INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta crueldad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crueldad. Mostrar todas las entradas

Atajo arriba - Francisco Rojas González

Atardecía. El atajo estrecho serpenteaba entre jarales. Las lajas blancas, pulidas, resbalaban barranca abajo, hasta beber en el hilillo de agua zarca del arroyo.

La cigarra decía la oración de la tarde, y el mugir del toro en brama se estrellaba
en la falda del cerro.

Y el atajo subía. Subía hasta perderse.

La senda blanca allá en la
cumbre se tornaba en roja, teñida por los rayos oblicuos del sol que caía.

Amo y siervo toparon en un recodo del atajo.

El primero jinete en noble bestia
alazana, de finos remos, mirada vivaz y gran alzada.

El segundo tras la yunta de bueyes, que rumiaban el cansancio y azotaban con la cola sus costados calvos por el incansable chuzo.

—¡Buenas tardes le dé Dios al amo…!

—¿Cuántas veces tendré que decirte que desunzas en el potrero y cargues tú sobre el lomo los aperos? ¡Mira cómo andan de estragados los animales!

—Amo, cuando acabo de barbechar quedo tan cansado, que apenas aguanto el peso de la garrocha. ¿Cómo quiere su merced que cargue con cadenas, coyundas y yugos…? ¡Ah, solo el que carga el avío sabe lo que pesa!

—¡Uy, pelado hijo d’iun, como a ti no te cuestan los bueyes, te importa un canijo trabajarlos hasta que revienten!

—Amo, los bueyes tragan zacate y se hartan… Yo como gordas y no me lleno, ni a fuerzas… ¡Es tan pobre la ración!

—¿Conque pobre, no? Pues traga zacate como los bueyes. ¡Así te llenarás y reventarás en buena hora! ¡Magnífica escuela está haciendo el maestro del pueblo, tratando de convencer a ustedes de que son víctimas, de que están mal pagados, de que son los explotados. Ya verás cómo el chivato no hace huesos viejos…! ¡Revoltoso maldito, yo me encargaré de que eche en olvido eso que él llama ideas redentoras… para eso es el dinero, y cuando este falla, para eso son las balas! Y tú, desgraciado, arrodíllate. ¡Voy a enseñarte algo más efectivo que la doctrina de ese apóstol muerto de hambre…! ¡Pero arrodíllate, grandísimo cabestro…!

El patrón echó mano al machete. Su hoja chifló como serpiente y cayó rápida sobre las espaldas musculosas del gañán.

Un ronco grito repercutió en la barranca.

La cigarra cortó su oración.

Los pájaros dejaron sus nidos y volaron con todas las fuerzas de sus ala
s.

Muchas lajas rodaron barranca abajo lanzadas por las pezuñas del caballo, o por los pies
descalzos del «ajusticiado».

Después, solo el chasquido de la hoja al pegar en los costados hercúleos del peón y el piafar del potro enardecido.

El campesino se dejaba azotar.

Sobre él pesaba una tradición de siglos: el respeto al amo. Una doctrina absur
da. La sentencia urdida por los curas: «… y jamás levantes la mano a tu patrono, que es la representación de la divinidad en la tierra».

La tormenta de cintarazos caía sin tregua sobre la espalda sangrante.

Rendido por el dolor levantó la cara quizá en demanda de perdón. Vio cómo el sol enrojecía la cumbre de la montaña. 

Sus rayos hirieron la pupila dilat
ada por el sufrimiento. En su rostro impávido hasta entonces, se dibujó una mueca. La mueca trocóse en gesto enérgico, gesto estatuario; pero imposible de ser plasmado: el gesto del rebelde. Olvidó la vieja tradición. Tomó el machete por la hoja enrojecida con su sangre y derribó de un tirón al jinete.

La hoja se volvió obediente.

Solo que esta vez no de plano, sino de filo cortaba el aire y se hundía en carne blanca. Uno, dos, tres, diez, cincuenta… y muchos más furiosos golpes.

La mano poseída de un frenesí de venganza hirió, hirió, hirió, has
ta dejar sobre el camino una masa informe que escurría tanta sangre, que la tierra blanca del atajo se hizo roja… roja como la cumbre de la montaña que teñía el sol poniente.

Las raíces de las jaras de la ribera bebieron con fruición de sedientos.

Desunció los bueyes
.

Tuvo para ellos un purísimo pensamiento de libertad.

Aspiró a pulmón lleno.

Arado
, yugo, coyundas y cadenas se amontonaron sobre el cuerpo despedazado.

Arrancó un p
uñado de hojas de jara, limpió el sable con ellas y brincó sobre los lomos del potro alazán.

Se fue cuesta arriba.

Los vecinos del rancho, al darse cuenta del crimen, fueron al lugar de los hechos.

Todos vieron que en la montaña, allá en la cumbre, un jinete rojo cruzaba frente al sol…

Y cuando los «pelones» preguntaban furiosos por el vil asesino, los rancheros encogiéndose de hombros contestaban:

—¡Pues quién sabe, amo; se fue atajo arriba!

—¡Y se perdió en el sol! —agregaba el maestro del pueblo.

Grisélida - Charles Perrault

No lejos de los Alpes vivía un príncipe, joven y bravo, en quien la naturaleza había agotado sus dones, y de todos muy amado. Su instrucción era distinguida, su valor en la guerra le había ganado justa fama y su afición a las bellas artes era mucha. 

A fuerza de hombre de elevados sentimientos, deseaba realizar grandes proyectos y cuanto puede hacer digno a un príncipe de ocupar un puesto privilegiado en las páginas de la historia, distinción que se propuso merecer dedicándose con predilección a labrar la felicidad de su pueblo, por parecerle esta gloria más sólida que la que se conquista en los campos de batalla. 

Pero tenía el príncipe un defecto, cosa nada rara, pues la imperfección es difícil si no imposible. Y consistía en su monomanía contra las mujeres, porque en ellas solo veía engaño y perfidia. Otros tienen tal preocupación, necia y vulgar, que, por lo visto, también puede alcanzar a los grandes de la tierra. 

Por tal idea dominado hizo el propósito de permanecer soltero, con gran disgusto de sus súbditos, quienes, por lo demás, estaban de él muy contentos, pues empleaba la mañana en el despacho de los negocios del Estado, procurando administrar recta justicia, amparar a los débiles, a las viudas y a los huérfanos y disminuir los impuestos. La tarde la dedicaba a la caza.

Temerosos sus súbditos de que al morir tan buen príncipe no hubiese quien le sucediera en el trono, resolvieron enviarle una diputación para suplicarle que se casara. Buscóse el mejor de los oradores para que pronunciara el discurso. 

El elegido pasó muchos días estudiando lo que había de decir al príncipe, y, por último, le soltó la arenga delante de los comisionados, pronunciándola con aire grave y diciéndole, en resumen, que la felicidad del Estado exigía que contrajera matrimonio.

El príncipe contestó:

—Vuestras palabras patentizan vuestro afecto, y deseo complaceros; pero debéis tener presente que el matrimonio es asunto delicado, pues muchas jóvenes, modestas, pudorosas y buenas al lado de sus padres, se transforman una vez casadas, y se convierten en malas cualidades las que antes eran excelentes. La cándida se trueca en coqueta, la prudente en alborotadora, la que era alegría de su casa en infierno de la del marido; la económica en derrochadora, la modesta en imperiosa, y la que no osaba levantar la voz en el hogar paterno, quiere mandar en absoluto en el del esposo. Me espantan tales defectos; pero como quiero contentaros, buscad una joven beldad sin orgullo, sin vanidad, obediente, que no tenga más voluntad que la de su marido, y cuando hayáis dado con ella, será mi esposa.

Dada la respuesta, el príncipe montó a caballo, y a escape dirigiose en busca de su traílla, que se había adelantado y le esperaba en la llanura. En cuanto llegó, soltáronse los perros, resonaron las trompas y comenzó la cacería, ganándoles a todos en ardor; y tanto fue este y tanto se alejó de su comitiva, que al detener el caballo cubierto de sudor después de una vertiginosa carrera, observó que estaba solo y que no oía los ladridos de los perros ni los ecos de las trompas.

Hallóse en un sitio encantador, donde los arroyuelos murmuraban, las flores del prado perfumaban el ambiente y los verdes árboles daban fresca sombra; y mientras estaba extasiado en la contemplación de la naturaleza, apareció a su vista una joven; y tal efecto le produjo, que creyó eran los ojos del corazón los que la miraban, no los del cuerpo. 

La joven era una pastora que estaba apacentando su rebaño y mientras tanto hilaba a orillas de un arroyo. Su tez era blanca, sus mejillas recordaban las rosas, sus labios el clavel, sus ojos el azul del cielo y su mirada la luz de las estrellas.

El príncipe no se cansaba de mirarla; dirigióse hacia ella, y como al ruido levantase la cabeza y le viera, de tal manera tiñóse de grana su rostro, que el príncipe creyó que aquel día la aurora se había asomado dos veces al horizonte. 

Debajo de su rubor el príncipe descubrió una sencillez, una dulzura, una sinceridad de que había creído incapaz al bello sexo, y presa de una emoción por él hasta entonces desconocida, se acercó con timidez a la pastora y le dijo:

—He perdido de vista a mis compañeros. ¿Podríais decirme si la cacería ha pasado por aquí?

—No, señor —contestó la joven—; pero os enseñaré un camino que os llevará al lado de vuestros amigos.

