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El ataúd en el mar - Eddy C. Bertin

A Marc Dolan le agradó Spring Cottage apenas la vio. Aquella casita de campo, recién pintada de blanco, con sus grandes ventanas, parecía estar dibujada en el mismo cielo, ya que estaba edificada sobre una de las dunas más altas. No encontró mucha oposición al regatear con la señora Berens, la propietaria, sobre el alquiler de una de sus mejores habitaciones. 

La temporada turística aún no había empezado, y ella se alegró de haber encontrado un huésped unos meses antes de que comenzara la estación veraniega y llegasen los extranjeros de los países vecinos. 

Marc Dolan sabía que al llegar aquella época, la paz y la tranquilidad se esfumarían: la playa de marfil se vería hollada por millares de sudorosos pies, arrastrándose con dificultad por la ardiente arena como estúpidos cangrejos. 

La playa se cubriría de cuerpos obesos, feos y blancuzcos, el color de las cosas muertas, y el estruendo de los transistores y los chillidos de los niños violarían el silencio que él tanto adoraba. La estación veraniega no había sido hecha para él ya que, como artista, Marc necesitaba desesperadamente descanso y soledad.

Alquiló un taxi para ir a recoger sus maletas, que había dejado en la estación cuando llegó, y luego se instaló en su confortable habitación. Esta se hallaba situada en el primer piso, y su ventana era tan alta y tan ancha como su pared exterior. Un butacón de colosales dimensiones se hallaba frente a dicha ventana, con su alto respaldo vuelto hacia la puerta. 

Durante los primeros instantes, Marc tuvo la impresión de que aquel gigantesco sillón giraría de repente y alguien se levantaría de él diciéndole «hola». La señora Berens le dijo que aquel butacón había estado siempre en el ático, pero que al anterior inquilino le agradaba tanto la espléndida panorámica sobre el mar y la playa, que él mismo trasladó el tosco sillón a su habitación. 

Marc estaba plenamente de acuerdo con el gusto de aquel señor: mirar a través de aquella ventana era como si uno estuviera en las mismas dunas, pisando la blanca arena y la pura espuma de las ondas. Y más allá de aquella espuma abrazándose con el mar, una masa enorme de agua gris, aparentemente sin vida, pero moviéndose con lentitud como bajo la influencia de un laborioso respirar, se veían unos cuantos barquitos de blancas velas triangulares arrastrados hacia el lejano horizonte.

Marc retiró el pesado reloj y los candelabros vacíos que estaban sobre el manto de la chimenea, y colocó en su lugar sus propios libros de pintura. Luego descolgó un grabado del siglo XIX y colgó en aquella pared una copia hecha por él de un cuadro famoso de Turner. Después puso en el armario sus escasas pertenencias. 

Marc no era rico. De vez en cuando, vendía uno o dos de sus cuadros, y había hecho dos exposiciones de su trabajo pictórico, una en Gantes y otra en Bruselas; mas por lo general, la suerte estaba en contra de él. Quizá la culpa la tuviese su propio trabajo, pues sabía que no era lo suficientemente moderno. 

Marc no podía comprender el arte pop, y mucho menos aquella forma de pintar con pies y manos, e incluso con el propio cuerpo, revolcándose primero en pintura fresca y luego sobre el lienzo virgen. A él le agradaba pintar lo que realmente veía, poder mirar después su propia obra y ser capaz de distinguir lo que representaba, y no algo parecido a esas visiones imaginarias propias de una intoxicación de LSD. 

Los resultados de su obstinada búsqueda del estilo antiguo podían condensarse en un baúl lleno de pinturas que no pudo vender. Suaves rostros sombreados, ensoñadoras campiñas en colores de otoño, rugientes tormentas en el mar, lagos de plata a la luz de la luna... Nadie quería nada de eso. Pero él continuaba, con tenacidad de acero, convencido de que algún día reconocerían su talento.

Marc acostumbraba pasar unas semanas junto al mar, en especial durante aquel período comprendido entre el último invierno y la temprana primavera, cuando las costas eran azotadas por vientos tormentosos y los turistas amantes del sol aún continuaban en sus países, temblando de frío junto a sus chimeneas. 

Durante aquel período interestacional, en que el mar era puro y libre y la expectante playa estaba llena de esperanzas, Marc se encontraba en condiciones de captar la pureza que tanto amaba reproducir en sus lienzos.

El primer día no hizo nada en especial. Se limitó a dar un corto paseo por las dunas, con los ojos semicerrados para evitar aquella arena que un viento juguetón levantaba del suelo. Cuando el crepúsculo estrechaba entre sus brazos la hermosa playa, se dirigió al pueblo más cercano y compró algunas bebidas, pero regresó de inmediato a casa, a través de las desiertas calles.

En aquella época del año, casi todas las tiendas aún estaban cerradas, y sólo permanecían abiertos dos o tres cafés. Una vez en su habitación, encendió el fuego en la chimenea, y luego escogió un libro, para leer en la cama, de su autor favorito: Edgar Allan Poe. Al fin se decidió por El cuervo

A la mañana siguiente, cogió sus elementos de trabajo, se sentó en el colosal butacón y se puso a contemplar el mar. Había una atmósfera muy especial de serenidad en aquella masa acuosa y gris, que Marc dejó penetrar hasta el fondo de su alma. Se relajó total y completamente, por primera vez durante tantos meses permitiendo que la paz y la calma entrasen a través de los poros en su piel, como si fuera el primer calorcillo de una temprana mañana de sol, que aún conservara algo de la frialdad de la noche anterior. 

No pintó nada aquel día, y se limitó a descansar, buscando el ambiente adecuado. A la mañana siguiente, fue a dar un paseo por la playa, antes de que saliera el sol, saboreando el escalofrío de la noche sobre sus mejillas y el aguijón de una fría brisa en sus ojos, mientras sus pies iban dejando huellas sobre la arena mojada de la orilla. Después de cenar, volvió a sentarse en el colosal butacón, y dejó que la profunda calma de la noche rodara sobre él en perezosas ondas de silencio.

