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Las ratas - Francisco Espínola

Me veo, siendo muy niño, siguiendo una mañana hacia el fondo de la casona familiar a una criada que, entre aspavientos, portaba una gran caldera de agua hirviente. 

El fondo era extenso. A un lado, estaba la caballeriza y el altillo para los forrajes, largos de varios metros. Al frente, las habitaciones de la servidumbre y de los recogidos. 

Cuando la criada se detuvo frente a una trampa de alambre que encerraba dos ratas, el espanto estrujó mi corazón. Al vernos, ellas se debatieron contra las paredes de la jaula, arañando los alambres. Luego, se echaron con las cabecitas pegadas al suelo, jadeantes. Sus ojillos abiertos no querían mirar.

De pronto, profiriendo a gritos:
-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora! - la mujer alzó la caldera.

Un chorro quemante, un solo, breve chorro, cayó sobre las ratas, cuyos lomos humearon, despeinándose, y se encogieron entre ahogados chillidos. La maldita jaula se estremeció, se dio vuelta, rodó, saltó, despidiendo un pegajoso tufo a carne recocida. Como ositos se paraban en dos patas las infortunadas, rascando con las uñas los fatales alambres. Y caían. Y en botes de epilepsia se destrozaban los hocicos buscando salida. 

Inexorable, la criada dejó caer un nuevo chorro; esta vez prolongado, perseguidor. Sin voz de horror, yo permanecía inmóvil, con los ojos secos, vueltos vidrio. Entre el clamor ya desvaneciéndose,  la jaula daba tumbos, crujía a influjo de las pequeñas garras urgidas. Y aparecían los dientecillos en las crispaciones del martirio.

-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora!

Hasta que una cayó encogiéndose en brusca crispatura y se estiró luego, imperceptiblemente. Entonces, enloquecida, la otra quiso guarecer la cabeza bajo el cuerpo inerte. Pero alcanzada otra vez por el agua, tocó el techo, de un brinco, rodó también, temblando, y quedó quieta.

Cayó todavía más agua, acabando con la tersura de aquellas pieles grises. La mujer se alejó sin mirarme. Yo... yo no había recibido todavía el golpe de saber que las oraciones aprendidas eran sólo para los humanos; que lo demás, las plantas, las bestias, la tierra toda quedaban fuera, en horroroso desamparo. 

Cuando pude salir de mi anonadamiento, me arrodillé, pues. Y elevé mis preces a Dios por las almas de las dos bestezuelas quemadas.

Momentáneamente, una dulce paz se posesionó de mí. Volví al patio. Entré en el cuarto donde mi madre yacía en cama, enferma. No sé por qué, guardé el secreto de la escena que acababa de presenciar. Ella extendió el brazo, y acarició mis mejillas. Estaba ojerosa y pálida. Bella como la que, allí mismo, rodeada de flores, me contemplaba desde su nicho, a la luz permeante de una veladora.

Mi madre me cantaba siempre la canción de un viejo arpista muy pobre, con varios niñitos, a quienes tenía muy poco que darles de comer. Una noche de lobos en que llegó sin nada, al oír "¡Danos pan! ¡Tenemos hambre!", desesperado, se puso a tañer el arpa. Ellos danzaban. Danzaban hasta caer, dormidos, a sus pies, para no abrir ya nunca más los ojos.

Bajo la mano de mi madre, él reciente martirio y la idea de los roedores que todavía vivían en sus cuevas del fondo volvieron a turbar mi corazón. Asocié la canción del viejo arpista con sus niños hambrientos.
-Mamá -dije, trepándome a la cama-, cántame lo de los niños.

Ella sonrió, melancólica. Me situó de manera que yo no tocara su vientre, y accedió con su cara junto a la mía. Pero su acento, ahora, evocaba para mí más que niños danzando hasta morir bajo los sones del arpa. Yo veía también ratas, muchas ratas, extenuándose hasta caer inanimadas...

De pronto, algo cálido cayó sobre mi mejilla. Alcé la cabeza. Estaba llorando mi madre. Evocaba por su parte, sin duda, ahora lo comprendo, algo más que los hijos del arpista. Y derramaba lágrimas por dos niños, yo y el que iba a nacerle, que nos hundiríamos pronto en el incierto, hosco porvenir. 

Recién terminaba una guerra. El padre, herido, todavía no había llegado: en los fogones revolucionarios las brasas ardían, aún... Pero siguió con un acento triste como nunca, como jamás había cantado, mientras mi alma se iba sintiendo presa de un oscuro y poderoso infortunio que me fue estrechando cada vez más a ella, hasta que, de pronto, lanzó un gemido mi madre. Y una anciana negra, arrojando su cigarro a medio fumar, entró en el cuarto y me llevó afuera a pesar de las protestas.

En el patio, junto al pasillo de la puerta de calle, sobre una pequeña mesa, había siempre una bandeja con monedas para los mendigos que acudían diariamente. Al pasar junto a ella me asaltó una súbita idea que quise rechazar lleno de susto; pero que lenta y seguramente fue ganando mi voluntad. 

Se disimulaba entre otras, aparecía en parte, se desnudaba y se ocultaba en seguida, conducía mi imaginación hacia los estantes del vecino almacén y la tornaba presto, con sabrosas adquisiciones, hacia las negras cuevas de las ratas.

Desde ese momento, muchas veces me dirigía a la caballeriza, subía por la escalera hasta el vasto altillo, me tumbaba entre los fardos de pasto, y allí acariciaba la ensoñación, conmovido... ¡Ah! Era de noche, imaginaba yo, era de noche en una inmensa planicie solitaria. 

Me veía, a la luz de una luna pálida, con las manos desbordantes de exquisitas confituras. Y de todos los puntos del horizonte irrumpían, entonces, las ratas. Silencioso, sin sorpresa, multiplicándose en las sombras, avanzaba el pardo tendal como tibia marea de lava. 

Mis manos se abrían inagotables. Y los míseros roedores devoraban, junto con los dulces dones, mi ternura irresistible y desbordada. Lejos las trampas traidoras, las criadas crueles, los humeantes calderos. En la vasta planicie ellas y yo. Y la luna pálida. Y mi pasión, cuyo ardiente conjuro incorporaba en el vago horizonte más y más acercantes animalillos. 

