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El otro modelo de Pickman - Caitlín R. Kiernan

Nunca he tenido demasiada afición al cine, prefiero entretenerme con el teatro; siempre me han gustado más los actores en carne y hueso que esos parpadeantes y estridentes fantasmas agigantados y proyectados en las paredes de salas oscuras y llenas de humo, a veinticuatro fotogramas por segundo. 

Nunca he sido capaz de olvidar que el movimiento aparente es tan solo una ilusión óptica, una hábil sucesión de imágenes fijas que pasan por mis ojos a tal velocidad que solo percibo movimiento donde realmente no lo hay. Pero en los meses previos a mi primer encuentro con Vera Endecott, me sentía cada vez más atraído por las salas de cine de Boston, a pesar de esta reticencia tan arraigada en mí.

Había quedado profundamente conmocionado por el suicidio de Thurber, aunque, con la inútil clarividencia del que examina las cosas a toro pasado, no cabe duda de que debería haber tenido la suficiente fortaleza mental para haberlo visto venir. Thurber fue soldado de infantería durante la guerra… La Guerre pour la Civilisation, como solía llamarla. Estuvo en la batalla de Saint-Mihiel cuando Pershing fracasó en su campaña para arrebatar Metz a los alemanes, y apenas dos semanas más tarde sobrevivió para ser testigo de las atrocidades cometidas en el bosque de Argonne. 

Cuando abandonó Francia y regresó a su hogar a principios de 1919, Thurber era apenas una sombra, un eco nervioso del hombre que había conocido durante nuestros años de universidad en la Escuela de Diseño de Rhode Island, y en aquellas ocasiones —cada vez más escasas— en las que nos encontrábamos y hablábamos, nuestras conversaciones derivaban con frecuencia de la pintura, la escultura y cuestiones de estética a cosas que había visto en las trincheras embarradas y las ciudades en ruinas de Europa.

Y entonces comenzó aquella obstinada fascinación por el cabrón degenerado de Richard Upton Pickman, una obsesión que pronto se transformó en lo que diagnostiqué como una fijación neurótica por aquel hombre y por las blasfemias que plasmaba en sus lienzos. 

Cuando Pickman desapareció hace dos años de su mugroso «estudio» en el North End, y no se le volvió a ver, esta fijación no hizo más que empeorar, hasta que Thurber finalmente me contó una historia increíble y pesadillesca que por aquel entonces solo pude considerar como el producto de una mente inestable, debido al baño de sangre y la locura y los innumerables horrores de la guerra que había presenciado a orillas del Mosa, y más tarde en la frondosidad del bosque de Argonne.

Aquella noche, sentados juntos en una sórdida taberna cerca de Faneuil Hall (no recuerdo el nombre del local, porque no era uno de mis locales favoritos), reparé en que yo tampoco era el hombre que fui entonces. Al tiempo que William Thurber había cambiado por la Guerra y por lo que hubiera podido experimentar junto a Pickman, yo también había cambiado. 

Y he cambiado profundamente, primero por el repentino suicidio de Thurber, y luego por una actriz de cine llamada Vera Endecott. Creo estar todavía en posesión de mis facultades mentales y, si me lo pidiesen, podría atestiguar ante un juez que mi mente se encuentra en buen estado, aunque un tanto magullada. 

Pero no puedo ver el mundo a mi alrededor como lo veía antes, porque, después de haber contemplado ciertas cosas, no hay forma de dar marcha atrás y regresar al estado de inocencia o gracia no profanada que prevalecía antes de haber experimentado tales visiones. 

No hay camino de retorno hacia la sagrada cuna del Edén, porque las puertas están custodiadas por las espadas flamígeras de querubines, y la mente —a excepción de algunos casos piadosos de conmoción o amnesia histérica— no puede simplemente olvidar las extrañas y desalentadoras revelaciones padecidas por los hombres y mujeres que deciden formular preguntas prohibidas. 

Y estaría mintiendo si afirmase que no atisbé o sospeché que la tarea que me había impuesto cuando comencé mi investigación siguiendo las informaciones de Thurber tras su funeral, me llevaría a donde ahora me encuentro. Lo sé, o lo sabía con la suficiente certeza. Todavía no he sobrepasado ese nivel de degradación necesario para dejar de asumir la responsabilidad de mis propios actos y las consecuencias que se derivan de ellos.

Thurber y yo solíamos discutir sobre la validez de la narración en primera persona y su eficacia como recurso literario; él la defendía y yo cuestionaba la credibilidad de tales historias, y dudaba tanto de las motivaciones de sus autores ficticios como de la capacidad de esos narradores-personajes para evocar con una claridad tan perfecta y detallada conversaciones concretas y otros sucesos durante momentos de gran tensión e incluso peligro personal. 

Esto probablemente no se diferencie mucho de mi dificultad para disfrutar las imágenes en movimiento de las películas, porque soy consciente de que, de hecho, no son imágenes en movimiento. Sospecho que se debe a algún tipo de rechazo consciente o incapacidad inconsciente, por mi parte, de activar lo que Coleridge definió como la «suspensión de la incredulidad». 

Y ahora yo me siento para escribir mi propio relato, aunque doy fe de que no hay ni una sola palabra de ficción intencional en él, y ciertamente no tengo ningún plan de publicarlo. Sin embargo, sin duda estará lleno de inexactitudes que se derivan de las objeciones a una narración en primera persona que ya he explicado más arriba. Lo que estoy plasmando aquí es mi mejor intento de evocar los sucesos previos que envuelven el asesinato de Vera Endecott, y debería ser leído como tal.

Es mi historia, presentada con la escasa documentación que la corrobore de la que dispongo. Es una pequeña parte de la historia de Vera Endecott, también, y por ella sobrevuelan los fantasmas de Pickman y Thurber. Honestamente, ya comienzo a dudar de que al dejarlo escrito logre obtener el remedio que tan desesperadamente ansío: la disolución del maldito recuerdo, la disminución del impacto de esos recuerdos en mí, y, con mucha suerte, la posibilidad de dormir en habitaciones oscuras de nuevo y acabar de una vez con el sinfín de fobias que me llevan acosando desde hace tanto tiempo. 

Demasiado tarde he comprendido los miedos macabros del pobre Thurber a los sótanos y túneles subterráneos, y a ellos ahora puedo añadir mis propios miedos, ya sean racionales o no. «Supongo que no te preguntarás ya por qué tengo que mantenerme alejado de subterráneos y sótanos», me dijo ese día en la taberna. Por supuesto, yo sí me lo preguntaba, y también dudaba de la cordura de un querido y leal amigo. Pero, al menos en esta cuestión, hace ya tiempo que he dejado de dudarlo.

La primera vez que vi a Vera Endecott en la «gran pantalla» tan solo era actriz de reparto en la película Una mujer del mar, de Josef von Sternberg, que proyectaban en el Exeter Street Theater. Pero esa no fue la primera vez que vi a Vera Endecott.

Me topé por primera vez con el nombre y el rostro de la actriz mientras ordenaba los documentos de William, tarea que me pidió que realizara el único miembro vivo de su familia más cercana, Ellen Thurber, su hermana mayor. Me vi enfrentado a una tarea que no era ni mucho menos pequeña o simple. 

En la habitación cerrada y medio desvencijada que había alquilado Thurber en Hope Street, Providence, tras abandonar Boston, el suelo estaba totalmente cubierto de correspondencia, hojas mecanografiadas, revistas y ensayos inacabados, incluyendo el monográfico sobre arte extraño que había jugado un papel tan importante en el inicio de su relación con Richard Pickman tres años atrás. 

Tan solo me sorprendió encontrar, en medio de aquel desbarajuste, una serie de dibujos de Pickman, todos realizados a carboncillo o a tinta y pluma. Su presencia entre las pertenencias de Thurber me pareció bastante incongruente, teniendo en cuenta lo aterrado que decía haber llegado a estar de aquel hombre. Y, lo que es más, teniendo en cuenta la afirmación que realizó de haber destrozado la única prueba que apoyaba la increíble historia que aseguraba haber oído, visto y recogido del sótano-estudio de Pickman.

Era un día caluroso, hacia finales de julio o principios de agosto. Cuando encontré los siete dibujos guardados dentro de una carpeta de dibujo, crucé el cuarto con ellos bajo el brazo y los extendí sobre la estrecha y hundida cama que ocupaba uno de los rincones. Yo conocía bastante bien la obra del pintor, y debo confesar que lo que vi no me afectó tan profundamente como le había afectado a Thurber. 

Sí, sin duda alguna, Pickman poseía un extraordinario y singular talento, y supongo que alguien no acostumbrado a las imágenes de lo diabólico, lo extraño o lo monstruoso podría encontrar sus cuadros inquietantes o poco gratos de contemplar. 

Siempre atribuí que su capacidad de capturar lo extraño se debía en gran medida a la yuxtaposición intencionada de un argumento fantasmagórico con un estilo descarnado y concienzudamente realista. Thurber también advirtió esto y, de hecho, dedicó casi un capítulo entero de su monográfico inacabado al examen de la técnica de Pickman.

Me senté en la cama para examinar los dibujos, y los muelles del colchón gimieron ruidosamente bajo mi peso, lo cual hizo que volviera a preguntarme por qué mi amigo había alquilado un alojamiento tan miserable cuando sin duda podía permitirse algo mejor. 

En cualquier caso, tras echar un vistazo a los dibujos, no encontré en su mayor parte nada particularmente sorprendente, y supuse que eran regalos de Pickman, o que Thurber tal vez le había pagado alguna pequeña cantidad de dinero por ellos. 

Identifiqué dos de ellos como bocetos de uno de los cuadros mencionados ese día en la taberna de Chatham Street, el titulado La lección, en el cual el pintor había representado a un número de demonios necrófagos subhumanos con apariencia de perros instruyendo a un niño (un niño sustituto, supuso Thurber) en la práctica de la necrofagia. 

Otro era un boceto apresurado de lo que le parecieron algunos de los monumentos más señoriales del cementerio de Copp’s Hill, y había también un par de dibujos chapuceros de criaturas en cuclillas semejantes a gárgolas.

Pero fueron los dos últimos dibujos de la carpeta los que atraparon y retuvieron mi atención. Ambos eran desnudos muy bien ejecutados, más perfectamente acabados que cualquiera de los otros dibujos, y dado el tema de ambos, jamás habría creído que habían salido de los dedos de Pickman de no haber estado rubricados con su firma en el extremo inferior. 

No había ningún elemento en ellos que pudiera ser considerado pornográfico y, teniendo en cuenta su procedencia, esto también me sorprendió. En la oeuvre de Richard Pickman que yo mismo había podido contemplar, jamás encontré ni un solo atisbo de interés por las formas femeninas, e incluso se había rumoreado en el Club de Arte que era homosexual. 

Pero corrían tantos rumores sobre él en los días anteriores a su desaparición, muchos de ellos totalmente falsos, que nunca les presté mayor atención. Fuera cual fuese su inclinación sexual, estos dos dibujos estaban imbuidos de tal admiración y familiaridad con el cuerpo de una mujer que parecía poco probable que hubieran sido pintados como meros ejercicios académicos o que fueran plagios de obras de otros pintores menos excéntricos.

Mientras examinaba los desnudos, pensando que al menos estas dos obras podrían reportar algunos dólares para ayudar a la hermana de Thurber a cubrir los gastos inesperados ocasionados por la muerte de su hermano, así como las deudas pendientes del fallecido, mis ojos se toparon con un fajo de recortes de revistas y periódicos que también habían sido guardados en la carpeta de dibujo. 

Había un número considerable de ellos y supuse entonces, y todavía lo pienso, que Thurber había contratado los servicios de un gabinete de documentalistas. Casi la mitad eran críticas de exposiciones en galerías que habían incluido obras de Pickman, la mayoría del periodo entre 1921 y 1925, antes de ser condenado al ostracismo y que las oportunidades de exponer públicamente su obra hubieran mermado. 

