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El fantasma solo llama una vez - Jane Sherrod Singer

Lea este relato desde el punto de vista que más convenga a su fantasía. Si es un admirador de Alfred Hitchcock, es posible que su extraño final le haga reír entre dientes. Pero si, por el contrario, está usted de acuerdo con Shakespeare en aquello de que «existen más cosas en el cielo y en la tierra... que las que pueda imaginar nuestra mente», entonces permítame que me apresure a asegurarle que este caso real fue investigado y debidamente reconocido como auténtico por miembros de la Sociedad Británica para la Investigación Psíquica.

Aquellos lectores amantes de indagar sucesos inexplicables en el reino de lo sobrenatural deben hacer una pausa para reflexionar..., y aquellos otros que deseen relajarse con la lectura del siguiente relato deben ser precavidos con algunas páginas capaces de poner los cabellos de punta.

Los hechos registrados, acaecidos el 26 de mayo de 1897, y recogidos por sir Anthony Wister, son los siguientes:

Dado que soy una persona de espíritu metódico y lógico, he decidido empezar por el principio de esta cadena de sucesos en vez de sobrecoger inicialmente al lector con aquellos detalles ambientales y terroríficos que se presentaron, por desgracia, casi al final de la muy corta vida de Ernest Melbourne.

Para ser un conservador, Ernest era, a sus veinticinco años, un joven de acentuada personalidad. Me imagino que algunos lo describirían como un poco petimetre, pero yo, en cambio, más bien admiraba su melindrosa forma de vestir y su inmaculado acicalamiento, sobre todo después de llegar a conocerlo profundamente como amigo. 
 
Dado que pertenecíamos al mismo club, a menudo estábamos juntos, y como los dos nos interesábamos más por la gente, la conversación y las ideas, que por aquellos juegos aburridos y silenciosos como el ajedrez y el whist, solíamos enfrascarnos en profundas y eruditas conversaciones.

En muchos sentidos éramos muy parecidos y, sin embargo, demasiado diferentes. Ernest era un gran aficionado a la música, lo mismo que yo, pero su entusiasmo no pasaba la frontera de la admiración, mientras que yo, por el contrario, me había visto obligado a sujetar un violín bajo mi beligerante y poco colaboradora barbilla como parte de mi educación juvenil. 
 
Ernest era un gran connaisseur de excelentes manjares y exquisitos vinos, aunque esta cualidad era más bien una pasión que había aprendido y cultivado, mientras que mis gustos en este aspecto no pasaban de simples inclinaciones a la buena cocina. 
 
En resumen, gracias a su inteligencia, espíritu observador, jactancia e incluso astucia, Ernest Melbourne se elevó de un nivel social bastante bajo, empleando las más sutiles maquinaciones, hasta llegar al mismo círculo social en el que yo me introduje sin desearlo, como uno de los derechos de mi noble cuna.

A excepción de nuestra ascendencia y tradiciones familiares, ambos teníamos muchas cosas en común, incluyendo el hecho de que nos comportamos una vez, sólo una vez, como unos insoportables tumbacuartillos. 
 
Sin revelar el nombre de la dama, Ernest me contó con amargura que había abandonado a una linda muchacha que lo amaba profundamente, después de haber abusado ignominiosamente de su generoso cuerpo. Se trataba de una camarera que trabajaba en la taberna de su padre. 
 
De los detalles de esta historia me enteré una noche en que ambos habíamos bebido más de la cuenta y en la que me contó, además, cómo había ascendido de su bajo estrato social hasta nuestra clase de élite. 
 
Impresionado por aquella confidencia de mi amigo, que demostraba su confianza en mí, yo también le revelé un secreto, es decir, que había roto el compromiso que mi padre arreglara para casarme con una duquesa, tan bella y encantadora que muy a menudo era invitada al Palacio de Buckingham. 
 
Después de un espantoso, aunque justo, altercado con mi padre, me marché de la casa solariega, mientras que la que debía haber sido mi esposa abandonó Inglaterra para ir a mitigar su desilusión y su dolor en los Alpes suizos.

El único motivo que me lleva a mencionar mi vergonzosa conducta es el de exponer otra razón por la que Ernest y yo nos hicimos tan íntimos amigos, unidos por tan dispares historias, secretos y admiración recíproca: él apreciaba mi privilegiada situación en la vida, y yo le ayudé en su tenaz y acertada aspiración de ingresar en mi estrato social.

Recuerdo perfectamente los sucesos que se desarrollaron poco antes de aquella horrible noche del 26 de mayo, ya que el día 24, Ernest y yo comimos en el club, mientras refunfuñábamos de aquella eterna llovizna que mantenía a toda Inglaterra húmeda, fría y mojada; luego nos enfrascamos en una conversación en la que discutimos acaloradamente.

El tema de la misma era demasiado trivial. Un amigo común, aunque considero más justo el llamarle una amistad casual, había muerto, y nuestra discusión estribaba en si debíamos o no arriesgarnos a asistir a sus funerales y agarrar un resfriado. Durante nuestra conversación intercambiamos nuestras posiciones como dos niños en el juego del columpio. 
 
Según mi punto de vista, sostenía que debíamos a sir Gilbert nuestro último homenaje, mientras Ernest argumentaba que odiaba los funerales, fueran en el sitio que fuesen, pero sobre todo en Kensington. Dio a entender que había una cierta razón.

Luego, una vez que hubo paladeado su pierna de cordero fuertemente condimentada, dulcificó su voz e insistió en que debíamos asistir al funeral. Confieso sinceramente que me encolericé, ya que al comprobar los astutos razonamientos de mi amigo no pude dominar mis nervios. 
 
Era obvio que Ernest, por otra parte, se daba cuenta de que mucha gente importante asistiría a aquel funeral y tendría la oportunidad de codearse con aristócratas, y conquistar así otro puesto más dentro de la alta sociedad británica.

Por un instante lo aborrecí, ya que pretendía aprovecharse de un funeral en beneficio suyo; pero cuando salimos del club aquella noche, volvimos a ser tan amigos como siempre. Al final nos pusimos de acuerdo en que Ernest asistiría al funeral a pesar de su aversión por la fría y oscura iglesia de Kensington y su húmedo cementerio, en el que las tumbas estaban cubiertas de losas de mármol negro, y en las que se podían leer los hechos importantes llevados a cabo en vida por sus fenecidos y actuales ocupantes.

Pero incluso en el cementerio de Kensington había cierta discriminación social entre su inmóvil población de cadáveres, ya que los condes y los duques, los ricos banqueros y los poderosos industriales, se hallaban en suntuosos panteones familiares a ambos lados de la puerta principal de la iglesia, mientras que, en la parte posterior de la misma, bien ocultos por una empalizada, se hallaba el último lugar de reposo de las almas menos importantes; quizá no menos en el sentido de la humanidad, pero sí ciertamente en cuanto a su posición social, prestigio y la suficiente cantidad de dinero como para reposar en un panteón bajo una marmórea losa sepulcral exquisitamente esculpida y engalanada.

El 26 de mayo fue una jornada tan miserable como lo habían sido los diez fríos y húmedos días anteriores. Por ello me quedé en casa no sin cierto regocijo, ordené a Hugh, mi ayuda de cámara, que me trajera la merienda con una buena taza de hirviente té indio, y comencé a leer las tediosas cláusulas del testamento de mi padre. 
 
En ese momento, acudió a mi mente la imagen del pobre Ernest, saludando y haciendo reverencias, siendo presentado a personas importantes de la aristocracia, y fijándose cuidadosamente, muy cuidadosamente, en sus rostros, con el fin de poder recordarlos en una futura gala de ópera o de teatro. 
 
A lo mejor Ernest estaba, en aquel preciso instante, besándole la mano a alguna hermosa y joven duquesa que, quizá, en un día no muy lejano, le aportaría una rica dote y un tierno cariño de esposa. «Pues no me importa si Ernest se divierte en este momento —pensé—, al menos, mañana no tendré un fastidioso resfriado y una roja nariz goteando moco»; y arrojé otro tronco al fuego de la chimenea.

Alrededor de las cinco de la tarde, el cielo parecía tan plomizo como en pleno invierno. Hugh me sirvió mi tradicional copa de jerez y le volví a repetir mis instrucciones de que pensaba cenar en mi biblioteca.

La cena fue más bien ligera, y la intranquilidad empezó a adueñarse de mi mente. Traté de leer un libro, pero las palabras carecían de significado. Entonces pensé en relajarme, ya que recordaba que esta práctica, tan recomendada por los médicos, estaba muy indicada en los momentos de tensión nerviosa.

Como solía hacer en aquellas tardes en que me quedaba en casa, me puse mi horrible pero confortable batín de lana, me calcé unas cómodas zapatillas de cuero que en otras ocasiones mi mayordomo había intentado tirar a la basura, lamenté no tener un mastín para que se acostara junto a mi chimenea, a mis pies, y me puse a cargar una pipa con refinado y amoroso cuidado.

