INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta monje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta monje. Mostrar todas las entradas

Un cadáver de más - Ellis Peters

Antes del amanecer de aquel lunes de agosto, los oficiales del rey desplegaron pequeñas partidas cerrando todos los caminos de salida de Shrewsbury. Dentro de las murallas de la ciudad, otros grupos de hombres armados aguardaban dispuestos a recorrer metódicamente todas las calles y registrar todas las casas. Tenían órdenes de hacer algo más que requisar caballos y víveres, aunque eso se haría sobre la marcha, y muy exhaustivamente, por cierto.

—Todo indica que la moza tiene que estar escondida por aquí cerca —dijo Prestcote, presentando su informe al rey—. El caballo que encontramos pertenece a los establos de FitzAlan y el joven que perseguimos hasta el Severn tenía sin duda un compañero que todavía no hemos localizado. Estando sola, la muchacha no puede haber llegado muy lejos. Todos vuestros consejeros coinciden en que Vuestra Alteza no puede dejar pasar la ocasión de apresarla. Adeney regresaría sin duda para rescatarla, ya que es su única hija. Es posible que incluso pudiéramos forzar el regreso de FitzAlan, que no querrá enfrentar la ignominia de dejarla morir.

—¿Morir? —repitió el rey, erizándose con cólera siniestra—. ¿Acaso es probable que yo le quite la vida a la muchacha? ¿Quién ha hablado de su muerte?

—Vistas las cosas desde aquí —replicó secamente Prestcote—, parece absurdo, pero, para un padre que espera ansioso buenas noticias, todo es posible. Vos no le causaríais el menor daño a la joven, naturalmente. Tampoco sería necesario causar daño a su padre y ni siquiera a FitzAlan, si les echarais el guante a los dos. Pero Vuestra Alteza debe hacer todo lo posible por impedir que se pongan al servicio de la emperatriz. Ya no es cuestión de vengarse por lo de Shrewsbury sino de tomar una medida acertada para preservar vuestras fuerzas y debilitar las del enemigo.

—Eso es muy cierto —reconoció Esteban sin excesivo entusiasmo. Su cólera y su odio habían dejado sitio a su natural bondad, por no decir pereza—. Aunque no estoy muy seguro acerca de usar a la muchacha para esos fines.

Recordó que prácticamente le había ordenado al joven Berengario que localizara a su prometida a cambio del favor real. Y que el joven, a pesar de haberle presentado respetuosa y esporádicamente sus respetos, jamás había mostrado excesivo celo en la búsqueda. Tal vez, pensó el rey, porque supo leer mis pensamientos mejor que yo mismo.

—No sería necesario causarle daño, y Vuestra Alteza evitaría tener que enfrentarse con las fuerzas leales a su padre, y tal vez incluso a las de su señor. Si podéis arrebatarle todas esas fuerzas al enemigo, os ahorraréis muchas dificultades y muchos de vuestros hombres os deberán la vida. No podéis permitiros el lujo de dejar pasar esta oportunidad.

El consejo era muy sensato, y el rey lo sabía. Las armas están donde uno las encuentra, y Adeney podría impacientarse todo lo que quisiera en su dorado encierro, una vez lo hubieran capturado.

—¡Muy bien! —dijo Esteban—. Realizad una búsqueda exhaustiva.

Los preparativos fueron ciertamente muy minuciosos. Adam Courcelle descendió sobre la puerta principal de la abadía con una compañía de flamencos. Guillermo Ten Heyt estableció un puesto de guardia en San Gil para interrogar a todos los jinetes y registrar todos los carros que intentaran abandonar la ciudad; su lugarteniente colocó centinelas en todos los caminos y los posibles puntos de cruce del río. 

Courcelle tomó posesión, con gran cortesía no exenta de firmeza, de la caseta de vigilancia de la abadía y ordenó que cerraran las puertas a todos los que intentaran entrar o salir. Faltaban unos veinte minutos para prima y ya era de día. Apenas hubo ruido, pero el prior Roberto vio desde el dormitorio una insólita agitación en la caseta de vigilancia, a la cual daba la ventana de su celda, y bajó presuroso para ver qué ocurría.

Courcelle le hizo una reverencia que no engañó a nadie y pidió respetuosamente unos privilegios que ya estaba autorizado a tomarse, tal como todo el mundo sabía. Pese a ello, su amabilidad sirvió para aplacar en parte la indignación del prior.

—Mi señor, Su Alteza el rey Esteban, me ordena exigir libre entrada a todos los lugares de vuestra casa, un diezmo de vuestras provisiones para las necesidades de Su Alteza y todos los caballos que todavía no estén en poder de su ejército. También he recibido el encargo de registrar y hacer interrogatorios en todas partes, en busca de la doncella llamada Godith, hija del traidor Fulke Adeney, la cual se cree que permanece todavía oculta en Shrewsbury.

El prior Roberto arqueó una fina ceja plateada y deslizó la mirada por una larga nariz aristocrática.

—No esperaréis encontrar a semejante persona dentro del recinto de nuestra abadía, supongo. Os aseguro que no hay nadie de tales características en la hospedería, que es el único lugar donde se la podría encontrar sin desdoro.

—Será una mera formalidad, os lo garantizo —dijo Courcelle—, pero cumplo órdenes y no puedo tratar más favorablemente una casa que otra.

Unos hermanos legos y un par de muchachos de mirada soñolienta y asustada contemplaban la escena desde cierta distancia. El maestro de novicios acudió para acompañarlos de nuevo a sus cuartos, pero, una vez allí, se quedó a escuchar con ellos.

—El abad debe ser informado de inmediato —dijo el prior Roberto con admirable aplomo, dirigiéndose hacia los aposentos del abad Heriberto.

A su espalda, los flamencos cerraron las puertas y montaron guardia antes de dirigir su atención a los establos y los graneros.

Fray Cadfael, que durante dos noches seguidas se había perdido las primeras horas de sueño, permaneció durmiendo durante el revuelo inicial de la invasión y solo se despertó cuando la campana tocó llamando a prima, demasiado tarde para hacer otra cosa que no fuera vestirse a toda prisa y bajar a la iglesia con el resto de los hermanos. 

Únicamente cuando oyó los susurros que pasaban de uno a otro y vio las puertas cerradas, observó a los flamencos montando guardia y a los novicios con los ojos abiertos como platos. El rumor de cascos de caballos en los establos le indicó que, por una vez, los acontecimientos se le habían adelantado, arrebatándole la iniciativa de las manos. 

Entre los asustados y nerviosos novicios congregados en la iglesia no vio el menor rastro de Godith. Tan pronto como terminó el rezo de prima, Cadfael corrió a la cabaña del herbario. La puerta no tenía la aldaba corrida y estaba abierta; las hierbas secas, los morteros y las redomas se encontraban en perfecto orden, las mantas se habían retirado del banco que servía de cama, y un cestillo de lavanda recién cortada y uno o dos frascos de medicamentos aparecían inocentemente colocados junto a él. 

Godith no estaba en la cabaña ni en el huerto ni en los campos de guisantes a la orilla del arroyo, donde los tallos secos amontonados, tan pálidos como el lino, aguardaban ser trasladados a los graneros para mezclarse con el heno. 

Tampoco se veía la menor traza del gran fardo envuelto en sacos y ahora probablemente húmedo, que seguramente habría pasado la noche debajo del montón de tallos secos, ni tampoco de la pequeña embarcación cuidadosamente cubierta, que hubiera debido estar volcada encima de él. El bote, el tesoro de FitzAlan y Godith habían desaparecido como por ensalmo.

Godith despertó poco antes de prima, consciente de la enorme responsabilidad que ahora pesaba sobre ella, y salió sin excesivo temor para ver qué ocurría en la caseta de vigilancia. Aunque todo se hizo en silencio y con la mayor discreción, su mente se inquietó un poco ante el insólito sonido de aquellas voces, carentes de la decorosa serenidad propia de los monjes benedictinos. 

Estaba a punto de salir del huerto cerrado cuando vio a los flamencos desmontando y cerrando las puertas, y a Courcelle acercándose al prior. Se quedó helada al escuchar pronunciar su propio nombre con tanta frialdad. Si hicieran un registro exhaustivo, la encontrarían. Interrogada junto con los novicios, bajo todas aquellas miradas hostiles, no podría interpretar su papel. 

Y, si la encontraran a ella, tal vez ampliarían la búsqueda y localizarían también lo que tenía a su cargo. Además, tenía que proteger a fray Cadfael y a Toroldo. Éste había regresado fielmente al molino tras acompañarla a casa con el tesoro. La víspera, sintió deseos de quedarse con él, pero ahora se alegraba de que el Gaye le separara de aquella alarma matutina y de que el joven tuviera un tupido bosque a su espalda y unos rápidos sentidos que le permitirían captar en seguida las señales de alarma, induciéndole a escapar sin la menor dilación.

La víspera fue como un alegre y atrevido sueño de inenarrable dulzura, durante el cual contuvieron la respiración mientras Cadfael se alejaba del puente, seguido por su sombra, y soltaron la amarra de la pequeña embarcación, izaron las alforjas que chorreaban agua, las envolvieron en sacos secos para que se parecieran al fardo de Cadfael, tomaron con sus manos la cadena y la apartaron del embarcadero de piedra para que no se oyera el menor ruido. 

Después remaron corriente arriba hasta rodear los campos de guisantes. «Esconded también la barca», les dijo Cadfael, «porque la necesitaremos mañana por la noche si se nos presenta la ocasión». La aventura de la víspera fue un sueño, pero aquella mañana era el despertar, y en aquel momento ella necesitaba la barca.

No tenía la menor posibilidad de reunirse con fray Cadfael para recibir órdenes, tenía que sacar inmediatamente de allí lo que guardaba y no podía salir por las puertas. Nadie podía indicarle lo que tenía que hacer, y la responsabilidad era exclusivamente suya. Por suerte, no era probable que los flamencos saquearan los huertos antes de registrar los establos, los graneros y las despensas. Todavía le quedaba un poco de tiempo.

La muchacha regresó rápidamente a la cabaña. Dobló las mantas y las escondió debajo del banco detrás de una hilera de redomas y morteros, deshizo la cama convirtiéndola en un simple estante donde colocar frascos y dejó la puerta abierta de par en par para que penetrara la inocente luz del día. 

Después se dirigío hacia el montón de tallos secos, sacó la embarcación de su escondrijo junto con el fardo y, gracias a que la suave pendiente del campo estaba cubierta de tallos y a que la barca era muy ligera, consiguió empujarla sin dificultad hacia el arroyo. La dejó varada, regresó por el tesoro, lo arrastró hacia la orilla y lo izó a bordo.

Hasta la víspera, nunca había estado en una embarcación semejante, pero Toroldo le enseñó a utilizar el remo y la suave corriente del arroyo le facilitó la labor.

Ya sabía lo que tenía que hacer. No tendría ninguna posibilidad de escape en caso de que bajara corriente abajo hacia el Severn; habría hombres vigilando en el camino principal, el puente e incluso a lo largo de las orillas. Sin embargo, a escasa distancia de donde ella se encontraba, había, un poco a la derecha, un ancho canal que llegaba hasta el estanque del principal molino de la abadía, cuyo canal, tras pasar por el estanque de la abadía y los estanques de los peces, hacía girar la rueda y se vaciaba de nuevo en el estanque para regresar al riachuelo y acompañarlo hasta el río. 

Más allá del molino, se encontraban alineadas las tres casas para huéspedes con sus jardincitos que llegaban hasta la orilla, mientras que otras tres semejantes protegían el estanque de la vista desde el otro lado. La casa al lado del molino era la que ocupaba Aline Siward. Courcelle había dicho que buscaría a la fugitiva por todas partes, pero si en el recinto monacal había algún lugar que no recibiría de él más que una visita de cumplido, ése sería donde se alojaba Aline.

«¿Qué importa que pertenezcamos a bandos contrarios?», pensó Godith, remando torpe pero obstinadamente para rodear la curva y adentrarse en el ancho canal. «No es posible que me arroje a los lobos con esa cara tan angelical que tiene. Pero ¿de veras pertenecemos a bandos contrarios? ¿No estaremos las dos en ambos bandos? Mi padre se juega la vida y las tierras por la emperatriz, pero no creo que a ella le importe lo más mínimo lo que le suceda a él o a los suyos, siempre y cuando consiga salirse con la suya. Estoy segura de que su hermano era para Aline mucho más importante de lo que jamás pueda ser el rey Esteban, y yo me preocupo más por mi padre y por Toroldo que por la emperatriz Matilde. Ojalá el hijo del viejo rey no se hubiera ahogado durante el horrible naufragio de aquel barco, ya que, en tal caso, ahora no habría discusiones sobre derechos hereditarios y tanto Esteban como Matilde se hubieran quedado en sus respectivos castillos y nos hubieran dejado a todos en paz».

El molino se levantaba a la derecha, pero su rueda no giraba y el agua del canal fluía libremente hacia el estanque para regresar al arroyo junto con las lentas contracorrientes de la otra orilla. En aquel punto la orilla tenía una altura de unos tres palmos para ofrecer la mayor cantidad de terreno posible a los pequeños huertos. 

Sin embargo, si primero conseguía izar el fardo hasta la orilla, Godith estaba segura de que después podría arrastrar la barca a tierra. Se agarró a la raíz de un sauce llorón que sobresalía del agua y amarró a ella la embarcación antes de intentar levantar el tesoro hasta la herbosa orilla. El fardo era muy pesado para ella, pero la joven lo tomó al través y lo sujetó con los brazos. 

A duras penas consiguió alcanzar el nivel de la orilla sin inclinar demasiado la embarcación. El fardo permaneció estable y, mientras lo sujetaba con ambos brazos, la joven sintió que las lágrimas asomaban por primera vez a sus ojos y le bajaban por las mejillas.

«¿Por qué», se preguntó en un súbitamente acceso de rebeldía, «me tomo tantas molestias por esta basura, si lo único que me importa es mi padre y Toroldo? ¡Y también fray Cadfael! Lo decepcionaría si dejara caer este peso al fondo del estanque después de lo mucho que se ha esforzado. Debo seguir adelante. Toroldo está empeñado en cumplir la tarea que le encomendaron. Eso vale más que el oro. ¡Este fardo no es lo más importante!».