Saltaban éstos entre mis piernas. Cogían en el aire los trozos de pan, de queso, de chauchas de algarrobo. Y en amplios movimientos mis brazos arrojábanlos en derredor a los lejanos. Luego, calladamente, bajo la luna pálida, íbanse retirando hacia detrás del confín. Y quedaba yo solo en la vasta planicie. 

Solo, grave y amoroso como un dios. Protegiendo el sueño de la confiada multitud maldita.

Pero pronto la realidad volvía. Y me asaltaba la desolación. Deambulaba  sin  sombra  por la  enorme casa; Yo, niño, entre las campanadas de las altas torres que me envolvían y envolvían el pueblo y seguían hacia los campos, desfallecía de angustioso amor. 

¿Malditas las que roban, destrozan, contagian las pestes? ¿Trampas para ellas? ¿Muerte?... ¡Ah, Dios mío! Y me escurría entre las patas de los caballos, y trepaba al altillo a resonar con la planicie bajo la luna pálida.

Hasta que, para mantenerse, el ensueño empezó a exigir algo, aunque fuese un poco, de verdad. Se me aparecía de nuevo, insistente, la bandeja con monedas del patio. Y el almacén vecino, de sabrosas provisiones. Entonces, me ahogaba la congoja. 

Y la sensación del mundo subterráneo y desdichado de las ratas, infundiéndome infinita piedad, no era bastante para mover mi mano. Llegaba de abajo, de la cuadra, el sordo mascar de los caballos. Este rumor oscuro, paciente, se fundía al oscuro y paciente infortunio de las cuevas. 

Mi alma, que después sabría de las cuevas desdichadas y oscuras y pacientes de los hombres, se agitaba en un desesperado delirio. El miedo a robar me rodeaba con barrotes de jaula. Hundía la cara entre el pasto seco, cuyo perfume traía también sus peculiares sensaciones de oscura resignación, de mansedumbre. Y lloraba. 

Cierta imagen desolada aparecía fatalmente. La de un hombre de piernas atadas por debajo del vientre de su cabalgadura, de manos atadas a la espalda, llevando en pos a una pareja de policías emponchados, que atravesó el pueblo cierta tarde de lluvia. Tan abatida iba su cabeza, que la hundía casi entre las negras barbas. 

Me veía atado yo, tan pequeño, a un enorme caballo, bajo la lluvia. Yo, en un peregrinaje sin descanso ni retorno, atadas las manos, atadas las piernas por debajo del vientre del caballo, seguido de patibularios emponchados, cada vez más lejos, más lejos de mi madre...

Pero triunfó mi piedad. Y atravesé el patio. Y robé. Y compré. Y repartí entre mis invisibles amigos, echándoles dentro de las cuevas el botín de mis robos.

Pasaron los años. Dejé el pueblo por Montevideo. Pero me ahogaba. Regresé. Y mi corazón me fue arrastrando hacia las míseras cuevas de quienes suelen destrozar, llevar las pestes. Ahora, éstos eran hombres. ¡Ay, Dios mío!

La cabeza del muñeco - Francisco Zárate Ruiz

 ¡Al fin!, las últimas palabras aletearon en la habitación; toda quedó repleta de silencio, y dejaron al muñeco rodeado de la atmósfera viciada con el humo de los cigarros que con­sumieron aquellos hombres, durante todo el tiempo en que habían permanecido allí encerrados, sosteniendo una charla para ellos amena y para él detestable. No pocas veces pareció que esa charla iba a caer, pero alguien la apuntalaba, como edificio en peligro; alguno lo levantaba, como en los fronto­nes los buenos jugadores lo hacen con la pelota cuando va re­botando muy cerca del suelo, próxima ya a rodar solamente.

Se desesperó porque no podía abrir la ventana y estaba condenado a pasar así, envuelto en la gasa azul del humo, la noche entera.

Y con el pensamiento suspiró largamente, hondamente, ¡qué suplicio!

Tras unos cuantos instantes que pasó encerrado en una caja de cartón, lo desenvolvieron, lo desabrigaron del papel de china que se le enroscaba en el cuerpo, lo desnudaron a la vis­ta de toda la familia.

¡Cómo lo alabaron!

Pasó de mano en mano, ¡qué bonito!

Y cada uno que lo examinaba, al darle vueltas entre los dedos, le hacía temblar la cabeza, aquella cabeza, fuente y re­ceptáculo de sus padeceres.

Temblando, lo dejaron despiadadamente sobre la mesa, con el peso enorme de la sombra sobre sus débiles espaldas.

Desde aquel día sus sufrimientos fueron mayores de los que había experimentado en el escaparate de la mercería.

Casi no tuvo desde esa vez una hora de reposo.

Continuamente tenía en movimiento la cabeza, su cabeza buena y pesada, su cabeza de plomo, cabeza de estúpido, ¡ojalá que de veras lo hubiese sido!

Con esa cabeza, siempre estremeciéndosele, sentía revolo­tearle en el interior el pensamiento, como ave asustadiza que, caída por una ventana dentro de la iglesia, se azota contra las bóvedas, buscando torpemente la salida.

Los primeros días, cuando lo dejaron olvidado sobre algún mueble, aquel niño de cabellera rubia y tez brillante, iguales a las del gran rorro que en la tienda había, y el cual llamaba «papá» y «mamá», si le oprimían un botoncito oculto bajo las ropas, abri­gaba la esperanza de que iba a descansar, de que se le sosegaría la cabeza y podría dormir, dormir con su pesado sueño de plomo.

Pero no, alguien pasaba pisando fuerte, por cerca de él, y se estremecía el mueble, y nuevamente empezaba a temblarle la cabeza, a vibrarle el cerebro.

Otras veces, en medio del silencio de la noche, un carruaje pasaba a toda prisa, y la casa se estremecía, y la cabeza coro­nada con pesadísimo sombrero de través empezaba a colum­piársele de atrás a adelante.

Algunas veces no se explicaba la causa de sus estremeci­mientos; ¿sería que hasta el movimiento de la tierra le hacía daño?, porque él había oído decir un día que la Tierra giraba.