Debía haberme quedado adormecido con el libro en mi regazo, cuando Hugh me despertó para anunciarme que me llamaban por teléfono. Perezosamente cogí el aparato.

Una voz frenética al otro extremo del hilo me dijo que acudiera inmediatamente, que era muy urgente. No había un minuto que perder. Mi amigo, Ernest Melbourne, se hallaba al borde de la muerte. En realidad, continuó diciéndome aquella voz desconocida para mí, está economizando el aire que respira en un esfuerzo para mantenerse vivo hasta su llegada.

Rápidamente me puse el primer traje que encontré a mano, alquilé un taxi y me dirigí a toda prisa al elegante piso de Ernest. La puerta me fue abierta por uno de mis antiguos criados, Stephen, el cual se hallaba extremadamente aturrullado hasta el punto de parecer enloquecido.

—Sir Anthony —me dijo, hecho un manojo de nervios—, es espantoso, es horriblemente espantoso. Me temo que no llegará a tiempo.

—Tranquilízate, querido Stephen —le dije, tratando de que hablara en voz baja—. Cualquier cosa que haya ocurrido, por favor, ten la bondad de mantenerte en tu sano juicio. Vamos, condúceme inmediatamente al lado de míster Melbourne.

El tono severo que empleé calmó algo a Stephen, pero cuando me conducía hacia el salón biblioteca, me empujó de pronto y rudamente hacia un lado. Me sorprendí ante aquella extraña conducta de mi excriado, pero luego comprendí que lo que pretendía era que yo no pisara una serie de huellas barrosas que conducían a la estancia donde se hallaba mi amigo.

Ernest estaba acostado en un diván. Aunque en su rostro no había ninguna señal de violencia, me costó trabajo reconocerle. Incluso hoy día me es difícil describir la transformación que se había operado en sus facciones.

Sus ojos, que generalmente miraban a todas partes plenos de curiosidad, estaban paralizados, fijos en un punto del techo, como si pendieran de él mediante dos cuerdas. Su sonrosada piel que yo, como pálido londinense, en ciertas ocasiones había envidiado en secreto, se había disuelto en un gris de cal apagada. Venas azules sobresalían en sus manos, muñecas y garganta, y morados verdugones cubrían sus sienes. Su lengua pendía grotescamente a un lado de su boca abierta.

Haciendo un esfuerzo para dominar mi repugnancia, me acerqué a él y le dije todo aquello que suele decirse en estos casos. «Aquí me tienes... ¿Qué te ha sucedido...? Ánimo, hombre. Vamos, cuéntame lo que te ha pasado...»

Ernest reaccionó lentamente. Un indefinido fulgor apareció en sus ojos. Después de varios intentos, al final estuvo en condiciones de hablarme de forma que yo pudiera entenderle.

—Anthony —murmuró—, debes escucharme..., pero, sobre todo, debes creer en mí, debes creerme.

Luego permaneció en silencio, sofocado, tosió y trató de incorporarse. Cogí una almohada y se la puse a la espalda, mientras le decía en voz baja a Stephen que fuera inmediatamente a buscar un médico. La retirada del criado fue sumamente ruidosa, pues tropezó con una silla y se cayó al suelo. Pero Ernest se hallaba muy lejos de la realidad para darse cuenta de ello.

Me senté cerca de mi amigo, mostrándome tan afectivo como un elefante macho intentando cuidar una liebre herida. Yo sabía que Ernest no debía agotarse hablándome, pero eran tan intensos los pensamientos que en aquellos instantes torturaban su mente que no tuve más remedio que permitírselo.

—Anthony —murmuró Ernest—, debo ser breve. Me queda muy poco tiempo de vida. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Y, en nombre de Dios, créeme.

Después de una breve pausa, continuó.

—Fui al funeral de sir Gilbert. Fue espantoso. Tú sabías que yo no quería ir, pero no sabías por qué. Gladys, el amor del que renegué, la chica a quien abandoné, yace en una tumba del cementerio de Kensington... Estaba aún lloviendo cuando sacaron el ataúd de sir Gilbert de la iglesia. Permanecí allí mojado y helado de frío. De repente, guiado por los remordimientos o quizá empujado por el mismo demonio, me hallé explorando el cementerio, pisando aquel terreno sucio y fangoso, buscando algo, una flor de lis, una rosa, algo que fuera bello, fresco y joven. De pronto vi un seto vallado en el que había una entrada que daba a otro cementerio en el que las losas sepulcrales estaban muy cerca unas de otras... Anthony, ¿me estás escuchando?

Alargué mi mano y le cogí la suya, pero, no queriendo distraer sus pensamientos, permanecí en silencio. Vi que el rostro de Ernest se relajaba, cerró la boca y un alarmante color de cera se extendió por su piel. Después de unos instantes continuó.

—Empujado por una fuerza misteriosa, me dirigí a la tumba más insignificante, más raída, más pobre de todas. La losa sepulcral ostentaba el número 298, y gotas de lluvia caían al suelo desde el punto en el que estaba esculpido el nombre de Gladys Moore..., mi Gladys que tanto me había amado hace muchos años.

Evidentemente, comprendía el dolor y la pena de Ernest, sin embargo, me parecía imposible que la vista de la tumba de su querida Gladys hubiera podido causarle aquel espantoso daño físico. Ernest continuó hablando, pero cada vez más rápido, como si considerara que el tiempo estaba en contra de su reserva vital y de su monólogo.

—El temor más espantoso se apoderó de mí. Mi primer impulso fue sacar inmediatamente el ataúd de aquel lugar tan deprimente y colocarlo en aquella parte del cementerio reservada a la gente ilustre para que así la tumba de mi Gladys ocupase el mejor sitio de todos; pero este noble pensamiento se me borró en el acto para ser sustituido por otro: si la gente llegara a enterarse de mis antiguas relaciones amorosas con una tabernera, todos mis proyectos se vendrían a tierra, todo aquello por lo que había luchado durante toda mi vida quedaría arruinado.

Un suspiro estremeció el cuerpo de mi amigo. Después de una pausa, Ernest continuó:

—Cuando regresé a casa, Stephen me sirvió la comida. No tenía apetito, por lo que le ordené que retirara los platos, limitándome a beber tres copas de oporto. Creo que me quedé dormitando durante varias horas. Cuando me desperté, tuve la sensación de haber sido drogado, o sometido a un trance hipnótico. Luego sentí la necesidad de telefonear a alguien. ¡Cogí el aparato y marqué el 298 de Kensington! Después de un corto tiempo, una voz de mujer contestó. Sonaba como si estuviera muy lejos, aunque sus palabras eran perfectamente audibles. La voz dijo: «Oh, amor mío, qué gentil has sido en telefonearme. He estado mucho tiempo esperando esta llamada. Iré inmediatamente a verte».

Miré asombrado a Ernest. La habitación pareció llenarse de repente de un aire viscoso y estancado. Sentí que se me contraía la piel y se erizaban mis cabellos cuando oí aquel horroroso relato. Ernest movía la cabeza a un lado y otro sobre la almohada, como tratando de luchar con aquellos pensamientos que torturaban su mente.

—Me senté en el sillón y esperé —continuó mi amigo—. ¿Esperar qué? No lo sabía en aquel momento. Entonces oí que la puerta principal se abrió completamente, a pesar de que Stephen siempre la tenía cerrada. Las cortinas empezaron a agitarse como la vela de un barco, al mismo tiempo que una corriente de aire helado penetraba en mi habitación. Luego sentí un penetrante olor de moho, de tierra y de humedad. Vestida de blanco, llegó ella...

La voz de Ernest se quebró. Su rostro se volvió azulado; empezó a dar boqueadas; sus ojos se revolvieron. Como nunca había visto morir a nadie, me sentí estupefacto, fascinado, profundamente asustado, incapaz de gritar pidiendo auxilio. Su cuerpo se puso tieso y luego cayó hacia atrás. Cogí mi pañuelo y cerré cuidadosamente aquellos ojos fijos y brillantes.

Entonces llamé..., bueno, temo que empecé a gritar llamando a Stephen. El rostro de este reflejaba palpablemente su aflicción y ansiedad. Le rogué que telefoneara a un médico y a la policía.

Mientras esperaba al lado de mi amigo muerto, me puse a observar cuidadosamente la habitación.

En línea directa desde la puerta al sillón favorito de Ernest estaban aquellas huellas fangosas de pasos que Stephen me había impedido pisar hacía unos instantes. Me levanté para estudiarlas más cuidadosamente. Entonces vi horrorizado que en las pelusas de la alfombra que cubría el suelo de madera, estaban grabadas las huellas inconfundibles de unos zapatos de mujer.

El monje negro - Anton Chéjov (Parte 2 y última)

 VI

Cuando Igor Semionovich se enteró no sólo del noviazgo repentino de Tania, sino también de su próximo matrimonio, se puso a dar pasos agigantados por la estancia, tratando de coordinar sus ideas y dominar su agitación. Se retorcía las manos y las venas de su cuello parecían tan amoratadas como las violetas que cultivaba en sus viveros. 