La muchacha se pasó una mano impaciente y mugrienta por las mejillas y los ojos, e intentó encaramarse a la orilla, lo cual no era nada fácil porque la embarcación tendía a desplazarse bajo sus pies a lo largo de la cuerda de amarre. 

Cuando, al final, consiguió subir a la orilla, soltando maldiciones en lugar de llorar, no pudo tirar de la barca hacia arriba y temió agujerearla con las raíces melladas. La tendría que dejar allí. Se tendió boca abajo, acortó el amarre e hizo un fuerte nudo. Después arrastró la detestada pesadilla hasta la casa y aporreó la puerta.

Abrió Constanza. Godith se percató de que apenas eran las ocho de la mañana. Aline tenía por costumbre asistir a misa de diez y tal vez aún no estaría levantada. Pero, al parecer, el revuelo que reinaba en la abadía había llegado hasta aquel apartado rincón porque Aline ya estaba levantada y vestida y salió inmediatamente a ver qué sucedía.

—¿Qué ocurre, Constanza? —al ver a Godith tan sucia, desgreñada y sin aliento, apoyada en un gran fardo que había dejado en el suelo, se acercó con inocente solicitud—. ¡Godric! ¿Qué te pasa? ¿Te ha enviado fray Cadfael? ¿Ocurre algo malo?

—¿Conocéis a este mozo, señora? —le preguntó Constanza, sorprendida.

—Le conozco, es el ayudante de fray Cadfael, hemos hablado algunas veces —Aline estudió a Godith de pies a cabeza, vio las huellas de las lágrimas y la agitación de su pecho, y apartó rápidamente a su doncella en cuanto distinguió los signos de la desesperación, aunque éstos no fueran muy patentes—. ¡Entra, por favor! Deja que te ayude a llevar tus cosas. ¡Cierra la puerta, Constanza!

Ya estaban a salvo en el interior de aquella casa de paredes de madera, a través de una de cuyas ventanas abiertas penetraba a raudales la luz del sol matutino.

Ambas jóvenes se miraron, Aline con un precioso vestido azul y el cabello dorado enmarcándole el rostro como una nube, y Godith con una arrugada chaqueta parda que le estaba demasiado grande y unos calzones que le sentaban muy mal, el corto cabello desgreñado y el rostro desencajado y sucio de tierra, hierbas y sudor.

—He venido para pediros refugio —dijo Godith con toda naturalidad—. Me buscan los soldados del rey. Valdré mucho para ellos, si me encuentran. No soy Godric sino Godith. Godith Adeney, la hija de Fulke Adeney.

Aline contempló conmovida el bello rostro ovalado y las raídas prendas que cubrían las delicadas extremidades. Después miró de nuevo el desafiante rostro y se le iluminaron los ojos.

—Será mejor que os ocultéis en mi dormitorio —dijo, dando un vistazo a la ventana abierta—. Allí nadie os molestará… y podremos hablar libremente. Sí, traed vuestras pertenencias, os ayudaré a llevarlas.

El tesoro de FitzAlan fue trasladado por manos femeninas a la estancia interior donde ni siquiera Courcelle, y tanto menos otro hombre, se atrevería a entrar. Aline cerró suavemente la puerta mientras Godith se sentaba en un escabel junto a la cama, sintiendo por primera vez que todas sus inquietudes empezaban a desvanecerse. Después, apoyó la cabeza en la pared y miró a Aline.

—¿Os dais cuenta, señora, de que se me considera enemiga del rey? No quisiera poneros en peligro. Tal vez os sintáis en la obligación de entregarme.

—Sois muy honrada —dijo Aline— y tened la certeza de que no me pondréis en peligro. Ni siquiera estoy muy segura de que el rey me lo agradeciera, aunque sí estoy segura de que Dios no. Además, sé que nunca podría tener la conciencia tranquila. Podéis descansar tranquilamente aquí. Constanza y yo nos encargaremos de que nadie se acerque a vos.

Fray Cadfael se mostró muy tranquilo durante el rezo de prima, la primera misa conventual y la abreviada reunión del capítulo. Pero en realidad se estaba devanando los sesos y se mordía los nudillos, pensando en la inexplicable necedad que le había llevado a quedarse dormido mientras las fuerzas hostiles se cerraban a su alrededor. 

Las puertas estaban cerradas y no había modo de salir de allí. No podía pasar, y estaba seguro de que Godith tampoco habría pasado por allí. No había visto soldados en la otra orilla del río, aunque no cabía duda de que estaría vigilada. En caso de que Godith hubiera tomado la embarcación, ¿adónde habría ido? Corriente arriba, no, porque el arroyo resultaba visible durante un buen trecho y, más adelante, el lecho era demasiado pedregoso e irregular para surcarlo con aquella barca. 

Estaba esperando de un momento a otro el grito que anunciara su captura, pero cada minuto que transcurría sin que se escuchara semejante grito era un bálsamo de alivio para él. La joven no era tonta y, al parecer, había escapado, pero cualquiera sabía adónde, cargada con el tesoro que intentaban conservar y enviar a su destino.

En el capítulo, el abad Heriberto pronunció unas breves y desilusionadas palabras para explicar la invasión de la abadía, aconsejando a los monjes que obedecieran las órdenes de los soldados del rey con dignidad y fortaleza y que procuraran cumplir con sus obligaciones cotidianas con toda la fidelidad posible. 

Ser privados de los bienes de este mundo no debería ser más que una agradable disciplina para aquellos que aspiraban a los bienes del más allá. Por lo que respectaba a su propia cosecha, fray Cadfael podía estar tranquilo dado que no era muy probable que el rey le exigiera el diezmo de sus hierbas y remedios, aunque tal vez agradeciera una o dos garrafas de vino. El abad los despidió, rogándoles encarecidamente que se dedicaran a sus respectivas tareas hasta la misa mayor de las diez.

Fray Cadfael regresó a los huertos y se entretuvo en pequeñas labores que le permitieran pensar en otra cosa. Godith tal vez había vadeado el arroyo en pleno día para esconderse en el bosque. Sin embargo, no era posible que se hubiera llevado el fardo del tesoro porque pesaba demasiado para ella. Seguramente se habría alejado con el tesoro y la embarcación para que no hubiera ninguna prueba de actividades irregulares.

Cadfael estaba seguro de que no había llegado hasta la confluencia del río, pues en tal caso la hubieran capturado antes. Cada momento que transcurría sin que se recibieran malas noticias era un nuevo rayo de esperanza. Dondequiera que estuviera, la joven necesitaría ayuda.

Además, no podía olvidar a Toroldo, oculto más allá de los campos de labor en aquel molino abandonado. ¿Se habría percatado a tiempo del significado de aquellas señales y habría conseguido esconderse en el bosque? Cadfael lo deseaba con toda su alma. Entretanto, no podía hacer otra cosa que esperar. 

En caso de que cesara la persecución antes de que finalizara el día y al anochecer él pudiera encontrar a los dos jóvenes, procuraría por todos los medios que emprendieran viaje hacia el oeste aquella misma noche. 

Tal vez las circunstancias fueran favorables dado que el recinto de la abadía ya habría sido registrado concienzudamente, los soldados estarían cansados y deseosos de olvidar su vigilancia, la comunidad se hallaría totalmente entregada a la tarea de comparar notas para establecer lo que los soldados les habían arrebatado y los monjes estarían rezando fervientes oraciones de acción de gracias por el término de aquella prueba.

Cadfael se encaminó hacia el patio para asistir a misa. Los carros del ejército estaban siendo cargados de sacos de cereales procedentes del granero, y los flamencos entraban y salían constantemente de los establos. 

Los apurados huéspedes, que se quedarían a mitad de viaje sin caballos, suplicaban en vano que no se llevaran sus monturas, pero todo era inútil salvo en los casos en que alguien pudiera demostrar que ya estaba al servicio del rey. Solo los pobres jamelgos corrieron mejor suerte. Los soldados también requisaron uno de los carros de la abadía con sus mulos correspondientes, y lo cargaron de trigo.

Cadfael observó que algo extraño ocurría en las puertas. Las grandes puertas destinadas a los carruajes estaban cerradas y vigiladas, pero alguien había tenido la serena osadía de llamar al portillo, pidiendo entrar. 

Puesto que podía tratarse de alguien de los suyos, un correo del puesto de guardia de San Gil o bien del campamento real, el portillo se abrió y, en el estrecho espacio, apareció la recatada figura de Aline Siward, con el devocionario en la mano y el cabello dorado modestamente cubierto por la toca y el velo blanco de luto.

—Tengo permiso —dijo la joven con dulzura— para entrar en la iglesia —al ver que los guardias no entendían el inglés, repitió amablemente la frase en francés.

Los soldados no querían franquearle la entrada y estaban dispuestos a cerrarle la puerta en las narices cuando uno de los oficiales observó la discusión y se acercó a toda prisa.

—Tengo permiso de mi señor Courcelle para asistir a misa —repitió pacientemente Aline—. Me llamo Aline Siward. Si lo dudáis, preguntádselo, y él mismo os lo dirá.

Al final, consiguió hacer valer su privilegio y, tras un rápido intercambio de palabras, se abrió el portillo de par en par y los soldados se apartaron para franquearle la entrada. La joven cruzó el gran patio como si allí no ocurriera nada y se encaminó hacia el claustro y la puerta sur de la iglesia. 

Pero aminoró la marcha al ver que fray Cadfael se abría paso entre los soldados y los viajeros que protestaban, para cruzarse en su camino junto al porche. Aline le saludó modestamente delante de todo el mundo, pero, en el momento en que ambos estaban más cerca, le susurró:

—Tranquilizaos, Godric está a salvo en mi casa.

—¡Gracias a Dios y también a vos! —contestó Cadfael, suspirando—. Cuando oscurezca, iré por ella —aunque Aline había utilizado el nombre masculino, el monje adivinó por su leve sonrisa que la referencia femenina no constituía ninguna sorpresa para ella—. ¿Y la embarcación? —preguntó en un susurro.

—Preparada al final de mi jardín.

La joven entró en la iglesia y Cadfael, con el corazón súbitamente aliviado, se fue decorosamente a ocupar su lugar en la procesión de monjes.

Sentado en la rama de un árbol en el lindero del bosque situado al este del castillo de Shrewsbury, comiéndose los restos de pan que llevaba y un par de manzanas verdes robadas de un árbol de la abadía, Toroldo miró hacia el oeste al otro lado del río y no solo vio la gran roca de las murallas y torres del castillo sino también, un poco más a la derecha, apenas visibles por encima de las copas de los árboles, las tiendas del campamento real. A juzgar por la cantidad de gente que había en el monasterio y la ciudad, en aquellos momentos el campamento debía de estar casi vacío.

El cuerpo de Toroldo había soportado muy bien aquel repentino ajetreo, para su gran satisfacción y también, ¿por qué no decirlo?, para su sorpresa. Su mente, en cambio, se resentía bastante. 

Aunque no había caminado mucho ni hecho demasiado ejercicio, aparte encaramarse al frondoso árbol, estaba muy complacido por la respuesta de sus dañados músculos y la cicatrización de la herida del muslo, que apenas le dolía, y la del hombro, que no estaba roto ni le impedía el uso del brazo. Su mente, por el contrario, estaba inquieta y preocupada por Godith, el hermanito súbitamente transformado en una criatura medio hermana y medio otra cosa. 

Confiaba en fray Cadfael, por supuesto, pero no podía cargar todo el peso de la responsabilidad sobre unos hombros enclaustrados, por muy anchos y fuertes que fueran. Aunque estaba furioso y angustiado, Toroldo siguió comiendo las manzanas robadas. Tendría que estar bien alimentado para resistir el esfuerzo.

Una compañía de vigilancia recorría metódicamente la orilla del Severn. Él no se atrevía a moverse hasta tanto no se retiraran hacia la abadía y el puente. Aún no sabía qué rodeo tendría que dar por las afueras de la ciudad para eludir el cerco real.

Le despertaron unos inequívocos sonidos desde el puente, lo bastante fuertes como para interrumpir su sueño. Muchos, muchísimos hombres a pie y a caballo, anunciaban su presencia y su paso por un arco de piedra sobre el agua. Los ecos combinados fueron transportados por la corriente, desde la madera del molino y los canales de agua que lo alimentaban, hasta sus inquietos oídos. 

El sobresalto le indujo a vestirse instintivamente, y antes de asomarse a mirar recogió todo lo que hubiera podido delatar su presencia. Vio cómo las compañías se desplegaban en abanico al final del puente y ya no quiso ver nada más porque comprendió que la situación era muy peligrosa. 

Eliminó todas las huellas de su estancia en el molino, arrojando al agua lo que no pudo llevar consigo. Cruzó los límites de las tierras de la abadía y se alejó de la compañía que avanzaba a lo largo de la orilla del río, hasta alcanzar el lindero del bosque que se extendía al otro lado del castillo.

No sabía para quién o para qué se había decretado aquella batida, pero sabía muy bien quién podía quedar atrapado en ella, por lo que su único propósito en aquel momento era reunirse con Godith dondequiera que estuviera, interponerse entre ella y el peligro. Y, a ser posible, llevársela desde allí a Normandía, donde estaría a salvo.

A lo largo de la orilla, los hombres se separaron para batir el terreno a través de los arbustos donde Godith le había encontrado. Ya habían registrado el molino abandonado en el que, gracias a Dios, no habían hallado ninguna huella. Ahora que ya casi los había perdido de vista, Toroldo bajó del árbol para adentrarse más profundamente en el bosque. 

Desde el puente hasta San Gil, el camino real que conducía a Londres estaba flanqueado por tiendas y casas a las que no debía acercarse. ¿Sería mejor seguir hacia el este y cruzar el camino más allá de San Gil, o bien esperar y regresar por donde había venido, una vez cesara el tumulto? Lo malo era que no sabía cuándo iba a ocurrir tal cosa y la angustia que sentía por Godith era casi insoportable. 

Seguramente tendría que seguir hasta más allá de San Gil antes de atreverse a cruzar el camino; aunque allí el arroyo ya no sería un obstáculo, cuando se acercara al lugar situado enfrente en los huertos de la abadía, correría un grave peligro. 

Podría esperar en el escondrijo más cercano que encontrara, pasar a los campos de guisantes a la primera ocasión que se le presentara y, desde allí, si todo estaba tranquilo, dirigirse al herbario, que no conocía, y a la cabaña donde Godith había dormido las últimas siete noches. 

