el cansancio, no tendremos jamás un momento de descanso! Estamos casi muertos de hambre, ¿no aumentará usted nuestras raciones, capitán? ¡Poco importa que nuestras provisiones se agoten! ¡Las repondremos fácilmente cuando lleguemos a Nueva Holanda!

–Me niego –contestó Bligh–. Hacerlo implicaría actuar como un loco. ¡Cómo! ¡Hemos recorrido la mitad de la distancia que nos separa de Australia, y ya ustedes no abrigan esperanzas! ¿Creen, además, que podremos encontrar provisiones fácilmente en las costas de Nueva Holanda? No conocen ni el país ni a sus habitantes.

Y Bligh comenzó a describir a grandes rasgos las características del suelo, las costumbres de los indígenas, lo que relató fue una parte de todas las cosas que había llegado a conocer en su viaje con el capitán Cook. Por esta vez, sus compañeros de infortunio le escucharon y permanecieron callados. Los quince días siguientes fueron animados por un claro sol que les permitió secar sus vestimentas. El 27 fue divisada la costa oriental de Nueva Holanda. El mar estaba tranquilo, bajo este cinturón madrepórico y algunos grupos de islas de exótica vegetación, hacían agradable la vista. 

Desembarcaron en la isla, avanzando con suma precaución. Las únicas huellas encontradas que denotaban la presencia de los indígenas fueron restos de hogueras, hechas mucho tiempo atrás. Por tanto era posible pasar una buena noche en tierra. Pero era necesario comer. Afortunadamente uno de los marineros descubrió un banco de ostras. Era un obsequio real.

Al día siguiente, Bligh encontró en la chalupa un cristal de aumento, un eslabón y azufre. Por tanto fue posible hacer fuego, y con él se cocieron algunos moluscos y pescados.

Bligh planeó dividir la tripulación en tres escuadras. Una de ellas debía poner en orden la embarcación; las otras dos debían ir en busca de provisiones. Pero varios hombres se quejaron con amargura, declarando que era mejor cenar que aventurarse hacia el interior de la isla.

Uno de ellos, más violento o más irritado que sus camaradas, llegó a decirle al capitán:

–¡Un hombre vale lo mismo que otro, y no veo porqué siempre está descansando! ¡Si tiene hambre, vaya y busque algo que comer! ¡Lo que hace aquí, yo también lo puedo hacer!

Bligh, comprendiendo que este intento de motín debía ser detenido al momento, tomó uno de los machetes y lanzando otro a los pies del rebelde, le gritó:

–¡Defiéndete, o te mato como a un perro!.

Esta enérgica actitud hizo replegarse al rebelde, y el descontento general se calmó. Durante esta escala, la tripulación de la chalupa recolectó una gran cantidad de ostras, moluscos e hizo acopio de agua dulce.

Un poco después, de los dos destacamentos enviados a la caza de las tortugas y los nodis, el primero regresó con las manos vacías; el segundo había cazado seis nodis, y hubieran atrapado más si uno de los cazadores, al apartarse de los demás, no las hubiese espantado. Este hombre confesó, más tarde, que había capturado nueve de aquellos volátiles y que se los había comido crudos inmediatamente.

Sin las provisiones y el agua dulce, que habían recogido en la costa de Nueva Holanda, era seguro que Bligh y sus compañeros hubieran perecido. Además, todos estaban en un estado miserable, flacos, demacrados, exhaustos. Eran reales cadáveres.

El viaje por mar, para llegar a Timor, resultó ser la dolorosa repetición de los sufrimientos ya soportados por estos pobres desgraciados antes de alcanzar las costas de Nueva Holanda. Solamente, la fuerza de resistencia había disminuido a todos, sin excepción. Después de algunos días, sus piernas permanecieron hinchadas.

En este estado de debilidad extrema, fueron agobiados por un incesante deseo de dormir. Eran las señales iniciales de un final que no podía retrasarse mucho más. Bligh, advirtiendo esta situación, distribuyó doble ración a aquellos que se encontraban más débiles y procuró darles un poco de esperanza. 