El rorro que en la juguetería había sido su compañero de escaparate, hablaba cuando le introducían aire pero no pen­saba; al igual que el caballo de madera, y el clown de porce­lana, tenía siempre quieta la cabeza.

¡Pero él! ¡Qué injusto había sido su creador! ¿Por qué le ha­bía hecho un cuerpo de muñeco y le había puesto cabeza de hombre, cabeza que pensaba?

Si al menos le hubiese sido dado hablar, habría pedido que se la arrancasen.

El niño de cabellera teñida por el sol y tez brillante como la de porcelana del rorro de la tienda, había roto en su pre­sencia muchos muñecos caros; al llevárselos el papá le había recomendado que los cuidase.

Él había acariciado la esperanza de que también le arrancara al­gún día la cabeza temblorosa, se la separase de aquella varilla del­gada y larga que, como espina, tenía clavada en mitad del cráneo.

Y no; era su favorito, era su juguete querido, el único que con su presencia le estancaba el llanto, en los ojos brillantes y azules, como lagos que retratan el cielo.

Tras las noches sin sueño, largas noches pasadas sintiendo el frío de la soledad, venía el niño inconscientemente cruel, ino­cente de las torturas que con sus manecitas hoyueladas y blan­cas provocaba, y reía, reía hasta enrojecer y fatigarse, ante aquel temblor de la cabeza, esclava de todos y nunca de su dueño.

La tarde en que se vio parado en el barandal del balcón, cuánto deseó que lo dejaran caer; un paso, un paso solamen­te y se habría estrellado contra las losas de la acera, pero i no podía mover los pies!

Por aquel cariño dañoso del chicuelo, rara vez cumplía con sus deberes de pisapapel. Rodaba por todos los muebles de la casa; unas veces en la sala de espera; allí una niña que tenía quince años y los ojos muy negros, lo tomó entre las manos; y repetidas veces, sonriente, le sacudió con fuerza; no supo que grande era el mal que causaba.

Muchas horas había pensado él en aquella niña, y había sentido no verla cerca, no estar sufriendo entre sus manos.

¿Por qué no habría vuelto? Ya que él no podía ir en su bus­ca, ¡si casualmente se le hubiera prendido a los encajes de su vestido y se lo hubiera llevado!

Un día lo habían dejado sobre el piano; cuando el temblor de su pobre cabeza empezó a hacerle pensar, vio en derredor mucha gente; miró muchos ojos hermosos, sintió perfume de mujer, los dedos de la joven sentada ante el mueble, travesea­ba sobre las teclas, y un hombre apoyado en la cubierta, allí en donde «él» estaba de pie, decía acompasadamente frases amorosas y deceptivas.

Cómo gozó y sufrió con las notas que saltaban por debajo de él.

Sintió deseos, unos deseos inmensos de llorar, y las lágri­mas agolpadas ante sus ojos cerrados para el exterior, le roda­ron sólidas y pesadas por dentro de la cabeza y al rebotarle le hicieron aún más daño, le provocaron dolores más grandes. Alguien lo tomó y al volver a colocarlo sobre el mueble, lo volvió de espaldas hacia la ejecutante.

Entonces pudo verse en el espejo. Hasta entonces se cono­ció; con la mirada siempre hacia el frente, no sabía qué cuer­po le sostenía la cabeza, qué cuerpo le sostenía a «él», porque, ¿él no era su cabeza?

Y él mismo, agitando la cabeza se contestaba materialmen­te y con acción sentenciosa que sí, que sí...

Se entristeció, pues, ¿no tenía aspecto estúpido?

El traje multicoloro, de pésimo gusto, con las manos —aparentaba tener manos— «perdidas» en los bolsillos del pantalón, replegaba hacia atrás el largo abrigo que le cubría. Y tenía abdomen redondo y abultado como de hombre satis­fecho, como de burgués rechoncho; él que, si alguna ventaja tenía, era la de no comer, porque no lo necesitaba.

¿Su cara?, una cara amplia y carnosa, cara de hércules can­dido, bueno, bonachón, tonto.

Si hubiera podido hablar, y hubiese dicho qué pensaba, nadie le hubiera creído, sólo por el aspecto de idiota que tenía. Sin embargo, pensaba, y pensaba como hombre bar­budo —aunque ridiculamente barbado—. Además, el sufri­miento le había despertado extraordinariamente la inteli­gencia.

Mucho tiempo estuvo contemplándose en el espejo hasta que, agobiado, desvanecido, triste, se le detuvo el pensamien­to, entró en reposo absoluto su cerebro, con la cesación del movimiento de la cabeza que tanto odiaba; se odiaba a sí mis­mo, con odio destructor, odio mortal.

Sólo unos cuantos días, muy pocos, tres, había sido feliz; no había pensando.

Por la noche, el niño rubio lo dejó acostado en un librero y cuando él mismo fue a sacarlo de allí, llevaba el rostro muy pá­lido, como si lo hubiesen bañado con cera, y los ojos muy hun­didos, como si hubiesen estado a punto de sepultarse en sus propias órbitas.

¡Pobre niño!; él le amaba, a pesar de todo.

¡Ah!, él había sufrido no sólo con sus dolores; estaba sen­tenciado a ser testigo mudo del drama que se desarrollaba, como entre bastidores, en aquella casa. Él había asistido a las aterradoras desesperaciones de aquel hombre, dueño suyo, que, creyéndose solo se mesaba los cabellos y rugía por sollo­zar. Alguna vez ese hombre clavó sus ojos que destilaban lá­grimas en el muñeco de cabeza fuertemente estremecida y quedó pensativo; tal vez sospechó por un momento el supli­cio de aquella cabeza.

Otra vez fue despertado bruscamente; la dueña de la casa tomó entre sus manos un papel que él pisaba y la vio caer sin sentido sobre la alfombra, y contra la mesa hacerse sangre y ¡no pudo auxiliarla!

La cabeza le temblaba inusitadamente; pensaba, pensaba mucho, recorría su pasado y miraba hacia el horizonte de lo porvenir y se miraba desesperante, desgraciado, extraordina­riamente infeliz.

Aquellos hombres se habían estado allí toda la tarde, iban a descansar, iban a ver a sus mujeres, iban a gozar, a vivir, i ¡a dormir!!