Sí, mejor seguir adelante y dar un rodeo. Si retrocediera, tendría que atravesar el puente, donde habría soldados hasta el atardecer y probablemente durante toda la noche.

A pesar de su impaciencia, el joven tuvo que actuar con mucha precaución. El repentino asalto había asustado e indignado a la población, y Toroldo tenía que procurar que no le vieran puesto que era un joven desconocido en un lugar donde todos los vecinos eran como de la familia y cualquier forastero suscitaba actitudes desafiantes nacidas del temor. Varias veces tuvo que esconderse hasta que pasara el peligro.

Quienes vivían cerca del camino y habían sufrido los primeros sobresaltos se escondían donde podían. Quienes cuidaban diariamente del ganado o cultivaban las tierras lejos del camino oyeron el tumulto y se acercaron para averiguar qué ocurría. 

Atrapado entre esas dos mareas, Toroldo pasó un día terrible, pero, al final, consiguió superar el inflexible y brutal puesto de guardia de Guillermo Ten Heyt que, para entonces, ya había requisado una considerable cantidad de bienes y una docena de magníficos caballos. 

Allí terminaban las últimas casas de la ciudad y empezaban los campos y las aldeas. Más allá del puesto de guardia, el tráfico era muy escaso. Toroldo cruzó el camino y se ocultó una vez más entre los arbustos que crecían por encima del arroyo. Desde allí, analizó el terreno.

En ese lugar el arroyo tenía dos brazos porque el canal del molino recibía sus aguas a través de una esclusa construida algo más arriba. Las dos cintas plateadas brillaban ahora bajo un sol que estaba empezando a declinar hacia el oeste. Ya casi debía ser la hora de vísperas. ¿Habría terminado el rey Esteban de registrar la abadía y saquear todo Shrewsbury?

Aquella parte del valle era angosta y empinada, por lo que nadie había construido en ella ningún edificio, prefiriendo dejar la hierba para las ovejas. Toroldo se deslizó hacia la bifurcación, superó fácilmente de un salto el canal del molino y se acercó al arroyo, saltando de piedra en piedra. 

Después echó a andar orilla abajo, pasando de un escondrijo a otro, hasta que, hacia la hora de vísperas, llegó a los suaves prados que se extendían al otro lado de los campos de guisantes de fray Cadfael. Allí el terreno era demasiado abierto y el joven tuvo que apartarse del arroyo y buscar entre los matorrales un escondrijo desde donde examinar el panorama. 

Distinguió los tejados de los edificios de la abadía por encima de los muros del huerto, y el tejado y el alto campanario de la iglesia, pero no vio nada de lo que ocurría en el recinto del monasterio. Todo parecía muy tranquilo, los pálidos campos de la ladera ya despojados de sus cosechas, el montón de rastrojos donde Godith ocultó la barca y el tesoro diecinueve horas antes, el muro rojizo del huerto más allá del tejado inclinado del granero. 

Tendría que esperar a que anocheciera, o bien correr el riesgo de cruzar el arroyo hasta el montón de paja del otro lado a la primera oportunidad que se le presentara. Por allí pasaba de vez en cuando alguna persona dedicada a sus quehaceres, un pastor dirigiendo su rebaño a los pastizales, una mujer que volvía a casa tras recoger setas en el bosque, dos niños con unas ocas. 

Hubiera podido cruzarse con ellos y saludarles sin que nadie le hiciera el menor caso, pero no hubiera podido cruzar el vado y entrar en los huertos de la abadía sin despertar sospechas. Eso hubiera llamado la atención. Además, desde el otro lado de los huertos, aún se oían rumores insólitos, gritos, órdenes y chirridos de carros y arneses. 

Por si fuera poco, un hombre a caballo recorría los prados algo más abajo como si vigilara la única salida no amurallada de la abadía. Parecía tomarse su misión con bastante calma. Un solo hombre, pero era más que suficiente. Le hubiera bastado con gritar o silbar para que inmediatamente se acercara una docena de flamencos.

Toroldo se agachó entre los arbustos y le vio acercarse. El caballo era grande y musculoso, pero no muy bonito, con manchas entre crema y gris oscuro. El jinete era un joven de cabello negro y tez aceitunada, con el rostro enjuto y un porte extremadamente arrogante. 

Fue precisamente su gesto altanero y el curioso color de su caballo lo que llamó la atención de Toroldo. Era la misma montura que había visto al amanecer, encabezando la compañía de soldados junto a la orilla del río; y aquel hombre fue el que primero desmontó para registrar el molino abandonado donde Toroldo se ocultaba. 

Después aparecieron unos seis hombres a pie para colaborar en la tarea de búsqueda, pero él se alejó al trote y los dejó rezagados. Toroldo estaba seguro de su identidad y tenía sobradas razones para extremar la cautela. Temía que, a pesar de todas sus precauciones, los soldados hubieran descubierto algún detalle que despertara sus sospechas. 

Eran el mismo caballo y el mismo hombre. Ahora el jinete cabalgaba corriente arriba con aparente negligencia, pero Toroldo no se fiaba. Aquel hombre lo veía todo, a pesar de su mirada displicente y lánguida.

Sin embargo, en aquellos momentos se encontraba de espaldas y no había nadie en los campos. Si se alejara un poco más, Toroldo intentaría cruzar el arroyo. Aunque se equivocara en el cálculo y se mojara, no podría ahogarse en tan poca agua, y la noche sería muy templada. Tenía que intentarlo y llegar hasta la cabaña de Godith para asegurarse de que nada le había ocurrido.

El oficial del rey siguió adelante hasta el límite del terreno llano sin volver la cabeza ni una sola vez. Ninguna criatura se movió. Toroldo se levantó, atravesó de carrerilla la franja de prado, cruzó el arroyo tanteando instintivamente con los pies, y emergió a los pálidos campos del otro lado. 

Después se escondió en el montón de rastrojos como un topo oculto en la tierra. En medio de la agitación de aquel día, no le sorprendió que la barca y el fardo hubieran desaparecido, y tampoco tuvo tiempo de pararse a pensar si aquello era un buen o un mal presagio. 

Extendió los tallos secos a su alrededor como si fueran una rígida sábana de color marfil entretejida de sol y calor, y se tendió temblando sin dejar de atisbar, a través de los rastrojos, el sereno paso de su enemigo al otro lado del arroyo.

De pronto, el hombre se detuvo con su caballo y miró corriente abajo, como si un escozor en los pulgares le hubiera advertido de algún peligro. Permaneció inmóvil unos minutos y después inició el camino de vuelta con tanta suavidad como el de ida.

Toroldo contuvo la respiración y le vio acercarse. No se daba prisa sino que cabalgaba con ociosa inocencia como si no tuviera nada mejor que hacer, aparte del repetido paseo arriba y abajo para pasar el rato. Sin embargo, al llegar a la altura de los campos de guisantes, se detuvo y miró hacia el otro lado del arroyo, clavando los ojos en el montón de tallos secos. 

A Toroldo le pareció ver una leve sonrisa en su rostro moreno e incluso un pequeño movimiento de la mano semejante a un saludo. ¡Debían ser figuraciones suyas! El jinete reanudó su paseo corriente abajo, contemplando el canal del molino y su confluencia con el río. No volvió la mirada hacia atrás ni una sola vez.

Toroldo permaneció tendido bajo la ingrávida manta de paja, hundió su cabeza cansada entre los brazos, y las caderas en la suave tierra. Se quedó dormido de puro agotamiento. Cuando despertó, ya estaba oscureciendo y todo seguía tranquilo. 

El joven prestó atención un buen rato y después se movió a rastras y subió furtivamente por la pálida ladera hasta los huertos de la abadía, avanzando en solitario entre la miríada de soleadas fragancias de las hierbas de Cadfael. Localizó la cabaña con la puerta hospitalariamente abierta de par en par y atisbó casi con temor el tibio silencio y la luz del interior.

—¡Loado sea Dios! —exclamó fray Cadfael, levantándose del banco para saludarle—. Pensé que vendríais y cada media hora más o menos he estado saliendo a mirar. Finalmente, os tengo aquí. Sentaos y desahogad vuestro corazón, ¡hemos salido bastante bien librados!

En tono apremiante, Toroldo hizo la única pregunta que le importaba:

—¿Dónde está Godith?

El monje negro - Anton Chéjov (Parte 2 y última)

 VI

Cuando Igor Semionovich se enteró no sólo del noviazgo repentino de Tania, sino también de su próximo matrimonio, se puso a dar pasos agigantados por la estancia, tratando de coordinar sus ideas y dominar su agitación. Se retorcía las manos y las venas de su cuello parecían tan amoratadas como las violetas que cultivaba en sus viveros. 

Ordenó que engancharan los caballos en su carricoche y se ausentó de la casa. Tania, al ver cómo fustigaba los caballos y se cubría las orejas con su gorra de cuero, comprendió lo que le pasaba a su padre, se encerró en su habitación, cerró la puerta y lloró todo el día.

En los huertos, los melocotones y las ciruelas estaban a punto de madurar. El empaquetado y envío de tan delicada mercancía a Moscú requería la máxima atención, como asimismo jaleo y bullicio. Teniendo en cuenta el intenso calor del verano, cada árbol tenía que ser regado; el procedimiento era muy costoso en aquella época, tanto por el tiempo empleado como por la energía que se debía gastar. 

Aparecieron los sempiternos gusanos, que los trabajadores, y hasta Igor Semionovich y Tania, mataban apretándolos con los dedos, a disgusto de Kovrin, a quien asqueaba ese acto repugnante. También había que tener en cuenta los cuidados prodigados a las frutas que madurarían en otoño, y de las que habría gran demanda desde las ciudades, como lo demostraba la gran correspondencia que recibían. 

En el momento en que todos estaban más atareados, cuando parecía que nadie disponía ni de un segundo libre, empezaron las labores en los campos, privando a los viveros de flores de la mitad de sus floricultores. Igor Semionovich, tostado por el sol, nervioso e irritado, galopaba de un lado para otro; ahora a los jardines, luego a los campos, mientras gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones que aquel trabajo le estaba haciendo pedazos y que terminaría pegándose un tiro en la sien para acabar de una vez por todas.

Por encima de todo estaba el ajuar de Tania, al que la familia Pesotski atribuía suma importancia. Toda la casa parecía un hormiguero: ruido de máquinas de coser y de tijeras, vapor de agua producido por las planchas de hierro, aparte de los caprichos de la nerviosa y escrupulosa modista. 

Y para colmo de males, cada día llegaban más visitas, y todas debían ser atendidas, alimentadas y alojadas. Sin embargo, el trabajo y las preocupaciones pasaban desapercibidos en medio de la inmensa alegría que inundaba toda la extensa mansión. 

Tania tenía la impresión de que el amor y la felicidad habían caído sobre ella como una de esas inesperadas lluvias de verano; aunque desde los catorce años estuvo segura de que Kovrin no se casaría más que con ella. Se hallaba en un estado de eterno asombro, duda y desconfiaba de sí misma. 

En un momento se hallaba tan contenta que pensaba que volaría al cielo y se sentaría sobre las nubes para rezarle a Dios; pero instantes después pensaba que pronto llegaría el otoño y debería abandonar la casa de su infancia y a su padre. 

Pero lo más curioso de todo es que tenía la idea fija de que era una mujer muy insignificante, trivial y sin importancia para casarse con alguien tan famoso como Kovrin, un gran hombre de la capital. Cuando estos pensamientos le venían a la mente, Tania subía corriendo a su habitación, cerraba la puerta y se echaba a llorar desesperadamente. 

Pero cuando estaban presentes los visitantes, decía que Kovrin era muy guapo, que todas las mujeres iban detrás de él y que por ello la envidian; y en ese instante su corazón se hallaba tan repleto de orgullo y de gozo que daba la impresión de haber conquistado el mundo entero. Cuando Kovrin le sonreía a alguna mujer, los celos la devoraban, se echaba a temblar, subía a su habitación, cerraba la puerta y volvía a echarse a llorar. 

Pero este estado de nervios se extendía a todo lo que hacía durante el día: ayudaba a su padre mecánicamente, sin fijarse en los papeles, los gusanos ni en si los trabajadores cumplían con sus faenas, sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo. Igor Semionovich se encontraba casi en el mismo estado de espíritu. Aún seguía trabajando de la mañana a la noche, yendo de los jardines a los campos y de estos a los jardines, e incluso su mal carácter había desaparecido; pero durante todo este tiempo parecía hallarse envuelto en un mágico sueño. 

Dentro de su robusto cuerpo parecían luchar dos hombres: uno, el verdadero Igor Semionovich, el cual, cuando oía decir a un jardinero que se había producido algún error en las plantaciones, se volvía loco por la excitación y se tiraba de los pelos; y el otro, el irreal Igor Semionovich, era un hombre que, en medio de una conversación, ponía su mano sobre el hombro del jardinero y balbuceaba emocionado:

–Puedes decir lo que te plazca, amigo mío, pero la sangre es más espesa que el agua. Su madre era una mujer deslumbrante, noble, buena, una verdadera santa. Era un placer contemplar su rostro bondadoso, puro, igual que el de un ángel. Pintaba maravillosamente, escribía poesías, hablaba cinco idiomas y cantaba... Pobrecita mía. Su alma reposa en el cielo. Murió tuberculosa.

El irreal Igor Semionovich hacía un gesto afirmativo con la cabeza al pronunciar estas palabras, y, después de unos momentos de silencio, proseguía:

–Cuando él era aún un muchacho, camino de ser un hombre hecho y derecho, daba gusto verlo por la casa con aquel rostro de ángel, de mirada bondadosa y expresión noble. Su mirada, sus movimientos, su forma de hablar, todo era tan gentil y gracioso como su madre. ¡Y cuán inteligente era! No es por nada que tiene el título de Magíster, no señor. Se lo ganó, no se lo regalaron. Pero espere un poco más, querido Iván Karlich, y ya verá lo que será dentro de diez años.

De pronto, al llegar a este extremo, el real Igor Semionovich se acordaba de sí mismo, se cogía la cabeza entre las manos y rugía como un toro:

–¡Malditos demonios! ¡Condenada escarcha! ¡Me han arruinado, me han destruido! ¡El jardín está arruinado; el jardín está destruido!