Finalmente, en la mañana del 12 de junio, la costa de Timor apareció, después de una travesía de tres mil seiscientas dieciocho millas recorridas en las más difíciles condiciones. La bienvenida que los ingleses recibieron en Cupang fue de las mejores. Permanecieron en la ciudad durante dos meses para recuperarse. Luego, Bligh, que había comprado una pequeña goleta, llegó a Batavia, desde donde embarcó para Inglaterra.

Fue el 14 de marzo de 1790 cuando los abandonados desembarcaron en Portsmouth. La narración de las torturas que habían soportado alentó la simpatía de muchas personas y la indignación de todas las personas de buen corazón. Casi inmediatamente, el Almirantazgo procedió a armar la fragata La Pandora, de veinticuatro cañones y una tripulación de ciento sesenta hombres y la envió en persecución de los amotinados de la Bounty.

Ahora se verá en lo que se habían convertido.

 

Capítulo III

Los amotinados

 

La Bounty, después de haber abandonado al capitán Bligh partió hacia Taití. Ese mismo día, avistaron Tubuai. El agradable aspecto de esta pequeña isla, rodeada de una gran cantidad de piedras madrepóricas, invitaba a Christian a desembarcar; pero las demostraciones de los habitantes parecían muy amenazadoras y no se efectuó el desembarco.

Fue el 6 de junio de 1789 cuando anclaron en la bahía de Matavai. La sorpresa de los taitianos fue grande al reconocer la Bounty. Los amotinados encontraron allí a los indígenas con los que habían comerciado durante una escala anterior, y ellos les contaron una historia, en la cual mezclaron el nombre del capitán Cook, del cual los taitianos habían conservado el mejor recuerdo. 

El 29 de junio, los amotinados partieron nuevamente hacia Tubuai y comenzaron a buscar alguna isla que estuviera situada fuera de la ruta habitual de los barcos, cuyo suelo fuera lo suficientemente fértil para alimentarles, y en la cual pudieran vivir en completa seguridad.

Vagaron de archipiélago en archipiélago, cometiendo toda clase de saqueos y violencias, que la autoridad de Christian podía raramente impedir. Luego, cansados de buscar, fueron atraídos por la fertilidad de Taití, por las sencillas y pacíficas costumbres de sus habitantes, retornaron a la bahía de Matavai. Allí, las dos terceras partes de la tripulación descendieron inmediatamente a tierra. Pero, en la tarde del propio día, la Bounty levó el ancla y desapareció, antes de que los marineros que habían desembarcado comenzaran a sospechar la intención de Christian de partir sin ellos. 

Abandonados a su propia suerte, estos hombres se establecieron sin muchos problemas en diferentes distritos de la isla. Stewart, el contramaestre y Peter Heywood, el guardiamarina, los dos oficiales a quienes Christian había excluido del castigo impuesto contra Bligh y que habían sido retenidos en contra de sus voluntades, permanecieron en Matavai cerca del rey Tippao, donde poco después Stewart esposó a la hermana. Morrison y Millward se presentaron ante el jefe Peno, que les dio la bienvenida. 

En cuanto a los otros marineros, penetraron al interior de la isla y no tardaron en casarse con algunas taitianas. Churchill y un loco furioso llamado Thompson, después de haber cometido todo tipo de crímenes, riñeron. Churchill murió en esta lucha y Thompson fue apedreado por los indígenas. Así perecieron dos de los amotinados que habían tomado la parte más activa en la rebelión. Los otros, al contrario, por su buena conducta, se ganaron la estima de los taitianos. 

Sin embargo, Morrison y Millward veían siempre el castigo pendiendo sobre sus cabezas y no podían vivir tranquilos en esta isla donde hubieran sidos fácilmente descubiertos. Entonces, tuvieron la idea de construir una embarcación, sobre la cual tratarían de llegar a Batavia, con el propósito de unirse al mundo civilizado. 

