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La cabeza del muñeco - Francisco Zárate Ruiz

 ¡Al fin!, las últimas palabras aletearon en la habitación; toda quedó repleta de silencio, y dejaron al muñeco rodeado de la atmósfera viciada con el humo de los cigarros que con­sumieron aquellos hombres, durante todo el tiempo en que habían permanecido allí encerrados, sosteniendo una charla para ellos amena y para él detestable. No pocas veces pareció que esa charla iba a caer, pero alguien la apuntalaba, como edificio en peligro; alguno lo levantaba, como en los fronto­nes los buenos jugadores lo hacen con la pelota cuando va re­botando muy cerca del suelo, próxima ya a rodar solamente.

Se desesperó porque no podía abrir la ventana y estaba condenado a pasar así, envuelto en la gasa azul del humo, la noche entera.

Y con el pensamiento suspiró largamente, hondamente, ¡qué suplicio!

Tras unos cuantos instantes que pasó encerrado en una caja de cartón, lo desenvolvieron, lo desabrigaron del papel de china que se le enroscaba en el cuerpo, lo desnudaron a la vis­ta de toda la familia.

¡Cómo lo alabaron!

Pasó de mano en mano, ¡qué bonito!

Y cada uno que lo examinaba, al darle vueltas entre los dedos, le hacía temblar la cabeza, aquella cabeza, fuente y re­ceptáculo de sus padeceres.

Temblando, lo dejaron despiadadamente sobre la mesa, con el peso enorme de la sombra sobre sus débiles espaldas.

Desde aquel día sus sufrimientos fueron mayores de los que había experimentado en el escaparate de la mercería.

Casi no tuvo desde esa vez una hora de reposo.

Continuamente tenía en movimiento la cabeza, su cabeza buena y pesada, su cabeza de plomo, cabeza de estúpido, ¡ojalá que de veras lo hubiese sido!

Con esa cabeza, siempre estremeciéndosele, sentía revolo­tearle en el interior el pensamiento, como ave asustadiza que, caída por una ventana dentro de la iglesia, se azota contra las bóvedas, buscando torpemente la salida.

Los primeros días, cuando lo dejaron olvidado sobre algún mueble, aquel niño de cabellera rubia y tez brillante, iguales a las del gran rorro que en la tienda había, y el cual llamaba «papá» y «mamá», si le oprimían un botoncito oculto bajo las ropas, abri­gaba la esperanza de que iba a descansar, de que se le sosegaría la cabeza y podría dormir, dormir con su pesado sueño de plomo.

Pero no, alguien pasaba pisando fuerte, por cerca de él, y se estremecía el mueble, y nuevamente empezaba a temblarle la cabeza, a vibrarle el cerebro.

Otras veces, en medio del silencio de la noche, un carruaje pasaba a toda prisa, y la casa se estremecía, y la cabeza coro­nada con pesadísimo sombrero de través empezaba a colum­piársele de atrás a adelante.

Algunas veces no se explicaba la causa de sus estremeci­mientos; ¿sería que hasta el movimiento de la tierra le hacía daño?, porque él había oído decir un día que la Tierra giraba.

El rorro que en la juguetería había sido su compañero de escaparate, hablaba cuando le introducían aire pero no pen­saba; al igual que el caballo de madera, y el clown de porce­lana, tenía siempre quieta la cabeza.

¡Pero él! ¡Qué injusto había sido su creador! ¿Por qué le ha­bía hecho un cuerpo de muñeco y le había puesto cabeza de hombre, cabeza que pensaba?

Si al menos le hubiese sido dado hablar, habría pedido que se la arrancasen.

El niño de cabellera teñida por el sol y tez brillante como la de porcelana del rorro de la tienda, había roto en su pre­sencia muchos muñecos caros; al llevárselos el papá le había recomendado que los cuidase.

Él había acariciado la esperanza de que también le arrancara al­gún día la cabeza temblorosa, se la separase de aquella varilla del­gada y larga que, como espina, tenía clavada en mitad del cráneo.

Y no; era su favorito, era su juguete querido, el único que con su presencia le estancaba el llanto, en los ojos brillantes y azules, como lagos que retratan el cielo.

Tras las noches sin sueño, largas noches pasadas sintiendo el frío de la soledad, venía el niño inconscientemente cruel, ino­cente de las torturas que con sus manecitas hoyueladas y blan­cas provocaba, y reía, reía hasta enrojecer y fatigarse, ante aquel temblor de la cabeza, esclava de todos y nunca de su dueño.