Pero el resto de recortes parecía proceder principalmente de tabloides, suplementos y revistas como Photoplay y New York Evening Graphic, y todos los artículos estaban dedicados o hacían mención a la actriz oriunda de Massachusetts Vera Marie Endecott. Había, entre estos recortes, una serie de fotografías de la actriz, y el parecido con la mujer que había posado para los dos desnudos de Pickman era incuestionable.

Había algo bastante característico en sus altos pómulos, en el ángulo de la nariz, una dureza innegable en su semblante a pesar de la belleza y el sex appeal de la estrella en ciernes que era. Más tarde llegué a reconocer cierta similitud entre su rostro y el de algunas «vampiresas» y femmes fatales como Theda Bara, Eva Galli, Musidora y, en particular, Pola Negri. 

Pero, por lo que puedo recordar ahora, mi primera impresión de Vera Endecott, no contaminada por su personalidad cinematográfica (aunque sin duda influenciada por la relación de los recortes con la obra de Richard Pickman, entre las pertenencias de un suicida), era la de una mujer cuyo encanto consistía tan solo en un halo de glamour que ocultaba un rostro más real y salvaje. 

Ciertamente, producía una impresión extraña, y permanecí allí sentado en la sofocante habitación de la casa de huéspedes mientras el sol se deslizaba lentamente hacia el crepúsculo, leyendo todos y cada uno de los artículos, e incluso leyendo algunos dos veces. Sospechaba que, sin duda, debían contener pruebas de que la mujer de los dibujos era, en efecto, la misma mujer que había iniciado su carrera en los estudios de cine de Long Island y New Jersey, antes de que la industria se trasladara al oeste, a California.

En su mayoría, los recortes no eran más que los típicos cotilleos, insinuaciones y sensacionalismo del mundo del cine. Pero, aquí y allá, alguien, supuestamente el propio Thurber, había subrayado varios pasajes con lápiz rojo y, si se leían seguidas esas líneas subrayadas, entresacadas del contexto de los artículos correspondientes, se revelaba un curioso patrón. 

Al menos, tal patrón podía ser imaginado por un lector que o bien lo buscase, y por lo tanto estuviera predispuesto a descubrirlo, existiera o no, o por alguien, como yo mismo, que había llegado a dar con esta colección de recortes de periodismo amarillista bajo tales circunstancias y tal atmósfera de terror que abocaran al lector a establecer paralelismos donde, objetivamente, no había ninguno. 

Llegué a la conclusión, aquella tarde de verano, de que la idée fixe de Thurber con Richard Pickman le había llevado a interpretar una serie de ideas absurdamente macabras con relación a esta mujer, y que yo, aun estando afligido por la pérdida de un buen amigo y rodeado como estaba por el desorden de su obra inacabada, tan solo había logrado descubrir otro de los delirios de Thurber.

La mujer conocida por los espectadores como Vera Endecott había nacido en una familia ciertamente peculiar de la región de la Costa Norte de Massachusetts y, sin duda alguna, se había esforzado en ocultar sus orígenes adoptando un nombre artístico poco después de llegar a Fort Lee en el mes de febrero de 1922. Se había inventado una nueva biografía y afirmaba que venía no del condado rural de Essex, sino de Beacon Hill en Boston. 

Sin embargo, apenas cumplidos los veinticuatro años, poco después de lograr su primer papel importante —una aparición en El cielo bajo el lago de los estudios Biograph—, un número de columnistas famosos comenzaron a reflejar en sus artículos ciertas sospechas acerca de los orígenes que la actriz aseguraba tener. No había ni rastro del banquero que se suponía que era su padre, y resultó bastante fácil averiguar que nunca había cursado estudios en la Winsor School para jovencitas. 

A los veinticinco, tras protagonizar The Horse Winter, de Robert G. Vignola, un reportero del New York Evening Graphic afirmó que el padre verdadero de Endecott era un hombre llamado Iscariot Howard Snow, propietario de varias canteras de granito en Cape Ann. Su esposa, Conciliadora, era de Salem o Marblehead, y murió en 1902, cuando daba a luz a su única hija, cuyo nombre no era Vera, sino Lillian Margaret. 

No había ninguna prueba entre los recortes de que la actriz hubiera negado o tan siquiera respondido a esas alegaciones, a pesar de que los Snow, e Iscariot Snow en particular, poseían una reputación de lo más despreciable en Ipswich y alrededores. 

A pesar de la riqueza y relevancia de la familia en el sector de los negocios locales, era un secreto a voces, y no faltaban conversaciones a puerta cerrada sobre hechicería y brujería, incesto e incluso canibalismo. En 1899, Conciliadora Snow también dio a luz a gemelos, Aldous y Edward, aunque Edward nació muerto.

Pero fue un recorte del Kidder’s Weekly Art News (27 de marzo de 1925), una publicación que yo conocía bastante bien, el que relacionaba por primera vez a la actriz con Pickman. Una tal «señorita Vera Endecott de Manhattan» estaba en una lista de asistentes a la inauguración de una exposición que incluía un par de dibujos más comedidos de Pickman, aunque no se hacía mención a la fama de la actriz. 

Thurber había rodeado su nombre con lápiz rojo y había escrito dos signos de exclamación detrás de él. Cuando di con la nota de prensa, el crepúsculo ya había descendido sobre Hope Street y tenía dificultades para leer. Consideré durante unos segundos encender el viejo quinqué de petróleo que había junto a la cama, pero entonces, mientras miraba la penumbra que se acumulaba entre el mobiliario destartalado y andrajoso del sórdido cuartito, me embargó una repentina y vaga inquietud… algo que, incluso ahora, me resisto a llamar miedo. 

Volví a guardar los recortes y los siete dibujos en la carpeta, la metí bajo el brazo y recogí rápidamente el sombrero de una mesa enterrada bajo una máquina de escribir, una pila de libretas y libros de la biblioteca, platos sucios y botellas de refresco vacías. Unos minutos más tarde me encontraba de nuevo fuera del edificio, bajo una farola, observando las dos ventanas oscuras que daban a la habitación donde, una semana antes, William Thurber se introdujo el cañón de un revólver en la boca y apretó el gatillo.

Acabo de despertarme de otra de mis pesadillas, que cada vez son más vívidas y habituales, e incluso más terribles, y que con frecuencia no me permiten dormir más de una o dos horas por la noche. Estoy sentado frente a mi escritorio, contemplando el cielo que comienza a tintarse del violeta grisáceo de un falso amanecer, y escucho el reloj que suena como un gigantesco insecto de cuerda posado sobre la rejilla de la chimenea. 

Pero mi mente retiene todavía con toda viveza el sueño de la enmohecida sala de proyecciones privadas cerca de Harvard Square, organizadas por un grupo de aficionados al cine grotesco, la sala donde por primera vez vi las imágenes «en movimiento» de la hija de Iscariot Snow.

Conocí la existencia del grupo a través de un colega del departamento de adquisiciones del Museo de Bellas Artes, quien me contó que se reunían a intervalos irregulares —pocas veces lo hacían más de una vez cada tres meses— para visionar y debatir material tan estrafalario y morboso como Häxan de Benjamin Christensen, El fantasma de la ópera de Rupert Julian, Nosferatu, eine Symphonie des Grauens de Murnau, y La casa del horror de Tod Browning. 

Todos esos títulos y nombres de directores significaban muy poco para mí, porque, como ya he explicado, nunca fui un gran aficionado al cine. Esto ocurrió en agosto, tan solo un par de semanas después de que partiera de Providence para regresar a Boston tras haber resuelto los asuntos de Thurber tan bien como pude. 

Todavía prefiero no pensar en qué desafortunado capricho del destino hizo coincidir mi descubrimiento de los dibujos de Vera Endecott pintados por Pickman y el interés de Thurber en ella con el visionado en aquella sala de la que, en mi opinión, no era más que una película vulgar y merecidamente desconocida. 

Realizada entre 1923 y 1924, averigüé que alcanzó una celebridad infame tras la muerte del director (otro suicidio). Todos los que financiaron la película permanecieron en el anonimato, y parece ser que la producción no avanzó más allá de la versión provisional que contemplé aquella noche.

Sin embargo, no me he sentado aquí para escribir un escueto relato de mi descubrimiento de esta película sin título e inacabada, sino para intentar capturar algo del sueño que ya se desgaja en brumosos jirones y retazos. Como Perseo, que tan solo se atrevió a mirar a los ojos de la gorgona Medusa de forma indirecta a través de un reflejo sobre su escudo de bronce, igualmente me sentía impelido y totalmente decidido a reflexionar sobre estos sucesos, e incluso sobre mis propias pesadillas tan indirectamente como pudiera. 

Siempre he detestado la cobardía y, sin embargo, echando la vista atrás al escribir estas páginas, me parece detectar algo en mi actitud innegablemente cobarde. Da igual que no tenga intención de que estas líneas sean leídas por nadie. A menos que escriba con honestidad, no hay apenas motivos para que sean escritas. Si esta es una historia de fantasmas (y eso es lo que me está pareciendo cada vez más), entonces permitamos que sea una historia de fantasmas en lugar de unos recuerdos inconexos.

En el sueño, estoy sentado en una silla plegable de madera en aquella sala oscura, iluminada únicamente por un rayo de luz que se filtra de la cabina del proyeccionista. Y las paredes frente a mí se han convertido en una ventana con vistas a otro mundo, un mundo carente de sonidos y casi de todo color; la gama se limita a un espectro de lúgubres negros y cegadores blancos e innumerables matices de gris. 

A mi alrededor, los otros que se han reunido para ver la película fuman puros y cigarrillos, y se susurran unos a otros. No llego a entender nada de lo que dicen, pero, de todas formas, tampoco les presto mucha atención. No puedo apartar la mirada de aquella escena silenciosa y color grisalla, y realmente poco más ocupa mi mente.

«Bueno, ¿lo entiendes?», pregunta Thurber sentado en la butaca junto a la mía, y tal vez yo asiento, y tal vez incluso susurro alguna u otra afirmación en voz baja. Pero no aparto los ojos de la pantalla lo suficiente como para echar una ojeada a su rostro. 

Pasan demasiadas cosas allí que podría perderme si osara apartar la mirada, tan siquiera un instante, y además no tengo ningún deseo de contemplar el rostro de un hombre muerto. Thurber no dice nada más durante un largo rato, aparentemente satisfecho de que yo haya llegado a aquel lugar para presenciar por mí mismo un pequeño fragmento de lo que finalmente le condujo a los confines de la locura.

Ella está allí en la pantalla, Vera Endecott, Lillian Margaret Snow, de pie al borde de una poza rodeada de rocas. Está tan desnuda como en los dibujos de Pickman, y al principio está situada de espaldas a la cámara. Las retorcidas raíces y ramas de lo que tal vez sean sauces milenarios inclinados sobre la poza rasgan la superficie del agua con sus ramas como látigos y oscilan elegantemente de un lado a otro, agitadas por la misma brisa que hace ondear el pelo corto de la actriz. 

Y aunque parece que no hay nada en absoluto que pueda ser considerado siniestro en esta escena, en mí inspira inmediatamente la misma clase de pavor e inquietud que los grabados de Doré para Orlando furioso y la Divina comedia. Hay en el cuadro una sensación de intenso presagio y premonición, y me pregunto qué pistas sutiles e ingeniosas han sido dejadas para que esta escena aparentemente idílica pueda ser interpretada con tan sombrías expectativas.

