INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta tortuga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tortuga. Mostrar todas las entradas

El pescadorcito Urashima - Juan Valera

      Vivía muchísimo tiempo hace, en la costa del mar del Japón, un pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caña y el anzuelo.

     Cierto día salió a pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, ¿qué piensas que cogió? Pues bien, cogió una grande tortuga con una concha muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno será que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas viven mil años; al menos las japonesas los viven.

     Urashima, que no lo ignoraba, dijo para sí:

     -Un pez me sabrá tan bien para la comida y quizá mejor que la tortuga. ¿Para qué he de matar a este pobrecito animal y privarle de que viva aún novecientos noventa y nueve años? No, no quiero ser tan cruel. Seguro estoy de que mi madre aprobará lo que hago.

     Y en efecto, echó la tortuga de nuevo en la mar.

     Poco después aconteció que Urashima se quedó dormido en su barca. Era tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al mediodía a echar una siesta.

     Apenas se durmió, salió del seno de las olas una hermosa dama que entró en la barca y dijo:

     -Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del Dragón, allende los mares. No fue tortuga la que pescaste poco ha y tan generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si tú eras bueno o malo. 

    Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho, que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres, nos casaremos y viviremos felizmente juntos, más de mil años, en el Palacio del Dragón, allende los mares azules.

     Tomó entonces Urashima un remo y la princesa marina otro; y remaron, remaron, hasta arribar por último al Palacio del Dragón, donde el dios de la mar vivía o imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas y peces. ¡Oh, qué sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran de coral; los árboles tenían esmeraldas por hojas, y rubíes por fruta las escamas de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro. 

    Piensa en todo lo más bonito, primoroso y luciente que viste en tu vida, pónlo junto, y tal vez concebirás entonces lo que el palacio parecía. Y todo ello pertenecía a Urashima. Y ¿cómo no, si era el yerno del dios de la mar y el marido de la adorable princesa?

     Allí vivieron dichosos más de tres años, paseando todos los días por entre aquellos árboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubíes.

     Pero una mañana dijo Urashima a su mujer:

     -Muy contento y satisfecho estoy aquí. Necesito, no obstante, volver a mi casa y ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas, Déjame ir por poco tiempo y pronto volveré.

     -No gusto de que te vayas -contestó ella-. Mucho temo que te suceda algo terrible; pero vete, pues así lo deseas y no se puede evitar. Toma, con todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no lograrás nunca volver a verme.

     Prometió Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada del mundo. Luego entró en su barca, navegó mucho, y al fin desembarcó en la costa de su país natal.

     Pero ¿qué había ocurrido durante su ausencia? ¿Dónde estaba la choza de su padre? ¿Qué había sido de la aldea en que solía vivir? Las montañas, por cierto, estaban allí como antes; pero los árboles habían sido cortados. El arroyuelo, que corría junto a la choza de su padre, seguía corriendo; pero ya no iban allí mujeres a lavar la ropa como antes. Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en sólo tres años.

     Acertó entonces a pasar un hombre por allí cerca y Urashima le preguntó:

     -¿Puedes decirme, te ruego, dónde está la choza de Urashima, que se hallaba aquí antes?

     El hombre contestó:

     -¿Urashima? ¿Cómo preguntas por él, si hace cuatrocientos años que desapareció pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua. Loco debes de estar cuando buscas aún la tal choza. Hace centenares de años que era escombros.

     De súbito acudió a la mente de Urashima la idea de que el Palacio del Dragón, allende los mares, con sus muros de coral y su fruta de rubíes, y sus dragones con colas de oro, había de ser parte del país de las hadas, donde un día es más largo que un año en este mundo, y que sus tres años en compañía de la princesa, habían sido cuatrocientos. 

    De nada le valía, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus parientes y amigos habían muerto, y donde hasta su propia aldea había desaparecido.

     Con gran precipitación y atolondramiento pensó entonces Urashima en volverse con su mujer, allende los mares. Pero ¿cuál era el rumbo que debía seguir? ¿Quién se le marcaría?

     -Tal vez -caviló él- si abro la caja que ella me dio, descubra el secreto y el camino que busco.

