INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta empresa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta empresa. Mostrar todas las entradas

El vencimiento de la hipoteca de Míster Mappin - Zena Collier

Según la experiencia de míster Mappin, la vida no es lo que uno quiere que sea. Antes al contrario, la vida es la que le hace a uno. Las circunstancias de la vida se estrechan alrededor de uno, cercándole, obligándole implacablemente a concretarse. Míster Mappin, por ejemplo, que en otros tiempos se viera a sí mismo como un diplomático importante, un corresponsal extranjero, e incluso —y se sentía particularmente orgulloso de esta idea— como capitán de uno de esos majestuosos palacios flotantes en los que parece concentrarse todo el esplendor, la magia y el romanticismo del mundo, rondaba ya los veinte años de servicio en el departamento de hipotecas de Trimble, Goshen & Webb, abogados.


Veinte años atrás había llegado a Trimble, Goshen & Webb lleno de grandes esperanzas, con los ojos muy claros y manteniendo siempre ante él un firme anteproyecto de su futuro. No había dejado de ser un pequeño logro el ser aceptado por una empresa de tanta reputación como Trimble y Cía., de modo que sólo sintió muy débilmente haber tenido que posponer aquellos otros sueños... 

«Míster Mappin expresó hoy un moderado optimismo sobre su reunión con el embajador de Transilvania...» «...George Mappin dice en su último comunicado desde Hong Kong...» «El comodoro Mappin solicita el honor de que la señora condesa acuda a su mesa esta noche...» 

Aquellos sueños que quizá pertenecían más bien al reino de las imaginaciones propias de un muchacho. Al fin y al cabo, cuando todo estuviera dicho y hecho, tampoco quedaría mal un «míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

¿Y qué había sido de todo aquello? ¿Qué había ocurrido en aquellos veinte años? Había envejecido, eso era lo que había sucedido. Y estaba en Hipotecas. Mientras que lo primero era un mal inevitable, lo segundo no había dejado de ser como la levadura que hinchaba el pan de la amargura que últimamente envenenaba todos sus momentos de vigilia.

Durante los dos primeros años, se sintió contento de esperar a que llegara el momento oportuno. Había tenido la oportunidad de aprender un poco de todo —verificación de testamentos, litigación, casos de seguros, escrituras de traspaso de bienes raíces, e incluso cuestiones relacionadas con impuestos y propiedad industrial—, antes de ser finalmente asignado al Departamento de Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe. 

Y allí había cumplido lo mejor que pudo, enfrentándose con investigaciones locales, sumarios, requisiciones de títulos, contratos, alquileres, hasta que conoció todo el trabajo realizado y por realizar, por dentro y por fuera. Y, a pesar del hecho de que la práctica de la ley no resultaba ser tal y como se la había imaginado —aquellas preguntas de los sumarios y recónditas respuestas, los secos términos de un arte antiguo—, se sintió bastante contento al principio. 

Naturalmente, esto ocurrió porque sólo se trataba de un período pasajero, hasta que los Poderes que Son recordaran dónde habían dejado a George Mappin, lo sacaran de Hipotecas, y lo enviaran a realizar misiones mucho más importantes y excitantes.

Pero había permanecido allí mucho más tiempo del esperado. De hecho, tuvieron que pasar diez años antes de que, finalmente, se le hiciera pasar al despacho de míster Trimble. Y su corazón latió con un poco más de rapidez y alegría ante la perspectiva de un cambio que, por fin, se iba a producir, después de tanto tiempo.

Míster Trimble se balanceó tranquilamente en el cómodo sillón situado tras la mesa, y le ofreció un cigarrillo.

—Veamos, usted ha estado con nosotros desde hace..., ¿cuántos años? ¿Siete? ¿Ocho?

—Diez, señor —dijo míster Mappin.

—Bien, bien, ¡cómo pasa el tiempo! —exclamó míster Trimble sacudiendo pesarosamente su blanca cabeza—. Ha estado la mayor parte del tiempo trabajando en Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe, ¿no es cierto?

—Así es, señor.

Míster Mappin se regocijaba interiormente; había llegado el momento, por fin había llegado el momento. ¿Cuál sería el resultado? Podría tratarse del departamento de la empresa que se ocupaba de las altas finanzas y que, en opinión de míster Mappin, era tan excitante como cazar tigres en Kenia, aunque quizá mucho menos pesado. 

O podría tratarse del departamento de difamación... había oído decir que aquel joven, Strauss, que se había encargado hasta entonces de todas las cuestiones de difamación, abandonaba la empresa para iniciar un negocio por su cuenta; así pues, quizá se le responsabilizara ahora de ese departamento a él, míster Mappin. 

O podría ser litigios de seguros..., este departamento no era tan animado, pero, sin duda alguna, era mucho más preferible que las hipotecas. Cualquier cosa del mundo sería mejor que las hipotecas, así es que míster Mappin esperó con ansiedad el edicto de míster Trimble.

—Voy a tratar directamente el asunto —dijo míster Trimble—. ¿Qué le parecería hacerse cargo de Hipotecas, míster Mappin? —preguntó al fin, mirándole expectativamente.

—¿Hacerme cargo de Hipotecas? —preguntó estupefacto, utilizando las mismas palabras—. Pero..., pero, míster Trimble, yo ya estoy en Hipotecas. ¿Cómo puede ser? He estado en Hipotecas prácticamente desde que llegué...

—Creo que no me comprende bien del todo —dijo míster Trimble—. Cuando se celebró la última reunión de cargos de la empresa, la semana pasada, míster Carewe nos anunció que pensaba jubilarse, y entonces se decidió ofrecerle a usted el departamento de Hipotecas..., quiero decir, ponerle a usted al frente de ese departamento. Como, sin duda alguna, sabrá —míster Trimble no podía evitar a veces hablar con una cierta redundancia de vocablos legales—, se trata de un puesto de elevada responsabilidad, para el que se necesita a una persona constante, como usted; alguien que tenga sensibilidad para el detalle, el método, la prudencia.

—¿Yo? —preguntó míster Mappin con incredulidad.

—Sí, usted —dijo míster Trimble con firmeza—. Creemos que es usted la persona más apropiada para ese trabajo, que está usted altamente cualificado para llevar todas esas cuentas, y que...

—No —le interrumpió míster Mappin un poco violentamente—. No, no, yo no soy... esas cosas que usted dice. No es..., yo había pensado... en algo con un poco más de oportunidades, con más... —se detuvo en busca de nuevas palabras.

Míster Trimble se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, juntando las palmas de sus manos. Sin ninguna crueldad, dijo:

—Comprendo, míster Mappin. Le comprendo perfectamente. Pero, por otra parte, creo..., quiero decir que la empresa cree que tanto usted como la propia empresa recibirán los mayores beneficios si realiza usted el tipo de trabajo para el que está más preparado.

Pero entonces, míster Mappin se sintió desesperado, y no pudo evitar el espetar:

—¡Preparado! ¡Hipotecas! ¿Yo?

—Como sabe usted, George —dijo míster Trimble, y míster Mappin recordaría más tarde que esta fue la primera y última vez en que míster Trimble le llamó George—, un hombre que ocupa el puesto adecuado es un hombre sensato, que conoce sus capacidades y reconoce sus limitaciones. Le hemos estado observando últimamente, y me parece..., la empresa cree que realiza usted un trabajo excelente donde está y que puede ser de un gran servicio en ese puesto.

Tras escuchar aquellas palabras, míster Mappin se dio cuenta de que había perdido la batalla. Trimble, Goshen & Webb no habían alcanzado su posición actual a causa de una falta de buen juicio, sino todo lo contrario. 

De todos modos, viéndole allí sentado, hundido un poco en el cómodo sillón, se dio cuenta por fin de que, después de todo, no era un hombre de mente brillante, bien equilibrada y capaz de enfrentarse a las situaciones con estrategia. Sus mejores cualidades no eran precisamente las del desafío y el empuje que requiere una negociación comercial. 

Finalmente, a él ni siquiera le quedaba aquel otro sueño: «Míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

La voz de míster Trimble le llegó con claridad a través de los restos de sus esperanzas casi desvanecidas.

—¿Aceptará usted entonces?

Se trataba de una pregunta muy dura. La cabeza le daba vueltas, pero míster Mappin terminó por asentir con un leve movimiento afirmativo.

—Está bien —dijo míster Trimble con brusquedad, extendiendo la mano hacia él—. ¡Felicidades!

La mano de míster Mappin estrechó la otra.

—¿Felicidades? —preguntó insensiblemente.

—Después de todo, se trata de un ascenso —le recordó míster Trimble.

—¡Oh, sí! Sí, claro —dijo míster Mappin—. Gracias.

Después, se volvió y abandonó el despacho.

Así pues, había vuelto al departamento de Hipotecas, con un cambio de cargo, un aumento de salario, un despacho diferente... pero seguía siendo Hipotecas. El seco y rojo departamento de Hipotecas. 

