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Asignación - James Cross

—Creo que Howard ha conseguido aquí un concepto muy audaz, J. L. —dijo con entusiasmo Weatherby Fallstone III—. Muy fuerte.

Se detuvo, sonriéndole a Howard Grafton a través de la larga mesa.

—Abre nuevos caminos —siguió diciendo—. Es algo nuevo, completamente nuevo. No creo que hayamos hecho nunca nada como esto. Quiero paladearlo un rato en mi boca para saborear su gusto.

Observó la imperceptible sombra que se extendió por el rostro de J. L. Girton. «Muy ingenioso, Fallstone —pensó—. Algo que no se parece en nada a lo que hemos hecho en el pasado, a lo que J. L. Girton ha aprobado o inventado, a lo que ya empezaba a resultar anticuado. Algo más nuevo y mejor que lo de J. L. Veamos cómo esa comadreja de Grafton sale de esto».

—Creo que Weatherby me está alabando demasiado —dijo Grafton cuidadosamente—. En realidad, se trata de una recombinación de unas pocas ideas que J. L. ya esbozó en 1958. Si parece algo nuevo y fresco... bueno, eso no es más que un tributo a la vitalidad de los conceptos de donde los he extraído.

«Atrapado como un ratón —pensó Fallstone—, y por ese astuto hijo de perra».

—Lo comprendo —dijo Fallstone—. Los fundamentos básicos no cambian. Creo que es usted un ganador, Howard —siguió diciendo con generosidad.

—Parece un pensamiento creativo, Howard —dijo J. L. con decisión—. ¿Qué le parece a usted, Eldon?

La cabeza blanca del vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes se sacudió bruscamente y sus ojos parpadearon una o dos veces. Eldon Smith no había estado completamente dormido, pero eso habría sido algo difícil de probar ante los hombres que le observaban, cuidadosamente y sin compasión alguna.

—Quizá... —dijo lentamente—, quizá debamos consultarlo con la almohada.

—Creía que eso ya lo había hecho usted, Eldon.

—Claro que no, J. L. Lo que sucede es que cerrar los ojos me ayuda a visualizar las ideas.

J. L. le miró fríamente. Después sonrió, girando su vista alrededor de la mesa.

—Con esto hemos terminado. Gracias, caballeros.

Los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados empezaron a recoger tranquilamente sus papeles.

—¡Ah, Howard! —dijo J. L.—. Quédese un momento. Y usted también, Weatherby.

—Un buen plan, Howard —dijo J. L. cuando los tres hombres se encontraron solos—. Me gustan los hombres que son capaces de trabajar creativamente sin perder el contacto con conceptos de sonido y de gusto.

El rostro redondo, suave y blanco de Grafton expresó una gran gratitud y sinceridad, como si aquellas sensaciones se las hubiera aplicado con una crema facial. Miró a J. L. directamente a los ojos.

—Gracias, J. L. —dijo modestamente—. Solo espero poder llevarlo a cabo.

Después miró a Fallstone de soslayo. «Este sí que es grande —pensó—. Apuesto a que ese demacrado bastardo se está mordiendo las uñas por dentro».

—Sin embargo —siguió diciendo J. L.—, será un verdadero desafío. Es por eso por lo que le he pedido a Weatherby que se quede. Va a dejar su viejo equipo y lo van a trabajar entre ustedes dos. Creo que pueden hacer un buen trabajo.

—Eso es gracioso, J. L. —dijo Fallstone con entusiasmo—. Entre nosotros convertiremos esas ideas en algo sólido.

—Bien, manos a la obra. Cuando hayan trazado un plan de operación adecuado, que Frank Baker elabore los detalles internos.

Los dos hombres se detuvieron un momento ante la puerta, en una elaborada charada de amistosa cortesía. Entonces Fallstone, el más alto, puso su mano sobre el hombro de Grafton de un modo tan afectuoso que resultaba imposible tomarlo como una ofensa, y empezó a empujarle suavemente a través de la puerta.

—¡Oh, a propósito! —dijo J. L.—. Creo que deben saber una cosa. Cierre la puerta un momento, Weatherby. Eldon Smith se retirará a finales de este año. Me temo que ya está un poco en decadencia. Está bien, eso es todo lo que deseaba decirles.

El despacho de Howard Grafton era el más cercano, por lo que llegó a él unos segundos antes de que Weatherby Fallstone llegara a su cubículo idéntico... idéntico en metros cuadrados, en mobiliario, en ventanas. «Pero el mío está más cerca del de J. L. —pensó Grafton por un momento, antes de darse cuenta de que la elección de despachos para los dos hombres había sido originalmente decidida por el prosaico procedimiento de lanzar una moneda al aire, procedimiento que fue acompañado de bromas bien intencionadas e incluso, por parte del ganador, del ofrecimiento de permitir elegir primero al perdedor—, si es que eso significa tanto para él».

Grafton se quedó sentado tranquilamente. Sabía que a unos pocos metros de distancia Fallstone estaba sentado en el mismo tipo de sillón móvil de ejecutivo, forrado de cuero —de imitación—, y pensando justamente en lo mismo que él. Había quedado más claro que cualquier otra cosa en J. L. Girton y Asociados. Se les había dicho, tan directamente como nunca habrían supuesto, que en algún momento antes de finalizar el año, cuando el viejo Eldon Smith se retirara, uno de ellos se convertiría en el nuevo vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes. Y se les había dicho también que empezaran a competir por el puesto y que J. L. mantendría un ojo sobre cada uno de ellos. El bajo, rechoncho y genial Grafton contra el alto, delgado y entusiasta Fallstone.

Aquella noche, cuando Grafton llegó a casa se lo contó todo a su esposa. Lenore Grafton era una mujer delgada, con buenas curvas y rubia. Algún día se convertiría en una mujer demasiado gruesa, pero por el momento había alcanzado una madura perfección. Era bastante más astuta que su esposo, pero una buena parte de aquella inteligencia la malgastaba con la constante necesidad de que él no se diera cuenta de este hecho.

—Creo que será mejor invitar pronto a J. L. y a su esposa a cenar —dijo ella—. Con esa espantosa mujer que tiene, él debe estar muriéndose de ganas de tomar una comida decente.

—Y un rostro bonito al que mirar —dijo Grafton con una elaborada despreocupación.

Estaba recordando el momento en que entró en la cocina, durante aquella reunión, y vio a J. L. y a Lenore apretados contra el fregadero, mientras ella sostenía aún un cuenco con cubos de hielo en una mano. Estaban demasiado ocupados para verle y él se retiró y volvió al cabo de un minuto o poco después, haciendo todo el ruido preliminar que pudo antes de entrar.