     Así desobedeció las órdenes que le había dado la princesa, o bien no las recordó en aquel momento, por lo trastornado que estaba.

     Como quiera que fuese, Urashima abrió la caja. Y ¿qué piensas que salió de allí? Salió una nube blanca que se fue flotando sobre la mar. Gritaba él en balde a la nube que se parase. Entonces recordó con tristeza lo que su mujer le había dicho de que después de haber abierto la caja, no habría ya medio de que volviese él al palacio del dios de la mar.

     Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr hacia la playa en pos de la nube.

     De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se cubrió de arrugas, y sus espaldas se encorvaron como las de un hombre decrépito. Después le faltó el aliento. Y al fin cayó muerto en la playa.

     ¡Pobre Urashima! Murió por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho lo que le mandó la princesa, hubiese vivido aún más de mil años.

     Dime: ¿no te agradaría ir a ver el Palacio del Dragón, allende los mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas y peces, donde los árboles tienen esmeraldas por hojas y rubíes por fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?

El Hipocampo de Oro - Abraham Valdelomar

 Como la cabellera de una bruja tenía su copa la palmera que, con las hojas despeinadas por el viento, semejaba un bersaglieri vigi­lando la casa de la viuda. La viuda se llamaba la señora Glicina. 

La brisa del mar había deshilachado las hermosas hojas de la palmera; el polvo salitroso, trayendo el polvo de las lejanas islas, habíala tos­tado de un tono sepia y, soplando constantemente, había inclinado un tanto la esbeltez de su tronco. A la distancia nuestra palmera dijéra­se el resto de un arco antiguo suspendiendo aún el capitel caprichoso.

La casa de la señora Glicina era pequeña y limpia. En la aldea de pescadores ella era la única mujer blanca entre los pobladores indíge­nas. Alta, maciza, flexible, ágil, en plena juventud, la señora Glicina tenía una tortuga. Una tortuga obesa, desencantada, que a ratos, al medio día, despertábase al grito gutural de la gaviota casera; sacaba de la concha facetada y terrosa la cabeza chata como el índice de un dardo; dejaba caer dos lágrimas por costumbre, más que por dolor; escrutaba el mar; hacía el de siempre sincero voto de fugarse al cre­púsculo y con un pesimismo estéril de filosofía alemana, hacíase esta reflexión:

— El mundo es malo para con las tortugas.

Tras una pausa agregaba:

— La dulce libertad es una amarga mentira...

Y concluía siempre con el mismo estribillo, hondo fruto de su experiencia.

Metía la cabeza bajo el romo y facetado caparazón de carey y se quedaba dormida.

Pulcro, de una pobreza solemne y brillante, era el pequeño rancho de la señora Glicina, cuyas pupilas eran negras y pulidas como dos espigas, y tan grandes que apenas podía verse un pequeño triángulo convexo entre éstas y los párpados. Sus ojos eran en suma, como los de los venados. Blanca era su piel como la leche oleosa de los cocos verdes; mas con ser armoniosa como una ola antes de reventar, se notaba en la señora Glicina una belleza en camino, una perfección en proceso, algo que parecía que iba a congelarse en una belleza concreta. Se diría el boceto en barro para una perfecta estatua de mármol.

Mas la señora Glicina no era feliz: viuda y estéril. Decir viuda no es más que decir que su amor había muerto, porque en aquella al­dea de la costa marina el matrimonio era cosa de poca importancia. Un día había aparecido en el lejano límite del mar un barco extraño. 

Era como un antiguo galeón de aquellos en que Colombo emprendiera la conquista del Nuevo Mundo. Cuadradas y curvas velas, pequeños mástiles, proa chata y áurea sobre la cual se destacaba un monstruo marino. La nave llegó a la orilla en el crepúsculo pero no tenía sino un tripulante, un gallardo caballero, de brillante armadura, fiel re­trato del Príncipe Lohengrin, el rutilante hijo de Parsifal. 

