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El vencimiento de la hipoteca de Míster Mappin - Zena Collier

Según la experiencia de míster Mappin, la vida no es lo que uno quiere que sea. Antes al contrario, la vida es la que le hace a uno. Las circunstancias de la vida se estrechan alrededor de uno, cercándole, obligándole implacablemente a concretarse. Míster Mappin, por ejemplo, que en otros tiempos se viera a sí mismo como un diplomático importante, un corresponsal extranjero, e incluso —y se sentía particularmente orgulloso de esta idea— como capitán de uno de esos majestuosos palacios flotantes en los que parece concentrarse todo el esplendor, la magia y el romanticismo del mundo, rondaba ya los veinte años de servicio en el departamento de hipotecas de Trimble, Goshen & Webb, abogados.


Veinte años atrás había llegado a Trimble, Goshen & Webb lleno de grandes esperanzas, con los ojos muy claros y manteniendo siempre ante él un firme anteproyecto de su futuro. No había dejado de ser un pequeño logro el ser aceptado por una empresa de tanta reputación como Trimble y Cía., de modo que sólo sintió muy débilmente haber tenido que posponer aquellos otros sueños... 

«Míster Mappin expresó hoy un moderado optimismo sobre su reunión con el embajador de Transilvania...» «...George Mappin dice en su último comunicado desde Hong Kong...» «El comodoro Mappin solicita el honor de que la señora condesa acuda a su mesa esta noche...» 

Aquellos sueños que quizá pertenecían más bien al reino de las imaginaciones propias de un muchacho. Al fin y al cabo, cuando todo estuviera dicho y hecho, tampoco quedaría mal un «míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

¿Y qué había sido de todo aquello? ¿Qué había ocurrido en aquellos veinte años? Había envejecido, eso era lo que había sucedido. Y estaba en Hipotecas. Mientras que lo primero era un mal inevitable, lo segundo no había dejado de ser como la levadura que hinchaba el pan de la amargura que últimamente envenenaba todos sus momentos de vigilia.

Durante los dos primeros años, se sintió contento de esperar a que llegara el momento oportuno. Había tenido la oportunidad de aprender un poco de todo —verificación de testamentos, litigación, casos de seguros, escrituras de traspaso de bienes raíces, e incluso cuestiones relacionadas con impuestos y propiedad industrial—, antes de ser finalmente asignado al Departamento de Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe. 

Y allí había cumplido lo mejor que pudo, enfrentándose con investigaciones locales, sumarios, requisiciones de títulos, contratos, alquileres, hasta que conoció todo el trabajo realizado y por realizar, por dentro y por fuera. Y, a pesar del hecho de que la práctica de la ley no resultaba ser tal y como se la había imaginado —aquellas preguntas de los sumarios y recónditas respuestas, los secos términos de un arte antiguo—, se sintió bastante contento al principio. 

Naturalmente, esto ocurrió porque sólo se trataba de un período pasajero, hasta que los Poderes que Son recordaran dónde habían dejado a George Mappin, lo sacaran de Hipotecas, y lo enviaran a realizar misiones mucho más importantes y excitantes.

Pero había permanecido allí mucho más tiempo del esperado. De hecho, tuvieron que pasar diez años antes de que, finalmente, se le hiciera pasar al despacho de míster Trimble. Y su corazón latió con un poco más de rapidez y alegría ante la perspectiva de un cambio que, por fin, se iba a producir, después de tanto tiempo.

Míster Trimble se balanceó tranquilamente en el cómodo sillón situado tras la mesa, y le ofreció un cigarrillo.

—Veamos, usted ha estado con nosotros desde hace..., ¿cuántos años? ¿Siete? ¿Ocho?

—Diez, señor —dijo míster Mappin.

—Bien, bien, ¡cómo pasa el tiempo! —exclamó míster Trimble sacudiendo pesarosamente su blanca cabeza—. Ha estado la mayor parte del tiempo trabajando en Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe, ¿no es cierto?

—Así es, señor.

Míster Mappin se regocijaba interiormente; había llegado el momento, por fin había llegado el momento. ¿Cuál sería el resultado? Podría tratarse del departamento de la empresa que se ocupaba de las altas finanzas y que, en opinión de míster Mappin, era tan excitante como cazar tigres en Kenia, aunque quizá mucho menos pesado. 

O podría tratarse del departamento de difamación... había oído decir que aquel joven, Strauss, que se había encargado hasta entonces de todas las cuestiones de difamación, abandonaba la empresa para iniciar un negocio por su cuenta; así pues, quizá se le responsabilizara ahora de ese departamento a él, míster Mappin. 

O podría ser litigios de seguros..., este departamento no era tan animado, pero, sin duda alguna, era mucho más preferible que las hipotecas. Cualquier cosa del mundo sería mejor que las hipotecas, así es que míster Mappin esperó con ansiedad el edicto de míster Trimble.

—Voy a tratar directamente el asunto —dijo míster Trimble—. ¿Qué le parecería hacerse cargo de Hipotecas, míster Mappin? —preguntó al fin, mirándole expectativamente.

—¿Hacerme cargo de Hipotecas? —preguntó estupefacto, utilizando las mismas palabras—. Pero..., pero, míster Trimble, yo ya estoy en Hipotecas. ¿Cómo puede ser? He estado en Hipotecas prácticamente desde que llegué...

—Creo que no me comprende bien del todo —dijo míster Trimble—. Cuando se celebró la última reunión de cargos de la empresa, la semana pasada, míster Carewe nos anunció que pensaba jubilarse, y entonces se decidió ofrecerle a usted el departamento de Hipotecas..., quiero decir, ponerle a usted al frente de ese departamento. Como, sin duda alguna, sabrá —míster Trimble no podía evitar a veces hablar con una cierta redundancia de vocablos legales—, se trata de un puesto de elevada responsabilidad, para el que se necesita a una persona constante, como usted; alguien que tenga sensibilidad para el detalle, el método, la prudencia.

—¿Yo? —preguntó míster Mappin con incredulidad.

—Sí, usted —dijo míster Trimble con firmeza—. Creemos que es usted la persona más apropiada para ese trabajo, que está usted altamente cualificado para llevar todas esas cuentas, y que...

—No —le interrumpió míster Mappin un poco violentamente—. No, no, yo no soy... esas cosas que usted dice. No es..., yo había pensado... en algo con un poco más de oportunidades, con más... —se detuvo en busca de nuevas palabras.

Míster Trimble se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, juntando las palmas de sus manos. Sin ninguna crueldad, dijo:

—Comprendo, míster Mappin. Le comprendo perfectamente. Pero, por otra parte, creo..., quiero decir que la empresa cree que tanto usted como la propia empresa recibirán los mayores beneficios si realiza usted el tipo de trabajo para el que está más preparado.

Pero entonces, míster Mappin se sintió desesperado, y no pudo evitar el espetar:

—¡Preparado! ¡Hipotecas! ¿Yo?

—Como sabe usted, George —dijo míster Trimble, y míster Mappin recordaría más tarde que esta fue la primera y última vez en que míster Trimble le llamó George—, un hombre que ocupa el puesto adecuado es un hombre sensato, que conoce sus capacidades y reconoce sus limitaciones. Le hemos estado observando últimamente, y me parece..., la empresa cree que realiza usted un trabajo excelente donde está y que puede ser de un gran servicio en ese puesto.

Tras escuchar aquellas palabras, míster Mappin se dio cuenta de que había perdido la batalla. Trimble, Goshen & Webb no habían alcanzado su posición actual a causa de una falta de buen juicio, sino todo lo contrario. 

De todos modos, viéndole allí sentado, hundido un poco en el cómodo sillón, se dio cuenta por fin de que, después de todo, no era un hombre de mente brillante, bien equilibrada y capaz de enfrentarse a las situaciones con estrategia. Sus mejores cualidades no eran precisamente las del desafío y el empuje que requiere una negociación comercial. 

Finalmente, a él ni siquiera le quedaba aquel otro sueño: «Míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

La voz de míster Trimble le llegó con claridad a través de los restos de sus esperanzas casi desvanecidas.

—¿Aceptará usted entonces?