Lenore le observó reflexivamente por un momento, como si estuviera recibiendo un mensaje que no estaba muy segura de querer recibir. Después se dirigió hacia la mesa de despacho que había en el extremo de la habitación y cogió el cuaderno de notas en el que apuntaba sus citas.

—Puede ser cualquier día después de esta semana —dijo—. Yo me encargaré de llamarla. No vamos a llevar las cosas demasiado deprisa.

La cena fue un gran éxito, al menos para J. L. Girton y para Lenore. Ella se mostró lo bastante discreta, aunque habló con él tanto como con todos los demás invitados juntos. Se sentó infantilmente en el suelo, a los pies de la silla de J. L., riendo al escuchar cada uno de sus chistes, reaccionando ante sus anécdotas autobiográficas con unos ojos abiertos llenos de admiración y un interés que, en más de una ocasión, la hizo inclinarse adelante lo suficiente como para que él captara el máximo efecto posible de su décolletage. Incluso cuando no estaba con él, se sentaba frente a él al otro lado de la habitación, en el ángulo adecuado para que él no dejara nunca de ver las excelentes piernas, únicamente semicubiertas por el arremolinado y corto vestido de discothèque.

Como consecuencia de todo ello, Grafton tuvo que dirigir la mayor parte de sus obligaciones como anfitrión a mistress Girton, una arpía escuálida, marchita y que siempre se estaba quejando de algo. Dijo mucho en favor de su encanto y de su genialidad el hecho de que fuera capaz de distraerla durante toda la noche sin que ella se diera cuenta del comportamiento de su esposo.

Lenore dijo que no le gustaba Nueva York en el verano. El calor y las multitudes le hacían perder el ánimo. No había nada nuevo en los teatros por esa época; la ciudad estaba llena de turistas; las tiendas no hacían otra cosa que vender los restos de sus pasados errores. Le gustaba jugar al golf o al tenis, o estar echada bajo el sol, en la playa, y después tomar una ducha fría, o bien quedarse en su casa, que tenía aire acondicionado, y leer.

Así pues, Grafton quedó un poco sorprendido cuando ella empezó a acudir a Nueva York una o dos veces a la semana... durante dos meses en los que hizo uno de los veranos más calurosos que jamás había pasado la ciudad. Según le decía, llegaba a la ciudad antes del mediodía, miraba los escaparates, almorzaba y pasaba la tarde en un museo o, de vez en cuando, iba a ver una película. A veces cogía el tren de regreso inmediatamente anterior al suyo; en otras ocasiones se quedaba y los dos cenaban juntos. 

Él no deseaba saber demasiado sobre lo que ella hacía en la ciudad, así que no planteó muchas preguntas. No deseaba pensar en ello, como tampoco quería pensar en el hecho de que J. L. pareciera tener más compromisos que nunca para almorzar con clientes, mientras que, al parecer, había decidido mejorar su habilidad en el golf tomándose libres varias tardes a la semana. Solo en una ocasión se acercó tangencialmente a la cuestión, y eso solo ocurrió un viernes por la noche, antes de cenar y después de haber bebido algunas copas.

—Me siento un poco preocupado sobre mi posición con J. L. —dijo—. Tengo la impresión de que no le estoy viendo tanto como solía verle antes. Siempre está fuera de la oficina.

—En tu lugar, Howie, no me preocuparía mucho por eso. Creo que te aprecia mucho; y lo que es más, creo que vas a conseguir ese puesto.

Eso, sin embargo, fue antes de la cena en casa de los Fallstone. Lenore no se encontraba bien en aquella ocasión. Su nariz estaba roja, hinchada y goteaba como consecuencia de un resfriado de verano; su voz era ronca. Aquella noche Grafton se pasó bastante tiempo solo con ella y, aunque se marcharon temprano, tuvo el tiempo suficiente para ver cómo Marcia Fallstone manejaba a J. L. Ella era una mujer alta y delgada y muy elegante, y J. L. fue como un conejo con una cobra.

—Ese hijo de perra —se dijo a sí mismo mientras conducía el coche de regreso a casa.

Durante las siguientes semanas J. L. continuó manteniendo su ritmo lento de trabajo, aunque Lenore ya no acudía a la ciudad. Una tarde, en el pasillo, Grafton pasó ante la puerta abierta del despacho de Fallstone y le vio hablando con Frank Baker.

—Vale la pena verlo —dijo Fallstone—. Marcia y yo lo vimos anoche. Ella está ahora en el campo; pero de este modo, cuando viene, podemos pasar una noche o dos a la semana en la ciudad.

—Ese hijo de perra —se volvió a decir Grafton, sabiendo que todo estaba aún en un punto muerto.

Cuando, aproximadamente una semana más tarde, J. L. regresó abruptamente a su ritmo normal de trabajo en la oficina, Grafton se sintió seguro de ello.

Todavía era verano, aunque ya se estaba acabando el buen tiempo y a veces las noches resultaban un poco frías sin la calefacción. Grafton miró fijamente y con un gesto taciturno el contenido de su quinto martini, sin desear mirar a su esposa, que llevaba puesto el vestido rojo que le dejaba la espalda al aire.

—Tengo frío, Howie —dijo ella—. ¿Quieres acercarme ese chal... el italiano? No quiero coger un resfriado.

—¡No quiero coger un resfriado! —exclamó él salvajemente, imitándola con un tono de rabia en su voz—. ¿Por qué no te cuidaste hace un mes? Por lo que a mí respecta, puedes coger una neumonía si quieres.

Ella le miró fría y especulativamente durante un momento, como si estuviera examinando una nueva forma de vida, pero no dijo nada. Él pudo observar la ligera y casi imperceptible sonrisa que se esbozó en su boca antes de que ella se volviera y abandonara la habitación. 

Y entonces Howard Grafton supo que aquella vicepresidencia no era simplemente algo que deseara conseguir, sino algo que tenía que alcanzar porque no le quedaba ya otra cosa.

Al día siguiente, después del trabajo, se detuvo en el bar del Biltmore y empezó a beber seriamente. Aquella noche no fue a casa, sino que se quedó en un hotel. A la mañana siguiente llegó muy tarde a trabajar y su cabeza le molestó durante el resto del día. Le consoló algo, aunque no lo suficiente, observar que Weatherby Fallstone también estaba pasando por un mal trago.

Aquella misma noche, en casa, Grafton se encerró en la biblioteca con su quinta copa de whisky escocés y trató de pensar. Iría a ver a Fallstone y se lo expondría directamente: echarían una moneda al aire y el que perdiera abandonaría la empresa J. L. Girton y Asociados. «Al diablo —terminó pensando—. ¡Nada de tratos con ese tramposo bastardo! 