Y él no, él no tenía afectos, no tenía comodidades, él ni si­quiera podía hablarles gritando: «Yo también pienso, también siento, yo también amo y odio, también vivo, pero con una vida de muñeco que tiene cabeza de hombre, con una vida sin igual, con la vida de una cabeza que separada de su tron­co, siguiera viviendo muchos días.»

Y la cabeza seguía balanceándose sobre la varilla elástica.

Le dolía por todos lados; parecíale que le enterraban en muchas partes gruesos clavos, y sentía la vibración continuada como debe sentir el estremecimiento el alambre telegráfi­co cuando le pasa la corriente.

El trozo de plomo desprendido de la bóveda craneana le rebotaba dentro de la cabeza; y a veces se le quedaba quieto en alguna sinuosidad como doloroso tumor.

Ese trozo de la misma sustancia que estaba hecha su cabe­za, ¿no sería su pensamiento?

Por la calle pasó despacio un carro cargado con rieles, le­vantando mucho ruido, y haciendo temblar el piso.

El estremecimiento se le acentuó, se hizo más fuerte y con­tinuado el temblequeo, y nuevamente se desesperó.

Sus dolores aumentaron; sintió como si se le derritiera por el interior la cabeza; igual sensación habría experimentado, cuando lo rundieron en el molde, si ya entonces hubiera tenido vida, si hubiera entonces podido sentir ya; pero no; la vida se la había dado fatalmente aquel bamboleo.

Al menos los hombres cuando odian la vida, pueden de­jarla a un lado.

Y bien, ¿no dicen que la cabeza manda y gobierna al cuerpo?

¿Por qué él no podía ni levantar una mano?

Y el esfuerzo del muñeco fue terrible...

En la mañana encontraron la cabeza caída a los pies del muñeco, y las manos, ¡las manos que había sacado de los bolsillos del pantalón!, crispadas y en alto, cerca de la varilla elástica, ya quieta, rígida, y en la cual antes se balanceaba la desgracia del pisapapel.

La noche de Margaret Rose - Francisco Tario

Decía la carta, escrita poco menos que ilegiblemente:

 

"X. X. Esq.,

91 Cromwell Road.

Londres S. W. 7.

Margaret Rose Lane, inglesa, de 28 años, casada con un multimillonario yanqui, lo invita a usted muy íntimamente a jugar al ajedrez el sábado en la noche."

 

Y al pie, con caracteres de imprenta, aparecía una serie de indicaciones muy minuciosas referentes a la situación exacta de la finca, sobre la ruta de Brighton, a unos veinticinco kilómetros de la costa.

 

Margaret Rose Lane, en mis borrosos recuerdos, se reducía exclusivamente a esto: a una chiquilla muy pálida, etérea, vestida de verde y que jugaba al ajedrez admirablemente.

Escarbando en la memoria, logré, no obstante, reconstruir más tarde determinados pormenores.

Nos conocimos en Roma —no acierto a precisar con ocasión de qué sencillo incidente— en la iglesia de San Sebastián, momentos antes de descender a las catacumbas. La acompañaba, creo, una institutriz francesa, présbita o algo por el estilo, y la chiquilla debía contar por aquel entonces diecisiete o dieciocho años. 

Recuerdo con singular perfección, por cierto, la figura de ella en el antro subterráneo, un poco adelante de mí, portando la misteriosa vela encendida, y cuyos reflejos azules o grises temblaban sobre su cabellera negra como una lengua de fuego sobre cualquier superficie húmeda. 

Resultaba indescriptiblemente sugestivo el contraste de los dos personajes que precedían: el guía —un carmelita de cabellos rizosos y nariz aguileña— y aquella espiritual muchacha, silenciosa, tímida, frecuentemente suspirante, que caminaba altivamente por entre las fosas abiertas y los cráneos diseminados.

Tres veces más nos encontramos. Una, fortuitamente, en el Foro Romano, y las restantes, de común acuerdo, en su propio hotel —¿Hotel Londres?— acompañada de sus familiares. (No recuerdo en qué número, pero tres probablemente.) Durante estas dos últimas entrevistas me fue dado comprobar con natural sorpresa la habilidad poco común de la joven para jugar al ajedrez. Creo que no logré ganarle una sola partida.

Ya a punto de despedirnos la última noche —ellos zarpaban de Napóles próximamente— recuerdo muy bien que me dijo:

—Pronto, muy pronto, Mr. X, se olvidará usted de Margaret Rose...

Esto no tiene mayor importancia y lo habría olvidado sin lugar a dudas, a no ser por lo que ocurrió a continuación.

Nos hallábamos ambos en la sala de lectura del hotel, sentados ante una mesita cuadrada, con mi rey en jaque mate, cuando la joven tendió su mano sobre el tablero y añadió compungidamente:

—¿Por qué es tan ingrata la gente, Mr. X?

Yo aduje no sé qué falso y estúpido razonamiento, pretendiendo disuadirla de tan amarga verdad, mas contra lo que podría esperarse, su reacción fue de lo más inusitado. Retiró el brazo lentamente, palideció de un modo angustioso, clavó en mí sus ojos febriles y balbució con un acento, diré de justo sonambulismo:

—Está bien. Sí, no nos volveremos a ver más...

Acto seguido se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar desconsoladamente.

Apareció la dama francesa, y he aquí lo más singular del caso. Lejos de mostrarse sorprendida o alarmada, se aproximó silenciosamente a la chiquilla, la ayudó a incorporarse ofreciéndole la mano y procedió a secar sus lágrimas, según se hace con una criatura. Entonces, dirigiéndose a mí, con la gravedad más embarazosa, suplicó:

—Disculpe usted, caballero. Creo que le sea fácil comprender.

Las vi alejarse rumbo al vestíbulo y nunca más volví a ver a Miss Margaret Rose.

Yo regresé a América, y veinte días después de mi llegada a Nueva York recibí inesperadamente una tarjeta postal desde Londres. Margaret Rose me recordaba, "agradeciendo infinitamente los excelentes ratos que le había deparado en Italia".

Esta, su imprevista y extraña misiva de hoy, es, a partir de aquella fecha, la primera noticia suya.

