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Náufrago de sí mismo - Sergio Gaut vel Hartman

Había vivido en ese cuerpo durante más de sesenta años, por lo que me resultaba muy difícil aceptar el nuevo estado: el de un envase vacío, inútil, que se descarta después de usado.

—¿Qué van a hacer con... él? —No sabía cómo nombrarlo; habíamos sido uno tanto tiempo...

El biotécnico se encogió de hombros; seguramente contestaba a la misma pregunta varias veces por día.

—Los metemos en el depósito de usados. Eventualmente se utiliza algún órgano, aunque no creo que este sea el caso. ¿Cómo andaba del hígado? ¿Fumaba?

—¿Quiere decir que los congelan? —No solo no contesté a las preguntas directas (de hecho, me resultaban ofensivas): mi ignorancia acerca del tema encendía una luz roja. Temía saber. Las imágenes de freezers con forma de ataúd, apilados en naves sin luz, me acribillaban sin piedad desde el día posterior a la transferencia.

—¿Congelarlos? —El hombre me miró, desconcertado—. ¿Para qué nos tomaríamos ese trabajo? Los conectamos a los tubos y los dejamos ahí hasta que se les termina la cuerda.

«¡Se les termina la cuerda!», una metáfora bella y despiadada.

—Siguen viviendo —suspiré.

La idea de que mi viejo cuerpo se pudría en un depósito maloliente mientras yo iniciaba una nueva vida tenía algo de insano. «¿En qué clase de monstruo me estoy convirtiendo?», pensé.

—Viviendo, lo que se dice viviendo... Es aventurado. En principio no, pero las funciones vegetativas no se extinguen con la transferencia; quedan chispazos de memoria y los recuerdos juveniles no terminan de borrarse. Están bastante vivos, supongo, aunque como usted sabe ya no son personas, oficialmente.

—Bastante vivos —repetí—. Como «un poco embarazada». ¿Lo suficiente como para merecer respeto, apoyo, consuelo y cariño?

—¡Usted está completamente loco! —exclamó el biotécnico—. En vez de disfrutar el nuevo cuerpo se dedica a lamentar la suerte del viejo. ¿Se apega así a cada botella de Coca-Cola que vacía? Le aclaro que por ese camino se va al carajo.

Inspiré profundamente y apreté los puños:

—Eso mismo pensaba yo hasta hace un momento, antes de enterarme de que mi viejo cuerpo sigue viviendo.

—¿Hubiera preferido que lo matáramos? Porque hasta donde yo sé, los cuerpos no mueren sin la ayuda de un cáncer, o un paro cardíaco, o un edema, o un...

Dejé al tipo hablando solo y me perdí en el dédalo de pasillos de Korps. Caminé así durante horas, reflexionando acerca de la segunda transformación crucial de mi vida. Había necesitado varios días para aceptar mi nuevo cuerpo y de repente, cuando empezaba a parecerme natural tener treinta años, alguien que podría ser mi abuelo emergía de la nada para reclamar el pago de una factura. ¿Factura en pago de qué? ¿Qué había roto? «No tiene derecho a exigir nada», reflexioné, «vivió lo que se suele vivir. Y yo viviré hasta que tenga ganas de morir».

Entré al depósito inadvertidamente y no descubrí la magnitud de mi error hasta que fue tarde para corregirlo. Lo que en un primer momento tomé por una habitación para guardar instrumental en desuso y muebles estropeados resultó ser el lugar de los cuerpos descartados. Todos ellos, la mayoría pertenecientes a viejos decrépitos, carcomidos por enfermedades visibles, yacían en reposeras de lona, de cara a la puerta. Había cien, mil reposeras apenas distinguibles en la penumbra del depósito, dispuestas con displicencia, preparadas para un infinitamente demorado salto al vacío. Los rostros, agostados por la espera infructuosa, apenas agitados por temblores, delataban el fluir de la sangre. Había caído en medio de una pesadilla ajena.

Contemplé con repugnancia los tubos de plástico conectados a las tráqueas y las cánulas hundidas en las venas de los antebrazos. Esos despojos parecían estar haciendo fuerza para liberarse de sus ataduras, aunque no debía existir una buena razón para hacerlo. Aun en aquellos en los que las razones de la transferencia no se dibujaban en manchas y arrugas, se advertía la resignación, una apática mansedumbre ante el mundo perdido.

Vencido el primer impulso de fuga, y dispuesto a aceptar mi rol en el proceso de cambio de cuerpo al que me había sometido, busqué con la mirada al que había sido yo. Me resultaba imposible pensar en él como otro, alguien separado, diferente, ajeno. Tal vez por esa misma razón demoré una eternidad en identificarlo; mis ojos habían pasado de largo, ciegos a la silueta inerte, indistinguible de las otras que poblaban el depósito.

Me acerqué lentamente, temiendo que un movimiento brusco pudiera desencadenar una marea de protestas, pero lo cierto fue que los cuerpos me ignoraron y solo unos pocos expresaron un sordo fastidio ante la intrusión, moviendo las manos con torpeza y enredándolas en las sondas. Por fin, cuando logré sortear todos los obstáculos que me separaban del cuerpo y pude mirarlo cara a cara, mi mente quedó en blanco.

Intenté sin éxito decirle que lo sentía, elaborar unas frases de disculpa. La rigidez del cuerpo, su impasible serenidad, me inhibían de tal modo que, para mi desconcierto, tuvo que ser él quien quebrara el silencio.

—Te esperaba —dijo mi excuerpo con voz débil.

—¿A mí? —No lograba imaginarme esperando sin fe ni sueños, en el ocaso, al responsable del sufrimiento gratuito al que se me estaba sometiendo. También me sentí culpable porque mi presencia allí era pura casualidad.

—No viniste por casualidad —dijo él, como si fuera capaz de leer mis pensamientos—, y no leo tus pensamientos; de alguna manera seguimos siendo la misma persona.

Las palabras quedaron colgadas, tintineando. Estaba claro que se sentía más yo que yo mismo; era memoria, pero también cuerpo, el cuerpo original que me había contenido, condenado al descarte por efectos de un gambito siniestro, de una jugada que él, y no yo, había urdido. Pero cuando traté de objetar ese razonamiento las palabras se negaron obstinadamente a ser pronunciadas. Sabía lo que él estaba pensando; había esperado, paciente e imperturbable, para demostrar que controlaba mi destino, que lo seguía controlando. La escena se parecía peligrosamente a otra, vivida años antes, cuando mis padres decidieron que debía despedirme de un abuelo moribundo y desconocido. En aquella oportunidad, el viejo me hizo sentir que yo era responsable de su muerte, que mi ofensiva juventud operaba, de algún modo, como disparador de su partida.