Aquella noche el caballero pernoctó en la casa de la señora Glicina. Durmió con ella sin que ella le preguntara nada, porque ambos tenían la con­ciencia de que eran el uno para el otro, se habían presentido, se ne­cesitaban, se confundieron en un beso, y, al alba, la dorada nave se perdió en la neblina con su gallardo tripulante. Aquel amor breve fue como la realización de un mandato del Destino. Y la señora Glicina fue desde ese momento la viuda de la aldea.

  Pasaron tres años, tres meses, tres semanas, tres noches. Y al cumplirse esta fecha, la señora Glicina se encaminó por la orilla, hacia el sur. Poco a poco fue alejándose de su vista el caserío. 

Las chozas de caña y estera fueron empequeñeciéndose; las palmeras, a la distancia, parecían menos esbeltas y se difuminaban en el aire ca­liente que salía del arenal brillante como en acción de gracias al sol. 

Las barcas, con sus velas triangulares, se recortaban sobre la línea del mar y parecían pequeñas sobre la rizada extensión. La señora Glicina iba dejando sobre la orilla húmeda las delicadas huellas de sus pies breves.

— ¿A dónde vas, señora? — le dijo un viejo pescador de perlas —. No avances más porque en este tiempo suele salir del mar el Hipo­campo de oro en busca de su copa de sangre.

— ¿Y cómo sabré yo si ha salido el Hipocampo de oro? — interrogó la señora Glicina.

— Por las huellas fosforescentes que deja en la arena húmeda, cuando llega la noche...

Avanzaba la viuda y encontró un pescador de corales:

— ¿A dónde vas, señora? — le dijo. — ¿No tienes miedo al Hipo­campo de oro? A estas horas suele salir en busca de sus ojos — agre­gó el mancebo.

— ¿Y cómo sabré yo si ha salido el Hipocampo de oro?

— En el mar se oye su silbido estridente cuando cae la noche y crece el silencio.

Caminaba la viuda y encontró a un niño pescador de carpas:

      — ¿A dónde vas, señora? — le interrogó —. No tardará en salir el Hipocampo de oro por el azahar del Durazno de las dos almendras. . .

— ¿Y come sabré yo dónde sale el Hipocampo de oro?

— En el silencio de la noche cruzará un pez con alas luminosas  antes que él aparezca sobre el mar...

Caminaba la viuda. Ya se ponía el sol. En la tarde púrpura, su silueta se tornaba azulina. Caía la noche cuando la viuda se sentó a esperar en una pequeña ensenada. Entonces comenzó a encenderse una huella en la húmeda orilla. Un pez luminoso brilló sobre las olas, un silbido estridente agujereó el silencio. La luna cortada en dos por la línea del horizonte, se veía clara y distinta. 

Un animal rutilante surgió de entre las aguas agitadas y, en las tinieblas, su cuerpo pa­recía nimbado como una nebulosa en una noche azul. Tenía una claridad lechosa y vibrante. Chasqueó las olas espumosas y empezó a llorar desconsoladamente.

— Oh, desdichado de mí — decía — soy un rey y soy el más in­feliz de mi reino. ¡Cuánto más dichosa es la carpa más ruin de mis estados!

— ¿Por qué eres tan desdichado, señor? — interrogó la viuda —. Un rey bien puede darse la felicidad que quiera. Todos sus deseos serán cumplidos. Pide a tus súbditos la felicidad y ellos te la darán...

— Ah, gentil y bella señora — repuso el Hipocampo de oro —. Mis súbditos pueden darme todo lo que tienen, hasta su vida que es suya, pero no la felicidad. ¿Qué me va en estos criaderos de perlas negras que me sirven de alfombras? ¿De qué me sirven los corales de que está fabricado mi palacio en el fondo de las aguas sin luz? ¿Para qué quiero los innúmeros ejércitos de lacmas que iluminan el oscuro fon­do marino cuando salgo a visitar mi reino? ¿De qué los bosques de yuyos cuyas hojas son como el cristal de mil colores? Yo puedo hacer la felicidad de todos los que habitan en el mar, pero ellos no pueden hacer la mía, porque siendo yo el rey tengo distintas necesi­dades y deseos distintos de mis siervos; tengo distinta sangre.

— ¿Y qué necesidades son esas, señor Hipocampo de oro? — in­teresose la señora Glicina.