¡Cuan sensacional e insospechada es a pesar de todo la vida!

 

A mis cincuenta años, con el cabello blanco y roído el espíritu por un sinfín de achaques físicos y morales, me satisface plenamente percatarme de las reservas de optimismo y vigor que aún conservo bajo estos huesos. No es común ni mucho menos que un hombre en semejantes condiciones logre hallar algo realmente interesante o atractivo en las sencillas y melancólicas cosas que nos rodean. 

El amor, la perfecta salud física, la avidez por tanto placer ignorado, exageran las bellezas existentes. Un día azul y cálido nos exalta; una luna redonda y limpia nos conmueve; sentimos, como parte de nuestra circulación sanguínea, el flujo y reflujo de la marea; la música nos arranca lágrimas o gritos de insensato júbilo; el alcohol remueve nuestros más profundos instintos; la noche nos place por obscura y propicia; el día, por luminoso y alegre. Y ese vibrar de nuestros músculos, ese estampido continuo de nuestro corazón, esa hambre insaciable de todas nuestras potencias físicas e intelectuales, dotan a la realidad de un ropaje opulento de lozanía, transparencia y ardor. De un ropaje que, por desdicha, va destiñéndose lamentablemente a medida que el tiempo avanza, hasta que definitivamente, inexorablemente, como una bella tarde que concluye o un cacharro que se rompe, nos encontramos rodeados de una inanición, una frialdad y unas espantosas tinieblas.

A través de la ventanilla del ferrocarril, contemplo ahora el campo fecundado por los transportes de la primavera. Una dulce y variable brisa mece los juncos, los tallos vivos de las flores, las ramas irisadas de los árboles, la ropa blanca puesta a secar sobre las piedras de los corrales. 

Pasta o abreva el ganado, sumergidas sus pezuñas en el corazón húmedo de la hierba. Cruzan ligeras y alegres las golondrinas, chillando estridentemente. Los arroyos tiemblan con un temblor divinamente musical y tierno. El humo azul o pardo del carbón se tiende alto, alto, bajo el firmamento metálico, desgarrándose en fragmentos —nubes sin coordinación, inconsistentes, absorbidas fatalmente por esa inmensidad solemne y luminosa.

Y yo experimento, en virtud de estos nada sensacionales y siempre repetidos acontecimientos, una impresión de impaciencia que recuerda la del sediento frente a un manantial de agua pura y susurrante. 

Como un genuino adolescente o un ser que jamás ha rebasado los linderos de sus comarcas, presto una atención desmedida a cuanto se desarrolla a mí alrededor. Lógico sería, no obstante, que tras recorrer la mitad del mundo y presenciar —y sufrir también— hechos por demás dolorosos, esta campiña inglesa tan lisa, tan insubstancial, tan flemática, me impulsara a desdoblar el diario y apartar mi vista de lo que mi vista ha contemplado innúmeras veces. 

Pero lejos de ser así, miro al sol bajar, bajar allá en el horizonte, y en mi interior algo también desciende, se ensombrece, calla, y temo —algún día necesariamente ha de ser— que fenezca.

Tal noción de lo inevitable y la luz que se va extinguiendo ocasionan, como de costumbre, que mi ánimo decline y mis pensamientos sean más densos.

Tiro, pues, de la cortinilla, y en el solitario compartimiento del express me entrego a otro género de reflexiones.

Margaret Rose... Margaret Rose... ¡Cuan lejano y obscuro se me representa aquel encuentro! Como si hubieran caído otros diez años a partir del día en que recibí su última carta, escasamente logro ahora revivir el más insignificante detalle. 

Sin embargo, no he dejado de pensar en todo ello durante los últimos días; no he cejado, hasta obtener de mi memoria una información conveniente. Y repito, hoy, ahora más intensamente que nunca, la existencia y proximidad de semejante mujer se me antoja absurda.

Leo y releo su incomprensible mensaje, que conservo en el bolsillo.

Margaret Rose... Cierro los ojos, con objeto de acoplar bien sus rasgos fisonómicos y, en cambio, evoco intempestivamente un ademán suyo, olvidado por completo: aquel de extender su mano fina y blanca hacia una pieza del ajedrez, tocarla después por la punta y hacerla al fin deslizarse sobre el tablero con un movimiento raudamente misterioso... Margaret Rose... singular y extraña criatura, siempre vestida de verde, a quien veo ahora reclinada contra un árbol, exhausta, sofocada por el tórrido sol italiano, observando cuanto la rodea con una expresión peculiar de insensibilidad o desconfianza... Margaret Rose... en la actualidad casada con un multimillonario yanqui...

El tren da una brusca sacudida, se detiene ruidosamente, y cruzan por el pasillo en ese instante gran número de viajeros con su exiguo equipaje en la mano.

...¿Una chocante aventura de amor? ¿Un candoroso e inocente rapto de sentimentalismo? ¿Una excentricidad, entre infantil y enfermiza, de una mujer rica y joven que se aburre? ¿Un propósito secreto, una necesidad urgente y grave de ayuda, insoluble para mí, pero angustiosa e intransferible para ella? ¿Un chantaje? ¿Una cobarde venganza de mis numerosos enemigos...?

Cuando echo pie a tierra, un hombrecillo azafranado se me acerca en el andén de la estación e inquiere mi nombre. Tan luego me identifica toma mi maleta decididamente, invitándome con un gesto a seguirlo. Él delante, yo detrás, cruzamos la sala de espera, descendemos unos peldaños negruzcos y llegamos hasta un espléndido carruaje tirado por un magnífico tronco de caballos blancos.

De la obscuridad total de la noche emergen a ambos lados del camino aisladas luces muy débiles, a cuyo resplandor, sin embargo, el follaje adquiere una vivacidad submarina y misteriosa. Los caballos, en pleno galope, se internan por regiones profundas, inusitadamente sombrías, y cuyo murmullo es en extremo agradable. 

Las curvas son numerosas, a veces muy pronunciadas, y yo tengo que asirme fuertemente del vehículo a fin de no salir despedido. Percibo, casi a intervalos iguales, el golpe del látigo en el aire. Croan las ranas en un próximo estanque que adivino, desaparecen ocasionalmente los faroles, los caballos aceleran su marcha y, arriba, un puñado de insignificantes estrellas tiembla sobre el cielo cárdeno y compacto.