Y durante un día tras otro, sin fin, míster Mappin solucionó con eficacia todo aquello que se le planteó, satisfaciendo a todos, como siempre, y obteniendo bien poco de lo que hacía. La vida siguió su curso y él supo que lo único que cambiaría sería él mismo, haciéndose un poco más viejo cada día, más viejo, más viejo, y siempre en Hipotecas.

Fue entonces cuando empezó a sentir la amargura. Sentado ante su mesa, veía a otros hombres llegar a la empresa, hombres más jóvenes que él, y su resentimiento aumentó a cada año que pasó con la llegada de cada nuevo joven zumbándole en los oídos, con la tinta de los documentos de examen, con cada nuevo hombre al que se le ofreció una oportunidad para demostrar lo que era capaz de hacer en difamaciones, patentes y seguros; hombres que progresaron y llegaron a ocupar oficinas mucho más imponentes en los pisos superiores (cuanto más elevado era el puesto que se ocupaba en Trimble, más alto era el piso donde se trabajaba); algunos de aquellos hombres llegaron incluso a ser admitidos como socios de la empresa.

Y eso era otra cuestión. Lo menos que podían hacer después de quince años era ofrecerle ser socio de la empresa. Porque, aun cuando despreciaba el departamento de Hipotecas, hacía bien su trabajo. «Pero no —pensaba míster Mappin—, nadie se da cuenta, nadie se preocupa por eso». 

En cuanto a míster Trimble, desde aquel día, ya lejano, en que le ofreció, le entregó, le obligó a hacerse cargo de Hipotecas, nunca tuvo para él una sola palabra de elogio. Ofrecerle ser socio habría sido una forma de mostrarle aprecio. Míster Mappin pensaba que eso habría sido una muestra de lo mucho que le estimaban.

En cierta ocasión hizo un intento para salir de Hipotecas. Se fue a ver a míster Trimble y le pidió directamente que le cambiara de departamento.

—Pero... después de todos estos años..., ¿es que no está a gusto en Hipotecas? —preguntó míster Trimble con sorpresa.

—Me gustaría un cambio —dijo obstinadamente míster Mappin—. Uno se cansa de hacer lo mismo un año tras otro.

—¿Cansado? ¿Está usted cansado de Hipotecas? —míster Trimble se le quedó mirando como si hubiera pronunciado una blasfemia y finalmente dijo—: Siga con lo que está haciendo durante algún tiempo y veremos lo que se puede hacer. En realidad, míster Mappin, es usted tan apropiado para ese departamento..., creemos que no existe en la empresa ninguna otra persona en la que podamos confiar tan bien como en usted para Hipotecas.

Y míster Mappin abandonó el despacho de míster Trimble sabiendo muy bien que de aquella entrevista no saldría nada positivo para él, y que tendría que permanecer donde estaba.

«Atrapado», pensó míster Mappin. Y finalmente, de la amargura, del resentimiento, de la desilusión, surgió el odio. Odio contra la empresa que había cometido contra él aquella injusticia tan terrible, que le había arrojado a un rincón, en Hipotecas... a él, a George Mappin, que había soñado con una clase de vida tan diferente. Y el odio aumentó, aumentó y aumentó hasta que cada soplo de aire que respiraba estaba lleno de su desagradable gusto.

Fue poco antes de acabar sus veinte años de trabajo en Hipotecas cuando míster Mappin empezó a pensar con placer en asesinar a míster Trimble, quien, para él, representaba a la empresa que tan mal le había tratado. En cuanto se le ocurrió la idea, míster Mappin se sintió mejor. 

Era algo en lo que podía pensar por la noche, cuando estaba echado en la cama, despierto, de modo que en lugar de ponerse a pensar frenéticamente en todos aquellos años perdidos pudo concentrar sus pensamientos, con calma y objetividad, en un tema que le producía un infinito placer. 

Como quiera que, desde luego, no tenía la menor intención de poner en práctica su idea, se trató de un pasatiempo con el que no hacía daño a nadie y que, de algún modo, le proporcionaba una sensación de alivio.

Así pues, aquella clase de pensamientos se convirtieron en un hábito regular y cada noche, cuando se preparaba para acostarse, volvía hacia ellos con una penetrante anticipación. Se desnudaba con rapidez, apagaba la luz, se quitaba las gafas y se metía en la cama. Después, se echaba sobre la espalda, se quedaba mirando fijamente hacia la oscuridad y se ponía a pensar. 

Reflexionaba con gusto sobre los pros y los contras de varios métodos. Consideraba con gran placer las cuestiones relacionadas con el tiempo y las coartadas. Aunque míster Mappin no era ningún especialista en asesinatos, había leído bastantes novelas de detectives, suficientes como para familiarizarse con el axioma de que el mejor plan es el más simple. 

Finalmente, míster Mappin eligió, hipotéticamente desde luego, un plan muy simple. Había cada tarde un período de tiempo en el que míster Trimble no veía a ningún cliente, ni dictaba cartas, ni aceptaba llamadas telefónicas. Desde las cuatro a las cuatro y media de la tarde se tomaba un rato de relax —«mi propia resistencia a las presiones de este mundo de continuo trabajo», según él mismo decía—, y ¡ay de quien se atreviera a perturbar este período de descanso! La secretaria, la telefonista y todo el personal tenían instrucciones estrictas de mantenerse alejados de su despacho durante aquella media hora. «Voilà —pensó míster Mappin—, aquí está lo que necesito, hecho a mi medida». Sólo tenía que entrar en su despacho... y asesinarle.

Quedaba por resolver la cuestión del arma. Las armas de fuego eran muy ruidosas, un cuchillo resultaba muy sucio, un veneno..., el veneno resultaba algo demasiado científico y bastante complicado. Entonces recordó que sobre el despacho de míster Trimble había un pesado pisapapeles de bronce con la figura de un buda. «Ideal», pensó míster Mappin.

¿Y después qué? Bueno, sólo se trataba de matarle —míster Mappin siempre saltaba con rapidez sobre el propio hecho—, y después, para disponer de un poco más de tiempo, pondría el cuerpo en el armario que había en uno de los rincones del despacho de míster Trimble, cerraría la puerta del armario, regresaría a su propio despacho, y eso sería todo.

El único defecto del plan era que alguien podía verle abandonar el despacho. Pero ese sería el riesgo que tendría que correr y, en realidad, se trataba de un riesgo muy pequeño porque el despacho de míster Trimble estaba en el sexto piso y a aquellas horas de la tarde nadie se atrevería a subir allí.

Y así, del mismo modo que otras personas se dedican a contar borregos, míster Mappin calculaba las cuestiones relacionadas con un detalle u otro, hasta que llegó un momento en que lo tuvo todo perfectamente planeado. 

Realmente, era una lástima que nunca tuviera la oportunidad de demostrar lo que podría llegar a hacer en este nuevo campo. No podía evitar el sentir que todo el mundo le demostraría muchísimo más respeto en la oficina si supieran la clase de cosas que era capaz de hacer.

¡Ah, respeto...! Esa era otra cuestión. Todos aquellos jóvenes que habían llegado nuevos... Dos de ellos acababan de ser asignados a su departamento. Aquella misma mañana había interceptado un guiño entre ellos cuando él llegó. Un guiño... ¡y sobre él! Si hubiera sido un socio de la empresa, nunca se habrían atrevido a hacerlo. Nunca. 

Bueno, no importaba; no se quedarían mucho más tiempo en Hipotecas. Ellos no. Porque no tardarían en ser trasladados a algún otro departamento, a realizar algún trabajo algo más espectacular. No le cabía la menor duda..., y eso era precisamente lo que él hubiera deseado: ser trasladado.

El fuego del odio volvía entonces a encenderse en su interior.

Le pareció que últimamente hasta la misma miss Ashley había estado comportándose con él de un modo muy extraño. Miss Ashley era la mecanógrafa que compartía con míster Lyons, porque únicamente los socios de la empresa disponían de sus propias secretarias. 

Habría sido poco menos que un insulto que miss Ashley fuera al menos bonita (miss Burke, la secretaria de míster Trimble era, desde luego, una criatura perfecta y encantadora). Pero miss Ashley era una mujer baja y regordeta, con una barbilla muy corta y que tenía la desgraciada costumbre de reírse tonta y constantemente por cualquier cosa. 

El otro día, por ejemplo, cuando él recordó por casualidad el hecho de que a la semana siguiente cumpliría veinte años de servicio en la empresa (diciendo en voz alta sus propios pensamientos, y hablando más para sí mismo que para ella), miss Ashley emitió una risa chirriante que tuvo que cortar repentinamente cuando él la miró, mostrando en su rostro su profundo disgusto.

«Ríete, tonta —pensó míster Mappin, agitándose interiormente—. ¿Es que es algo tan divertido? ¿Le resulta divertido que haya desperdiciado aquí veinte años de mi vida? ¿Es eso algo realmente tan jocoso?». Se vio tan asaltado por la fuerza de sus sentimientos que tuvo que excusarse y salir de la oficina sin un destino concreto, para no verse obligado a pegarle. 

