Antonio se dispone a preparar la cena, y lo cierto es que no hay muchas posibilidades: huevos fritos o tortilla francesa. Es incapaz de pensar en algo más complicado que eso, y además no le queda una maldita lata en el armario, así que mañana no tendrá más remedio que bajar al ultramarinos de la esquina a enfadarse con la señora Juliana, que siempre le mira como a un réprobo o a un pecador.
Con el disgusto esculpido en la cara, coge cuatro huevos, cierra el refrigerador e insulta silenciosamente a su mujer, que parece contemplar sus movimientos desde la silla de ruedas verde descolorida. Antonio la remira y piensa por enésima vez en el accidente que la confinó en su parálisis total; nunca se supo si por culpa suya o del conductor que les embistió de frente y afortunadamente murió en el acto.
Solo Antonio, y acaso Mercedes, saben la verdad, y tuerce el gesto al recordarlo, con lo que su cara adquiere unos casi inverosímiles rasgos de deformidad. Es ahora cuando decide insultar en voz alta a Mercedes: aunque en el pabellón de parapléjicos le aseguraron que podía oír, él nunca ha estado convencido del todo, pues nada de lo que le dice hace mella en su sonrisa beatífica, altera la mirada perdida de sus ojos casi vidriosos, o hace palidecer la expresión como de triunfo en su rostro. ¡Hija de puta!, y se siente más tranquilo así. En esa cosa que se llama Mercedes todo sigue igual.
Retorna a los huevos, que ha dejado balanceándose sobre un plato hondo, aún no muy decidido por una u otra alternativa. Los deposita sobre el mármol negro y toma uno, lo casca con un exquisito cuidado delator de su impericia supina, y deja que el contenido se extienda lentamente por el plato, procurando que la yema no se rompa, por si acaso. Huevos fritos.
Saca la sartén del horno y vierte en ella el poco aceite sucio que guarda en una lata, añadiendo algo más del de la botella de girasol, que también se acaba. Acordarse apuntar lista compra, mierda. El encendedor automático de la cocina hace años que no funciona, así que debe recurrir a la caja de cerillas. Tampoco quedan muchas, así que aprovecha para encenderse un Ducados, pese a que sabe lo mucho que le molesta a Mercedes que fume. O lo que le molestaba, pues ahora no se queja ni dice nada.
Bien es verdad que al principio, poco después del accidente, las cosas fueron más fáciles para Antonio, que casi casi piensa: «Para los dos». El seguro lo cubrió casi todo, aún no había problemas con el trabajo y, aunque no tenía noción alguna de cómo llevar a buen término las labores del hogar, o quizás precisamente por eso, apareció Marta a echarles un cable.
Sí, le ayudó bastante. Mucho, se corrige al tiempo que abre un poco más la espita del gas butano y el fuego aumenta, a ver si se calienta de una maldita vez el aceite. Antes de aquello, claro, Mercedes lo hacía casi todo. Merche… Antonio no puede evitar una sonrisa amarga y arroja a la sartén una miga de pan de ayer para comprobar cómo va: le gustan los huevos hechos en aceite muy caliente. Marta fue su salvación, sí.
Resultaba un tanto ridícula, enfundada en aquel peto de pana y sin maquillarse jamás, esforzándose en conservar aquel aspecto mustio, de ejercicio espiritual postconciliar. Pero nadie podía decir que no fuera útil, amén de silenciosa, para un hombre que, como Antonio, jamás en la vida se había hecho una cena, o barrido una habitación: preparaba exquisitos platos, dejaba la casa como los chorros del oro, fregaba los cacharros sin perdonar rastro de grasa, y bajaba ella misma las bolsas de basura, a las que Antonio no tenía más que esbozar un nudo.
Todo ello, por supuesto, en un santiamén y prodigando muestras de refinada educación. Cada mañana, además, vestía y peinaba a su hermana, le aplicaba con algodoncitos agua de lavanda por los distintos vericuetos de su piel, limpiaba la silla de ruedas. La dejaba radiante, casi guapa. No como ahora. Por todo lo anterior, se comprende que Antonio pronto se acostumbrara a ella, y también que casi llegara a olvidarla.