De pronto, las luces de una casa que a simple vista me parece gigantesca se destacan sobre las copas de los árboles, a regular distancia. Nos detenemos frente a una gran verja, cubierta a tramos por floridas y exuberantes enredaderas. En el edificio —simultáneamente a nuestra llegada— se van apagando las luces, hasta quedar una sola ventana iluminada en la planta alta. Se apea el cochero y yo lo imito, disponiéndome a seguirlo. Enciende una lamparilla eléctrica. 

Durante diez minutos, más o menos, bordeamos la enorme huerta, bajo una imponente masa de fronda que el viento arrulla blandamente. Una pequeña puerta ojival, empotrada en el espeso muro a manera de cripta, parece ser de momento nuestro destino. Mi acompañante posa la maleta, extrae una llave del bolsillo, introduce ésta en la cerradura y la puerta cede, no sin cierta resistencia. 

En el interior la luz es escasa, algo amarillenta y titubeante. Ascendemos a tientas a lo largo de una empinada escalera de caracol que trepa hacia las tinieblas. Las paredes desnudas, la ausencia total de mobiliario y cierto olor penetrante a guisos y especias, me advierten que nos hallamos en la zona de servicio. Empero, no se escucha ruido o voz alguna, cual si la casa estuviese deshabitada o todos sus moradores durmieran.

Ya arriba, cruzamos un vasto corredor de piedra, que cubre raída alfombra escarlata. Otra puerta que franqueamos. Un pequeño recibidor, totalmente a obscuras, y una puerta más, contra la cual el cochero golpea enérgicamente. 

Pretendo, a un tiempo, hacer aceptar a éste una propina, dando por terminado mi viaje, pero él rehusa una vez y otra. Desaparece al cabo con mi equipaje y yo distingo los pasos blandos de alguien que se aproxima en la silenciosa estancia. La puerta, en efecto, se abre, y me encuentro de manos a boca con Margaret Rose Lane en persona.

Margaret Rose —ahora sí recuerdo— exactamente igual a como la conocí hace diez años. Igual de lánguida, de pálida, tal vez un poco más frágil, con sus dos ojos negros, fenomenales —¡no sé cómo haberlos llegado a olvidar tan fácilmente!— y su cabellera negra, lacia, recogida sobre la nuca.

Permanecemos en pie uno frente a otro, en silencio, mirándonos atentamente. Ella esboza una sonrisa y yo, sin explicarme la causa, no encuentro nada oportuno que decir. Lo intento en vano repetidas veces.

—Margaret...—articulo al cabo trabajosamente.

Muy grave, muy aérea, con su bata verde hasta los tobillos, cierra la puerta con llave y me muestra un asiento.

Ocupo el sillón, exageradamente mullido y amplio, del cual emerge mi tronco como el de un exiguo arbusto en una gran zanja. Se sienta ella frente a mí, con una extraña impasibilidad en el rostro. Nos separa una mesita de ajedrez con las piezas listas. Arde —no sé por qué razón en primavera— un fuego gigantesco en la chimenea de piedra. El salón parece inmenso, dando la impresión de hallarse vacío.

—Margaret... —prorrumpo de nuevo; y mi voz es tan lejana que me sorprendo de ser yo mismo quien esté hablando—. ¿Es todo esto acaso un sueño?

Ella sonríe, fijas, fijas sus fenomenales pupilas en mí.

—¿Es esto un sueño? —repito instintivamente, tratando de provocar otra vez aquel terrible eco que se escurre por los muros, casi corpóreo.

Ríe y no habla, tal vez complacida de mi turbación.

Y en efecto: una desazón agudísima, completamente indescifrable, yase apoderando de mí a cada minuto que transcurre. Una sensación por demás extraña, ni de incomodidad o angustia, ni de ansiedad o sobresalto, ni de pavor o desconfianza, sino propiamente de vacío, de inestabilidad o ausencia, como si mi personalidad, pongo por caso, fuese anulada gradualmente por otra personalidad intrusa que ocupara su lugar. Bien como al despertar de un sueño, bien como al entrar en él...

—Margaret —insisto; y del techo se desploma una voz que no es la mía—: "Margareeeet".

Continúo:

—No sé de qué singular impresión he sido víctima al penetrar en este lugar y encontrarme con usted de nuevo. ¡Discúlpeme! Cuando recibí su carta, hace apenas unos días, me sentí poseído por un vivo afán de recordar, recordar juntos y libremente aquellos lejanos momentos de Italia. Pero ahora, vistas sensatamente las cosas, no sé si deba reprocharme el haber acudido a la cita. No es prudente ser irreflexivo y considero haberlo sido esta vez de sobra...

Ríe, ríe ella; mostrando sus dientes pequeños, cuadrados. Y la risa le agita el cuerpo y se estrella después contra los muros, con un sonido semejante al que produce el granizo golpeando un tejado de lámina.

—No, no es prudente lo que hemos hecho...

No cesa de reír, tapándose el rostro con ambas manos, y estoy a punto de saltar sobre ella para hacer cesar de una vez por todas aquella risa.

—¿Se burla usted de mí? —exclamo reprimiéndome, pero comprendiendo ya que algo más grave y siniestro se esconde tras de aquellos labios convulsos.

Ríe, ríe y me mira, un poco ladeada la cabeza.

—¿Es para esto, Margaret Rose, es para esto para lo que usted me ha hecho venir a su casa? ¿Es para esto...?

Una sobreexcitación inaudita se ha apoderado ya de mí. No acierto a coordinar bien mis reflexiones y mucho menos a buscar un medio juicioso de acallar aquella risa que, penetrándome por los oídos, se derrumba en las tinieblas de mi cuerpo resquebrajándome los nervios.

—¡Basta, basta ya, Margaret! —suplico incorporándome, aunque sin decidirme a ir hasta ella—. Es posible que se halle usted fatigada, un poco enferma... Convendría que se retirara a descansar ¿le parece? ¡Le prometo volver en cuanto usted me lo indique!