El grito lúgubre de otro cuerpo, reptando a ras del suelo, vino providencialmente en mi auxilio. «Es así como se van», pensé, «con un gemido que se estira y adelgaza mientras descubren que esa vez no serán rescatados».

Me iré con un sonido así —dijo mi primer cuerpo—. Todos lo hacemos. Es como la sirena de un barco que parte.

Tampoco esta vez fui capaz de replicar. ¿Quién es el náufrago? ¿Acaso el barco pasó frente a la isla sin advertir las señales?

Contemplé los tubos de alimentación que unían el cuerpo con los tanques y reprimí el deseo de arrancárselos. Es preferible ahogarse que aguardar el rescate sin esperanzas. Mi excuerpo, una vez más, desnudó mis pensamientos.

—Tal vez el náufrago no sea yo —dijo.

—Tengo toda la vida por delante —alegué—. Empiezo de nuevo, ¿no? —La endeble convicción de mis palabras se reflejó en un gesto torpe e incompleto de mi mano, como una caricia que aborta en un ramalazo de bronca.

Él, indiferente, se encogió de hombros y abarcó con la mirada a los otros cuerpos que morían a nuestro alrededor.

—Empezar de nuevo —dijo—, pero no desde cero. Los que vienen a despedirse de su cuerpo descartado cargan para siempre con las imágenes que pueblan este depósito.

—¿Es un reproche? —Me invadió un repentino asco por la actitud de mi viejo cuerpo. ¿En qué trataba de enredarme? Estaba condenado: es cuestión de días, semanas a lo sumo, dijeron los médicos. No había otra salida que la transferencia. Me había puesto a la defensiva; una red invisible entorpecía mis razonamientos, me inmovilizaba.

—No estabas obligado a venir —dijo el cuerpo—. ¿Por qué no disfrutar directamente de la libertad, del cuerpo sano por primera vez en mucho tiempo? Hubiera sido lo más lógico. Pero no. Sentiste el impulso de pagar la deuda para no tener que recriminarte en el futuro. Me parece bien. Yo hubiera hecho lo mismo.

Las últimas palabras pusieron al descubierto una mordacidad de la que siempre me enorgullecí. ¿Sería capaz de conservarla en mi relación con los amigos de toda la vida? Como en un juego: comenzaban a plantearse demasiadas opciones y no estaba nada claro el sistema que utilizaría para manejarlas. Dejar mis ámbitos, conocer gente nueva, abandonar el planeta...

—Vine por casualidad —repetí desanimadamente.

—Sí —consintió mi cuerpo. Había perdido el interés en la conversación. O el dolor que soportaba sin gestos había reaparecido. Yo sabía mucho acerca de ese dolor. Sonó otro quejido. La agonía circulaba como corriente eléctrica entre los cuerpos. Esta vez el sonido fue gris, chato, y se esfumó sin fuerzas en la atmósfera pesada del depósito.

No había nada más. Nada más que decir. Nada más que hacer. Nada más que pensar. Nada más que sentir. Era hora de salir de ese lugar.

Pero no lo hice. El cuerpo había aceptado mi irresponsabilidad con una palabra hueca, adecuada para desarticular cualquier argumentación futura. Fue tal la tensión creada por ese «sí» de compromiso que solo pude romper el equilibrio cuando extendí la mano y toqué la mejilla seca con la punta de los dedos. Mi antiguo cuerpo se estremeció, como si una descarga hubiera emanado de las yemas.

—¿Qué hiciste? —dijo apartando el rostro, aprensivo.

—Nada. Trataba de ser amable, creo.

—Tenés miedo, mucho miedo.

La acusación era severa, trascendía el mero diagnóstico. Pero se oyeron dos lamentos: uno bajo, siniestro, el otro agudo como el trino de un ave. Hay muchas formas de morir.

—¿Miedo? ¿De qué?

—Hay infinitas formas de morir —replicó mi excuerpo usando las mismas palabras de un modo oblicuo. Pasé por alto la observación. De todos modos, yo ya no sabía a qué aludíamos en nuestro diálogo; había perdido el hilo, y tal vez hasta el interés. Me descubrí hipnotizado por los colores de los tubos de plástico: rojo, azul, verde.

—No soy yo el que está conectado a los tubos —dije.

—Son falsos —dijo el cuerpo—, una ficción para impresionar a los visitantes. Sin una adecuada puesta en escena el efecto sobre la psique del transferido sería débil, pobre.

—¿Falsos? Pensé que los alimentaban a través de los tubos.

—Eso hacen —replicó—. Son falsos porque da lo mismo que nos alimenten o nos dejen morir de hambre. No volveremos a salir de aquí; han dejado de suministrarnos la medicación y solo entran al depósito a recoger los cadáveres tres veces por día.

Era una crueldad, pero no había otra forma de hacerlo. Se lo dije.

—No es posible esperar la muerte del primer cuerpo; en ese caso la transferencia no podría llevarse a cabo.

—Claro, claro —dijo el cuerpo con un tono que no distinguía entre la pena y la rabia.

—Ahora somos como especies diferentes. —Buscaba febrilmente una excusa para seguir hablando, y cada palabra provocaba el efecto contrario al propuesto.

—Es el precio del progreso. Antes la gente se moría y listo. Ahora se violan las leyes de la naturaleza, se juega con fuego.

—¡Nunca fui creyente! —exclamé—. ¿La vecindad de la muerte te hace desear la vida eterna?

—La inminencia de la muerte me forzó a transferirme, nada más —replicó con actitud—. O te forzó... o nos forzó. Como ves, eso ya no importa.

Un coro de ayes se desplazó por el contorno de las últimas palabras de mi excuerpo y terminó por ahogarlas. Las puertas del depósito se abrieron, los auxiliares entraron, desconectaron los tubos de una docena de cadáveres, los cargaron en un ridículo carro eléctrico con economizados movimientos, y salieron dejando el lugar impregnado con su desinterés, una dramática falta de emociones. Minutos después regresaron con una docena de cuerpos descartados en transferencias recientes y repitieron sus movimientos en sentido inverso. Por docenas, como huevos.