—Gracias, bella joven —añadió el príncipe—. Muchas veces he estado en estos lugares, pero hasta ahora no he sabido ver lo más precioso que hay en ellos.

Al decir estas palabras, inclinóse para beber en el arroyo y apagar la ardiente sed que le devoraba.

—Esperad un momento —añadió ella.

Saltando como un jilguero, fue a su cabaña y volvió con la sonrisa en los labios ofreciendo al príncipe un vaso que, con ser de barro, parecióle más precioso que los de oro y plata. Luego de haber bebido guióle la pastora a través del bosque, fijándose el príncipe en el sitio por donde pasaban, porque deseaba ver de nuevo a la joven. 

Por último, descubrieron la llanura y a lo lejos el palacio del príncipe, quien se separó de la pastora no sin tristeza; y en ella pensando, a paso lento se encaminó a su suntuosa morada. Tan grabada tenía su imagen en su corazón, que al día siguiente salió a cazar más temprano que de costumbre, y guiándose por sus recuerdos, dio con el arroyo, con el rebaño y con la pastora.

Trabó conversación con ella y supo que era huérfana de madre y vivía con su padre, siendo su nombre Grisélida. De los frutos de la tierra se alimentaban y de la leche de las ovejas, cuya lana hilaba, tejiéndose los vestidos sin recurrir para nada a la ciudad. 

A medida que oía a la joven, la llama del amor iba en aumento en el corazón del príncipe, porque se le aparecían las bellezas del alma de la pastora. Con sentimiento despidióse de ella, y al llegar a su palacio mandó reunir su consejo y le dijo:

—Mis pueblos quieren que me case, y accediendo a sus deseos, he buscado la mujer que ha de compartir conmigo el trono. Entre vosotros la he hallado y es hermosa, prudente y honesta. Al elegirla de este país, he hecho lo que mis antepasados muchas veces hicieron. No os diré quién es la preferida hasta el día de la boda.

La noticia cundió con tanta rapidez que al poco rato no hubo quien la ignorara, siendo general la alegría y grande la satisfacción del orador que había expuesto al príncipe la conveniencia de casarse, pues atribuía únicamente a su discurso el mérito de la resolución. 

Cada joven creyó que ella era la elegida y todas se vistieron con coquetería, hablaron con melindre y se peinaron con esmero. Comenzaron los preparativos para los festejos públicos; se levantaron arcos, se construyeron preciosos carros triunfales, se prepararon castillos de fuegos artificiales y se anunciaron funciones gratuitas.

Por fin llegó el tan esperado día de las bodas, y antes de amanecer ya estaba todo el mundo levantado, en particular las jóvenes casaderas, que esperaban la llegada del mensajero que debía pronunciar el nombre de la elegida. El pueblo lanzóse a la calle, donde los soldados mantenían la circulación. 

Resonaron músicas, clarines y tambores en el palacio, y por último salió el príncipe rodeado de su corte, siendo acogido por entusiastas aclamaciones. Siguiéronle todos con la mirada, y general fue la sorpresa al verle salir de la ciudad y dirigirse al vecino bosque como tenía por costumbre todos los días. La alegría trocóse en desencanto, pues el pueblo supuso que, dominado por su pasión por la caza, había dado al olvido la boda.

La sorpresa de la corte no era menor que la del pueblo, y fue en aumento cuando el príncipe se internó en lo más profundo del bosque. Al llegar delante de la cabaña de la pastora, se detuvo. En aquel entonces salía Grisélida con un vestido nuevo, pues hasta ella había llegado la noticia del casamiento y quería ir a la ciudad para ver los festejos.

—¿A dónde vais? —le preguntó el príncipe con amoroso y dulce acento, mirándola tiernamente—. No apresuréis el paso, pues la boda no puede realizarse sin vos. Yo soy el príncipe y os he elegido entre todas las bellezas de este país para pasar con vos el resto de mis días, si mi corazón halla correspondencia en el vuestro.

Llena de asombro y dominada por la emoción, la pastora balbuceó:

—¡Ah, señor, cómo he de creer que sea cierto lo que decís, si soy una humilde campesina!

—Pero reináis en mi corazón. Vuestro padre, a quien he hablado, consiente en que seáis mi esposa, y para la boda solo falta vuestro consentimiento. Deseoso de que la tranquilidad impere en mi hogar, os ruego juréis que nunca tendréis otra voluntad que la mía.

—Lo prometo y lo juro —contestó ella—. Aunque me hubiese casado con el último aldeano, su yugo me sería dulce y en todo le obedeciera. ¡Cuánta no será mi obediencia si hallo en vos mi señor y mi esposo!

La corte aplaudió la elección. Las señoras que formaban parte de la comitiva entraron con Grisélida en la cabaña y le pusieron los vestidos que llevan las novias de los reyes; y todas se esmeraron en su obra, admirando mientras tanto el aseo de aquella pobre morada, que se cobijaba a la sombra de un plátano y parecía una mansión llena de encantos.

Al aparecer Grisélida, todos aplaudieron y celebraron su belleza realzada por el rico traje; pero el príncipe casi casi hubiera preferido verla con los sencillos vestidos de pastora. Los novios tomaron asiento en un soberbio carro de oro y de marfil y el príncipe mostróse más orgulloso al lado de Grisélida que cuando hacía su entrada triunfal después de haber obtenido una victoria. 

Seguidos de la corte se pusieron en marcha, y antes de llegar a la ciudad encontraron a todos sus habitantes que se habían esparramado por la llanura esperando con impaciencia el regreso. El carro rodaba con dificultad por entre la inmensa muchedumbre, que en cuanto pasaban los novios se unía a la comitiva que avanzaba en medio de incesantes aclamaciones, tan ruidosas que muchas veces llegaron a espantar a los caballos.

Celebrada la boda fueron a palacio y comenzaron las fiestas, tan magníficas que de otras iguales no había memoria. Grisélida, rodeada de sus damas, hablaba sin orgullo, pero como si hubiese nacido princesa; y en todo demostró tanta circunspección que no hubo quien no la admirara. 

Ajustó sus maneras a las de la corte, procuró estudiar el carácter de cuantos la rodeaban, y al poco tiempo los gobernaba con la misma facilidad que antes guiaba su rebaño.

Antes de terminar el año, el cielo bendijo su unión y nació una princesa. Hubieran preferido sus padres un varón, pero tantos eran los encantos de la niña que en ella concentraron todo su cariño. El príncipe no se cansaba de mirarla y la madre no apartaba de ella los ojos. Grisélida empeñóse en ser su nodriza, diciendo que nadie como ella criaría a su hija.

Fuese que su pasión hubiese disminuido o que la mala idea que antes se tenía formada de las mujeres se hubiese renovado, creyó el príncipe que había poca sinceridad en las palabras y en los actos de su esposa, y comenzó a observarla primero, a vigilarla después, a contrariarla luego; acabando por mostrarse tan extremado que no la permitió salir del palacio ni consintió que tomase parte en los placeres de la corte. 

Como si esto no fuera bastante, la tuvo encerrada en su aposento, mostrándose desconfiado hasta de la luz del día, que solo consintió entrara a medias; y, por último, pidióle de una manera brusca que le entregara todas las joyas que como prueba de amor le había regalado el día de su boda para que no realzara con adornos su natural belleza. 

Grisélida se las dio con el mismo placer con que las había recibido, porque se dijo que entonces, como ahora, complacía a su marido, cuya voluntad debía ser suya.

—Mi esposo y señor —pensó—, me mortifica por ponerme a prueba, y hace bien, puesto que en medio de los placeres podría debilitarse mi virtud. Si tal no es el propósito de mi marido, bendito sea Dios que prueba mi constancia y mi fe, a cuya suprema bondad soy deudora de que por medio de tantas contrariedades quiera corregir mis defectos. Bendito sea ese rigor, que por más que me haga sufrir es tan provechoso; y bendita sea la bondad paternal de Dios y la mano de que se sirve para mi salvación.

A pesar de que Grisélida obedecía sin replicar todas las órdenes del príncipe, este se decía: «Su virtud es fingida y su hipócrita resignación se debe a que no la he herido en lo que ama. Su hija ha de vencerla».

Entró en su cámara y hallóla que estaba jugando con la princesita después de haberla amamantado.

—Mucho la amas —murmuró su marido—, pero es necesario que te separes de ella porque quiero que desde la más tierna edad se formen sus costumbres y, además, preservarla de ciertos defectos que a tu lado podría adquirir. Su buena suerte ha querido que encontrase una dama de talento que sabrá infundir en su alma todas las virtudes y darle la educación que corresponde a una princesa. Por lo tanto disponte a separarte de tu hija, pues en breve vendrán por ella.

Pronunciadas estas palabras salió el príncipe de la estancia, pues no tuvo el corazón bastante duro para presenciar el cumplimiento de sus órdenes y ver cómo arrebataban la única prenda de su amor a Grisélida, que llorando y abatida esperó el fatal momento. Cuando apareció la persona encargada de dar cumplimiento al mandato del príncipe, la infeliz madre murmuró:

—Es necesario obedecer.

Abrazó a su hija; pareció querer devorarla con la mirada, besóla con la efusión del cariño maternal y llorando a mares se separó de ella.