Y entonces me doy cuenta de que la actriz sostiene en la mano derecha una especie de vial y lo inclina lo suficiente para derramar en la poza su contenido, un líquido denso y alquitranado. Unas ondas se expandieron lentamente por la superficie del agua, demasiado lentamente, estoy seguro, para haber sido originadas por algún proceso físico natural, y por lo tanto me da la impresión de que se trata de algún simple truco fotográfico; cuando el vial está vacío, o, al menos, cuando ha dejado de contaminar la poza (y estoy bastante seguro de que ha quedado contaminada), la mujer se arrodilla sobre el barro y las hierbas al borde del agua. 

Desde algún lugar indeterminado allá arriba, allí en la sala en la que me encuentro, me llega el sonido de alas de palomas sorprendidas alzando el vuelo, y la actriz se gira a medias hacia la audiencia, como si ella también hubiera escuchado el revuelo. El barullo de alas rápidamente se acalla y de nuevo tan solo se escucha el sonido metálico del proyector y el susurro de los hombres y mujeres apiñados en la sala mohosa. 

En la pantalla, la actriz se vuelve de espaldas a la poza, pero antes de ello ya tengo la total certeza de que su rostro es el mismo que el de los recortes que encontré en la habitación de Thurber, el mismo que el de los dibujos realizados por la mano de Richard Upton Pickman. El vial se resbala de sus dedos, cae al agua, y en esta ocasión no se producen ondas. Ni salpicaduras. Nada.

En ese instante, la imagen salta y luego se funde en un blanco cegador y durante unos instantes creo que la cinta de la película, gracias a Dios, ha saltado del carrete o algo parecido, y así, tal vez, no tenga que ver el resto. Pero entonces ella vuelve, la mujer y la poza y los sauces, sucediéndose un fotograma tras otro y otro más. 

Ella se arrodilla al borde de la poza y entonces pienso en Narciso languideciendo por Eco, o su gemelo perdido, pienso en Circe envenenando el manantial donde Escila se bañaba, y pienso en la maldita Shalott de Tennyson y, de nuevo, pienso en Perseo y Medusa. No veo la cosa en sí misma, sino tan solo una equivalencia tenue y engañosa, y mi mente rebusca analogías y significados y puntos de referencia.

En la pantalla, Vera Endecott, o Lillian Margaret Snow —la una o la otra, las dos que siempre eran solo una—, se inclina hacia delante y sumerge la mano en la poza. Y, de nuevo, no se produce ninguna onda que surque la tersa superficie de obsidiana. 

La mujer de la película habla ahora, mueve los labios exageradamente, sin emitir ningún sonido, y no alcanzo a escuchar nada a excepción del murmullo en la sala llena de humo y el chisporroteo del proyector. Y es entonces cuando me doy cuenta de que los sauces no son precisamente sauces, y que aquellos troncos y ramas y raíces retorcidas en realidad son cuerpos humanos de ambos sexos entrelazados, y sus pieles imitan perfectamente la escamosa corteza de un sauce. 

Comprendo entonces que no son ninfas del bosque, ni hijas de Hamadríades y Óxilo. Son prisioneros, o almas condenadas y sometidas eternamente por sus pecados, y durante un tiempo tan solo soy capaz de contemplar fijamente los brazos y piernas, las caderas y pechos y rostros marcados por incontables siglos de la agonía constante de aquella contorsión y transformación. Quiero girarme y preguntar a otros si ven lo que yo veo, y cómo puede haberse logrado tal efecto, porque sin duda estas personas saben más de la prosaica magia del cine que yo.

Y lo peor de todo es que los cuerpos no estaban totalmente inertes, sino que se retorcían muy levemente, ayudando así al viento a sacudir las largas y frondosas ramas primero hacia un lado y después hacia otro. Luego mis ojos son atraídos de nuevo hacia la poza, la cual ha comenzado a echar humo, una niebla gris blancuzca que se eleva lánguidamente de la superficie del agua (si es que todavía es agua).

La actriz se inclina un poco más sobre la laguna durmiente y en ese momento noto unos deseos irrefrenables de apartar la mirada. Sea cual sea la cámara que la haya captado en el acto de invocación o apaciguamiento, no quiero ver, ni quiero conocer su demoníaca fisionomía. Sus labios continúan moviéndose y sus manos remueven el agua que permanece tan lisa como el cristal, sin mostrar ningún rastro de estar siendo agitada.

Ella llega a Rhegium; se enfrenta al océano,
y pisa con pies secos las olas hirvientes…


Pero el deseo no es suficiente, ni la excitación, y no aparto la mirada, ya sea porque he sido embrujado al igual que los demás que han venido a verla, o porque alguna faceta más profunda, más inquisitiva de mi propio ser me ha dominado y está dispuesta a condenarse eternamente al ahondar en este misterio.

«Es solo una película», me recuerda Thurber desde su asiento junto al mío. «Da igual lo que ella pueda decir, jamás debes olvidar que es solo un sueño».

Y yo quiero replicar: «¿Es eso lo que te ha ocurrido a ti, querido William? ¿Te olvidaste quizás de que no fue nada más que un sueño siempre y te viste incapaz de despertar a la lucidez y la vida?». Pero no digo ni una sola palabra, y Thurber no dice nada más.

Sin embargo, ella no sabe a quién teme;
en vano se ofrece a correr,
y arrastra a su alrededor lo que se empeña en ocultar.


«Genial», susurra una mujer en la oscuridad a mis espaldas, y «Sublime», murmura lo que suena a un hombre muy anciano. Mis ojos no se separan de la pantalla. La actriz ha dejado de remover la superficie de la poza, ha retirado la mano del agua, pero permanece allí arrodillada, contemplando la mancha negruzca sobre los dedos y la palma y la muñeca. 

Tal vez, pienso, sea eso para lo que vino, para ser marcada, para ser reconocida, aunque mi mente soñadora no aspira a adivinar qué o quién la hubiera reconocido gracias a la mancha. Ella estira el brazo y lo mete entre los juncos y el musgo y saca de allí una daga con el mango negro, luego la sujeta en alto por encima de su cabeza, como si estuviera haciendo un ofrecimiento a dioses invisibles, y a continuación usa la hoja reluciente para hacerse un corte en la mano que previamente había ofrecido a las aguas. 

Y creo que, tal vez, por fin lo comprendo, y que el vial y la agitación del agua de la poza han sido solo rituales de brujería preparatorios antes de realizar este ofrecimiento o expiación. Cuando las gotas de sangre impactan y ruedan sobre la superficie de la poza como gotas de mercurio golpeando la superficie sólida de una mesa, algo ha comenzado a tomar forma, algo que se nutre de aquellas profundidades ocultas, y aunque no hay sonido alguno, está lo suficientemente claro que los sauces han comenzado a aullar y a balancearse como si fueran agitados por un viento huracanado. 

Creo que tal vez sea una boca, o algo similar, fusionándose ante la figura postrada de Vera Endecott o Lillian Margaret Snow, una boca o una vagina, o un ojo ciego y sin párpado, o algún otro órgano que pudiera hacer todas las funciones de los tres anteriores. Sopeso cada una de estas posibilidades, una tras otra.

Hace unos cinco minutos he dejado mi pluma a un lado y he acabado de releer en voz alta lo que he escrito, mientras el falso amanecer ha dado paso a la salida del sol y a las primeras luces desapacibles de un nuevo día de octubre. 

Pero antes de que reconduzca este relato a la carpeta que contenía los dibujos de Pickman y los recortes de Thurber y avance en los asuntos que la mañana me depara, querría confesar que lo que he soñado y lo que he documentado aquí no es lo que vi aquella tarde en la sala de proyecciones junto a Harvard Square. 

Tampoco es totalmente cierta la pesadilla que me despertó e hizo que me precipitara a trompicones hacia mi escritorio. La mayor parte del sueño se esfumó de mi mente, a pesar de que me apresuré a anotarlo todo, y los sueños nunca son exactamente, y en ocasiones ni siquiera remotamente, como lo que se ve proyectado en aquella pared, aquella engañosa sucesión de imágenes fijas que conspiran unas con otras para fingir animación. 

Este es otro de los asuntos que siempre intentaba explicarle a Thurber y que él nunca admitía: el hecho de la inevitabilidad de narradores poco fiables. No he mentido; no diría tanto. Pero nada de esto se acerca a la verdad más que cualquier otro cuento de hadas.

Tras los días que pasé en la casa de huéspedes de Providence, intentando aportar una apariencia de orden al caos de la vida interrumpida de Thurber, comencé a reunir mis propios documentos sobre Vera Endecott y pasé varios días del mes de agosto consultando los fondos del Ateneo y la Biblioteca Pública de Boston, y de la Widener Library de Harvard. 

No era difícil dar sentido a la historia del ascenso de la actriz al estrellato y el escándalo que provocó su caída a la oscuridad y al alcoholismo a finales de 1927, no mucho antes de que Thurber me abordara con su extravagante relato acerca de Pickman y los demonios necrófagos subterráneos. 

Lo que resultaba más difícil de rastrear era su paso por ciertas sociedades teosóficas y secretas, desde Manhattan hasta Los Ángeles, círculos en los cuales el propio Richard Upton Pickman no era un desconocido.

En enero de 1927, tras haber firmado un contrato con Paramount Pictures en primavera, y durante el rodaje de una adaptación cinematográfica de la novela de Margaret Kennedy, La ninfa fiel, comenzaron a filtrarse rumores a los tabloides de que Vera Endecott tenía problemas con la bebida y que probablemente consumía heroína. 

Sin embargo, estas acusaciones no parecieron causar mayor alarma ni dañar más su carrera cinematográfica que el hecho de que se descubriera anteriormente que en realidad era Lillian Snow, o que se aireasen públicamente sus orígenes poco respetables de North Shore. Más tarde, el 3 de mayo, fue arrestada en lo que, en un principio, se creyó que era una simple redada en un bar clandestino de Durand Drive, en una de las casas de las empinadas colinas llenas de maleza que dominan la ciudad de Los Ángeles, no muy lejos de Lake Hollywood Reservoir y Mulholland Highway. 

Unos días más tarde, tras la puesta en libertad de Endecott bajo fianza, comenzaron a surgir relatos más extraños acerca de los sucesos de aquella noche, y hacia el día 7, los artículos del Van Nuys Call, Los Angeles Times, y el Herald-Express describían el tipo de reuniones que se realizaban en Durand Drive, no como una fiesta clandestina, sino como cualquier otra cosa, desde un «sabbat de brujas» hasta «un rito sacrílego, decadente y orgiástico de hechicería y homosexualidad».

Pero el suceso definitivo e incriminatorio llegó cuando los reporteros descubrieron que una de las muchas mujeres que se encontraban aquella noche en compañía de Vera Endecott, una prostituta mexicana llamada Ariadna Delgado, había tenido que ser trasladada inmediatamente al hospital Queen of Angels Hollywood Presbyterian, en coma y con múltiples puñaladas en el torso, los pechos y el rostro. 

Delgado murió la mañana del día 4 de mayo sin haber recobrado la conciencia. Una segunda «víctima» o «participante» (dependiendo del periódico), un guionista joven y fracasado al que se referían simplemente como Joseph E. Chapman, fue internado en el ala de psicopatías del Hospital General del Condado de Los Ángeles tras los arrestos.

Aunque se habló de que hubo intentos de mantener el incidente oculto tanto por parte de los abogados de los estudios de cine como por parte de miembros del Departamento de Policía de Los Ángeles, Endecott fue arrestada por segunda vez el 10 de mayo y fue acusada de los delitos de violación, sodomía, asesinato en segundo grado, secuestro y prostitución. 