Se trataba de una pregunta muy dura. La cabeza le daba vueltas, pero míster Mappin terminó por asentir con un leve movimiento afirmativo.

—Está bien —dijo míster Trimble con brusquedad, extendiendo la mano hacia él—. ¡Felicidades!

La mano de míster Mappin estrechó la otra.

—¿Felicidades? —preguntó insensiblemente.

—Después de todo, se trata de un ascenso —le recordó míster Trimble.

—¡Oh, sí! Sí, claro —dijo míster Mappin—. Gracias.

Después, se volvió y abandonó el despacho.

Así pues, había vuelto al departamento de Hipotecas, con un cambio de cargo, un aumento de salario, un despacho diferente... pero seguía siendo Hipotecas. El seco y rojo departamento de Hipotecas. 

Y durante un día tras otro, sin fin, míster Mappin solucionó con eficacia todo aquello que se le planteó, satisfaciendo a todos, como siempre, y obteniendo bien poco de lo que hacía. La vida siguió su curso y él supo que lo único que cambiaría sería él mismo, haciéndose un poco más viejo cada día, más viejo, más viejo, y siempre en Hipotecas.

Fue entonces cuando empezó a sentir la amargura. Sentado ante su mesa, veía a otros hombres llegar a la empresa, hombres más jóvenes que él, y su resentimiento aumentó a cada año que pasó con la llegada de cada nuevo joven zumbándole en los oídos, con la tinta de los documentos de examen, con cada nuevo hombre al que se le ofreció una oportunidad para demostrar lo que era capaz de hacer en difamaciones, patentes y seguros; hombres que progresaron y llegaron a ocupar oficinas mucho más imponentes en los pisos superiores (cuanto más elevado era el puesto que se ocupaba en Trimble, más alto era el piso donde se trabajaba); algunos de aquellos hombres llegaron incluso a ser admitidos como socios de la empresa.

Y eso era otra cuestión. Lo menos que podían hacer después de quince años era ofrecerle ser socio de la empresa. Porque, aun cuando despreciaba el departamento de Hipotecas, hacía bien su trabajo. «Pero no —pensaba míster Mappin—, nadie se da cuenta, nadie se preocupa por eso». 

En cuanto a míster Trimble, desde aquel día, ya lejano, en que le ofreció, le entregó, le obligó a hacerse cargo de Hipotecas, nunca tuvo para él una sola palabra de elogio. Ofrecerle ser socio habría sido una forma de mostrarle aprecio. Míster Mappin pensaba que eso habría sido una muestra de lo mucho que le estimaban.

En cierta ocasión hizo un intento para salir de Hipotecas. Se fue a ver a míster Trimble y le pidió directamente que le cambiara de departamento.

—Pero... después de todos estos años..., ¿es que no está a gusto en Hipotecas? —preguntó míster Trimble con sorpresa.

—Me gustaría un cambio —dijo obstinadamente míster Mappin—. Uno se cansa de hacer lo mismo un año tras otro.

—¿Cansado? ¿Está usted cansado de Hipotecas? —míster Trimble se le quedó mirando como si hubiera pronunciado una blasfemia y finalmente dijo—: Siga con lo que está haciendo durante algún tiempo y veremos lo que se puede hacer. En realidad, míster Mappin, es usted tan apropiado para ese departamento..., creemos que no existe en la empresa ninguna otra persona en la que podamos confiar tan bien como en usted para Hipotecas.

Y míster Mappin abandonó el despacho de míster Trimble sabiendo muy bien que de aquella entrevista no saldría nada positivo para él, y que tendría que permanecer donde estaba.

«Atrapado», pensó míster Mappin. Y finalmente, de la amargura, del resentimiento, de la desilusión, surgió el odio. Odio contra la empresa que había cometido contra él aquella injusticia tan terrible, que le había arrojado a un rincón, en Hipotecas... a él, a George Mappin, que había soñado con una clase de vida tan diferente. Y el odio aumentó, aumentó y aumentó hasta que cada soplo de aire que respiraba estaba lleno de su desagradable gusto.

Fue poco antes de acabar sus veinte años de trabajo en Hipotecas cuando míster Mappin empezó a pensar con placer en asesinar a míster Trimble, quien, para él, representaba a la empresa que tan mal le había tratado. En cuanto se le ocurrió la idea, míster Mappin se sintió mejor. 

Era algo en lo que podía pensar por la noche, cuando estaba echado en la cama, despierto, de modo que en lugar de ponerse a pensar frenéticamente en todos aquellos años perdidos pudo concentrar sus pensamientos, con calma y objetividad, en un tema que le producía un infinito placer. 

Como quiera que, desde luego, no tenía la menor intención de poner en práctica su idea, se trató de un pasatiempo con el que no hacía daño a nadie y que, de algún modo, le proporcionaba una sensación de alivio.

Así pues, aquella clase de pensamientos se convirtieron en un hábito regular y cada noche, cuando se preparaba para acostarse, volvía hacia ellos con una penetrante anticipación. Se desnudaba con rapidez, apagaba la luz, se quitaba las gafas y se metía en la cama. Después, se echaba sobre la espalda, se quedaba mirando fijamente hacia la oscuridad y se ponía a pensar. 

Reflexionaba con gusto sobre los pros y los contras de varios métodos. Consideraba con gran placer las cuestiones relacionadas con el tiempo y las coartadas. Aunque míster Mappin no era ningún especialista en asesinatos, había leído bastantes novelas de detectives, suficientes como para familiarizarse con el axioma de que el mejor plan es el más simple. 

Finalmente, míster Mappin eligió, hipotéticamente desde luego, un plan muy simple. Había cada tarde un período de tiempo en el que míster Trimble no veía a ningún cliente, ni dictaba cartas, ni aceptaba llamadas telefónicas. Desde las cuatro a las cuatro y media de la tarde se tomaba un rato de relax —«mi propia resistencia a las presiones de este mundo de continuo trabajo», según él mismo decía—, y ¡ay de quien se atreviera a perturbar este período de descanso! La secretaria, la telefonista y todo el personal tenían instrucciones estrictas de mantenerse alejados de su despacho durante aquella media hora. «Voilà —pensó míster Mappin—, aquí está lo que necesito, hecho a mi medida». Sólo tenía que entrar en su despacho... y asesinarle.

Quedaba por resolver la cuestión del arma. Las armas de fuego eran muy ruidosas, un cuchillo resultaba muy sucio, un veneno..., el veneno resultaba algo demasiado científico y bastante complicado. Entonces recordó que sobre el despacho de míster Trimble había un pesado pisapapeles de bronce con la figura de un buda. «Ideal», pensó míster Mappin.

¿Y después qué? Bueno, sólo se trataba de matarle —míster Mappin siempre saltaba con rapidez sobre el propio hecho—, y después, para disponer de un poco más de tiempo, pondría el cuerpo en el armario que había en uno de los rincones del despacho de míster Trimble, cerraría la puerta del armario, regresaría a su propio despacho, y eso sería todo.

El único defecto del plan era que alguien podía verle abandonar el despacho. Pero ese sería el riesgo que tendría que correr y, en realidad, se trataba de un riesgo muy pequeño porque el despacho de míster Trimble estaba en el sexto piso y a aquellas horas de la tarde nadie se atrevería a subir allí.

Y así, del mismo modo que otras personas se dedican a contar borregos, míster Mappin calculaba las cuestiones relacionadas con un detalle u otro, hasta que llegó un momento en que lo tuvo todo perfectamente planeado. 

Realmente, era una lástima que nunca tuviera la oportunidad de demostrar lo que podría llegar a hacer en este nuevo campo. No podía evitar el sentir que todo el mundo le demostraría muchísimo más respeto en la oficina si supieran la clase de cosas que era capaz de hacer.

¡Ah, respeto...! Esa era otra cuestión. Todos aquellos jóvenes que habían llegado nuevos... Dos de ellos acababan de ser asignados a su departamento. Aquella misma mañana había interceptado un guiño entre ellos cuando él llegó. Un guiño... ¡y sobre él! Si hubiera sido un socio de la empresa, nunca se habrían atrevido a hacerlo. Nunca. 

