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Mostrando las entradas etiquetadas como Francisco

Las ratas - Francisco Espínola

Me veo, siendo muy niño, siguiendo una mañana hacia el fondo de la casona familiar a una criada que, entre aspavientos, portaba una gran caldera de agua hirviente.  El fondo era extenso. A un lado, estaba la caballeriza y el altillo para los forrajes, largos de varios metros. Al frente, las habitaciones de la servidumbre y de los recogidos.  Cuando la criada se detuvo frente a una trampa de alambre que encerraba dos ratas, el espanto estrujó mi corazón. Al vernos, ellas se debatieron contra las paredes de la jaula, arañando los alambres. Luego, se echaron con las cabecitas pegadas al suelo, jadeantes. Sus ojillos abiertos no querían mirar. De pronto, profiriendo a gritos: -¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora! - la mujer alzó la caldera. Un chorro quemante, un solo, breve chorro, cayó sobre las ratas, cuyos lomos humearon, despeinándose, y se encogieron entre ahogados chillidos. La maldita jaula se estremeció, se dio vuelta, rodó, saltó, despidiendo un pegajoso tufo a car...

La cabeza del muñeco - Francisco Zárate Ruiz

  ¡Al fin!, las últimas palabras aletearon en la habitación; toda quedó repleta de silencio, y dejaron al muñeco rodeado de la atmósfera viciada con el humo de los cigarros que con­sumieron aquellos hombres, durante todo el tiempo en que habían permanecido allí encerrados, sosteniendo una charla para ellos amena y para él detestable. No pocas veces pareció que esa charla iba a caer, pero alguien la apuntalaba, como edificio en peligro; alguno lo levantaba, como en los fronto­nes los buenos jugadores lo hacen con la pelota cuando va re­botando muy cerca del suelo, próxima ya a rodar solamente. Se desesper ó porque no podía abrir la ventana y estaba condenado a pasar así, envuelto en la gasa azul del humo, la noche entera. Y con el pensamiento suspir ó largamente, hondamente, ¡qué suplicio! Tras unos cuantos instantes que pas ó encerrado en una caja de cartón, lo desenvolvieron, lo desabrigaron del papel de china que se le enroscaba en el cuerpo, lo desnudaron a la vis­ta de to...

La noche de Margaret Rose - Francisco Tario

Decía la carta, escrita poco menos que ilegiblemente:   "X. X. Esq., 91 Cromwell Road . Londres S. W. 7. Margaret Rose Lane, inglesa, de 28 años, casada con un multimillonario yanqui, lo invita a usted muy íntimamente a jugar al ajedrez el sábado en la noche."   Y al pie, con caracteres de imprenta, aparecía una serie de indicaciones muy minuciosas referentes a la situación exacta de la finca, sobre la ruta de Brighton, a unos veinticinco kilómetros de la costa.   Margaret Rose Lane, en mis borrosos recuerdos, se reducía exclusivamente a esto: a una chiquilla muy pálida, etérea, vestida de verde y que jugaba al ajedrez admirablemente. Escarbando en la memoria, logré, no obstante, reconstruir más tarde determinados pormenores. Nos conocimos en Roma —no acierto a precisar con ocasión de qué sencillo incidente— en la iglesia de San Sebastián, momentos antes de descender a las catacumbas. La acompañaba, creo, una institutriz francesa, présbita o algo por...