INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta tortura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tortura. Mostrar todas las entradas

Los amotinados de la Bounty - Julio Verne

Capítulo I

El abandono

 

Ni el menor soplo de aire, ni una onda en la superficie del mar, ni una nube en el cielo. Las espléndidas constelaciones del hemisferio austral se destacan con una pureza incomparable. 

Las velas de la Bounty cuelgan a lo largo de los mástiles, el barco está inmóvil y la luz de la Luna, que se va perdiendo ante las primeras claridades del alba, ilumina el espacio con un fulgor indefinible. 

La Bounty, velero de doscientas quince toneladas con una tripulación compuesta por cuarenta y seis hombres, había zarpado de Spithead, el 23 de diciembre de 1787, bajo las ordenes del capitán Bligh, un rudo pero experimentado marinero, quien había acompañado al capitán Cook en su último viaje de exploración. 

La misión especial de la Bounty consistía en transportar a las Antillas el árbol del pan, que tan profusamente crece en el archipiélago de Taití. Después de una escala de seis meses en la bahía de Matavai, William Bligh, luego de haber cargado el barco con un millar de estos árboles, había zarpado con rumbo a las Indias occidentales, después de una corta estancia en las Islas de los Amigos.

Muchas veces, el carácter receloso y violento del capitán había ocasionado más de un incidente desagradable entre algunos de los oficiales y él. Sin embargo, la tranquilidad que reinaba a bordo de la Bounty, al salir el sol, el 28 de abril de 1789, no parecía presagiar los graves sucesos que iban a ocurrir. Todo parecía en calma, cuando de repente una insólita animación se propaga por todo el navío. Algunos marineros se acercan, intercambian dos o tres palabras en baja voz, y luego desaparecen rápidamente.

¿Es el relevo de la guardia de la mañana? ¿Algún accidente imprevisto se ha producido a bordo?

–Sobre todo no hagan ruido, mis amigos –dijo Fletcher Christian, el segundo de la Bounty–. Bob cargue su pistola, pero no tire sin mi orden. Churchill, tome su hacha y destruya la cerradura del camarote del capitán. Una última recomendación: ¡Le necesito vivo!

Seguido por una decena de marineros armados de sables, machetes y pistolas, Christian se dirigió al entrepuente, luego de haber dejado a dos centinelas custodiando los camarotes de Stewart y Peter Heywood, el contramaestre y el guardiamarina de la Bounty. Se detuvo ante la puerta del camarote del capitán.

–Adelante, muchachos –dijo– ¡derríbenla con los hombros!.

La puerta cedió bajo una vigorosa presión y los marineros se precipitaron al camarote.

Sorprendidos primero por la oscuridad, y quizás luego pensando en la gravedad de sus actos, tuvieron un momento de vacilación.

–¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¿Quién se atreve a...? –exclamó el capitán mientras se bajaba de su catre.

–¡Silencio, Bligh! –contestó Churchill–. ¡Silencio y no intentes resistirte, o te amordazo!

–Es inútil vestirse –agregó Bob–. ¡Siempre tendrás buen aspecto, aún cuando te colguemos del palo de mesana!

–¡Ata sus manos por detrás de su espalda, Churchill –dijo Christian–, y súbele hacia el puente!

–Los capitanes más terribles se convierten en poco peligrosos, una vez que uno conoce como tratarles –observó John Smith, el filósofo del grupo–.

Entonces el grupo, sin preocuparse de despertar a los marineros de la última guardia, aún dormidos, subieron la escalera y reaparecieron sobre el puente. Era un motín con todas las de la ley. Sólo uno de los oficiales de a bordo, Young, un guardiamarina, había hecho causa común con los amotinados.

En cuanto a los hombres de la tripulación, los vacilantes habían cedido por el momento a la dominación, mientras los otros, sin armas y sin jefe, permanecían como espectadores del drama que iba a tener lugar ante sus ojos.

Todos estaban en el puente, formados en silencio. Observaban el aplomo de su capitán que, medio desnudo, avanzaba con la cabeza alta por el medio de aquellos hombres acostumbrados a temblar ante él.

–Bligh –dijo Christian, duramente–, queda destituido de su mando.

–No reconozco su derecho... –contestó el capitán.

–No perdamos el tiempo en protestas inútiles –exclamó Christian interrumpiendo a Bligh. Soy, en este momento, la voz de toda la tripulación de la Bounty. Apenas habíamos zarpado de Inglaterra, cuando ya tuvimos que soportar sus insultantes sospechas, sus procedimientos brutales. 

Cuando digo nosotros, me refiero tanto a los oficiales como a los marineros. ¡No sólo nunca pudimos obtener la satisfacción de ver cumplidas nuestras demandas, sino que siempre las rechazaba con desprecio! ¿Somos acaso perros, para ser injuriados en todo momento? ¡Canallas, bandidos, mentirosos, ladrones! ¡No había expresión grosera que no nos dirigiese! ¡En verdad, sería necesario no ser un hombre para soportar tal tipo de vida! 

Y yo, yo que soy su compatriota, yo que conozco su familia, yo que he navegado dos veces bajo sus órdenes, ¿me ha respetado? ¿No me acusó ayer nuevamente, de haberle robado unas miserables frutas? ¡Y los hombres! Por una pequeñez, ¡los grilletes! Por una nimiedad, ¡veinticuatro azotes! ¡Pues bien! ¡Todo se paga en este mundo! ¡Fue muy liberal con nosotros, Bligh! ¡Ahora es nuestro turno! ¡Sus injurias, sus injusticias, sus dementes acusaciones, sus torturas morales y físicas con las que ha agobiado a su tripulación desde hace más de un año y medio, las va a expiar, y a expiarlas duramente! Capitán, ha sido juzgado por aquéllos a los cuales ha ofendido y usted ha sido condenado ¿No es así, camaradas?

–¡Sí, sí, que muera! –exclamaron la mayoría de los marineros, mientras amenazaban a su capitán.

–Capitán Bligh –continuó Christian–, algunos me han hablado de suspenderle en el aire, sujetado por el extremo de una cuerda; otros propusieron desgarrarle la espalda con el gato de las nueve colas, hasta que la muerte sobreviniera. Les faltó imaginación. Yo encontré algo mejor que eso. Además, usted no ha sido el único culpable aquí. Aquéllos que siempre han ejecutado sus órdenes fielmente, por crueles que fuesen, estarían desesperados de estar bajo mi mando. Ellos merecen ir junto a usted donde el viento los lleve. ¡Que traigan la chalupa!

Un murmullo de desaprobación acogió las últimas palabras de Christian que no pareció preocuparse mucho por la reacción de los marineros. El capitán Bligh, al cual estas amenazas no llegaron a perturbar, se aprovechó de un momento de silencio para tomar la palabra.

–Oficiales y marineros –dijo con voz firme–, en mi calidad de oficial de la marina real, y capitán de la Bounty, protesto contra el tratamiento que se me quiere dar. Si desean quejarse sobre la manera en que he ejercido mi mandato, pueden juzgarme en una corte marcial. 

Pero no han pensado, probablemente, en la gravedad del acto que ustedes van a ejecutar. ¡Atentar contra el capitán es rebelarse contra la ley, imposibilitar vuestro regreso a la patria, ser considerados piratas¡ ¡Más tarde o más temprano les sobrevendrá la muerte ignominiosa, la muerte que se le depara a los traidores y los rebeldes! ¡En el nombre del honor y la obediencia que me juraron, les pido que cumplan su deber!

–Nosotros sabemos perfectamente a lo que nos exponemos –respondió Churchill.

–¡Suficiente! ¡Suficiente! –gritaron a coro los hombres de la tripulación, preparándose para pasar de las palabras a los hechos.

–¡Bien –dijo Bligh–, si necesitan a una víctima, ese soy yo, pero yo solamente! ¡Aquellos compañeros que ustedes condenan junto conmigo, sólo ejecutaron mis órdenes!

La voz del capitán fue ahogada por un concierto de vociferaciones. Bligh tuvo que renunciar a la idea de poder conmover a estos corazones que se habían convertido en despiadados.

Mientras, se habían tomado todas las medidas necesarias para que las órdenes de Christian fuesen ejecutadas.

Sin embargo, un intenso debate había surgido entre el segundo a bordo y algunos de los amotinados que querían abandonar en el mar al capitán Bligh y a sus compañeros sin darles un arma y sin apenas dejarles una onza de pan. 

Algunos –y esta era la opinión de Churchill– manifestaron que el número de los que tenían que abandonar la nave no era lo suficientemente considerable. Era necesario deshacerse también de aquellos hombres que al no haber intervenido directamente en la rebelión, no estaban seguro de sus opiniones. 

No se podría contar con aquellos que se contentaban con aceptar los hechos consumados. En cuanto a él, aún sentía en su espalda los dolores provocados por los azotes recibidos al haber tratado de desertar en Taití. ¡La mejor, la más rápida forma de curarse, sería entregándole al capitán a él!... ¡Él sabría como tomar venganza por su propia mano!

–¡Hayward! ¡Hallett! –gritó Christian, dirigiéndose a dos de los oficiales, sin tener en cuenta las observaciones de Churchill–, desciendan a la chalupa.

–¿Que le hice, Christian, para que usted me trate así? – dijo Hayward. ¡Es a la muerte a la que me envía!

–¡Las recriminaciones son inútiles! ¡Obedezca, o si no!... Fryer, embarque usted también.

Pero estos oficiales, en lugar de dirigirse hacia la chalupa, se acercaron al capitán Bligh, y Fryer que parecía ser el más determinado de todos se dirigió hacia él diciéndole:

–¿Capitán, quiere usted intentar retomar el barco? Nosotros no tenemos arma alguna, es cierto, pero estos amotinados sorprendidos no podrán resistir. ¡Si algunos de nosotros resulta muerto, eso no importaría! ¡Se puede intentar! ¿Qué le parece?