Bueno, no importaba; no se quedarían mucho más tiempo en Hipotecas. Ellos no. Porque no tardarían en ser trasladados a algún otro departamento, a realizar algún trabajo algo más espectacular. No le cabía la menor duda..., y eso era precisamente lo que él hubiera deseado: ser trasladado.

El fuego del odio volvía entonces a encenderse en su interior.

Le pareció que últimamente hasta la misma miss Ashley había estado comportándose con él de un modo muy extraño. Miss Ashley era la mecanógrafa que compartía con míster Lyons, porque únicamente los socios de la empresa disponían de sus propias secretarias. 

Habría sido poco menos que un insulto que miss Ashley fuera al menos bonita (miss Burke, la secretaria de míster Trimble era, desde luego, una criatura perfecta y encantadora). Pero miss Ashley era una mujer baja y regordeta, con una barbilla muy corta y que tenía la desgraciada costumbre de reírse tonta y constantemente por cualquier cosa. 

El otro día, por ejemplo, cuando él recordó por casualidad el hecho de que a la semana siguiente cumpliría veinte años de servicio en la empresa (diciendo en voz alta sus propios pensamientos, y hablando más para sí mismo que para ella), miss Ashley emitió una risa chirriante que tuvo que cortar repentinamente cuando él la miró, mostrando en su rostro su profundo disgusto.

«Ríete, tonta —pensó míster Mappin, agitándose interiormente—. ¿Es que es algo tan divertido? ¿Le resulta divertido que haya desperdiciado aquí veinte años de mi vida? ¿Es eso algo realmente tan jocoso?». Se vio tan asaltado por la fuerza de sus sentimientos que tuvo que excusarse y salir de la oficina sin un destino concreto, para no verse obligado a pegarle. 

A la semana siguiente, míster Mappin se resfrió. El lunes sintió dolor de cuello, el martes tuvo dolor de cuello y, además, de cabeza, y el miércoles por la noche se quedó durmiendo en cuanto su cabeza se puso en contacto con la almohada, sin acordarse siquiera de pensar en míster Trimble. El jueves se despertó con fiebre. Se tomó la temperatura y comprobó que estaba a treinta y ocho. 

Se vistió débilmente y arrastró sus doloridos huesos, saliendo de la casa. No sabía por qué iba a trabajar aquel día; nadie apreciaría su esfuerzo. Pero, de todos modos, siguió su camino porque aquel día hacía veinte años que trabajaba para Trimble y Cía., y nunca se sabe..., quizá alguien pudiera, sólo pudiera recordar el hecho y mencionárselo. 

En honor a la verdad, suponía que ocurriría así; en el fondo, iba a trabajar con aquella esperanza. Porque se sentía muy enfermo. Sus piernas se le doblaban en los momentos más inoportunos. Sentía el cuerpo caliente y frío alternativamente, y notaba como si su cabeza fuera a explotarle en cualquier momento.

Tras haber llegado, sintió mucho haber realizado todo aquel esfuerzo. Nadie le dijo nada y era evidente que nadie iba a decirle nada. Y, después de todo, él tenía cierto orgullo; si nadie iba a recordárselo, no sería él quien lo hiciera. Podrían pensar que estaba implorando una palmada de conmiseración en la espalda, o algo así. 

Y míster Mappin pensó amargamente que aquello sería extraordinariamente ridículo, desde luego... la idea de que George Mappin recibiera una palmada de conmiseración en la espalda.

A las dos de la tarde llamó a miss Ashley aunque, tal y como se sentía, encontró algunas dificultades para concentrarse. Pero pensó pasar aquel día para regresar después a casa y meterse en la cama durante un día o una semana, o un mes si era necesario, y dejarles colgados a todos. Que el trabajo se amontonara, ¿a quién le preocupaba eso?

Apenas había empezado a dictar, entró míster Trimble.

—Perdone la interrupción —dijo—, ¿tiene usted a mano la liquidación de Copeland? Quizá pudiera darle un vistazo...

Míster Mappin le entregó el acta y esperó a que míster Trimble la ojeara.

—No habrá ningún error, ¿verdad? —preguntó míster Mappin—. No hay ningún defecto en el título, el...

—¡Oh, no! No es nada de eso —contestó míster Trimble—. Es que míster Copeland me ha llamado hace unos minutos y me ha pedido que le explicara uno o dos puntos...

—Pero si yo mismo se lo expliqué todo la última vez que estuvo aquí —dijo míster Mappin, sorprendido—. Creí haberlo dejado todo aclarado.

—¡Oh! Estoy seguro de que así lo hizo —se apresuró a decir míster Trimble—. Pero, al parecer, a míster Copeland se le acaba de ocurrir una pequeña cuestión sin importancia..., algo que tiene que ver con esos derechos de pesca...

—En ese caso, ¿por qué no me lo ha preguntado a mí? —dijo míster Mappin, elevando la voz a pesar suyo—. Desde el momento en que estoy a cargo del asunto...

—Bueno, ya sabe cómo son estas cosas —dijo míster Trimble, dirigiéndose ya hacia la puerta—. Reg Copeland y yo nos encontramos con frecuencia en el club, así es que, probablemente, ha pensado que para tratar detalles sin importancia puede disponer de mi tiempo con mayor impunidad que del suyo.

Tras decir esto, sonrió cautelosamente a míster Mappin y se marchó. Un momento después, míster Mappin continuaba su dictado.

Pero sabía muy bien, al margen de aquella sonrisa, lo que míster Trimble había querido dar a entender. Míster Mappin se las arreglaba bien cuando se trataba de hipotecas para los Smith y para los Jones, en cuestiones de tipo habitual. Pero cuando se trataba de grandes cuestiones y de clientes realmente importantes, como Reginald Copeland, amigo de míster Trimble, George Mappin no era suficiente para llevarlas adelante. 

No entendía por qué. La semana anterior había supervisado junto con los Copeland cada uno de los pasos de la transacción y míster Copeland pareció perfectamente satisfecho en aquellos momentos. Si tenía alguna pregunta que plantear, ¿por qué lo había hecho pasando sobre la cabeza de míster Mappin?

Sentado ante su mesa, míster Mappin empezó a enfurecerse. Aparte de cualquier otra consideración e incluso de lo rudo que pudiera haber sido míster Trimble, lo cierto es que había hablado de «detalles sin importancia». 

Aquello sí que estaba bien, pensó míster Mappin: primero le confinaban en Hipotecas durante veinte años, y después le quitaban cualquier trabajo que tuviera una cierta dignidad o importancia llamándole «detalles sin importancia». ¿Era así como míster Trimble consideraba sus veinte años de desempeño consciente de su trabajo? ¿Era así? ¿Era así?

Debido a todo lo que sentía en aquellos momentos, el corazón de míster Mappin parecía a punto de saltársele en el pecho. Le dolía mucho la cabeza, la nariz le goteaba y, de pronto, no sintió el menor deseo de seguir trabajando, por lo que despidió a miss Ashley. 

Una vez solo, se colocó la cabeza entre las manos y permaneció allí, sentado, mientras los años regresaban a su memoria: años llenos de vacío, de desagradables esfuerzos que no habían sido recompensados en absoluto. 

Y ahora, aquel mismo día, ¿no podía haber esperado de míster Trimble alguna palabra, viéndole precisamente aquel día..., aun cuando fuera sólo algo trivial e incluso tonto, como un «felicidades por sus años de servicio»?

Míster Mappin permaneció sentado durante mucho tiempo. No podría haberle dicho a nadie lo que estaba pensando con exactitud. Sabía que se sentía muy mal y que un mazo le estaba golpeando la cabeza continuamente, justo sobre sus ojos. Estornudó y buscó cansadamente su pañuelo. «Debe estar acercándose la hora —pensó—, y desearía estar ya en casa, en la cama».

Miró su reloj. Las manecillas indicaban que eran las cuatro y cinco.

Míster Mappin no supo por qué, pero ahora, mirando la hora, observando cómo el segundero de su reloj avanzaba lentamente, dando una vuelta y otra, le pareció que había algo que tenía que hacer. Algo..., algo. Algo muy importante si es que quería volver a encontrar de nuevo paz en su mente.