—No me vieron —atiné a decir.

—No les interesás.

—Podría ser un ladrón, un maníaco.

—Nuestros órganos no les sirven ni a los perros. Los experimentos biológicos se hacen con carne fresca, cultivada en tanques; los cuerpos enfermos no sirven para nada. —Se agitó en la reposera, incómodo. Tuve miedo de que se muriera en ese mismo momento. Él lo advirtió—. Quedate tranquilo —dijo, anticipándose una vez más—. Todavía falta.

—¿Cuánto? —La pregunta, inesperada hasta para mí, lo conmovió.

—¿Cuánto? No sé. Horas, dos días, una semana, seis meses. ¿Quién puede predecir con cuánta ferocidad se aferra un cuerpo a la vida, aun un cuerpo despojado de su alma?

Yo no me sentía el alma de nadie, menos de ese cuerpo obstinado, aunque debía reconocer que hablaba con buen criterio. Los médicos habían sido terminantes en todo lo que se refería a mi sobrevida en el cuerpo viejo. Pero los médicos no tienen un compromiso fatal con los pronósticos. ¿Alguien conoce a un médico castigado por errarle a una predicción? La puerta del depósito, cerrada tras la partida de los auxiliares con su macabro cargamento, me devolvió al mundo real. Mi primer cuerpo observaba sin demasiado interés el marco de luz y las partículas de polvo en suspensión. El depósito se sumía en las tinieblas. Me resultaba imposible determinar cuánto tiempo hacía que estaba en este lugar.

—Debo irme —dije.

—Es cierto —dijo él.

—Antes de que sea demasiado tarde.

—La puerta no está cerrada con llave.

—Puedo regresar.

—Depende de vos. Si te interesa hacerlo...

—Quiero decir: tiene sentido si vas a estar aquí cuando vuelva.

Se encogió de hombros, casi despectivo.

—Sí o no. ¿Quién sabe? ¿Soy Dios para conocer el instante exacto? Si bien mis razones para seguir vivo se han extinguido, no tengo coraje para terminar por mi mano lo que empecé con la cabeza cuando decidí transferirme. Tal vez me aferro a la vida porque los cuerpos son entidades independientes, que obran por su cuenta.

—Los cuerpos obran por su cuenta —repetí tontamente—. Podrías aprovechar tus últimas horas escribiendo un tratado: Teoría de la Razón Vegetativa.

—Los cuerpos obran por su cuenta —repitió una vez más—. Tu cuerpo lo está haciendo en este mismo momento. ¿Por qué no te vas de una buena vez? —Escupió las palabras con irritación, desafiándome.

—No soy una bestia; puedo esperar hasta que te calmes.

—¡Excusas, pretextos! —dijo él—. Tus razones para permanecer en este lugar, junto a mí, esperando mi muerte, no tienen ningún valor. Te transferiste para liberarte de mí, no para cargar conmigo. No soy tu padre inválido. ¿Ves a otros haciendo eso? Los cuerpos mueren solos; está bien que sea así.

La voz de mi excuerpo se había ido haciendo más y más aguda a medida que la pasión del discurso lo embargaba. Eso hizo que el contraste con el último suspiro de uno que se iba a pocos pasos de donde estábamos fuera muy marcado.

—No conozco otra forma de proceder —dije sin convicción—. Puedo esperar unos minutos. He comprendido que somos parte de un todo indivisible, y que mi deber será llorarte, sentir dolor.

—¡Qué cursi! Pero aprecio tu gesto, aunque los dos sabemos que no sirve para nada.

Bajé la cabeza. El suelo del depósito estaba sucio de polvo y excrementos por todas partes, excepto donde los cuerpos descartados movían impacientes los pies. Allí el piso estaba lustroso y la oscuridad luchaba tratando de ganar la batalla contra los brillos furtivos que se descolgaban desde fuentes invisibles. Empecé a esperar, ansioso, la siguiente ronda de los auxiliares. Hice un cálculo mental de los muertos y traté de establecer reglas de frecuencias basándome en los gemidos, pero abandoné enseguida, desanimado, pesimista. Cada vez me era más difícil determinar los motivos de mi permanencia en el lugar, de mi incapacidad para salir, simplemente salir. Estaba en una trampa que yo mismo había construido y cebado. El cuerpo captó mi estado de ánimo y trató de ser constructivo.

—Creo que no voy a morir hoy.

—Podría volver mañana —dije estúpidamente.

—Es una buena idea. Pero tampoco sé si mañana...

El marco de luz se extinguía, por lo que el depósito ya estaba sumido en un mar de oscuridad. Los puntos de referencia habían desaparecido y lo mismo podía hallarme en el depósito de cuerpos descartados que en el corazón de una pesadilla. Me alenté con la idea de que es posible despertar de la peor pesadilla, pero la voz quebrada de mi primer cuerpo me devolvió a la realidad.

—...caminando hacia donde apunta ahora tu nariz...

Era ahora o nunca. Me puse en marcha y, antes de dar el tercer paso, la ira de un cuerpo demostró que no sería una tarea sencilla.

—¡Qué imbécil! ¡Fíjese por dónde camina y respete a los que se están muriendo!

—Perdón. Quiero salir de este lugar.

—¿Salir? —dijo el cuerpo y se rio ofensivamente—. De aquí solo se sale muerto.

Era la confirmación de lo que había empezado a sospechar: la trampa, funcionando con eficacia, me dejaba del lado incorrecto.

—Soy un recién transferido —dije—. Vine a despedirme. —Busqué aferrar con las manos al moribundo, pero este me eludió, burlón. Cuando volvió a hablar supe que no era el mismo, que otro ocupaba su lugar. El juego empezaba a despertar el interés de los condenados.

—Mi transferido no vino a despedirse. Desgraciado. Me deja solo en estas circunstancias tan dolorosas...

—El mío firmó una autorización para que me inyectaran algo para acelerar el asunto —dijo otro.

Un grito destemplado cortó una nueva protesta. Los quejidos y lamentos brotaban ahora de todos los rincones del depósito; los viejos cuerpos morían a mi alrededor, o simulaban hacerlo para mortificarme.

—¿De qué sirve? —aulló una voz femenina—. ¿Nos hace diferentes, nos mejora en algún sentido? Si la muy puta viniera a despedirme...