La tarde en que se vio parado en el barandal del balcón, cuánto deseó que lo dejaran caer; un paso, un paso solamen­te y se habría estrellado contra las losas de la acera, pero i no podía mover los pies!

Por aquel cariño dañoso del chicuelo, rara vez cumplía con sus deberes de pisapapel. Rodaba por todos los muebles de la casa; unas veces en la sala de espera; allí una niña que tenía quince años y los ojos muy negros, lo tomó entre las manos; y repetidas veces, sonriente, le sacudió con fuerza; no supo que grande era el mal que causaba.

Muchas horas había pensado él en aquella niña, y había sentido no verla cerca, no estar sufriendo entre sus manos.

¿Por qué no habría vuelto? Ya que él no podía ir en su bus­ca, ¡si casualmente se le hubiera prendido a los encajes de su vestido y se lo hubiera llevado!

Un día lo habían dejado sobre el piano; cuando el temblor de su pobre cabeza empezó a hacerle pensar, vio en derredor mucha gente; miró muchos ojos hermosos, sintió perfume de mujer, los dedos de la joven sentada ante el mueble, travesea­ba sobre las teclas, y un hombre apoyado en la cubierta, allí en donde «él» estaba de pie, decía acompasadamente frases amorosas y deceptivas.

Cómo gozó y sufrió con las notas que saltaban por debajo de él.

Sintió deseos, unos deseos inmensos de llorar, y las lágri­mas agolpadas ante sus ojos cerrados para el exterior, le roda­ron sólidas y pesadas por dentro de la cabeza y al rebotarle le hicieron aún más daño, le provocaron dolores más grandes. Alguien lo tomó y al volver a colocarlo sobre el mueble, lo volvió de espaldas hacia la ejecutante.

Entonces pudo verse en el espejo. Hasta entonces se cono­ció; con la mirada siempre hacia el frente, no sabía qué cuer­po le sostenía la cabeza, qué cuerpo le sostenía a «él», porque, ¿él no era su cabeza?

Y él mismo, agitando la cabeza se contestaba materialmen­te y con acción sentenciosa que sí, que sí...

Se entristeció, pues, ¿no tenía aspecto estúpido?

El traje multicoloro, de pésimo gusto, con las manos —aparentaba tener manos— «perdidas» en los bolsillos del pantalón, replegaba hacia atrás el largo abrigo que le cubría. Y tenía abdomen redondo y abultado como de hombre satis­fecho, como de burgués rechoncho; él que, si alguna ventaja tenía, era la de no comer, porque no lo necesitaba.

¿Su cara?, una cara amplia y carnosa, cara de hércules can­dido, bueno, bonachón, tonto.

Si hubiera podido hablar, y hubiese dicho qué pensaba, nadie le hubiera creído, sólo por el aspecto de idiota que tenía. Sin embargo, pensaba, y pensaba como hombre bar­budo —aunque ridiculamente barbado—. Además, el sufri­miento le había despertado extraordinariamente la inteli­gencia.

Mucho tiempo estuvo contemplándose en el espejo hasta que, agobiado, desvanecido, triste, se le detuvo el pensamien­to, entró en reposo absoluto su cerebro, con la cesación del movimiento de la cabeza que tanto odiaba; se odiaba a sí mis­mo, con odio destructor, odio mortal.

Sólo unos cuantos días, muy pocos, tres, había sido feliz; no había pensando.

Por la noche, el niño rubio lo dejó acostado en un librero y cuando él mismo fue a sacarlo de allí, llevaba el rostro muy pá­lido, como si lo hubiesen bañado con cera, y los ojos muy hun­didos, como si hubiesen estado a punto de sepultarse en sus propias órbitas.

¡Pobre niño!; él le amaba, a pesar de todo.

¡Ah!, él había sufrido no sólo con sus dolores; estaba sen­tenciado a ser testigo mudo del drama que se desarrollaba, como entre bastidores, en aquella casa. Él había asistido a las aterradoras desesperaciones de aquel hombre, dueño suyo, que, creyéndose solo se mesaba los cabellos y rugía por sollo­zar. Alguna vez ese hombre clavó sus ojos que destilaban lá­grimas en el muñeco de cabeza fuertemente estremecida y quedó pensativo; tal vez sospechó por un momento el supli­cio de aquella cabeza.

Otra vez fue despertado bruscamente; la dueña de la casa tomó entre sus manos un papel que él pisaba y la vio caer sin sentido sobre la alfombra, y contra la mesa hacerse sangre y ¡no pudo auxiliarla!