Cerca de la ciudad había un monasterio famoso por su antigüedad, habitado por monjas sujetas a una regla austera y regidas por una abadesa ilustre por su piedad. Allí fue llevada la niña sin declarar su nombre ni cuna; si bien algunas preciosas alhajas que se le hallaron, indicaron que no quedarían sin recompensa los cuidados que se le prodigaran. 

El príncipe se entregó con más ardor que antes a los violentos ejercicios de la caza para ahogar la voz de su conciencia, que le reprendía su crueldad, y cuando volvió a presentarse delante de su esposa lo hizo con el recelo del que va a hallarse enfrente de una fiera a la que ha arrebatado sus pequeñuelos; pero Grisélida le recibió con la misma ternura y tuvo para él sonrisas tan dulces como en los mejores días de su felicidad. 

Tal proceder conmovióle, mas logró la desconfianza dominarle; y dos días después, queriendo sujetar a su esposa a más rudas pruebas, le dijo con fingido sentimiento que su hija había muerto.

Tan funesto fue el efecto producido por la terrible nueva, que el príncipe sintió por un instante el vehemente deseo de poner término al dolor de Grisélida diciéndole que la noticia era inexacta; pero siempre desconfiado, quedaron vencidos los nobles ímpetus de su corazón. La infeliz princesa procuró hacerse superior a sus penas y mostrarse cada vez más amante con su marido.

Quince años transcurrieron sin que nada turbase la paz perfecta en que vivían, mostrándose ambos igualmente cariñosos, luego si alguna vez el príncipe la contrariaba era para mostrarse después más enamorado; y mientras tanto creció la joven princesa, hermosa, reflexiva, dulce, candorosa, vivo retrato de su encantadora madre, a cuyas cualidades reunía las nobles de su ilustre padre. 

Viola por casualidad un joven cortesano, de alta prosapia, superando a la cuna la belleza y los dotes, y de ella enamoróse locamente. Adivinó la princesa el amor que inspiraba, y transcurrido algún tiempo, también ella acabó por enamorarse. Quiso la casualidad que el príncipe hubiese fijado la atención en el joven y deseara casarlo con su hija; pero siempre desconfiado, se propuso ponerle a prueba y discurrió de la siguiente manera:

—Quiero hacerles dichosos casándoles, pero antes es necesario que la zozobra y el temor les hagan apreciar en todo su valor su felicidad. Al mismo tiempo realzaré por medio de la piedra de toque del sufrimiento la paciencia de mi esposa, no ya, como hasta el presente, para tranquilizar mi loca desconfianza, puesto que no me es posible dudar de su amor, sino para que su bondad, su dulzura, su admirable prudencia brillen a los ojos de todo el mundo y todos la respeten al admirar sus nobles y extraordinarias cualidades.

Inmediatamente manifestó a la corte que habiendo muerto la hija nacida de su matrimonio, que calificó de loco, y no teniendo, por lo tanto, sucesión, quería tomar esposa de ilustre cuna para asegurar un sucesor al Estado, añadiendo que la futura princesa había sido educada en un convento.

Terrible fue la nueva para los jóvenes amantes. El príncipe dijo acto seguido a Grisélida que era necesaria la separación para evitar mayores desgracias, pues indignado el pueblo de su humilde cuna le obligaba a contraer más ilustre alianza.

—Es necesario —añadió el príncipe— que volváis a vuestra cabaña, vistiendo antes las ropas de pastora que he mandado prepararos.

La princesa oyó pronunciar su sentencia procurando mostrarse resignada y sin despegar los labios para quejarse; y si bien hizo grandes esfuerzos para que su rostro permaneciese tranquilo, no pudo impedir que gruesas lágrimas rodasen por sus mejillas.

—Sois mi marido y señor —le dijo lanzando un suspiro y próxima a desmayarse—, y por terribles que sean vuestras palabras, he de demostraros que nada me es tan querido como la obediencia cuando de vuestras órdenes se trata.

Inmediatamente después retiróse a sus habitaciones, y despojándose de sus ricos trajes, con la frente serena y sin murmurar, volvió a vestir el de pastora. Luego dijo al príncipe:

—No puedo alejarme de vuestro lado sin que me perdonéis por no haber sabido satisfacer todos vuestros deseos. Nada me importa la miseria, pero no puedo acostumbrarme a la idea de vuestro desprecio. Perdonadme y viviré contenta en mi pobre cabaña, sin que jamás disminuyan el respeto y el amor que os profeso.

Tanta sumisión y grandeza de alma reveladas debajo de un humilde traje, impresionaron con fuerza al príncipe, que sintiendo avivarse la llama de su pasión tan fuerte como en los primeros días, dio un paso para abrazar a Grisélida; pero se contuvo deseoso de no ceder hasta el último momento, y contestó con acento duro:

—He dado al olvido lo pasado. No me disgusta vuestro arrepentimiento. Podéis iros.

Fuese Grisélida, apoyada en el brazo de su padre, que también había vuelto a tomar sus humildes vestidos, derramando ambos en silencio amargas lágrimas.

—Volvamos a nuestra cabaña —le dijo Grisélida—, y abandonemos sin pesar la pompa de los palacios. No hay tanta magnificencia en nuestra pobre morada, pero en cambio nos brinda la tranquilidad y la paz.
 
Apenas hubo llegado a la casita donde nació, volvió a hilar y a apacentar su rebaño, sentándose a orillas del arroyo donde por primera vez la había visto el príncipe. Con frecuencia levantaba los ojos al cielo para pedirle que colmara de dichas, riquezas y gloria a su esposo. El príncipe mandó llamarla y le dijo:

—Grisélida: quiero que la princesa con quien me caso esté contenta de vos y de mí. Mañana es la boda y os ordeno que me ayudéis para que nada turbe su alegría y sepa cuáles son mis deseos a fin de que pueda complacerme. Dispondréis sus habitaciones, teniendo en cuenta que se trata de una joven princesa a la que amo tiernamente; y para que os convenzáis de que es digna de mi cariño, quiero que la admiréis.

Vio Grisélida a la joven y parecióle que veía a la aurora, sintiendo su corazón afectos tan dulces como inexplicables. Al ver aquel hermoso rostro recordó los días felices que ya habían pasado, y murmuró:

—Si mi hija no hubiese muerto sería tan bella como ella y tendría su edad.

Este recuerdo de madre despertó en su pecho tal amor por la joven, que dijo al príncipe con acento conmovido:

—Permitidme, señor, os indique que esta encantadora princesa que va a ser vuestra esposa, educada en medio de todos los regalos, no podrá vivir a vuestro lado como yo he vivido, sin que la muerte ponga término a vuestra felicidad. Nacida en humilde cuna, todo lo he sufrido; pero una palabra dura o seca a ella la mataría.

—Cuidad de lo que os importa —le contestó el príncipe con rudeza—, y cumplid mis órdenes. No consiento que una pastora me recuerde mis deberes.

A estas palabras Grisélida bajó los ojos sin pronunciar palabra.

Invitada la corte a la boda, todas las damas y todos los caballeros se reunieron en un magnífico salón. Presentóse el príncipe, y les dijo:

—Muy engañadora es la esperanza, pero aún lo es más la apariencia, y si alguien lo duda pronto se convencerá de cuán cierto es lo que digo. Todos estáis convencidos de que rebosa contento el corazón de la joven princesa que va a ser mi esposa. Apariencia engañadora. Creéis que este joven, valiente en batallas, de ilustre estirpe, ve con satisfacción la boda de su príncipe. Apariencia engañadora. Suponéis que Grisélida llora en estos momentos presa de la mayor desesperación. Apariencia engañadora también, pues Grisélida inclina la cabeza ante la voluntad de su señor y nada ha podido agotar su paciencia. Por último, no hay entre vosotros quien no tenga la íntima convicción de que esta boda ha de ser el remate de mi felicidad. Otra apariencia engañadora. Difícil os parecerá el enigma, pero pronto lo comprenderéis. Sabed que la encantadora princesa es mi hija y la doy en matrimonio a este joven caballero que la ama entrañablemente y cuyo amor es correspondido; sabed también que, conmovido por la paciencia y cariño de la fiel esposa a quien he arrojado indignamente de este palacio, le abro mis brazos y mi corazón con el propósito de hacerla olvidar con mi ternura cuantas penas le ha ocasionado mi carácter receloso; y si mucho estudio puse en disgustarla para someterla a continuas y difíciles pruebas, mayor será mi afán por hacerla feliz. Si las generaciones venideras recuerdan los sufrimientos, que no lograron abatir su corazón, también recordarán su virtud.

Estas palabras devolvieron la alegría a algunos semblantes velados por la tristeza. La joven princesa, loca de contento al saber quién era su padre, arrojóse a sus pies; y el príncipe la obligó a levantarse, la abrazó, cubrióla de besos y luego la llevó a su madre, que creyó morir de alegría; pues aquel corazón que no se había rendido a tantas penas, difícilmente pudo soportar tan extremado júbilo al ver llena de vida a su hija querida, a la que no había cesado de llorar creéndola muerta.

—Tiempo te quedará —le dijo el príncipe—, para dar expansión a los sentimientos de tu alma. Ahora ponte los vestidos que tu rango exige y vamos a celebrar las bodas de nuestra hija.

Celebrado inmediatamente el matrimonio de los jóvenes novios, las fiestas se sucedieron a cuál más espléndidas; y en la ciudad y en la corte solo se habló durante mucho tiempo de la paciencia y de la virtud de Grisélida, que sin cesar había resistido tan duras pruebas, mereciendo los elogios y la admiración de todos.