Ya los oficiales habían tomado las disposiciones necesarias para lanzarse contra los amotinados, que estaban ocupados en desmontar las chalupas, cuando Churchill, a quien esta conversación por rápida que fuera, no se le había escapado, les rodeó con varios hombres bien armados y les obligó a embarcar.

–¡Millward, Muspratt, Birket, y ustedes –dijo Christian mientras se dirigía a algunos de los marineros que no habían tomado parte en el motín–, vayan al entrepuente y escojan lo que consideren más útil! ¡Ustedes acompañarán al capitán Bligh! ¡Tú, Morrison, vigila a estos tunantes! Purcell, tome sus herramientas de carpintero. Se las permito llevar. Dos mástiles con sus velas, algunos clavos, una sierra, un pequeño pedazo de lona, cuatro pequeños envases que contenían unos ciento veinticinco litros de agua, ciento cincuenta libras de galleta, treinta y dos libras de carne de cerdo salada, seis botellas de vino, seis botellas de ron y la caja de licores del capitán. Esto fue todo lo que los abandonados pudieron llevar.  Además llevaban dos o tres sables viejos, pero se les negó llevar cualquier tipo de armas de fuego.

–¿Dónde están Heywood y Steward? –preguntó Bligh, cuando se encontraba en la chalupa– ¿Ellos también me traicionaron?.

Ellos no le habían traicionado, pero Christian había decidido dejarlos a bordo. El capitán tuvo un momento de desaliento y de debilidad perfectamente perdonable, que no duró mucho tiempo.

–¡Christian –dijo–, le doy mi palabra de honor de olvidarme de todo lo que ha ocurrido, si usted renuncia a su abominable proyecto! ¡Se lo imploro, piense en mi mujer y mi familia! ¡Muerto yo, qué será de todos los míos!

–Si usted hubiera tenido honor –respondió Christian–, las cosas no habrían llegado a este punto. ¡Si usted hubiera pensado más a menudo en su mujer, en su familia, en las mujeres y en las familias de los otros, usted no habría sido tan duro, tan injusto con todos nosotros!

A su turno, el excapitán, en el momento de embarcar, estaba intentando convencer a Christian.

Era en vano.

–Hace mucho tiempo que sufro –contestó este último con amargura–. ¡No sabe cuales han sido mis torturas! ¡No! ¡Esto no podía durar un día más. Además, usted no ignora que durante todo el viaje, yo, el segundo al mando de este navío, he sido tratado como un perro! Sin embargo, al separarme del capitán Bligh, al que probablemente no volveré a encontrar jamás, deseo, por una cuestión de misericordia, no quitarle toda esperanza de salvación. ¡Smith! ¡Desciende al camarote del capitán y trae su vestimenta, su diario y su cartera. Además, entrégale mis tablas náuticas y mi propio sextante. ¡Tendrá la oportunidad de poder salvar a sus compañeros y salir del apuro él mismo!

Las órdenes de Christian fueron ejecutadas, no sin antes generar alguna protesta.

–¡Y ahora, Morrison, suelte la amarra –gritó el segundo de a bordo devenido primero–, y que Dios vaya con ustedes!

Mientras que los amotinados con sus irónicas expresiones despedían al capitán Bligh y a sus infelices compañeros, Christian, apoyado en la borda, no podía quitar los ojos de la chalupa que se alejaba. Este bravo oficial, de conducta, hasta entonces fiel y franca, había merecido los elogios de todos los capitanes a los cuales había servido y ahora se había convertido en el jefe de una banda de piratas. No estaría permitido para él volver a ver a su vieja madre, ni a su novia, ni las playas de la isla de Man, su patria. ¡Su autoestima había caído en un profundo vacío, deshonrada a los ojos de todos! ¡El castigo seguía ya a la falta!

 

Capítulo II

Los abandonados

 

Con sus dieciocho pasajeros, oficiales y marineros y las escasas provisiones que contenía, la chalupa que transportaba a Bligh estaba tan cargada, que apenas sobresalía unas quince pulgadas sobre el nivel del mar. Con una longitud de veintiún pies y un ancho de seis, la chalupa parecía estar especialmente apropiada para el servicio de la Bounty; pero, para contener una tripulación tan numerosa, para hacer un viaje un poco largo, era difícil encontrar alguna embarcación más detestable.

Los marineros, confiados en la energía y la habilidad del capitán Bligh y de los oficiales que compartían su misma suerte, remaban vigorosamente, haciendo avanzar a la chalupa rápidamente sobre las olas del mar. Bligh no tenía dudas sobre la conducta a seguir. Era necesario, en primer lugar, volver lo antes posible a la isla Tofoa que era la más cercana del grupo de las islas de los Amigos, de la cual habían salido algunos días antes; allí era necesario recolectar los frutos del árbol del pan, renovar la provisión de agua y luego dirigirse a Tonga-Tabú. Probablemente se podrían abastecer de provisiones en cantidades suficientes como para intentar la travesía hasta los establecimientos holandeses de Timor, si, debido a la hostilidad de los indígenas, no pudieran hacer escala en algunos de los innumerables archipiélagos existentes en esa ruta.

El primer día transcurrió sin incidentes y al anochecer fueron avistadas las costas de Tofoa. Desafortunadamente, la costa era tan rocosa y la playa tenía tantos escollos, que no era posible desembarcar de noche por ese lugar. Era necesario esperar al próximo día.

Bligh, a menos que hubiera una necesidad apremiante, no quería consumir las provisiones de la chalupa. Por tanto, era necesario que la isla alimentara a sus hombres y a él. Pero esto parecía ser algo difícil, ya que al desembarcar no encontraron rastro alguno de habitantes. Algunos, sin embargo, no demoraron en aparecer, y al ser bien recibidos, llegaron otros, que les ofrecieron un poco de agua y algunas nueces de coco.

La turbación de Bligh era grande. ¿Qué decirles a estos indígenas que ya habían comerciado con la Bounty durante su última escala? Antes que nada, lo que más importaba era ocultarles la verdad con el objetivo de no destruir el prestigio que los extranjeros habían adquirido en estas islas. ¿Decirles que venían en busca de provisiones y que la tripulación del barco los esperaban de vuelta? ¡Imposible! ¡La Bounty no era visible, incluso ni desde la más alta de las colinas! ¿Decirles que la nave había naufragado y que ellos eran los únicos sobrevivientes? Era quizás lo más verosímil. Quizás esto les conmovería y les animaría a completar las provisiones de la chalupa. Bligh se decidió por esta última explicación, sabiendo que era peligrosa, y se puso de acuerdo con sus hombres de manera que todos contaran la misma historia.

Mientras los indígenas escuchaban la narración, no eran visibles en ellos ni señales de alegría ni signos de tristeza. Su cara sólo expresaba un profundo asombro y fue imposible conocer cuáles eran sus verdaderos pensamientos.  El 2 de mayo, la cantidad de indígenas provenientes de otras partes de la isla aumentó de una manera considerable y Bligh pronto comenzó a notar que sus intenciones eran hostiles. Algunos trataron de varar la embarcación en la playa y sólo se retiraron ante las enérgicas demostraciones del capitán que les amenazaba con su machete. Mientras esto ocurría, algunos de los hombres que Bligh había enviado en busca de provisiones, regresaban con tres galones de agua.

El momento de abandonar esta isla inhospitalaria había llegado. Al atardecer, todos estaban listos, aún cuando no sería fácil llegar hasta la chalupa. La playa estaba cubierta por una gran cantidad de indígenas que hacían chocar entre sí algunas piedras, que estaban listas para ser lanzadas. Por tanto, era necesario que la chalupa estuviera cerca de la playa y disponible en el momento en que los hombres estuvieran listos para embarcar. Los ingleses, seriamente preocupados por la actitud hostil de los indígenas, se dirigieron a la playa, rodeados por doscientos salvajes, que sólo esperaban una señal para comenzar el ataque. 

Sin embargo, afortunadamente, todos habían embarcado en la chalupa y fue entonces cuando uno de los marineros, llamado Bancroft, tuvo la fatal idea de regresar a la playa para recoger un objeto olvidado. En un instante, este imprudente fue rodeado y recibido por los indígenas con una andanada de piedras, sin que sus compañeros, que no poseían armas de fuego, pudieran rescatarlo. Además, en ese propio momento, también ellos comenzaron a ser atacados con una lluvia de piedras.

–¡Adelante, muchachos –gritó Bligh–, de prisa, a los remos y remen fuerte!

Los indígenas, entonces, se adentraron en el mar y comenzaron a lanzar una andanada de piedras sobre la embarcación. Algunos hombres fueron heridos. Pero Hayward, recogió una de las piedras que habían caído dentro de la chalupa y se la lanzó a uno de los asaltantes en medio de los dos ojos. El indígena cayó de espaldas dando un gran grito, al cual respondieron los hurras de los ingleses. Su infortunado camarada había sido vengado.

Mientras tanto, varias canoas aparecieron de inmediato en la playa y comenzó la caza. Esta persecución podía haber terminado en una lucha en la cual su resultado no parecía ser el más exitoso. Fue entonces cuando el oficial mayor de la tripulación tuvo una idea luminosa. Sin sospechar que estaba imitando a Hipómenes en su lucha con Atalanta, se despojó de su chaqueta y la lanzó al mar. Los indígenas, a la vista de una posible presa, se detuvieron para recogerla, y esto tiempo fue aprovechado por la chalupa para doblar la punta de la bahía.

Mientras, la noche había caído y los indígenas, ya sin esperanzas, abandonaron la persecución de la chalupa.

Esta primera tentativa de desembarco no había tenido un resultado feliz y la opinión de Bligh era la de no volver a intentarlo.