La enumeración de los distintos cargos contra ella varía de una fuente a otra, pero en cualquier caso a Endecott se le concedió por segunda vez la libertad bajo fianza el 11 de mayo, y cuatro días más tarde, el departamento del fiscal de distrito de Los Ángeles, Asa Keyes, repentinamente y de forma bastante inexplicable solicitó que se retirasen todos los cargos contra la actriz, una petición aceptada por una igualmente inexplicable resolución del Tribunal Superior de California en el condado de Los Ángeles (conviene hacer mención, por supuesto, de que el propio fiscal del distrito Keyes fue poco después acusado de prevaricación y está a la espera de ser juzgado en la actualidad). Así pues, tras ocho días de arresto domiciliario en la residencia de Durand Drive, Vera Endecott volvía a ser una mujer libre, y a finales de mayo ya había regresado a Manhattan, después de que la Paramount le rescindiese el contrato.

Salpicados aquí y allá en la cobertura informativa de los periódicos y tabloides se encuentran numerosos detalles que adquieren una mayor relevancia a la luz de la conexión de la actriz con Richard Pickman. 

Por ejemplo, algunos reporteros mencionaron que en la escena del crimen se encontró «un ídolo obsceno» o «una repulsiva estatuilla tallada en un material similar a esteatita verdosa», una estatua de la que se dice que uno de los agentes que llevaron a cabo los arrestos describió como una «bestia perruna acuclillada». 

En un artículo se informaba de que el objeto había sido examinado por un arqueólogo local (del cual se omite el nombre), que supuestamente se quedó perplejo al examinar su origen y filiaciones culturales. La casa en Durand Drive era, y podría seguir siéndolo, propiedad de un hombre llamado Beauchamp, quien a su vez había frecuentado la compañía de Aleister Crowley durante los cuatro años que duró su visita a los Estados Unidos (1914-1918), y que además tenía contacto con una serie de organizaciones herméticas y teúrgicas. 

Finalmente, el guionista Joseph Chapman se ahogó en el Pacífico en algún punto de la costa cercano a Malibú hace tan solo unos meses, poco después de que fuera dado de alta en el hospital. La única nota breve que logré encontrar sobre su muerte hacía mención a su participación en el «célebre incidente de Durand Drive» e incluía un fragmento que se suponía que procedía de su nota de suicidio. Parte de la misma es como sigue:

> Oh, Dios, ¿cómo puede un hombre olvidar, deliberada y completamente y para siempre las visiones que yo he tenido la desgracia de contemplar? Las cosas terribles que hicimos y permitimos que fueran hechas aquella noche, los sucesos que desencadenamos, ¿cómo puedo olvidarme de mi culpabilidad? En verdad, no puedo ni soy ya capaz de luchar día tras día intentándolo. La Endecotte [sic] ha regresado a algún lugar del este, o eso he oído, y espero con todas mis fuerzas que reciba su merecido. He quemado el abominable dibujo que me dio, pero no me siento más limpio, ni menos idiota, después de haberlo hecho. No queda nada de mí, tan solo la putrefacción que nosotros mismos invocamos. Ya no puedo seguir haciendo esto.

¿Estoy en lo cierto, pues, al suponer que Vera Endecott regaló uno de los dibujos de Pickman al desafortunado Joseph Chapman, y que este dibujo tuvo algo que ver con la locura y muerte del guionista? Y si es así, ¿cuántos recibieron tales regalos de ella y cuántos de esos lienzos todavía sobreviven a miles de kilómetros del frío y húmedo sótano-estudio cerca de Battery Street donde Pickman los creó? No es algo a lo que me guste darle vueltas.

Tras el regreso de Endecott a Manhattan, no logré dar con ninguna referencia impresa del paradero o de la vida de la actriz hasta el mes de octubre de ese mismo año, poco después de la desaparición de Pickman y mi encuentro con Thurber en la taberna de Faneuil Hall. 

Se trata tan solo de una fugaz mención en una columna de sociedad en el New York Herald Tribune, acerca de la presencia de «la actriz Vera Endecott» entre los asistentes a la inauguración de una exposición de antigüedades sumerias, hititas y babilónicas en el Metropolitan Museum of Art.

¿Qué es lo que estoy intentando conseguir con toda esta colección de fechas, muertes e infortunios, de desgracias y crímenes? Entre los libros de Thurber encontré un ejemplar de El libro de los condenados de Charles Hoyt Fort (Nueva York, Boni & Liveright, 1 de diciembre de 1919). 

Ni siquiera estoy seguro de por qué me lo llevé de allí y, tras leerlo, los escritos de este hombre me parecen de una beligerancia que raya en el histerismo y tienden constantemente a la ofuscación y desorientación intencionadas. Oh, seguro que a ese cabrón cejijunto le encantaría tener un encuentro amoroso con «los condenados». 

Lo que intento decir es que me veo forzado a reconocer que estas últimas páginas que he escrito presentan una marcada e irritante similitud con la mayor parte del primer libro de Fort (no he leído su segunda obra, Nuevos territorios, ni tengo intención de hacerlo jamás). Fort escribió sobre su intención de recopilar una serie de datos que habían quedado excluidos de la ciencia (id est, «condenados»):

> Desfilarán batallones de malditos, capitaneados por datos desvaídos que he desenterrado. O los leen… o ellos desfilarán. Algunos lívidos, otros feroces y otros putrefactos.
> Algunos de ellos son cadáveres, esqueletos, momias, sacudiéndose, trotando, vivificados por compañeros que han sido condenados en vida. Por allí pasarán gigantes, a pesar de estar profundamente dormidos. Habrá teoremas y habrá harapos: marcharán como Euclides, cogidos del brazo del espíritu de la anarquía. Aquí y allá revolotearán pequeñas rameras. Muchos son payasos. Pero gran parte de ellos son de familias muy respetables. Algunos son asesinos. Hay sutiles hedores y sombrías supersticiones y meras sombras y bulliciosas malicias: caprichos y cordialidades. Ingenuos y pedantes y extravagantes y grotescos y sinceros y falsos, profundos y pueriles.

Y creo que no he logrado nada más que esto en mi relato de la ascensión y caída de Endecott, prestando atención a algunas de las partes más melodramáticas y vulgares de una historia que no es, en su conjunto, más extraordinaria que la mayoría de los numerosos escándalos de Hollywood. 

Pero también Fort se habría reído de mis propios «datos desvaídos», estoy seguro, mi patética búsqueda a ciegas, como si pudiera hacer que todo pareciera perfectamente razonable al citar selectivamente artículos de periódicos e informes policiales, esforzándome por preservar la frágil infraestructura de mi mente racional. 

Es hora de desechar estos dudosos y chapuceros intentos de erudición. Ya hay suficientes Forts en el mundo, suficientes bromistas y provocadores y herejes intelectuales para que también me una yo a sus filas. Los documentos que he logrado reunir serán adjuntados a este escrito, todos mis «batallones de los malditos», y si alguien en alguna ocasión tiene algún motivo para leer estas líneas, puede hacer con esos apéndices lo que buenamente quiera. Es hora de decir la verdad, tan bien como sea capaz, y terminar con todo esto.

Es cierto que asistí al pase de una película protagonizada por Vera Endecott, en una húmeda, fría y pequeña sala cerca de Harvard Square. Y que sigue todavía acosándome en sueños. Pero como he precisado anteriormente, los sueños que experimento raras veces son una reproducción exacta de lo que vi aquella noche. No había una poza negra, no había sauces formados por remiendos de cuerpos humanos, ni se derramaba un vial lleno de veneno en el agua. Esos son adornos de mi mente soñadora y subconsciente. Podría llenar varios diarios con tales pesadillas.

Lo que sí vi, hace tan solo dos meses, y un mes antes de que por fin conociera en persona a la mujer, no fue más que una escena macabra, aunque extrañamente mundana. Puede que se tratase simplemente de un metraje de prueba, o quizás alrededor de unos 17 000 fotogramas, unos doce minutos aproximadamente extraídos de una película más larga. 

En términos generales, no era mucho más que un pastiche descaradamente pornográfico de las instantáneas publicitarias que circularon ampliamente en 1918 de Theda Bara tumbada en arriesgadas poses con un esqueleto humano (para la Salomé de J. Edward Gordon). 

La imagen era de muy mala calidad y el operador del proyector tuvo que parar en dos ocasiones para empalmar la película tras haberse roto. La hija de Iscariot Snow, conocida por el resto del mundo como Vera Endecott, yacía desnuda sobre un suelo de piedra con un esqueleto. Sin embargo, el cráneo humano había sido sustituido por lo que me pareció entonces (y me sigue pareciendo ahora) un «cráneo» de yeso o papel maché más parecido al cráneo de un perro deforme o macrocefálico. 

La pared o fondo a sus espaldas era de un austero gris mate y daba la impresión de que la escena había sido rodada a propósito con poca luz para aportar una mayor atmósfera a una producción de bajo presupuesto. El esqueleto (y su cráneo de imitación) estaban unidos con alambre y Endecott acariciaba todos los ángulos óseos de los brazos y piernas y prodigaba besos sobre la boca sin labios de la calavera, para luego masturbarse, primero con los huesos de la mano derecha del esqueleto, y luego frotándose contra el pico de la cresta del hueso pélvico.

Las reacciones de los otros espectadores que habían asistido al pase de la película aquella noche oscilaron desde un silencio aburrido hasta una atención embelesada o risas. Mi propia reacción fue, durante la mayor parte del tiempo, de simple repulsión y vergüenza por encontrarme entre la audiencia. 

Cuando encendieron las luces, escuché a alguien decir que la lata que contenía el rollo de película iba marcada con dos títulos: La necrófila y La hija del perro. También se indicaban dos fechas: 1923 y 1924. Más tarde, de boca de alguien que mantuvo una breve amistad con Richard Pickman, me llegó el rumor de que el pintor había estado trabajando en la realización de los decorados para un director de cine, posiblemente Bernard Natan, el célebre director franco-rumano de «películas porno», que recientemente había comprado los estudios Pathé y los había fusionado con sus propios estudios, Rapid Film. No puedo confirmar ni negar este punto, pero sin duda imagino que lo que vi aquella noche habría hecho las delicias de Pickman.

Sin embargo, lo que quedó grabado en mi mente con tanta fuerza aquella noche, y lo que creo que fue la causa de aquellas pesadillas en las que aparecía Endecott en una interminable sucesión de películas de terror inexistentes, se reveló en los segundos finales de la película. En efecto, apareció y desapareció tan rápidamente que varios asistentes pidieron al operador que rebobinase y volviera a reproducir el final más de cuatro veces, con el fin de averiguar si habíamos visto realmente lo que creíamos haber visto.

Tras haber saciado aparentemente su lujuria, la actriz permaneció tumbada junto a su amante esquelético con un brazo rodeando la caja torácica vacía, tras lo cual cerró los ojos tiznados de rímel. Y en ese último instante, antes de que finalizase la película, apareció una sombra, algo que pasaba lentamente entre el plato y la fuente de luz de la cámara. 

Incluso después de cinco visionados, solo puedo describir aquella sombra como algo que me recordó a una especie de figura corpulenta, alguna criatura bastante más abajo de la cadena evolutiva que el hombre de Piltdown o de Java. Y hubo un acuerdo general entre todos los presentes en aquella cerrada y mohosa sala en que la sombra poseía una extraña especie de hocico o morro que se asemejaba a la mandíbula prognata y el rostro del falso cráneo unido con alambre al esqueleto.

Y ya está. Eso fue todo lo que realmente vi aquella noche, todo cuanto soy capaz de recordar. Tras lo cual tan solo me queda por relatar un último fragmento suelto de esta historia: la noche en la que por fin conocí a la mujer que se hacía llamar Vera Endecott.

—¿Decepcionado? ¿No ha sido lo que esperaba? —preguntó ella, ofreciéndome una sonrisa desabrida e irónica, y creo que le respondí asintiendo con la cabeza.

Ella aparentaba tener al menos diez años más de los veintisiete años que tenía, como una mujer que ya hubiera sobrevivido a una vida bastante turbulenta y que quizás había vuelto a comenzar una segunda. Se distinguían finas líneas en las comisuras de sus labios y sus ojos, los semicírculos morados bajo los ojos delataban un insomnio crónico y consumo excesivo de drogas y, si no me equivoco, un atisbo prematuro de cabellos plateados en su cabello negro y corto. 