Ordenó que engancharan los caballos en su carricoche y se ausentó de la casa. Tania, al ver cómo fustigaba los caballos y se cubría las orejas con su gorra de cuero, comprendió lo que le pasaba a su padre, se encerró en su habitación, cerró la puerta y lloró todo el día.

En los huertos, los melocotones y las ciruelas estaban a punto de madurar. El empaquetado y envío de tan delicada mercancía a Moscú requería la máxima atención, como asimismo jaleo y bullicio. Teniendo en cuenta el intenso calor del verano, cada árbol tenía que ser regado; el procedimiento era muy costoso en aquella época, tanto por el tiempo empleado como por la energía que se debía gastar. 

Aparecieron los sempiternos gusanos, que los trabajadores, y hasta Igor Semionovich y Tania, mataban apretándolos con los dedos, a disgusto de Kovrin, a quien asqueaba ese acto repugnante. También había que tener en cuenta los cuidados prodigados a las frutas que madurarían en otoño, y de las que habría gran demanda desde las ciudades, como lo demostraba la gran correspondencia que recibían. 

En el momento en que todos estaban más atareados, cuando parecía que nadie disponía ni de un segundo libre, empezaron las labores en los campos, privando a los viveros de flores de la mitad de sus floricultores. Igor Semionovich, tostado por el sol, nervioso e irritado, galopaba de un lado para otro; ahora a los jardines, luego a los campos, mientras gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones que aquel trabajo le estaba haciendo pedazos y que terminaría pegándose un tiro en la sien para acabar de una vez por todas.

Por encima de todo estaba el ajuar de Tania, al que la familia Pesotski atribuía suma importancia. Toda la casa parecía un hormiguero: ruido de máquinas de coser y de tijeras, vapor de agua producido por las planchas de hierro, aparte de los caprichos de la nerviosa y escrupulosa modista. 

Y para colmo de males, cada día llegaban más visitas, y todas debían ser atendidas, alimentadas y alojadas. Sin embargo, el trabajo y las preocupaciones pasaban desapercibidos en medio de la inmensa alegría que inundaba toda la extensa mansión. 

Tania tenía la impresión de que el amor y la felicidad habían caído sobre ella como una de esas inesperadas lluvias de verano; aunque desde los catorce años estuvo segura de que Kovrin no se casaría más que con ella. Se hallaba en un estado de eterno asombro, duda y desconfiaba de sí misma. 

En un momento se hallaba tan contenta que pensaba que volaría al cielo y se sentaría sobre las nubes para rezarle a Dios; pero instantes después pensaba que pronto llegaría el otoño y debería abandonar la casa de su infancia y a su padre. 

Pero lo más curioso de todo es que tenía la idea fija de que era una mujer muy insignificante, trivial y sin importancia para casarse con alguien tan famoso como Kovrin, un gran hombre de la capital. Cuando estos pensamientos le venían a la mente, Tania subía corriendo a su habitación, cerraba la puerta y se echaba a llorar desesperadamente. 

Pero cuando estaban presentes los visitantes, decía que Kovrin era muy guapo, que todas las mujeres iban detrás de él y que por ello la envidian; y en ese instante su corazón se hallaba tan repleto de orgullo y de gozo que daba la impresión de haber conquistado el mundo entero. Cuando Kovrin le sonreía a alguna mujer, los celos la devoraban, se echaba a temblar, subía a su habitación, cerraba la puerta y volvía a echarse a llorar. 

Pero este estado de nervios se extendía a todo lo que hacía durante el día: ayudaba a su padre mecánicamente, sin fijarse en los papeles, los gusanos ni en si los trabajadores cumplían con sus faenas, sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo. Igor Semionovich se encontraba casi en el mismo estado de espíritu. Aún seguía trabajando de la mañana a la noche, yendo de los jardines a los campos y de estos a los jardines, e incluso su mal carácter había desaparecido; pero durante todo este tiempo parecía hallarse envuelto en un mágico sueño. 

Dentro de su robusto cuerpo parecían luchar dos hombres: uno, el verdadero Igor Semionovich, el cual, cuando oía decir a un jardinero que se había producido algún error en las plantaciones, se volvía loco por la excitación y se tiraba de los pelos; y el otro, el irreal Igor Semionovich, era un hombre que, en medio de una conversación, ponía su mano sobre el hombro del jardinero y balbuceaba emocionado:

–Puedes decir lo que te plazca, amigo mío, pero la sangre es más espesa que el agua. Su madre era una mujer deslumbrante, noble, buena, una verdadera santa. Era un placer contemplar su rostro bondadoso, puro, igual que el de un ángel. Pintaba maravillosamente, escribía poesías, hablaba cinco idiomas y cantaba... Pobrecita mía. Su alma reposa en el cielo. Murió tuberculosa.

El irreal Igor Semionovich hacía un gesto afirmativo con la cabeza al pronunciar estas palabras, y, después de unos momentos de silencio, proseguía:

–Cuando él era aún un muchacho, camino de ser un hombre hecho y derecho, daba gusto verlo por la casa con aquel rostro de ángel, de mirada bondadosa y expresión noble. Su mirada, sus movimientos, su forma de hablar, todo era tan gentil y gracioso como su madre. ¡Y cuán inteligente era! No es por nada que tiene el título de Magíster, no señor. Se lo ganó, no se lo regalaron. Pero espere un poco más, querido Iván Karlich, y ya verá lo que será dentro de diez años.

De pronto, al llegar a este extremo, el real Igor Semionovich se acordaba de sí mismo, se cogía la cabeza entre las manos y rugía como un toro:

–¡Malditos demonios! ¡Condenada escarcha! ¡Me han arruinado, me han destruido! ¡El jardín está arruinado; el jardín está destruido!

Kovrin seguía trabajando con su habitual tenacidad sin apenas darse cuenta del bullicio que reinaba en la casa. El amor sólo vertía aceite en las llamas. Después de cada encuentro con Tania, regresaba a sus aposentos rebosante de dicha y felicidad, y se sentaba a trabajar entre sus libros y manuscritos con la misma pasión con la que la había besado y jurado su amor. 

Lo que el Monje Negro le había dicho sobre la elección divina, la verdad eterna y el glorioso futuro de la Humanidad proporcionó a todo su trabajo un significado peculiar, fuera de lo corriente. Una o dos veces por semana se encontraba con el monje, tanto en el parque como en la casa, y hablaba con él durante horas y horas; pero esto no le asustaba; por el contrario, hallaba sumo placer en ello, ya que ahora estaba seguro de que el monje sólo efectuaba tales visitas a las personas elegidas y excepcionales que se habían dedicado a los ideales más puros.

Pasó el día de la Asunción. Luego vino el día de la boda, que fue celebrada con lo que Igor Semionovich llamaba *grand éclat*, es decir, con grandes fiestas y banquetes que duraron dos días. Tres mil rublos se gastaron en comidas y bebidas; pero debido a la vil música, los ruidosos brindis y discursos, el ajetreo de los criados, las aclamaciones a los novios y a aquella atmósfera densa y asfixiante, nadie pudo apreciar ni los costosísimos vinos ni los maravillosos *hors d'oeuvres* traídos especialmente de Moscú.

VII

Era una de aquellas largas noches de invierno. Kovrin se hallaba acostado en la cama, leyendo una novela francesa. La pobre Tania, a quien cada noche le dolía la cabeza debido a que no estaba acostumbrada a vivir en una ciudad, hacía ya tiempo que estaba durmiendo, y murmuraba frases incoherentes en sus sueños.

El reloj dio las tres campanadas de la madrugada. Kovrin apagó la luz y se dispuso a dormir, pero aunque permaneció con los ojos cerrados durante mucho tiempo, no logró conciliar el sueño, debido al calor de la habitación y a que Tania no cesaba de murmurar. A las cuatro y media, Kovrin volvió a encender la luz. El Monje Negro estaba sentado en una silla junto a su cama.

–¡Buenas noches! –le dijo el monje, y, después de unos segundos de silencio, preguntó–: ¿En qué pensaba en este instante?

–En la gloria –respondió Kovrin–. En una novela francesa que acabo de leer, el héroe es un hombre joven que no hace más que locuras, y muere víctima de su pasión por alcanzar la gloria. Para mí esto es inconcebible.

–Porque usted es demasiado inteligente. Considera indiferentemente la gloria como un juguete que no puede interesarle.

–Eso es cierto.

–No le interesa ser célebre. ¿De qué le sirve a un hombre que en su tumba se grabe que fue famoso y célebre, si al cabo de los años el tiempo borrará, tarde o temprano, aquella inscripción? Por suerte, para las pocas personas que son como usted, sus nombres serán olvidados con prontitud por el resto de los mortales.

