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El monje negro - Anton Chéjov (Parte 2 y última)

 VI

Cuando Igor Semionovich se enteró no sólo del noviazgo repentino de Tania, sino también de su próximo matrimonio, se puso a dar pasos agigantados por la estancia, tratando de coordinar sus ideas y dominar su agitación. Se retorcía las manos y las venas de su cuello parecían tan amoratadas como las violetas que cultivaba en sus viveros. 

Ordenó que engancharan los caballos en su carricoche y se ausentó de la casa. Tania, al ver cómo fustigaba los caballos y se cubría las orejas con su gorra de cuero, comprendió lo que le pasaba a su padre, se encerró en su habitación, cerró la puerta y lloró todo el día.

En los huertos, los melocotones y las ciruelas estaban a punto de madurar. El empaquetado y envío de tan delicada mercancía a Moscú requería la máxima atención, como asimismo jaleo y bullicio. Teniendo en cuenta el intenso calor del verano, cada árbol tenía que ser regado; el procedimiento era muy costoso en aquella época, tanto por el tiempo empleado como por la energía que se debía gastar. 

Aparecieron los sempiternos gusanos, que los trabajadores, y hasta Igor Semionovich y Tania, mataban apretándolos con los dedos, a disgusto de Kovrin, a quien asqueaba ese acto repugnante. También había que tener en cuenta los cuidados prodigados a las frutas que madurarían en otoño, y de las que habría gran demanda desde las ciudades, como lo demostraba la gran correspondencia que recibían. 

En el momento en que todos estaban más atareados, cuando parecía que nadie disponía ni de un segundo libre, empezaron las labores en los campos, privando a los viveros de flores de la mitad de sus floricultores. Igor Semionovich, tostado por el sol, nervioso e irritado, galopaba de un lado para otro; ahora a los jardines, luego a los campos, mientras gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones que aquel trabajo le estaba haciendo pedazos y que terminaría pegándose un tiro en la sien para acabar de una vez por todas.

Por encima de todo estaba el ajuar de Tania, al que la familia Pesotski atribuía suma importancia. Toda la casa parecía un hormiguero: ruido de máquinas de coser y de tijeras, vapor de agua producido por las planchas de hierro, aparte de los caprichos de la nerviosa y escrupulosa modista. 

Y para colmo de males, cada día llegaban más visitas, y todas debían ser atendidas, alimentadas y alojadas. Sin embargo, el trabajo y las preocupaciones pasaban desapercibidos en medio de la inmensa alegría que inundaba toda la extensa mansión. 

Tania tenía la impresión de que el amor y la felicidad habían caído sobre ella como una de esas inesperadas lluvias de verano; aunque desde los catorce años estuvo segura de que Kovrin no se casaría más que con ella. Se hallaba en un estado de eterno asombro, duda y desconfiaba de sí misma. 

En un momento se hallaba tan contenta que pensaba que volaría al cielo y se sentaría sobre las nubes para rezarle a Dios; pero instantes después pensaba que pronto llegaría el otoño y debería abandonar la casa de su infancia y a su padre. 

Pero lo más curioso de todo es que tenía la idea fija de que era una mujer muy insignificante, trivial y sin importancia para casarse con alguien tan famoso como Kovrin, un gran hombre de la capital. Cuando estos pensamientos le venían a la mente, Tania subía corriendo a su habitación, cerraba la puerta y se echaba a llorar desesperadamente. 

Pero cuando estaban presentes los visitantes, decía que Kovrin era muy guapo, que todas las mujeres iban detrás de él y que por ello la envidian; y en ese instante su corazón se hallaba tan repleto de orgullo y de gozo que daba la impresión de haber conquistado el mundo entero. Cuando Kovrin le sonreía a alguna mujer, los celos la devoraban, se echaba a temblar, subía a su habitación, cerraba la puerta y volvía a echarse a llorar. 

Pero este estado de nervios se extendía a todo lo que hacía durante el día: ayudaba a su padre mecánicamente, sin fijarse en los papeles, los gusanos ni en si los trabajadores cumplían con sus faenas, sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo. Igor Semionovich se encontraba casi en el mismo estado de espíritu. Aún seguía trabajando de la mañana a la noche, yendo de los jardines a los campos y de estos a los jardines, e incluso su mal carácter había desaparecido; pero durante todo este tiempo parecía hallarse envuelto en un mágico sueño. 

Dentro de su robusto cuerpo parecían luchar dos hombres: uno, el verdadero Igor Semionovich, el cual, cuando oía decir a un jardinero que se había producido algún error en las plantaciones, se volvía loco por la excitación y se tiraba de los pelos; y el otro, el irreal Igor Semionovich, era un hombre que, en medio de una conversación, ponía su mano sobre el hombro del jardinero y balbuceaba emocionado:

–Puedes decir lo que te plazca, amigo mío, pero la sangre es más espesa que el agua. Su madre era una mujer deslumbrante, noble, buena, una verdadera santa. Era un placer contemplar su rostro bondadoso, puro, igual que el de un ángel. Pintaba maravillosamente, escribía poesías, hablaba cinco idiomas y cantaba... Pobrecita mía. Su alma reposa en el cielo. Murió tuberculosa.

El irreal Igor Semionovich hacía un gesto afirmativo con la cabeza al pronunciar estas palabras, y, después de unos momentos de silencio, proseguía:

–Cuando él era aún un muchacho, camino de ser un hombre hecho y derecho, daba gusto verlo por la casa con aquel rostro de ángel, de mirada bondadosa y expresión noble. Su mirada, sus movimientos, su forma de hablar, todo era tan gentil y gracioso como su madre. ¡Y cuán inteligente era! No es por nada que tiene el título de Magíster, no señor. Se lo ganó, no se lo regalaron. Pero espere un poco más, querido Iván Karlich, y ya verá lo que será dentro de diez años.

De pronto, al llegar a este extremo, el real Igor Semionovich se acordaba de sí mismo, se cogía la cabeza entre las manos y rugía como un toro:

–¡Malditos demonios! ¡Condenada escarcha! ¡Me han arruinado, me han destruido! ¡El jardín está arruinado; el jardín está destruido!

Kovrin seguía trabajando con su habitual tenacidad sin apenas darse cuenta del bullicio que reinaba en la casa. El amor sólo vertía aceite en las llamas. Después de cada encuentro con Tania, regresaba a sus aposentos rebosante de dicha y felicidad, y se sentaba a trabajar entre sus libros y manuscritos con la misma pasión con la que la había besado y jurado su amor. 

Lo que el Monje Negro le había dicho sobre la elección divina, la verdad eterna y el glorioso futuro de la Humanidad proporcionó a todo su trabajo un significado peculiar, fuera de lo corriente. Una o dos veces por semana se encontraba con el monje, tanto en el parque como en la casa, y hablaba con él durante horas y horas; pero esto no le asustaba; por el contrario, hallaba sumo placer en ello, ya que ahora estaba seguro de que el monje sólo efectuaba tales visitas a las personas elegidas y excepcionales que se habían dedicado a los ideales más puros.

Pasó el día de la Asunción. Luego vino el día de la boda, que fue celebrada con lo que Igor Semionovich llamaba *grand éclat*, es decir, con grandes fiestas y banquetes que duraron dos días. Tres mil rublos se gastaron en comidas y bebidas; pero debido a la vil música, los ruidosos brindis y discursos, el ajetreo de los criados, las aclamaciones a los novios y a aquella atmósfera densa y asfixiante, nadie pudo apreciar ni los costosísimos vinos ni los maravillosos *hors d'oeuvres* traídos especialmente de Moscú.

VII

Era una de aquellas largas noches de invierno. Kovrin se hallaba acostado en la cama, leyendo una novela francesa. La pobre Tania, a quien cada noche le dolía la cabeza debido a que no estaba acostumbrada a vivir en una ciudad, hacía ya tiempo que estaba durmiendo, y murmuraba frases incoherentes en sus sueños.

El reloj dio las tres campanadas de la madrugada. Kovrin apagó la luz y se dispuso a dormir, pero aunque permaneció con los ojos cerrados durante mucho tiempo, no logró conciliar el sueño, debido al calor de la habitación y a que Tania no cesaba de murmurar. A las cuatro y media, Kovrin volvió a encender la luz. El Monje Negro estaba sentado en una silla junto a su cama.

–¡Buenas noches! –le dijo el monje, y, después de unos segundos de silencio, preguntó–: ¿En qué pensaba en este instante?

–En la gloria –respondió Kovrin–. En una novela francesa que acabo de leer, el héroe es un hombre joven que no hace más que locuras, y muere víctima de su pasión por alcanzar la gloria. Para mí esto es inconcebible.