–Ha llegado el momento de tomar una decisión –dijo –. Los sucesos ocurridos en Tofoa volverán a ocurrir, probablemente, en Tonga-Tabú, y en cualquier lugar donde pretendamos entrar. Numéricamente débiles y sin armas de fuego, estaremos absolutamente a merced de los indígenas. Sin objetos de intercambio, no podemos comprar provisiones y nos es imposible conseguirlas mediante la fuerza. Por tanto sólo dependemos de nuestros propios recursos. Sin embargo, ustedes conocen, amigos míos, tan bien como yo, cuán miserables son ellos. ¿No es mejor conformarse con lo que tenemos y no arriesgar, en cada desembarco, la vida de muchos de nosotros? 

Sin embargo, no quiero ocultarles el horror de nuestra situación. ¡Para llegar a Timor, tendremos que viajar unas mil doscientas millas y tendremos que contentarnos diariamente con una onza de galleta y un cuarto de pinta de agua! Este es el precio de la salvación, contando además que encontraré en ustedes la más absoluta obediencia. ¡Respóndanme sin segundas intenciones! ¿Están de acuerdo en llevar esta empresa hacía delante? ¿Juran ustedes obedecer mis órdenes, cualquiera que ellas sean? ¿Prometen someterse sin protestar a estas privaciones?

–¡Sí, sí, lo juramos! –exclamaron a una sola voz los compañeros de Bligh.

–¡Mis amigos –dijo el capitán–, es necesario también olvidar nuestros recíprocos resentimientos, nuestras antipatías y nuestros odios, en una palabra, sacrificar nuestros rencores personales al interés de todos, que es lo que debe guiarnos!

–Lo prometemos.

–Si ustedes cumplen su palabra –agregó Bligh–, y si fuera necesario sabré como obligarles a cumplirla, respondo de nuestra salvación.

La chalupa puso entonces rumbo al oeste-noroeste. El viento, que soplaba fuerte, desató una gran tormenta en la noche del 4 de mayo. Las olas eran tan altas, que la embarcación desaparecía entre ellas y parecía no poder sostenerse a flote. El peligro aumentaba a cada instante. Empapados y helados, los pobres desgraciados, aquel día, solo tuvieron para reconfortarse una copa de ron y la cuarta parte del fruto de un árbol del pan casi podrido.

Al siguiente día y durante los días siguientes, la situación no cambió. La embarcación pasó en medio de innumerables islas, en las cuales se divisaban algunas piraguas.

¿Estaban éstas preparadas para darles caza, o para traficar? Debido a la duda, hubiera sido imprudente haberse detenido. Además la chalupa, cuyas velas se hinchaban debido al fuerte viento, pronto se alejaba a una buena distancia. El 9 de mayo, se desató una terrible tormenta. El trueno y los relámpagos se sucedían sin interrupción. La lluvia caía con tanta fuerza, que las más violentas tormentas de nuestros climas no pudieran dar una idea exacta de la magnitud de esta. 

Era imposible que la ropa se secara. Bligh, entonces, tuvo la idea de mojar sus vestimentas con el agua del mar y llenarlas de sal, con el propósito de devolver a la piel, el calor quitado por la lluvia. Sin embargo, estas torrenciales lluvias que causaron tantos sufrimientos al capitán y a sus compañeros, les salvaron de una de las torturas más horribles, las torturas de la sed, que un insoportable calor hubiera pronto provocado. El 17 de mayo, en la mañana, luego de una espantosa tormenta, las lamentaciones llegaron a ser unánimes.

–¡No tendremos fuerzas para llegar a Nueva Holanda! –exclamaron los pobres desgraciados. Calados por la lluvia, agotados por el cansancio, no tendremos jamás un momento de descanso! Estamos casi muertos de hambre, ¿no aumentará usted nuestras raciones, capitán? ¡Poco importa que nuestras provisiones se agoten! ¡Las repondremos fácilmente cuando lleguemos a Nueva Holanda!

–Me niego –contestó Bligh–. Hacerlo implicaría actuar como un loco. ¡Cómo! ¡Hemos recorrido la mitad de la distancia que nos separa de Australia, y ya ustedes no abrigan esperanzas! ¿Creen, además, que podremos encontrar provisiones fácilmente en las costas de Nueva Holanda? No conocen ni el país ni a sus habitantes.

Y Bligh comenzó a describir a grandes rasgos las características del suelo, las costumbres de los indígenas, lo que relató fue una parte de todas las cosas que había llegado a conocer en su viaje con el capitán Cook. Por esta vez, sus compañeros de infortunio le escucharon y permanecieron callados. Los quince días siguientes fueron animados por un claro sol que les permitió secar sus vestimentas. El 27 fue divisada la costa oriental de Nueva Holanda. El mar estaba tranquilo, bajo este cinturón madrepórico y algunos grupos de islas de exótica vegetación, hacían agradable la vista. 

Desembarcaron en la isla, avanzando con suma precaución. Las únicas huellas encontradas que denotaban la presencia de los indígenas fueron restos de hogueras, hechas mucho tiempo atrás. Por tanto era posible pasar una buena noche en tierra. Pero era necesario comer. Afortunadamente uno de los marineros descubrió un banco de ostras. Era un obsequio real.

Al día siguiente, Bligh encontró en la chalupa un cristal de aumento, un eslabón y azufre. Por tanto fue posible hacer fuego, y con él se cocieron algunos moluscos y pescados.

Bligh planeó dividir la tripulación en tres escuadras. Una de ellas debía poner en orden la embarcación; las otras dos debían ir en busca de provisiones. Pero varios hombres se quejaron con amargura, declarando que era mejor cenar que aventurarse hacia el interior de la isla.

Uno de ellos, más violento o más irritado que sus camaradas, llegó a decirle al capitán:

–¡Un hombre vale lo mismo que otro, y no veo porqué siempre está descansando! ¡Si tiene hambre, vaya y busque algo que comer! ¡Lo que hace aquí, yo también lo puedo hacer!

Bligh, comprendiendo que este intento de motín debía ser detenido al momento, tomó uno de los machetes y lanzando otro a los pies del rebelde, le gritó:

–¡Defiéndete, o te mato como a un perro!.

Esta enérgica actitud hizo replegarse al rebelde, y el descontento general se calmó. Durante esta escala, la tripulación de la chalupa recolectó una gran cantidad de ostras, moluscos e hizo acopio de agua dulce.

Un poco después, de los dos destacamentos enviados a la caza de las tortugas y los nodis, el primero regresó con las manos vacías; el segundo había cazado seis nodis, y hubieran atrapado más si uno de los cazadores, al apartarse de los demás, no las hubiese espantado. Este hombre confesó, más tarde, que había capturado nueve de aquellos volátiles y que se los había comido crudos inmediatamente.

Sin las provisiones y el agua dulce, que habían recogido en la costa de Nueva Holanda, era seguro que Bligh y sus compañeros hubieran perecido. Además, todos estaban en un estado miserable, flacos, demacrados, exhaustos. Eran reales cadáveres.

El viaje por mar, para llegar a Timor, resultó ser la dolorosa repetición de los sufrimientos ya soportados por estos pobres desgraciados antes de alcanzar las costas de Nueva Holanda. Solamente, la fuerza de resistencia había disminuido a todos, sin excepción. Después de algunos días, sus piernas permanecieron hinchadas.

En este estado de debilidad extrema, fueron agobiados por un incesante deseo de dormir. Eran las señales iniciales de un final que no podía retrasarse mucho más. Bligh, advirtiendo esta situación, distribuyó doble ración a aquellos que se encontraban más débiles y procuró darles un poco de esperanza. 

Finalmente, en la mañana del 12 de junio, la costa de Timor apareció, después de una travesía de tres mil seiscientas dieciocho millas recorridas en las más difíciles condiciones. La bienvenida que los ingleses recibieron en Cupang fue de las mejores. Permanecieron en la ciudad durante dos meses para recuperarse. Luego, Bligh, que había comprado una pequeña goleta, llegó a Batavia, desde donde embarcó para Inglaterra.

Fue el 14 de marzo de 1790 cuando los abandonados desembarcaron en Portsmouth. La narración de las torturas que habían soportado alentó la simpatía de muchas personas y la indignación de todas las personas de buen corazón. Casi inmediatamente, el Almirantazgo procedió a armar la fragata La Pandora, de veinticuatro cañones y una tripulación de ciento sesenta hombres y la envió en persecución de los amotinados de la Bounty.

Ahora se verá en lo que se habían convertido.

 

Capítulo III

Los amotinados

 

La Bounty, después de haber abandonado al capitán Bligh partió hacia Taití. Ese mismo día, avistaron Tubuai. El agradable aspecto de esta pequeña isla, rodeada de una gran cantidad de piedras madrepóricas, invitaba a Christian a desembarcar; pero las demostraciones de los habitantes parecían muy amenazadoras y no se efectuó el desembarco.

Fue el 6 de junio de 1789 cuando anclaron en la bahía de Matavai. La sorpresa de los taitianos fue grande al reconocer la Bounty. Los amotinados encontraron allí a los indígenas con los que habían comerciado durante una escala anterior, y ellos les contaron una historia, en la cual mezclaron el nombre del capitán Cook, del cual los taitianos habían conservado el mejor recuerdo. 

El 29 de junio, los amotinados partieron nuevamente hacia Tubuai y comenzaron a buscar alguna isla que estuviera situada fuera de la ruta habitual de los barcos, cuyo suelo fuera lo suficientemente fértil para alimentarles, y en la cual pudieran vivir en completa seguridad.

Vagaron de archipiélago en archipiélago, cometiendo toda clase de saqueos y violencias, que la autoridad de Christian podía raramente impedir. Luego, cansados de buscar, fueron atraídos por la fertilidad de Taití, por las sencillas y pacíficas costumbres de sus habitantes, retornaron a la bahía de Matavai. Allí, las dos terceras partes de la tripulación descendieron inmediatamente a tierra. Pero, en la tarde del propio día, la Bounty levó el ancla y desapareció, antes de que los marineros que habían desembarcado comenzaran a sospechar la intención de Christian de partir sin ellos. 