Ríe ahora más escandalosamente, examinándome de arriba abajo. Ríe, y aquella catarata de risa que amenaza con no terminar nunca le ha sonrojado levemente las mejillas y llenado de lágrimas los ojos. Ríe, y en la lóbrega intimidad de la estancia aquella boca abierta, crispada, se ilumina intermitentemente con el fulgor de las llamas. Ríe, ríe, mientras me apresto a salir, encaminándome hacia la puerta. 

Pero de pronto calla. Y un silencio desmesurado, sobrenatural, se extiende en torno mío; un silencio no semejante a ningún otro, que me hace detenerme. Vuelvo el rostro, temiendo encontrarme con un cuerpo exánime sobre la alfombra y me hallo, en cambio, con un semblante hierático, frío, perfectamente inmóvil, sobre un cuello erizado y firme como la punta de una roca. Nos miramos desconfiadamente, tal vez asustados de nosotros mismos. 

Permanecemos así largo rato, yo al extremo opuesto de la estancia. El silencio o mi sangre zumba. Llamean los leños. Y, maquinalmente, como si aquella extraña personalidad a que he aludido antes actuara ahora sobre mis músculos, hasta tal punto que todo intento de defensa es vano, giro en redondo, vuelvo sobre mis pasos, torno al sillón, y me siento.

Enorme, profundo y alucinante es el silencio que reina.

Pero Margaret Rose echa atrás la cabeza, entrecierra un poco sus fenomenales ojos y musita con una languidez malsana, moviendo rítmicamente los labios:

—¡Esta estúpida risa!

Suspira.

—¡Es horrible esta risa, Mr. X! ¡Horrible horrible esta risa que no sé de dónde me brota...!

Yace inmóvil, con una visible expresión de tristeza, en un completo abandono, dejando fluir las palabras, dulces, acariciantes, dolorosas.

—Horrible horrible, porque en las noches, cuando todos duermen y nadie escucha, la risa anda por ahí suelta, golpeándose contra las puertas siempre cerradas. ¡También son horribles las puertas cerradas, Mr. X!

No sé qué especie de fascinación emana de su rostro, ahora extático.

—Contra una huerta cerrada uno llama ansiosamente y nadie abre... Contra una puerta cerrada no queda nada qué hacer: sólo reír, reír, y la risa es un tormento. ¡Mas ni aún así se abre! Podemos dejar allí nuestras entrañas, caer sin sentido o volvernos locos, y no hay una sola mano que empuje la puerta... ¿No es esto detestable, Mr. X?

Más y más su inmovilidad se intensifica, y su mirada se pierde en la bóveda invisible, y sus palabras brotan enervantes, demasiado lentas, como un veneno mortífero aunque de sabor extraordinariamente exquisito.

—¡Esta maldita risa!

Otra vez el silencio insufrible.

Y una idea pavorosa, incomprensiblemente olvidada, se ilumina en mi cerebro. Una idea de cuya naturaleza no había tenido hasta ahora el menor atisbo y que me deja paralizado allí sobre el asiento, en estado poco menos que inconsciente.

"Margaret Rose Lane había fallecido hace tiempo."

¿Cuánto? No puedo aclararlo en tan espantosos momentos, pero la certeza de tal hecho no ofrece lugar a dudas. Tal vez cinco años, seis... ¿Acaso no recuerdo muy distintamente el momento preciso de recibir la noticia? Un diario en el club, cierta noche...

—¡Margaret! —exclamo incorporándome bruscamente, con un temblor irreprimible en los labios—. ¡Margaret! ¿Es cierto?

Debió sobrecogerla mi voz, el sudor que me arroyaba por las sienes, mi expresión indudablemente diabólica, porque su actitud es por completo distinta a la adoptada hasta ahora. Se incorpora también, avanza sin ruido —como un verdadero fantasma— y muy próxima a mí, hasta hacerme sentir la tibieza de su aliento, pregunta:

—Mr. X, ¿qué le ocurre? ¿Se siente usted enfermo? ¡Oh, tranquilícese!

—¡Margaret! ¡Margaret! —prorrumpo retrocediendo, tratando de evitar a toda costa el menor contacto con aquel ser abominable—. ¡Dígame la verdad, es preciso!

—¿La verdad? —sonríe muy tristemente y, ante mi creciente anonadamiento, reclina con suavidad su cabeza en mi hombro—. La verdad, Mr. X, es que soy muy desdichada...

Prosigue:

—¡He pensado en usted como no puede imaginarse! —y dos lentas y amargas lágrimas le arroyan hasta los labios, se le desprenden del rostro y saltan sobre mi hombro—. ¡Mi vida pudo haber sido tan distinta...! Pero era aún una chiquilla, ¿me recuerda usted bien? No tuve valor. ¡Oh! Si aquella misma tarde la tierra se hubiera desplomado y todo hubiese concluido en un segundo habría sido mejor...

Llora, llora, y ambos, de pie junto a la lámpara encendida, no somos sino dos seres absurdos, especie de ilusiones, cuya presencia habría sobrecogido al ánimo más templado de la tierra.

—¡Algún día si usted gusta le haré mis confesiones y usted se horrorizará! ¡Qué terrible, oh, qué terrible y espantoso ha sido todo!

Mira con inquietud repentina a todos lados, como temiendo que esté por presentarse aquello de lo que tan desesperadamente habla.

—Cuando subíamos de las catacumbas, sobre el último peldaño de la escalera, usted me ofreció su mano. Era ya dentro de la iglesia... El carmelita aguardaba... Mademoiselle Fournier se había quedado un poco atrás...Yo dije: "Lléveme con usted para siempre, se lo ruego". Era mi salvación, la única oportunidad de ser realmente libre. Pero el miedo ahogó mi voz y usted no me oyó, Mr. X. Ni al día siguiente, ni después, volví a atreverme; no, no me atreví. ¡Y el drama no tuvo remedio!

Sus cabellos fríos rozándome el rostro y el temblor convulso de sus brazos alrededor de mi cuello son las dos únicas cosas que percibo con mediana realidad. El resto: aquella voz melodiosa y titubeante; el fuego que vomita la chimenea; los muros altos y ennegrecidos; los muebles en las sombras; las lágrimas ya frías sobre mi carne... son testigos confusos y horripilantes del dolor de una mujer infame que sufre sobrehumanamente, con dolores nada parecidos a los de los hombres.