–Porque usted es demasiado inteligente. Considera indiferentemente la gloria como un juguete que no puede interesarle.

–Eso es cierto.

–No le interesa ser célebre. ¿De qué le sirve a un hombre que en su tumba se grabe que fue famoso y célebre, si al cabo de los años el tiempo borrará, tarde o temprano, aquella inscripción? Por suerte, para las pocas personas que son como usted, sus nombres serán olvidados con prontitud por el resto de los mortales.

–Desde luego –respondió Kovrin–. ¿Para qué recordar sus nombres? ¿Para qué acordarse de ellos? En fin, dejemos esto y hablemos de otra cosa. De la felicidad, por ejemplo. ¿Qué es la felicidad?

Cuando el reloj dio las cinco, Kovrin se hallaba sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en la alfombra, mirando hacia el monje y diciéndole:

–En tiempos remotos, los hombres se asustaban de su felicidad, por muy grande que esta fuese y, para aplacar a los dioses, depositaban delante de sus altares su querido anillo de boda. ¿Me ha comprendido? Pues bien, actualmente, yo, igual que Polícrates, estoy un poco asustado de mi propia felicidad. Desde la mañana a la noche sólo experimento dichas y alegrías; ambas cosas me absorben y ahogan cualquier otro sentimiento. Ignoro lo que es la aflicción, la desgracia, el tedio. Todo mi ser desborda felicidad por sus cuatro costados. Le hablo en serio; estoy empezando a dudar.

–¿Por qué? –preguntó asombrado el monje–. ¿Acaso piensa que la felicidad es un sentimiento supernatural? ¡No! ¿Cree que no es la condición normal de las cosas? ¡No! Cuanto más alto ha subido un hombre en su desarrollo mental y moral, más libre es; su mayor satisfacción emana de su propia vida. Sócrates, Diógenes, Marco Aurelio conocieron la dicha, pero no la aflicción. Y el apóstol dice: «Regocíjate todo lo que puedas». Regocíjese y sea feliz.

–Y los dioses se encolerizarán inmediatamente –dijo bromeando Kovrin–. Aunque también admito que me dolería mucho que ellos me robaran la felicidad, me obligaran a ser un desgraciado y a morirme de hambre.

En aquel momento se despertó Tania. Miró extrañada y aterrorizada a su marido. Vio que hablaba, que gesticulaba y reía dirigiéndose hacia la silla, sus ojos brillaban misteriosamente y su risa tenía un tono muy extraño.

–Pero Andrei, ¿con quién estás hablando? –dijo Tania, cogiendo la mano que Kovrin extendía en dirección al monje–. ¿Con quién estás hablando?

–¿Con quién? –respondió Kovrin–. ¡Pues con el monje! Está sentado ahí –añadió, señalando hacia el Monje Negro.

–No hay nadie ahí... nadie, Andrei; tengo la impresión de que estás enfermo.

Tania abrazó a su marido, apretándolo contra ella como si quisiera defenderlo de la aparición fantasmagórica, y le tapó los ojos con su mano.

–Sí, estás enfermo –dijo sollozando estremecida–. No te enfades por lo que voy a decirte, pero desde hace mucho tiempo estaba segura de que padecías de los nervios o de algo parecido. Estás enfermo... psíquicamente, Andrei.

El temor de su esposa se le contagió. Una vez más miró en dirección al butacón, ahora vacío, y sintió una gran flojedad en sus brazos y piernas. Empezó a vestirse, mientras le decía a su esposa:

–No es nada, querida Tania, nada... Pero admito que no estoy bien del todo. Ya es hora de que lo reconozca yo mismo.

–Ya me di cuenta hace mucho tiempo, y mi padre también –respondió ella, tratando de contener sus sollozos–. Hacía tiempo que había observado que hablabas contigo mismo y que te reías de una forma muy extraña. Además, no dormías, no podías dormir por las noches. ¡Oh, Dios mío, sálvanos! –gritó, presa de terror–. Pero no te preocupes, Andrei, no te asustes. Por el amor de Dios, no te asustes.

Tania también se vistió. Hasta que no se fijó en la expresión de su esposa, Kovrin no comprendió el peligro en que se hallaba. Se dio cuenta de lo que significaban el Monje Negro y sus conversaciones. Entonces se vio obligado a admitir con toda certeza que se había vuelto loco.

Ambos, sin saber cómo, se dirigieron al salón; primero él, detrás ella. Allí encontraron a Igor Semionovich envuelto en su batín. Se había despertado al oír los sollozos de su hija.

–No te asustes, Andrei –dijo Tania, temblando como si tuviera fiebre–. No te asustes. Padre, ya se le pasará esto..., ya se le pasará.

Kovrin estaba tan nervioso que apenas podía hablar. Para despistar, procuró tratar aquel asunto en broma. En efecto, dirigiéndose a su suegro, intentó decirle:

–Felicíteme, mi querido suegro, pues ya ve que me he vuelto loco.

Pero sus labios sólo se movieron, sin poder emitir sonido alguno, y sonrió amargamente.

A las nueve de la mañana, Igor y su hija lo envolvieron en un abrigo, le cubrieron con una capa de pieles y lo condujeron al médico. Este le puso en tratamiento.

VIII

De nuevo llegó el verano. Siguiendo las órdenes del doctor, Kovrin regresó al campo. Recuperó la salud y no volvió a ver al Monje Negro. En el campo recuperó su fuerza física. Vivía con su suegro, bebía mucha leche, trabajaba sólo dos horas al día y dejó de beber y fumar.

La tarde del 19 de junio, víspera de la fiesta más importante de la comarca, se celebró un servicio religioso en la casa. Cuando el sacerdote esparció el incienso, todo el vasto salón empezó a oler como una iglesia. Aquella atmósfera irritaba los pulmones de Kovrin, por lo que salió de la casa y se dirigió al jardín. Una vez allí, se puso a pasear arriba y abajo hasta que, cansado, se sentó en un banco. 

Al cabo de unos minutos, sintiéndose ya con fuerzas, se levantó y echó a caminar por el parque. Se dirigió a la orilla del riachuelo y estuvo contemplando el agua cristalina hasta que el piar melodioso de un ruiseñor le sacó de su abstracción. Se puso a caminar de nuevo y llegó al pinar donde viera por primera vez al Monje Negro, pero ni los pinos ni las flores le reconocieron. Y es que, realmente, con aquellos cabellos al rape, su caminar cansino, su alterado rostro, tan pálido y arrugado, y aquel cuerpo pesado, era imposible que alguien lo hiciera.

Cruzó el arroyuelo y atravesó los campos que en ese entonces estaban cubiertos de centeno y ahora habían sido plantados de avena. El sol acababa de ponerse, y en el amplio horizonte brillaba como un horno al rojo vivo su inmensa aureola de oro.

Cuando regresó a la casa, cansado y aburrido, Tania e Igor Semionovich se hallaban sentados en los escalones de la entrada principal, tomando una taza de té. Estaban conversando, pero cuando divisaron a Kovrin se callaron, por lo que este dedujo que habían estado hablando de él.

–Es la hora en que tomes tu leche –díjole Tania.

–No, aún no. Tómala tú, yo no tengo ganas.

Tania miró de reojo a su padre e insistió:

–Sabes perfectamente que la leche te hace bien.

–Sí, sobre todo si es en grandes cantidades –repuso Kovrin–. Te felicito, he ganado una libra de peso desde el último viernes. –Se apretó la cabeza entre las manos y continuó–: ¿Por qué, por qué me has curado? Bromuros, mezclas de hierbas sedativas, baños calientes, observándome constantemente: todo esto acabará por convertirme en un idiota. Has acabado por sacarme de mis casillas. Antes tenía delirios de grandeza, pero al menos era activo, trabajador, dinámico e incluso feliz... siempre estaba contento con mi felicidad. Pero ahora me he convertido en un ser racional, materializado, como el resto del mundo. ¡Me he convertido en una mediocridad y estoy aburrido y cansado de esta vida! ¡Oh, cuán cruelmente..., cuán cruelmente me has tratado! Admito que antes tenía alucinaciones, ¿pero qué daño le hacía a nadie el que las tuviera? Te lo repito, ¿qué daño hacía?

–¡Sólo Dios sabe lo que quieres dar a entender! –intervino Igor Semionovich–. No vale la pena oírte hablar.

–Pues no necesita hacerlo.

La presencia de Igor Semionovich, sobre todo, irritaba ahora a Kovrin. Siempre le contestaba seca y agriamente a su padre político, incluso con rudeza, y no podía contener la rabia que le producía el mero hecho de que le mirase. Igor Semionovich estaba confuso, se consideraba culpable, pero sin saber qué daño le había podido causar a su yerno. Le parecía mentira que hubieran cambiado de tal forma aquellas excelentes relaciones que los unían. 