Abandonados a su propia suerte, estos hombres se establecieron sin muchos problemas en diferentes distritos de la isla. Stewart, el contramaestre y Peter Heywood, el guardiamarina, los dos oficiales a quienes Christian había excluido del castigo impuesto contra Bligh y que habían sido retenidos en contra de sus voluntades, permanecieron en Matavai cerca del rey Tippao, donde poco después Stewart esposó a la hermana. Morrison y Millward se presentaron ante el jefe Peno, que les dio la bienvenida. 

En cuanto a los otros marineros, penetraron al interior de la isla y no tardaron en casarse con algunas taitianas. Churchill y un loco furioso llamado Thompson, después de haber cometido todo tipo de crímenes, riñeron. Churchill murió en esta lucha y Thompson fue apedreado por los indígenas. Así perecieron dos de los amotinados que habían tomado la parte más activa en la rebelión. Los otros, al contrario, por su buena conducta, se ganaron la estima de los taitianos. 

Sin embargo, Morrison y Millward veían siempre el castigo pendiendo sobre sus cabezas y no podían vivir tranquilos en esta isla donde hubieran sidos fácilmente descubiertos. Entonces, tuvieron la idea de construir una embarcación, sobre la cual tratarían de llegar a Batavia, con el propósito de unirse al mundo civilizado. 

Con ocho de sus compañeros y con herramientas de carpintero, consiguieron, después de ardua labor, construir un pequeño velero que llamaron La Resolución, y lo fondearon en una bahía ubicada detrás de una de las puntas de la isla, llamada punta de Venus. Pero la imposibilidad absoluta de proveerse de velas les impidieron hacerse a la mar. Durante este tiempo, convencidos de su inocencia, Stewart cultivó un jardín y Peter Heywood reunió los materiales de un vocabulario que fue, más tarde, muy útil a los misioneros ingleses.

Sin embargo, dieciocho meses habían transcurrido cuando, el 23 de marzo de 1791, un velero bordeó la punta de Venus y se detuvo en la bahía Matavai. Era La Pandora, que había sido enviada por el almirantazgo inglés, en persecución de los amotinados.

Heywood y Stewart se apresuraron en subir a bordo, dijeron sus nombres y funciones, declarando que no habían tomado parte en el motín; pero no se les creyó y fueron encadenados inmediatamente, así como a todos sus compañeros, sin averiguar más detalles. Tratados con la inhumanidad más indignante, cargados de cadenas, amenazados con ser fusilados si usaban la lengua taitiana para conversar entre ellos, fueron encerrados en una jaula de once pies de largo, ubicada en la extremidad del castillo de popa, al cual un aficionado de la mitología identificó con el nombre de "caja de Pandora" 

El 19 de mayo, La Resolución que había sido proveída de velas y La Pandora se hicieron a la mar. Durante tres meses, estos dos veleros cruzaron a través del archipiélago de los Amigos, donde se suponía que Christian y el resto de los amotinados pudieran haber buscado refugio. La Resolución, de un débil calado, había prestado eficaces servicios durante esta travesía; pero desapareció en las vecindades de la isla Chatam y aunque La Pandora permaneció durante varios días buscando el velero, nunca más se oyó hablar de La Resolución, ni de los cinco marineros que se encontraban a bordo.

La Pandora había tomado el camino a Europa con sus prisioneros, cuando en el estrecho de Torres, el barco chocó contra un arrecife de coral y se hundió inmediatamente con treinta y uno de sus marineros y cuatro de los rebeldes. La tripulación y los prisioneros que habían escapado al naufragio pudieron llegar a un islote arenoso. Allí, los oficiales y los marineros construyeron tiendas de lona; mientras los amotinados, expuestos a los ardores de un sol tropical, tuvieron que, para encontrar un poco de alivio, enterrarse en la arena hasta el cuello. 

Los náufragos permanecieron en este islote durante algunos días; luego todos llegaron hasta la isla Timor en las chalupas de La Pandora y la vigilancia tan rigurosa a la que fueron sometidos los rebeldes no se desatendió en momento alguno, a pesar de la gravedad de las circunstancias. Al llegar a Inglaterra en el mes de junio de 1792, los amotinados comparecieron ante un consejo de guerra presidido por el almirante Hood. 

Los debates duraron seis días y terminaron con la absolución de cuatro de los acusados y la condena a muerte de otros seis, por el crimen de deserción y secuestro del navío confiado a su custodia. Cuatro de los condenados fueron colgados a bordo de un barco de guerra; los otros dos, Stewart y Peter Heywood, cuya inocencia había sido finalmente reconocida, fueron perdonados.

¿Pero que había ocurrido con la Bounty? ¿Había naufragado con los últimos rebeldes a bordo? Era algo imposible de saber.

En 1814, veinticinco años después de ocurridos los hechos, con los cuales comienza esta narración, dos buques de guerra ingleses cruzaron Oceanía bajo las órdenes del capitán Staines. Se encontraban, al sur del archipiélago Peligroso, a la vista de una isla montañosa y volcánica que Carteret había descubierto en su viaje alrededor del mundo, y a la cual le había dado el nombre de Pitcairn. 

Era sólo un cono, casi sin playa, que se elevaba a pico sobre el mar, cubierto hasta su cúspide de bosques de palmeras y árboles del pan. Esta isla nunca había sido visitada; se encontraba a doscientas millas de Taití, a los 25 grados de latitud sur y los 180 grados y 8 minutos de longitud oeste; su superficie no medía más de cuatro millas y media de circunferencia y una milla y media solamente en su eje más grande, y solo se conocían los datos que Carteret había suministrado.

El capitán Staines decidió reconocer la isla y comenzó a buscar un lugar apropiado para desembarcar.

Al aproximarse a la costa, se sorprendió al ver algunas chozas, unas plantaciones y en la playa dos indígenas que, luego de haber lanzado una embarcación al mar y franquear hábilmente la resaca, se dirigían hacia el barco. Pero su asombro llegó al máximo posible cuando escuchó, en excelente inglés, las siguientes palabras:

–¡Eh! ¡Ustedes, necesitamos una cuerda para subir a bordo!

Apenas llegaron a cubierta, los dos robustos remeros fueron rodeados por los asombrados marineros que les agobiaron con preguntas a las cuales ellos no supieron contestar. Conducidos ante el comandante, fueron interrogados formalmente.

–¿Quiénes son ustedes?

–Yo me llamo Fletcher Christian y mi compañero, Young.

Estos nombres no le decían nada al capitán Staines, que estaba muy lejos de pensar en los supervivientes de la Bounty.

–¿Desde cuando están aquí?.

–Nacimos allí.

–¿Cuántos años tienen?.

–Tengo veinticinco años –respondió Christian– y Young dieciocho.

–¿Fueron sus padres arrojados a esta isla por algún naufragio?

Entonces, Christian le hizo al capitán Staines la conmovedora confesión que sigue y de la cual estos son los principales hechos:

Al abandonar Taití y dejar en ella a veintiuno de sus compañeros, Christian, que tenía a bordo de la Bounty la narración del viaje del capitán Carteret, puso proa directamente hacía la isla Pitcairn, cuya posición juzgo conveniente para lograr sus propósitos. Veintiocho hombres componían entonces la tripulación de la Bounty. Estaba formada por Christian, el aspirante Young y siete marineros, seis taitianos que se le habían unido en Taití, entre los cuales habían tres hombres acompañados de sus mujeres y un niño de diez meses, además tres hombres y seis mujeres, indígenas de Tubuai.

La primera medida de Christian y de sus compañeros, tan pronto como hubieron llegado a la isla Pitcairn, fue destruir la Bounty para no ser descubiertos. Sin duda, ellos perderían toda posibilidad de abandonar la isla, pero el cuidado de su seguridad así lo exigía.

El establecimiento de la pequeña colonia se hizo con dificultades, entre gentes a las que solo les unía la complicidad de un crimen. Pronto, comenzaron las peleas sangrientas entre los taitianos y los ingleses. En el año 1794, sólo cuatro de los amotinados habían sobrevivido. Christian había sido acuchillado por uno de los indígenas que él había secuestrado. Todos los taitianos habían sido exterminados.

Uno de los ingleses que había encontrado la forma de fabricar bebidas con la raíz de una planta indígena, terminó siendo víctima de su embriaguez y en un momento de delirium tremens, se precipitó al mar, cayéndose desde la punta de una colina.

Otro, preso de un momento de furiosa locura, se había lanzado sobre Young y uno de los marineros, llamado John Adams, quien se vio forzado a matarle. En el año 1800, Young murió durante una violenta crisis de asma. John Adams era entonces el último sobreviviente de la tripulación de amotinados. Sólo y acompañado por varias mujeres y veinte niños, nacidos de la unión de sus compañeros con las taitianas, el carácter de John Adams se modificó profundamente. Tenía entonces treinta y seis años; había visto tantas escenas de violencia y crímenes, había visto la naturaleza humana bajo sus más tristes instintos que después de haber reflexionado, decidió enmendar el pasado. 

En la biblioteca de la Bounty, que había sido trasladada a la isla, había una Biblia y varios libros de oraciones. John Adams que frecuentemente los leía, se convirtió, inculcó excelentes principios a la joven población que lo consideraban como a un padre, y acabó siendo, por la fuerza de los acontecimientos, el legislador, el gran sacerdote y, por así decirlo, el rey de Pitcairn.   

Sin embargo, hacia 1814, las alarmas comenzaron a ser incesantes. En 1795, un barco se había acercado a Pitcairn, los cuatro sobrevivientes de la Bounty se habían escondido en los inaccesibles bosques y no se habían atrevido a regresar nuevamente a la bahía hasta que el barco no se alejara. Este mismo acto de prudencia se repitió en 1808, cuando un capitán americano desembarcó en la isla, donde encontró un cronómetro y una brújula, los cuales envió al almirantazgo inglés; pero el almirante no parecía interesado en estas reliquias de la Bounty. 