Contrataría los servicios de un detective privado, conseguiría todo un dosier sobre Fallstone y se lo entregaría a J. L.». Tardó treinta segundos en desembarazarse de aquella idea... no disponía del dinero necesario; por otra parte, J. L. podía reaccionar despidiéndole a él. Además, el detective de Fallstone, si es que él también decidía contratar a uno, podría hacer un trabajo igual de bueno sobre Grafton. 

Jugó con la posibilidad de suministrar los datos más jugosos a un columnista de Broadway, pero ¿quién diablos imprimiría aquello? Nadie había oído hablar jamás de ninguno de ellos dos. Tampoco podía asesinar a Fallstone; no sabía cómo hacerlo y, además, sentía miedo. No sabía cómo contratar a alguien para que lo hiciera y también tenía miedo de dar ese paso. Cuando ya habían desaparecido las tres cuartas partes de la botella, se dio cuenta de que no podía hacer otra cosa que sudarlo.

Estuvo sudando mucho más después de la reunión del viernes por la mañana. Fallstone fue alabado por J. L. en no menos de tres ocasiones, mientras que uno de los esquemas más queridos de Grafton había sido rechazado por «no estar pensado debidamente». También había sido amonestado por J. L. por hablar durante demasiado tiempo, por interrumpir a Fallstone y finalmente por no prestar atención. 

Cuando la secretaria de J. L. le llamó a primeras horas de la tarde, sus manos empezaron a temblar y sintió como si algo le estuviera royendo el estómago. Masticó rápidamente tres pastillas de antiácidos y se dirigió al despacho de J. L.

—¡Oh, Howie! —dijo J. L.—. ¿Sabe ese chisme que tiene usted, el que hace agua de soda en el sifón? ¿Me lo quiere traer mañana cuando venga? El mío se ha estropeado y tardaré un par de días en sustituirlo.

—Claro, J. L. —asintió.

«No podré resistir esto por mucho tiempo más», pensó Grafton cuando a la tarde siguiente se dirigió hacia la residencia campestre de J. L. Lenore estaba a su lado, infinitamente deseable, con su traje de satén verde que hacía juego con sus ojos. Pero la máquina de agua de soda estaba en el asiento que había entre ellos, como una espada en el aire. Ella miraba directamente frente a sí. Cuando él le dirigió la palabra, contestó breve y amablemente, pero nunca fue la primera en hablar.

«Tengo una úlcera —pensó Grafton—. Estoy empezando a beber demasiado. Mi esposa me odia; y voy a perder mi trabajo porque tendré que despedirme cuando elijan a Fallstone. No podré resistir esto por mucho más tiempo. Tendré que hacer algo».

Las cosas no mejoraron por el hecho de llegar al mismo tiempo que los Fallstone. Colocó sinceramente una mano sobre el hombro de Fallstone y fue entonces cuando percibió el tic nervioso de su mejilla izquierda, que saltaba como si tuviera vida propia. 

Detrás de ellos las dos mujeres, tras haber expresado pequeños gritos de delicia, se estaban besando mutuamente, a muy pocos milímetros de distancia de la mejilla de la otra. 

Grafton abrazó a Marcia Fallstone, llevando mucho cuidado de no arrugar su vestido. Cuando colocó su mejilla contra la de ella, quedó sorprendido por la irradiación de calor. Cuando los Fallstone avanzaron ante ellos, notó lo amables que cada uno de ellos era para con el otro... «Casi tan amables como Lenore y yo mismo», pensó con una oleada de esperanza.

Solo después de los cócteles y de la cena fría se dio cuenta Grafton, al acudir al bar para tomar su segunda copa, de la presencia de aquel hombre genial, pequeño y de movimientos rápidos, que llevaba aquella monstruosa chaqueta de tartán, una camisa a rayas y una estruendosa corbata.

—Maravillosa reunión —dijo el hombre—. Tendré que venir más a menudo. ¿Conoce usted a míster Girton desde hace mucho tiempo, míster...?

—Grafton. Trabajo en la empresa de J. L., míster...

—Dee. Doctor Dee. Doctor en ciencias humanas, o sea, en cosas sagradas y profanas.

El pequeño hombre emitió una serie de breves risitas que parecían relinchos.

—Sagradas y profanas —repitió—. Eso es como un pequeño chiste mío... a causa de mi negocio.

—¿De qué se trata? —preguntó Grafton.

De algún modo, y sin que él se diera cuenta de ello, el doctor Dee le había sacado de la sala por una puerta que daba a un gran patio, situado junto a la piscina.

—Se trata de una pequeña historia sobre artículos religiosos... libros, imágenes, iconos, todo lo que se pueda desear.

—En ese caso, ¿dónde aparece lo «profano»?

El doctor Dee bajó el tono de su voz.

—Como usted sabe, míster Grafton, hay muchas clases de religiones, ¿y quiénes somos nosotros para decir cuál es la verdadera? Si un cliente quiere una raíz de mandrágora, o una pequeña bolsa que llevar alrededor del cuello, ¿quién soy yo para decirle que no lo haga? Siempre podrá obtener lo que desea en la trastienda. O quizá puede creer que yo soy capaz de ayudarle a conseguir a la chica que desea por medio de una poción amorosa; o posiblemente desee que yo destroce a un enemigo suyo. Yo no le digo que los remedios que aplique tendrán efectividad —decirlo así va en contra de la ley—, pero si él cree que funcionarán, entonces se los venderé en la trastienda.

—¿Y se trata de remedios muy caros?

—¿Los libros religiosos? No, tienen un precio bastante razonable.

—Me refiero a los otros.

—Esos ya son bastante caros. Pero lo que hago es que no pido el pago en el momento de la venta. Solo después, cuando el cliente esté satisfecho.

—¿Y no tiene problemas para cobrar sus honorarios?

—Muy pocos, míster Grafton. Si el cliente está satisfecho, entonces creerá en mí. Y no querrá hacerme esperar mucho para pagarme mi dinero.

—Doctor Dee —dijo Grafton—, como usted sabe, trabajo en el departamento de publicidad. Estoy interesado en alguna de sus ideas, para ver la posibilidad de lanzar una campaña, eso es. Quizá podamos vernos la próxima semana.

