Como la cabellera de una bruja tenía su copa la
palmera que, con las hojas despeinadas por el viento, semejaba un bersaglieri
vigilando la casa de la viuda. La viuda se llamaba la señora Glicina.
La brisa
del mar había deshilachado las hermosas hojas de la palmera; el polvo
salitroso, trayendo el polvo de las lejanas islas, habíala tostado de un tono
sepia y, soplando constantemente, había inclinado un tanto la esbeltez de su
tronco. A la distancia nuestra palmera dijérase el resto de un arco antiguo
suspendiendo aún el capitel caprichoso.
La casa de la señora Glicina era pequeña y limpia. En
la aldea de pescadores ella era la única mujer blanca entre los pobladores
indígenas. Alta, maciza, flexible, ágil, en plena juventud, la señora Glicina
tenía una tortuga. Una tortuga obesa, desencantada, que a ratos, al medio día,
despertábase al grito gutural de la gaviota casera; sacaba de la concha
facetada y terrosa la cabeza chata como el índice de un dardo; dejaba caer dos
lágrimas por costumbre, más que por dolor; escrutaba el mar; hacía el de
siempre sincero voto de fugarse al crepúsculo y con un pesimismo estéril de
filosofía alemana, hacíase esta reflexión:
— El mundo es malo para con las tortugas.
Tras una pausa agregaba:
— La dulce libertad es una amarga mentira...
Y concluía siempre con el mismo estribillo, hondo
fruto de su experiencia.
Metía la cabeza bajo el romo y facetado caparazón de
carey y se quedaba dormida.
Pulcro, de una pobreza solemne y brillante, era el
pequeño rancho de la señora Glicina, cuyas pupilas eran negras y pulidas como
dos espigas, y tan grandes que apenas podía verse un pequeño triángulo convexo
entre éstas y los párpados. Sus ojos eran en suma, como los de los venados.
Blanca era su piel como la leche oleosa de los cocos verdes; mas con ser
armoniosa como una ola antes de reventar, se notaba en la señora Glicina una
belleza en camino, una perfección en proceso, algo que parecía que iba a
congelarse en una belleza concreta. Se diría el boceto en barro para una
perfecta estatua de mármol.
Mas la señora Glicina no era feliz: viuda y estéril.
Decir viuda no es más que decir que su amor había muerto, porque en aquella aldea
de la costa marina el matrimonio era cosa de poca importancia. Un día había
aparecido en el lejano límite del mar un barco extraño.
Era como un antiguo
galeón de aquellos en que Colombo emprendiera la conquista del Nuevo Mundo.
Cuadradas y curvas velas, pequeños mástiles, proa chata y áurea sobre la cual
se destacaba un monstruo marino. La nave llegó a la orilla en el crepúsculo
pero no tenía sino un tripulante, un gallardo caballero, de brillante armadura,
fiel retrato del Príncipe Lohengrin, el rutilante hijo de Parsifal.
Aquella
noche el caballero pernoctó en la casa de la señora Glicina. Durmió con ella
sin que ella le preguntara nada, porque ambos tenían la conciencia de que eran
el uno para el otro, se habían presentido, se necesitaban, se confundieron en
un beso, y, al alba, la dorada nave se perdió en la neblina con su gallardo
tripulante. Aquel amor breve fue como la realización de un mandato del Destino.
Y la señora Glicina fue desde ese momento la viuda de la aldea.
Pasaron tres
años, tres meses, tres semanas, tres noches. Y al cumplirse esta fecha, la señora
Glicina se encaminó por la orilla, hacia el sur. Poco a poco fue alejándose de
su vista el caserío.
Las chozas de caña y estera fueron empequeñeciéndose; las
palmeras, a la distancia, parecían menos esbeltas y se difuminaban en el aire
caliente que salía del arenal brillante como en acción de gracias al sol.
Las
barcas, con sus velas triangulares, se recortaban sobre la línea del mar y
parecían pequeñas sobre la rizada extensión. La señora Glicina iba dejando
sobre la orilla húmeda las delicadas huellas de sus pies breves.