— Es el caso, señora mía — agregó éste — que tengo una confor­mación orgánica algo extraña. Sólo hay un Hipocampo, es decir, sólo hay una familia de Hipocampos. Se encuentran en el fondo del mar toda clase de seres; verdaderos ejércitos de ostras, campas, anguilas, tortugas... Hipocampos no habernos sino nosotros.

— ¿Y vuestros siervos saben que vos padecéis tales necesidades?

— Esa es mi fortuna; que no lo sepan. Si mis siervos supieran que su rey podía tener deseos insatisfechos, cosas inaccesibles, per­derían todo respeto hacia la majestad real y me creerían igual a ellos. Mi reino caería hecho pedazos. Y a pesar de todos los dolores, seño­ra mía, ser rey es siempre un grato consuelo, una agradable preemi­nencia...

Y agregó con profunda tristeza:

— No hay más grande dolor que ser rey, por la sangre y por el espíritu, y vivir rodeado de plebeyas gentes, sin una corte siquiera, capaz de comprender lo que es el alma de un rey.

— ¿Y se puede saber, señor Hipocampo de oro, en qué consisten esas necesidades y cuál es la causa de tan doloridas quejas?

Acercose a la orilla el Hipocampo de oro; aliose las aletas dé pla­ta incrustadas de perlas grandes como huevos de paloma y a flor de agua, mientras su cola se agitaba deformándose en la linfa, dijo:

— Me ocurre, señora mía, una cosa muy singular. Mis ojos, mis bellos ojos — y se los acarició con la cresta de una ola — mis bellos ojos no son míos....

— ¿No son vuestros, señor Hipocampo de oro? — exclamó asusta­da la viuda.

— Mis bellos ojos no son míos — agregó bajando la cabeza mien­tras un sollozo estremecía su dorado cuerpo. — Estos ojos que veis no me durarán sino hasta mañana, a la hora en que el horizonte cor­te en la mitad el disco del sol. Cada luna, yo debo proveerme de nue­vos ojos y si no consigo estos ojos nuevos volveré a mi reino sin ellos. No sólo es esto. Cada luna yo debo proveerme de mi nueva copa de sangre, que es la que da a mi cuerpo esta constelada brillantez; y si no la consigo volveré sin luz. 

Cada luna debo proveerme del azahar del durazno de las dos almendras que es lo que me da el poder de la sabiduría para mantener sobre mí la admiración de mi pueblo y si no le consigo volveré sin elocuencia y sería el último de los peces yo que soy primero de los reyes. Mis súbditos no necesitan la sabiduría e ignoran dónde se nutre, de dónde viene la luz; no comprenden la be­lleza e ignoran dónde reside el secreto de los ojos...

La señora Glicina guardó silencio un breve instante y el Hipo­campo continuó:

— Mi vida, señora, es una sucesión de dolor y de felicidad, es una constante lucha. Mi placer, mi inefable placer consiste en buscar nue­vos ojos; buscarlos, mirarlos, amarlos y luego... robarlos, tenerlos para mí, poseerlos. ¡Gozarlos durante una luna, una luna íntegra! Mas luego viene la tortura; en los últimos días mi felicidad se opaca, tengo el temor de perderlos, sé que van a concluirse, que sólo han de durarme un tiempo determinado, y que tendré que sufrir, que bus­car otros, que comenzar de nuevo. ¡Y si sólo fuesen los ojos! ¡Pero y la copa de sangre! ¡Y el azahar del durazno! ¡Ya veis qué tortu­ra! Un dolor que se renueva cada veintiocho días. 

Una felicidad tan breve. Pero creedme: bien vale el placer tal sacrificio. Bien cierto es que no hay angustia más grande que la mía mientras estoy bus­cando los nuevos ojos, pero cuando los encuentro, cuando gozo con aquel estado de duda, cuando veo los que son para mí — porque yo comprendo cuáles ojos me están predestinados desde que los veo — cuando recibo su primera mirada, cuando a través de la distancia los nuevos ojos clavan en los míos sus rayos inteligentes, elocuentes, fas­cinantes ...

— ¿Habéis cambiado ya muchos ojos?