Llevaba viviendo más de una semana en aquella casita de campo, cuando tuvo una pesadilla por primera vez. Esa noche, no vio nada de excepcional en su sueño. Había comido más bien tarde, y en su soledad había bebido una botella entera de vino barato pero pesado. Por ello no era nada extraño que sintiera deseos de irse a la cama antes de lo acostumbrado. 

Pero le costó mucho dormirse, ya que la cama parecía moverse de un lado a otro, como un barco durante una tormenta. La parte del lecho en que reposaban sus pies se levantaba cada vez más, y entonces, de repente, hacía un movimiento lateral, como si hubiera alcanzado la cresta de una gigantesca ola, para luego descender cada vez más bajo, cada vez con más rapidez. 

Se agarró firmemente con ambas manos a los lados de la pequeña cama, pero la impresión de estar a bordo de un yate pequeño era continua. Un espantoso viento empezó a rugir en sus oídos, con agudo y doloroso silbido, y a continuación sintió la espuma mojándole la cara. Su boca estaba ardiente, y en sus labios sintió el sabor de la sal del mar. Estaba sediento, muy sediento. 

El continuo balanceo, subidas y bajadas del barco le hizo sentirse mal, y su estómago empezó a removerse, pero no podía vomitar. Había una obscuridad absoluta, pero algunas veces tenía la impresión de ver el pequeño centelleo de una estrella lejana, muy por encima de él, antes de que una nueva ola cayese sobre él, dejándolo como un abrigo mojado y viscoso.

Con un movimiento instintivo, extendió sus manos para detener la siguiente ola, pero se topó con algo situado a unos cinco centímetros por encima de él. Una cosa dura y firme. Sus dedos palparon aquella dura superficie a ambos lados, y de repente encontró allí un obstáculo, que no podía mover. 

Trató de levantarse, mas de inmediato se dio un porrazo en la cabeza. Pero, por todos los santos, ¿dónde se encontraba? De repente se dio cuenta de que aquélla no era su cama en la que estaba acostado, y con esta impresión se despertó al fin. 

La habitación estaba a oscuras, y fuera rugía espantosamente un viento huracanado. La cama aún hizo unos movimientos desagradables, y se sintió muy enfermo, pero al final pudo moverse otra vez con libertad. 

El resto de aquella noche estuvo exento de sueños, pero por la mañana, al despertar, sintió un horrible dolor de cabeza que no pudo aliviar, a pesar de haber tomado varias aspirinas. Aquel día fue incapaz de sostener un pincel, pero se hizo la firme resolución de empezar a pintar al día siguiente.

Por la tarde, se acomodó en el sillón, y se puso a contemplar el mar con ojos soñolientos. Qué serena parecía, como una mujer dormida, infinitamente serena y pacífica, y, no obstante, plena de vida oculta. Una gaviota pasó por encima de él, semejante a un pequeño aeroplano blanco, dejando a su paso su solitario grito. 

Allá a lo lejos, en el horizonte, había un barco pequeño, tan pequeño que parecía que podía cogerse entre dos dedos. Qué hermoso sería sentarse allí y dejar que la vida pasara, como una lejana y neblinosa nube de lluvia; ser uno con el reposo y la paz, parte de aquella trinidad de playa, mar y cielo.

Sin darse cuenta, el sueño se apoderó de él, y el mar lo envolvió con sus olas tormentosas, acunándolo en su espantoso movimiento. Pero ante su sorpresa, ahora sabía que aquello no era real, que era parte de una pesadilla. Sabía que estaba soñando, con una certeza absoluta, pero ni siquiera intentó despertarse. 

Se sintió curioso y extrañamente indiferente al mismo tiempo, como si aquello no le afectase. Sin embargo, tenía una impresión de seguridad, sabiendo que todo era irreal, que podía despertarse en cualquier momento que desease. No era más que un mero espectador en todo aquello: ¿por qué, pues, no iba a contemplarlo todo?

Pero Marc no yacía con comodidad; debajo de él sentía frío y una gran humedad, y le dolían los hombros. Trató de frotarlos y moverse luego. Había suficiente espacio a su derecha e izquierda, pero no el suficiente como para girar, ni para llevarse las manos a la cara. Aquel movimiento oscilatorio casi le ponía enfermo, aunque empezó a acostumbrarse a él. ¡Si al menos supiera sobre qué estaba acostado...!

Entonces, de repente, llegó a saberlo. Todas las paredes alrededor suyo eran de madera, ¿acaso no lo eran? Ello explicaba su imposibilidad de moverse más de unos centímetros a su izquierda y derecha. Luego había aquella espantosa obscuridad. 

Estaba en un ataúd. 

Estaba muerto y encerrado en un ataúd, en algún sitio de un barco o flotando en el mar. El espanto y el shock le hicieron abrir los ojos, volviendo de nuevo al sillón donde se había sentado, poniéndose a contemplar aquel mar gris y aquella serena playa que las sombras de la noche iban cubriendo poco a poco.

Aquella tarde, a la luz de la lámpara de su habitación, hizo algunos bosquejos, pero ninguno le agradó, por lo que los tiró a la papelera y, descontento consigo mismo, decidió irse a la cama. De un modo inevitable, la maldita pesadilla acudió a él apenas hubo cerrado los ojos, pero ya se había acostumbrado a ella y no sentía ningún espanto. 

Después de todo, sabía que estaba soñando, y que podía despertarse en cualquier momento que lo deseara. Pero no quería despertarse, aún no. Trató de pensar con lógica. Una situación realmente fantástica, saber que uno se halla en medio de un sueño y tratar de razonar sobre el mismo. 

El ataúd en el que estaba encerrado no podía estar en un barco, ya que no se oía ningún ruido, excepto el ulular del viento. Además, daba espantosos tumbos, cosa que no sucedería si estuviera en un lugar seguro en un barco. De modo que la única solución era que iba a la deriva en el mar. 

No sentía ningún dolor bajo los efectos de aquellos tumbos, aunque su cabeza chocó más de una vez contra las paredes de madera. Pero, después de todo, ¿cómo iba a sentir dolor estando en un sueño? Sentía una impresión serena de seguridad, como si en el ataúd se encontrase igual que en casa, balanceado con suavidad por las ondas del mar.