–Desde luego –respondió Kovrin–. ¿Para qué recordar sus nombres? ¿Para qué acordarse de ellos? En fin, dejemos esto y hablemos de otra cosa. De la felicidad, por ejemplo. ¿Qué es la felicidad?

Cuando el reloj dio las cinco, Kovrin se hallaba sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en la alfombra, mirando hacia el monje y diciéndole:

–En tiempos remotos, los hombres se asustaban de su felicidad, por muy grande que esta fuese y, para aplacar a los dioses, depositaban delante de sus altares su querido anillo de boda. ¿Me ha comprendido? Pues bien, actualmente, yo, igual que Polícrates, estoy un poco asustado de mi propia felicidad. Desde la mañana a la noche sólo experimento dichas y alegrías; ambas cosas me absorben y ahogan cualquier otro sentimiento. Ignoro lo que es la aflicción, la desgracia, el tedio. Todo mi ser desborda felicidad por sus cuatro costados. Le hablo en serio; estoy empezando a dudar.

–¿Por qué? –preguntó asombrado el monje–. ¿Acaso piensa que la felicidad es un sentimiento supernatural? ¡No! ¿Cree que no es la condición normal de las cosas? ¡No! Cuanto más alto ha subido un hombre en su desarrollo mental y moral, más libre es; su mayor satisfacción emana de su propia vida. Sócrates, Diógenes, Marco Aurelio conocieron la dicha, pero no la aflicción. Y el apóstol dice: «Regocíjate todo lo que puedas». Regocíjese y sea feliz.

–Y los dioses se encolerizarán inmediatamente –dijo bromeando Kovrin–. Aunque también admito que me dolería mucho que ellos me robaran la felicidad, me obligaran a ser un desgraciado y a morirme de hambre.

En aquel momento se despertó Tania. Miró extrañada y aterrorizada a su marido. Vio que hablaba, que gesticulaba y reía dirigiéndose hacia la silla, sus ojos brillaban misteriosamente y su risa tenía un tono muy extraño.

–Pero Andrei, ¿con quién estás hablando? –dijo Tania, cogiendo la mano que Kovrin extendía en dirección al monje–. ¿Con quién estás hablando?

–¿Con quién? –respondió Kovrin–. ¡Pues con el monje! Está sentado ahí –añadió, señalando hacia el Monje Negro.

–No hay nadie ahí... nadie, Andrei; tengo la impresión de que estás enfermo.

Tania abrazó a su marido, apretándolo contra ella como si quisiera defenderlo de la aparición fantasmagórica, y le tapó los ojos con su mano.

–Sí, estás enfermo –dijo sollozando estremecida–. No te enfades por lo que voy a decirte, pero desde hace mucho tiempo estaba segura de que padecías de los nervios o de algo parecido. Estás enfermo... psíquicamente, Andrei.

El temor de su esposa se le contagió. Una vez más miró en dirección al butacón, ahora vacío, y sintió una gran flojedad en sus brazos y piernas. Empezó a vestirse, mientras le decía a su esposa:

–No es nada, querida Tania, nada... Pero admito que no estoy bien del todo. Ya es hora de que lo reconozca yo mismo.

–Ya me di cuenta hace mucho tiempo, y mi padre también –respondió ella, tratando de contener sus sollozos–. Hacía tiempo que había observado que hablabas contigo mismo y que te reías de una forma muy extraña. Además, no dormías, no podías dormir por las noches. ¡Oh, Dios mío, sálvanos! –gritó, presa de terror–. Pero no te preocupes, Andrei, no te asustes. Por el amor de Dios, no te asustes.

Tania también se vistió. Hasta que no se fijó en la expresión de su esposa, Kovrin no comprendió el peligro en que se hallaba. Se dio cuenta de lo que significaban el Monje Negro y sus conversaciones. Entonces se vio obligado a admitir con toda certeza que se había vuelto loco.

Ambos, sin saber cómo, se dirigieron al salón; primero él, detrás ella. Allí encontraron a Igor Semionovich envuelto en su batín. Se había despertado al oír los sollozos de su hija.

–No te asustes, Andrei –dijo Tania, temblando como si tuviera fiebre–. No te asustes. Padre, ya se le pasará esto..., ya se le pasará.

Kovrin estaba tan nervioso que apenas podía hablar. Para despistar, procuró tratar aquel asunto en broma. En efecto, dirigiéndose a su suegro, intentó decirle:

–Felicíteme, mi querido suegro, pues ya ve que me he vuelto loco.

Pero sus labios sólo se movieron, sin poder emitir sonido alguno, y sonrió amargamente.

A las nueve de la mañana, Igor y su hija lo envolvieron en un abrigo, le cubrieron con una capa de pieles y lo condujeron al médico. Este le puso en tratamiento.

VIII

De nuevo llegó el verano. Siguiendo las órdenes del doctor, Kovrin regresó al campo. Recuperó la salud y no volvió a ver al Monje Negro. En el campo recuperó su fuerza física. Vivía con su suegro, bebía mucha leche, trabajaba sólo dos horas al día y dejó de beber y fumar.

La tarde del 19 de junio, víspera de la fiesta más importante de la comarca, se celebró un servicio religioso en la casa. Cuando el sacerdote esparció el incienso, todo el vasto salón empezó a oler como una iglesia. Aquella atmósfera irritaba los pulmones de Kovrin, por lo que salió de la casa y se dirigió al jardín. Una vez allí, se puso a pasear arriba y abajo hasta que, cansado, se sentó en un banco. 

Al cabo de unos minutos, sintiéndose ya con fuerzas, se levantó y echó a caminar por el parque. Se dirigió a la orilla del riachuelo y estuvo contemplando el agua cristalina hasta que el piar melodioso de un ruiseñor le sacó de su abstracción. Se puso a caminar de nuevo y llegó al pinar donde viera por primera vez al Monje Negro, pero ni los pinos ni las flores le reconocieron. Y es que, realmente, con aquellos cabellos al rape, su caminar cansino, su alterado rostro, tan pálido y arrugado, y aquel cuerpo pesado, era imposible que alguien lo hiciera.

Cruzó el arroyuelo y atravesó los campos que en ese entonces estaban cubiertos de centeno y ahora habían sido plantados de avena. El sol acababa de ponerse, y en el amplio horizonte brillaba como un horno al rojo vivo su inmensa aureola de oro.

Cuando regresó a la casa, cansado y aburrido, Tania e Igor Semionovich se hallaban sentados en los escalones de la entrada principal, tomando una taza de té. Estaban conversando, pero cuando divisaron a Kovrin se callaron, por lo que este dedujo que habían estado hablando de él.

–Es la hora en que tomes tu leche –díjole Tania.

–No, aún no. Tómala tú, yo no tengo ganas.

Tania miró de reojo a su padre e insistió:

–Sabes perfectamente que la leche te hace bien.

–Sí, sobre todo si es en grandes cantidades –repuso Kovrin–. Te felicito, he ganado una libra de peso desde el último viernes. –Se apretó la cabeza entre las manos y continuó–: ¿Por qué, por qué me has curado? Bromuros, mezclas de hierbas sedativas, baños calientes, observándome constantemente: todo esto acabará por convertirme en un idiota. Has acabado por sacarme de mis casillas. Antes tenía delirios de grandeza, pero al menos era activo, trabajador, dinámico e incluso feliz... siempre estaba contento con mi felicidad. Pero ahora me he convertido en un ser racional, materializado, como el resto del mundo. ¡Me he convertido en una mediocridad y estoy aburrido y cansado de esta vida! ¡Oh, cuán cruelmente..., cuán cruelmente me has tratado! Admito que antes tenía alucinaciones, ¿pero qué daño le hacía a nadie el que las tuviera? Te lo repito, ¿qué daño hacía?

–¡Sólo Dios sabe lo que quieres dar a entender! –intervino Igor Semionovich–. No vale la pena oírte hablar.

–Pues no necesita hacerlo.

La presencia de Igor Semionovich, sobre todo, irritaba ahora a Kovrin. Siempre le contestaba seca y agriamente a su padre político, incluso con rudeza, y no podía contener la rabia que le producía el mero hecho de que le mirase. Igor Semionovich estaba confuso, se consideraba culpable, pero sin saber qué daño le había podido causar a su yerno. Le parecía mentira que hubieran cambiado de tal forma aquellas excelentes relaciones que los unían. 

Tania también se había dado cuenta de ello. Cada día era más claro para ella que las relaciones entre su padre y su esposo iban de mal en peor; que su padre se había hecho más viejo y que Kovrin cada vez era más intratable y nervioso. Ya no cantaba ni reía como antes, apenas comía nada y no podía dormir por las noches.

–¡Cuán felices eran Buda, Mahoma y Shakespeare al tener la dicha de que sus médicos no tratasen de curar sus éxtasis, alucinaciones e inspiraciones! –se decía a sí mismo Kovrin–. Si Mahoma hubiese tomado bromuro de potasio para sus nervios, trabajado dos horas al día y sólo hubiese bebido leche, estoy seguro de que no habría dejado tras de su muerte absolutamente nada. Los médicos hacen todo lo que está en sus manos para convertir en idiotas a todos los hombres, y a este paso llegará el momento en que la mediocridad será considerada genialidad, y la Humanidad perecerá. ¡Si ahora pudiese tener sólo una idea, cuán feliz me consideraría!