Se levantó y lo único que supo después fue que estaba subiendo lentamente las escaleras, arriba, arriba, el cuarto piso, el quinto, el sexto. Una vez en el sexto piso, se detuvo y permaneció en silencio por un momento, apretándose una mano contra la dolorida cabeza. Y recordó entonces por qué estaba allí, hacia dónde se dirigía y qué era lo que tenía que hacer.

Todo el resto del mundo pareció desvanecerse entonces. No se le ocurrió mirar si había otras personas, preguntarse si se encontraría con alguien en su camino, alguien que, quizá, pudiera recordarlo más tarde. Se limitó a concentrarse en el problema principal que tenía planteado en aquel momento y que no era otro que poner un pie delante del otro y avanzar lentamente hacia donde quería ir.

Avanzó directamente por el pasillo y llegó a la puerta ante la que había un letrero con el nombre de «Emerson Trimble». Abrió la puerta sin llamar y penetró en el despacho. Sus pies no hicieron ningún ruido sobre la alfombra y míster Trimble ni siquiera levantó la mirada de su mesa, ante la que estaba concentrado en algo que estaba escribiendo. Míster Mappin se aproximó a él. Se situó justo enfrente de la mesa y su mano se posó sobre el buda de bronce cuando, finalmente, míster Trimble levantó su mirada.

Míster Trimble le observó con recelo tras dar un vistazo a su reloj.

—Catorce —murmuró, y miró inquisitivamente a míster Mappin—. Supongo que tiene usted algo muy importante que decirme para venir a verme a esta hora.

—Sí —contestó míster Mappin—. Se trata de algo muy importante, míster Trimble.

Y sin pensárselo dos veces levantó el buda y lo dejó caer pesadamente, con toda su fuerza, sobre la cabeza de míster Trimble.

Y así fue como lo hizo, sin ruido. Naturalmente, hubo sangre. Míster Mappin había olvidado que haría sangre, y apartó sus ojos del cuerpo, mientras la habitación oscilaba terriblemente a su alrededor. Después, hizo lo que tenía que hacer. Primero borró cuidadosamente sus huellas de la figura del buda; después extendió la chaqueta de míster Trimble..., bueno, la puso de tal modo que no tuviera necesidad de ver lo que había hecho; finalmente, haciendo un gran esfuerzo, se las arregló para arrastrar el cuerpo hasta el armario. 

Era todo como una pesadilla y, por un momento, míster Mappin pensó que nunca lo conseguiría. Pero lo consiguió. Después, tuvo una brillante idea. Cogió el abrigo y el sombrero de míster Trimble, tomándolos del perchero, y los escondió también en el armario, cerrando después la puerta. De ese modo, cualquiera que entrara en el despacho después de las cuatro y media no vería el abrigo y supondría que se habría marchado pronto para acudir a alguna cita, o simplemente a casa. 

Naturalmente, aquello no representaba ninguna diferencia, pero le daría tiempo suficiente para regresar a su despacho y permanecer allí hasta que fueran las cinco de la tarde, la hora de salida, sin que el crimen hubiera sido descubierto. Porque si, una vez descubierto el asesinato, la gente recordaba que míster Mappin se había marchado pronto aquella tarde, podría parecer sospechoso.

Se apretó una mano contra la frente, extrañado de poder pensar ahora en todas aquellas cosas, a pesar de que se sentía tan enfermo. Al dar un último vistazo por el despacho para asegurarse de que todo estaba en orden, vio que había algo... sucio sobre la mesa. Las hojas en las que había estado escribiendo míster Trimble estaban manchadas de rojo. Míster Mappin las recogió, las arrugó todo lo que pudo en su mano, y las ocultó cuidadosamente en el fondo de la papelera.

Después se marchó, regresando a su propio despacho, sintiéndose aturdido y sin haberse encontrado con nadie. En realidad, pensó, resultaba todo muy divertido; la providencia parecía haber estado de su lado en esta ocasión. Parecía como si no hubiera nadie en toda la oficina.

Entonces le aumentó la fiebre, se sintió como si se estuviera quemando y dejó de pensar en otra cosa que no fuera la necesidad de llegar a su casa y meterse en la cama.

Al cabo de lo que le pareció un siglo, fueron las cinco de la tarde. Lenta y dolorosamente, se puso el abrigo, el sombrero y los chanclos de goma. Se dirigió hacia el ascensor, apretó el botón de llamada y esperó. Cuando llegó, penetró en él, apoyándose débilmente sobre la espalda y cerrando los ojos, mientras el ascensor parecía moverse lentamente hacia abajo.

Por lo visto..., por lo visto debía estar realmente muy enfermo. Tuvo la sensación de que el ascensor estaba subiendo, en lugar de bajar. Abrió los ojos.

—Frank —le dijo al ascensorista—, Frank, me marcho..., quiero ir abajo.

¿Qué era aquello? ¿Qué cosa tan horrible estaba sucediendo? Frank ignoró sus palabras, hizo una mueca y el ascensor siguió subiendo.

—He dicho que abajo —repitió míster Mappin furiosamente—. ¡Abajo! Quiero ir abajo. Estoy enfermo; por favor, lléveme abajo inmediatamente.

El ascensor se detuvo, la puerta se abrió y una docena de manos se extendieron hacia él. Había risas, una gran cantidad de risas y un fuerte zumbido de conversaciones. ¿Quién...? ¿Qué...? Se sintió repentinamente ciego, como si hubiera perdido todas sus facultades de pronto, mientras su cuerpo, empujado por las manos, fue sacado del ascensor, dando tropiezos.

Y entonces vio dónde estaba. Este era el séptimo piso. El Sancta Sanctórum. Pero ¿qué hacía él aquí? ¿Y por qué le empujaban todas aquellas personas, obligándole a avanzar?

Miró a su alrededor y reconoció algunos rostros que aparecieron como a través de una neblina... la telefonista... miss Ashley..., míster Lyons y míster Hawkins..., miss Burke... algunas de las otras chicas... y más allá, saliendo de aquella puerta... míster Webb, ¿no era él? Se restregó los ojos. Sí, era míster Webb que se acercó a él, riendo, y le dio una palmada en la espalda.

Y después, le hicieron cruzar la puerta, mientras todos reían y hablaban en voz alta. No pudo distinguir una sola palabra de lo que decían. Pero reconoció la habitación, a pesar de lo que habían hecho en ella. Se trataba de la sala donde se celebraban las reuniones mensuales de la empresa, donde los directores y jefes de departamento se encontraban y discutían los negocios de la empresa. 

Pero ahora, la sala estaba arreglada como para dar un banquete. Míster Mappin se dio cuenta de ello, a pesar de que la cabeza le daba vueltas, y observó las mesas, preparadas para la cena. Y entonces, le condujeron hacia la mesa presidencial, y le sentaron en el centro de la misma, con míster Goshen sentado a su izquierda, y con míster Webb más a su izquierda, y un asiento vacío a su derecha, mientras todos los demás, hombres y mujeres, todo el personal de la empresa, tomaba asiento.

A través de un terrible zumbido en sus oídos se dio cuenta de que míster Webb se había puesto de pie y decía algo que míster Mappin sintió instintivamente como de gran importancia, algo a lo que debía prestar una muy cuidadosa atención. 

Pudo escuchar partes sueltas de lo que decía, pero la voz de míster Webb parecía desvanecerse extrañamente, como si se perdiera en la nada para resurgir de pronto como un transatlántico, con toda su potencia. De vez en cuando, míster Mappin captaba una frase: «...y en esta maravillosa ocasión... veinte años con Trimble... un tributo... placer decir... y a partir de hoy, un socio...»

Algo pareció hacer sonar como un timbre en el interior de la cabeza de míster Mappin. Por un momento, la neblina desapareció y míster Mappin escuchó a míster Webb que siguió hablando:

—Sólo queda por decir una cosa —dijo míster Webb— y es que, George, confiamos en que nos disculpe por haberle traído aquí de esta manera, tan de improviso. Pero míster Trimble pensó que sería muy bonito combinar las dos ocasiones y sorprenderle con una fiesta. Y... ¡Oh, sí, a propósito...! Míster Trimble ha estado muy ocupado la mayor parte de la tarde escribiendo un discurso... —hubo risas generales—, escribiendo un discurso para este momento y prohibiendo a todo el mundo, bajo pena de muerte... —hubo más risas—, bajo pena de muerte, que pusiera un pie en su despacho durante toda la tarde.