Tania también se había dado cuenta de ello. Cada día era más claro para ella que las relaciones entre su padre y su esposo iban de mal en peor; que su padre se había hecho más viejo y que Kovrin cada vez era más intratable y nervioso. Ya no cantaba ni reía como antes, apenas comía nada y no podía dormir por las noches.

–¡Cuán felices eran Buda, Mahoma y Shakespeare al tener la dicha de que sus médicos no tratasen de curar sus éxtasis, alucinaciones e inspiraciones! –se decía a sí mismo Kovrin–. Si Mahoma hubiese tomado bromuro de potasio para sus nervios, trabajado dos horas al día y sólo hubiese bebido leche, estoy seguro de que no habría dejado tras de su muerte absolutamente nada. Los médicos hacen todo lo que está en sus manos para convertir en idiotas a todos los hombres, y a este paso llegará el momento en que la mediocridad será considerada genialidad, y la Humanidad perecerá. ¡Si ahora pudiese tener sólo una idea, cuán feliz me consideraría!

Sintió una tremenda irritación al pensar en todo esto y, para evitar decir más cosas duras e hirientes, se levantó y entró en la casa. Era una noche de fuerte ventolera, y el aroma a tabaco procedente de las plantaciones penetraba por las ventanas de su habitación. Encendió un puro y ordenó a un criado que le trajera vino: quería recordar «los viejos tiempos»... 

Pero ahora el tabaco era agrio y detestable, y el vino ya no tenía aquel aroma de antaño. ¡Cuántas repercusiones tiene el salirse de la práctica cotidiana, el dejar de hacer lo que se ha hecho durante años y años! Bastaron unas chupadas al puro y dos sorbos de vino para que se sintiera mareado, y se vio obligado a tomar el bromuro de potasio.

Antes de acostarse, Tania le dijo:

–Escúchame con un poco de paciencia, querido Andrei: mi padre te quiere mucho, pero tú no haces más que enfadarte con él por la mínima tontería, y esto lo está matando. Contempla su rostro; se está haciendo viejo, pero no cada día, sino en cada hora que pasa. Te lo imploro, Andrei, por el amor de Cristo, en nombre de tu difunto padre, en nombre de la paz de mi espíritu: sé bondadoso con él.

–No puedo, y tampoco lo deseo.

–¿Pero por qué? –repuso Tania, temblando–. Explícame por qué.

–Porque no me cae en gracia, eso es todo –respondió Kovrin con indiferencia, encogiéndose de hombros–. Prefiero no hablar más de esto: es tu padre.

–No puedo comprenderlo, no puedo comprenderlo –repitió Tania, mientras se llevaba las manos a la cabeza y fijaba su mirada en el vacío–. Algo terrible, espantoso, ha tenido que ocurrir en esta casa. Tú mismo, Andrei, has cambiado; ya no eres el mismo de antes. Te molestas por cosas insignificantes de las que en otro tiempo no hubieras hecho caso. No, no te enfades..., no te enfades –díjole cariñosamente Tania, mientras le acariciaba los cabellos, asustada por las palabras que acababa de pronunciar–. Eres inteligente, bueno y noble. Estoy segura de que serás justo con mi padre. ¡Él es tan bueno!

–No, no es bueno, sino que tiene buen humor –respondió Kovrin–. Estos tíos de vaudeville –del tipo de tu padre–, de rostros bien alimentados y sonrientes, tienen su carácter especial, y en otra época acostumbraba a divertirme con ellos, ya fuese en las novelas, en el teatro o en la misma calle. Son egoístas hasta el tuétano de sus huesos. Lo más desagradable de ellos es su saciedad y ese optimismo estomacal, puro bovino o porcino.

Tania se echó a llorar y recostó su cabeza en la almohada.

–¡Esto es una tortura! –Por el tono en que pronunció estas palabras se adivinaba que estaba desesperada y que le costaba trabajo hablar sin rodeos ni tapujos–. Desde el invierno pasado no he tenido un momento de tranquilidad. ¡Es terrible, Dios mío! No hago más que sufrir y padecer...

–¡Oh, sí, desde luego! Por lo visto yo soy Herodes y tú y tu papá, unos niños inocentes.

En aquel momento la cara de Kovrin le resultó repugnante y desagradable. La expresión de odio y furor era ajena a ella. Incluso observó que algo faltaba en su rostro: aunque a su esposo le habían cortado el cabello, no era aquello lo que le hacía parecer extraño. Tania sintió un deseo intenso de decir algo insultante, pero se contuvo y, dominada por el terror, abandonó el dormitorio.

IX

Kovrin consiguió una cátedra libre en la Universidad. El día de su primera lección como profesor fue fijado para el 2 de diciembre, y una nota a tal efecto fue colocada en el tablón de anuncios de los pasillos de la Universidad. Pero cuando llegó esta fecha, las autoridades académicas recibieron un telegrama en el que Kovrin les comunicaba que no podía cumplir con aquel compromiso debido a su enfermedad.

Empezó a escupir sangre de la garganta. Al principio fue eventual, de tarde en tarde, pero más adelante los escupitajos sanguinolentos se convirtieron en torrentes de sangre. Se sintió horriblemente débil y cayó en un estado de somnolencia. Pero esta enfermedad no le asustó, pues sabía que su difunta madre había vivido con ella durante diez años. Los médicos, también, aseguraron que no había ningún peligro, y le aconsejaron que no se preocupara, que llevara una vida normal y que hablara poco.

Al llegar el mes de enero, tampoco pudo ocupar la cátedra por el mismo motivo, y en febrero ya era muy tarde, pues el curso estaba avanzado. Por consiguiente, todo fue pospuesto para el año próximo.

Ya no vivía con Tania, sino con otra mujer, mucho más vieja que él y que lo cuidaba como si fuera su hijo. Tenía un carácter pacífico y obediente, y por ello, cuando Bárbara Nikolayevna hizo los trámites necesarios para llevarlo a Crimea, Kovrin consintió en ir, a pesar de que sabía que el cambio de clima y lugar le haría daño.

Llegaron a Sebastopol un atardecer y se quedaron allí para descansar, pensando marchar al día siguiente a Yalta. Ambos estaban agotados por el viaje. Bárbara tomó un poco de té y se fue a la cama. Pero Kovrin no se acostó. Una hora antes de tomar el tren había recibido una carta de Tania que no había leído, y pensar en ella le producía agitación. 

En el fondo de su corazón, él sabía que su matrimonio con Tania había sido un error. También aceptaba que había hecho bien en alejarse de ella, pero no podía dejar de admitir que el haberse ido a vivir con esta nueva mujer lo había convertido en un pelele entre sus manos, y se sintió vejado. 

Al contemplar la letra de Tania en el sobre, recordó lo injusto que había sido con ella y con su padre. Evocó aquella tarde en que, presa de un ataque de nervios, cogió todos los artículos de su suegro, los hizo añicos, los arrojó por la ventana y contempló cómo el viento los arrastraba depositándolos en las hojas de los árboles y las flores del jardín; en cada página había creído ver unas pretensiones desmedidas, una manía de vgfbcgrandeza y un carácter frívolo. 

Esto le había producido tal impresión que se apresuró en escribirle una carta en la que confesaba su culpa. En cuanto a Tania, debía admitir que había arruinado su vida. Recordó que en cierta ocasión había sido terriblemente cruel con ella, al decirle que su padre había desempeñado el papel de casamentero, y le había insinuado que se casara con ella. 

Y que cuando Igor Semionovich se enteró de esto, penetró en su habitación, enfurecido como un toro salvaje, y tan enloquecido que después de echarle en cara que había pisoteado su honor, ya no pudo murmurar una sola palabra, como si le hubieran cortado la lengua. Tania, viendo a su padre en aquel estado, se puso a gritar como una loca y cayó desvanecida al suelo. Sí, admitía que se había comportado como un ser monstruoso y repugnante.

Se dirigió al balcón, abrió la puerta y se sentó en la terraza. Desde el piso inferior de aquella posada llegaban gritos y algarabías; seguramente estaban festejando algo importante. Kovrin hizo un esfuerzo, abrió la carta de Tania y, tras regresar a la habitación, se dispuso a leerla.

> «Mi padre acaba de morir. Por esto estoy en deuda contigo, ya que has sido tú quien le ha matado. Nuestras plantaciones están arruinadas; están administradas por extraños; lo que mi padre siempre temió ha sucedido. Esto también te lo debo a ti, ya que eres el culpable de todo. ¡Te odio con toda mi alma, y deseo que pronto te mueras! ¡Sólo Dios sabe cuánto estoy sufriendo! ¡Sólo Él sabe el dolor que me destroza el corazón! ¡Te maldigo con todas las fuerzas de mi alma! Creí que eras un hombre excepcional, un genio; por ello te amé, pero me demostraste que sólo eras un loco...»