La vida y la realidad parecían estar desprovistas de todo estorbo, de cualquier molestia, y se hallaba a placer en esta situación. En un momento determinado, pensó: «Ahora debo realmente despertarme», y entonces el sueño se alejaba de él como una neblina, para ser sustituida por la plena luz del día que le bañaba en una hermosa y radiante claridad.

Al fin se decidió a pintar. Necesitó una mañana entera para lograr los colores exactos que buscaba, y a mediados de la tarde empezó a trazar en el lienzo los primeros y confusos trazos. Pero, sin poder evitarlo, su mirada se dirigía furtivamente hacia el exterior, al mar. 

Su enorme masa gris le producía un sentimiento fútil e impotente: ¿por qué estaba tratando de crear algo allí, cuando sólo necesitaba sentarse en aquel gran sillón e intentar comprender lo que en realidad deseaba plasmar en el lienzo? Pero todo era en vano. Marc sabía que nunca lograría pintar lo que en el fondo de su alma ansiaba, y que lo único que podía hacer era intentarlo. Con una tenacidad férrea, continuó pintando, pero su mente se hallaba lejos, muy lejos en el mar, concentrada en aquel mecedor ataúd.

Las fantasías de su pesadilla fueron interrumpidas por unos golpes en su puerta; era la señora Berens, que venía a decirle que el café estaba listo. Entró en la habitación, y cuando vio lo que Marc había pintado, exclamó sorprendida:

—¡Ah!, no me dijo que conocía usted a mister Morgan.

—¿Quién? —respondió Marc, sin comprender lo que la señora decía.

Luego siguió la mirada de la señora Berens hacia su lienzo, y a su mano, que aún sostía el pincel. En el fondo gris brillante del cuadro, ahora había un rostro, trazado de prisa, siguiendo aquellas líneas fuertes que él siempre utilizaba; el rostro de un hombre de mediana edad, con una pequeña barba, ojos fríos y afilados, y un cráneo casi calvo. Era el rostro de una persona completamente extraña para él.

—¿Quién? ¿A quién dice usted que conozco? —volvió a preguntar Marc a la señora Berens.

—Pues a mister Morgan, a Charles Morgan —respondió la señora Berens—. El hombre cuyo rostro ha pintado usted en el lienzo, ahí. Seguramente usted sabrá que fue el ocupante de esta habitación antes que usted. ¿No es así?

—Pero..., pero... bueno, quiero decir..., yo sé que... —balbuceó Marc.

—Sin duda alguna tiene que ser usted un admirador de su obra —continuó la señora Berens su interrumpido monólogo—, al haber venido especialmente aquí, a trabajar donde él lo hizo. Oh, no puede usted negarlo, míster Dolan, pues sé muy bien cuán sensibles son los artistas, y cómo gustan de buscar el adecuado ambiente para su labor pictórica. 

Mister Charles Morgan era también así. Siempre se sentaba aquí, en ese enorme sillón, contemplando el mar. Algunas veces sólo pintaba un cuadro durante varios meses, y siempre era sobre el mar. Solía decir que sólo aquí uno podría sentirse realmente uno con el mar, que esta casita de campo parecía haber sido construida en un foco de mar, y que aquí se sentía realmente libre y en paz.

Mientras tomaba el café, la señora Berens le contó más cosas sobre el anterior huésped de aquella habitación, cuyo rostro Marc había pintado durante el sueño que tuvo en el día, y al que ahora recordaba. Un pintor de aquella época, de cierto renombre, especializado en pinturas marinas, y que había desaparecido de repente para la gente, ya que la pintura moderna tendía al arte pop. La señora Berens le contó que había vivido allí durante varios años, antes de que mister Morgan decidiera emprender un largo viaje.

Marc se fue a la cama con cierta impresión misteriosa. Un ataúd en sus sueños, el rostro de un extraño en su lienzo. ¿Cuál era la causa de todo aquel misterio?..., si es que había uno.

Como siempre, la pesadilla volvió, pero el ambiente había cambiado; había una sensación espantosa de inquietud en él. Parecía como si la paz hubiera absorbido todo, deseando algo a cambio; había algo de famélico alrededor suyo, como si tuviera algo que el sueño apetecía y deseara de él, y se despertó con el rostro bañado del sudor del miedo. Cuando se levantó, sus pies parecían de hielo, y además estaban mojados. 

Su cama también estaba húmeda, como asimismo parte del suelo. Mojó el dedo en aquel líquido y lo paladeó. Era sal. Pero recibió la impresión más grande cuando encendió la luz y contempló sus pinturas. El fondo de las mismas había sido alterado; había algo en aquel color gris que él pintara, una indescriptible sensación de movimiento, de grandes olas encrespadas, y una aureola de amenaza, todo ello conseguido con unos cuantos trazos de hábil pincel. 

Y en aquel monótono gris, había sido dibujada una caja rectangular con fuertes líneas blancas. No había ninguna cruz en aquella caja, ni cerradura alguna en sus lados; sólo el horrible significado de lo que representaba: un ataúd. Marc puso un papel sobre la pintura, de forma que no pudiera verla.

¿Qué cosas tan extrañas eran aquéllas? ¿Qué era lo que allí estaba ocurriendo? Seguramente habría empezado a padecer de sonambulismo; no había otra explicación, aunque él nunca en su vida había tenido esa enfermedad nerviosa. Iría a ver al médico, y le pediría un somnífero lo bastante fuerte como para no volver a padecer la espantosa pesadilla. No tenía más remedio que obrar así, no podía seguir de aquella forma. Pero no iría aquel día a ver al médico, pues no se encontraba en condiciones para ello. Quizá iría mañana.

Fue a dar un corto paseo por la playa, y por la tarde volvió a sentarse en el colosal sillón, incapaz de trabajar. La musa no acudía a su mente, y en un arranque de desesperación tiró sus pinceles y pinturas a un rincón. Una indescriptible sensación de peligro flotaba en el aire; la playa parecía extraña y ajena a él. 