¿Qué es lo que había esperado? Es difícil decirlo ahora, a toro pasado, pero me sorprendió su altura, y el iris de sus ojos, que era de un sorprendente tono gris. De inmediato me recordaron al mar, a niebla y rompeolas y a cantos de granito perfectamente pulidos por los siglos de espuma. Los griegos decían que la diosa Atenea tenía ojos «gris-mar», y me pregunto qué habrían pensado de los ojos de Lillian Snow.

—No he estado bien —le confió ella, haciendo que la confidencia sonara casi como un mea culpa, y aquellos ojos pétreos se dirigieron hacia una silla del vestíbulo de mi apartamento. La conduje al sofá Davenport en la diminuta salita junto a mi estudio, y ella me lo agradeció. Me pidió whisky o ginebra, y luego se rio de mí cuando le dije que era abstemio. Cuando le ofrecí té, ella lo rechazó.

—¿Un pintor que no bebe? —preguntó—. No me extraña que jamás haya oído hablar de usted.

Creo que farfullé algo en ese momento sobre la Decimoctava Enmienda y la Ley Volstead, lo cual provocó en ella una mueca en la que se entremezclaban la incredulidad y el desprecio. Me respondió que ese era el segundo strike y que si resultaba que tampoco fumaba se marcharía, ya que quedaría probado que mi afirmación de que era pintor era una patraña, y sabría que la había atraído a mi apartamento mediante falsedades. 

Pero entonces le ofrecí un cigarrillo, uno de los Gitanes brun a los que me aficioné por primera vez en la universidad, y ese gesto pareció relajarla ligeramente. Encendí su cigarrillo y se recostó sobre el sofá, todavía con aquella sonrisa irónica en los labios, observándome con sus ojos gris-mar y el delgado rostro envuelto en velos diáfanos de humo. Llevaba un sombrero de campana de fieltro amarillo que no combinaba muy bien con la camisa de seda bermellón, y vi que había una carrera en la media de la pierna izquierda.

—Usted conoció a Upton Pickman —dije torpemente, lanzándome demasiado rápido al grano e, inmediatamente, su expresión se volvió un tanto recelosa. No dijo nada durante casi un minuto entero, se limitó a permanecer sentada devolviéndome la mirada, y en silencio maldije mi impaciencia y falta de tacto. Pero entonces regresó la sonrisa, se rio suavemente y asintió.

—Vaya —dijo—. Ese nombre no lo había escuchado desde hacía mucho tiempo. Pero sí, claro, conocí al hijo de puta. Así que, ¿qué es usted? ¿Otro de sus protegidos, o tal vez solo uno de esos afeminados que le gustaba tener a mano?

—¿Entonces es cierto que Pickman era de la acera de enfrente? —pregunté.

Ella se volvió a reír, y en esta ocasión detecté en su voz un inconfundible eco a burla. Dio otra larga calada al cigarrillo, exhaló el humo y me miró a través de este con los ojos entornados.

—Señor, todavía tengo que encontrar la criatura, ya sea macho, hembra, o cualquier cosa entre medias, que ese jodido degenerado no se follaría si tuviera la más mínima oportunidad —se calló unos segundos mientras tiraba la ceniza al suelo—. Así que, si usted no es un marica, entonces ¿qué es usted? ¿Un judío, quizás? Tiene pinta de judío.

—No —repliqué—. No soy judío. Mis padres eran católicos, pero yo no soy muy de nada, me temo, tan solo un pintor del que nunca ha oído hablar.

—¿En serio lo está?

—¿En serio estoy qué, señorita Endecott?

—Asustado —dijo, dejando escapar el humo por la nariz—. Y no se atreva a llamarme «señorita Endecott». Me hace parecer una maldita maestra o algo igual de miserable.

—¿Así que, últimamente, prefiere que la llamen Vera? —pregunté, tentando a mi suerte—. ¿O Lillian?

—¿Qué tal Lily? —dijo sonriendo, completamente desconcertada, por lo que pude observar, como si declamara líneas de algún guión que había estado ensayando durante toda la semana.

—Muy bien, Lily —dije mientras le arrimaba el cenicero sobre la mesa. Lo observó frunciendo el ceño, como si le estuviese ofreciendo un surtido de alimentos absolutamente repugnantes y esperase que se lo comiera; no obstante, dejó de tirar la ceniza al suelo.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó, demandando una respuesta sin alzar la voz—. ¿Por qué se ha tomado tantas molestias para verme?

—No ha sido tan difícil —contesté.

Todavía no estaba preparado para responderle y quería alargar este encuentro un poco más, comprendiendo, o más bien esperando, que probablemente se marchase en cuanto tuviera lo que tenía que darle. En realidad, sí me había tomado muchas molestias; empecé telefoneando a su anterior agente, y luego continué con una media docena de contactos cada vez de peor reputación y menos dispuestos a cooperar. 

Tuve que sobornar a dos, y obligar a otro con una serie de amenazas vacías que incluían contactos inexistentes en el Departamento de la Policía de Boston. Pero tras hacer y decirlo todo, mis esfuerzos se vieron recompensados, porque aquí estaba sentada frente a mí, los dos, solos, solo yo y la mujer que había sido una estrella de cine y que había jugado algún papel en la crisis nerviosa de Thurber, y que había posado para Pickman y casi con toda seguridad había cometido un asesinato una noche de primavera en Hollywood. 

Ahí estaba la mujer que podía responder a las preguntas que yo no me atrevía a formular, y que sabía qué clase de ser había arrojado la sombra que vi en aquella sórdida película pornográfica. O, al menos, ahí estaba lo que quedaba de ella.

—No quedan muchas personas vivas que se hubieran tomado la molestia —dijo, bajando al mismo tiempo la mirada hacia la brasa humeante de su Gitane.

—Bueno, siempre he sido un tipo bastante obstinado —le dije, y ella sonrió de nuevo.

Era una sonrisa extrañamente salvaje, que me recordó a una de las primeras imágenes que tuve de ella… aquel sofocante día de verano, ahora hace ya más de dos meses, mientras examinaba un fajo de viejos recortes en la casa de huéspedes de Hope Street. El hecho de que su rostro no fuera nada más que una máscara de glamour de cuento de hadas ayudaba a esconder su verdad al mundo.

—¿Cómo lo conoció? —pregunté, y ella aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—¿A quién? ¿Cómo conocí a quién? —frunció el ceño y desvió la mirada nerviosamente hacia la ventana del vestíbulo, que está orientado hacia el este, hacia el puerto.

—Lo siento —contesté—. Pickman. ¿Cómo llegó a conocer a Richard Pickman?

—Algunas personas opinarían que tiene unos intereses poco saludables, señor Blackman —replicó al tiempo que su sonrisa peculiarmente carnívora se borraba rápidamente, llevándose con ella cualquier atisbo de amenaza. En su lugar, tan solo quedaba una cáscara desamparada y acabada de mujer.

—Y, sin duda, también han dicho lo mismo de usted muchas, muchas veces, Lily. Leí todo lo ocurrido sobre Durand Drive y la tal Delgado.

—Sin duda lo ha hecho —dijo suspirando y sin apartar la mirada de la ventana—. No habría esperado menos de un tipo tan obstinado como usted.

—¿Cómo conoció a Richard Pickman? —le pregunté por tercera vez.

—¿Importa mucho? Eso ocurrió hace mucho tiempo. Hace muchos, muchos años. Él está muerto…

—No se encontró su cuerpo.

Y en ese instante, apartó la mirada de la ventana y me miró, y todas aquellas inesperadas líneas en su rostro parecieron hacerse más profundas súbitamente; puede que tuviera veintisiete años biológicamente, pero nadie se habría extrañado si hubiera afirmado que tenía cuarenta.

—El hombre está muerto —dijo con voz inexpresiva—. Y si por alguna casualidad no lo está, bueno, todos deberíamos ser lo suficientemente afortunados para conseguir lo que nuestro corazón anhela, sea lo que sea.

A continuación, volvió a mirar a la ventana y, durante un minuto o dos, ninguno de los dos habló.

—Usted me dijo que tiene los dibujos —dijo ella, finalmente—. ¿Era una mentira para que subiera aquí?

—No, los tengo. Bueno, dos de ellos —alargué el brazo para agarrar la carpeta apoyada junto a mi silla y desaté el cordel que la mantenía cerrada—. Por supuesto, no sé en cuántos otros dibujos de Pickman habrá posado usted. ¿Hay más?

—Más de dos —contestó ella, ahora casi susurrando.

—Lily, todavía no ha contestado mi pregunta.

—Y usted es un tipo obstinado.

—Sí —le aseguré, mientras sacaba los dos desnudos de la carpeta y los sostenía en alto para que los viera, pero aún sin dejarle tocarlos.

Ella los examinó durante unos segundos y su semblante permaneció relajado e imperturbable, como si la visión de aquellos dibujos no provocara en ella ningún recuerdo en absoluto.

—Necesitaba una modelo —explicó, girándose de nuevo hacia la ventana y al cielo azul de octubre—. Yo acababa de llegar de Nueva York y estaba alojada con una amiga que lo conoció en una galería o en una conferencia o algo similar. Mi amiga sabía que andaba buscando modelos, y yo necesitaba el dinero.

Miré una vez más los dos dibujos al carboncillo, la curva de aquellas amplias caderas, los redondos y firmes glúteos, y la cola… un apéndice doblado y deforme que sobresalía de la base del coxis y llegaba hasta la articulación de las rodillas de la modelo. Como ya he dicho antes, Pickman estaba fascinado por el realismo y su ojo para la anatomía humana era casi tan extraño como los necrófagos y demonios que pintaba. Señalé uno de los dibujos, a la cola.

—Eso no es una licencia artística, ¿verdad?

Ella no volvió a mirar los dibujos, se limitó a negar lentamente con la cabeza.

—Me operaron en Jersey, en 1921 —dijo ella.

—¿Por qué esperó tanto tiempo, Lily? Tengo entendido que ese tipo de deformaciones son corregidas habitualmente durante el parto, o poco después.

Y estuvo a punto de volver a sonreír con aquella sonrisa hambrienta y salvaje, pero esta murió, incompleta, en sus labios.

—Mi padre tiene sus propias ideas sobre tales cosas —dijo en voz baja—. Mire, siempre se enorgulleció de que el cuerpo de su hija hubiera sido bendecido con la prueba de su herencia. Le hacía sentir muy feliz.

—Su herencia… —comencé a decir, pero entonces Lily Snow levantó la mano izquierda, haciéndome callar.

—Creo, señor, que ya le he respondido suficientes preguntas para una sola tarde. Especialmente, teniendo en cuenta que usted tan solo tiene ese par de dibujos, y que no me dijo que ese fuera el caso cuando hablamos.

Asentí de mala gana y le entregué los dos dibujos. Ella los cogió, me dio las gracias y se puso en pie, limpiándose una pelusa o una mota de polvo de su camisa bermellón. Le dije que lamentaba no tener los otros dibujos en mi posesión, que no se me había ocurrido pensar que hubiera posado para otros aparte de aquellos dos. Esta última parte era mentira, por supuesto, porque sabía que Pickman sin duda habría realizado tantos bocetos como hubiera podido al contemplar un cuerpo tan inusual.

—No hace falta que me acompañe a la salida —me informó cuando me disponía a levantarme de la silla—. Y no volverá a molestarme más, nunca más.

—No —accedí—. Nunca más. Tiene mi palabra.

—Sois unos mentirosos hijos de puta, todos vosotros —dijo ella, tras lo cual el fantasma viviente de Vera Endecott se volvió y se dirigió al vestíbulo.