Kovrin no pudo seguir leyendo; rompió la carta y tiró al suelo los pedazos. Se hallaba dominado por el agotamiento y la desesperación. Al otro lado del biombo dormía Bárbara Nikolayevna; podía oír su respiración. Aquella carta le había aterrorizado. Tania le maldecía, le deseaba que se muriese. Miró hacia la puerta, como temiendo que por ella entrara aquel poder desconocido que durante dos años había arruinado su vida y las de quienes le habían rodeado.

Por experiencia sabía que, cuando los nervios se desataban, lo mejor era refugiarse en un trabajo. De modo que cogió su cartera de mano y sacó una compilación que había pensado acabar durante su estancia en Crimea si se aburría con la inactividad. Se acomodó frente a la mesa y se puso a trabajar en aquella compilación, creyendo que sus nervios se calmaban, poco a poco. 

Luego pensó que para conseguir aquella cátedra de filosofía había debido estudiar durante quince años, llegado a los cuarenta, trabajado día y noche, padecido una grave enfermedad, sobrevivido a un matrimonio frustrado; había sido culpable de mil injurias y crueldades que le torturaba recordar. 

Sí, tenía que admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente es.

Pero había muchas cosas que no podía olvidar. Los trozos de la carta de Tania, esparcidos por el suelo, avivaron más aún su tortura psíquica. Se agachó y los recogió; lanzó aquellos fragmentos por la ventana. Se sintió dominado por el terror, y tuvo la extraña sensación de que en aquella posada no había ningún ser viviente excepto él... Se dirigió al balcón. Desde allí se divisaba la bahía, con sus aguas tranquilas y las luces de los barcos. Hacía calor y bochorno, y por un instante pensó lo agradable que sería bañarse en aquellas aguas.

De repente, debajo de su balcón, oyó la música de un violín y el canto de dos mujeres. Eso le hizo recordar una escena lejana, allá en las plantaciones de Igor Semionovich. La letra de aquella canción se refería a una muchacha, enferma imaginativa, que oía por la noche en su jardín unos sones misteriosos, y hallaba en ellos una armonía y un tono de santidad incomprensibles para nosotros los mortales... Kovrin se cogió la cabeza entre las manos, su corazón dejó de latir, y el mágico y misterioso éxtasis, olvidado hacía ya mucho tiempo, volvió a temblar en su corazón.

Una columna alta y negra, como un ciclón o una tromba marina, apareció en la costa opuesta. Se deslizaba con increíble velocidad en dirección a la posada; luego se hizo más y más pequeña, y Kovrin se apartó para dejarle paso... El monje, aquel monje de cabellos grises, cejas negras y pies desnudos, con las manos cruzadas sobre su pecho, pasó junto a él y se detuvo en el centro de la habitación.

–¿Por qué no me creyó? –preguntó en un tono de reproche, mirándole a los ojos–. Si hubiese creído en mí cuando le dije que era un genio, estos dos últimos años no habrían pasado tan triste y estérilmente.

Kovrin volvió a creer que era un elegido de Dios y un genio; recordó todas las conversaciones que sostuvo con el Monje Negro, y quiso responderle. Pero la sangre fluyó de su garganta; no supo qué hacer y se llevó las manos al pecho, empapando de sangre los puños de su camisa. Quiso llamar a Bárbara Nikolayevna, que dormía tras el biombo, y haciendo un esfuerzo, gritó:

–¡Tania!

Cayó al suelo, y, levantando las manos, volvió a gritar:

–¡Tania!

Gritó llamando a Tania, al gran jardín con sus maravillosas flores, al parque, a los pinos con sus raíces al descubierto, al campo de centeno, a su ciencia, su juventud, su osadía y su felicidad; gritó llamando a la vida que había sido tan hermosa. Vio en el suelo, delante de sí, un gran charco de sangre, y era tanta su debilidad que no pudo articular ni una sola palabra. 

Pero, cosa extraña, una infinita e inexplicable alegría llenó todo su ser. Debajo del balcón seguía oyéndose la música de la serenata. El Monje Negro se acercó a él y le susurró al oído que era un genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y no podía servir más de cobertura de un genio.

Cuando Bárbara Nikolayevna se despertó y salió de atrás del biombo, Kovrin estaba muerto. Pero su rostro estaba helado en una impasible sonrisa de felicidad.

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 4)

         17

La señora Warwick guardó silenció unos instantes antes de responder con tono brusco:

-Voy a hacerle una pregunta, señor Stark­wedder. ¿Puede entender que una persona que haya concebido una vida se sienta con el derecho de acabar con esa vida?

Starkwedder se paseó por la habitación pen­sando en esas palabras hasta que finalmente de­claró:

-Se conocen casos de madres que han matado a sus hijos, sí, pero suele ser por alguna razón sórdida (un seguro, por ejemplo) o quizá tienen ya dos o tres hijos y no quieren los problemas de otro niño. -Se volvió hacia ella-: ¿Le beneficia económicamente la muerte de Richard?

-No.

Starkwedder asintió.

-Disculpe mi franqueza -comenzó, pero la señora Warwick le interrumpió al preguntar con aspereza:

-¿Comprende lo que intento decirle?

-Creo que sí. Dice que es posible que una mujer mate a su hijo. -Se dirigió al sofá y se in­clinó sobre él-. Y usted me está diciendo, para ser más exactos, que mató a su hijo. ¿Es sólo una teoría? ¿Debo entender que se trata de un hecho?

-No estoy confesando nada -respondió la señora Warwick-. Simplemente estoy mos­trándole cierto punto de vista. Es posible que surja una emergencia cuando yo ya no esté aquí para solucionarla. Si ello sucediera, quiero que tenga esto y que lo utilice. -Sacó un sobre del bolsillo y se lo tendió.

Starkwedder lo tomó no sin puntualizar:

-Todo esto me parece muy bien, pero yo tampoco estaré aquí. Regreso a Abadan para continuar con mi trabajo.

Ella hizo un ademán, como si considerara insignificante la objeción.

-Supongo que no estará desconectado de la civilización -comentó-. Habrá periódicos, ra­dio y otras cosas en Abadan.

-Sí -convino-, disponemos de todos esos lujos occidentales.

-Entonces guarde ese sobre. ¿Ve a quién está dirigido?

El echó un vistazo.

-Al comisario. -Se acercó al sillón-. Pero no tengo muy claro qué tiene usted en mente.

Para ser mujer, sabe guardar muy bien un secre­to porque, o bien cometió el asesinato usted mis­ma o sabe quién lo hizo. Se trata de eso, ¿verdad?

Ella apartó la mirada al responder:

-No es mi intención discutir este asunto. Él se sentó en el sillón.

-Aun así -insistió-, me gustaría saber qué tiene en mente.

-Me temo que no se lo voy a decir. Como usted bien dice, soy una mujer que sabe guardar bien un secreto.

Starkwedder decidió cambiar de táctica y dijo:

-El asistente, el hombre que cuidaba de su hijo... -Hizo una pausa como si intentara re­cordar su nombre.

-Angell -le dijo la señora Warwick-. ¿Qué sucede con él?

-¿Es de su agrado?

-No, la verdad es que no -respondió-. Pero es eficiente, y Richard no era una persona fácil de tratar.

-Supongo que no. Pero Angell lo soporta­ba todo, ¿no es así?

-Valía la pena -fue la seca respuesta de la señora Warwick.

Starkwedder se incorporó y comenzó a pa­searse por el estudio. Después se volvió hacia la señora Warwick para obtener más información.

-¿Tenía Richard algo contra él?

-¿Algo contra él? ¿Qué quiere decir? Ah, ya veo; ¿me pregunta si Richard sabía algo que pudiera perjudicar a Angell?

-Sí, eso quiero decir. ¿Tenía algún tipo de control sobre él?

La señora Warwick reflexionó un instante antes de responder:

-No, creo que no.

-Me estaba preguntando...

-Se pregunta si Angell mató a mi hijo. Lo dudo, lo dudo mucho.

-Ya veo que no le convence esta teoría -comentó él-. Es una lástima, pero así es.

La señora Warwick se puso en pie: -Gracias, señor Starkwedder, ha sido usted muy amable. -Y le tendió la mano.

Divertido por su actitud brusca, él le estre­chó la mano. A continuación se acercó a la puer­ta y la abrió. La señora Warwick salió por ella y Starkwedder la cerró. Con una sonrisa, se dirigió al escabel. Vaya, ¡que me zurzan!, pensó mien­tras contemplaba el sobre de nuevo. ¡Menuda mujer!