—Aquí tiene mi tarjeta, míster Grafton. Mantengo abierto de nueve a nueve. Pero me temo que no podrá ser el lunes por la tarde de la próxima semana. Tengo una cita con mi zapatero. Es un fastidio —siguió diciendo el hombre pequeño—, pero tengo una ligera malformación del talón y mis zapatos me los tienen que hacer a medida. Y, créame, míster Grafton, no tiene usted la menor idea de lo mucho que me cobra ese hombre. Sería mejor andar descalzo.

Grafton bajó la mirada, observando el calzado de Dee. Eran altos, negros y estaban relucientemente limpios, y también eran pequeños, casi diminutos. Había algo de horripilante en su configuración y en un segundo Grafton se dio cuenta de lo que había de erróneo en ellos: eran casi tan anchos como largos; pero a pesar de ello tenía uno la impresión de que, al margen de la deformación, estaban como acolchados. «Pobre diablo —pensó—, debe ser un infierno tener que andar sobre esas cosas y, sin embargo, mantiene su sonrisa».

—Gracias, doctor Dee —dijo Grafton cogiendo la tarjeta—. Quizá vaya a visitarle más tarde durante la semana. Ha sido un placer conocerle.

Servus, míster Grafton.

Más tarde, cuando regresaron a casa, Grafton no estaba muy sobrio. Lenore tuvo que conducir. Durante todo el trayecto Grafton dejó descansar su cabeza sobre el respaldo del asiento, sintiendo un fuerte vértigo mientras todo le daba vueltas en la cabeza; al mismo tiempo se sentía desligado de todo. A pesar de la cantidad de alcohol que había bebido, durmió muy mal, quedándole todo demasiado borroso como para separar los pensamientos de los sueños. 

En un momento el doctor Dee le estaba entregando una gran llave dorada mientras que Lenore y J. L. Girton aplaudían; al momento siguiente se encontraba despierto, sudando y comprobando el estado de su anémica cuenta corriente. «Al diablo con ello —pensó—; nadie puede hacer nada así». Pero se dijo a sí mismo que no tendría que pagar nada hasta que no funcionara. 

Quizá pudiera. «He oído hablar a veces de cosas de chiflados. No tengo nada que perder; ya lo he intentado todo. Si fracasa, no habré perdido nada; y si funciona, valdrá la pena pagarle lo que él quiera cobrar». Después se volvió a dormir, pero en ese rápido segundo que media entre la vigilia y el sueño había tomado una decisión.

Grafton estuvo ocupado con reuniones durante todo el lunes, pero el martes por la mañana tomó el metro de la Lexington Avenue y después anduvo por la Third Street. La tienda del doctor Dee se encontraba en el centro de la manzana, flanqueada por dos grandes comercios de anticuarios. El escaparate estaba lleno de biblias, pinturas religiosas, iconos y crucifijos. En uno de los rincones había una inscripción en letras góticas doradas: «Artículos religiosos, doctor John Dee»; debajo estaba el número de la calle.

La tienda tenía bastante clientela, pero un empleado que tenía el aspecto de un sacerdote malogrado se le acercó y le saludó afectadamente.

—¿Está el doctor Dee? Me pidió que viniera a verle.

—Sígame, por favor, míster Grafton.

Grafton le miró sospechosamente.

—¡El nombre! —exclamó el empleado—. ¡Oh! Eso es bastante fácil. Hay muy pocos clientes que piden ver personalmente al doctor Dee, y ayer nos dijo que un tal míster Grafton podría venir a verle.

El despacho del doctor Dee estaba en el segundo piso, dando a la calle. Grafton no sabía muy bien lo que había esperado... un cocodrilo disecado en la pared, quizá; esqueletos colgados del techo; un sombrero negro de tipo cónico con estrellas de plata en su frente. Pero, en realidad, el despacho era muy similar al suyo, aunque bastante más grande.

El doctor Dee se levantó de su sillón, brillándole los ojos, y estrechó vigorosamente la mano de Grafton.

—Dee-licioso —dijo sonriendo—. «Dee-licioso» es un pequeño chiste mío, por la combinación de palabras. Pero ahora, míster Grafton, vayamos al asunto. Sé que es usted un hombre muy ocupado. Como un buen amigo mío de Nueva Inglaterra; solía tener un cartel sobre su mesa que decía: «EL TIEMPO ES DINERO; VAYA A SU ASUNTO». En cambio yo, me temo que soy demasiado parlanchín. Pero siéntese, míster Grafton, siéntese.

Grafton tomó asiento cuidadosamente en una silla.

—Doctor Dee —dijo lenta y precavidamente—, suponga que existen dos hombres, cada uno de los cuales aspira a conseguir un buen puesto en la empresa donde trabajan.

—¡Qué vergüenza! —exclamó el doctor Dee—. Ataque al corazón, celos, rompimiento de antiguas amistades, insomnio, úlceras, amarga rivalidad. ¡Cuánto no daría yo por evitar tales conflictos, míster Grafton! Pero suelo ver demasiados de ese tipo en mi negocio.

—¿Puede arreglarlo? ¿Puede arreglarlo de modo que una de las personas no consiga el puesto?

El doctor Dee abrió uno de los cajones de su mesa de ejecutivo y sacó una pequeña botella llena de un líquido claro. En lugar de un corcho, en el cuello de la botella había un cuentagotas medicinal. Grafton se la quedó mirando horrorizado.

—No quiero decir eso —dijo rápidamente—. No tiene por qué ser eso. Lo único que deseo es dejarle fuera de la competición. Algo que le haga aparecer con un aspecto malo, que diga cosas tontas, que se convierta en un verdadero tonto durante las reuniones de directivos. Que se corte su propio cuello... figurativamente, claro —añadió con rapidez.

—Usted desea algo que garantice que Weatherby Fallstone no conseguirá la vicepresidencia cuando Eldon Smith se retire —dijo el doctor Dee—. No se sorprenda, míster Grafton. Siempre he pensado que es mucho mejor poner inmediatamente nuestras cartas sobre la mesa.

—¿Cómo sabe que se trata de Fallstone? —preguntó Grafton sospechosamente.

—Mi querido míster Grafton, voy de un lado a otro, asisto a fiestas y reuniones, aparte de que leo las Sagradas Escrituras —el doctor Dee parpadeó genialmente—. Voy de un lado a otro de la tierra, y subo y bajo en ella, y quedaría usted sorprendido de saber la gran cantidad de cosas que atraen mi atención.

De algún modo, toda aquella cuestión seguía siendo extraña y perturbadora para Grafton. Sin embargo, hizo la siguiente e inevitable pregunta, porque, en realidad, ya no podía hacer otra cosa:

—¿Puede hacerlo?

—Claro que sí, míster Grafton. Resultará bastante fácil. Tengo precisamente el método adecuado.