Su pensamiento voló otra vez al ataúd que flotaba en el mar, al rostro extraño que había pintado, el cual, sin duda alguna, había sido hecho por otra persona. ¿Qué era lo que le sucedía? No podía concentrarse en nada, su mente no hacía más que interrogarse constantemente a sí misma. 

Tan pronto como empezó a razonar sobre aquel extraño suceso, una enorme rueda comenzó a girar en algún sitio de su cerebro, desgarrando sus pensamientos y convirtiéndolos en un espantoso caos. Y siempre estaba el mar, delante de sus ojos, gris e infinito, y en cierto modo llamándole, como si el mundo se detuviera para existir sólo allí; nada más que el mar, y la blanca y virgen arena de la playa, donde sólo sus pies habían dejado huellas, enseguida borradas por el poderoso viento. 

El silencio de aquella tarde le ahogaba, y luego dio paso al silencio de la noche; pero a pesar de todo, volvió a sentarse en el colosal sillón, luchando contra el caos existente en su mente. Una tormenta se estaba acercando, el viento se hizo más fuerte, y negras nubes empezaban a obscurecer el cielo de aquella noche. En la lontananza, los relámpagos arrojaban su fuego a través del plomizo cielo.

—...Y ha dibujado el rostro de mister Morgan —le decía la señora Berens a uno de sus pocos amigos, que había venido a hacerle una breve visita y a tomar una taza de café con ella—, ya sabe usted a quién me refiero, aquel pintor que estuvo viviendo aquí hasta el año pasado, aquel del que tanto le hablé a usted, que amaba tanto el mar, y que nunca quería ver a nadie.

—Sí, recuerdo que usted me hablaba mucho de él; nunca le vi, pues jamás quería salir de su habitación, ¿no es así? Era un hombre muy sensible. ¿Qué le ocurrió? ¿Se ahogó?

—No, no exactamente. Adoraba el mar, pero nunca se acercaba a él, sentía cierta aprensión a ello. Siempre decía que el mar quería apoderarse de él, y por ello prefería contemplarlo desde su sillón, a través de la ventana. Ni siquiera fue nunca a dar un paseo por la playa o por las dunas. Tiempo después fue a una gran exposición de pinturas en una famosa galería de arte de Londres, y allí murió de un modo repentino.

—Pero yo creía que...

—Pero nunca fue sepultado. Trajeron su cuerpo a este lugar en un barco pequeño, pero se desató una imprevista tormenta y nunca llegó a nuestro puerto. Estuvieron buscando restos del naufragio, pero ni siquiera encontraron un pedazo de madera de su ataúd...

En aquellos instantes, la lluvia azotaba los cristales de las ventanas y ocultaba todo bajo una espesa cortina de agua. El mar era un animal desencadenado, una gigantesca ameba hambrienta, con largos tentáculos de espuma. Los relámpagos formaban lenguas de fuego en la ardiente obscuridad. 

Se acabó la paz, la tranquilidad, todo; Marc estaba en el infierno, un infierno de gritos y de movimiento, que se balanceaba y subía, cada vez que venía una ola, arriba y abajo, cayendo, deslizándose, sumergiéndose. La habitación, el sillón, la ventana, todo había desaparecido como sombras de las fantasías de un sueño. 

Para Marc, la única realidad era aquella dura madera encima y debajo de él, el estruendo de las olas al chocar contra los lados del ataúd, el crujido de la torturada madera, el ulular del viento en el exterior, el desenfrenado tumulto del mar enloquecido. Y en medio de aquellos horrendos ruidos, había algo más, algo que desgarró sus oídos cual afiladas y sangrientas garras, algo que pronunciaba su nombre, pidiendo algo para sí, clamando algo de él.

Instintivamente, luchó contra aquel algo misterioso, pero su resistencia fue débil. Una vez que la tormenta hubiera pasado, volvería de nuevo la paz y la calma, pensó Marc; pero los gritos seguían, desgarrando su mente con la caótica y férrea rueda de recuerdos fragmentarios de sueños y realidad. «Quiero despertarme —gritó—. ¡Dios mío, debo despertarme. ¡¡¡Debo despertarme!!!»

Pero no se despertó, no podía despertarse; allí estaban las despiadadas paredes del ataúd, y ese algo desconocido y amenazador, que se sobreponía a su mente, arrancándole cuerpo y pensamiento.

Entonces dejó de luchar, y sintió que su mente y su cuerpo fluían, como si sólo fueran protoplasma, sumergiéndose en el mar, y al mismo tiempo que sentía un sabor de sal húmeda en la boca, llegó un prolongado y obscuro reposo, y, por fin, la paz, una paz absoluta...

—¿Qué es ESTO? —gritó la señora Berens. Algo cayó del techo, dejando unas manchas verduscas y húmedas sobre el mantel de su mesa. Había un penetrante olor de mar en la habitación, y cayeron gotas de arriba, a través de las pequeñas grietas del techo—. ¿Pero qué está haciendo ese hombre allá arriba, en su habitación? —exclamó la señora Berens.

Sorprendida y muy enojada, subió de prisa las escaleras, seguida de su amigo. Al llegar a la habitación de su huésped, la señora Berens dudó un poco, pues no se oía el menor ruido dentro de la estancia de Marc, y nadie contestó a sus llamadas. 

Luego abrió la puerta con resolución, y se vio mojada por una ola de aire salino. Sus preciosas paredes pintadas, el suelo, los muebles, incluso el techo, toda la habitación estaba humedecida de agua de mar. Pequeños fragmentos de alga colgaban de las lámparas y de los cuadros en las paredes, y unos cangrejos se escabulleron deslizándose por el suelo. Un pescado solitario agonizaba dando sus últimas convulsiones, con sus rojas agallas cual sangrientas bocas desdentadas. Al pintor no se le veía por ningún lado, pero el alto sillón estaba ligeramente inclinado.

—Pero bueno, ¿es que se ha propuesto usted...? —empezó a decir la señora Berens, mientras se dirigía hacia el sillón.

Mas no pudo acabar la frase, porque entonces vio AQUELLO que estaba sentado en el sillón, contemplando el mar tormentoso con una vaga sonrisa en lo que había quedado de su rostro. No pudo reconocer sus facciones, ya que no quedaba lo suficiente de ellas, pero antes de caer al suelo sin conocimiento, la señora Berens identificó el gran anillo de oro en una de las manos del esqueleto, con las iniciales «C M» grabadas en él.