A la semana siguiente, míster Mappin se resfrió. El lunes sintió dolor de cuello, el martes tuvo dolor de cuello y, además, de cabeza, y el miércoles por la noche se quedó durmiendo en cuanto su cabeza se puso en contacto con la almohada, sin acordarse siquiera de pensar en míster Trimble. El jueves se despertó con fiebre. Se tomó la temperatura y comprobó que estaba a treinta y ocho. 

Se vistió débilmente y arrastró sus doloridos huesos, saliendo de la casa. No sabía por qué iba a trabajar aquel día; nadie apreciaría su esfuerzo. Pero, de todos modos, siguió su camino porque aquel día hacía veinte años que trabajaba para Trimble y Cía., y nunca se sabe..., quizá alguien pudiera, sólo pudiera recordar el hecho y mencionárselo. 

En honor a la verdad, suponía que ocurriría así; en el fondo, iba a trabajar con aquella esperanza. Porque se sentía muy enfermo. Sus piernas se le doblaban en los momentos más inoportunos. Sentía el cuerpo caliente y frío alternativamente, y notaba como si su cabeza fuera a explotarle en cualquier momento.

Tras haber llegado, sintió mucho haber realizado todo aquel esfuerzo. Nadie le dijo nada y era evidente que nadie iba a decirle nada. Y, después de todo, él tenía cierto orgullo; si nadie iba a recordárselo, no sería él quien lo hiciera. Podrían pensar que estaba implorando una palmada de conmiseración en la espalda, o algo así. 

Y míster Mappin pensó amargamente que aquello sería extraordinariamente ridículo, desde luego... la idea de que George Mappin recibiera una palmada de conmiseración en la espalda.

A las dos de la tarde llamó a miss Ashley aunque, tal y como se sentía, encontró algunas dificultades para concentrarse. Pero pensó pasar aquel día para regresar después a casa y meterse en la cama durante un día o una semana, o un mes si era necesario, y dejarles colgados a todos. Que el trabajo se amontonara, ¿a quién le preocupaba eso?

Apenas había empezado a dictar, entró míster Trimble.

—Perdone la interrupción —dijo—, ¿tiene usted a mano la liquidación de Copeland? Quizá pudiera darle un vistazo...

Míster Mappin le entregó el acta y esperó a que míster Trimble la ojeara.

—No habrá ningún error, ¿verdad? —preguntó míster Mappin—. No hay ningún defecto en el título, el...

—¡Oh, no! No es nada de eso —contestó míster Trimble—. Es que míster Copeland me ha llamado hace unos minutos y me ha pedido que le explicara uno o dos puntos...

—Pero si yo mismo se lo expliqué todo la última vez que estuvo aquí —dijo míster Mappin, sorprendido—. Creí haberlo dejado todo aclarado.

—¡Oh! Estoy seguro de que así lo hizo —se apresuró a decir míster Trimble—. Pero, al parecer, a míster Copeland se le acaba de ocurrir una pequeña cuestión sin importancia..., algo que tiene que ver con esos derechos de pesca...

—En ese caso, ¿por qué no me lo ha preguntado a mí? —dijo míster Mappin, elevando la voz a pesar suyo—. Desde el momento en que estoy a cargo del asunto...

—Bueno, ya sabe cómo son estas cosas —dijo míster Trimble, dirigiéndose ya hacia la puerta—. Reg Copeland y yo nos encontramos con frecuencia en el club, así es que, probablemente, ha pensado que para tratar detalles sin importancia puede disponer de mi tiempo con mayor impunidad que del suyo.

Tras decir esto, sonrió cautelosamente a míster Mappin y se marchó. Un momento después, míster Mappin continuaba su dictado.

Pero sabía muy bien, al margen de aquella sonrisa, lo que míster Trimble había querido dar a entender. Míster Mappin se las arreglaba bien cuando se trataba de hipotecas para los Smith y para los Jones, en cuestiones de tipo habitual. Pero cuando se trataba de grandes cuestiones y de clientes realmente importantes, como Reginald Copeland, amigo de míster Trimble, George Mappin no era suficiente para llevarlas adelante. 

No entendía por qué. La semana anterior había supervisado junto con los Copeland cada uno de los pasos de la transacción y míster Copeland pareció perfectamente satisfecho en aquellos momentos. Si tenía alguna pregunta que plantear, ¿por qué lo había hecho pasando sobre la cabeza de míster Mappin?

Sentado ante su mesa, míster Mappin empezó a enfurecerse. Aparte de cualquier otra consideración e incluso de lo rudo que pudiera haber sido míster Trimble, lo cierto es que había hablado de «detalles sin importancia». 

Aquello sí que estaba bien, pensó míster Mappin: primero le confinaban en Hipotecas durante veinte años, y después le quitaban cualquier trabajo que tuviera una cierta dignidad o importancia llamándole «detalles sin importancia». ¿Era así como míster Trimble consideraba sus veinte años de desempeño consciente de su trabajo? ¿Era así? ¿Era así?

Debido a todo lo que sentía en aquellos momentos, el corazón de míster Mappin parecía a punto de saltársele en el pecho. Le dolía mucho la cabeza, la nariz le goteaba y, de pronto, no sintió el menor deseo de seguir trabajando, por lo que despidió a miss Ashley. 

Una vez solo, se colocó la cabeza entre las manos y permaneció allí, sentado, mientras los años regresaban a su memoria: años llenos de vacío, de desagradables esfuerzos que no habían sido recompensados en absoluto. 

Y ahora, aquel mismo día, ¿no podía haber esperado de míster Trimble alguna palabra, viéndole precisamente aquel día..., aun cuando fuera sólo algo trivial e incluso tonto, como un «felicidades por sus años de servicio»?

Míster Mappin permaneció sentado durante mucho tiempo. No podría haberle dicho a nadie lo que estaba pensando con exactitud. Sabía que se sentía muy mal y que un mazo le estaba golpeando la cabeza continuamente, justo sobre sus ojos. Estornudó y buscó cansadamente su pañuelo. «Debe estar acercándose la hora —pensó—, y desearía estar ya en casa, en la cama».

Miró su reloj. Las manecillas indicaban que eran las cuatro y cinco.

Míster Mappin no supo por qué, pero ahora, mirando la hora, observando cómo el segundero de su reloj avanzaba lentamente, dando una vuelta y otra, le pareció que había algo que tenía que hacer. Algo..., algo. Algo muy importante si es que quería volver a encontrar de nuevo paz en su mente.

Se levantó y lo único que supo después fue que estaba subiendo lentamente las escaleras, arriba, arriba, el cuarto piso, el quinto, el sexto. Una vez en el sexto piso, se detuvo y permaneció en silencio por un momento, apretándose una mano contra la dolorida cabeza. Y recordó entonces por qué estaba allí, hacia dónde se dirigía y qué era lo que tenía que hacer.

Todo el resto del mundo pareció desvanecerse entonces. No se le ocurrió mirar si había otras personas, preguntarse si se encontraría con alguien en su camino, alguien que, quizá, pudiera recordarlo más tarde. Se limitó a concentrarse en el problema principal que tenía planteado en aquel momento y que no era otro que poner un pie delante del otro y avanzar lentamente hacia donde quería ir.

Avanzó directamente por el pasillo y llegó a la puerta ante la que había un letrero con el nombre de «Emerson Trimble». Abrió la puerta sin llamar y penetró en el despacho. Sus pies no hicieron ningún ruido sobre la alfombra y míster Trimble ni siquiera levantó la mirada de su mesa, ante la que estaba concentrado en algo que estaba escribiendo. Míster Mappin se aproximó a él. Se situó justo enfrente de la mesa y su mano se posó sobre el buda de bronce cuando, finalmente, míster Trimble levantó su mirada.

Míster Trimble le observó con recelo tras dar un vistazo a su reloj.

—Catorce —murmuró, y miró inquisitivamente a míster Mappin—. Supongo que tiene usted algo muy importante que decirme para venir a verme a esta hora.

—Sí —contestó míster Mappin—. Se trata de algo muy importante, míster Trimble.

Y sin pensárselo dos veces levantó el buda y lo dejó caer pesadamente, con toda su fuerza, sobre la cabeza de míster Trimble.

Y así fue como lo hizo, sin ruido. Naturalmente, hubo sangre. Míster Mappin había olvidado que haría sangre, y apartó sus ojos del cuerpo, mientras la habitación oscilaba terriblemente a su alrededor. Después, hizo lo que tenía que hacer. Primero borró cuidadosamente sus huellas de la figura del buda; después extendió la chaqueta de míster Trimble..., bueno, la puso de tal modo que no tuviera necesidad de ver lo que había hecho; finalmente, haciendo un gran esfuerzo, se las arregló para arrastrar el cuerpo hasta el armario. 