Es cierto que por esta época existían en Europa preocupaciones de más gravedad. Tal fue la narración hecha al comandante Staines por los dos jóvenes, ingleses por sus padres, uno hijo de Christian, el otro hijo de Young; pero, cuando Staines pidió ver a John Adams, este se negó a subir a bordo sin saber que ocurriría con él.

El comandante, después de haberle asegurado a los dos jóvenes que John Adams estaba amparado por la ley, debido a que habían transcurrido veinticinco años desde el motín de la Bounty, descendió a tierra y fue recibido por una población compuesta por cuarenta y seis adultos y un gran número de niños. Todos eran grandes y vigorosos, con una marcada fisonomía inglesa; las jóvenes sobre todo eran admirablemente bellas y su modestia le imprimía un carácter realmente atractivo.

Las leyes puestas en vigor en la isla eran muy simples. En un registro era anotado lo que cada uno había ganado por su trabajo. El dinero era desconocido; todas las transacciones se hacían por medio del intercambio, pero no había industrias, porque la materia prima era escasa. La vestimenta de los habitantes estaba solo conformada por inmensos sombreros y cinturones de hierba. La pesca y la agricultura, eran sus principales ocupaciones. Los matrimonios sólo se efectuaban con el permiso de Adams y sólo cuando el hombre hubiese desmontado y plantado un pedazo de tierra lo suficientemente grande como para proporcionar el sostén de su futura familia.

El comandante Staines, después de haber obtenido los más curiosos documentos sobre esta isla, perdida en las rutas menos frecuentadas del Pacífico, embarcó y regresó a Europa.

Desde entonces, el venerable John Adams terminó su azarosa vida. Murió en 1829 y fue reemplazado por el reverendo George Nobbs, que lo reemplazó en la isla, en las funciones de sacerdote, médico y maestro de escuela. En 1853, los descendientes de los amotinados de la Bounty eran unos ciento setenta. Desde entonces, la población aumentó y llegó a ser tan numerosa que, tres años después, gran parte de ella debió establecerse en la isla Norfolk, que hasta ese momento había sido usada como cárcel de convictos. 

Pero una parte de los emigrantes recordaban a Pitcairn, aún cuando Norfolk era cuatro veces más grande, la tierra era notable por su fertilidad y las condiciones de existencia eran bien cómodas. Dos años después, varias familias retornaron a Pitcairn, donde continúan prosperando.

Este fue el epílogo de una aventura que había comenzado de una manera tan trágica. Al inicio, los amotinados, los asesinos, los locos, y ahora, bajo la influencia de los principios de la moral cristiana y de la instrucción dada por un pobre marinero convertido, la isla de Pitcairn se convirtió en la patria de una población sencilla, hospitalaria, feliz, donde se pueden encontrar nuevamente las costumbres patriarcales de las primeras edades.

El último invierno antes del diluvio - Wlodzimierz Odojewski

A duras penas iban avanzando todo el día en columnas de carros o de personas a pie que iban solas o en grupos, cargando hatillos o tirando de carritos colmados hasta el tope. En el frío, aire seco, puro y sin nada de viento. 

Entre dos filas de árboles deshojadas, de cuyas ramas y troncos se exfoliaban trozos de corteza como si fueran cicatrices o chapas de cobre. Todo el día sin parar, siempre en dirección del Oeste. Y finalmente les separaban muchos kilómetros de aquella ciudad. Y ella tal vez ni siquiera le hubiera dicho por lo que había pasado. Y más, si hubiesen seguido el viaje. O si el viaje hubiera durado una noche más. Ya no digamos, un día más. Si se hubieran alejado más de aquel lugar. De aquel recuerdo. Para ya no sentir aquello dentro de su cuerpo. (Entonces seguramente ni siguiera hubiera necesitado decir nada a nadie. Y menos al hombre que era su marido.) 

Pero aquel anciano, que por la mañana les había dejado subir a su carro, se acordó de repente que en un poblado cercano tenía a unos parientes, se desvió del camino y luego, asomándose de su ropaje de pieles de carnero, volvió la cabeza hacia ellos dos, tumbados entre fardos de sábanas y sacos repletos de sus pertenencias, y les aseguró con toda la sinceridad que a ellos tampoco les costaría encontrar un sitio para trasnochar. 

Así que se iban a quedar por primera vez los dos a solas. Por primera vez desde el momento de encontrarse los dos al alba entre la multitud de gente que marchaba de la ciudad. Ellos se habían incorporado en aquella hilera de coches y carros de caballos, que no paraba de inflarse desde el bombardeo de las cercanías de la estación. 

Y bajo el fuego de artillería, que los perseguía, ellos avanzaban en dirección del Oeste, entre diferentes unidades de refuerzo dispersas, entre aquel vulgo multinacional que siempre se movía cerca del frente y entre la gente de regiones cercanas que ya había vivido una vez bajo el poder de aquellos del Este y sabía muy bien que le podía esperar. 

Siempre en dirección del Oeste. Sin paradas o descansos. Como mucho, deteniéndose en el borde del bosque para hacer sus necesidades o para abrevar los caballos o frotar la piel de estos, empapada de sudor, con un manojo de paja. O deteniéndose también después, a mediodía, y luego también por la tarde cuando el fuego de los cañones ya quedaba lejos y su ronroneo parecía callado o unido con el eco del andar de los caballos, con el golpeteo de los aros de las ruedas de acero, con el chirrido de los cubos, con el retiñir de las cadenas, con el zumbido de los camiones militares que a veces pasaban sueltos abriéndose paso entre la muchedumbre, o con el traqueteo de las orugas del tanque sobre la alisada superficie del hielo, como si alguien hiciera caer guisantes sobre el vidrio. 

Siempre en dirección del Oeste, sin descansos, apenas intercambiando palabras, por lo que en todo el día no habrían llegado a decir ni veinte, o tal vez algunas más, pero como sumo unas decenas de palabras, las más imprescindibles y urgentes. Así que cuando aquel anciano arropado hasta la cabeza con pieles de carnero dirigió los caballos hacia el poblado que apareció de pronto detrás de la colina, casi pegada ahora a la pendiente, a ella le entró pánico. Pero, con todo, no podía ser de otra forma. Ella podía haber esperado que aquello ocurriera, incluso tan pronto.

Fue justo al acabar la cena. Iban a pasar la noche en casa de una familia que había huido antes y que había dejado su casa a cargo de una mujer joven, de cara marchita y marcada por sombras, de ojos apagados y manos fatigadas. Ella les dijo que no quedaba mucho queroseno, sólo lo que se veía en el fondo de la lámpara, por lo que se debían lavar y acostar a la luz del fuego de la estufa, y que no escatimaran leña pues había suficiente, que miraran de no pasar frío, y al final les deseó las buenas noches y se fue. 

Entonces él cerró la puerta de entrada, la del zaguán, echando el pestillo y se quedaron allí solos, abandonados a su suerte. Y cuando algo más tarde él la cogió en sus brazos, ella interpuso sus dos manos contra su pecho y lo empujó con las manos tensadas. Ella siguió empujándolo pues él no la soltaba, e intentó apartarse de él, encorvada hacia atrás tras apartarse abruptamente, siempre con una resistencia feroz. 

Con la cara pálida, encarnizada, desesperada, enfadada, dijo en frases breves, entrecortadas, casi susurrando, atragantándose: «Déjame. Ahora no. No puedo. Si es que ya sabes lo que ellos han hecho con las mujeres. Y conmigo también.». Y luego: «Déjame. Ahora no. No puedo. ¡Déjame!», con frases que se cortaban como si en los pulmones se le hubiera  acumulado demasiado aire y la respiración no le dejara salir, por lo cual ella procuraba deshacerse de aquel aire junto con las palabras. 

Y a lo mejor si él la hubiera rechazado (aunque en realidad ella no quería que lo hiciera), si se hubiera quedado paralizado por lo que acababa de oír, si se hubiera quedado tenso por dentro, pues por un instante sus ojos parecieron reflejar asombro (porque ningún hombre acepta pensar que él mismo pudiera enfrentarse con algo así) o si aquello no era asombro, por lo menos era ira de impotencia o confusión masculina en el fondo de la cual podía ocultarse un impulso contenido de rechazo, entonces a lo mejor ella habría podido llorar. 

Y luego aquello habría podido bajar en forma de lágrimas, correr hasta desaparecer, borrarse de la memoria, sobre todo porque él la habría cogido en sus brazos de nuevo intentando acariciarle la cara y el pelo con su mano y susurrando palabras que ella no habría entendido pero lo importante habría sido el susurro y el poder escuchar su voz.

Pero él no hizo nada de eso. Su cara, siempre dura, ahora al instante se volvió algo blanda, oscurecida, hasta totalmente oscura e impenetrable. Y una vez, o a lo mejor un par de veces, se vio el brillo de dos dientes blancos, claros y fuertes, lo que le dio a la cara una expresión feroz y mala. Pero él no dijo nada. Porque el contorno de sus labios y sus ojos no mostraba más que humildad. Y como si de repente la humildad fuera capaz de aplastar, ahogar y matar en él el sufrimiento más grande, como si se sintiera culpable de no haber estado con ella en aquel momento o tal vez de haber causado todo aquello por el mero hecho de ser también un hombre.

Así que sólo repitió algo en voz baja, sofocándose, susurró algo que no se oyó, sujetándola fuerte todo el tiempo, como si temiera que se le escapara, y luego dijo: «Sí, lo oía, lo presentía, lo sabía... Al enterarme que se juntó a la pacificación la gente del general Vlasov... Hasta empecé a rezar... No sabía por qué. Pero recé. Para que no te fusilaran. No sé...» Entonces ella detuvo aquel susurro repentinamente diciendo con voz aguda y cortante que en su presencia habían fusilado a dos mujeres, que, justo al acabar, las habían fusilado. 