Kovrin seguía trabajando con su habitual tenacidad sin apenas darse cuenta del bullicio que reinaba en la casa. El amor sólo vertía aceite en las llamas. Después de cada encuentro con Tania, regresaba a sus aposentos rebosante de dicha y felicidad, y se sentaba a trabajar entre sus libros y manuscritos con la misma pasión con la que la había besado y jurado su amor. 

Lo que el Monje Negro le había dicho sobre la elección divina, la verdad eterna y el glorioso futuro de la Humanidad proporcionó a todo su trabajo un significado peculiar, fuera de lo corriente. Una o dos veces por semana se encontraba con el monje, tanto en el parque como en la casa, y hablaba con él durante horas y horas; pero esto no le asustaba; por el contrario, hallaba sumo placer en ello, ya que ahora estaba seguro de que el monje sólo efectuaba tales visitas a las personas elegidas y excepcionales que se habían dedicado a los ideales más puros.

Pasó el día de la Asunción. Luego vino el día de la boda, que fue celebrada con lo que Igor Semionovich llamaba *grand éclat*, es decir, con grandes fiestas y banquetes que duraron dos días. Tres mil rublos se gastaron en comidas y bebidas; pero debido a la vil música, los ruidosos brindis y discursos, el ajetreo de los criados, las aclamaciones a los novios y a aquella atmósfera densa y asfixiante, nadie pudo apreciar ni los costosísimos vinos ni los maravillosos *hors d'oeuvres* traídos especialmente de Moscú.

VII

Era una de aquellas largas noches de invierno. Kovrin se hallaba acostado en la cama, leyendo una novela francesa. La pobre Tania, a quien cada noche le dolía la cabeza debido a que no estaba acostumbrada a vivir en una ciudad, hacía ya tiempo que estaba durmiendo, y murmuraba frases incoherentes en sus sueños.

El reloj dio las tres campanadas de la madrugada. Kovrin apagó la luz y se dispuso a dormir, pero aunque permaneció con los ojos cerrados durante mucho tiempo, no logró conciliar el sueño, debido al calor de la habitación y a que Tania no cesaba de murmurar. A las cuatro y media, Kovrin volvió a encender la luz. El Monje Negro estaba sentado en una silla junto a su cama.

–¡Buenas noches! –le dijo el monje, y, después de unos segundos de silencio, preguntó–: ¿En qué pensaba en este instante?

–En la gloria –respondió Kovrin–. En una novela francesa que acabo de leer, el héroe es un hombre joven que no hace más que locuras, y muere víctima de su pasión por alcanzar la gloria. Para mí esto es inconcebible.

–Porque usted es demasiado inteligente. Considera indiferentemente la gloria como un juguete que no puede interesarle.

–Eso es cierto.

–No le interesa ser célebre. ¿De qué le sirve a un hombre que en su tumba se grabe que fue famoso y célebre, si al cabo de los años el tiempo borrará, tarde o temprano, aquella inscripción? Por suerte, para las pocas personas que son como usted, sus nombres serán olvidados con prontitud por el resto de los mortales.

–Desde luego –respondió Kovrin–. ¿Para qué recordar sus nombres? ¿Para qué acordarse de ellos? En fin, dejemos esto y hablemos de otra cosa. De la felicidad, por ejemplo. ¿Qué es la felicidad?

Cuando el reloj dio las cinco, Kovrin se hallaba sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en la alfombra, mirando hacia el monje y diciéndole:

–En tiempos remotos, los hombres se asustaban de su felicidad, por muy grande que esta fuese y, para aplacar a los dioses, depositaban delante de sus altares su querido anillo de boda. ¿Me ha comprendido? Pues bien, actualmente, yo, igual que Polícrates, estoy un poco asustado de mi propia felicidad. Desde la mañana a la noche sólo experimento dichas y alegrías; ambas cosas me absorben y ahogan cualquier otro sentimiento. Ignoro lo que es la aflicción, la desgracia, el tedio. Todo mi ser desborda felicidad por sus cuatro costados. Le hablo en serio; estoy empezando a dudar.

–¿Por qué? –preguntó asombrado el monje–. ¿Acaso piensa que la felicidad es un sentimiento supernatural? ¡No! ¿Cree que no es la condición normal de las cosas? ¡No! Cuanto más alto ha subido un hombre en su desarrollo mental y moral, más libre es; su mayor satisfacción emana de su propia vida. Sócrates, Diógenes, Marco Aurelio conocieron la dicha, pero no la aflicción. Y el apóstol dice: «Regocíjate todo lo que puedas». Regocíjese y sea feliz.

–Y los dioses se encolerizarán inmediatamente –dijo bromeando Kovrin–. Aunque también admito que me dolería mucho que ellos me robaran la felicidad, me obligaran a ser un desgraciado y a morirme de hambre.

En aquel momento se despertó Tania. Miró extrañada y aterrorizada a su marido. Vio que hablaba, que gesticulaba y reía dirigiéndose hacia la silla, sus ojos brillaban misteriosamente y su risa tenía un tono muy extraño.

–Pero Andrei, ¿con quién estás hablando? –dijo Tania, cogiendo la mano que Kovrin extendía en dirección al monje–. ¿Con quién estás hablando?

–¿Con quién? –respondió Kovrin–. ¡Pues con el monje! Está sentado ahí –añadió, señalando hacia el Monje Negro.

–No hay nadie ahí... nadie, Andrei; tengo la impresión de que estás enfermo.

Tania abrazó a su marido, apretándolo contra ella como si quisiera defenderlo de la aparición fantasmagórica, y le tapó los ojos con su mano.

–Sí, estás enfermo –dijo sollozando estremecida–. No te enfades por lo que voy a decirte, pero desde hace mucho tiempo estaba segura de que padecías de los nervios o de algo parecido. Estás enfermo... psíquicamente, Andrei.

El temor de su esposa se le contagió. Una vez más miró en dirección al butacón, ahora vacío, y sintió una gran flojedad en sus brazos y piernas. Empezó a vestirse, mientras le decía a su esposa:

–No es nada, querida Tania, nada... Pero admito que no estoy bien del todo. Ya es hora de que lo reconozca yo mismo.

–Ya me di cuenta hace mucho tiempo, y mi padre también –respondió ella, tratando de contener sus sollozos–. Hacía tiempo que había observado que hablabas contigo mismo y que te reías de una forma muy extraña. Además, no dormías, no podías dormir por las noches. ¡Oh, Dios mío, sálvanos! –gritó, presa de terror–. Pero no te preocupes, Andrei, no te asustes. Por el amor de Dios, no te asustes.

Tania también se vistió. Hasta que no se fijó en la expresión de su esposa, Kovrin no comprendió el peligro en que se hallaba. Se dio cuenta de lo que significaban el Monje Negro y sus conversaciones. Entonces se vio obligado a admitir con toda certeza que se había vuelto loco.

Ambos, sin saber cómo, se dirigieron al salón; primero él, detrás ella. Allí encontraron a Igor Semionovich envuelto en su batín. Se había despertado al oír los sollozos de su hija.

–No te asustes, Andrei –dijo Tania, temblando como si tuviera fiebre–. No te asustes. Padre, ya se le pasará esto..., ya se le pasará.

Kovrin estaba tan nervioso que apenas podía hablar. Para despistar, procuró tratar aquel asunto en broma. En efecto, dirigiéndose a su suegro, intentó decirle:

–Felicíteme, mi querido suegro, pues ya ve que me he vuelto loco.

Pero sus labios sólo se movieron, sin poder emitir sonido alguno, y sonrió amargamente.

A las nueve de la mañana, Igor y su hija lo envolvieron en un abrigo, le cubrieron con una capa de pieles y lo condujeron al médico. Este le puso en tratamiento.

VIII

De nuevo llegó el verano. Siguiendo las órdenes del doctor, Kovrin regresó al campo. Recuperó la salud y no volvió a ver al Monje Negro. En el campo recuperó su fuerza física. Vivía con su suegro, bebía mucha leche, trabajaba sólo dos horas al día y dejó de beber y fumar.

La tarde del 19 de junio, víspera de la fiesta más importante de la comarca, se celebró un servicio religioso en la casa. Cuando el sacerdote esparció el incienso, todo el vasto salón empezó a oler como una iglesia. Aquella atmósfera irritaba los pulmones de Kovrin, por lo que salió de la casa y se dirigió al jardín. Una vez allí, se puso a pasear arriba y abajo hasta que, cansado, se sentó en un banco. 

Al cabo de unos minutos, sintiéndose ya con fuerzas, se levantó y echó a caminar por el parque. Se dirigió a la orilla del riachuelo y estuvo contemplando el agua cristalina hasta que el piar melodioso de un ruiseñor le sacó de su abstracción. Se puso a caminar de nuevo y llegó al pinar donde viera por primera vez al Monje Negro, pero ni los pinos ni las flores le reconocieron. Y es que, realmente, con aquellos cabellos al rape, su caminar cansino, su alterado rostro, tan pálido y arrugado, y aquel cuerpo pesado, era imposible que alguien lo hiciera.

Cruzó el arroyuelo y atravesó los campos que en ese entonces estaban cubiertos de centeno y ahora habían sido plantados de avena. El sol acababa de ponerse, y en el amplio horizonte brillaba como un horno al rojo vivo su inmensa aureola de oro.

Cuando regresó a la casa, cansado y aburrido, Tania e Igor Semionovich se hallaban sentados en los escalones de la entrada principal, tomando una taza de té. Estaban conversando, pero cuando divisaron a Kovrin se callaron, por lo que este dedujo que habían estado hablando de él.

–Es la hora en que tomes tu leche –díjole Tania.

–No, aún no. Tómala tú, yo no tengo ganas.

Tania miró de reojo a su padre e insistió:

–Sabes perfectamente que la leche te hace bien.

–Sí, sobre todo si es en grandes cantidades –repuso Kovrin–. Te felicito, he ganado una libra de peso desde el último viernes. –Se apretó la cabeza entre las manos y continuó–: ¿Por qué, por qué me has curado? Bromuros, mezclas de hierbas sedativas, baños calientes, observándome constantemente: todo esto acabará por convertirme en un idiota. Has acabado por sacarme de mis casillas. Antes tenía delirios de grandeza, pero al menos era activo, trabajador, dinámico e incluso feliz... siempre estaba contento con mi felicidad. Pero ahora me he convertido en un ser racional, materializado, como el resto del mundo. ¡Me he convertido en una mediocridad y estoy aburrido y cansado de esta vida! ¡Oh, cuán cruelmente..., cuán cruelmente me has tratado! Admito que antes tenía alucinaciones, ¿pero qué daño le hacía a nadie el que las tuviera? Te lo repito, ¿qué daño hacía?

–¡Sólo Dios sabe lo que quieres dar a entender! –intervino Igor Semionovich–. No vale la pena oírte hablar.

–Pues no necesita hacerlo.

La presencia de Igor Semionovich, sobre todo, irritaba ahora a Kovrin. Siempre le contestaba seca y agriamente a su padre político, incluso con rudeza, y no podía contener la rabia que le producía el mero hecho de que le mirase. Igor Semionovich estaba confuso, se consideraba culpable, pero sin saber qué daño le había podido causar a su yerno. Le parecía mentira que hubieran cambiado de tal forma aquellas excelentes relaciones que los unían. 

Tania también se había dado cuenta de ello. Cada día era más claro para ella que las relaciones entre su padre y su esposo iban de mal en peor; que su padre se había hecho más viejo y que Kovrin cada vez era más intratable y nervioso. Ya no cantaba ni reía como antes, apenas comía nada y no podía dormir por las noches.

–¡Cuán felices eran Buda, Mahoma y Shakespeare al tener la dicha de que sus médicos no tratasen de curar sus éxtasis, alucinaciones e inspiraciones! –se decía a sí mismo Kovrin–. Si Mahoma hubiese tomado bromuro de potasio para sus nervios, trabajado dos horas al día y sólo hubiese bebido leche, estoy seguro de que no habría dejado tras de su muerte absolutamente nada. Los médicos hacen todo lo que está en sus manos para convertir en idiotas a todos los hombres, y a este paso llegará el momento en que la mediocridad será considerada genialidad, y la Humanidad perecerá. ¡Si ahora pudiese tener sólo una idea, cuán feliz me consideraría!

Sintió una tremenda irritación al pensar en todo esto y, para evitar decir más cosas duras e hirientes, se levantó y entró en la casa. Era una noche de fuerte ventolera, y el aroma a tabaco procedente de las plantaciones penetraba por las ventanas de su habitación. Encendió un puro y ordenó a un criado que le trajera vino: quería recordar «los viejos tiempos»... 

Pero ahora el tabaco era agrio y detestable, y el vino ya no tenía aquel aroma de antaño. ¡Cuántas repercusiones tiene el salirse de la práctica cotidiana, el dejar de hacer lo que se ha hecho durante años y años! Bastaron unas chupadas al puro y dos sorbos de vino para que se sintiera mareado, y se vio obligado a tomar el bromuro de potasio.

Antes de acostarse, Tania le dijo:

–Escúchame con un poco de paciencia, querido Andrei: mi padre te quiere mucho, pero tú no haces más que enfadarte con él por la mínima tontería, y esto lo está matando. Contempla su rostro; se está haciendo viejo, pero no cada día, sino en cada hora que pasa. Te lo imploro, Andrei, por el amor de Cristo, en nombre de tu difunto padre, en nombre de la paz de mi espíritu: sé bondadoso con él.

–No puedo, y tampoco lo deseo.

–¿Pero por qué? –repuso Tania, temblando–. Explícame por qué.

–Porque no me cae en gracia, eso es todo –respondió Kovrin con indiferencia, encogiéndose de hombros–. Prefiero no hablar más de esto: es tu padre.

–No puedo comprenderlo, no puedo comprenderlo –repitió Tania, mientras se llevaba las manos a la cabeza y fijaba su mirada en el vacío–. Algo terrible, espantoso, ha tenido que ocurrir en esta casa. Tú mismo, Andrei, has cambiado; ya no eres el mismo de antes. Te molestas por cosas insignificantes de las que en otro tiempo no hubieras hecho caso. No, no te enfades..., no te enfades –díjole cariñosamente Tania, mientras le acariciaba los cabellos, asustada por las palabras que acababa de pronunciar–. Eres inteligente, bueno y noble. Estoy segura de que serás justo con mi padre. ¡Él es tan bueno!