Era todo como una pesadilla y, por un momento, míster Mappin pensó que nunca lo conseguiría. Pero lo consiguió. Después, tuvo una brillante idea. Cogió el abrigo y el sombrero de míster Trimble, tomándolos del perchero, y los escondió también en el armario, cerrando después la puerta. De ese modo, cualquiera que entrara en el despacho después de las cuatro y media no vería el abrigo y supondría que se habría marchado pronto para acudir a alguna cita, o simplemente a casa. 

Naturalmente, aquello no representaba ninguna diferencia, pero le daría tiempo suficiente para regresar a su despacho y permanecer allí hasta que fueran las cinco de la tarde, la hora de salida, sin que el crimen hubiera sido descubierto. Porque si, una vez descubierto el asesinato, la gente recordaba que míster Mappin se había marchado pronto aquella tarde, podría parecer sospechoso.

Se apretó una mano contra la frente, extrañado de poder pensar ahora en todas aquellas cosas, a pesar de que se sentía tan enfermo. Al dar un último vistazo por el despacho para asegurarse de que todo estaba en orden, vio que había algo... sucio sobre la mesa. Las hojas en las que había estado escribiendo míster Trimble estaban manchadas de rojo. Míster Mappin las recogió, las arrugó todo lo que pudo en su mano, y las ocultó cuidadosamente en el fondo de la papelera.

Después se marchó, regresando a su propio despacho, sintiéndose aturdido y sin haberse encontrado con nadie. En realidad, pensó, resultaba todo muy divertido; la providencia parecía haber estado de su lado en esta ocasión. Parecía como si no hubiera nadie en toda la oficina.

Entonces le aumentó la fiebre, se sintió como si se estuviera quemando y dejó de pensar en otra cosa que no fuera la necesidad de llegar a su casa y meterse en la cama.

Al cabo de lo que le pareció un siglo, fueron las cinco de la tarde. Lenta y dolorosamente, se puso el abrigo, el sombrero y los chanclos de goma. Se dirigió hacia el ascensor, apretó el botón de llamada y esperó. Cuando llegó, penetró en él, apoyándose débilmente sobre la espalda y cerrando los ojos, mientras el ascensor parecía moverse lentamente hacia abajo.

Por lo visto..., por lo visto debía estar realmente muy enfermo. Tuvo la sensación de que el ascensor estaba subiendo, en lugar de bajar. Abrió los ojos.

—Frank —le dijo al ascensorista—, Frank, me marcho..., quiero ir abajo.

¿Qué era aquello? ¿Qué cosa tan horrible estaba sucediendo? Frank ignoró sus palabras, hizo una mueca y el ascensor siguió subiendo.

—He dicho que abajo —repitió míster Mappin furiosamente—. ¡Abajo! Quiero ir abajo. Estoy enfermo; por favor, lléveme abajo inmediatamente.

El ascensor se detuvo, la puerta se abrió y una docena de manos se extendieron hacia él. Había risas, una gran cantidad de risas y un fuerte zumbido de conversaciones. ¿Quién...? ¿Qué...? Se sintió repentinamente ciego, como si hubiera perdido todas sus facultades de pronto, mientras su cuerpo, empujado por las manos, fue sacado del ascensor, dando tropiezos.

Y entonces vio dónde estaba. Este era el séptimo piso. El Sancta Sanctórum. Pero ¿qué hacía él aquí? ¿Y por qué le empujaban todas aquellas personas, obligándole a avanzar?

Miró a su alrededor y reconoció algunos rostros que aparecieron como a través de una neblina... la telefonista... miss Ashley..., míster Lyons y míster Hawkins..., miss Burke... algunas de las otras chicas... y más allá, saliendo de aquella puerta... míster Webb, ¿no era él? Se restregó los ojos. Sí, era míster Webb que se acercó a él, riendo, y le dio una palmada en la espalda.

Y después, le hicieron cruzar la puerta, mientras todos reían y hablaban en voz alta. No pudo distinguir una sola palabra de lo que decían. Pero reconoció la habitación, a pesar de lo que habían hecho en ella. Se trataba de la sala donde se celebraban las reuniones mensuales de la empresa, donde los directores y jefes de departamento se encontraban y discutían los negocios de la empresa. 

Pero ahora, la sala estaba arreglada como para dar un banquete. Míster Mappin se dio cuenta de ello, a pesar de que la cabeza le daba vueltas, y observó las mesas, preparadas para la cena. Y entonces, le condujeron hacia la mesa presidencial, y le sentaron en el centro de la misma, con míster Goshen sentado a su izquierda, y con míster Webb más a su izquierda, y un asiento vacío a su derecha, mientras todos los demás, hombres y mujeres, todo el personal de la empresa, tomaba asiento.

A través de un terrible zumbido en sus oídos se dio cuenta de que míster Webb se había puesto de pie y decía algo que míster Mappin sintió instintivamente como de gran importancia, algo a lo que debía prestar una muy cuidadosa atención. 

Pudo escuchar partes sueltas de lo que decía, pero la voz de míster Webb parecía desvanecerse extrañamente, como si se perdiera en la nada para resurgir de pronto como un transatlántico, con toda su potencia. De vez en cuando, míster Mappin captaba una frase: «...y en esta maravillosa ocasión... veinte años con Trimble... un tributo... placer decir... y a partir de hoy, un socio...»

Algo pareció hacer sonar como un timbre en el interior de la cabeza de míster Mappin. Por un momento, la neblina desapareció y míster Mappin escuchó a míster Webb que siguió hablando:

—Sólo queda por decir una cosa —dijo míster Webb— y es que, George, confiamos en que nos disculpe por haberle traído aquí de esta manera, tan de improviso. Pero míster Trimble pensó que sería muy bonito combinar las dos ocasiones y sorprenderle con una fiesta. Y... ¡Oh, sí, a propósito...! Míster Trimble ha estado muy ocupado la mayor parte de la tarde escribiendo un discurso... —hubo risas generales—, escribiendo un discurso para este momento y prohibiendo a todo el mundo, bajo pena de muerte... —hubo más risas—, bajo pena de muerte, que pusiera un pie en su despacho durante toda la tarde.

Hubo aplausos y míster Webb se sentó.

Míster Mappin permaneció sentado, temblando. Temblando y temblando.

Míster Goshen inclinó la cabeza y le dijo con suavidad:

—Vamos, George, viejo, ¿se siente bien?

George, viejo, ¡oh!, George, viejo. ¡Cuántas veces había suspirado míster Mappin por aquella deportiva camaradería del George, viejo!

Miss Burke se inclinó graciosamente sobre la mesa, sonriendo, y dijo:

—Míster Trimble debe estar escribiendo todo un poema épico. Iré abajo y le diré que le estamos esperando, ¿le parece?

—Sí, dígale que se dé prisa. No podemos empezar sin él —dijo míster Webb y después, volviéndose hacia míster Mappin, agregó—: No sé qué tal estará usted, George, viejo, pero yo tengo mucha hambre.

Míster Mappin se quedó sentado. Observó al camarero aproximarse y empezar a llenar las copas de vino. Echó un vistazo a los rostros que le rodeaban, que parecían hincharse hasta adquirir el tamaño de grandes globos, para disminuir después hasta convertirse en pequeños e imprecisos puntos blancos. Escuchó las voces que resonaban alegremente en la sala adornada. Y míster Mappin podría no haber comido para salvar su vida. 

Asignación - James Cross

—Creo que Howard ha conseguido aquí un concepto muy audaz, J. L. —dijo con entusiasmo Weatherby Fallstone III—. Muy fuerte.

Se detuvo, sonriéndole a Howard Grafton a través de la larga mesa.

—Abre nuevos caminos —siguió diciendo—. Es algo nuevo, completamente nuevo. No creo que hayamos hecho nunca nada como esto. Quiero paladearlo un rato en mi boca para saborear su gusto.

Observó la imperceptible sombra que se extendió por el rostro de J. L. Girton. «Muy ingenioso, Fallstone —pensó—. Algo que no se parece en nada a lo que hemos hecho en el pasado, a lo que J. L. Girton ha aprobado o inventado, a lo que ya empezaba a resultar anticuado. Algo más nuevo y mejor que lo de J. L. Veamos cómo esa comadreja de Grafton sale de esto».

—Creo que Weatherby me está alabando demasiado —dijo Grafton cuidadosamente—. En realidad, se trata de una recombinación de unas pocas ideas que J. L. ya esbozó en 1958. Si parece algo nuevo y fresco... bueno, eso no es más que un tributo a la vitalidad de los conceptos de donde los he extraído.

«Atrapado como un ratón —pensó Fallstone—, y por ese astuto hijo de perra».

—Lo comprendo —dijo Fallstone—. Los fundamentos básicos no cambian. Creo que es usted un ganador, Howard —siguió diciendo con generosidad.

—Parece un pensamiento creativo, Howard —dijo J. L. con decisión—. ¿Qué le parece a usted, Eldon?

La cabeza blanca del vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes se sacudió bruscamente y sus ojos parpadearon una o dos veces. Eldon Smith no había estado completamente dormido, pero eso habría sido algo difícil de probar ante los hombres que le observaban, cuidadosamente y sin compasión alguna.