— ¿A dónde vas, señora? — le dijo un viejo pescador de
perlas —. No avances más porque en este tiempo suele salir del mar el Hipocampo
de oro en busca de su copa de sangre.
— ¿Y cómo sabré yo si ha salido el Hipocampo de oro? —
interrogó la señora Glicina.
— Por las huellas fosforescentes que deja en la arena
húmeda, cuando llega la noche...
Avanzaba la viuda y encontró un pescador de corales:
— ¿A dónde vas, señora? — le dijo. — ¿No tienes miedo
al Hipocampo de oro? A estas horas suele salir en busca de sus ojos — agregó
el mancebo.
— ¿Y cómo sabré yo si ha salido el Hipocampo de oro?
— En el mar se oye su silbido estridente cuando cae la
noche y crece el silencio.
Caminaba la viuda y encontró a un niño pescador de
carpas:
— ¿A dónde
vas, señora? — le interrogó —. No tardará en salir el Hipocampo de oro por el
azahar del Durazno de las dos almendras. . .
— ¿Y come sabré yo dónde sale el Hipocampo de oro?
— En el silencio de la noche cruzará un pez con alas
luminosas antes que él aparezca sobre el
mar...
Caminaba la viuda. Ya se ponía el sol. En la tarde
púrpura, su silueta se tornaba azulina. Caía la noche cuando la viuda se sentó
a esperar en una pequeña ensenada. Entonces comenzó a encenderse una huella en
la húmeda orilla. Un pez luminoso brilló sobre las olas, un silbido estridente
agujereó el silencio. La luna cortada en dos por la línea del horizonte, se
veía clara y distinta.
Un animal rutilante surgió de entre las aguas agitadas
y, en las tinieblas, su cuerpo parecía nimbado como una nebulosa en una noche
azul. Tenía una claridad lechosa y vibrante. Chasqueó las olas espumosas y
empezó a llorar desconsoladamente.
— Oh, desdichado de mí — decía — soy un rey y soy el
más infeliz de mi reino. ¡Cuánto más dichosa es la carpa más ruin de mis
estados!
— ¿Por qué eres tan desdichado, señor? — interrogó la
viuda —. Un rey bien puede darse la felicidad que quiera. Todos sus deseos
serán cumplidos. Pide a tus súbditos la felicidad y ellos te la darán...
— Ah, gentil y bella señora — repuso el Hipocampo de
oro —. Mis súbditos pueden darme todo lo que tienen, hasta su vida que es suya,
pero no la felicidad. ¿Qué me va en estos criaderos de perlas negras que me
sirven de alfombras? ¿De qué me sirven los corales de que está fabricado mi
palacio en el fondo de las aguas sin luz? ¿Para qué quiero los innúmeros
ejércitos de lacmas que iluminan el oscuro fondo marino cuando salgo a visitar
mi reino? ¿De qué los bosques de yuyos cuyas hojas son como el cristal de mil
colores? Yo puedo hacer la felicidad de todos los que habitan en el mar, pero
ellos no pueden hacer la mía, porque siendo yo el rey tengo distintas necesidades
y deseos distintos de mis siervos; tengo distinta sangre.
— ¿Y qué necesidades son esas, señor Hipocampo de oro?
— interesose la señora Glicina.
— Es el caso, señora mía — agregó éste — que tengo una
conformación orgánica algo extraña. Sólo hay un Hipocampo, es decir, sólo hay
una familia de Hipocampos. Se encuentran en el fondo del mar toda clase de
seres; verdaderos ejércitos de ostras, campas, anguilas, tortugas... Hipocampos
no habernos sino nosotros.
— ¿Y vuestros siervos saben que vos padecéis tales
necesidades?