Charles Morgan había hecho un viaje muy largo, pero al fin había encontrado el camino de regreso a casa.

Náufrago de sí mismo - Sergio Gaut vel Hartman

Había vivido en ese cuerpo durante más de sesenta años, por lo que me resultaba muy difícil aceptar el nuevo estado: el de un envase vacío, inútil, que se descarta después de usado.

—¿Qué van a hacer con... él? —No sabía cómo nombrarlo; habíamos sido uno tanto tiempo...

El biotécnico se encogió de hombros; seguramente contestaba a la misma pregunta varias veces por día.

—Los metemos en el depósito de usados. Eventualmente se utiliza algún órgano, aunque no creo que este sea el caso. ¿Cómo andaba del hígado? ¿Fumaba?

—¿Quiere decir que los congelan? —No solo no contesté a las preguntas directas (de hecho, me resultaban ofensivas): mi ignorancia acerca del tema encendía una luz roja. Temía saber. Las imágenes de freezers con forma de ataúd, apilados en naves sin luz, me acribillaban sin piedad desde el día posterior a la transferencia.

—¿Congelarlos? —El hombre me miró, desconcertado—. ¿Para qué nos tomaríamos ese trabajo? Los conectamos a los tubos y los dejamos ahí hasta que se les termina la cuerda.

«¡Se les termina la cuerda!», una metáfora bella y despiadada.

—Siguen viviendo —suspiré.

La idea de que mi viejo cuerpo se pudría en un depósito maloliente mientras yo iniciaba una nueva vida tenía algo de insano. «¿En qué clase de monstruo me estoy convirtiendo?», pensé.

—Viviendo, lo que se dice viviendo... Es aventurado. En principio no, pero las funciones vegetativas no se extinguen con la transferencia; quedan chispazos de memoria y los recuerdos juveniles no terminan de borrarse. Están bastante vivos, supongo, aunque como usted sabe ya no son personas, oficialmente.

—Bastante vivos —repetí—. Como «un poco embarazada». ¿Lo suficiente como para merecer respeto, apoyo, consuelo y cariño?

—¡Usted está completamente loco! —exclamó el biotécnico—. En vez de disfrutar el nuevo cuerpo se dedica a lamentar la suerte del viejo. ¿Se apega así a cada botella de Coca-Cola que vacía? Le aclaro que por ese camino se va al carajo.

Inspiré profundamente y apreté los puños:

—Eso mismo pensaba yo hasta hace un momento, antes de enterarme de que mi viejo cuerpo sigue viviendo.

—¿Hubiera preferido que lo matáramos? Porque hasta donde yo sé, los cuerpos no mueren sin la ayuda de un cáncer, o un paro cardíaco, o un edema, o un...

Dejé al tipo hablando solo y me perdí en el dédalo de pasillos de Korps. Caminé así durante horas, reflexionando acerca de la segunda transformación crucial de mi vida. Había necesitado varios días para aceptar mi nuevo cuerpo y de repente, cuando empezaba a parecerme natural tener treinta años, alguien que podría ser mi abuelo emergía de la nada para reclamar el pago de una factura. ¿Factura en pago de qué? ¿Qué había roto? «No tiene derecho a exigir nada», reflexioné, «vivió lo que se suele vivir. Y yo viviré hasta que tenga ganas de morir».

Entré al depósito inadvertidamente y no descubrí la magnitud de mi error hasta que fue tarde para corregirlo. Lo que en un primer momento tomé por una habitación para guardar instrumental en desuso y muebles estropeados resultó ser el lugar de los cuerpos descartados. Todos ellos, la mayoría pertenecientes a viejos decrépitos, carcomidos por enfermedades visibles, yacían en reposeras de lona, de cara a la puerta. Había cien, mil reposeras apenas distinguibles en la penumbra del depósito, dispuestas con displicencia, preparadas para un infinitamente demorado salto al vacío. Los rostros, agostados por la espera infructuosa, apenas agitados por temblores, delataban el fluir de la sangre. Había caído en medio de una pesadilla ajena.

Contemplé con repugnancia los tubos de plástico conectados a las tráqueas y las cánulas hundidas en las venas de los antebrazos. Esos despojos parecían estar haciendo fuerza para liberarse de sus ataduras, aunque no debía existir una buena razón para hacerlo. Aun en aquellos en los que las razones de la transferencia no se dibujaban en manchas y arrugas, se advertía la resignación, una apática mansedumbre ante el mundo perdido.

Vencido el primer impulso de fuga, y dispuesto a aceptar mi rol en el proceso de cambio de cuerpo al que me había sometido, busqué con la mirada al que había sido yo. Me resultaba imposible pensar en él como otro, alguien separado, diferente, ajeno. Tal vez por esa misma razón demoré una eternidad en identificarlo; mis ojos habían pasado de largo, ciegos a la silueta inerte, indistinguible de las otras que poblaban el depósito.

Me acerqué lentamente, temiendo que un movimiento brusco pudiera desencadenar una marea de protestas, pero lo cierto fue que los cuerpos me ignoraron y solo unos pocos expresaron un sordo fastidio ante la intrusión, moviendo las manos con torpeza y enredándolas en las sondas. Por fin, cuando logré sortear todos los obstáculos que me separaban del cuerpo y pude mirarlo cara a cara, mi mente quedó en blanco.

Intenté sin éxito decirle que lo sentía, elaborar unas frases de disculpa. La rigidez del cuerpo, su impasible serenidad, me inhibían de tal modo que, para mi desconcierto, tuvo que ser él quien quebrara el silencio.

—Te esperaba —dijo mi excuerpo con voz débil.

—¿A mí? —No lograba imaginarme esperando sin fe ni sueños, en el ocaso, al responsable del sufrimiento gratuito al que se me estaba sometiendo. También me sentí culpable porque mi presencia allí era pura casualidad.

—No viniste por casualidad —dijo él, como si fuera capaz de leer mis pensamientos—, y no leo tus pensamientos; de alguna manera seguimos siendo la misma persona.