El doctor Dee se inclinó hacia la otra parte de la mesa y sacó un pequeño muñeco. Lo puso en las manos de Grafton. Estaba hecho de un plástico muy parecido a la carne y, durante un terrible momento, Grafton pensó que se movía por sí solo. Le dio la vuelta y miró su rostro; entonces se sintió realmente enfermo. Era una reproducción perfecta de Weatherby Fallstone, de la cabeza a los pies, con su traje blanco, su corbata negra y sus pantalones de franela gris.

—No se alarme, míster Grafton. Pensé que era esto lo que estaba deseando, así es que me tomé la libertad de hacerlo construir con anterioridad. Este plástico moderno es un material fantástico.

—¿Y qué hago yo con esto?

—Limítese a coger un alfiler normal, del tipo de los que se suelen poner en una camisa nueva, y aplíquelo al muñeco como crea más efectivo. Si lo clava en el hombro, producirá una repentina y agonizante bursitis que garantizará una oleada de dolor. En el abdomen, en cambio, producirá un violento ataque de úlcera. Abra la boca, míster Grafton... es muy fácil; vea cómo se mueve la mandíbula inferior. Si rasca en el cuello, tendrá repentinos vómitos en público... y eso es algo muy incómodo. Si prefiere arañar la lengua —¿ve la pequeña lengua roja?—, balbuceará, literalmente; no se entenderán sus palabras. Eso no le ayudará nada a hacer una presentación a un cliente. O quizá prefiera rascarle las costillas con la aguja. Sentirá entonces unas cosquillas incontrolables que le harán echarse a reír, como una joven histérica. Seguramente, todo eso no le recomendará muy bien para un ascenso.

—¿Existe alguna forma particular de hacerlo?

—Ligeramente, ligeramente, míster Grafton. Con suavidad, con mucha suavidad. Una ligera y continua presión o roce con la punta de la aguja, y podrá seguir utilizando el método siempre que quiera. Pero no introduzca la aguja en el muñeco dejándola clavada en él, porque entonces se encontrará con un hombre muerto. Y recuerdo muy bien lo sensible que es usted en esa cuestión.

—Me lo llevaré —dijo Grafton, deseando marcharse cuanto antes—. ¿Cuánto le debo?

—Mil dólares, una vez que haya quedado usted satisfecho.

—¿Me garantiza que esto colocará a Fallstone fuera de la competición por el puesto?

—Se lo garantizo, míster Grafton, aunque quizá sea ilegal decirlo así.

Grafton colocó el pequeño muñeco en la caja de madera forrada de terciopelo —como un ataúd, pensó— que le entregó el doctor Dee. Después, colocó la caja en su maletín.

—Mi cuenta será pagada una vez haya quedado satisfecho, míster Grafton.

—No se preocupe —dijo Grafton, sintiendo náuseas en su estómago—. No se preocupe. Le pagaré.

El viernes era el día en que se celebraba la reunión de directivos. Aquella mañana, Grafton decidió tener un gran resfriado. Hizo que Lenore, que apenas le dirigía la palabra, llamara a la oficina. Después, se quedó echado en la cama y esperó a que llegaran las once. A las 10:30 Lenore entró en el dormitorio, trayéndole el desayuno. Por primera vez en varias semanas, sus ojos no estaban velados ni mostraban hostilidad y su rostro estaba tranquilo. Colocó la bandeja sobre la mesita de noche, se inclinó sobre él y le besó.

—Gracias, cielo —dijo él—. Gracias por ambas cosas.

—Todo está bien, Howie. No te preocupes más por ello. No vale la pena. Quizá nunca valió la pena.

—No me voy a preocupar más. Lo consiga o no.

Ella le volvió a besar.

—Me voy de compras. ¿Estarás bien?

—Claro que sí. Me siento mejor. Puede que baje a la biblioteca y me ponga a leer un rato.

Cuando escuchó cómo ella cerraba la puerta, llamó rápidamente a la oficina y preguntó por Weatherby Fallstone.

—Weatherby —dijo—, tengo un terrible resfriado.

—Lo siento mucho, viejo. Cuídate.

—¿Estarás en la reunión?

—Claro. Tengo una o dos buenas ideas que quiero llevar a la práctica.

—Espero estar de regreso el lunes. ¿Querrás tomar unas notas y pasarme una síntesis de la reunión?

—Con gusto, viejo.

Colgó el teléfono, engulló ávidamente el desayuno y después se dirigió al estudio. Se sentó allí, con el pequeño muñeco en una mano y un alfiler en la otra. Sobre la mesa dejó algunos otros alfileres. Entonces, volvió a llamar a Fallstone.

—Míster Fallstone está en una reunión —le dijo la secretaria.

—No importa, le volveré a llamar más tarde.

Dejó que la reunión se desarrollara durante unos quince minutos. Y entonces empezó a actuar. Empezó con un simple dolor de cabeza. «Que no sea una terrible migraña», pensó, raspando el alfiler, como si fuera una pluma, sobre la frente del muñeco. Aquello solo era un mal preludio. Dejó pasar unos diez minutos antes de abrir la mandíbula inferior del muñeco; empezó a jugar entonces con la diminuta lengua. Después, arañó las costillas un rato y fue aumentando el proceso en un crescendo, rascando suavemente el cuello del muñeco. Tenía una idea final propia que puso en práctica: colocó un pañuelo doblado sobre los ojos del muñeco durante otros cinco minutos. Después, devolvió el muñeco a su caja y colocó esta en su maletín. Cuando Lenore regresó, estaba leyendo el The New York Times.

El lunes acudió a la oficina a una hora algo más temprana de lo usual para los cargos ejecutivos, pero su secretaria estaba allí, dispuesta a darle las noticias.

—Fue terrible, míster Grafton. Míster Fallstone sufrió un ataque durante la reunión del viernes. Se puso la cabeza entre las manos y gimió de dolor; después, empezó a balbucear y a decir cosas sin sentido. Más tarde, empezó a reír de tal modo que no podía detenerse. Y finalmente —entonces bajó el tono de su voz—, vomitó sobre el propio despacho de míster Girton. Cuando le sacaban de la sala, empezó a gritar diciendo que estaba ciego, y entonces le llevaron al hospital.

—Terrible. ¿Cómo está ahora?

—He oído decir que estaba bien, pero le tienen en una especie de observación.

Estaba leyendo el Times tranquilamente y con cierto alivio cuando el intercomunicador sonó, llamándole. Antes de dirigirse al despacho de J. L., pasó ante el de Fallstone, mirando en su interior. No había en él el menor signo de vida. Solo unas cuantas pertenencias personales amontonadas —pastillas, un paraguas, unos cuantos libros—; todo ello amontonado sobre la mesa, donde lo había colocado el botones. Aquello le convenció de que el despacho ya no estaba ocupado por nadie.