La señorita Bennett entró en el estudio. Starkwedder introdujo apresurado el sobre en un bolsillo mientras ella cerraba la puerta tras de sí y se acercaba al sofá. Parecía disgustada y preo­cupada.

-¿Qué le ha contado? -preguntó. Sorprendido, él intentó ganar tiempo.

-¿Qué quiere decir? -respondió.

-La señora Warwick, ¿qué le ha dicho? A fin de evitar una respuesta directa, Stark­wedder simplemente respondió:

-Parece disgustada.

-Claro que lo estoy -replicó-. Sé de lo que esa mujer es capaz.

Starkwedder miró al ama de llaves con dete­nimiento antes de preguntar:

-¿De qué es capaz? ¿De asesinato?

La señorita Bennett dio un paso en su direc­ción.

-¿Es eso lo que ha intentado que usted cre­yera? Pues no es cierto.

-Bueno, uno nunca puede estar seguro; después de todo, podría ser verdad.

-Pero no es así -insistió ella.

-¿Cómo puede saberlo?

-Lo sé. ¿Acaso cree que hay algo que yo no sepa de las personas de esta casa? Hace años que trabajo para ellos -se sentó en el sillón-, y los aprecio mucho a todos.

-¿Incluido el difunto Richard Warwick? La señorita Bennett parecía ensimismada, pero contestó.

-Solía apreciarle... hace tiempo.

Hubo un silencio. Starkwedder, sentado en el escabel, la contempló antes de murmurar: -Prosiga.

-Cambió -dijo ella-. Se le torció el carácter, cambió totalmente, a veces podía ser un de­monio.

-Sí, parece que todos están de acuerdo en eso.

-Pero si le hubiera conocido antes... Starkwedder la interrumpió:

-Yo no creo que las personas cambien.

-Richard sí -insistió ella.

-No es así -le contradijo él. Se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación-. Creo que se equivoca, estoy convencido de que siem­pre tuvo un demonio en su interior. Yo diría que era una de esas personas que necesitaba ser feliz y tener éxito, porque si no era así... Esas perso­nas esconden su verdadera personalidad todo el tiempo que sea necesario hasta conseguir lo que quieren pero, en el fondo, esa veta mezquina siempre está allí. -Se volvió hacia la señorita Bennett-. Apostaría a que su crueldad siempre estuvo allí. Seguramente era un bravucón en el colegio. Resultaba atractivo para las mujeres, como es natural, pues a éstas les atraen los tipos duros. Yo diría que la caza mayor era una vía de escape para su sadismo. -Starkwedder señaló los trofeos de caza que colgaban de la pared y se acercó a los ventanales.

»Richard Warwick debió de ser un gran egoísta -continuó-. Esa es la impresión que tengo por la forma en que todos hablan de él. Disfrutaba haciéndose pasar por un hombre bondadoso, generoso, con éxito, encantador y todo lo demás. Pero esa veta cruel estaba allí, y cuando tuvo el accidente se arrancó la másca­ra y pudieron verle como era en realidad.

La señorita Bennett se puso en pie.

-No creo que sea asunto suyo -exclamó indignada-. Usted es un extraño y no sabe nada.

-Quizá no, pero he oído muchas cosas -objetó Starkwedder-. Por algo, todo el mun­do acude a mí.

-Sí, supongo que sí. De hecho, aquí estoy yo hablando con usted, ¿verdad? -reconoció-. Eso es porque no nos atrevemos a hablar entre nosotros. -Le miró con expresión suplicante-. Ojalá no tuviera que marcharse.

Starkwedder sacudió la cabeza.

-Realmente no he ayudado en nada, lo úni­co que hice fue entrar y descubrir el cadáver.

-¿No fue Laura quien descubrió a Richard? -repuso la señorita Bennett. Y añadió-: ¿O es que Laura y usted...?

 

18

Starkwedder miró a la señorita Bennett y sonrió.

-Es usted muy astuta -observó.

Ella clavó los ojos en él. -Usted la ayudó, ¿verdad? -preguntó con tono acusador.

Starkwedder se alejó de ella. -Se está imaginando cosas -respondió.

-No, no es así. Quiero que Laura sea feliz, no sabe cuánto lo deseo.

Starkwedder se volvió hacia ella y exclamó:

-Maldita sea, yo también.

Ella le miró sorprendida.

-En ese caso, tengo que... tengo -dijo Starkwedder, que había posado la vista en la te­rraza por casualidad y había descubierto al joven Jan con una pistola en la mano; indicó al ama que guardara silencio. Se acercó a los ventanales, abrió la puerta y gritó-: ¿Qué estás haciendo?

En ese instante, la señorita Bennett vio a Jan en el jardín blandiendo una pistola. Corrió hacia los ventanales y gritó:

Jan, ¡dame esa arma!

Pero Jan salió corriendo mientras gritaba:

-¡Ven a buscarla!

La señorita Bennett corrió tras él, gritando desesperada:

-Jan! ¡Jan!

En ese momento entró Laura en la habita­ción.

-¿Dónde está el inspector? -preguntó. Starkwedder negó con la cabeza. Laura se acercó a él.

-Michael, tienes que escucharme -le im­ploró-, Julian no ha matado a Richard.

-¿Es eso cierto? -respondió Starkwedder con frialdad-. Te lo ha dicho él, ¿no es así?

-No me crees, pero es cierto -replicó ella con tono desesperado.

-Eso significa que tú le crees.

-No. Sé que es verdad -replicó Laura-. Verás, él pensaba que yo había matado a Ri­chard.

-No me sorprende -repuso él con morda­cidad-. También lo creía yo, ¿no?

Laura pareció todavía más desesperada al in­sistir:

-Él pensaba que yo había matado a Ri­chard, era incapaz de asimilarlo, le hacía... le hacía verme de una manera diferente.

Starkwedder la observó con frialdad.

-Pero, cuando pensaste que había sido él quien había matado a Richard ¡ni te inmutaste! -Starkwedder sonrió-. ¡Las mujeres son maravillosas! -murmuró. Se acercó al sofá y se apoyó en el brazo-. ¿Qué es lo que hizo que Farrar se perjudicara a sí mismo dicien­do que estuvo aquí anoche? ¿No me digas que se debe a un puro y simple amor a la verdad?

-Fue Angell -respondió Laura-. Angell vio, o dice haber visto, a Julian aquí.

-Sí -comentó él con una risita amarga-, creí detectar cierto hedor a chantaje; es un mal bicho ese Angell.

-Dice que vio a Julian justo después del dis­paro. ¡Estoy asustada! El círculo se está estre­chando, tengo miedo.

Starkwedder la cogió por los hombros.

-No tienes por qué estar asustada -le ase­guró-, todo saldrá bien.

Laura sacudió la cabeza.

-No es verdad -gimió.

-Todo saldrá bien, créeme -insistió sacu­diéndola ligeramente por los hombros.

Ella le observó con ojos inquisidores. -¿Sabremos alguna vez quién mató a Ri­chard? -preguntó.

Starkwedder la miró sin responder. Se acer­có a los ventanales y contempló el jardín.

-Tu señorita Bennett está segura de cono­cer todas las respuestas.

-Siempre está segura de todo, pero a veces se equivoca -replicó Laura.

Starkwedder vislumbró algo en el exterior e hizo señas a Laura para que se acercara. Ella co­rrió hacia él y tomó la mano que le tendía.

-Mira, Laura -exclamó observando el jar­dín-. ¡Me lo imaginaba!

-¿Qué sucede?

-¡Sssh! -le advirtió.

En ese preciso instante entró la señorita Ben­nett desde el pasillo.

-¡Señor Starkwedder! -dijo-. ¡Vaya a la siguiente habitación, el inspector está allí! ¡Rá­pido!

Starkwedder y Laura salieron al pasillo. Tan pronto como se hubieron marchado, la señorita Bennett se dirigió al jardín, donde la luz del día comenzaba a desvanecerse.

-Vamos, Jan -llamó-, no juegues más. ¡Entra!

 

19

La señorita Bennett esperó a Jan junto a los ventanales. Jan entró con aspecto iracundo y triunfante a la vez, y con una pistola en la mano.

-Veamos, Jan, ¿de dónde has sacado eso? -preguntó ella.

-Te creías muy lista, ¿eh, Benny? -respon­dió él, beligerante-. Muy lista porque habías guardado las pistolas de Richard allí, bajo llave. -Señaló el pasillo con un gesto-. Pero encontré una llave que abría el armario de las pistolas. Ahora tengo una pistola, igual que Richard. Ten­dré muchas pistolas y dispararé a cosas. -Alzó la que llevaba y apuntó a la señorita Bennett, que se estremeció-. Ten cuidado, Benny -conti­nuó con una risita-, quizá te dispare.