La cabeza le temblaba inusitadamente; pensaba, pensaba mucho, recorría su pasado y miraba hacia el horizonte de lo porvenir y se miraba desesperante, desgraciado, extraordina­riamente infeliz.

Aquellos hombres se habían estado allí toda la tarde, iban a descansar, iban a ver a sus mujeres, iban a gozar, a vivir, i ¡a dormir!!

Y él no, él no tenía afectos, no tenía comodidades, él ni si­quiera podía hablarles gritando: «Yo también pienso, también siento, yo también amo y odio, también vivo, pero con una vida de muñeco que tiene cabeza de hombre, con una vida sin igual, con la vida de una cabeza que separada de su tron­co, siguiera viviendo muchos días.»

Y la cabeza seguía balanceándose sobre la varilla elástica.

Le dolía por todos lados; parecíale que le enterraban en muchas partes gruesos clavos, y sentía la vibración continuada como debe sentir el estremecimiento el alambre telegráfi­co cuando le pasa la corriente.

El trozo de plomo desprendido de la bóveda craneana le rebotaba dentro de la cabeza; y a veces se le quedaba quieto en alguna sinuosidad como doloroso tumor.

Ese trozo de la misma sustancia que estaba hecha su cabe­za, ¿no sería su pensamiento?

Por la calle pasó despacio un carro cargado con rieles, le­vantando mucho ruido, y haciendo temblar el piso.

El estremecimiento se le acentuó, se hizo más fuerte y con­tinuado el temblequeo, y nuevamente se desesperó.

Sus dolores aumentaron; sintió como si se le derritiera por el interior la cabeza; igual sensación habría experimentado, cuando lo rundieron en el molde, si ya entonces hubiera tenido vida, si hubiera entonces podido sentir ya; pero no; la vida se la había dado fatalmente aquel bamboleo.

Al menos los hombres cuando odian la vida, pueden de­jarla a un lado.

Y bien, ¿no dicen que la cabeza manda y gobierna al cuerpo?

¿Por qué él no podía ni levantar una mano?

Y el esfuerzo del muñeco fue terrible...

En la mañana encontraron la cabeza caída a los pies del muñeco, y las manos, ¡las manos que había sacado de los bolsillos del pantalón!, crispadas y en alto, cerca de la varilla elástica, ya quieta, rígida, y en la cual antes se balanceaba la desgracia del pisapapel.

Un juguete para Juliette - Robert Bloch

Juliette entró en su dormitorio, sonriendo, y un millar de Juliettes le devolvieron la sonrisa. Porque todas las paredes estaban pandadas con espejos, y el techo estaba formado por paneles empotrados que reflejaban su imagen.

Por todos lados donde mirara podía ver los rubios rizos que enmarcaban los rasgos llenos de sensibilidad de un rostro que era una radiante amalgama de niña y ángel; un sorprendente contraste con la rubicunda y carnosa revelación de su cuerpo de mujer bajo la diáfana ropa.

Pero Juliette no se sonreía a sí misma. Sonreía debido a que sabía que el Abuelo estaba de vuelta y le habría traído otro juguete. Dentro de unos momentos sería descontaminado y se lo entregaría, y deseaba estar preparada.

Juliette giró el anillo en su dedo y los espejos se oscurecieron. Otro giro oscurecería enteramente la habitación; un giro en sentido contrario y los espejos volverían a brillar. Todo era cuestión de elegir..., pero ése era el secreto de la vida. Elegir, por el puro placer de hacerlo.

¿Y qué le complacía hacer esta noche?

Juliette avanzó hacia uno de los paneles de espejo y pasó su mano ante él. El cristal se deslizó hacia un lado, revelando una hornacina tras él; una abertura en forma de ataúd excavada en la roca sólida, con la bota de tortura y las empulgueras situadas a sus alturas correspondientes.

Vaciló un momento; no había jugado a ese juego desde hacía años. Otra vez, quizá. Juliette agitó su mano y el espejo se deslizó, cubriendo de nuevo la abertura.

Erró lentamente a lo largo de la hilera de paneles, haciendo gestos a medida que andaba, deteniéndose para inspeccionar uno tras otro lo que había detrás de los espejos. Allí estaba el potro; allí, bien alineados, los látigos de púas colocados contra la oscura madera pulida. Y allí estaba la mesa de disección, con cientos de años de antigüedad, con sus exóticos instrumentos; tras el siguiente panel, los cables y electrodos que producían esas muecas tan extrañas y esas contorsiones de agonía, por no hablar de los gritos. Por supuesto, los gritos no importaban en una habitación a prueba de ruidos.