Con ocho de sus compañeros y con herramientas de carpintero, consiguieron, después de ardua labor, construir un pequeño velero que llamaron La Resolución, y lo fondearon en una bahía ubicada detrás de una de las puntas de la isla, llamada punta de Venus. Pero la imposibilidad absoluta de proveerse de velas les impidieron hacerse a la mar. Durante este tiempo, convencidos de su inocencia, Stewart cultivó un jardín y Peter Heywood reunió los materiales de un vocabulario que fue, más tarde, muy útil a los misioneros ingleses.

Sin embargo, dieciocho meses habían transcurrido cuando, el 23 de marzo de 1791, un velero bordeó la punta de Venus y se detuvo en la bahía Matavai. Era La Pandora, que había sido enviada por el almirantazgo inglés, en persecución de los amotinados.

Heywood y Stewart se apresuraron en subir a bordo, dijeron sus nombres y funciones, declarando que no habían tomado parte en el motín; pero no se les creyó y fueron encadenados inmediatamente, así como a todos sus compañeros, sin averiguar más detalles. Tratados con la inhumanidad más indignante, cargados de cadenas, amenazados con ser fusilados si usaban la lengua taitiana para conversar entre ellos, fueron encerrados en una jaula de once pies de largo, ubicada en la extremidad del castillo de popa, al cual un aficionado de la mitología identificó con el nombre de "caja de Pandora" 

El 19 de mayo, La Resolución que había sido proveída de velas y La Pandora se hicieron a la mar. Durante tres meses, estos dos veleros cruzaron a través del archipiélago de los Amigos, donde se suponía que Christian y el resto de los amotinados pudieran haber buscado refugio. La Resolución, de un débil calado, había prestado eficaces servicios durante esta travesía; pero desapareció en las vecindades de la isla Chatam y aunque La Pandora permaneció durante varios días buscando el velero, nunca más se oyó hablar de La Resolución, ni de los cinco marineros que se encontraban a bordo.

La Pandora había tomado el camino a Europa con sus prisioneros, cuando en el estrecho de Torres, el barco chocó contra un arrecife de coral y se hundió inmediatamente con treinta y uno de sus marineros y cuatro de los rebeldes. La tripulación y los prisioneros que habían escapado al naufragio pudieron llegar a un islote arenoso. Allí, los oficiales y los marineros construyeron tiendas de lona; mientras los amotinados, expuestos a los ardores de un sol tropical, tuvieron que, para encontrar un poco de alivio, enterrarse en la arena hasta el cuello. 

Los náufragos permanecieron en este islote durante algunos días; luego todos llegaron hasta la isla Timor en las chalupas de La Pandora y la vigilancia tan rigurosa a la que fueron sometidos los rebeldes no se desatendió en momento alguno, a pesar de la gravedad de las circunstancias. Al llegar a Inglaterra en el mes de junio de 1792, los amotinados comparecieron ante un consejo de guerra presidido por el almirante Hood. 

Los debates duraron seis días y terminaron con la absolución de cuatro de los acusados y la condena a muerte de otros seis, por el crimen de deserción y secuestro del navío confiado a su custodia. Cuatro de los condenados fueron colgados a bordo de un barco de guerra; los otros dos, Stewart y Peter Heywood, cuya inocencia había sido finalmente reconocida, fueron perdonados.

¿Pero que había ocurrido con la Bounty? ¿Había naufragado con los últimos rebeldes a bordo? Era algo imposible de saber.

En 1814, veinticinco años después de ocurridos los hechos, con los cuales comienza esta narración, dos buques de guerra ingleses cruzaron Oceanía bajo las órdenes del capitán Staines. Se encontraban, al sur del archipiélago Peligroso, a la vista de una isla montañosa y volcánica que Carteret había descubierto en su viaje alrededor del mundo, y a la cual le había dado el nombre de Pitcairn. 