—Quizá... —dijo lentamente—, quizá debamos consultarlo con la almohada.

—Creía que eso ya lo había hecho usted, Eldon.

—Claro que no, J. L. Lo que sucede es que cerrar los ojos me ayuda a visualizar las ideas.

J. L. le miró fríamente. Después sonrió, girando su vista alrededor de la mesa.

—Con esto hemos terminado. Gracias, caballeros.

Los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados empezaron a recoger tranquilamente sus papeles.

—¡Ah, Howard! —dijo J. L.—. Quédese un momento. Y usted también, Weatherby.

—Un buen plan, Howard —dijo J. L. cuando los tres hombres se encontraron solos—. Me gustan los hombres que son capaces de trabajar creativamente sin perder el contacto con conceptos de sonido y de gusto.

El rostro redondo, suave y blanco de Grafton expresó una gran gratitud y sinceridad, como si aquellas sensaciones se las hubiera aplicado con una crema facial. Miró a J. L. directamente a los ojos.

—Gracias, J. L. —dijo modestamente—. Solo espero poder llevarlo a cabo.

Después miró a Fallstone de soslayo. «Este sí que es grande —pensó—. Apuesto a que ese demacrado bastardo se está mordiendo las uñas por dentro».

—Sin embargo —siguió diciendo J. L.—, será un verdadero desafío. Es por eso por lo que le he pedido a Weatherby que se quede. Va a dejar su viejo equipo y lo van a trabajar entre ustedes dos. Creo que pueden hacer un buen trabajo.

—Eso es gracioso, J. L. —dijo Fallstone con entusiasmo—. Entre nosotros convertiremos esas ideas en algo sólido.

—Bien, manos a la obra. Cuando hayan trazado un plan de operación adecuado, que Frank Baker elabore los detalles internos.

Los dos hombres se detuvieron un momento ante la puerta, en una elaborada charada de amistosa cortesía. Entonces Fallstone, el más alto, puso su mano sobre el hombro de Grafton de un modo tan afectuoso que resultaba imposible tomarlo como una ofensa, y empezó a empujarle suavemente a través de la puerta.

—¡Oh, a propósito! —dijo J. L.—. Creo que deben saber una cosa. Cierre la puerta un momento, Weatherby. Eldon Smith se retirará a finales de este año. Me temo que ya está un poco en decadencia. Está bien, eso es todo lo que deseaba decirles.

El despacho de Howard Grafton era el más cercano, por lo que llegó a él unos segundos antes de que Weatherby Fallstone llegara a su cubículo idéntico... idéntico en metros cuadrados, en mobiliario, en ventanas. «Pero el mío está más cerca del de J. L. —pensó Grafton por un momento, antes de darse cuenta de que la elección de despachos para los dos hombres había sido originalmente decidida por el prosaico procedimiento de lanzar una moneda al aire, procedimiento que fue acompañado de bromas bien intencionadas e incluso, por parte del ganador, del ofrecimiento de permitir elegir primero al perdedor—, si es que eso significa tanto para él».

Grafton se quedó sentado tranquilamente. Sabía que a unos pocos metros de distancia Fallstone estaba sentado en el mismo tipo de sillón móvil de ejecutivo, forrado de cuero —de imitación—, y pensando justamente en lo mismo que él. Había quedado más claro que cualquier otra cosa en J. L. Girton y Asociados. Se les había dicho, tan directamente como nunca habrían supuesto, que en algún momento antes de finalizar el año, cuando el viejo Eldon Smith se retirara, uno de ellos se convertiría en el nuevo vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes. Y se les había dicho también que empezaran a competir por el puesto y que J. L. mantendría un ojo sobre cada uno de ellos. El bajo, rechoncho y genial Grafton contra el alto, delgado y entusiasta Fallstone.

Aquella noche, cuando Grafton llegó a casa se lo contó todo a su esposa. Lenore Grafton era una mujer delgada, con buenas curvas y rubia. Algún día se convertiría en una mujer demasiado gruesa, pero por el momento había alcanzado una madura perfección. Era bastante más astuta que su esposo, pero una buena parte de aquella inteligencia la malgastaba con la constante necesidad de que él no se diera cuenta de este hecho.

—Creo que será mejor invitar pronto a J. L. y a su esposa a cenar —dijo ella—. Con esa espantosa mujer que tiene, él debe estar muriéndose de ganas de tomar una comida decente.

—Y un rostro bonito al que mirar —dijo Grafton con una elaborada despreocupación.

Estaba recordando el momento en que entró en la cocina, durante aquella reunión, y vio a J. L. y a Lenore apretados contra el fregadero, mientras ella sostenía aún un cuenco con cubos de hielo en una mano. Estaban demasiado ocupados para verle y él se retiró y volvió al cabo de un minuto o poco después, haciendo todo el ruido preliminar que pudo antes de entrar.

Lenore le observó reflexivamente por un momento, como si estuviera recibiendo un mensaje que no estaba muy segura de querer recibir. Después se dirigió hacia la mesa de despacho que había en el extremo de la habitación y cogió el cuaderno de notas en el que apuntaba sus citas.

—Puede ser cualquier día después de esta semana —dijo—. Yo me encargaré de llamarla. No vamos a llevar las cosas demasiado deprisa.

La cena fue un gran éxito, al menos para J. L. Girton y para Lenore. Ella se mostró lo bastante discreta, aunque habló con él tanto como con todos los demás invitados juntos. Se sentó infantilmente en el suelo, a los pies de la silla de J. L., riendo al escuchar cada uno de sus chistes, reaccionando ante sus anécdotas autobiográficas con unos ojos abiertos llenos de admiración y un interés que, en más de una ocasión, la hizo inclinarse adelante lo suficiente como para que él captara el máximo efecto posible de su décolletage. Incluso cuando no estaba con él, se sentaba frente a él al otro lado de la habitación, en el ángulo adecuado para que él no dejara nunca de ver las excelentes piernas, únicamente semicubiertas por el arremolinado y corto vestido de discothèque.

Como consecuencia de todo ello, Grafton tuvo que dirigir la mayor parte de sus obligaciones como anfitrión a mistress Girton, una arpía escuálida, marchita y que siempre se estaba quejando de algo. Dijo mucho en favor de su encanto y de su genialidad el hecho de que fuera capaz de distraerla durante toda la noche sin que ella se diera cuenta del comportamiento de su esposo.

Lenore dijo que no le gustaba Nueva York en el verano. El calor y las multitudes le hacían perder el ánimo. No había nada nuevo en los teatros por esa época; la ciudad estaba llena de turistas; las tiendas no hacían otra cosa que vender los restos de sus pasados errores. Le gustaba jugar al golf o al tenis, o estar echada bajo el sol, en la playa, y después tomar una ducha fría, o bien quedarse en su casa, que tenía aire acondicionado, y leer.

Así pues, Grafton quedó un poco sorprendido cuando ella empezó a acudir a Nueva York una o dos veces a la semana... durante dos meses en los que hizo uno de los veranos más calurosos que jamás había pasado la ciudad. Según le decía, llegaba a la ciudad antes del mediodía, miraba los escaparates, almorzaba y pasaba la tarde en un museo o, de vez en cuando, iba a ver una película. A veces cogía el tren de regreso inmediatamente anterior al suyo; en otras ocasiones se quedaba y los dos cenaban juntos. 

Él no deseaba saber demasiado sobre lo que ella hacía en la ciudad, así que no planteó muchas preguntas. No deseaba pensar en ello, como tampoco quería pensar en el hecho de que J. L. pareciera tener más compromisos que nunca para almorzar con clientes, mientras que, al parecer, había decidido mejorar su habilidad en el golf tomándose libres varias tardes a la semana. Solo en una ocasión se acercó tangencialmente a la cuestión, y eso solo ocurrió un viernes por la noche, antes de cenar y después de haber bebido algunas copas.

—Me siento un poco preocupado sobre mi posición con J. L. —dijo—. Tengo la impresión de que no le estoy viendo tanto como solía verle antes. Siempre está fuera de la oficina.

—En tu lugar, Howie, no me preocuparía mucho por eso. Creo que te aprecia mucho; y lo que es más, creo que vas a conseguir ese puesto.

Eso, sin embargo, fue antes de la cena en casa de los Fallstone. Lenore no se encontraba bien en aquella ocasión. Su nariz estaba roja, hinchada y goteaba como consecuencia de un resfriado de verano; su voz era ronca. Aquella noche Grafton se pasó bastante tiempo solo con ella y, aunque se marcharon temprano, tuvo el tiempo suficiente para ver cómo Marcia Fallstone manejaba a J. L. Ella era una mujer alta y delgada y muy elegante, y J. L. fue como un conejo con una cobra.

—Ese hijo de perra —se dijo a sí mismo mientras conducía el coche de regreso a casa.

Durante las siguientes semanas J. L. continuó manteniendo su ritmo lento de trabajo, aunque Lenore ya no acudía a la ciudad. Una tarde, en el pasillo, Grafton pasó ante la puerta abierta del despacho de Fallstone y le vio hablando con Frank Baker.