—Supongo que se habrá enterado usted —dijo J. L., indicándole una silla con un movimiento de la mano.

—Terrible.

—No puedo entenderlo. Parecía un hombre tan racional y tan tranquilo. Supongo que el pobre diablo ha bebido demasiado. Bueno, no podemos quedarnos sentados lamentándonos. Howard, quiero que empiece a trabajar muy estrechamente con Eldon. Él nos dejará dentro de un par de meses y hay una gran cantidad de cabos sueltos que deberá usted atar antes de que nos deje.

—Aprecio mucho esto, J. L. Ya sabe que puede contar conmigo. —Se detuvo un momento y habló muy seriamente—: Es una lástima que tuviera que suceder de este modo.

—No vale la pena preocuparse por ello, Howard. No es culpa suya. Y ahora, vaya a empezar a trabajar.

El cheque que envió aquella misma tarde al doctor Dee superaba el saldo de su cuenta corriente. Para cubrirlo, tuvo que cobrar unos bonos de ahorro que poseía, depositando el dinero en su cuenta. Ya era casi la hora de cerrar y las ventanillas estaban empezando a bajarse, pero Grafton las mantuvo abiertas el tiempo suficiente para certificar su cheque. Había firmado con anterioridad algunos cheques incobrables, pero, de algún modo, tenía la sensación de que no desearía por nada del mundo que este cheque se lo devolvieran con la nota de «fondos insuficientes». Más tarde, lo envió por correo certificado y entrega especial.

Durante el transcurso de las semanas siguientes se enteró a trozos de que Fallstone había sido dado de baja en el hospital, de que se le había entregado un generoso cheque como despedida, de que se estaba dedicando a visitar las agencias de publicidad con su álbum de recortes y de que había sido visto, completamente borracho, en un bar. Al cabo de un tiempo, su caso dejó de preocupar a Grafton. Estaba demasiado ocupado.

Se encontraba solo en su despacho, trabajando a una hora bastante avanzada en un proyecto que el viejo Eldon había dejado atascado. Fue entonces cuando sintió el dolor. Fue como una puñalada en su vientre que le obligó a doblarse, sintiendo un dolor punzante y angustioso que le hizo caer de la silla al suelo. Tuvo un breve momento de respiro, pero el dolor volvió de nuevo. Fue entonces cuando Grafton recordó que todos los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados habían estado presentes en la fiesta, y se dio cuenta entonces de que el doctor Dee había hablado también con otras personas, y no solo con él. Durante un instante sintió un cierto alivio mientras que, en un alejado rincón de su memoria, se dibujaba la figura del doctor Dee hablando con Fallstone. Después, volvió a sentir aquel terrible dolor.

Estaba gimiendo, tendido en el suelo, cuando el vigilante de noche pasó por allí una hora después; pero cuando le llevaron al hospital, ya estaba muerto.

—No puedo entenderlo —dijo J. L. Girton a Frank Baker—. Tenía una salud perfecta. Tenía toda la vida por delante. Es un asunto terrible. Bien, Frank, ahora todo depende de usted.

—Haré todo lo que pueda, señor —dijo Baker con la juvenil modestia que era su forma particular de actuar en los negocios.

Míster Girton agregó:

—J. L.

—J. L., me gustaría tomarme una hora libre para decírselo a Betty. Significará mucho para ella. Imagíneselo: vicepresidente.

—Desde luego, muchacho. Hágalo. Y no olvide presentar mis respetos a su hermosa esposa.

Antes de pasar por su apartamento, el joven Frank Baker pasó por la tienda del doctor Dee.

—Aquí traigo el pago —dijo—. Acaban de nombrarme vicepresidente.

—¡Magnífico! Tenía la fuerte sensación de que usted lo conseguiría. Sentí una gran simpatía por usted desde el primer momento en que nos encontramos.

—¿Puede usted decirme, si le está permitido, claro, cómo se las arregló?

—No he hecho gran cosa.

—Me ha convertido usted en vicepresidente, eso es todo. Y solo por medio del poder mental... simplemente deseándolo así para mí.

El doctor Dee abrió uno de los cajones y sacó un pequeño muñeco.

—¿Recuerda usted cómo actúa esto, verdad?

—Sí, usted mismo me lo dijo.

—Bueno, Grafton y Fallstone han quedado fuera de juego... cada uno se desembarazó del otro. Se eliminaron entre sí.

—Doctor Dee, ¿quiere usted decir que le dijo a cada uno de ellos que conseguirían el puesto para después permitir que lo consiguiera yo? Y si eso es así, ¿no resulta algo poco ético?

—No hay nada de eso, muchacho. Le dije a cada uno de ellos que procuraría que el otro no consiguiera el puesto. Eso era lo que ellos querían, y yo mantuve mi palabra.

El doctor Dee volvió a colocar el muñeco en el cajón.

—Usted, en cambio, me pidió ese puesto específicamente —sonrió ampliamente y añadió—: Y lo ha conseguido.

El Cascanueces y el rey de los ratones - E. T. A. Hoffmann (parte 3)

  La batalla

—¡Toca generala, vasallo Tambor! exclamó Cascanueces en alta voz.

E inmediatamente comenzó Tambor a redoblar de una manera artística, haciendo que retemblasen los cristales del armario.

Entonces se oyeron crujidos y chasquidos, y María vio que la tapa de la caja en que Federico tenía acuarteladas sus tropas saltaba de repente, y todos los soldados se echaban a la tabla inferior, donde formaron un brillante cuerpo de ejército.

Cascanueces iba de un lado para otro, animando a las tropas con sus palabras.

No se mueve ni un perro de Trompeta exclamó de pronto irritado.

Y volviéndose hacia Pantalón, que algo pálido balanceaba su larga barbilla, dijo:

General, conozco su valor y su pericia; ahora necesitamos un golpe de vista rápido y aprovechar el momento oportuno; le confío el mando de la caballería y la artillería reunidas; usted no necesita caballo, pues tiene las piernas largas y puede fácilmente galopar con ellas. Obre según su criterio.

En el mismo instante, Pantalón se metió los secos dedos en la boca y sopló con tanta fuerza que sonó como si tocasen cien trompetas. En el armario se sintió relinchar y cocear, y los coraceros y los dragones de Federico, y en particular los flamantes húsares, se pusieron en movimiento, y a poco estuvieron en el suelo.