Ella intentó no parecer demasiado asustada mientras decía con el tono más suave de que era capaz:

_ Tú no harías una cosa semejante, Jan. Sé que no lo harías.

Él continuó apuntándola, pero después bajó el arma.

La señorita Bennett se relajó levemente y tras una pausa, Jan exclamó con dulzura y cierta ansiedad:

-No, no lo haría. Claro que no lo haría. -Después de todo, tú no eres un niño insensato -dijo ella con tono tranquilizador-.

Ahora eres un hombre, ¿verdad?

Jan esbozó una amplia sonrisa. Se acercó al escritorio y se sentó en la silla.

-Sí, soy un hombre -convino-. Ahora que Richard ha muerto, soy el hombre de la casa.

-Por eso sé que no me matarías. Sólo matarías a un enemigo.

-Exacto -exclamó él entusiasmado. Escogiendo sus palabras con cuidado, la se­ñorita Bennett dijo:

-Durante la guerra, si pertenecías a la Re­sistencia y matabas a un enemigo hacías una muesca en la culata de tu arma.

-¿Ah, sí? -respondió Jan examinando la pistola-. ¿Eso hacían? -Miró a la señorita Bennett emocionado-. ¿Había personas que te­nían muchas muescas?

-Sí. Había personas que tenían bastantes muescas.

Jan soltó una carcajada de satisfacción. -¡Qué divertido! -exclamó.

-Claro que a algunas personas no les gusta matar, pero a otras sí.

-A Richard le gustaba.

-Sí, a Richard le gustaba matar cosas -reconoció ella. Se alejó de él con gesto tranquilo y agregó- A ti también te gusta matar cosas, ¿verdad, Jan?

El sacó una navaja del bolsillo y comenzó a grabar una muesca en la pistola.

-Matar es emocionante -comentó con cierta irritación.

La señorita Bennett lo miró.

-Tú no querías que Richard te enviara lejos de aquí, ¿verdad, Jan? -preguntó con voz queda.

-Dijo que lo haría -respondió Jan vehe­mente-. ¡Era un monstruo!

La señorita Bennett se situó detrás de la silla de Jan.

-Una vez dijiste a Richard -le recordó- que le matarías si te enviaba fuera.

-¿Ah, sí? -respondió él con indiferencia.

-¿Pero no le mataste? -preguntó ella ento­nando las palabras como si fueran un media pre­gunta.

-No, no le maté.

-Fue algo cobarde por tu parte.

-¿Ah, sí? -preguntó Jan con un brillo ma­licioso en los ojos.

-Sí, creo que sí, decir que le ibas a matar y luego no hacerlo... -La señorita Bennett caminaba alrededor del escritorio pero tenía los ojos clavados en la puerta-. Si alguien me amenazara con mandarme fuera querría matarle, y lo haría.

-¿Quién dice que no lo hice? -respondió Jan-. Quizá sí fui yo.

-Ah, no, seguro que no fuiste tu -dijo ella desdeñosa-. Sólo eres un niño, no te hubieras atrevido.

Jan se levantó de la silla.

-¿Crees que no me hubiera atrevido? -chi­lló-. ¿Es eso lo que crees?

-Claro que lo creo. -Parecía estar provo­cándolo de forma deliberada-. Está claro que nunca te hubieras atrevido a matar a Richard, para eso tendrías que ser muy valiente y ma­duro.

Jan le dio la espalda y se acercó a los venta­nales.

-Tú no lo sabes todo, Benny -dijo, heri­do-. No, Benny, no lo sabes todo.

-¿Hay alguna cosa que no sepa? ¿Te estás burlando de mí, Jan? -La señorita Bennett aprovechó ese momento para abrir ligeramente la puerta. Jan se encontraba junto a los ventanales, desde donde un haz de luz del sol poniente iluminaba la habitación.

-Sí, me estoy burlando de ti -le gritó-. Y lo hago porque soy mucho más listo que tú.

Jan se volvió y la señorita Bennett dio un respingo involuntario. -Sé cosas que tú no sabes -agregó él.

-¿Qué sabes tú que yo no sepa? -pregun­tó ella intentando no sonar demasiado ansiosa.

Jan no respondió, simplemente esbozó una sonrisa misteriosa al tiempo que se sentaba en el escabel. Ella se acercó a él.

-¿No me lo vas a decir? -preguntó de nue­vo con tono persuasivo-. ¿No me vas a confiar tu secreto?

Jan se apartó de ella.

-Yo no confío en nadie -respondió con acritud.

-Me pregunto si es cierto que has sido muy listo.

Jan soltó una risita nerviosa.

-Empiezas a darte cuenta de lo listo que soy -le dijo.

Ella le miró con expresión especulativa.

-Quizá haya muchas cosas que desconozco sobre ti -convino.

-Muchas -le aseguró Jan-. Y yo sé mu­chas cosas de todos los demás, pero no siempre las cuento. A veces me levanto por la noche y deambulo por la casa, veo muchas cosas y encuentro muchas cosas, pero no las aireo.

Con aire de complicidad, ella preguntó:

-¿Tienes algún gran secreto ahora?

Jan pasó una pierna por encima del escabel y se sentó a horcajadas.

-¡Un gran secreto! -exclamó encantado-.

Te asustarías si lo supieras -agregó con una risa casi histérica.

-¿De verdad? ¿De verdad me asustaría? ¿Tendría miedo de ti? -inquirió mientras se si­tuaba delante de Jan y le miraba fijamente.

Él alzó la vista. La expresión de júbilo se des­vaneció de su rostro y su voz sonó muy seria cuando respondió:

-Sí, tendrías mucho miedo de mí.

Ella continuó estudiándole con deteni­miento.

-No sabía cómo eras en realidad, Jan -reconoció-. Ahora empiezo a comprenderlo.

Los cambios de humor de Jan comenzaban a ser más pronunciados, y con tono desquiciado exclamó:

-En realidad nadie sabe nada de mí ni de las cosas que puedo hacer. El tonto de Richard sen­tado siempre allí disparando a los pájaros... Nunca pensó que alguien le dispararía a él, ¿verdad?

-No -respondió ella-, ése fue su error. Jan se levantó.

-Sí, ése fue su error -convino-. Pensaba que podía echarme de aquí, pero le di una lec­ción.

-¿Ah, sí? ¿Cómo?

Jan la miró con picardía, guardó silencio y fi­nalmente dijo:

-No te lo voy a decir.

-Dímelo, Jan- suplicó ella.

-No. -Se acercó al sillón y se subió enci­ma, con la pistola apoyada en la mejilla-. No, no se lo voy a decir a nadie.

La señorita Bennett se acercó a él.

-Quizá tengas razón -le dijo-. Quizá pueda adivinar lo que hiciste, pero no voy a de­cirlo, porque es tu secreto, ¿no es así?

-Sí, es mi secreto -respondió él mientras se levantaba y comenzaba a caminar nervioso por la habitación-. Nadie sabe cómo soy -exclamó alterado-. Soy peligroso, más vale que tengan cuidado, soy peligroso.

La señorita Bennett le dedicó una mirada triste.

-Richard no sabía lo peligroso que eras -dijo-, debió de sorprenderse mucho.

Jan regresó junto al sillón y la observó con detenimiento.

-Sí, sí que se sorprendió -convino-. Puso cara rara y cuando acabó todo, inclinó la cabeza hacia adelante, había sangre, y no se movía. ¡Le enseñé una lección! Ahora ya no me enviará fuera.

Jan fue hasta un extremo del sofá y se sentó mientras movía la pistola de un lado a otro de­lante de la señorita Bennett, que intentaba conte­ner las lágrimas.

-¡Mira! -exclamó Jan-. Mira, ¿ves? He hecho una muesca en la pistola. -Le dio unos golpecitos con la navaja.

-¡Vaya! -exclamó ella al tiempo que se acercaba a él-. ¡Qué emocionante! -Intentó coger la pistola de la mano tendida de Jan, pero él la apartó.

-¡Ah, no! ¡Eso sí que no! -gritó mientras se incorporaba con rapidez-. Nadie me va a quitar mi pistola. Si la policía intenta arrestarme, les dispararé.

-No será necesario hacer eso -le aseguró la señorita Bennett-. Eres tan listo que jamás sospecharán de ti.

-¡La policía es tonta! ¡La policía es tonta! -gritó Jan jubiloso-. ¡Richard es tonto! -Mien­tras blandía el arma ante la figura imaginaria de Richard vio que se abría la puerta. Con una exclamación de alarma, huyó deprisa hacia el jardín.

La señorita Bennett se derrumbó llorando sobre el sofá en el momento en el que el inspec­tor Thomas entró en la habitación seguido del sargento Cadwallader.