Antonio - Iban Zaldua

Antonio se dispone a preparar la cena, y lo cierto es que no hay muchas posibilidades: huevos fritos o tortilla francesa. Es incapaz de pensar en algo más complicado que eso, y además no le queda una maldita lata en el armario, así que mañana no tendrá más remedio que bajar al ultramarinos de la esquina a enfadarse con la señora Juliana, que siempre le mira como a un réprobo o a un pecador. 

Con el disgusto esculpido en la cara, coge cuatro huevos, cierra el refrigerador e insulta silenciosamente a su mujer, que parece contemplar sus movimientos desde la silla de ruedas verde descolorida. Antonio la remira y piensa por enésima vez en el accidente que la confinó en su parálisis total; nunca se supo si por culpa suya o del conductor que les embistió de frente y afortunadamente murió en el acto. 

Solo Antonio, y acaso Mercedes, saben la verdad, y tuerce el gesto al recordarlo, con lo que su cara adquiere unos casi inverosímiles rasgos de deformidad. Es ahora cuando decide insultar en voz alta a Mercedes: aunque en el pabellón de parapléjicos le aseguraron que podía oír, él nunca ha estado convencido del todo, pues nada de lo que le dice hace mella en su sonrisa beatífica, altera la mirada perdida de sus ojos casi vidriosos, o hace palidecer la expresión como de triunfo en su rostro. ¡Hija de puta!, y se siente más tranquilo así. En esa cosa que se llama Mercedes todo sigue igual.

Retorna a los huevos, que ha dejado balanceándose sobre un plato hondo, aún no muy decidido por una u otra alternativa. Los deposita sobre el mármol negro y toma uno, lo casca con un exquisito cuidado delator de su impericia supina, y deja que el contenido se extienda lentamente por el plato, procurando que la yema no se rompa, por si acaso. Huevos fritos. 

Saca la sartén del horno y vierte en ella el poco aceite sucio que guarda en una lata, añadiendo algo más del de la botella de girasol, que también se acaba. Acordarse apuntar lista compra, mierda. El encendedor automático de la cocina hace años que no funciona, así que debe recurrir a la caja de cerillas. Tampoco quedan muchas, así que aprovecha para encenderse un Ducados, pese a que sabe lo mucho que le molesta a Mercedes que fume. O lo que le molestaba, pues ahora no se queja ni dice nada.

Bien es verdad que al principio, poco después del accidente, las cosas fueron más fáciles para Antonio, que casi casi piensa: «Para los dos». El seguro lo cubrió casi todo, aún no había problemas con el trabajo y, aunque no tenía noción alguna de cómo llevar a buen término las labores del hogar, o quizás precisamente por eso, apareció Marta a echarles un cable. 

Sí, le ayudó bastante. Mucho, se corrige al tiempo que abre un poco más la espita del gas butano y el fuego aumenta, a ver si se calienta de una maldita vez el aceite. Antes de aquello, claro, Mercedes lo hacía casi todo. Merche… Antonio no puede evitar una sonrisa amarga y arroja a la sartén una miga de pan de ayer para comprobar cómo va: le gustan los huevos hechos en aceite muy caliente. Marta fue su salvación, sí. 

Resultaba un tanto ridícula, enfundada en aquel peto de pana y sin maquillarse jamás, esforzándose en conservar aquel aspecto mustio, de ejercicio espiritual postconciliar. Pero nadie podía decir que no fuera útil, amén de silenciosa, para un hombre que, como Antonio, jamás en la vida se había hecho una cena, o barrido una habitación: preparaba exquisitos platos, dejaba la casa como los chorros del oro, fregaba los cacharros sin perdonar rastro de grasa, y bajaba ella misma las bolsas de basura, a las que Antonio no tenía más que esbozar un nudo. 

Todo ello, por supuesto, en un santiamén y prodigando muestras de refinada educación. Cada mañana, además, vestía y peinaba a su hermana, le aplicaba con algodoncitos agua de lavanda por los distintos vericuetos de su piel, limpiaba la silla de ruedas. La dejaba radiante, casi guapa. No como ahora. Por todo lo anterior, se comprende que Antonio pronto se acostumbrara a ella, y también que casi llegara a olvidarla.

Había algo en que no podía sustituir a Mercedes, claro está. Pero solo al principio. Los primeros meses. Doce años ya… Seis, siete acaso desde que Marta, tan sigilosamente como vino, se fue no se sabe adónde… y la miga de pan empieza a agitarse en el aceite turbio, asfixiada. Antonio no puede evitar volver a mirarla, raquítica, amarillenta, aplastada contra el respaldo de plástico sucio, la sonrisa estúpida hinchándole la cara. 

Había dejado de desearla hacía tiempo —¿desde antes del accidente?, se consuela—, y ya no dormían juntos. Él mismo se encargaba de acostarla, unas veces antes, otras veces más tarde, en la habitación que hubieran destinado a los niños. 

Después de la fuga de Marta, frecuentó ciertos clubes acortinados, algunas pensiones de mala muerte, güiskerías de reputación oscura. Pero de un tiempo a esta parte se traía las putas a casa, y seguía sin tener la seguridad de si Mercedes se daba cuenta o no. 

Como tampoco la tuvo cuando Marta, para ser fiel a la verdad. La cama crujía. Gemían y gritaban sin recato. Les pagaba más si lo hacían así. Y el cuarto de Mercedes era el contiguo. Todo inútil: los días transcurrían iguales, ella no se alteraba.

Y Antonio sigue con la vista fija en ella, no se percata de que el aceite está casi hirviendo y humea ya. Pero no puede apartarla de su mirada, aunque sus pensamientos estén más allá. El negocio va de mal en peor. El equipo, colista. Las medicinas están cada día más caras. El barrio da pena, y la casa también. Todo de mal en peor, sí, puede que precisamente desde que Marta se fue. 

Desde entonces Antonio ha tenido que aprender a hacérselo todo él mismo, y no muy bien, sobre todo al principio. Aún no ha conseguido planchar una sola camisa, y su ropa arrugada lo delata continuamente, dondequiera que vaya. No le preocupa. No tanto, al menos, como sus deudas en el juego. En fin, quién sabe cuál fue la razón, pero un día Marta decidió lo que decidió y se marchó sin decir ni mu, no sin antes haber abandonado en el fregadero la vajilla de la cena y la del desayuno, toda junta, sin hacer. 

Aquellos días no había cruzado con ella más palabras de las pocas habituales, que no pasaban, por otra parte, de los saludos rituales, algunos por favores, y los correlativos gracias y de nadas. Como todas las noches anteriores, habían hecho, sepulcralmente, el amor, y no había sido especialmente brutal, no lo creía, al menos: tal y como lo había aceptado la primera vez, en silencio, se dejó desnudar, abrazar y embestir, sin queja y sin expresión. 

En cualquier caso, aunque Antonio no esté seguro más que de eso, sabe que así puede fechar con aproximada exactitud el arranque de su decadencia. La cocina siempre sucia. La comida escasa y progresivamente reducida a huevos y chuletas de cerdo. El parqué llenándose de polvo. Los chirridos de la silla de ruedas. Los balances que no cuadran, el almacén, el expediente, las colas del INEM. 

La sombra perpetuamente esquinada de Mercedes. Los acreedores que apremian, las cartas de la caja de ahorros. La cara, la sonrisa inalterable de Mercedes. La basura hediendo durante días, antes de que se le ocurra sacarla. El vino de brik. La mueca de Mercedes.

Antonio vuelve a mascullar otro juramento, sin apenas alzar el tono. Baja el fuego por fin, y casca el otro huevo en el plato. A continuación, los vierte en la sartén con la mala fortuna de casi siempre. La yema de uno de los dos se rompe al contacto con el aceite, se desparrama, forma una corola anaranjada que se endurece y blanquea por momentos. La otra, puede que por simpatía, explota también. El siguiente par le saldrá mejor, por supuesto. En todo caso, una vez más, huevos espachurrados. Para Mercedes, claro. Los buenos se los comerá él.

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 4)

         17

La señora Warwick guardó silenció unos instantes antes de responder con tono brusco:

-Voy a hacerle una pregunta, señor Stark­wedder. ¿Puede entender que una persona que haya concebido una vida se sienta con el derecho de acabar con esa vida?

Starkwedder se paseó por la habitación pen­sando en esas palabras hasta que finalmente de­claró:

-Se conocen casos de madres que han matado a sus hijos, sí, pero suele ser por alguna razón sórdida (un seguro, por ejemplo) o quizá tienen ya dos o tres hijos y no quieren los problemas de otro niño. -Se volvió hacia ella-: ¿Le beneficia económicamente la muerte de Richard?

-No.

Starkwedder asintió.

-Disculpe mi franqueza -comenzó, pero la señora Warwick le interrumpió al preguntar con aspereza:

-¿Comprende lo que intento decirle?

-Creo que sí. Dice que es posible que una mujer mate a su hijo. -Se dirigió al sofá y se in­clinó sobre él-. Y usted me está diciendo, para ser más exactos, que mató a su hijo. ¿Es sólo una teoría? ¿Debo entender que se trata de un hecho?

-No estoy confesando nada -respondió la señora Warwick-. Simplemente estoy mos­trándole cierto punto de vista. Es posible que surja una emergencia cuando yo ya no esté aquí para solucionarla. Si ello sucediera, quiero que tenga esto y que lo utilice. -Sacó un sobre del bolsillo y se lo tendió.