–No, no es bueno, sino que tiene buen humor –respondió Kovrin–. Estos tíos de vaudeville –del tipo de tu padre–, de rostros bien alimentados y sonrientes, tienen su carácter especial, y en otra época acostumbraba a divertirme con ellos, ya fuese en las novelas, en el teatro o en la misma calle. Son egoístas hasta el tuétano de sus huesos. Lo más desagradable de ellos es su saciedad y ese optimismo estomacal, puro bovino o porcino.

Tania se echó a llorar y recostó su cabeza en la almohada.

–¡Esto es una tortura! –Por el tono en que pronunció estas palabras se adivinaba que estaba desesperada y que le costaba trabajo hablar sin rodeos ni tapujos–. Desde el invierno pasado no he tenido un momento de tranquilidad. ¡Es terrible, Dios mío! No hago más que sufrir y padecer...

–¡Oh, sí, desde luego! Por lo visto yo soy Herodes y tú y tu papá, unos niños inocentes.

En aquel momento la cara de Kovrin le resultó repugnante y desagradable. La expresión de odio y furor era ajena a ella. Incluso observó que algo faltaba en su rostro: aunque a su esposo le habían cortado el cabello, no era aquello lo que le hacía parecer extraño. Tania sintió un deseo intenso de decir algo insultante, pero se contuvo y, dominada por el terror, abandonó el dormitorio.

IX

Kovrin consiguió una cátedra libre en la Universidad. El día de su primera lección como profesor fue fijado para el 2 de diciembre, y una nota a tal efecto fue colocada en el tablón de anuncios de los pasillos de la Universidad. Pero cuando llegó esta fecha, las autoridades académicas recibieron un telegrama en el que Kovrin les comunicaba que no podía cumplir con aquel compromiso debido a su enfermedad.

Empezó a escupir sangre de la garganta. Al principio fue eventual, de tarde en tarde, pero más adelante los escupitajos sanguinolentos se convirtieron en torrentes de sangre. Se sintió horriblemente débil y cayó en un estado de somnolencia. Pero esta enfermedad no le asustó, pues sabía que su difunta madre había vivido con ella durante diez años. Los médicos, también, aseguraron que no había ningún peligro, y le aconsejaron que no se preocupara, que llevara una vida normal y que hablara poco.

Al llegar el mes de enero, tampoco pudo ocupar la cátedra por el mismo motivo, y en febrero ya era muy tarde, pues el curso estaba avanzado. Por consiguiente, todo fue pospuesto para el año próximo.

Ya no vivía con Tania, sino con otra mujer, mucho más vieja que él y que lo cuidaba como si fuera su hijo. Tenía un carácter pacífico y obediente, y por ello, cuando Bárbara Nikolayevna hizo los trámites necesarios para llevarlo a Crimea, Kovrin consintió en ir, a pesar de que sabía que el cambio de clima y lugar le haría daño.

Llegaron a Sebastopol un atardecer y se quedaron allí para descansar, pensando marchar al día siguiente a Yalta. Ambos estaban agotados por el viaje. Bárbara tomó un poco de té y se fue a la cama. Pero Kovrin no se acostó. Una hora antes de tomar el tren había recibido una carta de Tania que no había leído, y pensar en ella le producía agitación. 

En el fondo de su corazón, él sabía que su matrimonio con Tania había sido un error. También aceptaba que había hecho bien en alejarse de ella, pero no podía dejar de admitir que el haberse ido a vivir con esta nueva mujer lo había convertido en un pelele entre sus manos, y se sintió vejado. 

Al contemplar la letra de Tania en el sobre, recordó lo injusto que había sido con ella y con su padre. Evocó aquella tarde en que, presa de un ataque de nervios, cogió todos los artículos de su suegro, los hizo añicos, los arrojó por la ventana y contempló cómo el viento los arrastraba depositándolos en las hojas de los árboles y las flores del jardín; en cada página había creído ver unas pretensiones desmedidas, una manía de vgfbcgrandeza y un carácter frívolo. 

Esto le había producido tal impresión que se apresuró en escribirle una carta en la que confesaba su culpa. En cuanto a Tania, debía admitir que había arruinado su vida. Recordó que en cierta ocasión había sido terriblemente cruel con ella, al decirle que su padre había desempeñado el papel de casamentero, y le había insinuado que se casara con ella. 

Y que cuando Igor Semionovich se enteró de esto, penetró en su habitación, enfurecido como un toro salvaje, y tan enloquecido que después de echarle en cara que había pisoteado su honor, ya no pudo murmurar una sola palabra, como si le hubieran cortado la lengua. Tania, viendo a su padre en aquel estado, se puso a gritar como una loca y cayó desvanecida al suelo. Sí, admitía que se había comportado como un ser monstruoso y repugnante.

Se dirigió al balcón, abrió la puerta y se sentó en la terraza. Desde el piso inferior de aquella posada llegaban gritos y algarabías; seguramente estaban festejando algo importante. Kovrin hizo un esfuerzo, abrió la carta de Tania y, tras regresar a la habitación, se dispuso a leerla.

> «Mi padre acaba de morir. Por esto estoy en deuda contigo, ya que has sido tú quien le ha matado. Nuestras plantaciones están arruinadas; están administradas por extraños; lo que mi padre siempre temió ha sucedido. Esto también te lo debo a ti, ya que eres el culpable de todo. ¡Te odio con toda mi alma, y deseo que pronto te mueras! ¡Sólo Dios sabe cuánto estoy sufriendo! ¡Sólo Él sabe el dolor que me destroza el corazón! ¡Te maldigo con todas las fuerzas de mi alma! Creí que eras un hombre excepcional, un genio; por ello te amé, pero me demostraste que sólo eras un loco...»

Kovrin no pudo seguir leyendo; rompió la carta y tiró al suelo los pedazos. Se hallaba dominado por el agotamiento y la desesperación. Al otro lado del biombo dormía Bárbara Nikolayevna; podía oír su respiración. Aquella carta le había aterrorizado. Tania le maldecía, le deseaba que se muriese. Miró hacia la puerta, como temiendo que por ella entrara aquel poder desconocido que durante dos años había arruinado su vida y las de quienes le habían rodeado.

Por experiencia sabía que, cuando los nervios se desataban, lo mejor era refugiarse en un trabajo. De modo que cogió su cartera de mano y sacó una compilación que había pensado acabar durante su estancia en Crimea si se aburría con la inactividad. Se acomodó frente a la mesa y se puso a trabajar en aquella compilación, creyendo que sus nervios se calmaban, poco a poco. 

Luego pensó que para conseguir aquella cátedra de filosofía había debido estudiar durante quince años, llegado a los cuarenta, trabajado día y noche, padecido una grave enfermedad, sobrevivido a un matrimonio frustrado; había sido culpable de mil injurias y crueldades que le torturaba recordar. 

Sí, tenía que admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente es.

Pero había muchas cosas que no podía olvidar. Los trozos de la carta de Tania, esparcidos por el suelo, avivaron más aún su tortura psíquica. Se agachó y los recogió; lanzó aquellos fragmentos por la ventana. Se sintió dominado por el terror, y tuvo la extraña sensación de que en aquella posada no había ningún ser viviente excepto él... Se dirigió al balcón. Desde allí se divisaba la bahía, con sus aguas tranquilas y las luces de los barcos. Hacía calor y bochorno, y por un instante pensó lo agradable que sería bañarse en aquellas aguas.

De repente, debajo de su balcón, oyó la música de un violín y el canto de dos mujeres. Eso le hizo recordar una escena lejana, allá en las plantaciones de Igor Semionovich. La letra de aquella canción se refería a una muchacha, enferma imaginativa, que oía por la noche en su jardín unos sones misteriosos, y hallaba en ellos una armonía y un tono de santidad incomprensibles para nosotros los mortales... Kovrin se cogió la cabeza entre las manos, su corazón dejó de latir, y el mágico y misterioso éxtasis, olvidado hacía ya mucho tiempo, volvió a temblar en su corazón.

Una columna alta y negra, como un ciclón o una tromba marina, apareció en la costa opuesta. Se deslizaba con increíble velocidad en dirección a la posada; luego se hizo más y más pequeña, y Kovrin se apartó para dejarle paso... El monje, aquel monje de cabellos grises, cejas negras y pies desnudos, con las manos cruzadas sobre su pecho, pasó junto a él y se detuvo en el centro de la habitación.

–¿Por qué no me creyó? –preguntó en un tono de reproche, mirándole a los ojos–. Si hubiese creído en mí cuando le dije que era un genio, estos dos últimos años no habrían pasado tan triste y estérilmente.

Kovrin volvió a creer que era un elegido de Dios y un genio; recordó todas las conversaciones que sostuvo con el Monje Negro, y quiso responderle. Pero la sangre fluyó de su garganta; no supo qué hacer y se llevó las manos al pecho, empapando de sangre los puños de su camisa. Quiso llamar a Bárbara Nikolayevna, que dormía tras el biombo, y haciendo un esfuerzo, gritó:

–¡Tania!

Cayó al suelo, y, levantando las manos, volvió a gritar:

–¡Tania!

Gritó llamando a Tania, al gran jardín con sus maravillosas flores, al parque, a los pinos con sus raíces al descubierto, al campo de centeno, a su ciencia, su juventud, su osadía y su felicidad; gritó llamando a la vida que había sido tan hermosa. Vio en el suelo, delante de sí, un gran charco de sangre, y era tanta su debilidad que no pudo articular ni una sola palabra. 

Pero, cosa extraña, una infinita e inexplicable alegría llenó todo su ser. Debajo del balcón seguía oyéndose la música de la serenata. El Monje Negro se acercó a él y le susurró al oído que era un genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y no podía servir más de cobertura de un genio.

Cuando Bárbara Nikolayevna se despertó y salió de atrás del biombo, Kovrin estaba muerto. Pero su rostro estaba helado en una impasible sonrisa de felicidad.

El monje negro - Anton Chéjov (Parte 1)

1

Andrei Vasilievich Kovrin, Magíster, estaba agotado, tenía los nervios deshechos. No hacía nada por seguir el tratamiento médico. Algunas veces, mientras tomaba una copa con su amigo el doctor, este le aconsejaba pasar una temporada en el campo, mejor dicho, toda la primavera y el verano, pero Andrei nunca le hacía caso. Pocos días después, recibió una extensa carta de Tania Pesotski, que le invitaba a pasar unos días en la casa de su padre en Borisovka. Kovrin decidió ir.

Pero antes de hacerlo –era el mes de abril– se marchó a su tierra nativa, Kovrinka, y pasó allí tres semanas en absoluta soledad. Cuando llegó el buen tiempo, se dirigió a la casa de campo de su antiguo tutor y pariente, Pesotski, el famoso horticultor ruso. Desde Kovrinka a Borisovka había una distancia de unos setenta y cuatro kilómetros, y el viaje en la magnífica y cómoda calesa a lo largo de aquellos caminos, tan excelentes durante la primavera, prometía ser muy placentero.

La casa de Pesotski, en Borisovka, era muy grande, con una fachada repleta de columnas y adornada con esculturas de leones, a las que se les estaba cayendo el estuco. En la entrada principal había un sirviente de librea. El viejo parque, lúgubre y oscuro, era de estilo inglés, y se extendía desde la mansión hasta el río en una distancia de un kilómetro, donde terminaba en un talud arcilloso cubierto de pinos, cuyas raíces desnudas parecían garras peludas. 

Más abajo se deslizaba un arroyuelo solitario, y el murmullo de sus aguas rivalizaba con el trinar de los pájaros. En una palabra, todo invitaba al visitante a sentarse y escribir una balada. Pero los jardines y los huertos, que junto con los viveros ocupaban una extensión de unos ochenta acres, inspiraban sensaciones muy distintas. Incluso durante el mal tiempo eran esplendorosos y alegres. Aquellas hermosas rosas, los lirios, camelias, tulipanes y tantas plantas floridas de toda clase y colores nunca habían sido contempladas por los ojos de Kovrin. 

La primavera acababa de comenzar, y las variedades de flores exóticas aún estaban protegidas por campanas de cristal, pero a simple vista se veía que pronto brotarían por todas partes, formando un imperio de delicadas sombras. Pero lo más encantador de todo este esplendoroso cuadro era contemplar, en las primeras horas de la mañana, las gotas cristalinas de rocío sobre los pétalos y hojas de aquella exuberante vegetación.

Durante su infancia la parte decorativa del jardín, llamada despectivamente por Pesotski «el estercolero», había producido en Kovrin una impresión fabulosa. ¡Cuántos milagros de arte, cuántas estudiadas monstruosidades, cuántas burlas de la Naturaleza! Los espalderos de árboles frutales, ese peral que parecía un álamo de forma piramidal, aquellas encinas y tilos de abundante follaje, las bóvedas formadas por los manzanos, todo tenía el sello característico del dominio de la floricultura de que hacía gala su amigo Pesotski; incluso en los ciruelos estaba grabada la fecha 1862, para conmemorar el año en que su amigo se consagró al arte del cultivo de plantas y flores. 

Había también unas hileras de árboles erectos, simétricos, cuyos troncos se alzaban verticales como palmeras, pero que, vistos de cerca, resultaban ser árboles vulgares. Pero lo que más alegría y vida daba a los jardines y huertos era el constante quehacer de los jardineros de Pesotski. Desde el alba hasta la puesta del sol, aquellos hombres parecían infatigables y activas hormigas, trabajando entre los árboles, arbustos y planteles, unos regando, otros excavando la tierra, otros sembrando.

Kovrin llegó a Borisovka a las nueve. Encontró a Tania y a su padre muy alarmados. Aquella noche clara y estrellada predecía que habría una helada, y el jefe de los jardineros, Iván Karlich, se había ido al pueblo, por lo que no tenían a ningún responsable en quien confiar. Durante la cena sólo se habló de la inminente helada; y se decidió que Tania no se acostaría, sino que permanecería despierta hasta la una de la madrugada. Iría a inspeccionar los jardines para ver si todo estaba en orden, mientras que Igor Semionovich, por su parte, se levantaría a las tres de la madrugada o quizá aún más temprano.

Kovrin estuvo con Tania toda la noche, y al llegar las doce, la acompañó al jardín. El aire tenía un olor muy fuerte, como si estuviera ardiendo. En el huerto más grande, llamado «huerta comercial», ya que cada año producía millares de rublos de beneficios a Igor Semionovich, había una fina y negra capa de estiércol que cubría todas las hojas jóvenes, con el fin de salvar las plantas. 