 

20

 

-¡Tras él! ¡Rápido! -gritó el inspector al sargento al irrumpir en el estudio.

El sargento salió corriendo a la terraza mien­tras Starkwedder entraba desde la puerta del pa­sillo seguido de Laura, que fue a otear el jardín. Angell fue el siguiente en aparecer y también se acercó a los ventanales. Detrás de él llego la señora Warwick, que permaneció de pie, erguida, en el umbral de la puerta.

El inspector Thomas se volvió hacia la seño­rita Bennett.

-Vamos, vamos... -la tranquilizó-. No se ponga así, lo ha hecho muy bien.

Con voz entrecortada, ella respondió:

-Lo sabía desde el principio. Conozco a Jan mejor que nadie, sabía que Richard le estaba em­pujando demasiado lejos, y sabía que Jan se esta­ba volviendo peligroso.

-Jan! -exclamó Laura. Exhaló un suspiro de aflicción y murmuró-: No, no..., Jan no.

-Se acercó a la silla del escritorio y se sentó-. No puedo creerlo -dijo con voz entrecortada.

La señora Warwick fulminó a la señorita Bennett con la mirada y con desdén le dijo:

-¿Cómo has podido, Benny? Pensé que al menos tú serías fiel.

La respuesta de ella fue desafiante:

-Hay ocasiones en que la verdad es más im­portante que la lealtad. Ustedes no veían, ningu­no de ustedes, que Jan se estaba volviendo peli­groso, es un chico encantador, muy dulce, pero... -Embargada por el dolor, no pudo con­tinuar.

La señora Warwick avanzó con pasos lentos hasta el sillón, donde se sentó y permaneció con la mirada ausente.

El inspector, con tono pausado, completó la frase de la señorita Bennett:

-Pero hay veces en las que, al superar deter­minada edad, se vuelven peligrosos porque ya no comprenden lo que hacen, no disponen del juicio ni el control de un adulto. -Se acercó a la señora Warwick y le dijo-: No se preocupe, señora, me ocuparé de que le traten con considera­ción, creo que podrá establecerse con facilidad que no era responsable de sus acciones, lo cual significa que se le confinará en un lugar confor­table; usted sabe que esto hubiera sucedido pronto de todos modos. -Y tras estas palabras salió de la habitación.

-Sí, ya sé que tienes razón -reconoció la señora Warwick-. Disculpa, Benny. Dices que nadie más sabía que era peligroso, pero no es cierto. Yo lo sabía pero era incapaz de hacer nada al respecto.

-Alguien tenía que hacer algo -respondió Benny.

Se hizo el silencio en la habitación, pero la tensión aumentó mientras esperaban a que el sargento Cadwallader regresara con Jan.

Sin embargo, a un centenar de metros de la casa, junto a la carretera sobre la que poco a poco se cernía la niebla, tenía lugar una dramáti­ca escena. El sargento había acorralado a Jan frente a un muro, pero éste blandía el arma sin dejar de gritar:

-¡No se acerque, nadie me va a encerrar, le voy a disparar, no bromeo, no le tengo miedo a nadie!

El sargento se detuvo a unos seis metros de Jan.

-Vamos, muchacho -dijo con tono per­suasivo-, nadie va a hacerte daño, pero las pis­tolas son muy peligrosas. Dámela y regresa conmigo a la casa. Podrás hablar con tu familia, ellos te ayudarán.

El sargento avanzó unos pasos hacia el joven, que comenzó a gritar con histerismo.

-¡Lo digo en serio, le dispararé, no me im­portan los policías, usted no me asusta!

-Claro que no, no tienes por qué tener mie­do de mí, jamás te haría daño. Regresa conmigo a la casa, vamos.

Dio un paso más pero Jan levantó el arma y disparó dos veces. Erró el primer tiro pero el segundo alcanzó a Cadwallader en la mano iz­quierda. El sargento gimió de dolor pero se abalanzó sobre Jan y le derribó. Durante el for­cejeo, el arma se disparó accidentalmente cuando apuntaba al pecho de Jan, que soltó un grito y enmudeció.

Horrorizado, el sargento se inclinó sobre él, incrédulo.

-Oh, no -murmuró-. Pobre muchacho, ¡no! No puedes estar muerto. Por favor, Señor... -Le tomó el pulso y meneó la cabeza.

Se puso en pie y se alejó unos pasos. Sólo en­tonces notó que la mano le sangraba a borboto­nes. Se la envolvió con un pañuelo y corrió de regreso a la casa, sujetándose el brazo izquierdo al tiempo que gemía de dolor.

Llegó a la puerta de la terraza tambaleán­dose.

-¡Señor! -gritó mientras el inspector y los demás acudían corriendo a su encuentro.

-¿Qué diablos ha sucedido?

Con respiración entrecortada, el sargento respondió:

-Tengo que contarle algo terrible. Starkwedder le ayudó a entrar y, con pasos vacilantes, el sargento se sentó en el escabel. El inspector se acercó a su lado.

-¡Su mano! -exclamó.

-Yo me ocupo de eso -murmuró Stark­wedder al tiempo que cogía el brazo de Cadwa­llader, retiraba el pañuelo manchado de sangre, sacaba el suyo del bolsillo y le envolvía la mano.

-Se estaba formando una capa de niebla -comenzó a explicar Cadwallader-. Era difícil ver con claridad. Me disparó en la carretera cerca del bosquecillo.

Laura, con expresión horrorizada, se dirigió a los ventanales.

-Me disparó dos veces -dijo el sargento-, y la segunda me alcanzó en la mano.

La señorita Bennett se llevó la mano a la boca.

-Intenté arrancarle la pistola -continuó el sargento-, pero me vi limitado por la mano...

-¿Y qué sucedió? -le instó el inspector.

-Tenía el dedo en el gatillo -agregó el sar­gento-, y se disparó. La bala le atravesó el cora­zón. Está muerto.

 

21

Las palabras del sargento Cadwallader fueron recibidas con un sombrío silencio. Laura se sentó en la silla del escritorio y clavó los ojos en el suelo. La señora Warwick inclinó la cabeza y se apoyó en el bastón. Starkwedder comenzó a pasearse por la habitación.

-¿Está seguro de que ha muerto? -pre­guntó el inspector.

-Lo estoy -respondió el sargento-. Po­bre muchacho, me gritaba desafiante mientras disparaba, como si disfrutara con ello.

El inspector se dirigió a los ventanales.

-¿Dónde está? -inquirió.

-Le acompañaré para mostrárselo -contestó el sargento mientras se levantaba.

-No, usted se queda aquí -le ordenó su superior.

-Me encuentro bien -insistió el sargen­to-, puedo aguantar hasta que regresemos a co­misaría. -Salió a la terraza tambaleándose, se volvió hacia los presentes con expresión com­pungida y murmuró-: «Uno no debería tener miedo cuando está muerto.» Es de Alexander Pope. -El sargento sacudió la cabeza y se alejó con pasos lentos.

El inspector se volvió hacia la señora War­wick y el resto de los presentes.

-No puedo decirle cuánto lo siento, pero quizá fuera la mejor solución -dijo antes de se­guir al sargento al jardín.

La señora Warwick le observó mientras se alejaba.

-¡La mejor solución! -exclamó con furia y desesperación a la vez.

-Sí -suspiró la señorita Bennett-, es lo mejor. Ahora es libre, pobre muchacho. -Se acercó a la señora Warwick y la ayudó a levan­tarse-. Vamos, querida, esto ha sido demasiado para usted.

La mujer la miró.

-Iré... iré a recostarme -murmuró mien­tras la señorita Bennett la acompañaba a la puer­ta. Starkwedder extrajo un sobre del bolsillo v se lo entregó a la señora Warwick.

-Creo que es mejor que le devuelva esto -comentó.

Ella se volvió hacia él.

-Sí -respondió-, ya no será necesario.

La señora Warwick y la señorita Bennett abandonaron la habitación. Starkwedder estaba a punto de cerrar la puerta detrás de ellas cuando se percató de la presencia de Angell junto a los ventanales. El asistente se acercó a Laura, que estaba sentada frente al escritorio.

-Si me lo permite, señora, quisiera decirle cuánto lo siento. Si puedo hacer cualquier cosa, sólo tiene que...

Sin alzar la vista, Laura repuso:

-No precisamos más de su ayuda, Angell. Recibirá un cheque por sus servicios y quisiera que abandonara esta casa hoy mismo.

-Sí, señora. Gracias -contestó Angell sin mostrar ningún sentimiento, y abandonó el es­tudio.

Oscurecía en la habitación y los últimos rayos de sol proyectaban sombras sobre las paredes. Starkwedder miró a Laura.