Hubo aplausos y míster Webb se sentó.

Míster Mappin permaneció sentado, temblando. Temblando y temblando.

Míster Goshen inclinó la cabeza y le dijo con suavidad:

—Vamos, George, viejo, ¿se siente bien?

George, viejo, ¡oh!, George, viejo. ¡Cuántas veces había suspirado míster Mappin por aquella deportiva camaradería del George, viejo!

Miss Burke se inclinó graciosamente sobre la mesa, sonriendo, y dijo:

—Míster Trimble debe estar escribiendo todo un poema épico. Iré abajo y le diré que le estamos esperando, ¿le parece?

—Sí, dígale que se dé prisa. No podemos empezar sin él —dijo míster Webb y después, volviéndose hacia míster Mappin, agregó—: No sé qué tal estará usted, George, viejo, pero yo tengo mucha hambre.

Míster Mappin se quedó sentado. Observó al camarero aproximarse y empezar a llenar las copas de vino. Echó un vistazo a los rostros que le rodeaban, que parecían hincharse hasta adquirir el tamaño de grandes globos, para disminuir después hasta convertirse en pequeños e imprecisos puntos blancos. Escuchó las voces que resonaban alegremente en la sala adornada. Y míster Mappin podría no haber comido para salvar su vida. 

La tortuga de agua - Patricia Highsmith

Víctor oyó la puerta del ascensor, los rápidos pasos de su madre en el hall y cerró el libro de un golpe. Lo escondió debajo del almohadón del sofá y maldijo por lo bajo cuando oyó que el libro se resbalaba entre el sofá y la pared y caía al piso con un ruido sordo. La llave ya giraba en la cerradura.

—¡Viiiictor! —gritó su madre, agitando un brazo en el aire. Con el otro sostenía una bolsa grande de papel madera y de su mano colgaban una o dos bolsitas—. Fui a lo de mi editor y al mercado y a la pescadería —le dijo—. ¿Por qué no estás jugando? ¡Es un día lindísimo!

—Salí —dijo él— un ratito. Me dio frío.

—¡Uf! —la madre descargó la bolsa del almacén en la pequeña cocina detrás del vestíbulo—. Debes estar enfermito. ¡Tener frío en el mes de octubre! He visto a todos los niños jugando en la vereda. Hasta ese nene que te gusta, creo, ¿cómo se llama?

—No lo sé —dijo Víctor. De todos modos, su madre no estaba prestándole verdadera atención. Metió las manos en el bolsillo de sus pantalones cortos, que ya le ajustaban, y empezó a caminar sin rumbo por el living, mirándose los zapatones gastados. Su madre podría haberle comprado zapatos que le quedaran bien por lo menos. A ella le gustaban esos porque tenían las suelas más gruesas que jamás hubiera visto y la punta cuadrada, un poquito levantada, como botas de alpinista.

Víctor se detuvo frente a la ventana y miró el edificio de enfrente, de color tostado. Vivía con su madre en el piso dieciocho, cerca de la azotea. El edificio al otro lado de la calle era aún más alto que el de ellos. A Víctor le gustaba más el departamento donde habían vivido en Riverside Drive. También le gustaba más la escuela de ahí. En la nueva se reían de la ropa que usaba. En la otra se habían cansado de reírse de él.

—¿No quieres salir? —preguntó su madre, entrando en el living, mientras se secaba las manos con energía con una bolsa de papel. Se olió las manos—. ¡Puaj! ¡Qué olor horrible!

—No, mamá —dijo Víctor con paciencia.

—Hoy es sábado.

—Ya lo sé.

—¿Ya sabes los días de la semana?

—Por supuesto.

—¿A ver?

—No quiero decirlos. Los sé —los ojos se le pusieron vidriosos—. Hace años que los sé. Hasta nenes de cinco años saben los días de la semana.

Pero su madre no estaba escuchando. Estaba inclinada sobre el tablero de dibujo en un rincón de la habitación. Había estado trabajando hasta tarde la noche anterior. Víctor estuvo en su sofá cama en el rincón opuesto de la habitación sin poder dormirse hasta las 2, cuando ella fue a acostarse en el sofá cama.

—Ven acá, Viiiictor. ¿Ves esto?

Víctor se acercó arrastrando los pies, con las manos aún en los bolsillos. No, ni siquiera había echado un vistazo al tablero esa mañana; no había querido.

—Este es Pedro, el burrito. Lo inventé anoche. ¿Qué te parece? Y este es Miguel, el nene mexicano que lo monta. Andan y andan por todo México y Miguel piensa que están perdidos, pero Pedro sabe cómo volver a casa todo el tiempo y...

Víctor no escuchaba. Deliberadamente pensaba en otra cosa, acto que había aprendido al cabo de muchos años de práctica. Pero el aburrimiento y la frustración —sabía lo que quería decir la palabra frustración; había leído todo al respecto— le pesaban como una piedra sobre los hombros, sentía el odio y las lágrimas amontonadas en sus ojos, como un volcán a punto de estallar en su interior.

Había tenido la esperanza de que su madre captara la alusión cuando le dijo que tenía frío en sus estúpidos pantaloncitos cortos. Había tenido la esperanza de que su madre recordara lo que le había contado días antes, que el chico que había querido jugar, que parecía tener su misma edad, once años, se había reído de sus pantalones cortos el lunes por la tarde.

"¿Te hacen usar los pantalones de tu hermano o algo así?". Víctor se había alejado lleno de mortificación. ¿Qué habría pasado si el otro se hubiese enterado de que ni siquiera tenía un par de knickers y menos aún un par de pantalones largos, aunque fueran jeans? Su madre, por alguna razón disparatada, quería que pareciera como un francés y le hacía usar pantaloncitos cortos y medias tres cuartos y camisas tontas con cuellos redondos.

Su madre quería que él siguiera teniendo seis años toda su vida. Le gustaba mostrarle sus dibujos a él. "Víctor es mi tabla de armonía —les decía a veces a sus amigos—. Le muestro mis dibujos y sé de inmediato si a los niños les gustarán o no". A veces Víctor simulaba que le gustaban algunos cuentos que en realidad no le gustaban o dibujos que sentía que le resultaban indiferentes, porque sentía lástima por su madre y porque ella se ponía de mejor humor si él le decía esas cosas. 

Ya estaba cansado de las ilustraciones de cuentos infantiles, si es que alguna vez le habían gustado —en realidad no podía acordarse— y ahora tenía dos preferidos: las ilustraciones de Howard Pyle en algunos de los libros de Robert Louis Stevenson y las de Cruikshank en los de Dickens. Víctor pensaba que era una desgracia para él que fuera la última persona a la que su madre pedía opinión, pues simplemente odiaba las ilustraciones infantiles.

Y era un milagro que su madre no se diera cuenta de ello, porque hacía años y años que no había podido vender ninguna ilustración para libros; nada desde Wimple-Dimple. Un ejemplar de ese libro cuya sobrecubierta lucía agrietada y amarilla estaba ubicado en el estante central de la biblioteca en un espacio libre, para que todos pudieran verlo. 

Víctor tenía siete años cuando se publicó ese libro. 

Su madre siempre le contaba a la gente que él le había dicho lo que quería que ella dibujase, la había observado hacer cada dibujo, le había dado su opinión y, en fin, la había guiado totalmente. Víctor tenía sus serias dudas acerca de esto, primero porque el cuento era de otra persona y había sido escrito antes de que su madre hiciera los dibujos y, naturalmente, los dibujos debieron adaptarse a la historia.

Desde entonces, su madre solo había publicado unas pocas ilustraciones para revistas infantiles y preparado calabazas y gatos negros de papel para Halloween, la fiesta de las brujas, aunque siempre llevaba su carpeta de dibujos de editor en editor. 

Su padre les mandaba dinero. 

Era un rico hombre de negocios que vivía en Francia, un exportador de perfumes. Su madre decía que era muy rico y muy apuesto. Pero él se había vuelto a casar, nunca escribía y Víctor no tenía interés en él, ni siquiera le interesaba ver una foto de su padre. 