Era sólo un cono, casi sin playa, que se elevaba a pico sobre el mar, cubierto hasta su cúspide de bosques de palmeras y árboles del pan. Esta isla nunca había sido visitada; se encontraba a doscientas millas de Taití, a los 25 grados de latitud sur y los 180 grados y 8 minutos de longitud oeste; su superficie no medía más de cuatro millas y media de circunferencia y una milla y media solamente en su eje más grande, y solo se conocían los datos que Carteret había suministrado.

El capitán Staines decidió reconocer la isla y comenzó a buscar un lugar apropiado para desembarcar.

Al aproximarse a la costa, se sorprendió al ver algunas chozas, unas plantaciones y en la playa dos indígenas que, luego de haber lanzado una embarcación al mar y franquear hábilmente la resaca, se dirigían hacia el barco. Pero su asombro llegó al máximo posible cuando escuchó, en excelente inglés, las siguientes palabras:

–¡Eh! ¡Ustedes, necesitamos una cuerda para subir a bordo!

Apenas llegaron a cubierta, los dos robustos remeros fueron rodeados por los asombrados marineros que les agobiaron con preguntas a las cuales ellos no supieron contestar. Conducidos ante el comandante, fueron interrogados formalmente.

–¿Quiénes son ustedes?

–Yo me llamo Fletcher Christian y mi compañero, Young.

Estos nombres no le decían nada al capitán Staines, que estaba muy lejos de pensar en los supervivientes de la Bounty.

–¿Desde cuando están aquí?.

–Nacimos allí.

–¿Cuántos años tienen?.

–Tengo veinticinco años –respondió Christian– y Young dieciocho.

–¿Fueron sus padres arrojados a esta isla por algún naufragio?

Entonces, Christian le hizo al capitán Staines la conmovedora confesión que sigue y de la cual estos son los principales hechos:

Al abandonar Taití y dejar en ella a veintiuno de sus compañeros, Christian, que tenía a bordo de la Bounty la narración del viaje del capitán Carteret, puso proa directamente hacía la isla Pitcairn, cuya posición juzgo conveniente para lograr sus propósitos. Veintiocho hombres componían entonces la tripulación de la Bounty. Estaba formada por Christian, el aspirante Young y siete marineros, seis taitianos que se le habían unido en Taití, entre los cuales habían tres hombres acompañados de sus mujeres y un niño de diez meses, además tres hombres y seis mujeres, indígenas de Tubuai.

La primera medida de Christian y de sus compañeros, tan pronto como hubieron llegado a la isla Pitcairn, fue destruir la Bounty para no ser descubiertos. Sin duda, ellos perderían toda posibilidad de abandonar la isla, pero el cuidado de su seguridad así lo exigía.

El establecimiento de la pequeña colonia se hizo con dificultades, entre gentes a las que solo les unía la complicidad de un crimen. Pronto, comenzaron las peleas sangrientas entre los taitianos y los ingleses. En el año 1794, sólo cuatro de los amotinados habían sobrevivido. Christian había sido acuchillado por uno de los indígenas que él había secuestrado. Todos los taitianos habían sido exterminados.

Uno de los ingleses que había encontrado la forma de fabricar bebidas con la raíz de una planta indígena, terminó siendo víctima de su embriaguez y en un momento de delirium tremens, se precipitó al mar, cayéndose desde la punta de una colina.

Otro, preso de un momento de furiosa locura, se había lanzado sobre Young y uno de los marineros, llamado John Adams, quien se vio forzado a matarle. En el año 1800, Young murió durante una violenta crisis de asma. John Adams era entonces el último sobreviviente de la tripulación de amotinados. Sólo y acompañado por varias mujeres y veinte niños, nacidos de la unión de sus compañeros con las taitianas, el carácter de John Adams se modificó profundamente. Tenía entonces treinta y seis años; había visto tantas escenas de violencia y crímenes, había visto la naturaleza humana bajo sus más tristes instintos que después de haber reflexionado, decidió enmendar el pasado. 