Regimiento tras regimiento desfilaron con bandera desplegada y música ante Cascanueces y se colocaron en fila, atravesados en el suelo del cuarto. Delante de ellos, aparecieron los cañones de Federico rodeados de sus artilleros, y pronto se oyó el ¡bum..., bum!, y María pudo ver cómo las grajeas llovían sobre los compactos grupos de ratones, que, cubiertos de blanca pólvora, se sentían verdaderamente avergonzados. 

Una batería, sobre todo, que estaba atrincherada bajo el taburete de mamá, les causó grave daño tirando sin cesar granos de pimienta sobre los ratones, causándoles bastantes bajas.

Los ratones, sin embargo, se acercaron más y más, y llegaron a rodear algunos cañones; pero siguió el ¡brr..., brr!..., y María quedó ciega de polvo y de humo y apenas pudo darse cuenta de lo que sucedía. Lo cierto era que cada ejército peleaba con el mayor denuedo y que durante mucho tiempo la victoria estuvo indecisa. Los ratones desplegaban masas cada vez más numerosas, y sus pildoritas plateadas, disparadas con maestría, llegaban hasta dentro del armario. Desesperadas, corrían Clarita y Trudi de un lado para otro, retorciéndose las manitas.

—¿Tendré que morir en plena juventud, yo, la más bonita de las muñecas? decía Clarita.

—¿Me ha conservado tan bien para sucumbir entre cuatro paredes? exclamaba Trudi.

Y cayeron una en brazos de la otra, llorando con tales lamentos que a pesar del ruido se las oía perfectamente.

No te puedes hacer una idea del espectáculo, querido lector. Sólo se escuchaba ¡brr..., brr!...; ¡pii..., pii!...; ¡tan, tan, rataplán!...; ¡bum..., bum..., burrum!..., y gritos y chillidos de los ratones y de su rey; y luego la voz potente de Cascanueces, que daba órdenes al frente de los batallones que tomaban parte en la pelea.

Pantalón ejecutó algunos ataques prodigiosos de caballería, cubriéndose de gloria; pero los húsares de Federico fueron alcanzados por algunas balas malolientes de los ratones, que les causaron manchas en sus flamantes chaquetillas rojas, por cuya razón no estaban dispuestos a seguir adelante. 

Pantalón los hizo maniobrar hacia la izquierda, y, en el entusiasmo del mando, siguió la misma táctica con los coraceros y los dragones; así que, todos dieron media vuelta y se dirigieron hacia casa. 

Entonces quedó en peligro la batería apostada debajo del taburete, y en seguida apareció un gran grupo de feos ratones, que la rodeó de tal modo que el taburete, con los cañones y los artilleros, cayeron en su poder. Cascanueces, muy contrariado, dio la orden al ala derecha de que hiciese un movimiento de retroceso.

Tú sabes, querido lector entendido en cuestiones guerreras, que tal movimiento equivale a una huida, y, por tanto, te das cuenta exacta del descalabro del ejército del protegido de María, del pobre Cascanueces. 

Aparta la vista de esta desgracia y dirígela al ala izquierda, donde todo está en su lugar y hay mucho que esperar del general y de sus tropas. En lo más encarnizado de la lucha, salieron de debajo de la cómoda, con mucho sigilo, grandes masas de caballería ratonil, y con gritos estridentes y denodado esfuerzo se lanzaron contra el ala izquierda del ejército de Cascanueces, encontrando una resistencia que no esperaban. 

Despacio, como lo permitían las dificultades del terreno, ya que tenían que pasar las molduras del armario, fue conducido el cuerpo de ejército por dos emperadores chinos y formó el cuadro.

Estas tropas valerosas y pintorescas, pues en ellas figuraban jardineros, tiroleses, peluqueros, arlequines, cupidos, leones, tigres, macacos y monos, lucharon con espíritu, valor y resistencia. Con espartana valentía, alejó este batallón elegido la victoria del enemigo, cuando un jinete temerario, penetrando con audacia en las filas, cortó la cabeza de uno de los emperadores chinos, y este, al caer, arrastró consigo a dos tiroleses y un macaco. 

Se abrió entonces una brecha por la que penetró el enemigo y destrozó a todo el batallón. Poca ventaja, sin embargo, sacó aquel de esta hazaña. En el momento en que uno de los jinetes del ejército ratonil, ansioso de sangre, atravesaba a un valiente contrario, recibió un golpe en el cuello con un cartel escrito que le produjo la muerte. ¿Sirvió de algo al ejército de Cascanueces, que retrocedió una vez y tuvo que seguir retrocediendo, perdiendo gente, hasta que se quedó sólo el jefe con unos cuantos delante del armario?

—¡Adelante las reservas! Pantalón..., Escaramuza..., Tambor..., ¿dónde estáis?

Así clamaba Cascanueces, que esperaba refuerzos para que le sacaran de delante del armario.

Se presentaron unos cuantos hombres y mujeres de Thorn, con rostros dorados y sombreros y yelmos, pero pelearon con tanta impericia, que no lograron hacer caer a ningún enemigo, y no tardaron mucho en arrancar la capucha de la cabeza al mismo general Cascanueces. Los cazadores enemigos les mordieron las piernas, haciéndoles caer y arrastrar consigo a algunos de los compañeros de armas de Cascanueces.

Cascanueces estaba rodeado por el enemigo, en el mayor apuro. Quiso saltar por encima de las molduras del armario, pero sus piernas resultaban demasiado cortas. Clarita y Trudi estaban desmayadas y no podían presentarle ayuda. Húsares, dragones, saltaban alegremente a su lado. Entonces, desesperado, gritó:

—¡Un caballo..., un caballo...; un reino por un caballo!

En aquel momento, dos tiradores enemigos lo cogieron por la capa y en triunfo, chillando por siete gargantas, apareció el rey de los ratones. María no se pudo contener:

—¡Pobre Cascanueces! exclamó sollozando.

Sin saber a punto fijo lo que hacía, cogió su zapato izquierdo y lo tiró con fuerza al grupo compacto de ratones, en cuyo centro se hallaba su rey. De pronto desapareció todo, y María sintió un dolor, más agudo aún que el de antes en el brazo izquierdo, y cayó al suelo sin sentido.

La enfermedad

Cuando María despertó de su profundo sueño, estaba en su camita, el sol entraba alegremente en el cuarto por la ventana cubierta de hielo. Junto a ella, estaba sentado un señor desconocido, que luego vio, era el cirujano Wendelstern, que, en voz baja, decía:

Ya despierta.

Se acercó entonces la madre y la miró con ojos asustados.

Querida mamaíta murmuró la pequeña María, ¿se han marchado ya todos los asquerosos ratones y está salvado el bueno de Cascanueces?