Sintió una tremenda irritación al pensar en todo esto y, para evitar decir más cosas duras e hirientes, se levantó y entró en la casa. Era una noche de fuerte ventolera, y el aroma a tabaco procedente de las plantaciones penetraba por las ventanas de su habitación. Encendió un puro y ordenó a un criado que le trajera vino: quería recordar «los viejos tiempos»... 

Pero ahora el tabaco era agrio y detestable, y el vino ya no tenía aquel aroma de antaño. ¡Cuántas repercusiones tiene el salirse de la práctica cotidiana, el dejar de hacer lo que se ha hecho durante años y años! Bastaron unas chupadas al puro y dos sorbos de vino para que se sintiera mareado, y se vio obligado a tomar el bromuro de potasio.

Antes de acostarse, Tania le dijo:

–Escúchame con un poco de paciencia, querido Andrei: mi padre te quiere mucho, pero tú no haces más que enfadarte con él por la mínima tontería, y esto lo está matando. Contempla su rostro; se está haciendo viejo, pero no cada día, sino en cada hora que pasa. Te lo imploro, Andrei, por el amor de Cristo, en nombre de tu difunto padre, en nombre de la paz de mi espíritu: sé bondadoso con él.

–No puedo, y tampoco lo deseo.

–¿Pero por qué? –repuso Tania, temblando–. Explícame por qué.

–Porque no me cae en gracia, eso es todo –respondió Kovrin con indiferencia, encogiéndose de hombros–. Prefiero no hablar más de esto: es tu padre.

–No puedo comprenderlo, no puedo comprenderlo –repitió Tania, mientras se llevaba las manos a la cabeza y fijaba su mirada en el vacío–. Algo terrible, espantoso, ha tenido que ocurrir en esta casa. Tú mismo, Andrei, has cambiado; ya no eres el mismo de antes. Te molestas por cosas insignificantes de las que en otro tiempo no hubieras hecho caso. No, no te enfades..., no te enfades –díjole cariñosamente Tania, mientras le acariciaba los cabellos, asustada por las palabras que acababa de pronunciar–. Eres inteligente, bueno y noble. Estoy segura de que serás justo con mi padre. ¡Él es tan bueno!

–No, no es bueno, sino que tiene buen humor –respondió Kovrin–. Estos tíos de vaudeville –del tipo de tu padre–, de rostros bien alimentados y sonrientes, tienen su carácter especial, y en otra época acostumbraba a divertirme con ellos, ya fuese en las novelas, en el teatro o en la misma calle. Son egoístas hasta el tuétano de sus huesos. Lo más desagradable de ellos es su saciedad y ese optimismo estomacal, puro bovino o porcino.

Tania se echó a llorar y recostó su cabeza en la almohada.

–¡Esto es una tortura! –Por el tono en que pronunció estas palabras se adivinaba que estaba desesperada y que le costaba trabajo hablar sin rodeos ni tapujos–. Desde el invierno pasado no he tenido un momento de tranquilidad. ¡Es terrible, Dios mío! No hago más que sufrir y padecer...

–¡Oh, sí, desde luego! Por lo visto yo soy Herodes y tú y tu papá, unos niños inocentes.

En aquel momento la cara de Kovrin le resultó repugnante y desagradable. La expresión de odio y furor era ajena a ella. Incluso observó que algo faltaba en su rostro: aunque a su esposo le habían cortado el cabello, no era aquello lo que le hacía parecer extraño. Tania sintió un deseo intenso de decir algo insultante, pero se contuvo y, dominada por el terror, abandonó el dormitorio.

IX

Kovrin consiguió una cátedra libre en la Universidad. El día de su primera lección como profesor fue fijado para el 2 de diciembre, y una nota a tal efecto fue colocada en el tablón de anuncios de los pasillos de la Universidad. Pero cuando llegó esta fecha, las autoridades académicas recibieron un telegrama en el que Kovrin les comunicaba que no podía cumplir con aquel compromiso debido a su enfermedad.

Empezó a escupir sangre de la garganta. Al principio fue eventual, de tarde en tarde, pero más adelante los escupitajos sanguinolentos se convirtieron en torrentes de sangre. Se sintió horriblemente débil y cayó en un estado de somnolencia. Pero esta enfermedad no le asustó, pues sabía que su difunta madre había vivido con ella durante diez años. Los médicos, también, aseguraron que no había ningún peligro, y le aconsejaron que no se preocupara, que llevara una vida normal y que hablara poco.

Al llegar el mes de enero, tampoco pudo ocupar la cátedra por el mismo motivo, y en febrero ya era muy tarde, pues el curso estaba avanzado. Por consiguiente, todo fue pospuesto para el año próximo.

Ya no vivía con Tania, sino con otra mujer, mucho más vieja que él y que lo cuidaba como si fuera su hijo. Tenía un carácter pacífico y obediente, y por ello, cuando Bárbara Nikolayevna hizo los trámites necesarios para llevarlo a Crimea, Kovrin consintió en ir, a pesar de que sabía que el cambio de clima y lugar le haría daño.

Llegaron a Sebastopol un atardecer y se quedaron allí para descansar, pensando marchar al día siguiente a Yalta. Ambos estaban agotados por el viaje. Bárbara tomó un poco de té y se fue a la cama. Pero Kovrin no se acostó. Una hora antes de tomar el tren había recibido una carta de Tania que no había leído, y pensar en ella le producía agitación. 

En el fondo de su corazón, él sabía que su matrimonio con Tania había sido un error. También aceptaba que había hecho bien en alejarse de ella, pero no podía dejar de admitir que el haberse ido a vivir con esta nueva mujer lo había convertido en un pelele entre sus manos, y se sintió vejado. 

Al contemplar la letra de Tania en el sobre, recordó lo injusto que había sido con ella y con su padre. Evocó aquella tarde en que, presa de un ataque de nervios, cogió todos los artículos de su suegro, los hizo añicos, los arrojó por la ventana y contempló cómo el viento los arrastraba depositándolos en las hojas de los árboles y las flores del jardín; en cada página había creído ver unas pretensiones desmedidas, una manía de vgfbcgrandeza y un carácter frívolo. 

Esto le había producido tal impresión que se apresuró en escribirle una carta en la que confesaba su culpa. En cuanto a Tania, debía admitir que había arruinado su vida. Recordó que en cierta ocasión había sido terriblemente cruel con ella, al decirle que su padre había desempeñado el papel de casamentero, y le había insinuado que se casara con ella. 

Y que cuando Igor Semionovich se enteró de esto, penetró en su habitación, enfurecido como un toro salvaje, y tan enloquecido que después de echarle en cara que había pisoteado su honor, ya no pudo murmurar una sola palabra, como si le hubieran cortado la lengua. Tania, viendo a su padre en aquel estado, se puso a gritar como una loca y cayó desvanecida al suelo. Sí, admitía que se había comportado como un ser monstruoso y repugnante.

Se dirigió al balcón, abrió la puerta y se sentó en la terraza. Desde el piso inferior de aquella posada llegaban gritos y algarabías; seguramente estaban festejando algo importante. Kovrin hizo un esfuerzo, abrió la carta de Tania y, tras regresar a la habitación, se dispuso a leerla.

> «Mi padre acaba de morir. Por esto estoy en deuda contigo, ya que has sido tú quien le ha matado. Nuestras plantaciones están arruinadas; están administradas por extraños; lo que mi padre siempre temió ha sucedido. Esto también te lo debo a ti, ya que eres el culpable de todo. ¡Te odio con toda mi alma, y deseo que pronto te mueras! ¡Sólo Dios sabe cuánto estoy sufriendo! ¡Sólo Él sabe el dolor que me destroza el corazón! ¡Te maldigo con todas las fuerzas de mi alma! Creí que eras un hombre excepcional, un genio; por ello te amé, pero me demostraste que sólo eras un loco...»

Kovrin no pudo seguir leyendo; rompió la carta y tiró al suelo los pedazos. Se hallaba dominado por el agotamiento y la desesperación. Al otro lado del biombo dormía Bárbara Nikolayevna; podía oír su respiración. Aquella carta le había aterrorizado. Tania le maldecía, le deseaba que se muriese. Miró hacia la puerta, como temiendo que por ella entrara aquel poder desconocido que durante dos años había arruinado su vida y las de quienes le habían rodeado.

Por experiencia sabía que, cuando los nervios se desataban, lo mejor era refugiarse en un trabajo. De modo que cogió su cartera de mano y sacó una compilación que había pensado acabar durante su estancia en Crimea si se aburría con la inactividad. Se acomodó frente a la mesa y se puso a trabajar en aquella compilación, creyendo que sus nervios se calmaban, poco a poco. 