—Vale la pena verlo —dijo Fallstone—. Marcia y yo lo vimos anoche. Ella está ahora en el campo; pero de este modo, cuando viene, podemos pasar una noche o dos a la semana en la ciudad.

—Ese hijo de perra —se volvió a decir Grafton, sabiendo que todo estaba aún en un punto muerto.

Cuando, aproximadamente una semana más tarde, J. L. regresó abruptamente a su ritmo normal de trabajo en la oficina, Grafton se sintió seguro de ello.

Todavía era verano, aunque ya se estaba acabando el buen tiempo y a veces las noches resultaban un poco frías sin la calefacción. Grafton miró fijamente y con un gesto taciturno el contenido de su quinto martini, sin desear mirar a su esposa, que llevaba puesto el vestido rojo que le dejaba la espalda al aire.

—Tengo frío, Howie —dijo ella—. ¿Quieres acercarme ese chal... el italiano? No quiero coger un resfriado.

—¡No quiero coger un resfriado! —exclamó él salvajemente, imitándola con un tono de rabia en su voz—. ¿Por qué no te cuidaste hace un mes? Por lo que a mí respecta, puedes coger una neumonía si quieres.

Ella le miró fría y especulativamente durante un momento, como si estuviera examinando una nueva forma de vida, pero no dijo nada. Él pudo observar la ligera y casi imperceptible sonrisa que se esbozó en su boca antes de que ella se volviera y abandonara la habitación. 

Y entonces Howard Grafton supo que aquella vicepresidencia no era simplemente algo que deseara conseguir, sino algo que tenía que alcanzar porque no le quedaba ya otra cosa.

Al día siguiente, después del trabajo, se detuvo en el bar del Biltmore y empezó a beber seriamente. Aquella noche no fue a casa, sino que se quedó en un hotel. A la mañana siguiente llegó muy tarde a trabajar y su cabeza le molestó durante el resto del día. Le consoló algo, aunque no lo suficiente, observar que Weatherby Fallstone también estaba pasando por un mal trago.

Aquella misma noche, en casa, Grafton se encerró en la biblioteca con su quinta copa de whisky escocés y trató de pensar. Iría a ver a Fallstone y se lo expondría directamente: echarían una moneda al aire y el que perdiera abandonaría la empresa J. L. Girton y Asociados. «Al diablo —terminó pensando—. ¡Nada de tratos con ese tramposo bastardo! 

Contrataría los servicios de un detective privado, conseguiría todo un dosier sobre Fallstone y se lo entregaría a J. L.». Tardó treinta segundos en desembarazarse de aquella idea... no disponía del dinero necesario; por otra parte, J. L. podía reaccionar despidiéndole a él. Además, el detective de Fallstone, si es que él también decidía contratar a uno, podría hacer un trabajo igual de bueno sobre Grafton. 

Jugó con la posibilidad de suministrar los datos más jugosos a un columnista de Broadway, pero ¿quién diablos imprimiría aquello? Nadie había oído hablar jamás de ninguno de ellos dos. Tampoco podía asesinar a Fallstone; no sabía cómo hacerlo y, además, sentía miedo. No sabía cómo contratar a alguien para que lo hiciera y también tenía miedo de dar ese paso. Cuando ya habían desaparecido las tres cuartas partes de la botella, se dio cuenta de que no podía hacer otra cosa que sudarlo.

Estuvo sudando mucho más después de la reunión del viernes por la mañana. Fallstone fue alabado por J. L. en no menos de tres ocasiones, mientras que uno de los esquemas más queridos de Grafton había sido rechazado por «no estar pensado debidamente». También había sido amonestado por J. L. por hablar durante demasiado tiempo, por interrumpir a Fallstone y finalmente por no prestar atención. 

Cuando la secretaria de J. L. le llamó a primeras horas de la tarde, sus manos empezaron a temblar y sintió como si algo le estuviera royendo el estómago. Masticó rápidamente tres pastillas de antiácidos y se dirigió al despacho de J. L.

—¡Oh, Howie! —dijo J. L.—. ¿Sabe ese chisme que tiene usted, el que hace agua de soda en el sifón? ¿Me lo quiere traer mañana cuando venga? El mío se ha estropeado y tardaré un par de días en sustituirlo.

—Claro, J. L. —asintió.

«No podré resistir esto por mucho tiempo más», pensó Grafton cuando a la tarde siguiente se dirigió hacia la residencia campestre de J. L. Lenore estaba a su lado, infinitamente deseable, con su traje de satén verde que hacía juego con sus ojos. Pero la máquina de agua de soda estaba en el asiento que había entre ellos, como una espada en el aire. Ella miraba directamente frente a sí. Cuando él le dirigió la palabra, contestó breve y amablemente, pero nunca fue la primera en hablar.

«Tengo una úlcera —pensó Grafton—. Estoy empezando a beber demasiado. Mi esposa me odia; y voy a perder mi trabajo porque tendré que despedirme cuando elijan a Fallstone. No podré resistir esto por mucho más tiempo. Tendré que hacer algo».

Las cosas no mejoraron por el hecho de llegar al mismo tiempo que los Fallstone. Colocó sinceramente una mano sobre el hombro de Fallstone y fue entonces cuando percibió el tic nervioso de su mejilla izquierda, que saltaba como si tuviera vida propia. 

Detrás de ellos las dos mujeres, tras haber expresado pequeños gritos de delicia, se estaban besando mutuamente, a muy pocos milímetros de distancia de la mejilla de la otra. 

Grafton abrazó a Marcia Fallstone, llevando mucho cuidado de no arrugar su vestido. Cuando colocó su mejilla contra la de ella, quedó sorprendido por la irradiación de calor. Cuando los Fallstone avanzaron ante ellos, notó lo amables que cada uno de ellos era para con el otro... «Casi tan amables como Lenore y yo mismo», pensó con una oleada de esperanza.

Solo después de los cócteles y de la cena fría se dio cuenta Grafton, al acudir al bar para tomar su segunda copa, de la presencia de aquel hombre genial, pequeño y de movimientos rápidos, que llevaba aquella monstruosa chaqueta de tartán, una camisa a rayas y una estruendosa corbata.

—Maravillosa reunión —dijo el hombre—. Tendré que venir más a menudo. ¿Conoce usted a míster Girton desde hace mucho tiempo, míster...?

—Grafton. Trabajo en la empresa de J. L., míster...

—Dee. Doctor Dee. Doctor en ciencias humanas, o sea, en cosas sagradas y profanas.

El pequeño hombre emitió una serie de breves risitas que parecían relinchos.

—Sagradas y profanas —repitió—. Eso es como un pequeño chiste mío... a causa de mi negocio.

—¿De qué se trata? —preguntó Grafton.

De algún modo, y sin que él se diera cuenta de ello, el doctor Dee le había sacado de la sala por una puerta que daba a un gran patio, situado junto a la piscina.

—Se trata de una pequeña historia sobre artículos religiosos... libros, imágenes, iconos, todo lo que se pueda desear.

—En ese caso, ¿dónde aparece lo «profano»?

El doctor Dee bajó el tono de su voz.

—Como usted sabe, míster Grafton, hay muchas clases de religiones, ¿y quiénes somos nosotros para decir cuál es la verdadera? Si un cliente quiere una raíz de mandrágora, o una pequeña bolsa que llevar alrededor del cuello, ¿quién soy yo para decirle que no lo haga? Siempre podrá obtener lo que desea en la trastienda. O quizá puede creer que yo soy capaz de ayudarle a conseguir a la chica que desea por medio de una poción amorosa; o posiblemente desee que yo destroce a un enemigo suyo. Yo no le digo que los remedios que aplique tendrán efectividad —decirlo así va en contra de la ley—, pero si él cree que funcionarán, entonces se los venderé en la trastienda.

—¿Y se trata de remedios muy caros?

—¿Los libros religiosos? No, tienen un precio bastante razonable.

—Me refiero a los otros.

—Esos ya son bastante caros. Pero lo que hago es que no pido el pago en el momento de la venta. Solo después, cuando el cliente esté satisfecho.

—¿Y no tiene problemas para cobrar sus honorarios?

—Muy pocos, míster Grafton. Si el cliente está satisfecho, entonces creerá en mí. Y no querrá hacerme esperar mucho para pagarme mi dinero.

—Doctor Dee —dijo Grafton—, como usted sabe, trabajo en el departamento de publicidad. Estoy interesado en alguna de sus ideas, para ver la posibilidad de lanzar una campaña, eso es. Quizá podamos vernos la próxima semana.

—Aquí tiene mi tarjeta, míster Grafton. Mantengo abierto de nueve a nueve. Pero me temo que no podrá ser el lunes por la tarde de la próxima semana. Tengo una cita con mi zapatero. Es un fastidio —siguió diciendo el hombre pequeño—, pero tengo una ligera malformación del talón y mis zapatos me los tienen que hacer a medida. Y, créame, míster Grafton, no tiene usted la menor idea de lo mucho que me cobra ese hombre. Sería mejor andar descalzo.