— Esa es mi fortuna; que no lo sepan. Si mis siervos
supieran que su rey podía tener deseos insatisfechos, cosas inaccesibles, perderían
todo respeto hacia la majestad real y me creerían igual a ellos. Mi reino
caería hecho pedazos. Y a pesar de todos los dolores, señora mía, ser rey es
siempre un grato consuelo, una agradable preeminencia...
Y agregó con profunda tristeza:
— No hay más grande dolor que ser rey, por la sangre y
por el espíritu, y vivir rodeado de plebeyas gentes, sin una corte siquiera,
capaz de comprender lo que es el alma de un rey.
— ¿Y se puede saber, señor Hipocampo de oro, en qué consisten
esas necesidades y cuál es la causa de tan doloridas quejas?
Acercose a la orilla el Hipocampo de oro; aliose las
aletas dé plata incrustadas de perlas grandes como huevos de paloma y a flor
de agua, mientras su cola se agitaba deformándose en la linfa, dijo:
— Me ocurre, señora mía, una cosa muy singular. Mis
ojos, mis bellos ojos — y se los acarició con la cresta de una ola — mis bellos ojos no son míos....
— ¿No son vuestros, señor Hipocampo de oro? — exclamó
asustada la viuda.
— Mis bellos ojos no son míos — agregó bajando la
cabeza mientras un sollozo estremecía su dorado cuerpo. — Estos ojos que veis
no me durarán sino hasta mañana, a la hora en que el horizonte corte en la
mitad el disco del sol. Cada luna, yo debo proveerme de nuevos ojos y si no
consigo estos ojos nuevos volveré a mi reino sin ellos. No sólo es esto. Cada
luna yo debo proveerme de mi nueva copa de sangre, que es la que da a mi cuerpo
esta constelada brillantez; y si no la consigo volveré sin luz.
Cada luna debo
proveerme del azahar del durazno de las dos almendras que es lo que me da el
poder de la sabiduría para mantener sobre mí la admiración de mi pueblo y si no
le consigo volveré sin elocuencia y sería el último de los peces yo que soy
primero de los reyes. Mis súbditos no necesitan la sabiduría e ignoran dónde se
nutre, de dónde viene la luz; no comprenden la belleza e ignoran dónde reside
el secreto de los ojos...
La señora Glicina guardó silencio un breve instante y
el Hipocampo continuó:
— Mi vida, señora, es una sucesión de dolor y de
felicidad, es una constante lucha. Mi placer, mi inefable placer consiste en
buscar nuevos ojos; buscarlos, mirarlos, amarlos y luego... robarlos, tenerlos
para mí, poseerlos. ¡Gozarlos durante una luna, una luna íntegra! Mas luego
viene la tortura; en los últimos días mi felicidad se opaca, tengo el temor de
perderlos, sé que van a concluirse, que sólo han de durarme un tiempo
determinado, y que tendré que sufrir, que buscar otros, que comenzar de nuevo.
¡Y si sólo fuesen los ojos! ¡Pero y la copa de sangre! ¡Y el azahar del
durazno! ¡Ya veis qué tortura! Un dolor que se renueva cada veintiocho días.
Una felicidad tan breve. Pero creedme: bien vale el placer tal sacrificio. Bien
cierto es que no hay angustia más grande que la mía mientras estoy buscando
los nuevos ojos, pero cuando los encuentro, cuando gozo con aquel estado de
duda, cuando veo los que son para mí — porque yo comprendo cuáles ojos me están
predestinados desde que los veo — cuando recibo su primera mirada, cuando a
través de la distancia los nuevos ojos clavan en los míos sus rayos
inteligentes, elocuentes, fascinantes ...
— ¿Habéis cambiado ya muchos ojos?
— Tantos como lunas llevo vividas. Sabed que los
Hipocampos somos más longevos que las tortugas. Yo he tenido ojos azules,
azules como el cielo, como el agua clara, como esas noches que dejan ver la vía
láctea, azules como el borde de las conchas que crecen en la desembocadura de
los grandes ríos. Con ellos veía yo todo azul, azul, azul.... ¿Os ocurre lo
mismo ? — preguntó con una cortesía verdaderamente real.