Los árboles estaban alineados como jugadores de ajedrez en rectas hileras, como filas de soldados; y esta pedante regularidad, junto con el peso de la uniformidad, hacía parecer monótono y fastidioso al jardín. Kovrin y Tania se movían de un lado para otro, arriba y abajo, por los senderos y por todos los vericuetos del jardín, comprobando el buen estado del estiércol, las pajas y las coberturas de parihuelas. 

En raras ocasiones se encontraron con los trabajadores, que se movían como sombras entre aquella humareda. Sólo los cerezos, los ciruelos y algunos manzanos estaban floreciendo, pero el jardín entero se hallaba envuelto en aquella densa humareda producida por el estiércol fermentado, causa por la cual Kovrin sólo se halló en condiciones de poder respirar aire puro al llegar a los viveros.

–Me acuerdo de que, cuando era niño –dijo Kovrin–, siempre me hacía estornudar el humo, pero no comprendo cómo puede salvar a las plantas de la helada.

–El humo es un buen sustituto cuando no hay nubes –respondió Tania.

–¿Para qué quiere las nubes?

–Cuando el tiempo es nuboso y suave no se producen las heladas mañaneras.

–¿Es cierto eso?

Kovrin se echó a reír y cogió de la mano a Tania. Su rostro serio, frío; sus finas y negras cejas; el rígido cuello de su chaqueta, que le dificultaba girar la cabeza; su vestido bien arropado para defenderse del helado rocío; y toda su figura, esbelta y ligera le agradaban mucho.

–¡Santo cielo, cuánto ha crecido esta criatura! –dijo Kovrin–. La última vez que estuve aquí, hace unos cinco años, era usted aún una niña. Era delgada, de piernas largas y desaliñada, y yo siempre me estaba metiendo con usted. ¡Cuánto cambió en cinco años!

–Sí, cinco años –repitió Tania–. ¡Muchas cosas han pasado desde entonces! Dígame con sinceridad, Andrei –continuó ella, mirándole burlonamente–, ¿cree que durante todos estos cinco años se ha olvidado de nosotros? No sé cómo me he atrevido a hacerle esta pregunta. Además, después de todo, usted es un hombre libre de hacer lo que quiera, de llevar la vida que desee. Sí, tiene que ser de este modo; es natural. Pero, de todas formas, quiero que sepa una cosa: hayan cambiado o no sus relaciones con mi familia con el paso de los años, en esta casa se le considera como un miembro más. Tenemos derecho a ello.

–Estoy completamente convencido de que así me consideran, Tania –respondió Kovrin.

–¿Palabra de honor?

–Palabra de honor.

–Antes me di cuenta de que se sorprendió al ver tantas fotografías suyas en nuestro hogar –prosiguió Tania–. Sin embargo, bien sabe cuánto le adora mi padre, cuánto le estima. Usted es un erudito, no un hombre vulgar y corriente. Sí, se ha labrado una brillante carrera. Pues bien, mi padre cree que a él le debe usted su triunfo. ¡Deje que siga creyéndolo!

Empezaba a amanecer. Cambió la tonalidad del cielo, y el follaje y las nubes comenzaron a mostrarse cada vez más claros. Los ruiseñores empezaron a cantar y procedente de los campos llegó el grito de las codornices.

–Ya es hora de irnos a la cama –dijo Tania–. Además, también hace mucho frío.

Luego se acercó a Kovrin, le cogió la mano y dijo:

–Gracias, Andrei, por haber venido. En este lugar no estamos acostumbrados a los grandes sucesos. Aquí la vida transcurre apacible y monótonamente, sin ningún acontecimiento descollante. Siempre los jardines, sólo los jardines y nada más que jardines. Sí, una existencia muy monótona. Bosques, madera, camuesas, cardos lecheros, esquejes, podar, hacer injertos, trasplantar... Toda nuestra vida se limita a esto, ni siquiera soñamos con otra cosa que no sea manzanas y peras. Desde luego, todo esto es muy útil y muy bueno, pero algunas veces no puedo resistir la tentación de desear un cambio en mi vida. Recuerdo aquella época en que usted solía visitarnos, cuando venía a pasar aquí las vacaciones, cómo cambiaba toda la casa; parecía más fresca, más alegre, como si alguien hubiese quitado las telas que cubrían los muebles. Yo era entonces una niña, pero comprendía...

Tania siguió hablando durante cierto tiempo, expresando sus sentimientos y recuerdos. De repente a la mente de Kovrin vino la idea de que era muy posible que durante aquel verano se sentiría tan atraído hacia aquella criatura vivaraz y parlanchina, que podía llegar a enamorarse de ella. Dadas las circunstancias, nada más natural y posible. Aquel pensamiento le agradó y divirtió, y mientras dirigía su mirada hacia Tania, a su mente acudieron aquellos versos de Pushkin:


                        Oniegin, no ocultaré
                   que amo a Tatiana locamente


Cuando llegaron a la mansión, Igor Semionovich ya se había levantado. Kovrin no sentía ningún deseo de dormir; se puso a hablar con el anciano, y volvió con él al jardín. Igor Semionovich era alto, ancho de hombros y grueso. Padecía de dificultad respiratoria, y sin embargo, caminaba a un paso tan rápido, que era difícil seguirle de cerca. La expresión de su rostro era siempre la de un hombre preocupado, como si pensase que de retrasarse un minuto en hacer las cosas, todo el mundo se vendría abajo.

–Y ahora, hermano, le voy a revelar un misterio –dijo Igor, deteniéndose para recuperar el aliento–. En la superficie de la tierra, como puede ver, hay escarcha, está helada, pero eleve el termómetro unas yardas y verá que hay calor... ¿A qué se debe este misterio?

–Confieso que no lo sé –dijo Kovrin, riendo.

–¡No! Usted no puede saberlo todo. El cerebro más privilegiado de todo el mundo no puede comprender todo. ¿Todavía sigue estudiando filosofía?

–Sí –respondió Kovrin–; siempre estoy estudiando filosofía y psicología.

–¿Y no se aburre?

–Al contrario, no puedo vivir sin ello.

–Alabado sea Dios –respondió Semionovich, mientras se retorcía las puntas de su poblado bigote–. Alabado sea Dios; sí, todo eso le será útil en la vida... Me alegro mucho, hermano, muchísimo...

De repente se calló y se puso a escuchar. Sus facciones se endurecieron, echó a correr por el sendero y pronto desapareció entre los árboles, en medio de una nube de polvo y arena.

–¿Quién ha sido el que ha trabado este caballo al árbol? –gritó con voz desesperada–. ¿Quién de ustedes, ladrones y asesinos, se atrevió a atar este caballo al manzano? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Arruinado, destruido, estropeado! ¡El jardín está arruinado, el jardín está destruido! ¡Oh, Dios mío!

Cuando regresó junto a Kovrin, su rostro reflejaba una expresión de lástima e impotencia.

–¿Qué se puede hacer con esta clase de gente? –le preguntó a Kovrin con voz quejumbrosa, mientras se retorcía las manos–. Anoche Stepka trajo una carga de abono y dejó atado al pobre animal al árbol. Y lo ató con tanta fuerza que ha producido unos daños irreparables en la corteza del manzano. ¿Qué se puede hacer con hombres de esta calaña? Acabo de hablarle y se ha limitado a bajar los ojos a tierra, igual que un estúpido. ¡Este miserable debería ser ahorcado!

Cuando al fin se calmó, abrazó a Kovrin y le besó en la mejilla.

–Bueno, ¡bendito sea Dios...! ¡Bendito sea Dios! –murmuró–. Me alegro de que haya llegado, hermano Kovrin. No tengo palabras para expresarle lo contento que estoy porque vino a vernos, gracias.

Luego, con la misma expresión ansiosa, y caminando con paso rápido, se puso a dar vueltas por todo el jardín, enseñando a Kovrin los naranjos, los viveros de temperatura constante, los cobertizos y dos colmenas a las que describió como el milagro del siglo.

A medida que caminaban, el sol empezó a despuntar, iluminando el jardín y calentando la tierra y el aire. Cuando Kovrin pensó que si aquel hermoso sol se mostraba ya a principios de la primavera, dedujo los numerosos días soleados y felices que le esperaban durante todo un largo verano. Y de repente experimentó la misma alegría y felicidad que sintiera durante su infancia en aquel jardín. 

Entonces se sintió dominado por una profunda emoción y abrazó al anciano, besándole con ternura. Ambos se dirigieron a la casa y tomaron té en antiguas tazas de porcelana de China, además de galletas y crema; y esto también le recordó a Kovrin sus días de infancia y juventud. Durante aquel pequeño ágape, las reminiscencias brotaron en la mente de ambos hombres, y un sentimiento de intensa felicidad inundó sus corazones.

Esperó a que Tania se despertase, y después de tomar café con ella, se fue a pasear al jardín. Luego se dirigió a su habitación y se puso a trabajar. Leyó con atención, tomando notas de todo lo que creía importante. Sólo levantaba la vista cuando creía sentir la necesidad de mirar a través de la ventana o contemplar las rosas, frescas aún por el rocío, colocadas en un florero sobre su mesa. Kovrin creyó sentir por un instante que todas las venas de su cuerpo temblaban de alegría.

II

Pero en el campo, Kovrin siguió con aquella nerviosa e intranquila vida que había llevado en la ciudad. Leía y escribía mucho, estudió lengua italiana, y cuando salía a dar un paseo, al rato ya pensaba en regresar y ponerse a trabajar. Dormía tan poco que todo el mundo en la casa estaba desconcertado; si alguna vez, por pura casualidad, descansaba media hora durante el día, por la noche no podía hacerlo. Sin embargo, al día siguiente de estas involuntarias vigilias, se sentía alegre y dinámico.

Hablaba mucho, bebía vino y fumaba caros puros. A menudo, casi todos los días, algunas muchachas de las casas de los alrededores venían a la mansión de Vasilievich, tocaban el piano con Tania y cantaban. Algunas veces también venía un vecino, un hombre joven, quien tocaba muy bien el violín. Kovrin oía con agrado su música y canciones, pero había llegado a un extremo en que todo aquello le abrumaba; tanto, que algunas veces sus ojos se cerraban involuntariamente, adormilándose.

Una tarde, después de la hora del té, se sentó en la terraza para dedicarse a la lectura. Mientras, en el salón, Tania, una amiga soprano, otra contralto y el ya citado violinista, ensayaban la conocida serenata de Braga. Kovrin atendió a la letra, y aunque esta era en ruso, no logró entender su significado. Al final dejó el libro, se puso a escuchar con atención y logró comprenderla. 

Una chica de imaginación febril oyó durante la noche unos sonidos misteriosos en su jardín; un sonido tan maravilloso y extraño que se vio forzada a admitir su armonía y «santidad», que para nosotros los mortales son incomprensibles; luego aquellos sones se elevaron al cielo, desapareciendo. Kovrin despertó. Se dirigió al salón y luego al vestíbulo, donde comenzó a pasearse.

Cuando cesó la música, cogió de la mano a Tania y la llevó a la terraza.

–Durante todo el día –le dijo Kovrin– he tenido metida en la cabeza una extraña leyenda. No sé si la he leído o se la he escuchado contar a alguien; no lo recuerdo. Se trata de una leyenda muy curiosa, aunque no muy coherente. Antes de contársela, quiero advertirle de que no está muy clara. Hace mil años, un monje, vestido de negro, erraba por unos parajes solitarios, no sé si en Siria o en Arabia. A unas millas de distancia de aquel lugar unos pescadores vieron a otro monje negro caminando lentamente sobre la superficie del agua de un lago. El segundo monje era un espejismo. 

-Tenga usted en cuenta que las leyendas prescinden de las leyes de la óptica, como es lógico, y escuche lo que viene a continuación. Del primer espejismo se produjo otro espejismo; del segundo espejismo se produjo un tercero, de forma que la imagen del Monje Negro se refleja eternamente desde un estrato de la atmósfera a otro. En cierta ocasión fue visto en África, luego en la India, en otra ocasión en España, luego en el extremo norte. Al fin, se eclipsó de la atmósfera de la Tierra, pero nunca se presentaron las condiciones necesarias como para que desapareciera del todo. 

-Quizá hoy sea visto en Marte o en la constelación de la Cruz del Sur. Ahora bien, la esencia de todo esto, su verdadero meollo, por emplear esta palabra vulgar, radica en una profecía que sostiene que exactamente mil años después de que el monje se retirara a aquellos parajes desiertos, el espejismo volverá a ser captado en la atmósfera de la Tierra y se mostrará a todos los hombres del mundo. Este plazo de mil años, según mis cálculos, está a punto de expirar. Según la leyenda, debemos ver al Monje Negro hoy o mañana.

–Es una historia muy extraña –dijo Tania, a quien no le había agradado.

–Pero lo más sorprendente de todo –dijo Kovrin riéndose– es que no recuerdo cómo esta leyenda se me ha metido en la cabeza. ¿La he leído? ¿Me la han contado? ¿Se trata simplemente de un sueño? No lo sé. Pero me interesa. Durante todo el día no he podido pensar en otra cosa; la tengo clavada en la mente.

Kovrin se despidió de Tania, quien regresó al salón, y salió de la casa para pasear por entre los planteles de flores del jardín, meditando sobre aquella extraña leyenda. El sol acababa de ponerse. Las flores recién regadas emanaban un fuerte y delicado aroma. En la mansión, la música había comenzado a sonar de nuevo, y a la distancia, el violín parecía producir el efecto de una voz humana. Mientras forzaba su memoria para recordar cómo había llegado a conocer aquella leyenda, Kovrin, ensimismado, paseaba por el parque, sin darse cuenta de que caminaba en dirección a la orilla del riachuelo.

Descendió por un sendero repleto de raíces al descubierto, espantando las agachadizas y poniendo en fuga a dos patos. En las ramas oscuras de los pinos se reflejaban los últimos rayos del sol. Kovrin pasó al otro lado del riachuelo. Ahora, delante de él, se extendía un hermoso y extenso campo cubierto de centeno. En todo lo que alcanzaba su vista no se veía un alma viviente; y le pareció que aquel sendero debía conducirle a una región enigmática e inexplorada donde aún quedaba el resplandor del sol.

«¡Qué lugar más tranquilo y bucólico! –pensó para sí–. Tengo la impresión de que en este instante todo el mundo me contempla desde arriba, esperando que yo descubra algo importante.»