—¡El drama no tuvo remedio! ¡El drama no tuvo remedio! —insiste ciñéndose a mí.

Y otra voz en las alturas, por encima de la gran araña en penumbra, repite melancólicamente: "¡El drama no tuvo remedio!"

Criatura inconsolable, infinitamente desdichada, víctima tal vez de algún tormento monstruoso y secreto, Margaret Rose vacía su alma en mi alma; y yo, progresivamente, sin esperanza, inevitablemente, como un moribundo en su sopor, voy abandonándome al éxtasis, a cierta especie de ebriedad espiritual —no sé si inconsciente o tácita— y a un desmoronamiento físico, típicamente agónico. 

No obstante, mediante un segundo de lucidez intensísima capaz de iluminar el cerebro de todos los hombres, logra substraerme al hechizo de aquella voz de ultratumba y me desprendo de la mujer con violencia. La arrojo contra el asiento. Cae ella del primer golpe, su débil cuerpo enrollado como un trozo de serpentina. Negros, fenomenales los ojos, fijos en mí sin expresión alguna.

Puedo gritar:

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta! ¡No oses moverte más porque estás muerta!

Y ella calla, infinitamente triste, mirándome bien a los ojos, con una mirada tan semejante a la de un perro, que me estremezco.

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta! —continúo gritando—. ¡Aparta, porque estás muerta!

De pie, bajo el invisible techo, pregoné mil veces creo durante la noche entera la verdad pavorosa y escalofriante. Y creo también que, durante todo ese tiempo, sus ojos no pestañearon o se movieron, fijos, fijos en mí, fenomenales y negros.

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta!

Debió ser un rapto de locura mutua, no sé.

A poco, Margaret Rose tendía graciosamente su mano blanca y larga hacia un alfil del tablero y, haciéndole deslizar por entre las demás piezas, balbucía tiernamente, con su voz cálida y tranquila:

—-Jaque mate.

De nuevo me derrotaba, y de nuevo iniciábamos otra partida.

—-Jaque mate -—otra vez.

Así repetidas veces.

—¡Oh, Margaret Rose! Juega usted admirablemente.

Y el humo de nuestros dos cigarrillos se mezclaba en la atmósfera pesada, ascendía hasta el techo, formaba bellas nubes ondulantes y se perdía, perfumado y alegre, en las dulces sombras nocturnas. Y reíamos confiadamente, y evocaba ella con frases interrumpidas tantas y tantas olvidadas reminiscencias: el carmelita austero, de espesos cabellos ensortijados, que pronunciaba el inglés con cierta entonación sollozante; los pinos lánguidos y solitarios de la Vía Apia, semejantes, en los atardeceres romanos, a largas copas de zafiro, rebosantes de un vino denso y escarlata; el Pincio, con sus fuentes espumosas; Santa María la Mayor, San Pietro in Vincoli; el Trevi, el Foro, las negras rejas de encaje...Y las piezas se deslizaban sobre el tablero, gemía muy dulcemente la brisa, asomaba a intervalos la luna, y un bienestar casi voluptuoso me recorría las venas.

No, no logré derrotarla.

—Admirablemente, admirable... —exclamo al fin, dándome por vencido.

Mas, inopinadamente —clarea ya el alba—, Margaret Rose me mira aterrada, pálida como un trozo de mármol. Sus ojos rebasan las órbitas, sus brazos tiemblan convulsamente. No sé qué dentro de ella, como un pájaro endemoniado, comienza a despertar y manifestarse. 

Chasca los dientes, gime, contrae los músculos del cuello, trata de apartar la mesa con sus piernas rígidas, se endereza un poco, ríe, y, al cabo, lanza un pavoroso grito, increíblemente prolongado que recorre la estancia y después huye por la casa. 

Fijos, fijos en mí sus fenomenales ojos, parecen no lograr desasirse de algo que los cautiva, que los subyuga, que los espanta y los somete irresistiblemente. Me pongo en pie, sobresaltado, comprendiendo que algo muy grave sucede. La llamo inútilmente por su nombre; la sacudo por los hombros; fríos, fríos están sus brazos y cubierta de sudor su frente...

Ha transcurrido el tiempo y aún aquel grito se enrosca afuera entre los árboles.

—¡Margaret! ¡Margaret Rose! —imploro.

Y los ojos fijos, irracionales.

—¡Margaret Rose!

Suenan pasos cercanos y una puerta se abre. De la penumbra, no sé a través de qué cortinajes o sombras, emerge un hombre en pijama, alto, joven, atlético. Viene descalzo y con los cabellos enmarañados sobre la frente. Justamente conturbado, no repara en mí. Por el contrario, cruza a mi lado a toda prisa, en dirección a la joven. La acaricia, la besa, le ordena unos cabellos sueltos tras de la oreja. Se sienta sobre el brazo del sillón.

—Margaret Rose... Mi pobre Margaret Rose... —le dice persuasiva, doloridamente, pasándole sin cesar la mano por la frente.

—¡Caballero! —me decido a exclamar, con un febril estremecimiento en los párpados.

Mas el hombre continúa sin advertirme, acariciando aquel exangüe y sudoroso cuerpo.

—Margaret Rose, anda a dormir, criatura... Otro día jugarás al ajedrez, ¿te parece? Margaret Rose, obedéceme...

—¡Caballero! —grito por segunda vez, con todas mis fuerzas—. ¡Caballero!

Margaret Rose abre suavemente los ojos y, al verme de pie frente a ella, torna a gritar tan frenéticamente como antes, señalándome con un dedo.

—"James! ¡Ahí está, ahí...! ¡Míralo!

Y se desploma sin sentido.

Su marido mira hacia donde yo estoy —rozándole casi la espalda— y mueve tristemente la cabeza. Luego, con su esposa en brazos, cruza a mi lado misteriosamente. Así los veo desaparecer, lúgubres, silenciosos, lentos, por entre los cortinajes rojos...

Y yo   descubro,   alarmado,   que   no   soy   ya   sino   un melancólico y horripilante fantasma.