—¡Se arrepentiría! —completó un coro destemplado.

Los cuerpos descartados se mecían en sus reposeras de lona produciendo sonidos de textura rugosa, mínimos estertores de madera y polvo; el silencio roto se había esparcido por todo el volumen del depósito reflejando imágenes ciegas de la muerte, la muerte verdadera, la muerte cierta y absoluta, la que no podemos eludir con artificiosos saltimbanquis cambiando la cáscara.

—¿Por dónde? —rogué—. No veo la salida.

—Hacia adelante, con energía —insistió mi primer cuerpo—, atropellando sin asco; vamos a morir de todos modos.

Arremetí con furia, ciegamente, pero la reacción de los cuerpos no se hizo esperar. Probablemente en un ilógico arrebato, se habían levantado de las reposeras y me rodeaban, cerrándome el paso. Llegué a sentir la presión de algo duro, metálico, que buscaba mi carne y la ferocidad de una dentadura incompleta mordiéndome el brazo mientras, perdida toda moderación, yo golpeaba con los puños apretados en todas direcciones. Era inútil: la ruta hacia la salida, en la oscuridad y cercado por cuerpos sin futuro, se había clausurado para mí.

Sigue un lapso de recuerdos confusos. Tal vez caí, fui pisoteado por los cuerpos enfurecidos, recibí un golpe en la cabeza. Quizá no. Es imposible reconstruir los hechos que conducen a mi situación actual. Solo tengo la certeza de un despertar en la oscuridad y el silencio del depósito, de los tubos de plástico que me conectan a sustancias nutritivas, de los centenares de cuerpos descartados que me rodean.

—Era la única salida —dijo una voz familiar desde muy cerca, en un repliegue de las sombras—. Estaba en garantía. Si bien ninguna herida fue mortal...

—No quiero que me compadezcas —lo interrumpí—, y andate antes de que sea tarde.

—Necesito que aclaremos algunas cosas —dijo.

—No hay nada que aclarar —repliqué—. Es peligroso. —Pude verlo por primera vez: éramos idénticos, por supuesto, el mismo modelo de cuerpo—. Solo una pregunta: ¿el primer cuerpo... murió?

—Estoy aquí —respondió el primer cuerpo con la voz llena de grietas, desde algún lugar próximo, a la derecha de donde yo estaba.

—La casa está en orden, entonces.

—Me incorporé para que el nuevo cuerpo supiera que me dirigía a él—. Ahora voy a contar hasta diez, y cuando termine estaré afuera de este lugar de mierda, viviendo.

Movió la cabeza con obstinación. Comprendí que la trampa volvía a estar cebada y quién sabe cuántos caeríamos en ella antes de aprender el truco que permitía burlarla.

—Parece —dijo el cuerpo original alzando la voz en la atmósfera cargada de podredumbre— que el que escribió nuestro final se resiste a modificar una sola línea.

—Quizá sea un griego —repliqué, con ironía—, un aficionado a imaginar el Destino con mayúscula.

—¿De qué están hablando? —dijo el cuerpo nuevo, desconcertado—, ¿se burlan de mí? ¿Así pagan mi simpatía? De cualquier manera voy a quedarme hasta obtener algunas respuestas. No tengo necesidad de explicarles...

Dejé de escuchar sus palabras, aunque las oía mezcladas con el zumbido de las máquinas y el latir de los corazones de los cuerpos. Me costaba imaginar qué heridas habían obligado a realizar una segunda transferencia en tan poco tiempo, por lo que empecé a inspeccionar el cuerpo con cuidado, minuciosamente. Una fea costura me cruzaba el pecho y, al presionar, descubrí un dolor agudo en el costado izquierdo. ¿Tanto me habían dañado los casi muertos? Korps, en defensa de su reputación, había actuado de oficio y el nuevo cuerpo avaló el procedimiento al despertar. Cerraba perfectamente.

Se abrió la puerta y entraron los auxiliares. Curiosamente no había cuerpos sin vida, por lo que permanecieron perplejos unos segundos, vacilando entre dos mundos, pero no tardaron en retomar sus rutinas, trayendo cuerpos recién descartados a los que ubicaron en reposeras de lona, conectando los tubos de plástico a las venas de los pobres desgraciados.

—¡Llévenselo! —grité a voz en cuello—. No tiene nada que hacer aquí.

El dolor se intensificó, perdí fuerzas; mis gritos sonaban apagados, incapaces de alcanzar su objetivo.

—No registran a los descartados —dijo mi primer cuerpo.

—Ahorren fuerzas —dijo el cuerpo nuevo—. Los voy a sacar de esta pocilga. Mis cuerpos no son basura.

—Somos basura —dijo el primer cuerpo.

—Te suplico: ándate de este lugar antes de que sea tarde —sonó melodramático, pero no se me ocurría otra forma de hacerlo reaccionar—. Vas a quedar atrapado, prisionero, como nosotros...

El cuerpo nuevo se sobresaltó. Los auxiliares habían cerrado la puerta y el depósito quedó en penumbras una vez más. En la oscuridad creciente los gemidos de todos nosotros, los cuerpos descartados, y las protestas del recién transferido se mezclaron hasta hacerse indistinguibles.

La leyenda de Sleepy Hollow - Washington Irving (Parte 4)

    Fue a la hora de las brujas, en lo más negro ya de la noche, cuando Ichabod, con su cresta de gallo orgulloso ahora caída, meditabundo y con mucho dolor en su amargado corazón, tomó el camino de vuelta por las laderas de los cerros desde los que se dominaba Tarry Town... 

    Aquellos lugares que de manera tan distinta había contemplado, y con el ánimo no menos distinto, pocas horas antes, cuando aún el día era hermoso. La noche, ahora, se mostraba tan triste como él; acaso, igual de dolorida. 

    Abajo y a lo lejos, el Tappan Zee, profundamente negro, albergaba una luz que en la lejanía se mostraba siniestra, la lámpara que se mecía en el mástil de una embarcación pequeña allí anclada, a merced del vaivén moroso de las aguas. Puede que fuese aquella pequeña embar­cación que había contemplado con deleite por la tarde, pero ahora le pareció totalmente distinta, incluso infame. 