Una ráfaga de aire dobló los tallos verdes de los centenos. De nuevo sopló el viento, pero esta vez con más fuerza, rivalizando con el suave murmullo de las hojas de los pinos. Kovrin se detuvo asombrado. En el horizonte, como un ciclón o una tromba de agua, algo negro, alto, se elevó del suelo. Sus formas eran indefinidas; pero, después de fijarse con atención en aquella cosa tan extraña, Kovrin se dio cuenta de que no estaba fija al suelo, sino que se movía a una velocidad increíble, en dirección a él. 

Y a medida que se acercaba, se hacía cada vez más y más pequeña. Involuntariamente, Kovrin se echó a un lado del sendero para dejarla pasar. Pasó ante él un monje vestido de negro, de cabellos grises y cejas negras, con las manos cruzadas sobre el pecho. Caminaba sobre el duro suelo con los pies descalzos. Una vez que se hubo alejado unos veinte metros, el monje volvió el rostro hacia Kovrin, le hizo una señal con la cabeza, y le sonrió con bondad. Su rostro delgado estaba pálido como la cera. Luego, a medida que se alejaba, empezó a aumentar de tamaño, cruzó el río caminando sin hundirse sobre su superficie, y atravesó sin ruido alguno el muro de piedra caliza, desapareciendo como el humo.

–Ahora comprendo –dijo Kovrin para sí– que la leyenda tenía su fundamento.

Regresó a la casa sin intentar siquiera explicarse este extraño fenómeno, pero vanagloriándose de haber visto no sólo sus ropas negras, sino su fino y pálido rostro, y la fija mirada de sus ojos.

En el parque y en los jardines de la mansión, los visitantes se paseaban tranquilamente; en el interior la música seguía sonando. De modo que sólo él había visto al Monje Negro. Sintió un inmenso deseo de contar a Tania y a Igor Semionovich lo que había visto con sus propios ojos, pero desistió al pensar que lo interpretarían como una alucinación. 

Se unió a aquella alegre compañía, rió, bebió y bailó una mazurca dominado por una inmensa alegría interna. Pero lo más curioso de todo fue que tanto Tania como los demás invitados creyeron ver en su rostro una expresión de éxtasis, lo que encontraron muy divertido.

III

Cuando terminó la cena y todos se hubieron marchado, subió a su habitación y se echó en el diván. Había decidido reflexionar sobre el monje, aclarar aquel extraño misterio; mas en aquel instante, Tania entró en su habitación, interrumpiendo sus proyectos.

–Aquí te traigo, Andrei –le dijo Tania–, los artículos de mi padre... Son muy interesantes. Mi padre escribe muy bien.

–¡Espléndida idea! –exclamó Igor Semionovich, que entró tras ella en la habitación de Kovrin–. Ahora bien, no le haga caso a esta bella muchacha. Aunque puede leerlos si desea dormirse: constituyen un espléndido soporífero.

–Pues según mi opinión –respondió Tania–, estos artículos son magníficos. Le agradeceré, querido Andrei, que los lea, y luego convenza a mi padre para que escriba con más frecuencia. Es capaz de escribir un tratado entero de jardinería.

Igor Semionovich se echó a reír, pero luego se disculpó amablemente, alabó las cualidades de su viejo amigo y dando la razón a su hija:

–Si desea leer esos artículos, querido Andrei –dijo Igor–, le aconsejo que comience con los documentos sobre Gauche y los artículos rusos, pues de otro modo no podrá entenderlos. Antes de precipitarse en valorar mis palabras, le aconsejo que las sopese detenidamente. Aunque no creo que le interesen. Bueno, ya es hora de irse a la cama, querida Tania, pues anoche dormiste muy poco.

Tania salió de la habitación. Igor Semionovich se sentó en un extremo del sofá y exclamó:

–Ah, hermano mío... Ve que escribo artículos, y exhibo en exposiciones e incluso a veces gano medallas... Pesotski, dicen ellos, tiene unas manzanas tan gordas como su cabeza; Pesotski ha hecho una gran fortuna con sus jardines y huertas... En una palabra: «Kochubei es rico y glorioso». Pero mucho me agradaría preguntarle cuál será el final de todo esto. No se trata de mis jardines y viveros; ya sé que son espléndidos, auténticos modelos entre todos los de la región. Aunque también debo confesar que me siento orgulloso de que sean en realidad una institución completa de gran importancia política, y otro paso hacia una nueva era en la agricultura rusa, como asimismo en su industria. Pero todo esto, ¿para qué? ¿Con qué fin? ¿Cuál es la meta final de una vida consagrada a mejorar la agricultura, las flores, las plantas, todo lo relacionado con la tierra?

–Esa pregunta tiene una respuesta muy fácil.

–No me refiero a ese sentido. Lo que quiero saber es qué ocurrirá con mis jardines el día en que muera. Tal como están las cosas, puedo asegurarle que todo se vendría abajo si algún día yo faltara. El secreto no radica en que los jardines son grandes y en que tengo muchos trabajadores bajo mis órdenes, sino en el hecho de que adoro el trabajo, ¿me comprende? Lo quiero quizá más que a mí mismo. ¡Míreme! Trabajo desde que sale el sol hasta que se pone. Todo lo hago con mis propias manos. Siembro, trasplanto, riego, hago injertos, todo está hecho por mí. Cuando alguien trata de ayudarme me siento celoso, y me vuelvo irritable hasta el extremo de parecerle rudo a muchas personas. 

-El verdadero secreto radica en el amor, en el ojo del amo que engorda al caballo, y en estar pendiente de todo y de todos. Por eso, cuando voy a visitar a un amigo y charlamos media hora ante un buen vaso de vino, mi imaginación está en los jardines, y temo que algo pueda sucederles durante mi ausencia. Suponga que me muero mañana, ¿quién se ocupará de todo esto?, ¿quién hará el trabajo? ¿Los jefes jardineros? ¿Los trabajadores? Puede usted creerme si le digo, mi querido amigo, que todas mis preocupaciones no se centran en estas personas, sino en la idea de que esto vaya a manos extrañas el día en que yo muera.

–Pero, mi querido amigo –respondió Kovrin–, está Tania; supongo que no desconfiará de ella. Ella ama y sabe llevar esta clase de trabajo.

–Sí, Tania ama y comprende este trabajo; sabe llevarlo mejor que un ingeniero agrónomo del Ministerio de Agricultura. Si después de mi muerte yo estuviera seguro de que todo iría a parar a sus manos, de que ella sola sería la dueña y directora de todo esto, no me importaría nada, moriría a gusto. Pero suponga por un momento –Dios no lo quiera– que se casa. He aquí lo que me atormenta y mortifica, lo que me hace pasar las noches sin pegar los ojos. Porque al casarse, lo lógico es que tenga hijos y que se preocupe más de ellos que de los jardines y viveros. Eso es lo malo. Pero hay algo que temo más aún: que se case con uno de esos individuos que van en busca de una buena dote, que no tienen escrúpulos y gastan el dinero a manos llenas, y que al cabo de un año se haya ido al diablo lo que tanto me ha costado ganar durante años de sacrificio y trabajo. En un negocio como este, una mujer es el azote de Dios.

Igor Semionovich permaneció callado durante unos instantes, moviendo la cabeza de arriba abajo repetidas veces. Luego continuó:

–Quizá me considere usted un egoísta, pero no quiero que Tania se case. Me da miedo. ¿Se ha fijado en esos jóvenes que acuden constantemente a esta casa a visitarla, bajo la excusa de organizar veladas musicales? Todos vienen a lo mismo: a pescar una buena dote. Sobre todo está ese joven del violín, que no le quita la vista de encima. Pero tampoco yo se la quito a él. Me consta que Tania nunca se casaría con él, pero no puedo remediarlo, desconfío mucho... En resumen, hermano, soy un hombre de carácter, y sé lo que debo hacer.

Igor Semionovich se levantó y paseó por la habitación. Se veía que tenía algo muy importante que decir, algo muy serio, pero, por lo visto, no encontraba las palabras exactas para expresarlo.

–Le quiero y le aprecio mucho –prosiguió Igor– y por ello creo que debo hablarle francamente y sin rodeos. En cualquier asunto de suma gravedad o importancia, siempre acostumbro decir lo que pienso, huyendo de toda mistificación. Por consiguiente, debo decirle que es usted el único hombre con el que no me importaría que Tania se casara. Es inteligente, tiene buen corazón, y me consta que no consentirá que todo esto que he labrado con mis propias manos se malogre estérilmente. Más aún, le quiero como si fuera mi propio hijo, y estoy orgulloso de usted. De modo que si usted y Tania... empezaran un romance amoroso que acabara en matrimonio, créame que merecería todas mis bendiciones. Sí, me consideraría el hombre más feliz del mundo. Se lo digo en la cara, sin rodeos, como corresponde a un hombre honrado.

Kovrin sonrió. Igor Semionovich abrió la puerta y se dispuso a abandonar la habitación, pero se detuvo en el umbral:

–Y si usted y Tania llegasen a tener un hijo, haría de él el mejor horticultor. Pero esto, de momento, es una mera hipótesis. Buenas noches.

Cuando Kovrin quedó solo, se instaló cómodamente en un sillón y se puso a leer los artículos de su huésped. El primero de ellos se titulaba "Cultivo intermedio", el segundo, "Unas cuantas palabras en respuesta a las observaciones del señor Z... sobre el tratamiento de las tierras de jardín", y el tercero, "Más sobre los injertos". Los demás artículos venían a ser lo mismo. Pero todos reflejaban desazón e irritabilidad. Incluso una simple hoja con el mero título pacífico "Los manzanos rusos" exhalaba irritabilidad. 

Igor Semionovich comenzaba este trabajo con las palabras «Audi alteram partem», y lo finalizaba con estas otras: «Sapienti sat»; pero entre las dos pacíficas frases latinas se desgranaba un torrente de palabras agrias, dirigidas contra «la aprendida ignorancia de nuestros modernos horticultores que observan a la madre Naturaleza desde sus sillones en la Academia de Ciencias Naturales», y contra el señor Gauche «cuya fama está basada en la admiración de los profanos en la materia de agricultura y dilettanti». También había un párrafo en el que Igor censuraba a aquella gente por castigar a un pobre muerto de hambre a causa de robar unas cuantas frutas en un huerto, destrozando sus espaldas a latigazos.

–Admito que estos artículos son muy buenos –dijo Kovrin para sí–, incluso excelentes, pero también veo que revelan a su autor como un hombre de temperamento duro y de lanza en ristre. Supongo que será igual en todas partes; en todas las carreras, los hombres de ideas geniales son siempre personas muy nerviosas, y víctimas de esta especie de exaltada sensibilidad. Supongo que tiene que ser así.

Pensó en Tania, tan orgullosa de los artículos de su padre, y luego en Igor Semionovich. Tania, pequeña, pálida, ligera, con sus clavículas visibles, con aquellos ojazos tan grandes que parecían estar siempre escudriñando algo. Igor Semionovich, con sus apresurados y pequeños pasos. Volvió a pensar en Tania, tan inclinada a hablar constantemente, tan amante de dialogar y discutir con todos, siempre acompañando la más insignificante frase con gestos y gesticulaciones. En cuanto a si era nerviosa, pues sí, estaba seguro de que lo era en grado sumo.

Kovrin se puso a leer otra vez, pero como no se enteraba de nada de lo que se exponía en aquellos artículos de Semionovich, los tiró al suelo. Aún perduraba en todo su ser la agradable emoción con que había bailado la mazurca y oído aquella música. Todo ello hizo acudir a su mente numerosos pensamientos. Meditó sobre lo que le había ocurrido en el campo de centeno. Si él había visto a solas aquel extraño y misterioso monje, debería estar enloquecido o enfermo, al punto de llegar a padecer alucinaciones. Aquel pensamiento le espantó, pero no por mucho tiempo.

Se sentó en el diván y apoyó la cabeza en sus manos, y se dispuso a gozar pensando en el extraño suceso del que había sido testigo durante la tarde. No podía comprenderlo, pero todo su ser se llenó de gozo. Se levantó y dio algunos pasos por su habitación, disponiéndose a iniciar su trabajo. Pero lo que leía en los libros ya no le satisfacía. Ahora sólo deseaba pensar en algo inmenso, vasto, infinito. Después, Kovrin se desnudó y se acostó, pensando que haría bien en descansar después de las emociones sentidas durante el día. Cuando al final oyó a Igor Semionovich dirigirse a trabajar al jardín, llamó a un criado y le ordenó que trajera una botella de vino. Bebió varios vasos; el vino le atontó y se quedó dormido. 


IV

Igor Semionovich y Tania discutían con frecuencia y se decían uno al otro duras palabras. Aquella mañana habían tenido un altercado, y Tania, después de haber estado llorando, se refugió en su habitación y se negó a bajar a desayunar y a almorzar. Pero Igor era testarudo. Al principio no hizo ningún caso de la conducta de su hija y se marchó con aire digno y solemne, como queriendo dar a entender a todo el mundo que era un hombre de ideas fijas, y que para él la justicia y el orden eran lo primero en la vida, lo más importante de todo. Pero Igor era incapaz de mantener aquella actitud durante mucho tiempo, pues idolatraba a Tania.

No comió nada a la hora de cenar y, durante todo el día, su mente había estado torturada por aquel suceso. Al final no pudo aguantar más y, después de un profundo «¡Dios mío!» que le brotó de lo más hondo de su corazón, se dirigió a la habitación de Tania y golpeó con suavidad la puerta, mientras gritaba con toda dulzura, casi tímidamente:

–¡Tania! ¡Tania!

A través de la puerta llegó una voz llorosa, pero firme y decidida:

–¡Déjame en paz...!, te lo ruego.

Los incidentes sentimentales entre padre e hija repercutían no sólo entre los habitantes de la casa, sino incluso entre todos los trabajadores de las plantaciones. Kovrin, como era usual en él, permaneció enfrascado en su trabajo, pero al final no pudo soportar más la situación y decidió intervenir como mediador entre padre e hija, y dispersar aquella nube negra que se había interpuesto entre ambos seres, tan queridos para él. Sin dudarlo un instante más, se dirigió a la puerta de Tania, la golpeó y fue recibido.