Starkwedder lo tomó no sin puntualizar:

-Todo esto me parece muy bien, pero yo tampoco estaré aquí. Regreso a Abadan para continuar con mi trabajo.

Ella hizo un ademán, como si considerara insignificante la objeción.

-Supongo que no estará desconectado de la civilización -comentó-. Habrá periódicos, ra­dio y otras cosas en Abadan.

-Sí -convino-, disponemos de todos esos lujos occidentales.

-Entonces guarde ese sobre. ¿Ve a quién está dirigido?

El echó un vistazo.

-Al comisario. -Se acercó al sillón-. Pero no tengo muy claro qué tiene usted en mente.

Para ser mujer, sabe guardar muy bien un secre­to porque, o bien cometió el asesinato usted mis­ma o sabe quién lo hizo. Se trata de eso, ¿verdad?

Ella apartó la mirada al responder:

-No es mi intención discutir este asunto. Él se sentó en el sillón.

-Aun así -insistió-, me gustaría saber qué tiene en mente.

-Me temo que no se lo voy a decir. Como usted bien dice, soy una mujer que sabe guardar bien un secreto.

Starkwedder decidió cambiar de táctica y dijo:

-El asistente, el hombre que cuidaba de su hijo... -Hizo una pausa como si intentara re­cordar su nombre.

-Angell -le dijo la señora Warwick-. ¿Qué sucede con él?

-¿Es de su agrado?

-No, la verdad es que no -respondió-. Pero es eficiente, y Richard no era una persona fácil de tratar.

-Supongo que no. Pero Angell lo soporta­ba todo, ¿no es así?

-Valía la pena -fue la seca respuesta de la señora Warwick.

Starkwedder se incorporó y comenzó a pa­searse por el estudio. Después se volvió hacia la señora Warwick para obtener más información.

-¿Tenía Richard algo contra él?

-¿Algo contra él? ¿Qué quiere decir? Ah, ya veo; ¿me pregunta si Richard sabía algo que pudiera perjudicar a Angell?

-Sí, eso quiero decir. ¿Tenía algún tipo de control sobre él?

La señora Warwick reflexionó un instante antes de responder:

-No, creo que no.

-Me estaba preguntando...

-Se pregunta si Angell mató a mi hijo. Lo dudo, lo dudo mucho.

-Ya veo que no le convence esta teoría -comentó él-. Es una lástima, pero así es.

La señora Warwick se puso en pie: -Gracias, señor Starkwedder, ha sido usted muy amable. -Y le tendió la mano.

Divertido por su actitud brusca, él le estre­chó la mano. A continuación se acercó a la puer­ta y la abrió. La señora Warwick salió por ella y Starkwedder la cerró. Con una sonrisa, se dirigió al escabel. Vaya, ¡que me zurzan!, pensó mien­tras contemplaba el sobre de nuevo. ¡Menuda mujer!

La señorita Bennett entró en el estudio. Starkwedder introdujo apresurado el sobre en un bolsillo mientras ella cerraba la puerta tras de sí y se acercaba al sofá. Parecía disgustada y preo­cupada.

-¿Qué le ha contado? -preguntó. Sorprendido, él intentó ganar tiempo.

-¿Qué quiere decir? -respondió.

-La señora Warwick, ¿qué le ha dicho? A fin de evitar una respuesta directa, Stark­wedder simplemente respondió:

-Parece disgustada.

-Claro que lo estoy -replicó-. Sé de lo que esa mujer es capaz.

Starkwedder miró al ama de llaves con dete­nimiento antes de preguntar:

-¿De qué es capaz? ¿De asesinato?

La señorita Bennett dio un paso en su direc­ción.

-¿Es eso lo que ha intentado que usted cre­yera? Pues no es cierto.

-Bueno, uno nunca puede estar seguro; después de todo, podría ser verdad.

-Pero no es así -insistió ella.

-¿Cómo puede saberlo?

-Lo sé. ¿Acaso cree que hay algo que yo no sepa de las personas de esta casa? Hace años que trabajo para ellos -se sentó en el sillón-, y los aprecio mucho a todos.

-¿Incluido el difunto Richard Warwick? La señorita Bennett parecía ensimismada, pero contestó.

-Solía apreciarle... hace tiempo.

Hubo un silencio. Starkwedder, sentado en el escabel, la contempló antes de murmurar: -Prosiga.

-Cambió -dijo ella-. Se le torció el carácter, cambió totalmente, a veces podía ser un de­monio.

-Sí, parece que todos están de acuerdo en eso.

-Pero si le hubiera conocido antes... Starkwedder la interrumpió:

-Yo no creo que las personas cambien.

-Richard sí -insistió ella.

-No es así -le contradijo él. Se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación-. Creo que se equivoca, estoy convencido de que siem­pre tuvo un demonio en su interior. Yo diría que era una de esas personas que necesitaba ser feliz y tener éxito, porque si no era así... Esas perso­nas esconden su verdadera personalidad todo el tiempo que sea necesario hasta conseguir lo que quieren pero, en el fondo, esa veta mezquina siempre está allí. -Se volvió hacia la señorita Bennett-. Apostaría a que su crueldad siempre estuvo allí. Seguramente era un bravucón en el colegio. Resultaba atractivo para las mujeres, como es natural, pues a éstas les atraen los tipos duros. Yo diría que la caza mayor era una vía de escape para su sadismo. -Starkwedder señaló los trofeos de caza que colgaban de la pared y se acercó a los ventanales.

»Richard Warwick debió de ser un gran egoísta -continuó-. Esa es la impresión que tengo por la forma en que todos hablan de él. Disfrutaba haciéndose pasar por un hombre bondadoso, generoso, con éxito, encantador y todo lo demás. Pero esa veta cruel estaba allí, y cuando tuvo el accidente se arrancó la másca­ra y pudieron verle como era en realidad.

La señorita Bennett se puso en pie.

-No creo que sea asunto suyo -exclamó indignada-. Usted es un extraño y no sabe nada.

-Quizá no, pero he oído muchas cosas -objetó Starkwedder-. Por algo, todo el mun­do acude a mí.

-Sí, supongo que sí. De hecho, aquí estoy yo hablando con usted, ¿verdad? -reconoció-. Eso es porque no nos atrevemos a hablar entre nosotros. -Le miró con expresión suplicante-. Ojalá no tuviera que marcharse.

Starkwedder sacudió la cabeza.

-Realmente no he ayudado en nada, lo úni­co que hice fue entrar y descubrir el cadáver.

-¿No fue Laura quien descubrió a Richard? -repuso la señorita Bennett. Y añadió-: ¿O es que Laura y usted...?

 

18

Starkwedder miró a la señorita Bennett y sonrió.

-Es usted muy astuta -observó.

Ella clavó los ojos en él. -Usted la ayudó, ¿verdad? -preguntó con tono acusador.

Starkwedder se alejó de ella. -Se está imaginando cosas -respondió.

-No, no es así. Quiero que Laura sea feliz, no sabe cuánto lo deseo.

Starkwedder se volvió hacia ella y exclamó:

-Maldita sea, yo también.

Ella le miró sorprendida.

-En ese caso, tengo que... tengo -dijo Starkwedder, que había posado la vista en la te­rraza por casualidad y había descubierto al joven Jan con una pistola en la mano; indicó al ama que guardara silencio. Se acercó a los ventanales, abrió la puerta y gritó-: ¿Qué estás haciendo?

En ese instante, la señorita Bennett vio a Jan en el jardín blandiendo una pistola. Corrió hacia los ventanales y gritó:

Jan, ¡dame esa arma!

Pero Jan salió corriendo mientras gritaba:

-¡Ven a buscarla!

La señorita Bennett corrió tras él, gritando desesperada:

-Jan! ¡Jan!

En ese momento entró Laura en la habita­ción.

-¿Dónde está el inspector? -preguntó. Starkwedder negó con la cabeza. Laura se acercó a él.

-Michael, tienes que escucharme -le im­ploró-, Julian no ha matado a Richard.

-¿Es eso cierto? -respondió Starkwedder con frialdad-. Te lo ha dicho él, ¿no es así?

-No me crees, pero es cierto -replicó ella con tono desesperado.

-Eso significa que tú le crees.

-No. Sé que es verdad -replicó Laura-. Verás, él pensaba que yo había matado a Ri­chard.

-No me sorprende -repuso él con morda­cidad-. También lo creía yo, ¿no?

Laura pareció todavía más desesperada al in­sistir:

-Él pensaba que yo había matado a Ri­chard, era incapaz de asimilarlo, le hacía... le hacía verme de una manera diferente.

Starkwedder la observó con frialdad.

-Pero, cuando pensaste que había sido él quien había matado a Richard ¡ni te inmutaste! -Starkwedder sonrió-. ¡Las mujeres son maravillosas! -murmuró. Se acercó al sofá y se apoyó en el brazo-. ¿Qué es lo que hizo que Farrar se perjudicara a sí mismo dicien­do que estuvo aquí anoche? ¿No me digas que se debe a un puro y simple amor a la verdad?

-Fue Angell -respondió Laura-. Angell vio, o dice haber visto, a Julian aquí.

-Sí -comentó él con una risita amarga-, creí detectar cierto hedor a chantaje; es un mal bicho ese Angell.

-Dice que vio a Julian justo después del dis­paro. ¡Estoy asustada! El círculo se está estre­chando, tengo miedo.