— Tantos como lunas llevo vividas. Sabed que los Hipocampos so­mos más longevos que las tortugas. Yo he tenido ojos azules, azules como el cielo, como el agua clara, como esas noches que dejan ver la vía láctea, azules como el borde de las conchas que crecen en la de­sembocadura de los grandes ríos. Con ellos veía yo todo azul, azul, azul.... ¿Os ocurre lo mismo ? — preguntó con una cortesía verdaderamente real.

— Continuad, continuad...

— He tenido ojos verdes como las algas que crecen al pie de los muros de mi palacio y que son las que dan al mar ese color verde que admiráis tanto, señora. Los he tenido negros, negros como el fondo del mar, como un pecado, como la noche, como la germinación de un crimen, como una deslealtad, como el alma de la sombra, negros como esta perla en la cual termina mi cuerpo torneado — dijo con vanidoso acento —. Y amarillos, y pardos y... ¡todos eran tan bellos!

Dos ojos iban sobre el motivo de estos versos:

... De un melocotonero

tal el primer y sazonado fruto,

velloso y perfumado en cuya pulpa

la fibra es miel y carne

baja la Primavera rosa y áurea!

— ¡Se acostumbra uno tanto! ¡Después de haber encontrado las pupilas nuevas ya es imposible la paz. Es tan dulce alcanzarlas, que nada importa la angustia que cuesta conseguirlas. Pudiera sufrir diez veces más en este empeño y siempre la felicidad excedería al su­frimiento. El mismo sufrimiento cuando es por un par de pupilas nue­vas llega a parecerme una felicidad. Es como... no sabría deciros, señora... pero es el amor, es más que el amor, más, mucho más. Te­néis vosotros, los seres de la tierra, un concepto tan limitado de las cosas!...

Luego, cambiando de tono, recostaba la cabeza sobre un banco de arena, abandonando su cuerpo al vaivén de las olas entre las cuales su cola se movía mansa y tranquila como un péndulo, agregó, mi­rando fijamente a la viuda:

  A propósito, qué ojos tan bellos tenéis, señora mía.

— Os parecen bellos — repuso la señora Glicina — porque vos los necesitáis, pero a mí sólo me sirven para llorar. A veces pienso — agregó — que si no tuviésemos ojos, no lloraríamos; no tendrían por dónde salir las lágrimas...

— Oh, entonces saldrían del lado izquierdo del pecho o de aquí, de la frente dijo señalando la suya donde brillaba una perla rosada.

— Y ¿qué haréis si mañana, a la hora en que el horizonte corte por la mitad el disco rojo del sol, no habéis encontrado nuevos ojos, nueva copa de sangre y nuevo azahar de durazno?

— Ya lo veis, moriré. Moriré antes de volver a mi palacio donde no me reconocerían y donde me tomarían por un mondacarpas... Y sollozó larga, dolorosa y conmovedoramente. — ¿Qué darías, oh rey de oro, por conseguir estas tres cosas? — Daría todo lo que me fuera solicitado.  Hasta mi reino.

¡Y qué cosas podría dar! Podría dar el secreto de la felicidad a todos los que no fueran de mi reino. Todo lo que los hombres anhe­lan está en el fondo del mar. Del mar nació el primer germen de la vida. Aquí, un Hipocampo de oro antecesor mío, fue rey de los hom­bres cuando los hombres sólo eran protozoarios, infusorios, gérmenes, células vitales. Aquí, en el mar, están sepultadas las más altas y perfectas civilizaciones, aquí vendrán a sepultarse las que existen y las que existirán. 

El mar fue el origen y será la tumba de todo. Vues­tra felicidad, que consiste en desear aquello que no podéis obtener, existe aquí, entre las aguas sombrías. Yo os podría dar todo lo que me pidierais. Tengo yo en la tierra un amigo a quien mi más antiguo abuelo, hizo un gran servicio. El, si pudiera caminar, vendría a mí y me daría lo que tengo menester cada luna. Pero él es inmóvil y está pegado a la tierra. El debe la vida y posee una virtud, merced a uno de mi familia. ¿Vos necesitáis algo?