Juliette se dirigió hacia la pared lateral y agitó de nuevo su mano; el obediente cristal se deslizó a un lado, y se quedó contemplando un juguete que casi había olvidado. Era una de las primeras cosas que el Abuelo le había traído, y era muy vieja, parecida a la caja de una momia. ¿Cómo la había llamado?... La Doncella de Hierro de Nuremberg, eso era...; con las afiladas púas de acero llenando la tapa por su interior. Encadenabas a un hombre dentro, y luego hacías girar la pequeña manivela que cerraba la tapa, siempre muy suavemente, y las púas atravesaban la muñecas y los codos, las rodillas y los tobillos, las ingles y los ojos. Tenías que ir con cuidado para no excitarte e ir demasiado de prisa, o te perdías toda la diversión.

El Abuelo le había enseñado cómo funcionaba, la primera vez que le había traído un juguete realmente vivo. Y luego, el Abuelo se lo había mostrado todo. Le había enseñado todo lo que sabía, puesto que era muy sabio. Incluso le había dado su nombre —Juliette—, sacándolo de uno de los viejos libros impresos que había descubierto escritos por el filósofo De Sade.

El Abuelo le había traído libros del Pasado, al igual que le había traído los juguetes. Era el único que tenía acceso al Pasado, puesto que era el dueño del Viajero.

El Viajero era un mecanismo muy ingenioso, capaz de alcanzar las frecuencias vibratorias que lo liberaban de los lazos del tiempo. En reposo, era simplemente un artefacto parecido a una gran caja cúbica, del tamaño de una habitación pequeña. Pero cuando el Abuelo accionaba los controles y se iniciaba la oscilación, la caja se volvía borrosa y desaparecía. Estaba todavía allí, decía el Abuelo —al menos la matriz permanecía allí, como un punto fijo en el espacio y en el tiempo—, pero cualquier cosa o cualquier persona que estuvieran dentro del cubo podía moverse libremente por el Pasado hasta el lugar para el cual estuvieran programados los controles. Por supuesto eran invisibles cuando llegaban allí, pero en realidad eso constituía una ventaja, particularmente cuando se quería encontrar cosas y traerlas. El Abuelo había traído algunos objetos realmente interesantes desde lugares casi míticos —la gran biblioteca de Alejandría, la Pirámide de Keops, el Kremlin, el Vaticano, Fort Knox—, todos los lugares donde estaban almacenados los tesoros y el conocimiento que había existido hada miles de años. Le gustaba ir a esa parte del Pasado, el período antes de las guerras termonucleares y las edades robóticas, y coleccionar cosas. Naturalmente, los libros, las joyas y los metales no tenían utilidad, excepto para un anticuario, pero el Abuelo era un romántico y le gustaban los viejos tiempos.

Era extraño pensar en él como en el dueño del Viajero, pero por supuesto él no había sido su creador. El padre de Juliette era quien lo había construido realmente, y el Abuelo tomó posesión de él después de que su padre muriera. Juliette sospechaba que el Abuelo había matado a su padre y a su madre cuando ella era todavía un bebé, pero nunca había podido estar segura de ello. Tampoco importaba; el Abuelo era siempre muy bueno con ella, y además, pronto iba a morirse, y entonces ella sería la dueña del Viajero. Acostumbraban a bromear frecuentemente sobre ello.

—He hecho de ti un monstruo —decía el Abuelo—. Y algún día tú terminarás destruyéndome. Tras lo cual, por supuesto, procederás a destruir todo el mundo... o lo que queda de él.

—¿Y no tienes miedo? —le pinchaba ella.

—Claro que no. Ése es mi sueño..., la destrucción de todo. Un final para esta estéril decadencia. ¿Te das cuenta de que hubo un tiempo en que había más de tres mil millones de habitantes en este planeta? ¡Y ahora hay menos de tres mil! Menos de tres mil, encerrados en estos Domos, prisioneros de sí mismos y encerrados para siempre, gracias a los pecados de sus padres, que envenenaron no sólo el mundo exterior sino también el espacio abierto en su intento de transformar el orden atómico del universo. La humanidad está ya virtualmente extinta; lo único que harás tú será acelerar el final.

—Pero ¿no podríamos ir hacia atrás, a otro tiempo, en el Viajero? —preguntaba ella.