Las palabras quedaron colgadas, tintineando. Estaba claro que se sentía más yo que yo mismo; era memoria, pero también cuerpo, el cuerpo original que me había contenido, condenado al descarte por efectos de un gambito siniestro, de una jugada que él, y no yo, había urdido. Pero cuando traté de objetar ese razonamiento las palabras se negaron obstinadamente a ser pronunciadas. Sabía lo que él estaba pensando; había esperado, paciente e imperturbable, para demostrar que controlaba mi destino, que lo seguía controlando. La escena se parecía peligrosamente a otra, vivida años antes, cuando mis padres decidieron que debía despedirme de un abuelo moribundo y desconocido. En aquella oportunidad, el viejo me hizo sentir que yo era responsable de su muerte, que mi ofensiva juventud operaba, de algún modo, como disparador de su partida.

El grito lúgubre de otro cuerpo, reptando a ras del suelo, vino providencialmente en mi auxilio. «Es así como se van», pensé, «con un gemido que se estira y adelgaza mientras descubren que esa vez no serán rescatados».

Me iré con un sonido así —dijo mi primer cuerpo—. Todos lo hacemos. Es como la sirena de un barco que parte.

Tampoco esta vez fui capaz de replicar. ¿Quién es el náufrago? ¿Acaso el barco pasó frente a la isla sin advertir las señales?

Contemplé los tubos de alimentación que unían el cuerpo con los tanques y reprimí el deseo de arrancárselos. Es preferible ahogarse que aguardar el rescate sin esperanzas. Mi excuerpo, una vez más, desnudó mis pensamientos.

—Tal vez el náufrago no sea yo —dijo.

—Tengo toda la vida por delante —alegué—. Empiezo de nuevo, ¿no? —La endeble convicción de mis palabras se reflejó en un gesto torpe e incompleto de mi mano, como una caricia que aborta en un ramalazo de bronca.

Él, indiferente, se encogió de hombros y abarcó con la mirada a los otros cuerpos que morían a nuestro alrededor.

—Empezar de nuevo —dijo—, pero no desde cero. Los que vienen a despedirse de su cuerpo descartado cargan para siempre con las imágenes que pueblan este depósito.

—¿Es un reproche? —Me invadió un repentino asco por la actitud de mi viejo cuerpo. ¿En qué trataba de enredarme? Estaba condenado: es cuestión de días, semanas a lo sumo, dijeron los médicos. No había otra salida que la transferencia. Me había puesto a la defensiva; una red invisible entorpecía mis razonamientos, me inmovilizaba.

—No estabas obligado a venir —dijo el cuerpo—. ¿Por qué no disfrutar directamente de la libertad, del cuerpo sano por primera vez en mucho tiempo? Hubiera sido lo más lógico. Pero no. Sentiste el impulso de pagar la deuda para no tener que recriminarte en el futuro. Me parece bien. Yo hubiera hecho lo mismo.

Las últimas palabras pusieron al descubierto una mordacidad de la que siempre me enorgullecí. ¿Sería capaz de conservarla en mi relación con los amigos de toda la vida? Como en un juego: comenzaban a plantearse demasiadas opciones y no estaba nada claro el sistema que utilizaría para manejarlas. Dejar mis ámbitos, conocer gente nueva, abandonar el planeta...

—Vine por casualidad —repetí desanimadamente.

—Sí —consintió mi cuerpo. Había perdido el interés en la conversación. O el dolor que soportaba sin gestos había reaparecido. Yo sabía mucho acerca de ese dolor. Sonó otro quejido. La agonía circulaba como corriente eléctrica entre los cuerpos. Esta vez el sonido fue gris, chato, y se esfumó sin fuerzas en la atmósfera pesada del depósito.

No había nada más. Nada más que decir. Nada más que hacer. Nada más que pensar. Nada más que sentir. Era hora de salir de ese lugar.

Pero no lo hice. El cuerpo había aceptado mi irresponsabilidad con una palabra hueca, adecuada para desarticular cualquier argumentación futura. Fue tal la tensión creada por ese «sí» de compromiso que solo pude romper el equilibrio cuando extendí la mano y toqué la mejilla seca con la punta de los dedos. Mi antiguo cuerpo se estremeció, como si una descarga hubiera emanado de las yemas.

—¿Qué hiciste? —dijo apartando el rostro, aprensivo.

—Nada. Trataba de ser amable, creo.

—Tenés miedo, mucho miedo.

La acusación era severa, trascendía el mero diagnóstico. Pero se oyeron dos lamentos: uno bajo, siniestro, el otro agudo como el trino de un ave. Hay muchas formas de morir.

—¿Miedo? ¿De qué?

—Hay infinitas formas de morir —replicó mi excuerpo usando las mismas palabras de un modo oblicuo. Pasé por alto la observación. De todos modos, yo ya no sabía a qué aludíamos en nuestro diálogo; había perdido el hilo, y tal vez hasta el interés. Me descubrí hipnotizado por los colores de los tubos de plástico: rojo, azul, verde.

—No soy yo el que está conectado a los tubos —dije.

—Son falsos —dijo el cuerpo—, una ficción para impresionar a los visitantes. Sin una adecuada puesta en escena el efecto sobre la psique del transferido sería débil, pobre.

—¿Falsos? Pensé que los alimentaban a través de los tubos.

—Eso hacen —replicó—. Son falsos porque da lo mismo que nos alimenten o nos dejen morir de hambre. No volveremos a salir de aquí; han dejado de suministrarnos la medicación y solo entran al depósito a recoger los cadáveres tres veces por día.

Era una crueldad, pero no había otra forma de hacerlo. Se lo dije.

—No es posible esperar la muerte del primer cuerpo; en ese caso la transferencia no podría llevarse a cabo.

—Claro, claro —dijo el cuerpo con un tono que no distinguía entre la pena y la rabia.

—Ahora somos como especies diferentes. —Buscaba febrilmente una excusa para seguir hablando, y cada palabra provocaba el efecto contrario al propuesto.

—Es el precio del progreso. Antes la gente se moría y listo. Ahora se violan las leyes de la naturaleza, se juega con fuego.