Unos segundos más tarde escuché cómo se abría la puerta y a continuación cómo se cerraba de un portazo, y me quedé sentado allí, en la pálida luz del día moribundo, mirando los sombríos rastros que permanecían en la carpeta de Thurber.

24 de octubre de 1929


Esto es el final. Tan solo unas cuantas palabras más y habré acabado. Ahora sé que al haber intentado capturar estos terribles sucesos, no he logrado hacerlo en absoluto, sino que simplemente les he aportado una nueva perspectiva más clara.

Hace cuatro días, la mañana del 20 de octubre, fue descubierto un cuerpo suspendido del tronco de un roble que se yergue cerca del centro del camposanto de King’s Chapel. 

Según informaban los periódicos, el cuerpo pendía a cinco metros del suelo, atado por la cintura y el pecho con tramos entrelazados de soga de yute y alambre de embalaje. La mujer fue identificada como la que en otro tiempo fuera la actriz Vera Endecott, Lillian Margaret Snow de soltera, y se abundaba en su fama y el infructuoso intento de ocultar su relación con los Snow de Ipswich, Massachusetts, una familia adinerada, pero también hermética y de pésima reputación. 

Su cuerpo estaba totalmente desnudo, había sido destripada y su lengua aparecía cercenada. Los labios habían sido cosidos con puntadas de hilo de sutura. Alrededor del cuello colgaba un letrero en el que había escrita una palabra con lo que se cree que era la sangre de la propia mujer: apóstata.

Esta mañana estuve a punto de quemar la carpeta de Thurber, junto a todos mis archivos. Incluso llegué a transportarlo todo al fogón, pero luego me falló la fuerza de voluntad, y simplemente me quedé sentado en el suelo, mirando los recortes y los bocetos de Pickman. 

No sé qué fue lo que detuvo mi mano, más allá de la sospecha de que la destrucción de aquellos papeles no iba a salvarme la vida. Si me quieren muerto, entonces moriré. Ya he avanzado demasiado por este camino para poder librarme intentando destruir las pruebas físicas de mi investigación.

Depositaré este manuscrito y todos los documentos relacionados que he reunido en mi caja fuerte de depósito, y luego intentaré retomar la vida que tenía antes de la muerte de Thurber. Pero no puedo olvidar una de las frases de la nota de suicidio del guionista, Joseph Chapman… ¿cómo puede un hombre olvidar, deliberada y completamente y para siempre las visiones que yo he tenido la desgracia de contemplar? 

Cómo, en efecto. Y tampoco puedo olvidar los ojos de la mujer, aquella tonalidad pétrea del gris de un mar revuelto. O aquella deforme sombra fugazmente vista en los últimos segundos de una película que podría haber sido rodada en 1923 o 1924, y que podría haber sido titulada La hija del perro o La necrófila.

Sé que las pesadillas no van a abandonarme, ni ahora ni en un tiempo futuro; tan solo ruego tener la suerte de que esta haya sido la última vez que contemplo despierto aquellas visiones aterradoras que invocó mi mente estúpida y entrometida.

El burgomaestre embotellado - Emite Erckmann

Siempre profesé una gran estima e incluso una cierta veneración por el noble vino del Rhin; es espumoso como el champaña, entona como el borgoña, endulza la garganta como el Burdeos, posibilita la imaginación como los licores de España, nos vuelve sentimentales como el Lacryma Christi; en fin, por encima de todo, hace soñar, extiende ante nuestros ojos el amplio campo de la fantasía.

En 1846, hacia el fin del otoño, decidí ir en peregrinación a Johannisberg. Montado en un pobre rocín de hundidos costados, había colocado dos botijos de hojalata en sus amplias cavidades intercostales y viajaba por pequeñas etapas.

¡Qué espectáculo tan fantástico es la vendimia! Uno de mis botijos estaba siempre vacío, el otro siempre lleno; cuando dejaba un viñedo, siempre había otro en perspectiva. Mi única pena era no poder compartir este placer con un verdadero entendido.

Un atardecer, cuando el sol ya había desaparecido, aunque todavía lanzaba algunos rayos perdidos por entre las anchas hojas de vid, oí el trotar de un caballo tras de mí. Me aparté ligeramente a la izquierda para dejarle paso y ¡cuál no sería mi sorpresa al reconocer a mi amigo Hippel, que al verme, me saludó alegremente!

Ya conocéis a Hippel: su nariz carnosa, su boca especial para la degustación, su vientre de tres pisos. Parecía el buen Sileno persiguiendo al dios Baco. Nos abrazamos con entusiasmo.

Hippel viajaba con el mismo objetivo que yo: distinguido catador, quería determinar su opinión sobre el matiz de ciertos viñedos, que siempre le habían dejado algunas dudas. Proseguimos juntos el viaje.

Hippel estaba eufórico; planificó nuestro itinerario por los viñedos de Rheingau. De vez en cuando nos deteníamos para abrazar a nuestros botijos y para escuchar el silencio reinante.

Ya había caído la noche cuando llegamos a un pequeño albergue situado en la vertiente de la colina. Desmontamos. Hippel dio un vistazo por una ventanilla que estaba casi al nivel del suelo: sobre una mesa brillaba una lámpara, al lado de la lámpara dormía una vieja.

—¡Abrid! —gritó mi compañero—, ¡abrid, abuela!

La vieja se estremeció, se levantó y, cuando llegó a la ventana, apoyó su arrugado rostro contra uno de los cristales. Parecía una de esas antiguas vidrieras flamencas en las que el ocre y el bistre se disputan la presencia.

Cuando la vieja sibila nos distinguió, esbozó una sonrisa y nos abrió la puerta.

—Entrad, señores —dijo con una voz trémula—; voy a despertar a mi hijo, sed bienvenidos.

—Celemín para nuestros caballos y una buena cena para nosotros —gritó Hippel.

—Bien, bien —dijo la vieja, apresurándose.

Salió dando pequeños pasitos y la oímos subir una escalera más carcomida que la escalera de Jacob.

Permanecimos unos minutos en una sala baja, cuya atmósfera estaba viciada. Hippel corrió a la cocina y volvió para comunicarme que había constatado la existencia de varios cuartos de tocino en la chimenea.

—Cenaremos —dijo frotándose el abdomen—. Sí, cenaremos.

Las tablas rechinaron por encima de nuestras cabezas y, casi al mismo tiempo, un vigoroso joven, vestido con un simple pantalón, desnudo de tórax, los cabellos desmelenados, abrió la puerta, dio cuatro pasos y salió sin dirigirnos la palabra.

La vieja encendió fuego y la manteca empezó a freírse en la paella.

La cena fue servida. Pusieron sobre la mesa un jamón escoltado por dos botellas: una de vino tinto y otra de vino blanco.

—¿Cuál de las dos prefieren? —preguntó la posadera.

—Hay que verlo —contestó Hippel, ofreciendo su vaso a la vieja, que le sirvió vino tinto.

También llenó mi vaso. Lo saboreamos: era un vino áspero y fuerte. Tenía un gusto muy especial, ¡como un perfume de verbena, de ciprés! Bebí algunas copas y una profunda tristeza se apoderó de mí. Por el contrario, Hippel chasqueó la lengua con expresión satisfecha.

—¡Extraordinario! —dijo—. ¡Extraordinario! ¿De dónde lo sacáis, abuela?

—De un viñedo vecino —dijo la vieja, con una extraña sonrisa.

—Extraordinario viñedo —prosiguió Hippel, y se llenó la copa de nuevo.

Me pareció que bebía sangre.

—¿Pero qué cara pones, Ludwig? —me dijo—. ¿Te ocurre algo?

—No —contesté—, pero no me gusta el vino tinto.

—Sobre gustos no hay disputas —observó Hippel; luego vació la botella y comenzó a golpear la mesa—. ¡Del mismo —gritó—, siempre del mismo, y, sobre todo, nada de mezclas, guapa posadera! ¡Yo sé lo que hago! ¡Mil diablos!, este vino me reanima, es un vino generoso.

Hippel se apoyó en el respaldo de su silla. Me pareció que su cara se descomponía. De un trago vacié la botella de vino blanco y la alegría volvió a mi ser. La preferencia de mi amigo por el vino tinto me pareció ridícula, pero excusable.

Continuamos bebiendo hasta la una de la madrugada; él, tinto, y yo, blanco.

¡La una de la madrugada! Es la hora en que da audiencia la señora Fantasía. Los caprichos de la imaginación extienden sus diáfanas vestiduras bordadas con cristal y azur, como las de la mosca, las del escarabajo y las de la damita de las aguas durmientes.

¡La una! Es el momento en que la música celestial acaricia el oído del soñador, sopla en su interior la armonía de las esferas invisibles. Entonces trota el ratoncillo, la lechuza extiende sus alas de plumón y pasa silenciosa por encima de nuestras cabezas.

—La una —le dije a mi compañero—, hay que acostarse si queremos marcharnos mañana.

Hippel se levantó tambaleándose.

La vieja nos condujo a una habitación con dos camas y nos deseó un feliz sueño.

Nos desnudamos; yo fui el último en acostarme para apagar la luz. Apenas me había acostado, Hippel ya dormía profundamente; su respiración parecía el soplo de la tempestad. No pude dormir: mil sombras extrañas daban vueltas a mi alrededor; los gnomos, los diablillos, las brujas de Walpurgis ejecutaban en el techo sus danzas cabalísticas. ¡Curiosos efectos del vino blanco!

Me levanté, encendí la lámpara y, atraído por una invencible curiosidad, me acerqué a la cama de Hippel. Su cara estaba roja, su boca abierta, la sangre agitaba sus tímpanos, sus labios se movían como si quisiera hablar. Mucho rato permanecí inmóvil cerca de él; habría querido escrutar con la mirada al fondo de su alma; pero el sueño es un misterio impenetrable que, como la muerte, guarda sus secretos.

Tan pronto la cara de Hippel expresaba terror, como tristeza o melancolía; a veces se contraía, como si fuera a llorar. Esta bondadosa cara, hecha para reír a carcajadas, tenía un extraño aspecto bajo la impresión del dolor.

¿Qué ocurría al fondo de este abismo? Veía claramente algunas olas subir a la superficie, pero ¿de dónde provenían estas profundas conmociones? De repente, el durmiente se levantó, sus párpados se abrieron y vi que sus ojos estaban en blanco. Todos los músculos de su cara temblaron, su boca pareció querer proferir un grito de horror; luego volvió a caer y oí un lamento.

—¡Hippel! ¡Hippel! —comencé a gritar, y le lancé un jarro de agua por la cara.

Se despertó.

—¡Ah! —dijo—. ¡Loado sea el Señor, era un sueño! Mi querido Ludwig, te agradezco que me hayas despertado.

—Está muy bien, pero ahora me contarás lo que estabas soñando.

—Sí..., mañana... Déjame dormir..., tengo sueño.

—Hippel, eres un ingrato; mañana lo habrás olvidado por completo.

—¡Pardiez! —repitió—. Tengo sueño..., no puedo más... Déjame... ¡Déjame!

No pensaba dejarlo dormir.

—Hippel, volverás a soñar lo mismo y esta vez te abandonaré sin misericordia.

Estas palabras produjeron un efecto instantáneo.

—¡Volver a soñar lo mismo! —gritó, saltando de la cama—. ¡Rápido, mis ropas, mi caballo, me voy! ¡Esta casa está embrujada! Tienes razón, Ludwig; el diablo vive entre esas paredes. ¡Marchémonos!

Se vistió precipitadamente. Cuando acabó, le detuve.

—Hippel —le dije—, ¿por qué huimos? Son las tres de la mañana, nos conviene dormir.