    A las doce de la noche, en aquel aterrador silencio que todo lo presidía, oyó el maestro poco des­pués el ladrido largo y agudo, pero muy débil, como lastimero, de un perro guardián; lo sintió tan lejos que se dijo que ni los perros querrían ya acercarse a él. También le parecía sentir, de tarde en tarde, el canto de un gallo, pero lo tenía por un simple eco como escapado de sus sueños; o como llegado de una granja en la que nadie querría ya darle aloja­miento ni comida. 

Por donde pasaba nada vivo se veía, ni se percibía; acaso, únicamente, el canto monocorde y melancólico de los grillos, el croar impertinente de una rana de las ciénagas, quejumbrosa, como si no pudiera dormir bien en aquella tan propicia humedad o como si la hubiese despertado él mismo al pasar por allí con su caballo.

Todas las historias de aparecidos, de muertos y de fantasmas, que había oído contar aquella noche, comenzaron a agitarse entonces en su cabeza, cual si se le hubiera metido un torbellino en ella... La noche, encima, era cada vez más negra, según se adentraba en el bosque; las estrellas del cielo parecían haberse clavado en la bóveda celeste como sin brillo, ocultas a cada poco por algunas nubes que pasaban.

Jamás se había sentido el bueno de Ichabod ni tan solo ni tan desgra­ciado como aquella noche; llegaba ya a uno de esos puntos tenidos por malditos en todas las leyendas de la región, un lugar, al parecer, favorito de los espectros, cuando de pronto se topó con un árbol enorme, un tulipero que se alzaba por encima de todos los demás, como un mojón gigantesco animado por la savia; un mojón tan poderoso de ramas como otros árboles lo son de tronco... 

Aquellas ramas del tulipero ofrecían, en su retorcimientos, figuras tan fantásticas como incontables que tocaban el suelo para remontarse después hasta el aire; era el árbol, por cierto, en el que cayó cautivo de los seres de la noche, según la leyenda, el pobre y malogrado mayor André, que así, perdiendo allí la vida, le dio nombre, al punto de que todos en la región se referían a él como el árbol del mayor André. 

Las gentes del lugar, cuando lo mentaban, lo hacían con una mezcla de temor y de reverencia supersticiosa, y acto seguido se lamentaban de la suerte trágica del mayor, un héroe desventurado, como si con su evocación cariñosa quisieran espantarlo para que no se les apareciera entre lamentos y gritos desgarradores.

    Cuando más se iba aproximando Ichabod a tan terrorífico árbol, y para quitarse de encima el miedo, comenzó a silbar inopinadamente... Mas oyó entonces que era respondido con un silbido idéntico... Se dijo, empero, que no era más que una ráfaga de viento súbito que le llegó a través de las retorcidas ramas del tulipero... 
 
    No obstante, cuando ya estuvo prácticamente bajo el árbol, dejó de silbar y detuvo su cabalga­dura. Algo informe, de lo que sólo percibía un color blanco, pendía de una de las fuertes ramas; urgió de nuevo a su caballo, para acercarse, y comprobó entonces que no colgaba de rama alguna cualquier cosa, sino que el tronco mostraba una herida en su corteza, como si hubiera sido alcanzada por un rayo. 
 
    No tuvo apenas tiempo de respirar en paz, sin embargo, pues al punto escuchó un gemido largo y sentido... Se puso a temblar; apenas podía controlar ahora la mandíbula y sus piernas; así y todo, armándose de valor de nuevo, siguió un poco más allá, y otra vez aliviado comprobó que aquello no había sido más que el sonido hecho por dos ramas que se rozaban a merced de la brisa... Salió Ichabod de los dominios del árbol, pues, pero no había escapado con ello al peligro que se cernía sobre él.

A unas doscientas yardas del árbol cruzaba el camino un arroyuelo que se precipitaba hacia una zona de légamos conocida como el pantano de Wiley. Para cruzarlo, unos troncos hábilmente dispuestos ofrecían el paso propio de un puente, y del lado de la corriente del arroyuelo varios castaños y robles, por cuyos troncos trepaba la hierba, se cerraban como una bóveda sobre aquel paso tan improvisado como eficaz. 

Algo en su interior, entonces, le hizo sentir una cierta aprensión, como si unos pasos más allá no hubiese otra cosa que una gruta oscura y sin salida... Atravesar aquello, pues, le supondría la prueba más difícil de superar. 

Sabía bien el maestro, además, que fue entre aquellos árboles, robles y castaños, donde se escondieron los soldados que, más allá de la leyenda, tendieron la emboscada al mayor André; eso, y la leyenda en sí misma, hicieron que el puente fuera tenido por todos como un lugar maldito, que sólo debía cruzarse de noche y en compañía... Y él iba solo... Ahora comprendía bien el terror de sus alumnos cuando, con la oscuridad de los días de invierno, tenían que atravesarlo para regresar a sus casas una vez concluidas las lecciones.

Cuanto más se aproximaba su montura al riachuelo, más fuerte le latía en el pecho el corazón a Ichabod, como si le fuera a hacer saltar las costillas. Pero, respirando hondo, haciendo acopio de todo el valor y de toda la fuerza de voluntad que hubo de requerirse para no dar mar­cha atrás, fustigó violentamente a su caballo, le clavó los tacones de sus botas en los ijares, en la esperanza de que el penco saliese casi de estam­pida para cruzar aquello cuanto antes, pero el mal bicho que era aquel caballo, resabiado e indolente, no hizo más que un violento escorzo hacia su derecha, para que su jinete se golpeara de manera brutal con­tra un árbol... 

El maestro, ahora tan enfadado como preso del pánico, y que a cada segundo que pasaba en aquel lugar sentía aún más miedo, tiró de las riendas, sin embargo, hacia el lado contrario, para herir en los belfos al caballo con el bocado y obligarlo así a seguir el rumbo que quería... 

Más fue inútil; el penco se echó a galope, sí, pero no para cruzar lo que su jinete le indicaba, sino para tirarse de costado, violen­tamente, como si hubiera sido abatido por un disparo, contra unas zar­zas repletas de espinas que había a la izquierda del camino. 

Aún maltre­cho, se levantó Ichabod, volvió a montar y castigó con una dureza inimaginable al bruto, sacudiéndole con la fusta aún más fuerte que antes y clavándole los tacones de sus botas en los ijares con auténtica saña... El viejo Pólvora relinchó, se puso de manos y salió otra vez a galope... Mas justo cuando llegaba a la embocadura del puente se paró en seco, como las mulas... 