Starkwedder la cogió por los hombros.

-No tienes por qué estar asustada -le ase­guró-, todo saldrá bien.

Laura sacudió la cabeza.

-No es verdad -gimió.

-Todo saldrá bien, créeme -insistió sacu­diéndola ligeramente por los hombros.

Ella le observó con ojos inquisidores. -¿Sabremos alguna vez quién mató a Ri­chard? -preguntó.

Starkwedder la miró sin responder. Se acer­có a los ventanales y contempló el jardín.

-Tu señorita Bennett está segura de cono­cer todas las respuestas.

-Siempre está segura de todo, pero a veces se equivoca -replicó Laura.

Starkwedder vislumbró algo en el exterior e hizo señas a Laura para que se acercara. Ella co­rrió hacia él y tomó la mano que le tendía.

-Mira, Laura -exclamó observando el jar­dín-. ¡Me lo imaginaba!

-¿Qué sucede?

-¡Sssh! -le advirtió.

En ese preciso instante entró la señorita Ben­nett desde el pasillo.

-¡Señor Starkwedder! -dijo-. ¡Vaya a la siguiente habitación, el inspector está allí! ¡Rá­pido!

Starkwedder y Laura salieron al pasillo. Tan pronto como se hubieron marchado, la señorita Bennett se dirigió al jardín, donde la luz del día comenzaba a desvanecerse.

-Vamos, Jan -llamó-, no juegues más. ¡Entra!

 

19

La señorita Bennett esperó a Jan junto a los ventanales. Jan entró con aspecto iracundo y triunfante a la vez, y con una pistola en la mano.

-Veamos, Jan, ¿de dónde has sacado eso? -preguntó ella.

-Te creías muy lista, ¿eh, Benny? -respon­dió él, beligerante-. Muy lista porque habías guardado las pistolas de Richard allí, bajo llave. -Señaló el pasillo con un gesto-. Pero encontré una llave que abría el armario de las pistolas. Ahora tengo una pistola, igual que Richard. Ten­dré muchas pistolas y dispararé a cosas. -Alzó la que llevaba y apuntó a la señorita Bennett, que se estremeció-. Ten cuidado, Benny -conti­nuó con una risita-, quizá te dispare.

Ella intentó no parecer demasiado asustada mientras decía con el tono más suave de que era capaz:

_ Tú no harías una cosa semejante, Jan. Sé que no lo harías.

Él continuó apuntándola, pero después bajó el arma.

La señorita Bennett se relajó levemente y tras una pausa, Jan exclamó con dulzura y cierta ansiedad:

-No, no lo haría. Claro que no lo haría. -Después de todo, tú no eres un niño insensato -dijo ella con tono tranquilizador-.

Ahora eres un hombre, ¿verdad?

Jan esbozó una amplia sonrisa. Se acercó al escritorio y se sentó en la silla.

-Sí, soy un hombre -convino-. Ahora que Richard ha muerto, soy el hombre de la casa.

-Por eso sé que no me matarías. Sólo matarías a un enemigo.

-Exacto -exclamó él entusiasmado. Escogiendo sus palabras con cuidado, la se­ñorita Bennett dijo:

-Durante la guerra, si pertenecías a la Re­sistencia y matabas a un enemigo hacías una muesca en la culata de tu arma.

-¿Ah, sí? -respondió Jan examinando la pistola-. ¿Eso hacían? -Miró a la señorita Bennett emocionado-. ¿Había personas que te­nían muchas muescas?

-Sí. Había personas que tenían bastantes muescas.

Jan soltó una carcajada de satisfacción. -¡Qué divertido! -exclamó.

-Claro que a algunas personas no les gusta matar, pero a otras sí.

-A Richard le gustaba.

-Sí, a Richard le gustaba matar cosas -reconoció ella. Se alejó de él con gesto tranquilo y agregó- A ti también te gusta matar cosas, ¿verdad, Jan?

El sacó una navaja del bolsillo y comenzó a grabar una muesca en la pistola.

-Matar es emocionante -comentó con cierta irritación.

La señorita Bennett lo miró.

-Tú no querías que Richard te enviara lejos de aquí, ¿verdad, Jan? -preguntó con voz queda.

-Dijo que lo haría -respondió Jan vehe­mente-. ¡Era un monstruo!

La señorita Bennett se situó detrás de la silla de Jan.

-Una vez dijiste a Richard -le recordó- que le matarías si te enviaba fuera.

-¿Ah, sí? -respondió él con indiferencia.

-¿Pero no le mataste? -preguntó ella ento­nando las palabras como si fueran un media pre­gunta.

-No, no le maté.

-Fue algo cobarde por tu parte.

-¿Ah, sí? -preguntó Jan con un brillo ma­licioso en los ojos.

-Sí, creo que sí, decir que le ibas a matar y luego no hacerlo... -La señorita Bennett caminaba alrededor del escritorio pero tenía los ojos clavados en la puerta-. Si alguien me amenazara con mandarme fuera querría matarle, y lo haría.

-¿Quién dice que no lo hice? -respondió Jan-. Quizá sí fui yo.

-Ah, no, seguro que no fuiste tu -dijo ella desdeñosa-. Sólo eres un niño, no te hubieras atrevido.

Jan se levantó de la silla.

-¿Crees que no me hubiera atrevido? -chi­lló-. ¿Es eso lo que crees?

-Claro que lo creo. -Parecía estar provo­cándolo de forma deliberada-. Está claro que nunca te hubieras atrevido a matar a Richard, para eso tendrías que ser muy valiente y ma­duro.

Jan le dio la espalda y se acercó a los venta­nales.

-Tú no lo sabes todo, Benny -dijo, heri­do-. No, Benny, no lo sabes todo.

-¿Hay alguna cosa que no sepa? ¿Te estás burlando de mí, Jan? -La señorita Bennett aprovechó ese momento para abrir ligeramente la puerta. Jan se encontraba junto a los ventanales, desde donde un haz de luz del sol poniente iluminaba la habitación.

-Sí, me estoy burlando de ti -le gritó-. Y lo hago porque soy mucho más listo que tú.

Jan se volvió y la señorita Bennett dio un respingo involuntario. -Sé cosas que tú no sabes -agregó él.

-¿Qué sabes tú que yo no sepa? -pregun­tó ella intentando no sonar demasiado ansiosa.

Jan no respondió, simplemente esbozó una sonrisa misteriosa al tiempo que se sentaba en el escabel. Ella se acercó a él.

-¿No me lo vas a decir? -preguntó de nue­vo con tono persuasivo-. ¿No me vas a confiar tu secreto?

Jan se apartó de ella.

-Yo no confío en nadie -respondió con acritud.

-Me pregunto si es cierto que has sido muy listo.

Jan soltó una risita nerviosa.

-Empiezas a darte cuenta de lo listo que soy -le dijo.

Ella le miró con expresión especulativa.

-Quizá haya muchas cosas que desconozco sobre ti -convino.

-Muchas -le aseguró Jan-. Y yo sé mu­chas cosas de todos los demás, pero no siempre las cuento. A veces me levanto por la noche y deambulo por la casa, veo muchas cosas y encuentro muchas cosas, pero no las aireo.

Con aire de complicidad, ella preguntó:

-¿Tienes algún gran secreto ahora?

Jan pasó una pierna por encima del escabel y se sentó a horcajadas.

-¡Un gran secreto! -exclamó encantado-.

Te asustarías si lo supieras -agregó con una risa casi histérica.

-¿De verdad? ¿De verdad me asustaría? ¿Tendría miedo de ti? -inquirió mientras se si­tuaba delante de Jan y le miraba fijamente.

Él alzó la vista. La expresión de júbilo se des­vaneció de su rostro y su voz sonó muy seria cuando respondió:

-Sí, tendrías mucho miedo de mí.

Ella continuó estudiándole con deteni­miento.

-No sabía cómo eras en realidad, Jan -reconoció-. Ahora empiezo a comprenderlo.

Los cambios de humor de Jan comenzaban a ser más pronunciados, y con tono desquiciado exclamó:

-En realidad nadie sabe nada de mí ni de las cosas que puedo hacer. El tonto de Richard sen­tado siempre allí disparando a los pájaros... Nunca pensó que alguien le dispararía a él, ¿verdad?

-No -respondió ella-, ése fue su error. Jan se levantó.

-Sí, ése fue su error -convino-. Pensaba que podía echarme de aquí, pero le di una lec­ción.

-¿Ah, sí? ¿Cómo?

Jan la miró con picardía, guardó silencio y fi­nalmente dijo:

-No te lo voy a decir.

-Dímelo, Jan- suplicó ella.

-No. -Se acercó al sillón y se subió enci­ma, con la pistola apoyada en la mejilla-. No, no se lo voy a decir a nadie.

La señorita Bennett se acercó a él.

-Quizá tengas razón -le dijo-. Quizá pueda adivinar lo que hiciste, pero no voy a de­cirlo, porque es tu secreto, ¿no es así?

-Sí, es mi secreto -respondió él mientras se levantaba y comenzaba a caminar nervioso por la habitación-. Nadie sabe cómo soy -exclamó alterado-. Soy peligroso, más vale que tengan cuidado, soy peligroso.

La señorita Bennett le dedicó una mirada triste.

-Richard no sabía lo peligroso que eras -dijo-, debió de sorprenderse mucho.

Jan regresó junto al sillón y la observó con detenimiento.