Abrí la ventana y el aire fresco que penetró en la habitación disipó todos los temores. Apoyado al borde de la ventana, me explicó lo que sigue:

—Ayer hablamos de los más famosos viñedos de Rheingau —me dijo—. Aunque jamás haya recorrido esta región, mi espíritu pensaba en ello, y el fuerte vino que bebimos dio un sombrío color a mis ideas. Lo más sorprendente es que en mi sueño yo creía ser el burgomaestre de Welche (pueblo vecino) y me identificaba hasta tal punto con este personaje, que podría describirlo como si se tratara de mí mismo. Este burgomaestre era un hombre de altura media y casi tan corpulento como yo; llevaba un vestido con grandes faldones que tenía botones de cobre; a lo largo de sus piernas había otra hilera de botones de forma piramidal. Un tricornio cubría su calva cabeza; en fin, era un hombre de una gravedad estúpida, que sólo bebía agua, apreciaba únicamente el dinero y no pensaba más que en aumentar sus propiedades.

»Al ponerme el vestido del burgomaestre, también había tomado su carácter. Me hubiera despreciado a mí mismo, Ludwig, si me hubiera reconocido. ¡El cretino burgomaestre que era! ¿No es mejor vivir alegremente y burlarse del futuro, que amontonar escudo sobre escudo y destilar bilis? Pero es igual... Heme aquí, burgomaestre.

»Me levanto de la cama y la primera cosa que me inquieta es saber si los obreros trabajan en mi viña. Para desayunar como un mendrugo de pan. ¡Un mendrugo de pan! ¡Hay que ser roñoso, avaro! Yo que me zampo mi costilla y me bebo una botella todas las mañanas. En fin, es igual; tomo, es decir, el burgomaestre coge un mendrugo de pan y se lo mete en el bolsillo. Recomienda a su vieja sirvienta fregar la habitación y preparar la comida para las once; carne de cocido y patatas, creo. ¡Una comida bien pobre! No importa... Sale.

»Podría descubrirte el camino, la montaña —me dijo Hippel—. Los veo con toda claridad. ¿Es posible que un hombre en sus sueños pueda imaginarse un paisaje de este modo? Veía campos, jardines, prados, viñedos. Pensaba: "Esta es de Pedro; esta otra de Jaime, esta de Enrique"; y me detenía ante algunas de estas parcelas y me decía: "¡Diantre, los tréboles de Jacobo están soberbios!". Y más lejos: "¡Diantre! Esta fanega de viña me iría de perlas". Pero ya entonces empecé a notar una especie de adormecimiento, un dolor de cabeza indefinible. 
 
»Apuré el paso. De pronto, salió el sol y el calor se hizo excesivo. Yo seguía un sendero que trepaba a través de las viñas, por la vertiente de la colina. Este sendero concluía en los escombros de un viejo castillo y detrás veía mis cuatro fanegas. Me daba prisa en llegar. Estaba muy acalorado al penetrar en las ruinas y me detuve para tomar aliento: la sangre se agolpaba en mis oídos y el corazón saltaba en mi pecho, como el martillo golpea al yunque. El sol era de fuego. Quise reemprender mi camino; pero de repente fui alcanzado como por un golpe de maza y caí detrás de un trozo de muralla y me di cuenta de que había sufrido un ataque de apoplejía.

»Entonces la desesperación se apoderó de mí. "Estoy muerto —me dije—, el dinero que guardé con tantos esfuerzos, los árboles que cultivé con tanto cuidado, la casa que construí, todo perdido, todo pasa a mis herederos. Estos miserables, a los que no les hubiera dado ni un kreutzer, se enriquecerán a expensas mías. ¡Oh, traidores, estaréis contentos con mi desgracia..., cogeréis las llaves de mi bolsillo, os repartiréis mis bienes, gastaréis mi oro... Y yo... yo... asistiré a este saqueo! ¡Qué espantoso suplicio!".

»Noté cómo mi alma salía del cadáver, pero permaneció de pie a su lado. Esta alma de burgomaestre vio que su cadáver tenía la cara azul y las manos amarillas. Como hacía mucho calor y un sudor de muerto le surcaba la frente, grandes moscas se posaron en el rostro; una entró en la nariz..., ¡el cadáver no se movió! ¡Muy pronto toda la cara estuvo llena de ellas y el alma desolada no pudo espantarlas!

»Estaba allí..., allí..., durante minutos que contaba como siglos: empezaba su infierno.

»Pasó una hora y el calor aumentaba: ¡ni un soplo de aire, ni una nube! Al fondo de las ruinas apareció una cabra; pastaba en la tierra las hierbas salvajes que crecían en medio de los escombros. Al pasar cerca de mi pobre cuerpo, dio un brinco de lado; luego volvió, abrió sus grandes ojos con inquietud, olió los alrededores y prosiguió su caprichoso camino por la cornisa de un torreón. Un joven pastor que la descubrió corrió para llevársela, pero al ver el cadáver lanzó un grito y huyó a toda velocidad en dirección al pueblo.

»Pasó otra hora, lenta como la eternidad. Al fin se oyó un ruido de pasos detrás del recinto y mi alma vio trepar lentamente..., lentamente... al juez de paz, seguido de su secretario y de muchas otras personas. Les reconocí a todos. Al verme, exclamaron:

»—¡Es nuestro burgomaestre!

»El médico se acercó a mi cuerpo y espantó las moscas, que volaron dando vueltas como un enjambre. Miró, levantó un brazo ya tieso y dijo con indiferencia:

»—Nuestro burgomaestre ha muerto de un ataque de apoplejía; debe estar aquí desde la mañana. Nos lo llevaremos de aquí, y es mejor enterrarlo cuanto antes, pues este calor precipita la descomposición.

»—Entre nosotros —dijo el secretario—, la comunidad no pierde gran cosa. Era un avaro, un imbécil; no entendía nada de nada.

»—Sí —añadió el juez, y parecía criticarlo todo—. No es de extrañar, los necios se creen siempre listos.

»—Será necesario avisar a los porteadores —prosiguió el médico—; su carga será pesada, este hombre tenía más tripa que cerebro.

»—Voy a redactar el acta de defunción. ¿A qué hora fijamos su muerte? —preguntó el secretario.

»—Pon descaradamente que ha muerto a las cuatro.

»—El avaro —dijo un campesino— iba a espiar a sus obreros para tener el pretexto de requisarles algún dinero al final de la semana. —Luego, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando al cadáver, dijo—: Y bien, burgomaestre, ¿de qué te sirve ahora haber exprimido al pobre mundo? La muerte te ha llevado igualmente.

»—¿Qué es lo que lleva en su bolsillo? —preguntó otro.

»Sacó mi mendrugo de pan.

»—Eso era su desayuno.

»Todos estallaron en risas.

»Hablando de esta manera, la comitiva se dirigió hacia la salida de las ruinas. Mi pobre alma todavía pudo oírles unos minutos; el ruido cesó poco a poco. Me quedé con la soledad y el silencio.

»Las moscas volvieron a miles.

»No sabría decir cuánto tiempo pasó —prosiguió Hippel—, pues en mi sueño los minutos no tenían fin. Al cabo de un rato llegaron los porteadores, maldijeron al burgomaestre al levantar su cadáver. El alma del pobre hombre les siguió, sumida en un inexpresable dolor. Bajé de nuevo el camino por el que había venido, pero esta vez veía mi cuerpo transportado ante mí en una camilla. Cuando llegamos a mi casa, encontré a mucha gente que me esperaba; ¡reconocí a mis primos y a mis primas hasta la cuarta generación! Dejaron la camilla en el suelo y todos se acercaron para observarme.

»—Es él, sin duda —decía uno.

»—Está bien muerto —decía otro.

»Mi sirvienta también se acercó y, juntando las manos con un aire patético, exclamó:

»—¿Quién podía prever esta desgracia? Un hombre gordo y vigoroso, de buen aspecto. ¡No somos nada!

»Fue una verdadera oración fúnebre. Me trasladaron a una habitación y me colocaron sobre un lecho de paja. Cuando uno de mis primos sacó las llaves de mi bolsillo, quise gritar de rabia. Desgraciadamente, las almas no tienen voz; en fin, mi querido Ludwig, vi cómo abrían mi escritorio, cómo contaban mi dinero, valoraban mis pagarés, sellaban documentos; vi cómo mi sirviente sacaba de un escondite mis mejores vestidos; y, aunque la muerte me libraba de todas las necesidades, no pude evitar sentir hasta los ochavos que me quitaban.  
 
»Me desnudaron, me vistieron con una camisa larga, me metieron entre cuatro tablas y asistí a mis propios funerales. Cuando me bajaron a la fosa, me invadió la desesperación: ¡todo estaba perdido! Fue entonces cuando me despertaste, Ludwig; todavía me parece oír la tierra encima de mi ataúd.

Hippel se calló y vi cómo se estremecía.

Permanecimos mucho tiempo meditabundos, sin intercambiar una palabra; el canto del gallo nos advirtió que la noche se acababa, las estrellas parecieron borrarse ante la proximidad del día. Otros gallos lanzaban al espacio sus penetrantes gritos y se contestaron de una granja a otra. Un perro guardián salió de su caseta para hacer su ronda matinal; luego una alondra, todavía soñolienta, gorjeó algunas notas de su alegre cantar.

—Hippel —dije a mi compañero—, ya es hora de marcharse si queremos aprovechar el fresco.

—Es cierto —me dijo—, pero, ante todo, hay que comer algo.

Bajamos; el posadero estaba vistiéndose. Cuando se hubo puesto la camisa, nos sirvió los restos de nuestra comida; llenó uno de mis botijos de vino blanco y el otro de vino tinto, herró las dos monturas y nos deseó un buen viaje.

Todavía no estábamos a media legua del albergue cuando mi amigo Hippel, siempre sediento, tomó un trago de vino tinto.

—¡Brrr! —hizo como si tuviera vértigo—. ¡Mi sueño, mi sueño de la noche!

Lanzó su caballo al trote para escapar de esta visión, que se manifestaba por extrañas expresiones en su rostro; lo seguí de lejos, mi pobre rocinante reclamaba mejores modales.

Salió el sol, una tintura pálida y rosada invadió el azul sombrío del cielo; las estrellas se perdieron en medio de esta luz deslumbrante como una grava de perlas en las profundidades del mar.

A los primeros rayos de la mañana, Hippel detuvo su caballo y me esperó.

—No sé —me dijo— qué siniestras ideas me vienen a la mente. Este vino tinto debe tener alguna extraña virtud: agrada a mi garganta, pero ataca a mi cerebro.

—Hippel —le contesté—, no hay que disimular que algunos licores encierran los principios de la fantasía e incluso de la fantasmagoría. He visto entristecer a personas alegres, idiotizar a gente inteligente y viceversa, después de algunas copas de vino en el estómago. Es un profundo misterio; ¿qué ser insensato se atrevería a poner en duda este poder mágico del alcohol? ¿No es el cetro de una fuerza superior, incomprensible, ante la cual debemos inclinar la cabeza, ya que todos sufrimos a veces su influencia divina o infernal?

Hippel reconoció la fuerza de mis argumentos y permaneció en silencio, como perdido en inmensos pensamientos.

Andábamos por un estrecho sendero que serpentea por los bordes del Queich. Los pájaros dejaban oír su gorgojeo, la perdiz lanzaba su grito gutural, escondiéndose bajo las anchas hojas de la vid. El paisaje era magnífico; el riachuelo murmuraba huyendo a través de pequeñas torrenteras. A derecha e izquierda se extendían colinas cargadas de soberbias cosechas.

Nuestro camino formaba un recodo en la vertiente de la colina. De repente, mi amigo Hippel se quedó inmóvil, la boca abierta, las manos abiertas en actitud de estupor; luego, raudo como una flecha, se volvió para huir, pero yo agarré su caballo por la rienda.