Y él dijo: «Lo sé». Y ella: «¿Lo sabes? ¿Tú qué puedes saber? ¡¿Cómo lo puedes saber?!» con desesperación e ira. Y él, siempre susurrando y atragantándose como antes, que al día siguiente ellos entraron en aquel monasterio del linde de la ciudad, registraron los sótanos y vieron muchos cuerpos. Y ella, que eran varios los que las habían atormentado y luego, al acabar, las fusilaron y que ella veía que ellos parecían normales. 

Y después ella contó también otras cosas, sin saber para qué, pues antes había pensado no decir nada. Y le miró a los ojos, y los ojos de él se escapaban, la rehuían ahora por los dos lados, hasta que al final él gritó: «¡Para! ¡No hables más!», como si pensara que al parar de hablar ella, dejaría de existir aquello que contaba. E intentó abrazarla de nuevo. Entonces algo se aflojó en ella, sus manos tensadas perdieron la fuerza de antes, dejaron de resistir, así que él la acercó y ella pudo sentir a través de las costillas, en el fondo, el corazón de él, agitado, pesado, ruidoso e irregular.

Después se encontraban los dos tumbados en la cama. El suelo delante de la estufa quedaba iluminado en un semicírculo rojo por el brillo de ascuas que caían por la parrilla al cenizal. Las paredes y el techo quedaban a oscuras. Aquella oscuridad parecía capaz de retener los restos de la luz del atardecer o captar el rojo reflejo en el suelo. 

En aquella oscuridad les observaban los ojos de los santos representados en unos ingenuos cuadros típicos de las aldeas. Los habían dejado en las paredes personas que hacía poco habían vivido allí pero ahora estaban vagando en alguna parte entre gente desconocida, Dios sabía para qué...

Estaban acostados, inmóviles, callados, atrapados en unas invisibles telarañas de tranquilidad ilusoria. El mundo se iba abajo, o tal vez ya se había ido abajo del todo, pero les parecía estar a salvo en aquel lugar y, pese a todo, los dos juntos de nuevo. En la estufa crepitaba el fuego. De la chimenea llegaba un ruido no demasiado fuerte. 

Detrás de la ventana había un enorme silencio de nieve. De detrás de este apenas llegaba todo aquel retumbar del camino por el que no paraban de pasar los refugiados o los restos de las unidades derrotadas del ejército alemán del Este. Y era como si los dos supieran qué palabras intercambiar y que, de todas formas, estas no tendrían importancia y sobrarían.

Ella procuraba no pensar en algunas cosas más, repetía que las tenía que borrar de la memoria para siempre y suponía que él pensaba lo mismo y no sabía qué hacer con lo que ella le había dicho. Hasta que en un momento le pasó por la cabeza que él pudiera tener miedo de tocar su cuerpo y aquello le afectó profundamente. 

Entonces volvió su propia cara hacia él y le miró la cara. Pero allí encontró sólo aquella humildad de antes, y cuando sus ojos se encontraron, ella vio en ellos el mismo retroceder de antes. Pero de repente comprendió, incluso hasta estar segura, que era únicamente para no hacerle daño con algún gesto, o tal vez simplemente por sentir humillación. Pero luego sus ojos ya no se giraban, no la rehuían, y, pasado un momento, incluso dejaron de retirarse.  

Así que ella se levantó sobre los brazos para mirar su cara desde arriba, y luego puso las manos encima de sus hombros. Hasta que en un momento sintió temblor de aquellos hombros (aunque permanecían inmóviles, resignados), como si quisieran levantarse y hacer algo que él mismo procurara frenar. Con todo, ella lo conocía tan bien como una mujer puede conocer al hombre que ama y por el que es amada. Así que rápidamente lo abrazó y lo atrajo hacia sí. Y luego actuó como en un sueño y todo lo demás ocurrió como en un sueño. Incluso las palabras de amor de él le parecieron más atenuadas. 

Las manos de ella arrimaron su cabeza hacia su propio cuerpo con fuerza pero no supieron retenerla para más tiempo. La cara de él se alejaba en la oscuridad, se distinguía cada vez menos, se diluía, a pesar de encontrarse los dos tan cerca que entre ellos no había nada, ni siquiera una fina capa de aire. Y luego lo sintió dentro, con la agitación y humillación interiores pero también con el placer que él sentía a pesar de sus pensamientos.

Luego estaba dormido. Su respiración era regular, discreta, profunda. Y ella no necesitaba mirarlo para saber que su cara mostraba serenidad plena y alivio. Con una terrible lucidez pensó en la fuerza de su propio cuerpo, pero aquel pensamiento carecía de satisfacción o contento, más bien lindaba con decepción o resignación. 

Seguía tumbada, con los ojos húmedos de lágrimas, destapada, cada vez más fría. Con las ventanas de su nariz pasaba algo extraño, algo que no había sentido nunca. Sus músculos se estaban moviendo, contrayendo, saltando, como si quisieran escapar del olor de un hombre, que se elevaba por el aire, como si no pudieran soportarlo aunque se trataba de su marido. Y mientras pensaba: «Eso no puede ser verdad.  ¿Qué me está pasando?», pensó en lo inútil que era lo que los había unido hacía un instante.

Sintió unos breves escalofríos. Se asomó de la cama y extendió la mano hacia la estufa para tocar la piedra pero notó que estaba caliente. Aquel movimiento de la mano o bien los escalofríos a él le despertaron y le hicieron levantar la cabeza. Sus labios murmuraron algo incoherente y sus manos hicieron un esfuerzo para acercarla pero de pronto todos sus músculos se relajaron, su cabeza volvió a estar apoyada sobre el hombro de ella y su respiración era regular de nuevo. 

Ella permaneció inmóvil durante un tiempo, casi intentando no respirar, llena de pensamientos incomprensibles y con una desesperada esperanza empezó a escucharse a sí misma, a su interior, como si allí hubiera de oír un eco de aquellas palabras de amor, aunque en realidad sentía decepción, soledad y abandono. Al final deslizó la cabeza de su marido de su hombro entumecido a la almohada y tras esperar un rato hasta asegurarse de que él no se iba a despertar, se levantó. Abrió la puerta superior de la estufa y encima de las brasas colocó leña nueva. 

Ahora todo su cuerpo estaba temblando con paroxismos incontrolables y repetidos en intervalos regulares de unos segundos. En el momento de subirse las medias notó también el temblor de sus dedos que se le confundían en las manos, rígidos, como si no fueran suyos. 

Luego, encogida, con un abrigo de piel echado encima, se apretó contra el respaldo de la butaca de madera que estaba cerca de la ventana, y mientras el temblor de todo aquello seguía dentro de ella, por fuera poco a poco iba desapareciendo. Sólo tenía frío como antes, y estaba terriblemente lúcida, como antes, y con una lucidez fría se daba cuenta de su fracaso. 

Miró el espacio detrás de la ventana, frío, abierto e iluminado en parte por el reflejo de la nieve y en parte por la claridad de las estrellas. Hacia estas empezó a abrirse paso la luna que iba apagando las estrellas una tras otra. Entonces lloró. 

Hacía tiempo que no había llorado tanto y tan abiertamente. Cuando al final se tranquilizó, aquello había de ser muy tarde, a medianoche seguramente, o incluso más tarde, pues la luna pendía de una nube tejida de niebla transparente por encima del valle y del poblado y las estrellas ya no se veían. 

Poco a poco ella fue centrando la vista forzada sobre la línea del camino siempre con movimiento de personas y carros, al menos eso le parecía, y empezó a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás, doblar la espalda hacia adelante y hacia atrás, hasta que al final aquello se convirtió en un balanceo monótono de todo el cuerpo, siempre hacia adelante y hacia atrás, y al ritmo de este pronunciaba en silencio su propio nombre y el nombre de su marido, y aquella rigidez y aquel espasmo casi dolorosos, defensivos, se calmaron en su interior. 

Hasta que al final sintió cansancio, e incluso ganas de tumbarse. Pero con toda la fuerza de la voluntad lo frenó. Sabía que aquello significaba levantarse de la butaca, recorrer un metro o un metro y medio de aquella oscuridad que quedaba roja a la luz de las brasas, recorrer la distancia que la separaba de aquel lugar de la cama donde estaba durmiendo él por lo que los paroxismos y las convulsiones seguramente volverían.

Así que mientras se mecía en la butaca hacía adelante y hacia atrás, susurrando su propio nombre y el nombre de él, posiblemente se quedó dormida un momento ya que vio a aquel chico con una ametralladora balanceándose sobre una correa bajo su hombro. Lo vio bajo el arco de la entrada del sótano con la cara, casi blanca, bastante irreflexiva, más bien asustada que victoriosa o triunfante, dirigida hacia ella. 

Y detrás de él, detrás de sus espaldas se levantó el grito de pánico de las mujeres perseguidas, capturadas y tumbadas al suelo, aquel grito que quebraba las paredes y bóvedas.  Así que ella comenzó un forcejeo para liberarse del sueño. Su espalda y su cuerpo ya no se balanceaban. El balanceo e inclinaciones de su cabeza, ya casi a punto de parar, estaban libres de los nombres pero llenos de pensamientos. 

Ya habían pasado dos días desde aquel momento y aquello no tenía por que volver en ninguna forma. Tampoco en la de un sueño. Al final su cabeza se quedó totalmente inmóvil y por un momento le pareció que ya lo tenía totalmente superado. Pero había unos pensamientos que no cesaban. 

Así que luego todo su cuerpo empezó a tensarse, curvarse hacia atrás, como si quisiera esquivar aquellos pensamientos. Y se daba cuenta de que era hora de volver a la cama y buscar amparo al tocar a su esposo dormido porque si no lo hacía en aquel momento, luego ya sería demasiado tarde y se arrepentiría. Pero no pudo moverse.

Sabía que desde hacía algún tiempo tenía los ojos abiertos. Esperó paciente a que su cuerpo dejara de tensarse y doblarse en un impulso de pánico y huida. Incluso le pareció haber logrado aquel objetivo, pero aquella cara imberbe, más asustada que triunfante, volvió a aparecer bajo el arco de la entrada. Aquel chico miró el sótano, repasó el interior con su febril mirada hasta encontrarla. Ella vio todo aquello de nuevo y oyó todo aquello aún sabiendo claramente que no estaba durmiendo.