— Sí, dijo la señora Glicina —. Yo amé a un príncipe rutilante que vino del mar. Le amé una noche. Y me dijo: Cuando pasen tres años, tres meses, tres semanas y tres noches, ve hacia el sur, por la orilla y nacerá el fruto de nuestro amor como tú lo desees... Y he venido y aquí me veis. Y os daría mis ojos, os llenaría la copa de sangre y buscaría el durazno de las dos almendras, si vos me dierais el secreto para que nazca el fruto de mi amor tal como yo lo deseo...

Brillaron en la noche los ojos ya mortecinos del Hipocampo de oro, alegrose su faz y tembló de emoción.

— Pues bien — dijo el Hipocampo de oro —. Vuestro hijo nacerá. Oidme y obedecedme. Iréis caminando hacia el oriente. Encontraréis un bosque, penetraréis a él, cruzaréis un río caudaloso y terrible y cuando éste os envuelva en sus vórtices diréis: "La flor de durazno de las dos almendras, la copa de sangre y las pupilas mías son para el Hipocampo de oro" y llegaréis a la orilla opuesta. Lo demás vendrá so­lo. Cuando tengáis la flor de los tres pétalos, vendréis con ella, me entregaréis vuestras pupilas, me daréis la copa de sangre y la flor del durazno, y moriréis en seguida, pero vuestro hijo habrá nacido ya. ¿Estáis resuelta?

— Estoy resuelta, dijo la señora Glicina. Y marchó hacia el punto señalado.

Tal como se lo había dicho el rey, la señora Glicina llegó a la orilla del río caudaloso. Pero había llegado con las carnes desgarra­das, con las uñas fuera de los dedos, y apenas podía tenerse en pie. Sentose bajo la copa de un árbol y cayeron sobre ella, como alas de mariposas blancas los pétalos de un durazno en flor.

— ¿Dónde estará el Durazno de las dos almendras? — exclamó. —¿Quién me quiere? — susurró entre la brisa una dulce voz.

— El rey del mar, el Hipocampo de oro, me manda a ti. Vengo por el azahar de los tres pétalos que crece en el Durazno de las dos almendras.

— Es lo más amado que tengo, dijo el Durazno, pero es para el rey que fue bueno conmigo. ¡Córtalo!

Y la señora Glicina cortó el azahar, y el durazno se quedó llo­rando.

Muy poco faltaba para que la línea del horizonte cortara por la mitad el disco del sol cuando llegó la señora Glicina. El Hipocampo de oro la esperaba lleno de angustia.

— ¡Llena mi copa de sangre! — dijo.

Y la dama sin lanzar un grito de dolor, se abrió el pecho, cortó una arteria y la sangre brotó en un chorro caliente haciendo espuma hasta llenar la copa del rey que la bebió de un sorbo.

— ¡Dame el azahar del Durazno de las dos almendras! — dijo.

Y la dama, sin lanzar un grito de dolor, le dio los tres pétalos que el rey guardó en el corazón de una perla.

— ¡Dame tus ojos que son míos! — dijo.

Y la dama, sin lanzar una queja, se arrancó para siempre la luz y entregó sus ojos al Hipocampo de oro, que se los puso en las cuen­cas ya vacías.

— ¡Ahora dame mi hijo! — exclamó.

— Llévate el tallo del cual has arrancado los tres pétalos y ma­ñana tu hijo nacerá. ¿Qué quieres que le dé? Puedo darle todas las virtudes que los hombres tienen, puedo ponerle de una de ellas doble porción, pero sólo de una... ¿Cuál porción quieres que le duplique?

— ¡La del amor! — dijo la dama.

— Sea. ¡Adiós! Tú lo quieres así. Mañana, después del cre­púsculo morirás, pero tu hijo vivirá para siempre.

— Gracias, gracias, ¡oh rey del mar! ¿Qué vale lo que te he dado cuando tú me has dado un hijo?...

Las últimas palabras no las oyó el Hipocampo de oro porque ya su cuerpo rollizo y torneado, se había hundido en el mar dejando una estela rutilante entre las ondas frágiles.

 

La deuda de la tortuga - Cuento de Camerún

 Mbo, la tortuga, se había quedado sin un centavo, lo que le pasaba bastante seguido. ¿Para qué cuidar algo que se podía conseguir tan fácilmente?