—¿Hacia atrás a qué tiempo? El continuum es incambiable; un acontecimiento conduce inexorablemente a otro, eslabones todos de una cadena que nos conduce al presente y a su inevitable fin de destrucción. Gozamos de una supervivencia individual temporal, sí, pero de ninguna finalidad. Y ninguno de nosotros está capacitado para vivir en un ambiente más primitivo. De modo que quedémonos aquí y extraigamos todo el placer que podamos de este momento. Mi placer es ser el único poseedor y usuario del Viajero. En cuanto al tuyo, Juliette...

El Abuelo siempre se reía entonces. Ambos se reían, porque sabían cuál era el placer de ella.

Juliette mató su primer juguete cuando tenía once años..., un muchachito. El Abuelo se lo había traído como un regalo especial, de algún lugar del Pasado, para sus elementales juegos sexuales. Pero él no quería cooperar, y ella perdió la calma y lo golpeó hasta matarlo con una barra de acero. De modo que el Abuelo le trajo otro juguete un poco mayor, de piel morena, y éste cooperó estupendamente; pero al final ella se cansó de él, y un día mientras estaba durmiendo en su cama lo ató y fue a buscar un cuchillo.

Experimentando un poco antes de que muriera, Juliette descubrió nuevas fuentes de placer, y por supuesto el Abuelo se enteró. Fue entonces cuando la bautizó «Juliette»; pareció aprobarlo con entusiasmo, y a partir de entonces le trajo los juguetes que ella guardaba detrás de los espejos en su dormitorio. Y en sus incesantes viajes al Pasado fue trayéndole nuevos juguetes.

Siendo invisible, podía encontrarle casi cualquier cosa en sus viajes; todo lo que tenía que hacer era utilizar un aturdidor y transportarlos de vuelta. Por supuesto, cada juguete tenía que ser descontaminado muy cuidadosamente; el Pasado pululaba de extraños microorganismos. Pero una vez los juguetes se habían vuelto adecuadamente antisépticos eran entregados a Juliette para su placer, y durante los últimos siete años no había dejado de divertirse.

Siempre era delicioso ese momento de anticipación antes de que llegara un nuevo juguete. ¿Cómo sería? El Abuelo era muy considerado; ante todo, se aseguraba de que los juguetes que le traía pudieran hablar y comprender Inglés, o «inglés», como lo llamaban en el Pasado. La comunicación verbal era a menudo importante, sobre todo si Juliette deseaba seguir los preceptos del filosofo De Sade y gozar de alguna forma de relación sexual antes de adentrarse en placeres más intensos.

Pero siempre existía esa anticipación. Este juguete ¿sería joven o viejo, salvaje o domesticado, masculino o femenino? Los había tenido de todo tipo, y cada posible combinación. A veces los mantenía vivos durante días antes de cansarse de ellos... o antes de que las sutilidades de que ella era capaz les hicieran expirar. En otras ocasiones deseaba que todo ocurriera muy rápidamente; esta noche, por ejemplo, sabía que se sentiría apaciguada tan sólo por la acción más primitiva y directa.

Una vez se hubo dado cuenta de esto, Juliette dejó de jugar con sus paneles de espejos y se dirigió directamente hacia la gran cama. Echó abajo el cobertor, y rebuscó bajo la almohada hasta que lo encontró. Sí, aún seguía allí..., el gran cuchillo con la larga y cruel hoja. Ahora sabía lo que iba a hacer: llevaría el juguete con ella a la cama y luego, precisamente en el momento adecuado, combinaría sus placeres. Si podía controlar el momento exacto de utilizar su cuchillo...

Se estremeció de anticipación; luego de impaciencia.

¿Qué clase de juguete sería? Recordó aquel otro, suave y frío..., Benjamín Bathurst era su nombre, un diplomático inglés del tiempo que el Abuelo llamaba las Guerras Napoleónicas. Oh, había sido suave y frío hasta que ella lo había seducido con su cuerpo y lo había llevado a la cama. Y luego había habido aquella aviadora norteamericana de un poco después en el Pasado; y en una ocasión, como un regalo muy especial, toda la tripulación de un velero llamado Marie Celeste. ¡Le habían durado semanas!

Sorprendentemente, en ocasiones había llegado incluso a leer cosas sobre sus juguetes después. Porque cuando el Abuelo se acercaba a ellos con su aturdidor y los traía aquí, desaparecían para siempre del Pasado, y si de alguna forma eran conocidos o importantes en su tiempo, tales desapariciones eran notadas. Así, algunos de los libros del Abuelo relacionaban «misteriosas desapariciones» que ocurrían de tanto en tanto y que por supuesto nunca eran explicadas. ¡Qué delicioso era todo aquello!