Su padre era un francés con algo de polaco y su madre era húngara francesa. La palabra húngara le hacía pensar a Víctor en gitanos, pero cuando una vez le preguntó a su madre, ella replicó enfáticamente que no tenía nada de sangre gitana. Se había mostrado muy molesta con Víctor por esa pregunta.

—¡Escucha! ¿Cuál te gusta más? "En todo México no había un burro más inteligente que Miguel, el burrito de Pedro". O si no: "Miguel, el burrito de Pedro, era el más inteligente de todo México".

—Creo... que prefiero la primera.

—¿Cómo era? —preguntó su madre, cubriendo con la palma de la mano la ilustración.

Víctor trató de recordar las palabras, pero se dio cuenta de que solo estaba mirando las marcas de lápiz en el borde del tablero de dibujo. El dibujo colorido del centro no le interesaba en absoluto. No estaba pensando. Esa era una sensación frecuente y familiar en él; había algo emocionante e importante en el no pensar. Víctor sentía que algún día iba a encontrar algo que hablara sobre eso —quizá con otro nombre— en la biblioteca pública o en los libros de psicología que había en su casa y que él hojeaba cuando su madre no estaba.

—¡Viiiictor! ¿Qué estás haciendo?

—Nada, mamá.

—Eso justamente. ¡Nada! ¿No puedes pensar siquiera?

Una ola caliente de vergüenza lo envolvió. Era como si su madre pudiera leerle los pensamientos, acerca del no pensar.

—¡Pero estoy pensando! —protestó—. Estoy pensando acerca del no pensar —su tono era desafiante. ¿Qué podía hacer ella en cuanto a eso, después de todo?

—¿Qué? —su madre inclinó la cabeza negra y enrulada y lo enfrentó con los ojos maquillados entrecerrados.

—El no pensar.

Su madre apoyó las manos llenas de anillos en las caderas.

—¿Sabes, Víctor, que tienes unas ideas medio raras? Estás enfermo. Enfermo mentalmente. Y eres un retardado. ¿Sabes lo que quiere decir eso? Que tienes la mentalidad de un nenito de cinco años —dijo con lentitud, acentuando las palabras—. Es mejor que pases las tardes de los sábados encerrado. Quién sabe, a lo mejor, si sales, puede pisarte un auto. Pero es por eso que te quiero, mi pequeñito Víctor.

Le pasó el brazo sobre los hombros y lo atrajo hacia ella. Por un instante, la nariz de Víctor permaneció apretada contra su pecho grande y suave. Ella llevaba su vestido color piel, el que se transparentaba un poco a la altura del busto.

Víctor alejó la cabeza con brusquedad, confundido por las emociones. No sabía si deseaba reír o llorar. Su madre reía alegremente, con la cabeza echada hacia atrás.

—¡Estás enfermo! ¡Mírate! Mi neniiito, con pantalonciiitos. ¡Ja, ja!

Entonces las lágrimas asomaron en los ojos de él, ¡y su madre se comportaba como si estuviera disfrutándolo! Víctor giró la cabeza para que ella no pudiera verle los ojos. Luego la miró repentinamente.

—¿Te crees que me gustan estos pantalones? A ti te gustan, no a mí, entonces, ¿por qué tienes que burlarte?

—Un neniiito que llora —continuó ella, riendo.

Víctor salió corriendo hacia el cuarto de baño, pero se desvió en el camino y se arrojó de cabeza en el sofá, con la cara contra los almohadones. Cerró los ojos con fuerza y abrió la boca, llorando pero sin llorar, de una manera que había aprendido con la práctica también. Con la boca abierta, la garganta cerrada, sin respirar por casi un minuto, podía en cierto modo sentir la satisfacción de llorar, hasta de gritar, sin que nadie se diera cuenta. 

Hundió la nariz, la boca abierta, los dientes en el almohadón rojo del sofá y, si bien siguió oyendo la voz de su madre, el tono burlón y la risa, imaginaba que esos sonidos se iban apagando y alejándose. Se imaginaba que estaba muriendo. Pero la muerte no era un escape; solo un hecho concentrado y doloroso, el clímax de su no llorar. Luego, volvió a respirar y a oír la voz de su madre.

—¿Me oíste? ¿Me oíste? La señora Badzerkian vendrá a tomar el té. Quiero que te laves la cara y que te pongas una camisa limpia. Y también que le recites algún versito. ¿Qué verso vas a recitarle?

—Cuando me voy a la cama en el invierno —dijo Víctor. Ella le había hecho memorizar cada poema de A Child's Garden of Verses. Víctor dijo el primero que se le cruzó por la cabeza, pero eso le causó problemas porque ya lo había recitado en la última visita.

—¡Dije ese porque no podía pensar otro en el momento! —gritó Víctor.

—¡No me grites! —exclamó su madre, lanzándose hacia él. Víctor recibió una bofetada antes de que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.

Quedó apoyado en un brazo del sofá, de espaldas, con las delgadas piernas de rodillas huesudas extendidas. "Está bien —pensó—, si así son las cosas, así son las cosas". La miró con odio. No iba a hacerle ver que la bofetada le había dolido, que aún le dolía. "Basta de lágrimas por hoy —juró—, basta de no llorar". 

Terminaría el día, soportaría el té como una piedra, como un soldado, sin pestañear siquiera. Su madre caminaba por el cuarto, toqueteándose los anillos sin cesar, mirándolo de vez en cuando, desviando la mirada rápidamente. La mirada de Víctor estaba fija en ella. Él no tenía miedo. Ella podía golpearlo otra vez, pero a él no iba a importarle.

Por fin ella anunció que se iría a lavar la cabeza y se escurrió al baño. Víctor se levantó del sofá y vagó por el cuarto. Hubiera querido tener un cuarto propio para poder estar solo. El departamento de Riverside Drive tenía tres ambientes: un living, su cuarto y el de su madre. Cuando ella estaba en el living, él podía estar en su dormitorio o viceversa, pero luego decidieron derrumbar el viejo edificio de Riverside Drive. No era algo en lo que le gustaba pensar.

De pronto recordó dónde había caído el libro, empujó el sofá y lo alcanzó. Era La mente humana, por Menninger, un libro lleno de historias clínicas fascinantes. Víctor no lo devolvió al estante donde estaba, entre un libro de astrología y otro de Cómo dibujar

A su madre no le gustaba que leyera libros de psicología, pero a Víctor le encantaban; sobre todo los que tenían historias clínicas. Los pacientes hacían lo que querían. Se comportaban con naturalidad. Nadie les daba órdenes. Víctor pasaba horas en la biblioteca del barrio, hojeando los libros de psicología. Estaban en la sección para adultos, pero al bibliotecario no le molestaba que se sentara allí porque se comportaba decentemente.

Víctor fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Mientras estaba de pie bebiendo, oyó un crujido en una de las bolsas de papel de su madre. Un ratón, pensó, pero cuando movió las bolsas no vio ningún ratón. El sonido provenía del interior de una de las bolsas. La abrió con cuidado y esperó que algo saltara. Miró el interior y vio una cajita de cartón blanco. La sacó con lentitud. El fondo estaba húmedo. Se abría como una caja de masitas. Al hacerlo, Víctor dio un salto de sorpresa. Se encontró con una tortuga, viva y volcada sobre su caparazón. Las patas se agitaban en el aire, el animal intentaba darse vuelta. 

Víctor se humedeció los labios y, frunciendo el ceño con concentración, tomó la tortuga por los bordes del caparazón con las dos manos, la dio vuelta y la volvió a colocar con suavidad en la caja. La tortuga encogió las patas, estiró la cabeza un poco y lo miró con fijeza. Víctor sonrió. ¿Por qué su madre no le había dicho que tenía un regalo para él? Los ojos de Víctor brillaron, mientras pensaba en sacar la tortuga a pasear, quizá con una correa alrededor del cuello, para mostrársela al que se había reído de sus pantalones cortos. Quizá cambiara de parecer acerca de ser su amigo si descubría que él tenía una tortuga.

—¡Eh, mamá, mamá! —gritó Víctor, apoyado contra la puerta del baño—. ¿Me trajiste una tortuga?

—¿Una qué? —había cesado el ruido de la ducha.