A punto estuvo de salir lanzado el maestro por encima de las orejas del penco, y si no lo hizo fue porque se agarró con fuerza al cuello de la bestia malvada... Iba a castigarlo de nuevo con otra ración de fustazos, pero entonces percibió unas pisadas en el agua... Al tétrico amparo ofrecido por la bóveda de los árboles apenas vio una sombra informe, erguida, alargada y ancha, quieta, como abri­gada en la oscuridad cual fiera dispuesta a lanzarse sobre el viajero que osara entrar en sus dominios. 

El vello del pobre pedagogo se erizaba a impulsos del terror que lo embargaba. ¿Qué podía hacer o decir? Era demasiado tarde para girar la grupa de su caballo y escapar por donde había venido; además, podía tratarse de un espectro, de un fantasma, de un espíritu, seres del aire capaces de atravesarlo incluso de cara al viento. 

Así que, haciendo aco­pio de los últimos rescoldos de valor y de cordura que ardían en su pecho y en su cabeza, y a despecho de su voz en un hilo, escuchó no sin sorpresa que de su boca salía una pregunta: «Quién eres?» Como la sombra no respondiera repitió la pregunta. Y tampoco obtuvo res­puesta. Así que no le quedó otra que atizar con la fusta de nuevo al mal­dito Pólvora, clavándole con saña los tacones una vez más, cantar con voz temblorosa y en un puro grito uno de sus salmos y galopar por donde había llegado... 

Mas justo entonces la sombra se interpuso en su camino, abandonando su anterior escondite, para cerrarle el paso. Ahora, a corta distancia, podía distinguir mejor la sombra, que adquiría forma: a pesar de la lobreguez de la noche vio a un jinete corpulento que montaba un altísimo y muy fuerte caballo negro. 

No parecía ni molesto ni amigable. Ichabod, no obstante, hizo que su caballo siguiera, al paso ahora, y cuando llegó a su altura el jinete se apartó, lo dejó pasar, y luego siguió junto al maestro, situando su caballo del lado por el que no veía su penco, que ahora parecía tranquilo y manso, manejable.

Concluyó Ichabod su salmo y se decidió entonces a mirar a su noc­turno compañero, a pesar del miedo, recordando de golpe aquella aven­tura de la apuesta que narrara Brom el Huesos... Eso fue lo que le hizo fustigar de nuevo a su penco, en la esperanza de dejar atrás al fantasma... Mas picó espuelas el jinete maldito para alcanzarlo de nuevo, sin mayor esfuerzo de su montura. 

Al maestro no se le ocurrió otra cosa que tirar atrás de las bridas, para hacer más lento el paso de su jamelgo. Pero el jinete hizo lo mismo. A Ichabod le latía entonces el corazón de manera que casi se le oía, más aún que el retumbar de los cascos de los caballos en el silencio de la noche. 

Se puso a cantar otro salmo, que ahora, empero, no le salió; tenía la boca seca por el pánico, la lengua se le pegaba al paladar y no le salían ni una nota, ni una palabra de la primera estrofa... Su compañero nocturno parecía obstinado en su silencio, algo que aún le resultaba más temible al maestro. Pronto, empero, sabría el porqué.

    Descendían ambos, emparejadas sus monturas, por la ladera de una leve colina, en la claridad que auspiciaba el fondo del firmamento y la ausencia en aquella zona de bosque, cuando se percató, aun mirándole de reojo, de que aquel ser era aún más corpulento de lo que ya de por sí le había parecido antes; y que no tenía cabeza, lo que hará comprender a cualquiera la clase de pánico que, sobre los ya padecidos, embargó ahora al pobre pedagogo... 
 
    Mucho más, ni habría que decirlo, cuando com­probó cómo el jinete apoyaba su propia cabeza, que llevaba hasta entonces bajo un brazo, en el arzón de la silla de su caballo. Mil escalofríos, como latigazos, sacudieron de arriba abajo el cuerpo de Ichabod, empa­vorecido. No pudo pensar nada, ni considerar por más tiempo su situa­ción; comenzó a pegar a su caballo con manos y pies... 
 
    Pólvora, al menos, obedeció esta vez, lanzándose a galope tendido... Pero fue en vano, porque de inmediato tuvo de nuevo a su altura al jinete sin cabeza; galopaban en una enloquecida carrera, sacando chispas de las piedras los cascos de sus caballos; inclinado sobre el cuello de su penco, Ichabod sentía que su traje flotaba en el aire, lo que le complacía pues le daba la sensación de que podría dejar atrás al fantasma... 
 
    Pero llegaron juntos hasta el cruce de caminos en el que se tomaba el que conducía hasta Sleepy Hollow; entonces, Pólvora, que parecía poseído por un demonio, cambió inopinadamente de rumbo, y en vez de girar a la dere­cha, como procedía, se tiró en su loca carrera por la cuesta de un sendero arenoso que llevaba desde los árboles al puente, ese otro puente famoso de las historias de aparecidos, el grande que lleva a la colina frondosa en la que se alzan la iglesia encalada que tiene a su vera el camposanto.

Hasta ese preciso momento, el pánico que también sentía el pobre penco parecía otorgarle cierta ventaja sobre el fantasma, aun cuando, desde luego, no fuera tan buen jinete como el decapitado... Pero cuando llevaba recorrida no más de la mitad del sendero, sintió que se le afloja­ban las cinchas de la silla de montar y algo así como si su penco se le escurriera entre las piernas. 

Trató de equilibrarse y de asir la silla de montar con las piernas, para que no se le fuera, pero nada; se salvó de una terrible caída, y del consiguiente batacazo, aferrándose con todas sus fuerzas al cuello y a las crines del penco, mientras su silla caía irreme­diablemente al suelo y era pisoteada, lo oyó perfectamente, por los cas­cos del caballo del fantasma que estaba a punto de darle alcance. 

Así y todo, pensó en la ira de Hans Van Ripper cuando le contara que había destrozado su silla de montar preferida, la que solía poner los domingos a su montura... Pero fue sólo un instante; lo que sufría ahora era insupe­rable; los enfados de Van Ripper resultaban una tontería comparado con aquello... 