Había algo en que no podía sustituir a Mercedes, claro está. Pero solo al principio. Los primeros meses. Doce años ya… Seis, siete acaso desde que Marta, tan sigilosamente como vino, se fue no se sabe adónde… y la miga de pan empieza a agitarse en el aceite turbio, asfixiada. Antonio no puede evitar volver a mirarla, raquítica, amarillenta, aplastada contra el respaldo de plástico sucio, la sonrisa estúpida hinchándole la cara.
Había dejado de desearla hacía tiempo —¿desde antes del accidente?, se consuela—, y ya no dormían juntos. Él mismo se encargaba de acostarla, unas veces antes, otras veces más tarde, en la habitación que hubieran destinado a los niños.
Después de la fuga de Marta, frecuentó ciertos clubes acortinados, algunas pensiones de mala muerte, güiskerías de reputación oscura. Pero de un tiempo a esta parte se traía las putas a casa, y seguía sin tener la seguridad de si Mercedes se daba cuenta o no.
Como tampoco la tuvo cuando Marta, para ser fiel a la verdad. La cama crujía. Gemían y gritaban sin recato. Les pagaba más si lo hacían así. Y el cuarto de Mercedes era el contiguo. Todo inútil: los días transcurrían iguales, ella no se alteraba.
Y Antonio sigue con la vista fija en ella, no se percata de que el aceite está casi hirviendo y humea ya. Pero no puede apartarla de su mirada, aunque sus pensamientos estén más allá. El negocio va de mal en peor. El equipo, colista. Las medicinas están cada día más caras. El barrio da pena, y la casa también. Todo de mal en peor, sí, puede que precisamente desde que Marta se fue.
Desde entonces Antonio ha tenido que aprender a hacérselo todo él mismo, y no muy bien, sobre todo al principio. Aún no ha conseguido planchar una sola camisa, y su ropa arrugada lo delata continuamente, dondequiera que vaya. No le preocupa. No tanto, al menos, como sus deudas en el juego. En fin, quién sabe cuál fue la razón, pero un día Marta decidió lo que decidió y se marchó sin decir ni mu, no sin antes haber abandonado en el fregadero la vajilla de la cena y la del desayuno, toda junta, sin hacer.
Aquellos días no había cruzado con ella más palabras de las pocas habituales, que no pasaban, por otra parte, de los saludos rituales, algunos por favores, y los correlativos gracias y de nadas. Como todas las noches anteriores, habían hecho, sepulcralmente, el amor, y no había sido especialmente brutal, no lo creía, al menos: tal y como lo había aceptado la primera vez, en silencio, se dejó desnudar, abrazar y embestir, sin queja y sin expresión.
En cualquier caso, aunque Antonio no esté seguro más que de eso, sabe que así puede fechar con aproximada exactitud el arranque de su decadencia. La cocina siempre sucia. La comida escasa y progresivamente reducida a huevos y chuletas de cerdo. El parqué llenándose de polvo. Los chirridos de la silla de ruedas. Los balances que no cuadran, el almacén, el expediente, las colas del INEM.
La sombra perpetuamente esquinada de Mercedes. Los acreedores que apremian, las cartas de la caja de ahorros. La cara, la sonrisa inalterable de Mercedes. La basura hediendo durante días, antes de que se le ocurra sacarla. El vino de brik. La mueca de Mercedes.
Antonio vuelve a mascullar otro juramento, sin apenas alzar el tono. Baja el fuego por fin, y casca el otro huevo en el plato. A continuación, los vierte en la sartén con la mala fortuna de casi siempre. La yema de uno de los dos se rompe al contacto con el aceite, se desparrama, forma una corola anaranjada que se endurece y blanquea por momentos. La otra, puede que por simpatía, explota también. El siguiente par le saldrá mejor, por supuesto. En todo caso, una vez más, huevos espachurrados. Para Mercedes, claro. Los buenos se los comerá él.
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