—¡Una tortuga! ¡En la cocina! —Víctor saltababa mientras pronunciaba estas palabras. De pronto se detuvo.

Su madre había dudado, también. La ducha volvió a oírse. Su madre gritó con voz chillona:

C’est une terrapène! Pour un ragoût!

Víctor comprendió y sintió un pequeño escalofrío. Cuando su madre le hablaba en francés era porque estaba dándole una orden que debía obedecer sin réplicas. De modo que la tortuga iría a parar a un guiso. 

Víctor regresó a la cocina, con perpleja resignación. Para un guiso. Bueno, ya que a la tortuga no le quedaba mucha vida, ¿qué le gustaría comer? ¿Lechuga? ¿Panceta cruda? ¿Papa hervida? Víctor abrió la heladera.

Sostuvo un pedazo de lechuga cerca de la boca callosa de la tortuga. Esta no abrió la boca, solo miró. Víctor sostenía la lechuga cerca de los dos agujeritos nasales pero, aunque la tortuga la olió, no mostró ningún interés. Víctor miró debajo de la pileta y sacó un fuentón grande. Lo llenó con dos dedos de agua y con suavidad puso a la tortuga adentro. La tortuga braceó por unos segundos; luego, descubriendo que el vientre se apoyaba en el fondo, se detuvo y encogió las patas. 

Víctor se puso de rodillas y estudió la cara del animal. El labio superior se encimaba al inferior, dándole una expresión algo testaruda y de pocos amigos, pero los ojos eran brillantes y vivaces. Víctor sonrió cuando los miró con fijeza.

—Está bien, Monsieur terrapène —dijo—, dime qué te gustaría comer y te lo conseguiremos. ¿Quizá quieras un poco de atún?

El día anterior habían cenado arroz con atún y había quedado un poco. Víctor tomó un pedacito con los dedos y se lo mostró a la tortuga. La tortuga no estaba interesada. Víctor miró a su alrededor, pensativo; luego, levantó el fuentón, lo llevó al living y lo colocó en el suelo de modo que el sol diera en el caparazón de la tortuga. "A todas las tortugas les gusta el sol", pensó Víctor. Se extendió en el piso a su lado, apoyado en un codo. 

La tortuga lo miró un momento, luego con mucha lentitud y con un aire de prudencia y cautela, estiró las patas y avanzó, se topó con el borde del fuentón y dobló a la derecha, con la mitad del cuerpo fuera del agua poco profunda. Quería salir. Víctor la tomó por el caparazón y dijo:

—Puedes salir y dar un paseíto.

Sonrió, mientras la tortuga comenzaba a andar rumbo al sofá. La agarró con facilidad, pues se movía lentamente. Cuando la volvió a colocar en la alfombra, el animal permaneció inmóvil, como si se hubiera detenido un poco a pensar lo que iba a hacer después, adónde ir. Era de color verde amarronado. 

Víctor pensó en el fondo del río, y en los océanos. ¿De dónde venían las tortugas? Se puso de pie de un salto y fue a buscar un diccionario a la biblioteca. El diccionario tenía un dibujo de una tortuga, pero era apagado, en blanco y negro, no se parecía en nada al ejemplar vivo. No aprendió nada nuevo, salvo que el nombre era de origen algonquino, que la tortuga de agua vivía en agua dulce o salobre, y que era comestible. 

Pero él no pensaba comer ninguna terrapène esa noche. Ese ragoût sería todo para su madre, y aunque ella lo golpeara y le hiciera aprender dos o tres poemas más, él no comería tortuga esa noche.

Su madre salió del baño.

—¿Qué estás haciendo ahí?

Víctor guardó el diccionario en su lugar. Su madre había visto el fuentón.

—Estoy mirando la tortuga —dijo, y enseguida se dio cuenta de que la tortuga había desaparecido. Se puso en cuatro patas y miró debajo del sofá.

—No la pongas encima de los muebles. Deja marcas —dijo su madre. Estaba de pie en el vestíbulo, secándose el pelo enérgicamente con una toalla.

Víctor encontró la tortuga entre el cesto de basura y la pared. La volvió a colocar en el fuentón.

—¿Te cambiaste la camisa? —preguntó su madre.

Víctor se cambió la camisa y luego, siguiendo las órdenes de su madre, se sentó en el sofá con el libro A Child's Garden of Verses a aprender otro poema para la señora Badzerkian. Leía en voz apenas alta, para sí; luego las repetía, dos, cuatro y seis líneas juntas hasta que sabía toda la poesía. Se la recitó a la tortuga. Después preguntó a su madre si podía jugar con la tortuga en la bañera.

—¡No! ¿Para que te salpiques la camisa?

—Puedo ponerme la otra camisa.

—¡No! Ya son casi las 16. ¡Sacá ese fuentón del living!

Víctor llevó el fuentón de regreso a la cocina. Su madre sacó la tortuga del fuentón sin temor y la volvió a poner en la caja de cartón blanco. Cerró la tapa y puso la caja en la heladera. Víctor se estremeció un poco cuando ella cerró la puerta de un golpe. Seguramente sería mucho frío para una tortuga ahí adentro. Pero pensó que el agua del río estaba fría de vez en cuando, también.

—Víctor, corta el limón —dijo su madre. Estaba preparando una bandeja grande con tazas y platillos. El agua estaba hirviendo en la pava.

La señora Badzerkian fue puntual como siempre. Su madre sirvió el té tan pronto como se desembarazó del tapado y el libro de bolsillo de la visitante en la silla del vestíbulo. La señora Badzerkian olía a ajo. Tenía una boca recta y chica, y un fino bigote en el labio superior que causaba fascinación a Víctor, pues nunca antes había visto una mujer con bigote, nunca de tan cerca. Jamás había mencionado el bigote de la señora Badzerkian a su madre, sabiendo que ella lo consideraría una cosa fea, pero curiosamente era el bigote lo que más le gustaba de ella. El resto era aburrido, sin interés e inamistoso. 

Siempre pretendía escuchar con atención mientras él recitaba, pero él sentía que se movía inquieta, que pensaba en otras cosas mientras él hablaba y que se sentía aliviada cuando terminaba. Ese día, Víctor recitó muy bien y sin titubear, de pie en el medio del living y frente a las dos mujeres, que estaban tomando la segunda taza de té.

Très bien —dijo su madre—. Ahora puedes comer una masita.

Víctor eligió una masita pequeña con un poco de dulce de naranja en el medio. Mantuvo las rodillas juntas cuando se sentó. Siempre tenía la sensación de que la señora Badzerkian le miraba las rodillas con disgusto. Muchas veces deseó que le hiciera algún comentario a su madre acerca de que él ya era lo suficientemente grande como para usar pantalones largos, pero nunca había dicho nada, o al menos él no lo había oído. 

Víctor se enteró por la conversación entre su madre y la señora Badzerkian de que los Lorentz irían a cenar al día siguiente. Probablemente el guiso era para ellos. Víctor se alegró de tener la tortuga un día más para poder jugar. A la mañana siguiente le preguntaría a su madre si podría llevar la tortuga a la vereda un ratito, con correa o dentro de la caja de cartón, si su madre insistía.

—... como un niiiño —decía su madre, riendo, echándole una mirada. La señora Badzerkian sonreía con astucia y la boquita apretada.

Víctor recibió permiso para retirarse y fue a sentarse en el sofá en el otro extremo del cuarto con un libro. Su madre le estaba contando a la señora Badzerkian que él había estado jugando con la tortuga. Víctor frunció las cejas y miró el libro, simulando que no oía. 

A su madre no le gustaba que él les hablara a los invitados una vez que le había dado permiso para retirarse. Pero lo que estaba oyendo lo hizo enrojecer de furia. Se incorporó, marcando la hoja que estaba leyendo con el dedo.

—¡No veo qué tiene de infantil mirar a una tortuga! —dijo tartamudeando—. Son animales muy interesantes, son...

Su madre lo interrumpió con una carcajada, pero una vez que la carcajada se desvaneció, dijo con severidad:

—Víctor, creí que te había dado permiso para retirarte. ¿Correcto?

Él dudó, viendo fugazmente la escena que tendría lugar cuando se fuera la señora Badzerkian.