—¡Nunca fui creyente! —exclamé—. ¿La vecindad de la muerte te hace desear la vida eterna?

—La inminencia de la muerte me forzó a transferirme, nada más —replicó con actitud—. O te forzó... o nos forzó. Como ves, eso ya no importa.

Un coro de ayes se desplazó por el contorno de las últimas palabras de mi excuerpo y terminó por ahogarlas. Las puertas del depósito se abrieron, los auxiliares entraron, desconectaron los tubos de una docena de cadáveres, los cargaron en un ridículo carro eléctrico con economizados movimientos, y salieron dejando el lugar impregnado con su desinterés, una dramática falta de emociones. Minutos después regresaron con una docena de cuerpos descartados en transferencias recientes y repitieron sus movimientos en sentido inverso. Por docenas, como huevos.

—No me vieron —atiné a decir.

—No les interesás.

—Podría ser un ladrón, un maníaco.

—Nuestros órganos no les sirven ni a los perros. Los experimentos biológicos se hacen con carne fresca, cultivada en tanques; los cuerpos enfermos no sirven para nada. —Se agitó en la reposera, incómodo. Tuve miedo de que se muriera en ese mismo momento. Él lo advirtió—. Quedate tranquilo —dijo, anticipándose una vez más—. Todavía falta.

—¿Cuánto? —La pregunta, inesperada hasta para mí, lo conmovió.

—¿Cuánto? No sé. Horas, dos días, una semana, seis meses. ¿Quién puede predecir con cuánta ferocidad se aferra un cuerpo a la vida, aun un cuerpo despojado de su alma?

Yo no me sentía el alma de nadie, menos de ese cuerpo obstinado, aunque debía reconocer que hablaba con buen criterio. Los médicos habían sido terminantes en todo lo que se refería a mi sobrevida en el cuerpo viejo. Pero los médicos no tienen un compromiso fatal con los pronósticos. ¿Alguien conoce a un médico castigado por errarle a una predicción? La puerta del depósito, cerrada tras la partida de los auxiliares con su macabro cargamento, me devolvió al mundo real. Mi primer cuerpo observaba sin demasiado interés el marco de luz y las partículas de polvo en suspensión. El depósito se sumía en las tinieblas. Me resultaba imposible determinar cuánto tiempo hacía que estaba en este lugar.

—Debo irme —dije.

—Es cierto —dijo él.

—Antes de que sea demasiado tarde.

—La puerta no está cerrada con llave.

—Puedo regresar.

—Depende de vos. Si te interesa hacerlo...

—Quiero decir: tiene sentido si vas a estar aquí cuando vuelva.

Se encogió de hombros, casi despectivo.

—Sí o no. ¿Quién sabe? ¿Soy Dios para conocer el instante exacto? Si bien mis razones para seguir vivo se han extinguido, no tengo coraje para terminar por mi mano lo que empecé con la cabeza cuando decidí transferirme. Tal vez me aferro a la vida porque los cuerpos son entidades independientes, que obran por su cuenta.

—Los cuerpos obran por su cuenta —repetí tontamente—. Podrías aprovechar tus últimas horas escribiendo un tratado: Teoría de la Razón Vegetativa.

—Los cuerpos obran por su cuenta —repitió una vez más—. Tu cuerpo lo está haciendo en este mismo momento. ¿Por qué no te vas de una buena vez? —Escupió las palabras con irritación, desafiándome.

—No soy una bestia; puedo esperar hasta que te calmes.

—¡Excusas, pretextos! —dijo él—. Tus razones para permanecer en este lugar, junto a mí, esperando mi muerte, no tienen ningún valor. Te transferiste para liberarte de mí, no para cargar conmigo. No soy tu padre inválido. ¿Ves a otros haciendo eso? Los cuerpos mueren solos; está bien que sea así.

La voz de mi excuerpo se había ido haciendo más y más aguda a medida que la pasión del discurso lo embargaba. Eso hizo que el contraste con el último suspiro de uno que se iba a pocos pasos de donde estábamos fuera muy marcado.

—No conozco otra forma de proceder —dije sin convicción—. Puedo esperar unos minutos. He comprendido que somos parte de un todo indivisible, y que mi deber será llorarte, sentir dolor.

—¡Qué cursi! Pero aprecio tu gesto, aunque los dos sabemos que no sirve para nada.

Bajé la cabeza. El suelo del depósito estaba sucio de polvo y excrementos por todas partes, excepto donde los cuerpos descartados movían impacientes los pies. Allí el piso estaba lustroso y la oscuridad luchaba tratando de ganar la batalla contra los brillos furtivos que se descolgaban desde fuentes invisibles. Empecé a esperar, ansioso, la siguiente ronda de los auxiliares. Hice un cálculo mental de los muertos y traté de establecer reglas de frecuencias basándome en los gemidos, pero abandoné enseguida, desanimado, pesimista. Cada vez me era más difícil determinar los motivos de mi permanencia en el lugar, de mi incapacidad para salir, simplemente salir. Estaba en una trampa que yo mismo había construido y cebado. El cuerpo captó mi estado de ánimo y trató de ser constructivo.

—Creo que no voy a morir hoy.

—Podría volver mañana —dije estúpidamente.

—Es una buena idea. Pero tampoco sé si mañana...

El marco de luz se extinguía, por lo que el depósito ya estaba sumido en un mar de oscuridad. Los puntos de referencia habían desaparecido y lo mismo podía hallarme en el depósito de cuerpos descartados que en el corazón de una pesadilla. Me alenté con la idea de que es posible despertar de la peor pesadilla, pero la voz quebrada de mi primer cuerpo me devolvió a la realidad.

—...caminando hacia donde apunta ahora tu nariz...

Era ahora o nunca. Me puse en marcha y, antes de dar el tercer paso, la ira de un cuerpo demostró que no sería una tarea sencilla.

—¡Qué imbécil! ¡Fíjese por dónde camina y respete a los que se están muriendo!

—Perdón. Quiero salir de este lugar.

—¿Salir? —dijo el cuerpo y se rio ofensivamente—. De aquí solo se sale muerto.