Luego pensó que para conseguir aquella cátedra de filosofía había debido estudiar durante quince años, llegado a los cuarenta, trabajado día y noche, padecido una grave enfermedad, sobrevivido a un matrimonio frustrado; había sido culpable de mil injurias y crueldades que le torturaba recordar. 

Sí, tenía que admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente es.

Pero había muchas cosas que no podía olvidar. Los trozos de la carta de Tania, esparcidos por el suelo, avivaron más aún su tortura psíquica. Se agachó y los recogió; lanzó aquellos fragmentos por la ventana. Se sintió dominado por el terror, y tuvo la extraña sensación de que en aquella posada no había ningún ser viviente excepto él... Se dirigió al balcón. Desde allí se divisaba la bahía, con sus aguas tranquilas y las luces de los barcos. Hacía calor y bochorno, y por un instante pensó lo agradable que sería bañarse en aquellas aguas.

De repente, debajo de su balcón, oyó la música de un violín y el canto de dos mujeres. Eso le hizo recordar una escena lejana, allá en las plantaciones de Igor Semionovich. La letra de aquella canción se refería a una muchacha, enferma imaginativa, que oía por la noche en su jardín unos sones misteriosos, y hallaba en ellos una armonía y un tono de santidad incomprensibles para nosotros los mortales... Kovrin se cogió la cabeza entre las manos, su corazón dejó de latir, y el mágico y misterioso éxtasis, olvidado hacía ya mucho tiempo, volvió a temblar en su corazón.

Una columna alta y negra, como un ciclón o una tromba marina, apareció en la costa opuesta. Se deslizaba con increíble velocidad en dirección a la posada; luego se hizo más y más pequeña, y Kovrin se apartó para dejarle paso... El monje, aquel monje de cabellos grises, cejas negras y pies desnudos, con las manos cruzadas sobre su pecho, pasó junto a él y se detuvo en el centro de la habitación.

–¿Por qué no me creyó? –preguntó en un tono de reproche, mirándole a los ojos–. Si hubiese creído en mí cuando le dije que era un genio, estos dos últimos años no habrían pasado tan triste y estérilmente.

Kovrin volvió a creer que era un elegido de Dios y un genio; recordó todas las conversaciones que sostuvo con el Monje Negro, y quiso responderle. Pero la sangre fluyó de su garganta; no supo qué hacer y se llevó las manos al pecho, empapando de sangre los puños de su camisa. Quiso llamar a Bárbara Nikolayevna, que dormía tras el biombo, y haciendo un esfuerzo, gritó:

–¡Tania!

Cayó al suelo, y, levantando las manos, volvió a gritar:

–¡Tania!

Gritó llamando a Tania, al gran jardín con sus maravillosas flores, al parque, a los pinos con sus raíces al descubierto, al campo de centeno, a su ciencia, su juventud, su osadía y su felicidad; gritó llamando a la vida que había sido tan hermosa. Vio en el suelo, delante de sí, un gran charco de sangre, y era tanta su debilidad que no pudo articular ni una sola palabra. 

Pero, cosa extraña, una infinita e inexplicable alegría llenó todo su ser. Debajo del balcón seguía oyéndose la música de la serenata. El Monje Negro se acercó a él y le susurró al oído que era un genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y no podía servir más de cobertura de un genio.

Cuando Bárbara Nikolayevna se despertó y salió de atrás del biombo, Kovrin estaba muerto. Pero su rostro estaba helado en una impasible sonrisa de felicidad.

El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 3 y último)

Mientras él me miraba, yo tenía consciencia de una batalla interior, como si en algún punto de las profundidades de mi ser unos ángeles enemigos estuvieran en lucha. Cuando tomé, por fin, una decisión, comprendí yo misma que actuaba guiada menos por la razón que obedeciendo al impulso de cierta corriente secreta de pensamiento. Pero el cielo sabe que incluso entonces, mientras le desafiaba, aquel hombre me tenía cautiva.

—Doctor Maradick —dije, levantando francamente por primera vez los ojos al encuentro de los suyos—, yo creo que su esposa está tan sana como yo... o como usted.

Él tuvo un sobresalto.

—Entonces, ¿ella no le habló con franqueza?

—Puede estar equivocada, destemplada, presa de una tremenda aflicción... —lo dije sin el menor énfasis—, pero no es, y estaría dispuesta a jugarme mi futuro en ello, una paciente indicada para un asilo. Llevarla a Rosedale sería una tontería..., sería una crueldad.

—¿Una crueldad, dice? —Una expresión atormentada cruzó su rostro, y su voz tomó un acento extraordinariamente dulce—. ¿Verdad que no me cree capaz de ser cruel con ella?

—No, no le creo. —También a mí se me había dulcificado la voz.

—Dejaremos las cosas tal como están. Quizá el doctor Brandon pueda hacernos otras indicaciones. —Sacó el reloj de bolsillo y lo comparó con el de pared. Nerviosamente, observé yo, como si la acción fuese una pantalla que escondiera su desazón, o su perplejidad—. Ahora tengo que irme. Por la mañana hablaremos de nuevo.

Pero por la mañana no hablamos, y durante el mes que cuidé a Mrs. Maradick no volvieron a llamarme al estudio de su marido. Cuando le encontraba en el vestíbulo, o por las escaleras, cosa poco frecuente, se mostraba tan encantador como de costumbre; no obstante, a pesar de su cortesía, yo tenía la persistente sensación de que aquella noche me valoró suficientemente y decidió que ya no podía sacar partido alguno de mí.

A medida que pasaban los días, Mrs. Maradick parecía cobrar fuerzas. Después de aquella primera noche con ella, nunca más me habló de su hija, nunca más aludió, ni con una sola palabra, a la terrible acusación que había levantado contra su marido. Era como una mujer que se recobrara de una gran pena, excepto que se mostraba más dulce y amable. 

No es maravilla que todos los que se acercaban a ella la amasen; porque la rodeaba un encanto que era como el misterio de la luz, no de la oscuridad. Siempre he tenido la idea de que se parecía muchísimo a un ángel, todo lo que pueda parecérsele una mujer de este mundo. Y con todo, a pesar de su cualidad angélica, había ocasiones en que odiaba y temía, a la vez, a su marido. 

Aunque mientras yo estuve allí nunca entró en el cuarto de su mujer, ni escuché nunca su nombre de labios de ella hasta una hora antes del fin; la expresión de terror de la cara de la dama me advertía, siempre que las pisadas del doctor cruzaban el vestíbulo, de que el alma misma de la pobre mujer se estremecía al oírle acercarse.

En todo el mes no volví a ver a la niña, aunque una noche, al entrar repentinamente en el dormitorio de Mrs. Maradick, encontré un jardincito, de esos que los niños improvisan con chinitas y trocitos de madera, en el alféizar de la ventana. No le dije nada a Mrs. Maradick, y más tarde, cuando la criada bajó las cortinas, advertí que el jardín había desaparecido. 

Desde entonces me he preguntado con frecuencia si la niña era invisible para el resto de nosotros y solo su madre podía verla. Pero no había manera de averiguarlo, salvo preguntando, y Mrs. Maradick estaba tan bien y era tan buena que nunca tuve valor para interrogarla. 

Las cosas, por su parte, no podían marchar mejor de lo que marchaban, y yo me estaba diciendo que pronto podría salir a tomar el aire, cuando he ahí que el final se presentó repentinamente.

Era un suave día de enero, de esos que traen un sabor anticipado de primavera en mitad del invierno, y cuando bajé por la tarde, me paré un minuto junto a la ventana del final del pasillo para contemplar el laberinto de tiestos de flores del jardín. 

Había allí un antiguo surtidor con dos muchachos de mármol, riendo, en el centro del paseo engravillado, y el agua, que aquella mañana había dado para contentar a Mrs. Maradick, brillaba como plata bajo el chorro de los rayos del sol. 

Nunca en enero había encontrado una atmósfera tan tranquila y primaveral, y, contemplando el jardín, se me ocurrió que sería buena idea que Mrs. Maradick saliese a broncearse un rato bajo los rayos del sol. Me parecía raro que no le permitiesen respirar otro aire puro que el que le entraba por la ventana. 

Sin embargo, cuando entré en su habitación, hallé que ella no tenía ganas de salir. Estaba sentada, envuelta en chales, junto a la ventana abierta, que daba sobre el surtidor, y al oírme entrar levantó la vista de un librito que estaba leyendo. En el alféizar de la ventana había un tiesto de narcisos trompones. Las flores le gustaban mucho, y procurábamos que siempre tuviera algún tiesto en la habitación.

—¿Sabe qué estoy leyendo, Miss Randolph? —me preguntó con aquella voz suya, tan suave. Y me leyó una estrofa en voz alta, mientras yo me acercaba al estante para prepararle una dosis de medicina.

—«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra narcisos; porque el pan alimenta el cuerpo; pero los narcisos deleitan el alma». Esto es muy hermoso, ¿no se lo parece a usted?