—Sí, mamá. Perdóname —dijo. Luego se sentó y se concentró en su libro otra vez. Veinte minutos más tarde, la señora Badzerkian se despidió. Su madre lo retó, pero no fue un reto de cinco o diez minutos como se había imaginado. Como ella se había olvidado de la crema, le pidió a Víctor que bajara a comprarla. Víctor se puso el saco de lana gris y salió. Ese saco lo avergonzaba por llamar la atención, pues le llegaba un poco más abajo que los pantalones cortos y parecía que no tenía nada debajo del saco.

Echó una mirada a su alrededor para ver si encontraba a Frank en la vereda, pero no lo vio. Cruzó la Third Avenue y entró en la rotisería del edificio grande que se veía desde la ventana del living. A su regreso, vio a Frank caminando por la vereda, haciendo rebotar una pelota. Víctor se dirigió directamente hacia él.

—¡Eh! —dijo Víctor—. Tengo una tortuga de agua en mi casa.

—¿Una qué? —Frank tomó la pelota y se detuvo.

—Una tortuga de agua. Te la mostraré mañana por la mañana, si estás por aquí. Es bastante grande.

—¿Sí? ¿Por qué no la traes ahora?

—Porque debo ir a cenar ahora —dijo Víctor. Entró en su edificio. Sintió que había logrado algo. Frank se había mostrado muy interesado. A Víctor le hubiera gustado poder bajar la tortuga en ese momento, pero su madre no quería que saliera de noche y ya estaba casi oscuro.

Cuando Víctor entró, su madre estaba en la cocina. Vio una cacerola con huevos y una gran olla con agua en la hornalla de atrás.

—¡La sacaste otra vez! —chilló Víctor, viendo la caja de la tortuga sobre la mesada.

—Sí, voy a preparar el guiso esta noche —dijo su madre—. Por eso es que necesitaba la crema. Queda muy rico así.

Víctor la miró.

—¿Vas... vas a matarla esta noche?

—Sí, querido. Esta noche. —Su madre movió la cacerola con los huevos.

—Mamá, ¿puedo llevarla abajo un minuto para mostrársela a Frank? —preguntó Víctor con rapidez—. Solo un minuto, mamá. Frank está abajo ahora.

—¿Quién es Frank?

—Es el chico que me preguntaste hoy. El rubio que siempre vemos. Por favor, mamá.

Las cejas negras de su madre se fruncieron.

—¿Llevar la terrapène abajo? De ningún modo. No seas absurdo, mi bebé. ¡La terrapène no es un juguete!

Víctor trató de pensar en otra forma de persuadirla. Aún no se había sacado el abrigo.

—Tú querías que me hiciera amigo de Frank.

—Sí, ¿pero qué tiene eso que ver con la tortuga?

El agua en la olla grande comenzó a hervir.

—Verás, le prometí que... —Víctor observó que su madre sacaba la tortuga de la caja y, cuando la echó en el agua hirviendo, abrió la boca espantado—. ¡Mamá!

—¿Qué pasa? ¿Qué es ese alboroto?

Boquiabierto, Víctor miró a la tortuga, cuyas patas se batían con desesperación contra las paredes de la olla. La tortuga abrió la boca y, por un instante, fijó la mirada en Víctor, arqueó la cabeza hacia atrás con infinito dolor, hundió la boca abierta en el agua hirviendo... y fue el fin. Víctor pestañeó. Estaba muerta. Se acercó más, vio cuatro patas y una cola y la cabeza extendida en el agua. Miró a su madre.

Ella se estaba secando las manos con una toalla. Lo miró y exclamó:

—Diablos. —Se olió las manos y colgó la toalla en su lugar.

—¿Tenías que matarla de ese modo?

—¿De qué otro? Así es como se mata a las tortugas y las langostas. ¿No lo sabes? No sienten nada.

Él la miró con fijeza. Cuando se acercó para acariciarlo, Víctor retrocedió. Pensó en la boca abierta de la tortuga y, de repente, se le llenaron los ojos de lágrimas. La tortuga lo había mirado y no había podido oírla por el ruido de las burbujas. La tortuga lo había mirado, le había pedido que la sacara de allí, pero él no se movió para ayudarla. Su madre lo había engañado, lo había hecho tan rápido que no pudo salvarla. Retrocedió nuevamente.

—¡No! ¡No me toques!

Su madre le dio una bofetada, con fuerza y rapidez.

Víctor se cubrió la mandíbula con la mano. Después dio media vuelta, se dirigió al ropero, se sacó el abrigo y lo colgó. Fue al living y se arrojó en el sofá. No estaba llorando, pero tenía la boca abierta contra el almohadón del sofá. Entonces recordó la boca de la tortuga y cerró los labios. La tortuga había sufrido. De no haberlo hecho, no hubiera movido las patas a tanta velocidad. 

Víctor empezó a llorar silenciosamente, como la tortuga, con la boca abierta. Se cubrió el rostro con las dos manos para no mojar el sofá. Después de un largo rato, se puso de pie. Su madre tarareaba en la cocina, y de cuando en cuando él oía sus pasos rápidos y decididos mientras trabajaba. Víctor apretó los dientes otra vez. Caminó con lentitud hasta la puerta de la cocina.

La tortuga estaba sobre la tabla de picar y su madre, luego de echarle un vistazo al niño, aún canturreando, tomó un cuchillo, apretó la hoja hacia abajo y le cortó las uñitas a la tortuga. Víctor entrecerró los ojos, pero siguió mirando con fijeza. Su madre separó las uñas de las patas del animal muerto y las dejó caer en la bolsa de residuos. Después hizo girar el cuerpo exánime y, con el mismo cuchillo puntiagudo y filoso, empezó a quitar el pálido caparazón que le cubría el estómago. El pescuezo de la tortuga estaba inclinado hacia un lado. 

Víctor quería apartar la mirada, pero no pudo. 

Enseguida aparecieron las vísceras de la tortuga, rojas, blancas y verdosas. Víctor no prestó atención a lo que decía su madre acerca de que había cocinado tortugas en Europa antes de que él naciera. Su voz era suave y tranquilizadora, y de ningún modo se relacionaba con lo que estaba haciendo.

—¡Bueno, no me mires así! —le gritó repentinamente, golpeando el piso con el pie—. ¿Qué te pasa? ¿Estás loco? Sí, creo que estás loco. Estás enfermo, ¿sabías eso?

Víctor no pudo probar bocado de la cena, aunque el guiso de tortuga se serviría a la noche siguiente, y su madre no pudo obligarlo a comer, aunque lo sacudió por los hombros y lo amenazó con darle otra bofetada. No dijo una palabra. Se sentía muy distante de su madre, incluso cuando ella le gritaba en las narices. Se sentía muy raro, como esas veces cuando tenía ganas de vomitar, pero en ese momento no tenía ganas de vomitar. 

Cuando llegó la hora de acostarse, tuvo miedo de la oscuridad. 

Veía la cara de la tortuga en todas partes, con la boca abierta y los ojos desorbitados en una mirada de dolor. Víctor hubiera querido salir por la ventana y flotar, irse adonde quisiera, desaparecer y al mismo tiempo estar en todas partes. Imaginó las manos de su madre atenaceando sus hombros, si lo veía intentando salir por la ventana. Odiaba a su madre.

Se levantó y fue en silencio a la cocina. La casa estaba completamente a oscuras, pero Víctor dirigió su mano con precisión a la hilera de cuchillas y tomó con suavidad la que buscaba. Pensó en la tortuga, convertida en pedacitos, mezclada en la salsa de crema y huevo y jerez en la cacerola dentro de la heladera.

El grito de su madre pareció desgarrarle los oídos. La segunda puñalada penetró en su cuerpo y le perforó la garganta otra vez. Solo el cansancio lo hizo detenerse y, para entonces, oyó gente afuera que trataba de abrir la puerta. Víctor se dirigió a la puerta, corrió la cadena del pasador y abrió.

Lo llevaron a un edificio enorme, lleno de enfermeras y médicos. Víctor era muy callado y hacía todo lo que le pedían y contestaba las preguntas que le hacían, pero solo eso. Como nadie preguntó nada de la tortuga, no mencionó el tema.