-¿No vas a denunciarle por chantaje?

-No -replicó ella con languidez.

-Es una lástima. -Starkwedder se acer­có-. Supongo que será mejor que me marche. Voy a despedirme. -Se detuvo un instante pero Laura no se volvió hacia él-. No sufras demasiado -agregó.

-Pues sí -respondió Laura con emoción.

-¿Porque le querías? -preguntó Stark­wedder.

Laura lo miró.

-Sí, y porque ha sido por mi culpa. Richard tenía razón, tendríamos que haber enviado al pobre Jan a algún lugar, encerrarlo allí donde no pudiera hacer daño a nadie. Fui yo la que no lo permití, así que por mi culpa asesinó a Richard.

-Vamos, Laura, no dramatices -respondió Starkwedder con sequedad-. Richard murió porque se lo merecía; podría haberse mostrado amable con el muchacho, ¿no? No te tortures, lo que tienes que hacer ahora es ser feliz, feliz por siempre jamás, como dicen los cuentos.

-¿Feliz? ¿Con Julian? -contestó ella con amargura-. ¡No sé cómo! Ya no es lo mismo.

-¿Quieres decir entre Farrar y tú?

-Sí, cuando pensaba que Julian había matado a Richard las cosas no cambiaron para mí, seguía queriéndole igual. -Hizo una pausa antes de continuar-. Incluso estaba dispuesta a decir que lo había hecho yo.

-Lo sé. Qué ingenua. ¡Cómo les gusta a las mujeres hacerse las mártires!

-Pero cuando Julian pensó que lo había hecho yo -prosiguió con vehemencia-, cambió su actitud hacia mí por completo. Es cierto que intentó comportarse con decencia y no incriminarme, pero eso es todo. -Se sentó en el escabel con desilusión-. Ya no me quería.

Starkwedder se acercó a ella.

-Mira -dijo-, los hombres y las mujeres no reaccionan de la misma manera. Los hombres son más sensibles y las mujeres más duras. Un hombre no puede tomarse un asesinato a la ligera pero, al parecer, una mujer sí. Lo cierto es que si un hombre comete un asesinato por una mu­jer, la mujer le apreciará más, pero un hombre es diferente.

Laura lo miró.

-Tú no sentiste lo mismo -comentó-cuando pensaste que yo había matado a Richard. Me ayudaste.

-Eso fue diferente. -Starkwedder parecía desconcertado-. Tenía que ayudarte.

¿Por qué? -preguntó Laura.

El no contestó de inmediato. Después, con voz queda, dijo:

-Todavía quiero ayudarte.

-¿No te das cuenta de que volvemos a en­contrarnos en el punto de partida? En cierta ma­nera fui yo quien mató a Richard porque... porque me obcequé con el tema de Jan.

Starkwedder se sentó en el escabel junto a ella.

-Eso es lo que te corroe por dentro, ¿no es así? -preguntó-. Saber que Jan mató a Ri­chard, pero no tiene por qué ser necesariamente cierto.

Laura le lanzó una mirada escrutadora.

-¿Cómo puedes decir eso? -repuso-. Yo lo oí, todos lo oímos, Jan lo confesó, alardeó de ello.

-Es cierto. Sí, lo sé, pero ¿cuánto sabes acerca del poder de la sugestión? Tu querida señorita Bennett jugó con Jan muy bien, consiguió que se alterara (no puede negarse que el muchacho era muy influenciable), y le agradaba la idea, como a muchos adolescentes, de tener poder, in­cluso de ser un asesino. Benny le colocó el an­zuelo delante y él lo mordió. Había matado a Ri­chard y había grabado una muesca en la pistola, así que era un héroe. -Se incorporó-. Pero tú no sabes, nadie sabe, si lo que dijo era verdad.

-¡Dios Santo! ¡Pero si disparó al sargento!

-Sí, realmente era un asesino en potencia -reconoció Starkwedder-. Es posible que dis­parara a Richard, pero no puedes estar segura, quizá... quizá fue otra persona.

Ella le miró incrédula.

-Pero ¿quién?

Starkwedder reflexionó un instante.

-La señorita Bennett, quizá -sugirió mien­tras se sentaba en el sillón-. Después de todo, os tiene mucho aprecio. Quizá pensó que sería lo mejor para todos. Quizá incluso la señora Warwick, o tu amante Julian, que después fingió pensar que lo habías hecho tú, una estrategia muy inteligente que te embaucó por completo.

Laura se levantó.

-Realmente no crees lo que estás diciendo -le recriminó-, sólo intentas consolarme. El la miró con exasperación.

-Mi querida amiga, cualquiera pudo haber disparado a Richard, incluso MacGregor.

-¿MacGregor? Pero si está muerto.

-Claro que está muerto. Tenía que estarlo. -Se dirigió hacia un extremo del sofá-. Mira, voy a demostrarte cómo pudo haber sido MacGregor el asesino. Digamos que decidiera matar a Richard en venganza por el accidente en el que falleció su hijo. -Starkwedder se sentó en el brazo del sofá-. Pues bien, primero tiene que desprenderse de su propia identidad. No debía de ser difícil para él fingir su fallecimiento en al­gún lugar remoto de Alaska. Le costaría algo de dinero y algún testimonio falso, es obvio, pero estas cosas pueden arreglarse. Después cambia de nombre y se forja una nueva identidad en otro país, con otro trabajo.

Laura le contempló antes de sentarse en el si­llón. Cerró los ojos y respiró hondo, luego los abrió y le miró de nuevo.

Starkwedder continuó con su especulación.

-Se mantiene al día de lo que sucede aquí. Sabe que abandonaban Norfolk y que venían a esta parte del mundo. Comienza a elaborar un plan. Se afeita la barba, se tiñe el pelo y todas esas cosas. Entonces, en una noche de bruma se dirige aquí. Digamos que todo sucedió así. -Starkwedder se incorporó y se dirigió a los ventanales-. Imagi­nemos que MacGregor dice a Richard: «Tengo una pistola y tú también. Contemos hasta tres y disparemos los dos. He venido a vengar la muerte de mi hijo.»

Laura le contempló horrorizada.

-¿Sabes? -continuó él-, no creo que tu marido fuera tan buen deportista como piensas. Tal vez no hubiera esperado a contar hasta tres. Dices que tenía muy buena puntería, pero esta vez falló, y la bala salió por aquí -hizo un ade­mán mientras salía a la terraza- hacia el jardín, donde hay multitud de balas. Pero MacGregor no yerra el tiro: dispara y lo mata. -Starkwedder regresó a la habitación-. Deja caer la pistola junto al cuerpo, toma la de Richard, sale por el ventanal y regresa después.

-¿Regresa? ¿Por qué regresa?

El la contempló unos segundos sin respon­der. Después, tomando aliento, dijo:

-¿No te lo imaginas?

Laura lo miró sorprendida y sacudió la ca­beza.

-No, no tengo ni idea -replicó. Starkwedder continuó mirándola fijamente. Luego dijo:

-Bien, supón que MacGregor tiene un acci­dente con el coche y no puede huir. ¿Qué más puede hacer? Sólo una cosa: venir a la casa y descubrir el cuerpo.

-Hablas... -dijo Laura con voz entrecortada- hablas como si supieras exactamente lo que sucedió.

Starkwedder fue incapaz de contenerse.

-¡Claro que lo sé! -exclamó con vehemen­cia-. ¿No lo comprendes? ¡Yo soy MacGregor! -Y se apoyó contra las cortinas al tiempo que sacudía la cabeza con desesperación.

Laura se levantó con expresión incrédula. Se acercó a él, incapaz de comprender el significado de sus palabras.

-Tú... -murmuró-, tú...

Starkwedder se acercó a ella con lentitud.

-Jamás pensé que sucedería esto -le dijo con voz entrecortada por la emoción-. Quiero decir, encontrarte a ti y descubrir que me impor­tabas y que... ¡Dios mío! ¡Es inútil! -Mientras ella le miraba aturdida, Starkwedder tomó su mano y la besó en la palma-. Adiós, Laura -dijo con brusquedad.

Salió por el ventanal y desapareció en medio de la niebla. Laura corrió tras él gritando:

-¡Espera! ¡Espera! ¡Vuelve!

La niebla formaba volutas y la sirena de Bris­tol comenzó a sonar.

-¡Vuelve, Michael! ¡Vuelve! -No obtuvo respuesta-. ¡Vuelve, Michael! ¡Regresa, te lo suplico! ¡Tú también me importas!

Laura escuchó con atención, pero sólo dis­tinguió el motor de un coche que arrancaba y se alejaba.

La sirena de niebla continuó sonando mien­tras ella se dejaba caer contra la ventana y rom­pía a llorar.

  

FIN