-Sí, sí que se sorprendió -convino-. Puso cara rara y cuando acabó todo, inclinó la cabeza hacia adelante, había sangre, y no se movía. ¡Le enseñé una lección! Ahora ya no me enviará fuera.

Jan fue hasta un extremo del sofá y se sentó mientras movía la pistola de un lado a otro de­lante de la señorita Bennett, que intentaba conte­ner las lágrimas.

-¡Mira! -exclamó Jan-. Mira, ¿ves? He hecho una muesca en la pistola. -Le dio unos golpecitos con la navaja.

-¡Vaya! -exclamó ella al tiempo que se acercaba a él-. ¡Qué emocionante! -Intentó coger la pistola de la mano tendida de Jan, pero él la apartó.

-¡Ah, no! ¡Eso sí que no! -gritó mientras se incorporaba con rapidez-. Nadie me va a quitar mi pistola. Si la policía intenta arrestarme, les dispararé.

-No será necesario hacer eso -le aseguró la señorita Bennett-. Eres tan listo que jamás sospecharán de ti.

-¡La policía es tonta! ¡La policía es tonta! -gritó Jan jubiloso-. ¡Richard es tonto! -Mien­tras blandía el arma ante la figura imaginaria de Richard vio que se abría la puerta. Con una exclamación de alarma, huyó deprisa hacia el jardín.

La señorita Bennett se derrumbó llorando sobre el sofá en el momento en el que el inspec­tor Thomas entró en la habitación seguido del sargento Cadwallader.

 

20

 

-¡Tras él! ¡Rápido! -gritó el inspector al sargento al irrumpir en el estudio.

El sargento salió corriendo a la terraza mien­tras Starkwedder entraba desde la puerta del pa­sillo seguido de Laura, que fue a otear el jardín. Angell fue el siguiente en aparecer y también se acercó a los ventanales. Detrás de él llego la señora Warwick, que permaneció de pie, erguida, en el umbral de la puerta.

El inspector Thomas se volvió hacia la seño­rita Bennett.

-Vamos, vamos... -la tranquilizó-. No se ponga así, lo ha hecho muy bien.

Con voz entrecortada, ella respondió:

-Lo sabía desde el principio. Conozco a Jan mejor que nadie, sabía que Richard le estaba em­pujando demasiado lejos, y sabía que Jan se esta­ba volviendo peligroso.

-Jan! -exclamó Laura. Exhaló un suspiro de aflicción y murmuró-: No, no..., Jan no.

-Se acercó a la silla del escritorio y se sentó-. No puedo creerlo -dijo con voz entrecortada.

La señora Warwick fulminó a la señorita Bennett con la mirada y con desdén le dijo:

-¿Cómo has podido, Benny? Pensé que al menos tú serías fiel.

La respuesta de ella fue desafiante:

-Hay ocasiones en que la verdad es más im­portante que la lealtad. Ustedes no veían, ningu­no de ustedes, que Jan se estaba volviendo peli­groso, es un chico encantador, muy dulce, pero... -Embargada por el dolor, no pudo con­tinuar.

La señora Warwick avanzó con pasos lentos hasta el sillón, donde se sentó y permaneció con la mirada ausente.

El inspector, con tono pausado, completó la frase de la señorita Bennett:

-Pero hay veces en las que, al superar deter­minada edad, se vuelven peligrosos porque ya no comprenden lo que hacen, no disponen del juicio ni el control de un adulto. -Se acercó a la señora Warwick y le dijo-: No se preocupe, señora, me ocuparé de que le traten con considera­ción, creo que podrá establecerse con facilidad que no era responsable de sus acciones, lo cual significa que se le confinará en un lugar confor­table; usted sabe que esto hubiera sucedido pronto de todos modos. -Y tras estas palabras salió de la habitación.

-Sí, ya sé que tienes razón -reconoció la señora Warwick-. Disculpa, Benny. Dices que nadie más sabía que era peligroso, pero no es cierto. Yo lo sabía pero era incapaz de hacer nada al respecto.

-Alguien tenía que hacer algo -respondió Benny.

Se hizo el silencio en la habitación, pero la tensión aumentó mientras esperaban a que el sargento Cadwallader regresara con Jan.

Sin embargo, a un centenar de metros de la casa, junto a la carretera sobre la que poco a poco se cernía la niebla, tenía lugar una dramáti­ca escena. El sargento había acorralado a Jan frente a un muro, pero éste blandía el arma sin dejar de gritar:

-¡No se acerque, nadie me va a encerrar, le voy a disparar, no bromeo, no le tengo miedo a nadie!

El sargento se detuvo a unos seis metros de Jan.

-Vamos, muchacho -dijo con tono per­suasivo-, nadie va a hacerte daño, pero las pis­tolas son muy peligrosas. Dámela y regresa conmigo a la casa. Podrás hablar con tu familia, ellos te ayudarán.

El sargento avanzó unos pasos hacia el joven, que comenzó a gritar con histerismo.

-¡Lo digo en serio, le dispararé, no me im­portan los policías, usted no me asusta!

-Claro que no, no tienes por qué tener mie­do de mí, jamás te haría daño. Regresa conmigo a la casa, vamos.

Dio un paso más pero Jan levantó el arma y disparó dos veces. Erró el primer tiro pero el segundo alcanzó a Cadwallader en la mano iz­quierda. El sargento gimió de dolor pero se abalanzó sobre Jan y le derribó. Durante el for­cejeo, el arma se disparó accidentalmente cuando apuntaba al pecho de Jan, que soltó un grito y enmudeció.

Horrorizado, el sargento se inclinó sobre él, incrédulo.

-Oh, no -murmuró-. Pobre muchacho, ¡no! No puedes estar muerto. Por favor, Señor... -Le tomó el pulso y meneó la cabeza.

Se puso en pie y se alejó unos pasos. Sólo en­tonces notó que la mano le sangraba a borboto­nes. Se la envolvió con un pañuelo y corrió de regreso a la casa, sujetándose el brazo izquierdo al tiempo que gemía de dolor.

Llegó a la puerta de la terraza tambaleán­dose.

-¡Señor! -gritó mientras el inspector y los demás acudían corriendo a su encuentro.

-¿Qué diablos ha sucedido?

Con respiración entrecortada, el sargento respondió:

-Tengo que contarle algo terrible. Starkwedder le ayudó a entrar y, con pasos vacilantes, el sargento se sentó en el escabel. El inspector se acercó a su lado.

-¡Su mano! -exclamó.

-Yo me ocupo de eso -murmuró Stark­wedder al tiempo que cogía el brazo de Cadwa­llader, retiraba el pañuelo manchado de sangre, sacaba el suyo del bolsillo y le envolvía la mano.

-Se estaba formando una capa de niebla -comenzó a explicar Cadwallader-. Era difícil ver con claridad. Me disparó en la carretera cerca del bosquecillo.

Laura, con expresión horrorizada, se dirigió a los ventanales.

-Me disparó dos veces -dijo el sargento-, y la segunda me alcanzó en la mano.

La señorita Bennett se llevó la mano a la boca.

-Intenté arrancarle la pistola -continuó el sargento-, pero me vi limitado por la mano...

-¿Y qué sucedió? -le instó el inspector.

-Tenía el dedo en el gatillo -agregó el sar­gento-, y se disparó. La bala le atravesó el cora­zón. Está muerto.

 

21

Las palabras del sargento Cadwallader fueron recibidas con un sombrío silencio. Laura se sentó en la silla del escritorio y clavó los ojos en el suelo. La señora Warwick inclinó la cabeza y se apoyó en el bastón. Starkwedder comenzó a pasearse por la habitación.

-¿Está seguro de que ha muerto? -pre­guntó el inspector.

-Lo estoy -respondió el sargento-. Po­bre muchacho, me gritaba desafiante mientras disparaba, como si disfrutara con ello.

El inspector se dirigió a los ventanales.

-¿Dónde está? -inquirió.

-Le acompañaré para mostrárselo -contestó el sargento mientras se levantaba.

-No, usted se queda aquí -le ordenó su superior.

-Me encuentro bien -insistió el sargen­to-, puedo aguantar hasta que regresemos a co­misaría. -Salió a la terraza tambaleándose, se volvió hacia los presentes con expresión com­pungida y murmuró-: «Uno no debería tener miedo cuando está muerto.» Es de Alexander Pope. -El sargento sacudió la cabeza y se alejó con pasos lentos.

El inspector se volvió hacia la señora War­wick y el resto de los presentes.

-No puedo decirle cuánto lo siento, pero quizá fuera la mejor solución -dijo antes de se­guir al sargento al jardín.

La señora Warwick le observó mientras se alejaba.

-¡La mejor solución! -exclamó con furia y desesperación a la vez.

-Sí -suspiró la señorita Bennett-, es lo mejor. Ahora es libre, pobre muchacho. -Se acercó a la señora Warwick y la ayudó a levan­tarse-. Vamos, querida, esto ha sido demasiado para usted.

La mujer la miró.

-Iré... iré a recostarme -murmuró mien­tras la señorita Bennett la acompañaba a la puer­ta. Starkwedder extrajo un sobre del bolsillo v se lo entregó a la señora Warwick.

-Creo que es mejor que le devuelva esto -comentó.

Ella se volvió hacia él.

-Sí -respondió-, ya no será necesario.