No digas tonterías, querida niña respondió la madre. ¿Qué tienen que ver los ratones con el Cascanueces? Tú, por ser mala, nos has dado un susto de primera. Eso es lo que ocurre cuando los niños son caprichosos y no obedecen a sus padres. 

Te quedaste anoche jugando con las muñecas hasta muy tarde. Tendrías sueño, y quizá algún ratón, aunque no los suele haber en casa, te asustó, y te diste contra uno de los cristales del armario, rompiéndolo y cortándote en el brazo de tal manera, que el doctor Wendelstern, que te acaba de sacar los cristalitos de la herida, creía que si te hubieras cortado una vena te quedarías con el brazo sin movimiento o que podías haberte desangrado. 

A Dios gracias, yo me desperté a media noche y te eché de menos, y me levanté, dirigiéndome al gabinete. Allí te encontré, junto al armario, desmayada y sangrando. Por poco me desmayo yo también del susto. A tu alrededor vi una porción de los soldados de tu hermano, y otros muñecos rotos, hombrecillos de pasta, banderas hechas pedazos y al Cascanueces, que yacía sobre tu brazo herido, y, no lejos de ti, tu zapato izquierdo.

—¡Ay, mamaíta, mamaíta! exclamó María. ¿No ven ustedes que esas son las señales de la gran batalla habida entre los muñecos y los ratones? Y lo que más me asustó fue que los últimos querían llevarse prisionero a Cascanueces, que mandaba el ejército de los muñecos. Entonces fue cuando yo tiré mi zapato en medio del grupo de ratones, y no sé lo que ocurrió después.

El doctor Wendelstern guiñó un ojo a la madre, y esta dijo con mucha suavidad:

Bueno, déjalo estar, querida María. Tranquilízate: los ratones han desaparecido y Cascanueces está sano y salvo en el armario.

En el cuarto entró el consejero de Sanidad y habló largo rato con el doctor Wendelstern; luego tomó el pulso a María, que oyó perfectamente que decían «algo de fiebre traumática». Tuvo que permanecer en la cama y tomar medicinas durante varios días, a pesar de que, aparte de algunos dolores en el brazo, se encontraba bastante bien. 

Supo que Cascanueces salió ileso de la batalla, y le pareció que en sueños se presentaba delante de ella y con voz clara, aunque melancólica, le decía: «María, querida señora, mucho le debo, pero aún puede usted hacer más por mí». María daba vueltas en su cabeza qué podía ser aquello, sin lograr dar solución al enigma.

María no podía jugar a causa del brazo herido, y, por tanto, se entretenía en hojear libros de estampas; pero veía una porción de chispitas raras y no aguantaba mucho tiempo aquella ocupación. Las horas se hacían larguísimas y esperaba impaciente que anocheciese, porque entonces su madre se sentaba a su cabecera y le leía o le contaba cosas bonitas. Acababa su madre de contarle la historia del príncipe Faccardín cuando se abrió la puerta y apareció el padrino Drosselmeier diciendo:

Quiero ver cómo sigue la herida y enferma María.

En cuanto esta vio al padrino con su gabán amarillo, recordó la imagen de aquella noche en que Cascanueces perdió la batalla contra los ratones y, sin poder contenerse, dijo, dirigiéndose al magistrado:

Padrino Drosselmeier, ¡qué feo estabas! Te vi perfectamente cuanto te sentaste encima del reloj y lo cubriste con tus alas de modo que no podía dar la hora, porque entonces los ratones se habrían asustado, y oí cómo llamabas al rey. ¿Por qué no acudiste en mi ayuda y en la de Cascanueces, padrino malo y feo? Tú eres el culpable de que yo me hiriera y de que tenga que estar en la cama.

La madre preguntó muy asustada:

—¿Qué es eso, María?

Pero el padrino Drosselmeier hizo un gesto extraño y, con voz estridente y monótona, comenzó a decir incoherencias que semejaban una canción en la que intervenían los relojes y los muñecos y los ratones.

María miraba al padrino con los ojos muy abiertos, encontrándolo aún más feo que nunca, balanceando el brazo derecho como una marioneta. Seguramente se habría asustado ante el padrino si no está presente la madre y si Federico, que entró en silencio, no lanza una sonora carcajada y dice:

Padrino Drosselmeier, hoy estás muy gracioso; te pareces al muñeco que tiré hace tiempo detrás de la chimenea.

La madre, muy seria, dijo a su vez:

Querido magistrado, es una broma un poco pesada. ¿Qué quiere usted decir con todo eso?

—¡Dios mío! respondió riendo el padrino. ¿No conoce usted mi canción del reloj? Siempre se la canto a los enfermos como María.

Y, sentándose a la cabecera de la cama, dijo:

No te enfades conmigo porque no sacara al rey de los ratones los catorce ojos; no podía ser. En cambio, voy a darte una gran alegría.

El magistrado se metió la mano en el bolsillo y sacó... el Cascanueces, al que había colocado los dientecillos perdidos y arreglado la mandíbula.

María lanzó una exclamación de alegría, y la madre dijo riendo:

—¿Ves tú qué bueno ha sido el padrino con tu Cascanueces?

Pero tienes que convenir conmigo, María interrumpió el magistrado, que Cascanueces no posee una gran figura y que tampoco tiene nada de guapo. Si quieres oírme, te contaré la razón de que en su familia exista y se herede tal fealdad. Quizá sepas ya la historia de la princesa Pirlipat, de la bruja Ratona y del relojero artista.

Escucha, padrino Drosselmeier exclamó Federico de pronto: has colocado muy bien los dientes de Cascanueces y le has arreglado la mandíbula de modo que ya no se mueve; pero ¿por qué le falta la espada? ¿Por qué se la has quitado?

—¡Vaya respondió el magistrado de mala gana, a todo le tienes que poner faltas, chiquillo! ¿Qué importa la espada de Cascanueces? Le he curado, y ahora puede coger una espada cuando quiera.

Es verdad repuso Federico; es un mozo valiente y encontrará armas en cuanto le parezca.

Dime, María continuó el magistrado, si sabes la historia de la princesa Pirlipat.

No respondió María; cuéntala, querido padrino, cuéntala.

Espero repuso la madre, querido magistrado, que la historia no sea tan terrorífica como suele ser todo lo que usted cuenta.

En absoluto, querida señora de Stahlbaum respondió Drosselmeier; por el contrario, es de lo más cómico que conozco.

Cuenta, cuenta, querido padrino exclamaron los niños.

Y el magistrado comenzó así:

(CONTINUARA...)