–Vamos, vamos, querida Tania, esto no está bien –empezó a decir en broma, pero dulcemente, mientras contemplaba aquel rostro femenino cubierto de lágrimas–. No es para tanto. Después de todo, son discusiones que se presentan todos los días, en todas las casas. Vamos, querida Tania, hay que saber perdonar. ¿De acuerdo?

–Es que usted no sabe cuánto me tortura –y al decir esto, una lluvia de lágrimas brotó de sus hermosos y grandes ojazos–. Siempre me está atormentando –continuó, mientras se retorcía las manos–. Nunca he dicho nada que pudiera ofenderle. En este caso, sólo me limité a decir que era innecesario mantener tantos trabajadores, pues resultaba un gasto que se podía evitar con facilidad. Me limité simplemente a decir que lo que había que hacer era contratar trabajadores por horas. Usted sabe que esos hombres no han hecho nada durante toda la semana. Yo... lo único que le dije fue esto. Y entonces se puso a gritarme como un energúmeno, diciéndome un montón de cosas, todas ofensivas, profundamente insultantes. Y todo por nada.

–Bueno, no hay que preocuparse por eso –trató de calmarla Kovrin–. Ha estado gritando, chillando, llorando, pataleando: ya es suficiente, ¿no le parece? No puede seguir así todo el día, no sería justo. Sabe que su padre, más que quererla, la adora, la idolatra.

–Mi padre ha arruinado toda mi vida –dijo Tania entre sollozos–. Durante toda mi existencia sólo he oído insultos de sus labios, y sufrido afrenta tras afrenta. Mi padre me considera como algo superfluo en su propia casa. ¡Pues que se quede con su casa! Mañana me marcho de ella. Él es el único responsable de mi marcha. Sí, mañana me iré de este lugar y me pondré a estudiar para luego conseguir un empleo. ¡Que se quede con su dichosa casa!

–Vamos, Tania, vamos, no se ponga así –dijo Kovrin–. Vamos, deje de llorar. Le diré lo que pienso: tanto el uno como el otro son irritables, impulsivos y, si quiere que le diga toda la verdad, los dos están equivocados; sí, los dos, pues exageran las cosas más nimias. Vamos, ya me encargaré yo de que hagan las paces.

Durante todo este tiempo, Kovrin estuvo hablando con un tono persuasivo y suave, pero Tania seguía llorando, encogiéndose de hombros ante todo lo que él le decía, y retorciéndose las manos como si hubiera sufrido un verdadero infortunio. Kovrin trató de hacerle comprender que exageraba la cosa más de lo que debía. Le parecía mentira que por una cosa tan banal aquella criatura quisiera amargarse todo el día y quizá toda su existencia. 
 
Mientras la consolaba, pensó que excepto Tania y su padre, no había nadie en el mundo que le quisiera tanto; y que de no haber sido por ellos, él, que había quedado huérfano durante su tierna infancia, habría pasado el resto de su existencia sin una caricia, sin palabras de consuelo, y sin ese cariño que sólo pueden dar las personas que son de nuestra misma sangre. 
 
Pero también percibió que sus desequilibrados e irritados nervios estaban reaccionando como magnetos a los gritos y sollozos de aquella testaruda muchacha. Se dio cuenta de que nunca podría amar a una mujer robusta y saludable, fresca y sonrosada; pero le conmovía aquella Tania pálida, débil y desgraciada.

Kovrin sentía un gran placer al contemplar sus cabellos sedosos y sus redondeados hombros. Se acercó más a ella y le apretó la mano, mientras con su pañuelo enjugaba las lágrimas que se deslizaban por las sonrosadas mejillas. Por fin, Tania dejó de llorar. Pero siguió quejándose de su padre, censurando su conducta hacia ella, lamentándose de la vida que llevaba en aquella casa, tratando de que Kovrin comprendiese la situación en que se hallaba. 
 
Luego, poco a poco, empezó a sonreír, mientras afirmaba solemnemente que Dios la había castigado dándole aquel carácter tan impulsivo. Y al fin se echó a reír como una loca, se calificó a sí misma de atolondrada e inconsecuente y salió corriendo de la habitación.

Instantes después, Kovrin se dirigió al jardín. Igor Semionovich y Tania, como si nada hubiese pasado, paseaban abrazados por el césped, comiendo pan de centeno y sal. Ambos tenían mucha hambre.

Satisfecho por su papel de intermediario pacificador, Kovrin se dirigió al parque. Mientras se hallaba sentado en un banco, oyó el ruido de un carricoche y la risa de una mujer. De inmediato pensó que aquello significaba que llegaban nuevos visitantes. 
 
Las sombras cubrieron el jardín, y a lo lejos se podía oír algo confusamente la música de un violín, las risas de las mujeres y el alborozado jolgorio de los jóvenes participantes en aquella fiesta. Estos detalles le hicieron recordar al Monje Negro, pues fue en idénticas circunstancias cuando lo vio por primera vez. ¿A qué país, a qué planeta, habría ido aquel absurdo efecto óptico?

Trató de acordarse de aquella vez en que lo vio en el campo de centeno, detrás de los pinos situados en ese instante frente a él. De repente, y precisamente de los mismos pinos, emergió un hombre de mediana estatura, que caminaba lentamente sin hacer el más mínimo ruido. Sus cabellos grises estaban descubiertos, iba vestido de negro y tenía los pies descalzos como un mendigo. Su pálido y cadavérico rostro estaba cubierto de manchas negras. 
 
Después de saludarle con una gentil inclinación de cabeza, el extranjero o mendigo se dirigió al banco y se sentó en él. Kovrin se dio cuenta de inmediato de que era el Monje Negro. Durante un instante ambos se miraron; Kovrin, asombrado, pero el monje bondadosamente, aunque con una expresión taimada y astuta en su rostro.

–Pero si es un espejismo –dijo Kovrin–, ¿cómo es que está aquí, y cómo se sienta en este banco? Esto no está de acuerdo con la leyenda.

–Es lo mismo –respondió el monje con tono suave, volviendo su rostro hacia Kovrin–. La leyenda, el espejismo, yo mismo, todo no es más que el fruto de su imaginación exaltada. Yo soy un fantasma.

–¿Es decir –respondió Kovrin– que no existe?

–Piense lo que quiera –respondió el monje, sonriendo burlonamente–. Yo existo en su imaginación, y dado que su imaginación forma parte de la Naturaleza, es evidente que yo debo existir en la Naturaleza.

–Veo que su rostro demuestra inteligencia y distinción –dijo Kovrin–. Sin embargo, tengo la extraña impresión de que usted ha vivido más de mil años. No creía que mi imaginación fuera capaz de crear tal fenómeno. ¿Por qué me mira con tanto arrobamiento? ¿Acaso está satisfecho de haberme encontrado? ¿Le agrada mi persona?

–Sí; ya que es uno de los pocos a los que se puede llamar con toda justicia «un elegido de Dios». Usted siempre sirve y obedece a la verdad eterna. Sus pensamientos, sus intenciones, su elevada formación científica, su vida entera están marcados con el sello de la divinidad, una impronta celestial. Estas características están reservadas a lo racional y hermoso, es decir, al Eterno.

–Se refiere usted a la verdad eterna. Por consiguiente, ¿puede ser accesible y necesaria la verdad eterna para los hombres si no existe la vida eterna?

–Existe una vida eterna –respondió el monje.

–Por la forma en que me habla veo que cree en la inmortalidad de los hombres.

–Desde luego. A vosotros, los hombres, os espera un maravilloso y grandioso futuro. Y cuantos más hombres como usted tenga el mundo, más pronto llegará. Sin ustedes, ministros de los más altos principios, que viven libre y honradamente, la humanidad no sería nada; desarrollándose en su orden natural, debería esperar el fin de su vida terrena. 
 
-Pero usted ha acelerado en miles de años la llegada de este maravilloso futuro existente dentro del reino de la eterna verdad: y este es el grandioso servicio que ha sabido llevar a cabo. Usted lleva dentro de su ser aquella bendición de Dios que descansa sobre la gente buena, sobre los hombres de corazón limpio y puro.

–¿Y cuál es el objetivo de la vida eterna? –preguntó cada vez más intrigado Kovrin.

–El mismo que el de toda vida. La verdadera felicidad radica en el conocimiento, y la vida eterna presenta innumerables e inextinguibles fuentes de conocimientos. Fue en este sentido que Jesucristo dijo: «En la casa de mi Padre existen muchas moradas...»

–No puede hacerse una idea –respondió Kovrin– de la alegría tan grande que siento al oírle decir esas hermosas palabras.

–Me congratulo de ello.

–Sin embargo –respondió Kovrin– tengo la plena certeza de que apenas se marche, me veré atormentado por la incertidumbre en cuanto a su realidad. Usted es un fantasma, una alucinación. ¿Quiere decir que estoy físicamente enfermo, que mi estado no es normal?

–¿Y qué si lo está? Eso no debe preocuparle. Usted está enfermo porque ha sometido a una tensión excesiva sus poderes, porque ha ofrendado su salud en sacrificio a una idea, y está cerca el día en que sacrificará no solamente esto, sino también su vida. ¿Qué más puede desear? Es a lo que aspira todo ser noble y puro.

–Pero si estoy físicamente enfermo, ¿cómo puedo confiar en mí mismo?

–¿Y cómo sabe que todos los hombres geniales en quienes ha creído todo el mundo no han visto también visiones? Ser un genio es análogo a la demencia. Créame, las personas saludables y normales no son más que hombres ordinarios, vulgares, corrientes; un rebaño de ganado. Los temores a las enfermedades nerviosas, agotamiento y decrepitud sólo pueden tenerlos aquellos cuyos ideales en esta vida se basan en el presente; ese es el rebaño.

–Sin embargo –dijo Kovrin–, los romanos tenían por ideal aquello de mens sana in corpore sano.

–Todo lo que dijeron los romanos y los griegos no era verdad. Exaltaciones, aspiraciones, excitaciones, éxtasis, todas esas cosas que distinguen a los profetas, poetas y mártires de los hombres ordinarios, son incompatibles con la vida animal, es decir, con la salud física. Se lo repito, si quiere ser un hombre saludable y normal únase al rebaño.

–¡Qué extraño es que usted repita ahora cosas que yo pensé en tantas ocasiones! –dijo Kovrin–. Parece como si me hubiera estado espiando y hubiera llegado a enterarse de mis pensamientos secretos. Pero no hablemos de mí. ¿Qué me quiso decir con las palabras «verdad eterna»?

El monje no respondió. Kovrin le miró, pero no pudo ver su rostro. Sus formas se nublaron y desaparecieron; su cabeza y sus brazos se esfumaron; su cuerpo empezó a hacerse difuso, y llegó finalmente a confundirse con las sombras del crepúsculo.

–La alucinación se ha marchado –dijo riéndose Kovrin–. Es una verdadera lástima.

Volvió a la mansión, feliz y satisfecho. Lo que le había dicho el Monje Negro no sólo había halagado su amor propio, sino su espíritu, y todo su ser. ¡Qué ideal más glorioso era ser el elegido, ser ministro de la verdad eterna, poder formar en las filas de aquellos que se apresuraron durante cientos de años en entrar en el reino de Cristo, de aquellos que se sacrificaron para que la Humanidad fuese mejor, y se viera libre de pecado y de sufrimientos, el consagrarlo todo a un ideal, juventud, fuerza, salud, ¡morir por el bienestar de todos! 
 
Y cuando le vino a la mente su pasado, una vida casta y pura, consagrada completamente al trabajo, recordó todo lo que había aprendido y lo que había enseñado y, al final, tuvo que admitir que lo que le había dicho el Monje Negro no era más que la pura verdad. No, el monje aquel no había exagerado nada.

Atravesando el parque, corriendo a su encuentro, se acercaba Tania. Llevaba un vestido distinto al que le había visto la última vez.

–¿Ya regresó? –le gritó entusiasmada, pero con cierto asombro en su cristalina voz–. Estuvimos buscándole por todas partes... ¿Pero qué le ha ocurrido? –preguntó sorprendida, mirándole fijamente a los ojos, unos ojos en los que había un extraño y misterioso reflejo–. Le encuentro muy extraño.

–Estoy muy satisfecho, querida Tania –repuso Kovrin, mientras le ponía una mano sobre los hombros–. Bueno, en realidad, estoy más que satisfecho: ¡soy feliz! Tania, no encuentro las palabras exactas para decirte lo muy querida que eres para mí. Sí, Tania, estoy muy satisfecho; no puedes hacerte una idea de ello.

Besó ardorosamente sus manos, y continuó:

–Acabo de vivir los momentos más maravillosos, más felices, más encantadores de toda mi vida; algo que es imposible que pueda sucederle a un hombre sobre esta superficie terráquea... Pero no te lo puedo contar todo, ya que me tomarías por un loco, o te negarías a creerme. Deja que te hable de tu persona. Tania, te quiero. No sabes durante cuánto tiempo te he querido. El estar cerca de ti, el verte diez veces al día, ha llegado a convertirse en una necesidad para mí. No sé cómo voy a poder vivir sin ti cuando regrese a casa.

–No te creo –respondió Tania–. Estoy segura de que te olvidarás de nosotros a los dos días. Somos gente modesta, y tú eres un gran hombre.

–Estoy hablando en serio, Tania –le contestó Kovrin–. ¡Te llevaré conmigo! ¿Qué me contestas? ¿Vendrás conmigo? ¿Serás mía?

–¿Pero qué tonterías estás diciendo, Andrei? –dijo Tania, tratando de reír. Pero la risa no brotó de sus labios; en su lugar, se ruborizó. Empezó a respirar aceleradamente, y luego se puso a caminar con paso rápido por el parque–. No pienso, nunca he pensado en esto, nunca pensé que podría ocurrir esto –continuó Tania, juntando las manos como en un acto de desesperación.

Kovrin se acercó más a ella, y con aquella misma expresión extraña en su rostro, trató de convencerla, diciéndole apasionadamente:

–Yo anhelo un amor que tome posesión de todo mi ser, de toda mi alma; ¡y ese amor sólo tú puedes dármelo. ¡Soy feliz! ¡Cuán feliz soy!

Tania estaba asombrada y confusa, y no sabía qué decir. Fue tanta la emoción que le produjeron las palabras de Kovrin que parecía haber envejecido diez años. Pero Kovrin la vio más hermosa que nunca, y, arrastrado por la pasión que le dominaba, gritó como en éxtasis:

–¡Qué hermosa eres, querida Tania!

 
(CONTINUARÁ...)