En la biblioteca de la Bounty, que había sido trasladada a la isla, había una Biblia y varios libros de oraciones. John Adams que frecuentemente los leía, se convirtió, inculcó excelentes principios a la joven población que lo consideraban como a un padre, y acabó siendo, por la fuerza de los acontecimientos, el legislador, el gran sacerdote y, por así decirlo, el rey de Pitcairn.   

Sin embargo, hacia 1814, las alarmas comenzaron a ser incesantes. En 1795, un barco se había acercado a Pitcairn, los cuatro sobrevivientes de la Bounty se habían escondido en los inaccesibles bosques y no se habían atrevido a regresar nuevamente a la bahía hasta que el barco no se alejara. Este mismo acto de prudencia se repitió en 1808, cuando un capitán americano desembarcó en la isla, donde encontró un cronómetro y una brújula, los cuales envió al almirantazgo inglés; pero el almirante no parecía interesado en estas reliquias de la Bounty. 

Es cierto que por esta época existían en Europa preocupaciones de más gravedad. Tal fue la narración hecha al comandante Staines por los dos jóvenes, ingleses por sus padres, uno hijo de Christian, el otro hijo de Young; pero, cuando Staines pidió ver a John Adams, este se negó a subir a bordo sin saber que ocurriría con él.

El comandante, después de haberle asegurado a los dos jóvenes que John Adams estaba amparado por la ley, debido a que habían transcurrido veinticinco años desde el motín de la Bounty, descendió a tierra y fue recibido por una población compuesta por cuarenta y seis adultos y un gran número de niños. Todos eran grandes y vigorosos, con una marcada fisonomía inglesa; las jóvenes sobre todo eran admirablemente bellas y su modestia le imprimía un carácter realmente atractivo.

Las leyes puestas en vigor en la isla eran muy simples. En un registro era anotado lo que cada uno había ganado por su trabajo. El dinero era desconocido; todas las transacciones se hacían por medio del intercambio, pero no había industrias, porque la materia prima era escasa. La vestimenta de los habitantes estaba solo conformada por inmensos sombreros y cinturones de hierba. La pesca y la agricultura, eran sus principales ocupaciones. Los matrimonios sólo se efectuaban con el permiso de Adams y sólo cuando el hombre hubiese desmontado y plantado un pedazo de tierra lo suficientemente grande como para proporcionar el sostén de su futura familia.

El comandante Staines, después de haber obtenido los más curiosos documentos sobre esta isla, perdida en las rutas menos frecuentadas del Pacífico, embarcó y regresó a Europa.

Desde entonces, el venerable John Adams terminó su azarosa vida. Murió en 1829 y fue reemplazado por el reverendo George Nobbs, que lo reemplazó en la isla, en las funciones de sacerdote, médico y maestro de escuela. En 1853, los descendientes de los amotinados de la Bounty eran unos ciento setenta. Desde entonces, la población aumentó y llegó a ser tan numerosa que, tres años después, gran parte de ella debió establecerse en la isla Norfolk, que hasta ese momento había sido usada como cárcel de convictos. 

Pero una parte de los emigrantes recordaban a Pitcairn, aún cuando Norfolk era cuatro veces más grande, la tierra era notable por su fertilidad y las condiciones de existencia eran bien cómodas. Dos años después, varias familias retornaron a Pitcairn, donde continúan prosperando.

Este fue el epílogo de una aventura que había comenzado de una manera tan trágica. Al inicio, los amotinados, los asesinos, los locos, y ahora, bajo la influencia de los principios de la moral cristiana y de la instrucción dada por un pobre marinero convertido, la isla de Pitcairn se convirtió en la patria de una población sencilla, hospitalaria, feliz, donde se pueden encontrar nuevamente las costumbres patriarcales de las primeras edades.