— Continuad, continuad...
— He tenido ojos verdes como las algas que crecen al
pie de los muros de mi palacio y que son las que dan al mar ese color verde que
admiráis tanto, señora. Los he tenido negros, negros como el fondo del mar,
como un pecado, como la noche, como la germinación de un crimen, como una
deslealtad, como el alma de la sombra, negros como esta perla en la cual
termina mi cuerpo torneado — dijo con vanidoso acento —. Y amarillos, y pardos
y... ¡todos eran tan bellos!
Dos ojos iban sobre el motivo de estos versos:
... De un melocotonero
tal el primer y sazonado fruto,
velloso y perfumado en cuya pulpa
la fibra es miel y carne
baja la Primavera rosa y áurea!
— ¡Se acostumbra uno tanto! ¡Después de haber
encontrado las pupilas nuevas ya es imposible la paz. Es tan dulce alcanzarlas,
que nada importa la angustia que cuesta conseguirlas. Pudiera sufrir diez veces
más en este empeño y siempre la felicidad excedería al sufrimiento. El mismo
sufrimiento cuando es por un par de pupilas nuevas llega a parecerme una
felicidad. Es como... no sabría deciros, señora... pero es el amor, es más que
el amor, más, mucho más. Tenéis vosotros, los seres de la tierra, un concepto
tan limitado de las cosas!...
Luego, cambiando de tono, recostaba la cabeza sobre un
banco de arena, abandonando su cuerpo al vaivén de las olas entre las cuales su
cola se movía mansa y tranquila como un péndulo, agregó, mirando fijamente a
la viuda:
— A propósito,
qué ojos tan bellos tenéis, señora mía.
— Os parecen bellos — repuso la señora Glicina —
porque vos los necesitáis, pero a mí sólo me sirven para llorar. A veces pienso
— agregó — que si no tuviésemos ojos, no lloraríamos; no tendrían por dónde
salir las lágrimas...
— Oh, entonces saldrían del lado izquierdo del pecho o
de aquí, de la frente dijo señalando la suya donde brillaba una perla rosada.
— Y ¿qué haréis si mañana, a la hora en que el
horizonte corte por la mitad el disco rojo del sol, no habéis encontrado nuevos
ojos, nueva copa de sangre y nuevo azahar de durazno?
— Ya lo veis, moriré. Moriré antes de volver a mi
palacio donde no me reconocerían y donde me tomarían por un mondacarpas... Y
sollozó larga, dolorosa y conmovedoramente. — ¿Qué darías, oh rey de oro, por
conseguir estas tres cosas? — Daría todo lo que me fuera solicitado. Hasta mi reino.
¡Y qué cosas podría dar! Podría dar el secreto de la
felicidad a todos los que no fueran de mi reino. Todo lo que los hombres anhelan
está en el fondo del mar. Del mar nació el primer germen de la vida. Aquí, un
Hipocampo de oro antecesor mío, fue rey de los hombres cuando los hombres sólo
eran protozoarios, infusorios, gérmenes, células vitales. Aquí, en el mar,
están sepultadas las más altas y perfectas civilizaciones, aquí vendrán a
sepultarse las que existen y las que existirán.
El mar fue el origen y será la
tumba de todo. Vuestra felicidad, que consiste en desear aquello que no podéis
obtener, existe aquí, entre las aguas sombrías. Yo os podría dar todo lo que me
pidierais. Tengo yo en la tierra un amigo a quien mi más antiguo abuelo, hizo
un gran servicio. El, si pudiera caminar, vendría a mí y me daría lo que tengo
menester cada luna. Pero él es inmóvil y está pegado a la tierra. El debe la
vida y posee una virtud, merced a uno de mi familia. ¿Vos necesitáis algo?