Pero al poco tiempo aquellos dos, también jóvenes, vestidos con capotes militares cubiertos de polvo de ladrillo y cal, se pararon al lado de él y lo apartaron. Lo apartaron como un animal doméstico o un objeto o como se quita del camino a un niño. Sin maldad, sin intención de apartar, simplemente por estar distraído o pensando en asuntos propios, en uno mismo, en un objetivo. 

La tuvieron que ver inclinada sobre aquella mujer herida y tumbada en un jergón tirado en el suelo. O quizás la vieron en el momento de dar el primer paso atrás, cuando se paró tras aquellos hatillos, fardos y maletas amontonadas que la habrían podido ocultar hasta medio cuerpo o incluso más si se hubiera agachado, si hubiera tenido tiempo. O a lo mejor era imposible reaccionar a tiempo porque estaba como paralizada desde hacía unos segundos, tan largos como una eternidad, desde el momento en que aquella mujer herida se hubo erguido sobre el jergón para decir: «Han tomado el monasterio». 

Luego, tras la explosión que hizo volar por el aire la puerta de entrada, escuchó como en alguna parte del patio en un repentino silencio estaban cayendo sobre el suelo piedras, trozos de ladrillo y revoque. Entonces susurró repitiendo tras aquella mujer: «Han tomado el monasterio». 

Pero al mismo tiempo se dio cuenta de que aquello tampoco era necesario, porque en cuanto en la entrada se produjo la explosión, ellos bajaron (o tal vez aquello fue simultáneo) a los sótanos del monasterio por las ventanas al ras del suelo (tras haber roto las rejas con alzaprimas) y saltaron desde allí adentro, pues justo entonces se oyó el primer grito de mujeres y niños, que pareció atacar el cielo, que no calló durante mucho tiempo y que se apagó sólo con los disparos.

Ella aguzó el oído, escuchó atenta aquel grito, un repentino silencio y un nuevo grito (o tal vez aquello era simultáneo, como si no hubiera diferencia entre el silencio y el grito). Y seguramente ni siquiera se agachó ni saltó hacia aquellos fardos porque no le pasó por la cabeza nada que hacer, incluso si eso le pudiera ayudar en algo. 

Aquello que oyó no era sonido. Era algo suspenso en el aire del sótano, limitado por las paredes y por la bóveda, en el aire rociado por la respiración de la gente que se escondía. Aquello quedó suspenso como si no tuviera peso, como si fuera aire que al momento se convertía en espanto y seguramente no era sino espanto. Y luego ya era demasiado tarde, ya no podía huir o agacharse. 

Seguramente sólo dio un paso atrás porque aquellos dos, tras haber saltado adentro, apartaron a aquel joven bajo el arco de la entrada sin puerta (lo apartaron de forma inatenta e indiferente), aquellos dos la vieron y empezaron a acercársele.

Entonces oyó un gemido de la mujer herida del jergón. O tal vez otro gemido que resonó entre los gritos de los sótanos contiguos y acabó penetrando su consciente. Aquello la hizo volver en sí. Por lo menos para poder retroceder al fondo del sótano, probablemente de forma consciente, siguiendo aquel primer paso instintivo. 

Paso a paso, sin acelerar ni aflojar el paso. Y sin quitarles los ojos de encima, como esperando poder detenerlos con su mirada. Paso a paso, hasta dar un tropiezo y caer entre los fardos de espaldas. Pero entonces no se detuvo tampoco. Siguió retrocediendo a cuatro patas. Ahora medio tumbada. Apoyada sobre los brazos doblados en los codos, echándose atrás con las piernas, frotando el suelo con el tronco. 

Siempre viendo como la seguían, paso a paso, de cerca, al mismo ritmo que ella retrocedía. Le parecía que tenía los labios inarticulados, pero oía perfectamente los sonidos, cada vez más rápidos, no sabía detenerlos ni contenerlos, hasta que sintió detrás suyo la pared y lo único que pudo hacer era pegarse a ella y apretar la espalda.

Ellos ya estaban allí, de pie, mirándola desde arriba. Sus caras inclinadas resultaban sorprendentemente claras en la penumbra del sótano. Ella también los miró. Estaba extendida, como entumecida, en la pose de una araña, con los brazos tirados atrás, soportando el cuerpo medio elevado, con las rodillas dobladas, con los muslos entreabiertos aunque apretados instintivamente, y le pareció que aquello duró una eternidad. 

Hasta que se dio cuenta de que veía claramente sus ojos. Y en ellos apareció de golpe algo como recapacitación, reflexión, atención, como si algo les pasara por la cabeza pero que aún no estuvieran seguros el qué. Ella pensó que se apiadaban de ella y que le ahorrarían aquello. Sin embargo, aparte de la reflexión, en sus caras se dibujó también risa. No una sonrisa sino risa precisamente (sólo después pudo entender lo que significaba). 

Ellos a la vez pensaron lo mismo, también por esa razón se despertó en ella una breve esperanza de que ellos fueran buenos. Pero uno de ellos, sin comunicarse con el otro, se giró y gritó en dirección del hueco en el muro sin puertas pronunciando aquel nombre: «¡Sasza!», o Sierioza, o tal vez Siemion. Al principio ella se quedó con aquel nombre y pensó que lo recordaría siempre pero ahora ya no estaba muy segura. 

Entonces de detrás del borde del muro se asomó la cabeza de aquel chico joven, vacilante, lento, como si se hubiera quedado allí a la espera de poder entrar de inmediato. Aquellos dos pronunciaron su nombre y lo acuciaron divirtiéndose, ruidosos, impacientes. La postura de él era vacilante. Pero después, sin mirarlos a ellos o a ella, se detuvo a su lado. Aquella ametralladora bajo su brazo debió de molestarle, así que se la quitó, y luego giró la cabeza, blanca como una pared. Su mirada estaba vacía. Por encima de los ojos, brillaba húmeda su frente, como untada en grasa.

La alcanzaron de un salto, si es que aquello pudo ser un salto pues los dos ya se encontraban junto a ella. Pero lo hicieron precisamente así, al menos era como ella lo recordaba. Le agarraron los brazos, la apartaron de la pared de un tirón dejándola tirada en tierra. Sus labios volvieron a emitir aquellos sonidos cortos igual que antes, como si fueran chillidos, chasquidos, no del todo articulados. 

Y de repente sintió que tenía los brazos inmovilizados, y luego se dio cuenta de que ellos los pisaban y bajo sus botas oyó crujir los huesos de las muñecas, antes incluso de sentir el dolor. Y ellos, reventando de risa hasta casi no poder respirar, hasta saltárseles las lágrimas, gritando algo, tiraron a aquel joven sobre ella y ella sintió cómo él desgarraba su vestido.

Entonces vio de cerca la cara de él, blanca como de un muerto, cubierta de sudor como si en vez de la piel llevara un tamiz que le cubriera también el cuello, los brazos y el pecho descubierto por tener la guerrera desabrochada. 

Ella retrocedía, se hundía en la tierra, o por lo menos le parecía estar retrocediendo y hundiéndose en la tierra pese a estar inmovilizada por sus botas. Hasta que sus brazos quedaron libres de nuevo. Aquellos dos se alejaron entre charlas, corrieron al fondo hacia un paso que unía aquel sótano con otro. En aquel momento las manos de aquel joven, heladas y húmedas, apretaron sus senos hasta hacerle daño, y luego los soltaron para subir hasta el cuello. 

Ella lo entendió, lo concibió. En realidad incluso lo había entendido antes, cuando sus ojos, radiantes, perdidos, ausentes, desesperados, atormentados, la rehuían, esquivaban, aún cuando aquellos dos estaban cada uno a un lado, riéndose, aplastándole las manos a ella y gritándole a él a ver si le podían echar una mano. 

Pero ahora ellos ya no estaban allí. Ahora las manos de él apretaron su cuello y el interior de su garganta lo penetró un frío hasta casi hacerle perder la respiración. Pero sólo por un momento. Porque sintió como sus labios se preparaban para dar un grito. Sin embargo, pese al esfuerzo, aquel grito no pudo salir de su laringe, sólo se hizo un nudo, se endureció y con esa dureza se inflamó dentro de su garganta. 

Ella empezó un forcejeo y agarró las manos de aquel joven por encima de las muñecas, clavándole las uñas. Entonces aquellas manos la soltaron. Y acto seguido, una de ellas se levantó para darle una bofetada. Pero sin maldad y sin excesiva fuerza. Y luego las dos manos pasaron por su cuerpo de nuevo, esta vez aún más agitadas, temblorosas, flojas, más inseguras que antes. 

Y mientras apretaban sus hombros, caderas y muslos, la piel se le ponía tensa bajo aquellas manos, se retraía como si quisiera hacer que tocaran un vacío. Hasta lo tuvieron que entender aquellas manos ya que al final cesaron y bajaron. El seguía tendido sobre ella como desfallecido mientras que sus manos pendían a ambos lados, tocando al suelo, como si fueran unas tajadas de carne muerta, 

Pero luego, tras unos segundos, o incluso menos, seguramente al oír volver a aquellos dos de nuevo (ella también los oyó o solamente le pareció oír sus risas, sus gritos a ver si él quería que le ayudaran) aquellas manos se movieron de nuevo. Con un enfurecimiento salvaje, con desesperación, empezó a apretar su vientre, temblando como en una fiebre, sudando y gritando que se fueran hasta que efectivamente se marcharon. Y luego ya no hizo más que jadear. 

Aquello a ella hasta le hizo sentir algo parecido a la compasión. Porque se dio cuenta de que él nunca había tomado a una mujer y seguramente desde el principio tenía miedo de valer menos que ellos. Y ella, paralizada, encogida como para defenderse, aguardó a lo que iba a pasar, si le pegaba, si sus manos volvían a estrujar su cuello. Pero no hizo nada de eso. 