Juliette palmeó la almohada, ahuecándola, y volvió a dejarla en su sitio, deslizando debajo el cuchillo. Ya no podía esperar más; ¿qué era lo que lo estaba entreteniendo?

Se obligó a dirigirse hacia una abertura y pulsar un vaporizador, desvistiéndose mientras la perfumada neblina bañaba su cuerpo. Aquél era el último toque de seducción... Pero ¿por qué no llegaba aún su juguete?

De pronto, la voz de su Abuelo le llegó desde el altavoz.

—Querida, te envío una pequeña sorpresa.

Eso era lo que decía siempre; formaba parte del juego.

Juliette soltó el mando del comunicador.

—No me tengas más sobre ascuas —suplicó—. Dime cómo es.

—Es un inglés. De la época victoriana. Muy formal y educado, por lo que parece.

—¿Joven? ¿ Guapo?

—Pasable. —El Abuelo dejó escapar una risita—. Tus apetitos te traicionan, querida.

—¿Quién es..., alguien de los libros?

—Ignoro su nombre. No encontramos identificación durante su descontaminación. Pero por sus ropas y modales, y el pequeño maletín negro que llevaba cuando lo descubrí a primeras horas de esta madrugada, calculo que debe de ser un médico regresando de alguna llamada de urgencia.

Juliette sabía lo que eran los «médicos» por sus lecturas, por supuesto; como sabía lo que significaba «Victoriano». De algún modo, la combinación parecía correcta.

—¿Formal y educado? —rió—. Entonces me temo que va a sufrir un fuerte shock.

El Abuelo rió también.

—Tienes algo en mente, estoy seguro.

—Sí.

—¿Puedo mirar?

—Por favor..., no esta vez.

—Muy bien.

—No te enfades, querido. Te quiero.

Juliette cortó la comunicación. Justo a tiempo, porque la puerta se estaba abriendo, y el juguete entró.

Ella lo miró, dándose cuenta de que el Abuelo había dicho la verdad. El juguete era un hombre de unos treinta y tantos años, atractivo pero no guapo. No podía serlo, enfundado en aquel traje oscuro y con aquellas ridículas patillas. Había algo casi deprimentemente refinado y amanerado en él, un aire de embarazada represión.

Y por supuesto, cuando vio a Juliette en su ropa casi transparente, y la cama rodeada de espejos, realmente enrojeció.

Esa reacción sedujo completamente a Juliette. Un Victoriano enrojeciendo, con la constitución de un toro... ¡e ignorante de que aquél era su matadero!

Era tan divertido que no pudo dominarse; avanzó inmediatamente y lo rodeó con sus brazos.

—¿Quién..., quién es usted? ¿Dónde estoy?

Las preguntas habituales, formuladas de la forma habitual. Normalmente, Juliette se hubiera divertido dando respuestas evasivas destinadas a desconcertar y a excitar a su víctima. Pero esta noche sintió una impaciencia que no hizo más que aumentar cuando abrazó al juguete y lo empujó hacia la cama que aguardaba.

El juguete empezó a respirar pesadamente, reaccionando. Pero seguía desconcertado.

—Dígame..., no comprendo. ¿Estoy vivo? ¿O esto es el cielo?

Las ropas de Juliette se abrieron cuando ella se tendió de espaldas.

—Estás vivo, querido —murmuró—. Maravillosamente vivo. —Se echó a reír cuando empezó a probar su afirmación—. Pero mucho más cerca del cielo de lo que piensas.

Y para probar esa afirmación, su mano libre se deslizó bajo la almohada y buscó a tientas el cuchillo.

Pero el cuchillo ya no estaba allí. De alguna forma, había hallado el modo de abrirse camino hasta la mano del juguete. Y el juguete ya no era formal y educado; su rostro era como algo surgido de una pesadilla. Sólo un atisbo, antes de que el cegador destello de la hoja del cuchillo se abatiera sobre ella, una y otra y otra vez...

La habitación, naturalmente, era a prueba de ruidos, y había mucho tiempo. No descubrieron lo que quedaba del cuerpo de Juliette hasta pasados varios días.

Allá en Londres, tras el último y misterioso crimen cometido a primeras horas de la madrugada, jamás se encontró a Jack el Destripador...