— Sí, dijo la señora Glicina —. Yo amé a un príncipe
rutilante que vino del mar. Le amé una noche. Y me dijo: Cuando pasen tres
años, tres meses, tres semanas y tres noches, ve hacia el sur, por la orilla y
nacerá el fruto de nuestro amor como tú lo desees... Y he venido y aquí me
veis. Y os daría mis ojos, os llenaría la copa de sangre y buscaría el durazno
de las dos almendras, si vos me dierais el secreto para que nazca el fruto de
mi amor tal como yo lo deseo...
Brillaron en la noche los ojos ya mortecinos del
Hipocampo de oro, alegrose su faz y tembló de emoción.
— Pues bien — dijo el Hipocampo de oro —. Vuestro hijo
nacerá. Oidme y obedecedme. Iréis caminando hacia el oriente. Encontraréis un
bosque, penetraréis a él, cruzaréis un río caudaloso y terrible y cuando éste
os envuelva en sus vórtices diréis: "La flor de durazno de las dos
almendras, la copa de sangre y las pupilas mías son para el Hipocampo de
oro" y llegaréis a la orilla opuesta. Lo demás vendrá solo. Cuando
tengáis la flor de los tres pétalos, vendréis con ella, me entregaréis vuestras
pupilas, me daréis la copa de sangre y la flor del durazno, y moriréis en
seguida, pero vuestro hijo habrá nacido ya. ¿Estáis resuelta?
— Estoy resuelta, dijo la señora Glicina. Y marchó
hacia el punto señalado.
Tal como se lo había dicho el rey, la señora Glicina
llegó a la orilla del río caudaloso. Pero había llegado con las carnes desgarradas,
con las uñas fuera de los dedos, y apenas podía tenerse en pie. Sentose bajo la
copa de un árbol y cayeron sobre ella, como alas de mariposas blancas los
pétalos de un durazno en flor.
— ¿Dónde estará el Durazno de las dos almendras? —
exclamó. —¿Quién me quiere? — susurró entre la brisa una dulce voz.
— El rey del mar, el Hipocampo de oro, me manda a ti.
Vengo por el azahar de los tres pétalos que crece en el Durazno de las dos
almendras.
— Es lo más amado que tengo, dijo el Durazno, pero es
para el rey que fue bueno conmigo. ¡Córtalo!
Y la señora Glicina cortó el azahar, y el durazno se
quedó llorando.
Muy poco faltaba para que la línea del horizonte
cortara por la mitad el disco del sol cuando llegó la señora Glicina. El
Hipocampo de oro la esperaba lleno de angustia.
— ¡Llena mi copa de sangre! — dijo.
Y la dama sin lanzar un grito de dolor, se abrió el
pecho, cortó una arteria y la sangre brotó en un chorro caliente haciendo
espuma hasta llenar la copa del rey que la bebió de un sorbo.
— ¡Dame el azahar del Durazno de las dos almendras! —
dijo.
Y la dama, sin lanzar un grito de dolor, le dio los
tres pétalos que el rey guardó en el corazón de una perla.
— ¡Dame tus ojos que son míos! — dijo.
Y la dama, sin lanzar una queja, se arrancó para
siempre la luz y entregó sus ojos al Hipocampo de oro, que se los puso en las
cuencas ya vacías.
— ¡Ahora dame mi hijo! — exclamó.
— Llévate el tallo del cual has arrancado los tres
pétalos y mañana tu hijo nacerá. ¿Qué quieres que le dé? Puedo darle todas las
virtudes que los hombres tienen, puedo ponerle de una de ellas doble porción,
pero sólo de una... ¿Cuál porción quieres que le duplique?
— ¡La del amor! — dijo la dama.
— Sea. ¡Adiós! Tú lo quieres así. Mañana, después del
crepúsculo morirás, pero tu hijo vivirá para siempre.
— Gracias, gracias, ¡oh rey del mar! ¿Qué vale lo que
te he dado cuando tú me has dado un hijo?...
Las últimas palabras no las oyó el Hipocampo de oro
porque ya su cuerpo rollizo y torneado, se había hundido en el mar dejando una
estela rutilante entre las ondas frágiles.