Sólo seguía tumbado sobre ella, temblando todo el tiempo, jadeando cada vez más rápido y presionando su vientre con su peso inerte. Luego ella ya no sabía si veía en su piel el sudor de la cara y cuello de él o sus propias lágrimas. Los músculos de su vientre se relajaron entonces y lo dejaron entrar.

Después de un tiempo él se retiró de rodillas y cogió del suelo la ametralladora tirada a un lado. Ella cerró los ojos, no sintió tensión o miedo alguno. Los abrió al notar la mano de él sobre su hombro. No pasó nada más. Aquella mano permaneció en su hombro en realidad sin peso y sin moverse durante unos segundos. El no dijo nada. En los sótanos contiguos o en algún lugar más lejano quebraban las paredes unos gritos terribles. 

Después de los disparos aquellos gritos callaron y algo dejó de moverse. Luego aquel hombre joven estaba de pie abrochándose y susurrando algo que ella no entendía. Después oyó unos disparos muy cerca, detrás de la pared. Y luego reinó un silencio. Algo más tarde sobre sus piernas abiertas cayó un poco de luz. El ya no estaba allí.

Debió de haber gritado o gemido. O a lo mejor había susurrado el nombre de su marido o algún otro nombre. Seguramente no tenía sentido darle importancia a una palabra pronunciada de forma inconsciente e involuntaria. No obstante, aquel susurro tuvo que ser fuerte y urgente, incluso una llamada, ya que su marido de repente se sentó en la cama, se enderezó, como si, en vez de dormir, siempre estuviera alerta y sin decir una palabra hizo caer las piernas sobre el suelo y empezó a ponerse las botas. 

Luego se puso al lado de ella y apoyó su mano sobre su hombro. Ella lo vio claramente en el momento en que se puso a su lado y vio la mano, la mano de él, no de aquel (porque tenía los ojos abiertos, no estaba durmiendo) pero tembló con el tacto como si se acabara de despertar y como si no se tratara de él, como si no se tratara de la mano de él. Luego ella se quitó lentamente el pelo de su cara con ambas manos, borró de allí los restos del sueño y lo miró como si lo acabara de reconocer.

Pasado algún tiempo entendió que él le preguntara qué le pasaba. Entonces rápidamente se puso a pensar en lo que tenía que contestarle y cómo debía contestarle. Su mirada rehuyó la mirada de él. La mano de él se desplazó del hombro hasta la frente y luego hasta la nuca descubierta y empezó a hacer unos movimientos, lentos y monótonos, que la empezaron a llenar de un sentimiento extraño pero ameno, de calma y relajamiento. 

Al poco tiempo se dio cuenta de que su olor ya no le irritaba, que era conocido, cercano y ameno también. Después de un tiempo dijo: «No podía dormir... Me he levantado y me he sentado junto a la ventana. Para mirar fuera. Hace poco con la luna se podía ver todo» y señaló el valle con la cabeza. Luego pasó algún tiempo antes de que se volviera a quejar en voz baja: «No podía dormir». 

Contuvo la respiración y se sometió a la corriente que provenía de su mano. Su propia voz, registrada por sus oídos, le pareció sonar casi auténtica y faltó poco que ella misma creyera en lo que estaba diciendo. Pero entonces él dijo: «¿No has podido dormir? Pero qué dices. ¿No has dormido? Si ya es el alba...» y aquella ilusión de calma y relajamiento desapareció. Así que ella disimuló sorpresa: «¿El alba? Pero, ¿cómo es posible? Pues habré dormido entonces...» y se sintió perdida para siempre. 

Sin embargo, la mano de él seguía haciendo aquel movimiento lento, monótono y ameno sobre su nuca y cabeza, y en sus pensamientos ella imploraba que aquella mano no parara.

A través de la abertura de la ventana forzaba su entrada una fría oscuridad, En la profundidad del valle volvían a pasar unos invisibles vehículos militares. La luna seguía sobre el valle, a la linde del cielo, sin dar mucha claridad. «Todo aún está oscuro. No puede ser muy temprano» dijo ella para decir algo y sonó incluso natural la incredulidad de su voz, Entonces él dijo: «Ya, pero son las seis pasadas», y después de un rato añadió: «Acuéstate. Duérmete aunque sea sólo una hora. Nos espera un día duro. Te has helado, estás temblando. Por favor, acuéstate.» Y la mano de él volvió de su cabeza y nuca a su hombro, lo apretó con fuerza. 

Ella se levantó sin oponerse y pasó detrás de su mano, detrás de su brazo, hasta llegar a la cama. Y después, temblando aún por dentro, pero, con todo, sintiendo cómo aquello se atenuaba en su interior poco a poco con el calor de las sábanas calentadas por él, escuchando todo el tiempo como él caminaba por la habitación, escuchando sus pasos cercanos, y, con el pensamiento más reciente, perceptible pero apenas reconocible, de que ya no sentía ningún olor o al menos ningún olor que la irritara o repugnara, de repente se quedó dormida. Era como si bajo ella se abrieran aguas profundas y justo detrás de ella se cerraran, ya que no soñó nada ni sintió nada.

Después cuando abrió los ojos era de día y de nuevo le pareció no haber dormido sino haber estado en algún lugar del que acababa de regresar. Por el aire se elevaba el olor de harina tostada en mantequilla que llegaba por la puerta abierta de la cocina; allí alguien ajetreaba junto a la placa del horno, de hierro, pero no se oían pasos, como si todos los sonidos se hubieran fundido en silencio, así que durante un tiempo tenía la impresión de encontrarse en un alfaque, aunque estrecho, entre dos corrientes del tiempo. 

Entre la memoria y el olvido. Entre el aniquilamiento y una vida nueva en la que había que entrar independientemente de si se quería hacerlo o no. Y cuando iba hacia la otra orilla, bajo sus pies descalzos crujía la arena, dorada, caliente, seca y limpia, cedía ante los dedos y se hundía. Y pensó en la oscura agua de aquel tiempo del que conseguía salir, aunque tal vez hubiera sido mejor morir, ya que la memoria no sabía cicatrizarse, pero luego pensó también en el abismo, hueco y funesto, de la muerte y pensó en la desgracia, perjuicio, injusticia, y en las lágrimas. 

Pensó en la muerte con alivio pues se llevaba para siempre al ser humano del seno de la tierra corrompida por el mal. Pero pensó igualmente en la trágica belleza del mundo. También con desesperación. Y de repente se acordó y vio la desesperación e indignación ahora algo atenuada de toda aquella pesadilla, y pensó que él tenía que sentir desconsuelo. Y ahora sintió ella aquel desconsuelo. Enorme, inmensurable, inconsolable, mientras miraba atrás. 

Pero alejó aquellos pensamientos y empezó a bajar hacia la corriente que ahora le lavaba, limpia y fría, los pies y caderas, luego el vientre, senos y hombros, y más tarde botó con los pies sobre el fondo arenoso, y sintiendo todo el deleite de estarse derritiendo, desvaneciendo y diluyendo en aquella materia clara y líquida, abrió los ojos de nuevo.

Su marido estaba de pié y, al verla despierta, sonrió. Por un momento eso a ella le sorprendió pero al final aceptó aquella sonrisa como algo natural. A lo mejor ella también le sonrió cuando él se sentó en el borde de la cama. Y como si quisiera contestarle una pregunta aunque ella no le había dicho nada, o simplemente como respuesta a algún pensamiento él le dijo: «Acabará la guerra y todo en la vida se arreglará, ya verás». 

Entonces, sin apartar sus manos, sólo deslizándose bajo estas, ella saltó de la cama. «No se oye el cañoneo de artillería.» dijo. «¿Ha habido cambios en el frente?» Sin embargo, al parecer no quiso saber la respuesta porque añadió inmediatamente: «Sí, acabará la guerra, todo en la vida se arreglará, eso seguro...» y aunque sintió una enorme tristeza de esas palabras, sabía que tenía que superarla.

Una hora más tarde, después del desayuno, salieron, bien abrigados, delante de la casa donde habían dormido. Cerca de allí había el carro de dos caballos viejos con los que habían viajado el día anterior. Aquel anciano arropado con pieles de carnero sacaba de la casa vecina fardos de la mujer que les había acogido. «Ella también va a huir» dijo a su marido en voz baja mirando atentamente a aquella mujer y al anciano que le ayudaba. «Sí, va a huir también» dijo él. 

Y aunque ella no percibió en su voz desasosiego, este por un momento se apoderó de ella con fuerza. Pero con la misma fuerza ella rechazó ese sentimiento. Estaba ahora al aire gélido y fresco de la mañana y empezó a respirar hondo inhalando el aire que le llenaba los pulmones y llegaba hasta el diafragma.

En el cielo, pálido y no muy elevado, brillaba de lejos, totalmente en diagonal, el pálido sol parecido a una enorme bola de nieve derritiéndose. Al fondo del valle iban pasando, igual que el día anterior, grupos de personas que caminaban cargando fardos sobre sus espaldas y tirando de carritos o cochecitos de niños, colmados hasta el tope, e iban pasando carros repletos de bienes imprescindibles o cogidos casualmente, y de vez en cuando entre ellos se abría el paso algún camión militar tocando la bocina. 

Aquella vista seguramente mostraba horror pero ella lo miró con indiferencia. No con resignación o aceptación sino con indiferencia. Introdujo su mano bajo el brazo de su marido y siguió respirando hondo, como si no pudiera saciarse, como si le faltara esa sustancia fresca, fría, ligera e invisible, que le llenaba los pulmones, los dilataba, casi los reventaba, obligando a correr la sangre por las venas más deprisa. 

Pensó en aquello que habían dicho, que la guerra iba a acabar y todo en la vida se iba a arreglar y que seguramente iba a ser así porque lo decía él, aunque hoy ya sabe que aquello no fue sino el último invierno antes del nuevo diluvio...