—Sí —le contesté. Y luego le pregunté si no le gustaría bajar a dar un paseo por el jardín.

—A él no le gustaría —me respondió. Era la primera vez que mencionaba a su marido desde la noche que entré en aquella casa—. No quiere que salga.

Quise hacerle abandonar la idea, tomándola a broma; pero fue inútil, y al cabo de unos minutos renuncié a mi empeño y me puse a conversar de otras cosas. Ni siquiera entonces se me ocurrió la idea de que el miedo que Mrs. Maradick tenía a su marido fuese otra cosa que una fantasía. 

Por supuesto, veía perfectamente que no estaba loca; pero también sabía yo que a veces hay personas muy cuerdas afectadas de prejuicios inexplicables, y acepté su desafecto como un mero capricho, o una aversión. Entonces no lo entendía y —tanto da que lo confiese antes de llegar al final— hoy sigo sin entenderlo. Anoto las cosas que vi realmente, y repito que mi espíritu jamás se inclinó hacia el terreno de lo milagroso.

Las primeras horas de la tarde las pasamos en amable conversación; conversaba animadamente, cuando surgía algún tema que le interesase, y fue la última hora del día, esa hora grave y quieta en que los movimientos de la vida parecen cesar y vacilar durante unos cortos, preciosos minutos, la que nos trajo aquello que yo había temido en silencio desde mi primera noche en la casa. 

Recuerdo que me había levantado a cerrar la ventana y asomaba el cuerpo fuera para respirar unas bocanadas de aire agradable, cuando en el pasillo sonaron unas pisadas intencionadamente leves, y llegó a mis oídos la llamada habitual del doctor Brandon. 

Antes de que yo pudiera cruzar la habitación, la puerta se abrió y entraron el doctor y Miss Peterson. Yo sabía que la enfermera de día era una mujer estúpida; pero nunca me lo había parecido tanto, nunca la había visto tan acorazada y encajonada en su actitud profesional como en aquel momento.

—Me alegra verla tomando el aire. —Mientras el doctor Brandon se acercaba a la ventana, yo me preguntaba maliciosamente qué clase de contradicciones le habían convertido en un distinguido especialista en enfermedades nerviosas.

—¿Quién era el otro médico que ha traído usted esta mañana? —preguntó gravemente Mrs. Maradick. Y esto fue todo lo que jamás supe de la visita del segundo alienista.

—Una persona deseosa de curarla a usted. —El doctor se dejó caer en una silla, a su vera, y le dio una palmadita en la mano con los largos, pálidos dedos—. Estamos tan ansiosos por curarla que queremos enviarla al campo un par de semanas. Miss Peterson ha venido para ayudarla a prepararse, y yo tengo el coche abajo, esperando. No podría ofrecérsenos un día mejor para hacer un viaje, ¿verdad que no?

El momento había llegado por fin. Comprendí al instante lo que quería decir el médico, y se lo expliqué a Mrs. Maradick. Una oleada de color acudió a sus mejillas y las abandonó, y cuando me aparté de la ventana y le rodeé los hombros con el brazo, noté que su cuerpo se estremecía. 

Me di cuenta nuevamente, como me la había dado aquella noche en el estudio del doctor Maradick, de una corriente de pensamiento que penetraba en mi cerebro desde el aire de mi entorno. Aunque me costase mi carrera de enfermera y una reputación de demencia, comprendí que había de obedecer aquel aviso invisible.

—Van a llevarme a un asilo —dijo Mrs. Maradick.

El médico se escudó tras una negativa o unas evasivas tontas; pero antes de que hubiera terminado, yo me aparté de Mrs. Maradick y me enfrenté con él impulsivamente. En una enfermera, esto equivalía a una rebelión franca y clara, y sabía que el gesto arruinaba mi futuro profesional. A pesar de todo, no me importaba y no vacilé. Me impulsaba una fuerza más poderosa que yo.

—Doctor Brandon —dije—, le suplico, le imploro que espere hasta mañana. Hay cosas que debo contarle.

En la faz del médico apareció una expresión rara, y comprendí, incluso en medio de mi excitación, que estaba decidiendo mentalmente en qué grupo había de situarme, a qué clase de manifestaciones morbosas pertenecía yo.

—Muy bien, muy bien, lo escucharemos todo —contestó él en tono apaciguador. Pero vi que miraba a Miss Peterson, y esta fue al armario a buscar el abrigo de pieles y el sombrero de Mrs. Maradick.

De pronto esta, sin previo aviso, arrojó los chales lejos de sí y se puso en pie.

—Si me envían fuera —dijo—, no volveré nunca más. No viviré lo suficiente para poder regresar.

El gris del crepúsculo invadía el ambiente, y mientras permanecía plantada allí, en las sombras de la habitación, su faz brillaba, pálida y con tanto aspecto de flor como los narcisos del alféizar de la ventana.

—¡No puedo marcharme! —gritó con voz más aguda—. ¡No puedo alejarme de mi hija!

Vi su rostro claramente, oí su voz, y entonces... —¡el horror de la escena se me echa encima de nuevo!— vi que la puerta se abría lentamente y la niñita cruzaba la habitación corriendo en dirección a su madre. Vi que la niña levantaba los bracitos, y vi que la madre se inclinaba y la estrechaba contra su pecho. Tan estrechamente unidas estaban en aquel apasionado abrazo que sus formas parecían mezclarse en la penumbra que las envolvía.

—¿Y después de esto, pueden dudar? —Escupí las palabras con furia casi salvaje... y luego, al apartar la vista de la madre y la hija para fijarla en el doctor Brandon y en Miss Peterson, comprendí, desalentada... —¡oh, el sobresalto de aquel descubrimiento!— que estaban ciegos para la niña. 

Sus rostros impasibles revelaban la consternación de la ignorancia, no de la convicción. No habían visto nada, salvo los brazos vacíos de la madre y el rápido, estrambótico gesto con que se había inclinado para abrazar una presencia invisible. 

Solo mi visión, y desde entonces me he preguntado si el poder de la simpatía me permitía penetrar la telaraña de hechos materiales y ver la forma espiritual de la niña, solo mi visión no quedaba cegada por la arcilla a través de la cual miraba.

—¿Y después de esto, puede dudar? —El doctor Brandon me devolvía mis propias palabras. ¿Tenía él la culpa, pobre hombre, si la vida no le había concedido más que los ojos de la carne? ¿Era culpa suya si solo podía ver la mitad de las cosas que tenía delante?

En todo caso, ellos no veían, y como no veían, comprendí que sería inútil explicárselo. Antes de una hora, llevaban a Mrs. Maradick al asilo; y la pobre se marchó pacíficamente, aunque cuando llegó el momento de separarse de mí mostró un vestigio leve de sentimiento. Recuerdo que en el último instante, mientras estábamos paradas en la acera, se levantó el negro velo que llevaba por la niña y dijo:

—Quédese con ella todo el tiempo que pueda, Miss Randolph. Yo no regresaré ya.

Luego subió al coche y se la llevaron, mientras yo la seguía con la mirada, conteniendo los sollozos en la garganta. Con lo espantoso que me parecía el caso, no comprendía, por supuesto, todo el horror que encerraba; porque si lo hubiera comprendido, no me habría quedado allí, quieta, en la acera. 

La verdad es que no lo comprendí hasta varios meses después, cuando llegó la noticia de que había muerto en el asilo. Nunca supe de qué dolencia falleció, aunque recuerdo vagamente que se dijo algo de «fallo cardíaco»..., que es una expresión sobradamente indefinida. Por mi parte, estoy convencida de que murió de miedo a vivir.

Con gran sorpresa mía, el doctor Maradick me pidió que me quedase, después de haber llevado a su esposa a Rosedale, como enfermera oficinista suya, y cuando llegó la noticia de la muerte de Mrs. Maradick nadie habló de que yo hubiera de marcharme. 

En el día de hoy todavía no sé para qué me quería en aquella casa. Acaso pensara que si seguía viviendo bajo su techo tendría menos oportunidades de chismorrear; quizá todavía deseara poner a prueba el poder de su hechizo sobre mí. Tenía una vanidad increíble para un hombre tan realmente importante. 

Le he visto sonrojarse de placer cuando la gente se volvía para mirarle por la calle, y sé que no era incapaz de aprovecharse de la debilidad sentimental de sus pacientes. ¡Pero era guapísimo en verdad, el cielo lo sabe! Imagino que pocos hombres han sido objeto de tan estúpidos enamoramientos.

El verano siguiente, el doctor Maradick se fue un par de meses al extranjero. Mientras estuvo fuera yo pasé mis vacaciones en Virginia. Cuando regresó, tenía más trabajo que nunca —su fama no conocía límites— y mis días estaban tan llenos de citas y escapadas precipitadas hacia casos de urgencia que apenas me quedaba un minuto para recordar a la pobre Mrs. Maradick. 