La señora Warwick y la señorita Bennett abandonaron la habitación. Starkwedder estaba a punto de cerrar la puerta detrás de ellas cuando se percató de la presencia de Angell junto a los ventanales. El asistente se acercó a Laura, que estaba sentada frente al escritorio.

-Si me lo permite, señora, quisiera decirle cuánto lo siento. Si puedo hacer cualquier cosa, sólo tiene que...

Sin alzar la vista, Laura repuso:

-No precisamos más de su ayuda, Angell. Recibirá un cheque por sus servicios y quisiera que abandonara esta casa hoy mismo.

-Sí, señora. Gracias -contestó Angell sin mostrar ningún sentimiento, y abandonó el es­tudio.

Oscurecía en la habitación y los últimos rayos de sol proyectaban sombras sobre las paredes. Starkwedder miró a Laura.

-¿No vas a denunciarle por chantaje?

-No -replicó ella con languidez.

-Es una lástima. -Starkwedder se acer­có-. Supongo que será mejor que me marche. Voy a despedirme. -Se detuvo un instante pero Laura no se volvió hacia él-. No sufras demasiado -agregó.

-Pues sí -respondió Laura con emoción.

-¿Porque le querías? -preguntó Stark­wedder.

Laura lo miró.

-Sí, y porque ha sido por mi culpa. Richard tenía razón, tendríamos que haber enviado al pobre Jan a algún lugar, encerrarlo allí donde no pudiera hacer daño a nadie. Fui yo la que no lo permití, así que por mi culpa asesinó a Richard.

-Vamos, Laura, no dramatices -respondió Starkwedder con sequedad-. Richard murió porque se lo merecía; podría haberse mostrado amable con el muchacho, ¿no? No te tortures, lo que tienes que hacer ahora es ser feliz, feliz por siempre jamás, como dicen los cuentos.

-¿Feliz? ¿Con Julian? -contestó ella con amargura-. ¡No sé cómo! Ya no es lo mismo.

-¿Quieres decir entre Farrar y tú?

-Sí, cuando pensaba que Julian había matado a Richard las cosas no cambiaron para mí, seguía queriéndole igual. -Hizo una pausa antes de continuar-. Incluso estaba dispuesta a decir que lo había hecho yo.

-Lo sé. Qué ingenua. ¡Cómo les gusta a las mujeres hacerse las mártires!

-Pero cuando Julian pensó que lo había hecho yo -prosiguió con vehemencia-, cambió su actitud hacia mí por completo. Es cierto que intentó comportarse con decencia y no incriminarme, pero eso es todo. -Se sentó en el escabel con desilusión-. Ya no me quería.

Starkwedder se acercó a ella.

-Mira -dijo-, los hombres y las mujeres no reaccionan de la misma manera. Los hombres son más sensibles y las mujeres más duras. Un hombre no puede tomarse un asesinato a la ligera pero, al parecer, una mujer sí. Lo cierto es que si un hombre comete un asesinato por una mu­jer, la mujer le apreciará más, pero un hombre es diferente.

Laura lo miró.

-Tú no sentiste lo mismo -comentó-cuando pensaste que yo había matado a Richard. Me ayudaste.

-Eso fue diferente. -Starkwedder parecía desconcertado-. Tenía que ayudarte.

¿Por qué? -preguntó Laura.

El no contestó de inmediato. Después, con voz queda, dijo:

-Todavía quiero ayudarte.

-¿No te das cuenta de que volvemos a en­contrarnos en el punto de partida? En cierta ma­nera fui yo quien mató a Richard porque... porque me obcequé con el tema de Jan.

Starkwedder se sentó en el escabel junto a ella.

-Eso es lo que te corroe por dentro, ¿no es así? -preguntó-. Saber que Jan mató a Ri­chard, pero no tiene por qué ser necesariamente cierto.

Laura le lanzó una mirada escrutadora.

-¿Cómo puedes decir eso? -repuso-. Yo lo oí, todos lo oímos, Jan lo confesó, alardeó de ello.

-Es cierto. Sí, lo sé, pero ¿cuánto sabes acerca del poder de la sugestión? Tu querida señorita Bennett jugó con Jan muy bien, consiguió que se alterara (no puede negarse que el muchacho era muy influenciable), y le agradaba la idea, como a muchos adolescentes, de tener poder, in­cluso de ser un asesino. Benny le colocó el an­zuelo delante y él lo mordió. Había matado a Ri­chard y había grabado una muesca en la pistola, así que era un héroe. -Se incorporó-. Pero tú no sabes, nadie sabe, si lo que dijo era verdad.

-¡Dios Santo! ¡Pero si disparó al sargento!

-Sí, realmente era un asesino en potencia -reconoció Starkwedder-. Es posible que dis­parara a Richard, pero no puedes estar segura, quizá... quizá fue otra persona.

Ella le miró incrédula.

-Pero ¿quién?

Starkwedder reflexionó un instante.

-La señorita Bennett, quizá -sugirió mien­tras se sentaba en el sillón-. Después de todo, os tiene mucho aprecio. Quizá pensó que sería lo mejor para todos. Quizá incluso la señora Warwick, o tu amante Julian, que después fingió pensar que lo habías hecho tú, una estrategia muy inteligente que te embaucó por completo.

Laura se levantó.

-Realmente no crees lo que estás diciendo -le recriminó-, sólo intentas consolarme. El la miró con exasperación.

-Mi querida amiga, cualquiera pudo haber disparado a Richard, incluso MacGregor.

-¿MacGregor? Pero si está muerto.

-Claro que está muerto. Tenía que estarlo. -Se dirigió hacia un extremo del sofá-. Mira, voy a demostrarte cómo pudo haber sido MacGregor el asesino. Digamos que decidiera matar a Richard en venganza por el accidente en el que falleció su hijo. -Starkwedder se sentó en el brazo del sofá-. Pues bien, primero tiene que desprenderse de su propia identidad. No debía de ser difícil para él fingir su fallecimiento en al­gún lugar remoto de Alaska. Le costaría algo de dinero y algún testimonio falso, es obvio, pero estas cosas pueden arreglarse. Después cambia de nombre y se forja una nueva identidad en otro país, con otro trabajo.

Laura le contempló antes de sentarse en el si­llón. Cerró los ojos y respiró hondo, luego los abrió y le miró de nuevo.

Starkwedder continuó con su especulación.

-Se mantiene al día de lo que sucede aquí. Sabe que abandonaban Norfolk y que venían a esta parte del mundo. Comienza a elaborar un plan. Se afeita la barba, se tiñe el pelo y todas esas cosas. Entonces, en una noche de bruma se dirige aquí. Digamos que todo sucedió así. -Starkwedder se incorporó y se dirigió a los ventanales-. Imagi­nemos que MacGregor dice a Richard: «Tengo una pistola y tú también. Contemos hasta tres y disparemos los dos. He venido a vengar la muerte de mi hijo.»

Laura le contempló horrorizada.

-¿Sabes? -continuó él-, no creo que tu marido fuera tan buen deportista como piensas. Tal vez no hubiera esperado a contar hasta tres. Dices que tenía muy buena puntería, pero esta vez falló, y la bala salió por aquí -hizo un ade­mán mientras salía a la terraza- hacia el jardín, donde hay multitud de balas. Pero MacGregor no yerra el tiro: dispara y lo mata. -Starkwedder regresó a la habitación-. Deja caer la pistola junto al cuerpo, toma la de Richard, sale por el ventanal y regresa después.

-¿Regresa? ¿Por qué regresa?

El la contempló unos segundos sin respon­der. Después, tomando aliento, dijo:

-¿No te lo imaginas?

Laura lo miró sorprendida y sacudió la ca­beza.

-No, no tengo ni idea -replicó. Starkwedder continuó mirándola fijamente. Luego dijo:

-Bien, supón que MacGregor tiene un acci­dente con el coche y no puede huir. ¿Qué más puede hacer? Sólo una cosa: venir a la casa y descubrir el cuerpo.

-Hablas... -dijo Laura con voz entrecortada- hablas como si supieras exactamente lo que sucedió.

Starkwedder fue incapaz de contenerse.

-¡Claro que lo sé! -exclamó con vehemen­cia-. ¿No lo comprendes? ¡Yo soy MacGregor! -Y se apoyó contra las cortinas al tiempo que sacudía la cabeza con desesperación.

Laura se levantó con expresión incrédula. Se acercó a él, incapaz de comprender el significado de sus palabras.

-Tú... -murmuró-, tú...

Starkwedder se acercó a ella con lentitud.

-Jamás pensé que sucedería esto -le dijo con voz entrecortada por la emoción-. Quiero decir, encontrarte a ti y descubrir que me impor­tabas y que... ¡Dios mío! ¡Es inútil! -Mientras ella le miraba aturdida, Starkwedder tomó su mano y la besó en la palma-. Adiós, Laura -dijo con brusquedad.

Salió por el ventanal y desapareció en medio de la niebla. Laura corrió tras él gritando:

-¡Espera! ¡Espera! ¡Vuelve!

La niebla formaba volutas y la sirena de Bris­tol comenzó a sonar.

-¡Vuelve, Michael! ¡Vuelve! -No obtuvo respuesta-. ¡Vuelve, Michael! ¡Regresa, te lo suplico! ¡Tú también me importas!

Laura escuchó con atención, pero sólo dis­tinguió el motor de un coche que arrancaba y se alejaba.

La sirena de niebla continuó sonando mien­tras ella se dejaba caer contra la ventana y rom­pía a llorar.

  

FIN