Era la confirmación de lo que había empezado a sospechar: la trampa, funcionando con eficacia, me dejaba del lado incorrecto.

—Soy un recién transferido —dije—. Vine a despedirme. —Busqué aferrar con las manos al moribundo, pero este me eludió, burlón. Cuando volvió a hablar supe que no era el mismo, que otro ocupaba su lugar. El juego empezaba a despertar el interés de los condenados.

—Mi transferido no vino a despedirse. Desgraciado. Me deja solo en estas circunstancias tan dolorosas...

—El mío firmó una autorización para que me inyectaran algo para acelerar el asunto —dijo otro.

Un grito destemplado cortó una nueva protesta. Los quejidos y lamentos brotaban ahora de todos los rincones del depósito; los viejos cuerpos morían a mi alrededor, o simulaban hacerlo para mortificarme.

—¿De qué sirve? —aulló una voz femenina—. ¿Nos hace diferentes, nos mejora en algún sentido? Si la muy puta viniera a despedirme...

—¡Se arrepentiría! —completó un coro destemplado.

Los cuerpos descartados se mecían en sus reposeras de lona produciendo sonidos de textura rugosa, mínimos estertores de madera y polvo; el silencio roto se había esparcido por todo el volumen del depósito reflejando imágenes ciegas de la muerte, la muerte verdadera, la muerte cierta y absoluta, la que no podemos eludir con artificiosos saltimbanquis cambiando la cáscara.

—¿Por dónde? —rogué—. No veo la salida.

—Hacia adelante, con energía —insistió mi primer cuerpo—, atropellando sin asco; vamos a morir de todos modos.

Arremetí con furia, ciegamente, pero la reacción de los cuerpos no se hizo esperar. Probablemente en un ilógico arrebato, se habían levantado de las reposeras y me rodeaban, cerrándome el paso. Llegué a sentir la presión de algo duro, metálico, que buscaba mi carne y la ferocidad de una dentadura incompleta mordiéndome el brazo mientras, perdida toda moderación, yo golpeaba con los puños apretados en todas direcciones. Era inútil: la ruta hacia la salida, en la oscuridad y cercado por cuerpos sin futuro, se había clausurado para mí.

Sigue un lapso de recuerdos confusos. Tal vez caí, fui pisoteado por los cuerpos enfurecidos, recibí un golpe en la cabeza. Quizá no. Es imposible reconstruir los hechos que conducen a mi situación actual. Solo tengo la certeza de un despertar en la oscuridad y el silencio del depósito, de los tubos de plástico que me conectan a sustancias nutritivas, de los centenares de cuerpos descartados que me rodean.

—Era la única salida —dijo una voz familiar desde muy cerca, en un repliegue de las sombras—. Estaba en garantía. Si bien ninguna herida fue mortal...

—No quiero que me compadezcas —lo interrumpí—, y andate antes de que sea tarde.

—Necesito que aclaremos algunas cosas —dijo.

—No hay nada que aclarar —repliqué—. Es peligroso. —Pude verlo por primera vez: éramos idénticos, por supuesto, el mismo modelo de cuerpo—. Solo una pregunta: ¿el primer cuerpo... murió?

—Estoy aquí —respondió el primer cuerpo con la voz llena de grietas, desde algún lugar próximo, a la derecha de donde yo estaba.

—La casa está en orden, entonces.

—Me incorporé para que el nuevo cuerpo supiera que me dirigía a él—. Ahora voy a contar hasta diez, y cuando termine estaré afuera de este lugar de mierda, viviendo.

Movió la cabeza con obstinación. Comprendí que la trampa volvía a estar cebada y quién sabe cuántos caeríamos en ella antes de aprender el truco que permitía burlarla.

—Parece —dijo el cuerpo original alzando la voz en la atmósfera cargada de podredumbre— que el que escribió nuestro final se resiste a modificar una sola línea.

—Quizá sea un griego —repliqué, con ironía—, un aficionado a imaginar el Destino con mayúscula.

—¿De qué están hablando? —dijo el cuerpo nuevo, desconcertado—, ¿se burlan de mí? ¿Así pagan mi simpatía? De cualquier manera voy a quedarme hasta obtener algunas respuestas. No tengo necesidad de explicarles...

Dejé de escuchar sus palabras, aunque las oía mezcladas con el zumbido de las máquinas y el latir de los corazones de los cuerpos. Me costaba imaginar qué heridas habían obligado a realizar una segunda transferencia en tan poco tiempo, por lo que empecé a inspeccionar el cuerpo con cuidado, minuciosamente. Una fea costura me cruzaba el pecho y, al presionar, descubrí un dolor agudo en el costado izquierdo. ¿Tanto me habían dañado los casi muertos? Korps, en defensa de su reputación, había actuado de oficio y el nuevo cuerpo avaló el procedimiento al despertar. Cerraba perfectamente.

Se abrió la puerta y entraron los auxiliares. Curiosamente no había cuerpos sin vida, por lo que permanecieron perplejos unos segundos, vacilando entre dos mundos, pero no tardaron en retomar sus rutinas, trayendo cuerpos recién descartados a los que ubicaron en reposeras de lona, conectando los tubos de plástico a las venas de los pobres desgraciados.

—¡Llévenselo! —grité a voz en cuello—. No tiene nada que hacer aquí.

El dolor se intensificó, perdí fuerzas; mis gritos sonaban apagados, incapaces de alcanzar su objetivo.

—No registran a los descartados —dijo mi primer cuerpo.

—Ahorren fuerzas —dijo el cuerpo nuevo—. Los voy a sacar de esta pocilga. Mis cuerpos no son basura.

—Somos basura —dijo el primer cuerpo.

—Te suplico: ándate de este lugar antes de que sea tarde —sonó melodramático, pero no se me ocurría otra forma de hacerlo reaccionar—. Vas a quedar atrapado, prisionero, como nosotros...

El cuerpo nuevo se sobresaltó. Los auxiliares habían cerrado la puerta y el depósito quedó en penumbras una vez más. En la oscuridad creciente los gemidos de todos nosotros, los cuerpos descartados, y las protestas del recién transferido se mezclaron hasta hacerse indistinguibles.