—¡Hippel! ¿Qué te sucede? —le grité—. ¿Es que Satán te ha tendido una emboscada? ¿O es que el ángel de Balaam ha hecho brillar su espada ante tus ojos?

—¡Déjame! —decía debatiéndose—. ¡Mi sueño! ¡Es mi sueño!

—Vamos, cálmate, Hippel; el vino tinto encierra, sin duda, propiedades perjudiciales; toma un trago de este otro, es un jugo generoso que aparta los siniestros pensamientos del cerebro humano.

Bebió ávidamente; este licor bienhechor restableció el equilibrio entre sus facultades.

Arrojamos al camino este vino rojo que se había vuelto negro como la tinta; formó grandes burbujas al penetrar en la tierra y me pareció oír como unos sordos mugidos, voces confusas, suspiros, pero tan débiles que parecía que saliesen de una lejana comarca y que nuestros oídos no las podían percibir, sólo las fibras más íntimas del corazón. Era el último suspiro de Abel, cuando su hermano lo derribó sobre la hierba y la tierra se abrevó con su sangre.

Hippel estaba demasiado emocionado para darse cuenta de este fenómeno, pero a mí me afectó profundamente. Al mismo tiempo vi a un pájaro negro que salía de un matorral y se escapó profiriendo un chillido de terror.

—Siento —dijo entonces Hippel— que dos principios contradictorios luchan en mi ser: el negro y el blanco, el principio del mal y el principio del bien. ¡Sigamos!

Proseguimos el camino.

—Ludwig —continuó muy pronto mi amigo—, en este mundo ocurren cosas tan extrañas, que el espíritu debe humillarse temblando. Tú sabes que jamás he recorrido esta región. Bien: ayer sueño y hoy veo con mis propios ojos la fantasía del sueño erigirse ante mí; mira este paisaje, es el mismo que vi durante mi sueño. Aquí están las ruinas del viejo castillo donde tuve el ataque de apoplejía. 
 
Aquí está el sendero que recorrí y ahí abajo se encuentran mis cuatro fanegas de viña. No hay un árbol, un arroyo, un matorral que no reconozca como si los hubiese visto mil veces. Cuando demos la vuelta a este recodo del camino veremos al fondo del valle el pueblo de Welche: la segunda casa a la derecha es la del burgomaestre; posee cinco ventanas en la parte alta de la fachada, cuatro abajo y la puerta. 
 
A la izquierda de mi casa, es decir, de la casa del burgomaestre, verás un hórreo, una caballeriza. Es allí donde guardaba mis animales. Detrás, en un pequeño patio, bajo un amplio tenducho, se encuentra un lagar con dos caballos. En fin, mi querido Ludwig, tal como soy, ahí me tienes resucitado. 
 
El pobre burgomaestre te mira con mis ojos, te habla por mi boca y, si no me acordara de que antes de ser burgomaestre, roñoso, avaro, rico propietario, fui Hippel, el vividor, dudaría en decir quién soy yo, pues lo que veo me recuerda otra existencia, otras costumbres, otras ideas.

Todo ocurrió como Hippel me lo había predicho; vimos el pueblo desde lejos, al fondo de un soberbio valle, entre dos ricos viñedos, las casas diseminadas por los bordes del río; la segunda a la derecha era la del burgomaestre.

A todos los individuos que nos encontramos, Hippel tuvo el vago recuerdo de haberles conocido; algunos le parecieron incluso tan familiares, que estuvo a punto de llamarlos por su propio nombre; pero la palabra se le quedaba en la boca, no la podía apartar de otros recuerdos. Por otra parte, al ver la indiferencia con que nos recibían, Hippel se dio cuenta de que era un desconocido y de que su cara enmascaraba por completo la difunta alma del burgomaestre.

Nos detuvimos en un albergue que mi amigo me indicó como el mejor del pueblo, pues lo conocía de muchos años. Nueva surprise: la patrona del albergue era una gruesa comadre, viuda desde hacía mucho tiempo, y a la que el burgomaestre había deseado para segundas nupcias.

Hippel sintió un incontenible deseo de estar a su lado, pues todas sus viejas simpatías afloraron a la vez. No obstante, logró dominarse: el verdadero Hippel combatía las tendencias matrimoniales del burgomaestre. Se limitó a pedirle solamente, con la mayor amabilidad que pudo, una buena comida y el mejor vino de la comarca.

Cuando estuvimos en la mesa, una natural curiosidad llevó a Hippel a informarse de lo que había ocurrido en el pueblo después de su muerte.

—Señora —dijo a nuestra patrona con una aduladora sonrisa—, ¿debisteis conocer sin duda al antiguo burgomaestre de Welche?

—¿Es el que murió hace tres años de un ataque de apoplejía? —preguntó.

—Precisamente —contestó mi amigo, mirando con curiosidad a la señora.

—¡Sí, le conocí! —exclamó la comadre—, era un viejo roñoso que quería casarse conmigo. Si hubiera sabido que moriría tan pronto hubiese aceptado. Me propuso una donación mutua al último superviviente.

Esta respuesta desconcertó un poco a mi querido Hippel; el amor propio del burgomaestre había sido terriblemente ofendido. No obstante, se contuvo:

—Es decir, que no lo amabais, señora.

—¡Cómo es posible amar a un hombre tan feo, sucio, asqueroso, roñoso y avaro!

Hippel se levantó para mirarse en el espejo. Al ver sus carrillos llenos y rollizos, se sonrió a sí mismo y volvió a colocarse ante un pollito, que se puso a despedazar.

—De hecho —dijo—, el burgomaestre podía ser feo, asqueroso; esto no prueba nada en mi contra.

—¿Son ustedes parientes suyos? —preguntó, muy sorprendida, la patrona.

—¡No, no le conocí jamás! Sólo digo que algunos son feos y otros guapos; porque tenga la nariz situada en la mitad de la cara como vuestro burgomaestre, esto no prueba que uno se le parezca.

—¡Oh, no! —dijo la comadre—. No poseéis ningún rasgo de su familia.

—Por otra parte —prosiguió mi amigo—, yo no soy avaro, lo que demuestra que no soy vuestro burgomaestre. Traed dos botellas del mejor vino que tengáis.

La dama salió y aproveché esta ocasión para advertir a Hippel de que no se metiera en estas conversaciones que podrían traicionar su incógnito.

—¿Por quién me tomas, Ludwig? —exclamó, furioso—. Debes saber que yo soy tan burgomaestre como tú y la prueba es que mis papeles están en regla.

Sacó su pasaporte. La patrona volvía.

—Señora —dijo—, ¿es que vuestro burgomaestre se parecía a esta descripción? —Leyó—: "Frente mediana, gruesa nariz, labios espesos, ojos grises, estatura alta, cabellos castaños".

—Más o menos —dijo la patrona—, salvo que era calvo.

Hippel se pasó la mano por sus cabellos, exclamando:

—¡El burgomaestre era calvo y nadie osará afirmar que yo soy calvo!

La patrona creyó que mi amigo estaba loco, pero como se levantó después de pagar la cuenta, no dijo nada. Cuando llegó a la entrada, Hippel se volvió hacia mí y dijo con brusquedad:

—¡Marchémonos!

—Un instante, querido amigo —le contesté—. Primero me conducirás al cementerio donde está enterrado el burgomaestre.

—¡No! —exclamó—. ¡No, jamás! ¿Quieres arrojarme a las garras de Satán? Yo, ¿¡de pie sobre mi propia tumba!? Sería contrario a todas las leyes de la naturaleza. ¿No te das cuenta, Ludwig?

—Cálmate, Hippel —le dije—. En este momento estás bajo el poder de potencias invencibles. Han extendido sobre ti sus finísimas redes, tan transparentes que nadie es capaz de verlas. Hay que hacer un esfuerzo para destruirlas, hay que restituir el alma del burgomaestre, y esto sólo es posible en la tumba. ¿Querrías ser tú el ladrón de esta pobre alma? Sería un robo manifiesto; conozco demasiado bien tu delicadeza para suponerte capaz de una infamia tal.

Estos irrevocables argumentos le decidieron.

—Bueno —dijo—, tendré el valor de hollar estos restos de los que llevo la mitad más pesada. Dios no quiera que me sea imputado un robo tal. Sígueme, Ludwig, te conduciré allí.

Andaba a pasos rápidos, precipitados, con su sombrero en la mano, los cabellos al viento, agitando los brazos, arrugando las piernas, como un desgraciado que cumple su último acto de desesperación y él mismo se anima para no desfallecer.

Primero cruzamos muchas callejuelas, luego el puente de un molino, cuya pesada rueda rompía la blanca capa de espuma; luego seguimos un sendero que recorría una pradera y llegamos, al fin, detrás del pueblo, cerca de un muro bastante alto, cubierto de musgo y clemátides. Era el cementerio.

En uno de los ángulos se levantaba el osario; en el otro, una casita rodeada de un pequeño jardín.

Hippel se lanzó hacia la casita. Allí estaba el sepulturero; a lo largo de los muros había coronas de siemprevivas. El sepulturero estaba esculpiendo una cruz; su trabajo le absorbía hasta tal punto, que se levantó muy sobresaltado cuando entró Hippel. Mi compañero le miró de una manera que le debió asustar, pues durante unos minutos permaneció sobrecogido.

—Buen hombre —le dije—, condúzcanos a la tumba del burgomaestre.

—Es inútil —dijo Hippel—. Sé dónde está.

Y sin esperar la respuesta, abrió la puerta que daba al cementerio y empezó a correr como un loco, saltando por encima de las tumbas y gritando:

—¡Es aquí... aquí... ya hemos llegado!

Evidentemente estaba poseído por el espíritu del mal, pues derribó a su paso una cruz blanca. ¡La cruz de una criatura! El sepulturero y yo le seguíamos de lejos.

El cementerio era bastante grande. Hierbas espesas, de un verde sombrío, se elevaban a tres pies del suelo. Los cipreses arrastraban por el suelo sus largas cabelleras; pero lo primero que me sorprendió fue un enrejado adosado al muro cubierto de una magnífica parra tan cargada de uvas, que los racimos caían unos sobre otros.

Andando, le dije al sepulturero:

—Aquí tenéis una viña que debe daros mucho dinero.

—¡Oh, señor! —dijo en un tono dolorido—, esta viña no me da gran cosa. Nadie quiere mi uva; lo que viene de la muerte vuelve a la muerte.

Miré a ese hombre. Tenía la mirada falsa, una sonrisa diabólica contraía sus labios y sus mejillas. No creí lo que decía.

Llegamos ante la tumba del burgomaestre; estaba cerca del muro. Ante ella había un enorme cepo de viña, lleno de jugo y que parecía saciado como una boa. Sus raíces debían penetrar hasta el fondo de los ataúdes, disputando su presa a los gusanos. Además, sus racimos eran de un rojo violeta, mientras que los de los otros eran de un blanco ligeramente rojizo.

Hippel, apoyado en la vid, parecía más calmado.

—Usted no come de esta uva —le dije al sepulturero—, pero la vende.

Palideció negando con la cabeza.

—La vende al pueblo de Welche, y hasta puedo nombrarle el albergue donde se bebe vuestro vino —exclamé—. Es el albergue de la Flor de lis.

El sepulturero se estremeció. Hippel quería lanzarse al cuello de este miserable; fue necesaria mi intervención para evitar que lo descuartizara.

—Malvado —le dijo—, me has hecho beber el alma del burgomaestre. ¡He perdido mi personalidad!

Pero, de repente, una idea luminosa acudió a su mente, se volvió hacia el muro y se puso en la célebre postura del Manneken Pis brabanzón.

—¡Loado sea el Señor! —dijo, volviéndose hacia mí—. He devuelto a la tierra la quintaesencia del burgomaestre. Me he librado de un peso enorme.

Una hora más tarde proseguíamos nuestro camino y mi amigo Hippel había recobrado su alegría natural.