–Cerdo, por favor, necesito que me prestes un poco de plata.

–¡Nunca es un poco tratándose de Mbo! –le contestó el cerdo de mal humor–. ¿Y cómo puedo saber que me la vas a devolver?

Pero Mbo se lo juró por la luna y el sol, por la salud de sus hijos y por la felicidad de su mujer, se lo juró por su vida y finalmente consiguió convencerlo.

–Espero cobrar ese dinero en la próxima luna –dijo el cerdo.

Pero pasó un mes, pasaron dos, tres, y la tortuga no parecía acordarse en absoluto de la deuda.

Furioso, el cerdo decidió ir a la casa de Mbo a cobrar su dinero como fuera. Por la ventana, la tortuga vio que el cerdo gruñía de muy mal humor mientras se acercaba. En ese momento su esposa estaba moliendo maíz sobre una gran piedra.

–Querida mía, quiero que escondas la piedra y uses mi caparazón como si fuera una piedra de moler –dijo Mbo–. Cuando llegue el cerdo, no contestes a nada de lo que te diga.

Metió la cabeza y las patas para adentro y de verdad parecía una gran piedra. La señora Tortuga seguía moliendo maíz cuando el cerdo le dio un empujón a la puerta y se metió en la casa.

–Tengo que hablar con su marido, señora Tortuga –dijo el cerdo.

Pero la señora Tortuga no contestó ni sí ni no, ni aquí ni allá. Simplemente, siguió moliendo maíz como si no lo hubiera escuchado.

–Présteme atención, señora –insistió el cerdo–. Su marido se ha portado muy mal conmigo. Me pidió plata prestada hace tres lunas y no me la devolvió.

La tortuga se limitó a moler el grano con más fuerza, golpeando sobre el caparazón de su marido. Y se puso a silbar mientras trabajaba.

–¡Pero contésteme de una vez! ¡No sea maleducada! ¡Dígame ahora mismo dónde está Mbo!

La señora Tortuga seguía haciéndose la sorda y el cerdo estaba cada vez más furioso. Al final, perdió por completo la paciencia, agarró la piedra de moler sobre la que trabajaba la señora, la levantó y la tiró por la ventana, mientras gritaba como loco: –¡No se haga la idiota y contésteme de una vez lo que le pregunto!

Entonces doña Tortuga reaccionó y se puso a llorar y a gritar con desesperación.

–¡Mi piedra de moler! ¡Mi bonita piedra de moler! ¡La única que tenía, la mejor! ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a moler el maíz para la comida?

Mientras el cerdo, arrepentido de lo que había hecho, trataba de calmarla, Mbo se levantó del lugar donde había caído y entró en su casa como si viniera desde muy lejos.

–¿Qué pasa aquí? –gritó muy enojado–. ¿Por qué llora mi mujer? ¿Qué le has hecho, cerdo malvado?

–Me tiró mi piedra de moler maíz... –lloró la señora Tortuga–. ¡La levantó y la tiró por la ventana! Y yo no le había hecho nada.

–¿No le da vergüenza, señor Cerdo, comportarse así con un vecino? ¡Por algo lo llaman cerdo! Meterse en mi casa, amenazar a mi mujer, dejarme sin mi piedra de moler...

–¡Un momento! –dijo el cerdo–. Estoy seguro de que puedo devolverle la piedra que tiré.

Y salió corriendo a buscar la piedra que había arrojado por la ventana. Estaba ahí nomás, él la había visto caer.

–Más vale que la encuentre enseguida –le dijo Mbo, amenazador–. ¡Esa piedra vale mucho más que el dinero que usted me prestó!

Por supuesto, en el terreno que rodeaba la casa de las tortugas no había ni rastros de la piedra de moler. El cerdo buscó por aquí y buscó por allá, desesperado, sin entender lo que pasaba. Y sigue buscando todavía. Dicen que es por eso que todos los cerdos van arrastrando la nariz contra el suelo, como si estuvieran oliendo la tierra. Buscan la piedra de moler para poder devolvérsela a Mbo, la pícara tortuga.