Sentía cada vez más cercano al fantasma; Ichabod, que no era precisamente un jinete indio, iba peor que mal montando a pelo y a todo galope, y a punto estaba de caerse por un lado, cuando lograba rehacerse y a punto estaba de caer por el otro lado; además, golpeaban tan brutalmente sus nalgas contra los huesos del penco, que le parecía inminente el batacazo; al menos así, se decía, si se tronchaba el cuello acabaría de una vez por todas aquella pesadilla...

Un claro entre los árboles le hizo cobrar mayor confianza, sin embargo, y ansió embocar el puente que conducía a la iglesia cuanto antes, ya que era aquél el camino que había tomado inopinadamente su caballo. La luz de la luna, que caía trémula sobre las aguas, le hizo saber que no erraba en sus pronósticos. 

Vio casi acto seguido el encalado de la iglesia, que refulgía en la oscuridad a través de los árboles; recordar que allí, en el puente, se había esfumado el fantasma cuando compitió con­tra Brom el Huesos, le hizo sentir alivio. «Si llego en cabeza al puente estaré a salvo», pensó; y justo en ese momento oyó a sus espaldas el reso­plido del caballo del fantasma, un caballo igualmente fantasmagórico, que casi le quemaba; volvió a fustigar al viejo Pólvora y cruzó en cabeza el puente, levantando un estrépito de tablas bajo su galope. 

Ya del otro lado, no pudo evitar volverse con la esperanza de que, al igual que en el relato del fanfarrón, y cual parecía norma en los fantasmas, se hubiera hecho una llamarada de fuego su perseguidor, esfumándose de inme­diato... Pero lo que vio, empero, fue mucho más aterrador; se irguió el jinete en su montura sobre los estribos, tomó su cabeza con una mano y la lanzó con fuerza hacia Ichabod, que no pudo esquivar tan espantoso proyectil... La cabeza del fantasma se estrelló contra la suya con un sonido de piedras que se entrechocaran... Cayó a tierra; Pólvora, el jinete decapitado y su caballo negro pasaron por encima de aquel cuerpo yaciente como una simple brisa.

    A la mañana siguiente el malencarado Van Ripper encontró su viejo caballo a las puertas de su casa, sin montura, claro, y arrastrando la brida... El pobre penco, sabio a fin de cuentas, saciaba su hambre y tra­taba de olvidarse de la noche anterior arrancando a mordiscos puñados de hierba. 

    Ichabod, por el contrario, no hizo acto de presencia, a pesar de que era la hora del desayuno. Llegó la hora del almuerzo, y por muy raro que le pareciera al granjero, tampoco apareció. Sin él en la escuela, los alumnos pasaban el rato junto al riachuelo; nadie sabía nada acerca de su maestro... 

Comenzó a temer Van Ripper, ya avanzada la tarde, que algo malo le hubiera ocurrido; además albergaba aún la esperanza de que, con la aparición de Ichabod, lo hiciera también su silla de montar. Varias averiguaciones dieron pronto su fruto... Encontraron sus huellas, y a un lado del camino, aunque enterrada casi por completo en el suelo arenoso y un tanto destrozada, hallaron también la silla de montar del viejo holandés. 

Las huellas conducían hasta el puente; desde allí vieron flotar el sombrero del infortunado Ichabod en la parte donde las aguas eran más negras y profundas; no muy lejos, cerca de la orilla, vieron también una calabaza partida.

Pronto se organizó una partida para rastrear el curso del riachuelo, pero fue en vano; nadie albergó al final duda alguna sobre lo que más evidente era, esto es, que Ichabod no estaba por allí, ni vivo ni muerto. 

Luego, Hans Van Ripper, que se instituyó en una especie de albacea tes­tamentario del maestro, examinó sus pertenencias... Apenas nada; dos camisas y otra medio rota; un par de corbatas de lazo, dos pares, o acaso sólo uno, de medias, unos viejos pantalones de pana, una navaja mohosa, un libro de salmos con gran cantidad de marcas en cada página, un diapasón roto... 

Los libros y el mobiliario de la escuela, por otra parte, pertenecían a la comunidad, salvo la Historia de la brujería, de Cotton Mather, y un Almanaque de Nueva Inglaterra, además de un volumen que trataba de los oráculos y otro sobre los sueños... Entre las páginas del libro sobre los sueños había una hoja de papel llena de tachaduras y borrones de tinta, el resultado de un intento que hiciera el pobre maestro por dedicar unos sentidos versos a la joven heredera de los Van Tassel. 

Aquellos libros tan mágicos y el poema frustrado fueron a parar al fuego, de la mano del propio Van Ripper, quien decidió en el preciso instante de arrojarlos a las llamas, y después de haberles echado un vistazo somero, que sus hijos jamás volverían a pisar una escuela, harto convencido como lo estaba de que nada bueno podía obtenerse de la lectura ni de la escritura... Por lo demás, se dijo el granjero, parecía evidente que si Ichabod tenía ahorrado algún dinero, al margen del que había recibido un par de días atrás como paga por su trabajo, había desaparecido con él mismo.

El caso de la desaparición del maestro fue la comidilla de todos en la iglesia, el domingo siguiente. Grupos de chismosos, aquí y allá, en el jar­dín de la iglesia y hasta entre las tumbas del camposanto, hablaban lar­gamente de ello, especulando sobre mil posibilidades a cual más desca­bellada; después, como de paseo, y sin dejar de hablar del caso, cruzaron el puente y caminaron por la orilla, deteniéndose especialmente en los puntos donde se hallaron el sombrero del maestro y la calabaza partida. 

Las historias de Brouwer, de Brom el Huesos, y muchas otras más, die­ron mucho que pensar y opinar a todo el mundo... Así que, después de sopesar estas y aquellas posibilidades, mientras fumaban plácidamente sus pipas de aromático tabaco, los hombres de Sleepy Hollow concluye­ron que la única solución al enigma la ofrecía el hecho inequívoco de que el pobre maestro había sido raptado por el fantasma del jinete sin cabeza. 

Como Ichabod era soltero y no tenía deudas, la gente dejó de pensar en él y en su desaparición muy pronto, no tenían por qué estru­jarse por más tiempo la sesera... Se habilitó otra casa como escuela y pronto hubo en el pueblo un nuevo maestro.

    Es verdad, en cualquier caso, que un viejo granjero que ha estado recientemente en Nueva York, ahora que han transcurrido ya unos cuantos años desde que desapareció Ichabod Crane, añade nuevos ele­mentos de misterio a la historia, lo que sin duda encantará a todos en Sleepy Hollow, pues cuenta que Ichabod Crane sigue vivo. 
 