Grafton bajó la mirada, observando el calzado de Dee. Eran altos, negros y estaban relucientemente limpios, y también eran pequeños, casi diminutos. Había algo de horripilante en su configuración y en un segundo Grafton se dio cuenta de lo que había de erróneo en ellos: eran casi tan anchos como largos; pero a pesar de ello tenía uno la impresión de que, al margen de la deformación, estaban como acolchados. «Pobre diablo —pensó—, debe ser un infierno tener que andar sobre esas cosas y, sin embargo, mantiene su sonrisa».

—Gracias, doctor Dee —dijo Grafton cogiendo la tarjeta—. Quizá vaya a visitarle más tarde durante la semana. Ha sido un placer conocerle.

—Servus, míster Grafton.

Más tarde, cuando regresaron a casa, Grafton no estaba muy sobrio. Lenore tuvo que conducir. Durante todo el trayecto Grafton dejó descansar su cabeza sobre el respaldo del asiento, sintiendo un fuerte vértigo mientras todo le daba vueltas en la cabeza; al mismo tiempo se sentía desligado de todo. A pesar de la cantidad de alcohol que había bebido, durmió muy mal, quedándole todo demasiado borroso como para separar los pensamientos de los sueños. 

En un momento el doctor Dee le estaba entregando una gran llave dorada mientras que Lenore y J. L. Girton aplaudían; al momento siguiente se encontraba despierto, sudando y comprobando el estado de su anémica cuenta corriente. «Al diablo con ello —pensó—; nadie puede hacer nada así». Pero se dijo a sí mismo que no tendría que pagar nada hasta que no funcionara. 

Quizá pudiera. «He oído hablar a veces de cosas de chiflados. No tengo nada que perder; ya lo he intentado todo. Si fracasa, no habré perdido nada; y si funciona, valdrá la pena pagarle lo que él quiera cobrar». Después se volvió a dormir, pero en ese rápido segundo que media entre la vigilia y el sueño había tomado una decisión.

Grafton estuvo ocupado con reuniones durante todo el lunes, pero el martes por la mañana tomó el metro de la Lexington Avenue y después anduvo por la Third Street. La tienda del doctor Dee se encontraba en el centro de la manzana, flanqueada por dos grandes comercios de anticuarios. El escaparate estaba lleno de biblias, pinturas religiosas, iconos y crucifijos. En uno de los rincones había una inscripción en letras góticas doradas: «Artículos religiosos, doctor John Dee»; debajo estaba el número de la calle.

La tienda tenía bastante clientela, pero un empleado que tenía el aspecto de un sacerdote malogrado se le acercó y le saludó afectadamente.

—¿Está el doctor Dee? Me pidió que viniera a verle.

—Sígame, por favor, míster Grafton.

Grafton le miró sospechosamente.

—¡El nombre! —exclamó el empleado—. ¡Oh! Eso es bastante fácil. Hay muy pocos clientes que piden ver personalmente al doctor Dee, y ayer nos dijo que un tal míster Grafton podría venir a verle.

El despacho del doctor Dee estaba en el segundo piso, dando a la calle. Grafton no sabía muy bien lo que había esperado... un cocodrilo disecado en la pared, quizá; esqueletos colgados del techo; un sombrero negro de tipo cónico con estrellas de plata en su frente. Pero, en realidad, el despacho era muy similar al suyo, aunque bastante más grande.

El doctor Dee se levantó de su sillón, brillándole los ojos, y estrechó vigorosamente la mano de Grafton.

—Dee-licioso —dijo sonriendo—. «Dee-licioso» es un pequeño chiste mío, por la combinación de palabras. Pero ahora, míster Grafton, vayamos al asunto. Sé que es usted un hombre muy ocupado. Como un buen amigo mío de Nueva Inglaterra; solía tener un cartel sobre su mesa que decía: «EL TIEMPO ES DINERO; VAYA A SU ASUNTO». En cambio yo, me temo que soy demasiado parlanchín. Pero siéntese, míster Grafton, siéntese.

Grafton tomó asiento cuidadosamente en una silla.

—Doctor Dee —dijo lenta y precavidamente—, suponga que existen dos hombres, cada uno de los cuales aspira a conseguir un buen puesto en la empresa donde trabajan.

—¡Qué vergüenza! —exclamó el doctor Dee—. Ataque al corazón, celos, rompimiento de antiguas amistades, insomnio, úlceras, amarga rivalidad. ¡Cuánto no daría yo por evitar tales conflictos, míster Grafton! Pero suelo ver demasiados de ese tipo en mi negocio.

—¿Puede arreglarlo? ¿Puede arreglarlo de modo que una de las personas no consiga el puesto?

El doctor Dee abrió uno de los cajones de su mesa de ejecutivo y sacó una pequeña botella llena de un líquido claro. En lugar de un corcho, en el cuello de la botella había un cuentagotas medicinal. Grafton se la quedó mirando horrorizado.

—No quiero decir eso —dijo rápidamente—. No tiene por qué ser eso. Lo único que deseo es dejarle fuera de la competición. Algo que le haga aparecer con un aspecto malo, que diga cosas tontas, que se convierta en un verdadero tonto durante las reuniones de directivos. Que se corte su propio cuello... figurativamente, claro —añadió con rapidez.

—Usted desea algo que garantice que Weatherby Fallstone no conseguirá la vicepresidencia cuando Eldon Smith se retire —dijo el doctor Dee—. No se sorprenda, míster Grafton. Siempre he pensado que es mucho mejor poner inmediatamente nuestras cartas sobre la mesa.

—¿Cómo sabe que se trata de Fallstone? —preguntó Grafton sospechosamente.

—Mi querido míster Grafton, voy de un lado a otro, asisto a fiestas y reuniones, aparte de que leo las Sagradas Escrituras —el doctor Dee parpadeó genialmente—. Voy de un lado a otro de la tierra, y subo y bajo en ella, y quedaría usted sorprendido de saber la gran cantidad de cosas que atraen mi atención.

De algún modo, toda aquella cuestión seguía siendo extraña y perturbadora para Grafton. Sin embargo, hizo la siguiente e inevitable pregunta, porque, en realidad, ya no podía hacer otra cosa:

—¿Puede hacerlo?

—Claro que sí, míster Grafton. Resultará bastante fácil. Tengo precisamente el método adecuado.

El doctor Dee se inclinó hacia la otra parte de la mesa y sacó un pequeño muñeco. Lo puso en las manos de Grafton. Estaba hecho de un plástico muy parecido a la carne y, durante un terrible momento, Grafton pensó que se movía por sí solo. Le dio la vuelta y miró su rostro; entonces se sintió realmente enfermo. Era una reproducción perfecta de Weatherby Fallstone, de la cabeza a los pies, con su traje blanco, su corbata negra y sus pantalones de franela gris.

—No se alarme, míster Grafton. Pensé que era esto lo que estaba deseando, así es que me tomé la libertad de hacerlo construir con anterioridad. Este plástico moderno es un material fantástico.

—¿Y qué hago yo con esto?

—Limítese a coger un alfiler normal, del tipo de los que se suelen poner en una camisa nueva, y aplíquelo al muñeco como crea más efectivo. Si lo clava en el hombro, producirá una repentina y agonizante bursitis que garantizará una oleada de dolor. En el abdomen, en cambio, producirá un violento ataque de úlcera. Abra la boca, míster Grafton... es muy fácil; vea cómo se mueve la mandíbula inferior. Si rasca en el cuello, tendrá repentinos vómitos en público... y eso es algo muy incómodo. Si prefiere arañar la lengua —¿ve la pequeña lengua roja?—, balbuceará, literalmente; no se entenderán sus palabras. Eso no le ayudará nada a hacer una presentación a un cliente. O quizá prefiera rascarle las costillas con la aguja. Sentirá entonces unas cosquillas incontrolables que le harán echarse a reír, como una joven histérica. Seguramente, todo eso no le recomendará muy bien para un ascenso.

—¿Existe alguna forma particular de hacerlo?

—Ligeramente, ligeramente, míster Grafton. Con suavidad, con mucha suavidad. Una ligera y continua presión o roce con la punta de la aguja, y podrá seguir utilizando el método siempre que quiera. Pero no introduzca la aguja en el muñeco dejándola clavada en él, porque entonces se encontrará con un hombre muerto. Y recuerdo muy bien lo sensible que es usted en esa cuestión.

—Me lo llevaré —dijo Grafton, deseando marcharse cuanto antes—. ¿Cuánto le debo?

—Mil dólares, una vez que haya quedado usted satisfecho.

—¿Me garantiza que esto colocará a Fallstone fuera de la competición por el puesto?

—Se lo garantizo, míster Grafton, aunque quizá sea ilegal decirlo así.

Grafton colocó el pequeño muñeco en la caja de madera forrada de terciopelo —como un ataúd, pensó— que le entregó el doctor Dee. Después, colocó la caja en su maletín.

—Mi cuenta será pagada una vez haya quedado satisfecho, míster Grafton.