Desde la tarde que la llevaron al asilo, la niña no había vuelto a frecuentar la casa; yo me estaba convenciendo ya, por fin, de que aquella figurita había sido una ilusión óptica, el efecto de un cambio de luces en la penumbra de las viejas habitaciones, y no la aparición que en otro tiempo creí contemplar. 

No se necesita mucho tiempo para que un espectro se borre de la memoria, especialmente si una persona lleva la vida activa y metódica que yo me vi obligada a llevar aquel invierno. Quizá..., ¿quién sabe...? —recuerdo que me decía a mí misma—, quizá los médicos tuvieran razón, después de todo, y la pobre señora no estuviera en sus cabales. 

Con esta visión del pasado, el juicio que me merecía el doctor Maradick iba cambiando insensiblemente. Creo que terminé por absolverle del todo. Pero entonces, cuando se levantaba limpio y espléndido en el veredicto que yo pronunciaba sobre él, la inversión vino tan precipitadamente que me quedo sin aliento, ahora, cuando trato de revivir aquellas circunstancias. 

La violencia del sesgo que tomaron de pronto los acontecimientos me dejó, imagino a menudo, con una desorientación perpetua de la imaginación.

Fue en mayo cuando nos enteramos de la defunción de Mrs. Maradick, y un año después, exactamente, en medio de una tarde perfumada en la que los jacintos florecían en grupos en torno del viejo surtidor, el ama de llaves entró en el despacho, donde yo me entretenía repasando unas cuentas, para traerme la noticia del próximo casamiento del doctor.

—No es sino lo que podíamos esperar —concluyó muy sensata—. La casa debe de parecerle vacía..., ¡es un hombre tan sociable! Pero yo no puedo dejar de imaginarme —añadió lentamente después de una pausa durante la cual me sentí recorrida por un escalofrío—, no puedo dejar de imaginarme que ha de ser duro para esa otra mujer el disponer del dinero que la pobre Mrs. Maradick heredó de su primer marido.

—¿Se trata, pues, de una cantidad de dinero muy grande? —pregunté con viva curiosidad.

—Muy grande. —Y movió la mano como si las palabras fueran una cosa demasiado inconsistente para expresarla—. ¡Millones y millones!

—Abandonarán esta casa, por supuesto.

—Esto ya está hecho, querida mía. El año que viene, por estas fechas, no quedará ni un ladrillo. La derribarán, y sobre el solar edificarán una casa de apartamentos.

Otro escalofrío me recorrió de nuevo. No podía soportar la idea de que el viejo hogar de Mrs. Maradick pudiera caerse a pedazos.

—No me ha dicho cómo se llama la novia —comenté—. ¿Es alguna que conoció estando en Europa?

—¡Oh, no, Dios mío! Es la misma con la cual estaba prometido antes de casarse con Mrs. Maradick; solo que, según dice la gente, le dejó porque no era bastante rico. Luego ella se casó con no sé qué lord o príncipe de ultramar; pero más tarde se divorciaron, y ahora ha vuelto a su primer amor. ¡Ahora ya es bastante rico, me figuro, hasta para una mujer como esa!

Todo aquello era perfectamente cierto, supongo; sonaba tan verosímil como un reportaje de un periódico; y, sin embargo, mientras el ama de llaves me lo explicaba, yo percibía, o creía percibir, una especie de silencio impalpable, siniestro, en el aire. 

Estaba nerviosa, sin duda; me había trastornado lo repentino con que el ama de llaves me había espetado la noticia; pero mientras permanecía sentada allí tenía, vivamente, la impresión de que la vieja casa estaba escuchando..., de que había una presencia real, auténtica, aunque invisible, en la habitación o en el jardín. 

Sin embargo, un instante después, cuando miré por la larga ventana que se abría sobre la terraza de ladrillo, solo vi la leve luz solar sobre el jardín desierto, con su laberinto de tiestos, su surtidor de mármol y sus trechos de jacintos trompones.

El ama de llaves se había marchado —creo que vino a llamarla una criada— y yo continuaba sentada detrás de la mesa cuando las palabras de Mrs. Maradick en aquella última noche emergieron en mi pensamiento. 

Los jacintos me trajeron el recuerdo de la mujer; porque mientras los miraba crecer tan tranquilos y áureos bajo la luz del sol, se me ocurrió pensar en el placer que le habría dado a ella el contemplarlos. Casi inconscientemente, me repetí la estrofa que la difunta señora me leyó:

«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra jacintos»... y fue en aquel instante, mientras tenía aún las palabras en los labios, cuando volví la vista hacia el laberinto de tiestos y vi a la niña saltando a la comba por el sendero engravillado que iba hasta el surtidor. 

Con toda claridad, con la claridad de la luz del día, la vi venir con ese andar que las niñas llaman paso de danza, entre los bajos bordes de las macetas hasta el lugar donde crecían los jacintos, junto al surtidor. Desde el lacio cabello castaño hasta el vestido escocés plisado y los piececitos que brincaban, calzados con calcetines blancos y zapatos negros, sobre la cuerda en movimiento, era para mí un ser tan real como el suelo que pisaba o los risueños muchachos de mármol apostados bajo el chapoteo del agua. 

Me levanté de la silla y di un paso hacia la terraza. Si podía alcanzarla..., si podía al menos hablar con ella..., comprendía que quizá, por fin, pudiera resolver el misterio. Pero con el primer revuelo de mi vestido en la terraza, la etérea forma se disolvió en la quieta penumbra del laberinto. 

Ni un soplo de aire agitó las flores, ni una sombra pasó sobre el disperso chorro del agua; y, no obstante, débil y estremecida en todos mis nervios, me senté en el peldaño de ladrillo de la terraza y estallé en llanto. Debía de comprender que ocurriría algo terrible antes de que derribasen la casa de Mrs. Maradick.

Aquella noche el doctor comió fuera. Estaba con la dama con quien iba a casarse, me dijo el ama de llaves, y sería casi medianoche cuando le oí llegar y subir a su cuarto. Yo estaba en el piso inferior porque no podía dormir, y aquella tarde había dejado en el despacho el libro que ahora quería terminar de leer. 

El libro —ya no recuerdo cuál era— me pareció muy interesante cuando lo empecé por la mañana; pero después de la visita de la niña, aquella novela romántica se me antojaba tan sosa como un tratado sobre cuidado de enfermos. Me resultaba imposible seguir las líneas, y estaba a punto de irme a la cama cuando el doctor Maradick abrió la puerta con el llavín y subió las escaleras.

Yo continuaba sentada allí cuando sonó el teléfono de mi mesa, de una manera que a mis nervios sobreexcitados les pareció singularmente brusca, y la voz de la inspectora me dijo apresuradamente que al doctor Maradick se le necesitaba con gran urgencia en el hospital. 

Estaba yo tan habituada a estas llamadas nocturnas de urgencia que me quedé muy tranquilizada después de haber llamado al doctor a su cuarto y haber escuchado el tono amable, cordial de su voz al responder. Todavía no se había desnudado —me dijo— y bajaría inmediatamente, mientras yo ordenaba que viniera de nuevo su coche, que debía de haber llegado apenas al garaje.

—¡Estaré ahí dentro de cinco minutos! —dijo con la misma animación que si le hubiera llamado para su boda.

Le oí cruzar su habitación, y antes de que pudiera llegar a la cima de las escaleras, abrí la puerta y salí al vestíbulo para encender la luz y esperarle con el sombrero y el abrigo preparados. El interruptor eléctrico estaba en el extremo del vestíbulo, y mientras me dirigía allá, guiada por el leve resplandor que bajaba del descansillo de arriba, levanté los ojos hacia las escaleras que ascendían en la penumbra, con la esbelta balaustrada de caoba, hasta el tercer piso. 

Y fue entonces, en el mismo momento que el doctor, tarareando alegremente, empezaba a descender a toda prisa las escaleras, cuando vi con toda claridad —y así lo juraré hasta en mi lecho de muerte— una cuerda de saltar a la comba, enrollada al descuido en el suelo, como si se hubiera caído de una manita distraída, en la curva de las escaleras. 

De un salto llegué al interruptor, inundando el vestíbulo de luz. Y en el preciso momento que encendía las luces, mientras tenía el brazo estirado todavía hacia atrás, oí que el canturreo se convertía en un grito de terror o sorpresa, y vi que la figura de las escaleras tropezaba y se desplomaba pesadamente mientras sus manos parecían buscar apoyo en el vacío. 

El grito de advertencia murió en mi garganta al mismo tiempo que veía al doctor Maradick rodando por el largo tramo de escaleras hasta llegar abajo, junto a mis pies. Antes de inclinarme sobre él, antes de limpiarle la sangre de la frente y tentar con la mano su silencioso corazón, ya sabía que estaba muerto.

Algo... —pudo ser, como cree la gente, un paso en falso en la oscuridad, o acaso fuese, como yo me siento inclinada a creer y atestiguar, un juicio invisible—, algo le había matado en el momento en que más ganas tenía de vivir.