    Asegura que huyó del valle por miedo a una nueva aparición del fantasma y también por el dolor que le causó el rechazo de la hija de Van Tassel. Dice también que vive en un lugar muy apartado, donde poco después de su llegada siguió ejerciendo la docencia mientras estudiaba leyes, lo que le facultó para desempeñarse como abogado y entrar con éxito en política, apareciendo en los periódicos varias veces cuando se presentó en una candidatura... 
 
    Dice también este hombre que no hace mucho ha sido nombrado juez del Ten Pound Court. En lo que a Brom el Huesos respecta, sólo cabe decir que, poco después de la desaparición de quien fuera su rival en amores, condujo triunfante a la bella Katrina al altar... Y como no podía ser de otra manera, cada vez que Brom el Huesos oía decir algo sobre la calabaza partida que se halló en el río, un poco más allá de donde flotaba el sombrero del maestro, se moría de risa... 
 
    Eso hizo pensar a más de uno que a buen seguro sabía bastante más de lo que decía sobre la desaparición de Ichabod, pero no creo digna de ser tenida en cuenta tal opinión, pues según las viejas coma­dres de Sleepy Hollow, tan sabias ellas para emitir juicios sobre asuntos así de escabrosos, Ichabod fue apartado de este mundo por medios perfectamente sobrenaturales.

Como era de esperar, tan abracadabrante suceso se ha convertido ya en una de las historias favoritas de las gentes de la región, que lo narran en las noches de invierno al calor de la lumbre. El puente maldito, así las cosas, se ha convertido en uno de los lugares que más cuidadosamente evitan quienes en este valle moran, presos de un terror supersticioso a tan inocente lugar... 

Acaso tal sea la razón de que hace unos pocos años se decidiera desviar el camino que llevaba a la iglesia, y que hacía obliga­torio el paso por el puente, por la orilla de la presa del molino. 

La que fue escuela en donde impartió sus enseñanzas Ichabod Crane no es más que una casa en ruinas lamentables; quienes se atreven a pasar relativa­mente cerca de sus paredes desconchadas y húmedas de moho, lo hacen con bastante aprensión, despacio para no pisar fuerte, pues cuentan que allí vive, nada menos, el fantasma del pobre Ichabod. 

Los mozos que labran la tierra, por su parte, cuando regresan agotados a sus casas, tras una larga y dura jornada, sobre todo en el verano, cuando empieza a anochecer, aseguran que se oye en la lejanía la voz de quien fuera el maestro de Sleepy Hollow entonando uno de sus salmos tan melancóli­camente que se les parte el corazón de pena.

POST SCRIPTUM

Por. Mr. Knickerbocker, de su puño y letra

    La historia precedente va escrita, en su mayor parte, con las mismas palabras que escuché en una reunión celebrada en el Ayuntamiento de la antañona ciudad de Manhattoes, lleno aquel día de muchas y muy importantes gentes del lugar. 
 
    El narrador de la historia era un anciano venerable y de trato exquisito, todo un caballero a pesar de su raído traje que a primera vista hacía que se le tomara por un pordiosero.

Tenía aquel hombre un rostro en el que eran perceptibles, a la vez, la tristeza y una cierta jovialidad, lo que hacía pensar inevitablemente en que hacía muchos esfuerzos para desviar nuestra atención de sus trazas más que menesterosas.

En cuanto concluyó su narración, estallaron los presentes en risas, si no en carcajadas, sobre todo un par de concejales que allí había, hom­bres un tanto groseros, por lo demás, de esos que suelen dormir durante las sesiones del Ayuntamiento... No obstante, había también entre la concurrencia otro anciano, alto, seco, adusto, de pobladas cejas, que miraba a todos con bastante severidad, incluso con desprecio. 

Con las manos sobre la mesa unas veces, y cruzado de brazos otras, inclinaba a menudo la cabeza y parecía preocupado, como si una espantosa carga lo abrumase. Era uno de esos caballeros de edad, circunspectos y severos, que sólo ríen cuando de veras tienen motivos para hacerlo. O cuando la ley se les muestra favorable tras una dura querella.

Una vez cesaron las risas destempladas de los demás y se hizo de nuevo el silencio en la sala, apoyó un brazo en el reposabrazos del sillón, se puso el otro a la cadera, preguntó alzando las cejas elocuentemente, como en sorpresa burlona, cuál era la moraleja de aquella historia y qué se pretendía demostrar a través de la misma. 

Entonces, el narrador, que justo en ese preciso momento bebía un buen vaso de vino para refres­carse la garganta y los labios, secos por la vehemencia de que hizo gala al contar la historia, se quedó con el vaso a medio camino unos segundos, miró a quien lo interpelaba tan sarcásticamente, aunque con un aire, sin embargo, de bondad y hasta de gran deferencia e incluso aceptación de sus palabras, depositó después el vaso en la mesa, lentamente, mientras tomaba aire, y observó que la historia, atendiendo a la más inequívoca lógica de los propios hechos, no pretendía más que demostrar lo que a continuación se expone:

«Que no hay situación en la vida de la que no se pueda extraer ven­taja, e incluso obtener placer, siempre y cuando sepamos aprovecharnos de ella.

»Que, en lógica consecuencia, pues, quien se atreva a echar una carrera a un jinete muerto, tendrá muchas posibilidades de sufrir un accidente.

»Ergo, si un maestro de escuela pueblerina resulta rotundamente rechazado por una joven y hermosa holandesa a la que pretende, de inmediato obtendrá dicho maestro el beneficio de una buena carrera profesional en la abogacía y hasta en la política».

El caballero de las pobladas cejas frunció y alzó éstas una y otra vez, sorprendido por tan apabullante silogismo; mientras, el viejecito del traje raído le contemplaba, o eso me pareció, con un inmenso y no menor sarcástico aire de triunfo. 

El adusto caballero, al fin, no tuvo sino que reconocer que todo aquello estaba muy bien, que el argumento había sido bien defendido, aunque mostró una leve objeción: en cualquier caso, tal historia, para su gusto y para sus entendederas, resultaba un tanto extravagante, añadiendo que, encima, le habían quedado sin aclaración un par de puntos.

«Le aseguro, caballero, que ni yo mismo me creo la mitad de ese cuento», le respondió entonces el narrador.