—No se preocupe —dijo Grafton, sintiendo náuseas en su estómago—. No se preocupe. Le pagaré.

El viernes era el día en que se celebraba la reunión de directivos. Aquella mañana, Grafton decidió tener un gran resfriado. Hizo que Lenore, que apenas le dirigía la palabra, llamara a la oficina. Después, se quedó echado en la cama y esperó a que llegaran las once. A las 10:30 Lenore entró en el dormitorio, trayéndole el desayuno. Por primera vez en varias semanas, sus ojos no estaban velados ni mostraban hostilidad y su rostro estaba tranquilo. Colocó la bandeja sobre la mesita de noche, se inclinó sobre él y le besó.

—Gracias, cielo —dijo él—. Gracias por ambas cosas.

—Todo está bien, Howie. No te preocupes más por ello. No vale la pena. Quizá nunca valió la pena.

—No me voy a preocupar más. Lo consiga o no.

Ella le volvió a besar.

—Me voy de compras. ¿Estarás bien?

—Claro que sí. Me siento mejor. Puede que baje a la biblioteca y me ponga a leer un rato.

Cuando escuchó cómo ella cerraba la puerta, llamó rápidamente a la oficina y preguntó por Weatherby Fallstone.

—Weatherby —dijo—, tengo un terrible resfriado.

—Lo siento mucho, viejo. Cuídate.

—¿Estarás en la reunión?

—Claro. Tengo una o dos buenas ideas que quiero llevar a la práctica.

—Espero estar de regreso el lunes. ¿Querrás tomar unas notas y pasarme una síntesis de la reunión?

—Con gusto, viejo.

Colgó el teléfono, engulló ávidamente el desayuno y después se dirigió al estudio. Se sentó allí, con el pequeño muñeco en una mano y un alfiler en la otra. Sobre la mesa dejó algunos otros alfileres. Entonces, volvió a llamar a Fallstone.

—Míster Fallstone está en una reunión —le dijo la secretaria.

—No importa, le volveré a llamar más tarde.

Dejó que la reunión se desarrollara durante unos quince minutos. Y entonces empezó a actuar. Empezó con un simple dolor de cabeza. «Que no sea una terrible migraña», pensó, raspando el alfiler, como si fuera una pluma, sobre la frente del muñeco. Aquello solo era un mal preludio. Dejó pasar unos diez minutos antes de abrir la mandíbula inferior del muñeco; empezó a jugar entonces con la diminuta lengua. Después, arañó las costillas un rato y fue aumentando el proceso en un crescendo, rascando suavemente el cuello del muñeco. Tenía una idea final propia que puso en práctica: colocó un pañuelo doblado sobre los ojos del muñeco durante otros cinco minutos. Después, devolvió el muñeco a su caja y colocó esta en su maletín. Cuando Lenore regresó, estaba leyendo el The New York Times.

El lunes acudió a la oficina a una hora algo más temprana de lo usual para los cargos ejecutivos, pero su secretaria estaba allí, dispuesta a darle las noticias.

—Fue terrible, míster Grafton. Míster Fallstone sufrió un ataque durante la reunión del viernes. Se puso la cabeza entre las manos y gimió de dolor; después, empezó a balbucear y a decir cosas sin sentido. Más tarde, empezó a reír de tal modo que no podía detenerse. Y finalmente —entonces bajó el tono de su voz—, vomitó sobre el propio despacho de míster Girton. Cuando le sacaban de la sala, empezó a gritar diciendo que estaba ciego, y entonces le llevaron al hospital.

—Terrible. ¿Cómo está ahora?

—He oído decir que estaba bien, pero le tienen en una especie de observación.

Estaba leyendo el Times tranquilamente y con cierto alivio cuando el intercomunicador sonó, llamándole. Antes de dirigirse al despacho de J. L., pasó ante el de Fallstone, mirando en su interior. No había en él el menor signo de vida. Solo unas cuantas pertenencias personales amontonadas —pastillas, un paraguas, unos cuantos libros—; todo ello amontonado sobre la mesa, donde lo había colocado el botones. Aquello le convenció de que el despacho ya no estaba ocupado por nadie.

—Supongo que se habrá enterado usted —dijo J. L., indicándole una silla con un movimiento de la mano.

—Terrible.

—No puedo entenderlo. Parecía un hombre tan racional y tan tranquilo. Supongo que el pobre diablo ha bebido demasiado. Bueno, no podemos quedarnos sentados lamentándonos. Howard, quiero que empiece a trabajar muy estrechamente con Eldon. Él nos dejará dentro de un par de meses y hay una gran cantidad de cabos sueltos que deberá usted atar antes de que nos deje.

—Aprecio mucho esto, J. L. Ya sabe que puede contar conmigo. —Se detuvo un momento y habló muy seriamente—: Es una lástima que tuviera que suceder de este modo.

—No vale la pena preocuparse por ello, Howard. No es culpa suya. Y ahora, vaya a empezar a trabajar.

El cheque que envió aquella misma tarde al doctor Dee superaba el saldo de su cuenta corriente. Para cubrirlo, tuvo que cobrar unos bonos de ahorro que poseía, depositando el dinero en su cuenta. Ya era casi la hora de cerrar y las ventanillas estaban empezando a bajarse, pero Grafton las mantuvo abiertas el tiempo suficiente para certificar su cheque. Había firmado con anterioridad algunos cheques incobrables, pero, de algún modo, tenía la sensación de que no desearía por nada del mundo que este cheque se lo devolvieran con la nota de «fondos insuficientes». Más tarde, lo envió por correo certificado y entrega especial.

Durante el transcurso de las semanas siguientes se enteró a trozos de que Fallstone había sido dado de baja en el hospital, de que se le había entregado un generoso cheque como despedida, de que se estaba dedicando a visitar las agencias de publicidad con su álbum de recortes y de que había sido visto, completamente borracho, en un bar. Al cabo de un tiempo, su caso dejó de preocupar a Grafton. Estaba demasiado ocupado.

Se encontraba solo en su despacho, trabajando a una hora bastante avanzada en un proyecto que el viejo Eldon había dejado atascado. Fue entonces cuando sintió el dolor. Fue como una puñalada en su vientre que le obligó a doblarse, sintiendo un dolor punzante y angustioso que le hizo caer de la silla al suelo. Tuvo un breve momento de respiro, pero el dolor volvió de nuevo. Fue entonces cuando Grafton recordó que todos los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados habían estado presentes en la fiesta, y se dio cuenta entonces de que el doctor Dee había hablado también con otras personas, y no solo con él. Durante un instante sintió un cierto alivio mientras que, en un alejado rincón de su memoria, se dibujaba la figura del doctor Dee hablando con Fallstone. Después, volvió a sentir aquel terrible dolor.

Estaba gimiendo, tendido en el suelo, cuando el vigilante de noche pasó por allí una hora después; pero cuando le llevaron al hospital, ya estaba muerto.

—No puedo entenderlo —dijo J. L. Girton a Frank Baker—. Tenía una salud perfecta. Tenía toda la vida por delante. Es un asunto terrible. Bien, Frank, ahora todo depende de usted.

—Haré todo lo que pueda, señor —dijo Baker con la juvenil modestia que era su forma particular de actuar en los negocios.

Míster Girton agregó:

—J. L.

—J. L., me gustaría tomarme una hora libre para decírselo a Betty. Significará mucho para ella. Imagíneselo: vicepresidente.

—Desde luego, muchacho. Hágalo. Y no olvide presentar mis respetos a su hermosa esposa.

Antes de pasar por su apartamento, el joven Frank Baker pasó por la tienda del doctor Dee.

—Aquí traigo el pago —dijo—. Acaban de nombrarme vicepresidente.

—¡Magnífico! Tenía la fuerte sensación de que usted lo conseguiría. Sentí una gran simpatía por usted desde el primer momento en que nos encontramos.

—¿Puede usted decirme, si le está permitido, claro, cómo se las arregló?

—No he hecho gran cosa.

—Me ha convertido usted en vicepresidente, eso es todo. Y solo por medio del poder mental... simplemente deseándolo así para mí.

El doctor Dee abrió uno de los cajones y sacó un pequeño muñeco.

—¿Recuerda usted cómo actúa esto, verdad?

—Sí, usted mismo me lo dijo.

—Bueno, Grafton y Fallstone han quedado fuera de juego... cada uno se desembarazó del otro. Se eliminaron entre sí.

—Doctor Dee, ¿quiere usted decir que le dijo a cada uno de ellos que conseguirían el puesto para después permitir que lo consiguiera yo? Y si eso es así, ¿no resulta algo poco ético?

—No hay nada de eso, muchacho. Le dije a cada uno de ellos que procuraría que el otro no consiguiera el puesto. Eso era lo que ellos querían, y yo mantuve mi palabra.

El doctor Dee volvió a colocar el muñeco en el cajón.

—Usted, en cambio, me pidió ese puesto específicamente —sonrió ampliamente y añadió—: Y lo ha conseguido.